Cerrados los archivos de Exteriores. Los esqueletos no saldrán del armario.

7 febrero, 2014 at 10:15 am

Al amparo de lo establecido en el artículo 185 y siguientes del Reglamento del Congreso de los Diputados, el Diputado que suscribe formula la siguiente pregunta sobre apertura a historiadores e investigadores de los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores,  dirigida al Gobierno con solicitud de respuesta escrita.

Los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores permanecen inaccesibles desde hace casi año y medio, aunque los problemas empezaron antes. Las primeras denuncias datan de otoño del 2011, cuando los archiveros del ministerio negaron verbalmente información histórica a los investigadores Carlos Sanz y Álvaro Jimena. Ambos recabaron una explicación de la negativa por escrito. La respuesta llegó medio año después. El “no” se debía a un acuerdo del Consejo de Ministros del 15 de octubre de 2010 sobre clasificación como “secretas” de catorce materias de las relaciones de España con el exterior.

La disposición, que no se publicó en el BOE, venía a vetar o dificultar gravemente el acceso a la información sobre prácticamente todas las actividades de la diplomacia española a lo largo de su rica historia. Lo hacía al otorgar la clasificación de secreto “con carácter genérico” a cualquier documento, informe o dato cuya revelación pudiera poner en riesgo no sólo “la seguridad y defensa de España” -como ya establecía la legislación al respecto- sino también cualesquiera “intereses políticos, sociales, económicos y comerciales”, sin más concreción. Como en ese cajón de sastre de “intereses” cabía casi todo, los directores generales en quienes recaía la responsabilidad de dar o no acceso a cada información, solían curarse en salud -según los historiadores consultados- denegando las peticiones. El acuerdo sobre extensión del secreto lo había propuesto el ministro Miguel Ángel Moratinos tres meses después de las primeras filtraciones de Wikileaks (sobre la guerra de Afganistán), y cuando aún resonaban los ecos del escándalo por la autorización gubernamental de las escalas de los vuelos de la CIA para conducir presos a Guantánamo. De hecho, uno de los asuntos que se clasificaban era el relativo a pactos relacionados con sobrevuelos, estancias y escalas de buques y aeronaves”. Otras materias declaradas secretas eran, y son -puesto que la resolución sigue vigente-, las referidas a las “posiciones básicas” y actuaciones de España -en todo tiempo y situación-, ya sea en negociaciones normales o en conflictos internacionales; ante el terrorismo y el crimen organizado, o respecto al asilo y otros derechos.

El malestar de los investigadores trascendió a los medios de comunicación a mediados de 2012. Entonces el ministro García-Margallo anunció una rectificación del secretazo mediante una nueva resolución acorde con el proyecto de ley de transparencia. Pero lo que llegó en septiembre de aquel año fue la clausura total de los fondos históricos de Exteriores y su transferencia, por razones operativas, a dos entidades de Cultura: el Archivo Histórico Nacional (documentos hasta 1931) y el Archivo General de la Administración (de 1932 a 1980). Hoy es el día en que ambas instituciones siguen denegando sistemáticamente el acceso a los papeles con el argumento de que aún falta identificar la documentación y recibir instrucciones sobre el “régimen de consulta”. Todo ello sin plazos de solución.

Cerca de 300 historiadores e investigadores de más de cien entidades académicas de 16 países dirigieron hace meses al Gobierno y al Parlamento una dura protesta contra el “cierre indefinido e injustificable” del archivo de Exteriores y la clasificación como secreta o reservada de “la práctica totalidad” de los fondos. Tales decisiones “degradan la calidad de la democracia española” al impedir el ejercicio del derecho a la información histórica, dijeron. Los promotores de esta acción conjunta, entre ellos el catedrático de la Complutense de Madrid Juan Carlos Pereira y el profesor de la misma facultad Carlos Sanz, renuevan ahora sus críticas por lo que consideran un “desprecio a nuestra historia con un coste incalculable” para profesionales y ciudadanos. Cientos de investigaciones, tesis y libros ya contratados están parados por culpa de la clausura de fondos, denuncia asimismo el historiador y catedrático emérito Ángel Viñas. A su juicio, el traslado del archivo es un “episodio lamentable” del que “surge la sospecha de que se intenta entorpecer la labor de los especialistas en la idea, quizá, de que esos archivos contienen demasiados cadáveres en sus armarios”.

El ministro Margallo aseguró en agosto de 2013 que el Gobierno ya tenía a punto el proyecto de nuevo acuerdo que debe sustituir al de Moratinos de 2010. La resolución permitiría “un acceso más fácil y libre a la documentación, con algunas exclusiones”, aseguró. Y precisó que su aprobación sería más oportuna tras la entrada en vigor de la ley de Transparencia, aprobada en noviembre. Los historiadores siguen esperando el nuevo acuerdo anunciado por Margallo y la reapertura de los fondos en su nuevo destino.

Es desconcertante que los profesionales de la historia tengan que ir a archivos de otros países para investigar en la historia española. Y sonrojante, además, que el secretismo no vaya acompañado con semejante celo a la hora de custodiar los documentos, Un catedrático denunció que el Gobierno español no encontró en sus archivos los documentos que acreditaban la propiedad española del islote de Perejil y tuvo que solicitarlo a los franceses, que debieron de contener la risa. No sólo por un deber de transparencia, sino también de facilitar su labor para construir una historia veraz, el ministerio debería escuchar a los historiadores.

El hecho es que, tras la imposición del secreto, el archivo lleva 15 meses cerrado por traslado. Y cientos de tesis e investigaciones están paradas.

A día de hoy el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación continúa manteniendo el secretismo sobre toda su documentación histórica, sin que se conozca un solo paso positivo para revertir esta medida absurda y escandalosa. Ello, a pesar de que el ministro García-Margallo prometió levantar el “secretazo”, primero en junio de 2012, y después en agosto pasado. Por otra parte, el ministerio de Cultura sigue vetando totalmente el acceso a unos papeles de los que ahora es también responsable, puesto que están depositados en el Archivo Histórico Nacional y el Archivo General de la Administración, dependientes de la D.G. de Archivos. Ni el ministerio ha dedicado recursos específicos al tratamiento de estos fondos, ni los archivos implicados están dando ninguna indicación a los investigadores sobre cuándo se podrían consultar.

Ignoramos si el Sr. García-Margallo habrá tenido tiempo de explicar su obstruccionismo contra la investigación histórica al Sr. Pablo de Greiff, Relator Especial de Naciones Unidas para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, con quien se ha reunido a finales de enero de 2014 y quien ha reclamado al Gobierno español una política de Estado a favor del esclarecimiento del pasado. Concretamente, el relator de la ONU señala en su informe provisional que “en la promoción de la verdad, los archivos juegan un papel central y son una herramienta indispensable para la realización del derecho a la verdad.” Y añade que, “en algunos casos, archivos judiciales, militares y del Ministerio de Relaciones Exteriores, por ejemplo, siguen siendo clasificados como confidenciales y que la legislación vigente no permite establecer criterios claros para la desclasificación de los mismos.”

Por todo ello, se formulan las siguientes preguntas:

1)      ¿Cuáles son las previsiones del Gobierno para el cumplimiento del compromiso señalado en 2012 por el ministro de Asuntos Exteriores, de rectificar el acuerdo del Consejo de Ministros del 15 de octubre de 2010 sobre clasificación como “secretas” de catorce materias de las relaciones de España con el exterior, abriendo sus archivos a historiadores e investigadores?

2)      ¿Cómo explica el Gobierno que, tras la imposición del secreto, el archivo de Asuntos Exteriores lleva 15 meses cerrado por traslado y, en consecuencia, cientos de tesis e investigaciones estén paradas en nuestras Universidades y otras extranjeras?

3)      ¿Por qué razones el Gobierno sigue incumpliendo el Real Decreto 1708/2011, de 18 de noviembre, que regula el sistema español de Archivos de la Administración General del Estado y no se motivan las resoluciones denegatorias de acceso a los archivos en aplicación del mencionado Acuerdo de 15 de octubre de 2010?

4)      ¿Para qué fecha estarán disponibles los documentos trasladados por el Ministerio de Asuntos Exteriores al Archivo Histórico Nacional y el Archivo General de la Administración?

5)      ¿Qué respuesta ha dado o piensa dar el Gobierno al escrito de protesta que cerca de 300 historiadores e investigadores de más de cien entidades académicas de 16 países le dirigieron hace meses en protesta contra el “cierre indefinido e injustificable” del archivo de Exteriores y la clasificación como secreta o reservada de “la práctica totalidad” de los fondos?

6)      ¿Qué medidas piensa tomar el Gobierno para cumplir las recomendaciones del Relato Especial de Naciones Unidas para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, Sr. Pablo de Greiff, para que archivos judiciales, militares y del Ministerio de Relaciones Exteriores, dejen de ser clasificados como confidenciales y se establezcan criterios claros para la desclasificación de los mismos?

Más sobre el primer asesinato de Franco

30 enero, 2014 at 5:55 pm

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Hace unos años publiqué en La conspiración del general Franco un análisis en el que demostré que las versiones habituales de que Franco se decidió a participar en la sublevación del 18 de julio después de la muerte violenta de Calvo Sotelo no son correctas. En mi opinión se decidió un mes antes y su viaje a Marruecos, vía Las Palmas, tuvo que ver con la posibilidad de coronar con éxito, como así ocurrió, su primera operación subversiva: el asesinato por uno de sus hombres de confianza del general Amado Balmes, jefe de la guarnición de Gran Canaria.

La Fundación Nacional Francisco Franco se rió de mi. En las redes algún que otro franquista recalcitrante me puso como chupa de dómine. Gajes del oficio. En aquel libro cité, de pasada, el nombre de quién consideré posible ejecutor. No lo identifiqué como tal pero supongo que no despisté a ningún historiador militar. Un amigo mío gran conocedor de la represión, Francisco Espinosa, acertó con el nombre en cinco minutos. No planteé un problema insoluble. Ríe mejor quien ríe el último.

En este post voy a dar alguna pista adicional. Ya saben mis lectores que lo que hay detrás de los hechos se averigua, a veces, con lo que se encuentra en los archivos. Pues bien, otro amigo mío, rastreando por uno de ellos, poco visitado, ha tenido la amabilidad de enviarme un documento que confirma mis sospechas.

La persona en cuestión fue objeto de un trato favorable por parte de Franco hasta límites inauditos que nunca se explicaron pero que siempre sorprendieron a sus compañeros de armas. Esta sorpresa, además, tuvo consecuencias. No las relaciono con los informes que el SIPM circuló sobre él y que no fueron precisamente muy positivos. El hecho es que hubo de abandonar el Ejército. La mano protectora de Franco volvió a extenderse sobre él y  no tardó en encontrar acomodo en otro sector de la inmensa burocracia de nuevo cuño que creó la dictadura. Su puesto no tuvo nada que ver con aspectos militares. Un hombre para todo.

Ahora bien, lo que se desprende del nuevo documento es que tampoco brilló demasiado en él. Los arrostrados historiadores parafranquistas que bucean en los papeles de Franco a lo mejor lo encuentran. No está clasificado ni se consideró tampoco secreto. Fue, simplemente, una nota –sin firma- elevada al Caudillo, Generalísimo, Jefe del Estado, presidente del Gobierno y Jefe Nacional de FET y de las JONS. No la tiró a la papelera.

El informante señaló que la gestión de aquel caballero era ineficaz. Nadie le hacía caso en los Ministerios con los que debía relacionarse. Su cargo era inoperante. Aspiraba a otro que mencionó, pero que me callo. Hablaba mal de uno de los generales (no demasiado amigo de Franco) que, según él, le había perseguido con saña. Lo atribuyó  a motivos que no aparecen en el expediente del caso. Me atrevo a señalar que esto no es de por sí sospechoso. ¡Cuántos documentos ocultan motivos espurios!. Lo que sí es sospechoso que el mencionado caballero se atribuyera conocimientos de economía y que por eso deseaba ocupar algún cargo que le permitiera contar en el futuro con los haberes pasivos de general. Todavía no había cumplido sesenta años y no disponía de otros recursos que su modesto retiro por lo que vivía con grandes privaciones. Era “Vieja Guardia” y su lealtad al Caudillo le haría llegar hasta los mayores sacrificios.

Este es el texto de la nota, expuesto de forma indirecta. La última frase podría, en puridad, haber rezado que dicha lealtad “ya se la había hecho llegar”. A lo mejor incluso lo decía así. Es impensable que Franco no se acordara de él. Habían transcurrido poco más de veinte años desde la eliminación de Balmes y esta es una de esas cosas que difícilmente se olvidan. El caballero en cuestión, según las informaciones publicadas en el diario ABC, había ido a ver a Franco al Pardo en varias ocasiones por aquellas fechas. No sabemos, claro, si Franco recordaría los informes del SIPM. En cualquier caso para nuestra argumentación la nota que nos sirve de apoyo para este post es suficientemente explicativa.

Los lectores se preguntarán. ¿Y qué hizo Franco? Pues lo normal. Le concedió otro puesto mucho más importante que el que tenía y parecido al que deseaba. Eso sí, para su desempeño no se necesitaban conocimientos de economía. Bastaba una fidelidad a toda prueba. Ya cuando estaba en ese puesto el hijo de una persona que le conoció me ha contado que  solía explicar que Franco le estaba agradecido porque había contribuído a evitar que algunos malvados secuestraran a Doña Carmen Polo. Así explicaba la protección de que disfrutaba. Franco le reiteró años después, no muchos, su confianza y le concedió un puesto similar en otro lugar.

Lo que dicho caballero hizo el 16 de julio (dejar fuera de combate al general Balmes siguiendo instrucciones de Franco) representa dos cosas: la fecha en la que el comandante general de Canarias cruzó el Rubicón (tres días después de la muerte violenta de Calvo Sotelo pero la eliminación de Balmes obviamente la había planeado antes) y la culminación de una operación encubierta en la que ningún historiador franquista ha querido meter la nariz. La sublevación militar empezó, pues, el 16 de julio y la inició Franco. Un mérito sin duda el de adelantarse a Mola y a los conspiradores del Ejército de Marruecos pero que caía dentro de la categoría de asesinato, mondo y lirondo, en los términos del Código Penal entonces vigente.

Espero que los historiadores franquistas, con estos pequeños datos adicionales, no tengan dificultad en identificar el nombre de aquel caballero y que salgan briosos a la palestra a defender el dudoso honor de Franco.

 

Mussolini antes del 18 de julio

24 enero, 2014 at 10:10 am

La investigación y el descubrimiento de nuevas fuentes son tarea que no termina nunca. Hace unos meses planteé un desafío, en El País, a los historiadores españoles y extranjeros para que desmintieran, si podían, una tesis novedosa.

Los monárquicos alfonsinos, ligados a Renovación Española y al “proto-mártir” Don José Calvo Sotelo, fueron quienes más y mejor se las apañaron, merced a las cuantiosas ayudas económicas de Juan March, para pertrechar a quienes iban a sublevarse el 18 de Julio con material de guerra moderno de origen italiano. Esto cambia la interpretación sobre los orígenes inmediatos de la guerra civil. Es un golpe rudo a las interpretaciones franquistas y parafranquistas. Pero siempre es posible mejorar.

Como colofón del artículo con el que comencé este blog hoy me complazco en anunciar el descubrimiento de uno de mis alumnos, David Jorge, en una tesis doctoral, ya terminada, y que dentro de pocos meses se leerá en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense.

David tenía como tema de investigación la guerra civil y la Sociedad de Naciones. Uno de los huecos en la historiografía apenas colmado por algunos tratamientos de paso de varios historiadores. Esto no es una crítica. Escribían sobre temas más amplios y su recurso a las fuentes fue limitado.

David ha conjugado fuentes primarias republicanas, franquistas y de la propia Sociedad de Naciones (amén de otras muchas). Los más ricos son estos últimos fondos, conservados en el archivo de Naciones Unidas en Ginebra. La tesis derrumba varios mitos, impugna ciertas interpretaciones (también de quien esto escribe, ¡faltaría más!) y amplía los límites del conocimiento científico. En una palabra, cumple su función genuina.

Al leer el borrador me sorprendió una afirmación. Antes del 18 de julio aviones de combate italianos habían despegado de aeródromos del norte de Italia en dirección a otros del sur para saltar de aquí hacia España.

Me quedé helado. Esto significaría, ni más ni menos, que Mussolini apenas si habría tardado tiempo en dar órdenes para que se ejecutara el primero de los contratos suscritos con  Pedro Sainz Rodríguez el 1º de julio en Roma.  En realidad, no es para sorprenderse. Preveía el suministro de doce aviones de bombardeo Savoia Marchetti 81 antes de finales del mismo mes de julio.

David me explicó porqué había hecho tal afirmación. En los fondos de la Sociedad de Naciones había encontrado una comunicación del Gobierno republicano que transmitió aquella noticia oficialmente al Secretariado.  “The Manchester Guardian” del 16 de marzo de 1937 también la había mencionado.  Es posible que procediera de los miles de noticias que corrieron por España y por el mundo tras el desastre italiano en Guadalajara.

Por supuesto, el Secretariado de la Sociedad no hizo el menor caso al Gobierno español. La información no se aireó lo suficiente y pasó al olvido, a pesar de que Luigi Longo (comisario de las Brigadas Internacionales) y un autor poco conocido como Nicolas Dzépély la mencionaran. Probablemente se consideró propaganda y ya se sabe que en la guerra la primera víctima es la verdad.

Solo que en esta ocasión probablemente no fue tal el caso. Conociendo la existencia, hasta ahora ocultada contra viento y marea, de los contratos del 1º de julio, ¿por qué no actuaría Mussolini de forma absolutamente congruente con sus compromisos con los monárquicos españoles?

Es obvio que los aviones contratados no podrían ir a España de un tirón desde el campo de vuelo de la Società Idrovolanti Alta Italia. Sí podían situarse lo más cerca de ella y Cerdeña o Sicilia eran buenos lugares de partida. Todo esto significa que debió de haber comunicaciones entre quienes iban a sublevarse y los italianos de los que, hasta ahora, no se han encontrado rastros. Quizá pasaran por Goded, comandante militar de las Baleares. Las islas eran un objetivo para los italianos y para el financiador de la operación, Juan March. No en vano se habían contratado varios hidroaviones que difícilmente operarían sobre los vastos campos de Castilla la Vieja.

La presunción de que Mussolini no perdió el tiempo sirve para robustecer el carácter imperialista de los motivos que le incitaron a meter la nariz en los asuntos de España. Se adelantó por lo menos casi un mes a Hitler y todo ello antes de que explotara la conspiración que venía preparándose desde las elecciones de febrero.

Y, a partir de aquí, el análisis debe hacerse más incisivo. ¿Quiénes internacionalizaron la sublevación? No los republicanos, no los socialistas, no los anarquistas, no los comunistas. Tampoco los mitificados falangistas de José Antonio Primo de Rivera. Lo hicieron quienes no dudaban en desatar, si era necesario, toda una guerra. ¿Y quiénes fueron? Calvo Sotelo y sus monárquicos, civiles y militares. Contra los historiadores  y propagandistas de medio pelo que siguen, erre que erre, oscureciendo el pasado hay que reescribir la historia.

Contactos interesantes en las catacumbas del franquismo

21 enero, 2014 at 10:12 am

Me cuenta un amable lector, a quien mucho agradezco la noticia, que está estudiando afanosamente las gestiones carlistas para conseguir armamento en el extranjero de cara a la sublevación militar de julio de 1936. No puedo sino felicitarle y le deseo de todo corazón que rellene un hueco sensible en la literatura. Todo hace pensar que el “Glorioso Movimiento Nacional”, como se le denominó durante decenios, fue menos “nacional” de lo que se ha pensado y sigue diciendo la historiografía parafranquista. El apaño de material de guerra italiano moderno en grandes cantidades, gracias a los contratos de suministros firmados el 1º de julio de 1936 por Pedro Sainz Rodríguez, ha rasgado la cortina de humo con que se envolvieron las conexiones internacionales de  los preparativos de la sublevación y, eventualmente, de una guerra civil pura y dura.

En mi último libro identifiqué, gracias a la benevolencia de un historiador de Durango, Jon Irazábal Aguirre, un documento que hace pensar que los carlistas también trataron de obtener armamento del Tercer Reich. En puridad, no es de extrañar porque ya el general Sanjurjo y el coronel Beigbeder visitaron Berlín, no precisamente para darse un garbeo, en marzo de aquel año. Nunca se ha encontrado, sin embargo, el menor rastro de que los nazis les hicieran caso. Y un envío de 300 ametralladoras, que negociaron los carlistas, no llegó a España antes de la sublevación. En cualquier caso, se trataba de un aporte minúsculo.

El 24 de julio el comandante Antonio Barroso, agregado militar en París y que ya había hecho causa común con los sublevados, visitó a un norteamericano rico, William Taylor Middleton, en su casa de la isla de Saint Louis, y le pidió que fuese a Berlín urgentemente a hablar con Joachim von Ribbentrop para recabar “la ayuda prometida”. Son palabras mayores. ¿Quién habría llegado a von Ribbentrop, consejero aúlico de Hitler en ciertos temas de relaciones exteriores y que jugaba a ser personaje imprescindible en el Tercer Reich? Poco después Hitler le nombró embajador en Londres, una elección desafortunada.

Middleton era un personaje de carácter un tanto turbio pero bien conectado en París. Estaba casado con una divorciada francesa que coqueteaba con la extrema derecha. En la guerra civil hizo alguna que otra gestión a favor de los sublevados y al terminar regaló a los carlistas varias banderas suyas del XIX. Recibió unas cuantas condecoraciones españolas de importancia menor.

Ahora, preparando un nuevo libro, me he encontrado con un despacho de la embajada británica en Lisboa. Está fechado el 30 de octubre de 1940. En él se dan cuenta de nuevas gestiones de Middleton en relación con un crédito que la dictadura estaba negociando muy en secreto con el Crédit Suisse. Que sepamos, no llegó a nada. Middleton probablemente intervino como mediador (algo que hizo con otras operaciones en la guerra civil) porque contó a los británicos que llevaba un mensaje de Pedro Gamero del Castillo a través de un periodista, Juan José Pradera. Gamero era entonces vicesecretario general del Movimiento y hombre muy próximo a Serrano Suñer, recién nombrado ministro de Asuntos Exteriores.

Middleton ofreció información,  completamente desenfocada,  de la mitificada reunión de Hendaya. Se la había chismorreado el periodista, hijo de Víctor Pradera. Fue consejero nacional del Movimiento por designación directa de Franco, amigo de Serrano y director más que discutido del diario YA (Franco le acogió, cuando le echaron, en las apretadas filas de los embajadores políticos sin espina dorsal).

El despacho no explicó las razones por las cuales Pradera había contado a Middleton ciertas interioridades de la política española. El hecho es que Pradera le reveló la intención falangista de expandir su imperio por la Administración, hacerse con las carteras de Hacienda y Obras Públicas (en manos de dos técnicos conservadores, José Larraz y Alfonso Peña Boeuf) y recuperar  Agricultura (donde había estado Raimundo Fernández Cuesta). De ser cierto, traduciría la ambición falangista de someter a sus absurdos postulados toda la economía española  ya que el coordinador sería el nuevo ministro de Industria y Comercio Demetrio Carceller, entonces un falangista connotado. Los planes de expansión eran, por lo demás, un secreto a voces, porque también se había hecho eco de ellos la embajada italiana en Madrid.

No es que, bajo el mando del inmarcesible Caudillo, la economía estuviera en buenas manos pero siempre hubieran podido ocurrir cosas peores, algo que se atisba en las memorias que dejó Larraz.

Lo que es interesante de este episodio es, obviamente, que Middleton siguió brujuleando entre carlistas y falangistas, en aguas muy movidas en la época, y que había hecho méritos suficientes durante la guerra civil como para que unos y otros le hicieran confidencias.  Naturalmente, lo que Middleton chismorreó sobre la reunión de Hendaya no debió contribuir a aumentar su prestigio ante los británicos, quienes ya contaban con información bastante aproximada sobre lo que había pasado y lo que no había pasado. El resultado es que redoblaron sus esfuerzos en una vía que no iba a gustar nada a Franco y a Serrano Suñer. Pero eso es otra historia.

Lamentablemente no sé si Middleton llegó a escribir sus memorias.

 

Hay que releer el 18 de Julio

15 enero, 2014 at 11:35 am

Angel Viñas*

En la fiesta exultante de la dictadura franquista se celebraba la renovación de España y su salvación de los horrores de la revolución. Fue el símbolo del esfuerzo por superar los males de una República supuestamente dogmática, excluyente, dominada por la izquierda y proclive a las salvajadas que no quiso contener el Frente Popular. Terminó con el vil asesinato (en su momento se afirmó que con la connivencia del Gobierno) de José Calvo Sotelo, jefe de Renovación Española y líder del Bloque Nacional. El protomártir.

De todo ello apenas si ha quedado algo. Se ha analizado la interacción entre los círculos civiles de la conspiración (¿no dijeron los historiadores franquistas que se trató de un “movimiento cívico-militar, cosa que ahora ya parece que olvidan algunos?) y el encrespamiento dialéctico de la situación política. Se han escudriñado el número y significado de las víctimas de la violencia. Se han buscado vanamente los preparativos para una revolución de las izquierdas. Se ha contrapuesto la retórica de las derechas (destinada a justificar una sublevación que empezó a prepararse tras las elecciones de febrero de 1936) y el comportamiento real de las fuerzas políticas y sociales representadas en el Gobierno. El de Largo Caballero ha sido objeto de una biografía magistral del lamentado Julio Aróstegui. Finalmente, se han descubierto los contratos que para el suministro de material de guerra moderno firmó con los italianos uno de los allegados a Calvo Sotelo, Pedro Sainz Rodríguez, el 1º de julio de 1936. Pero ya se han levantado voces que, naturalmente, reducen su significación.

Esta es clara según los inefables criterios que el diario ABC expuso el 11 de enero de 1936 en un editorial. Lo tituló Alta traición y suponemos que representaba la opinión de su propietario, el marqués de Luca de Tena, mezclado hasta el tuétano en la posterior conspiración. Alta traición implicaba contribuir a que la Patria cayera en manos extranjeras, aliarse con Poderes foráneos, aceptar dinero y jefes de allende las fronteras. En resumen, “hacer pachas” con ¡Moscú!.

En “prueba” se acudió a la mejor propaganda nazi, orquestada por el maestro Goebbels, y se ampararon planes conspirativos “soviéticos” como los que desmontó Southworth. O escribieron otros adicionales para dárselos a los británicos mientras Calvo Sotelo  tronaba en las Cortes contra la “anarquía”.

Los autores franquistas y neoconservadores (cuando no neofranquistas) nunca repararon en que, gracias al dinero girado en marzo de 1936 a los conspiradores monárquicos por Juan March desde el extranjero, podían dar comienzo las negociaciones con los fascistas. O que Sainz Rodríguez ya se rodeaba de asesores militares. O que en el núcleo de la conspiración en Madrid figuraba un frecuente viajero a Roma, el general Alfredo Kindelán, experto en temas de aviación, que era el tipo de material que necesitaba Mola. Por desgracia se le olvidó citar el material italiano en sus famosas instrucciones. Omisión “probatoria” de su insignificancia aunque al redactar las últimas todavía no habían concluído las negociaciones en Roma y temía que alguna hubiese caído en manos del Gobierno.

Mientras tanto, tampoco otros monárquicos se habían parado en rositas. Nadie menos que Sanjurjo visitó Berlín en marzo de 1936. No para tomar el té de las cinco en el Hotel Adlon. El viaje, coincidente con la remilitarización de Renania, nunca pareció que diera muchos resultados. Hasta ahora.

Gracias a unos documentos que me ha proporcionado amablemente el historiador durangués Jon Irazabal Agirre sabemos que el 24 de julio de 1936 un millonario norteamericano hasta hoy desconocido, William Taylor Middleton, recibió la visita en su casa parisina, en el Quai d´Orléans, detrás de Notre Dame, del comandante Antonio Barroso. Este agregado militar acababa de pasarse a los sublevados y denunciado a la prensa derechista francesa la petición de armas hecha el 19 por el presidente Giral. Barroso pidió a Middleton que, dada la labilidad de la situación militar, convenía que se dirigiera inmediatamente a Alemania para hablar con Joachim von Ribbentrop, entonces consejero aúlico de asuntos exteriores de Hitler, y le recordase el envío de la “ayuda prometida”.

Middleton era un personaje poco recomendable. Tenía, sin embargo, una cualidad inestimable. El y la madre de Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes hitlerianas, compartían un antepasado común, signatario de la declaración de Independencia de Estados Unidos. Cabe pensar  que en alguno de sus viajes a Berlín, Middleton, casado con una dama francesa aun más reaccionaria que él, pudo a través de su lejana pariente conocer a von Ribbentrop.

Está por determinar a quién se prometió la ayuda nazi. Mola no pudo ignorar el viaje de Sanjurjo, de la misma forma que tampoco pudo desconocer –dados sus frecuentes contactos con Juan March en Biarritz y los que mantenía con el círculo en torno a Kindelán- la negociación con los italianos, lubricada por el dinero del banquero.

En ambos casos, con mayor fortuna (Italia) y con ninguna  (Alemania), es obvio que los conspiradores militares y civiles apuntaban hacia las potencias fascistas. Ocurrió, sin embargo, lo inesperado: Sanjurjo pereció en accidente y Franco, desde Tetuán, echó mano de un avión postal alemán, envió una minimisión a Berlín y esta, por los vericuetos del partido nazi, llegó a Hitler en cuestión de 24 horas. Al día siguiente de la visita de Barroso a Middleton, el Führer decidió ayudar a Franco. Cuando Mola envió otros mensajeros a Berlín la suerte ya estaba echada.

Los contactos con fascistas y nazis permiten plantear quiénes eran los enemigos de la República y quiénes internacionalizaron los acontecimientos que iban a producirse. Permiten reinterpretar las aportaciones monárquicas a la preparación de la sublevación. Permiten presentar los alegatos sobre los presuntos designios bolcheviques como un mero ejercicio de proyección y, no en último término, permiten iluminar al protomártir como una suerte de conde Don Julián de la España del siglo XX. No en la acepción de Goytisolo.

Ello no obstante, personalmente me encantaría que o bien Stanley G. Payne, historiador tan querido de nuestras derechas, o alguno de sus seguidores aportasen evidencia primaria relevante de época que echase por la borda lo que lleva a una relectura radical del 18 de Julio.

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* Uno de los coautores de Los mitos del 18 de julio, coordinado por Francisco Sánchez Pérez, Crítica, y autor de Las armas y el oro, de publicación en septiembre por Pasado&Presente.

(Publicado en EL CONFIDENCIAL, 18 de julio de 2013: www.elconfidencial.es)

Bienvenida

20 diciembre, 2013 at 10:24 am

Pertenezco a una generación a la que el uso de los medios de comunicación digitales no se le da demasiado bien. Si ahora inicio este blog, para mi una aventura, es porque me he dado cuenta de la importancia de estar presente en ellos y Editorial Crítica también me ha impulsado.

A lo largo de toda mi carrera como historiador, que empezó allá por 1970, siempre he considerado que sin documentos no se escribe historia. Toda mi producción está basada en lo que llamo evidencia primaria relevante de época (EPRE). Cuando, en torno al año 2000, pude recomenzar a escribir  lo primero que hice fue volver a los archivos. Evidentemente no todo el pasado se refleja en documentos. La EPRE es un concepto elástico que depende de los objetivos de la investigación. Puede ser periódicos, fotografías y una variada panoplia de artefactos culturales.

He estado siempre interesado en desentrañar el porqué de los hechos y cómo ocurrieron. Hay que aproximarse con humildad, en el contexto apropiado e investigar sus dimensiones no banales. Son estas las que alumbran los procesos de decisión, en circunstancias dadas sí, pero con un cierto margen de maniobra de los agentes históricos. Teóricamente, la aspiración estriba en escribir una historia lo más total posible.

He partido de tres premisas que hago explícitas:

– La historia es, en gran medida, una construcción cultural. Es aquello que genera un amplio consenso entre los historiadores tras largos procesos de contrastación (de referencia a los datos) y de crítica intersubjetiva.

– No hay, en realidad, historia definitiva. Los historiadores somos productos de nuestra época. Nuestros paradigmas interpretativos están sometidos al cambio histórico.

– Ello no obstante, puede y debe avanzarse en historia. Para el período que a mí me interesa, que es la contemporaneidad española (República, guerra civil, dictadura franquista y transición) el progreso posible es la resultante de dos vectores: el descubrimiento o reinterpretación de EPRE y la aplicación de los paradigmas más adecuados para tratarla.

En este blog lo que me propongo (y quienes lo lean ya me dirán si acierto o no) es identificar algunos de los mitos que gravitan sobre esa contemporaneidad y, de vez en cuando, plantear sugerencias que se me ocurren tras la lectura de libros que creo interesantes.

Trataré de escribir posts con frecuencia (dos veces por semana, al principio). Señalo que en un primer momento me concentraré en aquellos mitos que he podido derrumbar con mi manejo de la EPRE. Hay, evidentemente, muchos otros que han abordado otros colegas. Siempre reconoceré mi deuda con ellos. Nadie trabaja aislado (aunque como llevo más de 25 años fuera de España, en mi caso la soledad es un tanto acentuada). Estaré abierto al diálogo con los lectores. He aprendido mucho de mis colegas y de mis alumnos. No veo por qué no podría aprender de ellos. Lo que ruego es que tengan en cuenta que, desde mi jubilación, lo único que hago como actividad intelectual es pensar en Historia.  A la larga, da resultados.