La exhumación de Franco, ¿una aberración teológica?

5 marzo, 2019 at 8:53 am

Ángel Viñas

 Me he permitido el lujo de darme unas vacaciones en Londres y Somerset (suelo hacerlo en esta época del año) para descansar un poco del desgaste físico y sicológico de los últimos meses. Ha culminado en la revisión final de las últimas pruebas de mi próximo libro: ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL? Mientras escudriñaba el pdf en busca de eventuales errores, expresiones poco afortunadas y los malvados e inradicables pleonasmos, en Inglaterra me han dejado aterrado dos temas: en primer lugar, la agudísima controversia política y parlamentaria en estas semanas previas al Brexit (sobre lo cual el martes que viene revelaré una anécdota que me ha parecido muy sintomática pero que no ha saltado, que yo sepa, a los grandes medios de comunicación). El segundo tema ha sido el batiburrillo que continúa despertando el tema de la exhumación de Franco.

 

Estaba sumergido en plena división cuando un amigo me envió un vínculo que me hizo pensar hasta qué punto son necesarios trabajos que documenten y analicen con los modernos enfoques  y las correspondientes técnicas de la historiografía crítica la colusión y las colisiones de la SMICAR (Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana) con el Estado franquista, naciente o consolidado, durante la guerra civil y la dictadura. Las aportaciones de José Ramón Rodríguez Lago, por ejemplo, me parecen admirables. En lo que a mi respecta, no puedo decir que sean temas que hayan atraido particularmente mi atención, pero debería haberles dedicado más tiempo del que les he otorgado.

El vínculo en cuestión, que reproduzco para información y eventual solaz, si no carcajadas, de los amables lectores, es el siguiente

https://cadenaser.com/programa/2019/02/26/hora_14/1551174335_951986.html

Se trata de una entrevista emitida por esta cadena de radio que se hizo a un monje de los que oran y velan en Cuelgamuros (me resisto a utilizar el término más frecuente). Según lo presenta el entrevistador  se trata de un caballero de 77 años que lleva en su puesto, la frente erguida y firme el ademán (probablemente con la mirada dirigida el sol durante el día y hacia los luceros durante la noche), la friolera de 57 años. Es decir, que ingresó en la O.B. a una edad bastante tierna. Fue también el organista que actuó en el funeral de Franco y, según afirma, ha sido  profesor (hemos de suponer que eminente) de Sagradas Escrituras. Por desgracia no dice dónde. En todo caso, desliza con rotundidad castellana su familiaridad con las mismas aunque esto puede entenderse como un mero ejercicio de la profesión. En alguno de mis destinos he conocido a un par de profesores de yeshivas (escuelas judías) que me dijeron que sabían prácticamente de memoria la Torah y, naturalmente, lo que los cristianos denominan Viejo Testamento.

Tan estimable teólogo hace afirmaciones relacionadas con la exhumación y, sin duda como destacado investigador entre los de su grey, algunas otras de carácter histórico, relacionadas con el pasado y su supuesta prolongación en el presente. Sin embargo, tengo la impresión de que es algo impreciso porque en tan corta entrevista ha incurrido en algunos errorcillos. Acude a la clásica dicotomía agustiniana entre la ciudad de Dios y la ciudad del mundo y no consideró oportuno referirse a la famosa carta pastoral del 30 de septiembre de 1936 del reverendísimo obispo de Salamanca Dr Enrique Pla y Deniel. Es muy conocida y recomiendo el análisis que de la misma hizo en su día el profesor Glicerio Sánchez Recio. Tan distinguido prelado se ilustró para la historia de la ideas con la contraposición entre el vandalismo de los hijos de Caín frente al heroismo y sacrificio de los hijos de Dios. Los lectores ya pueden imaginar quiénes fueron unos y otros. Pues bien, nuestro organista se ha puesto al día. Él contrapone la “España del frente republicano que provocó la rebelión de octubre de 1934” y la “España cristiana”. Ha elegido un episodio muy controvertido, sobre el cual existe una literatura muy abundantes y ha cortado por lo sano.

No en vano el Octubre del 34 ha sido siempre el comodín de la derecha más cerril, algon que aquí no nos interesa, pero el hecho evidente es que no lo provocó el supuesto “frente republicano” a que alude el probo organista. Si acaso segmentos del mismo, porque lo que es notorio y bien sabido es que su preparación se hizo durante un gobierno de trece miembros de los cuales nueve eran del Partido Republicano Radical, uno del Partido Republicano Liberal Democrático, otro del Partido Agrario Español con dos independientes. ¿Podría el profesor de Sagradas Escrituras ilustrarnos cuáles eran los que pertenecían a ese supuesto frente que luego “secuestró” la República.  Si nuestro dilecto historiador confunde “frente republicano” con el Frente Popular comete un error propio de un pardillo.

Añadamos: la afirmación de que el Frente Popular “provocó irremediablemente el alzamiento nacional” es de suspenso en el grado de Historia. Ni siquiera el profesor Stanley G. Payne llega a tal extremo. Desde luego, reconozco que se trata de un dogma de fé en los círculos más escorados hacia la extrema derecha, pero los dogmas de fé, al menos en lo que se refiere a Historia, pueden contrastarse. No es el caso de las alturas teológicas en que habitualmente se moverá nuestro buen monje.

De aquellos polvos tales lodos. Sentada su posición de partida, tan respetable caballero no es, en consecuencia, demasiado amable con el actual gobierno. A lo mejor es un potencial votante de VOX. Sin embargo, creo que se pasa un pelín al atribuir al minoritario gobierno del PSOE la cualidad de “fiera herida” que da zarpazos. ¿Cuáles, por ventura?

Que Franco (a favor del cual un compañero benedictino recogió en un bodrio de libro publicado por la Fundación Nacional que lleva su nombre testimonios de personas supercatólicas que hubiesen querido verlo elevado a las inconmensurables alturas de la santidad) hubiera pretendido “reconciliar a las dos Españas bajo los brazos pacificadores de la cruz” es una torpe exageración. No en vano quien sí se transmutó en fiera continuó dando zarpazos durante todo lo que le quedó de vida en aquella desdichada España. Que se lo pregunten, si no, a los procesados, condenados, presos y ejecutados entre 1959 (momento de la inauguración del supuesto monumento a la “reconciliación”) hasta su muerte en 1975.

Tan egregio conocedor de los últimos ochenta y tantos años de Historia se eleva luego a las cumbres de la trascendencia, por encima de cualquier vulgar posibilidad de comprobación empírica. Afirma, quizá sin pestañear, que la exhumación es una aberración teológica, pero desgraciadamente no da pista alguna para fundamentarla. A no ser que sus oyentes y eventuales lectores crean que las víctimas republicanas (entiéndanse los fusilados o asesinados que combatieron por la República) serán las primeras “en desear que Franco no salga del Valle”.

Utilizo, creo que propiamente, el tiempo verbal adecuado. Cualquier no ya historiador sino persona con un mínimo sentido común se preguntaría ¿y cómo sabe tan eminente teológo de tal supuesto deseo? ¿Ha viajado por ventura a la eternidad, las ha consultado -o hecho algún sondeo entre las mismas- y regresado a predicar la buena nueva? Si nos acercamos a los parientes próximos de varias de entre ellas, y que probablemente las quieren más que nuestro ilustre conocedor de las Sagradas Escrituras, lo que aparece es que desean trasladarlas del “templo de la reconciliación”, algo que no ha resultado nada fácil.

Tampoco está familiarizado el, sin duda, excelente organista con la literatura reciente. Hoy se sabe, documentalmente, que Franco no dejó dispuesto que se le enterrara en Cuelgamuros. Fue una decisión de su Gobierno, privado de su inmarcesible conductor. Ahora bien, parece bastante normal que lo que decide un Gobierno otro pueda revocarlo. Imagine el amable lector que tal no fuera el caso. Ello significaría que, Monarquía por Monarquía, algunas de las decisiones de los gobiernos de la Restauración tendrían todavía validez. A no ser que, sobrenaturalmente claro, Franco haya comunicado a sus celadores que desea permanecer en la sepultura en la que yace desde 1975. La historia eclesiástica está llena de milagros y muchos de sus hacedores han subido al peldaño máximo de la santidad.

Nuestro estimado historiador puede objetar. Recordaré, no obstante, que la sublevación militar de 1936 se hizo al amparo de la Ley Constitutiva del Ejército de 29 de noviembre de 1878. Esta fue un subproducto de la reordenación de la cadena de mando del Ejército de cara a eventuales operaciones a los dos años y medio de terminada la última guerra carlista y al amparo de la Corona y del Gobierno de S.M. Como es lógico en el año 1936 estaba totalmente fuera de juego. Los sublevados se saltaron a la torera el equivalente de la cadena en ella establecida que, en términos comparativos, había sido sustituida por las leyes de Defensa de la República de 21 de octubre de 1931 y de Orden Público, que la derogó, de 28 de julio de 1933.

El corte de la cadena de mando con la establecida por la legislación franquista no se produjo hasta la etapa democrática. En definitiva: lo que decidió un Gobierno en una Monarquía constitucional lo derogó un republicano, que a su vez fue abrogado por un régimen dictatorial no de “extraordinaria placidez”, como dijo alguien. Obviamente, no pasó la prueba del algodón en una Monarquía parlamentaria y democrática.

Comprendo que en una entrevista de no demasiados minutos no ha lugar para muchas sutilezas pero las expresiones utilizadas por el organista del histórico funeral rezuman las ideas acuñadas por el reverendísimo obispo de Salamanca (y luego eminentísimo cardenal) que se mantuvieron contra viento y marea en el franquismo por la jerarquía de la SMICAR. Hoy, elementos clericales y un cierto sector social, haciendo cuchufletas de la historia, todavían alaban los tiempos y la época de un caudillaje “por la gracia de Dios”. ¡Ahí si que se ocultan las grandes aberraciones de una cierta teología que no ha encontrado todavía su Karl Rahner!

 

Un testimonio, poco conocido, del horror en la zona sublevada

26 febrero, 2019 at 8:25 am

Ángel Viñas

 A lo largo de la preparación de mi próximo libro no he dejado en ningún momento de llevarme sorpresas. Algunas relacionadas directamente con la investigación. Otras, por motivos aleatorios. En este post quisiera rescatar de la oscuridad un libro -tirado a 500 ejemplares solamente- que me envió un colega por indicación de un amigo mío. Se trata del testimonio de un periodista y escritor asturiano, huido a México en 1937, y del que servidor no había oído hablar jamás. Confieso, paladinamente, me ignorancia. Como es lógico, tras leer el libro que es objeto de este comentario acudí en demanda de auxilio a Mr Google. Gracias a él, y a la magia del Internet, pude enterarme de algunas cosas sobre su biografía. Está incluso, con una entrada muy sosa, en es.wikipedia.org. Su libro se encuentra en alguna que otra biblioteca del Principado y hay referencias a él, desperdigadas, en un cierto número de obras. Tengo, sin embargo, la sensación de que quienes lo mencionaron no habían leído el libro en cuestión.

ESPAÑA A HIERRO Y FUEGO. Diez meses con los sublevados. Editorial Norte. México. 1938

 Se trata de la obra de un tal Alfonso CAMIN, titulada ESPAÑA A HIERRO Y FUEGO. Diez meses con los sublevados. Se publicó en México en 1938 en una editorial llamada Norte y, en edición facsimilar, se ha republicado en Asturias por una, supongo, pequeña editorial denominada Alto Nalón, en Pola de Laviana. Le acompaña un corto prólogo de un antiguo minero, Albino Suárez, admirador confesado de la obra -ingente- de su paisano y que, en mi modesta opinión, no pone suficientemente en valor la importancia del libro, sus afirmaciones y las cuestiones que sugiere. Terminó de imprimirse el 12 de diciembre de 2012 en el XXX aniversario, se afirma, del fallecimiento del autor.

La obra tiene 430 páginas y narra en estilo directo, sin florituras, las “aventuras” del autor desde el Madrid inmediatamente antes del estallido de la sublevación en julio de 1936 hasta su huida a Portugal, desde Galicia, diez meses más tarde. Sin sospechar nada de lo que se preparaba se había ido de la capital en coche, conducido por un chófer, a pasar las vacaciones en su tierra y se detuvo en Palencia a visitar a unos amigos. Es en esta adormecida ciudad donde le despertó el estruendo de las bombas y el crepitar de los fusiles y ametralladoras.

Fue el principio de un largo viaje a lo largo del cual pasó por León, El Ferrol, Coruña, Ribadeo, Burgos, Luarca, etc y en el que atravesó innumerables momentos de angustia y pocos de alegría. No sabemos si llegó a tomar notas -algo peligroso- en las circunstancias o si retuvo sus vivencias en la memoria. Tampoco si adornó el relato, en el que con múltiples señales y detalles recogió el horror que fue presenciando en los distintos lugares por los que pasó en la zona sublevada y, singularmente, en Asturias.

A pesar de la facilidad de la escritura, aunque de calidad poco arrebatadora, y de dar casi siempre cuenta de las personas con las que trató, se hace difícil -desde la salva distancia de más de 80 años- de comprender el cúmulo de barbaridades que describe. Si solo la mitad de lo que cuenta respondiera a los hechos, la ferocidad y salvajismo de los actos de represión contra los republicanos, liberales, masones, comunistas y socialistas supera fácilmente una gran parte de la literatura testimonial que conozco.

La impresión, muy nítida, que se desprende es que la sublevación militar y falangista (no olvidemos que Camín empezó a presenciarla en Castilla la Vieja) es que una especie de odio y de rabia acumulados durante años derrumbó todos los modos de convivencia ciudadana que habían regido hasta entonces. Burgueses de derechas, guardias civiles, soldados del remplazo y oficiales y suboficiales del Ejército, presas de un ansia asesina, empezaron a pasear, fusilar, detener y humillar a quienes creían enemigos de la PATRIA. Daba igual su edad, su sexo o su condición, muertos sin contemplación alguna por los guardianes de la futura nueva España.

La lectura de tales atrocidades, continua, sin compasión alguna para el lector, pronto se hace difícil y no tengo reparo en afirmar que, después de un centenar de páginas, hube de continuarla en pequeñas dosis.

Una reimpresión de la obra hubiera debido llevar, en mi opinión, una presentación crítica, hecha por algún historiador asturiano o castellano, que pudiera dilucidar hasta qué punto muchas de las atrocidades encajan con el comportamiento de los sublevados y cuáles podrían haber sido fruto de la imaginación del autor. En definitiva, una edición crítica.

Es posible que en los lugares por los que Camín viajó persistan memorias de las barbaridades cometidas en aquellos años, en general sobre víctimas presentadas como absolutamente inocentes.

Para mí, el texto de Camín corrobora lo que siempre he escrito acerca de las atrocidades cometidas por los sublevados. Siguiendo las instrucciones de Mola, se trataba de descabezar toda posibilidad de resistencia aniquilando a las autoridades políticas y administrativas republicanas, ya fueran provinciales o municipales; destruyendo la capacidad de reacción de las masas obreras mediante el asesinato de los responsables sindicales y de partidos y, no en último lugar, dando un sajo sangriento en el cuerpo social, de manera más o menos indiscriminada siempre que fuese entre las masas izquierdistas, para inducir un estado de shock paralizante e inhibidor de toda posibilidad de resistencia.

Curiosamente, Camín no apoda a los sublevados como era costumbre en aquellas fechas en plan de facciosos o fascistas, sino que utiliza constantemente un adjetivo desorientador: a todos ellos les calificó de “negros”.

Sería un tanto irresponsable reproducir varios de los episodios que narra Camín. Me contentaré con indicar dos. El primero se refiere a la toma de Luarca. En el combate cayó herido el comandante de Carabineros que defendía la plaza. Fue hecho prisionero y condenado a muerte, pero se le dejó en el hospital para fusilarlo apenas pudiera ponerse en pie. El comandante se extrañó. Curarle para después fusilarle era cosa de rufianes. El era un hombre y pidió que le fusilaran inmediatamente. Se le concedió su deseo. La ejecución tuvo lugar en domingo. Acudió a presenciarla la “buena sociedad”: el cura, los señoritos, el banquero, las beatas y las mocitas histéricas a la salida de misa. El comandante no podía moverse. Estaba herido en el vientre. Se le trasladó en una silla hasta las paredes del cementerio. Se le arrimó al muro. Entonces el pidió que se le diera permiso para mandar el piquete de ejecución y exclamó: “¡Yo no deshonro el uniforme! ¡Yo no soy un traidor! ¡Viva la República! ¡Viva el Ejército de la Nación! ¡Carguen!, ¡Apunten!, ¡Fuego!”. Es posible que haya quedado algún recuerdo. La memoria. Es difícil, aunque no imposible, que alguien escribiera algo al respecto.

El segundo se refiere a una de las visitas que Camín hizo a A Coruña. Había allí numerosos presos, lo lógico en una ciudad que los sublevados tildaban de “roja”. Por ella pasó en una ocasión el general Cabanellas. Al comunicarle los presos que había se mesó airado la “blanca barba masónica. ¿Y qué hacéis con ellos? Lo que usted diga, mi General. En cuanto yo me vaya, que no quede uno”.

Esto es congruente con una de las anotaciones que José María Iribarren, el primer narrador del golpe de Mola, escribió en el margen de su libro, secuestrado por la autoridad militar tal y como hemos descrito en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Iribarren señaló que Cabanellas tenía la costumbre de viajar -no estaba ya al frente de tropas y había sido nombrado Inspector General del Ejército- y por los lugares que pasaba solía preguntar si había prisioneros. Cuando la respuesta era afirmativa, la orden que daba era siempre la misma. ¡Caramba con el general que había tenido fama de ser republicano!

En algunos de los posts del año pasado hice algunas sugerencias que, naturalmente, no espero que las autoridades a que iban dirigidas tomasen en cuenta. Ahora bien, teniendo en cuenta lo que va a pasar en Andalucía, con la derogación de la ley andaluza de Memoria Histórica, una de las más avanzadas en su género, pienso que tal vez los responsables de la Autonomía asturiana bien podrían encargar, en este año del ochenta aniversario del final de la guerra -que no de la campaña-, una edición crítica de esta obra de Camín. ¿Inventó cosas? ¿Describió correctamente lo que había visto? ¿Qué se recuerda, de nuevo la memoria histórica por medio, en las colectividades por las que hizo su gira en medio de las llamas y horrores de la España sublevada?

Y, en todo caso, como imagino que los 500 ejemplares de la editorial Alto Nalón estarán ya agotados, ¿no podría reimprimirse o -al menos- digitalizarse la obra del escritor asturiano?

Una militante comunista en Ravensbrück

19 febrero, 2019 at 8:29 am

 Ángel Viñas

 La literatura memorial sobre el universo concentracionario nazi es inmensa y se declina en numerosos idiomas. También en los nuestros. Por desgracia, así como en España se han traducido ejemplos, particularmente desde el francés, no me consta que muchos testimonios españoles hayan sido vertidos a otros. Haberlos, haylos. He tenido el honor de prologar algunos rescatados de la oscuridad por la escritora catalana Montserrat Llor Serra y publicados en CRITICA. Abundan más los de los hombres que los de las mujeres y entre estos últimos menos todavía los que combinan recuerdos de la resistencia en Francia con los de los campos nazis. De aquí que la editorial Renacimiento sevillana merezca un agradecimiento especial por haber dado a la luz, en castellano, hace años las memorias de Mercedes Núñez Targa. Una militante comunista que combatió en la Résistance francesa, que fue deportada al campo de mujeres de Ravensbrück y que regresó para contarlo.

Mujeres prisioneras del campo de concentración de Ravensbrüc

Debo el conocimiento de esta versión al hijo de Mercedes, Pablo Iglesias Núñez, que la tradujo con Ana Bonet Solé del original catalán, El carretó dels gossos (La carretilla de los perros), aparecida en Edicions 82 y que la reeditó en 2005. Su hijo le cambió el título por uno más expresivo: Destinada al crematorio con el subtítulo De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, aparecida en 2011. A esta edición se le añadió un prólogo del conocido escritor y filólogo gallego Xesús Alonso Montero, presidente de la Real Academia Galega hasta principios de 2017 y militante comunista en su época. En él se resume la vida accidentada de la autora, que falleció en Vigo (donde tiene dedicada una calle) en 1986. Su primer relato, Cárcel de Ventas, publicada en París en 1967, se tradujo al catalán y al gallego. Renacimiento la ha publicado en castellano en 2017. Confieso no haber leído esta obra primera. La segunda parte de sus memorias muestra, en todo caso, a una escritora de estilo simple y efectivo. Con garra. Es un bonito recuerdo de la conferencia que el 18 de julio pasado di en el centro cultural de Goián, cerca de A Guarda. Hasta estas vacaciones de Navidad no había tenido tiempo de leerlo.

En comparación con los grandes campos de exterminio nazis, Ravensbrück fue “simplemente” de concentración y se destinó, principalmente, a albergar mujeres, procedentes de todos los países sobre los cuales los nazis echaron sus miradas ávidas. No debe creerse, sin embargo, que fuese un campo de secundaria importancia.  Figura en lugar prominente en la mejor historia que conozco de los campos nazis (la de Nikolaus Wachsmann, publicada por CRITICA y ya en tercera edición). En ella puede seguirse la infame trayectoria de Ravensbrück desde sus comienzos, en 1os primeros meses de 1939, hasta su final. Tras la ocupación de Polonia en aquel año más del 70 por ciento de las internas eran polacas, lo que hizo que en el campo se extendiera la idea de si Hitler no habría decidido también exterminar, aparte de los judíos, a los polacos. Realmente los trató como a perros inmundos, de aquí tal vez el título original de estas memorias.

En su comienzo las condiciones de vida no eran mortales. Empeoraron después hasta llegar a la apoteosis catastrofista. En el campo estuvo detenida la conocida comunista alemana Margarethe Buber-Neumann, que llegó en agosto de 1940. Era una militante del KPD de gran prestigio a la que Stalin no le permitió que participara en el canje de prisioneros que él y Hitler autorizaron. Como para entonces Buber-Neumann ya había visto de cerca las condiciones del Gulag, en Karaganda, Ravensbrück le pareció mucho más tolerable. Recordaré que en 1980 fue condecorada con la Gran Cruz del Mérito de la República Federal de Alemania, la más alta distinción de su país. Está por ver que algo similar se haya hecho en España con algún deportado de después de la guerra civil, pero nunca es tarde para perder la esperanza, aunque fuese a título póstumo.

A medida que transcurrió la guerra, en Ravensbrück fueron deteriorándose las condiciones de vida e incluso de muerte de los internados. Sobre todo, a partir de 1942. Las “enseñanzas” de Auschwitz y campos similares en materia de asesinatos masivos y de “selecciones” para la muerte inmediata tras la llegada a ellos fueron expandiéndose por toda la red contaminándola “adecuadamente”. Mercedes Núñez llegó en el verano de 1944 a Ravensbrück en un período en el que el campo era una sombra de lo que había sido. Para peor.

La autora tenía tras de sí numerosas aventuras. Había caído prisionera después de la guerra al tratar de reconstituir el partido comunista en Galicia. Ingresó en la cárcel de Ventas, aunque salió de ella por un error administrativo, huyó a Francia, se adhirió a la Résistance, fue detenida por los franceses colaboracionistas y los alemanes cuando militaba en la 5ª Agrupación de Guerrilleros Españolas. En vez de mandarla al pelotón de fusilamiento de inmediato, su interrogador, un alsaciano que trabajaba para los nazis, sorprendido de su gallardía, la puso en el camino que la condujo a Ravensbrück después de pasar por dos campos en Francia y uno en Alemania. En su recorrido ya pudo observar que lo que se murmuraba de los nazis amenazaba con ser cierto. La realidad sobrepasó todo lo imaginado e imaginable.

A lo largo de sus memorias, de no más de 120 páginas, que se leen en poco más de dos horas, Mercedes Núñez trazó con vigor y realismo una multitud de retratos de los co-protagonistas de su relato, en la Résistance y en los campos, españoles, franceses, polacos, rusos, yugoslavos, alemanes nazis y no nazis. Añadió la descripción de los sistemas de degradación y humillación en el horror, la vida diaria, el temor a contraer algún tipo de enfermedad (casi inevitable) que condujera directamente al crematorio, las vejaciones diarias de las kapos, los esfuerzos para inutilizar obuses que en los talleres del campo las prisioneras más fuertes se veían obligadas a montar (pequeñas victorias en el balance general de la guerra pero cuán satisfactorias para quienes podían topar con el crematorio al intentarlas).

En Ravensbrück se vieron, como en otros campos, entremezclados el horror, el honor, la dignidad y la cobardía. En todo caso, la abyección. No sin cierto orgullo Núñez recuerda que las españolas solían despertar sentimientos de admiración en comparación con otras internas. Incluso entre los obreros alemanes que trabajaban con ellas en los talleres. Ciertamente no hubo muchas en el período que la narradora pasó en el campo. La mayor parte de los españoles “rojos” (tal era su apelación oficial) pasaron por decisión de Himmler a otros campos y, en especial, a Mauthausen. Pocos sobrevivieron.

Especialmente impresionantes son las descripciones que la autora hace de las kapos, es decir, de las vigilantes. Chocan un poco con la valoración de Wachsmann, para quien las guardianas de Ravensbrück retrocedían en términos de brutalidad con respecto a sus homónimos masculinos de las SS. Por lo que Núñez Targa vivió se trataba de prisioneras que colaboraban con el fin de obtener algunas migajas de “simpatía” por parte de los nazis y esto dependía de su disponibilidad para actuar con dureza, incluso extrema. Cierto es que Wachsmann hace su observación al principio de la vida del campo.

Tras haberse “empapado” de millares de impactantes escenas de humillación, miedo cerval y horror, destaca la significación del regreso a Francia en las circunstancias un tanto caóticas en que vivía el país vecino. Por suerte evitó que la pusieran en un convoy que probablemente la hubiese llevado a España. Se quedó en París y tuvo el placer de no recargar las acusaciones que pendían sobre el abyecto colaboracionista que la había puesto en la vía que conducía a los campos alemanes. El tipo remilgado, fino, elegante, pero no exento de ataques de una brutalidad que recuerda a las descripciones que han salido a la luz en los últimos años sobre las vejaciones y torturas que solían aplicar algunos especímenes notables de la Político-Social franquista, se había convertido en un auténtico guiñapo humano. Tampoco le sirvió de nada. Fue condenado en Carcassonne y fusilado en septiembre de 1945.  Uno más de los traidores a Francia que tuvieron que responder de sus actos ante los tribunales de justicia en una de las jurisdicciones de excepción creadas el año anterior y de composición especial. Según informaciones francesas, tales tribunales condenaron a muerte a 767 personas (hubo más que se enfrentaron a otras dos jurisdicciones).

Mercedes Núñez Targa fue condecorada con la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz del Combatiente Voluntario de la Resistencia, la Medalla de la Deportación e Internamiento por hechos de Resistencia, la Cruz de Guerra y la Cruz del Combatiente. Del libro que comento no aparece nada que haga pensar que en la España postfranquista se le diera ningún trato especial.

Nunca es bueno olvidar. El historiador Nikolaus Wachsmann es alemán, asentado en Londres. Nació en 1971. Miembro de una generación que no tiene el menor inconveniente en revisar los imborrables crímenes alemanes. Ha tenido acceso a archivos múltiples donde han quedado registradas las vergüenzas de una generación anterior. ¿Hasta cuándo habrá que esperar para que el acceso libre a los archivos centrales de la represión franquista pueda hacerse en similares condiciones? Pregunto esto porque, según mis noticias, el anuncio hecho por la Sra. Ministra de Defensa, y publicitado a bombo y platillo, no ha pasado en realidad de una declaración de buenas intenciones. Ahora algún archivo me ha reconocido que no tiene funcionarios o empleados para dar abasto a todas las peticiones.

Polémica sobre Juan de la Cierva (y III)

12 febrero, 2019 at 8:27 am

Ángel Viñas

En la diversificación de actividades del ingeniero, que verosímilmente se acentuó en la segunda mitad de agosto de 1936, lo que ha podido documentarse (y que servidor reinterpreta) es que hizo caso, como era lógico, a una orden de Mola para viajar a la Alemania nazi con el fin de aclarar la situación en materia de suministros. Hitler había decidido apostar por Franco. Sus emisarios llegaron a Berlín mucho antes que los de Mola, que se había basado en viejos contactos monárquicos generalmente de tipo comercial e industrial. Franco, desde Tetuán, apostó por la línea del partido, tras una primera aproximación por la vía de un militar conocido suyo. Es un tema sobradamente conocido.

El resultado es que Franco recibió armamento desde el exterior por dos vías. La alemana y la italiana. Esta última esencialmente por razones logísticas pues era más fácil enviar a Marruecos por vía aérea y marítima. A Mola no le quedó más remedio que aguantarse, aunque tras hablar con algún militar italiano logró que una pequeña parte se le remitiera a Vigo.  Más tarde optó por hacer sus propios pinitos en Alemania. Lo que podía esperar era utilizar otras vías. No necesariamente las de los arsenales, sino las de los traficantes o mercaderes de armas. Las primeras las controlaba Göring rígidamente tanto en el plano militar como en el económico. Las segundas daban margen. ¿Quién era la persona de que Mola podía fiarse? Juan de la Cierva.

El hecho es que en septiembre Juan de la Cierva estuvo en Berlín. El 19, al día siguiente de su regreso a Londres, escribió a mano una carta a Mola en la que rindió cuenta de los resultados de su misión. Había sido un viaje azaroso que emprendió desde París y en el que, mientras dormía en el coche-cama del tren que lo llevaba a la capital alemana, intentaron robarle papeles y dinero. Es imposible saber si se trató de un caco o de otra alternativa.

Nada más llegar, de la Cierva se puso en contacto con Canaris. Lo identificó como la persona “que se encarga de la ayuda al Movimiento”. No creo que ya lo hubiera visto antes porque esta descripción fue totalmente inexacta. La ayuda dependía del operativo militar montado por Göring. El servicio secreto militar de Canaris (Abwehr) se ocupaba de otras materias colaterales. Por ejemplo, de la coordinación con la ayuda italiana. A principios de agosto se había encontrado en Bolzano con el general Mario Roatta, director del SIM (Servizio Informazioni Militare) que conocía perfectamente las circunstancias en las cuales Mussolini había decidido ayudar a Franco.

La carta de Mola no se ha encontrado en ningún archivo. Al menos que servidor sepa.  Tampoco es de extrañar porque después de su accidente mortal en junio de 1937 todos sus papeles, su diario de guerra y los materiales con los que al parecer estaba escribiendo una historia del “Alzamiento” se esfumaron por arte de magia -y de un pelotón de soldados- de su cuartel general.

Ahora bien, el informe de su enviado a Mola revela que estaba al tanto de los arreglos hechos tanto en Berlín como en la España controlada por Franco en relación con la ayuda alemana. Gracias a que Canaris lo puso en contacto con otras personas se enteró además de que el marqués de las Marismas del Guadalquivir (José Ignacio Escobar, posteriormente marqués de Valdeiglesias) había encargado cinco millones de cartuchos de 7 m/m. La entrega se había concertado para agosto, pero le dijeron que se trataba de un error y que la fecha prevista era realmente septiembre. Esto permite comprobar que, efectivamente, Escobar había contratado el suministro en uno de sus viajes cuando Mola intentaba, por su cuenta, allegar armamento. El señor marqués (un pronazi de cuidado) se expandió con multitud de detalles ya de difícil contrastación en sus propias memorias (pero sí indicó que el suministro previsto era de diez millones y que se fabricarían en Alemania).

La idea con que se topó de la Cierva fue que los nazis pensaban aprovechar el viaje de retorno a España de un barco a punto de llegar a Hamburgo, el Girgenti, cargado de cobre. Es un caso muy conocido ya que se trató del primer envío de Franco a cuenta de la deuda que representaban los primeros suministros de armas. De la Cierva insistió en que había que darse más prisa y convenció a sus interlocutores para utilizar otro barco en el que se cargaran inmediatamente cuantos cartuchos pudieran apañarse. De todas maneras, no era posible enviar las cinco toneladas. Con dos habría que aguantarse. Esto significa que el Estado alemán no estaba detrás de la operación.

La gestión del ingeniero resultó en que el 19 de septiembre salió para Vigo el Kamerun, con los dos millones de 7 m/m, dos mil fusiles del 7,92 con otros dos millones de cartuchos y 875.000 cartuchos de pistola.

Había otro pedido en tramitación que había hecho un exagregado naval, el capitán Génova, de 1750 fusiles alemanes y que de la Cierva aceptó a aumentar a 2.000. Abonó los gastos extra porque prácticamente todo lo demás ya se había pagado desde Londres. Los 3 millones de cartuchos de 7 m/m restantes saldrían para Vigo poco más tarde y el cargamento lo completarían 1500 toneladas de carbón.

La complejidad de estas operaciones clandestinas se manifiesta en que fue entonces cuando el ingeniero se enteró de que los cartuchos los suministraba una fábrica austríaca y no polaca como habían dicho los intermediarios. (Notó que la cosa no hacía gracia a los alemanes). Encargó, por si las moscas, otros cinco millones en Alemania a entregar en un plazo máximo de tres semanas. Hacia el 5-10 de octubre llegarían a Vigo. El pago también se efectuaría desde Londres.

Nada de lo que antecede tenía que ver con Franco. Canaris informó al ingeniero que a este se le enviarían semanalmente cinco millones de cartuchos, según había pedido, y que se tardaría de 10 a 15 días en hacer la primera expedición. De la Cierva insistió en la urgencia. La respuesta fue que si los españoles proporcionaban una muestra de cartuchería se ahorrarían dos o tres días pues pensaban enviar un aeroplano a España para recogerla. “Saqué del bolsillo lo que V. me dio y entonces me dijeron que estaban casi seguros de poder hacer el primer envío en una semana”, escribió de la Cierva. También se enteró de que alguno de los traficantes nazis de armamento había arreglado compras de armas en Finlandia para la República y que pensaba, tras cobrarlas, quitar algunas partes de su mecanismo para inutilizarlas. (Un ejemplo de sabotaje que se repitió innumerables veces)

Cumplida esta misión, el ingeniero se dispuso a cumplir otras que tanto Mola como Franco le habían encargado. Se puso a sus órdenes con un ¡Viva España! En diciembre Juan de la Cierva pereció en un accidente de aviación. Salvo que se demostrara que en aquellos cometidos no hubo hecho gala de su proverbial energía sería difícil argumentar que Juan de la Cierva no puso toda su lealtad al servicio del autodenominado “Movimiento Nacional”.

Por lo demás, hasta ahora se ignora que poco después de la entrevista Canaris se desplazó rápidamente a España, en donde habló con Queipo de Llano y Franco. Que sepamos fue su primera visita tras la sublevación. Un militar italiano lo escoltó a su partida. De lo que departieron no se ha encontrado constancia.

(La carta a Mola, escrita a mano, se encuentra en el Fondo Maiz, en el Archivo Real y General de Navarra donde la consulté. El Centro Documental del Bombardeo de Gernika guarda una copia. La reprodujo Maiz en sus memorias póstumas Mola frente a Franco, pp. 331-334, y le dio una interpretación delirante. La ligó a conexiones previas, nunca demostradas, de la Abwehr con los conspiradores antes de la sublevación, aunque nada de ello se desprende de la carta misma).

 

FIN

Polémica sobre Juan de la Cierva (II)

5 febrero, 2019 at 8:30 am

En relación con el aspecto fundamental de si el inventor del autogiro sabía o no sabía la finalidad para la cual se le pidió que procurase un avión inglés el autor o autores de la entrada de Wikipedia fueron unos merluzos, por decirlo suavemente. No solo ignoraron los resultados de la historiografía sino también los dos libros de memorias que han alumbrado, aunque no del todo, el episodio. Se citan una y otra vez, pero ya se sabe que no vale iluminar a quien no quiere ver. Así, por ejemplo, Douglas Jerrold contó lo que sabía de cómo se embarcó a de la Cierva y para qué en sus memorias aparecidas en 1937. También Bolín aportó su granito de arena en las suyas, aparecidas treinta años más tarde. Para quienes aspiren a nota podrían acudir igualmente a las del marqués de Luca de Tena, propietario de ABC, que siguieron un poco después. Es más, si “fuentes” lejanas en el tiempo hubiesen resultado difíciles para tan audaces autores, podrían haber utilizado el librito de un periodista, Peter Day, publicado en España hace pocos años. Resume, acríticamente por cierto, lo escrito por los dos primeros y muestra que sabrá mucho de Inglaterra, pero poco o nada de España.  

Entre los tres primeros autores mencionados puede reconstruirse la operación (aunque con lagunas, porque Jerrold no conocía el trasfondo español y los dos patriotas no quisieron contar todo lo que sabían). Aparte de lo que escribió Jerrold, las versiones de Bolín y Luca de Tena difieren algo (afán de protagonismo del periodista, deformación y cuidadoso silencio en el segundo), pero lo que está absolutamente claro es que Juan de la Cierva supo desde el primer momento para qué iba a servir el Dragon Rapide. Y, enemigo de la República como era, no le pareció nada mal. No pretendo en estas líneas darme autobombo, pero al tema le he dedicado parte de tres libros y para el avión he contado con la inapreciable ayuda de mi primo hermano y expiloto Cecilio Yusta. Sobre el trasfondo monárquico de la operación (de lo que algunos creen que ya se sabe todo) todavía queda bastante por decir. Dentro de unos meses daré a conocer un grueso libro en el que expondré los manejos de la trama civil de cara al 18 de julio.

Por el momento baste con decir que a Juan de la Cierva le llamó días más tarde Alfonso XIII para que se desplazara desde Londres a Roma. La misión, que no explicó pormenorizadamente en carta a Mussolini, estribaría en convencer a los italianos de que el golpe que esperaban desde hacía varias semanas era el preparado por los monárquicos. El 20 de julio anunció el viaje al Duce brevemente: “Le supongo enterado de la enorme importancia del movimiento español. Faltan elementos modernos de aviación y con objeto de adquirirlos van a Roma Juan La Cierva [sic] (inventor del autogiro) y Luis Bolín, personas de mi entera confianza. El marqués de Viana [ayudante] portador de la presente le explicará todos los detalles y la ayuda que espero nos prestará”.

Es una misiva que se conoce desde hace más de cuarenta años, pero no se ha encuadrado suficientemente. Implica una triangulación telefónica entre el exmonarca, de vacaciones en Austria, y sus dos mensajeros. Bolín le habría anunciado el viaje bien desde Lisboa o desde Biarritz mientras que de la Cierva probablemente seguía en Londres. Sus implicaciones no se han explicitado. Para hacerlo hay que recordar que Bolín silenció cuidadosamente la presencia del ingeniero, que tuvo que llegar a Roma después de él. A decir verdad, también puso en segundo plano a Viana, que según el intrépido periodista no pintó absolutamente nada. Solo él, Bolín, arrancó a los italianos el compromiso de enviar aviones a Franco. Una estupidez como un pino que ha teñido gran parte de la historiografía. Las ventajas de ser un embustero consumado y un cínico de gran calibre. Cuando publicó sus memorias (España: los años vitales) en español y en inglés (aunque, por motivos no explicados, las dos versiones no siempre coinciden) de la Cierva llevaba casi treinta años criando malvas. Quien pudo desmentir a Bolín no lo hizo por razones que ignoramos. Se limitó a escribir una gélida referencia solapada que experiodista no llegó a leer porque murió a los pocos años de publicar su panfleto. Es indudable que, como ya había hecho con el para él glorioso vuelo del Dragon Rapide, quiso llevarse para sí el triunfo histórico de desencadenar la ayuda italiana a Franco.

No sabemos si de la Cierva llegó a ver a las autoridades romanas. Es probable que no. Hasta ahora no se ha encontrado ningún papel que lo documente.  Así que no tuvo más remedio que regresar a Londres. Si informó al exrey del resultado de su viaje tampoco es conocido. En aquel momento era difícil que pudiera pensar que, treinta años más tarde, Bolín iba a tener el tupé de alzarse con todo el mérito.

En Londres, ya metido de lleno en las labores de ayuda a los sublevados, hizo lo que sabía hacer. Gracias a sus contactos con el mundillo del transporte aéreo procuró adquirir aviones civiles para pasárselos a Mola. La sublevación había estallado sobre una Europa bastante desprevenida (no en los casos de Italia e Inglaterrra), pero ya el 25 de julio Hitler había decidido enviar ayuda a Franco. Pocos días después dos aviones italianos tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso en la zona francesa de Marruecos. La noticia apareció en grandes titulares en la prensa internacional. En el ínterin el consejo de ministros francés dudaba en si ayudar o no a la República y cómo. A principios de agosto, lanzó la idea de la no intervención, una forma de cordón sanitario para evitar que los países europeos apoyasen activamente a los contendientes. Con ello escondía la incapacidad francesa de ayudar al Gobierno legítimo de la República.

Alemania e Italia hicieron caso omiso y durante agosto procuraron retrasar la puesta en práctica de la no intervención mientras enviaban armas, municiones y militares a Franco y Portugal prestaba una preciosa ayuda diplomática, sobre todo en Londres. Aquí el gobierno tory incluso se adelantó y el 19 de agosto la proclamó unilateralmente. El ingeniero pudo apañarse, en un plazo sumamente corto de unas tres semanas, para según Gerald Howson adquirir unos diez aviones civiles (a Barcelona llegaron 14).  No le faltó dinero. Se ignora de dónde lo obtuvo. Pudo ser de March (que había pagado a toca teja los italianos). Tal vez del propio exrey. No en último término de monárquicos agradecidos.

Le ayudaron dos circunstancias: el nuevo embajador en Londres, Julio López Oliván, siguió una conducta sinuosa de doble juego. Demoró en todo lo posible los encargos que le hacía el Gobierno de Madrid (una forma de sabotaje) y pintó en negros colores al británico lo que pasaba en España. Mientras tanto, casi todo el cuerpo diplomático español asentado en Londres, incluidos los agregados militares, se pasó a los sublevados salvo contadas excepciones. A principios de agosto hubo que enviar a un jefe, el comandante Carlos Pascual Krauel. Sus comunicaciones fueron rápidamente descifradas por las autoridades británicas.

Sin duda a Juan de la Cierva la exploración del mercado inglés no le llevó todo su tiempo. Así que miró hacia el continente. Por fortuna, he encontrado un documento -conocido, pero mal interpretado- que permite echar luz sobre sus andanzas en la Alemania nazi. Lo expondré en el próximo y último post.

En el ínterin más detalles sobre lo tratado hasta ahora pueden encontrarse en tres de mis libros La soledad de la República, La conspiración del general Franco y El primer asesinato de Franco (escrito al alimón con Cecilio Yusta Viñas y Miguel Ull Laíta). Todos en CRÍTICA. Daré infinitamente mucha más información en el previsto para esta primavera.

(continuará)

Polémica sobre Juan de la Cierva (I)

29 enero, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

 En Murcia ha estallado un debate público sobre si dar o no el nombre del inventor del autogiro al aeropuerto regional. Las proezas tecnológicas e ingenieriles que conllevó el desarrollo del aparato, precursor del helicóptero, serían motivos más que suficientes para justificar dicho galardón. Un ilustre hijo de la autonomía se vería así recompensado póstumamente. Pero, a veces hay un pero, tan ilustre personaje (que ya da sus nombres a conocidas becas de investigación postdoctoral y a un Premio Nacional) no está exento de sombras. Entre ellas figura en lugar destacado su papel en el alquiler del avión más famoso de la historia contemporánea de España, el Dragon Rapide. Hay más.

Hace algunas semanas me llamaron de Murcia para que dijera algo sobre la actividad del ilustre inventor en este sentido. Lo hice de forma, a lo que parece, insuficiente. Como he escrito en varias ocasiones sobre su actividad no ingenieril creo que conviene resumir lo que puede y debe ponerse en claro. Lo que sigue es una sucinta valoración en tres posts. Me apresuro a señalar que, para escribirlos, he hecho ante todo lo que probablemente han hecho también muchos participantes en la controversia de Murcia: ver lo que se dice en Wikipedia.

Esto no significa que crea que lo escrito en Wikipedia es palabra de Evangelio. En el presente caso, un dato común a la entrada española e inglesa es que Juan de la Cierva, después de varios intentos aeronáuticos en España, se marchó en 1925 a Inglaterra. Probablemente consideró que en un país mucho más avanzado tecnológicamente que el suyo podría tener más éxito. Al fin y al cabo, la aviación británica, civil y militar, se había desarrollado a toda velocidad en el curso de la primera guerra mundial. En Inglaterra permaneció hasta 1936. ¿Consecuencia? El ingeniero Juan de la Cierva no participó personalmente en los debates ideológicos y políticos españoles de la primera mitad de los años treinta. Su intervención se limitó a mediar en el alquiler del Dragon Rapide sin saber a ciencia cierta para qué serviría. No lo digo yo. Lo dice la Wikipedia en castellano. Cito: no se ha “confirmado nunca si Juan de la Cierva era conocedor del destino del avión, máxime cuando falleció en diciembre de 1936 y llevaba años viviendo en Londres y alejado de la política nacional”.  Esto es, con perdón, una estupidez producto bien del deseo de embaucar o de la ignorancia más roma.

Cualquier historiador hubiera podido, y debido, analizar algo del trasfondo. En Wikipedia se dice simplemente que la mediación la hizo a petición de Luis Bolín, corresponsal de ABC en la capital británica. Es no haber leído ni siquiera las memorias del intrépido periodista, por muy falaces que sean.

Hagamos un sucinto recorrido. El período 1931-1936 fue tumultuoso en España. Hubiera resultado sorprendente que los españoles asentados en Londres no se hubiesen visto interesados o incluso afectados por lo que pasaba en la madre patria. De la Cierva, de familia de recia raigambre monárquica, no estuvo al margen. Formó parte activa del mundillo, más o menos cerrado, de los clubes londinenses en el que existía una pequeña tertulia que agitaba contra la República española. La mayoría eran ingleses y con capacidad de influir sobre la opinión pública. Todos ellos se movieron mucho desde el fracaso en 1932 de la “Sanjurjada” para “vender” a los lectores sus peculiares ideas sobre la “inquietante” dirección en que se movía España.

El fundador fue sir Charles Petrie, historiador y católico a machamartillo. Si el lector echa un vistazo a su entrada en Wikipedia en inglés verá que flirteó con el fascismo, que escribió un libro laudatorio sobre Mussolini, que era un ferviente admirador de sir Oswald Mosley (el líder fascista inglés), que defendió la política de apaciguamiento británica hacia los dictadores fascistas, que fue un encendido propagandista de la ulterior “España nacional” en la guerra civil, etc. etc. No extrañará que destacara en el mundillo intelectual londinense por sus estruendosos ataques al decadente liberalismo y porque solía saludar efusivamente a las viriles potencias del futuro Eje. Por sus amigos los conocerás es una máxima aplicable en este caso a Juan de la Cierva.

Otro de los tertulianos fue el marqués del Moral, angloespañol y también denodadísimo defensor de Franco cuando llegó el momento. Figuraba igualmente el duque de Alba, de rancia estirpe aristocrática española y escocesa, posterior “embajador” de la España de Franco. Hubo un diputado conservador, Victor Raikes, derechista furibundo, que cuando Hitler ocupó militarmente Renania en la primavera de 1936 destacó por oponerse a cualquier tipo de cooperación franco-británica porque podría llevar a la guerra. Un patriota de vía estrecha. Para nuestro tema el tertuliano fundamental fue Douglas Francis Jerrold, católico a machamartillo y que intervino en el asunto del Dragon Rapide. Participaron también Luis A. Bolín y Juan de la Cierva, únicos españoles de pura cepa. Tan insignes personajes contaban con acceso ilimitado a varios diarios de derechas como el Morning Post, el Daily Mail y el Daily Telegraph. Muy combativos todos ellos contra la experiencia republicana.

Como es lógico, este grupito filofascista ha sido objeto de estudio detallado en la historiografía. Sus resultados no nos interesan porque en ellos los tertulianos españoles no suelen destacarse. Sí nos interesa subrayar que Jerrold, el marqués del Moral y Bolín reelaboraron un opúsculo escrito por el político Don José Calvo Sotelo. El lector comprenderá que el opúsculo difícilmente era una obra científica. La reelaboración en forma de librito, The Spanish Republic, se publicó en 1933 y tuvo gran éxito en el mercado británico. Se trató de un ataque despiadado contra el nuevo régimen español. Ello animó a los tres autores a unirse a la tertulia de Petrie.

En algún momento se incorporó también Juan de la Cierva. Para entonces la empresa que había fundado en Londres desarrollaba un programa de pruebas en cooperación con el Ministerio del Aire. Esto lo ponía en contacto con militares británicos. No es exagerado afirmar que, con el apoyo intelectual y de contactos de Bolín y de la Cierva, los tertulianos se plantearon como objetivo fundamental contribuir a la salvación de España del inminente “peligro comunista”. Esto, como es sabido, constituyó el leit-motiv de los conspiradores españoles. La historiografía ha demostrado que se trató de una superchería, pero que sigue moviendo en España a almas cándidas.

A finales de mayo de 1936 el conde de los Andes, uno de los activistas más emperrados en derribar a la República y del que diré algo en un próximo libro, comunicó a Bolín en Londres que en España se estaba tramando una cosa seria. Era verdad. No sabemos si el corresponsal de ABC pasó tal noticia a de la Cierva, pero sería sorprendente que no lo hubiese hecho. Al fin y al cabo, pocos días más tarde Bolín dio, el 8 de junio, una interesante charla en un famoso hotel londinense. ¿Sería demasiado ilusorio suponer que de la Cierva no habría ido a escuchar a su amigo? La tesis que el eminente, pero falaz, periodista fue que en España existía un estado de guerra civil latente. Es decir, salvo que se demuestre que de la Cierva era más impermeable que el plexiglás al medio que lo rodeaba, hemos de suponer que el encargo del Dragon Rapide no le sorprendería demasiado. En cualquier caso, su fe monárquica se vería robustecida poco después cuando pudo charlar con el exrey Alfonso XIII en su visita a la capital británica. También estaba al corriente de lo que se preparaba y es difícil, por no decir imposible, que no charlaran de ello.  El lector puede suponer cuál sería la respuesta del ingeniero de la Cierva.

(continuará)

Un libro para iniciarse en Historia

22 enero, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

 Puedo asegurar a mis amables lectores que el director de la Editorial Comares granadina, y buen amigo mío, Miguel Ángel del Arco, no me da comisión por referirme a libros por él publicados. Sin embargo, vuelvo a ella por tercera vez en este nuevo año porque hace tiempo que quería dar a conocer otro libro de los de su colección. Se trata de una obrita del profesor Antoine Prost, aparecida hace pocos años en Francia y que ha tenido un éxito fulgurante en los países francófonos. También aquí, en Bélgica. Sin embargo, salvo error u omisión, no he visto muchos comentarios sobre ella en España. Es una pena, porque es de lectura fácil y amena, en la edición de Comares se ve enriquecida con un excelente prólogo de dos colegas españoles muy respetados, Justo Serna y Anaclet Pons. Tras finalizarla muchos serán los interesados que se den cuenta de que interpretar documentos no es una tarea tan fácil y sencilla, sino que requiere alguna destreza que, eso sí,  se adquiere con la experiencia.

 El libro se titula Doce lecciones sobre historia. Está pensado para estudiantes de grado en la Sorbona, pero Prost lo escribió con la mente puesta en un número amplio de lectores. Ciertamente los ejemplos y las referencias que da se refieren a la historia de Francia o a la sociedad francesa, pero esto no es óbice para su interés en otros países europeos occidentales.

En España, que yo sepa, el análisis de documentos, fundamentales para todo historiador empírico que se base en evidencias primarias, no se enseña en el grado y queda por lo general restringido a los alumnos de postgrado, y no en todas las facultades de Historia. Para unos y para otros este librito debería ser de lectura obligada. Ahorraría, probablemente, mucho tiempo y mucho esfuerzo para aprender cómo analizar e interpretar esa documentación elusiva que se conserva en los archivos. Y aunque en la España democrática las autoridades siguen guardando con singular celo la que todavía no se ha desclasificado, quizá por eso de que en los archivos anidan serpientes venenosas que pueden dar un susto no a quienes las despiertan sino a los que leen sus productos, no cabe descartar una posibilidad. Quizá dentro de un tiempo prudencial (25, 50 o incluso 100 años) las generaciones futuras puedan familiarizarse con ellos, cuando el veneno con que fueron emponzoñados haya dejado de surtir efectos. Mientras tanto, con los documentos ya abiertos y consultables hay para tener entretenida a, por lo menos, una generación de alevines de historiador. Son quienes aprenderán de este libro. Incluso algunos docentes, porque siempre es más fácil retornar a la rueda que inventar una alternativa. Prevalece la máxima de que solo escribiendo historia se convierte uno en historiador.

En este sentido, al menos dos capítulos introductorios son de obligado análisis y de exigente reflexión. Uno se refiere a los hechos y la crítica histórica; otro a las preguntas que se hace el historiador. La historia no puede definirse ni por su objeto ni por documentos. Puede hacerse historia casi de todo y con toda suerte de fuentes. Pero son las cuestiones que se plantea el historiador lo que constituye el objeto de la historia y, en consecuencia, lo que determina la base de su trabajo.

En mi próxima investigación, ya en vías de revisión previa a la maquetación, las cuestiones que me planteo determinan el tipo de fuentes necesarias. Son tales cuestiones las que me han llevado a seleccionar un tipo de EPRE, alguna conocida -pero no siempre bien interpretada- y otra desconocida. También me han llevado a descartar otras. La aplicación de esta distinción me ha costado bastante trabajo porque he procurado superar mis propios prejuicios y limitarme rígidamente a la exposición, crítica interna y externa, contextualización y explicación de una masa nada despreciable de documentos encontrados en una decena de archivos. En tal labor he simplificado la clasificación de las cadenas de causalidad que describe Prost entre causas finales, materiales y accidentales y la he reducido a dos: condiciones necesarias y condiciones suficientes. Sin la menor intención, por supuesto, de sentar cátedra. Y, naturalmente, las cuestiones planteadas, casi como hipótesis al principio de la investigación, me han llevado a dar la preferencia a ciertos autores (nunca se parte de cero) y a dejar de lado otros. Aun así, la bibliografía es abundante.

No puedo decir que el libro de Prost me haya alumbrado el camino (tras cuarenta años de investigación en media docena de países y en una treintena de archivos algo he aprendido) pero sí me ha servido de consuelo. Por lo demás, no se me ha ocurrido sistematizar las técnicas de análisis tal y como lo hace él para ligarlas al desarrollo del estudio de la porción de pasado que me interesa atravesando las etapas que median desde las primeras interpretaciones de esa porción hasta desembocar en unas tesis que remedan la formación de un texto histórico con vocación científica, es decir, contrastable, sujeta a la crítica interpares y siempre provisional. No siempre es fácil agotar todas las fuentes existentes que incidan en una determinada cuestión. Sin duda habrá documentos y archivos todavía cerrados a la investigación.

Hubo una época en que escribir historia tenía mucho de literatura. ¿Quién no se ha confesado absorto o trascendido al leer la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Gibbon? A mí se me cayó la baba, cuando hace muchos años leí la edición abreviada que me regaló Hugh Thomas. En alguno de mis traslados se traspapeló y ahora, cuando me concederé un buen descanso, me he apresurado a adquirir la versión completa. Espero pasar unas buenas semanas leyéndola y comparándola con alguno de los libros de Mary Beard.

Hace ya mucho tiempo que la Historia, sobre todo la contemporánea, se ha hecho “científica”. Pongo el adjetivo entre comillas porque no es obviamente una ciencia como la química. Es una ciencia social, una ciencia blanda. Los resultados que arroja son contingentes. Nuevas fuentes, nuevos descubrimientos, nuevos enfoques pueden dar al trasto, y frecuentemente lo hacen, con los conocimientos que creíamos seguros.

En pocos casos se parte de cero. Para la historia, por ejemplo, del siglo XX mucho de lo que pueda decirse, ya se ha dicho. En algún momento, en algún tiempo, en algún lugar. Esto se aplica a las sociedades occidentales y también a la española. El papel del historiador estriba entonces en separar el trigo de la paja y en calificar como relevantes, irrelevantes, verdaderas o falsas afirmaciones que en algún momento hicieron autoridad. O que, como en las dictaduras, estuvieron protegidas por esas autoridades. Todo lo que he escrito está pasado por ese cendal.

Desde este punto de vista el librito de Prost tiene una utilidad suma. Su lema podría ser el que la historia no explica el pasado completamente, pero sí algo del mismo. La explicación dada no es totalmente determinante pero tampoco es totalmente aleatoria. Todo lo posible no puede ocurrir al mismo tiempo, recuerda Prost. El historiador tiene que establecer un diagnóstico y determinar las situaciones en que se producen contingencias. Por utilizar la terminología anglosajona: si el historiador analiza la dinámica a que se han atenido los fenómenos históricamente constatables (the road taken), tampoco puede dejar de identificar aquellos puntos de inflexión a partir de los cuales, de haberse producido, los fenómenos subsiguientes hubieran sido otros (the road not taken). Es una metodología modesta. Personalmente, no estoy muy de acuerdo con los intentos de “historia alternativa” o “historia contrafactual”, un enfoque reciente tan de moda.  Ni los hombres ni las sociedades actúan como prevén los algoritmos de los war games o de los juegos de ordenador. El número de variables a considerar es inmenso. Sus interacciones, imprevisibles.

Comares publicó esta obra en 2014. Según tengo entendido ya va por la segunda edición. Es una buena señal. Merecería penetrar más entre los lectores españoles y familiarizarlos con una serie de observaciones que les permitirían dilucidar las profundas diferencias entre historiadores serios y los seudohistoriadores con escasos escrúpulos que disertan como si fuesen profesores sobre los temas más complicados de, sobre todo, nuestra historia contemporánea. En definitiva, un libro claro, sucinto, sumamente interesante y de lectura obligada para quien quiera penetrar rápidamente en el trabajo nada misterioso, por cierto, del historiador. Un ejercicio interesante podría estribar en sustituir los ejemplos tomados de la historia francesa por otros de la española. Es lo que yo invitaría a hacer si tuviese que dar un curso de postgrado.

La fe y la furia: un libro sobre el anticlericalismo en España

15 enero, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el post de la semana pasada me referí a uno de los libros publicados por la granadina Editorial Comares. En este debo recomendar otro que aborda un tema parecido desde otro ángulo. La sempiterna cuestión del anticlericalismo en España. De todos es sabido que la SMICAR lleva años, curiosamente en el período en que ha florecido el movimiento en pos de la memoria histórica, reivindicando la suya. Numerosos son los integrantes del clero regular y secular asesinados en la guerra civil que han sido beatificados y, en algún caso, elevados a los altares. Muchos de ellos incluso encontraron acogida en las páginas del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. Por otro lado, con perspectivas históricas modernas la compleja relación de la SMICAR con la sociedad española ha dado origen a una abundante literatura que ha roto moldes tradicionales.

Entre los numerosos títulos publicados en los últimos años hay uno que quisiera destacar aquí porque tiene alguna relación con mi anterior post. Es la conversión en libro de la tesis doctoral de la profesora Mary Thomas. Le costó cuatro años de trabajo revisar una inmensa bibliografía, sobre un tema no menos inmenso, y acuñar un marco analítico para reabordarlo con nueva EPRE, obtenida en media docena de archivos y con las aportaciones desde campos tan diversos como la sociología, la psicología social y la antropología. El subtítulo explica de lo que se trata: la violencia y el iconoclasmo anticlericales y populares en la España de 1931 a 1936. Va prologado por Sir Paul Preston, que fue uno de los examinadores de la tesis.

En un plano de historia estrictamente política la aversión a la Iglesia católica (la única posible en la España del XIX y hasta 1931) se explica por su triple papel como soporte de la Monarquía, su apoyo a la oligarquía y su lucha más o menos abierta contra los embates del mundo moderno a la vez que predicaba la sumisión al orden establecido como si este hubiera sido un resultado del designio divino. Nadie tan cualificado como el Conde de Jordana en su segunda etapa de ministro de Asuntos Exteriores de la dictadura franquista al recordar que de lo que se trataba era de combatir los destrozos ocasionados por el comunismo alentando a las masas a apropiarse y disfrutar de los frutos de esta vida en vez de aguardar, esperanzados, las delicias de la vida eterna a la sombra del Señor. La SMICAR fue el basamento esencial que apoyó tales teorías.

Sin embargo, la historia política no explica suficientemente el tenor y la evolución del anticlericalismo en España que, tras la guerra de la Independencia, terminó estallando tras la muerte del rey felón por excelencia. Su duración de más de cien años no puede explicarse exclusivamente por variables políticas. Mary Thomas hace una disección precisa de las más importantes variables, de diversa naturaleza, que lo marcaron y condujeron a lo largo del XIX. A principios del siglo XX el asalto de la modernidad sobre la sociedad española se hizo imparable, aunque a trancas y barrancas. Los grilletes con los que la SMICAR la atenazaba empezaron a aflojarse. Se soltaron tras 1931 cuando la intelligentsia republicana, no anticatólica por naturaleza, pero deseosa de reducir el papel de la Iglesia sobre la sociedad ocupó los resortes del poder público, a nivel nacional, provincial e incluso local.

La obra de Mary Thomas explica, no obstante, los asaltos contra las propiedades y rituales eclesiásticos por parte de amplias capas del campesinado rural y del proletariado industrial por la desazón generada por la reticencia de los poderes públicos en contrarrestar el vasto poder político y social detentado por la SMICAR. Cuando el golpe de Estado, semivictorioso pero también semifrustrado, determinó el colapso de la autoridad republicana en la zona en que no triunfaron los rebeldes, las masas obreras y campesinas descargaron su furor sobre una institución que habían divisado siempre como el sustento y apoyo esencial del orden económico y social tradicional. El iconoclasmo contra los símbolos católicos y la violencia contra el clero (que generó más de siete mil víctimas entre el regular y el secular) dejó tras de sí innumerables destrozos de edificios religiosos. Nada parecido había tenido lugar durante los años anteriores, ciertamente un tanto convulsos. Es más, algunas investigaciones empíricas como las publicadas recientemente sobre la protección del arte religioso en la provincia de Ciudad Real muestran que entre 1931 y julio de 1936 apenas sufrió daños.

Habitualmente la furia anti eclesiástica de, sobre todo, la primera mitad de 1936 se ha explicado por motivaciones irracionales o acciones criminales, cuando las turbas (sic) se hicieron dueñas de las calles y plazas. Este libro muestra que durante las décadas precedentes de rápido cambio social, económico y cultural los actos anticlericales habían ido adquiriendo un claro significado político y fueron a su vez una manifestación de los cambios acaecidos en una España en la que la transformación estructural chocaba con la impavidez del sistema político y, en particular, de la propia Iglesia española.

En el fondo no es de extrañar que cuando llegaron al Vaticano oleadas de noticias sobre los desastres que se habían abatido sobre la Iglesia y el clero españoles el sustituto del secretario de Estado Giuseppe Pizzardo acudiera a una explicación antropológica de andar por casa, pero que a la vez representaba un fracaso de la dirección de la Iglesia en España: los españoles, no habían sido nunca realmente un pueblo católico en la plena acepción de este término. No habían alcanzado el ideal y la disciplina morales que constituían el corazón mismo de lo católico, a pesar de toda la devoción que prestaban a las formas externas y al ceremonial. La pregunta es, ¿quiénes habían sido los responsables? Sin duda a la Iglesia católica española le correspondía algún tanto de culpa.  La obra de Mary Thomas muestra hasta qué punto había sido responsable por no haber sabido afrontar, como en otros países europeos occidentales, los desafíos de la modernidad.  Y eso a pesar de todos los esfuerzos emprendidos.

Hasta el advenimiento de la República la SMICAR había registrado un fracaso total y absoluto en adaptarse a los cambios que tenían lugar entre las clases desposeídas, tanto en el campo como en las ciudades, y que habían pasado años y años tratando de enfrentarse al insoportable peso que ejercía sobre todas sus actividades. Las pequeñas actividades por atenderlos, bien intencionadas o no, habían incluso reforzado un anticlericalismo visceral que, tras la dictadura primorriverista, penetró en el ámbito político.

Ciertamente la receta que la SMICAR distribuyó a grandes cucharones tras la guerra fue la menos adecuada posible para conseguir un triunfo duradero. En cuanto, a partir de 1959, se abrió la espita de la emigración y se reanudó el proceso de cambio económico y social, el apartamiento de las masas de la jerarquía se acentuó. La transición y la consolidación democrática abrieron los repertorios de elección pública. La “descatolización” dio pasos de gigante. Hoy, según ha revelado EL PAÍS (27 de diciembre de 2018) con datos del Pew Research Center norteamericano, España es uno de los países en los que tres de cada cinco encuestados han dejado de considerar la religión católica como aportadora de una significación especial para la identidad nacional. En proporción al número de habitantes la caída de la fe católica en España es la más marcada en Europa occidental y solo va por detrás de la ocurrida en Noruega o Bélgica.

Cuando se examinen las relaciones entre la SMICAR y la sociedad española desde la perspectiva del largo plazo (la clásica longue durée) es posible que se advierta que la dictadura de Franco consagró un triunfo de la primera que, por lo impuesto con las armas y en buena medida ahistórico, ni fue sostenible ni pudo sobrevivir demasiado tiempo a un clima de libertad política y de pluralismo social, como el que bien o mal representó la Segunda República Española.

Obras como la de Mary Thomas están destinadas a durar y a explicar unos fenómenos sociales que la guerra y la dictadura bruscamente interrumpieron. De seguir al ritmo de los últimos años los cerebros que dirigen la Conferencia Episcopal tendrán du pain sur la planche (es decir, no los faltará curro). La reacción del señor obispo de Córdoba a los resultados de las recientes elecciones andaluzas quizá muestre que, como pasó en tantos otros países, al menos una parte de la jerarquía católica sigue sin aprender nada. Mientras tanto, seguiremos esperando años y años a que aparezcan los Teilhard de Chardin, los Mauriac, los Maritain y los Mounier que, tal vez, en alguna ocasión la SMICAR española regalará al mundo.

 

Franco, Queipo, la Iglesia… y la España soñada

La Iglesia de Trento contra la Masonería

8 enero, 2019 at 10:08 am

Ángel Viñas

En ese enciclopédico estudio, bendecido por las espadas vengadoras del Estado Mayor Central y escrita por el Servicio Histórico Militar a la que he hecho tantas veces referencias en este blog, queda inmortalizada para la posterioridad la visión de los vencedores. La guerra fue absolutamente necesaria para derrotar a la Anti-España. Estaba en juego la supervivencia de la PATRIA y con la PATRIA no se juega. Entre la Anti-España, aparte de los consabidos comunistas, socialistas, liberales, librepensadores, ateos etc. figuró siempre en lugar destacado la Masonería. De aquí que el nuevo poder militar instaurado por la fuerza no tuviera la menor compulsión en, haciendo una finta dialéctica que ya hubiesen querido para sí los redactores de los evangelios -con las consabidas disculpas por la ucronía-, no tardara en sacar la Ley para la represión de la Masonería y el Comunismo (LRMC). De todos es sabido que los uniformados y sus asesores jurídicos consideraron ambos términos como hermanos o equivalentes. Aberraciones peores se han visto. Sin embargo, las penas previstas no eran moco de pavo y fueron aplicadas a muchos de los oficiales y jefes del Ejército de la VICTORIA. Fuera de ellos o con ellos algunos miembros de lo que también se denominaba la “secta diabólica” se distanciaran lo más posible. Por supuesto, a muchos -quizá la mayoría- de los masones no les sirvió de nada. Aquí expondré una de las humillaciones que les aguardaba.

 

La Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana (SMICAR) preparó, como los hechiceros de las tribus lejanas en el siglo de la expansión imperialista, rituales de recuperación. Debían aceptarlos quienes se mostrasen dispuestos a abjurar de sus creencias masónicas. Una pieza fundamental fue el documento de abjuración.

Dice una expresión común que la mejor venganza es la que se sirve en frío. La SMICAR, que había salido de la guerra (perdón: de la “Cruzada”) con apetitos exterminadores (no en vano la represión republicana se había cebado en el clero secular y regular durante la misma), debió de reflexionar largamente sobre los requisitos que habrían de cumplir quienes desearan acogerse a su seno materno. ¡Ojo! Eso no les eximía de cumplir las penas que les impusiera la justicia de los hombres. La Iglesia, ya se sabe, no es de este mundo sino eterna y siempre ha predicado que hay que dar a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Al menos en teoría.

Pero, ¿qué pasa cuando el César, que sí es de este mundo, se pone en la práctica al servicio de la Iglesia? En tales casos toda la fuerza del César se aplica a los contraventores de los dogmas, principios o intereses de la Iglesia. Esto es lo que ocurrió tras la guerra civil. La legislación positiva del César subsumió en categorías comparables la pertenencia al comunismo y a la masonería.

Hace algunos años un investigador en la historia del Derecho, Guillermo Portilla, publicó su tesis doctoral en la Editorial Comares, de Granada, que viene distinguiéndose por dar a la luz una serie de obras fundamentales sobre la represión. En este caso el libro tenía un título un tanto desalentador para quienes no hemos estudiado Derecho: La consagración del Derecho penal de autor durante el franquismo: El Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Apareció en 2010.  A mí me llamó la atención la referencia al tribunal. Al ojearlo me di cuenta de que “el derecho penal de autor” es un concepto perfectamente definido: es el que se impone a los delincuentes no por el hecho de haber cometido delitos, sino porque pertenecen a una determinada categoría. En resumen, se aplica no por lo que hacen, sino por lo que son. El concepto es familiar a todos los que hemos leído algo sobre la “Justicia” en el Tercer Reich. Los tribunales nazis aplicaron leyes dictadas en función de amplias categorías, en su caso la más llamativa fue la racial. Así, a un judío se le podía condenar por el hecho de ser judío, aunque hubiese sido un héroe condecorado con la cruz de hierro de primera clase por méritos militares al servicio de su patria y contraídos en la primera guerra mundial.

De todas maneras, como por desgracia no soy jurista, lo que más me impactó del libro de Portilla, que recomiendo encarecidamente a todos los lectores, es la impresionante colección de documentos de su anexo. Entre ellos figura, ¡cómo no!, un ejemplar del documento de retractación que debían firmar todos aquellos que estuviesen dispuestos a abjurar de su pertenencia a la Masonería. Su lectura nos devuelve a los más negros capítulos de la Iglesia triunfante, a la tradición nacionalcatólica menendezpelayista, a las tinieblas de las guerras de religión, en una demostración de que la SMICAR en su versión española ni había olvidado nada ni tampoco aprendido nada. Me da un poco de reparo reconocer que, por motivos de edad, pertenezco a aquellas generaciones nacidas después de la guerra que tuvieron que pasar en la escuela por las doctrinas que se describen en el documento que ahora retomo de Portilla para información de los amables lectores. Espero y confío que sin haber sufrido un daño irreparable.

Sería interesante saber, por medio de encuestas bien dirigidas, el porcentaje de españoles y españolas que en la actualidad haría profesión de fé y estarían dispuest@s a defender hasta las últimas consecuencias planteamientos como los que figuraban en aquel documento:

“La Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana, es la única y verdadera Iglesia fundada por Jesucristo en la Tierra, a la cual de todo corazón me someto. Creo todos los Artículos que me propone creer; repruebo y condeno cuanto Ella reprueba y condena y esto pronto a observar cuanto me manda, y especialmente prometo creer: la doctrina católica sobre la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y la unión hipostática de las dos naturalezas, divina y humana; la divina maternidad de María Santísima, así como su integérrima virginidad e Inmaculada Concepción; la presencia verdadera, real y sustancial del Cuerpo, juntamente con la Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía; los siete Sacramentos instituidos por Jesucristo para salvación del género humano, a saber: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Extremaunción, Orden y Matrimonio; el Purgatorio, la resurrección de los muertos, la vida eterna; el Primado, no tan solo de honor, sino también de jurisdicción, del Romano Pontífice, sucesor de San Pedro, Príncipe de loa Apóstoles y Vicario infalible de Cristo; el culto de los Santos y de sus imágenes; la autoridad de las apostólicas y eclesiásticas tradiciones y de las Sagradas Escrituras, que no deben interpretarse y entenderse sino en el sentido que ha tenido y tiene la Santa Madre Iglesia Católica; y todo lo demás que por los Sagrados Cánones y por los Concilios Ecuménicos, especialmente por el Sagrado Concilio Tridentino  y por el del Vaticano ha sido definido y declarado…”

¿Qué decir? Ningún buen cristiano no católico (evangelistas, metodistas, luteranos, anglicanos, presbiterianos, etc.) se adheriría a lo que antecede. El documento proclamaba la absoluta soberanía del catolicismo más intransigente. Retrocedía a un período anterior a las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Chocaba con las Luces del XVIII. Con los progresos científicos ulteriores del XIX y XX. Orgullosamente, al proclamar la referencia al concilio de Trento, justificaba la apelación de tal iglesia como “trentina”. Por lo demás, obsérvese la importancia otorgada a las interpretaciones de la jerarquía. Con ello la SMICAR pronunciaba su papel supremo para entender en asuntos de la fe y de las buenas costumbres.

No hizo falta esperar al Concordato de 1953 (un texto jurídico y un tratado internacional entre el Estado Español y el Vaticano absolutamente aberrante, apenas si corregido por los acuerdos parciales anteriores a la transición política). El Estado naciente reconoció poderes omnímodos a la Iglesia en el curso de la guerra civil, siempre y cuando no chocara con actuaciones del Caudillo que, como nuevo Führer reencarnado a la manera española y en aplicación de su suprema voluntad como última fuente de ley, podía hacer teóricamente lo que le viniera en gana. Constreñida entre dos autoridades absolutas, la política y la eclesiástica, a la sociedad española le aguardaban años como ni siquiera se habían conocido en los tiempos de la supuesta grandeza del Imperio, aquél en el que nunca se ponía el sol.

Eso sí: en plena mitad del siglo XX.

En Navidad y Reyes, un libro es el mejor regalo, pero ¿cúal?

18 diciembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Con este post me despido de Vdes, amables lectores, hasta el 8 de enero, pasadas las fiestas navideñas y de reyes. También un servidor tiene derecho a descansar. En esta ocasión, lo necesito con urgencia. Acabo de terminar un libro y, simplemente, no estaré en condiciones durante bastante tiempo de encarar otro. Sí puedo, de cara a las fiestas, recomendarles un libro colectivo que acaba de salir, justo en este mes de diciembre. Aborda un problema histórico-estructural de España: la corrupción política. Es el resultado de un congreso internacional que tuvo lugar hace ahora exactamente un año en Barcelona, bajo la dirección del profesor Borja de Riquer. Las ponencias se han retocado un poco, se han actualizado en lo posible y los resultados se han compactado en un libro no ligero precisamente (casi 670 páginas de texto) pero con la ventaja de que puede leerse a saltos. Las ponencias son de una longitud nada desmesurada (entre 15 y 20 páginas en promedio) y su lectura es, en mi opinión, tanto ilustrativa como recomendable.

 

La presentación del volumen resume muy bien las características de la obra. Es, en primer lugar, el resultado de investigaciones académicas llevadas a cabo en los últimos veinte o treinta años. De manera, ciertamente, inconexa y sin coordinación orgánica o institucional como existe en otros países europeos, pero desde luego con resultados nada despreciables. Muy alejados, en todo caso, de los relumbrones de los supuestos scoops periodísticos y con la debida atención al marco histórico, económico, social e institucional en que el fenómeno analizado se desarrolló.

El texto del libro se descompone en dos partes. A ellas se añade una serie de comunicaciones seleccionadas por los directores de la obra. La primera parte son visiones generales, entre las que figuran el clásico estado de la cuestión sobre la investigación de la corrupción en Europa y el equivalente en España. Ambos introducen tres capítulos de alcance histórico español: desde el punto de vista del manejo del Presupuesto como fuente esencial de la corrupción, los enfoques de la Ciencia Política del fenómeno y la corrupción como fenómeno inserto en el ADN de la dictadura franquista, sobre todo en sus primeros -y oscurecidos- veinte años, de los que parece que hoy todo el mundo se ha olvidado.

La segunda parte presenta la corrupción en conexión con los grupos económicos y de presión y sus metamorfosis, así como un estudio de caso relacionado con la pugna en torno a las minas del Rif. Tras ello se aborda el fenómeno por épocas históricas, en particular durante los reinados de Fernando VII, Isabel II y Alfonso XIII. De aquí se pasa al estudio de la corrupción en el ámbito de las administraciones locales, sobre todo en el siglo XIX. Este enfoque se prolonga con una muy interesante discusión sobre la persecución penal de la corrupción, incluidos los períodos de la Segunda República y del primer franquismo. Una sección final aborda el concepto y la actualidad de la corrupción política, con el trasfondo del Antiguo Régimen.

La parte dedicada a las comunicaciones es, por supuesto, más variopinta. Hay comparaciones entre España y los Países Bajos; el análisis de la corrupción en la Cataluña napoleónica; el caso del Trienio Constitucional; las redes de poder en la corte isabelina; la influencia de los Rothschild en las élites políticas españolas en el último tercio del XIX; las denuncias de Gumersindo de Azcárate; la crítica al caciquismo; los delitos de los funcionarios públicos en la España decimonónica, etc. A mí me han interesado, por eso de su proximidad a los períodos que menos desconozco, las que versan sobre las denuncias a la corrupción en la etapa primorriverista y una sobre el sedicente “nuevo hombre fascista”, con su crítica a la corrupción liberal-parlamentaria incluida. El problema del acceso a archivos es omnipresente en los períodos ulteriores al primer franquismo, pero al fin y al cabo el trecho histórico cubierto en este libro es lo suficientemente rico en enseñanzas como para haberse quedado ahí.

Es obvio que la corrupción en el segundo franquismo, la transición y la etapa democrática da para otro volumen. Para estar a la altura de este se necesitaría una apertura documental que, hoy por hoy, no es esperable. No olvidemos que se trata de ensayos de académicos experimentados pero que, en último término, reposan bien sobre el análisis de literatura de época bien sobre la documentación no pública generada en la misma.

En esta somera invitación a la lectura no voy a detenerme en mi propia aportación. Algunas de mis tesis ya las he desgranado en este blog o en alguno de mis libros, en especial LA OTRA CARA DEL CAUDILLO y SOBORNOS. He hecho un esfuerzo, eso sí, por recuperar  cierto material archivístico hasta entonces desconocido, pero confieso que no da para mucho. No es fácil entrar en los archivos de las personas o grupos empresariales que se hicieron ricos, o vieron cómo sus competidores políticos y económicos se hacían, durante la dictadura.

Lo que sí puedo afirmar es que los lectores interesados encontrarán en esta obra colectiva una mina de informaciones, un catálogo de cuestiones suscitadas y susceptibles de profundización, una visión global sobre el fenómeno como hasta entonces no se había encontrado en ninguna obra española. Ya estas características bastarían para recomendarla.

El otro día, 5 de diciembre, se celebró un acto en Bruselas en honor del 40º aniversario de la Constitución. Fui con un amigo, exdirector general de la Comisión, Vicente Parajón, y abordamos el tema de la corrupción. Me dijo que él conocía en Italia el funcionamiento de la ANAC (Autorità Nazionale Anticorruzione). Yo no había oído hablar de ella, pero parece que es bastante conocida en los medios profesionales. Tras el acto hubo una pequeña recepción y entre los presentes estaba un funcionario de la OLAF, amigo de otro amigo mío. La OLAF va a montar “sucursales” en todos los países miembros y el reglamento que regulará sus competencias está a punto de ser aprobado, si es que no se aprobado ya.

La idea me chocó como un rayo. Que yo sepa, ningún partido político en España ha sugerido la creación de instituciones especializadas en la lucha contra la corrupción. Se deja a las ruedas de la Justicia ordinaria y así los españoles podemos deleitarnos leyendo todos los días o casi todos los días detalles más o menos sabrosos de los abracadabrantes casos de corrupción que han salpicado la vida pública española durante los últimos quince años, si no más. Y yo me pregunto: como en realidad no hay que inventar la rueda, ¿no sería útil explorar la organización, competencias y experiencias de la ANAC y de la OLAF y ver si algo similar no convendría introducir en España?

A lo mejor, si hay una continuación del congreso de Barcelona del último año, criminalistas y administrativas de pro podrían exponer el estado de la cuestión en lo que se refiere al funcionamiento de ambos organismos foráneos. No sería la primera vez que España, sobre todo después del ingreso en la UE, ha importado mecanismos, instituciones y procedimientos que el genio nativo no había sido capaz de diseñar.

En fin, a la luz de las guirlandas con bombillas led que adornen los clásicos árboles de estas fiestas, los lectores que se animen a abordar el libro sobre la corrupción política en la España contemporánea encontrarán material para reír, y para llorar, en las largas noches de invierno que se nos avecinan.

Mientras tanto, ¡FELICES FIESTAS Y, DENTRO DE LO QUE CABE, ¡FELIZ AÑO NUEVO!

 

Borja de Riquer, Joan Lluís Pérez Francesch, Gemma Rubí, Lluís Ferran Toledano y Oriol Luján (dirs), LA CORRUPCIÓN POLÍTICA EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA, Marcial Pons Historia, Madrid, ISBN 978-84-16662-60-9