UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITO FRANQUISTAS (II)

16 diciembre, 2014 at 8:30 am

En estos posts no es necesario abordar los informes sobre las Fuerzas Armadas durante la segunda guerra mundial. La política aliada estribó esencialmente en conseguir por medios políticos y económicos, convencionales o no, que Franco se mantuviera neutral y no basculase hacia el Tercer Reich. Para el supuesto de que los alemanes entraran en la Península sin el consentimiento de Franco y de que España se convirtiera en beligerante contra el Eje Londres puso en pie una detalladísima planificación. El problema hubiera sido qué hacer con el Caudillo.

 Teniente General Barroso y marqués de Suanzes enseñan el nuevo Cetme a Franco

Dos notas caracterizan la mayor parte de los informes británicos sobre las Fuerzas Armadas de Franco desde 1945 a 1975: su incapacidad y su papel político. Subyace a ambas la noción de que en la postguerra mundial la dictadura no corrió el menor riesgo de una intervención militar exterior. Si en España había evolución esta debía hacerse por acuerdo entre los españoles. Ni que decir tiene que esto fue siempre totalmente inverosímil. España quedó abandonadita en su rincón hasta que los norteamericanos rescataron al régimen. Los británicos nunca se llamaron a engaño. Ya en febrero de 1951 el agregado militar brigadier A. Murray informó de que los estadounidenses pensaban mucho más en lo que podrían conseguir de España para sí mismos que en la contribución española a la defensa de Europa occidental.

Era lógico. Las Fuerzas Armadas no estaban en condiciones de hacer frente a una guerra moderna. Ni siquiera serían capaces de resistir en la frontera pirenaica ante un adversario decidido. Estaban totalmente anticuadas. Carecían de material moderno (el que había era obsoleto o desgastado) y sobre todo de apoyo aéreo en la intensidad adecuada. Tampoco existía un sistema de transporte que garantizara la movilidad necesaria. Las inversiones en modernizar la fuerza aérea con el previo sostén alemán la habían encajonado en un callejón sin salida. Los recursos escasos se habían malgastado totalmente. Esto lo reconoció ante el agregado aéreo, coronel A. C. P. Carter, el jefe de Estado Mayor del Ejército del Aire en fecha tan temprana como junio de 1946.

Un amplio informe de este mismo año, redactado por el brigadier W. Torr, que llevaba siete años en España, resumió las carencias humanas, organizativas y materiales. Ya habían dejado el Ejército los soldados de reemplazo que habían combatido en la guerra civil. Cabía pensar que ello lo haría más homogéneo. El problema lo planteaba la oficialidad. Una clase privilegiada, pluriempleada, corrupta hasta la médula. También existían oficiales honestos, eficientes y dedicados. En todo caso estaba plagada por los antiguos alféreces provisionales que habían decidido quedarse, faltos como estaban de empleos alternativos. Con el tiempo, añadamos, este último sería el colectivo que, estancado en general profesionalmente, se convertiría en un pilar esencial del régimen.

La idea de una abundante ayuda norteamericana deslumbró a muchos militares. En la percepción británica cualquiera que fuese su volumen una eficaz utilización no sería posible en tanto el nivel de formación no se elevase. Era imprescindible eliminar el pluriempleo y aumentar las retribuciones a oficiales y suboficiales.

Una vez que los norteamericanos lanzaron su salvavidas a la dictadura, los informes pasaron a analizar detenidamente el papel político de las FAS. En 1955 el embajador sir Ivo Mallet (de quien Castiella haría un encendido elogio en la presentación a las sumisas Cortes del Reino del «Libro Rojo» sobre Gibraltar el 20 de diciembre de 1965) reconoció que ya empezaban a divisarse los contornos de un Ejército potencialmente moderno.

La combinación y dosificación de influencias relativas por parte de la Iglesia, Falange y, posteriormente, los tecnócratas modernizadores terminarían convirtiéndose, con la de las Fuerzas Armadas, en la clave de bóveda de la dictadura. Mallet se hacía preguntas sobre lo que pudiera ocurrir cuando desembocara en una Monarquía, oficialmente ya proclamada. En aquel momento, pensó, serían los militares quienes constituirían el factor más importante y significativo. Mientras Franco siguiera con vida el Ejército se plegaría a sus deseos. Esta es una cantinela que se repitió en los veinte años siguientes.

En 1956 hubo notables incidentes en Madrid, resurgió la contestación obrera, apareció la estudiantil, tuvo lugar la retirada de Marruecos y las divergencias entre los diversos grupos políticos que apoyaban al régimen condujeron a una crisis. El papel del Ejército como guardián último de la estabilidad y del orden internos aumentó, si cabe, en importancia. Los británicos se hicieron eco de que las retribuciones habían mejorado y de que la mezcla de patriotismo, orgullo e insularidad favorecía el mantenimiento de una moral alta.

Esta última combinación también aflora en los informes hasta la mitad de los años sesenta y se comprende. Los españoles no habían estado presentes en los grandes conflictos del siglo, no habían colaborado activamente con otros Ejércitos desde la Guerra de la Independencia (cuya literatura y lecciones estaban muy presentes en la visión británica) pero eran soldados valientes. En la guerra de guerrillas lo habían demostrado suficientemente.

En febrero de 1957 se produjo un sustancial cambio de Gobierno. Había llegado la hora de los tecnócratas. En la embajada británica se celebró una reunión de todos los cónsules para discutir un tema esencial. ¿Qué pasaría si Franco fallecía sin nombrar sucesor? ¿Asumiría el Ejército el poder, al menos durante algún tiempo? ¿Seguirían los oficiales y suboficiales a los generales? ¿Reaccionarían los falangistas?

Los cónsules reconocieron que en el Ejército había cierto número de oficiales jóvenes de tendencia liberal. Deseaban que el país evolucionara hacia alguna forma de régimen constitucional, pero lo más probable es que permanecieran leales a sus mandos. Los suboficiales y la tropa se plegarían, aun cuando en esta última existían elementos izquierdistas. El Ejército se impondría fácilmente a Falange y también al resto de los españoles. El futuro era oscuro y la posibilidad de otra dictadura militar nada descartable.

En mayo de 1958 Franco hizo votar una nueva «Ley Fundamental» relativa a los «Principios del Movimiento». Según los británicos, a muchos militares les dejó fríos. Sus carreras les importaban más que las esotéricas disquisiciones acerca de los fundamentos y modalidades de la pomposamente denominada «democracia orgánica». En todo caso, las facciones falangistas no habían ganado la partida.

Tiene interés destacar la valoración general que del Ejército se hizo en 1959. Este fue el momento en el cual el régimen acometió la única operación estratégica de gran calado que más contribuiría a su desahogada continuación. También generó el mito de que Franco fue el gran modernizador de España, un regeneracionista après la lettre.

El agregado de defensa brigadier P. H. Graves-Morris subrayó que, si bien en el Ejército subsistía, como era lógico, una amplia gama de opiniones, en su totalidad era leal a Franco en primer lugar y en segundo término a sí mismo. Se autoconsideraba como el factor primordial que aseguraba la paz en el interior. Si bien confiaba en que ya no tuviera que desempeñar un papel político activo de primer orden, lo que le interesaba era la estabilidad y unidad del país. Y si estas no quedaban aseguradas podría intervenir.

Lo que tardó en cambiar, y en realidad no cambió nunca, fue la escasa apreciación de las Fuerzas Armadas como elemento significativo en una guerra moderna. En febrero de 1961 el nuevo embajador en Madrid, sir George Labouchere, apoyó la valoración de Graves-Morris. No disponían de equipamiento moderno. No habían mejorado sustancialmente su nivel de entrenamiento y formación. A lo más que aspiraba el alto mando era a poder derrotar al ejército marroquí si estallaba una crisis entre los dos países. A la vez se mostraba inquieto ante la posibilidad de que Marruecos pudiera obtener ayuda exterior en carros de asalto y aviación. Los despliegues en Ceuta y Melilla recordaban a los de la frontera británica del Noroeste de la India de principios de siglo. Todo ello era puramente teórico dado que nada hacía predecir una confrontación armada en el Norte de África.

Las reformas introducidas por el ministro del Ejército teniente general Barroso recibieron una buena valoración en 1962. Reforzaban el papel interno de cara a mantener la seguridad y desarrollar los sentimientos patrióticos en una parte de la juventud. Llamó la atención que se permitiera a los reclutas hacer uso de armas con fuego real durante la instrucción antes de que se les pudiera considerar capaces de utilizarlas adecuadamente.

A mitad de los años sesenta, en pleno proceso de apertura al exterior y de crecimiento económico, la embajada en Madrid consideró que

«El Ejército español no está en condiciones de abordar operaciones prolongadas. Es capaz de defender las fronteras y posesiones pero necesitaría un apoyo considerable, también de naturaleza logística, para cualquier operación de cierta envergadura. El entrenamiento al nivel inferior de sus formaciones móviles es aceptable. Su equipamiento, sobre todo en carros y blindados y sus sistemas de telecomunicaciones y el armamento anti-aéreo y anti-carros son totalmente obsoletos en comparación con las fuerzas de la OTAN. Carece de una base sólida de especialistas, que los reservistas no podrían subsanar. Los métodos de instrucción, aunque han mejorado algo, siguen siendo muy inferiores a los del resto de Europa. El cuerpo de oficiales sigue estando muy inflado y el extraño fenómeno del pluriempleo continúa haciendo estragos…»

Salvo por algunas mejoras puntuales y organizativas esta sería la cantilena que siempre reflejó la valoración británica del Ejército de Franco.

(Continuará)

UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITOS FRANQUISTAS (I)

9 diciembre, 2014 at 8:30 am

UNA LUPA EXTRANJERA SOBRE LOS EJÉRCITOS FRANQUISTAS (I)

Algunos lectores de este blog me han dicho que les interesa saber algo de lo que expuse en Barcelona en una reciente conferencia sobre la UMD (Unión Militar Democrática). Quise aportar datos acerca de cómo se veían en el extranjero aquellas Fuerzas Armadas franquistas. Me interesé por este tema investigando en busca de documentación para ese libro sobre la «hábil prudencia» de Franco que no termino de cerrar. Desgranaré lo fundamental de mi exposición en Barcelona en varios posts. Sin notas a pie de página. Todas las intervenciones que se hicieron en la conferencia se publicarán el año próximo.

desfile militar ante Franco

En la abundante literatura sobre el franquismo ha existido siempre una tensa controversia acerca del papel político de los militares. Hay autores, en general en la derecha, que señalan que este papel no correspondió a la institución armada sino a ciertos personajes dentro de ella. En tal sentido, afirman, no cabe hablar de un “poder militar” y sí del “poder” de determinados militares. Otros autores, por el contrario, destacan el papel de las Fuerzas Armadas. Fue multifacético: cantera de personal político, generadoras de ideas y actuaciones, reserva y complemento de los cuerpos de seguridad y ultima ratio del sistema. Yo he añadido siempre los indicios que se derivan, en términos operacionales, de los despliegues realizados a lo largo de treinta años por el Ejército de Tierra. Casi siempre lo fueron con la mirada puesta en el interior.

Las Fuerzas Armadas se convirtieron en el principal bloque de poder dentro del magma que dio soporte a la dictadura. Se forjaron en una cruenta guerra civil. La entendieron nada menos que como la manifestación concreta de un combate planetario contra aquel enemigo por antonomasia de la civilización cristiana que era el comunismo. Contribuyeron a mantener el “nuevo Estado” sobre los escombros de un país golpeado y una gran masa de la población sojuzgada. Los vencedores la creían capaz de volver a las andadas a la primera ocasión. Como señaló Gabriel Cardona, la mentalidad que desarrollaron se sintió muy

“poco preocupada por el perfeccionamiento profesional, [fue] muy combativa políticamente y [estuvo] obsesionada por conservar la pureza ideológica de la guerra, centrada en las virtudes militares de disciplina, orden y jerarquía, junto a los valores anticomunistas, nacionalistas y católicos”.

Sociólogos y politólogos han cuantificado y analizado la metástasis producida en los agigantados aparatos de seguridad del Estado. También han examinado cómo los uniformados, profesionales de antes de la guerra o “educados” en esta, se infiltraron por los más insólitos vericuetos de la Administración y de la gestión gubernamental. Parcelas enteras de la política pública quedaron bajo su control. Ocurrió tanto a nivel directivo como en los escalones ejecutivos. En estos últimos militares y falangistas (a veces combinando las dos características pero casi nunca “hermanados”) se desparramaron cual mancha de aceite.

En tales condiciones, y con millones de arreglos de cuentas pendientes, hubiese resultado realmente sorprendente que quiénes habían alcanzado la VICTORIA no intentaran difundir un ethos y una praxis muy específicos. Lo hicieron en consonancia con añejos postulados del militarismo español. También en base a la arrogante creencia en su supremacía sobre el poder civil. Este no lo consideraban sino contingente y que no siempre había representado los intereses permanentes de la PATRIA. Un especialista, José Gómez Olmeda, describió tal talante en los siguientes términos:

“Las Fuerzas Armadas triunfan en un conflicto armado absoluto, en el que al enemigo se le considera como la personificación del mal y el objetivo de la contienda es destruirle tanto como sea posible (…) Una de sus secuelas demayor peso es la consolidación de la percepción de la amenaza en el escenario nacional y el acento en la teoría del enemigo interior”.

Naturalmente esta teoría echaba raíces que llegaban hasta los comienzos de la Restauración. La guerra civil añadió dos elementos novedosos: uno, la eliminación de cualquier restricción constitucional o para-constitucional y el segundo la necesidad de asentar, en último término, la nueva dictadura a la sombra de las bayonetas.

Mientras duró la dictadura las embajadas extranjeras hicieron informes sobre los más diversos aspectos de su comportamiento interno y externo. Cualquier historiador digno de este nombre lo estudiará hoy combinando la documentación con la generada por la Administración española. Por desgracia, y para el tema militar, podemos afirmar que el actual Gobierno del PP, con su cerval miedo a la historia, ha reforzado los candados a los archivos militares del franquismo. En opinión del ilustre ministro de Defensa las Fuerzas Armadas (FAS) están para otra cosa y para desclasificar papeles. Menos mal. Que las FAS cumplan su papel técnico en un Estado democrático es sumamente tranquilizador. También parece haber señalado el distinguido Sr. Ministro que abrir los archivos puede crear cierta incomodidad a países vecinos. Tendría toda la razón si supusiéramos que la Francia de Vichy o el Tercer Reich puedan sentirse molestos. Sin embargo los países que nos rodean (más Estados Unidos) llevan años abriendo sus archivos y documentación sobre España sin tener en cuenta tales significativos pudores por los cuales no le felicitamos.

En estos posts trataré de invertir la situación. Acudiré a los archivos británicos y examinaré como se vieron en Londres y en la embajada en Madrid el papel y los problemas de las FAS durante el franquismo. Por lo menos en sus rasgos esenciales. Añadiré que si alguien se molesta, lo sentiré mucho pero quien se pica ajos come. Para contrarrestar las opiniones foráneas nada mejor que dejar de hacer el avestruz y sacar la ropa a la luz del día. ¿O es que por casualidad la ropa podría estar sucia?

No haré uso de documentos norteamericanos. ¿Por qué? Porque los norteamericanos se imbricaron hasta los tuétanos en los rodajes del aparato de disuasión franquista. No hicieron mucho caso de la pregunta que el presidente Eisenhower se planteó en mayo de 1956 ante las vehementes demandas españolas de que convenía modernizar a todo trapo el Ejército de Tierra. ¿Para qué lo quieren?, expuso retóricamente. No serviría de cara a un conflicto en el que se viese involucrada la OTAN. Eisenhower se dio a sí mismo la respuesta: lo que los españoles necesitaban era «un pequeño ejército competente –a good little army- para mantener estable el país». Coincidía con Franco en esto último. No entendió, quizá, que el Caudillo, aparte de arrendar la seguridad exterior y hasta cierto punto la soberanía nacional, también clamaba por algo más que no fuera un escuálido plato de lentejas.

Los británicos fueron más imparciales. El Reino Unido nunca destacó por su beligerancia contra la dictadura. Ahora bien, por razones de política interna tampoco se lió demasiado con ella. Es más, en ocasiones mantuvo un pulso con la misma a causa de la encendida y periódica retórica franco-falangista en torno a la recuperación de Gibraltar. Nunca les preocupó demasiado la gritería en tal sentido. Sí se abstuvieron de suministrar a las FAS durante años. Sabían que a la Armada no le hubiera venido mal, dado el respeto que a sus cuadros superiores seguía inspirándoles la Royal Navy. Lo que aquí nos interesa son, sin embargo, sus valoraciones sobre la eficacia y papel de las FAS y, en particular, del Ejército de Tierra. A ello se dedicarán los próximos posts.

(continuará)

ASEHISMI

2 diciembre, 2014 at 8:30 am

El críptico título de este post alude a una nueva asociación. Quizá a algunos de los amables lectores les interese conocerla. Se trata de la ASOCIACION ESPAÑOLA DE HISTORIA MILITAR. Es nueva pero no nació ayer. Lleva ya un año de vida y, poco a poco, ha ido incorporando socios. La idea estriba en agrupar a todos aquellos historiadores profesionales o no que sienten curiosidad por los temas relacionados con la historia militar.

 Untitled-1

El que haya aparecido esta asociación en los tiempos que corren no es un azar. Los libros que se publican sobre temas militares crecen exponencialmente. Más aun, si se me apura, en el extranjero. Muchos, sobre todo bestsellers, se traducen al castellano. La editorial Crítica, entre otras, tiene por ejemplo una línea sobre la segunda guerra mundial con títulos indispensables.

En nuestro país tengo la sospecha de que a las nuevas generaciones quizá la historia militar no les atraiga tanto. Tal vez porque para el caso español y para la etapa contemporánea lo que ha dominado durante demasiado tiempo es una historia tradicional, descriptiva, de campañas, de batallas y de cualidades y utilización de armamento. La renovación fundamental que en los últimos veinte años ha tenido lugar en el extranjero ha llegado con cierto retraso a España, aunque bien es verdad que ha llegado y se ha instalado sólidamente.

Es una historia que vincula lo militar con la sociedad en que está incrustada. Sociedad nacional e internacional. A la historia convencional se le han aplicado los conocimientos que provienen de la economía, la sociología, la sicología, la teoría de juegos, la antropología, la arqueología y la medicina. Hechos y circunstancias rodeados de nubes de especulaciones se han contrastado con nuevas técnicas de investigación y de análisis. Los resultados han sido, en ocasiones, espectaculares.

No es exagerado afirmar que en este proceso la Universidad ha desempeñado un papel determinante. Aquí, como en el extranjero, el campo de estudio se ha ampliado, se ha hecho más complejo, también más encrespado. Desentrañar las vetas ocultas del pasado casi siempre exige hacer preguntas y dar respuestas que no siempre son intuitivas.

ASEHISMI nació para atraer a los universitarios españoles y extranjeros, en particular a los interesados por temas relacionados con nuestro país, a un foro común en el que intercambiar experiencias y preocupaciones. La red que se ha lanzado va muy lejos: desde la antigüedad clásica al tiempo presente. No compite con las revistas de divulgación cuyo número, por cierto, se ha disparado con títulos notables como DESPERTA FERRO.

La presentación en sociedad de ASEHISMI tuvo lugar el pasado mes de mayo con la organización de un primer congreso internacional en Burgos que interesó a muchos especialistas. Desgraciadamente, cogido por otros compromisos en Bruselas no me fue posible asistir por unos cuantos días de referencia.

Las actas de dicho congreso se publicarán en 2015 en un libro con CD. En papel se reproducirán las ponencias más innovadoras o que versaron sobre temas en los que los autores han abierto brecha, con mayor o menor brío, pero siempre como subproducto de sus propias investigaciones. En este sentido, quiere recoger el resultado de las nuevas tendencias en un amplio campo de períodos y de temas.

Para mayo de 2015 está en preparación un segundo congreso. El oportuno call for papers se lanzará pronto. Esperamos que su temática atraiga la atención de muchos interesados. Versará sobre las relaciones entre novela histórica e historia. Convocará a ponentes que tengan algo sugestivo que decir en las distintas etapas: historia antigua, medieval, moderna, contemporánea y actual. No se limitará, por supuesto, a España pero no es arriesgado pensar que probablemente una gran parte de los papers se concentrarán en temas relacionados con nuestra historia.

En un próximo número de la revista STUDIA HISTORICA. HISTORIA CONTEMPORÁNEA, de la Universidad de Salamanca, a la que ya he aludido en alguna ocasión en este blog, se publicará un artículo del profesor Fernando Puell, vicepresidente de ASEHISMI, que ha analizado la bibliografía reciente en materia de historia militar de la guerra civil. También aparecerá otro artículo del profesor Fernando Larraz, que la ha abordado en la reciente narrativa española. Ambos constatan una floración de títulos. Así, por ejemplo, el primero ha identificado la publicación de unos 458 libros en los últimos seis u ocho años. Cierto que los más abundantes son los relatos personales -en consonancia con una tendencia general que también se advierte en otros países. Luego llegan en orden descendente las Brigadas Internacionales, la Aviación, las operaciones militares, los historiales de unidades, los acontecimientos locales, el apoyo exterior. Las biografías están en la cola.

En cuanto a Larraz apunta tres factores que explican la abundancia de novelas sobre la guerra civil. El primero que fue un acontecimiento de tales dimensiones humanas que resulta inagotable como materia narrativa. El segundo es que la sucesión de generaciones con visiones diferentes sobre el conflicto abre la puerta a propuestas novedosas en el plano novelístico. El tercero la existencia de un público interesado en leer sobre dicha temática.

Si ASEHISMI logra conectar con ese público interesado y lector es probable que pueda contribuir a dinamizar el campo. Por falta de esfuerzos no quedará.

En estos momentos, y a un año de su establecimiento, ASEHISMI cuenta con unos 140 socios. Todos han (hemos) pagado la cuota reglamentaria y todos han (hemos) escrito al menos un artículo o un libro sobre cualquier aspecto relacionado con el foco común de interés. Pero los tiempos son difíciles. Las Universidades no tienen un euro. Los recortes han afectado a la enseñanza, a la investigación, a la cultura.

De aquí la necesidad de movilizar a la sociedad. Cada uno en su ámbito. ¿Por qué habríamos de cruzarnos de brazos cuando hay tanto por descubrir, por investigar, por abordar con nuevos instrumentos? Un país sin historia es un país sin futuro.

Naturalmente que hago publicidad. Por una buena causa. Los socios de ASEHISMI tuvieron la bondad de elegirme su presidente en el congreso de mayo. La junta directiva la componen expertos intachables. Cada uno con una larga experiencia a cuestas. Recientemente hemos firmado convenios de colaboración con el CESEDEN y la Asociación de Escritores Militares españoles. En los próximos meses y años varios de entre nosotros daremos a conocer nuevas investigaciones. Levantaremos polvo y demostraremos, una vez más, que la buena historia expulsa a la mala.

Quienes se sientan interesados pueden consultar la página web (www.asehismi.es) o escribir a info@asehismi.es.

¡Adelante!

UNA ASTRACANADA DE FRANCO

25 noviembre, 2014 at 8:30 am

En este tiempo de aniversarios no cabe olvidar que el “oro de Moscú” fue uno de los grandes mitos del franquismo. Fue, también, EL secreto de Estado por antonomasia de su dictadura. La humillante cláusula de activación de las bases norteamericanas la conocieron al fin y al cabo ciertos círculos de la Administración, tanto en la civil como en la militar, que pronto mostraron interés por paliar en lo posible sus efectos. Sin embargo, la estrategia diseñada por Franco para “recuperar” el oro solo se comunicó a los más leales de entre los leales. Una “pequeña” diferencia.
La movilización del oro del Banco de España durante la guerra civil ha desvelado casi todos sus misterios. Quedan por conocer detalles operativos, a veces significativos. No será posible avanzar en este campo sin utilizar documentación rusa. El Estado español jamás ha conseguido intercambiar opiniones sobre el tema. Ni siquiera hoy.

BancoEspaña
Ha costado mucho trabajo identificar y analizar la sublime “estrategia” con la que Franco trató de “recuperar” el oro. Esto es algo para lo que la documentación de procedencia soviética no es necesaria. Su diseño y puesta en práctica permiten, sin embargo, alumbrar dimensiones esenciales del funcionamiento interno de la dictadura. No como se mostraba en los manuales de lo que se afirmaba era “Derecho Político” sino como fue en realidad.
Tal estrategia la diseñaron Franco y su ministro de Asuntos Exteriores, el tan alabado nacionalcatólico Alberto Martín Artajo, tras recibir a finales de 1956 la documentación sobre las ventas de oro en Moscú que Juan Negrín había conservado en el exilio. Oficialmente se afirmó que el Gobierno, merced a diversas gestiones discretas, había conseguido obtener el acta original de depósito que las autoridades republicanas habían efectuado en la capital soviética. De aquí que estuviera en condiciones de reclamar su devolución. Los medios internacionales sin excepción se hicieron eco (con muchas cábalas excepto Pravda que impugnó duramente las pretensiones franquistas y mostró la habilidad soviética para nadar y guardar la ropa).
Es obvio que los rusos no devolvieron el oro. Ningún historiador se ha atrevido a analizar las razones. No es petulante afirmar que el fracaso estaba determinado de antemano. Es difícil conseguir que otros Estados soberanos acepten astracanadas.
Por si las moscas, el tan renombrado Caudillo, o sus servidores más próximos, no tuvieron inconveniente en incluso mentir a los leales no autorizados a conocer la documentación recibida. Quienes hubieran debido saber mejor, se callaron o se plegaron a la voluntad omnímoda del  Jefe del Estado. Entre ellos figuran personajes de toda prosapia en la dictadura, por ejemplo el soldado de la “Cruzada”  que fue el ministro de Hacienda Mariano Navarro Rubio. O el entonces vicepresidente del Gobierno almirante Luis Carrero Blanco. Secundados por figuras de segunda fila pero miembros prominentes de la élite de la élite: embajadores (José Rojas Moreno, José María de Areilza), abogados y letrados del Consejo de Estado, catedráticos de Derecho Internacional, todos más o menos enzarzados en una lucha entre bastidores que nadie abordó.
Puesto a engañar, el Gobierno también engañó al propio Consejo de Estado, remanso de luminarias militares y político-administrativas;  sustrajo toda la información relevante al Banco de España, sin que su ilustre gobernador, conde de Benjumea, chistara lo más mínimo, y lanzó a sus funcionarios a una escaramuza diplomática sin darles información. Todo muy fino y eficiente.
El sucesor de Martín Artajo, Fernando María Castiella, no parece que apoyase con entusiasmo los esfuerzos “recuperacionistas” y las absurdas instrucciones que recibió del Consejo de Ministros pero su sucesor Gregorio López Bravo, que lo intentó, tampoco estuvo a su altura. Sus “titánicos” gestos (sobre todo de cara a la galería) contrastan con su lacrimosa argumentación ante su colega soviético Andrei Gromyko en los años del franquismo tardío.
¿Cuál era el objetivo no proclamado del genio galaico? Amenazar a la URSS con acudir al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya basándose en los “derechos” que daba la posesión del acta de depósito. Fueron pocos quienes supieron que los republicanos habían vendido el oro. Un eminente director general de lo Contencioso argumentó que no tenía la menor importancia: era preciso imponer la primacía del derecho emanado del “régimen del 18 de Julio” sobre el derecho internacional. Naturalmente, no dijo cómo. De haberse conocido esta tesis en La Haya, Washington, París, Londres o Moscú  las carcajadas hubieran sido homéricas. No se rieron, sin embargo, los señores ministros quienes le dieron la razón frente a la opinión unánime de los consejeros de Estado, quizá porque dicho director general había argüido algo que ningún historiador, tontos como somos, ha oteado hasta el momento: el “expolio” del oro justificaba por sí la guerra civil.
Ahora bien, ¿reparó alguien en otra razón menos narcisista?: la España de Franco, miembro de Naciones Unidas desde 1955, había renunciado ante la Sociedad de Naciones, en el sublime éxtasis de la VICTORIA el 1º de abril de 1939, al derecho a acudir a La Haya. Como, por cierto, también la Unión Soviética había excluido la posibilidad de demandar ante el Tribunal  o ser demandada ante él. La estrategia estaba abocada al fracaso.
Ya que no podemos creer que los internacionalistas del régimen fuesen ignaros nos sorprende que a nadie se le ocurriera poner en conocimiento de Franco y de sus ambiciosos fajadores tales circunstancias, perfectamente conocidas de los profesionales.
Franco perseguía otros objetivos: i) le interesaba ante todo ennegrecer la figura de Negrín y, por ende, de los vencidos en la guerra civil; ii) sembrar la disensión entre las filas del exilio (con la inestimable aportación de Indalecio Prieto, siempre propenso a hincar el cuchillo en Negrín y cuyos artículos en El Socialista el propio Castiella llevaba solícito a Franco); iii) potenciar la idea de que los republicanos, malísima ralea («escoria», dijo una vez ante las sumisas Cortes), habían robado el tesoro de la nación. Por ello España, bajo la ilustrada guía de su conductor, no había podido avanzar más rápidamente por el sendero del crecimiento económico. La culpa la habían tenido los “malos españoles”. No él ni su régimen.
La “estrategia”  murió de muerte natural con Franco. No sin que en el entretanto atravesara por algún que otro episodio típico de la duradera astracanada digna de Carlos Arniches. ¿Creerán los lectores que los eminentes biógrafos de Franco, el profesor Stanley G. Payne y Jesús Palacios, han hecho la menor referencia a todo este complejo de temas? La respuesta es negativa. Sí han tenido tiempo, naturalmente, para aprovechando que el Pisuerga pasa por Valencia introducir una amplia referencia (pp. 733s) al estallido, en julio del año en curso, del «caso Pujol».  Bien es verdad que no mencionan tal nombre (noblesse oblige) en el índice onomástico.
Dado que la política exterior franquista siempre tuvo más de Schein (imagen) que de Wirklichkeit (sustancia) el propio Franco terminó metabolizando su fracaso. A él, plim.

EL ESCURRIDIZO MR. MIDDLETON

18 noviembre, 2014 at 8:30 am

El pasado es una zona oscura. Desvelar sus dimensiones es una tarea progresiva. Ningún historiador dispone de un foco de luz que alumbre todas las dimensiones a la vez. Sobre los antecedentes inmediatos de la preparación del 18 de julio hemos descubierto en los últimos años muchas cosas nuevas. Otras están por determinar. Hubo gentes curiosas y de todos los pelajes. Entre ellas un norteamericano poco conocido pero escurridizo como una anguila: William Taylor Middleton.

220px-Piétri-1929Se trata de una figura borrosa ligada a los intentos de los conspiradores por adquirir armamento del Tercer Reich de cara a la sublevación. En otro contexto, ya apareció en este blog el 21 de enero pasado. La misión que le asegura una nota a pie de página en los prolegómenos de la “revolución nacional” se la explicitó el agregado militar en París, el entonces comandante Antonio Barroso, el 24 de julio de 1936. Barroso acababa de pasarse a los sublevados. Middleton debía ir a Berlín a hablar con el a la sazón consejero aúlico de Hitler en materia de relaciones exteriores (años más tarde, tras pasar por Londres como embajador, fue nombrado titular de la cartera) Joachim von Ribbentrop y rogarle que “enviase rápidamente la ayuda prometida”.

Las circunstancias en que quedó reflejo escrito de tan extraordinaria petición se detallan en una carta de Middleton a Esteban Bilbao del 28 de enero de 1940. La reproduje y la comenté en mi libro LAS ARMAS Y EL ORO. Argumenté que había buenas razones para que Barroso se dirigiese al acaudalado norteamericano pero no pude ir muy adelante. El trasfondo que condujo a una posible “promesa” de envío de armas nazis a España se desconoce. Quizá, especulé, fuera una consecuencia del viaje de Sanjurjo y Beigbeder a Berlín en marzo de 1936 y sobre el cual reina la oscuridad más absoluta.

Ahora un excelente amigo, el catedrático ya emérito de la Sorbona III y gran hispanista Jean-Marc Delaunay, me ha llamado la atención sobre algo que se me había pasado. Entono un mea culpa. No se me ocurrió acudir a un libro muy famoso que se publicó en París en 1954 (ya ha llovido desde entonces). Se trata de las memorias de François Piétri, embajador que fue de la Francia de Vichy en la España franquista de 1940 a 1944. El autor es más que conocido. Era corso y empezó su carrera política como diputado por Córcega. Un vistazo a la Wikipedia francesa basta para saber que había sido ministro seis o siete veces en los gobiernos de la III República. Naturalmente había apoyado a Franco durante la guerra civil. En plena tragedia de Francia fue uno de los partidarios del armisticio con los alemanes.

Pétain hizo a Piétri ministro de Comunicaciones que se convirtió en un lavalista empedernido. Un pequeño análisis biográfico y personal se encuentra en la conocida obra de Michel Catala Les relations franco-espagnoles pendant la deuxième guerre mondiale, aparecida en 1997. Luego Piétri pasó a Madrid. En 1948 se le condenó a una pena de cinco años por “indignidad nacional”. Falleció en 1966 en Córcega. Fue autor de docena y media de libros e incluso recibió un premio de la Academia Francesa.

De las memorias de Piétri se trasluce que Middleton pasó en Madrid la mayor parte de los años de la segunda guerra mundial, algo que era presumible pero que no se había documentado. Al parecer no se llevaba demasiado bien con la embajada norteamericana. Criticaba la política de Roosevelt y hacía mucho hincapié en sus convicciones republicanas, presumimos que extremadamente conservadoras. Los yanquis le pusieron la proa cuando se enteraron que él y Piétri se habían hecho amigos y pasaban mucho tiempo juntos. Piétri señaló que Middleton era un hombre muy culto y que estaba bien informado de muchas cosas, entendemos que de política. Sus opiniones las consideraba de la mayor importancia.

Esto es algo sorprendente. Piétri no tenía, antes de llegar a España, experiencia diplomática alguna. El primer secretario, Armand du Chayla, que conocía bien el entorno español, se había opuesto a Vichy y marchado en 1941. A medida que la guerra mundial fue desarrollándose en contra de los alemanes las defecciones en la embajada se hicieron muy frecuentes, empezando por los agregados aéreo y naval y varios diplomáticos. A partir de marzo de 1943, se intensificaron: el primer consejero, el segundo secretario, los agregados militar, financiero y eclesiástico amén del personal consular. Confrontado con esta ola, Piétri reafirmó su fidelidad a Pétain y no es exagerado pensar que en el hueco creado las confidencias o informaciones que le transmitiese Middleton podrían haber sido algunos rayitos de luz.

Debemos recordar que antes de la guerra civil Middleton y su mujer, francesa, circulaban entre los medios de la extrema derecha del país vecino. Existen indicios que permiten pensar que el norteamericano no gozaba de demasiada buena fama en los medios policiales franceses y, quizá por ello o por circunstancias todavía no conocidas, Vichy le miraba con desconfianza. Piétri había recibido instrucciones muy precisas. No debía darle visado para entrar en Francia porque, se le dijo, Middleton hacía campaña contra el régimen petainista. En estas condiciones la amistad que le profesó Piétri no deja de llamar la atención.

El salto, indirecto, a la historia de la embajada francesa en Madrid lo hizo Middleton a finales de 1943. Fue entonces cuando sugirió a Piétri, según cuenta este en sus memorias, que convendría que el primer ministro de Vichy, Pierre Laval, cambiase de orientación. El consejo se lo dio Middleton en conexión con la visita a la embajada de un periodista norteamericano amigo suyo y que suministró al embajador algunas informaciones que Piétri creyó eran similares a las noticias que le habían llegado procedentes de ciertas gestiones norteamericanas en Tánger.

De ser esto cierto (y habría que explorar más detenidamente los papeles de la embajada francesa en Madrid) Middleton y el desconocido periodista influyeron para que Piétri recomendase el 5 de enero de 1944 a Laval que modificase el sentido de su actuación política. El Gobierno de Vichy, afirmó el embajador, no podría resistir a la posibilidad de un desembarco aliado en Francia (lo cual era la evidencia misma). A Roosevelt no le hacía gracia el que el general De Gaulle se hiciera con el poder apoyado por los comunistas (lo que también era cierto). Lo nuevo fue la noción de que en Washington habría gente dispuesta a entrevistarse con algún emisario del Gobierno francés. No sorprenderá que Piétri sugiriese que lo hiciera a través de Madrid. Nada de esto tiene demasiada importancia. Hoy se conocen perfectamente los vaivenes de la política norteamericana respecto a Vichy. Más significativo nos parece que Piétri recomendase a la vez que se convocara al Parlamento y que se permitiera que saliesen a la luz algunos personajes de la III República que se habían apartado de la evolución política de Vichy. Laval no le hizo el menor caso de entrada. Cambió un pelín en agosto de 1944, como ha destacado Jean-Paul Cointet en su historia de Vichy. Era, evidentemente, demasiado tarde una vez producido los desembarcos aliados en Normandía y en Provenza. Las horas de Vichy estaban contadas. Las de Piétri también. Middleton se quedó en Madrid hasta que el panorama se despejó. Entonces volvió a Francia. Un aficionado más. Una figura que se movió por la trastienda. Sería interesante conocer algo más de sus relaciones con los carlistas.

Presentación de Salamanca, 1936 en Madrid.

14 noviembre, 2014 at 9:00 am

ATT00000 El próximo miércoles estaré en el Ateneo de Madrid para presentar mi último libro: ‘Salamanca, 1936’, las memorias del primer «ministro» de Asuntos Exteriores de Franco. Aquí tienen la invitación con todos los detalles, por si quieren asistir.

EN EL CUARTEL GENERAL DEL CAUDILLO

11 noviembre, 2014 at 9:00 am

En este blog no soy muy dado, hasta ahora, a las celebraciones o conmemoraciones. Quizá porque se repiten de año en año. Desde que lo empecé a comienzos de 2014 he pasado por alto fechas tan señeras como el aniversario del golpe de Casado o del final de la guerra, por no hablar sino de temas españoles. Tampoco he aludido a efemérides internacionales, como por ejemplo el pacto Molotov-Ribbentrop, el comienzo de la segunda guerra mundial o el inicio del Blitz sobre Londres. No puedo, sin embargo, resistirme a pasar por alto el 20-N. En tal fecha falleció Franco y, a trancas y barrancas, se puso en marcha un proceso que desembocó en el arrumbamiento del sistema político que había creado. He tomado prestado el título de este post al de las memorias del general Warlimont, de dudosa fama, cuando se refirió en sus memorias al de la Wehrmacht.
salamanca-1936_9788498927276
El año pasado presenté el 20-N en el Ateneo de Madrid mi último libro, Las armas y el oro. Haré en un próximo post alguna referencia al mismo. En este año presento las memorias de Francisco Serrat y Bonastre, primer «proto-ministro» de Asuntos Exteriores de Franco. No lo conoce nadie. La entrada que de él existe en Wikipedia no es informativa y no responde, en general, a la realidad. En la biografía de Franco que han escrito Payne y Palacios se le ignora radicalmente. En un libro reciente sobre los catalanes que sirvieron a la causa franquista también. Dado que el 20-N la sala del Ateneo en la que suelen hacerse las presentaciones está comprometida desde hace meses, la de las memorias de Serrat ha debido trasladarse a la víspera. En puridad, estaremos más cerca del momento preciso en el que tuvo lugar el fallecimiento hace ahora treinta y nueve años. Para los interesados el libro se titula Salamanca, 1936. A lo mejor incluso sirve para que el Ayuntamiento de dicha ciudad, controlado por el PP, se decida a eliminar el fatuo medallón del SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) que «adorna» la Plaza Mayor.
Las memorias de Serrat son importantes por tres razones. La primera es que su autor no las escribió con fines de publicación. Lo hizo para que sus hijos, nietos y bisnietos supieran lo que había visto en la guerra civil. Más concretamente en el período comprendido entre el mes de octubre de 1936 y el de abril de 1937. Es, por supuesto, un período clave. Los pocos libros de memorias que lo tratan han de cogerse con varias toneladas de sal. Sus autores quisieron dar a conocer sus versiones al gran público y, con ello, pasar a la historia bajo una luz determinada. No siempre bien. Ninguno, que yo sepa, ha abordado la tarea de describir el ambiente que existía en el seno del Cuartel General. Ya por ello la descripción de Serrat sirve para rellenar un hueco sensible en la literatura.
Pero hay más. La segunda razón es que Serrat constituye, en lo que se me alcanza a saber, un caso único en la historia de la diplomacia española (a lo mejor hubo algún otro en el Ancien Régime, pero no lo sé). En julio de 1936 era embajador en Varsovia. Estaba a la cabeza del escalafón. Se pasó a los sublevados en agosto. En octubre se le ordenó que se presentara en España para asumir la dirección de las exiguas relaciones exteriores de la incipiente dictadura. Serrat, hombre de derechas, diplomático de vieja cepa, disciplinado y autoexigente, obedeció sin tardanza. A mitad de 1937 se autoexilió en Suiza de donde no regresó hasta poco antes de su muerte en 1950. Franco le persiguió con saña y encono. Su hoja de servicios no le ayudó para nada. El tomo de sus memorias dedicado a la guerra civil no precisa el porqué. Hay que recurrir al primer volumen de sus recuerdos de exilio y contrastar sus afirmaciones con el voluminoso expediente personal que se conserva en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación. El análisis simultáneo permite comprobar que Serrat no incidió en camelos. A la diferencia del inmarcesible Caudillo no se auto-mintió en  lo que escribió.
No es de extrañar que entre los viejos del lugar siempre hubiera interrogantes sobre lo que pasó a Serrat. Es un misterio hasta ahora no desvelado. Quienes se han acercado al caso se han cuidado muy bien de cubrirse las espaldas. Había que hacer todo lo necesario para no embadurnar la refulgente imagen del Führer español.
La tercera razón es que la información que transmite Serrat en torno al mismo permite llegar a dos conclusiones. Ante todo que Franco era, en aquel momento, un ceporro en los temas internacionales. Aprendió como pudo, rodeado de sicofantes. No sorprenderá que cometiera pifias a diestro y siniestro, que pocos historiadores se han tomado la molestia de identificar. Desperdició ocasiones de mejorar la posición internacional de los sublevados porque, ya entonces, se dejó llevar del discreto encanto de dos protectores hoy escasamente ensalzables:  Hitler sobre todo pero también Mussolini. La segunda conclusión se refiere al clima de intriga, corrupción y desidia que reinaba (¿quién lo dijera?) en el Cuartel General en donde el hermanito, Nicolás, hacía poco menos lo que le venía en gana en medio de un desastre burocrático y procedimental de primer orden.
Para los interesados en los avatares de la carrera diplomática de los vencedores será de la máxima importancia comprobar cómo Franco trituró la propuesta de depuración de funcionarios que le transmitió Serrat. Tras su autoexilio se realizó otra que, para colmo de parabienes, dejó pasar a más de algún indeseable.
Ni que decir tiene que hoy ya no sería posible hacer el estudio que acompaña a las memorias. Gracias a nuestro nunca demasiado bien alabado ministro de Asuntos Exteriores solo quienes tienen bula podrán acceder a los archivos de su Ministerio. Tampoco sería posible profundizar en los orígenes de las fantasías pro-franquistas que esparce una literatura de combate por las grandes superficies españolas. Pero no hay que desesperar. Salvo que se pegue fuego o se meta en el shredder la documentación que conservan los archivos españoles, tarde o temprano (y esperemos que sea lo más pronto posible) los historiadores  podrán proseguir documentando su veredicto sobre tiempos oscuros. Un trabajo que sigue siendo esencial y que espero poder continuar. Por ejemplo, de cara al XL aniversario del fallecimiento del providencial Caudillo.

TRASLADAR AL CIBERESPACIO EL ESFUERZO ACADÉMICO POR ILUMINAR EL PASADO

4 noviembre, 2014 at 8:30 am

En los meses transcurridos desde la aparición de este blog, hace ahora casi un año, me he visto obligado a abandonar algunas certidumbres. La crisis ha recortado drásticamente las ventas de libros. También los de historia. Incluso me atrevo a decir que en particular los de historia. Las tiradas se hacen diminutas. Los costes de distribución se han disparado. Las devoluciones aumentan. El Gobierno se caracteriza por su inacción ante un sector que no solo representa la cultura del país sino que también hace una contribución nada desdeñable al sacrosanto PIB. Por el contrario, noticias, informaciones, análisis, bulos y tergiversaciones han encontrado en el ciberespacio campo abonado para darse a conocer. Las nuevas realidades se imponen. ¿Qué hacer?

homepageImage_es_ESEn primer lugar salir de la torre de marfil. Cuando empecé a estudiar historia en Alemania escribir significaba, esencialmente, escribir para los colegas. Lo que contaba era conseguir el reconocimiento dentro de la profesión. En España las cosas eran algo diferentes. La oferta de los contemporaneistas encontraba una demanda ávida. En los años de la transición nuevas revistas especializadas y nuevas firmas en editoriales consagradas lograron grandes éxitos de ventas.

Esto último suele aplicarse hoy, con escasas excepciones, a autores que escriben para reforzar las convicciones de ciertos sectores sociales. O para “hacer caja”. Uno de los libros más deleznables jamás escritos sobre Franco, ya publicado hace algunos años, ha conseguido ventas al parecer notables. A mí me da vergüenza citarlo. Al lado, la monografía paciente y cuidada subsiste; la apertura de brechas en términos de nuevo conocimiento subsiste, pero siempre en tiradas cortas. La reconstrucción del pasado continúa pero ¿cuál es su impacto en términos de lectores?

Y, sin embargo, la necesidad de potenciar este impacto es hoy más intensa que nunca. Un colega y amigo me envía la siguiente cita de Tony Judt:

Amañar el pasado es la forma más antigua de control del conocimiento: si tienes en tus manos el poder de la interpretación de lo que pasó antes (o simplemente puedes mentir acerca de ello), el presente y el futuro están a tu disposición. De modo que, por simple prudencia democrática, conviene garantizar que la ciudadanía esté informada históricamente.      

La tarea del historiador, si se quiere verlo de este modo, es proporcionar la dimensión del conocimiento y la narrativa histórica, sin lo cual no podemos ser un todo cívico. Si  tenemos una responsabilidad cívica como historiadores, es esta.  Los  historiadores tienen la responsabilidad de explicar. Aquellos de nosotros  que  hemos elegido estudiar Historia Contemporánea tenemos una responsabilidad más: una obligación respecto a los debates contemporáneos.»

 

Judt desarrolla una idea que ya anticipó Orwell pero, en lenguaje actual, no cabría expresar mejor los desafíos y responsabilidades del contemporaneista. Sin medro alguno de la pulcritud y exactitud científicas, sin la menor concesión a la necesidad absoluta de fundamentar las aportaciones, se hace de todo punto preciso desarrollar una labor educativa más amplia y extenderla al ciberespacio. Un portal que atiende a ello es, desde hace unos años, www.academia.edu al que académicos de todo el mundo suben algunos de sus trabajos.

 

Para el caso de la guerra civil la profesora Matilde Eiroa y su equipo en la Universidad Carlos III han empezado a estudiar las modalidades de propagación via internet del conocimiento sobre tal capítulo esencial de nuestra contemporaneidad. En diciembre aparecerá en papel, por última vez, la revista STUDIA HISTORICA, de la Universidad de Salamanca. El número, monográfico, está dedicado a la bibliografía más reciente sobre la guerra. Ha sido un trabajo pionero en cuanto a extensión y profundidad. Colaboramos treinta y seis historiadores de las más variadas diversas nacionalidades.

 

Ya estoy poniendo en marcha un proyecto que amplíe el contenido de STUDIA HISTORICA a otras tradiciones historiográficas (holandesa, griega, latinoamericanas, quizá japonesa). Su puesta al día se hará en forma de e-book exclusivamente. Ello le asegura la posibilidad de una difusión prácticamente universal. La fecha de salida está prevista para, aproximadamente, dentro de un año.

 

HISPANIANOVA se ha renovado. Es la primera revista electrónica de carácter académico que se creó en España a iniciativa de los desgraciadamente ya desaparecidos Angel Martínez de Velasco y Julio Aróstegui. Ha mantenido un alto nivel de calidad. Los lectores pueden comprobarlo en http://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV . Los artículos que en ella aparecen computan a efectos de la ANECA.

 

Pues bien, no por casualidad sino coincidiendo con el XL aniversario del fallecimiento del general Franco HISPANIA NOVA publicará en octubre o noviembre de 2015 un número extraordinario. Uno de sus platos fuertes será la disección, a cargo de un pequeño grupo de expertos, de la biografía que de tan señera figura han publicado recientemente Stanley G. Payne y Jesús Palacios.

 

Sin esperar tanto tiempo los interesados podrán dentro de poco leer en e-book las ponencias presentadas en el reciente congreso de la Asociación de Historia Contemporánea que tuvo lugar el pasado mes de septiembre en la sede del CSIC. Será gracias a la entusiasta cooperación de las Universidades Autónoma y Complutense y a la dedicación de los profesores Pilar Folguera y Juan-Carlos Pereira, entre otros, y sus correspondientes equipos.

 

Nada de esto sustituye, de forma radical, a la letra impresa. Es preciso pulsar todos los teclados a la vez, con el fin de difundir en y fuera de España los avances y progresos que en los últimos años, y a pesar de todas las dificultades, hemos realizado los historiadores españoles.

 

Por mi parte, y cuando este post aparezca en el blog, habré dejado mis libros y mis documentos en Bruselas y realizado una gira de quince días, en México y Portugal, para familiarizar a aquellos colegas con las luces que, poco a poco, han ido encendiéndose en el actual panorama de la historiografía española sobre la guerra civil y el franquismo. No revelo ningún secreto si afirmo que, por lo general, no coinciden con las interpretaciones que han difundido sus ilustres biógrafos. De alguna me haré eco en los próximos posts.

 

 

 

¿UNA BIOGRAFÍA DE FRANCO QUE PRETENDE NO SER PRO-FRANQUISTA NI ANTI-FRANQUISTA SINO RIGUROSAMENTE OBJETIVA?

28 octubre, 2014 at 9:00 am

En la última semana de septiembre se puso a la venta la anunciada biografía de Franco escrita por el profesor Stanley G. Payne y el periodista Jesús Palacios. En la contracubierta se afirma que “es el  primer estudio objetivo y desapasionado sobre la figura que gobernó España durante casi cuarenta años y que se convirtió en el líder político con mayor poder de la historia del país”. En mi modesta opinión, se convertirá fácilmente, y durante algún tiempo, en la biblia de la derecha.

 

Este blog no es el lugar adecuado para hacer una reseña de la obra. Sí lo es para exponer sinceramente un temor y un alivio.

El temor es humano y supongo que común y corriente. Cuando un historiador escribe sobre un tema y se entera de que otro u otros van a publicar algo sobre el mismo lo primero que se pregunta es algo así como ¿me machacarán el trabajo?, ¿descubrirán algo que no haya visto?, ¿utilizarán documentos que me hagan cambiar lo que estaba escribiendo? Confieso haber sentido tal temor y en anteriores posts así lo he insinuado.

Ahora, tras leer la reciente biografía, he dado un suspiro de alivio. No hay documentación nueva en los temas que me interesan. Es más, la que utilizan es una pequeña parte de la que yo he manejado. No me han pisado nada. Mis argumentos no sufren alteración. Eso sí, he debido introducir en mi texto o en las notas a pié de página algunas puntualizaciones en temas en que difiero radicalmente de tan ilustres autores. Quien calla, otorga. Cuando salga mi trabajito, ya más cerca del LX aniversario del fallecimiento del inmarcesible Caudillo, los lectores compararán.

No obstante, con un pequeño ejemplo quisiera ilustrar un modo de proceder recurrente que aflora en la nueva biografía. No hago crítica. Tampoco una mini-reseña. Es, simplemente, una muestra. Podría haber elegido otras.

En el capítulo X nuestros distinguidos biógrafos abordan, entre varios temas, el muy discutido de las ideas económicas de Franco. Para ilustrarlas citan de las memorias de Don José Larraz, el primer ministro de Hacienda en la postguerra civil. Franco le llamó el 6 de agosto para ofrecerle el puesto. Los autores recogen las primeras impresiones que consignó Larraz. Cito:

“Vio a un Caudillo ´con un aspecto más modesto que el de sus propios ayudantes; su traje de general estaba raído y viejo; los codos zurcidos, las borlas doradas de la faja más que desgastadas, casi ralas. Aquella cámara y su habitante exhalaban pobreza, austeridad´”.

La cita se encuentra en la página 282 de la biografía. Genera una imagen poderosa. Podría pensarse que tiene poco que ver con lo que el profesor Jordi Maluquer afirma que, con mucha indulgencia, podría denominarse “el pensamiento económico de Franco”. Pero dejemos esto de lado. Nuestros biógrafos podrían pensar, probablemente, que Maluquer es un “rojo” disfrazado.

Lo que es significativo de su metodología es que soslayen, eludan, ignoren, pasen por alto o escondan el juicio de Larraz sobre el “pensamiento económico” de su tan encomiado biografiado. Esto sí que me parece que debería figurar en la biografía,  si es que sus autores sienten la necesidad de acudir a la autoridad del antiguo ministro de Hacienda a quien citan en numerosas ocasiones.

Mi afirmación se basa en que Larraz hizo una amplia referencia al pensamiento mágico de Franco mucho más precisa que las impresiones que reflejó al recordar el uniforme. Nuestros biógrafos no pueden alegar que la desconocen. La mención del uniforme se encuentra en la página 181 de las memorias y no oculta entre sus 576 páginas. Figura, exactamente, en la 182, tres párrafos después de la cita anterior. ¿Y cuál fue?. Reproduzco:

“…Con sorpresa mía y, eso sí, sin perder el tono humilde y hasta balbuciente, comenzó a trazar su parecer y a dibujar las líneas de la política económica y financiera. Hizo una amplia declaración concerniente a la balanza de nuestro comercio exterior y a la permanencia de su déficit; examinó las partidas desfavorables; se manifestó entusiasta de una política autárquica à outrance; atacó la economía liberal; defendió con entusiasmo la economía dirigida; no recató sus íntimas preferencias por una revolución desde arriba impregnada de sentido social y anticapitalista; recriminó al paro obrero, con el que era preciso acabar; afirmó que España podía engrandecerse en dos lustros y pasar a ser una gran potencia europea; me expuso planes de obras, trabajos públicos, mecanización del ejército y dotación de grandes armadas aéreas y navales; creyó, rotundamente, que todo aquello podía financiarse con una leva sobre el capital y, en lo que fuera necesario, con creaciones de dinero, con billetes, porque eso –dijo- no era inflación (sic) (…) en torno de estas ideas el general estuvo discurriendo dos horas, con un consumo casi total de mi paciencia. En ocasiones hablaba de la ´depreciación´ del dinero. Al fin calló y me miró de modo profundo, sin duda convencido de que me había impresionado fuertemente. Y, en parte, era verdad”

Naturalmente cabría argumentar que la cita es demasiado larga. Podrían haberla recortado. Yo mismo lo he hecho un pelín.  Es difícil negar, sin embargo, que para entender el “pensamiento económico de Franco” es algo más instructiva que la mera alusión a su uniforme.

Nuestros avezados biógrafos probablemente no consideran la anterior cita interesante. Pero hay más. También soslayan, eluden, ignoran, pasan por alto o esconden la valoración final que Larraz consignó seguidamente en la misma página 182 de sus memorias. Puestos a utilizar al ministro en apoyo de no se sabe qué, pero relacionado con las ideas y obsesiones del excelso Caudillo, no llegamos a comprender la desaparición del juicio que Franco  mereció a Larraz. ¿Cuál fue? Transcribo:

¿Cómo precisaría yo la clase de cultura económica de mi ilustre interlocutor? Aquello no tenía sabor universitario, ni siquiera de Escuela de Comercio; tampoco era la visión experimental de un banquero, o de un hombre de negocios, o de un funcionario. Aquello era la cultura económica de un bizarro capitán de Estado Mayor, recién salido de la Escuela de Guerra [donde aprendiera desde la Física hasta el Derecho Internacional, pasando por la Química, la Táctica, la Estrategia y el Derecho Administrativo]… Con algo más, quizá algunas referencias o influencias de las economías totalitarias”.

¿Me dejo llevar por pensamientos malévolos? ¿Podría ocurrir que  nuestros estimados biógrafos hayan querido soslayar, eludir, ignorar, pasar por alto o esconder este implacable juicio de Larraz que no es demasiado elogioso para el tan alabado Caudillo?

Los lectores no necesitan acudir a las Memorias de Larraz, publicadas por la Real Academia de Ciencias Morales Políticas en el año 2006 y que probablemente ya solo encontrarán en bibliotecas.  No la anécdota del uniforme pero sí la referencia crítica al “pensamiento económico de Franco”  figura en un libro muy reciente que está hoy en todas las librerías. El de Jordi Maluquer, La economía española en perspectiva histórica, Pasado&Presente, pp. 201s. (He recuperado lo que hay entre corchetes ).

¿Y por qué reproduce  Maluquer la crítica de Larraz? Simplemente porque se trata de una información de importancia excepcional. Precisamente la que Payne/Palacios soslayan, eluden, ignoran, pasan por alto o esconden. No hay engaños. Larraz dedicó tres páginas a la entrevista y la encuadró histórica y políticamente.

La lectura de la nueva biografía, autocalificada de objetiva, proporciona las claves explicativas en el plano epistemológico y metodológico de tan notable ausencia. Habrá que explicitarlas en algún momento.

La coartada comunista y el incendio del Reichstag

21 octubre, 2014 at 7:47 am

En los años treinta del pasado siglo políticos, escritores y analistas de variado pelaje, generalmente de derechas, divisaron en el comunismo un peligro para los regímenes democráticos occidentales. Los nacionalsocialistas lo plantearon como un riesgo absolutamente existencial (los fascistas franceses e italianos siguieron después). La derecha española ya lo había denunciado durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando los comunistas españoles eran cuatro gatos. Pronto aprendió de los nazis cómo mejorar el argumento. La campanada la dio  el incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933, al mes casi de la llegada de Hitler al poder, aupado por la derecha monárquica y capitalista alemana.

El incendio ha generado una furiosa controversia en la historiografía, sobre todo alemana. Se han contrapuesto dos tesis: por un lado, la noción de que fue obra exclusiva de un albañil holandés, Martinus van der Lubbe; por otro, que el fuego se debió a la actuación de un comando nazi. Los historiadores alemanes suelen extraer conclusiones muy diferentes de cada una. Para algunos (entre los que figuran nombres muy respetados como Hans Mommsen) los nazis aprovecharon el incendio para inculpar a los comunistas y con ello arrancar al presidente Hindenburg varios decretos que abolieron el sistema de derechos establecido en la constitución de Weimar. El establecimiento de la dictadura arrancaría, pues, de un hecho fortuito, circunstancial, imprevisible. Para otros historiadores, Hitler y sus seguidores tenían la intención de crear un régimen dictatorial desde antes de llegar al Gobierno y proyectaron el incendio del Reichstag con el fin de generar la coartada necesaria para obtener de manera inmediata los instrumentos jurídicos necesarios. En el extranjero el incendio se ha abordado preferentemente como el mecanismo por el cual los nazis consiguieron el necesario capital político para llevar a la práctica sus nefandos propósitos. Si los amables lectores echan un vistazo a las páginas de Wikipedia en castellano e inglés podrán encontrar atisbos, muy diluídos, de tal  controversia.

Como ocurre con frecuencia, la disponibilidad de nueva evidencia primaria relevante de época permite inclinar las tesis de un lado o de otro. En el caso del incendio esta EPRE se encontraba en Moscú adonde había sido trasladada en 1945. En 1982 los soviéticos la devolvieron a la entonces República Democrática Alemana. Tras la unificación, hoy es accesible a cualquier investigador. Se trata de un volumen considerable de documentos, más de cincuenta mil páginas. Entre ellos figura los generados por la primera comisión policial de investigación y sus antecedentes asi como los del Tribunal Supremo (Reichsgericht) y de la Fiscalía de 1933, con las actas de las sesiones del juicio que se celebró en Leipizig contra dirigentes comunistas.

Pocos son los historiadores que se han empecinado en escudriñar tal montaña. Lo hicieron en el cambio de siglo dos autores, Alexander Bahar y Wilfried Kugel (mencionados superficialmente en la página de Wikipedia en inglés). Han seguido en la brecha. El año pasado pusieron al día sus investigaciones en un libro que no encontró una editorial de primera línea en Alemania, en donde uno podría sospechar que sus tesis pueden parecer todavía un tanto tóxicas. En todas partes cuecen habas.

Es un libro interesantísimo. En este blog ya he citado el caso de Dag Hammarskjöld o el asesinato (que no accidente) del general Balmes. Bahar y Kugel siguen el mismo método inductivo aplicado a ambos. Lo completan con una historia de la controversia historiográfica, iniciada pocos años después de terminada la segunda guerra mundial por un agente de la seguridad interior del Estado, un tal Fritz Tobias, recuperado por los británicos en el marco de la “desnazificación”, un proceso en el que “salvaron” a otros especialistas de la lucha anticomunista. Por si las moscas. Tobias, al parecer, había sido miembro de la “policía militar secreta” (Geheime Feldpolizei), aspecto que él negó siempre. Su expediente militar, y su archivo personal, siguen hoy, sin embargo, cerrados a cal y canto. Dos casualidades. Tobias, que ingresó posteriormente en el partido socialdemócrata, arrastró a su encrespada y dialécticamente durísima “cruzada” a favor de la única responsabilidad de van der Lubbe a Rudolf Augstein, el todopoderoso director de Der Spiegel. La revista ha mantenido una guerrilla contra los dos historiadores a la cual incluso Die Zeit se sumó en algún momento.  Palabras mayores en Alemania.

El procedimiento seguido por los autores me parece impecable. En primer lugar con documentación pública y no pública de la época han reconstruído al minuto los detalles del descubrimiento del incendio, de su propagación y de sus resultados. A cada paso muestran las contradicciones con la tesis de la autoría única. En segundo lugar pasan a examinar las reacciones de la policía, de los bomberos (a quienes se llamó algo tarde) y de los funcionarios que plasmaaron sus observaciones en documentos oficiales, muchos de los cuales han desaparecido. No todos. Otra casualidad. En tercer lugar analizan la intervención de las autoridades (Göring en primer lugar) para forzar las investigaciones dejando de lado los procedimientos establecidos y sustituir a los jueces y  fiscales a quienes correspondía entender del caso por otros de proclividades nazis. En cuarto lugar examinan el caso  de numerosos funcionarios y elementos nazis que fallecieron o aparentemente se suicidaron o que fueron ejecutados, algunos de los más importantes, en la “noche de los cuchillos largos” del año siguiente. Otra casualidad.

La pieza de resistencia la constituye el análisis de las actas del proceso de Leipzig. Bajo el peso de la opinión pública internacional se intentó preservar un venero de legalidad. En vano. Había instrucciones de condenar a van der Lubbe y, en lo posible, a varios dirigentes comunistas (entre ellos Dimitrof). El tribunal, aunque lo intentó, no logró establecer un nexo casual entre el primero y los segundos, que fueron declarados inocentes. Sí reconoció que van der Lubbe había sido el autor material del incendio, auxiliado por personas desconocidas.

La obra muestra que el tribunal se hizo el loco ante numerosas declaraciones contradictorias de los testigos y varios informes técnicos sobre las causas y propagación del incendio. Los resultados de éstos coinciden con varios dictámenes que diversos medios de comunicación alemanes solicitaron en los últimos quince años. La tesis de la autoría nacionalsocialista queda más que robustecida, a pesar de la desaparición de documentos importantes.

Y de las proclamaciones de Hitler, Göring (que probablemente había ordenado el incendio) y Goebbels acerca de la conspiración comunista, reflejada aparentemente en decenas de papeles encontrados en la central del KPD, ¿qué?. Nada. Los nazis establecieron su dictadura y se “olvidaron” de publicar los documentos.

Esta última fue una lección que aprendieron los conspiradores españoles dos años y pico más tarde. Los “documentos” de la “inminente” insurrección comunista, a la que se opuso el “18 de julio”, se comunicaron por vía reservada a los diplomáticos franceses y británicos y a algunos periodistas extranjeros amigos. Y a vivir.

A vivir del bollo. Lo demostró uno de los más infames propagandistas del régimen, Luis Bolín, cuyo libro España: Los años vitales debería publicarse de nuevo debidamente anotado. Todavía en 1967, y con prólogo nada menos que del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, propagó la GRAN noticia de que armas “rojas”, moscovitas, las llevaban barquichuelos, por el Guadalquivir, para distribuir entre los comunistas andaluces (¿sedientos de sangre latifundista?). ¿O fue al revés?

A los lectores a quienes les interese el tema la referencia es Der Reichstagsbrand. Geschichte einer Provokation, PapyRossa Verlag, Colonia, 2013.