Una militante comunista en Ravensbrück

19 febrero, 2019 at 8:29 am

 Ángel Viñas

 La literatura memorial sobre el universo concentracionario nazi es inmensa y se declina en numerosos idiomas. También en los nuestros. Por desgracia, así como en España se han traducido ejemplos, particularmente desde el francés, no me consta que muchos testimonios españoles hayan sido vertidos a otros. Haberlos, haylos. He tenido el honor de prologar algunos rescatados de la oscuridad por la escritora catalana Montserrat Llor Serra y publicados en CRITICA. Abundan más los de los hombres que los de las mujeres y entre estos últimos menos todavía los que combinan recuerdos de la resistencia en Francia con los de los campos nazis. De aquí que la editorial Renacimiento sevillana merezca un agradecimiento especial por haber dado a la luz, en castellano, hace años las memorias de Mercedes Núñez Targa. Una militante comunista que combatió en la Résistance francesa, que fue deportada al campo de mujeres de Ravensbrück y que regresó para contarlo.

Mujeres prisioneras del campo de concentración de Ravensbrüc

Debo el conocimiento de esta versión al hijo de Mercedes, Pablo Iglesias Núñez, que la tradujo con Ana Bonet Solé del original catalán, El carretó dels gossos (La carretilla de los perros), aparecida en Edicions 82 y que la reeditó en 2005. Su hijo le cambió el título por uno más expresivo: Destinada al crematorio con el subtítulo De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, aparecida en 2011. A esta edición se le añadió un prólogo del conocido escritor y filólogo gallego Xesús Alonso Montero, presidente de la Real Academia Galega hasta principios de 2017 y militante comunista en su época. En él se resume la vida accidentada de la autora, que falleció en Vigo (donde tiene dedicada una calle) en 1986. Su primer relato, Cárcel de Ventas, publicada en París en 1967, se tradujo al catalán y al gallego. Renacimiento la ha publicado en castellano en 2017. Confieso no haber leído esta obra primera. La segunda parte de sus memorias muestra, en todo caso, a una escritora de estilo simple y efectivo. Con garra. Es un bonito recuerdo de la conferencia que el 18 de julio pasado di en el centro cultural de Goián, cerca de A Guarda. Hasta estas vacaciones de Navidad no había tenido tiempo de leerlo.

En comparación con los grandes campos de exterminio nazis, Ravensbrück fue “simplemente” de concentración y se destinó, principalmente, a albergar mujeres, procedentes de todos los países sobre los cuales los nazis echaron sus miradas ávidas. No debe creerse, sin embargo, que fuese un campo de secundaria importancia.  Figura en lugar prominente en la mejor historia que conozco de los campos nazis (la de Nikolaus Wachsmann, publicada por CRITICA y ya en tercera edición). En ella puede seguirse la infame trayectoria de Ravensbrück desde sus comienzos, en 1os primeros meses de 1939, hasta su final. Tras la ocupación de Polonia en aquel año más del 70 por ciento de las internas eran polacas, lo que hizo que en el campo se extendiera la idea de si Hitler no habría decidido también exterminar, aparte de los judíos, a los polacos. Realmente los trató como a perros inmundos, de aquí tal vez el título original de estas memorias.

En su comienzo las condiciones de vida no eran mortales. Empeoraron después hasta llegar a la apoteosis catastrofista. En el campo estuvo detenida la conocida comunista alemana Margarethe Buber-Neumann, que llegó en agosto de 1940. Era una militante del KPD de gran prestigio a la que Stalin no le permitió que participara en el canje de prisioneros que él y Hitler autorizaron. Como para entonces Buber-Neumann ya había visto de cerca las condiciones del Gulag, en Karaganda, Ravensbrück le pareció mucho más tolerable. Recordaré que en 1980 fue condecorada con la Gran Cruz del Mérito de la República Federal de Alemania, la más alta distinción de su país. Está por ver que algo similar se haya hecho en España con algún deportado de después de la guerra civil, pero nunca es tarde para perder la esperanza, aunque fuese a título póstumo.

A medida que transcurrió la guerra, en Ravensbrück fueron deteriorándose las condiciones de vida e incluso de muerte de los internados. Sobre todo, a partir de 1942. Las “enseñanzas” de Auschwitz y campos similares en materia de asesinatos masivos y de “selecciones” para la muerte inmediata tras la llegada a ellos fueron expandiéndose por toda la red contaminándola “adecuadamente”. Mercedes Núñez llegó en el verano de 1944 a Ravensbrück en un período en el que el campo era una sombra de lo que había sido. Para peor.

La autora tenía tras de sí numerosas aventuras. Había caído prisionera después de la guerra al tratar de reconstituir el partido comunista en Galicia. Ingresó en la cárcel de Ventas, aunque salió de ella por un error administrativo, huyó a Francia, se adhirió a la Résistance, fue detenida por los franceses colaboracionistas y los alemanes cuando militaba en la 5ª Agrupación de Guerrilleros Españolas. En vez de mandarla al pelotón de fusilamiento de inmediato, su interrogador, un alsaciano que trabajaba para los nazis, sorprendido de su gallardía, la puso en el camino que la condujo a Ravensbrück después de pasar por dos campos en Francia y uno en Alemania. En su recorrido ya pudo observar que lo que se murmuraba de los nazis amenazaba con ser cierto. La realidad sobrepasó todo lo imaginado e imaginable.

A lo largo de sus memorias, de no más de 120 páginas, que se leen en poco más de dos horas, Mercedes Núñez trazó con vigor y realismo una multitud de retratos de los co-protagonistas de su relato, en la Résistance y en los campos, españoles, franceses, polacos, rusos, yugoslavos, alemanes nazis y no nazis. Añadió la descripción de los sistemas de degradación y humillación en el horror, la vida diaria, el temor a contraer algún tipo de enfermedad (casi inevitable) que condujera directamente al crematorio, las vejaciones diarias de las kapos, los esfuerzos para inutilizar obuses que en los talleres del campo las prisioneras más fuertes se veían obligadas a montar (pequeñas victorias en el balance general de la guerra pero cuán satisfactorias para quienes podían topar con el crematorio al intentarlas).

En Ravensbrück se vieron, como en otros campos, entremezclados el horror, el honor, la dignidad y la cobardía. En todo caso, la abyección. No sin cierto orgullo Núñez recuerda que las españolas solían despertar sentimientos de admiración en comparación con otras internas. Incluso entre los obreros alemanes que trabajaban con ellas en los talleres. Ciertamente no hubo muchas en el período que la narradora pasó en el campo. La mayor parte de los españoles “rojos” (tal era su apelación oficial) pasaron por decisión de Himmler a otros campos y, en especial, a Mauthausen. Pocos sobrevivieron.

Especialmente impresionantes son las descripciones que la autora hace de las kapos, es decir, de las vigilantes. Chocan un poco con la valoración de Wachsmann, para quien las guardianas de Ravensbrück retrocedían en términos de brutalidad con respecto a sus homónimos masculinos de las SS. Por lo que Núñez Targa vivió se trataba de prisioneras que colaboraban con el fin de obtener algunas migajas de “simpatía” por parte de los nazis y esto dependía de su disponibilidad para actuar con dureza, incluso extrema. Cierto es que Wachsmann hace su observación al principio de la vida del campo.

Tras haberse “empapado” de millares de impactantes escenas de humillación, miedo cerval y horror, destaca la significación del regreso a Francia en las circunstancias un tanto caóticas en que vivía el país vecino. Por suerte evitó que la pusieran en un convoy que probablemente la hubiese llevado a España. Se quedó en París y tuvo el placer de no recargar las acusaciones que pendían sobre el abyecto colaboracionista que la había puesto en la vía que conducía a los campos alemanes. El tipo remilgado, fino, elegante, pero no exento de ataques de una brutalidad que recuerda a las descripciones que han salido a la luz en los últimos años sobre las vejaciones y torturas que solían aplicar algunos especímenes notables de la Político-Social franquista, se había convertido en un auténtico guiñapo humano. Tampoco le sirvió de nada. Fue condenado en Carcassonne y fusilado en septiembre de 1945.  Uno más de los traidores a Francia que tuvieron que responder de sus actos ante los tribunales de justicia en una de las jurisdicciones de excepción creadas el año anterior y de composición especial. Según informaciones francesas, tales tribunales condenaron a muerte a 767 personas (hubo más que se enfrentaron a otras dos jurisdicciones).

Mercedes Núñez Targa fue condecorada con la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz del Combatiente Voluntario de la Resistencia, la Medalla de la Deportación e Internamiento por hechos de Resistencia, la Cruz de Guerra y la Cruz del Combatiente. Del libro que comento no aparece nada que haga pensar que en la España postfranquista se le diera ningún trato especial.

Nunca es bueno olvidar. El historiador Nikolaus Wachsmann es alemán, asentado en Londres. Nació en 1971. Miembro de una generación que no tiene el menor inconveniente en revisar los imborrables crímenes alemanes. Ha tenido acceso a archivos múltiples donde han quedado registradas las vergüenzas de una generación anterior. ¿Hasta cuándo habrá que esperar para que el acceso libre a los archivos centrales de la represión franquista pueda hacerse en similares condiciones? Pregunto esto porque, según mis noticias, el anuncio hecho por la Sra. Ministra de Defensa, y publicitado a bombo y platillo, no ha pasado en realidad de una declaración de buenas intenciones. Ahora algún archivo me ha reconocido que no tiene funcionarios o empleados para dar abasto a todas las peticiones.

Polémica sobre Juan de la Cierva (y III)

12 febrero, 2019 at 8:27 am

Ángel Viñas

En la diversificación de actividades del ingeniero, que verosímilmente se acentuó en la segunda mitad de agosto de 1936, lo que ha podido documentarse (y que servidor reinterpreta) es que hizo caso, como era lógico, a una orden de Mola para viajar a la Alemania nazi con el fin de aclarar la situación en materia de suministros. Hitler había decidido apostar por Franco. Sus emisarios llegaron a Berlín mucho antes que los de Mola, que se había basado en viejos contactos monárquicos generalmente de tipo comercial e industrial. Franco, desde Tetuán, apostó por la línea del partido, tras una primera aproximación por la vía de un militar conocido suyo. Es un tema sobradamente conocido.

El resultado es que Franco recibió armamento desde el exterior por dos vías. La alemana y la italiana. Esta última esencialmente por razones logísticas pues era más fácil enviar a Marruecos por vía aérea y marítima. A Mola no le quedó más remedio que aguantarse, aunque tras hablar con algún militar italiano logró que una pequeña parte se le remitiera a Vigo.  Más tarde optó por hacer sus propios pinitos en Alemania. Lo que podía esperar era utilizar otras vías. No necesariamente las de los arsenales, sino las de los traficantes o mercaderes de armas. Las primeras las controlaba Göring rígidamente tanto en el plano militar como en el económico. Las segundas daban margen. ¿Quién era la persona de que Mola podía fiarse? Juan de la Cierva.

El hecho es que en septiembre Juan de la Cierva estuvo en Berlín. El 19, al día siguiente de su regreso a Londres, escribió a mano una carta a Mola en la que rindió cuenta de los resultados de su misión. Había sido un viaje azaroso que emprendió desde París y en el que, mientras dormía en el coche-cama del tren que lo llevaba a la capital alemana, intentaron robarle papeles y dinero. Es imposible saber si se trató de un caco o de otra alternativa.

Nada más llegar, de la Cierva se puso en contacto con Canaris. Lo identificó como la persona “que se encarga de la ayuda al Movimiento”. No creo que ya lo hubiera visto antes porque esta descripción fue totalmente inexacta. La ayuda dependía del operativo militar montado por Göring. El servicio secreto militar de Canaris (Abwehr) se ocupaba de otras materias colaterales. Por ejemplo, de la coordinación con la ayuda italiana. A principios de agosto se había encontrado en Bolzano con el general Mario Roatta, director del SIM (Servizio Informazioni Militare) que conocía perfectamente las circunstancias en las cuales Mussolini había decidido ayudar a Franco.

La carta de Mola no se ha encontrado en ningún archivo. Al menos que servidor sepa.  Tampoco es de extrañar porque después de su accidente mortal en junio de 1937 todos sus papeles, su diario de guerra y los materiales con los que al parecer estaba escribiendo una historia del “Alzamiento” se esfumaron por arte de magia -y de un pelotón de soldados- de su cuartel general.

Ahora bien, el informe de su enviado a Mola revela que estaba al tanto de los arreglos hechos tanto en Berlín como en la España controlada por Franco en relación con la ayuda alemana. Gracias a que Canaris lo puso en contacto con otras personas se enteró además de que el marqués de las Marismas del Guadalquivir (José Ignacio Escobar, posteriormente marqués de Valdeiglesias) había encargado cinco millones de cartuchos de 7 m/m. La entrega se había concertado para agosto, pero le dijeron que se trataba de un error y que la fecha prevista era realmente septiembre. Esto permite comprobar que, efectivamente, Escobar había contratado el suministro en uno de sus viajes cuando Mola intentaba, por su cuenta, allegar armamento. El señor marqués (un pronazi de cuidado) se expandió con multitud de detalles ya de difícil contrastación en sus propias memorias (pero sí indicó que el suministro previsto era de diez millones y que se fabricarían en Alemania).

La idea con que se topó de la Cierva fue que los nazis pensaban aprovechar el viaje de retorno a España de un barco a punto de llegar a Hamburgo, el Girgenti, cargado de cobre. Es un caso muy conocido ya que se trató del primer envío de Franco a cuenta de la deuda que representaban los primeros suministros de armas. De la Cierva insistió en que había que darse más prisa y convenció a sus interlocutores para utilizar otro barco en el que se cargaran inmediatamente cuantos cartuchos pudieran apañarse. De todas maneras, no era posible enviar las cinco toneladas. Con dos habría que aguantarse. Esto significa que el Estado alemán no estaba detrás de la operación.

La gestión del ingeniero resultó en que el 19 de septiembre salió para Vigo el Kamerun, con los dos millones de 7 m/m, dos mil fusiles del 7,92 con otros dos millones de cartuchos y 875.000 cartuchos de pistola.

Había otro pedido en tramitación que había hecho un exagregado naval, el capitán Génova, de 1750 fusiles alemanes y que de la Cierva aceptó a aumentar a 2.000. Abonó los gastos extra porque prácticamente todo lo demás ya se había pagado desde Londres. Los 3 millones de cartuchos de 7 m/m restantes saldrían para Vigo poco más tarde y el cargamento lo completarían 1500 toneladas de carbón.

La complejidad de estas operaciones clandestinas se manifiesta en que fue entonces cuando el ingeniero se enteró de que los cartuchos los suministraba una fábrica austríaca y no polaca como habían dicho los intermediarios. (Notó que la cosa no hacía gracia a los alemanes). Encargó, por si las moscas, otros cinco millones en Alemania a entregar en un plazo máximo de tres semanas. Hacia el 5-10 de octubre llegarían a Vigo. El pago también se efectuaría desde Londres.

Nada de lo que antecede tenía que ver con Franco. Canaris informó al ingeniero que a este se le enviarían semanalmente cinco millones de cartuchos, según había pedido, y que se tardaría de 10 a 15 días en hacer la primera expedición. De la Cierva insistió en la urgencia. La respuesta fue que si los españoles proporcionaban una muestra de cartuchería se ahorrarían dos o tres días pues pensaban enviar un aeroplano a España para recogerla. “Saqué del bolsillo lo que V. me dio y entonces me dijeron que estaban casi seguros de poder hacer el primer envío en una semana”, escribió de la Cierva. También se enteró de que alguno de los traficantes nazis de armamento había arreglado compras de armas en Finlandia para la República y que pensaba, tras cobrarlas, quitar algunas partes de su mecanismo para inutilizarlas. (Un ejemplo de sabotaje que se repitió innumerables veces)

Cumplida esta misión, el ingeniero se dispuso a cumplir otras que tanto Mola como Franco le habían encargado. Se puso a sus órdenes con un ¡Viva España! En diciembre Juan de la Cierva pereció en un accidente de aviación. Salvo que se demostrara que en aquellos cometidos no hubo hecho gala de su proverbial energía sería difícil argumentar que Juan de la Cierva no puso toda su lealtad al servicio del autodenominado “Movimiento Nacional”.

Por lo demás, hasta ahora se ignora que poco después de la entrevista Canaris se desplazó rápidamente a España, en donde habló con Queipo de Llano y Franco. Que sepamos fue su primera visita tras la sublevación. Un militar italiano lo escoltó a su partida. De lo que departieron no se ha encontrado constancia.

(La carta a Mola, escrita a mano, se encuentra en el Fondo Maiz, en el Archivo Real y General de Navarra donde la consulté. El Centro Documental del Bombardeo de Gernika guarda una copia. La reprodujo Maiz en sus memorias póstumas Mola frente a Franco, pp. 331-334, y le dio una interpretación delirante. La ligó a conexiones previas, nunca demostradas, de la Abwehr con los conspiradores antes de la sublevación, aunque nada de ello se desprende de la carta misma).

 

FIN

Polémica sobre Juan de la Cierva (II)

5 febrero, 2019 at 8:30 am

En relación con el aspecto fundamental de si el inventor del autogiro sabía o no sabía la finalidad para la cual se le pidió que procurase un avión inglés el autor o autores de la entrada de Wikipedia fueron unos merluzos, por decirlo suavemente. No solo ignoraron los resultados de la historiografía sino también los dos libros de memorias que han alumbrado, aunque no del todo, el episodio. Se citan una y otra vez, pero ya se sabe que no vale iluminar a quien no quiere ver. Así, por ejemplo, Douglas Jerrold contó lo que sabía de cómo se embarcó a de la Cierva y para qué en sus memorias aparecidas en 1937. También Bolín aportó su granito de arena en las suyas, aparecidas treinta años más tarde. Para quienes aspiren a nota podrían acudir igualmente a las del marqués de Luca de Tena, propietario de ABC, que siguieron un poco después. Es más, si “fuentes” lejanas en el tiempo hubiesen resultado difíciles para tan audaces autores, podrían haber utilizado el librito de un periodista, Peter Day, publicado en España hace pocos años. Resume, acríticamente por cierto, lo escrito por los dos primeros y muestra que sabrá mucho de Inglaterra, pero poco o nada de España.  

Entre los tres primeros autores mencionados puede reconstruirse la operación (aunque con lagunas, porque Jerrold no conocía el trasfondo español y los dos patriotas no quisieron contar todo lo que sabían). Aparte de lo que escribió Jerrold, las versiones de Bolín y Luca de Tena difieren algo (afán de protagonismo del periodista, deformación y cuidadoso silencio en el segundo), pero lo que está absolutamente claro es que Juan de la Cierva supo desde el primer momento para qué iba a servir el Dragon Rapide. Y, enemigo de la República como era, no le pareció nada mal. No pretendo en estas líneas darme autobombo, pero al tema le he dedicado parte de tres libros y para el avión he contado con la inapreciable ayuda de mi primo hermano y expiloto Cecilio Yusta. Sobre el trasfondo monárquico de la operación (de lo que algunos creen que ya se sabe todo) todavía queda bastante por decir. Dentro de unos meses daré a conocer un grueso libro en el que expondré los manejos de la trama civil de cara al 18 de julio.

Por el momento baste con decir que a Juan de la Cierva le llamó días más tarde Alfonso XIII para que se desplazara desde Londres a Roma. La misión, que no explicó pormenorizadamente en carta a Mussolini, estribaría en convencer a los italianos de que el golpe que esperaban desde hacía varias semanas era el preparado por los monárquicos. El 20 de julio anunció el viaje al Duce brevemente: “Le supongo enterado de la enorme importancia del movimiento español. Faltan elementos modernos de aviación y con objeto de adquirirlos van a Roma Juan La Cierva [sic] (inventor del autogiro) y Luis Bolín, personas de mi entera confianza. El marqués de Viana [ayudante] portador de la presente le explicará todos los detalles y la ayuda que espero nos prestará”.

Es una misiva que se conoce desde hace más de cuarenta años, pero no se ha encuadrado suficientemente. Implica una triangulación telefónica entre el exmonarca, de vacaciones en Austria, y sus dos mensajeros. Bolín le habría anunciado el viaje bien desde Lisboa o desde Biarritz mientras que de la Cierva probablemente seguía en Londres. Sus implicaciones no se han explicitado. Para hacerlo hay que recordar que Bolín silenció cuidadosamente la presencia del ingeniero, que tuvo que llegar a Roma después de él. A decir verdad, también puso en segundo plano a Viana, que según el intrépido periodista no pintó absolutamente nada. Solo él, Bolín, arrancó a los italianos el compromiso de enviar aviones a Franco. Una estupidez como un pino que ha teñido gran parte de la historiografía. Las ventajas de ser un embustero consumado y un cínico de gran calibre. Cuando publicó sus memorias (España: los años vitales) en español y en inglés (aunque, por motivos no explicados, las dos versiones no siempre coinciden) de la Cierva llevaba casi treinta años criando malvas. Quien pudo desmentir a Bolín no lo hizo por razones que ignoramos. Se limitó a escribir una gélida referencia solapada que experiodista no llegó a leer porque murió a los pocos años de publicar su panfleto. Es indudable que, como ya había hecho con el para él glorioso vuelo del Dragon Rapide, quiso llevarse para sí el triunfo histórico de desencadenar la ayuda italiana a Franco.

No sabemos si de la Cierva llegó a ver a las autoridades romanas. Es probable que no. Hasta ahora no se ha encontrado ningún papel que lo documente.  Así que no tuvo más remedio que regresar a Londres. Si informó al exrey del resultado de su viaje tampoco es conocido. En aquel momento era difícil que pudiera pensar que, treinta años más tarde, Bolín iba a tener el tupé de alzarse con todo el mérito.

En Londres, ya metido de lleno en las labores de ayuda a los sublevados, hizo lo que sabía hacer. Gracias a sus contactos con el mundillo del transporte aéreo procuró adquirir aviones civiles para pasárselos a Mola. La sublevación había estallado sobre una Europa bastante desprevenida (no en los casos de Italia e Inglaterrra), pero ya el 25 de julio Hitler había decidido enviar ayuda a Franco. Pocos días después dos aviones italianos tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso en la zona francesa de Marruecos. La noticia apareció en grandes titulares en la prensa internacional. En el ínterin el consejo de ministros francés dudaba en si ayudar o no a la República y cómo. A principios de agosto, lanzó la idea de la no intervención, una forma de cordón sanitario para evitar que los países europeos apoyasen activamente a los contendientes. Con ello escondía la incapacidad francesa de ayudar al Gobierno legítimo de la República.

Alemania e Italia hicieron caso omiso y durante agosto procuraron retrasar la puesta en práctica de la no intervención mientras enviaban armas, municiones y militares a Franco y Portugal prestaba una preciosa ayuda diplomática, sobre todo en Londres. Aquí el gobierno tory incluso se adelantó y el 19 de agosto la proclamó unilateralmente. El ingeniero pudo apañarse, en un plazo sumamente corto de unas tres semanas, para según Gerald Howson adquirir unos diez aviones civiles (a Barcelona llegaron 14).  No le faltó dinero. Se ignora de dónde lo obtuvo. Pudo ser de March (que había pagado a toca teja los italianos). Tal vez del propio exrey. No en último término de monárquicos agradecidos.

Le ayudaron dos circunstancias: el nuevo embajador en Londres, Julio López Oliván, siguió una conducta sinuosa de doble juego. Demoró en todo lo posible los encargos que le hacía el Gobierno de Madrid (una forma de sabotaje) y pintó en negros colores al británico lo que pasaba en España. Mientras tanto, casi todo el cuerpo diplomático español asentado en Londres, incluidos los agregados militares, se pasó a los sublevados salvo contadas excepciones. A principios de agosto hubo que enviar a un jefe, el comandante Carlos Pascual Krauel. Sus comunicaciones fueron rápidamente descifradas por las autoridades británicas.

Sin duda a Juan de la Cierva la exploración del mercado inglés no le llevó todo su tiempo. Así que miró hacia el continente. Por fortuna, he encontrado un documento -conocido, pero mal interpretado- que permite echar luz sobre sus andanzas en la Alemania nazi. Lo expondré en el próximo y último post.

En el ínterin más detalles sobre lo tratado hasta ahora pueden encontrarse en tres de mis libros La soledad de la República, La conspiración del general Franco y El primer asesinato de Franco (escrito al alimón con Cecilio Yusta Viñas y Miguel Ull Laíta). Todos en CRÍTICA. Daré infinitamente mucha más información en el previsto para esta primavera.

(continuará)