Otros escenarios para Balmes y el de Ricardo de la Cierva

30 enero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el libro EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO los autores, el Dr. Miguel Ull, mi primo hermano Cecilio Yusta y un servidor, hemos mantenido la especulación dentro de límites muy estrictos. Ha sido una investigación sobre documentos y datos que están en el dominio público. Cualquiera puede seguir nuestros razonamientos, ya que no hemos dejado nada de lado que nos pareciese relevante. En algunos momentos nos hemos, naturalmente, preguntado qué hubiera podido pasar si el comandante militar de Las Palmas no hubiese sido muerto el 16 de julio. No hemos apenas profundizado en la cuestión salvo para indicar que probablemente le habría ocurrido lo que a los generales Salcedo y Caridad Pita y al contralmirante Azarola les pasó en Galicia. En un blog como el presente, más desenfadado, sin faltar demasiado a la reconstrucción de los hechos, es posible diseñar escenarios alternativos. Los periodistas que la semana pasada nos han hecho preguntas sobre nuestra investigación siempre han preguntado por lo que podría haber pasado y no pasó. La especulación sobre escenarios contrafactuales es un hábito resistente. A los historiadores empíricos no nos gusta hacerlo, pero aquí lo intentaré someramente.

 

El primer escenario que se me ocurre es que los conspiradores que rodeaban a Balmes lo habrían asesinado tan pronto como estalló la sublevación, es decir, el 17 de julio o, como mucho, el 18. Naturalmente Franco no hubiese estado en Las Palmas, ya que no habría habido motivo para su traslado. Hubiese tenido que sublevar él personalmente la guarnición de Santa Cruz. La primera consecuencia es que no habría podido crearse la ficción alternativa, pero con el Dragon Rapide en Las Palmas Franco hubiese podido trasladarse el 18 o 19 (tan pronto hubiera sido eliminado Balmes) y salir con destino a Tetuán, que es donde se le esperaba. Con un poco de decisión hubiera llegado un día más tarde o quizá dos.

Lo importante de este escenario es que el apretado calendario de Franco hubiese quedado algo desestabilizado porque, al no tener las espaldas aseguradas como las tuvo en realidad, quizá no hubiera echado mano en Tetuán del avión de la Lufthansa en el momento en que en realidad se apoderó de él. Este es el factor más importante del escenario alternativo. Porque en tal caso a lo mejor no hubiera enviado cuando lo hizo a dos emisarios miembros del partido nazi a ver si tenían fortuna en Berlín. O quizá estos se hubieran retrasado. ¿Y qué hubiera hecho Hitler? Entramos de lleno en la historia alternativa y contrafactual.

Hay un segundo escenario. Supongamos que Balmes se hubiese enterado de la llegada a Las Palmas del Dragon Rapide. En este caso, como antiguo Jefe Superior de Aeronáutica, es posible que se hubiera mosqueado. Que hubiese tomado medidas inmediatamente. Que hubiera telegrafiado a Madrid y, como Franco ya le había puesto al corriente de sus planes en la entrevista secreta que mantuvieron a principios de julio y a la que aludió veladamente su primo hermano Pacón en sus memorias, que hubiese tomado alguna medida de protección, tanto para sí mismo como para mantener el mando. Estaba rodeado de conspiradores, pero no cabe asumir que todos los jefes y oficiales de la guarnición lo eran. Un hombre enérgico y audaz podría haber deshecho el plan de sublevación diseñado por Franco para la guarnición. Habría habido retrasos porque, personalmente, doy por sentado que alguien habría “apiolado” a Balmes y deshecho la resistencia.

No es verosímil que un exjefe del Estado Mayor Central tan astuto, tan previsor, tan ungido por la mano de la Providencia como Franco no hubiese sopesado estas e incluso otras alternativas. De aquí que la llegada del Dragon Rapide a Las Palmas en el momento oportuno fuese la condición sine qua non para el éxito de la operación.

Esto es lo que quizá explique que subsistan tantas lagunas documentales en relación con el vuelo. Hemos aludido en nuestro libro a las inmensas carencias en lo que se refiere a su corta estancia en Cabo Juby. Un avión extranjero aterrizado en el pequeño aeródromo militar, sin preaviso ni la menor autorización, tuvo que generar necesariamente algún papeleo administrativo. Tanto con Madrid como con Las Palmas o Santa Cruz de Tenerife. Todo este papeleo ha desaparecido. Incluso las hojas de servicio de los componentes de la Escuadrilla del Sáhara fueron peinadas. No por casualidad.

Tales, y otras parecidas, son las preguntas que se hace un historiador normalito. Pero hay más. La mejor mentira es la que contiene un grano de verdad. Entre las absurdas declaraciones de algunos de los jefes y oficiales que testimoniaron, siguiendo instrucciones de la Superioridad, que Balmes había muerto “en acto de servicio”, hemos destacado las del comandante García González porque es fácil darles la vuelta y argumentar que Balmes bien pudiera haberse rodeado en realidad de algunos hombres de confianza. ¿No se le habría puesto una mosca tras la oreja? Es muy curioso que, por ejemplo, nada se haya sabido de la documentación (órdenes, papeles, telegramas, etc.) que Balmes tenía en su despacho. También lo es que dicho comandante, siempre jurando por su honor, exagerara notablemente el supuesto compromiso del general con el “Glorioso Movimiento Nacional”, pero que después no fuera recompensado adecuadamente, como si lo fueron otros. ¿Se trató de alguien que tuvo que poner al mal tiempo buena cara? Algunos oficiales hubo que dieron muestras de debilidad el 17 y el 18 de julio y lo pasaron fatal. Hemos documentado, al menos, el caso de uno.

Francamente, no hemos perdido demasiado tiempo en especulaciones alternativas. Simplemente porque estos, y otros escenarios, carecen de apoyatura documental. Tampoco hemos ideado o imaginado las circunstancias precisas en que Balmes fue asesinado. Hemos hecho lo que hacen los historiadores. Analizar críticamente lo que hay y denunciar las lagunas encontradas. De aquí que, aparte del examen pormenorizado de los relatos inconsistentes, contradictorios en ocasiones y siempre sesgados relacionados con el vuelo del Dragon Rapide, hayamos centrado nuestra atención en los documentos directamente relacionados con el caso: la supuesta autopsia, la declaración del chófer y las afirmaciones muy ulteriores de una serie de eminentes jefes y oficiales en un expediente informativo que se llevó a cabo de puertas adentro.

Hemos tenido en cuenta a los grandes hagiógrafos de Franco, en el bien entendido de que sin duda han llegado a conocer muchas más cosas de él que nosotros no sabemos (o que no nos inspiran ninguna confianza) pero desde el punto de vista de que incluso a los más preclaros “pelotas” puede, de vez en cuando, deslizárseles algún gazapo. El que más nos ha inspirado ha sido Ricardo de la Cierva quien describió lo que dijo había realmente ocurrido.

Franco tenía pensado solicitar autorización al Ministerio de la Guerra para visitar los establecimientos militares de Lanzarote y Fuerteventura, pertenecientes a la provincia de Las Palmas. No hemos perdido el tiempo en determinar si la necesidad de tal permiso, que no se ha demostrado documentalmente, respondía a hechos o no. Como jefe militar supremo del archipiélago no vemos la razón de que no pudiera moverse en él por su propia cuenta para atender a las necesidades del servicio. Ahora bien, este es un detalle fáctico que no hemos suscitado. Sin duda algún militar experto en las costumbres del Ejército de la época en Canarias estaría en condiciones de documentarlo en uno u otro sentido. Es decir, habría que invitar a los especialistas que nos indiquen la normativa militar vigente en la época que exigiera tal autorización para la más alta jerarquía en el archipiélago. Si no hubiese sido necesaria nos encontraríamos con otro clavo en el ataúd de la leyenda diseñada en las postrimerías del franquismo por Ricardo de la Cierva. A saber el viaje a Gran Canaria

resulta súbitamente facilitado por una trágica noticia que llega a Tenerife a primera hora de la tarde: la muerte del general Amado Balmes, comandante militar de Las Palmas y subordinado a la autoridad del comandante general. Se ha acumulado no poco misterio sobre este hecho, pero el detenido examen del sumario que inmediatamente se abrió sobre el caso —y cuyas primeras actuaciones llevan fecha y testimonios anteriores al alzamiento [sic]— no deja lugar a dudas. Amado Balmes estaba comprometido de lleno en la conspiración, como rectamente afirman los testimonios mejor informados, tanto indirectos (Arrarás y Fernández Cordón) como directos (doctor Guerrero —médico de cabecera del general Balmes— y los médicos militares que le atendieron antes de morir, capitanes López Tomasety y Galindo (sic)). El general se dirigía a media mañana del 16 de julio al campo de tiro de la Isleta para practicar; el comandante de Ingenieros Pinto de la Rosa —otro testigo directo—(sic) se ofreció para acompañarle, pero Balmes no lo consideró oportuno. Comenzó sus ejercicios con las cuatro pistolas que habitualmente utilizaba y al encasquillársele la tercera —una Astra del nueve largo— cedió a su vieja costumbre africana de desencasquillarla con el cañón apoyado en la cintura. Su chófer, que estaba al lado y conocía este peligroso hábito del general —uno de los mejores tiradores del Ejército— no prestó atención hasta que oyó el disparo y vio a su jefe tendido en un charco de sangre. El comandante del parque de Artillería le había advertido esa misma mañana que no fuera tan imprudente con sus armas…

Es imposible encontrar una sarta tan concentrada de embustes, distorsiones, mentiras y camelos en tan poco espacio. El ilustre hagiógrafo no añadió mucho, en sustancia, a lo que ya había dicho Arrarás en plena guerra civil. Lo nuevo es que el historiador de la corte del Caudillo  pareció insinuar que había visto el expediente sobre la muerte de Balmes y que, como es sabido, no saldría a la luz hasta muchos años después en 2015.  Dado que tan preclaro autor escribió lo que antecede en una obra que verosímilmente leyó Franco lo hemos considerado como punto de apoyo de nuestro análisis.

Naturalmente hemos dado grandes saltos de alegría, y enviado nubes de reverente humo a Manitú, porque en virtud de tal aparición en 2015 hemos podido añadir a sus resultados los del expediente de Fernández Cordón (que de Balmes no dice mucho). Gracias a la magia del Internet hemos invitado a nuestros lectores a que examinen el testimonio del comandante Pinto de la Rosa (quien, según sus memorias, no fue testigo directo). Del supuesto Dr. Guerrero ya podemos decir que todo hace pensar que se lo inventó el eminente hagiógrafo. Por ultimo hemos examinado críticamente la ejecutoria de los doctores militares, del que no da el nombre correcto de uno de ellos. Y ¿qué pasa? Pues que las construcciones del franquismo se desploman como vulgares castillos de naipes. La historia no se escribe con mitos. Este es precisamente el lema de este blog.

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