El segundo momento estelar de Francisco Franco (II)

25 febrero, 2020 at 7:50 am

Ángel Viñas

En el anterior post expresé mi sorpresa de que el coronel de Artillería Esteban Carvallo de Cora ni siquiera mencionase el texto que con mayor autoridad que ningún otro había ofrecido datos acerca del nombramiento de Franco como Jefe del Estado en 1936. Sin duda, la Providencia, los dioses greco-romanos o el Señor pudieron actuar en tal sentido, pero no se ha encontrado evidencia de su intervención. En tanto que los recuerdos, por muy personales que sean, no deben de entrada descartarse. Hoy sabemos que los de Kindelán tuvieron, cuando menos, un recorrido algo azaroso pero un militar que reemplazaba un libro titulado Hoja de Servicios del Caudillo de España por unos comentarios tan laudatorios debería haber integrado, al menos, una referencia a aquellas reminiscencias.

 

Estos recuerdos, como edición íntegra es decir incluyendo los pasajes suprimidos por la censura, los publicó Planeta en 1982, ya con Franco criando malvas, bajo el título Mis cuadernos de guerra. Es la edición que suele manejarse y que leí, en su momento, de cabo a rabo. En la medida en que los recuerdos de Kindelán se refieren a temas que me han interesado (esencialmente la actuación de la Legión Cóndor durante la guerra civil y algunos aspectos relativos a la conspiración que llevó al 18 de julio) puedo afirmar, con rotundidad, que los he encontrado despistantes, por no decir opuestos a la realidad de la EPRE. Quiero con ello señalar que, a pesar de su uso e incluso abuso por los historiadores, no los considero necesariamente como representativos de lo que su autor hizo, vivió y escribió. Kindelán, al igual que tantos otros militares sublevados, escribió del pasado lo que quiso y cómo quiso. Lo normal.

En la medida que interesa en esta serie de posts he comparado las dos versiones. En la segunda los añadidos suprimidos por la censura van marcados en itálicas. Sin embargo, por esas cuestiones que solo la sabiduría de los ángeles podría aclarar, en esta última ha desaparecido algo que sí figuraba en la primera. Se refiere a la primera actuación de Kindelán en Gibraltar, de carácter diplomático, como representante de Franco (¿por qué no de Mola o de la JDN?). En 1945 señaló que fue bien acogido por los británicos, “que accedieron en parte a nuestras propuestas”. Entonces, aprovechó “la oportunidad para dar cuenta oficial del Movimiento, por telégrafo, a varias naciones extranjeras y a D. Alfonso XIII”. Lo entrecomillado se distorsiona en la versión de 1982. El medio utilizado en esta fue el teléfono y se suprimió la mención a las naciones extranjeras. Pudo ser cierto lo primero. También lo segundo, pero la diferencia no es diminuta. En aquel año quizá se pensó (¿Franco?) que era dar demasiada cancha al protagonista. En cuanto a la sustitución del telégrafo (medio normal en la época) por el teléfono pertenece al nivel de lo incognoscible. Por lo demás, el lector debe saber que el exrey estaba perfectamente al día de lo que pasaba en España y, muy probablemente, de los altos y bajos en la etapa final de la conspiración.

Pero aquí nos referimos al nombramiento de Franco, uno de los núcleos centrales de la historiografía sobre la guerra civil y, sin la menor duda, su segundo momento estelar tras sus fulgurantes ascensos de primer teniente a comandante, que le permitió dar un salto de tigre alado en el escalafón militar. En este segundo momento, y casi sin excepción. los autores se refieren a Kindelán. En el olvido, relativo, queda Guillermo Cabanellas, hijo del presidente de la Junta de Defensa y que desarrolló toda una teoría sobre una supuesta conspiración de la que fue víctima su padre. Lo frecuente es que los historiadores suelan seguirles más o menos acríticamente. En este post no presentaré un elenco de opiniones.

Lo que parece fuera de toda duda es que el general Alfredo Kindelán se autoconsideró como el gran promotor del nombramiento de Franco (olvidemos  en este aspecto a Millán-Astray) y afirmó (aunque no he comprobado que lo hiciera en su libro de 1945) que en una primera reunión de los generales el 21 de septiembre de 1936 (y cita a Cabanellas, Queipo, Orgaz, Gil Yuste, Franco, Mola, Saliquet, Dávila y los coroneles Montaner y Moreno Calderón) se discutió el tema del mando único. Salvo el primero, es decir Cabanellas, todos los demás acordaron que el más indicado sería Franco. Faltando la unanimidad por la intervención del presidente, el divisionario Cabanellas, la decisión no se hizo pública. Todo esto es conocido y ha sido repetido insistente y machaconamente.

Ahora bien, a diferencia de lo lo que sigue ignorando la mayor parte, por no decir casi la totalidad, de la historiografía, es que el proceso estaba ya tan adelantado que Franco tomó su nombramiento prácticamente por dado. Cabe demostrar con EPRE que creía que dentro de poco obtendría la tan ansiada jefatura por la que llevaba haciendo méritos desde poco después de la muerte de Sanjurjo el 21 de julio precedente. El hecho que había abierto a Franco, de par en par, una prometedora ventana de oportunidad.

Los historiadores generalistas (incluso Payne/Palacios en su lamentable biografía de Franco) suelen ignorar que este se entrevistó en Sevilla, a bordo de un cazatorpedero italiano, con un emisario de Musolini, el cónsul general de Italia en Tánger, de Rossi, buen conocido suyo desde los albores de la sublevación y cuya relación he examinado en mi último libro.

En esta reunión supersecreta (su contenido lo captaron los británicos que interceptaban y descifraban los telegramas italianos y, en particular, los del consulado genetal italiano en la ciudad internacional) destacan dos notas. La primera que nadie del séquito de Franco estuvo al corriente ni supo de ella; la segunda, que Franco es posible que exceptuara a Queipo de Llano. Las razones podrían haber sido varias. Por ejemplo, mostrar un frente unido con el dictadorzuelo sevillano; contar con una referencia de autoridad; impresionar a su compañero, también general de División; mantener el apoyo del mismo para la próxima reunión de generales, etc.  Lo que no se sabe es si Queipo estuvo presente en la reunión o no. He de confesar que cuando en los archivos británicos descubrí el telegrama interceptado pensé que sí estaría. Hoy no estoy tan seguro, conociendo mejor los antecedentes y pormenores del encuentro. También porque algún italiano nativo me ha dicho que, en este último idioma, la redacción elegida por de Rossi no permite ni asegurarlo ni negarlo.

Las cosas no tienen por qué cambiar sustancialmente. Si Queipo no estuvo presente, sí supo de la entrevista y es de suponer que él y Franco hablarían de ella. Lo que narrara Franco no ha quedado, que se sepa, transcrito en ningún papelín conocido. No eran, en aquel momento, adversarios si Queipo también se había pronunciado por Franco en la reunión del 21 de septiembre.

De Rossi tenía por misión convencer a Franco de la necesidad de inyectar un contenido social y moderno al “Movimiento”. Ningún lector podría sorprenderse de que Franco se apresuró a mostrarse de acuerdo con tal idea y que lo expresó con sumo entusiasmo. ¡Faltaría más! En el último “consejo de Ministros” (sic), afirmó, ya había expuesto a sus compañeros el programa. Como dicho “programa” no se ha encontrado, al igual que un acta de tal reunión ni hay otras referencias sobre su contenido, me abstendré de comentarios. Excepto para decir que, muy probablemente Franco no se mostraría en ella reticente, dando pruebas de extrema modestia. Franco añadió que se volvería a hablar en la semana siguiente. Parece obvio que Franco, adornándolo, explicó a su manera (ya casi augusta) la reunión  del día 21 al diplomático italiano. Cualquier lector planteará las alternativas en juego. O bien Franco jugaba de farol o esperaba no tener ningún problema con su nombramiento que consideraba seguro.

Otro aspecto que ha escapado a la atención de los historiadores y que es MUCHO MÁS IMPORTANTE es que cuando de Rossi preguntó cómo iban las operaciones militares, Franco respondió que le parecía imprudente marchar sobre Madrid dada la escasez de fuerzas con que contaba. Algo absolutamente correcto. Lo dejaba para octubre, añadió, es decir cuando hubiese completado la preparación logística y estratégica necesaria. Es más, para entonces era pensable que hubiera continuado el proceso de descomposición del gobierno republicano con sus deletéreas consecuencias sobre la moral y la capacidad de resistencia.

Es obvio, añadió, que tal descomposición incrementaría la ineficacia de la defensa. Pero, por otra parte, no pensaba alargar las operaciones hasta después de octubre porque sus soldados carecían de uniformes contra el frío. Esto lo afirmón sabiendo -señaló- que la Unión Soviética preparaba el envío de grandes suministros de armas a los republicanos (lo cual era cierto y lo sugería la prensa internacional) [Nota: Franco tenía espías entre las filas gubernamentales pero podemos estar absolutamente seguros de que sus tentáculos no llegaban a penetrar en el Kremlin].

ASÍ, PUES, DE OTORGAR CREDIBILIDAD AL INFORME DEL CÓNSUL DE ROSSI, LAS TESIS HABITUALES DE QUE FRANCO PERDIÓ CONSCIENTEMENTE LA OCASIÓN DE TOMAR MADRID AL DESVIAR SUS TROPAS HACIA TOLEDO DESPUES DE LA REUNIÓN DEL 21 DE SEPTIEMBRE PIERDEN FUERZA. Salvo que mintiera al italiano -lo cual no cabe descartar- no pensaba empezar a preparar el dispositivo de ataque hasta el mes siguiente.  Ya sé que esta tesis choca con las expuestas en favor y en contra de Franco. Puedo equivocarme, por supuesto, pero habría que demostrarlo con EPRE.

Lo que aquí me importa subrayar es que Franco obviamente se sentía seguro. Nada de dudas ni de vacilaciones. Tampoco hay que prestar demasiada atención a las elucubraciones de Guillermo Cabanellas de que su padre fue víctima de una conspiración monárquica. Entre los sublevados el presidente de la Junta de Defensa Nacional carecía de prestigio. Los apuntes que fue tomando sobre su comportamiento José María Iribarren, el secretario de Mola, también lo atestiguan. Otra cosa es que su hijo quisiera levantarle un monumento con su libro.

(continuará)

El segundo momento estelar de Francisco Franco (I)

18 febrero, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de haber hurgado un pelín en el primer momento estelar del futuro Caudillo, y a la hora de abordar el segundo, tengo que presentar mis más sinceras disculpas a los amables lectores. Al escribir, hace varias semanas, sobre la película de Amenábar dejé constancia de  mi perplejidad por el título de la misma. Alguien respondió que se trata de una alusión a un proyecto de decreto que se menciona en el film. Es cierto. No me había dado cuenta. Figura en las memorias del general Alfredo Kindelán. Este post y los siguientes no aluden a la película pero completan la serie de los dedicados al primer momento estelar de Franco (hubo varios después) con otro que fue, en puridad, mucho más trascendente que el peloteo para que le ascendieran a capitán y sus distorsiones sobre su supuestamente inconmensurable valor en el combate a resultas del cual no ganó la ansiada Laureada.

 

Había indicado que la hoja de servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora) terminaba en 1926. Los comentarios para los años posteriores hechos por tan eminente genealogista no sirven para nada, pero como ya hemos señalado es materialmente imposible que SEJE ignorara su publicación. En este sentido me parece absolutamente imprescindible acudir a sus comentarios.

De entrada llamo la atención sobre mi impresión que, dentro de su modestia, Carvallo de Cora se mostró tan imaginativo discípulo de Arrarás  que, con algunas de sus ocurrencias, dejó chiquito al maestro. El coronel recordó, lógicamente, que Gil Robles nombró a Franco, en 1935, jefe del Estado Mayor Central. Hubo de abandonarlo tras las elecciones de febrero de 1936. Pues bien, según el mentado comentarista, “durante tan breve período se le vigiló constantemente y su vida estuvo en peligro en más de una vez”. ¡Caramba! Debían ser los malvados bolcheviques o, incluso, los no menos malvados socialistas. Aunque, a decir verdad, el estimado coronel no identifica quién le vigilara con tan aviesas intenciones en el período de la coyunda radical-cedista. Tampoco tenemos constancia de que, en un puesto de tan elevada responsabilidad, su vida corriera el menor riesgo en los meses en los que lo desempeñó. Llamamos la atención sobre esta laguna que, por lo que sabemos, nadie ha documentado con EPRE.

Carvallo de Cora sitúa después a Franco en Canarias, aspecto sobradamente conocido, y destaca que, además de estudiar “los problemas militares de las islas”, se ocupó de “la preparación del Glorioso Movimiento Nacional que debía adelantarse al movimiento comunista que se sabía planeado para finales de julio”.  Lo subrayo debidamente en itálicas. Se observa aquí el reflejo de los camelos y bulos que esparcieron los propagandistas de la dictadura y que, por esos misterios que pertenecen al mundo de lo sobrenatural, de lo numinoso e incluso de lo divino, ya ha (casi) desaparecido de lo que suelen escribir en la actualidad muchos de los historiadores de derechas (aunque no todos y tampoco, desde luego, los gacetilleros). Carvallo de Cora no se olvidó de consignar que, “decidido a todo, el general Franco, una vez más, pone en peligro su vida emprendiendo un arriesgado viaje desde Canarias a Tetuán”. Volvemos a poner en itálicas tal caracterización.  Tan ilustre coronel lo era de Artillería y quizá no estuviese demasiado familiarizado con las condiciones de la aviación civil de la época, sobre todo si se utilizaban aviones modernos construidos en el extranjero como eran los Dragones. Así que pensamos que estas advertencias cumplían un fin específico: aparte de adular al glorioso Caudillo, aparecer como más pelota que otros pelotas máximos.

Estamos de acuerdo, sin embargo, con él cuando afirma que, al sublevarse, daba comienzo “para Franco el verdadero problema. Empiezan las horas decisivas, pues ya no cabe retroceder. Es preciso vencer o morir”. Y ¿cómo vencer? Muy sencillo: con una “grandiosa operación estratégica el 5 de agosto de 1936, festividad de la Virgen de África”  y el paso a la península del “convoy de la Victoria”.

El ilustre genealogista se eleva a las cimas del más pedestre lirismo castrense e inmortalizó para la Historia que “en ese momento glorioso (…) se decide la suerte de la República, pues la operación se realizó tal como había sido planeada por Franco y se ejecutó con toda decisión y maestría por las fuerzas que tomaron parte en ella”. Después, “España entera empieza a reaccionar y con el apoyo de los regimientos movilizados en la Zona Nacional se van formando la Falange y los Requetés nuevas unidades de combate que acuden presurosas a combatir contra los rojos en los sitios de mayor peligro”.

¿No es bonito? Que esto lo escribiera y publicara, en 1967, un gallardo militar dice bastante acerca de las bochornosas estupideces que se enviaban a la imprenta con tal de complacer el narcisismo de Franco. Hubiera sido improcedente -y quizá arriesgado para la propia carrera- comparar el número de hombres y kilogramos de peso de su impedimenta transportados por mar con los del puente aéreo manejado por los jefes, oficiales y aviadores nazis. O, ¿por qué silenciar también la aportación fascista?

El hecho es que el coronel Carvallo de Cora no escribió una línea de cómo Franco llegó a la magistratura suprema. Sorprendente, porque ya había datos al respecto. Por ejemplo, los de uno de los testigos de la misma y que había logrado publicar sus recuerdos más de veinte años antes de que el distinguido genealogista y artillero hiciera la pelota al Caudillo. Conviene, pues, acudir a ellos, con toda prudencia.

Que servidor sepa (pero estoy dispuesto, de nuevo, a que me corrijan) no hay muchos otros testimonios directos y demasiado fiables sobre la forma y manera en que se desarrolló el proceso de nombramiento de Franco salvo el del general Alfredo Kindelán. Que servidor sepa,  ninguno de los restantes protagonistas dejó nada escrito. O, al menos, que haya salido a la luz. Franco, ciertamente, hizo varias declaraciones al respecto pero hasta qué punto representan hechos es  bastante debatible.

Kindelán escribió su relato en vida de Franco, lo cual imponía ciertas “limitaciones”.  Al parecer (lo cuenta su hijo en la edición que hoy es más accesible) su texto se envió a censura el 3 de julio de 1941, es decir, al poco de terminada la guerra. Cuatro días después un censor autorizó la publicación. Se trató de Darío Fernández Florez, un escritor falangista que ejerció tal ocupación durante algún tiempo. [Nota: de chaval, una de las novelas que más me impresionaron, y que no era recomendable en absoluto para los jóvenes, se tituló Lola, espejo oscuro. Ya ni me acuerdo de qué se trataba, salvo que la leí a escondidas, creo que en casa de un tío mío. Pues bien, su autor era el mencionado censor].

Cabe pensar que es difícil que Fernández Florez en solo cuatro días, como máximo, pudiera aprehender la significación de todos los recovecos del manuscrito de Kindelán, pero el hecho, según Kindelán hijo, es que dio luz verde. Este visto bueno no fue suficiente. Su superior jerárquico (el secretario general del Movimiento, a la sazón el superfalangista José Luis de Arrese) consideró, con toda razón, que también debía recibir el nihil obstat de su compañero y ministro del Ejército, el bilaureado general Enrique Varela. En vista del tema, finalmente se decidió consultar a Franco. Al parecer, su respuesta fue que “estaba bien, aunque algunas cosas era mejor no decirlas todavía”. En consecuencia, Varela no autorizó la publicación.

Todas las ulteriores gestiones de Kindelán e incluso de uno de los hermanos Vigón con Franco no sirvieron de nada. A ello podríamos añadir que Kindelán estaba empeñado entonces en un juego complicado para influir sobre Franco para que no entrara en guerra al lado del Eje y que no había ocultado sus inclinaciones monárquicas. Recibía suculentas “propinillas” de Juan March por cortesía de la Embajada británica. Era en un período en el que los monárquicos achuchaban a los ingleses y, como he demostrado en uno de mis libros, ponían a caldo a Franco y a su régimen filofascista ante ellos. A la publicación del texto dio luz verde el sucesor de Varela,  Carlos Asensio Cabanillas, a quien a pesar de sus querencias pronazis le había convencido Nicolás Franco para que desistiera de sus proclividades. Todo esto lo cuento y documento en SOBORNOS.

Asensio se pronunció a finales de 1944 (hay que suponer que con el conocimiento de Franco) y el manuscrito pasó de nuevo a la Vicesecretaría de Educación Popular (de la que entonces estaba encargado, si no recuerdo mal, Gabriel Arias Salgado, supercensor algo más que celoso de todo lo que se opusiera a la ortodoxia franquista). En mayo de 1945 no se opuso a la publicación. Por si las moscas, el texto lo visó en una última etapa un tal Joaquín Úbeda, quien se encontraba al frente de tales menesteres. A lo largo de este largo periplo se censuraron lo que el hijo de Kindelán afirma fueron solamente juicios “sobre operaciones de guerra y sobre los mandos que las realizaron”. La editorial que iba a publicar el libro había desaparecido y fue otra nueva, llamada imperialmente Plus Ultra, la que se encargó de ello. Poco después la vicesecretaría fue disuelta e integrada en la Subsecretaria de Educación Popular, dependiente del Ministerio de Educación Nacional.

Es lamentable, pues, que el ilustre coronel Carvallo de Cora ni siquiera se basara en los recuerdos de otro de los “héroes de la Cruzada”. .

(continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (y XIV)

11 febrero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Hemos llegado al final de esta serie sobre las iniciales aventuras de Franco en las ensangrentadas tierras de Marruecos. En un momento de ella un amable lector, Txema Prada, me llamó la atención sobre una obra, que yo conocía pero que, por desgracia, no tenía en mi biblioteca, ya un poco depauperada. A mi no se me ha ocurrido escribir nada sobre las guerras de Marruecos, de las que confieso no tener demasiada idea. He editado las memorias del general Antonio Cordón que sirvió en el Protectorado  y, como tantos otros de mi generación, he leído un par de veces el tomo II de La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Pero el Señor Prada me sugirió que echara un vistazo la biografía del Padre Hilari Raguer[1],  excelente amigo mío, sobre el general Batet. La he pedido. Suelo hacerlo cuando me meto en camisa de once varas y me falta bibliografía secundaria.

 

No sé si el general Fontenla la conoce. Está basada en el archivo de la familia (el general Domingo Batet fue fusilado por no sublevarse en 1936 y  al que, si bien Laureado con la Cruz de San Fernando, Franco se negó obstinadamente a graciar). En tal archivo figuran varios documentos sobre la guerra de Marruecos redactados a principios de los años veinte. Alguien que escriba sobre ella y que no sea un seudohistoriador -en el sentido habitual del término, no en la acepción extraña que utiliza nuestro estimado general- debe servirse de los mismos para identificar pistas, contrastar con otros testimonios, en definitiva hacer un análisis sistemático de un tipo de fuentes que no estaban destinadas a la publicación y que, por consiguiente, revelan los pensamientos íntimos de un protagonista que vivió una parte de aquella guerra colonial.

Señalo esto porque las notas que de la misma se deprenden de tales apuntes se refieren tanto a Franco como al conjunto de la oficialidad española y a las tropas “especiales” (Tercio y Regulares) así como a las expedicionarias peninsulares. Se recoge el ambiente. Se citan nombres y situaciones. Son como una reflexión que, todavía con el conflicto en marcha se hacía el entonces comandante Batet. Uno diría que es un tipo de EPRE interesante y como en ella aparece Franco me sorprende que el general Fontenla, historiador objetivo y analítico según su propia autodefinición, no la haya utilizado, siquiera con fines críticos. Pero, como es sabido, cada autor establece su tema y sus límites.

En lo que se refiere a Franco, el comandante Batet, abordó un tema relacionado con la gesta del Biutz y sus consecuencias que hemos visto en los posts anteriores. Se trata de unas notas sobre el Ejército de África escritas a mano en casi dos docenas de cuartillas y que datan, según señala Raguer, de 1923. En ellas  su autor se refirió a las demoras y chanchullos de la sedicente Justicia militar, con nombres y apellidos de jefes, es decir, de comandantes a coroneles. Con la Comandancia General y la Alta Comisaría prestándose de buena gana a encubrir o desvirtuar alguno que otro. Esto es verosímil que pasara en muchos Ejércitos de la época. No hay que pensar que el español fuese una excepción. Cabría, por ejemplo, señalar ejemplos como el italiano en Libia o, mucho más tarde, en Etiopía.

Pero, en sus recuerdos el comandante Batet fue a más. Cuando el general en Jefe, Burguete, se desplazó a Melilla tuvo que dictar dos órdenes generales, una sobre la forma de prestar el servicio de descubiertas, seguridad, convoyes, etc (en el que el teniente y luego capitán Franco se había hecho, al parecer, un nombrecito como hemos visto en posts anteriores) y otra sobre la obligación de permanecer en Melilla de los jefes y oficiales “de las tropas llamadas pomposamente de choque”. Poco después empezaron a incumplirse de manera un tanto tímida. En cuanto Burguete volvió a la Península, lo hicieron descaradamente. Es en este contexto digamos un tanto laxo en el que Batet hizo una referencia a Franco. La reproduzco literalmente:

“El comandante Franco del Tercio, tan traído y llevado por su valor, tiene poco de militar, no siente satisfacción de estar con sus soldados, pues se pasó cuatro meses en la plaza para curarse enfermedad voluntaria, que muy bien pudiera haberlo hecho en el campo, explotando vergonzosa y descaradamente una enfermedad que no le impedía estar todo el día en bares y círculos. Oficial como este, que pide la Laureada y no se la conceden, donde con tanta facilidad se han dado, porque solo realizó el cumplimiento de su deber, militarmente ya está calificado”.

Este parrafito se refiere, pues, al período en el que ya Franco había pasado al Tercio, se pavoneaba de su ascenso (no logrado tanto por méritos de guerra como por influencias de Palacio) y describe un comportamiento que quizá pudiera caracterizarse com poco edificante. Batet no achacó a Franco que fuese a casas de lenocinio, como algún otro héroe de la época, pero sí se refirió también a la Laureada. Si se daba con cierta “facilidad” por utilizar el término por él utilizado, ¿qué cabría decir de lo que en un post anterior he calificado de “lluvia de condecoraciones”?.

Sorprende, pues, que el general Fontenla, que sabe de las guerras de Marruecos mucho más que servidor, en su hagiografía de Franco como militar no se haya apresurado, documentos en ristre y la tizona desenvainada, a desmentir tales alegaciones sobre su héroe.

Batet destacó el heroismo y la abnegación de muchos jefes y oficiales, que cumplían con su deber pero no le tembló la pluma al comparar tales conductas “con la del teatral y payaso Millán, que tiembla cuando oye el silbido de las balas y rehuye su puesto (el coronel Serrano Oribe (sic) del 60 y el Gral Berenguer Dn. Federico pueden dar fe de ello, si quieren estar bien con su honor y su conciencia) y explota de la manera más inicua una herida que en cualquier otro hubiera sido leve y por condescendencias de médico lleva a ser grave…”

¡Caramba! Ahora resulta que Millán Astray, superior de Franco, se comportaba de manera indecorosa. No extrañará que terminaran siendo compinches.

¿Ah, y el valor ante el enemigo? Algo que hay cualificar. De dos formas. Una a tenor de la cual  “algunos oficiales de Regulares y del Tercio se sienten valientes a fuerza de morfina, cocaina o alcohol; se baten, sobre todos los primeros, en camelo: mucha teatralidad, mucho ponderar los hechos y mucho echarse para atrás y a la desbandada cuando encuentran verdadera resistencia. De la confianza que inspiran los Regulares y Fuerzas Indígenas lo demuestra que cuando hay una posición de verdadero compromiso la fían a batallones peninsulares, tan despiadadamente y con tanta injusticia tratados por Berenguer…” Esta segunda forma la repite en otro párrafo de la siguiente forma:

“Los militares verdad, los que sienten la profesión sin alharacas, sin teatralidad, cumpliendo sus deberes seriamente, amantes del soldº, posponiendo su propio bien al de los demás (…) hay que buscarlos en las tropas peninsulares. Entre los de Marruecos haríamos excepción del Coronel Serrano Orive, Tte. Coronel Carrasco y volverían a lo aque antes eran, muchos, todos los que ostentan empleos por méritos en África…”

Quizá en algún momento lea el libro sobre las guerras de Marruecos del general Fontenla. Si lo hago comprobaré si a él ha incorporado testimonios de esta índole y también en qué medida ha hurgado en los archivos. En mi último viaje he leído el capítulo que dedica al Ejército de aquella época el que fue ministro de Agricultura durante la guerra civil, el comunista Vicente Uribe, en sus memorias. Suenan más a Batet que a la hoja de servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora).

Ahora continúo mi periplo pero trataré de abordar el segundo momento estelar en la carrera de Franco: de rebelde general a Generalísimo. Serán menos posts, pero no por ello carentes de interés. Al amparo de las controversias que ha despertado la película de Amenábar no he visto que nadie lo haya abordado como lo hará servidor. Y, como siempre, utilizaré fuentes fácilmente identificables e identificadas. No como el general Fontenla.

 

FIN

 

[1] Hilari Raguer, El general Batet, Publicacions de l´Abadia de Monserrat, 1994, pp. 365-368.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (y XIV)

4 febrero, 2020 at 12:50 pm

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Y así, poco a poco, vamos acercándonos a la gesta del Biutz. Ya centramos en ella varios posts anteriores de esta serie y suponemos que los amables lectores estarán familiarizados con los argumentos aducidos. Huelga decir que el general Fontenla sigue con fidelidad algunas de las narrativas mitografiadas de tal acontecimiento, si bien con sutiles modificaciones y gruesas omisiones. A varias de ellas se refiere este post.

 

Así, por ejemplo, recoge que la “compañía de Franco se lanzó, sin solución de continuidad, al asalto y se apoderó de la primera línea de trincheras enemigas”. No objetamos nada al efecto. Ya empieza a preocuparme la descripción que hace del valiente capitán: “Fue herido al agacharse para recoger el fusil de un soldado caído, pero a pesar de ello, con el impulso imprimido a su compañía, esta logró alcanzar el objetivo”. Una de las pregunta que nos hicimos sigue sin respuesta: ¿no iba Franco armado con una pistola reglamentaria? Observamos, no obstante, que en esta narración al menos no hizo fuego con el fusil.

Más importantes son los cambios con respecto a lo reseñado por la innumerable ristra de “pelotas” y embaucadores precedentes. Desaparece el ponerse al frente de sus hombres camino de la cumbre. Ahora tenemos algo más verosímil: cae herido y sus soldados continúan el ataque. Pero esto no es heroismo. Es lo que se esperaba de cualquier oficial y que millares y millares de oficiales que no tenían el honor de ser ESPAÑOLES hicieron en otras guerras coloniales y lo demostraron ampliamente en los combates de la primera guerra mundial, incluso cuando procedían de la reserva o, ¡válgame el cielo!, del mundo civil.

El general Fontenla se inventa que unos soldados moros “lo cubrieron para evitar que fuera herido nuevamente”. Sin duda no debió parecerle correcto reproducir lo que uno de ellos afirmó en el juicio contradictorio para la Laureada. Está documentado, pero nublaría los destellos que, para nuestro autor, ya proyectaba su héroe.

Escribe el general Fontenla: “la herida (…) se debió a una bala enemiga que le alcanzó en la región lateral del abdomen y lo derribó al suelo”. Se pasa por el arco de tiunfo la mención en la hoja de servicios, versión del coronel Carvallo de Cora, y del original del informe del fiscal sometido al Consejo Superior de Guerra y Marina. Pero a lo mejor se trató de un error en ambos documentos, que el autor ha advertido (si conoce la hoja de servicios, como suponemos). En esta vena, nada le impide pasar por alto las descripciones de la post-acción. Se limita a constatar que se le hizo una primera cura de urgencia sobre el terreno (no reseñada en tales documentos) y  que se le  llevó al puesto de socorro inmediato y luego a otro próximo a Ceuta, aunque no al Hospital Militar. Podría haber dado más información, tomándola de Casas de la Vega. Este, basándose en Ricardo de la Cierva, fuente superimpecable para algunos, recoge el nombre del médico que le atendió, Antonio Mallou (no es el que aparece en el juicio contradictorio, pero dejemos esta pequeña incongruencia). Tampoco se molesta en desentrañar otra -al igual que Casas de la Vega. La herida, ¿fue en el pecho o en el abdomen? Al menos este cita una fuente: el parte de bajas dado por el Servicio de Sanidad del EM en telegrama transmitido el 29 de junio de 1916. Claro que también la toma de Don Ricardo. Me hubiera gustado que el general Fontenla hubiese desentrañado, con su superior autoridad, tales incongruencias. Al fin y al cabo también escribe una biografía militar de Franco.

¡Ah! ¿Y qué pasó con las “pelas”? Nuestro estimado general afirma que al llegar al segundo puesto de socorro Franco “hizo ir al oficial más antiguo para hacerle entrega formal del dinero”. No es imposible. Pero ya se han evaporado 1º) la mochila,  si entró en acción con el dinero a cuestas y/o 2º) la posibilidad de que aquel día los Regulares no cobraran. Es decir, todos los detalles con los que se ha adornado desde Arrarás, vía Casas de la Vega, tal muestra del sentido de responsabilidad y de la preocupación por sus hombres. Nuestro autor sabe prescindir de detalles inverosímiles. Por eso no se le ocurre pensar en preguntas inesquivables:  ¿Dónde estaban las pesetas?, ¿En el puesto de socorro? ¿Las tenía algún otro oficial? ¿Avisó alguien al sustituto del pagador? Misterios. El sigue a un exfuncionario de la sección de Información anticomunista del Foreign Office, Brian Crozier, y se calla como un muerto.

En definitiva, repetimos que se trata de un autor que juega con las fuentes. La evolución de la acción del Biutz está descrita en la hoja de servicios, versión del coronel Carvallo de Cora, pero él prefiere refugiarse en los brazos (en mi opinión, poco seguros) de Casas de la Vega: el jefe accidental del tabor (no identificado) citó a Franco como “muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en dicho combate”. Sabemos que el capitán Lias Pequeño jugó con la verdad pero el general Fontenla no lo detecta. No ha ido a la fuente.

Llegamos así al problemático juicio contradictorio, imprescindible para conseguir la ansiada Laureada. Nuestro estimado general llena el papel de ampulosas afirmaciones, sin particularizar el significado de las mismas. Por ejemplo, “Se le instruyó el proceso reglamentario (…) por disposición del general en jefe del Ejército de África”. Este general se atuvo al reglamento. ¿Estaba en su mano parar el procedimiento iniciado formalmente?. A partir de este momento todas las incidencias se esfuman y solo refulge lo que quiere el ilustre biógrafo. Se hizo “para determinar si reunía las condiciones precisas que marcaba el reglamento, pero no prosperó, como ocurría en multitud de ocasiones”. En esto se aparta, ¡alabado sea el Señor!, de Crozier que afirmó que se le denegó por motivos no explicados.

Ninguno de los dos tiene razón. La denegación ocurriría muchas veces, pero un “seudo-historiador”, de esos a los que dedica tantas florituras el general Fontenla, acudiría a las fuentes para ver por qué no prosperó. El, por el contrario, tima a sus lectores. O considera que nada de lo que antecede tiene importancia. Por ello desprecia la somera descripción que del suceso hizo el coronel Blanco Escolá, a quien ya había tachado de “incompetente historiador”, jugando con el título de su obra.

Ahora situamos la cuestión fundamental: ¿Merecía la pena haber perdido tiempo en destacar el tipo de procedimientos de que se sirve este último adulador del Caudillo? Para mí la respuesta es afirmativa. No cabe descartar que el combate del Biutz dejara un tanto traumatizado a Franco (¡su primera herida de guerra!). Obtuvo un ascenso, sí, pero no la Laureada de sus entretelas.

En realidad lo interesante es ver cómo presenta tan “objetivo” historiador la gesta del Biutz, que no la llama con este nombre un tanto prosaico sino con el más potente de “el bautismo de sangre del capitán Franco” (páginas 56 y siguientes). En lo que se refiere a su héroe, ha debido aprender de sus predecesores y ya no sigue a Arrarás, a quien ni siquiera cita en su bibliografía. ¡Qué horror! Ni se le ocurre pensar que, como Arrarás no estuvo en El Biutz, lo más probable es que recogiera lo que sobre el tema le dijo el propio Franco en plena guera civil.

Sobre el juicio contradictorio los amables lectores tampoco se sorprenderán al enterarse de que el general Fontenla pasa raudo como una centella. Su referencia a que en muchas ocasiones la Laureada no se concedía es correcta. En honor del Ejército hay que subrayar que no se regalaba entonces como si fuera un bomboncito o que las cruces caían como las lluvias de otoño, pero -nos enseña el general: “El simple hecho de haber sido propuesto, y más de que se abriese juicio contradictorio, era ya una recompensa y un honor para el propuesto, y no un descrédito, como intentan difundir sus difamadores”. Obsérvese la argucia del razonamiento. Todo lo que pudiera aducirse en detrimento del empeño de Franco por conseguir la ansiada condecoración, mintiendo e invitando a mentir a algunos de sus jefes y compañeros, desaparece como por arte de birlibirloque. Claro que el general Fontenla parece no tenerlas todas consigo. Obsérvese el párrafo siguiente (p. 60):

“El juicio contradictorio (…) se cerró en el año 1918. Aunque reconoció que la conducta observada por Franco fue brillante, se desestimó la concesión, considerando que no entraba en los casos previstos en la ley”.

Nadie podría objetar a tal afirmación, materialmente correcta, pero que obvia todo lo interesante del caso. A saber:

  • El empeño de Franco por conseguir a todo trance la Laureada, que también negó Crozier[1].
  • Los métodos de que se sirvió para que algunos compañeros testimoniaran en su favor.
  • El reconocimiento por el Fiscal Instructor (jefe de EM de la columna) de que su desempeño no llegaba a ser meritorio
  • La nueva porfía de Franco, ya ascendido, por reemprender el juicio.
  • Los testimonios, letales para él, de un suboficial español y de un soldadito moro, que también escamotea Casas de la Vega, pero que por lo menos dedica al tema casi dos páginas dejando de lado todo lo que pudiera resultar negativo para el héroe.

Y, leyendo entre líneas, el soplo de aire reprobador que inspira el informe del Fiscal al Consejo Superior de Guerra y Marina. Que el general Fontenla Ballesta llene páginas y páginas sobre el honor militar en abstracto y el de Franco en particular se convierte así en un mero ejercicio de readecuación de viejos mitos al ropaje que exigen nuevas leyendas, más adaptadas a esta época proclive a la hiperdiseminación de bulos.

Es significativo que haya lanzado dardos y venablos a los profesores Sir Paul Preston, Manuel Tuñón de Lara y Santos Juliá o al coronel y profesor de la Academia Militar Carlos Blanco Escolá cuando falla tan artera como lamentablemente. Su obra está ya incorporada a mi cuidada colección de mitógrafos de SEJE, si bien a considerable distancia de la del general Casas de la Vega. Este, por lo menos, cita fuentes aunque se las apañó para no indicar dónde encontró la famosa hoja de servicios del general Francisco Franco, si bien supongo que fue en la versión del coronel Carvallo de Cora.

(continuará)

 

[1] Nota. En mi biblioteca no tengo la versión original en inglés sino la alemana, publicada por  la editorial Bechtle en 1967. Crozier defendió hasta el final la tesis de que no fueron los alemanes quienes destruyeron Gernika y sostuvo un combate encarnizado con Herbert R. Southworth a tal efecto. Todo un cruzado.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (XII)

28 enero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Veamos, ahora, algunos de los puntos más interesantes del recorrido que hace el general Salvador Fontenla de las hazañas militares del teniente Francisco Franco en su bautismo de fuego en tierras marroquíes. A tal efecto, sorprende de nuevo que apenas si aduzca el título de alguna obra. Quizá, autor de un libro sobre las campañas en aquella tierra, pueda parecerle una cosa tan sabida y resabida que estime que todos sus lectores las conocerán. Al fin y al cabo, la literatura sobre las mismas es muy abundante. Sospecho, sin embargo, que tales campañas no son tan del dominio común y corriente y que siempre viene bien volver a ellas. Esto, claro, sirve también para rellenar páginas, algo que no desagrada a muchos autores que tienen poco nuevo que decir. Igualmente puede ocurrir que piense que pueda haber lectores de su hagiografía de Franco que no estén familiarizados con ellas. En este caso, no hubiera estado de más alguna que otra autocita. O, alternativamente, mencionar a algún otro autor, aparte de en dos míseras ocasiones al poco fiable general Casas de la Vega.

El capítulo 3 de la obra abarca desde la llegada de Franco al Protectorado hasta el año 1919, pero a mi solo me interesa, a los efectos de la presente serie de posts, el período que media hasta su  ascenso a comandante. Insisto en que no es mi propósito hacer un análisis del libro y que me limito a lo que figura entre las páginas 44 y 60, el período al que se han referido los posts precedentes. Permite, en efecto, que los amables lectores hagan, si así lo desean, las oportunas comparaciones si es que no están ya hartos de este tipo de cuestiones. En ese sentido, creo que no es intranscendente destacar algunas de las sorpresas que servidor, posible “seudohistoriador” en la acepción de tan eminente militar, se ha llevado.

Primera sorpresa. No hay referencia alguna a la hoja de servicios del teniente/capitán Franco. Lo que el general Fontenla nos narra de este período con datos, destinos, escaramuzas, combates, etc. no tiene prácticamente ningún soporte documental o bibliográfico. Rellena páginas, como es en parte lógico, presentando un cuadro de las operaciones militares y una lista, un tanto ampulosa por los comentarios añadidos, a las expediciones de reconocimiento y escolta de convoyes en que participó el joven teniente, llamado por la Providencia a altísimos destinos. Innecesario es decir que hubiera podido transcribir lo expuesto en su hoja de servicios en el supuesto de que la versión del coronel Carvallo de Cora le hubiera satisfecho, aunque lo cierto es que la sigue sin mencionarla. CUANDO VA  A LAS FUENTES, NO LO INDICA.

Segunda sorpresa. De la lluvia, o diluvio, de condecoraciones a los oficiales, jefes y generales (quizá menos a los suboficiales y clases de tropa) que salpicó la guerra de Marruecos el autor tampoco dice mucho. Sí pone de manifiesto que la Cruz del Mérito Militar de primera clase con distintivo rojo (una de las primeras que recibió Franco) lo fue por haber estado “durante tres meses en operaciones activas”. ¡Caramba! Si con eso se ganaba tal cruz sorprendería mucho que no se tratara de una “chapita” que hoy cabría considerar algo devaluada. A ella se añadió la “medalla de la campaña de Melilla”, que sospechamos no fue un gran galardón. Echamos en falta una comparación con las que recibieran otros oficiales y jefes por parecidos motivos, porque es evidente que en tales operaciones no participó solo Franco y si lo hizo destacadamente (una mera hipótesis), entonces se echan de menos los elogiosos comentarios que pudieron haberlas acompañado. Un oficial interesado en conseguir una brillante hoja de servicios hubiera dado la lata a Mayoría para que no omitiese nada que pudiese servir para dorarla.

Tercera sorpresa. Trasladado Franco, a petición propia, a las fuerzas de Regulares el general Fontenla repite metodología. Sigue una página de las operaciones en las que Franco participó y en las que “sostuvo fuego con el enemigo”. Si utiliza esta fórmula, que era más o menos de rigor (porque en una guerra como la de Marruecos -de total subdesarrollo técnico- en Infantería, Artillería, Caballería y Regulares solían darse tiros) suponemos que en algo parecido a una hoja de servicios, no vemos porqué no se insertarían otros comentarios laudatorios dirigidos específicamente a resaltar el valor, el arrojo, el coraje y el desprendimiento únicos del todavía teniente, porque debía de ser bastante normal que los valerosos oficiales españoles de vez en cuando “sostuvieran fuego con el enemigo”, que ya se sabe era temible y brutal.

Cuarta sorpresa. La primera mención que se hace específicamente de Franco la toma el general Fontenla de su compañero, el tantas veces citado general Casas de la Vega. Es una mención que a mi, que no soy militar, me parece anodina, que no figura en la correspondiente hoja de servicios (versión del coronel Carvallo de Cora) y sobre la cual los amables lectores podrán juzgar mejor. Ya me he referido a ella en un post anterior.   El episodio en que aparece es el siguiente, que habría quizá que esculpir en letras de oro. En la recuperación del cadáver de un capitán caído ante el enemigo, la compañía de la que había estado al mando marchó directamente contra los moros. ¡Bravo por el oficial que asumió el avance! y cuyo nombre no registra nuestro general. En dicho ataque una sección, al frente de la cual estuvo Franco, flanqueó hábilmente la operación. El adverbio en itálicas es del general Fontenla. Sobre el terreno, el general Dámaso Berenguer, nada menos, inscribió tal hazaña en el parte reglamentario. Puede ser. Normalmente un historiador iría a comprobar en qué términos. Yo lo haría, porque no me fío un pelo del general Casas de la Vega que lo cita y porque ya el coronel Blanco Escolá afirmó que no la había encontrado. ¿A quién creer?  El general Casas de la Vega sí menciona la hoja de servicios de Franco y afirma que en el “archivo del Ministerio de la Guerra, Negociado de Marruecos Ceuta-Tetuán, año 1913” puede verse. Su sucesor, el general Fontenla, en modo alguno seudohistoriador, NO VA A LAS FUENTES. Y lo cierto, indudablemente cierto,  es que, por desgracia, lo que afirma Casas de la Vega no figura tampoco en la hoja de servicios, versión del coronel Carvallo de Cora. ¿Cabe sostener la hipótesis de que a Franco no le agradarían tales muestras de reconocimiento por parte del general Berenguer y que renunció a pedir a los servicios de Mayoría que las inscribiesen en su hojita? ¿O no se enteró? ¿O las quitó el coronel Carvallo de Cora? Misterios.

Después de rellenar más párrafos sobre aspectos generales de la campaña la siguiente mención específica de Franco que hace el general Fontenla aparece en la página 51 de su hagiografía. El 7 de octubre de 1913 se le concedió otra Cruz del Mérito Militar de primera clase con distintivo rojo, por motivos muy similares a los de la anterior.

Quinta sorpresa. Ahora nos encontramos con algo que, no lo oculto, me conturba un pelín. El ascenso de Franco a capitán. El general Fontenla se las apaña para vincularlo a su participación en el combate en torno al aduar de Beni Salem. De haber sido este el caso, hubiera figurado normalmente en su hoja de servicios pero en esta tal combate se menciona una sola vez (tuvo lugar el 1º de febrero de 1914) y el ascenso se motiva, como ya hemos indicado en el post correspondiente, no por un hecho específico sobresaliente, sino por los “méritos contraidos en los hechos de armas, operaciones efectuadas y servicios prestados desde el 1º de enero a fin de abril del año 1914”. ¿Quién dice que el general de Brigada en la reserva Salvador Fontenla Ballesta es un historiador “analítico, independiente y objetivo”? El mismo. Lo afirma en la página 20.

Sexta sorpresa. Reconozco que en la página 53  de su magna obra nuestro estimado general señala que Franco “fue nombrado segundo ayudante del grupo de regulares mandado por el comandante Serrano Ortiz, cuyos cometidos eran auxiliar al ayudante en las funciones administrativas de la unidad”. No sé, y lo confieso humildemente, si este era un empleo adecuado para un teniente que iba a ser ascendido a capitán. Lo que sí sé, leyendo de nuevo la hoja de servicios de Francisco Franco, versión del coronel Carvallo de Cora, es que tal destino no aparece por ninguna parte.

Puede tratarse de un error, pero tengo alguna pequeña duda porque en la misma página el general Fontenla afirma que “el día 6 de agosto de 1914, con el grupo al mando del comandante Serrano Orive, practicó un reconocimiento por los montes de Arapiles y Sansa, sosteniendo fuego ligero con el enemigo”. ¡Vamos, que no fue equivalente al avance sobre el Somme en Francia pocos años después!

En definitiva, nuestro eminente y analítico general se inventa al comandante Serrano Ortiz, omite que Franco fue ayudante segundo del comandante Serrano Orive y lo presenta tal y como figura en el párrafo anterior, QUE ES LO QUE CONSTA EN LA HOJA DE SERVICIOS que nunca menciona. ¿Resultado? Da un pego a sus lectores y deja al coronel Blanco Escolá al pie de los caballos porque se niega a considerar la hipótesis, altamente verosímil, de que el ascenso fuera la consecuencia de un “peloteo” del teniente Franco con respecto a su querido comandante.  Con lo cual, en buena lógica, no solo no la desmiente sino que, en mi opinión, la refuerza. Así, que mi crítica anterior a que el general Fontenla no va a las fuentes debo matizarla. Cuando va, lo oculta.

Precisemos:  lo que nuestro analítico general hace en este episodio es seguir casi al pie de la letra una parte de la hoja de servicios que, salvo error, jamás menciona. Como exalumno que hizo la licenciatura de Historia, “copia”, pero altera ligeramente el orden y las expresiones de donde extrae la información. Lo cual tiene una denominación que cualquier “seudohistoriador” a los que él desprecia podrá fácilmente adivinar.

(continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (XI)

21 enero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Tras haber dado su iracundo rapapolvo a los profesores Sir Paul Preston, Manuel Tuñón de Lara y Santos Juliá, a este de forma más matizada pero con una cortedad indescriptible y teniendo muy en cuenta que los dos últimos no pueden responderle, servidor tiene el honor de haber sido objeto de las amables atenciones del general Don Salvador Fontenla. Reconozco con suma satisfacción que me concede más espacio que a Tuñón y Juliá (algo en mi modesto entender disparatado y que desde luego no merezco). Su pluma, donosa, se refiere a mi persona con brío, como corresponde a un antiguo legionario y paracaidista de pro. No me resisto a reproducir su caracterización. Por supuesto, ni me río ni pretendo que los amables lectores lo hagan. Estamos delante del juicio implacable e inapelable de un investigador que no se ha visto contaminado por gota alguna de la producción de quienes denomina “seudohistoriadores”.

 

Dice así:

“Angel Viñas Martín, escorado hacia la izquierda, emplea la historia como arma política y tiene una guerra personal declarada contra Franco. Él mismo ha reconocido ser “un historiador apasionado y totalmente antifranquista” (sic). Actualmente lidera el grupo que podríamos denominar “historiadores antifranquistas” (sic). Aunque la mayor descalificación (sic), proviene de la Fundación de Veteranos de la Brigada Abraham Lincoln, que lo ha definido como “historiador guerrero” “.

Voy a hacer de esta caracterización un pequeño test para demostrar algunas de las cualidades que adornan al general Fontenla como historiador y que tienen un denominador común: no ir a las fuentes.

  1. He buscado en Google “Franco +Viñas+guerra”. Salen algo más de 4.00.000 hits en las más variadas combinaciones. Haciendo un pequeño recorrido por las primeras páginas no he encontrado ninguna en la que se recoja la frase que tan eminente autor me atribuye. No niego, desde luego, mi vocación antifranquista. La considero algo normal, incluso muy positivo, y la reitero aquí. No la he ocultado nunca, así que no puedo afirmar que haya hecho ningún descubrimiento.  Sobre si mi carácter es apasionado no puedo juzgar. Cuando escribo suelo pensar antes pero, que yo sepa, no nos conocemos personalmente.
  2. Más importancia tiene el que confiese mi ignorancia respecto a que tampoco sé en qué se basa tan leído general para atribuirme un liderazgo que en modo alguno ostento. Puede ser que se refiera sibilinamente (forma adverbial que él atribuye al profesor Santos Juliá) al hecho de haber dirigido la obra En el combate por la Historia. No fui yo quien se autopropuso. Me incitaron a ello el editor Gonzalo Pontón y el profesor Josep Fontana (qepd). Sobre la misma diré algo más abajo.
  3. Pero es la supuesta “descalificación” que me atribuye la que responde a un rasgo congénito en el general Fontenla. NO VA A LAS FUENTES. De haberlo hecho habría observado, en primer lugar, que tal supuesta Fundación solo existe en su imaginación. Sí existe una publicación en inglés, The Volunteer, creada bajo el auspicio de aquellos veteranos y que hoy dirige el profesor Sebastiaan Faber, catedrático del Oberlin College, en Estados Unidos. Buen colega y amigo. Las fuentes que nuestro estimado general podría haber consultado, pero que no ha hecho, son las siguientes:
  4. En una entrevista en castellano, Faber introdujo aquella caracterización en un sentido Fue su traducción de “historiador de combate” que, de verterse literalmente al inglés,  puede inducir a error. Quizá el general Fontenla lo ignore. Por cierto que al citar del inglés es muy recomendable entender lo que se cita y verterlo en castellano, que no es necesariamente lo que puede decir el traductor de Google. Al general Fontenla me parece que le ha pasado lo que ya le ocurrió a Don Miguel Platón, ilustre periodista en papel de historiador, con la poultry girl del capitán Pollard, a que ya aludí en este blog. Me sirvió en algunos de mi posts para destapar su ignorancia profunda del idioma de Shakespeare. Con evidencias. Eso no quiere decir que el general Fontenla no lo chapurree e incluso que lo hable de forma más que aceptable. Lo ignoro.
  5. Para solaz y comprobación de los lectores, doy los vínculos: http://www.albavolunteer.org/2013/01/the-spanish-bloodlands-angel-vinas-warrior-historian/). Por si prefieren una versión en recio castellano cabe acudir a http://www.sinpermiso.info/textos/tierras-de-sangre-espaolas-ngel-vias-historiador-de-combate), página a la que se llega fácilmente desde la primera. No será posible decir que no sirvo en bandeja de plata la posibilidad de contrastar mi aseveración. La demostraré adicionalmente con unos cuantos ejemplos.
  6. Ahora hay que especular. ¿De dónde se habrá inventado nuestro estimado general tales infundios? No hay que buscar mucho. Del repetido trabajito de un profesor titular que, a su vez, interpreta mal lo que escribo. Pero, por desgracia, tal caracterización tampoco se encuentra en la fuente que aduce tal émulo malogrado de Ranke. Algo similar sí. Pero, siempre hay un pero, no se refiere a mí sino a la caracterización que yo hice del doctor Herbert R. Southworth, uno de mis mentores. La escribí en función de las alabanzas que le prodigó el profesor Pierre Vilar al comentar su obra sobre la destrucción de Guernica, tesis que defendió en la Sorbona. Un clásico. Una obra, por cierto, que he actualizado para destrozar sistemáticamente la reputación de un compañero del general Fontenla, solo que en el empleo superior, al que él no ha llegado, de general de división.
  7. No voy a citar a dicho profesor titular (de quien el profesor Alberto Reig hizo un personaje central en un libro titulado La crítica de la crítica. Inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes). La cita que a mí se refiere la ha inventado. La original, relativa a Southworth, pueden encontrarla los lectores en http://www.sinpermiso.info/textos/la-destruccin-de-guernica-a-los-muertos-les-debemos-solo-la-verdad.

En este texto resumí mi consideración del historiador norteamericano, bête noire de Ricardo de la Cierva y, por ende, de casi todos los escribidores profranquistas. Bien o mal, siguiendo a Southworth, he tratado de avanzar las fronteras del conocimiento con base empírica. Como hizo él. Para lograrlo es preciso que concurran, como mínimo, tres factores: curiosidad insaciable, trabajo duro  y analítico (no del tipo del general Fontenla que se autoaplica) y fondos adecuados. Como en el caso de Southworth. Respecto al último punto, y que recuerde, en los últimos veinte años no he recibido ninguna ayuda financiera. Es más, cuando me la ofrecieron la rechacé (en la dirección y contribución a un libro sobre diplomáticos al servicio de la República y en el comisariado, el año pasado, de la exposición subsiguiente).  Así, pues, en ese sentido sí podría afirmarse que soy un historiador libre de toda consideración crematística, pero apasionado por mi labor (encima me divierte) y que lo he reflejado, mal o bien, en una serie de libros, siempre con referencias abundantes y observaciones críticas, de esas que fastidian a los criticados.

  1. Sospecho que nuestro autor tampoco habrá leído el volumen ya citado En el combate por la Historia. Fue un contrapeso a varias entradas en el Diccionario Biográfico Español, publicado por la RAH, y en particular a la de Francisco Franco, debida a la pluma del profesor Luis Suárez Fernández. Suscitaron un gran escándalo y tuvo como modesto resultado que, al menos, dicha entrada se revisara de la pluma de otro historiador. Por cierto, nuestro estimado general tampoco debe haber ojeado la sucinta bibliografía de la magna obra de Suárez, ya que se ha quedado detenido en la primera edición de su hagiografía de Franco publicada por la FNFF en 1984 y que, para el período de que trato en estos posts no la ha actualizado, aunque sí lo ha hecho en el volumen que versa sobre Franco y el III Reich.
  2. Faber me citó extensamente y una de mis afirmaciones la reproduzco tal cual: “No hay uno solo de los historiadores neoconservadores o neofranquistas que no manipule o distorsione la evidencia histórica. Lo que venden son mentiras descaradas (…) En España, los mitos propagados por el franquismo han sobrevivido, convenientemente actualizados, y se movilizan en los conflictos políticos de hoy”.  Este fue el guion de En el combate por la Historia (título tomado de Lucien Febvre y que no estoy seguro que sea de los autores leídos por el general Fontenla). Pues bien: No retiro ni una sola coma seis años más tarde. Al contrario, me reitero en tales afirmaciones tras haber escudriñado algunos mitos adicionales que rodean a SEJE. El que más debería llamar la atención de un militar es que durante la guerra civil Franco se aprovechó para forrarse el riñón, mientras sus soldados morían y sufrían en las trincheras y/o se desangraban en los hospitales. Quizá el general Fontenla considere que tal tipo de conducta es perfectamente compatible con el HONOR militar que tanto recuerda en su obra.

Desde luego, él no comete la incorrección de autoadscribirse a ninguna corriente historiográfica. No. Eso no.  Él, informa -orgulloso- a sus lectores, ha pergeñado “un estudio analítico (sic), que pretende ser independiente y objetivo (sic)”. Tal vez, pero el resultado no es el que dice. No lo es porque, en contra de lo que se pavonea, no emplea materiales de primera mano,  ni evidencias primarias, ni ha trabajado en archivos, ni ha buscado documentación o  fuentes poco conocidas o desconocidas, como solemos hacer los historiadores que no queremos repetir la cantilena que otros hayan tarareado a lo largo de la literatura precedente. Ni siquiera plantea un “estado de la cuestión”. Y no es objetivo, aunque no creo que el Ministerio de Defensa haya financiado su obra. Por eso no he puesto un (sic) a su afirmación. Tampoco creo que al basarse solo en literatura publicada la redacción le haya costado demasiado.

Él, en efecto, solo utiliza obras de algo más de 40 autores (incluidos el propio Franco y su primo hermano). Los títulos del autor que más cita (cinco) provienen de un exterrorista reconvertido, al que yo tengo el gusto de no mencionar jamás. Me deja asombrado que solo acuda al profesor Payne con una obra de 1968 tan conocida como Los militares y la política en la España contemporánea, un tanto dépassée, pero no a los coroneles Cardona o a  Puell de la Villa, que han escrito extensa e intensamente sobre el Ejército, la guerra civil y el franquismo. Quizá como historiador de temas numismáticos, no hay que pedirle que añada títulos de ciencia política, sociología, sicología social, etc. El Franco militar antes de, en y después de la guerra ha dado origen a una abundante literatura multidisciplinar pero en la que, de una u otra manera, casi siempre está presente la dimensión del uniforme.

El curare de sus dardos los reserva el general Fontenla para el coronel Carlos Blanco Escolá, a quien califica de autor incompetente -dice- de “una obra esperpéntica”, que no se molesta en rebatir bajo el científico argumento de que  “se suma de forma zafia a la corriente historicista de moda contraria a Franco, con todos los tópicos típicos, sin un mínimo análisis crítico”.  Produce cierta hilaridad que ese enfoque no se lo aplique tan distinguido general y que se lo atribuya, en cambio, a un periodista autor de otro libro sobre el genio militar de Franco de cuyo nombre no quiero acordarme.

(continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (X)

14 enero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

En el post anterior me detuve en la referencia a uno de los libros consultados por el general Fontenla. Es muy significativo. La idea a la que quiero llegar es que, sorprendentemente para el lector de buena fé que se haya visto interesado por la introducción hecha en las primeras páginas de su obra, no hay en ella, en contra de lo que afirma, la menor o más nimia identificación de archivos, papeles públicos o privados, colecciones documentales, etc. Solo utiliza literatura secundaria. Tal vez aparezca alguna fuente primaria en el resto del texto (que no he leído en su totalidad). Extraña, pues, considerablemente que sea este criterio de la no utilización de fuentes primarias uno de los que aduce para descalificar a quienes denomina “seudohistoriadores”. Al contrario, son los seudohistoriadores, en el sentido normal de la palabra (DRAE: seudo: falso), los que rehuyen las fuentes primarias tanto como el diablo  rehuye el agua bendita, según decían mis abuelitos.

 

A este tenor, y en contra de lo que afirma el general Fontenla, la paleografía no es demasiado útil para los contemporaneistas. El DRAE la define como “la ciencia de la escritura y de los signos y documentos antiguos”. Para una biografía de Franco o una historia de la Restauración, la República, la guerra civil y el franquismo la paleografía huelga. Los documentos relevantes suelen estar escritos a mano en buena caligrafía (alabemos a los pendolistas de la época y a los amanuenses militares).  Predominan, por cierto, los escritos a máquina tanto más cuanto más avanzamos en el tiempo. El caso español no es único. Se observa también en archivos extranjeros y lo he comprobado hace dos o tres semanas en unos que, sorprendentemente, no había visitado hasta la fecha.  Para hacer un favor a un amigo, poco antes de las pasadas vacaciones he estado estudiando en los del Ministerio belga de Relaciones Exteriores los despachos de la legación y consulados en China durante 1900, el año de la rebelión de los boxers. Hay alguna que otra nota a máquina, pero el grueso son notas manuscritas perfectamente legibles.

Es cierto que, a veces, por ejemplo en los legajos relativos a operaciones en la guerra civil, abundan notas escritas apresuradamente y de difícil lectura. He consultado  a quienes entienden de caligrafías enrevesadas, pero jamás se me ha ocurrido hundirme en los misterios profundos de la paleografía. En cualquier caso, en las páginas que he leído de la obra del general Fontenla vuelvo a resaltar que tampoco hay la menor referencia a ningún documento de archivo, ni escrito a mano ni a máquina. Quizá ha atribuido a los comienzos del siglo XX la experiencia que haya conseguido en el tipo de trabajos que aparece en su página de Dialnet sobre períodos mucho más alejados en el tiempo.  No me atrevo a juzgar al respecto.

Entremos ahora en materia. En términos generales toda introducción de un libro aspira a ser sabrosa y a ofrecer unos cuantos mensajes rotundos. Por la que escribe el autor de lo que (utilizando sus propias categorías) no dudo en caracterizar de “refrito”, nos enteramos de varias noticias que merecerían atención si fueran ciertas y las probara documentalmente un historiador reconocido (no me refiero a las afirmaciones que se han oído en las últimas semanas en relación con la reciente investidura del presidente del Gobierno por parte de eminentes políticos y periodistas de la derecha).  Por ejemplo, que el Frente Popular estuvo “capitalizado por el comunismo” (p. 14). O que “el temor al triunfo de una revolución de modelo soviético pregonada abiertamente e intentada una y otra vez por los dirigentes socialistas” fue lo que movió a los militares hacia el 18 de julio (p. 191). O que el asesinato de Calvo Sotelo demostró que “existía el riesgo de que los comunistas se adelantaran y ganaran la mano” (p. 206).  No se priva nuestro estimado autor de añadir que Franco desterró al comunismo “de la política española durante más de cuarenta años” (p. 14), aunque no queda claro si se refiere al Frente Popular o al comunismo. Lo primero sería absurdo porque no sobrevivió a la guerra.  Lo segundo es totalmente inexacto, a no ser que desee obliterar al PCE y a las formaciones marxista-leninistas que proliferaron en la agonía del régimen de su forma y manera de escribir historia. En cualquier caso, no se alarme el lector. La bibliografía (que no las fuentes) de que se sirve explícitamente tan imaginativo general es de pena y, en los casos de referencia, está ampliamente desautorizada.

Con estas y otras no muy exactas afirmaciones el general Fontenla se plantea una hipótesis que no es posible contrastar: si Franco hubiese sido fiel al Gobierno de la época (no era de Frente Popular), y “se hubiera afiliado o mantenido leal al Partido Comunista”, habría sido ensalzado (como lo han sido Miaja o Rojo y aunque hubiese perdido la guerra) (p. 14). No me consta, desde luego, que ninguno de estos dos generales se hubiera hecho comunista (si bien el por algunos tan alabado periodista y acaudalado agente de la propiedad inmobiliaria en California Burnett Bolloten lo insinuó del primero y servidor ha demostrado documentalmente que el segundo estuvo tentado de hacerse, pero que lo disuadió Negrín). En pluma de un autor que alardea de “estudios e investigación propios” tales conjeturas iniciales no parecen demasiado apropiadas. La “historia conjetural” es delicada y, más aún, cuanda a ella se apela en una introducción sin otra autoridad que la autoconcedida.

El amable lector pensará que lo que antecede son pelillos a la mar. Por ello es más importante reproducir en mayúsculas su rotunda denuncia de que en la España de nuestros días, “EL DISLATE HA LLEGADO AL EXTREMO DE IMPEDIR, MEDIANTE LEYES, LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DE CÁTEDRA (…) Y CASTIGAR, DE MODO MÁS O MENOS ENCUBIERTO, A QUIEN OSEN ESCRIBIR O HABLAR BIEN DE FRANCO”.

Su referencia a la libertad de cátedra es algo exagerada porque no consta en su biografía que el general Fontenla ejerza, tras pasar a la reserva, funciones docentes de ningún tipo. Además, la publicación de su propia obra, glorificadora del inmortal Caudillo, desmiente la supuesta falta de libertad de expresión. Innecesario es precisar que tampoco aporta la menor evidencia, ni siquiera “paleográfica”. Finalmente, es evidente que su libro no ha pasado por ningún tipo de censura como la que con tanto encono y éxito algo más que rotundo mantuvo su biografiado desde 1936 a 1975.

Puede ser, no obstante, que el autor se refiera a que, en una ocasión, el Ministerio de Defensa le denegó el permiso para publicar un articulito sobre el proceso de pacificación en Marruecos durante los años 1912 a 1927. La ocasión la deparó el centenario del Protectorado español. Él mismo reconoció la causa. Aprovechando el símil de que, como de todos es sabido, el Jarama pasa por Fuenterrabía insertó en dicho articulito la siguiente frase: …en Afganistán, todas las capacidades de la OTAN contra un enemigo muy similar, después de más de 10 años sobre el terreno, ha conseguido menos avances y ya ha anunciado su retirada, dejando Afganistán en la misma situación que cuando entró, o peor”- sic. Este exabrupto se pensó que no venía a cuento y que implicaba una crítica a la actuación de la OTAN. El general Fontenla se autoconsideró censurado y retiró su escasamente notable contribución.

Tenemos, pues, un hecho puntual y parcial elevado por alguien que, sospecho, todavía podría estar sometido de alguna manera a la disciplina militar, al nivel de categoría urbi et orbe. Afortunadamente tan lamentable percance lo subió a Internet donde puede encontrarlo cualquier lector (https://www.diarioya.es/content/el-ministerio-de-defensa-censura-este-trabajo-del-general-fontenla). Quizá ese eventual curioso comparta mi opinión o juzgará de forma diferente. No lo sé. Pero a mi, funcionario durante más de treinta años y habiendo tratado de asuntos algo más que muy delicados, me sorprende que un militar, ya en la reserva, se creyese autorizado a despotricar a su antojo en asuntos que no serían de su competencia. Claro que tenemos, hoy, el ejemplo de un exJEME que clama por la necesidad de que el presidente del Gobierno sea objeto de destitución por “traición”.

Más interesantes es que, hombre que se autopresenta culto, muy leído, gran conocedor del pasado español y del de Franco en particular, nuestro general pierda un pelín de retención al proyectar sobre algunos escritores la cegadora luz de su magistral (en la primera y tercera acepción del DRAE) opinión. Son historiadores que, ¡oh, ignominia!, han procurado aclarar la vida y milagros de su hagiografiado y que no se han dejado deslumbrar  por la brillante trayectoria de SEJE. Para que sus lectores no se llamen a engaño el general Fontenla evoca a varios de entre ellos desde la introducción misma. Luego, por lo que he visto, en el texto ya no señala los errores, omisiones, malísimas interpretaciones, etc. gracias a los cuales podría haberlos fulminado a placer contraponiendo los resultados de sus propias investigaciones, lecturas y reflexiones apoyadas en documentación preferiblemente todavía no conocida.

Así, ya en la página 16 despotrica contra una hiperselección muy restrictiva de autores.  La palma de oro, con brillantes y espadas de platino, de los abismos de la superchería en que  hunde a tales historiadores se la otorga, en primer lugar, al profesor Paul Preston, caracterizado de “descartable”, “por muchos reconocimientos que le hayan hecho sus correligionarios”. (Las itálicas son mías). Es, lamento pensarlo, una muestra de hiperetnocentrismo,  a no ser que entre esos tan  flagelables “correligionarios” se encuentren los equipos rectores  de la London School of Economics and Political Science de la que ha sido catedrático durante muchísimos años (para su información, una de las más universidades más renombradas del mundo occidental), la British Academy (equivalente a algunas de nuestras Reales Academias), el Gobierno dirigido por la Sra. Theresa May (más  otros previos por razón de condecoraciones adicionales que le han sido otorgadas) y, no en último término, S. M. la Reina Isabel II,  una vez que tan “descartable” individuo fuese armado caballero del Reino.

Claro que, afirma nuestro eminente general, “su obra tiene más de reportaje periodístico que de estudio histórico”. ¡Ah! Tengo la seguridad absoluta de que Sir Paul Preston no presume de general, pero sí parece obvio que el doctor Salvador Fontenla se autopresenta como historiador. Un historiador que es también capaz de echar un pulso al profesor Manuel Tuñón de Lara. Su pluma (afirma sin pestañear) la puso al servicio incondicional del comunismo (en esto sigue a otro de los autores en que se basa como fue el tan admirado -por algunos- Ricardo de la Cierva). Los historiadores que de tal forma apostilla aparecen como representativos de una supuesta “corriente historiográfica marxista”. Esto, en el caso de Sir Paul, exige urgentemente una demostración hermeneútica y heurística en buena y debida forma. Confiamos en que el profundo conocimiento de Marx y del marxismo occidental (por contraposición al originado en la extinta URSS y en sus antiguos países satélites) que, sin duda, poseerá el general Fontenla nos ofrezca en algún momento  la demostración de su aplicabilidad.

Tampoco olvida, por cierto,  al profesor Santos Juliá a quien achaca un trato hemipléjico (!) “con las fuentes y los datos, aunque de forma más sibilina que los anteriores”.  En línea y media queda despachada tan hilarantemente, con un pellizquito de monja, la monumental obra de uno de los más importantes historiadores españoles desde que se produjo el óbito del general objeto de la biografía que aquí comentamos. Claro que no debe sorprender en un autor que aborda la Segunda República en plan tebeo y en el cual la amenaza bolchevique impulsó a los “malos” a querer declarar la guerra a los “buenos”, que fueron quienes la iniciaron. Quizá hubiera podido haberse inspirado en el profesor Stanley G. Payne para mejorar sus formulaciones, pero ni a eso llega.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IX)

7 enero, 2020 at 8:30 am

EL JOVEN TENIENTE/CAPITÁN EN UNA OBRA RECIENTE

Ángel Viñas

En los anteriores ocho posts he tratado de identificar algunos rasgos tempranos en el comportamiento de Franco. No he sicologizado. Me he basado esencialmente en un enfoque crítico, de historiador, de su hoja de servicios en la versión publicada, en vida de SEJE, por el coronel Carvallo de Cora. He recordado que, como toda hoja de servicios, hay que leerla entre líneas. Ya lo hice, con otros colegas, al acusar a Franco de haber inducido el asesinato del general Balmes el 16 de julio de 1936 en Las Palmas de Gran Canaria, una acusación horrenda que me (nos) ha valido numerosas descalificaciones, sin EPRE en contra que valga y con la adición de más cuentos y camelos.

 

Ahora he de confesar, ante todo, que los ocho  posts dedicados al jovencísimo teniente y todavía joven capitán los preparé en septiembre pasado, tras el impacto de un terrible accidente que se llevó por delante a mi perro Oscar, fiel compañero de alegrías y paseos por mi barriada bruselense. Después, no pude hacer otra cosa salvo lanzarme a viajes para dar conferencias o trabajar en varios archivos. No excluí Madrid en donde suelo enterarme de las novedades.

En este y en los próximos posts, continuación de los anteriores, haré unos pequeños comentarios sobre una de esas novedades simplemente porque versa sobre la carrera de SEJE. Se titula FRANCO, CAUDILLO MILITAR, y toca varios de los temas abordados en los posts precedentes. Me servirán de punto de contraste y confío en que puedan ser demostración de mis reiteradas afirmaciones de que ni existe historia definitiva ni que los historiadores debemos tomar demasiado en serio a los apologistas de Franco. No hay ninguno que no haya distorsionado hechos, datos y documentos.  Está en el ADN de la mitografía profranquista.

El autor de la mencionada novedad, Don Salvador Fontenla Ballesta, es un eminente general de brigada, con paso por la Legión y la Bandera Paracaidista. La solapa de su obra también enuncia que estuvo en los Balcanes, particularmente en Bosnia Herzegovina. Como en aquella región se dieron cita militares de varios países supongo que con ellos se entendería en inglés -a no ser que se sirviera de intérpretes. ¡Ah! Es también doctor por la UCM y ha publicado varios libros, uno de ellos sobre la guerra de Marruecos, amén de numerosos artículos sobre historia numismática e incluso, con otros autores, un manual escolar de cultura de la defensa para estudiantes de la ESO. Vistos los nombres que lo acompañan en tan patriótico esfuerzo me gustaría saber en qué colegios se utiliza, si es que se utiliza en alguno. Recibiré encantado información al respecto.

El lector que desee más detalles sobre el general Fontenla puede acudir a su página de Dialnet (https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=209792). Señalo que su reciente obra fue recensionada muy favorablemente en ABC.

Lleva un subtítulo engañoso: “Su historia en los campos de batalla 1907-1975”. Que se sepa, desde marzo de 1939 Franco no pisó ningún campo de batalla más,  a no ser que se entienda que el período posterior, de unos 35 años, fue más o menos equivalente al de la contienda fratricida, simplemente “porque la campaña continuó”, como dijo uno de sus oficiales. Ciertamente, no sin razón, aunque no creo que el autor de la mencionada obra comparta tal explicación. Si se refiere a los “campos de batalla” diplomáticos, Franco no se movió demasiado en ellos. Su conocimiento del mundo exterior siguió siendo extremedamente limitado, incluso tras un par de viajes a Portugal, a la lejanísima Hendaya, un paseo en tren por Francia (con parada en Montoire) y una rápida bajada al norte de Italia.

Desde el punto de vista de este blog me centraré en las páginas 13 a 24 de la introducción, y de las 44  a 60 del texto de la obra en cuestión porque coinciden a grandes rasgos con el recorrido que he hecho de Franco en la  serie de posts anterior. Añadiré que es, afortunadamente, bastante breve, con 330 páginas en tamaño de letra muy legible y que no lleva notas al pié, que suelen comer espacio. Se trata de un texto de carácter lineal y tono afirmativo por lo que podría comprenderse, à la limite, la ausencia de notas.

En las páginas que me interesan he contado tan solo cuatro referencias a otros autores  insertadas en el texto. De ellas dos lo son al general Casas de la Vega, ya mencionado en esta serie de posts, una al general Jorge Vigón correspondiente a su biografía de Mola (que no diría es una obra con pretensión historiográfica aunque puede utilizarse como representativa o sustitutiva de cierto tipo de EPRE) y la última a una obra general sobre la Legión que desconozco. No soy experto en este grandioso tema.

De destacar, subrayar y analizar es, por el contrario, que el autor iza rápidamente bandera en la página 13 al afirmar que el régimen franquista “evolucionó rápido a una democracia partitocrática”. Como es notorio, la evolución se hizo entre 1975 y 1978 con la aprobación de la Constitución y no tengo reparos en aceptar que fuese un proceso rápido, aunque a los que lo vivimos no nos lo pareciera necesariamente.  Por el contrario el calificativo con que el general Fontenla agracia (es un decir) al naciente sistema democrático no es el que se encuentra habitualmente en la literatura histórica, politológica o sociológica. Sí se halla en ciertos escritos que no deseo calificar. En España, por ejemplo, lo utilizó el eminente diplomático y exministro  franquista Gonzalo Fernández de la Mora, tan recordado por sus alabanzas al “Estado de obras” y su silencio sobre los numerosos aspectos oscuros del mismo.

Los lectores podrían pensar que hago demasiado hincapié en una sutileza, propia de un académico pejiguero. No es así. No lo es porque el general Fontenla continúa su introducción aludiendo a lo que denomina la visión histórica “propia de las naciones” que, señala, suele ser “hemipléjica”. Algo que me ha dejado un tanto perplejo. En la hoja de publicaciones de dicho autor no he visto ningún título que aborde la historia de Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Estados Unidos,  países latinoamericanos o, dada su experiencia en Bosnia-Herzegovina, balcánicos. Tampoco ha mostrado (pero a lo mejor me equivoco) ser historiador comparativista.

Dada mi extrañeza he consultado rápidamente el DRAE por si el calificativo a tan interesante historia tuviera alguna connotación que, tras treinta y tantos años de estancia en el extranjero, se me hubiera escapado. No sigo las sutilezas o los matices y cambios del lenguaje en la península. Pero, advierto con satisfacción, no parece que sea  el caso. La definición de “hemipléjico” implica la parálisis de una parte del cuerpo, es decir, la significación habitual que, claro está, no me es desconocida. Quizá, en lenguaje simbólico, sea frecuente su uso entre los tratadistas militares y en este caso hubiera sido de agradecer alguna referencia. Me temo, sin embargo, que tampoco sea muy frecuente porque, de manera un tanto críptica, para el caso español el autor aduce que esa “historia hemipléjica” es un producto de “nuestros seudohistoriadores”.

Su identificación la reproduzco entre comillas, que él no utiliza, porque evidentemente se trata de ciudadanos españoles.  Así, pues, ¿cómo los define o, al menos, caracteriza el por antinomia no seudohistoriador que es como se autoproyecta el autor?  Se trata, según él,  de aquéllos que carecen “de estudios y de investigación propios”. Con tales características pienso que no habrá muchos. Que no hayan cursado una carrera universitaria o equivalente me parece, a ojo de buen cubero, que no son demasiado abundantes. Es cierto que sí lo hacen los, llamésmoles, aficionados, pero también muchos de ellos han investigado, por ejemplo las fosas comunes en las que el régimen naciente en 1936 enterró a las víctimas de su represión.  Y lo han hecho sobreponiéndose a dificultades de todo tipo. Entiendo, pues, que la utilización de tal término no es acertada.

El general Fontenla evidentemente no se incluye en dicha categoría. Con razón. Podría aducirse que no en vano ha seguido el cursus honorum de la educación militar y, además, ha hecho la licenciatura en Historia y un doctorado en historia numismática. Pero eso no es lo que tiene in mente. Él identifica a los auténticos historiadores, por contraposición a los seudohistoriadores, de otra manera. Señala que los primeros “requieren, para no hacer refritos, una capacidad de análisis y un trabajo de investigación en fuentes primarias, labores que necesitan constancia y conocimientos archivísticos y de paleografía”.

Al introducir este criterio nuestro estimado general invita rápidamente a sus lectores a dar un vistazo a las fuentes que ha utilizado para escribir su magna obra. Puedo afirmar que lo he echado con grandes esperanzas. Por lo común, cuando compro un libro (y lo hago muy frecuentemente hasta el punto que tengo mi casa abarrotada de volúmenes en todas las habitaciones, incluidos los descansillos de las escaleras, el sótano y la buhardilla) lo primero que hago es ir a ver las fuentes y bibliografía. Supongo no ser en ello un bicho raro.

Al proceder de tal suerte con la obra del general Fontenla sólo me he encontrado con una lista de autores y de libros que merecerían un comentario algo extenso. No es este el lugar. Pero sí quiero destacar, entre ellos, un bodrio (según el DRAE,  mal hecho, desordenado, de mal gusto). Un bodrio absoluto, para precisar, debido a la pluma de nada menos que todo un teniente general, Manuel Chamorro Martínez, licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM hace muchos años. Le dediqué algunas páginas en uno de mis trabajos. Conviene recordar que el libro de tan insigne teniente general fue recomendado oficialmente, por Orden Circular del 2 de noviembre de 1973,  como de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército. Ergo para el  militar que lo cita.  Soy muy mal pensado y no me cuesta trabajo especular si tal recomendación no habría producido al teniente general un buen chorro de pesetillas de la época. Sin embargo, su valor historiográfico no tengo inconveniente en afirmar que es igual a cero.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VIII)

17 diciembre, 2019 at 10:41 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Franco no fue el héroe por antonomasia del combate del Biutz. Espero que esto haya quedado claro en los posts anteriores. Ya hice referencia a lo que el fiscal del Consejo Superior de Guerra y Marina elevó al conocimiento de este último órgano. A saber: se habían examinado otros casos del combate, cuya importancia y significación pueden debatirse y se han debatido. Lo que ha quedado algo olvidado, comparativamente hablando, es que se habían presentado otros candidatos a la Laureada. Aun así, quedan algunas incógnitas que es preciso identificar, que no resolver.  Veamos las más importantes.

 

La primera se refiere a la herida de Franco. La EPRE, en la medida en que se ha conservado, afirma que fue en el pecho. Así está consignado en el informe a mano del fiscal. Pudo, naturalmente, haberse tratado de un error que recogió  Carvallo de Cora. De este sí sabemos que se equivocó, ya lo hemos dicho, en el nombre del médico al transcribir el informe. A este error, salvo que fuera para despistar, no le otorgamos más importancia. Lo de la herida es mucho más significativo. Es claro que se trató de una muy grave y que Franco se recuperó. Lo que ocurre es que no sabemos cómo. ¿Fue debido a una intervención sobrenatural? ¿A la naturaleza robusta de un oficial algo enclenque? El informe del médico Sr. Blasco ha desaparecido. De los cuidados que se le prodigaron en el campamento no ha quedado rastro documental. Finalmente fue trasladado al hospital. Según cuenta, quizá con excesiva galanura, un periodista de ABC, Manuel Pérez Villatoro, en su artículo actualizado en red al 7 de marzo de 2017 (https://www.abc.es/historia/abci-batalla-olvidada-pudo-cambiar-historia-espana-cuando-franco-casi-muere-combatiendo-contra-cientos-rifenos-201703070158_noticia.html), él consultó a dos médicos que conocieron bien a Franco y Marruecos. Ambos le dijeron que en el hospital de Ceuta en aquellos tiempos no había aparatos de radiografía.

Es decir, casi todo lo relacionado con la herida debe ser puesto bajo interrogantes. Las lagunas pudieron producirse porque en 1916 o incluso 1918 Franco no era todavía un personaje importante y, naturalmente, tales detalles no se conservaron. Pero también puede establecerse otra hipótesis: la posibilidad de que posteriormente Franco tuviera algo que ver con su desaparición. Cosas más difíciles han ocurrido.

Ahora tenemos que comparar lo que la hoja de servicios (versión Carvallo de Cora) y el juicio contradictorio dice de Franco con el caso de otro oficial, muy conocido de los expertos pero no del público en general: el entonces teniente Juan Salafranca Barrio. Los lectores pueden acudir a su entrada en Wikipedia y a un resumen de su biografía  en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. Ambos fueron compañeros de la misma promoción, la XIV, de la Academia de Infantería de Toledo.

Franco ascendió, por antigüedad, un año antes que Salafranca y también llegó tres años antes a Regulares. En estas fuerzas coincidieron. Claro, Franco se distanció rápidadamente, pues su ascenso a capitán le hizo subir muchos puestos en el escalafón. No he encontrado nada que haga pensar que Salafranca mendigara el suyo. Ascendió, eso sí, como consecuencia de su comportamiento en la misma acción de El Buitz. No he tenido la curiosidad de examinar su hoja de servicios pero me fío de un párrafo parcial de la misma que se reproduce en Wikipedia.

En él se afirma que “sostuvo duro combate con el enemigo (…) resultando dos veces herido, una en la pierna y otra en el cuello, continuando al mando de sus fuerzas a pesar de sus heridas, ordenándole el capitán jefe accidental del tabor Fernando Lías Pequeño, saliese a llevar un parte al jefe de la columna, coronel Génova, lo que cumplimentó, siendo muerto el caballo que monataba al regresar de transmitir dicho parte, permaneciendo al frente de sus fuerzas hasta que ordenó el repliegue”.  Su nombre figuró en el parte de la operación que Lías Pequeño entregó a dicho coronel con la mención de “muy distinguido” por su insuperable valor, dotes de mando y la energía que desplegó en altísimo grado en dicho combate.

Pregunta: ¿cuál de los dos oficiales, el capitán Franco o el teniente Salafranca, se portó mejor en el asalto a la loma de las trincheras? Los dos fueron a parar al hospital, aunque Franco algo más tardíamente dada la gravedad de sus heridas. El de Biutz fue un combate en el que hubo otros héroes. Uno fue el cabo Mariano Fernández Cendejas. También se le transportó al hospital porque seguía vivo aunque estaba acribillado a balazos. El hermano del comandante de la columna fue a verlo para que firmase la instancia que él había promovido para que se le concediera la Laureada. No pudo hacerlo porque tenía las manos vendadas. Dos días más tarde falleció. La Laureada se le otorgó a título póstumo.

Cuando Salafranca pudo salir, por fin, del hospital coincidió con la publicación en la orden general del Ejército de España en África la disposición del general en jefe por la que se abría juicio contradictorio en atención a sus méritos contraídos en El Biutz para que se le concediera la Cruz Laureada de San Fernando. También se propusieron al teniente Diego Pacheco Barona y al oficial médico ricardo Bertoloty. Poco después siguieron el fallecido comandante del tabor, Enrique Muñoz Gui, el capitán Francisco Palacios y el propio Franco. Como se ve, una plétora de héroes. FRANCO NO FUE EL ÚNICO. FUE EL MÁS PEDANTE.

Según Wikipedia, de la que me fio en este caso, Franco elevó una instancia al rey Alfonso XIII en la que puso de manifiesto el agravio comparativo con sus compañeros ascendidos y, hoy sabemos que con extremado tupé, aludió “a la injusticia de atribuir todos los méritos del asalto a la loma de las trincheras al teniente Salafranca”. Franco, acusica y rencoroso, aseguró que “como oficial de mayor graduación de aquella acción siempre estuvo al mando de ella y que fue él y no Salafranca quien había seguido dirigiendo el combate, incluso después  de resultar herido”. Hoy podemos decir que, si Franco escribió en estos términos, mintió como un bellaco, porque en la segunda etapa de su juicio quedó de manifiesto que no había estado en condiciones de hacer nada después de recibir un balazo.

El que no se le concediera la Laureada debió producir a Franco, pues, un gran malestar. En su carrera militar ulterior tampoco la ganó. Probablemente se había hecho prudente y eso de ir a pecho descubierto hacia la muerte ya no le agradaría (si es que alguna vez la buscó en pos de la fama y de la gloria). Salafranca sí lo hizo y se topó con la parca. Murió como el valiente que era.

Franco, siempre muy al loro, encontró otro método para subir al cielo de los héroes. Lo hizo en tres etapas. La primera fue a finales de septiembre de 1936 y a ella dedicaremos un par de posts ulteriormente. La segunda etapa coincidió con el también segundo aniversario del “Glorioso Movimiento Nacional”:  el Consejo de Ministros, que él presidía, tomó una resolución que encontró plasmación en las páginas del BOE.

Para mí es la babosidad que rezuma la segunda la que más me impresiona. Imagine el lector la escena. El Consejo de Ministros se encuentra sobre la mesa con la solicitud hecha por la Armada para que el Jefe del Estado vista su uniforme. No sabemos si en ese día el Consejo lo presidió Franco o, por un ataque de extraña humildad, se ausentó para que deliberaran al respecto los señores ministros.

Lo cierto es que el Consejo aprobó la petición y se lanzó a una envolée tan cursi como inigualable. La de por sí sobria prosa del BOE apenas da abasto para contener la emoción que rezuma el párrafo final de su resolución, supongo de nuevo que adoptada en ausencia de Franco:

“También cree el Gobierno rendir tributo de justicia a quien por designio Divino y asumiendo la máxima responsabilidad ante su pueblo y ante la Historia, tuvo la inspiración, el acierto y el valor de alzar la España auténtica contra la anti-Patria y, después, como artífice inimitable de todo nuestro Movimiento, dirige personalmente y en forma insuperable una de las más difíciles campañas que registra la Historia, conduciendo a nuestros bravos soldados de victoria en victoria y a pasos agigantados al triunfo final y, como Jefe del Estado y Presidente del Gobierno, rige los destinos de la Nación con desvelo y acierto universalmente admirados”.

El narcisismo de Franco no pudo recibir mejor espaldarazo. Le faltaba una cosita que le llegó en la tercera etapa, cuando tópicamente va la vencida o, como se dice en inglés, third time lucky. En aquel momento de ascenso a la suprema gloria militar se dejó prender en su pecho, henchido sin duda por la VICTORIA, la Laureada que no había logrado conseguir ni en los años diez ni en los veinte del pasado siglo.

He puesto en itálicas lo del “designio Divino” porque los hechos fueron muy, pero que muy diferentes. Lo dijeran los señores ministros de la época o lo machacara con singular constancia una propaganda sumamente rendida y permanente (en realidad hasta hoy),  con incrustaciones religiosas de por medio.

En los próximos posts veremos la, hoy por hoy, presentación de la carrera de Franco de teniente a comandante en la última versión que ha llegado a mis manos.

NOTA

En condiciones normales sería en los próximos martes, pero en dos ocasiones recaerían en Nochebuena y Nochevieja. No son momentos para leer mis posts. Continuaré la serie el 7 de enero, después de Reyes, con la esperanza de que los amables lectores sigan riéndose.

A todos y a todas, MIS MÁS SINCEROS DESEOS DE FELICIDAD EN LAS PRÓXIMAS NAVIDADES Y DE BIENESTAR Y ÉXITO DE CARA AL NUEVO AÑO.

Presentación de «¿Quién quiso la Guerra Civil?»

10 diciembre, 2019 at 4:11 pm

Presentación, en la Fundación Sindical Ateneo 1º de Mayo, del libro ¿Quién quiso la Guerra Civil? de Ángel Viñas.

Intervenciones de Jaime Cedrún (Secretario general de CCOO y presidente de la Fundación Sindical 1º de Mayo) y de Ángel Viñas. Moderadora del acto Paula Guisande (Directora de la Fundación Sindical 1º de Mayo).

Madrid, 20-11-2019.