El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VIII)

17 diciembre, 2019 at 10:41 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Franco no fue el héroe por antonomasia del combate del Biutz. Espero que esto haya quedado claro en los posts anteriores. Ya hice referencia a lo que el fiscal del Consejo Superior de Guerra y Marina elevó al conocimiento de este último órgano. A saber: se habían examinado otros casos del combate, cuya importancia y significación pueden debatirse y se han debatido. Lo que ha quedado algo olvidado, comparativamente hablando, es que se habían presentado otros candidatos a la Laureada. Aun así, quedan algunas incógnitas que es preciso identificar, que no resolver.  Veamos las más importantes.

 

La primera se refiere a la herida de Franco. La EPRE, en la medida en que se ha conservado, afirma que fue en el pecho. Así está consignado en el informe a mano del fiscal. Pudo, naturalmente, haberse tratado de un error que recogió  Carvallo de Cora. De este sí sabemos que se equivocó, ya lo hemos dicho, en el nombre del médico al transcribir el informe. A este error, salvo que fuera para despistar, no le otorgamos más importancia. Lo de la herida es mucho más significativo. Es claro que se trató de una muy grave y que Franco se recuperó. Lo que ocurre es que no sabemos cómo. ¿Fue debido a una intervención sobrenatural? ¿A la naturaleza robusta de un oficial algo enclenque? El informe del médico Sr. Blasco ha desaparecido. De los cuidados que se le prodigaron en el campamento no ha quedado rastro documental. Finalmente fue trasladado al hospital. Según cuenta, quizá con excesiva galanura, un periodista de ABC, Manuel Pérez Villatoro, en su artículo actualizado en red al 7 de marzo de 2017 (https://www.abc.es/historia/abci-batalla-olvidada-pudo-cambiar-historia-espana-cuando-franco-casi-muere-combatiendo-contra-cientos-rifenos-201703070158_noticia.html), él consultó a dos médicos que conocieron bien a Franco y Marruecos. Ambos le dijeron que en el hospital de Ceuta en aquellos tiempos no había aparatos de radiografía.

Es decir, casi todo lo relacionado con la herida debe ser puesto bajo interrogantes. Las lagunas pudieron producirse porque en 1916 o incluso 1918 Franco no era todavía un personaje importante y, naturalmente, tales detalles no se conservaron. Pero también puede establecerse otra hipótesis: la posibilidad de que posteriormente Franco tuviera algo que ver con su desaparición. Cosas más difíciles han ocurrido.

Ahora tenemos que comparar lo que la hoja de servicios (versión Carvallo de Cora) y el juicio contradictorio dice de Franco con el caso de otro oficial, muy conocido de los expertos pero no del público en general: el entonces teniente Juan Salafranca Barrio. Los lectores pueden acudir a su entrada en Wikipedia y a un resumen de su biografía  en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. Ambos fueron compañeros de la misma promoción, la XIV, de la Academia de Infantería de Toledo.

Franco ascendió, por antigüedad, un año antes que Salafranca y también llegó tres años antes a Regulares. En estas fuerzas coincidieron. Claro, Franco se distanció rápidadamente, pues su ascenso a capitán le hizo subir muchos puestos en el escalafón. No he encontrado nada que haga pensar que Salafranca mendigara el suyo. Ascendió, eso sí, como consecuencia de su comportamiento en la misma acción de El Buitz. No he tenido la curiosidad de examinar su hoja de servicios pero me fío de un párrafo parcial de la misma que se reproduce en Wikipedia.

En él se afirma que “sostuvo duro combate con el enemigo (…) resultando dos veces herido, una en la pierna y otra en el cuello, continuando al mando de sus fuerzas a pesar de sus heridas, ordenándole el capitán jefe accidental del tabor Fernando Lías Pequeño, saliese a llevar un parte al jefe de la columna, coronel Génova, lo que cumplimentó, siendo muerto el caballo que monataba al regresar de transmitir dicho parte, permaneciendo al frente de sus fuerzas hasta que ordenó el repliegue”.  Su nombre figuró en el parte de la operación que Lías Pequeño entregó a dicho coronel con la mención de “muy distinguido” por su insuperable valor, dotes de mando y la energía que desplegó en altísimo grado en dicho combate.

Pregunta: ¿cuál de los dos oficiales, el capitán Franco o el teniente Salafranca, se portó mejor en el asalto a la loma de las trincheras? Los dos fueron a parar al hospital, aunque Franco algo más tardíamente dada la gravedad de sus heridas. El de Biutz fue un combate en el que hubo otros héroes. Uno fue el cabo Mariano Fernández Cendejas. También se le transportó al hospital porque seguía vivo aunque estaba acribillado a balazos. El hermano del comandante de la columna fue a verlo para que firmase la instancia que él había promovido para que se le concediera la Laureada. No pudo hacerlo porque tenía las manos vendadas. Dos días más tarde falleció. La Laureada se le otorgó a título póstumo.

Cuando Salafranca pudo salir, por fin, del hospital coincidió con la publicación en la orden general del Ejército de España en África la disposición del general en jefe por la que se abría juicio contradictorio en atención a sus méritos contraídos en El Biutz para que se le concediera la Cruz Laureada de San Fernando. También se propusieron al teniente Diego Pacheco Barona y al oficial médico ricardo Bertoloty. Poco después siguieron el fallecido comandante del tabor, Enrique Muñoz Gui, el capitán Francisco Palacios y el propio Franco. Como se ve, una plétora de héroes. FRANCO NO FUE EL ÚNICO. FUE EL MÁS PEDANTE.

Según Wikipedia, de la que me fio en este caso, Franco elevó una instancia al rey Alfonso XIII en la que puso de manifiesto el agravio comparativo con sus compañeros ascendidos y, hoy sabemos que con extremado tupé, aludió “a la injusticia de atribuir todos los méritos del asalto a la loma de las trincheras al teniente Salafranca”. Franco, acusica y rencoroso, aseguró que “como oficial de mayor graduación de aquella acción siempre estuvo al mando de ella y que fue él y no Salafranca quien había seguido dirigiendo el combate, incluso después  de resultar herido”. Hoy podemos decir que, si Franco escribió en estos términos, mintió como un bellaco, porque en la segunda etapa de su juicio quedó de manifiesto que no había estado en condiciones de hacer nada después de recibir un balazo.

El que no se le concediera la Laureada debió producir a Franco, pues, un gran malestar. En su carrera militar ulterior tampoco la ganó. Probablemente se había hecho prudente y eso de ir a pecho descubierto hacia la muerte ya no le agradaría (si es que alguna vez la buscó en pos de la fama y de la gloria). Salafranca sí lo hizo y se topó con la parca. Murió como el valiente que era.

Franco, siempre muy al loro, encontró otro método para subir al cielo de los héroes. Lo hizo en tres etapas. La primera fue a finales de septiembre de 1936 y a ella dedicaremos un par de posts ulteriormente. La segunda etapa coincidió con el también segundo aniversario del “Glorioso Movimiento Nacional”:  el Consejo de Ministros, que él presidía, tomó una resolución que encontró plasmación en las páginas del BOE.

Para mí es la babosidad que rezuma la segunda la que más me impresiona. Imagine el lector la escena. El Consejo de Ministros se encuentra sobre la mesa con la solicitud hecha por la Armada para que el Jefe del Estado vista su uniforme. No sabemos si en ese día el Consejo lo presidió Franco o, por un ataque de extraña humildad, se ausentó para que deliberaran al respecto los señores ministros.

Lo cierto es que el Consejo aprobó la petición y se lanzó a una envolée tan cursi como inigualable. La de por sí sobria prosa del BOE apenas da abasto para contener la emoción que rezuma el párrafo final de su resolución, supongo de nuevo que adoptada en ausencia de Franco:

“También cree el Gobierno rendir tributo de justicia a quien por designio Divino y asumiendo la máxima responsabilidad ante su pueblo y ante la Historia, tuvo la inspiración, el acierto y el valor de alzar la España auténtica contra la anti-Patria y, después, como artífice inimitable de todo nuestro Movimiento, dirige personalmente y en forma insuperable una de las más difíciles campañas que registra la Historia, conduciendo a nuestros bravos soldados de victoria en victoria y a pasos agigantados al triunfo final y, como Jefe del Estado y Presidente del Gobierno, rige los destinos de la Nación con desvelo y acierto universalmente admirados”.

El narcisismo de Franco no pudo recibir mejor espaldarazo. Le faltaba una cosita que le llegó en la tercera etapa, cuando tópicamente va la vencida o, como se dice en inglés, third time lucky. En aquel momento de ascenso a la suprema gloria militar se dejó prender en su pecho, henchido sin duda por la VICTORIA, la Laureada que no había logrado conseguir ni en los años diez ni en los veinte del pasado siglo.

He puesto en itálicas lo del “designio Divino” porque los hechos fueron muy, pero que muy diferentes. Lo dijeran los señores ministros de la época o lo machacara con singular constancia una propaganda sumamente rendida y permanente (en realidad hasta hoy),  con incrustaciones religiosas de por medio.

En los próximos posts veremos la, hoy por hoy, presentación de la carrera de Franco de teniente a comandante en la última versión que ha llegado a mis manos.

NOTA

En condiciones normales sería en los próximos martes, pero en dos ocasiones recaerían en Nochebuena y Nochevieja. No son momentos para leer mis posts. Continuaré la serie el 7 de enero, después de Reyes, con la esperanza de que los amables lectores sigan riéndose.

A todos y a todas, MIS MÁS SINCEROS DESEOS DE FELICIDAD EN LAS PRÓXIMAS NAVIDADES Y DE BIENESTAR Y ÉXITO DE CARA AL NUEVO AÑO.

Presentación de «¿Quién quiso la Guerra Civil?»

10 diciembre, 2019 at 4:11 pm

Presentación, en la Fundación Sindical Ateneo 1º de Mayo, del libro ¿Quién quiso la Guerra Civil? de Ángel Viñas.

Intervenciones de Jaime Cedrún (Secretario general de CCOO y presidente de la Fundación Sindical 1º de Mayo) y de Ángel Viñas. Moderadora del acto Paula Guisande (Directora de la Fundación Sindical 1º de Mayo).

Madrid, 20-11-2019.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VII)

10 diciembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

La historia del juicio contradictorio a que Franco fue sometido muestra algunas características del protagonista. La primera es que la no concesión sino el rechazo de la laureada pudo, muy probablemente, dejarle un sentimiento de frustración, cuando no de rencor. La segunda que las oscuras maniobras que puso en movimiento no le dieron el resultado apetecido. Estas maniobras han permanecido envueltas en tinieblas, pero no fue la primera vez que las había practicado. Vamos a dar ahora una marcha atrás con el fin de aclarar las circunstancias precisas en que se produjo su primer ascenso por sedicentes “méritos de guerra”. En este post reproduciré algunos de los párrafos relativos a las hazañas militares de Franco en su primerísima época. Mi intención es divulgarlas y plantear la pregunta fundamental: ¿podría afirmarse que, tal y como están transcritas, son susceptibles de haber justificado su  ascenso de primer teniente a capitán? O, por el contrario, ¿dan soporte a la tesis del coronel Blanco Escolá de que el ascenso respondió a otros factores, entre ellos la intriga y el servilismo de Franco hacia sus superiores?.

 

Se sabe que el paso a primer teniente, su ascenso inicial, lo fue por rigurosa antigüedad. Luego se ha dicho que los sucesivos lo fueron por méritos de guerra. En los posts anteriores no nos hemos detenido en la tesis del coronel Blanco Escolá de que el ascenso de capitán a comandante fue debido, sobre todo, al jaleo que montó tras su grave herida y que fue una concesión graciosa de S. M. el rey Alfonso XIII. Lo que hubo detrás ha quedado esclarecido en base a la versión  que se conoce desde hace más de cuarenta años de su publicada hoja de servicios.

A primer teniente Franco ascendió por Real Orden de 13 de junio de 1912 (DO, nº 158) cuando estaba destinado en el Regimiento de Infantería de África nº 68, acampado entonces en Ras Medua. De aquí continuó, según la hojita del coronel Carvallo de Cora,

“en servicios de reconocimientos y seguridad hasta el día 25 de agosto de 1912, que marchó destacado a la posición de Uixams, donde quedó prestando servicio de seguridad. Por R.O. de 16 de noviembre de 1912 (DO, nº 160) se le concede la Cruz de primera clase del Mérito Militar con distintivo rojo, por haber estado sin recompensa durante tres meses en operaciones activas en la campaña de Melilla”. (Nota: siempre se ha dicho que en el Ejército de África llovían las medallas, siempre un aliciente para los militares de la época. Este parece ser un caso típico).

Después el joven primer teniente siguió en servicios de campaña sin que se mencione en su hoja de servicios el menor hecho relevante. Por R.O. de 15 de abril de 1913 se le destinó a las Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla y luego se incorporó a las unidades de operaciones de campaña de Tetuán. Tomó parte en los combates de Wad-Ras, Bini-Sidi y Benkarri. ¿Resultado? RAS, un RAS rotundo (como dicen los franceses, rien à signaler). Ciertamente disparó algunos tiros. Por ejemplo, en operaciones de reconocimiento, en la protección de un convoy, en la toma de una loma y cuando se trató de establecer un reducto. ¿Conducta distinguida o distinguídisima? RAS. Eso sí, de la nueva lluvia correspondiente le cayeron más condecoraciones [nota: un historiador escrupuloso indagaría en la distribución de “chapitas” entre la oficialidad para comprobar si Franco tuvo más o menos]

En una ocasión (¡oh, cielos!) apresó a una guardia enemiga y siguió participando en algunos combates. Con la columna del general de brigada Dámaso Berenguer “protegió los trabajos para la construcción de un blockhaus”.  Después tuvo lugar un hecho que, con la perspectiva que da el tiempo, quizá quepa caracterizar de trascendental, aunque no he visto que muchos biógrafos lo comenten como se merece.

El 13 de mayo de 1914 Franco fue nombrado ayudante segundo del primer grupo de compañías, mandadas por el comandante Julián Serrano Orive. Escoltó a los jefes de varios poblados (lo que no dio lugar a luchas fieras). En septiembre tomó parte con la columna Berenguer en combate. Quizá fuera en esta ocasión cuando Arrarás se inventó la admiración que el general empezó a profesarle. De esta leyenda se han hecho eco numerosos autores, pero la triste hojita de servicios en la versión del coronel Carvallo de Cora vuelve al RAS. Sorprendente, porque  menciona hasta los más leves detalles como que, de nuevo,  en la protección de la construcción de otro blockhaus Franco “sostuvo ligero tiroteo con el enemigo”. ¡Caramba! Franco y sus hombres dispararon contra los peleones moros. Una información que no podía faltar en el recuento de sus hazañas militares.

El 16 de enero de 1915, a las órdenes inmediatas de Serrano Orive, Franco “tomó parte en el combate que tuvo lugar para la ocupación de la Peña de Beni-Hosmar, siendo citado en el parte de este día como distinguido”.  ES LA PRIMERA VEZ QUE APARECE ESTA MENCIÓN en su hoja de servicios (más repitió, por ejemplo, el 3 de noviembre de 1915 y sobre todo el 24 de mayo de 1916, ya capitán, en las órdenes del Cuerpo y General, en este último caso en compañía de muchos otros). Suponemos que algo parecido ocurriría también con otros heroicos soldados en numerosas ocasiones y que igualmente se incorporaría a su respectiva documentación.

Nos deja, pues, un pelín “sorprendidos” que con tales “hechos de armas”, y no otros, según la versión del coronel Carvallo de Cora, hubiera ascendido a capitán con antigüedad de 1º de febrero de 1914 (!!!!). El historiador que lea entre líneas debería preguntarse ¿qué diablos habría hecho Franco desde su ascenso a primer teniente cuando nunca se le mencionó en ningún despacho, parte o notita elevada a la Superioridad?. Al menos no en una que debiese figurar en su hoja de servicios.

Así, pues, lamentando nuestra ignorancia de los criterios de distribución de chapitas y su número en las campañas en la época en tierras marroquíes, no podemos sino concluir que hasta 1º de febrero de 1914 Franco no parece que hubiese hecho absolutamente nada espectacular y, por lo que he podido ver en otros casos,  lo que sí había hecho era cumplir con su deber como tantos más. Claro que, en la mejor tradición burocrático-militar, había que justificar el ascenso y la hojita lo hace: “en recompensa por los méritos contraídos en los hechos de armas, operaciones efectuadas y servicios prestados desde el el 1º de enero a fin de abril del año de 1914”. Es decir, en cuatro meses absolutamente anodinos. ¿O se me escapa algún detalle? Si es así agradecería de todo corazón a los amables lectores que me informen. Mientras tanto, y en mi desconocimiento de la auténtica hoja oficial, si no se ha alterado, he de seguir el documento disponible que es el de Carvallo de Cora, elevando preces al cielo para que sea una copia exacta del original.

No hemos todavía hablado de Ricardo de la Cierva en este contexto. Lo que en la hoja de servicios no merece sino una breve mención (el 1º de febrero hubo un combate en Beni Salen, nada más y nada menos), tan destacado hagiógrafo lo identifica como el momento en que el general Berenguer “se fija insistentemente en el teniente Franco”. ¿EPRE? Absolutamente ninguna. Pero es que, además, en la hojita de servicios (siguiendo a Carvallo de Cora) al hecho de armas de Beni Salen  no lo adorna absolutamente NINGUNA característica. Se menciona como tantos otros y como en tantas otras hojas de servicios de las decenas de militares que hemos consultado.

El coronel Blanco Escolá adelanta una tesis muy verosímil: los méritos de Franco no fueron adquiridos en el campo de batalla. ¿Cómo pudo ocurrir esto? De forma muy simple. A falta de otra documentación fidedigna, Blanco plantea la hipótesis de que pudo ser una consecuencia de su cargo de ayudante del comandante Julián Serrano Orive. El joven primer teniente no había tenido demasiadas ocasiones de ejercer mando de tropas, pero sí muchas de camelar a su jefe más directo que era quien tenía que proponer su ascenso. “Franco, gracias a su proverbial astucia y su afán arribista, pero también a su imagen de hombre disciplinado, cumplidor, aparentemente dócil y servicial…, supo ganarse [su] confianza (…) hasta conseguir que le propusiera para el ascenso a capitán”. Es una posibilidad que, sin duda, los todavía hagiógrafos del gran soldado, que los hay, podrán desmontar con la adecuada documentación de la época.

Nada de lo que antecede significa minusvalorar el abanico de envidiables dotes, pero nos induce a pensar que, ya capitán, Franco se propondría tal vez conseguir un ascenso rápido a comandante. Añadió a sus indudables dotes de duplicidad y servilismo una conciencia aguda del valor de la publicidad orientada hacia su propia persona.

Lo que hemos expuesto hasta ahora son hechos. Hechos documentados. Sin embargo, hay que mirar algo en lo que pudo haber detrás, siguiendo la metodología de mi admirado Herbert R. Southworth. En mi modesta opinión, Franco quiso ir a por todas. Es decir, a por el ascenso y a por la Laureada. No le bastaba la primera opción. Más importante que esta hipótesis es una segunda. Cuando Franco consiguió que el ya comandante Lías Pequeño solicitase la reapertura en 1918 de su expediente de San Fernando, ¿qué le pasaría por la cabeza? ¿Ignoraba lo que habían dicho dos años antes sus propios compañeros? ¿Es verosímil creerlo? Si él depuso ante el instructor en el expediente de 1916/17, ¿nadie le sopló lo que se había logrado saber? Dentro del pequeño círculo de oficiales y jefes en el que sustanció el caso, ¿no hubo la menor filtración?. Misterio.

Después vinieron tiempos peninsulares, desde marzo de 1917 hasta septiembre de 1919 cuando se incorporó a la Legión. No hay felicitación alguna en su hoja de servicios hasta el 10 de septiembre de 1921. Realmente curioso.

Lo expuesto hasta ahora refuerza nuestra modesta opinión de que, cuando ya Franco duerme el sueño eterno fuera del mausoleo que ordenó construir a la eterna gloria de su Cruzada, sería conveniente avanzar un poquito más. Por ejemplo, dar a conocer el resto de su hoja de servicios, con los papeles y documentos anexos que procedan, más allá del año 1926 y hasta donde sea posible. Y TAMBIÉN, EN UN DESEABLE ESFUERZO DE CLARIDAD Y DESMITIFICACIÓN, LOS PAPELES QUE SUBYACEN AL JUICIO CONTRADICTORIO PARA LA LAUREADA Y EL EXPEDIENTE COMPLETO DEL MISMO.

Espero que ningún historiador o periodista se me eche encima si  reafirmo mi creencia de que se trata de una necesidad  absoluta. ¿Quién puede temer a los documentos del, para algunos, excelso Caudillo? Por no hablar, claro está, de sus papeles, que no son los que custodia con envidiable mimo la Fundación Nacional Francisco Franco.  ¿No dijo uno de esos apóstoles cuya escultura masiva, del cincel de Juan de Ávalos, figura en el mausoleo de Cuelgamuros que la “verdad os hará libres”?

La exhumación de Franco ha supuesto, en mi entender, traspasar una frontera. Con independencia de lo que se haga en el futuro con el mausoleo -y que dicha exhumación facilitará- queda todavía por abordar, en la mayor medida posible, los documentos de la actuación en la guerra y en la posguerra, como Generalísimo y como Jefe del Estado, como líder del único partido, fascista primero y fascistizado después en su recorrido histórico, y como garante  y motor de una represión sin paralelo en la historia de España.

No es venganza. Es favorecer, en la mayor medida posible, el avance en el conocimiento histórico. El pasado es algo que no pasa o que tarda mucho en pasar. Si los ciudadanos de los antiguos Estados confederados en USA no han olvidado “su” guerra civil a los más de ciento cincuenta años de terminada no puede pedirse a los españoles que ya olviden una guerra que, fuera de las operaciones militares, ocupó su vida diaria durante cuarenta años de dictadura. En cierto sentido, hay motivos para pensar que la guerra no terminó en 1939. Lo que terminó fue, como suele decir Francisco Espinosa, la campaña. La guerra empezó a terminar con el desmontaje del sistema institucional y político que se construyó en torno a un general felón que supo crear, amamantar y proteger hasta el final un canon basado en falsedades y/o distorsiones desde el principio al fin.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VI)

3 diciembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Lamentamos profundamente que todavía no se hayan hechos públicos los pormenores del juicio contradictorio al que dio lugar la petición del capitán Lías Pequeño a los pocos días del combate del Biutz, con Franco agarrándose desesperadamente a la vida. Por fortuna, recuperado ya y ascendido a comandante, insistió en que merecía la Laureada. Por ello se examinó de nuevo el expediente incoado dos años antes y se completó. Así podemos enterarnos afortunadamente de su mitificada participación en la gesta del Biutz. En esta ocasión el Ejército no se anduvo con chiquitas. El fiscal del Consejo de Guerra y Marina revolvió los antecedentes del expediente abierto dos años antes, añadió más datos e hizo su exposición, denegatoria, a tal órgano superior. ¡Albricias! No todo está perdido y dejado al capricho o inventiva de sus múltiples panegiristas. En ellos comprendo también los que se han pronunciado con toda autoridad en estos años de democracia y libertad de expresión y publicación.

No olvido, en ningún momento, que en un rasgo de insólita honestidad el eminente genealogista del Caudillo y editor de su gloriosa hoja de servicios dio a la luz todo el documento del fiscal que hizo suyo el mencionado Consejo. Para mayor gloria de Dios (y menos de Franco) lo hizo en vida del Generalísimo. El por qué se nos escapa. Es posible que la publicación tuviese escaso recorrido. En ausencia de otros documentos vamos a servirnos de la forma en que dicho coronel republicó tales conclusiones elevadas al Consejo de Guerra y Marina, pero las complementaremos en un aspecto con lo que figura en el original firmado por dicho fiscal y que se encuentra, en letra manuscrita, en el AGMS.

Obviamente, ya en mayo de 1918 Franco se había hecho un nombrecito. En ese mes, el general en jefe del Ejército de África dio seguimiento a lo dispuesto en el artículo 23 de la Ley de 1862 que ya hemos indicado en el post anterior. Trasladó al Consejo el expediente de juicio contradictorio abierto años antes para determinar si Franco era merecedor o no de la altísima distinción. La Ley preveía que para concedérsela era preceptivo el informe de tal órgano, lo cual exigía que el fiscal del mismo hiciese la correspondiente propuesta. No he localizado el nombre de este militar, pero sí que echó mano de los antecedentes que tomó del primer instructor del expediente. En su exposición final al Consejo reprodujo, literalmente, lo siguiente en relación con la valerosa acción, tan distorsionada con nuevos aditamentos en el ordenador del profesor Stanley G. Payne. Transcribo de la tan poco citada hojita:

“El capitán Franco (…) recibió orden de ocupar con su compañía la loma inmediata a la de las trincheras [nota: obsérvese que las trincheras famosas no estaban encima de la loma] y al cumplimentarla se encontró con numerosísimo (sic) enemigo contra el que con su gente tuvo (sic) que llegar al cuerpo a cuerpo, siendo heridos sus dos oficiales y contuso el otro [nota: ¿a quién entregó Franco, pues, la fortunita que supuestamente llevaba encima?], perdiendo en bajas 56 individuos, casi la mitad de su compañía, compuesta de 113 hombres; fue también gravemente herido el capitán Franco, por lo que se le retiró del lugar de la lucha”.

Esta escueta relación que se limitaba a hechos esenciales era conocida desde 1916/17 por el Ejército. El fiscal añadió que “no se ha de repetir aquí cuanto ya se ha expuesto en los otros expedientes de esta índole incoados por el mismo hecho de armas, pues ese combate de vanguardia ya es de sobra conocido por el Consejo”. Esto implica una nota de alerta. El combate había generado varias propuestas de Laureadas (no solo para Franco y, suponemos, todas ellas habrían sido sometidas a juicios contradictorios, una con resultado más que halagüeño para el agraciado). El porqué se incluyó al entonces capitán Franco puede dárnosla la constatación de que “mandaba la tercera compañía de asalto, que también fue rechazada con grandes pérdidas, y aseguró la posición conquistada el batallón de Barbastro”. Es decir, la tercera compañía habría quedado tan exhausta que no pudo coronar la acción.

En este expediente de 1916/17 se señaló que, entre los méritos aducidos en el parte de la acción, se había dicho que “por haberse quedado sin oficiales [Franco] hizo las veces de estos, hasta caer gravemente herido en el pecho, siendo merecedor con otros de que se le forme juicio de votación” [nota: nos asaltan dudas reforzadas de que Franco pudiera haber entregado las “pelas” a otro oficial si se había quedado sin ellos, así que el tema lo dejamos resuelto por la negativa, con perdón a todos los comentaristas y camelistas que lo han tratado en los términos ya reproducidos en estos posts]. Por lo demás, obsérvese que en la versión de Carvallo de Cora, pero también en la del original manuscrito del fiscal, la herida no fue en el vientre, en el abdomen o en el bajovientre, sino en el pecho. [Nota: ¿eran los servicios médicos y administrativos del Ejército de África equivalentes a los que tuvieran, si los tenían, los insurgentes marroquíes?, porque incluso el más ignaro no puede desconocer que pecho y abdomen están separados]

La respuesta a la pregunta anterior es negativa. Debemos recordar al lector que en aquella época los juicios contradictorios no eran una bagatela. Implicaban el examen de los hechos y el testimonio de numerosos testigos, que debían dar cuenta formal, ante un panel de jueces, de lo que habían presenciado o visto. Y así nos encontramos con la primera sorpresa, que destacó el coronel Blanco Escolá, tan ninguneado por muchos de sus compañeros aprendices de historiador. El capitán (ya comandante en la segunda tacada) Lías Pequeño se escurrió como una lagartija (es un decir) al declarar que “Franco fue muy gravemente herido y que coronó la loma, sin precisar el tiempo que medió desde la herida hasta ser recogido, ni las bajas que hasta ese momento había sufrido”. Un héroe administrativo el tal Lías Pequeño porque, como recordarán los amables lectores, de los requisitos exigidos por la Ley de 1862 ambos aspectos eran prioritarios. Tan entusiasta superior accidental de Franco se zapó de toda posible indicación precisa. Sin embargo, dice la hoja de servicios, “en el parte de la operación, dado por [Lías Pequeño] figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en dicho combate”. Es más, se añade que “en telegrama recibido por el general en jefe de fecha 30 de junio del ministro de la Guerra, y publicado en la Orden General del día 2 de julio en Tetuán, es felicitado por el Gobierno de S.M. y ambas Cámaras”.

Sin duda, cuando se enteró Franco de esto último, es decir, cuando recobrara su lucidez,  se pondría muy contento pero lo que nos preguntamos es ¿POR QUÉ ENTONCES DIJO LÍAS PEQUEÑO LO QUE DIJO EN EL EXPEDIENTE Y REINCIDIÓ AL SOLICITAR, A PETICIÓN DE FRANCO, LA REAPERTURA DEL MISMO UNO O DOS AÑOS DESPUÉS? Misterio. ¿Faltan papeles?

Pensamos que en algún momento en 1916 o después Franco se había personado en el expediente, que por eso hemos caracterizado como de los años 1916/17. No sabemos si conocía los términos del testimonio de quien había sido su jefe accidental. El, Franco, dijo que con su compañía, de 113 hombres, sufrió “la baja de sus cuatro (sic) oficiales y 56 más [suponemos que simples regulares], casi todas antes de ser herido gravemente, cuando estaba a media ladera, y pasado un cuarto de hora fue retirado después de coronar la loma, siendo curado en la ambulancia”. Esto, repito, es lo que consta en el expediente incoado en 1916, según reprodujo el fiscal dos años más tarde. Cualquier lector observará que hay alguna contradicción entre Franco y Lías Pequeño. ¿Se quedó tendido a media ladera? ¿Subió trabajosamente [nota: ¿cómo? y ¿cuándo?] hasta la cresta de la loma a pesar de una herida gravísima? ¿Cómo se le curó en plena campaña?.

En el expediente de 1916/17 uno de los valedores de Franco, un general llamado Milans, había incluido el caso del supuesto valor de aquel capitán llamado a más altos destinos en el supuesto sexto del artículo 25 de la Ley de 1862, que vimos en el post anterior. Añadió otro, el caso cuarto del 27 (“en momentos dudosos, o decisivos, cargar el primero y con buen éxito al enemigo, causándole la pérdida de un tercio de su fuerza”). Es evidente que exageró en ambos. Un coronel llamado Génova no había precisado las bajas causas pero añadió otra afirmación: Franco caía dentro del supuesto sexto del 27 (“rehacer instantáneamente una tropa desordenada por las pérdidas sufridas, y dispersar con ella al enemigo cuyas fuerzas no sean inferiores o tomar o recuperar en el acto una batería o posición”). Nos parece evidente que tan distinguido coronel se pasó de rosca.

En favor de Franco se habían pronunciado también el capitán Palacios y los tenientes Muñiz y Valcárcel, que dijeron haberlo visto y añadieron otro nuevo caso de concesión de la laureada, el segundo del artículo 27 (“defender el puesto que se le confía hasta perder entre muertos y heridos la mitad de su gente”). No obstante los dos primeros no habían precisado el número de bajas del enemigo y el tercero solo que “Franco fue uno de los primeros que retiraron, en el momento en que las bajas todavía eran menos de la mitad”. Las incongruencias y exageraciones saltan a la vista.

La palma se la llevaron otros dos oficiales cuyos nombres debemos inmortalizar en Internet. Uno, el capitán López de Haro, ignoraba muchos de los particulares que se le preguntaron. Otro, el teniente Martínez, sabía que Franco asistió al combate y que fue herido, “ignorando que realizase acto alguno digno de estar comprendido en la Orden de San Fernando”. Nos sorprende poderosamente el por qué y por quién fueron convocados. No conocemos el acta ni el papeleo que sin duda figuraron en el expediente de 1916/17.

Pero las cosas fueron de mal en peor para Franco. El comandante González Tablas, los capitanes Carreas y Monís y los tenientes Romero y Loma habían afirmado que el valeroso capitán no había hecho más “que auxiliar el avance de la caballería, sin ninguna cosa de particular en su actuación, pues todo lo ignoran, como que pueda estar dentro de la Ley del 18 de marzo de 1862, como asimismo el número de bajas que sufriera cuando fue retirado, las del enemigo y cuando fuera curado”. ¡Bravo! ¡Por fin un poco de luz!

En consecuencia, no podemos por menos de sospechar -siendo bondadosos-  que Lías Pequeño y sus compañeros habían abultado el heroismo del entonces capitán.

Citemos ahora al médico, Señor Blasco [nota: Carvallo de Cora señala el nombre incorrecto de Blanco] que le curó. No había reproducido el pronóstico de la herida [nota: ¿se había enterado de que ya se había corrido la voz de que fue en el bajovientresalvo que fue gravísima?] pero añadió: “fue el primer oficial que curó en el puesto y de los diez primeros entre todos, añadiendo que fue imposible en absoluto, después de herido, que quedase en condiciones de mandar” [nota: ¿qué decir ahora de las “pelas”, del fusil de Regulares con el que habría hecho fuego, con la amenaza a los camilleros, etc?. Respuesta: camelos, invenciones, mitos].

Todo lo que antecede es lo que en 1916/17 había recogido el instructor del expediente. No fue un don nadie. Se trató del jefe de Estado Mayor de la columna. “Por ende,  fue testigo presencial de los hechos”, dice el informe del fiscal. Evidente. Pues bien, dicho jefe del Estado Mayor se sumó a la mayoría de los testigos. Luego añadió que “el capitán Franco fue ya recompensado por este hecho de armas con la Cruz de María Cristina y mejorado después con el empleo de comandante y no lo encuentra comprendido en el Reglamento de San Fernando”.

Pero (siempre hay un pero), como hemos visto, en 1918 se amplió el expediente. La idea fue que depusieran los “testigos si  inmediatamente al ser herido lo recogieron con conocimiento o sin él, para que declarase el médito sobre este extremo y para que se precisen las bajas propias habidas”.

En esta fase las deposiciones fueron letales para Franco. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!

Transcribo literalmente:

“El brigada Farriols dice que cree recogió al capitán Franco inmediatamente que fue herido, que con ademanes, falto de fuerza, le indicó que aceptaba el que le llevaran a la ambulancia, que nada ha sabido de que realizara hecho alguno heroico o distinguido, que fue herido cuando estaba a media ladera y entonces habría unas treinta bajas, ocasionándose las restantes, hasta 58, una vez ocupada la posición”. [nota: esto podría indicar que el cuerpo a cuerpo tuvo lugar en las trincheras].

La puntilla la dio un soldado de Regulares, llamado Mohame Ducali (sic). Según sus declaraciones “el capitán Franco fue precisamente el primero de la compañía que cayó y que lo recogió en seguida, no habiendo perdido el conocimiento, pero no quedó en condiciones de mandar, pues no tenía energías para ello, transcurriendo un cuarto de hora desde el principio hasta que cayó herida, no teniendo por ello tiempo de realizar acto alguno distinguido o heroico, y que las 58 bajas fueron hechas después de herido el capitán”. Evidentemente, un indígena, soldado raso, no tenía por qué conocer de las intrigas, amistades, enemistades, odios y favores que podrían existir en las relaciones entre los oficiales y jefes españoles.

El insigne genealogista y coronel Carvallo de Cora, que puede haber sido un copista mediano (equivocarse dos veces en el nombre del médico no es asunto baladí),  obvió también una de las conclusiones del fiscal que, lo que son las cosas, figura perfectamente expuesta en el original que elevó al Consejo Supremo de Guerra y Marina. Dice así:

La ignorancia en que ha quedado para muchos de los testigos la verdadera actuación de Franco [nota: el rango ya no se indica] le ha restado esa pública notoriedad que deben revestir los hechos de San Fernando”.

Y después, fue rebatiendo uno tras otro los argumentos aducidos por un sector de los testigos para concluir que no se daban en modo alguno ninguno de los supuestos previstos en los artículos, ya mencionados, de la Ley de mayo de 1862.

En definitiva, si Franco contó las cosas a su manera a su “primer pelota máximo”, tal y como este las reprodujo, resulta evidente que contribuyó decisivamente a ayudar al ya Caudillo a desfigurar los hechos a su gusto y manera. Después, otros “pelotas” copiaron e incluso fueron más allá que Arrarás, el insigne. De su amada hijita mejor no hablar. Lo que queda como hipótesis mínima es que Franco utilizó a sus amiguetes para que le apoyaran en su petición. Lo hicieron en un primer momento, pero al llegar a la fase de instrucción empezaron a batirse en retirada aceleradamente. La puntilla vino después, cuando un sargento y un soldado raso pusieron las cosas en su exacto punto.

Desgraciadamente lo que pasó, que se sepa documentalmente, quedó oculto a la Historia. Solo el valor sobresaliente y los cuentos del Caudillo pasaron a ella. El primero hay que reducirlo drásticamente (en términos de la Ley de 1862) y los segundos tirarlos a la papelera, escriban lo que escriban los pelotas en el período democrático.

Espero que los amables lectores se hayan reído un poquito y empiecen a preguntarse acerca de los rasgos y perfil sicológicos del capitán/comandante Franco, ya general superinsigne cuando narró sus cuentos a Arrarás.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (V)

26 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Espero que los lectores que sean militares juzguen con benevolencia las gotas de sarcasmo que puedan contener este post y los siguientes. No soy militar y, si aprendí algo en la IPS (Instrucción Premilitar Superior), hace ya decenas de años que lo olvidé. Nunca se me ocurrió reengancharme, como solían hacer en aquellos tiempos licenciados y doctores que después dieron el salto a la política. Servidor se puso a hacer oposiciones y mi carrera discurrió por otros andurriales. Una observación: los posts anteriores de esta pequeña serie se han basado, hasta ahora, en literatura secundaria fundamentalmente. En este abordamos por vez primera evidencias primarias, aunque publicadas. Para contextualizarlas hay que recordar algo muy conocido, porque de lo contrario no se comprendería el hilo de mi análisis.

 

Franco sobrevivió a su herida. También le ocurrió a Hitler en su intento de sublevación en Munich en 1923. En este caso la bala que podría haberlo alcanzado derribó al compañero que tenía al lado. En ambas ocasiones el futuro de España y de Alemania (y en este último por ende el de Europa) dependió de dos casualidades. Ese azar que tan poco papel desempeña en las construcciones lógicas de algunos historiadores marcadas por el signo de la inevitabilidad. Naturalmente, para otros, no se trató de casualidades sino de la intervención de “fuerzas superiores” o, en el caso de nazis descreídos, de la providencia (die Vorsehung).

En el caso de Franco fue su jefe accidental en la acción del Biutz, el también capitán Fernando Lías Pequeño, quien promovió la instancia para que se instruyera un expediente de cara a la concesión de la Laureada. Al parecer, le correspondía hacerlo como superior inmediato, en los términos del artículo 21 de la Ley que en aquellos momentos regulaba los estatutos de la Orden (Gaceta de Madrid, núm 142, 22 de mayo de 1862).  Daba un plazo perentorio. Era de tres días improrrogables. Es un misterio para mí, como para también lo ha sido para otros historiadores, cuáles habrían sido los méritos contraídos por Franco para merecerla.

No ignoro que en la hoja de servicios publicada por el coronel Carvallo de Cora se encuentra la referencia que de Franco hizo Lías Pequeño al coronel jefe de la columna: “figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada”. Como veremos, el capitán Lías Pequeño no dudó en mentir a su superior, quizá porque no esperaba que Franco se recuperase de la herida [nota: soy prudente porque no me cuadra que Franco pudiera sobornarlo o ponerle bajo presión de alguna otra forma]. En los tres días siguientes a la acción el futuro del herido capitán no parece que estuviese asegurado. Más tarde, Lías Pequeño reincidió por motivos que siguen siendo oscuros.

Quien más y mejor, en mi modesta opinión, ha estudiado el tema, el coronel Carlos Blanco Escolá (ya le he dedicado un post en este blog con ocasión de su fallecimiento), tampoco encontró ninguna explicación documentada. ¿Eran los dos capitanes íntimos amigos? ¿Quiso dejar constancia de una solicitud más allá de la habitual entre compañeros del mismo empleo? Misterios.

El hecho es que, con su herida a cuestas y una campaña de publicidad, Franco acudió al rey Alfonso XIII y fue ascendido a comandante por méritos de guerra, ya que el Ministerio no había hecho caso de la petición iniciada por Lías Pequeño. Como afirma Blanco Escolá, logró el ascenso “tras un largo y complicado proceso que demostró que sus habilidades en el campo de batalla eran muy inferiores a las que exhibía en otros campos, en los que contaban, sobre todo, la capacidad para la intriga, la tenacidad para hacer reclamaciones y la falta de escrúpulos”.

Franco había dejado intuir algo de ello en su ascenso de primer teniente a capitán, sin que de la hoja de servicios se desprenda conclusivamente cuáles fueron, como veremos en un próximo post. El hecho es que en un año -que ha recorrido Blanco Escolá- pasó de primer teniente a comandante [nota: no cabe descartar que los ángeles custodios hubiesen velado ya desde entonces sobre quien estaba predestinado a alcanzar los más altos destinos, pero de su intervención no parece que haya quedado EPRE].

El doble ascenso representó un salto inmenso en el escalafón de la época, pero sin que en su tan mentada Hoja de Servicios (versión del coronel Carvallo de Cora) se identificasen cuáles hubieran sido los hechos de armas que justificaron tal promoción, excepto la acción del Biutz. Que yo sepa, tampoco ningún historiador, militar o no, ha comparado las idas y venidas de Franco por los campos de batalla con las de cualesquiera compañeros de aquella época y empleos.

Habitualmente se afirma, sin EPRE, que el Ministerio de la Guerra desechó la petición de Lías Pequeño. Franco insistió con ¿su amigo del alma?. Había que reabrir el expediente. Es decir, a toda costa quería que le concedieran la Laureada. No se contentaba con otra condecoración, la Cruz de María Cristina que ya le habían otorgado, ni con el ascenso. Una muestra de ambición no diremos desmedida pero sí ligeramente exagerada.

Hay que tener en cuenta que el estatuto de la Orden preveía dos tipos de actuaciones que podrían considerarse como meritorias para obtener la Laureada. Son muy detalladas. Para las acciones distinguidas, y en el caso de la Infantería, se enumeraban hasta once supuestos. El que podría aplicarse a Franco era el sexto: “El tomar una posición con fuerzas, a lo más iguales, perdiendo la tercera parte de las suyas, y acreditando valor e inteligencia”. Para las acciones heroicas el artículo 27 preveía, en el apartado séptimo, “en el ataque de una posición o en una carga al enemigo, marchar al frente de su tropa animándola con el ejemplo, después de haber sido de gravedad”.

No hace falta demasiada exégesis para comprender que el muy posterior relato de Arrarás, así como los de sus seguidores, mencionados aquí o no, trataron de ajustarse a lo preceptuado en la Ley de 1862.

Entre las lagunas documentales públicas que cabe lamentar figura también el papeleo que llevó a que se reabriera el expediente para la concesión a Franco de la Laureada.  Apoyo la interpretación de Preston de que el futuro Caudillo “se había creado, incluso en Palacio, fama de ser el oficial que con mayor desparpajo pedía ayuda o hacía reclamaciones sobre su carrera”. Lo cierto es que el documento nº 2 de la Hoja de Servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora) indica que la reapertura se inició formalmente el 29 de marzo de 1918, casi dos años después de los hechos. Es entonces cuando pudo verse lo que había pasado realmente en el combate del Biutz.

Como es un tema que requiere un tratamiento pormenorizado, lo dejamos para el próximo post. Aclarará, espero, varias de las dudas que tengan los amables lectores acerca de los motivos por los que al valeroso, heróico, suertudo comandante Franco no se le concedió la Laureada, a pesar de sus intentos que, por cierto, tampoco están demasiado documentados.

Se observa cómo en esta historia tan lejana (hablamos de hechos que sucedieron hace más de cien años) existen numerosas lagunas. ¿Por qué será?

 

 (Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IV)

19 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Me toca volver a pedir un pelín de comprensión a los profesionales porque ahora he de abordar tres grandes historiadores que se han distinguido en las letras hispanas por su devoción a rescatar la memoria de SEJE, a veces exponiéndola en tonos algo más que amables. En primer lugar, abordaré el caso del general de Caballería Rafael Casas de la Vega, ya en los años noventa del pasado siglo. Su biografía de Franco, la primera estrictamente militar del primer soldado de España (nada menos), se publicó en la editorial Fénix, propiedad -si mis informaciones no son falsas- de Ricardo de la Cierva. Los historiadores segundo y tercero no necesitan presentación en este blog ya que por diversas razones me he visto obligado a mencionarlos en ocasiones. Hasta ahora nunca en conexión con el episodio del Biutz.

 

Como es lógico la presentación del combate fue, en el caso del general Casas de la Vega, mucho más técnica. Dejemos de lado que el autor fue un militar que hoy podríamos situar en la extrema derecha. Nos pegamos a lo que escribió en el tema que aquí nos interesa.  El ataque, escribió, se hizo a una loma en cuya cima había trincheras enemigas. El capitán Franco Bahamonde (obsérvese el cambio de grafía con respecto a la que entonces se utilizaba al mencionarlo, al menos en el único documento oficial de archivo que me sirve de guía) “se lanza con más éxito sobre el enemigo y ´a fuerza de valor se apodera de la primera línea de trincheras y en ella se mantiene´”.  Ruego a los amables lectores que retengan esta frase. No dice mucho más, pero la cosa está superclara. Franco ocupa, valeroso, terreno ocupado por el enemigo, que suponemos contraataca porque de lo contrario el mantener el ganado a pulso no tendría mérito alguno, y de él no se mueve.

Curiosamente para un militar profesional que actúa como historiador prefiere basarse para apuntalar la acción en la descripción de un embajador y novelista, Salvador García de Pruneda [nota: apunte que demuestra mi ignorancia: no he leído ni había oído nada de él]. Normalmente un historiador que trabaje sobre fuentes primarias utiliza estas y no descripciones noveladas. Novela no es igual a historia. Tampoco creo que tan distinguido embajador estuviera  presente en la acción.  Por su hoja de servicios en su carrera civil sé que ingresó en la escuela diplomática  en 1942. Nacido treinta años antes participó en lo que se denominó “Cruzada”. En ella fue herido (“caballero mutilado de guerra por la Patria”). En Wikipedia aparece como capitán de Ingenieros. Le dieron las condecoraciones cuasi automáticas. Salvo que estuviera en el Protectorado antes de 1936  (no hubiese sido imposible pues Wikipedia informa que regresó a España desde Inglaterra al estallar la sublevación; sin embargo debió ser antes si hubiera sido cierto que participó en la defensa del Cuartel de la Montaña) tan eminente autor es posible que no se estuviera en puesto en Marruecos hasta 1960. Su hojita de servicios afirma que lo hizo entonces como cónsul general en Tetuán. A lo mejor aprovechó para recoger datos, cuentos y leyendas. O tal vez se paseara antes por el Protectorado de vacaciones. Chi lo sà?

Pues bien, según la tan indirecta y no demasiado autoritativa fuente del embajador García de Pruneda, el fusil que recogió Franco pertenecía a un soldado indígena  que había muerto disparando medio arrodillado. Afirma que Franco llegó a hacer fuego; que una bala le alcanzó en el vientre y que lo tiró al suelo. Como observará el lector, Arrarás redivivo con la noción adicional de que, teniendo en cuenta que el embajador García de Pruneda no precisa demasiado, podríamos pensar que Franco disparó sobre la marcha. [ Nota: difícil sería que lo hiciera con mucha puntería y más aún que causara el menor daño al enemigo corriendo, valiente, hacia él].

Por supuesto, el general Casas de la Vega nos informa de que las 20.000 pesetas que Franco llevaba en la acción las había extraído de la caja del Cuerpo porque aquel día debía pagar a sus hombres. Esto explicaría que entrase en combate con aquella fortuna a cuestas. Ricardo de la Cierva, citado por tan puntilloso general, especula que Franco incluso habría pedido al oficial que se hizo cargo de ella tras su lamentable herida que le entregase un recibo firmado. Servidor, que jamás ha entrado en acción de guerra alguna, queda sobrecogido ante tal presencia de ánimo y, sobre todo, ante la fortaleza física del futuro Caudillo. Más sobrecogido aún, si cabe, al leer que, como afirma Casas de la Vega, eso fue “un buen ejemplo a seguir por los funcionarios, civiles o militares, que manejan fondos del Estado”.

Dado que su hagiografía data de 1995 cabría suponer que, para tal fecha, la Administración militar ya se serviría de cuentas bancarias para pagar a los soldados, pero a lo mejor seguía manteniendo el viejo sistema. Puedo asegurar al menos, a riesgo de contradecir a tan ilustre general, que en la Administración civil ya se utilizaban. En cualquier caso, su invocación al ejemplo que deberían seguir sus funcionarios es totalmente extemporánea. ¿Cuántos de ellos habrían estado en las trincheras con una fortunita encima?. [Nota: me cuesta trabajo manejar el ordenador, riendo como estoy a carcajada limpia].

Ahora nos toca otro de los grandes hagiógrafos del Caudillo: el profesor Luis Suárez Fernández. Según tan eminente historiador, Franco tomó el fusil de un herido que acababa de caer (reprimenda implícita al embajador-novelista); caló la bayoneta [nota: nuevo detalle:  a lo mejor lo hizo como un soldadito cualquiera, pero ¿con qué había estado armado hasta entonces?]; arrastró tras de sí a los suyos [nota: sin duda movidos por su espectacular heroismo]; coronó la loma; recibió en el vientre su primera herida de guerra; llamó al teniente que le seguía y le entregó las 20.000 “pelas”. Como se ve, el inmortal Arrarás sigue haciendo de las suyas de una u otra manera.

Finalmente nos detendremos en el profesor Payne, no sin señalar que en esta ocasión con el corazón palpitante de emoción.  ¿Con qué nos ha iluminado en fecha recientita?  En principio, con nada nuevo: los elementos del tenaz periodista y primer biógrafo de Franco siguen intactos, pero este autor (¡albricias le sean dadas!) nos aporta, para información de los ignaros, un nuevo e inédito testimonio, único, inapreciable. El de la excelentísima señora doña Carmen Franco Polo, duquesa de Franco.

A tenor de este testimonio, que no había visto en otras biografías (pero reconozco que no he recorrido todas las existentes), su querido y admirado papá habría dicho a un soldado moro que tomase un fusil y que encañonase a los sanitarios para que lo metieran en el camión con que se evacuaba a los heridos. Esto es, insisto, rigurosamente nuevo. Franco, quizá consciente de la gravedad de su herida y en posesión de todas sus facultades, hizo valer su grado. Al fin y al cabo era capitán y jefe de la compañía del tabor que había escalado la loma para domar a los aguerridos resistentes y no podía correr el riesgo de morir a la intemperie y sin cuidados.

La señora duquesa -no sabemos si se lo dijo su padre o si fue de su propia cosecha- añaduñi además una explicación “técnica”: “la bala la había recibido en inspiración, y si tú estabas aspirando la bala te entra y no te roza el intestino. A mi padre le rozó un poco el hígado, pero no le rozó el intestino…”

El  profesor Payne no comenta ni con una sola palabra, o en su lugar, una simple admiración tan vital episodio. Debo descubrirme ante su sagacidad y capacidad de rastreo ya que servidor no lo había visto escrito en letra impresa hasta que él, y su colaborador Jesús Palacios, un periodista exneonazi, escribieron su magna biografía de Franco (para analizar la cual reuní a un grupo de historiadores que publicamos nuestros resultados en la revista académica digital Hispania nova: https://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/issue/view/448 ).

A mi me pareció una explicación, ¿cómo decirlo?, un poco rarita. Que la trayectoria de una bala dependa, siquiera en parte, si el que la recibe en contra de su voluntad estuviese aspirando o espirando y que no se mencione para nada la energía cinética  que la propulsa resulta extraño hasta para alguien que, como servidor, no sabe de anatomía.  En esta ocasión, al tratarse de un tema médico, he recurrido a mi amigo, compañero y coautor en EL PRIMER ASESINATO DE BALMES, el Dr. Miguel Ull, eminente patólogo. No ha dudado en escribirme que el comentario de la hija de SEJE es una solemne estupidez (sic). La velocidad del proyectil predomina ante cualquier situación de la respiración. Da lo mismo a efectos lesionales que esté en aspiración o espiración. Lo de la lesión del hígado es igualmente de risa (sic).

En consecuencia, cualquier lector debe preguntarse de dónde se sacó la excelentísima señora duquesa que la bala rozó el hígado de su querido papá. Evidentemente a este no le hicieron la autopsia, pero ¿le hicieron al menos una radiografía? Y si se la hicieron, ¿dónde? Porque es evidente que no pudieron hacérsela ni en plena campaña, ni en una ambulancia de 1916, ni siquiera en el campamento hacia el cual fue evacuado. Sí hubieran podido hacérsela en un hospital debidamente equipado, pero si se la hicieron, por esas cosas que tiene la Providencia, ha desaparecido. En resumen: un proyectil que penetra por el abdomen (dirección antero-posterior o lateral) lesiona, sí o sí, el intestino delgado y/o grueso, amén de la posibilidad de que lesione otros órganos, pero todavía no sabemos cuáles hubieran sido estos últimos en el caso del capitán Franco.

No juego con ventaja. El profesor Payne vive en Estados Unidos y podría haber consultado a algún médico amigo. Si no allí, por lo menos en España. De su coautor no hablemos. NINGUNO LO HIZO. Y esto me lleva a la conclusión de que la manía de no analizar ni de contextualizar incluso las cosas más raritas no es buena fórmula para un historiador.  Por consiguiente, creo que el testimonio de la excelentísima señora duquesa debe ir, como tantos otros relacionados con su sin duda por ella idolatrado papá, al cesto de los papeles. Eso sí, con el debido respeto y, en esta ocasión, sin demasiadas risas.

 

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (III)

12 noviembre, 2019 at 12:01 pm

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

En lo que se supone (solo se supone) fue una transcripción real y fidedigna de la hoja de servicios de Franco hasta principios de 1926 hay dos notas que me llaman la atención: la primera es que el segundo apellido aparece, en el único documento oficial de archivo que he consultado, como Baamonde. Sin embargo, el coronel y genealogista Carvallo de Cora utiliza siempre la grafía que prefirió su héroe, con una hache intercalada entre las dos vocales repetidas. Esto plantea la cuestión de si Franco no gestionaría -y cuándo- la modificación correspondiente de su certificado de nacimiento. O la alternativa: si los escribas del Ministerio de la Guerra no cometerían un error, imperdonable en aquellos años en que el nombre del titular era el que correspondía a un modesto capitán. En el documento de la época (en fotocopia) que tengo en casa la grafía no es esa. Es Baamonde.  Por lo demás, no hay que olvidar que uno de sus primos hermanos, el comandante de la Puente Baamonde, siempre la utilizó  hasta su amargo final, fusilado en agosto de 1936 por permanecer leal a su juramento de fidelidad a la República. El capricho de SEJE no tiene demasiada importancia y, a buen seguro, lo habrá explicado alguno de los historiadores y sicólogos que se han ocupado del personaje. La segunda nota es que en ese documento figuran unas líneas que, en su reproducción, omite el coronel Carvallo de Cora. El porqué es para mí un misterio.

 

El papelín en el que se produce esta omisión es muy significativo. Se trata del resumen del expediente instruido al entonces capitán Franco con motivo de la petición cursada por el general en jefe del Ejército de España en África, a instancias del superior inmediato del heroico capitán, para que Franco fuera sometido a juicio contradictorio. Era algo indispensable para determinar si se había hecho acreedor o no a la máxima distinción al valor, a saber, la Cruz Laureada de San Fernando. Como es público y notorio, no se le concedió.

Hay que pensar que ello tal vez pudo representar un permanente resquemor en quien llegó a ser la gloria suprema de las Fuerzas Armadas españolas y que vio cómo compañeros suyos -que ciertamente no llegaron a su altura y magnificencia posteriores- la habían obtenido y en al menos un caso, el de Enrique Varela, por partida doble. Un personaje que, por cierto, había ido ascendiendo desde las filas. Hay otras posibilidades a las que aludiré más adelante y en esta serie de posts añadiré un caso casi olvidado en la Historia.

El episodio que dio lugar a la instancia para abrir a Franco un expediente de San Fernando ha sido magnificado en la literatura de naturaleza hagiográfica. Se halla en prácticamente todas las biografías que de él se han escrito. Hoy muchas no se consultan habitualmente. Están superadas y se encuentran, cuando se encuentran, en librerías de lance o en bibliotecas. Tal vez, también, en Internet. Sin embargo un recorrido aleatorio por algunas da una idea clara de la intensidad de los vapores de incienso con que se le rodeó. Me refiero, claro está, al indomable, al único, al extremo valor del que el capitán Francisco Franco Baamonde hizo gala al subir cuesta arriba a la cima de una loma para arrebatársela a los moros el 26 de junio 1916. Es la GESTA del Biutz. Recomiendo a los lectores que deseen profundizar en ella (un combate algo insignificante) que lo busquen en Internet. Servidor lo ha hecho gracias a la amable cooperación de Mr. Google.

Dejo de lado que operaciones u operacioncitas de este tenor no escasearon en la denominada “guerra de Marruecos”, territorio de una extensión similar a la de la provincia de Badajoz y que al Ejército español costó someter casi veinte años de mucho sacrificio, mucha sangre, muchas condecoraciones y abundantes ascensos con su lubricante esencial: la corrupción. Esto último ya lo dejó señalado Arturo Barea entre otros.

Nuestra relación debe empezar, naturalmente, por el primer biógrafo y, quizá, el máximo de los “pelotas” máximos de Franco, Joaquín Arrarás, que ya es decir. Abrió camino y por él no tardaron en adentrarse audazmente multitud de seguidores. Nosotros solo necesitamos mencionar a unos cuantos muy seleccionados. No se trata de abrumar con citas al amable lector.

Parece claro que Franco, en su época de dicharachero, contó a Arrarás un montón de anécdotas y de cosas. Su fiel biógrafo señaló, por ejemplo, que en lo que se refiere a la gesta del Biutz al frente de sus soldados Franco subió hacia un parapeto (sic) detrás del cual se resguardaban los moros; que recogió en la subida un fusil abandonado; que lo cargó; que continuó hacia arriba impertérrito y que poco después que se desplomó herido en el vientre (sic) a consecuencia de un balazo; que [¿superhombre?] continuó dirigiendo el ataque; que conservó su lucidez hasta el extremo de llamar a un teniente para entregarle las 20.000 pesetas que llevaba consigo de la caja de la compañía. Ruego al lector se fije en tales detalles y no los olvide. Como la biografía de Arrarás la tengo en casa, en al menos dos versiones, puedo reproducir lo que él escribió de tal hecho de armas que, sin duda, Franco le relataría con todo detalle. ¿Quién, si no?

La escena de la gesta del Biutz que he abreviado en este post es, desde luego, un tanto inverosímil y hay aspectos que no encajan bien. La gesta misma ha sido estudiada por muchos expertos e incluso puede encontrarse una entrada en Wikipedia que dice así:

CITA

La toma de El Biutz fue un enfrentamiento bélico de la guerra del Rif que tuvo lugar los días 28 y 29 de junio de 1916, en las proximidades de la ciudad de Ceuta, entre las tropas españolas y fuerzas rebeldes rifeñas. El ejército español realizó una operación para asegurar las comunicaciones entre Tetuán y Tánger, que se encontraban dificultadas por diferentes posiciones de la guerrilla rifeña, principalmente la situada en el pueblo de El Biutz, ubicada en una cima que dominaba la carretera entre Ceuta y Tetuán y bien defendida por trincheras y combatientes que disponían de ametralladoras y fusiles. El ataque resultaba dificultoso para las fuerzas españolas que debían avanzar por estrechos y espinados senderos muy expuestos al fuego enemigo. La estrategia general de la operación fue diseñada por el general Francisco Gómez Jordana, y consistió en avanzar simultáneamente desde cuatro puntos: Ceuta, Larache, Tetuán y Fondak. En el transcurso del asalto resultó herido en el abdomen el entonces capitán de 23 años Francisco Franco.

FIN DE LA CITA

No me parece mal. Pero esquiva todo lo que, en mi opinión, es importante desde el punto de vista del comportamiento del joven capitán objeto de este post. Añadiré, pues, unas consideraciones mínimas.

  • De niño, y como muchos de mi generación, solía ir a ver películas bélicas. Tres lanceros bengalíes (que se estrenó en España en 1935) y Beau Geste (lo fue en 1947) fueron dos de mis favoritas. Hubo, claro, muchas más que narraban las gestas de los bravos soldados británicos en lucha contra los rebeldes en la India del raj o los no menos bravos legionarios franceses en pugna contra las tribus marroquíes. En ellas y en otras se veía cómo los oficiales se lanzaban al ataque empuñando sus pistolas, atadas a unas correas para que no se les cayeran de la mano en medio de la lucha. A mi me sorprende que Franco no lo hiciera y que prefiriese ir cuesta arriba con un mosquetón de soldadito de Regulares. También me deja algo frío el que ni siquiera utilizase, al menos, un sable de oficial, pero tal vez ya no fuera costumbre entonces al atacar al frente de las tropas (se me ocurre que quizá desprendiera un cierto tufillo decimonónico). A lo mejor ambas carencias eran habituales, pero me cuesta trabajo creerlo. Pueden implicar dos cosas: a) que Franco inició la escalada desarmado (inverosímil); b) que, ya en acción, prefirió dejar de lado la pistola (quizá enfundándola cuidadosamente) y/o el sable y servirse de un arma que podría ser muy útil para hacer fuego en posición estacionaria pero no para disparar subiendo la loma. En la inescrutable mente del futuro héroe tal vez estas consideraciones no penetraron, envuelto como estaba en el fragor de la acción. Pero el lector debe planteárselas, so pena de pensar que Franco no pensaba.
  • La segunda consideración es más importante. Franco se adentró, desde luego impetuoso, en los azares del combate con una mochilita (supongo) que contenía la paga de sus soldados. 20.000 pesetas eran una auténtica fortuna en la época. No creo que las llevara en una cartera de mano. Ahora bien, recordando las películas de época (incluidas las de la primera guerra mundial) no me suena, ignorante que soy en temas de comportamiento bélico, que los oficiales llevaran mochila a cuesta y, mucho menos, que fuesen cargados con una fortuna. Si acaso llevarían granadas de mano u otros adminículos aptos para el ataque, pero de ser así probablemente sería en bolsas. ¿Ha descrito alguien que Franco la llevara?

Son consideraciones que, naturalmente, los expertos en las campañas marroquíes podrán cuestionar apelando, como solemos hacer los historiadores, a casos análogos documentados fehacientemente.

Ahora, demos un salto de tigre malayo hasta llegar a los años sesenta. Lo hacemos porque es cuando arriba a la literatura hagiográfica otro de los “pelotas” máximos del Caudillo. Esta vez, nada menos que un inglés: George Hills. De él cabría suponer que tuviese mayor experiencia o, al menos, una mayor exposición que servidor (historiador incrédulo) respecto a los usos y costumbres de los oficiales de su país cuando entraban en fuego. En un artículo sobre él en Wikipedia se afirma que sirvió en el ejército británico, en Artillería. Luego, en la segunda guerra mundial, que fue oficial de inteligencia en Europa y en el Lejano Oriente. No puedo ni siquiera pensar que ignorase que, al menos en campañas históricas británicas como en Francia, los oficiales iban al frente de sus hombres pistola en ristre y silbato al cuello.  Sin embargo, aparte de ciertos retoques que corrigen a Arrarás (el parapeto se convierte en trincheras moras y, hombre quizá más cultivado, utilizó el término técnico de abdomen), le sigue como corresponde a otro pelota máximo pero, eso sí, sin mencionarlo. Podríamos suponer que habló con Franco sobre el tema y que el dictador lo aleccionó debidamente (ocurrió en otras ocasiones)

El ataque de risa que causa el copión de Hills es pequeño si se compara con lo que eminentes historiadores, incluso militares y otros profesionales, escribieron después. Dejo algunos ejemplos para el próximo post. No desearía que los amables lectores continuasen riéndose a carcajada limpia.

(Continuará)

Gabriel Jackson en mi recuerdo

8 noviembre, 2019 at 4:01 pm

Ángel Viñas

La noticia del fallecimiento del profesor Gabriel Jackson me la dio por whatsap Carmen Esteban que lo conoció perfectamente en los largos años en que vivio en Barcelona. Fue hacia las diez de la noche del miércoles 6 de noviembre. No me sorprendió porque hace meses me  había escrito su hija de que no existía esperanza alguna de recuperación. En aquel momento ya había anunciado el óbito el corresponsal de EL PAIS en Washington, aprovechando la diferencia de horario. Por lo que he visto, la prensa española se ha hecho eco del luctuoso suceso y el mismo periódico publicó el jueves una sentida necrológica de Julián Casanova, felizmente de regreso entre nosotros. También lo ha hecho José Antonio Martínez Soler, un periodista gran amigo de ambos que lo conoció bien. Con él ha desaparecido el tercero de los mejores hispanistas que en los años sesenta del pasado siglo dieron a conocer a los españoles su propia historia frente a los mitos, camelos, medias verdades y distorsiones propagadas por los publicistas a sueldo de la dictadura. No este el lugar, creo, de hacer un repaso a la bibliografía jacksoniana. Sí lo es, en consonancia con la orientación de este blog, de plasmar un mero recuerdo personal.  

 

En este sentido no olvidaré nunca el momento en que por primera vez lei la obra de Jackson que lo hizo instantáneamente famoso: La República española y la guerra civil. La publicó Princeton University Press en 1965. La compré en Glasgow en la primavera del año siguiente. La leí de un tirón mientras convalecía de una hepatitis que me dejó postrado y que me hizo abandonar el curso que allí seguía. Me encantó. Era algo diferente a lo que conocía hasta entonces.

Desde 1958, aproximadamente, había ido reuniendo una pequeña colección de libros sobre la guerra, casi todos prohibidos en España. Eran, en general, de autores alemanes, franceses y de europeos orientales que habían estado en las Brigadas. En mi mochilita había  también ensayos historiográficos. Entre ellos el primero fue, en 1961, el que surgió de la tesis doctoral de Manfred Merkes. El segundo el de Hugh Thomas en el mismo año y el tercero, dos años después, el mítico Mito de la Cruzada de Franco de Southworth. No era mucho, pero tampoco era nada. Yo era un jovenzuelo que quería especializarse en la historia y el funcionamiento de las economías de planificación central, algo que como el futuro se encargaría de demostrar no tenía demasido porvenir.

En aquella convalecencia el libro de Jackson fue una revelación. En él aparecía con mayor claridad que en el de Thomas el esfuerzo reformador de la Segunda República y el autor, comprometido con él, no disimulaba sus simpatías.

De nuevo en el extranjero, esta vez en Estados Unidos, fui posiblemente uno de los primeros lectores españoles en sumergirse en las páginas de otro libro de Jackson, aparecido en 1969, en el que narraba sus peripecias en España para conseguir documentación primaria con la cual  desentrañar el pasado. Este libro, Historian´s Quest, dibujó unas dificultades con las que no me topé años más tarde gracias al apoyo y los contactos del profesor Enrique Fuentes Quintana.

Lo que no recuerdo es cuándo me encontré con Jackson personalmente. Quizá fuese por mediación de Southworth. Tal vez en alguna de las reuniones de una sociedad de hispanistas norteamericanos. Cuando este presentó su Mito en Barcelona fueron Jackson y servidor quienes lo escoltamos y presentamos. Ambos eran muy amigos y cuando Jackson se trasladó a Barcelona no dejó de visitar a Southworth, que vivía en el pleno centro geogáfico de Francia. Al fallecer, en 2001, Jackson no faltó a su entierro. Yo no pude ir pero sí acudió mi mujer.

En España nos vimos con frecuencia. Venía a Madrid. A veces se quedó en mi casa. Otras se fue a la de alguna conocida. Siempre me “achuchó” (como también lo hizo Manuel Tuñón de Lara) para que no dejase de escribir sobre los años oscuros.

Aunque cambiamos cartas (no muchas, siempre he sido reacio a mantener larga correspondencia excepto con Southworth) la relación no se estableció sobre una base muy fluída hasta que dejé la Comisión Europea. Invitamos a Jackson a pasar con nosotros las fiestas de Navidad. Era un excelente flautista y solía indicar a mi hija los errores que cometia cuando aprendía a tocarla. En los fines de semana solíamos llevarlo a visitar algunas de las bellas ciudades próximas a Bruselas.

Cuando se planteó la posibilidad de hacer un curso sobre la guerra civil en torno al Centro Pablo Iglesias naturalmente eché mano de él (y de Gabriel Cardona, Paul Preston y algún otro) para que vinieran a enriquecerlo con sus experiencias y comentarios. Fue entonces cuando me contó que estaba pensando en solicitar la nacionalidad española. Le había animado el que ya se hubiese concedido a Ian Gibson. Él llevaba muchos años en Barcelona, se sentía muy a gusto en España pero no se decidía, pero me parece que incluso había consultado con algún abogado.

Acudí a un colega en la REPER, Luis Luengo, consejero para Asuntos de Interior y que espero se acuerde de este episodio mejor que servidor. Almorzamos con Gabriel y le animamos. Luis sorteó, si mi memoria no me es infiel, algunos escollos y el Consejo de Ministros terminó aprobando su solicitud. Creo que me dijo que el entonces ministro de Justicia, el profesor Juan Fernando López-Aguilar, aceleró el procedimiento. Con lo que ninguno contaba es con que el juez ante el cual Gabriel debía jurar o prometer la Constitución se eternizó en convocarlo. Al final, no tuvo más remedio que hacerlo. Siempre supuse, pero puedo equivocarme, que no le hacía mucha gracia que un ciudadano norteamericano, de izquierdas, pro-republicano y con claras simpatías por Azaña, pudiera contaminar más aún a los ciudadanos de pro al ponerse en igualdad de condiciones cívicas con ellos.

No escribiré mucho acerca de la obra de Gabriel. No es este el lugar. Sí un pequeño apunte. Jubilado en Barcelona, donde se sentía como el pez en el agua, no se durmió en los laureles, pero tampoco se sometió al ritmo trepidante del “publica o perece” tan en boga en las Universidades norteamericanas y, a lo que parece, hoy también en las nuestras. CRITICA, y en particular el duo Gonzalo Pontón/Carmen Esteban, lo acogieron siempre con inmenso cariño y le atendieron espléndidamente.  Pasó años escribiendo una obra de síntesis, Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX; se adentró por la novela; hizo obras de resumen sobre historia de España (no hay que olvidar el librito que escribió sobre la España medieval, ricamente ilustrado)  y sobre la propia República y la guerra civil;  escribió numerosas recensiones; colaboró con artículos en EL PAIS durante largos años. Siempre acudió adonde se le llamara.

Sospecho que esta actividad múltiple debió de dejarle algo insatisfecho porque, ya entrado en años, empezó a pensar en escribir una biografía, aunque no al uso, de Juan Negrín, por quien sentía (como servidor) una gran admiración. Quizá recordando su experiencia de joven doctorando, ni corto ni perezoso entró en contacto con Carmen Negrín y consiguió permiso para bucear en los fondos negrinistas que ella conservaba. El resultado fue una biografía diferente de las demás al uso (como, por ejemplo, las excelentes de Ricardo Miralles y Enrique Moradiellos). Cuando se publicó en 2008, si no recuerdo mal, Gabriel había alcanzado la provecta edad de 87 añitos. Me pidió que la presentase en Barcelona. Había escrito una obra de extrema madurez. Había penetrado en la mente y en el corazón de un personaje nada fácil de comprender y lo había hecho con solo esa agudez que da -aunque a veces no- el paso de los años.

Han tenido que pasar otros diez y empezar yo mismo a acercarme peligrosamente a la edad en que Gabriel nadaba de nuevo en los remolinos de la República y de la guerra civil para comprender el inmenso esfuerzo que invirtió en su última obra. Y ahora, cuando vuelvo a pensar en la República que no pudo ser, de quien más me he acordado en estos dos últimos años ha sido de Gabriel Jackson y de Herbert Southworth.

Descansa, Gabriel, en paz en tu propio país. En España muchos amigos y dos generaciones de historiadores, jóvenes y menos jóvenes, te echaremos siempre de menos.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (II)

5 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Al caso del original de la hoja de servicios de Franco y de sus documentos colaterales, quizá “extraviados”,  no les es aplicable estrictamente el dicho aquel del “todo se ha perdido, menos el honor y la vida”. Y no lo es porque, en puridad, existe desde hace muchos años una publicación que dice contener la dichosa hojita. A ella nos referimos en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO pero solo de forma somera, en otro contexto y con diferentes pretensiones. Me expreso, no obstante, con estudiada propiedad: quien la publicó no solo no lo hizo en su totalidad sino que, además, la “apañó” borrando unas líneas importantes como demostraré en un post ulterior. Pensar que esto pudiera hacerse en la España de Franco sin que SEJE lo supiera y/o diese su consentimiento me parece un desvarío. Es más, la dichosa hojita se detiene, ¡oh, cielos!, cuando todavía quedaba mucho por hacer al general Franco en términos de gloriosas e imperecederas victorias.

 

El autor de la extraordinaria hazaña de publicar en tiempos de dictadura una hoja de servicios de su venerado superior hizo una advertencia preliminar. Creo, para lo que vendrá en ulteriores posts, que lo más conveniente es dejarle la palabra. Los amables lectores verán que merece la pena. De antemano, me excuso por la molestia que pueda causarles el ojear un texto que no es mío. Considérenlo como EPRE, es decir, evidencia primaria relevante de época.

COMIENZO DEL TEXTO

“No es este un libro más sobre el Caudillo de España. No intentamos presentar aquí una obra literaria cuajada de opiniones más o menos acertadas sobre su destacada actuación. Nuestro propósito, guiado por una mano castrense, es más concreto y limitado. Y así empezamos por advertir que no somos nosotros los que vamos a hablar (sic), sino los hechos, narrados con estilo sencillo pero verídico, en la “Hoja de Servicios” del Caudillo. Vamos a tratar de una realidad ajena a toda complicación, pues el concepto “Hoja de Servicios” es familiar a todo militar que sabe se van anotando en ella –no por el propio interesado, sino por sus jefes respectivos- las peripecias de cada vida dedicada al ejercicio de las armas. Ahora bien: naturalmente no todas las “Hojas de Servicio” son iguales, sino por el contrario y precisamente muy distintas. Tanto como son también diversos los individuos de que proceden. Por ello es posible que haya muchas “Hojas” anodinas, vulgares; algunas, más o menos interesantes, destacadas; y otras, pocas, extraordinarias. La hoja de servicios que vamos a transcribir es extraordinaria por encima de toda ponderación. Puede decirse -sin temor a exagerar- que es única en la historia del Ejército español. Y como tal es capaz por sí sola de plantear cuestiones de gran envergadura, pues al leerla en su totalidad no podemos por menos de preguntarnos:

¿Cómo es posible que la biografía de un ser humano presente tal unidad de propósitos y realizaciones, que le lleven desde el simple empleo de Alférez de Infantería a alcanzar la máxima magistratura del Estado?

¿Cuál pudo ser la causa originaria y eficiente de ese continuado y rectilíneo proceso ascendente?

¿Es posible que haya sido la voluntad individual -por muy clara y enérgica que ésta haya sido- la que dirigió a priori el desarrollo de ese hecho histórico tan extraordinario? Debemos descartar esta última posibilidad, pues la voluntad de un ser humano por sí sola -aunque la suerte le acompañe- no parece pueda considerarse causa suficiente de tan singular acontecimiento. Por ello nos vemos obligados a pensar, a partir de la lectura de la “Hoja de Servicios” del Generalísimo, en el carácter trascendente de su vida, considerándola como un caso manifiesto de predestinación histórica. La lectura de este documento nos lleva como de la mano a pensar en ese tema abstruso y elevado, en ese problema de la máxima complicación teológica y filosófica. Pero son obvias las razones porque no vamos a ocuparnos de él aquí. Nos conformamos con presentar a la atención y estudio de los doctos, ese trampolín de la “Hoja de Servicios” para que, apoyándose en ella, puedan dedicarse a dilucidar las cuestiones de fondo que su lectura pueda sugerirles. Solo esclareciendo éstas y no reduciéndose a lo anecdótico, como hasta ahora se ha hecho, podrá llegarse a comprender el esencial significado de ese hecho histórico del Caudillaje que se produjo como algo absolutamente necesario en un momento de crisis de la Unidad de España.

A parte (sic) de nuestro intento de poner de relieve -como hemos dicho- el carácter trascendente que pueda resultar de un profundo estudio e interpretación de los documentos que presentamos, nuestro propósito y esperanza al hacerlo, estriba en que esa recopilación documental pueda servir de ejemplo, no solo a los militares jóvenes y futuros, sino también a todos los españoles, de cualquier clase que sean, al ver el éxito de una vida absolutamente dedicada, con fe y entusiasmo, a la profesión elegida, una conducta a imitar en el ejercicio de cualquier actividad estatal”.

FIN DE LA CITA

No haré exégesis del tono ampuloso del lenguaje. Tampoco me sumergiré en el análisis del texto echando mano de las técnicas correspondientes. Lo dejo para otros. He puesto en itálicas aquellas expresiones que me parecen más significativas para la mejor comprensión de lo que escribiré en los próximos posts. Me limitaré a señalar dos características: a) el realce, hasta alcanzar una altura inmarcesible, de la figura de Franco como ejemplo para los españoles todos, militares y no militares, es decir, queridos lectores, para ustedes y para mí; b) el aleteo no solo del destino, descendido desde las mencionadas alturas sobre el personaje, sino la “demostración” de la eficacia de una voluntad Superior que hizo de Franco una de las figuras más trascendentes de la historia de España. [Preguntas: ¿de quién sería tal voluntad superior?. ¿Osaremos pensar que se trataría del Altísimo?].

El autor de los largos párrafos transcritos anteriormente y de los comentarios y añadidos a la supuesta “Hoja de Servicios” del general Francisco Franco fue el coronel de Artillería Esteban Carvallo de Cora, marqués de San Juan de Carvallo. Gracias a Mr Google, puede saberse que falleció en Madrid el 18 de febrero de 1982. De no haber estado impedido, habría visto la evolución de la historia de España a lo largo de los cinco o seis años posteriores al óbito de su admiradísimo superior. No llegó a ver el 23-F.

El trabajo en cuestión se encuentra a la venta en diversas páginas de Internet a precios relativamente módicos. Desde 40 euros a cerca de 100 dólares. A mi me pareció un despilfarro adquirirlo y me contenté con una fotocopia que me hicieron unos buenos amigos. Se publicó en Madrid en 1967 y, al menos en mi fotocopia, no figura editorial o imprenta algunas. Lo adornan y expanden varios documentos al apoyo (el único que aquí me interesa fue cercenado un pelín, consciente o inconscientemente) y una extensa genealogía destinada a probar la nobleza y alta alcurnia de la familia Franco.

Como he indicado en la introducción a este post me parece absolutamente imposible que SEJE no conociera tal publicación. El autor afirma, en la relación de fuentes consultadas, que la hoja de servicios se encontraba en el archivo del Consejo Supremo de Justicia Militar. Ignoro si todavía continúa allí. Me han llegado rumores de que había sido trasladada a otro archivo en el que, por esas cosas que ocurren, dicen que ha desaparecido. InfoLibre, por su parte, ha afirmado que se desclasificó en 2001, pero ¿imagina el lector que una joya documental del Ejército y de un valor incalculable se encuentre en paradero no fácilmente identificable? En mi modesta opinión debería haber sido digitalizada y puesta en la red por el archivo correspondiente. Si la información del conocido diario digital no correspondiera a los hechos se explicaría mejor mi ignorancia -pero reconozco humildemente no ser un especialista- porque tampoco he visto muchos trabajos que hayan profundizado en las entrañas de los archivos de dicho Consejo.

De aquí una sugerencia, muy modestita, a la intención del Gobierno que se forme tras las próximas elecciones: después de la exhumación de SEJE, quizá deberían tomarse medidas para que tan preciado documento pueda divulgarse en la red. Así los historiadores y aficionados podrían contrastar, gracias una fuente absolutamente primaria, las hipótesis que contiene esta serie de posts. Por el momento, no son más que eso. Y añadir las que consideren pertinentes. No hay historia definitiva.

Reconozco con toda sinceridad que me cuesta trabajo pensar que tal joya documental haya podido sufrir algún percance y/o que alguien (siempre hay que tener en cuenta que en este mundo  existe la maldad e incluso la maldad absoluta) se la haya podido llevar a algún lugar ignoto. Sería lamentable que  se hubiera podido sustraer al conocimiento de los españoles y extranjeros interesados un papelín de una, al parecer, importancia absolutamente capital.

Ha sido preciso superar una larga batalla judicial para exhumar los restos mortales del general Francisco Franco, pero me aterra que el reflejo preciso y oficial de su excepcional carrera, sobre todo hasta junio de 1936, pudiera haberse extraviado.

En el interín, debemos contentarnos con la “hoja de servicios” reproducida por el marqués y coronel de Artillería Carvallo de Cora como una transcripción más o menos fidedigna, en el bien entendido que se detiene -por razones no explicadas- en el momento en que Franco, general de brigada nombrado por Real Decreto de 3 de febrero de 1926, se trasladó a Madrid. Todo lo que tan distinguido genealogista escribió después sobre la trayectoria de su admirado superior no es sino una mezcolanza de elogios y de comentarios respecto a la actitud de Franco en los años republicanos. La fuente podría ser cualquier periódico de la época, sobre todo si era de derechas. De “hoja de servicios” en sentido estricto, rien de rien.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (I)

29 octubre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Al general Franco, cuyo nombre en las últimas semanas no ha dejado de aparecer en los periódicos a consecuencia de la exhumación y traslado de sus restos mortales desde Cuelgamuros, se le ha endosado una gran variedad de calificativos. En este y en los próximos posts voy a tratar de poner en relieve unos aspectos que, por lo que sé, no suelen resaltarse. Ruego a los amables lectores tener paciencia, porque la demostración de su utilidad se hará de forma pausada. Me serviré, con una sola excepción, de material y libros publicados y al alcance de cualquiera. Con ello quiero demostrar, no sin una puntita de ironía, que una de las cualidades más características del historiador es saber contextualizar.

 

Como es notorio los alquimistas eran hombres y mujeres a quienes se atribuía en el pasado, bien sea remoto bien algo menos, cualidades específicas muy particulares. Se creía que tenían la capacidad de transmutar en oro materiales viles de las más diversas procedencias. Por desgracia, no se ha conservado -que servidor sepa- ninguna muestra del oro obtenido mediante la alquimia. Es más, los avances en química inorgánica empezaron a poner en duda que aquella aspiración de los alquimistas pudiera convertirse algún día en realidad. Las modernas ciencias físicas han revelado que, pura y simplemente, se trataba de supercherías.

En algunos de mis libros he abordado el análisis de ciertos aspectos, siempre encubiertos, poco documentados o a veces ignorados, del comportamiento de SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado). Así terminó denominánsole habitualmente una vez que sus conmilitones -pretendiendo hablar por la totalidad de las fuerzas armadas y, nada menos, que por la de España- lo exaltaron a la jerarquía suprema y él se adosó exclusivamente lo del Estado.

Si adoptamos un punto de vista estrictamente temporal creo haber podido demostrar documentalmente que, entre tales aspectos de comportamiento, figuran cuando menos, y en oposición a lo que se ha dicho por lo general:

  • No fue el líder de la sublevación que desembocó en guerra civil, aunque posteriormente se autopresentó como tal e hizo que pasara de esta forma a los antecedentes de la “guerra de liberación” que publicó en 1945 el Servicio Histórico Militar, siempre a la vanguardia en la defensa de los altos intereses del Estado y, naturalmente, de su líder.
  • Sí inició su propia sublevación tras desembarazarse, por persona interpuesta, de alguien que podría quizá haber trastornado sus planes, el general comandante de la guarnición de Las Palmas, Amado Balmes, en torno al cual se montó una leyenda que no se la cree ni un imbécil pero que ha costado desmontar documental y empíricamente.
  • Haciéndome eco de alguno de los comentarios del conspirador monárquico Pedro Sainz Rodríguez, consideré muy probable que el objetivo inmediato de Franco no hubiera sido la Jefatura del Estado, algo que en aquellos momentos y por definición estaba muy alejado de él ya que hubiese correspondido al bilaureado teniente general José Sanjurjo.
  • No solo se aprovechó de la esperable, o temida, prolongación del conflicto para conseguir que sus conmilitones monárquicos le auparan a la Jefatura del Estado el 1º de octubre de 1936 (“Día del Caudillo”, remedo del Führertag nazi, aunque este se refería al día del nacimiento de Hitler).  A las pocas semanas (no más de tres) empezó a desviar fondos recaudados en algunas de las numerosas suscripciones nacionales que surgieron como las setas tras las lluvias de otoño en los territorios sometidos al mando militar. La desviación se hizo hacia cuentas bancarias abiertas a su nombre.
  • A medida que se alargaba la guerra, y mientras sus soldados morían en las trincheras, se desangraban en los hospitales o quedaban tullidos para el resto de su vida, SEJE aprovechó para forrarse el riñón, con cuentas abiertas en general en España pero, al menos en una ocasión, en Lisboa. Por si las moscas.
  • A esta cuenta SEJE le dedicó una atención especial porque, si bien estaba abierta a nombre de su hermano (embajador en Lisboa) y de su primo hermano (compinche en sus jueguecitos financieros), tan pronto como los norteamericanos bloquearon en el verano de 1940 la libre disposición de cuentas en dólares a nombre de titulares extranjeros, Franco hizo todo lo posible e imposible para que le eximieran de tales restricciones. La diplomacia española obedeció sus órdenes, pero fue en vano. Hubo que esperar al final de la guerra mundial para que se le desbloquearan los fondos.
  • Avispado como siempre, Franco se las apañó para que la contrapartida en pesetas y al precio de tasa de un regalo al Estado español y pre-imperial hecho por el dictador brasileiro Getúlio Vargas consistente en 800 toneladas del mejor café en grano se convirtiera en pesetas contantes y sonantes que se abonaron a sus cuentas particulares en el Banco de España.
  • Con estas minucias, y otras, SEJE se hizo con un patrimonio en metálico y por consiguiente de rápida disposición. Fue utilizándolo para adquirir propiedades inmobiliarias (terrenos). Todas ellas se ensamblaron (en un ejemplo poco conocido de la concentración parcelaria) para dar lugar a la finca Valdefuentes, cuyo propietario fue una sociedad anónima que la arrendó a su santa esposa.

Es decir, Franco transmutó alguna de las prerrogativas de su excelso cargo en dinero contante y sonante y luego, como un noble de antaño, en “terrenitos”.  Un alquimista consumado, en suma, que ya había dado muestras de su buen hacer en épocas lejanas y un tanto mitificadas.

Hay una hazaña bautismal que permitió a Franco “apuntar maneras”. Para mí es algo más que sintomática. Está convenientemente mitificada y pocos son quienes se hayan atrevido a relatarla en sus justos términos. Documentables. Que yo sepa, fue el coronel Carlos Blanco Escolá el primero en desmitificar un “apañito”  inicial que pone de relieve la auténtica maestría de Franco a la hora de convertir un molesto percance en una gloriosa, admirable y ejemplarísima muestra de gallardía, valor y camelística consumada.

Para ello hay que acudir a uno de esos documentos casi sagrados para los generales, jefes y oficiales del Ejército de su época: la hoja de servicios. Pero, antes de hacerlo, he de lanzar una llamada de atención, sin excluir a los encargados de velar por la memoria, el nombre y la herencia política del general Francisco Franco. Aunque, con motivo de su exhumación, un diario digital InfoLibre publicó que en 2001 se desclasificó su hoja de servicios, lo cierto es que no he visto ningún libro que la haya examinado o, menos aún, reproducido.

Reconozco, eso sí, que quizá haya surgido en alguna de las numerosas biografías que en los últimos tiempos se han publicado sobre Franco. Yo me he detenido en la del profesor Stanley G. Payne y la revisada del profesor Paul Preston. Sin embargo, al escribir mi último libro indagué en alguno de los archivos en que tal hoja debería haberse guardado cual preciada joya y la respuesta es que no lo sabían. Tampoco lo sabe mi primo hermano, Cecilio Yusta Viñas, que la ha buscado infructuosamente.

Sentadas estas informaciones me alegraría mucho si alguno de los especialistas en el tema me informen e informen también a los amables lectores. En el bien entendido que, como se verá a lo largo de esta serie de posts no se trata solamente del único documento que debe despertar la curiosidad de los investigadores, ya estén dispuestos a cantar las loas del SUPERHOMBRE o, por el contrario, reducirlo a dimensiones más humanas.

Quienes hayan tenido la paciencia de ojear EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO (obra escrita en colaboración y gracias a la ayuda absolutamente esencial del patólogo Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano y expiloto sabrán que los antecedentes de la muerte, no en accidente como solía afirmarse, del general Balmes presentan una característica común. Se refiere a las hojas de servicios de los diferentes personajes y personajillos que participaron en la trama que condujo a su eliminación. Casi todas ellas fueron manipuladas -en ocasiones con constancia de tal intervención; se introdujeron  formulaciones ad hoc; no revelaron claramente la participación de los interesados en los pormenores que condujeron a su actuación de cara al “Glorioso Movimiento Nacional” y, desde el punto de vista histórico e incluso profesional, a veces dejan bastante que desear. Todo ello puede comprenderse fácilmente, dado que era necesario borrar pistas, pero ¿en el caso de Franco?

Lamentando profundamente no haber podido leer la hoja de servicios a que aludió InfoLibre, mostraré que sin embargo no todo está perdido. Desde casi sus primeros momentos, y a tenor de la documentación consultable, el futuro Jefe del Estado se comportó como lo que algunos podrían caracterizar de perillán. O quizá de alguien consciente de su ambición desde sus más tiernos años de militar.

(Continuará)