Franco y los poderes sobrenaturales (y II)

16 julio, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Como es obvio, la apelación a Dios y al Ángel de la Guarda, que hemos visto en el post anterior, podría explicarse como producto de la exaltación del momento, aunque esta debió de ser duradera porque sus Apuntes personales no los escribió SEJE sobre la marcha. El hecho es que entre las controversias que la guerra civil sigue suscitando hay un debate abierto  entre los autores que bien apelan a los documentos (quizá porque no tienen demasiada fé ni imaginación) y quienes siguen remitiéndose a la intervención divina. No estoy en condiciones de hacer un recorrido por las afirmaciones hechas en este último sentido a lo largo del tiempo. Darían para un artículo quizá un tanto sarcástico. Prefiero remitirme a las más recientes, hechas en junio de 2019, por un destacado político español y distinguido miembro del último Gobierno del PP. Me refiero al exministro del Interior Don Jorge Fernández Díaz. Al parecer, también miembro del Opus Dei.

 

La prensa escrita, pero sobre todo digital, se hizo eco inmediatamente de unas declaraciones del Excmo. Señor Fernández Díaz a un períodico on line, El correo de Madrid, que las publicó el 24 de junio. El autor del artículo en cuestión, Javier Valenzuela, las introdujo de la siguiente forma:

La Divina Providencia designó a España para llevar a cabo una misión trascendental en la historia, llamándola a ser uno de los principales bastiones de la cristiandad y la evangelizadora del nuevo mundo. Pero no fue fácil al apóstol Santiago predicar en España a sus gentes testarudas, especialmente a orillas del Ebro, donde el apóstol encontró almas nobles, pero duras como el roquedal. Tuvo que venir la Santísima Virgen, trasladada por ángeles en volandas, a depositar su pilar, símbolo de que la fe nunca desaparecerá en nuestra patria, hecho insólito en la historia”.

Lectores más duchos en Historia de España “sacra” extraerán, sin duda, sus conclusiones al leer estas líneas introductorias. A mi me parece que desafían tanto el sentido común como la historia basada en fuentes, pero cada uno es dueño de creer en lo que quiera. En el Reino Unido, por ejemplo, uno de los grandes bastiones del imperialismo y colonialismo enfrentados a los de cuña española, vienen proliferando renovados cultos ancestrales, tanto de origen propio como de importaciones foráneas. Hay druidas, brujos, brujas y hechiceros que celebran o concelebran con la mayor naturalidad del mundo ritos antiguos. Hay ciudades, como Glastonbury, que constituyen una delicia óptica para el turista curioso (indígena o extranjero) que puede contemplar atavíos, escaparates, librerías y tiendas en donde se venden toda suerte de encantos y sortilegios, en general a precios módicos. Lo que de ello piensen los herederos de los empire builders de antaño no me ha interesado jamás. Así que, en contra de lo que pudiera creerse, el enfoque sobrenatural tan caro al Sr. Valenzuela no constituye, necesariamente, algo excepcional. Como tampoco España lo es.

En tal artículo el Excmo. Sr. Don Jorge Fernández Díaz, presentado como un estudioso de las apariciones de la Virgen, especialización muy oportuna y adecuada para un exministro de Interior, afirma en lo que se refiere a la guerra civil:

El hecho histórico de la Guerra Civil española es conocido desde el punto de vista político, económico, militar… Todo abundaba en que la República no corría serio peligro y el bando nacional no podía triunfar. En la gran mayoría de las zonas de España ese alzamiento no triunfó el 17 o el 18 de julio. Donde triunfó fue en el ejército de África, en el protectorado de España en Marruecos, pero en la península fueron contadísimas las localidades donde triunfó. Militarmente no tenía apenas posibilidades. Desde el punto de vista económico los grandes centros industriales, la propia industria de armas, quedaron bajo el gobierno de la República. Y políticamente en aquel momento, año 1936, el gobierno de la República tenía una intensa relación con el gobierno de la Unión Soviética y no era por tanto previsible en esas circunstancias que triunfaran los sublevados. Pero es evidente que hay que buscarle otras razones para que finalmente la Guerra Civil terminara con el fin que todos conocemos. Unos creeremos en la influencia extraordinaria y sobrenatural y otro no creerán, pero lo cierto es que humanamente era una empresa condenada al fracaso y así lo reconocieron significativos dirigentes de la República”.

Esta larga cita se inicia con una afirmación con la que estoy de acuerdo. La guerra civil es un hecho histórico conocido. Yo diría incluso que, desde la muerte del general Franco y la eliminación de la censura, el conocimiento de la misma ha aumentado de forma exponencial. Pero las conclusiones que extrae tan distinguido experto no son necesariamente correctas. En primer lugar, porque la idea de que la República no corría serio peligro es hoy ilusoria. Podrían haberla albergado algunos personajes republicanos, como el presidente Azaña y el del consejo de ministros y titular de la cartera de Guerra Casares Quiroga, pero otros políticos del arco de la izquierda republicana, catalanista y socialista no las tenían todas consigo y habían tratado de influir en aquellos próceres para que se lo tomaran en serio. Es más, la tesis que defiende la semana próxima en la Universidad de Salamanca el doctorando Carlos Piriz muestra que los servicios de inteligencia militar habían seguido las maniobras de los conspiradores en las Fuerzas Armadas. Una masiva documentación al respecto la ha encontrado en el Archivo General Militar de Ávila.

En segundo lugar, porque la sublevación sí triunfó en escasos días en amplias porciones del territorio peninsular y extrapeninsular (Galicia, Castilla la Vieja, León, Navarra, Rioja, Canarias, Marruecos, una parte de Baleares y partes de Andalucía -Sevilla, Cádiz, Huelva, Córdoba, Granada). Las Fuerzas Armadas y de orden público se dividieron con bastante rapidez. Pasaré por alto que el autor de tales declaraciones no parece haber estado al tanto de los compromisos asumidos por Italia ni de los malogrados contactos con Alemania ni de la rápida reacción de Hitler.  Un exministro del Interior, con responsabilidad sobre operaciones de seguridad que no siempre salen a la luz, no puede presumir, incluso sin haber llegado con experiencia profesional a su cargo, que una sublevación en toda regla pueda dirimirse en 24 o 48 horas. Así, pues, decir que la rebelión apenas si tenía posibilidades es desconocer brutalmente el pasado. El 25 de julio las potencias nazi-fascistas tomaron decisiones que dieron la vuelta a la situación radicalmente.

El Excmo. Sr Don Jorge Fernández Díaz demuestra lo que parece inquebrantable adhesión a uno de los primeros grandes mitos de los sublevados, y luego de la dictadura, al afirmar que el Gobierno de la República tenía “una intensa relación con el Gobierno de la Unión Soviética”. Es una afirmación total y absolutamente gratuita. No es verosímil que la haga por inspiración de más alto. Como es notorio, en 1934 se habían establecido relaciones diplomáticas bilaterales, pero no embajadas. Era una de las cuestiones pendientes que los gobiernos radical-cedistas habían ido dejando para largo, en parte porque la derecha -siempre ocurrente- veía en ello el comienzo de la supuesta “revolución comunista”.  Siempre tan enterados.

Por otro lado, parece increíble que hoy todo un señor ministro, de quien se supone debe tener algún conocimiento de política, pueda pensar que el potencial industrial sea convertible en capacidad militar casi por arte de la magia glastonburiana ¿No ha oído hablar, por ejemplo, de las reconversiones industriales?

Nuestro distinguido experto tiene otra explicación. Por supuesto no se le ocurre pensar en factores muy estudiados por los historiadores españoles y extranjeros tales como la retracción inicial de las democracias en correr en auxilio del Gobierno de Madrid, la casi inmediata política de no intervención, la ayuda casi simultánea a los sublevados por parte de las potencias nazi-fascistas, el retraso en la decisión de Stalin de enviar suministros de armas… Son temas que han hecho correr ríos de tinta pero que no despiertan el menor interés en el Excmo. Sr Don Jorge Fernández Días. Como estudioso de las apariciones de la Virgen él atribuye la derrota de los “malos” y la victoria de los “buenos” a la intervención, supuestamente decisiva, de la Virgen del Pilar. A la cual ofrendó la recién creada Gran Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil en el año 2012.

Ahora bien, ¿cuáles son las pruebas de esta intervención de la Virgen del Pilar en el desenlace de la guerra civil? El Excmo. Sr. Don Jorge Fernández Díaz alude a que un bombardeo republicano, que no pudo ser sino minúsculo, no causó daños en la basílica zaragozana porque las bombas no llegaron a explotar. ¡MILAGRO! No se le ocurre pensar que en la guerra civil muchas bombas no explotaron por deficiencias de producción o por sabotajes. Tampoco identifica los bombarderos que realizaron tan vil acto. Imagino que no serían los equivalentes a las superfortalezas que destruyeron Dresde pocos años más tarde.

Así pues, me parece que el exministro del Interior sigue en la línea de la propaganda eclesio-militar de los vencedores de la guerra civil, de la generada y amamantada por el propio Caudillo y de la creencia de que los españoles y europeos, que más hemos escrito sobre la contienda, somos unos ignorantes o unos estúpidos.

Su devoción puede explicar su cariño por la Virgen del Pilar, pero ¿no hay en la teología católica centenares, incluso tal vez millares, de Vírgenes? ¿Qué le ha inducido a dar la preferencia a la primera? No puede ser a causa de las bombas o bombitas no explotadas, porque para ello tendría que haberse cumplido al protocolo que, afortunadamente, ya ha establecido la SMICAR para autentificar “milagros”. A no ser, claro, que en el Vaticano se haya llevado a cabo un examen pormenorizado del caso y que sus resultados se hayan mantenido en secreto. De no haberse realizado, o efectuado con resultados negativos, no se trataría de un “milagro”. Tengo la sospecha de que a veces la devoción a lo sobrenatural, a la manera de SEJE, supera la devoción a la EPRE en la que, eso sí, creen los expertos.

Mientras tanto, dejo para otros autores rastrear el continuismo entre la insólita credulidad de Franco, tan bien expuesta en los años sesenta del pasado siglo, y la del tan devoto exministro del Interior que, por cierto, la ha expuesto hace pocas semanas en un medio digital cuya declaración de principios dejo al mejor entendimiento de los amables lectores: La pueden fácilmente rastrear en su página web que recomiendo vivamente.

Franco y los poderes sobrenaturales (I)

9 julio, 2019 at 9:25 am

Ángel Viñas

El post anterior sobre Don Ricardo de la Cierva (qepd) lo escribí con toda seriedad. Sin embargo, desde que lo envié a la gentil administradora de este blog han ocurrido algunos hechos que me han hecho pensar, de nuevo, en la recomendación que en mis años mozos me hizo el siempre añorado profesor José Luis Sampedro, uno de mis maestros en la Universidad. “Ángel -solía repetirme a la vista de mis primeros trabajitos- hay que escribir con rigor, pero no con rigor mortis”. Suelo atenerme a su consejo y si algunas veces lo olvido es porque me he “embalado” al poner mis reflexiones en la pantalla del ordenador. En este post haré, sin embargo, con la seriedad que conviene al caso, una mini-parodia sobre el tema a que se refiere el título. No sin una sonrisa en los labios.

 

Que Franco se sentía protegido por la Divinidad es una perogrullada. Que la SMICAR estuvo convencida ella misma, también. Al menos durante la mayor parte de su régimen. De lo contrario no se comprende aquella identificación que figuraba en las monedas que circularon durante la larga dictadura: “Caudillo de España, por la gracia de Dios”. De haber disentido la Santa Madre Iglesia, es verosímil que se hubiera producido algún pequeño zafarrancho interno a los que tan proclive fue el franquismo. Si ocurrió, debo confesar que no me he enterado, aunque como ya he escrito en este blog no soy experto en las relaciones entre la Iglesia española (lo de católica, apostólica y romana huelga) y el poder político.

Con todo, el historiador no puede limitarse a la mera constatación de una perogrullada. Ha de indagar en la EPRE disponible, no sea que la perogrullada haya de ponerse a los piés de los innumerables “pelotas” que sirvieron en la corte de Franco y que él hubiese aceptado humildemente.

Se me ocurren dos posibles fuentes. La primera procede de su propia mano. Gracias al historiador hiperfranquista, miembro del Opus Dei y de la Real Academia de la Historia así como eminente biógrafo del Caudillo, profesor Luis Suárez Fernández, se conocen unos Apuntes personales que escribió el propio Franco. No está muy clara, en mi modesto entender, la fecha en que emborronó el papel. Después de darle muchas vueltas he establecido la tesis de que pudo ser al filo del comienzo de los años sesenta o a su mitad. En todo caso, después de la aprobación del plan de liberalización y estabilización de julio de 1959. Me baso para ello en la satisfacción a que aludió Franco (p. 43) por haber creado la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas en 1943, cuyas clases dieron comienzo al año siguiente. De ella salieron las cohortes de economistas profesionales que tuvieron  que ver en la preparación de dicho plan, que fue la única operación auténticamente estratégica que salvó a su amada España de la bancarrota en los pagos internacionales. Dejó de lado, y también lo hacen sus todavía numerosos panegiristas,  que hubo que extraérsele su aprobación con fórceps de titanio. Franco señaló en los Apuntes que su satisfacción la había ganado “al correr de estos veinticinco años de gobierno”. Para él podrían comenzar en 1936, lo que nos llevaría a 1961, o en 1939, lo que nos plantaría en medio del decenio del “desarrollismo”.

Tampoco se sabe si los Apuntes fueron un primer intento de empezar a redactar algún tipo de autobiografía o si lo hizo para autodeleitarse en sus recuerdos. Han sido utilizados, en todo caso, por numerosos autores para aclarar algunos puntos relacionados con su papel durante los años republicanos y para glosar algo de lo poco que dijo sobre la guerra civil. Aunque próximo a los setenta años de edad, cuando los escribió, es de suponer que se acordaría. No se ha demostrado que estuviera aquejado de la enfermedad de Alzheimer.

Como es sabido, uno de los puntos cardinales en la biografía de Franco fue su decisión, el 23 de julio de 1936, de enviar una misión a Alemania para que se entrevistase, nada menos, que con Hitler. En los Apuntes (p.  39) insinuó que fue debida a la aparición de un espontáneo al que designó como “el súbito”. Obedecía al nombre de Johannes E. F. Bernhardt y fue uno de los protagonistas de mi tesis doctoral y de mi primer libro. A mí me engañó como a un “chino” (con perdón por la expresión) porque lo que me contó respecto a su protagonismo no siempre concuerda con los hechos posteriormente documentados. También se conoce que Hitler decidió atender a la petición en la noche del 25 de julio. El primer avión alemán, en el que había viajado la misión, aterrizó de vuelta en Tetuán tres días más tarde. Un telegrama previo, enviado por Bernhardt a su esposa, había anunciado el éxito. Pocos son los que disputan que dicho avión empezó rápidamente a transportar soldados del Ejército de Àfrica a la península y que continuó haciéndolo incluso cuando llegó por mar la primera expedición enviada de Alemania con cazas y aviones de transporte.

Ahora bien, quizá a causa del cansancio que producía la tarea de gobernar, a pesar de los numerosos días que dedicó al asueto (caza, pesca, pintura, etc.) y que tanto disgustaron a su primo hermano y ayudante, el ulterior teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, Franco se “olvidó” de los aviones alemanes (e italianos) que formaron el puente aéreo sobre el Estrecho. En sus Apuntes  prefirió recurrir a la intervención sobrenatural. Reproduzco sus afirmaciones:

“El ángel de la guarda con nosotros. Ayuda escandalosa de Dios. El “Silvia”, el “Mar Negro”, etc. etc.” (p. 41). En la p. 43 repite: “La ayuda de Dios”.

Meter a Dios en el tema me parece casi blasfemo. El “Silvia” fue un mercante fletado con carga destinada para los republicanos pero que cayó en manos de los sublevados. Supongo que el  “Mar Negro” fue otro. En el caso del primero podemos asegurar que no intervino la mano de Dios. Miguel Íñiguez Campos lo ha estudiado pormenorizadamente en un próximo libro que ahora me toca prologar.

Sobre el “ángel de la guarda” también son permisibles las dudas (aunque la sonrisa en los labios se acentúa en este supuesto) por dos razones. La primera porque se conoce el volumen de la ayuda que las dos potencias fascistas hicieron llegar a Franco. La segunda, porque el paso de las tropas y, sobre todo, de la impedimenta del Ejército de África a la península  se hizo mayoritariamente en aviones nazis. No cabe suponer que con un Estado como el del Tercer Reich dicho ángel, en el supuesto que exista, tuviera comunicación alguna. Al menos no ha quedado constancia escrita.

Por el contrario, sí ha quedado reflejado el esfuerzo logístico de las dos potencias fascistas. A finales de agosto de 1936 el Tercer Reich había suministrado 26 Junkers de bombardeo con sus correspondientes tripulaciones, 15 Heinkel de caza sin ellas, 20 piezas y ametralladoras antiaéreas, 50 ametralladoras, 8.000 fusiles, 5.000 máscaras antigás más bombas y municiones. Los italianos, por su parte, no se habían quedado cortos y para hacer honor a sus compromisos anteriores al golpe habían remitido más de lo previsto: 12 cañones antiaéreos de 20 mm con 96.000 proyectiles, 20.000 máscaras antigás, 5 carros veloces con tripulación y armamento, 100.000 cartuchos para ametralladoras del modelo 35, 50.000 bombas de mano, 12 bombarderos y 27 cazas con radio, armamento y tripulaciones, 40 ametralladoras St Etienne con 100.000 cartuchos, 20.000 bombas de dos kilos, 2.000 de entre 50-100 y 250, 400 toneladas de gasolina y carburante, otras 300 por cuenta de Alemania y 11 toneladas de lubricantes. Como ocurre con toda contabilidad, siempre podrán discutirse algunos datos. Los aquí reproducidos están tomados del estudio nazi Unternehmen Feuerzauber, de obligada consulta, y de los Documenti Diplomatici Italiani (disponibles en red: no hay que ir a Roma ni buscar en la amplia literatura existente). El número del documento que identifica los suministros es el 819. Innecesario es decir que los autores profranquistas en general disminuyen los hechos a Franco y exageran los recibidos por los republicanos a la par que eliminan de su contabilidad las facilidades que encontró en las potencias nazi-fascistas el rebelde general y “olvidan” o “reducen”, según los gustos, las inmensas dificultades que, por razones ajenas y propias, encontrarían los agentes de la República.

En lo que se refiere al “angelical” apoyo logístico nazi, los aviones transportaron con prioridad fuerzas de regulares, legionarios e indígenas. En los primeros veinte días de actividad del “puente aéreo” pasaron unos 2.850 con su impedimenta y material (casi 8.000 kilos). Luego los alemanes centraron su atención (o se les pidió que lo hicieran) en este último, algo que no suele subrayarse en la literatura. Así, por ejemplo, en la semana del 17 al 23 de agosto pasaron 700 hombres solamente y 11.650 kilos. En la siguiente, 1.275 y 35.300 kilos respectivamente. Hubieran podido transportarse más de no haber sido por la falta de combustible, a pesar de los envíos hechos por las dos potencias fascistas.

El puente continuó, por parte alemana, durante todo el mes de septiembre, aunque los aviones nazis ya habían empezado quince o veinte días antes a participar en acciones bélicas directas (los italianos lo habían hecho desde el primer día). Dicho puente duró hasta la mitad de octubre. El total trasladado por aire ascendió a unos 13.500 hombres y a algo más de 270 toneladas de material de guerra, aunque Franco siempre pidió más y más a sus complacientes “ángeles de la guarda”. La comparación con el tan heroizado “convoy de la victoria” hará levantar las cejas a más de un lector.  Remito al futuro libro de Íñiguez Campos para comprobar los ínfimos suministros logrados por los republicanos en el exterior durante este período para compensar la pérdida de todo el armamento acumulado en el Protectorado y la nueva oleada de ayuda nazi-fascista a Franco.

Digamos, simplemente, que en sus tan elogiados Apuntes personales Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE, en términos coloquiales) pura y simplemente mintió. Como acostumbraba. Desde luego nada hace pensar que la ayuda fuese sobrenatural, ni de Dios ni del ángel de la guarda. Sin embargo, quizá el Señor Nuncio que ahora va a regresar al Vaticano y que ha hecho algunas declaraciones que me parecen indecorosas pueda confirmar que, en efecto, los poderes sobrenaturales volaron en ayuda de Franco.

(Continuará)

Un peán de victoria de Ricardo de la Cierva

2 julio, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Para servidor es axiomático que no existe historia definitiva. Lo he escrito y repetido en innumerables ocasiones. También en este blog. Nuevos documentos, nuevas contextualizaciones, nuevos enfoques, nuevas preguntas al pasado, etc. arrojan, necesariamente, nuevos resultados, a veces sustancialmente diferentes. En otras ocasiones, no tanto. Todo avance que pueda registrarse en cuanto al conocimiento de un tiempo transcurrido e insondable se hace bajo la premisa de que otros historiadores, más afortunados o más inteligentes, pueden ponerlo en duda o superarlo en un cierto lapso del tiempo. De la misma forma que los hombres somos mortales, también lo son muchos de nuestros productos.  Naturalmente esto no debe desanimar a ningún historiador. Lo que se nos pide es que aportemos nuestro granito de arena. Con humildad.

 

He vuelto a pensar en estos temas, recurrentes en mis libros, porque hace unas semanas un colega y amigo mío, el profesor Francisco Rodríguez Jiménez, ha tenido la amabilidad de enviarme una fotocopia de dos artículos aparecidos en el diario HOY, de Extremadura, y que posiblemente fueron tomados del conocido, y ya extinto, diario católico YA. Como es sabido, fue uno de los referentes en la dictadura. Su fecha de aparición en HOY fue el miércoles 1º de abril de 1970, que coincide exactamente con el XXXI aniversario de la VICTORIA, así con mayúsculas, en la guerra civil.

Son dos artículos muy interesantes. Uno, titulado “Nuestra guerra civil aguarda la investigación histórica”, lo escribió un autor llamado A. J. González Muñiz. Una rápida consulta a Mr. Google indica que, cinco años más tarde, publicó en Ediciones Españolas un libro titulado FRANCO, DOLOR DE ESPAÑA. En el internet cabe encontrarlo por un precio irrisorio que, sin embargo, no estoy dispuesto a pagar. Se trataba de un periodista y colaborador habitual del YA, junto con lumbreras de la época tales como Jaime Campmany, Manuel Gómez Ortiz y José María García Escudero. Lo cual, para la gente de mi generación, lo sitúa en coordenadas sumamente precisas.

El segundo artículo lo firmó Ricardo de la Cierva, técnico de Información y Turismo y en plan de funcionario. Su primera publicación fue dedicada, con palabras delirantes a SEJE, y versó sobre la política turística. En el momento de aparición del artículo era jefe de la Sección de Estudios sobre la guerra civil en el Ministerio de (Des)Información. Lo tituló “Hechos incuestionables de la contienda: Balance histórico”. Obsérvese el primer adjetivo. Refleja una actitud contumaz en la obra de este autor sobre el pasado, de super-recias e inestimables actitudes pro-franquistas y que poseía la virtud esencial de comprender parcelas que no podían ponerse en duda porque, según él, reflejaban hechos “incuestionables”.  El problema, que nunca se planteó, es determinar qué es un “hecho” para el historiador. ¿Lo que sale a la superficie? Por ejemplo, Franco ganó la guerra civil. ¿También lo que explica el hecho? ¿Lo que está detrás de la superficie?

Ambos autores subrayaron, con énfasis vario, que lo que se había escrito sobre la guerra civil hasta aquel momento (recordemos, 1970) estaba distorsionado por la propaganda (izquierdista, naturalmente, y por la consabida enemistad hacia el régimen felizmente existente). Pero, eso sí, ya habían aparecido ínclitos autores españoles como el profesor Vicente Palacio Atard (dep) que habían empezado a poner la historia en su sitio. Afortunadamente existían archivos como los del Servicio Histórico Militar en Madrid y los de la Delegación de Servicios Documentales (DSD) en Salamanca en los que se encontraría la respuesta a muchos de los interrogantes que ya habían empezado a despejar historiadores españoles (mejor dicho, superespañoles). [De la Cierva no dijo que para entrar en ellos había casi que llevar una profesión de fé de fidelidad al régimen]. No me consta (pero estoy dispuesto a admitir mi ignorancia) que González Muñiz figurase entre ellos. El funcionario del M(D)IT mencionó a los hermanos Salas Larrazábal y al coronel Martínez Bande. Entre los civiles ensalzó solo a dos, ambos extranjeros: Burnett Bolloten y a Stanley G. Payne. Ojo a dichos nombres.

Había una pequeña historia detrás. El libro de Bolloten, publicado por primera vez en castellano  en 1962 en México bajo el control del autor con el título La revolución española: las izquierdas y la lucha por el poder, se había anticipado en una versión deformada para el gusto franquista. Sucedió en Barcelona el año precedente bajo el título El gran camuflaje. Que yo sepa la edición mexicana no se vendió, al menos legalmente, en España. La aderezada al gusto de los rectores de la propaganda de la dictadura fue uno de los habituales truquitos de Manuel Fraga Iribarne, entonces director del Instituto de Estudios Políticos, en connivencia probable con el Ministerio de (Des)Información y Turismo. Pocos años después, Herbert R. Southworth denunció la operación y las distorsiones subsiguientes en su El mito de la cruzada de Franco. A Bolloten se le hicieron decir cosas que no había escrito. Lo normal. Luego, las que sí dijo, sin distorsiones, formaron la base de las curiosas interpretaciones de Payne. Hasta el momento actual.

Ricardo de la Cierva había publicado en 1969 una obra masiva sobre los antecedentes de la guerra civil (la única de entre las decenas que escribió que puede aspirar a un cierto empaque académico). Así, pues, se pronunciaba con autoridad. Alcanzaría cotas altísimas en los años posteriores en una actividad propagandística pluriforme que, en lo que se refiere a la guerra civil, ha sido desollada por el profesor Alberto Reig Tapia. A tan en la época conocido autor la crítica le importó siempre un comino. Nunca respondió a ellas y siguió impertérrito su camino, sembrado de honores.

En su calidad de jefecillo en el M(D)IT se ocupó con tesón de vigilar y, en sus mejores momentos, controlar el acceso de investigadores españoles y extranjeros a los fondos de la DSD, no fuera que fuesen a descubrir cosas “inconvenientes”. Cuando ya era director de la Editora Nacional escribió el 7 de abril de 1972  al responsable de la custodia de los mismos, el almirante Jesús Fontán Lobé, recomendando a Payne. Dijo, entre otras alabanzas: “Conoce Vd., sin duda, la evolución de este gran hispanista, que en este momento acaba de publicar su libro (…) que coincide con nuestra tesis básica sobre la desintegración de la República y la necesidad de acabar con todo aquello…”  (La carta, y otras más que ilustran las manipulaciones selectivas del posterior director general de Cultura Popular, pueden leerse en mi libro La conspiración del general Franco). No sé si, quizá por primera vez en su vida, tan gran hispanista llegó a trabajar en los fondos de la DSD (hoy CDMH). Que yo sepa (pero puedo equivocarme) jamás ha hecho referencia a ninguno de ellos en su vasta producción sobre España.

No extrañará, pues, que ambos autores formaran parte del elenco de grandes figuras que, en la opinión de tan excelso velador de la inmarcesible figura de Franco, habían contribuido a desentrañar para un público extranjero la innata maldad de la República.

En su artículo de YA (y de HOY), de la Cierva señaló cómo toda una serie de historiadores habían reforzado las interpretaciones franquistas de la guerra civil. En lo que aquí más me interesa indicó lo siguiente:

“La gran conspiración contra el Frente Popular no fue un proceso homogéneo, ni puramente militar” -en lo cual no iba desacertado porque ya lo había escrito en su libro de 1969, pero cuidándose de no ahondar en lo no castrense. “Se ha restablecido -continuó- la preeminencia del general Emilio Mola como coordinador de múltiples esfuerzos generalmente mal enfocados y planeados”. Es decir, implicaba que en algún momento tal preeminencia había estado en duda. No subvertía los hechos con dicha afirmación ya que no afectaba a la megalomanía de Franco al afirmar que era él quien había estado al frente de la futura sublevación. Pongo, sin embargo, en mayúsculas lo escrito por el gran propagandista de los mitos franquistas:

“SE HA RECONOCIDO UNIVERSALMENTE LA ABSOLUTA DESCONEXIÓN DE LOS SUBLEVADOS CON LOS REGÍMENES FASCISTAS ANTES DEL 18 DE JULIO” y añadió: “Esta última tesis ha resultado ser una de las sorpresas del análisis de los documentos capturados tras la segunda guerra mundial”.

En pleno ensueño, y supongo que con alivio, de la Cierva arrimó el agua a su molinillo. Que yo sepa, ningún historiador franquista había buceado en tales documentos. Se había publicado una selección mínima en inglés y alemán veinte años antes (que ya es decir) y otra en francés, recortada, poco tiempo después. Era la que solían utilizar los historiadores pro-franquistas, cuando se dignaban recurrir a ellos, pero el peán de la victoria que entonaba y quizá danzase de la Cierva era muy prematuro. Parecía ignorar que los fondos de los archivos, alemanes, italianos, portugueses, no se reducían a los documentos publicados.

También ignoraba tan destacado funcionario que la historia de los intentos de los inspiradores del golpe del 18 de julio de 1936 con Alemania tenía una larga tradición que se remontaba a los contactos anudados en los años veinte y reverdecidos un pelín durante la etapa republicana antes del mismo. Al final, para casi nada. Pero en todo caso silenció y desestimó una notable tradición en cierta literatura de la izquierda española (en particular la que le parecía más desdeñable, que era la anarquista) porque lo que no se podía reconocer era la pertinencia de la propaganda republicana en la guerra civil sobre el acuerdo de 1934 con los italianos.

De la Cierva, imagino, hubo de sentirse muy reconfortado cuando el historiador norteamericano John C. Coverdale negó toda virtualidad a dicho acuerdo. No he explorado lo que de él dijo en sus escritos ulteriores a la mayor gloria de Franco. Pero como la historia no se detiene y es, por naturaleza, movediza, lo que negó tajantemente de la Cierva es lo que ocurrió. Claro que todavía hoy hay quien sigue negándolo. La tozudez es, a veces, una virtud pero en un enfoque científico y empírico puede resultar un estorbo. Lo que sí parece claro es que el peán de la victoria se ha quedado sin muchos de sus danzarines.