UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VI)

18 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los historiadores españoles han abandonado, por lo general, los archivos italianos, salvo algunas notables excepciones pero que no se han concentrado demasiado en los antecedentes de la intervención fascista. Es lógico. La participación en la guerra es más interesante y cuenta con masas documentales, no siempre descifradas en su totalidad.  Tal no es el caso de la historiografía de lengua inglesa que no ha tenido dificultades en confrontar muchas de las tesis sobre Mussolini y su régimen corrientes en Italia en relación con sus sueños imperiales. Sin embargo, no se han centrado en España sino en Etiopía y en los planes hacia el Mediterráneo oriental y el Oriente Medio. Es lógico. El caso español parecía mucho más conocido ya que daba la impresión de que Coverdale y de Felice lo habían aclarado en cuanto a sus antecedentes. De lo contrario no se explica que, por lo que sé, ningún historiador italiano hubiese entrado a saco en los documentos desclasificados después de las visitas de Coverdale y de Renzo de Felice.

Como a servidor lo que le ha interesado siempre son las deformaciones que la dictadura impuso sobre el pasado español, después de encontrarme con los contratos de 1º de julio de 1936 y terminar algunas investigaciones en las que llevaba tiempo invirtiendo tiempo, dinero y energías, pasé a ocuparme del trasfondo de los mismos. Salvo por Morten Heiberg,no se habían registrado avances conceptuales y documentales significativos. Como siempre, imaginé que si había alguna clave para explicar la génesis de tales contratos debería estar en Italia (si es que la EPRE pertinente no se había destruido, lo cual ha ocurrido con aspectos importantes) no me sorprendió sobremanera encontrarme con lo que me encontré en mi viaje a los archivos romanos en 2018. Lo hice tan pronto como terminé EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO y me recuperé del susto que me había producido caerme como un imbécil de una escalera al intentar cambiar una bombilla.

Hice dicho viaje tras empaparme, dentro de lo posible, de lo que había visto en varios archivos españoles. En primer lugar, los relacionados con la conspiración carlista y con los manejos monárquicos. Ni la una ni los otros eran desconocidos. Numerosos investigadores españoles y extranjeros habían trabajado en ellos, pero con otras intenciones. Lo que yo perseguía había quedado opacado. Personalmente, y siguiendo en las huellas de Heiberg, indagué sobre Carpi en los papeles de Sainz Rodríguez y recopilé las informaciones republicanas más importantes en torno a la conspiración monárquica.

En los fondos del antiguo Ministerio de Estado (hoy AGA) había material abundante. Tan pronto como me hice con un paquete respetable de documentación (gracias a Miguel I. Campos) fui a husmear en los archivos italianos. No me quedé en los de La Farnesina (Ministerio de Asuntos Exteriores) pero he de confesar que me dejó estupefacto el que nadie hubiese mirado en los papeles que se habían desclasificado a finales del pasado siglo. Sin duda, se pensaría que en ellos no habría mucho nuevo relacionado con el caso español. Debo reiterar una tesis. Para los historiadores de lengua inglesa o italiana las aportaciones ya conocidas eran probablemente suficientes. Para quienes se interesaban por España tenían también a Saz, González Calleja y Sánchez-Asiaín, con sendos trabajos en los que a lo largo del tiempo se había puesto a punto todo lo que iba sabiéndose sobre el caso. Además, los Documenti Diplomatici Italiani, explorados por sir Paul Preston, ya estaban on line. Parecía que el caso estaba, pues, cerrado.

Adepto, no obstante, del concepto de “representaciones” dejé cuidadosamente de lado todo lo que figuraba en la literatura secundaria para centrarme en la EPRE. Repito que no soy como Payne que ha escrito varias veces el mismo libro sin jamás poner los pies en un archivo. Lo confiesa él mismo implícitamente al exponer las muy sesgadas fuentes y bibliografía que añade a cada una de las variantes. Sin embargo, tengo la impresión que los dioses sonríen a los niños y, a veces, a los trabajadores honrados y laboriosos. Aun así, me gustaría poder afirmar  y vanagloriarme de que me dejé las pestañas en La Farnesina, como en el Auswärtiges Amt en Bonn, en los archivos británicos o en los franceses. Mentiría. Una nueva catalogación de fondos había hecho grandes progresos y en unos cuantos días encontré lo que buscaba. Es decir, lo que hice tardíamente podría haberse hecho muchos años antes.

También me interesaron los archivos de la Aeronaútica militar. Si los contratos se ejecutaron en algún momento pensé que de ellos quedarían huellas en los fondos operativos. De nuevo  aquí tuve suerte. La catalogación de las masas de papel relacionado con la intervención en la guerra de España es excelente. Como en La Farnesina, los archiveros fueron extremadamente amables, más aun si cabe porque el número de investigadores en la sala era minúsculo, al menos cuando estuve allí. Había dos o tres y uno era un oficial de Aviación. La Dra. Monica Bovino se desvivió abrumándome con legajos y papeles en los que ni siquiera había pensado. En algún momento me sentí sumergido, pero aguanté el torrente. El director, el teniente coronel Massimiliano Barlattani, se molestó incluso en indagar en fondos que no estaban tan bien catalogados. Además, no puedo sino cantar parabienes de la organización de los archivos del Ejército de Tierra y del Central del Estado aunque en estos últimos orientarse por la catalogación vía ordenadores no es siempre sencillo.   

Como quien no quiere la cosa en los archivos de la Aeronáutica me encontré con los libros y papeles que documentaban la primera misión de guerra que los aviadores italianos emprendieron rumbo a Nador (Melilla) el 30 de julio de 1936.  Los resultados los describí en ¿Quién quiso la guerra civil? Todavía hay gente que duda de mis conclusiones, pero a pesar de que es bueno imitar a Santo Tomás (abundan los faranduleros que se autopresentan como historiadores de pelo en pecho y que son simplemente de vía estrecha), a mi me pareció obvio que el ensamblaje, documentable, de una misión con hombres y aviones de diversas procedencias y de distintas unidades tuvo que llevar, lógicamente, algún tiempo. Además, ¿adónde irían los aviones antes del golpe? Los monárquicos habían jugado con planes para alojar avionetas en el sur de Francia o en Portugal, pero eso fue antes de que se negociaron los contratos y hubiera sido un proyecto absurdo, al menos en lo que se refiere a Francia. ¿Cómo pensar que la III República hubiese tolerado que aviones extranjeros, más o menos disfrazados, se asentaran en su territorio?

En las páginas 326 y siguientes del libro describí la misión y sus pormenores, en la medida en que podían documentarse,  y di los nombres de los pilotos (nota 4 de la p. 127). Dudé de si a alguien les interesarían o no. Sin embargo, resultó ser una de mis precauciones más importantes. Nunca se sabe dónde y cuándo saltan las liebres.

He de confesar que estaba bajo la impresión de una información que había obtenido uno de mis antiguos doctorandos, David Jorge, al escribir un magnífico libro sobre la Sociedad de Naciones y la guerra de España. En los fondos ginebrinos había encontrado informaciones de que los italianos, antes del 18 de julio, habían desplazado aviones desde los aeródromos del norte a Cerdeña. En Roma comprobé que así había sido: todos los pilotos y tripulantes de los bombarderos Savoia-Marchetti 81, objeto del primer contrato, habían sido movilizados después de la firma. Lo lógico. No iban a hacerlo antes. Por lo demás, los papeles descubiertos por Miguel I. Campos en los archivos parisinos mostraban que el embajador de Francia había protestado ante Ciano en los primeros días de agosto tan pronto indagaron en los pormenores que rodearon del aterrizaje forzoso, el 30 de julio, de dos bombarderos en el Marruecos francés, un incidente que dio la vuelta al mundo.

En el curso de las entrevistas Ciano dejó caer el nombre de la empresa que, supuestamente, había enviado los aviones sin que, como explicó pormenorizadamente con una mala fé propia de tahures, se enteraran las autoridades italianas. Al yerno de Mussolini se le podrán reprochar muchas cosas pero no que no tuviera una cara de cemento armado. O incluso de titanio. La empresa era, ¡cómo no!, la Società Idrovolante Alta Italia. De destacar es que en los archivos de La Farnesina se encuentran también residuos de las entrevistas de Ciano con el embajador. Desgraciadamente están muy deteriorados, por el agua o por el fuego, pero han sido reconstituídos de manera impecable, aunque solo parcialmente. En todo caso, no encontré incongruencias.

Naturalmente quedé muy contento. Las cosas encajaban. El primer contrato, el más importante políticamente, había funcionado tal y como estaba previsto. Mussolini había hecho honor a su palabra de gánster internacional ante gánsteres nacionales: el 1º de julio se había comprometido a suministrar los primeros  bombarderos en el  mismo mes. Cumplió con el compromiso.

Lo que quedaba era, naturalmente, desmontar las estúpidas historias del embaucador nato que fue Luis Bolín y en las que todavía algunos creen. A ello me apliqué cuidadosamente. De cara a su relato de 1967, fuente inmarcesible de desinformación sobre la guerra civil y sus antecedentes, fui poniendo de relieve sus agujeros y sus mendacidades. No hay cosa más difícil de destruir que una mentira que contiene granos de verdad.  El embustero suele exagerarlos para desfigurar todo lo demás. Los lectores encontrarán mi análisis en las pp. 315-323. Fue una continuación de la “descontrucción” a que ya habíamos sometido su relato sobre el episodio del Dragon Rapide. Me remito a El primer asesinato de Franco.

Destruir la versión bolinesca era necesario pero no suficiente. Había que aclarar por qué Sainz Rodríguez tuvo que volver a Roma después de su viaje del 1º de julio. Este fue otro episodio que el insigne conspirador y memorialista había desfigurado. También me había engañado como a un chino cuando nos vimos en su piso de la Avenida de América y engañó a los lectores de sus, por lo demás, interesantes memorias. Siempre he dicho que Sainz Rodríguez fue el más inteligente de los conspiradores.

Menos mal que, ¡alabados sean los archivos de La Farnesina!, en ellos descubrí que la superconocida y supermalinterpretada misión de Goiecoechea, Sainz Rodríguez y Zunzunegui a Roma había sido precedida por un telegrama del embajador fascista en España, entonces refugiado en Hendaya. Uno de sus funcionarios lo había enviado desde Burdeos. No contó en él lo que Sainz Rodríguez le había dicho (un mínimo de prudencia era imprescindible, porque el telegrama iría cifrado y era muy posible que los franceses lo descifrasen), pero sí alertó a Ciano de que la visita era extremadamente importante.

Es difícil que Bolín pudiera enterarse de esta “presentación” adicional. Él se autoatribuyó los inmarcesibles méritos de que Ciano lo recibiera. Con su labia e ingenio, afirmó que logró convencerle tras una, sin duda, apasionada argumentación de supuesto hombre de bien. Por lo demás, silenció silenció como un truhán de opereta que la misión monárquica se encontraba igualmente en Roma y no reconoció el menor papel al marqués de Viana, emisario especial de Alfonso XIII. Podríamos transformar el dicho español de que cree el ladrón… en su aplicación al caso en cuestión en la más apropiada de que  “cree el trolero que todos son de su cuerdecilla”.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (V)

11 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de la aparición del libro de Coverdale, que adquirí inmediatamente en su primera edición en inglés, estuve dos años ocupado en diversos menesteres, para mí algo más importantes en aquella época. En primer lugar en ganar unas reñidas oposiciones a cátedra a la Universidad de Valencia, sobre las cuales diré algo en un libro en preparación.  En segundo lugar en continuar una nueva investigación (que iba dominar mi futuro) en torno al “oro de Moscú”. Con todo, no me olvidé del caso italiano. En cuanto me convertí en flamante catedrático fui a ver a Don Pedro Sainz Rodríguez. Debió de ser en 1976.  Me contó diversas anécdotas. Vivía en un enorme piso de la Avenida de América. Fue muy amable, aunque distante. No era la primera vez que servidor hablaba con un gran protagonista del golpe o de los principios de la guerra, pero sí fue el primero con quien me entrevisté ya asentados ambos en España. No extrañará que no lo haya olvidado.

De aquel ecuentro, del libro de Coverdale y de algunos papeles que encontré en el SHM me hice eco en una reedición muy actualizada y recortada en varios aspectos de mi trabajo sobre la Alemania nazi y el 18 de julio. La publiqué en 1977. Entre los documentos del SHM había un relato sobre la adquisición de los primeros aviones italianos que llegaron a Marruecos el 30 de julio de 1936. Lo que me contó Sainz Rodríguez (quien después lo reproduje en sus memorias) coincidía con dicho documento. Lo di, más o menos, por bueno. Cuando tales memorias aparecieron en 1978 me apresuré a escribir una encendida reseña a petición de César Alonso de los Ríos, entonces al frente de un nuevo semanario (La Calle), próximo del ya legalizado PCE. Salió en el número 4 a finales de abril. Sainz Rodríguez había revelado que poco antes del “Alzamiento” había conseguido que Calvo Sotelo, Goicoechea y Rodezno firmaran un pacto con Italia en los escaños del palacio de las Cortes. A mí me pareció que eso distinguía claramente el caso fascista del nazi. No me sorprendió porque ya me lo había dicho cuando lo visité y servidor, con toda honestidad, lo había recogido en la segunda edición de mi libro  (p. 305). Este apareció en el mismo año en el que lo hizo la traducción italiana del trabajo de Coverdale (I fascisti italiani alla guerra di Spagna, Laterza, Roma-Bari, 1977). De alguna manera, en lo que a los orígenes de la intervención italiana se refería, me adelanté un pelín a Coverdale.

Su libro tuvo, desde luego, una gran repercusión en Italia. Lógico. Era la primera obra académica, escrita por un no italiano, que abordaba la intervención de la dictadura fascista en un conflicto abierto europeo. Sentó cátedra. Reforzó su posición cuando a él acudió el exitoso biógrafo de Mussolini, el profesor Renzo di Felice, en una de sus obras, aparecida en 1986, y en la que incluyó el testimonio del general Emilio Faldella, una de las grandes figuras en la intervención italiana en la guerra civil. Por cierto, me apresuro a señalar que no podría decirse que desconozco la obra de de Felice (Mussolini il Duce. Lo Stato totalitario), ya que se la regalé a la biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM (amén de 3 o 4.000 volúmenes más) y tuve que pedir que me la reenviaran para revisarla a la luz de la investigación que ya había iniciado sobre el caso italiano. Lo he citado en repetidas ocasiones en ¿Quién quiso la guerra civil?.

Me había, eso sí, desentendido del caso en los años ochenta. Llevaba tiempo dedicado a poner en claro algunos de los mecanismos que se habían interpretado a la mayor gloria de Franco (los pactos secretos con Estados Unidos, nunca dados a conocer previamente ni en España ni en USA ni en ningún otro sitio, -en un reciente artículo en ABC ni se mencionan (¿por qué será?-  o los orígenes del crecimiento económico en los años sesenta, por señalar los más importantes). Cuando pasé a “disfrutar” de la condición de modesto testigo del proceso de policy-making en aquella época en el Ministerio de Asuntos Exteriores, un joven historiador español (y amigo mío), Ismael Saz Campos, publicó un libro en 1986 cuyo tema era el estudio de la política fascista antes del 18 de julio (Mussolini contra la II República). Demostró, entre otras muchas aportaciones, que no podía darse por bueno el relato que yo había encontrado en el SHM y Sainz Rodríguez reproducido. No reaccioné. Me ocupaba de otras cosas y tenía por delante de mí veinte años en Bruselas y Nueva York, aunque entonces no lo sabía.

Como muchos historiadores “beben” lógicamente de las aportaciones previas de otros (si no están de acuerdo suelen decirlo, aunque no siempre), en Italia las tesis de Coverdale/De Felice se impusieron en el grueso de la literatura. En España este fue también el caso de las de Saz. Cuando, andando el tiempo, en 2004 se publicó un nuevo libro sobre las relaciones hispano-italianas de Morten Heiberg (Emperadores del Mediterráneo. Franco, Mussolini y la guerra civil española) empecé a mosquearme. Era crítico de ambos y, en particular, de de Felice. A mi me dio la impresión de que Heiberg era un historiador concienzudo y fiable. Para entonces ya empezaba a volver a mis viejas preocupaciones sobre la guerra civil.

En aquellos momentos me movía, inquieto, entre tres o cuatro países (aunque no Italia) para descifrar lo que denominaría, gracias a Gonzalo Pontón y Carmen Esteban, La soledad de la República en la que no entré demasiado en los antecedentes.  

Lo que me preocupaba era avanzar en el conocimiento de los motivos y mecanismos por los cuales los republicanos españoles se habían quedado solos frente a la acometida nazi-fascista, casi como Gary Cooper en la película del Oeste que tan famoso lo hizo.  Tenía la suficiente experiencia para pensar que la respuesta se encontraría en un nuevo repaso a los archivos. Para entonces se habían abierto de par en par los británicos, los norteamericanos, los franceses y los rusos. Mi tratamiento del tema italiano no superó lo que se había escrito en relación con los antecedentes. Siempre me fío de los historiadores académicos de pro. Subrayo lo “de pro”, porque algunos (entre ellos el profesor Stanley G. Payne) no lo son. Con todo, dado que entonces en los archivos británicos ya se habían desclasificado las interceptaciones de muchos de los mensajes entre los italianos durante la guerra y entre Roma y Franco llegué a pensar que había muchos puntos oscuros en los relatos habituales.

En estos someros recuerdos, que no son completos sino que se refieren exclusivamente a una más que superficial  evolución del tratamiento en la literatura del acto de piratería o gansterismo internacional de Mussolini al que terminaré llegando, los lectores observarán que no he mencionado ninguna de las obras de un escritor y dentista prolífico (sin que esto implique el menor desdoro ante tales profesionales a quienes todos acudimos antes y temprano) porque, francamente, no me fiaba de él, como tampoco suelo fiarme de propagandistas y mucho menos de aficionados. Reconozco que al escribir esto me expongo a las críticas posibles de muchos lectores, pero es así. Por lo demás, no tengo empacho en reiterar que servidor tampoco escribe historia definitiva.  

Tal dentista publicó una serie de obras sobre intervenciones extranjeras en la guerra civil. Firmaba como José Luis Alcofar Nassaes y dedicó varios tomos a los legionarios fascistas, a la aviación fascista, a las fuerzas navales fascistas…. y fue extendiendo sucesivamente su repertorio. No soy injusto al no citar a Javier Tusell, ya que tampoco innovó en el tema específico de los antecedentes de la intervención italiana.

Lo que sí me obligó, más tarde que más temprano, a volver a dicho aspecto fue el descubrimiento que hice en 2012 de los contratos del 1º de julio de 1936 . Los firmó Sainz Rodríguez en Roma con el director de la Società Idrovolante Alta Italia. No tuve la menor duda de que eran genuinos y, como por el hilo se saca el ovillo, pensé que debería ocuparme personalmente del caso italiano.

Por fortuna, me vi obligado a demorarme. No se me ocurrió entonces pensar en lo que podría haber detrás de aquellos contratos (que algunos no tardaron en poner en duda, sin evidentemente aducir un pelín o migajilla de EPRE). Lo que me encandilaba  era descubrir el lado oscuro de nuestro führer de andar por casa. Fui haciéndolo en varias obras: La conspiración del general Franco; La otra cara del Caudillo; Sobornos y, sobre todo, El primer asesinato de Franco (con mi primo Cecilio Yusta y mi amigo Miguel Ull, ya fallecidos a causa de la pandemia).

Todos estos trabajos fueron reforzando para mí el carácter de proyección que tenía en algunos grandes temas la historiografía pro-franquista. Incluso fueron providenciales porque me permitieron ganar una serie de insights en la naturaleza de la conspiración de 1936 y en la peculiar mentalidad de Franco. Sin ello  hubiese cojeado a la hora de abordar lo que, sin duda, ha sido uno de los secretos mejor guardados de la dictadura: la promesa contractualizada de Mussolini de ayudar al futuro golpe contra la República española en un acto propio de gánsteres en el plano internacional. Aunque casos relativamente similares se habían producido habían ocurrido fuera de nuestros lares. El 1º de julio se encontraron en Roma un distinguido diputado monárquico español con los gánsteres italianos en uniforme fascista.  

(Continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (IV)

4 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los lectores de este blog ya se habrán acostumbrado a una de mis afirmaciones: la historiografía franquista estuvo (está) basada en la aplicación sistemática del principio de  proyección. Es decir, un mecanismo por el cual se achacan al adversario (enemigo, en la terminología de Carl Schmitt) rasgos del propio comportamiento. Es una percepción que no he visto en la abundante bibliografía sobre la guerra civil, sus antecedentes y sus consecuencias. Sin embargo, cuanto más profundizo en el conocimiento del período, más me doy cuenta de que respondió a tal realidad en casos de importancia para la mitografía franquista. El más sobresaliente se refiere a los orígenes de la guerra.

Cuando se echa un vistazo al Dictamen sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936 que redactó una comisión de notables (varios de entre ellos conspiradores contra la República antes de la guerra) se observa un dato esencial. Muchos de los principios que  inspiraron dicho engendro estuvieron presentes en la propaganda de quienes iban a hacer causa común con las sublevados (y en la de las derechas en general) para generar la sensación de “estado de necesidad”. Era una característica imprescindible para justificar la intervención “salvadora” del Ejército y de los hombres de bien.

Aquella comisión acusó directamente a la URSS de haber promovido la “ejecución de un plan revolucionario español y su funcionamiento, mediante la inversión de sumas fabulosas”. No aportó documentación propia sino que se basó en un informe presentado, estallada la guerra, por el Gobierno portugués ante el Comité de No Intervención. Recordemos que este fue un artilugio franco-británico designado con el fin de sustraer a la Sociedad de Naciones la competencia efectiva para pronunciarse sobre la agresión fascista y nazi. Se trataba de dotar de un contenido político, que no jurídico, a la politíca de no intervención decidida por los gobiernos de París y Londres.

Los resultados de la febril imaginación de los funcionarios de la dictadura salazarista (posiblemente estimulada por los sublevados a través de sus agentes en Lisboa, entre quienes figuraba Don José María Gil Robles) los he reproducido en EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. En el abanico figuraba el supuesto envío de armamento soviético previo al 18 de julio a Cádiz, Sevilla, Badajoz, Córdoba, Cáceres y Jaca. Constituyó el punto 4 (p. 68) de la reproducción hecha por el Dictamen.   

Siempre me he preguntado cómo se arreglarían los malvados comunistas para suministrar armamento hasta Jaca tras desembarcarlo en Algeciras el buque soviético Jerek (sic). No he encontrado ningún papel y no conozco si los eminentes miembros de la comisión montada por un Serrano Suñer siempre ocurrente indagaron en ello. Lo señalo a la atención de cualquier novelista que quiera escribir alguna obra de ficción sobre el episodio. En el bien entendido que el no menos inmarcesible Bolín (a quien todavía se remiten distinguidos historiadores) repitió la patraña en 1967 y, a la atención de sus lectores de lengua inglesa,  recalcó que armamentos más formidables que pistolas, máuseres, escopetas, etc. habían sido trasladados por barcos soviéticos a Sevilla y Algeciras (p. 151 de la versión inglesa de su camelo, Spain: the vital years). Obsérvese que redujo el abanico de puertos.

Todavía en 1973 (sí, 1973) todo un teniente general del Ejército, diplomado de EM, doctor en Ciencias Políticas y Sociología y licenciado en Derecho, se hizo eco de tal desvarío en un panfleto declarado de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército, según OC de 2 de noviembre de 1973 (DO nº 249) y de utilidad para la Marina por Orden 518/73, de 25 de julio del mismo año. ¡Alabado sea el alto mando!

El nombre de tan imperecedero mílite era Don Manuel Chamorro Martínez. Remito a su inmortal, pero poco conocida, obra (que probablemente vendió a espuertas a militares ingenuos o amedrentados). El título hacía pensar en otro ejercicio de proyección: 1808-1936. Dos situaciones históricas concordantes. No lo publicó en una editorial (quizá para no tener que contentarse con el cobro de un porcentaje, mayor o menos, en concepto de derechos, sino embolsarse una mayor parte del precio de tapa). Apareció en diciembre de 1973 en Madrid y es la única obra suya que tengo en mi biblioteca. La referencia al inolvidable Jerek figura en la p. 316. Hubo hasta cinco ediciones (la última, publicada por Doncel en 1975, que no poseo pero que se dijo ampliada). La cuarta se encuentra en Amazon al módico precio de 5 euros. Animo a su adquisición.

La idea de que el Kremlin ordenase el envío de armamento a los futuros “sublevados”, es decir, a los comunistas que hicieron causa común con el Gobierno republicano, no dejó de estar presente en la literatura más oficial posible que se produjo durante la dictadura.  Claro que el Estado Mayor Central del Ejército, a través de su Servicio Histórico Militar, fue algo más prudente que el ilustre teniente general y príncipe de la milicia. En su Sintesis Histórica de la Guerra de Liberación, aparecida en 1968, adoptó otra maniobra. Como corresponde a militares avezados en evitar enfrentamientos frontales la referencia a la aportación soviética aparece en forma de movimientos laterales y solo a partir de la p. 52. Lo hizo en una referencia a los comienzos de la batalla por Madrid pero, de manera solapada y en plan de operación comando, se indica que “ya desde el principio de la guerra actuaba (…) una copiosa aviación, dotada de modernos aparatos llegados del extranjero…” Y los grandes historiadores al servicio del régimen despacharon el tema (p. 66) diciendo simplemente que la “ayuda extranjera recibida por los nacionales no alcanzó el volumen de la que obtuvieron sus adversarios, y no fue pagada, como lo hicieron estos, con una total sumisión a las consignas de fuera”. ¡¡¡¡Bravo!!!

Mera divagación obviamente, pero quién más y “mejor” abundó en el tema fue el teniente general Chamorro. A tenor de este autor (perteneciente al grupo de los “azules” y más ultramontanos de las FAS, según Roberto Muñoz Bolaños, durante la posterior transición hacia pagos alejados del franquismo), “el Alzamiento Nacional se preparó y ejecutó por el Ejército español sin ninguna ayuda personal ni material del exterior, actuando exclusivamente las guarniciones sublevadas -reforzadas en algunos casos por voluntarios civiles, españoles todos ellos– y sin utilizar más aramento y material que el reglamentario en nuestro Ejército, extraído de los almacenes de los Cuerpos y Parques” (p. 326). ¡Bravísimo! Que yo sepa nadie, ni los historiadores prorrepublicanos más enardecidos, ha imaginado que lo hubiesen adquirido previamente en el extranjero.

Las anteriores itálicas son del original. Pero yo pongo en negritas una afirmación descendida de las alturas del olimpo franquista: “al enterarse los dirigentes del bando nacional de las gestiones y peticiones del Gobierno frentepopulista español en París, y del decidido apoyo que tanto el Gobierno de la nación vecina como las organizaciones revolucionarias internacionales habían comenzado ya a prestar a su enemigos, determinaron acogerse -para contrarrestar tal acción- al ofrecimiento hecho en Roma, el 31 de marzo de 1934, por el entonces jefe del Gobierno italiano…. “ (las itálicas son también de servidor). Aquí salta el gato del saco en que estaba encerrado. Había que evitar por todos los medios posibles e imposibles que las tiernas mentes de los lectores españoles pudieran verse contaminadas por el veneno que solían verter los enemigos de España.

En nota a pie de página tan ilustre mílite e historiador se preocupó de ocupar el terreno ante un posible contraataque del adversario: “De este ofrecimiento de Mussolini a dos partidos españoles [Renovación Española y Comunión Tradicionalista] que no se adhirieron al Alzamiento Nacional hasta mediados de julio de 1936, nada supieron los organizadores del mismo antes de su iniciación, y no ejerció, por tanto, ninguna influencia en sus planes. Solo en vista del resultado indeciso del Alzamiento, y ante el manifiesto apoyo extranjero a los rojos, fue recordada dicha oferta -mal llamada por algunos “Pacto de Roma”- y se comenzaron las gestiones para hacerla efectiva”.  Las itálicas son del original.

Nada de lo que antecede en la narrativa declarada de utilidad para las FAS en las postrimerías de la dictadura respondía en lo más mínimo a la realidad. Si la traigo a colación aquí es para mostrar los dos extremos del arco de proyección incrustado en el corazón de la mitografía franquista más carpetovetónica.

Por un lado: la sublevación como asunto puramente militar para hacer frente a una revolución inminente inducida por el comunismo destructor o, en el mejor de los casos, por los “rojos”.  Por otro: la disminución de las ayudas extranjeras y, en todo caso, una guerra  presentada como asunto específicamente hispano. La España eterna contra la Anti-España. Y, sobre todo, la mera reacción de los “buenos” ante la previa injerencia extranjera a favor de los “malos”.

Se trató de un condimento muy potente que daría todo su sabor a la sopa boba que se distribuyó durante cuarenta años por todos los medios y por todas las formas. Con, en el caso italiano, los cuentos, bulos y “trumpismos” de Bolín para echar humo, en 1967, ante el avance de la historiografía extranjera y, en particular, de Hugh Thomas y de Herbert R. Southworth. En una España en que imperaba la censura continuó el lavado de cerebros. Dependió de dos factores: la censura y el cierre a rajatabla de los archivos.

El primero maniató a los historiadores. El segundo les obligó a depender de fuentes extranjeras, pero sin poder publicarlas en España, salvo en los casos de Fernando Schwartz y un servidor. En lo que a mi se refiere no me quedó más remedio que remachar la realidad documentable: no hubo acuerdos previos con los nazis. Fue así. No iba a inventarme lo contrario. En el mismo año que apareció mi libro lo hizo también el de otro historiador militar, el entonces teniente coronel Jesús Salas Larrazábal. Se tituló Intervención extranjera en la guerra de España. No se paseó por archivos foráneos. Hubiese sido algo más que sorprendente. Se limitó -en un avance considerable- a basarse en los documentos diplomáticos franceses publicados y en la versión francesa (y recortada) de los alemanes (conocidos desde 1949 en inglés), pero en la España de Franco no fácilmente accesibles al común de los mortales. Naturalmente se atuvo a la inefable versión de Bolín de pocos años antes que había sido prologada, nada menos, por el señor ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella. Toda la complejidad internacional del período que antecedió a la sublevación militar española Salas la despachó en las tres primeras páginas. Comme il faut!

Al año siguiente, 1975, apareció en la University of Princeton Press la investigación de John F. Coverdale,  Italian Intervention in the Spanish Civil War. Estaba basada en un intenso análisis de los archivos italianos abiertos en la época. Fue, sin duda, la primera obra académica sobre el tema. Coverdale, que ya trabajaba de profesor en Princeton, dedicó los tres primeros capítulos a los antecedentes. El libro, emanado de su tesis de doctorado, expandió una tesina de licenciatura que había realizado en la Universidad de Navarra bajo la dirección de Vicente Cacho Viu y que continuóampliando en Wisconsin bajo la batuta de Stanley G. Payne. En Madrid consultó fondos del Servicio Histórico Militar. Para su época fue una obra rompedora. De señalar es que su reconstrucción de los antecedentes está hoy superada, pero el mensaje final quedó claro. Con toda buena fé, y en función de las fuentes consultadas, Coverdale remarcó que después del acuerdo de 1934, la Italia de Mussolini perdió interés por España. Tout est bien qui finit bien

Conviene tener esto en cuenta para comprender las alusiones a la República que el Sr. Abascal inmortalizó, para el futuro, en su intervención ante el Congreso de los Diputados el 14 de abril del corriente año. Es de esperar que no se borren del texto que aparezca en el Diario de Sesiones.

(continuará)