Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (III): La revolución roja avanza de la mano del judaísmo. Hay que echarse a temblar

29 marzo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Podría argumentarse que los arrebatos anticomunistas que estoy reproduciendo no fueron sino eso. Arrebatos. Grave error. El énfasis en el peligro comunista contra el que había que alzarse en armas, virilmente, estuvo presente, al decir del estrecho colaborador del general Mola, en todas y cada una de las etapas de la conspiración. Es decir, formó parte integrante de la modulación de las medidas adoptadas para proteger el conocimiento de la misma de las aviesas miradas del comunistizado Gobierno republicano y para prevenir adecuadamente el asalto que deseaba la Komintern contra la España inmortal.

Captura de pantalla 2016-03-10 a la(s) 12.04.55A finales de abril de 1936, cuando Mola ya había tomado las riendas operativas de la conspiración, Félix Maíz anotó: «Pusimos alma y vida a disposición de la Patria para que España no fuese una República soviética más. Porque siempre fuimos libres y nunca esclavos. Conocíamos perfectamente todas las andanzas de los agentes enviados por Moscú y cómo organizaban ya los actos para los días triunfales de su toma de posesión. Sabíamos de una brigada de nueva creación en el Politburó que se dejaba acariciar por la suave brisa del Mediterráneo y trabajaba en Barcelona, Cartagena, Ceuta y Melilla (…) pero la más negra en medio de aquellas delegaciones de la Komintern era aquella que desde sus madrigueras instruía ciertas brigadillas destinadas a imponer el terror» (p. 80). ¡Temblemos!

Sería prolijo reproducir más ejemplos de este tipo de «informaciones», pero no puedo por menos de recordar a los amables lectores la composición del Consejo Supremo del Soviet Español según comunicó a Mola un agente que poco después salió de España con un destino indeterminado:

Jefe Supremo: Francisco Largo Caballero

Asesor Adjunto: Ventura Delgado

Comisario del Interior: Carlos Hernández Zancajo

Comisario del Exterior: Luis Araquistaín

Comisario de Hacienda: Julio Álvarez del Vayo

Comisario de Guerra: teniente coronel Mangada

Comisario de Comercio: Carlos Vega

Comisario de Prensa y Propaganda: Javier Bueno

Comisario de Obras Públicas: José Díaz

Comisario de Industrias: J. Baraíbar

Comisario de Instrucción: Eduardo Ortega y Gasset

Comisario de Trabajo: Pascual Tomás

Comisario de Agricultura: Ricardo Zabalza

Comisario de Marina: Jerónimo Bugeda.

Quizá Félix Maíz se mosqueara un poco ya que había demasiados socialistas y muy pocos comunistas. Así que se preguntó: ¿dónde quedan Jesús Hernández, Dolores Ibarruri, Francisco Galán, Vicente Uribe, Santiago Carrillo, Andrés Nin, Joaquín Maurín, entre otros? No dio respuesta, salvo algunas palabras incoherentes (p. 85). La composición, y un conato de explicación, reaparecieron fechadas para el mes de julio en la versión 1976 (p. 222). Como si no hubiera pasado el tiempo.

En realidad, los planes eran mucho más siniestros y más preocupantes. El Komintern, adoctrinó el testigo a sus cautivados lectores, estaba sometido a las órdenes del «Kahal». Acudo rápidamente a Wikipedia. Así me entero de que este concepto había tenido una acepción bíblica pero no creo que Félix Maiz se refiriese a ella. Tampoco a la denominación que se había aplicado a ciertas instituciones judías de ayuda mutua en Polonia y Lituania en los siglos XVI a XVIII. Wikipedia en inglés no lo dice pero me parece evidente que el testimonio mas bien apuntaba a un organización conspiradora sionista que buscaba el dominio del mundo. Es decir, lo que los nazis denominaban judeobolchevismo y que el corresponsal de ABC creo que en Berlín, Eugenio Montes, trasladaba vía las encíclicas del maestro Goebbels a sus lectores españoles en la primavera de 1936.

Ya en mayo, mientras proseguía incansable la redacción de sus directivas para la sublevación, el patriótico general Mola recibía noticias del exterior que anunciaban que el comunismo internacional se aprestaba a ejecutar sus odiosos planes en diferentes países de Europa a partir del 1º de agosto (p. 96). Así que había que galopar. No fuera a ocurrir que, en busca de la perfección conspiratorial, a los buenos españoles los malvados comunistas les cogieran sin estar debidamente preparados.

El galope a rienda suelta se explica porque la situación era dramática. La actividad comunista en África crecía a pasos agigantados con Melilla (sic) como principal foco. Ya se habían anudado contactos entre los Frentes Populares francés y español. «Todas las conversaciones van dirigidas hacia el logro de una posible conjunción de sus fuerzas revolucionarias para estar dispuestas en el momento que fije el Komintern, la hora de Europa. Treinta días antes estaremos preparados nosotros. Su fecha es el 1º de agosto» (p. 131). No había duda.

Y, lógicamente, Ventura Delgado se fue a París en mayo para informar a las lógicas masónicas. Viajó con doce compañeros más, «que constituyen el pleno del Consejo Nacional del Soviet Español». Por otra parte, el Consejo Revolucionario Comunista (denominación que aparece en la versión de 1976) en una reunión en Valencia celebrada el 16 de aquel mes había preparado un acuerdo para la sublevación roja. Según el artículo 9 sería preciso proceder a la «eliminación de personajes políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contra-revolución» (p. 144). En 1976 nuestro eminente testigo reprodujo todos los acuerdos. De la eliminación se encargaría el radio 25 de Madrid, «integrado por agentes de policía gubernamental» (1976, pp. 110s).

¡Caramba! Esto sí que debió de desasosegar a los conspiradores: si no se daban prisa, los rojos les pasarían a cuchillo. No era cuestión solo de salvar a la Patria. Era cuestión de salvar a sus salvadores como paso previo.

El viaje a París tiene su morbo. Sobre él vertió su bendición opusdeística el reverendo padre profesor Federico Suárez Verdeguer. De él se hizo eco en el año 2000 en un libro, que no he leído, pero que se titulaba Manuel Azaña y la guerra de 1936 (puede consultarse la página en cuestión en https://books.google.be/books ). Con un enriquecimiento notable: el levantamiento comunista debía ser simultáneo en Francia y España. Lo dicho: la civilización cristiana occidental se enfrentaba a un peligro no mortal, «mortalísimo».

No exagero. A mitad de junio, según Félix Maíz, se reiteró desde Moscú (y de nuevo lo transcribió en negritas):

«Nos hacen falta jefes que no sientan hacia la burguesía que odio mortal. Que preparen al proletariado para una lucha implacable. que no vacilen en usar los medios más violentos con cuantos se interpongan en su camino. Camino de nuestra Revolución, que ha de ser la guerra civil más encarnizada que jamás haya conocido la Historia» (p. 142).

Es decir, había no solo que galopar a toda prisa sino, literalmente, dispararse. ¿No diría el padre y profesor Suárez Verdeguer que el 10 de junio debía reunirse en el local de la biblioteca de Chamartín de la Rosa, c/ Pablo Iglesias nº 11, la flor y nata de la revolución?: Maurice Thorez, Vincent Auriol, Marcel Cachin, Largo Caballero, Dimitrov, Carrillo, Pepe Díaz, Paco Antón y Juan García Oliver, entre otros?. El distinguido académico se refirió a la p. 110 de la versión de 1976 de Félix Maíz. ¡Que no se diga que los historiadores de fuera del «pensamiento antifranquista» no saben manejar sus fuentes!

En consecuencia los servicios de información de Mola detectaron «un aumento de actividad en el ritmo de los preparativos rojos». En 1976 (p. 112) el distinguido testigo de cargo dio varios ejemplos. Menos mal que la CNT no había aceptado la designación de Largo Caballero para la Jefatura Suprema del Soviet Español (sic, p. 147). Pero no fue consuelo porque la nave «revolucionaria navega de prisa, lanzando cabos a babor y estribor? (p. 155). ¡Volvamos a temblar lectores!

Detalladas informaciones recibidas de la organización «Salud y Socorro» (pp. 159s) mostraron que el Gobierno se husmeaba algo. Fíjense, en abreviatura SS. Los revolucionarios habían dado instrucciones: si se producía el movimiento militar del que tanto se rumoreaba lo que había que hacer era aplastar totalmente a los reaccionarios e implantar el «régimen tan soñado». En consecuencia, se comprende bien que Mola, desde el principio, ordenara no tener miramiento alguno a la hora de sublevarse. El compañero que no lo hiciera no sería considerado compañero y contra los rojos, mano dura. La acción debía ser extremadamente violenta. Lo fue. Era, simplemente, cuestión de autosalvarse.

Mientras tanto, los conspiradores se protegían. Félix Maíz pontificó. La inteligencia militar soviética («el servicio secreto de las armadas rusas -[mala traducción del francés] y uno de los éxitos mayores del espionaje organizado por el Comisariado Interior del Komintern», ¡toma esa!) había enviado a un espía para que husmeara por Pamplona, capital de la brava raza que nunca se doblegaría. No logró penetrar las filas tradicionalistas (pp. 164-166s). Era alemán y se presentó como enviado del Vaticano («los círculos católicos (…) desean apoyar el proyecto hasta con dinero, si es necesario»). Pues era verdad. Claro que en Madrid estaban Thaelmann, la Pauker, Prestes, Turochof (sic) (pp. 174 y 176). Todos impecables comunistas que hay que suponer achucharían no en Madrid sino en el extranjero o desde la cárceles foráneas a Largo Caballero. Era el que «mueve sin cesar los agentes que Moscú ha puesto a su disposición» (p. 169). Las informaciones las daba un agente (¿alemán?) conocido como «6-WIW-9». Quizá fuese uno de los canales a través de los cuales Mola recibía noticia sobre las terribles actividades de los «hijos de Sión». No en vano precisa nuestro testigo:

«Es grande la astucia del Judaísmo. Está bien atendido el vivero donde germina su sagacidad. Sus hombres ladinos, dispersos por el mundo, distribuyen y dosifican el veneno de sus frutos» (p. 172).

Menos mal que en España había «hombres libres» que dirían no al judaismo y a su emanación, el comunismo. Como predicaba con sinigual y poético lirismo el maestro Goebbels.

Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (II): El gran testimonio de un testigo único

22 marzo, 2016 at 8:33 am

Ángel Viñas

Raro es el historiador que, si aborda la conspiración militar que llevó a la sublevación el 18 de julio de 1936, no haya hecho uso, de una manera u otra, de las memorias de B. Félix Maíz. En general las que más suelen utilizarse son las que publicó Planeta en 1976 bajo el título Mola, aquel hombre. Diario de la conspiración. Yo me referí a dicha obra en la revisión de la versión publicada (1974) de mi tesis doctoral  (1973) en cuanto empecé a prepararla y que apareció en 1977. Ya entonces algunas me resultaron más que sospechosas y desmonté, en lo posible, las curiosas afirmaciones de tal autor en relación con contactos con innominados espías alemanes. Sospeché que se inventaba cosas.

49236717Años más tarde, cuando entré la problemática del 18 de Julio me di cuenta de que B. Félix Maíz es una auténtica mina para el historiador. Fui tomando notas en forma desperdigada de lo que más me sorprendió.  Hoy, a los jóvenes de nuestros días, el nombre de Maíz no les dirá nada. Se trató de un  contratista de obras de Pamplona, casado, con dos hijos, fervientemente católico, muy respetado, muy discreto. Actuó durante la conspiración de 1936 como estrechísimo colaborador del general Mola y, según afirmaría, estuvo al corriente de todos los preparativos. No lo dudo.
Dado que los papeles de Mola «desaparecieron» tras su accidente de aviación en junio de 1937 en el que perdió la vida (las malas lenguas dicen que Franco envió a unos propios a que se apoderaran de ellos y, de ser así, solo Dios en su infinita sabiduría conocerá adónde hayan ido a parar), el diario de Maíz ha podido servir de (mal) sustituto.
Es menos conocido que el mismo autor ya había publicado en el franquismo pleno de la autarquía, la hipercensura, la introversión y el aislamiento otro titulado Alzamiento en España. De un diario de la conspiración. Apareció en 1952 en la Editorial Gómez, de Pamplona, y es posible que fuese un éxito de ventas. Mi ejemplar es la segunda edición de aquel año.
Cuando se comparan las dos versiones se observan diferencias sustanciales (el lado antisemita, por ejemplo, desaparece). Daría para un largo artículo académico analizarlas y contextualizarlas. Baste con indicar que la segunda versión, una vez muerto Franco, es menos cortesana con respecto al inmarcesible Caudillo.
Aquí, sin embargo, lo que interesa examinar es la justificación de la sublevación militar. No olvido, por cierto, que de dicho autor (fallecido en  1980) todavía se publicó un aditamento que, en esta ocasión, fue más allá del 18 de julio y penetró en ciertas interioridades del bando franquista  hasta prácticamente la muerte de Mola. Este aditamento, que no apareció  hasta 2007 bajo el título Mola frente a Franco. Guerra y muerte del general Mola,  es menos relevante en esta serie de posts.
Con todo, la comparación más superficial posible entre las diferentes versiones no podrá ocultar una línea de continuidad en la argumentación, con modificaciones ocasionales, desde 1952 hasta 1980 y las necesarias adaptaciones al diferente contexto político. Centrado en los testimonios, no entraré a considerar el largo ensayo que, a modo de introducción histórica, precede a la tercera y que fue escrito por un exdiputado del PP, Jaime Ignacio del Burgo. Llamo simplemente la atención de los lectores sobre él esperando que algún estudiante de grado o incluso de maestría en historia lleve a su análisis las herramientas analíticas del oficio.
Para nuestros propósitos la más importante es la primera obra. La más cercana a los acontecimientos. La que levantó el telón sobre ciertos «enigmas» de la conspiración bajo una divisa rotunda: «la exposición de unos hechos que responden a la verdad, aunque sea en forma seca, áspera y concisa». Yo tomo la palabra al autor.
De todas maneras advierto que me cuesta trabajo aceptar muchísimo de lo que Félix Maíz reveló en 1952 ya en la cuarta página de la obra. Tenía un amigo («Tolo»), excompañero de colegio, que en febrero de 1936 le dijo que «trabajaba al servicio de una logia extranjera: Bruselas… Era un agente secreto del Frente Popular Internacional para la Unión de las Repúblicas Democráticas de Occidente» (¡nada menos!).
Nuestro autor debió de hacer indagaciones y en aquel mismo mes de febrero ya había identificado al enemigo: la Komintern. ¡Qué rapidez! Y dos páginas más adelante dio un supuesto diagrama organizativo de la misma. ¿Habían llegado los espías de Mola a Moscú? ¿O lo tomaron simplemente del Bulletin de l´Entente anticommuniste que analizó Southworth? ¿O de la prensa canallesca de la época? En 1976 (pp. 43s)  avanzaría un pelín. En París el general ruso blanco E. von Miller (sic) tenía a Mola informado desde que había sido director general de Seguridad en 1930. En consecuencia,  los planes soviéticos eran para Mola un libro abierto ya en 1933 (1976, pp. 43-46). De hecho, esta nueva versión de 1970 empieza con un fresco sobre el peligro soviético no solo sobre España sino sobre el oeste de Europa y el Mediterráneo occidental (1976, 19s).
Maíz indicó claramente la situación, quizá copiando al general.  España «caminaba hacia una República soviética». En el Frente Popular «quedaban agrupados todos los partidos que aspiraban a la revolución del proletariado». También estaba, ¡cómo no!, la Masonería, gracias al «hombre nefasto siempre para los destinos de España y servil en todo momento a la secta a que pertenecía, don Manuel Portela Valladares» (p. 16). El lector ya ve el tono.
No faltó un hálito antisemita en la «labor secreta y misteriosa de los hijos de Moisés y de los hijos de Sión» (p. 23).  Y, naturalmente, tan eminente testigo no dejó de reproducir una introducción (aparecida, dijo, en The Times, el 8 de mayo de 1920) achacada a los consabidos protocolos de los sabios de aquella procedencia. En las páginas 317 a 329 transcribió un extracto de los mismos. Este anexo desaparecerá en 1976.
Acongojado, algún lector no podría por menos de congratularse de que  frente a aquellas oleadas gigantescas que se precipitaban sobre España había hombres que iban «a oponer un muro. Hombres valientes, duros en el sacrificio, hombres libres, [que] ofrecen sus vidas para taponar las hendeduras sufridas en nuestros fundamentos» (p. 27). ¿No es bonito?  Ya el 12 de febrero (antes de las elecciones) algunos de tales hombres hicieron acopio de armas para salvar a España. Todavía pocas, pero era un comienzo. Probablemente esto es verdad. Si fue así, el lector ya puede ahorrarse la lectura de lo que sigue. Los gloriosos soldados de España se aprestaban a la batalla, elecciones o no elecciones.
Era, sin embargo, un comienzo imprescindible porque en España «se tramaba una revolución bajo el mandato de Moscú», «la organización soviética forzaba su marcha (…) preparaba sus cuarteles para el Ejército internacional» (¿alusión a las Brigadas?), «se acercaba paso a paso al final de su proyecto, ordenando sin cesar traslados y destituciones de jefes y oficiales del Ejército y Cuerpos Armados».
¿Exageraciones? De ninguna manera. Félix Maíz se sacó de la manga (p. 45) las directrices del «Consejo Permanente del Politburó» (que no existía sino en su exaltada imaginación). Eran muy precisas y se me hiela la sangre al transcribirlas. El lector disculpará este momentáneo desfallecimiento. Según tales órdenes había que eliminar al presidente Alcalá-Zamora, actuar contra los jefes y oficiales del ejército, expropiar y nacionalizar fincas rústicas y la banca, cerrar iglesias y casas religiosas, dar la independencia a Marruecos y transformarlo en Estado soviético independiente, exterminar la burguesía, crear el Ejército Rojo, asaltar el Poder, establecer la República soviética ibérica y declarar la guerra a Portugal, etc.  ¡Quelle horreur!  (las directrices se reproducen también en 1976, p. 56),
¿Hay quién dé más? Sí: un historiador de esos que arremeten contra la marea izquierdista que anega nuestras Universidades y que a él no le afecta pues es distinguido catedrático de una Universidad confesional, Luis E. Togores, ha tomado la lista anterior como hecho demostrado. Y dado que el Guadalquivir pasa por Sigüenza, lo ha incrustado en una hagiografía amable de aquel personaje, no menos amable, que fue el general Juan Yagüe. Al fin y al cabo, uno de los salvadores de España.
Pero, a veces, los deseos de Moscú tenían mala traducción. Félix Maíz dio testimonio de que los comunistas españoles se excedían e iban demasiado por delante de lo que querían sus tutores. Por ello los agentes de la Komintern en España informaron a sus gerifaltes:
«Se asalta, se quema, se mata demasiado sin que todavía han     ocupado puestos los jefes elegidos. Antes de obrar, es necesario …     destituir, trasladar, suprimir, pero suavemente, sin que apenas     pueda ser percibida la llegada de nuestra hora. Pudiera ser muy     peligrosa una reacción violenta».
¡Horroroso! Por si no quedaba dura, lo puso en negrita. Sin ella, lo reprodujo en 1976 (p. 60). En una palabra en Moscú se sabía  que era preciso actuar con mayor sutileza y no como unos carniceros desatados. No sé si el receptor de tales secretos estaba familiarizado con el concepto soviético de la maskirovka, la gama de operaciones de desinformación, camuflaje, distracción y de engaño estratégicas, pero si no lo estaba, su argumentación se atenía a ella rigurosamente.
Abril fue el mes clave (Mola empezaba ya la escalada para asumir el papel de Director de la conspiración) y su colaborador (1976, p. 81) se refirió a un tal Ventura Delgado que había dicho que la URSS «apoya incondicionalmente» la revolución proletaria en España. «El Gobierno español no la impedirá y […] el terror… será aplicado con todos los medios».  En 1976 (p. 158) optó por otra versión: «La URSS apoyará cuanto se haga con toda clase de medios, ya que es la primera interesada en el triunfo de la revolución española, porque le permitirá tomar posiciones cercanas a los países de régimen fascista y tenerlos así bajo su amenaza». No era lo mismo. Pero es igual. Félix Maiz dio su testimonio y a las derechas ya podía el Señor acogerlas confesadas.
No en vano, comunistas y socialistas «estaban amparados y aconsejados por agentes especialistas de la Komintern. Krivitsky, Stepanov, Münzenberg, Ovscenko (sic), bajo el mando directo de Dimitrov» (1976, p. 86).  Son nombres que sonaron después en la guerra civil pero olvidemos la ucronía. Entonces nuestro testigo se sacó de la manga a Dimitroff (secretario ejecutivo de la Komintern y bestia negra particular) y le presentó dando órdenes a sus «células» para que empleasen «sus armas favoritas, envidia, odio y venganza, en la colosal obra de descomposición». Para animar al personal Dimitrov envió a España una copia de «su famosa Catarsis rusa» (?) ordenando, también lo puso Félix Maíz en negritas, que la depuración alcanzase «a toda clase de elementos sobre los cuales pudiera recaer una ligera sospecha de que por su imaginación crucen ráfagas con ansias de libertad».
Como el diablo manda.

Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (I): A guisa de telón de fondo

15 marzo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

El hecho de que nuestros jefes y oficiales, entre otros, hayan recibido en el CESEDEN una lección sobre «El camino al 18 de Julio» dada por un eminente y nunca suficientemente ensalzado hispanista me ha hecho pensar si no sería quizá conveniente ofrecer algunas reflexiones en este blog conectadas con una vertiente complementaria. Abordaré las justificaciones aducidas en favor del golpe de Estado y, si se me apura, de la guerra civil. Es una tarea que puede no venir mal de cara al próximo LXXX aniversario.

51cVexfvDJL._SX327_BO1,204,203,200_Mis puntos de partida, que hago inmediatamente explícitos, son los siguientes: la sublevación de una parte del Ejército, de la Marina y de la Aviación en julio de 1936, apoyada por una trama civil cuya fundamental importancia va poniéndose de manifiesto a medida que transcurre el tiempo,
a) estuvo alimentada por una justificación previa,
b) se robusteció durante la guerra misma,
c) se explayó en todos los tonos desde los años cuarenta,
d) se incrustó a machamartillo en la mente de los niños y estudiantes de Bachillerato, lo que asegura su perdurabilidad hoy en ciertos sectores de la sociedad española.
Los lectores que quieran saber algo más de aquella justificación pueden recurrir a dos libros. El primero data de 1964 y se titula El mito de la Cruzada de Franco. Ha tenido numerosas ediciones desde que, ¡oh, cielos!, desapareció el inmarcesible general. Ha sido republicado, en la edición tutelada por el profesor Paul Preston, el año pasado por el módico precio de diez euros, es decir, menos que un par de copas. El editor ha añadido también un artículo sumamente interesante sobre el bienaventurado Ricardo de la Cierva.  Sería muy conveniente que las nuevas generaciones siguieran extrayendo conclusiones de aquella obra porque el argumento es tan vivo que no ha perdido actualidad.  El segundo libro data del año 2000 y apareció bajo el título de El lavado de cerebro de Francisco Franco. Ambos se deben a la pluma del historiador norteamericano y doctor por la Sorbona Herbert R. Southworth.
En los próximos posts voy a seguir un camino diferente al hollado por mi admirado Southworth. Entresacaré afirmaciones de testigos o de sesudas historias oficiales aparecidas después de la guerra civil, una vez asentada  la dictadura. Indicaré a los lectores la perdurabilidad de algunos de los aspectos más grotescos.
Las justificaciones primarias para defender una maniobra tan cargada de consecuencias como una sublevación militar contra un gobierno legítimo fueron las siguientes:
1. En España se avecinaba una revolución de signo comunista, apoyada por la URSS. Era tan peligrosa que el Ejército y las fuerzas vivas de la nación no tuvieron otra opción que rebelarse.
2. España había caído en un proceso de anarquía, desorden, tumultos y asesinatos por lo que era de todo punto necesario restablecer la ley y el orden.
3.  La sublevación fue, en consecuencia, legítima no solo en el plano moral. Jurídicamente también fue legal. Quienes se opusieron a la misma en las filas del Gobierno fueron los auténticos rebeldes.
Se añadieron algunas justificaciones más (defensa de la religión y de la integridad de la Patria, amenazada por el secesionismo) pero las que he denominado primarias fueron las más impactantes y coetáneas de los preparativos del golpe militar. Por consiguiente, son las que merecen la mayor atención. Para los lectores que deseen estudiar lo que hubo detrás de aquellos preparativos me permito recomendar el libro coordinado por el profesor Francisco Sánchez Pérez Los mitos del 18 de Julio, o el del profesor Eduardo González Calleja, Contrarrevolucionarios. Radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República,  1931-1936. Por no hablar de su última aportación, hoy por hoy, Cifras cruentas, ya mencionada en este blog. Hay, sin duda, muchos otros pero estos posts no pretenden abordar la bibliografía relevante.
De aquellas tres justificaciones primarias, rotundas y que no dan lugar a equívoco alguno, la que más adaptaciones ha sufrido es la primera. Hoy los comunistas no son una amenaza. Como la publicística franquista se escribió cuando así lo parecían y siempre tuvo un carácter tremendamente presentista (no era historia sino propaganda, intoxicación y lavado de cerebro todo junto) su pervivencia se explica fácilmente. En la actualidad lo que es realmente inexplicable es que, a pesar de todo, no haya desaparecido en el basurero de la historiografía y que algunos autores todavía la abanderen. Lo hacen habitualmente, por supuesto, numerosos publicistas. Basta con ojear las páginas en red de, por ejemplo, la Fundación Nacional Francisco Franco.
Pondré menos énfasis en algo que hoy ha pasado a desempeñar un papel fundamental en la percepción de muchos historiadores: los achuchones publicísticos y mediáticos coetáneos (el framing de la narrativa). Fueron, en lo que se refiere a la primera y segunda justificación, dos rasgos fundamentales en los medios proclives a los futuros sublevados. En lo que respecta a la primera sus líneas esenciales han sido estudiadas por historiadores como Hugo García y Fernando Hernández Sánchez. Aún así, creo que falta todavía un tratamiento sistemático de los medios de comunicación españoles durante la primavera de 1936 con las perspectivas que impone un análisis de contenido profundo y que tenga en cuenta la labor propagandística de los medios nazis y fascistas que recogieron, a veces al dictado, los más caracterizadamente carpetovetónicos.
En estos posts me centraré esencialmente en las afirmaciones rotundas efectuadas por un testigo directo de los acontecimientos. Sus testimonios ulteriores, en «la paz de Franco», tienen una importancia trascendental porque quien los hizo había convivido con los preparativos de la sublevación más importantes. Eran los que organizaba el general Emilio Mola.
Tal particularidad me exime de considerar otras obras, fundamentales por diferentes motivos, por ejemplo las memorias de personajes como José María Gil Robles, no siempre fiables. Son irrelevantes para seguir de cerca los motivos que de manera directa se supone que impulsaron al sector de los uniformados dispuestos a sublevarse. Las afirmaciones coetáneas en los medios de comunicación arrojan más luz a la hora de determinar lo que, en retrospectiva,  fueron tales justificaciones: un ejercicio mayúsculo de intoxicación y de proyección. Intoxicación para velar las intenciones reales. Proyección en la medida en que traspasaron a los «futuros rebeldes» (es decir, los leales al Gobierno republicano) un tipo de comportamiento que no fue otra cosa que el propio. Este es el que, en una conspiración exitosa que llevó a la guerra civil, siempre hubo que ocultar cuidadosamente.
El concepto de  «proyección», en el sentido sicoanalítico del término,  es aplicable no solo a este caso sino a muchos otros. Quizá no sea exagerado afirmar que la doctrina oficial sobre la guerra civil generada por el franquismo no es sino un gigantesco ejercicio de proyección.
No ilustraré mi argumento con referencias actuales, salvo esporádicamente. Este es un blog modesto pero no tiene la menor vocación de hacer de eco publicitario de las opiniones que, al amparo de la libertad de expresión felizmente existente, cabe encontrar en numerosas páginas neo o parafranquistas. Ya se arreglan, con gran éxito, los autores en cuestión.
Para una discusión sobre la permanencia de tales versiones en la red remito a los lectores interesados al artículo de la profesora Matilde Eiroa, «La guerra civil española en la actualidad cibermediática», en la revista STUDIA HISTORICA. HISTORIA CONTEMPORÁNEA. LA GUERRA CIVIL, Universidad de Salamanca, vol. 32, 2014. (En la página de mi blog www.angelvinas.es he subido un ejemplar en pdf de dicho volumen. El artículo se encuentra en las páginas 357-369).
Confío en que los amables lectores no se aburran y que incluso suelten alguna que otra pequeña carcajada. El material bien se lo merece.

Hay que contener la expansión del fascismo (y III)

8 marzo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

La estrategia estalinista de contener el fascismo fue anterior a la guerra civil española pero en retrospectiva (solo en retrospectiva) podría argumentarse que estaba destinada al fracaso. En este último post (cabría escribir más pero es preferible leer los diarios de Maisky y los comentarios de Gordodetsky) señalaré algunos de los motivos que explican por qué. La historia siempre se escribe a toro pasado pero de lo que no puede prescindir es de las percepciones que en él dominaban y a tenor de las cuales actuaban hombres y mujeres, decisores, ejecutores o testigos pasivos. No se escribe dando preferencia a las necesidades político-ideológicas del presente. Volveré a esta tema en futuros posts.

Mayskiy_I._M.-P001.Antes de la guerra civil española la ocupación principal de Maisky estribó en ganar para la política de seguridad colectiva, apoyada decididamente por la URSS, al Gobierno londinense. Era consciente de que en la sociedad británica había fuerzas que militaban en dicha dirección y no solo en la izquierda. Se había entrevistado con Austen Chamberlain, exministro de Asuntos Exteriores y hermanastro del ulterior primer ministro. Austen había negociado en favor de que Francia y Alemania acordasen dirimir sus diferencias en Europa occidental por medios pacíficos. El Pacto de Locarno, en 1925, por el que ganó el Premio Nobel de la Paz, así lo consagró.

En 1935/36 Chamberlain seguía manteniendo que solo una Sociedad de Naciones robusta, apoyada por el Reino Unido, Francia y la URSS, sería capaz de preservar la paz en Europa. Para entonces, claro, Hitler ya proyectaba su ominosa sombra fuera de sus fronteras.

En aquel empeño Maisky no tuvo éxito. Mientras trataba de convencer a Eden, ministro de Asuntos Exteriores, ignoraba lo que este repercutía hacia adentro en el Foreign Office: no se fiaba un pelo del embajador, él quería buenas relaciones con la URSS pero no que fuesen demasiado estrechas, sería mejor que los soviéticos dejaran de hacer propaganda en el Reino Unido, etc.

Esta vertiente interna, doméstica, ha sido siempre sobrevaluada en un sector de la historiografía británica (también en la neofranquista en el caso de España). La diferencia estriba en dos circunstancias que suelen olvidarse:

a) El Reino Unido, a través de los telegramas enviados por la Komintern a los diferentes partidos comunistas nacionales y que se interceptaban sistemáticamente, conocía perfectamente los planes formales de la misma, tanto en su caso como en el de otros países (incluida España).

b) A mayor abundamiento, el servicio de seguridad y contraespionaje británico (MI5) había logrado colocar a una de sus agentes como secretaria personal y confidencial del secretario general del PCGB, Harry Pollitt.

La embajada británica en Moscú y el director general para el Departamento de la Europa del Norte, Laurence Collier, seguirían muy de cerca las maniobras soviéticas en el ámbito internacional mientras que MI5 controlaba las que se desarrollaban en suelo británico. Otra cosa era lo que pudiese afirmar el SIS, que al parecer veía amenazas soviéticas por todas partes.

Pero, en cualquier caso, la postura del primer ministro, a la sazón Stanley Baldwin, quedó reflejada en cuanto Hitler se cargó el Pacto de Locarno con la militarización de Renania. Suponía que entre Francia y la URSS podrían derrotar, llegado el caso, a los agresores nazis pero esto no sería una buena cosa necesariamente. El resultado podría ser la bolchevización de Alemania y él prefería más bien que las miradas codiciosas de Hitler se concentraran en el Este.

La minimización del peligro nazi y la sobrevaloración del peligro soviético fueron dos de los hilos conductores de la política de apaciguamiento que se había estrenado con Japón, acentuado con Italia y que llegaría a su paroxismo en los siguientes jalones de la marcha hacia la guerra europea: España, Austria (marzo de 1938), los Sudetes (septiembre/octubre del mismo año).

Los soviéticos no se llamaron a engaño. Inmediatamente después de Renania, el comisario de Asuntos Exteriores, Maxim Litvinov, dejó totalmente en claro que la postura británica significaba:

a) recompensar al agresor

b) romper el sistema de seguridad colectiva

c) el final de la Sociedad de Naciones.

En términos puramente estratégicos, desprovistos en lo posible de cualquier connotación ideológica, aferrándose a aquella realpolitik mítica de que los británicos habían sido practicantes exitosos, no puede por menos de reconocerse que tales manifestaciones (apuntadas por Maisky el 10 de marzo de 1936 en su diario) preludiaban el futuro.

También añadió las inmediatas consecuencias operativas:

a) la confianza en el Reino Unido podría ir evaporándose.

b) la Sociedad de Naciones perdería su importancia como instrumento al servicio de la paz.

c) para evitarlo la URSS tendría que apoyar cualquier actividad en tal sentido que pudiera adoptarse en Ginebra.

Gorodetsky señala que único de los pocos solaces de Maisky en aquella época se lo dio el gran defensor del continuado esplendor del Imperio Británico: Churchill.

Sobre Churchill podría escribirse largo y tendido desde otras perspectivas que no son las dominantes en la historiografía británica (el alcalde de Londres, hoy pro-salida de la EU, aspirante todavía no declarado pero seguro al puesto de primer ministro si Mr. Cameron tropieza en su referéndum, ha escrito una hagiografía con gran éxito y que en España pocos se han atrevido a criticar).

Maisky, en abril de 1936, invitó a almorzar a Churchill en tête-à-tête y este no tardó en comunicarle que compartía la opinión soviética de que la paz era «indivisible» y que el peligro alemán era el más inmediato. Añadió que los británicos «seríamos unos idiotas si nos negáramos a apoyarla por razón del hipócrita peligro de que el socialismo pueda amenazar a nuestros hijos y nietos».

En este panorama, la noticia de que a principios de mayo el Negus (rey de Abisinia) había huido de su país, tomado por la fuerza por los ejércitos y Aviación fascistas, llevó a Maisky a comentar «este es, pues, el clavo final en el ataúd de la Sociedad de Naciones y Europa se encuentra ante una encrucijada terrible».

Se equivocaba. Un mes y medio más tarde otra encrucijada mucho más terrible apareció no en África, no en América Latina sino en la propia Europa: un sector del ejército español se levantó en armas contra el Gobierno de la Segunda República. El golpe de Estado se había anticipado en Londres y si Londres había dejado en la estacada a los chinos, a los franceses, a los abisinios, ¿cual iba a ser su reacción? También la de dejar en la estacada a los españoles, a los austriacos, a los checos y, finalmente, a los soviéticos. Con la innovación de que se quitó toda posibilidad de acción a la Sociedad de Naciones y se pasó, a iniciativa francesa, al Comité de No Intervención, asentado en el Foreign Office.

No es de extrañar que los años treinta hayan dado origen a una abundantísima historiografía. Tampoco es de extrañar que haya que saludar, alborozados, la aparición de todo tipo de material que pueda arrojar luz complementaria para alumbrarlos.

En lo que se refiere al caso británico podría empezarse, por ejemplo, con la desclasificación de los documentos del Servicio Secreto de Inteligencia (SIS/M16), todavía cerrados para España no solo en los años treinta sino también en su continuación, cuando lo que estuvo en juego fue la supervivencia del propio Imperio Británico.

 

¿ES FRANCO UN INVENTO POLÍTICO DE LA IZQUIERDA?

15 diciembre, 2015 at 8:30 am

Ángel Viñas

Pongo en interrogante una reciente afirmación del profesor Stanley G. Payne. La hizo en positivo según la transcripción (no necesariamente fiable) de unas declaraciones suyas al periódico Levante (28 de noviembre). La ocasión la ofreció una conferencia impartida la víspera en la Universidad Católica de Valencia. Obsérvese, no en la pública. De ser cierta, suscita una serie de cuestiones generales y particulares, tanto de tipo historiográfico como ideológico. Abordaré, ante todo, las primeras.

1024px-The_Peacemakers_1868Un paseo tranquilo por algunas de las librerías más importantes de New York City basta para mostrar a cualquiera las múltiples formas en que se trata el pasado del país del que el profesor Payne es originario. Anaqueles enteros están dedicados a obras sobre la guerra de secesión (the American Civil War, en la acepción más comúnmente aceptada en Estados Unidos). Que tuviera lugar entre 1861 y 1865 (es decir, que terminara hace ya 150 años) no parece óbice. Hay revistas dedicadas íntegramente a la misma con tiradas considerables. Pintores destacados han recreado y recrean escenas del conflicto. Se venden a precios exorbitantes. Incluso siguen apareciendo películas (la última, Lincoln, 2012, de Steven Spielberg) que tocan aspectos relacionados con la contienda y su trasfondo.

Hasta hace relativamente poco las feroces discusiones entre historiadores norteamericanos eran objeto de sesudos tratamientos periodísticos. Entre ellas se incluyen, por ejemplo, las sugeridas por visiones completamente dispares sobre el proceso que llevó al estallido del conflicto, el papel de la esclavitud antes y en el mismo (muchos lo negaron más o menos abiertamente) y la adecuación de su denominación (guerra entre los Estados ha sido siempre una de las favoritas para una corriente minoritaria).

En el año que ahora termina, el del 150 aniversario, la proliferación ha sido mayor de lo habitual. Y, como no sorprenderá, la controversia historiográfica sigue siendo intensa. Aunque el profesor Payne parece más bien de tendencia ideológica republicana (en los actuales Estados Unidos) supongo que no desconoce y que incluso lee una de las más establecidas revistas intelectuales de la costa Este, The New York Review of Books. Más bien, eso sí, de centro-izquierda. Me extrañaría que no hubiera echado un vistazo a uno de los artículos de fondo que apareció en el número del 19 de marzo de 2015 titulado «The Civil War Convulsion«. En él se reconoce que «la tarea de historiar la guerra civil, teniendo en cuenta su complejidad moral, es tan ardua (challenging) como siempre. Tal vez el reto más significativo sea recuperar el sentido de cómo sería el mundo futuro para aquéllos que lo afrontaron sin el conocimiento retrospectivo que hemos ido acumulando». Es decir, cada generación escribe su historia del pasado común.

Que Estados Unidos hoy no tenga mucho que ver con el de los años de la guerra civil decimonónica no impide que la discriminación antes y marginación hoy de una mayoría negra (perdón, black American) subsistan, sobre todo en los estados sureños, los vencidos.

Esto significa que una guerra civil deja secuelas que el tiempo no borra fácilmente. Incluso una como la norteamericana que no se caracterizó por las secuelas de venganza de los vencedores contra los vencidos como fue la española. Así que sorprende que sea, precisamente, un historiador norteamericano el que se arrogue el derecho (que quizá considere innato) de alumbrar a los españoles con su reconocida, aunque discutible, sapiencia sobre la guerra civil y la dictadura.

En unas declaraciones (Tiempo, 13 a 19 de noviembre de 2015) el profesor Payne responde a una pregunta de Javier Otero: «Su obra ha sido duramente criticada por muchos historiadores. ¿Qué responde?». La contestación no deja de tener bemoles: «Que no malgasto mi tiempo en polémicas».

Respuesta admirable si quien la hace estuviese en posesión de la verdad, ya fuera inmanente o revelada. El problema es que ni él, ni nadie (salvo el Señor) lo está. Y cuando afirma que la biografía que de Franco él y el periodista Palacios han escrito es la «única que trata en serio la represión», uno no puede sino reír, ya que no merece la pena llorar.

Franco no es un invento político. Tanto los historiadores de una u otra tendencia (porque todo historiador tiene su corazoncito, al igual que el común de los mortales) investigan (o no), escriben y discuten acerca de cuarenta años de historia española. En la medida en que Franco y la mayor parte de sus partidarios siguen justificando la sublevación militar de 1936 como el resultado de la experiencia republicana (Payne dixit: «Fue una rebelión provocada por la oleada de atropellos, actos ilegales y violencia»), cabría hablar del período 1931-1975, es decir, más amplio y mucho más intenso históricamente.

¿Cómo es posible, pues, que en la historiografía y en el recuerdo colectivo 45 años pueden tener solo una interpretación? ¿Se explicarían la Reconstrucción o la modernización acelerada de Estados Unidos, con sus tendencias hegemónicas (1860-1900) de manera estrictamente unívoca como parece querer el distinguido historiador norteamericano?

O, ¿no será más bien que, en uno de sus habituales ejercicios de proyección, sea la derecha la que imputa a sus adversarios políticos e ideológicos un tipo de comportamiento que le es propio? Porque en el plano historiográfico no he leído mucho entre los políticos, periodistas y seudohistoriadores de tal tendencia que se quejen acerca de la desidia de las autoridades por poner en pie un sistema razonable de acceso a los archivos. Y no me consta (aunque quizá pueda equivocarme) que los Gobiernos de Felipe González y de José Luis Rodríguez Zapatero se caracterizaran por la destrucción masiva de documentación. Quizá el profesor Payne no haya oído hablar de la que se produjo bajo la esclarecida dirección de Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo. Por no recordar, según informaciones de prensa, la que al parecer tuvo lugar al final de la legislatura dominada por el PP bajo José María Aznar (personalmente siempre me ha sorprendido que un documento crucial para entender la postura de Franco ante el plan de estabilización y liberalización de 1959 estuviera en los archivos de la Presidencia del Gobierno antes de su llegada al Gobierno y no después bajo su sucesor).

Al plano historiográfico hay que añadir otro: el de la justicia conmutativa. Durante casi cuarenta años la dictadura estableció un sistema sólido, congruente, decisivo para honrar a «sus» muertos. Es decir, a las víctimas del «terror rojo». La Iglesia católica no se ha privado de beatificar a una porción de sus mártires. Un derecho que nadie le discute pero que no apoya en otros. ¿O fueron asesinos todas las víctimas del «terror blanco»? Porque también hubo muchos inocentes, y mujeres, y niños.

¿Puede Payne demostrar que la dictadura -o sus sucesores ideológicos- han hecho un esfuerzo para, siquiera, «recordar» a las de su propio terror (más acuciante, más duro, más permanente)?. Como esta sería una tarea francamente difícil, en un ejercicio de prestidigitación la derecha política, mediática e historiográfica las quiere olvidar definitivamente. El vaciado de la denominada abreviadamente LMH así lo apunta.

Es decir, en oposición a lo previsto en la Constitución Española, tales círculos han querido, y quieren, perpetuar la distinción entre muertos de primera y de segunda categoría. Los de esta última habrían sido condenados «por consejos de guerra regulares» y en aplicación de las disposiciones legales correspondientes. A otra cosa, mariposa. Borrón y cuenta nueva. El futuro se abre a la amnesia. ¿No es bonito?

Una práctica tan elemental (cristiana, pero también pagana -no hay sino que remontarse a la Antigüedad clásica) como la de honrar a los muertos es hoy objeto de desatención, cuando no de ludibrio. ¿Por parte de quién? Pues por parte de quienes se sitúan en la lignée de los vencedores. Esa a la que nuestro distinguido autor no menciona. Sin embargo, la historia no es cuestión de opinión sino, sobre todo, de investigación contrastada y discutida. También en archivos de los que el profesor Payne no parece haber sido nunca asiduo visitante.

PS: Este post se publica en la semana en que tendrán lugar las elecciones generales. Esperemos que de ellas salga un gobierno que tenga menos miedo al pasado que su antecesor.

HITLER, FRANCO, PÍO XI Y BLUM

1 diciembre, 2015 at 8:30 am

Ángel Viñas

¿Qué puede unir estos cuatro nombres y precisamente por el orden del título, se preguntará el lector? No constituyen un grupo evidente por sí mismo. Sí lo es cuando nos aproximamos a él desde la perspectiva adoptada por el distinguido académico de la Historia profesor Luis Suárez Fernández. Durante mi reciente tournée por España he tenido tiempo para leer una buena parte del libro, todo calentito, al que me he referido en el anterior post. Confieso que he terminado desechándolo. Me imaginé que lo haría al leer las dos primeras páginas de texto. No obstante, las impresiones iniciales suelen engañar. No es este el caso.

Franco/HitlerAl comienzo del tercer párrafo del texto de tan magna obra –y no más tarde– el lector puede llevarse un susto mayúsculo. Nuestro autor advierte coincidencias y disensiones entre Franco y Hitler. No podría estar más de acuerdo pero ¿cuáles son? La respuesta se da a dos niveles. El primero es absolutamente banal. Uno murió en la cama. El otro se suicidó en Berlín. Nadie podría objetar nada a tales afirmaciones, totalmente de cajón.

Es en el segundo nivel en donde empiezan las bromas. Escribe tan eximio autor: «La más importante de las divergencias, según la documentación fehaciente, se halla relacionada con la religión. Hitler era un materialista dialéctico, derivado hacia el racismo, pero el Holocausto tenía también derivaciones religiosas».

Se impone un STOP en mayúsculas y en rojo. ¿Habré leído bien? ¿Dónde se encuentra esa «documentación fehaciente» que he puesto en itálicas y que demuestre el materialismo dialéctico de Hitler?. Ya se me han olvidado muchas lecturas de mis años mozos cuando, alevín de economista, quería especializarme en las economías de dirección centralizada. Todavía recuerdo que el DIAMAT (según el acrónimo habitual) constituía la base filosófica fundamental de la interpretación oficial del marxismo en el Estado soviético. Uno puede detectar similitudes técnicas y operativas entre las dos dictaduras pero ¿también en el plano de las ideas esenciales? Naturalmente no cabe pedir al profesor Suárez que salte de la filosofía predominante en la época medieval a la marxista pero un mínimo de conocimientos se supone para ingresar en la Real Academia de la Historia. Por si acaso podría darse una vuelta por la biblioteca de la Escuela Diplomática o enviar a alguien. En ella se encuentran numerosos volúmenes, en tres o cuatro idiomas y entre ellos lógicamente en alemán, que regalé en materia de filosofía, historia, política y economía de la URSS y de los entonces llamados países del Este. Más prosaicamente, y con toda facilidad, podría ojear también la entrada «materialismo dialéctico» en Wikipedia, versión española o inglesa.

Me llena de perplejidad, estupor, desazón y asombro que nuestro eminente autor afirme con toda seriedad que Hitler «derivaba hacia el racismo». Servidor trató de leer Mein Kampf cuando preparaba mi tesis doctoral allá por los primeros años setenta del pasado siglo (tras obtener el correspondiente permiso de la biblioteca de la Universidad de Bonn). Recuerdo perfectamente que a su autor no le subyacía una tendencia hacia el racismo. Era racismo puro y duro. Existen, por cierto, numerosas ediciones completas de Mein Kampf en varios idiomas que pueden obtenerse fácilmente por Internet. He manejado con frecuencia la versión en inglés a la espera de que el año que viene se publique la edición comentada por el Instituto de Historia Contemporánea de Munich. Para numerosos autores, de los que nuestro ilustre académico no cita uno solo, es casi imposible explicar coherentemente mucho de la política interior y exterior de la dictadura nacionalsocialista si no se hace referencia a tal orientación fundamental. No olvido, por lo demás, que eminentes autores, confrontados con el mal absoluto que fue la Shoah, han desarrollado enfoques teológicos para explicar lo inexplicable: ¿cómo permitiría el Señor que tamaña atrocidad ocurriese?

Ahora llegamos a Franco. Afirma nuestro ilustre historiador que el dictador español se sometía «a la obediencia del Vaticano» y aduce que el Vaticano fue el «primero en condenar doctrinalmente el nazismo» en la encíclica de Pío XI Con ardiente angustia (Mit brennender Sorge). Ergo, Franco también lo condenaría (lo cual está por ver).

Sin embargo la afirmación principal bien merece una diminuta acotación. Si Franco, católico practicante (no en vano se autotituló «por la Gracia de Dios»), se sometió a tal obediencia, ¿habría que trasladar al Estado vaticano una parte de responsabilidad por la brutal, desatada y mortífera represión que practicaron Franco y su dictadura durante tantos años? ¿O quizá debiéramos concluir que el Vaticano no pudo, no quiso o no supo domesticar a su amado hijo?

La segunda afirmación también merece una acotación algo menos especulativa. No en vano el profesor Suárez tiene una cierta tendencia a planear sobre los hechos y a no penetrar en lo que hubo detrás. De haber leído algo de la génesis de la famosa encíclica quizá hubiese podido informar a sus lectores que salió a la luz un pelín tarde (no se leyó en los púlpitos alemanes hasta el 21 de marzo de 1937), que diluyó considerablemente todos los trabajos preparatorios llevados a cabo en el Vaticano en unos textos muchísimo más duros, que incomodó grandemente al secretario de Estado cardenal Pacelli (el posterior Pío XII no quería antagonizar a Hitler) y que Pío XI, quizá un tanto asustado, procuró evitar que al menos los periódicos italianos no interpretaran la encíclica como una denuncia del nazismo sino como un alegato en defensa del concordato que Pacelli había negociado cuando era nuncio en Alemania.

Me permito, pues, sugerir a nuestro alabado autor que eche un vistazo al libro de David I. Kertzer, The Pope and Mussolini, donde podrá encontrar un trabajo bien hecho, con referencias archivales adecuadas y una metodología investigadora que él no sigue. Trata de las relaciones entre el Vaticano y las dictaduras fascistas en los años anteriores a la guerra europea. Con ello podría quizá ponerse en ambiente.

Comprendo que estas pequeñas acotaciones puedan parecer exageradas pero en la página tercera de su texto el profesor Suárez afirma que «son los hechos los que cuentan». Pues bien, solo mencionaré uno que llevaría al suspenso inmediato del alumno que lo hubiese escrito en el caso de haberse examinado con servidor.

En un intento de explicar el proceso de internacionalización inicial de la sublevación (plagado de errores más o menos gordos), el profesor Suárez ha hecho un descubrimiento por el que merecería que se le aumentara su, sin duda, numerosa colección de «chapitas». A la luz de tal hallazgo, uno podría temer que gran parte de lo que se ha escrito sobre el tema debiera revisarse.

En contexto: al explicar las intenciones que movieron a Mussolini a ayudar a Franco, el profesor Suárez, apegado a los «hechos», no siente la necesidad de especular acerca de las razones que pudieron llevar al Duce a autorizar la venta, el 1º de julio de 1936, de moderno material aéreo para quienes iban a sublevarse.

El ha encontrado un matiz (¿no especulativo?) que aclara con estas palabras que transcribo en itálicas: «El Duce esperaba obtener (…), junto al prestigio de sus divisiones vencedoras en la guerra, la anulación del acuerdo entre Léon Blum y el gobierno de la República que autorizaba a Francia a usar suelo español en caso de guerra con Italia» (p. 47).

¡Plaf! Se me cae el cielo encima. ¿Qué es ese acuerdo? No lo cita nadie. ¿Quién lo firmó? ¿Pasó por Cortes? ¿Dónde está la referencia? ¿En qué contexto pudo hacerse? ¿Antes de la sublevación de julio de 1936? Son preguntas pertinentes que no se le ocurren a nuestro estimado autor. No hay que subrayar demasiado que un acuerdo de tal tipo habría sido difícil porque el Gobierno Blum llevaba actuando solo mes y medio y las políticas francesa y española en el plano interior y exterior han sido investigadas pormenorizadamente. ¿Se firmó tal vez más tarde, tras la sublevación militar? Decenas de historiadores franceses, ingleses, españoles, norteamericanos, alemanes, italianos, etc. han estudiado con lupa las relaciones hispano-galas durante el Gobierno Blum y no han encontrado nada de tal suerte. Por cierto, ya que presuntamente el profesor Suárez ha trabajado en archivos italianos, ¿podría decirnos dónde ha encontrado documentadas las motivaciones del Duce?

Concluyo, salvo prueba en contrario nuestro distinguido autor puede aportar en cualquier momento, que su afirmación es una broma. De naturaleza generalizable.

Había albergado la intención de destacar algunos otros ejemplos señeros. Son demasiados. Renuncio a dar un repaso en profundidad a los errores fácticos y conceptuales que salpican su obra. Solo convencerá a los convencidos y, más particularmente, a quienes tanto siguen admirando, como él ha dicho, el genio inmarcesible del Caudillo. De todas formas, si los lectores están interesados, puedo volver a la carga.

¡Ah! Espero que no vean en estas líneas crítica «ideológica» alguna. Yo sí me atengo a los hechos. A otros hechos.

PENSANDO, AMABLEMENTE, EN LA ÚLTIMA OBRA DE UN ACADÉMICO DE LA HISTORIA

24 noviembre, 2015 at 8:30 am

Ángel Viñas

Unas cuantas consideraciones sobre fuentes y metodología

Imaginar que en cuarenta años de intensa dedicación al tema «Franco y su tiempo» el profesor Luis Suárez Fernández, miembro eminente de la RAH, no haya dicho nada válido es, naturalmente, absurdo. Separar el trigo de la paja en su abundante y prolija obra tampoco es tarea para investigadores de escasa energía («faint-hearted«). Ignoro si ya se le habrá dedicado alguna tesis doctoral. La merece. La suya es una obra reveladora en numerosos aspectos. Más que sobre él, que también, lo es sobre su generación, sobre la dictadura y sobre la cultura oficial de la España en que desarrolló su carrera política. Está basada en una metodología extraña: en la creencia de que basta con compilar (ciertos) hechos sin, supuestamente, la menor interferencia opiniática para llegar a conclusiones válidas intemporalmente. Una auténtica proeza en el plano hermeneútico que, de ser correcta, habría de permitir a nuestro ilustre autor ascender a los altares de la más gloriosa historiografía patria.

ARCHIVO guerra civilSu obra última, publicada a la provecta y envidiable edad de 91 años (¿llegará a verlos quien estas líneas escribe?), ha sido valorada, desinteresadamente sin duda, por la editorial como «un alarde de independencia (sic) [que] rompe con las líneas predominantes en nuestra historiografía, de uno y otro lado (sic), para presentar una visión meditada y casi ‘revolucionaria’ que a todos sus lectores va a sorprender».

Esta valoración conjuga elementos ciertos y otros, en mi entender, menos ciertos. Entre los primeros he de destacar el de la sorpresa. Me he quedado literalmente helado leyendo numerosas cosas. Son tan «revolucionarias» como «revolucionario» fue el GAN. (Para quienes no se muevan bien en el terreno de los acrónimos se trata del «glorioso alzamiento nacional»). No me parecen ciertas las afirmaciones de que se trata de un «alarde», tampoco que sea «independiente», que «rompa» y que la visión sea «meditada».

Desbrocemos unos cuantos detalles de poca monta.

El libro tiene 568 páginas de texto y una notabilísima característica. Está totalmente desprovisto de notas y de referencias. El autor afirma que se basa en obras anteriores. Las relevantes son dos: una referida a la guerra civil que data de 1999 y otra a la segunda guerra mundial de 1997. Son a su vez reelaboraciones de otras anteriores, que tengo en mi casa pero que no suelo ya consultar pensando que todo autor mejora en sus obras posteriores las precedentes.

Bien. En los últimos quince o veinte años la historiografía ha registrado avances muy considerables. Sin embargo, la bibliografía que menciona el profesor Suárez es extremadamente parca. Tiene solo 50 títulos, casi todos de autores españoles. De ellos unos 20 son posteriores a 1999. Se mencionan tres archivos públicos (el militar de Ávila, el del MAEC y el de la FNFF) y cuatro privados (de Muñoz Grandes, Varela, Vega Latapié y Yagüe). El autor no se ha molestado en consultar absolutamente ningún archivo extranjero y tampoco pone en su lista ninguna obra que no sea en castellano. Dado que trata un tema con más que evidentes conexiones internacionales sorprende un pelín que no parezca estar al día de lo que en los últimos años se ha publicado en francés, inglés, alemán o italiano. Puede deberse a varios factores: ombliguismo, desconfianza en autores extranjeros (solo menciona siete, entre ellos a Payne), monolinguismo o, simplemente, algún «ligero» sesgo personal.

De todas maneras, dado que la obra carece, insisto, de toda referencia es imposible saber lo que hay en ella de la propia cosecha o de la de otros autores. Tampoco cabe identificar si los utiliza bien o mal o, ¡cielos!, no los utiliza. Estos interrogantes son permisibles porque, como ya he mostrado en alguno de mis artículos y más recientemente en La otra cara del Caudillo, el profesor Suárez no es demasiado fiable en cuanto al uso de las fuentes que dice haber utilizado.

El autor se escuda (p. 17) en que las fuentes ya las dio en sus obras previas. Es una mala argumentación. ¿Quién va a comparar las fuentes indicadas en ambas con lo que escribe en su último producto literario? Hay que saber, además, que las escasas referencias a fuentes primarias que figuran en aquellas obras son muy escasas en la que versa sobre la guerra civil y que las signaturas han cambiado en las que utilizó para la segunda guerra mundial y que corresponden, exclusivamente, a los fondos de la FNFF. ¿Cómo es posible, se preguntará el lector? ¿No ha utilizado el archivo militar de Avila, el del MAEC o los privados?

Para responder a estas preguntas he tenido la santa paciencia de recorrer las notas y referencias de las obras de nuestro preclaro autor de 1997 y 1999. Salvo que mis ojos y mis entendederas no sean ya lo que fueron, ¿se creerá ese lector incrédulo que he encontrado una sola referencia a los archivos privados, militar de Ávila o del MAEC? La respuesta es no. No las hay. Punto. Las únicas indicadas son los fondos de la FNFF. Quienes quieran descender por el pozo de conocimientos del profesor Suárez tendrán que ir a la misma, cotejar las referencias que él dio con las actuales, leer los documentos y comprobar si algo de lo que dice no será, ¡oh, cielos!, alguna tergiversación.

Es más, sospecho (por las pocas calas que hasta ahora he efectuado en esta magna obra última) que el autor, siguiendo el imperecedero ejemplo del profesor Payne, practica con entusiasmo el bien probado método del copiar y pegar, pero en esta ocasión sin referencia alguna a fuentes.

En mi modesta opinión (y siguiendo la no menos imperecedera máxima de que antes se coge a alguien que tergiversa que a un cojo) es preciso abordar Franco y el III Reich con ciertas prevenciones en cuanto atañe a fuentes, metodología, análisis y contextualización.

Si escribo así es porque en estos momentos estoy, por fin, aproximándome al final del libro que seguirá a La otra cara del Caudillo y que para tratar de uno de los temas centrales que también aborda el opus del distinguido académico de la Historia he rastreado documentos por una decena de archivos españoles y extranjeros y porque mi bibliografía, en seis idiomas, supera ya los 200 títulos. Ni que decir tiene que todos ellos los he consultado y que los referencio debidamente allí donde los utilizo. Cualquier lector podrá seguir mi argumentación sin muchas dificultades.

Admito que nada de lo que antecede garantiza calidad. Fuentes, primarias o secundarias; las referencias apropiadas; el análisis crítico de las mismas (los documentos no hablan); su contextualización y una metodología apropiada son lo que permite, quizá, mejorar la comprensión de lo que ocurrió en un segmento del pasado, por definición incognoscible en todas sus vetas.

En el caso que aquí nos ocupa nuestro insigne académico pide a sus lectores:

– Que le crean en virtud de su mera palabra.

– Que acepten la proposición de que con innominadas e innominables fuentes ha podido explicar «unos hechos tal y como sucedieron en la realidad».

– Que ha rehuído, al hacerlo, «cualquier clase de juicio de valor»

– Que él no ha pretendido juzgar «sino explicar» para informar al lector de que «así fueron las cosas».

Bien, habrá que tomarle la palabra. En los próximos posts haré unas cuantas consideraciones ligeras sobre algunos de los aspectos que más me han llamado la atención de la obra del profesor Suárez desde el comienzo de la guerra civil hasta el comienzo de la europea. Solo pretendaré poner de relieve los más fundamentales, es decir, los que permitirán a terceras personas apreciar la calidad del gigantesco esfuerzo que ha llevado a cabo nuestro eminente autor.

(Este post está cerrado el 7 de noviembre ya que tres días más tarde me habré ido de viaje).

CORRIGIENDO A UN ACADÉMICO DE LA HISTORIA

17 noviembre, 2015 at 8:30 am

Ángel Viñas

El lema de este blog es «con mitos no se construye la historia». Es lo que lo justifica o, para mí, justifica la inversión en tiempo que reclama. Y, como es sabido, el tiempo es un bien precioso. Pasa y no se recupera nunca. ¿Es necesario deshacer mitos? En la medida en que el mito es una manipulación o adaptación manipuladora del pasado, la respuesta para mi es afirmativa. Cabe vivir de mitos pero yo todavía no estoy convencido de que en el siglo XXI algunos de los postulados de la Ilustración o de las Luces hayan perdido relevancia. Dejar atrás el mito es dar un paso hacia adelante en la toma de conciencia de nuestra cualidad como seres humanos pensantes y racionales.

Captura de pantalla 2015-11-06 a las 16.18.38En general no utilizo este blog, del que soy único responsable, para criticar sin motivo a otros colegas. Lo he hecho, sí, en el caso del profesor Payne en su tratamiento del tema de Gernika. Me ratifico en ello. Ahora ha surgido una de esas situaciones con las que sueña todo «desmitógrafo». La confrontación entre verdad y no verdad. La contrastación documental contra el mito. La manipulación contra la no manipulación. Lo blanco contra lo negro.

En una notable entrevista publicada el pasado 6 en el periódico EL MUNDO consultada en internet el mismo día, y bajo la presentación «El historiador que más ha trabajado los archivos personales del dictador (autor de su muy criticado retrato en el Diccionario biográfico) entrega su último libro, Franco y el Reich, afirmó ante la pregunta siguiente:

«¿Vio el libro de Ángel Viñas de este año? Dice que Franco se hizo millonario en la guerra?» Es una pregunta correcta, clara, que responde a una realidad constatable.

¿Cuál fue la respuesta que reproduzco en itálicas y en negrita?

«Eso es absurdo. Yo he visto las cuentas de Franco. Tenía algún dinero ahorrado, pero lo de millonario no tiene fundamento«.

Se podrá estar de acuerdo o no con lo que afirma el profesor Suárez en otros aspectos en dicha entrevista. En lo que al tema de los millones de Franco resulta obvio que su respuesta es clara nítida… pero, desgraciadamente para él, es falsa con total falsedad.

Es absurdo: no lo es en modo alguno. Franco entró en guerra sin un duro y salió de ella con muchos millones de pesetas.

Yo he visto las cuentas de Franco: no las que yo sí he visto.

Tenía algún dinero ahorrado: depende de lo que se entienda por «algún». Para mi el tener en cuentas, el 31 de agosto de 1940, 34, 3 millones de pesetas no es el proverbial chocolate del loro.

Lo de millonario no tiene fundamento: ¿no ha estudiado los documentos que constan bajo la signatura 24577 en los archivos de la Fundación Nacional Francisco Franco?

De estas sencillas contraposiciones cabe extraer ciertas conclusiones.

1ª El interrogado afirma una cosa que es falsable por referencia a los documentos de época

2ª La afirmación de haber visto los documentos de Franco se queda corta. Hay centenares de documentos de Franco que el profesor Suárez ni ha visto ni, a lo que parece, se le ha pasado por la mente ver.

3ª No ha visto, por ejemplo, en relación con la fortuna de Franco, los que se han conservado (después de varias quemas) en lo que queda de los archivos de la Casa Civil de Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE).

4ª No ha tenido la menor curiosidad por acercarse a los archivos históricos del Banco de España que, aunque no muy reveladores, sí contienen datos de interés.

5ª Evidentemente no ha leído mi libro porque, de haberlo hecho, podría haberse enterado que el documento con la signatura 24577 está en él reproducido fotográficamente.

6ª Tampoco se habrá dado cuenta de que dicho documento se encuentra digitalizado en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca.

7ª Se pasa por la pernera de los pantalones el dato, constatable, de que una parte de dicho documento se reprodujo en la revista Tiempo el 11 de junio de 2010.

8ª Al negar la mayor, el tan ilustre académico de la Historia se comporta de forma perfectamente adjetivable. El adjetivo correspondiente se lo pueden imaginar mis amables lectores.

Con lo que antecede es obvio que ya no se puede pedir al tan alabado profesor Suárez que indague en los procedimientos por los cuales Franco se hizo con dicha fortuna. Dos están documentados y uno de ellos contiene el expediente bastante completo.

Como el interrogado se empeña en no ver, no leer ¿cuál es su respuesta a la siguiente pregunta, también correcta y clara?

«¿Diría que el franquismo nació corrupto

La respuesta, que reproduzco en itálicas y negrita, es de una simpleza sobrecogedora:

«Si no había dinero, mucha corrupción no podía haber… En todo caso, había mercado negro«.

Una respuesta en dos partes. No hay dinero, ergo no hay corrupción. No llego a aprehender la lógica. Circulaban pesetas. La masa monetaria era cuantificable. Cualquiera que fuese el estado de la economía, los españoles no se habían dedicado al trueque. Mis padres tenían una tiendecita y, aunque a veces tenían que dar crédito, recibían dinero en efectivo.

¿El mercado negro no generaba corrupción? Lo más que puede decirse es que no está demostrado, documentalmente, que SEJE acudiera a él en su insospechada, insólita y sorprendente condición de vendedor de café (que habría que añadir a sus numerosos cargos). Cuando recibió 600 toneladas del mejor café del Brasil (regalo del dictador Getúlio Vargas), lo traspasó a la CAT (Comisaría de Abastecimientos y Transportes) al correspondiente precio de tasa (inferior al del mercado negro) para que lo vendiese.

El producto de la venta, 7,5 millones de pesetas de la época, se transfirió a las cuentas personales del Caudillo en el Banco de España. Todos contentos. SEJE porque no había trapicheado. Los funcionarios de la CAT porque, como organismo corrupto hasta la médula, probablemente encontraron la posibilidad de evacuar algunos kilitos al mercado paralelo.

Pregunta: ¿Por qué el profesor Suárez niega la evidencia?

Se me ocurren las siguientes razones:

1. Ha perdido la capacidad de leer, agotado tras el bodrio de su Franco y el Tercer Reich1.

2. La evidencia no le encaja con su imagen de Franco. Y entre la realidad y el mito, nuestro eminente autor prefiere el mito. Como en El hombre que mató a Liberty Valance.

3. La imagen de un Franco forrándose el riñón mientras sus soldados luchaban y morían en los frentes es absolutamente inaceptable. ¡Adónde vamos a parar!

4. Si, como se demuestra en alguna documentación de la Casa Civil, uno de los canales por los cuales Franco acumuló una fortuna fue a través de «desvíos» de entregas a las diversas suscripciones patrióticas que se abrieron durante la guerra hoy algunos podrían pensar que SEJE se comportó, sencillamente, como un mero «chorizo».

Otras razones las dejo a la mejor especulación de los amables lectores.

El libro del profesor Suárez da para más posts. Escribiré algunos y así tendremos, quizá, varias ocasiones de reírnos un poquito. Lo pasaremos, quizá, mejor que los asistentes a la presentación formal de su «obra magna» el pasado 12 de noviembre en el Casino de Madrid.


1 El calificativo utilizado se demostrará ampliamente en otro lugar, con el debido aparato documental y de forma académica, que a nuestro estimado autor parece le es ajena.

 

NEGRÍN: SIN MIEDO A LA HISTORIA

10 noviembre, 2015 at 8:33 am

Ángel Viñas

En cualquier mes de noviembre coinciden aniversarios de la desaparición de hombres que han dejado una huella profunda en la historia contemporánea de España. De signo diverso. Basta con recordar no solo a Franco sino también a Primo de Rivera, Durruti, Azaña y… Negrín. Entre ellos este último se lleva indudablemente la palma en cuanto a animadversión permanente. Los dos primeros han sido exaltados, y continúan siéndolo, hasta el delirio. Durruti tiene sus leales que suelen olvidar la parca contribución positiva de los anarquistas a una resistencia republicana efectiva. Azaña se ha puesto en cabeza gracias a la incansable actuación del profesor Santos Juliá. Hubo una época en la que hasta el presidente Aznar se declaró, poco menos, que azañista. Negrín sigue a la cola. Muchos escriben la historia con propósitos presentistas.

Juan_negrinNegrín es, en efecto, para muchos un nombre incómodo. Los historiadores pro-republicanos no pueden reprocharle que no resistiera hasta el fin. Sin embargo, con frecuencia dan vuelta a los hechos. Supuesto prisionero de los comunistas, habría servido a los intereses de la Unión Soviética que exigían que continuase la resistencia. (La racionalidad de este presunto objetivo nunca ha sido demostrada). Muchos socialistas, antiguos compañeros suyos, fueron incluso más radicales. Había que salvar a Besteiro y sobre todo a Prieto, convertido desde 1938 en antinegrinista feroz y, merced al golpe de mano sobre el cargamento del Vita, contrapolo al Gobierno en el exilio. (La narrativa del antinegrinismo socialista está aun por escribir).

Los historiadores franquistas (que nunca ahorraron epítetos horrendos contra Azaña) los redoblaron siempre en el caso de Negrín. ¿Por qué? En mi opinión porque vieron en Negrín el alma de la resistencia republicana.

A ello se añadieron cuatro hechos: a) Negrín nunca escribió sus memorias (excepto unos minúsculos apuntes que solo han salido a la luz hace pocos años) en tanto que Azaña dejó sus diarios y sus reflexiones. b) Los reflejos anticomunistas de Franco y su dictadura coincidieron con los de buena parte de los historiadores extranjeros que escribieron sobre la guerra civil en tiempos de la guerra fría, c) los archivos de Negrín y los archivos soviéticos sobre esta última tardaron mucho tiempo en ser accesibles a los investigadores y d) alguno de los hombres de confianza de Negrín incluso le traicionó después de su fallecimiento.

Sólo a partir de comienzos del presente siglo pudo empezar a reconstruirse el puzle que representan Negrín y su política. Tuvo defensores desde el primer momento pero quedaron anegados por las cascadas de vituperios que sus detractores siguieron arrojándole. Entre ellos, no hay que olvidar, figuraron prácticamente todas las tendencias del antiguo Frente Popular y sus apoyos anarquistas. ¿Quién tuvo la culpa de que se perdiera la guerra? Negrín y los comunistas. Los cuales, a su vez, en la posguerra también se distanciaron de él.

Correspondió a una nueva generación la responsabilidad de poner las cosas en su sitio, tras las bientencionadas aportaciones de Tuñón de Lara, pero escasamente documentadas. Quien esto escribe empezó con la reconstrucción de la operación del famoso «oro de Moscú» incluso antes de que falleciera Franco, pero no la di a conocer hasta 1976. El primer Gobierno Suárez la secuestró inmediatamente. Siguieron otros autores con perspectivas más amplias. Ricardo Miralles reconstruyó su acción en la guerra civil. La primera biografía completa la escribió Enrique Moradiellos. El enfoque lo completó, con una percepción mas bien de índole sicológica, Gabriel Jackson. En el extranjero Paul Preston y Helen Graham lo rescataron del oprobio para los lectores de lengua inglesa.

Gracias a la amabilidad de Carmen Negrín varios historiadores tuvimos acceso a sus papeles. Es verosímil que una vez que se termine la catalogación en la Fundación Juan Negrín de Las Palmas salgan a la luz nuevas facetas y quizá incluso haya que reescribir parte de lo ya asentado historiográficamente.

No me cansaré de repetir que el progreso en Historia es función de varios vectores pero entre ellos el descubrimiento de nueva evidencia primaria relevante de época (EPRE) tiene una importancia fundamental.

Daré unos ejemplos: en su calidad de ministro de Defensa Nacional y sucesor de Prieto (algo que este no le perdonó) Negrín reunió un gran volumen de información sobre el Ejército Popular de la República y la batalla del Ebro. Hasta ahora los historiadores hemos tendido a concentrarnos en los fondos del general Vicente Rojo, depositados en el Archivo Histórico Nacional en Madrid.

También, en su calidad de presidente del Consejo, Negrín recibía numerosos telegramas procedentes de las embajadas. Muchos de ellos se conservan sin descifrar. Se le informaría, supongo, oralmente de los temas importantes. Sin embargo los telegramas es posible que se refieran a aspectos de la gestión política exterior que podrían ser de gran interés para los historiadores.

Negrín atesoró igualmente muestras de la propaganda encubierta republicana que se transmitía a las filas enemigas por medio de canales más o menos variopintos. No son frecuentes tales ejemplos en bruto, pero que yo sepa todavía no se han analizado.

Tampoco cabe olvidar que no todos los documentos soviéticos relacionados con la guerra civil se han abierto al público. En mis estancias en Moscú hace ya varios años me encontré numerosas referencias a legajos que todavía no eran accesibles y en algún archivo se me autorizó la entrada excluyendo determinadas áreas temáticas.

Es decir: en el futuro habrá posiblemente nueva EPRE relacionada con la gestión política inspirada por Negrín.

Sabemos más cosas. El tráfico documental entre la embajada en Moscú y el Ministerio de Estado ya no existe. Al final de la guerra civil el encargado de Negocios, Vicente Polo, el funcionario que mayor tiempo pasó en la capital soviética (incluso más que el embajador Marcelino Pascua), recibió instrucciones de Barcelona. Debía destruir toda la documentación antes de traspasar el edificio a las autoridades. Vicente Polo, funcionario pundonoroso, cumplió sus órdenes a la letra y se pasó varios días quemando papeles. Si lo afirmo rotundamente es que porque Vicente Polo y servidor fuimos amigos y compañeros de Cuerpo. Ya ha fallecido. Fue readmitido en el tardofranquismo y terminó su carrera como consejero comercial de la embajada de España en Bruselas. Por cierto, en el Ministerio de Estado (Archivo de Barcelona) apenas si quedan rastros de aquel tráfico. Se ignora quiénes lo destruyeron. Pudieron ser los republicanos o los franquistas.

Hay, pues, parcelas de la actividad de Negrín que se han perdido para siempre. COMO EN EL CASO DE FRANCO. Pero esto es otra historia.

Frente a los errores de Azaña en términos de gestión Negrín no cometió ninguno realmente irreparable. La traición de Casado, Besteiro y Mera hundió todas las esperanzas de salvar a los cuadros republicanos utilizando la Flota. Muchos socialistas y anarquistas no terminan de hacerse a la idea a pesar de que sus correligionarios pagaron un alto precio como consecuencia de dicha traición. La memoria es, con frecuencia, selectiva.

Compárese, en cualquier caso, la accesibilidad sin restricciones de los papeles de Negrín y la de los de Franco (que no son los que custodia la FNFF) sino los que conserva la familia. Cerrados a cal y canto. ¿A quién le asusta la Historia?

No a Carmen Negrín ni a su abuelo. Ya dijo uno de los periodistas norteamericanos que conoció bien al expresidente: Negrín no tiene que tener miedo de la Historia. Quienes quizá si lo tienen son los vencedores y sus descendientes. De otra forma no se explica su comportamiento.

EL XL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FRANCO

3 noviembre, 2015 at 8:30 am

Los aniversarios redondos tienen la virtud de despertar una atención particular, sobre todo si acaban en cero. Este mes de noviembre se cumple el XL del fallecimiento de Franco. No es de extrañar que ya en el curso del año hayan aparecido libros sobre él y su dictadura. También quien esto escribe ha participado. Mi propósito, en concordancia con el lema que inspira este blog, ha consistido en someter a contrastación documental, en todo lo posible, algunos mitos que derivan de la «plastilinización» del pasado inscrita en el canon impulsado por Franco.

Prensa Franco muertoYa está colgado en este blog y en la red (http://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/index) el trabajo que un grupo de historiadores hemos preparado a lo largo de los últimos meses para someter a análisis una biografía de Franco que se adelantó todo un año al XL aniversario. Lo refleja un número extraordinario de la revista académica digital HISPANIA NOVA de la Universidad Carlos III de Madrid.

Tiene tres propósitos. El primero estriba en revelar las líneas de blanqueamiento a las que la figura histórica de quien solía ser calificado como Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE) ha sido sometida en la biografía conjunta escrita por el ilustre profesor Stanley G. Payne y por el periodista, y antiguo miembro del CEDADE, Jesús Palacios.

El segundo consiste en invitar a aquellos historiadores de buena fe a que, si lo consideran conveniente, disputen los hechos en los que hemos fundamentado nuestras críticas. Todos nosotros consideramos que, en plan profesional, las ideologías o posturas de los historiadores como meros seres humanos han de ser disciplinadas por el respeto a los hechos, las fuentes y los métodos comúnmente aceptados de la metodología histórica.

El tercero pretende incitar a que, si las circunstancias institucionales lo permiten, se lleve a cabo una edición española de la querella de los historiadores que años atrás tuvo lugar en Alemania sobre el nacionalsocialismo.

En este sentido la más que previsible pérdida de la mayoría parlamentaria absoluta por parte del PP, la probable formación de un gobierno de coalición o por lo menos apoyado desde el Parlamento por alguna otra fuerza política y, no en último término, la verosímil salida del futuro Gobierno de algunos de los ministros más perjudiciales para la investigación sobre la guerra civil y el franquismo (estoy pensando en el de Defensa) deberían impedir la continuación de la política de cierre de los archivos de Defensa que el Sr. Morenés ha defendido con argumentos espurios cuando se ha dignado pronunciarse al respecto.

Por no hablar de la aparición de otro clima político en el que la mal denominada Ley de Memoria Histórica, que el PP no se ha atrevido a derogar (aunque sí a vaciar de sustancia), pueda volver a ponerse en práctica activamente. Esto no es algo que solo interesa a los historiadores. Tiene una gran resonancia social y en su momento reflejó la respuesta, en mi opinión imperfecta e insuficiente, a las demandas de los descendientes de las víctimas de la represión multimodal, permanente y agresiva, de la dictadura franquista, un hito en la historia de la infamia española por mucho que Payne/Palacios -y otros- hayan intentado maquillarlo.

El número ya colgado en la red pretende proporcionar elementos de juicio y de reflexión para que los españoles de buena voluntad, que probablemente somos la mayoría, puedan continuar ejerciendo presión a través de las organizaciones de la sociedad civil, de los partidos políticos y de su representación parlamentaria con el fin de inducir al futuro Gobierno a adoptar una actitud concordante con los estándares habituales de los países occidentales de la Unión Europea. Quizá no se logre que España se ponga en cabeza del ranking de respeto a los derechos humanos pero, por lo menos, debería dejar de estar situada a la cola y solo por delante de Cambodia en ciertos aspectos.

Nuestro trabajo tiene huecos. No hemos querido entrar a analizar las posibles razones por las cuales un historiador extranjero, otrora prestigiado, se ha visto inducido a hacer equipo con un periodista de peculiares antecedentes. ¿Es que entre los historiadores españoles de derechas, que los hay y buenos, no encontró mejor compañero el profesor Payne?

Tampoco hemos indagado en que tal asociación no solo se ha orientado a producir dos libros escasamente presentables. Si no mienten las informaciones sobre ellos existentes en la red, Payne y Palacios son también socios en una empresita que publica un boletín digital de ensayos sobre temas españoles e internacionales. Sin duda aprovechando las economías de escala, dicha empresa también se ocupó el año pasado de producir e introducir entrevistas en medios digitales para hacer publicidad de su magna obra.

Naturalmente ambos socios están en su buen derecho y no hay, ni por asomo, nada ilegal en ello pero lo traigo a colación como muestra de que la transparencia que debe exigirse a todo historiador (en particular si aborda temas controvertibles y controvertidos) no es un rasgo que caracterice a tan connotados autores.

Hemos lamentado la ausencia en este número de HISPANIA NOVA del profesor Paul Preston. Razones de trabajo le impidieron participar en él. Sin embargo, me es muy grato anunciar que el autor de la gran biografía de Franco, al lado de la cual la de Payne/Palacios es una mera mala sombra, ha acometido la tarea de ponerla al día, en la medida de lo posible, y que estará en la calle antes del 20N. Los lectores españoles tendrán, pues, la posibilidad de comparar ambas y extraer sus propias conclusiones.

Una reflexión última: para cualquier historiador profesional normalito es motivo de asombro leer comentarios en los medios digitales en relación con sus obras porque simplemente no concuerdan con los a priori de los comentaristas. Amparados en el anonimato despotrican sin el menor pudor, y generalmente sin haberlas leído, aunque siempre con autoridad, desparpajo y desprecio. Sin ahorrar insultos. Los hechos no cuentan. Hay que ir a la descalificación personal. No en vano se ha dicho que los comentarios digitales anónimos se han convertido en el equivalente posmoderno de los graffiti de los urinarios públicos.

Es sabido que el argumento ad hominem es el argumento de quienes que no tienen otros argumentos. Quien esto escribe ha sido tachado de comunista y masón (pecados nefandos para quienes en la mejor tradición franquista profieren tales acusaciones pero que no figuran entre los que practico) como si por ello mis análisis perdieran cualquier valor que pudiesen tener. Eso sí, Ricardo de la Cierva y Luis Suárez Fernández, máximos hagiógrafos de Franco, deben de ser para ellos glorias nacionales. Que el Señor les conserve larga vida para escribir muchas más obras.