El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VI)

3 diciembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Lamentamos profundamente que todavía no se hayan hechos públicos los pormenores del juicio contradictorio al que dio lugar la petición del capitán Lías Pequeño a los pocos días del combate del Biutz, con Franco agarrándose desesperadamente a la vida. Por fortuna, recuperado ya y ascendido a comandante, insistió en que merecía la Laureada. Por ello se examinó de nuevo el expediente incoado dos años antes y se completó. Así podemos enterarnos afortunadamente de su mitificada participación en la gesta del Biutz. En esta ocasión el Ejército no se anduvo con chiquitas. El fiscal del Consejo de Guerra y Marina revolvió los antecedentes del expediente abierto dos años antes, añadió más datos e hizo su exposición, denegatoria, a tal órgano superior. ¡Albricias! No todo está perdido y dejado al capricho o inventiva de sus múltiples panegiristas. En ellos comprendo también los que se han pronunciado con toda autoridad en estos años de democracia y libertad de expresión y publicación.

No olvido, en ningún momento, que en un rasgo de insólita honestidad el eminente genealogista del Caudillo y editor de su gloriosa hoja de servicios dio a la luz todo el documento del fiscal que hizo suyo el mencionado Consejo. Para mayor gloria de Dios (y menos de Franco) lo hizo en vida del Generalísimo. El por qué se nos escapa. Es posible que la publicación tuviese escaso recorrido. En ausencia de otros documentos vamos a servirnos de la forma en que dicho coronel republicó tales conclusiones elevadas al Consejo de Guerra y Marina, pero las complementaremos en un aspecto con lo que figura en el original firmado por dicho fiscal y que se encuentra, en letra manuscrita, en el AGMS.

Obviamente, ya en mayo de 1918 Franco se había hecho un nombrecito. En ese mes, el general en jefe del Ejército de África dio seguimiento a lo dispuesto en el artículo 23 de la Ley de 1862 que ya hemos indicado en el post anterior. Trasladó al Consejo el expediente de juicio contradictorio abierto años antes para determinar si Franco era merecedor o no de la altísima distinción. La Ley preveía que para concedérsela era preceptivo el informe de tal órgano, lo cual exigía que el fiscal del mismo hiciese la correspondiente propuesta. No he localizado el nombre de este militar, pero sí que echó mano de los antecedentes que tomó del primer instructor del expediente. En su exposición final al Consejo reprodujo, literalmente, lo siguiente en relación con la valerosa acción, tan distorsionada con nuevos aditamentos en el ordenador del profesor Stanley G. Payne. Transcribo de la tan poco citada hojita:

“El capitán Franco (…) recibió orden de ocupar con su compañía la loma inmediata a la de las trincheras [nota: obsérvese que las trincheras famosas no estaban encima de la loma] y al cumplimentarla se encontró con numerosísimo (sic) enemigo contra el que con su gente tuvo (sic) que llegar al cuerpo a cuerpo, siendo heridos sus dos oficiales y contuso el otro [nota: ¿a quién entregó Franco, pues, la fortunita que supuestamente llevaba encima?], perdiendo en bajas 56 individuos, casi la mitad de su compañía, compuesta de 113 hombres; fue también gravemente herido el capitán Franco, por lo que se le retiró del lugar de la lucha”.

Esta escueta relación que se limitaba a hechos esenciales era conocida desde 1916/17 por el Ejército. El fiscal añadió que “no se ha de repetir aquí cuanto ya se ha expuesto en los otros expedientes de esta índole incoados por el mismo hecho de armas, pues ese combate de vanguardia ya es de sobra conocido por el Consejo”. Esto implica una nota de alerta. El combate había generado varias propuestas de Laureadas (no solo para Franco y, suponemos, todas ellas habrían sido sometidas a juicios contradictorios, una con resultado más que halagüeño para el agraciado). El porqué se incluyó al entonces capitán Franco puede dárnosla la constatación de que “mandaba la tercera compañía de asalto, que también fue rechazada con grandes pérdidas, y aseguró la posición conquistada el batallón de Barbastro”. Es decir, la tercera compañía habría quedado tan exhausta que no pudo coronar la acción.

En este expediente de 1916/17 se señaló que, entre los méritos aducidos en el parte de la acción, se había dicho que “por haberse quedado sin oficiales [Franco] hizo las veces de estos, hasta caer gravemente herido en el pecho, siendo merecedor con otros de que se le forme juicio de votación” [nota: nos asaltan dudas reforzadas de que Franco pudiera haber entregado las “pelas” a otro oficial si se había quedado sin ellos, así que el tema lo dejamos resuelto por la negativa, con perdón a todos los comentaristas y camelistas que lo han tratado en los términos ya reproducidos en estos posts]. Por lo demás, obsérvese que en la versión de Carvallo de Cora, pero también en la del original manuscrito del fiscal, la herida no fue en el vientre, en el abdomen o en el bajovientre, sino en el pecho. [Nota: ¿eran los servicios médicos y administrativos del Ejército de África equivalentes a los que tuvieran, si los tenían, los insurgentes marroquíes?, porque incluso el más ignaro no puede desconocer que pecho y abdomen están separados]

La respuesta a la pregunta anterior es negativa. Debemos recordar al lector que en aquella época los juicios contradictorios no eran una bagatela. Implicaban el examen de los hechos y el testimonio de numerosos testigos, que debían dar cuenta formal, ante un panel de jueces, de lo que habían presenciado o visto. Y así nos encontramos con la primera sorpresa, que destacó el coronel Blanco Escolá, tan ninguneado por muchos de sus compañeros aprendices de historiador. El capitán (ya comandante en la segunda tacada) Lías Pequeño se escurrió como una lagartija (es un decir) al declarar que “Franco fue muy gravemente herido y que coronó la loma, sin precisar el tiempo que medió desde la herida hasta ser recogido, ni las bajas que hasta ese momento había sufrido”. Un héroe administrativo el tal Lías Pequeño porque, como recordarán los amables lectores, de los requisitos exigidos por la Ley de 1862 ambos aspectos eran prioritarios. Tan entusiasta superior accidental de Franco se zapó de toda posible indicación precisa. Sin embargo, dice la hoja de servicios, “en el parte de la operación, dado por [Lías Pequeño] figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en dicho combate”. Es más, se añade que “en telegrama recibido por el general en jefe de fecha 30 de junio del ministro de la Guerra, y publicado en la Orden General del día 2 de julio en Tetuán, es felicitado por el Gobierno de S.M. y ambas Cámaras”.

Sin duda, cuando se enteró Franco de esto último, es decir, cuando recobrara su lucidez,  se pondría muy contento pero lo que nos preguntamos es ¿POR QUÉ ENTONCES DIJO LÍAS PEQUEÑO LO QUE DIJO EN EL EXPEDIENTE Y REINCIDIÓ AL SOLICITAR, A PETICIÓN DE FRANCO, LA REAPERTURA DEL MISMO UNO O DOS AÑOS DESPUÉS? Misterio. ¿Faltan papeles?

Pensamos que en algún momento en 1916 o después Franco se había personado en el expediente, que por eso hemos caracterizado como de los años 1916/17. No sabemos si conocía los términos del testimonio de quien había sido su jefe accidental. El, Franco, dijo que con su compañía, de 113 hombres, sufrió “la baja de sus cuatro (sic) oficiales y 56 más [suponemos que simples regulares], casi todas antes de ser herido gravemente, cuando estaba a media ladera, y pasado un cuarto de hora fue retirado después de coronar la loma, siendo curado en la ambulancia”. Esto, repito, es lo que consta en el expediente incoado en 1916, según reprodujo el fiscal dos años más tarde. Cualquier lector observará que hay alguna contradicción entre Franco y Lías Pequeño. ¿Se quedó tendido a media ladera? ¿Subió trabajosamente [nota: ¿cómo? y ¿cuándo?] hasta la cresta de la loma a pesar de una herida gravísima? ¿Cómo se le curó en plena campaña?.

En el expediente de 1916/17 uno de los valedores de Franco, un general llamado Milans, había incluido el caso del supuesto valor de aquel capitán llamado a más altos destinos en el supuesto sexto del artículo 25 de la Ley de 1862, que vimos en el post anterior. Añadió otro, el caso cuarto del 27 (“en momentos dudosos, o decisivos, cargar el primero y con buen éxito al enemigo, causándole la pérdida de un tercio de su fuerza”). Es evidente que exageró en ambos. Un coronel llamado Génova no había precisado las bajas causas pero añadió otra afirmación: Franco caía dentro del supuesto sexto del 27 (“rehacer instantáneamente una tropa desordenada por las pérdidas sufridas, y dispersar con ella al enemigo cuyas fuerzas no sean inferiores o tomar o recuperar en el acto una batería o posición”). Nos parece evidente que tan distinguido coronel se pasó de rosca.

En favor de Franco se habían pronunciado también el capitán Palacios y los tenientes Muñiz y Valcárcel, que dijeron haberlo visto y añadieron otro nuevo caso de concesión de la laureada, el segundo del artículo 27 (“defender el puesto que se le confía hasta perder entre muertos y heridos la mitad de su gente”). No obstante los dos primeros no habían precisado el número de bajas del enemigo y el tercero solo que “Franco fue uno de los primeros que retiraron, en el momento en que las bajas todavía eran menos de la mitad”. Las incongruencias y exageraciones saltan a la vista.

La palma se la llevaron otros dos oficiales cuyos nombres debemos inmortalizar en Internet. Uno, el capitán López de Haro, ignoraba muchos de los particulares que se le preguntaron. Otro, el teniente Martínez, sabía que Franco asistió al combate y que fue herido, “ignorando que realizase acto alguno digno de estar comprendido en la Orden de San Fernando”. Nos sorprende poderosamente el por qué y por quién fueron convocados. No conocemos el acta ni el papeleo que sin duda figuraron en el expediente de 1916/17.

Pero las cosas fueron de mal en peor para Franco. El comandante González Tablas, los capitanes Carreas y Monís y los tenientes Romero y Loma habían afirmado que el valeroso capitán no había hecho más “que auxiliar el avance de la caballería, sin ninguna cosa de particular en su actuación, pues todo lo ignoran, como que pueda estar dentro de la Ley del 18 de marzo de 1862, como asimismo el número de bajas que sufriera cuando fue retirado, las del enemigo y cuando fuera curado”. ¡Bravo! ¡Por fin un poco de luz!

En consecuencia, no podemos por menos de sospechar -siendo bondadosos-  que Lías Pequeño y sus compañeros habían abultado el heroismo del entonces capitán.

Citemos ahora al médico, Señor Blasco [nota: Carvallo de Cora señala el nombre incorrecto de Blanco] que le curó. No había reproducido el pronóstico de la herida [nota: ¿se había enterado de que ya se había corrido la voz de que fue en el bajovientresalvo que fue gravísima?] pero añadió: “fue el primer oficial que curó en el puesto y de los diez primeros entre todos, añadiendo que fue imposible en absoluto, después de herido, que quedase en condiciones de mandar” [nota: ¿qué decir ahora de las “pelas”, del fusil de Regulares con el que habría hecho fuego, con la amenaza a los camilleros, etc?. Respuesta: camelos, invenciones, mitos].

Todo lo que antecede es lo que en 1916/17 había recogido el instructor del expediente. No fue un don nadie. Se trató del jefe de Estado Mayor de la columna. “Por ende,  fue testigo presencial de los hechos”, dice el informe del fiscal. Evidente. Pues bien, dicho jefe del Estado Mayor se sumó a la mayoría de los testigos. Luego añadió que “el capitán Franco fue ya recompensado por este hecho de armas con la Cruz de María Cristina y mejorado después con el empleo de comandante y no lo encuentra comprendido en el Reglamento de San Fernando”.

Pero (siempre hay un pero), como hemos visto, en 1918 se amplió el expediente. La idea fue que depusieran los “testigos si  inmediatamente al ser herido lo recogieron con conocimiento o sin él, para que declarase el médito sobre este extremo y para que se precisen las bajas propias habidas”.

En esta fase las deposiciones fueron letales para Franco. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!

Transcribo literalmente:

“El brigada Farriols dice que cree recogió al capitán Franco inmediatamente que fue herido, que con ademanes, falto de fuerza, le indicó que aceptaba el que le llevaran a la ambulancia, que nada ha sabido de que realizara hecho alguno heroico o distinguido, que fue herido cuando estaba a media ladera y entonces habría unas treinta bajas, ocasionándose las restantes, hasta 58, una vez ocupada la posición”. [nota: esto podría indicar que el cuerpo a cuerpo tuvo lugar en las trincheras].

La puntilla la dio un soldado de Regulares, llamado Mohame Ducali (sic). Según sus declaraciones “el capitán Franco fue precisamente el primero de la compañía que cayó y que lo recogió en seguida, no habiendo perdido el conocimiento, pero no quedó en condiciones de mandar, pues no tenía energías para ello, transcurriendo un cuarto de hora desde el principio hasta que cayó herida, no teniendo por ello tiempo de realizar acto alguno distinguido o heroico, y que las 58 bajas fueron hechas después de herido el capitán”. Evidentemente, un indígena, soldado raso, no tenía por qué conocer de las intrigas, amistades, enemistades, odios y favores que podrían existir en las relaciones entre los oficiales y jefes españoles.

El insigne genealogista y coronel Carvallo de Cora, que puede haber sido un copista mediano (equivocarse dos veces en el nombre del médico no es asunto baladí),  obvió también una de las conclusiones del fiscal que, lo que son las cosas, figura perfectamente expuesta en el original que elevó al Consejo Supremo de Guerra y Marina. Dice así:

La ignorancia en que ha quedado para muchos de los testigos la verdadera actuación de Franco [nota: el rango ya no se indica] le ha restado esa pública notoriedad que deben revestir los hechos de San Fernando”.

Y después, fue rebatiendo uno tras otro los argumentos aducidos por un sector de los testigos para concluir que no se daban en modo alguno ninguno de los supuestos previstos en los artículos, ya mencionados, de la Ley de mayo de 1862.

En definitiva, si Franco contó las cosas a su manera a su “primer pelota máximo”, tal y como este las reprodujo, resulta evidente que contribuyó decisivamente a ayudar al ya Caudillo a desfigurar los hechos a su gusto y manera. Después, otros “pelotas” copiaron e incluso fueron más allá que Arrarás, el insigne. De su amada hijita mejor no hablar. Lo que queda como hipótesis mínima es que Franco utilizó a sus amiguetes para que le apoyaran en su petición. Lo hicieron en un primer momento, pero al llegar a la fase de instrucción empezaron a batirse en retirada aceleradamente. La puntilla vino después, cuando un sargento y un soldado raso pusieron las cosas en su exacto punto.

Desgraciadamente lo que pasó, que se sepa documentalmente, quedó oculto a la Historia. Solo el valor sobresaliente y los cuentos del Caudillo pasaron a ella. El primero hay que reducirlo drásticamente (en términos de la Ley de 1862) y los segundos tirarlos a la papelera, escriban lo que escriban los pelotas en el período democrático.

Espero que los amables lectores se hayan reído un poquito y empiecen a preguntarse acerca de los rasgos y perfil sicológicos del capitán/comandante Franco, ya general superinsigne cuando narró sus cuentos a Arrarás.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (V)

26 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Espero que los lectores que sean militares juzguen con benevolencia las gotas de sarcasmo que puedan contener este post y los siguientes. No soy militar y, si aprendí algo en la IPS (Instrucción Premilitar Superior), hace ya decenas de años que lo olvidé. Nunca se me ocurrió reengancharme, como solían hacer en aquellos tiempos licenciados y doctores que después dieron el salto a la política. Servidor se puso a hacer oposiciones y mi carrera discurrió por otros andurriales. Una observación: los posts anteriores de esta pequeña serie se han basado, hasta ahora, en literatura secundaria fundamentalmente. En este abordamos por vez primera evidencias primarias, aunque publicadas. Para contextualizarlas hay que recordar algo muy conocido, porque de lo contrario no se comprendería el hilo de mi análisis.

 

Franco sobrevivió a su herida. También le ocurrió a Hitler en su intento de sublevación en Munich en 1923. En este caso la bala que podría haberlo alcanzado derribó al compañero que tenía al lado. En ambas ocasiones el futuro de España y de Alemania (y en este último por ende el de Europa) dependió de dos casualidades. Ese azar que tan poco papel desempeña en las construcciones lógicas de algunos historiadores marcadas por el signo de la inevitabilidad. Naturalmente, para otros, no se trató de casualidades sino de la intervención de “fuerzas superiores” o, en el caso de nazis descreídos, de la providencia (die Vorsehung).

En el caso de Franco fue su jefe accidental en la acción del Biutz, el también capitán Fernando Lías Pequeño, quien promovió la instancia para que se instruyera un expediente de cara a la concesión de la Laureada. Al parecer, le correspondía hacerlo como superior inmediato, en los términos del artículo 21 de la Ley que en aquellos momentos regulaba los estatutos de la Orden (Gaceta de Madrid, núm 142, 22 de mayo de 1862).  Daba un plazo perentorio. Era de tres días improrrogables. Es un misterio para mí, como para también lo ha sido para otros historiadores, cuáles habrían sido los méritos contraídos por Franco para merecerla.

No ignoro que en la hoja de servicios publicada por el coronel Carvallo de Cora se encuentra la referencia que de Franco hizo Lías Pequeño al coronel jefe de la columna: “figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada”. Como veremos, el capitán Lías Pequeño no dudó en mentir a su superior, quizá porque no esperaba que Franco se recuperase de la herida [nota: soy prudente porque no me cuadra que Franco pudiera sobornarlo o ponerle bajo presión de alguna otra forma]. En los tres días siguientes a la acción el futuro del herido capitán no parece que estuviese asegurado. Más tarde, Lías Pequeño reincidió por motivos que siguen siendo oscuros.

Quien más y mejor, en mi modesta opinión, ha estudiado el tema, el coronel Carlos Blanco Escolá (ya le he dedicado un post en este blog con ocasión de su fallecimiento), tampoco encontró ninguna explicación documentada. ¿Eran los dos capitanes íntimos amigos? ¿Quiso dejar constancia de una solicitud más allá de la habitual entre compañeros del mismo empleo? Misterios.

El hecho es que, con su herida a cuestas y una campaña de publicidad, Franco acudió al rey Alfonso XIII y fue ascendido a comandante por méritos de guerra, ya que el Ministerio no había hecho caso de la petición iniciada por Lías Pequeño. Como afirma Blanco Escolá, logró el ascenso “tras un largo y complicado proceso que demostró que sus habilidades en el campo de batalla eran muy inferiores a las que exhibía en otros campos, en los que contaban, sobre todo, la capacidad para la intriga, la tenacidad para hacer reclamaciones y la falta de escrúpulos”.

Franco había dejado intuir algo de ello en su ascenso de primer teniente a capitán, sin que de la hoja de servicios se desprenda conclusivamente cuáles fueron, como veremos en un próximo post. El hecho es que en un año -que ha recorrido Blanco Escolá- pasó de primer teniente a comandante [nota: no cabe descartar que los ángeles custodios hubiesen velado ya desde entonces sobre quien estaba predestinado a alcanzar los más altos destinos, pero de su intervención no parece que haya quedado EPRE].

El doble ascenso representó un salto inmenso en el escalafón de la época, pero sin que en su tan mentada Hoja de Servicios (versión del coronel Carvallo de Cora) se identificasen cuáles hubieran sido los hechos de armas que justificaron tal promoción, excepto la acción del Biutz. Que yo sepa, tampoco ningún historiador, militar o no, ha comparado las idas y venidas de Franco por los campos de batalla con las de cualesquiera compañeros de aquella época y empleos.

Habitualmente se afirma, sin EPRE, que el Ministerio de la Guerra desechó la petición de Lías Pequeño. Franco insistió con ¿su amigo del alma?. Había que reabrir el expediente. Es decir, a toda costa quería que le concedieran la Laureada. No se contentaba con otra condecoración, la Cruz de María Cristina que ya le habían otorgado, ni con el ascenso. Una muestra de ambición no diremos desmedida pero sí ligeramente exagerada.

Hay que tener en cuenta que el estatuto de la Orden preveía dos tipos de actuaciones que podrían considerarse como meritorias para obtener la Laureada. Son muy detalladas. Para las acciones distinguidas, y en el caso de la Infantería, se enumeraban hasta once supuestos. El que podría aplicarse a Franco era el sexto: “El tomar una posición con fuerzas, a lo más iguales, perdiendo la tercera parte de las suyas, y acreditando valor e inteligencia”. Para las acciones heroicas el artículo 27 preveía, en el apartado séptimo, “en el ataque de una posición o en una carga al enemigo, marchar al frente de su tropa animándola con el ejemplo, después de haber sido de gravedad”.

No hace falta demasiada exégesis para comprender que el muy posterior relato de Arrarás, así como los de sus seguidores, mencionados aquí o no, trataron de ajustarse a lo preceptuado en la Ley de 1862.

Entre las lagunas documentales públicas que cabe lamentar figura también el papeleo que llevó a que se reabriera el expediente para la concesión a Franco de la Laureada.  Apoyo la interpretación de Preston de que el futuro Caudillo “se había creado, incluso en Palacio, fama de ser el oficial que con mayor desparpajo pedía ayuda o hacía reclamaciones sobre su carrera”. Lo cierto es que el documento nº 2 de la Hoja de Servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora) indica que la reapertura se inició formalmente el 29 de marzo de 1918, casi dos años después de los hechos. Es entonces cuando pudo verse lo que había pasado realmente en el combate del Biutz.

Como es un tema que requiere un tratamiento pormenorizado, lo dejamos para el próximo post. Aclarará, espero, varias de las dudas que tengan los amables lectores acerca de los motivos por los que al valeroso, heróico, suertudo comandante Franco no se le concedió la Laureada, a pesar de sus intentos que, por cierto, tampoco están demasiado documentados.

Se observa cómo en esta historia tan lejana (hablamos de hechos que sucedieron hace más de cien años) existen numerosas lagunas. ¿Por qué será?

 

 (Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IV)

19 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Me toca volver a pedir un pelín de comprensión a los profesionales porque ahora he de abordar tres grandes historiadores que se han distinguido en las letras hispanas por su devoción a rescatar la memoria de SEJE, a veces exponiéndola en tonos algo más que amables. En primer lugar, abordaré el caso del general de Caballería Rafael Casas de la Vega, ya en los años noventa del pasado siglo. Su biografía de Franco, la primera estrictamente militar del primer soldado de España (nada menos), se publicó en la editorial Fénix, propiedad -si mis informaciones no son falsas- de Ricardo de la Cierva. Los historiadores segundo y tercero no necesitan presentación en este blog ya que por diversas razones me he visto obligado a mencionarlos en ocasiones. Hasta ahora nunca en conexión con el episodio del Biutz.

 

Como es lógico la presentación del combate fue, en el caso del general Casas de la Vega, mucho más técnica. Dejemos de lado que el autor fue un militar que hoy podríamos situar en la extrema derecha. Nos pegamos a lo que escribió en el tema que aquí nos interesa.  El ataque, escribió, se hizo a una loma en cuya cima había trincheras enemigas. El capitán Franco Bahamonde (obsérvese el cambio de grafía con respecto a la que entonces se utilizaba al mencionarlo, al menos en el único documento oficial de archivo que me sirve de guía) “se lanza con más éxito sobre el enemigo y ´a fuerza de valor se apodera de la primera línea de trincheras y en ella se mantiene´”.  Ruego a los amables lectores que retengan esta frase. No dice mucho más, pero la cosa está superclara. Franco ocupa, valeroso, terreno ocupado por el enemigo, que suponemos contraataca porque de lo contrario el mantener el ganado a pulso no tendría mérito alguno, y de él no se mueve.

Curiosamente para un militar profesional que actúa como historiador prefiere basarse para apuntalar la acción en la descripción de un embajador y novelista, Salvador García de Pruneda [nota: apunte que demuestra mi ignorancia: no he leído ni había oído nada de él]. Normalmente un historiador que trabaje sobre fuentes primarias utiliza estas y no descripciones noveladas. Novela no es igual a historia. Tampoco creo que tan distinguido embajador estuviera  presente en la acción.  Por su hoja de servicios en su carrera civil sé que ingresó en la escuela diplomática  en 1942. Nacido treinta años antes participó en lo que se denominó “Cruzada”. En ella fue herido (“caballero mutilado de guerra por la Patria”). En Wikipedia aparece como capitán de Ingenieros. Le dieron las condecoraciones cuasi automáticas. Salvo que estuviera en el Protectorado antes de 1936  (no hubiese sido imposible pues Wikipedia informa que regresó a España desde Inglaterra al estallar la sublevación; sin embargo debió ser antes si hubiera sido cierto que participó en la defensa del Cuartel de la Montaña) tan eminente autor es posible que no se estuviera en puesto en Marruecos hasta 1960. Su hojita de servicios afirma que lo hizo entonces como cónsul general en Tetuán. A lo mejor aprovechó para recoger datos, cuentos y leyendas. O tal vez se paseara antes por el Protectorado de vacaciones. Chi lo sà?

Pues bien, según la tan indirecta y no demasiado autoritativa fuente del embajador García de Pruneda, el fusil que recogió Franco pertenecía a un soldado indígena  que había muerto disparando medio arrodillado. Afirma que Franco llegó a hacer fuego; que una bala le alcanzó en el vientre y que lo tiró al suelo. Como observará el lector, Arrarás redivivo con la noción adicional de que, teniendo en cuenta que el embajador García de Pruneda no precisa demasiado, podríamos pensar que Franco disparó sobre la marcha. [ Nota: difícil sería que lo hiciera con mucha puntería y más aún que causara el menor daño al enemigo corriendo, valiente, hacia él].

Por supuesto, el general Casas de la Vega nos informa de que las 20.000 pesetas que Franco llevaba en la acción las había extraído de la caja del Cuerpo porque aquel día debía pagar a sus hombres. Esto explicaría que entrase en combate con aquella fortuna a cuestas. Ricardo de la Cierva, citado por tan puntilloso general, especula que Franco incluso habría pedido al oficial que se hizo cargo de ella tras su lamentable herida que le entregase un recibo firmado. Servidor, que jamás ha entrado en acción de guerra alguna, queda sobrecogido ante tal presencia de ánimo y, sobre todo, ante la fortaleza física del futuro Caudillo. Más sobrecogido aún, si cabe, al leer que, como afirma Casas de la Vega, eso fue “un buen ejemplo a seguir por los funcionarios, civiles o militares, que manejan fondos del Estado”.

Dado que su hagiografía data de 1995 cabría suponer que, para tal fecha, la Administración militar ya se serviría de cuentas bancarias para pagar a los soldados, pero a lo mejor seguía manteniendo el viejo sistema. Puedo asegurar al menos, a riesgo de contradecir a tan ilustre general, que en la Administración civil ya se utilizaban. En cualquier caso, su invocación al ejemplo que deberían seguir sus funcionarios es totalmente extemporánea. ¿Cuántos de ellos habrían estado en las trincheras con una fortunita encima?. [Nota: me cuesta trabajo manejar el ordenador, riendo como estoy a carcajada limpia].

Ahora nos toca otro de los grandes hagiógrafos del Caudillo: el profesor Luis Suárez Fernández. Según tan eminente historiador, Franco tomó el fusil de un herido que acababa de caer (reprimenda implícita al embajador-novelista); caló la bayoneta [nota: nuevo detalle:  a lo mejor lo hizo como un soldadito cualquiera, pero ¿con qué había estado armado hasta entonces?]; arrastró tras de sí a los suyos [nota: sin duda movidos por su espectacular heroismo]; coronó la loma; recibió en el vientre su primera herida de guerra; llamó al teniente que le seguía y le entregó las 20.000 “pelas”. Como se ve, el inmortal Arrarás sigue haciendo de las suyas de una u otra manera.

Finalmente nos detendremos en el profesor Payne, no sin señalar que en esta ocasión con el corazón palpitante de emoción.  ¿Con qué nos ha iluminado en fecha recientita?  En principio, con nada nuevo: los elementos del tenaz periodista y primer biógrafo de Franco siguen intactos, pero este autor (¡albricias le sean dadas!) nos aporta, para información de los ignaros, un nuevo e inédito testimonio, único, inapreciable. El de la excelentísima señora doña Carmen Franco Polo, duquesa de Franco.

A tenor de este testimonio, que no había visto en otras biografías (pero reconozco que no he recorrido todas las existentes), su querido y admirado papá habría dicho a un soldado moro que tomase un fusil y que encañonase a los sanitarios para que lo metieran en el camión con que se evacuaba a los heridos. Esto es, insisto, rigurosamente nuevo. Franco, quizá consciente de la gravedad de su herida y en posesión de todas sus facultades, hizo valer su grado. Al fin y al cabo era capitán y jefe de la compañía del tabor que había escalado la loma para domar a los aguerridos resistentes y no podía correr el riesgo de morir a la intemperie y sin cuidados.

La señora duquesa -no sabemos si se lo dijo su padre o si fue de su propia cosecha- añaduñi además una explicación “técnica”: “la bala la había recibido en inspiración, y si tú estabas aspirando la bala te entra y no te roza el intestino. A mi padre le rozó un poco el hígado, pero no le rozó el intestino…”

El  profesor Payne no comenta ni con una sola palabra, o en su lugar, una simple admiración tan vital episodio. Debo descubrirme ante su sagacidad y capacidad de rastreo ya que servidor no lo había visto escrito en letra impresa hasta que él, y su colaborador Jesús Palacios, un periodista exneonazi, escribieron su magna biografía de Franco (para analizar la cual reuní a un grupo de historiadores que publicamos nuestros resultados en la revista académica digital Hispania nova: https://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/issue/view/448 ).

A mi me pareció una explicación, ¿cómo decirlo?, un poco rarita. Que la trayectoria de una bala dependa, siquiera en parte, si el que la recibe en contra de su voluntad estuviese aspirando o espirando y que no se mencione para nada la energía cinética  que la propulsa resulta extraño hasta para alguien que, como servidor, no sabe de anatomía.  En esta ocasión, al tratarse de un tema médico, he recurrido a mi amigo, compañero y coautor en EL PRIMER ASESINATO DE BALMES, el Dr. Miguel Ull, eminente patólogo. No ha dudado en escribirme que el comentario de la hija de SEJE es una solemne estupidez (sic). La velocidad del proyectil predomina ante cualquier situación de la respiración. Da lo mismo a efectos lesionales que esté en aspiración o espiración. Lo de la lesión del hígado es igualmente de risa (sic).

En consecuencia, cualquier lector debe preguntarse de dónde se sacó la excelentísima señora duquesa que la bala rozó el hígado de su querido papá. Evidentemente a este no le hicieron la autopsia, pero ¿le hicieron al menos una radiografía? Y si se la hicieron, ¿dónde? Porque es evidente que no pudieron hacérsela ni en plena campaña, ni en una ambulancia de 1916, ni siquiera en el campamento hacia el cual fue evacuado. Sí hubieran podido hacérsela en un hospital debidamente equipado, pero si se la hicieron, por esas cosas que tiene la Providencia, ha desaparecido. En resumen: un proyectil que penetra por el abdomen (dirección antero-posterior o lateral) lesiona, sí o sí, el intestino delgado y/o grueso, amén de la posibilidad de que lesione otros órganos, pero todavía no sabemos cuáles hubieran sido estos últimos en el caso del capitán Franco.

No juego con ventaja. El profesor Payne vive en Estados Unidos y podría haber consultado a algún médico amigo. Si no allí, por lo menos en España. De su coautor no hablemos. NINGUNO LO HIZO. Y esto me lleva a la conclusión de que la manía de no analizar ni de contextualizar incluso las cosas más raritas no es buena fórmula para un historiador.  Por consiguiente, creo que el testimonio de la excelentísima señora duquesa debe ir, como tantos otros relacionados con su sin duda por ella idolatrado papá, al cesto de los papeles. Eso sí, con el debido respeto y, en esta ocasión, sin demasiadas risas.

 

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (III)

12 noviembre, 2019 at 12:01 pm

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

En lo que se supone (solo se supone) fue una transcripción real y fidedigna de la hoja de servicios de Franco hasta principios de 1926 hay dos notas que me llaman la atención: la primera es que el segundo apellido aparece, en el único documento oficial de archivo que he consultado, como Baamonde. Sin embargo, el coronel y genealogista Carvallo de Cora utiliza siempre la grafía que prefirió su héroe, con una hache intercalada entre las dos vocales repetidas. Esto plantea la cuestión de si Franco no gestionaría -y cuándo- la modificación correspondiente de su certificado de nacimiento. O la alternativa: si los escribas del Ministerio de la Guerra no cometerían un error, imperdonable en aquellos años en que el nombre del titular era el que correspondía a un modesto capitán. En el documento de la época (en fotocopia) que tengo en casa la grafía no es esa. Es Baamonde.  Por lo demás, no hay que olvidar que uno de sus primos hermanos, el comandante de la Puente Baamonde, siempre la utilizó  hasta su amargo final, fusilado en agosto de 1936 por permanecer leal a su juramento de fidelidad a la República. El capricho de SEJE no tiene demasiada importancia y, a buen seguro, lo habrá explicado alguno de los historiadores y sicólogos que se han ocupado del personaje. La segunda nota es que en ese documento figuran unas líneas que, en su reproducción, omite el coronel Carvallo de Cora. El porqué es para mí un misterio.

 

El papelín en el que se produce esta omisión es muy significativo. Se trata del resumen del expediente instruido al entonces capitán Franco con motivo de la petición cursada por el general en jefe del Ejército de España en África, a instancias del superior inmediato del heroico capitán, para que Franco fuera sometido a juicio contradictorio. Era algo indispensable para determinar si se había hecho acreedor o no a la máxima distinción al valor, a saber, la Cruz Laureada de San Fernando. Como es público y notorio, no se le concedió.

Hay que pensar que ello tal vez pudo representar un permanente resquemor en quien llegó a ser la gloria suprema de las Fuerzas Armadas españolas y que vio cómo compañeros suyos -que ciertamente no llegaron a su altura y magnificencia posteriores- la habían obtenido y en al menos un caso, el de Enrique Varela, por partida doble. Un personaje que, por cierto, había ido ascendiendo desde las filas. Hay otras posibilidades a las que aludiré más adelante y en esta serie de posts añadiré un caso casi olvidado en la Historia.

El episodio que dio lugar a la instancia para abrir a Franco un expediente de San Fernando ha sido magnificado en la literatura de naturaleza hagiográfica. Se halla en prácticamente todas las biografías que de él se han escrito. Hoy muchas no se consultan habitualmente. Están superadas y se encuentran, cuando se encuentran, en librerías de lance o en bibliotecas. Tal vez, también, en Internet. Sin embargo un recorrido aleatorio por algunas da una idea clara de la intensidad de los vapores de incienso con que se le rodeó. Me refiero, claro está, al indomable, al único, al extremo valor del que el capitán Francisco Franco Baamonde hizo gala al subir cuesta arriba a la cima de una loma para arrebatársela a los moros el 26 de junio 1916. Es la GESTA del Biutz. Recomiendo a los lectores que deseen profundizar en ella (un combate algo insignificante) que lo busquen en Internet. Servidor lo ha hecho gracias a la amable cooperación de Mr. Google.

Dejo de lado que operaciones u operacioncitas de este tenor no escasearon en la denominada “guerra de Marruecos”, territorio de una extensión similar a la de la provincia de Badajoz y que al Ejército español costó someter casi veinte años de mucho sacrificio, mucha sangre, muchas condecoraciones y abundantes ascensos con su lubricante esencial: la corrupción. Esto último ya lo dejó señalado Arturo Barea entre otros.

Nuestra relación debe empezar, naturalmente, por el primer biógrafo y, quizá, el máximo de los “pelotas” máximos de Franco, Joaquín Arrarás, que ya es decir. Abrió camino y por él no tardaron en adentrarse audazmente multitud de seguidores. Nosotros solo necesitamos mencionar a unos cuantos muy seleccionados. No se trata de abrumar con citas al amable lector.

Parece claro que Franco, en su época de dicharachero, contó a Arrarás un montón de anécdotas y de cosas. Su fiel biógrafo señaló, por ejemplo, que en lo que se refiere a la gesta del Biutz al frente de sus soldados Franco subió hacia un parapeto (sic) detrás del cual se resguardaban los moros; que recogió en la subida un fusil abandonado; que lo cargó; que continuó hacia arriba impertérrito y que poco después que se desplomó herido en el vientre (sic) a consecuencia de un balazo; que [¿superhombre?] continuó dirigiendo el ataque; que conservó su lucidez hasta el extremo de llamar a un teniente para entregarle las 20.000 pesetas que llevaba consigo de la caja de la compañía. Ruego al lector se fije en tales detalles y no los olvide. Como la biografía de Arrarás la tengo en casa, en al menos dos versiones, puedo reproducir lo que él escribió de tal hecho de armas que, sin duda, Franco le relataría con todo detalle. ¿Quién, si no?

La escena de la gesta del Biutz que he abreviado en este post es, desde luego, un tanto inverosímil y hay aspectos que no encajan bien. La gesta misma ha sido estudiada por muchos expertos e incluso puede encontrarse una entrada en Wikipedia que dice así:

CITA

La toma de El Biutz fue un enfrentamiento bélico de la guerra del Rif que tuvo lugar los días 28 y 29 de junio de 1916, en las proximidades de la ciudad de Ceuta, entre las tropas españolas y fuerzas rebeldes rifeñas. El ejército español realizó una operación para asegurar las comunicaciones entre Tetuán y Tánger, que se encontraban dificultadas por diferentes posiciones de la guerrilla rifeña, principalmente la situada en el pueblo de El Biutz, ubicada en una cima que dominaba la carretera entre Ceuta y Tetuán y bien defendida por trincheras y combatientes que disponían de ametralladoras y fusiles. El ataque resultaba dificultoso para las fuerzas españolas que debían avanzar por estrechos y espinados senderos muy expuestos al fuego enemigo. La estrategia general de la operación fue diseñada por el general Francisco Gómez Jordana, y consistió en avanzar simultáneamente desde cuatro puntos: Ceuta, Larache, Tetuán y Fondak. En el transcurso del asalto resultó herido en el abdomen el entonces capitán de 23 años Francisco Franco.

FIN DE LA CITA

No me parece mal. Pero esquiva todo lo que, en mi opinión, es importante desde el punto de vista del comportamiento del joven capitán objeto de este post. Añadiré, pues, unas consideraciones mínimas.

  • De niño, y como muchos de mi generación, solía ir a ver películas bélicas. Tres lanceros bengalíes (que se estrenó en España en 1935) y Beau Geste (lo fue en 1947) fueron dos de mis favoritas. Hubo, claro, muchas más que narraban las gestas de los bravos soldados británicos en lucha contra los rebeldes en la India del raj o los no menos bravos legionarios franceses en pugna contra las tribus marroquíes. En ellas y en otras se veía cómo los oficiales se lanzaban al ataque empuñando sus pistolas, atadas a unas correas para que no se les cayeran de la mano en medio de la lucha. A mi me sorprende que Franco no lo hiciera y que prefiriese ir cuesta arriba con un mosquetón de soldadito de Regulares. También me deja algo frío el que ni siquiera utilizase, al menos, un sable de oficial, pero tal vez ya no fuera costumbre entonces al atacar al frente de las tropas (se me ocurre que quizá desprendiera un cierto tufillo decimonónico). A lo mejor ambas carencias eran habituales, pero me cuesta trabajo creerlo. Pueden implicar dos cosas: a) que Franco inició la escalada desarmado (inverosímil); b) que, ya en acción, prefirió dejar de lado la pistola (quizá enfundándola cuidadosamente) y/o el sable y servirse de un arma que podría ser muy útil para hacer fuego en posición estacionaria pero no para disparar subiendo la loma. En la inescrutable mente del futuro héroe tal vez estas consideraciones no penetraron, envuelto como estaba en el fragor de la acción. Pero el lector debe planteárselas, so pena de pensar que Franco no pensaba.
  • La segunda consideración es más importante. Franco se adentró, desde luego impetuoso, en los azares del combate con una mochilita (supongo) que contenía la paga de sus soldados. 20.000 pesetas eran una auténtica fortuna en la época. No creo que las llevara en una cartera de mano. Ahora bien, recordando las películas de época (incluidas las de la primera guerra mundial) no me suena, ignorante que soy en temas de comportamiento bélico, que los oficiales llevaran mochila a cuesta y, mucho menos, que fuesen cargados con una fortuna. Si acaso llevarían granadas de mano u otros adminículos aptos para el ataque, pero de ser así probablemente sería en bolsas. ¿Ha descrito alguien que Franco la llevara?

Son consideraciones que, naturalmente, los expertos en las campañas marroquíes podrán cuestionar apelando, como solemos hacer los historiadores, a casos análogos documentados fehacientemente.

Ahora, demos un salto de tigre malayo hasta llegar a los años sesenta. Lo hacemos porque es cuando arriba a la literatura hagiográfica otro de los “pelotas” máximos del Caudillo. Esta vez, nada menos que un inglés: George Hills. De él cabría suponer que tuviese mayor experiencia o, al menos, una mayor exposición que servidor (historiador incrédulo) respecto a los usos y costumbres de los oficiales de su país cuando entraban en fuego. En un artículo sobre él en Wikipedia se afirma que sirvió en el ejército británico, en Artillería. Luego, en la segunda guerra mundial, que fue oficial de inteligencia en Europa y en el Lejano Oriente. No puedo ni siquiera pensar que ignorase que, al menos en campañas históricas británicas como en Francia, los oficiales iban al frente de sus hombres pistola en ristre y silbato al cuello.  Sin embargo, aparte de ciertos retoques que corrigen a Arrarás (el parapeto se convierte en trincheras moras y, hombre quizá más cultivado, utilizó el término técnico de abdomen), le sigue como corresponde a otro pelota máximo pero, eso sí, sin mencionarlo. Podríamos suponer que habló con Franco sobre el tema y que el dictador lo aleccionó debidamente (ocurrió en otras ocasiones)

El ataque de risa que causa el copión de Hills es pequeño si se compara con lo que eminentes historiadores, incluso militares y otros profesionales, escribieron después. Dejo algunos ejemplos para el próximo post. No desearía que los amables lectores continuasen riéndose a carcajada limpia.

(Continuará)

Gabriel Jackson en mi recuerdo

8 noviembre, 2019 at 4:01 pm

Ángel Viñas

La noticia del fallecimiento del profesor Gabriel Jackson me la dio por whatsap Carmen Esteban que lo conoció perfectamente en los largos años en que vivio en Barcelona. Fue hacia las diez de la noche del miércoles 6 de noviembre. No me sorprendió porque hace meses me  había escrito su hija de que no existía esperanza alguna de recuperación. En aquel momento ya había anunciado el óbito el corresponsal de EL PAIS en Washington, aprovechando la diferencia de horario. Por lo que he visto, la prensa española se ha hecho eco del luctuoso suceso y el mismo periódico publicó el jueves una sentida necrológica de Julián Casanova, felizmente de regreso entre nosotros. También lo ha hecho José Antonio Martínez Soler, un periodista gran amigo de ambos que lo conoció bien. Con él ha desaparecido el tercero de los mejores hispanistas que en los años sesenta del pasado siglo dieron a conocer a los españoles su propia historia frente a los mitos, camelos, medias verdades y distorsiones propagadas por los publicistas a sueldo de la dictadura. No este el lugar, creo, de hacer un repaso a la bibliografía jacksoniana. Sí lo es, en consonancia con la orientación de este blog, de plasmar un mero recuerdo personal.  

 

En este sentido no olvidaré nunca el momento en que por primera vez lei la obra de Jackson que lo hizo instantáneamente famoso: La República española y la guerra civil. La publicó Princeton University Press en 1965. La compré en Glasgow en la primavera del año siguiente. La leí de un tirón mientras convalecía de una hepatitis que me dejó postrado y que me hizo abandonar el curso que allí seguía. Me encantó. Era algo diferente a lo que conocía hasta entonces.

Desde 1958, aproximadamente, había ido reuniendo una pequeña colección de libros sobre la guerra, casi todos prohibidos en España. Eran, en general, de autores alemanes, franceses y de europeos orientales que habían estado en las Brigadas. En mi mochilita había  también ensayos historiográficos. Entre ellos el primero fue, en 1961, el que surgió de la tesis doctoral de Manfred Merkes. El segundo el de Hugh Thomas en el mismo año y el tercero, dos años después, el mítico Mito de la Cruzada de Franco de Southworth. No era mucho, pero tampoco era nada. Yo era un jovenzuelo que quería especializarse en la historia y el funcionamiento de las economías de planificación central, algo que como el futuro se encargaría de demostrar no tenía demasido porvenir.

En aquella convalecencia el libro de Jackson fue una revelación. En él aparecía con mayor claridad que en el de Thomas el esfuerzo reformador de la Segunda República y el autor, comprometido con él, no disimulaba sus simpatías.

De nuevo en el extranjero, esta vez en Estados Unidos, fui posiblemente uno de los primeros lectores españoles en sumergirse en las páginas de otro libro de Jackson, aparecido en 1969, en el que narraba sus peripecias en España para conseguir documentación primaria con la cual  desentrañar el pasado. Este libro, Historian´s Quest, dibujó unas dificultades con las que no me topé años más tarde gracias al apoyo y los contactos del profesor Enrique Fuentes Quintana.

Lo que no recuerdo es cuándo me encontré con Jackson personalmente. Quizá fuese por mediación de Southworth. Tal vez en alguna de las reuniones de una sociedad de hispanistas norteamericanos. Cuando este presentó su Mito en Barcelona fueron Jackson y servidor quienes lo escoltamos y presentamos. Ambos eran muy amigos y cuando Jackson se trasladó a Barcelona no dejó de visitar a Southworth, que vivía en el pleno centro geogáfico de Francia. Al fallecer, en 2001, Jackson no faltó a su entierro. Yo no pude ir pero sí acudió mi mujer.

En España nos vimos con frecuencia. Venía a Madrid. A veces se quedó en mi casa. Otras se fue a la de alguna conocida. Siempre me “achuchó” (como también lo hizo Manuel Tuñón de Lara) para que no dejase de escribir sobre los años oscuros.

Aunque cambiamos cartas (no muchas, siempre he sido reacio a mantener larga correspondencia excepto con Southworth) la relación no se estableció sobre una base muy fluída hasta que dejé la Comisión Europea. Invitamos a Jackson a pasar con nosotros las fiestas de Navidad. Era un excelente flautista y solía indicar a mi hija los errores que cometia cuando aprendía a tocarla. En los fines de semana solíamos llevarlo a visitar algunas de las bellas ciudades próximas a Bruselas.

Cuando se planteó la posibilidad de hacer un curso sobre la guerra civil en torno al Centro Pablo Iglesias naturalmente eché mano de él (y de Gabriel Cardona, Paul Preston y algún otro) para que vinieran a enriquecerlo con sus experiencias y comentarios. Fue entonces cuando me contó que estaba pensando en solicitar la nacionalidad española. Le había animado el que ya se hubiese concedido a Ian Gibson. Él llevaba muchos años en Barcelona, se sentía muy a gusto en España pero no se decidía, pero me parece que incluso había consultado con algún abogado.

Acudí a un colega en la REPER, Luis Luengo, consejero para Asuntos de Interior y que espero se acuerde de este episodio mejor que servidor. Almorzamos con Gabriel y le animamos. Luis sorteó, si mi memoria no me es infiel, algunos escollos y el Consejo de Ministros terminó aprobando su solicitud. Creo que me dijo que el entonces ministro de Justicia, el profesor Juan Fernando López-Aguilar, aceleró el procedimiento. Con lo que ninguno contaba es con que el juez ante el cual Gabriel debía jurar o prometer la Constitución se eternizó en convocarlo. Al final, no tuvo más remedio que hacerlo. Siempre supuse, pero puedo equivocarme, que no le hacía mucha gracia que un ciudadano norteamericano, de izquierdas, pro-republicano y con claras simpatías por Azaña, pudiera contaminar más aún a los ciudadanos de pro al ponerse en igualdad de condiciones cívicas con ellos.

No escribiré mucho acerca de la obra de Gabriel. No es este el lugar. Sí un pequeño apunte. Jubilado en Barcelona, donde se sentía como el pez en el agua, no se durmió en los laureles, pero tampoco se sometió al ritmo trepidante del “publica o perece” tan en boga en las Universidades norteamericanas y, a lo que parece, hoy también en las nuestras. CRITICA, y en particular el duo Gonzalo Pontón/Carmen Esteban, lo acogieron siempre con inmenso cariño y le atendieron espléndidamente.  Pasó años escribiendo una obra de síntesis, Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX; se adentró por la novela; hizo obras de resumen sobre historia de España (no hay que olvidar el librito que escribió sobre la España medieval, ricamente ilustrado)  y sobre la propia República y la guerra civil;  escribió numerosas recensiones; colaboró con artículos en EL PAIS durante largos años. Siempre acudió adonde se le llamara.

Sospecho que esta actividad múltiple debió de dejarle algo insatisfecho porque, ya entrado en años, empezó a pensar en escribir una biografía, aunque no al uso, de Juan Negrín, por quien sentía (como servidor) una gran admiración. Quizá recordando su experiencia de joven doctorando, ni corto ni perezoso entró en contacto con Carmen Negrín y consiguió permiso para bucear en los fondos negrinistas que ella conservaba. El resultado fue una biografía diferente de las demás al uso (como, por ejemplo, las excelentes de Ricardo Miralles y Enrique Moradiellos). Cuando se publicó en 2008, si no recuerdo mal, Gabriel había alcanzado la provecta edad de 87 añitos. Me pidió que la presentase en Barcelona. Había escrito una obra de extrema madurez. Había penetrado en la mente y en el corazón de un personaje nada fácil de comprender y lo había hecho con solo esa agudez que da -aunque a veces no- el paso de los años.

Han tenido que pasar otros diez y empezar yo mismo a acercarme peligrosamente a la edad en que Gabriel nadaba de nuevo en los remolinos de la República y de la guerra civil para comprender el inmenso esfuerzo que invirtió en su última obra. Y ahora, cuando vuelvo a pensar en la República que no pudo ser, de quien más me he acordado en estos dos últimos años ha sido de Gabriel Jackson y de Herbert Southworth.

Descansa, Gabriel, en paz en tu propio país. En España muchos amigos y dos generaciones de historiadores, jóvenes y menos jóvenes, te echaremos siempre de menos.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (II)

5 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Al caso del original de la hoja de servicios de Franco y de sus documentos colaterales, quizá “extraviados”,  no les es aplicable estrictamente el dicho aquel del “todo se ha perdido, menos el honor y la vida”. Y no lo es porque, en puridad, existe desde hace muchos años una publicación que dice contener la dichosa hojita. A ella nos referimos en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO pero solo de forma somera, en otro contexto y con diferentes pretensiones. Me expreso, no obstante, con estudiada propiedad: quien la publicó no solo no lo hizo en su totalidad sino que, además, la “apañó” borrando unas líneas importantes como demostraré en un post ulterior. Pensar que esto pudiera hacerse en la España de Franco sin que SEJE lo supiera y/o diese su consentimiento me parece un desvarío. Es más, la dichosa hojita se detiene, ¡oh, cielos!, cuando todavía quedaba mucho por hacer al general Franco en términos de gloriosas e imperecederas victorias.

 

El autor de la extraordinaria hazaña de publicar en tiempos de dictadura una hoja de servicios de su venerado superior hizo una advertencia preliminar. Creo, para lo que vendrá en ulteriores posts, que lo más conveniente es dejarle la palabra. Los amables lectores verán que merece la pena. De antemano, me excuso por la molestia que pueda causarles el ojear un texto que no es mío. Considérenlo como EPRE, es decir, evidencia primaria relevante de época.

COMIENZO DEL TEXTO

“No es este un libro más sobre el Caudillo de España. No intentamos presentar aquí una obra literaria cuajada de opiniones más o menos acertadas sobre su destacada actuación. Nuestro propósito, guiado por una mano castrense, es más concreto y limitado. Y así empezamos por advertir que no somos nosotros los que vamos a hablar (sic), sino los hechos, narrados con estilo sencillo pero verídico, en la “Hoja de Servicios” del Caudillo. Vamos a tratar de una realidad ajena a toda complicación, pues el concepto “Hoja de Servicios” es familiar a todo militar que sabe se van anotando en ella –no por el propio interesado, sino por sus jefes respectivos- las peripecias de cada vida dedicada al ejercicio de las armas. Ahora bien: naturalmente no todas las “Hojas de Servicio” son iguales, sino por el contrario y precisamente muy distintas. Tanto como son también diversos los individuos de que proceden. Por ello es posible que haya muchas “Hojas” anodinas, vulgares; algunas, más o menos interesantes, destacadas; y otras, pocas, extraordinarias. La hoja de servicios que vamos a transcribir es extraordinaria por encima de toda ponderación. Puede decirse -sin temor a exagerar- que es única en la historia del Ejército español. Y como tal es capaz por sí sola de plantear cuestiones de gran envergadura, pues al leerla en su totalidad no podemos por menos de preguntarnos:

¿Cómo es posible que la biografía de un ser humano presente tal unidad de propósitos y realizaciones, que le lleven desde el simple empleo de Alférez de Infantería a alcanzar la máxima magistratura del Estado?

¿Cuál pudo ser la causa originaria y eficiente de ese continuado y rectilíneo proceso ascendente?

¿Es posible que haya sido la voluntad individual -por muy clara y enérgica que ésta haya sido- la que dirigió a priori el desarrollo de ese hecho histórico tan extraordinario? Debemos descartar esta última posibilidad, pues la voluntad de un ser humano por sí sola -aunque la suerte le acompañe- no parece pueda considerarse causa suficiente de tan singular acontecimiento. Por ello nos vemos obligados a pensar, a partir de la lectura de la “Hoja de Servicios” del Generalísimo, en el carácter trascendente de su vida, considerándola como un caso manifiesto de predestinación histórica. La lectura de este documento nos lleva como de la mano a pensar en ese tema abstruso y elevado, en ese problema de la máxima complicación teológica y filosófica. Pero son obvias las razones porque no vamos a ocuparnos de él aquí. Nos conformamos con presentar a la atención y estudio de los doctos, ese trampolín de la “Hoja de Servicios” para que, apoyándose en ella, puedan dedicarse a dilucidar las cuestiones de fondo que su lectura pueda sugerirles. Solo esclareciendo éstas y no reduciéndose a lo anecdótico, como hasta ahora se ha hecho, podrá llegarse a comprender el esencial significado de ese hecho histórico del Caudillaje que se produjo como algo absolutamente necesario en un momento de crisis de la Unidad de España.

A parte (sic) de nuestro intento de poner de relieve -como hemos dicho- el carácter trascendente que pueda resultar de un profundo estudio e interpretación de los documentos que presentamos, nuestro propósito y esperanza al hacerlo, estriba en que esa recopilación documental pueda servir de ejemplo, no solo a los militares jóvenes y futuros, sino también a todos los españoles, de cualquier clase que sean, al ver el éxito de una vida absolutamente dedicada, con fe y entusiasmo, a la profesión elegida, una conducta a imitar en el ejercicio de cualquier actividad estatal”.

FIN DE LA CITA

No haré exégesis del tono ampuloso del lenguaje. Tampoco me sumergiré en el análisis del texto echando mano de las técnicas correspondientes. Lo dejo para otros. He puesto en itálicas aquellas expresiones que me parecen más significativas para la mejor comprensión de lo que escribiré en los próximos posts. Me limitaré a señalar dos características: a) el realce, hasta alcanzar una altura inmarcesible, de la figura de Franco como ejemplo para los españoles todos, militares y no militares, es decir, queridos lectores, para ustedes y para mí; b) el aleteo no solo del destino, descendido desde las mencionadas alturas sobre el personaje, sino la “demostración” de la eficacia de una voluntad Superior que hizo de Franco una de las figuras más trascendentes de la historia de España. [Preguntas: ¿de quién sería tal voluntad superior?. ¿Osaremos pensar que se trataría del Altísimo?].

El autor de los largos párrafos transcritos anteriormente y de los comentarios y añadidos a la supuesta “Hoja de Servicios” del general Francisco Franco fue el coronel de Artillería Esteban Carvallo de Cora, marqués de San Juan de Carvallo. Gracias a Mr Google, puede saberse que falleció en Madrid el 18 de febrero de 1982. De no haber estado impedido, habría visto la evolución de la historia de España a lo largo de los cinco o seis años posteriores al óbito de su admiradísimo superior. No llegó a ver el 23-F.

El trabajo en cuestión se encuentra a la venta en diversas páginas de Internet a precios relativamente módicos. Desde 40 euros a cerca de 100 dólares. A mi me pareció un despilfarro adquirirlo y me contenté con una fotocopia que me hicieron unos buenos amigos. Se publicó en Madrid en 1967 y, al menos en mi fotocopia, no figura editorial o imprenta algunas. Lo adornan y expanden varios documentos al apoyo (el único que aquí me interesa fue cercenado un pelín, consciente o inconscientemente) y una extensa genealogía destinada a probar la nobleza y alta alcurnia de la familia Franco.

Como he indicado en la introducción a este post me parece absolutamente imposible que SEJE no conociera tal publicación. El autor afirma, en la relación de fuentes consultadas, que la hoja de servicios se encontraba en el archivo del Consejo Supremo de Justicia Militar. Ignoro si todavía continúa allí. Me han llegado rumores de que había sido trasladada a otro archivo en el que, por esas cosas que ocurren, dicen que ha desaparecido. InfoLibre, por su parte, ha afirmado que se desclasificó en 2001, pero ¿imagina el lector que una joya documental del Ejército y de un valor incalculable se encuentre en paradero no fácilmente identificable? En mi modesta opinión debería haber sido digitalizada y puesta en la red por el archivo correspondiente. Si la información del conocido diario digital no correspondiera a los hechos se explicaría mejor mi ignorancia -pero reconozco humildemente no ser un especialista- porque tampoco he visto muchos trabajos que hayan profundizado en las entrañas de los archivos de dicho Consejo.

De aquí una sugerencia, muy modestita, a la intención del Gobierno que se forme tras las próximas elecciones: después de la exhumación de SEJE, quizá deberían tomarse medidas para que tan preciado documento pueda divulgarse en la red. Así los historiadores y aficionados podrían contrastar, gracias una fuente absolutamente primaria, las hipótesis que contiene esta serie de posts. Por el momento, no son más que eso. Y añadir las que consideren pertinentes. No hay historia definitiva.

Reconozco con toda sinceridad que me cuesta trabajo pensar que tal joya documental haya podido sufrir algún percance y/o que alguien (siempre hay que tener en cuenta que en este mundo  existe la maldad e incluso la maldad absoluta) se la haya podido llevar a algún lugar ignoto. Sería lamentable que  se hubiera podido sustraer al conocimiento de los españoles y extranjeros interesados un papelín de una, al parecer, importancia absolutamente capital.

Ha sido preciso superar una larga batalla judicial para exhumar los restos mortales del general Francisco Franco, pero me aterra que el reflejo preciso y oficial de su excepcional carrera, sobre todo hasta junio de 1936, pudiera haberse extraviado.

En el interín, debemos contentarnos con la “hoja de servicios” reproducida por el marqués y coronel de Artillería Carvallo de Cora como una transcripción más o menos fidedigna, en el bien entendido que se detiene -por razones no explicadas- en el momento en que Franco, general de brigada nombrado por Real Decreto de 3 de febrero de 1926, se trasladó a Madrid. Todo lo que tan distinguido genealogista escribió después sobre la trayectoria de su admirado superior no es sino una mezcolanza de elogios y de comentarios respecto a la actitud de Franco en los años republicanos. La fuente podría ser cualquier periódico de la época, sobre todo si era de derechas. De “hoja de servicios” en sentido estricto, rien de rien.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (I)

29 octubre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Al general Franco, cuyo nombre en las últimas semanas no ha dejado de aparecer en los periódicos a consecuencia de la exhumación y traslado de sus restos mortales desde Cuelgamuros, se le ha endosado una gran variedad de calificativos. En este y en los próximos posts voy a tratar de poner en relieve unos aspectos que, por lo que sé, no suelen resaltarse. Ruego a los amables lectores tener paciencia, porque la demostración de su utilidad se hará de forma pausada. Me serviré, con una sola excepción, de material y libros publicados y al alcance de cualquiera. Con ello quiero demostrar, no sin una puntita de ironía, que una de las cualidades más características del historiador es saber contextualizar.

 

Como es notorio los alquimistas eran hombres y mujeres a quienes se atribuía en el pasado, bien sea remoto bien algo menos, cualidades específicas muy particulares. Se creía que tenían la capacidad de transmutar en oro materiales viles de las más diversas procedencias. Por desgracia, no se ha conservado -que servidor sepa- ninguna muestra del oro obtenido mediante la alquimia. Es más, los avances en química inorgánica empezaron a poner en duda que aquella aspiración de los alquimistas pudiera convertirse algún día en realidad. Las modernas ciencias físicas han revelado que, pura y simplemente, se trataba de supercherías.

En algunos de mis libros he abordado el análisis de ciertos aspectos, siempre encubiertos, poco documentados o a veces ignorados, del comportamiento de SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado). Así terminó denominánsole habitualmente una vez que sus conmilitones -pretendiendo hablar por la totalidad de las fuerzas armadas y, nada menos, que por la de España- lo exaltaron a la jerarquía suprema y él se adosó exclusivamente lo del Estado.

Si adoptamos un punto de vista estrictamente temporal creo haber podido demostrar documentalmente que, entre tales aspectos de comportamiento, figuran cuando menos, y en oposición a lo que se ha dicho por lo general:

  • No fue el líder de la sublevación que desembocó en guerra civil, aunque posteriormente se autopresentó como tal e hizo que pasara de esta forma a los antecedentes de la “guerra de liberación” que publicó en 1945 el Servicio Histórico Militar, siempre a la vanguardia en la defensa de los altos intereses del Estado y, naturalmente, de su líder.
  • Sí inició su propia sublevación tras desembarazarse, por persona interpuesta, de alguien que podría quizá haber trastornado sus planes, el general comandante de la guarnición de Las Palmas, Amado Balmes, en torno al cual se montó una leyenda que no se la cree ni un imbécil pero que ha costado desmontar documental y empíricamente.
  • Haciéndome eco de alguno de los comentarios del conspirador monárquico Pedro Sainz Rodríguez, consideré muy probable que el objetivo inmediato de Franco no hubiera sido la Jefatura del Estado, algo que en aquellos momentos y por definición estaba muy alejado de él ya que hubiese correspondido al bilaureado teniente general José Sanjurjo.
  • No solo se aprovechó de la esperable, o temida, prolongación del conflicto para conseguir que sus conmilitones monárquicos le auparan a la Jefatura del Estado el 1º de octubre de 1936 (“Día del Caudillo”, remedo del Führertag nazi, aunque este se refería al día del nacimiento de Hitler).  A las pocas semanas (no más de tres) empezó a desviar fondos recaudados en algunas de las numerosas suscripciones nacionales que surgieron como las setas tras las lluvias de otoño en los territorios sometidos al mando militar. La desviación se hizo hacia cuentas bancarias abiertas a su nombre.
  • A medida que se alargaba la guerra, y mientras sus soldados morían en las trincheras, se desangraban en los hospitales o quedaban tullidos para el resto de su vida, SEJE aprovechó para forrarse el riñón, con cuentas abiertas en general en España pero, al menos en una ocasión, en Lisboa. Por si las moscas.
  • A esta cuenta SEJE le dedicó una atención especial porque, si bien estaba abierta a nombre de su hermano (embajador en Lisboa) y de su primo hermano (compinche en sus jueguecitos financieros), tan pronto como los norteamericanos bloquearon en el verano de 1940 la libre disposición de cuentas en dólares a nombre de titulares extranjeros, Franco hizo todo lo posible e imposible para que le eximieran de tales restricciones. La diplomacia española obedeció sus órdenes, pero fue en vano. Hubo que esperar al final de la guerra mundial para que se le desbloquearan los fondos.
  • Avispado como siempre, Franco se las apañó para que la contrapartida en pesetas y al precio de tasa de un regalo al Estado español y pre-imperial hecho por el dictador brasileiro Getúlio Vargas consistente en 800 toneladas del mejor café en grano se convirtiera en pesetas contantes y sonantes que se abonaron a sus cuentas particulares en el Banco de España.
  • Con estas minucias, y otras, SEJE se hizo con un patrimonio en metálico y por consiguiente de rápida disposición. Fue utilizándolo para adquirir propiedades inmobiliarias (terrenos). Todas ellas se ensamblaron (en un ejemplo poco conocido de la concentración parcelaria) para dar lugar a la finca Valdefuentes, cuyo propietario fue una sociedad anónima que la arrendó a su santa esposa.

Es decir, Franco transmutó alguna de las prerrogativas de su excelso cargo en dinero contante y sonante y luego, como un noble de antaño, en “terrenitos”.  Un alquimista consumado, en suma, que ya había dado muestras de su buen hacer en épocas lejanas y un tanto mitificadas.

Hay una hazaña bautismal que permitió a Franco “apuntar maneras”. Para mí es algo más que sintomática. Está convenientemente mitificada y pocos son quienes se hayan atrevido a relatarla en sus justos términos. Documentables. Que yo sepa, fue el coronel Carlos Blanco Escolá el primero en desmitificar un “apañito”  inicial que pone de relieve la auténtica maestría de Franco a la hora de convertir un molesto percance en una gloriosa, admirable y ejemplarísima muestra de gallardía, valor y camelística consumada.

Para ello hay que acudir a uno de esos documentos casi sagrados para los generales, jefes y oficiales del Ejército de su época: la hoja de servicios. Pero, antes de hacerlo, he de lanzar una llamada de atención, sin excluir a los encargados de velar por la memoria, el nombre y la herencia política del general Francisco Franco. Aunque, con motivo de su exhumación, un diario digital InfoLibre publicó que en 2001 se desclasificó su hoja de servicios, lo cierto es que no he visto ningún libro que la haya examinado o, menos aún, reproducido.

Reconozco, eso sí, que quizá haya surgido en alguna de las numerosas biografías que en los últimos tiempos se han publicado sobre Franco. Yo me he detenido en la del profesor Stanley G. Payne y la revisada del profesor Paul Preston. Sin embargo, al escribir mi último libro indagué en alguno de los archivos en que tal hoja debería haberse guardado cual preciada joya y la respuesta es que no lo sabían. Tampoco lo sabe mi primo hermano, Cecilio Yusta Viñas, que la ha buscado infructuosamente.

Sentadas estas informaciones me alegraría mucho si alguno de los especialistas en el tema me informen e informen también a los amables lectores. En el bien entendido que, como se verá a lo largo de esta serie de posts no se trata solamente del único documento que debe despertar la curiosidad de los investigadores, ya estén dispuestos a cantar las loas del SUPERHOMBRE o, por el contrario, reducirlo a dimensiones más humanas.

Quienes hayan tenido la paciencia de ojear EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO (obra escrita en colaboración y gracias a la ayuda absolutamente esencial del patólogo Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano y expiloto sabrán que los antecedentes de la muerte, no en accidente como solía afirmarse, del general Balmes presentan una característica común. Se refiere a las hojas de servicios de los diferentes personajes y personajillos que participaron en la trama que condujo a su eliminación. Casi todas ellas fueron manipuladas -en ocasiones con constancia de tal intervención; se introdujeron  formulaciones ad hoc; no revelaron claramente la participación de los interesados en los pormenores que condujeron a su actuación de cara al “Glorioso Movimiento Nacional” y, desde el punto de vista histórico e incluso profesional, a veces dejan bastante que desear. Todo ello puede comprenderse fácilmente, dado que era necesario borrar pistas, pero ¿en el caso de Franco?

Lamentando profundamente no haber podido leer la hoja de servicios a que aludió InfoLibre, mostraré que sin embargo no todo está perdido. Desde casi sus primeros momentos, y a tenor de la documentación consultable, el futuro Jefe del Estado se comportó como lo que algunos podrían caracterizar de perillán. O quizá de alguien consciente de su ambición desde sus más tiernos años de militar.

(Continuará)

La Fundación Nacional Francisco Franco escribe al papa. Un comentario.

22 octubre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

El 2 de octubre pasado la FNFF dio a conocer en su página web (www.fnff.es) una carta abierta titulada “Santidad, no abandonen (sic) a los católicos españoles”. Confieso que la vi por casualidad. No suelo frecuentar dicho lugar donde tienen por costumbre incluir graciosos comentarios a mi nombre y mis trabajos. Me pareció tan interesante y sugestiva que inmediatamente, aunque estaba en el extranjero hurgando en archivos, la subí a Facebook gracias al móvil. Anuncié que, si tenía tiempo, haría un comentario sobre ella. El tiempo, por fortuna, no me sobra, pero una circunstancia me obliga a emprender la tarea. El objetivo de la carta era impedir (vía la intercesión del Sumo Pontífice) el “desafuero” que representaría la exhumación de los restos mortales del inmortal Generalísimo. Sin embargo, tan piadoso deseo no parece que vaya a cumplirse (escribo estas líneas antes de que el evento haya tenido lugar).

 

A diferencia del Excmo. Sr. Don Francisco Vázquez, exalcalde de A Coruña y exembajador ante la Santa Sede, que ha regalado a los historiadores vía las páginas del venerable diario ABC con su particular sapiencia de temas del pasado sobre los que diserta con una por escasos colegas míos reconocida autoridad, servidor no ha entrado en el Vaticano sino como mero turista a las zonas abiertas. Supongo, no obstante, que quienes proyectaron la carta sabrán mucho más del mismo y, si no, siempre habrían podido consultar al prior (“heroico”, según ellos) de la “Abadía Benedictina del Valle de los Caídos”. Yo no cuento con tal autoridad. Sin embargo, aparte de leer masivamente cartas y despachos diplomáticos desde 1971 para escribir alguna que otra cosilla sobre el pasado, también los he redactado. Recuerdo que en algún momento me encomendaron que pergeñase un proyecto de misiva del presidente Jacques Delors al presidente George H. W. Bush sobre un tema entonces políticamente muy sensible como era la situación en El Salvador en plena guerra civil. Lo pasé por toda la jerarquía de la Comisión Europea (era obligado) y nadie cambió ni una sola coma.

Hay que suponer que en un tema no menos sensible como es el de recabar abiertamente una intervención directa de la Santa Sede en los asuntos políticos de un Estado soberano con el que existen plenas relaciones diplomáticas, los redactores de la carta abierta se habrían atado los machos en concordancia con la importancia del asunto y, en consecuencia, medido al milímetro sus palabras. Cuestión de mera profesionalidad. Por desgracia me asalta la sospecha de que no ha sido tal el caso. La carta, por no tener, no tiene ni encabezamiento (el título no vale: podría aplicarse a un artículo de prensa). Claro que esto es una mera objeción formal y, si se me apura, de mera educación. Lo más significativo es el contenido. Daré unos pocos ejemplos.

Para argumentar la necesidad de la intervención de Su Santidad en un asunto político español como es el de la exhumación de los restos mortales (“res sacra”, según la reconocida autoridad del “heroico” prior) a los redactores no se les ocurrió otra cosa que presentar la guerra civil exclusivamente como dirigida contra la religión. Para ello no dudaron en apoyarse en la frase tópica de Don Manuel Azaña (a quien le hacen presidente de la República) de que “España ha dejado de ser católica”. Olvidan que la pronunció el 13 de octubre de 1931 en uno de los debates sobre los artículos de la Constitución referidos a la Iglesia y en su calidad de ministro de la Guerra del Gobierno Provisional. La Presidencia no la ocupó hasta mayo de 1936. Es cuestión de echar un vistazo a Wikipedia. Él mismo Azaña explicó lo que quería decir con tan manoseada formulación y que, supongo, cualquier monseñor en la Curia podrá haber comprobado en el propio discurso (sugiero a los amables lectores que echen un vistazo al siguiente enlace: http://www.filosofia.org/hem/dep/sol/9311014.htm). Hay muchos otros.

La referencia en la misiva a la Carta colectiva del Episcopado Español (1º de julio de 1937) podría considerarse como una impertinencia, en lenguaje suave.  No da la impresión de que los redactores de la misiva se hayan molestado en leerla. Tampoco parece que estén demasiado familiarizados con su significado. En realidad, ha generado una copiosísima bibliografía. Contiene afirmaciones rotundamente falsas, como ya observó uno de los historiadores pro-franquistas, católico a machamartillo y jurídico militar de reconocido prestigio en la dictadura y postdictadura (fue general auditor del Ejército del Aire y juez especial para la instrucción del sumario relativo al 23-F, amén de historiador y director general de Cinematografía y Teatro). La FNFF, dirigida por un general, puede leer su conclusión al respecto en https://asambleadigital.es/wp-content/uploads/2019/06/CARTA-COLECTIVA-EPISCOPADO-ESPA%C3%91OL.pdf, por no remitir a alguno de mis propios trabajos o de los títulos más descollantes de la abundante literatura, en la que brillan los nombres de clérigos especializados. No parece verosímil que en el Vaticano se preste en 2019 demasiada atención a aquel escrito de intención meramente propagandística y con escasos impactos políticamente efectivos fuera del mundo católico y en Estados Unidos y Bélgica.

Tampoco veo que los ejemplos anteriores tengan demasiado que ver con el asunto en cuestión, que es -repito- rogar la intervención del Sumo Pontífice en los asuntos soberanos de otro Estado, pero parece sintomático que la FNFF haya aireado algunos de los (numerosos) “logros” tras la guerra “contra la Iglesia” de su largo dirigente impuesto por las armas y la cooptación de otros generales (ejecuciones, sí, pero solo para delitos de sangre; numerosos indultos; labor descomunal de generosidad y clemencia; seguimiento de las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo -aunque no afirman que lo hiciese al pie de la letra-, etc.) para robustecer la “necesidad” de dicha intervención. Todos aspectos y otros han sido convenientemente matizados, cuando no rebatidos, por una amplia literatura que ha esclarecido el debe y el haber del difunto y que, como es lógico, la FNFF jamás ha aireado en sus páginas. En lo que se refiere a los aspectos económicos de la fase de “desarrollismo”, y que no tienen nada que ver con el asunto, dado que he escrito algo al respecto prefiero abstenerme de todo comentario, pero estoy a la disposición de la FNFF en seguimiento del mandato del enseñar a quien no sabe, una de las más importantes obras de misericordia.

A cualquier historiador que se precie puede parecerle muy sesgado que la FNFF haya introducido en su escrito que “el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) -el mismo que entre 1934 y 1936 había permitido, si no impulsado, la revolución que llevó a la guerra civil”. Esto es falso de toda falsedad y deja en mantillas incluso las tesis del profesor Stanley G. Payne, que ya es decir. Es más, me atrevo a asegurar que hubiese encendido de ira a su Generalísimo. Que en una misiva de alto contenido político a su Santidad de sus fieles seguidores no aparezca ni una sola vez el término “comunismo” o “comunistas”, los auténticamente malvados que según SEJE iban a despeñar a la Patria en los abismos de la revolución, le hubiese probablemente enervado. No sin razón. Después de más de cuarenta años enfatizando el peligro comunista que había hecho “imprescindible” un “alzamiento” liberador, después de centenares si no millares de libros, artículos y columnas pintándolo con los trazos más negros (por así decir, la vanguardia de la “escoria de la Nación” en frase inmortal ante el Consejo Nacional del Movimiento) que a la Fundación que ostenta su nombre y se dice guardiana de su inmortal memoria se le ocurra olvidarse del maligno por antonomasia le llevaria a preguntarse “pero, ¿adónde han ido mis fieles?”. No sabemos si lo hará desde la eternidad.

También cabe especular en qué mundo habita la FNFF al informar al Su Santidad de que “en España no se hablaba de la guerra”. ¿Cuándo, por ventura, ha dejado de hablarse de ella? La dictadura no dejó jamás de referirse a la misma. A los españoles se nos restregó el “muertos por Dios y por España” hasta en la sopa. Se habló siempre y también con connotaciones y explicaciones que, eso sí, jamás se permitieron desde 1939 (o desde julio de 1936 en las zonas en que triunfó la sublevación). ¿Hemos de recordar en qué años se abolió la censura, primero de guerra y luego en su versión fragairibarnesca?

La carta induce dudas existenciales. ¿Podría decirse, con un mínimo conocimiento de hermeneútica, que la Ley de Memoria Histórica tiene por objeto reescribir la historia de España entre 1931 y 1978? Que servidor sepa, la historia la escriben en primer lugar los historiadores y luego los pueblos. No los Gobiernos, salvo si son dictaduras, de derechas o de izquierdas. La de Franco, por ejemplo, generó un canon en el que todavía cree un sector de la sociedad española, ayuno de lecturas y de conocimientos. Además, no la escriben únicamente los historiadores españoles. También quienes no viven en el país en el que, según se recuerda al Sumo Pontífice, “se han profanado templos, se ha insultado, acosado o incluso agredido a sacerdotes, se han retirado Cruces, se ha prohibido la enseñanza de la religión católica en los colegios y se han eliminado todos los crucifijos”. Es decir, lo mismito que en una dictadura comunista cualquiera o en la nacionalsocialista  de pro (con la que, en su momento, bien pactó el correspondiente concordato el secretario de Estado y entonces cardenal Eugenio Pacelli el 20 de julio de 1933). Es cierto que, a lo que parece, tal magna obra sigue teniendo validez (https://de.wikipedia.org/wiki/Reichskonkordat), pero este es un tema de los alemanes, no de los españoles.

Después de tres páginas repletas de lo que a un lector no particularmente prejuzgado podría parecerle un dechado de errores históricos (de nuevo el suave lenguaje se impone) los autores de tan impresionante escrito entran en materia: hay en marcha, informan a Su Santidad, una estrategia “de demolición de la esencia y el fundamento cristiano de nuestra Patria” (me pregunto cuándo se abrirán los despachos de la Nunciatura Apostólica que se refieran a esta singular misiva y cuáles son las evidencias documentales que encierra la FNFF en las que, sin duda, se apoyan). Tengo, sin embargo, la impresión de que entre los autores que han osado dirigirse al Papa Francisco no han abundado los juristas porque en una envolée retórica, que ya quisiera servidor ser capaz de emular aunque fuese en otro contexto, la reciente sentencia del Tribunal Supremo se califica de “incomprensible”. Por el contrario, muchos legos pueden incluso comprenderla.

Al final destaca una información: la FNFF acudirá al TC y, de ser necesario, al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.  [Mi interpretación: una advertencia -quizá exagerada- al  Estado español que ya podría echarse a temblar. Franco tiene la mano larga, pues previsiblemente estará en contacto con un ejército de ángeles custodios]. En una nueva muestra de savoir faire, los autores concluyen su misiva con otra advertencia: si la Santa Sede cede “a las pérfidas pretensiones del Gobierno español se convertirá(n) en colaboradores necesarios de un hecho de imprevisibles consecuencias, todas malas”. En claro:  “el Santo Padre se la juega”. Una forma extraña de implorar su intervención.

No me consta que públicamente se haya dado reacción alguna de la Curia o de la Nunciatura. Es lo más lógico y natural. Me parece -pero puedo equivocarme- que para los redactores de la misiva no se trata de influir en la postura del Sumo Pontífice. Si esta hubiese sido realmente su intención su falta de éxito es algo que cabe calificar de sobresaliente siquiera porque la sentencia del Supremo es inconmovible.

Lo que puede haber inducido tal esfuerzo “diplomático” y mediático es la esperanza de ganar un micropunto en la batalla no por la historia sino por el relato sobre el pasado, hecho con fines presentistas y futuristas.  Ya en el mismo día de la publicación de la carta la habían firmado, nos cuenta el periódico LA RAZÓN, más de 2.000 personas. Después habrá habido muchas otras. Es conocida la máxima atribuída al maestro Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Con los modernos medios digitales puede multiplicarse por un favor inimaginable.

Como según saben los tramposillos del Brexit el relato se riega a base de libras esterlinas e incluso dólares, tampoco cabe descartar que con la carta se pretenda dar más vida a una acción de propaganda que contribuya a rellenar caja. Los lectores aficionados a consultar a Mr Google no tendrán dificultades en identificar la procedencia de un proverbio no español: “con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver”. Y así, cuanto más numerosas sean las mentiras, más multiplicarán tal posibilidad.

A propósito de la película de Amenábar

15 octubre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el último mes, por una serie de circunstancias profesionales y personales, me he visto obligado a estar de viaje casi en permanencia. Me he movido entre tres países, sin ordenador y, en alguna ocasión, sin acceso a internet. He intercalado tres supercortas estancias en Madrid. En una de ellas aproveché para ver la película de Amenábar. Me la habían recomendado cálidamente dos amigas mías. Un colega me dijo que le había emocionado. Por lo demás, no hay que indicar la masa de comentarios de muy diversa índole que ha suscitado. Pensé que no podía sustraerme a la necesidad de verla, porque quizá no la proyectarían en Bruselas. Si lo hacen, volveré a verla. En lo que sigue trataré de aportar algo a las reacciones que ha provocado.

 

Parto de los siguientes supuestos:

  1. Aunque me gusta el cine y tengo una apreciable colección de películas en mi casa en formato DVD (que ya casi nunca veo) y en mis años mozos leí bastante sobre el arte cinematográfico, mis comentarios no versarán sobre la calidad de la película. No me siento cualificado para ello.
  2. Tampoco acudiré a la fácil escapada de identificar las numerosas escenas que, muy probablemente, han sido insertadas en la película para dotarla de elementos dramáticos. Un film no es la transcripción en imágenes de un libro. Para eso están, cuando lo están, los reportajes.
  3. No soy especialista de Unamuno y no he vuelto a leerlo desde mis años jóvenes, cuando era poco menos que obligado. No entro ni en su vida ni en la presentación que de ella, en el año 1936, se hace en la película. La vi en segunda fila de butacas, en un cine abarrotado.

Dicho lo que antecede, tengo que presentar objeciones al film en tres categorías.

En primer lugar, respecto a su título. “Mientras dure la guerra” me deja perplejo. Por mucho que me he esforzado en desentrañar su significado no he dado con uno que se desprenda del mismo. Quizá es una observación trivial. La película cubre el lapso de tiempo que media entre la lectura del bando de guerra en la Plaza Mayor de Salamanca hasta que Unamuno queda recluído en su domicilio tras el superfamoso y supercomentado incidente del 12 de octubre de 1936. Las líneas que aparecen después en pantalla son triviales. Ni quitan ni añaden nada.

En segundo lugar, respecto a la caracterización de los dos personajes históricos de los que sé algo y que se mueven en torno a Unamuno: a saber Millán Astray y Franco. Los pongo en este orden porque la contraparte del primero en el 12 de octubre fue el general cojo, tuerto y manco pero es obvio que sobre él tronaba el segundo.

Con independencia de que el actor que da vida en pantalla a Millán Astray hace un papel muy meritorio, en función de la caracterización que de él han hecho el director y el guionista, tengo la impresión de que no corresponde a la realidad del personaje y que, al falsearla, desvirtúa la ceremonia del 12 de octubre y, con ella, el mensaje de la película.

Admito que la escena enque Millán Astray aparece por primera vez, vestido de paisano, en un coche desde el cual arenga a las tropas (supongo legionarias) que avanzan por un lugar no determinado (¿Extremadura?) puede ser necesaria. Es también inverosímil. Lo importante es que a Millán Astray lo convierte Amenábar en el “genio malo” de Franco, en el motor que espolea las ambiciones de este, el que lo defiende ante los demás generales (incluso en las escenas -forzosamente inventadas en cuanto a su transcurso- en que se decidió el nombramiento) y en la persona a quien se le ocurren algunas de las sugerencias más impactantes de la película.  Es fácil defender tal caracterización. Lo primero puede hacerse con referencias al pasado del general y anticipando su posterior papel de propagandista del “Alzamiento” (que ya se realza en la película).  No sé si Amenábar habrá recurrido a historiadores para apuntalar el guión. Lo que sé es que su imagen de Millán Astray no se corresponde en absoluto con el testimonio de un testigo que lo conoció en aquel período. Subrayemos que no fue nombrado jefe de prensa y propaganda hasta semanas más tarde. Quien se ocupaba de tal menester en octubre de 1936 es, si mi memoria no es incorrecta, el periodista Juan Pujol -anteriormente a sueldo de Juan March durante los años republicanos. Un pinta de cuidado del que no conozco, por desgracia, ninguna biografía, auunque es posible que la haya. Sobre Millán Astray escribió Francisco Serrat, a la sazón secretario general de Relaciones Exteriores de Franco, lo siguiente:

“Ha tenido la desgracia de no morir a tiempo. Prácticamente aquel Millán Astray, gloria del ejército y de la nación, el iluminado fundador del “Tercio” y su domador, el militar heroico, la personificación de la valentía temeraria y de la oratoria galvanizante, aquel pasó a la historia. Hoy solo queda una sombra maltrecha, una reliquia que sería venerable si la rodearan la calma y la serenidad de las grandezas extinguidas. En este concepto hay que quitarse el sombrero ante él, sin mermarle un ápice de su gloria. Pero la providencia, que a veces es cruel en sus fantasías, parece complacerse ahora en mostrarnos a ese gran hombre a través de sus debilidades”.

(Los lectores que lo deseen pueden acudir a las memorias de Serrat, Salamanca, 1936, Crítica, 2014, que servidor editó, o al futuro libro de Luis Castro Berrojo que examina su trayectoria al frente de la prensa y propaganda)

El papel que Amenábar atribuye a Millán Astray en el ascenso de Franco lo desempeñaron en realidad su hermano Nicolás (muy desdibujado en la película) y el diplomático monárquico José Antonio Sangróniz Castro (futuro contrabandista de brillantes tras la guerra civil) y jefe de un gabinete diplomático y de protocolo, que se fabricó a su medida, pegado desde el principio al general Franco (su hoja de servicios lo presenta como “jefe del Gabinete civil del Ejército Expedicionario”). Por otro lado, se disminuye hasta casi la insignificancia el papel del general Alfredo Kindelán que puso el peso de los monárquicos tras el nombramiento, que no no fue como jefe del Estado.

Podría aducirse que nada de lo que antecede tiene importancia. El director de la película es muy libre de elegir a sus personajes y de caracterizarlos como quiera. Este argumento se hace, no obstante, algo más complicado en el caso de Franco.

Los rasgos con que Amenábar dibuja al dictador en ciernes no son en absoluto creíbles. Lo hace aparecer como temeroso, preocupado por no dar un paso en falso, empujado por Millán-Astray, algo apocado. NADA DE ELLO SE CORRESPONDE CON LA REALIDAD.

Hay incluso un punto grotesco en la escena en que se presenta la bandera tricolor en el Cuartel General de Franco en Cáceres (!!!) y en la que Millán Astray le sugiere cambiarla por la bicolor de la Monarquía. Es absolutamente absurda. Franco, disparadas sus ambiciones personales tras las desapariciones de Sanjurjo y Calvo Sotelo, hizo el trueque en un episodio muy conocido y muy sonado -que le valió el favor monárquico- en Sevilla el 15 de agosto de 1936.

La tercera categoría es incluso más fácil de desmontar. Amenábar introduce al principio de la sublevación en Marruecos a dos alemanes (nazis, por supuesto), vestidos de civil. Uno de ellos solo se expresa en su idioma (aparece la versión castellana en subtítulos) ante Franco. El segundo traduce. Le comunican algo así como que el “Führer” solo apoyará un general (no tuve la prestancia de escribir los términos exactos). Es, de nuevo, totalmente absurda. Los dos nazis que llevaron la noticia de que Hitler había aceptado la petición de Franco de echarle una mano eran alemanes asentados de larga data en Tetuán y hablaban castellano perfectamente. No le dijeron nada de tal tenor, porque Hitler no había dicho nada al respecto. Por cierto, me suena que los aviones Junker que empezaron rápidamente con el traslado de tropas hacia la península no volaban de noche, como aparece en la “peli” cruzando el Estrecho de Gibraltar.

Finalmente, la noción de que fue el obispo de Salamanca, el siniestro Enrique Pla y Deniel, quien inspiró a Franco la noción de que España necesitaba héroes como el Cid y defensores de la fé católica es también inventada. Se pasa por la piedra que ya Mola había tendido sus ensangrentadas manos a la Iglesia Católica española y que Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona y más próximo a él, parece que ya había utilizado el término “cruzada”. Claro que podría afirmarse que cuando Franco se une de pronto a rezar el rosario inesperadamente con su esposa (hipertrofiada en su papel) y su hija puede servir como ejemplo de “conversión”.

Para terminar este ya largo post (no habrá un segundo sobre el tema) ¿cómo describió para su familia el embajador Serrat la famosa escena del 12 de octubre?

“Franco tuvo la desgraciada idea de confiar a Unamuno su representación, sin tener en cuenta, aparte de los peligros naturales de la afición de Unamuno a la paradoja, la naturaleza del público que había de asistir a la reunión, incapaz casi en totalidad de entender el lenguaje del superhombre. Habló Unamuno sobre el pie forzado del objeto de aquel acto. Llevado por su afán de originalidad y de rectificar errores vulgares, tuvo la mala idea de abordar la cuestión del separatismo vasco (…) Por desgracia estaba entre los presentes el general Millán Astray, encarnación suprema del patriotismo irreflexivo, que, excitado sin duda por tanta palabrería para él hueca de sentido, cedió a su impetuosidad y, sin respeto a la solemnidad del acto ni a la representación del orador, le interrumpió bruscamente para largar una arenga de las suyas, estilo Tercio, con todo el chinchín del patrioterismo y los lugares comunes de “condenación a los traidores a la patria” y demás mojigangas tan gratas a un público simplista. Recibió una magna ovación. Y así terminó aquella reunión, modelo acabado del espíritu de la raza que se trataba de encomiar”.

Ni más, ni menos. Amenábar, en su reconstrucción, prefigura lo que iba a ser la España del futuro bajo Franco: el dominio de la espada y de la cruz, aderezada con dosis homeopáticas y cuidadosamente graduadas de las “grandes” aportaciones fascistas. ¿El caso de Unamuno? Un conflicto elevado al nivel de categoría. También, fuera del franquismo, los héroes son necesarios.

Archivos españoles: la dura lucha por el derecho a conocer el pasado (y III)

8 octubre, 2019 at 12:10 pm

Ángel Viñas

No quisiera que se malinterpretasen las afirmaciones con las que cerré el post anterior. En los regímenes dictatoriales europeos ha sido muy frecuente que al iniciarse los correspondientes procesos de transición hacia otras formas de organización política y social se eliminaran documentos “molestos” generados en las épocas anteriores. Estoy algo familiarizado con varios casos, en parte por haber indagado en los archivos correspondientes o por conocer algo de la literatura al respecto. Cada caso tiene sus peculiaridades. No todos los que ordenaron la destrucción de los papeles de los años del franquismo tenían proclividades nazis (a partir de los primeros años cincuenta hay que buscar con lupa para encontrar a quienes las hubieran profesado, aunque no faltaron -véase el ejemplo del famoso CEDADE). Pero sí siguieron una tónica relativamente similar: lo que puede incomodar del pasado, mejor es que no aparezca.

 

Corresponde a Luis Castro Berrojo haber logrado, en una acertada síntesis, resumir las líneas esenciales de lo que conocemos acerca de la política (sí, política) de destrucción de documentación de la época franquista. Creo que la exposición de dicho autor permite dístinguir tres períodos. El primero lo denominaré “de dejadez relativa” y se extiende desde finales de la guerra civil hasta principios de los años sesenta. Estuvo presidido por la escasez: es decir, la falta de papel -una de las muchas carencias de la desaforada autarquía que impuso el régimen. Esta escasez llevó a la reutilización de masas inmensas de documentos para ser transformados en pasta. Afectó a la documentación propia y también a la de antes y de la guerra civil, salvo la que pudiera utilizarse con fines procesales y punitivos.

El segundo período podríamos situarlo en los años sesenta, cuando empezó a plantearse la cuestión del después de Franco, ¿qué?. Es un período oscuro en el que en algunos de los archivos en que he trabajado figuran listas muy someras de categorías de documentos destinados a su destrucción. Las motivaciones podían no ser exclusivamente las relacionadas con la conveniencia de hacer desaparecer fondos comprometedores. Hay otras que también están documentadas o que se han conocido por transmisión oral: la muy prosaica, por ejemplo, de hacer espacio.

Esto, que puede parecer una bobada, no lo fue en ciertos casos. Mencionaré uno de mi propia experiencia. A mitad de los años setenta empecé a trabajar, como ya he indicado,  en la reconstrucción de la política económica exterior del franquismo (incluída guerra civil). El Ministerio de Comercio y el Instituto Español de Moneda Extranjera (que dependía del primero y que era, por así decir, la autoridad monetaria exterior) tenían en la madrileña calle de Bravo Murillo un almacén en el que se habían depositado, sin orden ni concierto, documentos relacionados con la actividad comercial y monetaria del régimen durante la guerra y la larga postguerra. Hacia 1973 uno de mis compañeros -cuyo nombre me reservo- concluyó que en aquel almacén ya no cabían más papeles y dio órdenes para que se procediera a una limpia del material más antiguo.  En consecuencia fueron a parar a la trituradora o a las calderas (no lo sé exactamente) masas ingentes de papel. Junto con expedientes sin importancia histórica pudieron destruirse otros que sí la hubiesen tenido. Puedo hacer tal afirmación porque en el almacén encontré libros de la contabilidad del IEME y los balances de la posición de divisas del “glorioso régimen” durante los años cuarenta y cincuenta. No es exagerado pensar que probablemente habría habido muchos otros más.

Sin excluir tal tipo de necesidades bastante pedestres, también las hubo que lo fueron menos. Y es en estas en las que Luis Castro pone el énfasis: los papeles de la represión violenta, organizada, tuvieron otra motivación para explicar su desaparición.  Las autoridades franquistas no se comportaron como parece que lo hicieron las soviéticas -conservando papeles para la eternidad- sino que procedieron más a la manera nazi. ¿La idea? De lo que quede, podemos arrepentirnos. Si desaparece, no habrá ni dios que nos achaque nada. Sobre lo que se haya desvanecido en humo o convertido en basura o en pasta de papel es imposible hacer la menor afirmación.

Es el tercer período en el que el artículo de Luis Castro -basado en una impresionante bibliografía- resulta más apasionante. Sobre la Transición se ha escrito mucho y, naturalmente, se escribirá todavía más. No es preciso tener una concepción optimista de la historia para pensar que el paso de una situación de coacción (vulgo dictadura) a otra de libertad despierta un interés para unos y otros por motivos muy variados. Para algunos por la “necesidad” de eliminar pruebas de la variada gama de instrumentos puestos en práctica para aniquilar, reducir y amedrentar a los “súbditos” discrepantes. Para otros, para estudiarlos y detallar todas las maldades que se derivaron de su aplicación. En cualquier caso, para difuminar responsabilidades.

En las páginas del artículo de Luis Castro aparecen así ordenantes (actores, sujetos con capacidad de decisión) que decidieron que la máxima inglesa del let sleeping dogs lie sería muy adecuada para “encarar” el futuro: destruyamos todo lo que podamos de los documentos del pasado y así nos evitaremos tener que ocuparnos de él y que nos echen en cara lo ocurrido. Ilustres políticos de la Transición como el ministro Rodolfo Martín Villa o el gobernador civil de Barcelona y luego también ministro Salvador Sánchez-Terán dejaron su nombre inscrito en las instrucciones cursadas para eliminar documentación. Hay otros ejemplos.

¿Resultado? Entre 1965 y, digamos, 1980 se destruyeron enormes masas de papel. Podemos tener la absoluta certidumbre de que entre ellas abundaron no solo las de mera gestión -que también- sino las de reflexión y concepción de las políticas de machacamiento sistemático de cualquier síntoma de disidencia. A ello se añadirían, como colofón, las dificultades legales, administrativas, técnicas que ulteriormente se pusieron en práctica para reducir la funesta manía de los historiadores, periodistas, ciudadanos de a pié y grupos sociales inquietos por el “embellecimiento” de un pasado de “extraordinaria placidez”, como lo caracterizó un político del PP hoy muy callado.

Luis Castro hace un repaso exhaustivo de los casos y ejemplos conocidos en que documentación relevante para alumbrar los recovecos más sombríos de la dictadura se ha imposibilitado o entorpecido. Su lectura es instructiva. Es precisamente esta actitud de las autoridades, civiles y militares, lo que en cierta medida une la experiencia española con las de las autoridades nazi-fascistas, en el bien entendido que estas últimas la ejemplificaron ocupándose de la destrucción masiva de documentos comprometedores antes de pasar a la historia. Con todo, la destrucción continuó, en ciertos casos, bajo la responsabilidad de las autoridades de la República Federal. Incluso en ámbitos tan poco atractivos como la documentación del Ministerio de Finanzas del Tercer Reich, aspecto denunciado por varios investigadores.

Ahora bien, cuarenta años de dictadura son muchos. La Administración o el Ejército o la policía del régimen de Franco nunca fueron equivalentes a las de una tribu africana, como bien señaló Herbert R. Southworth, uno de sus más eminentes críticos. Dejaron tras de sí toneladas y toneladas de documentación. Mucha ya abierta. Otra parte, todavía cerrada. Mucha en repositorios públicos. Otra en manos privadas. Lo que está al alcance de todos dará trabajo a un par de generaciones de historiadores. Lo que aún no está al alcance, y es -en mi modesta opinión- una pequeña lacra que aún no lo esté, podría aumentar el número.

De aquí que una de las grandes aportaciones del libro en cuestión estribe en la descripción pormenorizada del tipo de documentación cuya índole ya es susceptible de investigación y en las hipótesis establecidas por más de una decena de expertos e investigadores en relación con los archivos en los que han desarrollado hasta ahora su trabajo de hormiga en busca de vetas oscurecidas del pasado y para hacer frente a la grotesca campaña de diseminación, en papel y digital, de las “bondades” del pasado régimen y las “maldades” de sus enemigos. Campaña que reverdece periódicamente como algunas malas flores de nuestros jardines.  Ahora atravesamos por una de ellas.

Los lectores harán bien en consultar los capítulos dedicados a cada uno de los archivos contemplados en este libro por dos razones: en primer lugar, les darán una idea de la índole de la documentación en ellos conservada; en segundo, por las reflexiones que los esmaltan, propias de investigadores que han pasado tiempo trabajando en ellos.

Que no se diga que los historiadores españoles genuinos no aportan su granito de arena al esclarecimiento del pasado en base a evidencias primarias relevantes de época. Las más amplias posibles. Y que no se quejan y lamentan de que no todas sean todavía accesible. ¿Conocen los lectores algunas tomas de posición de eminentes historiadores de derechas, españoles y extranjeros, que hayan clamado al cielo en favor de mayores aperturas? ¿O que hayan ilustrado sus esfuerzos, si es que han existido, por promoverlas? Como algunos de entre ellos son de habla inglesa terminaré esta referencia a los archivos españoles con una expresión que les es familiar: Mum´s the word.

FIN