El historiador debe abrir puertas, no cerrarlas

17 junio, 2014 at 2:31 pm

Hasta ahora he mantenido este blog con dos posts semanales. Ha implicado un fuerte drenaje sobre mis disponibilidades de tiempo. Acabo de concluir los tres investigaciones que me han tenido en vilo en los últimos años. Uno sobre los tiempos oscuros de los primeros meses de la guerra civil, de la mano de las memorias inéditas de quien fue el “proto-ministro” de Asuntos Exteriores de Franco, Francisco Serrat y Bonastre. No estaban destinadas a la publicación y sí a orientar a sus familiares sobre el clima que encontró en Burgos y Salamanca entre octubre de 1936 y abril de 1937. Contienen algunas sorpresas. El segundo trabajo, de naturaleza transversal, versa sobre la “hábil prudencia” de Franco en temas domésticos e internacionales. Es en estos últimos, como es sabido, en los que al decir de sus panegiristas llevó con mano maestra la nave del Estado. Aparecerá en la primavera de 2015. Ambos en CRITICA. Cuando salgan, algunas reputaciones sufrirán un cierto quebranto. Están basados en esa EPRE que causa espanto a más de un historiador pro o neo-franquista. Y finalmente en septiembre la Universidad de Salamanca publicará un tomazo de la revista anual STUDIA HISTORICA, el último en papel, en el que he coordinado a más de treinta autores para que analicen la literatura aparecida sobre la guerra civil en los últimos años en otros treinta capítulos, tanto en España como, en particular, en el extranjero. En este último caso, sin límite temporal. Es decir, no he estado con los brazos cruzados y he mantenido un ritmo trepidante en este blog.

Hoy me veo obligado a anunciar tres novedades.

La primera es que  de manera inmediata voy a dar comienzo,  con un íntimo amigo, a una investigación, pero en esta ocasión ya muy alejada de la guerra civil. No deseo desvelar el tema pero se trata de una cuestión que, en su momento, dio origen a enconadas disputas. Llevará tiempo, quizá dos años, hasta que sus resultados puedan publicarse. No gustarán a mucha gente pero, como siempre he tratado de hacer, hará ver la conveniencia de seguir abriendo brechas y de no cerrar puertas.

Esta nueva investigación limitará mis posibilidades de hacer otras cosas. Ello me obliga a alimentar este blog a  partir de ahora con un post semanal. Los martes. Para que los posts sean interesantes  por sí mismos, hay que elegir bien los temas, concentrarse en ellos  y determinar sus rasgos esenciales. Y esto exige tiempo. Algo que volverá a ser un recurso escaso.

Como hasta ahora no dejaré de comentar libros que me han impactado, se conozcan en España o no. El lector no debe olvidar que mientras el actual Gobierno seca las fuentes de financiación para la investigación en prácticamente todos los dominios del saber y lanza eslogan tras eslogan sobre la inminente recuperación económica, nuestros licenciados, doctores e investigadores comparten con una amplia masa de la juventud  española horizontes sin esperanza o emigra mientras los sistemas de enseñanza pública y de salud se desmoronan a pasos agigantados

Esto no ocurre en otros países. No porque sus ciudadanos sean más listos sino porque tienen la ventaja de contar con gobiernos menos lerdos. No es de extrañar que en ellos se produzcan avances en casi todas las ramas del conocimiento. Aquí, en este blog, me interesan los que tienen lugar en historia contemporánea (es decir, de la que surge desde el descalabro del sistema de Versalles) y algunos de tales libros tienen relevancia para nuestra propia historia.

La semana que viene daré un aldabonazo sobre un tema que, si se traduce al castellano el libro en el que me baso, alimentará la discusión historiográfica española.

 

 

En memoria de un diplomático ejemplar

13 junio, 2014 at 7:28 am

El embajador Carlos Miranda, buen amigo mío, publica una necrológica sobre otro común amigo, el embajador Máximo Cajal, recientemente fallecido. Hubo ya varias en EL PAIS y, por pudor, no quise escribir yo la mía. Eso sí, el libro que estoy terminando sobre la hábil prudencia de Franco se lo dedicaré también a Cajal. Me entero de que el señor ministro de Asuntos Exteriores no se ha dignado ni siquiera enviar unas líneas de condolencia a la viuda. Muy en forma.

Así es cómo esta España de nuestros pecados honra a sus servidores.
Sin comentarios.

En este link podéis acceder al texto: http://www.planetadelibros.com/pdf/140520_M._Cajal_un_ejemplo_en_Tiempo_de_Paz_num_Primavera_2014.pdf

Angel Viñas

Abdicación y perplejidad

6 junio, 2014 at 12:30 pm

Lo primero que me ha chocado es la disparidad de tratamientos. Quizá sea un problema de cultura política. En general la prensa belga escrita fue comedida. Se esbozaron las luces y las sombras del abdicante y se perfiló a grandes rasgos la figura de su sucesor. Si algo recuerdo de aquellos días fue el predominio de la vocación analítica de los comentaristas.

La situación política y económica por lo demás del Reino de Bélgica no era entonces precisamente muy boyante. La embestida nacionalista (por no decir secesionista) flamenca todavía no estaba demasiado contenida; la crisis generaba dolorosas punzadas sociales; la mendicidad había aparecido en las calles bruselenses, incluso en las más elegantes; las ONG centuplicaban sus esfuerzos. Para colmo, un olorcillo de escándalo rodeaba a la pareja real. El contexto, en una palabra, era relativamente parecido al español actual.

Pero, ¡qué diferencia en cuanto al tenor de la prensa escrita y los comentarios de las personalidades políticas y del mundo cultural e intelectual!  Me ha dejado perplejo. Quizá sea también consecuencia de mi distanciamiento de la escena española. Ya no vengo por este país tanto como solía.

Como no tengo aquí radio ni televisión, solo puedo referirme a los medios de comunicación diarios. ¿Qué me ha llamado la atención de la prensa escrita madrileña?

En primer lugar, la hipertrofia de las alabanzas (a veces un tanto babosas) sobre la figura del rey Juan Carlos. Como si la democracia (me permito añadir que de calidad un tanto baja) de que disfrutamos hubiera sido producto de su sola voluntad.

En segundo lugar, la ausencia de cualquier reflexión crítica sobre el papel desempeñado por los sucesivos Gobiernos que han dirigido la política del Estado durante su reinado. Con sus altos y sus bajos, sus focos y sus velas, han sido los diferentes partidos políticos representados en las Cortes los que han dado luz verde a las iniciativas gubernamentales en materia legislativa. La sanción real siempre ha sido una mera fórmula.

En tercer lugar, la falta de una reflexión mínimamente seria sobre las relaciones entre el monarca y los presidentes del Gobierno que han actuado desde el 23-F. Eso sí, han proliferado los elogios un tanto paroxísmicos al papel del rey en el fracaso del intento de golpe de Estado.

No seré yo quien regatee méritos en este vidrioso asunto pero me atrevo a aventurar dos hipótesis: a) si el rey se hubiera situado detrás del golpe, este hubiese triunfado; b) de haberse producido este escenario, es verosímil que con él se hubiera puesto en juego el futuro de la Corona. No discuto el patriotismo real. Simplemente me limito a recordar lo que terminó ocurriendo a su augusto abuelo (a quien algún historiador de los muchos que han escrito durante estos días extiende poco menos que un certificado de buena conducta) tras haber consentido, si no alentado, el golpe primorriverista de 1923.

Por lo demás, y de nuevo sin negar méritos, me permito señalar que, al oponerse al golpe, el rey no hizo sino cumplir con su deber. En un sentido funcional, teleológico y, si se me apura, histórico. Al fin y al cabo, monárquicos fueron quienes se autoconstituyeron en la punta de lanza de la conspiración que llevó a la sublevación de 1936. También fueron monárquicos quienes complotaron con una potencia extranjera (aunque todavía se ignora si Alfonso XIII estaba al tanto) y un general monárquico y conspirador contribuyó a aupar a Franco a su excelso puesto, que ya no abandonaría jamás. Hoy no es de buen tono hablar de sus responsabilidades.

Históricamente hablando no hay mucho que agradecer a la Monarquía desde los años veinte del pasado siglo hasta, digamos, la Constitución de 1978. Y aún así. A medida que los archivos extranjeros van desvelando algunos de los entresijos de la transición (algo que no ocurre con los españoles, cerrados providencialmente a cal y canto por el actual Gobierno) se refuerza la hipótesis de que el rey Juan Carlos no hubiera tenido un porvenir excesivamente brillante de no haber impulsado el proceso que llevaría a la quiebra del sistema político e institucional del franquismo.

Pienso que alguna reflexión de tal tipo no hubiera venido mal en estos días, por no hacer hincapié en que el descrédito en el que se ha sumido la Monarquía en los últimos años no ha sido precisamente el resultado de una conspiración izquierdista, antisistema, republicana o whatever sino de cosecha propia. Si la imagen, probidad, credibilidad e incluso idoneidad del rey Juan Carlos han estado por los suelos en los últimos años es difícilmente negable que la mecánica que condujo a tan deplorable situación la puso en marcha él mismo.

No sabemos cómo la historia juzgará a Juan Carlos I. Se admiten todo tipo de apuestas pero al menos deberíamos ser lo suficientemente autoanalíticos para recordar, siquiera brevemente, que la aparente brillantez de su reinado que tanto se ha ensalzado estos días ha sido también el resultado, esencialmente, del pueblo español, es decir, un pueblo con ansias de libertad, igualdad y prosperidad y que ha comprobado cómo se les han cortocircuitado en un remedo del bienio negro de infausta memoria. Si al rey se le han atribuido tantas  luces ¿no sería razonable atribuirle, al menos, algunas de las sombras?

Lo que hemos leído es, en buena medida, una operación de maquillaje. Quizá necesaria pero sugiero guardar la prensa escrita de estos días como materia prima para, dentro de unos años, volver la mirada atrás y contrastarla con las revelaciones que de aquí a entonces seguramente habrán ido apareciendo. Cuestión de hacer historia.

Afortunadamente chapuceros pero nazificados

2 junio, 2014 at 8:00 am

La copia, aunque a veces chapucera pero siempre letal, de los métodos de «trabajo» nazis es particularmente clara en el caso de la represión franquista. Francisco Moreno Gómez ha escrito sobre «Auschwitz en España». No es una expresión atolondrada. No quiere significar, obviamente, que el campo de exterminación de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, y que quizá algunos de los lectores hayan visitado, como quien estas líneas escribe, se reprodujera miméticamente en tierras españolas. La Shoah, insisto, es irrepetible. Sí se repitieron en España ciertos métodos de trabajo. No debería extrañar dado que, desde 1938, las policías nazi y franquista colaboraban estrechamente y se habían firmado, en los tiempos en que el brutal general Severiano Martínez Anido era ministro de Orden Público, acuerdos y protocolos de colaboración que dejaban abierta la puerta a todo tipo de actuaciones. El lector que quiera leerlos puede encontrar su texto, considerado durante muchísimos años como poco menos que un secreto de Estado, en la obra de Manuel Ros Agudo La guerra secreta de Franco (Crítica, 2002).

El desarrollo de la colaboración no se ha documentado todavía. Parece ser que la evidencia primaria de época ha desaparecido (una casualidad) si no es que sigue cerrada a cal y canto. De por dónde iban las pistas cabe inferirlo de la exposición de motivos de la Ley de 8 de marzo de 1941 por la que se reorganizaron los servicios de Policía (no se olvide esta fecha al lector). Tomemos algunos sabrosos párrafos, publicados en el BOE del 8 de abril del mismo año y hoy olvidados:

«La victoria de las armas españolas, al instaurar un régimen que quiere evitar los errores y defectos de la vieja organización liberal y democrática, exige de los organismos encargados de la defensa del Estado una mayor eficacia y amplitud». En consecuencia, la «nueva policía española» se encargaría de realizar una «vigilancia permanente y total indispensable para la vida de la Nación que, en los Estados totalitarios, se logra merced a una acertada combinación de técnica perfecta y de lealtad». La «policía política» (sic) se configuró, pues, como el órgano «más eficiente para la defensa del Estado».

No sé si la técnica llegó a ser tan perfecta como las de la Alemania nazi y la Italia fascista, tal y como se deseaba, pero lo que es evidente es que la «formación» adecuada resultaría más fácil si se buscaba inspiración necesarios en aquel país que parecía invencible en los campos de batalla: el Tercer Reich.

Entre los «métodos de trabajo» aplicados a la represión carcelaria figuró, en primer lugar, el hambre. COMO EN AUSCHWITZ. No me consta, pero con ello revelo mi  ignorancia, que las decenas de plumillas y autores neo-franquistas se hayan esforzado mucho por hacer llegar a sus lectores informaciones sobre las condiciones materiales y de vida en Auschwitz. Traducen una similitud sorprendente con el caso cordobés.

El personal de las SS gestionaba los almacenes y las cocinas y se quedaban con los alimentos y productos de mayor calidad  (entre ellos la carne, la margarina, el azúcar, el trigo, la harina y las salchichas). Los ingredientes disponibles eran, pues, insuficientes para proveer las raciones alimenticias que preveían los reglamentos. Como en Córdoba.

A tenor de la documentación no destruida del Instituto de Higiene de las SS en Rajsko, al que llegaban muestras de las raciones suministradas a los prisioneros, a la sopa que se les daba le faltaba entre el 60 y el 90 por ciento de la margarina prescrita, el pan era duro como una piedra y las salchichas contenían la mitad aproximadamente de la grasa que debían recibir los reclusos. Las sisas, el estraperlo y las ventas clandestinas estaban a la orden del día. Como en Córdoba. Así, pues, en lugar de la ingesta calórica prevista en los reglamentos  (entre 1700 calorías para los prisioneros que no realizaban grandes trabajos físicos y 2150 calorías para los que sí los hacían) a los reclusos se les suministraban entre 1300 y 1700 calorías diarias respectivamente. Es decir, una ingesta muy superior a la de Córdoba. Claro, podría afirmarse, que en Auschwitz hacía mucho frío, no así en Andalucía, pero la diferencia es muy notable. Sobre todo porque, a tenor de la documentación sobre las comidas conservada en el archivo del sub-campo de Trzebinia, perteneciente al conglomerado en torno a Auschwitz-Birkenau, los componentes eran muy parecidos: NABOS, patatas y pequeñas cantidades de cebada y otros cereales amén de un extracto «nutritivo», el famoso «Awo». Los españoles, más chapuceros, utilizaban grasas para las carretas y para llegar a resultados más rápidos habían fijado la ingesta calórica en niveles anormalmente bajos. Chapuceros, sí, pero sumamente expeditivos.

En definitiva, se trataba de raciones de hambre (aunque quizá, potencialmente, más «apetitosas» que las españolas) y a las pocas semanas de disfrutar de tal tipo de alimentación la mayor parte de los presos de Auschwitz empezaban a mostrar señales de depauperación. Desesperados, echaban mano a las basuras lo que no aplacaba el hambre pero sí contribuía a epidemias de diarrea y disentería. Como en Córdoba. Por lo demás las condiciones sanitarias y de salubridad eran muy parecidas: hacinamiento, falta de higiene,  piojos. (Para información de los lectores he tomado los datos anteriores de un libro publicado por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, que puede obtenerse in situ, y que contiene un interesante artículo sobre la vida diaria de los reclusos (los no gaseados directamente ni asesinados por inyecciones letales) debido al historiador polaco Tadeusz Iwaszko).

¿Quiénes eran los mandos en Córdoba? Los alcaldes fueron Manuel Sarazá Murcia y Antonio Torres Trigueros. Si hicieron alguna gestión ante las autoridades de la prisión debería constar en el archivo del Ayuntamiento. El presidente de la Diputación era Enrique Salinas Anchelerga. ¿Se inmiscuyó? El Gobierno civil estuvo a cargo del comandante de Artillería Joaquín Cárdenas Llavaneras y del camisa vieja Rogelio Vignote, militar retirado. ¿Intervinieron? En el Gobierno militar se sucedieron el general Francisco Fermoso Blanco, en la reserva en julio de 1936 y rápidamente nombrado Gobernador General por los sublevados (pasó a vocal del Alto Tribunal de Justicia Militar el 5 de noviembre de 1936),  y el coronel Antonio Pérez Torrealba. La Falange provincial la dirigía Jesús Aguilar y el secretario local de Córdoba tenía un nombre ilustre, Fernando Fernández de Córdoba. A mediados de septiembre le sustituyó Manuel González Ruiz-Ripoll. Si alguno de ellos hizo algo en relación con la cárcel, se ignora. No cabe descartar que tal vez sus descendientes puedan documentarlo.

Naturalmente las autoridades cordobesas respondían a una cadena de mando. Es conocida. En 1941 el ministro de la Gobernación era el coronel Valentín Galarza. Había sido el coordinador de los hilos de la sublevación en 1936. No se había arredrado ante la posibilidad de que desembocara en guerra.  Monárquico de quienes no hacían ascos a los sobornos británicos que vehiculaba Juan March. Los directores generales de Seguridad fueron José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, falangista, y un militar escasamente conocido, Gerardo Caballero Olabezar. El director general de Prisiones era el general Máximo Cuervo Radigales, hipercatólico y miembro eminente de la ACNDP (Acción Católica Nacional de Propagandístas), del Cuerpo Jurídico Militar que tanto contribuyó «técnicamente» a la salvaje represión. Salvo Caballero, los restantes conocieron horas de gloria y murieron como Dios manda, con todas las bendiciones necesarias. Rudolf Höss, el  «normalito» comandante de Auschwitz, fue ahorcado como criminal de guerra en Polonia tras una azarosa búsqueda que constituye, de por sí, un auténtico thriller.

[Los lectores que quieran saber más acerca de las políticas penales y carcelarias, sus presupuestos ideológicos y su organización en la postguerra española pueden también acudir a los excelentes trabajos de Gutmaro Gómez Bravo].

El sangrante caso de la prisión provincial de Córdoba

30 mayo, 2014 at 1:57 pm

Moreno Gómez ha ido identificando lo que pasó gracias a la acumulación de testimonios orales y algunas pruebas documentales. Entre los primeros destaca el del médico madrileño doctor Sama Naharro, que fue trasladado en noviembre de 1940 a la infame prisión. En un desbarajuste inimaginable los reclusos se hacinaban mezclándose los de tipo político y los comunes; las condiciones sanitarias eran terribles, con un solo urinario en el patio; la suciedad invadía todo; los presos estaban llenos de piojos y  depauperados; él mismo pesaba 45 kilos; la alimentación era a base de nabos; la leche -para los enfermos, cuando se les daba- estaba aguada; no había medicinas; en el dispensario médico se robaba hasta el azúcar; los partes de cocina se falsificaban; aparecían comidas que no existieron; el estraperlo era habitual. Lo más importante era el resultado: los enfermos morían como chinches y la causa fundamental era el hambre. Ruego al lector que retenga este dato.

El testimonio de un antiguo diputado comunista, Adriano Romero, confirma que la prisión estaba abarrotada; que en los dormitorios, donde se hacinaban 350 personas, había solo un váter que no podía utilizarse durante el día; que la mugre  recubría todo.

Francisco Gómez Herencia abundó en el tema fundamental de la comida: el único plato que recibían generalmente los reclusos era matas de coliflor hervidas con agua a la que se echaban tacos de grasa de la que se utilizaba para engrasar los ejes de las carretas; su olor era insoportable y su sabor indescriptible. Cuando se cambiaba el «menú» a la coliflor la sustituían los nabos forrajeros, destinados habitualmente a las bestias. Los reclusos llamaban a esta porquería «caldo nazareno».

Otro preso, Miguel Regalón, destacó las consecuencias: todos los días quedaban tendidos en el patio varios muertos de hambre; la deshidratación era pavorosa; en una temperatura de más de cuarenta grados a los reclusos se les privaba de agua; cuando uno logró cazar un pajarillo y se lo comió, los guardianes le dieron una paliza. Ya no se le volvió a ver.

En tales circunstancias no debía de sorprender, pero no se previó, que terminara produciéndose una epidemia de tifus exantemático. La mortandad volvió a dispararse. Así, pues, el hundimiento moral, la suciedad, el hambre, la enfermedad y la muerte se convirtieron en los compañeros habituales de una población reclusa desesperada.

La imagen puede extenderse a otras prisiones de la España de Franco cuando Falange soñaba con gloria imperial sin fin. Se han contabilizado 6.000 víctimas en una docena y aun quedan por explorar datos de otras cárceles muy importantes como las de Puerto de Santa María, Málaga, Hellín, Chinchilla, Cuéllar, Segovia, Madrid, Alcalá de Henares, Burgos, Palencia, Amorebieta, Santander, El Dueso, Santoña, Zaragoza, etc.

En este pavoroso panorama la dieta oficial, afirma Moreno Gómez, era de 800 calorías  y a veces llegaba a menos. Yo no soy médico y para escribir este post no solo he acudido a Mr Google sino que me he asesorado debidamente de un médico forense de larga experiencia, buen amigo mío y antiguo discípulo de Grande Cobián. El Dr. Miguel Ull me dice (y los lectores que sepan de medicina podrán, imagino, contrastar sus afirmaciones)  que las necesidades básicas para una vida normal oscilan entre las 2100 y las 2500/2700 calorías según nivel de actividad, edad y sexo. Un nivel de 800 calorías es de subsistencia y, en la práctica, para no tener actividad. Cualquier contingencia de salud (un catarro, una gripe, las omnipresentes diarreas) barrería a los reclusos por carecer de defensas. No tardaba en iniciarse la desnutrición, la depauperación y la caquexia en el camino hacia el único desenlace posible.

Es inverosímil que los médicos que servían en las cárceles de la época no pudieran anticipar lo que ocurriría manteniendo a los presos bajo una dieta tan hipocalórica como la establecida. Muchos de ellos no llegaban, además,  a las prisiones pletóricos de salud y con sus fuerzas intactas. Lo contrario era lo normal. Tampoco podrían alegar desconocimiento los guardianes, carceleros, sanitarios y cuadros de mando que sisaban de las raciones distribuidas a los prisioneros. Su objetivo era desviar preciados recursos alimenticios hacia los infernales mecanismos del estraperlo y del mercado negro que habían hecho presa en la España de la VICTORIA (y que no desaparecieron hasta principio de los años cincuenta).

Por consiguiente, debemos pensar que el mantenimiento y el recorte de una dieta muy hipocalórica estaban destinados a conseguir determinados fines. No son difíciles de identificar: para preparar la exterminación física de la anti-España era preciso hundir la resistencia moral y anímica como paso previo a la depauperación de los prisioneros. Entre la humillación y la muerte se trazó una línea recta.  ¿Quiénes  lo hicieron? ¿Quienes formaban el cuadro de mandos en la prisión de Córdoba y  en su entorno?

Moreno Gómez da una respuesta inmediata. Yo la completaré en el próximo post. El director de la prisión fue un hombre «tristemente célebre» y corrupto: Enrique Díaz de Lemaire. Fue destituido en marzo de 1941 a causa de disputas internas entre funcionarios. Le sustituyó Juan José Escobar Sánchez, «igual de exterminador y corrupto».  El subdirector se llamaba Ramón García Lavello. El responsable de la sección de mujeres era Rafael Herreros, ayudado por la temida «Doña Dolores», una encarnación castiza de los viragos nazis. !Ah!, como es lógico, la prisión no carecía de capellán. Era un jesuíta. No sabemos si ya habrá llegado a la gloria. Se le recuerda, simplemente, como el padre García. La cárcel la frecuentaba también el párroco de la iglesia de El Salvador, el reverendo José Torres Molina. Quizá consignaran informes e impresiones pero, si fue así, se desconocen. Tal vez el Obispo de Córdoba podría contribuir a remediar tal carencia abriendo los archivos correspondientes.

El  eminente «médico» a cargo de lo que pasaba por asistencia sanitaria era el doctor Celso Ortiz Megías. Los funcionarios de prisiones que más destacaron por su crueldad han quedado prendidos en la memoria de los supervivientes: Enrique de la Cerda, Antonio Justo, Manuel «y pico», Andrés «el boxeador», un tal «Don Ángel», «el Teleras», «el Negro Desperdicios». Apaleaban a los presos. «El Dientudo», Ángel Baena, y su lugarteniente, Segundo Rojas, torturaban  a los presos en las celdas de castigo y los mantenían durante días a pan y agua. Imagine el lector las consecuencias.

A mi estos nombres no me dicen nada. Es probable que en Córdoba, o en Andalucía, se les conozca. En España se ha olvidado ya que, en la Europa de la postguerra, fue de aplicación el título de una película que hizo furor en Alemania cuando estudié allí: «Los asesinos están entre nosotros» (Die Mörder sind unter uns). Creo recordar que Castilla del Pino escribió algo de esto en sus memorias.

(continuará)

Exterminio, a lo nazi, en Córdoba

27 mayo, 2014 at 8:00 am

Francisco Moreno Gómez hizo sus primeras armas en el estudio de la represión concentrándose en Córdoba cuando muy pocos en España, y ciertamente no en la Universidad, prestaban a aquel tema demasiada atención. De Córdoba pasó a Andalucía y luego al resto de España. Sus obras, basadas en documentación y testimonios apabullantes, son abrumadoras. En la última, La victoria sangrienta 1939-1945, desarrolla con gran precisión un tema que hasta ahora había solido ser objeto de análisis monográficos. Lo que trata de identificar y demostrar Moreno son los mecanismos de ejecución,  los resultados y la persistencia de la represión despiadada y multimodal que se abatió sobre la España vencida. Un capítulo que muchos historiadores extranjeros (entre ellos Stanley G. Payne) suelen despachar en unas cuantas líneas y en el que han abierto brecha autores como Julio Aróstegui, Paul Preston, Francisco Espinosa, Gutmaro Gómez Bravo, Jorge Marco, Peter Anderson, Hartmut Heine, Montse Armengou, Mirta Núñez Díaz-Balart, Ricard Vinyes, Ángel Bedmar, David Ginard, Manuel Álvaro Dueñas, Isaías Lafuente y muchos otros.

Afirma un dicho inglés que la prueba del pudding está se hace al comérselo. Lo mismo pasa, mutatis mutandis, con la represión franquista (o la de los sublevados en 1936). Quisieron, en un principio, paralizar la resistencia republicana y sangrar el cuerpo social para amedrentar a los leales al Gobierno. De aquí se pasó, sin solución de continuidad, a una actuación masiva, controlada, dirigida hacia el más amplio espectro de lo que consideraban la anti-España. Duró tanto como la guerra misma y continuó en la postguerra.  El estado de guerra no se levantó hasta 1948 pero poco importó porque fue una artimaña destinada a calmar los clamores de la opinión pública internacional contra el último residuo del Eje en Europa. Gracias a la aplicación sistemática de la expeditiva «ley de fugas» siguieron ahorrándose engorros judiciales y la necesidad de tener que rechazar las peticiones de observadores extranjeros, generalmente británicos, en favor de ciertos acusados. Todo ello se vio lubrificado por indultos estrictamente definidos. La «generosidad» siempre tuvo límites muy estrechos.

A través de la identificación de las técnicas y modalidades represivas, carcelarias y judiciales han podido elevarse los hechos a niveles de categorías. Sobre esto último existe una interesante discusión terminológica que no viene a cuento resumir aquí. En todo caso, existen ya numerosos datos que permiten orientar la recuperación del pasado. Un pasado oculto hasta hace no muchos años.  Un pasado de crueldad y  sangre. Un pasado de exterminio.

El episodio que me lleva a escribir tres posts se concentra en la cárcel provincial de Córdoba en la época del hambre y, en particular, en 1941. Fue el año en el  que nací y cuando España estuvo más cerca de volver a las hambrunas medievales. Los lectores buscarán vanamente estudios de ello en las historias blanqueadas que tanto han salido de ciertas editoriales especializadas en hacer el caldo gordo a la derecha o incluso a la extrema derecha. Son temas, por definición, muy incómodos. Quien esto escribe se ha aproximado documentalmente a  tales hambrunas, para un libro que estoy ya terminando, a través de la abundante información que se conserva en los Archivos Nacionales británicos, algo que ningún plumilla neo-franquista o ningún encumbrado historiador de la misma cuerda ha hecho hasta ahora, que yo sepa.

El aparato diplomático y consular  británico asentado en España siempre tuvo al corriente a Londres de lo que percibía en una sociedad un tanto salvaje y extraña. Las causas del  hambre generalizado las divisaron en la incompetencia de la administración de abastos, en la intervención de precios que desalentaba la producción, en la maraña burocrática que había segmentado el mercado hasta extremos inverosímiles y en la peligrosa proclividad del Gobierno en favor del Tercer Reich. Esto obligó a los aliados a interferir con el comercio exterior español para evitar que Franco pudiera pasar a una situación de beligerancia. La «independencia» económica que entonaban las cohortes militares y falangistas siempre fue una quimera.

Tal vez el Secret Intelligence Service pudo ahondar pero dado que sus archivos permanecen inaccesibles no lo sabemos. En cualquier caso, no he encontrado muestras documentales que liguen la represión con otra cosa que no fuese el deseo de venganza de los vencedores en la guerra civil. Para mi libro era suficiente.

Pero, naturalmente, había más.  Moreno Gómez, en una tesis que levantará ampollas,  liga lo que pasó en Córdoba con la tremenda influencia del vector nazi en el Gobierno y en la Administración, Falange incluida, de la España franquista. No es el primero en hacerlo. Ya lo sugirió, por ejemplo, Hartmut Heine, en una obra que me cupo el honor de prologar hace muchos años. O un amigo mío, catedrático en Aix-en-Provence, Eutimio Martín.  Después otros autores han continuado en la misma vena.

Moreno, a través del análisis pormenorizado de la evidencia primaria relevante de época, fundamenta y fortalece dicha conclusión. Reconozco abiertamente que soy muy sensible a tal línea de argumentación, no en vano empleé varios años de mi vida en leer gruesos mamotretos sobre las salvajadas nazis, en particular en lo que se refería a la Shoah, pero también en otras dimensiones como los crímenes de la Wehrmacht o de lo que pasaba por «justicia» en el Tercer Reich y, en particular, en el Volksgerichtshof de infausta memoria.

Así, pues, en los dos posts siguientes trataré de sustanciar, en base a mis conocimientos personales y  a mi biblioteca, lo que Heine, Martín, amén de muchos otros, habían intuído y que ahora Moreno Gómez ha sacado a la luz. Para vergüenza de muchos, incluidos los historiadores profesionales o no de la cuerda neo-franquista.

(Continuará).

Elecciones europeas

23 mayo, 2014 at 8:54 am

A los ciudadanos que no les gusta la UE de hoy, en parte con razón, hay que decirles y repetirles algunas de las verdades del barquero. La más importante es que la UE la han hecho los Gobiernos de los Estados miembros, es decir, los Gobiernos que desde Londres hasta Tallín, desde Estocolmo hasta Atenas, esos mismos ciudadanos han ido eligiendo cada uno en su país. La UE no es ajena a los Gobiernos eurominimalistas (el Reino Unido) o aparentemente eurooptimistas (Alemania, Francia, Italia, España), con variopintos matices entre uno, otros  y los restantes.

Si los Gobiernos de los Estados miembros de la UE son de derechas, lo lógico es que apliquen una política de derechas, no solo a nivel nacional sino incluso con mayor interés a nivel colectivo, en la medida en que a través de éste logran imponerse mejor a los países con Gobierno de signo diferente. Si los Gobiernos son de centro-izquierda (en general socialdemócratas porque los comunistas apenas si han tenido participación en ellos) podrán aplicar una política de centro-izquierda. A veces no la han aplicado, para su vergüenza, pero siempre tendrán la posibilidad de divergir, en la medida de lo posible, de la derecha. Los liberales (de contornos ideológicos más o menos precisos –o menos difuminados-  según los países) juegan un papel de balancín. Dicho esto, lo que hace a la política europea un campo para la teorización, la agitación y la propaganda es que el vector ideológico anterior SIEMPRE se entrecruza con los diversos intereses nacionales. Cada país tiene los suyos y su defensa la hace con medios, abiertos y no abiertos. En general, aunque no siempre, tales intereses gozan de amplia aceptación entre las correspondientes élites políticas, económicas y militares.

De aquí se deduce que si las poblaciones europeas se sienten más a gusto con una determinada dirección ideológica lo razonable es que voten por ella tanto a nivel nacional como europeo. Ahora toca el europeo.

Claro está que la riqueza de las opciones teóricas nacionales no puede tener un correlato inmediato en este último nivel. No la tiene, en general, en el Consejo Europeo, ni en el Consejo de Ministros, ni en la Comisión. ¿La tiene en el Parlamento Europeo?. Desde el plano institucional y operativo se han previsto colchonetas en donde se asientan los representantes de partidos que no cumplen con los requisitos establecidos para formar grupo parlamentario. Es lo que va a suceder, irremediablemente, con varios micropartidos españoles cuyos nombres no mencionaré aquí por simple decoro profesional pero que, vistos desde el exterior, dan para reir largo y tendido.

En el modelo de política, ciertamente perfectible pero ¿cómo?, a que se atiene la Unión Europea, estas elecciones parlamentarias servirán para despejar una de las primeras incógnitas del primer término de la ecuación estratégica que se implantará para el próximo quinquenio. Quedan por despejar otras nada desdeñables, como las que implica el resultado de las elecciones generales en el Reino Unido y España el año que viene.

Ese primer término es, sin embargo, muy importante porque gracias a la dinámica política que generen estas elecciones se escogerán a cuatro elementos básicos, los presidentes de la Comisión, del Parlamento, del Consejo Europeo y del Alto Representante para la política exterior y de seguridad común. Es decir, los polític@s sobre quienes caerá la responsabilidad de dirigir la Unión Europea hasta 2019. La elección habrá de tener en cuenta, en mayor o menor grado, las sensibilidades representadas en el nuevo Parlamento.

De entrada, dicha dinámica también permitirá medir el grado de compromiso democrático de los jefes de Gobierno (o de Estado, en algunos casos). El Consejo Europeo de la semana que viene podrá elegir al futuro presidente de la Comisión, cuya ratificación parlamentaria tendrá lugar en el mes de julio. El otro día, charlando con un insider belga, democristiano por más señas, me dijo que él pensaba que Juncker podría ganar pero que, de no conseguirlo, él no excluía que entrara en liza algún “fantasma”. Apostaba por Christine Lagarde, la directora general del FMI.

¡Ójala no se produzca este escenario! Sería el más indicado para fortalecer entre los ciudadanos el rechazo y el despego a la Unión. Resultaría, en efecto, que a nuestros jefes de Estado y de Gobierno les importaría un bledo la voluntad expresada en las urnas por los ciudadanos europeos.

Yo no he votado, indirectamente, por Juncker. Fue jefe del Gobierno de Luxemburgo y se resistió con uñas y dientes, como gato panzarriba durante años y años, a la eliminación de las facilidades que habían hecho de su diminuto país un paraiso fiscal en el seno de la UE. Pasaría a dirigir una de las instituciones, la Comisión, que últimamente más ha luchado, junto con el Parlamento, por la desaparición de tales refugios a favor de los escualos financieros y de los defraudadores y aprovechados fiscales. Ciertamente se cumpliría el dicho norteamericano del I stand where I sit (mi punto de vista depende es función de mi sillón), una de las marcas del profesional.

En el Parlamento Europeo cortan el bacalao cuatro grandes grupos: democristianos, socialdemócratas, liberales y el grupo de las izquierdas y ecologistas. resto hasta ahora ha chillado, clamado y maldecido ante la opinión de sus países de origen pero nuncha han podido conseguir nada por sí mismos, a no ser una cierta intoxicación de los grandes grupos. No entro en el caso hiriente de los conservadores británicos que, junto con ciertos grupúsculos poco recomendables, van por libres. Su comportamiento es la manifestación más palpable del inmarcesible genio estratégico de ese primer ministro que quizá no pase a las páginas de oro de la historia británica: David Cameron.

¿Podría ser diferente esta vez?  Los cuatro grandes grupos políticos tienen  interés en acorralar a esos nacionalistas eurófobos, a veces con incrustaciones fascistas y xenófobas, antitéticas del élan europeo, que han proliferado al socaire de una política de austeridad fomentadora del paro, la desigualdad y la debilidad del crecimiento. Siempre, claro está, en detrimento del método comunitario, protector de los más débiles, y sin el cual la UE no habría pasado de sus más tiernos balbuceos.

Europa, Europa

20 mayo, 2014 at 6:54 am

Hace ya años que la Comisión Europea publicó un primer volumen sobre su aportación al despegue del proyecto europeo (también jerga de Bruselas). Cubrió los años entre 1958 y 1972 y no tuvo gran éxito. Apenas si se la cita en la literatura más relevante. Esto puede ser porque la atención de muchos historiadores –a diferencia de los politólogos y juristas- ha tendido a concentrarse en el Consejo y, sobre todo, en el Parlamento. El que la Comisión fuese la figura más original del triángulo comunitario tardó en llegar al gran público, a diferencia de lo que ocurrió con las autoridades gubernamentales.

La Comisión persistió en su enfoque. Hace cuatro o cinco años la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) formó un nuevo grupo de historiadores, juristas, politólogos y economistas y volvió a ganar el proyecto para redactar un nuevo tomo de la historia de la Comisión que cubriría los años entre 1973 y 1986, es decir los comprendidos entre la primera y la tercera ampliación (a España y Portugal).

Esta vez los recursos movilizados fueron mayores, el abanico más abierto, la base documental y testimonial más amplia. El tomo se ha presentado recientemente en Bruselas y, como suele ocurrir con estas cosas, no ha despertado el menor impacto. Al menos a nivel de la prensa generalista. Es posible que lo tenga entre los círculos de especialistas y ya se ha convocado un seminario en octubre, también en Lovaina la Nueva, para discutir sus resultados.

Sería una pena que periodistas y forjadores de opinión pasen por alto este volumen, en el que me ha tocado participar como catedrático de la UCM, única universidad española representada en el equipo (hay otro español, amigo mío, el Dr. Sigfrido Ramírez, pero que trabaja en la Universidad de Copenhague). En él encontrarán análisis contrastables sobre los altos y bajos del proyecto europeo en los años que fueron denominados de la “euroesclerosis”, del “eurodesengaño”, del “euroestancamiento”.

La contrastación se hizo en principio en base a ese tipo de evidencia primaria relevante de época con que solemos trabajar los historiadores: documentos públicos; documentos de archivo (se nos han abierto sin excepción todos los necesarios, algo que debería dar vergüenza al actual Gobierno español); informaciones de protagonistas y testigos (se han grabado en audio y, generalmente, también en video entrevistas a 244 personas, desde el nivel de comisario hasta el de funcionarios que tuvieron responsabilidades ejecutivas). Se ha añadido un análisis de la literatura secundaria y los resultados se han pasado por el duro cendal de la crítica inter-pares.  A mí, que me tocó participar en dos de los capítulos más susceptibles de generar controversia (la política comercial y las relaciones internacionales y la ampliación a España y Portugal), me ha correspondido colaborar con dos y cuatro autores más respectivamente para generar una interpretación equilibrada y lo menos sesgada posible.

Cuatro son las conclusiones generales: i) el cambio es consustancial a la evolución del proyecto europeo. No ha habido períodos de “estancamiento”; ii) las condiciones ambientales fueron, a veces, favorables pero en muchas ocasiones profundamente desfavorables; iii) varias de las semillas de la evolución futura, en la época gloriosa de los años Delors, se plantaron en los años precedentes; iv) no había resultados predeterminados. Lo que ocurrió no fue la manifestación del peso de las “estructuras” sino del aprovechamiento inteligente de las posibilidades percibidas por hombres y mujeres que sabían, más o menos, lo que querían: hacer avanzar la construcción europea.

En el expurgo y análisis de los documentos se identifican los obstáculos. Muchos existen todavía: una base jurídica flexible, pero insuficiente; el miedo a perder “soberanía” por parte de los Estados miembros; la falta de sintonía entre los favorecedores de una Europa más unida y las poblaciones; el miedo a los de fuera; el peso de las tradiciones nacionales, sobre todo entre las élites administrativas y políticas de los Estados miembros; la influencia de los prejuicios respecto a otros; la debilidad de liderazgo; el papel dominante del Consejo y el altamente subordinado del Parlamento, etc.

Naturalmente se han ganado espacios. Quizá el potencialmente más importante haya sido la puesta en paridad, a efectos prácticos, entre el Consejo y el Parlamento en las tareas legislativas, salvo en temas relativos a la política exterior y de defensa. Otro avance nada despreciable ha sido la introducción con carácter bastante general (aunque no del todo) de la toma de decisiones por mayoría cualificada frente a la aplicación de la unanimidad. También se han perdido otros: la paralización relativa del método comunitario a favor de la cooperación intergubernamental; la pérdida de poder relativo de la Comisión no tanto en el Tratado como en la práctica.

El balance de unos y otros fenómenos se ha visto impactado, además, por los efectos de la crisis económica y la forma elegida para lidiar con ellos. Se han generado fenómenos dañinos. De esto hablaré, un poquito, en mi próximo post, justo antes de las elecciones.

Por el momento, la historia de la Comisión entre la primera y la tercera ampliación está disponible no solo en una preciosa edición encuadernada, y muy pesada, sino también en pdf que puede descargarse gratis en francés, inglés y alemán en el sitio de la librería europea: https://bookshop.europa.eu/fr o en para inglés. Ojo se trata de un “tocho” de 658 páginas en gran formato. Y quienes quieran acudir al tomo anterior, para el período 1958-1972, también podrán descargarlo, igualmente gratis, en la misma dirección. Ambos contribuyen a remover mitos muy asentados sobre los inicios del proceso de integración europea, sus obstáculos y sus apoyos. Pero ¿cuántos europeos se interesan por el desmontaje de mitos en un proceso que hoy incide decisivamente en sus vidas? Para muchos, es vivir con los ojos cerrados a la historia.

Cuando a Castiella se le negó el placet como embajador en Londres (y II)

16 mayo, 2014 at 8:04 am

El 18 de enero de 1951, 48 horas después de la presentación oficial de la petición de placet, la burocracia del Foreign Office había llegado a la conclusión que el sentido último de la política británica no se compadecía demasiado bien con el rechazo a Castiella pero aue, lógicamente, la decisión estaba en manos de la Superioridad. El 22 de enero, el ministro, el laborista Ernest Bevin, consideró que el tema suscitaba toda una serie de engorrosos problemas y que era lo suficientemente importante como para elevarlo a la consideración de Clement Attlee, el primer ministro. Attlee no había estado demasiado de acuerdo con la política de Chamberlain hacia la guerra civil, había visitado la España republicana  y era un  hombre que tenía escasas simpatías personales o ideológicas para con Franco.

La decisión final se tomó en una reunión entre Attlee y Bevin el 24 de enero. Fue claramente negativa. Castiella no parecía la persona adecuada y se le denegó el placet. La noticia se filtró y la publicó el Daily Telegraph londinense. El periódico conservador, si no claramente de derechas,  indicó por error que la decisión se había tomado el 27. Fue a raiz de su publicación cuando la embajada española se enteró. Por razones que no están explicadas en el expediente, pero que probablemente tenían que ver con la delicadeza del tema, la decisión no se había dado a conocer previamente a los demás miembros del Gobierno.

No sabemos cómo se lo tomó Franco. Sí se sabe lo que hizo.  A los pocos días, no conocemos tampoco las razones, decidió sugerir el nombre de Miguel Primo de Rivera, hermano del fundador de la Falange. Esto nos hace pensar que tal vez había llegado a la conclusión de que si los británicos se negaban a aceptar a un falangista como Castiella, quizá mostrarían sus auténticas luces respecto a Falange de cara al sustituto.

Nuevamente, el tema del placet para el duque de Primo de Rivera se elevó al primer ministro. Ya era el 9 de febrero. En esta ocasión, la información que se le proporcionó fue que las razones personales que se daban cita en contra de Castiella no lo hacían en el segundo caso. Obviamente el nuevo candidato era un hombre del régimen y, encima, falangista preeminente. Falange, según noticias, había apoyado el nombramiento. Ahora bien, era evidente que para un puesto como el de Londres no iba a nombrar Franco a alguien de quien no pudiera fiarse. Esto, en sí, no era negativo ya que desde el punto de vista británico era mejor contar con un embajador al que verosímilmente Franco escuchara.

En esta ocasión, el Foreign Office tenía la impresión de que la decisión de Franco había recaído sobre una persona que probablemente fuera aceptada en Londres. Dado que para entonces ya se había solicitado el placet español para Balfour, de no aceptar a Primo de Rivera podría pensarse que el Gobierno británico no tenía interés en intercambiar embajadores y ello podría conducir al no restablecimiento de relaciones diplomáticas normales con España.

Por lo demás, había que tener en cuenta que a Primo de Rivera lo había salvado de su ejecución en 1936 el cónsul británico en Valencia en circunstancias muy dramáticas. La Royal Navy lo había evacuado de España. Desde entonces había mostrado simpatía hacia los británicos durante la segunda guerra mundial. En 1941, en un momento difícil, había seguido cultivando sus contactos en la embajada y colonia británicas en España.

El Foreign Office examinó sus dosieres. Primo de Rivera había, al parecer, solicitado participar en la División Azul pero, como ministro de Agricultura, no había podido hacerlo. Tampoco había salido de España hasta el final de la segunda guerra mundial. Un periódico había publicado que los alemanes le habían condecorado pero no podía haber sido con una medalla de carácter militar, como era el caso de Castiella. [Imagine el lector el alborozo y mordacidad de la izquierda británica si la noticia de su cruz de hierro se hubiera divulgado en Londres].

En esta ocasión Attlee siguió la sugerencia. Miguel Primo de Rivera fue el embajador  que Castiella no pudo ser.

¿Qué conclusiones pueden extraerse de este incidente? En primer lugar, que no hay materia que justifique, en mi opinión, los plazos de cierre, ya sea el original o el recortado en veinte años. No nos imaginamos, por lo demás, a Castiella exhibiendo la cruz de hierro en la Corte de San Jaime. Ahora bien, tampoco parece que la “hábil prudencia” de Franco refulgiera esplendorosamente. A pesar de que el Foreign Office se inclinó, por la mínima, a favor de la aceptación de Castiella, el primer ministro se negó de inmediato. La cruz de hierro era una alta condecoración militar y  para los británicos equivalía a mentarles la bicha.

Whitehall no estaba solo. También los alemanes tuvieron que echar marcha atrás. Cuando por aquellas fechas, el Auswärtiges Amt parecía inclinarse por un determinado diplomático como embajador en España y éste, en una fiesta privada, prorrumpió medio borracho un ¡Heil Hitler!, los alemanes se echaron atrás inmediatamente.

No solo había que ser buenos [que la dictadura casi nunca fue]. También había que aparentarlo. En los años cincuenta, y sobre todo después de los “Pactos de Madrid”, el “régimen del 18 de julio” emprendió una marcha presentada como “triunfal” en política exterior. Suele indicarse que Castiella fue uno de sus adalides. Pero siempre hubo una cortina sutil que separó a la política franquista de la del resto de los países de la Europa occidental.  Muchos de ellos no querían recordar mucho acerca de los años oscuros que habían pasado bajo la bota nazi.  Los norteamericanos tuvieron menos escrúpulos. Otra historia.

Cuando a Castiella se le negó el placet como embajador en Londres (I)

13 mayo, 2014 at 8:03 am

No conozco, indudablemente por ignorancia, ninguna biografía de Castiella. Mi buen amigo Manuel Espadas Burgos señaló hace ya mucho tiempo que en 1951 Franco le propuso como embajador en Londres pero que la Corte de San Jaime se negó a darle el placet. Las razones se desvelan en un expediente de los Archivos Nacionales británicos (PREM 8/1532) que, en principio, debía estar cerrado hasta el año 2020. Por razones no explicadas su apertura se adelantó a 2002. Esto significa un plazo de cierre de cincuenta años, en mi opinión escandalosamente largo y sin que haya sido capaz de divisar ninguna justificación racional. El expediente suscita, de entrada, dos imágenes contrapuestas. Por un lado la dictadura metió escandalosamente la pata (lo más probable). Por otro, Franco podría haber intentado jugar un farol y sondear las intenciones británicas. Si fue el caso, le salió mal.

1951 fue un año pivotal. El mes de noviembre anterior la Asamblea General de la ONU había levantado las cosméticas “sanciones” al franquismo, de las que tanto provecho propagandístico interno extrajo la dictadura. Aquellos países que habían retirado sus embajadores de Madrid (no fueron todos) pudieron enviarlos de nuevo (sus embajadas las habían desempeñdo hasta entonces encargados de Negocios, como si tal cosa). Londres propuso a un diplomático hispanófilo, John Balfour. Madrid sugirió a Castiella y creó un problema.

La petición la presentó formalmente el encargado de Negocios José Ruiz de Arana y Bauer [grande de España, duque de Sanlúcar, duque de Baena, conocido durante la guerra civil como vizconde de Mamblas y con larga trayectoria diplomática en el Reino Unido] el 16 de enero de 1951. Dijo que no la entendía. Martín Artajo, el ministro, le había escrito informándole que la decisión se había tomado por razones de “oportunidad política”. Ruiz de Arana estaba desilusionado porque unas cuantas semanas antes había visto a Franco y este le había dado a entender que el puesto de embajador sería para él. No hay que ser mal pensados y aducir que Baena/Sanlúcar  “hacía la cama” a Castiella porque señaló el pasado falangista, el servicio en la División Azul y la co-autoría de las Reivindicaciones. No reveló ningún secreto. Todo ello era bien conocido en Madrid y no podía mantenerse oculto.

Como es lógico, el Foreign Office solicitó informes a la embajada británica. El encargado de Negocios en Madrid, Robert Hankey, telegrafió que Castiella se había ocupado en 1940 de las representaciones falangistas en el extranjero; que parte de su tiempo en la División Azul lo había pasado en Berlín y que se le había condecorado con la Cruz de Hierro [el lector puede colegir de este dato lo que quiera, yo no tengo evidencia en ningún sentido]. Hankey señaló también que Reivindicaciones de España era un libro que defendía ardorosamente el deseo de recuperar Gibraltar y de promover la expansión en el norte de África [eran objetivos centrales de Franco desde el final de la guerra civil y había tomado medidas para, en su momento, ponerlas en práctica]. El texto, afirmó Hankey, estaba salpicado de las habituales críticas a las democracias que formaban parte del repertorio falangista de la época. Había tenido una difusión inmensa, incluso en el bachillerato y la enseñanza universitaria [fue también Premio Nacional] pero se retiró de la circulación en 1944. [Hoy es una rareza]. El entonces embajador británico, sir Samuel Hoare, tenía, continuó informando el encargado de Negocios, buena impresión de Castiella. También Walter Starkie, el famoso director del Instituto Británico. Como buen diplomático, Hankey expuso varias razones a favor y en contra del otorgamiento del placet.

En el Foreign Office se interpretó la decisión de Franco como un intento de forzar la mano a los británicos. Con solo tres años en Perú de embajador [un puesto entonces nada pero que nada difícil], y dados sus antecedentes, era obvio que Castiella carecía de experiencia diplomática de altura. Ello no obstante, en Londres se examinaron minuciosamente los pros y los contras y se entrecomillaron los argumentos suministrados por Hankey.

A favor del rechazo a Castiella militaba el hecho de que “Franco hubiese podido encontrar otra persona con un pasado menos controvertido, caso de haber querido hacerlo”. Por consiguiente, era verosímil que deseara ignorar de antemano las eventuales reacciones británicas. Londres se exponía a perder prestigio no solo con la oposición española sino también con el propio régimen [tomaría a los británicos como el pito del sereno], Francia y, probablemente, Estados Unidos. En el Reino Unido se produciría un movimiento de indignación generalizada. Castiella lo tendría difícil a la hora de realizar una labor útil. Quizá sesgase su información en el sentido de lo que Franco quisiera oir [una inclinación en la que cayeron más de unos cuantos diplomáticos de la época]. En varios círculos oficiales no sería bien visto e incluso podría actuar en sentido contrario a los intereses británicos hacia España. Por otro lado, Franco podría haber prometido el puesto a un falangista pensando que Londres no otorgaría el placet.

Los argumentos a favor de Castiella eran de doble índole, negativa y positiva. Podía por ejemplo aducirse que el no dar el placet quizá obstaculizara la mejora de las relaciones bilaterales. Esto haría el juego a los falangistas que podrían presentar a los británicos como dispuestos a negar el pan y la sal a la “nueva España” [ya menos “imperial” que tras la guerra civil]. Tal vez contribuyera a aumentar la influencia falangista, cuando lo deseable era que disminuyese. A lo mejor Franco se negaba a encontrarle un sustituto y dificultaba el placet de Balfour. Entre los argumentos positivos figuraba que un embajador político como Castiella podría tener mayor peso en El Pardo que un monárquico con no demasiado peso como Ruiz de Arana. Es más, Hankey había indicado que, según sus fuentes en Madrid, el Gobierno franquista no esperaba el rechazo. En el Foreign Office se pensó, por último, que las dificultades personales que suscitaba Castiella podrían atenuarse. El tiempo, en definitiva, había pasado desde los años de la División Azul. Tal fue, en resumidas cuentas, la contraposición de argumentos. ¿Qué decidió la cosa?

(Continuará)