El sistema internacional y las guerras civiles en el siglo XX

10 abril, 2018 at 9:20 am

Ángel Viñas

Este ha sido el tema de una conferencia organizada por la prestigiosa revista franco-suiza RELATIONS INTERNATIONALES en la ciudad de Nantes. Se trata de uno de sus coloquios anuales que luego alimentan la publicación, muy estimada en los medios universitarios francófonos. Se ha celebrado bajo la dirección del profesor Michel Catala (conocido por su tesis doctoral sobre las relaciones franco-españolas durante la segunda guerra mundial y, desgraciadamente, no traducida) y el profesor Stanislas Jeannesson, también de la misma Universidad.

El coloquio se desglosó en cinco apretadas sesiones y una mesa redonda. En la primera se abordó la reacción del sistema internacional confrontado a las guerras civiles de los años veinte, treinta y cuarenta (Versalles bajo el signo de la guerra civil; la guerra civil rusa, las minorías nacionales y la conferencia de paz; la dualidad de la delegación turca en la conferencia interaliada de Londres de 1921; el caso de la República española y los Estados Unidos y la guerra civil en China). En la segunda se trataron las lógicas y las modalidades de intervencionismo tras la segunda guerra mundial en ciertos casos (la ONU y Camerún; Nixon, Kissinger y Cambodia; la comunidad internacional ante Bosnia y, por último, la intervención francesa en Costa de Marfil). En la tercera la atención se concentró en las mediaciones internacionales y la salida de varios conflictos (el papel de las organizaciones internacionales; la ONU y las guerras civiles en Indochina, la europeización del proceso de paz norirlandés). En la relativa a actores internacionales y compromisos humanitarios reapareció la guerra civil española (el caso de las misiones Chetwode y Robert);  la ayuda humanitaria en las relaciones postcoloniales del Congo a Biafra; la ciudadanía francesa contra las guerras étnicas en la exYugoslavia. Finalmente, se abordó la creación, evolución y efectos de un estatuto internacional para los exiliados de las guerras civiles, en especial en los casos ruso y español, y los refugiados de la guerra de Argelia. Como se ve, un programa bien nutrido, que se desarrolló en una organización perfecta.

Los profesores Catala y Jeannesson reclamaron mi presencia para tratar de la respuesta del sistema internacional y el aislamiento de la República española frente a la amenaza del fascismo. Un doctorando francés, Nathan Rousselot, de la Universidad de Nantes, disertó sobre las comisiones de canjes de prisioneros (he de confesar que me dejó boquiabierto porque nunca había oído hablar de la misión Robert). El caso de los refugiados españoles, que conocía por lecturas de autores franceses, lo desarrolló una de las investigadoras especializadas en el nacimiento y desarrollo del Buró para los refugiados creado en Francia en 1945, y en el cual algo tuvo que aportar Pablo de Azcárate.

Entre los asistentes había, naturalmente, muchos expertos interesados por España. Ni que decir tiene que me acribillaron a preguntas sobre tres temas esenciales:

  • El secesionismo catalán y sus perspectivas
  • La ejecutoria del Gobierno Rajoy
  • El caso Cifuentes

No es este el momento ni el lugar de exponer mis respuestas. No estábamos entre periodistas extranjeros de esos que se acercan por Cataluña o Madrid, charlan con cuatro gatos (a saber cómo los escogen) y vuelven rápidamente a sus capitales. Como soy bastante asiduo de la BBC siempre me ha mosqueado que su corresponsal en Bruselas (y “chica” para todo lo que se refiere a la UE) hable con igual desparpajo de cosas que medio entiende y de las que, obviamente, no sabe nada salvo lo que pueda digerir en un par de memos apresuradamente redactados).

En Nantes no era el caso, pero a mí me quedó -no lo oculto- un mal sabor de boca comparando la dedicación de una treintena o más de investigadores franceses, ingleses, suizos y otros europeos a temas que en su momento fueron muy importantes y que, históricamente, siguen siéndolo con lo que al parecer distingue a  la Universidad Juan Carlos I. Con independencia de los buenos historiadores que en ella trabajan, muchos de los cuales son amigos o conocidos míos, no puedo por menos de llorar ante lo que parece haber sido un proceso de metastización. Al volver a Bruselas leo en elconfidencial.com el curioso caso de la almoneda a que se somete la emisión, dación y venta de másteres universitarios por parte del “Instituto” que, al parecer, se lo regaló a la entonces delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid.

Confieso que me sonroja. En mi última etapa en la Universidad di durante cuatro o cinco años clase en un máster de Historia Contemporánea y puedo asegurar que la dedicación de los alumnos que lo cursaban por la noche (muchos de ellos profesores de Secundaria) era total y absoluta. Trabajaban durante el día y, cansados o no, volvían a las aulas al atardecer en plan de alumnos para mejorar sus conocimientos, ponerse al día y progresar en el terreno de su mejoramiento profesional. Nada parecido al caso de la Señora presidenta de la Comunidad de Madrid.

En Nantes traté de situar los temas españoles, en el presente y en la historia, en sus propias coordenadas. Probablemente lo logré mejor en el segundo caso que en el primero. Al fin y al cabo, los historiadores (y no los aficionados) nos movemos en un mundo en el que se respeta la investigación, la búsqueda de evidencias documentales, su análisis crítico, su contextualización más o menos amplia y el acercamiento y desentrañamiento de ese pasado elusivo, que no se deja aprehender fácilmente, salvo por la discusión inter pares de los resultados. Siempre con la ventaja que da conocer la superficie de los hechos pasados. Algo que, probablemente, no entra en el universo ético, moral o profesional de muchos de los que se han visto imbricados en las cuestiones sobre las que me asaetearon a preguntas en los márgenes de la conferencia y, ¡cómo no!, en la opípara cena. Al fin y al cabo Nantes es un alto lugar de la gastronomía marítima francesa.

Mi presentación versó sobre los descubrimientos de historiadores españoles en las dimensiones sobre las que se me pidió que informase. Ahora me tocará retrabajar mi presentación oral y espero poder tener la oportunidad de establecer una relación de los que me parecen más relevantes. De las obras a las que haré referencia no me parece que ninguna de ellas haya sido traducida a idiomas extranjeros.

¿Cuál fue la impresión general? De cierta sorpresa.  Después de todos los miles y miles de libros que se han escrito sobre la guerra civil, mi presentación hizo ver que en los últimos años una combinación de historiadores españoles de tres generaciones estamos reduciendo a un pequeño baluarte, encapsulado detrás de una ideología insensible a la contrastación documental y al discurso crítico, los dogmas de fé instaurados, mantenidos, protegidos, mimados y alabados por una prolongada relación de cuentistas y autores muy sensibles a los deseos y caprichos del poder durante la dictadura. Ahora renovados a veces en lenguaje, pero no en intenciones. En un próximo post haré una amplia referencia a mi exposición de Nantes, a riesgo de repetir cosas que vengo escribiendo en este blog.

Estamos en el comienzo de la primavera y, para el mí, es el comienzo de varias tournées. A mi pesar de mi escaso interés por viajar (lo he hecho demasiado en el pasado) no siempre es posible sustraerme a cordialísimas invitaciones. Las próximas serán Gran Canaria y Alicante, por lo que no podré abordar un tema consistente en este blog. Lo dejo para más adelante.

Un post de espera: ¿Hacia la nacional-recatolización de la escuela y de las FAS?

3 abril, 2018 at 8:21 am

Ángel Viñas

En las últimas semanas he aprovechado la ventaja de que es fácil resumir, sintetizar o divulgar aspectos relacionados con el “caso Balmes” ya que durante prácticamente año y medio no he hecho otra cosa que trabajar con el Dr. Miguel Ull y mi primo hermano Cecilio Yusta en el libro que salió a la venta el pasado mes de enero.  Ahora necesito introducir un compás de espera antes de pasar a un tema distinto, pero no tan diferente. En los últimos años, para bien o para mal, he trabajado sobre la necesaria desmitificación de la figura de Franco. Yo no lo hago desde una perspectiva presentista, pero, agotado por la conceptualización de mi próximo libro, me veo obligado a escribir unas líneas sobre un aspecto que me resulta particularmente preocupante.

 

En las últimas semanas se han agolpado varios fenómenos que apuntan en una sola dirección. En primer lugar, nos hemos enterado del proyecto conjunto de los Ministerios de Educación, Cultura y Deportes y de Defensa de incorporar al curriculum de la enseñanza primaria rudimentos de educación de la seguridad y defensa. Son proyectos a los que se verán sometidos los niños de entre seis y once años de edad. Naturalmente, no podrán elegir por sí mismos. Lo harán sus padres por ellos.

Pero quien hace la ley hace la trampa. La “asignatura” no parece que sea exactamente obligatoria pero los padres que no quieran que la cursen sus tiernos retoños solo tendrán la opción de elegir otra asignatura tan significativa como Religión.

Esto a mí me huele sospechosamente a un intento de revival de dos de las tres “Marías” que teníamos que cursar en la enseñanza media y superior en los, quizá para los titulares de ambos Ministerios, poco problemáticos tiempos del franquismo. Para los más jóvenes que no tengan recuerdos propios de las “Marías” diré que comprendían un abanico de Religión, Formación del Espíritu Nacional y Deportes. Fácilmente se comprende que estas “Marías” a las que hacíamos poco caso estaban teóricamente destinadas a contribuir a la formación de los súbditos de Franco como ectoplasmas de aquellos monjes y soldados tan caros a la Iglesia y a Falange. En busca, claro es, del bien superior -ascender al imperio de los cielos y conquistar (es un decir) el imperio de la tierra.

Como los tiempos han cambiado, es muy de agradecer que los políticos y funcionarios que han intervenido en la preparación de tales proyectos hayan corregido el tiro (nunca mejor dicho). Ya no se blandirá la espada para arrebatar nuevas tierras (el tiempo del colonialismo ha pasado). Tampoco se predicará con la cruz por tierras de infieles. Estamos en período de retracción.

La espada servirá para garantizar la “seguridad nacional” y despertar la conciencia de defensa frente a los riesgos exteriores, sobre todo el de la inmigración. ¿Y la cruz? Moneda de cambio para una Iglesia, esencialmente nacionalista y reaccionaria en gran parte de su cúpula, porque hoy es obvio que nuestros obispos, arzobispos y cardenales ya no pueden recurrir al Gobierno (como en los tiempos felices del nacionalcatolicismo) para que les ayude a combatir el error de todos los que no comulgan con los dogmas de la SMIC.

Ahora bien, como por la gracia de Dios vivo desde hace más de treinta años en el extranjero y estoy acostumbrado a hablar y trabajar con todo tipo de gentes, he preguntado a otros padres, de otras nacionalidades, todos de la Unión Europea, y no he encontrado a ninguno que haya sabido responderme si en sus países de origen sus niños se educan, a la tierna edad de los seis a los once años, bajo principios como los que parecen desprenderse del nuevo programa que auspicia la Señora Ministra de Defensa (que Dios guarde). En consecuencia, he acudido a Mr Google.

Dado que el único país, que yo conozca, de la UE es el Reino Unido cuyos soldados vienen combatiendo prácticamente todos y cada uno de los años desde 1939, si no antes, he visitado la página de los OTC (Officer´s Training Corps), de recia solera, puesto que la institución se creó en 1906. No hay la menor referencia a ejemplos a nivel de Secundaria y mucho menos de Primaria.

Por curiosidad, he ojeado el tema en Francia. No he encontrado mucho, salvo la obligación para todos los jóvenes franceses de entre 16 y 25 años de participar en una jornada, de ocho horas y media, sobre defensa y ciudadanía. Se extiende un certificado que es preciso presentar a cualesquiera pruebas o exámenes sometidos al control de las autoridades públicas (bachillerato, universidad, carnet de conducir, etc.). En la jornada se abordan cinco módulos: la defensa es necesaria (vivimos en un mundo inestable); tenemos que disponer de una respuesta adaptada (nuestro sistema de defensa); con el compromiso ciudadano, cada uno tiene algo que aportar, via la reserva militar o el servicio cívico; la importancia de la seguridad automóvil y el módulo final sobre ciudadanía joven.

Pero de ahí a que los niños se vean impelidos a aprender, a cantar o al menos conocer los himnos de las distintas armas (no el de la Infantería, que es un poco dramático) y de las Fuerzas de Seguridad del Estado, media un trecho largo. Esto es lo que, entre otras actividades, se sugiere que hagan (¿saltando en corro?) los escolares de primaria españoles.

Como soy bastante lerdo, me pregunto y pregunto a la Excma. Sra. Doña María Dolores de Cospedal en qué ejemplos de los países de nuestro entorno se han basado sus eficientes funcionarios, civiles y militares para diseñar el programita con el que quieren convencer a esos padres de que es mejor que sus criaturas se familiaricen con las armas que con el incienso. Sin duda, esto es un reflejo de las necesidades del Estado: se requieren soldados, policías, guardias civiles para que España pueda seguir aportando su granito de arena a la defensa de Occidente. Menos para que se les despierte la vocación de acudir a seminarios cada vez más vacíos en una sociedad crecientemente descristianizada.

Sin embargo, puedo equivocarme. También la Sra. de Cospedal ha decretado que, en los pasados días de dolor, la enseña nacional ondee a media asta en los cuarteles y edificios militares, supongo que en señal de sumisión de las tropas a la voluntad del Santísimo.

Pero, ¿qué Santísimo? Es una pregunta pertinente porque España va camino de convertirse en una sociedad multicultural en la que, guste o no, conviven gentes de variadas religiones y/o de ninguna, y no veo la razón constitucional o legal por la cual los aspirantes a soldaditos o a suboficiales y oficiales tendrían que ser necesariamente católicos. ¿Vamos dejar fuera de nuestros Ejércitos y fuerzas de seguridad a protestantes de variado pelaje, musulmanes, judíos o librepensadores?

En España no tuvimos nunca un remedo del affaire Dreyfus, que sentó las bases de la Francia moderna. Aquí, los políticos y militares que han tenido vara alta desde 1939 han sido mas bien antidreyfusardos. Cabía, sin embargo, pensar que, tras el desarrollo de algunos de los principios relevantes de la Constitución y las reformas militares emprendidas, la unción de la espada y la cruz terminaría por deshacerse, como en cualquier Estado moderno de nuestro entorno.

Lamento haberme equivocado. La “recatolización” de nuestras fuerzas armadas y de seguridad no es una buena señal. Esperemos que los partidos políticos que no comulgan con ruedas de molino hagan algo, porque de lo contrario seremos -más de lo que somos ya- un nuevo ejemplo de hazmerreir para, al menos, la vertiente occidental de la Unión Europea, el tradicional polo de atracción de nuestros ilustrados.

¡Ah! ¿Y qué pasó con aquella asignaturita que se llamaba “Educación para la Ciudadanía?

 

Bye-bye al “caso Balmes” con un interrogante

27 marzo, 2018 at 10:24 am

Ángel Viñas

Probablemente a estas alturas de la película los amables lectores estarán tan hartos como servidor. Once posts pueden parecer demasiados. Sin embargo, quienes se tomen la molestia de leer EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO podrán comprobar que en tales posts no he repetido demasiado la argumentación del libro y que he abierto las puertas a alguna que otra elucubración. Hoy me despido del tema. Entre pitos y flautas, es uno de los problemillas históricos al cual he dedicado más tiempo y esfuerzo como historiador. He señalado, siempre, los huecos que faltan por rellenar y los papeles que, ¡ay!, todo hace pensar que han desaparecido. En este caso se cumple axiomáticamente el principio de que la tarea del historiador nunca llega a cristalizar en una versión final, a prueba de bomba. La revisión continua es la esencia y el motor de la historiografía. Mucho más en los temas de historia contemporánea. Hoy termino con un pequeño interrogante.

 

Es preciso hacer, ante todo, unas reflexiones generales. En primer lugar, respecto al vuelo del Dragon Rapide. Es, probablemente, el más citado de la historia de España en los años treinta y cuarenta. No fue ni por asomo la principal contribución del banquero Juan March a la preparación del “GMN”. Sin embargo, es frecuente presentarla como tal. Aunque March sigue siendo un personaje misterioso (sus papeles personales, si es que los conservó, no los ha investigado hasta ahora ningún historiador español o extranjero), su pago del alquiler del avión inglés (unas miserables 2.500 libras) palidece ante la inversión que hizo en favor de los monárquicos el mes de marzo de 1936 para adquirir material de guerra moderno en el extranjero. ¿Qué son 2.500 libras en comparación con el medio millón que entonces apoquinó?

En segundo lugar, ni siquiera este medio milloncejo es comparable a la movilización de oro y otros activos que rápidamente desencadenó para financiar, con divisas, los momentos iniciales del “GMN”. En mis cálculos (susceptibles de corrección y mejora) he llegado a sugerir que equivalió, más o menos, a casi el importe de la contrapartida en divisas de la parte del oro del Banco de España que fue enviándose a Francia desde finales de julio de 1936. Esta parte casi ascendió a casi un cuarto del total de reservas existentes en la entidad al comienzo de la sublevación. No se trata, pues, de sumas despreciables.

Así, pues, el alquiler del Dragon Rapide fue una gota de agua en el océano de la ayuda financiera que el banquero prestó a la rebelión militar. Se dice con frecuencia que sin Hitler ni Mussolini no habría habido Franco. Es absolutamente indispensable añadir el nombre de March.

Sobre el autor del asesinato no hemos llegado a determinar su nombre. Sí hemos identificado cuatro posibilidades. Lo hemos hecho atendiendo a varios criterios analíticos expuestos claramente para que los lectores puedan seguir nuestro razonamiento. Dado que hemos escrito un libro basado esencialmente en evidencias escritas (por mucho que esto pueda atraernos críticas de “documentolatría”), no hemos sido capaces de encontrar una orden firmada por Franco o por delegación. Ciertamente creemos que este tipo de actuaciones se ordenan oralmente, pero tampoco hemos hallado apuntes de ninguna conversación a tal efecto. No hemos descartado al chófer ni tampoco al general Orgaz (que ha pasado de rositas por la conspiración, como si no hubiese tenido mucho que ver en ella). Hemos subrayado el caso especial del teniente coronel en la época (luego general) José María del Campo Tabernilla, por la simple y sencilla razón de que, según su expediente personal, estaba pegado a Balmes, sin destino específico, en el período anterior a la sublevación y porque hizo declaraciones algo más que sospechosas. Finalmente, hemos mencionado a un entonces comandante, Eduardo Cañizares, sobre el cual Franco derramó numerosos favores, desde el primer momento hasta las postrimerías de la dictadura y nos hemos preguntado por qué motivo sería.

Quizá incluso pueda ampliarse este círculo concéntrico de personas en torno a Balmes, pero la aplicación de nuestros criterios analíticos no da, francamente, para mucho más. A lo mejor hay otros en los que no hemos caído. La clave, naturalmente, estará en Canarias. Los personajes que más intensa relación tuvieron con el camelo montado en torno al “accidente” eran canarios o estaban destinados en Las Palmas. Aquí recuerdo que hace años, cuando salió la primera edición de LA CONSPIRACIÓN DE FRANCO, un amable lector se puso en contacto conmigo para decirme que un amigo suyo, creo que en Tenerife, sabía de buena tinta lo que había pasado. Me ofrecí inmediatamente a ir a entrevistarme con él, pero no aceptó. Pudo ser una falsa alerta. O no.

Un colega y amigo mío, el profesor Alberto Reig Tapia, escribió hace años un libro de gran éxito (FRANCO, “CAUDILLO”: MITO Y REALIDAD, Tecnos). En él expresó, lógicamente, su sorpresa ante la forma en que se decía que Balmes había muerto y señaló que “el caso es tremendamente confuso y rápidamente pasó al olvido, siendo un tema del que nadie -que sepamos- se ha ocupado en profundidad”. Esto lo publicó en 1995. Después de dar unas cuantas vueltas al tema, recogió las declaraciones de un tal Ricardo Santana que estaba de telefonista en la Comandancia y que salieron en el número de la revista Interviú correspondiente a la semana del 18 al 24 de agosto de 1977.

Santana afirmó que “al general Balmes lo mandaron matar y eso está más claro que el agua. Y lo mandaron matar porque un republicano de verdad y porque se oponía totalmente al golpe de Estado fascista”.

Nuestra investigación ha reivindicado la parte más sustantiva de las declaraciones de Santana y las sospechas del profesor Reig.  A la vez, ha abierto, creemos, una nueva ventana a través de la cual examinar un comportamiento concreto de Franco en una situación concreta. No es un comportamiento demasiado aleccionador, pero lo que resulta evidente es la falta de escrúpulos del posterior jefe del Estado, no solo en aras de un bien superior (el éxito de la sublevación) sino también al servicio de su propia carrera.

Y ello por el hecho no ya del asesinato sino de su taimado encubrimiento durante toda la dictadura, desde el principio hasta el final. En este sentido, el mito del “accidente” de Balmes pertenece, creemos, a ese núcleo duro de camelos que en su momento se adujeron, y en ocasiones todavía algunos aducen, para justificar el “GMN” y sus consecuencias. Este es el capítulo central, en nuestra opinión, de la mistificación franquista y neofranquista de la historia contemporánea española. No por nada lleva el profesor Payne deglutiendo los mismos camelos desde hace más de cuarenta años.

Habrá historiadores que arruguen su nariz despectivamente ante la investigación concreta de un caso concreto. Para ellos traeré a colación que en 1915, en la cárcel, Rosa Luxemburgo escribió un panfleto titulado “La crisis de la socialdemocracia” (suele conocérsela, al menos en la literatura alemana, como la Junius-Broschüre). En tal panfleto se encuentra una rotunda afirmación que bien puede servir de lema a más de un historiador:

“Decir lo que es es el acto más revolucionario que existe” (Zu sagen was ist, bleibt die revolutionärste Tat).

No hay, evidentemente, que predicar la revolución (la del tipo que preconizaba Luxemburgo está algo más que démodée) para defender la continuada validez de tal cita, sobre todo en un período de bulos, “hechos alternativos” y fake news a la moda de Trump y de tantos otros. Me parece que haber demostrado, con documentos en la mano, que Franco fue un asesino y un ladrón de guante blanco a lo largo de una guerra en que sus soldados morían o se desangraban por la PATRIA debería inducir a reexaminar con lupa el comportamiento real de la persona que impuso su sello a cuarenta años de la historia de España, en adición a los esfuerzos de construcción social de su imagen como “Caudillo”, que han analizado, entre otros, Laura Zenobi y Paul Preston. Tampoco se insistirá lo suficiente es que no hay historia definitiva. Ni siquiera en el “caso Balmes”.

Ahora el interrogante.

Nos hemos topado con una cuestión existencial de la que en el libro no hemos extraído todo el jugo posible. Si los lectores tienen la bondad de ojearlo, en la página 195 verán que en la nota 21 el juez militar encargado del caso dictó varias diligencias, entre ellas, las de constitución de su Juzgado en el Hospital Militar y de depósito en él de las siguientes prendas: guerrera kaki, pantalón corto kaki, camisa de seda rayada y una bala de cartucho de 9 mm de diámetro.

No tenemos mucho que objetar a la bala. Da la impresión de que Balmes vestía una guerrera, pero nos preguntamos ¿también, con ella, iba de pantalón corto? Porque esto implica que el general en jefe de la guarnición de Las Palmas habría llegado al campo de tiro de La Isleta en una combinación un tanto curiosa. Según los testimonios que se adujeron en relación con el caso posteriormente, primero visitó un cañonero varado y pasó revista a la guardia en los cuarteles de Ingenieros e Infantería. Pues bien, esto NO NOS LO CREEMOS. No creemos que un general en 1936 fuese vestido de tal suerte en el desempeño de su cargo. El Ejército español no era como el británico en la India o en África, en los cuales los pantalones cortos eran de rigor en los calurosísimos veranos.

Dicho en román paladino de 2018: ¿es imaginable hacer tales visitas en shorts y poco menos que una guayabera? Podríamos aceptar que Balmes fuese un dandy y que utilizara camisas de seda de color kaki. Pero una camisa rayada, de seda o no, no era en absoluto reglamentaria, como tampoco lo eran los shorts. Es decir, algo fundamental no encaja y lo que no encaja es la descripción estándard de cómo fue Balmes al campo de tiro. A lo mejor no hizo la visita al cañonero ni pasó revistas. A lo mejor lo que se contó acerca de las circunstancias en que se produjo el suceso fue un “hecho alternativo” à lo Trump.

Pero nosotros, historiadores empíricos, nos basamos en evidencias existentes, por malejas que sean. Como lo son, hemos destrozado literalmente las aducidas y comprobado que están supercontaminadas. Nos preguntamos si tal vez no solo lo fueron la supuesta autopsia y las declaraciones del único testigo amén de las de los diversos oficiales y jefes que participaron en una pantomima burocrática. También otras dan la impresión de que lo fueron igualmente. Tal vez los brillantes, los denodados, los previsibles historiadores, gacetilleros y tertulianos pro-franquistas querrán aclarar nuestras dudas y, sobre todo, apuntalar documentalmente su argumentación. Hasta ahora, no lo han hecho. Bye-bye.

Pero no teman los amables lectores. Puesto a encordiar, seguiré con Franco.

Fin de la serie

¿Por qué Franco hizo matar a Balmes?

20 marzo, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Al presentar EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO ante la prensa y en diversos lugares una de las preguntas que se nos han hecho se refiere a las razones que Franco pudo haber tenido para matar, por persona interpuesta evidentemente, a su compañero de armas. He solido responder que si los designios del Señor son inescrutables, los de Franco también lo eran con gran frecuencia. No fue un hombre dado al autoanálisis. Que sepamos no dejó memorias (salvo unos apuntes que hay que descriptar y su famoso Diario de una bandera, demasiado tempranero). Sí fue autor del guion de una película, Raza, que retrata indirectamente cómo  se veía a sí mismo y a su familia. Nosotros no hemos intentado abordar la vertiente sicológica de Franco. Hay varios libros, y buenos, sobre ella. Tampoco hemos deseado escribir en términos biográficos. Siguen siendo válidas dos obras de Paul Preston al respecto. Lo que hemos intentado es inferir pautas para comprenderlo mejor a partir de su comportamiento.

 

Ahora bien, nada de lo que antecede significa que no hayamos desarrollado una interpretación de sus motivos para desear el asesinato de Balmes. Hemos especulado solo cuando ha sido absolutamente necesario para apoyar nuestra argumentación. La hemos llevado a cabo en base a evidencias documentales, incluso con el riesgo de empujar nuestro empirismo demasiado lejos. Nuestras inferencias siempre han tendido a ser limitadas. Este blog ofrece un margen mayor. Lo aprovecho para plantear dos tesis.

A la primera aludió un tanto crípticamente el embajador y exalférez provisional José Antonio Vaca de Osma al afirmar que Franco no podía dejar el archipiélago en manos republicanas. No ofreció un argumento demasiado convincente. Dijimos de tan eminente diplomático que su interpretación de la figura de Franco era una de las más notables que hemos leído (aunque añadimos que nos parecía desequilibrada y sin fuentes). Tan distinguido “francólogo” (que dejó chiquitos a Ricardo de la Cierva, Suárez, Payne e incontables autores menores) parece haberse basado en la suposición de que Franco no era el hombre que quisiera dejar tras de sí una situación irresuelta. Es decir que, muerto en accidente su supuesto compañero de sublevación, no podia abandonar Canarias sin que el archipiélago quedase asegurado para el GMN.

Pero Franco pudo salir de Los Rodeos con su familia sin preocuparse de lo que pasara en Las Palmas. No lo consideró tan pronto decidió que Balmes debía morir. Esta es la tesis desarrollada en el libro. Con todo, el motivo subyacente pudo  abarcar otras facetas. A Balmes los conspiradores hubiesen podido pegarle cuatro tiros, detenerlo o hacerle un consejo de guerra. El triunfo en Gran Canarias no estaba necesariamente predeterminado a favor a los leales a la legalidad.

Nosotros hemos subrayado el hecho de que su esposa e hija tenían que salir de Las Palmas el 18 de julio precisamente, porque no había otra posibilidad para dejar el archipiélago y partir rumbo a Europa. ¿Y qué hubiera pasado con ellas, con el tiempo tan medido, si la sublevación de la guarnición encontraba problemas? El primo hermano, factótum y ayudante de Franco, el ulterior teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, cuenta en sus no siempre fiables memorias que previamente, el 13 de julio por la tarde, había sacado los billetes en el trasatlántico alemán que debía llevarlas a Francia. Y hemos demostrado hasta la saciedad que esto lo hizo cuando el Dragon Rapide estaba en Casablanca y le faltaban 24 horas para aterrizar subrepticiamente en Gando.

A esta necesidad familiar imperiosa podría haberse unido también una necesidad “profesional”. La combinación de ambas no dejó a Franco, trazado su plan, margen de maniobra.  Sobre esta segunda necesidad no hemos especulado, pero muy bien pudo existir. Para dar algún soporte a la misma he de recordar que no se sabe mucho con qué esperanzas Franco se sublevó en Canarias. Ciertamente, las que entonces tendría era encabezar la sublevación del Protectorado y ponerse al frente del Ejército de África.

Ahora bien, imaginemos un posible temor: él se iba Tetuán; en Marruecos todo se desarrollaría bien pero, con Balmes en Gran Canaria, la sublevación en la isla no tenía éxito o topaba con dificultades. En tal hipotético caso Franco habría sido un general que hubiese dejado un enemigo a sus espaldas, un enemigo que eventualmente hubiera podido dañar a su imagen. Sus oponentes (Goded lo era, Queipo quizá, Cabanellas era republicano) podrían aducir que, en definitiva, Franco habría salido corriendo.

Esta posibilidad tenía que ser insoportable para él. Sobre todo por un motivo muy preciso. Hemos recurrido al testimonio de Pedro Sainz Rodríguez quien afirmó en sus igualmente no siempre fiables memorias que durante el período de preparación de la sublevación, Sanjurjo había hecho sondear a los generales comprometidos acerca de las apetencias que albergasen para después del triunfo. Franco había manifestado su deseo de ser nombrado Alto Comisario de España en Marruecos.

Esto es algo que me parece absolutamente lógico y explicable por tres motivos: su pasado africano, porque el puesto era uno de los más deseados del Ejército español y, no en último término, porque también era el mejor pagado. Conociendo lo que Franco hizo a las pocas semanas de que se le nombrara Jefe del Estado, soy de quienes atribuyen a la “pela” un papel nada desdeñable para explicar su comportamiento. No todos los generales sublevados se hicieron millonarios en la guerra utilizando los procedimientos a que acudió Franco, aunque obviamente hubo entre varios de ellos ciertas similitudes.

Es decir, en su vuelo a Tetuán Franco podría haber estado relamiéndose con las brillantes perspectivas que se le abrían, porque nos parece imposible que desarrollara los argumentos que el superpelota de Bolín adujo en sus hiperfalaces memorias. Sin embargo, para un futuro Alto Comisario de España en Marruecos la posibilidad de que, tras su marcha, la situación en Canarias se degradase tenía que ser profundamente desagradable. Era mejor dejar todo “atado y bien atado”. Balmes debía morir.

A no ser que también especulemos sobre otra posibilidad. Franco había concebido su plan y no dudamos de que había pensado en él detenidamente. Una vez decidido a pasar a la acción, ¿por qué había de cambiarlo? No olvidemos que fue el 11 de julio cuando el señor marqués de Luca de Tena comunicó a Bolín, en Burdeos, a bordo del Dragon Rapide que el destino debía ser no Casablanca sino Las Palmas. Ni tampoco que Orgaz había hablado con Franco la víspera en Santa Cruz de Tenerife. No hay que ser demasiado listos para pensar que tal vez al señor marqués se le advirtió por teléfono de lo que se deseaba en el archipiélago.

Y como tres pares de ojos ven más que uno o incluso dos, no nos sorprende que, en tales circunstancias, Orgaz quisiera evitar cualquier contratiempo contactando con el representante de Lufthansa. ¿Por qué? Porque tanto Franco como él debían de saber que el cambio de destino del aparato implicaba la posibilidad de que pudieran plantearse problemas en la escala en Cabo Juby, ya que no llevaba la autorización preceptiva para aterrizar en ella.

Lo que antecede no significa que los conspiradores (con Orgaz in situ vigilando la operación) no tuvieran que improvisar. No sabemos si se habrían puesto o no, como cualquier planificador militar o diplomático suele hacer, en el escenario del peor caso posible. Es decir, que la persona elegida para llevar a cabo el asesinato pudiera fallar. Balmes no falleció en el acto y, en consecuencia, hubo que improvisar. Que El Diario de Las Palmas publicase la noticia en la misma tarde anunciando que la bala había entrado por el hipocondrio izquierdo (por debajo de la axila) hubo de despertar todas las alarmas. Menos mal que los médicos militares estarían al quite y reaccionaron rápidamente.

Los amables lectores habrán comprobado que en ningún momento hemos enfatizado la supuesta conexión entre el asesinato de Calvo Sotelo y el de Balmes. El primero no llevó al segundo y ni siquiera al estallido de la sublevación militar, ya en semi-final, y tampoco se preveía. El de Balmes, sí. Demostrar documentalmente ese supuesto vínculo se lo dejamos a los autores pro-franquistas que quizá no tarden en hacer valer ante el tribunal de la historia su buen hacer y su manejo de fuentes en condiciones de libertad de expresión y de prensa, y no como las que se dieron en aquellas, de extraordinaria placided, por las que tanto suspiran.

 

Próximo y último post: “Despidiéndome del “caso Balmes” con un interrogante”

El famoso vuelo del Dragon Rapide: su necesario encuadramiento

13 marzo, 2018 at 8:30 am

Hemos empezado nuestro libro EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO por su clave fundamental: la disponibilidad de un medio que permitiera al comandante general del archipiélago abandonarlo tan pronto tuvo lugar el entierro del general Balmes y desatara los perros de la guerra. Ese medio no fue una barquita velera, tampoco un vaporcillo de medio pelo. Debía ser raudo y veloz para llegar a Tetuán lo más pronto posible y ponerse al frente del Ejército de África. No hay que olvidar que, en sus instrucciones para Marruecos del 24 de junio, pero ya preparadas con antelación, Mola había indicado la necesidad de trasladar cuanto antes las tropas a la Península. Franco obró a su aire. Sin embargo, no se le podía escapar la importancia de ese requisito elemental para asegurar el triunfo de la sublevación.

 

Aquel medio para ir a Tetuán no fue una improvisación. Ya los conspiradores, suponemos que civiles, habían hablado al embajador británico en Madrid Sir Henry Chilton de la idea de transportar por aire a Franco o a Goded. Lo hicieron a mitad de abril, cuando el golpe previsto para ese mes acababa de abortarse. Hay que ser un poco duro de mollera para pensar que la idea hubiese desaparecido de la mente de los conjurados en los meses siguientes. Reverdeció hacia mitad de junio, que es el período cuando Franco empezó a dar pasos decisivos hacia la sublevación. Esta coincidencia no fue en modo alguno casual y la historiografía pro-franquista ha hecho todo lo posible por difuminarla.

Mayor énfasis ha puesto, sin embargo, en eludir estudiar adecuadamente el destino que hubiera sido el normal del avión: el aeródromo de Los Rodeos, a unos kilómetros de la Comandancia General de Canarias. Se han utilizado todo tipo de subterfugios, que siguen repitiéndose como verdades de evangelio una detrás de otra en la no santa iglesia del franquismo.  Jamás, que yo sepa, ha planteado la cuestión fundamental: si, como cuenta la leyenda, Balmes iba cogidito de la mano de Franco es obvio que este hubiera podido salir de Tenerife sin ningún problema porque la sublevación quedaba asegurada con el prestigio y autoridad combinados de Balmes y de Orgaz (residenciado en Las Palmas). ¿Quién iba a oponerse a dos generales en activo, uno al mando de la guarnición y el otro que hubiera podido ponerse al frente de la de Tenerife, debidamente preparada por el comandante general que se daba el piro?

Quizá fue este el escenario que en algún momento barajaron los conspiradores. Por las memorias de don Andrés de Arroyo y González de Chaves, prominente político de la época en Canarias, sabemos que en un primer momento, en la segunda mitad de junio, se contempló la posibilidad de enviar el avión directamente a Tenerife. No tardó en desecharse. ¿Por qué? Quizá porque a principios de julio Franco (como reconoció indirecta y crípticamente su primo y ayudante en sus indispensables, pero no siempre exactas, memorias) se entrevistó en secreto con Balmes y comprobó que este, por fin, no se decidía.

Item más. Sabemos que el Dragon Rapide llegó a Las Palmas el 14 de julio (la historiografía franquista, que no fue en este punto necesariamente idiota y se dio cuenta de su significado, solía jugar con la fecha y, con frecuencia, la retrasó al día siguiente). En Gando permaneció bien guardadito. El aeródromo estaba ya copado por quienes iban a sublevarse y lo sabían. Probablemente Balmes ni se enteró de su aterrizaje, pero Orgaz lo supo de inmediato y no tardó en contactar con el piloto. Todo esto está documentado. La pregunta es ¿cuándo lo supo Franco? No hay que ser un agudo detective para pensar que bien pudo enterarse sobre la marcha.

En Tenerife el aeródromo no tenía hangar y la llegada del avión no hubiera pasado desapercibida pero sí hubiera podido retrasarse aplicando una argucia que Bolín divulgó urbi et orbi al escribir sus hiperfalaces memorias: bastaba con dejar dos días, en vez de uno, al Dragon Rapide en Casablanca. Franco, de querer haber salido por Los Rodeos, hubiera incluso podido pedir que se quedara tres y que llegase el 17. Con Balmes asegurando la sublevación en Las Palmas y él haciendo lo propio el 18 en Santa Cruz, hubiera podido salir con su familia más o menos directamente a Tetuán, escala en Agadir incluida, y llegar al anochecer. El Gobierno de Madrid no hubiera podido tener ninguna posibilidad de actuar (en el supuesto de que hubiese querido) porque el avión hubiese llegado a Cabo Juby camino de Tenerife el 17 por la mañana y aún sin autorización no hubiera tenido mayores dificultades en proseguir el viaje. El piloto hubiera acudido a las mismas excusas que en realidad debió de utilizar y tanto Balmes (preparando ya supuestamente su revuelta) y Franco (como comandante general del archipiélago) habrían dado la autorización para proseguir el vuelo. No problem.

Todo esto hubiese podido ocurrir contando con la complicidad de Balmes. Este es uno de los escenarios que ningún historiador, gacetillero, periodista o tertuliano pro-franquista ha contemplado jamás.

Por eso Bolín inventó más cosas: dibujó Casablanca como ciudad llena de espías gubernamentales (que solo existían en su mente calenturienta) y que inquietantes sospechosos incluso le siguieron sus pasos. Tuvo que andar con pies de plomo y, sobre todo, no ir en el avión. ¿Por qué no? ¿Iba a detenerlo Balmes si estaba mezclado en la conspiración?

La argucia a que los historiadores, gacetilleros y periodistas pro-franquistas recurrieron es que el avión podría encontrar dificultades para aterrizar en Los Rodeos. Una treta que se repite cansinamente día tras día desde tiempo inmemorial pero que, como hemos mostrado en nuestro libro, carece de todo fundamento.

Otra preguntita. Si Balmes estaba en el ajo, ¿qué impedía que los intrépidos turistas ingleses fuesen a ver a uno de sus ayudantes en Las Palmas para anunciarle la buena nueva de su llegada? El supuesto co-conspirador no les habría montado un arco de triunfo ni agasajado en la Comandancia, pero sí habría podido telefonear a su superior jerárquico de manera inocente para comunicárselo. O enviar a un propio.

Como es sabido lo que pasó fue algo muy diferente, ya que Pollard eludió acudir a la Comandancia de Gran Canaria. Esta circunstancia nos lleva a otra pista. La monárquica. Nosotros hemos hecho hincapié una y otra vez en que el 11 de julio el propietario del venerable diario ABC, don Juan Ignacio Luca de Tena, marqués de Luca de Tena, comunicó en Burdeos a su corresponsal en Londres, Bolín, que el Dragon Rapide debía dirigirse a Las Palmas. Bolín señala en sus memorias, sin embargo, que el destino previsto era Casablanca.

Evidentemente la contradicción es importante. Nosotros nos hemos inclinado por la versión del señor marqués. Aunque ya no era el director del diario (había renunciado en favor de aquella perla llamada Luis de Galinsoga), naturalmente seguiría ejerciendo alguna influencia en la línea editorial del periódico, siempre combativo contra la “revolucionaria República”. Monárquico era también uno de los más activos entre los conspiradores civiles. Me refiero al diputado a Cortes Pedro Sainz Rodríguez que acababa de regresar de Roma en donde el 1º de julio había firmado contratos que preveían el suministro inmediato de material de guerra aéreo para la inminente sublevación. Reitero que esto implicaba asumir la posibilidad de desencadenamiento de un conflicto que probablemente se preveía de corta duración.

La gestión del señor marqués solo puede explicarse en función de su papel de mensajero, metido hasta los codos en el núcleo central monárquico de la conspiración. Es imposible no pensar que alguien sugirió que “convenía” que el avión no se quedase en Casablanca sino que prosiguiera vuelo hacia Las Palmas. Y este alguien tuvo que recibir alguna indicación en tal sentido procedente de Canarias. ¿Y de quién, si no, de alguna persona que trabajaba junto a Franco?

Ahora bien, tampoco podemos descartar del todo la hipótesis, que lanzó con su habitual fanfarronería el ínclito hagiógrafo de Franco que fue siempre Joaquín Arrarás, que también se hubiera pensado en dejar el avión en Casablanca para tenerlo a punto tan pronto fuese necesario. No hubiera habido dificultades en hacerlo, ya que un grupo de excursionistas (ya se sabe lo “extravagantes” que solían ser en aquella época los ingleses) hubiese encontrado la forma y manera de pasar tres o cuatro o cinco días, incluso dos semanas, sin levantar la menor sospecha.

Pero no fue así y no fue así porque Franco necesitaba el avión un cierto día en Las Palmas. No llegaré a decir que cuanto antes mejor, pero sí con un margen imprescindible para pasar a la acción y poner en marcha su plan.

¿Y qué dicen los historiadores, gacetilleros, periodistas y tertulianos pro-franquistas de las gestiones de Orgaz, a quien casi ninguno cita, con el representante de Lufthansa en Las Palmas para ver si podría utilizarse uno de sus aviones del servicio postal para una operación? Porque esto se sabe desde que lo publiqué en 1974 gracias a documentación alemana, no española que, naturalmente, falta. Es cierto que entonces no supe apreciar del todo su significado por falta de la debida contextualización, pero algo significativo sí podrían haber escrito todos aquellos para quienes Franco y Balmes iban cogiditos de la mano. Prudentemente, lo han eludido.

Un criminal siempre trata de borrar las huellas de su crimen y esto es lo que ocurre con el asesinato de Balmes y, en particular, con el vuelo del Dragon Rapide. No creemos que sea meramente accidental que la documentación (telegramas, notas, hojas de servicio) de la base de Cabo Juby y de su personal haya desaparecido en su totalidad; que nunca se haya encontrado la menor comunicación desde la Comandancia general de Canarias con ella y con Marruecos; que la generada por los primos Franco se haya volatilizado; que poco o nada subsista de la que revelaría el funcionamiento de la Comandancia de Las Palmas en tiempos de Balmes; que se desconozca por completo la que hubiese conservado el general Orgaz y, por consiguiente, sus actuaciones. Porque hay que pensar en lo que habría hecho Orgaz durante más de mes y medio de “estudio” de la forma de mejorar supuestamente el sistema de artillado de las islas, cuando en estas había expertos en el tema. Sabemos, eso sí, que en junio estuvo en la península (quizá para juerguearse un poquito sin que se le notara) y que poco antes de hablar con los alemanes fue a ver a Franco. ¿Para hablar del buen tiempo?

En una conspiración se conspira, pero cuando triunfa, ¿por qué no deja apenas papeles? Misterio tan insondable como el de la Santísima Trinidad.

 

Próximo post: “Por qué Franco hizo matar a Balmes”

Franco, viudas y pensiones

6 marzo, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es muy probable que el título de este post sorprenda a más de algún lector. A Franco se le ha conectado con muchas categorías, situaciones, personajes, pero …. ¿con viudas? Reconozco haber sido el primero en haberme quedado turulato ante la necesidad, inducida por la evidencia primaria relevante de época, de establecer dicha conexión. No pretendo, desde luego, hacer un análisis general, para lo cual no dispongo de documentación (aunque esto no significa que no pueda encontrarse si alguna vez, por ejemplo en el siglo próximo, algún investigador penetra a fondo en los expedientes de concesión de pensiones de viudedad que sin duda conservará preciosamente la Administración). Aquí me limitaré a señalar varios casos que se nos han presentado al escribir EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Han ocurrido a raíz del estudio del expediente relacionado con la concesión de la pensión a la señora viuda del general Amado Balmes por haber fallecido su marido, supuestamente, en acto de servicio.

 

Como exponemos a lo largo de un denso capítulo, el VIII, dicho expediente nos ha permitido progresar en el destrozo de la leyenda sobre el pretendido accidente que habría sufrido el general. La documentación en él conservada -y que es solo una parte de la más amplia que hubo de generarse- es absolutamente taxativa, en cuanto se la examina con criterios profesionales, ya de patólogo, ya de historiador. Hemos detectado, en efecto, numerosas lagunas.  Pero lo que no podíamos sospechar es que Franco obrara de forma paralela a como lo hizo con la viuda de Balmes en el caso de la señora viuda del teniente general Don José Sanjurjo Sacanell, marqués del Rif. Este, no lo olvidemos, era el personaje en nombre del cual se preparó la sublevación, quien terminó conectando con carlistas, monárquicos alfonsinos, militares de variado pelaje y, por conducto de quien actuaba en puridad como su jefe de Estado Mayor, el general Mola, incluso con falangistas. Murió en un accidente de aviación, al despegar el avión que pilotaba Juan Antonio Ansaldo desde un campo de fortuna en las inmediaciones de Estoril. Fue el 20 de julio y su óbito, al decir de algunos conspiradores monárquicos, cambió el curso de la historia de España. En beneficio, todo hay que decirlo, de Franco.

Recordemos los puntos esenciales de lo que es tal paralelismo:

  • La viuda de Balmes reclama una pensión por muerte de su esposo en acto de servicio, de acuerdo con las informaciones que se difundieron tras el suceso.
  • La pensión es denegada por la Sección competente de la Secretaría General de Guerra, un esbozo de departamento ministerial que estaba a la sazón bajo la responsabilidad del general Germán Gil Yuste. La Sección se limitó a reconocer que le correspondía una pensión de mera viudedad, ya que nadie desencasquillaba pistolas apretándolas contra su vientre. Entiéndase: se habría tratado de un caso de imprudencia temeraria.
  • La viuda de Balmes hace gestiones a través de amigos de su difunto esposo que no dan ningún resultado. No están documentadas, pero se conocen por transmisión familiar.
  • Alguien la aconseja, pasado un tiempo, de que las cosas han ido arreglándose y que debe de nuevo solicitar la pensión “extraordinaria”.
  • Así lo hace y se le concede, previo el expediente informativo al que se ha aludido en el post precedente. Con efectos desde el 16 de julio de 1936.

En el caso de la señora viuda del teniente general Sanjurjo:

  • Cobra un mes la paga que correspondía a su marido. Suponemos que por inercia de la gestión económica.
  • Después deja de percibirla y se queda abandonada a su suerte en Estoril.
  • Se ve obligada a recurrir a la generosidad de algunos amigos que también estaban en Portugal.
  • En febrero de 1937 uno de ellos la incita a escribir al general Gil Yuste para que le exponga sus problemas financieros por no percibir pensión alguna.
  • En paralelo el líder carlista, igualmente “refugiado” en Portugal, Manuel Fal Conde escribe a su vez a dicho general.
  • En su carta, que se conserva en el Archivo General de la Universidad de Navarra, se hace eco de gestiones previas llevadas a cabo por la viuda con otro amigo no identificado para que hablara de su caso. Suponemos que en Burgos o Salamanca.
  • Tras tales gestiones se había dicho a la viuda que solicitara la pensión ya que, como es natural, se le concedería.
  • Pero Fal Conde, conocedor del territorio, prefirió apoyar dicha solicitud por si las moscas.
  • Aprovechó para recordar a Gil Yuste que ya él, antes de que Franco fuese “exaltado” a la Jefatura del Estado, se había apresurado a informar a la Junta de Defensa Nacional de que convendría conceder de inmediato la pensión y publicar un decreto laudatorio en memoria de Sanjurjo.
  • Habían pasado seis meses y nada se había hecho.

Desgraciadamente no sabemos cuándo se concedió la pensión. Sí sabemos cuándo se ascendió a título póstumo a Sanjurjo al empleo de capitán general. Fue en octubre de 1939 y con efectos desde el 20 de julio de tres años antes.  Más tarde se trasladó el cadáver y se le rindieron solemnes honras fúnebres. El profesor Francisco Sevillano Carvajal ha recuperado la solemne ceremonia con todo su boato. [Esto no ocurrió con Balmes, supuestamente el primer compañero de sublevación de Franco, pero olvidado en el cementerio en que se le enterró hasta que un familiar, tras la guerra, hizo exhumar el cadáver y trasladarlo a la tierra de su esposa. Debemos suponer que SEJE pensaría que con haber accedido a la pensión por muerte en acto de servicio ya había hecho demasiado].

Para explicar el retraso habido en el reconocimiento de la pensión a favor de la señora viuda de Sanjurjo podría afirmarse que Franco estaba tan ocupado durante los primeros meses de la guerra que le era imposible perder un minuto de su preciadísimo tiempo en detalles tan nimios. Sí. Podría decirse. Pero sería faltar a la verdad documentada. Por las memorias de Francisco Serrat, primer “proto-ministro” de Asuntos Exteriores de Franco, sabemos que, en lo más duro de los primeros meses del ejercicio de la Jefatura del Estado, Presidencia del Gobierno y Generalísimo de los Ejércitos en operaciones, Franco solía emplear parte de su tiempo en charlar con amigotes y turiferarios y disertar sobre todos los temas habidos y por haber, como si estuviera poco menos que en una tertulia de la anteguerra.

Nosotros, pues, sospechamos que hubo algo detrás de la demora en lo que se refería a la pensión y que probablemente tenía que ver con su conocida animadversión hacia Sanjurjo.

Somos los primeros en testimoniar que se nos ha dicho, y no tenemos empacho alguno en aceptarlo, que el Ejército siempre se ha enorgullecido de haberse mostrado diligente en la tramitación de las pensiones a las viudas de sus jefes y oficiales fallecidos. Sí, pero… Este no fue el caso, ciertamente, de los allegados a los “enemigos de la Patria”. El Ejército de la VICTORIA estuvo mareando durante años a la viuda del general republicano Miguel Núñez de Prado (asesinado en circunstancias no aclaradas en julio de 1936, probablemente en Pamplona), dándole respuestas incoherentes. En 1941 se le denegó la pensión, porque no constaba la muerte del marido, a quien se consideraba “desaparecido”. Una muestra, cuando menos, de cierto tupé. ¿Qué ocurrió? Pues que la viuda movió también algunos hilos y terminó consiguiendo la pensión, creemos que hacia 1944.

Hablamos de generales, pero la racanería o el espíritu de venganza parece que afloraron también en el caso de ciertos oficiales y suboficiales. No hemos entrado a examinar si esto respondía a una línea de actuación consolidada. Esto último sería una parte de una exploración mucho más amplia que no tenemos la intención de realizar. En nuestro libro hemos citado ejemplos como el del alférez Eulalio Escribano, de la Escuadrilla del Sáhara basada en Cabo Juby, y copiloto del vuelo tras el cual su capitán, Luis Burguete Reparaz, encontró la muerte en Sevilla. Escribano también fue pasado por las armas el 9 de septiembre de 1936. Su hija necesitó la correspondiente hoja de servicios para documentar la petición de revisión de su pensión de orfandad. En el expediente no consta si la obtuvo. El suboficial piloto Antonio Remartínez, ejecutado también en Sevilla, dejó una viuda, Dolores Martín. Esta solicitó vanamente que se le facilitaran copias del acta de ejecución con el fin de obtener la pensión correspondiente. Recibió respuestas ambiguas o negativas y no nos ha sido posible obtener información de si, al final, le dieron o no la pensión. El expediente no se desclasificó hasta 1991. Evidentemente, casi un secreto de Estado.

El propio Serrat, en las memorias que escribió para su familia y que no estaban destinadas a la publicación, cuenta su caso. Cayó en una trampa saducea que le tendió su exjefe y pretendido amigo, el diplomático y superpelota franquista José Antonio Sangróniz, que aportó un pasaporte a Franco para que pudiera emprender su vuelo hacia la gloria. Serrat apareció como si hubiera sido crítico del naciente régimen en unas declaraciones en Francia que se le atribuyeron en 1937 y que había hecho otro compañero. Franco y su hermano Nicolás, el secretario general de la flamante Jefatura del Estado, le reclamaron a Burgos, pero Serrat que conocía el percal prefirió quedarse en Suiza.

La ira de los hermanos se desató contra él y Serrat, enterado por sus compañeros, se mantuvo en sus trece. No volvió a España por si las moscas. Le costó dios y ayuda conseguir que el “Nuevo Estado” le reconociera su imprescriptible derecho a la pensión. Al cabo de unos cuantos años de duro bregar, y de mover hilos por todas las esferas a su alcance, tuvo que contentarse con que se le concediera la de ministro plenipotenciario, pero no la de embajador. Encima, solo lo logró cuando Serrano Suñer desapareció del Ministerio de Asuntos Exteriores. Serrat atribuyó su relativo éxito a que el nuevo ministro era el teniente general conde de Jordana. Con él y con su padre había trabado buena amistad en sus tiempos de ministro de España en Tánger, antes de la dictadura de Primo de Rivera.

Son ejemplos. Parecen ir en una sola dirección. Franco o sus sicarios manejaron la concesión de pensiones de viudedad o de jubilación como instrumentos para:

  • Mostrar su poder omnímodo.
  • Dar rienda suelta a las malquerencias contra los vencidos o los disidentes.
  • Dejar en claro que el nuevo régimen no se sentía obligado por ningún tipo de preceptos legales anteriores a su establecimiento.

Comprendo que no es fácil documentar este tipo de actuaciones que, por definición, se ahogan en el papeleo administrativo. Pero en algunas memorias, como las tan mencionadas de Serrat, sí revelan frialdad, desprecio y distanciamiento como atributos nada recomendables de la actuación de Franco, un Franco diferente del que aparece en la hagiografía. Se aproxima al que ha descrito brillantemente Paul Preston en las diversas versiones de su aproximación biográfica al supuesto “salvador de la Patria, por la gracia de Dios”. En las antípodas de la imagen transmitida por el padre Garrido Bonaño, OSB, en aquel librito al que me he referido en un post precedente.

 

Próximo post: “El famoso vuelo del Dragon Rapide: su necesario encuadramiento”

Del “Caso Balmes” hacia la torpedeada investigación sobre el pasado

27 febrero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En los posts anteriores he intentado dar unas pinceladas sobre los documentos que hace unos años se presentaron como pruebas irrefutables de que el general había sufrido un accidente, continuando así el dogma de la más rancia tradición franquista. He procurado no copiar del libro que hemos publicado recientemente y enfocar los posts desde un ángulo complementario. En este quisiera llegar a una perspectiva algo más amplia. Siempre he pensado que un acontecimiento ya envuelto en una tergiversadora leyenda en el mismo momento en que se produjo y que sobrevivió más o menos incólume a la guerra, la dictadura y la transición, a pesar de su inherente inverosimilitud, debía tener alguna característica un tanto especial. Bien o mal la hemos encontrado en que desvelar que se lo que había detrás fue un asesinato mondo y lirondo ponía una gota de sangre sobre el honor militar y personal de Franco. En el año 2017, cuando cerramos el texto, era algo que muchos comentaristas, aficionados y gacetilleros o tertulianos profesionales seguían sin estar dispuestos a aceptar. De aquí que terminásemos nuestro con citas a personajes tan dispares como los Rolling Stones y György Lukács. Ambas perfectamente justificables.

 

Como creo haber escrito, si los amables lectores buscan la ayuda del siempre eficiente Mr. Google y teclean algo así como “Viñas+Balmes” o una expresión parecida se encontrarán, sobre todo en los blogs, con un montón de hits. Abundan los que ponen a este servidor como chupa de dómine. Para contrarrestar en la medida de mis posibles una repetición, en la redacción de EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO han colaborado un patólogo más que experimentado, el Dr. Miguel Ull, y mi primo hermano Cecilio Yusta, excomandante de Iberia y destinado en Canarias al comienzo de su dilatada carrera.

En las primeras contrastaciones de si ello ha supuesto un antes y un después, aparte de los inevitables insultos y exabruptos (marca al parecer inevitable de un sector de la sociedad española) no he encontrado ninguno (quizá por error, omisión o despiste) en que se hiciera el menor esfuerzo por rebatir con referencias documentales nuestras tesis.

A mí me gustaría conocer los nombres de algunas de esas personas que habrán pasado años rastreando archivos, en España y en el extranjero, en busca de evidencia primaria relevante de época; o hecho miles de autopsias o volado millas y más millas para contrarrestar, tan tajantes, algunas hipótesis sobre la realidad de aspectos oscurecidos, discutidos, deformados o violados del pasado. Por definición, incognoscible en su compleja y desaparecida totalidad.

En esta perspectiva, el “caso Balmes” lo hemos considerado una piedra de toque para apreciar la supervivencia de los mitos franquistas en la blogoesfera, cuyo estudio es una de las actividades más fascinantes de una buena amiga, la profesora Matilde Eiroa, de la Carlos III. El caso es fácilmente aislable. Puede abordarse como un “accidente” investigable en sus propios términos. Algo que los lectores de novelas policíacas, desde las clásicas a las más actuales, saben cómo se plantea (los resultados son otra cosa). O bien como un crimen.  En ambos supuestos las pruebas empíricas son determinantes.

En EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO hemos optado por combinar ambos tipos de análisis. La tarea no ha resultado excesivamente difícil. Sí su plasmación literaria. Sobre el suceso mismo existen documentos genuinos. Se dieron a conocer en 2015. Se analizaron torpemente. Esto es una crítica, pero también una constatación. Ya he señalado mi hipótesis de que el gran hagiógrafo de Franco, Ricardo de la Cierva, tal vez retrocedió espantado si llegó a verlos. Nosotros lo hemos hecho, sin aprioris.

Una autopsia que autoafirma que lo es debe abordarse con los mismos criterios con los que habitualmente se practica. ¿O no?  El testimonio del único testigo (salvo el asesino) del suceso debe relativizarse como lo haría cualquier experto en homicidios. ¿O no? Las declaraciones, absolutamente increíbles, de “colaboradores” de Balmes, hechas en el secreto militar y siguiendo órdenes de la Superioridad (con prueba documental al canto) deben relativizarse. ¿O no? No en vano, en el momento de hacerlas, ya existía una versión “oficial” de lo ocurrido, difundida en miles de ejemplares por aquel mentiroso compulsivo que fue el primer hagiógrafo de Franco, Joaquín Arrarás.

El resultado de esos tres juegos de documentos no deja demasiado margen para la duda. Quien no lo considere así, no tiene más que aportar sus argumentos. A lo mejor dispone de conocimientos alternativos en materia de anatomía. O los fundamenta en exégesis más avanzadas. O sabe y puede demostrar, a ciencia cierta, que el Balmes de la guerra de África adoptó una costumbre mora (que antropológicamente debería determinar en su origen) que consistía en desencasquillar pistolas apoyando el cañón contra el propio vientre.

Nosotros no nos lo creemos y siguiendo el testimonio, nada fiable, del “juez” militar instructor del sumario (y, sin la menor duda, implicado en el asesinato) hemos atribuido por el momento tal leyenda a un comandante (llegó a coronel de la Escala de Complemento) del que consta en su hoja de servicios que empezó a conspirar contra el Gobierno republicano poco después de las elecciones de febrero de 1936. Es decir, un personaje nada sospechoso de no querer levantarse en armas para “salvar a la PATRIA” tan pronto como fuera “necesario”.

Con todo, como no existe historia definitiva (Ricardo de la Cierva escribió muchas, pero se las llevó el viento), hemos hecho un “call for documents” dirigido hacia aquellas personas que puedan tener papeles que arrojen más luz sobre los acontecimientos del 16 de julio de 1936 y días precedentes. Al menos, las familias de los más directamente involucrados podrían disponer de algunas notas. ¡Hágase la luz sobre ellas!

Sin embargo, no nos hemos centrado sólo en aquellos días. Hemos considerado que el asesinato fue la culminación del proceso de maduración de la sublevación de Franco. No somos los primeros en haberlo dicho. Es notorio que el Dragon Rapide se alquiló (hay quien habla de una compra) en Londres a principios de julio, pero siempre se ha intentado disociar ese alquiler del conocimiento de Franco de que se dirigía hacia Las Palmas, donde estuvo aparcado cuatro días. Tal hipótesis es totalmente inverosímil.

Hemos indicado algunos de los canales por medio de los cuales Franco estuvo en contacto con la dirección de la conspiración que preparaba Mola. Fueron múltiples. Arrarás debió de creer que sus narrativas serían válidas para la eternidad. En su descargo, ¿cómo podrían anticipar él y su Caudillo que muchos años más tarde los archivos, españoles y extranjeros, y obras de memorias más o menos sesgadas podrían llevar a los historiadores a pasar sus embustes por un fino cendal?

En este recorrido, indisoluble de la solución que dio Franco a su problema logístico para largarse a Marruecos, hemos vertido también abundantes dudas sobre dos episodios esculpidos con letras de oro en la leyenda del posterior Caudillo. Su supuesta carta al presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga, y su presunto telegrama a Mola (el más famoso y más tonto quizá de su dilatada existencia), renunciando a sublevarse: “Geografía poco extensa”. Camelos chinos que se han tragado multitud de historiadores, profranquistas y antifranquistas.

¿Cambia nuestra reconstrucción el proceso conspiratorio de Franco de cara a la sublevación del 18 de julio? No radicalmente, pero sí postula la existencia de una línea sin prácticamente solución de continuidad entre sus deseos de dar un “golpe blando” en el filo mismo de las elecciones de febrero hasta el asesinato de su compañero de generalato el 16 de julio de 1936.

Quedan vetas por aclarar. En primer lugar, las lagunas en las actuaciones de Mola. El testimonio de B. Félix Maiz, en por lo menos tres versiones no es demasiado fiable. Pero como los papeles del general desaparecieron (y no por la intervención del Espíritu Santo) hay que trabajar con lo que queda, que no es demasiado. En segundo lugar, en los papeles de los primos Franco (ambos Franciscos, pero de los cuales solo el ayudante se decidió a poner por escrito unos recuerdos “adaptados” y llenos de agujeros, cuando no de crasas omisiones).

¿Merece la pena insistir en tales “ausencias” en los archivos estatales? La respuesta es afirmativa.

En la Rusia de nuestros días la mayor parte de los papeles de Stalin estaban ya en el dominio público cuando visité Moscú hace muchos años. También están abiertos los papeles de Mussolini. O los de Hitler. Solo los de Franco (que, a tenor de lo que parece sugerir un insigne profesor norteamericano en la biografía, no demasiado buena, que le ha dedicado, no son precisamente los que conserva la fundación de su mismo nombre) siguen cerrados a la investigación. Amén de miles y miles de documentos en los archivos militares que guardan, con su espada flamígera levantada, nuestros ministros de Defensa. En realidad, España puede vanagloriarse de no haber ajustado cuentas con los demonios de su pasado a los cuarenta de cuarenta años de hundimiento del sistema político e institucional del franquismo. Un récord, digno sin duda de figurar en el Guinness con mayúsculas de platino.

 

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El “honor” de los compañeros de Balmes

20 febrero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Un militar conocido mío, cuyo nombre no viene a cuento, llamó hace meses mi atención sobre un librito de ética que, al parecer, estaba muy difundido entre los medios castrenses del primer tercio del siglo XX. Su autor fue (según he visto en internet) el laureado teniente coronel José Crespo Soto. Confieso no haber sabido nada de él, pero me impresionó lo suficiente como para incrustar en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO una de sus citas: «El militar debe tener honra y honor, no consiente este se favorezca a uno a costa de otro, ni consiente la mentira ni el faltar a la palabra empeñada […] Presta juramento el oficial dando su palabra de honor, y como indigno de pertenecer al Ejército se considera al que no dice la verdad». Imagino que muchos lectores -y también los gacetilleros, militares e historiadores, aunque sean pro-franquistas, no se atreverán a menospreciar abiertamente tal aserto. 

 

Sin embargo, tal vez el Ejército de la VICTORIA hubiera quedado muy capitidisminuído de haber excluido a todos quienes atentaron contra la verdad. En la sentencia del consejo de guerra sumarísimo que se montó contra el general Manuel Romerales en agosto de 1936 -y que nosotros contraponemos en el comienzo del libro a las brillantes y acertadas advertencias para historiadores contenidas en un borrador sobre la guerra civil en el Servicio Histórico Militar que no llegó a publicarse- se hizo una afirmación rotunda. El Ejército se había visto obligado a acometer su empresa salvadora contra la anarquía reinante, fruto de la intensa propaganda marxista y comunista (sic) que conducía a la “Nación fatalmente a la ruina”.

Esta nunca fue entonces, ni es hoy, la verdad histórica. Digamos que se trata de un camelo fundamental y que representa un “estado de espíritu” que por desgracia todavía no desaparecido entre quienes acuden al pasado para excusar lo ocurrido. En efecto, basta con ojear la literatura que divulgan quienes siguen exaltando el imperecedero nombre de Franco.

De tal espíritu participaron intensamente aquellos compañeros del general Balmes que se pasaron por el forro de sus guerreras algunos de los preceptos de las Reales Ordenanzas de Carlos III (teóricamente guía de los uniformados hasta su renovación bajo el presente régimen democrático). No es exagerado afirmar que un conjunto de ilustres jefes y oficiales faltó gravemente a la verdad al testimoniar que su superior jerárquico había muerto en acto de servicio el 16 de julio de 1936.

Probablemente todos ellos, o al menos la mayoría, supo lo que había ocurrido en aquella fecha. Varios habían participado activamente en la conspiración que acabó con la vida de su general. En 1940 sin excepción, aunque en grado diferente, apoyaron la versión oficial popularizada por un periodista indigno y primer hagiógrafo de Franco: Joaquín Arrarás. La Superioridad quiso contar con el testimonio de todos ellos para dar la impresión de que la no concesión de la pensión extraordinaria solicitada por la viuda del general -denegada años antes- debía revisarse a la luz de nuevas informaciones. Nada mejor, pues, que apañar un montaje interno del que se derivara necesariamente que el “accidente” ocurrió justo cuando Balmes se disponía a sublevarse junto con su inmediato jefe, el general Francisco Franco, y a sus órdenes. A este tenor, habría sido el primer caído del “Glorioso Alzamiento Nacional”. Así, por lo demás, se le ha presentado hasta fecha reciente, en una muestra más de ese continuo ejercicio de proyección para “explicar” el pasado y del que no logran desprenderse autores pro y neofranquistas.

Un comandante y exalcalde -aunque efímero- de Las Palmas, obviamente nombrado a dedo, Domingo Padrón Guarello, dio la pauta. A pesar de que antes de julio estaba en la reserva, se autopresentó como amigo casi íntimo de Balmes, Orgaz y Franco y declaró que el primero se dedicaba a probar pistolas de cara al “Movimiento” con el fin de repartirlas a personas de confianza. Imagine el lector lo que esto implica: las “hordas marxistas” eran tan poderosas y estaban tan bien armadas de cara a la inminente revolución bolchevique que los soldaditos no serían capaces de oponerse a ellas. No queda claro porqué Balmes no se atrevería a utilizar fusiles ametralladores ni medios pesados (de los que la guarnición disponía), y sí únicamente pistolas. Con todo, no podemos dudar de que, empuñadas por valientes patriotas, quizá sirvieran de contrapeso a los contagiados por el espíritu revolucionario. En cualquier caso, todo hace pensar que tan ilustre comandante se quedó tan pancho.

Su testimonio fue apoyado por el comandante José Fiol, el de la supuesta costumbre mora de Balmes de desencasquillar pistolas. Fue algo más restrictivo. Las pistolas eran de las destinadas a la sección de tropa del Gobierno militar. ¿Implica esto que Balmes no se vería capaz de ordenar con éxito la utilización de las armas ligeras y menos ligeras de la guarnición a sus órdenes, pero que sí quería que al menos un pequeño grupo en torno suyo tuviera armas cortas que él había probado personalmente? ¿Tal vez para oponer una resistencia a lo Viriato cuando las hordas hubiesen desfondado todas las defensas? ¿O quizá, más bien, para hacer frente a un atentado? Misterio profundo.

El también comandante José Pinto de la Rosa declaró que en los primeros meses de 1936 Balmes ya había participado activamente en la preparación del “GMN”. Es decir, que la trayectoria conspiratoria del muerto general venía de larga data. Es más, pocos días antes del “accidente” habían estado juntos en una azotea desde la cual se divisaba uno de los cuarteles y sus aledaños. Balmes quería estudiar “la manera de defender el edificio de un ataque de las turbas” y lo había visitado más de una vez. Imagine el lector a un curtido militar en la guerra de África revisando minuciosamente sobre el terreno las posibilidades de defensa contra multitudes de civiles ansiosos de sangre y de botín. Francamente, ni a un autor de tebeos se le hubiera podido ocurrir.

Para mí las declaraciones más divertidas fueron las de ya un coronel -que no tardó en llegar a general- llamado José María del Campo Tabernilla. Hasta aquel momento era muy conocido en su casa a la hora de comer. Incidió premiosamente en una de las “misiones importantísimas” de las que se habría encargado Balmes. Reclutar pistolas “que tenía a su disposición para armar a elementos afines en el momento oportuno”. Al parecer no hubiese bastado con darles pistolas y mosquetones de los que se guardaban en las armerías de la guarnición (que, ¿se sorprenderá el lector? es lo que hicieron los militares tan pronto se sublevaron y distribuyeron entre sus partidarios de derechas).  Y ello, claro, porque el general era muy concienzudo: “las probaba personalmente y para no infundir sospechas a los que le vigilaban constantemente (…) hacía creer que [tirar al blanco] era un deporte que siempre había practicado…” O sea, no solo Franco estaba en el visor de los agentes de la subversión promovida por el aparato gubernamental (como siguen argumentado algunos autores, extranjeros y no extranjeros, muy conocedores al parecer de los intríngulis de la época en Canarias) sino también Balmes.

¿Qué deducen de ello los lectores? Supongo que si bien el “accidentado” general era un tirador experimentado, el insigne coronel del Campo reforzó el único pretexto que entonces ya “colaba” sin problemas. Espero que no se destornillen de risa al constatar que la única “misión importantísima” que se le ocurrió a tan distinguido jefe fue la de ensayar pistolas. Claro que hay que preguntarse: ¿quién vigilaba a Balmes? Mis inferencias: ¿furiosos soldados izquierdistas sovietizados?, ¿oficiales que iban a hacer causa común con la revolución roja?, ¿agentes del gobierno disfrazados de lagarteranos? Más misterios. El tema de “espías en la Comandancia”, sobre el cual se explayó tan eminente coronel, daría para mucho más jolgorio, pero no es necesario abundar en ello. Puede dar dolores de estómago.

Lo más curioso es que la Superioridad, que tanto hincapié puso en que militares de tercer, cuarto y hasta quinto nivel hicieran el indio (con perdón: utilizo una locución habitual) no siguiera la única sugerencia sensata del comandante Padrón Guarello. No hubiera sido demasiado difícil. ¿Por qué no se acudió al testimonio del general Orgaz que tanto había ayudado a Franco en Canarias a prepararse para el inmortal momento en que no quedó más remedio que salvar a la PATRIA? ¿Quién hubiera osado poner en duda sus decires? Tampoco había que citarlo personalmente y hacerle perder su precioso tiempo. Quizá con una notita (perdón, un oficio) se hubiera resuelto el tema en unos cuantos días.  Sin embargo, este proceder tan obvio no fue lo que quería Franco.

Afortunadamente, el expediente de tramitación de la concesión de pensión extraordinaria por muerte en acto de servicio se convierte en un bumerán que pone al descubierto la forma en que SEJE abordaba, sin mancharse para nada sus blancas manos, ciertos asuntos que le concernían. Es un proceder que aplicó no solo en la esfera militar sino también en sus negocios. Desde la utilización en secreto de su omnímoda capacidad para ordenar lo que le viniera en gana (el Führerprinzip en acción) hasta para llenarse los bolsillos; pasando el montaje de un entramado jurídico ad hoc para arrendar la finca Valdefuentes a su propia esposa hasta desviar recursos hacia sí mismo y sus conmilitones a quienes convenía tener contentos y tranquilos; hasta saltarse a la torera la legislación existente cuando no le agradaba (casos todos que he tenido el placer de documentar en LA OTRA CARA DEL CAUDILLO).

Pero no teman los lectores. Después de muerto SEJE, un sacerdote muy entregado a su figura se hizo eco de voces que se levantaron defendiendo la “santidad” del desaparecido. Su conclusión personal fue que “Franco había unido su voluntad a la voluntad divina, hasta el punto de no querer más que lo que Dios quería o permitía. Esto solo saben hacerlo las almas santas…”

¿No es para pasmarse? Algunos podrían pensar que si Franco hizo lo que el Señor deseaba…. se verían obligados a perder la fe.

Los lectores pueden comprobar esto, y mucho más, en un librito que no ha despertado entre los historiadores la atención que sin duda merece. Fue escrito por el padre Manuel Garrido Bonaño, OSB, bajo el título Francisco Franco, cristiano ejemplar. A mí me lo recomendó vivamente el profesor Julio Aróstegui y el ejemplar que tengo, de 2003, es ya de la quinta edición. Salvo que las tiradas fueran micrométricas hay que calificarlo de todo un éxito, aunque en lo que se me alcanza pocos sean los autores que lo citan. Lo publicó la Fundación Nacional Francisco Franco.

Ahora compruebo, gracias al siempre voluntarioso Mr Google, que tan eminente autor falleció en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos en septiembre de 2013. Entre las obras que se mencionan en su necrológica no figura la anterior (¿por qué será?) pero sí se lee que el Diccionario Biográfico Español le ha dedicado una entrada. Así, pues, el recuerdo de su paso por este triste valle de lágrimas ha quedado inmortalizado, pero los descreídos podrían pensar que todo, o casi todo, empezó con el asesinato de Balmes…

Quien esto escribe está acostumbrado a hacer y a hacerse preguntas. Una de las más importantes que se ha planteado en relación con la leyenda sostenida durante ochenta años por una nutrida pléyade de historiadores, gacetilleros, comentaristas y tertulianos es la siguiente: si Balmes sublevaba a la guarnición de Las Palmas de Gran Canaria y Franco a la de Santa Cruz de Tenerife ¿quién hubiera tenido la capacidad, los medios o los reaños de oponerse a ambas con eficacia? Porque la realidad mostró a partir del 18 de julio que en Canarias los leales a la República no tenían medios para oponerse.

Esta constatación, bien documentada, debería haber llevado a tales autores a examinar detenidamente cómo los “perros de la guerra” desatados por Franco procedieron para salvar las islas de las amenazadoras garras de unas autoridades nombradas tras la victoria al Frente Popular y que en su férvida imaginación estaban manipuladas por la hidra de siete cabezas moscovita. Pero no. Los relatos sobre las “inmensas” dificultades con que toparon en la “pacificación” del archipiélago apenas si dan para unas páginas. Eso sí, siempre repletas de heroísmo.

 

Próximo post: “Del “caso Balmes” hacia la torpedeada investigación sobre el pasado.”

Testis unus, testis nullus

13 febrero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

El latinajo que da título a este post puede traducirse por “un testigo solo no tiene ningún valor”.  O, dicho de otra manera, un único testigo no es suficiente para corroborar un hecho. Es un principio clásico de frecuente uso entre historiadores. Hay situaciones, en efecto, para las cuales solo existe una fuente. ¿Es por ello necesariamente creíble? En otros casos, hay varias. Con tal de que sean dos se plantea un problema: ¿A cuál dar mayor credibilidad si muestran contradicciones entre sí? Raro es el historiador que no se haya visto confrontado con uno de estos dos dilemas. También forma parte de la experiencia diaria de periodistas y comunicadores de pro. ¿Puede creer uno todo lo que se le dice?, ¿todo lo que lee? Suscitar la pregunta es ya responderla. Las respuestas pueden ser múltiples, pero en general se anudan en torno a dos categorías. En primer lugar, es preciso examinar la consistencia interna de la fuente cuando ello es posible. En segundo término, es absolutamente preciso contextualizarla, encajándola con la evidencia que alumbre el entorno en el que se produjera o se diese a conocer. Y si nada de ello permite llegar a una conclusión definitiva, no hay más remedio que exponer las diferentes posibilidades que las pruebas arrojan. Yo siempre parto de una máxima atribuida a Bertrand Russell: “Cuando los expertos están de acuerdo entre sí, no cabe sostener que una opinión contraria pueda ser cierta; cuando tales expertos no están de acuerdo, un no experto no puede considerar cierta una determinada opinión propuesta por ellos; cuando todos los expertos mantienen que no existen suficientes razones para dar una opinión positiva, un hombre corriente haría bien en no adoptar  juicio al respecto”.

 

Sorprende, en cualquier caso, que periodistas, gacetilleros, pelotas del “Caudillo” y algún que otro historiador se hayan tragado enterita la versión que de lo ocurrido a Balmes el 16 de julio de 1936 expuso al día siguiente ante el juez militar instructor del sumario, el comandante José M. Pinto de la Rosa (citado por aquel autor tan distinguido como fue el profesor Ricardo de la Cierva), el chófer del general, que lo había conducido -según dijo- al campo de tiro. Más aún nos sorprende que algunos de los comentaristas en la prensa digital nos hayan criticado por haber hecho caso omiso al soldadito que llevó a Balmes adonde le aguardaba su destino.

A periodistas, gacetilleros, pelotas y aprendices de historiadores (hombres piadosos, no me cabe la menor duda) no estará de más recordar lo que dice el Deuteronomio (19, 15), que supongo habrán visto en alguna ocasión. (En la derecha pro-franquista todavía perdura algún relente del nacional-catolicismo y ya se sabe que en aquellas poco añoradas escuelas en la asignatura de “Religión”, que era “maría” pero no por ello optativa, solía hacerse referencia a los textos sagrados). Acudiré, pues, a la traducción on line de la Biblia de Jerusalén para recordárselo por si las moscas: “Un solo testigo no es suficiente para convencer a un hombre de cualquier culpa o delito; sea cual fuere el delito que haya cometido, sólo por declaración de dos o tres testigos será firme la causa“. Menciono ante todo esta traducción para que no se me acuse de prejuzgado. Personalmente, cuando consulto la Biblia siempre lo hago en primer lugar a la gran versión en inglés, de una belleza poética incomparable, del rey Jacobo I. La idea en ambos casos es, por supuesto, la misma si bien más reiterativa en el segundo: “one witness shall not rise up against a man for any iniquity, or for any sin, in any sin that he sinneth: at the mouth of two witnesses, or at the mouth of three witnesses, shall the matter be established”. En castellano castizo, más valen tres testigos que dos y dos siempre más que uno.

Este principio bíblico, muy razonable, tuvo entrada en el derecho romano. Como muchos de los defensores de la versión tradicional habrán estudiado Derecho (servidor se inclinó hacia otros saberes), seguro que saben que dicho principio fue tenido en cuenta por el Código de Justiniano. Este, para los no juristas, fue la recapitulación relativamente tardía de siglos de experiencia en la aplicación de lo que será fuente del derecho continental europeo, es decir, el romano. Es más, los que hayan sentido algo de curiosidad por la historia de su disciplina (que en mi época había que estudiar obligatoriamente en la Facultad) también quizá hayan leído que el dichoso principio lo aplicaron sistemáticamente los tribunales de justicia en la Edad Media. A lo mejor me equivoco, pero también sigue teniendo validez en el derecho anglosajón en donde se define como “a law principle expressing that a single witness is not enough to corroborate a story”.

Utilizado en nuestro caso me parece que se necesita ser un poco maxicrédulo para prestar, en un tema en lo que se dilucida es un asesinato, demasiada atención a las declaraciones de un simple chófer cuyo nombre se había perdido en las brumas del pasado. O, al menos, eso creí hace varios años al ocuparme de él en LA CONSPIRACIÓN DEL GENERAL FRANCO. Incluso pensé que podría haberle ocurrido un accidente. Cosas que a veces ocurren con testigos incómodos, como bien saben los lectores de novelas policíacas. En realidad aquel preciado testigo no experimentó el menor contratiempo. Me pasé de suspicaz. Al contrario, tuvo su recompensa.

Jamás, que se sepa, se vio expuesto a los riesgos y peligros de la guerra, a los piojos de las trincheras y al hedor de las letrinas colectivas. Pero tal vez los gacetilleros y comentaristas de pro tengan mejores informaciones. Servidor está siempre abierto a examinar todo tipo de pruebas documentales.

El chófer Escudero Díez, que tal fue su nombre, vivió, según se desprende de su impoluto expediente militar, una guerra extraordinariamente cómoda. A los pocos meses se le trasladó a la Península, se le movió de un lado para otro, nunca se le dejó que permaneciera demasiado tiempo en el mismo sitio y fue ascendiendo desde la modestia ínfima de un voluntario ingresado -al parecer- en el Ejército a nivel de turuta vulgar y corriente. Así pasó por los escalones de cabo primero, sargento, brigada y teniente. Desde fecha temprana siempre en la escala de tierra de lo que terminó siendo el Ejército del Aire. Incluso pretendió llegar a capitán pero no lo consiguió. No está explicado porqué. A lo mejor no fue tan listo. O alguien se enfadó con él.

Su expediente es rico en pormenores y a partir de su ascenso a teniente en 1953 resulta cansinamente detallado. Sin embargo, encierra algunos interrogantes. No pegó jamás en su vida un tiro, pero se le acreditó su valor, algo que exigía haber participado en combates y haber tenido la capacidad de demostrarlo. Hizo un servicio militar algo más que anodino, pero en 1940 se le reconocieron tres condecoraciones, incluso las dos relacionadas con actos de armas. Se trató de la Medalla de la Campaña, la Cruz Roja al Mérito Militar y la Cruz de Guerra. No está nada mal.

Su trayectoria en el Ejército se basó en lo que dijo a sus superiores en noviembre de 1936. Estos, caballeros cristianos, lo aceptaron como palabra de Evangelio, no en vano el coronel en cuestión que respaldó las declaraciones de Escudero con su firma se había destacado como notorio repressor tras la sublevación. El chófer afirmó que en julio la hoja de filiación no había llegado todavía a Canarias porque permaneció en Madrid y quedó en poder de los “rojos” (sic). El lector ya supondrá que no ha sido posible encontrarla en ningún archivo, pero quizá los historiadores pro-franquistas tengan en el futuro más suerte que nosotros que especulamos si no podría haber sido  incluso un pistolero a sueldo de cualquier organización de la extrema derecha o de la extrema izquierda (esto último algo menos probable). O, puestos a pensar mal, que alguien la destruyera después del “accidente” sobre el cual tuvo que declarar a Pinto de la Rosa.

Quizá por esa inescrutabilidad inherente a muchos de los designios del Alto Mando en forma de enrevesadas formulaciones burocráticas, su expediente personal fue corregido como consecuencia de órdenes de personajes de tanta enjundia como el general Subsecretario del Ejército del Aire o el general en jefe de la Región Aérea en donde Escudero prestaba servicios. No nos parece algo muy habitual para el caso de un mero brigada pero, como es sabido, tales designios son inescrutables.

El antiguo chófer murió, por desgracia, tempranamente, a los cincuenta años a consecuencia de una cirrosis hepática. Dada la etiología habitual de esta dolencia, tal vez podría especularse si no le disgustaría echarse (¿de vez en cuando?) un trago de más al coleto. Con él desapareció, el 27 de septiembre de 1965, uno de los testigos del caso Balmes.

Hay que decir uno porque hubo otro u otros, que naturalmente se abstuvieron de manifestarse. Dado que las lesiones orgánicas que sufrió el general solo pudieron proceder de un disparo hecho a quemarropa por debajo de la axila izquierda, el testimonio de tales personas no hubiera apoyado el argumento de que Balmes hubiese tenido la todavía más extraña costumbre de desencasquillar sus pistolas apoyándolas en aquel lugar del cuerpo. Ni siquiera los militares más dóciles a las ocurrencias de Franco y de sus inmediatos adlátares hubieran podido creérselo.

Es decir, en el campo de tiro en el que Balmes fue baleado no estuvo tan solo el chófer (que por consiguiente no fue el único testigo) sino, al menos, el baleador y quizá algún otro personaje. Hoy podemos tirar a la papelera los discursos y las versiones de Ricardo de la Cierva y de todos sus ilustres antecesores, empezando por Arrarás (el primer biógrafo del invicto Caudillo). Sus fantasias han hecho estragos entre los historiadores desde Ricardo de la Cierva, pasando por Luis Suárez Fernández (ambos autoridades en la materia) y hasta los que han rozado el tema en la actualidad. Incluso algún militar.

Es más, hemos argumentado en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO que uno de los conspiradores que necesariamente tuvo que estar metido hasta el cuello en el suceso fue el juez ante el cual el chófer hizo su deposición el día del entierro. Nos referimos a Pinto de la Rosa, a cuyas memorias (disponibles fácilmente en Internet) cabe retrotraer la extraña costumbre de desencasquillar pistolas “por la tripilla” que un comandante llamado José Fiol atribuyó a Balmes. Costumbres tomadas de su experiencia en las guerras contra los moros.

Pinto de la Rosa ha pasado como de rositas (nunca major dicho) por el episodio que narró a su manera intercalando granos de verosimilitud con montañas de paja. Tal combinación le permitió autopresentarse  como un jefe inspirado por el ejemplo de Franco cuando este decidió sublevarse el 18 de julio de madrugada y cual fiel cumplidor de las órdenes que le dio el sucesor de Balmes al frente de la guarnición de Las Palmas (un teniente coronel hiperdesconocido que, por cierto, también estaba mezclado en los preparativos de la rebelión). Innecesario es señalar que, con tales antecedentes y los servicios prestados al “GMN” (glorioso movimiento nacional), de la Rosa llegó a general. No sé si la fortuna sonríe a los valientes, pero a varios oficiales y jefes mezclado en la trama para liquidar a Balmes sí les sonrió la esclarecida bondad de Franco.

 

Próximo post: “El “honor” de los compañeros de Balmes”

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas y sobre el papel la fantasía militar

6 febrero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Ya he señalado en el post anterior que el gran “fasciculógrafo”, hagiógrafo y hermeneuta de Franco que fue el profesor y exministro Ricardo de la Cierva anunció en la biografía -obviamente fascicular- de 1982 que en el Servicio Histórico Militar había examinado un “exhaustivo” expediente sobre la muerte de Balmes. No dio el menor detalle y ninguna de las referencias que proporcionó se encuentran en él.  Pero sí hubo un expediente no sobre la muerte del general en sentido estricto sino sobre la concesión de una pensión a su viuda por haber fallecido su esposo “en acto de servicio”. En este expediente figuraron algunos papeles bastante desorganizados, pero sobre todo uno que muestra la fantasía que desplegaron los militares para ocultar el asesinato. En paralelo es instructivo meditar sobre los comentarios de algunas personas que se manifestaron de inmediato en las ediciones digitales de los medios de comunicación tan pronto como EL PAIS, amablemente, publicó un anticipo de EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO.  No lo habían leído, pero como es habitual en el equivalente actual de los grafitis de los urinarios de antaño (caracterización que debo a Fernando Hernández Sánchez) pontificaron, despotricaron e insultaron. Una manera de mantener incólumes las esencias franco-patrioteras.

 

Cuando la imprenta iba ya a tirar el texto de nuestro libro un amigo nos facilitó una foto. No era de muy buena calidad, pero nos pareció tan importante que la introdujimos en lugar de otra prevista. Procede de un archivo privado en Canarias. El propietario prefirió que no se le identificara. Muestra a Franco en un pequeño edificio en el cementerio esperando a que los forenses practicasen la autopsia. Tiene el gesto serio, adusto. Como correspondería, dirán algunos, por la pérdida de un compañero con quien contaba para llevar a cabo la sublevación unas cuantas horas más tarde. (Cabe pensar, sin embargo, que también podría haberlo adoptado por lo aliviado que estaría tras haberse quitado un peso de encima y por la necesidad de guardar las apariencias).

Este “guardar las apariencias” me trae a la memoria una cancioncilla que berreábamos los críos en el colegio en los años cuarenta cuando nos sacaban de excursión: “Ahora que vamos al campo, vamos a contar mentiras. Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará” (bis). Es la única estrofa que recuerdo. Franco y algunos de los militares que con él estaban sabían lo que había pasado, pero había que encubrirlo. ¿Cómo? De una forma muy simple. Dado que la autopsia era preceptiva y el no practicarla hubiese despertado sospechas, era preciso llamar a los forenses (dos mejor que uno), pero poniendo a su lado otros dos médicos militares para que les “echaran una mano”.

Los cuatro galenos se fueron al campo”santo” y a los uniformados se les ocurrió una brillante idea. (A lo mejor ya entonces se entonaba la cancioncilla de mi niñez). No había que redactar una autopsia, ni mucho menos un certificado de defunción. Eran tareas engorrosas, que debían atenerse a ciertas normas de forma y procedimiento. ¿Qué se ganaría con tanto despilfarro de tiempo? A los forenses se les dijo que con una declaración oral suya bastaba. Así que se fueron a ver a los señores juez y secretario del juzgado del distrito que correspondía al sitio en donde había tenido lugar el “accidente”. No sabemos si, tomando unas tazas de café o alguna copa, los médicos dictaron (si es que lo hicieron) sus conclusiones al secretario. Hay que suponer que los eminentes representantes de la jurisdicción ordinaria les creyeron religiosamente y los cuatro intervinientes (los militares se habrían excusado, sin duda por motivos urgentes) firmaron el papelín.  Lamentablemente, este no tiene el menor valor probatorio ni mucho menos legal. Tampoco se han visto las firmas ni el original que, por si las moscas, no figura en el expediente. En definitiva, LO QUE ALGUNOS EMBARULLANDO LOS TEMAS HAN DENOMINADO AUTOPSIA, NO ES TAL.

Afortunadamente uno de los coautores de ELPRIMER ASESINATO DE FRANCO es un patólogo reputado, con cincuenta años de experiencia haciendo autopsias. Si algún comentarista en las redes duda de los resultados de su análisis, lo mejor es que saque pecho patriotero y escriba su veredicto, siquiera en forma digital pero con su nombre y apellidos y el número de colegiado si es médico. Lo leeremos muy atentamente. En el bien entendido que la sedicente “autopsia” no es el único documento que nos induce a acusar a Franco de haber incitado un asesinato. Y la pregunta que uno ha de plantearse y que gacetilleros y brillantes autores o comentaristas pro-franquistas no parece que se hayan planteado, aunque el papelín se conoce desde 2015, es porqué un juez y su secretario firmaron que dos forenses habían dictado lo que es una auténtica paparrucha anatómica.

Para nuestra buena fortuna, en marzo de 1940 la Superioridad militar decretó que había que confirmar que Balmes falleció en “acto de servicio”. Como todo es subsanable en esta vida menos esquivar sistemáticamente los impuestos y la muerte, tal confirmación exigió un nuevo expediente informativo que, obvio es decirlo, jamás se hizo público. Franco podía haber decidido conferir la pensión directamente, al fin y al cabo era fuente de Derecho. Su palabra era ley en el superdegradado ordenamiento jurídico impuesto por los vencedores. Sin embargo, quizá se le hubiera podido tratar de favoritismo o, más bien, de querer acallar los rumores que ya habían corrido sobre el “accidente”. En tal expediente figura una copia del papelín sobre la “autopsia”. Repitieron secretario y el juez. Hay que suponer (aunque nosotros no lo creemos) que la copia la hicieron correctamente. En esta ocasión no llamaron a los forenses. Se les escapó, eso sí, un pequeño error. Tal vez las prisas. Fecharon la copia el 21 de abril de 1936.

Uno la lee y, si no es al menos enfermero/a, no se entera mucho de lo que significa. El titulado INFORME DE AUTOPSIA está lleno de detalles anatómicos pero lo que el lego capta con toda claridad es que en la transcripción se afirma claramente que el orificio de entrada del proyectil estuvo situado en la región epigástrica. Si tiene curiosidad va a Wikipedia y verá que dicha región contiene el estómago. Y, claro, el lego se dirá: no necesito más. Cuestión resuelta.

Sí, pero no. Se detectan, en realidad, muchos, muchos peros. Por ejemplo, si el proyectil hubiese penetrado por el estómago se habrían producido ciertos destrozos en el cuerpo del general. Ahora bien, las lesiones que los forenses describieron son anatómicamente incompatibles con la trayectoria que exponen. Para que se produjeran, la bala tendría que haber entrado por otro sitio. Este lugar fue identificado correctamente en la primera noticia que del “accidente” dio un vespertino, el Diario de Las Palmas, en la misma tarde del 16 de julio, a las pocas horas de ocurrido. Como no tenemos constancia de que ningún intrépido periodista hubiese presenciado la recepción del malherido en la Casa de Socorro, probablemente alguien se lo comunicó desde ella.  La bala, explicó el periódico, había entrado por el hipocondrio izquierdo. El lector se rasca la cabellera, busca en Wikipedia y lee que el hipocondrio es la región abdominal superior, a cada lado de la epigástrica, y que en el izquierdo se encuentra el bazo.  Y resulta, vaya por dios, que el bazo fue uno de los órganos más dañados, según la declaración verbal que firmaron los forenses y que la lesión se produjo de arriba a abajo.

Algo no cuadra. El orificio no podia estar a la altura del estómago. ¿Qué hacer? Pues lo que cualquier historiador normalito haría en este tipo de casos. Buscar información fehaciente. De aquí que en el librito (650 páginas) dos de los capítulos relacionados con el análisis de la supuesta autopsia lleven la autoría del Dr. Miguel Ull Laíta. Su prosa, puesta en la medida de lo posible de forma tal que sea comprensible para los no médicos, va de la página 175 a la 239. En estos dos capítulos se pasan en revista las condiciones legales exigidas en la práctica de las autopsias en 1936, las condiciones en que se llevó a cabo la conducción del general desde el campo de tiro a la Casa de Socorro y al Hospital Militar, las declaraciones de algunos intervinientes -a veces contradictorias-  y el análisis técnico-anatómico del supuesto INFORME. Y ¿qué encontrará el lector?

Simplemente que el orificio de entrada presuntamente indicado por los forenses no se corresponde con las lesiones que ellos especificaron y que faltan otras, que tuvieron que producirse necesariamente y que tampoco reseñaron. Es decir, las producidas por un disparo cuando el general se apoyó, según se trataba de “demostrar”, la pistola contra su cuerpo. Se corresponden, por el contrario, con las que generó un balazo disparado casi a quemarropa en el hipocondrio izquierdo, la parte del cuerpo situada en la región que más o menos está por debajo de la axila izquierda.

Los forenses, obviamente, tuvieron que advertir este pequeño detallito, que probablemente no se le pasara al médico más recientemente salido de la Facultad, pero declararon (si es que lo hicieron) un origen congruente con la leyenda inventada por los militares, sueltos como sardinas por el monte. Como los forenses tenían vida, familias y hacienda en Canarias, en donde al día siguiente iba a producirse una sublevación militar de la que ya corrían rumores (a no ser que Las Palmas viviera en otro mundo), hicieron lo normal: dejar que la fantasia de los galenos uniformados  se plasmara sobre el papel, como las liebres corretean por los mares. Alternativa:  ¿habría que pensar que el juez y el secretario se inventaran una barbaridad anatómica?

Evidentemente es difícil que todos los lectores del periódico tuviesen mucha idea de la ubicación del hipocondrio pero  habría entre ellos médicos civiles y, desde luego, los galenos militares sí la tenían. Ergo, hubo que improvisar sobre la marcha y maldecir para adentro al periodista de El Diario de Las Palmas que dio la noticia. Si en algún momento se pensó -no lo sabemos- en obviar el trámite de la autopsia, la mascarada exigió practicarla, pero en condiciones estrictamente controladas. Para mayor seguridad, “alguien” se apresuró a telegrafiar al venerable diario anti-republicano, el ABC madrileño los resultados de la supuesta autopsia. Esto significa que entre los conspiradores de la capital, por muy nerviosos que estuvieran ante la inminencia de la sublevación, no faltarían quienes se diesen cuenta de que el “asunto Balmes” se había “arreglado”.

Si el profesor Ricardo de la Cierva, químico y jesuita de profesión, llegó a ver el papelín médico es verosímil que consultara con algún amigo. Y, naturalmente, hizo lo que debía hacer: no mencionar ningún dato correcto e incluso pasar por alto el lugar en el que se encontraba, que no es el SHM sino la Dirección General de Personal del Ministerio de Defensa. Esto es, el centro administrativo en el que se remansa la documentación sobre algo muy importante para los funcionarios militares: las pensiones.

Ahora bien, tampoco crea el lector que fue solo la viuda del general Balmes la única en tener problemas o dilaciones a la hora de cobrar una pensión extraordinaria derivada de un óbito en acto de servicio. En nuestro libro encontrará referencias a otros casos y, en particular, al de los apuros monetarios de la señora viuda del capitán general (a título póstumo) Don José Sanjurjo y Sacanell, marqués del Rif. La persona que debía asumir el mando supremo del “Glorioso Movimiento Nacional”. Cositas de Franco. ¿Conoce el lector algún historiador o gacetillero de derechas que se haya detenido en este pequeño detalle? ¿Y qué dirán ahora los comentaristas digitales? Quizá que, malvados como somos, se nos ha ocurrido inventar cosas para mancillar, ennegrecer o incluso destruir el honor de Franco.

 

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