UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (IX)

8 junio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es comprensible de todo punto que haya lectores e incluso historiadores que se revuelvan enojados contra alguna tesis tan opuesta a lo que hasta ahora se ha escrito sobre los antecedentes de la guerra civil y sus condiciones necesarias y suficientes. Para muchos ya fue demasiado que unos amigos y compañeros, por desgracia fallecidos a causa del coronavirus, y servidor hubiéramos atribuido a Franco el asesinato de uno de sus colegas de uniforme antes  del golpe. Ahora resulta que el estallido del 17/18 de julio no había surgido de los corazones de militares entregados a la noble tarea de salvar España de los terrores del comunismo, sino que había sido engrasado con dinero y armas fascistas. Probablemente tendrá que pasar algún tiempo antes de que ambas cosas entren en la literatura. Hace poco, Don Andrés Trapiello y el profesor Stanley G. Payne, entre otros, han insistido en la tesis de que la “culpa” de la guerra civil la tenían los socialistas de Largo Caballero (como chivos expiatorios una vez que la leyenda del PCE es difícilmente sostenible, salvo quizá para VOX y sus muchachos/muchachas).

Lo que antecede no quiere decir que servidor haya pretendido escribir historia definitiva, a la manera de un Ricardo de la Cierva cualquiera. Esa idea es un simple figmento de la imaginación porque el pasado no existe y lo que solo existen son “representaciones” del mismo. Esas “representaciones” deben someterse al contraste con evidencias empíricas. En todos, o casi todos, mis libros me he pronunciado en favor de la búsqueda de nueva EPRE. Ahora, voy a recapitular la parte de esta serie de posts para abordar el tema, siempre fundamental, del ¿qué nos falta? Lo hago para que no se me acuse de creer que soy el único poseedor de la VERDAD, cuando es sabido que este plano inmarcesible es hollado únicamente por el Señor. También aspiro, con esta serie de posts, a inducir a los eventuales lectores a pensar un pelín en el método de trabajo de un historiador empírico, porque más adelante veremos que si bien hay gente que pretende serlo no lo es en absoluto.

En mi modesta opinión, un juicio más apoyado sobre las razones por las cuales la República no paró el golpe de Estado, del que los Gobiernos de la primavera de 1936 estaban más o menos informados, debería profundizar, cuando menos, en los siguientes extremos

  1. La documentación que los dispositivos de seguridad del Estado hubieran transmitido al Gobierno en dicho período de tiempo. Es decir, en primer lugar la generada por la Sección Servicio Especial (SSE) en el EMC y la recogida de los informes del SE procedentes de las guarniciones. En segundo lugar, la obtenida por la OIE y la DGS en el Ministerio de la Gobernación.
  2. En teoría, los organismos en cuestión hubieran debido elevar la documentación a los responsables tanto en Guerra (general Masquelet, Casares Quiroga) como en Gobernación (Salvador, Casares, Moles) y en Presidencia (Alcalá-Zamora, Azaña). Si no se elevó, ¿tampoco se solicitó desde las solitarias alturas del Mando político, policial y de seguridad?
  3. ¿Se siguieron, y cómo, las andanzas de los generales Franco, Goded y Cabanellas tras su intento de golpe blando al filo de las elecciones de febrero de 1936? ¿Cómo se indagó retrospectivamente acerca de las circunstancias en las cuales desde el Ministerio de la Guerra se había ordenado la declaración, pura y simple, del estado de guerra el mismo día de las elecciones de febrero de 1936?
  4.  ¿Dónde está la documentación de que se incautó la policía al filo del nonato golpe de Estado de 20 de abril de 1936? ¿Dónde la recopilada por el EMC o el gabinete del ministro de la Guerra en relación con el intento de intimidación del presidente de la República por parte de algunos generales y jefes y que dio origen a una ridícula puntualización en la prensa de la época? ¿Dijo algo Don Niceto Alcalá-Zamora a los servicios competentes?
  5. ¿Qué incitó al Gobierno a ordenar tres visitas de información sobre las andanzas del general Mola? ¿En qué se basó? ¿De qué noticias disponía el Servicio Especial de la División Orgánica correspondiente? ¿Qué habría dicho la rama del mismo en Pamplona acerca de los movimientos subversivos de la guarnición? ¿Adónde fueron a parar tales informaciones?
  6. ¿Qué pasó con las transcripciones de las escuchas que, según se afirma habitualmente, se organizaron para interceptar las comunicaciones de los conspiradores?
  7. ¿Dónde están las comunicaciones que los Ministerios de la Gobernación y de la Guerra solían hacer al presidente de la República?
  8. ¿Dónde han quedado los papeles de los gabinetes del ministro de la Guerra y presidente del Consejo, Santiago Casares Quiroga, y de los ministros de la Gobernación? ¿Cuál fue la circulación de la documentación emanada del Negociado de Control de Nóminas del Ministerio de la Guerra, ubicado en la DGS?
  9. ¿Cuál fue el paradero de la lista que se elaboró de militares poco fiables y que el presidente del Gobierno Juan Negrín remitió al de la República, Manuel Azaña, durante la guerra civil?
  10. ¿Por qué, al parecer, se cortó la paga del agente de la DGS en servicio en Roma en este período?

Naturalmente estos desiderata, que no son excluyentes, pueden parecer exagerados. Sin embargo, debemos partir de una premisa: la organización del Estado republicano, en 1936, no era la que correspondía a una tribu africana (el símil se lo debo a Herbert R. Southworth). Para otros  períodos, antes y después, se ha conservado abundante información. A veces el historiador se pregunta si los militares, en la guerra, tenían tiempo de dar batallas, porque la documentación que iban generando es tan abundante que tenía que absorber mucho tiempo y, sobre todo, muchos recursos de personal siempre escasos.

Admito que una gran parte de la documentación republicana se quemó o desapareció en el curso de las hostilidades, pero no es menos cierto que en lo que se refiere a algunos Departamentos (el Ministerio de Estado, sin ir más lejos) lo que sobrevivió daría para un número apreciable de artículos o incluso de tesis doctorales. Las catas realizadas hasta la fecha en los archivos del Ministerio de la Gobernación ofrecen, en ocasiones, chispazos muy sugestivos. Pero, como ocurre en otros casos foráneos (Francia, Italia, Reino Unido) la riqueza del detalle puede oscurecer el fondo. Son necesarias investigaciones más focalizadas en los momentos culminantes. ¿Podemos pensar que no quedó absolutamente nada con ellos relacionado?

Personalmente he hecho hincapié en el seguimiento de la UME en lo que he denominado operación MANRIQUE (las actividades de un espía de la OIE en la cúpula de la organización conspiradora), pero no conocemos mucho sobre sus antecedentes, sobre su valoración en la DGS y sobre su recepción por parte de las autoridades del Ministerio de la Guerra en la época: a saber, el ministro Gil Robles, tan alabado, tan profranquista primero y tan antifranquista después, y el jefe del EMC, el elevado a la gloria de la historia general Franco. En cualquier caso es sorprendente que tan ilustres figuras (mucho más el segundo, elevado a la gloria de los inmarcesibles, que el primero) no dijeran prácticamente nada al respecto en sus por un lado sesgadísimas memorias o por el segundo en sus apuntes de medio pelo y para andar por casa.

De lo que Francisco Mata, el agente de policía incrustado en la embajada en París, dijera sobre la evolución de la primavera de 1936 tampoco sabemos nada. ¿Se calló como un muerto? Conocemos que continuó prestando servicio durante la guerra civil, pero ¿fue fiel al gobierno republicano?

Es decir, queda tela marinera por investigar. Cuando se hayan descubierto más papeles, ¿cuál será el destino de las aportaciones hasta ahora realizadas?

Teóricamente hay tres posibilidades: invalidarlas, corregirlas o confirmarlas. Lo primero me parece difícil (aunque no imposible, pues como es sobradamente sabido en la vida no hay nada que tenga tal cualidad, salvo que la parca termina visitando a todos los humanos y que para estos evitar pagar impuestos es cada día más difícil, aunque no imposible como lo demuestra la tibia recaudación fiscal en la inolvidable España de Franco). Lo tercero también me da la impresión de que es complicado porque cuando tropecientos documentos apuntan en una misma dirección la posibilidad de que surja alguna absolutamente contraria se me hace difícil. Personalmente optaría por la segunda posibilidad. Y ese es, precisamente, una de las direcciones en que conviene orientar los trabajos del investigador.

Llegará un momento en que el corazoncito de la sociedad española ya no lata al ritmo de los sobresaltos que todavía suscita la ruptura de los mitos de la “historietografía” pro o metafranquista en algunos partidos políticos, en ciertos medios de comunicación y en los frentes aún encrespados de las batallitas culturales e identitarias. Para llegar a tal extremo son necesarias tres condiciones: el paso del tiempo, la apertura de archivos y el sosiego de los espíritus. Por el momento, quien esto escribe se niega a aceptar la tesis de la que ya advirtiera Vázquez Montalbán sobre lo que en el futuro podría decir una enciclopedia sobre el general Franco y su régimen.  

Mientras tanto es de lamentar que uno de los eslóganes de la campaña electoral protagonizada por la renovada Excma. Sra. Presidenta de la Comunidad de Madrid focalizado en la supuesta contraposición entre “comunismo” y “libertad” haya tenido tal recorrido. La construcción de un determinado relato, manipulado, se ha impuesto al que poco a poco vamos creando los historiadores. No debería ser la norma.

En el próximo post abordaré el resumen de esta serie con un par de reflexiones sobre cómo he logrado llegar a mi idea personal acerca del trabajo de historiador. A lo mejor los lectores respiran aliviados, pero quería decir un par de cosas y ahora es el momento de hacerlo. Después vendrá la contrastación, empírica desde luego, con el hoy por hoy último título que contiene las últimas “paridas” del último autoproclamado historiador militar español. Nos reiremos.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VIII)

1 junio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Por muy gánster que fuese Mussolini -y lo demostró en grado sumo, tanto en la preparación de la conquista Etiopía como en España- era evidente que el envío de aviones de bombardeo modernos no podía hacerse ANTES de que estallara en esta última el golpe prometido. ¿Cómo se justificaría su llegada a los sublevados, fuese en algún aeródromo en las costas del Mediterráneo o en África? Incluso el Dragon Rapide hubo de disfrazar su vuelo. Ahora bien, DESPUÉS de que se iniciara la sublevación ya fue otra cosa. Los relatos de Arrarás y Bolín sirvieron para velar la realidad con decenas de distorsiones. Se encontró un subterfugio cómodo: los franceses habían empezado a ayudar a la República.

Que todavía se mantenga esta superchería es notable. Los Documenti Diplomatici Italiani, que cualquier hijo de vecino puede consultar on line, lo desmienten. Lo que el embajador fascista en París, Vittorio Cerruti,  afirmó, con razón, era que había rumores de que un ministro del Gobierno de París y el presidente Blum estaban considerando la ayuda. Se lo pongo fácil a quienes duden: que acudan,  en la p. 413 de mi último libro, a la referencia a los documentos números 589, 598 y 601 del 22 y 23 de julio. Algún “entendido” aludió incluso al cargamento de un barco en Marsella, el Ciudad de Tarragona. Se basó en otro telegrama de Cerruti, que lo enunciaba como posibilidad. Nadie de entre tales opinantes se ha paseado, a lo que parece, por los archivos franceses, empezando por el mejor acuñador de tal falacia, un general de División en el Ejército del Aire desgraciadamente ya fallecido.   

¿Cómo salir del atolladero? Para aclarar las dudas ningún historiador español (salvo uno), ni francés, ni alemán, ni italiano, ni inglés, ni norteamericano ni australiano ni canadiense, etc se ha molestado, que yo sepa, en darse un paseo por el Château de Vincennes, donde se guardan los fondos del equivalente francés del SHM. Servidor ya lo había hecho muchos años antes de 2020. A ellos volví. De los doce bombarderos Savoia Marchetti objeto del primer contrato uno se había hundido en aguas del Mediterráneo, otro se había estrellado junto a lo que entonces era un villorrio miserable y un tercero había planeado suavemente para posarse en las inmensas playas norteñas. Casi llegando a Nador. Les había faltado gasolina para  aterrizar en destino.  De haber volado de otra manera, pensaron los franceses, hubieran alcanzado su objetivo, como lo habían logrado los nueve aviones restantes.

Naturalmente, ya que sobre mi no ha descendido descendido jamás la blanca paloma, ni por asomo se me ocurrió obviar que en un libro de Jaime Martínez Parrilla, publicado para mayor INRI por el Ministerio del Ejército en 1987 (!!!!) (ha llovido algo desde entonces), se había hecho una referencia a la documentación francesa respecto a aquel incidente.

Evidentemente Martínez Parrilla no tenía entonces ni idea de los contratos del 1º de julio, pero la historiografía avanza con EPRE y con sucesivas reinterpretaciones de la anterior a la luz de otra posterior. No siguiendo los procedimientos metodológicos y heurísticos del alabado profesor Payne. En mi último libro he dedicado más de 20 páginas (de la 395 a la 416) a encuadrar el incidente del aterrizaje forzoso en el marco del acto de gansterismo fascista, de la política de Mussolini y de las reticencias francesas.

Los militares, gendarmes y políticos del país vecino no eran idiotas. Las declaraciones de los pilotos y tripulantes no fallecidos no se las creyeron en lo más mínimo. Los aviones eran de guerra, iban armados, tenían portabombas … y sus colores y signos de nacionalidad habían sido eliminados. De forma chapucera, todo hay que decirlo. Además, contaban con la documentación de bordo. Tampoco se habían dejado en tierra las pertenencias personales de algunos de los “viajeros de negocios” que volaban hacia Melilla. Se conservan los resúmenes de los interrogatorios y los resultados de la exploración de los dos bombarderos no desaparecidos en las cálidas aguas mediterráneas.

Ahora bien, quizá recordarán los amables lectores que en ¿Quién quiso la guerra civil? servidor había anotado, como he indicado en un post precedente, el nombre de los pilotos. Uno de ellos, que pereció, se llamaba Baldi. Era un oficial en activo de la Regia Aeronautica, las fuerzas aéreas fascistas. ¿Qué dijo uno de los supervivientes del forzoso aterrizaje en Saidía, amablemente interrogado por los franceses? Se trató del que llevaba documentación a nombre de Furio Giliberti, de profesión periodista, en una ciudad (Rovigo) del Véneto, cuando le tocó cantar la palinodia ante un, suponemos, experimentado comisario de policía. El amigo Giliberti declaró lo siguiente: a) que lo había reclutado a principios de julio un piloto de la empresa Savoia-Marchetti (sic); y b) que tal piloto le había pedido que, a su vez, tratase de reclutar a otro más para realizar una expedición al extranjero. Desgraciadamente a Giliberti no le dio explicaciones adicionales. Lógico. En un Estado policial fascista se viajaba fuera de Italia como la cosa más natural del mundo.

Sin embargo el apellidado Giliberti “se pasó”, probablemente para hacerse simpático a su interrogador y, como dicen que suele ocurrir en tales casos, dio más detalles. Nadie, que se desprenda de la documentación recogida por los franceses, le obligó a ello. Así informó del nombre del piloto de la empresa (que no tenía como nombre el de Savoia-Marchetti sino el de Società Idrovolante Alta Italia, según reconoció más tarde Ciano ante el embajador de Francia). El comisario en cuestión, puntilloso, lo  anotó. Se trató de un tal “Bardi” (al menos  así lo transcribió).

Pero ¿quién era “Bardi”? Los franceses no podían saberlo en Marruecos. Servidor sí lo supo al leerlo.  No era ni más ni menos que el apellido de un piloto en activo de las fuerzas aéreas fascistas (y no de la empresa) llamado Baldi.

¿Por qué considero importante este detalle que al amable lector puede parecerle absolutamente nimio? Por una razón muy simple.  Ttrabajando en 2018 en la documentación del archivo de la Aeronáutica en Roma descubrí los nombres de los pilotos y copilotos de aquella primera expedición. En mi libro de 2019 los había indicado. Entre ellos figuraba el mencionado Baldi. No hay que tener un elevado coeficiente intelectual para establecer la conexión entre los contratos, la SIAI, la Regia Aeronautica, Baldi, los preparativos antes del 18 de julio para poner en marcha la expedición (nueva documentación, camuflaje de medio pelo), el imprevisto accidente…. y desprender, sin heroicos esfuerzos mentales, la línea de continuación entre la firma de los contratos y que poco después la maquinaria bélica italiana se pusiera en marcha de cara a apoyar, vía el primero de ellos, el auténtico asalto a la República (no el que se achacó al pobre Alcalá-Zamora) de quienes llevaban meses y meses al frente de la conspiración. Lo que David Jorge había descubierto en los archivos de la SdN no fue un camelo. Respondía a una realidad.

Quedan huecos. Sabemos que quien preparó el operativo fue el subsecretario de Aeronáutica, el general Giuseppe Valle. El ministro del ramo, Benito Mussolini, no iba a  molestarse en descender a tales detalles. Que su “subse” obrara por cuenta propia sin informar al Duce es totalmente descartable. Que la SIAI, empresa vigilada por el Estado como todas las demás del sector, pudiera comprar a otros proveedores hidroaviones amén de cazas Fiat CR 32 así como así, sin que las autoridades se enteraran, es una hipótesis que podemos echar a la papelera. Desgraciadamente el general Valle no consideró oportuno legar a los archivos de la Aeronática italiana la colección de documentos que hubiera, tal vez, podido conservar. Les dejó, eso sí, un volumen impresionante de fotografías. Desgraciadamente, para nosotros poco significativas.

Cabe establecer, pues, una cadena de relación causal entre los contratos del 1º de julio, el comienzo de los preparativos, la aparición en el horizonte documental de un piloto en activo, el reclutamiento (en servicios especiales) de toda una serie de oficiales de la Regia Aeronautica, el paulatino desplazamiento de aviones tomados a diversas unidades de la misma desde los aeródromos del norte al que se encontraba más al sur de la isla de Cerdeña y, por consiguiente, también el más cercano a las costas de África…

En esa cadena falló el eslabón más débil. Con un poco más de gasolina, estimaron los franceses, los tres bombarderos hubiesen podido llegar a Melilla, donde se les esperaba ansiosamente.  No en vano, mientras se hacían los interrogatorios en el villorrio, en torno al aparato posado en las playas habían ocurrido dos significativos hechos. El primero que un cabo de la guardia civil había pasado la frontera, desarmado, con la sana intención de informarse acerca de las posibilidades de repostado. El segundo que una avioneta había sobrevolado el aparato y arrojado un paquete con uniformes del Tercio y un papelín en italiano para que dijeran que eran soldaditos de la guarnición de Nador. “Esperen a que les hagamos llegar dos bidones de gasolina… No se metan en la boca del lobo”.

Claro que quedan enigmas. Si subsiste alguna EPRE, habrá historiadores que avancen más. Establezco como puntos de partida los siguientes:

  • Ni Mussolini, ni nadie entre los dirigentes monárquicos o militares de la conspiración, pudo sospechar que Calvo Sotelo y Sanjurjo perecerían en el corto lapso de una semana, el 13 y el 20 de julio respectivamente.
  • Tampoco pudo sospecharlo Franco, dispuesto a dar el salto del tigre (es un decir, porque los tigres no vuelan) de Canarias a Marruecos desde, por lo menos, la mitad de junio si no, como sugerimos en un libro anterior, tres semanas antes.
  • Los italianos, en contra de lo que se ha dicho y repetido hasta la saciedad, no pensaban que con su intervención inicial vía 12 bombarderos darían una ayuda sustancial al golpe.
  • Los monárquicos les habían dado a entender, a través de Sainz Rodríguez, que lo que podía ocurrir era que se produjese un conflicto corto. Por eso se contrataron más aparatos.
  • Mussolini, en vías de aproximación al Tercer Reich, debió de creer que una intervención en España, limitada pero dotada con armamento modernísimo, podría rápidamente inclinar el fiel de la balanza del lado de los sublevados.

Y, como la fortuna suele sonreir a los audaces, ¿qué hicieron los franceses? En contra de los posibles, aunque no demostrados, temores mussolinianos, se inhibieron. Al tiempo que los militares y policías en Marruecos protocolizaban la fechoría fascista,  en París se optaba por sugerir la “no intervención”. Políticos educados en la tradición racionalista de las escuelas primarias, liceos y escuelas superiores de Francia no quisieron en modo alguno quedarse descolgados de la nanny británica. Si no se habían movido ante la remilitarización de Renania en el mes de marzo, ¿cómo correr el riesgo de enfrentarse con el Tercer Reich y la Italia fascista?

Desde antes del primer momento el destino de la República española quedó inserto en el campo de juego definido por las grandes y medianas potencias en la escena europa.  No ha terminado de reconstruirse del todo, pero en cualquier caso es imposible no pensar que la historiografía continuará separándose de las leyendas y mitos metafranquistas o parafranquistas. No parará el proceso de actualización de las “representaciones” que será menester llevar al ánimo, al conocimiento y a la conciencia de futuras generaciones de ciudadanos españoles. Y seguir clamando, mientras tanto, por la mayor disponibilidad de EPRE en archivos públicos y, sobre todo, privados. ¿Dónde están los de Alfonso XIII, Juan de Borbón, Orgaz, Mola y Franco como comienzos de una larga serie?Al menos en lo que se refiere a los dos primeros, la Corona debería dar, en mi humilde opinión, alguna respuesta. ¿O tiene miedo?

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VII)

25 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Naturalmente, puedo equivocarme. Todo hombre es falible. Ergo, no me es posible evitar tal riesgo. Es más, con alguna frecuencia me he equivocado. No soy como Payne, quien jamás lo reconoce.  Desde que empecé la investigación sobre los antecedentes de la intervención fascista en España, todavía no en guerra, albergué muchas dudas sobre si la fortuna me sonreiría. O no. En 2018, en Roma, advertí numerosos huecos en la documentación italiana. Una conspiración promovida por el Capo dello Stato, por el Duce mismo, en contra de un país con el que se tenían relaciones diplomáticas y económicas normales no era moco de pavo. A la hoguera irían, sin la menor duda, papeles importantes. Estaba razonablemente seguro de que mi caracterización de la conspiración que llevó a la guerra civil como monárquica, fascista y militar, por este orden, era correcta pero….

En mi libro ¿Quién quiso la guerra civil? demostré lo bien fundado de tal formulación. Terminé afirmando que, para que hubiese una guerra, había sido preciso que los gobiernos de Madrid no pararan el golpe. Por las razones que he expuesto en el prólogo de El gran error de la República llegué a la noción de que el tema no estaba suficientemente explorado. Siempre se había indicado que los ministros republicanos de la primavera de 1936 estuvieron informados de algo que, se decía, incluso se rumoreaba por las calles y ciertamente por las redacciones de los periódicos de la época. En mi “representación” de aquellos años esta noción, repetida una y otra vez, ocupaba un lugar no determinante. Afloraba en obras de memorias, pero ¡ay! estas no siempre reflejan la realidad del momento. Por mucho que coincidan, siempre hay otras que discrepan. Todos pasaban lo que consideraban como “realidad” por los cendales de la propia subjetividad. ¿Qué hacer? ¿Un estado de la cuestión? Hay varios y muy buenos.

Para abordar el tema sin prejuicios insalvables mi receta siempre ha sido: ir a la EPRE. Así que fui en su búsqueda. Afortunadamente encontré bastante. Me movía sobre seguro. Sabía lo que necesitaba. Como sucede casi siempre, advertí lagunas. Teóricamente había tres alternativas: la República no quiso contener el golpe; no supo o no pudo.

Me parecía raro que, con todos sus defectos, los gobiernos de la época no desearan contenerlo. Aún así, no cabía excluirlo. Después de darle vueltas y más vueltas, tras descubrir el funcionamiento de los dispositivos de seguridad interior (Sección Servicio Especial en el EMC -de la que no había oído jamás hablar- y DGS -cuya documentación a lo que parece no ha sido explorada del todo-) y de seguridad exterior (diplomáticos y agentes de la DGS incrustados en ciertas embajadas y algunos consulados europeos), llegué a una conclusión. Los gobernantes estaban razonablemente bien informados. Descarté, en consecuencia, la posibilidad teórica de que no quisieran parar el golpe.

La segunda alternativa es que no supieran. Aquí, gracias a los trabajos previos de Rafael Cruz y Eduardo González-Calleja, el panorama estaba más despejado. Con nueva EPRE, lancé la tesis de que los gobiernos de la primavera de 1936 cometieron error tras error. Incluso uno de los responsables si no inmediatos sí al menos mediato se ha escapado de rositas en la literatura: el presidente Alcalá-Zamora. Sus memorias, muy prolijas y detalladas, se conocen desde hace la tira de años y otras, adicionales, desde que un aficionado se dedicó a presentar y “analizar” papeles que no habían figurado en aquéllas. Lo hizo bajo el título de ASALTO A LA REPÚBLICA. Hay que echarle un poco de tupé, pero son cosas que pasan.

La EPRE ya conocida y más importante fueron algunos episodios en los escritos de Azaña, en las memorias de Martínez Barrio y en un par de artículos de Prieto, todos ellos poco contextualizados desde mi particular punto de vista. No bastaban. La producción “literaria” de la UME (que ya había rozado en el libro anterior) se desplegó ante mis ojos en todo su grotesco esplendor. Resulta que lo que habían dicho los franquistas de toda la vida, desde que estalló el golpe, era verdad: se sublevaron porque creyeron -o les dijeron- que una revolución comunista era inminente (incluso algunos osados la fecharon para el mes de agosto). Que esto fuese una mera superchería de conveniencia había que dejarlo de lado, aunque todavía hacia el año 2010 un eminente historiador, particularmente connotado, lo reafirmase con toda su autoridad de biógrafo de los grandes héroes “nacionales” o en documentales de Telemadrid, en la gloriosa época de la Excma. Sra. Doña Esperanza Aguirre. Hoy ya solo lo hacen periodistas y políticos de extrema derecha totalmente indocumentados o de la derecha que no lee (el caso de las placas de Largo Caballero y Prieto en Madrid es un ejemplo de lo más reciente).

Servidor lo vio de otra manera. Lo que había detrás era, en mi modesto entender, un caso de proyección en estado químicamente puro. Como el de Hitler/Göring con la destrucción “comunista” del Reichstag en 1933. Los mílites dispuestos a salvar a la PATRIA, aun cuando ello supusiera sumir España en una orgía de sangre y destrucción, veían comunistas al acecho, tras las esquinas, dispuestos a convertir ESPAÑA en una nueva República soviética. (Por supuesto que esto se afirmó durante todo el franquismo, pero como la URSS ha desaparecido del mapa y el PCE no es ni sombra de lo que fue, el papel de los comunistas se ha traspasado a los socialistas radicalizados de Largo Caballero, en versión de Don Andrés Trapiello, refrendado por el profesor Payne. Da igual: todos “revolucionarios rojos”).

En tal perspectiva,  fue “normal” (había que salvar a la PATRIA) que la dirección monárquica, carlista y militar que manipulaba la UME (Sainz Rodríguez lo dejó caer en passant en sus memorias y de ello se informó a los británicos a posteriori) se apresurase, raudos cuales centellas en la noche que se avecinaba, a buscar ayuda y cobijo en los poderosos brazos del Duce, con Don José Calvo Sotelo aspirando a traducir su papel en una España que no se resignaba a morir ahogada en el piélago de la REVOLUCIÓN.

En este punto, un amigo me llamó la atención sobre el Archivo de la Ciudad de Barcelona. En él figuran las transcripciones de lo que en 1974 el cofirmante de los contratos del 1º de julio dijo al Duce español in nuce a su regreso de Roma, según declaró a Ronald Fraser, autor del superconocido libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Una historia oral de la guerra civil (los lectores pueden encontrar el correspondiente análisis en las pp. 147-151 de mi libro). Es obvio que lo que Sainz Rodríguez contó a Calvo Sotelo solo pudo hacerlo tras su viaje a Roma del 1º de julio porque, como es archisabido, al prócer monárquico le pegaron dos tiros en la noche del 12 a 13. Lamentable, sí, porque los autores probablemente (¿una aplicación poco estudiada del “efecto mariposa”?) cambiaron en aquel momento el rumbo que, quizás, pudiera haber tomado la historia de España.

Con los compromisos bajo el brazo el golpe resultaba algo más que inevitable. ¿O no? Entre los huecos y lagunas que los historiadores profranquistas, parafranquistas o meramente conservadores no han llenado hasta ahora (quizá lo hagan algún día) figuran los siguientes: a) ¿ha encontrado alguno los papeles de Mola?, porque parece obvio que el jefe de Estado Mayor del teniente general Sanjurjo (cabeza militar de la sublevación) probablemente sabía algo de lo que había entre manos. Gracias a Fernando del Rey cabe avanzar en lo que se refiere a las comunicaciones Sanjurjo-Calvo Sotelo, pero no tanto con Mola. Merced a los papeles de la POLPOL (Polizia Politica fascista) también parece que el bilaureado general participó en una misteriosa reunión en Montecarlo a principios de junio a la que asistió Alfonso XIII, siempre superpatriota.

Aquí cabe recordar que lo único que se sabe de la documentación de Mola es la copia de sus famosas instrucciones reservadas que guardó su ayudante, un tipo un tanto peculiar, el comandante Emiliano Fernández Cordón, al SHM y que en él encontró (¿por azar?) el inmarcesible Ricardo de la Cierva. Tales instrucciones y, en particular, sus reflexiones sobre el futuro político tras el golpe han orientado a los historiadores en una determinada dirección, muy lejos de la italiana. Una casualidad.

b) Es más, ¿ha encontrado alguien los papeles de Franco? (no los que hay en la Fundación Nacional que lleva su nombre). Es evidente que Franco conocía los manejos de la UME (los distorsionó en sus Apuntes), también que redujo su importancia a la nada y que finalmente se calló como un muerto en lo que hay que suponer le diría el general Luis Orgaz. Otra perla: monárquico a machamartillo y compañerito de conspiración en Canarias en los dos últimos meses antes del golpe. (Por cierto, en o después de la guerra Orgaz había recibido el calificativo de “chorizo” (crook) por parte británica). ¿Una maledicencia de los malvados ingleses enemigos de la PATRIA?

 Algo nuevo sabemos:  ¿qué hizo Franco el 17 de julio antes de presidir el entierro del general Amado Balmes, asesinado la víspera, aun cuando el profesor Payne no se lo crea? Pues ordenar a Orgaz que fuese a la oficina consular fascista en Las Palmas a solicitar tres pasaportes italianos: para él, para su ayudante y primo hermano y para el propio Orgaz. ¿Hay que suponer que la idea descendió sobre él cual blanca paloma? ¿O no sería porque Orgaz le habría contado de la conexión con la Italia fascista? Además, al exjefe del EMC es más que probable que le sonaran las andanzas del agregado militar italiano en Tánger, comandante Giuseppe Luccardi, miembro del SIM fascista. Así que el inolvidable relato de Bolín que presenta a Luccardi exclusivamente como un contacto de los militares en Marruecos puede que no refleje del todo la oscura y viscosa realidad de los hechos.

Es decir, por mucho que indaguemos en el pasado no podremos conocer todas sus vetas, grandes y pequeñas. Se quiera o no se quiera, es preciso comer la sopa boba y hacer prueba de humildad. Lo cual no quiere decir que no sea posible avanzar y mejorar nuestras “representaciones” porque estas obviamente no pueden ser figmentos de la imaginación. Necesitan cuanto más apoyaturas mejor, es decir, la EPRE.

En el caso italiano, los huecos o lagunas documentales son explicables. Un ejemplo gigantesco de gansterismo internacional como el que preparaba a perpetrar Mussolini hacia la República española no es algo por lo que se hicieran sonar las campanas. De la misma forma que se enmascaró la participación italiana al más alto nivel en los contactos con los conspiradores monárquicos, los fascistas “vendieron” luego la noción de que fue a consecuencia de la intervención francesa en apoyo del gobierno de Madrid.

Una pequeña “modificación” de lo ocurrido, cuando se sabe que los conspiradores monárquicos llevaban años pensando en la necesidad de aviones (de hecho hasta se había hecho eco el cónsul español en Bayona al principio del proceso y que más tarde se pasó con Franco). Incluso jugueteaban con la posibilidad de adquirir aparatos desfasados. Tuvo que intervenir el laureado piloto Juan Antonio Ansaldo.  Aprovechó la ocasión que le deparaba el haberse refugiado en Francia durante un par de meses para, probablemente en junio de 1936, darse un garbeito por Roma y negociar los contratos que firmó después Sainz Rodríguez con el director de la SIAI. Al menos es lo que se desprende de su abultadísima y rocambolesca hoja de servicios en el Archivo Histórico del Ejército del Aire.

¿Dijo algo sobre estos temas alguno de los historiadores franquistas, pro-franquistas, monárquicos, conservadores o, ¡válgame el Señor!, metafascistas que han escrito largo y tendido sobre la inminente revolución comunista, la socialista de izquierdas, la anarcosindicalista, etc. para impedir la cual se levantaron en armas los militares que pretendían salvar de un insondable abismo a la España eterna?

(continuará)   

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VI)

18 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los historiadores españoles han abandonado, por lo general, los archivos italianos, salvo algunas notables excepciones pero que no se han concentrado demasiado en los antecedentes de la intervención fascista. Es lógico. La participación en la guerra es más interesante y cuenta con masas documentales, no siempre descifradas en su totalidad.  Tal no es el caso de la historiografía de lengua inglesa que no ha tenido dificultades en confrontar muchas de las tesis sobre Mussolini y su régimen corrientes en Italia en relación con sus sueños imperiales. Sin embargo, no se han centrado en España sino en Etiopía y en los planes hacia el Mediterráneo oriental y el Oriente Medio. Es lógico. El caso español parecía mucho más conocido ya que daba la impresión de que Coverdale y de Felice lo habían aclarado en cuanto a sus antecedentes. De lo contrario no se explica que, por lo que sé, ningún historiador italiano hubiese entrado a saco en los documentos desclasificados después de las visitas de Coverdale y de Renzo de Felice.

Como a servidor lo que le ha interesado siempre son las deformaciones que la dictadura impuso sobre el pasado español, después de encontrarme con los contratos de 1º de julio de 1936 y terminar algunas investigaciones en las que llevaba tiempo invirtiendo tiempo, dinero y energías, pasé a ocuparme del trasfondo de los mismos. Salvo por Morten Heiberg,no se habían registrado avances conceptuales y documentales significativos. Como siempre, imaginé que si había alguna clave para explicar la génesis de tales contratos debería estar en Italia (si es que la EPRE pertinente no se había destruido, lo cual ha ocurrido con aspectos importantes) no me sorprendió sobremanera encontrarme con lo que me encontré en mi viaje a los archivos romanos en 2018. Lo hice tan pronto como terminé EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO y me recuperé del susto que me había producido caerme como un imbécil de una escalera al intentar cambiar una bombilla.

Hice dicho viaje tras empaparme, dentro de lo posible, de lo que había visto en varios archivos españoles. En primer lugar, los relacionados con la conspiración carlista y con los manejos monárquicos. Ni la una ni los otros eran desconocidos. Numerosos investigadores españoles y extranjeros habían trabajado en ellos, pero con otras intenciones. Lo que yo perseguía había quedado opacado. Personalmente, y siguiendo en las huellas de Heiberg, indagué sobre Carpi en los papeles de Sainz Rodríguez y recopilé las informaciones republicanas más importantes en torno a la conspiración monárquica.

En los fondos del antiguo Ministerio de Estado (hoy AGA) había material abundante. Tan pronto como me hice con un paquete respetable de documentación (gracias a Miguel I. Campos) fui a husmear en los archivos italianos. No me quedé en los de La Farnesina (Ministerio de Asuntos Exteriores) pero he de confesar que me dejó estupefacto el que nadie hubiese mirado en los papeles que se habían desclasificado a finales del pasado siglo. Sin duda, se pensaría que en ellos no habría mucho nuevo relacionado con el caso español. Debo reiterar una tesis. Para los historiadores de lengua inglesa o italiana las aportaciones ya conocidas eran probablemente suficientes. Para quienes se interesaban por España tenían también a Saz, González Calleja y Sánchez-Asiaín, con sendos trabajos en los que a lo largo del tiempo se había puesto a punto todo lo que iba sabiéndose sobre el caso. Además, los Documenti Diplomatici Italiani, explorados por sir Paul Preston, ya estaban on line. Parecía que el caso estaba, pues, cerrado.

Adepto, no obstante, del concepto de “representaciones” dejé cuidadosamente de lado todo lo que figuraba en la literatura secundaria para centrarme en la EPRE. Repito que no soy como Payne que ha escrito varias veces el mismo libro sin jamás poner los pies en un archivo. Lo confiesa él mismo implícitamente al exponer las muy sesgadas fuentes y bibliografía que añade a cada una de las variantes. Sin embargo, tengo la impresión que los dioses sonríen a los niños y, a veces, a los trabajadores honrados y laboriosos. Aun así, me gustaría poder afirmar  y vanagloriarme de que me dejé las pestañas en La Farnesina, como en el Auswärtiges Amt en Bonn, en los archivos británicos o en los franceses. Mentiría. Una nueva catalogación de fondos había hecho grandes progresos y en unos cuantos días encontré lo que buscaba. Es decir, lo que hice tardíamente podría haberse hecho muchos años antes.

También me interesaron los archivos de la Aeronaútica militar. Si los contratos se ejecutaron en algún momento pensé que de ellos quedarían huellas en los fondos operativos. De nuevo  aquí tuve suerte. La catalogación de las masas de papel relacionado con la intervención en la guerra de España es excelente. Como en La Farnesina, los archiveros fueron extremadamente amables, más aun si cabe porque el número de investigadores en la sala era minúsculo, al menos cuando estuve allí. Había dos o tres y uno era un oficial de Aviación. La Dra. Monica Bovino se desvivió abrumándome con legajos y papeles en los que ni siquiera había pensado. En algún momento me sentí sumergido, pero aguanté el torrente. El director, el teniente coronel Massimiliano Barlattani, se molestó incluso en indagar en fondos que no estaban tan bien catalogados. Además, no puedo sino cantar parabienes de la organización de los archivos del Ejército de Tierra y del Central del Estado aunque en estos últimos orientarse por la catalogación vía ordenadores no es siempre sencillo.   

Como quien no quiere la cosa en los archivos de la Aeronáutica me encontré con los libros y papeles que documentaban la primera misión de guerra que los aviadores italianos emprendieron rumbo a Nador (Melilla) el 30 de julio de 1936.  Los resultados los describí en ¿Quién quiso la guerra civil? Todavía hay gente que duda de mis conclusiones, pero a pesar de que es bueno imitar a Santo Tomás (abundan los faranduleros que se autopresentan como historiadores de pelo en pecho y que son simplemente de vía estrecha), a mi me pareció obvio que el ensamblaje, documentable, de una misión con hombres y aviones de diversas procedencias y de distintas unidades tuvo que llevar, lógicamente, algún tiempo. Además, ¿adónde irían los aviones antes del golpe? Los monárquicos habían jugado con planes para alojar avionetas en el sur de Francia o en Portugal, pero eso fue antes de que se negociaron los contratos y hubiera sido un proyecto absurdo, al menos en lo que se refiere a Francia. ¿Cómo pensar que la III República hubiese tolerado que aviones extranjeros, más o menos disfrazados, se asentaran en su territorio?

En las páginas 326 y siguientes del libro describí la misión y sus pormenores, en la medida en que podían documentarse,  y di los nombres de los pilotos (nota 4 de la p. 127). Dudé de si a alguien les interesarían o no. Sin embargo, resultó ser una de mis precauciones más importantes. Nunca se sabe dónde y cuándo saltan las liebres.

He de confesar que estaba bajo la impresión de una información que había obtenido uno de mis antiguos doctorandos, David Jorge, al escribir un magnífico libro sobre la Sociedad de Naciones y la guerra de España. En los fondos ginebrinos había encontrado informaciones de que los italianos, antes del 18 de julio, habían desplazado aviones desde los aeródromos del norte a Cerdeña. En Roma comprobé que así había sido: todos los pilotos y tripulantes de los bombarderos Savoia-Marchetti 81, objeto del primer contrato, habían sido movilizados después de la firma. Lo lógico. No iban a hacerlo antes. Por lo demás, los papeles descubiertos por Miguel I. Campos en los archivos parisinos mostraban que el embajador de Francia había protestado ante Ciano en los primeros días de agosto tan pronto indagaron en los pormenores que rodearon del aterrizaje forzoso, el 30 de julio, de dos bombarderos en el Marruecos francés, un incidente que dio la vuelta al mundo.

En el curso de las entrevistas Ciano dejó caer el nombre de la empresa que, supuestamente, había enviado los aviones sin que, como explicó pormenorizadamente con una mala fé propia de tahures, se enteraran las autoridades italianas. Al yerno de Mussolini se le podrán reprochar muchas cosas pero no que no tuviera una cara de cemento armado. O incluso de titanio. La empresa era, ¡cómo no!, la Società Idrovolante Alta Italia. De destacar es que en los archivos de La Farnesina se encuentran también residuos de las entrevistas de Ciano con el embajador. Desgraciadamente están muy deteriorados, por el agua o por el fuego, pero han sido reconstituídos de manera impecable, aunque solo parcialmente. En todo caso, no encontré incongruencias.

Naturalmente quedé muy contento. Las cosas encajaban. El primer contrato, el más importante políticamente, había funcionado tal y como estaba previsto. Mussolini había hecho honor a su palabra de gánster internacional ante gánsteres nacionales: el 1º de julio se había comprometido a suministrar los primeros  bombarderos en el  mismo mes. Cumplió con el compromiso.

Lo que quedaba era, naturalmente, desmontar las estúpidas historias del embaucador nato que fue Luis Bolín y en las que todavía algunos creen. A ello me apliqué cuidadosamente. De cara a su relato de 1967, fuente inmarcesible de desinformación sobre la guerra civil y sus antecedentes, fui poniendo de relieve sus agujeros y sus mendacidades. No hay cosa más difícil de destruir que una mentira que contiene granos de verdad.  El embustero suele exagerarlos para desfigurar todo lo demás. Los lectores encontrarán mi análisis en las pp. 315-323. Fue una continuación de la “descontrucción” a que ya habíamos sometido su relato sobre el episodio del Dragon Rapide. Me remito a El primer asesinato de Franco.

Destruir la versión bolinesca era necesario pero no suficiente. Había que aclarar por qué Sainz Rodríguez tuvo que volver a Roma después de su viaje del 1º de julio. Este fue otro episodio que el insigne conspirador y memorialista había desfigurado. También me había engañado como a un chino cuando nos vimos en su piso de la Avenida de América y engañó a los lectores de sus, por lo demás, interesantes memorias. Siempre he dicho que Sainz Rodríguez fue el más inteligente de los conspiradores.

Menos mal que, ¡alabados sean los archivos de La Farnesina!, en ellos descubrí que la superconocida y supermalinterpretada misión de Goiecoechea, Sainz Rodríguez y Zunzunegui a Roma había sido precedida por un telegrama del embajador fascista en España, entonces refugiado en Hendaya. Uno de sus funcionarios lo había enviado desde Burdeos. No contó en él lo que Sainz Rodríguez le había dicho (un mínimo de prudencia era imprescindible, porque el telegrama iría cifrado y era muy posible que los franceses lo descifrasen), pero sí alertó a Ciano de que la visita era extremadamente importante.

Es difícil que Bolín pudiera enterarse de esta “presentación” adicional. Él se autoatribuyó los inmarcesibles méritos de que Ciano lo recibiera. Con su labia e ingenio, afirmó que logró convencerle tras una, sin duda, apasionada argumentación de supuesto hombre de bien. Por lo demás, silenció silenció como un truhán de opereta que la misión monárquica se encontraba igualmente en Roma y no reconoció el menor papel al marqués de Viana, emisario especial de Alfonso XIII. Podríamos transformar el dicho español de que cree el ladrón… en su aplicación al caso en cuestión en la más apropiada de que  “cree el trolero que todos son de su cuerdecilla”.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (V)

11 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de la aparición del libro de Coverdale, que adquirí inmediatamente en su primera edición en inglés, estuve dos años ocupado en diversos menesteres, para mí algo más importantes en aquella época. En primer lugar en ganar unas reñidas oposiciones a cátedra a la Universidad de Valencia, sobre las cuales diré algo en un libro en preparación.  En segundo lugar en continuar una nueva investigación (que iba dominar mi futuro) en torno al “oro de Moscú”. Con todo, no me olvidé del caso italiano. En cuanto me convertí en flamante catedrático fui a ver a Don Pedro Sainz Rodríguez. Debió de ser en 1976.  Me contó diversas anécdotas. Vivía en un enorme piso de la Avenida de América. Fue muy amable, aunque distante. No era la primera vez que servidor hablaba con un gran protagonista del golpe o de los principios de la guerra, pero sí fue el primero con quien me entrevisté ya asentados ambos en España. No extrañará que no lo haya olvidado.

De aquel ecuentro, del libro de Coverdale y de algunos papeles que encontré en el SHM me hice eco en una reedición muy actualizada y recortada en varios aspectos de mi trabajo sobre la Alemania nazi y el 18 de julio. La publiqué en 1977. Entre los documentos del SHM había un relato sobre la adquisición de los primeros aviones italianos que llegaron a Marruecos el 30 de julio de 1936. Lo que me contó Sainz Rodríguez (quien después lo reproduje en sus memorias) coincidía con dicho documento. Lo di, más o menos, por bueno. Cuando tales memorias aparecieron en 1978 me apresuré a escribir una encendida reseña a petición de César Alonso de los Ríos, entonces al frente de un nuevo semanario (La Calle), próximo del ya legalizado PCE. Salió en el número 4 a finales de abril. Sainz Rodríguez había revelado que poco antes del “Alzamiento” había conseguido que Calvo Sotelo, Goicoechea y Rodezno firmaran un pacto con Italia en los escaños del palacio de las Cortes. A mí me pareció que eso distinguía claramente el caso fascista del nazi. No me sorprendió porque ya me lo había dicho cuando lo visité y servidor, con toda honestidad, lo había recogido en la segunda edición de mi libro  (p. 305). Este apareció en el mismo año en el que lo hizo la traducción italiana del trabajo de Coverdale (I fascisti italiani alla guerra di Spagna, Laterza, Roma-Bari, 1977). De alguna manera, en lo que a los orígenes de la intervención italiana se refería, me adelanté un pelín a Coverdale.

Su libro tuvo, desde luego, una gran repercusión en Italia. Lógico. Era la primera obra académica, escrita por un no italiano, que abordaba la intervención de la dictadura fascista en un conflicto abierto europeo. Sentó cátedra. Reforzó su posición cuando a él acudió el exitoso biógrafo de Mussolini, el profesor Renzo di Felice, en una de sus obras, aparecida en 1986, y en la que incluyó el testimonio del general Emilio Faldella, una de las grandes figuras en la intervención italiana en la guerra civil. Por cierto, me apresuro a señalar que no podría decirse que desconozco la obra de de Felice (Mussolini il Duce. Lo Stato totalitario), ya que se la regalé a la biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM (amén de 3 o 4.000 volúmenes más) y tuve que pedir que me la reenviaran para revisarla a la luz de la investigación que ya había iniciado sobre el caso italiano. Lo he citado en repetidas ocasiones en ¿Quién quiso la guerra civil?.

Me había, eso sí, desentendido del caso en los años ochenta. Llevaba tiempo dedicado a poner en claro algunos de los mecanismos que se habían interpretado a la mayor gloria de Franco (los pactos secretos con Estados Unidos, nunca dados a conocer previamente ni en España ni en USA ni en ningún otro sitio, -en un reciente artículo en ABC ni se mencionan (¿por qué será?-  o los orígenes del crecimiento económico en los años sesenta, por señalar los más importantes). Cuando pasé a “disfrutar” de la condición de modesto testigo del proceso de policy-making en aquella época en el Ministerio de Asuntos Exteriores, un joven historiador español (y amigo mío), Ismael Saz Campos, publicó un libro en 1986 cuyo tema era el estudio de la política fascista antes del 18 de julio (Mussolini contra la II República). Demostró, entre otras muchas aportaciones, que no podía darse por bueno el relato que yo había encontrado en el SHM y Sainz Rodríguez reproducido. No reaccioné. Me ocupaba de otras cosas y tenía por delante de mí veinte años en Bruselas y Nueva York, aunque entonces no lo sabía.

Como muchos historiadores “beben” lógicamente de las aportaciones previas de otros (si no están de acuerdo suelen decirlo, aunque no siempre), en Italia las tesis de Coverdale/De Felice se impusieron en el grueso de la literatura. En España este fue también el caso de las de Saz. Cuando, andando el tiempo, en 2004 se publicó un nuevo libro sobre las relaciones hispano-italianas de Morten Heiberg (Emperadores del Mediterráneo. Franco, Mussolini y la guerra civil española) empecé a mosquearme. Era crítico de ambos y, en particular, de de Felice. A mi me dio la impresión de que Heiberg era un historiador concienzudo y fiable. Para entonces ya empezaba a volver a mis viejas preocupaciones sobre la guerra civil.

En aquellos momentos me movía, inquieto, entre tres o cuatro países (aunque no Italia) para descifrar lo que denominaría, gracias a Gonzalo Pontón y Carmen Esteban, La soledad de la República en la que no entré demasiado en los antecedentes.  

Lo que me preocupaba era avanzar en el conocimiento de los motivos y mecanismos por los cuales los republicanos españoles se habían quedado solos frente a la acometida nazi-fascista, casi como Gary Cooper en la película del Oeste que tan famoso lo hizo.  Tenía la suficiente experiencia para pensar que la respuesta se encontraría en un nuevo repaso a los archivos. Para entonces se habían abierto de par en par los británicos, los norteamericanos, los franceses y los rusos. Mi tratamiento del tema italiano no superó lo que se había escrito en relación con los antecedentes. Siempre me fío de los historiadores académicos de pro. Subrayo lo “de pro”, porque algunos (entre ellos el profesor Stanley G. Payne) no lo son. Con todo, dado que entonces en los archivos británicos ya se habían desclasificado las interceptaciones de muchos de los mensajes entre los italianos durante la guerra y entre Roma y Franco llegué a pensar que había muchos puntos oscuros en los relatos habituales.

En estos someros recuerdos, que no son completos sino que se refieren exclusivamente a una más que superficial  evolución del tratamiento en la literatura del acto de piratería o gansterismo internacional de Mussolini al que terminaré llegando, los lectores observarán que no he mencionado ninguna de las obras de un escritor y dentista prolífico (sin que esto implique el menor desdoro ante tales profesionales a quienes todos acudimos antes y temprano) porque, francamente, no me fiaba de él, como tampoco suelo fiarme de propagandistas y mucho menos de aficionados. Reconozco que al escribir esto me expongo a las críticas posibles de muchos lectores, pero es así. Por lo demás, no tengo empacho en reiterar que servidor tampoco escribe historia definitiva.  

Tal dentista publicó una serie de obras sobre intervenciones extranjeras en la guerra civil. Firmaba como José Luis Alcofar Nassaes y dedicó varios tomos a los legionarios fascistas, a la aviación fascista, a las fuerzas navales fascistas…. y fue extendiendo sucesivamente su repertorio. No soy injusto al no citar a Javier Tusell, ya que tampoco innovó en el tema específico de los antecedentes de la intervención italiana.

Lo que sí me obligó, más tarde que más temprano, a volver a dicho aspecto fue el descubrimiento que hice en 2012 de los contratos del 1º de julio de 1936 . Los firmó Sainz Rodríguez en Roma con el director de la Società Idrovolante Alta Italia. No tuve la menor duda de que eran genuinos y, como por el hilo se saca el ovillo, pensé que debería ocuparme personalmente del caso italiano.

Por fortuna, me vi obligado a demorarme. No se me ocurrió entonces pensar en lo que podría haber detrás de aquellos contratos (que algunos no tardaron en poner en duda, sin evidentemente aducir un pelín o migajilla de EPRE). Lo que me encandilaba  era descubrir el lado oscuro de nuestro führer de andar por casa. Fui haciéndolo en varias obras: La conspiración del general Franco; La otra cara del Caudillo; Sobornos y, sobre todo, El primer asesinato de Franco (con mi primo Cecilio Yusta y mi amigo Miguel Ull, ya fallecidos a causa de la pandemia).

Todos estos trabajos fueron reforzando para mí el carácter de proyección que tenía en algunos grandes temas la historiografía pro-franquista. Incluso fueron providenciales porque me permitieron ganar una serie de insights en la naturaleza de la conspiración de 1936 y en la peculiar mentalidad de Franco. Sin ello  hubiese cojeado a la hora de abordar lo que, sin duda, ha sido uno de los secretos mejor guardados de la dictadura: la promesa contractualizada de Mussolini de ayudar al futuro golpe contra la República española en un acto propio de gánsteres en el plano internacional. Aunque casos relativamente similares se habían producido habían ocurrido fuera de nuestros lares. El 1º de julio se encontraron en Roma un distinguido diputado monárquico español con los gánsteres italianos en uniforme fascista.  

(Continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (IV)

4 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los lectores de este blog ya se habrán acostumbrado a una de mis afirmaciones: la historiografía franquista estuvo (está) basada en la aplicación sistemática del principio de  proyección. Es decir, un mecanismo por el cual se achacan al adversario (enemigo, en la terminología de Carl Schmitt) rasgos del propio comportamiento. Es una percepción que no he visto en la abundante bibliografía sobre la guerra civil, sus antecedentes y sus consecuencias. Sin embargo, cuanto más profundizo en el conocimiento del período, más me doy cuenta de que respondió a tal realidad en casos de importancia para la mitografía franquista. El más sobresaliente se refiere a los orígenes de la guerra.

Cuando se echa un vistazo al Dictamen sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936 que redactó una comisión de notables (varios de entre ellos conspiradores contra la República antes de la guerra) se observa un dato esencial. Muchos de los principios que  inspiraron dicho engendro estuvieron presentes en la propaganda de quienes iban a hacer causa común con las sublevados (y en la de las derechas en general) para generar la sensación de “estado de necesidad”. Era una característica imprescindible para justificar la intervención “salvadora” del Ejército y de los hombres de bien.

Aquella comisión acusó directamente a la URSS de haber promovido la “ejecución de un plan revolucionario español y su funcionamiento, mediante la inversión de sumas fabulosas”. No aportó documentación propia sino que se basó en un informe presentado, estallada la guerra, por el Gobierno portugués ante el Comité de No Intervención. Recordemos que este fue un artilugio franco-británico designado con el fin de sustraer a la Sociedad de Naciones la competencia efectiva para pronunciarse sobre la agresión fascista y nazi. Se trataba de dotar de un contenido político, que no jurídico, a la politíca de no intervención decidida por los gobiernos de París y Londres.

Los resultados de la febril imaginación de los funcionarios de la dictadura salazarista (posiblemente estimulada por los sublevados a través de sus agentes en Lisboa, entre quienes figuraba Don José María Gil Robles) los he reproducido en EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. En el abanico figuraba el supuesto envío de armamento soviético previo al 18 de julio a Cádiz, Sevilla, Badajoz, Córdoba, Cáceres y Jaca. Constituyó el punto 4 (p. 68) de la reproducción hecha por el Dictamen.   

Siempre me he preguntado cómo se arreglarían los malvados comunistas para suministrar armamento hasta Jaca tras desembarcarlo en Algeciras el buque soviético Jerek (sic). No he encontrado ningún papel y no conozco si los eminentes miembros de la comisión montada por un Serrano Suñer siempre ocurrente indagaron en ello. Lo señalo a la atención de cualquier novelista que quiera escribir alguna obra de ficción sobre el episodio. En el bien entendido que el no menos inmarcesible Bolín (a quien todavía se remiten distinguidos historiadores) repitió la patraña en 1967 y, a la atención de sus lectores de lengua inglesa,  recalcó que armamentos más formidables que pistolas, máuseres, escopetas, etc. habían sido trasladados por barcos soviéticos a Sevilla y Algeciras (p. 151 de la versión inglesa de su camelo, Spain: the vital years). Obsérvese que redujo el abanico de puertos.

Todavía en 1973 (sí, 1973) todo un teniente general del Ejército, diplomado de EM, doctor en Ciencias Políticas y Sociología y licenciado en Derecho, se hizo eco de tal desvarío en un panfleto declarado de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército, según OC de 2 de noviembre de 1973 (DO nº 249) y de utilidad para la Marina por Orden 518/73, de 25 de julio del mismo año. ¡Alabado sea el alto mando!

El nombre de tan imperecedero mílite era Don Manuel Chamorro Martínez. Remito a su inmortal, pero poco conocida, obra (que probablemente vendió a espuertas a militares ingenuos o amedrentados). El título hacía pensar en otro ejercicio de proyección: 1808-1936. Dos situaciones históricas concordantes. No lo publicó en una editorial (quizá para no tener que contentarse con el cobro de un porcentaje, mayor o menos, en concepto de derechos, sino embolsarse una mayor parte del precio de tapa). Apareció en diciembre de 1973 en Madrid y es la única obra suya que tengo en mi biblioteca. La referencia al inolvidable Jerek figura en la p. 316. Hubo hasta cinco ediciones (la última, publicada por Doncel en 1975, que no poseo pero que se dijo ampliada). La cuarta se encuentra en Amazon al módico precio de 5 euros. Animo a su adquisición.

La idea de que el Kremlin ordenase el envío de armamento a los futuros “sublevados”, es decir, a los comunistas que hicieron causa común con el Gobierno republicano, no dejó de estar presente en la literatura más oficial posible que se produjo durante la dictadura.  Claro que el Estado Mayor Central del Ejército, a través de su Servicio Histórico Militar, fue algo más prudente que el ilustre teniente general y príncipe de la milicia. En su Sintesis Histórica de la Guerra de Liberación, aparecida en 1968, adoptó otra maniobra. Como corresponde a militares avezados en evitar enfrentamientos frontales la referencia a la aportación soviética aparece en forma de movimientos laterales y solo a partir de la p. 52. Lo hizo en una referencia a los comienzos de la batalla por Madrid pero, de manera solapada y en plan de operación comando, se indica que “ya desde el principio de la guerra actuaba (…) una copiosa aviación, dotada de modernos aparatos llegados del extranjero…” Y los grandes historiadores al servicio del régimen despacharon el tema (p. 66) diciendo simplemente que la “ayuda extranjera recibida por los nacionales no alcanzó el volumen de la que obtuvieron sus adversarios, y no fue pagada, como lo hicieron estos, con una total sumisión a las consignas de fuera”. ¡¡¡¡Bravo!!!

Mera divagación obviamente, pero quién más y “mejor” abundó en el tema fue el teniente general Chamorro. A tenor de este autor (perteneciente al grupo de los “azules” y más ultramontanos de las FAS, según Roberto Muñoz Bolaños, durante la posterior transición hacia pagos alejados del franquismo), “el Alzamiento Nacional se preparó y ejecutó por el Ejército español sin ninguna ayuda personal ni material del exterior, actuando exclusivamente las guarniciones sublevadas -reforzadas en algunos casos por voluntarios civiles, españoles todos ellos– y sin utilizar más aramento y material que el reglamentario en nuestro Ejército, extraído de los almacenes de los Cuerpos y Parques” (p. 326). ¡Bravísimo! Que yo sepa nadie, ni los historiadores prorrepublicanos más enardecidos, ha imaginado que lo hubiesen adquirido previamente en el extranjero.

Las anteriores itálicas son del original. Pero yo pongo en negritas una afirmación descendida de las alturas del olimpo franquista: “al enterarse los dirigentes del bando nacional de las gestiones y peticiones del Gobierno frentepopulista español en París, y del decidido apoyo que tanto el Gobierno de la nación vecina como las organizaciones revolucionarias internacionales habían comenzado ya a prestar a su enemigos, determinaron acogerse -para contrarrestar tal acción- al ofrecimiento hecho en Roma, el 31 de marzo de 1934, por el entonces jefe del Gobierno italiano…. “ (las itálicas son también de servidor). Aquí salta el gato del saco en que estaba encerrado. Había que evitar por todos los medios posibles e imposibles que las tiernas mentes de los lectores españoles pudieran verse contaminadas por el veneno que solían verter los enemigos de España.

En nota a pie de página tan ilustre mílite e historiador se preocupó de ocupar el terreno ante un posible contraataque del adversario: “De este ofrecimiento de Mussolini a dos partidos españoles [Renovación Española y Comunión Tradicionalista] que no se adhirieron al Alzamiento Nacional hasta mediados de julio de 1936, nada supieron los organizadores del mismo antes de su iniciación, y no ejerció, por tanto, ninguna influencia en sus planes. Solo en vista del resultado indeciso del Alzamiento, y ante el manifiesto apoyo extranjero a los rojos, fue recordada dicha oferta -mal llamada por algunos “Pacto de Roma”- y se comenzaron las gestiones para hacerla efectiva”.  Las itálicas son del original.

Nada de lo que antecede en la narrativa declarada de utilidad para las FAS en las postrimerías de la dictadura respondía en lo más mínimo a la realidad. Si la traigo a colación aquí es para mostrar los dos extremos del arco de proyección incrustado en el corazón de la mitografía franquista más carpetovetónica.

Por un lado: la sublevación como asunto puramente militar para hacer frente a una revolución inminente inducida por el comunismo destructor o, en el mejor de los casos, por los “rojos”.  Por otro: la disminución de las ayudas extranjeras y, en todo caso, una guerra  presentada como asunto específicamente hispano. La España eterna contra la Anti-España. Y, sobre todo, la mera reacción de los “buenos” ante la previa injerencia extranjera a favor de los “malos”.

Se trató de un condimento muy potente que daría todo su sabor a la sopa boba que se distribuyó durante cuarenta años por todos los medios y por todas las formas. Con, en el caso italiano, los cuentos, bulos y “trumpismos” de Bolín para echar humo, en 1967, ante el avance de la historiografía extranjera y, en particular, de Hugh Thomas y de Herbert R. Southworth. En una España en que imperaba la censura continuó el lavado de cerebros. Dependió de dos factores: la censura y el cierre a rajatabla de los archivos.

El primero maniató a los historiadores. El segundo les obligó a depender de fuentes extranjeras, pero sin poder publicarlas en España, salvo en los casos de Fernando Schwartz y un servidor. En lo que a mi se refiere no me quedó más remedio que remachar la realidad documentable: no hubo acuerdos previos con los nazis. Fue así. No iba a inventarme lo contrario. En el mismo año que apareció mi libro lo hizo también el de otro historiador militar, el entonces teniente coronel Jesús Salas Larrazábal. Se tituló Intervención extranjera en la guerra de España. No se paseó por archivos foráneos. Hubiese sido algo más que sorprendente. Se limitó -en un avance considerable- a basarse en los documentos diplomáticos franceses publicados y en la versión francesa (y recortada) de los alemanes (conocidos desde 1949 en inglés), pero en la España de Franco no fácilmente accesibles al común de los mortales. Naturalmente se atuvo a la inefable versión de Bolín de pocos años antes que había sido prologada, nada menos, por el señor ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella. Toda la complejidad internacional del período que antecedió a la sublevación militar española Salas la despachó en las tres primeras páginas. Comme il faut!

Al año siguiente, 1975, apareció en la University of Princeton Press la investigación de John F. Coverdale,  Italian Intervention in the Spanish Civil War. Estaba basada en un intenso análisis de los archivos italianos abiertos en la época. Fue, sin duda, la primera obra académica sobre el tema. Coverdale, que ya trabajaba de profesor en Princeton, dedicó los tres primeros capítulos a los antecedentes. El libro, emanado de su tesis de doctorado, expandió una tesina de licenciatura que había realizado en la Universidad de Navarra bajo la dirección de Vicente Cacho Viu y que continuóampliando en Wisconsin bajo la batuta de Stanley G. Payne. En Madrid consultó fondos del Servicio Histórico Militar. Para su época fue una obra rompedora. De señalar es que su reconstrucción de los antecedentes está hoy superada, pero el mensaje final quedó claro. Con toda buena fé, y en función de las fuentes consultadas, Coverdale remarcó que después del acuerdo de 1934, la Italia de Mussolini perdió interés por España. Tout est bien qui finit bien

Conviene tener esto en cuenta para comprender las alusiones a la República que el Sr. Abascal inmortalizó, para el futuro, en su intervención ante el Congreso de los Diputados el 14 de abril del corriente año. Es de esperar que no se borren del texto que aparezca en el Diario de Sesiones.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (III)

13 abril, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Si la gente nacida después de la guerra no ha podido “pasearse” por los vericuetos de la República y las trincheras o retaguardia en la contienda, ¿de dónde pueden venir sus “representaciones”? Existe todo un amplio abanico de fuentes para extraer información, buena, regular o mala. En no particular orden destacaría, al menos en mi generación, en primer lugar y por activa o por pasiva, la familia; los amigos; los medios de comunicación; los libros y, en último término, el sistema educativo…. Y, con esas” representaciones”, se lanzan a vivir y ahora, en las redes sociales, a intervenir como autodenominados expertos. Los más audaces, que no han puesto en su vida los pies en un archivo ni lidiado con documentos de forma crítica, saltan a los medios y creen que las suyas son las únicas posibles.

Los historiadores, naturalmente, somos más exigentes. Los aprendices tuvimos, en una primera tacada, las obras (memorias, libros, novelas) proclives a los vencedores o contrarias a los vencidos, sobre todo a los comunistas, enemigos existenciales del régimen. El mito de la cruzada de Franco de Southworth data de principios de los años sesenta y ya no la actualizó, pero en lo que quedaba de dictadura los avances se contaron con los dedos de la mano. El resultado, me atrevo a señalar hoy, es una historiografía maloliente.

Para los no demasiados convencidos quedaron las obras de autores extranjeros (Brenan, Southworth, Jackson, Broué/Témime, etc.), que no complacían demasiado a una censura de guerra que prácticamente subsistió hasta la muerte de Franco y que había que leer a escondidas. Hacia finales de los años sesenta, gracias al Ministerio de (Des)información y Turismo, empezó tímidamente una “revisión” amable en la que Ricardo de la Cierva ofició durante largo tiempo de sumo sacerdote, pavoneándose en alguna ocasión de haber escrito “la historia definitiva”. Todo ello creó un entorno en el que se desarrolló un canon franquista algo más sofisticado, pero no exento de otras “trampas saduceas”, menos visibles.

Como era lógico, el cambio empezó a soplar con fuerza durante la Transición, esa que se hizo a partir de 1975 -como suelo decir a mis amigos extranjeros cuando me preguntan por ella- “a la sombra vigilante de las bayonetas”. La cita no es de mi propia cosecha. Si no recuerdo mal, tomé el título de un editorial del venerable ABC (azote de la República reformista e izquierdista y hoy del supuesto Gobierno “social-comunista”). Era del año 1959. El contexto lo dio la necesidad de ensalzar  lo poco que había habido de mejora económica durante el período autárquico o, según se caracterizó más prudentemente cuando nuevas teorías foráneas llegaron a conocimiento de los economistas españoles de puertas adentro, de crecimiento impulsado por la sustitución de importaciones.

En la Transición y después, ya de manera imparable, la historiografía española conectó felizmente con la extranjera e importó de forma masiva libros, técnicas, enfoques, metodologías y, quizá lo más importante, formas de pensar. En conjunto,  rápidamente arrinconaron las obras redactadas por los periodistas, policías, militares y académicos condescendientes, o aprovechados, durante la larga etapa precedente. Manuel Tuñón de Lara, zaherido anteriormente desde las cotas del poder, conoció un merecido éxito.

Sin embargo, el canon creado durante la etapa de Franco, es decir, las representaciones dominantes sobre todo un período crucial de la historia de España, generaron un poso, formas de pensamiento e interpretaciones que todavía en la actualidad siguen teniendo feliz acogida en amplios sectores de la sociedad española. Esto  no constituye, de por sí, un desdoro particularmente carpetovetónico.

En una época remota leí bastante sobre la “desnazificación” en Alemania y acudí a los libros pioneros (generalmente escritos por extranjeros) que la presentaron. Muchos perfilaron cómo todavía en los años cincuenta, con el recuerdo vivo de lo que solía denominarse Zusammenbruch (catástrofe), y que no hace tanto tiempo pasó a caracterizarse oficialmente como Befreiung (liberación), existía una cierta renuencia a enfrentarse con un pasado infinitamente más negro que el español. En algún sitio leí, y se me ha quedado, que el canciller Adenauer, que había aguantado en el destierro interno los años de Hitler, al responder a un corresponsal norteamericano contestó algo así como “la República Federal se encuentra ante un dilema: puede promover la democratización o enfrentarse con el pasado. No puede hacer las dos cosas a la vez”.

A base de educación, educación y educación los alemanes fueron sacudiéndose el polvo del nacionalsocialismo (no del todo, como muestra la reaparición de ciertas tendencias en sectores de la sociedad e incluso de las FAS). En la historiografía, sin embargo, la querella de los historiadores de los años sesenta (Historikerstreit) ha sido superada. Aun cuando somos un gremio proclive a la greña (en realidad solemos discutir sobre representaciones) pocos son los que encuentran elementos redentores en el nacionalsocialismo. Es de esperar, y de desear, que con el paso del tiempo algo similar ocurra en España.

¿Qué hacer para acelerarlo? A los amables lectores no les sorprenderá mi receta: educación, educación, educación. Por mucho que VOX, el PP y sus antenas mediáticas clamen en contra de una supuesta interferencia del Estado a la hora de influir en las tiernas conciencias de las jóvenes generaciones, como ya ocurrió con la “educación para la ciudadanía”.

Las representaciones que se vehiculan por medio del sistema educativo no pueden dejar de lado los avances en historiografía y estos son, en parte, consecuencia del trabajo sobre fuentes primarias. Claro que  los archivos en España no son como en USA, Alemania, Francia, Bélgica, Reino Unido y otros países occidentales. Su apertura se ha hecho demasiado lentamente y fondos enteros están sustraídos a la libre consulta.

Se aducen con frecuencia problemas de catalogación. Se exageran su significación e importancia. LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA NO TIENE NADA QUE TEMER DE LO QUE PUEDA SABERSE MÁS ACERCA DE LA REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL O EL FRANQUISMO. Ninguno de estos períodos existe. Tampoco su evocación provoca síncopes. Si se abren de golpe los archivos todavía cerrados no pasaría nada, aunque algunos puristas pongan el grito en el cielo. Lo único importante que habría que hacer sería extremar las precauciones para evitar sustracciones de documentación.

En los años 1974-1975 fui en varias ocasiones a los archivos del SHM. No dudé en agradecer a los soldaditos con sólidas propinas su rapidez en traerme los legajos que necesitaba. En una ocasión, que se me ha quedado grabada a fuego en la memoria, uno de ellos me dio las gracias porque no era como algunos “jefes” que se llevaban papeles y luego no los devolvían. Me dio varios nombres. Uno, al menos, no se me ha olvidado. No extrañará que no le tenga demasiado afecto en varios de mis libros. Hoy, con cámaras de vigilancia y revisiones a la salida, como se hace en los Archivos Nacionales británicos, la tentación sería evitable.  

También me permito traer a colación aquí otra anécdota personal que considero representativa. Desde 1983 trabajé en el Ministerio de Asuntos Exteriores como asesor ejecutivo del ministro. Una de mis preocupaciones estribó en que se abriera de par en par el archivo del Departamento. El ministro, Fernando Morán, dio su visto bueno. Un sector de la burocracia trató de retrasarlo aduciendo criterios y dificultades pueriles. Servidor  se ocupaba de ciertos temas entonces acuciantes y no podía seguir el caso. Sin embargo, en una ocasión, el responsable de los retrasos me espetó claramente: “Pero tú qué quieres, Ángel, ¿qué la gente se entere de lo que han hecho nuestros compañeros?” Evidentemente articulaba una forma de aproximarse a la historia ya que dicho caballero pasaba por interesarse por el pasado español de principios del siglo XIX.  Por una serie de razones internas, el ministro lo sustituyó.

A quién llegó le conté el caso y tras algunas semanas el archivo se abrió en virtud de una Orden Ministerial publicada en el BOE. (Más adelante, Francisco Fernández Ordóñez la reiteró). De un golpe España se adelantó a muchos otros países europeos al adoptar el principio de cierre a 25 años, uno de los entonces más liberales, si no el más liberal, de la UE. Ello permitió numerosísimas investigaciones, se escribieron tesis, se publicaron  libros en España y en el extranjero. Las preguntas que hay que hacer son, entre otras, las siguientes: ¿quedó en entredicho el prestigio de la democracia española?, ¿se conmovieron los fundamentos de las relaciones internacionales de España?, ¿fueron afectados negativamente los intereses permanentes del Estado?.

La llegada del Gobierno de Don Mariano Rajoy condujo al cierre durante  algunos años hasta que la documentación se reenvió al AHN y al AGA tras los alaridos que había lanzado un gran número de la grey de historiadores. La atención se desplazó hacia los fondos de Defensa. Otro caso.  

El señor ministro del ramo, sin duda muy informado, proclamó que la desclasificación de papeles de su Departamento podría afectar a nuestros amigos de fuera. Lancé  públicamente la retórica pregunta de si, por un azar, pensaba en la Francia de Vichy, en el Tercer Reich, en la Italia de Mussolini, en unos Estados Unidos que llevaban años abriendo más o menos acelerados sus propios archivos. Misterio. Tampoco hay que olvidar a su sucesora, miembro eminente de la alta dirección del PP. Retomó parte de las proclamaciones de su antecesor y se quedó tan tranquila. Ninguno de los dos ha mirado hacia atrás. Excelentes políticos.

Poco a poco ha ido abriéndose el acceso a otras documentaciones. ¿Se desestabilizará la democracia española? El demostrar que Franco no tuvo inconveniente en hacer asesinar, antes del golpe de Estado, al general Balmes; que falsificó su papel en la conspiración; que llevó a cabo su sublevación con pretextos espurios; que se hizo millonario mientras duraba la guerra; que enajenó parte de la soberanía nacional a Estados Unidos por un plato de lentejas; que no tuvo más remedio que consentir en la apertura de la economía en 1959, etc. etc. ¿habrá puesto por los suelos el prestigio español en el mundo?.

¿Por qué, pues, hay miedo a la historia? Es una pregunta para la que no he encontrado una respuesta racional. Deben existir impulsos profundos, enraizados en el siquismo de nuestros gobernantes y de nuestras burocracias, para no sobreponerse a él. Ahora bien, ¿qué gana la democracia jugando al escondite?

Conviene tener en cuenta este y los dos posts anteriores a la hora de abordar uno de los secretos más y mejor guardados durante el franquismo.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (II)

6 abril, 2021 at 8:38 am

Ángel Viñas

Ya he indicado que cuando me enfrenté a la tarea de escribir mi tesis doctoral flotaba entre dos mundos. Lo que en la RFA se escribía sobre la intervención nazi en la guerra de España tenía poco que ver con lo que se publicaba en la RDA. El único camino a seguir era ir a los archivos. Cuando a ellos regresé a principios de este siglo, había aprendido muchas cosas. Un pensamiento de Pascal me acompañó: «  Vérité en deçà des Pyrénees, erreur au delà ».  No hay que entenderlo en sentido estrictamente geográfico, aunque muchos lo han hecho. Si los alemanes, los británicos, los franceses, los norteamericanos escribían y reescribían su historia acudiendo a evidencias primarias, ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros? Además, las viejas certidumbres que seguía prodigando una tras otra Ricardo de la Cierva (el hombre de la “historia definitiva”) chocaban con lo que ya afloraba en ciertos sectores de la historiografía extranjera. Nuevos enfoques, nuevas metodologías, nuevas áreas del pasado atraían la atención. Volver a los archivos fue, para mí, la cosa más natural del mundo.

En una ocasión, creo que hacia 2005, para leer algo ligero en el tren de regreso de París a Bruselas compré una novela de Michael Crichton, Timeline. A ella me he referido en las conclusiones de un libro colectivo, El primer asesinato de Franco. Es una novela de ciencia-ficción, traducida al castellano bajo el título de Rescate en el tiempo. De vez en cuando la releo en mi Kindle. En ella un grupo de arqueólogos que trabajan en una excavación en la Dordoña hacen un viaje hacia lo que era aquel lugar al principio de la guerra de los cien años. Se encuentran con que muchas de las tesis que mantuvieron durante la excavación no se correspondían a la realidad de aquel tiempo remoto. ¡Qué no daríamos los historiadores si pudiéramos sumergirnos en el pasado!

En aquel momento estaba inmerso en una recogida masiva de documentación en archivos  franceses, públicos y privados.  Había fotografiado masas de documentación en otros países. Con frecuencia incompleta. Comparar la EPRE que iba descubriendo con lo que se había escrito en la historiografía española y extranjera pronto me advirtió de las consecuencias de dos trampas.

La primera es, en puridad, del género idiota: el pasado no existe. Lo que existen son “representacionesE del mismo. Pero, ¿de qué dependen esas representaciones? De la cultura en sentido amplio y del tiempo en que escribe el historiador. Es obvio que nadie que escribe ahora sobre la República o la guerra civil se ha pasado por las amplias frondosidades del pasado y podido picar en ellas las flores que más bonitas le parecieron. Y aún así, es difícil que hubiese tenido acceso a todos los niveles de decisión e intelección que generaban documentación  y papeles hoy en  archivos. Olvidémonos, en passant, de lo que escribieron los periodistas del momento como fuente fundamental para la comprensión del pasado.

La segunda trampa es que “reconstruir” fielmente todo un lienzo del pasado (no el pasado entero que es de por sí inabarcable) es imposible: lo que se hace es un “acercamiento” al mismo manejando una especie de linterna intelectual para iluminar ciertos sectores o ciertas vetas con la esperanza de que sean más o menos importantes para no distorsionar el pedacito de pasado que se investiga.

A principios de este siglo la producción bibliográfica sobre la guerra ya era inmensa, pero pocos los autores que habían entrecruzado la documentación almacenada en una docena de archivos (y este número fue aumentando progresivamente) de varios países.  Me dí cuenta de que, en buena medida, la tarea del historiador empírico (aplicando la conocida máxima de Rosa Luxemburgo: zu sagen, was ist, bleibt die revolutionärste Tat, en castellano: “decir lo que es, sigue siendo la acción más revolucionaria”) consistía en separar el trigo de la paja pasando las afirmaciones de la historiografía por el cendal de la evidencia primaria relevante de época allí donde es posible.

Naturalmente hay dos consideraciones que no cabe dejar de lado: es raro que la EPRE que logre encontrar el historiador no adolezca de huecos y lagunas. Por consiguiente, la “representación” en ella basada siempre tendrá sombras; en segundo término, el historiador no debe inventar nada. Lo que le interesa es alumbrar el proceso por el cual ciertos hechos, y no otros de entre diversas posibilidades, fueron los que habían llegado a existir. En mi último libro, lo he ejemplificado de gracias a los versos de un bello poema, The Road not Taken, del gran poeta norteamericano Robert L. Frost. 

Siempre me pareció que para el período que amaneció con los años treinta del pasado siglo el desafío más importante estribaba en analizar las conexiones entre el régimen republicano, la guerra civil y el franquismo. Tarea repleta de “trampas saduceas”, porque los planteamientos que se encuentran en la historiografía (me refiero a la que tiene pretensiones de seriedad, no a las fantasías difundidas por una propaganda que recuerda con frecuencia a la que distribuyó a espuertas el maestro Goebbels) suelen situar en el mismo capítulo el antes de la contienda como el preludio inexcusable de la guerra civil misma. Que antecedió a esta en el tiempo es innegable, pero ¿qué causalidades existieron? Sobre la discusión entre historiadores (no entre aficionados) siempre se añadió el peso muerto de lo que he denominado el “canon franquista”:  una serie de afirmaciones cuasi dogmáticas que postulaban una estrecha causalidad entre los dos períodos y explicaban la guerra como el resultado inevitable del trecho anterior.  Tal canon sigue estando presente en la sociedad española de nuestros días, aunque menos en la historiografía profesional.

Tras escribir una pentalogía (el último tomo con Fernando Hernández Sánchez) y tres libros (uno de los cuales con mi primo hermano Cecilio Yusta y el Dr. Miguel Ull, fallecidos durante la pandemia) en los que puse bajo la lupa el comportamiento de Franco y su participación en la conspiración, mi perplejidad no había disminuído.  Aunque sin duda cometí errores (en realidad,  si empezara de nuevo con lo que sé hoy escribiría ciertos capítulos de forma y con pesos diferentes) las tesis fundamentales no las he visto refutadas con documentos nuevos que permitan rechazarlas. En el bien entendido de que no hay nadie en el planeta que escriba historia definitiva. Personalmente me ha cansado de clamar por la apertura completa de los archivos oficiales y el acceso a ciertos archivos personales.

Todo investigador sabe que encontrar EPRE no es una tarea sencilla. Depende de muchos factores: ante todo, y sobre todo, del azar. Por mucho que se hayan catalogado los archivos, el resultado no siempre es lo suficiententeme instructivo para todos los puntos de la paleta de interrogantes. Y los españoles, por desgracia, sufren de un mal congénito: carencia de recursos en materia de personal, organización y catalogación. No son dificultades insuperables aunque las conoazco de primera mano ya que, desde que por edad dejé la Universidad en 2012, no me he dedicado a otra cosa.

A lo largo de este periplo (sé muy bien que el de otros historiadores es más largo,  pero servidor ha tenido la suerte de haber seguido otra carrera  y atendido a las exigencias de otra profesión),  he ido identificando ciertos ámbitos cruciales.  En estos, la desinformación promovida por la dictadura, y alentada por ciertos medios periodísticos y en las redes sociales en la postdictadura, se ha empeñado en realizar frecuentes maniobras de distorsión. Incluso se han acentuado a lo largo de los últimos años, con desparpajo y desvergüenza crecientes.  Creo que uno de los ámbitos más significativos es el de los orígenes de la guerra civil y su inserción en las coordenadas internacionales de la época.  Porque de él se desprenden muchas de las representaciones del pasado que siguió.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (I)

23 marzo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Cuando era joven licenciado estaba muy de moda una obra de Thomas Kuhn titulada La estructura de las revoluciones científicas. Se convirtió en una referencia obligada y era imposible no mencionarla. Recuerdo que años después me la “trabajé” para ver si podía extraer algunas ideas a la hora de elaborar el preceptivo trabajo sobre concepto, método, fuentes y programa de las oposiciones a cátedra de Universidad, siempre con la vista puesta en las “trincas” que pudieran hacer los rivales en el equivalente académico de las sangrientas corridas de toros. De vez en cuando me he preguntado si aquella noción de Kuhn era aplicable a la Historia, en el supuesto de que esta sea no solo una narrativa sino también un intento de explicar con pretensiones científicas por qué suceden los fenómenos que marcan la evolución de las sociedades en el tiempo. En su momento, la aplicación de la metodología marxista indudablemente conmovió los cimientos de la disciplina. Dudo de si su contrapartida, el estructuralismo de Lévi-Strauss, llegó a lograrlo aunque intentos no faltaron.

En los últimos años me he dedicado a abordar el origen de la guerra civil sin “chupar rueda” de lo que ya habían escrito muchos otros. Al contrario, he querido abrir brecha y destruir mitos, porque con mitos no se construye la historia (lema de este blog). He dedicado a tal tarea tres libros desde perspectivas ligadas a la acción y actuación de quienes la buscaron. La sociedad española en su conjunto no la quería ni se la encontró por azar. Para ello me he servido de la documentación, española y extranjera, que alumbra la actuación de los hombres (no hay apenas mujeres en el relato) que plantearon un conflicto armado como respuesta a los problemas, más o menos desgarradores, que atenazaban a la sociedad española y/o amenazaban el estatu quo económico, social y cultural de las élites tal y como había cristalizado en el largo período de la Restauración.

La dinámica que condujo a la guerra civil forma parte integrante, en mayor o menor medida, de todo relato historiográfico a esta dedicado. El último que conozco, en inglés, del año pasado, la despacha en cuatro o cinco páginas. ¿Dice algo nuevo? No. ¿Es correcto? Limitadamente. Se basa en literatura que no ha abierto brecha.

Sin negar, en modo alguno, el peso de los factores estructurales, de modificación difícil y que en general lleva tiempo, siempre pensé que incluso en circunstancias de crisis son los seres humanos quienes hacen, bien o mal, su propia historia. No la hacen como la quieren y sí en condiciones dadas, con resultados que pueden variar de sus intenciones. Ocurre con suma frecuencia. La interacción de los factores estructurales, las coyunturas y el haz de comportamientos colectivos e individuales ha dado origen a grandes debates y controversias apasionadas. Algo consustancial con el ser humano, ser histórico por excelencia. Los mejillones, es un decir, no tienen historia ni tampoco la hacen.

Quizá por formación y experiencia he tendido a priorizar comportamientos, sin por ello caer en -espero- excesos conductistas. Al fin y al cabo me inicié como historiador con un estudio empírico sobre los antecedentes de la intervención nazi en la guerra civil. Lo hice en Alemania cuando estaba muy influído por la cultura y la historiografía de dicho país, dividido en dos Estados opuestos entre sí. Como de estudiante había estado en Berlín y me había paseado por la Alemania oriental y los países de su entorno, huelga decir que conocía lo que en aquella parte del mundo se había publicado en idiomas que dominaba (es decir, no tuve acceso a la literatura escrita en los idiomas locales). Con francés, inglés, alemán e italiano procuré apañarme.

No fue fácil lidiar con el peso de una literatura ya  abundante. Según ciertos autores funcionó el azar, la casualidad. Para otros fue el resultado casi inexorable del funcionamiento del capitalismo monopolista de Estado alemán. Unos acentuaron lo coyuntural. Otros se refugieron en argumentos económicos (que ha hecho revivir algún autor hace pocos años). Yo me apañé acudiendo a las fuentes primarias. Desde entonces no he sentido ninguna necesidad de cambiar de enfoque, aunque sí he ido adaptándolo a las circunstancias y temas concretos.

La guerra civil tuvo, es la evidencia misma, un componente exterior y se generó y desarrolló en circunstancias internacionales muy tensas. Hacia 1975 la literatura estaba muy consolidada y no creo que mis colegas me echen a los perros si afirmo que las aportaciones españolas a la misma eran absolutamente insignificantes, por no decir inexistentes.

Bajo la dictadura franquista la presencia española en la historia que se escribía en el exterior solo la defendieron los exiliados.  En España, cuando echo un vistazo hacia atrás, solo encuentro a un nombre que aportara resultados procedentes de la investigación en archivos foráneos. Un diplomático: Fernando Schwartz. Espero que los amables lectores no crean que me adorno con plumas que no me corresponden si afirmo que fui el segundo.

Tampoco extrañará que me haya mantenido al corriente de los avances que en la historiografía española y extranjera han tenido lugar en los últimos, digamos, cuarenta años en lo que se refiere a los orígenes de la intervención alemana. En general, he ido haciéndome eco de los mismos. Sin embargo, la tesis que presenté en 1974 en mi primer libro, La Alemania nazi y el 18 de julio, no ha variado sustancialmente. He mejorado el conocimiento de las tentativas de los conspiradores civiles y militares antirrepublicanos por alcanzar algún tipo de compromiso previo con el Tercer Reich para allegar armas o promesas previas de ayuda. No he conseguido encontrar nada definitivo. Ni la misión Sanjurjo/Beigbeder generó resultados tangibles, ni las conexiones establecidas probablemente con algunos elementos del partido nazi los suscitaron. Sé que mis afirmaciones las rechazan algunos. Sin EPRE y con tergiversaciones de la que no lo es.

Por el contrario, en este blog me he hecho eco en repetidas ocasiones de los conductos, todavía no conocidos, a los que se refirió el teniente coronel Barroso, agregado militar a la embajada en París, cuando fue a ver a un borroso y acaudalado norteamericano que vivía en la Île de la Cité, casado con una dama de proclividades ultraderechistas y carlistas, para que se desplazara  a Berlín a revivirlos. El interesado prefirió ir a ver las operaciones en la sierra madrileña. No explicó por qué de forma convincente.

El historiador es tributario de sus fuentes. Muchos se basan en la literatura ya conocida (aunque quizá poco circulada) y construyen sus aportaciones bien en forma de “estados de la cuestión”, siempre oportunos y necesarios, o acentúan sus propias valoraciones que pueden diferir de las tendencias consagradas. Son actividades respetables. Es frecuente que las generaciones que se suceden olviden parte, o mucho, de lo que las anteriores han aportado.

En general, no he seguido en esa línea. Trabajar sobre lo ya conocido no me interesa. El enfoque al que me atenido es el de acentuar la importancia fundamental de las fuentes primarias. He pasado meses y meses buscándolas en más de media docena de países. El énfasis en las mismas permite identificar nuevas vetas, aflorar nuevas percepciones. La actividad científica es, por definición, revisionista. Cada generación escribe una historia.

¿Por qué cuento esto? Por dos razones. La primera es que a lo largo de mi actividad investigadora pasé de los orígenes a la guerra civil y al franquismo. Abordé el “oro de Moscú” en varias etapas (me absorbieron mucho tiempo) y también hice alguna que otra incursión en la formación de la política económica exterior y la política de seguridad, interna y externa, de la dictadura. En 1974-75 ya empecé a brujulear por algunos archivos militares y civiles españoles y continué haciéndolo, más intensamente, en el período 1976-79. Todo ello me descubrió un mundo poco trabajado: el funcionamiento de ciertos rodajes esenciales en la inserción española en la economía y en la escena internacional. Después, avatares profesionales de diversa índole me mantuvieron alejado de los archivos. Hasta que volví a ellos hace unos veinte años con la sana intención de seguir abriendo brecha, fuera de los senderos trillados.

(continuará)

HISTORIA, NOVELA Y LA CONSPIRACIÓN DEL 36: el caso de Queipo de Llano

16 marzo, 2021 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

Retomando una de las ideas que expuse en el post anterior y, con todos mis respetos a los admirables y numerosos novelistas que se han acercado a la conspiración que llevó a la guerra civil o a los orígenes de ésta, me gustaría reiterar que una cosa es escribir una novela y otra un libro de historia. La primera, aun si se atiene grosso modo a los hechos históricos, no está forzada en virtud de ningún principio deontológico a aceptar lo que haya habido detrás de los mismos, es decir, al movimiento interno que los llevó a existir. Los hechos son conocidos. Es difícil negarlos. Hubo una conspiración. Tuvo éxito. Hubo una guerra con muchas batallas y sinnúmero de encontronazos. A partir de ahí, el entrelazamiento de los movimientos internos puede hacerse de muy diversas maneras. El libro de historia, sin embargo, no es libre de plasmar lo que plazca a su autor. Tiene que explicarlos de forma tal que no violente la EPRE, al menos la conocida.

Voy a ejemplificar estas afirmaciones echando mano de un caso que he expuesto en mi libro EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. Se refiere al general de división Gonzalo Queipo de Llano, a la sazón inspector general de Carabineros. Dejo de lado mucho de lo que tan connotado general había sido hasta entonces, enero de 1936, e iba a ser después: el carnicero de Sevilla y, en gran medida de Andalucía; virrey de la zona sur, sicópata empedernido y borracho de sangre. Sus restos mortales reposan desde hace tiempo en La Macarena bajo el signo de la Cruz. Algo absolutamente incomprensible y totalmente irracional.

 © Ministerio de Defensa de España

En el mes indicado hizo un viaje a París, contando con las bendiciones del presidente del Consejo y de los ministros que tenían que autorizarlo directamente. Fueron los titulares de Hacienda (el cuerpo de Carabineros dependía de este Ministerio) y de Estado. Fue acompañado de su ayudante. Quería preguntar en París, y así lo dijo al embajador de España, acerca de unas importaciones sospechosas de café procedentes de la Somalia francesa. ¿Quién iba a negar el permiso a un general tan republicano? Sin embargo, en cuanto llegó se me plantean  interrogantes. No puedo olvidar que en una vida previa me tocó trabajar en una ocasión como agregado comercial en la embajada de Bonn.  En la de París, por supuesto, una de las más importantes para España, había una bien dotada Oficina Comercial. Su jefe, Vicente Taberna, era un hombre eficiente, tan eficiente que tras pasarse a los sublevados unos meses después siguió una carrera fulgurante. Hoy su nombre solo es conocido de los hiperespecialistas.  

Las gestiones que llevó a cabo la misión llegada de Madrid no las efectuó Queipo de Llano. Sorprendente. Las delegó en su ayudante a quien acompañó Taberna, que conocía bien los rodajes de la administración francesa. Ambos se dirigieron raudos cual centellas a plantear la cuestión en el ministerio correspondiente. Lo hicieron ante quien correspondía en el escalafón burocrático. Fue el jefe de sección que se ocupaba de España en el Ministerio de Comercio e Industria. Un punto de referencia inexcusable. Naturalmente, fueron bien acogidos (no había razón alguna para lo contrario) y tan distinguido funcionario los remitió al adecuado que era el jefe del servicio correspondiente en el Ministerio de Colonias. Este caballero les dio, encantado, todo tipo de explicaciones.

¿Resultado? En la Somalia francesa no se producía café. Lo que se exportaba procedía de Abisinia. No creía que ninguna colonia francesa encaminara café a Somalia de su  propia producción, porque el consumo de café en Francia era considerable (así que exportarían directamente a la metrópolis). Añadió que los franceses no estaban interesados en que en el comercio bilateral hispano-francés se reservaran a Francia contingentes de café para las importaciones desde Somalia. Este fue el resumen que Taberna hizo al embajador (hombre de derechas y monárquico de corazón: en julio le faltó tiempo para pasarse a los sublevados).

A tan extraña misión le dediqué no cuatro líneas sino varias páginas porque lo que me intrigó es que, para aclarar un asunto tan trivial, hubiera debido desplazarse a París el mismísimo inspector general de Carabineros. Y luego ni se molestó en ir a ver a ninguna autoridad francesa. Lógicamente, me hizo sospechar teniendo en cuenta que en toda conspiración, por muy de andar por casa que sea, se conspira.

Las posibilidades de explicación que manejé fueron varias (aunque probablemente hubo otras). Por ejemplo, el general Queipo de Llano pudo querer ir a hacer una o varias visitas a algún burdel de lujo (entre los parisinos había varios muy reputados); o encontrarse con alguna amiguita suya (en las memorias de Hidalgo de Cisneros se cuenta que se había encaprichado de una monada durante su temporal destierro en París antes de la llegada de la República); o a hablar con alguien de lo que desde hacía algún tiempo se tramaba en España. Al final, me incliné marginalmente en favor de esta última posibilidad porque “encajaba” en la lógica de los contactos entre los conspiradores del interior y los apoyos del exterior. Recalqué, sin embargo,  que se trataba de una mera especulación. Si en algún momento se encuentra documentación al respecto será posible resolver la cuestión o, al menos, avanzar en su solución.

Me atreví a pensar que la pamema de pedir autorizaciones de alto nivel para hacer un viaje oficial a París bajo un pretexto espurio podría indicar que Queipo de Llano le atribuía  importancia. Una escapada galante no la hubiese necesitado a menos que fuese de varios días, o algunas semanas, de duración. Sabemos que Mola iba a visitar a March a Biarritz desde Pamplona y no se ha encontrado constancia de que solicitase autorización alguna para desplazarse a Francia.

¿Con quién podría encontrarse Queipo de Llano en París? En principio, con el exembajador de la Monarquía, José María Quiñones de León, a quien recordaría de los primeros meses de 1931. Años después se había convertido en la cabeza de la conspiración monárquica en Francia. [De notar es, para aviso a novelistas, que el expediente personal de tan distinguido diplomático ha sido depurado concienzudamente]  O, quizá, incluso porque Queipo quisiera entrevistarse con el propio exrey, el destronado Alfonso XIII, que estaba lampando por recuperar el trono con la ayuda de sus fieles incrustados en la conspiración. O tal vez  el taimado general se desplazó de la ville lumière a otro lugar en busca de una mayor discreción. No lo sabemos y tampoco he encontrado ninguna prueba de nada. Por consiguiente, no seguí indagando.

Un novelista, en su caso, probablemente hubiese seguido la trama desenredando el ovillo como mejor hubiera pensado que iba a tener efecto en el ánimo de sus lectores. Y habría tenido toda la razón del mundo.

Si servidor hubiese querido escribir una (sin duda mala o malísima) novela hubiera podido dejar rienda suelta a mi imaginación. Inventarme episodios más o menos verosímiles en los que Queipo de Llano habría podido aparecer con el encargo del exrey de sublevarse contra las izquierdas, si llegaban al poder, y de extinguir a sangre y fuego a todos los comunistas, socialistas, anarcosindicalistas, librepensadores, republicanos y demás gente de mal vivir. ¿Por qué? Porque todos ellos habían complotado llevar a cabo, por las buenas o por las malas, la reforma agraria que en el primer bienio se había aprobado. Una urgencia, ya que el horrible Frente Popular había anunciado o iba a anunciar que la continuaría, tras el parón sufrido (gracias a Dios) durante los gobiernos de derechas.

Y a partir de aquí habría podido inventarme varios planes sobre cómo hacerlo. Por ejemplo, anticipando los comportamientos de que hizo gala el general Queipo de Llano tras la sublevación, y jugando más o menos hábilmente, con su viaje y contactos en París también hubiera podido añadir  a estos los derivados de experiencias devastadoras o traumáticas para su hombría en alguna maison close. O, en plan más serio, hubiera podido afirmar  que  Alfonso XIII le habría prometido el oro y el morol Contando con la futura restauración monárquica, esto habría inflamado el corazón del corajudo general.

Ninguna de tales “posibilidades” hubiese tenido que ver con el relato que suele hacer un historiador, aunque la eventual novela podría anunciarse como contenedora de las claves para comprender y explicar el papel de Queipo de Llano de sumo sacerdote de la orgía de sangre y fuego que se abatió sobre la Andalucía occidental y parte de Extremadura a partir de la segunda mitad de julio de 1936. Y, a lo mejor, con visos de verosimilitud, porque hay que tener muchas agallas como “historiador” para exculpar al “libertador” del Sur y a sus hombres de mano. No debemos olvidar a quienes lo han intentado. Sin demasiado éxito. Pero, como los amables lectores comprenderán, tales y otras especulaciones no tienen que ver con la historia,

Cito el caso del viaje “oficial” de Queipo de Llano a París como uno de los muchos temas que pueden servir de patrón para escribir otras novelas sobre la conspiración, que no careció de momentos y personajes curiosos. Pero, para el historiador, en la medida en que tales aspectos no puedan documentarse, han de quedar como figmentos de la imaginación de los autores, con independencia de su mayor o peor calidad literaria. En realidad, se trata de dos oficios diferentes y cuyos estándares de enjuiciamiento han de ser diferentes ambién.

Y ahora tengo que entonar un “mea culpa, mea maxima culpa”.  Al releer el texto impreso he detectado casos de erratas, pleonasmos y hasta la milagrosa desaparición de varias palabras que cambian completamente de sentido una referencia a Casas Viejas. Ni que decir tiene que lo había revisado en ordenador varias veces. Pero se me pasaron. Se corregirán en otra tirada, si la hubiere. En el formato e-book ya se ha hecho. Mil perdones.