Exploraciones en archivos (VI)

28 abril, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de dos semanas de interrupción por la aparición de otros temas, uno de ellos desgraciadamente muy luctuoso, vuelvo a los archivos. No todas las experiencias acumuladas en muchos años de investigación fueron positivas. Sin contar las horas perdidas buscando y no encontrando, también he contado con ejemplos de fracasos rotundos, a veces no por mi culpa, en ocasiones por haber sido idiota. Exitos y fracasos forman parte ineludible en la vida del investigador. Es más, me atrevo a decir que uno aprende más de los segundos que de los primeros. Toca, pues, señalar algunos de los fracasos.

 

Es curioso que los dos fracasos que más han influido en mi carrera de investigador hayan estado relacionados con el mismo archivo: el de la Presidencia del Gobierno. Entré en él por primera vez cuando buscaba documentación sobre la política económica y comercial española en los años del franquismo puro y duro. Fue hacia el año 1978. Todo apuntaba hacia la necesidad de consultarlo. No quiero pavonearme en modo alguno si señalo que, por lo que sé, fui el primer historiador en penetrar en dicho archivo, gracias como siempre al apoyo del profesor Rafael Martínez Cortiña y la persuasiva potencia del Banco Exterior de España. Yo me las prometía muy felices.

Al llegar, lo primero que recuerdo fue la inmensa decepción que sufrí. Estaba al frente del archivo una funcionaria del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios del Estado. Ahora no recuerdo su nombre de pila, pero sí que era hermana de Ramón y de Jesús Salas Larrazábal. Ramón era entonces muy conocido gracias a su obra magna sobre el Ejército Popular de la República, que había publicado la Editora Nacional en cuatro gruesos volúmenes (dos de ellos de documentación). Nos habíamos hecho buenos amigos y, naturalmente, su hermana me recibió con los brazos abiertos.

No tardó en contarme que encontraría muchos huecos en la documentación sobre una parte del período que me interesaba porque allá por los años cuarenta la documentación del archivo había sufrido grandes desperfectos a resultas de una inundación. Al parecer, en un invierno muy frío las cañerías se habían roto con consecuencias muy desgraciadas en los sótanos en donde se conservaban los papeles. Y, en efecto, lo que quedaba de la documentación de la Junta Técnica del Estado (años 1936 y 1937) era poca cosa.

Por el contrario, para los años posteriores sí había documentación abundante. A mí lo que me interesaba eran los años cincuenta. Fueron años de introversión económica y comercial. En los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores había enormes masas de papel al respecto, pero mucho se refería a aspectos operativos, negociaciones comerciales y era difícil elevarse desde los detalles al plano de los principios u orientaciones estratégicas de la política económica exterior. Por lo menos en el período más oscuro, en torno a finales de los años cuarenta.

Encontré otras cosas. En aquella época empezaba, muy tímidamente, el acercamiento hacia los Estados Unidos y de estos hacia la España de Franco, después de años de enfriamiento en las relaciones bilaterales. Había que superar numerosos escollos, algunos de tipo económico, los más de índole política. Entre estos últimos uno de los más importantes estribaba en el trato que la dictadura dispensaba a la minoría protestante en España. El presidente Truman, creo que baptista, tenía en este tema opiniones muy firmes.

En el Palacio de Santa Cruz se comprendía muy bien la importancia del acercamiento. Si llegaba a materializarse representaría un espaldarazo para el régimen que no podía encontrar en otra parte. El hombre que llevaba el peso de los contactos era un diplomático, hoy olvidado, llamado Pedro Prat y Soutzo, marqués de Prat  de Nantouillet. Yo no había oído hablar de él jamás. Luego, cuando me familiaricé con la política exterior del régimen y sus protagonistas, extraje con delectación toda la información que pude recopilar sobre él. Para los franco-falangistas debió de ser una figura de proa. Para el historiador, un personaje poco recomendable. Para los compañeros, alguien que era mejor olvidar. Cuando, tras su período norteamericano, fue enviado como embajador a Brasil, se vio envuelto en algún asunto turbio que era incluso más negro que los que esmaltaban la carrera de varios conocidos diplomáticos de la época. Sobre él ha caído un tupido velo.

Esto no significa que el señor marqués no fuera listo. Antes al contrario. Era un diplomático muy vivo y curtido en mil batallitas. En agosto de 1949 no tardó en redactar un memorándum para conocimiento del ministro Alberto Martín Artajo en el que exponía los pros y los contras, desde la perspectiva de las relaciones con Estados Unidos, de una relajación de las disposiciones en vigor contra las “sectas” protestantes. Con toda la precaución del mundo, él favoreció la introducción de un mínimo de libertad religiosa.

¡Ah! Nantouillet no sabía que iba topar con la Iglesia o, si lo sabía, debió de parecerle que merecía la pena. En el archivo de la Presidencia del Gobierno se encontraban algunas pruebas de la reacción de la Jerarquía. Recuerdo una de ellas. Una carta firmada por el Cardenal Primado de Toledo y por el Arzobispo de la diócesis de Madrid-Alcalá. Leerla fue como recibir un electroshock. No me atreví a fotocopiarla  (gran error) aunque no sé si la amable directora del Archivo lo hubiese permitido ya que la misiva, obviamente, no tenía nada que ver con política económica o comercial.

Sí recuerdo, porque los efectos del electroshock fueron duraderos, que tan ilustres y eminentes varones se opusieron a la posibilidad de la relajación del tratamiento a las minorías protestantes. Lo hicieron envolviendo su postura, clara y terminante, en todo tipo de expresiones de buena voluntad, de respeto a SEJE y a los principios fundamentales de la política del Estado y blablá, pero en último término fundamentaron sus objeciones de forma taxativa. La Iglesia reconocía, ¡cómo no!, el sacrosanto principio de respeto a la libertad humana, sí,  pero no al de la libertad para “difundir el error”.

En puridad, nada nuevo, pero a mí me impresionó que allá por finales de los años cuarenta, período negro por antonomasia, dos príncipes de la Iglesia se atrevieran a cortar por lo sano cualquier posibilidad de liberalización del trato que el Estado dispensaba a las minúsculas iglesias protestantes. En la España católica, apostólica y romana no cabía la posibilidad de abrir puertas al “error”.

No sé si la carta de tales ilustres eclesiásticos seguirá conservándose en los archivos de la Presidencia del Gobierno. Lo que sí sé es que durante muchos años me he arrepentido amargamente de no haberla fotocopiado. Con lo que fui aprendiendo después, y con muchos otros descubrimientos que realizaría en archivos españoles y extranjeros, tengo la seguridad que hubiera podido extraer de ella mucho jugo. Si se conserva, a lo mejor otro podrá hacerlo.

Como es notorio, los intereses geoestratégicos norteamericanos terminaron imponiéndose a las concepciones politicas y religiosas de Truman. Se encontró la fórmula de aceptar la llegada y permanencia en la España católica post-concordatoria de protestantes norteamericanos del más variado pelaje, ¡incluso de masones! de la misma nacionalidad, pero para los desgraciados protestantes españoles -quizá por reminiscencias de Trento, o de la guerra de los Treinta Años, o de la influencia de  las enseñanzas menendezpelayistas-  hubo que esperar todavía a que pasaran muchos años. Hasta que después de largos y complicados debates internos, azuzados desde fuera por las consecuencias del Concilio Vaticano II, ni siquiera la supercatólica España pudo resistir los embates. Tras casi diez años de pugnas, en el verano de 1967 se aprobó por fin un primer estatuto que reconocía el derecho a la libertad religiosa. Ciertamente no tenía mucho que ver con los trabajos que se desplegaron en el Ministerio de Asuntos Exteriores tras la llegada diez años antes al Palacio de Santa Cruz del único ministro del ramo de talla que dio la España franquista.

 

Nota: un análisis del memo de Prat de Nantouillet me di el gusto de incluirlo en Los pactos secretos de Franco con Estados Unidos. Bases, ayuda económica, recortes de soberanía, 1981. También en una revisión profunda del mismo, En las garras del águila, CRITICA, 2003, que todavía puede encontrarse en el mercado. No aludí a la carta de los príncipes de la Iglesia.

Entrevista en guernicagernikara.eus

26 abril, 2020 at 12:50 am

Entrevista realizada el 25 de abril de 2020.

Fallece un historiador de la aviación española

21 abril, 2020 at 8:30 am

Cecilio Yusta Viñas (1937-2020) in memoriam

Ángel Viñas

Este es un post que nunca hubiese pensado escribir. La pandemia se ha llevado por delante a mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas. Esto, en principio, es algo que solo hunde en la más profunda tristeza a su familia y a sus amigos. Estamos padeciendo, dicen los entendidos, la pandemia que más muertes ha causado en la historia de España, ciertamente en un número muy superior a la de hace un siglo. Sin embargo, mi primo hermano fue algo más que un familiar muy cercano. Fue también uno de los grandes historiadores de la aviación española en sus dos ramas, la civil y la militar. Es esta cualidad la que, apesadumbrado, quisiera resaltar aquí.

 

Cecilio Yusta Viñas, como siempre firmaba, fue un aviador espléndido. Descubrió su vocación mientras hacía el servicio militar obligatorio en el Ejército del Aire como simple soldado raso. Nada le predisponía a aquella carrera. Con una tenacidad insuperable decidió hacerse piloto civil, no militar. Y lo hizo a las bravas. Controlador del tráfico aéreo por oposición, profesor de vuelo elemental en el Aeroclub de Madrid, piloto de transportes por la Escuela Superior de Vuelo de Salamanca, auxiliar de vuelo en Aviaco primero y en Iberia después. Voló todo tipo de aviones, desde avioncillos de escuela y avionetas de turismo a aviones de tipo estándar (Fokker, Douglas y Boeing), desde piloto elemental a comandante de grandes aviones a reacción en vuelos trasatlánticos.  Voló prácticamente hacia todos los aeropuertos del mundo. Un caso bastante raro.

A la par descubrió que la conquista del aire no era incompatible con otras ocupaciones. Escribió una historia de los auxiliares de vuelo en España, una historia de los controladores de vuelo en España, una historia de la compañía Iberia y multitud de artículos en revistas especializadas. Praxis y teoría. Escritura y experiencia. No es exagerado afirmar que siempre osciló entre estos cuatro polos.

No tardó en asociarse al Instituto de Historia del Ejército del Aire. Más tarde fue  miembro de número del Instituto de Historia y Cultura Aeronaútica, un club selecto.  En su recorrido expandió su círculo de contactos profesionales a los aviadores militares, desde los empleos más modestos a los más elevados. Con una pasión por la fotografía amasó una inmensa colección de imágenes de  máquinas, paisajes, aeródromos, hombres e infraestructuras desde los primeros años de la Aviación hasta los más recientes y adqurió un conocimiento enciclopédico sobre hombres y máquinas..

Dejando de lado sus trabajos en materia de Aviación civil[1] cuya historia completa en el caso de la española no le dio tiempo a terminar, tras unos ensayos previos se asentó en el terreno de la militar con un ensayo algo sorprendente: la biografía de un teniente, uno de los héroes poco conocidos de la guerra civil por el lado de los vencedores[2]. Fuera de los círculos profesionales ¿quién lo conocía? Cecilio unió tres artes en su primer libro de historia que sin duda le enseñó mucho: el suspense, la pulcritud del biógrafo y el manejo de las fuentes (familiares, militares, comerciales, personales, orales). Todo ello para describir los antecedentes familiares hispano-franceses, la formación profesional como ingeniero papelero en Suiza y en Alemania del protagonista, sus primeras aventuras comerciales en los años republicanos, la llamada del aire… y con ello para desembocar en un piloto excepcional en la guerra civil y uno de los pocos que voló en aviones alemanes de la Cóndor con tripulaciones alemanas, como si fuera uno más. A la par Cecilio se las apañó para descifrar las maniobras y las técnicas del manejo del material aéreo en situaciones de combate.

Ciertamente aprendió cómo arrostrar el difícil desafío de la biografía. Reconozco humildemente que servidor ni siquiera lo ha intentado. Sería un desastre. Cecilio lo puso de manifiesto en la biografía de una de las grandes figuras de la Aviación militar española, un primo hermano de Alfonso XIII[3]. Aquí introdujo ya otros vectores: la historia política, las intrigas cortesanas, la experiencia del destierro, la certera caracterización de ciertas figuras históricas (en primer lugar la del propio rey -que no salió muy bien parado), las peripecias en las campañas en África y en la guerra civil tras la que su biografiado llegó a ser el general en jefe de la Segunda Región Aérea (Andalucía), los denodados esfuerzos del Infante en favor del pretendiente Don Juan de Borbón durante la segunda guerra mundial (que lo llevó a la situación de disponible y a su procesamiento, con un Franco cerrado a toda posibilidad de oscurecerse en favor de la reposición de la dinastía), etc. En su trabajo Cecilio consultó un impresionante número de archivos y bibliotecas en varios países (he contado no menos de cincuenta) y demostró con creces que sabía manejar un ramillete de fuentes orales absolutamente envidiable. Todo escrito con una pulcritud estilística y un tono en que la simpatía hacia el biografiado no empaña en absoluto la objetividad del análisis, siempre apoyado en evidencias.

Fue también en la biografía donde recuperó la trayectoria del último director general de Aeronáutica de la República, el general de División Miguel Núñez del Prado[4], que permaneció leal a la misma y, en un último esfuerzo, intentó convencer al general en jefe de la 5ª División Orgánica, el felón Miguel Cabanellas, que no se sumase a la sublevación. Ilusión vana. Al llegar a Zaragoza fue detenido y poco después asesinado. También continuaba en la biografía cuando falleció. Tenía la intención de escribir un ensayo sobre los jefes de la Aviación española en sus primeros cien años.

Desde que dejé la Administración en 2007 y volví a temas relacionados con la guerra civil siempre acudí a Cecilio para que me ayudara cuando me encontraba en dificultades a la hora de interpretar una u otra situación en materia de aviación.  Fue él quien me llamó la atención sobre las incongruencias más palmarias que había identificado en el famoso vuelo del Dragon Rapide desde Croydon (en Londres) hasta el aeródromo de Gando en Las Palmas de Gran Canaria, pero que no se dirigió hasta el de Los Rodeos en Tenerife. Generalmente se había escrito (incluso por aviadores -y no digamos ya por el común de los historiadores que no lo somos) que no podía hacerlo por causa de las dificultades de aterrizaje en este último derivadas de las nieblas que lo recubrían. ¿Nieblas en julio? Cecilio se reía.

Durante su carrera como piloto había estado destinado tres años en Canarias. Conocía sus aeródromos, desde los que volaba casi diariamente, como la palma de su mano. También los del África occidental, a los que se dirigía constantemente. Para mí fue una inspiración. Algo, evidentemente, no cuadraba.  Cecilio también había sido muy amigo de un exmilitar y ulterior comandante de Iberia, Manuel Presa, que había estado presente en la toma del aeródromo de Tetuán al comienzo de la guerra civil. Presa, con varias distinciones a sus espaldas y una carrera brillante, fue expulsado del Ejército del Aire por masón. Había hablado mucho con Cecilio sobre lo que él sabía de la guerra civil y de Franco. Le comentó que, por aquella época, era archisabido en los círculos de los pilotos que Balmes había muerto asesinado.

No a causa de Presa, a quien no llegué a conocer, sino porque algo físico no cuadraba escribí La conspiración del general Franco, en la que planteé la tesis de que Franco quiso que el Dragon Rapide aterrizase precisamente en Gando. De lo que se trataba era de poder volar desde aquí a Marruecos tras el entierro del general Amado Balmes que, para ello, debía perecer. El tema dio pie para otro libro, El primer asesinato de Franco, en el que ya Cecilio tomó parte activa como coautor junto con  un eminente especialista en Anatomía Patológica, el Dr. Miguel Ull. Años después no quitaríamos ni una sola coma. Al contrario, en lo que a mí respecta ennegreceré aún más la figura del inmarcesible Caudillo cuando todavía no lo era en mi próximo libro.

También fue Cecilio quien destripó, por primera vez en la literatura, los camelos sobre el accidentado despegue de la avioneta de Juan Antonio Ansaldo en el terreno de tierra de la Boca do Inferno, cerca de Cascaes, en el que se empeñó en transportar al teniente general Sanjurjo a Burgos. Ansaldo, que era un narcisista importante, trató de encubrir o desfigurar lo ocurrido. De no haber muerto Sanjurjo, quizá la historia de España hubiese cambiado. No hubiera impedido la guerra civil, deseada por la cúpula de la sublevación, pero el panorama subsiguiente hubiese sido muy distinto. Quizás nos hubiéramos ahorrado la dictadura de Franco.

No he contado ni una sola anécdota en este breve recuerdo. La más rísueña es también significativa. Cecilio nació en Guadalajara, en 1937. Su padre lo inscribió en el registro civil con el nombre de México, una forma de expresar el reconocimiento a la República azteca por ser uno de los pocos países que ayudaba en todo lo posible a la asediada española. Naturalmente, al final de la guerra hubo que cambiarle el nombre. Siempre creyó que se llamaba Jacinto hasta que al llegar a la mili se enteró de que se había reinscrito en la festividad de Santa Cecilia y que el funcionario había, caprichosamente, decidido ponerle el nombre del santo del día.Tuvimos que acostumbrarnos.

Laura Gamundi, que desde CRITICA tuteló la publicidad de El primer asesinato de Franco, me escribe: “Una gran persona. Guardo un recuerdo imborrable. Tenía un sentido del humor que le hacía único, entre otras muchas virtudes”. Es cierto. Hombre bueno, investigador tenaz, lleno de energía hasta el amargo final cuando fue barrido, como tantos otros, por el coronavirus. Descanse en paz. Nunca le olvidaré.

 

Nota: la foto es cortesía del Dr. Miguel Ull Laíta, en el centro. Cecilio Yusta está a la derecha. Fue tomada en el Museo del Ejército del Aire.

[1] De azafata a TCP; Mirando al cielo; Las mujeres en la Aeronáutica así como numerosos artículos y capítulos de libros.

[2] José Ramón Calparsoro. Un piloto español en la Legión Cóndor, Quirón Ediciones, Valladolid, 2003.

[3] Alfonso de Orleáns y de Borbón, Infante de España y pionero de la Aviación española, Fundación Aeronáutica y Astronáutica Española, Madrid, 2011.

[4] En Javier García Fernández (ed.) 25 militares de la República, Ministerio de Defensa, 2011. Una segunda edición es de salida inminente.

Sobre Largo Caballero y la actualidad

14 abril, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Interrumpo mi serie de exploraciones en archivos porque un lector ha subido a la página de FB que está conectada a mi blog un recuadro en el que señalan las cinco afirmaciones que figuran en el recuadro adjunto. El mismo recuadro me ha llegado por otros conductos. Procedimientos similares se siguen en libros de algunos autores más o menos reputados.

 

Lo que significa esta proliferación de acciones no es excesivamente difícil de discernir. A los noventa años casi de establecida la Segunda República este período de la historia sigue vivito y coleando. ¿Por qué? En mi modesta opinión confluyen varias razones, de tipo histórico y de índole presentista. En el primero porque un sector de la sociedad española sigue agarrado a los mitos fundadores del franquismo. En el segundo porque se enfoca el pasado con criterios enraizados en las pugnas políticas del presente. Como mitos son insensibles al análisis racional, es decir, al fundado en el análisis histórico. Representan una señal de identidad y, cosa harto sabida, con las identidades no se juega.

Naturalmente, como han señalado numerosos historiadores y pedagogos una de las causas de esa permanencia, aunque no la única, se debe a que la España democrática no ha terminado de ajustar cuentas con su pasado no democrático. De haberlo hecho, se habría preocupado de que las enseñanzas que, más o menos penosamente, hemos extraído los historiadores del análisis del pasado hubiesen sido transferidas al sistema educativo en sus tramos fundamentales de la ESO y del Bachillerato. Eso es lo que ha ocurrido en casi todos los países europeos occidentales que han pasado por circunstancias tan traumáticas, o más, como España. Si nosotros tuvimos la guerra civil, ellos sufrieron la segunda guerra mundial. En muchos hubo acciones de resistencia no solo contra los invasores nazi-fascistas sino también contra los propios. Ha costado mucho esfuerzo llegar a establecer grandes consensos sobre un pasado conflictivo e hiriente. En España no hemos llegado a eso pero, afortunadamente, desde el fallecimiento de SEJE, a trancas y a barrancas, han ido abriéndose los archivos, se han renovado las generaciones de historiadores, se han importado nuevas formas de ver el pasado y la discusión historiográfica sobre la guerra civil y el franquismo se ha asentado definitivamente en España.

Sobre la Segunda República se han publicado en torno a los 5.500 libros, según las estimaciones del profesor Eduardo González Calleja. Es más en los últimos años, la producción historiográfica no ha cesado de acelerarse. Hoy ese corto período (sin contar la guerra civil) constituye de por sí una especialización propia. Esto no quiere decir que ya se sepa todo, porque desgraciadamente quedan documentos por desclasificar, algún que otro archivo por abrir y numerosos archivos privados por explorar. E incluso en archivos abiertos hay segmentos en los que la investigación no ha aclarado todo. En parte, porque como el pasado en su totalidad es radicalmente inaprehensible, los historiadores nos fijamos en retazos del mismo y nos hacemos preguntas. Ni todos los retazos se han agotado ni todas las preguntas posibles se han suscitado.

Nada de lo que antecede significa que estemos hoy en la misma situación que en 1975, cuando el panorama historiográfico estaba dominado por unos cuantos nombres cuidadosamente seleccionados porque no ponían en cuestión el dogma básico de la dictadura: la guerra fue inevitable porque, de no haberse producido, España se hubiera despeñado por el abismo de una revolución impulsada y manipulada desde Moscú. Este dogma se reveló ilusorio, por mucho que en su momento fuera bendecido y sacralizado por la Iglesia Católica española.

Hoy la evolución del pensamiento anti-republicano (o, según otros, reaccionario o, para otros, de derechas pura y simplemente) ha desplazado de su posición central la supuesta amenaza comunista y la ha sustituído por las presuntas pulsiones no menos revolucionarias del PSOE. Es absolutamente irrelevante que casi toda la documentación socialista de la época esté hoy abierta de par en par, en los archivos de las Fundaciones Pablo Iglesias, Largo Caballero, Prieto, Negrín (sin duda hay más, pero solo me refiero a las que conozco) o en los archivos nacionales (CDMH y AGA, amén de en diversos archivos militares). Algunos autores extranjeros como el profesor Stanley G. Payne o Sir Antony Beevor han inspirado a autores patrióticos. No se han dado cuenta de que ambas luminarias de la historiografía anglosajona no han puesto sus pecadores pies en ningún archivo español, con la relevante excepción del primero en tres o cuatro ocasiones en la FNFF y, por añadidura, en ningún extranjero. Un récord absoluto.

Muchos de los personajes de mayor significación política e histórica de la Segunda República escribieron memorias, que sin excepción alguna hay que revisar con ojos críticos o supercríticos y contrastar con la EPRE correspondiente. Así, por ejemplo, puede destacarse que obras como las de Lerroux, Gil Robles, Largo Caballero (que no escribió él), Martínez Barrio y muchas otras son, en puntos cruciales, falaces. Incluso la fuente máxima, los diarios de Azaña, dejan bastante que desear a la hora de esclarecer puntos cruciales. Todo ello con independencia de que, en general, los grandes actores tienen un sesgo propio, porque escasos son los que proceden analíticamente y con el suficiente distanciamiento (una excepción, que confirma la regla, sería quizá Julián Zugazagoitia).  Tales y otros personajes han sido objeto de biografías. En el lado de los vencidos (los más desfigurados en el canon franquista) Santos Juliá y otros escribieron sobre Azaña, Enrique Moradiellos y otros sobre Negrín, Juan Francisco Fuentes, Julio Aróstegui y otros sobre Largo Caballero, Octavio Cabezas y otros sobre Prieto. Hay muchos más. ¡No se trata de personajes desconocidos!.

En lo que se refiere a las citas de Largo Caballero de la imagen me vienen a la memoria las referencias que a él ha hecho, desde la primera a la tercera edición,  Andrés Trapiello en su conocido libro Las armas y las letras. En el bien entendido que tal autor es un historiador de la literatura solamente por lo que la persistencia causa cierto asombro. También me llamó la atención las referencias que a Largo Caballero hizo otro autor, en este caso no historiador profesional. Les dediqué dos posts que se publicaron en este blog los días 9 y 16 de octubre de 2018 y que cualquier lector podrá recuperar con solo un par de clicks del ratón en el calendario de la derecha.

La obsesión en las actuales circunstancias con Largo Caballero es explicable, para mí, porque de todos los partidos políticos que existían en la Segunda República únicamente dos tienen una cierta continuidad histórica: el PSOE y el PCE. El segundo no es, obviamente, ni sombra de lo que fue ni representa hoy lo que representó entonces. El PSOE se convierte así en el enemigo (no adversario) en el enemigo a batir y, encima, porque está de nuevo en el Gobierno y en una emergencia nacional que afectará sustancialmente, todavía no sabemos cómo, la política, la economía y la sociedad españolas. Pero, así como en otros países europeos, se hace de la necesidad virtud y si bien no se crea un remedo de la “unión sagrada” a la francesa, sí por lo menos se suavizan las hostilidades políticas, en España, que ciertamente es diferente, no ocurre eso. Aquí la imagen del Largo Caballero revolucionario, con una supuesta tea roja y llameante con la que destruir las propiedades de los “buenos españoles”, tiene un cierto relente aprovechable para la actualidad. Los comunicadores “patrióticos” no la desdeñan. Espero y deseo que hagan lo mismo con mi próximo libro en el que podrán encontrar abundante EPRE de su cuerda, muy apropiada para los historiadores que les dan respaldo.

Bien: cualquiera que haya echado el menor vistazo a la evolución política de la Segunda República recordará que las elecciones de febrero de 1936 fueron las más disputadas de toda su corta historia. Ya en el mismo día Gil Robles (exministro de la Guerra) y Franco (jefe todavía del EMC) intentaron dar un golpe desde la legalidad. Fracasó, pero que no canten victoria los marisabihondillas de toda la vida: también encontrarán en mi libro nueva EPRE, no necesariamente a la mayor gloria de ambos personajes. El intento se explica por el temor a no ganarlas, cuando las proyecciones apuntaban a un triunfo de la coalición del Frente Popular. Pero también porque con el Frente Popular en el poder las reformas del bienio radical-cedista podrían revertirse. Como así ocurrió en buena medida. Y eso tocaba a sus bolsillos y sus idolatrías.

Los lectores de este blog que no estén convencidos de lo que afirmo -y es su buen derecho- pueden echar un vistazo a la biografía más reciente de Largo Caballero escrita por Julio Aróstegui y al tenor de la dialéctica de la campaña electoral de 1936 en la obra de Rafael Cruz, En el nombre del pueblo. Verán que, por ejemplo, las alusiones a la guerra civil fueron un tópico recurrente tanto por los actores mismos (de derecha e izquierdas) como por los comentaristas. Comprenderán así, quizá, que no conviene sacar de contexto, sin ton ni son, afirmaciones como las reproducidas en la imagen que si lo desean puedo comentar porque otros ya lo han hecho antes. ¡Ah! También verán una desconocida veta del incomparable, inmarcesible, supremo genio de Franco. Ya me deshago en ganas de ver al profesor Luis Suárez Fernandez o alguno de sus epígonos relacionados con  la FNFF tratando de explicarla.

Por supuesto, mis elucubraciones en lo que se refiere a la proyección actual son especulativas. Pero el fenómeno se produce y requiere una explicación. Habrá, sin duda, otras. Sobre la Segunda República, objeto predilecto del análisis del pasado, tal ejercicio está limitado por la historiografía, que no es un campo de Agramante en el que todas las teorías o afirmaciones disfrutan de curso libre. Sigue teniendo validez el recio refrán castellano de que antes se coje a un mentiroso que a un cojo.

Exploraciones en archivos (V)

7 abril, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

A pesar de lo que cuentan muchos historiadores, generalmente de derechas, sobre los resultados benéficos de la dictadura (perdón, “el régimen”) de Franco cualquiera que sea el ámbito de su historia en el que servidor se haya movido mis resultados, basados en EPRE pura y dura, son diferentes. No es una postura apriorística.  En un libro titulado SOBORNOS encontré evidencia en principio creíble para alabarle por su sangre fría cuando mucha gente en torno suyo perdía la cabeza ante el temor de una posible intervención aliada. No la suprimí. Incluso la realcé. Desde luego es la única nota positiva que he encontrado. Ahora, en estas exploraciones, deseo aludir al ejemplo paradigmático, repetido  con singular tenacidad, de que Su Excelencia el Jefe del Estado fue el gran muñidor del “milagro económico” español de los años sesenta. Esta es una falacia que solo creen los crédulos, los convencidos y los impermeables al razonamiento empírico. Y no es por falta de testimonios ni de papeles.

 

Siempre estaré agradecido al profesor Rafael Martínez Cortiña por haberme deparado la posibilidad de entrar en los archivos del franquismo en fecha tan temprana como 1976/77 para coordinar el libro Política comercial en España, 1931-1975. Ya he hecho referencia a él, cuando descubrí la cláusula secreta de activación de las bases norteamericanas en España y todo lo que había detrás. Sin embargo, desde el punto de vista de la desmitificación de SEJE el capítulo más importante me parece que fue el estudio de la larga gestación del giro copernicano que su dictadura dio en 1959 con el plan de liberalización y estabilización de la economía. Sin ella no se habría producido como se produjo el “milagro económico”. Que algo similar, pero quizá en peores condiciones, se hubiera hecho más tarde es algo para mi bastante incontrovertible. Podemos estar absolutamente seguros de una cosa: Franco nunca tuvo ganas de perecer con su régimen.

La idea de que a Franco le forzaron algunos de sus ministros, en particular los del Opus Dei, es algo que, con las debidas cautelas, ya se dijo en la época. El ministro de Hacienda Mariano Navarro Rubio lo explicó, como se debía, en algunos de sus escritos. Por supuesto, inclinándose ante el patriotismo, la sagacidad, la visión y la grandeza de miras del Caudillo. En realidad, no fue así. A Franco hubo que confrontarlo con la dura realidad y arrancarle el nihil obstat con el mismo tipo de grandes tenazas que probablemente se usen para extraer los dientes podridos de los hipopótamos. Mientras fuera de las fronteras españolas media docena de países vecinos empezaban a echar a andar por un sendero común de liberalización de los intercambios y de creación de un futuro mercado entre ellos, la dictadura seguía aferrada con uñas,dientes, alicates, harpones de titanio y demás instrumentos  a una estrategia radicalmente opuesta.  Y ello, a pesar de que todos los intentos por suavizar el estrechísimo corsé que atenazaba la economía española, y que se remontaban a los primeros años cincuenta, habían fracasado. Sin paliativos mientras, eso sí, muchos con los adecuados enchufes se ponían las botas.

Mi tarea, al abordar la investigación en fuentes primarias en los archivos de Exteriores, Banco de España, Hacienda, IEME y Comercio, estribó en documentar cómo fue gestándose el cambio de estrategia. Tuve la suerte de contar con la orientación de algunos protagonistas de aquella empresa. Por ejemplo, los profesores Enrique Fuentes Quintana, Manuel Varela Parache y Fabián Estapé. Hubo muchos más, pero quienes me proporcionaron informaciones más valiosas fueron los tres mencionados. A ellos recurrí cuándo ya tenía un borrador. Las memorias son frágiles (lo he dicho ya) y los papeles quedan. Uno puede equivocarse en la interpretación de uno, dos, cuatro o veinte. Es más difícil equivocarse cuando se manejan, digamos, quinientos u ochocientos y de lo que se trata es de reconstruir una línea de actuación política. Esto lo aprendí a la hora de escribir mi tesis doctoral y lo he vuelto a poner en práctica a la hora de escribir mi próximo libro.

Una de las razones que siempre se adujeron para el cambio de política en 1959 fue que la posición de divisas de España era insostenible. Mucha gente de mi edad recordará, quizá, que cuando por la prensa, la radio o la incipiente televisión se daba cuenta de los acuerdos del Consejo de Ministros de los viernes había casi siempre una referencia al ministro de Comercio, el profesor Alberto Ullastres, miembro eminente del Opus Dei, de que había informado sobre dicha posición. Las “noticias” se abstenían cuidadosamente de cualquier calificativo. Ullastres era, en aquel Gobierno, uno de los pocos ministros que daba una imagen diferente a todos los demás.  Hasta parecía moderno.

Para mí conocer cuál había sido la secretísima posición de divisas de verdad se convirtió en una obsesión. Evidentemente se habían hecho reconstrucciones estadísticas pero nadie había dado con la EPRE de la época. Al escribir cómo la encontré me temo que algunos de los lectores de estas “aventuras en archivos” no se lo creerán. Pero fue como lo cuento. Lo hice en dos etapas. La primera fue consultar los documentos del IEME que se encontraban en el Banco de España. Ningún historiador o economista de fuera de la casa, que yo sepa, los había visto hasta entonces. Dieron mucha luz porque el IEME redactaba una memoria anual supersecreta que conocían muy pocas personas fuera del círculo que la preparaba y, naturalmente, de la Superioridad. Pero carecían de “chicha”, es decir, esos vericuetos previos que encandilan a los historiadores que desean saber algo más sobre el policy-making previo.

El IEME dependía del Ministerio de Comercio en aquella época, así que pasé algún tiempo preguntando a unos y a otros si recordaban dónde se encontrarían papeles que no estuvieran en el Banco de España. Al final, quien era entonces  (o lo había sido) vicesecretario general técnico, un compañero técnico comercial del Estado llamado Ramón Boixareu (por cierto fallecido no hace muchos años, DEP), recordó que había dado órdenes de quemar papeles que había en un almacén sito en la calle de Bravo Murillo en Madrid. Con el fin de hacer espacio.

Naturalmente me apresuré a ir al almacén donde un inmenso volumen de documentación, sin orden ni concierto, se acumulaba en estanterías y se prolongaba en decenas de extensos montones en el suelo. Ver aquello era desolador.  Nunca me he sentido tan desamparado como en aquella ocasión. ¿Qué hacer? Algunos elevarían sus preces al Señor. Otros se darían la vuelta. Yo probé a intentar suerte. ¿No es cierto que a los que se atreven les sonríe la fortuna, según escribió Virgilio? Dediqué quince días a husmear por aquí y por allá y, al menos en lo que mi respecta, se cumplió lo predicho por el escritor latino. En un montoncito, separado de muchos otros, hallé una parte de los documentos que, evidentemente, habían servido para preparar las memorias anuales del IEME. También vi, en algunas estanterías, las órdenes de pagos en divisas por operaciones de diversos tipo de comercio durante la guerra civil. Ojeé unas cuantas y me retiré espantado. Entonces no había programas de ordenador para tratar de clasificar o categorizar aquella masa de papel.

Con lo que pude rescatar en el almacén y la documentación de alto nivel del IEME reconstruí, bien que mal, la evolución de la posición de divisas de la dictadura desde los años de después de la guerra civil hasta, prácticamente, la llegada del plan de estabilización y liberalización. Invertí en ello varios meses. Era obvio que en 1958 la situación de divisas era tal que resultaba absolutamente imposible mantener la vía de introversión económica. O se abría la economía o llegaría el colapso ante la imposibilidad de importar productos para la industria, el comercio e, incluso, para comer. Esto se había insinuado antes. Se afirmó después. Lo articularon economistas competentes pero una cosa era leer a autores prestigiados y otra muy diferente ver los datos brutos, que nadie del público había conocido y que se habían tratado, no era de extrañar, como un auténtico secreto de Estado.

En el próximo post daré algunos datos y contaré otras anécdotas. Seguro que algunos pensarán que exagero. En absoluto. Si mis informaciones no son incorrectas, el almacén de Bravo Murillo se vació y al menos una parte de sus montañas de papel emigró hacia el archivo histórico del Banco de España. No lo he verificado. Pero también es posible que su destino fuese la incineradora. Cosas más raras se han visto.

Exploraciones en archivos (IV)

31 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Recuerdo que un amigo y colega a quien respeto me dijo que le interesan mucho estos posts sobre archivos. Había pensado terminar en el de la semana pasada, pero como me fío de él, continúo. Acenturaré mi propósito didáctico. Toda experiencia personal es irrepetible, pero siempre tiene algo susceptible de ser transferido. Decía Ortega y Gasset (pertenezco a una generación en la que todo aquel que se preciara de intelectual o similar debía citarle) que uno es uno y su circunstancia. Lo cierto es que las circunstancias moldean con sus influjos la interacción entre el yo y ellos. Los profesores solemos tratar de transmitir a nuestros alumnos lo que sabemos y a veces también lo que pensamos. Así que sistematizaré lo que he ido extrayendo de mis exploraciones de archivos.

 

Creo firmemente que, aparte las dotes intelectuales que tenga el historiador, conviene que posea tres características para mi fundamentales: curiosidad (porque si no, no se planteará preguntas), tenacidad (porque la investigación en archivos es con frecuencia desalentadora) y suerte. Sin querer darme el menor autobombo (a mi edad ya no lo necesito) me parece que son características que he aprovechado bien. Daré algunos ejemplos.

El “oro de Moscú” ha sido uno de los temas que más me han interesado, quizá como respuesta a una Administración que viví en su transición de la dictadura a un régimen más abierto. Con mi primer libro secuestrado más de medio año y el trabajo ulterior en archivos siempre me planteé que la cuestión debía abordarse no en sus términos estrictos sino en el más amplio de la estrategia de la República para sobrevivir en una guerra que le había sido impuesta por un sector sublevado del Ejército y el apoyo que se creyó inmediato de las potencias fascistas. Mi primer libro demostró que no era el caso de la Alemania nazi. El último por ahora que si lo fue por la Italia fascista.

Tan pronto terminé de escribir AL SERVICIO DE EUROPA, mis recuerdos de lo que había visto y hecho en la Comisión Europea desde los tiempos de esplendor de Jacques Delors hasta la post-crisis derivada de la dimisión de Jacques Santer y su equipo, volví al “oro”. Las circunstancias habían cambiado. El colapso de la URSS (cuyas consecuencias viví desde Naciones Unidas) y la apertura de los archivos soviéticos habían abierto una multitud de oportunidades. Me es muy grato recordar a dos colegas (Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo) que fueron los primeros historiadores españoles en aprovecharlas y que reflejaron en su seminal obra QUERIDOS CAMARADAS.

Al seguir su camino partí de otras coordenadas. Desde antes de ir a Nueva York a finales de 1991 había estado en contacto con el Dr. Juan Negrín Jr, el hijo mayor de quien fue ministro de Hacienda y presidente del Gobierno y ministro de Defensa Nacional durante la guerra civil. Durante años estuve dándole la lata, sin éxito, para que me dejara ver los archivos de su padre. (En realidad, si pedí mi traslado a Naciones Unidas frente a otros puestos posibles fue por estar cerca de él, ya que vivía en el East End tres o cuatro calles más arriba de donde se encuentra la residencia del embajador de hoy la Unión Europea). Al final él se trasladó a Niza y yo no tuve más remedio que ir a Nueva York. En cuanto volvimos a Bruselas, regresé a las andadas. Fui a verle, pero tampoco logré convencerle. Así que no me quedó más remedio que hacia 2003 tentar mi suerte en Moscú.

Fue un viaje que preparé concienzudamente. En mi primera visita me encontré los archivos militares, los de Economía, los de la Historia Política y Social abiertos sin grandes problemas a los investigadores, pero difícilmente accesibles los del Ministerio de Asuntos Exteriores. Un día, hablando con colegas rusos sobre el tema, para mí fundamental, mencioné de pasada que conocía personalmente al ministro (sigue siéndolo en la actualidad). Era absolutamente cierto. Nos habíamos encontrado muchas veces en y fuera de Naciones Unidas. Un historiador ruso me animó a que le escribiera. Lo hice pidiéndole autorización para acceder a los archivos y, meses más tarde, graciosamente me la concedió. Así que regresé a Moscú.

En el interín había fallecido Juan Negrin Jr. Sus papeles los recogió (felizmente para todos los historiadores) su sobrina Carmen Negrín, quien vivía (y sigue viviendo) en París. Me presenté a ella (hora y media de AVE) y también graciosamente me autorizó a ver los papeles por los que había suspirado durante tantos años. Iba a verlos los sábados y regresaba a Bruselas por la noche. Así durante meses.

Yo estaba en la gloria porque, poco a poco, iba reuniendo papeles de diversas procedencias: republicanos públicos y privados, franquistas públicos y no tan públicos, soviéticos, franceses, británicos, alemanes, es decir, los de los países que de manera más o menos directa habían definido el marco internacional en el que se desarrolló la guerra civil. Fue el ambiente en el que me sumergí durante años y que revivía cada vez que me ponía a interpretar el entramado relacional dentro del cual la República movilizó el “oro de Moscú”. Naturalmente hablé con muchas otras personas, por ejemplo, algú que otro excomunista francés que conocía algo de la operación.

En este post, sin embargo, me concentraré solo en un episodio. Un sábado, faltando a mi regla habitual, había quedado con Carmen Negrín en verla por la tarde. Ese día me fui a dar un paseo por el Barrio Latino. (Mis viajes se justificaban por los papeles, no por turismo de ningún tipo). Me encontré con un viejo amigo, el profesor Alfredo Tovías, a la sazón catedrático de Economía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Nos fuimos a almorzar y, naturalmente, él, curioso, me preguntó qué diablos hacía en París. Le conté la historia y mis preocupaciones por encontrar claves que aclararan algo más de lo que había pasado con el oro. Aquella misma tarde, le dije, iba a ver a Carmen Negrín, que me había prometido ir a su banco en una de cuyas cajas fuertes guardaba cierta documentación que tal vez podría interesarme. ¿Por qué no se venía conmigo y la saludaba? Alfredo aceptó encantado.

Carmen nos recibió con su amabilidad habitual. Me dijo que había ido, en efecto, a buscar las carpetas prometidas y me las dejó. Mientras ella y Alfredo charlaban animadamente yo empecé a recorrer los papeles y, sensación ya conocida, empecé a sudar. Entre ellos había uno que nunca me había imaginado encontrar. Se trataba de una copia en carboncillo de la certificación expedida por el secretario del Consejo de Ministros del Gobierno de la República de un acuerdo tomado el 6 de octubre de 1936. Versaba sobre la autorización concedida al presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero, y al ministro de Hacienda, Juan Negrín, para que tomaran las medidas necesarias para poner en lugar seguro el depósito de oro que se encontraba en los polvorines de La Algameca (próximos a la base naval de Cartagena). Creo recordar, pero no estoy ya seguro, que también había el informe que el expresidente José Giral, íntimo de Azaña, redactó el 7 de octubre tras su visita de inspección a los polvorines.

El certificado daba un mentís a la vieja tradición franquista (hoy todavía vivita y coleando en internet y en los escritos de unos cuantos desaprensivos) de que Negrín poco menos que había arrebatado el oro con siniestros propósitos. También daba un mentís a otra vieja leyenda propalada por Indalecio Prieto en el exilio, cuando ya se había convertido en enemigo acérrimo de Negrín en uno de los capítulos más dolorosos de la historia del PSOE tras la guerra civil.

La autorización se hizo “en virtud de las amplias facultades que las Cortes han concedido al Gobierno” y daba cobertura a “cuantas medidas sean necesarias con el oro del Banco de España, sin limitación alguna, y aun cuando para ello hubiere que situarlo, total y parcialmente, fuera del territorio patrio para defender dicho oro de cualquiera contingencia que pudiera representar grave daño para los altos intereses de la Nación”. Más claro que el agua.

En condiciones de extrema anormalidad (una guerra civil provocada por la sublevación de una parte del Ejército, hoy sabemos que tras una larga conspiración lubrificada por el dinero monárquico y fascista y el compromiso previo de ayuda de Mussolini), los republicanos trataron de hacer de la necesidad virtud y procedieron, dentro de lo posible, por los cauces constitucionales. La operación de traslado del oro a la URSS desde Cartagena fue presenciada por representantes de los tres poderes públicos, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Aquel papelín cerraba el círculo de lo que, poco a poco, había ido descubriendo y sentó una sólida base para avanzar en lo que todavía no sabía ni había descubierto.

Lo dicho: curiosidad, tenacidad y suerte. ¿Qué hubiera pasado si Carmen Negrín no hubiera recordado que tenía unos papeles en la caja fuerte de su banco?  Como Carmen, generosamente, donó a la Fundación Juan Negrín toda la documentación de su abuelo es obvio que, tarde o temprano, alguien los hubiera descubierto, pero ese alguien fue servidor.

Por cierto, ¿cuándo decidirá la familia del general Francisco Franco hacer lo propio y donar los papeles de su inmarcesible antecesor al Estado español?

 

(Nota: los interesados en el tema podrán encontrar más detalles en mi libro LA SOLEDAD DE LA REPÚBLICA, felizmente reeditado en rústica hace un par de años)

Exploraciones en archivos (III)

24 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Sigo pensando que escribir de historia, en estos momentos en que la historia se hace ante nuestros atónicos ojos, es un mero pasatiempo intelectual. Sí, estos tiempos turbios pasarán. Pero las preocupaciones de millones de personas no están ligadas a la historia, ni al proceso histórico ni a nada parecido. Si continúo, por el momento, subiendo posts a este blog es porque, encerrado en casa y sin salir de ella desde hace más de una semana, para no aburrirme mortalmente estoy escribiendo sobre historia. Son jornadas agotadoras que, con los doce kilómetros que recorro diariamente en bicicleta estática, confío no me dejen caer en la desesperanza. Así que vuelvo a los archivos.

 

En mi caso puedo decir que la exploración en archivos decidió, de una vez por todas, no solo mi trayectoria como historiador sino mi propia actividad profesional desde, digamos, 1976. En este año el profesor Rafael Martínez Cortiña, catedrático de mi misma asignatura (lo que hoy se denomina Economía Aplicada), me hizo un encargo. El país hervía en la Transición. Yo iba a Valencia semanalmente (allí tenía la cátedra) y estaba acongojado por el destino que aguardaba a mi secuestrado trabajo sobre El oro español en la guerra civil. Se corrió el rumor (del que se hizo eco la prensa extranjera) de que lo iban a reducir a pulpa de papel. En aquel momento Rafael Martínez Cortiña era un altísimo cargo en el Banco Exterior de España (existían compatibilidades, que más tarde el primer Gobierno de Felipe González suprimió). Para festejar el cincuentenario de la entidad (creada en 1929) deseaba publicar un libro. No un libro lleno de arte sino un libro de historia sobre la política comercial exterior española de 1931 a 1975. Me quedé perplejo, pero reaccioné rápidamente. Lo aceptaría solo si se me concedía acceso a los archivos sin ninguna restricción y  se me permitía conjuntar a un grupo de especialistas. Embarcarse en solitario en un proyecto de tal envergadura me parecía imposible.

Estas y otras condiciones (también las económicas) se aceptaron sin rechistar y durante dos años y medio (mientras el país se embarcaba en la Transición) me sumergí en archivos: Presidencia del Gobierno, Exteriores, Banco de España, IEME (Instituto Español de Moneda Extranjera), Comercio y Hacienda. No exagero si afirmo, con orgullo nada reprimido, que fui el primer historiador español o extranjero que a ellos accedió. Eso sí, con un equipo auxiliar y varios coautores que se encargaron de aspectos en los que no me sentía seguro. Por ejemplo, Senén Florensa (hoy embajador) se ocupó de los años de la República en paz; Julio Viñuela, con un tratamiento analítico, del período tras 1959, los años de gloria de la dictadura; Fernando Eguidazu de la política de control del tipo de cambio a lo largo del tiempo  y Carlos Fernández Pulgar de una visión de conjunto de los años cincuenta. Todos, salvo el primero, técnicos comerciales y economistas del Estado. Abordaron todos aquellos aspectos en los que en general no se necesitaba EPRE. Cuando era necesaria se la proporcioné.  Me reservé el resto que no era poco porque tenía metida entre ceja y ceja la idea de que había que aprovechar la ocasión (siempre calva) para arramplar con todo tipo de documentación, escarmentado como estaba con mi experiencia previa y aplicando también dos de las lecciones que he expuesto en posts anteriores.  Como no podía fallar, el juego del azar hizo de las suyas.

Es un episodio que me marcó profundamente. Un día, manejando un grueso legajo lleno de papeles económicos y comerciales en el archivo de Exteriores, me topé con un microexpediente que no debía haber estado allí. Sin duda alguien lo había traspapelado. Lo que no puedo explicar es cómo pudo haber sido, porque los papeles eran lo que eran y el microexpediente solo decía algo así como convenio hispano-norteamericano. Ya no recuerdo si había una o dos páginas. Ciertamente, no más. Lo abrí y me quedé petrificado. Una copia en carbón reproducía la clausula secreta de activación de las bases norteamericanas en España. La leí y empecé a sudar copiosamente. Lo afirmo hoy, más de cuarenta años después, porque representó uno de los shocks más intensos que había recibido hasta entonces escarbando en archivos.

No dije ni pío, pero inmediatamente pasé a concentrar mi atención sobre no solo las relaciones económicas y comerciales con Estados Unidos, sino también las políticas y militares. Como tenía las manos libres para pedir lo que me pareciera oportuno, no consideré que estaba extralimitándome. Cuando, meses después, ya tenía redactado el relato correspondiente fui a ver a Rafael Martínez Cortiñas y se lo entregué. Le dije la verdad. Nadie, ni en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania o España había escrito, en base a EPRE, algo parecido. La literatura era abundante, pero con escasa documentación que no fuera la que estaba en el dominio público y los norteamericanos se habían guardado muy bien de exponer a sus conciudadanos lo que allí estaba encima de la mesa: el entramado de pactos secretos que subyacían a los públicos (firmados solemnemente en 1953). Si me había quedado de piedra, Rafael se quedó helado. No hubo la menor discusión sobre si convenía o no dar a luz todos aquellos entuertos del “Centinela de Occidente” por antonomasia. Todo lo que escribí se introdujo en el libro porque, al fin y al cabo, en una España de pena, con un nivel de vida que solo estaba a punto de superar el alcanzado en 1935 (que ya era bajo), la conexión con Estados Unidos fue absolutamente fundamental. No solo en el plano político y diplomático sino también en el militar (para lo que entonces ya se denominaba en ciertos círculos un “ejército de ocupación”), en el económico y comercial. Así se publicó en 1979.

También me di cuenta de que lo que había escrito, limitado en extensión, merecía un trabajo más detallado y profundo. Me sumergí en el tema y dos años después di a conocer Los pactos secretos de Franco con Estados Unidos. Bases, ayuda económica y recortes de soberanía. En esta ocasión la censura ya había desaparecido y mi interpretación, que no era demasiado complaciente con la dictadura, abrió un nuevo surco de investigación. Desde entonces he ido, a salto de mata, profundizando mis contactos con temas militares. En 1983 el ministro Fernando Morán, fallecido desgraciadamente hace pocos meses, me hizo el honor de llevarme consigo como asesor al Ministerio de Asuntos Exteriores, en cuyos archivos tanto tiempo había pasado. En el volumen que antes de su muerte se publicó en homenaje suyo he escrito sobre una parte de mi cometido que ni fue fácil ni tampoco agradable. Con dos diplomáticos amigos (Carlos Fernández Espeso y José Manuel Allendesalazar) tuve que lidiar con ciertos aspectos relaciondos con el tema OTAN. Los mayores del lugar recordarán, sin duda, como aquel tema escindió a la sociedad española. Aprendí una nueva lección a la que, desde entonces, me he atenido. Existen temas sobre los cuales es mejor no dejar papeles. No lo hice en aquel caso ni tampoco en algín otro a lo largo de la vida profesional que, como diplomático comunitario, después empecé. Que los dejen otros. Sé, muy bien, que como historiador escribo una herejía, pero antes que el deber para con la historia (que procuro cumplir como mejor puedo) está el deber con el propio sentido del honor. Sin él, no se es nada.

(continuará)

Exploraciones en archivos (II)

17 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Con la actual crisis del coronavirus y los efectos que está teniendo sobre la salud y la vida de nuestros conciudadanos y otros países europeos y no europeos (al fin y al cabo ha sido declarada una pandemia), me parece una banalidad escribir sobre archivo e incluso mantener este blog. El único impacto positivo para servidor es que me he encerrado en casa y apenas si salgo a dar dos paseos reglamentarios por la mañana y por la tarde. El resto del día lo paso trabajando y la verdad es que en la última semana he hecho muchos progresos. Ya voy por la mitad de mi próximo libro en una redacción todavía susceptible de numerosos cambios, aunque lo escrito está sólidamente afianzado en EPRE.

 

En este período he echado mano a mi experiencia del trabajo en archivos y las consecuencias procedimentales que de él he derivado. La primera es la importancia de acumular una base importante de EPRE. Para el futuro libro, ya la tengo aunque todavía me falta más, que no sé cuándo podré buscar dada la combinación de restricciones a los viajes y el cierre de archivos.

Tal fue la primera lección que aprendí en 1971, cuando me sumergí por primera vez en archivos en Bonn y otras ciudades alemanas. Conocía el estado de la cuestión existente en el tema que debía explorar (la financiación nazi de la guerra civil). Era muy endeble y con numerosas lagunas, fácilmente perceptibles para cualquier economista. El profesor Fuentes Quintana, entonces director del Instituto de Estudios Fiscales en Madrid, me allanó todas las dificultades administrativas y financieras. Aquí no interesan. Ello me permitió, un tanto a ciegas, hacerme con una base de varios miles de documentos.

La segunda lección que aprendí fue la importancia del azar. Cuando ya tenía prácticamente cerrado el borrador y mi secretaria lo estaba pasando en limpio a máquina (no había ordenadores y los cambios en él se hacían a mano por métodos tradicionales) me encontré un legajo, que no buscaba, sobre las actividades del entonces teniente de navío (si no recuerdo mal) Wilhelm Canaris en la España de los años veinte. Me quedé ojiplático, seguí la pista y tuve que rehacer prácticamente el enfoque hasta entonces aplicado. Me pregunto qué hubiera pasado de no haberme topado con el famoso legajo.

(Incidentalmente, dos o tres años después un periodista/historiador alemán muy reputado, Heinz Höhne, publicó una biografía de Canaris que incluía una parte del mismo material. Lógicamente lo hizo desde un punto de vista alemán, que no era el que yo había seguido, y dado que entonces la historia se escribía en departamentos estancos no se molestó en referirse a mi propio libro, aparecido antes, que probablemente no conoció).

Si bien este primer factor depende de la voluntad del investigador, el segundo no. Se encuentran cosas o no se encuentran. Si la red es grande y se extiende con amplitud hay más posibilidades de pescar más peces (EPRE) que si es pequeña y se lanza unos cuantos metros. El azar es algo que debe siempre tener en cuenta el investigador. Nunca cabe estar seguro de haber acotado toda la EPRE necesaria para abordar con éxito una cuestión. De aquí que afirmar que haya historia definitiva es una estupidez, particularmente en temas más o menos contemporáneos. Este obstáculo se salva, dicen, aplicando métodos propios de la historia cultural y de las mentalidades, en que suele hacerse uso de material primario que se encuentra en el dominio público: prensa, revistas, autobiografías e, incluso, novelística. Es una forma de querer aprehender el pasado. Hay otras.

¿Cuánta EPRE, pura y dura, no residirá en archivos todavía no abiertos o en material todavía no desclasificado?

La tercera lección que aprendí se refiere precisamente a la accesibilidad del material. En aquella época de principiante me codeaba, lógicamente, con otros investigadores. Por conversaciones y chismorreos me enteré de que las hojas de servicio de los miembros del partido nazi e incluso de las SS entonces accesibles no eran todas las que existían. Había en el Berlín de aquella época, todavía bajo la administración de las cuatro potencias, un archivo (Berlin Document Center) donde se guardaban las restantes. Estaba en el sector norteamericano en un recinto protegido por alambradas y debidamente protegido.  Era un archivo de acceso no prohibido, pero sí restringido. Los norteamericanos tenían que estar seguros de que los investigadores que solicitaran acceso perseguían fines legítimos, en general de naturaleza académica, aparte de las relacionadas con las pesquisas judiciales y otras.  Las autoridades alemanas no habían, se me dijo, solicitado su incorporación a los archivos federales que eran  de acceso totalmente libre. Al parecer, había ciertas reticencias a solicatorlo porque los fondos en cuestión ponían al descubierto el pasado nazi de muchas figuras públicas. Luego, naturalmente, esta objeción desapareció, pero en 1971-1972 tenía fuerza.

No recuerdo la situación legal exactamente y es posible que mi memoria me falle. Lo que sí recuerdo es que mis intentos de entrar en el BDC se toparon con la necesidad de aval por una autoridad superior, en mi caso el embajador. No había precedente de que un diplomático extranjero pidiese acceso a los fondos allí custodiados. Fuentes Quintana tuvo que movilizarse, en Madrid y de cara a Bonn, para que se solicitara oficialmente. Esto eliminó todos los problemas y me evitó recaer en muchos de los errores que circulaban en la historiografía. Quizá el más importante se refería a uno de los emisarios enviados por Franco en julio de 1936 a Berlín para ver cómo se podría llegar a Hitler. De lo que se trataba era de conseguir su apoyo a la petición hecha por vías más convencionales de recibir aviones de transporte para transportar sus tropas del Protectorado a la península.

Son tres lecciones, aprendidas por un principiante, que siempre he seguido cuando ha sido posible. Desde los años setenta del pasado siglo hasta la más rabiosa actualidad.

Tuve ocasión de empezar aplicarlas en la segunda investigación que me encargó Fuentes Quintana. Explorar el tema del “oro de Moscú”. Las seguí al pie de la letra. Lo primero que quise fue ver la documentación sobre el oro. Se encontraba en en un “expediente Negrín” que  había entregado uno de sus hijos tras el fallecimiento de este a las autoridades españolas a finales de 1956. La dictadura hizo del recibo de la documentación (solo citó una parte mínima que era, precisamente, el acta de apertura del depósito en Moscú en febrero de 1937) un timbre de gloria a su mayor engrandecimiento. En realidad, pocos habían visto el expediente completo fuera de un grupo muy restringido de altos funcionarios del Banco de España y de los Ministerios de Hacienda y Asuntos Exteriores.

Gracias a las gestiones de Fuentes Quintana, en el Banco me permitieron inmediatamente que explorase los archivos de las direcciones operativas, entonces todavía no incorporadas al Archivo Histórico. Del “expediente Negrín” nadie dijo una palabra. Así, pues, me limité a explorar todos aquellos en los que se me permitía hurgar. Y aquí intervino nuevamente el azar. Lo que exploré, en función de la primera lección de ampliar lo más posible la base de EPRE, fue algo de lo que no se tenía demasiada idea: la documentación que demostraba cómo el gobierno republicano había empezado a movilizar las reservas de oro en los días siguientes al golpe del 18 de julio para su venta al Banco de Francia a fin de obtener divisas. Divisas necesarias para adquirir armas y municiones allá dónde fuera. Pero ¡con el “oro de Francia” la dictadura no había levantado el pollo que con el “oro de Moscú”!. El primero se había confundido arteramente con el de la recuperación, después de la VICTORIA, de otro oro depositado en la sucursal del Banco de Francia en Mont-de-Marsan en 1931.

¿Consecuencia? Aclarado el tema del primer tramo de la venta de oro no me fue ya imposible, aunque sí difícil, convencer al Gobernador del Banco de España que me permitiera ver el “expediente Negrín”. Apliqué la primera lección que había aprendido en Bonn. Al terminar mis pesquisas a la satisfacción de Fuentes Quintana y de su sucesor en la dirección del Instituto de Estudios Fiscales, César Albiñana, ya había adquirido una modesta, pero dilatada, experiencia en casi una decena de archivos españoles y extranjeros. Me faltaba por aprender una cuarta lección: había gente a la que no gustaba que se escarbase en el pasado

(continuará)

Exploraciones en archivos (I)

10 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de más de tres meses subiendo posts a este blog relacionados de una manera u otra con Franco, pegándome a la EPRE para desfacer algunos entuertos, siento la necesidad de cambiar de registro. Desde que tuvimos la desgracia de que se nos muriera en un accidente dramático nuestro terrier galés, no he cesado de ausentarme de Bélgica tanto como ha sido posible. ¿En qué emplear los viajes? La respuesta se imponía por sí misma: en buscar nueva documentación primaria.. La idea la reforzó un congresito que se celebró en Madrid a finales del pasado mes de noviembre en el que el organizador, el profesor Javier Cervera Gil, me invitó a disertar sobre la aportación que pueden hacer los archivos extranjeros al conocimiento de la reciente historia de España.

 

Naturalmente, la respuesta es múltiple y su extensión e intensidad dependen de las épocas. España nunca ha estado aislada. Ni siquiera en la edad media. Tampoco en la época más lejana, aunque en estos casos la naturaleza de las evidencias que reposan en archivos (o en sitios arqueológicos) es muy diferente de la que puede encontrarse para tiempos más recientes. No hay que recordar la importancia del material, español y no español, conservado en los archivos de Indias o de Simancas. Uno de mis héroes favoritos, el embajador Pablo de Azcárate, que fue el representante republicano en Londres y después consejero aúlico de Negrín en la misma ciudad durante el exilio, invirtió mucho de su tiempo en rescatar documentos británicos sobre la “Peninsular War”, es decir, la guerra de la independencia contra Napoleón. Hoy forman parte del acervo primario que cualquier historiador puede utilizar.

Por azares y afición quien esto escribe se concentró desde el primer momento en un período histórico muy definido: los antecedentes de la guerra civil, la contienda misma y los años de retracción de la dictadura hasta el entorno del plan de liberalización y estabilización de 1959. Luego avancé algo más hasta cubrir la totalidad de la misma y alguna de sus derivaciones, como por ejemplo las relaciones hispano-norteamericanas hasta que se logró plasmar una relación que satisfacía los deseos de ambas partes en los años ochenta del pasado siglo.

Pasar por la criba de los archivos casi sesenta años de historia española, lo que para mi es en realidad nuestra historia contemporánea, constituye una tarea ímproba. Cualquier historiador más o menos decente puede escribir un relato que los cubra, pero a riesgo de no descubrir nada nuevo. Bien o mal, el período está muy trillado y escribir libros sobre la base de libros es una tentación a la que pocos se sustraen. Sin embargo, la única forma de penetrar en un pasado tumultuoso, rico en vetas y matices, complejo y controvertido, y sacar a la luz aspectos desconocidos o mal interpretados del mismo, estriba en entrar en la documentación primaria relevante de época.

Los lectores de este blog sabrán que no tengo particular aprecio por uno de esos autores norteamericanos que suelen seguir tratando de enseñar a los españoles nuestra propia historia desde lejos, pero sin haber puesto jamás los pies en ningún archivo, ni español ni extranjero. Me corrijo: leyendo su prolija obra aparecen cuatro o cinco citas a legajos, todos ellos radicados en el archivo de la benemérita FNFF. Naturalmente, su obra -muy encomiada por algunos en nuestros lares- contiene deficiencias masivas. Para mí, el tiempo es siempre escaso como para perderlo en diatribas con él y sus discípulos, así que suelo optar por ignorarlo a no ser que sus afirmaciones pasen de castaño oscuro.

Todo esto viene a cuento de mi trabajo en los últimos meses desde septiembre. Liberado, por desgracia, de la necesidad de cuidar de nuestro terrier me he dedicado con cierta asiduidad a visitar archivos, españoles y extranjeros.

Hacía tiempo que no abordaba tal labor, salvo por la necesidad imperiosa de hurgar en archivos italianos para escribir ¿Quién quiso la guerra civil?. Los españoles no podían, por sí solos, permitir dar una respuesta novedosa, empírica y documentalmente fundamentada, a tal pregunta. A lo largo, pues, de estos meses pasados me he dado una vuelta por archivos franceses, británicos y españoles para tratar de abordar algunos de los interrogantes que dejé sin resolver.

Resolver en un sentido lato, porque si el contemporaneísta ha aprendido algo es que  las incógnitas que enciera el pasado nunca se resuelven. La historia jamás es definitiva, como afirmaban -el pecho hinchado y firme el ademán-  algunos de los historiadores que bebieron su sabiduría en los insondables, pero numerosos, libros que forjaron el canon franquista. Cada avance arroja nuevas preguntas que requieren nuevas respuestas. A veces es posible darlas. Con frecuencia, no.

Estos últimos meses quedarán en mi memoria como extraordinarios. He vuelto a casa con, digamos, tres o cuatro mil documentos relacionados con los antecedentes y las consecuencias de la guerra civil. Soy muy consciente de que no podré utilizar todos. No importa. Los que no utilice irán, en su momento, a otros archivos y complementarán sus fondos.

¿Qué he descubierto? En primer lugar algo que puede parecer una perogrullada. Ningún país ha permanecido estático, clavado sobre el propio terreno, a la hora de abrir sus archivos. Hoy, sobre España, la desclasificación alcanza ya los años noventa del pasado siglo. Es decir, que las estupideces (con perdón) que pronunciaron en su momento los dos últimos ministros de Defensa del PP  (los excelentísimos D. Pedro Morenés y Dña. María Dolores de Cospedal) de que no podían abrirse los archivos militares españoles para no incomodar a “nuestros amigos” se revelan en toda su asinina magnitud. Que yo sepa, ni franceses, ingleses, norteamericanos, italianos, alemanes, etc. han solicitado permiso del Estado español para abrir documentación sobre España y su política, interior y exterior. Tampoco es previsible que lo hagan en el futuro.

En segundo lugar que los archivos, en su totalidad, han recibido de lleno el impacto de la revolución tecnológica e informática que también ha moldeado nuestras vidas. Yo recuerdo, ahora con espanto, lo que era trabajar en archivos alemanes, por ejemplo, en los años setenta del pasado siglo. Y digo alemanes porque en ellos me pasé casi tres años (en general por las tardes, cuando no se trabajaba en la embajada, o con permiso de los embajadores cuando tenía que ausentarme porque ciertos archivos no estaban en Bonn o porque abrían solo por las mañanas). Eran también ya de los más explorados, tras haber caído en manos de los aliados, occidentales y orientales, al final de la segunda guerra mundial. Naturalmente no había ordenadores, sino catálogos e inventarios  mejor o peor estructurados que daban una idea del tenor de la documentación conservada.

Claro que eso tenía su encanto. Requería entrar en la mentalidad de los antiguos archiveros  y en el conocimiento de los sistemas de organización del tiempo pasado de las Administraciones respectivas para intentar localizar documentación que no estaba inmediatamente reseñada. Fotografiar en los archivos también era impensable. Por lo general el personal especializado de los mismos se encargaba de tal tarea (a un costo para muchos prohibitivo) o se había delegado a empresas también especializadas (que con frecuencia eran más costosas). Los plazos de entrega no eran inmediatos. Unos y otras estaban sumergidos en un mar de solicitudes.

En definitiva, las búsquedas eran difíciles y los resultados imprecisos. Con frecuencia había que cambiar de rumbo a lo largo de la propia investigación. Era también el momento en que florecieron, en consecuencia, las colecciones documentales. En muchos casos de la mano de comisiones de investigación formadas por archiveros e historiadores que pasaban tiempo, ayudados por múltiples asistentes, hurgando en los archivos para seleccionar aquellos documentos que mejor pudieran ayudar a comprender parcelas del pasado que consideraban como más relevantes.

Era la época en que proliferó la publicación de documentos diplomáticos y militares en países de larga tradición en tales menesteres como Francia, Estados Unidos, Italia, Reino Unido, Canadá, Suiza, etc. Desgraciadamente España nunca estuvo entre ellos. Al régimen franquista el pasado le daba pavor (salvo en contadas ocasiones como por ejemplo el famoso Libro Rojo sobre Gibraltar propiciado, con fines reivindicativos, por el ministro Castiella).

En la Transición algunas personas en puestos relevantes se quejaron de la falta de tales instrumentos. Que yo sepa (conocí a varios) lo hicieron de puertas adentro y nunca tuvieron demasiado porvenir. Nadie podía pensar que estábamos a relativamente pocos años de la revolución informática que transformaría todo. Si el pasado es impredecible hasta cierto punto, el futuro lo es totalmente.  Y, si no, que se lo digan a las víctimas del Covid-19 y a las Administraciones públicas.

(continuará)

El segundo momento estelar de Francisco Franco (y III)

3 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

El post anterior puso de relieve que, desde el punto de vista del comportamiento de Franco hacia sus protectores italianos, tras el 21 de septiembre dio ya por sentado que su nombramiento para el mando supremo era cuestión de días. Con solo Cabanellas opuesto  al mismo, superar su resistencia no duraría mucho. Fuese audacia, cara dura o farol, la forma en que Franco explicó en Sevilla al cónsul general italiano en Tánger lo que había pasado en la primera reunión de generales no deja entrever ninguna otra posibilidad. Que quisiera cargar la mano contra Cabanellas es algo que no puede reprochársele en modo alguno. ¿Quién no lo hubiera hecho estando en su lugar? Volvamos al único testimonio disponible hasta fecha reciente.

 

En sus Cuadernos de Guerra Kindelán, escribiendo en 1945 no lo olvidemos, se deshizo en elogios a Franco. También introdujo una referencia a los enemigos del mismo que le habían recriminado, a él, Kindelán, haber contribuido tanto a nombrarlo. Afirmó que no le cabía responsabilidad alguna por el decreto publicado en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa el 30 de septiembre a tenor del cual Franco apareció en una nueva función: “Jefe del Gobierno del Estado español”.

Efectivamente, había una distancia sideral entre el proyecto de decreto que, con ayuda de Nicolás Franco, Kindelán pergeñó de cara a la segunda reunión de generales y el resultado final. Esta segunda reunión se celebró el 28 de septiembre. En su artículo tercero, establecía el nombramiento de Franco como jefe del Estado mientras durase la guerra. Tal acotación temporal desapareció en el decreto publicado. Todo esto es superconocido.

Ahora debemos dejar que entre en escena el hijo del general Cabanellas, Guillermo, ayudante suyo durante la guerra, abogado, exiliado a México, socialista y reivindicador de la figura de su padre en una historia de la guerra en dos versiones ligeramente diferentes. Una que publicó en México en 1973 y otra que apareció en España en 1977. En las dos ocasiones con títulos distintos. La guerra de los mil días. Nacimiento, vida y muerte de la II República española en el primer caso y Cuatro generales. La lucha por el poder en el segundo. A no ser que este título fuera impuesto por la editorial, con fines de estimular las ventas, podemos afirmar que fue erróneo, si bien el autor lo aceptó. No hubo nunca una lucha por el poder entre “cuatro” generales. Sanjurjo no participó porque había muerto. Mola no se opuso a Franco. Y a Cabanellas su hijo, como ya indicamos, lo que levantó fue un monumento de arcilla.

Este autor enmendó la plana a numerosos periodistas, propagandistas e historiadores previos y postuló la existencia de  una “conspiración para el caudillaje”, movida por Franco y en la que aparece en segundo plano el general Millán Astray, no mencionado por Kindelán, junto con otros militares como Yagüe. Aparte de afirmaciones no comprobadas como que su padre fue vetado por Mussolini (no identificó fuente alguna al respecto), Cabanellas hijo indicó que en la primera reunión de los generales (recordemos que el 21 de septiembre) se propuso que el futuro mando único llevara consigo la jefatura del Estado. Esto también lo afirma Kindelán pero en un formato distinto: él, Nicolás Franco, Yagüe y Millán Astray se vieron con Franco en fecha no determinada y le propusieron que los generales se reunieran otra vez  para discutir que el cargo de Generalísimo incluyera la jefatura. Puede ser cierto o no. Si se decidió continuar la primera reunión con una segunda, tal apaño a cuatro debió de hacerse en paralelo. No es imposible.

Sorprendentemente Cabanellas hijo, que reprodujo el texto dado a conocer por Kindelán, afirmó que “la propuesta referente a Franco fue como jefe de Gobierno”. Lo argumenta. No hubiera tenido sentido nombrarlo al frente del Estado mientras durase la guerra. Lo lógico era que lo fuera del Gobierno y que quedase libre “para proveer en su día el cargo de jefe del Estado”. Los amables lectores comprenderán que algo no cuadra.  O miente Kindelán o lo hace Cabanellas.

Es preciso en este momento traer a colación lo que dijeron al respecto los monárquicos en un informe secreto para el embajador británico en septiembre de 1941. Se basaron en unas memorias no publicadas (y luego quizás parcialmente desaparecidas) de Queipo de Llano. Según esta fuente Nicolás Franco y Sangróniz informaron por teléfono después de la primera reunión a cada uno de los generales en ella presentes que la ayuda de Alemania e Italia exigía como condición sine qua non que se constituyera un mando único. De ser así, llovió sobre mojado porque esto último ya se había suscitado. Lo nuevo era la referencia a que las potencias fascistas hubiesen transmitido el deseo del mando único. Era, en parte, cierto pero no demasiado relevante. Mola se había subordinado a Franco al aceptar en agosto que la ayuda nazi-fascista llegara a través de él o con su conocimiento. Es improbable que los demás generales lo ignoraran. A mayor abundamiento Queipo de Llano probablemente sabría de  la reunión con De Rossi si es que no estuvo presente en ella.

Guillermo Cabanellas tuvo verosímilmente informaciones de su padre y, de ser así, debieron de ser amargas. Entre las dos versiones de su obra, la mexicana y la española, hay diferencias. Por ejemplo, en la segunda recoge que como argumento decisivo para apoyar su candidatura Franco exhibió una carta que sobre la ayuda hitleriana le había proporcionado el almirante Canaris. La fuente en que se basa es Ramón Garriga, periodista falangista que supo muchos chismes y publicó una obra, en al menos dos versiones,  sobre las relaciones secretas entre Franco y Hitler. No es creíble en absoluto. El jefe del Estado Mayor W, Hellmuth Willberg, que se ocupaba en Berlín de la organización de la ayuda nazi, había viajado a España en agosto amén de uno de los emisarios de Franco a Hitler, Johannes E. F. Bernhardt, ya le habían comunicado que la ayuda se destinaba a él. A diferencia de Mussolini, Hitler, que no se había interesado por España lo más mínimo hasta aquel momento, no quería entrometerse en la política interna de los sublevados.

En mi último libro he señalado algo que no se conocía hasta el momento y es que Canaris estuvo, efectivamente, en Sevilla, procedente de Lisboa, el 24 de septiembre, es decir, después de la primera reunión; que se entrevistó al día siguiente con Queipo y que se desplazó a Cáceres para ver a Franco. Volvió inmediatamente a Sevilla, donde lo despidió el teniente coronel Emilio Faldella, que actuaba por cuenta de Mussolini. Me parece altamente inverosímil que Canaris diera a Franco un escrito del tenor expuesto por Garriga.  No era necesario en absoluto. Mientras no se demuestre lo contrario, el periodista se inventó un camelo, con independencia de que sean muchos los autores que le sigan ciegamente.

En las rondas telefónicas  que hicieron Nicolás Franco y Sangróniz se preguntó a cada uno de los generales si aprobaba el nombre de Franco que, dijeron en cada caso, ya había parecido conveniente a los demás tras consultarles individualmente. Por medio de tales llamadas por separado los generales dieron su acuerdo (salvo Cabanellas, por supuesto) a la designación de Franco como jefe del Gobierno del Estado, tal y como apareció en el Boletín Oficial. En realidad, el informe monárquico no dice cuándo tuvo lugar la ronda de llamadas. Podría haber sido antes de la primera reunión, porque no hubiese sido tan necesaria después de ella.

Cabanellas afirma que la redacción del decreto final corrió a cargo de otro monárquico, José de Yanguas Messía. Sabemos que se trataba de uno de los más importantes conspiradores contra la República desde el año 1931 y que estaba al tanto de los contactos previos a la sublevación con la Italia fascista. Evidentemente, no pondría muchas dificultades a Franco, pero el decreto aprobado contenía la precisión que su nombramiento era como jefe del Gobierno del Estado y no pura y simplemente del Estado. Es decir, suponía una reducción de nivel con respecto al proyecto de Kindelán, aunque de él ya se había eliminado la referencia temporal. No conocemos ningún pormenor de por qué el conspirador civil y monárquico aceptó la bajada de nivel, pero no es difícil pensar que: a) estaba un poco sobrecogido por tantos uniformes en torno suyo; b) no desconfiaba de Franco, general monárquico de pro.

La afirmación de Cabanellas hijo de que Franco expuso a su padre que no aceptaba la limitación del mandato al período de guerra puede ser cierta o no. Hay cierta resignación en sus líneas cuando señala que “palabra más, palabra menos, a Cabanellas le era indiferente; así puso su firma en el decreto por el cual Franco se convertía en jefe del Gobierno, sin figurar carácter provisional”. Es decir, el presidente de la Junta de Defensa Nacional tiró la toalla. No veo la lucha por ninguna parte.

En definitiva, de creer -con cautela- a Kindelán, fue él quien lanzó la idea de que la jefatura del Estado fuese en favor de Franco mientras durase la guerra. Queda por documentar cuándo se decidió la eliminación de la limitación temporal. Franco afirmó que se negó a aceptarla. Es verosímil y con ello puso a Cabanellas entre la espada y la pared, pero no hay que olvidar que no se conocen, si es que existen en alguna parte, los papeles de Franco, Queipo, Mola, Cabanellas y de algunos otros actores en aquellos días de septiembre. En cualquier caso, en la prensa controlada por los sublevados no tardó en aparecer el nombramiento de Franco como “Jefe del Estado” sin más.

Nada de ello limpia el borrón de que dicho nombramiento procedió de una clique de generales que se auto-otorgaron la capacidad y el derecho de hablar en nombre de la parte sublevada del Ejército español y, a mayor abundamiento, en nombre de toda la Nación. El sector más numeroso de dicha clique se auto-erigió, además, en fuente de “legitimidad” para a escoger como Jefe del Estado a uno de los suyos, tras el cual se agitaban las sombras alargadas de los dictadores fascistas.

Sin embargo, Francisco Franco auto-elevó su segundo momento estelar como si su destino se le hubiera garantizado desde lo más alto. La Iglesia católica española lo apoyó hasta las últimas consecuencias y los últimos tiempos. En cuanto al futuro Caudillo es improbable que no pensara en lo mucho que había recorrido hasta entonces, siempre protegido por la mano de Dios desde sus ya lejanos ascensos a capitán y a comandante, fuentes de su posterior carrera. Pero, como Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, de los papeles que dejara Cabanellas, de los de la Junta de Defensa Nacional y de los de Mola nunca más se supo. Se han conservado muchos de Kindelán pero, ¡qué casualidad!, ninguno de esta época.

No es ninguna casualidad. De los de otro de los generales monárquicos que más apoyaron a Franco para luego distanciarse de él, cuando advirtió que de Monarquía rien de rien, familiares suyos me dijeron que los destruyó cuando sus relaciones con el omnipotente Caudillo se tensaron de tal manera que le aterrorizó la idea de que pudieran caer en manos de su policía. TODO POR LA PATRIA.

Fin