El ABC, la República, don Niceto Alcalá-Zamora y un ruego

26 mayo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace unos días subí a mi página de Facebook un artículo de esos que no se sabe a qué vienen a cuento, porque no celebran nada, no conmemoran nada, no coinciden con ninguna efemérides y pueden parecer (no afirmo que lo sea) el resultado de una noche de jarana. Como no tengo ganas de entrar en discusiones sobre algunos de los temas que en dicho artículo se abordaron (y volveré al tema de la República, desde una perspectiva muy concreta, en el libro en el que ahora estoy trabajando, en medio del confinamiento bruselense que mantengo con un rigor superespartano) me limito a hacer unas pequeñas consideraciones. Reflejan mi sorpresa y apuntan hacia una metodología. No creo que sirvan para nada, pero como es bien sabido un precepto evangélico recomienda enseñar al que no sabe. Coincide con mi veta profesoral.

 

En la primavera del año 1936 el venerable diario ABC publicó toda una serie de artículos sincronizados con la marcha de la conspiración militar. Su propietario, el señor marqués de Luca de Tena, estaba muy al corriente de ella. En parte, la habían inspirado correligionarios suyos, civiles y militares. Monárquicos alfonsinos. De entre ellos algunos  formaban parte del comité de dirección de la sedicente Unión Militar Española (UME). Con el fin de caldear el ambiente y excitar a los militares rehacios, necesitaban estimular los ánimos cuarteleros. Para ello, siguieron dos líneas de conducta:

  • La primera estribó en allegar fondos para pagar a pistoleros falangistas (y de otros colores) a fin de que, con sus asesinatos y provocaciones, generaran las reacciones correspondientes. No tardaron en materializarse. Se logró detener a varios que habían cometido, o querido cometer, delitos de sangre, no en personas de poca monta, sino en representantes del establishment político, judicial y militar. No fueron tantos como los que cayeron víctimas del GRAPO o de la ETA en la Transición, pero la situación política era infinitamente más lábil en la primavera de 1936.
  • La segunda línea estribó en aprovechar a tope la posibilidad de que la prensa podía publicar, en longitud variable, las intervenciones de los diputados en Cortes. El ABC fue uno de los que las desgranaron y comentaron profusamente. A los eminentes políticos José Calvo Sotelo (al frente de la conspiración monárquica por la parte civil) y José María Gil Robles (que llegó a enterarse de lo que se tramaba), que andaban un poco a la greña por cuestiones de liderazgo de las masas antirrepublicanas, la prensa de derechas les hizo todos los honores. Los ecos todavía retumban hasta nuestros días.

El venerable ABC tiene, afortunadamente, una excelente hemeroteca digital que durante muchos años ha estado abierta a todo el mundo sin ningún problema. Siempre le he felicitado por ello sin reparo alguno. Ahora tampoco suscita problemas insuperables, pero su uso se ha hecho algo más complicado. En comparación el periódico de siempre de la burguesía catalana LA VANGUARDIA mantiene igualmente una hemeroteca digital no menos excelente pero sin las dificultades de la de su homólogo madrileño. Es la simplicidad misma.

Hace ya muchos años que una catedrática de la Universidad del País Vasco, Mari Cruz Mina, escribió un ensayo en un libro dirigido por el profesor Manuel Tuñón de Lara. En él abordó, a tenor de diversas categorías analíticas, los contenidos ideológicos de los artículos de opinión publicados por el diario ABC en aquella primavera. Desgraciadamente el libro está agotado pero recuerdo que, cuando servidor daba clases en la Complutense, era uno de los más utilizados en la biblioteca por alumnos y profesores.

Con ello simplemente quiero señalar una verdad de Perogrullo. La beligerancia antirrepublicana de tan venerable cabecera periodística está bien establecida y es susceptible de fácil contrastación por cualquier interesado. En todo caso, en mi último libro ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL? he reproducido algunas de las muestras más representativas de sus comentarios y noticias en la medida en que estuvieron sincronizadas con los momentos culminantes de la conspiración monárquica y militar que se desarrolló en la primavera de 1936. Naturalmente siempre podría conjeturarse que fue una casualidad, pero no sería demasiado verosímil.

Es sorprendente que algunos de los rasgos de tal propaganda, que no información,  los haya recuperado un reportero de dicho periódico que se ocupa, al parecer, de la sección de Historia. Y que haya seleccionado, sin ton ni son, algunas afirmaciones de quien fue primer presidente de la República Don Niceto Alcalá-Zamora.

A un periodista, sobre todo si es desconocido, no hay que pedirle que dé ninguna muestra de erudición. Dicho esto, no deja de asombrar que la única referencia que se hace a un libro académico (se han escrito sobre la República algo más de 5.000 títulos, según el profesor Eduardo González Calleja) sea a un best-seller que ha recuperado, como el artículo, muchas de las afirmaciones que se hicieron en 1936, que formaron la espina dorsal de la “historiografía” franquista sobre la República y que,  en el período en que dirige los destinos de la nación un gobierno que no es del PP, han vuelto a reverdecer. ¿Casualidad? Porque el artículo en cuestión, además de afirmaciones un tanto curiosas, no hace sino repetir las más incombustibles de entre las mismas.

Como es lógico, tratándose de un vulgar artículo de periódico que no pone ui una sola pica en Flandes, el autor no da otra referencia. Sin embargo, el Sr. Alcalá-Zamora no es un desconocido. Tiene dos libros de memorias, muy diferentes entre sí (solo cita uno). El primero se publicó en los años iniciales de la Transición (y, ¡horror!, es bastante grueso). El segundo salió hace pocos años, bajo la responsabilidad de un editor (en el sentido anglosajón del término) de quien es mejor no decir mucho. Alcalá-Zamora ha sido también objeto de varias biografías. Como el resto de los grandes personajes republicanos, de derechas o izquierdas, según ya he indicado en alguno de los posts precedentes.

Una de las bifurcaciones históricas, de las varias que se dieron en los tiempos de la Segunda República, la constituyó el cambio de gobierno que tuvo lugar en diciembre de 1936. De no haberse producido, o de haber aceptado Alcalá-Zamora al posible candidato a la presidencia del Consejo en la persona de  Don José María Gil Robles, no habría habido necesidad de convocar nuevas elecciones. El presidente de la República no llamó al jefe de la mayoría parlamentaria. El aprendiz de historiador, pero astuto periodista, lo explica así:

“Heredero de una cultura política elitista y oligárquica, el cordobés, sentía una profunda antipatía hacia la CEDA y, particularmente, hacia su líder José María Gil-Robles. No creía que fuera sinceramente demócrata y, además, le identificaba como un obtáculo para la creación de un centro político más próximo a sus ideas”.

Es como para inclinarse rendidamente ante tal casi inimaginable intuición y soberbia aprehensión históricas. De haber querido hacer un artículo que que razonablemente pudiera sostenerse debería haber acudido también, aunque fuera de pasada, a tres textos fundamentales: las memorias de Gil Robles, las memorias de Chapaprieta y las memorias de Portela Valladares. Habría observado disonancias, diferencias, puntos de vista distintos. Lo normal. Es más, de haber aspirado a nota podría haber recurrido también a las de un Lerroux hiper-rencoroso para acabar de liarla. Y entonces consultar alguna de las numerosas obras que han explicado la lógica de la situación y escribir un par de folios bien articulados e incluso,  si no hubiera sido mucho pedir, con algún que otro destello analítico.

No me cabe duda de que los buenos periodistas saben distinguir el trigo de la paja, que saben consultar a los expertos y que no van por el mundo aireando de haber pasado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación y estar en posesión de un título de máster de ABC. Dicho esto, claro está, con todo mi respeto hacia dicha Facultad, en la que han enseñado y enseñan varios amigos míos (también en la parte de Historia), y hacia los másteres de ese períodico que no conozco pero que estimo decentes.

En el supuesto que el señor director de ABC desee que su periódico siga publicando artículos sobre los avatares de la Segunda República con una calidad semejante a la que tiene la prensa conservadora francesa, británica o alemana -que son las que sigo en la medida de mis posibilidades- para los tiempos turbios de sus respectivos países sugiero respetuosamente la adquisición de uno o dos volúmenes de referencia. Por ejemplo el de Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez (Pasado&Presente) o el de Angel-Luis López Villaverde (Sílex). Son de lectura fácil y accesible. Su redactor podría haber acudido, en cualquier caso, a la crítica académica de la única obra que ha mencionado y que se encuentra en la referencia siguiente, al alcance de todo ordenador:

https://www.ehu.eus/ojs/index.php/HC/article/view/19831.

Tal vez se dé cuenta entonces que no todo el monte es orégano. Personalmente, oso esperar que los lectores del diario, cuyas noticias flash recibo diariamiente en mi ordenador, se lo agradecerán.

Exploraciones en archivos (y X)

19 mayo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Por lo señalado en el post anterior (al que por despiste puse un VIII, en vez del IX de esta serie) no es de extrañar que un catedrático de Historia Económica como fue Alberto Ullastres tuviera alguna dificultad en “tragarse” ese tipo de tan “sesudos” estudios procedentes del santo de los santos que era entonces la Presidencia del Gobierno. Además, como es notorio, el hombre propone y los dioses disponen. SEJE, Carrero Blanco y los equipos que ayudaron a este último a redactar las gansadas contenidas en sus discursos y su introducción al estudio sobre lineamientos de la deseable política económica a seguir en el futuro no tuvieron en cuenta algunas cosas. No porque carecieran de información, que no era el caso, sino porque la ideología que emanaba de aquella rutilante lumbrera que fue el general Francisco Franco las excluía.

 

El primer dato que hubo que tomar en consideración fue que la economía española, a pesar de todo el orgullo oficial que sobre ella recaía, se dirigía inevitablemente hacia el precipicio. Los militares -y Franco lo era en grado sumo, como también Suanzes- no acababan de darse cuenta de que el aparato económico se vería estrangulado rápidamente.  A ello coadyuvaban numerosos factores. Por ejemplo, la falta de importaciones de productos de primordial necesidad para la industria, la agricultura y el consumo. La exportación iba cuesta abajo. La posición de divisas descendía no ya a números rojos sino rojísimos (dicho esto sin la menor acepción ideológica). ¿Consecuencias previsibles? La reintroducción de las cartillas de racionamiento a los veinte años casi de terminada la guerra civil.

En tales condiciones no era preciso ser un Keynes redivivo ni un mago de la economía. Bastaba con tener una pizquita de sentido común y pensar en cambiar de estrategia. Una estrategia que, entre otros aspectos, pasaba por contener la inflación; abrir la economía al exterior y, ¡oh, cielos!, también a la inversión extranjera. Como todo eso produciría paro porque, por ejemplo, las empresas no podrían sostener en un principio la competencia extranjera, a lo mejor convenía exportar mano de obra a los países que la necesitaban, como Bélgica (minas de carbón), Francia (de todo tipo, incluído el servicio doméstico) y Alemania (lo que fuese: al fin y al cabo eran los “viejos camaradas”).

Dado que los ministros del Opus ocupaban carteras claves, que sus equipos técnicos eran infinitamente mejores que los de la vieja guardia falangista, fascista, militar y carpetovetónica, que a lo largo de 1957 se había ido poniendo en marcha un mecanismo de política exterior para salvar al régimen, aun en contra de la voluntad y querencias de muchas  de sus elites, las ideas de Carrero Blanco fueron a parar a la basura y el cambio  de rumbo empezó a despuntar, a pesar de Franco y, a veces, sin apoyo de Franco.

Luego, como es frecuente en la historiografía franquista, se dio la vuelta a la tortilla y ¿quién apareció como el gran genio del despegue económico?. No hace falta recorrer mucho trecho: el Generalísmo. Lo reconoció hasta el propio Ullastres.  Es una historia bien estudiada y a la que dediqué mucho tiempo y muchas páginas.

No extrañará que durante años me haya reconcomido sobre cuál habrá sido el destino de aquel discurso de Franco anejo a la reunión de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos de marzo de 1957. Como he señalado, no lo ví antes de que termináramos el libro para el Banco Exterior de España. Lo vi después. Más tarde todo hace pensar que Tusell vio las actas de algunas reuniones, pero no el discurso mismo. De lo contrario lo hubiese mencionado.

En mi opinión, existen dos posibilidades. La primera es que en el período de tiempo que medió entre mis investigaciones y las de Tusell, alguien pudo ver el acta que llevaba anexo el discurso y, aterrado, informó y se eliminó. La segunda es que cuando la profesora Paloma Villota preguntó por él en el Archivo de la Presidencia del Gobierno algún avispado funcionario o contratado lo buscara y dio, en efecto, con él. En este caso alguien no tardaría en darse cuenta de que se trataba de pura dinamita. ¿Qué hacer con un documento que podría utilizarse para sacar los colores a SEJE? Pues, simplemente, destruirlo o llevárselo a casa.

Siempre he creído que la segunda posibilidad es la que más visos de verosimilitud tiene, habida cuenta del color del Gobierno de la época cuando tuve la maldita idea de rogar a Paloma que fuese a Presidencia. Aunque reconozco la alternativa de una desaparición anterior, me cuesta trabajo pensar que alguien hubiese husmeado en aquellas actas. Por otro lado, también es perfectamente posible que Tusell no viera todas.

Mi creencia se ha robustecido con el paso del tiempo y no me extraña ya tanto pensando, por ejemplo, en la actitud del PP ante lo que fue la novela negra de la exhumación de los restos mortales de SEJE. Así, con golpes en el pecho de todas las intensidades, me fastidia la posibilidad de haber podido ser el instrumento de la pérdida de una pieza fundamental para la historia económica de la dictadura en su primera etapa (más larga que la segunda).

Por otro lado, mi conciencia debería estar objetivamente tranquila. Entre los documentos que me apañé para incrustar en el libro del Banco Exterior de España figuró uno (que espero no haya desaparecido) en el que el ministro subsecretario de la Presidencia y posterior presidente del Gobierno dejó clara su visión del acontecer internacional. Lo hizo en una carta a Fernando María Castiella el 21 de febrero de 1961. Lo reproduzco parcialmente. Los comentarios que me suscita podrían dar lugar para otro post pero no creo que sea necesario.

Afirmó aquel distinguido marino y eminente aprendiz de brujo:

“En el mundo existen tres internacionales poderosas, con enormes medios de captación y de propaganda, que tienen repartido su dominio por la casi totalidad de los órganos de información, prensa, radio, televisión, editoriales, etc, que cada una por su cuenta y con sus fines propios, pretenden dominar al mundo y ejercer un totalitarismo universal: la internacional comunista, cuya dirección lleva Moscú aunque la (sic) ha salido un peligroso competidor en China; la internacional socialista y la internacional masónica. Para las tres, la situación más favorable para ejercer su influencia y su dominio sobre los distintos estados, es que estos tengan regímenes democráticos a base de partidos políticos y de una serie de libertinajes en los órganos de expresión que consientan las más escandalosas propagandas en contra de los particulares intereses de la nación en cuestión, pero al servicio, claro está, de la internacional de turno. Con partidos políticos, entre los que tiene que existir el socialista y el comunista, y entre cuyos miembros pueden infiltrarse gran cantidad de masones, los gobiernos acaban estando formados por hombres que, por unas razones u otras, están al servicio de cualquiera de estas tres internacionales y la nación acaba perdiendo de hecho su libertad, en lo económico y en lo político. La realidad de la inmensa farsa en que vivimos es que no interesa la democracia por lo que ella afecta a la libertad del individuo y de las naciones, sino por cuanto esta, bajo el sistema de los partidos políticos, favorece a la dominación de las naciones

Por eso, cuando un régimen democrático no encaja exactamente en esta fórmula tan querida, y tan conveniente, de los grandes totalitarismos internacionales, se da el enorme sarcasmo de que se le califica de régimen totalitario y se le ataca a fondo por todos los medios, con mentiras, calumnias, con falsedades para tratar de derrocarlo. ¿Que los individuos tienen bajo ese régimen todo género de libertades, que viven en paz, que la nación prospera, que en ella hay orden y positivas realizaciones sociales? Poco importa: cuanto mejor sea el régimen para los administrados, más interés hay en derrrocarlo, porque cuanto más fuerte sea más difícil será dominar a la nación de que se trate. Con la bandera de la libertad lo que se pretende es todo lo contrario a la libertad; esgrimiendo el estigma del totalitarismo, lo que se intenta es conseguir el más bárbaro de los totalitarismos. Es cierto que los tres totalitarismos (Comunismo, Socialismo y Masonería) tienen objetivos finales distintos, pero los tres, que son en lo espiritual ateos y en lo político pretenden dominar el mundo, tienen el objetivo común de hacer desaparecer los regímenes que, como el nuestro (católico, antisocialista, anticomunista, anticapitalista y rabiosamente independiente), son impermeables a su acción de dominio”.

Confieso que al llegar a las últimas líneas casi me ahogué del susto. Pensar que uno de los mandamases de la España de Franco caracterizara al régimen nada menos que de “anticapitalista” casi me cortó la respiración. Por no hablar de la “independencia rabiosa”.

Los amables lectores extraerán sus propias conclusiones, pero no quisiera terminar esta serie sobre exploraciones en archivos sin dejar de advertir que argumentos muy similares a los carreroblanquistas pueden leerse, o escucharse, en nuestros días en esta España, según algunos manipulada por fuerzas oscuras a las que solo una vibrante FORMACIÓN DEL ESPÍRITU NACIONAL puede oponerse. Franco, Carrero Blanco, epígonos, ¿sucesores?…. ¿quién pide más?

 

FIN

Exploraciones en archivos (VIII)

12 mayo, 2020 at 7:44 am

Ángel Viñas

Voy a seguir dando un poco la tabarra con Franco y los orígenes del “milagro económico español”. Fue, en parte, español y desde luego fue económico, no político. Lo del “milagro” se tergiversa habitualmente. El “milagro” consistió en doblegar la testuz del general Francisco Franco. No suele comentarse ni mucho menos documentarse. Aquí me permitiré hacer un par de consideraciones, ligadas a la exploración de archivos, que es en la perspectiva desde la cual escribo esta serie de posts.

 

En primer lugar quisiera dar a los amables lectores mi palabra de honor (personalmente me la tomo muy en serio) que comienzo este post con, exactamente, lo que me contó el profesor Manuel Varela, secretario general técnico del Ministerio de Comercio y a las órdenes directas del profesor Alberto Ullastres en el período que antecedió y siguió al plan de estabilización y liberalización de la economía española de julio de 1959.

Este plan cambió de forma bastante radical la estrategia preconizada por Franco tan solo dos años antes tal y como la había expuesto en su desaparecido discurso ante la Comisión Delegada del Gobierno de Asuntos Económicos. Como si hubieran transcurrido veinte, pero telescopados en, como máximo, veinticinco meses cruciales. Lo que me dijo Varela  lo presento aquí en plan de aperitivo.

En el Ministerio de Comercio de aquella época, como en muchos otros antes y después, se reunían todas las semanas, o casi todas, los altos cargos del Departamento. Pues bien, en tales encuentros un tanto formales desde el primer momento o inmediatamente después, esto ya no lo recuerdo, el ministro Ullastres cogió la costumbre de no llamar a Franco por su nombre, su título o su cargo. Se sirvió de una fórmula elíptica: “ese señor”. Varela nunca supo por qué. Hay que imaginar escenas del tipo “he ido al Pardo y ¨ese señor” me ha dicho que…”. O “esta mañana en Consejo, “ese señor” ha indicado que… “.

Así, dale que te pego, semana tras semana. Al año y pico o dos años tras la puesta en marcha del plan, que tuvo un éxito inimaginado, de la noche a la mañana Ullastres sin la menor explicación cambió de tono: “he ido al Pardo y me ha dicho el Generalísimo…” Por razones nunca explicadas, o que al menos Varela no conoció, el señor ministro había visto la luz.

Debió de ser que el Ángel del Señor descendió sobre su la augusta cabeza de SEJE, porque lo que el historiador puede documentar es otra cosa.  El discursito a que me he referido en el post anterior tuvo consecuencias. El señor subsecretario de la Presidencia, almirante Carrero Blanco, dio órdenes a sus servicios, entre los que destacaba la primera promoción del entonces diminuto cuerpo de Economistas del Estado recién creado, para, en posición de firmes ante las taumatúrgicas ideas de Franco, que las mismas se desarrollaran adecuadamente. Los funcionarios (supongo que también hubo de otros Cuerpos) lo hicieron a conciencia, aunque para mí tengo que también el señor almirante debió de poner algo de su propia cosecha.

El resultado se plasmó en tocho (destinado poco después a la papelera, ¿quién lo hubiera pensado al confeccionarlo?) que llevaba el rimbombante título de INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE UN PLAN COORDINADO DE AUMENTO DE LA PRODUCCIÓN NACIONAL. La longitud era casi germánica.

En el Archivo de la Presidencia del Gobierno, donde lo encontré, no me pusieron objeciones a que lo fotocopiara. Encajaba perfectamente con el tema económico que me había llevado hasta aquel santo de los santos. Por ello no me sorprendió un año o año y pico después leer el discursito de Franco. Comprendí que aquella introducción probablemente fue un intento de poner en práctica las alucinantes ideas primigenias de SEJE o de sus lejanos mentores nazis. Más o menos así lo insinué cuando un extracto de aquel esfuerzo titánico de Carrero y de sus muchachos vio la luz del día (por primera que yo sepa) en el libro conmemorativo de las bodas de oro del Banco Exterior de España. He de decir que la mala uva que en el libro afloró  (y de la cual servidor se hizo únicamente responsable) no parece que topase con demasiado entusiasmo entre historiadores y economistas. Quizá pocos llegaron, exhaustos, a la página mil del libro donde lo desarrollamos. El hecho, ¡ay!, es que no se cita con frecuencia.

Por desgracia, en el archivo no encontré documentación sobre las circunstancias en que se produjo dicho engendro, pero sí hallé un oficio en el que el profesor López Rodó se lo transmitió a su homónimo, el profesor Varela Parache, el 10 de diciembre de 1957. Afirmó claramente que la autoría correspondía a su jefe, el señor subsecretario. Como el oficio lo había visto antes de que saliera el libro del Banco y a él lo incorporé no tuve ningún reparo en dar la signatura de ambos. No sé si habrá seguido en el mismo archivo o si fueron también víctimas del hambre de alguna serpiente venenosa. Servidor los había localizado en la serie SG, caja 4, Expediente 115/7, tel tan mencionado archivo.

La introducción al estudio del que se sintió dueño y responsable el ilustre almirante  se inició con una proclama de una densidad conceptual y científica tal que uno casi se caía rendido ante la sapiencia del señor subsecretario de la Presidencia del Gobierno. Por ejemplo,

La política social que el Régimen persigue tenazmente, tiene, en el orden material, un objetivo perfectamente claro, asegurar el bienestar de todos los españoles, lo que, en un orden práctico, estará logrado cuando, existiendo trabajo para todos, el jornal del obrero tenga poder adquisitivo para satisfacer las necesidades de vida de su familia. El problema que esta política entraña está, pues, en lograr un equilibrio entre la capacidad adquisitiva de la masa de la población española y las disponibilidades de artículos de consumo y la solución de este problema hay que buscarla aumentando la producción y no reduciendo la capacidad de compra de la masa trabajadora”.

Casi se me paraliza el corazón al reelerlo cuarenta años después. Desde que Marx y Engels denunciaron la miseria de los trabajadores del sector textil en el Manchester del capitalismo británico decimonónico varias organizaciones sindicales (algunas de infausta memoria para el régimen como la UGT y la CNT -CCOO todavía no había aparecido-, sabia y sangrientamente desmanteladas) habían procurado mejorar la más que deplorable situación obrera en el primer tercio del siglo XX en España. Sin duda, en la autocomprensión que de sí tenía el Régimen (con mayúscula) no habían logrado nada, pero ahí estaban quienes ganaron la guerra, redentores, para aliviar la situación en 1957, casi veinte años después de la VICTORIA. Como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena.

La cuestión estribaba en cómo llevar a la práctica aquellos sanos propósitos. Arrinconada por decreto, y con la preciosa ayuda de la Brigada Política-Social, la lucha de clases, era obvio que para lograrlo no eran precisos grandes conocimientos técnicos. Siguiendo los preceptos de economía cuartelera tan apreciados por SEJE, lo que era preciso era forzar a todo trapo la producción agrícola nacional una vez que, gracias a la generosidad del camarada Girón de Velasco (debidamente decapitado en el Gobierno precedente como ministro de Trabajo), se había acelerado más de la cuenta el proceso inflacionista. ¿Qué para ello se necesitaban insumos que la economía española no generaba? No problem: se importaban. ¡Ah! pero había que pagarlos. Los países extranjeros no regalaban mucho y la US Aid no satisfacía todas las necesidades alimenticias españolas. ¿Con qué se pagarían, pues, aquellas importaciones tan necesarias? No problem tampoco: con las exportaciones. ¡Ah!, pero estas eran raquíticas. No generaban las divisas suficientes para financiar las necesidades de importación. ¡Ah!, ¡en qué cosas pensabann los economistas!  El camino estaba claro y era evidente. El señor subsecretario había descubierto la lámpara de Aladino y cuadrado el círculo:

“Cuando se hayan agotado todos los recursos, de la técnica y del trabajo, en poner al máximo de producción el total de la superficie explotable del pueblo español, podremos hablar de si España es rica o pobre, pero para llegar a esto queda aún  mucho camino que recorrer y nuestro deber está en recorrerlo lo antes posible y con el máximo rendimiento”.

Se transparenta a la luz de tan rotunda afirmación la sombra ominosa y alargada del guayule. Exportaciones, sí, pero solo las indispensables. Lo ideal: la economía cerrada, solita en el amplio mundo. Es decir, Carrero Blanco seguía al pie de la letra las prescripciones del sumo sacerdote, perdón, de Su Excelencia el Jefe del Estado. Claro, la economía no podía cerrarse totalmente:  “habrá que importar todo cuanto haga falta para satisfacer sus necesidades, aunque esto sea una pesada servidumbre para el comercio exterior”. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!

 

(continuará)

Exploraciones en archivos (VII)

5 mayo, 2020 at 11:37 am

Ángel Viñas

Me da un poco de apuro hacer la confesión que plasmo en este y en el próximo post. Tiene que ver también con el Archivo de la Presidencia del Gobierno. Por muchos que sean los reproches que se me hagan, no llegarán a la altura e intensidad de los que me hecho yo mismo. Procederé por orden cronológico, aunque advierto que mis recuerdos son en ocasiones un tanto difusos o confusos. Procuraré señalarlo en vista de las inevitables críticas que algún amable lector me dirigirá. He de señalar que con toda razón.

 

El Archivo fue, para mí, muy enriquecedor. Para otros, quizá menos. Yo no sobrepasé en mis investigaciones el año 1959. Después, la política comercial exterior española entró por otros derroteros y debía tratarse de forma diferente. Este es un aspecto que en el libro del Banco Exterior de España asumieron los técnicos comerciales y economistas del Estado Julio Viñuela y Fernando Eguidazu esencialmente, quienes a lo mejor leen incluso estas líneas. No obstante, después de se cerrara el tiempo para entregar el manuscrito de cara a su publicación, creo que lo hice antes del verano de 1979, seguí todavía husmeando en el archivo de Presidencia durante algún tiempo. Encontré varias cosas, pero cuando descubrí algo interesante (debió de ser en el otoño) ya era imposible incorporarlas al libro, que tenía que salir imperativamente en diciembre, cuando el BEE celebraría con toda solemnidad su L aniversario Como así fue.

Ahora bien, ya sin premuras de tiempo, extendí mis exploraciones y llegué, más que nada por azar, a las actas de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos. Esta fue una de las aportaciones del entonces secretario general de la Presidencia, el catedrático de Derecho Administrativo Laureano López Rodó, hombre muy significado del Opus Dei.

No se trataba, en puridad, de un nuevo invento. Había habido antes comisiones de tal tipo. Que yo recuerde una, en cuyos papeles también husmeé, fue la creada para el seguimiento de la ejecución de los convenios con Estados Unidos (por cierto los papeles correspondientes, masivos, se habían arrinconado en unos despachos del Ministerio de Comercio en Goya 3, sede en la cual había empezado diez años antes mi carrera de funcionario). Otra comisión parecida se estableció después para el estudio de las sedicentes Leyes Fundamentales. La propuesta de López Rodó tendía a descargar las reuniones formales semanales del Consejo de Ministros de temas económicos en los cuales muchos de sus componentes no tenían grandes cosas que aportar.

Se consideró, eso sí, una propuesta muy significativa. Creo recordar que la primera reunión del nuevo órgano tuvo lugar en marzo de 1957, a las pocas semanas de haberse constituido el octavo Gobierno de la dictadura. En algún momento, pero ya no recuerdo si fue en la primera reunión, en la segunda o en la tercera (desde luego no más tarde) Franco dirigió la palabra a sus ministros reunidos en ella y les aleccionó sobre las orientaciones estratégicas para que las siguiera la política económica española. A mí me pareció tan importante su discurso, que se había anexado al acta de la reunión, que me apresuré a fotocopiarlo sin ningún problema. Lo guardé, por cierto, como oro en paño porque pensé que podría serme útil en algún momento determinado, después de la publicación del libro del Banco Exterior de España.

Los hombres proponen y los dioses disponen. Después de aquel libro me apresuré a escribir los Pactos secretos de Franco con Estados Unidos (que tienen una historia aparte). Después vinieron otros desafíos y otras ocupaciones. A finales de 1982 me llamó Fernando Morán para que fuese con él a Exteriores. Luego me marché a Bruselas. Me llevé una parte de mis libros y papeles. Otras la dejé en Madrid, en casa de unos amigos. Una tercera fue a parar a la Biblioteca de la Escuela Diplomática donde se conserva. De Bruselas me fui a Nueva York, pero obviamente no me llevé papeles sobre España.

Mientras estaba en Nueva York un conocido, Christian Leitz, catedrático de Historia en Nueva Zelanda, se puso en contacto conmigo porque quería reunir a varios historiadores que escribieran artículos para un libro que pensaba coordinar con otro colega (cuyo nombre no me sonaba, David J. Dunthorn, pero que no contribuyó a la obra). Leitz había escrito sobre las relaciones económicas entre la España franquista y el Tercer Reich durante la guerra civil, algo que había sido la idea de Fuentes Quintana que hizo que me sumergiera en archivos y que luego solo continué en parte, singularmente en el libro del Banco Exterior.

La idea de Leitz era examinar varios capítulos de la inserción de España en el contexto internacional  entre los años 1936 y 1959. Ya había contactado con varios autores, españoles y extranjeros, y acudía a mí para que aportara mi granito de arena. Inmediatamente pensé en hacer algo basándome en la lenta marcha de la dictadura hacia la apertura económica, que no política, de 1959. Lo que no recuerdo es cuándo le envié mi trabajo. Pudo ser al final de mi estancia en Nueva York o algo después, tras mi regreso a Bruselas. Por cierto que de nuevo aquí me pasé casi un año reorganizando mi biblioteca, diseminada entre Madrid, Bruselas y Nueva York, amén de una masa inmensa de artilugios que habíamos ido adquiriendo a lo largo de los años. Lo que sí recuerdo es que consulté una biografía de Carrero Blanco que había publicado Javier Tusell en 1993 y que probablemente me habían enviado a Nueva York.

En mi contribución al libro colectivo de Leitz hice mención a ella. Tusell había también consultado para entonces los papeles de Carrero que había en el Archivo de la Presidencia del Gobierno amén de otros a los que le dio acceso la familia. Quizá por ello a su biografía le faltaba algo de la mordaz crítica que el difunto presidente del Gobierno se había ganado por méritos propios. Tusell no prestó ninguna atención al discursito de Franco, lo que me dejó un poco perplejo. Aunque nunca se interesó demasiado por los temas económicos, Tusell ya había dado a conocer en Historia 16, noviembre de 1985, cuando yo estaba todavía en España, un papelín de Franco de 1939 o 1940 que le había dado un ministro del segundo Gobierno de la dictadura, y que había titulado, con toda razón, como “La autarquía cuartelera. Las ideas económicas de Franco a partir de un documento inédito”. Era una sarta de pamplinas, propia de alguien que no tenía la menor idea del tema (lo cual era rigurosamente cierto, por mucho que Franco se pavoneara de haber leído intensa y extensamente sobre la materia cuando regresó de Marruecos a la península, una mentirilla que hay que perdonarle, en comparación con muchos otros camelos que escribió sobre su trayectoria).

Pero, desde Nueva York o recién llegado a Bruselas, no estaba yo en condiciones de buscar el discursito de 1959. Así que, como es lógico, mencioné tal carencia en mi contribución al libro de Leitz diciendo que “unfortunately, at the moment of writing, I do not have Franco´s presentation before me. I photocopied it some years ago from the of the Comision Delegada in the AGP”. Nadie hubiese podido objetar a esta formulación y, que yo sepa, nadie objetó. También es verdad que ni el artículo ni el libro han sido muy citados, a pesar de la calidad de los participantes en el mismo.

Igualmente hice algunas consideraciones complementarias en las que, por razones que expondré en el post siguiente, no deseo entrar aquí. Como se trata de una de mis “meteduras de pata” de las que más me he arrepentido a lo largo de mi carrera como investigador y husmeador de archivos prefiero dejarlas para después.

Las referencias del libro son Spain in an International Context, 1936-1959, Berghahn Books, Nueva York, Oxford. El panel que reunió Leitz era impresionante: Paul Preston, David W. Pike, Enrique Moradiellos, Peter Jackson, Geoffrey Roberts, Martin S. Alexander, Norman J. W. Goda, Martin Thomas, Glyn Stone, Qasim Ahman, Geoffrey Swain, Boris N. Liedtke y José Luis Neila. Cada uno experto en su tema y algunos reconocidos internacionalmente.

(Continuará)