EL EMBAJADOR DE S.M. BRITÁNICA ANTE LA MONARQUÍA ALFONSINA Y LA SEGUNDA REPÚBLICA: SOBRE UNA RECIENTE BIOGRAFÍA (y II)

26 octubre, 2021 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Silvia Ribelles ha dedicado espacio a desarrollar la sorpresa que el 14 de abril despertó entre los diplomáticos británicos en Madrid y en Londres. Hace lo que un buen historiador, y no en plan de cantamañas prejuzgados como muchos de los que ahora escriben con supuesta autoridad de titanes. Les cogió de sorpresa. No se lo esperaban. Los comentarios fueron prolijos. Uno de ellos, un “experto”, ejemplifica cuán difícil era -y es- en la actividad diplomática diaria anticipar lo que deparará el futuro: “Esto es solo el principio de importantes cambios en España, importantes solo para España, ya que no creo que sean transcendentes para nuestro país” (p. 133). Con razón dijo mucho después un primer ministro japonés, Yasuhiro Nakusone, que en política prever lo que puede ocurrir una pulgada por delante de los acontecimientos es adentrarse ya en terreno desconocido.

‘Un diplomático al servicio de su Majestad. Sir George Grahame (1873-1940)’, de Silvia Ribelles de la Vega. Comares Historias

Nada de lo que antecede significa que Sir George Grahame no tomara, como se dice, la medida a la joven República. Vio en ella la clara y evidente posibilidad de que España dejara detrás decenios, si no siglos, de decadencia y de que se pusiera a tono con la modernidad europea. Siempre fue por delante de la mayoría de sus compañeros y superiores en Londres, piedras angulares del Imperio, que como corresponde a los servicios centrales pensaban en coordenadas más amplias, pero no por ello necesariamente más acertadas. En la actualidad, los escribidores a sueldo de la derecha española estarán en contra de tal aseveración.

En contra de una historiografía muy asentada servidor sostiene que la década de los años treinta fue también, aunque de otra forma, un período de cierta “decadencia” británica en política  exterior, como la calificó Jean-Baptiste Duroselle para el caso de Francia. Solo que Gran Bretaña era, y sigue siendo, una isla (más otras menores) con el aditamento de la entonces nueva Irlanda del Norte. Además, separada del continente por un océano que, aunque estrechito, imponía obstáculos insalvables merced a la supremacía escasamente contestable de la Royal Navy (los japoneses, años más tarde, no tardaron en demostrar lo contrario en aguas asiáticas).

Algunos historiadores (no hablemos ya de los gacetilleros) siguen, dale que te pego, acudiendo a un supuesto dictum de Lenin de que España sería el segundo país europeo, después de Alemania, de caer bajo la esfera de influencia comunista. Confieso no haber leído todas las obras de Lenin y agradecería a quien lo haya hecho que me informara de dónde apareció la cita y, si es posible, los argumentos que la sustentaran. Además, la ecuación Azaña=Kerenski no dejó de flotar en la mefítica atmósfera desde la cual algunos “genios” del Foreign Office contemplaron la realidad española de la época. 

Más cerca del presunto peligro rojo que, según convención derechista tradicional y que ya vehiculaban los monárquicos alfonsinos, se cernía sobre la amada Patria, el duque de Alba había comunicado a Sir George que España sería el “el último país en convertirse al bolchevismo”. Por su parte el general Berenguer había manifestado a un periodista francés que “el comunismo era prácticamente inexistente en España” (p. 143). Ambas declaraciones eran, sin la menor duda, más ajustadas a la realidad que los sueños y pesadillas que transmitían a Mola (director general de Seguridad) y a Franco (director de la Academia General Militar) los “cruzados” de la Entente Internationale Anticommuniste con sede en Ginebra.

Los que  caracterizo de “cruzados” los había también en el cuerpo consular británico asentado en España. El más representativo, por la audiencia que alcanzó a partir de agosto de 1936, fue un oscuro personaje, el cónsul general en Barcelona, Norman King. Daría mucho de sí. El acudir a los toros como ejemplificación de la supuesta atracción de los españoles por verter sangre de sus compatriotas fue una de sus más populares metáforas, pero no la única. Quizá con Sir George en puesto no se hubiera atravido a hacerlo. Sin él, no encontró ningún impedimento.

Durante los tumultuosos años que le tocaron vivir en España, Sir George criticó algunas de las informaciones que suministraba al augusto diario The Times su corresponsal en Madrid y que han despistado a más de un historiador. Ya en la época había gente, incluso en las altas esferas de la Administración británica, que percibía la realidad internacional también a través de las columnas del rotativo, cuyo director debe figurar -aunque no siempre aparece- en la lista de los “apaciguadores” más indomables. Su influencia se advierte en los comentarios y anotaciones con los que otros “genios” del Foreign Office ampliaron los telegramas y despachos de su embajador, probablemente demasiado poco conservador para ellos.

Silvia Ribelles recupera muchos de tales informes anotados. Bastantes de entre ellos los había sacado a la luz Enrique Moradiellos, Otros, un servidor (por no contar historiadores británicos y norteamericanos). Los que aflora la autora, siguiendo un orden cronológico estricto, permiten ver cómo Sir George siguió los acontecimientos al día a día. Ello se revela en toda su intensidad en el caso del octubre asturiano. En mi opinión, el peso de lo diario puede llevar a oscurecer la reflexión más calma y ponderada que el embajador hizo llegar a posteriori a Londres y que, teniendo en cuenta lo que había publicado la prensa británica, a veces difería considerablemente de la misma. Silvia Ribelles, desde luego, considera que Sir George tuvo un perfil “menos conservador” que su sucesor en el cargo. Es una descripción que no hace del todo justicia al primero, porque este último no es que fuera más conservador, es que era mucho más prejuzgado y se dejó embaucar  por las derechas españolas más extremas. De diplomático ecuánime, analítico, conocedor de la amplia élite política y social del país, rien de rien. Sir Henry Chilton fue un desastre para España y también para su propio país. Uno de los más del servicio diplomático británico de la época.

Todo embajador debe tener en cuenta, en su información a los servicios centrales, la atmósfera dentro de la cual se percibirán sus despachos y telegramas. En lo que se refiere a los asuntos diarios (desórdenes públicos, desacatos a la autoridad de la izquierda revolucionaria, algaradas múltiples) la producción de la embajada bajo Sir George fue notable y, a diferencia de lo que pasa con la alemana o la italiana, se conserva en gran medida. El único ejemplo comparable podría ser la norteamericana, en la cual también se observa el impacto de la llegada de un nuevo embajador, en este caso político y amigo personal del presidente Roosevelt: Claude G. Bowers. (Por cierto, sus memorias, publicadas mucho después de la guerra y tras haber abandonado el servicio diplomático de Estados Unidos, hay que tomarlas con un granito de sal y compararlas con su información de cuando estaba en Madrid: hay desacuerdos y, a veces, contradicciones).

En mi modesta opinión, en los tiempos alborotados actuales en que renacen las “verdades eternas” que sobre la segunda república española vertieron quienes quisieron acabar con ella para justificar su sublevación, la recuperación de la figura de Sir George D. Grahame, que ha hecho Silvia Ribelles de la Vega, debería ser un incentivo para que otros historiadores españoles y no españoles se inclinen de nuevo sobre su producción en forma de telegramas y despachos, bien al día o más meditados.

Nuevas miradas (y la esperanza de que en algún momento en el futuro las autoridades británicas se decidan a desclasificar la documentación del Secret Intelligence Service sobre la España de los años veinte y treinta, si no la han destruido, y la todavía no revelada del contraespionaje, MI5) deberían formar parte del abanico de claves con que los historiadores continuarán derruyendo las versiones amamantadas por el franquismo y el neofranquismo o también por la política de apaciguamiento británica de la época. Y, en ello, quizá sea posible echar luz sobre la perniciosa actuación de algún que otro diplomático británico filofascista y, por supuesto, sobre el topo de Stalin incrustado en la Dirección General que se ocupaba de los asuntos españoles cuando estalló la sublevación de julio de 1936. Nadie, que yo sepa, ha explorado hasta qué punto el Kremlin estuvo al tanto de lo que se hacía y no se hacía en el Foreign Office de la época en relación con la nueva situación creada por el incipiente conflicto español.

P.S. En el libro que escribí sobre mis experiencias en la Comisión Europea narré una anécdota. Se trató de un pequeño percance que me ocurrió con un alto diplomático británico. En un momento me escribió una carta (entregada en mano) en el que criticaba alguna de las decisiones que servidor había tomado sobre cierto tema. Puso en copia al comisario y a otros colegas, entre ellos el gabinete del presidente Delors. No tenía razón y se equivocaba de plano.

La sangre se me subió a la cabeza. ¡Lo menos que podría haber hecho era llamarme o avisarme! Inmediatamente redacté, en inglés, la respuesta pero antes de enviarla pensé un momento. ¿No sería mejor que la viera mi mujer? Al volver a casa le conté lo ocurrido. Se echó a reir. Había actuado en español. Me dio una lección: en ciertos círculos (y desde luego en los Ministerios británicos) cuando se quiere demostrar un cabreo fenomenal el redactor de la respuesta la escribe en términos sumamente almibarados. Así que al día siguiente envié la nueva redacción, con copia al comisario y al resto de los destinatarios de la misiva inglesa. Uno de mis subordinados, francés, vino a verme para expresarme su preocupación por el tono, a su parecer humillante para la Comisión. Con el imprescindible tono de autosuficiencia le dije algo así como “como buen francés, no conoces a los ingleses. Ya verás”. Y, en efecto, lo vimos. El destinatario se disculpó en todos los tonos posibles. Desde entonces nos invitó varias veces a los champagne parties que organizaba en su residencia los domingos por la mañana. Moraleja: conviene entender el mundillo mental y cultural en el que se redactan los despachos diplomáticos. Eso sí, subí enteros en la apreciación de mi inmediato superior, un belga que había trabajado con ingleses en la Résistance contra los nazis.

EL EMBAJADOR DE S.M. BRITÁNICA ANTE LA MONARQUÍA ALFONSINA Y LA SEGUNDA REPÚBLICA: SOBRE UNA RECIENTE BIOGRAFIA (I)

19 octubre, 2021 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Desde que los “ultramontanos” empezaron hace unos veinte años, aprovechando las oportunidades que les deparó el segundo Gobierno del inmarcesible prócer que fue Don José María Aznar, au acometida contra la trayectoria histórica de la Segunda República, servidor que entonces volvía  a escribir historia se interesó de nuevo por ella.

Si no recuerdo mal, ya en 2012 llamé la atención sobre las distorsiones que en el Londres imperial de la época había sufrido la imagen republicana entre 1935 y 1936 y destaqué la importancia de la información que la embajada británica suministraba a sus servicios centrales. Lo hice a base de interrogar críticamente la evidencia primaria relevante de época que ya se había visto enriquecida con desclasificaciones documentales a principios del siglo. Naturalmente, di toda la importancia que merecían a las investigaciones realizadas por historiadores previos, británicos y españoles. Raras veces, en historia, se parte de cero.

Mi exploración de algunos de los documentos ya conocidos, que amplié luego considerablemente, me llevó a destacar la importancia de los informes del embajador británico en Madrid desde los últimos años de la Monarquía. Se llamó Sir George Dixon Grahame.

La biografía es un género que no me ha tentado demasiado. La primera excepción a esta regla la verá el público lector en el libro que saldrá el año que viene en colaboración con Francisco Espinosa y Guillermo Portilla. En el contexto anterior, una reciente biografía de Sir George me ha llamado poderosamente la atención.

Su autora, Silvia Ribelles de la Vega, es una historiadora asturiana, afincada en California, que ha dedicado muchos años de su vida a reconstruir, hasta donde le ha sido posible, la vida y obra del personaje. Como buena biógrafa reconoce que en ambas hay huecos, quizá porque en su momento el protagonista se atrajo la animosidad de parientes y colegas que, como ocurre en las mejores familias, hicieron todo lo posible para destruir las evidencias primarias generadas por Sir George y disminuir la importancia de su labor. En este contexto siempre cabe preguntar: ¿dónde diablos están los papeles de Franco que no fueron a la FNFF?

Aquella actitud hacia Sir George, a todas luces reprochable, es ciertamente muy humana. Es difícil, probablemente, formar parte de la élite de un servicio diplomático imperial y no concitarse algún que otro adversario. Sobre todo en tiempos turbulentos.

El hecho es que hoy, gracias a los desvelos de Silvia Ribelles, disponemos de una biografía bastante completa de Sir George, publicada en la notable colección de Historia que viene alumbrando la editorial Comares, merced a los desvelos de mi buen amigo el profesor Miguel Ángel del Arco. Para todos los interesados por la Segunda República es, en mi opinión, de lectura obligada.

Se trata de un libro relativamente corto, de unas 230 páginas, que se lee con rapidez y, para mi, con sumo provecho. Es también un libro que no gustará a los autores profranquistas y antirrepublicanos amén de a sus correveidiles mediáticos.

Establezco esta hipótesis teniendo en cuenta varias razones: la vida profesional de Sir George, que la autora recorre con detalle, muestra que su biografiado fue una de las promesas del servicio diplomático británico (entonces y durante mucho tiempo después uno de los mejores del mundo y, en mi modesta opinión, el mejor de los que conozco). En cuatro líneas describe al personaje: refinado, políglota y culto; amante del lujo pero sin grandes ostentaciones; sofisticado y elegante; muy inteligente y un pelín narcisista. Estamos ante uno de los diplomáticos más reconocidos y de mayor valía de su generación. ¡Ay! También con enemigos y no sería porque, en términos de estatura, era literalmente un gigante. Entre los últimos debió de figurar uno de sus antiguos subordinados en Madrid. Después de la segunda guerra mundial, ya embajador en Praga, decidió lo que había que destruir entre los papeles de su exjefe y lo que debería conservarse. Esto fue a parar a dos ramas de la familia. Una no hizo caso a la autora. Otra le prestó todo su apoyo. ¡Que la maldición de los historiadores recaiga sobre la primera!.

La biografía se divide en dos partes. Ante todo, la autora  pasa revista a la niñez,  juventud y educación del protagonista (nacido en 1873),  su ingreso en el servicio diplomático en 1897 (es fascinante la reconstrucción de los sistemas de recrutamiento y ascenso en el Foreign Office de la época), sus primeros puestos ((París, Berlín, Buenos Aires y, de nuevo, París). En este último pasó la primera guerra mundial. Hacia su final, se había convertido en el embajador de facto. No se le permitió consolidarse como titular, pero también intervino en las negociaciones del armisticio y de los varios tratados de paz hasta que, en 1920, fue nombrado embajador en Bruselas. Esta capital era entonces un destino muy sensible. Servidor recuerda haber visto la placa que se conservaba en el lugar que había sido su residencia.

Para el lector español, naturalmente es la segunda parte de la obra, la de su embajada en España, que comenzó en 1927, la más importante y significativa. Pero, como es obvio, no es posible comprender cabalmente la forma en que el embajador se enfrentó a una nueva escena política, económica, cultural y social si no se tiene alguna idea de su formación y experiencias previas. Todo historiador que se precie debe conocer algo de ambas, con ojos prejuzgados o no prejuzgados. En honor de Sir George, Silvia Ribelles pertenece a esta segunda categoría.

El nuevo embajador se situó rápidamente entre los más importantes de la Corte madrileña. No tardó en tomar medida a su nuevo puesto y a sus circunstancias. Dos años más tarde, en lo que sería el declive de la dictadura primorriverista, emitió un mensaje claro y clarividente: “la anómala situación actual será tolerada cada vez menos por la parte más inteligente y progresista del país”. La evidencia misma, aunque hay historiadores (abundaron sobre todo en la época oprobiosa) que se hartaron de alabar al primer dictador español del siglo.

Silvia Ribelles presta atención, como también hizo servidor años antes, a los informes anuales preceptivos que la embajada británica (al igual que otras como la alemana y la francesa) debían enviar a los servicios centrales al comienzo de cada año sobre lo ocurrido en el precedente  e identificar las perspectivas de futuro. La autora lo hace teniendo en cuenta los comentarios que hacían los funcionarios que en el Foreign Office los leían. Esta era una peculiaridad del sistema británico  que facilita enormemente el seguimiento de las opiniones que discurrían por los meandros burocráticos establecidos (hasta en ocasiones llegar al ministro). Es pues muy útil al historiador de hoy. Unos solían ser positivos, incluso encomiásticos; otros displicentes. La cortesía funcionarial se imponía en cualquier caso y las críticas negativas hay que deducirlas de un lenguaje entonces convenido y hoy no siempre fácil de interpretar. Es preciso conocer las claves subliminales. La discrepancia se revestía de fórmulas corteses y cuando lo eran excesivamente hay que pararse a meditar en el mensaje que se quería enviar a los compañeros y superiores.  Contaré a estos efectos en el próximo post una anécdota que me ocurrió personalmente con un diplomático británico.

La biógrafa es rotunda: “Sir George presentaba una monarquía disfuncional, que había perdido por completo el norte, en una nave vieja y caduca que navegaba hacia los escollos, a la deriva” (p. 127). Aviso, pues, a los historiadores españoles de hoy que quieren rescatar o criticar lo más posible el choque de aquel navío con la ruda realidad política, económica y social del período.

Lo que sí está claro es que Sir George comprendió bien la naturaleza de las actuaciones políticas, económicas y sociales de los gobiernos de la Segunda República. Sus informes (tras la muerte en accidente de nuestro Welsh terrier  Oscar) me encerré en los Archivos Nacionales británicos en Kew y fotografié la mayor parte de los envíos de la embajada a Londres desde 1931 a 1936) constituyen un material de referencia indispensable.

¿Y después? Lo que ocurria en muchos casos entonces y con, las adaptaciones necesarias impuestas por las modernas técnicas de comunicación y de globalización, ocurre ahora.  A las luces emitidas por un embajador y sus colaboradores pueden sucederles la oscuridad y la distorsión de los siguientes, adaptándose a las fobias y filias del superior. Sir George se jubiló en 1935. Pocos meses después su sucesor, Sir Henry Chilton, demostró que también era posible comportarse como un imbécil en el tan afamado servicio diplomático británico. A uno de los grandes embajadores del mismo le remplazó otro de los peores, en mi humilde opinión. Y esto no refleja prejucios por mi parte. Es, simplemente, la constatación de que a un embajador que comprendía bien la sociedad en que se movía le sucedió otro que no tenía la menor idea, tampoco identificó lo que estaba en juego y que, conscientemente o no, despistó a su propio Gobierno (o se atemperó a los prejuicios que advirtió en el mismo).

No hago autopublicidad, pero sí recuerdo que algo de lo que en esta entrada se deja entrever está explicitado en los dos primeros capítulos de mi libro La conspiración del general Franco y otras revelaciones sobre una guerra civil desfigurada, segunda edición revisada y ampliada, Crítica, 2012. Esperemos, contra toda esperanza, que si todavía se conserva documentación del MI6, aunque sea traspapelada, se identifique por fin y se ponga, quizá en el siglo XXII, a la disposición de los investigadores.

EN EL PERÍODO DESPUÉS DEL JALEO SOBRE JUAN DE LA CIERVA

12 octubre, 2021 at 8:30 am

Quien controla el presente controla el pasado ….

Ángel Viñas

Un antiguo refrán castellano con, al menos, dos variantes (“el mejor -o mayor- desprecioes no hacer aprecio-“ y/o “no hay mejor desprecio que el no aprecio”),figura hoy reseñado en el Centro Virtual Cervantes con su correspondiente equivalencia en otros diez idiomas. El significado que atribuye dicho Centro al uso que del mismo hizo, al parecer, el anterior presidente del Gobierno Don Mariano Rajoy en una determinada ocasión creo, en mi modesta opinión, que no se corresponde con la normal acepción del mismo en el lenguaje común.  Para muchos otros y para mí no apreciar implica, esencialmente, despreciar, defecto o virtud a los que acudo con cierta frecuencia.  

Supongo que algo similar hace el Gobierno de la Región de Murcia. Y, en consecuencia, sus terminales mediáticas. No en vano solicitó dos informes con los cuales aplastar la negativa del Gobierno de España a atender una petición de las autoridades autonómicas sobre la denominación del aeropuerto regional.  Uno de ellos me lo ha transmitido amablemente el profesor Javier Guillamón que lo hizo a petición del Rector de la Universidad. Del segundo informe no sé nada. No ha traslucido. El copyright supongo que corresponde al autor, aun cuando hubiera estado bien retribuido.

A mí, francamente, me importa un comino lo que el gobierno de Murcia piense de un servidor. Sin embargo, que hasta ahora, que se sepa, ni siquiera haya dicho ni pío al desafío que en buena y debida forma les lancé hace dos o tres semanas puede obedecer a una creencia basada en alguno de los siguientes fundamentos:

  • Tenemos razón. No nos la quitará nadie.
  • Viñas es un historiador indigente y no hay que hacerle el menor caso
  • Si respondemos, a lo mejor tiene algún cartucho de recambio y nos hace la pascua.

Puede haber otras explicaciones.  Alguien tendrá que explicar por qué no se publica el informe de un “brillante” historiador que, al parecer, ha demolido (supongo que con gran acopio documental) mis tesis sobre don Juan de la Cierva. ¿De dónde las habrá sacado? Misterio.

La más interesante, desde mi punto de vista, es la primera hipótesis, porque entronca con la batalla que, según se afirma por ciertos terminales mediáticos, la izquierda española en general, y servidor en este caso concreto, están llevando a cabo con el fin de distorsionar la HISTORIAAAAA y ganar hoy la guerra que perdieron (por su propia perversidad) en los campos de batalla hace más de ochenta años.

Como quien esto escribe es algo lento de mollera y considera que el pasado ya no existe, entender la sucesión de hechos que ocurrieron en él y preguntarse por qué, me ha llevado muchos años, mucho esfuerzo, mucho dinero y muchos quebraderos de cabeza. No soy como Stanley G. Payne, a quien últimamente cito con frecuencia porque desde que era un jovencísimo profesor ya sabía lo que tenía que saber para escribir más o menos el mismo libro por lo menos una docena de veces. Desde luego sin preocuparse de haber pisado un solo miserable archivo (salvo el de la FNFF, aunque con escaso éxito).

Lo que hoy creo haber documentado me ha supuesto la friolera de cerca de treinta años, la visita a más o menos cuarenta archivos (estatales, subestatales, públicos y privados) en media docena de países y hacerme con una biblioteca particular de varios millares de libros. ¿Resultado? En ese pasado que ya no existe, las cosas no fueron como nos las contaron los historiadores franquistas y como, con algunas mejoras en cuanto a presentación se refiere, han seguido repitiendo sus epígonos, muy vehiculados por la FNFF.

Que en la dictadura hubiese una interpretación básica y única posible era comprensible. El, para algunos, glorioso régimen de Franco mantuvo una censura prácticamente de guerra hasta la Ley 14/1966, de 18 de marzo. No fue precisamente una disposición que abriera las compuertas a lo que ya se había escrito en el extranjero Eso sí, permitió a una serie de autores afines a la dictadura que actualizasen mínimamente algunos (no demasiados) de los mitos en que se sustentaban los cuentos tradicionales.

Para comprender el amplio abanico tradicional sigue siendo una obra absolutamente imprescindible la de Herbert R. Southworth, El mito de la Cruzada de Franco, que dio a conocer Ruedo Ibérico en París. Dicen los enterados que al berrinche que se cogió el nunca olvidado profesor Manuel Fraga Iribarne (un genio entre los numerosos genios que florecieron durante la dictadura) siguió la creación en su Ministerio de (Des)información y Turismo de una unidad especializada en preparar la contraofensiva, quizá con la idea de reeditar antiguas glorias imperiales a lo Carlos I o Felipe II.

La  encargó al aspirante Ricardo de la Cierva, técnico de Información y Turismo, que ya en su primera obra sobre la política española en este sector había derramado abundantísima baba en su dedicatoria a un invicto general: es decir, al personaje impoluto e inmaculado que llevó a los Ejércitos Nacionales a la victoria sobre el enemigo. Pásmense los lectores: el anarquismo, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, la masonería y un montón de ideas nefastas no, nefastísimas, que se habían desarrollado a partir de los principios de la Reforma, la Ilustración, la Revolución francesa y, ¡cómo no!, la soviética. ¡Abajo, pues, los siglos XVIII y XIX! ¡Vuélvase a la España imperial de la contrarreforma!

Por mi parte, he llegado a ciertas conclusiones operativas que he apoyado (ya sé que hay quien dice que eso de los documentos es algo decimonónico, positivista, absurdo) lo mejor que he podido. Eso sí, siempre abierto a que se me demuestre que los he interpretado mal (algo que inevitablemente ocurre a quien, por desgracia, no goza de los privilegios de la presciencia ni de la infalibilidad, en los que tanto abundan otros).

Este tipo de relato, basado en un conjunto de documentos de los que se encuentran huellas en los archivos que poco a poco han ido desclasificándose, parece como si estuviera escrito en chino a los historiadores del tipo Payne. ¿Dónde figura el menor reflejo en el libro que ha escrito y reescrito -con gran éxito- tantas veces?  

¿Es su pasado igual al que servidor describe? No. ¿Es el pasado que ahora quiere “recuperar” una futura Asociación Nacional de Víctimas del Frente Popular? No. ¿Es el pasado que enciende las pupilas de los historiadores de VOX? No. ¿Es el pasado al que se refirió, en presencia de Don Pablo Casado, callado como un muerto, uno de los exfundadores de tal partido hace poco? No. ¿Es el pasado que hace titilar las papillas gustativas de los políticos del PP murcianos? No.

Todos nos hacemos representaciones del pasado, pero unos las documentan en su origen, evolución y afloramiento. Otros, no. Es decir, por un lado, hay historia (no tanto de derechas o de izquierdas, sino documentada o no) y, por otro, camelos. El más importante del pasado español en el siglo XX es el origen de la guerra civil.

Dado que su responsabilidad activa recae en un sector de las derechas, es hasta punto lógico que quieran apartar de sí ese cáliz de amargura. No hubiera habido guerra, claro, si la República hubiese cortado la subversión. No lo hizo. Se redimió como pudo. No dejando caer las armas y tratando de compatibilizar revolución y guerra o guerra y revolución. Por supuesto que ni en marzo, ni en abril, ni en mayo, ni en junio de 1936 se esperaba una. La revolución fue una de las consecuencias del golpe semifallido y semiexitoso. La dictadura de Franco también.

Esto es lo que hay que desfigurar hoy, al igual que se desfiguró desde 1936, porque como bien dijo Orwell quien controla el presente, controla el pasado y quien controla el pasado controla el futuro. Así, que ojo al futuro. ¿No ha dicho el señor Casado que cuando llegue al poder, supongo que con la ayuda de VOX, eliminará todas las leyes aprobadas en la presente legislatura por la izquierda? Y, entre ellas, la todavía no nacida Ley de Memoria Democrática.

Por supuesto, en una democracia no demasiado combativa como la española, pero tampoco peor que otras que nos circundan, corresponderá a la ciudadanía elegir a sus gobernantes con los ojos bien abiertos. En recuerdo de sus antepasados y con la mirada puesta en la futura educación de sus hijos y nietos. Desde luego hay que reconocer al señor Casado un mérito: quien avisa no es traidor.  

En otros países acosados en su tiempo por los fascismos, dado que la suerte de las armas les fue adversa, se tomaron medidas precautorias. También en la República Federal de Alemania. El PP, que tanto alardea de su amistad y connivencia con la CDU/CSU, debiera tomar nota de que con los dineros públicos se subvenciona desde hace muchísimos años una Bundeszentrale für politische Bildung, con el fin de fortalecer el sistema democrático a través de la difusión de material destinado a popularizar conceptos elementales de la democracia plural y de las diversas opciones políticas en escena. ¿Sería pensable algo así bajo un Gobierno del PP? Solo hay que recordar el “pollo” que montó contra una inocua asignatura denominada “Educación para la ciudadanía”. Lógico. No quiere ciudadanos. Prefiere adictos y, a ser posible, que sigan meciéndose en la cuna en la que anidan los consabidos huevos de la serpiente.  

UN FRANQUISMO, ¿IMPERECEDERO?, QUE SIGUE MINTIENDO (y II)

5 octubre, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

En plan de desafíos reconozco seguir deseando que algún historiador franquista, postfranquista o neofranquista, español o extranjero, exhiba alguna maldita vez documentación de época a la que ni muchos otros historiadores ni servidor hemos podido nunca acceder. Cabría mencionar, a título de meros ejemplos, papeles de Franco, Mola, Cabanellas, Orgaz, Goded, Calvo Sotelo, Goicoechea, Galarza, etc entre muchos otros. Es decir, teóricamente debería existir la posibilidad, hasta hoy no materializada, que se demuestre con documentos en la mano que mis tesis, y las de otros autores a quienes yo siempre cito, son inexactas o que necesitan importantes correctivos. Incluso hasta el punto de invalidarlas. No hay historia definitiva porque toda historia es, por definición, de un pasado que no existe ya. Nos guiamos por representaciones y una de las diferencias que existen entre unas y otras representaciones es el mayor o menor anclaje en evidencias. Ya lo sabían los clásicos, aunque lo expresaban de otra forma.

También habría que confirmar que las tesis expuestas de manera no ya oficial, sino oficiliasíma, por el Estado Mayor Central del Ejército de Tierra en 1945, y que contaron documentalmente con el visto bueno y la complacencia de SEJE, en verdad están espaldadas, o no,  por tales documentos todavía desconocidos.

Bien sé que de los mencionados golpistas es posible que no se hayan conservado papeles (me han dicho, por ejemplo, que el general Aranda quemó los suyos en los años cuarenta por temor a la ira del todopoderoso Caudillo que le persiguió con su encono), pero ¿no subsistirán los de Alfonso XIII y de su hijo, Don Juan de Borbón, que estaban fuera de España?

Aquí la Corona quizá pudiera, en mi modestísima opinión, contribuir en algo porque, se quiera o no se quiera, el bisabuelo y probablemente el abuelo de S. M. el Rey estuvieron implicados en la dinámica del golpe, preparada con la ayuda extranjera. Cosa que sigue siendo escamoteada cuidadosamente. No hace falta sino darse un paseo por youtube y ver y escuchar a doctos comentaristas cómo presentan los avances en los preparativos de la sublevación a después de las elecciones de febrero de 1936. Para llorar.

A Alfonso XIII, en particular, lo de plegarse a la voluntad soberana de los españoles (abril de 1931) no le duró mucho. Al año siguiente ya había empezado a hacer pachas con los conspiradores. Lo afirmó un monárquico superconvencido, aunque algo mentirosillo, como fue Juan Antonio Ansaldo ya en el exilio a principios de los años cincuenta. Es decir, ha llovido desde entonces, aunque los comentaristas en la prensa de derechas todavía no se han enterado. Los pobres no se han puesto todavía al día. Con todo, y en descargo de Su decaída Majestad, hay que recordar que la República le desposeyó de todos los bienes que pudo y, claro, en cuanto se toca a las “pelas” se aviva el patriotismo y todos los demás sentimientos con él conexos. Suele ocurrir de manera fulgurante.

En lo que se refiere a las víctimas del Frente Popular (hacia las cuales, solícita, se inclina la todavía nonata ANVFP, habría que diferenciar dos períodos. El que discurre entre los meses de febrero a mitad de julio y el que se inicia con el hundimiento de una gran parte del aparato coactivo del Gobierno, que no había sabido o podido atajar un tipo novedoso de conspiración (atajó otras, como la Sanjurjada, las algaradas anarquistas y el octubre asturiano). Y ello a pesar de que había empezado a forjarse allá por el año 1932, siempre contando con la posibilidad de la ayuda fascista.

Dos estimados colegas, Rafael Cruz y Eduardo González Calleja, han dedicado varias obras a pasar en revista el número y, en lo posible, la identidad ideológica de las víctimas mortales de la primavera de 1936. También en muchos casos sus circunstancias. Son trabajos fundamentales, no solo por su basamento teórico sino también por su carácter empírico. En este blog he mencionado sus estudios repetidas veces. Es más, el segundo de los autores, en su libro CIFRAS CRUENTAS, ha hecho un recorrido por todas las quiebras del orden público desde que se estableció la República hasta el 17 de julio de 1936. Todavía no he visto que ningún historiador, español o incluso extranjero, de los que quizá acudirán a enrolarse bajo el lema de la futura ANVFP (pendiente al parecer del permiso del Ministerio del Interior) y cuyo lema me suena (como supongo que a muchos) algo familiar (“Caídos por Dios y por España, ¡Presentes!”), a tenor de lo publicado por LA RAZÓN, haya escrito algo parecido.

También pienso que que a muchos nos agradaría conocer cuáles son las credenciales académicas o investigadoras de las personas que se han situado detrás de la iniciativa y que hayan aclarado tales sucesos con la misma combinación de teoría y empiria y no solo repitiendo como papagayos la propaganda de los sublevados y sus sucesores desde 1936 a 1975. Todos estuvieron muy interesados en justificar los desmanes que cometieron quienes se sublevaron con las armas y que quisieron evitar por todos los medios no pasar al futuro como lo que fueron (el sustantivo y/o el calificativo oportuno los dejo a la imaginación de los amables lectores).

Personalmente me he esforzado en documentar la tesis que a los conspiradores civiles y militares (cogiditos de la mano) les interesaba sumamente crear la sensación de que en España existía un estado de necesidad. (No he sido el primero, me apresuro a señalarlo, en haberla lanzado). Es un tema importante porque propugnaban como imprescindible la intervención del Ejército para restaurar el orden. No se sublevaban las guarniciones así como así. Los lectores de mi generación quizá recordarán la agitación discursiva que precedió al 23-F y los artículos incendiarios del inolvidable colectivo “Los Almendros” en las sugestivas páginas de El Alcázar de la época.  Al fin y al cabo no han pasado tantos años.

Pues bien, aquellas y multiplicadas acusaciones durante la primavera de 1936 fueron las que se utilizaron para traducir a la práctica la afirmación que Don Antonio Goicoechea había hecho a Mussolini, a la hora de pedirle “pelas”, en octubre de 1935, por segunda o tercera vez (hubo más): si las izquierdas llegan de nuevo al poder, aunque sea por medios legales, nosotros nos sublevaremos. Y desafío, desde aquí, a todos y a cada uno de los promotores de la ANVFP a que lo desmientan con documentos en la mano a los que, quizá, tengan acceso, .O si no ellos, tal vez los benefactores de la FNFF.  

No iban a hacer la sublevación, claro está, los cuatro gatos de Renovación Española. La harían  las guarniciones trabajadas por la UME, por los incendiarios discursos de Calvo Sotelo y de Gil Robles (cada cual para demostrar quién era más tronitruante), por las noticias que publicaban los periódicos de derechas y de extrema derecha (inolvidables el ABC y La Nación, pero también El Debate, que todavía no ha sido puesto en línea*) y por las provocaciones a las izquierdas obreras (que no estaban representadas en los gobiernos republicanos de la primavera de 1936) y que, naturalmente, cayeron en la trampa que se les tendía.

Sobre las afirmaciones 5ª a 7ª que reprodujo LA RAZÓN no hay nada más que ver la continuación de las exhumaciones de las “fosas del olvido”, la crispación que agita a las derechas y la inmensa literatura que ha aparecido sobre el trato que solían dar los vencedores a sus enemigos. En este blog ya lancé un guantelete hace unos años a un alto cargo de la FNFF para restregarle las estadísticas que, en el caso de Navarra, por ejemplo, recopiló y analizó Fernando Mikelarena. Hay muchísimas más.  

Confío en que el año que viene los promotores de la iniciativa que ha desvelado LA RAZÓN así como los directivos y socios de la FNFF tendrán la oportunidad de leer (y tratar incluso de refutar) el ensayo que Francisco Espinosa (autor de obras de referencia sobre la barbarie de los sublevados), Guillermo Portilla y servidor hemos escrito sobre la “teología”, la “filosofía”, la “lógica” y la “justificación” de la represión franquista desde julio de 1936 en adelante.

Hemos utilizado eso de lo que ciertos historiadores de la derecha y más aún de la extrema derecha huyen como dicen que el diablo reacciona ante el agua bendita: la evidencia primaria relevante de época, debidamente contextualizada y analizada. Por cierto,  emanada de la experiencia propia y de la máquina de escribir de un futuro general de División que sabía mucho de lo que había ocurrido porque también había participado en ello desde el principio e incluso lo había “teorizado”.

Por supuesto, no me corresponde sustituir la mejor opinión que a los juristas del Ministerio del Interior y a las instancias adicionales competentes pueda merecerles la eventual legalización de la ANVFP. Si lo hicieran me parecería, desde luego, un insulto a la Historia y a la verdad demostrada y documentada por evidencias documentales, arqueológicas y forenses. En lo que se refiere a la primera los eventuales socios de la misma y sus apoyos mediáticos pueden, en todo momento, recurrir a los miles y miles de legajos en que se depositan los frutos del esfuerzo realizado por los vencedores en su Causa General, hoy abiertos al público en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Y luego dar a conocer sus resultados, con las referencias precisas e inequívocas, porque en estos temas suelen dar gato por liebre.

La dictadura solo osó publicar un Avance de su magna investigación y no se atrevió a más. Profundizar en ella sería, en cierta medida, lógico, aunque responda a una argumentación espuria. Sus  partidarios y descendientes podrían así continuar la tarea que Franco y sus acólitos no se atrevieron a seguir realizando.  Pero reconozcamos que lo intentarían con casi setenta años de retraso. Ni siquiera el profesor Manuel Fraga Iribarne, en su época de ministro de (Des)información, y que sigue siendo tan idolizado por los políticos del PP, osó abrir las puertas a la caja de los truenos.

En tal sentido, ¡bienvenida sea la Ley de Memoria Democrática!. La que resulte de los debates en el Parlamento. ¿Por qué no seguir el trato que los cristianodemócratas alemanes  (a los que el PP dice que se siente tan próximo) han dado a la propaganda en favor de Hitler y de sus secuaces? No hay que inventar la rueda, como si fueran mexicas sobrevenidos. Ya se la conoce.

  • De forma inexplicable. ¿Se molestaría la Jerarquía católica española? ¿Se habrán ejercido presiones al respecto? El Debate fue, después de ABC, uno de los órganos de expresión más característico e influyente de las derechas de la época. ¿Por qué quitar el placer de leerlo en línea a sus sucesores? Al fin y al cabo, las izquierdas pueden solazarse leyendo El Socialista o Mundo Obrero o la prensa anarcosindicalista sin tener que ir a las hemerotecas. Digitalizar El Debate no debería de suscitar oposición ni en las derechas ni en las izquierdas.

FIN

CALVO SOTELO Y EL ORIGEN DE LA GUERRA CIVIL. UNA DISTORSIÓN QUE CONTINÚA

20 julio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hoy ya no está de tono conmemorar los aniversarios del 18 de julio. Fue una fecha infausta. Terrible. A mí ya no se me ocurre mencionarlo ni siquiera en un aniversario relativamente redondo: este año se cumple, en efecto, el 85 o, para ser más exactos, el octogésimo quinto. Sin embargo, aprovechando que el Jarama pasa por Sevilla, un diario madrileño se ha apañado para adelantarse a recordar el mismo aniversario aunque relacionado con el asesinato de Don José Calvo Sotelo. Ha sacado a relucir los recuerdos de su hija, que ha llegado felizmente a la provecta edad de 101 años. Mi más cordial felicitación, con la expresión de mi más ferviente deseo de que siga cumpliendo muchos más.

La autora del reportaje, cuyo nombre no merece ni mencionarse, ha endilgado a sus lectores una versión, enriquecida con los recuerdos de la hija, del luctuoso acontecimiento. Por lo demás es totalmente tradicional y no deja de lado ningún detalle básico en su tradicionalidad. Ha acudido a dos historiadores en busca de respaldo. No me molestaré en buscar en sus dilatadas obras las citas que de ellos hace la periodista. Existen, en efecto, dos posibilidades. La primera que constituyan una distorsión de lo que hubiesen escrito, y en ese caso la responsabilidad recaería sobre la autora. La segunda, que fueran exactas. Esto me plantea un problema porque, de ser así, habría que preguntarse qué clase de historiadores son. Ciertamente no de los han explorado archivos a la búsqueda de EPRE que, si resulta contraria a sus preconcepciones o concepciones, hacen todo lo posible por no identificarla. (Una tercera alternativa es que no hayan sido cuidadosos -o que no lo haya sido la periodista a la hora de transcribir sus afirmaciones)

En todo caso, el ejemplo me sirve de colofón, antes de que empiecen las vacaciones veraniegas, para cerrar la serie de posts que había creído terminar con la invocación a los desvaríos históricos de todo un general de División sobre la primera parte de la guerra civil y que culminé con sus referencias a la destrucción (naturalmente, por los “rojos”) de la villa foral de Gernika.

La autora del reportaje hace varias afirmaciones que son, digamos, un tanto inexactas.

La primera que el diputado señor Calvo Sotelo “siempre se las apañaba para restar importancia al clima de violencia que se respiraba en aquellos días previos a la Guerra Civil”. No sé si interpretarla como manifestación de pura ignorancia o, simplemente, de distorsión. Solo hay que comparar los discusos en el Parlamento de dicho diputado en abril y junio de 1936 para comprobar no ya que fueron in crescendo sino que crisparon notablemente los ánimos. Acepto que sobre las intenciones del Sr. Calvo Sotelo pueda discutirse. Esa es, precisamente, la labor del historiador porque, que se sepa, él no dejó ningún cuaderno de notas, diarios o las reflexiones que fuera haciéndose sobre la marcha. Una pena.  Servidor tiene una interpretación basada en una reconstrucción -dentro de lo posible- del trasfondo en que ambas intervenciones se produjeron y la he plasmado en, por lo menos, cuatro libros, también in crescendo.

La segunda afirmación es que su asesinato “fue determinante en el estallido de la guerra civil cinco días espués”. Esto es una mezcla de profunda ignorancia y, hoy, también de distorsión. De ignorancia porque la revuelta militar estaba en marcha y ya se había fijado hasta la fecha de su estallido. Los comienzos de la misma hasta los franquistas más acérrimos suelen ubicarlos hacia marzo de 1936 aunque lo cierto es que cabe remontarla mucho más hacia atrás. De distorsión porque hace pivotar un acontecimiento que cambió para siempre la historia de España del asesinato de un hombre. 

La tercera afirmación es el alegato de que la calificación de Calvo Sotelo como “protomártir” revela una cierta sorna. No es cierto. Así fue calificado dentro de una línea interpretativa que siempre ligó la sublevación a su muerte violenta. Fue, por el contrario, de sumo aprecio. Presentó al diputado (declarado por Franco el 18 de julio de 1948 Duque con Grandeza de España) como el prólogo de los asesinatos que los “rojos” iban a cometer a mansalva a lo largo de una “Cruzada” salvadora, bendecida por la Iglesia católica española.

Ahora llegamos a un “viva la Virgen” de la desinformación. Se dice en el artículo: “No hay documentación que pruebe que Calvo Sotelo estuviese en la conspiración para el golpe de Estado que estaba organizando el general Emilio Mola”. Bueno, sin querer en modo alguno ponerme plumas en un sombrero tirolés, recomendaría a la autora que examinara algunos libros y, en particular, la carta que su héroe, junto con Don Antonio Goicoechea y el nunca olvidado  mártir de la “Cruzada” José Antonio Primo de Rivera, escribió poco antes de su intervención parlamentaria del mes de junio a un personaje de no escasa influencia en lo que estaba urdiéndose: Benito Mussolini. En la carta tan significado trío anunció el golpe y la necesidad de “untar” a ciertos generales para que se sumaran a él. Como se conoce desde hace más de cuarenta años (la publicó Ismael Saz) sorprende que la autora siga en Babia.

¡Ah! en su lugar acude a un nombre de excepción: el profesor Bullón de Mendoza. Es autor de una gran hagiografía de Calvo Sotelo de la que, en la medida en que se refiere al caso en cuestión, me permití señalar la omisión de  algunos aspectos esenciales. Si lo ha citado bien -y me atrevo a dudarlo- he de señalar, con todos los respetos, que estaría en un profundo y craso error. Los monárquicos alfonsinos habían declarado al Duce en octubre de 1935 por boca de Don Antonio Goicoechea que si las izquierdas llegaban al poder, aunque fuera por medio de elecciones, ellos y una parte del Ejército se sublevarían. Calvo Sotelo estaba en aquel momento, al igual que Goicoechea, en Roma y pensar que este último obró sin que lo supiera el primero es algo que me declaro incapaz de concebir. Hoy lo que escribo está documentado.

Por cierto, si es verdad que dicho historiador afirmó a la periodista que Renovación Española no aportaba nada a la conspiración es de nuevo una interpretación errónea de esta o porque todavía ignora que después del pacto de marzo de 1934 con los italianos, los monárquicos alfonsinos (con, a su frente, Calvo Sotelo) se dedicaron a crear una organización subversiva dentro del Ejército (la famosa UME). Era evidente que los civiles monárquicos y los pistoleros falangistas no iban a derribar ellos solitos al régimen republicano.

Tampoco me atrevo a creer que otro historiador, Jordi Canal, excelente conocedor del movimiento carlista, pudiera haber dicho a tan estimable periodista que “Calvo Sotelo no estaba implicado”. De haberlo hecho, me temo que, con dolor, debo corregirle públicamente. También en el punto en que solo la muerte del diputado gallego unió a carlistas, falangistas y al Ejército, porque cada uno iba por su lado.  Pues no. Calvo Sotelo no era el líder de la oposición conservadora en el Parlamento. Era el lider de los diputados de Renovación Española y andaba cogidito de la mano con los carlistas. La oposición “conservadora” (hoy diríamos de derechas) estaba dirigida por el Señor Gil Robles (que también conocía los preparativos del golpe) pero que iba a lo suyo de mala manera.

Entre las lagunas de que adolece el artículo me deja helado en que su autora ni siquiera haya mencionado la única reconstrucción potable del asesinato, debida ya hace muchos años a Ian Gibson. El que no la cite me parece una falta glamorosa de profesionalidad.

Y queda Franco. Tampoco la periodista le hace un buen servicio. Como un papagayo repite la tesis de que terminó convirtiéndose en doctrina: El futuro golpe “ni siquiera contaba con la adhesión decidida de Franco, que precisamente decidió sumarse oficialmente a la conspiración a raiz del asesinato”. Esto no es cierto y por mucho que se haya repetido no ha dejado de serlo. Hay que remontarse a un Franco en el pináculo de su en aquel momento incierta gloria para leer lo que ordenó que se escribiera al respecto: fue él quién había manejado los hilos de la conspiración desde casi el primer momento. Es decir, tras haber sido cesado como jefe del Estado Mayor Central en febrero de 1936. ¿Y Sanjurjo? Una mera figurativa decorativa. ¿Y Mola?, a sus órdenes a pesar de estar en las lejanas Canarias.

Franco, siempre mendaz, escribió esto en 1944 y así quedó incorporado a un libro que debería ser reeditado por el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa. Eso sí, debidamente presentado y anotado de forma crítica, como han hecho los alemanes con el Mein Kampf de Hitler.  Se trata del primer volumen de la Historia de la guerra de Liberación, publicado por el Servicio Histórico Militar del Estado Mayor Central del Ejército de Tierra en 1945.

¿No lo conoce nuestra estimada periodista? Está a la venta en internet a un precio módico. De seguro que si lo lee, seguirá deleitándonos con los agudos  comentarios que le sugiera. Pero quizá convendría que, a la par,  aprendiese a leer críticamente. Al fin y al cabo los periodistas son los pre-historiadores del presente que será historia mañana. Tienen una gran responsabilidad por lo que es preciso que no suplanten a quienes se dedican a descifrar, entender o interpretar un pasado más o menos remoto porque las dos profesiones tienen un ethos, una orientación y una metodología diferentes.

Repito lo dicho en la anterior serie: conviene pasar por la piedra de toque de las evidencias primarias las “representaciones” que se tengan del pasado, porque como ya demostré con el general de División Don Rafael Dávila Álvarez, no todas valen.

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (y XIV)

13 julio, 2021 at 8:30 am

EL GENERAL DE DIVISIÓN DÁVILA ÁLVAREZ  Y SUS CUENTOS SOBRE LA

DESTRUCCIÓN DE GERNIKA

Ángel Viñas

En los tres posts anteriores he comentado algunas de las tesis del señor general de División. Creo que en lo que he leído no dice apenas nada interesante, salvo la descripción de la actuación de su distinguido abuelo en la unión de la dirección política del bando sublevado con la suprema jefatura militar. Algo limitado, a pesar de que lo haya, lógicamente, inflado todo lo posible.  Contiene notables errores (no merece la pena hacer el inventario), inmensas lagunas y una representación del pasado que no concuerda con la que se desprende de las evidencias primarias ya estudiadas por numerosos historiadores. Sin embargo, al llegar al capítulo 38 (“Vizcaya”: pp. 253-260) he terminado por aburrirme y no he podido, a pesar de mi mejor voluntad, tomármelo en serio. No he seguido leyendo. Esto no significa que no hubiese tenido que decir más cosas. Significa que tras la primera mitad de su obra prefiero pasar página y dedicarme a otros libros  mucho más interesantes por leer.  

POR FIN, EXCLAMARÁN MUCHOS. ¡MENUDO ROLLO QUE NOS HA ENDILGADO EL PROFESOR VIÑAS!  

Es verdad, me disculpo. Hay que utilizar un pelín de ironía o una gruesa dosis de sarcasmo, según los gustos, para deglutir la sopa boba que algunos “historiadores” sirven. Pero se los lee, hacen caja y tranquilizan a los que necesitan ser tranquilizados frente a los “despropósitos” de las “hordas rojas” que siguen su marcha triunfal conquistando, para la KGB  decía Ricardo de la Cierva, los puestos y las cátedras de la Universidad.

Lamento, pues, comenzar en tonos negativos, muy negativos. Sobre la campaña de Vizcaya la literatura es inmensa. El general de División Dávila Álvarez, como militar profesional, podría haber hecho varias cosas: resumir los rasgos fundamentales de su planificación y desarrollo; enriquecerlos con comentarios más o menos profundos derivados de su propia experiencia e incluso con el análisis de los estudios técnicos e históricos que sobre la campaña haya efectuado o se hayan efectuado. Ofrecer, quizá, alguna interpretación o por lo menos dar a sus lectores insights que no están al alcance de quienes no somos militares.  

Él, sin embargo, ha optado de nuevo por la vía más fácil y menos seria posible: la de inventarse diálogos (pp. 253s). Este procedimiento devalúa radicalmente su tratamiento. A no ser que escriba para las masas populares, dispuestas a tributar un rendido homenaje a su audacia por salirse de los senderos por los que suelen transitar los historiadores. Ciertamente, se cubre las espaldas: “no vamos a recoger lo mucho escrito sobre el bombardeo de Guernica. Solo añadir lo recogido de las conversaciones mantenidas esos días entre el general Mola y el general Solchaga, que pueden esclarecer los hechos”. ¡Ja, ja, ja! Pero ya afirmo que si aquellas conversaciones tuvieron lugar con la orientación que él señala, Mola y Solchaga mintieron como bellacos y el señor general Dávila Álvarez es incapaz de detectarlo.

Señalado esto con la adecuada contundencia, tengo que recordar al señor consultor del Münchner Neueste Nachrichten que si le agradan las fuentes nacionalsocialistas las hay, con gran diferencia y valga la antonimia, muchísimo mejores.  De haberlas examinado hubiese evitado desempeñar el poco grato papel que ha elegido incluso en su “patriótico” esfuerzo para excluir en todo lo posible el vector Tercer Reich en el origen de la campaña del Norte.  Que ya es.

Me parece obvio, si bien puedo equivocarme, que la noción de que una de las campañas estratégicas y, según nuestro autor, más importantes de la guerra civil, tuviera en su concepción y lanzamiento un componente nazi sigue sin ser bien visto en algunos círculos. Si el señor  general no ha encontrado muestra de ello en los papeles de su abuelo quizá sea porque no los conservó. Pero para eso están otras fuentes primarias, cuya búsqueda es siempre labor primigenia de todo historiador que se precie. Sugiero, pues, que para la próxima edición de su magna obra eche un vistazo al estudio Die Kämpfe im Norden (DKN), muy conocido de los especialistas, y favorezca a sus lectores con una exposición de sus, sin duda, críticas  observaciones. De nuevo observo que si bien menciona en la bibliografía una obra de un notable historiador militar alemán, Klaus A. Maier, el uso que hace de ella es igual a cero.

Aquel relato oficial, de unos militares de quienes tal vez los gloriosos combatientes franquistas no tenían nada que aprender tras sus exitosas campañas contra las kabilas, sin duda más importantes que los cuatro grandes frentes de la primera guerra mundial, empieza afirmando que “el fracaso de los ataques de los nacionales contra Madrid y la ofensiva de Guadalajara en febrero y marzo de 1937 obligaron a adoptar nuevas decisiones operativas. Había que intentar compensar los indeseados efectos políticos de tales tortazos, mediante actuaciones en otros frentes y evitar que la iniciativa pasara al enemigo. En este sentido el comandante en jefe de la Legión Cóndor, general Sperrle, insistió cerca del Generalísimo para que se tomara una decisión”.

DKN se hizo eco, obviamente, de las presiones del nunca suficientemente denostado general Mola con sus notables ínfulas de carnicero del “rojerío” de la época. Las aplicó durante meses para obtener más recursos con los que reforzar sus brigadas con aviación y con artillería para  avanzar rápidamente hacia Bilbao. Quizá tuvo en cuenta que desde diciembre de 1936 o enero de 1937 los alemanes habían empezado a pensar en una ofensiva en el Norte. El Mola destructor (“hay que arrasar Euskadi”)  no les anduvo a la zaga. Sus concepciones militares las reflejó en un proyecto de fecha  26 de enero. Antes del 9 de febrero, Solchaga había preparado un boceto de plan de operaciones.

Sperrle no pensaba que la suerte de la guerra pudiera decidirse rápidamente en el Norte, pero sí que favorecería la superioridad moral y material franquista y la recuperación del prestigio de las armas “nacionales”. He aquí un tema en el que hubiera debido brillar la capacidad analítica de nuestro autor, caso de haberlo abordado. Además, existía el aliciente nada desedeñable de las reservas mineras y fabriles de Vizcaya. Franco,  genio estratégico por excelencia, fue difícil de convencer. Hasta el 20 de marzo no dio luz verde.

Entonces el jefe de EM de la Cóndor, coronel Wolfram von Richthofen, empezó a discutir detalles y detallitos en permanente contacto con el coronel Juan Vigón. En DKN quedan claras dos cuestiones: una, la primacía de Franco, que absolutamente nadie discutió. Otra, la necesidad de poner en práctica una estrecha coordinación operativa y táctica entre las fuerzas españolas, alemanas e italianas. Se mantuvo, con pleno conocimiento de todos los escalones de mando implicados. Iban desde la jefatura inmediata de las unidades de tierra, pasaban por Vigón y Mola y llegaban hasta Kindelán y Franco. Subsistían plenamente el 26 de abril de 1937, cuando Gernika fue destrozada por la aviación nazi-fascista.

La inmensa repercusión internacional, examinada por autores que van desde el Dr. Herbert R. Southworth al teniente coronel Maier, la profesora Stefanie Schüler Springorum, el profesor Xabier Irujo y, modestia aparte, un servidor, con las aportaciones de Raymond L. Proctor y Robert H. Whealey, entre muchos otros, han dejado en cueros vivos la interpretación del general Jesús Salas a quien sorprendentemente su compañero ni menciona. Servidor no es capaz de tal menosprecio, porque ya se sabe que no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio.

Ha costado mucho sudor y mucha tinta aclarar lo que pasó antes, en aquel día y después, pero ahora llega el general de División Dávila Álvarez y afirma que el arrasador de Vizcaya que fue Mola habría advertido a Solchaga y a Vigón como sigue:  “tengan ustedes mucho cuidado con Guernica, que no entren ni moros ni soldados; la sala de Juntas que la ocupen fuerzas de requetés, vizcaínos a poder ser ” (p. 257). También lo comunicó a la Aviación. Innecesario es decir que no aduce la menor prueba ni de una cosa ni de la otra.  El distinguido general parece referirse al 27 de abril, es decir, a toro pasado porque Gernika había sido destruída la víspera. Lo achaco a una sintaxis defectuosa. Yo, personalmente, me estremezco ante la idea de que Mola pudiera ser tan correcto después de haber dicho (lo recogería von Richthofen) que convendría ruralizar Vizcaya.

Eso sí, también cita nuestro estimado general de unas desconocidas memorias de Solchaga una frase que me deja algo más que boquiabierto: “todos tenemos un disgusto grande con la destrucción de Gernica; no conducía a nada más que ayudar a la propaganda roja”.  De su propia cosecha añade el nieto del futuro sucesor de Mola que este  “mostraba su gran contrariedad. Estos italianos han venido a ayudarnos, pero ¡cuántos disgustos nos dan!”. Camelo trumpiano avant la lettre, aunque el general de División Dávila Álvarez añade que “le explican que ha sido la aviación (italiana y alemana) que sin orden la han bombardeado”. Pobre Mola, pero más pobre es históricamente que todo un señor general lo presente como engañado de los alemanes e italianos, es decir, de unos TRAIDORES.

Es para hacer llorar de indignación la idea de que un militar de altísimo grado y cargado de condecoraciones implique hoy que Mola no se había enterado todavía de los, para la época, sofisticados mecanismos de comunicaciones y de transmisión de órdenes con la aviación nazi que sus tropas habían puesto a punto antes de la campaña y perfeccionado durante las tres primeras semanas. Denuncio, pues, lo que a todas luces es una incapacidad absoluta de reflexionar sobre el acontecimiento, precedido como lo que fue toda una innovación en aquella guerra y resultado de estudios muy avanzados en el Tercer Reich en busca de una Luftwaffe lo más potente posible de cara a la próxima guerra.

El 29 de abril los franquistas entraron en Gernika. El general Dávila Álvarez parece que cita a Mola como sigue: “He hecho el ridículo. Nos han engañado. Ustedes son testigos de mi orden. Ya se pueden marchar a su casa, no sirven más que para darnos disgustos”. ¿Ha consultado algún papel en el que mínimamente algo de esto aparezca? Que nos lo dé a conocer, por favor, pero ante tamaño disparate hay que preguntarse para quién escribe tan distinguido militar.

Además, insiste: al entrar las tropas “nacionales”  los supervivientes les comentan “que después del bombardeo quedaban casi todos los edificios en pie, posteriormente empezaron los incendios y oyeron muchas explosiones. Indudablemente (…) fueron incendiando y robando, como en Irún, los propios rojos”.

Ni siquiera la más estúpida y grotesca propaganda franquista de la época, debidamente orquestada desde el Cuartel General hasta el último mono, llegó, con perdón, a tamaños dislates. Produce una inevitable sensación de vergüenza tener que leerlos. Tan distinguido militar metido a historiador sigue al pie de la letra la desintoxicación que ya propagó otro de los destructores, el coronel Juan Vigón, estrechamente conchabado con el mando nazi, y que dio a conocer el mitómano por excelencia que fue Félix Maiz. Claro que no llega a lo que, al parecer, dijo Vigón, a saber, que el escándalo había sido promovido por Moscú, de la mano de Vidali, a través de un grupo de dinamitardis (sic).

¿Y el resultado? Para nota (p. 258): “La 4ª Brigada ocupa Guernica, que es un montón de escombros. Hablan con los supervivientes, que coinciden en que después dl bombardeo quedaban casi todos los edificios en pie, posteriormente empezaron los incendios y se oyeron muchas explosiones. Indudablemente, comentan, fueron incendiando y robando, como en Irún, los propios rojos”.

Recomendación, pues, a los lectores de este blog: No se fíen en modo alguno del general de División Dávila Álvarez como historiador y ojeen  cualquiera de los siguientes libros:

Herbert R. Southworth: La destrucción de Gernika. Periodismo, diplomacia, propaganda e historia, Edición de Comares, Granada, 2013, con un prefacio y un epílogo de servidor “El fallido intento de exonerar al alto mando franquista. La agónica metodología de un general de división en el Ejército del Aire”.

Stefanie Schüler-Springorum: Krieg und Fliegen. Die Legion Condor im spanischen Bürgerkrieg, Schöningh, Paderborn, 2010 (la versión en castellano La guerra como aventura. La Legión Cóndor en la guerra civil española, Alianza, Madrid, 2014, está abreviada con autorización de la autora.

Xabier Irujo:  Gernika. 26 de abril de 1937, Crítica, Barcelona, 2017.

Pero si quieren tener una idea global y rápida sobre los camelos que, por lo que vemos  siguen circulando bajo el manto de la autoridad técnica de un general de División español, el libro a leer es también de Xabier Irujo, La verdad alternativa. 30 mentiras sobre el bombardeo de Gernika, Txertoa, San Sebastián, 2017.

Es más, si desean sumergirse en los abrevaderos de la historiografía franquista, echen por favor  un vistazo a la errada, pero interesante, obra del general de División en el Ejército del Aire Jesús Salas Larrazábal: Guernica: el bombardeo. La historia frente al mito, Galland Books, Valladolid, 2012, que no es en modo alguno de pura broma como la que aquí comento.

Que yo sepa, todos los anteriores títulos están en el mercado, aunque evidentemente hay muchos más. Si ojean en mi blog, angelvinas.es, comprobarán que también he entrado en colisión en el tema de Gernika con algún que otro autor (quien, por cierto, da sopas con hondas al general Dávila Álvarez) en sendos posts de abril y mayo de 2015.

¿Significa lo antedicho que no hay nada válido en el libro que he comentado en los últimos posts?. Hay algunas cosas no conocidas o poco conocidas en lo que he leído. Pocas son interesantes. La mayoría no lo son en absoluto. Por ejemplo,  entre las primeras a servidor me  han llamado la atención las estadísticas de envíos de combustible por parte de la CEPSA desde Canarias a la península durante un par de meses iniciales. Ahora bien,  ¿extrae por ventura de ello el general de División Dávila Álvarez alguna consecuencia que no sea absolutamente pedestre? La respuesta es negativa. Tendré, pues, que volver al tema. Quizá en un libro futuro.

Una observación final. La bibliografía que dice el general haber manejado es amplia. Faltan títulos esenciales, pero cada uno elige lo que quiere. El problema es que, en lo que he leído de su libro, no parece que la haya consultado demasiado. Me recuerda ciertos trabajos escolares de un tipo con el que muchos estamos familiarizados. Abultar a todo coste e intentar engañar al “profe”.

 Es obvio que la “representación” que el autor tiene del período es algo más que muy objetable porque no refleja ni siquiera mínimamente la panoplia de representaciones ancladas en evidencias primarias de época.  En cualquier caso, no lamento haber desembolsado 27,90 euros más gastos de envío. Me han deparado el placer de ojear su magna obra. Me confirma en ciertas ideillas: las muchas estrellas y el mando durante tantos años nublan con frecuencia el entendimiento en lo que se refiere a aportar nuevos conocimientos en materia de guerra civil. Al contrario, lo que hacen es abrir la puerta a regresiones convenientemente disfrazadas y publicitadas por dóciles medios de comunicación. Son los que califican, como si fueran jurados del Michelín, con cinco estrellas obras como la presente que solo sirven para aumentar la confusión de ciertos lectores o fortalecerles en sus creencias a las que siguen adheridos con la fé del carbonero.  

Finalmente, me asombra que este tipo de libros pueda publicarlos una editorial seria sin proceder de antemano a un control de calidad mínimo. Aunque ya ocurrió algo similar con la obra magna sobre la guerra civil in totto, preliminares incluídos, de un profesor de una significada universidad privada. Así que quizá no hubiera debido asombrarme.

(FIN DE LA SERIE)

Franco, ejemplo de diplomacia y ‘savoir-faire’ internacional: ¿émulo para Vox? (I)

3 noviembre, 2020 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

El grotesco aprovechamiento del “oro de Moscú” por parte de la dictadura daría para muchos posts. Me temo que el glosarlo acabaría con la paciencia de muchos de los amables lectores. Este post aparece el mismo día de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y, por supuesto, sin saber los resultados. Así que voy a dar un salto mortal en el trapecio sin red de protección y citaré un ejemplo del comportamiento de Franco con el famoso oro que anticipa el de Trump en algunos temas de política internacional para lidiar con los cuales bien se necesita un conocimiento mínimo. El que pongo ahora como ilustración se inspira en las profundas reflexiones de VOX sobre el posicionamiento de la España a la que aspira en el marco europeo y extraeuropeo. Me inclino, desde luego, ante el neologismo “iberoesfera” una invención que deja en mantillas a la Hispanidad e Hispanoamérica. Siempre hay imaginación para crear de la nada nuevos conceptos, aunque lo que representen estén más vacíos que una caja de bombones a la puerta de un colegio tras la salida de los alumnos.

En noviembre de 1956 el hijo del Dr. Juan Negrín entregó al cónsul general de España en París unos papeles que había conservado celosamente su padre relacionados con el “oro de Moscú”. Lo hizo, según todos los indicios, queriendo interpretar el deseo de este tal y como se lo había comunicado un gran amigo del fallecido. Se trataba de un exministro de Justicia en uno de los Gobiernos Negrin llamado Mariano Ansó. Muchos años después publicó una especie de autobiografía (“Yo fui ministro de Negrín”) cuyo título ha despertado la hilaridad de algunos de los avezados aguiluchos de las versiones de extrema derecha sobrela República y la guerra civil. Pocos han sido quienes las han impugnado. Servidor sí lo ha hecho y precisamente con el oro.

Para comprender la inmensa y sobrecogedora genialidad de Franco hay que tener en cuenta que partidarios de los sublevados agazapados en Madrid los mantuvieron bastante informados, casi desde el primer momento, de lo que pasaba con el oro. También conocieron los envíos a Francia y a la URSS. No se ignoró que la operación en Moscú estuvo centrada en la venta del metal amarillo. Incluso copias de algunas de las órdenes al efecto cayeron en manos del espionaje franquista. Los informantes fueron muchos, pero entre ellos destacan uno de los miembros del Consejo General del Banco de España, que se pasó con armas y bagajes, y otro que fue el director del Centro Oficial de Contratación de Moneda del mismo banco. Se llamaba Manuel Arburúa de la Miyar y posteriormente llegó a ser subsecretario y ministro de Comercio de Franco. Un hombre absolutamente clave en la política económica y comercial exterior del franquismo y, por cierto, muy inteligente.

Todo lo que Franco dijo del oro, y fue mucho, hasta 1956 hay que pasarlo por este tamiz de informaciones previas. Consciente del valor de la propaganda y de la desinformación que sus paladines habian aprendido de, entre otros, el maestro Goebbels, Franco se las apañó para desparramar la especie de que muchas de las exportaciones de oro de la URSS, sobre todo en la guerra fría, se habían hecho gracias al “oro español”. Como de esto no tenía ni la más mínima información fiable, hay que suponer que la dictadura se lo inventó, como se inventó tantas otras cosas a su mayor gloria y para el escarnio de sus adversarios.

Las cosas cambiaron en diciembre de 1956. A finales de año la muy gubernamental Oficina de Información Diplomática del MAE hizo público el inmortal mensaje que

“tras laboriosas gestiones realizadas en el extranjero a lo largo del año (…) ha sido recuperada la documentación original que resguarda el depósito de las reservas de oro del Banco de España, constituído en febrero de 1937. La familia del doctor Negrín y algunos españoles de su intimidad han colaborado eficazmente a esta recuperación. La documentación de referencia da al Gobierno español la base jurídica para pedir la devolución de ese depósito que alcanza, como es sabido, una cantidad muy elevada”

Como los pseudohistoriadores de VOX saben muy bien, para que una mentira tenga el efecto deseable tiene que contener algún grano de verdad. El problema para el historiador es siempre identificar lo verdadero y, seguidamente, lo falso. En este caso de toda falsedad.

¿Qué había de verdadero en el cuento de la lechera anterior? Lo único fueron los puntos siguientes:  las gestiones (no se indicó de qué naturaleza); la recuperación de la documentación original (no se indicó en qué consistía) y la referencia a la familia. Para despistar se insinuó que el número de españoles de la intimidad de Negrín fueron varios (es decir, al menos, dos). Y nada más. Todo lo demás consistió en disparar con fuego de artificio. Precisemos.

Sobre las gestiones: fueron la ocupación del eminente abogado del Estado Antonio Melchor de las Heras, que llevaba asesorando al MAE en las tareas de recuperación de activos españoles en el exterior. A veces se le identifica como “asesor jurídico” del MAE, pero solo lo fue, que sepamos, en el sentido indicado. En ningún momento, Melchor de las Heras (que debía estar al tanto de un montón de trapos sucios) fue el Asesor Jurídico o, para ser más exactos, jefe o miembro de la Asesoría Jurídica Internacional del Ministerio.

Sobre la naturaleza de las gestiones: consistieron en camelar por todos los medios posibles e imposibles a una (solo una) persona amiga de Negrín. Con sus altos y con sus bajos. Aprovechando que Negrín había empezado a escribir unas memorias de las que se han conservado dos capítulos (uno referido al envío del oro a Moscú y otro al asesinato de Andreu Nin por la NKVD soviética en junio de 1937).  El español “de la intimidad de Negrín” fue, como lo consignó en sus propias memorias, Mariano Ansó.

La fecha de constitución del depósito: no hubo error. Fue a principios de febrero de 1937. Exactamente el día 5. Servidor la dio a conocer, con el correspondiente análisis técnico-económico y financiero así como su evolución ulterior, en un libro publicado en 1976, pero ya antes había aparecido en alguna obra a la mayor gloria de Franco y, naturalmente, desfigurada por completo.

De esta noticia de la OID, aparentemente nada ambigua, hizo un gran alboroto la sumisa prensa española del momento, sometida a una censura estrictamente de guerra y manipulada desde el Ministerio de (Des)información y Turismo. Este alboroto lo recogió la prensa internacional que se apresuró a hacer sesudos  – y totalmente inexactos- comentarios. Los diplomáticos en puesto en España echaron su cuarto a espadas de cara a sus respectivas capitales y, como es su oficio, añadieron sus correspondientes observaciones que, por lo que sabemos, no dieron en el clavo.

Todo ello echó leña, rociada con gasolina, al fuego de las desavenencias entre los líderes del exilio republicano, probablemente uno de los objetivos que Franco, “el pillín”, tenía en mente desde el principio. Sobre Negrín recayeron los más negros y duros dicterios, que los embajadores españoles en el exterior repercutieron en sus despachos y telegramas al MAE. Habría que escribir algo con cierta extensión (servidor solo lo hizo para algunos casos) sobre el aluvión informativo que descendió sobre el Palacio de Santa Cruz.

Hay que reconocer que de los agravios contra el Negrín muerto se hizo también eco su antigo amigo y luego adversario que fue Indalecio Prieto que, entre paréntesis, estaba perfectamente enterado de lo que había ocurrido con el oro durante la guerra. Para Franco y su máquina de bien engrasada maquinaria de propaganda contra una opinión pública ayuna de conocimientos  miel sobre hojuelas. Una de las noticias más significativas la dio el, como siempre, bien dispuesto ABC. Este diario publicó el 13 de enero de 1937 un artículo de Manuel Martínez Feduchy, embajador del Gobierno republicano en el exilio, aparecido en El Universal de la capital azteca. Representativo, pero no suficiente.

Con otras ínfulas, el panfletario policía, y supuesto historiador, Eduardo Comín Colomer (todavía hay algunos despistados que lo citan como fuente) aprovechó para no dejar la mínima huella del menor rasgo que pudiera considerarse como algo tendencial a lo ligeramente positivo de la figura de Negrín. No puedo resistirme, teniendo a VOX en la mente, a reproducir algunas de sus lindezas:

“Fueron tan grandes sus errores y de tal magnitud sus desaciertos que, cuando en el transcurso de los años la Historia dé su veredicto, juzgando ponderadamente la actuación, los resultados le serán contrarios reconociendo, en cuanto a carácter, una egolatría personal que llevada a sus últimas consecuencias nada apreciable arrojó en los que por él fueron gobernados en la zona roja, y por lo que se refiere a su obra política, el fiel servicio al comunismo constituyó toda su orientación”.

Aprovecho la ocasión, que suele pintarse calva, para expresar aquí a la editorial que ha republicado la inmarcesible obra del policía en cuestión  -ya lo he hecho en otro lugar- mi personal agradecimiento por su admirable gesto de poner al alcance de todos los interesados esta maloliente basura que respondió al título de La República en el exilio, 1937-1957 y que había aparecido en la no menos connotada editorial AHR barcelonesa, tan famosa en aquellos inolvidables años cincuenta.

(continuará)

Lo que ya decía Franco sobre «El oro de Moscú» (III) – Una información para Vox y sus terminales mediáticas

27 octubre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es axiomático que una copia no vale, por lo común, tanto como el original. Este principio encuentra plena validez en las pálidas estulticias que ha desparramado por las redes el nuevo partido que quiere ir el primero en la cabalgata de la SUPER derecha española, dejando detrás y arrinconado al inolvidable notario Blas Piñar. Hoy he dedicado mi tiempo en ver en el ordenador la segunda parte del debate de investidura. Ciertamente, lo ha dejado atrás. Lo que no sé es  por qué VOX se fijó el mes pasado en el traslado a Cartagena del famoso oro del Banco de España, como si se hubiera tratado de un latrocinio ya no del Gobierno de la para él execrable República sino del PSOE.  Es posible que aprendieran del general Franco. Aquí me limitaré a exponer unas cuantas de las muy numerosas declaraciones del invicto Caudillo a lo largo de la guerra civil y de la postguerra.

SEJE hizo del “oro de Moscú” un arma muy poderosa en términos de propaganda y de lavado de cerebros para explicar unas cuantas ideas primarias: la más importante fue que los republicanos fueron unos ladrones; la segunda, que el “robo” del oro había privado a su España  de los recursos que necesitaba para promover el desarrollo económico de “su” país; la tercera, que, a pesar de todos los obstáculos que los malvados socialistas y comunistas habían interpuesto, él había derrotado tan ignominiosos propósitos con la fuerza de su acrisolada voluntad. Ergo, los españoles todos, pero en particular la derecha, deberían estarle eternamente agradecidos. (En este breve resumen confío no traicionar su pensamiento). Para ello dejó por el camino algunas perlas que brindo a los amables lectores, pero también a los genios publicísticos que idearon la campaña de VOX para que, si pueden, la completen y continúen repercutiéndola. Aniversarios no faltarán.

Franco empezó su matraca ya durante la guerra. Así, por ejemplo, en junio de 1937 proclamó:

“Al ver que aquí, en el solar de origen, se destruía todo lo que fundaron con esfuerzo nuestros mayores y con la material destrucción de las ciudades la ley civil quedaba hollada por los suelos, y todo era desorden y anarquía, el ejército español, sacando heroicos arrestos, desnudó su espada, y ya antes de que concluya esta guerra, al apurar las últimas etapas del triunfo, hemos plantado el árbol de la justicia para el pueblo; para un pueblo que, pese a las costosas necesidades bélicas, sin el oro robado y dilapidado por el enemigo, tiene abundancia de pan y exactitud de justicia, porque el Estado en armas vela por él”

No cabe duda de que la tortuosa dicción es del propio general. Que el pan abundara en la zona franquista no era de extrañar, dado que desde el primer momento las grandes extensiones cerealícolas habian caído bajo el yugo de los sublevados, que inmediatamente hicieron sentir su mortal abrazo sobre una población cautiva. Obsérvese la referencia al pan y a la justicia, uno de los lemas de la inolvidable Falange prostrada ante Franco. Era muy oportuna ya que el discursito que la contiene estuvo dirigido a las huestes falangistas en Argentina.

En unas declaraciones del mes siguiente al enviado especial de United Press, Franco le contó su versión favorita de la fábula de la lechera:

“ Lo mismo desde el punto de vista económico que desde el militar, España se basta a sí misma para continuar la guerra con sus recursos (…) Los billetes nuevos se hallan garantizados por el oro recogido por suscripción, que cada día se amontona en las cajas de los bancos (….) y por el oro rojo que, a no dudarlo, será repatriado en breve”.

¿Ayuda nazi? ¿Ayuda fascista? ¿Ayuda de bancos y empresas anglo-norteamericanos? Rien de rien. He subrayado lo de la repatriación, dado que se convertiría en una de las fábulas de la dictadura.  Franco estaba perfectamente enterado de que el oro se había exportado al extranjero pero ya, en 1937, daba entender que los receptores, amablemente, se lo devolverían. Así fue pero se refería a otro oro: al remanente de un depósito hecho en 1931 por Indalecio Prieto en la sucursal del Banco de Francia en Mont-de-Marsan. Y ahora ha llegado VOX y ultrajado su recuerdo.

Eso sí, de puertas adentro, el mismo mes de julio, el invicto Caudillo declaró al siempre servicial ABC sevillano:

“Contamos con la propaganda de los representantes diplomáticos que han sido en Madrid testigos de los crímenes y atrocidades realizados por los que muchos llaman todavía gubernamentales. Lo malo es que nos conocen los gobiernos, pero no los países, porque los rojos han derramado a manos llenas el oro robado al Estado y a los particulares para hacer por toda Europa una intensa propaganda de infamias y calumnias contra nosotros”.

Claro, ¡cómo no! Mientras tanto la pobre España eterna, la suya, lampaba en la opinión pública extranjera. Ahora bien, si el oro se había derramado en propaganda a raudales, ¿de quién iba a recuperarse la calderilla?

Veamos ahora unas declaraciones de SEJE al corresponsal del incomensurable The Times londinense (en la época de su comprensión de las dictaduras fascistas) en junio de 1938:

“Los asaltos a los bancos, la violación oficial de las cajas fuertes, la incautación y el envío al extranjero del oro que encontraron en toda la nación, realizado todo ello contra la Constitución, las leyes del Estado y el Derecho natural, caracterizan la personalidad de los (…) rojos”

Aquí Franco se erigía en exigente defensor de la Constitución (¿de 1931?) -la anterior estaba ya un poco trasnochada) y de las leyes del Estado que él mismo y sus mesnadas estaban arrasando. Además de un derecho natural del que se constituyó en intrépido exégeta. Ahora bien, si el oro se había enviado al extranjero ¿cómo se recuperaría? Con una pequeña sonrisa en los labios, hemos de reconocer que alguno de tales desvaríos figura en el tipo de “información” cara a VOX.

Podría pensarse que lo que antecede era propaganda de guerra. Demos, pues, un salto de tigre hasta 1944. Ante el Consejo Nacional del Movimiento exclamó, entre amiguetes,

“La verdad española (sic) tiene que abrirse paso a duras penas entre la serie de calumnias e insidias desencadenadas por los rojos expatriados con el propio oro español robado de los depósitos del Estado y de los tesoros de la Iglesia y de los particulares. No en vano constituían la escoria de la nación y como tal tenían que comportarse”.

Encarezco a los amables lectores la expresión en negritas y en itálicas. Es la mejor definición que he encontrado hecha por Franco de sus vencidos enemigos, los malos, los malvados republicanos que merecían su desprecio más absoluto y la sangrienta represión que había emprendido contra los que no habían escapar a sus amantes garras.

¿Qué dijo SEJE en el discurso inaugural de la segunda etapa de sus sumisas Cortes, el 14 de mayo de 1946? Perlas inmortales de las que VOX podría extraer mucho provecho:

“Y el desgobierno de tantos años nos presentaba los problemas con caracteres de catástrofe. El despojo del oro y de las riquezas españolas por aquellos malvados que, tras saquear nuestras arcas, traicionaron a sus huestes, agravó la situación, disminuyendo las posibilidades adquisitivas de nuestra nación”.

Obsérvese el dardo mortal. Se habían escapado del alcance de su vengadora espada pero hay que suponer que Casado y Besteiro merecerían su elogio, aunque el primero se había dado el piro, por si las moscas. (El segundo había fallecido en la cárcel de Carmona).

El 19 de marzo de 1957 hizo unas declaraciones al corresponsal de The New York Times. Fueron palabras mayores.

“La situación que heredamos de una balanza de comercio exterior desfavorable, unida al despojo de nuestras reservas de oro transportadas a Rusia y a México, privó a España de los medios naturales de respaldar su moneda en el exterior, teniendo desde entonces que realizar sus compras en los mercados exteriores con divisas extranjeras”.

Estas declaraciones son muy importantes porque se produjeron en el año 1957. Veremos en el próximo post que se contradecían con la propaganda que, simultáneamente, declaraba que España estaba en condiciones de solicitar de Rusia la devolución del oro del Banco de España.  Quizá porque gracias a la divina providencia, el corazoncito de Don Juan Negrín se había ablandado de tal suerte que su hijo -debidamente engatusado-  había creído cumplir con una de sus últimas voluntades. Por ello había devuelto al Estado español el original del acta de constitución del depósito de oro en Moscú veinte años antes.

Por lo demás, después de otro tanto tiempo de estar en el machito, el victorioso e invencible general todavía no se había enterado de cómo había ido sorteando el comercio exterior español las consecuencias de la depresión económica internacional en los años republicanos (lo que no es de extrañar, ya que una parte de su tiempo se había dedicado a otras cosas) y después continuó haciéndolo en los años de la guerra mundial y posteriores. El había discutido mucho, según dijo, “con el glorioso Calvo Sotelo”, muy “influído por el mito del oro”, pero Franco creía que “la nación más rica [no es] la que más oro posea. La riqueza y la independencia de una nación dependen de las materias primas con que cuenta” (en declaraciones al “pelota” máximo de la época, Manuel Aznar, el 31 de diciembre de 1938). Por eso había permanecido impasible ante una política económica agresiva del Tercer Reich que desviaba materias primas  y alimentos desde una España hambrienta hacia una Alemania que armada hasta los dientes y dispuesta a salvar la civilización occidental (los judíos no formaban parte de ella) de la amenaza existencial que representaban los lobos de la estepa allá por tierras del Este europeo.

De tener en cuenta alguna de estas declaraciones (hay muchas más) los seudohistoriadores de VOX podrían esgrimir “argumentos” algo más sofisticados, y respaldados con mayor autoridad, que las lindezas que propagaron en el aniversario del comienzo del traslado del oro del Banco de España hacia los depósitos en los polvorines de La Algameca en el puerto de Cartagena.

En el próximo post veremos algo de lo que Franco no decía al público y de lo que VOX podría, quizá, aprender mucho más.

(continuará)  

El Oro de Moscú: respondiendo a Vox (II)

20 octubre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace unas semanas escribí, reteniéndome la risa, un post sobre la interpretación de VOX  sobre la evacuación el famoso “oro de Moscú”. Luego fui al hashtag #orodemoscú donde se encuentran auténticas maravillas de mala uva, mala milk y mala interpretación. Reproducidas por muchas personas. Alguna miles de veces. Es evidente que servidor no puede ni quiere oponer sino una pequeña puntualización histórica a una horterada que mezcla burradas y hechos innegables. No es negable, por ejemplo, que el Gobierno de Largo Caballero en octubre de 1936 enviase casi tres cuartas partes de las reservas de oro del Banco de España a Moscú. Es un hecho tan cierto como que los mendaces autores voxistas terminarán donde todos lo hacemos: en el cementerio. Pero mientras llega ese momento pueden hacer mucho daño a la conciencia histórica y política de los españoles con sus camelos trumpianos o, si prefieren que no los ligue con tal adalid del universo universal, me contentaré con dejarlos en abyectos.  

Sin embargo, nadie podría decir que los camelistas de VOX son equívocos en su mensaje. Ruego a los lectores que hagan una pequeña operación aritmética para calibrar la significación de la cifra de 141 años que figura en su tuit. Es el resultado que se obtiene tras restarla al año actual, 2020: 1.879. Sin duda los autores estiman en alto grado el coeficiente intelectual de sus lectores (aunque tal vez con reservas, como veremos seguidamente).

Si apelamos a Mr. Google en busca de socorro y ponemos en el “busca” 1879 + PSOE nos lleva a la página correspondiente de Wikipedia. Como es sabido no es siempre una fuente fiable sobre todo en temas históricos y políticos pero en este caso no falla: nos informa que fue en tal año cuando se fundó dicho partido en una pequeña taberna llamada Casa Labra que estaba (no sé si con la pandemia sigue en la misma dirección o ha cerrado sus puertas) en una calle pegada a la Puerta del Sol madrileña.

Es decir, para los lectores lo que el tuit transmite es la idea que, desde su misma fundación, el PSOE se dedicó con fruición a robar. ¿A quién?:  ¿Al Estado?, ¿Al Gobierno?, ¿Al Ayuntamiento?, ¿a las empresas municipales?, ¿a las cajas de ahorro?, ¿a las tiendas de empeño?. ¿En el Rastro? No se especifica: simplemente afirma con envidiable rotundidad pero paradójicamente con escasa concreción:  “a lo público”.

Personalmente desafío a los grandes “historiadores” (entre comillas) que sin duda han  cavilado durante largas horas para lanzar este tipo de campañas (el hashtag da para mucho recorrido) a que den ejemplos, referencias, autores serios que la avalen. En primer lugar hay que tener en cuenta que las concomitancias del PSOE con lo “público” empiezan realmente en 1931, el año fundacional de una República a la que rápidamente empezaron a combatir los monárquicos, muchos conservadores, los beatos, los carlistas, los prefalangistas y falangistas con sus habituales armas, es decir, con la subversión, el engaño, la mentira, una propaganda anticipo de la actual y una conspiración apoyada ¡oh, cielos!, por la Italia fascista. En segundo lugar no conviene olvidar que durante ese período el PSOE estuvo en el gobierno únicamente desde la etapa del provisional (abril de 1931) hasta las elecciones de septiembre de 1933. ¿Podrían demostrar con evidencia primaria relevante de época los “gentlemen” de VOX que Largo Caballero, Prieto y De los Ríos metieron la mano en los caudales públicos? De lograrlo harían un gran favor a la historiografía. ¿Lo hicieron tal vez en lo que algunos dieron en llamar la “primavera trágica”, de febrero a julio de 1936? El PSOE no estuvo en el Gobierno. No llegó a él hasta septiembre del mismo año y, esto sí es cierto, no lo abandonó hasta el final de la guerra civil. ¿Podrían los historiadores de VOX demostrar cuándo los ministros socialistas se enriquecieron durante el conflicto?

Claro que entonces cabría pedir a tan ilustres tejedores de leyendas que tuvieran la amabilidad de explicar a los españoles que no vivimos aquellas circunstancias tan dramáticas cuál fue el comportamiento financiero, y cómo lo calificarían, que NO exhibió públicamente el héroe inmarcesible, la figura estelar, el superhombre que salvó a la PATRIA de los demonios del comunismo, del socialismo, del anarquismo, del liberalismo, de la masonería, de los rosacruces, de los ateos, de los librepensadores y otros productos del averno. Me refiero, claro está, a Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE), generalísimo de los Ejércitos, jefe del gobierno y, por añadidura, del partido único de longitud kilométrica que duró hasta poco después de la muerte de tan excelso y exaltado lider. Al fin y al cabo es posible demostrar con papeles que guarda celosamente la Fundación Nacional que lleva su nombre que mientras sus soldados morían en los frentes y se desangraban en los hospitales de la retaguardia él se había ocupado de conseguir una meta tan histórica como la de ganar la guerra: la de forrrse el riñón. Es más,  continuó después como demuestran papelines conservados en el Archivo de Palacio en plan de importador (no inscrito en el registro de comerciantes) de un producto como el café, casi inencontrable para el ¿99 por ciento? de los españoles de la época.

También tendrían que demostrar tales agitadores no de medio pelo sino de abundante tupé que que antes de la denostada Segunda República los gobiernos de la Monarquía (incluída su fase dictatorial primorriverista) habrían sido un dechado de virtudes y que no existió corrupción económica y financiera entre las filas de los esclarecidos gobernantes que España padeció durante tanto tiempo. Dado que la historiografía más solvente lo presenta como un tiempo en que tal fenómeno hizo estragos supongo que lo tendrán difícil.  

Volvamos al hashtag. Desde que el profesor Enrique Fuentes Quintana (qepd), a la sazón director del Instituto Fiscales del Ministerio de Hacienda y posterior vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía, me pidió en 1974 que explorase el temita del “oro de Moscú” me puse a la tarea. No creo que ninguno de los historiadores voxistas (si los hay, que den un paso al frente) se hayan dejado muchas pestañas consultando la documentación del archivo (hoy) del Banco de España, pero entonces también del Centro Oficial de Contratación de Moneda, del Instituto Español de Moneda Extranjera, del Ministerio de Hacienda y de algunos otros repositorios, públicos y privados, incluso en el extranjero para desentrañar lo que pasó con el dichoso oro.

Es muy simple. Se utilizó para pagar armas soviéticas con las cuales defenderse de una rebelión apoyada por personajes tan recomendables como Hitler y Mussolini e, indirectamente, por las democracias occidentales (Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Suecia, Suiza, Bélgica, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, etc.) que le negaron en coro el derecho a su legítima defensa a través de dos mecanismos:

  • Con el cortocircuito de la Sociedad de Naciones, única organización con capacidad para sancionar a los agresores contra uno de sus miembros
  • El Comité de No Intervención, sin carta ni tratado fundacional alguno y establecido para más inri en Londres, cerca de unos cuantos esforzados enterradores bien entrenados en China o Etiopía.

Ahora bien, con armas solo no era posible resistir. No sirven para comer ni para producir (excepto muertes, heridos y destrucciones). Hubo que financiar todo el esfuerzo de la economía no bélica. Es decir, pagar las importaciones de bienes de todo tipo (desde materias primas, productos semi y manufacturados, energéticos, alimenticios) y también el sector bélico del aparato productivo. Tales importaciones también  había que pagarlas. ¿Con qué? Con las divisas obtenidas por la venta del oro a la URSS. Este arreglo de concepción tan simple lo he ido desmenuzando en media docena de libros, concretando más cada vez, aunque todavía no he terminado. 

¿Y qué hizo Franco? Algo mucho más simple: endeudarse. Es decir, endeudarse hasta las cejas con Juan March, las potencias fascistas y otros suministradores occidentales. Los más importantes de entre estos últimos incluso pensaron que tras ganar la guerra, el Caudillo acudiría a ellos y a la sacrosanta City. ¡Error! ¡Error gravísimo! Franco, lógicamente, prefirió tornarse hacia sus aliados, hacia quienes le habían ayudado a ganar su guerra: es decir, a las potencias fascistas. Y no pagó su deuda del todo a quien más le apoyó: la Alemania hitleriana,. Lamentablemente, gracias al mayor genio militar de todos los tiempos (Hitler: Gröfaz, para los entendidos) el Tercer Reich fue perdiendo poco a poco su guerra mientras sus conciudadanos desparramaban su sangre a chorros (¡por das Vaterland!) y los más listos se dedicaban a masacrar judíos, resistentes y a todo el que se ponía por delante. Así que, a partir de cierto momento, el inefable y supervictorioso Caudillo, gran estratega, envió a su camarada de lucha anticomunista un sentido ¡auf Widersehen! Supongo que el Señor, en su infinita sabiduría, sabrá qué hacer con la memoria de ambos. El pueblo alemán ha ajustado cuentas con su exFührer. El español, todavía no con el suyo.

¿Quedan cosas por descubrir sobre “El oro de Moscú”? La respuesta es afirmativa pero son relativamente menores. ¿Han hecho, por ventura, algo al respecto los sin duda reputados, pero ampliamente desconocidos, historiadores de tan excelsos y patrióticos partidos como los que se han compinchado recientemente en el Excmo. Ayto de Madrid? La respuesta es no.  

Otros historiadores no han estado de acuerdo siempre con todas mis afirmaciones. Lo normal. Escribir historia es un tejer y destejer continuos. Pero algunos contribuimos a alumbrar el pasado y otros, en este caso el PP, C´s y VOX, lo dificultan todo lo que pueden. En lo que a mí respecta no me parece aceptable dejar pasar afirmaciones “trumpianas” ya que, al menos todavía, no “gozamos” de las bendiciones de un esclarido Trump español.

Pero es que, además, VOX o sus consejeros en materia de historia ignoran hasta lo que les favorece. ¿Por qué no publican, por ejemplo, un extracto con comentarios de algunos de los pronunciamientos magistrales, más o menos solemnes, de SEJE sobre “el oro de Moscú”? Enseñarían algo a sus votantes de la actualidad. Claro que hay un peligro: que pudiesen comprobar cómo el nuevo partido realmente no tiene demasiada imaginación en comparación con el invicto e inolvidable Caudillo.  Daré algún ejemplo en el próximo post y así todos tendremos oportunidad de seguir riendo. Es lo mejor que cabe hacer en tiempos de pandemia.

Respondiendo a Vox sobre el mito del «Oro de Moscú»

29 septiembre, 2020 at 10:33 am

ÁNGEL VIÑAS

Este post interrumpe la serie que había comenzado a principios de este mes con la reanudación del curso académico y escolar, pero ya anuncié en el anterior que lo haría.

El 14 de septiembre de 1936 dio comienzo la evacuación de las reservas de oro y plata así como de billetes de curso legal de las cámaras acorazadas del Banco de España para su traslado a los polvorines de La Algameca en el puerto de Cartagena. De aquí la mayor parte del metal amarillo se transportó un mes más tarde en cuatro mercantes soviéticos a Odesa. Es la base del mítico “oro de Moscú”, una de las excusas, si no la más importante, que blandió la dictadura franquista para “explicar” la desastrosa situación de la que no salió la economía española durante los años cuarenta (añadió la segunda guerra mundial y, para colmo, el no menos mitificado “cerco internacional”).También sirvió para arrojar al más tenebroso pozo de la historia al régimen republicano y a sus dirigentes, primero y ante todo, a los comunistas y  socialistas. De los primeros ya no se habla mucho. De los segundos no se cesa.

En este año de desgracia pandémica VOX ha encontrado, por consiguiente, al principal “culpable”. Véase el twit que ha enviado a este blog un amable lector:

Si en el lapso de un día o dos ese twit se reprodujo 153.000 veces servidor no aspira a que unos cuantos posts que se ríe a carcajadas tengan tamaña difusión. Diré, en principio, que aducir que  milicianos socialistas, en plan de gánsteres armados de ametralladoras Thomson, hicieran un atraco al venerable establecimiento de la plaza de la Cibeles madrileña es un poco exagerado. Que se llevaran “más de 500 toneladas” no lo es menos.

También diré que, salvo por VOX y su aparato mediático, pocas son las voces que se han levantado para recordar y maldecir tal supuesta efemérides del 14 de septiembre. A mí ni se me había ocurrido pensar en la fecha, pero no puedo permanecer en silencio (“quien calla otorga”) ante la desfachatez de ese partido y de cierta prensa que se ha hecho eco de sus estupideces.

La realidad es muy diferente del supuesto “latrocinio”. La evacuación del oro respondió a una necesidad perentoria. Después de la caída de Irún y de Talavera de la Reina las tropas sublevadas habían conseguido dos cosas: la primera, cerrar la frontera con Francia; la segunda, acercarse peligrosamente a Madrid. Esto había ocurrido en poco más de mes y medio desde que estalló la planeada revuelta contra la República con, ¿debemos subrayarlo una vez más?, la ayuda de dos reconocidos  supergánsteres internacionales como fueron Mussolini (que ya venía ayudando a los conspiradores desde 1932) y de Hitler (que se decidió a la semana de producido el golpe).

La idea de poner a salvo las reservas había aflorado en el mes de agosto con los anarcosindicalistas como principales proponentes. Sus proyectos los rechazó el Gobierno Giral y la CNT/FAI no se atrevió, lógicamente, a hacerlo por su cuenta y riesgo.

Los historiadores de VOX no han dicho nada, que se sepa, acerca del “oro de París”. Tampoco lo dijo la dictadura que probablemente desean blanquear. Pero el hecho, que descubrió servidor en 1974/75 y publicó al año siguiente (el libro fue inmediatamente secuestrado), es que a los pocos días del golpe, el 21 de julio, el Gobierno Giral empezó a preparar la expedición y venta al Banco de Francia de pequeñas cantidades de oro para obtener divisas papel (francos, libras esterlinas, dólares norteamericanos). Se necesitaban para adquirir armamento en el extranjero. (Los sublevados no tuvieron problemas: fascistas y nazis, cogiditos de la mano, suministraron a crédito y los primeros aviones italianos contratados el 1º de julio de 1936 los pagó Juan March, siempre generoso).

Tampoco se les ha ocurrido a los propagandistas de VOX decir una palabra que los sublevados se enteraron inmediatamente de lo que pasaba con el mítico ORO. Hasta el despreciable general Cabanellas, jefecillo de la autodeclarada Junta de Defensa Nacional, puso el grito primero en el cielo escribiendo al gobernador del Banco central del país vecino el 3 de agosto oponiéndose de manera insolente a todas las operaciones que ordenara el Gobierno español (la JDN se consideraba ya como tal, aupada en hombros por el fervor popular, pero también por las bayonetas y un terror ciego). El 8 escribió también al ministro de Asuntos Exteriores francés (Yvan Delbos, antirepublicano de pro) y más tarde a través de la prensa francesa y por último ante el Banco de Pagos Internacionales de Basilea.

Para encontrar las cartas hay que leer, al menos, algún libro, pero si van al portal del BOE (que seguro conocen) y buscan en la serie histórica los boletines de la JDN el decreto de la misma de 14 de agosto comprobarán que los sublevados estaban bien enterados de lo que pasaba. Se declaró como “delito de traición el cometido con las exportaciones de oro del Banco de España”. Luego hubo otro del 25 que, prepotentemente, declaraba nulas las operaciones resultantes. A finales de setiembre, conocida ya la salida de Madrid, Cabanellas tuvo el tupé de apelar nada menos que a la Sociedad de Naciones. Al gobierno republicano (regalo esta perla a VOX para su futura propaganda) lo calificaba el general de la blanca barca como “el Soviet de Madrid” y cabeza de una “banda internacional”. ¿No es bonito? El lector ve que no es necesario acudir, de entrada, a Franco.

Naturalmente, ni en agosto ni en septiembre de 1936 ningún país civilizado, ayudara a la República o no, iba a considerar “legítima” a una banda de salteadores de uniforme que se arrogaban hablar en nombre del pueblo español, además de representantes de la Nación. Fascistas, nazis y salazaristas terminarían haciéndolo, pero todavía habría de pasar algún tiempo. No se les adelantaron ni siguieron muchos: solo un par de pequeñas repúblicas centroamericanas dirigidas, ¡cómo no!, por militares.

Pregunta a VOX: si los milicianos socialistas arramplaron con el 72 por ciento de las reservas metálicas del Banco de España, ¿adónde fue el 28 por ciento restante? ¿Lo rescató acaso el “Caudillo” a lo largo de sus cuarenta años de “magistratura”? ¿Se volatilizó en una atmósfera corrosiva que deshacía el metal amarillo como si fuera un disolvente venusiano? Misterio.

Pues no. No ocurrió nada de eso. Fue siempre una moda de los historiadores franquistas confundir al personal (quiero decir a sus lectores) la no recuperación del oro vendido al Banco de Francia con el oro remanente que quedó en el país vecino, a consecuencia de la devaluación del franco, del depósito que en sucursal del Banco emisor francés en Mont-de-Marsan la República hizo en 1931. Ese remanente pertenecía a España pero los tribunales franceses, siempre respetuosos con el honor de Marianne, hicieron todo lo posible por no retornarlo a los republicanos hasta que, ¡oh, milagro!, se reconoció a Franco en febrero de 1939 y poco más tarde se devolvió a este. Confundir churras con merinas es un artilugio muy querido de ciertos historiadores pero el oro de Mont-de-Marsan nunca fue el “oro de París”.

La salida del oro de Madrid fue una medida de prudencia. También salió de la capital el Gobierno republicano a principios de noviembre (algunos hablaron en la época de huida). Sin oro, no era posible mantener la resistencia. España apenas tenía divisas. Había acumulado oro amonedado (no como algunos autores norteamericanos o franceses dicen del tiempo de los aztecas) y sobre todo en lingotes y es cierto que, en términos de reservas metálicas, las españolas eran las cuartas del mundo (después de USA, Francia y Reino Unido, aunque excluyendo de la comparación las soviéticas). Así que el dilema era evidente (aunque tal vez no haya calado en los dirigentes de VOX): si caían en poder de los sublevados, adiós, bye-bye, a toda posibilidad de resistencia; si no caían, pero Madrid quedaba aislada o con comunicaciones cortadas, ¿cómo iban a utilizarse desde la Plaza de la Cibeles? Es muy verosímil que, de haber permanecido en la capital, Franco hubiese mostrado algo más de interés por tomarla a sangre fuego y no se hubiese demorado.

¿No saben los historiadores de dentro de VOX, si es que hay alguno, lo que hicieron varios países de cara al posterior conflicto europeo? Recordémoslo a ellos y también a los lectores. Por ejemplo, los franceses, que se suponía disponían del mejor ejército de la época (no era el caso del español),  empezaron en noviembre de 1939 (a los dos meses de estallar el conflicto) a enviar oro a Nueva York, Fort-de-France (capital de La Martinique) y Kayes (en la colonia que hoy es Mali). Los belgas enviaron las suyas a Francia (y cayeron en poder de los alemanes, ¡quelle douleur!, por lo cual les fueron restituidas después de la guerra gracias al oro depositado en Nueva York). Los expertos mencionarán otros ejemplos. Hay para toda una panoplia de gustos.

En definitiva, el Gobierno republicano fue prudente. Tuvo la autorización del presidente de la República merced a un decreto reservado (de la víspera) del presidente Azaña. En esto también se seguían precedentes. Las ventas de oro se legalizaron a posteriori, pero con la vista puesta en otras siguientes, por otro decreto de igual característica del 30 de agosto, es decir, bajo el Gobierno Giral. “En evitación de posibles alarmas en el interior y recelos en el exterior, interesa quede en suspenso su publicación hasta que el Gobierno lo considere oportuno”. Normal.

¿Piensan los propagandistas a sueldo de VOX que tales operaciones deberían haberse voceado por los mercadillos y pasado por las Cortes? Si es así serían un tanto ignorantes. Incluso el tan amado Caudillo se parapetó detrás de un artilugio fenomenal, su voluntad fue ley, trasunto aprovechado del Führerprinzip nazi para, entre otros resplandecientes actos, hacer legal sus apropiaciones de dineros que no le pertenecían ¿Han dicho algo al respecto? No me consta. Lo cual es sorprendente porque tal principio duró tanto como él en vida.

A mitad de septiembre las milicias socialistas (más comunistas, anarquistas, republicanas, etc) se dedicaban preferentemente a luchar como podían para contener a los sublevados. ¿Iban a hacerse cargo del traslado? En realidad todo apunta a que los del PSOE estuvieron en lugar secundario. El acondicionamiento de las cajas necesarias para el traslado se hizo por cuenta del Gobierno y con la vigilancia de números de los Carabineros (que dependían del Ministerio de Hacienda y se habían mostrado leales) mientras se entregaban a la labor los empleados correspondientes y, en particular, los miembros del sindicato de Banca y Bolsa. Hay varios testimonios al respecto. ¿No los conocen los expertos de VOX?

Finalmente, ¿qué tiene que ver esto con la “memoria histórica”? Nada. Lo que hay es historia. Documentada. Analizada. Expuesta al público (con toda modestia por un servidor en repetidas ocasiones pero ya desde 1976). Y sobre los 140 años de historia, en lo que se refiere a latrocinios, encomiendo encarecidamente a los panfletarios voxistas que empiecen a refutar, documentalmente, la extensa experiencia de depredación de las élites españolas durante la Restauración y la dictadura primorriverista, como ha efectuado hace pocos meses Paul Preston en su último libro.

Mientras  los trileros de VOX recargan pilas invito a los lectores que tengan la amabilidad de echar un vistazo a una antología de los ilustrados comentarios de quienes se han dejado embaucar por tan significado partido.

Aquí va una muestra:

https://twitter.com/hashtag/OroDeMosc%C3%BA?src=hashtag_click

(continuará)