UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (XIII)

6 julio, 2021 at 8:30 am

OTRA REPRESENTACIÓN DE UN GENERAL DE DIVISIÓN, PERO

DESFIGURADA

Ángel Viñas

Con toda la razón el eminente general de División Don Rafael Dávila Álvarez ha rescatado de la oscuridad del pasado algunas cartas privadas que se cruzaron el general Luis Orgaz Yoldi y su señor abuelo. También ciertas notas que tomó  este último en torno al nombramiento del general Franco como Jefe del Estado naciente. La prensa, sin excepciones que servidor conozca, ha alabado tal descubrimiento como si no se hubiera sabido nada de lo ocurrido y la nueva aportación documental hubiese dejado todo meridianamente claro. ¿Hasta qué punto hay en tales cartas y notas aspectos que obliguen a una revisión sustancial de lo ya conocido? Es la pregunta del millón. ¿Cuán valiosa es una aportación historiográfica?

A riesgo de empezar a fatigar a los amables lectores, en este blog me siento obligado a hacer un comentario al respecto. El año pasado dediqué tres posts a la discusión correspondiente y en ellos pasé revista, con algunos datos adicionales, a las conocidas memorias del general Alfredo Kindelán, también monárquico de pro como lo fueron igualmente los generales Luis Orgaz y Fidel Dávila. Remito a los que se publicaron el 25 de febrero y el 3 de marzo. Pueden consultarse abriendo los enlaces correspondientes que figuran a la derecha de la página  (www.angelvinas.es).  

Desgraciada e incomprensiblemente el señor general Dávila Álvarez hace un recorrido imperfecto de las reuniones que se celebraron en Salamanca en aquel mes de septiembre de 1936. No se detiene en la primera, que tuvo lugar el día 21, y que fue sumamente importante. No por lo que dijese o hiciera su abuelo (sobre lo cual calla, quizá porque no se manifestara demasiado) sino por lo que tal reunión representó para Franco. El personaje central es, por supuesto, este último y no el abuelo. Como cualquier lector fácilmente coprenderá para abordar la cuestión conviene salir de los papeles que nuestro estimado autor ha conservado como oro en paño.

De entre tales papeles, y para ser justos y exactos, lo único que aporta es una carta de Orgaz a su compañero Dávila remitida desde Marruecos al día siguiente de la reunión. En ella Orgaz (que había estado conspirando con Franco desde el mes de abril, cuando lo trasladaron a Las Palmas de Gran Canaria, y gestionaba una común red de contactos en esta última isla en la que se preparaban el asesinato del general Balmes y la sublevación) se pronunció rotundamente a favor del mando único. Lo subrayó de cara a abordar el problema principal que tenían los sublevados que no era, ni más ni menos, que la toma de Madrid. Lo que el general Dávila Álvarez nos proporciona ahora respecto a las consecuencias de aquella reunión es la respuesta de su abuelo. En ella, sin desconocer las ventajas del mando único, recalcó que “la diversidad de objetivos” exigía “esfuerzos independientes y por ende aconsejan adecuadas autonomías” (pp. 183s). Lamentablemente el nieto, en su condición de historiador, no hace ningún comentario y nos quedamos sin saber qué idea le suscita, incluso como militar, tal intercambio epistolar. Yo prefiero silenciar lo que de ello pienso pero recuerdo que, como bien recogió Serrat en sus memorias, no destinadas a la publicación, eran muchos los que creían que, de caer Madrid, la guerra hubiese concluído rápidamente. La cuestión, que todo alevín de historiador se plantearía, es: ¿qué pensaba Franco?

Ignora nuestro estimado general, porque no parece haber leído la literatura que ha ido explorando bien que mal el tema en base a otras evidencias primarias, un aspecto fundamental: Franco ya se consideraba como futuro ganador de la partida. Algo nada desestimable porque cabe imaginar que sus razones tendría. El general, repito, no dice nada al respecto. Quizá no lo ha pensado. Servidor, que no es militar, se ha aventurado a hacerlo. Claro que para ello hay que buscar EPRE en el amplio mundo.

Franco lo había indicado, bien  la víspera o al día siguiente de la reunión, en Sevilla,  al cónsul general de Italia en Tánger. Este caballero, fascista de pro, se había desplazado para hablar con él siguiendo instrucciones muy explícitas del gobierno de Roma. Fueron, por lo demás, extremadamente interesantes y, en mi modesta opinión, históricamente muy relevantes.

La duda en cuanto a la fecha se debe a que los servicios de interceptación británicos calcularon que la entrevista tuvo lugar el día 20, habida cuenta de los movimientos del cazatorpederos que remontó el Guadalquivir y que habían rastreado. En la conversación misma con el cónsul general Franco se refirió a que sus “ministros” estaban de acuerdo con él. Esto podría sugerir que la reunión pudo haberse celebrado el 22. En cualquier caso, Queipo de Llano supo de ella o incluso estuvo presente (el texto en italiano no permite dilucidar con claridad la cuestión).

Como no se trata de ponerme plumas no me refiero a mis análisis, que al señor general evidentemente le importan un pepino, pero sí subrayaré la conveniencia de que tal vez no le habría venido mal echar un vistazo a los Documenti Diplomatici Italiani, octava serie, volumen V, documento nº 97. Está en la red y se puede descargar en cualquier ordenador.

En lo que no hay demasiadas dudas es que Franco consideraba que tenía todas las posibilidades de hacerse con el mando único y con la dirección política de lo que más tarde empezó a denominarse “Glorioso Movimiento Nacional” (GMN). La referencia a “sus” ministros no permite, en mi modesta opinión, una interpretación alternativa. ¿Dónde hay ministros? En un gobierno. ¿Quién tiene autoridad sobre ellos? Su presidente. Claro que no cabe eludir la posibilidad de que Franco fuera de farol (pero habría que documentarlo). El telegrama que recapituló la conversación lo envió el cónsul a Roma el 23 de septiembre.

Es decir ya antes o después de la primera reunión entre generales parece obvio que Franco salió superconvencido de que su “candidatura” triunfaría. En los dos supuestos que cabe considerar habló al cónsul como si ya fuera jefe del “gobierno” de los sublevados. Algo que no es nada desdeñable.

En las cuartillas del general Dávila Arrondo (escritas, por cierto, en una sintaxis penosa) y que ha publicado su nieto aparece subliminalmente el factor foráneo, al referirse a que la Junta de Defensa no estaba reconocida por ningún gobierno extranjero (aspecto que reflejaba nítidamente la realidad). Pero añadió: “por informaciones oficiosas que hasta nosotros habíanse deslizado, algunos de tales gobiernos deseaban desapareciese el cariz de pronunciamiento militar que significaba regir el país una junta de generales” (sic).

Si el general Fidel Dávila llegó a enterarse de que quienes “achuchaban” eran los italianos, no lo escribió (¿por pudor patriótico?). Lo cierto es que insistían y mucho. De aquí la misión del cónsul para con Franco. Me apresuro a señalar que no podía ser el gobierno nazi (ya que de ello no se ha encontrado, ¿todavía?, la menor indicación solvente). Sin embargo, en aquella época Mussolini y Ciano ya tenían un piano Spagna (otra cosa es que fuese narcisísticamente irrealista) y sus derivadas para la deseable era lo que tenía que comunicar al “pre-Duce”.

Años más tarde, según unas memorias desaparecidas en todo, o en esta parte, que escribió Queipo de Llano (al parecer sabía hacerlo sin rebuznar) el hermanito Nicolás y José Antonio Sangróniz (el diplomático que había entregado su pasaporte a Franco para que pudiera volar de Gran Canaria al Marruecos francés el 18 de julio) y que desde entonces le servía de factótum para cuestiones internacionales, se recogió que ambos caballeros empezaron a telefonear a los generales. Les hicieron saber que la ayuda de Alemania e Italia exigía como condición sine qua non el mando único. Así, pues, no tengo la impresión de que la resistencia que el verdugo de Sevilla pudiera oponer al correlato de la dirección política por parte de Franco fuese tremenda. Y no lo fue.

En qué medida el general Dávila Arrondo supo lo anterior no figura en las notas publicadas por su nieto, pero es improbable que no se diera cuenta de que cualquier oposición (él afirma que de Cabanellas y Queipo -¿jugando a dos barajas?- y otro general llamado Germán Gil Yuste) podría tener consecuencias desastrosas. De aquí se explica que pugnara por que se aceptara unir al mando militar el político. Como hicieron otros generales monárquicos, sin que servidor recuerde ahora muchas excepciones.

En definitiva, es muy de agradecer que el general Dávila Álvarez haya dado a conocer las notas de su abuelo (siempre serán EPRE) pero hay que analizarlas, como cualquier EPRE, y contextualizarlas. Por ello no hay que extraer la noción de que fue el general Dávila Arrondo quien arrumbó los obstáculos que se opusieron a la conjunción de la unidad de mando y la dirección política.

Que Franco no fue un mero espectador (algo que apareció en la película de Amenábar) podemos deducirlo de su comportamiento ante el cónsul general italiano. Todos los generales que pensaban que el GMN serviría para restaurar tarde o temprano la Monarquía sabían que no había alternativas. Mola no se opuso y ya se había puesto a las órdenes de Franco a finales de julio, como he demostrado en mi último libro y se enteraron de inmediato los republicanos. Nada hace pensar que aspirara al mando supremo. No lo había hecho durante la conspiración. Malamente podría querer encaramarse después. Incluso Sainz Rodríguez lo negó en sus memorias, aunque en ciertos temas hay que tomarlas con algún grano de sal.

El ilustre general Dávila Álvarez sugiere que la guerra comenzó realmente el 1º de octubre. Hay que someterse a una fuerte dosis de kif para aceptarlo. La contienda, tal y como estaba planteada en septiembre, tanto en sus aspectos internos como internacionales, ya la tenía perdida la República. Con un ejército en primerísima fase de formación,  cortada de los suministros que hubieran debido de haber emanado de los arsenales de las democracias (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y luego del resto de las europeas) y con el aparato del Estado descoyuntado en los territorios a los que se extendía su capacidad normativa (y escasamente la coactiva), con un mando único en el plano político o sin él entre los sublevados el futuro no se le presentaba nada halagüeño.

Personajes tan dispares como el presidente de la República, Manuel Azaña, o el nuevo agregado militar francés y jefe en España del Deuxième Bureau, el teniente coronel Henri Morel, así lo advirtieron. Ciertamente el primero lo consignó a la privacidad de sus apuntes tras intercambiar opiniones con algunos políticos republicanos y socialistas. Unos le dieron razón. Otros, no. Pero la impresión quedó escrita en su testimonio de aquellos días.

¿También lo desconoce el general Dávila Álvarez quien toma a Azaña por el pito del sereno? Por su parte Morel no dudó en absoluto de que, con la ayuda de las potencias fascistas, los sublevados se alzarían con la victoria.

Ninguno tuvo en cuenta el nuevo factor que cambiaría el panorama interno e internacional: la ayuda soviética. Es notable que el general Dávila Álvarez se limite a escribir cuatro banalidades (soy generoso) al respecto. La literatura existente es ya notable. Los primeros barcos con material soviético (aparte de un envío de fortuna en el buque-cisterna Campeche) empezaron a llegar a los puertos del Mediterráneo a mitad de octubre. Más o menos cuando también comenzó a hacer acto de presencia la que llegó a ser 11ª Brigada Internacional.

La prensa extranjera llevaba semanas haciéndose eco de la posibilidad de una intervención soviética. Los diplomáticos nazis y fascistas adelantaban su llegada en telegramas a veces delirantes (adjetivo utilizable hoy: en su momento hacían bien en enviar a Berlín y a Roma los rumores que oían). Es de imaginar que aunque la Junta de Defensa fuera un organismo embrionario extremadamente kaki también supiera de las noticias de prensa que pululaban por el exterior. Incluso Franco había dicho al cónsul general italiano que quería acelerar la ofensiva antes de que entrase en acción la ayuda soviética y también porque no quería alargar las hostilidades ya que sus tropas carecían de ropa de invierno. ¡Muy previsor!

En este contexto no sé si hay que felicitar efusivamente al general Dávila Álvarez por citar (p. 243) como fuente digna de todo crédito al Münchner Neueste Nachrichten del 12 de noviembre de 1936 (yo no lo he leído, de aquí mis parabienes, ya que supongo que habrá ido a la fuente y que no lo habrá copiado sin más de alguno de los libros que dice haber manejado o quizá tomado de la traducción de los recortes de prensa que llegaran a la Junta Técnica del Estado, de la que su abuelo acababa de ser nombrado presidente). El caso es importante porque demuestra la capacidad analítica, o de émulo de Herodóto/Tucídides, de nuestro distinguido autor, tal y como ha afirmado otro no menos distinguido comentarista.

Sin embargo, para cualquier historiador genuino habría generado algún tipo de comentario la noticia de tal periódico:  el 12 de noviembre combatían “al servicio del gobierno rojo de Madrid” la friolera de 9.000 rusos, con otros 4.000 belgas y franceses y 300 ingleses. O que en la aviación había 120 aviadores rusos (pregunta al señor general: puesto que cita a Howson, ¿sabe cuántos aviones soviéticos ya habían arribado a puertos españoles?).  

Claro que el general Dávila Álvarez no ha creído oportuno informar a sus lectores (un despiste lo tiene cualquiera, también servidor) de que tal periódico habia pasado en diciembre de 1935 a manos de la editorial del partido nazi, Franz Eher Nachf. GmbH, que naturalmente lo puso al servicio inmediato de la dictadura hitleriana. Así, pues, una fuente muy fidedigna, aunque solo para cumplimentar los designios del maestro Goebbels.

Por lo demás, caso de haber acudido a alguno de los numerosos libros que han estudiado la presencia soviética en España, nuestro distinguido general se habría, quizá, enterado de que los asesores militares no pasaron de 600 en ningún momento amén de los 1.300 que combatieron directamente, de un total de entre 2.000 y 2.150 de todos los niveles (los datos los tiene en Rybalkin, p. 96)

En realidad, tan poco preciso general tampoco ha leído la obra, que cita en la bibliografía, de Skoutelsky. De haberlo hecho se habría dado cuenta de que en Madrid (“rompeolas de todas las Españas”) en aquella fecha de noviembre solo estaba la 11ª BI (unos 2.100 hombres armados de fusiles Remington, sin bayonetas, sin granadas, sin fusiles ametralladores, sin cascos, sin máscaras de gas y sin víveres de reserva) y que acababa de formarse a toda velocidad la 12ª BI con 1.600 voluntarios.

Ya no me detendré en la exposición que el distinguido general, vestido de historiador, hace de la ayuda soviética y, en particular, de la operación de venta del oro a Francia y a la URSS (cap. 34, pp. 219-225). Es una amalgama de datos desfigurados, expuestos sin ton ni son, deshauciados y, si se me permite la comparación, no daría para el aprobado en un examen de grado en cualquiera de sus cuatro cursos de hoy en día.  Los lectores pueden enterarse leyendo algunas obras que hayan tratado del tema.  

Eso sí, el general Dávila Álvarez (sin duda políglota) tiene la brillante idea de referirse a la obra de Rybalkin en ruso (p. 219) aunque lo cita mal e ignora que fue publicada en recio castellano en 2007.

Desde el punto de vista de análisis del pasado y de deshacer entuertos mi valoración es, de nuevo, que la “representación” que de él propaga tan distinguido  general de División es algo más que objetable porque no refleja ni siquiera mínimamente las  ancladas en evidencias primarias de época ni las analizadas por otros autores, que sí las utilizan.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (XII)

29 junio, 2021 at 10:27 am

OTRA REPRESENTACIÓN, PERO DESFIGURADA

Ángel Viñas

Excepcionalmente, este post carece de introducción. Ha de verse como continuación del anterior que podría haber alcanzado unas dimensiones considerables. Sin embargo, no se trata de hacer aquí una valoración de la parte más sustantiva de la obra del señor general de División Don Rafael Dávila Álvarez referida a la campaña del Norte. Solo de señalar alguna de sus insuficiencias antes de ella. Dos son lamentables. 

En la tradición post-1937 Mola surge como “el verdadero y casi único impulsor del Alzamiento” (p. 72). Pero, ¿y Franco? ¿y Goded? ¿y los demás generales que participaron en la conspiración? ¿No ha leído nada al efecto? Lo más interesante de esta parte del libro es que el autor todavía no se ha enterado de cómo fue gestándose la del futuro Caudillo. Sorprende también que no se haya atrevido a basarse en los datos que ya figuraban en la primera “historia” de los antecedentes de la guerra del EMC del Ejército de Tierra que data de 1945. Él se limita al cubre-vergüenzas del SHM de 1968, mucho más discreto.  ¿Otras aportaciones? No.  Tampoco conecta los acuerdos con Mussolini el año anterior con la aparición de la UME. Al contrario, los banaliza hasta prácticamente negarles toda eficacia. No cabría afirmar que está al día en sus lecturas. 

Como supuesto alzatelón de la guerra no hay que perder de vista el capítulo 12: asesinato de Calvo Sotelo. En él no se dice absolutamente nada que no se haya escrito miles de veces, pero aporta una “fuente” reciente: un artículo delirante de un exalcalde de A Coruña (en ABC), con un documento absurdo, que califica de “importantísimo”. Hay que descubrirse, rendidos, ante tan ignorado historiador en un tema que  ha generado ríos de tinta y que, además, no fue el detonante de la sublevación.  

Obviamente no faltan en la obra las citas de un Largo Caballero con el cuchillo entre dientes. El general Dávila Álvarez sigue sin dar fuentes (a diferencia de lo que hace en alguna ocasión Andrés Trapiello aunque se las invente) y tampoco las contextualiza. Así que lo único que se me ocurre  pensar es que está plenamente al corriente en lo que se refiere a los refritos y distorsiones que vienen practicando en los últimos años los autores derechistas o parafranquistas más aguerridos. 

Lo realmente impactante de esta parte es la atención que dedica, salpicada de infundios, lecturas selectivas, contraverdades, errores y omisiones (en una mezcla propia de un alumno poco aventajado de segundo de grado) a los inicios de la intervención internacional. Es la retahila consabida de camelos que conviene mantener enhiestos en todo lo posible. También es un poco mi tema, así que me siento en la obligación de escribir, limpia y claramente, que no valen ni siquiera el papel en el que están escritos (página 113 y capítulo 22). 

Reconozco, con todo, UNA GRAN aportación. Yo no sabía (p. 122), y lo afirmo con toda humildad, que “con anterioridad al Alzamiento, Nicolás Franco Bahamonde (…) instaló una oficina comercial (sic) en Lisboa”. Según la costumbre el distinguido general tampoco da fuente, aunque aborda una cuestión de la máxima importancia. De aquí que reproduzca la cita en negritas. ¿Por qué lo haría Don Nicolás, oficial de Marina? ¿Con qué fines? ¿Con qué medios? ¿En qué contexto? Supongo que no fue para dedicarse a actividades de compra y venta de café brasileño como terminó haciendo su querido hermano al final de la guerra.

Entre las “perlas” que encuentro en esta parte no puedo resistirme al cosquilleo (o regocijo) que me produce leer a tan condecorado general afirmando, por ejemplo, con toda su autoridad que en Marsella el 24 de julio de 1936 “el vapor Ciudad de Cádiz fue cargado de armas y municiones para el gobierno de Madrid” (p. 129). Selecciono una sola barbaridad histórica de entre muchas otras simplemente porque es clásica. ¿La idea subyacente? Los malvados franceses (se sobreentiende que carcomidos hasta los tuétanos por su propio Frente Popular) suministraron inmediatamente armas al Gobierno de la República, que para él probablemente no era demasiado legítimo. Así, como “compensación”, nazis y fascistas (perdón, anticomunistas de pelo en pecho) lo hicieron a su vez con los futuros “nacionales” (los primeros envíos de tan solícitos camaradas no llegaron hasta después del 24: ergo, fueron la consecuencia de los anteriores).

El general Dávila Álvarez parece que hace, a veces, alguna que otra aportación sustantiva. Por ejemplo, en las pp. 141-145 reproduce un informe sobre elementos enviados a la Península en los casi tres años de guerra (las itálicas son mías). Figura al final del capítulo 23. Se titula NOTA DE LAS UNIDADES Y MATERIALES QUE HAN SIDO TRANSPORTADOS A ESPAÑA DURANTE LA CAMPAÑA. No quito ni pongo nada al título. Y, en efecto, se identifican las unidades de Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros con su impedimenta en equipamientos para la guerra, transmisiones, sanidad y vestuario. Se trata de una nota oficial “que la Junta de Defensa Nacional y que posteriormente el Ejército del Norte iba actualizando” (sic). Servidor entrecomilla lo que escribe el ilustre general sin detenerse en mucho análisis. Lo dice un documento y ya está. Cuestión zanjada.

¡Ay!. Se trata, sin embargo, de un documento no demasiado fiable.  Veamos por qué. La suma de hombres que en él figura asciende redondeando a 21.000. Se añaden 2.662 más para cubrir bajas. En total 23.662. En casi tres años. ¿Son muchos? ¿Son pocos?

El señor general no suele manejar mucho las relevantes monografías, extranjeras o españolas. Por eso desconoce que ya en 1989 (ha corrido mucha agua bajo los puentes del Manzanares) el historiador norteamericano Robert H. Whealey (incidentalmente, amigo mio)  publicó los resultados del “puente aéreo” que los nazis establecieron para trasladar a la Península a una parte sustancial del Ejército sublevado en Marruecos. Sus estimaciones ascendieron a unos 19.000 soldados. Que el general Dávila Álvarez (p. 134) se limite a decir que en 14 días Franco pudo, gracias a los “aviones de transporte puestos a su disposición por Alemania”, enviar tal número de soldados con todo el equipo, es una forma elegante de exagerar pour la bonne cause.  

Él prefiere concentrarse en el “convoy de la Victoria” que atravesó las turbulentas aguas del Estrecho con 2.500 hombres. Poca cosa, en verdad, en comparación con los que pasaron por el aire. Es decir, los nazi multiplicaron los del convoy por un factor de siete. Si el señor general hubiera ido a las fuentes que manejó Whealey se habría enterado de una cosa muy interesante: los nazis alternaron el transporte de los soldaditos con el de su impedimenta y municiones. No hubieran podido, a pesar de ser Übermenschen en acción, hacer mucho más. Me permitiré dar a conocimiento de los lectores algunos datos:

En los primeros veinte días los nazis transportaron 8 toneladas de equipamiento. En la semana del 17 al 23 de agosto 11 toneladas y media. En la siguiente, algo más de 35. Si pararon un pelín, fue por falta de combustible, pero en la primera semana de setiembre ya llevaron casi 37 toneladas; en la segunda alcanzaron un récord relativo de 46,8 y en la tercera  transportaron 39. En la cuarta y última el récord absoluto fue de 46,8. Servidor es un poco ingenuo, pero me parece que toda esta impedimenta trasladada por el aire, no en 14 días sino a lo largo de dos meses, tuvo que tener algún impacto en las operaciones de los generales Franco y Queipo de Llano. Cabe discutir acerca del grado de pericia y maestría con que  maniobraron. No tanto que las llevaron a cabo con un inmenso derramamiento de sangre frente a un ejército que andaba noqueado y contra grupos de campesinos que habían pasado de la azada y la guadaña al mosquetón (cuando lo tenían) sin solución de continuidad.

Si el señor general desea conocer algo más sobre los vuelos del puente aéreo hay buena información. Según los datos que me ha facilitado un amigo entre el 21 de julio y el 1º de octubre tuvo lugar un total de 1.359. De ellos 567 fueron españoles, 78 italianos y 714 alemanes. En los primeros se cuentan incluso los de personajes importantes (entre ellos Franco). ¿Y cómo se ha enterado mi amigo de esto? Muy sencillo: ha ido a los archivos en busca de EPRE. 

 ¿Y dónde se encuentran otros datos, los alemanes, también al alcance de cada hijo de vecino? En el Centro Documental sobre el Bombardeo de Gernika. Donde existe también documentación que en un próximo post me permitirá señalar como un todo señor general escribe,  según ha dicho algún pelota,  en plan de historiador superdotado, acerca de cómo ha abordado la destrucción de la villa foral. La fuente que menciono en este post está, desgraciadamente, en alemán pero no tengo la menor duda de que le será fácil que se la lean. O a lo mejor la lee él mismo.  ¿Su título? Unternehmen Feuerzauber. Más conocida que la “Tana”.

Pero, ¿qué significan los datos numéricos que anteceden? Con 19.000 hombres del puente aéreo más 2.500 del convoy de la victoria, el general Dávila Álvarez parece querer indicar que el grueso de las fuerzas disponibles del Ejército de Marruecos se transportó a la Península durante el período de vida de la autodenominada Junta de Defensa Nacional. Por consiguiente desde octubre de 1936 hasta el final de la guerra ¿del Protectorado solo habrían salido rumbo a la península exactamente 2.162 hombres (23.662-21.500).? Quizás unos pocos más, pero no muchos. ¿Es creíble? 

La respuesta es un rotundo NO. María Rosa de Madariaga escribió hace casi veinte años una monografía (Los moros que trajo Franco. La intervención de tropas coloniales en la guerra civil), que nuestro eminente general ignora. Recogió estimaciones que varían entre un mínimo de 62.271 hombres (Gárate Córdoba) y un máximo razonable de 80.000 (Francisco de Caveda, interventor de Asuntos Indígenas, y la propia Delegación de igual nombre). Con lo cual la intervención de fuerzas extranjeras al lado de Franco y de su “Ejército Nacional” ascendería, al menos, a la suma de esta cifra, más 19.000 alemanes más unos 49.000  italianos y más un máximo de 8.000 portugueses. Grosso modo, unos 150.000 como mínimo, de los cuales los marroquíes (de los tabores preexistentes más los reclutados) fueron sin duda tropas de choque, a lo largo de casi tres años de conflicto. ¿Qué cálculos hace el general Dávila Álvarez para el Ejército Popular de la República? Ruego al lector que lea más abajo. 

A mi me da la impresión que es imposible escribir algo sobre la guerra, en el Norte, en el Sur, en el Centro o en Levante, al Este o al Oeste,  desde el lado franquista, sin mencionar la ayuda extranjera que recibió. Nuestro eminente general lo hace, para los alemanes, en las págs. 135 a 137. Añade, con razón, que “hoy está fuera de toda duda que fue Hitler el que personalmente decidió la intervención, o ayuda, en España sin que hubiera una relación preliminar entre los conspiradores y el régimen alemán”. Es cierto. ¿Lo ha leído en alguno de los eminentes historiadores del SHM de antes de 1974? Porque fue en ese año cuando lo demostró un servidor. No lo hizo ningún historiador militar franquista. Luego he ido matizándolo, pero de eso el general Dávila Álvarez ya no habla. Menos aún lo hace de la ayuda italiana que los conspiradores contractualizaron con la dictadura fascista y respecto a la cual, por desgracia, nos ha dejado con la pregunta en los labios de si su señor abuelo llegó a enterarse. 

El general nos ofrece, en cambio,  un manjar de dioses. A saborear detenida y pausadamente. Retoma una noticia aparecida en un periódico francés de agosto de 1936 y en el año en que nos encontramos, 2021, la presenta como fruto de sus largos años de inmersión en los papeles de su antepasado: la génesis de las Brigadas Internacionales. Afirma: “tienen su origen en la reunión celebrada el 26 de julio en Praga por el Komintern y el Profintern” (p. 241). Lo leo y no me lo creo. Ha revitalizado hoy una añejísima trola anticomunista de la extrema derecha francesa del mes de agosto de 1936 y lo hace hoy para explicar la aparición de aviones nazi-fascistas en los cielos de España. ¡La reacción! ¡Nada más que una reacción!. Ya desde antes del “Alzamiento” la propaganda subversiva que alimentaba a quienes iban a sublevarse andaba diciendo que los comunistas preparaban una revolución a la que era menester adelantarse. Es, pues, del todo congruente que, raudos cual centellas en la noche, los malvados comunistas se apresuraran en poner en pie todo un ejército. Lo curioso es que en su bibliografía nuestro autor cita una de las obras que, con documentación primaria extraída de los archivos soviéticos, más ha contribuido a desmantelar ese clásico camelo. Me refiero al trabajo de Rémi Skoutelsky. En cambio, también menciona una charranadita de Martínez Bande de 1965. Son mundos aparte, pero el señor general de División ni lo advierte.

La trayectoria de las Brigadas no es asunto de su obra, pero no por ello se inhibe de esparcir dardos venenosos en las páginas 240-241. Con datos de un historiador militar de los años cincuenta, el coronel de EM Juan Priego López (del SHM), llega hasta la un tanto abultada cifra de 45.000 efectivos. [Hubo historiadores franquistas que hablaron hasta de cien mil]. Por lo común, en la actualidad las estimaciones se sitúan en torno a los 38.000 contando a los extranjeros que no estuvieron en las Brigadas. Los lectores tendrían que consultar otras obras y a otros autores y no al escasamente distinguido historiador José María Gironella, como fuente (p. 242). 

Así, pues, se demuestra de nuevo que la “representación” del pasado que tiene el general Dávila Álvarez es algo más que objetable porque no refleja mínimamente las ancladas en evidencias primarias de época, con perdón a los manes de Heródoto y Tucídides. 

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (XI)

22 junio, 2021 at 8:30 am

OTRA REPRESENTACIÓN, PERO DESFIGURADA

Ángel Viñas

Empiezo ahora la segunda parte de la serie que me ha tenido ocupado en las últimas semanas. Confío en que el conjunto sea  útil a la hora de revelar cómo he enfocado y cabe enfocar el trabajo de historiador. Hay otras posibilidades, pero “cada maestrillo tiene su librillo”. Los amables lectores observarán que estos últimos posts tienen otro subtítulo. Se me ha ocurrido porque el 25 de mayo pasado me llegó un libro (aparecido tres semanas antes) que ha sido objeto desde su publicación de mucha alharaca y de notas en la prensa con frecuencia ditirámbicas. Al autor alguien (que no mencionaré) le ha atribuído tener alma de Heródoto o de Tucídides, afirmaciones realmente extraordinarias, como veremos. Si bien hay que felicitar a la editorial y a tan insigne historiador por la extensión e intensidad de tal campaña propagandística, me veo obligado a diferir radicalmente. Los temas que aborda el autor en cuestión  me son algo conocidos (aunque también entra en otros por los que no me he interesado particularmente). En lo que a mí se refiere el libro incorpora una “representación” un tanto, digamos, desfigurada (aunque otro calificativo más duro quizá sería más apropiado) de los antecedentes y comienzos de la guerra civil.

Se trata de la obra de un general de División retirado, exayudante de campo del rey Juan Carlos I, exgeneral jefe de una de las brigadas de la Legión, exjefe de tropas de Canarias y muchas otras cosas más. Probablemente camine algo inclinado cuando se vista de gala por tener que soportar el peso de las numerosas condecoraciones a las que se habrá hecho acreedor a lo largo de su dilatada y venturosa carrera. Es también nieto del general Fidel Dávila Arrondo, marqués de Dávila, que fue presidente de la Junta Técnica del Estado y general en jefe del Ejército del Norte en la guerra civil, entre muchas otras responsabilidades. Ha podido hacer uso en su libro de la documentación por él conservada. Debemos, pues, felicitarnos. En principio, si no recuerdo mal, no se había explorado.  El autor en cuestión se llama Rafael Dávila Álvarez.  

Así, vaya de entrada la expresión de mi agradecimiento  por haber dado a conocer a sus lectores y a los historiadores la existencia de esos papeles (aunque tengo la impresión de que quizá sean algo limitados, ¡ójala me equivoque!). Siempre he lamentado que todavía hoy tantos archivos privados permanezcan cerrados. ¡Cuánto mejor sería que se aireasen y pudieran consultarse en archivos públicos! En este caso permitirían una apreciación quizá algo diferente de la que hace el nieto.  

En el presente y en los próximos posts me limitaré a unas cuantas consideraciones esencialmente sobre los temas que han sido objeto de la presente serie, pero añadiré otro que ya ha surgido en el blog hace años. Se refiere a la destrucción de Gernika. Todos ellos reflejan la “representación” que el autor se hace de un pasado convulso. Adelanto ya que no escribe Historia. Simplemente, confunde “su” representación particular y lo que se desprende de lo investigado y sacado a la luz por multitud de historiadores, aunque no tengamos almas emulables con las de Heródoto o Tucídides.  

Ante todo,  un tirón de orejas a la editorial y al autor. Publicar hoy un libro sin índice de nombres (ya no hablo de índice analítico) es una muestra de falta de profesionalidad y de respeto a los lectores. Es también una trampa (saducea o no) porque dificulta considerablemente la lectura y un rápido abarcar del contenido del relato. Me siento en condiciones de dar tal tirón porque, que recuerde, ya desde mi primer libro, en 1974, todos los siguientes han contado con índices onomásticos y, hace ya muchos años, por lo general también analíticos.  Los hago yo mismo, con la vista puesta en los lectores.

El libro se descompone en cinco partes. Las tres primeras se titulan Rumbo a la tragedia, Verano épico y sangriento y Franco toma el mando. He leído hasta la página 145, de la 179 a la 194, de la 219 a la 225, de la 240 a la 246 y de la 253 a la 258. Me han bastado. Lo leído me suscita objeciones formales y de contenido. Entre las primeras, la idea (que quizá hayan insinuado al autor, pero que este habrá aceptado) de inventarse diálogos y conversaciones. Automáticamente devalúan la obra. No se necesitan.  Pueden reflejar (chi lo sà?) aspectos complejos. También pueden aligerar la lectura (para los menos aficionados a esta labor), pero no son sino un gimmick muy barato en un libro que pretende ser de historia. Huelen a periodismo de perra gorda.

Entre las objeciones de contenido es penoso (y explica el subtítulo) tener que leer en 2021 lo que el general Dávila Álvarez repite como un papagayo, sirviéndose de fuentes algo más que dudosas o totalmente desahuciadas, que tampoco contextualiza ni analiza en lo más mínimo:  un sinnúmero de mitos (o burradas, de ser algo inconvencional) sobre la República y la evolución que condujo a la guerra civil. Sin salirse de una tradición que remonta a los años oscuros del comienzo de la conspiración, de la propia guerra y de la dictadura de Franco.

Veamos algunos ejemplos de la “representación” en que se basa el autor. Ante todo, la reforma militar de Azaña. La literatura en pro o en contra, analítica o valorativa, es muy amplia. No llevó necesariamente a la guerra civil, pero sí incomodó a muchos generales, jefes y oficiales de un Ejército más que sobredimensionado (el autor ni se plantea la cuestión). Ha sido muy estudiada, pero él escribe al aire de una fácil tonadilla y alude, como principio explicativo, a “la mentalidad infantil de Azaña, su afición a las formaciones de soldaditos”. ¿Es esto serio? ¿Ha estudiado la trayectoria de un político complejo y revelado nuevas facetas? No me sonaba, al efecto, ninguna publicación histórica suya. Acudo a la ayuda de Mr. Google con ”Dávila Àlvarez + Azaña” por delante y lo que  salen son posts de su blog: he leído un par de ellos y lo he cerrado sin más.

Con todo, es de justicia reconocer que el autor tampoco exagera demasiado las consecuencias.  Lo hace de una forma muy particular al afirmar, tajantemente, que el “ataque a la Iglesia” hizo que más militares pasaran a la reserva que su propia reforma (p. 36). ¿En qué fuentes, estadísticas, testimonios fiables y contrastados se basa?  Que él indique específicamente, en ninguno.

En este contexto, que no es intrascendente, encontramos frases no fácilmente comprensibles. Una de ellas: “Para más inri jugó también [Azaña] a ser más papista que el Papa y pasó a ser monaguillo de la España católica, aunque fuese por costumbre, tradiciones ancestrales”. Me pregunto si el autor estaba pensando en el famoso discurso, tantas veces distorsionado, en el que el entonces presidente del Gobierno y ministro de la Guerra pronunció la frase (que siempre citan los ignorantes) de que España habría dejado de ser católica. Me limito, pues, a no ensalzar a los lectores de tan magna obra sus profundas reflexiones sobre la fé católica y la historia española (pp. 36s).

Para un militar que escribe sobre los militares y los primeros años de la República sorprende que no haya acudido a algunos de sus compañeros, historiadores de raza, al hablar del Ejército. Por ejemplo, al coronel Fernando Puell de la Villa que identificó hace años la mentalidad en la época de la mayor parte de los oficiales y jefes (también de algún que otro general): “intervencionista, acomplejada, victimista, escandalizada ante la República, hipnotizada por el supuesto peligro bolchevique”. ¿Amor a la religión católica? No solo lo tenían los militares. También los republicanos, pero no era la religión como tal lo que estaba en juego.

Otras citas importantes,  p. 46, carecen igualmente de fuente: “se hizo una constitución que invita a la guerra civil” (afirma que fue de Alcalá-Zamora: ¿en qué contexto?, porque está demostrado que fiarse en algunos aspectos básicos de las memorias del expresidente es asomarse al vacío). Esta debió de ser post 36. Claro que escribir sobre el pasado es más fácil que anticiparlo, por ejemplo, en 1931. ¿La valoró así Don Niceto entonces?. ¿Dónde? ¿Cuándo?

De toda esta parte dedicada a la República destaco simplemente una nota que servidor ignoraba: la decisión de su abuelo (p. 42) de no aceptar la Subsecretaría del Ministerio de la Guerra que le ofreció Azaña y preferir pasar a la reserva. Es una noción que le honra. Mejor estar fuera que ser “cómplice” desde dentro. ¿Significación histórica? Limitada.

Tampoco sabía, aunque no me extraña lo más mínimo, que algunas reuniones de la UME contaron con la presencia de su ilustre antepasado (p. 57). ¿Consecuencias que de ello extrae el nieto? Ninguna. Lo explicaré a los amable lectores: implican que el general Dávila Arrondo estuvo al corriente de lo que se tramaba y que fue otro conspirador más. No lo afirma servidor por mera aplicación de la lógica. Lo recoge el apunte biográfico hecho por otro príncipe de la milicia -para mí un historiador tampoco muy fiable- como fue el general José María Gárate Córdoba, en el DBE de la RHA.

Lo que el nieto no aclara, y esto sí habría sido potencialmente interesante en el plano histórico, es en qué consistió la participación del abuelo de cara al golpe. En un libro basado en sus papeles no sería un tema de escasa entidad.   ¿Carece de ellos? ¿Hay motivos, quizá,  para  sonrojarse? ¿O escribió como Mola, Franco, Cabanellas etc para defender sus actuaciones? En tal caso, ¿cómo?.

En esta serie de posts, no extrañará a los lectores que lo que más me haya interesado sean las referencias que el general Dávila Álvarez hace a la ayuda fascista antes del golpe (él utiliza un término con recias evocaciones: Alzamiento). Ya en 2013 empecé a documentarla y descubrí que su plasmación definitiva data del 1º de julio de 1936. ¿Se ha enterado siete u ocho años más tarde tan distinguido autor? NO (pp. 50s y 57). ¿Dice algo nuevo? NO. ¿Intenta refutarlo? NO. Lo históricamente interesante es si un general monárquico, su abuelo, en contacto con otros conspiradores militares también monárquicos, la ignoró o si participó del conocimiento.

El general Dávila Álvarez dedica, ¡cómo no!, un capítulo, el 8, a las reuniones en Italia de los futuros salvadores de la PATRIA. ¿Fuentes? Las clásicas, y hoy totalmente devaluadas, pero que toma como palabra de Evangelio. No sin acudir al apoyo de un compañero suyo que ya ha aparecido en esta serie: el también general Don Manuel Chamorro. ¿Resultado? Nuestro estimado autor no escribe historia. Revive cuentos o, mejor dicho, camelos que no pasan la prueba de fuego de la confrontación con las evidencias. Eso sí: Es tajante al afirmar “en la preparación del Alzamiento no se había contado con ninguna ayuda extranjera” (p. 127). (Las negritas son mías sustitutivas de una pequeña carcajada). Es decir, fue obra única y exclusiva de soldados españoles curtidos en mil batallas contra los enemigos de la PATRIA, sobre todo en el interior. También en el exterior, pero en las interminables campañas para dominar a unas cabilas en un territorio de más o menos la extensión de la provincia de Badajoz. La patraña, que he subrayado en negritas, se lanzó en 1936 y, como los amables lectores comprobarán, todavía subsiste.

El capítulo 9 se dedica a la revolución de octubre. Algo que se ha estudiado exhaustivamente, por activa y por pasiva, por perfecto, por imperfecto y por pluscuamperfecto. Para el autor fue una guerra preventiva acometida por el EJERCITO ROJO. Y se queda tan tranquilo.  Claro que entre sus fuentes figura uno de los grandes nombres del periodismo en la época franquista, entonces muy conocido y hoy con razón olvidado: Emilio Romero (p. 66).

¿Y la conspiración? Asunto de generales. ¿Los civiles? No aparecen. Eso sí, da un pequeño zarpazo, típico: el general Miaja y el comandante Vicente Rojo pertenecieron a la UME. Lo ocultaron después y destruyeron sus fichas. ¿De dónde se lo habrá sacado?, porque lo cierto es que los republicanos lo sabían, antes del golpe, y lo siguieron sabiendo después del mismo (p.  69).Al autor no se le ocurre pensar por qué razones permanecieron fieles a su honor militar y no como otros que lo pisotearon. [Mi crítica es limitada, porque el señor general no se ha molestado en consultar la relación parcial que de la UME figura en los archivos de Ávila y en donde se encuentran los nombres de ambos].

Tampoco parece que los haya visitado. Al parecer, como evidencias primarias solo ha visto los papeles del abuelo porque gran parte de la bibliografía que cita, muy selectiva, sirve simplemente de cobertura. Tampoco crea el lector que la ha absorbido. Además, los trabajos fundamentales de Eduardo González Calleja y colaboradores y Angel Luis López-Villaverde, por poner ejemplos recientes, brillan por su ausencia. Eso sí, no faltan las de una docena de propagandistas de la fé franquista.

En una palabra: la “representación” del pasado que tiene el general Dávila Álvarez es algo más que objetable porque no refleja mínimamente las  ancladas en evidencias primarias de época, dicho esto con perdón a los manes de Heródoto y Tucídides.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (X)

15 junio, 2021 at 9:17 am

EL CASO DE MONTAILLOU Y LAS REPRESENTACIONES

Ángel Viñas

Empecé esta serie de reflexiones aludiendo a Thomas Kuhn. Voy llegando al final de una primera parte general (en el próximo iniciaré una parte específica). Hoy debo mencionar  a otro autor que dejó en mí una huella profunda. Es conocido en España y al citarlo no me aventuro en terreno virgen. ¿Su nombre? Emmanuel Le Roy Ladurie. Francés. Ha escrito mucho y bien sobre los más variados temas. No soy un profundo conocedor de su obra ni tampoco lo pretendo, pero sí recuerdo uno de sus libros, que leí hace muchos años. Versaba sobre un mundo para mí desconocido, la Edad Media, y que tampoco me ha atraído demasiado desde entonces.

El libro se titula Montaillou. Se publicó en 1975, cuando  estaba todavía  tambaleándome de los azares  y peripecias de unas oposiciones a la cátedra que gané en la Universidad de Valencia. En ellas había desarrollado algunas ideas que, para la época, tampoco eran demasiado ortodoxas en aquellos tiempos. Lo leí en francés poco después de salir de aquel valle de lágrimas. Cualquier apelación a Mr Google hará ver a los lectores que Montaillou no se tradujo al castellano hasta 1981. Fue un éxito fulgurante (ha vuelto a reeditarse recientemente). Trataba de la reconstrucción de la vida económica y social y de las creencias, culturas y mentalidades de los escasos habitantes de una aldea entre los siglos XIII y XIV. La abordó el historiador francés en base a los testimonios acumulados por la (¿Santa?) Inquisición durante el proceso a que los lugareños fueron sometidos cuando se les acusó de seguir practicando la entonces todavía supernefanda herejía cátara. Como corresponde, fueron exterminados por el fuego.

Naturalmente antes de que Le Roy Ladurie examinara aquellos legajos (EPRE) no era mucho lo que se sabía de Montaillou. Es decir, el pueblo y sus habitantes NO EXISTÍAN para la historia. La exploración de una minúscula veta del pasado oculto iluminó todo un panel de aquel pasado hasta entonces absolutamente desconocido. El historiador hizo revivir a sus personajes, con sus creencias, sus odios, sus amores y sus batallitas por el poder en una estructura que compartía rasgos comunes con otras de la época, pero que a su vez mostraba singularidades particulares. Las de los hombres y mujeres de carne y hueso que en Montaillou habían vivido.  Sin volver a leer el libro (quizá por temor a tener que modificar  mis impresiones de antaño) he pensado muchas veces en él.

Los lectores se preguntarán: ¿qué tiene esto que ver con el tema objeto de esta serie? A responder a tal cuestión se destinan, como resumen, las siguientes líneas.

Los contratos firmados por Sainz Rodríguez el 1º de julio de 1936 con la Società Idrovolante Alta Italia en Roma tampoco existieron, para la historia, antes de que servidor indagara en ellos y publicara los resultados en 2013. Todo un panel del pasado (o una ventana sobre él) se había ignorado hasta aquel momento. Es decir, a la representación que los historiadores nos hacíamos de la conspiración (que se creía había organizado Mola y Franco o, para los franquistas, Franco y Mola) le faltaba un elemento fundamental.

 ¿Culpa de los historiadores? No. Mera ignorancia al no haberse alumbrado todavía una veta de aquel pasado que ya no existía, pero al que nos acercábamos, imaginativamente, en base a los conocimientos obtenidos por: a) la lectura de obras previas, con sus sesgos y limitaciones; b) las exploraciones más o menos intensas en las fuentes ya conocidas, reexaminadas o, lo más frecuentemente, que habían ido emergiendo; c) la aplicación de las concepciones existentes en aquel presente (el entonces), en particular la desconfianza de la “historia” acuñada en el franquismo; d) la defensa, por algunos autores que militaban en esta última. Es decir, la pugna entre dos relatos: uno, heredado; el otro, por descubrir; e) la confianza o desconfianza, según los casos, de los testimonios escritos -u orales- de uno u otro signo y transmitidos intergeneracionalmente.

En un plano general la exploración del concepto de “representaciones” y de la historia apoyada empíricamente me han dado para mucho. Servidor aplica ambos a un período relativamente corto (unos 45 años, entre 1931 y 1975), pero muy denso. A medida que van explorándose otras vetas de ese pasado, tanto sus contornos como, y sobre todo, su contenido van apareciendo con creciente nitidez.

Lo que digo no es novedad alguna. Lo mismo ocurre en la historia de la denominada edad antigua. Ya se han publicado libros que enmarcan, por ejemplo, la evolución del imperio romano en conexión con alteraciones climáticas. Hoy estas se han explorado con instrumentos científicos que los historiadores a lo Gibbon no hubieran podido ni siquiera imaginar. El clima influye, es una obviedad, en el recorrido de las sociedades humanas, pero hay que demostrarlo empiricamente.

Es decir, nuestra “representación” del pasado de la Roma clásica se ha enriquecido y complicado a la vez, ya que los hombres (y mujeres) hacen la historia en condiciones dadas, objetivas, que les vienen impuestas, y sobre las cuales con frecuencia poco o nada pueden hacer. No solo en el caso de cambios del clima, que al parecer también condujeron al derrumbamiento de la civilización maya. Fuertes modificaciones de las condiciones económicas o políticas por causas ajenas a determinadas sociedades pero impuestas por el entorno exterior también pueden producir efectos similares.  

Y ¿en los años treinta? Para la izquierda española un reto insoslayable fue la aparente expansión no contenida del fascismo. Los casos de Italia, Alemania, Portugal, Austria, en los que la izquierda obrera fue sometida y reeducada en moldes nacionalistas,  tuvieron obviamente su impacto en España. No solo en la izquierda. También en la derecha. Lo mismo ocurrió en aquel bastión (por algunos defendido, por otros denostado) del liberalismo británico.

A mí me impresionó mucho leer en una historia de la segunda mitad de los años treinta debida a una autora (desgraciadamente ya fallecida y con la que he discrepado en numerosas ocasiones: me refiero a Zara Steiner y su magna obra The Triumph of the Dark) la reacción que los acontecimientos de España produjeron en el ánimo del entonces secretario del Gobierno de SM: Lord Maurice Hankey. No fue una persona que me haya caído simpática. Su entrada en Wikipedia en inglés (https://en.wikipedia.org/wiki/Maurice_Hankey,_1st_Baron_Hankey) deja mucho que desear.

Al producirse el estallido en España, Hankey circuló a los miembros del Gobierno un memorándum muy notable que mencionó Steiner. Decía, p. 202,  entre otras perlas de valor inmenso: “en la actual situación europea, con Francia y España bajo la amenaza bolchevique, no es inconcebible que no tardando mucho tengamos que ponernos al lado de Alemania e Italia”.

Steiner no entró a discutir las implicaciones de tal recomendación (que fue seguida esencialmente en relación con la Italia de Mussolini). Yo me apresuré a mencionar el caso en Las armas y el oro (p. 253). El sugerido acercamiento británico a las potencias fascistas podía explicarse por razones de política de seguridad, pero también en otros términos: eran los países en los que la lucha de clases se había abolido por decreto y cuyos trabajadores habían sido obligados a ponerse al servicio de la dirección política nazi o fascista. Para una gran parte de las oligarquías occidentales, un chollo.

¿Qué deducir de ello? Algo bastante simple. Cuando se abre una rendija en una “representación” del pasado gracias al descubrimiento de algún material que puede parecer importante, es preciso contextualizarlo adecuadamente. Si tiene potencial explicativo suficiente, puede abrir brecha en la “representación” heredada y/o conocida. Si no se descubre tal rendija, dicha “representación” a lo mejor continúa haciendo autoridad.

Ahora bien, en ningún caso cambia el pasado, porque el pasado carece de existencia. Lo que existe son nuestras “representaciones” que son muy variadas. De aquí una recomendación metodológica que expresaré en lenguaje claro y nada académico. Por principio, no hay que fiarse de los historiadores que nos han precedido. Han trabajado con arreglo a sus propias “representaciones”. Nueva EPRE, nuevos intereses, el transcurso del tiempo y la toma de distancia, sin contar con la propia evolución de la disciplina, militan a favor de una reevaluación de los materiales tangibles, porque tienen existencia real, que son las evidencias en sus variadas acepciones: papeles, periódicos, escritos  y, en una guerra, armas, cementerios y fosas en la medida en que existen físicamente y hacen referencia a otras fuentes contrastables.

No hay, pues, historia definitiva y muchas de las controversias que hoy se dirimen en las redes sociales o en una prensa que pierde aceleradamente lectores, por parte de unos partidos políticos que tienen intereses propios y están a la búsqueda y captura de adeptos o, más prosaicamente, de votos, no son sino batallas para imponer una determinada representación sobre las demás. Lo estamos viviendo en España en la actualidad, en lo que se refiere al presento pero también en lo que respecta al pasado.  Lo que diferencia unas de otras es su mayor o menor respeto a representaciones contrastadas, porque lo normal es que las más bárbaras se apoyen en mitos. Uno de los papeles del historiador estriba en alancearlos. Ya sea en la historia de Roma, de la Edad Media en Francia o de la República, la guerra civil y el franquismo.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (IX)

8 junio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es comprensible de todo punto que haya lectores e incluso historiadores que se revuelvan enojados contra alguna tesis tan opuesta a lo que hasta ahora se ha escrito sobre los antecedentes de la guerra civil y sus condiciones necesarias y suficientes. Para muchos ya fue demasiado que unos amigos y compañeros, por desgracia fallecidos a causa del coronavirus, y servidor hubiéramos atribuido a Franco el asesinato de uno de sus colegas de uniforme antes  del golpe. Ahora resulta que el estallido del 17/18 de julio no había surgido de los corazones de militares entregados a la noble tarea de salvar España de los terrores del comunismo, sino que había sido engrasado con dinero y armas fascistas. Probablemente tendrá que pasar algún tiempo antes de que ambas cosas entren en la literatura. Hace poco, Don Andrés Trapiello y el profesor Stanley G. Payne, entre otros, han insistido en la tesis de que la “culpa” de la guerra civil la tenían los socialistas de Largo Caballero (como chivos expiatorios una vez que la leyenda del PCE es difícilmente sostenible, salvo quizá para VOX y sus muchachos/muchachas).

Lo que antecede no quiere decir que servidor haya pretendido escribir historia definitiva, a la manera de un Ricardo de la Cierva cualquiera. Esa idea es un simple figmento de la imaginación porque el pasado no existe y lo que solo existen son “representaciones” del mismo. Esas “representaciones” deben someterse al contraste con evidencias empíricas. En todos, o casi todos, mis libros me he pronunciado en favor de la búsqueda de nueva EPRE. Ahora, voy a recapitular la parte de esta serie de posts para abordar el tema, siempre fundamental, del ¿qué nos falta? Lo hago para que no se me acuse de creer que soy el único poseedor de la VERDAD, cuando es sabido que este plano inmarcesible es hollado únicamente por el Señor. También aspiro, con esta serie de posts, a inducir a los eventuales lectores a pensar un pelín en el método de trabajo de un historiador empírico, porque más adelante veremos que si bien hay gente que pretende serlo no lo es en absoluto.

En mi modesta opinión, un juicio más apoyado sobre las razones por las cuales la República no paró el golpe de Estado, del que los Gobiernos de la primavera de 1936 estaban más o menos informados, debería profundizar, cuando menos, en los siguientes extremos

  1. La documentación que los dispositivos de seguridad del Estado hubieran transmitido al Gobierno en dicho período de tiempo. Es decir, en primer lugar la generada por la Sección Servicio Especial (SSE) en el EMC y la recogida de los informes del SE procedentes de las guarniciones. En segundo lugar, la obtenida por la OIE y la DGS en el Ministerio de la Gobernación.
  2. En teoría, los organismos en cuestión hubieran debido elevar la documentación a los responsables tanto en Guerra (general Masquelet, Casares Quiroga) como en Gobernación (Salvador, Casares, Moles) y en Presidencia (Alcalá-Zamora, Azaña). Si no se elevó, ¿tampoco se solicitó desde las solitarias alturas del Mando político, policial y de seguridad?
  3. ¿Se siguieron, y cómo, las andanzas de los generales Franco, Goded y Cabanellas tras su intento de golpe blando al filo de las elecciones de febrero de 1936? ¿Cómo se indagó retrospectivamente acerca de las circunstancias en las cuales desde el Ministerio de la Guerra se había ordenado la declaración, pura y simple, del estado de guerra el mismo día de las elecciones de febrero de 1936?
  4.  ¿Dónde está la documentación de que se incautó la policía al filo del nonato golpe de Estado de 20 de abril de 1936? ¿Dónde la recopilada por el EMC o el gabinete del ministro de la Guerra en relación con el intento de intimidación del presidente de la República por parte de algunos generales y jefes y que dio origen a una ridícula puntualización en la prensa de la época? ¿Dijo algo Don Niceto Alcalá-Zamora a los servicios competentes?
  5. ¿Qué incitó al Gobierno a ordenar tres visitas de información sobre las andanzas del general Mola? ¿En qué se basó? ¿De qué noticias disponía el Servicio Especial de la División Orgánica correspondiente? ¿Qué habría dicho la rama del mismo en Pamplona acerca de los movimientos subversivos de la guarnición? ¿Adónde fueron a parar tales informaciones?
  6. ¿Qué pasó con las transcripciones de las escuchas que, según se afirma habitualmente, se organizaron para interceptar las comunicaciones de los conspiradores?
  7. ¿Dónde están las comunicaciones que los Ministerios de la Gobernación y de la Guerra solían hacer al presidente de la República?
  8. ¿Dónde han quedado los papeles de los gabinetes del ministro de la Guerra y presidente del Consejo, Santiago Casares Quiroga, y de los ministros de la Gobernación? ¿Cuál fue la circulación de la documentación emanada del Negociado de Control de Nóminas del Ministerio de la Guerra, ubicado en la DGS?
  9. ¿Cuál fue el paradero de la lista que se elaboró de militares poco fiables y que el presidente del Gobierno Juan Negrín remitió al de la República, Manuel Azaña, durante la guerra civil?
  10. ¿Por qué, al parecer, se cortó la paga del agente de la DGS en servicio en Roma en este período?

Naturalmente estos desiderata, que no son excluyentes, pueden parecer exagerados. Sin embargo, debemos partir de una premisa: la organización del Estado republicano, en 1936, no era la que correspondía a una tribu africana (el símil se lo debo a Herbert R. Southworth). Para otros  períodos, antes y después, se ha conservado abundante información. A veces el historiador se pregunta si los militares, en la guerra, tenían tiempo de dar batallas, porque la documentación que iban generando es tan abundante que tenía que absorber mucho tiempo y, sobre todo, muchos recursos de personal siempre escasos.

Admito que una gran parte de la documentación republicana se quemó o desapareció en el curso de las hostilidades, pero no es menos cierto que en lo que se refiere a algunos Departamentos (el Ministerio de Estado, sin ir más lejos) lo que sobrevivió daría para un número apreciable de artículos o incluso de tesis doctorales. Las catas realizadas hasta la fecha en los archivos del Ministerio de la Gobernación ofrecen, en ocasiones, chispazos muy sugestivos. Pero, como ocurre en otros casos foráneos (Francia, Italia, Reino Unido) la riqueza del detalle puede oscurecer el fondo. Son necesarias investigaciones más focalizadas en los momentos culminantes. ¿Podemos pensar que no quedó absolutamente nada con ellos relacionado?

Personalmente he hecho hincapié en el seguimiento de la UME en lo que he denominado operación MANRIQUE (las actividades de un espía de la OIE en la cúpula de la organización conspiradora), pero no conocemos mucho sobre sus antecedentes, sobre su valoración en la DGS y sobre su recepción por parte de las autoridades del Ministerio de la Guerra en la época: a saber, el ministro Gil Robles, tan alabado, tan profranquista primero y tan antifranquista después, y el jefe del EMC, el elevado a la gloria de la historia general Franco. En cualquier caso es sorprendente que tan ilustres figuras (mucho más el segundo, elevado a la gloria de los inmarcesibles, que el primero) no dijeran prácticamente nada al respecto en sus por un lado sesgadísimas memorias o por el segundo en sus apuntes de medio pelo y para andar por casa.

De lo que Francisco Mata, el agente de policía incrustado en la embajada en París, dijera sobre la evolución de la primavera de 1936 tampoco sabemos nada. ¿Se calló como un muerto? Conocemos que continuó prestando servicio durante la guerra civil, pero ¿fue fiel al gobierno republicano?

Es decir, queda tela marinera por investigar. Cuando se hayan descubierto más papeles, ¿cuál será el destino de las aportaciones hasta ahora realizadas?

Teóricamente hay tres posibilidades: invalidarlas, corregirlas o confirmarlas. Lo primero me parece difícil (aunque no imposible, pues como es sobradamente sabido en la vida no hay nada que tenga tal cualidad, salvo que la parca termina visitando a todos los humanos y que para estos evitar pagar impuestos es cada día más difícil, aunque no imposible como lo demuestra la tibia recaudación fiscal en la inolvidable España de Franco). Lo tercero también me da la impresión de que es complicado porque cuando tropecientos documentos apuntan en una misma dirección la posibilidad de que surja alguna absolutamente contraria se me hace difícil. Personalmente optaría por la segunda posibilidad. Y ese es, precisamente, una de las direcciones en que conviene orientar los trabajos del investigador.

Llegará un momento en que el corazoncito de la sociedad española ya no lata al ritmo de los sobresaltos que todavía suscita la ruptura de los mitos de la “historietografía” pro o metafranquista en algunos partidos políticos, en ciertos medios de comunicación y en los frentes aún encrespados de las batallitas culturales e identitarias. Para llegar a tal extremo son necesarias tres condiciones: el paso del tiempo, la apertura de archivos y el sosiego de los espíritus. Por el momento, quien esto escribe se niega a aceptar la tesis de la que ya advirtiera Vázquez Montalbán sobre lo que en el futuro podría decir una enciclopedia sobre el general Franco y su régimen.  

Mientras tanto es de lamentar que uno de los eslóganes de la campaña electoral protagonizada por la renovada Excma. Sra. Presidenta de la Comunidad de Madrid focalizado en la supuesta contraposición entre “comunismo” y “libertad” haya tenido tal recorrido. La construcción de un determinado relato, manipulado, se ha impuesto al que poco a poco vamos creando los historiadores. No debería ser la norma.

En el próximo post abordaré el resumen de esta serie con un par de reflexiones sobre cómo he logrado llegar a mi idea personal acerca del trabajo de historiador. A lo mejor los lectores respiran aliviados, pero quería decir un par de cosas y ahora es el momento de hacerlo. Después vendrá la contrastación, empírica desde luego, con el hoy por hoy último título que contiene las últimas “paridas” del último autoproclamado historiador militar español. Nos reiremos.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VIII)

1 junio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Por muy gánster que fuese Mussolini -y lo demostró en grado sumo, tanto en la preparación de la conquista Etiopía como en España- era evidente que el envío de aviones de bombardeo modernos no podía hacerse ANTES de que estallara en esta última el golpe prometido. ¿Cómo se justificaría su llegada a los sublevados, fuese en algún aeródromo en las costas del Mediterráneo o en África? Incluso el Dragon Rapide hubo de disfrazar su vuelo. Ahora bien, DESPUÉS de que se iniciara la sublevación ya fue otra cosa. Los relatos de Arrarás y Bolín sirvieron para velar la realidad con decenas de distorsiones. Se encontró un subterfugio cómodo: los franceses habían empezado a ayudar a la República.

Que todavía se mantenga esta superchería es notable. Los Documenti Diplomatici Italiani, que cualquier hijo de vecino puede consultar on line, lo desmienten. Lo que el embajador fascista en París, Vittorio Cerruti,  afirmó, con razón, era que había rumores de que un ministro del Gobierno de París y el presidente Blum estaban considerando la ayuda. Se lo pongo fácil a quienes duden: que acudan,  en la p. 413 de mi último libro, a la referencia a los documentos números 589, 598 y 601 del 22 y 23 de julio. Algún “entendido” aludió incluso al cargamento de un barco en Marsella, el Ciudad de Tarragona. Se basó en otro telegrama de Cerruti, que lo enunciaba como posibilidad. Nadie de entre tales opinantes se ha paseado, a lo que parece, por los archivos franceses, empezando por el mejor acuñador de tal falacia, un general de División en el Ejército del Aire desgraciadamente ya fallecido.   

¿Cómo salir del atolladero? Para aclarar las dudas ningún historiador español (salvo uno), ni francés, ni alemán, ni italiano, ni inglés, ni norteamericano ni australiano ni canadiense, etc se ha molestado, que yo sepa, en darse un paseo por el Château de Vincennes, donde se guardan los fondos del equivalente francés del SHM. Servidor ya lo había hecho muchos años antes de 2020. A ellos volví. De los doce bombarderos Savoia Marchetti objeto del primer contrato uno se había hundido en aguas del Mediterráneo, otro se había estrellado junto a lo que entonces era un villorrio miserable y un tercero había planeado suavemente para posarse en las inmensas playas norteñas. Casi llegando a Nador. Les había faltado gasolina para  aterrizar en destino.  De haber volado de otra manera, pensaron los franceses, hubieran alcanzado su objetivo, como lo habían logrado los nueve aviones restantes.

Naturalmente, ya que sobre mi no ha descendido descendido jamás la blanca paloma, ni por asomo se me ocurrió obviar que en un libro de Jaime Martínez Parrilla, publicado para mayor INRI por el Ministerio del Ejército en 1987 (!!!!) (ha llovido algo desde entonces), se había hecho una referencia a la documentación francesa respecto a aquel incidente.

Evidentemente Martínez Parrilla no tenía entonces ni idea de los contratos del 1º de julio, pero la historiografía avanza con EPRE y con sucesivas reinterpretaciones de la anterior a la luz de otra posterior. No siguiendo los procedimientos metodológicos y heurísticos del alabado profesor Payne. En mi último libro he dedicado más de 20 páginas (de la 395 a la 416) a encuadrar el incidente del aterrizaje forzoso en el marco del acto de gansterismo fascista, de la política de Mussolini y de las reticencias francesas.

Los militares, gendarmes y políticos del país vecino no eran idiotas. Las declaraciones de los pilotos y tripulantes no fallecidos no se las creyeron en lo más mínimo. Los aviones eran de guerra, iban armados, tenían portabombas … y sus colores y signos de nacionalidad habían sido eliminados. De forma chapucera, todo hay que decirlo. Además, contaban con la documentación de bordo. Tampoco se habían dejado en tierra las pertenencias personales de algunos de los “viajeros de negocios” que volaban hacia Melilla. Se conservan los resúmenes de los interrogatorios y los resultados de la exploración de los dos bombarderos no desaparecidos en las cálidas aguas mediterráneas.

Ahora bien, quizá recordarán los amables lectores que en ¿Quién quiso la guerra civil? servidor había anotado, como he indicado en un post precedente, el nombre de los pilotos. Uno de ellos, que pereció, se llamaba Baldi. Era un oficial en activo de la Regia Aeronautica, las fuerzas aéreas fascistas. ¿Qué dijo uno de los supervivientes del forzoso aterrizaje en Saidía, amablemente interrogado por los franceses? Se trató del que llevaba documentación a nombre de Furio Giliberti, de profesión periodista, en una ciudad (Rovigo) del Véneto, cuando le tocó cantar la palinodia ante un, suponemos, experimentado comisario de policía. El amigo Giliberti declaró lo siguiente: a) que lo había reclutado a principios de julio un piloto de la empresa Savoia-Marchetti (sic); y b) que tal piloto le había pedido que, a su vez, tratase de reclutar a otro más para realizar una expedición al extranjero. Desgraciadamente a Giliberti no le dio explicaciones adicionales. Lógico. En un Estado policial fascista se viajaba fuera de Italia como la cosa más natural del mundo.

Sin embargo el apellidado Giliberti “se pasó”, probablemente para hacerse simpático a su interrogador y, como dicen que suele ocurrir en tales casos, dio más detalles. Nadie, que se desprenda de la documentación recogida por los franceses, le obligó a ello. Así informó del nombre del piloto de la empresa (que no tenía como nombre el de Savoia-Marchetti sino el de Società Idrovolante Alta Italia, según reconoció más tarde Ciano ante el embajador de Francia). El comisario en cuestión, puntilloso, lo  anotó. Se trató de un tal “Bardi” (al menos  así lo transcribió).

Pero ¿quién era “Bardi”? Los franceses no podían saberlo en Marruecos. Servidor sí lo supo al leerlo.  No era ni más ni menos que el apellido de un piloto en activo de las fuerzas aéreas fascistas (y no de la empresa) llamado Baldi.

¿Por qué considero importante este detalle que al amable lector puede parecerle absolutamente nimio? Por una razón muy simple.  Ttrabajando en 2018 en la documentación del archivo de la Aeronáutica en Roma descubrí los nombres de los pilotos y copilotos de aquella primera expedición. En mi libro de 2019 los había indicado. Entre ellos figuraba el mencionado Baldi. No hay que tener un elevado coeficiente intelectual para establecer la conexión entre los contratos, la SIAI, la Regia Aeronautica, Baldi, los preparativos antes del 18 de julio para poner en marcha la expedición (nueva documentación, camuflaje de medio pelo), el imprevisto accidente…. y desprender, sin heroicos esfuerzos mentales, la línea de continuación entre la firma de los contratos y que poco después la maquinaria bélica italiana se pusiera en marcha de cara a apoyar, vía el primero de ellos, el auténtico asalto a la República (no el que se achacó al pobre Alcalá-Zamora) de quienes llevaban meses y meses al frente de la conspiración. Lo que David Jorge había descubierto en los archivos de la SdN no fue un camelo. Respondía a una realidad.

Quedan huecos. Sabemos que quien preparó el operativo fue el subsecretario de Aeronáutica, el general Giuseppe Valle. El ministro del ramo, Benito Mussolini, no iba a  molestarse en descender a tales detalles. Que su “subse” obrara por cuenta propia sin informar al Duce es totalmente descartable. Que la SIAI, empresa vigilada por el Estado como todas las demás del sector, pudiera comprar a otros proveedores hidroaviones amén de cazas Fiat CR 32 así como así, sin que las autoridades se enteraran, es una hipótesis que podemos echar a la papelera. Desgraciadamente el general Valle no consideró oportuno legar a los archivos de la Aeronática italiana la colección de documentos que hubiera, tal vez, podido conservar. Les dejó, eso sí, un volumen impresionante de fotografías. Desgraciadamente, para nosotros poco significativas.

Cabe establecer, pues, una cadena de relación causal entre los contratos del 1º de julio, el comienzo de los preparativos, la aparición en el horizonte documental de un piloto en activo, el reclutamiento (en servicios especiales) de toda una serie de oficiales de la Regia Aeronautica, el paulatino desplazamiento de aviones tomados a diversas unidades de la misma desde los aeródromos del norte al que se encontraba más al sur de la isla de Cerdeña y, por consiguiente, también el más cercano a las costas de África…

En esa cadena falló el eslabón más débil. Con un poco más de gasolina, estimaron los franceses, los tres bombarderos hubiesen podido llegar a Melilla, donde se les esperaba ansiosamente.  No en vano, mientras se hacían los interrogatorios en el villorrio, en torno al aparato posado en las playas habían ocurrido dos significativos hechos. El primero que un cabo de la guardia civil había pasado la frontera, desarmado, con la sana intención de informarse acerca de las posibilidades de repostado. El segundo que una avioneta había sobrevolado el aparato y arrojado un paquete con uniformes del Tercio y un papelín en italiano para que dijeran que eran soldaditos de la guarnición de Nador. “Esperen a que les hagamos llegar dos bidones de gasolina… No se metan en la boca del lobo”.

Claro que quedan enigmas. Si subsiste alguna EPRE, habrá historiadores que avancen más. Establezco como puntos de partida los siguientes:

  • Ni Mussolini, ni nadie entre los dirigentes monárquicos o militares de la conspiración, pudo sospechar que Calvo Sotelo y Sanjurjo perecerían en el corto lapso de una semana, el 13 y el 20 de julio respectivamente.
  • Tampoco pudo sospecharlo Franco, dispuesto a dar el salto del tigre (es un decir, porque los tigres no vuelan) de Canarias a Marruecos desde, por lo menos, la mitad de junio si no, como sugerimos en un libro anterior, tres semanas antes.
  • Los italianos, en contra de lo que se ha dicho y repetido hasta la saciedad, no pensaban que con su intervención inicial vía 12 bombarderos darían una ayuda sustancial al golpe.
  • Los monárquicos les habían dado a entender, a través de Sainz Rodríguez, que lo que podía ocurrir era que se produjese un conflicto corto. Por eso se contrataron más aparatos.
  • Mussolini, en vías de aproximación al Tercer Reich, debió de creer que una intervención en España, limitada pero dotada con armamento modernísimo, podría rápidamente inclinar el fiel de la balanza del lado de los sublevados.

Y, como la fortuna suele sonreir a los audaces, ¿qué hicieron los franceses? En contra de los posibles, aunque no demostrados, temores mussolinianos, se inhibieron. Al tiempo que los militares y policías en Marruecos protocolizaban la fechoría fascista,  en París se optaba por sugerir la “no intervención”. Políticos educados en la tradición racionalista de las escuelas primarias, liceos y escuelas superiores de Francia no quisieron en modo alguno quedarse descolgados de la nanny británica. Si no se habían movido ante la remilitarización de Renania en el mes de marzo, ¿cómo correr el riesgo de enfrentarse con el Tercer Reich y la Italia fascista?

Desde antes del primer momento el destino de la República española quedó inserto en el campo de juego definido por las grandes y medianas potencias en la escena europa.  No ha terminado de reconstruirse del todo, pero en cualquier caso es imposible no pensar que la historiografía continuará separándose de las leyendas y mitos metafranquistas o parafranquistas. No parará el proceso de actualización de las “representaciones” que será menester llevar al ánimo, al conocimiento y a la conciencia de futuras generaciones de ciudadanos españoles. Y seguir clamando, mientras tanto, por la mayor disponibilidad de EPRE en archivos públicos y, sobre todo, privados. ¿Dónde están los de Alfonso XIII, Juan de Borbón, Orgaz, Mola y Franco como comienzos de una larga serie?Al menos en lo que se refiere a los dos primeros, la Corona debería dar, en mi humilde opinión, alguna respuesta. ¿O tiene miedo?

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VII)

25 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Naturalmente, puedo equivocarme. Todo hombre es falible. Ergo, no me es posible evitar tal riesgo. Es más, con alguna frecuencia me he equivocado. No soy como Payne, quien jamás lo reconoce.  Desde que empecé la investigación sobre los antecedentes de la intervención fascista en España, todavía no en guerra, albergué muchas dudas sobre si la fortuna me sonreiría. O no. En 2018, en Roma, advertí numerosos huecos en la documentación italiana. Una conspiración promovida por el Capo dello Stato, por el Duce mismo, en contra de un país con el que se tenían relaciones diplomáticas y económicas normales no era moco de pavo. A la hoguera irían, sin la menor duda, papeles importantes. Estaba razonablemente seguro de que mi caracterización de la conspiración que llevó a la guerra civil como monárquica, fascista y militar, por este orden, era correcta pero….

En mi libro ¿Quién quiso la guerra civil? demostré lo bien fundado de tal formulación. Terminé afirmando que, para que hubiese una guerra, había sido preciso que los gobiernos de Madrid no pararan el golpe. Por las razones que he expuesto en el prólogo de El gran error de la República llegué a la noción de que el tema no estaba suficientemente explorado. Siempre se había indicado que los ministros republicanos de la primavera de 1936 estuvieron informados de algo que, se decía, incluso se rumoreaba por las calles y ciertamente por las redacciones de los periódicos de la época. En mi “representación” de aquellos años esta noción, repetida una y otra vez, ocupaba un lugar no determinante. Afloraba en obras de memorias, pero ¡ay! estas no siempre reflejan la realidad del momento. Por mucho que coincidan, siempre hay otras que discrepan. Todos pasaban lo que consideraban como “realidad” por los cendales de la propia subjetividad. ¿Qué hacer? ¿Un estado de la cuestión? Hay varios y muy buenos.

Para abordar el tema sin prejuicios insalvables mi receta siempre ha sido: ir a la EPRE. Así que fui en su búsqueda. Afortunadamente encontré bastante. Me movía sobre seguro. Sabía lo que necesitaba. Como sucede casi siempre, advertí lagunas. Teóricamente había tres alternativas: la República no quiso contener el golpe; no supo o no pudo.

Me parecía raro que, con todos sus defectos, los gobiernos de la época no desearan contenerlo. Aún así, no cabía excluirlo. Después de darle vueltas y más vueltas, tras descubrir el funcionamiento de los dispositivos de seguridad interior (Sección Servicio Especial en el EMC -de la que no había oído jamás hablar- y DGS -cuya documentación a lo que parece no ha sido explorada del todo-) y de seguridad exterior (diplomáticos y agentes de la DGS incrustados en ciertas embajadas y algunos consulados europeos), llegué a una conclusión. Los gobernantes estaban razonablemente bien informados. Descarté, en consecuencia, la posibilidad teórica de que no quisieran parar el golpe.

La segunda alternativa es que no supieran. Aquí, gracias a los trabajos previos de Rafael Cruz y Eduardo González-Calleja, el panorama estaba más despejado. Con nueva EPRE, lancé la tesis de que los gobiernos de la primavera de 1936 cometieron error tras error. Incluso uno de los responsables si no inmediatos sí al menos mediato se ha escapado de rositas en la literatura: el presidente Alcalá-Zamora. Sus memorias, muy prolijas y detalladas, se conocen desde hace la tira de años y otras, adicionales, desde que un aficionado se dedicó a presentar y “analizar” papeles que no habían figurado en aquéllas. Lo hizo bajo el título de ASALTO A LA REPÚBLICA. Hay que echarle un poco de tupé, pero son cosas que pasan.

La EPRE ya conocida y más importante fueron algunos episodios en los escritos de Azaña, en las memorias de Martínez Barrio y en un par de artículos de Prieto, todos ellos poco contextualizados desde mi particular punto de vista. No bastaban. La producción “literaria” de la UME (que ya había rozado en el libro anterior) se desplegó ante mis ojos en todo su grotesco esplendor. Resulta que lo que habían dicho los franquistas de toda la vida, desde que estalló el golpe, era verdad: se sublevaron porque creyeron -o les dijeron- que una revolución comunista era inminente (incluso algunos osados la fecharon para el mes de agosto). Que esto fuese una mera superchería de conveniencia había que dejarlo de lado, aunque todavía hacia el año 2010 un eminente historiador, particularmente connotado, lo reafirmase con toda su autoridad de biógrafo de los grandes héroes “nacionales” o en documentales de Telemadrid, en la gloriosa época de la Excma. Sra. Doña Esperanza Aguirre. Hoy ya solo lo hacen periodistas y políticos de extrema derecha totalmente indocumentados o de la derecha que no lee (el caso de las placas de Largo Caballero y Prieto en Madrid es un ejemplo de lo más reciente).

Servidor lo vio de otra manera. Lo que había detrás era, en mi modesto entender, un caso de proyección en estado químicamente puro. Como el de Hitler/Göring con la destrucción “comunista” del Reichstag en 1933. Los mílites dispuestos a salvar a la PATRIA, aun cuando ello supusiera sumir España en una orgía de sangre y destrucción, veían comunistas al acecho, tras las esquinas, dispuestos a convertir ESPAÑA en una nueva República soviética. (Por supuesto que esto se afirmó durante todo el franquismo, pero como la URSS ha desaparecido del mapa y el PCE no es ni sombra de lo que fue, el papel de los comunistas se ha traspasado a los socialistas radicalizados de Largo Caballero, en versión de Don Andrés Trapiello, refrendado por el profesor Payne. Da igual: todos “revolucionarios rojos”).

En tal perspectiva,  fue “normal” (había que salvar a la PATRIA) que la dirección monárquica, carlista y militar que manipulaba la UME (Sainz Rodríguez lo dejó caer en passant en sus memorias y de ello se informó a los británicos a posteriori) se apresurase, raudos cuales centellas en la noche que se avecinaba, a buscar ayuda y cobijo en los poderosos brazos del Duce, con Don José Calvo Sotelo aspirando a traducir su papel en una España que no se resignaba a morir ahogada en el piélago de la REVOLUCIÓN.

En este punto, un amigo me llamó la atención sobre el Archivo de la Ciudad de Barcelona. En él figuran las transcripciones de lo que en 1974 el cofirmante de los contratos del 1º de julio dijo al Duce español in nuce a su regreso de Roma, según declaró a Ronald Fraser, autor del superconocido libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Una historia oral de la guerra civil (los lectores pueden encontrar el correspondiente análisis en las pp. 147-151 de mi libro). Es obvio que lo que Sainz Rodríguez contó a Calvo Sotelo solo pudo hacerlo tras su viaje a Roma del 1º de julio porque, como es archisabido, al prócer monárquico le pegaron dos tiros en la noche del 12 a 13. Lamentable, sí, porque los autores probablemente (¿una aplicación poco estudiada del “efecto mariposa”?) cambiaron en aquel momento el rumbo que, quizás, pudiera haber tomado la historia de España.

Con los compromisos bajo el brazo el golpe resultaba algo más que inevitable. ¿O no? Entre los huecos y lagunas que los historiadores profranquistas, parafranquistas o meramente conservadores no han llenado hasta ahora (quizá lo hagan algún día) figuran los siguientes: a) ¿ha encontrado alguno los papeles de Mola?, porque parece obvio que el jefe de Estado Mayor del teniente general Sanjurjo (cabeza militar de la sublevación) probablemente sabía algo de lo que había entre manos. Gracias a Fernando del Rey cabe avanzar en lo que se refiere a las comunicaciones Sanjurjo-Calvo Sotelo, pero no tanto con Mola. Merced a los papeles de la POLPOL (Polizia Politica fascista) también parece que el bilaureado general participó en una misteriosa reunión en Montecarlo a principios de junio a la que asistió Alfonso XIII, siempre superpatriota.

Aquí cabe recordar que lo único que se sabe de la documentación de Mola es la copia de sus famosas instrucciones reservadas que guardó su ayudante, un tipo un tanto peculiar, el comandante Emiliano Fernández Cordón, al SHM y que en él encontró (¿por azar?) el inmarcesible Ricardo de la Cierva. Tales instrucciones y, en particular, sus reflexiones sobre el futuro político tras el golpe han orientado a los historiadores en una determinada dirección, muy lejos de la italiana. Una casualidad.

b) Es más, ¿ha encontrado alguien los papeles de Franco? (no los que hay en la Fundación Nacional que lleva su nombre). Es evidente que Franco conocía los manejos de la UME (los distorsionó en sus Apuntes), también que redujo su importancia a la nada y que finalmente se calló como un muerto en lo que hay que suponer le diría el general Luis Orgaz. Otra perla: monárquico a machamartillo y compañerito de conspiración en Canarias en los dos últimos meses antes del golpe. (Por cierto, en o después de la guerra Orgaz había recibido el calificativo de “chorizo” (crook) por parte británica). ¿Una maledicencia de los malvados ingleses enemigos de la PATRIA?

 Algo nuevo sabemos:  ¿qué hizo Franco el 17 de julio antes de presidir el entierro del general Amado Balmes, asesinado la víspera, aun cuando el profesor Payne no se lo crea? Pues ordenar a Orgaz que fuese a la oficina consular fascista en Las Palmas a solicitar tres pasaportes italianos: para él, para su ayudante y primo hermano y para el propio Orgaz. ¿Hay que suponer que la idea descendió sobre él cual blanca paloma? ¿O no sería porque Orgaz le habría contado de la conexión con la Italia fascista? Además, al exjefe del EMC es más que probable que le sonaran las andanzas del agregado militar italiano en Tánger, comandante Giuseppe Luccardi, miembro del SIM fascista. Así que el inolvidable relato de Bolín que presenta a Luccardi exclusivamente como un contacto de los militares en Marruecos puede que no refleje del todo la oscura y viscosa realidad de los hechos.

Es decir, por mucho que indaguemos en el pasado no podremos conocer todas sus vetas, grandes y pequeñas. Se quiera o no se quiera, es preciso comer la sopa boba y hacer prueba de humildad. Lo cual no quiere decir que no sea posible avanzar y mejorar nuestras “representaciones” porque estas obviamente no pueden ser figmentos de la imaginación. Necesitan cuanto más apoyaturas mejor, es decir, la EPRE.

En el caso italiano, los huecos o lagunas documentales son explicables. Un ejemplo gigantesco de gansterismo internacional como el que preparaba a perpetrar Mussolini hacia la República española no es algo por lo que se hicieran sonar las campanas. De la misma forma que se enmascaró la participación italiana al más alto nivel en los contactos con los conspiradores monárquicos, los fascistas “vendieron” luego la noción de que fue a consecuencia de la intervención francesa en apoyo del gobierno de Madrid.

Una pequeña “modificación” de lo ocurrido, cuando se sabe que los conspiradores monárquicos llevaban años pensando en la necesidad de aviones (de hecho hasta se había hecho eco el cónsul español en Bayona al principio del proceso y que más tarde se pasó con Franco). Incluso jugueteaban con la posibilidad de adquirir aparatos desfasados. Tuvo que intervenir el laureado piloto Juan Antonio Ansaldo.  Aprovechó la ocasión que le deparaba el haberse refugiado en Francia durante un par de meses para, probablemente en junio de 1936, darse un garbeito por Roma y negociar los contratos que firmó después Sainz Rodríguez con el director de la SIAI. Al menos es lo que se desprende de su abultadísima y rocambolesca hoja de servicios en el Archivo Histórico del Ejército del Aire.

¿Dijo algo sobre estos temas alguno de los historiadores franquistas, pro-franquistas, monárquicos, conservadores o, ¡válgame el Señor!, metafascistas que han escrito largo y tendido sobre la inminente revolución comunista, la socialista de izquierdas, la anarcosindicalista, etc. para impedir la cual se levantaron en armas los militares que pretendían salvar de un insondable abismo a la España eterna?

(continuará)   

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VI)

18 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los historiadores españoles han abandonado, por lo general, los archivos italianos, salvo algunas notables excepciones pero que no se han concentrado demasiado en los antecedentes de la intervención fascista. Es lógico. La participación en la guerra es más interesante y cuenta con masas documentales, no siempre descifradas en su totalidad.  Tal no es el caso de la historiografía de lengua inglesa que no ha tenido dificultades en confrontar muchas de las tesis sobre Mussolini y su régimen corrientes en Italia en relación con sus sueños imperiales. Sin embargo, no se han centrado en España sino en Etiopía y en los planes hacia el Mediterráneo oriental y el Oriente Medio. Es lógico. El caso español parecía mucho más conocido ya que daba la impresión de que Coverdale y de Felice lo habían aclarado en cuanto a sus antecedentes. De lo contrario no se explica que, por lo que sé, ningún historiador italiano hubiese entrado a saco en los documentos desclasificados después de las visitas de Coverdale y de Renzo de Felice.

Como a servidor lo que le ha interesado siempre son las deformaciones que la dictadura impuso sobre el pasado español, después de encontrarme con los contratos de 1º de julio de 1936 y terminar algunas investigaciones en las que llevaba tiempo invirtiendo tiempo, dinero y energías, pasé a ocuparme del trasfondo de los mismos. Salvo por Morten Heiberg,no se habían registrado avances conceptuales y documentales significativos. Como siempre, imaginé que si había alguna clave para explicar la génesis de tales contratos debería estar en Italia (si es que la EPRE pertinente no se había destruido, lo cual ha ocurrido con aspectos importantes) no me sorprendió sobremanera encontrarme con lo que me encontré en mi viaje a los archivos romanos en 2018. Lo hice tan pronto como terminé EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO y me recuperé del susto que me había producido caerme como un imbécil de una escalera al intentar cambiar una bombilla.

Hice dicho viaje tras empaparme, dentro de lo posible, de lo que había visto en varios archivos españoles. En primer lugar, los relacionados con la conspiración carlista y con los manejos monárquicos. Ni la una ni los otros eran desconocidos. Numerosos investigadores españoles y extranjeros habían trabajado en ellos, pero con otras intenciones. Lo que yo perseguía había quedado opacado. Personalmente, y siguiendo en las huellas de Heiberg, indagué sobre Carpi en los papeles de Sainz Rodríguez y recopilé las informaciones republicanas más importantes en torno a la conspiración monárquica.

En los fondos del antiguo Ministerio de Estado (hoy AGA) había material abundante. Tan pronto como me hice con un paquete respetable de documentación (gracias a Miguel I. Campos) fui a husmear en los archivos italianos. No me quedé en los de La Farnesina (Ministerio de Asuntos Exteriores) pero he de confesar que me dejó estupefacto el que nadie hubiese mirado en los papeles que se habían desclasificado a finales del pasado siglo. Sin duda, se pensaría que en ellos no habría mucho nuevo relacionado con el caso español. Debo reiterar una tesis. Para los historiadores de lengua inglesa o italiana las aportaciones ya conocidas eran probablemente suficientes. Para quienes se interesaban por España tenían también a Saz, González Calleja y Sánchez-Asiaín, con sendos trabajos en los que a lo largo del tiempo se había puesto a punto todo lo que iba sabiéndose sobre el caso. Además, los Documenti Diplomatici Italiani, explorados por sir Paul Preston, ya estaban on line. Parecía que el caso estaba, pues, cerrado.

Adepto, no obstante, del concepto de “representaciones” dejé cuidadosamente de lado todo lo que figuraba en la literatura secundaria para centrarme en la EPRE. Repito que no soy como Payne que ha escrito varias veces el mismo libro sin jamás poner los pies en un archivo. Lo confiesa él mismo implícitamente al exponer las muy sesgadas fuentes y bibliografía que añade a cada una de las variantes. Sin embargo, tengo la impresión que los dioses sonríen a los niños y, a veces, a los trabajadores honrados y laboriosos. Aun así, me gustaría poder afirmar  y vanagloriarme de que me dejé las pestañas en La Farnesina, como en el Auswärtiges Amt en Bonn, en los archivos británicos o en los franceses. Mentiría. Una nueva catalogación de fondos había hecho grandes progresos y en unos cuantos días encontré lo que buscaba. Es decir, lo que hice tardíamente podría haberse hecho muchos años antes.

También me interesaron los archivos de la Aeronaútica militar. Si los contratos se ejecutaron en algún momento pensé que de ellos quedarían huellas en los fondos operativos. De nuevo  aquí tuve suerte. La catalogación de las masas de papel relacionado con la intervención en la guerra de España es excelente. Como en La Farnesina, los archiveros fueron extremadamente amables, más aun si cabe porque el número de investigadores en la sala era minúsculo, al menos cuando estuve allí. Había dos o tres y uno era un oficial de Aviación. La Dra. Monica Bovino se desvivió abrumándome con legajos y papeles en los que ni siquiera había pensado. En algún momento me sentí sumergido, pero aguanté el torrente. El director, el teniente coronel Massimiliano Barlattani, se molestó incluso en indagar en fondos que no estaban tan bien catalogados. Además, no puedo sino cantar parabienes de la organización de los archivos del Ejército de Tierra y del Central del Estado aunque en estos últimos orientarse por la catalogación vía ordenadores no es siempre sencillo.   

Como quien no quiere la cosa en los archivos de la Aeronáutica me encontré con los libros y papeles que documentaban la primera misión de guerra que los aviadores italianos emprendieron rumbo a Nador (Melilla) el 30 de julio de 1936.  Los resultados los describí en ¿Quién quiso la guerra civil? Todavía hay gente que duda de mis conclusiones, pero a pesar de que es bueno imitar a Santo Tomás (abundan los faranduleros que se autopresentan como historiadores de pelo en pecho y que son simplemente de vía estrecha), a mi me pareció obvio que el ensamblaje, documentable, de una misión con hombres y aviones de diversas procedencias y de distintas unidades tuvo que llevar, lógicamente, algún tiempo. Además, ¿adónde irían los aviones antes del golpe? Los monárquicos habían jugado con planes para alojar avionetas en el sur de Francia o en Portugal, pero eso fue antes de que se negociaron los contratos y hubiera sido un proyecto absurdo, al menos en lo que se refiere a Francia. ¿Cómo pensar que la III República hubiese tolerado que aviones extranjeros, más o menos disfrazados, se asentaran en su territorio?

En las páginas 326 y siguientes del libro describí la misión y sus pormenores, en la medida en que podían documentarse,  y di los nombres de los pilotos (nota 4 de la p. 127). Dudé de si a alguien les interesarían o no. Sin embargo, resultó ser una de mis precauciones más importantes. Nunca se sabe dónde y cuándo saltan las liebres.

He de confesar que estaba bajo la impresión de una información que había obtenido uno de mis antiguos doctorandos, David Jorge, al escribir un magnífico libro sobre la Sociedad de Naciones y la guerra de España. En los fondos ginebrinos había encontrado informaciones de que los italianos, antes del 18 de julio, habían desplazado aviones desde los aeródromos del norte a Cerdeña. En Roma comprobé que así había sido: todos los pilotos y tripulantes de los bombarderos Savoia-Marchetti 81, objeto del primer contrato, habían sido movilizados después de la firma. Lo lógico. No iban a hacerlo antes. Por lo demás, los papeles descubiertos por Miguel I. Campos en los archivos parisinos mostraban que el embajador de Francia había protestado ante Ciano en los primeros días de agosto tan pronto indagaron en los pormenores que rodearon del aterrizaje forzoso, el 30 de julio, de dos bombarderos en el Marruecos francés, un incidente que dio la vuelta al mundo.

En el curso de las entrevistas Ciano dejó caer el nombre de la empresa que, supuestamente, había enviado los aviones sin que, como explicó pormenorizadamente con una mala fé propia de tahures, se enteraran las autoridades italianas. Al yerno de Mussolini se le podrán reprochar muchas cosas pero no que no tuviera una cara de cemento armado. O incluso de titanio. La empresa era, ¡cómo no!, la Società Idrovolante Alta Italia. De destacar es que en los archivos de La Farnesina se encuentran también residuos de las entrevistas de Ciano con el embajador. Desgraciadamente están muy deteriorados, por el agua o por el fuego, pero han sido reconstituídos de manera impecable, aunque solo parcialmente. En todo caso, no encontré incongruencias.

Naturalmente quedé muy contento. Las cosas encajaban. El primer contrato, el más importante políticamente, había funcionado tal y como estaba previsto. Mussolini había hecho honor a su palabra de gánster internacional ante gánsteres nacionales: el 1º de julio se había comprometido a suministrar los primeros  bombarderos en el  mismo mes. Cumplió con el compromiso.

Lo que quedaba era, naturalmente, desmontar las estúpidas historias del embaucador nato que fue Luis Bolín y en las que todavía algunos creen. A ello me apliqué cuidadosamente. De cara a su relato de 1967, fuente inmarcesible de desinformación sobre la guerra civil y sus antecedentes, fui poniendo de relieve sus agujeros y sus mendacidades. No hay cosa más difícil de destruir que una mentira que contiene granos de verdad.  El embustero suele exagerarlos para desfigurar todo lo demás. Los lectores encontrarán mi análisis en las pp. 315-323. Fue una continuación de la “descontrucción” a que ya habíamos sometido su relato sobre el episodio del Dragon Rapide. Me remito a El primer asesinato de Franco.

Destruir la versión bolinesca era necesario pero no suficiente. Había que aclarar por qué Sainz Rodríguez tuvo que volver a Roma después de su viaje del 1º de julio. Este fue otro episodio que el insigne conspirador y memorialista había desfigurado. También me había engañado como a un chino cuando nos vimos en su piso de la Avenida de América y engañó a los lectores de sus, por lo demás, interesantes memorias. Siempre he dicho que Sainz Rodríguez fue el más inteligente de los conspiradores.

Menos mal que, ¡alabados sean los archivos de La Farnesina!, en ellos descubrí que la superconocida y supermalinterpretada misión de Goiecoechea, Sainz Rodríguez y Zunzunegui a Roma había sido precedida por un telegrama del embajador fascista en España, entonces refugiado en Hendaya. Uno de sus funcionarios lo había enviado desde Burdeos. No contó en él lo que Sainz Rodríguez le había dicho (un mínimo de prudencia era imprescindible, porque el telegrama iría cifrado y era muy posible que los franceses lo descifrasen), pero sí alertó a Ciano de que la visita era extremadamente importante.

Es difícil que Bolín pudiera enterarse de esta “presentación” adicional. Él se autoatribuyó los inmarcesibles méritos de que Ciano lo recibiera. Con su labia e ingenio, afirmó que logró convencerle tras una, sin duda, apasionada argumentación de supuesto hombre de bien. Por lo demás, silenció silenció como un truhán de opereta que la misión monárquica se encontraba igualmente en Roma y no reconoció el menor papel al marqués de Viana, emisario especial de Alfonso XIII. Podríamos transformar el dicho español de que cree el ladrón… en su aplicación al caso en cuestión en la más apropiada de que  “cree el trolero que todos son de su cuerdecilla”.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (V)

11 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de la aparición del libro de Coverdale, que adquirí inmediatamente en su primera edición en inglés, estuve dos años ocupado en diversos menesteres, para mí algo más importantes en aquella época. En primer lugar en ganar unas reñidas oposiciones a cátedra a la Universidad de Valencia, sobre las cuales diré algo en un libro en preparación.  En segundo lugar en continuar una nueva investigación (que iba dominar mi futuro) en torno al “oro de Moscú”. Con todo, no me olvidé del caso italiano. En cuanto me convertí en flamante catedrático fui a ver a Don Pedro Sainz Rodríguez. Debió de ser en 1976.  Me contó diversas anécdotas. Vivía en un enorme piso de la Avenida de América. Fue muy amable, aunque distante. No era la primera vez que servidor hablaba con un gran protagonista del golpe o de los principios de la guerra, pero sí fue el primero con quien me entrevisté ya asentados ambos en España. No extrañará que no lo haya olvidado.

De aquel ecuentro, del libro de Coverdale y de algunos papeles que encontré en el SHM me hice eco en una reedición muy actualizada y recortada en varios aspectos de mi trabajo sobre la Alemania nazi y el 18 de julio. La publiqué en 1977. Entre los documentos del SHM había un relato sobre la adquisición de los primeros aviones italianos que llegaron a Marruecos el 30 de julio de 1936. Lo que me contó Sainz Rodríguez (quien después lo reproduje en sus memorias) coincidía con dicho documento. Lo di, más o menos, por bueno. Cuando tales memorias aparecieron en 1978 me apresuré a escribir una encendida reseña a petición de César Alonso de los Ríos, entonces al frente de un nuevo semanario (La Calle), próximo del ya legalizado PCE. Salió en el número 4 a finales de abril. Sainz Rodríguez había revelado que poco antes del “Alzamiento” había conseguido que Calvo Sotelo, Goicoechea y Rodezno firmaran un pacto con Italia en los escaños del palacio de las Cortes. A mí me pareció que eso distinguía claramente el caso fascista del nazi. No me sorprendió porque ya me lo había dicho cuando lo visité y servidor, con toda honestidad, lo había recogido en la segunda edición de mi libro  (p. 305). Este apareció en el mismo año en el que lo hizo la traducción italiana del trabajo de Coverdale (I fascisti italiani alla guerra di Spagna, Laterza, Roma-Bari, 1977). De alguna manera, en lo que a los orígenes de la intervención italiana se refería, me adelanté un pelín a Coverdale.

Su libro tuvo, desde luego, una gran repercusión en Italia. Lógico. Era la primera obra académica, escrita por un no italiano, que abordaba la intervención de la dictadura fascista en un conflicto abierto europeo. Sentó cátedra. Reforzó su posición cuando a él acudió el exitoso biógrafo de Mussolini, el profesor Renzo di Felice, en una de sus obras, aparecida en 1986, y en la que incluyó el testimonio del general Emilio Faldella, una de las grandes figuras en la intervención italiana en la guerra civil. Por cierto, me apresuro a señalar que no podría decirse que desconozco la obra de de Felice (Mussolini il Duce. Lo Stato totalitario), ya que se la regalé a la biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM (amén de 3 o 4.000 volúmenes más) y tuve que pedir que me la reenviaran para revisarla a la luz de la investigación que ya había iniciado sobre el caso italiano. Lo he citado en repetidas ocasiones en ¿Quién quiso la guerra civil?.

Me había, eso sí, desentendido del caso en los años ochenta. Llevaba tiempo dedicado a poner en claro algunos de los mecanismos que se habían interpretado a la mayor gloria de Franco (los pactos secretos con Estados Unidos, nunca dados a conocer previamente ni en España ni en USA ni en ningún otro sitio, -en un reciente artículo en ABC ni se mencionan (¿por qué será?-  o los orígenes del crecimiento económico en los años sesenta, por señalar los más importantes). Cuando pasé a “disfrutar” de la condición de modesto testigo del proceso de policy-making en aquella época en el Ministerio de Asuntos Exteriores, un joven historiador español (y amigo mío), Ismael Saz Campos, publicó un libro en 1986 cuyo tema era el estudio de la política fascista antes del 18 de julio (Mussolini contra la II República). Demostró, entre otras muchas aportaciones, que no podía darse por bueno el relato que yo había encontrado en el SHM y Sainz Rodríguez reproducido. No reaccioné. Me ocupaba de otras cosas y tenía por delante de mí veinte años en Bruselas y Nueva York, aunque entonces no lo sabía.

Como muchos historiadores “beben” lógicamente de las aportaciones previas de otros (si no están de acuerdo suelen decirlo, aunque no siempre), en Italia las tesis de Coverdale/De Felice se impusieron en el grueso de la literatura. En España este fue también el caso de las de Saz. Cuando, andando el tiempo, en 2004 se publicó un nuevo libro sobre las relaciones hispano-italianas de Morten Heiberg (Emperadores del Mediterráneo. Franco, Mussolini y la guerra civil española) empecé a mosquearme. Era crítico de ambos y, en particular, de de Felice. A mi me dio la impresión de que Heiberg era un historiador concienzudo y fiable. Para entonces ya empezaba a volver a mis viejas preocupaciones sobre la guerra civil.

En aquellos momentos me movía, inquieto, entre tres o cuatro países (aunque no Italia) para descifrar lo que denominaría, gracias a Gonzalo Pontón y Carmen Esteban, La soledad de la República en la que no entré demasiado en los antecedentes.  

Lo que me preocupaba era avanzar en el conocimiento de los motivos y mecanismos por los cuales los republicanos españoles se habían quedado solos frente a la acometida nazi-fascista, casi como Gary Cooper en la película del Oeste que tan famoso lo hizo.  Tenía la suficiente experiencia para pensar que la respuesta se encontraría en un nuevo repaso a los archivos. Para entonces se habían abierto de par en par los británicos, los norteamericanos, los franceses y los rusos. Mi tratamiento del tema italiano no superó lo que se había escrito en relación con los antecedentes. Siempre me fío de los historiadores académicos de pro. Subrayo lo “de pro”, porque algunos (entre ellos el profesor Stanley G. Payne) no lo son. Con todo, dado que entonces en los archivos británicos ya se habían desclasificado las interceptaciones de muchos de los mensajes entre los italianos durante la guerra y entre Roma y Franco llegué a pensar que había muchos puntos oscuros en los relatos habituales.

En estos someros recuerdos, que no son completos sino que se refieren exclusivamente a una más que superficial  evolución del tratamiento en la literatura del acto de piratería o gansterismo internacional de Mussolini al que terminaré llegando, los lectores observarán que no he mencionado ninguna de las obras de un escritor y dentista prolífico (sin que esto implique el menor desdoro ante tales profesionales a quienes todos acudimos antes y temprano) porque, francamente, no me fiaba de él, como tampoco suelo fiarme de propagandistas y mucho menos de aficionados. Reconozco que al escribir esto me expongo a las críticas posibles de muchos lectores, pero es así. Por lo demás, no tengo empacho en reiterar que servidor tampoco escribe historia definitiva.  

Tal dentista publicó una serie de obras sobre intervenciones extranjeras en la guerra civil. Firmaba como José Luis Alcofar Nassaes y dedicó varios tomos a los legionarios fascistas, a la aviación fascista, a las fuerzas navales fascistas…. y fue extendiendo sucesivamente su repertorio. No soy injusto al no citar a Javier Tusell, ya que tampoco innovó en el tema específico de los antecedentes de la intervención italiana.

Lo que sí me obligó, más tarde que más temprano, a volver a dicho aspecto fue el descubrimiento que hice en 2012 de los contratos del 1º de julio de 1936 . Los firmó Sainz Rodríguez en Roma con el director de la Società Idrovolante Alta Italia. No tuve la menor duda de que eran genuinos y, como por el hilo se saca el ovillo, pensé que debería ocuparme personalmente del caso italiano.

Por fortuna, me vi obligado a demorarme. No se me ocurrió entonces pensar en lo que podría haber detrás de aquellos contratos (que algunos no tardaron en poner en duda, sin evidentemente aducir un pelín o migajilla de EPRE). Lo que me encandilaba  era descubrir el lado oscuro de nuestro führer de andar por casa. Fui haciéndolo en varias obras: La conspiración del general Franco; La otra cara del Caudillo; Sobornos y, sobre todo, El primer asesinato de Franco (con mi primo Cecilio Yusta y mi amigo Miguel Ull, ya fallecidos a causa de la pandemia).

Todos estos trabajos fueron reforzando para mí el carácter de proyección que tenía en algunos grandes temas la historiografía pro-franquista. Incluso fueron providenciales porque me permitieron ganar una serie de insights en la naturaleza de la conspiración de 1936 y en la peculiar mentalidad de Franco. Sin ello  hubiese cojeado a la hora de abordar lo que, sin duda, ha sido uno de los secretos mejor guardados de la dictadura: la promesa contractualizada de Mussolini de ayudar al futuro golpe contra la República española en un acto propio de gánsteres en el plano internacional. Aunque casos relativamente similares se habían producido habían ocurrido fuera de nuestros lares. El 1º de julio se encontraron en Roma un distinguido diputado monárquico español con los gánsteres italianos en uniforme fascista.  

(Continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (IV)

4 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los lectores de este blog ya se habrán acostumbrado a una de mis afirmaciones: la historiografía franquista estuvo (está) basada en la aplicación sistemática del principio de  proyección. Es decir, un mecanismo por el cual se achacan al adversario (enemigo, en la terminología de Carl Schmitt) rasgos del propio comportamiento. Es una percepción que no he visto en la abundante bibliografía sobre la guerra civil, sus antecedentes y sus consecuencias. Sin embargo, cuanto más profundizo en el conocimiento del período, más me doy cuenta de que respondió a tal realidad en casos de importancia para la mitografía franquista. El más sobresaliente se refiere a los orígenes de la guerra.

Cuando se echa un vistazo al Dictamen sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936 que redactó una comisión de notables (varios de entre ellos conspiradores contra la República antes de la guerra) se observa un dato esencial. Muchos de los principios que  inspiraron dicho engendro estuvieron presentes en la propaganda de quienes iban a hacer causa común con las sublevados (y en la de las derechas en general) para generar la sensación de “estado de necesidad”. Era una característica imprescindible para justificar la intervención “salvadora” del Ejército y de los hombres de bien.

Aquella comisión acusó directamente a la URSS de haber promovido la “ejecución de un plan revolucionario español y su funcionamiento, mediante la inversión de sumas fabulosas”. No aportó documentación propia sino que se basó en un informe presentado, estallada la guerra, por el Gobierno portugués ante el Comité de No Intervención. Recordemos que este fue un artilugio franco-británico designado con el fin de sustraer a la Sociedad de Naciones la competencia efectiva para pronunciarse sobre la agresión fascista y nazi. Se trataba de dotar de un contenido político, que no jurídico, a la politíca de no intervención decidida por los gobiernos de París y Londres.

Los resultados de la febril imaginación de los funcionarios de la dictadura salazarista (posiblemente estimulada por los sublevados a través de sus agentes en Lisboa, entre quienes figuraba Don José María Gil Robles) los he reproducido en EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. En el abanico figuraba el supuesto envío de armamento soviético previo al 18 de julio a Cádiz, Sevilla, Badajoz, Córdoba, Cáceres y Jaca. Constituyó el punto 4 (p. 68) de la reproducción hecha por el Dictamen.   

Siempre me he preguntado cómo se arreglarían los malvados comunistas para suministrar armamento hasta Jaca tras desembarcarlo en Algeciras el buque soviético Jerek (sic). No he encontrado ningún papel y no conozco si los eminentes miembros de la comisión montada por un Serrano Suñer siempre ocurrente indagaron en ello. Lo señalo a la atención de cualquier novelista que quiera escribir alguna obra de ficción sobre el episodio. En el bien entendido que el no menos inmarcesible Bolín (a quien todavía se remiten distinguidos historiadores) repitió la patraña en 1967 y, a la atención de sus lectores de lengua inglesa,  recalcó que armamentos más formidables que pistolas, máuseres, escopetas, etc. habían sido trasladados por barcos soviéticos a Sevilla y Algeciras (p. 151 de la versión inglesa de su camelo, Spain: the vital years). Obsérvese que redujo el abanico de puertos.

Todavía en 1973 (sí, 1973) todo un teniente general del Ejército, diplomado de EM, doctor en Ciencias Políticas y Sociología y licenciado en Derecho, se hizo eco de tal desvarío en un panfleto declarado de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército, según OC de 2 de noviembre de 1973 (DO nº 249) y de utilidad para la Marina por Orden 518/73, de 25 de julio del mismo año. ¡Alabado sea el alto mando!

El nombre de tan imperecedero mílite era Don Manuel Chamorro Martínez. Remito a su inmortal, pero poco conocida, obra (que probablemente vendió a espuertas a militares ingenuos o amedrentados). El título hacía pensar en otro ejercicio de proyección: 1808-1936. Dos situaciones históricas concordantes. No lo publicó en una editorial (quizá para no tener que contentarse con el cobro de un porcentaje, mayor o menos, en concepto de derechos, sino embolsarse una mayor parte del precio de tapa). Apareció en diciembre de 1973 en Madrid y es la única obra suya que tengo en mi biblioteca. La referencia al inolvidable Jerek figura en la p. 316. Hubo hasta cinco ediciones (la última, publicada por Doncel en 1975, que no poseo pero que se dijo ampliada). La cuarta se encuentra en Amazon al módico precio de 5 euros. Animo a su adquisición.

La idea de que el Kremlin ordenase el envío de armamento a los futuros “sublevados”, es decir, a los comunistas que hicieron causa común con el Gobierno republicano, no dejó de estar presente en la literatura más oficial posible que se produjo durante la dictadura.  Claro que el Estado Mayor Central del Ejército, a través de su Servicio Histórico Militar, fue algo más prudente que el ilustre teniente general y príncipe de la milicia. En su Sintesis Histórica de la Guerra de Liberación, aparecida en 1968, adoptó otra maniobra. Como corresponde a militares avezados en evitar enfrentamientos frontales la referencia a la aportación soviética aparece en forma de movimientos laterales y solo a partir de la p. 52. Lo hizo en una referencia a los comienzos de la batalla por Madrid pero, de manera solapada y en plan de operación comando, se indica que “ya desde el principio de la guerra actuaba (…) una copiosa aviación, dotada de modernos aparatos llegados del extranjero…” Y los grandes historiadores al servicio del régimen despacharon el tema (p. 66) diciendo simplemente que la “ayuda extranjera recibida por los nacionales no alcanzó el volumen de la que obtuvieron sus adversarios, y no fue pagada, como lo hicieron estos, con una total sumisión a las consignas de fuera”. ¡¡¡¡Bravo!!!

Mera divagación obviamente, pero quién más y “mejor” abundó en el tema fue el teniente general Chamorro. A tenor de este autor (perteneciente al grupo de los “azules” y más ultramontanos de las FAS, según Roberto Muñoz Bolaños, durante la posterior transición hacia pagos alejados del franquismo), “el Alzamiento Nacional se preparó y ejecutó por el Ejército español sin ninguna ayuda personal ni material del exterior, actuando exclusivamente las guarniciones sublevadas -reforzadas en algunos casos por voluntarios civiles, españoles todos ellos– y sin utilizar más aramento y material que el reglamentario en nuestro Ejército, extraído de los almacenes de los Cuerpos y Parques” (p. 326). ¡Bravísimo! Que yo sepa nadie, ni los historiadores prorrepublicanos más enardecidos, ha imaginado que lo hubiesen adquirido previamente en el extranjero.

Las anteriores itálicas son del original. Pero yo pongo en negritas una afirmación descendida de las alturas del olimpo franquista: “al enterarse los dirigentes del bando nacional de las gestiones y peticiones del Gobierno frentepopulista español en París, y del decidido apoyo que tanto el Gobierno de la nación vecina como las organizaciones revolucionarias internacionales habían comenzado ya a prestar a su enemigos, determinaron acogerse -para contrarrestar tal acción- al ofrecimiento hecho en Roma, el 31 de marzo de 1934, por el entonces jefe del Gobierno italiano…. “ (las itálicas son también de servidor). Aquí salta el gato del saco en que estaba encerrado. Había que evitar por todos los medios posibles e imposibles que las tiernas mentes de los lectores españoles pudieran verse contaminadas por el veneno que solían verter los enemigos de España.

En nota a pie de página tan ilustre mílite e historiador se preocupó de ocupar el terreno ante un posible contraataque del adversario: “De este ofrecimiento de Mussolini a dos partidos españoles [Renovación Española y Comunión Tradicionalista] que no se adhirieron al Alzamiento Nacional hasta mediados de julio de 1936, nada supieron los organizadores del mismo antes de su iniciación, y no ejerció, por tanto, ninguna influencia en sus planes. Solo en vista del resultado indeciso del Alzamiento, y ante el manifiesto apoyo extranjero a los rojos, fue recordada dicha oferta -mal llamada por algunos “Pacto de Roma”- y se comenzaron las gestiones para hacerla efectiva”.  Las itálicas son del original.

Nada de lo que antecede en la narrativa declarada de utilidad para las FAS en las postrimerías de la dictadura respondía en lo más mínimo a la realidad. Si la traigo a colación aquí es para mostrar los dos extremos del arco de proyección incrustado en el corazón de la mitografía franquista más carpetovetónica.

Por un lado: la sublevación como asunto puramente militar para hacer frente a una revolución inminente inducida por el comunismo destructor o, en el mejor de los casos, por los “rojos”.  Por otro: la disminución de las ayudas extranjeras y, en todo caso, una guerra  presentada como asunto específicamente hispano. La España eterna contra la Anti-España. Y, sobre todo, la mera reacción de los “buenos” ante la previa injerencia extranjera a favor de los “malos”.

Se trató de un condimento muy potente que daría todo su sabor a la sopa boba que se distribuyó durante cuarenta años por todos los medios y por todas las formas. Con, en el caso italiano, los cuentos, bulos y “trumpismos” de Bolín para echar humo, en 1967, ante el avance de la historiografía extranjera y, en particular, de Hugh Thomas y de Herbert R. Southworth. En una España en que imperaba la censura continuó el lavado de cerebros. Dependió de dos factores: la censura y el cierre a rajatabla de los archivos.

El primero maniató a los historiadores. El segundo les obligó a depender de fuentes extranjeras, pero sin poder publicarlas en España, salvo en los casos de Fernando Schwartz y un servidor. En lo que a mi se refiere no me quedó más remedio que remachar la realidad documentable: no hubo acuerdos previos con los nazis. Fue así. No iba a inventarme lo contrario. En el mismo año que apareció mi libro lo hizo también el de otro historiador militar, el entonces teniente coronel Jesús Salas Larrazábal. Se tituló Intervención extranjera en la guerra de España. No se paseó por archivos foráneos. Hubiese sido algo más que sorprendente. Se limitó -en un avance considerable- a basarse en los documentos diplomáticos franceses publicados y en la versión francesa (y recortada) de los alemanes (conocidos desde 1949 en inglés), pero en la España de Franco no fácilmente accesibles al común de los mortales. Naturalmente se atuvo a la inefable versión de Bolín de pocos años antes que había sido prologada, nada menos, por el señor ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella. Toda la complejidad internacional del período que antecedió a la sublevación militar española Salas la despachó en las tres primeras páginas. Comme il faut!

Al año siguiente, 1975, apareció en la University of Princeton Press la investigación de John F. Coverdale,  Italian Intervention in the Spanish Civil War. Estaba basada en un intenso análisis de los archivos italianos abiertos en la época. Fue, sin duda, la primera obra académica sobre el tema. Coverdale, que ya trabajaba de profesor en Princeton, dedicó los tres primeros capítulos a los antecedentes. El libro, emanado de su tesis de doctorado, expandió una tesina de licenciatura que había realizado en la Universidad de Navarra bajo la dirección de Vicente Cacho Viu y que continuóampliando en Wisconsin bajo la batuta de Stanley G. Payne. En Madrid consultó fondos del Servicio Histórico Militar. Para su época fue una obra rompedora. De señalar es que su reconstrucción de los antecedentes está hoy superada, pero el mensaje final quedó claro. Con toda buena fé, y en función de las fuentes consultadas, Coverdale remarcó que después del acuerdo de 1934, la Italia de Mussolini perdió interés por España. Tout est bien qui finit bien

Conviene tener esto en cuenta para comprender las alusiones a la República que el Sr. Abascal inmortalizó, para el futuro, en su intervención ante el Congreso de los Diputados el 14 de abril del corriente año. Es de esperar que no se borren del texto que aparezca en el Diario de Sesiones.

(continuará)