El segundo momento estelar de Francisco Franco (I)

18 febrero, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de haber hurgado un pelín en el primer momento estelar del futuro Caudillo, y a la hora de abordar el segundo, tengo que presentar mis más sinceras disculpas a los amables lectores. Al escribir, hace varias semanas, sobre la película de Amenábar dejé constancia de  mi perplejidad por el título de la misma. Alguien respondió que se trata de una alusión a un proyecto de decreto que se menciona en el film. Es cierto. No me había dado cuenta. Figura en las memorias del general Alfredo Kindelán. Este post y los siguientes no aluden a la película pero completan la serie de los dedicados al primer momento estelar de Franco (hubo varios después) con otro que fue, en puridad, mucho más trascendente que el peloteo para que le ascendieran a capitán y sus distorsiones sobre su supuestamente inconmensurable valor en el combate a resultas del cual no ganó la ansiada Laureada.

 

Había indicado que la hoja de servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora) terminaba en 1926. Los comentarios para los años posteriores hechos por tan eminente genealogista no sirven para nada, pero como ya hemos señalado es materialmente imposible que SEJE ignorara su publicación. En este sentido me parece absolutamente imprescindible acudir a sus comentarios.

De entrada llamo la atención sobre mi impresión que, dentro de su modestia, Carvallo de Cora se mostró tan imaginativo discípulo de Arrarás  que, con algunas de sus ocurrencias, dejó chiquito al maestro. El coronel recordó, lógicamente, que Gil Robles nombró a Franco, en 1935, jefe del Estado Mayor Central. Hubo de abandonarlo tras las elecciones de febrero de 1936. Pues bien, según el mentado comentarista, “durante tan breve período se le vigiló constantemente y su vida estuvo en peligro en más de una vez”. ¡Caramba! Debían ser los malvados bolcheviques o, incluso, los no menos malvados socialistas. Aunque, a decir verdad, el estimado coronel no identifica quién le vigilara con tan aviesas intenciones en el período de la coyunda radical-cedista. Tampoco tenemos constancia de que, en un puesto de tan elevada responsabilidad, su vida corriera el menor riesgo en los meses en los que lo desempeñó. Llamamos la atención sobre esta laguna que, por lo que sabemos, nadie ha documentado con EPRE.

Carvallo de Cora sitúa después a Franco en Canarias, aspecto sobradamente conocido, y destaca que, además de estudiar “los problemas militares de las islas”, se ocupó de “la preparación del Glorioso Movimiento Nacional que debía adelantarse al movimiento comunista que se sabía planeado para finales de julio”.  Lo subrayo debidamente en itálicas. Se observa aquí el reflejo de los camelos y bulos que esparcieron los propagandistas de la dictadura y que, por esos misterios que pertenecen al mundo de lo sobrenatural, de lo numinoso e incluso de lo divino, ya ha (casi) desaparecido de lo que suelen escribir en la actualidad muchos de los historiadores de derechas (aunque no todos y tampoco, desde luego, los gacetilleros). Carvallo de Cora no se olvidó de consignar que, “decidido a todo, el general Franco, una vez más, pone en peligro su vida emprendiendo un arriesgado viaje desde Canarias a Tetuán”. Volvemos a poner en itálicas tal caracterización.  Tan ilustre coronel lo era de Artillería y quizá no estuviese demasiado familiarizado con las condiciones de la aviación civil de la época, sobre todo si se utilizaban aviones modernos construidos en el extranjero como eran los Dragones. Así que pensamos que estas advertencias cumplían un fin específico: aparte de adular al glorioso Caudillo, aparecer como más pelota que otros pelotas máximos.

Estamos de acuerdo, sin embargo, con él cuando afirma que, al sublevarse, daba comienzo “para Franco el verdadero problema. Empiezan las horas decisivas, pues ya no cabe retroceder. Es preciso vencer o morir”. Y ¿cómo vencer? Muy sencillo: con una “grandiosa operación estratégica el 5 de agosto de 1936, festividad de la Virgen de África”  y el paso a la península del “convoy de la Victoria”.

El ilustre genealogista se eleva a las cimas del más pedestre lirismo castrense e inmortalizó para la Historia que “en ese momento glorioso (…) se decide la suerte de la República, pues la operación se realizó tal como había sido planeada por Franco y se ejecutó con toda decisión y maestría por las fuerzas que tomaron parte en ella”. Después, “España entera empieza a reaccionar y con el apoyo de los regimientos movilizados en la Zona Nacional se van formando la Falange y los Requetés nuevas unidades de combate que acuden presurosas a combatir contra los rojos en los sitios de mayor peligro”.

¿No es bonito? Que esto lo escribiera y publicara, en 1967, un gallardo militar dice bastante acerca de las bochornosas estupideces que se enviaban a la imprenta con tal de complacer el narcisismo de Franco. Hubiera sido improcedente -y quizá arriesgado para la propia carrera- comparar el número de hombres y kilogramos de peso de su impedimenta transportados por mar con los del puente aéreo manejado por los jefes, oficiales y aviadores nazis. O, ¿por qué silenciar también la aportación fascista?

El hecho es que el coronel Carvallo de Cora no escribió una línea de cómo Franco llegó a la magistratura suprema. Sorprendente, porque ya había datos al respecto. Por ejemplo, los de uno de los testigos de la misma y que había logrado publicar sus recuerdos más de veinte años antes de que el distinguido genealogista y artillero hiciera la pelota al Caudillo. Conviene, pues, acudir a ellos, con toda prudencia.

Que servidor sepa (pero estoy dispuesto, de nuevo, a que me corrijan) no hay muchos otros testimonios directos y demasiado fiables sobre la forma y manera en que se desarrolló el proceso de nombramiento de Franco salvo el del general Alfredo Kindelán. Que servidor sepa,  ninguno de los restantes protagonistas dejó nada escrito. O, al menos, que haya salido a la luz. Franco, ciertamente, hizo varias declaraciones al respecto pero hasta qué punto representan hechos es  bastante debatible.

Kindelán escribió su relato en vida de Franco, lo cual imponía ciertas “limitaciones”.  Al parecer (lo cuenta su hijo en la edición que hoy es más accesible) su texto se envió a censura el 3 de julio de 1941, es decir, al poco de terminada la guerra. Cuatro días después un censor autorizó la publicación. Se trató de Darío Fernández Florez, un escritor falangista que ejerció tal ocupación durante algún tiempo. [Nota: de chaval, una de las novelas que más me impresionaron, y que no era recomendable en absoluto para los jóvenes, se tituló Lola, espejo oscuro. Ya ni me acuerdo de qué se trataba, salvo que la leí a escondidas, creo que en casa de un tío mío. Pues bien, su autor era el mencionado censor].

Cabe pensar que es difícil que Fernández Florez en solo cuatro días, como máximo, pudiera aprehender la significación de todos los recovecos del manuscrito de Kindelán, pero el hecho, según Kindelán hijo, es que dio luz verde. Este visto bueno no fue suficiente. Su superior jerárquico (el secretario general del Movimiento, a la sazón el superfalangista José Luis de Arrese) consideró, con toda razón, que también debía recibir el nihil obstat de su compañero y ministro del Ejército, el bilaureado general Enrique Varela. En vista del tema, finalmente se decidió consultar a Franco. Al parecer, su respuesta fue que “estaba bien, aunque algunas cosas era mejor no decirlas todavía”. En consecuencia, Varela no autorizó la publicación.

Todas las ulteriores gestiones de Kindelán e incluso de uno de los hermanos Vigón con Franco no sirvieron de nada. A ello podríamos añadir que Kindelán estaba empeñado entonces en un juego complicado para influir sobre Franco para que no entrara en guerra al lado del Eje y que no había ocultado sus inclinaciones monárquicas. Recibía suculentas “propinillas” de Juan March por cortesía de la Embajada británica. Era en un período en el que los monárquicos achuchaban a los ingleses y, como he demostrado en uno de mis libros, ponían a caldo a Franco y a su régimen filofascista ante ellos. A la publicación del texto dio luz verde el sucesor de Varela,  Carlos Asensio Cabanillas, a quien a pesar de sus querencias pronazis le había convencido Nicolás Franco para que desistiera de sus proclividades. Todo esto lo cuento y documento en SOBORNOS.

Asensio se pronunció a finales de 1944 (hay que suponer que con el conocimiento de Franco) y el manuscrito pasó de nuevo a la Vicesecretaría de Educación Popular (de la que entonces estaba encargado, si no recuerdo mal, Gabriel Arias Salgado, supercensor algo más que celoso de todo lo que se opusiera a la ortodoxia franquista). En mayo de 1945 no se opuso a la publicación. Por si las moscas, el texto lo visó en una última etapa un tal Joaquín Úbeda, quien se encontraba al frente de tales menesteres. A lo largo de este largo periplo se censuraron lo que el hijo de Kindelán afirma fueron solamente juicios “sobre operaciones de guerra y sobre los mandos que las realizaron”. La editorial que iba a publicar el libro había desaparecido y fue otra nueva, llamada imperialmente Plus Ultra, la que se encargó de ello. Poco después la vicesecretaría fue disuelta e integrada en la Subsecretaria de Educación Popular, dependiente del Ministerio de Educación Nacional.

Es lamentable, pues, que el ilustre coronel Carvallo de Cora ni siquiera se basara en los recuerdos de otro de los “héroes de la Cruzada”. .

(continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (y XIV)

11 febrero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Hemos llegado al final de esta serie sobre las iniciales aventuras de Franco en las ensangrentadas tierras de Marruecos. En un momento de ella un amable lector, Txema Prada, me llamó la atención sobre una obra, que yo conocía pero que, por desgracia, no tenía en mi biblioteca, ya un poco depauperada. A mi no se me ha ocurrido escribir nada sobre las guerras de Marruecos, de las que confieso no tener demasiada idea. He editado las memorias del general Antonio Cordón que sirvió en el Protectorado  y, como tantos otros de mi generación, he leído un par de veces el tomo II de La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Pero el Señor Prada me sugirió que echara un vistazo la biografía del Padre Hilari Raguer[1],  excelente amigo mío, sobre el general Batet. La he pedido. Suelo hacerlo cuando me meto en camisa de once varas y me falta bibliografía secundaria.

 

No sé si el general Fontenla la conoce. Está basada en el archivo de la familia (el general Domingo Batet fue fusilado por no sublevarse en 1936 y  al que, si bien Laureado con la Cruz de San Fernando, Franco se negó obstinadamente a graciar). En tal archivo figuran varios documentos sobre la guerra de Marruecos redactados a principios de los años veinte. Alguien que escriba sobre ella y que no sea un seudohistoriador -en el sentido habitual del término, no en la acepción extraña que utiliza nuestro estimado general- debe servirse de los mismos para identificar pistas, contrastar con otros testimonios, en definitiva hacer un análisis sistemático de un tipo de fuentes que no estaban destinadas a la publicación y que, por consiguiente, revelan los pensamientos íntimos de un protagonista que vivió una parte de aquella guerra colonial.

Señalo esto porque las notas que de la misma se deprenden de tales apuntes se refieren tanto a Franco como al conjunto de la oficialidad española y a las tropas “especiales” (Tercio y Regulares) así como a las expedicionarias peninsulares. Se recoge el ambiente. Se citan nombres y situaciones. Son como una reflexión que, todavía con el conflicto en marcha se hacía el entonces comandante Batet. Uno diría que es un tipo de EPRE interesante y como en ella aparece Franco me sorprende que el general Fontenla, historiador objetivo y analítico según su propia autodefinición, no la haya utilizado, siquiera con fines críticos. Pero, como es sabido, cada autor establece su tema y sus límites.

En lo que se refiere a Franco, el comandante Batet, abordó un tema relacionado con la gesta del Biutz y sus consecuencias que hemos visto en los posts anteriores. Se trata de unas notas sobre el Ejército de África escritas a mano en casi dos docenas de cuartillas y que datan, según señala Raguer, de 1923. En ellas  su autor se refirió a las demoras y chanchullos de la sedicente Justicia militar, con nombres y apellidos de jefes, es decir, de comandantes a coroneles. Con la Comandancia General y la Alta Comisaría prestándose de buena gana a encubrir o desvirtuar alguno que otro. Esto es verosímil que pasara en muchos Ejércitos de la época. No hay que pensar que el español fuese una excepción. Cabría, por ejemplo, señalar ejemplos como el italiano en Libia o, mucho más tarde, en Etiopía.

Pero, en sus recuerdos el comandante Batet fue a más. Cuando el general en Jefe, Burguete, se desplazó a Melilla tuvo que dictar dos órdenes generales, una sobre la forma de prestar el servicio de descubiertas, seguridad, convoyes, etc (en el que el teniente y luego capitán Franco se había hecho, al parecer, un nombrecito como hemos visto en posts anteriores) y otra sobre la obligación de permanecer en Melilla de los jefes y oficiales “de las tropas llamadas pomposamente de choque”. Poco después empezaron a incumplirse de manera un tanto tímida. En cuanto Burguete volvió a la Península, lo hicieron descaradamente. Es en este contexto digamos un tanto laxo en el que Batet hizo una referencia a Franco. La reproduzco literalmente:

“El comandante Franco del Tercio, tan traído y llevado por su valor, tiene poco de militar, no siente satisfacción de estar con sus soldados, pues se pasó cuatro meses en la plaza para curarse enfermedad voluntaria, que muy bien pudiera haberlo hecho en el campo, explotando vergonzosa y descaradamente una enfermedad que no le impedía estar todo el día en bares y círculos. Oficial como este, que pide la Laureada y no se la conceden, donde con tanta facilidad se han dado, porque solo realizó el cumplimiento de su deber, militarmente ya está calificado”.

Este parrafito se refiere, pues, al período en el que ya Franco había pasado al Tercio, se pavoneaba de su ascenso (no logrado tanto por méritos de guerra como por influencias de Palacio) y describe un comportamiento que quizá pudiera caracterizarse com poco edificante. Batet no achacó a Franco que fuese a casas de lenocinio, como algún otro héroe de la época, pero sí se refirió también a la Laureada. Si se daba con cierta “facilidad” por utilizar el término por él utilizado, ¿qué cabría decir de lo que en un post anterior he calificado de “lluvia de condecoraciones”?.

Sorprende, pues, que el general Fontenla, que sabe de las guerras de Marruecos mucho más que servidor, en su hagiografía de Franco como militar no se haya apresurado, documentos en ristre y la tizona desenvainada, a desmentir tales alegaciones sobre su héroe.

Batet destacó el heroismo y la abnegación de muchos jefes y oficiales, que cumplían con su deber pero no le tembló la pluma al comparar tales conductas “con la del teatral y payaso Millán, que tiembla cuando oye el silbido de las balas y rehuye su puesto (el coronel Serrano Oribe (sic) del 60 y el Gral Berenguer Dn. Federico pueden dar fe de ello, si quieren estar bien con su honor y su conciencia) y explota de la manera más inicua una herida que en cualquier otro hubiera sido leve y por condescendencias de médico lleva a ser grave…”

¡Caramba! Ahora resulta que Millán Astray, superior de Franco, se comportaba de manera indecorosa. No extrañará que terminaran siendo compinches.

¿Ah, y el valor ante el enemigo? Algo que hay cualificar. De dos formas. Una a tenor de la cual  “algunos oficiales de Regulares y del Tercio se sienten valientes a fuerza de morfina, cocaina o alcohol; se baten, sobre todos los primeros, en camelo: mucha teatralidad, mucho ponderar los hechos y mucho echarse para atrás y a la desbandada cuando encuentran verdadera resistencia. De la confianza que inspiran los Regulares y Fuerzas Indígenas lo demuestra que cuando hay una posición de verdadero compromiso la fían a batallones peninsulares, tan despiadadamente y con tanta injusticia tratados por Berenguer…” Esta segunda forma la repite en otro párrafo de la siguiente forma:

“Los militares verdad, los que sienten la profesión sin alharacas, sin teatralidad, cumpliendo sus deberes seriamente, amantes del soldº, posponiendo su propio bien al de los demás (…) hay que buscarlos en las tropas peninsulares. Entre los de Marruecos haríamos excepción del Coronel Serrano Orive, Tte. Coronel Carrasco y volverían a lo aque antes eran, muchos, todos los que ostentan empleos por méritos en África…”

Quizá en algún momento lea el libro sobre las guerras de Marruecos del general Fontenla. Si lo hago comprobaré si a él ha incorporado testimonios de esta índole y también en qué medida ha hurgado en los archivos. En mi último viaje he leído el capítulo que dedica al Ejército de aquella época el que fue ministro de Agricultura durante la guerra civil, el comunista Vicente Uribe, en sus memorias. Suenan más a Batet que a la hoja de servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora).

Ahora continúo mi periplo pero trataré de abordar el segundo momento estelar en la carrera de Franco: de rebelde general a Generalísimo. Serán menos posts, pero no por ello carentes de interés. Al amparo de las controversias que ha despertado la película de Amenábar no he visto que nadie lo haya abordado como lo hará servidor. Y, como siempre, utilizaré fuentes fácilmente identificables e identificadas. No como el general Fontenla.

 

FIN

 

[1] Hilari Raguer, El general Batet, Publicacions de l´Abadia de Monserrat, 1994, pp. 365-368.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (y XIV)

4 febrero, 2020 at 12:50 pm

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Y así, poco a poco, vamos acercándonos a la gesta del Biutz. Ya centramos en ella varios posts anteriores de esta serie y suponemos que los amables lectores estarán familiarizados con los argumentos aducidos. Huelga decir que el general Fontenla sigue con fidelidad algunas de las narrativas mitografiadas de tal acontecimiento, si bien con sutiles modificaciones y gruesas omisiones. A varias de ellas se refiere este post.

 

Así, por ejemplo, recoge que la “compañía de Franco se lanzó, sin solución de continuidad, al asalto y se apoderó de la primera línea de trincheras enemigas”. No objetamos nada al efecto. Ya empieza a preocuparme la descripción que hace del valiente capitán: “Fue herido al agacharse para recoger el fusil de un soldado caído, pero a pesar de ello, con el impulso imprimido a su compañía, esta logró alcanzar el objetivo”. Una de las pregunta que nos hicimos sigue sin respuesta: ¿no iba Franco armado con una pistola reglamentaria? Observamos, no obstante, que en esta narración al menos no hizo fuego con el fusil.

Más importantes son los cambios con respecto a lo reseñado por la innumerable ristra de “pelotas” y embaucadores precedentes. Desaparece el ponerse al frente de sus hombres camino de la cumbre. Ahora tenemos algo más verosímil: cae herido y sus soldados continúan el ataque. Pero esto no es heroismo. Es lo que se esperaba de cualquier oficial y que millares y millares de oficiales que no tenían el honor de ser ESPAÑOLES hicieron en otras guerras coloniales y lo demostraron ampliamente en los combates de la primera guerra mundial, incluso cuando procedían de la reserva o, ¡válgame el cielo!, del mundo civil.

El general Fontenla se inventa que unos soldados moros “lo cubrieron para evitar que fuera herido nuevamente”. Sin duda no debió parecerle correcto reproducir lo que uno de ellos afirmó en el juicio contradictorio para la Laureada. Está documentado, pero nublaría los destellos que, para nuestro autor, ya proyectaba su héroe.

Escribe el general Fontenla: “la herida (…) se debió a una bala enemiga que le alcanzó en la región lateral del abdomen y lo derribó al suelo”. Se pasa por el arco de tiunfo la mención en la hoja de servicios, versión del coronel Carvallo de Cora, y del original del informe del fiscal sometido al Consejo Superior de Guerra y Marina. Pero a lo mejor se trató de un error en ambos documentos, que el autor ha advertido (si conoce la hoja de servicios, como suponemos). En esta vena, nada le impide pasar por alto las descripciones de la post-acción. Se limita a constatar que se le hizo una primera cura de urgencia sobre el terreno (no reseñada en tales documentos) y  que se le  llevó al puesto de socorro inmediato y luego a otro próximo a Ceuta, aunque no al Hospital Militar. Podría haber dado más información, tomándola de Casas de la Vega. Este, basándose en Ricardo de la Cierva, fuente superimpecable para algunos, recoge el nombre del médico que le atendió, Antonio Mallou (no es el que aparece en el juicio contradictorio, pero dejemos esta pequeña incongruencia). Tampoco se molesta en desentrañar otra -al igual que Casas de la Vega. La herida, ¿fue en el pecho o en el abdomen? Al menos este cita una fuente: el parte de bajas dado por el Servicio de Sanidad del EM en telegrama transmitido el 29 de junio de 1916. Claro que también la toma de Don Ricardo. Me hubiera gustado que el general Fontenla hubiese desentrañado, con su superior autoridad, tales incongruencias. Al fin y al cabo también escribe una biografía militar de Franco.

¡Ah! ¿Y qué pasó con las “pelas”? Nuestro estimado general afirma que al llegar al segundo puesto de socorro Franco “hizo ir al oficial más antiguo para hacerle entrega formal del dinero”. No es imposible. Pero ya se han evaporado 1º) la mochila,  si entró en acción con el dinero a cuestas y/o 2º) la posibilidad de que aquel día los Regulares no cobraran. Es decir, todos los detalles con los que se ha adornado desde Arrarás, vía Casas de la Vega, tal muestra del sentido de responsabilidad y de la preocupación por sus hombres. Nuestro autor sabe prescindir de detalles inverosímiles. Por eso no se le ocurre pensar en preguntas inesquivables:  ¿Dónde estaban las pesetas?, ¿En el puesto de socorro? ¿Las tenía algún otro oficial? ¿Avisó alguien al sustituto del pagador? Misterios. El sigue a un exfuncionario de la sección de Información anticomunista del Foreign Office, Brian Crozier, y se calla como un muerto.

En definitiva, repetimos que se trata de un autor que juega con las fuentes. La evolución de la acción del Biutz está descrita en la hoja de servicios, versión del coronel Carvallo de Cora, pero él prefiere refugiarse en los brazos (en mi opinión, poco seguros) de Casas de la Vega: el jefe accidental del tabor (no identificado) citó a Franco como “muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en dicho combate”. Sabemos que el capitán Lias Pequeño jugó con la verdad pero el general Fontenla no lo detecta. No ha ido a la fuente.

Llegamos así al problemático juicio contradictorio, imprescindible para conseguir la ansiada Laureada. Nuestro estimado general llena el papel de ampulosas afirmaciones, sin particularizar el significado de las mismas. Por ejemplo, “Se le instruyó el proceso reglamentario (…) por disposición del general en jefe del Ejército de África”. Este general se atuvo al reglamento. ¿Estaba en su mano parar el procedimiento iniciado formalmente?. A partir de este momento todas las incidencias se esfuman y solo refulge lo que quiere el ilustre biógrafo. Se hizo “para determinar si reunía las condiciones precisas que marcaba el reglamento, pero no prosperó, como ocurría en multitud de ocasiones”. En esto se aparta, ¡alabado sea el Señor!, de Crozier que afirmó que se le denegó por motivos no explicados.

Ninguno de los dos tiene razón. La denegación ocurriría muchas veces, pero un “seudo-historiador”, de esos a los que dedica tantas florituras el general Fontenla, acudiría a las fuentes para ver por qué no prosperó. El, por el contrario, tima a sus lectores. O considera que nada de lo que antecede tiene importancia. Por ello desprecia la somera descripción que del suceso hizo el coronel Blanco Escolá, a quien ya había tachado de “incompetente historiador”, jugando con el título de su obra.

Ahora situamos la cuestión fundamental: ¿Merecía la pena haber perdido tiempo en destacar el tipo de procedimientos de que se sirve este último adulador del Caudillo? Para mí la respuesta es afirmativa. No cabe descartar que el combate del Biutz dejara un tanto traumatizado a Franco (¡su primera herida de guerra!). Obtuvo un ascenso, sí, pero no la Laureada de sus entretelas.

En realidad lo interesante es ver cómo presenta tan “objetivo” historiador la gesta del Biutz, que no la llama con este nombre un tanto prosaico sino con el más potente de “el bautismo de sangre del capitán Franco” (páginas 56 y siguientes). En lo que se refiere a su héroe, ha debido aprender de sus predecesores y ya no sigue a Arrarás, a quien ni siquiera cita en su bibliografía. ¡Qué horror! Ni se le ocurre pensar que, como Arrarás no estuvo en El Biutz, lo más probable es que recogiera lo que sobre el tema le dijo el propio Franco en plena guera civil.

Sobre el juicio contradictorio los amables lectores tampoco se sorprenderán al enterarse de que el general Fontenla pasa raudo como una centella. Su referencia a que en muchas ocasiones la Laureada no se concedía es correcta. En honor del Ejército hay que subrayar que no se regalaba entonces como si fuera un bomboncito o que las cruces caían como las lluvias de otoño, pero -nos enseña el general: “El simple hecho de haber sido propuesto, y más de que se abriese juicio contradictorio, era ya una recompensa y un honor para el propuesto, y no un descrédito, como intentan difundir sus difamadores”. Obsérvese la argucia del razonamiento. Todo lo que pudiera aducirse en detrimento del empeño de Franco por conseguir la ansiada condecoración, mintiendo e invitando a mentir a algunos de sus jefes y compañeros, desaparece como por arte de birlibirloque. Claro que el general Fontenla parece no tenerlas todas consigo. Obsérvese el párrafo siguiente (p. 60):

“El juicio contradictorio (…) se cerró en el año 1918. Aunque reconoció que la conducta observada por Franco fue brillante, se desestimó la concesión, considerando que no entraba en los casos previstos en la ley”.

Nadie podría objetar a tal afirmación, materialmente correcta, pero que obvia todo lo interesante del caso. A saber:

  • El empeño de Franco por conseguir a todo trance la Laureada, que también negó Crozier[1].
  • Los métodos de que se sirvió para que algunos compañeros testimoniaran en su favor.
  • El reconocimiento por el Fiscal Instructor (jefe de EM de la columna) de que su desempeño no llegaba a ser meritorio
  • La nueva porfía de Franco, ya ascendido, por reemprender el juicio.
  • Los testimonios, letales para él, de un suboficial español y de un soldadito moro, que también escamotea Casas de la Vega, pero que por lo menos dedica al tema casi dos páginas dejando de lado todo lo que pudiera resultar negativo para el héroe.

Y, leyendo entre líneas, el soplo de aire reprobador que inspira el informe del Fiscal al Consejo Superior de Guerra y Marina. Que el general Fontenla Ballesta llene páginas y páginas sobre el honor militar en abstracto y el de Franco en particular se convierte así en un mero ejercicio de readecuación de viejos mitos al ropaje que exigen nuevas leyendas, más adaptadas a esta época proclive a la hiperdiseminación de bulos.

Es significativo que haya lanzado dardos y venablos a los profesores Sir Paul Preston, Manuel Tuñón de Lara y Santos Juliá o al coronel y profesor de la Academia Militar Carlos Blanco Escolá cuando falla tan artera como lamentablemente. Su obra está ya incorporada a mi cuidada colección de mitógrafos de SEJE, si bien a considerable distancia de la del general Casas de la Vega. Este, por lo menos, cita fuentes aunque se las apañó para no indicar dónde encontró la famosa hoja de servicios del general Francisco Franco, si bien supongo que fue en la versión del coronel Carvallo de Cora.

(continuará)

 

[1] Nota. En mi biblioteca no tengo la versión original en inglés sino la alemana, publicada por  la editorial Bechtle en 1967. Crozier defendió hasta el final la tesis de que no fueron los alemanes quienes destruyeron Gernika y sostuvo un combate encarnizado con Herbert R. Southworth a tal efecto. Todo un cruzado.