El aprovisionamiento de armas para la República (y II)

8 marzo, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

El libro de Miguel I. Campos, ARMAS PARA LA REPÚBLICA, al que ya me he referido en el post anterior, no solo pone en un aprieto histórico e intelectual a todos aquellos que todavía niegan que la no intervención no tuvo mucho que ver en la explicación de su derrota. Suelen atribuirlo, ¡cómo no!, al superior genio de Franco, al mejor ejército, a la superior moral frente a los navajazos y querellas republicanas. Y, por supuesto, a que Dios no estaba con estos sino con los sublevados por Dios y por España. La mejor causa sobre la peor. Poco que ver con los suministros. Todos recibieron e incluso algunos se atreven a afirmar que los “rojos” recibieron más. Pasemos, pues, a otra cosa, mariposa.

Armas para la República. Contrabando y corrupción, julio 1936 – mayo 1937’, de Miguel Í. Campos. Crítica, 2022.

Sin embargo, mal historiador hubiera sido el autor de este libro de haber obrado de tal suerte. La “no intervención” (contra la República) y la “intervención descarada” (a favor de Franco) tuvieron consecuencias. Las que se produjeron en contra del único gobierno español contra el que se sublevaron las “fuerzas vivas” de la Nación y sus héroes suelen pasar a un segundo término.

Howson ya empezó a intuir que las cosas no fueron como parecen en la perspectiva filofranquista, pero tampoco profundizó demasiado en el desbarajuste que se creó en las filas republicanas en materia de adquisición de armamento. La única vía posible fue por los canales del contrabando, del mercado negro y de las redes de influencia con agentes extranjeros de todo tipo y condición. Identificó muchas, pero le faltó documentación.

La República no entrevió otra alternativa, salvo la soviética (pero esta también se exagera), no en vano la guerra civil fue una “cruzada” contra los “sin Dios”. Ya lo proclamó la Santa Madre Iglesia Católica española. Quien no creyera en tal aseveración de carácter casi dogmático tampoco tuvo muchas posibilidades de publicarlo, al menos en España hasta que se eliminó la censura (no por la gracia del Señor, sino por una actuación política una vez agotado el “dulce” encanto de la dictadura).

Los “rojos”, supuestamente volcados en una revolución para el mes de agosto de 1936, esperaban sin duda una buena acogida a sus abyectos planes. De otra manera no se explica que no tomaran precauciones, creyendo sin duda que en el mundo exterior todo el monte era orégano. Por eso, quizá, desde el Gobierno, no lograron prevenir el golpe que estaba preparando un sector del Ejército con la ayudita de los monárquicos y carlistas (y la promesa contractualizada de la ayuda fascista, siempre escamoteada) y, en particular, tampoco pensaron en algunas cositas. Por ejemplo, en la conveniencia de prepararse a contrarrestar la profunda desafección de la inmensa mayoría del cuerpo diplomático y consular. En definitiva, los “rojos” fueron unos pobres diablos, que no tenían otras perspectivas que la localista y la necesidad de dar todos los “paseos” posibles a sus enemigos.

Esta desafección es un tema suficientemente conocido y al que, de forma modesta, servidor ha contribuido. En qué medida el conjunto de dichos funcionarios estaba minado por la conspiración no es fácil de determinar. Cuando se produjo el golpe de Estado se justificaron diciendo que no querían servir a un régimen “comunista”. Muy enterados y muy en consonancia con la retórica de la sublevación.

En consecuencia, el Gobierno de Madrid se quedó de pronto sin ojos y sin manos con que actuar en el exterior.  La primera llamada de atención se produjo en París. Mala cosa. Allí había estaTdo zascandileando el último embajador de la Monarquía, José María Quiñones de León, en contacto con los conspiradores monárquicos desde el principio (1931 y 1932). También allí estaba destinado como embajador uno de los traidores más quintaesenciados, Francisco José de Cárdenas. Tendría después una brillante carrera en Estados Unidos como agente oficioso y luego embajador. Terminó felizmente sus días de funcionario como director de la Escuela Diplomática. Igualmente en París estaban otros elementos de cuidado como su número dos, Cristóbal del Castillo, y el agregado militar, el futuro ministro del Ejército Antonio Barroso Sánchez-Guerra, que ya ha aparecido en este blog.

Tmpoco tuvo buen ojo el mal llamado gobierno del Frente Popular al escoger al embajador en Londres. Quizá por eso de que los dioses ciegan a quienes quieren (o merecen) perder. El escogido fue otro distinguido diplomático, Julio López Oliván, más sibilino. Ya al poco tiemp de llegar empezó a sabotear todo lo que pudo las órdenes de Madrid y despotricó en el Foreign Office contra el “régimen comunista” que se había instalado en España. El Gobierno republicano tardó en darse cuenta de su doble juego. Es cierto que lo sustituyó por uno de los mejores representantes que tenía a su alcance, el profesor Pablo de Azcárate, que dejó su cómodo puesto en la Sociedad de Naciones como secretario general adjunto para servir a su país. Londres era, naturalmente, un campo minado y cuando llegó, como fuente de aprovisionamientos de posibilidades iguales a cero.

Miguel I. Campos se concentra, pues, en las actuaciones de los embajadores nombrados por el Gobierno tras el golpe y, esencialmente, desde septiembre de 1936. No fueron muy afortunadas. En su libro una cara bastante más negativa que la habitual del que fue a París: Luis Araquistaín. Su papel en la historiografía se basa demasiado en sus papeles y, sobre todo, en sus memorias, que hay que tomar no con el clásico grano de sal sino con varias toneladas de dicho producto. Tampoco sale muy bien parado el profesor Fernando de los Ríos, nuevo embajador en Washington donde permaneció durante toda la guerra. Quizá hubiera sido muy adecuado en tiempos de paz. No lo fue en los que actuó.

De todos los nuevos nombramientos Campos destaca tres. El profesor Luis Jiménez de Asúa en Praga, el Dr. Marcelino Pascua (en Moscú primero y desde 1938 en París después) y el veterinario y exdiputado Félix Gordón Ordás en México. Las vicisitudes por las que atravesó Asúa darían para varias novelas. En el aprovisionamiento de armas y la búsqueda de vías para burlar la no intervención no fue muy afortunado. Sí lo fue a la hora de suministrar información política y político-militar. Campos amplía su aportación y también lo que ya se conocía de la gestión de Gordón Ordás. Esta la pone en paralelo con las aportaciones de la diplomacia mexicana en Europa, en particular desde París y de la mano de su representante, el coronel Adalberto de Tejeda. Aquí, la mano azteca se reveló insustituible cuando, después de numerosos desengaños con los líderes de lo que todavía no se conocía como “mundo libre”, los agentes republicanos se pasearon por Europa mendigando armas a precios de oro.

Con las embajadas desguazadas por quienes las servían, la República se vio privada de los contactos y del savoir-faire acumulados. Hubo, pues, que improvisar. Como también se improvisó en el montaje de un nuevo Ejército, una nueva policía, una nueva Administración. Los resultados fueron calamitosos en todas las dimensiones que no se observaban a primera vista.  

Lo que se hizo es sin duda explicable y Campos lo explica muy bien: improvisar. Improvisar con una característica muy especial. Sobre los traficantes y contrabandistas de armas cayó un pequeño ejército de “compradores”, enviados por los partidos, los sindicatos y las autoridades regionales, sin orden ni concierto y tan atentos a justificar sus viajes por Europa como, en ocasiones, a llenarse los bolsillos.

Se ha destacado el relativo colapso de la Administración central como fuente de barullo y se ha reconstruido el proceso de formación del nuevo Ejército Popular. Menos hincapié se ha hecho en el colapso de la presencia republicana en el exterior combinado con el efecto de la llegada de mensajeros de Cataluña, País Vasco, Asturias, Murcia y afiliaciones varias (CNT, PNV, ERC, etc.) que no tenían idea de lo que se necesitaba y de lo que no servía, se hacían la competencia entre sí, disparaban los precios al alza, se guardaban sabrosas tajadas cuando podían y no desdeñaban pegarse la buena vida a costa del erario público. Total, para muy poco.

Tampoco lo que quedaba de Administración central da la impresión que fue muy eficaz. Alguien tiene que asumir la responsabilidad, ante la Historia, por el desbarajuste creado. De la lectura del libro de Campos, y aunque él sea prudente, se desprenden dos líderes del PSOE: Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. A ambos les une el intento de salvar sus responsabilidades endosándolas a otros en sus memorias o semi-memorias respectivamente.  Negrín es un caso especial. Su responsabilidad fue menor, pero como ministro de Hacienda y gestor del dinero público se limitó esencialmente a proveer de fondos a sus  compañeros de gabinete y a sentar las bases de una economía de guerra.

Lo que Negrín consiguió, aparte de cargar con las infamias filofranquistas de expedir el oro del Banco de España a Moscú (siempre han sido menos beligerantes en el enviado a París), fue liquidar una auténtica barbaridad política, administrativa y jurídica. Su responsable había sido el sucesor de Cárdenas como embajador en París.  La Société Européenne d´Études et d´Entreprises. No es que fuera hasta ahora desconocida. Empezando con Howson, casi todos los que nos hemos ocupado del tema hemos dicho algo sobre ella (con la notable excepción, probablemente querida, del general de División en el Ejército del Aire, ya fallecido, Jesús Salas Larrazábal).

Campos ha ido al fondo del asunto. Ha removido Roma con Santiago y desmenuzado la “brillante” idea del embajador Álvaro de Albornoz, eminente jurista, pero un lelo manifiesto fuera de los confines de la piel de toro. Aceptó nada menos que conceder el monopolio de aprovisionamientos de la República que se realizaran en Francia y otros países europeos. Como suena. Hizo millonarios a sus propietarios y a la turbamulta de gánsteres de mayor o de menor entidad que pulularon en torno a ella. Costó dios y ayuda zafarse de sus garras.

El autor es también implacable a la hora de poner al descubierto corruptelas en la medida en que son más o menos documentables. Destacan dos. El ministro de la Gobernación Ángel Galarza y el exministro de Hacienda, Gabriel Franco. No es que tampoco se salven las piezas de menor cuantía. Algunos de los casos son conocidos. Otros no. Campos llega hasta donde lo permite la evidencia documental.  Correspondió al dúo Negrín-Prieto poner un poco de orden tras el desbarajuste de los primeros diez meses de guerra. Nadie lo ha investigado a fondo todavía. Es una tarea (dolorosa y aburrida pero menos excitante) que queda por abordar. ¿Quién mejor que el propio Campos para hacerlo?

Desprendo una conclusión: la historia se escribe con documentos en la mayor medida posible o no se escribe. Si los que se manejan apuntan en una dirección hay que desbrozarla. Porque de no hacerlo, no se escribe historia. Se escribe otra cosa. Quizá muy necesaria, pero esta es otra cuestión. No en vano alguien dijo que “la verdad os hará libres” y la verdad no puede prescindir de lo documentable, contextualizable, analizable y criticable. No hay historia definitiva.

¿Mi consejo? Lean el libro de Miguel I. Campos y después juzguen por sí mismos. No se fíen de quienes no dan, en asuntos poco trabajados, referencias de archivo. E incluso, en algún caso, cuando las dan, porque también sirven para encubrir el gato con la piel de la liebre.

El aprovisionamiento de armas para la República (I)

1 marzo, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

Vengo repitiendo desde hace años que, en materia de historia, lo que la Universidad española produce nos está poniendo a la altura de otros países europeos. Tiene la singularidad de que, como no podía ocurrir de otra manera después de casi cuarenta años de dominación “nacional-católica” y con ribetes más o menos falangistoides, la obsesión por nuestro pasado relativamente reciente es dominante.

La República, la guerra civil y el franquismo han sido temas destacadísimos en la investigación universitaria. En particular el estudio de la represión que ocupa  una plaza de honor en ella. Es lo normal en los países europeos de nuestro entorno en los que su propia contemporaneidad suscita un interés especial. Nada impide, por cierto, que fuera de la universidad periodistas arriesgados y otros interesados aporten sus averiguaciones, aunque los buenos no sean demasiados en comparación con otras culturas. Desde luego, aquí, y en tales espacios, bienvenidos sean.

Sin embargo, yo me pregunto ¿quién se tira tres, cuatro, cinco años trabajando en archivos, yendo de un lado para, incluso viajando al extranjero, para producir una obra que cumpla los objetivos deseables en, por ejemplo, una tesis doctoral? En el bien entendido de que se presente en una sobre los comités revolucionarios madrileños (que los sublevados y la historiografía universidad normal y no en alguno de los numerosos chiringuitos que han surgido en los últimos veinte o treinta años en nuestro país.  

Hace pocas semanas me ocupé de una de esas tesis. Versó posterior denominaron habitualmente como “checas”).  Inevitable y sugerente para algunos especímenes de la literatura filofranquista. Estos no olvidarán, sin duda, que su mentor máximo, Ricardo de la Cierva, ya denunció en repetidas ocasiones una siniestra maniobra oculta de la KGB (no se rían, por favor); ocupar el mayor número de cátedras posibles de Historia contemporánea con comunistas o demás compañeros de viaje.

Hoy vuelvo al subproducto de otra tesis doctoral. Miguel I. Campos, que la aprobó hace años en la UCM con las más altas notas posibles, acaba de publicar una versión muy retocada de la misma bajo el título ARMAS PARA LA REPÚBLICA.

‘Armas para la República. Contrabando y corrupción, julio 1936 – mayo 1937’, de Miguel Í. Campos. Crítica, 2022.

Debo confesar, y confieso, que tengo interés en el tema. Al autor le despertó el interés por la guerra civil el añorado Julio Aróstegui y le conozco desde sus tiempos de postgrado en la UCM. Co-dirigí su tesis y me he mantenido a lo largo de los años al corriente de sus investigaciones.

El tema de la misma fue surgiendo de manera inductiva, impulsado por dos constataciones. La primera, que el libro de Gerald Howson, ARMAS PARA ESPAÑA, aparecido en 1998 y poco después en castellano, ya tocó el tema. Howson era muy amigo mío. Raras eran las veces que iba a Londres y no charlábamos. Fue un investigador minucioso, entregado, gran conocedor de temas aeronáuticos (nunca olvidó la batalla de Inglaterra que le tocó vivir de chaval).  Su trabajo representó un avance considerable sobre las rotundas afirmaciones del entonces teniente coronel Jesús Salas Larrazábal, que había publicado su primera obra poco antes de que muriera Franco y hecho un notable ejercicio en materia de bean-counting, más bien descontextualizado.

Howson no quedó contento con su obra porque sabía que le quedaba mucho por explorar. Y siguió con él, reconociendo (una verdad de Perogrullo) que NO HAY HISTORIA DEFINITIVA. En mi trilogía sobre la República en guerra (que tampoco lo es) me dediqué marginalmente al beancounting, la contabilidad de suministros, pero procuré insertarla en el cuadro general de la no intervención y de la movilización del oro del Banco de España, tema al que ya había dedicado dos libros (que no expandí porque también era consciente de que me faltaba documentación).  Aunque avancé bastante (algunos no aportaron nada nuevo, pero proclamaron sus tesis como si fueran extraídas de las sagradas escrituras) tampoco quedé satisfecho en varios temas. Entre ellos el del aprovisionamiento en armas fuera de la Unión Soviética de la época.

El caso es que Miguel I Campos se pasó varios años escudriñando los voluminosos fondos del Ministerio de Estado (que Howson no pudo consultar intensamente) y luego pasó a los franceses (que Salas Larrazábal ni olió).  Terminó examinando fondos mexicanos de los que poco se sabía.

Siguiendo un enfoque esencialmente inductivo puso su atención en los complicados vericuetos por los que hubieron de introducirse las autoridades republicanas, un tema sobre el que un historiador aficionado anarquista había despotricado contra los “despreciables” políticos que no eran de la CNT o de la FAI.

Personalmente aconsejé a Miguel I. Campos que dejara de lado el caso de la URSS. Lo hubiera distraído, creo, de la necesidad imperiosa de esclarecer en toda la medida posible cómo las democracias occidentales contribuyeron a “cargarse” al régimen republicano. Que a un gobierno reconocido internacionalmente le cerraran la puerta de sus arsenales para hacer frente a una insurrección de parte del propio Ejército podría ser, hasta cierto punto, comprensible. Pero que, encima, le impidieran también abastecerse de armas en el mercado internacional fue la segunda de las grandes puñaladas -y, en este caso, casi mortal- que asestaron a la República y de la que nunca pudo recuperarse.

Otro alumno mío, David Jorge, escribió su tesis doctoral sobre la política que flanqueó la no intervención: orillar, de mala manera, la puesta en funcionamiento de los mecanismos previstos en el tratado fundacional de la Sociedad de Naciones. Así despojaron a la República de toda posibilidad de recurso a la misma. Lo hicieron de manera más aguda, más retorcida, más consistente y más implacable que en el caso de la invasión italiana de Etiopía. Con lo cual se cargaron también a la propia organización, que no fueron solo los japoneses imperialistas, los nazis y los fascistas.

Siempre creí que los libros que salieran de ambas tesis tendrían la virtud, para cualquier lector mínimamente desprejuzgado, de ponerle de relieve cómo el gobierno legítimo de España se encontró de golpe y porrazo ante una situación imposible. LA REPÚBLICA TUVO PERDIDA LA GUERRA CASI DESDE EL PRIMER MOMENTO.

La gran aportación de Miguel I. Campos en ARMAS PARA LA REPÚBLICA estriba en describir y analizar con gran lujo de evidencias primarias relevantes de época, republicanas, francesas y mexicanas dos aspectos esenciales: el primero, cómo y de qué manera la situación creada por la no-intervención estranguló al gobierno español; el segundo, todos los mecanismos, buenos, regulares y penosos, que los republicanos utilizaron para sortearla durante el primer año de guerra.

Campos, naturalmente, se apoya en una multitud de literatura secundaria que le permite situar su aportación en coordenadas más amplias. Hasta dónde se me alcanza a ver, no ha dejado de lado ninguna obra conocida. Desde los autores franquistas, pasando por los anarquistas, hasta los pro-republicanos, el plantel de trabajos consultados es muy considerable. Está muy lejos de un nuevo ejercicio de bean-counting.

Se detiene, no sin atisbar un pelín lo que tenía que venir después, en el momento en el que se produjo el fundamental cambio de gobierno de mayo de 1937. Entonces Largo Caballero (presidente del Consejo y ministro de la Guerra) fue sustituido por Juan Negrín (esa persona sobre la cual un notable periodista de ABC ha volcado duros dicterios dejando al descubierto su profunda ignorancia y su carencia de probidad intelectual) y por Indalecio Prieto en una nueva cartera de Defensa Nacional.

Personalmente le aconsejé que, en su tesis, se detuviera en aquel momento. De lo contrario, y de proceder con similar atención al detalle para el período negrinista-prietista, la tesis hubiera resultado prácticamente impublicable.

Incluso en Francia, país donde los historiadores de pro que querían fundar su carrera universitaria sobre las tesis de un doctorado de Estado, terminaron por abolirse estas. Uno de mis amigos, el profesor Jean-Marc Delaunay, fue uno de los últimos en seguir el viejo sistema. Su tesis ocupó siete u ocho volúmenes. Formé parte del tribunal que la juzgó en la Sorbona y recuerdo que a los pocos meses le ofrecieron, directamente, una cátedra. Se había tirado otros tantos años escribiéndola.

A Gerald Howson le hubiera gustado, estoy seguro de ello, conocer el libro de Campos. Falleció en plena tarea de investigación para ampliar y poner al día su libro. Gracias a la amabilidad de Sir Paul Preston he estado ojeado los preparativos que había comenzado. Lo cual quiere decir que estoy complementando, a mi manera, el libro de Campos, pero en el ámbito que él se ha abstenido de abordar. En este año terminaré la labor y, como siempre en mi caso, con nueva EPRE. Ríe mejor quien ríe el último.

Lean ARMAS PARA LA REPÚBLICA. Luego juzguen y comparen. Supongo que a muchos de Vdes les pasará lo que a mí: hay que tirar a la papelera gran parte de la producción historiográfica pro o filofranquista. Lo cual no impide que sigan saliendo obras “deslumbrantes” para cierto público, como ha ocurrido con los camelos que han firmado algunos ilustres soldados que ya he comentado en este blog. En el ínterin, ojeen una de las primeras reacciones en

https://www.elespanol.com/el-cultural/historia/20220223/odisea-republica-conseguir-armas-franco-negocio-nazis/652184930_0.html

(continuará)

Redacto este post al día siguiente de la invasión rusa de Ucrania. Quizá abra un nuevo capítulo en el atormentado curso de la Historia.

SIGUE LA CALUMNIA

22 febrero, 2022 at 8:30 am

AHORA, EL “COMUNISTA” JUAN NEGRÍN

ÁNGEL VIÑAS

Juan Negrín ha sido uno de los personajes más vilipendiados, insultados, denigrados y puestos en solfa de los años republicanos. Los insultos que se le dirigieron son una constante que han abordado sus biógrafos académicos (en fechas relativamente recientes Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos y Gabriel Jackson, entre otros). Nada de lo mucho escrito e investigado sobre él ha impedido que escribidores y periodistas sigan tratándole como si hubiera sido un personaje salido del Averno (o de las aguas del Moscova)

Es cierto que en los últimos años los dicterios se habían calmado. No se me ocurre pensar, ciertamente, que por razones de las expuestas por sus biógrafos y por quienes hemos seguido su trayectoria. Tampoco porque (hace ahora casi 15 años) Negrín y sus compañeros de infortunio expulsados casi clandestinamente del PSOE después de la segunda guerra mundial fueran readmitidos, simbólicamente, a la militancia socialista. Nada menos Alfonso Guerra se encargó de presentar públicamente la recuperación.

Ciertamente los papeles de Negrín están a la disposición de los investigadores sin ninguna cortapisa. Esto no podría decirse con tal rotundidad en lo que se refiere a los de su némesis, el nunca olvidado generalísimo Francisco Franco (y no tengo en mente los de la fundación que lleva su nombre).

Con todo, los mitos, los engaños y los camelos nunca terminan de desvanecerse. Hace pocas semanas un amable lector me envió una referencia del mismo periodista de quien ya resalté en dos posts anteriores su desprecio por la historia al enunciar los supuestos “pactos” entre Juan Negrín y Stalin para establecer en España una “Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas”.

En la nueva referencia el mismo periodista ya calificó de “comunista” al expresidente del Consejo de Ministros. Si era comunista, ¿qué iba a hacer si no? La inferencia: montar un remedo de la URSS sobre la ensangrentada piel de toro.

¿Alguna prueba? ¿Algún documento? Eso no, por favor. La conclusión que servidor extrae, aunque otros no lo hagan, es que los españoles debemos estar eternamente agradecidos a Franco y al “Glorioso Movimiento Nacional” porque preservaran a nuestros antepasados de haber caído en las ensangradas garras de Stalin.

Dicho periodista aireó tal epíteto aplicado a Negrín en el mismo periódico. Se trata, ¿sorpresa, sorpresa?, del diario ABC.

He aquí las referencias por si los amables lectores no me creen:

https://www.abc.es/historia/abci-eterna-polemica-coronel-casado-alimana-republicana-quiso-negociar-rendicion-franco-202011220136_noticia.html

https://www.abc.es/historia/abci-eterna-polemica-coronel-casado-alimana-republicana-quiso-negociar-rendicion-franco-202011220136_noticia.html

y

https://www.abc.es/historia/abci-dramatica-sesion-cortes-establo-castillo-figueras-muerta-republica-202107190016_noticia.html?gig_actions=sso

Observarán que sin duda el más que atareado autor amplió el segundo artículo para republicarlo en la revista MUY INTERESANTE, que es donde suscitó la atención del lector que me avisó y me preguntó si el “pacto” con Stalin era cierto. Ya lo había escrito en el ABC, pero servidor no lo había leído. Mea culpa. Mea maxima culpa.

Lo cual me lleva a preguntarme cuáles son los fines que persiguiría el destacado rotativo monárquico abriendo sus páginas a tal tipo de artículos-basura.

Servidor lee a veces ABC. Selectivamente y dependiendo de los temas. Me interesa saber lo que publica en sus páginas sobre la República, la guerra civil y el franquismo. Al fin y al cabo, es el único medio que ha sobrevivido, y a lo que parece muy bien, a los tres períodos mencionados.  Tiene, pues, tras de sí una larga historia, aunque en mi modesta opinión no sea necesariamente gloriosa.

El ABCfue uno de los grandes y más enconados arietes contra la República entre 1931 y 1936. No el único, pero sus compañeros de desvelos antirrepublicanos no han sobrevivido. La Nación fue asaltada por lo que evidentemente llamaron las turbas en la primavera de 1936. Afortunadamente está digitalizada y todavía espera a que algún estudiante de postgrado haga su historia. Lo recomiendo vivamente. El Debate desapareció. Por desgracia no está digitalizado y su sucesor en la época franquista YA no llegó a establecer una conexión ininterrumpida. Tampoco, que servidor sepa, ha sido digitalizado. Algo realmente muy lamentable, porque para consultarlo hay que ir a la hemeroteca.  

Así, pues, el ABC es un caso único. Su colección está en línea, aunque no completa. O, al menos, de ella ha desaparecido algún artículo importante después de que me diera  tiempo de examinarlo y comentarlo antes de que se volatilizara. No me atrevo a pensar que fue por ello, pero ¿quién sabe? Me permitió poner en ridículo a un eminente embajador franquista (monárquico) y puedo imaginar que alguno de sus descendientes, político connotado en y tras la Transición, bien pudo caer en la tentación de invocar los reglamentos UE correspondientes en materia de protección de datos. O quizá hubo alguna protesta. El hecho es que hay que ir a la hemeroteca para consultarlo.

La actividad del ABC en materia de ataques a la República no es un tema desconocido. Hace ya muchos años lo abordó la profesora Maria Cruz Mina (catedrática de la UPV: https://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Cruz_Mina_Apat). A mí me llamó la atención que su trabajo (“ABC en la preparación ideológica del 18 de Julio”), en una obra masiva dirigida por el profesor Manuel Tuñón de Lara (Comunicación, cultura y política durante la II República y la guerra civil), que consulté en la biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM, mostraba huellas que habían dejado  generaciones y generaciones de estudiantes.

En el trabajo de Mari Cruz Mina me basé para conectar al ABCde los años 1935 y principios de 1936 con la conspiración monárquica, militar y fascista contra la República. Algo en lo que tampoco innové. Ya en su clásica obra, La destrucción de la democracia en España, Paul Preston lo había utilizado abundantemente. Y, si mis recuerdos no son incorrectos, tampoco había sido el primero. Por lo demás, el mismo ABC (edición sevillana), bajo el palio que también extendió sobre la misma el carnicero general Queipo de Llano, hizo su aportación a la causa y ha sido descuartizado analítica y temáticamente en una tesis doctoral, más tarde publicada. Lo que sí hice, en ¿Quién quiso la guerra civil?, fue señalar la larga experiencia de Don Juan Ignacio Luca de Tena y sus muchachos, tan atentos a analizar las “atrocidades” del octubre asturiano de 1934.  Sus noticias más interesantes, para mí, las concentraron en tres momentos críticos de la conspiración en marzo, abril y junio de 1936 (en este caso coincidiendo con el período que antecedió a la firma de los contratos con los italianos del 1º de julio en materia de ayuda aérea: no para una mera sublevación, sino para una guerra que creían corta). 

A mayor abundamiento, una periodista cuyo nombre no conocía, Lucía Noguerales García, acaba de publicar en la revista académica digital Hispania Nova, en cuyo consejo editorial figura quien esto escribe, un interesante artículo sobre la actividad de ABC en la primavera de 1936. Los lectores pueden encontrarlo aquí:

https://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/article/view/6455/5194

Así, pues, el ABC es un periódico que, a pesar de que ya han transcurrido más de ochenta años desde aquella primavera, sigue fiel a su trayectoria. Y, por supuesto, los enemigos de ayer siguen siendo “enemigos” hoy. Al menos en términos de la necesidad de mantener enhiestos los viejos mitos en el marco de las guerritas culturales sobre historia y memoria. No sorprende, pues, que uno de sus redactores tuviera el menor en repetir, como si no se hubiera escrito nada desde por lo menos 1975, alguna de las “verdades eternas” de la propaganda más burda de los sublevados durante la guerra civil y la dictadura franquista referidas a Don Juan Negrín.

Sobre el tema elegido por tan distinguido periodista se ha escrito en los últimos años: Ángel Bahamonde, Javier Cervera Gil, Fernando Hernández Sánchez, sir Paul Preston y, en último término, incluso un servidor hemos escrito, entre otros, sobre el final de la guerra civil y el papel de Negrín en ella. Aparte, naturalmente, de sus más eminentes biógrafos. Pero da igual. La historia no sirve para nada. Lo que vale, lo “chanchi”, es evitar que se apolillen los mitos de la “Cruzada” por antonomasia. Y entre ellos figura en lugar destacado la figura emblemática de la resistencia: Juan Negrín, motejado de comunista. En línea con los mejores obiter dicta de VOX.

En todo caso, me ha sorprendido profundamente que en estos tiempos actuales el distinguido periódico monárquico, de cuya calidad en otros aspectos no dudo lo más mínimo, se haya prestado a una operación que me parece no solo innoble sino tan fácil de refutar. Es, creo, indigna de su trayectoria, no porque sea falsa solo sino porque no irá a ninguna parte.

SOBRE LAS CHECAS

15 febrero, 2022 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

Contra las falacias y las mentiras que desde 1936 empezó a difundir, en la zona sublevada, la propaganda franquista y que, desde 1939, extendió al resto de España pocos son los temas que hayan gozado de tal predicamento como el de la actividad criminal de las checas, en particular en Madrid y Barcelona. Siempre fueron consideradas como los ejemplos por excelencia del “terror rojo”. Su siniestra fama se divulgó en la literatura. Nombres como el conde de Foxá, Wenceslao Fernández Flores, “El Caballero Audaz” (José María Carretero), “El Duende de la Colegiata” (Adelardo Fernández Arias) y muchos otros la elevaron a la enésima potencia en novelas que traducían odios y miedos viscerales y estaban en consonancia con las necesidades de la propaganda de los sublevados por ocultar sus propios asesinatos y venganzas. En cuanto a los novelistas citados, los dos primeros incluso han sido “rehabilitados”. Los siguientes, de ínfima calidad, todavía no. Todo se andará. Existen unas cuantas editoriales especializadas en difundir tal tipo de basura.

Ni que decir tiene que la historiografía profranquista y filofranquista encontró siempre en el “terror rojo” que emanaba de las checas todo un filón. Dura hasta nuestros días. Los trabajos de empaque académico que sobre el tema se han realizado son relativamente escasos.

Viene ahora a enriquecer la serie de obras esenciales para comprender el fenómeno la adaptación de una tesis doctoral. Hay que seguir de cerca la aprobación de tesis doctorales en historia contemporánea porque, al menos en España, es generalmente de la Universidad de donde proceden los trabajos de una nueva generación de investigadores que combinan el rigor científico y metodológico con su preocupación por temas largo tiempo dejados al arbitrio de numerosos periodistas y de aficionados siempre atentos a ventas fáciles y a excitar el morbo de un sector concreto del público lector (y no lector).

En el caso en cuestión corresponde a un joven historiador formado en la UCM y miembro del grupo de estudios sobre la guerra civil en Madrid el haber abordado, tras una serie de tanteos previos, la tarea de seguir desmitificando la densa nube que rodea el tema de las checas. Se llama Fernando Jiménez Herrera. La Editorial Comares, de Granada, que dirige mi buen amigo Miguel Ángel del Arco Blanco y cuyo catálogo es uno de los más serios y solventes en materia de la Historia que se hace en y desde la Universidad, la ha publicado, imagino que debidamente raspada de toda la parafernalia académica que suele envolver cualquier tesis doctoral que se precie.

Curiosamente la recepción que le han dado los grandes medios de comunicación, atentos a las decenas de títulos sobre temas más o menos estúpidos que aparecen casi todas las semanas, ha sido muy mesurada. Una pena. El trabajo de Jiménez Herrera merece muchísima mayor atención. Tanto de la crítica como de los lectores.

Las preguntas de las que parte este joven historiador constituyen el meollo, el alfa y el omega, de la labor de todo investigador que se respete: ¿Qué pasó? ¿Cómo pasó? ¿Por qué pasó? Sin plantearse seriamente estos tres interrogantes, y sin basar la respuesta en el descubrimiento y análisis de las evidencias primarias relevantes de época, es imposible dar explicaciones fundadas a las representaciones que el historiador se hace del pasado. Sobre todo, si se trata de temas ya “vistos”. Y, al hacérselas, debe tener cuidado con el lenguaje.

En el caso en cuestión aceptar el término de “checa” es ya un tanto ahistórico. Es el resultado de una importación movida por planteamientos y estímulos propagandísticos. Su origen es ruso o, más exactamente, soviético. Su aplicación al caso español fue una primera victoria de los sublevados de 1936. Estaba en consonancia con la línea fundamental de su propaganda de antes de la guerra y que insufló toda la conspiración monárquico-militar (y fascista). La gran diferencia es que la policía represiva soviética estuvo encuadrada desde el primer momento en las estructuras de un nuevo Estado en formación, en guerra civil y con aspiraciones revolucionarias. Luego, formó parte esencial del aparato de supervisión, vigilancia y castigo de los disidentes (cuya identificación atravesó por numerosas etapas).

El caso español es completamente diferente. Sin conocer la tesis de Jiménez Herrera, pero partiendo del tenor anticomunista de la intoxicadora propaganda que distribuyó la UME (Unión Militar Española), a mí me había llamado la atención el énfasis puesto en el peligro soviético para la alejada España desde los comienzos más serios de la conspiración en 1934. Algo que, en puridad, no era ninguna novedad porque, simplemente, fue una constante en un sector de las derechas españolas desde la implantación del régimen soviético en Rusia. Herbert R. Southworth dedicó una gran parte de su obra a dibujar los contornos de tales planteamientos.

Así, pues, con buen tino, lo primero que hace Jiménez Herrera es llamar a las cosas por su nombre en el título de su libro. El mito de las checas y dedicar el primer capítulo a estudiar la génesis y evolución de este concepto. No es un apriori. Es el resultado de estudiar el movimiento histórico al final del cual, en una coyuntura determinada surgida del fracaso de la sublevación en Madrid y Barcelona, los sublevados aplicaron aquel concepto soviético para enmascarar y/o deformar lo que ocurrió en realidad: la transformación y adaptación de una parte de los núcleos organizativos del proletariado (Casas del Pueblo socialistas, Ateneos Libertarios anarquistas y Radios comunistas) a la tarea ímproba descabezar el movimiento militar y fascista. Sin saber manejar armas, salvo las cortas, y sin organización. Lo que los autores profranquistas o filofranquistas afirman sobre las “milicias” izquierdistas para antes del 18 de julio es de risa. Yo siempre recomiendo leer los camelos de Luis Bolín que he citado en varias de mis obras.

El mito de las checas. Historia y memoria de los comités revolucionarios (Madrid, 1936), de Fernando Jiménez Herrera. Comares Historia.

Pues bien, a las tareas habituales propias y que en aquellos núcleos organizativos habían ido perfilándose en los años anteriores a la sublevación (cuando todavía se encontraba en el estadio de proyecto deseado o anhelado) se añadió, casi de forma natural, la expansión a las funciones de control y justicia. Los dos términos, obviamente, no son equivalentes. Vale el primero. El segundo habría que entrecomillarlo. Ambas se materializaron, con todo, en el surgimiento de los más propiamente denominados, que no “checas”,  “comités revolucionarios”. El núcleo central del libro se sitúa precisamente en el proceso que acompañó este cambio y que se mantuvo más o menos hasta finales del año 1936.

El pueblo en armas (una de las consecuencias del desplome del aparato de seguridad del Estado, también minado por los conspiradores) asumió, temporalmente, el ejercicio de tales nuevas funciones durante aquellos cinco o seis meses, cruciales eso sí, en la identificación y represión de elementos contrarrevolucionarios (fascistas, monárquicos, clérigos, burgueses y un variopinto etc.), reales o supuestos, que de todo hubo. La eliminación física, al margen de toda la legalidad republicana pre-existente, pasó al primer plano y afectó a un gran número de personas.  No es de extrañar, añadiré, que a algunos diplomáticos británicos la evolución les hiciera evocar más los días del Terror en la revolución francesa que el bolchevique tras la revolución rusa.

El autor ha llegado a novedosas conclusiones después de haber pasado varios años estudiando miles de documentos de los que todavía se conservan en una variada gama de archivos. Ante todo, el general e histórico de la Defensa, amén de los archivos de la Guardia Civil y del Ministerio del Interior y del Centro Documental de la Memoria Histórica, complementados con la documentación conservada en el Histórico Nacional, los archivos del PCE, del PSOE, de la CNT y diversos repositorios locales y provinciales. Amén de las fuentes hemerográficas conservadas en más de una docena de sitios en línea y presenciales. Ha debido ser una labor de Sísifo. Basta con echar un vistazo a la serie documental PS relativa a Madrid en Salamanca para que a cualquier investigador se le abran las carnes.

Casi una veintena de tesis doctorales en versión no publicada pero sí disponibles en la red, unas setenta obras de memorias y recuerdos de variado pelaje, recuentos oficiales y una amplia bibliografía española y extranjera complementan las fuentes documentales primarias y secundarias.  

Me apresuro a señalar que Fernando Jiménez en modo alguno trata de disminuir el saldo trágico de la actuación de los comités revolucionarios. Llega hasta donde los documentos se lo permiten. En el caso de Madrid, que es en el que se concentra básicamente su relato, se hace eco de las cifras de muertos y “paseados” durante el resto del verano y el otoño de 1936 (en torno a los 8.360) pero también recoge estimaciones más elevadas, que llegan hasta un total de 13.000 personas. No es moco de pavo, bajo ningún concepto. Al tiempo, pasa revista a los intentos de lo que quedaba de poder gubernamental, más o menos respetado, para encauzar la furia popular por canales jurídicamente aceptables en una situación de excepción y, por desgracia, totalmente imprevista.

¿Por qué tales excesos al margen de la legalidad, incluso en evolución? Fernando Jiménez, en la tercera parte de su libro, pasa revista a toda una serie de explicaciones que figuran en la bibliografía generada por los más variados expertos, españoles y extranjeros, que han arrojado luz sobre el fenómeno. ¿Una muestra? Javier Cervera Gil, Francisco Espinosa, Carlos Gil Andrés, Gutmaro Gómez Bravo, José Luis Ledesma, Jorge Marco, Javier Muñoz Soro, Javier Rodrigo, Julius Ruiz, Glicerio Sánchez Recio, María Thomas, Enzo Traverso y otros.

Una nota de advertencia: he sido muy sensible a la lectura de este libro, y confieso que esta breve reseña no le hace justicia en modo alguno, por una razón personal. Francisco Espinosa, cuyo nombre no necesita presentación, Guillermo Portilla, catedrático de Derecho Penal, y un servidor hemos invertido un año, más o menos, en hacer un estudio de las bases conceptuales, jurídicas, filosóficas, políticas, históricas y de contexto de la represión que los sublevados plantearon desde antes del primer momento contra quienes permanecieron fieles al gobierno de la República. Fueron dos mundos diferentes. Nuestro trabajo saldrá para la Feria del Libro.

Cualquier lector que tenga el más mínimo interés por un tema ardientemente discutido y que forma parte del repertorio argumental de las derechas filofranquistas incluso en el día de hoy hará bien en comparar el libro de Jiménez Herrera con el nuestro. Luego decidirá quién tuvo mejor razón, quién fue más salvaje, quién más cruel, quién actuó con mayor premeditación, con más elevado grado de alevosía y sobre quienes debe caer la responsabilidad última de tantos muertos, tantos sacrificios, tantos horrores. Porque la guerra no vino por casualidad ni España o la República estaban señaladas por el dedo del Señor para un castigo bíblico. Alguien la quiso. Alguien la preparó. Alguien se preparó. Y alguien ha seguido y sigue engañando a los españoles. A pesar de todos los esfuerzos de autores extranjeros como, valga el caso, el profesor Sir Paul Preston entre muchos otros colegas británicos.

La discusión, animada por propagandistas y políticos atentos a hacer de la historia, del pasado, su particular campo de Agramante, probablemente continuará durante bastante tiempo. Las evidencias primarias permiten, sin embargo, llegar a respuestas muy diferenciadas respecto al cómo y al por qué de procesos históricos que, para bien o para mal, siguen pesando sobre la conciencia de los españoles de nuestro tiempo.

CALUMNIA …. QUE ALGO QUEDA (II)

8 febrero, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

En el post anterior lancé una batería de preguntas abiertas a un periodista que no identifiqué. Supongo que a cualquiera de los amables lectores le será posible hacerlo acudiendo de nuevo a la preciosa ayuda de Mr. Google. Me preocupó mucho que, en diciembre de 2021, es decir, tan solo hace dos meses (si la revista salió antes habría que corregir esta afirmación) hubiese divulgado al amplio mundo lector que el presidente del Consejo de Ministros republicano durante la guerra civil, Juan Negrín, había llegado a un pacto con nadie menos que Stalin para hacer de España una “unión de repúblicas socialistas ibéricas”.

Titulé el post “Calumnia… que algo queda” porque tamaña estupidez no es del todo nueva. Sin embargo, que yo sepa no se había descargado generalmente con tamaña crudeza sobre los anchos hombros de D. Juan Negrín. Por otra parte, es lógico pues Negrín fue, en mi modesta opinión, el único hombre de Estado que apareció en el enturbiado cielo republicano durante la guerra civil. ¡Hay que ir a por él! No sea que la historia lo trate bien.   

Ahora bien, hasta el momento, en lo que se me alcanza a saber, nadie ha demostrado documentalmente tal calumnia. Por ejemplo, exhibiendo el supuesto pacto con Stalin. Así, pues, pregunté abiertamente de dónde tan inquisitivo periodista habría tomado tal noción.

Lo hice de forma retórica porque ya habían indicado algo parecido, aunque menos crudamente, algunos otros, pero sin referencia a un pacto explícito. Es esto lo que, de ser cierto, elevaría al para el común de los mortales inmarcesible olimpo al periodista en cuestión. Obligaría a repensar a los modestos historiadores que hemos escrito algo sobre Negrín todo el contexto internacional de la guerra civil y, por supuesto, las relaciones bilaterales hispano-soviéticos. Incluso la política exterior y de seguridad de la URSS, tout court, en aquella época. Palabras mayores. No logro explicarme cómo los historiadores y periodistas afines al PP o, ¡cielos!, a VOX, que de todo hay, no se han hecho de lo que sería, caso de ser cierto, una bomba informativa.

Al abordar la cuestión en un momento pretérito servidor se concentró, por razones de espacio, en un autor que había indicado algo en una dirección parecida y que presumía, hace años, de historiador. Por razones que han aparecido más o menos someramente en los medios,  se fue años más tarde a tomar el sol en Miami y ya no participa en los actuales, y a veces grotescos, debates “mediáticos” del tiempo actual.  

En El HONOR DE LA REPÚBLICA, que publiqué en 2008 pero que no me he visto obligado a revisar en una nueva reedición que apareció el año pasado y que cualquier hijo de vecino puede encontrar en librerías o pedir por Internet, mencioné a dicho “experto” y naturalmente, a sus “fuentes”. Eran de tercera o cuarta mano y, encima, distorsionadas (véanse, por ejemplo, pp. 489 y siguientes de mi libro). En términos muy generales, por supuesto, afirmó: “una de las consecuencias que se extraen de la antigua documentación soviética es que (…) Negrín ya había llegado a un acuerdo con los agentes de Stalin para implantar en España una dictadura similar a las que oprimieron Europa oriental tras la segunda guerra mundial”. A esculpir en letras de oro si tal aserto hubiese sido documentable.

Se trataba de un autor cuyo polifacetismo y producción literaria tuvieron escasos paralelos en el mundo de las letras españolas e incluso universales. No por la calidad, sino por su volumen. No es fácil escribir y publicar dos o incluso tres libros al año sobre los temas más diversos y durante un largo período de tiempo. Un prodigio de la naturaleza (o un mecanismo correctamente engrasado de “negros” y “copiadores”, aunque ignoro si bien o mal pagados).

Siempre ha sido una sorpresa para mí que nadie se haya hecho eco de si tal asombroso autor ha llegado al Guinness. Ciertamente lo habría merecido bajo un renglón, que creo inexistente, de número de páginas impresas o de toneladas de papel escritas bajo su nombre. Si me equivoco y ha conseguido tal marchamo confío en que algún amable lector me rectifique. Solo los no sabios no cambian jamás de opinión.

Servidor se atrevió a especular si su “fuente” no habría sido una información que José María García-Valdecasas, colaborador y discípulo de Negrín, había transmitido a uno de sus primeros biógrafos, el ya fallecido Joan Llarch. Negrín, añadió, se había negado. Cabe especular si las vociferaciones de VOX y de otros sectores super-filofranquistas no pesarán demasiado sobre los ordenadores de una nueva generación.

Se comprende, pues, que el denodado periodista que ha mencionado el “secreto” del supuesto “pacto” Negrín-Stalin haya dado un paso más hacia adelante. Un paso, todo hay que decirlo, de gigante. Claro que no habría sido, precisa, un pacto directo sino por personas interpuestas: “los agentes de Stalin” en España. Tampoco señaló cuáles, algo de cierta importancia. Naturalmente, al igual que su predecesor se ha cuidado mucho de citar documentos.  Pero lo nuevo radica en una palabra milagrosa: “pacto”.

En su momento servidor dio a conocer varios acuerdos bilaterales hispano-soviéticos que se protocolizaron en buena y debida forma. En dos casos con todos los detalles típicos de  la feliz conclusión de negociaciones intergubernamentales por medio de plenipotenciarios debidamente acreditados. Por parte soviética se trató en tales casos del encargado de Negocios en España. Otros acuerdos se negociaron por medio del embajador español en Moscú que naturalmente informó de ello a Negrín, cuyas instrucciones seguía.

Quizá por mala suerte no vi el pacto a que alude tan arrostrado periodista. Tampoco encontré la menor referencia a él, antes o después de su presunta conclusión. Y eso que manejé masas de documentación republicana y soviética a lo largo de varios años, algo de lo que cabe dudar que el distinguido periodista del “secreto” haya sido capaz de hacer, Nada, absolutamente nada, apuntó hacia la meta por él anunciada.  Pero, en fin, no especularé. A lo mejor, le es posible demostrar lo contrario. Si es así, servidor se alegrará. Lo escribo sin la menor reticencia. NO HAY HISTORIA DEFINITIVA.

Ningún historiador es capaz de abarcar la totalidad de un pasado que se ha esfumado. Por consiguiente, que ya no existe y que no podemos recuperar, reconstruir, analizar o explorar con detalle. Lo más que podemos hacer es alumbrar vetas, cuanto más significativas mejor.

Dos consideraciones se imponen respecto al aserto insertado en “Secretos de la guerra civil”.  La primera es muy simple: mientras no se demuestre lo contrario, se trata de una burda MENTIRA. Mentira gorda, con mayúsculas. Mentira elevada a la enésima potencia. Porque, ¿dónde está el supuesto pacto?

                                                   Nowhere

Es decir, en ningún sitio. Al menos nuestro brillante autor no lo ha indicado. Una lástima, pero supongo que ha buscado afanosamente en los archivos españoles, franceses, ingleses, norteamericanos, italianos, alemanes o soviéticos. Incluso no excluyo que pueda afirmar que lo ha hallado en algún archivo privado. Por ejemplo, en el de un agente del SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) de Franco. O en el de algún detenido por la BPS (Brigada Político-Social), de triste recuerdo en el franquismo.

Ahora bien, si fuera así, y esta es mi segunda consideración, también habría que dudar en principio, porque no encajaría con lo que demostrablemente se sabe de las relaciones entre la República Española y la URSS durante la guerra civil. Este es un tema ya algo trabajado (aunque faltan facetas e incluso paneles enteros por explorar, pero no se preocupe el periodista en cuestión; estoy en ello).

Varios autores y protagonistas de las más diversas procedencias se han acercado al tema. Sirvan de muestra aleatoria y por orden alfabético nombres como los siguientes, Andrew, Bayerlein, Bolloten, Broué, Carley, Castells, Cattell, Davies, Dimitrov, Dullin, Ehrenburg, Elorza/Bizcarrondo, Firsov, Gorodetsky, Haslam, Howson, Jorge, Khlevniuk, Koltsov, Kowalsky, Maisky, Orlov, Payne, Poharskaya, Pons, Puigsech Farràs, Radzinsky, Roberts, Rybalkin, Schauff, Skoutelsky, Starinov, Sudoplatov, Témime, Togliatti, Ulam, Volkogonov, Ziemke entre muchos otros. Ninguno lo menciona. Los dos últimos historiadores, norteamericanos por más señas, que han abordado la gestión de Stalin en aquellos años, tampoco lo han hecho. ¡Qué dolor, qué dolor, que pena!

El aserto, pues, hecho por el periodista objeto de estos comentarios me parece que es mas bien una de las numerosas mentiras podridas que encajan entre las muchas esparcidas por los vencedores de 1939. Todo para justificar por qué hubo una guerra civil, por qué fue preciso ganarla y por qué con ello España prestó un inmenso servicio a la civilización cristiana y occidental (también a la nazi-fascista, pero afirmar esto último ya no es aceptable hoy).

La pregunta fundamental es: ¿por qué sacar la mencionada calumnia a la luz del día en diciembre de 2021? Se me ocurren varias razones.

La primera y fundamental es, simplemente, porque la sublevación contra la República en julio de 1936 hubo que disfrazarla con argumentos especiosos que justificaran, en el sentido deseado por los vencedores, la mayor catástrofe de la historia de España desde la Guerra de la Independencia. Incluso cabría afirmar que a su lado quedan chiquitas otras guerras y guerritas que también han asolado el suelo patrio desde, quizá, Indívil y Mandonio hasta 1936-1939.

En segundo lugar, porque igualmente hubo que justificar la implantación de la dictadura franquista. Recordemos que esta no fue prevista en ningún momento ni por los conspiradores ni por los sublevados. Ocurrió por la intervención del azar: el asesinato de José Calvo Sotelo y la muerte en accidente del teniente general José Sanjurjo, es decir, la desaparición de escena de los líderes político y militar de una conspiración orientada, en último término, por el deseo de restaurar la Monarquía. Con el beneplácito, hay que suponer, de aquel paradigma de todas las virtudes históricas y guerreras patrias que fue Alfonso XIII. Recordemos Annual.

En tercer lugar, porque la “historia” que desde el primer momento marcaron los vencedores respondió al principio supremo del “calumnia, que algo queda” en el Dictamen sobre la ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936. Tan sublime documento lo redactaron no solo los defensores políticos, militares e ideológicos de los sublevados sino, para más inri, incluso algunos de los ilustres conspiradores de los años de paz. ¡No iban a contar algo diferente a los subterfugios y mentiras con que instigaron la preparación de la sublevación!

En cuarto lugar, porque la historiografía franquista, profranquista o filofranquista siempre aplicó el socorrido mecanismo de “proyección”. Es decir, achacar al enemigo las actuaciones y comportamientos que tipificaron los propios. Así, un inexistente pacto entre la República y la URSS sirve para encubrir los pactos que sí se firmaron y protocolizaron debidamente entre la autodenominada España nacional y las potencias del Eje. Con la Italia mussoliniana ya a finales de 1936 y con la Alemania nazi en 1937 (que en una primera fase no estaba tan interesada en amplios acuerdos) con tres de naturaleza económica y comercial. TODOS ELLOS SECRETOS. POR NO HABLAR DE, en un tiempo ulterior, EL TAMBIÉN SECRETO Tratado de Amistad y Cooperación entre la gloriosa España Nacional y el Tercer Reich.  Esto último antes de que estallara la guerra europea, pero ya ilustrado por la salida, con un portazo escasamente cortés, de la Sociedad de Naciones el 1º de abril de 1939. ¿No lo sabe nuestro inquisitivo periodista? Lo he explicado en el penúltimo capítulo de La otra cara del Caudillo (reeditado varias veces) donde los lectores podrán comprobar todos los artilugios que se desplegaron para que dicho tratado permaneciera en la más absoluta oscuridad. Incluso eminentes historiadores pro-franquistas lo ocultaron o disminuyeron en importancia, en aplicación del fundamental eslogan del TODO POR LA PATRIA.

En lo que a Negrín y la URSS se refiere los amables lectores pueden estar tranquilos. Si es cierto lo que se afirma habitualmente de que una mentira que se repite mil veces termina convirtiéndose en “verdad” (Hitler dixit, Goebbels también) no deja de ser igualmente cierto que “antes se coge a un mentiroso que a un cojo” porque, como la sabiduría popular germánica señala, “las mentiras tienen patitas cortas”.

No es de extrañar que en las batallas culturales que tienen lugar en la España de nuestros días los bulos, los “trumpismos” y las mentiras mondas y lirondas se presenten con todo desparpajo como verdades inmanentes con el fin de desvirtuar vergonzosamente el pasado y “trasladar” hacia el futuro las guerritas ideológicas y políticas del presente, enmascarando lo ocurrido. ¿En busca de la consecución de la hegemonía ideológica? Pues lo tienen difícil, salvo que logren implantar una nueva dictadura.

 En cualquier caso, lo que he examinado en estos dos posts ni es Historia ni, por supuesto, un “secreto”.  Es, simplemente, una de las muchas estupideces que circulan hoy y, en este caso, sobre las sufridas espaldas de Don Juan Negrín.

FIN

CALUMNIA …. QUE ALGO QUEDA (I)

1 febrero, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

El 20 de enero pasado un amable lector me escribió a la dirección que figura en este blog con una consulta. Recibo muchas y procuro contestar a todas, en particular cuando no llegan por Facebook que es un sistema que nunca he logrado dominar. En principio había pensado no dar su nombre, pero no ha tenido la menor dificultad en que lo haga y, además, me ha ayudado en la búsqueda de algunos artículos que me ha enviado por si pudieran ser de mi interés. Los dejo en reserva. Mi respuesta a Don Francisco Javier Pino no me ocupó más de dos renglones. Después he recapacitado y me he dicho que quizá conviniera ampliarla y dar a conocer mis resultados en este blog.

El texto de la consulta decía así:

Leo en un monográfico titulado » Secretos de la Guerra Civil» lo siguiente: «había pactado [D. Juan Negrín] con Stalin para instaurar una dictadura de partido único llamada «Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas». No sé si podrá decirme si es cierto o falso, pues es la primera noticia que tengo y apareciendo en un medio de divulgación me parece serio. Espero no robarle mucho de su preciado tiempo.

Más tarde me hizo llegar el contexto:

Caminó Negrín hacia la tribuna […]. Comenzó entonces un largo discurso para maquillar la trágica realidad de lo que ocurría […]. Aún así expresó su deseo de seguir combatiendo y hasta obtuvo el voto de confianza de los presentes. La verdad es que fue un acto de cierto cinismo, ya que había pactado con Stalin, tiempo atrás, la desaparición del sistema democrático para instaurar en España una dictadura de partido único a la que llamarían Unión de Repúblicas Ibéricas Soviéticas o Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas

El autor de tales afirmaciones referidas a Negrín es un periodista. Su nombre aparece en internet como licenciado en Historia por la UCM y master en periodismo. Se señala que, tras trabajar como arqueólogo algunos años, pasó a dedicarse a escribir sobre historia. He comprobado que varios de sus artículos de prensa se mencionan en la red. Ni lo conozco ni creo que su nombre venga al cuento.

En principio, debería contar con mi simpatía. Siquiera por la simple y sencilla razón de que mi hija también estudió Arqueología, que le gustaba mucho. Sin embargo, después de varios escarceos en trabajos de campo no tardó en ver que, fuera de la Universidad, tal ocupación tenía, allí donde ella vive que no es España, un futuro poco seguro. Así, pues, cambió de orientación. No son vidas paralelas porque mi hija, ciertamente, no se dedica ni al periodismo ni a lo que en algunas manifestaciones de esta actividad pasa por historia, como demostraré en el presente caso.

Tampoco puedo saber si el periodista objeto de este comentario aprendió bien o no los rudimentos del oficio. En la UCM (que es mi alma mater y de la que soy profe emérito) había y hay excelentes expertos en Historia Contemporánea (en tiempos ya lejanos hubo otros que estaban demasiado escorados hacia el filo-franquismo, pero es verosímil que no disfrutara de sus “enseñanzas”).

Ignoro, por último, si en el medio que habitualmente escribe le imponen anteojeras. O si, por el contrario, los encargados de montar nada menos que un especial sobre “Secretos de la guerra civil” las tienen. En cualquier caso, la denominación es contradictoria. Un secreto, por definición, no se conoce. Si se conoce, no es secreto.

Cabe fácilmente imaginar que de la guerra civil, de la anteguerra y de la posguerra existan todavía numerosos secretos. Es decir, aspectos, personajes, acontecimientos que los historiadores no hemos iluminado aun. Bien porque no hemos caído en ellos o bien porque no hay forma de documentar parcelas de un pasado que, por definición, ya no existe. Se ha esfumado. Lo que quedan son residuos, a veces palpables, a veces no, y representaciones.

El artículo en el que aparecen las afirmaciones que dan pie a este post no revela, en principio, absolutamente ningún secreto. Es una muy somera descripción de parte de un suceso bastante conocido: el discurso que pronunció ante las diezmadas Cortes de la República el presidente del Consejo de Ministros Juan Negrín en la última reunión que celebraron el 1º de febrero de 1939 en los sótanos del Castillo de Figueras. Es decir, poco antes de que se produjera el colapso total de lo que quedaba de la Cataluña republicana.

Existen varios testimonios al respecto (entre ellos alguno que dicho periodista no menciona: para ello hay que optar a nota) y, como es natural, numerosas interpretaciones. La reunión suele figurar en toda historia que se precie del final de la guerra civil. En los últimos años han aparecido varias. En cuanto al discurso en sí cualquier lector con un ordenador y un ratón puede descargarlo de internet. No se exige nada más que acudir en demanda de auxilio a Mr Google, quien para este tipo de cuestiones ofrece gratuitamente una ayuda inmediata e inestimable:

http://www.fundacionjuannegrin.com/weblog/2019/08/28/intervencion-ante-el-pleno-de-las-cortes-reunido-en-el-castillo-de-san-fernando-de-figueras-1-de-febrero-de-1939/.

Fácilmente se observará que, como no podía menos de ocurrir, Negrín no hizo referencia en su discurso ni a Stalin ni a la Unión Soviética en ningún momento. Es el periodista que describe parte de la sesión de Cortes quien introduce, como de paso, la referencia. Es decir, en virtud de su muy libre albedrío. Y este es, precisamente, el punto que deseo destacar, dado que no viene a cuento, excepto como clarificación del supuesto papel de Negrín en la guerra civil que se le atribuye. Como veremos, con sinigual desparpajo.

Dado que el historiador, como es notorio, al interrogar un documento selecciona lo que le parece más significativo del mismo, pretendo detenerme en lo que hay, o puede haber, detrás de tales afirmaciones que indudablemente para el autor que las hace no son gratuitas. Si no las hubiera introducido, el articulo descriptivo, que no analítico, de la reunión de Cortes no hubiera sufrido gran cosa. El que tan atrevido periodista incluyera sus apostillas induce a especular sobre las razones por las cuales lo hizo tal y como aparecen.

Todo estudiante de historia aprende, bien en la licenciatura (hoy grado) o en el más somero máster sobre técnicas de investigación, que cualquier documento (también un artículo) es susceptible de análisis. Este puede ser interno y/o externo. El primero examina la coherencia del texto. El segundo lo contextualiza. En el caso que aquí nos ocupa se impone un análisis del segundo tipo.

La cuestión, digámoslo de entrada, lo amerita. El periodista en cuestión afirma rotundamente que hubo un pacto entre Stalin (nada menos) y Negrín para crear un Estado de nuevo tipo en España. Salvo que las palabras no quieran decir lo que dicen es de suponer que hubiera sido un Estado parecido a la URSS (¿con o sin Portugal?). No se me ocurre otra interpretación, aunque naturalmente puedo equivocarme. Sin duda, aprovechando que el autor en cuestión escribe habitualmente en un medio de amplísima difusión podrá corregirme y responder, de paso, a algunas preguntas que le dirijo por este medio, que supongo leerá o le harán llegar. Siempre hay voluntarios.

Porque, ¿qué hace, en general, el historiador? En primer lugar, buscar pruebas, documentación, “papeles” o, al menos, identificar a otros autores que le permitan sustentar su relato. La que aquí nos ocupa tiene mucha, si no muchísima, enjundia. Se trata, nada menos, que de un pacto de carácter internacional para imponer en España, incluso a la gloriosa España, a la España que combatía por llegar a la VICTORIA, un régimen de tipo soviético. ¡Ahí es nada!

Así, pues, entre las preguntas mínimas que se imponen no pueden faltar las siguientes:

  1. ¿Dónde se encuentra plasmado dicho pacto? ¿Fue público o secreto?
  2. ¿Cómo se hizo? ¿Vino Stalin a España? ¿Fue Negrín a la URSS?
  3. Dado que tales viajes obviamente no ocurrieron, ¿quién lo firmó por parte soviética?, ¿quién por parte española?
  4. Podría suponerse que los soviéticos actuaron a través de algún plenipotenciario. ¿De quién se trató? ¿Fue el embajador o el encargado de Negocios? ¿Un agente especial enviado desde Moscú? ¿Rosita la pastelera? ¿Estuvieron autorizados formalmente o se pasaron, en los dos primeros casos, la autorización por montera, con los riesgos que ello implicaba en la época?
  5. ¿Cuándo, dónde y cómo lo firmó Negrín? ¿Hubo testigos? ¿Dejaron testimonios? ¿De qué naturaleza? ¿Dónde se encuentran?
  6. Dado que la afirmación aparece en un medio titulado “Secretos de la guerra civil”, es de suponer que se trató de un pacto “secreto”
  7. Si lo fue, ¿cómo se ha enterado de dicho pacto tan denodado periodista? ¿Lo ha buscado en archivos? ¿Cuáles? ¿Lo ha leído en algún libro o en algunos libros?
  8. Si fuera así, ¿Cuál o cuáles? ¿Escrito o escritos por qué autor o autores? ¿Dónde está o están publicados?

Naturalmente son preguntas modestas, prácticas, elementales. No hace falta, en realidad, ser historiador para plantearlas. Son de sentido común.  Muchos lectores pensarán, sin duda, que de fácil respuesta.  Permítanme, sin embargo, que lo ponga en duda. Quizá esté un poco atolondrado (cosas de la pandemia y del autoaislamiento, en mi caso muy rígido), pero lo cierto es que todas las que se me ocurren a dichas preguntas y otras parecidas no van en la dirección que cualquier historiador o cualquier periodista de investigación, por muy normalitos que sean, considerarían adecuada.

Ciertamente, hay ignorancias culpables. Otras no lo son. Si el periodista en cuestión tuviese la bondad de airear a todos los vientos sus fuentes, por ejemplo, en el periódico en que suele escribir, y presentar pruebas irrefutables de que no se trata de un exceso de imaginación propio o, ¡cielos!, del responsable de la publicación en que apareció el notición, no me quedaría más remedio que reconocer mi atolondramiento.

Si se tratara de fuentes a las que solo dicho autor ha tenido acceso por la gracia de su intuición, de sus esfuerzos y/o de la bendición divina y que todavía no ha publicado esperando escribir el SCOOP del siglo entre los secretos de la guerra civil, no me declararía culpable. Al contrario, le felicitaría efusivamente porque habría descubierto algo que hasta ahora nadie había documentado. Lógicamente, también una interpretación de la gestión de Juan Negrín que a ninguno de sus biógrafos (cito, de memoria, a Manuel Tuñón de Lara, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Gabriel Jackson) se le había ocurrido tras todo el tiempo que dedicaron a investigar la trayectoria de dicho personaje ..

Esta pregunta, que ahora y aquí hago pública, podría tener efectos inmediatos. El presente post se publica el martes 1º de febrero. Le seguirá otro, una semana más tarde, en el que indicaré algunas de las hipótesis explicativas de que en diciembre de 2021 tal SCOOP, si lo es, haya aparecido, como de tapadillo, en un número de una revista dedicado precisamente a los “secretos de la guerra civil”.

(continuará)

UN EJEMPLO ILUSTRATIVO DE LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA: EL CASO DEL AGENTE DE MOLA Y FRANCO QUE FUE JUAN DE LA CIERVA (y II)

25 enero, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

De entrada cabe señalar que, a pesar de que la parte transcrita en el post anterior de la hoja de servicios del teniente general Barroso es genuina, al situarse en el punto de vista del reflejo fiel de lo que hizo a partir del 18 de julio de 1936 no nos vale ni puede valernos. En ella lo que se afirma es que estalla el “glorioso Movimiento Nacional” (GMN), como solía llamárselo, y ¡zas! Barroso se precipita a unirse a él a través de Quiñones de León.

¿Qué implica esto? Un lector ingenuo podría pensar que Barroso ignoraba la conspiración en marcha pero que, al estallar la sublevación contra la malvada República, supo donde el deber lo llamaba. ¿Es creíble tal deducción? No. No lo es en absoluto. Entre otras por las siguientes razones:

  1. Quiñones de León había estado en la génesis de la conspiración monárquica contra la República prácticamente desde 1932, si no antes. Los servicios franceses le espiaban. La embajada republicana, también. Los diplomáticos republicanos contaba con un agente de policía en ella y, además, habían contratado los servicios de una agencia de detectives francesa. En mi libro ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL? he relatado algunos de los resultados de tal vigilancia. Tenía como principales objetivos al exrey Alfonso XIII, al propio Quiñones (exembajador en París de la Monarquía), al exteniente general Emilio Barrera (monárquico a machamartillo y personaje más audaz o animoso que lo prudente en un conspirador) y al futuro proto-mártir, el exdiputado José Calvo Sotelo. A medida que la fecha de la sublevación se acercase parece razonable pensar que la actividad de Quiñones habría ido in crescendo.
  2. En la embajada todos se conocían. Es más Barroso había hecho una gran parte de su carrera militar en conexión con los franceses. Mero comandante, había asistido durante dos años a los cursos de la Escuela Superior de Guerra francesa. No puedo imaginar que, ya como agregado, no estuviese en contacto oficial con el Deuxième Bureau (el servicio de información del Ejército de Tierra francés, cuyo agente principal en España formaba parte de su personal). Aunque Quiñones no apareciera por la representación diplomática republicana, me parece imposible que ni el embajador Juan Francisco de Cárdenas (monárquico de corazón) ni Barroso no tuvieran ningún contacto con él.
  3. En enero de 1936 Barroso fue a Londres con el general Franco. Este era entonces el jefe del Estado Mayor Central del Ejército de Tierra y, como tal, responsable último de la Sección Servicio Especial (SSE), el modesto equivalente hispano del Deuxième Bureau. Las informaciones de inteligencia procedentes del exterior pasaban por la mesa de Franco. Es decir, en temas que interesasen a la SSE la información que Barroso enviaba a Madrid llegaría a sus manos. Franco no ignoraba la conspiración. Otra cosa es que después lo disimulase o minimizase. Lo he descrito en mi libro EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. Cabría también especular si existía la necesidad imperiosa de que a Franco lo acompañase Barroso. En la embajada en la capital británica trabajaban también un agregado militar y un adjunto. ¿Seríamos tan ingenuos como para pensar que ni Franco ni Barroso cruzaron una palabra sobre la situación política española en víspera de las elecciones de febrero? ¿Para qué quería Franco llevar consigo a uno de los grandes expertos militares españoles en temas franceses?
  4. En 1937 los servicios de inteligencia republicanos compilaron un listado de nombres (desde generales a sargentos) que, con independencia de su situación en activo, retirados o jubilados, formaban parte de la Unión Militar Española (UME), la gran baza de los conspiradores monárquicos para impulsar la futura sedición de las Fuerzas Armadas. Franco la seguía también, a pesar de que luego se hizo el loco al respecto. Y, casualidad de las casualidades, Barroso estaba en ella, aunque con pocos datos (como comandante de E M disponible y solo como Barroso Sánchez). Esto podría significar que solo tenían datos de antes de ir a estudiar a la Escuela de Guerra francesa y supone que se le detraía el óbolo para financiar a la UME en el período anterior al estallido de la guerra civil.  Es decir, no se trataba de un agregado militar au-dessus de la mêlée y atento tan solo a sus labores profesionales. De lo que antecede se desprende lógicamente (aunque falte EPRE) que Barroso seguiría la conspiración y que cuando estalló el “Glorioso Movimiento Nacional” se apresuró a darse el bote. En París.
  5. Barroso contribuyó, junto con otros diplomáticos desafectos -empezando por Cárdenas y seguido por el ministro consejero, Cristóbal del Castillo- a agitar la prensa de derechas parisina (con la cual se habrían mantenido, imagino, los necesarios contactos previos) para echar a pique los esfuerzos del recién instaurado gobierno Giral por adquirir, en toda legalidad, las armas necesarias para combatir la sublevación. El barullo se ha descrito muchas veces. Para mí es de gran agrado anunciar que dentro de un mes saldrá a la calle el libro de un exalumno mío, Miguel I. Campos, ARMAS PARA LA REPÚBLICA, en el que se pasa en revista, con nueva documentación, el jaleo que se armó en París para evitar que el gobierno francés las vendiese al español.
  6. Por la hoja de servicios podemos intuir que los franceses no pusieron inmediatamente a Barroso de patitas en la frontera. De aquí que tuviera tiempo de recibir a un oscuro personaje que ya ha salido repetidas veces en mi blog, un rico norteamericano casado con una francesa supercarlista y supermonárquica (incluso para Francia). Se llamaba William H. Middleton. Este quiso convencer a Barroso de que se desplazara a Berlin a hablar con el consejero áulico de Hitler para asuntos británicos Joachim von Ribbentrop (no tardaría en nombrarlo embajador en Londres), Debía informarle de  que el golpe en España era lo que ya se  le había anticipado. Barroso no le hizo caso o, al menos, no hasta el punto de ir a Berlín en donde tenía entrada. Eso sí, se puso (¿de nuevo?) en contacto con Mola.
  7. En este trasfondo encaja perfectamente que el ya exagregado se desplazara al cabo de unos días a Amberes. ¿Por qué? Pues, simplemente, porque Barroso también tenía contactos en Bélgica, donde también se le conocía y él conocía a mucha gente porque también, en régimen de acreditación múltiple, era agregado militar de la embajada. En su hoja de servicios se relata que estuvo presente en años anteriores en varias maniobras del Ejército belga. Ahora bien, fue a Amberes con JUAN DE LA CIERVA. La hoja no dice cuándo tuvo lugar este viaje. No pudo ser cuando estalló el “pitote” en Francia, porque el ingeniero había ido, a instigación de Alfonso XIII, de Londres a Roma, donde coincidió con la conocida, y muy tergiversada, misión de Goicoechea y Sainz Rodríguez. Luego volvió a Londres. Fue entonces, en algún momento, cuando, siguiendo instrucciones de Quiñones de León (que a su vez ya había estado en contacto con Alfonso XIII), Barroso acompañó a de la Cierva después de haber estado algún tiempo en Francia cogiditos de la mano para, imagino, conseguir armas con destino a los sublevados. Se trata de un tema que, naturalmente, podría aclararse si se conservaran todos los papeles relevantes de los servicios de seguridad franceses. Resulta bastante difícil pensar que hubiesen dejado a Barroso que campara por sus anchas.
  8. El tiempo que de la Cierva y Barroso pasaron juntos en tales y otros menesteres no se deduce de la hoja de servicios, pero cabe pensar que debió de ser cuando menos un par de semanas. Las autoridades dieron 48 horas a Barroso para que saliera de Francia por una frontera que no fuese la española y él se trasladó de nuevo a Amberes a fin de tomar un barco con destino a Lisboa. Desde aquí fue a incorporarse al Cuartel General de Franco en Cáceres a principios de septiembre. En consecuencia, suponemos que la amable -o entrañable- camaradería entre ambos pudiera haber durado entre dos y tres semanas. Barroso estableció con Franco contacto telefónico o telegráfico, por paloma mensajera, por medio de algún propio o de alguna otra forma. No es, pues, de extrañar que de la Cierva contase más tarde a Mola que había obrado por cuenta de él y de Franco.

En lo que antecede he establecido algunas hipótesis. Son razonables y no chocan con la evidencia empírica. Se desprenden más bien, por deducción, de los datos para los cuales se dispone de algún asidero en forma de papel. Aunque su hoja de servicios hasta principios de los años cuarenta está escrita con el mismo tipo de letra, la razón es que hubo de rehacerse porque el original había desaparecido en el barullo del archivo del EM durante los años de la guerra civil. La explicación la ha encontrado Loreto Urraca en el AGMAV.

¿Qué cabría hacer ahora? Doy estas sugerencias a los responsables del Gobierno de la Región de Murcia. No pretendo cobrar nada. Actúo libre y, espero, generosamente.

  1. Tras haber malgastado dinero y otros recursos en financiar dos informe a sendos historiadores (uno de los cuales tuvo la amabilidad de enviarme el suyo, como ya he señalado en este mismo blog) quizá fuera interesante que aflojaran algo más las cuerdas del talego de denarios. A no ser que la retribución para conseguir que bien el segundo u otro especialista buscara y rebuscara las pistas que abre la hoja de servicios del teniente general Barroso. Es una vía que servidor no conocía y que a lo mejor él tampoco. Con ello quizá mejorase las posibilidades en su navegar en pos de su vellocino de oro: la prueba documental que muestre que el ingeniero Juan de la Cierva solo colaboró con los generales rebeldes en un rapto de temporal enajenación y que todo lo que servidor, y otros, hemos escrito son meras pamplinas.
  2. Item más, que ya subido Franco a la cima de su Everest particular el 1º de octubre de 1936, el ingeniero murciano se negara a seguir colaborando con él, por eso de haber dado un golpe de mano para hacerse cargo de las funciones de Jefe del Estado que correspondían al exrey.
  3. Y después, si logran demostrarlo, tienen mi bendición para maldecirme adecuadamente. Mientras tanto me permitirán que siga riéndome.

FIN

UN EJEMPLO ILUSTRATIVO DE LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA: EL CASO DEL AGENTE DE MOLA Y FRANCO QUE FUE JUAN DE LA CIERVA (I)

18 enero, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

NO HAY HISTORIA DEFINITIVA. Con esta tajante afirmación empieza un libro en el que estoy trabajando y que no saldrá hasta el año que viene, es decir, en 2023. Espero terminarlo dentro de unos meses, en cuanto me lleguen documentos que he tenido que encargar un poco a ciegas, porque en estos tiempos de pandemia viajar me parece un tanto arriesgado.

La misma afirmación se aplica a un tema que ha salido ya repetidas veces en este blog, que ha aparecido en una serie de artículos que publiqué en InfoLibre el año pasado y que me ha granjeado las iras de algunos lectores. Puede que sepan más del mismo que servidor, aunque nunca han justificado sus razonamientos ni, por desgracia, conozco sus publicaciones. Es más, he “desafiado”, modestamente, a los responsables del Gobierno de la Comunidad de Murcia para que hagan público el informe que encargaron a un historiador (con quien comparto pocas ideas) y que, al parecer, se pronunció en contra de mis tesis. Sus argumentos han quedado en la oscuridad de la alta burocracia de aquella comunidad. Tampoco el notabilísimo historiador en cuestión se ha dado por aludido.

Una de las razones por las cuales NO HAY HISTORIA DEFINITIVA es porque los historiadores somos tributarios de las evidencias que van descubriéndose. A veces de golpe, con frecuencia poco a poco. Servidor basó su afirmación de que el inventor del autogiro y distinguido retoño de una ilustre familia murciana había laborado no solo en favor de la conspiración que llevó al 18 de julio de 1936 sino que, y sobre todo, continuó después. Y, naturalmente, apoyó por lo menos las gestiones del general Mola para obtener armamento de aquellos grandes adalides, no precisamente de la cristiandad, que fueron los gobernantes nazis. Al parecer, la carta que Juan de la Cierva escribió al sanguinario general Emilio Mola y cuyo original se reprodujo en uno de mis artículos en InfoLibre no fue suficiente. Tampoco era una pieza desconocida, aunque nunca había aparecido la copia fotográfica de tan revelador documento.

Ahora, meses después, una amable lectora, Doña Loreto Urraca, con un desprendimiento digno de todo elogio, me ha enviado un documento pensando que me interesaría. Le he pedido permiso para, naturalmente, dejar constancia de mi agradecimiento y, generosamente, me lo ha concedido. Está, tengo entendido, buscando papeles para hacer una biografía de corte documental sobre uno de sus antecesores, Pedro Urraca Rendueles (de no muy buena fama, pues fue el inspector de policía encargado de acompañar a la frontera franco-española al expresidente de la Generalitat Lluis Companys (véase, por ejemplo, https://www.sapiens.cat/temes/personatges/pedro-urraca-l-espia-que-va-detenir-companys_202466_102.html)  y de localizar a varios distinguidos políticos republicanos a los que en el Madrid de todas las desdichas también aguardaba el paredón  en 1940 (https://elpais.com/diario/2008/09/28/domingo/1222573955_850215.html)

Tras este imprescindible agradecimiento he de entonar, ante todo, la palinodia. Debería haber conocido el documento en cuestión, pero confieso que lo ignoraba. Una ignorancia culpable. Se trata, en efecto, de la hoja de servicios de un militar muy distinguido. Se sabe que desempeñó un papel importante al lado de Franco durante la guerra civil, que tuvo un destino diplomático envidiable en Francia, que llegó a ser teniente general y ministro del Ejército durante la dictadura. Lo he citado en numerosas ocasiones en varios de mis libros, incluso en el más reciente (El gran error de la República). No se me ocurrió solicitar la dichosa hojita, como hice con otros militares, a la hora de preparar con varios colegas un volumen sobre diplomáticos y guerra civil (Al servicio de la República).

Pero, y aquí viene lo de la palinodia, no me había preocupado de abordar la hoja de servicios de tan ilustre militar. ¡Error! ¡Craso error! ¿Su nombre? Antonio Barroso Sánchez-Guerra.  Era muy conocido. Votó contra la Ley de Reforma Politica que abrió la puerta a la transición y falleció en 1982 (dato que tomo de su entrada de Wikipedia que, por cierto, contiene varias afirmaciones no demasiado exactas y numerosas omisiones importantes).

Pues bien, la hoja de servicios del teniente general Barroso, al referirse al año 1936, contiene los siguientes párrafos que, en primer lugar, transcribo literalmente, en itálicas y en negritas.  Dejo para un segundo post su análisis y contextualización, en el bien entendido que servidor no es sino un aprendiz de biógrafo y que muchas de las hojas de servicio de militares que sirvieron en la dictadura hay que tomarlas con varias toneladas de sal. Es algo que ya aprendí, con mis añorados Dr. Miguel Ull y mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas, en El primer asesinato de Franco, y que corroboraré en un libro que se publicará dentro de algunos meses y al que ya me he referido en el post anterior. Transcribo, pues:

1936. Continúa prestando servicio como Agregado Militar. En el mes de enero acompañó a la comisión presidida por el Excmo. Sr. General Don Francisco Franco Bahamonde a los funerales de S.M. el Rey Jorge V de Inglaterra. El 19 de julio de dicho año, enterado del levantamiento nacional presentó inmediatamente la dimisión de su cargo de Agregado Militar, poniéndose a las órdenes primero del general Mola, con el que pudo comunicar directamente y después a las del General Franco. Por orden expresa del General Mola se encargó de unas gestiones de compra de material de aviación en Francia y Bélgica, gestiones que realizó en compañía del ingeniero Don Juan de la Cierva, bajo la alta dirección del Excmo. Sr Don José Quiñones de León. Regresado a París se le ordenó por el Ministerio del Interior que saliera en un plazo de 48 horas del territorio francés, indicándole que no podía hacerlo por las fronteras de Irún o de Vera, por lo que marchó a Amberes donde embarcó para Lisboa, incorporándose al Ejército Nacional en los primeros días de septiembre de 1936, cuando el Cuartel General del General Franco se ocupaba de instalarse en Cáceres. Se hizo cargo a su llegada a dicho Cuartel General del mando de la 2ª Sección del EM, y el 1º de octubre del mismo año, cuando se organizó el Cuartel General de S. E. el Generalísimo, pasó a desempeñar el cargo de Jefe de la Sección de Operaciones (3ª Sección) de su E. M….”

El resto no es interesante para nuestros propósitos. Queda por decir que la letra manuscrita con que está escrito lo que antecede es extraordinariamente pulcra y legible, algo que no siempre ocurre en tales hojas de servicio.

A Doña Loreto Urraca le llamó la atención, naturalmente, la referencia a Juan de la Cierva y repito que tuvo la amabilidad de enviarme una copia de la página en la que figura la anterior transcripción.

Tenemos, pues, una pieza de EPRE que, como toda EPRE, hay que explorar, analizar y contextualizar. De por sí, esta parte del documento dice poco para lo que nos interesa. Es espartana en su sencillez. Hay que interrogar al papelín en cuestión. Esta es, precisamente, la labor del historiador.

Ante todo, nadie podrá negar que es EPRE genuina. Todo lo transcrito está tal cual en una hoja de servicios y, a diferencia de lo que ocurre con otros documentos de tal porte, a primera vista no nos suscita dudas en cuanto a su carácter. Esto, que puede parecer una afirmación de rutina, no lo es. Hay hojas de servicio que contienen, claro está, las vicisitudes profesionales de los oficiales, jefes y generales a que se refieren, pero de cuyo contenido que cabe dudar. Conozco un caso en el que las vicisitudes de su titular, expuestas someramente a lo largo de los antecedentes y el curso de la guerra civil, están escritas en el mismo tipo de letra. Es decir, por la misma persona, probablemente un soldado destinado en Mayoría, pero que teóricamente a lo largo de tres años no se movió de su puesto tampoco del jefe sobre quien escribía. Algo más que sospechoso y que permite pensar que el texto -anodino- de la dichosa hojita se redactó a posteriori, probablemente con fines de ocultación. Hay cosas de las que es mejor no dejar constancia.

(continuará)

SOBRE UNA NUEVA INVESTIGACIÓN QUE APARECERÁ EN 2022 EN RELACIÓN CON LA REPRESIÓN FRANQUISTA EN LA GUERRA CIVIL

11 enero, 2022 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

Las vacaciones de finales de año suelen estar repletas de alegría. Llegan las Navidades, el “Gordo”, las uvas, las reuniones familiares, Noche vieja y, para el postre, Reyes. Esta vez han estado tintadas de intensa preocupación  casi en todas partes. No es la primera vez. Ocurrió en la temporada anterior. En la presente la alegría por la vacunación masiva contra la Covid se ha visto matizada por la propagación de su última variante. En Bélgica, donde vivo, un gobierno ha tenido que dar marcha atrás ante la cólera ciudadana por haber cerrado los espacios de manifestaciones culturales, pero se ha impuesto la semana de cuatro días de teletrabajo y el uso de las mascarillas es ya algo habitual. En Francia, el presidente Macron ha descalificado duramente a quienes se obstinan en no vacunarse. Gran alboroto mediático y en la clase política, pero pocos han ofrecido otras soluciones alternativas.

Para servidor estas pasadas vacaciones han sido también el momento de llamar a rebato. Poco antes de que empezaran escribí dos artículos en InfoLibre sobre las falacias y mentiras con las que VOX presentó en septiembre de 2021 en el Congreso de los Diputados una moción contra la Ley de Memoria Democrática y pidió la devolución al Gobierno. Curiosamente, no la ha aireado, que yo sepa, en su página web. Quizá porque el Congreso no tardó en rechazarla con una clara mayoría. ¿O es que se avergüenza de ella? ¿O tiene temor a que la lea el gran público y, sobre todo, los expertos e historiadores? No especulé en mis artículos sobre qué fines perseguía con ello si luego no iba sacar alguna astilla propagandística de su acción. Porque pensar que tendría éxito era como sin jugar a la lotería de Navidad esperar ganar el primer premio.

Servidor suele seguir a VOX en sus arrebatos supuestamente de historia y por ello deseo empezar este nuevo año con una información que quizá interese a los amables lectores.

 Con dos queridos colegas, expertos máximos en el tema, he pasado buena parte de 2021 tratando de revisar y de poner al día una indagación en las aguas, siempre turbias, del franquismo, en la guerra y en la postguerra. Para tales colegas y amigos ha sido la continuación de una bien esmaltada carrera de estudios sobre la represión franquista. Para quien esto escribe, una consecuencia natural tras haber publicado EL GRAN FALLO DE LA REPÚBLICA y ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL?

La gran tragedia española del siglo XX no fue una cuestión del azar ni el resultado de maquinaciones izquierdistas o, como se dijo en la época, comunistas. Alguien la quiso y alguien no supo evitarla en la primavera de 1936. Estas dos afirmaciones, apoyadas por una amplia base documental, tuvo consecuencias que han sido muy desvirtuadas.  

Los tres compañeros de ordenador creemos, naturalmente, en la necesidad imperiosa de que todo relato histórico se base en la evidencia primaria relevante de época. Los tres nos hemos descornado en la pugna intelectual que suele reforzarse con el descubrimiento y la interpretación o explicación de los hechos que en tal evidencia se reflejan. Sabiendo, por supuesto, que interpretaciones hay muchas, que muchas son con frecuencia sesgadas y que políticos, periodistas y mercenarios de variado pelaje atienden más a las “necesidades” del presente que a la reconstrucción fundamentada de lo que hubo detrás de los procesos y decisiones que marcan el pasado. 

En esta ocasión hemos trabajado con el corazón amargado por el peso de una evidencia documental que alumbra una época trágica. Hemos examinado lo que da de sí un documento no del todo desconocido, pero si incompleto hasta el momento. Ahora hemos explorado en su totalidad las setenta páginas de que consta, lo que dan de sí, su origen, su autor y su carrera salpicada de sangre inocente.

¿Y qué cabe descubrir? Algo bastante simple, pero en torno a lo cual no ha cesado la polémica. Simplemente porque a muchos políticos e “influencers” eso de poner patas arriba las miserias de los vencedores en la guerra civil no les encaja con la basurilla ideológica que siguen propugnando. No es nada nuevo. Lo hicieron durante cuarenta años de dictadura.

El hecho es que, indagando en lo que dan de sí esas setenta páginas, nos hemos concentrado en alumbrar las bases filosóficas, ideológicas, jurídicas y, en último término, político-operativas que, en buena medida, “justificaron” los asesinatos que inmediatamente lanzaron los sublevados en julio de 1936 y que continuaron durante toda la contienda. A lo largo de la cual tuvieron tiempo, dada la lentitud de Franco en conducir las operaciones militares, de ir ganando y acumulando experiencia.

Aquella “filosofía”, la perversión del derecho y las necesidades de amedrentar, acoquinar y, en último término, liquidar al adversario se aplicaron, en primer lugar, contra sus compañeros de uniforme; en segundo lugar, contra quienes “mal dirigidos” por doctrinas perniciosas (comunismo, socialismo, anarquismo, liberalismo y masonería, entre otros pecados nefandos) se habían enseñoreado de España para hacer de ella poco menos que un sucedáneo de república soviética.

No ignoramos, por supuesto, que sobre el tema se ha escrito mucho y bien. Sin embargo, un amplio sector de la sociedad española, manipulado, teledirigido y ofuscado, sigue creyendo en las numerosas patrañas que los conspiradores de 1936 propagaron desde antes de su sublevación y que “justificaron” pasar a miles de conciudadanos por los pelotones de ejecución y dejar a una parte sustancial de los mismos en las fosas del olvido.  No es una casualidad que todavía hoy continúen machacando sus patrañas como la única “verdad” en redes, en periódicos muy connotados, en la prensa digital y en libros que dicen que se venden como rosquillas.  

Con CASTIGAR ROJOS, tal es el título que hemos puesto a nuestro trabajo, intentamos descifrar una de las guías para inquisidores, versión siglo XX, que tanto influyó en los militares franquistas a la vez que bebió de ellos, de sus consejos de guerra y de su implacable persecución de los vencidos.

La guía no provino de la nada. Provino de toda una serie de teorías filosóficas, políticas y penales que se remitieron a la actividad, nada dulce, de la Santa Inquisición; que renegaron de la Reforma (no en vano la monarquía española fue uno de los brazos armados de la Ecclesia militans e incluso de la Ecclesia triumphans en las guerras de religión de los siglos XVI y XVII), de la Ilustración y de los combates contra los avances políticos, económicos y sociales de una gran parte del siglo XIX. Teorías que apelaban a los instintos grupales, narcisistas, excluyentes, de una buena porción de españoles. Eso sí, teorías que se actualizaron con las concepciones schmittianas del derecho penal nacionalsocialista y con la regresión que, en un sector de la autodenominada justicia militar, había provocado la práctica seguida en el bienio radical-cedista.

Aquella guía tuvo un autor de excepción, figura citada -aunque no demasiado estudiada- en numerosas monografías sobre la represión franquista en la guerra y en la posguerra. Llegó a ser general de División y pasó por toda una serie de puestos, algunos ya alumbrados, otros no, que hicieron de él un personaje esencial para comprender la inspiración a que se atuvo la represión franquista desde 1936.

Lo hemos caracterizado como “el último inquisidor de España”, en la esperanza de que su caso no vuelva a repetirse. Si bien, de juzgar por lo que suele leerse en ciertos medios, sus tesis no parece que hayan perdido demasiada validez para un sector, afortunadamente reducido, aunque en lamentable expansión, de la sociedad española de nuestros días.

Dado que en círculos próximos a dicho sector los mitos franquistas sobre la vesania “roja” siguen despertando interés, a pesar de los cuarenta años de infamia historiográfica “nacional” (lo atestiguan, entre otros, el éxito editorial del Avance de la Causa General y la obsesión con Paracuellos) nos embarga una esperanza: seguimos, en efecto, con impaciencia los esfuerzos para dar a la luz los equivalentes de esa guía “para inquisidores” que hubiera pergeñado algún jurista o militar republicanos. O mejor todavía, algún jurídico-militar.  Por desgracia, en la única historia de este Cuerpo que conocemos no se dice nada al respecto. ¿Por qué será?

Ahora bien, que en 85 años nadie haya descubierto ningún nombre quizá no sea razón para que no se intente durante otros tantos en el futuro. Como la localización de EPRE es impredecible, a lo mejor incluso algún historiador filofranquista del que todavía no conocemos el nombre da con un documento parecido al que nos hemos decidido a examinar. Hasta el momento, todo lo sabido hace pensar que lo tendrá difícil. Pero no hay que desesperar. Siempre habrá autores anglosajones, o franceses, o alemanes, o incluso (¡oh, dicha!) españoles que intenten dar con él. ¿Para qué?  Para coronar con el éxito la desesperada búsqueda del particular vellocino de oro que se colgarían los todavía defensores del 18 de Julio.

Mientras tanto, seguiremos esperando a conocer las hazañas intelectuales de su Jasón. Ya cuentan con algunos pre-argonautas.

LOS ARCHIVOS DE LA CORONA: UNA INCÓGNITA

14 diciembre, 2021 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Me mueve a escribir este post, ya casi pre-navideño, una cuestión que ha venido asaltándome regularmente en los últimos meses. Los amables lectores saben que escribo sobre evidencias primarias relevantes de época, Luego, después de haberlas contextualizado y analizado debidamente, acudo a la literatura secundaria. Esto me permite establecer una narrativa más amplia, o al menos diferente, que puede retocar o ampliar, confirmar o desautorizar interpretaciones previas elaboradas por otros autores.

Se trata de una metodología que ayuda a aclarar, completar o iluminar mejor algunas vetas del pasado con mayor autoridad que la que se deriva del comentario, crítico o elogioso, de las aportaciones previas de otros historiadores. No entiendo otra forma de investigar. Ya sé que este énfasis en la EPRE puede molestar a mucha gente, pero vengo aplicando dicho método desde mi tesis doctoral en 1973 y que, debidamente recortada, se publicó en 1974.

Entonces desmonté una de las falacias de la historiografía comunista en general y de otras izquierdas sobre la supuesta colusión entre los conspiradores contra la República y el Tercer Reich. He seguido manteniendo dicha tesis, a pesar de que me ha sido posible documentar algunos otros contactos entre los enemigos del orden constitucional y elementos nazis (que entonces no había logrado identificar). Como debería ser obvio, la EPRE no es estática: hay que buscarla, En el mejor de los casos se encuentra. En otros no. Lo que es imperdonable es inventarla, como hacen muchos desaprensivos.

Años después, de la mano de otra EPRE, me he visto obligado a desmontar las falacias, más abundantes y persistentes, de la historiografía pro-franquista y he negado cualquier complicidad entre la izquierda española y la URSS de cara a una superimaginada  revolución comunista a punto de estallar y para prevenir la cual fue imprescindible levantarse en armas contra la República.  

Afortunadamente, desde que murió Franco los archivos españoles han ido abriéndose. Las últimas piezas de EPRE que me han ayudado a destruir tal leyenda las he encontrado, por ejemplo, en el de Ávila.  Es cierto que el proceso ha ido produciéndose con lentitud desgarradora, pero los archivos se han abierto. De no haber sido por ellos tampoco me hubiera sido posible ir poniendo sobre la cuerda las estupideces que, empezando por Joaquín Arrarás, se han dicho y han venido repitiéndose hasta la actualidad sobre el tema de la no concesión a Franco de la Laureada en 1917 en las páginas del libro de un general de brigada que no es del caso volver a mencionar en este blog.

En los archivos españoles que han ido abriéndose hasta el momento hay materiales que tendrán ocupados a los historiadores durante quizá dos generaciones. Quedan algunos reductos por abrir. Es de esperar que en la futura ley de secretos oficiales no se incluyan “elasticidades” que permitan a las autoridades mantener en la sombra partes de la documentación de hasta 1975. Por propia experiencia pertenezco a ese grupo de investigadores que están convencidos de que la actual democracia española no tiene absolutamente nada que temer del conocimiento documentado en fuentes primarias sobre cualquier episodio anterior a dicho año. Me alegraría mucho que alguien me convenciera de que estoy equivocado. Los argumentos esgrimidos públicamente por varios de los últimos ministros de Defensa de los gobiernos de Don Mariano Rajoy no valen ni siquiera el papel en que se airearon. Fueron mera basura.

Para bien o para mal han transcurrido ya 46 años de la muerte del conducator español. Tradicionalmente en los países europeos occidentales el período de entre 45 y 50 años se ha considerado casi siempre como el mojón a partir del cual se desclasificaba la documentación, por lo menos en su mayoría. Las excepciones, muy motivadas, suelen desclasificarse hacia los 75, pero no son muy abundantes en los países de nuestro entorno. Siempre pongo como ejemplo a emular el caso de Portugal.

Desde luego no soy de quienes afirman que la experiencia española en materia de apertura de archivos ha sido gloriosa. Con todo, tampoco es desdeñable. A pesar de las quemas masivas que en la Transición algunos políticos, a la sazón imbuidos de incontrolables e incontrolados resabios franquistas, ordenaron practicar con respecto a la documentación de ciertos Ministerios, el palmarès de la dictadura fue tan negro que blanquearlo me parece prácticamente imposible.

En todo este proceso hay, sin embargo, algunos archivos que por motivos que solo cabe sospechar se han mantenido cerrados a cal y canto. Me refiero a los archivos de la Corona. No de la instaurada o restaurada a partir de la muerte del dictador, sobre cuya pertinencia podría discutirse, pero siempre con escaso conocimiento de causa. Me refiero a la de los años anteriores. A la Corona por así decir en el exilio.

Mi interés por ellos data desde que los papeles de Don Pedro Sainz Rodríguez se abrieron al público. Con ellos también los de algunos de los destacados políticos, monárquicos o no, que tuvieron relaciones con el pretendiente. Se sabe que Don Pedro, tras refugiarse en Portugal, actuó de asesor áulico del hijo de Alfonso XIII. Incluso escribió un libro. Un joven historiador se basó en tales papeles y otros para escribir una tesis doctoral allá por los años ochenta. Después cayó una cortina de silencio.

Mi curiosidad se ha encendido a lo largo de los últimos años, es decir, cuando he ido acercándome a las intrigas monárquicas contra la República en la primera mitad de los años treinta. El perfil de las mismas está suficientemente asentado con la documentación que ido logrando localizar en algunos archivos españoles, franceses e italianos, pero por desgracia quedan muchos recovecos por alumbrar.

Mi tesis es que el entonces exrey Don Alfonso XIII estuvo bastante al corriente de los planes de los conspiradores. Aparte de lo que en su momento escribió el teniente coronel, y acendrado monárquico, Juan Antonio Ansaldo en su libro de memorias Para qué…, aparecido en Buenos Aires a principios de los años cincuenta, no conocemos muchos de los detalles operativos del apoyo del exrey a los militares, políticos y financieros implicados en la conspiración contra la República. Algo se encuentra, no obstante, en los archivos de la Universidad de Navarra, abiertos a los investigadores.

Menos aún se conocen los inputs que incidieron en la actitud que el pretendiente a la Corona fue recibiendo en su  autoimpuesto exilio en el extranjero (facilitado sin duda por la impertinencia del mayor traidor a la misma, un tal Francisco Franco). Primero durante la guerra civil y luego durante la mundial. La selección de documentos de Sainz Rodríguez en el segundo tomo de sus memorias fue muy incompleta y se refiere demasiado a su propia actividad cuando se refugió en Portugal para huir él, exministro, de la malquerencia de su viejo amigo el prepotente caudillo. Los fondos que se conservan están demasiado relacionados con sus propios consejos y sugerencias. No tanto con los que sin duda llegarían a Don Juan por otros conductos.

Estos últimos es muy posible que sean significativos. Hacia Don Juan afluyó toda una serie de personajes que eran conscientes de dos aspectos. El primero, que Franco se había “colado” como Jefe del Gobierno y del Estado al amparo de una situación de emergencia creada por la desaparición de Calvo Sotelo y del teniente general Sanjurjo, almas política y militar de la conspiración. El segundo, que Franco no tuvo jamás la menor intención de restaurar la Monarquía aprovechando la feliz circunstancia de que en la guerra había creado un Ejército que mayoritariamente le era fiel y no tanto al hijo de Alfonso XIII.

Hoy esto es suficientemente conocido en líneas generales. A lo escrito al respecto podrían añadirse los resultados que arroje un análisis pormenorizado de los documentos más relevantes de procedencia portuguesa, británica, norteamericana o francesa. Los alemanes llevaban abiertos desde los años cincuenta. Los de la posguerra han ido desclasificándose a un ritmo natural.

Me pregunto, pues, si en el esfuerzo realizado por la Corona por distanciarse del anterior titular de la misma (hoy acosado ante los tribunales británicos y cuya credibilidad personal está, irrevocablemente me parece, hecha trizas) no cabría introducir una apertura de archivos. Es verosímil que en ellos se conserven las informaciones que fueron afluyendo a Suiza y Portugal sobre la “cocina” interna de la dictadura y las esperanzas que fue depositando el abuelito del actual monarca. Mantenerlas en secreto equivaldría a no romper la relación histórica de la institución con la propia dictadura.

Que el denominado “pretendiente” no tuvo éxito es de todos sabido. Franco le hizo una pirueta como también la hizo a millones de española para autopresentarse como el hombre providencial, salvador de la Patria, constructor de la España moderna y demás pamemas que tanto agradan a sus aduladores, historiadores o ciudadanos de a pie.

Lo que no se conoce con seguridad documental, valga decir con EPRE, es el chorro de informaciones noticias, proyectos y situaciones que fueron desarrollándose a lo largo del tiempo desde los círculos monárquicos. Solo una parte estará en archivos extranjeros, pero la “chicha” más significativa es de suponer que Don Juan de Borbón no la tiraría a la basura.

Si en los Estados Unidos se abren, con mayores o menores dificultades, documentos relativos a la presidencia Trump, no veo la razón por la cual en una democracia moderna, alineada con la Unión Europea y crecientemente internacionalizada cabría justificar la subsistencia de la ignorancia sobre las relaciones entre la Corona en el “autoexilio” y la dictadura franquista.   

Con esta reflexión, que otros historiadores quizá puedan prolongar, aprovecho la ocasión para desear a todos los amables lectores unas felices fiestas de Navidad y Año Nuevo. Dentro siempre de lo posible y de las limitaciones que imponga la evolución de la pandemia.