¿Quién mató a Dag Hammarskjöld? De las dificultades de clarificar un asesinato político

8 julio, 2014 at 7:26 am

En la noche del 17 al 18 de diciembre de 1961 el avión que llevaba a DH al aeropuerto de Ndola,  en lo que hoy es Zambia, se estrelló poco antes de aterrizar. Perecieron todos sus ocupantes, salvo uno que murió –aparentemente de complicaciones por las heridas sufridas- unos cuantos días más tarde. A diferencia de lo que ocurrió con el general Balmes, el accidente se investigó repetidamente. Lo hicieron en dos ocasiones las autoridades competentes de lo que entonces era la Rhodesia del Norte  (parte de una Federación en que también figuraban la Rhodesia del Sur, hoy Zimbabwe, y Nyassalandia, hoy Malawi, bajo dominio británico) y las propias Naciones Unidas.

La primera y segunda investigación determinaron que la causa del accidente fue debida a un error del piloto. La tercera no se pronunció y dejó abierto el caso. Este ha generado varios libros, numerosos programas de televisión e incontables artículos de prensa. En ello se diferencia del caso Balmes, rápidamente olvidado. También se diferencia en que la muerte de DH ha dado origen a las más variadas teorías conspiratoriales en las que figuran como motores la CIA, el MI6, los belgas, varias multinacionales de la época, mercenarios contratados por el Gobierno secesionista de Katanga (una parte del Congo recién llegado a la independencia), los partidarios del apartheid sudafricano y los colonos británicos opuestos a la descolonización.

Dado que en este blog uno de sus amables lectores me ha regañado por mis presuntos fallos en la investigación del caso Balmes, he recordado que tenía sin leer un libro que me regaló mi mujer las últimas Navidades. Me he precipitado, pues, sobre él para contrastar técnicas de análisis en la investigación del “accidente” en el que pereció DH. No soy criminalista y entiendo que uno no cesa de aprender hasta que le visita la negra parca o le atrapan el Alzheimer o la demencia senil.

La autora del libro, Who Killed Hammarskjöld? The UN, the Cold War and White Supremacy in Africa, publicado en 2011, es Susan Williams, una investigadora senior en la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad de Londres y experta en temas de descolonización.

Williams ha escrito un libro fascinante. Conoce muy bien el marco estratégico general y los problemas económicos, políticos y militares conectados con la operación de mantenimiento de la paz que DH lanzó en el Congo con la preceptiva autorización del Consejo de Seguridad. Esta parte la resume de mano maestra pero los planteamientos generales solo sirven para encuadrar el “accidente”.

Durante años ha escudriñado los documentos generados por las dos investigaciones. Ha destacado en particular las incongruencias de la más sospechosa, la primera. Ha buscado datos complementarios en tres continentes. Ha tejido una red de complicidades con antiguos miembros de varios servicios de inteligencia. Ha visitado archivos oficiales (y a veces privados) en Bélgica, Estados Unidos, Inglaterra, Naciones Unidas,  Noruega, Portugal, Sudáfrica y Suecia. Ha interrogado a personas que tuvieron alguna conexión con el caso o con sus descendientes. Ha expurgado memorias y literatura secundaria. En definitiva, ha hecho obra de detective y sacado a la luz documentación o informaciones que no se conocían, que se habían desdeñado o que se habían distorsionado. Un lugar importante corresponde a los análisis comparativos de textos, debidamente contextualizados. Salvando las distancias, es más o menos lo que hice en relación con el caso Balmes. No extrañará, claro, que las claves no se encuentren en los artículos de prensa de la época, en parte porque muchos de ellos fueron sometidos a una campaña consciente de desinformación. Como con Balmes.

La conclusión de una monografía de casi trescientas páginas no lleva a poder determinar quién mató a DH. Demasiada documentación se ha destruído. Sí lleva a establecer que no se trató de un accidente. El avión sueco se vio obligado a descender de la altura en la que se había situado para aterrizar unos minutos después. Dos escenarios son verosímiles: bien otro avión le forzó a ello y le lanzó una bomba o bien se activó otro explosivo, oculto en el tren de aterrizaje.

El director del aeropuerto lo cerró sin indagar lo que hubiera podido ocurrir cuando el avión se retrasó; las comunicaciones con el avión no se grabaron o desaparecieron; se “pasó por alto” que en la torre de control probablemente hubo personas que no querían demasiado a DH; se retrasó todo lo posible la investigación sobre el terreno; se omitieron testimonios oculares (de nativos) que habían llegado al lugar del “accidente” mucho antes que las fuerzas de seguridad, etc.

En realidad DH se había convertido en una persona cuyo compromiso con la integridad territorial del Congo molestaba a los Gobiernos británico, belga y sudafricano, a poderosas multinacionales que se las prometían muy felices ante la posibilidad de explotar los inmensos recursos minerales de una Katanga independiente y, no en último término, a las autoridades de la Federación de las dos Rhodesias y Nyassaland. Los archivos de su presidente (Sir Roy Welensky) y del alto comisario (Lord Alport) no han desaparecido pero sí se han “peinado”. También los de la CIA y, probablemente, los de la NSA, uno de cuyos funcionarios captó en una estación de escucha de Chipre conversaciones de un segundo avión que no se registraron. Mutatis mutandis, es lo que ha ocurrido con ciertos papeles de la Presidencia del Gobierno y de las autoridades militares españolas o de los fondos del Foreign Office y de los archivos del MI6, todavía cerrados a piedra y lodo.

Personalmente, me siento muy satisfecho de que, con las naturales diferencias, las técnicas de investigación y análisis que utilicé en mi estudio acerca del “accidente” del general Balmes sean, en el plano metodológico, muy parecidas a las que Susan Williams ha seguido en su fascinante estudio. Con una diferencia. El caso DH fue muchísimo más complejo y plantea las responsabilidades de importantísimas personas en la esfera política y económica de varios países. De aquí que no haya podido determinar con total exactitud quiénes fueron los causantes.  En el caso Balmes puedo reafirmar que, con un 99 por ciento de probabilidad, el nombre de su asesino es identificable.

Para los interesados: la entrada de DH en la edición en español de Wikipedia es paupérrima y admite la teoría del accidente; la de la versión en inglés es más completa pero no menciona el estudio de Williams. Tampoco cree en un asesinato aunque expone las teorías que discrepan del accidente.

Lo que cuesta averiguar ciertos hechos…

Por la religión y por la patria. La iglesia y el golpe militar de julio de 1936

1 julio, 2014 at 8:36 am

Utilizo conscientemente la fórmula con el “quizá” porque dicho libro lo singularizan tres rasgos: a) aborda una tema que se ha querido oscurecer por la amplitud de la campaña mediática de la Iglesia para recordar el martirio de los religiosos, del clero secular y regular, durante la guerra civil y que se ha materializado en los últimos años de involución eclesial en masivas operaciones de beatificación; b) presenta la “otra cara” de la moneda: la participación activa, indecorosa, vil, de numerosos clérigos en el asesinato y persecución que efectuaron los militares, la guardia civil, la policía, la falange y las demás fuerzas “cívicas” en una operación destinada a sembrar el terror en los territorios bajo control de los sublevados y a liquidar físicamente a la “anti-España”; c) acumula casos probados, bien documentalmente bien por referencias de historia oral verificadas en lo posible, que permiten, por un proceso inductivo, establecer hipótesis generales contrarias a las versiones eclesiales que, ciertamente en mi generación, se nos impusieron a golpes de propaganda que subrayaban las malísimas artes de todos los demonios enemigos de “Dios y de la Patria”.

Se trata de un libro relativamente corto. No tiene mucho más de 150 páginas de texto y una veintena para notas. Son las suficientes para leerlo en unas cuantas horas. La brevedad refuerza un mensaje que no es nuevo pero que ahora queda abrumadamente probado. Lo expuso ya, en plena guerra civil, el prominente político católico vasco Manuel de Irujo cuando profetizó que la Iglesia  española aparecería en el futuro como víctima (lo cual es indudable) pero también como verdugo (papel siempre aminorado cuando no silenciado).

El libro establece una tipología de las formas de participación de los clérigos en la violencia. La más desaforada y vomitiva fue la directa. Fue la que ejercieron el “cura de Zafra”, Juan Galán Bermejo; el bravo Padre Vicente, capellán castrense de la Legión; el jesuita Bernabé Copado, capellán militar de la columna Redondo; otro capellán legionario, el también jesuita José Caballero; el coadjutor de la parroquia de la Concepción de Huelva, Luis Calderón Tejero; el párroco de Rociana, de la misma provincia, Eduardo Martínez Laorden; el párroco superfascista de Encinasola, Eugenio López Martín; un excapellán de la cárcel de Huelva, Pablo Rodríguez González, etc. Nombres todos que deben formar parte de la historia mundial de la infamia. (No he verificado por cierto si han encontrado acogida en las páginas del Diccionario biográfico español de la RAH). Se trata de una selección tan solo de un frondoso ramillete. Otra forma de participación fue más sutil: consistió en dar testimonios falsos sobre el comportamiento de izquierdas y malvados de toda laya de tal forma que su ejecución o su condena a largos años prisión se hacían inevitables. Fue la más rastrera, si es que cabe hacer distinciones en terreno tan resbaladizo, pues aquellos (¡oh!) santos varones solían ocultar con  frecuencia que a ellos debían su propia salvación. Ejemplos  poco en consonancia con las tan ensalzadas virtudes de verdad, prudencia y templanza.

El libro, para escándalo de eventuales píos lectores, no exonera a la propia jerarquía que demostró un tipo de comportamiento alentado por los señores obispos (a quienes Dios, en su infinita bondad, quizá haya abierto las puertas de su gloria porque el historiador debe cerrárselas). Dejemos la palabra a una de las lumbreras de la Iglesia española, monseñor Eijo Garay, duro entre los duros, fascistizado entre los fascistizados: “Dios está entre nosotros. Dios está con Falange. Y la Falange, que ayuda en los frentes a ganar la guerra y prodiga en la retaguardia la caridad cristiana, salvará a España”. ¿Exabruptos de la época? No extrañará que hubiese sacerdotes como Miguel Franco Olivares a quienes le agradara la consoladora tarea de dar tiros de gracia a los ejecutados. Para que llegasen más rápidamente al juicio divino.

Se ha hablado mucho de las charlas radiofónicas de Queipo. Menos de los curas que participaron en tan modernas actividades tan resaltadas en la entrada de dicho general en el Diccionario de la RAH. Se conservan, por ejemplo, los alocados deseos de fray Jacinto de Chucena: “Es preciso, de toda precisión, que a esta degenerada y venenosa semilla del marxismo se la quebrante y desarraigue del patrio suelo, hasta que no queda ni rastro de ella”. Emitida el 14 de agosto de 1936. Pour encourager les autres.

Un capítulo entero se dedica a una actividad algo más sofisticada. Fue la fabricación de informes político-sociales en base a los cuales se fundamentó ulteriormente la represión militar y fascista. Estuvieran basadas en hechos, rumores, inventos o incitaciones militares y policiales que de todo hubo en la Viña del Señor. Un ejemplo: “no puedo precisar si cometió desmanes pero es de suponer por haber sido detenido”. Tan tranquilo. Es un argumento que solía utilizarse también en los consejos de guerra. ¡Algo habrían hecho y no habría sido nada nuevo!

La purga del magisterio republicano, que tanta atención ha despertado con toda razón en los últimos años, y bajo la responsabilidad última de aquel genio de la literatura patriótica que se llamó don José María Pemán, contó siempre con el apoyo entusiasta de la Iglesia y de sus huestes negras, no en vano jamás perdonaron a la República los intentos de sustraer la enseñanza a su histórico dogal.  Finalmente, los autores también abordan el mito del “cura bueno”, de la mano del de Mérida, César Lozano,  aunque “bueno solo por un día”, a la vez que enfatizan los casos de religiosos que permanecieron fieles a su ministerio y no dudaron en ayudar a su grey, situándose del lado de la República. Ni que decir tiene que muchos de ellos lo pagaron con la vida.

Un libro abarrotado, pues, de datos, fuentes y testimonios que cuenta otra historia, en contraposición a las miríficas visiones que siguen hoy propagando la Iglesia y sus plumillas y a  las que tan buena acogida ha dado la RAH.  Si hay que ganar la batalla por la Historia, libros como este son más que necesarios. Son imprescindibles. Gusten o no gusten. Al escrutinio del historiador no puede quedar vedado ningún ámbito de la acción humana en el pasado. Tampoco la de la Iglesia con toda su espiritualidad.

Un régimen clerical-fascista

25 junio, 2014 at 8:30 am

David Kertzer es un historiador norteamericano muy conocido  por sus estudios sobre la historia de la Iglesia Católica, la historia italiana y el Vaticano. Su último libro, el décimo, titulado El Papa y Mussolini. La historia secreta de Pio XI y el ascenso del fascismo en Europa, fue objeto de una entusiasta recensión en The Guardian (8 de marzo de 2014). No es para menos. Kertzer ha hecho lo que todo historiador cuidadoso debe hacer pero que no suelen hacer nuestros contemporaneistas neofranquistas: pasarse unos cuantos años en archivos, identificar masas de documentación relevante, analizarla críticamente y complementar sus hallazgos con una abundante bibliografía.

El tema, ciertamente, no es nuevo. Aparece en historias generales y, de vez en cuando, en monografías. Pero sí lo es el enfoque aplicado a sus materiales. Kertzer ha entrado a saco en los archivos secretos vaticanos abiertos hasta el momento. Esto es una novedad solo relativa. También otros autores lo han hecho. Lo importante es que los ha complementado con otras masas documentales localizadas en los archivos fascistas,  hasta ahora un tanto desconocidas, que emanaron de los servicios de información de Mussolini.

Como han puesto de relieve numerosos trabajos recientes, entre ellos el de Mauro Canali sobre los espías del régimen mussoliniano, el Duce tendió sobre sus súbditos y en algunos lugares que le llamaron la atención poderosamente para sus oscuros designios (entre ellos España) redes muy sofisticadas de espionaje. Kertzer los ha aprovechado, con la debida cautela, para informar al lector sobre las idas y venidas en el Vaticano. Este es, como es notorio, uno de los centros de poder más cerrados del mundo. El resultado es explosivo: la combinación de datos y documentos sobre las percepciones internas, los mangoneos y las pugnas en la curia y de los prelados italianos junto con las percepciones externas sobre las relaciones entre una Italia fascistizada rápidamente y un Vaticano que pugnaba por verse reconocido como Estado por el régimen fascista, levanta muchos de los velos que hasta ahora ocultaban un pasado ampliamente desfigurado. Fue en este en el que se creó el compacto clérico-fascista cuyos principios fundamentales no tardaron en exportarse hacia quienes ya se perfilaban como vencedores en la guerra civil en España.  Con independencia de que, como han mostrado recientes estudios españoles, aquí ya hubiera un terreno profundamente abonado.

Al igual que en España en Italia hubo fricciones ideológicas y culturales por un lado entre fascistas y papista a la vez que necesidades comunes. Mussolini aspiraba a la “bendición” que le diera la Iglesia católica. Ello le permitiría profundizar más fácilmente en la fascistización de la sociedad, dado que una parte del clero ya había caído o estaba lo suficientemente maduro como para acomodarse a ella. Quienes pagarían el pato serían los católicos antifascistas y las fuerzas político-sociales no necesariamente fascistas pero muy íntimamente relacionadas con la Iglesia, en particular la Acción Católica. El Vaticano, por otro lado, vio en la dictadura la posibilidad de reducir la influencia de lo que para él eran sus fantasmas seculares, ligados a la modernización: laicismo, izquierdismo, masonería, judaísmo. Pío XI sacrificó, fríamente, a los católicos no fascistas creyendo que podría jugar con Mussolini. Este, ciertamente, pareció cumplir su parte del pacto pero lo hizo a regañadientes sabiendo que si bien necesitaba a la Iglesia, Pío XI le necesitaba más a él.

En juego entraron personajes oscuros, no enteramente desconocidos pero que Kertzer ilumina poderosamente. Por ejemplo, el mediador oculto entre el Papa y el Duce, un jesuita llamado Pietro Tacchi Venturi y cuyos papeles Kertzer ha contextualizado cuidadosamente. A veces más fascista que vaticanista, su papel fue fundamental.   No menos importante fue el del general de los jesuitas, un polaco llamado Wlodzimierz Ledóchowski, profundamente anticomunista. O un prelado como monseñor Camillo Caccia Dominioni, fascista convencido y a quien, al parecer, los efebos le sorbían el seso. El resultado fue una situación en la que nunca desde el hundimiento de los Estados pontificios en el XIX la Iglesia católica se había identificado tanto con el Gobierno italiano. Kertzer analiza la evolución que llevó a otra situación insólita: nunca desde el tiempo de las Cruzadas la Iglesia bendijo tanto las ansias de expansión fascista que consideró también expansión italiana. Como en la España de la victoria.

Los puntos fundamentales de la obra radican en el recorrido y  contextualización de las negociaciones que llevaron a los pactos lateranenses de 1929 y en la radicalización de la postura del Duce con respecto a los judíos una vez que decidiera unir su suerte a la de Hitler. El antisemitismo tenía raíces profundas en la Iglesia católica pero alcanzaba un límite en el caso de aquellos judíos que, deslumbrados por la verdadera fe, se habían convertido al catolicismo. Al final de su papado, Pío XI, ya muy débil y enfermo, se dio cuenta de que sus fantasías habían conducido a una situación peligrosa. Fue entonces cuando se desplegaron en todo su esplendor las intrigas vaticanas para evitar que llegara a sus últimas conclusiones. El papa había convocado para febrero de 1939 una reunión de todos los obispos italianos a fin de darles su último mensaje. Iba a contener una condena explícita de Mussolini y una denuncia de su aproximación al racismo nazi.  Con grandes esfuerzos compuso su mensaje y ordenó que se imprimiera un ejemplar para cada obispo. No llegó a distribuirse. Pío XI falleció la víspera de la reunión. Mussolini, en brazos de su amante, ni se inmutó, pero le inquietó el documento.

El secretario de Estado del Vaticano, Eugenio Pacelli, se convirtió en el nuevo papa bajo el nombre de Pío XII. Diplomático, ambiguo, apaciguador de los dictadores nazi-fascistas, ordenó que fuese destruído. Continuaba la tendencia que había abierto Ledóchowski al sabotear órdenes de Pío XI de cara a acumular materiales para redactar un sustancial escrito doctrinal. Todo, como puede comprender el lector, a la mayor gloria de Dios. Pío XII no tardó mucho en elevar sus loores a Franco por el resonante triunfo de la católica España en la guerra civil.

En resumen, un libro que convendría traducir urgentemente. También una muestra de cómo el Vaticano ha llegado a ser más abierto de cara a la conveniencia de pasar por la piedra de la contrastación documental algunos de sus propios mitos que el actual Gobierno español de cara a la desvirtuación de la mitología franquista. Por no hablar de la Iglesia católica española, tan selectiva a la hora de abrir sus archivos. ¿Paradójico? No tanto.

 

Exaltación monárquica e historia

20 junio, 2014 at 7:28 am

Comparto en el blog este artículo que publiqué ayer en El Confidencial.

http://blogs.elconfidencial.com/cultura/tribuna-de-expertos/2014-06-19/exaltacion-monarquica-e-historia_148582/

El historiador debe abrir puertas, no cerrarlas

17 junio, 2014 at 2:31 pm

Hasta ahora he mantenido este blog con dos posts semanales. Ha implicado un fuerte drenaje sobre mis disponibilidades de tiempo. Acabo de concluir los tres investigaciones que me han tenido en vilo en los últimos años. Uno sobre los tiempos oscuros de los primeros meses de la guerra civil, de la mano de las memorias inéditas de quien fue el “proto-ministro” de Asuntos Exteriores de Franco, Francisco Serrat y Bonastre. No estaban destinadas a la publicación y sí a orientar a sus familiares sobre el clima que encontró en Burgos y Salamanca entre octubre de 1936 y abril de 1937. Contienen algunas sorpresas. El segundo trabajo, de naturaleza transversal, versa sobre la “hábil prudencia” de Franco en temas domésticos e internacionales. Es en estos últimos, como es sabido, en los que al decir de sus panegiristas llevó con mano maestra la nave del Estado. Aparecerá en la primavera de 2015. Ambos en CRITICA. Cuando salgan, algunas reputaciones sufrirán un cierto quebranto. Están basados en esa EPRE que causa espanto a más de un historiador pro o neo-franquista. Y finalmente en septiembre la Universidad de Salamanca publicará un tomazo de la revista anual STUDIA HISTORICA, el último en papel, en el que he coordinado a más de treinta autores para que analicen la literatura aparecida sobre la guerra civil en los últimos años en otros treinta capítulos, tanto en España como, en particular, en el extranjero. En este último caso, sin límite temporal. Es decir, no he estado con los brazos cruzados y he mantenido un ritmo trepidante en este blog.

Hoy me veo obligado a anunciar tres novedades.

La primera es que  de manera inmediata voy a dar comienzo,  con un íntimo amigo, a una investigación, pero en esta ocasión ya muy alejada de la guerra civil. No deseo desvelar el tema pero se trata de una cuestión que, en su momento, dio origen a enconadas disputas. Llevará tiempo, quizá dos años, hasta que sus resultados puedan publicarse. No gustarán a mucha gente pero, como siempre he tratado de hacer, hará ver la conveniencia de seguir abriendo brechas y de no cerrar puertas.

Esta nueva investigación limitará mis posibilidades de hacer otras cosas. Ello me obliga a alimentar este blog a  partir de ahora con un post semanal. Los martes. Para que los posts sean interesantes  por sí mismos, hay que elegir bien los temas, concentrarse en ellos  y determinar sus rasgos esenciales. Y esto exige tiempo. Algo que volverá a ser un recurso escaso.

Como hasta ahora no dejaré de comentar libros que me han impactado, se conozcan en España o no. El lector no debe olvidar que mientras el actual Gobierno seca las fuentes de financiación para la investigación en prácticamente todos los dominios del saber y lanza eslogan tras eslogan sobre la inminente recuperación económica, nuestros licenciados, doctores e investigadores comparten con una amplia masa de la juventud  española horizontes sin esperanza o emigra mientras los sistemas de enseñanza pública y de salud se desmoronan a pasos agigantados

Esto no ocurre en otros países. No porque sus ciudadanos sean más listos sino porque tienen la ventaja de contar con gobiernos menos lerdos. No es de extrañar que en ellos se produzcan avances en casi todas las ramas del conocimiento. Aquí, en este blog, me interesan los que tienen lugar en historia contemporánea (es decir, de la que surge desde el descalabro del sistema de Versalles) y algunos de tales libros tienen relevancia para nuestra propia historia.

La semana que viene daré un aldabonazo sobre un tema que, si se traduce al castellano el libro en el que me baso, alimentará la discusión historiográfica española.

 

 

En memoria de un diplomático ejemplar

13 junio, 2014 at 7:28 am

El embajador Carlos Miranda, buen amigo mío, publica una necrológica sobre otro común amigo, el embajador Máximo Cajal, recientemente fallecido. Hubo ya varias en EL PAIS y, por pudor, no quise escribir yo la mía. Eso sí, el libro que estoy terminando sobre la hábil prudencia de Franco se lo dedicaré también a Cajal. Me entero de que el señor ministro de Asuntos Exteriores no se ha dignado ni siquiera enviar unas líneas de condolencia a la viuda. Muy en forma.

Así es cómo esta España de nuestros pecados honra a sus servidores.
Sin comentarios.

En este link podéis acceder al texto: http://www.planetadelibros.com/pdf/140520_M._Cajal_un_ejemplo_en_Tiempo_de_Paz_num_Primavera_2014.pdf

Angel Viñas

Abdicación y perplejidad

6 junio, 2014 at 12:30 pm

Lo primero que me ha chocado es la disparidad de tratamientos. Quizá sea un problema de cultura política. En general la prensa belga escrita fue comedida. Se esbozaron las luces y las sombras del abdicante y se perfiló a grandes rasgos la figura de su sucesor. Si algo recuerdo de aquellos días fue el predominio de la vocación analítica de los comentaristas.

La situación política y económica por lo demás del Reino de Bélgica no era entonces precisamente muy boyante. La embestida nacionalista (por no decir secesionista) flamenca todavía no estaba demasiado contenida; la crisis generaba dolorosas punzadas sociales; la mendicidad había aparecido en las calles bruselenses, incluso en las más elegantes; las ONG centuplicaban sus esfuerzos. Para colmo, un olorcillo de escándalo rodeaba a la pareja real. El contexto, en una palabra, era relativamente parecido al español actual.

Pero, ¡qué diferencia en cuanto al tenor de la prensa escrita y los comentarios de las personalidades políticas y del mundo cultural e intelectual!  Me ha dejado perplejo. Quizá sea también consecuencia de mi distanciamiento de la escena española. Ya no vengo por este país tanto como solía.

Como no tengo aquí radio ni televisión, solo puedo referirme a los medios de comunicación diarios. ¿Qué me ha llamado la atención de la prensa escrita madrileña?

En primer lugar, la hipertrofia de las alabanzas (a veces un tanto babosas) sobre la figura del rey Juan Carlos. Como si la democracia (me permito añadir que de calidad un tanto baja) de que disfrutamos hubiera sido producto de su sola voluntad.

En segundo lugar, la ausencia de cualquier reflexión crítica sobre el papel desempeñado por los sucesivos Gobiernos que han dirigido la política del Estado durante su reinado. Con sus altos y sus bajos, sus focos y sus velas, han sido los diferentes partidos políticos representados en las Cortes los que han dado luz verde a las iniciativas gubernamentales en materia legislativa. La sanción real siempre ha sido una mera fórmula.

En tercer lugar, la falta de una reflexión mínimamente seria sobre las relaciones entre el monarca y los presidentes del Gobierno que han actuado desde el 23-F. Eso sí, han proliferado los elogios un tanto paroxísmicos al papel del rey en el fracaso del intento de golpe de Estado.

No seré yo quien regatee méritos en este vidrioso asunto pero me atrevo a aventurar dos hipótesis: a) si el rey se hubiera situado detrás del golpe, este hubiese triunfado; b) de haberse producido este escenario, es verosímil que con él se hubiera puesto en juego el futuro de la Corona. No discuto el patriotismo real. Simplemente me limito a recordar lo que terminó ocurriendo a su augusto abuelo (a quien algún historiador de los muchos que han escrito durante estos días extiende poco menos que un certificado de buena conducta) tras haber consentido, si no alentado, el golpe primorriverista de 1923.

Por lo demás, y de nuevo sin negar méritos, me permito señalar que, al oponerse al golpe, el rey no hizo sino cumplir con su deber. En un sentido funcional, teleológico y, si se me apura, histórico. Al fin y al cabo, monárquicos fueron quienes se autoconstituyeron en la punta de lanza de la conspiración que llevó a la sublevación de 1936. También fueron monárquicos quienes complotaron con una potencia extranjera (aunque todavía se ignora si Alfonso XIII estaba al tanto) y un general monárquico y conspirador contribuyó a aupar a Franco a su excelso puesto, que ya no abandonaría jamás. Hoy no es de buen tono hablar de sus responsabilidades.

Históricamente hablando no hay mucho que agradecer a la Monarquía desde los años veinte del pasado siglo hasta, digamos, la Constitución de 1978. Y aún así. A medida que los archivos extranjeros van desvelando algunos de los entresijos de la transición (algo que no ocurre con los españoles, cerrados providencialmente a cal y canto por el actual Gobierno) se refuerza la hipótesis de que el rey Juan Carlos no hubiera tenido un porvenir excesivamente brillante de no haber impulsado el proceso que llevaría a la quiebra del sistema político e institucional del franquismo.

Pienso que alguna reflexión de tal tipo no hubiera venido mal en estos días, por no hacer hincapié en que el descrédito en el que se ha sumido la Monarquía en los últimos años no ha sido precisamente el resultado de una conspiración izquierdista, antisistema, republicana o whatever sino de cosecha propia. Si la imagen, probidad, credibilidad e incluso idoneidad del rey Juan Carlos han estado por los suelos en los últimos años es difícilmente negable que la mecánica que condujo a tan deplorable situación la puso en marcha él mismo.

No sabemos cómo la historia juzgará a Juan Carlos I. Se admiten todo tipo de apuestas pero al menos deberíamos ser lo suficientemente autoanalíticos para recordar, siquiera brevemente, que la aparente brillantez de su reinado que tanto se ha ensalzado estos días ha sido también el resultado, esencialmente, del pueblo español, es decir, un pueblo con ansias de libertad, igualdad y prosperidad y que ha comprobado cómo se les han cortocircuitado en un remedo del bienio negro de infausta memoria. Si al rey se le han atribuido tantas  luces ¿no sería razonable atribuirle, al menos, algunas de las sombras?

Lo que hemos leído es, en buena medida, una operación de maquillaje. Quizá necesaria pero sugiero guardar la prensa escrita de estos días como materia prima para, dentro de unos años, volver la mirada atrás y contrastarla con las revelaciones que de aquí a entonces seguramente habrán ido apareciendo. Cuestión de hacer historia.

Afortunadamente chapuceros pero nazificados

2 junio, 2014 at 8:00 am

La copia, aunque a veces chapucera pero siempre letal, de los métodos de “trabajo” nazis es particularmente clara en el caso de la represión franquista. Francisco Moreno Gómez ha escrito sobre “Auschwitz en España”. No es una expresión atolondrada. No quiere significar, obviamente, que el campo de exterminación de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, y que quizá algunos de los lectores hayan visitado, como quien estas líneas escribe, se reprodujera miméticamente en tierras españolas. La Shoah, insisto, es irrepetible. Sí se repitieron en España ciertos métodos de trabajo. No debería extrañar dado que, desde 1938, las policías nazi y franquista colaboraban estrechamente y se habían firmado, en los tiempos en que el brutal general Severiano Martínez Anido era ministro de Orden Público, acuerdos y protocolos de colaboración que dejaban abierta la puerta a todo tipo de actuaciones. El lector que quiera leerlos puede encontrar su texto, considerado durante muchísimos años como poco menos que un secreto de Estado, en la obra de Manuel Ros Agudo La guerra secreta de Franco (Crítica, 2002).

El desarrollo de la colaboración no se ha documentado todavía. Parece ser que la evidencia primaria de época ha desaparecido (una casualidad) si no es que sigue cerrada a cal y canto. De por dónde iban las pistas cabe inferirlo de la exposición de motivos de la Ley de 8 de marzo de 1941 por la que se reorganizaron los servicios de Policía (no se olvide esta fecha al lector). Tomemos algunos sabrosos párrafos, publicados en el BOE del 8 de abril del mismo año y hoy olvidados:

“La victoria de las armas españolas, al instaurar un régimen que quiere evitar los errores y defectos de la vieja organización liberal y democrática, exige de los organismos encargados de la defensa del Estado una mayor eficacia y amplitud”. En consecuencia, la “nueva policía española” se encargaría de realizar una “vigilancia permanente y total indispensable para la vida de la Nación que, en los Estados totalitarios, se logra merced a una acertada combinación de técnica perfecta y de lealtad”. La “policía política” (sic) se configuró, pues, como el órgano “más eficiente para la defensa del Estado”.

No sé si la técnica llegó a ser tan perfecta como las de la Alemania nazi y la Italia fascista, tal y como se deseaba, pero lo que es evidente es que la “formación” adecuada resultaría más fácil si se buscaba inspiración necesarios en aquel país que parecía invencible en los campos de batalla: el Tercer Reich.

Entre los “métodos de trabajo” aplicados a la represión carcelaria figuró, en primer lugar, el hambre. COMO EN AUSCHWITZ. No me consta, pero con ello revelo mi  ignorancia, que las decenas de plumillas y autores neo-franquistas se hayan esforzado mucho por hacer llegar a sus lectores informaciones sobre las condiciones materiales y de vida en Auschwitz. Traducen una similitud sorprendente con el caso cordobés.

El personal de las SS gestionaba los almacenes y las cocinas y se quedaban con los alimentos y productos de mayor calidad  (entre ellos la carne, la margarina, el azúcar, el trigo, la harina y las salchichas). Los ingredientes disponibles eran, pues, insuficientes para proveer las raciones alimenticias que preveían los reglamentos. Como en Córdoba.

A tenor de la documentación no destruida del Instituto de Higiene de las SS en Rajsko, al que llegaban muestras de las raciones suministradas a los prisioneros, a la sopa que se les daba le faltaba entre el 60 y el 90 por ciento de la margarina prescrita, el pan era duro como una piedra y las salchichas contenían la mitad aproximadamente de la grasa que debían recibir los reclusos. Las sisas, el estraperlo y las ventas clandestinas estaban a la orden del día. Como en Córdoba. Así, pues, en lugar de la ingesta calórica prevista en los reglamentos  (entre 1700 calorías para los prisioneros que no realizaban grandes trabajos físicos y 2150 calorías para los que sí los hacían) a los reclusos se les suministraban entre 1300 y 1700 calorías diarias respectivamente. Es decir, una ingesta muy superior a la de Córdoba. Claro, podría afirmarse, que en Auschwitz hacía mucho frío, no así en Andalucía, pero la diferencia es muy notable. Sobre todo porque, a tenor de la documentación sobre las comidas conservada en el archivo del sub-campo de Trzebinia, perteneciente al conglomerado en torno a Auschwitz-Birkenau, los componentes eran muy parecidos: NABOS, patatas y pequeñas cantidades de cebada y otros cereales amén de un extracto “nutritivo”, el famoso “Awo”. Los españoles, más chapuceros, utilizaban grasas para las carretas y para llegar a resultados más rápidos habían fijado la ingesta calórica en niveles anormalmente bajos. Chapuceros, sí, pero sumamente expeditivos.

En definitiva, se trataba de raciones de hambre (aunque quizá, potencialmente, más “apetitosas” que las españolas) y a las pocas semanas de disfrutar de tal tipo de alimentación la mayor parte de los presos de Auschwitz empezaban a mostrar señales de depauperación. Desesperados, echaban mano a las basuras lo que no aplacaba el hambre pero sí contribuía a epidemias de diarrea y disentería. Como en Córdoba. Por lo demás las condiciones sanitarias y de salubridad eran muy parecidas: hacinamiento, falta de higiene,  piojos. (Para información de los lectores he tomado los datos anteriores de un libro publicado por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, que puede obtenerse in situ, y que contiene un interesante artículo sobre la vida diaria de los reclusos (los no gaseados directamente ni asesinados por inyecciones letales) debido al historiador polaco Tadeusz Iwaszko).

¿Quiénes eran los mandos en Córdoba? Los alcaldes fueron Manuel Sarazá Murcia y Antonio Torres Trigueros. Si hicieron alguna gestión ante las autoridades de la prisión debería constar en el archivo del Ayuntamiento. El presidente de la Diputación era Enrique Salinas Anchelerga. ¿Se inmiscuyó? El Gobierno civil estuvo a cargo del comandante de Artillería Joaquín Cárdenas Llavaneras y del camisa vieja Rogelio Vignote, militar retirado. ¿Intervinieron? En el Gobierno militar se sucedieron el general Francisco Fermoso Blanco, en la reserva en julio de 1936 y rápidamente nombrado Gobernador General por los sublevados (pasó a vocal del Alto Tribunal de Justicia Militar el 5 de noviembre de 1936),  y el coronel Antonio Pérez Torrealba. La Falange provincial la dirigía Jesús Aguilar y el secretario local de Córdoba tenía un nombre ilustre, Fernando Fernández de Córdoba. A mediados de septiembre le sustituyó Manuel González Ruiz-Ripoll. Si alguno de ellos hizo algo en relación con la cárcel, se ignora. No cabe descartar que tal vez sus descendientes puedan documentarlo.

Naturalmente las autoridades cordobesas respondían a una cadena de mando. Es conocida. En 1941 el ministro de la Gobernación era el coronel Valentín Galarza. Había sido el coordinador de los hilos de la sublevación en 1936. No se había arredrado ante la posibilidad de que desembocara en guerra.  Monárquico de quienes no hacían ascos a los sobornos británicos que vehiculaba Juan March. Los directores generales de Seguridad fueron José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, falangista, y un militar escasamente conocido, Gerardo Caballero Olabezar. El director general de Prisiones era el general Máximo Cuervo Radigales, hipercatólico y miembro eminente de la ACNDP (Acción Católica Nacional de Propagandístas), del Cuerpo Jurídico Militar que tanto contribuyó “técnicamente” a la salvaje represión. Salvo Caballero, los restantes conocieron horas de gloria y murieron como Dios manda, con todas las bendiciones necesarias. Rudolf Höss, el  “normalito” comandante de Auschwitz, fue ahorcado como criminal de guerra en Polonia tras una azarosa búsqueda que constituye, de por sí, un auténtico thriller.

[Los lectores que quieran saber más acerca de las políticas penales y carcelarias, sus presupuestos ideológicos y su organización en la postguerra española pueden también acudir a los excelentes trabajos de Gutmaro Gómez Bravo].

El sangrante caso de la prisión provincial de Córdoba

30 mayo, 2014 at 1:57 pm

Moreno Gómez ha ido identificando lo que pasó gracias a la acumulación de testimonios orales y algunas pruebas documentales. Entre los primeros destaca el del médico madrileño doctor Sama Naharro, que fue trasladado en noviembre de 1940 a la infame prisión. En un desbarajuste inimaginable los reclusos se hacinaban mezclándose los de tipo político y los comunes; las condiciones sanitarias eran terribles, con un solo urinario en el patio; la suciedad invadía todo; los presos estaban llenos de piojos y  depauperados; él mismo pesaba 45 kilos; la alimentación era a base de nabos; la leche -para los enfermos, cuando se les daba- estaba aguada; no había medicinas; en el dispensario médico se robaba hasta el azúcar; los partes de cocina se falsificaban; aparecían comidas que no existieron; el estraperlo era habitual. Lo más importante era el resultado: los enfermos morían como chinches y la causa fundamental era el hambre. Ruego al lector que retenga este dato.

El testimonio de un antiguo diputado comunista, Adriano Romero, confirma que la prisión estaba abarrotada; que en los dormitorios, donde se hacinaban 350 personas, había solo un váter que no podía utilizarse durante el día; que la mugre  recubría todo.

Francisco Gómez Herencia abundó en el tema fundamental de la comida: el único plato que recibían generalmente los reclusos era matas de coliflor hervidas con agua a la que se echaban tacos de grasa de la que se utilizaba para engrasar los ejes de las carretas; su olor era insoportable y su sabor indescriptible. Cuando se cambiaba el “menú” a la coliflor la sustituían los nabos forrajeros, destinados habitualmente a las bestias. Los reclusos llamaban a esta porquería “caldo nazareno”.

Otro preso, Miguel Regalón, destacó las consecuencias: todos los días quedaban tendidos en el patio varios muertos de hambre; la deshidratación era pavorosa; en una temperatura de más de cuarenta grados a los reclusos se les privaba de agua; cuando uno logró cazar un pajarillo y se lo comió, los guardianes le dieron una paliza. Ya no se le volvió a ver.

En tales circunstancias no debía de sorprender, pero no se previó, que terminara produciéndose una epidemia de tifus exantemático. La mortandad volvió a dispararse. Así, pues, el hundimiento moral, la suciedad, el hambre, la enfermedad y la muerte se convirtieron en los compañeros habituales de una población reclusa desesperada.

La imagen puede extenderse a otras prisiones de la España de Franco cuando Falange soñaba con gloria imperial sin fin. Se han contabilizado 6.000 víctimas en una docena y aun quedan por explorar datos de otras cárceles muy importantes como las de Puerto de Santa María, Málaga, Hellín, Chinchilla, Cuéllar, Segovia, Madrid, Alcalá de Henares, Burgos, Palencia, Amorebieta, Santander, El Dueso, Santoña, Zaragoza, etc.

En este pavoroso panorama la dieta oficial, afirma Moreno Gómez, era de 800 calorías  y a veces llegaba a menos. Yo no soy médico y para escribir este post no solo he acudido a Mr Google sino que me he asesorado debidamente de un médico forense de larga experiencia, buen amigo mío y antiguo discípulo de Grande Cobián. El Dr. Miguel Ull me dice (y los lectores que sepan de medicina podrán, imagino, contrastar sus afirmaciones)  que las necesidades básicas para una vida normal oscilan entre las 2100 y las 2500/2700 calorías según nivel de actividad, edad y sexo. Un nivel de 800 calorías es de subsistencia y, en la práctica, para no tener actividad. Cualquier contingencia de salud (un catarro, una gripe, las omnipresentes diarreas) barrería a los reclusos por carecer de defensas. No tardaba en iniciarse la desnutrición, la depauperación y la caquexia en el camino hacia el único desenlace posible.

Es inverosímil que los médicos que servían en las cárceles de la época no pudieran anticipar lo que ocurriría manteniendo a los presos bajo una dieta tan hipocalórica como la establecida. Muchos de ellos no llegaban, además,  a las prisiones pletóricos de salud y con sus fuerzas intactas. Lo contrario era lo normal. Tampoco podrían alegar desconocimiento los guardianes, carceleros, sanitarios y cuadros de mando que sisaban de las raciones distribuidas a los prisioneros. Su objetivo era desviar preciados recursos alimenticios hacia los infernales mecanismos del estraperlo y del mercado negro que habían hecho presa en la España de la VICTORIA (y que no desaparecieron hasta principio de los años cincuenta).

Por consiguiente, debemos pensar que el mantenimiento y el recorte de una dieta muy hipocalórica estaban destinados a conseguir determinados fines. No son difíciles de identificar: para preparar la exterminación física de la anti-España era preciso hundir la resistencia moral y anímica como paso previo a la depauperación de los prisioneros. Entre la humillación y la muerte se trazó una línea recta.  ¿Quiénes  lo hicieron? ¿Quienes formaban el cuadro de mandos en la prisión de Córdoba y  en su entorno?

Moreno Gómez da una respuesta inmediata. Yo la completaré en el próximo post. El director de la prisión fue un hombre “tristemente célebre” y corrupto: Enrique Díaz de Lemaire. Fue destituido en marzo de 1941 a causa de disputas internas entre funcionarios. Le sustituyó Juan José Escobar Sánchez, “igual de exterminador y corrupto”.  El subdirector se llamaba Ramón García Lavello. El responsable de la sección de mujeres era Rafael Herreros, ayudado por la temida “Doña Dolores”, una encarnación castiza de los viragos nazis. !Ah!, como es lógico, la prisión no carecía de capellán. Era un jesuíta. No sabemos si ya habrá llegado a la gloria. Se le recuerda, simplemente, como el padre García. La cárcel la frecuentaba también el párroco de la iglesia de El Salvador, el reverendo José Torres Molina. Quizá consignaran informes e impresiones pero, si fue así, se desconocen. Tal vez el Obispo de Córdoba podría contribuir a remediar tal carencia abriendo los archivos correspondientes.

El  eminente “médico” a cargo de lo que pasaba por asistencia sanitaria era el doctor Celso Ortiz Megías. Los funcionarios de prisiones que más destacaron por su crueldad han quedado prendidos en la memoria de los supervivientes: Enrique de la Cerda, Antonio Justo, Manuel “y pico”, Andrés “el boxeador”, un tal “Don Ángel”, “el Teleras”, “el Negro Desperdicios”. Apaleaban a los presos. “El Dientudo”, Ángel Baena, y su lugarteniente, Segundo Rojas, torturaban  a los presos en las celdas de castigo y los mantenían durante días a pan y agua. Imagine el lector las consecuencias.

A mi estos nombres no me dicen nada. Es probable que en Córdoba, o en Andalucía, se les conozca. En España se ha olvidado ya que, en la Europa de la postguerra, fue de aplicación el título de una película que hizo furor en Alemania cuando estudié allí: “Los asesinos están entre nosotros” (Die Mörder sind unter uns). Creo recordar que Castilla del Pino escribió algo de esto en sus memorias.

(continuará)

Exterminio, a lo nazi, en Córdoba

27 mayo, 2014 at 8:00 am

Francisco Moreno Gómez hizo sus primeras armas en el estudio de la represión concentrándose en Córdoba cuando muy pocos en España, y ciertamente no en la Universidad, prestaban a aquel tema demasiada atención. De Córdoba pasó a Andalucía y luego al resto de España. Sus obras, basadas en documentación y testimonios apabullantes, son abrumadoras. En la última, La victoria sangrienta 1939-1945, desarrolla con gran precisión un tema que hasta ahora había solido ser objeto de análisis monográficos. Lo que trata de identificar y demostrar Moreno son los mecanismos de ejecución,  los resultados y la persistencia de la represión despiadada y multimodal que se abatió sobre la España vencida. Un capítulo que muchos historiadores extranjeros (entre ellos Stanley G. Payne) suelen despachar en unas cuantas líneas y en el que han abierto brecha autores como Julio Aróstegui, Paul Preston, Francisco Espinosa, Gutmaro Gómez Bravo, Jorge Marco, Peter Anderson, Hartmut Heine, Montse Armengou, Mirta Núñez Díaz-Balart, Ricard Vinyes, Ángel Bedmar, David Ginard, Manuel Álvaro Dueñas, Isaías Lafuente y muchos otros.

Afirma un dicho inglés que la prueba del pudding está se hace al comérselo. Lo mismo pasa, mutatis mutandis, con la represión franquista (o la de los sublevados en 1936). Quisieron, en un principio, paralizar la resistencia republicana y sangrar el cuerpo social para amedrentar a los leales al Gobierno. De aquí se pasó, sin solución de continuidad, a una actuación masiva, controlada, dirigida hacia el más amplio espectro de lo que consideraban la anti-España. Duró tanto como la guerra misma y continuó en la postguerra.  El estado de guerra no se levantó hasta 1948 pero poco importó porque fue una artimaña destinada a calmar los clamores de la opinión pública internacional contra el último residuo del Eje en Europa. Gracias a la aplicación sistemática de la expeditiva “ley de fugas” siguieron ahorrándose engorros judiciales y la necesidad de tener que rechazar las peticiones de observadores extranjeros, generalmente británicos, en favor de ciertos acusados. Todo ello se vio lubrificado por indultos estrictamente definidos. La “generosidad” siempre tuvo límites muy estrechos.

A través de la identificación de las técnicas y modalidades represivas, carcelarias y judiciales han podido elevarse los hechos a niveles de categorías. Sobre esto último existe una interesante discusión terminológica que no viene a cuento resumir aquí. En todo caso, existen ya numerosos datos que permiten orientar la recuperación del pasado. Un pasado oculto hasta hace no muchos años.  Un pasado de crueldad y  sangre. Un pasado de exterminio.

El episodio que me lleva a escribir tres posts se concentra en la cárcel provincial de Córdoba en la época del hambre y, en particular, en 1941. Fue el año en el  que nací y cuando España estuvo más cerca de volver a las hambrunas medievales. Los lectores buscarán vanamente estudios de ello en las historias blanqueadas que tanto han salido de ciertas editoriales especializadas en hacer el caldo gordo a la derecha o incluso a la extrema derecha. Son temas, por definición, muy incómodos. Quien esto escribe se ha aproximado documentalmente a  tales hambrunas, para un libro que estoy ya terminando, a través de la abundante información que se conserva en los Archivos Nacionales británicos, algo que ningún plumilla neo-franquista o ningún encumbrado historiador de la misma cuerda ha hecho hasta ahora, que yo sepa.

El aparato diplomático y consular  británico asentado en España siempre tuvo al corriente a Londres de lo que percibía en una sociedad un tanto salvaje y extraña. Las causas del  hambre generalizado las divisaron en la incompetencia de la administración de abastos, en la intervención de precios que desalentaba la producción, en la maraña burocrática que había segmentado el mercado hasta extremos inverosímiles y en la peligrosa proclividad del Gobierno en favor del Tercer Reich. Esto obligó a los aliados a interferir con el comercio exterior español para evitar que Franco pudiera pasar a una situación de beligerancia. La “independencia” económica que entonaban las cohortes militares y falangistas siempre fue una quimera.

Tal vez el Secret Intelligence Service pudo ahondar pero dado que sus archivos permanecen inaccesibles no lo sabemos. En cualquier caso, no he encontrado muestras documentales que liguen la represión con otra cosa que no fuese el deseo de venganza de los vencedores en la guerra civil. Para mi libro era suficiente.

Pero, naturalmente, había más.  Moreno Gómez, en una tesis que levantará ampollas,  liga lo que pasó en Córdoba con la tremenda influencia del vector nazi en el Gobierno y en la Administración, Falange incluida, de la España franquista. No es el primero en hacerlo. Ya lo sugirió, por ejemplo, Hartmut Heine, en una obra que me cupo el honor de prologar hace muchos años. O un amigo mío, catedrático en Aix-en-Provence, Eutimio Martín.  Después otros autores han continuado en la misma vena.

Moreno, a través del análisis pormenorizado de la evidencia primaria relevante de época, fundamenta y fortalece dicha conclusión. Reconozco abiertamente que soy muy sensible a tal línea de argumentación, no en vano empleé varios años de mi vida en leer gruesos mamotretos sobre las salvajadas nazis, en particular en lo que se refería a la Shoah, pero también en otras dimensiones como los crímenes de la Wehrmacht o de lo que pasaba por “justicia” en el Tercer Reich y, en particular, en el Volksgerichtshof de infausta memoria.

Así, pues, en los dos posts siguientes trataré de sustanciar, en base a mis conocimientos personales y  a mi biblioteca, lo que Heine, Martín, amén de muchos otros, habían intuído y que ahora Moreno Gómez ha sacado a la luz. Para vergüenza de muchos, incluidos los historiadores profesionales o no de la cuerda neo-franquista.

(Continuará).