Testis unus, testis nullus

13 febrero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

El latinajo que da título a este post puede traducirse por “un testigo solo no tiene ningún valor”.  O, dicho de otra manera, un único testigo no es suficiente para corroborar un hecho. Es un principio clásico de frecuente uso entre historiadores. Hay situaciones, en efecto, para las cuales solo existe una fuente. ¿Es por ello necesariamente creíble? En otros casos, hay varias. Con tal de que sean dos se plantea un problema: ¿A cuál dar mayor credibilidad si muestran contradicciones entre sí? Raro es el historiador que no se haya visto confrontado con uno de estos dos dilemas. También forma parte de la experiencia diaria de periodistas y comunicadores de pro. ¿Puede creer uno todo lo que se le dice?, ¿todo lo que lee? Suscitar la pregunta es ya responderla. Las respuestas pueden ser múltiples, pero en general se anudan en torno a dos categorías. En primer lugar, es preciso examinar la consistencia interna de la fuente cuando ello es posible. En segundo término, es absolutamente preciso contextualizarla, encajándola con la evidencia que alumbre el entorno en el que se produjera o se diese a conocer. Y si nada de ello permite llegar a una conclusión definitiva, no hay más remedio que exponer las diferentes posibilidades que las pruebas arrojan. Yo siempre parto de una máxima atribuida a Bertrand Russell: “Cuando los expertos están de acuerdo entre sí, no cabe sostener que una opinión contraria pueda ser cierta; cuando tales expertos no están de acuerdo, un no experto no puede considerar cierta una determinada opinión propuesta por ellos; cuando todos los expertos mantienen que no existen suficientes razones para dar una opinión positiva, un hombre corriente haría bien en no adoptar  juicio al respecto”.

 

Sorprende, en cualquier caso, que periodistas, gacetilleros, pelotas del “Caudillo” y algún que otro historiador se hayan tragado enterita la versión que de lo ocurrido a Balmes el 16 de julio de 1936 expuso al día siguiente ante el juez militar instructor del sumario, el comandante José M. Pinto de la Rosa (citado por aquel autor tan distinguido como fue el profesor Ricardo de la Cierva), el chófer del general, que lo había conducido -según dijo- al campo de tiro. Más aún nos sorprende que algunos de los comentaristas en la prensa digital nos hayan criticado por haber hecho caso omiso al soldadito que llevó a Balmes adonde le aguardaba su destino.

A periodistas, gacetilleros, pelotas y aprendices de historiadores (hombres piadosos, no me cabe la menor duda) no estará de más recordar lo que dice el Deuteronomio (19, 15), que supongo habrán visto en alguna ocasión. (En la derecha pro-franquista todavía perdura algún relente del nacional-catolicismo y ya se sabe que en aquellas poco añoradas escuelas en la asignatura de “Religión”, que era “maría” pero no por ello optativa, solía hacerse referencia a los textos sagrados). Acudiré, pues, a la traducción on line de la Biblia de Jerusalén para recordárselo por si las moscas: “Un solo testigo no es suficiente para convencer a un hombre de cualquier culpa o delito; sea cual fuere el delito que haya cometido, sólo por declaración de dos o tres testigos será firme la causa“. Menciono ante todo esta traducción para que no se me acuse de prejuzgado. Personalmente, cuando consulto la Biblia siempre lo hago en primer lugar a la gran versión en inglés, de una belleza poética incomparable, del rey Jacobo I. La idea en ambos casos es, por supuesto, la misma si bien más reiterativa en el segundo: “one witness shall not rise up against a man for any iniquity, or for any sin, in any sin that he sinneth: at the mouth of two witnesses, or at the mouth of three witnesses, shall the matter be established”. En castellano castizo, más valen tres testigos que dos y dos siempre más que uno.

Este principio bíblico, muy razonable, tuvo entrada en el derecho romano. Como muchos de los defensores de la versión tradicional habrán estudiado Derecho (servidor se inclinó hacia otros saberes), seguro que saben que dicho principio fue tenido en cuenta por el Código de Justiniano. Este, para los no juristas, fue la recapitulación relativamente tardía de siglos de experiencia en la aplicación de lo que será fuente del derecho continental europeo, es decir, el romano. Es más, los que hayan sentido algo de curiosidad por la historia de su disciplina (que en mi época había que estudiar obligatoriamente en la Facultad) también quizá hayan leído que el dichoso principio lo aplicaron sistemáticamente los tribunales de justicia en la Edad Media. A lo mejor me equivoco, pero también sigue teniendo validez en el derecho anglosajón en donde se define como “a law principle expressing that a single witness is not enough to corroborate a story”.

Utilizado en nuestro caso me parece que se necesita ser un poco maxicrédulo para prestar, en un tema en lo que se dilucida es un asesinato, demasiada atención a las declaraciones de un simple chófer cuyo nombre se había perdido en las brumas del pasado. O, al menos, eso creí hace varios años al ocuparme de él en LA CONSPIRACIÓN DEL GENERAL FRANCO. Incluso pensé que podría haberle ocurrido un accidente. Cosas que a veces ocurren con testigos incómodos, como bien saben los lectores de novelas policíacas. En realidad aquel preciado testigo no experimentó el menor contratiempo. Me pasé de suspicaz. Al contrario, tuvo su recompensa.

Jamás, que se sepa, se vio expuesto a los riesgos y peligros de la guerra, a los piojos de las trincheras y al hedor de las letrinas colectivas. Pero tal vez los gacetilleros y comentaristas de pro tengan mejores informaciones. Servidor está siempre abierto a examinar todo tipo de pruebas documentales.

El chófer Escudero Díez, que tal fue su nombre, vivió, según se desprende de su impoluto expediente militar, una guerra extraordinariamente cómoda. A los pocos meses se le trasladó a la Península, se le movió de un lado para otro, nunca se le dejó que permaneciera demasiado tiempo en el mismo sitio y fue ascendiendo desde la modestia ínfima de un voluntario ingresado -al parecer- en el Ejército a nivel de turuta vulgar y corriente. Así pasó por los escalones de cabo primero, sargento, brigada y teniente. Desde fecha temprana siempre en la escala de tierra de lo que terminó siendo el Ejército del Aire. Incluso pretendió llegar a capitán pero no lo consiguió. No está explicado porqué. A lo mejor no fue tan listo. O alguien se enfadó con él.

Su expediente es rico en pormenores y a partir de su ascenso a teniente en 1953 resulta cansinamente detallado. Sin embargo, encierra algunos interrogantes. No pegó jamás en su vida un tiro, pero se le acreditó su valor, algo que exigía haber participado en combates y haber tenido la capacidad de demostrarlo. Hizo un servicio militar algo más que anodino, pero en 1940 se le reconocieron tres condecoraciones, incluso las dos relacionadas con actos de armas. Se trató de la Medalla de la Campaña, la Cruz Roja al Mérito Militar y la Cruz de Guerra. No está nada mal.

Su trayectoria en el Ejército se basó en lo que dijo a sus superiores en noviembre de 1936. Estos, caballeros cristianos, lo aceptaron como palabra de Evangelio, no en vano el coronel en cuestión que respaldó las declaraciones de Escudero con su firma se había destacado como notorio repressor tras la sublevación. El chófer afirmó que en julio la hoja de filiación no había llegado todavía a Canarias porque permaneció en Madrid y quedó en poder de los “rojos” (sic). El lector ya supondrá que no ha sido posible encontrarla en ningún archivo, pero quizá los historiadores pro-franquistas tengan en el futuro más suerte que nosotros que especulamos si no podría haber sido  incluso un pistolero a sueldo de cualquier organización de la extrema derecha o de la extrema izquierda (esto último algo menos probable). O, puestos a pensar mal, que alguien la destruyera después del “accidente” sobre el cual tuvo que declarar a Pinto de la Rosa.

Quizá por esa inescrutabilidad inherente a muchos de los designios del Alto Mando en forma de enrevesadas formulaciones burocráticas, su expediente personal fue corregido como consecuencia de órdenes de personajes de tanta enjundia como el general Subsecretario del Ejército del Aire o el general en jefe de la Región Aérea en donde Escudero prestaba servicios. No nos parece algo muy habitual para el caso de un mero brigada pero, como es sabido, tales designios son inescrutables.

El antiguo chófer murió, por desgracia, tempranamente, a los cincuenta años a consecuencia de una cirrosis hepática. Dada la etiología habitual de esta dolencia, tal vez podría especularse si no le disgustaría echarse (¿de vez en cuando?) un trago de más al coleto. Con él desapareció, el 27 de septiembre de 1965, uno de los testigos del caso Balmes.

Hay que decir uno porque hubo otro u otros, que naturalmente se abstuvieron de manifestarse. Dado que las lesiones orgánicas que sufrió el general solo pudieron proceder de un disparo hecho a quemarropa por debajo de la axila izquierda, el testimonio de tales personas no hubiera apoyado el argumento de que Balmes hubiese tenido la todavía más extraña costumbre de desencasquillar sus pistolas apoyándolas en aquel lugar del cuerpo. Ni siquiera los militares más dóciles a las ocurrencias de Franco y de sus inmediatos adlátares hubieran podido creérselo.

Es decir, en el campo de tiro en el que Balmes fue baleado no estuvo tan solo el chófer (que por consiguiente no fue el único testigo) sino, al menos, el baleador y quizá algún otro personaje. Hoy podemos tirar a la papelera los discursos y las versiones de Ricardo de la Cierva y de todos sus ilustres antecesores, empezando por Arrarás (el primer biógrafo del invicto Caudillo). Sus fantasias han hecho estragos entre los historiadores desde Ricardo de la Cierva, pasando por Luis Suárez Fernández (ambos autoridades en la materia) y hasta los que han rozado el tema en la actualidad. Incluso algún militar.

Es más, hemos argumentado en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO que uno de los conspiradores que necesariamente tuvo que estar metido hasta el cuello en el suceso fue el juez ante el cual el chófer hizo su deposición el día del entierro. Nos referimos a Pinto de la Rosa, a cuyas memorias (disponibles fácilmente en Internet) cabe retrotraer la extraña costumbre de desencasquillar pistolas “por la tripilla” que un comandante llamado José Fiol atribuyó a Balmes. Costumbres tomadas de su experiencia en las guerras contra los moros.

Pinto de la Rosa ha pasado como de rositas (nunca major dicho) por el episodio que narró a su manera intercalando granos de verosimilitud con montañas de paja. Tal combinación le permitió autopresentarse  como un jefe inspirado por el ejemplo de Franco cuando este decidió sublevarse el 18 de julio de madrugada y cual fiel cumplidor de las órdenes que le dio el sucesor de Balmes al frente de la guarnición de Las Palmas (un teniente coronel hiperdesconocido que, por cierto, también estaba mezclado en los preparativos de la rebelión). Innecesario es señalar que, con tales antecedentes y los servicios prestados al “GMN” (glorioso movimiento nacional), de la Rosa llegó a general. No sé si la fortuna sonríe a los valientes, pero a varios oficiales y jefes mezclado en la trama para liquidar a Balmes sí les sonrió la esclarecida bondad de Franco.

 

Próximo post: “El “honor” de los compañeros de Balmes”