Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (III)

18 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Confieso que la referencia implícita al artículo de Farman me intrigó. Es un artículo un tanto delirante, no por el autor, periodista profesional que merece todo mi respeto. Lo es por algunas de las declaraciones que en él se recogen. Farman se entrevistó con dos protagonistas. Con Pollard, poco antes de que falleciera, y con Bebb, el piloto del Dragon Rapide. Ciertas declaraciones de este último son tan absurdas que, quizá por estúpido respeto a su memoria, nos abstuvimos de utilizarlas en EL ÚLTIMO TESTAMENTO DE FRANCO, ya conocido de los amables lectores de este blog.  Tampoco empleamos las de Pollard. No las consideramos significativas. No lo eran para nosotros, pero ahora resulta que sí lo son, en virtud del uso que de ellas hace el distinguido autor al que no hemos hasta ahora identificado. Se trata de Don Miguel Platón. Es un ejemplo de cómo un hecho puede tener distintos valores según su contexto y las intenciones del historiador.

 

Las alusiones a mi libro (pp. 171 y 172) que hace el Sr. Platón lo son a la edición ampliada de 2012, no a la de 2011. Conoce la más moderna, pero en general prefiere utilizar la más antigua. Se me escapan sus razones. Cada maestrillo tiene su librillo y en el mío lo normal es ir a la edición más reciente. El tema es significativo porque la ampliada contiene datos adicionales (entre ellos un informe de la policía científica, obtenido gracias a la amabilidad de uno de sus jefes que conocí en uno de los cursos de verano de El Escorial). Aunque también en aquel momento me declaré incapaz de probar documentalmente la causa del “accidente” de Balmes.  

Las referencias a la conversación que Farman tuvo con Pollard y que publicó el 25 de junio de 1966 en The Guardian, las puso en un tono directo, como si hablara el ya comandante (ascendió finalmente a este empleo mucho después de los hechos):

“¿Quiere Vd. saber algo de lo de Franco, no es eso? Luis Bolín, el corresponsal de ABC en Londres, arregló la cuestión del avión y Douglas Jerrold, un viejo amigo mío y director de la English Review, me contaron lo que se proponían (“the plot”). Lo de las chicas fue idea de Bolín así que escogimos a mi hija y a Dorothy Watson, the poultry girl”. Punto.

Es difícil, por no decir imposible, que incluso un catedrático de Filología inglesa pudiera explicar convincentemente si, en este contexto, la expresión the poultry girl destacada por el Sr. Platón como evidencia de la forma en que a ella se refirió Pollard treinta años después del viaje del Dragon Rapide, cabe traducirlo por una chica inocente, una polluela. Muy por el contrario, la única traducción compatible con los hechos, las circunstancias, Jerrold, la grabación de Diana Pollard y Farman, es “la chica de los pollos”. Los que la familia Pollard criaba y que Dorothy cuidaba. En el supuesto de que Pollard hubiese querido decir algo amable de ella, normalmente se hubiera servido de una fórmula como, por ejemplo, a nice poultry girl.

Y ahora mi pregunta: ¿quién es el cómico en este tema?  Por haberse regodeado de la traducción de un servidor, el Sr. Platón tendrá que aguantar dos comentarios mínimos: en su desprecio por la gramática inglesa, me parece que tal vez su dominio del inglés sea equiparable al del receptor de las lecciones del “me Jane, you Tarzan”; el segundo es que, en su proyección de comicidad hacia otro, no hace sino seguir las inclinaciones propias de una escuela de historiadores como la que dominó a partir de 1936 hasta comienzos de los años setenta. Dicho esto, por supuesto, como meras sugerencias. Incidentalmente, las “paridas” que poco antes de fallecer parece que pronunció Pollard (un personaje sobrevalorado) y que nuestro distinguido autor toma de Farman, son solo eso, “paridas”.  El argumento utilizado por el Sr. Platón puede caracterizarse de dos formas en inglés:  the shit o a shit. Espero que, si lee estas líneas, advierta la diferencia que es sustancial. Hasta ahora solo estoy en el aperitivo.

Es obvio que todo historiador comete errores. Servidor, también. Su causa es, con frecuencia, el descuido. Don Miguel Platón también me acusa de haber cometido varios. Para él, terribles. De tres de ellos, cualquiera que sea el calificativo que merezcan, me reconozco culpable. Hice general de división a Romerales (lo era de brigada). Hice teniente coronel a Eduardo Saenz de Buruaga (era coronel) y afirmé que al general Gómez Morato lo habían ejecutado (no fue así). Me doy golpes de pecho y entono el mea culpa. En mi descargo tal vez pueda señalar que, probablemente, en los dos primeros casos no consulté el escalafón. Ahora bien, en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO Romerales ya aparece como general de brigada, Saenz de Buruaga como coronel y a Gómez Morato no se le cita. ¿Por qué? Porque lo que habían sido referencias estrictamente marginales en 2011 y 2012, en esta última obra (2018) han ganado algo más de peso y significación y no me fié a mi memoria.

Tras este mea culpa debo congratularme de que el Sr. Platón haya tenido tiempo de incluir en su recientísima obra algunas líneas sobre EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Los lectores conocerán el famoso dicho de que siempre es bueno que lo citen a uno, aunque sea bien. Inexplicablemente, sin embargo, me atribuye su autoría exclusiva. Quizá se trate de una extraña fijación en mi modesta persona. Los tres autores estamos citados en la portada. Nuestras biografías figuran al final. En la obra solo se emplea el plural, no el mayestático sino el que corresponde a una autoría conjunta.

Las líneas que ha introducido en el texto de su libro Don Miguel Platón tienen una referencia en la nota 229. Se refiere a que en la página 645 de su texto me dedica, injustamente repito, nada menos que media página. Quizá exagere, pero por experiencia propia pienso que probablemente trastornó un pelín la compaginación prevista por la editorial que, naturalmente, se plegó a sus deseos.

En relación a la edición de 2011 el Sr. Platón empieza afirmando que, según escribí entonces, “el general Amado Balmes fue asesinado por un oficial del Ejército, siguiendo instrucciones de Franco con el fin de que tuviera excusa para trasladarse a Gran Canaria y poder embarcarse en el Dragon Rapide”. Está correctamente rendido. Añade que servidor no aporta prueba alguna, tampoco en la edición “revisada y actualizada que publicó al año siguiente”.

Hasta aquí más o menos OK, salvo que en ambas ediciones creo que escribí que sería difícil encontrar un papelín que dijera algo así como “al recibo de la presente orden ejecutará Vs a su comandante, el general Balmes”. Lo que hice fue acumular toda una serie de indicios, pero que apuntaban eso sí en una sola y única dirección.

Continúa el Sr. Platón:

“Se trataba de una mera especulación, basada en una ponderación arbitraria de las fuentes, cierto número de inexactitudes, cuestiones ajenas al caso y, sobre todo, una insuficiente investigación”.

En puridad, no era totalmente especulativo. Me asesoré debidamente y algunas de las tesis que entonces expresé han podido comprobarse documentalmente, de forma directa o indirecta. Lo de la arbitrariedad me parece discutible (y no como la que ha salido del lingüista de la poultry girl); el aspecto de las cuestiones ajenas al caso es incluso más discutible porque en un avión para Franco empezó a pensarse allá por el mes de abril de 1936. En mis conclusiones en aquel momento, pp. 380-383, mencioné algunas de las lagunas que había detectado, teniendo en cuenta que la orientación del libro no abordaba solamente el asesinato del general Balmes. Abordaba algo más amplio que el Sr. Platón sigue sin oler, quizá porque no lo considere significativo: la cuestión de si hubo o no algún vector oficial británico tras el golpe de 1936. Era lo que me había llevado en primer lugar a estudiar el caso Balmes. Incluso hubo un tercer capítulo en el que resumí mis reflexiones sobre la “batalla por la verdad”, es decir, la destinada a recuperar una vena del pasado colectivo conscientemente desfigurado por la propaganda franquista y de la que di como ejemplo una de las producciones del augusto SHM de la época.  Tal vez el Sr. Platón se identifique con ella.

Digo esto, porque desde el punto de vista académico y profesional, la aportación que hace dicho libro es, ¿cómo decirlo?, parva. Se sitúa en la línea periodística del “revisionismo” de derecha o extrema derecha, con contextualizaciones y análisis historiográficos pobres y con la mala suerte de que todo lo que dice acerca de la conspiración de Franco se basa en documentos o testimonios harto sospechosos y que, en gran medida, aunque no en toda, habían sido ya derribados, hasta donde pueden derribarse, en nuestro libro.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (II)

11 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Espero que a los amables lectores se hayan olvidado de las sonrisas que pudiera haberles suscitado el primer post de esta temporada. En el de hoy voy a hacer una demostración de cómo no conviene menospreciar la tan menospreciada EPRE. Todo historiador tiene que reconocer que no escribe historia definitiva y que incluso aunque se limite, modestamente, a presentar un estado de la cuestión, este también es cuestionable si choca con EPRE que el historiador, por las razones que sean, ha desconocido o ignorado.  En el post anterior, me había asombrado que un autor, al que todavía no he citado por su nombre, acudiera a la suprema autoridad del capitán Pollard para caracterizar a la Srta. Dorothy Watson como una “chica inocente”, una “polluela”, pero sin mencionar ni identificar la referencia de donde la extrajo. También admití que, si bien gramaticalmente tal acepción es imposible en inglés, podría haberse tratado de un uso personal.

 

La interpretación de nuestro distinguido autor choca no con una cita de Pollard treinta años después (1966) sino, estrictamente, con la de 1936. Servidor se basó en esta última para caracterizar a Dorothy Watson, es decir de la época. Me pareció un aspecto tan nimio que no se me ocurrió dar la referencia concreta, aunque sí en términos generales.

Antes de pasar a la contextualización (tarea inexcusable para toda EPRE) debo constatar un hecho esencial: la bibliografía utilizada por tan eminente crítico (que me parece algo parca para un tema como es el de los antecedentes y desarrollo del golpe de julio de 1936) está casi exclusivamente en castellano. Solo cuenta con una excepción. El libro de una amiga mía, Angela Jackson, sobre las mujeres británicas y la guerra civil. Es cierto que incluye a historiadores extranjeros (una media docena en ediciones siempre en castellano), pero no lo hace por ejemplo con otros reconocidos como Preston, Graham, Gabriel Jackson, Thomas, Beevor, Heiberg y me quedo corto. Todos ellos también han escrito sobre el período. Esto podría inducir al lector a pensar que dominar literatura en idiomas foráneos no es uno de los fuertes de tan distinguido autor. Por otro lado, ni siquiera citar, aunque sea para criticarlos, a extranjeros traducidos -salvo la relevante excepción de Payne, con nada menos que tres obras- podría permitir atisbar que adolece de un cierto sesgo, que no caracterizaré. También indicar la propensión a un tipo determinado de literatura que tampoco calificaré.

Son disquisiciones que solo marginalmente vienen al cuento. Lo que sí viene al cuento es la omisión, quizá querida, de la EPRE de 1936. Sin embargo, tan estimable autor podría haberla encontrado no en una sino en tres fuentes. La primera, y quizá más importante, es la que durante muchísimos años y sobre todo en el mundo de habla inglesa ha hecho autoridad. Se trata de la autobiografía de Douglas Jerrold, Georgian Adventure. La edición que tengo en casa data de 1938. Es la publicada por The “Right” Book Club. A lo mejor hubo otras, pero para mí esta es significativa porque forma parte de una colección de libros de tendencia inequívocamente derechista en la época. No cabe desconocer la obra que, ¡ay!, nuestro autor ignora.

Jerrold era un periodista y publicista inglés de hoy diríamos extrema derecha a quien cité extensamente. En su autobiografía describió cómo su amigo Luis A. Bolín (entre paréntesis: un embustero quintaesenciado) fue a buscarlo para ver quiénes podrían viajar con él en el Dragon Rapide. Jerrold, tras descartar varios nombres (también de extrema derecha), pensó en Pollard. Ambos se desplazaron con Juan de la Cierva a su casa, le convencieron y entre los cuatro decidieron que también irían dos chicas en el avión. Una fue Diana Pollard y la otra una amiga suya, Dorothy, a la que no encontraron fácilmente porque estaba “repartiendo pollos” (“delivering chickens”). Al final la pescaron. Servidor pensó, quizá ingenuamente, que si repartía pollos es porque tenía que ver algo con pollos. Todo esto hubiera podido leerlo nuestro estimado autor en la página 373 de mi libro de hace siete años, no de ayer.

La segunda EPRE la ofrece Angela Jackson, ya mencionada, que utilizó una grabación hecha por Diana Pollard en 1992 y que, naturalmente, citaba. Me facilitó sus notas, pero como a mi me interesaban otros aspectos acudí a la grabación misma que se guarda en los archivos del Imperial War Museum de Londres. Todo esto también lo expliqué en mi libro de 2011 (p. 11). Escuchamos atentamente la grabación, hicimos (mi mujer es británica) una transcripción y en ella apareció que Dorothy ayudaba a los Pollard con sus gallinas, imagino que en algún corral de su casa, pues vivían en un pueblecito del campo. (Incidentalmente, el único libro en lengua inglesa que menciona nuestro distinguido autor es el de Angela, pero solo para aludir a un tema tan importante históricamente como que Diana temía que si no viajaba en el Dragon Rapide su padre la considerase apocada o cobarde). La sorpresa ante esta única referencia no es una necesariamente una crítica. Es una demostración de cierto pasmo. Cada historiador elige lo que considera significativo. Ángela escribió sobre las mujeres británicas en la guerra civil y Diana Pollard y Dorothy Watson fueron las primeras de que hay constancia que presenciaron uno de los primeros, si no el primer, capítulo.  Servidor se pregunta si, en el contexto del golpe, es lo suficiente para mencionar el libro de Angela como el único que nuestro autor ha utilizado en inglés.

Poco después de mi trabajo en 2011 apareció otro título en el mercado británico de un periodista inglés, Peter Day. Lo compré por si se me había escapado algo y ya hice referencia a él en la segunda edición, en 2012, ampliado después de hablar con la familia Balmes. El libro de Day se ha publicado años más tarde en castellano. No lo adquirí, pero en cualquier caso nuestro distinguido autor tampoco lo cita, algo de por sí más que llamativo. Pues bien, Day transcribió una parte de la grabación que a mí no me interesaba. En ella, página 25, cita a Diana hablando de Dorothy. “También querían [es decir, Bolín, de la Cierva, Jerrold y su padre] otra chica, porque una no sería suficiente”. La frase que sigue a esta es: “We had some battery chickens and Dorothy Watson … [looked after them]. Este segundo paréntesis es de Day. ¿Mi traducción sobre la marcha de esta pequeña referencia? “Criábamos unos cuantos pollos [y D. W. los cuidaba]”. Es decir, los Pollard, en su casa, tendrían un corral, una huerta o lo que fuera y lo utilizaban no solo para plantar frutales y hortalizas sino también para tener pollos. No sé cómo el traductor de Day lo habrá reproducido, pero es difícil que no mencione a estos simpáticos animalitos.

¿Cómo se denomina en castellano a una chica que haga las funciones que se atribuían a Dorothy? No puede ser una pollera porque, según el DRAE, pollero o pollera son personas que tienen por oficio criar y vender pollos. “Polluela”, término afectivo y que es como nuestro imaginativo autor lo traduce, no existe en el DRAE. Sí existe polluelo con la acepción de cría de ave. Servidor cortó por lo sano y amalgamó las ocupaciones de Dorothy: trabajaba con pollos y ayudaba a la familia con ellos. Me atuve a lo dicho por Jerrold y por Diana Pollard, por así decir a la EPRE. ¿Dónde está mi comicidad?

También di otra referencia. Esta vez al artículo de un periodista inglés, Christopher Farman, publicado en The Guardian el 25 de junio de 1966. (Lo cita nuestro autor en su bibliografía, y de manera indirecta en la p. 621, quizá porque supo de él por conocimiento innato).  Recogió unas declaraciones de Pollard hechas poco antes de su fallecimiento. Pues bien: esta es la prístina fuente de la que se sirve, aun cuando hay que esforzarse un poco en establecer el enlace.

Espero que los amables lectores, si no se han aburrido con este post, se rían con el próximo.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (I)

4 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

¡Feliz nuevo curso! ¡Feliz rentrée! ¡Feliz otoño! Después de una pausa veraniega algo más larga de lo que tenía previsto y en la que me he limitado a subir a Facebook algunos artículos que me han parecido interesantes, vuelvo con nuevas intenciones. A pesar del susto de junio he podido descansar, leer y escribir. Mi próximo libro -espero que salga el año que viene- ha hecho progresos y ahora está pendiente de un par de viajes a archivos extranjeros en busca de EPRE. No sé lo que encontraré. Mientras tanto he pensado mucho en cómo y con qué reanudar el blog. Los temas no faltan.

 

El curso pasado dediqué varios posts al caso del general Balmes. No puedo pedir a los amables lectores que lean el mamotreto que a finales de enero publiqué con dos colegas, mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas y un eminente patólogo, el Dr. Miguel Ull. Desgrané, eso sí, en varios posts y en lenguaje sencillo sus conclusiones. Balmes no se mató. Lo mataron. Hicimos, incluso, consideraciones varias sobre quién habría podido ser el autor.

En las pasadas vacaciones he visto que a un autor nuestra argumentación no solo no le convenció. La rechaza sin ofrecer ningún argumento. Debió de ojear el libro -no digo leerlo- cuando estaba a punto de terminar una obra suya. Montó en cólera contra nosotros o, para ser más exactos, contra servidor. Su opus salió a la calle, si no recuerdo mal, a principios de mayo. Se me ocurre pensar que para aprovechar la Feria del Libro madrileña. Tres meses después del nuestro. En consecuencia, tuvo que hacer un esfuerzo para introducir una reacción inmediata y un tanto visceral. Hay que pensar que su texto estaría ya en primeras o segundas pruebas y que entrar a debatir en profundidad nuestras tesis hubiese descolocado la paginación y retrasado la publicación. Es comprensible.

Aun así, lo intentó. Hay dos formas de hacerlo: con cambios mínimos en el texto o pasarlos a las notas a pie de página si, como ocurre con frecuencia, estas figuran al final. Es lo que prefieren muchas editoriales porque disminuye el trabajo de repaginación. Si no recuerdo mal es el enfoque que prefirió Espasa antes de publicar la biografía de Franco del profesor Stanley G. Payne y del periodista Jesús Palacios. Por razones que se me escapan ambos debieron de considerar que era muy importante introducir una referencia al “destape” de Jordi Pujol y lo pasaron a las notas de al final. Su libro salió, creo, en septiembre y la “confesión” del expresident de la Generalitat se produjo a finales de julio.  Supongo que con ello quisieron contraponer la figura de Franco, austero, sencillo, desprendido, con la más que dudosa ejecutoria financiera del Sr. Pujol. (Si fue así no tuvieron mucha suerte porque al año siguiente me permití demostrar en La otra cara del Caudillo que el general Francisco Franco dejó literalmente en pañales al político catalán en lo que se refiere a hacer jugadas financieras, sobre todo para allegar una fortunita durante la guerra civil mientras sus soldados morían y se desangraban como chinches en las trincheras y en los hospitales en un conflicto que intentó prolongar todo lo posible).

En el opus de ese autor no convencido, escrito a la mayor, a la inmarcesible, a la inmortal gloria de Franco y aparecido bajo el atractivo título de Así comenzó la guerra civil: del 17 al 20 de julio de 1936: un golpe frustrado hay una introducción en la que arremete por los más diversos motivos contra los errores de numerosos historiadores. Uno por mencionar la sublevación de capitanes generales cuando estos ya no existían (correcto), otro que afirmó que el piloto del Dragon Rapide no era inglés sino galés (también correcto, con la salvedad de que en muchos casos a los británicos se les denomina en el continente con el genérico de “ingleses”, aunque se trate de ingleses, escoceses, galeses o norirlandeses y que el concepto de “británicos” es de un uso relativamente moderno). Otro historiador es objeto de sus iras por utilizar el término de “Legión Extranjera” cuando lo correcto es el “Tercio” (OK, pero eso no quita el hecho de que fuese sustancialmente una copia de la Legion Étrangère cuyos orígenes se remontan al siglo XIX).

Pero, en fin, todo lo que contribuya a esclarecer los hechos y a dar a cada uno el título, grado, empleo, etc. que le corresponda es bienvenido. Vivimos en la época del “copia y pega”, como él dice, una “técnica que hace estragos incluso en el ámbito profesional académico”. Yo diría que no solo en este ámbito (véase el ejemplo del Sr. Casado, hoy flamante presidente del PP) aunque como es sabido las Universidades que están más al día (también las españolas) han ido adoptando sofisticadas técnicas de identificación del plagio, mucho más fácil de detectar que antes.

Por otro lado, el “copia y pega” que denuncia nuestro distinguido autor parece incluir, en mi opinión erróneamente, a un premio nacional de historia que no identifica (es un amigo mío: Enrique Moradiellos) por una obra en la que cometió el inmenso, imperdonable, error de afirmar que “la guerra comenzó en Melilla el 17 a las 17”. (En su bibliografía tan exigente caballero menciona, sin embargo, el libro de un militar titulado Marruecos, ¡17 a las 17! y otro, sin fecha, ¡17 de julio! La guarnición de Melilla inicia la salvación de España). Es decir, y sin entrar en detalles, a primera vista parece que Moradiellos no se equivocó tanto. El “copia y pega” no lo veo.

He reproducido algunos ejemplos de la introducción (que abarca muchos otros, denunciados en un tono de indignación y desprecio un tanto chocante) porque en la misma también arremete contra “un conocido hispanista británico” (quizá se refiera a Paul Preston) que, en relación con Balmes, había escrito algo que a tan exigente caballero no le gusta. Su respuesta, ante la que parece que hay que inclinarse, es una afirmación tajante: “Balmes era monárquico y ningún documento ni testimonio avala otra tesis que la del accidente”.

Debemos sorprendernos de que no se incluyan nombres en la introducción, pero, lógicamente, sí lo hace en su texto. Menos mal.

A servidor lo cita por primera vez en la nota 133 de la página 123. La explica en la página 641 de una manera un tanto chusca. Me reprocha no saber inglés. Lo pongo en negritas para resaltarlo. Reconozco ser nativo de Madrid. Uno no elige dónde nace.  Por su nombre él tampoco parece británico, pero a lo mejor tuvo la suerte de formarse en Eton, Westminster, Harrow, Rugby, Winchester o en alguna grammar school británica y hablar inglés como cualquier británico educado. Mis padres no pudieron financiarme una educación en el extranjero. Los idiomas que aprendí fueron, generalmente, con becas. Pero en lo que se refiere a inglés tengo en mi haber casi 17 años de trabajo profesional en este idioma, lo hablo diariamente en casa y algo quizá haya aprendido.

Y ¿cómo me acusa nuestro distinguido autor de no saber inglés? Pues, simplemente, porque en el primer libro que escribí sobre la conspiración del general Franco (2011) me referí a una de las pasajeras del Dragon Rapide, Dorothy Watson, como alguien que “trabajaba con pollos y que “ayudaba a la familia [Pollard] en la cría de gallinas”. Nuestro eminente autor afirma con suprema autoridad que “se trata de un error de traducción, involuntariamente cómico”. Haré de este caso un ejemplo de cómo trabaja tan ilustre caballero.

Sus razones las expone en la antedicha página 123. El capitán (no, como él afirma, comandante) Pollard “recordaría [a Dorothy] treinta años después [1966] como poultry girl, es decir, una polluela, una chica inocente”. Una afirmación que no admite, al parecer, recurso.

Pero sí lo admite. La suya es, pura y simplemente, una afirmación grotesca. Ni más ni menos. No es este un blog de gramática inglesa, pero tan ilustre autor parece ignorar que poultry es un término genérico referido a las aves de corral (criadas para obtener carne, huevos o plumas). También al lugar en donde se encuentran, en una acepción obsoleta. O su carne en libros de cocina. Son definiciones del New Shorter Oxford English Dictionary, que me parece tener alguna autoridad. No es un adjetivo. Determina la significación, eso sí, de los sustantivos a los que habitualmente se aplica. Así, por ejemplo, farm es granja, y poultry farm es una granja avícola.

La edición que tengo en casa de dicho diccionario es de 1993. No sé si en los años treinta o cuarenta del pasado siglo la expresión habría podido tener otra acepción (aunque gramaticalmente no es posible). Recurro, sin embargo, al diccionario histórico, el masivo Oxford English Dictionary de veinte volúmenes, en la reproducción en micrografía de 1994 que es la que tengo en casa. Contiene acepciones que se remontan a Chaucer, en el siglo XIV. No a anteayer. Da otros muchos ejemplos de utilización de poultry con, valgan los casos, basket, farmer, feather, feeder, flutter, house, keeper, man, market, meat, run, shop, show, stall, yard, raising, rearing, woman. Sinónimo de poultry girl es también poultry maid, aunque me parece un poco anticuado.  Por lo demás, si se acude al siempre bien dispuesto Mr. Google, cabe encontrar otras aplicaciones, pero nunca en el sentido que nuestro distinguido autor le da de “chica inocente”.

Él no se basa en diccionarios, quizá porque lo tendría difícil. Se refiere a la suprema autoridad del capitán Pollard. Pero, ¿de dónde la extrae? ¿Hay algún ejemplo en el que Pollard la utilizó en tal sentido? Podría, ciertamente, tratarse de una acepción personal. Por ejemplo, yo llamo cariñosamente a mi hija “piru” o “pirula”.  No sé por qué. Ella lo entiende. También los demás miembros de la familia. Chocaría que Pollard, inglés, forzase la gramática inglesa, pero cosas peores se han visto.

Los lectores estarán aburridos de estas disquisiciones. Lo siento. Son imprescindibles para empezar a demostrar que quien se salta la evidencia como un caballo desbocado es mi eminente crítico. Y quien se la salta una vez quizá es porque está acostumbrado a hacerlo con alguna frecuencia. No solamente en una cosa tan trivial, sino en tema más importantes. La historia no se escribe con mitos. Tampoco se escribe con camelos.

(Continuará)