Cuando a Castiella se le negó el placet como embajador en Londres (y II)

16 mayo, 2014 at 8:04 am

El 18 de enero de 1951, 48 horas después de la presentación oficial de la petición de placet, la burocracia del Foreign Office había llegado a la conclusión que el sentido último de la política británica no se compadecía demasiado bien con el rechazo a Castiella pero aue, lógicamente, la decisión estaba en manos de la Superioridad. El 22 de enero, el ministro, el laborista Ernest Bevin, consideró que el tema suscitaba toda una serie de engorrosos problemas y que era lo suficientemente importante como para elevarlo a la consideración de Clement Attlee, el primer ministro. Attlee no había estado demasiado de acuerdo con la política de Chamberlain hacia la guerra civil, había visitado la España republicana  y era un  hombre que tenía escasas simpatías personales o ideológicas para con Franco.

La decisión final se tomó en una reunión entre Attlee y Bevin el 24 de enero. Fue claramente negativa. Castiella no parecía la persona adecuada y se le denegó el placet. La noticia se filtró y la publicó el Daily Telegraph londinense. El periódico conservador, si no claramente de derechas,  indicó por error que la decisión se había tomado el 27. Fue a raiz de su publicación cuando la embajada española se enteró. Por razones que no están explicadas en el expediente, pero que probablemente tenían que ver con la delicadeza del tema, la decisión no se había dado a conocer previamente a los demás miembros del Gobierno.

No sabemos cómo se lo tomó Franco. Sí se sabe lo que hizo.  A los pocos días, no conocemos tampoco las razones, decidió sugerir el nombre de Miguel Primo de Rivera, hermano del fundador de la Falange. Esto nos hace pensar que tal vez había llegado a la conclusión de que si los británicos se negaban a aceptar a un falangista como Castiella, quizá mostrarían sus auténticas luces respecto a Falange de cara al sustituto.

Nuevamente, el tema del placet para el duque de Primo de Rivera se elevó al primer ministro. Ya era el 9 de febrero. En esta ocasión, la información que se le proporcionó fue que las razones personales que se daban cita en contra de Castiella no lo hacían en el segundo caso. Obviamente el nuevo candidato era un hombre del régimen y, encima, falangista preeminente. Falange, según noticias, había apoyado el nombramiento. Ahora bien, era evidente que para un puesto como el de Londres no iba a nombrar Franco a alguien de quien no pudiera fiarse. Esto, en sí, no era negativo ya que desde el punto de vista británico era mejor contar con un embajador al que verosímilmente Franco escuchara.

En esta ocasión, el Foreign Office tenía la impresión de que la decisión de Franco había recaído sobre una persona que probablemente fuera aceptada en Londres. Dado que para entonces ya se había solicitado el placet español para Balfour, de no aceptar a Primo de Rivera podría pensarse que el Gobierno británico no tenía interés en intercambiar embajadores y ello podría conducir al no restablecimiento de relaciones diplomáticas normales con España.

Por lo demás, había que tener en cuenta que a Primo de Rivera lo había salvado de su ejecución en 1936 el cónsul británico en Valencia en circunstancias muy dramáticas. La Royal Navy lo había evacuado de España. Desde entonces había mostrado simpatía hacia los británicos durante la segunda guerra mundial. En 1941, en un momento difícil, había seguido cultivando sus contactos en la embajada y colonia británicas en España.

El Foreign Office examinó sus dosieres. Primo de Rivera había, al parecer, solicitado participar en la División Azul pero, como ministro de Agricultura, no había podido hacerlo. Tampoco había salido de España hasta el final de la segunda guerra mundial. Un periódico había publicado que los alemanes le habían condecorado pero no podía haber sido con una medalla de carácter militar, como era el caso de Castiella. [Imagine el lector el alborozo y mordacidad de la izquierda británica si la noticia de su cruz de hierro se hubiera divulgado en Londres].

En esta ocasión Attlee siguió la sugerencia. Miguel Primo de Rivera fue el embajador  que Castiella no pudo ser.

¿Qué conclusiones pueden extraerse de este incidente? En primer lugar, que no hay materia que justifique, en mi opinión, los plazos de cierre, ya sea el original o el recortado en veinte años. No nos imaginamos, por lo demás, a Castiella exhibiendo la cruz de hierro en la Corte de San Jaime. Ahora bien, tampoco parece que la “hábil prudencia” de Franco refulgiera esplendorosamente. A pesar de que el Foreign Office se inclinó, por la mínima, a favor de la aceptación de Castiella, el primer ministro se negó de inmediato. La cruz de hierro era una alta condecoración militar y  para los británicos equivalía a mentarles la bicha.

Whitehall no estaba solo. También los alemanes tuvieron que echar marcha atrás. Cuando por aquellas fechas, el Auswärtiges Amt parecía inclinarse por un determinado diplomático como embajador en España y éste, en una fiesta privada, prorrumpió medio borracho un ¡Heil Hitler!, los alemanes se echaron atrás inmediatamente.

No solo había que ser buenos [que la dictadura casi nunca fue]. También había que aparentarlo. En los años cincuenta, y sobre todo después de los “Pactos de Madrid”, el “régimen del 18 de julio” emprendió una marcha presentada como “triunfal” en política exterior. Suele indicarse que Castiella fue uno de sus adalides. Pero siempre hubo una cortina sutil que separó a la política franquista de la del resto de los países de la Europa occidental.  Muchos de ellos no querían recordar mucho acerca de los años oscuros que habían pasado bajo la bota nazi.  Los norteamericanos tuvieron menos escrúpulos. Otra historia.

Cuando a Castiella se le negó el placet como embajador en Londres (I)

13 mayo, 2014 at 8:03 am

No conozco, indudablemente por ignorancia, ninguna biografía de Castiella. Mi buen amigo Manuel Espadas Burgos señaló hace ya mucho tiempo que en 1951 Franco le propuso como embajador en Londres pero que la Corte de San Jaime se negó a darle el placet. Las razones se desvelan en un expediente de los Archivos Nacionales británicos (PREM 8/1532) que, en principio, debía estar cerrado hasta el año 2020. Por razones no explicadas su apertura se adelantó a 2002. Esto significa un plazo de cierre de cincuenta años, en mi opinión escandalosamente largo y sin que haya sido capaz de divisar ninguna justificación racional. El expediente suscita, de entrada, dos imágenes contrapuestas. Por un lado la dictadura metió escandalosamente la pata (lo más probable). Por otro, Franco podría haber intentado jugar un farol y sondear las intenciones británicas. Si fue el caso, le salió mal.

1951 fue un año pivotal. El mes de noviembre anterior la Asamblea General de la ONU había levantado las cosméticas “sanciones” al franquismo, de las que tanto provecho propagandístico interno extrajo la dictadura. Aquellos países que habían retirado sus embajadores de Madrid (no fueron todos) pudieron enviarlos de nuevo (sus embajadas las habían desempeñdo hasta entonces encargados de Negocios, como si tal cosa). Londres propuso a un diplomático hispanófilo, John Balfour. Madrid sugirió a Castiella y creó un problema.

La petición la presentó formalmente el encargado de Negocios José Ruiz de Arana y Bauer [grande de España, duque de Sanlúcar, duque de Baena, conocido durante la guerra civil como vizconde de Mamblas y con larga trayectoria diplomática en el Reino Unido] el 16 de enero de 1951. Dijo que no la entendía. Martín Artajo, el ministro, le había escrito informándole que la decisión se había tomado por razones de “oportunidad política”. Ruiz de Arana estaba desilusionado porque unas cuantas semanas antes había visto a Franco y este le había dado a entender que el puesto de embajador sería para él. No hay que ser mal pensados y aducir que Baena/Sanlúcar  “hacía la cama” a Castiella porque señaló el pasado falangista, el servicio en la División Azul y la co-autoría de las Reivindicaciones. No reveló ningún secreto. Todo ello era bien conocido en Madrid y no podía mantenerse oculto.

Como es lógico, el Foreign Office solicitó informes a la embajada británica. El encargado de Negocios en Madrid, Robert Hankey, telegrafió que Castiella se había ocupado en 1940 de las representaciones falangistas en el extranjero; que parte de su tiempo en la División Azul lo había pasado en Berlín y que se le había condecorado con la Cruz de Hierro [el lector puede colegir de este dato lo que quiera, yo no tengo evidencia en ningún sentido]. Hankey señaló también que Reivindicaciones de España era un libro que defendía ardorosamente el deseo de recuperar Gibraltar y de promover la expansión en el norte de África [eran objetivos centrales de Franco desde el final de la guerra civil y había tomado medidas para, en su momento, ponerlas en práctica]. El texto, afirmó Hankey, estaba salpicado de las habituales críticas a las democracias que formaban parte del repertorio falangista de la época. Había tenido una difusión inmensa, incluso en el bachillerato y la enseñanza universitaria [fue también Premio Nacional] pero se retiró de la circulación en 1944. [Hoy es una rareza]. El entonces embajador británico, sir Samuel Hoare, tenía, continuó informando el encargado de Negocios, buena impresión de Castiella. También Walter Starkie, el famoso director del Instituto Británico. Como buen diplomático, Hankey expuso varias razones a favor y en contra del otorgamiento del placet.

En el Foreign Office se interpretó la decisión de Franco como un intento de forzar la mano a los británicos. Con solo tres años en Perú de embajador [un puesto entonces nada pero que nada difícil], y dados sus antecedentes, era obvio que Castiella carecía de experiencia diplomática de altura. Ello no obstante, en Londres se examinaron minuciosamente los pros y los contras y se entrecomillaron los argumentos suministrados por Hankey.

A favor del rechazo a Castiella militaba el hecho de que “Franco hubiese podido encontrar otra persona con un pasado menos controvertido, caso de haber querido hacerlo”. Por consiguiente, era verosímil que deseara ignorar de antemano las eventuales reacciones británicas. Londres se exponía a perder prestigio no solo con la oposición española sino también con el propio régimen [tomaría a los británicos como el pito del sereno], Francia y, probablemente, Estados Unidos. En el Reino Unido se produciría un movimiento de indignación generalizada. Castiella lo tendría difícil a la hora de realizar una labor útil. Quizá sesgase su información en el sentido de lo que Franco quisiera oir [una inclinación en la que cayeron más de unos cuantos diplomáticos de la época]. En varios círculos oficiales no sería bien visto e incluso podría actuar en sentido contrario a los intereses británicos hacia España. Por otro lado, Franco podría haber prometido el puesto a un falangista pensando que Londres no otorgaría el placet.

Los argumentos a favor de Castiella eran de doble índole, negativa y positiva. Podía por ejemplo aducirse que el no dar el placet quizá obstaculizara la mejora de las relaciones bilaterales. Esto haría el juego a los falangistas que podrían presentar a los británicos como dispuestos a negar el pan y la sal a la “nueva España” [ya menos “imperial” que tras la guerra civil]. Tal vez contribuyera a aumentar la influencia falangista, cuando lo deseable era que disminuyese. A lo mejor Franco se negaba a encontrarle un sustituto y dificultaba el placet de Balfour. Entre los argumentos positivos figuraba que un embajador político como Castiella podría tener mayor peso en El Pardo que un monárquico con no demasiado peso como Ruiz de Arana. Es más, Hankey había indicado que, según sus fuentes en Madrid, el Gobierno franquista no esperaba el rechazo. En el Foreign Office se pensó, por último, que las dificultades personales que suscitaba Castiella podrían atenuarse. El tiempo, en definitiva, había pasado desde los años de la División Azul. Tal fue, en resumidas cuentas, la contraposición de argumentos. ¿Qué decidió la cosa?

(Continuará)

Manuel Fraga Iribarne, Londres, noviembre de 1975 (y II)

9 mayo, 2014 at 10:56 am

La conversación ocurrió en la residencia de lord Mountbatten. Wilson llegó a las 3 de la tarde. Fraga (que se hizo el “sorprendido” al ver al primer ministro) apareció cinco minutos más tarde. Wilson se quedó aproximadamente unos cincuenta minutos y, deliberadamente, dejó a Fraga que hablara todo lo posible. El todavía embajador no ocultó en ningún momento su deseo de convertirse en presidente del Gobierno a la muerte de Franco, que consideraba ya como inminente. Reconoció que era fácil confundir ambición y wishful thinking [tomar deseos por realidades] pero afirmó que él creía tener un papel que desempeñar en España y que disponía de los contactos necesarios para alcanzar sus ambiciones. Wilson no parece que entrara al trapo.

Fraga describió sus famosos tres grupos de opinión. No pudieron sorprender al primer ministro. Un grupo lo componían todos aquellos que divisaban en la reforma algo peligroso y que creían que cualquier paso a favor de la liberalización política llevaría a la revolución y al caos. Por consiguiente, estaban decididos a evitarla. [Se trataba, obviamente, del franquismo casposo, encerrado en sus fantasmagóricas convicciones].  El segundo grupo, en el que Fraga figuraba, creía que era necesario continuar las reformas graduales que ya habían empezado a realizarse en los años sesenta y confiaban en que el príncipe Juan Carlos impulsara dicho proceso. El tercero y último grupo estimaba que todas las instituciones y personalidades del régimen de Franco deberían desaparecer lo más rápidamente posible.

Fraga describió la posición del príncipe. Contaba, sin la menor duda, con el apoyo del Ejército y de la Armada así como con el de la amplia mayoría de la clase media, que ya representaba el 50 por ciento de la población (sic). Con su viaje al Sáhara español y con las medidas de “devolución” a favor de los saharauis adoptadas en las últimas dos semanas Juan Carlos ya había demostrado hasta qué punto estaba dispuesto a actuar.

En este punto intervino lord Mountbatten para señalar que en varios viajes a España había podido apreciar por sí mismo la popularidad de Juan Carlos.

Fraga continuó afirmando que, en su entender, lo más importante estribaba en no “achuchar” al príncipe más allá de lo que este considerase necesario. Se necesitarían por lo menos entre dos y tres meses para presentar sus propuestas de reforma que después exigirían de dos a tres años para surtir efecto. [¡Qué rapidez!].

En respuesta a una pregunta muy propia de la época Fraga se extendió sobre las diferencias entre la situación española que se produciría tras la muerte de Franco  y la portuguesa. La primera diferencia era que los españoles y portugueses eran pueblos muy distintos. La segunda era que las Fuerzas Armadas españolas no habían tenido que hacer frente (ni estaban dispuestas a ello) al tipo de conflictos coloniales que habían tenido las portuguesas [mejor callar el episodio marxiano – en el sentido de los hermanos Marx- de Ifni-Sáhara, que han estudiado, entre otros, un general franquista, Casas de la Vega, y un teniente coronel y doctor en historia poco franquista como Gabriel Cardona]. La tercera diferencia estribaba en la economía: la española era más próspera que la de Portugal. Wilson no dejó de observar que en el caso portugués las Fuerzas Armadas habían experimentado derrotas coloniales y que, en último término, se habían contagiado de los eslóganes revolucionarios de sus adversarios.

En respuesta a otra pregunta Fraga dijo que tenía muy buenas relaciones con Mario Soares. Por desgracia, no había un Soares en España. Los socialistas estaban divididos en tres grupos. Él confiaba que los socialistas europeos harían todo lo posible para unirlos (sic). Wilson respondió que quizá pudiera emprenderse algo por la vía de los partidos. Sus líderes se reunirían en algún momento para abordar la cuestión. Significativamente afirmó que el régimen que siguiera a la muerte de Franco debería estar en contacto con los socialdemócratas europeos y estrechar lazos con ellos [una advertencia que no se le olvidó a Fraga durante su breve ejercicio como vicepresidente del Gobierno y ministro de la Gobernación en los meses ulteriores].

Entonces, y un tanto sorprendentemente, Fraga pidió consejo sobre cómo abordar el problema sindical. Gente de la que él se fiaba tenía opiniones muy diversas sobre si convenía desmantelar la organización sindical y empezar de nuevo  o más bien trabajar sobre la existente. Wilson respondió que tenía grandes dudas a la hora de hablar sobre un tema que no conocía. [Era verdad y el dossier que le había llegado no había dicho una palabra al respecto]. Sin embargo no se privó de señalar que su inclinación sería tener cuidado con el desmantelamiento ya que esto podría abrir las puertas al trotskismo y a los maoístas dentro del movimiento obrero. [Sin duda reflejaba su conocimiento de la situación británica y un profundo desconocimiento de las raíces fascistas de la española, combatida desde hacía años por CCOO dentro de los propios sindicatos verticales].

Fraga se refirió brevemente a la deseabilidad que a la ceremonia de proclamación de Juan Carlos como rey pudieran asistir representantes de alto nivel del Reino Unido y de otros países europeos occidentales. Aludió a la importancia estratégica de España a caballo entre el Mediterráneo occidental y el Atlántico oriental e hizo varias alusiones a las relaciones con la Comunidad Económica Europea. Wilson replicó que tanto él como sus colegas comunitarios estaban dispuestos a extender su mano de amistad y de cooperación con España y ayudarla a convertirse en una sociedad democrática. No hizo la menor referencia a temas internos. Tampoco utilizó la información sobre la situación española que se le había suministrado. Salvando el lapsus sindical, Wilson había ido a escuchar.

Algo de lo que percibió, y de lo que no hemos encontrado reflejado por escrito, se tradujo después en orientaciones. No nos interesan aquí. Lo que sí es destacable en este encuentro es que Fraga acudía a la España post-franquista con deseos, esperanzas y proyectos que poco o nada tuvieron que ver con lo que terminaría siendo realmente la Transición. No es de extrañar que la gestión del fugaz Gobierno de Arias Navarro estuviese condenada al fracaso. De notar es que Fraga tampoco demostró demasiada mano izquierda en su conversación con Wilson pero para demostrar esto un post no es suficiente.

Fuente: TNA, PREM 16/1128.

Manuel Fraga Iribarne, Londres, noviembre de 1975 (I)

7 mayo, 2014 at 1:55 pm

Como es notorio el exministro de (Des)Información y Turismo fue nombrado embajador en Londres en 1973. Unos días antes del fallecimiento de Franco, lord Mountabatten, primo de la reina Isabel II y tio de su esposo el duque de Edimburgo, maniobró para organizar un encuentro entre Fraga y el primer ministro laborista Harold Wilson. En aquellas circunstancias tan especiales, este último se declaró dispuesto. Naturalmente solicitó información sobre el embajador. Un presidente del Gobierno no puede hablar con un representante extranjero en una situación políticamente límite sin haber echado, por lo menos, un vistazo a unos cuantos papeles preparados especialmente. Debían contener lo esencial sobre el interlocutor.

De entrada se dijo a Wilson algo evidente para quienes seguían de cerca los asuntos españoles. Fraga tenía en España numerosos seguidores, sobre todo en la derecha y en el centro-derecha. Cualesquiera que fuesen los acontecimientos que se produjeran tras la muerte de Franco, era altamente probable que tuviese gran influencia en los seis meses siguientes (acertaron). Menos seguro era que pudiese llegar alcanzar una posición de máximo poder (acertaron) porque ello dependería en gran medida de aspectos que escapaban a su control (acertaron). Su puesto en Londres le había cogido fuera de España cuando se produjo el asesinato de Carrero (cierto) y no tardó en darse cuenta de que algunos “liberales” le habían arrebatado su ropaje mientras él se paseaba por Hyde Park.

En febrero de 1975 Fraga había viajado a Madrid con la esperanza de lanzar una asociación política. Encontró que las condiciones para hacerlo eran demasiado restrictivas incluso para él. En julio había montado con algunos allegados políticos una sociedad (FEDISA) para difundir sus ideas. Ello le permitió mantenerse con un perfil elevado de cara a la opinión pública sin comprometerse más con un régimen absolutamente moribundo (sic).

Lo que se sabía en el Foreign Office de las aspiraciones de Fraga se enunció sucintamente como sigue:

  1. Dividía el complejo espectro político español entre ultras (que no querían cambios), evolucionistas (entre quienes se auto-incluía) y la izquierda (que preconizaba la ruptura con el pasado).
  2. En los dos primeros años tras la muerte de Franco consideraba necesarias varias medidas. Al embajador norteamericano en Londres le había dicho que, tal y como  había recomendado a Juan Carlos, en una primera tacada tres serían imprescindibles: a) un cambio de gobierno para demostrar quién mandaba; b) revisar la estructura de las Cortes y crear dos cámaras –una elegida y la segunda de tipo “corporativo”, en la que figurarían miembros de designación real. Habría que hacerlo rápidamente por decreto-ley y someter la modificación a referéndum; c) liberalización política, con legalización de todos los partidos, salvo el comunista, y elecciones a celebrar en un plazo de año y medio. Como el lector apreciará no acertó en ninguna.
  3. En relación con el PCE, pensaba que no debería ser legalizado en los cinco a diez años siguientes.  Su continuada prohibición permitiría echar raíces a los demás partidos y al nuevo sistema. En el Foreign Office se ignoraba lo que Fraga pudiera pensar acerca de cómo tratar a los comunistas durante tan largo período.

Sobre las perspectivas inmediatas del todavía embajador era muy remota, se informó a Wilson, la posibilidad de que Juan Carlos le eligiese como presidente del Gobierno. No se creía que disfrutase ni de la confianza ni del respeto del futuro monarca. El propio Fraga reconocía que sus posibilidades no dependían de él. Dependerían de la evolución y, sobre todo, de dónde radicasen las dificultades principales, si a la derecha o a la izquierda. Su mantra era que “si lo que se necesitaba era alguien que hiciese colaborar a la derecha y al centro, y que se comportasen sensatamente, él era el hombre”.  Sin embargo, Fraga reconocía también que el escenario podría ser tal que su papel resultase menos decisivo. No se había granjeado apoyo alguno con las fuerzas políticas a la izquierda del centro y ello limitaba sus posibilidades.

No faltó un toque mínimo sobre la persona para completar el amplio currículum. Fraga era despiadado (ruthless) y extremadamente ambicioso. Tenía rasgos profundamente autoritarios, a pesar de que muchas de sus manifestaciones se hacían en términos “liberales”. La opinión pública en España estaba muy dividida con respecto a él pero se le reconocía un futuro político importante. Hablaba inglés, atropelladamente, en cascada y sin parar. Muy propio del personaje.

(continuará)

Represión, ¿pero de quién?

2 mayo, 2014 at 10:50 am

En primer lugar hay que señalar que la represión republicana ha sido objeto de análisis muy detallados tanto en el plano cuantitativo como cualitativo. Se inició tras el fracaso relativo de la sublevación y se desarrolló en los primeros cinco o seis meses de las hostilidades. A principios de 1937 ya no era ni sombra de lo que fue y fue reduciéndose hasta llegar a mínimos. A diferencia de lo que ocurrió en la zona franquista.

Numerosos historiadores desde los pioneros (Francisco Espinosa, Francisco Cobo, Francisco Gómez Moreno) hasta la más rabiosa actualidad (Encarnación Barranquero, José Luis Ledesma –de quien se espera ansiosamente una tesis doctoral que lleva diez años en elaboración) pasando por Paul Preston con su Holocausto español han aportado conocimientos indispensables. Por mucho que se desgañiten los historiadores neofranquistas ninguno de ellos ha efectuado percées tan importantes como las hechas por quienes no lo son.

El lector que quiera echar un vistazo a este tema no puede hacer mejor que acudir a un libro reciente, coordinado por Peter Anderson y Miguel Ángel del Arco, Lidiando con el pasado. Represión y memoria de la guerra civil y el franquismo. Acaba de aparecer en Comares, una editorial granadina que se ha hecho una reputación en estudios académicos muy innovadores sobre la guerra civil y la dictadura.  Dividido en cuatro partes (La violencia en la zona rebelde, La violencia en la zona republicana, Represión y resistencia de posguerra y Afrontando al pasado) contiene diez ensayos que son diez auténticas joyas. No se escamotean los temas difíciles. Paul Preston ha escrito un iluminador ensayo sobre un general terrorista y asesino, hoy todavía yacente en nada menos que la catedral de Sevilla, Gonzalo Queipo de Llano, y una relativamente recién llegada a la gran historia, Maria Thomas, aborda con un abundante aparato conceptual y sustentado en evidencia primaria la gran mancha de la República, el asesinato de una parte sustancial del clero regular y secular. Lucía Prieto y Encarnación Barranquero estudian las características esenciales de la violencia republicana y su aplicación al caso de Málaga (también la venganza, con la figura actuando en el trasfondo de Carlos Arias Navarro), con nuevos descubrimientos que ponen de relieve hasta qué punto la justicia republicana jugó un difícil papel entre la legalidad y los principios por una parte y la exaltación de las masas por otro.  Peter Anderson estudia cómo el Gobierno de SM británica quiso cerrar, y cerró, los ojos ante la violencia franquista y se refugió en la acometida por los republicanos aunque siempre estuvo al tanto de lo que pasaba en la zona ocupada por el Ejército de Franco (y en donde algunos de sus cónsules hicieron gala de un comportamiento algo más que indigno para disimularla en todo lo que pudieron). Tres especialistas muy conocidos Gutmaro Gómez Bravo (para la implicación eclesiástica en la represión penal –esa que siempre se olvida y a la que nunca, en lo que yo sé, ha hecho la menor referencia ese cruzado redivivo que es el cardenal Rouco Varela), Jorge Marco (innovador estudioso de una guerrilla abandonada a su suerte desde el extranjero, a diferencia de lo que ocurrió en la Europa ocupada por  el nazi-fascismo) y el propio Miguel Angel Blanco con un estudio de las pequeñas y, ¡oh!, cuán simbólicas, pequeñas resistencias tras la sangrienta VICTORIA de 1936) entran en los duros años de la postguerra. Por último Michael Richards aborda el debatido tema de la memoria de la guerra y Antonio Míguez la cuestión de la impunidad por los crímenes del franquismo.

Todos los ensayos, insisto, están basados en la aplicación de los conceptos heurísticos, epistemológicos y analíticos más modernos pero nada de ello serviría de nada si no se sustentaran sobre una poderosa base empírica.

Reseñar cómo se articulan unos y otra no es algo que pueda hacer en este post. Sí puedo lanzar un desafío a mis amables lectores para que busquen y encuentren algo similar por el lado de los autores que han encontrado una mina de oro en la denigración constante de los vencidos.

Por cierto, como ya he señalado en alguna otra ocasión, nada de lo que antecede empaña el tema de las responsabilidades. ¿Quién se preparó para una guerra desde febrero/marzo de 1936?, ¿quién ha estado dando cobijo a las patrañas y exageraciones de una primavera tumultuosa al término de la cual debía haberse creado la sensación de un estado de necesidad que justificase una sublevación? Siempre volveremos a la misma cuestión.

30 abril, 2014 at 5:50 pm

75 años despues

Reseña de un libro sobre la guerra civil

30 abril, 2014 at 5:23 pm

75 años despues

Archivos abiertos, archivos cerrados

29 abril, 2014 at 8:49 am

Como he indicado en posts anteriores, el actual ministro de Asuntos Exteriores tomó hace algún tiempo una decisión drástica: trasladar los fondos documentales de su Departamento ministerial al Archivo Histórico Nacional (AHN) y al General de la Administración (AGA). Al primero fueron a parar los fondos hasta 1931, una fecha señera en la historia española. Al segundo los posteriores hasta 1981 o 1982. Supongo, pero no lo sé, que el Ministerio se habrá quedado con algunos de este segundo período porque, verosímilmente, no le vendría mal acudir a ellos para eventuales negociaciones en ciertos ámbitos sensibles.

Este traslado levantó la protesta de innumerables investigadores españoles y extranjeros. De un golpe, el Señor García-Margallo pareció remedar la conducta archivística de los antiguos líderes soviéticos. Hoy esta afirmación debo matizarla.

Entre los historiadores ya ha corrido la información de que el AHN, con una diligencia que le honra, ha reabierto los fondos recepcionados. Al menos los investigadores interesados podrán seguir escudriñando las relaciones exteriores de España desde el año de Maricastaña hasta 1931. Es muy de agradecer que el Señor García-Margallo no se haya opuesto a tal medida, aunque evidentemente también en los fondos del XVIII o del XIX pueden encontrarse algunas que otras culebras.

Ahora bien, los fondos desde 1931 siguen cerrados a piel y canto en el AGA. Estos, evidentemente, son más sensibles. Empezando por los de la siempre maldecida República (una catástrofe para España según algunos de los esclarecidos líderes del PP), pasando por los de la guerra civil (que desmontan muchos de los mitos caros al franquismo y a la derecha española y, por supuesto, a los historiadores que han hecho y hacen su agosto con ellos) y, sobre todo, los del franquismo.

Las razones del cierre no son fáciles de discernir en cuanto a su importancia relativa pero apostaría a que entre ellas se encuentran algunas como las siguientes: i) la enorme masa de documentación, no fácil de examinar y de recatalogar, caso de que se considerara necesario; ii)  la no dotación de personal y medios adicionales al AGA para que pueda llevar a cabo esa tarea con la premura necesaria y no machaque durante mucho tiempo las investigaciones, las tesis doctorales, los libros o los artículos de centenares de historiadores españoles y extranjeros (un buen ejemplo de la MARCA ESPAÑA de la que el Sr. García-Margallo se ha hecho adalid); iii) la falta de apoyo intelectual y logístico de los funcionarios del MAEC a los sufridos archiveros del AGA, sin duda porque la diplomacia española tiene temas más urgentes de que ocuparse; iv)  el poco interés en que el AGA avance rápidamente en la tarea y v) la noción, cara a muchos diplomáticos, sobre todo de entre los escorados hacia la derecha o la extrema derecha, de que no conviene despertar a las serpientes venenosas que duerman entre los legajos desde 1936.

Por si este fuese el caso (que, desgraciada o afortunadamente conozco por experiencia propia desde hace muchos años) me apresuro a señalar una contradicción y dos notas esenciales.

La contradicción: si la política exterior española, bajo la luminosa guía del anterior Jefe del Estado, fue una sucesión ininterrumpida de éxitos (esta, al fin y al cabo, es la tonadilla que ha inspirado los gruesos mamotretos del simpar académico profesor Luis Suárez Fernández), ¿por qué no poner al descubierto la presciencia, la “hábil prudencia”, la capacidad de trabajo sobrehumana de Francisco Franco? O, al contrario, ¿es que el Señor García-Margallo tiene dudas al respecto y prefiere que no se mire muy de cerca?

La primera nota: los archivos de Exteriores han sido bastante trabajados para la guerra civil y el franquismo. Son incontables los historiadores españoles y extranjeros que los han destripado. No se trata, pues, de fondos ignotos. Quedan, eso sí, aspectos poco conocidos.

La segunda nota: las más importantes serpientes, aquéllas que se enlazan en los dos grandes éxitos de Franco, la no-beligerancia en la segunda guerra mundial y su sagacidad galaica a la hora de negociar con Estados Unidos, tienen dos características. Una, que no colean del todo en los archivos de Exteriores sino en los de otros Ministerios o en archivos privados. Otra, que por lo que ya se sabe, o se pondrá de manifiesto en el futuro, la prudencia, la sagacidad, la superinteligente estrategia de Franco pueden arrumbarse tranquilamente y consignarlas allí donde deben ir a parar: a la basura.

No pido al Señor Ministro que sepa mucho de la historia de la política exterior española de lo que él, en alguna ocasión, en las Cortes caracterizó como “dictadura” (tal vez un mero lapsus linguae). Pero sí puede pedírsele que invite, por ejemplo, a su Subsecretario o a su Secretaria General Técnica a que coopere urgentemente con el AGA para ver si no hay que esperar diez o doce años más hasta que se reabran los fondos a los que trata con una displicencia similar a la que mostraron los soviéticos.

Una avalancha de literatura académica sobre la guerra civil

25 abril, 2014 at 12:38 pm

Por encargo de la dirección de una revista académica española en los últimos meses hemos estado colaborando en la preparación de un número monográfico más de una treintena de historiadores españoles y extranjeros. De, al menos, tres generaciones; de un numerosas universidades españolas y no españolas; hombres y mujeres; con especializaciones muy diversas. La idea ha estribado en que analizáramos, desde el punto de vista de su particular relevancia como expertos, la literatura española aparecida desde 2006, cuando tuvo lugar el primer congreso internacional sobre la guerra civil en Madrid, hasta el año 2013. Para los autores extranjeros el período a considerar es mucho más amplio. No son frecuentes, en efecto, análisis bibliográficos sobre literatura extranjera, excepto quizás las más próximas a nosotros, es decir, la francesa o la inglesa. En esta ocasión la red se ha extendido de forma mucho más amplia: abarca, por ejemplo, la literatura nórdica y la de los antiguos países del Este. En estos casos, nunca, que yo sepa, se había hecho algo similar en España.

Una treintena de artículos, en grados diferentes de revisión en la actualidad, han explorado no menos de quinientos o seiscientos títulos. Cuando la revista aparezca el próximo otoño habrá ocasión que comentar sus resultados. En mi impresión personal los historiadores españoles podemos estar tranquilos.

  1. A pesar de todas las dificultades creadas por la evolución política en algunas Comunidades Autónomas y al nivel del Gobierno central, la revisión de los mitos de la historiografía franquista avanza de manera implacable. La combinación de la nueva evidencia primaria relevante de época que ha ido emergiendo de penosas investigaciones en archivos generales, provinciales y locales y de nuevos métodos y perspectivas analíticos aplicados a su interpretación ha alcanzado grados de sofisticación notables.
  2. Como ocurre en el resto de los países miembros de la Unión Europea, y en muchos fuera de ella, las historias nacionales han solido cultivarse, en primera línea, por historiadores de los correspondientes países. Ello nunca ha impedido, obviamente, que historiadores de otra nacionalidad se ocupen también de las mismas. Los británicos han hecho grandes aportaciones a las historias de, por ejemplo, Alemania, Francia, Italia, Rusia y, por supuesto, España. Lo mismo ocurre con respecto a otros países por parte de historiadores franceses, alemanes, norteamericanos, italianos. Esta hibridación es normal y debe saludarse con entusiasmo. ¿Qué sería de nosotros sin la mirada profunda, y no española, de Paul Preston, Helen Graham, Gabriel Jackson y tantos otros? ¿Cómo no saludar la escuela de historiadores británicos sobre España que ha creado el primero?
  3. Lo que no era nada normal era que la historia contemporánea de España se hiciera básicamente desde el exterior. El franquismo, hipernacionalista o hiperespañolista, nunca estuvo en condiciones de admitir que historiadores españoles escribieran la historia de su propio país en relación con las épocas conflictivas: República, guerra civil, dictadura. Sin exagerar en lo más mínimo puede decirse que la historia de la contemporaneidad española se hace hoy, esencialmente, en España.
  4. A pesar de ello, muchas editoriales españolas sienten un gran respeto hacia lo que producen historiadores extranjeros, con independencia de que su calidad sea buena, regular, mediocre o deleznable. Casi todo se traduce. Sin embargo, y como la experiencia demuestra hay países como Alemania, Francia, Inglaterra, Italia y Estados Unidos en los que todavía no ha penetrado en ciertos círculos de historiadores la debelación sistemática del canon franquista que se ha producido en España.
  5. Esto es muy notable en los antiguos países del Este. El colapso del comunismo y de su ideologizada historiografía ha dejado un vacío que han empezado a rellenar, con respecto a España, historiadores improvisados cuyo única baza es que son  suficientemente anticomunistas. Todo lo que huela a izquierdismo en la literatura española es, por definición, sospechoso y rechazable. España se ve a la luz de sus experiencias propias.

¿Debe esto preocuparnos? Sin duda es molesto pero la culpa, si la hay, no radica en los historiadores españoles. En cualquier caso,  la batalla por la historia no se da en el extranjero. Se da, y se dará, en nuestro país. De aquí que la constatación de que en los últimos siete u ocho años se hayan identificado varios centenares de títulos sobre las más diversas temáticas en relación con la guerra civil es una noticia nada desdeñable.

Es una muestra, en efecto, de que los historiadores españoles estamos cumpliendo con nuestro deber.  Hemos sometido el canon franquista a la dura prueba de la contrastación empírica y epistemológica. Aunque sobreviven autores pro o neofranquistas, como demuestran desgraciadamente muchas de las entradas del Diccionario Biográfico Español, podemos estar razonablemente seguros de que el futuro no les pertenece. De hecho, en mi opinión, ni siquiera tienen futuro.

El académico de la historia Luis Suárez Fernández: algunos errores fácticos de principiante (II)

22 abril, 2014 at 3:37 pm

Desde siempre, la reunión entre Franco y Hitler en Hendaya, con presencia de Serrano Suñer, se ha prestado a la mitologización y a la desfiguración. El profesor Suárez es uno de quienes más se ha distinguido en esta interesante y, suponemos, lucrativa labor. No es, ciertamente, el único ya que ambas características forman parte integrante del ADN de la dictadura franquista y reflejan el deseo de presentar una imagen sobrehumana de aquel salvador de la PATRIA que dijo virilmente NO, casi cara a cara, al entonces “amo de Europa”.

Sin detenernos en esa labor que nuestro ilustre académico tanto repudia como es la de interpretar, nos limitamos a destacar nuevos errores fácticos. A saber: “El 23 de octubre (…) [Serrano] discutió con von Ribbentrop (…) y se negó a firmar el protocolo que comprometería a España a iniciar las hostilidades. A las dos de la madrugada del día 24, Serrano y Franco redactaron, en el palacio de Ayete, un nuevo protocolo que los alemanes no podían aceptar”. Difícilmente.

Por supuesto a muchos lectores esto les sonará quizá a chino.  Según la mitología franquista, Hitler habría empezado la entrevista afirmando que “soy el dueño de Europa y como tengo doscientas divisiones a mi disposición no hay más que obedecer”. Esta fabulación se debe al intérprete Luis Álvarez de Estrada, barón de las Torres. Puede tirarse tranquilamente a la basura. El autor no fue buen sicólogo sino también un mal note taker. Basta con comparar la “minuta” española y la alemana que se conserva en su primera parte. En cuanto al nuevo protocolo se trató, simplemente, de una alteración solo muy relativa del proyecto enviado previamente por los alemanes. Como es lógico. El abogado del Estado que era Serrano Suñer sugirió algunas modificaciones en el texto de los artículos 2 y 3. Se referían a la adhesión a los Pactos Tripartito y de Acero. Inmediatamente las aceptaron los alemanes. El profesor Suárez cree en las poco fiables memorias de Serrano según las cuales él y el CAUDILLO estudiaron el proyecto “en el que en términos claros, se establecía el compromiso, para España, de entrar en la guerra en el momento en que Alemania así lo considerase necesario”. Llenos de santa furia (¡estos tíos nos toman como el pito del sereno!) le dieron la vuelta como a un calcetín. Muy patriótico pero, desgraciadamente, no es verdad. Lo que cambiaron fue el artículo 5º, que aludía a la compatibilidad entre los deseos africanos de las dos potencias del Eje y los españoles que, con la adhesión al Pacto de Acero, se incorporaban al proyecto nazi-fascista. En contra de lo que presumió Serrano, era el artículo 4º el que se refería a la fecha de entrada en guerra y en él no se produjo absolutamente ninguna modificación. ¿Por qué? Pues porque italianos y alemanes estaban de acuerdo en dejar a Franco que estableciera dicha fecha de común acuerdo entre los tres países.

Puesto ya a engañar a sus lectores, Suárez oculta cuidadosamente que lo que sí se firmó fue la adhesión española al Pacto de Acero por lo que, en términos estrictos de derecho internacional, España rompió su neutralidad. ¿Acaso ignora las explicaciones, ya muy antiguas, que al respecto ofreció Antonio Marquina? ¿Es que dicha ruptura no se merece ni una línea?  Algo similar no había ocurrido durante la Monarquía, la República o la guerra civil y no volvió a repetirse hasta 1953.

Tras estos pelillos a la mar hay que ver también con lupa otro errorcillo fáctico. Suárez afirma que, en su visita a Berchtesgaden en noviembre de 1940, a Serrano le exigió von Ribbentrop “establecer una base en Canarias”. A lo cual, el ministro español, probablemente impulsado por la defensa de la sagrada independencia nacional, se negó. ¡Tres hurras a tan esforzado prócer! Se trata sin embargo de una afirmación que no corresponde a la realidad.  La petición de una base en Canarias se le había hecho en su viaje a Berlín en septiembre. Serrano no estaba autorizado para aceptarla. Franco obviamente le apoyó y…. los alemanes no tardaron en renunciar a ella. ¿Acaso no ha leído Suárez los documentos publicados de política exterior alemana?. Pues son bastante corrientitos.

Existen más errores fácticos e insinuaciones benevolentes sobre la actuación de Serrano, presentado desde el lado más amable posible. Entrar en matices requeriría disponer de un espacio superior al de un post o dos. Pero no se preocupe el amable lector. Ya detallaré –desgraciadamente con interpretación- algunos otras equivocaciones todavía más burdas y contrastaré la metodología de nuestro ensalzado académico para abordar lo que presenta como “hechos”.

La historia política, militar o de relaciones exteriores es algo que hoy parece “vetusta” a ciertos autores. Sin embargo, las decisiones que en esos campos se toman tienen implicaciones sobre la sociedad y sobre un pasado que no termina de pasar. Soy de quienes creen que no conviene dejarlas de lado. Suárez está en su buen derecho de entonar innumerables loas a Serrano y a Franco. También, por supuesto, al “régimen autoritario” pero no me parece correcto hacerlo manipulando o ignorando la evidencia. “Alguien” en la Real Academia de la Historia hubiera debido percatarse de ello.