EL EMBAJADOR DE S.M. BRITÁNICA ANTE LA MONARQUÍA ALFONSINA Y LA SEGUNDA REPÚBLICA: SOBRE UNA RECIENTE BIOGRAFÍA (y II)

26 octubre, 2021 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Silvia Ribelles ha dedicado espacio a desarrollar la sorpresa que el 14 de abril despertó entre los diplomáticos británicos en Madrid y en Londres. Hace lo que un buen historiador, y no en plan de cantamañas prejuzgados como muchos de los que ahora escriben con supuesta autoridad de titanes. Les cogió de sorpresa. No se lo esperaban. Los comentarios fueron prolijos. Uno de ellos, un “experto”, ejemplifica cuán difícil era -y es- en la actividad diplomática diaria anticipar lo que deparará el futuro: “Esto es solo el principio de importantes cambios en España, importantes solo para España, ya que no creo que sean transcendentes para nuestro país” (p. 133). Con razón dijo mucho después un primer ministro japonés, Yasuhiro Nakusone, que en política prever lo que puede ocurrir una pulgada por delante de los acontecimientos es adentrarse ya en terreno desconocido.

‘Un diplomático al servicio de su Majestad. Sir George Grahame (1873-1940)’, de Silvia Ribelles de la Vega. Comares Historias

Nada de lo que antecede significa que Sir George Grahame no tomara, como se dice, la medida a la joven República. Vio en ella la clara y evidente posibilidad de que España dejara detrás decenios, si no siglos, de decadencia y de que se pusiera a tono con la modernidad europea. Siempre fue por delante de la mayoría de sus compañeros y superiores en Londres, piedras angulares del Imperio, que como corresponde a los servicios centrales pensaban en coordenadas más amplias, pero no por ello necesariamente más acertadas. En la actualidad, los escribidores a sueldo de la derecha española estarán en contra de tal aseveración.

En contra de una historiografía muy asentada servidor sostiene que la década de los años treinta fue también, aunque de otra forma, un período de cierta “decadencia” británica en política  exterior, como la calificó Jean-Baptiste Duroselle para el caso de Francia. Solo que Gran Bretaña era, y sigue siendo, una isla (más otras menores) con el aditamento de la entonces nueva Irlanda del Norte. Además, separada del continente por un océano que, aunque estrechito, imponía obstáculos insalvables merced a la supremacía escasamente contestable de la Royal Navy (los japoneses, años más tarde, no tardaron en demostrar lo contrario en aguas asiáticas).

Algunos historiadores (no hablemos ya de los gacetilleros) siguen, dale que te pego, acudiendo a un supuesto dictum de Lenin de que España sería el segundo país europeo, después de Alemania, de caer bajo la esfera de influencia comunista. Confieso no haber leído todas las obras de Lenin y agradecería a quien lo haya hecho que me informara de dónde apareció la cita y, si es posible, los argumentos que la sustentaran. Además, la ecuación Azaña=Kerenski no dejó de flotar en la mefítica atmósfera desde la cual algunos “genios” del Foreign Office contemplaron la realidad española de la época. 

Más cerca del presunto peligro rojo que, según convención derechista tradicional y que ya vehiculaban los monárquicos alfonsinos, se cernía sobre la amada Patria, el duque de Alba había comunicado a Sir George que España sería el “el último país en convertirse al bolchevismo”. Por su parte el general Berenguer había manifestado a un periodista francés que “el comunismo era prácticamente inexistente en España” (p. 143). Ambas declaraciones eran, sin la menor duda, más ajustadas a la realidad que los sueños y pesadillas que transmitían a Mola (director general de Seguridad) y a Franco (director de la Academia General Militar) los “cruzados” de la Entente Internationale Anticommuniste con sede en Ginebra.

Los que  caracterizo de “cruzados” los había también en el cuerpo consular británico asentado en España. El más representativo, por la audiencia que alcanzó a partir de agosto de 1936, fue un oscuro personaje, el cónsul general en Barcelona, Norman King. Daría mucho de sí. El acudir a los toros como ejemplificación de la supuesta atracción de los españoles por verter sangre de sus compatriotas fue una de sus más populares metáforas, pero no la única. Quizá con Sir George en puesto no se hubiera atravido a hacerlo. Sin él, no encontró ningún impedimento.

Durante los tumultuosos años que le tocaron vivir en España, Sir George criticó algunas de las informaciones que suministraba al augusto diario The Times su corresponsal en Madrid y que han despistado a más de un historiador. Ya en la época había gente, incluso en las altas esferas de la Administración británica, que percibía la realidad internacional también a través de las columnas del rotativo, cuyo director debe figurar -aunque no siempre aparece- en la lista de los “apaciguadores” más indomables. Su influencia se advierte en los comentarios y anotaciones con los que otros “genios” del Foreign Office ampliaron los telegramas y despachos de su embajador, probablemente demasiado poco conservador para ellos.

Silvia Ribelles recupera muchos de tales informes anotados. Bastantes de entre ellos los había sacado a la luz Enrique Moradiellos, Otros, un servidor (por no contar historiadores británicos y norteamericanos). Los que aflora la autora, siguiendo un orden cronológico estricto, permiten ver cómo Sir George siguió los acontecimientos al día a día. Ello se revela en toda su intensidad en el caso del octubre asturiano. En mi opinión, el peso de lo diario puede llevar a oscurecer la reflexión más calma y ponderada que el embajador hizo llegar a posteriori a Londres y que, teniendo en cuenta lo que había publicado la prensa británica, a veces difería considerablemente de la misma. Silvia Ribelles, desde luego, considera que Sir George tuvo un perfil “menos conservador” que su sucesor en el cargo. Es una descripción que no hace del todo justicia al primero, porque este último no es que fuera más conservador, es que era mucho más prejuzgado y se dejó embaucar  por las derechas españolas más extremas. De diplomático ecuánime, analítico, conocedor de la amplia élite política y social del país, rien de rien. Sir Henry Chilton fue un desastre para España y también para su propio país. Uno de los más del servicio diplomático británico de la época.

Todo embajador debe tener en cuenta, en su información a los servicios centrales, la atmósfera dentro de la cual se percibirán sus despachos y telegramas. En lo que se refiere a los asuntos diarios (desórdenes públicos, desacatos a la autoridad de la izquierda revolucionaria, algaradas múltiples) la producción de la embajada bajo Sir George fue notable y, a diferencia de lo que pasa con la alemana o la italiana, se conserva en gran medida. El único ejemplo comparable podría ser la norteamericana, en la cual también se observa el impacto de la llegada de un nuevo embajador, en este caso político y amigo personal del presidente Roosevelt: Claude G. Bowers. (Por cierto, sus memorias, publicadas mucho después de la guerra y tras haber abandonado el servicio diplomático de Estados Unidos, hay que tomarlas con un granito de sal y compararlas con su información de cuando estaba en Madrid: hay desacuerdos y, a veces, contradicciones).

En mi modesta opinión, en los tiempos alborotados actuales en que renacen las “verdades eternas” que sobre la segunda república española vertieron quienes quisieron acabar con ella para justificar su sublevación, la recuperación de la figura de Sir George D. Grahame, que ha hecho Silvia Ribelles de la Vega, debería ser un incentivo para que otros historiadores españoles y no españoles se inclinen de nuevo sobre su producción en forma de telegramas y despachos, bien al día o más meditados.

Nuevas miradas (y la esperanza de que en algún momento en el futuro las autoridades británicas se decidan a desclasificar la documentación del Secret Intelligence Service sobre la España de los años veinte y treinta, si no la han destruido, y la todavía no revelada del contraespionaje, MI5) deberían formar parte del abanico de claves con que los historiadores continuarán derruyendo las versiones amamantadas por el franquismo y el neofranquismo o también por la política de apaciguamiento británica de la época. Y, en ello, quizá sea posible echar luz sobre la perniciosa actuación de algún que otro diplomático británico filofascista y, por supuesto, sobre el topo de Stalin incrustado en la Dirección General que se ocupaba de los asuntos españoles cuando estalló la sublevación de julio de 1936. Nadie, que yo sepa, ha explorado hasta qué punto el Kremlin estuvo al tanto de lo que se hacía y no se hacía en el Foreign Office de la época en relación con la nueva situación creada por el incipiente conflicto español.

P.S. En el libro que escribí sobre mis experiencias en la Comisión Europea narré una anécdota. Se trató de un pequeño percance que me ocurrió con un alto diplomático británico. En un momento me escribió una carta (entregada en mano) en el que criticaba alguna de las decisiones que servidor había tomado sobre cierto tema. Puso en copia al comisario y a otros colegas, entre ellos el gabinete del presidente Delors. No tenía razón y se equivocaba de plano.

La sangre se me subió a la cabeza. ¡Lo menos que podría haber hecho era llamarme o avisarme! Inmediatamente redacté, en inglés, la respuesta pero antes de enviarla pensé un momento. ¿No sería mejor que la viera mi mujer? Al volver a casa le conté lo ocurrido. Se echó a reir. Había actuado en español. Me dio una lección: en ciertos círculos (y desde luego en los Ministerios británicos) cuando se quiere demostrar un cabreo fenomenal el redactor de la respuesta la escribe en términos sumamente almibarados. Así que al día siguiente envié la nueva redacción, con copia al comisario y al resto de los destinatarios de la misiva inglesa. Uno de mis subordinados, francés, vino a verme para expresarme su preocupación por el tono, a su parecer humillante para la Comisión. Con el imprescindible tono de autosuficiencia le dije algo así como “como buen francés, no conoces a los ingleses. Ya verás”. Y, en efecto, lo vimos. El destinatario se disculpó en todos los tonos posibles. Desde entonces nos invitó varias veces a los champagne parties que organizaba en su residencia los domingos por la mañana. Moraleja: conviene entender el mundillo mental y cultural en el que se redactan los despachos diplomáticos. Eso sí, subí enteros en la apreciación de mi inmediato superior, un belga que había trabajado con ingleses en la Résistance contra los nazis.

EL EMBAJADOR DE S.M. BRITÁNICA ANTE LA MONARQUÍA ALFONSINA Y LA SEGUNDA REPÚBLICA: SOBRE UNA RECIENTE BIOGRAFIA (I)

19 octubre, 2021 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Desde que los “ultramontanos” empezaron hace unos veinte años, aprovechando las oportunidades que les deparó el segundo Gobierno del inmarcesible prócer que fue Don José María Aznar, au acometida contra la trayectoria histórica de la Segunda República, servidor que entonces volvía  a escribir historia se interesó de nuevo por ella.

Si no recuerdo mal, ya en 2012 llamé la atención sobre las distorsiones que en el Londres imperial de la época había sufrido la imagen republicana entre 1935 y 1936 y destaqué la importancia de la información que la embajada británica suministraba a sus servicios centrales. Lo hice a base de interrogar críticamente la evidencia primaria relevante de época que ya se había visto enriquecida con desclasificaciones documentales a principios del siglo. Naturalmente, di toda la importancia que merecían a las investigaciones realizadas por historiadores previos, británicos y españoles. Raras veces, en historia, se parte de cero.

Mi exploración de algunos de los documentos ya conocidos, que amplié luego considerablemente, me llevó a destacar la importancia de los informes del embajador británico en Madrid desde los últimos años de la Monarquía. Se llamó Sir George Dixon Grahame.

La biografía es un género que no me ha tentado demasiado. La primera excepción a esta regla la verá el público lector en el libro que saldrá el año que viene en colaboración con Francisco Espinosa y Guillermo Portilla. En el contexto anterior, una reciente biografía de Sir George me ha llamado poderosamente la atención.

Su autora, Silvia Ribelles de la Vega, es una historiadora asturiana, afincada en California, que ha dedicado muchos años de su vida a reconstruir, hasta donde le ha sido posible, la vida y obra del personaje. Como buena biógrafa reconoce que en ambas hay huecos, quizá porque en su momento el protagonista se atrajo la animosidad de parientes y colegas que, como ocurre en las mejores familias, hicieron todo lo posible para destruir las evidencias primarias generadas por Sir George y disminuir la importancia de su labor. En este contexto siempre cabe preguntar: ¿dónde diablos están los papeles de Franco que no fueron a la FNFF?

Aquella actitud hacia Sir George, a todas luces reprochable, es ciertamente muy humana. Es difícil, probablemente, formar parte de la élite de un servicio diplomático imperial y no concitarse algún que otro adversario. Sobre todo en tiempos turbulentos.

El hecho es que hoy, gracias a los desvelos de Silvia Ribelles, disponemos de una biografía bastante completa de Sir George, publicada en la notable colección de Historia que viene alumbrando la editorial Comares, merced a los desvelos de mi buen amigo el profesor Miguel Ángel del Arco. Para todos los interesados por la Segunda República es, en mi opinión, de lectura obligada.

Se trata de un libro relativamente corto, de unas 230 páginas, que se lee con rapidez y, para mi, con sumo provecho. Es también un libro que no gustará a los autores profranquistas y antirrepublicanos amén de a sus correveidiles mediáticos.

Establezco esta hipótesis teniendo en cuenta varias razones: la vida profesional de Sir George, que la autora recorre con detalle, muestra que su biografiado fue una de las promesas del servicio diplomático británico (entonces y durante mucho tiempo después uno de los mejores del mundo y, en mi modesta opinión, el mejor de los que conozco). En cuatro líneas describe al personaje: refinado, políglota y culto; amante del lujo pero sin grandes ostentaciones; sofisticado y elegante; muy inteligente y un pelín narcisista. Estamos ante uno de los diplomáticos más reconocidos y de mayor valía de su generación. ¡Ay! También con enemigos y no sería porque, en términos de estatura, era literalmente un gigante. Entre los últimos debió de figurar uno de sus antiguos subordinados en Madrid. Después de la segunda guerra mundial, ya embajador en Praga, decidió lo que había que destruir entre los papeles de su exjefe y lo que debería conservarse. Esto fue a parar a dos ramas de la familia. Una no hizo caso a la autora. Otra le prestó todo su apoyo. ¡Que la maldición de los historiadores recaiga sobre la primera!.

La biografía se divide en dos partes. Ante todo, la autora  pasa revista a la niñez,  juventud y educación del protagonista (nacido en 1873),  su ingreso en el servicio diplomático en 1897 (es fascinante la reconstrucción de los sistemas de recrutamiento y ascenso en el Foreign Office de la época), sus primeros puestos ((París, Berlín, Buenos Aires y, de nuevo, París). En este último pasó la primera guerra mundial. Hacia su final, se había convertido en el embajador de facto. No se le permitió consolidarse como titular, pero también intervino en las negociaciones del armisticio y de los varios tratados de paz hasta que, en 1920, fue nombrado embajador en Bruselas. Esta capital era entonces un destino muy sensible. Servidor recuerda haber visto la placa que se conservaba en el lugar que había sido su residencia.

Para el lector español, naturalmente es la segunda parte de la obra, la de su embajada en España, que comenzó en 1927, la más importante y significativa. Pero, como es obvio, no es posible comprender cabalmente la forma en que el embajador se enfrentó a una nueva escena política, económica, cultural y social si no se tiene alguna idea de su formación y experiencias previas. Todo historiador que se precie debe conocer algo de ambas, con ojos prejuzgados o no prejuzgados. En honor de Sir George, Silvia Ribelles pertenece a esta segunda categoría.

El nuevo embajador se situó rápidamente entre los más importantes de la Corte madrileña. No tardó en tomar medida a su nuevo puesto y a sus circunstancias. Dos años más tarde, en lo que sería el declive de la dictadura primorriverista, emitió un mensaje claro y clarividente: “la anómala situación actual será tolerada cada vez menos por la parte más inteligente y progresista del país”. La evidencia misma, aunque hay historiadores (abundaron sobre todo en la época oprobiosa) que se hartaron de alabar al primer dictador español del siglo.

Silvia Ribelles presta atención, como también hizo servidor años antes, a los informes anuales preceptivos que la embajada británica (al igual que otras como la alemana y la francesa) debían enviar a los servicios centrales al comienzo de cada año sobre lo ocurrido en el precedente  e identificar las perspectivas de futuro. La autora lo hace teniendo en cuenta los comentarios que hacían los funcionarios que en el Foreign Office los leían. Esta era una peculiaridad del sistema británico  que facilita enormemente el seguimiento de las opiniones que discurrían por los meandros burocráticos establecidos (hasta en ocasiones llegar al ministro). Es pues muy útil al historiador de hoy. Unos solían ser positivos, incluso encomiásticos; otros displicentes. La cortesía funcionarial se imponía en cualquier caso y las críticas negativas hay que deducirlas de un lenguaje entonces convenido y hoy no siempre fácil de interpretar. Es preciso conocer las claves subliminales. La discrepancia se revestía de fórmulas corteses y cuando lo eran excesivamente hay que pararse a meditar en el mensaje que se quería enviar a los compañeros y superiores.  Contaré a estos efectos en el próximo post una anécdota que me ocurrió personalmente con un diplomático británico.

La biógrafa es rotunda: “Sir George presentaba una monarquía disfuncional, que había perdido por completo el norte, en una nave vieja y caduca que navegaba hacia los escollos, a la deriva” (p. 127). Aviso, pues, a los historiadores españoles de hoy que quieren rescatar o criticar lo más posible el choque de aquel navío con la ruda realidad política, económica y social del período.

Lo que sí está claro es que Sir George comprendió bien la naturaleza de las actuaciones políticas, económicas y sociales de los gobiernos de la Segunda República. Sus informes (tras la muerte en accidente de nuestro Welsh terrier  Oscar) me encerré en los Archivos Nacionales británicos en Kew y fotografié la mayor parte de los envíos de la embajada a Londres desde 1931 a 1936) constituyen un material de referencia indispensable.

¿Y después? Lo que ocurria en muchos casos entonces y con, las adaptaciones necesarias impuestas por las modernas técnicas de comunicación y de globalización, ocurre ahora.  A las luces emitidas por un embajador y sus colaboradores pueden sucederles la oscuridad y la distorsión de los siguientes, adaptándose a las fobias y filias del superior. Sir George se jubiló en 1935. Pocos meses después su sucesor, Sir Henry Chilton, demostró que también era posible comportarse como un imbécil en el tan afamado servicio diplomático británico. A uno de los grandes embajadores del mismo le remplazó otro de los peores, en mi humilde opinión. Y esto no refleja prejucios por mi parte. Es, simplemente, la constatación de que a un embajador que comprendía bien la sociedad en que se movía le sucedió otro que no tenía la menor idea, tampoco identificó lo que estaba en juego y que, conscientemente o no, despistó a su propio Gobierno (o se atemperó a los prejuicios que advirtió en el mismo).

No hago autopublicidad, pero sí recuerdo que algo de lo que en esta entrada se deja entrever está explicitado en los dos primeros capítulos de mi libro La conspiración del general Franco y otras revelaciones sobre una guerra civil desfigurada, segunda edición revisada y ampliada, Crítica, 2012. Esperemos, contra toda esperanza, que si todavía se conserva documentación del MI6, aunque sea traspapelada, se identifique por fin y se ponga, quizá en el siglo XXII, a la disposición de los investigadores.

EN EL PERÍODO DESPUÉS DEL JALEO SOBRE JUAN DE LA CIERVA

12 octubre, 2021 at 8:30 am

Quien controla el presente controla el pasado ….

Ángel Viñas

Un antiguo refrán castellano con, al menos, dos variantes (“el mejor -o mayor- desprecioes no hacer aprecio-“ y/o “no hay mejor desprecio que el no aprecio”),figura hoy reseñado en el Centro Virtual Cervantes con su correspondiente equivalencia en otros diez idiomas. El significado que atribuye dicho Centro al uso que del mismo hizo, al parecer, el anterior presidente del Gobierno Don Mariano Rajoy en una determinada ocasión creo, en mi modesta opinión, que no se corresponde con la normal acepción del mismo en el lenguaje común.  Para muchos otros y para mí no apreciar implica, esencialmente, despreciar, defecto o virtud a los que acudo con cierta frecuencia.  

Supongo que algo similar hace el Gobierno de la Región de Murcia. Y, en consecuencia, sus terminales mediáticas. No en vano solicitó dos informes con los cuales aplastar la negativa del Gobierno de España a atender una petición de las autoridades autonómicas sobre la denominación del aeropuerto regional.  Uno de ellos me lo ha transmitido amablemente el profesor Javier Guillamón que lo hizo a petición del Rector de la Universidad. Del segundo informe no sé nada. No ha traslucido. El copyright supongo que corresponde al autor, aun cuando hubiera estado bien retribuido.

A mí, francamente, me importa un comino lo que el gobierno de Murcia piense de un servidor. Sin embargo, que hasta ahora, que se sepa, ni siquiera haya dicho ni pío al desafío que en buena y debida forma les lancé hace dos o tres semanas puede obedecer a una creencia basada en alguno de los siguientes fundamentos:

  • Tenemos razón. No nos la quitará nadie.
  • Viñas es un historiador indigente y no hay que hacerle el menor caso
  • Si respondemos, a lo mejor tiene algún cartucho de recambio y nos hace la pascua.

Puede haber otras explicaciones.  Alguien tendrá que explicar por qué no se publica el informe de un “brillante” historiador que, al parecer, ha demolido (supongo que con gran acopio documental) mis tesis sobre don Juan de la Cierva. ¿De dónde las habrá sacado? Misterio.

La más interesante, desde mi punto de vista, es la primera hipótesis, porque entronca con la batalla que, según se afirma por ciertos terminales mediáticos, la izquierda española en general, y servidor en este caso concreto, están llevando a cabo con el fin de distorsionar la HISTORIAAAAA y ganar hoy la guerra que perdieron (por su propia perversidad) en los campos de batalla hace más de ochenta años.

Como quien esto escribe es algo lento de mollera y considera que el pasado ya no existe, entender la sucesión de hechos que ocurrieron en él y preguntarse por qué, me ha llevado muchos años, mucho esfuerzo, mucho dinero y muchos quebraderos de cabeza. No soy como Stanley G. Payne, a quien últimamente cito con frecuencia porque desde que era un jovencísimo profesor ya sabía lo que tenía que saber para escribir más o menos el mismo libro por lo menos una docena de veces. Desde luego sin preocuparse de haber pisado un solo miserable archivo (salvo el de la FNFF, aunque con escaso éxito).

Lo que hoy creo haber documentado me ha supuesto la friolera de cerca de treinta años, la visita a más o menos cuarenta archivos (estatales, subestatales, públicos y privados) en media docena de países y hacerme con una biblioteca particular de varios millares de libros. ¿Resultado? En ese pasado que ya no existe, las cosas no fueron como nos las contaron los historiadores franquistas y como, con algunas mejoras en cuanto a presentación se refiere, han seguido repitiendo sus epígonos, muy vehiculados por la FNFF.

Que en la dictadura hubiese una interpretación básica y única posible era comprensible. El, para algunos, glorioso régimen de Franco mantuvo una censura prácticamente de guerra hasta la Ley 14/1966, de 18 de marzo. No fue precisamente una disposición que abriera las compuertas a lo que ya se había escrito en el extranjero Eso sí, permitió a una serie de autores afines a la dictadura que actualizasen mínimamente algunos (no demasiados) de los mitos en que se sustentaban los cuentos tradicionales.

Para comprender el amplio abanico tradicional sigue siendo una obra absolutamente imprescindible la de Herbert R. Southworth, El mito de la Cruzada de Franco, que dio a conocer Ruedo Ibérico en París. Dicen los enterados que al berrinche que se cogió el nunca olvidado profesor Manuel Fraga Iribarne (un genio entre los numerosos genios que florecieron durante la dictadura) siguió la creación en su Ministerio de (Des)información y Turismo de una unidad especializada en preparar la contraofensiva, quizá con la idea de reeditar antiguas glorias imperiales a lo Carlos I o Felipe II.

La  encargó al aspirante Ricardo de la Cierva, técnico de Información y Turismo, que ya en su primera obra sobre la política española en este sector había derramado abundantísima baba en su dedicatoria a un invicto general: es decir, al personaje impoluto e inmaculado que llevó a los Ejércitos Nacionales a la victoria sobre el enemigo. Pásmense los lectores: el anarquismo, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, la masonería y un montón de ideas nefastas no, nefastísimas, que se habían desarrollado a partir de los principios de la Reforma, la Ilustración, la Revolución francesa y, ¡cómo no!, la soviética. ¡Abajo, pues, los siglos XVIII y XIX! ¡Vuélvase a la España imperial de la contrarreforma!

Por mi parte, he llegado a ciertas conclusiones operativas que he apoyado (ya sé que hay quien dice que eso de los documentos es algo decimonónico, positivista, absurdo) lo mejor que he podido. Eso sí, siempre abierto a que se me demuestre que los he interpretado mal (algo que inevitablemente ocurre a quien, por desgracia, no goza de los privilegios de la presciencia ni de la infalibilidad, en los que tanto abundan otros).

Este tipo de relato, basado en un conjunto de documentos de los que se encuentran huellas en los archivos que poco a poco han ido desclasificándose, parece como si estuviera escrito en chino a los historiadores del tipo Payne. ¿Dónde figura el menor reflejo en el libro que ha escrito y reescrito -con gran éxito- tantas veces?  

¿Es su pasado igual al que servidor describe? No. ¿Es el pasado que ahora quiere “recuperar” una futura Asociación Nacional de Víctimas del Frente Popular? No. ¿Es el pasado que enciende las pupilas de los historiadores de VOX? No. ¿Es el pasado al que se refirió, en presencia de Don Pablo Casado, callado como un muerto, uno de los exfundadores de tal partido hace poco? No. ¿Es el pasado que hace titilar las papillas gustativas de los políticos del PP murcianos? No.

Todos nos hacemos representaciones del pasado, pero unos las documentan en su origen, evolución y afloramiento. Otros, no. Es decir, por un lado, hay historia (no tanto de derechas o de izquierdas, sino documentada o no) y, por otro, camelos. El más importante del pasado español en el siglo XX es el origen de la guerra civil.

Dado que su responsabilidad activa recae en un sector de las derechas, es hasta punto lógico que quieran apartar de sí ese cáliz de amargura. No hubiera habido guerra, claro, si la República hubiese cortado la subversión. No lo hizo. Se redimió como pudo. No dejando caer las armas y tratando de compatibilizar revolución y guerra o guerra y revolución. Por supuesto que ni en marzo, ni en abril, ni en mayo, ni en junio de 1936 se esperaba una. La revolución fue una de las consecuencias del golpe semifallido y semiexitoso. La dictadura de Franco también.

Esto es lo que hay que desfigurar hoy, al igual que se desfiguró desde 1936, porque como bien dijo Orwell quien controla el presente, controla el pasado y quien controla el pasado controla el futuro. Así, que ojo al futuro. ¿No ha dicho el señor Casado que cuando llegue al poder, supongo que con la ayuda de VOX, eliminará todas las leyes aprobadas en la presente legislatura por la izquierda? Y, entre ellas, la todavía no nacida Ley de Memoria Democrática.

Por supuesto, en una democracia no demasiado combativa como la española, pero tampoco peor que otras que nos circundan, corresponderá a la ciudadanía elegir a sus gobernantes con los ojos bien abiertos. En recuerdo de sus antepasados y con la mirada puesta en la futura educación de sus hijos y nietos. Desde luego hay que reconocer al señor Casado un mérito: quien avisa no es traidor.  

En otros países acosados en su tiempo por los fascismos, dado que la suerte de las armas les fue adversa, se tomaron medidas precautorias. También en la República Federal de Alemania. El PP, que tanto alardea de su amistad y connivencia con la CDU/CSU, debiera tomar nota de que con los dineros públicos se subvenciona desde hace muchísimos años una Bundeszentrale für politische Bildung, con el fin de fortalecer el sistema democrático a través de la difusión de material destinado a popularizar conceptos elementales de la democracia plural y de las diversas opciones políticas en escena. ¿Sería pensable algo así bajo un Gobierno del PP? Solo hay que recordar el “pollo” que montó contra una inocua asignatura denominada “Educación para la ciudadanía”. Lógico. No quiere ciudadanos. Prefiere adictos y, a ser posible, que sigan meciéndose en la cuna en la que anidan los consabidos huevos de la serpiente.  

UN FRANQUISMO, ¿IMPERECEDERO?, QUE SIGUE MINTIENDO (y II)

5 octubre, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

En plan de desafíos reconozco seguir deseando que algún historiador franquista, postfranquista o neofranquista, español o extranjero, exhiba alguna maldita vez documentación de época a la que ni muchos otros historiadores ni servidor hemos podido nunca acceder. Cabría mencionar, a título de meros ejemplos, papeles de Franco, Mola, Cabanellas, Orgaz, Goded, Calvo Sotelo, Goicoechea, Galarza, etc entre muchos otros. Es decir, teóricamente debería existir la posibilidad, hasta hoy no materializada, que se demuestre con documentos en la mano que mis tesis, y las de otros autores a quienes yo siempre cito, son inexactas o que necesitan importantes correctivos. Incluso hasta el punto de invalidarlas. No hay historia definitiva porque toda historia es, por definición, de un pasado que no existe ya. Nos guiamos por representaciones y una de las diferencias que existen entre unas y otras representaciones es el mayor o menor anclaje en evidencias. Ya lo sabían los clásicos, aunque lo expresaban de otra forma.

También habría que confirmar que las tesis expuestas de manera no ya oficial, sino oficiliasíma, por el Estado Mayor Central del Ejército de Tierra en 1945, y que contaron documentalmente con el visto bueno y la complacencia de SEJE, en verdad están espaldadas, o no,  por tales documentos todavía desconocidos.

Bien sé que de los mencionados golpistas es posible que no se hayan conservado papeles (me han dicho, por ejemplo, que el general Aranda quemó los suyos en los años cuarenta por temor a la ira del todopoderoso Caudillo que le persiguió con su encono), pero ¿no subsistirán los de Alfonso XIII y de su hijo, Don Juan de Borbón, que estaban fuera de España?

Aquí la Corona quizá pudiera, en mi modestísima opinión, contribuir en algo porque, se quiera o no se quiera, el bisabuelo y probablemente el abuelo de S. M. el Rey estuvieron implicados en la dinámica del golpe, preparada con la ayuda extranjera. Cosa que sigue siendo escamoteada cuidadosamente. No hace falta sino darse un paseo por youtube y ver y escuchar a doctos comentaristas cómo presentan los avances en los preparativos de la sublevación a después de las elecciones de febrero de 1936. Para llorar.

A Alfonso XIII, en particular, lo de plegarse a la voluntad soberana de los españoles (abril de 1931) no le duró mucho. Al año siguiente ya había empezado a hacer pachas con los conspiradores. Lo afirmó un monárquico superconvencido, aunque algo mentirosillo, como fue Juan Antonio Ansaldo ya en el exilio a principios de los años cincuenta. Es decir, ha llovido desde entonces, aunque los comentaristas en la prensa de derechas todavía no se han enterado. Los pobres no se han puesto todavía al día. Con todo, y en descargo de Su decaída Majestad, hay que recordar que la República le desposeyó de todos los bienes que pudo y, claro, en cuanto se toca a las “pelas” se aviva el patriotismo y todos los demás sentimientos con él conexos. Suele ocurrir de manera fulgurante.

En lo que se refiere a las víctimas del Frente Popular (hacia las cuales, solícita, se inclina la todavía nonata ANVFP, habría que diferenciar dos períodos. El que discurre entre los meses de febrero a mitad de julio y el que se inicia con el hundimiento de una gran parte del aparato coactivo del Gobierno, que no había sabido o podido atajar un tipo novedoso de conspiración (atajó otras, como la Sanjurjada, las algaradas anarquistas y el octubre asturiano). Y ello a pesar de que había empezado a forjarse allá por el año 1932, siempre contando con la posibilidad de la ayuda fascista.

Dos estimados colegas, Rafael Cruz y Eduardo González Calleja, han dedicado varias obras a pasar en revista el número y, en lo posible, la identidad ideológica de las víctimas mortales de la primavera de 1936. También en muchos casos sus circunstancias. Son trabajos fundamentales, no solo por su basamento teórico sino también por su carácter empírico. En este blog he mencionado sus estudios repetidas veces. Es más, el segundo de los autores, en su libro CIFRAS CRUENTAS, ha hecho un recorrido por todas las quiebras del orden público desde que se estableció la República hasta el 17 de julio de 1936. Todavía no he visto que ningún historiador, español o incluso extranjero, de los que quizá acudirán a enrolarse bajo el lema de la futura ANVFP (pendiente al parecer del permiso del Ministerio del Interior) y cuyo lema me suena (como supongo que a muchos) algo familiar (“Caídos por Dios y por España, ¡Presentes!”), a tenor de lo publicado por LA RAZÓN, haya escrito algo parecido.

También pienso que que a muchos nos agradaría conocer cuáles son las credenciales académicas o investigadoras de las personas que se han situado detrás de la iniciativa y que hayan aclarado tales sucesos con la misma combinación de teoría y empiria y no solo repitiendo como papagayos la propaganda de los sublevados y sus sucesores desde 1936 a 1975. Todos estuvieron muy interesados en justificar los desmanes que cometieron quienes se sublevaron con las armas y que quisieron evitar por todos los medios no pasar al futuro como lo que fueron (el sustantivo y/o el calificativo oportuno los dejo a la imaginación de los amables lectores).

Personalmente me he esforzado en documentar la tesis que a los conspiradores civiles y militares (cogiditos de la mano) les interesaba sumamente crear la sensación de que en España existía un estado de necesidad. (No he sido el primero, me apresuro a señalarlo, en haberla lanzado). Es un tema importante porque propugnaban como imprescindible la intervención del Ejército para restaurar el orden. No se sublevaban las guarniciones así como así. Los lectores de mi generación quizá recordarán la agitación discursiva que precedió al 23-F y los artículos incendiarios del inolvidable colectivo “Los Almendros” en las sugestivas páginas de El Alcázar de la época.  Al fin y al cabo no han pasado tantos años.

Pues bien, aquellas y multiplicadas acusaciones durante la primavera de 1936 fueron las que se utilizaron para traducir a la práctica la afirmación que Don Antonio Goicoechea había hecho a Mussolini, a la hora de pedirle “pelas”, en octubre de 1935, por segunda o tercera vez (hubo más): si las izquierdas llegan de nuevo al poder, aunque sea por medios legales, nosotros nos sublevaremos. Y desafío, desde aquí, a todos y a cada uno de los promotores de la ANVFP a que lo desmientan con documentos en la mano a los que, quizá, tengan acceso, .O si no ellos, tal vez los benefactores de la FNFF.  

No iban a hacer la sublevación, claro está, los cuatro gatos de Renovación Española. La harían  las guarniciones trabajadas por la UME, por los incendiarios discursos de Calvo Sotelo y de Gil Robles (cada cual para demostrar quién era más tronitruante), por las noticias que publicaban los periódicos de derechas y de extrema derecha (inolvidables el ABC y La Nación, pero también El Debate, que todavía no ha sido puesto en línea*) y por las provocaciones a las izquierdas obreras (que no estaban representadas en los gobiernos republicanos de la primavera de 1936) y que, naturalmente, cayeron en la trampa que se les tendía.

Sobre las afirmaciones 5ª a 7ª que reprodujo LA RAZÓN no hay nada más que ver la continuación de las exhumaciones de las “fosas del olvido”, la crispación que agita a las derechas y la inmensa literatura que ha aparecido sobre el trato que solían dar los vencedores a sus enemigos. En este blog ya lancé un guantelete hace unos años a un alto cargo de la FNFF para restregarle las estadísticas que, en el caso de Navarra, por ejemplo, recopiló y analizó Fernando Mikelarena. Hay muchísimas más.  

Confío en que el año que viene los promotores de la iniciativa que ha desvelado LA RAZÓN así como los directivos y socios de la FNFF tendrán la oportunidad de leer (y tratar incluso de refutar) el ensayo que Francisco Espinosa (autor de obras de referencia sobre la barbarie de los sublevados), Guillermo Portilla y servidor hemos escrito sobre la “teología”, la “filosofía”, la “lógica” y la “justificación” de la represión franquista desde julio de 1936 en adelante.

Hemos utilizado eso de lo que ciertos historiadores de la derecha y más aún de la extrema derecha huyen como dicen que el diablo reacciona ante el agua bendita: la evidencia primaria relevante de época, debidamente contextualizada y analizada. Por cierto,  emanada de la experiencia propia y de la máquina de escribir de un futuro general de División que sabía mucho de lo que había ocurrido porque también había participado en ello desde el principio e incluso lo había “teorizado”.

Por supuesto, no me corresponde sustituir la mejor opinión que a los juristas del Ministerio del Interior y a las instancias adicionales competentes pueda merecerles la eventual legalización de la ANVFP. Si lo hicieran me parecería, desde luego, un insulto a la Historia y a la verdad demostrada y documentada por evidencias documentales, arqueológicas y forenses. En lo que se refiere a la primera los eventuales socios de la misma y sus apoyos mediáticos pueden, en todo momento, recurrir a los miles y miles de legajos en que se depositan los frutos del esfuerzo realizado por los vencedores en su Causa General, hoy abiertos al público en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Y luego dar a conocer sus resultados, con las referencias precisas e inequívocas, porque en estos temas suelen dar gato por liebre.

La dictadura solo osó publicar un Avance de su magna investigación y no se atrevió a más. Profundizar en ella sería, en cierta medida, lógico, aunque responda a una argumentación espuria. Sus  partidarios y descendientes podrían así continuar la tarea que Franco y sus acólitos no se atrevieron a seguir realizando.  Pero reconozcamos que lo intentarían con casi setenta años de retraso. Ni siquiera el profesor Manuel Fraga Iribarne, en su época de ministro de (Des)información, y que sigue siendo tan idolizado por los políticos del PP, osó abrir las puertas a la caja de los truenos.

En tal sentido, ¡bienvenida sea la Ley de Memoria Democrática!. La que resulte de los debates en el Parlamento. ¿Por qué no seguir el trato que los cristianodemócratas alemanes  (a los que el PP dice que se siente tan próximo) han dado a la propaganda en favor de Hitler y de sus secuaces? No hay que inventar la rueda, como si fueran mexicas sobrevenidos. Ya se la conoce.

  • De forma inexplicable. ¿Se molestaría la Jerarquía católica española? ¿Se habrán ejercido presiones al respecto? El Debate fue, después de ABC, uno de los órganos de expresión más característico e influyente de las derechas de la época. ¿Por qué quitar el placer de leerlo en línea a sus sucesores? Al fin y al cabo, las izquierdas pueden solazarse leyendo El Socialista o Mundo Obrero o la prensa anarcosindicalista sin tener que ir a las hemerotecas. Digitalizar El Debate no debería de suscitar oposición ni en las derechas ni en las izquierdas.

FIN

UN FRANQUISMO, ¿IMPERECEDERO?, QUE SIGUE MINTIENDO (I)

28 septiembre, 2021 at 8:30 am

Angel Viñas

La única forma que se me ha ocurrido para llevar un blog semanal es programar los sucesivos posts con cierta antelación. Así, al menos, puedo pensar y reflexionar un poco para abordar esta agradable tarea que empecé, por sugerencia de Carmen Esteban de la Editorial Crítica, en diciembre de 2013. La he mantenido con una sola interrupción que recuerde, a finales del año pasado y principios de este, porque la carga de trabajo, con un nuevo libro a punto de salir, era ya humanamente insoportable. A la rentrée de este año, la carga había disminuído, pero solo ligeramente. Por eso no quise reaccionar en caliente a una noticia aparecida en LA RAZÓN, un periódico madrileño muy connotado. Me apresuré, eso sí, a subirla a Facebook y a Twitter tan pronto la leí. Fue en un día en que estaba atareado con visitas médicas que suelo hacer durante el mes de septiembre.

Los amables lectores quizá recuerden de qué noticia se trataba. El artículo del mencionado periódico, anticipatorio y supongo que redactado a petición de los interesados, versó sobre una asociación a punto, al parecer, de crearse. Como es preceptivo, sus promotores habían presentado sus estatutos al Ministerio del Interior con el fin de obtener la preceptiva inscripción en el oportuno registro. Sin ella no podría dar comienzo a sus actividades. Se trata de una denominada ASOCIACIÓN NACIONAL DE VÍCTIMAS DEL FRENTE POPULAR (en lo sucesivo ANVFP).  

LA RAZÓN no indicó el nombre de los firmantes de tal iniciativa. Se limitó a señalar que detrás de ella se encontraba un grupo de personas de talante conservador (sic) y entre las mismas algunas relacionadas, aunque a título particular, con la FNFF. Esta Fundación sigue en el cartelero y corren rumores varios sobre ella. No siempre tranquilizadores para la misma. Según informó el periódico, la iniciativa fue una reacción al proyecto de Ley de Memoria Democrática, cuyos trámites de cara a su aprobación en el Congreso ya han comenzado.

Al parecer,  la fundamentación del “nasciturus” (permítaseme esta analogía un tanto impropia) estriba en que la interpretación que de la historia de la República y de la guerra civil ha venido esparciéndose en España desde hace años choca con la realidad histórica. Ni más ni menos.  Esta última, para los progenitores de la mencionada criatura a punto, o no, de nacer, se caracterízaría por los siguientes rasgos fundamentales:

  1. La guerra civil fue inevitable.
  2. La buscó y promovió el Frente Popular.
  3. El Frente Popular fue, en consecuencia, responsable de la contienda.
  4. El lado nacional se vio obligado a defenderse por natural espíritu de supervivencia.
  5. La reconciliación entre los españoles la promovió el bando vencedor.
  6. En ella se incluyeron a los descendientes de quienes habían provocado y perdido la contienda.
  7. En la España de Franco ocuparon “puestos relevantes en todos los estamentos sociales, culturales, económicos y políticos, sin ser discriminados por su ideología”.

Los amables lectores tienen la posibilidad de aprender más sobre los fines de la futura Asociación acudiendo al articulo mencionado y a otros a que dio lugar.  A lo mejor, incluso, la FNFF lo ha divulgado. Servidor se limita a la noticia original y  se permite observar que las siete afirmaciones anteriores son, pura y simplemente, otras tantas mentiras.

LA HISTORIOGRAFÍA QUE HA IDO HACIÉNDOSE EN ESPAÑA Y EN GRAN PARTE DEL EXTRANJERO SOBRE EL FRENTE POPULAR Y LA GUERRA CIVIL DISCREPA ABIERTAMENTE DE LOS POSTULADOS 1 a 4.

IGUALMENTE LA QUE HA IDO APARECIENDO, TAMBIÉN EN ESPAÑA Y EN EL EXTRANJERO, SOBRE EL PERÍODO 1939-1975 NO PARECE QUE COMPARTA LOS POSTULADOS 5 A 7.

Lo que antecede no significa que no haya habido políticos y periodistas en primer lugar y luego comentaristas, influencers y algún que otro historiador que las hayan defendido, en todo o en parte.¡Faltaría más! Fuera de España se trata de un número limitado (e incluso algunos de ellos no sé si aceptarían la totalidad de tales afirmaciones). Algo de eso sé, sin autoproclamarme especialista en lo que se escriba en el extranjero, que es por cierto donde radico.

Tanto personalmente como con apoyo y  en colaboración con el profesor Juan Andrés Blanco, que acaba de jubilarse como catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Salamanca, edité en 2014 y 2017 respectivamente dos gruesos ensayos sobre la historiografía española y extranjera entonces más reciente sobre la guerra civil y sus antecedentes. La mayoría refuta tales aserciones, salvo por lo general en países que han tenido la desgracia de padecer una dictadura de signo contrario y en los que, por consiguiente, no se ha sido nunca suficientemente antisoviético. (Ambas obras se encuentran en ediciones digitales, la primera en la revista STUDIA HISTORICA. HISTORIA CONTEMPORANEA  y  la segunda en Marcial Pons digital).

Los postulados en cuestión también se han abordado, sucintamente, en otros dos títulos que he tenido el honor de dirigir: En el combate por la Historia (Pasado&Presente, Barcelona) y en una crítica a la biografía de Franco escrita por el profesor Stanley G. Payne y el exCEDADE Jesús Palacios Tapias aparecida en edición digital bajo el título Sin respeto por la Historia. Una biografía de Franco manipuladora (https://e-revistas.uc3m.es/index.php/hispnov/issue/view/448).  Igualmente lo he hecho en varios artículos. Varios publicados en este blog mismo.

Confieso que no he vuelto al tema en los últimos cinco años. A lo mejor en la Hungría de Orbán o en una Polonia sumida en las pesadillas de su historia, las cosas han cambiado algo, habida cuenta del acercamiento entre los gobiernos respectivos sobre el que informa la prensa. En la Francia donde trepa Le Pen todo lo que puede existen, naturalmente, unos cuantos parafascistas que escriben para los iniciados.

No he contado los historiadores que han participado en todas estas tareas, pero quizá no me equivoque si han sido cerca de una cincuentena, de variadas universidades, en España y en el extranjero, o expertos reconocidos en su campo.

Desde luego me siento con fuerza para rebatir los cuatro primeros postulados (de los que se desprende el resto y que por eso he reproducido en negritas).  He reexaminado  los antecedentes de la guerra civil en la senda que habían hollado ya muchos otros historiadores. Los de corte más nítidamente franquista, de los que parece beber la nonata Asociación, surgieron en los tiempos de la guerra misma, que había que justificar con argumentos espurios.  No les he pasado revista (ya lo hizo Herbert R. Southworth en El mito de la Cruzada de Franco a principios de los años sesenta del pasado siglo). En la huella de obras más recientes he ido directamente a los archivos donde se encuentra si no toda la documentación sí al menos una parte sustancial de la misma que alumbra el proceso.

Tampoco pretendo haber descubierto el equivalente del huevo de Colón pero que, yo sepa, pocos habrán sido los firmantes de la solicitud de inscripción en el registro del Ministerio del Interior (aunque a lo mejor me equivoco) que se hayan molestado en recorrer como servidor archivos (públicos y privados) españoles, alemanes,  italianos, británicos, franceses y rusos, y, en particular, entre los primeros los carlistas, los monárquicos y los militares y cruzado las informaciones en ellos contenidas. Si lo han hecho han guardado para sí cuidadosamente tan reveladoras evidencias por lo que se ha publicado del tenor expuesto por los solicitantes es pura basura.

Como LA RAZÓN ha preferido no dar los nombres de los nuevos cruzados no haré más comentarios y así no tengo que calificarlos. Una cosa es la mera propaganda, incluso la trasnochada o descerebrada, y otra muy diferente la historia sobre un pasado que ya no existe.

Simplemente afirmo que mienten y desafío, por ejemplo, a la FNFF a que demuestre que no lo hace, que dice la verdad y que publique sus papeles. No puedo pedirlo a una nonata asociación, pero si llega a nacer, que también se dé por desafiada.

(continuará)

INFORME SOBRE EL CASO JUAN DE LA CIERVA: UNA VERSIÓN ALTERNATIVA (II)

21 septiembre, 2021 at 8:30 am

SEGUNDA PARTE

JdlC en Londres

Es difícil encontrar algún libro que se refiera a los momentos iniciales del golpe de Estado y su repercusión internacional en el que no figure, con mayor o menor brevedad, la actuación del ingeniero murciano en el alquiler del Dragon Rapide. Siempre en conexión con el corresponsal de ABC en Londres, Luis Antonio Bolín. Se han explorado menos los antecedentes de dicho alquiler y la significación oculta tras el vuelo. En estos dos aspectos el funcionario que suscribe ha de remitirse a dos de su libros (La conspiración del general Franco y El primer asesinato de Franco, Crítica, Barcelona, 2ª edición revisada, 2012 y 2018 respectivamente, en colaboración).

Una primera referencia a la actividad previa de JdlC en Londres fue casi coetánea de los acontecimientos. Se ha mencionado frecuentemente en la literatura en lengua inglesa pero menos en la española y, ciertamente, no en la historiografía franquista o proclive a los sublevados. Se trata de unas memorias, aparecidas en Londres en 1937 y tituladas Georgian Adventure. The Autobiography of Douglas Jerrold (se citan según la edición especial del “Right” Book Club, publicadas al año siguiente). Una sucinta referencia biográfica al autor se encuentra en . https://en.wikipedia.org/wiki/Douglas_Francis_Jerrold, si bien est funcionario se halla en profundo desacuerdo con la afirmación de que el avión fuese tripulado por dos agentes del servicio de inteligencia británico. No está demostrado documentalmente hasta el momento, aunque al menos uno de ellos sí había tenido contactos con el servicio de inteligencia militar (que no es lo mismo que el Secret Intelligence Service o MI6). En este último ingresó tras la guerra civil española.

Jerrold (p. 362) describió las actividades previas a la sublevación de un grupo de españoles e ingleses entre los cuales figuraron el propio exrey Alfonso XIII, el duque de Alba, Ramiro de Maeztu, Antonio Goicoechea, el marqués Merry del Val, José Calvo Sotelo y JdlC aparte de él mismo. Reconoció no haberse encontrado nunca con el líder monárquico. Sí se sirvió de sus discursos para publicar un panfleto, en contra del gobierno republicano, en conexión con Bolín y el marqués del Moral. Apareció en 1933 y ha de situarse en el contexto de la campaña antirrepublicana que los exiliados monárquicos promovieron también en Francia. Más detalles sobre las actividades de este grupo se encuentran en Enrique Moradiellos (Neutralidad benévola. El gobierno británico y la insurrección militar española de 1936, Pentalfa, Oviedo, 1990) y, en el plano de la política interna británica, en Andrew Roberts, Eminent Churchillians, Phoenix, Londres, 1995).

En julio de 1936 Bolín llamó a Jerrold con un asunto urgentísimo. En un almuerzo al día siguiente Bolín y JdlC le contaron que en las últimas semanas el inventor del autogiro había estado muy atareado y envuelto en las brumas de un secreto impenetrable (sic). Había estado ocupado en Londres y en París con los preparativos del golpe. El y Bolín querían que Jerrold les proporcionara contacto con algún amigo suyo y dos o tres rubias que pudieran fingir un viaje de placer a África. Jerrold, después de alguna reflexión, sugirió el nombre de un exmilitar con experiencia de situaciones broncas en Marruecos, México e Irlanda del Norte. Era cierto. Más tarde, en presencia de los dos conspiradores, Jerrold convenció al excomandante (en realidad capitán) Hugh Pollard de que volase en el Dragon Rapide a Canarias para trasladar a Franco a Marruecos. Con otros detalles poco trascendentes las tres páginas en las que Jerrold (370-372) describió este encuentro muestran dos cosas: JdlC llevaba tiempo participando en actividades subversivas en las dos capitales mencionadas (en esto coincidió años después Maiz, que no hizo la menor referencia a las memorias de Jerrold) y que, en combinación con este último y con Bolín, fue obviamente uno de los motores que llevó a la aventura del avión.

Las memorias de Bolín (España, los años vitales, Espasa-Calpe, Madrid, 1967, y en edición ligeramente diferente inglesa Spain: The Vital Years, Cassell, Londres 1967) alumbraron, por parte española, la cuestión. Pocos han sido los historiadores que las hayan cuestionado. El funcionario que suscribe lo ha hecho sistemáticamente porque Bolín, además de ser un ególatra, mintió de forma descarada.  Es imposible negar que JdlC estuvo implicado en el tema como extensión de sus actividades antirrrepublicanas. El análisis de estas últimas fue completado por  Moradiellos (189-192, 200-207, 271-273) y Gerald Howson (Armas para España. La historia no contada de la guerra civil española, Península, Barcelona, 1998, 91, 94,101, 123).

De notar es que una parte de la historiografía franquista no ocultó del todo, pero sí describió limitadamente, las actividades suplementarias de JdlC en la adquisición de unos cuantos aviones civiles para los sublevados tras el golpe  (Ramón Salas Larrazábal, Historia del Ejército Popular de la República, Editora Nacional, 1973, I, 370). Podrían aducirse más títulos.

Enjuiciamiento de la actuación de JdlC

El funcionario que suscribe apela al mejor critierio de V.E. en la confianza de que no llegue a creer que en las líneas que siguen pretende atribuirse méritos que no le corresponden. Ha de confesar, no obstante, que ha sido uno de los pocos autores en someter al duro contraste con la evidencia primaria relevante de época las numerosas versiones sobre los antecedentes del vuelo, sus finalidades (que no fueron solo la de trasladar a Franco a Marruecos), las dificultades que el Gobierno de la República encontró a la hora de obtener material de guerra en el extranjero y, no en último término, las actividades de JdlC. Siempre, como es lógico, remitiéndose también a lo que historiadores precedentes habían escrito al respecto.

Tal enmarque lo comenzó en sus libros La soledad de la República  (Crítica, Barcelona, 2006, I),  La conspiración del general Franco (2011 y, en particular, 2012, II), Las armas y el oro (Pasado&Presente, 2013, III) y, junto con el Dr. Miguel Ull y el primo hermano del que suscribe, Cecilio Yusta Viñas,  El primer asesinato de Franco. La muerte del general Balmes y el inicio de la sublevación (Crítica, 2018, IV). Posteriormente abundó en algunos extremos en el marco más concreto de la conspiración contra el Gobierno legítimo de la República (¿Quién quiso la guerra civil?, Crítica, 2019, V).

JdlC suele aparecer en ellos de refilón (por ejemplo, en I, 41, 75; en III, 36, 253, 458; en IV, 28-32), explicando sus cualidades específicas que le hacían particularmente importante para intervenir en el alquiler del Dragon Rapide, reduciendo los méritos que se autoatribuyó Bolín y con referencias a sus actividades como asesor de la “Junta Nacional” en París encargada de obtener material de guerra. En V, 320 y 322, abundó en la significación de su viaje a Roma, por orden de Alfonso XIII, para apoyar las gestiones con el fin de facilitar la entrega de material de guerra. Varias de sus actividades, contextualizadas, se expusieron en II, 28-34 y 50s, esencialmente.

Según Jesús Salas Larrazábal (Guerra Aérea, I, 1998, 14, 16) la razón por la cual JdlC se trasladó a Inglaterra fue porque “no encontró en España el apoyo necesario para poder desarrollar su invento a escala industrial”. Continuó el proceso de “mejoras continuas del autogiro y el modelo C.8.II logró cruzar el canal de la Mancha en 1928 y al año siguiente recorrió el trayecto Madrid-Lisboa”. Dicho autor también mencionó (114s) las adquisiciones de material aéreo en las que participó el ingeniero murciano. No dijo una palabra, sin embargo, de su papel más político, quizá por desconocerlo, que sí descubrió Moradiellos en tanto que presidente de la “Junta Nacional” establecida en Londres y que no experimentó demasiados entorpecimientos por las autoridades británicas. En su obra póstuma (La intervención extranjera en la guerra civil española, Galland Books, 2017) este funcionario ya no ha encontrado ninguna referencia a JdlC ni tampoco a las reacciones que el estallido de la sublevación provocó en el Reino Unido.  Algo sorprendente, dado  que  el periodista inglés Peter Day (Franco´s Friends. How British Intelligence Helped Bring Franco to Power in Spain, Biteback, 2011, traducida al castellano en 2015 en Tusquets) había llamado la atención sobre ciertos aspectos no desdeñables, algunos de los cuales  había anticipado Moradiellos.  

Entre ellos, y no sin una brizna de exageración y diversos errores que este funcionario también ha puesto de relieve en sus obras, figuran los manejos y las facilidades que JdlC encontró en los medios aeronáuticos británicos e incluso en el propio Foreign Office, aunque su deseo de poder charlar con el primer ministro Stanley Baldwin no fue atendido. Quizá merezca la pena destacar que del trabajo de Day el funcionario que suscribe se hizo eco inmediatamente en Viñas, II, III y IV.  No lo hizo así Salas Larrazábal, quien por no citar no cita ni a Moradiellos.

Corresponde a Maiz (II, 318-320)  el indudable mérito de haber reproducido una carta de JdlC fechada en Londres el 19 de setiembre al general Mola en la que le dio cuenta de sus actividades en Alemania, entre otros con Canaris y representantes de la industria, relativas al suministro de municiones para los sublevados. De esta carta se han hecho eco numerosos autores que no han negado su autenticidad. Uno de los últimos ejemplos es el general José García Rodriguez (Conspiración para la rebelión militar del 18 de julio de 1936, Silex, Madrid, 2013, 434-436)   Una fotocopia del original se encuentra en el archivo del Centro de Documentación del Bombardeo de Gernika y está en poder de quien suscribe.

También copió Maiz (II, 317s) una posterior carta de JdlC a Mola desde Londres “a finales de septiembre de 1936”. Ni el original ni una copia se encuentran en el fondo documental de su nombre en el Archivo General de Navarra. No se reproduce aquí por carecer, en la opinión de este funcionario, de la debida sustentación documental, pero podría ser verídica. Muestra que JdlC estaba en aquel momento en contacto con directivos de la Abwehr y también con el traficante de armas Josef Veltjens, un personaje bien conocido.

Así, pues, y salvo mejor opinión en contrario, es difícil negar que el ingeniero JdlC no estuviera en contacto con representantes de la conspiración monárquica tanto en Londres como en España. Tampoco es extraño, constatada su amistad con Bolín, aunque luego este último fue un tanto parco en sus alabanzas. De creer a Maiz, sus relaciones con Mola fueron, en la medida de lo posible, bastante fluídas. Aunque el funcionario que suscribe no comparte la idea de la asociación de Mola con agentes de la Abwehr antes del golpe (algo que solían subrayar los autores empeñados en demostrar la complicidad nazi con la sublevación), y para las cuales no se ha encontrado la menor referencia en los archivos alemanes, sí le parece muy verosímil que JdlC hubiese tenido relaciones que apuntaban al Tercer Reich. La cuestión es desde cuándo, si antes o después de la sublevación. Se trata de un tema que no carece de significado histórico y político. Como es notorio, la mayor parte de la documentación de la Abwehr se destruyó durante la segunda guerra mundial.

Es más, a medida que pasaba el tiempo JdlC fue expandiendo sus actividades. El 14 de noviembre, poco antes de su inesperado accidente, presidió la delegación franquista en la que también participó Joaquín Bau para negociar los términos de las relaciones comerciales y de pagos bilaterales entre los sublevados y las autoridades británicas (Moradiellos, 348).

Conclusión

En definitiva, JdlC estuvo en una posición privilegiada en Londres y su actividad pregolpista fue conocida del rey Alfonso XIII. No hay por qué dudar de las afirmaciones de Bolín a este respecto, apoyada en los papeles conservados por Pedro Saínz Rodríguez. Es totalmente impensable que los monárquicos hubiesen obviado informar a JdlC de lo que se tramaba. No era solo el vuelo del Dragon Rapide a Canarias. Era también la adecuada preparación de un golpe de Estado y de una guerra que, en el peor de los casos, se estimaba corta.

Es posible que existan papeles todavía ignorados sobre las actividades de JdlC al servicio de los sublevados. Es verosímil que el ingeniero murciano los hubiese conservado en Londres. Pereció el 9 de diciembre de 1936 en el accidente del Douglas DC -2 de la KLM cuando intentó despegar en un vuelo regular a Amsterdam desde el aeropuerto de Croydon. Sus andanzas durante los meses de octubre y noviembre siguen siendo desconocidas. A juzgar por su supuesta segunda carta a Mola de septiembre es altamente probable que continuaran la misma pauta, e incluso más acentuada, que hasta aquel momento.

No corresponde a este funcionario valorar la importancia técnica o tecnológica de la aportación del ingeniero JdlC al desarrollo aeronáutico.

Este informe se ha redactado con el fin de poner en conocimiento de V.E. las actividades de JdlC en apoyo a los conspiradores primero y de los sublevados después en relación con el golpe de Estado de julio de 1936, tal y como se desprenden de la literatura consultada. Es una literatura  que está por cierto al alcance de cualquier historiador.

Tampoco corresponde al funcionario que suscribe examinar si, en virtud de los criterios oportunos, tales actividades son compatibles o no con la línea política establecida por la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, y todavía vigente. Este funcionario es de la opinión personal que no lo son y queda a la disposición para cualquier aclaración ulterior que se considere necesaria.

V. E. decidirá.

Angel Viñas

[ESTE INFORME FICTICIO EN DOS PARTES ES MI RESPUESTA A LA DESINFORMACIÓN QUE SE HA DISTRIBUIDO SOBRE EL TEMA. YA REDACTADA LA SEGUNDA PARTE EL PROFESOR JAVIER GUILLAMÓN HA TENIDO LA DEFERENCIA DE ENVIARME EL QUE HIZO A PETICIÓN DEL RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA. NO ME HA HECHO CAMBIAR UNA SOLA PALABRA.

ESTOS DOS POSTS SON TAMBIÉN LA RESPUESTA A LOS MEDIOS QUE HAN DIFUNDIDO LO QUE NO ES SINO BASURILLA HISTÓRICA.  ME RESERVO EL DERECHO DE VOLVER AL TEMA SI EL GOBIERNO DE LA COMUNIDAD DE MURCIA SIGUE SIN HACER PÚBLICO EL SEGUNDO INFORME QUE HA MANEJADO.

QUISIERA, POR ÚLTIMO, SEÑALAR QUE LA ACTUACIÓN DEL PROFESOR GUILLAMÓN ME PARECE UNA MUESTRA DE CORRECCIÓN ACADÉMICA QUE, NATURALMENTE, NO HAY QUE PENSAR QUE DEBAN TENER EL GOBIERNO DE MURCIA Y SUS CONSEJEROS. ENGAÑARÁN A SU ELECTORADO, PERO POSIBLEMENTE NO A LOS QUE ENTIENDEN LOS PORMENORES DE LA SUBLEVACIÓN DE 1936 Y SUS ANTECEDENTES].

INFORME SOBRE EL CASO JUAN DE LA CIERVA: UNA VERSIÓN ALTERNATIVA (I)

14 septiembre, 2021 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

La prensa de derechas, particularmente la murciana, pero ahora también algún título de la madrileña, viene subrayando que el autor de estas líneas es un historiador despreciable y que por puras razones ideológicas presentó en su momento al Gobierno de España un informe sucinto sobre el caso JdlC para evitar que el aeropuerto de Murcia recibiera el nombre glorioso del inventor del autogiro. Tanto el Gobierno regional como sus tentáculos mediáticos han abundado en la idea y alertado al público de la existencia de, al menos, otros dos informes, no dados a conocer, de los que se afirma rebaten los argumentos que en su momento aduje. Puede ser, pero nadie, que servidor sepa, ha escrito algo en contra de algunas pruebas documentales que aparecieron en tres entregas en el periódico digital InfoLibre con la reproducción de un informe manuscrito de JdlC sobre sus andanzas en ayuda a los sublevados y que dirigió al general Mola en septiembre de 1936.

Más que dar una respuesta directa a la desinformación difundida y a unos informes desconocidos  he preferido preparar un escrito que no existió. En él, con el lenguaje formal que solía utilizarse cuando servidor era un joven funcionario, me dirijo a la Superioridad, con las proclamaciones de subordinación correspondientes a aquella época, para demostrar las implicaciones de la participación de JdlC en la conspiración. He utilizado material (libros) accesible a cualquiera y fáciles de encontrar en bibliotecas. Supongo que también será accesible a los doctos historiadores presumiblemente bien retribuídos por el Gobierno de la Región de Murcia. Aservidor no le pasó jamás por la mente solicitar un miserable céntimo. La redacción de mi sucinto informe al Gobierno no me llevó más de un par de horas.

En este post presento, pues, a mis amables lectores y a mis numerosos detractores un ingenuo informe alternativo. Ruego a los primeros tengan la bondad de no reirse demasiado. Lo he escrito con la mayor seriedad posible, dada la repercusión mediática del caso.

INFORME QUE SOMETE EL CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE Y TÉCNICO COMERCIAL Y ECONOMISTA DEL ESTADO, JUBILADO, ANGEL VIÑAS

“Excmo. Sr.

El funcionario que suscribe tiene el honor de elevar a conocimiento de V.E. el informe en anexo acerca de la petición del Gobierno de la Región de Murcia para modificar el nombre del aeropuerto correspondiente. La urgencia me impide extenderme más de lo estrictamente necesario para la comprensión del caso.

De Bruselas para Madrid a x de octubre de 2020.

Fdo     Angel Viñas

Anexo

El Gobierno de la Región de Murcia ha sometido a la preceptiva autorización su deseo de que se designe en el futuro el aeropuerto de la misma con el nombre de Juan de la Cierva, en virtud de los notables méritos contraídos por dicho ingeniero y que condujeron a la invención del autogiro. Se plantea la cuestión de dilucidar si tal petición es compatible o no con el espíritu que anima la vigente Ley 52/2007, de 26 de diciembre.

Tras un análisis del comportamiento de Don Juan de la Cierva (en adelante JdlC) en la preparación y desarrollo del golpe de Estado de 17-18 de julio de 1936 el funcionario que suscribe eleva a la superior consideración de V.E. las siguientes informaciones avaladas por la literatura disponible. Anticipo que desde el punto de vista estrictamente histórico la connivencia y participación de JdlC con y en los preparativos del golpe de Estado de 1936  y sus consecuencias es difícilmente rebatible, salvo mejor opinión en contrario.

Introducción

De tiempo lejano, es decir, desde la guerra civil misma, la participación de las potencias del Eje en los preparativos de la misma ha sido evocada repetidamente en la literatura. El funcionario que suscribe, tras extensas investigaciones al respecto, llegó a la conclusión de que el Tercer Reich no parece que hubiese participado. Sí lo hizo, sin la menor duda, la Italia fascista, lo cual lleva a dudar de la pertinencia del adjetivo ya  adherido en la época al denominado “Alzamiento Nacional”.

Tal conclusión está basada en un análisis de la literatura disponible y de los archivos alemanes a los que en su momento tuvo acceso este funcionario y que se materializó en sus libros La Alemania Nazi y el 18 de Julio (Alianza Universidad, Madrid, 1974; reedición revisada en 1977, y más ampliada en 2001 bajo el título Franco, Hitler y el estallido de la guerra civil). Sin embargo, existen motivos para pensar que tales investigaciones no están suficientemente fundamentadas ya que adolecen de una cierta falta de concreción en vista de la carencia de documentos de archivo que ratifiquen sus resultados más allá de toda duda posible.  

PRIMERA PARTE

 JdlC y Mola antes del 18 de julio

La información sobre la activa participación de JdlC en los preparativos del golpe de 18 de julio de 1936 la expuso uno de los testigos más cercanos al general Mola. Fue Bernardo Félix Maiz, ayudante civil del mismo tras su llegada a Pamplona. Escribió tres libros en diversos momentos del tiempo sobre los antecedentes y, por último, sobre las divergencias que, según afirmó, surgieron tras la sublevación entre Mola y Franco.

En su obra inicial, Alzamiento en España. De un diario de la conspiración (2ª edición, 1952, Editorial Gómez, Pamplona), que es la que este funcionario guarda en su biblioteca, JdlC aparece en varias páginas. En su segundo libro, Mola, aquel hombre. Diario de la conspiración (Planeta, Barcelona, 1976), lo hace en muchas más. Conjugando ambos títulos (I y II, en lo sucesivo) puede llegarse a una idea bastante completa de la participación del ingeniero murciano en la conspiración contra el Gobierno legítimo de la República.

El 12 marzo de 1936 Mola se reunió con los generales Fanjul y Rodríguez del Barrio para pasar revista a la situación. En ella se indicó que era “preciso también sondear los grupos políticos a los que se consideraba dispuestos a participar en la conjura y buscar personal que colaboraran en el proyecto”. Se habló, entre otros, de JdlC (II, 63). Esto indica que se pensaba contar con él ya en fecha tan temprana. JdlC, sin embargo,  no aparece en Maiz  hasta finales de junio (II, 137). En este momento Mola le entregó en Pamplona un troquel-modelo para la fabricación de la munición correspondiente al fusil de infantería. La idea era que, con dicho troquel, en el extranjero fuera posible fabricar tal tipo de cartuchería. Así fue. El ingeniero andaba entonces por España haciendo gestiones no precisadas, pero relacionadas con aviones (II, 204). En tal ocasión debió de recibir dicha pieza.

También en el mismo mes de junio ya se estaban encargando de las “gestiones para adquirir un aparato de gran radio de acción con destino al general Franco”  Kindelán, Luca de Tena, Bolín y JdlC (II, 175).

Tales gestiones se iniciaron en París por el marqués de Luca de Tena y en Londres por JdlC y Luis Antonio Bolín. Una noticia fechada en esta última ciudad el 7 de julio aseguró que “el asunto no se había resuelto todavía” (II, 202), pero no cabe duda de que las gestiones prosiguieron con éxito ya que, probablemente poco después, “el general Kindelán informó sobre los obstáculos con que tropiezan en Londres JdlC y Antonio Bolín (…) Últimamente la intervención de un inglés, mister Pollard, amigo de La Cierva, parece decidir la adquisición de un aparato con destino a una expedición cinegética por tierras de África” (II, 238). A esta cuestión  se referirá la segunda parte del presente informe.

El 14 de julio Mola esperaba ansiosamente noticias de Ceuta, Santa Cruz de Tenerife y San Juan de Luz. Se envió “un mensaje al teniente coronel Baselga requiriendo noticias del avión de Croydon, porque sin duda La Cierva sabría su paradero. Baselga podía comunicarse con La Cierva” (II, 274). Maiz escribió poco después (II, 275) que Bolín, “junto con el señor La Cierva había gestionado el alquiler del aparato”. Según Wikipedia, Eduardo Baselga fue detenido en San Sebastián el 14 de agosto. Compareció ante un consejo de guerra sumarísimo y fue fusilado pocos días después.

JdlC no actuaba en el vacío. Maiz afirmó que también participaba en las gestiones anticipatorias de la sublevación en conexión con un agente del servicio de inteligencia militar nazi (Abwehr) que dirigía el famoso almirante Canaris. Dicho agente (“WIM”) había suministrado al capitán Barrera “dos señas y contraseñas para que sean utilizadas por don Juan de la Cierva. Barrera se las entregó al general. Es un asunto exclusivo del trío Mola-La Cierva-WIM” (II, 281). Según esta fuente Manuel Barrera era el ayudante del coronel García Escámez y figura en la lista de miembros de la UME compilada según los datos obtenidos por el Negociado de Control de Nóminas del Ministerio de la Guerra, ubicado en la DGS y que el funcionario que suscribe dará a conocer en su próximo libro, El gran errror de la República.

En su primera obra Maiz ofreció algunos detalles complementarios sobre la conexión Mola-JdlC-Abwehr. Parecen un tanto fantasiosos, pero nadie -salvo servidor- los ha impugnado. El 27 de junio, el agente 6-WIW-9 (no se sabe si era WIM u otro) había comentado al general que “el tono católico en la próxima guerra civil española creemos que no será del agrado de Hitler. Sin embargo … “ (I, 189s) Ya recogió, en el mes de julio pero sin fecha, que “Mola ha tenido noticias por una persona cercana al aviador Gándara, que se encuentra en Francia, de la salida de Londres, ruta Tánger, del avión que ha de transportar al general Franco (…) Las gestiones del señor La Cierva, junto con el señor Bolín en Londres, para el logro del avión, han tenido éxito. Es un aparato de gran radio de acción. Lleva un nombre: “Dragon Rapid”  “ (sic) (I, p. 262).  

Probablementte se trató de Joaquín de la Gándara y Plazaola, marqués de la Gándara. Había participado en el 10 de agosto de 1932 y combatido la “revolución de octubre” en 1934 en Guipúzcoa. Era miembro destacado de Renovación Española, el partido monárquico cuyos dirigentes desarrollaron las conexiones previas con la Italia fascista de cara a la sublevación. Comandante de un Tercio de Requetés murió a los pocos días del estallido. Existe una referencia al mismo, que el funcionario que suscribe no ha comprobado, en la obra del marqués de San Juan de Piedras Albas, Héroes y mártires de la aristocracia española (Madrid, S. Aguirre, 1945, citada extensamente por Alfonso Bullón de Mendoza, “Aristócratas muertos en la guerra civil española” (https://dialnet.uniroja.es).

Incidentalmente, esta información refuerza la tesis de que la mayor responsabilidad por el desencadenamiento de la guerra civil corresponde a los monárquicos alfonsinos. Fueron quienes, junto con los carlistas, más contribuyeron a la subversión del Ejército desde 1934, tal y como ha expuesto quien esto escribe en ¿Quién quiso la guerra civil  (Crítica, Barcelona, 2019) y que reiterará, desde otro ángulo, en El gran error de la República (ibid, a aparecer en 2021).

 Maiz (I, 263s) explicitó en un apunte anterior al 13 de julio las gestiones de las que se encargaría JdlC de la siguiente forma:

Recibirá instrucciones en breve para un posible desplazamiento a Londres y Berlín. Asunto de municiones. Es una de las grandes preocupaciones del  general (…) La industria privada de armamento de guerra se prestará a servir mediante un pago al contado. Fábricas alemanas, austríacas y polacas están en condiciones de hacerlo. Hacen falta libras (…) Berlín y Londres serán los centros de actividad del señor La Cierva. Voy a anotar los nombres de dos personas que en Alemania van a intervenir desde el primer momento de las gestiones. Son el almirante Canaris y Von Veltjens (sic) (…) Se ha salvado una gran contrariedad: el calibre de nuestro fusil. Se ha resuelto porque el general Mola guarda un pequeño paquete que encierra una “pieza” que en su día el señor La Cierva llevará para solucionar rápidamente lo que podría encerrar una gran contrariedad”  Es obvia la responsabilidad que contraía JdlC en allegar recursos no ya para la sublevación sino para toda una guerra.

Efectivamente, según el citado autor (Maiz, II, 317-321), Mola había pensado (con razón, debería añadirse) en la posibilidad de que el golpe no triunfara y que diese paso a toda una contienda. Para ello, contaba con JdlC ya en la tercera decena del mes de junio cuando inició una operación oculta que el ingeniero bautizó con el nombre de Operación Faubourg y que involucraba al Tercer Reich.  De ella no se ha encontrado, que se sepa, ninguna otra referencia y no cabe descartar que se tratara de un caso de desinformación  por parte del dicho autor.

Conclusiones parciales

Esta primera parte del presente informe se ha limitado a la actuación desarrollada por JdlC antes del golpe de Estado. De ella se desprende que en una fecha no determinada, pero que cabe por lo menos situar en marzo de 1936, el nombre de JdlC se asoció de inmediato a los planes subversivos de los conspiradores.

Los contactos que identificó Maiz reflejan que JdlC estuvo en relación más o menos continua con Mola y que esta se densificó a medida que se acentuaban los preparativos. Tal contacto parece que tuvo lugar principalmente gracias a viajes de JdlC a España (de los que no se tiene demasiada noticia), pero también por medios indirectos tales como mensajeros.

El papel de JdlC se sitúa en el relato de Maiz en dos niveles: el primero en conexión con la supuesta actividad, todavía no documentada, de los agentes de la Abwehr nazi próximos a Mola; el segundo, con los preparativos en conexión con el marqués de Luca de Tena y el corresponsal en Londres del periódico ABC, Luis Antonio Bolín, para alquilar un avión que pudiera extraer a Franco de Canarias y transportarlo a Marruecos. De recordar es que Luca de Tena renunció a la dirección del periódico por lo cual pudo dedicarse enteramente a la preparación de la sublevación desde su previsor autoexilio en Francia.

[Continuará en el blog la semana próxima, pero en la realidad alternativa la segunda parte figuraría inmediatamente después de la primera]

 

VOLVIENDO AL TAJO: SEPTIEMBRE DE 2021

7 septiembre, 2021 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

Al reemprenderse las actividades escolares me gustaría poder decir que vuelvo a ellas, a través de este blog, con renovadas fuerzas. Por desgracia, no sería del todo cierto. En los últimos tiempos he estado trabajando en cuatro proyectos. Dos en colaboración y otros dos solito. De los primeros he terminado uno. No me corresponde el principal papel, que han asumido los dos compañeros restantes. Me he limitado a escribir una biografía, género que se me da bastante mal. Espero que el libro resultante salga durante este curso. No gustará a muchos autores y lectores en la derecha española y que tanto saben, o dicen que saben, sobre la represión republicana, pero que casi ignoran la propia o vuelven, casi siempre, al tema de Paracuellos…

Confieso que la continuada pandemia y las medidas restrictivas subsiguientes han sido demoledoras para quienes, como servidor, tratamos de abordar cuestiones sobre las que no se había escrito antes,  escrito poco  o escrito mal. Personalmente siempre he pensado que para repetir lo que otros han investigado bien no merece la pena escribir. Por el contrario, no tengo inconveniente en sacar los colores a quienes, sobre lo que me interesa, no lo han hecho adecuadamente en mi modesta opinión.  Este curso seguiré, pues, tratando de ver claro en algunos de los capítulos de nuestra historia en los que, por falta de EPRE, no había podido avanzar más, pero que hoy sí será posible hacerlo tras sucesivas rondas de desclasificaciones. Hay, evidentemente, que estar al loro y aprovechar las ocasiones. Una de ellas me la deparará el caso Juan de la Cierva. Otro, y permanente, el general Francisco Franco.

A lo largo de mi carrera, en la Universidad y en la Administración, he aprendido varias cosas. Entre ellas que a los españoles no nos gusta demasiado ser objeto de ironía y sarcasmo. Los aplicaré ahora. Me siento, en gran medida, poco vulnerable porque tras pasar casi cuarenta años fuera de España estoy acostumbrado, afortunada o desgraciadamente, a otras mores.

El descubrimiento de nueva EPRE sigue siendo una tarea penosa y más en la actualidad porque dirigir a distancia la búsqueda de papeles lleva tiempo, consume energías y, no en último término, absorbe muchos fondos. (Incidentalmente, brindo esta reflexión al darling de la derecha española, catedrático jubilado en una Universidad norteamericana, que no la ha practicado nunca y, me temo, dada su provecta edad -más avanzada que la mía- que tampoco lo hará en el futuro. Se necesita una cierta experiencia de archivos, lugares que él no ha frecuentado).

De todas maneras, confío en que los resultados a que llegue estén en consonancia con mis expectativas. Demostrarán, una vez más, lo que nunca me he cansado de afirmar una y otra vez en este blog. No hay historia definitiva, porque como el pasado no existe, a lo único a lo que podemos acogernos es a las representaciones que de él nos hacemos. La gran diferencia entre unos historiadores y otros la marca el análisis crítico y contextualizado lo más generosa y ampliamente posible de las evidencias que de tal pasado vayamos descubriendo en el incontenible proceso histórico.

En este verano me he sentido atraído por dos de las tres conmemoraciones que en él se han celebrado: el centenario de Annual y el quinto (!!!) centenario de la toma de Tenochtitlán. Historia esta última, para mí, muy vieja. Por el contrario, no me ha llamado la atención el 450 centenario de la batalla de Lepanto. Pero, además, la crisis de Afganistán y el torbellino de noticias que ha generado me han tenido muy ocupado, siquiera como mero lector. Al fin y al cabo, se vive en el presente (que mañana será pasado).

Las razones de mi interés son distintas. Me han preocupado desde hace tiempo las consecuencias de las campañas de África en que se empeñó la Monarquía alfonsina y, como me ha llegado nueva EPRE, me he lanzado a pergeñar una docena de artículos sobre un tema que ya había tocado superficialmente. No revelo ningún secreto si digo que está relacionado con la no concesión de la Cruz Laureada de San Fernando al capitán Francisco Franco. Los resultados aparecerán poco a poco en otro medio digital. Confío que gusten a muchos y disgusten también a muchos otros. Aspiro, como se verá en el último artículo, a incitar a la publicación -por quien la tenga- de más EPRE. Si no hay historia definitiva, tampoco hay historiadores de este carácter.

La conquista de México, que ha generado tantas discusiones en los últimos tiempos, es lo que más me ha atraído. Por dos razones: la primera porque desde que tenía unos 16 años me impactó mucho el libro de un periodista republicano (que también escribió sobre Annual), Luis de Oteyza. Se titulaba Los dioses que se fueron. Me lo regaló un tío mío. Hoy cabe encontrarlo de lance en internet, pero prefiero mantener el recuerdo porque si lo leo es casi seguro que no me gustará. Luego me fui haciendo una pequeña colección de novelas sobre la conquista de Mesoamérica en varios idiomas. Todavía conservo algunas, pero de la mayoría ya me he deshecho. En mi casa no caben muchos más libros.  

Explico esto porque después de las novelas pasé a convertirme en lector de historia. Para mí, la biografía de Cortés de Salvador de Madariaga, así como el libro de lord Hugh Thomas, me parecieron deslumbrantes. Siempre he tenido un poco a México en mi corazón desde que fui por primera vez en los años setenta. Viene esto a cuento porque en este verano he leído un libro de Camilla Townsend, The Fifth Sun. A new history of the Aztecs, que confío se publique pronto en castellano. Hacía tiempo que no había vuelto al tema, pero Townsend me ha recordado algo a lo que, oscuramente, he ido llegando al buscar conexiones sobre la escritura de la historia y sobre las relaciones entre historia y memoria.

Los lectores no tendrán dificultad en comprender que este último es un tema que va a estar en el candelero en los próximos meses tan pronto como empiece a debatirse en el Congreso de los Diputados el Anteproyecto de Ley de Memoria Democrática.

Townsend, una historiadora norteamericana de la que no conozco otra obra, ha vuelto a los textos en náhuatl de las memorias que pergeñaron los descendientes de los aztecas derrotados por Cortés y sus aliados indígenas (que constituían, con gran diferencia, la mayor parte de las fuerzas vencedoras) y que habían reflejado en las transcripciones hechas por los religiosos españoles que se preocuparon de estudiar sus costumbres y su pasado. Eran, por así decir, la memoria “colectiva” -tal concepto dicen algunos historiadores y sociólogos que no existe y que solo existe la individual. En este caso sí cabe emplear el adjetivo “colectivo” porque no hay otras memorias individuales. Las transcripciones de hace varios siglos se han transformado en EPRE, un recurso singular que abre una ventana sobre la mejor comprensión de un pasado remoto.

De aquí la importancia de seguir recuperando recursos culturales o recuerdos transmitidos entre las generaciones que permitan documentar los sentimientos, las reflexiones, los miedos y las angustias de quienes fueron objeto de represión por los sublevados y los perpetradores de 1936 en adelante. En esto la historiografía española sigue las huellas de otras corrientes extranjeras que desde hace muchos años se preocuparon por dejar constancia en todo lo posible de los recuerdos e impresiones de los supervivientes de la Shoah. Que el actual gobierno de Varsovia trate de obstaculizar la exploración del pasado polaco está en consonancia con los berridos de su derecha más brava. Roguemos al Señor porque la nuestra, carpetovetónica, no les imite cuando llegue su momento.

Así, pues, no hay que jugar, como hace una parte del PP, Ciudadanos y sobre todo Vox, con la denigración de la memoria. Con minúsculas y con mayúsculas. Ambas conforman un pasado  que no termina de pasar porque, con todos los respetos al recuerdo de los millones de víctimas de la Shoah, el “equivalente” español son las víctimas de la represión franquista.

Un resumen de la Causa General, aparecido en 1943 y que una editorial astorgana ha publicado ya en tercera edición con el subtítulo, ¡oh, cuán intencionado!, de “la otra memoria” y un prólogo del historiador cortesano por excelencia del franquismo, Ricardo de la Cierva, cumple para los vencedores tal función de recuerdo. Sin embargo, se trata de un somerísimo trasunto del tipo de información recogida en varios millares de legajos, hoy perfectamente accesibles al público en el portal de archivos españoles, PARES.

Debo establecer la hipótesis que dicho resumen, que careció de seguimiento, escogió los aspectos más duros de la supuesta vesania republicana. Como si esta estuviera en los genes de la izquierda de la época (algunos médicos militares los buscaron afanosamente) y hubiera sido, como la franquista, una actividad desarrollada con el consentimiento, impulso y dirección de las autoridades.

En este sentido, me permito hacer una sugerencia a la editorial de la Universidad de Extremadura: ¿por qué no republica una obra agotada, que hace cerca de quince años ya puso en el mercado, de Raúl C. Cancio Fernández, Guerra civil y tribunales: de los jurados populares a la justicia franquista (1936-1939)? La investigación, desde luego, no ha parado en este transcurso del tiempo, pero sería una buena forma de acompañar el debate parlamentario que abrirá la LMD. En su momento, Cancio puso en contexto la realidad pasada y sobre la cual incidió la LMH de Rodríguez-Zapatero.

Así, los amables lectores y el público en general tendrán la oportunidad de constatar hasta qué punto han avanzado, han retrocedido o se han estancado los portavoces de la derecha en sus repetitivas cantinelas de cara a un tema todavía tan sensible. Y, naturalmente, el reflejo correspondiente que de ello harán sus tribunas mediáticas y sus influencers, que también tratan de mantener enhiesta su “representación” del pasado, a pesar de todas las evidencias acumuladas en contra. Los sublevados mataron mucho más. Es lo que todavía hay que escamotear.

¡Feliz rentrée! y ¡feliz vuelta al tajo!

Feliz verano, dentro de lo que cabe

27 julio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Con el presente post me despido de todos los amables lectores para desearles un buen verano.  En todo lo posible. Lo hago con sentimientos encontrados. Comprendo la crispación que en la vida política se ha acumulado este año en razón del nonagésimo aniversario del establecimiento de la República. El próximo redondo será el del centenario y, por la fuerza de las cosas, es muy verosímil que no llegue a verlo. También entiendo que una parte de la crispación se haya incrustado en este blog, aunque me disguste. Lo que no cabe en mis entendederas son muchos de los comentarios, cansinos, aburridos, de intervinientes que, dale que te pego, siguen con los mismos argumentos, hinchando pecho y orgullosos -a lo que parece- de haber descubierto el Manzanares.

Pongo por caso: que si los socialistas se preparaban para la guerra, que si Largo Caballero enardecía a sus huestes, que si decía algo al respecto en sus incendiarios discursos, que si los “rojos” también mataron (menos mal que no se ha llegado a afirmarse que “muchos más”), que si la izquierda hizo tal, que si la derecha no hizo cual etc.

Servidor anunció hace ya nueve años más o menos mi intención de publicar un blog de historia en el que mis artículos o mis lecturas aclarasen algunos aspectos de la evolución española, preferentemente, pero también algo de la internacional, en la medida en que sé algo de ella.  Con un lema: “la historia no se escribe con mitos”. En el bien entendido que los mitos forman parte de la historia pero no son LA HISTORIA. Mi idea era cumplir una tarea de divulgación, empujado por Carmen Esteban y sus colaboradoras, de la editorial CRITICA.

Más tarde he ido subiendo al blog artículos que me parecían interesantes. Con los cuales puedo estar de acuerdo, o no, pero que desde luego no someto a un escrutinio como el que  impongo a  mis propios artículos. Sería absurdo y me distraería de mis trabajos de investigación que han sido constantes desde poco antes de dejar la Administración y volver a la Universidad  

Empiezo, sin embargo, a aburrirme. En este año he publicado un libro, EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA, que complementa el que apareció hace dos, ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL?. Me han llevado la friolera de casi tres años de preparación y, no tengo por qué ocultarlo, de sufrimiento. A pesar de ciertos achaques físicos o accidentales he trabajado con evidencias primarias de época extraídas de casi una veintena de archivos en cuatro o cinco países. He llegado a confirmar o descubrir ciertas nociones que antes no estaban demostradas empíricamente en la literatura. Creo que esta es la labor más genuina del historiador de archivo. No he copiado. También he desafíado a autores de renombre (aunque por lo general haya concentrado mis tiros en el profesor Stanley G. Payne, como representante de una cierta tradición y de una cierta manera de escribir historia).

Naturalmente, me he declarado, y continúo declarándome, dispuesto a aceptar mis errores, pero siempre que me lo demuestre alguien con evidencias que servidor no hubiera utilizado. Esta posibilidad es algo que tengo muy presente. Por mucho que se investigue, siempre, o casi siempre, queda algún retazo, algún legajo, algún papel fuera del análisis. A veces es importante, a veces no. Lo malo es que una vez publicado en un libro hay que esperar a la revisión y, por razones técnicas o comerciales, con frecuencia no es posible.

He sido asiduo al blog, salvo durante tres meses, en los que el peso de la investigación llegó a ser abrumador. Lo anuncié y en cuanto pude lo reanudé.

En este verano espero dar un empujón a un libro que ya tengo muy avanzado. Adelanto el tema: la República española y la URSS en los años treinta. No repetiré lo escrito en mi trilogía, que por lo que observo alguno de los intervinientes en las discusiones que han salpicado este blog no han leído. Esto no es una crítica. Simplemente una constatación. He comprobado que no han aportado al diálogo ninguna demostración empírica en contrario. A lo más alguna referencia a supuestas autoridades. Y, no lo oculto, a mis propios errores, que por lo que alcanzo a recordar no han sido mayúsculos.

Lo curioso es que cuando me he referido a temas sobre los que acababa de trabajar (por ejemplo, en lo que he escrito en los dos libros antes mencionados) las mismas circunstancias han aparecido. Yo respeto a todos los historiadores (también a Payne) pero me niego a aceptar ciegamente afirmaciones o tesis no respaldadoa por evidencias. La autoridad, real o supuesta, no basta. Tampoco la mía. Todos trabajamos sobre “representaciones”.

Por ello he buscado  EPRE desconocida que me permita abrir nuevos caminos, corregir fallos, revisar ideas, cantar a veces la palinodia y reirme (con mesura) de algún que otro autor de los que han pontificado sobre ciertos temas y que saben mucho menos que servidor.

Es decir, ya anuncio que volveré a la rentrée cansado y con pocas ganas de pelea. Veré si merece la pena seguir elevando artículos al blog o dejar de hacerlo en absoluto. Quizá me limite a mis posts semanales. O, si veo que no es posible mantener el ritmo, lo reduciré.

La razón es muy simple. Lo que queda de un historiador es su obra, buena, menos buena o mala. No los posts, porque estos simplifican demasiado las complejidades del pasado. Me han entretenido durante nueve años. Poco a poco he ido haciéndolos más largos. Me llevan más tiempo.  Ahora, al entrar en los ochenta, querría rematar algunos proyectos que he tenido entre manos desde hace tiempo.

Con Francisco Espinosa y Guillermo Portilla (catedrático de Derecho Penal) he participado en un libro sobre la “teología” de la represión franquista. Ya tiene el manuscrito la editorial. Cuando se publique, a ver si de una vez se avergüenzan quienes todavía defienden la naciente dictadura franquista, la excusan, la minusvaloran y enfatizan, en cambio, la represión republicana. Será un buen acompañante a la puesta en marcha de la Ley de Memoria Democrática, que la derecha española ya promete eliminar tan pronto llegue al poder.

Espero que tarde muchos años, pero eso no depende de mí. Dependerá de la voluntad de los ciudadanos y de los manejos para formar gobiernos de coalición porque tengo la impresión de que el pluripartidismo, que fue la regla durante los años republicanos, ha llegado de nuevo para quedarse. Habrá que reacostumbrarse. En democracias, el pueblo manda. Cuando no manda, no son democracias.

Desde hace unos meses he iniciado con un amigo y colega, Guillem Martínez, un estudio sobre el papel del petróleo en la guerra de Franco. Un tema distorsionado con frecuencia y que Adam Hochschild solo arañó. Hay mucho más detrás. Si mi olfato no me engaña, creo que ratificaremos mi tesis de que la República tenía perdida la guerra casi desde el principio. Se ve hoy, claro. No en aquella época.

Finalmente, he prometido una serie de artículos, punzantes, sobre algunos de los rasgos ocultos en el comportamiento narcisista del inmarcesible Generalísimo. Tengo la impresión de que nos reiremos mucho.

Por consiguiente, para el próximo curso mi horizonte está plagado de proyectos, de los cuales no sé cuantos llevaré a buen término. No se extrañen, pues,  si en la temporada que viene verán un blog diferente.

Dicho lo que antecede, a todas y a todos les deseo un feliz verano dentro de los límites que marcarán, por desgracia, la evolución de la pandemia y la futura actuación del Tribunal Constitucional, que Dios guarde, siempre interesado en mantener los más altos estándares jurídicos en la democracia española.

Hasta el 7 de setiembre.

Bye!

CALVO SOTELO Y EL ORIGEN DE LA GUERRA CIVIL. UNA DISTORSIÓN QUE CONTINÚA

20 julio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hoy ya no está de tono conmemorar los aniversarios del 18 de julio. Fue una fecha infausta. Terrible. A mí ya no se me ocurre mencionarlo ni siquiera en un aniversario relativamente redondo: este año se cumple, en efecto, el 85 o, para ser más exactos, el octogésimo quinto. Sin embargo, aprovechando que el Jarama pasa por Sevilla, un diario madrileño se ha apañado para adelantarse a recordar el mismo aniversario aunque relacionado con el asesinato de Don José Calvo Sotelo. Ha sacado a relucir los recuerdos de su hija, que ha llegado felizmente a la provecta edad de 101 años. Mi más cordial felicitación, con la expresión de mi más ferviente deseo de que siga cumpliendo muchos más.

La autora del reportaje, cuyo nombre no merece ni mencionarse, ha endilgado a sus lectores una versión, enriquecida con los recuerdos de la hija, del luctuoso acontecimiento. Por lo demás es totalmente tradicional y no deja de lado ningún detalle básico en su tradicionalidad. Ha acudido a dos historiadores en busca de respaldo. No me molestaré en buscar en sus dilatadas obras las citas que de ellos hace la periodista. Existen, en efecto, dos posibilidades. La primera que constituyan una distorsión de lo que hubiesen escrito, y en ese caso la responsabilidad recaería sobre la autora. La segunda, que fueran exactas. Esto me plantea un problema porque, de ser así, habría que preguntarse qué clase de historiadores son. Ciertamente no de los han explorado archivos a la búsqueda de EPRE que, si resulta contraria a sus preconcepciones o concepciones, hacen todo lo posible por no identificarla. (Una tercera alternativa es que no hayan sido cuidadosos -o que no lo haya sido la periodista a la hora de transcribir sus afirmaciones)

En todo caso, el ejemplo me sirve de colofón, antes de que empiecen las vacaciones veraniegas, para cerrar la serie de posts que había creído terminar con la invocación a los desvaríos históricos de todo un general de División sobre la primera parte de la guerra civil y que culminé con sus referencias a la destrucción (naturalmente, por los “rojos”) de la villa foral de Gernika.

La autora del reportaje hace varias afirmaciones que son, digamos, un tanto inexactas.

La primera que el diputado señor Calvo Sotelo “siempre se las apañaba para restar importancia al clima de violencia que se respiraba en aquellos días previos a la Guerra Civil”. No sé si interpretarla como manifestación de pura ignorancia o, simplemente, de distorsión. Solo hay que comparar los discusos en el Parlamento de dicho diputado en abril y junio de 1936 para comprobar no ya que fueron in crescendo sino que crisparon notablemente los ánimos. Acepto que sobre las intenciones del Sr. Calvo Sotelo pueda discutirse. Esa es, precisamente, la labor del historiador porque, que se sepa, él no dejó ningún cuaderno de notas, diarios o las reflexiones que fuera haciéndose sobre la marcha. Una pena.  Servidor tiene una interpretación basada en una reconstrucción -dentro de lo posible- del trasfondo en que ambas intervenciones se produjeron y la he plasmado en, por lo menos, cuatro libros, también in crescendo.

La segunda afirmación es que su asesinato “fue determinante en el estallido de la guerra civil cinco días espués”. Esto es una mezcla de profunda ignorancia y, hoy, también de distorsión. De ignorancia porque la revuelta militar estaba en marcha y ya se había fijado hasta la fecha de su estallido. Los comienzos de la misma hasta los franquistas más acérrimos suelen ubicarlos hacia marzo de 1936 aunque lo cierto es que cabe remontarla mucho más hacia atrás. De distorsión porque hace pivotar un acontecimiento que cambió para siempre la historia de España del asesinato de un hombre. 

La tercera afirmación es el alegato de que la calificación de Calvo Sotelo como “protomártir” revela una cierta sorna. No es cierto. Así fue calificado dentro de una línea interpretativa que siempre ligó la sublevación a su muerte violenta. Fue, por el contrario, de sumo aprecio. Presentó al diputado (declarado por Franco el 18 de julio de 1948 Duque con Grandeza de España) como el prólogo de los asesinatos que los “rojos” iban a cometer a mansalva a lo largo de una “Cruzada” salvadora, bendecida por la Iglesia católica española.

Ahora llegamos a un “viva la Virgen” de la desinformación. Se dice en el artículo: “No hay documentación que pruebe que Calvo Sotelo estuviese en la conspiración para el golpe de Estado que estaba organizando el general Emilio Mola”. Bueno, sin querer en modo alguno ponerme plumas en un sombrero tirolés, recomendaría a la autora que examinara algunos libros y, en particular, la carta que su héroe, junto con Don Antonio Goicoechea y el nunca olvidado  mártir de la “Cruzada” José Antonio Primo de Rivera, escribió poco antes de su intervención parlamentaria del mes de junio a un personaje de no escasa influencia en lo que estaba urdiéndose: Benito Mussolini. En la carta tan significado trío anunció el golpe y la necesidad de “untar” a ciertos generales para que se sumaran a él. Como se conoce desde hace más de cuarenta años (la publicó Ismael Saz) sorprende que la autora siga en Babia.

¡Ah! en su lugar acude a un nombre de excepción: el profesor Bullón de Mendoza. Es autor de una gran hagiografía de Calvo Sotelo de la que, en la medida en que se refiere al caso en cuestión, me permití señalar la omisión de  algunos aspectos esenciales. Si lo ha citado bien -y me atrevo a dudarlo- he de señalar, con todos los respetos, que estaría en un profundo y craso error. Los monárquicos alfonsinos habían declarado al Duce en octubre de 1935 por boca de Don Antonio Goicoechea que si las izquierdas llegaban al poder, aunque fuera por medio de elecciones, ellos y una parte del Ejército se sublevarían. Calvo Sotelo estaba en aquel momento, al igual que Goicoechea, en Roma y pensar que este último obró sin que lo supiera el primero es algo que me declaro incapaz de concebir. Hoy lo que escribo está documentado.

Por cierto, si es verdad que dicho historiador afirmó a la periodista que Renovación Española no aportaba nada a la conspiración es de nuevo una interpretación errónea de esta o porque todavía ignora que después del pacto de marzo de 1934 con los italianos, los monárquicos alfonsinos (con, a su frente, Calvo Sotelo) se dedicaron a crear una organización subversiva dentro del Ejército (la famosa UME). Era evidente que los civiles monárquicos y los pistoleros falangistas no iban a derribar ellos solitos al régimen republicano.

Tampoco me atrevo a creer que otro historiador, Jordi Canal, excelente conocedor del movimiento carlista, pudiera haber dicho a tan estimable periodista que “Calvo Sotelo no estaba implicado”. De haberlo hecho, me temo que, con dolor, debo corregirle públicamente. También en el punto en que solo la muerte del diputado gallego unió a carlistas, falangistas y al Ejército, porque cada uno iba por su lado.  Pues no. Calvo Sotelo no era el líder de la oposición conservadora en el Parlamento. Era el lider de los diputados de Renovación Española y andaba cogidito de la mano con los carlistas. La oposición “conservadora” (hoy diríamos de derechas) estaba dirigida por el Señor Gil Robles (que también conocía los preparativos del golpe) pero que iba a lo suyo de mala manera.

Entre las lagunas de que adolece el artículo me deja helado en que su autora ni siquiera haya mencionado la única reconstrucción potable del asesinato, debida ya hace muchos años a Ian Gibson. El que no la cite me parece una falta glamorosa de profesionalidad.

Y queda Franco. Tampoco la periodista le hace un buen servicio. Como un papagayo repite la tesis de que terminó convirtiéndose en doctrina: El futuro golpe “ni siquiera contaba con la adhesión decidida de Franco, que precisamente decidió sumarse oficialmente a la conspiración a raiz del asesinato”. Esto no es cierto y por mucho que se haya repetido no ha dejado de serlo. Hay que remontarse a un Franco en el pináculo de su en aquel momento incierta gloria para leer lo que ordenó que se escribiera al respecto: fue él quién había manejado los hilos de la conspiración desde casi el primer momento. Es decir, tras haber sido cesado como jefe del Estado Mayor Central en febrero de 1936. ¿Y Sanjurjo? Una mera figurativa decorativa. ¿Y Mola?, a sus órdenes a pesar de estar en las lejanas Canarias.

Franco, siempre mendaz, escribió esto en 1944 y así quedó incorporado a un libro que debería ser reeditado por el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa. Eso sí, debidamente presentado y anotado de forma crítica, como han hecho los alemanes con el Mein Kampf de Hitler.  Se trata del primer volumen de la Historia de la guerra de Liberación, publicado por el Servicio Histórico Militar del Estado Mayor Central del Ejército de Tierra en 1945.

¿No lo conoce nuestra estimada periodista? Está a la venta en internet a un precio módico. De seguro que si lo lee, seguirá deleitándonos con los agudos  comentarios que le sugiera. Pero quizá convendría que, a la par,  aprendiese a leer críticamente. Al fin y al cabo los periodistas son los pre-historiadores del presente que será historia mañana. Tienen una gran responsabilidad por lo que es preciso que no suplanten a quienes se dedican a descifrar, entender o interpretar un pasado más o menos remoto porque las dos profesiones tienen un ethos, una orientación y una metodología diferentes.

Repito lo dicho en la anterior serie: conviene pasar por la piedra de toque de las evidencias primarias las “representaciones” que se tengan del pasado, porque como ya demostré con el general de División Don Rafael Dávila Álvarez, no todas valen.