El ABC, la República, don Niceto Alcalá-Zamora y un ruego

26 mayo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace unos días subí a mi página de Facebook un artículo de esos que no se sabe a qué vienen a cuento, porque no celebran nada, no conmemoran nada, no coinciden con ninguna efemérides y pueden parecer (no afirmo que lo sea) el resultado de una noche de jarana. Como no tengo ganas de entrar en discusiones sobre algunos de los temas que en dicho artículo se abordaron (y volveré al tema de la República, desde una perspectiva muy concreta, en el libro en el que ahora estoy trabajando, en medio del confinamiento bruselense que mantengo con un rigor superespartano) me limito a hacer unas pequeñas consideraciones. Reflejan mi sorpresa y apuntan hacia una metodología. No creo que sirvan para nada, pero como es bien sabido un precepto evangélico recomienda enseñar al que no sabe. Coincide con mi veta profesoral.

 

En la primavera del año 1936 el venerable diario ABC publicó toda una serie de artículos sincronizados con la marcha de la conspiración militar. Su propietario, el señor marqués de Luca de Tena, estaba muy al corriente de ella. En parte, la habían inspirado correligionarios suyos, civiles y militares. Monárquicos alfonsinos. De entre ellos algunos  formaban parte del comité de dirección de la sedicente Unión Militar Española (UME). Con el fin de caldear el ambiente y excitar a los militares rehacios, necesitaban estimular los ánimos cuarteleros. Para ello, siguieron dos líneas de conducta:

  • La primera estribó en allegar fondos para pagar a pistoleros falangistas (y de otros colores) a fin de que, con sus asesinatos y provocaciones, generaran las reacciones correspondientes. No tardaron en materializarse. Se logró detener a varios que habían cometido, o querido cometer, delitos de sangre, no en personas de poca monta, sino en representantes del establishment político, judicial y militar. No fueron tantos como los que cayeron víctimas del GRAPO o de la ETA en la Transición, pero la situación política era infinitamente más lábil en la primavera de 1936.
  • La segunda línea estribó en aprovechar a tope la posibilidad de que la prensa podía publicar, en longitud variable, las intervenciones de los diputados en Cortes. El ABC fue uno de los que las desgranaron y comentaron profusamente. A los eminentes políticos José Calvo Sotelo (al frente de la conspiración monárquica por la parte civil) y José María Gil Robles (que llegó a enterarse de lo que se tramaba), que andaban un poco a la greña por cuestiones de liderazgo de las masas antirrepublicanas, la prensa de derechas les hizo todos los honores. Los ecos todavía retumban hasta nuestros días.

El venerable ABC tiene, afortunadamente, una excelente hemeroteca digital que durante muchos años ha estado abierta a todo el mundo sin ningún problema. Siempre le he felicitado por ello sin reparo alguno. Ahora tampoco suscita problemas insuperables, pero su uso se ha hecho algo más complicado. En comparación el periódico de siempre de la burguesía catalana LA VANGUARDIA mantiene igualmente una hemeroteca digital no menos excelente pero sin las dificultades de la de su homólogo madrileño. Es la simplicidad misma.

Hace ya muchos años que una catedrática de la Universidad del País Vasco, Mari Cruz Mina, escribió un ensayo en un libro dirigido por el profesor Manuel Tuñón de Lara. En él abordó, a tenor de diversas categorías analíticas, los contenidos ideológicos de los artículos de opinión publicados por el diario ABC en aquella primavera. Desgraciadamente el libro está agotado pero recuerdo que, cuando servidor daba clases en la Complutense, era uno de los más utilizados en la biblioteca por alumnos y profesores.

Con ello simplemente quiero señalar una verdad de Perogrullo. La beligerancia antirrepublicana de tan venerable cabecera periodística está bien establecida y es susceptible de fácil contrastación por cualquier interesado. En todo caso, en mi último libro ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL? he reproducido algunas de las muestras más representativas de sus comentarios y noticias en la medida en que estuvieron sincronizadas con los momentos culminantes de la conspiración monárquica y militar que se desarrolló en la primavera de 1936. Naturalmente siempre podría conjeturarse que fue una casualidad, pero no sería demasiado verosímil.

Es sorprendente que algunos de los rasgos de tal propaganda, que no información,  los haya recuperado un reportero de dicho periódico que se ocupa, al parecer, de la sección de Historia. Y que haya seleccionado, sin ton ni son, algunas afirmaciones de quien fue primer presidente de la República Don Niceto Alcalá-Zamora.

A un periodista, sobre todo si es desconocido, no hay que pedirle que dé ninguna muestra de erudición. Dicho esto, no deja de asombrar que la única referencia que se hace a un libro académico (se han escrito sobre la República algo más de 5.000 títulos, según el profesor Eduardo González Calleja) sea a un best-seller que ha recuperado, como el artículo, muchas de las afirmaciones que se hicieron en 1936, que formaron la espina dorsal de la “historiografía” franquista sobre la República y que,  en el período en que dirige los destinos de la nación un gobierno que no es del PP, han vuelto a reverdecer. ¿Casualidad? Porque el artículo en cuestión, además de afirmaciones un tanto curiosas, no hace sino repetir las más incombustibles de entre las mismas.

Como es lógico, tratándose de un vulgar artículo de periódico que no pone ui una sola pica en Flandes, el autor no da otra referencia. Sin embargo, el Sr. Alcalá-Zamora no es un desconocido. Tiene dos libros de memorias, muy diferentes entre sí (solo cita uno). El primero se publicó en los años iniciales de la Transición (y, ¡horror!, es bastante grueso). El segundo salió hace pocos años, bajo la responsabilidad de un editor (en el sentido anglosajón del término) de quien es mejor no decir mucho. Alcalá-Zamora ha sido también objeto de varias biografías. Como el resto de los grandes personajes republicanos, de derechas o izquierdas, según ya he indicado en alguno de los posts precedentes.

Una de las bifurcaciones históricas, de las varias que se dieron en los tiempos de la Segunda República, la constituyó el cambio de gobierno que tuvo lugar en diciembre de 1936. De no haberse producido, o de haber aceptado Alcalá-Zamora al posible candidato a la presidencia del Consejo en la persona de  Don José María Gil Robles, no habría habido necesidad de convocar nuevas elecciones. El presidente de la República no llamó al jefe de la mayoría parlamentaria. El aprendiz de historiador, pero astuto periodista, lo explica así:

“Heredero de una cultura política elitista y oligárquica, el cordobés, sentía una profunda antipatía hacia la CEDA y, particularmente, hacia su líder José María Gil-Robles. No creía que fuera sinceramente demócrata y, además, le identificaba como un obtáculo para la creación de un centro político más próximo a sus ideas”.

Es como para inclinarse rendidamente ante tal casi inimaginable intuición y soberbia aprehensión históricas. De haber querido hacer un artículo que que razonablemente pudiera sostenerse debería haber acudido también, aunque fuera de pasada, a tres textos fundamentales: las memorias de Gil Robles, las memorias de Chapaprieta y las memorias de Portela Valladares. Habría observado disonancias, diferencias, puntos de vista distintos. Lo normal. Es más, de haber aspirado a nota podría haber recurrido también a las de un Lerroux hiper-rencoroso para acabar de liarla. Y entonces consultar alguna de las numerosas obras que han explicado la lógica de la situación y escribir un par de folios bien articulados e incluso,  si no hubiera sido mucho pedir, con algún que otro destello analítico.

No me cabe duda de que los buenos periodistas saben distinguir el trigo de la paja, que saben consultar a los expertos y que no van por el mundo aireando de haber pasado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación y estar en posesión de un título de máster de ABC. Dicho esto, claro está, con todo mi respeto hacia dicha Facultad, en la que han enseñado y enseñan varios amigos míos (también en la parte de Historia), y hacia los másteres de ese períodico que no conozco pero que estimo decentes.

En el supuesto que el señor director de ABC desee que su periódico siga publicando artículos sobre los avatares de la Segunda República con una calidad semejante a la que tiene la prensa conservadora francesa, británica o alemana -que son las que sigo en la medida de mis posibilidades- para los tiempos turbios de sus respectivos países sugiero respetuosamente la adquisición de uno o dos volúmenes de referencia. Por ejemplo el de Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez (Pasado&Presente) o el de Angel-Luis López Villaverde (Sílex). Son de lectura fácil y accesible. Su redactor podría haber acudido, en cualquier caso, a la crítica académica de la única obra que ha mencionado y que se encuentra en la referencia siguiente, al alcance de todo ordenador:

https://www.ehu.eus/ojs/index.php/HC/article/view/19831.

Tal vez se dé cuenta entonces que no todo el monte es orégano. Personalmente, oso esperar que los lectores del diario, cuyas noticias flash recibo diariamiente en mi ordenador, se lo agradecerán.

Exploraciones en archivos (y X)

19 mayo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Por lo señalado en el post anterior (al que por despiste puse un VIII, en vez del IX de esta serie) no es de extrañar que un catedrático de Historia Económica como fue Alberto Ullastres tuviera alguna dificultad en “tragarse” ese tipo de tan “sesudos” estudios procedentes del santo de los santos que era entonces la Presidencia del Gobierno. Además, como es notorio, el hombre propone y los dioses disponen. SEJE, Carrero Blanco y los equipos que ayudaron a este último a redactar las gansadas contenidas en sus discursos y su introducción al estudio sobre lineamientos de la deseable política económica a seguir en el futuro no tuvieron en cuenta algunas cosas. No porque carecieran de información, que no era el caso, sino porque la ideología que emanaba de aquella rutilante lumbrera que fue el general Francisco Franco las excluía.

 

El primer dato que hubo que tomar en consideración fue que la economía española, a pesar de todo el orgullo oficial que sobre ella recaía, se dirigía inevitablemente hacia el precipicio. Los militares -y Franco lo era en grado sumo, como también Suanzes- no acababan de darse cuenta de que el aparato económico se vería estrangulado rápidamente.  A ello coadyuvaban numerosos factores. Por ejemplo, la falta de importaciones de productos de primordial necesidad para la industria, la agricultura y el consumo. La exportación iba cuesta abajo. La posición de divisas descendía no ya a números rojos sino rojísimos (dicho esto sin la menor acepción ideológica). ¿Consecuencias previsibles? La reintroducción de las cartillas de racionamiento a los veinte años casi de terminada la guerra civil.

En tales condiciones no era preciso ser un Keynes redivivo ni un mago de la economía. Bastaba con tener una pizquita de sentido común y pensar en cambiar de estrategia. Una estrategia que, entre otros aspectos, pasaba por contener la inflación; abrir la economía al exterior y, ¡oh, cielos!, también a la inversión extranjera. Como todo eso produciría paro porque, por ejemplo, las empresas no podrían sostener en un principio la competencia extranjera, a lo mejor convenía exportar mano de obra a los países que la necesitaban, como Bélgica (minas de carbón), Francia (de todo tipo, incluído el servicio doméstico) y Alemania (lo que fuese: al fin y al cabo eran los “viejos camaradas”).

Dado que los ministros del Opus ocupaban carteras claves, que sus equipos técnicos eran infinitamente mejores que los de la vieja guardia falangista, fascista, militar y carpetovetónica, que a lo largo de 1957 se había ido poniendo en marcha un mecanismo de política exterior para salvar al régimen, aun en contra de la voluntad y querencias de muchas  de sus elites, las ideas de Carrero Blanco fueron a parar a la basura y el cambio  de rumbo empezó a despuntar, a pesar de Franco y, a veces, sin apoyo de Franco.

Luego, como es frecuente en la historiografía franquista, se dio la vuelta a la tortilla y ¿quién apareció como el gran genio del despegue económico?. No hace falta recorrer mucho trecho: el Generalísmo. Lo reconoció hasta el propio Ullastres.  Es una historia bien estudiada y a la que dediqué mucho tiempo y muchas páginas.

No extrañará que durante años me haya reconcomido sobre cuál habrá sido el destino de aquel discurso de Franco anejo a la reunión de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos de marzo de 1957. Como he señalado, no lo ví antes de que termináramos el libro para el Banco Exterior de España. Lo vi después. Más tarde todo hace pensar que Tusell vio las actas de algunas reuniones, pero no el discurso mismo. De lo contrario lo hubiese mencionado.

En mi opinión, existen dos posibilidades. La primera es que en el período de tiempo que medió entre mis investigaciones y las de Tusell, alguien pudo ver el acta que llevaba anexo el discurso y, aterrado, informó y se eliminó. La segunda es que cuando la profesora Paloma Villota preguntó por él en el Archivo de la Presidencia del Gobierno algún avispado funcionario o contratado lo buscara y dio, en efecto, con él. En este caso alguien no tardaría en darse cuenta de que se trataba de pura dinamita. ¿Qué hacer con un documento que podría utilizarse para sacar los colores a SEJE? Pues, simplemente, destruirlo o llevárselo a casa.

Siempre he creído que la segunda posibilidad es la que más visos de verosimilitud tiene, habida cuenta del color del Gobierno de la época cuando tuve la maldita idea de rogar a Paloma que fuese a Presidencia. Aunque reconozco la alternativa de una desaparición anterior, me cuesta trabajo pensar que alguien hubiese husmeado en aquellas actas. Por otro lado, también es perfectamente posible que Tusell no viera todas.

Mi creencia se ha robustecido con el paso del tiempo y no me extraña ya tanto pensando, por ejemplo, en la actitud del PP ante lo que fue la novela negra de la exhumación de los restos mortales de SEJE. Así, con golpes en el pecho de todas las intensidades, me fastidia la posibilidad de haber podido ser el instrumento de la pérdida de una pieza fundamental para la historia económica de la dictadura en su primera etapa (más larga que la segunda).

Por otro lado, mi conciencia debería estar objetivamente tranquila. Entre los documentos que me apañé para incrustar en el libro del Banco Exterior de España figuró uno (que espero no haya desaparecido) en el que el ministro subsecretario de la Presidencia y posterior presidente del Gobierno dejó clara su visión del acontecer internacional. Lo hizo en una carta a Fernando María Castiella el 21 de febrero de 1961. Lo reproduzco parcialmente. Los comentarios que me suscita podrían dar lugar para otro post pero no creo que sea necesario.

Afirmó aquel distinguido marino y eminente aprendiz de brujo:

“En el mundo existen tres internacionales poderosas, con enormes medios de captación y de propaganda, que tienen repartido su dominio por la casi totalidad de los órganos de información, prensa, radio, televisión, editoriales, etc, que cada una por su cuenta y con sus fines propios, pretenden dominar al mundo y ejercer un totalitarismo universal: la internacional comunista, cuya dirección lleva Moscú aunque la (sic) ha salido un peligroso competidor en China; la internacional socialista y la internacional masónica. Para las tres, la situación más favorable para ejercer su influencia y su dominio sobre los distintos estados, es que estos tengan regímenes democráticos a base de partidos políticos y de una serie de libertinajes en los órganos de expresión que consientan las más escandalosas propagandas en contra de los particulares intereses de la nación en cuestión, pero al servicio, claro está, de la internacional de turno. Con partidos políticos, entre los que tiene que existir el socialista y el comunista, y entre cuyos miembros pueden infiltrarse gran cantidad de masones, los gobiernos acaban estando formados por hombres que, por unas razones u otras, están al servicio de cualquiera de estas tres internacionales y la nación acaba perdiendo de hecho su libertad, en lo económico y en lo político. La realidad de la inmensa farsa en que vivimos es que no interesa la democracia por lo que ella afecta a la libertad del individuo y de las naciones, sino por cuanto esta, bajo el sistema de los partidos políticos, favorece a la dominación de las naciones

Por eso, cuando un régimen democrático no encaja exactamente en esta fórmula tan querida, y tan conveniente, de los grandes totalitarismos internacionales, se da el enorme sarcasmo de que se le califica de régimen totalitario y se le ataca a fondo por todos los medios, con mentiras, calumnias, con falsedades para tratar de derrocarlo. ¿Que los individuos tienen bajo ese régimen todo género de libertades, que viven en paz, que la nación prospera, que en ella hay orden y positivas realizaciones sociales? Poco importa: cuanto mejor sea el régimen para los administrados, más interés hay en derrrocarlo, porque cuanto más fuerte sea más difícil será dominar a la nación de que se trate. Con la bandera de la libertad lo que se pretende es todo lo contrario a la libertad; esgrimiendo el estigma del totalitarismo, lo que se intenta es conseguir el más bárbaro de los totalitarismos. Es cierto que los tres totalitarismos (Comunismo, Socialismo y Masonería) tienen objetivos finales distintos, pero los tres, que son en lo espiritual ateos y en lo político pretenden dominar el mundo, tienen el objetivo común de hacer desaparecer los regímenes que, como el nuestro (católico, antisocialista, anticomunista, anticapitalista y rabiosamente independiente), son impermeables a su acción de dominio”.

Confieso que al llegar a las últimas líneas casi me ahogué del susto. Pensar que uno de los mandamases de la España de Franco caracterizara al régimen nada menos que de “anticapitalista” casi me cortó la respiración. Por no hablar de la “independencia rabiosa”.

Los amables lectores extraerán sus propias conclusiones, pero no quisiera terminar esta serie sobre exploraciones en archivos sin dejar de advertir que argumentos muy similares a los carreroblanquistas pueden leerse, o escucharse, en nuestros días en esta España, según algunos manipulada por fuerzas oscuras a las que solo una vibrante FORMACIÓN DEL ESPÍRITU NACIONAL puede oponerse. Franco, Carrero Blanco, epígonos, ¿sucesores?…. ¿quién pide más?

 

FIN

Exploraciones en archivos (VIII)

12 mayo, 2020 at 7:44 am

Ángel Viñas

Voy a seguir dando un poco la tabarra con Franco y los orígenes del “milagro económico español”. Fue, en parte, español y desde luego fue económico, no político. Lo del “milagro” se tergiversa habitualmente. El “milagro” consistió en doblegar la testuz del general Francisco Franco. No suele comentarse ni mucho menos documentarse. Aquí me permitiré hacer un par de consideraciones, ligadas a la exploración de archivos, que es en la perspectiva desde la cual escribo esta serie de posts.

 

En primer lugar quisiera dar a los amables lectores mi palabra de honor (personalmente me la tomo muy en serio) que comienzo este post con, exactamente, lo que me contó el profesor Manuel Varela, secretario general técnico del Ministerio de Comercio y a las órdenes directas del profesor Alberto Ullastres en el período que antecedió y siguió al plan de estabilización y liberalización de la economía española de julio de 1959.

Este plan cambió de forma bastante radical la estrategia preconizada por Franco tan solo dos años antes tal y como la había expuesto en su desaparecido discurso ante la Comisión Delegada del Gobierno de Asuntos Económicos. Como si hubieran transcurrido veinte, pero telescopados en, como máximo, veinticinco meses cruciales. Lo que me dijo Varela  lo presento aquí en plan de aperitivo.

En el Ministerio de Comercio de aquella época, como en muchos otros antes y después, se reunían todas las semanas, o casi todas, los altos cargos del Departamento. Pues bien, en tales encuentros un tanto formales desde el primer momento o inmediatamente después, esto ya no lo recuerdo, el ministro Ullastres cogió la costumbre de no llamar a Franco por su nombre, su título o su cargo. Se sirvió de una fórmula elíptica: “ese señor”. Varela nunca supo por qué. Hay que imaginar escenas del tipo “he ido al Pardo y ¨ese señor” me ha dicho que…”. O “esta mañana en Consejo, “ese señor” ha indicado que… “.

Así, dale que te pego, semana tras semana. Al año y pico o dos años tras la puesta en marcha del plan, que tuvo un éxito inimaginado, de la noche a la mañana Ullastres sin la menor explicación cambió de tono: “he ido al Pardo y me ha dicho el Generalísimo…” Por razones nunca explicadas, o que al menos Varela no conoció, el señor ministro había visto la luz.

Debió de ser que el Ángel del Señor descendió sobre su la augusta cabeza de SEJE, porque lo que el historiador puede documentar es otra cosa.  El discursito a que me he referido en el post anterior tuvo consecuencias. El señor subsecretario de la Presidencia, almirante Carrero Blanco, dio órdenes a sus servicios, entre los que destacaba la primera promoción del entonces diminuto cuerpo de Economistas del Estado recién creado, para, en posición de firmes ante las taumatúrgicas ideas de Franco, que las mismas se desarrollaran adecuadamente. Los funcionarios (supongo que también hubo de otros Cuerpos) lo hicieron a conciencia, aunque para mí tengo que también el señor almirante debió de poner algo de su propia cosecha.

El resultado se plasmó en tocho (destinado poco después a la papelera, ¿quién lo hubiera pensado al confeccionarlo?) que llevaba el rimbombante título de INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE UN PLAN COORDINADO DE AUMENTO DE LA PRODUCCIÓN NACIONAL. La longitud era casi germánica.

En el Archivo de la Presidencia del Gobierno, donde lo encontré, no me pusieron objeciones a que lo fotocopiara. Encajaba perfectamente con el tema económico que me había llevado hasta aquel santo de los santos. Por ello no me sorprendió un año o año y pico después leer el discursito de Franco. Comprendí que aquella introducción probablemente fue un intento de poner en práctica las alucinantes ideas primigenias de SEJE o de sus lejanos mentores nazis. Más o menos así lo insinué cuando un extracto de aquel esfuerzo titánico de Carrero y de sus muchachos vio la luz del día (por primera que yo sepa) en el libro conmemorativo de las bodas de oro del Banco Exterior de España. He de decir que la mala uva que en el libro afloró  (y de la cual servidor se hizo únicamente responsable) no parece que topase con demasiado entusiasmo entre historiadores y economistas. Quizá pocos llegaron, exhaustos, a la página mil del libro donde lo desarrollamos. El hecho, ¡ay!, es que no se cita con frecuencia.

Por desgracia, en el archivo no encontré documentación sobre las circunstancias en que se produjo dicho engendro, pero sí hallé un oficio en el que el profesor López Rodó se lo transmitió a su homónimo, el profesor Varela Parache, el 10 de diciembre de 1957. Afirmó claramente que la autoría correspondía a su jefe, el señor subsecretario. Como el oficio lo había visto antes de que saliera el libro del Banco y a él lo incorporé no tuve ningún reparo en dar la signatura de ambos. No sé si habrá seguido en el mismo archivo o si fueron también víctimas del hambre de alguna serpiente venenosa. Servidor los había localizado en la serie SG, caja 4, Expediente 115/7, tel tan mencionado archivo.

La introducción al estudio del que se sintió dueño y responsable el ilustre almirante  se inició con una proclama de una densidad conceptual y científica tal que uno casi se caía rendido ante la sapiencia del señor subsecretario de la Presidencia del Gobierno. Por ejemplo,

La política social que el Régimen persigue tenazmente, tiene, en el orden material, un objetivo perfectamente claro, asegurar el bienestar de todos los españoles, lo que, en un orden práctico, estará logrado cuando, existiendo trabajo para todos, el jornal del obrero tenga poder adquisitivo para satisfacer las necesidades de vida de su familia. El problema que esta política entraña está, pues, en lograr un equilibrio entre la capacidad adquisitiva de la masa de la población española y las disponibilidades de artículos de consumo y la solución de este problema hay que buscarla aumentando la producción y no reduciendo la capacidad de compra de la masa trabajadora”.

Casi se me paraliza el corazón al reelerlo cuarenta años después. Desde que Marx y Engels denunciaron la miseria de los trabajadores del sector textil en el Manchester del capitalismo británico decimonónico varias organizaciones sindicales (algunas de infausta memoria para el régimen como la UGT y la CNT -CCOO todavía no había aparecido-, sabia y sangrientamente desmanteladas) habían procurado mejorar la más que deplorable situación obrera en el primer tercio del siglo XX en España. Sin duda, en la autocomprensión que de sí tenía el Régimen (con mayúscula) no habían logrado nada, pero ahí estaban quienes ganaron la guerra, redentores, para aliviar la situación en 1957, casi veinte años después de la VICTORIA. Como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena.

La cuestión estribaba en cómo llevar a la práctica aquellos sanos propósitos. Arrinconada por decreto, y con la preciosa ayuda de la Brigada Política-Social, la lucha de clases, era obvio que para lograrlo no eran precisos grandes conocimientos técnicos. Siguiendo los preceptos de economía cuartelera tan apreciados por SEJE, lo que era preciso era forzar a todo trapo la producción agrícola nacional una vez que, gracias a la generosidad del camarada Girón de Velasco (debidamente decapitado en el Gobierno precedente como ministro de Trabajo), se había acelerado más de la cuenta el proceso inflacionista. ¿Qué para ello se necesitaban insumos que la economía española no generaba? No problem: se importaban. ¡Ah! pero había que pagarlos. Los países extranjeros no regalaban mucho y la US Aid no satisfacía todas las necesidades alimenticias españolas. ¿Con qué se pagarían, pues, aquellas importaciones tan necesarias? No problem tampoco: con las exportaciones. ¡Ah!, pero estas eran raquíticas. No generaban las divisas suficientes para financiar las necesidades de importación. ¡Ah!, ¡en qué cosas pensabann los economistas!  El camino estaba claro y era evidente. El señor subsecretario había descubierto la lámpara de Aladino y cuadrado el círculo:

“Cuando se hayan agotado todos los recursos, de la técnica y del trabajo, en poner al máximo de producción el total de la superficie explotable del pueblo español, podremos hablar de si España es rica o pobre, pero para llegar a esto queda aún  mucho camino que recorrer y nuestro deber está en recorrerlo lo antes posible y con el máximo rendimiento”.

Se transparenta a la luz de tan rotunda afirmación la sombra ominosa y alargada del guayule. Exportaciones, sí, pero solo las indispensables. Lo ideal: la economía cerrada, solita en el amplio mundo. Es decir, Carrero Blanco seguía al pie de la letra las prescripciones del sumo sacerdote, perdón, de Su Excelencia el Jefe del Estado. Claro, la economía no podía cerrarse totalmente:  “habrá que importar todo cuanto haga falta para satisfacer sus necesidades, aunque esto sea una pesada servidumbre para el comercio exterior”. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!

 

(continuará)

Exploraciones en archivos (VII)

5 mayo, 2020 at 11:37 am

Ángel Viñas

Me da un poco de apuro hacer la confesión que plasmo en este y en el próximo post. Tiene que ver también con el Archivo de la Presidencia del Gobierno. Por muchos que sean los reproches que se me hagan, no llegarán a la altura e intensidad de los que me hecho yo mismo. Procederé por orden cronológico, aunque advierto que mis recuerdos son en ocasiones un tanto difusos o confusos. Procuraré señalarlo en vista de las inevitables críticas que algún amable lector me dirigirá. He de señalar que con toda razón.

 

El Archivo fue, para mí, muy enriquecedor. Para otros, quizá menos. Yo no sobrepasé en mis investigaciones el año 1959. Después, la política comercial exterior española entró por otros derroteros y debía tratarse de forma diferente. Este es un aspecto que en el libro del Banco Exterior de España asumieron los técnicos comerciales y economistas del Estado Julio Viñuela y Fernando Eguidazu esencialmente, quienes a lo mejor leen incluso estas líneas. No obstante, después de se cerrara el tiempo para entregar el manuscrito de cara a su publicación, creo que lo hice antes del verano de 1979, seguí todavía husmeando en el archivo de Presidencia durante algún tiempo. Encontré varias cosas, pero cuando descubrí algo interesante (debió de ser en el otoño) ya era imposible incorporarlas al libro, que tenía que salir imperativamente en diciembre, cuando el BEE celebraría con toda solemnidad su L aniversario Como así fue.

Ahora bien, ya sin premuras de tiempo, extendí mis exploraciones y llegué, más que nada por azar, a las actas de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos. Esta fue una de las aportaciones del entonces secretario general de la Presidencia, el catedrático de Derecho Administrativo Laureano López Rodó, hombre muy significado del Opus Dei.

No se trataba, en puridad, de un nuevo invento. Había habido antes comisiones de tal tipo. Que yo recuerde una, en cuyos papeles también husmeé, fue la creada para el seguimiento de la ejecución de los convenios con Estados Unidos (por cierto los papeles correspondientes, masivos, se habían arrinconado en unos despachos del Ministerio de Comercio en Goya 3, sede en la cual había empezado diez años antes mi carrera de funcionario). Otra comisión parecida se estableció después para el estudio de las sedicentes Leyes Fundamentales. La propuesta de López Rodó tendía a descargar las reuniones formales semanales del Consejo de Ministros de temas económicos en los cuales muchos de sus componentes no tenían grandes cosas que aportar.

Se consideró, eso sí, una propuesta muy significativa. Creo recordar que la primera reunión del nuevo órgano tuvo lugar en marzo de 1957, a las pocas semanas de haberse constituido el octavo Gobierno de la dictadura. En algún momento, pero ya no recuerdo si fue en la primera reunión, en la segunda o en la tercera (desde luego no más tarde) Franco dirigió la palabra a sus ministros reunidos en ella y les aleccionó sobre las orientaciones estratégicas para que las siguiera la política económica española. A mí me pareció tan importante su discurso, que se había anexado al acta de la reunión, que me apresuré a fotocopiarlo sin ningún problema. Lo guardé, por cierto, como oro en paño porque pensé que podría serme útil en algún momento determinado, después de la publicación del libro del Banco Exterior de España.

Los hombres proponen y los dioses disponen. Después de aquel libro me apresuré a escribir los Pactos secretos de Franco con Estados Unidos (que tienen una historia aparte). Después vinieron otros desafíos y otras ocupaciones. A finales de 1982 me llamó Fernando Morán para que fuese con él a Exteriores. Luego me marché a Bruselas. Me llevé una parte de mis libros y papeles. Otras la dejé en Madrid, en casa de unos amigos. Una tercera fue a parar a la Biblioteca de la Escuela Diplomática donde se conserva. De Bruselas me fui a Nueva York, pero obviamente no me llevé papeles sobre España.

Mientras estaba en Nueva York un conocido, Christian Leitz, catedrático de Historia en Nueva Zelanda, se puso en contacto conmigo porque quería reunir a varios historiadores que escribieran artículos para un libro que pensaba coordinar con otro colega (cuyo nombre no me sonaba, David J. Dunthorn, pero que no contribuyó a la obra). Leitz había escrito sobre las relaciones económicas entre la España franquista y el Tercer Reich durante la guerra civil, algo que había sido la idea de Fuentes Quintana que hizo que me sumergiera en archivos y que luego solo continué en parte, singularmente en el libro del Banco Exterior.

La idea de Leitz era examinar varios capítulos de la inserción de España en el contexto internacional  entre los años 1936 y 1959. Ya había contactado con varios autores, españoles y extranjeros, y acudía a mí para que aportara mi granito de arena. Inmediatamente pensé en hacer algo basándome en la lenta marcha de la dictadura hacia la apertura económica, que no política, de 1959. Lo que no recuerdo es cuándo le envié mi trabajo. Pudo ser al final de mi estancia en Nueva York o algo después, tras mi regreso a Bruselas. Por cierto que de nuevo aquí me pasé casi un año reorganizando mi biblioteca, diseminada entre Madrid, Bruselas y Nueva York, amén de una masa inmensa de artilugios que habíamos ido adquiriendo a lo largo de los años. Lo que sí recuerdo es que consulté una biografía de Carrero Blanco que había publicado Javier Tusell en 1993 y que probablemente me habían enviado a Nueva York.

En mi contribución al libro colectivo de Leitz hice mención a ella. Tusell había también consultado para entonces los papeles de Carrero que había en el Archivo de la Presidencia del Gobierno amén de otros a los que le dio acceso la familia. Quizá por ello a su biografía le faltaba algo de la mordaz crítica que el difunto presidente del Gobierno se había ganado por méritos propios. Tusell no prestó ninguna atención al discursito de Franco, lo que me dejó un poco perplejo. Aunque nunca se interesó demasiado por los temas económicos, Tusell ya había dado a conocer en Historia 16, noviembre de 1985, cuando yo estaba todavía en España, un papelín de Franco de 1939 o 1940 que le había dado un ministro del segundo Gobierno de la dictadura, y que había titulado, con toda razón, como “La autarquía cuartelera. Las ideas económicas de Franco a partir de un documento inédito”. Era una sarta de pamplinas, propia de alguien que no tenía la menor idea del tema (lo cual era rigurosamente cierto, por mucho que Franco se pavoneara de haber leído intensa y extensamente sobre la materia cuando regresó de Marruecos a la península, una mentirilla que hay que perdonarle, en comparación con muchos otros camelos que escribió sobre su trayectoria).

Pero, desde Nueva York o recién llegado a Bruselas, no estaba yo en condiciones de buscar el discursito de 1959. Así que, como es lógico, mencioné tal carencia en mi contribución al libro de Leitz diciendo que “unfortunately, at the moment of writing, I do not have Franco´s presentation before me. I photocopied it some years ago from the of the Comision Delegada in the AGP”. Nadie hubiese podido objetar a esta formulación y, que yo sepa, nadie objetó. También es verdad que ni el artículo ni el libro han sido muy citados, a pesar de la calidad de los participantes en el mismo.

Igualmente hice algunas consideraciones complementarias en las que, por razones que expondré en el post siguiente, no deseo entrar aquí. Como se trata de una de mis “meteduras de pata” de las que más me he arrepentido a lo largo de mi carrera como investigador y husmeador de archivos prefiero dejarlas para después.

Las referencias del libro son Spain in an International Context, 1936-1959, Berghahn Books, Nueva York, Oxford. El panel que reunió Leitz era impresionante: Paul Preston, David W. Pike, Enrique Moradiellos, Peter Jackson, Geoffrey Roberts, Martin S. Alexander, Norman J. W. Goda, Martin Thomas, Glyn Stone, Qasim Ahman, Geoffrey Swain, Boris N. Liedtke y José Luis Neila. Cada uno experto en su tema y algunos reconocidos internacionalmente.

(Continuará)

Exploraciones en archivos (VI)

28 abril, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de dos semanas de interrupción por la aparición de otros temas, uno de ellos desgraciadamente muy luctuoso, vuelvo a los archivos. No todas las experiencias acumuladas en muchos años de investigación fueron positivas. Sin contar las horas perdidas buscando y no encontrando, también he contado con ejemplos de fracasos rotundos, a veces no por mi culpa, en ocasiones por haber sido idiota. Exitos y fracasos forman parte ineludible en la vida del investigador. Es más, me atrevo a decir que uno aprende más de los segundos que de los primeros. Toca, pues, señalar algunos de los fracasos.

 

Es curioso que los dos fracasos que más han influido en mi carrera de investigador hayan estado relacionados con el mismo archivo: el de la Presidencia del Gobierno. Entré en él por primera vez cuando buscaba documentación sobre la política económica y comercial española en los años del franquismo puro y duro. Fue hacia el año 1978. Todo apuntaba hacia la necesidad de consultarlo. No quiero pavonearme en modo alguno si señalo que, por lo que sé, fui el primer historiador en penetrar en dicho archivo, gracias como siempre al apoyo del profesor Rafael Martínez Cortiña y la persuasiva potencia del Banco Exterior de España. Yo me las prometía muy felices.

Al llegar, lo primero que recuerdo fue la inmensa decepción que sufrí. Estaba al frente del archivo una funcionaria del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios del Estado. Ahora no recuerdo su nombre de pila, pero sí que era hermana de Ramón y de Jesús Salas Larrazábal. Ramón era entonces muy conocido gracias a su obra magna sobre el Ejército Popular de la República, que había publicado la Editora Nacional en cuatro gruesos volúmenes (dos de ellos de documentación). Nos habíamos hecho buenos amigos y, naturalmente, su hermana me recibió con los brazos abiertos.

No tardó en contarme que encontraría muchos huecos en la documentación sobre una parte del período que me interesaba porque allá por los años cuarenta la documentación del archivo había sufrido grandes desperfectos a resultas de una inundación. Al parecer, en un invierno muy frío las cañerías se habían roto con consecuencias muy desgraciadas en los sótanos en donde se conservaban los papeles. Y, en efecto, lo que quedaba de la documentación de la Junta Técnica del Estado (años 1936 y 1937) era poca cosa.

Por el contrario, para los años posteriores sí había documentación abundante. A mí lo que me interesaba eran los años cincuenta. Fueron años de introversión económica y comercial. En los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores había enormes masas de papel al respecto, pero mucho se refería a aspectos operativos, negociaciones comerciales y era difícil elevarse desde los detalles al plano de los principios u orientaciones estratégicas de la política económica exterior. Por lo menos en el período más oscuro, en torno a finales de los años cuarenta.

Encontré otras cosas. En aquella época empezaba, muy tímidamente, el acercamiento hacia los Estados Unidos y de estos hacia la España de Franco, después de años de enfriamiento en las relaciones bilaterales. Había que superar numerosos escollos, algunos de tipo económico, los más de índole política. Entre estos últimos uno de los más importantes estribaba en el trato que la dictadura dispensaba a la minoría protestante en España. El presidente Truman, creo que baptista, tenía en este tema opiniones muy firmes.

En el Palacio de Santa Cruz se comprendía muy bien la importancia del acercamiento. Si llegaba a materializarse representaría un espaldarazo para el régimen que no podía encontrar en otra parte. El hombre que llevaba el peso de los contactos era un diplomático, hoy olvidado, llamado Pedro Prat y Soutzo, marqués de Prat  de Nantouillet. Yo no había oído hablar de él jamás. Luego, cuando me familiaricé con la política exterior del régimen y sus protagonistas, extraje con delectación toda la información que pude recopilar sobre él. Para los franco-falangistas debió de ser una figura de proa. Para el historiador, un personaje poco recomendable. Para los compañeros, alguien que era mejor olvidar. Cuando, tras su período norteamericano, fue enviado como embajador a Brasil, se vio envuelto en algún asunto turbio que era incluso más negro que los que esmaltaban la carrera de varios conocidos diplomáticos de la época. Sobre él ha caído un tupido velo.

Esto no significa que el señor marqués no fuera listo. Antes al contrario. Era un diplomático muy vivo y curtido en mil batallitas. En agosto de 1949 no tardó en redactar un memorándum para conocimiento del ministro Alberto Martín Artajo en el que exponía los pros y los contras, desde la perspectiva de las relaciones con Estados Unidos, de una relajación de las disposiciones en vigor contra las “sectas” protestantes. Con toda la precaución del mundo, él favoreció la introducción de un mínimo de libertad religiosa.

¡Ah! Nantouillet no sabía que iba topar con la Iglesia o, si lo sabía, debió de parecerle que merecía la pena. En el archivo de la Presidencia del Gobierno se encontraban algunas pruebas de la reacción de la Jerarquía. Recuerdo una de ellas. Una carta firmada por el Cardenal Primado de Toledo y por el Arzobispo de la diócesis de Madrid-Alcalá. Leerla fue como recibir un electroshock. No me atreví a fotocopiarla  (gran error) aunque no sé si la amable directora del Archivo lo hubiese permitido ya que la misiva, obviamente, no tenía nada que ver con política económica o comercial.

Sí recuerdo, porque los efectos del electroshock fueron duraderos, que tan ilustres y eminentes varones se opusieron a la posibilidad de la relajación del tratamiento a las minorías protestantes. Lo hicieron envolviendo su postura, clara y terminante, en todo tipo de expresiones de buena voluntad, de respeto a SEJE y a los principios fundamentales de la política del Estado y blablá, pero en último término fundamentaron sus objeciones de forma taxativa. La Iglesia reconocía, ¡cómo no!, el sacrosanto principio de respeto a la libertad humana, sí,  pero no al de la libertad para “difundir el error”.

En puridad, nada nuevo, pero a mí me impresionó que allá por finales de los años cuarenta, período negro por antonomasia, dos príncipes de la Iglesia se atrevieran a cortar por lo sano cualquier posibilidad de liberalización del trato que el Estado dispensaba a las minúsculas iglesias protestantes. En la España católica, apostólica y romana no cabía la posibilidad de abrir puertas al “error”.

No sé si la carta de tales ilustres eclesiásticos seguirá conservándose en los archivos de la Presidencia del Gobierno. Lo que sí sé es que durante muchos años me he arrepentido amargamente de no haberla fotocopiado. Con lo que fui aprendiendo después, y con muchos otros descubrimientos que realizaría en archivos españoles y extranjeros, tengo la seguridad que hubiera podido extraer de ella mucho jugo. Si se conserva, a lo mejor otro podrá hacerlo.

Como es notorio, los intereses geoestratégicos norteamericanos terminaron imponiéndose a las concepciones politicas y religiosas de Truman. Se encontró la fórmula de aceptar la llegada y permanencia en la España católica post-concordatoria de protestantes norteamericanos del más variado pelaje, ¡incluso de masones! de la misma nacionalidad, pero para los desgraciados protestantes españoles -quizá por reminiscencias de Trento, o de la guerra de los Treinta Años, o de la influencia de  las enseñanzas menendezpelayistas-  hubo que esperar todavía a que pasaran muchos años. Hasta que después de largos y complicados debates internos, azuzados desde fuera por las consecuencias del Concilio Vaticano II, ni siquiera la supercatólica España pudo resistir los embates. Tras casi diez años de pugnas, en el verano de 1967 se aprobó por fin un primer estatuto que reconocía el derecho a la libertad religiosa. Ciertamente no tenía mucho que ver con los trabajos que se desplegaron en el Ministerio de Asuntos Exteriores tras la llegada diez años antes al Palacio de Santa Cruz del único ministro del ramo de talla que dio la España franquista.

 

Nota: un análisis del memo de Prat de Nantouillet me di el gusto de incluirlo en Los pactos secretos de Franco con Estados Unidos. Bases, ayuda económica, recortes de soberanía, 1981. También en una revisión profunda del mismo, En las garras del águila, CRITICA, 2003, que todavía puede encontrarse en el mercado. No aludí a la carta de los príncipes de la Iglesia.

Entrevista en guernicagernikara.eus

26 abril, 2020 at 12:50 am

Entrevista realizada el 25 de abril de 2020.

Fallece un historiador de la aviación española

21 abril, 2020 at 8:30 am

Cecilio Yusta Viñas (1937-2020) in memoriam

Ángel Viñas

Este es un post que nunca hubiese pensado escribir. La pandemia se ha llevado por delante a mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas. Esto, en principio, es algo que solo hunde en la más profunda tristeza a su familia y a sus amigos. Estamos padeciendo, dicen los entendidos, la pandemia que más muertes ha causado en la historia de España, ciertamente en un número muy superior a la de hace un siglo. Sin embargo, mi primo hermano fue algo más que un familiar muy cercano. Fue también uno de los grandes historiadores de la aviación española en sus dos ramas, la civil y la militar. Es esta cualidad la que, apesadumbrado, quisiera resaltar aquí.

 

Cecilio Yusta Viñas, como siempre firmaba, fue un aviador espléndido. Descubrió su vocación mientras hacía el servicio militar obligatorio en el Ejército del Aire como simple soldado raso. Nada le predisponía a aquella carrera. Con una tenacidad insuperable decidió hacerse piloto civil, no militar. Y lo hizo a las bravas. Controlador del tráfico aéreo por oposición, profesor de vuelo elemental en el Aeroclub de Madrid, piloto de transportes por la Escuela Superior de Vuelo de Salamanca, auxiliar de vuelo en Aviaco primero y en Iberia después. Voló todo tipo de aviones, desde avioncillos de escuela y avionetas de turismo a aviones de tipo estándar (Fokker, Douglas y Boeing), desde piloto elemental a comandante de grandes aviones a reacción en vuelos trasatlánticos.  Voló prácticamente hacia todos los aeropuertos del mundo. Un caso bastante raro.

A la par descubrió que la conquista del aire no era incompatible con otras ocupaciones. Escribió una historia de los auxiliares de vuelo en España, una historia de los controladores de vuelo en España, una historia de la compañía Iberia y multitud de artículos en revistas especializadas. Praxis y teoría. Escritura y experiencia. No es exagerado afirmar que siempre osciló entre estos cuatro polos.

No tardó en asociarse al Instituto de Historia del Ejército del Aire. Más tarde fue  miembro de número del Instituto de Historia y Cultura Aeronaútica, un club selecto.  En su recorrido expandió su círculo de contactos profesionales a los aviadores militares, desde los empleos más modestos a los más elevados. Con una pasión por la fotografía amasó una inmensa colección de imágenes de  máquinas, paisajes, aeródromos, hombres e infraestructuras desde los primeros años de la Aviación hasta los más recientes y adqurió un conocimiento enciclopédico sobre hombres y máquinas..

Dejando de lado sus trabajos en materia de Aviación civil[1] cuya historia completa en el caso de la española no le dio tiempo a terminar, tras unos ensayos previos se asentó en el terreno de la militar con un ensayo algo sorprendente: la biografía de un teniente, uno de los héroes poco conocidos de la guerra civil por el lado de los vencedores[2]. Fuera de los círculos profesionales ¿quién lo conocía? Cecilio unió tres artes en su primer libro de historia que sin duda le enseñó mucho: el suspense, la pulcritud del biógrafo y el manejo de las fuentes (familiares, militares, comerciales, personales, orales). Todo ello para describir los antecedentes familiares hispano-franceses, la formación profesional como ingeniero papelero en Suiza y en Alemania del protagonista, sus primeras aventuras comerciales en los años republicanos, la llamada del aire… y con ello para desembocar en un piloto excepcional en la guerra civil y uno de los pocos que voló en aviones alemanes de la Cóndor con tripulaciones alemanas, como si fuera uno más. A la par Cecilio se las apañó para descifrar las maniobras y las técnicas del manejo del material aéreo en situaciones de combate.

Ciertamente aprendió cómo arrostrar el difícil desafío de la biografía. Reconozco humildemente que servidor ni siquiera lo ha intentado. Sería un desastre. Cecilio lo puso de manifiesto en la biografía de una de las grandes figuras de la Aviación militar española, un primo hermano de Alfonso XIII[3]. Aquí introdujo ya otros vectores: la historia política, las intrigas cortesanas, la experiencia del destierro, la certera caracterización de ciertas figuras históricas (en primer lugar la del propio rey -que no salió muy bien parado), las peripecias en las campañas en África y en la guerra civil tras la que su biografiado llegó a ser el general en jefe de la Segunda Región Aérea (Andalucía), los denodados esfuerzos del Infante en favor del pretendiente Don Juan de Borbón durante la segunda guerra mundial (que lo llevó a la situación de disponible y a su procesamiento, con un Franco cerrado a toda posibilidad de oscurecerse en favor de la reposición de la dinastía), etc. En su trabajo Cecilio consultó un impresionante número de archivos y bibliotecas en varios países (he contado no menos de cincuenta) y demostró con creces que sabía manejar un ramillete de fuentes orales absolutamente envidiable. Todo escrito con una pulcritud estilística y un tono en que la simpatía hacia el biografiado no empaña en absoluto la objetividad del análisis, siempre apoyado en evidencias.

Fue también en la biografía donde recuperó la trayectoria del último director general de Aeronáutica de la República, el general de División Miguel Núñez del Prado[4], que permaneció leal a la misma y, en un último esfuerzo, intentó convencer al general en jefe de la 5ª División Orgánica, el felón Miguel Cabanellas, que no se sumase a la sublevación. Ilusión vana. Al llegar a Zaragoza fue detenido y poco después asesinado. También continuaba en la biografía cuando falleció. Tenía la intención de escribir un ensayo sobre los jefes de la Aviación española en sus primeros cien años.

Desde que dejé la Administración en 2007 y volví a temas relacionados con la guerra civil siempre acudí a Cecilio para que me ayudara cuando me encontraba en dificultades a la hora de interpretar una u otra situación en materia de aviación.  Fue él quien me llamó la atención sobre las incongruencias más palmarias que había identificado en el famoso vuelo del Dragon Rapide desde Croydon (en Londres) hasta el aeródromo de Gando en Las Palmas de Gran Canaria, pero que no se dirigió hasta el de Los Rodeos en Tenerife. Generalmente se había escrito (incluso por aviadores -y no digamos ya por el común de los historiadores que no lo somos) que no podía hacerlo por causa de las dificultades de aterrizaje en este último derivadas de las nieblas que lo recubrían. ¿Nieblas en julio? Cecilio se reía.

Durante su carrera como piloto había estado destinado tres años en Canarias. Conocía sus aeródromos, desde los que volaba casi diariamente, como la palma de su mano. También los del África occidental, a los que se dirigía constantemente. Para mí fue una inspiración. Algo, evidentemente, no cuadraba.  Cecilio también había sido muy amigo de un exmilitar y ulterior comandante de Iberia, Manuel Presa, que había estado presente en la toma del aeródromo de Tetuán al comienzo de la guerra civil. Presa, con varias distinciones a sus espaldas y una carrera brillante, fue expulsado del Ejército del Aire por masón. Había hablado mucho con Cecilio sobre lo que él sabía de la guerra civil y de Franco. Le comentó que, por aquella época, era archisabido en los círculos de los pilotos que Balmes había muerto asesinado.

No a causa de Presa, a quien no llegué a conocer, sino porque algo físico no cuadraba escribí La conspiración del general Franco, en la que planteé la tesis de que Franco quiso que el Dragon Rapide aterrizase precisamente en Gando. De lo que se trataba era de poder volar desde aquí a Marruecos tras el entierro del general Amado Balmes que, para ello, debía perecer. El tema dio pie para otro libro, El primer asesinato de Franco, en el que ya Cecilio tomó parte activa como coautor junto con  un eminente especialista en Anatomía Patológica, el Dr. Miguel Ull. Años después no quitaríamos ni una sola coma. Al contrario, en lo que a mí respecta ennegreceré aún más la figura del inmarcesible Caudillo cuando todavía no lo era en mi próximo libro.

También fue Cecilio quien destripó, por primera vez en la literatura, los camelos sobre el accidentado despegue de la avioneta de Juan Antonio Ansaldo en el terreno de tierra de la Boca do Inferno, cerca de Cascaes, en el que se empeñó en transportar al teniente general Sanjurjo a Burgos. Ansaldo, que era un narcisista importante, trató de encubrir o desfigurar lo ocurrido. De no haber muerto Sanjurjo, quizá la historia de España hubiese cambiado. No hubiera impedido la guerra civil, deseada por la cúpula de la sublevación, pero el panorama subsiguiente hubiese sido muy distinto. Quizás nos hubiéramos ahorrado la dictadura de Franco.

No he contado ni una sola anécdota en este breve recuerdo. La más rísueña es también significativa. Cecilio nació en Guadalajara, en 1937. Su padre lo inscribió en el registro civil con el nombre de México, una forma de expresar el reconocimiento a la República azteca por ser uno de los pocos países que ayudaba en todo lo posible a la asediada española. Naturalmente, al final de la guerra hubo que cambiarle el nombre. Siempre creyó que se llamaba Jacinto hasta que al llegar a la mili se enteró de que se había reinscrito en la festividad de Santa Cecilia y que el funcionario había, caprichosamente, decidido ponerle el nombre del santo del día.Tuvimos que acostumbrarnos.

Laura Gamundi, que desde CRITICA tuteló la publicidad de El primer asesinato de Franco, me escribe: “Una gran persona. Guardo un recuerdo imborrable. Tenía un sentido del humor que le hacía único, entre otras muchas virtudes”. Es cierto. Hombre bueno, investigador tenaz, lleno de energía hasta el amargo final cuando fue barrido, como tantos otros, por el coronavirus. Descanse en paz. Nunca le olvidaré.

 

Nota: la foto es cortesía del Dr. Miguel Ull Laíta, en el centro. Cecilio Yusta está a la derecha. Fue tomada en el Museo del Ejército del Aire.

[1] De azafata a TCP; Mirando al cielo; Las mujeres en la Aeronáutica así como numerosos artículos y capítulos de libros.

[2] José Ramón Calparsoro. Un piloto español en la Legión Cóndor, Quirón Ediciones, Valladolid, 2003.

[3] Alfonso de Orleáns y de Borbón, Infante de España y pionero de la Aviación española, Fundación Aeronáutica y Astronáutica Española, Madrid, 2011.

[4] En Javier García Fernández (ed.) 25 militares de la República, Ministerio de Defensa, 2011. Una segunda edición es de salida inminente.

Sobre Largo Caballero y la actualidad

14 abril, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Interrumpo mi serie de exploraciones en archivos porque un lector ha subido a la página de FB que está conectada a mi blog un recuadro en el que señalan las cinco afirmaciones que figuran en el recuadro adjunto. El mismo recuadro me ha llegado por otros conductos. Procedimientos similares se siguen en libros de algunos autores más o menos reputados.

 

Lo que significa esta proliferación de acciones no es excesivamente difícil de discernir. A los noventa años casi de establecida la Segunda República este período de la historia sigue vivito y coleando. ¿Por qué? En mi modesta opinión confluyen varias razones, de tipo histórico y de índole presentista. En el primero porque un sector de la sociedad española sigue agarrado a los mitos fundadores del franquismo. En el segundo porque se enfoca el pasado con criterios enraizados en las pugnas políticas del presente. Como mitos son insensibles al análisis racional, es decir, al fundado en el análisis histórico. Representan una señal de identidad y, cosa harto sabida, con las identidades no se juega.

Naturalmente, como han señalado numerosos historiadores y pedagogos una de las causas de esa permanencia, aunque no la única, se debe a que la España democrática no ha terminado de ajustar cuentas con su pasado no democrático. De haberlo hecho, se habría preocupado de que las enseñanzas que, más o menos penosamente, hemos extraído los historiadores del análisis del pasado hubiesen sido transferidas al sistema educativo en sus tramos fundamentales de la ESO y del Bachillerato. Eso es lo que ha ocurrido en casi todos los países europeos occidentales que han pasado por circunstancias tan traumáticas, o más, como España. Si nosotros tuvimos la guerra civil, ellos sufrieron la segunda guerra mundial. En muchos hubo acciones de resistencia no solo contra los invasores nazi-fascistas sino también contra los propios. Ha costado mucho esfuerzo llegar a establecer grandes consensos sobre un pasado conflictivo e hiriente. En España no hemos llegado a eso pero, afortunadamente, desde el fallecimiento de SEJE, a trancas y a barrancas, han ido abriéndose los archivos, se han renovado las generaciones de historiadores, se han importado nuevas formas de ver el pasado y la discusión historiográfica sobre la guerra civil y el franquismo se ha asentado definitivamente en España.

Sobre la Segunda República se han publicado en torno a los 5.500 libros, según las estimaciones del profesor Eduardo González Calleja. Es más en los últimos años, la producción historiográfica no ha cesado de acelerarse. Hoy ese corto período (sin contar la guerra civil) constituye de por sí una especialización propia. Esto no quiere decir que ya se sepa todo, porque desgraciadamente quedan documentos por desclasificar, algún que otro archivo por abrir y numerosos archivos privados por explorar. E incluso en archivos abiertos hay segmentos en los que la investigación no ha aclarado todo. En parte, porque como el pasado en su totalidad es radicalmente inaprehensible, los historiadores nos fijamos en retazos del mismo y nos hacemos preguntas. Ni todos los retazos se han agotado ni todas las preguntas posibles se han suscitado.

Nada de lo que antecede significa que estemos hoy en la misma situación que en 1975, cuando el panorama historiográfico estaba dominado por unos cuantos nombres cuidadosamente seleccionados porque no ponían en cuestión el dogma básico de la dictadura: la guerra fue inevitable porque, de no haberse producido, España se hubiera despeñado por el abismo de una revolución impulsada y manipulada desde Moscú. Este dogma se reveló ilusorio, por mucho que en su momento fuera bendecido y sacralizado por la Iglesia Católica española.

Hoy la evolución del pensamiento anti-republicano (o, según otros, reaccionario o, para otros, de derechas pura y simplemente) ha desplazado de su posición central la supuesta amenaza comunista y la ha sustituído por las presuntas pulsiones no menos revolucionarias del PSOE. Es absolutamente irrelevante que casi toda la documentación socialista de la época esté hoy abierta de par en par, en los archivos de las Fundaciones Pablo Iglesias, Largo Caballero, Prieto, Negrín (sin duda hay más, pero solo me refiero a las que conozco) o en los archivos nacionales (CDMH y AGA, amén de en diversos archivos militares). Algunos autores extranjeros como el profesor Stanley G. Payne o Sir Antony Beevor han inspirado a autores patrióticos. No se han dado cuenta de que ambas luminarias de la historiografía anglosajona no han puesto sus pecadores pies en ningún archivo español, con la relevante excepción del primero en tres o cuatro ocasiones en la FNFF y, por añadidura, en ningún extranjero. Un récord absoluto.

Muchos de los personajes de mayor significación política e histórica de la Segunda República escribieron memorias, que sin excepción alguna hay que revisar con ojos críticos o supercríticos y contrastar con la EPRE correspondiente. Así, por ejemplo, puede destacarse que obras como las de Lerroux, Gil Robles, Largo Caballero (que no escribió él), Martínez Barrio y muchas otras son, en puntos cruciales, falaces. Incluso la fuente máxima, los diarios de Azaña, dejan bastante que desear a la hora de esclarecer puntos cruciales. Todo ello con independencia de que, en general, los grandes actores tienen un sesgo propio, porque escasos son los que proceden analíticamente y con el suficiente distanciamiento (una excepción, que confirma la regla, sería quizá Julián Zugazagoitia).  Tales y otros personajes han sido objeto de biografías. En el lado de los vencidos (los más desfigurados en el canon franquista) Santos Juliá y otros escribieron sobre Azaña, Enrique Moradiellos y otros sobre Negrín, Juan Francisco Fuentes, Julio Aróstegui y otros sobre Largo Caballero, Octavio Cabezas y otros sobre Prieto. Hay muchos más. ¡No se trata de personajes desconocidos!.

En lo que se refiere a las citas de Largo Caballero de la imagen me vienen a la memoria las referencias que a él ha hecho, desde la primera a la tercera edición,  Andrés Trapiello en su conocido libro Las armas y las letras. En el bien entendido que tal autor es un historiador de la literatura solamente por lo que la persistencia causa cierto asombro. También me llamó la atención las referencias que a Largo Caballero hizo otro autor, en este caso no historiador profesional. Les dediqué dos posts que se publicaron en este blog los días 9 y 16 de octubre de 2018 y que cualquier lector podrá recuperar con solo un par de clicks del ratón en el calendario de la derecha.

La obsesión en las actuales circunstancias con Largo Caballero es explicable, para mí, porque de todos los partidos políticos que existían en la Segunda República únicamente dos tienen una cierta continuidad histórica: el PSOE y el PCE. El segundo no es, obviamente, ni sombra de lo que fue ni representa hoy lo que representó entonces. El PSOE se convierte así en el enemigo (no adversario) en el enemigo a batir y, encima, porque está de nuevo en el Gobierno y en una emergencia nacional que afectará sustancialmente, todavía no sabemos cómo, la política, la economía y la sociedad españolas. Pero, así como en otros países europeos, se hace de la necesidad virtud y si bien no se crea un remedo de la “unión sagrada” a la francesa, sí por lo menos se suavizan las hostilidades políticas, en España, que ciertamente es diferente, no ocurre eso. Aquí la imagen del Largo Caballero revolucionario, con una supuesta tea roja y llameante con la que destruir las propiedades de los “buenos españoles”, tiene un cierto relente aprovechable para la actualidad. Los comunicadores “patrióticos” no la desdeñan. Espero y deseo que hagan lo mismo con mi próximo libro en el que podrán encontrar abundante EPRE de su cuerda, muy apropiada para los historiadores que les dan respaldo.

Bien: cualquiera que haya echado el menor vistazo a la evolución política de la Segunda República recordará que las elecciones de febrero de 1936 fueron las más disputadas de toda su corta historia. Ya en el mismo día Gil Robles (exministro de la Guerra) y Franco (jefe todavía del EMC) intentaron dar un golpe desde la legalidad. Fracasó, pero que no canten victoria los marisabihondillas de toda la vida: también encontrarán en mi libro nueva EPRE, no necesariamente a la mayor gloria de ambos personajes. El intento se explica por el temor a no ganarlas, cuando las proyecciones apuntaban a un triunfo de la coalición del Frente Popular. Pero también porque con el Frente Popular en el poder las reformas del bienio radical-cedista podrían revertirse. Como así ocurrió en buena medida. Y eso tocaba a sus bolsillos y sus idolatrías.

Los lectores de este blog que no estén convencidos de lo que afirmo -y es su buen derecho- pueden echar un vistazo a la biografía más reciente de Largo Caballero escrita por Julio Aróstegui y al tenor de la dialéctica de la campaña electoral de 1936 en la obra de Rafael Cruz, En el nombre del pueblo. Verán que, por ejemplo, las alusiones a la guerra civil fueron un tópico recurrente tanto por los actores mismos (de derecha e izquierdas) como por los comentaristas. Comprenderán así, quizá, que no conviene sacar de contexto, sin ton ni son, afirmaciones como las reproducidas en la imagen que si lo desean puedo comentar porque otros ya lo han hecho antes. ¡Ah! También verán una desconocida veta del incomparable, inmarcesible, supremo genio de Franco. Ya me deshago en ganas de ver al profesor Luis Suárez Fernandez o alguno de sus epígonos relacionados con  la FNFF tratando de explicarla.

Por supuesto, mis elucubraciones en lo que se refiere a la proyección actual son especulativas. Pero el fenómeno se produce y requiere una explicación. Habrá, sin duda, otras. Sobre la Segunda República, objeto predilecto del análisis del pasado, tal ejercicio está limitado por la historiografía, que no es un campo de Agramante en el que todas las teorías o afirmaciones disfrutan de curso libre. Sigue teniendo validez el recio refrán castellano de que antes se coje a un mentiroso que a un cojo.

Exploraciones en archivos (V)

7 abril, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

A pesar de lo que cuentan muchos historiadores, generalmente de derechas, sobre los resultados benéficos de la dictadura (perdón, “el régimen”) de Franco cualquiera que sea el ámbito de su historia en el que servidor se haya movido mis resultados, basados en EPRE pura y dura, son diferentes. No es una postura apriorística.  En un libro titulado SOBORNOS encontré evidencia en principio creíble para alabarle por su sangre fría cuando mucha gente en torno suyo perdía la cabeza ante el temor de una posible intervención aliada. No la suprimí. Incluso la realcé. Desde luego es la única nota positiva que he encontrado. Ahora, en estas exploraciones, deseo aludir al ejemplo paradigmático, repetido  con singular tenacidad, de que Su Excelencia el Jefe del Estado fue el gran muñidor del “milagro económico” español de los años sesenta. Esta es una falacia que solo creen los crédulos, los convencidos y los impermeables al razonamiento empírico. Y no es por falta de testimonios ni de papeles.

 

Siempre estaré agradecido al profesor Rafael Martínez Cortiña por haberme deparado la posibilidad de entrar en los archivos del franquismo en fecha tan temprana como 1976/77 para coordinar el libro Política comercial en España, 1931-1975. Ya he hecho referencia a él, cuando descubrí la cláusula secreta de activación de las bases norteamericanas en España y todo lo que había detrás. Sin embargo, desde el punto de vista de la desmitificación de SEJE el capítulo más importante me parece que fue el estudio de la larga gestación del giro copernicano que su dictadura dio en 1959 con el plan de liberalización y estabilización de la economía. Sin ella no se habría producido como se produjo el “milagro económico”. Que algo similar, pero quizá en peores condiciones, se hubiera hecho más tarde es algo para mi bastante incontrovertible. Podemos estar absolutamente seguros de una cosa: Franco nunca tuvo ganas de perecer con su régimen.

La idea de que a Franco le forzaron algunos de sus ministros, en particular los del Opus Dei, es algo que, con las debidas cautelas, ya se dijo en la época. El ministro de Hacienda Mariano Navarro Rubio lo explicó, como se debía, en algunos de sus escritos. Por supuesto, inclinándose ante el patriotismo, la sagacidad, la visión y la grandeza de miras del Caudillo. En realidad, no fue así. A Franco hubo que confrontarlo con la dura realidad y arrancarle el nihil obstat con el mismo tipo de grandes tenazas que probablemente se usen para extraer los dientes podridos de los hipopótamos. Mientras fuera de las fronteras españolas media docena de países vecinos empezaban a echar a andar por un sendero común de liberalización de los intercambios y de creación de un futuro mercado entre ellos, la dictadura seguía aferrada con uñas,dientes, alicates, harpones de titanio y demás instrumentos  a una estrategia radicalmente opuesta.  Y ello, a pesar de que todos los intentos por suavizar el estrechísimo corsé que atenazaba la economía española, y que se remontaban a los primeros años cincuenta, habían fracasado. Sin paliativos mientras, eso sí, muchos con los adecuados enchufes se ponían las botas.

Mi tarea, al abordar la investigación en fuentes primarias en los archivos de Exteriores, Banco de España, Hacienda, IEME y Comercio, estribó en documentar cómo fue gestándose el cambio de estrategia. Tuve la suerte de contar con la orientación de algunos protagonistas de aquella empresa. Por ejemplo, los profesores Enrique Fuentes Quintana, Manuel Varela Parache y Fabián Estapé. Hubo muchos más, pero quienes me proporcionaron informaciones más valiosas fueron los tres mencionados. A ellos recurrí cuándo ya tenía un borrador. Las memorias son frágiles (lo he dicho ya) y los papeles quedan. Uno puede equivocarse en la interpretación de uno, dos, cuatro o veinte. Es más difícil equivocarse cuando se manejan, digamos, quinientos u ochocientos y de lo que se trata es de reconstruir una línea de actuación política. Esto lo aprendí a la hora de escribir mi tesis doctoral y lo he vuelto a poner en práctica a la hora de escribir mi próximo libro.

Una de las razones que siempre se adujeron para el cambio de política en 1959 fue que la posición de divisas de España era insostenible. Mucha gente de mi edad recordará, quizá, que cuando por la prensa, la radio o la incipiente televisión se daba cuenta de los acuerdos del Consejo de Ministros de los viernes había casi siempre una referencia al ministro de Comercio, el profesor Alberto Ullastres, miembro eminente del Opus Dei, de que había informado sobre dicha posición. Las “noticias” se abstenían cuidadosamente de cualquier calificativo. Ullastres era, en aquel Gobierno, uno de los pocos ministros que daba una imagen diferente a todos los demás.  Hasta parecía moderno.

Para mí conocer cuál había sido la secretísima posición de divisas de verdad se convirtió en una obsesión. Evidentemente se habían hecho reconstrucciones estadísticas pero nadie había dado con la EPRE de la época. Al escribir cómo la encontré me temo que algunos de los lectores de estas “aventuras en archivos” no se lo creerán. Pero fue como lo cuento. Lo hice en dos etapas. La primera fue consultar los documentos del IEME que se encontraban en el Banco de España. Ningún historiador o economista de fuera de la casa, que yo sepa, los había visto hasta entonces. Dieron mucha luz porque el IEME redactaba una memoria anual supersecreta que conocían muy pocas personas fuera del círculo que la preparaba y, naturalmente, de la Superioridad. Pero carecían de “chicha”, es decir, esos vericuetos previos que encandilan a los historiadores que desean saber algo más sobre el policy-making previo.

El IEME dependía del Ministerio de Comercio en aquella época, así que pasé algún tiempo preguntando a unos y a otros si recordaban dónde se encontrarían papeles que no estuvieran en el Banco de España. Al final, quien era entonces  (o lo había sido) vicesecretario general técnico, un compañero técnico comercial del Estado llamado Ramón Boixareu (por cierto fallecido no hace muchos años, DEP), recordó que había dado órdenes de quemar papeles que había en un almacén sito en la calle de Bravo Murillo en Madrid. Con el fin de hacer espacio.

Naturalmente me apresuré a ir al almacén donde un inmenso volumen de documentación, sin orden ni concierto, se acumulaba en estanterías y se prolongaba en decenas de extensos montones en el suelo. Ver aquello era desolador.  Nunca me he sentido tan desamparado como en aquella ocasión. ¿Qué hacer? Algunos elevarían sus preces al Señor. Otros se darían la vuelta. Yo probé a intentar suerte. ¿No es cierto que a los que se atreven les sonríe la fortuna, según escribió Virgilio? Dediqué quince días a husmear por aquí y por allá y, al menos en lo que mi respecta, se cumplió lo predicho por el escritor latino. En un montoncito, separado de muchos otros, hallé una parte de los documentos que, evidentemente, habían servido para preparar las memorias anuales del IEME. También vi, en algunas estanterías, las órdenes de pagos en divisas por operaciones de diversos tipo de comercio durante la guerra civil. Ojeé unas cuantas y me retiré espantado. Entonces no había programas de ordenador para tratar de clasificar o categorizar aquella masa de papel.

Con lo que pude rescatar en el almacén y la documentación de alto nivel del IEME reconstruí, bien que mal, la evolución de la posición de divisas de la dictadura desde los años de después de la guerra civil hasta, prácticamente, la llegada del plan de estabilización y liberalización. Invertí en ello varios meses. Era obvio que en 1958 la situación de divisas era tal que resultaba absolutamente imposible mantener la vía de introversión económica. O se abría la economía o llegaría el colapso ante la imposibilidad de importar productos para la industria, el comercio e, incluso, para comer. Esto se había insinuado antes. Se afirmó después. Lo articularon economistas competentes pero una cosa era leer a autores prestigiados y otra muy diferente ver los datos brutos, que nadie del público había conocido y que se habían tratado, no era de extrañar, como un auténtico secreto de Estado.

En el próximo post daré algunos datos y contaré otras anécdotas. Seguro que algunos pensarán que exagero. En absoluto. Si mis informaciones no son incorrectas, el almacén de Bravo Murillo se vació y al menos una parte de sus montañas de papel emigró hacia el archivo histórico del Banco de España. No lo he verificado. Pero también es posible que su destino fuese la incineradora. Cosas más raras se han visto.

Exploraciones en archivos (IV)

31 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Recuerdo que un amigo y colega a quien respeto me dijo que le interesan mucho estos posts sobre archivos. Había pensado terminar en el de la semana pasada, pero como me fío de él, continúo. Acenturaré mi propósito didáctico. Toda experiencia personal es irrepetible, pero siempre tiene algo susceptible de ser transferido. Decía Ortega y Gasset (pertenezco a una generación en la que todo aquel que se preciara de intelectual o similar debía citarle) que uno es uno y su circunstancia. Lo cierto es que las circunstancias moldean con sus influjos la interacción entre el yo y ellos. Los profesores solemos tratar de transmitir a nuestros alumnos lo que sabemos y a veces también lo que pensamos. Así que sistematizaré lo que he ido extrayendo de mis exploraciones de archivos.

 

Creo firmemente que, aparte las dotes intelectuales que tenga el historiador, conviene que posea tres características para mi fundamentales: curiosidad (porque si no, no se planteará preguntas), tenacidad (porque la investigación en archivos es con frecuencia desalentadora) y suerte. Sin querer darme el menor autobombo (a mi edad ya no lo necesito) me parece que son características que he aprovechado bien. Daré algunos ejemplos.

El “oro de Moscú” ha sido uno de los temas que más me han interesado, quizá como respuesta a una Administración que viví en su transición de la dictadura a un régimen más abierto. Con mi primer libro secuestrado más de medio año y el trabajo ulterior en archivos siempre me planteé que la cuestión debía abordarse no en sus términos estrictos sino en el más amplio de la estrategia de la República para sobrevivir en una guerra que le había sido impuesta por un sector sublevado del Ejército y el apoyo que se creyó inmediato de las potencias fascistas. Mi primer libro demostró que no era el caso de la Alemania nazi. El último por ahora que si lo fue por la Italia fascista.

Tan pronto terminé de escribir AL SERVICIO DE EUROPA, mis recuerdos de lo que había visto y hecho en la Comisión Europea desde los tiempos de esplendor de Jacques Delors hasta la post-crisis derivada de la dimisión de Jacques Santer y su equipo, volví al “oro”. Las circunstancias habían cambiado. El colapso de la URSS (cuyas consecuencias viví desde Naciones Unidas) y la apertura de los archivos soviéticos habían abierto una multitud de oportunidades. Me es muy grato recordar a dos colegas (Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo) que fueron los primeros historiadores españoles en aprovecharlas y que reflejaron en su seminal obra QUERIDOS CAMARADAS.

Al seguir su camino partí de otras coordenadas. Desde antes de ir a Nueva York a finales de 1991 había estado en contacto con el Dr. Juan Negrín Jr, el hijo mayor de quien fue ministro de Hacienda y presidente del Gobierno y ministro de Defensa Nacional durante la guerra civil. Durante años estuve dándole la lata, sin éxito, para que me dejara ver los archivos de su padre. (En realidad, si pedí mi traslado a Naciones Unidas frente a otros puestos posibles fue por estar cerca de él, ya que vivía en el East End tres o cuatro calles más arriba de donde se encuentra la residencia del embajador de hoy la Unión Europea). Al final él se trasladó a Niza y yo no tuve más remedio que ir a Nueva York. En cuanto volvimos a Bruselas, regresé a las andadas. Fui a verle, pero tampoco logré convencerle. Así que no me quedó más remedio que hacia 2003 tentar mi suerte en Moscú.

Fue un viaje que preparé concienzudamente. En mi primera visita me encontré los archivos militares, los de Economía, los de la Historia Política y Social abiertos sin grandes problemas a los investigadores, pero difícilmente accesibles los del Ministerio de Asuntos Exteriores. Un día, hablando con colegas rusos sobre el tema, para mí fundamental, mencioné de pasada que conocía personalmente al ministro (sigue siéndolo en la actualidad). Era absolutamente cierto. Nos habíamos encontrado muchas veces en y fuera de Naciones Unidas. Un historiador ruso me animó a que le escribiera. Lo hice pidiéndole autorización para acceder a los archivos y, meses más tarde, graciosamente me la concedió. Así que regresé a Moscú.

En el interín había fallecido Juan Negrin Jr. Sus papeles los recogió (felizmente para todos los historiadores) su sobrina Carmen Negrín, quien vivía (y sigue viviendo) en París. Me presenté a ella (hora y media de AVE) y también graciosamente me autorizó a ver los papeles por los que había suspirado durante tantos años. Iba a verlos los sábados y regresaba a Bruselas por la noche. Así durante meses.

Yo estaba en la gloria porque, poco a poco, iba reuniendo papeles de diversas procedencias: republicanos públicos y privados, franquistas públicos y no tan públicos, soviéticos, franceses, británicos, alemanes, es decir, los de los países que de manera más o menos directa habían definido el marco internacional en el que se desarrolló la guerra civil. Fue el ambiente en el que me sumergí durante años y que revivía cada vez que me ponía a interpretar el entramado relacional dentro del cual la República movilizó el “oro de Moscú”. Naturalmente hablé con muchas otras personas, por ejemplo, algú que otro excomunista francés que conocía algo de la operación.

En este post, sin embargo, me concentraré solo en un episodio. Un sábado, faltando a mi regla habitual, había quedado con Carmen Negrín en verla por la tarde. Ese día me fui a dar un paseo por el Barrio Latino. (Mis viajes se justificaban por los papeles, no por turismo de ningún tipo). Me encontré con un viejo amigo, el profesor Alfredo Tovías, a la sazón catedrático de Economía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Nos fuimos a almorzar y, naturalmente, él, curioso, me preguntó qué diablos hacía en París. Le conté la historia y mis preocupaciones por encontrar claves que aclararan algo más de lo que había pasado con el oro. Aquella misma tarde, le dije, iba a ver a Carmen Negrín, que me había prometido ir a su banco en una de cuyas cajas fuertes guardaba cierta documentación que tal vez podría interesarme. ¿Por qué no se venía conmigo y la saludaba? Alfredo aceptó encantado.

Carmen nos recibió con su amabilidad habitual. Me dijo que había ido, en efecto, a buscar las carpetas prometidas y me las dejó. Mientras ella y Alfredo charlaban animadamente yo empecé a recorrer los papeles y, sensación ya conocida, empecé a sudar. Entre ellos había uno que nunca me había imaginado encontrar. Se trataba de una copia en carboncillo de la certificación expedida por el secretario del Consejo de Ministros del Gobierno de la República de un acuerdo tomado el 6 de octubre de 1936. Versaba sobre la autorización concedida al presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero, y al ministro de Hacienda, Juan Negrín, para que tomaran las medidas necesarias para poner en lugar seguro el depósito de oro que se encontraba en los polvorines de La Algameca (próximos a la base naval de Cartagena). Creo recordar, pero no estoy ya seguro, que también había el informe que el expresidente José Giral, íntimo de Azaña, redactó el 7 de octubre tras su visita de inspección a los polvorines.

El certificado daba un mentís a la vieja tradición franquista (hoy todavía vivita y coleando en internet y en los escritos de unos cuantos desaprensivos) de que Negrín poco menos que había arrebatado el oro con siniestros propósitos. También daba un mentís a otra vieja leyenda propalada por Indalecio Prieto en el exilio, cuando ya se había convertido en enemigo acérrimo de Negrín en uno de los capítulos más dolorosos de la historia del PSOE tras la guerra civil.

La autorización se hizo “en virtud de las amplias facultades que las Cortes han concedido al Gobierno” y daba cobertura a “cuantas medidas sean necesarias con el oro del Banco de España, sin limitación alguna, y aun cuando para ello hubiere que situarlo, total y parcialmente, fuera del territorio patrio para defender dicho oro de cualquiera contingencia que pudiera representar grave daño para los altos intereses de la Nación”. Más claro que el agua.

En condiciones de extrema anormalidad (una guerra civil provocada por la sublevación de una parte del Ejército, hoy sabemos que tras una larga conspiración lubrificada por el dinero monárquico y fascista y el compromiso previo de ayuda de Mussolini), los republicanos trataron de hacer de la necesidad virtud y procedieron, dentro de lo posible, por los cauces constitucionales. La operación de traslado del oro a la URSS desde Cartagena fue presenciada por representantes de los tres poderes públicos, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Aquel papelín cerraba el círculo de lo que, poco a poco, había ido descubriendo y sentó una sólida base para avanzar en lo que todavía no sabía ni había descubierto.

Lo dicho: curiosidad, tenacidad y suerte. ¿Qué hubiera pasado si Carmen Negrín no hubiera recordado que tenía unos papeles en la caja fuerte de su banco?  Como Carmen, generosamente, donó a la Fundación Juan Negrín toda la documentación de su abuelo es obvio que, tarde o temprano, alguien los hubiera descubierto, pero ese alguien fue servidor.

Por cierto, ¿cuándo decidirá la familia del general Francisco Franco hacer lo propio y donar los papeles de su inmarcesible antecesor al Estado español?

 

(Nota: los interesados en el tema podrán encontrar más detalles en mi libro LA SOLEDAD DE LA REPÚBLICA, felizmente reeditado en rústica hace un par de años)