La guerra lenta de Franco (VII)

5 junio, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el post anterior me permití dejar a los amables lectores con la miel en los labios. Aspiré a que se preguntaran ¿qué habría dicho el César de la guerra de liberación al gran historiador del régimen sobre su decisión de no atacar Barcelona? ¿Podría haber sido, acaso, una estratagema destinada a confundir al odioso enemigo? El Jefe del Estado (SEJE, como suelo denominarlo para ver si consigo incorporar al léxico tal acrónimo) se dignó conceder una entrevista a Ricardo de la Cierva en 1972 y se lo desveló. Don Ricardo utilizó la casi sagrada versión de SEJE en numerosos escritos para oponerse a la “mareada roja” que, según él, anegaba las universidades españolas. Lo hizo en diversas variantes. Así que no sabemos con cuál quedarnos.

 

Lo que movió a Franco según de la Cierva fue, ni más ni menos, “el temor de suministrar un pretexto para la ya premeditada invasión francesa de Cataluña”. Lo leemos, en palabras que debían de haberse impreso en gruesa tipografía y en rojo, en su biografía Franco, publicada por Planeta en 1986, p. 240. Esta precisión es imprescindible porque para entonces hacía ya diez años que SEJE estaba criando malvas y su biógrafo habría tenido tiempo de reflexionar, documentarse, consultar otras obras y, quizá incluso, haber visitado algún que otro archivo, por eso de que tales ejercicios siempre revitalizan al historiador. De todas maneras, ruego a los amables lectores que recuerden tales palabras atribuidas a Franco. Naturalmente nadie sino su entrevistador pudo saber con precisión lo que SEJE dijo o no dijo, insinuó o no insinuó.

Algo más tarde, sin embargo (ya se sabe que la historia no es una ciencia exacta), de la Cierva modificó su argumento sutilmente. En un nuevo libro (era muy prolífico) con el atractivo título de Historia esencial de la guerra civil española. Todos los problemas resueltos, sesenta años después, (¡menos mal!), publicado en 1996 en su propia editorial, Fénix, en el pueblo, ciudad o villa de Madridejos, y ya transcurridos diez años de lo escrito anteriormente, afirmaría (p. 714) que de lo que se trató en 1938 fue de “no avivar el intervencionismo francés”. ¡Caramba! No es lo mismo. Esto significa que Franco sospechaba que los franceses, siempre enemigos de la PATRIA, estarían esperando el momento para, ¡zas!, hacer de las suyas, como en los años veinte… del siglo anterior.

Pero sigamos. Ricardo de la Cierva siempre fue un historiador “creativo”.  En 1999 (La victoria o el caos. A los sesenta años del 1 de abril de 1939), también aparecida en la misma editorial, p. 102, la versión volvió a modificarse. Solo habían transcurrido esta vez tres años. En tal ocasión la versión fue de naturaleza muy diferente y subrayó una actitud de prudencia y preventiva. Franco no avanzó hacia Barcelona para “evitar las complicaciones internacionales por el comprensible recelo de Francia ante la presencia de alemanes e italianos en el Pirineo” ¡Caramba otra vez! Dejemos de lado que la argumentación evidentemente tampoco era la misma que tres y trece años antes y que, de ser cierta, el futuro no pintaba brillante porque, alcanzada la VICTORIA, los franceses, que no eran tontos, podrían suponer que alemanes e italianos tal vez se vieran tentados a darse un paseo por las comarcas pirenaicas.

Sin embargo, no tema el lector, no es esta la última explicación de tan dilectísimo e ingeniosísimo historiador de la corte de los milagros franquistas. En 2003 (Historia actualizada de la segunda República y la guerra de España, 1931-1939. Con la denuncia de las últimas patrañas), p. 1.014 (un tocho), también publicada en Editorial Fénix, volvió a 1996, por eso de que hay que ser consistentes: Franco desistió “para no avivar el intervencionismo francés”.

Es decir, que no sabemos realmente lo que Franco contó a su estimado hagiógrafo en 1972.  Es posible, no obstante, que cualesquiera que fuesen los camelos que oyó de la boca de SEJE nuestro pundonoroso historiador se quedara, tal vez, algo confuso.

Así, pues, hay que acudir a lo que dijo Franco no a de la Cierva, porque ya se ve que de este no podemos fiarnos un pelo, sino a otra persona infinitamente más allegada a SEJE que el tan mencionado historiador de Corte. Lo que dijo Franco al respecto es mucho anterior. Nada menos que en 1957. Lo recogió, suponemos que con el respeto reverencial que exigía la ocasión, su primo hermano, exayudante, exjefe de la Casa Militar, exfactótum para todo y siempre confidente. Nos referimos al teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, en Mis conversaciones privadas con Franco. Las publicó Planeta con gran éxito en 1976 y las conoce hasta el apuntador. Pero, en este caso, de la Cierva se las pasó por encima limpiamente.

¿Qué confesó, pues, Franco a su primo? En lo que a nosotros nos importa le hizo tres afirmaciones. Todas mentiras, puras y duras:

  • “Nuestra guerra se ganó por un verdadero milagro, gracias a nuestra fe en la victoria, a los altos ideales que defendíamos y a la ayuda grande de la Providencia”.
  • “Tuvimos que importarlo todo y empezar a fabricar municiones buenamente como pudimos, pues todas las fábricas militares y la mayor parte de la industria nacional estaban en poder de los rojos”
  • “Por ello mi prisa (…) en conquistar el Norte, para apoderarme de la industria bilbaína y del carbón de Asturias; no quise apresurar la ocupación de Barcelona por no tener divisas para facilitar algodón a las fábricas catalanas. En cambio, antes ocupé Valencia para poder exportar las naranjas y demás fruta de su espléndida huerta” (p. 202).

Voilà! La esfinge habló, en confianza, con su pariente y le reveló el secreto de su estrategia. Dejemos de lado dos ucronías. No se apresuró a dirigirse contra el Norte y, desde luego, no ocupó Valencia. Con todo es fácil colegir que, si prestamos atención al eminente turiferario que fue Ricardo de la Cierva, este no supo, no quiso o no pudo, tal vez porque le diera el telele, integrar los razonamientos de Franco que no podía ignorar y se parapetó en no sabemos qué le dijo SEJE en 1972.

Nosotros nos tomamos muy en serio a Franco. Siempre lo hemos hecho. Destacamos, pues, que 19 años tras los acontecimientos -que no es un lapso de tiempo demasiado largo- y cuando SEJE, que sepamos, estaba en buena salud, confió a si primo un auténtico disparate. Sobre todo en términos militares, como no dejó de señalar con cierta mala uva, quizá, Ramón Salas.

Los motivos que en estos posts nos interesan y que hemos transcrito en itálicas son, con todo el respeto que merece tan excelsa figura como SEJE, razonamientos estúpidos, absurdos, grotescos. Ocupa Barcelona y no tiene divisas para dar algodón a las fábricas catalanas, ¿y qué? Tras la victoria habría podido importar, sin divisas, a crédito, algunos miles de balas de tan preciado producto. ¿No se había enterado todavía de que hacía su guerra a crédito?

Comprendemos que un jefe militar curtido en las campañas de Marruecos no tenía que tener mucha idea de los problemas económicos, pero ¿no se le ocurrió consultar a algún experto? Los tenía. Además, no conquistó la huerta valenciana. La campaña de Levante se saldó con un fracaso. Diecinueve años más tarde se le había olvidado.

Hoy diríamos que Franco aplicó argumentos “trumpianos” para esclarecer sus decisiones.

Naturalmente, no son muchos los historiadores que hagan uso de ese tipo de razonamientos, pero sí los hay que se refugian en el mensaje de 1972 y que, por desgracia, de la Cierva no transmitió íntegramente a sus ávidos lectores: el temor a una invasión francesa de Cataluña. Hay incluso gente que, nuevos Núñez de Balboa de la historiografía, lo redescubrieron no hace muchos años.

Claro que al explicar por tal motivo la decisión de SEJE se abre la puerta a todo tipo de posibilidades de contrastación empírica. Habría que ir, por ejemplo, a los papeles franceses y ver si los malvados vecinos tenían preparados planes muy avanzados para entrar en Cataluña. A priori, sería un poco raro, a no ser que tratara de un juego típico de Estado Mayor. Ya se sabe, conviene prepararse para el peor escenario posible, porque puede ocurrir. Y digo que es raro porque si los franceses no quisieron ayudar a la República en julio/agosto de 1936, cuando su intervención hubiera podido permitir salvar algunos muebles, no se ve por qué razón habrían de hacerlo casi dos años después cuando la guerra había ido consistentemente tan mal para ella mes tras mes.

O, ¡descubrimiento de otro Pacífico de la historiografía!, también podría acudirse a los papeles españoles. Claro, en el supuesto de que no se hubieran destruido porque como es sabido los vencedores, y sus sucesores, no siempre se portaron bien en materia de preservación de documentos para la historia.

Es, pues, hacia la combinación de papeles foráneos y los nativos a la que debemos prestar alguna atención y tratar de ver cómo puede torearse este toro que la historiografía franquista dejó sin torear.

La guerra lenta de Franco (VI)

29 mayo, 2018 at 10:57 am

Ángel Viñas

En el anterior post me quedé en el, hoy por hoy, último autor que conozco que se ha pronunciado sobre el “genio militar de Franco” acogiéndose a una categoría intermedia entre la segunda y la tercera que he distinguido en esta serie. Es decir, la de aquéllos que mezclan, pero no diseccionan analíticamente ni mucho menos someten a contrastación empírica, las posibles razones que impulsaron al excelso Caudillo, en el surco del coronel José Manuel Martínez Bande, a tomar la decisión suprema de no proseguir la avanzada desde Lérida hacia Cataluña.  En este abordo lo que escribió tan reputado historiador militar de recias credenciales franquistas.

 

Lo que, en sustancia, vino a afirmar (La ofensiva sobre Valencia, Monografías de la guerra de España, vol. XII, Editorial San Martin, Madrid, 1977, pp. 18-24) Martínez Bande en un párrafo titulado “La posible razón de la aparente sinrazón”,  que como comprenderán los amables lectores es extremadamente literario y sugestivo, fue entremezclar sin orden ni concierto unos cuantos documentos extranjeros bien conocidos para concluir que Franco se echó atrás por el peligro “de que la guerra de España se internacionalizara. Y ello tenía que ser evitado a toda costa, aun a riesgo de prolongar la guerra civil”. ¡BRAVO! ¡BRAVÍSIMO!

Dejemos por el momento de lado la afirmación de que, en abril de 1938, hubiese un grave riesgo de guerra internacional. No creo que la red de diplomáticos profesionales que casi en su totalidad se había pasado a los sublevados fueran, por definición, idiotas. También hay que suponer que los representantes de Franco en, por ejemplo, París y Londres eran de lo mejorcito de que podía disponer en la red exterior. El primero había sido embajador en Francia de la Monarquía durante muchos años y conocía la política francesa como la palma de su mano. El segundo era un noble escocés por su casa y se paseaba por los clubs, cenáculos y medios políticos conservadores sin el menor problema. Pero aún olvidándose de todo esto, ya que Martínez Bande no tuvo nunca, que sepamos, el menor interés por la escena internacional, su afirmación significa desconocer lo que ya en 1975-1977 se sabía sobre la evolución de las relaciones internacionales del período. No hay, sin embargo, que pedir peras al olmo. El recio y empírico historiador militar español se basó casi siempre, si no siempre, en fuentes españolas o extranjeras nada sospechosas y traducidas.

Sin embargo, desde que el general Alfredo Kindelán, jefe de la Aviación franquista, publicó en 1945 sus censurados Cuadernos de guerra habían salido a la luz las discrepancias que existieron entre Franco y algunos mandos (entre los que se incluía él mismo) con respecto “al teatro y objetivo de la próxima batalla”. Con extrema prudencia, alusiones al derecho de opinar y al deber de subordinarse al MANDO (¡faltaría más!) ya esta inmarcesible instancia “disponía de mayores elementos de juicio” y tenía “la responsabilidad única e indivisible”, cuyo correlato era “el pleno derecho y el deber de decidir”, Kindelán criticó la decisión de Franco. Tenía informaciones de que los republicanos apenas si contaban con aviación (era absolutamente cierto) y argumentó que “el cerebro y la voluntad del enemigo están en Barcelona”). Su toma “podía significar el fin virtual de la guerra”. El lector puede acudir a las páginas 128 a 130 de los cuadernos.

Kindelán escribió con suma prudencia. El documento del que hemos entresacado las sugerencias anteriores tiene como fecha el 22 de 1938. Es decir, lo redactó cuando la ofensiva hacia Valencia estaba en pleno apogeo. No se lo ocurrió dar a conocer los que dirigió a Franco un mes y poco antes. Tampoco figuran en la versión, no censurada, aparecida en 1981. Misterios.

De lo que antecede se deduce que, para explicar lo inexplicable, tengan mayor interés y hay que traer a colación aquí, los autores que militan en la que he denominado la segunda categoría. Empecemos con el general Rafael Casas de la Vega (recordaré que su biografía como Franco militar tiene bastantes dislates). Tan eximio historiador divisó una razón esencial para que Franco no diera la orden de avanzar tras la toma de Lérida en la resistencia que las tropas “nacionales” encontraron en la misma. Esto, afirmó, “nos autoriza a pensar que la ocupación de Cataluña hubiera podido ser difícil”. Ahora lanzaremos tres bravos. Probablemente el general Casas de la Vega creía que las mejores guerras son las que no causan daños o cuantos menos, mejor.  La explicación no solo es tosca, sino también falsa. Un colega suyo, bastante más leído y experimentado, el entonces coronel Ramón Salas Larrazábal recalcó en su Historia del Ejército Popular de la República, recientemente reeditada, que la resistencia se produjo antes de la captura de Lérida no después.

La argumentación de Casas de la Vega prolonga la “explicación” dada por los autores de la inefable Historia de la Cruzada española, dirigida por aquel prodigio de la distorsión que respondía al nombre de Joaquín Arrarás. Para ellos los efectivos disponibles “no permitían continuar el avance hacia el interior de Cataluña”. Todos, desde la gloriosa época de la paz en la posguerra hasta los años posteriores a la muerte de Franco, pasaron por alto el clima de caos, huida, deserciones, cansancio, baja mora y agotamiento que reinaba en la región (Vid. Salas, pp. 1965s). Por ello, añadió, “resulta doblemente inexplicable cómo y por qué se detuvo la guerra en abril en tan favorable teatro de operaciones”.

Salas, que estuvo en la toma de Lérida, recordó que Yagüe piafaba porque no recibía la autorización de proseguir la ofensiva (pp. 1817s). También reconoció lo evidente: Rojo recompuso, mal que bien, el frente catalán, “pero esta maniobra pudieron realizarla con relativa facilidad al encontrarse detenidas las fuerzas” opuestas. Su conclusión fue demoledora:

“Muy distinto pudo y debió haber sido todo si a la presión del CTV y Aranda se hubiera sumado la de las tropas situadas al norte del río que pudieron haber sido reforzadas con la agrupación Valiño y con parte de las tropas del ejército de Varela. De haberse hecho así, las cosas hubieran sido completamente diferentes”.

¿Por qué, pues, ocurrió lo que ocurrió?  Salas no dio una explicación en términos militares. Señaló, simplemente, que Franco habría decidido no destruir el ejército republicano “por temor a una extensión del conflicto”. Añadió crípticamente que obraba “bajo la presión de sus aliados alemanes e italianos”. Veremos en próximos posts lo que fue tal presión.

Sí indicó una cosa que, en la época, pasaba como razonable.

“En la guerra el objetivo primordial del ejército es el ejército contrario; secundariamente (….) pueden proponerse como fines inmediatos su industria, sus centros económicos y políticos (…) En la ocasión ambos objetivos se encontraban en Cataluña (…) Paradójicamente se decidió volver la espalda a esa región y luchar con la facción más importante del ejército contrario (…) todo ello para lograr un objetivo geográfico secundario (…) Para un historiador, que además es militar, resulta difícil encontrar una justificación razonable” (p. 1898).

Lo subrayado es mío. En efecto, machacar rápidamente la capacidad militar y política de la República estaba al alcance de la mano. ¿Dónde, pues, encontrar la explicación?

Martínez Bande (XII, pp. 16s) admitió que la opinión común estaba de acuerdo con la idea de avanzar sobre Barcelona y alude (XI, p. 15) a una instrucción del 12 de abril en la que se indicaba como objetivo llegar a Seo de Urgel e incluso a Puigcerdá. Sin más precisiones se limitó a declarar que se trataba de un “proyecto más bien”, de un “sondeo de posibilidades”. Hubiera sido interesante, creo, que hubiese profundizado en tal tal percepción porque tras ella se advierte la idea de “alguien” en el Cuartel General de que cabía avanzar por tierras catalanas. Aunque tampoco resuelve el problema, porque el avance por ambas habría representado un gran desvío respecto a la línea recta que era, y es, la carretera de Lérida a Barcelona. Con todo, de un testimonio del entonces coronel Carlos Martínez de Campo se desprende que había un proyecto ambicioso y era el de entrar paulatinamente en toda Cataluña.

Así que continuamos perplejos a la vista de tanta sapiencia y sabiduría militares concentradas pero que no siguen las mismas pautas de razonamientos lógicos.

Sin duda, el Alejandro Magno de la historia militar de España tuvo que perseguir otros designios. Para averiguarlos acudimos, como tantas veces hacemos cuando nos sentimos perplejos, al historiador de la corte de Franco, el ínclito profesor Ricardo de la Cierva. Con el corazón latiendo de emoción porque tan distinguido académico, político, periodista, ensayista, un hombre del Renacimiento, en suma, escuchó la verdad desnuda -afirma- de los labios del propio Generalísimo.

Lo dejamos para el próximo post. ¡Atentos a la voz descendida de las cumbres del MANDO, inaccesibles para los simples mortales!

La guerra lenta de Franco (V)

22 mayo, 2018 at 9:08 am

Ángel Viñas

Para demostrar cómo Franco regaló a la República casi un año más de vida, lo que le permitió continuar destruyendo sistemáticamente al Ejército Popular y seguir masacrando a los desgraciados que iban cayendo en sus manos a medida que se rumiaban kilómetros cuadrados de territorio hay que explorar su comportamiento. No tanto las explicaciones dadas por sus guerreros y sus hagiógrafos. También por algunos historiadores poco atentos. Claro es que no siempre resulta fácil escudriñar comportamientos conscientemente desfigurados y ocultos. Como me autodeclaro persona interesada en hacerlo (véanse su asesinato por persona interpuesta de Balmes o su enriquecimiento personal a la mayor gloria de sí mismo durante la Cruzada), verteré alguna dosis de sarcasmo en este y en los posts venideros. Confío en que los amables lectores me lo perdonarán. Me atengo a una máxima de todo un Papa, León XIII. Aunque muy discutido, dijo algo con lo que servidor no discute: “La primera ley de la historia es no osar mentir. La segunda, no tener miedo a decir la verdad”.

 

La situación que nos interesa se describe brevemente. El 15 de abril de 1938 las tropas franquistas (cruzados de la fé y de la “nueva España”) cortaron por Vinaroz (Castellón) el territorio republicano. A partir de entonces desapareció la continuidad geográfica de las partes de la península en que persistía la resistencia a los sublevados de 1936. Al norte de la divisoria quedaron los restos desgastados de las mejores unidades del Ejército Popular. En esto me apoyo en historiadores militares pro-franquistas de reconocido prestigio, para que no se me acuse de prejuzgado, y tomo como testigos a Ramón Salas y a José Manuel Martínez Bande. Al sur de la divisoria permanecieron la mayor parte del Ejército de Maniobra y todo el Ejército de Levante, que se encontraban en mejor estado.

Franco tenía tres opciones ante sí. La primera consistía en atacar hacia el norte por la línea de la costa hacia Tarragona y Barcelona. La segunda en avanzar desde Lérida, después de haber tomado algunas de las principales centrales hidroeléctricas que suministraban energía a la capital catalana y sus núcleos industriales. La tercera era lanzar las dos operaciones al mismo tiempo. Gabriel Cardona sintetizó estas tres posibilidades. Sus generales, victoriosos hasta el momento, esperaban que Franco se decidiera por una o por otra. Lo mismo esperaban sus aliados alemanes e italianos.

¿Qué hizo Franco? Jugar a lo Houdini, es decir, aplicar un juego malabar para pasmo de unos y otros, a tenor de lo que cabía esperar de una eminencia estratégica como la suya. Ordenó que el avance se realizara hacia el sur, hacia Valencia. Es un tema conocido.

¿Qué implicaba? Disminuir la presión sobre Cataluña. Sin embargo, no hay que olvidar que, tras la toma de Lérida días antes, había habido grandes posibilidades de penetración hacia la capital catalana por lo que los republicanos habían tratado de obstaculizar tal eventualidad. Dado que no se había producido avance alguno desde Lérida por parte de las gloriosas tropas “nacionales” habían tenido algún tiempo para reorganizar el EP, disciplinar la retaguardia y, aspecto no menos importante, continuar obteniendo a través de la frontera franco-catalana los materiales bélicos y no bélicos que tanto necesitaban.

Innecesario es decir, aunque a veces se olvida, que durante unos meses sobre la frontera, y a ambos lados de la misma, se habían enfocado los ojos atentos de varios servicios de espionaje: franceses, ingleses, italianos, alemanes, soviéticos y, por supuesto, franquistas. Todos ellos concentrados en la tarea de estimar lo que pasaba y en qué cantidades. Franco no lo desconocía. Tampoco su Estado Mayor y alguno de sus invictos generales.

No extrañará por ello que la insólita, y suponemos bien madurada decisión de Franco haya suscitado una cierta discusión historiográfica. Los detalles de la que se planteó en el seno del EM y de los generales y altos mandos franquistas está, por desgracia, menos documentada. En los archivos españoles existe una tendencia a no guardar documentos que de alguna u otra forma puedan ser directamente deletéreos para la inmortal imagen del simpar Caudillo.

Pero la discusión historiográfica es más abierta. Por un lado, había que dar coba a SEJE. Por otro había que protegerle de las insidias de sus enemigos, todos marxistas, rojos y adversarios de su “Santa Causa” (no en vano estaba siendo apoyada por la SMIC con millones de preces, hisopos y litros de agua bendita).

Así que, con los libros de historia en la mano, podemos distinguir tres categorías. En la primera encontramos a los autores que no se plantean cuestión alguna o no identifican el episodio. Son el equivalente de los ns/nc de los estudios demoscópicos de hoy en día). A la segunda quienes encuentran la decisión del inmarcesible Caudillo un tanto inexplicable en puros términos militares y no se aventuran a hacerlo desde esta perspectiva. Lo hacen desde otras, no militares. Estos historiadores abren la puerta a los de la tercera categoría que para mí es la más significativa y que ha demostrado una gran vocación de longevidad.

Los autores de la primera categoría empezaron a escribir nada más terminada la “Cruzada”. Son los casos paradigmáticos de Luis María de Lojendio y de Manuel Aznar (abuelo de quien todos conocemos de nuestros días). Se distinguen por sus abundantes loas al genio militar, incomparable, inconmensurable, de Franco. El plan de las operaciones que diseñó el nuevo Alejandro Magno pareció a Lojendio “luminoso”. Aznar no le fue a la zaga. Incluso le superó (no en vano estaba llamado a más altos destinos): pura “operación matemática”. Franco, nuevo Einstein de la guerra. Señaló, eso sí, que “anunciaba el golpe contra la organización militar de Cataluña” (Aznar era listo, pero no idiota). Lojendio tampoco pudo negar lo innegable. Era en Cataluña donde radicaba la base fabril de la “España marxista”.

Lo que es interesante es que ninguno de los dos entró en el tema. Ignoramos las razones. Quizá ellos, católicos y tal vez de misa y comunión diarias, no estaban muy familiarizados con la máxima de S.S. León XIII.  Sabemos desde luego que Lojendio era un católico muy fervoroso (Aznar quizá menos) y que cuando se convenció de que su vida no era de este mundo ingresó en la Orden Benedictina en la que, suponemos, encontró mucho mayor consuelo que en su papel de propagandista de Franco.

Esta primera categoría admite una variante. La ofrece el teniente general Rafael García Valiño, imaginamos poco sospechoso de veleidades “marxistas”. Estuvo, además, implicado en las operaciones militares al sur del Ebro, así que no se nos ocurre dudar ni de sus capacidades técnicas ni de su memoria. Enunció la decisión de forma somera y le dio una explicación que no lo era menos: implicaba, reconoció, un reajuste completo del despliegue (menos mal, esto es algo que ni los más lerdos, los más propagandistas o lo más obtusos podían negar) pero, y este pero muestra que el distinguido teniente general tan condecorado no era idiota, hubo razones de tipo político “que solamente el Mando Supremo podía valorar”.

En la misma línea se manifestó en un principio el coronel Martínez Bande, autor de una monografía de la que han bebido numerosos autores posteriores. Tan insigne historiador militar se limitó a indicar (obsérvese el cuidado en la elección de los términos) que “quizá influyeron (…) otros factores, cuyo estudio excede los límites de esta monografía”. Actitud quizá un poco obtusa, pero prudente. Por desgracia no persistió en ella, aunque -eso sí- continuó cubriéndose. Por si las moscas. Lo veremos en otro post.

En esta primera categoría cabe también incluir a un autor, el periodista José Semprún, quien se limitó a constatar el hecho y la divergencia de opiniones entre los mandos, actitud un tanto sorprendente en alguien que páginas antes había enunciado una verdad de Perogrullo: en este mundo, en verdad, hay pocas cosas “inexplicables”.

Finalmente llegamos a nuestros días. En una obra publicada en 2016 (la adquirí hace dos años en la Feria del Libro) dedicada a la historia militar de España desde la prehistoria y la antigüedad (lo que da idea de sus ambiciones) hay un tomo sobre la edad contemporánea (subdividido en dos gruesos volúmenes). El segundo abarca el período entre 1898 y 1975. Está coordinado por el fallecido profesor Gonzalo Anes (a la sazón director de la Real Academia de la Historia) y Hugo O´Donnell, duque de Tetuán, numerario de la misma y especialista reputado en temas militares, no en vano es vicepresidente de la Comisión Española de Historia Militar.

Es una obra muy interesante que recomiendo vivamente, aunque este no es el lugar para explicar mis razones. En ella un coronel de Artillería y Diplomado de Estado Mayor (cualidades profesionales por las que, cela va sans dire, siento el máximo respeto) aborda las operaciones terrestres en la guerra civil. Al llegar al punto que aquí nos interesa, reconoce que Franco hubiera podido “conquistar fácilmente Barcelona y toda Cataluña. No obstante, tomará una decisión sorprendente incluso para su propio cuartel general: continuar el avance hacia la costa y atacar Valencia”. No podemos sino estar de acuerdo con él.

Ahora bien, dicho autor acude a un truco muy conocido en los círculos académicos. Establece un hecho innegable. Sin embargo, no entra en él y se refugia en la opinión de otro autor, en este caso la del coronel Martínez Bande. No en la que hemos expuesto anteriormente sino en otra posterior. La abordaremos en un próximo post.

La guerra lenta de Franco (IV)

15 mayo, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el post anterior identifiqué los tres componentes claves de la cosmovisión de Franco sobre la guerra que ya había elaborado antes de Guadalajara: desconfianza de la guerra celere y del uso de masas para desequilibrar al enemigo; guerra acompañada de “limpieza” del territorio que fuera ocupándose y máximo cuidado por no perder un átomo de su prestigio. Los expuso o se los expusieron a sus interlocutores italianos.  La derrota de Guadalajara tuvo efectos contradictorios. Por un lado, afectó al honor fascista. Como no era el suyo propio, no sabemos si Franco se alegró o no. Corrieron chistes hirientes sobre la valentía de las tropas enviadas por Mussolini, un fantoche para un cierto sector de la izquierda. Lo que argumentaré en este post es que a Franco tal derrota, de entrada, no le vino del todo mal.

 

Hemos visto en los posts dedicados a Gernika que en la correspondencia entre Kindelán y Juan Vigón afloraron dos elementos: la conveniencia de tener en cuenta el orgullo italiano herido junto una cierta desconfianza hacia sus aliados. Hoy el historiador sabe que la derrota tuvo efectos positivos para Franco de los que, suponemos, terminaría siendo consciente. En primer lugar, determinó a Mussolini a actuar y rehacer en buena medida el CTV, poniéndolo en condiciones de mayor combatividad. En segundo lugar, Mussolini aprendió del comportamiento de Franco. En el futuro trataría de que el empleo de sus armas le reportaran el reconocimiento de su papel politico. Se demostró en la campaña del Norte y en la embestida hacia Bilbao y más allá, cuando Franco aguantó y permitió que los italianos se salieran de su rol exclusivamente militar al entrar en tratos politicos con los vascos. Algo que, en puridad, podría haber atemperado. En tercer lugar, ligó indisolublemente al Duce a contribuir por todos los medios a la victoria de Franco. Es decir, hay que matizar las consecuencias de la derrota de Guadalajara. Se publicitó como la “primera derrota” del fascismo. La propaganda, que todavía resuena en la historiografía, no respondió a los hechos y mucho menos a las consecuencias.

¿Y qué hizo Franco? Exactamente lo contrario a la lógica militar, como subrayó Cardona. El genial Caudillo hubiera podido formar una gran masa de maniobra, detrayendo incluso tropas del Norte. Con el apoyo alemán e italiano lo normal hubiera sido tratar de encerrar las potentes defensas de Madrid en una bolsa cortando, por fin, la carretera de Valencia. De lograrse, todos los recursos invertidos por los republicanos en la capital hubiesen corrido el riesgo de perderse. Como dice Cardona, a pesar de “tantas ventajas objetivas, no insisitió en Guadalajara y decidió marcharse a otro frente. Con semejantes criterios, Montgomery nunca hubiera ganado la batalla de El Alamein”. Lo que hizo Franco fue aceptar una propuesta alemana.

Los grandes historiadores militares pro-franquistas, pensemos en el coronel Martínez Bande o en el general Jesús Salas Larrazábal, hicieron un esfuerzo sostenido por excluir el vector alemán en el origen de la futura campaña del Norte. No podían ver con buenos ojos que uno de los que podrían calificarse de errores estratégicos de Franco se debiera a una idea nazi. La tradición persiste hasta hoy. En sus contribuciones a una historia militar muy reciente de la guerra civil, patrocinada por la no menos oficial Comisión de Historia Militar y con el patrocinio de la Real Academia de la Historia, ni el coronel de Montoto ni el coronel Medina, que escriben sobre las operaciones aéreas y terrestres en la guerra civil, mencionan el input alemán. Al contrario. El primero, astuto, afirma que Franco y Kindelán “convencieron a Sperrle para que desplegara en el frente de Vizcaya a casi toda la Legión Cóndor”.

Es una forma un tanto peculiar de escribir historia. En cambio, el relato oficial alemán sobre la campaña del Norte empieza con el siguiente análisis:

El fracaso de los ataques de los nacionales contra Madrid y la ofensiva contra Guadalajara en febrero y marzo de 1937 obligaron a adoptar nuevas decisions operativas (sic). Había que intentar compensar los indeseados efectos politicos de tales tortazos mediante actuaciones en otros frentes y evitar que la iniciativa pasase al enemigo”.

Franco se cogió a un clavo ardiendo. Servía a sus propósitos. A finales de enero Mola había argumentado que debía procederse cuanto antes a la invasión de Vizcaya hasta alcanzar la línea del Nervión. Esta serviría inmediatamente de base de partida para proseguir en dirección occidental. Franco había desestimado entonces el proyecto y dicho a Faldella que carecía de la fuerza necesaria.  También había escrito Mola acerca de la conveniencia de hacerse con las explotaciones industriales de Vizcaya, y en especial con las que producían bienes de interés para la guerra. Todo esto era, y es, de cajón.  Pero los alemanes insistieron en la necesidad política y sicológica de dorar el blasón, un tanto afectado, de las armas nacionales. En el trasfondo latía la obsesión nazi por ocupar las zonas productoras de mineral de hierro, tan necesitado en Alemania.

Todo lo que antecede reforzaría, suponemos, el interés personal de Franco en prolongar la guerra. Por un lado satisfacía a los alemanes. Por otro a Mola. Nadie podría objetar a su decisión que, además, prometía la posibilidad de ajustar cuentas con los vascos sediciosos y, en su perspectiva, traidores a la PATRIA. Así, pues, la desviación hacia Vizcaya reunía los dos primeros componentes que hemos destacado en su cosmovisión sobre la guerra.

El tercero se presentó cuando, tras la toma de Bilbao que duró mucho más de lo previsto, hubo de hacer frente al avance republicano en el frente central. Entonces desguarneció el Norte -que era el primer e inmediato objetivo que perseguían los republicanos- y acudió presto al combate. Brunete, tan aureolado en la literatura por motivos varios, no era estratégicamente significativo para Franco. Tuvo, por lo demás, un elemento importante de reforzamiento de la decaída moral republicana. Tampoco fue Belchite otro objetivo estratégico, excepto para los republicanos que, de nuevo, se quedaron cortos. Ni siquiera la retoma de Teruel tras un combate de desgaste merece tal descalificativo.

Hay que avanzar más en el curso de la guerra y llegar a los resultados de la gran batalla de Aragón. Como es sabido, terminó con una derrota republicana. También fue la primera occasion, en lo que ya iba de contienda, en que Franco y/o su Estado Mayor demostraron haber aprendido que sabían hacer maniobrar a grandes unidades.

¿Cuándo es posible demostrar inequívoca y documentalmente que para entonces, con la experiencia ganada en año y medio de guerra, Franco ya había consolidado de forma pétrea su cosmovisión? La respuesta apunta a su manera de proceder tras la toma, por parte de Yagüe, de la primera ciudad catalana que cayó en manos de los salvadores de la PATRIA: Lérida.

Cardona es, como hemos señalado, uno de los historiadores que ha identificado los momentos en que Franco, de haber tomado otra decisión, hubiera podido probablemente acortar la duración de la guerra. Lo ejemplificó en el caso de la desviación hacia el Norte, que también es muy útil -pero menos- para nosotros. Consideró a Franco como un estratega mediocre, basado como lo estuvo en sus únicas experiencias de las campañas coloniales y dirigiendo unidades de tamaño medio.

Otros autores han defendido una concepción diferente. Reconocemos, sin embargo, que las babosas alabanzas que se desparramaron sobre él en su época hoy ya no están tan de moda. El enfoque de Cardona es interesante pero, a la postre, puede derivar en una querella entre expertos que no logrará convencer a los ya convencidos. Yo mismo podría aducir varios argumentos en contra de la posibilidad de que Franco decidiera reunir una gran masa de maniobra en el frente central, tras la derrota italiana en Guadalajara, para volver a intentar cerrar definitivamente el cerco de Madrid. En su análisis de la campaña del Norte los alemanes, además, no fueron parcos a la hora de hacerlo, probablemente para disimular sus objetivos politico-económicos.

En mi modesta opinión, la piedra de toque con que cabe someter al ácido test de la EPRE la consistencia de los tres componentes de la cosmovisión del Caudillo se encuentra en su comportamiento tras la caída de Lérida y en la reacción de sus generales. Adelanto que algunos de los papeles que podrían mejorar el conocimiento de lo que ya se sabe siguen, por lo que he leído, cerrados al examen público. Es a la exposición pormenorizada de esta cuestión a lo que se dedicarán los posts siguientes.

La guerra lenta de Franco (III)

8 mayo, 2018 at 8:20 am

Ángel Viñas

La toma de Málaga fue, sin duda, un gran éxito para las “armas nacionales” (que pongo entre comillas). Tuvo un lado oscuro. La idea flotaba en el ambiente, pero no se había realizado por diversas razones, entre ellas la falta de medios. Los italianos, antes de desembarcar en fuerza en Cádiz en diciembre de 1936, ya la habían considerado. Empezaron a trabajar en ella cuando las tropas franquistas apenas si hacían progresos en el frente de Madrid. Ni Franco ni Queipo de Llano mostraron demasiado entusiasmo, pero que sepamos el primero no ordenó que se detuvieran los preparativos conceptuales. Los italianos eran conscientes de que Franco era reacio a dar demasiado papel a las tropas extranjeras (el lector recordará la forma a la que se atenía el empleo de los aviones italianos y alemanes ya en el mes de diciembre). Pensaban que también podía ser un reflejo de las críticas que se le hacían sobre la utilización de los marroquíes. En este post no nos interesan las operaciones en sí, sino la concepción estratégica para su guerra que el Generalísimo ya había desarrollado. 

 

Tras la toma de la capital andaluza el 7 de febrero los italianos estaban ansiosos de hacer cosas más grandes y decisivas. Mussolini era consciente de que de lo contrario podría exponerse demasiado en el plano internacional. No es de descartar que quisiera un triunfo rápido para demostrar urbi et orbi el vigor, la fortaleza, el espíritu de combate y la agresividad fascistas. Con todo, sin el respaldo alemán que no se decidió en Roma en el mes de enero, en contra de lo esperado, hay que relativizar en aquel momento sus deseos de gloria. El caso es que se habían previsto varias operaciones alternativas.

El 11 de febrero de 1937 el jefe de EM del cuerpo expedicionario italiano (CTV), coronel Emilio Faldella, jefe del Servizio Informazioni Militare (SIM) en España antes de la guerra civil disfrazado de vicecónsul en Barcelona, se desplazó a Salamanca. El Generalísimo no se encontraba en la capital castellana por lo que dejó una amplia nota-resumen con los proyectos italianos al jefe de la Sección de Operaciones del Cuartel General, teniente coronel Antonio Barroso. Con Franco no pudo entrevistarse hasta el anochecer del 13.  No fue, por expresarlo suavemente, una reunión cordial.

Franco se mostró enojadísimo, por no decir durísimo, al opinar sobre la nota italiana, en la que se explicaban los pros y los contras de las alternativas sugeridas desde la perspectiva de explotar el éxito de Málaga. Esencialmente eran dos: la primera era avanzar desde Teruel hacia Valencia y la segunda tomar Guadalajara y continuar hacia Madrid.

Aprovechando la inmensa diferencia de nivel, es bastante probable que Franco quisiera ante todo desestabilizar a Faldella. De entrada, no tuvo ni una sola palabra de agradecimiento por el papel italiano en la toma de Málaga, algo sorprendente puesto que en la zona republicana su pérdida había sentado como un tiro a la par que modificado la situación estratégica en la Andalucía oriental. Se mostró descortés al abstenerse de ofrecer cualquier forma de reconocimiento al general Roatta que le había enviado una preciada reliquia que ya no abandonaría jamás durante toda su vida: el brazo incorrupto de Santa Teresa. Estas dos omisiones encerraban un claro mensaje.

Inmediatamente se lanzó a una diatriba rememorando los roces, cuando no enfrentamientos, que habían precedido a la llegada de las tropas italianas que, recordó, él no había solicitado. Era cierto, pero no hay constancia de que hubiera pedido a Mussolini que las retirara. Un jerifalte nacionalista español podía evidentemente mordisquear la mano que le daba de comer, aunque no llegar a morderla del todo. Luego señaló que no aceptaba ninguna imposición. Al afirmar esto caracterizó como tal los proyectos que se le habían sometido. Esto fue, verosímilmente, la aplicación de una técnica negociadora de manual. No está claro que los italianos presentaran sus planes con tal intención, pero naturalmente puso a sus interlocutores a la defensiva. Así se transparenta de las respuestas de Faldella al negarlo.

Acto seguido Franco se dedicó a demoler el proyecto de atacar Valencia desde Teruel. Adujo problemas reales: aspereza del terreno, malas comunicaciones, dificultades para los vehículos blindados, etc. A Faldella no pareció convencerle porque su respuesta puso el dedo en una de las llagas a las que no sabemos si Franco era sensible, pero que se transparentaron para algunos observadores extranjeros. Con toda la cortesía militar de que fue capaz replicó que la idea no era  de utilizar fuerzas con objetivos limitados y un tanto desperdigadamente, sino de hacerlo en masa, con el concurso de todos los medios disponibles, a fin de romper los equilibrios existentes. El objetivo buscado era decidir el resultado de la lucha. No de otra manera pensarían los alemanes, en tierra o en el aire (como ya he indicado repetidamente en este blog en relación con los aviones de la Cóndor).

Faldella comprendía que era una concepción diferente a la de Franco. Disciplinadamente, sometió sin embargo al superior criterio del Generalísimo si no sería conveniente aprovechar la existencia de una masa de hombres y medios en condiciones de exponer unos frentes entonces estabilizados a la presión de la guerra de movimiento. ¡Se armó la morimorena! La respuesta del gran estratega en que las leyendas convirtieron a Franco nos parece muy indicativa de su forma de pensar en aquel momento. Faldella, afirmó, se equivocaba. Necesitaba, dijo, hacer muchas cosas a la vez. Por ejemplo, arrebatar al enemigo los recursos mineros de Vizcaya; apoderarse de los de Almadén y disminuir la presión sobre Toledo. Sin duda pudo exhibir otros. En una guerra siempre hay cosas que hacer.

Llamo aquí la atención de mis amables lectores sobre las dos primeras necesidades que Franco evocó: Vizcaya con sus minas y Almadén con su mercurio. Sin duda objetivos loables, pero, ¿decisivos en aquel momento de la guerra? Como escribo -no lo oculto- con cierta mala intención, advierto que volveré sobre esta supuesta preocupación por la captura de recursos económicos en vez de encarar la forma más eficiente de llegar a la derrota lo más rápida posible del enemigo. No sé si tal preocupación era un subproducto de sus experiencias en Marruecos, de su concepción de la guerra deseable o de la impermeabilidad ante una estrategia estrictamente militar que le superaba.

Lo que es obvio es que Franco no apostaba por movimientos rápidos que pudieran destruir las posibilidades de resistencia del enemigo. Subrayó, en cambio, lo mucho que le dolía no poder emplear sobre diversos frentes la masa de fuerza disponible.  TAL Y COMO HABÍA PENSADO. Quizá temeroso de haber ido demasiado lejos, apuntó que con toda probabilidad decidiría utilizar a los italianos para atacar Guadalajara.

Hay que suponer que Faldella dejó traslucir algún escepticismo. Fue entonces cuando Franco reveló, al menos en parte, el fondo de su pensamiento. En una guerra civil más valía una ocupación sistemática del terreno, acompañada de la necesaria limpieza, que un avance rápido que dejase el territorio infestado de enemigos.

Franco pasó por alto un detalle que suscitamos aquí y que volveremos a suscitar más adelante: la alternativa a la estrategia que él planteaba no era incompatible con la aniquilación del enemigo. Si un avance rápido aumentaba las posibilidades de victoria, después de conseguida habría todo el tiempo del mundo para practicar la limpieza, elevada al podio de fin en sí mismo.

La minuta italiana que seguimos permite pensar que, aunque no los reconociera Franco, también existían otros motivos detrás de su respuesta. Correspondió a su jefe de Operaciones, el teniente coronel Barroso, enunciar al menos tres. En tono agresivo se dirigió a Faldella. “Vd. tiene que tener en cuenta que el prestigio del Generalísimo es el aspecto esencial de esta guerra y que es absolutamente inadmisible que Valencia la ocupen tropas extranjeras. La acción contra Valencia no debe efectuarse hasta que se hayan liberado, tras la conquista de la capital, las tropas que ahora operan en torno a Madrid y que luego puedan dirigirse contra Valencia”.

En claro: Franco no podía permitirse aceptar la menor derrota. Su prestigio (militar, político, estratégico, táctico) debía ser y permanecer inmaculado y sin tacha. Lo de Málaga no podía repetirse. En cuanto a Valencia, no había prisa. Ya caería en su momento.

Naturalmente, algo había que dar a los italianos, imbuidos de sus extrañas concepciones de guerra celere en comparación con las un tanto pedestres visiones estratégicas de Franco. Así que, dadas las dos alternativas propuestas, su decisión fue evidente. Operar hacia Madrid, desde Guadalajara.

Me he detenido en este pequeño intercambio de ideas, bastante conocido, porque me parece que representa un punto de inflexión en el pensamiento de Franco sobre el tipo de guerra que deseaba. Que quería ganarla, es evidente. La cuestión era cómo y en qué lapso de tiempo. En el intercambio con Faldella están presentes todos los elementos que necesitamos para avanzar la argumentación hasta el punto en que la EPRE permita despejar las dudas.

En el plano táctico, Franco todavía no había dejado de pensar en Madrid. Lógico cuando se recuerda que la operación contra la capital en lo que pronto se convirtió en la batalla del Jarama había comenzado una semana antes de la entrevista, con éxitos de las tropas propias y atacantes. Ahora bien, el mismo día en que tuvo lugar el encuentro con Faldella los republicanos habían iniciado el contraataque.

Franco había planteado la nueva maniobra envolvente de la capital según los cánones que conocía bien: los coloniales, como dice Cardona “basados en briosos ataques de infantería”. En esta ocasión, febrero de 1937 y en el frente central, la guerra mostró una nueva faz. No solo contaba el valor temerario en la acometida a pecho descubierto, sino que también empezaban a ganar enteros la cantidad y calidad del material y las decisiones acertadas; también en cuanto al empleo del primero. Confrontado con el contraataque, Varela intentó contener la operación, pero Saénz de Buruaga, sigo a Cardona, “avanzó como si fuera un imberbe teniente de Marruecos impulsando sus hombres hacia adelante”. A las bravas y a por ellos. Carecía, sin embargo, de los suficientes apoyos y sus flancos se quedaron al aire. El contraataque republicano deshizo sus aviesas intenciones, aunque los carros soviéticos no los empleó su comandante de la mejor manera. El mando republicano pasó a Miaja y a Vicente Rojo, como jefe de EM. La batalla empezó a languidecer tras furiosos combates. Los franquistas lograron cruzar el Jarama, ocupar parte del territorio al sur de Madrid, pero no cortaron la carretera de Valencia que era el objetivo más importante.

Pelillos a la mar. Para la guerra que iba intuyendo Franco, a pesar de estos altos y bajos y que el resultado de la batalla fuese un empate, el Generalísimo había hecho valer su autoridad y mostrado la dirección en que quería que los italianos procediesen. Así fue.

La guerra lenta de Franco (II)

1 mayo, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

El primer post de esta serie no se pronunció sobre si a Franco puede reprochársele o no, desde el punto de vista político-militar, que obrase como lo hizo antes de llegar a Madrid. Mi impresión es que muchas de las críticas que se le han dirigido no han tenido en cuenta la complejidad de la situación que se abría ante quien, en verdad, no disponía de otra experiencia bélica que la guerra de Marruecos. En ella ni había sido un Aquiles ni tampoco un Alejandro Magno. Así, pues, no hay que pedir peras al olmo. Si, efectivamente, fue consciente de la inminencia de la llegada de la ayuda soviética no parece que ello afectara a sus planes. Para Gabriel Cardona, la decisión de no avanzar rápidamente fue una catástrofe estratégica, pero Franco la subordinó a sus necesidades políticas. Este argumento me parece muy correcto e, insisto, hay que determinar cuidadosamente las razones por las cuales podría ser manejado contra Franco. Se comportó más como político en ciernes que como militar. El problema no lo diviso en las decisiones de septiembre sino en si cuándo empezó, si lo hizo, a subordinar decisiones militares a consideraciones esencialmente político-estratégicas.

 

La imposibilidad de los sublevados en tomar Madrid a partir de noviembre de 1936 ha dado origen a numerosas controversias. Se ataca a Franco por su presunta incapacidad en reunir las necesarias fuerzas en número suficiente. Se le defiende porque se revelaron escasas frente a las tareas que se les encomendaron. Se le condena porque no dio muestras de habilidad estratégica. Se le defiende porque sí mostró flexibilidad.

En mis pobres entendederas había numerosas razones para tomar Madrid cuanto antes. Las potencias fascistas hubiesen reconocido su “gobierno”, es decir, su incipiente régimen tan pronto la hubiese capturado. En Londres no se le hubiese negado el derecho de beligerancia en el mismo momento. Es decir, la República hubiese quedado aislada de un golpe, antes de que los refuerzos soviéticos afluyeran en mayor volumen y con Madrid perdida la guerra hubiese terminado. ¿Estaba al corriente de tales posibilidades que se le abrían en el extranjero el nuevo Generalísimo? Según Serrat, no era un lince en interpretar el escenario internacional. Tampoco había sentido nunca tal necesidad. Hay que concederle la necesidad de realizar un cierto aprendizaje. FRANCO NUNCA FUE UN GENIO.

Hasta el 19 de octubre no firmó el plan de ataque contra Madrid.  Sus fuerzas eran, en parte, aguerridas. En parte, no. La artillería era escasa. Sobre su evolución no cabe fiarse demasiado de la literatura exaltadora de los vencedores. La monografía estándar, del coronel José Manuel Martínez Bande, es de calidad discutible. Yo no olvido las impresiones y rumores que, en Salamanca, recogió Serrat. Cuando el inicial avance, iniciado el 8 de noviembre, no prosiguió hacia dentro de la ciudad se contrapusieron dos argumentos: el primero, que era peligroso adentrarse por un vericueto de calles y callejones sin contar con la fuerza necesaria; el segundo que Varela se impuso con su confianza en la necesidad de continuar un ataque feroz que desmoronaría la capacidad de combate del enemigo.

Serrat no era estratega y nunca comprendió por qué el ataque se hizo por el lado del Manzanares en vez de por la llanura de Fuencarral y los Cuatro Caminos. Debió de ser un poco idiota, como él mismo reconoció, porque pocos autores se han planteado tal posibilidad, que a lo mejor no dejaba de plantear problemas logísticos importantes. En el mes de noviembre se alternaron ataques y repliegues tácticos. Pronto surgió una de las cuestiones clave. Si los atacantes contaban con escasa fuerza, ¿por qué se autorizó la primera e insuficiente embestida? Lo cierto es que de los 12.000 hombres pronto se pasó a 15.000 y luego a 18.000. Seguían siendo pocos y rápidamente se alimentó el ataque con nuevos elementos. Ahora bien, si Varela no tenía la suficiente capacidad para manejar una gran masa de hombres, ¿por qué le dio el privilegio de mandar los primeros asaltos? ¿Por qué tardó tanto en aparecer Orgaz, que tampoco demostró ser un genio, a pesar de que ya contaba con 50.000 hombres, que no eran precisamente una fruslería?

En mi opinión, Gabriel Cardona entre otros dio la clave. Franco confiaba en derrotar a los republicanos sin acumular una masa artillera ni reservas suficientes. El ya Generalísimo y Varela tenían un desprecio absoluto hacia el adversario. Y en cuanto a Orgaz se refiere, ni demostró gran inteligencia militar ni al principio ni al final.

No hay mal que por bien no venga. Si Franco, en realidad, había querido tomar pronto Madrid, es evidente que no lo logró, pero sus ángeles custodios volaron en su ayuda. De entrada, Hitler le envió la Legión Cóndor. A ella ya me he referido varias veces en este blog. En diciembre Mussolini le envió fuerzas de tierra. La literatura pro-franquista ha hecho mucho hincapié en que Franco no pidió ni una ni otras (ninguno menciona la GARIBALDI, que se adelantó a su tiempo) pero las aceptó. No se muerde la mano que da de comer. Ambas potencias le reconocieron en noviembre, es decir, cuando la batalla prácticamente apenas si había comenzado.

Es más que posible que todo ello produjera al Generalísimo una subida de ego. Si a pesar de su fracaso en conquistar la capital las águilas imperiales fascistas acudían presurosas a reconfortarlo es que su estrategia -si la tenía- no planteaba dificultades insuperables. También le ayudó probablemente que en noviembre la aviación soviética hubiese empezado a disputar el dominio del aire a los aparatos italianos y alemanes.

En contra de lo que suele afirmarse mi tesis es que Franco tenía todos los motivos para sentirse satisfecho, aun cuando el que los republicanos no hubieran rendido las armas le privaba de una victoria rápida. El problema para el historiador es si ya la quería. En el estado documental no me es posible responder ni sí ni no, aunque no ignoro que el reflejo pavloviano de numerosos autores estriba en inclinarse resueltamente por la afirmación. Existen razones que lo abonan. Por un lado, no podía desengancharse de Madrid, porque ello hubiese causado una gran desmoralización en el bando sublevado y quizá puesto en riesgo una posición política y militar que necesitaba consolidarse.  Pero también hay argumentos que cabe aducir en contra. El que la guerra se prolongase un poco induciría una dinámica de ayudas fascistas que políticamente no le venía nada mal.

No le venía nada mal porque Franco debía jugar por necesidad en dos frentes: el bélico, obviamente, pero también el interno. Se había visto elevado en un pispás a la suprema magistratura, pero sabía mejor que nadie que su ascenso se había debido en gran medida al azar y a su condición de general monárquico. Contaba con un amplio margen de maniobra, pero ¿cuáles eran sus masas? Los militares, ciertamente, pero no todos ellos aguerridos y duchos en el combate, y un partido enclenque antes del golpe que se había revelado muy útil después de él porque:

  1. Enganchaba a las masas, sobre todo a los jóvenes, y promovía un ideario en consonancia con el de sus apoyos exteriores
  2. Hacía con entusiasmo todo el trabajo sucio que se le pidiera
  3. Estaba descabezado y sin orientación estratégica clara
  4. Le permitiría reforzar su posición respecto a quienes le habían aupado, es decir, los generales monárquicos.

En definitiva, Falange era para Franco absolutamente indispensable, pero necesitaba tiempo para poder redondear a su gusto el papel que debía atribuirle. Es difícil que el joven y arrebatado Generalísimo no entreviera esta cuestioncita.

Con todo, Franco probó diversas tácticas para ganar la batalla de Madrid. De los ataques frontales se pasó a una maniobra envolvente después de incrementar considerablemente las fuerzas en el teatro. A comienzos de enero trató de romper el frente y luego contornear la capital cortando el ferrocarril y la carretera de La Coruña. Se aisló Madrid por dicho sector, pero a pesar de bajas importantes por ambos lados el objetivo estratégico no se logró.

Cardona fue implacable en su veredicto: enfrentamiento en campo abierto, mando aceptable en los escalones medios e inferiores, alto mando lamentable. En él figuraba obviamente el Generalísimo de los Ejércitos y sus más eminentes subordinados. El retraso en tomar la capital se compensó, no obstante, con la caída de Málaga.

Naturalmente, el debate se ha concentrado en el supuesto genio militar de Queipo y la importancia del apoyo de las recién llegadas tropas italianas, pero en cualquier caso desde su autoridad Franco intervino y ordenó parar el avance y la consiguiente explotación del éxito. Cardona afirma que “ya empezaba a ser una costumbre que frustrara las operaciones militares en su momento más favorable”. ¿Incompetencia? ¿Incapacidad? ¿Motivaciones político-estratégicas? Chi lo sà?

Nosotros lo dejamos aquí porque los tres interrogantes se entrecruzarán a lo largo de la guerra de Franco. Reservamos nuestra respuesta para aquella situación en la que nos aventuraremos a dar una respuesta respaldada documentalmente.

La guerra lenta de Franco (I)

24 abril, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Al comienzo de este año un colega y amigo mío, el profesor Florentino Rodao, gran especialista de las relaciones entre la España de Franco y el Japón primero y con las Filipinas después (ha publicado obras de ineludible referencia al respecto) se sorprendió que en un comentario quien esto escribe adujese algo así que Franco había seguido una guerra lenta. Le prometí que el tema, muy discutido, lo abordaría en una serie de posts. Luego se cruzaron los posts referidos al primer asesinato ordenado por Franco y posteriormente varios viajes a Inglaterra, Francia y España. No he tenido hasta ahora tiempo para reflexionar sobre cómo abordar el tema, que he desarrollado por cierto en mi trilogía sobre la República en guerra. Como se trata de una obra de un par de miles de páginas, no es de extrañar que el público que la haya leído sea mas bien reducido. Se trata, en todo caso, de un tema muy controvertido. Ilustres escritores, militares o no, pero siempre deslumbrados por el supuesto genio de Franco han escrito largo y tendido sobre el aspecto militar de SU guerra. Lejos de mi querer contrariarles. Pero hay evidencias primarias de época (la maldita EPRE) que permiten contradecirles. En cualquier caso, habría que integrarlas en el relato, cosa que por cierto no ha hecho, que yo sepa, hasta ahora el brillantísimo, según la derecha española, profesor Stanley G. Payne. Me propongo pues, con una cierta dosis de humor, hacer un pequeño ensayo para enmendarles, en lo posible, la plana.

Lo primero que hay que decir es que no pretendo descubrir el sin duda misterio insondable del huevo de Colón. Mucho antes que servidor, historiadores militares como el profesor y coronel en la reserva, el añorado Gabriel Cardona, había lanzado tal tesis. También el coronel Carlos Blanco Escolá escribió un ensayo sobre la incompetencia militar del excelso Caudillo. Lo cual no significa que ilustres periodistas (Manuel Aznar, Luis María de Lojendio, Joaquín Arrarás) escribieran largo y tendido, en frases esculpibles en oro, sobre la genial, asombrosa, conducción que exhibió el Caudillo, remedo de los héroes de antaño (según los gustos, Alejandro, Julio César, el Cid o el Gran Capitán, a elegir, que todas estas comparaciones se utilizaron).

Lo segundo que debo señalar es que mi crítica no se orientará por decisiones tácticas más o menos controvertibles. Así, por ejemplo, me parece absolutamente defendible que Franco optara por emprender la marcha hacia Madrid por Extremadura, no demasiado lejos de la frontera con Portugal y que, además, permitía dar unas cuantas “enseñanzas” a aquellos gañanes que habían osado tomarse la justicia por su mano e invadir fincas, dehesas y latifundios cuya propiedad estaba garantizada por las leyes humanas y divinas. Tampoco me parece irrazonable que Franco desviase una parte de su Ejército a la toma de Toledo y la liberación del Alcázar (“una de las gestas más gloriosas que han visto los siglos”). Lo que estaba en juego era meterse en el bolsillo un triunfo de propaganda, debidamente magnificado, y con ello robustecer sus pretensiones de que se le cooptara al Alto Mando.

Es más, soy de quienes argumentan que, a partir de los últimos días de julio, Franco pudo ver que se le abría (¡oh, cielos!) una ventana de oportunidad única: había muerto Sanjurjo, era el único receptor de la incipiente ayuda nazi y fascista, controlaba el traslado del grueso del Ejército de África con toda su impedimenta a la península merced a la bondad de las autoridades del Tercer Reich y pronto le presentarían sus respetos los enviados especiales de las futuras potencias del Eje.  Hubiera sido estúpido desaprovechar la ocasión. No sabemos si el culto general conocía la máxima clásica del “París bien vale una misa” (a lo mejor la aprendió, o se la dijeron, en alguno de sus viajes de estudio al país vecino), pero es obvio que la posibilidad de que conmilitones menos afortunados que él lo cooptaran a la conducción de la jefatura de las operaciones no era una ocasión (siempre calva) a despreciar.

Tampoco soy de quienes se hacen cruces porque Franco no expusiera con claridad sus objetivos de guerra. Llegado al supremo poder, es obvio que tendría muchos otros temas de que ocuparse. También de política general, que no tardó por cierto en trasladar a la Junta Técnica del Estado. Pero es obvio que, recién nombrado Jefe del Estado naciente, no dejaría de echar algún que otro vistazo a lo que pasaba fuera de las actividades bélicas. La idea general que los sublevados tenían era de apoderarse de Madrid tan pronto como fuera posible. Caído Madrid, el final de las hostilidades no tardaría en producirse.

Aún así, llama la atención algún que otro aspecto. Franco no tardó en recibir informaciones sobre dos aspectos que podían entorpecer o facilitar sus planes. El primero, hacia mitad de septiembre, en plena escalada hacia la cumbre. Los numerosos panegiristas del Caudillo siguen sin enterarse de ello. El caso es que el 20 de septiembre recibió una visita secreta del cónsul general italiano en Tánger, enviado directamente por Mussolini. Se vieron en Sevilla, en presencia del incipiente virrey en que iba a convertirse aquel sanguinario personaje que se llamaba Gonzalo Queipo de Llano y que, cumpliéndose su voluntad, sigue hoy en día enterrado en la Macarena. Franco se mostró todo decidido a atender a las sugerencias, típicamente fascistas, que le trasladó el diplomático, como por ejemplo dar contenido social al Glorioso Movimiento, fundir clases, etc. etc. Imaginemos, sin embargo, lo que habrían escrito los autores pro-franquistas de haber encontrado una expresión escrita de la identidad de propósitos entre, digamos, Negrín y Stalin, o entre Largo Caballero o Stalin como la que expresó el futuro Caudillo con respecto al Duce. Habría hecho el agosto de Burnett Bolloten o de su dilecto discípulo.

Pelillos a la mar, lo importante para mi argumento es que Franco declaró que las operaciones iban tal y como las había planeado, que se evitaban las maniobras tácticas apresuradas y que apuntaba ya el ataque contra Madrid. Pensaba tomar la capital hacia finales de octubre. ¿Eran sueños? ¿Planes que ya albergaba en su prodigiosa mente? Lo ignoro. Lo que sí afirmó es que quería hacerlo antes de que llegaran los fríos ya que sus tropas no estaban preparadas para el invierno. Además, y esto es lo más significativo, para mí, añadió que

“tenía información de que los soviéticos estaban preparando el Mar Negro una gran cantidad de envíos militares que llegaría a los puertos españoles del Mediterráneo hacia la mitad de octubre y que abundantes suministros habían llegado recientemente de México”

¿No se asombra el lector? Gracias a su mente privilegiada e inmensa capacidad de anticipación, Franco dio en el clavo en cuanto a la fecha. No obsta que, en términos generales, no había que ser un arúspice avanzado. Con grandes exageraciones, y no menores distorsiones, la posibilidad de la ayuda soviética se comentaba en la prensa conservadora europea y la berreaban nazis y fascistas a voz en grito. (Recuerdo al lector que la luz verde de Stalin no se dio hasta el 26 de septiembre y que es improbable que Franco tuviera incrustados espías en el Kremlin). Como hombre precavido vale por treinta y cuatro, el inmarcesible Caudillo se apresuró de todas maneras a cursar instrucciones al representante de los sublevados en Roma, almirante marqués de Magaz, para que convenciera a Mussolini del envío de un fuerte contingente italiano (OPERACIÓN GARIBALDI). El Duce, prudente, decidió abstenerse por el momento.

Como es sabido, la ayuda soviética se materializó a partir del 12 de octubre y la respuesta (que suponemos autorizó Franco, porque de lo contrario significaría que los alemanes le tomaban un poco como al pito del sereno) la decidió inmediatamente el teniente coronel de EM Walter Warlimont, representante de la Wehrmacht. Ya el 18 de octubre comenzaron los bombardeos de los aviones nazis que operaban en la Península sobre los puertos de desembarco.

Poco después, el equivalente a Magaz en París, Quiñones de León, exembajador de la Monarquía, envió a Franco varias informaciones. Una de ellas se refería al clima reinante en Madrid. Los datos se los había facilitado una persona que había pedido escapar de la cárcel de San Antón, después de muchas peripecias. En lo que aquí nos interesa el evadido señaló que la moral iba bajando, que los combatientes menos enérgicos eran los anarquistas, que tampoco reinaba el entusiasmo entre los socialistas y que solo los comunistas tenían ánimos. Las concentraciones de aviones sobre las líneas de fuego republicanas sembraban el pánico. La preocupación por la “quinta columna” crecía. Al propio general Asensio Torrado, jefe del teatro de operaciones del Centro, se le había proporcionado protección tras haber cursado órdenes de que se fusilara a los milicianos desertores. El resto de la oficialidad o del escaso grupo de jefes que quedaba tenía que vivir bajo vigilancia para que no se les fusilara en cualquier instante.

Naturalmente, no sabemos qué impacto tendrían sobre Franco este tipo de informaciones. Evidentemente, no presentaban una imagen de resistencia a ultranza. Tampoco recuerdo si recibía informes paralelos o concordantes en el mismo sentido. De haber sido este el caso dos posibilidades se presentan. La primera que no se las creyera, porque hombre precavido vale por ciento treinta y cuatro. La segunda, que les atribuyera un cierto grado de verosimilitud, pero que no le estimularon a acelerar la marcha sobre Madrid, a pesar de que en la capital corrían rumores de que dentro de poco habría a disposición de los “rojos” 180 aviones rusos.

Nada de esto ocurría por lo demás en un vacío político o militar. Gracias a las memorias de Francisco Serrat, sabemos cómo se esperaba en Salamanca cual agua de mayo la caída de la capital. Son memorias que, váyase a saber por qué, ningún militar o historiador pro-franquista que yo conozca, se ha molestado en consultar. Es un error porque no estaban destinadas a la publicación, el autor no era un don nadie, sino el secretario general de Relaciones Exteriores en la Secretaría General del flamante Jefe del Estado, y porque se limitó a describir lo que vio y oía sin otra intención que transmitir sus todavía muy vívidos recuerdos a su familia. No en último término,  como ministro que había sido de España en Tánger en los años veinte, estaba acostumbrado a tratar con militares. Así, a mitad de octubre señaló que la ocupación de la capital se consideraba como inminente. Nadie dudaba de ella. Todo gravitaba en torno suyo. Algunos de sus subordinados salieron disparados al frente para ser de los primeros en entrar y tomar posesión del Ministerio de Estado. Como es notorio, Franco procedió con cautela. Una cautela extremada. Cabe preguntarse por qué.

(Continuará)

Nota: el informe, aquí muy extractado, del evadido de San Antón no figura en mi trilogía. Lo encontré después de terminarla. Lo he utilizado en mi contribución al libro homenaje al profesor Julio Aróstegui, El valor de la historia, Madrid, Editorial Complutense, 2009.

El caso Cifuentes o el embriagador efluvio de los laureles académicos

17 abril, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

No puedo resistir la tentación de escribir unas palabras sobre este caso que, con toda razón, viene atrayendo desde hace semanas tan gran importancia mediática. Al fin y al cabo, a pesar de una vida un tanto azarosa, nunca he dejado de sentirme académico. No pretendo descubrir el proverbial “huevo de Colón”. Todo lo que, por el momento, pueda decirse sobre el caso ya se ha dicho, declinado en múltiples variantes y enriquecido a medida que han ido transcurriendo los días. Saldrán, probablemente, más cosas una vez que concluyan las investigaciones académicas y fiscales en curso.

 

La primera pregunta que se me ocurre tiene que ver con la trayectoria profesional de la interesada. Quizá en ella se encuentre algún atisbo de respuesta. Según las informaciones difundidas por los medios, la hoy todavía presidenta de la Comunidad de Madrid y, por ende, de la corona de entre las comunidades dominadas por el Partido Popular, empezó su carrera profesional como funcionaria de gestión en la UCM antes de ascender a la escala superior. Es decir, la Excma. Sra. Cifuentes se vio expuesta desde sus comienzos tanto al PP como al medio universitario, aunque no en el escalón académico. ¿Le produjo eso alguna sensación de déficit formativo? ¿Una añoranza hacia los laureles que florean en la carrera académica?

Como es notorio, entrar en el mundillo académico no es fácil. Menos lo es ascender en él. No lo era en la época de las “trincas”, es decir, el equivalente “intelectual” de las carpetovetónicas corridas de toros, con sus banderillazos de fuego y sus consiguientes riesgos letales para la reputación de los que fueran “trincados” con éxito. Sin embargo, no creo que fuera tan difícil entrar en el mundillo del funcionario no docente en el que, al menos en mi época, se daban cita funcionarios procedentes de diversos cuerpos. Uno de los más importantes era el de técnicos de Administración Civil (TACs), hoy Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado.

Con todo, parece ser que la Excma. Sra. Cifuentes no tardó en dejar su cuerpo de origen en favor de su actividad política en el PP (en cuya escala de méritos fue ascendiendo progresivamente). En la medida en que ello se produjo en el marco de la Comunidad de Madrid, con sus connotaciones localistas, no es de extrañar que quisiera dorar sus blasones. Pero, ¿cómo se apañó? Desde luego, no haciendo cursos, cursillitos de verano o estancias más o menos apuradas en Universidades extranjeras de manera sistemática. Se centró en su “almita mater”.

Hoy sabemos que no fue el único caso, ni en el PP, ni en el PSOE clásicos (¡oh!, el inolvidable Roldán) ni, a lo que parece, entre los “nuevos”. El ejemplo celtibérico (añoranza aquí es de rigor a Luis Carandell) es curioso y, por ejemplo, completamente diferente del británico en el que los políticos no tienen mucho que ver con la Universidad y llevan vida aparte. Con frecuencia lejos de cualquier intento de dorar su curriculum con títulos aparentes o no. Con tal de haber ido a alguna de las grandes public schools (es decir, escuelas privadas, con matrículas controladas y niveles de precios astronómicos, pero en las que uno aprende a “comportarse” como si ya fuera parte de la élite) y luego, en lo posible, culminando en Oxbridge (abreviatura para las Universidades de Oxford y de Cambridge) donde suele pasarse por las filas de los alevines de tories, es más o menos suficiente para empezar a pensar en una carrera política. También es muy diferente del caso alemán, en el que sin embargo un doctorado es de rigor o, por lo menos, sienta muy que retebién. Pone a prueba la capacidad intelectual de los interesados.

Aquí, en la meritocracia del sistema democrático, el abanico ha ido ampliándose a sectores no propiamente universitarios (que era uno de los suministradores del personal político de alto nivel de la dictadura, sobre todo en su vestidumbre “tecnocrática”). Hoy parece que es conveniente mezclar fidelidad política, seguridad “ideológica” y títulos universitarios.

Así que el caso de la Excma. Sra. Cifuentes debe entenderse como representativo de un proceso más amplio y que ha calado entre algunos de los aspirantes que sueñan en situarse en primera fila. No siempre. En el actual gobierno ni el presidente ni sus ministros (con la relevante excepción del titular de Hacienda, de curriculum académico limitado, pero al fin y al cabo catedrático de Universidad) parecen haber sentido la necesidad de adornarse de títulos universitarios que no sean los estrictamente necesarios. Es en un nivel inferior, de aspirantes, en el que la “titulitis” parece haberse extendido peligrosa y, si se me apura, un tanto casposamente.

En este sentido el caso del Señor Vicesecretario General del PP Pablo Casado (supongo que le corresponde el tratamiento de ilustrísimo, pero si fuera excelentísimo ruego perdón por mi ignorancia) es paradigmático. Se ha adornado con varios certificados que suenan muy bien -y, además, ¡extranjeros! – pero que los curiosos e inquisitivos periodistas han reducido a sus justos límites. No son excesivos. Sus supuestos laureles no le han hecho perder mucho tiempo en afanes no relevantes para su brillante carrera política.

La Excma. Sra. Cifuentes eligió otro camino. Quizá más seguro. Que se sepa no ha acudido a Harvard, o a Columbia, o alguna otra prestigiosa Universidad para obtener algún que otro certificado de cursos de unos cuantos días o de un par de semanas. Con una Universidad pública, y cercana, le ha bastado. Claro que no se fijó en la Complutense, en la Autónoma, en la Carlos III o en la de Alcalá. Proyectó sus pesquisas hacia otra más, ¿cómo diríamos?, “manejable”. La Rey Juan Carlos.

Los medios tienen toda la razón en haberse concentrado en tal entidad. Un acierto indudable porque, al amparo del escándalo del “máster”, han desvelado lo que parece haber sido un pozo negro o una ciénaga de corrupción administrativa y académica, protagonizado nada menos que por todo un señor catedrático.  Tal Universidad ya saltó a imperecedera fama con el escándalo de los plagios de su rector, hijo por cierto de uno de mis historiadores favoritos, y que parece que va por la vida como de rositas mientras los tribunales competentes dilucidan la dimensión jurídica de los mismos gracias a los recursos interpuestos por algunos de los plagiados. ¡Quiera Dios que veamos en tiempo útil las decisiones de la Justicia!

Ahora, como el rector actual no se espabile (se recordará que uno de sus contrincantes en la elección ya denostó un entramado de chapuzas) puede ocurrir que el supuesto prestigio de lo que algunos llaman la “Universidad del PP” se adentre en un proceso de degeneración incontenible. Quienes pagarán por tal desaguisado serán, inevitablemente, sus estudiantes. Ciertamente los diplomas, títulos y demás laureles académicos concedidos por uno de sus institutos (hoy en entredicho) se lo ponen difícil.

Lo que hasta ahora nadie, que yo sepa, ha dilucidado de manera convincente son las razones por las cuales una política en alza, delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, se vio impelida a cometer, según dicen, alguna que otra tropelía para ilustrar, dorar, enaltecer, enriquecer (hay varias formas de decirlo)  su curriculum (que en términos estrictamente académicos no parece haber sido muy brillante: ¿concluyó su licenciatura al menos con un sobresaliente, con un premio extraordinario, con un premio nacional fin de carrera o equivalente?) cuando en puridad, ya metida en la marea política ascendente, no lo necesitaba para nada. ¿Es una añoranza del mundo académico en el que no quiso entrar? Misterio.

¿Podría, acaso, haber pensado que sus posibilidades futuras iban a depender de tener un máster en temas que se acercaban a su gestión a nivel de comunidad autónoma? ¿Le dio un “telele” y lo entrevió como paso a un doctorado? (El “ejemplo” del Dr. Camps de la Comunidad Valenciana viene a la memoria). Incluso no hubiera sido un caso único en su Comunidad: ahí está el ejemplo de un vicepresidente económico de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque sí recuerdo el de algunos brillantes académicos que no tuvieron inconveniente en darle, si no me equivoco, un cum laude.

A mí me parece que, con independencia de cuál sea la salida política que se dé a la Excma. Sra. Cifuentes, su deshonor académico es tal que lo mejor que puede hacer es, como en la época y épica clásicas, retirarse por unos años del mundanal ruido y dedicarse a expiar sus pecados. Son graves, pero no solo por su contenido, sino esencialmente porque son idiotas.

Sería conveniente que la sociedad española estatuyera un ejemplo en un caso en el que la interesada ha ido cometiendo error tras error, retrocediendo con una sonrisa retorcida en los labios y buscando refugio, en último término, en los acogedores brazos del Excmo. Sr. Presidente del Gobierno. Porque si la Excma. Sra. Cifuentes fuese perdonada, el mal ejemplo que ya ha dado este Gobierno olvidándose de una Ley que está en el BOE, como es la de la Memoria Histórica, potenciaría -si necesario fuera- la tentación de algún otro político y muchos ciudadanos a saltarse la ley más alegremente que de costumbre. Mala cosa.

Y ya que hablamos de Universidades. ¿Existen informaciones fidedignas acerca de lo que pasa en muchas de las privadas que han surgido como setas tras las lluvias de otoño? Porque los rumores que circulan en las públicas hacen de algunas de ellas poco menos que focos de iniquidad.

Quien piense que el futuro académico español está asegurado es mejor que reflexione dos veces. Al paso que vamos, con descensos acumulados en investigación y desarrollo, nos dirigimos, con paso altanero y firme el ademán, hacia la indigencia más absoluta, aunque los laureles académicos sigan, entre nosotros y de puertas adentro, floreciendo y continúen emitiendo su embriagador efluvio.

El sistema internacional y las guerras civiles en el siglo XX

10 abril, 2018 at 9:20 am

Ángel Viñas

Este ha sido el tema de una conferencia organizada por la prestigiosa revista franco-suiza RELATIONS INTERNATIONALES en la ciudad de Nantes. Se trata de uno de sus coloquios anuales que luego alimentan la publicación, muy estimada en los medios universitarios francófonos. Se ha celebrado bajo la dirección del profesor Michel Catala (conocido por su tesis doctoral sobre las relaciones franco-españolas durante la segunda guerra mundial y, desgraciadamente, no traducida) y el profesor Stanislas Jeannesson, también de la misma Universidad.

El coloquio se desglosó en cinco apretadas sesiones y una mesa redonda. En la primera se abordó la reacción del sistema internacional confrontado a las guerras civiles de los años veinte, treinta y cuarenta (Versalles bajo el signo de la guerra civil; la guerra civil rusa, las minorías nacionales y la conferencia de paz; la dualidad de la delegación turca en la conferencia interaliada de Londres de 1921; el caso de la República española y los Estados Unidos y la guerra civil en China). En la segunda se trataron las lógicas y las modalidades de intervencionismo tras la segunda guerra mundial en ciertos casos (la ONU y Camerún; Nixon, Kissinger y Cambodia; la comunidad internacional ante Bosnia y, por último, la intervención francesa en Costa de Marfil). En la tercera la atención se concentró en las mediaciones internacionales y la salida de varios conflictos (el papel de las organizaciones internacionales; la ONU y las guerras civiles en Indochina, la europeización del proceso de paz norirlandés). En la relativa a actores internacionales y compromisos humanitarios reapareció la guerra civil española (el caso de las misiones Chetwode y Robert);  la ayuda humanitaria en las relaciones postcoloniales del Congo a Biafra; la ciudadanía francesa contra las guerras étnicas en la exYugoslavia. Finalmente, se abordó la creación, evolución y efectos de un estatuto internacional para los exiliados de las guerras civiles, en especial en los casos ruso y español, y los refugiados de la guerra de Argelia. Como se ve, un programa bien nutrido, que se desarrolló en una organización perfecta.

Los profesores Catala y Jeannesson reclamaron mi presencia para tratar de la respuesta del sistema internacional y el aislamiento de la República española frente a la amenaza del fascismo. Un doctorando francés, Nathan Rousselot, de la Universidad de Nantes, disertó sobre las comisiones de canjes de prisioneros (he de confesar que me dejó boquiabierto porque nunca había oído hablar de la misión Robert). El caso de los refugiados españoles, que conocía por lecturas de autores franceses, lo desarrolló una de las investigadoras especializadas en el nacimiento y desarrollo del Buró para los refugiados creado en Francia en 1945, y en el cual algo tuvo que aportar Pablo de Azcárate.

Entre los asistentes había, naturalmente, muchos expertos interesados por España. Ni que decir tiene que me acribillaron a preguntas sobre tres temas esenciales:

  • El secesionismo catalán y sus perspectivas
  • La ejecutoria del Gobierno Rajoy
  • El caso Cifuentes

No es este el momento ni el lugar de exponer mis respuestas. No estábamos entre periodistas extranjeros de esos que se acercan por Cataluña o Madrid, charlan con cuatro gatos (a saber cómo los escogen) y vuelven rápidamente a sus capitales. Como soy bastante asiduo de la BBC siempre me ha mosqueado que su corresponsal en Bruselas (y “chica” para todo lo que se refiere a la UE) hable con igual desparpajo de cosas que medio entiende y de las que, obviamente, no sabe nada salvo lo que pueda digerir en un par de memos apresuradamente redactados).

En Nantes no era el caso, pero a mí me quedó -no lo oculto- un mal sabor de boca comparando la dedicación de una treintena o más de investigadores franceses, ingleses, suizos y otros europeos a temas que en su momento fueron muy importantes y que, históricamente, siguen siéndolo con lo que al parecer distingue a  la Universidad Juan Carlos I. Con independencia de los buenos historiadores que en ella trabajan, muchos de los cuales son amigos o conocidos míos, no puedo por menos de llorar ante lo que parece haber sido un proceso de metastización. Al volver a Bruselas leo en elconfidencial.com el curioso caso de la almoneda a que se somete la emisión, dación y venta de másteres universitarios por parte del “Instituto” que, al parecer, se lo regaló a la entonces delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid.

Confieso que me sonroja. En mi última etapa en la Universidad di durante cuatro o cinco años clase en un máster de Historia Contemporánea y puedo asegurar que la dedicación de los alumnos que lo cursaban por la noche (muchos de ellos profesores de Secundaria) era total y absoluta. Trabajaban durante el día y, cansados o no, volvían a las aulas al atardecer en plan de alumnos para mejorar sus conocimientos, ponerse al día y progresar en el terreno de su mejoramiento profesional. Nada parecido al caso de la Señora presidenta de la Comunidad de Madrid.

En Nantes traté de situar los temas españoles, en el presente y en la historia, en sus propias coordenadas. Probablemente lo logré mejor en el segundo caso que en el primero. Al fin y al cabo, los historiadores (y no los aficionados) nos movemos en un mundo en el que se respeta la investigación, la búsqueda de evidencias documentales, su análisis crítico, su contextualización más o menos amplia y el acercamiento y desentrañamiento de ese pasado elusivo, que no se deja aprehender fácilmente, salvo por la discusión inter pares de los resultados. Siempre con la ventaja que da conocer la superficie de los hechos pasados. Algo que, probablemente, no entra en el universo ético, moral o profesional de muchos de los que se han visto imbricados en las cuestiones sobre las que me asaetearon a preguntas en los márgenes de la conferencia y, ¡cómo no!, en la opípara cena. Al fin y al cabo Nantes es un alto lugar de la gastronomía marítima francesa.

Mi presentación versó sobre los descubrimientos de historiadores españoles en las dimensiones sobre las que se me pidió que informase. Ahora me tocará retrabajar mi presentación oral y espero poder tener la oportunidad de establecer una relación de los que me parecen más relevantes. De las obras a las que haré referencia no me parece que ninguna de ellas haya sido traducida a idiomas extranjeros.

¿Cuál fue la impresión general? De cierta sorpresa.  Después de todos los miles y miles de libros que se han escrito sobre la guerra civil, mi presentación hizo ver que en los últimos años una combinación de historiadores españoles de tres generaciones estamos reduciendo a un pequeño baluarte, encapsulado detrás de una ideología insensible a la contrastación documental y al discurso crítico, los dogmas de fé instaurados, mantenidos, protegidos, mimados y alabados por una prolongada relación de cuentistas y autores muy sensibles a los deseos y caprichos del poder durante la dictadura. Ahora renovados a veces en lenguaje, pero no en intenciones. En un próximo post haré una amplia referencia a mi exposición de Nantes, a riesgo de repetir cosas que vengo escribiendo en este blog.

Estamos en el comienzo de la primavera y, para el mí, es el comienzo de varias tournées. A mi pesar de mi escaso interés por viajar (lo he hecho demasiado en el pasado) no siempre es posible sustraerme a cordialísimas invitaciones. Las próximas serán Gran Canaria y Alicante, por lo que no podré abordar un tema consistente en este blog. Lo dejo para más adelante.

Un post de espera: ¿Hacia la nacional-recatolización de la escuela y de las FAS?

3 abril, 2018 at 8:21 am

Ángel Viñas

En las últimas semanas he aprovechado la ventaja de que es fácil resumir, sintetizar o divulgar aspectos relacionados con el “caso Balmes” ya que durante prácticamente año y medio no he hecho otra cosa que trabajar con el Dr. Miguel Ull y mi primo hermano Cecilio Yusta en el libro que salió a la venta el pasado mes de enero.  Ahora necesito introducir un compás de espera antes de pasar a un tema distinto, pero no tan diferente. En los últimos años, para bien o para mal, he trabajado sobre la necesaria desmitificación de la figura de Franco. Yo no lo hago desde una perspectiva presentista, pero, agotado por la conceptualización de mi próximo libro, me veo obligado a escribir unas líneas sobre un aspecto que me resulta particularmente preocupante.

 

En las últimas semanas se han agolpado varios fenómenos que apuntan en una sola dirección. En primer lugar, nos hemos enterado del proyecto conjunto de los Ministerios de Educación, Cultura y Deportes y de Defensa de incorporar al curriculum de la enseñanza primaria rudimentos de educación de la seguridad y defensa. Son proyectos a los que se verán sometidos los niños de entre seis y once años de edad. Naturalmente, no podrán elegir por sí mismos. Lo harán sus padres por ellos.

Pero quien hace la ley hace la trampa. La “asignatura” no parece que sea exactamente obligatoria pero los padres que no quieran que la cursen sus tiernos retoños solo tendrán la opción de elegir otra asignatura tan significativa como Religión.

Esto a mí me huele sospechosamente a un intento de revival de dos de las tres “Marías” que teníamos que cursar en la enseñanza media y superior en los, quizá para los titulares de ambos Ministerios, poco problemáticos tiempos del franquismo. Para los más jóvenes que no tengan recuerdos propios de las “Marías” diré que comprendían un abanico de Religión, Formación del Espíritu Nacional y Deportes. Fácilmente se comprende que estas “Marías” a las que hacíamos poco caso estaban teóricamente destinadas a contribuir a la formación de los súbditos de Franco como ectoplasmas de aquellos monjes y soldados tan caros a la Iglesia y a Falange. En busca, claro es, del bien superior -ascender al imperio de los cielos y conquistar (es un decir) el imperio de la tierra.

Como los tiempos han cambiado, es muy de agradecer que los políticos y funcionarios que han intervenido en la preparación de tales proyectos hayan corregido el tiro (nunca mejor dicho). Ya no se blandirá la espada para arrebatar nuevas tierras (el tiempo del colonialismo ha pasado). Tampoco se predicará con la cruz por tierras de infieles. Estamos en período de retracción.

La espada servirá para garantizar la “seguridad nacional” y despertar la conciencia de defensa frente a los riesgos exteriores, sobre todo el de la inmigración. ¿Y la cruz? Moneda de cambio para una Iglesia, esencialmente nacionalista y reaccionaria en gran parte de su cúpula, porque hoy es obvio que nuestros obispos, arzobispos y cardenales ya no pueden recurrir al Gobierno (como en los tiempos felices del nacionalcatolicismo) para que les ayude a combatir el error de todos los que no comulgan con los dogmas de la SMIC.

Ahora bien, como por la gracia de Dios vivo desde hace más de treinta años en el extranjero y estoy acostumbrado a hablar y trabajar con todo tipo de gentes, he preguntado a otros padres, de otras nacionalidades, todos de la Unión Europea, y no he encontrado a ninguno que haya sabido responderme si en sus países de origen sus niños se educan, a la tierna edad de los seis a los once años, bajo principios como los que parecen desprenderse del nuevo programa que auspicia la Señora Ministra de Defensa (que Dios guarde). En consecuencia, he acudido a Mr Google.

Dado que el único país, que yo conozca, de la UE es el Reino Unido cuyos soldados vienen combatiendo prácticamente todos y cada uno de los años desde 1939, si no antes, he visitado la página de los OTC (Officer´s Training Corps), de recia solera, puesto que la institución se creó en 1906. No hay la menor referencia a ejemplos a nivel de Secundaria y mucho menos de Primaria.

Por curiosidad, he ojeado el tema en Francia. No he encontrado mucho, salvo la obligación para todos los jóvenes franceses de entre 16 y 25 años de participar en una jornada, de ocho horas y media, sobre defensa y ciudadanía. Se extiende un certificado que es preciso presentar a cualesquiera pruebas o exámenes sometidos al control de las autoridades públicas (bachillerato, universidad, carnet de conducir, etc.). En la jornada se abordan cinco módulos: la defensa es necesaria (vivimos en un mundo inestable); tenemos que disponer de una respuesta adaptada (nuestro sistema de defensa); con el compromiso ciudadano, cada uno tiene algo que aportar, via la reserva militar o el servicio cívico; la importancia de la seguridad automóvil y el módulo final sobre ciudadanía joven.

Pero de ahí a que los niños se vean impelidos a aprender, a cantar o al menos conocer los himnos de las distintas armas (no el de la Infantería, que es un poco dramático) y de las Fuerzas de Seguridad del Estado, media un trecho largo. Esto es lo que, entre otras actividades, se sugiere que hagan (¿saltando en corro?) los escolares de primaria españoles.

Como soy bastante lerdo, me pregunto y pregunto a la Excma. Sra. Doña María Dolores de Cospedal en qué ejemplos de los países de nuestro entorno se han basado sus eficientes funcionarios, civiles y militares para diseñar el programita con el que quieren convencer a esos padres de que es mejor que sus criaturas se familiaricen con las armas que con el incienso. Sin duda, esto es un reflejo de las necesidades del Estado: se requieren soldados, policías, guardias civiles para que España pueda seguir aportando su granito de arena a la defensa de Occidente. Menos para que se les despierte la vocación de acudir a seminarios cada vez más vacíos en una sociedad crecientemente descristianizada.

Sin embargo, puedo equivocarme. También la Sra. de Cospedal ha decretado que, en los pasados días de dolor, la enseña nacional ondee a media asta en los cuarteles y edificios militares, supongo que en señal de sumisión de las tropas a la voluntad del Santísimo.

Pero, ¿qué Santísimo? Es una pregunta pertinente porque España va camino de convertirse en una sociedad multicultural en la que, guste o no, conviven gentes de variadas religiones y/o de ninguna, y no veo la razón constitucional o legal por la cual los aspirantes a soldaditos o a suboficiales y oficiales tendrían que ser necesariamente católicos. ¿Vamos dejar fuera de nuestros Ejércitos y fuerzas de seguridad a protestantes de variado pelaje, musulmanes, judíos o librepensadores?

En España no tuvimos nunca un remedo del affaire Dreyfus, que sentó las bases de la Francia moderna. Aquí, los políticos y militares que han tenido vara alta desde 1939 han sido mas bien antidreyfusardos. Cabía, sin embargo, pensar que, tras el desarrollo de algunos de los principios relevantes de la Constitución y las reformas militares emprendidas, la unción de la espada y la cruz terminaría por deshacerse, como en cualquier Estado moderno de nuestro entorno.

Lamento haberme equivocado. La “recatolización” de nuestras fuerzas armadas y de seguridad no es una buena señal. Esperemos que los partidos políticos que no comulgan con ruedas de molino hagan algo, porque de lo contrario seremos -más de lo que somos ya- un nuevo ejemplo de hazmerreir para, al menos, la vertiente occidental de la Unión Europea, el tradicional polo de atracción de nuestros ilustrados.

¡Ah! ¿Y qué pasó con aquella asignaturita que se llamaba “Educación para la Ciudadanía?