Bye-bye al “caso Balmes” con un interrogante

27 marzo, 2018 at 10:24 am

Ángel Viñas

Probablemente a estas alturas de la película los amables lectores estarán tan hartos como servidor. Once posts pueden parecer demasiados. Sin embargo, quienes se tomen la molestia de leer EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO podrán comprobar que en tales posts no he repetido demasiado la argumentación del libro y que he abierto las puertas a alguna que otra elucubración. Hoy me despido del tema. Entre pitos y flautas, es uno de los problemillas históricos al cual he dedicado más tiempo y esfuerzo como historiador. He señalado, siempre, los huecos que faltan por rellenar y los papeles que, ¡ay!, todo hace pensar que han desaparecido. En este caso se cumple axiomáticamente el principio de que la tarea del historiador nunca llega a cristalizar en una versión final, a prueba de bomba. La revisión continua es la esencia y el motor de la historiografía. Mucho más en los temas de historia contemporánea. Hoy termino con un pequeño interrogante.

 

Es preciso hacer, ante todo, unas reflexiones generales. En primer lugar, respecto al vuelo del Dragon Rapide. Es, probablemente, el más citado de la historia de España en los años treinta y cuarenta. No fue ni por asomo la principal contribución del banquero Juan March a la preparación del “GMN”. Sin embargo, es frecuente presentarla como tal. Aunque March sigue siendo un personaje misterioso (sus papeles personales, si es que los conservó, no los ha investigado hasta ahora ningún historiador español o extranjero), su pago del alquiler del avión inglés (unas miserables 2.500 libras) palidece ante la inversión que hizo en favor de los monárquicos el mes de marzo de 1936 para adquirir material de guerra moderno en el extranjero. ¿Qué son 2.500 libras en comparación con el medio millón que entonces apoquinó?

En segundo lugar, ni siquiera este medio milloncejo es comparable a la movilización de oro y otros activos que rápidamente desencadenó para financiar, con divisas, los momentos iniciales del “GMN”. En mis cálculos (susceptibles de corrección y mejora) he llegado a sugerir que equivalió, más o menos, a casi el importe de la contrapartida en divisas de la parte del oro del Banco de España que fue enviándose a Francia desde finales de julio de 1936. Esta parte casi ascendió a casi un cuarto del total de reservas existentes en la entidad al comienzo de la sublevación. No se trata, pues, de sumas despreciables.

Así, pues, el alquiler del Dragon Rapide fue una gota de agua en el océano de la ayuda financiera que el banquero prestó a la rebelión militar. Se dice con frecuencia que sin Hitler ni Mussolini no habría habido Franco. Es absolutamente indispensable añadir el nombre de March.

Sobre el autor del asesinato no hemos llegado a determinar su nombre. Sí hemos identificado cuatro posibilidades. Lo hemos hecho atendiendo a varios criterios analíticos expuestos claramente para que los lectores puedan seguir nuestro razonamiento. Dado que hemos escrito un libro basado esencialmente en evidencias escritas (por mucho que esto pueda atraernos críticas de “documentolatría”), no hemos sido capaces de encontrar una orden firmada por Franco o por delegación. Ciertamente creemos que este tipo de actuaciones se ordenan oralmente, pero tampoco hemos hallado apuntes de ninguna conversación a tal efecto. No hemos descartado al chófer ni tampoco al general Orgaz (que ha pasado de rositas por la conspiración, como si no hubiese tenido mucho que ver en ella). Hemos subrayado el caso especial del teniente coronel en la época (luego general) José María del Campo Tabernilla, por la simple y sencilla razón de que, según su expediente personal, estaba pegado a Balmes, sin destino específico, en el período anterior a la sublevación y porque hizo declaraciones algo más que sospechosas. Finalmente, hemos mencionado a un entonces comandante, Eduardo Cañizares, sobre el cual Franco derramó numerosos favores, desde el primer momento hasta las postrimerías de la dictadura y nos hemos preguntado por qué motivo sería.

Quizá incluso pueda ampliarse este círculo concéntrico de personas en torno a Balmes, pero la aplicación de nuestros criterios analíticos no da, francamente, para mucho más. A lo mejor hay otros en los que no hemos caído. La clave, naturalmente, estará en Canarias. Los personajes que más intensa relación tuvieron con el camelo montado en torno al “accidente” eran canarios o estaban destinados en Las Palmas. Aquí recuerdo que hace años, cuando salió la primera edición de LA CONSPIRACIÓN DE FRANCO, un amable lector se puso en contacto conmigo para decirme que un amigo suyo, creo que en Tenerife, sabía de buena tinta lo que había pasado. Me ofrecí inmediatamente a ir a entrevistarme con él, pero no aceptó. Pudo ser una falsa alerta. O no.

Un colega y amigo mío, el profesor Alberto Reig Tapia, escribió hace años un libro de gran éxito (FRANCO, “CAUDILLO”: MITO Y REALIDAD, Tecnos). En él expresó, lógicamente, su sorpresa ante la forma en que se decía que Balmes había muerto y señaló que “el caso es tremendamente confuso y rápidamente pasó al olvido, siendo un tema del que nadie -que sepamos- se ha ocupado en profundidad”. Esto lo publicó en 1995. Después de dar unas cuantas vueltas al tema, recogió las declaraciones de un tal Ricardo Santana que estaba de telefonista en la Comandancia y que salieron en el número de la revista Interviú correspondiente a la semana del 18 al 24 de agosto de 1977.

Santana afirmó que “al general Balmes lo mandaron matar y eso está más claro que el agua. Y lo mandaron matar porque un republicano de verdad y porque se oponía totalmente al golpe de Estado fascista”.

Nuestra investigación ha reivindicado la parte más sustantiva de las declaraciones de Santana y las sospechas del profesor Reig.  A la vez, ha abierto, creemos, una nueva ventana a través de la cual examinar un comportamiento concreto de Franco en una situación concreta. No es un comportamiento demasiado aleccionador, pero lo que resulta evidente es la falta de escrúpulos del posterior jefe del Estado, no solo en aras de un bien superior (el éxito de la sublevación) sino también al servicio de su propia carrera.

Y ello por el hecho no ya del asesinato sino de su taimado encubrimiento durante toda la dictadura, desde el principio hasta el final. En este sentido, el mito del “accidente” de Balmes pertenece, creemos, a ese núcleo duro de camelos que en su momento se adujeron, y en ocasiones todavía algunos aducen, para justificar el “GMN” y sus consecuencias. Este es el capítulo central, en nuestra opinión, de la mistificación franquista y neofranquista de la historia contemporánea española. No por nada lleva el profesor Payne deglutiendo los mismos camelos desde hace más de cuarenta años.

Habrá historiadores que arruguen su nariz despectivamente ante la investigación concreta de un caso concreto. Para ellos traeré a colación que en 1915, en la cárcel, Rosa Luxemburgo escribió un panfleto titulado “La crisis de la socialdemocracia” (suele conocérsela, al menos en la literatura alemana, como la Junius-Broschüre). En tal panfleto se encuentra una rotunda afirmación que bien puede servir de lema a más de un historiador:

“Decir lo que es es el acto más revolucionario que existe” (Zu sagen was ist, bleibt die revolutionärste Tat).

No hay, evidentemente, que predicar la revolución (la del tipo que preconizaba Luxemburgo está algo más que démodée) para defender la continuada validez de tal cita, sobre todo en un período de bulos, “hechos alternativos” y fake news a la moda de Trump y de tantos otros. Me parece que haber demostrado, con documentos en la mano, que Franco fue un asesino y un ladrón de guante blanco a lo largo de una guerra en que sus soldados morían o se desangraban por la PATRIA debería inducir a reexaminar con lupa el comportamiento real de la persona que impuso su sello a cuarenta años de la historia de España, en adición a los esfuerzos de construcción social de su imagen como “Caudillo”, que han analizado, entre otros, Laura Zenobi y Paul Preston. Tampoco se insistirá lo suficiente es que no hay historia definitiva. Ni siquiera en el “caso Balmes”.

Ahora el interrogante.

Nos hemos topado con una cuestión existencial de la que en el libro no hemos extraído todo el jugo posible. Si los lectores tienen la bondad de ojearlo, en la página 195 verán que en la nota 21 el juez militar encargado del caso dictó varias diligencias, entre ellas, las de constitución de su Juzgado en el Hospital Militar y de depósito en él de las siguientes prendas: guerrera kaki, pantalón corto kaki, camisa de seda rayada y una bala de cartucho de 9 mm de diámetro.

No tenemos mucho que objetar a la bala. Da la impresión de que Balmes vestía una guerrera, pero nos preguntamos ¿también, con ella, iba de pantalón corto? Porque esto implica que el general en jefe de la guarnición de Las Palmas habría llegado al campo de tiro de La Isleta en una combinación un tanto curiosa. Según los testimonios que se adujeron en relación con el caso posteriormente, primero visitó un cañonero varado y pasó revista a la guardia en los cuarteles de Ingenieros e Infantería. Pues bien, esto NO NOS LO CREEMOS. No creemos que un general en 1936 fuese vestido de tal suerte en el desempeño de su cargo. El Ejército español no era como el británico en la India o en África, en los cuales los pantalones cortos eran de rigor en los calurosísimos veranos.

Dicho en román paladino de 2018: ¿es imaginable hacer tales visitas en shorts y poco menos que una guayabera? Podríamos aceptar que Balmes fuese un dandy y que utilizara camisas de seda de color kaki. Pero una camisa rayada, de seda o no, no era en absoluto reglamentaria, como tampoco lo eran los shorts. Es decir, algo fundamental no encaja y lo que no encaja es la descripción estándard de cómo fue Balmes al campo de tiro. A lo mejor no hizo la visita al cañonero ni pasó revistas. A lo mejor lo que se contó acerca de las circunstancias en que se produjo el suceso fue un “hecho alternativo” à lo Trump.

Pero nosotros, historiadores empíricos, nos basamos en evidencias existentes, por malejas que sean. Como lo son, hemos destrozado literalmente las aducidas y comprobado que están supercontaminadas. Nos preguntamos si tal vez no solo lo fueron la supuesta autopsia y las declaraciones del único testigo amén de las de los diversos oficiales y jefes que participaron en una pantomima burocrática. También otras dan la impresión de que lo fueron igualmente. Tal vez los brillantes, los denodados, los previsibles historiadores, gacetilleros y tertulianos pro-franquistas querrán aclarar nuestras dudas y, sobre todo, apuntalar documentalmente su argumentación. Hasta ahora, no lo han hecho. Bye-bye.

Pero no teman los amables lectores. Puesto a encordiar, seguiré con Franco.

Fin de la serie

¿Por qué Franco hizo matar a Balmes?

20 marzo, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Al presentar EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO ante la prensa y en diversos lugares una de las preguntas que se nos han hecho se refiere a las razones que Franco pudo haber tenido para matar, por persona interpuesta evidentemente, a su compañero de armas. He solido responder que si los designios del Señor son inescrutables, los de Franco también lo eran con gran frecuencia. No fue un hombre dado al autoanálisis. Que sepamos no dejó memorias (salvo unos apuntes que hay que descriptar y su famoso Diario de una bandera, demasiado tempranero). Sí fue autor del guion de una película, Raza, que retrata indirectamente cómo  se veía a sí mismo y a su familia. Nosotros no hemos intentado abordar la vertiente sicológica de Franco. Hay varios libros, y buenos, sobre ella. Tampoco hemos deseado escribir en términos biográficos. Siguen siendo válidas dos obras de Paul Preston al respecto. Lo que hemos intentado es inferir pautas para comprenderlo mejor a partir de su comportamiento.

 

Ahora bien, nada de lo que antecede significa que no hayamos desarrollado una interpretación de sus motivos para desear el asesinato de Balmes. Hemos especulado solo cuando ha sido absolutamente necesario para apoyar nuestra argumentación. La hemos llevado a cabo en base a evidencias documentales, incluso con el riesgo de empujar nuestro empirismo demasiado lejos. Nuestras inferencias siempre han tendido a ser limitadas. Este blog ofrece un margen mayor. Lo aprovecho para plantear dos tesis.

A la primera aludió un tanto crípticamente el embajador y exalférez provisional José Antonio Vaca de Osma al afirmar que Franco no podía dejar el archipiélago en manos republicanas. No ofreció un argumento demasiado convincente. Dijimos de tan eminente diplomático que su interpretación de la figura de Franco era una de las más notables que hemos leído (aunque añadimos que nos parecía desequilibrada y sin fuentes). Tan distinguido “francólogo” (que dejó chiquitos a Ricardo de la Cierva, Suárez, Payne e incontables autores menores) parece haberse basado en la suposición de que Franco no era el hombre que quisiera dejar tras de sí una situación irresuelta. Es decir que, muerto en accidente su supuesto compañero de sublevación, no podia abandonar Canarias sin que el archipiélago quedase asegurado para el GMN.

Pero Franco pudo salir de Los Rodeos con su familia sin preocuparse de lo que pasara en Las Palmas. No lo consideró tan pronto decidió que Balmes debía morir. Esta es la tesis desarrollada en el libro. Con todo, el motivo subyacente pudo  abarcar otras facetas. A Balmes los conspiradores hubiesen podido pegarle cuatro tiros, detenerlo o hacerle un consejo de guerra. El triunfo en Gran Canarias no estaba necesariamente predeterminado a favor a los leales a la legalidad.

Nosotros hemos subrayado el hecho de que su esposa e hija tenían que salir de Las Palmas el 18 de julio precisamente, porque no había otra posibilidad para dejar el archipiélago y partir rumbo a Europa. ¿Y qué hubiera pasado con ellas, con el tiempo tan medido, si la sublevación de la guarnición encontraba problemas? El primo hermano, factótum y ayudante de Franco, el ulterior teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, cuenta en sus no siempre fiables memorias que previamente, el 13 de julio por la tarde, había sacado los billetes en el trasatlántico alemán que debía llevarlas a Francia. Y hemos demostrado hasta la saciedad que esto lo hizo cuando el Dragon Rapide estaba en Casablanca y le faltaban 24 horas para aterrizar subrepticiamente en Gando.

A esta necesidad familiar imperiosa podría haberse unido también una necesidad “profesional”. La combinación de ambas no dejó a Franco, trazado su plan, margen de maniobra.  Sobre esta segunda necesidad no hemos especulado, pero muy bien pudo existir. Para dar algún soporte a la misma he de recordar que no se sabe mucho con qué esperanzas Franco se sublevó en Canarias. Ciertamente, las que entonces tendría era encabezar la sublevación del Protectorado y ponerse al frente del Ejército de África.

Ahora bien, imaginemos un posible temor: él se iba Tetuán; en Marruecos todo se desarrollaría bien pero, con Balmes en Gran Canaria, la sublevación en la isla no tenía éxito o topaba con dificultades. En tal hipotético caso Franco habría sido un general que hubiese dejado un enemigo a sus espaldas, un enemigo que eventualmente hubiera podido dañar a su imagen. Sus oponentes (Goded lo era, Queipo quizá, Cabanellas era republicano) podrían aducir que, en definitiva, Franco habría salido corriendo.

Esta posibilidad tenía que ser insoportable para él. Sobre todo por un motivo muy preciso. Hemos recurrido al testimonio de Pedro Sainz Rodríguez quien afirmó en sus igualmente no siempre fiables memorias que durante el período de preparación de la sublevación, Sanjurjo había hecho sondear a los generales comprometidos acerca de las apetencias que albergasen para después del triunfo. Franco había manifestado su deseo de ser nombrado Alto Comisario de España en Marruecos.

Esto es algo que me parece absolutamente lógico y explicable por tres motivos: su pasado africano, porque el puesto era uno de los más deseados del Ejército español y, no en último término, porque también era el mejor pagado. Conociendo lo que Franco hizo a las pocas semanas de que se le nombrara Jefe del Estado, soy de quienes atribuyen a la “pela” un papel nada desdeñable para explicar su comportamiento. No todos los generales sublevados se hicieron millonarios en la guerra utilizando los procedimientos a que acudió Franco, aunque obviamente hubo entre varios de ellos ciertas similitudes.

Es decir, en su vuelo a Tetuán Franco podría haber estado relamiéndose con las brillantes perspectivas que se le abrían, porque nos parece imposible que desarrollara los argumentos que el superpelota de Bolín adujo en sus hiperfalaces memorias. Sin embargo, para un futuro Alto Comisario de España en Marruecos la posibilidad de que, tras su marcha, la situación en Canarias se degradase tenía que ser profundamente desagradable. Era mejor dejar todo “atado y bien atado”. Balmes debía morir.

A no ser que también especulemos sobre otra posibilidad. Franco había concebido su plan y no dudamos de que había pensado en él detenidamente. Una vez decidido a pasar a la acción, ¿por qué había de cambiarlo? No olvidemos que fue el 11 de julio cuando el señor marqués de Luca de Tena comunicó a Bolín, en Burdeos, a bordo del Dragon Rapide que el destino debía ser no Casablanca sino Las Palmas. Ni tampoco que Orgaz había hablado con Franco la víspera en Santa Cruz de Tenerife. No hay que ser demasiado listos para pensar que tal vez al señor marqués se le advirtió por teléfono de lo que se deseaba en el archipiélago.

Y como tres pares de ojos ven más que uno o incluso dos, no nos sorprende que, en tales circunstancias, Orgaz quisiera evitar cualquier contratiempo contactando con el representante de Lufthansa. ¿Por qué? Porque tanto Franco como él debían de saber que el cambio de destino del aparato implicaba la posibilidad de que pudieran plantearse problemas en la escala en Cabo Juby, ya que no llevaba la autorización preceptiva para aterrizar en ella.

Lo que antecede no significa que los conspiradores (con Orgaz in situ vigilando la operación) no tuvieran que improvisar. No sabemos si se habrían puesto o no, como cualquier planificador militar o diplomático suele hacer, en el escenario del peor caso posible. Es decir, que la persona elegida para llevar a cabo el asesinato pudiera fallar. Balmes no falleció en el acto y, en consecuencia, hubo que improvisar. Que El Diario de Las Palmas publicase la noticia en la misma tarde anunciando que la bala había entrado por el hipocondrio izquierdo (por debajo de la axila) hubo de despertar todas las alarmas. Menos mal que los médicos militares estarían al quite y reaccionaron rápidamente.

Los amables lectores habrán comprobado que en ningún momento hemos enfatizado la supuesta conexión entre el asesinato de Calvo Sotelo y el de Balmes. El primero no llevó al segundo y ni siquiera al estallido de la sublevación militar, ya en semi-final, y tampoco se preveía. El de Balmes, sí. Demostrar documentalmente ese supuesto vínculo se lo dejamos a los autores pro-franquistas que quizá no tarden en hacer valer ante el tribunal de la historia su buen hacer y su manejo de fuentes en condiciones de libertad de expresión y de prensa, y no como las que se dieron en aquellas, de extraordinaria placided, por las que tanto suspiran.

 

Próximo y último post: “Despidiéndome del “caso Balmes” con un interrogante”

El famoso vuelo del Dragon Rapide: su necesario encuadramiento

13 marzo, 2018 at 8:30 am

Hemos empezado nuestro libro EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO por su clave fundamental: la disponibilidad de un medio que permitiera al comandante general del archipiélago abandonarlo tan pronto tuvo lugar el entierro del general Balmes y desatara los perros de la guerra. Ese medio no fue una barquita velera, tampoco un vaporcillo de medio pelo. Debía ser raudo y veloz para llegar a Tetuán lo más pronto posible y ponerse al frente del Ejército de África. No hay que olvidar que, en sus instrucciones para Marruecos del 24 de junio, pero ya preparadas con antelación, Mola había indicado la necesidad de trasladar cuanto antes las tropas a la Península. Franco obró a su aire. Sin embargo, no se le podía escapar la importancia de ese requisito elemental para asegurar el triunfo de la sublevación.

 

Aquel medio para ir a Tetuán no fue una improvisación. Ya los conspiradores, suponemos que civiles, habían hablado al embajador británico en Madrid Sir Henry Chilton de la idea de transportar por aire a Franco o a Goded. Lo hicieron a mitad de abril, cuando el golpe previsto para ese mes acababa de abortarse. Hay que ser un poco duro de mollera para pensar que la idea hubiese desaparecido de la mente de los conjurados en los meses siguientes. Reverdeció hacia mitad de junio, que es el período cuando Franco empezó a dar pasos decisivos hacia la sublevación. Esta coincidencia no fue en modo alguno casual y la historiografía pro-franquista ha hecho todo lo posible por difuminarla.

Mayor énfasis ha puesto, sin embargo, en eludir estudiar adecuadamente el destino que hubiera sido el normal del avión: el aeródromo de Los Rodeos, a unos kilómetros de la Comandancia General de Canarias. Se han utilizado todo tipo de subterfugios, que siguen repitiéndose como verdades de evangelio una detrás de otra en la no santa iglesia del franquismo.  Jamás, que yo sepa, ha planteado la cuestión fundamental: si, como cuenta la leyenda, Balmes iba cogidito de la mano de Franco es obvio que este hubiera podido salir de Tenerife sin ningún problema porque la sublevación quedaba asegurada con el prestigio y autoridad combinados de Balmes y de Orgaz (residenciado en Las Palmas). ¿Quién iba a oponerse a dos generales en activo, uno al mando de la guarnición y el otro que hubiera podido ponerse al frente de la de Tenerife, debidamente preparada por el comandante general que se daba el piro?

Quizá fue este el escenario que en algún momento barajaron los conspiradores. Por las memorias de don Andrés de Arroyo y González de Chaves, prominente político de la época en Canarias, sabemos que en un primer momento, en la segunda mitad de junio, se contempló la posibilidad de enviar el avión directamente a Tenerife. No tardó en desecharse. ¿Por qué? Quizá porque a principios de julio Franco (como reconoció indirecta y crípticamente su primo y ayudante en sus indispensables, pero no siempre exactas, memorias) se entrevistó en secreto con Balmes y comprobó que este, por fin, no se decidía.

Item más. Sabemos que el Dragon Rapide llegó a Las Palmas el 14 de julio (la historiografía franquista, que no fue en este punto necesariamente idiota y se dio cuenta de su significado, solía jugar con la fecha y, con frecuencia, la retrasó al día siguiente). En Gando permaneció bien guardadito. El aeródromo estaba ya copado por quienes iban a sublevarse y lo sabían. Probablemente Balmes ni se enteró de su aterrizaje, pero Orgaz lo supo de inmediato y no tardó en contactar con el piloto. Todo esto está documentado. La pregunta es ¿cuándo lo supo Franco? No hay que ser un agudo detective para pensar que bien pudo enterarse sobre la marcha.

En Tenerife el aeródromo no tenía hangar y la llegada del avión no hubiera pasado desapercibida pero sí hubiera podido retrasarse aplicando una argucia que Bolín divulgó urbi et orbi al escribir sus hiperfalaces memorias: bastaba con dejar dos días, en vez de uno, al Dragon Rapide en Casablanca. Franco, de querer haber salido por Los Rodeos, hubiera incluso podido pedir que se quedara tres y que llegase el 17. Con Balmes asegurando la sublevación en Las Palmas y él haciendo lo propio el 18 en Santa Cruz, hubiera podido salir con su familia más o menos directamente a Tetuán, escala en Agadir incluida, y llegar al anochecer. El Gobierno de Madrid no hubiera podido tener ninguna posibilidad de actuar (en el supuesto de que hubiese querido) porque el avión hubiese llegado a Cabo Juby camino de Tenerife el 17 por la mañana y aún sin autorización no hubiera tenido mayores dificultades en proseguir el viaje. El piloto hubiera acudido a las mismas excusas que en realidad debió de utilizar y tanto Balmes (preparando ya supuestamente su revuelta) y Franco (como comandante general del archipiélago) habrían dado la autorización para proseguir el vuelo. No problem.

Todo esto hubiese podido ocurrir contando con la complicidad de Balmes. Este es uno de los escenarios que ningún historiador, gacetillero, periodista o tertuliano pro-franquista ha contemplado jamás.

Por eso Bolín inventó más cosas: dibujó Casablanca como ciudad llena de espías gubernamentales (que solo existían en su mente calenturienta) y que inquietantes sospechosos incluso le siguieron sus pasos. Tuvo que andar con pies de plomo y, sobre todo, no ir en el avión. ¿Por qué no? ¿Iba a detenerlo Balmes si estaba mezclado en la conspiración?

La argucia a que los historiadores, gacetilleros y periodistas pro-franquistas recurrieron es que el avión podría encontrar dificultades para aterrizar en Los Rodeos. Una treta que se repite cansinamente día tras día desde tiempo inmemorial pero que, como hemos mostrado en nuestro libro, carece de todo fundamento.

Otra preguntita. Si Balmes estaba en el ajo, ¿qué impedía que los intrépidos turistas ingleses fuesen a ver a uno de sus ayudantes en Las Palmas para anunciarle la buena nueva de su llegada? El supuesto co-conspirador no les habría montado un arco de triunfo ni agasajado en la Comandancia, pero sí habría podido telefonear a su superior jerárquico de manera inocente para comunicárselo. O enviar a un propio.

Como es sabido lo que pasó fue algo muy diferente, ya que Pollard eludió acudir a la Comandancia de Gran Canaria. Esta circunstancia nos lleva a otra pista. La monárquica. Nosotros hemos hecho hincapié una y otra vez en que el 11 de julio el propietario del venerable diario ABC, don Juan Ignacio Luca de Tena, marqués de Luca de Tena, comunicó en Burdeos a su corresponsal en Londres, Bolín, que el Dragon Rapide debía dirigirse a Las Palmas. Bolín señala en sus memorias, sin embargo, que el destino previsto era Casablanca.

Evidentemente la contradicción es importante. Nosotros nos hemos inclinado por la versión del señor marqués. Aunque ya no era el director del diario (había renunciado en favor de aquella perla llamada Luis de Galinsoga), naturalmente seguiría ejerciendo alguna influencia en la línea editorial del periódico, siempre combativo contra la “revolucionaria República”. Monárquico era también uno de los más activos entre los conspiradores civiles. Me refiero al diputado a Cortes Pedro Sainz Rodríguez que acababa de regresar de Roma en donde el 1º de julio había firmado contratos que preveían el suministro inmediato de material de guerra aéreo para la inminente sublevación. Reitero que esto implicaba asumir la posibilidad de desencadenamiento de un conflicto que probablemente se preveía de corta duración.

La gestión del señor marqués solo puede explicarse en función de su papel de mensajero, metido hasta los codos en el núcleo central monárquico de la conspiración. Es imposible no pensar que alguien sugirió que “convenía” que el avión no se quedase en Casablanca sino que prosiguiera vuelo hacia Las Palmas. Y este alguien tuvo que recibir alguna indicación en tal sentido procedente de Canarias. ¿Y de quién, si no, de alguna persona que trabajaba junto a Franco?

Ahora bien, tampoco podemos descartar del todo la hipótesis, que lanzó con su habitual fanfarronería el ínclito hagiógrafo de Franco que fue siempre Joaquín Arrarás, que también se hubiera pensado en dejar el avión en Casablanca para tenerlo a punto tan pronto fuese necesario. No hubiera habido dificultades en hacerlo, ya que un grupo de excursionistas (ya se sabe lo “extravagantes” que solían ser en aquella época los ingleses) hubiese encontrado la forma y manera de pasar tres o cuatro o cinco días, incluso dos semanas, sin levantar la menor sospecha.

Pero no fue así y no fue así porque Franco necesitaba el avión un cierto día en Las Palmas. No llegaré a decir que cuanto antes mejor, pero sí con un margen imprescindible para pasar a la acción y poner en marcha su plan.

¿Y qué dicen los historiadores, gacetilleros, periodistas y tertulianos pro-franquistas de las gestiones de Orgaz, a quien casi ninguno cita, con el representante de Lufthansa en Las Palmas para ver si podría utilizarse uno de sus aviones del servicio postal para una operación? Porque esto se sabe desde que lo publiqué en 1974 gracias a documentación alemana, no española que, naturalmente, falta. Es cierto que entonces no supe apreciar del todo su significado por falta de la debida contextualización, pero algo significativo sí podrían haber escrito todos aquellos para quienes Franco y Balmes iban cogiditos de la mano. Prudentemente, lo han eludido.

Un criminal siempre trata de borrar las huellas de su crimen y esto es lo que ocurre con el asesinato de Balmes y, en particular, con el vuelo del Dragon Rapide. No creemos que sea meramente accidental que la documentación (telegramas, notas, hojas de servicio) de la base de Cabo Juby y de su personal haya desaparecido en su totalidad; que nunca se haya encontrado la menor comunicación desde la Comandancia general de Canarias con ella y con Marruecos; que la generada por los primos Franco se haya volatilizado; que poco o nada subsista de la que revelaría el funcionamiento de la Comandancia de Las Palmas en tiempos de Balmes; que se desconozca por completo la que hubiese conservado el general Orgaz y, por consiguiente, sus actuaciones. Porque hay que pensar en lo que habría hecho Orgaz durante más de mes y medio de “estudio” de la forma de mejorar supuestamente el sistema de artillado de las islas, cuando en estas había expertos en el tema. Sabemos, eso sí, que en junio estuvo en la península (quizá para juerguearse un poquito sin que se le notara) y que poco antes de hablar con los alemanes fue a ver a Franco. ¿Para hablar del buen tiempo?

En una conspiración se conspira, pero cuando triunfa, ¿por qué no deja apenas papeles? Misterio tan insondable como el de la Santísima Trinidad.

 

Próximo post: “Por qué Franco hizo matar a Balmes”

Franco, viudas y pensiones

6 marzo, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es muy probable que el título de este post sorprenda a más de algún lector. A Franco se le ha conectado con muchas categorías, situaciones, personajes, pero …. ¿con viudas? Reconozco haber sido el primero en haberme quedado turulato ante la necesidad, inducida por la evidencia primaria relevante de época, de establecer dicha conexión. No pretendo, desde luego, hacer un análisis general, para lo cual no dispongo de documentación (aunque esto no significa que no pueda encontrarse si alguna vez, por ejemplo en el siglo próximo, algún investigador penetra a fondo en los expedientes de concesión de pensiones de viudedad que sin duda conservará preciosamente la Administración). Aquí me limitaré a señalar varios casos que se nos han presentado al escribir EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Han ocurrido a raíz del estudio del expediente relacionado con la concesión de la pensión a la señora viuda del general Amado Balmes por haber fallecido su marido, supuestamente, en acto de servicio.

 

Como exponemos a lo largo de un denso capítulo, el VIII, dicho expediente nos ha permitido progresar en el destrozo de la leyenda sobre el pretendido accidente que habría sufrido el general. La documentación en él conservada -y que es solo una parte de la más amplia que hubo de generarse- es absolutamente taxativa, en cuanto se la examina con criterios profesionales, ya de patólogo, ya de historiador. Hemos detectado, en efecto, numerosas lagunas.  Pero lo que no podíamos sospechar es que Franco obrara de forma paralela a como lo hizo con la viuda de Balmes en el caso de la señora viuda del teniente general Don José Sanjurjo Sacanell, marqués del Rif. Este, no lo olvidemos, era el personaje en nombre del cual se preparó la sublevación, quien terminó conectando con carlistas, monárquicos alfonsinos, militares de variado pelaje y, por conducto de quien actuaba en puridad como su jefe de Estado Mayor, el general Mola, incluso con falangistas. Murió en un accidente de aviación, al despegar el avión que pilotaba Juan Antonio Ansaldo desde un campo de fortuna en las inmediaciones de Estoril. Fue el 20 de julio y su óbito, al decir de algunos conspiradores monárquicos, cambió el curso de la historia de España. En beneficio, todo hay que decirlo, de Franco.

Recordemos los puntos esenciales de lo que es tal paralelismo:

  • La viuda de Balmes reclama una pensión por muerte de su esposo en acto de servicio, de acuerdo con las informaciones que se difundieron tras el suceso.
  • La pensión es denegada por la Sección competente de la Secretaría General de Guerra, un esbozo de departamento ministerial que estaba a la sazón bajo la responsabilidad del general Germán Gil Yuste. La Sección se limitó a reconocer que le correspondía una pensión de mera viudedad, ya que nadie desencasquillaba pistolas apretándolas contra su vientre. Entiéndase: se habría tratado de un caso de imprudencia temeraria.
  • La viuda de Balmes hace gestiones a través de amigos de su difunto esposo que no dan ningún resultado. No están documentadas, pero se conocen por transmisión familiar.
  • Alguien la aconseja, pasado un tiempo, de que las cosas han ido arreglándose y que debe de nuevo solicitar la pensión “extraordinaria”.
  • Así lo hace y se le concede, previo el expediente informativo al que se ha aludido en el post precedente. Con efectos desde el 16 de julio de 1936.

En el caso de la señora viuda del teniente general Sanjurjo:

  • Cobra un mes la paga que correspondía a su marido. Suponemos que por inercia de la gestión económica.
  • Después deja de percibirla y se queda abandonada a su suerte en Estoril.
  • Se ve obligada a recurrir a la generosidad de algunos amigos que también estaban en Portugal.
  • En febrero de 1937 uno de ellos la incita a escribir al general Gil Yuste para que le exponga sus problemas financieros por no percibir pensión alguna.
  • En paralelo el líder carlista, igualmente “refugiado” en Portugal, Manuel Fal Conde escribe a su vez a dicho general.
  • En su carta, que se conserva en el Archivo General de la Universidad de Navarra, se hace eco de gestiones previas llevadas a cabo por la viuda con otro amigo no identificado para que hablara de su caso. Suponemos que en Burgos o Salamanca.
  • Tras tales gestiones se había dicho a la viuda que solicitara la pensión ya que, como es natural, se le concedería.
  • Pero Fal Conde, conocedor del territorio, prefirió apoyar dicha solicitud por si las moscas.
  • Aprovechó para recordar a Gil Yuste que ya él, antes de que Franco fuese “exaltado” a la Jefatura del Estado, se había apresurado a informar a la Junta de Defensa Nacional de que convendría conceder de inmediato la pensión y publicar un decreto laudatorio en memoria de Sanjurjo.
  • Habían pasado seis meses y nada se había hecho.

Desgraciadamente no sabemos cuándo se concedió la pensión. Sí sabemos cuándo se ascendió a título póstumo a Sanjurjo al empleo de capitán general. Fue en octubre de 1939 y con efectos desde el 20 de julio de tres años antes.  Más tarde se trasladó el cadáver y se le rindieron solemnes honras fúnebres. El profesor Francisco Sevillano Carvajal ha recuperado la solemne ceremonia con todo su boato. [Esto no ocurrió con Balmes, supuestamente el primer compañero de sublevación de Franco, pero olvidado en el cementerio en que se le enterró hasta que un familiar, tras la guerra, hizo exhumar el cadáver y trasladarlo a la tierra de su esposa. Debemos suponer que SEJE pensaría que con haber accedido a la pensión por muerte en acto de servicio ya había hecho demasiado].

Para explicar el retraso habido en el reconocimiento de la pensión a favor de la señora viuda de Sanjurjo podría afirmarse que Franco estaba tan ocupado durante los primeros meses de la guerra que le era imposible perder un minuto de su preciadísimo tiempo en detalles tan nimios. Sí. Podría decirse. Pero sería faltar a la verdad documentada. Por las memorias de Francisco Serrat, primer “proto-ministro” de Asuntos Exteriores de Franco, sabemos que, en lo más duro de los primeros meses del ejercicio de la Jefatura del Estado, Presidencia del Gobierno y Generalísimo de los Ejércitos en operaciones, Franco solía emplear parte de su tiempo en charlar con amigotes y turiferarios y disertar sobre todos los temas habidos y por haber, como si estuviera poco menos que en una tertulia de la anteguerra.

Nosotros, pues, sospechamos que hubo algo detrás de la demora en lo que se refería a la pensión y que probablemente tenía que ver con su conocida animadversión hacia Sanjurjo.

Somos los primeros en testimoniar que se nos ha dicho, y no tenemos empacho alguno en aceptarlo, que el Ejército siempre se ha enorgullecido de haberse mostrado diligente en la tramitación de las pensiones a las viudas de sus jefes y oficiales fallecidos. Sí, pero… Este no fue el caso, ciertamente, de los allegados a los “enemigos de la Patria”. El Ejército de la VICTORIA estuvo mareando durante años a la viuda del general republicano Miguel Núñez de Prado (asesinado en circunstancias no aclaradas en julio de 1936, probablemente en Pamplona), dándole respuestas incoherentes. En 1941 se le denegó la pensión, porque no constaba la muerte del marido, a quien se consideraba “desaparecido”. Una muestra, cuando menos, de cierto tupé. ¿Qué ocurrió? Pues que la viuda movió también algunos hilos y terminó consiguiendo la pensión, creemos que hacia 1944.

Hablamos de generales, pero la racanería o el espíritu de venganza parece que afloraron también en el caso de ciertos oficiales y suboficiales. No hemos entrado a examinar si esto respondía a una línea de actuación consolidada. Esto último sería una parte de una exploración mucho más amplia que no tenemos la intención de realizar. En nuestro libro hemos citado ejemplos como el del alférez Eulalio Escribano, de la Escuadrilla del Sáhara basada en Cabo Juby, y copiloto del vuelo tras el cual su capitán, Luis Burguete Reparaz, encontró la muerte en Sevilla. Escribano también fue pasado por las armas el 9 de septiembre de 1936. Su hija necesitó la correspondiente hoja de servicios para documentar la petición de revisión de su pensión de orfandad. En el expediente no consta si la obtuvo. El suboficial piloto Antonio Remartínez, ejecutado también en Sevilla, dejó una viuda, Dolores Martín. Esta solicitó vanamente que se le facilitaran copias del acta de ejecución con el fin de obtener la pensión correspondiente. Recibió respuestas ambiguas o negativas y no nos ha sido posible obtener información de si, al final, le dieron o no la pensión. El expediente no se desclasificó hasta 1991. Evidentemente, casi un secreto de Estado.

El propio Serrat, en las memorias que escribió para su familia y que no estaban destinadas a la publicación, cuenta su caso. Cayó en una trampa saducea que le tendió su exjefe y pretendido amigo, el diplomático y superpelota franquista José Antonio Sangróniz, que aportó un pasaporte a Franco para que pudiera emprender su vuelo hacia la gloria. Serrat apareció como si hubiera sido crítico del naciente régimen en unas declaraciones en Francia que se le atribuyeron en 1937 y que había hecho otro compañero. Franco y su hermano Nicolás, el secretario general de la flamante Jefatura del Estado, le reclamaron a Burgos, pero Serrat que conocía el percal prefirió quedarse en Suiza.

La ira de los hermanos se desató contra él y Serrat, enterado por sus compañeros, se mantuvo en sus trece. No volvió a España por si las moscas. Le costó dios y ayuda conseguir que el “Nuevo Estado” le reconociera su imprescriptible derecho a la pensión. Al cabo de unos cuantos años de duro bregar, y de mover hilos por todas las esferas a su alcance, tuvo que contentarse con que se le concediera la de ministro plenipotenciario, pero no la de embajador. Encima, solo lo logró cuando Serrano Suñer desapareció del Ministerio de Asuntos Exteriores. Serrat atribuyó su relativo éxito a que el nuevo ministro era el teniente general conde de Jordana. Con él y con su padre había trabado buena amistad en sus tiempos de ministro de España en Tánger, antes de la dictadura de Primo de Rivera.

Son ejemplos. Parecen ir en una sola dirección. Franco o sus sicarios manejaron la concesión de pensiones de viudedad o de jubilación como instrumentos para:

  • Mostrar su poder omnímodo.
  • Dar rienda suelta a las malquerencias contra los vencidos o los disidentes.
  • Dejar en claro que el nuevo régimen no se sentía obligado por ningún tipo de preceptos legales anteriores a su establecimiento.

Comprendo que no es fácil documentar este tipo de actuaciones que, por definición, se ahogan en el papeleo administrativo. Pero en algunas memorias, como las tan mencionadas de Serrat, sí revelan frialdad, desprecio y distanciamiento como atributos nada recomendables de la actuación de Franco, un Franco diferente del que aparece en la hagiografía. Se aproxima al que ha descrito brillantemente Paul Preston en las diversas versiones de su aproximación biográfica al supuesto “salvador de la Patria, por la gracia de Dios”. En las antípodas de la imagen transmitida por el padre Garrido Bonaño, OSB, en aquel librito al que me he referido en un post precedente.

 

Próximo post: “El famoso vuelo del Dragon Rapide: su necesario encuadramiento”