De vueltas con el hambre en la postguerra

5 septiembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

El 9 de mayo pasado publiqué un post más en una una serie que pretendía alumbrar la situación concreta de hambre que reinó en España después de la guerra civil y el comienzo de la europea. Utilicé documentación española y británica como instrumentos fiables para enmarcarla. Cuando ya me acercaba al final de la serie surgió la necesidad de realizar unas cuantas aclaraciones y puntualizaciones sobre las responsabilidades compartidas entre franquistas y nazis en la dinámica de guerra y de colaboración que condujo a la destrucción de Gernika. Un tema en el que siguen subsistiendo tesis opuestas a las mías. Dicha interrupción me tuvo ocupado hasta finales de julio, algo más de lo que preveía. Después llegó la temporada de vacaciones en la que siempre he interrumpido este blog. ¿Cuántos se preocuparán por temas del pasado en medio de los atractivos y alicientes del verano? Nadie podía pensar en el shock de los atentados yihadistas en Cataluña. Ahora, al plantearme la reanudación del blog, me cuesta un poco de trabajo dejar sin terminar la serie sobre el hambre. De aquí que en este post y en el próximo la concluya. En las vacaciones, que por cierto continúo en Grecia, he tenido tiempo de pensar en temas adicionales que espero poder ir desgranando progresivamente. En cualquier caso trataré de mantenerme en el pasado sin caer en la tentación de referirme a tiempos actuales. Este es, esencialmente, un blog de historia.

Volviendo a la posguerra lo primero que hay que señalar que no solo los británicos o los norteamericanossino también los nazis sabían perfectamente que bajo Franco reinaba el hambre. Era una realidad inocultable. Así, por ejemplo, el embajador alemán Eberhard von Stohrer, que llevaba años representando al Tercer Reich en España, envió el 15 de noviembre de 1940  a Berlín un desgarrador despacho sobre la situación alimenticia. No la describió como próxima a la hambruna sino prácticamente como tal. Había empeorado desde la famosa visita de Serrano para escuchar los cantos de sirena de los jerifaltes nazis.

El déficit de trigo, para la alimentación y la siembra, superaba el millón de toneladas, según el embajador. En estas condiciones era evidente que el descontento popular no podía sino aumentar. Tal descontento se manifestaba no solo en una creciente crítica al régimen sino también en el deseo, cada vez más ferviente, de evitar la entrada en guerra. Se echaba la culpa a Alemania por las carencias alimenticias dado el chorro de exportaciones que se enviaba a tal país. No necesitó señalar que era la más dura y pura realidad porque en Berlín el tema no despertaba la menor preocupación. Los nazis siempre tan simpáticos…

Habría que añadir, para ser exactos, que los británicos seguían sin fiarse un pelo de Franco. Temían que si, por ejemplo, levantaban la mano en la concesión de navicerts para que el cereal argentino pudiera llegar en grandes cantidades a España correrían dos riesgos: dar un respiro al dictador y permitirle acumular stocks. No era posible ser demasiado generosos. Lo que estaba en juego era la supervivencia del Reino Unido y la necesidad de evitar por todos los medios que España basculara del lado del Eje. El control de los ritmos de tolerancia para los suministros de ultramar se había convertido en un arma de guerra. Tampoco, claro, había que mantener a los españoles en la hambruna. Mientras tanto, era tolerable que los falangistas gritaran a porfía su desprecio por la hipócrita Albión. El coste real era mínimo.

Franco se sentía incómodo. O hacía como sí. Tuvo ocasión de exponer su berrinche, más o menos fingido, al embajador portugués a finales de enero de 1941.  En una de sus entrevistas se lanzó a un feroz ataque contra los británicos. Los acusó de tratar de doblegar a España (susurremos, por lo bajines, al “Imperio en formación”) gracias al hambre que fomentaban (sic). No le faltó el toque de paranoia. Habían ocupado España con millares de espías (sic) que excitaban a los “rojos” a la revolución.

El portugués, muy sorprendido, replicó que le extrañaría mucho pero Franco insistió tanto que su interlocutor, consciente del dicho de que “cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar”, llegó a pensar si los británicos no harían algo parecido en Portugal. El embajador inglés le explicó que tales inculpaciones servían de mero pretexto a Franco para explicar la negrura de la situación alimenticia  y achacarla no a la propia incompetencia sino a la mala fé británica. No le faltaba razón. La naciente dictadura no se prodigaba demasiado en hacer de vez en cuando algún ejercicio de introspección (y cuando lo hacía se guardaba en el más cerrado de los secretos). Prefería vehicular las ideas de la propaganda pro-nazi que, naturalmente, esquivaba cualquier mención de la desviación española de comercio hacia el Tercer Reich. Por si fuera poco, en los primeros meses de 1941 la maquinaria de guerra nazi parecía imbatible.

La política de cuentagotas británica en el suministro de alimentos es inseparable de la valoración de los numerosos informes de que en Londres se disponía sobre el hambre reinante en aquella España que, como los falangistas no se cansaban de gritar, tenía voluntad de Imperio (aunque Payne diga ahora que era un tema del tiempo y que esencialmente era espiritual). ¡Ja, ja!

Los informes que se manejaban en Londres abarcaban todas las dimensiones. Eran de tipo local, regional y general.  Al escarbar entre los primeros lo realmente notable es que destacaran que solo en Vigo la situación había mejorado un pelín. Se había distribuído aceite y pan (tras la llegada de una carga de maiz argentino) pero apenas si había carbón. Además, las diferencias siderales entre España y Portugal habían inducido a las autoridades a permitir que la población gallega se desplazase al país vecino a hacer compras. Este contrabando esparcía sus bendiciones por toda la región. No extrañará que el consulado británico señalara que probablemente la situación en Galicia era mejor que en otras partes debido a sus circunstancias particulares.

Fuera de Galicia,  las condiciones seguían siendo horribles. Un ejemplo. En la zona de Cartagena no había aceite ni café. Los suministros eran muy irregulares. Las cantidades, mínimas: 150 gramos de pan cada semana o diez días; en los casos del arroz, garbanzos, azúcar, judías y lentejas se repartían entre 100 y 200 gramos en intervalos infrecuentes. Los precios de otros productos eran muy elevados. Lo único que había en cantidad suficiente eran las frutas. El jabón se conocía solo de memoria. La última distribución, de 250 gramos por cabeza, databa de principios de diciembre. Apenas si se disponía de carbón vegetal.

Este tipo de informaciones permitía apreciar la situación realmente existente. No bastaba con acudir a los datos oficiales. Así, valga el caso, en lo que se refería al azúcar oficialmente se distinguía entre población civil, economatos mineros, hospitales, barcos y otras colectividades. Teóricamente,  las asignaciones (en 1943) eran de 250, 300, 450 y 250 gramos ¡al mes! Son datos que en su momento recogió en su trabajo sobre la CAT María Angeles Arranz Bullido. La realidad era muy diferente. En cuanto al jabón, que naturalmente servía para no ir de pordioseros por la vida, se preveían 200 gramos mensuales, pero los informes del consulado muestran que en la práctica ni se veían.

En Cataluña la situación agrícola no mejoraba. Faltaban ganado, tractores y utensilios de labranza. La ayuda prometida por el Ejército no se había materializado. Se había pasado a practicar un cultivo extensivo, pero la carencia de fertilizantes imposibilitaba el aumento de las cosechas. En Sevilla la desnutrición afectaba negativamente a la producción, en particular la minera. Muchos de los fallecimientos en los hospitales se debían a la falta de comida. Se habían observado casos de muerte en la calle por inanición. Algo que ya se conocía en otras partes desde tiempo atrás.

Ante los barcos británicos se apiñaba la gente mendigando alimentos. La policía tenía que intervenir y dispersar las multitudes a porrazo limpio. Cariños de los vencedores. La Junta de Abastos era un ejemplo de ineptitud total. ¿Conclusión? Nada de ello contribuía a minorar el odio que la clase obrera experimentaba hacia la dictadura. Pero, en el interín, los panegiristas del régimen justificaban, con gran éxito de lectores y premios oficiales, las eternas e inmarcesibles “reivindicaciones de España”.

(Continuará)