Va de espías

25 marzo, 2014 at 5:24 pm

Desde hace algún tiempo vengo estudiando el zigzagueante rumbo de la política de neutralidad (benevolente hacia el Eje), no beligerancia (copiando el ejemplo italiano como paso previo a la entrada en guerra) y vuelta a la neutralidad (ante los aliados occidentales en un principio) que la dictadura franquista siguió durante la segunda guerra mundial. Ni que decir tiene que el núcleo de mi interés es la segunda fase y, en particular, las mentirijillas que esparcen los historiadores parafranquistas. A veces sin la menor vergüenza.

Ahora leo en EL PAIS encendidos elogios a la política del teniente general Gómez-Jordana, conde de Jordana, como sucesor del siempre alabado Ramón Serrano Suñer al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Le tocó, naturalmente, lidiar con otra situación desde su nombramiento en septiembre de 1942. Con los aliados sólidamente asentados en Marruecos y Argelia los sueños imperiales de Franco y de Serrano se habían ido al garete. Pero el desenganche debió de ser doloroso. Siempre subsistieron  viejas querencias. Quizá no tantas en Exteriores. Sí en los ministerios militares (no había ya de Defensa).

El régimen siguió apoyando al Eje (y luego al Tercer Reich) en todo lo que pudo. Una de las vías a través de las cuales lo hizo fue pasando a los alemanes informaciones que llegaban de Londres. A decir verdad, este juego más que sucio ya se había iniciado en los tiempos sombríos de los masivos bombardeos alemanes (lo que los ingleses llaman el Blitz). La embajada recibió instrucciones de comunicar los efectos vistos desde el propio terreno. Tales datos eran de una importancia difícil de exagerar ya que permitían a la Luftwaffe hacerse una idea de los destrozos ocasionados.

Los británicos se aguantaron. No había que empujar a Franco hacia el Eje. Pero pusieron cerco a los diplomáticos franquistas y terminaron descifrando sus claves. No tardaron demasiado en leer de corrido los telegramas del duque de Alba, embajador de Franco y anglófilo notorio. De cara a los preparativos del desembarco en Normandía las autoridades prohibieron a la embajada usar radiotelegramas no pudieron evitar que algunos de los informes que enviaba por valija acabaran en Madrid en manos alemanas. Los Ministerios militares eran, en efecto, un coladero ante los antiguos Kameraden. No nos interesan aquí las contramedidas británicas.

Lo que nos interesa es destacar que, tras el desembarco, se levantó la prohibición. Los británicos se dieron cuenta de que el espionaje militar alemán en Madrid había remitido a Berlín un informe sobre la OPERACIÓN BALLESTA (CROSSBOW). Se trataba de una acción supersecreta, y de importancia absolutamente primordial, destinada a bombardear los sitios en que se desarrollaba el programa alemán de armas de largo alcance (entre ellas las V1 y luego las V2). En Londres se hicieron las correspondientes comprobaciones y su resultado se transmitió al general norteamericano Bedell Smith, responsable de la operación. Se averiguó que el informe no procedía de Inglaterra (aunque el duque de Alba en alguna ocasión había telegrafiado sobre el programa, sin poder dar detalles peligrosos para los aliados). Lo transmitido a Berlín se lo habían medio inventado los agentes alemanes en Madrid.

BALLESTA, pues, siguió estando segura pero los británicos destacaron que la embajada había vuelto a las malas costumbres. Incidentalmente, solo los telegramas del agregado militar seguían siendo indescifrables para los servicios de contraespionaje. Fue entonces, a finales de junio de 1944, cuando el secretario particular del titular del Foreign Office, Peter Loxley,  quien era el encargado por Eden de mantener el enlace con los servicios secretos, puso sobre el papel que en Madrid los telegramas de Alba se enviaban no solo a los alemanes sino también a los japoneses.

¡Caramba con la tan cacareada neutralidad franquista! El lector reconocerá que el tema es sugestivo y que los británicos, que combatían por su supervivencia, hicieron muy bien en mantener a raya, en todo cuanto pudieron, los ímpetus intervencionistas de los ministros de Franco. Y ello a pesar de que para entonces la guerra ya la tenían perdida los nazis y en el Pacífico las cosas tampoco pintaban demasiado bien para Japón. En Defensa, con la idea de no entorpecer las relaciones exteriores de España, a lo mejor el ministro no se ha enterado –historiográficamente hablando.

Operación impensable (también impensable en España)

21 marzo, 2014 at 12:30 pm

Recientemente se ha puesto a la venta en el Reino Unido el libro de un historiador militar, Jonathan Walker, con el título que abre este post (OPERATION UNTHINKABLE). Es una revelación en toda regla.

Winston Churchill y Iósif StalinEn los meses de abril y mayo de 1945, cuando la segunda guerra mundial en Europa estaba acercándose a sus últimos coletazos, un grupo reducidísimo de oficiales de Estado Mayor, cuidadosamente seleccionados, empezó a estudiar planes para lanzar una ofensiva contra la Unión Soviética. Lo que hubiera podido ser el comienzo de la tercera guerra mundial. ¿Por qué?

La razón principal estaba relacionada con la creciente inquietud de Churchill ante la escasa probabilidad de que Stalin renunciara a engullirse Polonia. El primer ministro, entonces en la cumbre de su gloria, no podía olvidar que la invasión alemana había sido el chispazo que había detonado la guerra que en aquellos momentos de 1945 estaba a punto de acabar en Europa. Además, los aliados occidentales habían apoyado al Gobierno polaco en el exilio, radicado en Londres, y las tropas polacas les habían prestado servicios muy relevantes en todos los frentes de lucha, abiertos y no abiertos.

En aquella primavera, sin embargo, parecían evidentes los signos de que Stalin proseguía una línea destinada a promover un gobierno polaco alternativo bajo influencia comunista y a no retirarse de los territorios polacos que iba liberando del yugo alemán el Ejército Rojo.

El detalle de las maniobras políticas, militares y diplomáticas entre los soviéticos y los aliados occidentales constituyen el terreno en el cual floreció la idea de IMPENSABLE.

Los militares pusieron rápidamente manos a la obra y en unos pocos meses tenían sobre la mesa un primer borrador, si bien con grandes lagunas, de las actuaciones bélicas que el Reino Unido podría desencadenar a partir de julio de 1945. Gran parte del libro de Walker se dedica a describir en minucioso detalle los supuestos militares de la planificación, sus incógnitas, sus suposiciones, sus temores. Menor atención se prestaron a los presupuestos ambientales.

Entiendo por ellos la escasa posibilidad de la imprescindible  contribución norteamericana sobre todo cuando, aun contando con ella, la planificación no cubrió sino los primeros meses de eventuales hostilidades. ¿Y después?. El Reino Unido no hubiera podido lanzarse por si solo a una verosímil tercera guerra mundial. O la dificultad de abrir un conflicto contra un aliado al que la propaganda aliada occidental había puesto por las nubes en el combate común contra el fascismo. O el agotamiento de los combatientes y el deseo norteamericano de proceder a la desmovilización lo más pronto posible. O las exigencias que para Washington se derivaban de la continuada guerra en el Pacífico y el temor que despertaba la invasión del Japón. O la ignorancia en que Churchill se encontraba respecto al progreso del proyecto MANHATTAN, es decir, el desarrollo de una bomba atómica que emplear contra los japoneses. Walker, evidentemente, los analiza con detalle.

También ocurrieron incidentes de suma importancia como el imprevisto fallecimiento de Roosevelt, buen amigo de Churchill, y su sustitución por Truman, a quien el primer ministro no había tratado.  O la conveniencia de convocar elecciones para adelantarse al partido laborista que había anunciado que rescindiría su colaboración a partir del mes de octubre de 1945 con el gobierno de guerra que había dirigido el esfuerzo bélico británico. Tras la inesperada y rotunda derrota de los conservadores en julio, IMPENSABLE terminó quedando sepultada bajo el más espeso de los secretos.

Curiosamente, fueron los norteamericanos quienes, con un retraso de  seis u ocho meses, enarbolaron abiertamente la bandera del anticomunismo. Stalin había engullido Polonia y empezado la construcción de un glacis imperial en torno a la Unión Soviética.

En su famoso discurso de Fulton (Missouri) en marzo de 1946 Churchill habló entonces del “telón de acero” que se abatía sobre Europa. Esta expresión, que hizo fortuna rápidamente, la había ya utilizado en una comunicación con Truman el 12 de mayo de 1945, al mes de que este tomara posesión, cuando trató de sensibilizarle, vanamente, del peligro soviético.

El conocimiento de esta planificación militar, aunque poco desarrollada, hubiera sido explosivo en los años de la guerra fría e incluso en los de la inmediata post-guerra fría. Hoy el secreto se ha levantado y las discusiones que este episodio suscite tendrán, esencialmente, interés para los historiadores.

Caso de echar mi cuarto a espadas en el debate, lo que me sorprende es que una planificación militar tan preñada de consecuencias inconcebibles no se viera acompañada del correspondiente marco político e internacional. No se explica ni siquiera por las prisas. Los británicos pusieron en marcha tres años antes una planificación respecto a España, que estoy estudiando ahora, y desde el primer momento le adicionaron grandes dosis de supuestos políticos y ambientales.

Lo que me importa, sin embargo, destacar es que afrontar el pasado, oscuro o brillante, en el caso español es, a lo que parece, impensable (con minúsculas, porque no nos referimos a la operación del mismo nombre). El Gobierno del PP está agarrotado por el miedo y ni siquiera se atreve a permitir a los historiadores que estudien la construcción de fortificaciones pirenaicas durante los años de la segunda guerra mundial. Sin duda, por temor a que los malvados franceses puedan aprender cosas que pongan en peligro la seguridad del Estado.

Es bastante improbable que en los archivos hoy cerrados puedan encontrarse “secretos” de tal importancia histórica como los que van saliendo a la luz en el caso británico. A cada cual, pues, el honor que le corresponde.

Materia secreta: el espionaje británico en la guerra civil

20 marzo, 2014 at 9:31 am

Acabo de publicar en el blog de Historia de EL PAIS, 20 de marzo de 2014, el artículo cuyo vínculo se reproduce abajo.

http://blogs.elpais.com/historias/2014/03/espionajebritanicoguerracivil.html

El general Orgaz, un pinta poliédrico

18 marzo, 2014 at 8:23 am

Para cualquier historiador digno de este nombre hubiera debido ser evidente que la actuación de un alto comisario de España en Marruecos en los años críticos de la segunda guerra mundial merecería, por lo menos, algún comentario. Salvo la línea en que se menciona tal nombramiento, el profesor Martín Brocos Fernández no dice una palabra. El silencio es total y absoluto. A lo mejor no ha encontrado datos en el extracto de la hoja de servicios.

Sin embargo, de haber seguido las pistas proporcionadas por Richard Wigg se habría llevado alguna sorpresa. Quien esto escribe lo ha hecho. No cuesta demasiado trabajo y, lo que es más, puede incluso pedirse por internet. De haber obrado profesionalmente nuestro “experto” biógrafo habría quizá percibido que el 16 de junio de 1944 el cónsul general británico en Tánger envió al Foreign Office una apreciación sobre Orgaz en el Report on the Leading Personalities in the Tangier Zone of Morocco. Se había hecho cargo de su puesto en mayo de 1941 dotado de poderes más amplios que los de sus predecesores. Es cierto. Se trataba, afirmó el cónsul,  de un hombre en el que se combinaban la vanidad, la falta de cultura y una cierta timidez y provocaba explosiones que asustaban tanto a civiles como a los militares. Había llegado, continuó, con una actitud imparcial pero desde 1943 se había hecho furiosamente anti-aliado. En política interior se le consideraba a favor de una Monarquía (cierto), pero solo cuando lo decidiera Franco. Pasaba por anti-falangista (cierto), pero esencialmente porque no toleraba otra autoridad que no fuese la suya. Añadió un poco en broma (algo insólito) que Orgaz rezaba todos los días para que los aliados no ganasen la guerra y que él, cónsul general, lo hacía para que se marchara lo antes posible de Tetuán.

Naturalmente estas son impresiones de un diplomático extranjero pero en el mismo informe Orgaz aparece bajo otra luz complementaria en la valoración del famoso arabista capitán Tomás García Figueras, hombre acomodaticio que transfirió su lealtad de Beigbeder a Serrano y luego a Orgaz con quien se enemistó. Orgaz  no lo mantuvo como secretario general de la Alta Comisaría. En cambio, en noviembre de 1942 lo nombró delegado de Economía, Industria y Comercio. ¡Un chollo!  Se rumoreaba que en este puesto había amasado una fortuna considerable y que tenía asociado a Orgaz en sus lucrativas transacciones. Cierto o no, es difícil que en el Protectorado no continuaran las pautas establecidas de corrupción en la Administración colonial, que tenían tras de sí varios decenios de experimentación. Ya las abordaron Barea y Cordón, que conocían el percal. Los comerciantes del Protectorado odiaban a García Figueras.

Aparece así un nuevo vector. Money. ¿Habría sido Orgaz alguien a quien el vil metal le indujese a actos tan deplorables? El profesor Martín Brocos Fernández no ha explorado esta veta. Una pena. De haber seguido a Moradiellos hubiera podido aprender que Orgaz fue uno de los generales previsiblemente “tocados” por Juan March para evitar que Franco basculara hacia el Eje en la segunda guerra mundial.

Ciertamente, no criticaremos a nuestro autor por ignorar lo que se ha sabido después de que él escribiera su reseña “biográfíca”. Junto con Nicolás Franco, Orgaz fue uno de los generales, con Aranda, que más dinero recibió por conducto del banquero mallorquín. Hoy puedo asegurar que los británicos le tenían en tal estima que esa conexión se ocultó por todos los medios posibles. De aquí que nuestro autor pueda, si se molesta un pelín, encontrar numerosos documentos en los que a Orgaz se le tacha de pro-alemán a machamartillo pero muy pocos en que se le identifica como receptor de dádivas. Debió de ser capaz de mostrar varias caras a la vez. Un pinta poliédrico.

Dos observaciones adicionales. Hay que agradecer al profesor Martin Brocos Fernández que en su entrada sobre Orgaz no utilice la terminología que aparece en otras contribuciones suyas al tan mencionado, ya que no alabado, Diccionario Biográfico Español. Es una terminología que hace uso abundante de tan “científicos” conceptos como “Alzamiento”, “Movimiento Nacional”, “rojos”, “Guerra de Liberación”, “dominación roja”, etc. que el lector, atónito, puede encontrar en la reseña que también redactó sobre el coronel Bartolomé Barba Hernández, otro pájaro de mucha cuenta. Son muestra de por dónde se inclinan las simpatías de nuestro no esclarecido autor.

La segunda observación es que tampoco le habrá dado tiempo a captar que fue precisamente el general Orgaz quien se llevó consigo, cuando dejó Las Palmas para volar a Tetuán a los pocos días de la sublevación, al (presunto) asesino del general Balmes. Por orden de Franco. Pero como el profesor Martin Brocos Fernández parece ser un asiduo aficionado a leer las hojas de servicio de los militares franquistas estoy seguro de que no tardará en localizar la hojita correspondiente. Tal vez querrá entonces ilustrarnos al respecto.

Para mis lectores: la referencia que tomé de Wigg y que, naturalmente, he consultado en los Archivos Nacionales británicos es FO371/39806.

La academia de la historia y el general Orgaz

14 marzo, 2014 at 8:20 am

En lo que se refiere a los “héroes de la Cruzada” el Diccionario es una obra algo más que lamentable. Tanto por lo que dice como por lo que omite. También por la selección de los biógrafos a los que un comité, escasamente cualificado, ¡en la Academia de la Historia!, les confió  las correspondientes entradas. A muchos lectores de nuestros días, el nombre de Luis Orgaz no les dirá nada. Sin embargo, fue un general importante. Más significativo de lo que deja traslucir su biografía.

Sorprende el nombre del autor: José Martín Brocos Fernández. Acudiendo al buscador de Mr Google resulta ser un profesor de la Universidad San Pablo-CEU. Firma otras entradas de militares de la guerra civil lo cual podría indicar que los “expertos” de la RAH le han otorgado credibilidad. Algo sorprendente. ¿Miraron sus publicaciones? ¿Miraron Dialnet?

Al ojear sus títulos me ha llamado, en particular, la atención un trabajo que da idea de por dónde han discurrido algunas de las preocupaciones del autor:  “La decadencia escolástica y el misticismo heterodoxo del siglo XIV como antecedente de la fundamentación filosófica del modernismo decimonónico”. Quedo arrollado.

Cogido de la mano de Mr Google el contenido de otra de sus obras me ha producido un shock: “la democracia liberal partitocrática únicamente es una forma de gobierno donde el factor cuantitativo prima siempre sobre lo cualitativo, la masa sobre lo egregio, la mediocridad por encima de lo superior y excelso. Así, la absolutización global de la democracia, conduce a la deriva natural en la dictadura de la mayoría, y a la eliminación de la libertad personal y social”. ¿Retrotrae esto, tal vez, a la necesidad de elecciones censitarias o a la bondad del Ancien Régime basado en las noblezas de la Iglesia, la espada, la toga y las fincas?  El párrafo transcrito corresponde a un artículo titulado “La deriva totalitaria de la democracia liberal”. Uno que estudió en los años sesenta las teorías del totalitarismo avanzadas por Hannah Arendt y Carl J. Friedrich, y luego ha leído algo de su ulterior destino, cuando los historiadores pudieron comparar la realidad interna de los regímenes nacionalsocialista y soviético en base a documentos de archivo, se queda hecho un lío al ver mezclados conceptos antinómicos.

La sabiduría técnica que arropa a Mr Google nos dice, además, que nuestro autor ha escrito otras muchas cosas de temáticas varias, con frecuencia publicadas en revistas que no se me ocurriría ojear, pero no he hallado –quizá por error- sesudos trabajos militares que me hagan pensar que el profesor Martín Fernández Brocos pueda considerarse gran conocedor de la guerra civil.  A no ser que sus induadablemente multifacéticos saberes los guarde para sí. En la ignorancia, en este post me limitaré a juzgarle por su apunte biográfico.

Metodológicamente hablando, dicho biógrafo confirma un fenómeno muy querido de algunos de los autores que participan en el Diccionario Biográfico de nuestra tan querida Academia. Estriba en glosar, más o menos detalladamente, los extractos de las hojas de servicios. Una tarea, no precisamente ímproba, que cualquier estudiante de tercero de grado estaría encantado de hacer por 25 euros.  Martín Fernández Brocos suministra un microextracto y la  relación de las muchas, por no decir muchísimas, condecoraciones del general Orgaz. Todo ello seguido de una bibliografía que, en general, no viene al cuento.

El segundo rasgo de su metodología es la omisión, incluso aunque sea con unas cuantas palabras. No cita a Pedro Sainz Rodríguez quien ofreció hace más de treinta años algún detalle de la actividad conspiratoria de Orgaz en Madrid d. No  explica porqué el Gobierno lo envió en abril de 1936 a Las Palmas a que “estudiara” el artillado (sic) de Canarias (Orgaz era de Infantería), como si nadie lo hubiese hecho anteriormente (fue una especie de destierro para alejarlo). No menciona sus contactos con alemanes para conseguir, ¡oh, patriota!, un avión que pudiera transportar a Franco a Tetuán si fallaba el Dragon Rapide  (se conoce desde 1974). Sobre todo, no pierde una palabra acerca de sus duras disensiones con Franco en la segunda guerra mundial. Esto es bastante más serio porque varios historiadores militares, entre ellos Gabriel Cardona, o no  ya las han analizado. Quizá nuestro autor pretenda abonar la leyenda de que el Ejército estuvo detrás, como un solo hombre, del invicto Caudillo en los momentos procelosos en los que se jugó la entrada de España en guerra al lado del Eje y luego la (remota) posibilidad de restauración monárquica.

El profesor Martin Fernández Brocos también tiene escasa curiosidad en leer obras de historia. Hubiera, por ejemplo, podido aprender algo ojeando el libro de Richard Wigg, Churchill y Franco, publicado por Debate en 2005 O la biografía del dictador, de Paul Preston. O, en el caso de que no le gusten los historiadores foráneos (no aparece ninguno en su bibliografía), podría por lo menos haber acudido a Enrique Moradiellos, que a diferencia de nuestro autor sabe de lo que escribe.

Conviene, pues, rellenar huecos. Para el próximo post.

Una presentación de credenciales a Franco

11 marzo, 2014 at 2:47 pm

Como el Gobierno del PP en general y su ministro de Asuntos Exteriores, Don José Manuel García-Margallo, en particular se han empeñado en mantener cerrados a cal y canto los archivos diplomáticos españoles, los historiadores habremos de volver a los extranjeros para enterarnos de lo que ocultaron el general Franco y su régimen. No podremos estudiar, con su documentación, los motivos de las argumentaciones esgrimidas ni escudriñar sus desiderata. Volveremos a los tiempos de la dictadura en la que solo unos cuantos paniaguados, singularmente el jefe de la censura, Ricardo de la Cierva, se preciaba de tener acceso a algún que otro archivo (no crean los lectores que a demasiados). Aunque luego en sus escritos, siempre repetidos, se abstuviera de dejar constancia de sus fuentes, si en verdad las había consultado, ni tampoco facilitase la posibilidad de contrastación de sus afirmaciones, muchas de las cuales no han resistido el paso del tiempo.

Franco recibió credenciales de, digamos, cerca de un millar de embajadores en los casi cuarenta años de su “caudillaje”.  La mayoría, de trámite. Algunas, difíciles. Aparte de varias sostenidas con el embajador británico sir Samuel Hoare en los años de la segunda guerra mundial, destaca la presentación de las de su sucesor, sir Victor Mallet, el 27 de julio de 1945, que llegó a España procedente de otro país neutral, Suecia. Aunque no hemos examinado las razones que impulsaron al Gobierno de Londres a nombrarle para Madrid, suponemos que se pensó que la experiencia en Estocolmo le serviría para lidiar con un régimen excesivamente proclive a las derrotadas dictaduras fascistas pero que no había participado en las hostilidades.

En una ceremonia generalmente ritualizada, Franco se esforzó en dar a Mallet la mejor impresión posible. La entrevista duró tres cuartos de hora. Hablaron a través de un intérprete. El embajador, como es lógico, afirmó que el pueblo británico deseaba tener las relaciones más amistosas posibles con el español. Sin embargo, y aquí la ceremonia se salió de los canales habituales, señaló que en su visita a Londres se había dado cuenta del general sentimiento de desconfianza que existía hacia el régimen. En la mente británica a Franco se le tenía como amigo de nazis y fascistas. Sus actuaciones y discursos durante la guerra no se habían olvidado. Costaría trabajo superar el recuerdo de las esperanzas que Franco había depositado en una victoria alemana. El inmarcesible Caudillo le interrumpió, algo tampoco muy habitual,  y se lanzó a una larga disertación: la orientación pro-alemana era algo que se había exagerado notablemente. Él nunca había tenido la menor intención, incluso en 1940, de aliarse con los enemigos de Inglaterra. (Una mentira podrida). Mallet aludió a la “División Azul”. Franco respondió que había sido una “mera gota de agua”.

Franco se afanó en convencer a Mallet de que su programa educativo y de reforma social era más próximo a los ideales del partido laborista que a los de los conservadores. No aludió en lo más mínimo al resultado de las recientes elecciones que habían ganado los primeros. Significativa omisión. Afirmó, eso sí, que España no deseaba vivir aislada de sus vecinos y amigos (sic). El embajador replicó que ya estaba muy aislada y que cabía imaginar que tal vez se sintiera todavía más aislada en el futuro. Una afirmación bastante dura pero en aquel momento en Madrid, con él, solo había seis embajadores incluído el nuncio y de ellos dos estaban a punto de partir. El resto de las embajadas no estaba acreditado al nivel de embajador (informe del 8 de noviembre).

Los británicos informaron a los Gobiernos de la Commonwealth el 11 de agosto. Señalaron que Franco no había podido contener su inquietud. Martín Artajo, novísimo ministro de Asuntos Exteriores, parecía comprender mejor la situación. La declaración de Potsdam, en la que los “tres grandes” (Estados Unidos, la URSS y el Reino Unido) condenaron al régimen, incrementó el nerviosismo entre las filas franquistas. Por razones demasiado largas para explicar aquí, los británicos no estaban dispuestos a hacer mucho más. Mallet recibió instrucciones explícitas. Correspondía a los españoles decidir bajo qué tipo de régimen querían vivir. Un régimen aceptable debía, sin embargo, basarse en principios democráticos: libertad de expresión, elecciones libres, libertad de prensa y una justicia imparcial. Valía más pedir la luna.

Es obvio que el franquismo no los aceptó jamás. Los países democráticos aceptaron, hasta cierto punto, al franquismo. ¿Un éxito? La política exterior del régimen desde 1945 es la historia de un largo intento por encontrar acomodo en el mundo occidental. Ganó batallas. Nunca logró ganar la guerra. La aceptación del exterior fue siempre limitada. A las democracias occidentales nunca les gustó demasiado Franco. Sí les gustaron la situación geoestratégica española y sus posibilidades económicas y comerciales, sobre todo después de la apertura de 1959.

Explorar los recovecos, las acciones, las contra-reacciones, las limitaciones y los descalabros de una política destinada a obtener la absolución es precisamente lo que no parece que guste hoy al Gobierno del PP. Un historiador normal, al abordar la entrevista con sir Victor Mallet, buscaría el dossier que el Ministerio de Exteriores hubiese preparado, la minuta que se redactara, las consideraciones efectuadas de cara a vender a los británicos la “marca España” de entonces. Ya no es posible. Habrá que alumbrar el pasado con la documentación extranjera y con la española que, afortunadamente, ha logrado exhumarse de la oscuridad de los archivos antes de que sobre ellos cayera el manto del secreto.  ¡Cómo para sentirse orgullosos!

¡Ah!, las referencias se encuentran en los National Archives, legajo FO371/49617.

Negrín, siempre Negrín

7 marzo, 2014 at 7:59 am

En menos de tres semanas me ha tocado participar en dos actos públicos en que la figura del que fue presidente del Consejo de Ministros de la República española en guerra y en el exilio, hasta 1945, ha resurgido poderosamente.

El primero fue el acto solemne de la inauguración de la nueva sede de la Fundación Juan Negrín en Las Palmas, en la que se conservan ya sus papeles. Es el aldabonazo principal que permitirá desentrañar zonas de la gestión negrinista en la guerra y en la postguerra que todavía hoy son objeto de discusión enconada y sobre las que gravitan prejuicios, errores, mitos y malas intenciones.

El segundo acto fue la presentación en el Palacio del Congreso de una monografía sobre el Negrín parlamentario preparada por el diputado socialista europeo y exministro de Justicia, el catedrático de Derecho Constitucional Juan Fernando López-Aguilar. Este autor, además de redactar una larga semblanza humana y política del estadista canario, ha tenido la feliz idea de recopilar todas las intervenciones en Cortes realizadas por Negrín, desde su ingreso en ellas como diputado representante de la provincia de Las Palmas en 1931 hasta su dimisión en la reunión de Cortes del exilio, en México, en agosto de 1945.

En un cómodo volumen son consultables fácilmente los discursos negrinistas, situados en el contexto de los debates de las Cortes de la época. Dado que en España no se dispone por desgracia, todavía, del Diario de Sesiones en línea (llevamos ya mucho retraso en la comparación internacional), la consultabilidad de los debates en que participó Negrín no es una fruslería. Todavía recuerdo el esfuerzo que tuve que realizar, dada mi residencia en Bruselas, para acceder a ellos. No dejé de molestar a amigos, tan ocupados como quien esto escribe, a que fueran a alguna de las bibliotecas en que se encuentran a fotocopiarlos. Los británicos o los norteamericanos lo tienen mucho más fácil. Los debates parlamentarios de sus países hace tiempo que se encuentran en línea. ¡Menuda suerte!

En Las Palmas mi colega y amigo, el profesor Ricardo Miralles, recordó que, por esas ironías de la historia, después de largos años de olvido, Negrín se había convertido en la figura más biografiada de entre los líderes republicanos. En verdad, ha sido una tarea a la que han contribuido historiadores ingleses (Helen Graham, Paul Preston), norteamericanos (Gabriel Jackson) y españoles (Miralles, Moradiellos y quien esto escribe). Políticamente, Negrín ha sido rehabilitado con su readmisión, póstuma, y la de una treinta de sus compañeros, al PSOE (del que fueron expulsados en circunstancias harto oscuras tras la segunda guerra mundial).

Su recuperación historiográfica ha desmontado sistemáticamente, una tras otra, las calumnias e infamias que le montaron sus adversarios entre los vencedores y entre los vencidos. Su figura de estadista se ha agigantado. La comparación morfológica y de contenido de sus discursos con los de Franco daría para una tesina. En cualquier caso, ninguno de esos historiadores que se fían del discurso político como medio de acceder a la suprema realidad del pasado (hay varias experiencias, alguna de ellas grotescas, para los años anteriores a 1936) lo ha intentado jamás.

Figura compleja, poliédrica, difícilmente encasillable, Negrín se hizo hombre en el extranjero, donde cursó su licenciatura y doctorado de Medicina. En los años de formación personal e intelectual, esos que condicionan la actitud ante los desafíos de la vida, en lo privado y en lo político, Negrín se separó radicalmente de las experiencias hechas por casi todos los políticos e intelectuales españoles de su tiempo. Un bicho raro en una España cuyo salto hacia la modernidad fue truncado por la fuerza de las armas. Español y profundamente europeo a un tiempo, en torno a él se configuran todavía “combates de retaguardia”,  espoleados –todo hay que decirlo- más desde el extranjero que desde la historiografía española.

Semanas antes del primero de los actos a que me he referido, una prestigiosa revista británica, en un número coincidente con el XXV aniversario del final de la guerra civil, todavía contiene algún artículo en el que el autor sigue proclamando a los cuatro vientos falacias documentalmente desmontadas desde hace años. Entre ellas, la de que Stalin poco menos que trató a la República como si hubiera sido una colonia. La vieja máxima de que no hay que dejar enemigo alguno a la izquierda sigue siendo de actualidad para ciertos autores de vocación pontifical.

Frente a ello, la exploración en profundidad de los archivos de Negrín deparará, de ello estoy seguro, más de una sorpresa. Veremos cuantos historiadores extranjeros se dan un garbeo por Las Palmas.

Archivos cerrados: no entonemos un viva la santa ignorancia

4 marzo, 2014 at 8:05 am

El pasado 18 de febrero me pilló preparando un viaje a Londres. Quería explorar algunos fondos de los Archivos Nacionales británicos. En tres días, gracias a la tablet, tomé 2.300 fotografías de documentos. Los archiveros me tenían preparados 18 legajos  previamente identificados. Los cincuenta restantes los pedí sobre la marcha. Incluso me dio tiempo para presentar en la London School of Economics, en el seminario de Paul Preston, un resumen del estado de mis investigaciones sobre mi próximo libro.

En ese mismo día, en una reunión de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados se debatió, y rechazó por 23 votos, todos del PP, contra 15 una proposición no de ley sobre reapertura del acceso a archivos. Al final de este post daré los vínculos correspondientes para que los lectores que quieran ver el desarrollo de las discusiones puedan hacerlo sin dificultad.

Los investigadores españoles y extranjeros debemos estar agradecidos al Grupo de Izquierda Unida, motor de la proposición, por querer convencer al Gobierno del PP de cosas tan espantosas y temibles como las siguientes: i) que el Estado español no incumpla las recomendaciones del Consejo de Europa en materia de acceso archivos públicos (el lector supondrá que tan augusta Asamblea no es un nido de izquierdistas ni de revolucionarios impenitentes); ii) que deje sin efecto un acuerdo del Consejo de Ministros no publicado del 12 de octubre de 2010, una de las mayores patochadas en este campo del Gobierno Rodríguez Zapatero, y de fundamentos jurídicos más que endebles; iii) adoptar las medidas oportunas para permitir de nuevo el acceso a los documentos que, a tenor de dicho acuerdo, afectan a fondos de incluso hasta el siglo XVIII (período muy peligroso, ya lo vieron así Franco y sus acólitos); iv) dotar de medios a los archivos General de Administración e Histórico Nacional para reabrir en ellos la consulta; v) desclasificar los documentos de defensa que había dejado ya preparados la ministra Chacón (ignoramos su posición respecto al acuerdo que cerraba otros, incluidos los del siglo de las Luces), etc.

Todos los intervinientes, salvo por parte del PP, se mostraron acordes con la proposición no de ley. Incluso el PSOE, cuyo representante (Alex Saez) lo tenía difícil ya que el PP se escuda en el acuerdo de 2010 que él, ciertamente, no tomó. Al escuchar las respectivas intervenciones me parecieron muy notables las del Grupo Vasco (Aitor Esteban), UPyD (Irene Lozano) y CiU (Jordi Xuclà). Razonables y coincidentes todas con el hecho de que ese cierre no es compatible con la “marca España” que tanto le gusta promocionar al Gobierno y cuyas afirmaciones de que el tema está en estudio (repetidas a lo largo de un año o año y pico) son escasamente creibles. El proponente por IU (Joan Josep Nuet) hizo una buena defensa del texto sometido a discusión y planteó, lo que yo también habría hecho, el tema fundamental: ¿qué hay detrás de la cerrazón del Gobierno? Los motivos, obviamente, no pueden ser los mismos que tuviera el anterior, que por cierto nunca se han explicitado (quizá el PSOE lo haga algún día aunque me temo que dará gato por liebre pues según mis noticias fueron absolutamente grotescos).

El señor Nuet se preguntó (yo también me lo pregunto) si por azar las razones no tendrían algo que ver con las conexiones entre el anterior régimen y los regímenes fascistas o con el temor de que aparezcan nombres. Fue muy correcto. Para mí se trata de un caso claro de temor o, mejor dicho, de pavor al pasado, a la historia, a lo que los historiadores descubramos.

Naturalmente, para evitarlo hay que destruir documentos. Ya se hizo en los años de la transición. Se afirma que alguno de sus promotores se sienta hoy en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. En la actualidad sería más difícil destruirlos porque en el AHN y el AGA, archivos serios y dirigidos profesionalmente, la operación no quedaría oculta. Se trata, no lo olvidemos, de centenares de miles de documentos.

Si los documentos no se destruyen, lo único que se gana con su cierre es tiempo. Quizá  es lo que interesa al PP. La diputada popular que se opuso a la proposición no de ley, Gema Conde Martínez, no fue muy afortunada en su argumentación, que supongo es la del Gobierno: los documentos se habrían transferido al AHN y al AGA para facilitar su acceso; convendría seguir estudiando para ver cómo actualizar el acuerdo (no olvidemos que pirata y secreto) del Consejo de Ministros; hay que examinar pormenorizadamente  los documentos para ver los que pueden desclasificarse (antes del acuerdo todos eran accesibles) y si cumplen con la normativa vigente (antes se suponía que sí, ya que los aspectos no accesibles estaban perfectamente delimitados). Claro que eso dependería de la coyuntura económica porque tales acciones necesitan de medios materiales y humanos y ahora, ya se sabe, desgraciadamente la herencia que dejó el PSOE no lo permite. En cualquier caso, que el pueblo soberano no tenga la menor duda: no se trata de no querer facilitar el acceso. Felicito de todo corazón a la señora Conde Martínez por su manejo de la neolengua orwelliana.

Ahora bien, si lo que el PP teme es que sus progenitores históricos no queden bien parados lo tiene mal. En los archivos alemanes, británicos, franceses y norteamericanos los fondos relativos a los años de la dictadura están ya abiertos. Al menos en Kew (Surrey) hay material más que suficiente para sacar los colores a muchas figuras prominentes del “anterior régimen”, nacionales y locales. No hay que olvidar que la red de consulados británicos era bastante densa. Mientras tanto, no entonaremos un ¡viva la santa ignorancia! y diremos al partido del Gobierno que el cierre de los archivos no destruirá la búsqueda en pos del conocimiento del pasado.

Laus Deo!

Vínculos

Orden del día - sesión del 18.02.2014 - Comisión de AAEE del Congreso
http://www.congreso.es/portal/page/portal/Congreso/Congreso/Actualidad/ConOrdDia/ConOrdDiaCom?_piref73_1444033_73_1339181_1339181.next_page=/wc/ordenDiaDetalle&idOrgano=302&idSesion=24&fecha=18/02/2014

 

Sesión en vídeo de la Comisión de Asuntos Exteriores del 18 de febrero de 2014.
http://www.congreso.es/portal/page/portal/Congreso/GenericPopUp?_piref73_2138150_73_2138147_2138147.next_page=/wc/verEmision&video=mms://congresodiferido.congreso.es//leg10//10_000302_024/10_000302_024.wsx&canal=2&nombreOrgano=Comisi%C3%B3n%20de%20Asuntos%20Exteriores&fechaSeleccionada=18%20de%20Febrero%20de%202014&directo=no&idOrgano=302&idSesion=24

Guerra civil o guerra de España

28 febrero, 2014 at 8:48 am

La demostración documental de que la sublevación militar del 18 de julio de 1936 contaba con la promesa, rigurosamente contractualizada, de suministro bélico moderno por parte italiana me ha obligado a introducir la noción de que el conflicto estaba ya internacionalizado antes de que estallase. También me ha hecho ver que los monárquicos calvo-sotelistas (entre ellos muchos reaccionarios de tomo y lomo) se preparaban para una contienda, que presumían –supongo- relativamente corta. Para sublevar a las guarniciones de los centros urbanos no se necesitaban, en efecto, bombarderos, cazas e hidroaviones.

Lo que antecede, debidamente documentado y contrastado y no tomado de algún otro autor, como hace por cierto el campeón norteamericano del copy and paste, refuerza la idea de que en el corazón mismo del estallido estaba inserta la política expansionista o imperialista de la Italia fascista, aunque tradicionalmente quien se ha llevado la palma ha sido la intromisión del Tercer Reich. Los nuevos descubrimientos documentales han sugerido, nuevamente, a algunos historiadores el replanteo de la cuestión de si no sería mejor hablar de “guerra de España” en vez de guerra civil. A la vez, en la derecha más cerrada se utiliza el primer concepto para describir el conflicto como algo profundamente español, arraigado exclusivamente en variables endógenas. Una modificación de los enfoques que popularizó al comienzo de los años cuarenta, nada menos, Gerald Brenan.

Confieso que no me agradan demasiado las querellas nominalistas aunque no ignoro que tienen importancia. Es obvio que, en buena medida, la guerra tuvo un carácter de conflicto internacional por interposición y que fue el preludio a la que las democracias occidentales debieron aceptar después para contener la marcha, al parecer triunfante e imparable, de los regímenes fascistas.

Hipertrofiar la dimensión antifascista del conflicto español es comprensible históricamente. Ahogados por la no intervención, los republicanos no tuvieron más remedio que hacerlo. Sin demasiado éxito. Las democracias europeas (pocas en realidad) estaban asustadas ante el peligro comunista y fascista. Sin embargo, casi sin excepción prefirieron sobreestimar el primero antes que el segundo. Los británicos incluso pretendieron introducir una cuña entre la Italia fascista y el Tercer Reich, cuya agresividad potencial por cierto no ignoraban aunque el Gobierno de la época la subestimó. También es comprensible que los sublevados enfatizaran el carácter anticomunista de su “cruzada”. Lo habían hecho antes. Lo magnificaron después. Ahora sus “sucesores”, más o menos larvados, descontado el peligro comunista, ponen en su punto de mira a los socialistas. Genera réditos políticos.

La guerra tuvo numerosas dimensiones. Fue una guerra de clases, algo que hoy muchos autores ya ni se atreven a mencionar. Para un amplio sector de historiadores (no hablemos de politólogos o sociólogos) hacerlo es asumir algo que huele demasiado a marxismo y eso, hoy, no es de buen tono. Fue, también, una guerra de religión, en el sentido en que en ella se ventiló el papel político y cultural de la Iglesia en la configuración del futuro de España. Naturalmente, este vector lo subrayaron en la época numerosos prelados seguidos de su fiel infantería. Incluso aflora hoy en las loas a y beatificaciones de los mártires de la fe. Fue una guerra igualmente por la definición territorial del Estado. Finalmente, pero no en último término, por la orientación del país en los ámbitos socioeconómico, político, ideológico y cultural, que cuentan entre las apuestas  más importantes.

Todas estas dimensiones (podrían aducirse otras) estaban íntimamente relacionadas con los factores internos y  estructurantes de una sociedad. Es lo que estuvo en juego, por ejemplo,  sin forzar las analogías, en la guerra civil norteamericana (que nosotros llamamos de secesión). O lo que se ventiló en la guerra civil rusa. O lo que se debatió en China. Sin olvidar Vietnam. Es decir, en conflictos anteriores y posteriores al español. Todos, por supuesto, con un vector internacional más o menos activo.

Querer subsumir las dimensiones anteriormente enunciadas dentro de la pugna fascismo-antifascismo resulta, en mi opinión, empobrecedor. Salvo que difuminemos los conceptos, es posible reivindicar la conveniencia de seguir llamando a la guerra civil guerra civil.  Los conceptos que se le han aplicado han variado, por lo demás, con los tiempos y las perspectivas. No se olvidará que para los sublevados la denominación oficial, al menos así figura en la documentación conservada tanto tiempo como duró la dictadura y algo más en el Servicio Histórico Militar, fue “guerra de liberación”. Se supone que de las asechanzas y del yugo marxistas. Tanto republicanos como franquistas hicieron propaganda en torno al concepto de “guerra de la independencia”. Incluso un ilustrado militar franquista, nada menos que un teniente general, todavía publicó en el franquismo tardío un libro (declarado de utilidad para el Ejército) que establecía presuntos paralalelismos entre uno y otro conflicto.

Es decir, los conceptos cambian pero algunos, y no otros, terminan imponiéndose. Hoy, por ejemplo, en Estados Unidos caracterizar su guerra civil como “guerra entre los Estados”, algo que hizo furor en un tiempo entre los proclives a la causa sudista, es relativamente insólito y sitúa al autor que lo utilice en un campo ya casi al margen de la historiografía consolidada. No que la tentación se haya extinguido. Recientemente en Londres, con la exhibición de la película 12 años de esclavo, que se llevó varios premios BAFTA, los medios se han hecho eco de las tesis de algunos norteamericanos que siguen negando, erre que erre, que su guerra civil se dirimiera en último término para abolir la esclavitud.

Tal vez, con un poco de suerte, los historiadores españoles terminemos poniéndonos de acuerdo sobre ciertas conceptualizaciones por encima de equívocos nada inocentes, y condenemos al fuego eterno, es decir, a la ignominia historiográfica a aquellos que, como algunos autores del Diccionario biográfico de la RAH, todavía no se han enterado de que la guerra fue todo menos, enfáticamente, una “cruzada”.

 

La necesidad de enseñar a la RAH

25 febrero, 2014 at 3:02 pm

En un post precedente me he referido al inefable Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia (RAH). Un expurgo sistemático de sus entradas más significativas referidas a los generales de la VICTORIA  (hemos de utilizar esta terminología para aprehender la sintonía que las mueve) daría para numerosos y sabrosos comentarios. En este quisiera evocar el curioso caso del general de Caballería ya fallecido Rafael Casas de la Vega, antiguo combatiente en las filas franquistas y autor de diversas obras de temática militar (la única aprovechable, en mi modesta opinión, es su historia de la guerra de Ifni-Sáhara, como no se cansó de señalar el malogrado Gabriel Cardona). Casas de la Vega es autor de una entrada muy significativa: la de Queipo de Llano.

A mi parecer no debió de costarle mucho trabajo redactarla, a pesar de ser relativamente larga. Se le dedican cinco páginas, algo que no ocurre con demasiada frecuencia. De estas cinco páginas algo más de cuatro se dedican a medio copiar el extracto de su hoja de servicios hasta el 18 de julio de 1936. Cualquier lector puede pedirla a los archivos militares, que cuentan con un personal sumamente eficiente, y podrá comprobar que lo que digo no está muy desenfocado. Sobre su papel en la guerra civil, que obviamente es por lo que resulta más conocido, su compañero de arma no pierde demasiado espacio: con algo menos de media página va que chuta.

Es una forma un poco grotesca (por no utilizar un calificativo algo más hiriente) de justificar lo que la entrada dice de su aportación: “contribuyó de manera decisiva al triunfo de las armas ´nacionales´” (obsérvese que nuestro autor pone entre comillas tal concepto –otros colegas suyo de diccionario no lo hacen). Determinadas así sus credenciales de autor no prejuzgado, a lo Payne, Casas de la Vega se deshace en elogios: “Sin él hubiera sido muy difícil, quizá imposible, que las fuerzas sublevadas (ojo al término) en África pasaran a la Península y, sin ellas, la marcha hacia Madrid y el mantenimiento de Andalucía en manos ´nacionales´ (otra vez) no se podría haber realizado”.

Si esto fue así, se comprende mal que a su timbre de “gloria” no le dedique más que un párrafo. En él, es verdad, nos enteramos de que Queipo se portó como un héroe. “Con valor” se impuso en Sevilla  y se enfrentó “a las masas sindicales armadas que se le resistieron en algunas zonas”. (Suponemos que masas armadas de los más modernos medios de combate callejeros, sin duda de procedencia comunista). Casas de la Vega destacó la importancia de su biografiad  “en la utilización de la radio para movilizaciones y arengas” y lo califica de “precursor” de lo que “harían radiofónicamente los Aliados y el Eje en sus campañas propagandísticas”. Nada menos. Las naciones más avanzadas de Europa aprendieron del general sublevado. Toda una novedad.

Observamos, no obstante, una característica de una gran parte de la historiografía neofranquista que aparece en nuestros días. De la salvaje represión y de las matanzas que organizó Queipo, ni mu. Del contenido de sus “arengas”, generalmente cavernario, mucho menos. De los dislates económicos y políticos que causó en la zona bajo su contral, nada. De su inducción al asesinato de Federico García Lorca (explorada exhaustivamente por Ian Gibson) o de la ejecución del general Miguel Campins, por mera venganza contra Franco, el lector no se enterará. Tampoco, por cierto, de sus disensiones con el inmarcesible Caudillo. Eso sí, Casas de la Vega no se olvida de que el 20 de julio de 1939 “fue nombrado presidente de la Misión Militar Especial que habría de cumplir determinadas misiones en Italia”. Eso suena a extracto de hoja de servicios: “Allí se trasladó el 17 de diciembre de 1939 (¡vaya prisa!). En 1940 seguía en la misma situación”. Por cierto, aprovechó la ocasión para no copiar bien: “En los años 1945 a 1950 continuó en la misma situación”. Es decir, ¿en Italia?.

Menos mal que el autor nos cuenta que le dieron la Medalla Militar individual, en 1940, y la Cruz Laureada de San Fernando, en 1944. Muy a tono con sus proezas carniceras. Sobre Queipo de Llano existe una abundante literatura, claro que no de esclarecidos autores militares como sin duda lo fue el general Casas de la Vega. Pero de ello el lector no se enterará absolutamente consultando al  Diccionario Biográfico Español.

Preguntas: ¿quién y cómo seleccionó a tal autor?, ¿quién y cómo controló su aportación?, ¿quién y cómo dio el nihil obstat a la publicación de tan “objetiva” e “informativa” entrada? Teniendo en cuenta que en el Diccionario de marras se invirtieron cuantiosos fondos públicos, creo que los sufridos contribuyentes españoles tienen derecho a plantear tales cuestiones a la tan alabada y encomiada RAH.

Este es solo un ejemplo de cómo historiadores franquistas miran el pasado. No se preocupen los lectores. Hay muchos más y, poco a poco, algunos de ellos aparecerán en estos posts. Sin acritud. Simplemente exponiendo datos o, mejor dicho, la ausencia de los que realmente son relevantes.