El académico de la historia Luis Suárez Fernández: algunos errores fácticos de principiante (1)

15 abril, 2014 at 10:25 am

Desde siempre, la reunión entre Franco y Hitler en Hendaya, con presencia de Serrano Suñer, se ha prestado a la mitologización y a la desfiguración. El profesor Suárez es uno de quienes más se ha distinguido en esta interesante y, suponemos, lucrativa labor. No es, ciertamente, el único ya que ambas características forman parte integrante del ADN de la dictadura franquista y reflejan el deseo de presentar una imagen sobrehumana de aquel salvador de la PATRIA que dijo virilmente NO, casi cara a cara, al entonces “amo de Europa”.

Sin detenernos en esa labor que nuestro ilustre académico tanto repudia como es la de interpretar, nos limitamos a destacar nuevos errores fácticos. A saber: “El 23 de octubre (…) [Serrano] discutió con von Ribbentrop (…) y se negó a firmar el protocolo que comprometería a España a iniciar las hostilidades. A las dos de la madrugada del día 24, Serrano y Franco redactaron, en el palacio de Ayete, un nuevo protocolo que los alemanes no podían aceptar”. Difícilmente.

Por supuesto a muchos lectores esto les sonará quizá a chino.  Según la mitología franquista, Hitler habría empezado la entrevista afirmando que “soy el dueño de Europa y como tengo doscientas divisiones a mi disposición no hay más que obedecer”. Esta fabulación se debe al intérprete Luis Álvarez de Estrada, barón de las Torres. Puede tirarse tranquilamente a la basura. El autor no fue buen sicólogo sino también un mal note taker. Basta con comparar la “minuta” española y la alemana que se conserva en su primera parte. En cuanto al nuevo protocolo se trató, simplemente, de una alteración solo muy relativa del proyecto enviado previamente por los alemanes. Como es lógico. El abogado del Estado que era Serrano Suñer sugirió algunas modificaciones en el texto de los artículos 2 y 3. Se referían a la adhesión a los Pactos Tripartito y de Acero. Inmediatamente las aceptaron los alemanes. El profesor Suárez cree en las poco fiables memorias de Serrano según las cuales él y el CAUDILLO estudiaron el proyecto “en el que en términos claros, se establecía el compromiso, para España, de entrar en la guerra en el momento en que Alemania así lo considerase necesario”. Llenos de santa furia (¡estos tíos nos toman como el pito del sereno!) le dieron la vuelta como a un calcetín. Muy patriótico pero, desgraciadamente, no es verdad. Lo que cambiaron fue el artículo 5º, que aludía a la compatibilidad entre los deseos africanos de las dos potencias del Eje y los españoles que, con la adhesión al Pacto de Acero, se incorporaban al proyecto nazi-fascista. En contra de lo que presumió Serrano, era el artículo 4º el que se refería a la fecha de entrada en guerra y en él no se produjo absolutamente ninguna modificación. ¿Por qué? Pues porque italianos y alemanes estaban de acuerdo en dejar a Franco que estableciera dicha fecha de común acuerdo entre los tres países.

Puesto ya a engañar a sus lectores, Suárez oculta cuidadosamente que lo que sí se firmó fue la adhesión española al Pacto de Acero por lo que, en términos estrictos de derecho internacional, España rompió su neutralidad. ¿Acaso ignora las explicaciones, ya muy antiguas, que al respecto ofreció Antonio Marquina? ¿Es que dicha ruptura no se merece ni una línea?  Algo similar no había ocurrido durante la Monarquía, la República o la guerra civil y no volvió a repetirse hasta 1953.

Tras estos pelillos a la mar hay que ver también con lupa otro errorcillo fáctico. Suárez afirma que, en su visita a Berchtesgaden en noviembre de 1940, a Serrano le exigió von Ribbentrop “establecer una base en Canarias”. A lo cual, el ministro español, probablemente impulsado por la defensa de la sagrada independencia nacional, se negó. ¡Tres hurras a tan esforzado prócer! Se trata sin embargo de una afirmación que no corresponde a la realidad.  La petición de una base en Canarias se le había hecho en su viaje a Berlín en septiembre. Serrano no estaba autorizado para aceptarla. Franco obviamente le apoyó y…. los alemanes no tardaron en renunciar a ella. ¿Acaso no ha leído Suárez los documentos publicados de política exterior alemana?. Pues son bastante corrientitos.

Existen más errores fácticos e insinuaciones benevolentes sobre la actuación de Serrano, presentado desde el lado más amable posible. Entrar en matices requeriría disponer de un espacio superior al de un post o dos. Pero no se preocupe el amable lector. Ya detallaré –desgraciadamente con interpretación- algunos otras equivocaciones todavía más burdas y contrastaré la metodología de nuestro ensalzado académico para abordar lo que presenta como “hechos”.

La historia política, militar o de relaciones exteriores es algo que hoy parece “vetusta” a ciertos autores. Sin embargo, las decisiones que en esos campos se toman tienen implicaciones sobre la sociedad y sobre un pasado que no termina de pasar. Soy de quienes creen que no conviene dejarlas de lado. Suárez está en su buen derecho de entonar innumerables loas a Serrano y a Franco. También, por supuesto, al “régimen autoritario” pero no me parece correcto hacerlo manipulando o ignorando la evidencia. “Alguien” en la Real Academia de la Historia hubiera debido percatarse de ello.

El académico de la historia Luis Suárez Fernández: algunos errores fácticos de principiante (I)

11 abril, 2014 at 10:24 am

Mi crítica no entra en ninguna dimensión ideológica. Me limitaré a pedir prestado, de forma temporal, al profesor Suárez uno de sus principios metodológicos. A saber, hay que atenerse, exclusivamente, a los hechos.

Parto, eso sí, de un supuesto que suele enseñarse en primer curso en las Facultades de Historia. Los hechos son “sagrados”. No entraré a discutir lo que son. Franco ganó la guerra civil. Proclamó la no beligerancia en la segunda guerra mundial. Veamos qué escribe nuestro académico sobre alguno de ese tipo de hechos.

  1. Quizá copiando a su colega Seco Serrano, se empeña en afirmar que “hasta el final del verano de 1940 la orientación de la política exterior correspondió al conde de Jordana”. Difícilmente. Había sido relevado de su cargo en agosto de 1939. Es un hecho.
  2. Recoge que Serrano advirtió al Duce “que España necesitaría de unos veinte años para llevar a cabo su reconstrucción y desempeñar el papel político que en el Mediterráneo se le asignaba”. La primera afirmación es, además de absurda. Ya lo demostró Tusell con documentos italianos al alcance de todos. Serrano habló de dos o tres años solamente. La segunda afirmación plantea un interrogante: ¿quién asignaba a España es papel político? ¿Las potencias fascistas? La respuesta es que Franco, desde antes de que finalizara la guerra civil, se planteaba la posibilidad de participar en una guerra contra las decadentes democracias occidentales. De aquí los planes para una inmensa expansión de la flota y de la aviación aceptados por la nueva Junta de Defensa Nacional. O los preparativos para atacar Gibraltar. ¿No lo sabe nuestro académico? Hubiera convenido que leyese la documentación exhumada por Manuel Ros Agudo. Tiempo ha tenido.
  3. Juega con fechas elementales: “cuando comenzó la segunda guerra mundial, Franco reorganizó el gabinete el 10 de agosto, disminuyendo el peso de los partidarios del Eje”. Difícilmente, puesto que el conflicto europeo se inició el 3 de septiembre con la declaración de guerra contra el Tercer Reich por parte del Reino Unido y Francia. El peso de los partidarios del Eje en el Gobierno franquista no disminuyó. Se incrementó merced a la sustitución del ministro de Defensa Nacional por tres ministros. Uno de los cuales, Varela, no tuvo inconveniente en supervisar los planes para invadir el Marruecos francés; otro, Yagüe, era profundamente proalemán contando con una aviación que dejara chiquita a la RAF y un tercero, Salvador Moreno, se apresuró a echar una mano a los submarinos de la Kriegsmarine a los pocos días de asumir su puesto. Sin incluir a Beigbeder, en su etapa de fervor pro-germánico que sustituyó al más cauto Gómez-Jordana. O a Muñoz Grandes como ministro secretario general del Movimiento.
  4. Presenta a Serrano a favor del Tercer Reich de manera inmediata y a Franco en contra, declarando la neutralidad. Esta declaración fue rápida porque no cabía ninguna otra opción en septiembre de 1939. No existía pugna entre el infalible Caudillo y su no menos endiosado cuñadísimo en el período septiembre 1939-junio de 1940. ¿O ha encontrado evidencia de ello el profesor Suárez? Ambos perseguían sueños imperiales, perfectamente documentados, contra Francia y el Reino Unido.
  5. Tras estas pequeñas puntualizaciones acudo en auxilio al DRAE y encuentro en él la tercera acepción del término “burrada” como “dicho o hecho necio o brutal”. Nuestro eminente historiador afirma que en junio “los alemanes comenzaron a montar la operación Fénix (sic), destinada a conquistar Gibraltar, empleando para ello el territorio español”. Pasemos por alto la curiosa denominación (que repite como renace tan mitológica ave). Precisemos también que los alemanes enviaron a finales de julio a España una pequeña misión militar. Discutió con altos mandos españoles. Se produjeron retrasos por ambas partes. Se entrecruzaron otros temas, más urgentes para los nuevos dioses de la guerra germanos. Ahora bien, con el asesoramiento y colaboración de oficiales y jefes españoles los prolegómenos de la operación FÉLIX se abordaron seriamente en octubre. No se formalizó hasta el 12 de noviembre. Su punto fundamental fue que no se haría nada sin el consentimiento de Franco. ¿No lo sabe el profesor Suárez? Forma parte de lo aceptado desde 1968 cuando se publicó la monografía de Charles Burdick. Incluso ya lo afirmó antes Donald Detwiler. Ha llovido.

[Incidentalmente, para que el lector se solace con el control de calidad de una RAH que aspiraba a conseguir que su Diccionario estuviese a la altura del de Oxford, o incluso lo superase, añadiré que el interlocutor de Serrano en Roma en el verano de 1939 fue, según la entrada, nada menos que el Papa Pio VII].

(Continuará)

La ignorancia y distorsión del pasado, ¿son perdonables?

8 abril, 2014 at 11:59 am
©Peng

©Peng

En el año académico 2007-2008 empecé a dar un curso monográfico en la Facultad de Geografía e Historia de la UCM a alumnos y graduados de todas las Facultades. Lo continué, mejorándolo y modernizándolo, durante cuatro años más. Tras mi jubilación inserté el resumen en un curso sobre historia política española en el siglo XX. Este año, resumido, lo he continuado, gratis, en el Instituto Cervantes de Bruselas.

Una de mis primeras preocupaciones fue determinar qué sabían los alumnos de la guerra civil. Me respondieron a un cuestionario pero no conservé sus respuestas. Me limité a tabularlas. De ello se desprendía que el conocimiento era muy rudimentario. Las fuentes de información eran las familias o amigos (como ocurría a principios de los años sesenta), la TV, alguna prensa (poca) y, dato novedoso, el internet y las redes sociales.

Hace unos meses un colega y amigo mío, Fernando Hernández Sánchez, profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales en la UAM y autor de dos libros excelentes sobre los comunistas en la guerra y en la posguerra, realizó un experimento similar con sus alumnos. Los resultados fueron estremecedores y, con su amable autorización, me permito divulgar algunos a manera de ejemplo. El 30% no sabía cuantos años estuvo Franco en el poder; el 45% desconocía que fue el maquis; el 72% ignoraba en qué consistió el proceso 1001; el 58% no tenía ni idea de lo que fue el TOP. Más dramático fue el desconocimiento de personajes señeros de la reciente historia de España: 8 de cada 10 no sabían nada de Pasionaria, José Antonio Primo de Rivera, Juan Negrín o el general Mola. Menos mal que el 65% sabía quién es Felipe González y el 54% identificó a Adolfo Suárez.

¿Una generación ignorante? No. Una generación llevada voluntariamente a la ignorancia. El 76% reconoció saber poco o muy poco de los episodios claves de nuestra historia contemporánes pero, a la vez, un 80% quería saber más. El sistema educativo español ha fallado y, peor aún, les ha fallado. Ha fallado a toda una generación, para vergüenza de los responsables nacionales o autonómicos.

Supongo que otros colegas habrán tenido experiencias parecidas a juzgar por la literatura ya disponible sobre el grado de conocimiento e ignorancia de los alumnos que llegan a la Universidad, que se quedan en la ESO o que no pasan del Bachillerato.

Añádanse a ello los “camelos”, las medias verdades o los errores de que están plagados muchos libros de texto de la ESO e incluso de este último. Hernández Sánchez, como especialista en la materia, en algunos cursos de verano de la UCM ha arrojado vitriolo sobre las esperanzas de los profesores universitarios de que en un futuro previsible pueda revertirse aquella tendencia. Los “despistes”, las falsas interpretaciones (en el sentido de que chocan con la evidencia documental y la historiografía disponibles) y las omisiones son de antología. No es de extrañar que muchos jóvenes sean presa fácil de los mitos amamantados por la dictadura y vehiculados hoy por numerosos órganos de opinión, clásicos o novedosos.

Una situación similar no sería perdonable y no se toleraría en países como Alemania, Francia o Bélgica, que son los que conozco mejor, aunque probablemente sí en el Reino Unido, en el que la enseñanza de la historia a nivel secundario está, con honrosas excepciones, por los suelos.

¿Qué hacer? ¿Tirar la toalla? ¿Dejar el campo abierto a los mitógrafos? ¿Seguir escribiendo libros documentados, basados en evidencia incontrovertible y con un análisis lo más próximo a ella? Pero libros que, al fin y al cabo, solo lee una minoría.

Yo aprendí de historiadores extranjeros y españoles que ya no están entre nosotros (Herbert R. Southworth, Manuel Tuñón de Lara, Julio Aróstegui, por no mencionar sino a algunos de los que me han sido más próximos) que quienes escribimos de historia no podemos eludir un deber cívico. Algo que en los siglos XVIII y XIX se daba por sentado. Hoy la historia se ha tecnificado, se ha hecho más impenetrable, también quizá más exacta, pero ha perdido ese vínculo con lo cívico. No es de extrañar que, al contraponerse a tal tendencia, Tony Judt haya adquirido, con razón, un carácter casi icónico.

El Diccionario Biográfico Español pudo remediar a esa situación para las entradas más relevantes en historia contemporánea, es decir, las relativas a la República, la guerra civil y el franquismo. La historia no es, ciertamente, como afirmaba Carlyle la biografía de los grandes hombres. Ni siquiera es el producto intencionado de ellos. Los hombres, grandes y pequeños, la hacen aunque en condiciones dadas, no queridas y, con gran frecuencia, ni siquiera deseadas. Admitiendo, no obstante, que las biografías sirven para algo he sido muy crítico del Diccionario en anteriores posts. Reservo para los dos próximos ejemplos contrastables por cualquier estudiante de grado (no hablaré ya de los colegas) de lo que ha llegado a escribir, tan pancho, una de las egregias figuras de la Real Academia de la Historia.

Continuará.

SER el Cardenal Rouco Varela y una homilía desafortunada

4 abril, 2014 at 11:01 am

© BarcexLa referencia a la guerra civil en la homilía de Su Eminencia Reverendísima (SER) el cardenal y expresidente de la Conferencia Episcopal Rouco Varela  en el funeral de Adolfo Suárez ha despertado una fuerte controversia. Curioso, he acudido a una impecable fuente para comprobar lo que dijo. Tomo por buena la cita que introduce este post. Basta para mi argumentación. He puesto en negritas las palabras que me parecen encerrar el meollo de la cuestión.

Tengo en cuenta que una homilía no un texto académico, riguroso y preciso. Aun así,  SER se apoyó en  importantísimas figuras religiosas, eclesiales y doctrinales. Supongo que se molestó en prepararla o, al menos, en leer con cuidado lo que le preparasen.

Me limito a enjuiciar aquí el conocimiento histórico del autor. En el supuesto de que se la escribieran estaríamos ante un caso de indigencia conceptual y de desinformación. En el segundo, debidamente impresionado por los numerosos títulos académicos de SER, pongo en duda que si bien es posible que haya dedicado mucho tiempo a “empaparse” de la vida de los mártires de la fe, asesinados en la contienda, no es verosímil que haya profundizado en las causas de la guerra misma.

La imprecisión terminólogica es relevante. ¿Cuáles fueron los “hechos”? ¿Cuáles las “actitudes”? ¿De quiénes?.

La reacción más elegante que se me ocurre es la de mostrar perplejidad. En cuanto a los “hechos”, es difícil establecer paralelismos entre 1936 y 2014. ¿Hay alguna conspiración en marcha, bien sea a la derecha o a la izquierda, de que SER tenga conocimiento?. ¿Existe, por ventura, una situación de desenfreno, de anarquía, de violencia generalizada como la que siempre denunciaron los escribidores derechistas para justificar el golpe? ¿Ha llevado a cabo alguna formación política actual alianzas con potencias extranjeras para subvertir la legalidad vigente? ¿Son el fascismo y el bolchevismo hoy elementos cohesionadores de la conspiración? Misterio.

Si nos referimos a las “actitudes” deberíamos distinguir entre las de los sublevados y las de quienes no se sublevaron. Los primeros dejaron constancia oral y escrita de lo que querían: esencialmente salvar a la PATRIA (con mayúsculas) de una inminente revolución. No puede ignorarlo SER. Se trató de uno de los pilares conceptuales de la famosa Carta Colectiva del Episcopado español y de su fundamental redactor, el cardenal Isidro Gomá, quien ya había reflejado su “análisis”  en su opúsculo El caso de España del que tomó las ideas. Entrecomillo lo de análisis porque no tenía mucho que ver con la realidad. Fue una visión meramente ideológica y un instrumento de guerra política con un ataque en toda regla contra los “chamarileros rusos”, desembarcados en Barcelona.

Supongo que SER no pensará en este tipo de “actitudes”. Así que debemos establecer la hipótesis que las  que ha denunciado en su homilía se refieren a las que predominaban en 1936 en los medios gubernamentales, pero en ellas no figuró en lugar descollante la de cortar la eventual sublevación en el Ejército. Mas bien la de poner en práctica el programa electoral del Frente Popular, aprobado en las elecciones de febrero de 1936.

¿Y hoy?.  ¿Cuantos de los países que encuadran a España en la UE y en la OTAN apoyarían a los futuros sublevados? ¿Piensa, quizá, en la Rusia de Putin como si la península ibérica fuese otra Crimea? ¿Contra quién se rebelaría una parte de la población, si es que de guerra “civil” se trata? ¿Contra el Gobierno del PP? ¿Contra la oposición que representan los demás partidos políticos, in totto o separadamente? ¿Un nuevo 23-F, coronado por el éxito?

Ha habido malpensados que han divisado extrañas alusiones detrás de las palabras de SER. Seamos generosos y consideremos  que las “soltó” en passant. Ahora bien, si las dijo a propósito ¿fue para prevenir?, ¿para poner de relieve su preocupación por la PATRIA?  Este tipo de cosas pueden hacerse más discretamente. Quizá en una entrevista con el presidente del Gobierno. Claro que, según noticias de prensa, este último no ha recibido todavía formalmente a SER.

También es concebible (n´est-ce pas?) que el cardenal tuviera en mente algunos de los problemas políticos y sociales que gravitan sobre el presente: las consecuencias de la crisis, el mal reparto del peso del ajuste, la desafección de la población con respecto a la casta política, el desapego nacionalista…  Todo junto es difícil que dé para una guerra civil.

SER mezcló los evangelios y numerosas referencias eclesiales con un análisis histórico francamente débil.  Quiza quería  dar una lección à lo Gomá. A este, por lo menos, Franco le escuchó. Convengamos con EL PAÍS que el cardenal Rouco Varela se confundió , cuando menos, de tiempo y de lugar. Y pongamos en duda que esté al día en historia, salvo en la de los mártires de la proverbial “vesania roja”.

 

La referencia al párrafo relevante de la homilía la he tomado de http://infocatolica.com/?t=ic&cod=20408

Un académico de la historia “se traga” a un ministro

1 abril, 2014 at 8:54 am

La entrada relativa al teniente general Francisco Gómez-Jordana, conde de Jordana, está escrita por el profesor Carlos Seco Serrano. Es breve. Dos páginas y media. Más de media la ocupa la bibliografía. Con el criterio seguido podría haberse extendido a una entera. El autor no nos abruma, afortunadamente, con un extracto del expediente militar. Prefiere reducir al mínimo la parte dedicada a la guerra civil y al franquismo. Nos concentraremos en este último como ejemplo del método que tanto agrada a la RAH: proliferación de errores de principiante, “olvido” de aspectos históricamente relevantes, ignorancia de la literatura especializada y escasa precisión en el lenguaje.

Veamos los errores. Jordana fue a partir de febrero de 1938 ministro de Asuntos Exteriores de Franco (no de Estado, denominación republicana en aquella época y antes de 1931 de la Monarquía) y vicepresidente del Gobierno. Hubiera sido pedir peras al olmo que el profesor Seco identificara a sus predecesores, aunque no hubieran sido ministros sino “proto-ministros” pero eso es para nota (figuran en Wikipedia). Un limpio y claro suspenso recibe nuestro distinguido académico al olvidarse de su anterior puesto (presidente de la Junta Técnica del Estado, JTE, desde, también según Wikipedia, el 3 de junio de 1937).  Le damos igualmente un cero mondo y lirondo por afirmar que “al estallar la guerra mundial consagró todos sus esfuerzos a evitar la entrada de España en el conflicto”. En septiembre de 1939 Jordana no era ministro. Subimos la nota a un 1 porque al profesor Seco le suena que Jordana “fue desplazado del poder por Serrano Suñer, ardiente partidario de la alianza con el Eje”.  Le suenan algo las campanas. El desplazador fue Franco.

El sucesor fue el coronel Beigbeder. Franco lo eligió posiblemente en función de sus valoraciones del norte de África como zona del máximo valor estratégico para España y clave del ensoñado Imperio por el que se pirriaba el dictador.  Añadamos que hay constancia documental pública de que Beigbeder tenía otras aspiraciones.

Estos errores no son explicables fácilmente. Seco prologó una síntesis de los diarios del propio Gómez-Jordana. Como en estos no se menciona la presidencia  de la JTE “se le olvidó”. A lo mejor la entrada la ha subcontratado.

¿Cuáles son las omisiones históricamente relevantes? Seco no dice  absolutamente nada de la actuación de Jordana en el período comprendido entre el final de la guerra civil y su salida del Gobierno. Es otro “olvido” difícilmente comprensible porque se trata de un período que abordó en el plano de la política exterior Javier Tusell y que ha desarrollado con gran acopio documental en el plano militar Manuel Ros Agudo. Pensar que Jordana no estaba al tanto de la deriva pro-alemana de Franco en aquellos meses es poner una pica en Flandes (estoy escribiendo sobre ello).

La gestión como nuevo ministro de Asuntos Exteriores (no de Estado) entre septiembre de 1942 y su fallecimiento en agosto de 1944 la despacha Seco exactamente en 10 (diez) medias líneas. Parte del supuesto, controvertible, de que ya “era evidente el resultado de la gran conflagración”. Esto le evita la molestia de explicar el porqué de las continuadas muestras de solidaridad española con el Tercer Reich y las duras gestiones que realizaron británicos y norteamericanos para recortarlas en la mayor medida posible. Por no molestarse, ni se molestar en mencionar la monografía de Emilio Sáenz-Francés.

Nuestro distinguido académico, de expresión no demasiada precisa, presenta a Jordana (o a España) “haciendo causa común con Estados Unidos en la guerra contra Japón, que había ocupado las islas Filipinas” (solo esto último es verdad). El resto nos deja estupefactos.  Washington contaba con un aliado sin saberlo. ¡Con lo que tuvo que batirse De Gaulle para que los norteamericanos reconocieran a la Francia combatiente!

Nuestro eminente académico, a pesar de una larga lista de trabajos (¡ncluso en inglés y en francés, ¡bravo!) pasa por alto la, sin duda para él despreciable, literatura especializada en las relaciones entre España y la segunda guerra mundial (también la que se refiere a la política exterior de la España franquista durante la civil, que es mucho más abundante). Eso le impide citar algunas de las ideas de su biografiado (no pedimos ya ni que glose ni mucho menos que interprete). Citaremos nosotros:

“España estima que, independientemente de lo que la suerte de las armas decida en la contienda, muy anteriormente a la guerra y con mucha más profundidad que ésta, existe en el mundo un problema espiritual de la más extraordinaria trascendencia, constituído por el ambiente revolucionario de unas masas alejadas de la creencia en Dios y que, por lo tanto, aspiran a mejorar su situación económica por la violencia, empleada sin escrúpulo ni limitación alguna, apoderándose de abundantes riquezas para disfrutarlas ampliamente mientras dure esta vida, cueste lo que cueste y empleando los medios a propósito, cualesquiera que éstos sean…”

Así, pues, que sufran en este mundo que ya distribuirá Dios las recompensas en el próximo. Con ciertas alteraciones esta típica profesión de fe, cuya etiología no hay porqué analizar aquí, la dio a conocer el diplomático franquista José María Doussinague hace más de sesenta años en sus cuasi-memorias. Seco todavía no se ha enterado. En octubre de 1943 Jordana se la comunicó al embajador norteamericano, católico y después un tanto simpatizante de Franco. Que el lector extraiga sus propias conclusiones.

¡Aleluya!: La “historietografía” franquista vuelve

28 marzo, 2014 at 1:42 pm

La RHA ha publicado una entrada que se refiere al general Juan Yagüe. En un post no inmediato la comentaré mínimamente. Para prepararme he empezado por leer algo de lo que sobre tan prestigioso militar se ha escrito en los últimos años. Afortunadamente existe una voluminosa biografía aparecida en 2010. No mencionaré al autor. Es una de esas voces que se rebela contra una presunta escuela oficial de pensamiento (¿comanditada, quizá, por los Gobiernos socialistas?). Por fortuna, contra ella se yergue, enérgica, una “pequeña legión”, “poco más de cien” historiadores, que en torno a la Universidad San Pablo CEU están volcados en escribir “sin pudores de lo políticamente correcto sobre nuestro pasado”.

Al escribir, sin esos pretendidos pudores que nos atenazan a quienes no formamos parte de tan escogida legión, sobre los antecedentes de la guerra civil nuestro autor reconoce implícitamente que los republicanos no querían emprenderla. Se trata de una afirmación rigurosamente exacta. Puntualizaré que quienes querían emprenderla fueron los conspiradores derechistas y, en particular, los monárquicos alfonsinos. Ahora bien, la argumentación en que tan distinguido autor basa su afirmación es de antología, nos retrotrae a 1936 y merece pasar si no a la historia mundial de la infamia si a una equivalente del disparate que probablemente exista. ¿Quién dijo que la historiografía franquista ya había periclitado?

El Komintern, escribe literalmente aquella lumbrera del pensamiento políticamente no correcto, “no quería iniciar una guerra civil que podía perder, pues ya tenía el poder en España y no lo quería arriesgar”. Esto implicaría prudencia, taimada prudencia. No en vano se ha dicho que los cominternianos eran astutos, sigilosos, sinuosos y que se refugiaban tras el coco fascista.

La victoria en las elecciones del 16 de febrero de 1936 confirmó, para nuestro autor, el triunfo de Stalin y de sus cohortes. Que numerosas obras hayan examinado la cuestión y no apunten en esa dirección no constituye el menor óbice. Lo escriben aguafiestas políticamente correctos, ya sean extranjeros o, vade retro, españoles enfeudados a las disolventes doctrinas marxistas.

El Politburó, afirma el maestro de historiadores, ya había acordado el 28 de febrero de 1936 un programa político para España. Obsérvese la implicación: desde las nieves moscovitas las finas antenas de la Komintern seguían no al minuto sino al segundo lo que pasaba en España. Hay que contar con un lapso de algunos días desde que en Moscú se dirigiese el resultado electoral y con el necesitasen unos cuantos engendros del averno para pergeñar un ambicioso programa. Luego debía aprobarlo el mandamás de la Komintern, Georgi Dimitrov. A lo mejor perdió algunas horas antes de enviarlo a Stalin. Aun cuando este sin duda fue rápido cual centella había que ponerlo en el orden del día de la primera reunión del Politburó. Es decir, que la Komintern debió proceder, como muy rápido, unos cuantos días después de las elecciones. El escenario, impuesto por los constrenimientos de comunicación y de burocracia interna, es grotesco pero a nuestro eminente autor no se ocurre detenerse en la reacción, infinitamente más inmediata, del general jefe del EM, un tal Francisco Franco, solicitando la declaración del estado de guerra para anular el resultado electoral. Hubo de contentarse con la posibilidad de que el presidente del Gobierno saliente se declarara dispuesto a decretar el de alarma aunque no llegó a hacerlo.

El distinguido historiador no se arredra. El Politburó acordó el penúltimo día de febrero (1936 fue bisiesto), entre otras lindezas, la introducción en España “de medidas especiales, en coacción y opresión, contra los jefes y oficiales del Ejército actual”; “la expropiación y nacionalización de toda clase de propiedad particular, tanto en fincas rústicas como en consejos industriales y económicos”  (¡lloremos por los pobres terratenientes!); “la nacionalización de la banca”; (¡lágrimas aun mas ardientes!);  el “cierre de iglesias y casas religiosas” (ya lo habíen hecho los malvados bolcheviques en su revolución); la “independencia de Marruecos y transformación del mismo en Estado soviético independiente” (pasmo general); el terror dirigido al exterminio de la burguesía (pero ¡qué salvajes!); la creación del Ejército Rojo (¡antes morir!); el asalto del proletariado al poder (¡la revolución francesa modernizada!); “la creación de la República Soviética Ibérica y una declaración de guerra a Portugal”. ¿Quién da más?

Tales estupideces (en el sentido de la primera acepción de este término en el DRAE) las ha publicado en España una editorial prestigiosa hace tan solo unos cuantos años. El autor, por si únicamente los audaces o los convencidos leen su mamotreto, las ha repetido algo después  en otro libro más ligero, y más cortito, dirigido al gran público. Publicado también por la misma editorial.

Nada de ello es suficiente para explicar la catástrofe. ¿Por qué? Porque el Komintern se quedó atrás. “El radicalismo de los mandos medios y bajos de los partidos frentepopulistas buscaba el cambio social al más puro estilo revolucionario”. ¿Resultado? Con gran falta de disciplina, casi todo el mundo en España dejó atrás el programa cominterniano.

El ABC de la época solía calentar motores y mentes aludiendo a fuentes tan poco sospechosas como el Tercer Reich. Nuestro autor las ha encontrado  en el diario de B. Felix Maiz, secretario del general Mola, versión 1952. En setenta años de debate historiográfico sobre la primavera de 1936 quien proclama orgullosamente no someterse a los dictados de la “historia oficial” no ha encontrado mejor asidero.

Encerradito en la Universidad San Pablo CEU, nuestro autor demuestra esa cualidad tan admirable como es la de poder otear las estrellas joseantonianas a plena luz del día. A veces, da resultados en política. No se consiguen tan fácilmente en historia. En futuros posts demostraré que el mismo enfoque se aplica desde las atalayas de la Real Academia de la Historia. Vuelve la “historietografía” que denunció Herbert R. Southworth en El mito de la Cruzada de Franco.

Va de espías

25 marzo, 2014 at 5:24 pm

Desde hace algún tiempo vengo estudiando el zigzagueante rumbo de la política de neutralidad (benevolente hacia el Eje), no beligerancia (copiando el ejemplo italiano como paso previo a la entrada en guerra) y vuelta a la neutralidad (ante los aliados occidentales en un principio) que la dictadura franquista siguió durante la segunda guerra mundial. Ni que decir tiene que el núcleo de mi interés es la segunda fase y, en particular, las mentirijillas que esparcen los historiadores parafranquistas. A veces sin la menor vergüenza.

Ahora leo en EL PAIS encendidos elogios a la política del teniente general Gómez-Jordana, conde de Jordana, como sucesor del siempre alabado Ramón Serrano Suñer al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Le tocó, naturalmente, lidiar con otra situación desde su nombramiento en septiembre de 1942. Con los aliados sólidamente asentados en Marruecos y Argelia los sueños imperiales de Franco y de Serrano se habían ido al garete. Pero el desenganche debió de ser doloroso. Siempre subsistieron  viejas querencias. Quizá no tantas en Exteriores. Sí en los ministerios militares (no había ya de Defensa).

El régimen siguió apoyando al Eje (y luego al Tercer Reich) en todo lo que pudo. Una de las vías a través de las cuales lo hizo fue pasando a los alemanes informaciones que llegaban de Londres. A decir verdad, este juego más que sucio ya se había iniciado en los tiempos sombríos de los masivos bombardeos alemanes (lo que los ingleses llaman el Blitz). La embajada recibió instrucciones de comunicar los efectos vistos desde el propio terreno. Tales datos eran de una importancia difícil de exagerar ya que permitían a la Luftwaffe hacerse una idea de los destrozos ocasionados.

Los británicos se aguantaron. No había que empujar a Franco hacia el Eje. Pero pusieron cerco a los diplomáticos franquistas y terminaron descifrando sus claves. No tardaron demasiado en leer de corrido los telegramas del duque de Alba, embajador de Franco y anglófilo notorio. De cara a los preparativos del desembarco en Normandía las autoridades prohibieron a la embajada usar radiotelegramas no pudieron evitar que algunos de los informes que enviaba por valija acabaran en Madrid en manos alemanas. Los Ministerios militares eran, en efecto, un coladero ante los antiguos Kameraden. No nos interesan aquí las contramedidas británicas.

Lo que nos interesa es destacar que, tras el desembarco, se levantó la prohibición. Los británicos se dieron cuenta de que el espionaje militar alemán en Madrid había remitido a Berlín un informe sobre la OPERACIÓN BALLESTA (CROSSBOW). Se trataba de una acción supersecreta, y de importancia absolutamente primordial, destinada a bombardear los sitios en que se desarrollaba el programa alemán de armas de largo alcance (entre ellas las V1 y luego las V2). En Londres se hicieron las correspondientes comprobaciones y su resultado se transmitió al general norteamericano Bedell Smith, responsable de la operación. Se averiguó que el informe no procedía de Inglaterra (aunque el duque de Alba en alguna ocasión había telegrafiado sobre el programa, sin poder dar detalles peligrosos para los aliados). Lo transmitido a Berlín se lo habían medio inventado los agentes alemanes en Madrid.

BALLESTA, pues, siguió estando segura pero los británicos destacaron que la embajada había vuelto a las malas costumbres. Incidentalmente, solo los telegramas del agregado militar seguían siendo indescifrables para los servicios de contraespionaje. Fue entonces, a finales de junio de 1944, cuando el secretario particular del titular del Foreign Office, Peter Loxley,  quien era el encargado por Eden de mantener el enlace con los servicios secretos, puso sobre el papel que en Madrid los telegramas de Alba se enviaban no solo a los alemanes sino también a los japoneses.

¡Caramba con la tan cacareada neutralidad franquista! El lector reconocerá que el tema es sugestivo y que los británicos, que combatían por su supervivencia, hicieron muy bien en mantener a raya, en todo cuanto pudieron, los ímpetus intervencionistas de los ministros de Franco. Y ello a pesar de que para entonces la guerra ya la tenían perdida los nazis y en el Pacífico las cosas tampoco pintaban demasiado bien para Japón. En Defensa, con la idea de no entorpecer las relaciones exteriores de España, a lo mejor el ministro no se ha enterado –historiográficamente hablando.

Operación impensable (también impensable en España)

21 marzo, 2014 at 12:30 pm

Recientemente se ha puesto a la venta en el Reino Unido el libro de un historiador militar, Jonathan Walker, con el título que abre este post (OPERATION UNTHINKABLE). Es una revelación en toda regla.

Winston Churchill y Iósif StalinEn los meses de abril y mayo de 1945, cuando la segunda guerra mundial en Europa estaba acercándose a sus últimos coletazos, un grupo reducidísimo de oficiales de Estado Mayor, cuidadosamente seleccionados, empezó a estudiar planes para lanzar una ofensiva contra la Unión Soviética. Lo que hubiera podido ser el comienzo de la tercera guerra mundial. ¿Por qué?

La razón principal estaba relacionada con la creciente inquietud de Churchill ante la escasa probabilidad de que Stalin renunciara a engullirse Polonia. El primer ministro, entonces en la cumbre de su gloria, no podía olvidar que la invasión alemana había sido el chispazo que había detonado la guerra que en aquellos momentos de 1945 estaba a punto de acabar en Europa. Además, los aliados occidentales habían apoyado al Gobierno polaco en el exilio, radicado en Londres, y las tropas polacas les habían prestado servicios muy relevantes en todos los frentes de lucha, abiertos y no abiertos.

En aquella primavera, sin embargo, parecían evidentes los signos de que Stalin proseguía una línea destinada a promover un gobierno polaco alternativo bajo influencia comunista y a no retirarse de los territorios polacos que iba liberando del yugo alemán el Ejército Rojo.

El detalle de las maniobras políticas, militares y diplomáticas entre los soviéticos y los aliados occidentales constituyen el terreno en el cual floreció la idea de IMPENSABLE.

Los militares pusieron rápidamente manos a la obra y en unos pocos meses tenían sobre la mesa un primer borrador, si bien con grandes lagunas, de las actuaciones bélicas que el Reino Unido podría desencadenar a partir de julio de 1945. Gran parte del libro de Walker se dedica a describir en minucioso detalle los supuestos militares de la planificación, sus incógnitas, sus suposiciones, sus temores. Menor atención se prestaron a los presupuestos ambientales.

Entiendo por ellos la escasa posibilidad de la imprescindible  contribución norteamericana sobre todo cuando, aun contando con ella, la planificación no cubrió sino los primeros meses de eventuales hostilidades. ¿Y después?. El Reino Unido no hubiera podido lanzarse por si solo a una verosímil tercera guerra mundial. O la dificultad de abrir un conflicto contra un aliado al que la propaganda aliada occidental había puesto por las nubes en el combate común contra el fascismo. O el agotamiento de los combatientes y el deseo norteamericano de proceder a la desmovilización lo más pronto posible. O las exigencias que para Washington se derivaban de la continuada guerra en el Pacífico y el temor que despertaba la invasión del Japón. O la ignorancia en que Churchill se encontraba respecto al progreso del proyecto MANHATTAN, es decir, el desarrollo de una bomba atómica que emplear contra los japoneses. Walker, evidentemente, los analiza con detalle.

También ocurrieron incidentes de suma importancia como el imprevisto fallecimiento de Roosevelt, buen amigo de Churchill, y su sustitución por Truman, a quien el primer ministro no había tratado.  O la conveniencia de convocar elecciones para adelantarse al partido laborista que había anunciado que rescindiría su colaboración a partir del mes de octubre de 1945 con el gobierno de guerra que había dirigido el esfuerzo bélico británico. Tras la inesperada y rotunda derrota de los conservadores en julio, IMPENSABLE terminó quedando sepultada bajo el más espeso de los secretos.

Curiosamente, fueron los norteamericanos quienes, con un retraso de  seis u ocho meses, enarbolaron abiertamente la bandera del anticomunismo. Stalin había engullido Polonia y empezado la construcción de un glacis imperial en torno a la Unión Soviética.

En su famoso discurso de Fulton (Missouri) en marzo de 1946 Churchill habló entonces del “telón de acero” que se abatía sobre Europa. Esta expresión, que hizo fortuna rápidamente, la había ya utilizado en una comunicación con Truman el 12 de mayo de 1945, al mes de que este tomara posesión, cuando trató de sensibilizarle, vanamente, del peligro soviético.

El conocimiento de esta planificación militar, aunque poco desarrollada, hubiera sido explosivo en los años de la guerra fría e incluso en los de la inmediata post-guerra fría. Hoy el secreto se ha levantado y las discusiones que este episodio suscite tendrán, esencialmente, interés para los historiadores.

Caso de echar mi cuarto a espadas en el debate, lo que me sorprende es que una planificación militar tan preñada de consecuencias inconcebibles no se viera acompañada del correspondiente marco político e internacional. No se explica ni siquiera por las prisas. Los británicos pusieron en marcha tres años antes una planificación respecto a España, que estoy estudiando ahora, y desde el primer momento le adicionaron grandes dosis de supuestos políticos y ambientales.

Lo que me importa, sin embargo, destacar es que afrontar el pasado, oscuro o brillante, en el caso español es, a lo que parece, impensable (con minúsculas, porque no nos referimos a la operación del mismo nombre). El Gobierno del PP está agarrotado por el miedo y ni siquiera se atreve a permitir a los historiadores que estudien la construcción de fortificaciones pirenaicas durante los años de la segunda guerra mundial. Sin duda, por temor a que los malvados franceses puedan aprender cosas que pongan en peligro la seguridad del Estado.

Es bastante improbable que en los archivos hoy cerrados puedan encontrarse “secretos” de tal importancia histórica como los que van saliendo a la luz en el caso británico. A cada cual, pues, el honor que le corresponde.

Materia secreta: el espionaje británico en la guerra civil

20 marzo, 2014 at 9:31 am

Acabo de publicar en el blog de Historia de EL PAIS, 20 de marzo de 2014, el artículo cuyo vínculo se reproduce abajo.

http://blogs.elpais.com/historias/2014/03/espionajebritanicoguerracivil.html

El general Orgaz, un pinta poliédrico

18 marzo, 2014 at 8:23 am

Para cualquier historiador digno de este nombre hubiera debido ser evidente que la actuación de un alto comisario de España en Marruecos en los años críticos de la segunda guerra mundial merecería, por lo menos, algún comentario. Salvo la línea en que se menciona tal nombramiento, el profesor Martín Brocos Fernández no dice una palabra. El silencio es total y absoluto. A lo mejor no ha encontrado datos en el extracto de la hoja de servicios.

Sin embargo, de haber seguido las pistas proporcionadas por Richard Wigg se habría llevado alguna sorpresa. Quien esto escribe lo ha hecho. No cuesta demasiado trabajo y, lo que es más, puede incluso pedirse por internet. De haber obrado profesionalmente nuestro “experto” biógrafo habría quizá percibido que el 16 de junio de 1944 el cónsul general británico en Tánger envió al Foreign Office una apreciación sobre Orgaz en el Report on the Leading Personalities in the Tangier Zone of Morocco. Se había hecho cargo de su puesto en mayo de 1941 dotado de poderes más amplios que los de sus predecesores. Es cierto. Se trataba, afirmó el cónsul,  de un hombre en el que se combinaban la vanidad, la falta de cultura y una cierta timidez y provocaba explosiones que asustaban tanto a civiles como a los militares. Había llegado, continuó, con una actitud imparcial pero desde 1943 se había hecho furiosamente anti-aliado. En política interior se le consideraba a favor de una Monarquía (cierto), pero solo cuando lo decidiera Franco. Pasaba por anti-falangista (cierto), pero esencialmente porque no toleraba otra autoridad que no fuese la suya. Añadió un poco en broma (algo insólito) que Orgaz rezaba todos los días para que los aliados no ganasen la guerra y que él, cónsul general, lo hacía para que se marchara lo antes posible de Tetuán.

Naturalmente estas son impresiones de un diplomático extranjero pero en el mismo informe Orgaz aparece bajo otra luz complementaria en la valoración del famoso arabista capitán Tomás García Figueras, hombre acomodaticio que transfirió su lealtad de Beigbeder a Serrano y luego a Orgaz con quien se enemistó. Orgaz  no lo mantuvo como secretario general de la Alta Comisaría. En cambio, en noviembre de 1942 lo nombró delegado de Economía, Industria y Comercio. ¡Un chollo!  Se rumoreaba que en este puesto había amasado una fortuna considerable y que tenía asociado a Orgaz en sus lucrativas transacciones. Cierto o no, es difícil que en el Protectorado no continuaran las pautas establecidas de corrupción en la Administración colonial, que tenían tras de sí varios decenios de experimentación. Ya las abordaron Barea y Cordón, que conocían el percal. Los comerciantes del Protectorado odiaban a García Figueras.

Aparece así un nuevo vector. Money. ¿Habría sido Orgaz alguien a quien el vil metal le indujese a actos tan deplorables? El profesor Martín Brocos Fernández no ha explorado esta veta. Una pena. De haber seguido a Moradiellos hubiera podido aprender que Orgaz fue uno de los generales previsiblemente “tocados” por Juan March para evitar que Franco basculara hacia el Eje en la segunda guerra mundial.

Ciertamente, no criticaremos a nuestro autor por ignorar lo que se ha sabido después de que él escribiera su reseña “biográfíca”. Junto con Nicolás Franco, Orgaz fue uno de los generales, con Aranda, que más dinero recibió por conducto del banquero mallorquín. Hoy puedo asegurar que los británicos le tenían en tal estima que esa conexión se ocultó por todos los medios posibles. De aquí que nuestro autor pueda, si se molesta un pelín, encontrar numerosos documentos en los que a Orgaz se le tacha de pro-alemán a machamartillo pero muy pocos en que se le identifica como receptor de dádivas. Debió de ser capaz de mostrar varias caras a la vez. Un pinta poliédrico.

Dos observaciones adicionales. Hay que agradecer al profesor Martin Brocos Fernández que en su entrada sobre Orgaz no utilice la terminología que aparece en otras contribuciones suyas al tan mencionado, ya que no alabado, Diccionario Biográfico Español. Es una terminología que hace uso abundante de tan “científicos” conceptos como “Alzamiento”, “Movimiento Nacional”, “rojos”, “Guerra de Liberación”, “dominación roja”, etc. que el lector, atónito, puede encontrar en la reseña que también redactó sobre el coronel Bartolomé Barba Hernández, otro pájaro de mucha cuenta. Son muestra de por dónde se inclinan las simpatías de nuestro no esclarecido autor.

La segunda observación es que tampoco le habrá dado tiempo a captar que fue precisamente el general Orgaz quien se llevó consigo, cuando dejó Las Palmas para volar a Tetuán a los pocos días de la sublevación, al (presunto) asesino del general Balmes. Por orden de Franco. Pero como el profesor Martin Brocos Fernández parece ser un asiduo aficionado a leer las hojas de servicio de los militares franquistas estoy seguro de que no tardará en localizar la hojita correspondiente. Tal vez querrá entonces ilustrarnos al respecto.

Para mis lectores: la referencia que tomé de Wigg y que, naturalmente, he consultado en los Archivos Nacionales británicos es FO371/39806.