UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITOS FRANQUISTAS (y V)

7 enero, 2015 at 8:30 am

No me he detenido a rastrear en los archivos británicos lo que los militares y diplomáticos de esta nacionalidad comentaron, ya fuese en Madrid o en Londres, acerca de las informaciones que les llegaran sobre la Unión Militar Democrática (UMD). Es imposible que no supieran nada. Fundada en septiembre de 1974 la UMD se desarrolló en la clandestinidad y con fuertes medidas de seguridad. Aun así, las detenciones se iniciaron en julio del año siguiente. Es un proceso que ha estudiado con detenimiento su gran historiador Fidel Gómez Rosa.

UMD Logo La primera comparecencia pública de la UMD, en París, tuvo lugar en octubre de 1975, poco antes de que Franco cayera enfermo. Generó gran expectación. El tenor de muchos comentarios, aunque no sabemos el de la embajada en Madrid, es que el supercontrolado Ejército franquista se agrietaba. El procesamiento de los detenidos se alargó durante varios meses y sus abogados defensores constituyeron la flor y nata de una parte de la oposición política: Enrique Tierno Galván, Manuel Jiménez de Parga, José María Gil Robles, Fernando Álvarez de Miranda, Joaquín Ruiz Jiménez, Raúl Morodo, etc. En marzo de 1976 se reunió el primer consejo de guerra que juzgó a los «úmedos» más significados y los condenó a diversas penas de prisión, casi siempre con la accesoria de separación del servicio. Ni que decir tiene que desde la cúpula de las Fuerzas Armadas, donde la aparición de la UMD, había causado gran preocupación, se presentó a sus integrantes bajo una perspectiva profundamente distorsionadora.

En el análisis de las FAS que, como hemos indicado en el post anterior, hizo el brigadier Dawson hay una breve referencia a la UMD. Se limitó a señalar que sus miembros se beneficiaron del Real Decreto de Amnistía del 29 de julio de 1976 (BOE del 4 de agosto). Subrayó que, en puridad, las actividades de la UMD habían sido superadas por los acontecimientos dado el ritmo trepidante de la liberalización política ya a toda marcha. Según las noticias que le habían llegado, la impresión dominante entre las autoridades militares era que no había habido una penetración izquierdista grave en las FAS (con independencia de que a los «úmedos» se les había colgado injustamente tal marchamo). Dawson señaló que había salido a la luz cierta actividad de tipo comunista en forma de propaganda difundida clandestinamente por una (fantasmagórica) Unión Democrática de Soldados. Informó a Londres de que en las alturas de las FAS se consideraban controlables tales desviaciones de la disciplina.

El 7 de enero de 1977 el embajador Wiggin fue a visitar a Gutiérrez Mellado. Se conocían superficialmente y tenían amigos comunes. El vicepresidente del Gobierno le confió que los tres meses que llevaba en el cargo le habían parecido muy interesantes pero no del todo de su agrado. Subrayó una cosa que después daría mucho que hablar: su deseo de ver a España como un miembro más de la Alianza Atlántica. (Señalo aquí que Gutiérrez Mellado había sido uno de aquellos pocos militares de alto rango que se sentían profundamente heridos por la forma en que los norteamericanos trataban a los españoles. No es una casualidad que en la negociación de 1974/75 de la renovación de los acuerdos él y el embajador Carlos Fernández Espeso -uno de los pocos diplomáticos que más sabía de temas militares- coincidieran en calificar con el duro adjetivo de «cipayo» el comportamiento ante Washington del orgulloso -de puertas adentro- régimen franquista. Ambos me lo confirmaron separadamente).

En 1977 Gutiérrez Mellado explicó a Wiggins que le preocupaban mucho más los problemas económicos, en verdad acuciantes, que los políticos. Entre estos destacaba la actividad de un grupo de lunáticos entonces conocido como el GRAPO. La carectización es del propio general.

Wiggin, lógicamente, preguntó acerca de los rumores sobre conspiraciones militares que entonces ya corrían por los mentideros de la Villa y Corte. Gutiérrez Mellado disminuyó su importancia pero se mostró deprimido por su amplia difusión. Afirmó que se había lanzado una campaña entre los militares con objeto de sembrar disensiones entre ellos. Citó como ejemplo un rumor a tenor del cual el Gobierno habría decidido, nada menos, que favorecer la salida del Ejército de tres promociones enteras de oficiales porque habrían sido penetradas por elementos subversivos.

El vicepresidente subrayó que no había que subestimar la credulidad de ciertos sectores militares en aceptar como hechos las más absurdas suposiciones. Detrás de la campaña se encontraban integristas de la extrema derecha que tenían como portavoz al diario Alcázar. (Me atengo a las expresiones que utilizó Gutiérrez Mellado). No albergaban, afirmó, el menor escrúpulo en difundir las calumnias más venenosas. En comparación los intentos desde la izquierda de influir en las FAS eran bastante débiles. Lo preocupante era que los ultras hubiesen tenido tanto éxito en influir en un número considerable de jefes y oficiales que, por muy conservadores que fuesen, eran básicamente gente sensata y de tendencias moderadas.

Wiggin comentó a sus superiores que le había extrañado la importancia que Gutiérrez Mellado atribuía a tal campaña aunque no dijese nada que pudiera interpretarse como la menor señal de temores a una agitación militar seria.

De dar crédito a esta versión de las palabras del vicepresidente para asuntos de la Defensa el historiador debe preguntarse qué hubo realmente detrás de la dureza con la cual el establecimiento militar trató a los «úmedos». Seguidamente debería compararla con la mano blanda que, durante tanto tiempo, mostró ante los círculos que pululaban en torno del Alcázar. Pocos años más tarde se comprobó que era en estos, naturalmente, donde germinaba la subversión. Siempre «patriotas».

Como conclusión de estos posts podríamos decir que para los analistas británicos las FAS del franquismo fueron un tanto impenetrables. Quienes mejor las conocieron, los norteamericanos, subordinaron la aplicación de sus análisis a los imperativos de la política de su país. Apoyaron, dentro de límites estrictos, la modernización material y técnica, aun cuando ello supusiera ligar las FAS más aun a Franco. La evolución que en ellas se produjo provino del interior. Uno de los catalizadores más importantes fue la UMD.

La postura británica fue más ambivalente. Reconoció la complejidad de las FAS y también su lealtad hacia Franco y a su régimen. En ello los británicos guardaron, creo, mayor distancia que los franceses y los alemanes. Solo al final de la dictadura, y bajo la influencia de la revolución de los claveles, se detecta un cierto toque de alarma, siempre menos histérico que el norteamericano. De todas formas, parece evidente que en el análisis, siquiera somero, de la información transmitida a Londres no aparece el menor argumento que haga suponer que los británicos no creyeran en que las FAS fueron uno de los bloques más poderosos del sostén de la dictadura. La idea, cara a algunos tratadistas ulteriores que aquí no calificaremos, de que no hubo poder militar en la España de Franco y sí militares con poder dentro del régimen podemos lanzarla tranquilamente a la basura.

Para casi todos los observadores y analistas de los países OTAN el giro histórico lo determinaron el fallecimiento, por fin, del general Francisco Franco y el comienzo del proceso de transición. Como a tantos otros miembros de la Alianza a los británicos lo que más terminó preocupándoles fue la eventual desestabilización de una plataforma geoestratégica como la peninsular.

Al final se cumplió la línea estratégica que los aliados occidentales habían perfilado de cara a España en la segunda postguerra mundial. La «cuestión española» habrían de resolverla los propios españoles. Solo cuando la transición interna estaba ya encarrilada, los apoyos externos, a veces divergentes e incluso contradictorios, se hicieron sentir fuertemente. Los alemanes se pusieron en cabeza. Los franceses, los suecos y los británicos, les siguieron. Los norteamericanos hicieron rancho aparte.

Todo es, naturalmente, otra historia. ¿Y los años de Franco? Un larguísimo interregno en la evolución histórica de la sociedad española. Con muchos puntos negros. Con mucha sangre vertida. Con mucho dolor reprimido.

Quizá muy a pesar del actual gobierno la batalla historiográfica por escudriñar el pasado franquista está en pleno desarrollo. Bienvenida sea. En el futuro deberemos hacer mejor uso de los archivos extranjeros. Las referencias históricas que un sector de la sociedad española pueda tener con respecto a la dictadura no dejarán de sufrir heridas irreversibles. No es factible poner indefinidamente vallas al campo ni límites a la investigación en el contexto de la Unión Europea. Si quebró el cierre de archivos tras el franquismo, no es demasiado pretender que también quiebre el que ha introducido el Gobierno del PP.

(Fin de la serie)

 

UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITOS FRANQUISTAS (IV)

30 diciembre, 2014 at 8:30 am

El decenio de los sesenta transformó la economía y la sociedad españolas. Modernizó las Fuerzas Armadas. Esculpió presuntamente en piedra (es decir en la Ley Orgánica del Estado de 1968) los principios, que se creían inconmovibles, de la dictadura. Pero, ¿cómo se veía desde el exterior el posible papel futuro de los militares?. El tema daría casi para una tesis doctoral. Aquí se esbozan solo unos cuantos rasgos fundamentales. 

De cara a un régimen esclerotizado y políticamente en estasis, los análisis y predicciones exteriores debieron de multiplicarse. La situación y las posibilidades de evolución en España pasaron a discutirse, de puertas adentro, en las capitales de los miembros de la OTAN y de las Comunidades Europeas, en Bruselas, en Washington y, presumiblemente, en Varsovia y en Moscú. Todavía no disponemos de una monografía que haya abordado los denominadores comunes que tales análisis arrojaron. Aquí nos serviremos, como mero guión orientativo, de algunos de los que se hicieron en el Reino Unido.

Ya en 1970 empezó a pensarse en Londres en la conveniencia de aflojar las restricciones al suministro de armamento, con tal de que se destinara a fines no controvertidos ni controvertibles como eran los relacionados exclusivamente con la defensa exterior.

En junio de ese mismo año el embajador John Russell reconoció que el papel del Ejército en la política española era una de las cuestiones más enigmáticas con la que la embajada lidiaba desde hacía tiempo. ¿Qué es lo que pensaban los militares? ¿Cómo formulaban sus ideas? ¿De qué forma y manera ejercían su influencia?

La conclusión fue muy clara y significativa: si bien las FAS se mantenían al margen de la política diaria, en un caso de crisis se pondrían activa y decisivamente del lado del régimen. Eran ellas quienes garantizaban el sistema político imperante. Su disciplina era buena. Por extensión, las FAS serían leales al entonces príncipe Juan Carlos cuando ocupase el trono. El Ejército de Tierra era muy numeroso (más de 200.000 efectivos) a los que había que añadir la Guardia Civil (unos 63.000 efectivos más). Estaba en condiciones de lidiar fácilmente con cualquier problema de seguridad interior. Ahora bien, tras el fallecimiento de Franco surgirían divergencias de opinión entre los mandos, por ejemplo con respecto a los partidos políticos que pudieran legalizarse. Había generales muy autoritarios que se mostrarían contrarios. Otros tolerarían una liberalización controlada. El respeto a su estatus y a sus privilegios sería, además del mantenimiento del orden, una cuestión esencial.

Para el siguiente embajador, Charles Wiggin, el régimen franquista estaba ya muerto a casi todos los efectos en 1974. El denominado Movimiento había entrado en fase terminal y la familia Franco era objeto de un desprecio generalizado. El peligro radicaba realmente en que el Caudillo no terminase de desaparecer. Por ello le pareció necesario intensificar todo tipo de contactos con la oposición democrática y con el Ejército, sobre todo con los oficiales que eran mucho más susceptibles de ser influenciados que sus jefes. Había que estar preparados. Tarde o temprano el Ejército desempeñaría un papel de primera magnitud, bien fuese actuando, no actuando o a caballo entre tales alternativas.

Wiggin sugirió que se invitase a militares españoles a visitar Inglaterra y, a ser posible, a que siguieran cursos en ella. Presumiblemente confiaba en que los resultados serían algo diferentes de los que arrojaba la experiencia hispano-norteamericana. Su tesis era que si no se adoptaban medidas para liberalizar al régimen serían las FAS las únicas que podrían garantizar la estabilidad. Ni que decir tiene que esta aparecía más necesaria que nunca, dada la situación de Portugal. La idea de establecer contactos con las FAS, y que contaba con numerosos proponentes en el Foreign Office, no se autorizó. Ignoro las razones.

Bandera de la OTAN (Tal y como se esperaba los norteamericanos defendieron ante sus aliados británicos que en España ciertos sectores empujaban en favor de preparar la adhesión a la OTAN antes de que Franco desapareciera). Sin embargo, en abril de 1975 las dificultades políticas subsistían en toda su virulencia. En la Alianza no se quería ver a España mientras Franco viviera. En Washington se argumentaba que un régimen de izquierdas de tendencia neutralista, como podía desarrollarse en Portugal, era más incompatible con la OTAN que las dictaduras de derechas. La vieja máxima de que más valía apoyar a un hijo de perra con tal de que fuese «nuestro» hijo de perra seguía vigente. No cabe olvidarlo.

La embajada británica, en sus cada vez más acuciantes informes sobre la situación en el verano de 1975, reconoció que, tras el fallecimiento de Franco, el futuro rey trataría de desarrollar un programa de reformas graduales de carácter democratizador. Su éxito dependería, entre otros factores, del apoyo de las FAS. Hasta qué punto vacilase este apoyo una vez que las reformas toparan con una fuerte y previsible resistencia era la gran incógnita.

Con este bagaje intelectual y analítico un documento clave que refleja la percepción británica del papel del Ejército de Tierra en los primeros años de la Transición es el informe anual del agregado de defensa, brigadier J. I. Dawson, redactado en marzo de 1977, ya con el Gobierno Suárez embalado hacia las primeras elecciones democráticas de junio de aquel año.

Dawson enfatizó la significación de que hasta la muerte de Franco la gran mayoría de los militares le habían mantenido su lealtad. La actividad del rey, situándose detrás del Gobierno, se había concentrado en mimar a las tres Armas. Con ello había logrado asegurarse de su fidelidad a la Corona y enaltecido su propio estatus entre quienes se consideraban compañeros suyos. Al fin y al cabo, también era un militar.

Aunque preocupados por los rápidos cambios políticos e institucionales, nada hacía prever que los uniformados se movieran. El apoyo a la Corona había descansado sobre tres supuestos: la inviolabilidad de la figura del rey, la importancia de la unidad de España y la inaceptabilidad del PCE. La dimisión del teniente general y vicepresidente primero para Asuntos de la Defensa Fernando de Santiago en noviembre de 1976, derivada de su disgusto con las actuaciones del Gobierno, había abierto el camino al teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, que tenía opiniones mucho más aperturistas que la mayor parte de sus compañeros.

En consecuencia a la pregunta, que tanto había preocupado a los observadores internacionales de la escena española, de si las FAS pararían o no la evolución política e institucional la respuesta era negativa. Ello se debía al éxito del Gobierno en promover tal evolución por medios estrictamente legales, en mantener un alto nivel de estabilidad a pesar de todas las algaradas y huelgas, en su habilidad de situar en posiciones claves dentro de las FAS a personas dotadas de buen criterio y en la rápida sustitución del general de Santiago. Las perspectivas de una intervención militar se reducirían considerablemente si se preservaba el diálogo entre Gobierno y oposición. España no había superado todavía sus principales problemas y tenía tras de sí una larga historia de intervenciones militares pero, en lo que se alcanzaba a percibir, estaba dando pasos de gigante para prevenir otra nueva intervención.

(Pero la prevención no obviaba la necesidad política, constatada en los contactos diplomáticos con varios Gobiernos europeos, de tener que legalizar al PCE). Esto último disgustó profundamente a los norteamericanos. Cuando se llevó a cabo en abril de 1977 los británicos se afanaron en recoger toda la información que pudieron. No tardaron en comprender que el Gobierno había decidido incurrir en un riesgo calculado.

La dimisión del ministro de Marina (Arma estrechamente identificada con el régimen franquista), almirante Gabriel Pita da Veiga, un gripazo (¿»diplomático»?) del ministro del Ejército que le «impidió» asistir a una importante reunión militar, el inmediato regreso desde Canarias del general Gutiérrez Mellado y una conversación del ministro del Aire, teniente general Carlos Franco, con el propio rey aclararon la situación. El dirigente conservador, que ya ha aparecido en este blog en alguna ocasión, Manuel Fraga Iribarne comentó a los británicos que desaprobaba la legalización ya que había causado resentimiento en los altos mandos pero no creía que fuera posible echarla atrás. El 12 de abril el embajador Wiggin visitó a Carmen Díez de Rivera, jefa del gabinete de Suárez, quien le dijo que la decisión había sido la más arriesgada y difícil tomada hasta la fecha.

No todo se había ganado, pero la carta más complicada se había jugado y los militares se habían resignado. El camino hacia las primeras elecciones democráticas desde 1936 estaba expedito.

 

(Continuará. Las entradas de este blog se publican en martes. Debido a las fiestas navideñas, en lugar del próximo martes 6, día de Reyes, la entrada se publicará el miércoles 7.)

 

UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITOS FRANQUISTAS (III) EL TEMA OTAN

23 diciembre, 2014 at 8:30 am

Con el paso de los años va cobrando perspectiva una de las cuestiones que mayores controversias despertaron en la transición y en la post-transición. La recordarán muchos de los españoles de mi generación y sus hijos si eran adolescentes en aquella época. Probablemente con sentimientos encontrados. Se trata de lo que dio en denominarse el «tema OTAN». Había ya surgido, ocultamente, durante la dictadura a la cual le hubiera agradado sobremanera recibir su abrazo. Después del norteamericano de 1953 hubiese significado la casi completa absolución del franquismo. No fue así. En Londres tuvo una actitud de, cuando menos, reticencia. El problema fue siempre la naturaleza del Estado franquista.

 Conferencia OTAN, París 1955

La relación con Estados Unidos despertó ensoñaciones entre los norteamericanos y también entre los españoles. Para Washington la de acercar el esquema bilateral asentado en los pactos, secretos y no secretos, de 1953 al multilateral tal y como estaba anclado en la Alianza Atlántica. Hace ya tiempo que Antonio Marquina documentó este deseo. Para la dictadura, ignorante posiblemente de las opiniones de Eisenhower que hemos citado en el post precedente, la misma ambición afloró también en 1956. Martín Artajo, primero, y Castiella después, plantearon el tema sin darle la menor publicidad. El Congreso y el Senado norteamericanos eran proclives a la incorporación. Pero para bailar el tango es necesaria la pareja. En 1958 en el Departamento de Estado se divisaron los mayores obstáculos que lo impedían en Francia y Gran Bretaña. En realidad, otros miembros de la OTAN también estaban en contra. En Madrid, por su lado, todavía escocía amargamente el humillante rechazo con que había topado, años atrás, la oculta ambición de Franco de participar en el Plan Marshall.

En 1959 el embajador Mallet ofreció a Castiella un par de informaciones que no variarían en lo sustancial hasta después de la muerte de Franco. El Reino Unido, le dijo, no se oponía por principio a una eventual adhesión española al Tratado del Atlántico Norte. Ahora bien, en la OTAN había varios Estados miembros que sí lo harían, e incluso de forma vehemente. Era más razonable no suscitar el tema en aquellos momentos.

La postura en contra de la dictadura la lideraban Noruega, Dinamarca y el Benelux. La mantuvieron contra viento y marea. El caso noruego es notable. Con un gobierno laborista hasta 1965, el recuerdo de la guerra civil española no se borró fácilmente. Tampoco los gobiernos conservadores de Oslo cambiaron de postura mientras vivió Franco. Para colmo a los cinco países anteriores se sumó el Reino Unido tras el empeoramiento de las relaciones bilaterales por causa de Gibraltar.

Cuando los norteamericanos volvieron a plantear la cuestión, el ministro de Negocios Extranjeros británico reveló su pensamiento de forma muy clara a su colega norteamericano, Dean Rusk, en octubre de 1965. A pesar de que en la OTAN había países cuya forma de gobierno no era admirable (no los citó pero es obvio que se refería a Portugal y a Turquía) él no divisaba posibilidad alguna de aceptar la entrada de España en tanto en cuanto perviviera el régimen con sus peculiares características.

Esta afirmación tan rotunda provocó cierta alarma entre los funcionarios del Foreign Office. Se apresuraron a señalar que sería mejor evitar que tales comentarios llegaran a oídos españoles. Era preferible continuar argumentando que el tema no estaba maduro y que seguía sin ser de actualidad. La OTAN tenía ya bastantes problemas como para incrementarlos con otro que no suscitaba la menor unanimidad.

A pesar de las prevenciones habituales sobre la capacidad de las Fuerzas Armadas españolas, un nuevo agregado de defensa investigó en qué medida, dejando de lado cualesquiera factores políticos o ideológicos, podrían estar en condiciones de realizar una aportación en términos estrictamente militares a la política disuasiva de la Alianza. En definitiva, cuál era realmente la importancia militar y estratégica de España desde el punto de vista de la por el franquismo tan cacareada aportación a la defensa conjunta. No en vano a Franco le habían bautizado algunos pelotas nada menos que como el «centinela de Occidente». Evidentemente para mero consumo interno.

El análisis realizado tal vez no hubiera sido una ducha de agua fría para ciertos altos mandos de las FAS. Es, sin embargo, interesante como representativo de un sentir que no fuese el norteamericano. Por esta razón merece la pena destacarlo.

El Ejército español seguía adoleciendo de numerosas limitaciones. La lista era repetitiva en extremo: carencia de equipamientos y de materiales modernos, falta de entrenamiento, apoyo técnico y logístico absolutamente insuficiente. A ello se añadía una estructura de mandos profundamente desequilibrada y poco funcional. Precisaremos que tales características eran congruentes con la misión fundamental del Ejército de Tierra de enfrentarse, llegado el caso, con el «enemigo interior». La consecuencia era que la aportación a la OTAN sería bastante limitada.

Otra cosa sería si los soldados españoles, duros, disciplinados y valientes, se viesen obligados a combatir en su propio territorio en caso de un conflicto europeo. En este aspecto, ayudados por la topografía, la proximidad a sus bases y el apoyo exterior, podrían resultar una fuerza nada desdeñable. Eran valoraciones muy similares a las que los militares nazis también habían hecho en los años ya lejanos de la segunda guerra mundial.

La eventual contribución española se situaba en otras dimensiones: en la puesta a disposición de bases y facilidades de almacenamiento y, sobre todo, en la utilización del territorio y del espacio aéreo con fines de entrenamiento. (De hecho los alemanes ya habían intentado negociar tales aspectos pero hubieron de desistir ante la oposición de otros miembros de la OTAN).

No terminaban ahí las eventuales ventajas de una adhesión española. Desde el punto de vista marítimo sobresalía la posibilidad de reforzar la capacidad para negar a fuerzas adversarias la entrada en las aguas del Mediterráneo occidental y del Atlántico oriental. Un factor no despreciable. Aunque también la Armada carecía de material moderno, podría oponerse a las fuerzas navales de eventuales adversarios en el continente africano.

La valoración era similar para el Ejército del Aire. De los 500 aviones aproximadamente con que contaba solo algo menos de una tercera parte podían considerarse utilizables por la OTAN. Los pilotos eran buenos aunque su nivel de entrenamiento no estaba al de la RAF o de los franceses y soviéticos. La cooperación aérea hispano-francesa había permitido, con todo, la familiarización con conceptos modernos. En este sentido sí constituían una aportación significativa a las capacidades defensivas de la Alianza. Ahora bien, al igual que en el caso del Ejército de Tierra, la contribución más interesante radicaba en la situación geográfica española que permitía instalar bases de aprovisionamiento y facilidades de reparación en áreas relativamente alejadas del frente centroeuropeo.

En conclusión, desde el punto de vista militar, la cooperación aérea y naval de España era interesante. Su situación geoestratégica lo era mucho más. (Añadamos que siempre lo fue y lo es, como ya se había comprobado durante las guerras civil y mundial). El problema no era militar sino estrictamente político. En este ámbito, la naturaleza del Estado franquista representaba el obstáculo fundamental.

La cuestión no volvió a surgir hasta llegada la transición. La política exterior de Franco encontró en las Comunidades Europeas, en el Consejo de Europa y en la OTAN límites estrictos. Inabordables. Invencibles. Tras la inesperada revolución de los claveles en Portugal, los británicos temieron presiones estadounidenses en la Alianza para ablandar la postura contraria de algunos miembros. Mientras tanto, españoles y norteamericanos habían empezado a encontrar medios de vincular de forma indirecta la relación bilateral con el marco multilateral de la OTAN. No era lo mismo que la incorporación, pero menos daba una piedra.

(En 1968 hubo que echar mano a las previsiones de prolongación de la validez de los acuerdos hispano-norteamericanos. La reanudación de la relación contractual en 1970 posibilitó una ampliación de la cooperación bilateral y de los suministros de equipamiento. La Armada y las Fuerzas Aéreas se movilizaron. Los estadounidenses consintieron en completar incluso el sistema de alerta para cubrir todo el territorio peninsular y balear. La densificación de los viajes de estudio a Estados Unidos aportó nuevos conocimientos, incluso en las técnicas entonces muy florecientes de lo que púdicamente se denominaba la contra-insurgencia).

La atención extranjera, y particularmente británica, se volcó entonces en el papel político de las Fuerzas Armadas de cara a lo que púdicamente se denominaba el «cumplimiento de las previsiones sucesorias». La larga marcha hacia la designación del futuro rey concluyó, se recordará, en 1969. El nuevo príncipe de España asumiría, cuando aquel fenómeno se produjera, la jefatura del Estado. Se abriría entonces una nueva etapa….

(Continuará)

UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITO FRANQUISTAS (II)

16 diciembre, 2014 at 8:30 am

En estos posts no es necesario abordar los informes sobre las Fuerzas Armadas durante la segunda guerra mundial. La política aliada estribó esencialmente en conseguir por medios políticos y económicos, convencionales o no, que Franco se mantuviera neutral y no basculase hacia el Tercer Reich. Para el supuesto de que los alemanes entraran en la Península sin el consentimiento de Franco y de que España se convirtiera en beligerante contra el Eje Londres puso en pie una detalladísima planificación. El problema hubiera sido qué hacer con el Caudillo.

 Teniente General Barroso y marqués de Suanzes enseñan el nuevo Cetme a Franco

Dos notas caracterizan la mayor parte de los informes británicos sobre las Fuerzas Armadas de Franco desde 1945 a 1975: su incapacidad y su papel político. Subyace a ambas la noción de que en la postguerra mundial la dictadura no corrió el menor riesgo de una intervención militar exterior. Si en España había evolución esta debía hacerse por acuerdo entre los españoles. Ni que decir tiene que esto fue siempre totalmente inverosímil. España quedó abandonadita en su rincón hasta que los norteamericanos rescataron al régimen. Los británicos nunca se llamaron a engaño. Ya en febrero de 1951 el agregado militar brigadier A. Murray informó de que los estadounidenses pensaban mucho más en lo que podrían conseguir de España para sí mismos que en la contribución española a la defensa de Europa occidental.

Era lógico. Las Fuerzas Armadas no estaban en condiciones de hacer frente a una guerra moderna. Ni siquiera serían capaces de resistir en la frontera pirenaica ante un adversario decidido. Estaban totalmente anticuadas. Carecían de material moderno (el que había era obsoleto o desgastado) y sobre todo de apoyo aéreo en la intensidad adecuada. Tampoco existía un sistema de transporte que garantizara la movilidad necesaria. Las inversiones en modernizar la fuerza aérea con el previo sostén alemán la habían encajonado en un callejón sin salida. Los recursos escasos se habían malgastado totalmente. Esto lo reconoció ante el agregado aéreo, coronel A. C. P. Carter, el jefe de Estado Mayor del Ejército del Aire en fecha tan temprana como junio de 1946.

Un amplio informe de este mismo año, redactado por el brigadier W. Torr, que llevaba siete años en España, resumió las carencias humanas, organizativas y materiales. Ya habían dejado el Ejército los soldados de reemplazo que habían combatido en la guerra civil. Cabía pensar que ello lo haría más homogéneo. El problema lo planteaba la oficialidad. Una clase privilegiada, pluriempleada, corrupta hasta la médula. También existían oficiales honestos, eficientes y dedicados. En todo caso estaba plagada por los antiguos alféreces provisionales que habían decidido quedarse, faltos como estaban de empleos alternativos. Con el tiempo, añadamos, este último sería el colectivo que, estancado en general profesionalmente, se convertiría en un pilar esencial del régimen.

La idea de una abundante ayuda norteamericana deslumbró a muchos militares. En la percepción británica cualquiera que fuese su volumen una eficaz utilización no sería posible en tanto el nivel de formación no se elevase. Era imprescindible eliminar el pluriempleo y aumentar las retribuciones a oficiales y suboficiales.

Una vez que los norteamericanos lanzaron su salvavidas a la dictadura, los informes pasaron a analizar detenidamente el papel político de las FAS. En 1955 el embajador sir Ivo Mallet (de quien Castiella haría un encendido elogio en la presentación a las sumisas Cortes del Reino del «Libro Rojo» sobre Gibraltar el 20 de diciembre de 1965) reconoció que ya empezaban a divisarse los contornos de un Ejército potencialmente moderno.

La combinación y dosificación de influencias relativas por parte de la Iglesia, Falange y, posteriormente, los tecnócratas modernizadores terminarían convirtiéndose, con la de las Fuerzas Armadas, en la clave de bóveda de la dictadura. Mallet se hacía preguntas sobre lo que pudiera ocurrir cuando desembocara en una Monarquía, oficialmente ya proclamada. En aquel momento, pensó, serían los militares quienes constituirían el factor más importante y significativo. Mientras Franco siguiera con vida el Ejército se plegaría a sus deseos. Esta es una cantinela que se repitió en los veinte años siguientes.

En 1956 hubo notables incidentes en Madrid, resurgió la contestación obrera, apareció la estudiantil, tuvo lugar la retirada de Marruecos y las divergencias entre los diversos grupos políticos que apoyaban al régimen condujeron a una crisis. El papel del Ejército como guardián último de la estabilidad y del orden internos aumentó, si cabe, en importancia. Los británicos se hicieron eco de que las retribuciones habían mejorado y de que la mezcla de patriotismo, orgullo e insularidad favorecía el mantenimiento de una moral alta.

Esta última combinación también aflora en los informes hasta la mitad de los años sesenta y se comprende. Los españoles no habían estado presentes en los grandes conflictos del siglo, no habían colaborado activamente con otros Ejércitos desde la Guerra de la Independencia (cuya literatura y lecciones estaban muy presentes en la visión británica) pero eran soldados valientes. En la guerra de guerrillas lo habían demostrado suficientemente.

En febrero de 1957 se produjo un sustancial cambio de Gobierno. Había llegado la hora de los tecnócratas. En la embajada británica se celebró una reunión de todos los cónsules para discutir un tema esencial. ¿Qué pasaría si Franco fallecía sin nombrar sucesor? ¿Asumiría el Ejército el poder, al menos durante algún tiempo? ¿Seguirían los oficiales y suboficiales a los generales? ¿Reaccionarían los falangistas?

Los cónsules reconocieron que en el Ejército había cierto número de oficiales jóvenes de tendencia liberal. Deseaban que el país evolucionara hacia alguna forma de régimen constitucional, pero lo más probable es que permanecieran leales a sus mandos. Los suboficiales y la tropa se plegarían, aun cuando en esta última existían elementos izquierdistas. El Ejército se impondría fácilmente a Falange y también al resto de los españoles. El futuro era oscuro y la posibilidad de otra dictadura militar nada descartable.

En mayo de 1958 Franco hizo votar una nueva «Ley Fundamental» relativa a los «Principios del Movimiento». Según los británicos, a muchos militares les dejó fríos. Sus carreras les importaban más que las esotéricas disquisiciones acerca de los fundamentos y modalidades de la pomposamente denominada «democracia orgánica». En todo caso, las facciones falangistas no habían ganado la partida.

Tiene interés destacar la valoración general que del Ejército se hizo en 1959. Este fue el momento en el cual el régimen acometió la única operación estratégica de gran calado que más contribuiría a su desahogada continuación. También generó el mito de que Franco fue el gran modernizador de España, un regeneracionista après la lettre.

El agregado de defensa brigadier P. H. Graves-Morris subrayó que, si bien en el Ejército subsistía, como era lógico, una amplia gama de opiniones, en su totalidad era leal a Franco en primer lugar y en segundo término a sí mismo. Se autoconsideraba como el factor primordial que aseguraba la paz en el interior. Si bien confiaba en que ya no tuviera que desempeñar un papel político activo de primer orden, lo que le interesaba era la estabilidad y unidad del país. Y si estas no quedaban aseguradas podría intervenir.

Lo que tardó en cambiar, y en realidad no cambió nunca, fue la escasa apreciación de las Fuerzas Armadas como elemento significativo en una guerra moderna. En febrero de 1961 el nuevo embajador en Madrid, sir George Labouchere, apoyó la valoración de Graves-Morris. No disponían de equipamiento moderno. No habían mejorado sustancialmente su nivel de entrenamiento y formación. A lo más que aspiraba el alto mando era a poder derrotar al ejército marroquí si estallaba una crisis entre los dos países. A la vez se mostraba inquieto ante la posibilidad de que Marruecos pudiera obtener ayuda exterior en carros de asalto y aviación. Los despliegues en Ceuta y Melilla recordaban a los de la frontera británica del Noroeste de la India de principios de siglo. Todo ello era puramente teórico dado que nada hacía predecir una confrontación armada en el Norte de África.

Las reformas introducidas por el ministro del Ejército teniente general Barroso recibieron una buena valoración en 1962. Reforzaban el papel interno de cara a mantener la seguridad y desarrollar los sentimientos patrióticos en una parte de la juventud. Llamó la atención que se permitiera a los reclutas hacer uso de armas con fuego real durante la instrucción antes de que se les pudiera considerar capaces de utilizarlas adecuadamente.

A mitad de los años sesenta, en pleno proceso de apertura al exterior y de crecimiento económico, la embajada en Madrid consideró que

«El Ejército español no está en condiciones de abordar operaciones prolongadas. Es capaz de defender las fronteras y posesiones pero necesitaría un apoyo considerable, también de naturaleza logística, para cualquier operación de cierta envergadura. El entrenamiento al nivel inferior de sus formaciones móviles es aceptable. Su equipamiento, sobre todo en carros y blindados y sus sistemas de telecomunicaciones y el armamento anti-aéreo y anti-carros son totalmente obsoletos en comparación con las fuerzas de la OTAN. Carece de una base sólida de especialistas, que los reservistas no podrían subsanar. Los métodos de instrucción, aunque han mejorado algo, siguen siendo muy inferiores a los del resto de Europa. El cuerpo de oficiales sigue estando muy inflado y el extraño fenómeno del pluriempleo continúa haciendo estragos…»

Salvo por algunas mejoras puntuales y organizativas esta sería la cantilena que siempre reflejó la valoración británica del Ejército de Franco.

(Continuará)

UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITOS FRANQUISTAS (I)

9 diciembre, 2014 at 8:30 am

UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITOS FRANQUISTAS (I)

Algunos lectores de este blog me han dicho que les interesa saber algo de lo que expuse en Barcelona en una reciente conferencia sobre la UMD (Unión Militar Democrática). Quise aportar datos acerca de cómo se veían en el extranjero aquellas Fuerzas Armadas franquistas. Me interesé por este tema investigando en busca de documentación para ese libro sobre la «hábil prudencia» de Franco que no termino de cerrar. Desgranaré lo fundamental de mi exposición en Barcelona en varios posts. Sin notas a pie de página. Todas las intervenciones que se hicieron en la conferencia se publicarán el año próximo.

desfile militar ante Franco

En la abundante literatura sobre el franquismo ha existido siempre una tensa controversia acerca del papel político de los militares. Hay autores, en general en la derecha, que señalan que este papel no correspondió a la institución armada sino a ciertos personajes dentro de ella. En tal sentido, afirman, no cabe hablar de un “poder militar” y sí del “poder” de determinados militares. Otros autores, por el contrario, destacan el papel de las Fuerzas Armadas. Fue multifacético: cantera de personal político, generadoras de ideas y actuaciones, reserva y complemento de los cuerpos de seguridad y ultima ratio del sistema. Yo he añadido siempre los indicios que se derivan, en términos operacionales, de los despliegues realizados a lo largo de treinta años por el Ejército de Tierra. Casi siempre lo fueron con la mirada puesta en el interior.

Las Fuerzas Armadas se convirtieron en el principal bloque de poder dentro del magma que dio soporte a la dictadura. Se forjaron en una cruenta guerra civil. La entendieron nada menos que como la manifestación concreta de un combate planetario contra aquel enemigo por antonomasia de la civilización cristiana que era el comunismo. Contribuyeron a mantener el “nuevo Estado” sobre los escombros de un país golpeado y una gran masa de la población sojuzgada. Los vencedores la creían capaz de volver a las andadas a la primera ocasión. Como señaló Gabriel Cardona, la mentalidad que desarrollaron se sintió muy

“poco preocupada por el perfeccionamiento profesional, [fue] muy combativa políticamente y [estuvo] obsesionada por conservar la pureza ideológica de la guerra, centrada en las virtudes militares de disciplina, orden y jerarquía, junto a los valores anticomunistas, nacionalistas y católicos”.

Sociólogos y politólogos han cuantificado y analizado la metástasis producida en los agigantados aparatos de seguridad del Estado. También han examinado cómo los uniformados, profesionales de antes de la guerra o “educados” en esta, se infiltraron por los más insólitos vericuetos de la Administración y de la gestión gubernamental. Parcelas enteras de la política pública quedaron bajo su control. Ocurrió tanto a nivel directivo como en los escalones ejecutivos. En estos últimos militares y falangistas (a veces combinando las dos características pero casi nunca “hermanados”) se desparramaron cual mancha de aceite.

En tales condiciones, y con millones de arreglos de cuentas pendientes, hubiese resultado realmente sorprendente que quiénes habían alcanzado la VICTORIA no intentaran difundir un ethos y una praxis muy específicos. Lo hicieron en consonancia con añejos postulados del militarismo español. También en base a la arrogante creencia en su supremacía sobre el poder civil. Este no lo consideraban sino contingente y que no siempre había representado los intereses permanentes de la PATRIA. Un especialista, José Gómez Olmeda, describió tal talante en los siguientes términos:

“Las Fuerzas Armadas triunfan en un conflicto armado absoluto, en el que al enemigo se le considera como la personificación del mal y el objetivo de la contienda es destruirle tanto como sea posible (…) Una de sus secuelas demayor peso es la consolidación de la percepción de la amenaza en el escenario nacional y el acento en la teoría del enemigo interior”.

Naturalmente esta teoría echaba raíces que llegaban hasta los comienzos de la Restauración. La guerra civil añadió dos elementos novedosos: uno, la eliminación de cualquier restricción constitucional o para-constitucional y el segundo la necesidad de asentar, en último término, la nueva dictadura a la sombra de las bayonetas.

Mientras duró la dictadura las embajadas extranjeras hicieron informes sobre los más diversos aspectos de su comportamiento interno y externo. Cualquier historiador digno de este nombre lo estudiará hoy combinando la documentación con la generada por la Administración española. Por desgracia, y para el tema militar, podemos afirmar que el actual Gobierno del PP, con su cerval miedo a la historia, ha reforzado los candados a los archivos militares del franquismo. En opinión del ilustre ministro de Defensa las Fuerzas Armadas (FAS) están para otra cosa y para desclasificar papeles. Menos mal. Que las FAS cumplan su papel técnico en un Estado democrático es sumamente tranquilizador. También parece haber señalado el distinguido Sr. Ministro que abrir los archivos puede crear cierta incomodidad a países vecinos. Tendría toda la razón si supusiéramos que la Francia de Vichy o el Tercer Reich puedan sentirse molestos. Sin embargo los países que nos rodean (más Estados Unidos) llevan años abriendo sus archivos y documentación sobre España sin tener en cuenta tales significativos pudores por los cuales no le felicitamos.

En estos posts trataré de invertir la situación. Acudiré a los archivos británicos y examinaré como se vieron en Londres y en la embajada en Madrid el papel y los problemas de las FAS durante el franquismo. Por lo menos en sus rasgos esenciales. Añadiré que si alguien se molesta, lo sentiré mucho pero quien se pica ajos come. Para contrarrestar las opiniones foráneas nada mejor que dejar de hacer el avestruz y sacar la ropa a la luz del día. ¿O es que por casualidad la ropa podría estar sucia?

No haré uso de documentos norteamericanos. ¿Por qué? Porque los norteamericanos se imbricaron hasta los tuétanos en los rodajes del aparato de disuasión franquista. No hicieron mucho caso de la pregunta que el presidente Eisenhower se planteó en mayo de 1956 ante las vehementes demandas españolas de que convenía modernizar a todo trapo el Ejército de Tierra. ¿Para qué lo quieren?, expuso retóricamente. No serviría de cara a un conflicto en el que se viese involucrada la OTAN. Eisenhower se dio a sí mismo la respuesta: lo que los españoles necesitaban era «un pequeño ejército competente –a good little army- para mantener estable el país». Coincidía con Franco en esto último. No entendió, quizá, que el Caudillo, aparte de arrendar la seguridad exterior y hasta cierto punto la soberanía nacional, también clamaba por algo más que no fuera un escuálido plato de lentejas.

Los británicos fueron más imparciales. El Reino Unido nunca destacó por su beligerancia contra la dictadura. Ahora bien, por razones de política interna tampoco se lió demasiado con ella. Es más, en ocasiones mantuvo un pulso con la misma a causa de la encendida y periódica retórica franco-falangista en torno a la recuperación de Gibraltar. Nunca les preocupó demasiado la gritería en tal sentido. Sí se abstuvieron de suministrar a las FAS durante años. Sabían que a la Armada no le hubiera venido mal, dado el respeto que a sus cuadros superiores seguía inspirándoles la Royal Navy. Lo que aquí nos interesa son, sin embargo, sus valoraciones sobre la eficacia y papel de las FAS y, en particular, del Ejército de Tierra. A ello se dedicarán los próximos posts.

(continuará)

ASEHISMI

2 diciembre, 2014 at 8:30 am

El críptico título de este post alude a una nueva asociación. Quizá a algunos de los amables lectores les interese conocerla. Se trata de la ASOCIACION ESPAÑOLA DE HISTORIA MILITAR. Es nueva pero no nació ayer. Lleva ya un año de vida y, poco a poco, ha ido incorporando socios. La idea estriba en agrupar a todos aquellos historiadores profesionales o no que sienten curiosidad por los temas relacionados con la historia militar.

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El que haya aparecido esta asociación en los tiempos que corren no es un azar. Los libros que se publican sobre temas militares crecen exponencialmente. Más aun, si se me apura, en el extranjero. Muchos, sobre todo bestsellers, se traducen al castellano. La editorial Crítica, entre otras, tiene por ejemplo una línea sobre la segunda guerra mundial con títulos indispensables.

En nuestro país tengo la sospecha de que a las nuevas generaciones quizá la historia militar no les atraiga tanto. Tal vez porque para el caso español y para la etapa contemporánea lo que ha dominado durante demasiado tiempo es una historia tradicional, descriptiva, de campañas, de batallas y de cualidades y utilización de armamento. La renovación fundamental que en los últimos veinte años ha tenido lugar en el extranjero ha llegado con cierto retraso a España, aunque bien es verdad que ha llegado y se ha instalado sólidamente.

Es una historia que vincula lo militar con la sociedad en que está incrustada. Sociedad nacional e internacional. A la historia convencional se le han aplicado los conocimientos que provienen de la economía, la sociología, la sicología, la teoría de juegos, la antropología, la arqueología y la medicina. Hechos y circunstancias rodeados de nubes de especulaciones se han contrastado con nuevas técnicas de investigación y de análisis. Los resultados han sido, en ocasiones, espectaculares.

No es exagerado afirmar que en este proceso la Universidad ha desempeñado un papel determinante. Aquí, como en el extranjero, el campo de estudio se ha ampliado, se ha hecho más complejo, también más encrespado. Desentrañar las vetas ocultas del pasado casi siempre exige hacer preguntas y dar respuestas que no siempre son intuitivas.

ASEHISMI nació para atraer a los universitarios españoles y extranjeros, en particular a los interesados por temas relacionados con nuestro país, a un foro común en el que intercambiar experiencias y preocupaciones. La red que se ha lanzado va muy lejos: desde la antigüedad clásica al tiempo presente. No compite con las revistas de divulgación cuyo número, por cierto, se ha disparado con títulos notables como DESPERTA FERRO.

La presentación en sociedad de ASEHISMI tuvo lugar el pasado mes de mayo con la organización de un primer congreso internacional en Burgos que interesó a muchos especialistas. Desgraciadamente, cogido por otros compromisos en Bruselas no me fue posible asistir por unos cuantos días de referencia.

Las actas de dicho congreso se publicarán en 2015 en un libro con CD. En papel se reproducirán las ponencias más innovadoras o que versaron sobre temas en los que los autores han abierto brecha, con mayor o menor brío, pero siempre como subproducto de sus propias investigaciones. En este sentido, quiere recoger el resultado de las nuevas tendencias en un amplio campo de períodos y de temas.

Para mayo de 2015 está en preparación un segundo congreso. El oportuno call for papers se lanzará pronto. Esperamos que su temática atraiga la atención de muchos interesados. Versará sobre las relaciones entre novela histórica e historia. Convocará a ponentes que tengan algo sugestivo que decir en las distintas etapas: historia antigua, medieval, moderna, contemporánea y actual. No se limitará, por supuesto, a España pero no es arriesgado pensar que probablemente una gran parte de los papers se concentrarán en temas relacionados con nuestra historia.

En un próximo número de la revista STUDIA HISTORICA. HISTORIA CONTEMPORÁNEA, de la Universidad de Salamanca, a la que ya he aludido en alguna ocasión en este blog, se publicará un artículo del profesor Fernando Puell, vicepresidente de ASEHISMI, que ha analizado la bibliografía reciente en materia de historia militar de la guerra civil. También aparecerá otro artículo del profesor Fernando Larraz, que la ha abordado en la reciente narrativa española. Ambos constatan una floración de títulos. Así, por ejemplo, el primero ha identificado la publicación de unos 458 libros en los últimos seis u ocho años. Cierto que los más abundantes son los relatos personales -en consonancia con una tendencia general que también se advierte en otros países. Luego llegan en orden descendente las Brigadas Internacionales, la Aviación, las operaciones militares, los historiales de unidades, los acontecimientos locales, el apoyo exterior. Las biografías están en la cola.

En cuanto a Larraz apunta tres factores que explican la abundancia de novelas sobre la guerra civil. El primero que fue un acontecimiento de tales dimensiones humanas que resulta inagotable como materia narrativa. El segundo es que la sucesión de generaciones con visiones diferentes sobre el conflicto abre la puerta a propuestas novedosas en el plano novelístico. El tercero la existencia de un público interesado en leer sobre dicha temática.

Si ASEHISMI logra conectar con ese público interesado y lector es probable que pueda contribuir a dinamizar el campo. Por falta de esfuerzos no quedará.

En estos momentos, y a un año de su establecimiento, ASEHISMI cuenta con unos 140 socios. Todos han (hemos) pagado la cuota reglamentaria y todos han (hemos) escrito al menos un artículo o un libro sobre cualquier aspecto relacionado con el foco común de interés. Pero los tiempos son difíciles. Las Universidades no tienen un euro. Los recortes han afectado a la enseñanza, a la investigación, a la cultura.

De aquí la necesidad de movilizar a la sociedad. Cada uno en su ámbito. ¿Por qué habríamos de cruzarnos de brazos cuando hay tanto por descubrir, por investigar, por abordar con nuevos instrumentos? Un país sin historia es un país sin futuro.

Naturalmente que hago publicidad. Por una buena causa. Los socios de ASEHISMI tuvieron la bondad de elegirme su presidente en el congreso de mayo. La junta directiva la componen expertos intachables. Cada uno con una larga experiencia a cuestas. Recientemente hemos firmado convenios de colaboración con el CESEDEN y la Asociación de Escritores Militares españoles. En los próximos meses y años varios de entre nosotros daremos a conocer nuevas investigaciones. Levantaremos polvo y demostraremos, una vez más, que la buena historia expulsa a la mala.

Quienes se sientan interesados pueden consultar la página web (www.asehismi.es) o escribir a info@asehismi.es.

¡Adelante!

UNA ASTRACANADA DE FRANCO

25 noviembre, 2014 at 8:30 am

En este tiempo de aniversarios no cabe olvidar que el “oro de Moscú” fue uno de los grandes mitos del franquismo. Fue, también, EL secreto de Estado por antonomasia de su dictadura. La humillante cláusula de activación de las bases norteamericanas la conocieron al fin y al cabo ciertos círculos de la Administración, tanto en la civil como en la militar, que pronto mostraron interés por paliar en lo posible sus efectos. Sin embargo, la estrategia diseñada por Franco para “recuperar” el oro solo se comunicó a los más leales de entre los leales. Una “pequeña” diferencia.
La movilización del oro del Banco de España durante la guerra civil ha desvelado casi todos sus misterios. Quedan por conocer detalles operativos, a veces significativos. No será posible avanzar en este campo sin utilizar documentación rusa. El Estado español jamás ha conseguido intercambiar opiniones sobre el tema. Ni siquiera hoy.

BancoEspaña
Ha costado mucho trabajo identificar y analizar la sublime “estrategia” con la que Franco trató de “recuperar” el oro. Esto es algo para lo que la documentación de procedencia soviética no es necesaria. Su diseño y puesta en práctica permiten, sin embargo, alumbrar dimensiones esenciales del funcionamiento interno de la dictadura. No como se mostraba en los manuales de lo que se afirmaba era “Derecho Político” sino como fue en realidad.
Tal estrategia la diseñaron Franco y su ministro de Asuntos Exteriores, el tan alabado nacionalcatólico Alberto Martín Artajo, tras recibir a finales de 1956 la documentación sobre las ventas de oro en Moscú que Juan Negrín había conservado en el exilio. Oficialmente se afirmó que el Gobierno, merced a diversas gestiones discretas, había conseguido obtener el acta original de depósito que las autoridades republicanas habían efectuado en la capital soviética. De aquí que estuviera en condiciones de reclamar su devolución. Los medios internacionales sin excepción se hicieron eco (con muchas cábalas excepto Pravda que impugnó duramente las pretensiones franquistas y mostró la habilidad soviética para nadar y guardar la ropa).
Es obvio que los rusos no devolvieron el oro. Ningún historiador se ha atrevido a analizar las razones. No es petulante afirmar que el fracaso estaba determinado de antemano. Es difícil conseguir que otros Estados soberanos acepten astracanadas.
Por si las moscas, el tan renombrado Caudillo, o sus servidores más próximos, no tuvieron inconveniente en incluso mentir a los leales no autorizados a conocer la documentación recibida. Quienes hubieran debido saber mejor, se callaron o se plegaron a la voluntad omnímoda del  Jefe del Estado. Entre ellos figuran personajes de toda prosapia en la dictadura, por ejemplo el soldado de la “Cruzada”  que fue el ministro de Hacienda Mariano Navarro Rubio. O el entonces vicepresidente del Gobierno almirante Luis Carrero Blanco. Secundados por figuras de segunda fila pero miembros prominentes de la élite de la élite: embajadores (José Rojas Moreno, José María de Areilza), abogados y letrados del Consejo de Estado, catedráticos de Derecho Internacional, todos más o menos enzarzados en una lucha entre bastidores que nadie abordó.
Puesto a engañar, el Gobierno también engañó al propio Consejo de Estado, remanso de luminarias militares y político-administrativas;  sustrajo toda la información relevante al Banco de España, sin que su ilustre gobernador, conde de Benjumea, chistara lo más mínimo, y lanzó a sus funcionarios a una escaramuza diplomática sin darles información. Todo muy fino y eficiente.
El sucesor de Martín Artajo, Fernando María Castiella, no parece que apoyase con entusiasmo los esfuerzos “recuperacionistas” y las absurdas instrucciones que recibió del Consejo de Ministros pero su sucesor Gregorio López Bravo, que lo intentó, tampoco estuvo a su altura. Sus “titánicos” gestos (sobre todo de cara a la galería) contrastan con su lacrimosa argumentación ante su colega soviético Andrei Gromyko en los años del franquismo tardío.
¿Cuál era el objetivo no proclamado del genio galaico? Amenazar a la URSS con acudir al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya basándose en los “derechos” que daba la posesión del acta de depósito. Fueron pocos quienes supieron que los republicanos habían vendido el oro. Un eminente director general de lo Contencioso argumentó que no tenía la menor importancia: era preciso imponer la primacía del derecho emanado del “régimen del 18 de Julio” sobre el derecho internacional. Naturalmente, no dijo cómo. De haberse conocido esta tesis en La Haya, Washington, París, Londres o Moscú  las carcajadas hubieran sido homéricas. No se rieron, sin embargo, los señores ministros quienes le dieron la razón frente a la opinión unánime de los consejeros de Estado, quizá porque dicho director general había argüido algo que ningún historiador, tontos como somos, ha oteado hasta el momento: el “expolio” del oro justificaba por sí la guerra civil.
Ahora bien, ¿reparó alguien en otra razón menos narcisista?: la España de Franco, miembro de Naciones Unidas desde 1955, había renunciado ante la Sociedad de Naciones, en el sublime éxtasis de la VICTORIA el 1º de abril de 1939, al derecho a acudir a La Haya. Como, por cierto, también la Unión Soviética había excluido la posibilidad de demandar ante el Tribunal  o ser demandada ante él. La estrategia estaba abocada al fracaso.
Ya que no podemos creer que los internacionalistas del régimen fuesen ignaros nos sorprende que a nadie se le ocurriera poner en conocimiento de Franco y de sus ambiciosos fajadores tales circunstancias, perfectamente conocidas de los profesionales.
Franco perseguía otros objetivos: i) le interesaba ante todo ennegrecer la figura de Negrín y, por ende, de los vencidos en la guerra civil; ii) sembrar la disensión entre las filas del exilio (con la inestimable aportación de Indalecio Prieto, siempre propenso a hincar el cuchillo en Negrín y cuyos artículos en El Socialista el propio Castiella llevaba solícito a Franco); iii) potenciar la idea de que los republicanos, malísima ralea («escoria», dijo una vez ante las sumisas Cortes), habían robado el tesoro de la nación. Por ello España, bajo la ilustrada guía de su conductor, no había podido avanzar más rápidamente por el sendero del crecimiento económico. La culpa la habían tenido los “malos españoles”. No él ni su régimen.
La “estrategia”  murió de muerte natural con Franco. No sin que en el entretanto atravesara por algún que otro episodio típico de la duradera astracanada digna de Carlos Arniches. ¿Creerán los lectores que los eminentes biógrafos de Franco, el profesor Stanley G. Payne y Jesús Palacios, han hecho la menor referencia a todo este complejo de temas? La respuesta es negativa. Sí han tenido tiempo, naturalmente, para aprovechando que el Pisuerga pasa por Valencia introducir una amplia referencia (pp. 733s) al estallido, en julio del año en curso, del «caso Pujol».  Bien es verdad que no mencionan tal nombre (noblesse oblige) en el índice onomástico.
Dado que la política exterior franquista siempre tuvo más de Schein (imagen) que de Wirklichkeit (sustancia) el propio Franco terminó metabolizando su fracaso. A él, plim.

EL ESCURRIDIZO MR. MIDDLETON

18 noviembre, 2014 at 8:30 am

El pasado es una zona oscura. Desvelar sus dimensiones es una tarea progresiva. Ningún historiador dispone de un foco de luz que alumbre todas las dimensiones a la vez. Sobre los antecedentes inmediatos de la preparación del 18 de julio hemos descubierto en los últimos años muchas cosas nuevas. Otras están por determinar. Hubo gentes curiosas y de todos los pelajes. Entre ellas un norteamericano poco conocido pero escurridizo como una anguila: William Taylor Middleton.

220px-Piétri-1929Se trata de una figura borrosa ligada a los intentos de los conspiradores por adquirir armamento del Tercer Reich de cara a la sublevación. En otro contexto, ya apareció en este blog el 21 de enero pasado. La misión que le asegura una nota a pie de página en los prolegómenos de la “revolución nacional” se la explicitó el agregado militar en París, el entonces comandante Antonio Barroso, el 24 de julio de 1936. Barroso acababa de pasarse a los sublevados. Middleton debía ir a Berlín a hablar con el a la sazón consejero aúlico de Hitler en materia de relaciones exteriores (años más tarde, tras pasar por Londres como embajador, fue nombrado titular de la cartera) Joachim von Ribbentrop y rogarle que “enviase rápidamente la ayuda prometida”.

Las circunstancias en que quedó reflejo escrito de tan extraordinaria petición se detallan en una carta de Middleton a Esteban Bilbao del 28 de enero de 1940. La reproduje y la comenté en mi libro LAS ARMAS Y EL ORO. Argumenté que había buenas razones para que Barroso se dirigiese al acaudalado norteamericano pero no pude ir muy adelante. El trasfondo que condujo a una posible “promesa” de envío de armas nazis a España se desconoce. Quizá, especulé, fuera una consecuencia del viaje de Sanjurjo y Beigbeder a Berlín en marzo de 1936 y sobre el cual reina la oscuridad más absoluta.

Ahora un excelente amigo, el catedrático ya emérito de la Sorbona III y gran hispanista Jean-Marc Delaunay, me ha llamado la atención sobre algo que se me había pasado. Entono un mea culpa. No se me ocurrió acudir a un libro muy famoso que se publicó en París en 1954 (ya ha llovido desde entonces). Se trata de las memorias de François Piétri, embajador que fue de la Francia de Vichy en la España franquista de 1940 a 1944. El autor es más que conocido. Era corso y empezó su carrera política como diputado por Córcega. Un vistazo a la Wikipedia francesa basta para saber que había sido ministro seis o siete veces en los gobiernos de la III República. Naturalmente había apoyado a Franco durante la guerra civil. En plena tragedia de Francia fue uno de los partidarios del armisticio con los alemanes.

Pétain hizo a Piétri ministro de Comunicaciones que se convirtió en un lavalista empedernido. Un pequeño análisis biográfico y personal se encuentra en la conocida obra de Michel Catala Les relations franco-espagnoles pendant la deuxième guerre mondiale, aparecida en 1997. Luego Piétri pasó a Madrid. En 1948 se le condenó a una pena de cinco años por “indignidad nacional”. Falleció en 1966 en Córcega. Fue autor de docena y media de libros e incluso recibió un premio de la Academia Francesa.

De las memorias de Piétri se trasluce que Middleton pasó en Madrid la mayor parte de los años de la segunda guerra mundial, algo que era presumible pero que no se había documentado. Al parecer no se llevaba demasiado bien con la embajada norteamericana. Criticaba la política de Roosevelt y hacía mucho hincapié en sus convicciones republicanas, presumimos que extremadamente conservadoras. Los yanquis le pusieron la proa cuando se enteraron que él y Piétri se habían hecho amigos y pasaban mucho tiempo juntos. Piétri señaló que Middleton era un hombre muy culto y que estaba bien informado de muchas cosas, entendemos que de política. Sus opiniones las consideraba de la mayor importancia.

Esto es algo sorprendente. Piétri no tenía, antes de llegar a España, experiencia diplomática alguna. El primer secretario, Armand du Chayla, que conocía bien el entorno español, se había opuesto a Vichy y marchado en 1941. A medida que la guerra mundial fue desarrollándose en contra de los alemanes las defecciones en la embajada se hicieron muy frecuentes, empezando por los agregados aéreo y naval y varios diplomáticos. A partir de marzo de 1943, se intensificaron: el primer consejero, el segundo secretario, los agregados militar, financiero y eclesiástico amén del personal consular. Confrontado con esta ola, Piétri reafirmó su fidelidad a Pétain y no es exagerado pensar que en el hueco creado las confidencias o informaciones que le transmitiese Middleton podrían haber sido algunos rayitos de luz.

Debemos recordar que antes de la guerra civil Middleton y su mujer, francesa, circulaban entre los medios de la extrema derecha del país vecino. Existen indicios que permiten pensar que el norteamericano no gozaba de demasiada buena fama en los medios policiales franceses y, quizá por ello o por circunstancias todavía no conocidas, Vichy le miraba con desconfianza. Piétri había recibido instrucciones muy precisas. No debía darle visado para entrar en Francia porque, se le dijo, Middleton hacía campaña contra el régimen petainista. En estas condiciones la amistad que le profesó Piétri no deja de llamar la atención.

El salto, indirecto, a la historia de la embajada francesa en Madrid lo hizo Middleton a finales de 1943. Fue entonces cuando sugirió a Piétri, según cuenta este en sus memorias, que convendría que el primer ministro de Vichy, Pierre Laval, cambiase de orientación. El consejo se lo dio Middleton en conexión con la visita a la embajada de un periodista norteamericano amigo suyo y que suministró al embajador algunas informaciones que Piétri creyó eran similares a las noticias que le habían llegado procedentes de ciertas gestiones norteamericanas en Tánger.

De ser esto cierto (y habría que explorar más detenidamente los papeles de la embajada francesa en Madrid) Middleton y el desconocido periodista influyeron para que Piétri recomendase el 5 de enero de 1944 a Laval que modificase el sentido de su actuación política. El Gobierno de Vichy, afirmó el embajador, no podría resistir a la posibilidad de un desembarco aliado en Francia (lo cual era la evidencia misma). A Roosevelt no le hacía gracia el que el general De Gaulle se hiciera con el poder apoyado por los comunistas (lo que también era cierto). Lo nuevo fue la noción de que en Washington habría gente dispuesta a entrevistarse con algún emisario del Gobierno francés. No sorprenderá que Piétri sugiriese que lo hiciera a través de Madrid. Nada de esto tiene demasiada importancia. Hoy se conocen perfectamente los vaivenes de la política norteamericana respecto a Vichy. Más significativo nos parece que Piétri recomendase a la vez que se convocara al Parlamento y que se permitiera que saliesen a la luz algunos personajes de la III República que se habían apartado de la evolución política de Vichy. Laval no le hizo el menor caso de entrada. Cambió un pelín en agosto de 1944, como ha destacado Jean-Paul Cointet en su historia de Vichy. Era, evidentemente, demasiado tarde una vez producido los desembarcos aliados en Normandía y en Provenza. Las horas de Vichy estaban contadas. Las de Piétri también. Middleton se quedó en Madrid hasta que el panorama se despejó. Entonces volvió a Francia. Un aficionado más. Una figura que se movió por la trastienda. Sería interesante conocer algo más de sus relaciones con los carlistas.

Presentación de Salamanca, 1936 en Madrid.

14 noviembre, 2014 at 9:00 am

ATT00000 El próximo miércoles estaré en el Ateneo de Madrid para presentar mi último libro: ‘Salamanca, 1936’, las memorias del primer «ministro» de Asuntos Exteriores de Franco. Aquí tienen la invitación con todos los detalles, por si quieren asistir.

EN EL CUARTEL GENERAL DEL CAUDILLO

11 noviembre, 2014 at 9:00 am

En este blog no soy muy dado, hasta ahora, a las celebraciones o conmemoraciones. Quizá porque se repiten de año en año. Desde que lo empecé a comienzos de 2014 he pasado por alto fechas tan señeras como el aniversario del golpe de Casado o del final de la guerra, por no hablar sino de temas españoles. Tampoco he aludido a efemérides internacionales, como por ejemplo el pacto Molotov-Ribbentrop, el comienzo de la segunda guerra mundial o el inicio del Blitz sobre Londres. No puedo, sin embargo, resistirme a pasar por alto el 20-N. En tal fecha falleció Franco y, a trancas y barrancas, se puso en marcha un proceso que desembocó en el arrumbamiento del sistema político que había creado. He tomado prestado el título de este post al de las memorias del general Warlimont, de dudosa fama, cuando se refirió en sus memorias al de la Wehrmacht.
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El año pasado presenté el 20-N en el Ateneo de Madrid mi último libro, Las armas y el oro. Haré en un próximo post alguna referencia al mismo. En este año presento las memorias de Francisco Serrat y Bonastre, primer «proto-ministro» de Asuntos Exteriores de Franco. No lo conoce nadie. La entrada que de él existe en Wikipedia no es informativa y no responde, en general, a la realidad. En la biografía de Franco que han escrito Payne y Palacios se le ignora radicalmente. En un libro reciente sobre los catalanes que sirvieron a la causa franquista también. Dado que el 20-N la sala del Ateneo en la que suelen hacerse las presentaciones está comprometida desde hace meses, la de las memorias de Serrat ha debido trasladarse a la víspera. En puridad, estaremos más cerca del momento preciso en el que tuvo lugar el fallecimiento hace ahora treinta y nueve años. Para los interesados el libro se titula Salamanca, 1936. A lo mejor incluso sirve para que el Ayuntamiento de dicha ciudad, controlado por el PP, se decida a eliminar el fatuo medallón del SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) que «adorna» la Plaza Mayor.
Las memorias de Serrat son importantes por tres razones. La primera es que su autor no las escribió con fines de publicación. Lo hizo para que sus hijos, nietos y bisnietos supieran lo que había visto en la guerra civil. Más concretamente en el período comprendido entre el mes de octubre de 1936 y el de abril de 1937. Es, por supuesto, un período clave. Los pocos libros de memorias que lo tratan han de cogerse con varias toneladas de sal. Sus autores quisieron dar a conocer sus versiones al gran público y, con ello, pasar a la historia bajo una luz determinada. No siempre bien. Ninguno, que yo sepa, ha abordado la tarea de describir el ambiente que existía en el seno del Cuartel General. Ya por ello la descripción de Serrat sirve para rellenar un hueco sensible en la literatura.
Pero hay más. La segunda razón es que Serrat constituye, en lo que se me alcanza a saber, un caso único en la historia de la diplomacia española (a lo mejor hubo algún otro en el Ancien Régime, pero no lo sé). En julio de 1936 era embajador en Varsovia. Estaba a la cabeza del escalafón. Se pasó a los sublevados en agosto. En octubre se le ordenó que se presentara en España para asumir la dirección de las exiguas relaciones exteriores de la incipiente dictadura. Serrat, hombre de derechas, diplomático de vieja cepa, disciplinado y autoexigente, obedeció sin tardanza. A mitad de 1937 se autoexilió en Suiza de donde no regresó hasta poco antes de su muerte en 1950. Franco le persiguió con saña y encono. Su hoja de servicios no le ayudó para nada. El tomo de sus memorias dedicado a la guerra civil no precisa el porqué. Hay que recurrir al primer volumen de sus recuerdos de exilio y contrastar sus afirmaciones con el voluminoso expediente personal que se conserva en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación. El análisis simultáneo permite comprobar que Serrat no incidió en camelos. A la diferencia del inmarcesible Caudillo no se auto-mintió en  lo que escribió.
No es de extrañar que entre los viejos del lugar siempre hubiera interrogantes sobre lo que pasó a Serrat. Es un misterio hasta ahora no desvelado. Quienes se han acercado al caso se han cuidado muy bien de cubrirse las espaldas. Había que hacer todo lo necesario para no embadurnar la refulgente imagen del Führer español.
La tercera razón es que la información que transmite Serrat en torno al mismo permite llegar a dos conclusiones. Ante todo que Franco era, en aquel momento, un ceporro en los temas internacionales. Aprendió como pudo, rodeado de sicofantes. No sorprenderá que cometiera pifias a diestro y siniestro, que pocos historiadores se han tomado la molestia de identificar. Desperdició ocasiones de mejorar la posición internacional de los sublevados porque, ya entonces, se dejó llevar del discreto encanto de dos protectores hoy escasamente ensalzables:  Hitler sobre todo pero también Mussolini. La segunda conclusión se refiere al clima de intriga, corrupción y desidia que reinaba (¿quién lo dijera?) en el Cuartel General en donde el hermanito, Nicolás, hacía poco menos lo que le venía en gana en medio de un desastre burocrático y procedimental de primer orden.
Para los interesados en los avatares de la carrera diplomática de los vencedores será de la máxima importancia comprobar cómo Franco trituró la propuesta de depuración de funcionarios que le transmitió Serrat. Tras su autoexilio se realizó otra que, para colmo de parabienes, dejó pasar a más de algún indeseable.
Ni que decir tiene que hoy ya no sería posible hacer el estudio que acompaña a las memorias. Gracias a nuestro nunca demasiado bien alabado ministro de Asuntos Exteriores solo quienes tienen bula podrán acceder a los archivos de su Ministerio. Tampoco sería posible profundizar en los orígenes de las fantasías pro-franquistas que esparce una literatura de combate por las grandes superficies españolas. Pero no hay que desesperar. Salvo que se pegue fuego o se meta en el shredder la documentación que conservan los archivos españoles, tarde o temprano (y esperemos que sea lo más pronto posible) los historiadores  podrán proseguir documentando su veredicto sobre tiempos oscuros. Un trabajo que sigue siendo esencial y que espero poder continuar. Por ejemplo, de cara al XL aniversario del fallecimiento del providencial Caudillo.