LA REFLEXION DE UN FILÓSOFO SOBRE FRANCO (I)

27 septiembre, 2022 at 9:42 am

ÁNGEL VIÑAS

Soy el primero en señalar que los historiadores de archivo (o equivalentes) nos pasamos la vida buscando evidencias que nos permitan esclarecer facetas del pasado y de las acciones de los hombres y mujeres en él.  La noble aspiración de muchos es poder llegar a demostrar algo que otros no hayan escrito. Reconozco haber caído en tal pecado, que algunos calificarán de soberbia, y entono el oportuno acto de contrición.

Sé, quizá demasiado bien, que no todo está en los papeles u otras evidencias. Ni siquiera en lo que se refiere a Franco, objeto en los últimos años de mi atención antes, en e inmediatamente después de la guerra civil.

Que todos sus papeles no se conocen, es la evidencia misma. Al igual que se destruyeron (gracias a los buenos oficios de ciertos ministros de la epoca y otros gerifaltes falangistas o franco-falangistas) millares y millares de documentos sobre la represión, los de SEJE no abundan, fuera de los archivos habituales. (Ahora, han aparecido muchos nuevos en el Pazo de Meiras, sobre los que sus honorables descendientes no habían dicho ni pio). Un historiador empírico se mesa, naturalmente, los cabellos y soy de quien se pone en primera línea de los entristecidos y de los que tanto lo lamentan.  

Hay, obviamente, otra manera de escribir sobre el pasado que es más simple, más directa y, sobre todo, muchísimo más cómoda. Basarse, por ejemplo, en una mas o menos cuidada selección de lo escrito sobre Franco y aplicar otra forma de ver, de mirar, de comprender (parte de) lo publicado. Los resultados son más rápidos, tan pronto como se identifique esa nueva perspectiva. Escribo esto con todo respeto.

El pasado curso academico se publicó una reflexión sobre Franco y el franquismo. El autor es el profesor José Luis Villacañas, catedrático de Filosofía en la UCM. La publicidad con que se rodeo la obra hizo hincapié en que habría que considerarla como novedosa y el autor, es de imaginar, esencial. El título es ciertamente prometedor y a servidor le llamó la atención por lo que me pareció ser una cierta contradicción en su título: LA REVOLUCIÓN PASIVA DE FRANCO.  

Normalmente, el término revolución no se asocia con pasividad. Si acudimos al DRAE veremos que entre sus acepciones figuran las siguientes: 2. Cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional; 3. Levantamiento o sublevación popular; 4. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

Común a tales acepciones son las notas de rapidez, profundidad y acción. La pasividad brilla en todas ellas por su ausencia. Reconozco, evidentemente, que el DRAE, al que acudo siempre que puedo, no es autoridad suprema en materia histórica, salvo del lenguaje, pero tampoco es en modo alguno desdeñable.

Curioso, compré el libro y el pasado verano me he entretenido en leerlo. No puedo decir que de una tirada y que no descansara hasta haberlo terminado. Tampoco que me fascinase. Es, en parte, una reflexión biográfica del personaje; un intento de penetrar en los entresijos de su pensamiento y un análisis de la evolución del sistema político que engendró y que perduró hasta su muerte.

Dificulta la lectura el que, quizá por exigencias de tiempo, carezca de un índice bibliográfico e incluso de nombres. Esto me parece el colmo. Pensar en que hubiera debido considerarse un índice analítico o de conceptos es, en tales condiciones, utópico.

Ciertamente admito que, a veces, por exigencias del calendario de publicaciones de la editorial no dé tiempo a introducir este último, que es el más útil, creo, para el eventual lector. Que tampoco se hayan incorporado los dos primeros es muy de lamentar. Sobre todo, el bibliográfico. No cuesta más de un par de horas y no tiene por qué dedicárselas el autor. Cualquier lector/revisor de la editorial puede hacerlo. HarperCollins es un sello respetable y el libro no se publicó en un período en el que tenía que competir con una multiplicidad de títulos. Salió a mitad de febrero del corriente año.

Los lectores espero que no me consideren tiquismiquis si traigo a colación la banalidad que sobre el “Caudillo” y su obra se han escrito algunos centenares de libros. Del más diverso tipo y con los más encontrados resultados. A favor (en España de forma casi exclusiva hasta, digamos, 1975). En contra, hasta entonces sobre todo en el extranjero (aunque también hubo obras a favor, en general de periodistas -muchos de ellos tramposos). Luego las tornas cambiaron: los autores españoles tomamos la iniciativa y, en mi modesta opinión, creo que no la hemos dejado. Los últimos ejemplos que conozco son los de Matilde Eiroa (ya comentado en este blog) y el recientisimo de Javier Rodrigo (que en pocos días estará en las librerías)

La obra que ahora abordo no pretende ser una biografía en sentido estricto. Sí pretende aportar una “nueva” concepción de la personalidad y obra del   inolvidable “Caudillo”. Aquí está su interés y, para mí, una profunda decepción.

El profesor Villacañas (a quien no tengo el gusto de conocer) aspira a decir algo que no se ha dicho o escrito sobre la figura de Franco. Lo hace de una forma, digamos, un tanto peculiar: conjuga las tesis y escritos de dos autores completamente dispares. e italianos. Está en su derecho, pero no aporta ningún documento ni de la pluma de Franco ni de su paso por la historia que no sea conocido. Se basa en una selección de autores que lo trataron de cerca (en particular su primo hermano) y en un cuidado repertorio de ministros o políticos que han escrito sobre él en memorias y relatos muy heterogéneos, pero en general laudatorios.

Con estos más que limitados, si no limitadísimos, materiales acude para comprender mejor la figura más señera de la historia de España en el siglo XX a nada menos que a Nicolás Maquiavelo en algunas de sus obras. Una es, naturalmente, El príncipe. Otra, de la que confieso no había jamás oído hablar, es la biografía de un condotiero del siglo XIV llamado   Castruccio Castracani. Para explicar al lector de nuestros días la carrera y virtudes del Franco militar parece ser que es la más importante. Utiliza, además, no traducciones. Acude, como es debido, a los textos originales.

Los lectores que no los tengan en casa pueden descargarlos en https://www.academia.edu/25630010/El_Principe_Maquiavelo_Ensayo_     y en  https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/2/609/11.pdf, respectivamente.

El procedimiento puede parecer muy interesante, pero es absolutamente erróneo. De haber pensado como historiador y no como filósofo político tendría que haber demostrado que Franco, un militar con resultados mediocres en la Academia de Infantería de Toledo, habría estado leyendo al menos la primera obra  (la más conocida) a lo largo de sus años de aprendizaje militar en África (de la segunda no hablemos porque no hay  -o el profesor Villacañas no la ha aportado- la mas minima referencia de que Franco hubiese conocido de su existencia).

 Es un lugar común afirmar que Napoleón Bonaparte leía El Príncipe. Es posible que de ello sacara altísimo provecho. Al autor del nuevo libro habría que pedirle que lo hubiese demostrado en el caso de Franco. De ello, sin embargo, rien de rien.

No olvido, al contrario, que algunos de los biógrafos, y mas aun los hagiógrafos, de Franco  han afirmado que el futuro “Caudillo”, a medida que se hacía mayorcito y aprendía a manejar las armas en las casi decimonónicas campañas de Marruecos, y luego mientras meditaba sobre la agitación social de la época en Oviedo, y después, ya general, como director de la Academia de Zaragoza, y, sobre todo, en los años de paz de la República leyó mucho: por ejemplo, obras de historia, de filosofía, de derecho, de economia; incluso alguna que otra de gramática para perfeccionar su estilo. O tal vez que  discutió con el genio hacendístico por excelencia que es como solia presentarse a Don José Calvo Sotelo.

¡Ay!, por desgracia nadie ha aportado la menor prueba de lo que antecede. Tampoco el autor del extraño libro que comento. No podría afirmarse lo mismo de sus congéneres entre los dictadores europeos del siglo XX: la biblioteca de Stalin se conserva y con muchas de las obras anotadas o con marcas de lectura; también se ha escrito sobre lo que queda de la biblioteca de Hitler (de educación incluso más limitada que la de Franco). De Mussolini se conoce su gusto por el pensamiento político y la filosofía y desde luego escribió la tira (aunque también le escribieron, como es lógico). De Salazar, catedrático de Universidad, no hablemos.

Es decir, me parece que el autor de este nuevo libro sigue un procedimiento profundamente ahistórico. Impone, para comprender el comportamiento de Franco, una metodología basada en el análisis de dos obras para “demostrar” una tesis absurda. La que, tácitamente, el glorioso “Caudillo” obró como si las hubiese leído cuando una de ellas era probablemente desconocida para los militares españoles de principios del siglo XX (ya que no de los siempre admirables eruditos). Lo que no hace es ir A LOS DOCUMENTOS (públicos y no públicos).

Esto que antecede se aplica, esencialmente a la primera parte intitulada “Príncipe Nuevo”.  Uno puede verse tentado a afirmar la influencia de la lectura de Maquiavelo sobre el inefable caudillo si asocia  su famosa baraka con la idea de fortuna, que utiliza el prepolitologo italiano y que circulaba en el ambiente humanista del renacimiento en Italia. El hombre tiene que habérselas con la fortuna para hacer su vida, y para ello ha de poseer la virtù, una noción que Maquiavelo seculariza más que sus precedentes. Empero, para tener algún valor histórico, cualquier hipótesis que se lance ha de ser contrastada con evidencia empírica de la que en este caso estamos huérfanos.

Pero, más allá de la supuesta influencia de tales obras sobre el pensamiento del inmarcesible Caudillo, en esta primera parte llaman la atención algunas referencias de menor enjundia, pero que dejan con la mosca tras la oreja al historiador menos atento.

A título de ejemplo, se nos dice que, en 1934, los hombres de Acción Católica estaban en contacto con Mussolini para preparar la rebelión en España, cuando ya sabemos que ésta llevaba años preparándose. desde el mismo día en que se proclamó la República; que tanto Calvo Sotelo como Sainz Rodríguez y los monárquicos estuvieron en la operación para conseguir la ayuda militar italiana (pp. 36 y 62). Asimismo, señalemos la mención a la “Legión africana” cuando su nombre no es otro que el original de “Tercio de Extranjeros”, y posteriormente transformado en “Legión Española” (p. 46). No hay nada nuevo y si bastante texto para rellenar pagina tras pagina.

La segunda parte del título “La revolución pasiva” se basa en una interpretación del concepto que de esta acuñó Gramsci. Yo me descubro humildemente. No me considero discípulo del pensador y político italiano, pero para asociarlo con Franco habría que mostrar que, al menos, alguno de los compañeros de milicia y luego ministros de Franco a partir de 1937 hubieran estado influidos por su lectura. Por ejemplo, el cuñado y supuesto mentor, el por tantas razones odiado Ramón Serrano Suñer, alejado oportunamente del poder en 1942.

(continuará)

UN FRANQUISMO, ¿IMPERECEDERO?, QUE SIGUE MINTIENDO (y II)

5 octubre, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

En plan de desafíos reconozco seguir deseando que algún historiador franquista, postfranquista o neofranquista, español o extranjero, exhiba alguna maldita vez documentación de época a la que ni muchos otros historiadores ni servidor hemos podido nunca acceder. Cabría mencionar, a título de meros ejemplos, papeles de Franco, Mola, Cabanellas, Orgaz, Goded, Calvo Sotelo, Goicoechea, Galarza, etc entre muchos otros. Es decir, teóricamente debería existir la posibilidad, hasta hoy no materializada, que se demuestre con documentos en la mano que mis tesis, y las de otros autores a quienes yo siempre cito, son inexactas o que necesitan importantes correctivos. Incluso hasta el punto de invalidarlas. No hay historia definitiva porque toda historia es, por definición, de un pasado que no existe ya. Nos guiamos por representaciones y una de las diferencias que existen entre unas y otras representaciones es el mayor o menor anclaje en evidencias. Ya lo sabían los clásicos, aunque lo expresaban de otra forma.

También habría que confirmar que las tesis expuestas de manera no ya oficial, sino oficiliasíma, por el Estado Mayor Central del Ejército de Tierra en 1945, y que contaron documentalmente con el visto bueno y la complacencia de SEJE, en verdad están espaldadas, o no,  por tales documentos todavía desconocidos.

Bien sé que de los mencionados golpistas es posible que no se hayan conservado papeles (me han dicho, por ejemplo, que el general Aranda quemó los suyos en los años cuarenta por temor a la ira del todopoderoso Caudillo que le persiguió con su encono), pero ¿no subsistirán los de Alfonso XIII y de su hijo, Don Juan de Borbón, que estaban fuera de España?

Aquí la Corona quizá pudiera, en mi modestísima opinión, contribuir en algo porque, se quiera o no se quiera, el bisabuelo y probablemente el abuelo de S. M. el Rey estuvieron implicados en la dinámica del golpe, preparada con la ayuda extranjera. Cosa que sigue siendo escamoteada cuidadosamente. No hace falta sino darse un paseo por youtube y ver y escuchar a doctos comentaristas cómo presentan los avances en los preparativos de la sublevación a después de las elecciones de febrero de 1936. Para llorar.

A Alfonso XIII, en particular, lo de plegarse a la voluntad soberana de los españoles (abril de 1931) no le duró mucho. Al año siguiente ya había empezado a hacer pachas con los conspiradores. Lo afirmó un monárquico superconvencido, aunque algo mentirosillo, como fue Juan Antonio Ansaldo ya en el exilio a principios de los años cincuenta. Es decir, ha llovido desde entonces, aunque los comentaristas en la prensa de derechas todavía no se han enterado. Los pobres no se han puesto todavía al día. Con todo, y en descargo de Su decaída Majestad, hay que recordar que la República le desposeyó de todos los bienes que pudo y, claro, en cuanto se toca a las “pelas” se aviva el patriotismo y todos los demás sentimientos con él conexos. Suele ocurrir de manera fulgurante.

En lo que se refiere a las víctimas del Frente Popular (hacia las cuales, solícita, se inclina la todavía nonata ANVFP, habría que diferenciar dos períodos. El que discurre entre los meses de febrero a mitad de julio y el que se inicia con el hundimiento de una gran parte del aparato coactivo del Gobierno, que no había sabido o podido atajar un tipo novedoso de conspiración (atajó otras, como la Sanjurjada, las algaradas anarquistas y el octubre asturiano). Y ello a pesar de que había empezado a forjarse allá por el año 1932, siempre contando con la posibilidad de la ayuda fascista.

Dos estimados colegas, Rafael Cruz y Eduardo González Calleja, han dedicado varias obras a pasar en revista el número y, en lo posible, la identidad ideológica de las víctimas mortales de la primavera de 1936. También en muchos casos sus circunstancias. Son trabajos fundamentales, no solo por su basamento teórico sino también por su carácter empírico. En este blog he mencionado sus estudios repetidas veces. Es más, el segundo de los autores, en su libro CIFRAS CRUENTAS, ha hecho un recorrido por todas las quiebras del orden público desde que se estableció la República hasta el 17 de julio de 1936. Todavía no he visto que ningún historiador, español o incluso extranjero, de los que quizá acudirán a enrolarse bajo el lema de la futura ANVFP (pendiente al parecer del permiso del Ministerio del Interior) y cuyo lema me suena (como supongo que a muchos) algo familiar (“Caídos por Dios y por España, ¡Presentes!”), a tenor de lo publicado por LA RAZÓN, haya escrito algo parecido.

También pienso que que a muchos nos agradaría conocer cuáles son las credenciales académicas o investigadoras de las personas que se han situado detrás de la iniciativa y que hayan aclarado tales sucesos con la misma combinación de teoría y empiria y no solo repitiendo como papagayos la propaganda de los sublevados y sus sucesores desde 1936 a 1975. Todos estuvieron muy interesados en justificar los desmanes que cometieron quienes se sublevaron con las armas y que quisieron evitar por todos los medios no pasar al futuro como lo que fueron (el sustantivo y/o el calificativo oportuno los dejo a la imaginación de los amables lectores).

Personalmente me he esforzado en documentar la tesis que a los conspiradores civiles y militares (cogiditos de la mano) les interesaba sumamente crear la sensación de que en España existía un estado de necesidad. (No he sido el primero, me apresuro a señalarlo, en haberla lanzado). Es un tema importante porque propugnaban como imprescindible la intervención del Ejército para restaurar el orden. No se sublevaban las guarniciones así como así. Los lectores de mi generación quizá recordarán la agitación discursiva que precedió al 23-F y los artículos incendiarios del inolvidable colectivo “Los Almendros” en las sugestivas páginas de El Alcázar de la época.  Al fin y al cabo no han pasado tantos años.

Pues bien, aquellas y multiplicadas acusaciones durante la primavera de 1936 fueron las que se utilizaron para traducir a la práctica la afirmación que Don Antonio Goicoechea había hecho a Mussolini, a la hora de pedirle “pelas”, en octubre de 1935, por segunda o tercera vez (hubo más): si las izquierdas llegan de nuevo al poder, aunque sea por medios legales, nosotros nos sublevaremos. Y desafío, desde aquí, a todos y a cada uno de los promotores de la ANVFP a que lo desmientan con documentos en la mano a los que, quizá, tengan acceso, .O si no ellos, tal vez los benefactores de la FNFF.  

No iban a hacer la sublevación, claro está, los cuatro gatos de Renovación Española. La harían  las guarniciones trabajadas por la UME, por los incendiarios discursos de Calvo Sotelo y de Gil Robles (cada cual para demostrar quién era más tronitruante), por las noticias que publicaban los periódicos de derechas y de extrema derecha (inolvidables el ABC y La Nación, pero también El Debate, que todavía no ha sido puesto en línea*) y por las provocaciones a las izquierdas obreras (que no estaban representadas en los gobiernos republicanos de la primavera de 1936) y que, naturalmente, cayeron en la trampa que se les tendía.

Sobre las afirmaciones 5ª a 7ª que reprodujo LA RAZÓN no hay nada más que ver la continuación de las exhumaciones de las “fosas del olvido”, la crispación que agita a las derechas y la inmensa literatura que ha aparecido sobre el trato que solían dar los vencedores a sus enemigos. En este blog ya lancé un guantelete hace unos años a un alto cargo de la FNFF para restregarle las estadísticas que, en el caso de Navarra, por ejemplo, recopiló y analizó Fernando Mikelarena. Hay muchísimas más.  

Confío en que el año que viene los promotores de la iniciativa que ha desvelado LA RAZÓN así como los directivos y socios de la FNFF tendrán la oportunidad de leer (y tratar incluso de refutar) el ensayo que Francisco Espinosa (autor de obras de referencia sobre la barbarie de los sublevados), Guillermo Portilla y servidor hemos escrito sobre la “teología”, la “filosofía”, la “lógica” y la “justificación” de la represión franquista desde julio de 1936 en adelante.

Hemos utilizado eso de lo que ciertos historiadores de la derecha y más aún de la extrema derecha huyen como dicen que el diablo reacciona ante el agua bendita: la evidencia primaria relevante de época, debidamente contextualizada y analizada. Por cierto,  emanada de la experiencia propia y de la máquina de escribir de un futuro general de División que sabía mucho de lo que había ocurrido porque también había participado en ello desde el principio e incluso lo había “teorizado”.

Por supuesto, no me corresponde sustituir la mejor opinión que a los juristas del Ministerio del Interior y a las instancias adicionales competentes pueda merecerles la eventual legalización de la ANVFP. Si lo hicieran me parecería, desde luego, un insulto a la Historia y a la verdad demostrada y documentada por evidencias documentales, arqueológicas y forenses. En lo que se refiere a la primera los eventuales socios de la misma y sus apoyos mediáticos pueden, en todo momento, recurrir a los miles y miles de legajos en que se depositan los frutos del esfuerzo realizado por los vencedores en su Causa General, hoy abiertos al público en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Y luego dar a conocer sus resultados, con las referencias precisas e inequívocas, porque en estos temas suelen dar gato por liebre.

La dictadura solo osó publicar un Avance de su magna investigación y no se atrevió a más. Profundizar en ella sería, en cierta medida, lógico, aunque responda a una argumentación espuria. Sus  partidarios y descendientes podrían así continuar la tarea que Franco y sus acólitos no se atrevieron a seguir realizando.  Pero reconozcamos que lo intentarían con casi setenta años de retraso. Ni siquiera el profesor Manuel Fraga Iribarne, en su época de ministro de (Des)información, y que sigue siendo tan idolizado por los políticos del PP, osó abrir las puertas a la caja de los truenos.

En tal sentido, ¡bienvenida sea la Ley de Memoria Democrática!. La que resulte de los debates en el Parlamento. ¿Por qué no seguir el trato que los cristianodemócratas alemanes  (a los que el PP dice que se siente tan próximo) han dado a la propaganda en favor de Hitler y de sus secuaces? No hay que inventar la rueda, como si fueran mexicas sobrevenidos. Ya se la conoce.

  • De forma inexplicable. ¿Se molestaría la Jerarquía católica española? ¿Se habrán ejercido presiones al respecto? El Debate fue, después de ABC, uno de los órganos de expresión más característico e influyente de las derechas de la época. ¿Por qué quitar el placer de leerlo en línea a sus sucesores? Al fin y al cabo, las izquierdas pueden solazarse leyendo El Socialista o Mundo Obrero o la prensa anarcosindicalista sin tener que ir a las hemerotecas. Digitalizar El Debate no debería de suscitar oposición ni en las derechas ni en las izquierdas.

FIN

UN FRANQUISMO, ¿IMPERECEDERO?, QUE SIGUE MINTIENDO (I)

28 septiembre, 2021 at 8:30 am

Angel Viñas

La única forma que se me ha ocurrido para llevar un blog semanal es programar los sucesivos posts con cierta antelación. Así, al menos, puedo pensar y reflexionar un poco para abordar esta agradable tarea que empecé, por sugerencia de Carmen Esteban de la Editorial Crítica, en diciembre de 2013. La he mantenido con una sola interrupción que recuerde, a finales del año pasado y principios de este, porque la carga de trabajo, con un nuevo libro a punto de salir, era ya humanamente insoportable. A la rentrée de este año, la carga había disminuído, pero solo ligeramente. Por eso no quise reaccionar en caliente a una noticia aparecida en LA RAZÓN, un periódico madrileño muy connotado. Me apresuré, eso sí, a subirla a Facebook y a Twitter tan pronto la leí. Fue en un día en que estaba atareado con visitas médicas que suelo hacer durante el mes de septiembre.

Los amables lectores quizá recuerden de qué noticia se trataba. El artículo del mencionado periódico, anticipatorio y supongo que redactado a petición de los interesados, versó sobre una asociación a punto, al parecer, de crearse. Como es preceptivo, sus promotores habían presentado sus estatutos al Ministerio del Interior con el fin de obtener la preceptiva inscripción en el oportuno registro. Sin ella no podría dar comienzo a sus actividades. Se trata de una denominada ASOCIACIÓN NACIONAL DE VÍCTIMAS DEL FRENTE POPULAR (en lo sucesivo ANVFP).  

LA RAZÓN no indicó el nombre de los firmantes de tal iniciativa. Se limitó a señalar que detrás de ella se encontraba un grupo de personas de talante conservador (sic) y entre las mismas algunas relacionadas, aunque a título particular, con la FNFF. Esta Fundación sigue en el cartelero y corren rumores varios sobre ella. No siempre tranquilizadores para la misma. Según informó el periódico, la iniciativa fue una reacción al proyecto de Ley de Memoria Democrática, cuyos trámites de cara a su aprobación en el Congreso ya han comenzado.

Al parecer,  la fundamentación del “nasciturus” (permítaseme esta analogía un tanto impropia) estriba en que la interpretación que de la historia de la República y de la guerra civil ha venido esparciéndose en España desde hace años choca con la realidad histórica. Ni más ni menos.  Esta última, para los progenitores de la mencionada criatura a punto, o no, de nacer, se caracterízaría por los siguientes rasgos fundamentales:

  1. La guerra civil fue inevitable.
  2. La buscó y promovió el Frente Popular.
  3. El Frente Popular fue, en consecuencia, responsable de la contienda.
  4. El lado nacional se vio obligado a defenderse por natural espíritu de supervivencia.
  5. La reconciliación entre los españoles la promovió el bando vencedor.
  6. En ella se incluyeron a los descendientes de quienes habían provocado y perdido la contienda.
  7. En la España de Franco ocuparon “puestos relevantes en todos los estamentos sociales, culturales, económicos y políticos, sin ser discriminados por su ideología”.

Los amables lectores tienen la posibilidad de aprender más sobre los fines de la futura Asociación acudiendo al articulo mencionado y a otros a que dio lugar.  A lo mejor, incluso, la FNFF lo ha divulgado. Servidor se limita a la noticia original y  se permite observar que las siete afirmaciones anteriores son, pura y simplemente, otras tantas mentiras.

LA HISTORIOGRAFÍA QUE HA IDO HACIÉNDOSE EN ESPAÑA Y EN GRAN PARTE DEL EXTRANJERO SOBRE EL FRENTE POPULAR Y LA GUERRA CIVIL DISCREPA ABIERTAMENTE DE LOS POSTULADOS 1 a 4.

IGUALMENTE LA QUE HA IDO APARECIENDO, TAMBIÉN EN ESPAÑA Y EN EL EXTRANJERO, SOBRE EL PERÍODO 1939-1975 NO PARECE QUE COMPARTA LOS POSTULADOS 5 A 7.

Lo que antecede no significa que no haya habido políticos y periodistas en primer lugar y luego comentaristas, influencers y algún que otro historiador que las hayan defendido, en todo o en parte.¡Faltaría más! Fuera de España se trata de un número limitado (e incluso algunos de ellos no sé si aceptarían la totalidad de tales afirmaciones). Algo de eso sé, sin autoproclamarme especialista en lo que se escriba en el extranjero, que es por cierto donde radico.

Tanto personalmente como con apoyo y  en colaboración con el profesor Juan Andrés Blanco, que acaba de jubilarse como catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Salamanca, edité en 2014 y 2017 respectivamente dos gruesos ensayos sobre la historiografía española y extranjera entonces más reciente sobre la guerra civil y sus antecedentes. La mayoría refuta tales aserciones, salvo por lo general en países que han tenido la desgracia de padecer una dictadura de signo contrario y en los que, por consiguiente, no se ha sido nunca suficientemente antisoviético. (Ambas obras se encuentran en ediciones digitales, la primera en la revista STUDIA HISTORICA. HISTORIA CONTEMPORANEA  y  la segunda en Marcial Pons digital).

Los postulados en cuestión también se han abordado, sucintamente, en otros dos títulos que he tenido el honor de dirigir: En el combate por la Historia (Pasado&Presente, Barcelona) y en una crítica a la biografía de Franco escrita por el profesor Stanley G. Payne y el exCEDADE Jesús Palacios Tapias aparecida en edición digital bajo el título Sin respeto por la Historia. Una biografía de Franco manipuladora (https://e-revistas.uc3m.es/index.php/hispnov/issue/view/448).  Igualmente lo he hecho en varios artículos. Varios publicados en este blog mismo.

Confieso que no he vuelto al tema en los últimos cinco años. A lo mejor en la Hungría de Orbán o en una Polonia sumida en las pesadillas de su historia, las cosas han cambiado algo, habida cuenta del acercamiento entre los gobiernos respectivos sobre el que informa la prensa. En la Francia donde trepa Le Pen todo lo que puede existen, naturalmente, unos cuantos parafascistas que escriben para los iniciados.

No he contado los historiadores que han participado en todas estas tareas, pero quizá no me equivoque si han sido cerca de una cincuentena, de variadas universidades, en España y en el extranjero, o expertos reconocidos en su campo.

Desde luego me siento con fuerza para rebatir los cuatro primeros postulados (de los que se desprende el resto y que por eso he reproducido en negritas).  He reexaminado  los antecedentes de la guerra civil en la senda que habían hollado ya muchos otros historiadores. Los de corte más nítidamente franquista, de los que parece beber la nonata Asociación, surgieron en los tiempos de la guerra misma, que había que justificar con argumentos espurios.  No les he pasado revista (ya lo hizo Herbert R. Southworth en El mito de la Cruzada de Franco a principios de los años sesenta del pasado siglo). En la huella de obras más recientes he ido directamente a los archivos donde se encuentra si no toda la documentación sí al menos una parte sustancial de la misma que alumbra el proceso.

Tampoco pretendo haber descubierto el equivalente del huevo de Colón pero que, yo sepa, pocos habrán sido los firmantes de la solicitud de inscripción en el registro del Ministerio del Interior (aunque a lo mejor me equivoco) que se hayan molestado en recorrer como servidor archivos (públicos y privados) españoles, alemanes,  italianos, británicos, franceses y rusos, y, en particular, entre los primeros los carlistas, los monárquicos y los militares y cruzado las informaciones en ellos contenidas. Si lo han hecho han guardado para sí cuidadosamente tan reveladoras evidencias por lo que se ha publicado del tenor expuesto por los solicitantes es pura basura.

Como LA RAZÓN ha preferido no dar los nombres de los nuevos cruzados no haré más comentarios y así no tengo que calificarlos. Una cosa es la mera propaganda, incluso la trasnochada o descerebrada, y otra muy diferente la historia sobre un pasado que ya no existe.

Simplemente afirmo que mienten y desafío, por ejemplo, a la FNFF a que demuestre que no lo hace, que dice la verdad y que publique sus papeles. No puedo pedirlo a una nonata asociación, pero si llega a nacer, que también se dé por desafiada.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VII)

25 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Naturalmente, puedo equivocarme. Todo hombre es falible. Ergo, no me es posible evitar tal riesgo. Es más, con alguna frecuencia me he equivocado. No soy como Payne, quien jamás lo reconoce.  Desde que empecé la investigación sobre los antecedentes de la intervención fascista en España, todavía no en guerra, albergué muchas dudas sobre si la fortuna me sonreiría. O no. En 2018, en Roma, advertí numerosos huecos en la documentación italiana. Una conspiración promovida por el Capo dello Stato, por el Duce mismo, en contra de un país con el que se tenían relaciones diplomáticas y económicas normales no era moco de pavo. A la hoguera irían, sin la menor duda, papeles importantes. Estaba razonablemente seguro de que mi caracterización de la conspiración que llevó a la guerra civil como monárquica, fascista y militar, por este orden, era correcta pero….

En mi libro ¿Quién quiso la guerra civil? demostré lo bien fundado de tal formulación. Terminé afirmando que, para que hubiese una guerra, había sido preciso que los gobiernos de Madrid no pararan el golpe. Por las razones que he expuesto en el prólogo de El gran error de la República llegué a la noción de que el tema no estaba suficientemente explorado. Siempre se había indicado que los ministros republicanos de la primavera de 1936 estuvieron informados de algo que, se decía, incluso se rumoreaba por las calles y ciertamente por las redacciones de los periódicos de la época. En mi “representación” de aquellos años esta noción, repetida una y otra vez, ocupaba un lugar no determinante. Afloraba en obras de memorias, pero ¡ay! estas no siempre reflejan la realidad del momento. Por mucho que coincidan, siempre hay otras que discrepan. Todos pasaban lo que consideraban como “realidad” por los cendales de la propia subjetividad. ¿Qué hacer? ¿Un estado de la cuestión? Hay varios y muy buenos.

Para abordar el tema sin prejuicios insalvables mi receta siempre ha sido: ir a la EPRE. Así que fui en su búsqueda. Afortunadamente encontré bastante. Me movía sobre seguro. Sabía lo que necesitaba. Como sucede casi siempre, advertí lagunas. Teóricamente había tres alternativas: la República no quiso contener el golpe; no supo o no pudo.

Me parecía raro que, con todos sus defectos, los gobiernos de la época no desearan contenerlo. Aún así, no cabía excluirlo. Después de darle vueltas y más vueltas, tras descubrir el funcionamiento de los dispositivos de seguridad interior (Sección Servicio Especial en el EMC -de la que no había oído jamás hablar- y DGS -cuya documentación a lo que parece no ha sido explorada del todo-) y de seguridad exterior (diplomáticos y agentes de la DGS incrustados en ciertas embajadas y algunos consulados europeos), llegué a una conclusión. Los gobernantes estaban razonablemente bien informados. Descarté, en consecuencia, la posibilidad teórica de que no quisieran parar el golpe.

La segunda alternativa es que no supieran. Aquí, gracias a los trabajos previos de Rafael Cruz y Eduardo González-Calleja, el panorama estaba más despejado. Con nueva EPRE, lancé la tesis de que los gobiernos de la primavera de 1936 cometieron error tras error. Incluso uno de los responsables si no inmediatos sí al menos mediato se ha escapado de rositas en la literatura: el presidente Alcalá-Zamora. Sus memorias, muy prolijas y detalladas, se conocen desde hace la tira de años y otras, adicionales, desde que un aficionado se dedicó a presentar y “analizar” papeles que no habían figurado en aquéllas. Lo hizo bajo el título de ASALTO A LA REPÚBLICA. Hay que echarle un poco de tupé, pero son cosas que pasan.

La EPRE ya conocida y más importante fueron algunos episodios en los escritos de Azaña, en las memorias de Martínez Barrio y en un par de artículos de Prieto, todos ellos poco contextualizados desde mi particular punto de vista. No bastaban. La producción “literaria” de la UME (que ya había rozado en el libro anterior) se desplegó ante mis ojos en todo su grotesco esplendor. Resulta que lo que habían dicho los franquistas de toda la vida, desde que estalló el golpe, era verdad: se sublevaron porque creyeron -o les dijeron- que una revolución comunista era inminente (incluso algunos osados la fecharon para el mes de agosto). Que esto fuese una mera superchería de conveniencia había que dejarlo de lado, aunque todavía hacia el año 2010 un eminente historiador, particularmente connotado, lo reafirmase con toda su autoridad de biógrafo de los grandes héroes “nacionales” o en documentales de Telemadrid, en la gloriosa época de la Excma. Sra. Doña Esperanza Aguirre. Hoy ya solo lo hacen periodistas y políticos de extrema derecha totalmente indocumentados o de la derecha que no lee (el caso de las placas de Largo Caballero y Prieto en Madrid es un ejemplo de lo más reciente).

Servidor lo vio de otra manera. Lo que había detrás era, en mi modesto entender, un caso de proyección en estado químicamente puro. Como el de Hitler/Göring con la destrucción “comunista” del Reichstag en 1933. Los mílites dispuestos a salvar a la PATRIA, aun cuando ello supusiera sumir España en una orgía de sangre y destrucción, veían comunistas al acecho, tras las esquinas, dispuestos a convertir ESPAÑA en una nueva República soviética. (Por supuesto que esto se afirmó durante todo el franquismo, pero como la URSS ha desaparecido del mapa y el PCE no es ni sombra de lo que fue, el papel de los comunistas se ha traspasado a los socialistas radicalizados de Largo Caballero, en versión de Don Andrés Trapiello, refrendado por el profesor Payne. Da igual: todos “revolucionarios rojos”).

En tal perspectiva,  fue “normal” (había que salvar a la PATRIA) que la dirección monárquica, carlista y militar que manipulaba la UME (Sainz Rodríguez lo dejó caer en passant en sus memorias y de ello se informó a los británicos a posteriori) se apresurase, raudos cuales centellas en la noche que se avecinaba, a buscar ayuda y cobijo en los poderosos brazos del Duce, con Don José Calvo Sotelo aspirando a traducir su papel en una España que no se resignaba a morir ahogada en el piélago de la REVOLUCIÓN.

En este punto, un amigo me llamó la atención sobre el Archivo de la Ciudad de Barcelona. En él figuran las transcripciones de lo que en 1974 el cofirmante de los contratos del 1º de julio dijo al Duce español in nuce a su regreso de Roma, según declaró a Ronald Fraser, autor del superconocido libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Una historia oral de la guerra civil (los lectores pueden encontrar el correspondiente análisis en las pp. 147-151 de mi libro). Es obvio que lo que Sainz Rodríguez contó a Calvo Sotelo solo pudo hacerlo tras su viaje a Roma del 1º de julio porque, como es archisabido, al prócer monárquico le pegaron dos tiros en la noche del 12 a 13. Lamentable, sí, porque los autores probablemente (¿una aplicación poco estudiada del “efecto mariposa”?) cambiaron en aquel momento el rumbo que, quizás, pudiera haber tomado la historia de España.

Con los compromisos bajo el brazo el golpe resultaba algo más que inevitable. ¿O no? Entre los huecos y lagunas que los historiadores profranquistas, parafranquistas o meramente conservadores no han llenado hasta ahora (quizá lo hagan algún día) figuran los siguientes: a) ¿ha encontrado alguno los papeles de Mola?, porque parece obvio que el jefe de Estado Mayor del teniente general Sanjurjo (cabeza militar de la sublevación) probablemente sabía algo de lo que había entre manos. Gracias a Fernando del Rey cabe avanzar en lo que se refiere a las comunicaciones Sanjurjo-Calvo Sotelo, pero no tanto con Mola. Merced a los papeles de la POLPOL (Polizia Politica fascista) también parece que el bilaureado general participó en una misteriosa reunión en Montecarlo a principios de junio a la que asistió Alfonso XIII, siempre superpatriota.

Aquí cabe recordar que lo único que se sabe de la documentación de Mola es la copia de sus famosas instrucciones reservadas que guardó su ayudante, un tipo un tanto peculiar, el comandante Emiliano Fernández Cordón, al SHM y que en él encontró (¿por azar?) el inmarcesible Ricardo de la Cierva. Tales instrucciones y, en particular, sus reflexiones sobre el futuro político tras el golpe han orientado a los historiadores en una determinada dirección, muy lejos de la italiana. Una casualidad.

b) Es más, ¿ha encontrado alguien los papeles de Franco? (no los que hay en la Fundación Nacional que lleva su nombre). Es evidente que Franco conocía los manejos de la UME (los distorsionó en sus Apuntes), también que redujo su importancia a la nada y que finalmente se calló como un muerto en lo que hay que suponer le diría el general Luis Orgaz. Otra perla: monárquico a machamartillo y compañerito de conspiración en Canarias en los dos últimos meses antes del golpe. (Por cierto, en o después de la guerra Orgaz había recibido el calificativo de “chorizo” (crook) por parte británica). ¿Una maledicencia de los malvados ingleses enemigos de la PATRIA?

 Algo nuevo sabemos:  ¿qué hizo Franco el 17 de julio antes de presidir el entierro del general Amado Balmes, asesinado la víspera, aun cuando el profesor Payne no se lo crea? Pues ordenar a Orgaz que fuese a la oficina consular fascista en Las Palmas a solicitar tres pasaportes italianos: para él, para su ayudante y primo hermano y para el propio Orgaz. ¿Hay que suponer que la idea descendió sobre él cual blanca paloma? ¿O no sería porque Orgaz le habría contado de la conexión con la Italia fascista? Además, al exjefe del EMC es más que probable que le sonaran las andanzas del agregado militar italiano en Tánger, comandante Giuseppe Luccardi, miembro del SIM fascista. Así que el inolvidable relato de Bolín que presenta a Luccardi exclusivamente como un contacto de los militares en Marruecos puede que no refleje del todo la oscura y viscosa realidad de los hechos.

Es decir, por mucho que indaguemos en el pasado no podremos conocer todas sus vetas, grandes y pequeñas. Se quiera o no se quiera, es preciso comer la sopa boba y hacer prueba de humildad. Lo cual no quiere decir que no sea posible avanzar y mejorar nuestras “representaciones” porque estas obviamente no pueden ser figmentos de la imaginación. Necesitan cuanto más apoyaturas mejor, es decir, la EPRE.

En el caso italiano, los huecos o lagunas documentales son explicables. Un ejemplo gigantesco de gansterismo internacional como el que preparaba a perpetrar Mussolini hacia la República española no es algo por lo que se hicieran sonar las campanas. De la misma forma que se enmascaró la participación italiana al más alto nivel en los contactos con los conspiradores monárquicos, los fascistas “vendieron” luego la noción de que fue a consecuencia de la intervención francesa en apoyo del gobierno de Madrid.

Una pequeña “modificación” de lo ocurrido, cuando se sabe que los conspiradores monárquicos llevaban años pensando en la necesidad de aviones (de hecho hasta se había hecho eco el cónsul español en Bayona al principio del proceso y que más tarde se pasó con Franco). Incluso jugueteaban con la posibilidad de adquirir aparatos desfasados. Tuvo que intervenir el laureado piloto Juan Antonio Ansaldo.  Aprovechó la ocasión que le deparaba el haberse refugiado en Francia durante un par de meses para, probablemente en junio de 1936, darse un garbeito por Roma y negociar los contratos que firmó después Sainz Rodríguez con el director de la SIAI. Al menos es lo que se desprende de su abultadísima y rocambolesca hoja de servicios en el Archivo Histórico del Ejército del Aire.

¿Dijo algo sobre estos temas alguno de los historiadores franquistas, pro-franquistas, monárquicos, conservadores o, ¡válgame el Señor!, metafascistas que han escrito largo y tendido sobre la inminente revolución comunista, la socialista de izquierdas, la anarcosindicalista, etc. para impedir la cual se levantaron en armas los militares que pretendían salvar de un insondable abismo a la España eterna?

(continuará)   

Sobre la «hábil prudencia» de Franco (y V)

4 octubre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Con este post termino mis comentarios sobre SOBORNOS. Estoy ya metido, hasta el cuello, en la aventura del año que viene. Reconozco que un libro que combina medidas convencionales con otras de espionaje da para mucho más. Pero no me dedico a la autopropaganda. Así que en este último post quisiera simplemente llamar la atención sobre el espacio que doy en mi libro a una de las figuras que más han llamado la atención de numerosos historiadores y aficionados: el almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Inteligencia Militar alemana, la famosa Abwehr.

Scherl: Der s¸dafrikanische Vertreidigungs- und Sicherheitsminister Pirow verliess gestern abend Berlin. UBz: ihn beim Abschreiten der Front der Ehrenkompanie der Luftwaffe vor dem Anhalter Bahnhof; rechts von ihm Admiral Canaris, der in Vertretung f¸r Generaloberst Keitel erschienen war und links der Kommandant von Berlin Generalleutnant Seifert. Fot. Wag   27.11.1938

Scherl:
Der s¸dafrikanische Vertreidigungs- und Sicherheitsminister Pirow verliess gestern abend Berlin.
UBz: ihn beim Abschreiten der Front der Ehrenkompanie der Luftwaffe vor dem Anhalter Bahnhof; rechts von ihm Admiral Canaris, der in Vertretung f¸r Generaloberst Keitel erschienen war und links der Kommandant von Berlin Generalleutnant Seifert.
Fot. Wag 27.11.1938

Confieso que nunca me he sentido fascinado por Canaris. Recuerdo que en los lejanos tiempos en que andaba preparando mi tesis doctoral, allí por 1972, hice una larga visita a los archivos militares alemanes de Friburgo. Ya tenía escrito el 90 por ciento. Entonces se buscaban papeles gracias a un catálogo establecido según los cánones de la época. Utilizando palabras clave, y cubriendo un amplio abanico, dí con un grueso legajo en el que, inesperadamente, me encontré con las andanzas de Canaris en la España en los años veinte y principios de los treinta. Ello me obligó a rehacer la orientación de la tesis. Los documentos ilustraban que el origen de  la apelación que Mola hizo a los alemanes después del 18 de julio de 1936 hundía sus raíces en contactos anudados en aquellos años y no cuando Canaris había estado brevemente en Madrid en plena primera guerra mundial. Me adelanté, por cierto, a su afamado biógrafo alemán, Heinz Höhne, un periodista que se había hecho un gran renombre en Der Spiegel y que, naturalmente, me ignoró.

En los años en que José Antonio Martínez Soler dirigió la revista HISTORIA INTERNACIONAL al comienzo de la Transición la cubierta de uno de sus números exhibió una de las poquísimas fotos de Canaris en España durante la guerra civil. Me la dio un exagente suyo. Canaris fue la persona encargada por Hitler de informar a Franco, a finales de octubre de 1936, de la inminente llegada de la Legión Cóndor. En el artículo sobre Canaris demostré con documentos de la Abwehr que al famoso servicio alemán la sublevación de los militares españoles le había cogido en mantillas.

Hoy todavía, en una recientísima biografía de Sir Michael Oldfield, uno de los jefes de MI6 durante la guerra fría, su autor, Martin Pearce,  afirma de que el mismo Canaris ya llamó la atención de Franco en 1938 sobre los planes de agresión de Hitler el año siguiente, por lo que el astuto Caudillo ya estaba en guardia y pudo así inhibirse de entrar en guerra al lado de Alemania. Sería una historia estupenda si fuese cierta. El problema es que no está basada en la menor evidencia, en tanto que los británicos sí recogieron pruebas abundantes de que Hitler no se esperaba el estallido de la conflagración en 1939. Pelillos a la mar.

Los ingleses han tenido siempre una atracción particular por Canaris desde los tiempos de Ian Colvin, periodista que sentó cátedra en 1951. ¿Su tesis? Gracias a los consejos de Canaris, traicionando a Hitler, Franco no entró en guerra. Innecesario es decir que esta afirmación sigue vivita y coleando hasta el día de hoy aunque no está apoyada en ningún tipo de documento.

La misma tesis la resucitó un experiodista de The Times que se pasó a la City, Richard Basset, en un libro que apareció en 2005 y que al año siguiente tradujo Crítica. Se ha considerado el no va más. Por desgracia, y para el caso de España, Basset no se basa en ninguna evidencia ni vieja (que no existe) ni nueva. Es más, como no tiene la menor idea de España, no extraña que cometa algún dislate que otro. Que yo conozca, nadie ha llamado la atención sobre ellos pero, en cualquier caso, y en lo que se refiere a temas españoles dicho autor  no constituye la menor autoridad.

Por el contrario, la mejor biografía de Canaris, debida a un autor alemán, Michael Mueller, pone seriamente en duda el papel que al almirante se le ha atribuído en sus relaciones con Franco. Dicha biografía se ha traducido al inglés pero todavía no al castellano. Una lástima.

Pues bien, si se utilizan los hallazgos de Mueller y se les combina con algunos documentos españoles que ha publicado nada menos que la benemérita Fundación Nacional Francisco Franco, es posible llegar a conclusiones más próximas a Mueller que a Basset y, en último término, a Colvin.

 

Russland, Wilhelm Canaris, v. BentivegniEl análisis crítico demuestra una vez más el dicho de que “el papel aguanta todo lo que le echen”. Un señor afirma, tan pancho, una cosa inventada, se copia y reproduce como si fuera no el va más hasta sentar cátedra. Desmentirla cuesta después sangre, sudor, lágrimas y un montón de dinero.  Y, en este caso, podemos llegar a que un señor que no deseo identificar se pregunte, y no dude en inclinarse por la afirmativa, si Franco no llegó a tener en Canaris un espía al lado del Führer.

La pregunta invita a la contrapregunta: ¿Y dónde está la evidencia? Pues ya puede buscar el lector que no la encontrará. Sí hallará en cambio, como señala Mueller, que lo más que puede afirmarse tras compulsar la evidencia circunstancial existente es que Canaris no puso toda la carne en el asador para convencer a Franco para que echase su cuarto a espadas con Hitler.

Pero, para ese viaje, no se necesitaban tantas alforjas. Ni Basset, influenciado por Colvin, ni Mueller podían conocer lo que después ha salido a la luz, gracias a la desclasificación de los papeles británicos que alumbran la operación que he denominado SOBORNOS.

El tema, por el que he pasado un poco sin profundizar en él en mi libro, tiene alguna trascendencia. La supuesta traición de Canaris a Hitler se exhibió, prometedoramente, en una época en que algunos alemanes buscaban con cierta desesperación algún héroe que, por mor de la salvación de la PATRIA, hubiese sido lo suficientemente agudo como para inducir en un error fatal al causante de todas las desdichas del pueblo alemán.

En aquella época, finales de los años cuarenta y principios de los años cincuenta, todavía no se había reconocido plenamente el papel de la resistencia a la dictadura nacionalsocialista en lo que ya era la República Federal de Alemania, recién subida a la pila bautismal por los vencedores occidentales en la segunda guerra mundial. Costó mucho esfuerzo que ese reconocimiento progresara y lo hizo, claro, por los grupos que no planteaban demasiados problemas: los círculos eclesiásticos (católicos, pero también protestantes), los civiles (no muchos), los militares (empezando por Canaris y sus muchachos). Lentamente se fue progresando hasta reconocer la importancia de la oposición de derechas, conservadora y nacionalista entre los militares. Quedó un poco de lado la de izquierdas, aunque la de los socialdemocrátas no podía taparse. Se olvidó cuidadosamente la comunista, al fin y al cabo enemiga existencial.

En este proceso hay que distinguir, obviamente, entre los avances en la historiografía y los que se filtraban hacia la cultura popular o se generaban en esta. Los primeros empezaron por chocar a grandes sectores del buen pueblo alemán hasta que se convirtieron en el cauce principal. Hoy podemos leer que el vocabulario nazi vuelve a introducirse en ciertas manifestaciones del discurso político de Alemania y vemos que algún que otro nuevo partido, populista y de extrema derecha, ya empieza a querer revisar una historia de horror. No es para llorar. Es para prestar atención, mucha atención, a esa nueva efervescencia. Hay historia que no es inocente.

Sobre la «hábil prudencia» de Franco (IV)

27 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

En la historiografía convencional no era frecuente hasta hace unos cuarenta años incorporar a la narrativa lo que los anglosajones llaman la “missing dimension”, es decir, la dimensión que falta o que faltaba. Con ella hacían referencia a la incorporación al discurso historiográfico normal de las actividades clandestinas, subterráneas o no convencionales. En una palabra, el espionaje. Hoy tal dimensión está plenamente reconocida.

9788498925531En contra de lo que pudiera creerse no ha sido la curiosidad que despiertan los relatos de espionaje en el público en general la que ha permitido tal incorporación. Esos relatos, tan antiguos como la Biblia misma, siempre han estado presentes en el imaginario popular y, desde finales del siglo XIX, han sido territorio favorito de todo tipo de obras, en general de aficionados o de periodistas con un gusto por lo sensacional. La historiografía académica, seria, en gran medida los ha ignorado, incluso tras la experiencia de la primera guerra mundial en la que los relatos sobre la segunda ocupación más antigua (adivine el lector cuál sería la primera) experimentaron una notable expansión.

La razón no es difícil de explicar. En la medida en que la historiografía académica tiene, esencialmente, una base documental, es decir,  se fundamenta en evidencias primarias los historiadores no podían hacer mucho porque las fuentes estaban cerradas. Episodios como el de la mitificada Mata-Hari, con su mezcla de sexo y espionaje, eran buenos para gacetilleros y novelistas, pero no para historiadores serios, hechos y derechos.

Tampoco después de la segunda guerra mundial y la evolución de la guerra fría cambiaron demasiado las tornas. En general, los Estados que habían pasado o estaban pasando por ellas fueron avaros de sus secretos. Episodios como los de Philby y el gang de los espías de Cambridge dieron pie a numerosos relatos pero no indujeron a que se abriesen los archivos.

Todo este panorama ha ido cambiando. En el país en el que los relatos de espías han hecho furor tradicionalmente, el Reino Unido, la situación empezó a aclararse cuando, por diversas razones, se autorizó una publicación que aludió abiertamente a la importancia de la densa malla de desciframiento de las comunicaciones alemanas en la segunda guerra mundial. Siguió otra en la que se puso de relieve la actuación del Comité XX que había conseguido que todos los espías alemanes que los nazis introdujeron en el país o trabajasen para los británicos o fueran derechitos a la horca.

Y en lo que se refiere a la guerra fría misma, a los pocos años de colapsarse un espía de la KGB que se pasó a los británicos les regaló miles y miles de extractos de documentos que conforman lo que ha dado en denominarse el “archivo Mitrokhin”.

Desde tales hitos, muchos historiadores se han lanzado sobre masas de documentos desclasificados. En la actualidad, los archivos de inteligencia han revelado una amplia muestra de sus arcanos. Siempre con restricciones impuestas por motivos de “seguridad nacional” u oscuros intereses burocráticos. Los norteamericanos no fueron a la zaga e incluso se adelantaron, pero guardando siempre un núcleo duro. Hoy la historia de las actividades de inteligencia ha ocupado por derecho propio un nicho en la historiografía. La editorial Crítica ha publicado recientemente un libro importante, de síntesis, de Max Hasting, sobre tales actividades en la segunda guerra mundial. Es un buen correctivo a las exageraciones que han permitido a autores sensacionalistas hacer caja.

En España vamos atrasados. Son escasos los historiadores que han tratado de integrar temas de inteligencia en el cuadro general. Para la primera guerra mundial los trabajos de Fernando García Sanz, Eduardo González Calleja y Pierre Aubert han abierto brecha. En cuanto la guerra civil el panorama no es mucho más alentador a pesar de los trabajos de Hernán Rodríguez, Pedro Barruso  y José Ramón Soler. Un libro, también publicado por Crítica, de Morten Heiberg y Manuel Ros Agudo no tuvo demasiado éxito. Fue, sin duda, prematuro. El público lector español no estaba todavía entonces preparado para estudios de tal tipo. Luego se han hecho algunas incursiones periodísticas en el espionaje soviético en España pero ningún autor español ha estado a la altura de las investigaciones de Boris Volodarsky, también publicadas por Crítica. Sin duda me dejo algunos nombres pero me fijo en obras de rigor académico y no en otras.

Un autor que trabajaba en la NSA norteamericana prometió hace años un estudio sobre las actividades de inteligencia de la Legión Cóndor pero todavía lo estamos esperando. A lo mejor murió. O se descartó el proyecto. Sería una auténtica pena porque hubiera sido muy interesante. Naturalmente plantea la pregunta de si los archivos de inteligencia de la Cóndor estaban en la NSA, ¿qué diablos habrá hecho de ellos la poderosa agencia de espionaje electrónico norteamericana?

Con respecto a la segunda guerra mundial Luis Suárez ha hecho referencia a que Franco tuvo algunos agentes incrustados en la embajada británica en Madrid. Los informes que de ellos se han dado a conocer, en bruto y sin examen crítico adecuado, no hacen pensar que llegaran muy allá.

Y, después, abundan las especulaciones y los relatos basados en fuentes periodísticas. Existe un rumor, que no sé si será cierto y que aventuro con todo cuidado, a tenor del cual en el Archivo Militar General de Ávila se custodia lo que quedan los archivos en materia de inteligencia militar desde principios del siglo XX. Supongo que escudriñar las actividades de los espías militares en las campañas del Rif debe de ser un asunto tan sensible que nadie se ha atrevido a sugerir su desclasificación.

En este campo todo autor se ve obligado a poner límites a la imaginación. Es fácil dejarse llevar por la luz de presuntas aventuras y el atractivo de los temas. En realidad, de lo que se trata es de escribir historia que se atenga a los principios metodológicos esenciales. Escudriñar los documentos, examinar su consistencia interna, su relación con otros, su pertinencia y, no en último término, la atención que se les prestara. Si es que se les prestó alguna.

Bien o mal, es lo que he intentado hacer en SOBORNOS. No fue ciertamente una operación de espionaje en sentido clásico pero sí tuvo un fuerte componente de extracción y aprovechamiento de información secreta y de influencia sobre el decisor último, Franco; de compra de voluntades y de exploración de escenarios. Ya que se pagaban auténticas fortunas es de esperar que los británicos las sometiesen a contrastes y confirmaciones. Salvo en casos muy puntuales (y refiero algunos de ellos) no he encontrado huellas de ese típico procedimiento de dilucidación y esclarecimiento, bases necesarias -a decir verdad, imprescindibles- para una acción correcta.

Pero, a lo mejor, eminentes historiadores o políticos pro-franquistas tienen en sus manos las llaves de las puertas del reino de la verdad y nos franquean el paso. No habrá lector más contento que quien esto firma. En el próximo post daré un ejemplo.

(Continuará)

Sobre la «hábil prudencia» de Franco (III)

20 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

No desearía que los amables lectores de este blog creyeran que lo utilizo para hacer publicidad de mis trabajos. Así que no trataré de sintetizar los resultados de mi último libro. Sí espero que me permitan realizar algunas consideraciones sobre comentarios que he leído en los medios digitales en donde se han publicado conversaciones conmigo acerca de SOBORNOS. Reflejan con frecuencia una forma curiosa de entender la historia y el trabajo del historiador. Hoy me limitaré a unas breves consideraciones por razón de categorías.

hitler-y-franco-hendaya-1941Quienes más han comentado son los denigradores. Lo han hecho  desde dos puntos de vista. El primero, el de los sabihondillos. El segundo, el de los cargados de ideología.

El primero es el más interesante. Huelga decir que no han leído el libro, pero ya exponen sus argumentos con supuesta autoridad. Digo supuesta porque se hacen siempre desde el anonimato. Yo solo me he sentido impelido a hacer un comentario una vez. Lo hice para contestar a un artículo de un distinguido columnista de ABC en el que me achacaba (junto con otros colegas, entre ellos Julián Casanova) que con lo que escribíamos jamás entraríamos en la Real Academia de la Historia. Me limité a responder, con mi nombre y apellidos, que nunca había sentido tal deseo. Por supuesto, no hubo la menor reacción.

Pues bien, abundan quienes afirman que “eso de los sobornos” ya es cosa sabida. Tienen, por supuesto, razón. Se conocen desde 1986. Los dio a conocer el profesor Denis Smyth, entonces en Cork College. Se hizo famoso instantáneamente. Es amigo mío y hoy está feliz en la Universidad de Toronto. Lo señalo en el prólogo de mi libro. Y, como historiador profesional, también indico a todos los demás autores que han retomado la referencia a los mismos. Solo hay, entre ellos, un español que haya encontrado algo que haya enriquecido mínimamente las referencias  de extranjeros, aparte de Smyth (entre los cuales destaca David Stafford). Ni que decir tiene que, al publicar en 2016, añado nuevos autores, hasta al menos el año anterior.

Pero, que yo sepa, los sobornos no constituyen la pieza fundamental de ningún otro trabajo que los haya examinado desde los aspectos operativos, tácticos y estratégicos. Así que me perdonarán tales sabihondillos si no puedo tomarles en serio.

La segunda categoría dice más de quienes opinan que del libro. Sus comentarios, en los que se me achaca una ideología que no llegan a concretar, se hacen desde una postura de quienes se sitúan au-dessus de la mêlée, es decir, de  ciudadanos que presuntamente solo se preocupan de una no menos presunta actitud, la de la objetividad.

Aparte de que ello no se compadece con los dicterios con que esmaltan sus comentarios creo que lo que demuestran es que se ven afectados por una cierta confusión conceptual. Y esto es, para mí, lo más significativo.

Tales comentaristas ignoran que no hay, ni puede haber, historia sin ideología. Quien afirme lo contrario simplemente no sabe de que habla. Todos los seres humanos contemplamos el mundo que nos rodea, y también el que ha rodeado a nuestros antepasados, a través de lo que uno de mis maestros, el profesor José Luis Sampedro, solía denominar una “retícula axiológica”. Es decir, los seres humanos filtramos nuestras percepciones por nuestros valores. Quienes no lo reconocen confunden objetividad con imparcialidad.

Aplicada esta confusión al campo de la historia se olvida en qué consiste el objetivo el historiador. Desentrañar o iluminar parcelas de algo que ya no existe, el pasado. Lo hace, sin embargo, ateniéndose rígidamente a unas reglas destiladas a lo largo del tiempo. Sobre todo desde que el escudriñamiento de ese pasado se configuró como fundamento del conocimiento específico que llamamos “historia” en tanto que disciplina (algo que ocurrió en Alemania, Francia e Inglaterra esencialmente en el siglo XIX).

Tales reglas hacen que la investigación histórica tenga una cierta pretensión de “cientifismo”, no como el de las ciencias naturales sino que se acerca más al de las ciencias sociales. Son reglas que permiten diferenciar entre afirmaciones banales, sin sustento salvo en las propias opiniones, y las que son resultado de un trabajo de exploración de las fuentes. Estas son, lógicamente, muy diversas (desde restos de obras arquitectónicas, pasando por las piedras talladas, los papiros y pergaminos hasta una variada gama de artefactos culturales).

Es decir, son fuentes que manifiestan en concreto la acción de los seres humanos en el tiempo, sometidos a influencias económicas, sociales, tecnológicas y culturales en contextos en cambio, y que tienen o han tenido existencia fuera de ellos. Las afirmaciones de los historiadores genuinos son objetivas porque dependen crucialmente de algún tipo de soporte, del cual las han extraido siguiendo una metodología, inductiva o deductiva, consolidada en la discusión inter pares de generación en generación.

Quienes alegremente se desatan en descalificaciones e improperios, sin base en un examen crítico de las fuentes, no son objetivos sino parciales. Aventan opiniones que pueden no tener base alguna salvo la que componen sus emociones, posturas axiológicas o preferencias políticas e ideológicas.

En mis investigaciones, por el contrario, reivindico la estricta referencia a la base, apoyaturas o sustento en fuentes que existen, con independencia de mis valores. De hecho, una gran parte del trabajo del historiador, y del mío propio, estriba en buscar e identificar esas fuentes que suelo denominar evidencia primaria relevante de época.

Al analizar esa evidencia trato de ser objetivo en la medida en que no suelo ir muy por delante de lo que la misma permite inferir siguiendo por lo general un procedimiento inductivo. Esto no quiere decir que sea imparcial. No puedo serlo porque tengo, como todo ser humano, ciertos valores. ¿Cuáles son? Esencialmente los de la Ilustración, con el imperativo categórico al frente aplicado a la búsqueda de la verdad (al menos la documentable). ¿No suele decirse que “la verdad nos hará libres”?

En SOBORNOS, como en numerosas obras anteriores, doy ejemplos de autores que no se atienen a las reglas de la metodología histórica y que no dudan en manipular, tergiversar o distorsionar la evidencia, primaria e incluso secundaria (las “fuentes”). Hasta reciben prebendas y alguno ha logrado la proeza de introducirse en la Real Academia de la Historia.

Y porque mis valores son, en general, los de la Ilustración confieso que no me gustan ni Franco ni su régimen. Gracias a la desaparición de la censura (vigente en su España desde 1936 hasta 1976) toda una serie de historiadores españoles y extranjeros han tenido la posibilidad de demostrar que ambos fueron una mancha negra en la historia española, un tiempo de mentiras, de deshonor y de represión multifacética y multimodal.

Así, pues, confieso que no hay otro deber más importante para el contemporaneista interesado por España que poner al descubierto todas las facetas de dicho régimen y de la persona que lo dirigió y en torno a la cual autores enajenados por el dinero, honores, influencia o ideología tendieron una tupida red de tergiversaciones.

SOBORNOS, y el libro -esta vez colectivo- que le seguirá el próximo año, no son sino una pequeña muestra de lo que hubo detrás de aquel régimen y de su fundador. Ahora bien, cuando he encontrado alguna evidencia que puede resultar favorable a Franco no la he desdeñado. Al contrario, me he deleitado en destacarla para demostrar que trato de ser objetivo y me atengo, críticamente, a los documentos. No como algunos de los historiadores que afloran, con no demasiada buena luz, en mis libros.

(Continuará)

Sobre la «hábil prudencia» de Franco (II)

13 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Una de las dificultades de escribir en materia de inteligencia en una situación de guerra estriba en cómo insertar los resultados de las operaciones que se abordan en los contextos dentro de los cuales se llevaron a cabo, tanto en el plano estratégico como en el táctico. Los autores suelen dividirse. Están, por un lado, los que contemplan tales operaciones en sí mismas, es decir, los que se sienten tentados por describirlas y analizarlas como un fin y no como un medio para un fin. La apetencia del público por las historias de espías es, por lo  demás, un aliciente. 

1370283643_748941_1370283757_noticia_normalPor otro lado, están los autores que procuran abordar el impacto de tales operaciones más allá de sí mismas. Naturalmente, para un historiador normal esto es  lo que tiene más morbo. Hay operaciones que fracasan, otras con resultados puntuales y otras que tienen un impacto concreto sobre planteamientos estratégicos y tácticos. Es obvio que no en todos los casos puede identificarse dicho impacto.

En el caso español, la única operación que se ha estudiado con tales fines ha sido la denominada CARNE PICADA (MINCEMEAT). Se le han dedicado una película (EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ) y varios libros. Uno de ellos ha sido publicado por CRITICA en su serie sobre la segunda guerra mundial. El profesor Denis Smyth escribió centrándose sobre su contexto estratégico y táctico. Lo hizo de forma profesional y con gran autoridad. Su libro no se ha publicado en castellano.

Pues bien, lo que yo he denominado operación SOBORNOS fue mucho más importante y significativa que CARNE PICADA. De Constituyó la base sobre la cual se asentó la estrategia británica para contener las apetencias de Franco por entrar en guerra. Pero también el fundamento de la política de Londres hacia el régimen español, tout court.

Nunca se permitió, en efecto, que otras operaciones u otras valoraciones interfiriesen con SOBORNOS. En la cúpula británica (de Churchill como primer ministro y ministro de Defensa, al Gabinete de Guerra, al Gobierno en general, a los Jefes de Estado Mayor y a los servicios de inteligencia) se introdujeron compartimentos estancos destinados a protegerla. Había que dar tiempo al tiempo y que se hiciera sentir la influencia de los sobornados sobre Franco para que minaran la confianza que el jefe del Estado tenía en su consejero aúlico y ministro de Exteriores Ramón Serrano Suñer.

El número de personas que supo de SOBORNOS se redujo al mínimo. En Madrid estaban al corriente, aparte del embajador, el ministro consejero, los agregados militar y financiero y el naval, que fue quien impulsó la operación desde el primer momento. No he encontrado constancia de que otros funcionarios supieran de su existencia en la capital española. En Londres solo dos ministros conocieron su lanzamiento: el de Asuntos Exteriores y el del Tesoro. Era imposible hacer nada sin contar con ellos.  Posteriormente hubo que informar también al ministro de Guerra Económica para que dejara de incordiar, ya que estaba al frente del Special Operations Executive (SOE), es decir, la agencia creada por Churchill para llevar el sabotaje y la subversión a la Europa ocupada por nazis y fascistas.

Ni que decir tiene que los roces burocráticos fueron, al principio, la regla. Para lidiar con ellos, los ministros al corriente apelaron a un pequeño grupo de altos funcionarios dignos de toda confianza. Esto fue así hasta el punto que en los diarios del subsecretario permanente de Estado en el Foreign Office, y hombre clave en SOBORNOS, sir Alexander Cadogan no solo no se encuentra nada respecto a la operación sino que incluso abunda en despectivos calificativos, al menos al principio, contra el embajador en Madrid y alma de la operación, sir Samuel Hoare. Quien, por cierto, no solo no dijo nada en sus publicadas memorias sino tampoco en un esbozo de otras complementarias que no llegó a terminar antes de su fallecimiento.

Salvo los primeros telegramas en los que se planteó la operación, todas las referencias a la misma se diluyen en la correspondencia burocrática y en los informes y telegramas políticos y militares. De aquí la importancia de los que se desclasificaron en 2013. De no haber sido por ellos, hubiera sido imposible avanzar mucho en su conocimiento. Hoy, sin embargo, ya sabemos cómo se gestó, cómo funcionó y qué resultados obtuvo.

Por SOBORNOS discurrió un chorro de dinero. Los datos que figuran en la literatura son inexactos. Pero es que, además, la cobertura financiera hay que enfocarla tanto desde la perspectiva británica como desde la de los receptores. En la primera, fue evidentemente una microgota en un océano de gastos militares. En la segunda, las tornas cambian de forma radical. Sobre los generales y el hermano de Franco cayó una tromba de dinero (pesetas, escudos, dólares, libras) que pudo quitarles toda preocupación financiera para el resto de sus vidas.

¿Supieron los generales, y el hermano de Franco, uno de los personajes más corruptos de la época, de dónde procedían los dineros?

Se ha aducido, sin la menor prueba, que no, que no lo sabían. Bueno, al menos uno de los sobornados sí tuvo que estar enterado. No fue un cualquiera. Fue el coronel Valentín Galarza. El antiguo “técnico” que coordinó el golpe de Estado en julio de 1936 y que sucedió a Serrano Suñer y luego al propio Franco como interino al frente del Ministerio de la Gobernación.

SOBORNOS, por lo demás, llegó a contar en el Gobierno no solo con Galarza, sino también con el bilaureado general José Enrique Varela, ministro del Ejército. Es decir, el banquero mallorquín Juan March, también financiador de la sublevación de 1936 para adquirir material bélico en Italia y alquilar el Dragon Rapide (luego prestó a Franco un volumen inmenso de recursos), no se anduvo con chiquitas. Fue a la cabeza y por lo grande

No es de extrañar que SOBORNOS se rodeara de un tupidísimo velo y que los británicos subordinaran a su intangibilidad cualquier operación clandestina que quisieran montar otros servicios de inteligencia en España, particularmente el SOE.

La cuidadosa selección de las personas a sobornar, los altos y bajos por los que atravesaron las fortunas militares británicas en la primera fase de la guerra mundial, los alaridos falangistas, la preocupación por hacer Gibraltar inexpugnable y la creencia de que la mejor forma de lograr los objetivos estribaba en influir directamente sobre Franco vía personas de su confianza explican que una operación que se planteó en un principio para seis meses durase casi tres años. Fue adaptándose a las circunstancias, asumió objetivos secundarios, cambió en ocasiones de carácter pero siempre fue el último as de la baraja en manos británicas.

(Continuará)

 

 

 

Sobre la «hábil prudencia» de Franco (I)

6 septiembre, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Tras la pausa veraniega reanudo, como había prometido, este blog. Estos primeros posts de la nueva temporada se dedicarán a encuadrar mi nueva investigación. Su argumentación y resultados se reflejan en un libro que ahora se pone a la venta. Quizá interese a los amables lectores que siguen este blog conocer los porqués de la misma.  

portada_sobornos_angel-vinas_201606131548Desde que, en 1974, di a conocer los resultados de un trabajo que me había encargado, en mi etapa en la embajada en Bonn, el profesor Enrique Fuentes Quintana mi labor como historiador se ha centrado  en escudriñar mitos del franquismo. En aquel momento fue lo que hubo detrás del insólito apoyo inicial de Hitler a Franco en los albores de la sublevación. Luego fue el “oro de Moscú”. Más tarde, en plena transición me dediqué con un equipo de colegas a poner al descubierto la sinuosa trayectoria de la política económica exterior española, desde la instauración de la República hasta la muerte de Franco, gracias al apoyo personal e institucional del profesor Rafael Martínez Cortiña (qepd). Se publicó en 1979.

Hoy, cuarenta años más tarde, me doy cuenta de que mi labor como historiador se ha situado siempre en la misma perspectiva. Desmitificar, comprobar, analizar y progresar en el conocimiento, siquiera modestamente, de nuestra historia contemporánea. Entendiendo siempre por esta el período comprendido por la República, la guerra civil y el franquismo.

El libro que ahora sale a la luz, SOBORNOS, es un intento de despejar una de las cuestiones que la historiografía pro-franquista no se ha atrevido nunca a indagar seriamente. Porqué España permaneció “neutral” durante la segunda guerra mundial. Obsérvese el entrecomillado.

Sobre el tema se ha escrito abundantemente. Todavía durante la guerra misma, y allá por 1944, la dictadura se preocupó de establecer un canon que después fue afinando, refinando y edulcorando sin pausa. Al hacerlo creó toda una serie de mitos que, más o menos adaptados, duran hasta nuestros días.

Los lectores de este blog recordarán que en la pasada temporada ya llamé la atención sobre el, por ahora, último producto de esa larga tradición. La hagiografía que sobre Franco y sus relaciones con Hitler publicó, hace ahora más o menos un año, uno de los grandes historiadores pro-franquistas todavía activos (afortunadamente para él y su familia), desaparecido ya Ricardo de la Cierva.

Cuando critiqué la obra del profesor Luis Suárez Fernández estaba lidiando con el libro que ahora empieza su andadura en las librerías. Confío en que merezca el favor del público. Me ha costado los proverbiales sangre, sudor, lágrimas y un montón de euros. Conviene recordar que la investigación en archivos puede ser muy interesante, muy atractiva y despertar felices sentimientos si acaba bien, pero es también siempre muy costosa.

SOBORNOS aborda un tema conocido en la literatura. Como suele ocurrir en la que se refiere a la posición de España en la segunda guerra mundial, esta literatura es más bien extranjera que española. Afortunadamente, en esta última ya hay notables excepciones.

En la primera mi libro es tributario de las aportaciones de, ante todo, Denis Smyth, Paul Preston y Richard Wigg. Entre los españoles hay menos pero sí destacan con luz propia Carlos Collado Seidel, Enrique Moradiellos, Manuel Ros Agudo, Javier Tusell y Emilio Sáenz-Francés. En cualquier caso no creo haber olvidado a ningún autor relevante. Si lo he hecho, presento desde aquí mis excusas. No oculto  que he dejado fuera a autores que no han aportado, en mi opinión, ningún conocimiento al tema en cuestión, pero siempre es posible que me haya olvidado de otro u otros.

La lista de libros y artículos que he manejado comprende, por lo menos, ciento treinta títulos amén de una treintena de naturaleza biográfica más veinticinco tomos de fuentes primarias publicadas y, sobre todo, una considerable documentación procedente de una decena de archivos, españoles y extranjeros. Manejar todo este volumen de fuentes, en media docena de idiomas, puedo asegurar que no ha sido fácil.

Lo que es rotundamente nuevo es la incorporación a la literatura de dos nuevos tipos de documentos: por un lado, los que el Gobierno británico desclasificó en 2013, hace ahora tres años, sobre una serie de detalles operativos de una actuación que se consideró tan supersecreta que se le aplicó un plazo de cierre de 70 años, es decir, muy elevado (aunque hay fondos que permanecen inaccesibles durante un siglo y otros, los menos, sin plazo previsto de apertura).  Por otro lado, fondos que aunque abiertos desde los años setenta no habían merecido, sorprendemente, la atención de ningún historiador, español o extranjero.

Dado que el conocimiento del pasado es contingente (depende de la accesibilidad de nuevas fuentes, de la aplicación de enfoques o paradigmas adecuados y del análisis y contextualización más amplios posibles) los historiadores solemos estar atentos a lo que se abre en los archivos, sobre todo en aquellos que siguen una política más o menos previsible. Los británicos son uno de ellos, como los franceses y los alemanes, de entre los países más relevantes para España de nuestro entorno. (No es el momento ahora de hablar de los norteamericanos, un caso un tanto especial).

Cuando en 2013 se desclasificaron varios legajos de documentos sobre la política británica hacia España en los años de la segunda guerra mundial, quien esto escribe vio el cielo abierto. La operación de compra de voluntades a militares y políticos españoles por los británicos, que había descubierto Denis Smyth hace ahora exactamente treinta años, quizá podría permitir identificar y aplicar nuevas perspectivas.

Y esto es lo que, con mejor o peor fortuna, he tratado de llevar a cabo en el nuevo libro.

Me apresuro a señalar que la operación que he bautizado como SOBORNOS (nunca se le dio una denominación específica, tan secreta fue) no se concibió nunca como la única actuación para evitar que Franco sucumbiera a la tentación de alinear su suerte con el Eje.

La literatura ha puesto de relieve otros factores que coadyuvaron a tal finalidad como, por ejemplo, las presiones políticas, diplomáticas, de propaganda y económico-comerciales (que ya empezamos a alumbrar en 1979). Ahora he añadido tres factores complementarios: la peculiar política de Hitler hacia Franco sometida a vaivenes constantes dentro de una cierta vacilación geoestratégica y geopolítica, las operaciones de espionaje e inteligencia en España (en lo que puede documentarse sobre ellas) y la planificación política contra Franco que desarrolló la más misteriosa y más secreta agencia creada por Churchill para reblandecer la moral enemiga (y para influir eventualmente en la española).

(Continuará)

(No quisiera terminar este post sin desear a los amables lectores la más feliz rentrée posible en una reanudación del curso político que se anuncia complicada. Espero que hayan tenido un feliz verano. En lo que a mi respecta lo he pasado -salvo una semana de vacaciones- trabajando en un nuevo proyecto que espero salga a la luz el año próximo).

Ahora que llega el 18 de julio vamos a contar mentiras, tralará (bis)

18 julio, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Quisiera empezar este post disculpándome ante mis lectores. Con él no termino la serie sobre Hitler, que dejo para la semana próxima. Lo pospongo por dos razones. En primer lugar porque se publica, excepcionalmente, un lunes coincidiendo con el 18 de julio, fecha convencional del estallido de la guerra civil hace hoy ochenta años. En segundo lugar porque acabo de darme cuenta de un episodio que me parece representativo de cómo algunos escriben “historia” o, al menos, sobre el pasado. En este caso, el profesor Stanley G. Payne. El titulo del post recuerda, vagamente, a la primera línea de una canción infantil en la que las liebres corren por el mar y las sardinas por el monte.

Estoy ojeando EL CAMINO AL 18 DE JULIO cuyo subtítulo reza, nada menos, LA EROSION DE LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA (DICIEMBRE DE 1935-JULIO DE 1936). Una conferencia con el mismo título, la primavera pasada, en el CESEDEN generó cierta controversia en la prensa y las redes sociales. Se reflejó incluso en este modesto blog.

No voy a hacer aquí ni una crítica ni una reseña del libro. Recientemente ha aparecido una muy elogiosa escrita en la REVISTA DE LIBROS. No estoy de acuerdo ni con ella ni con la orientación de la obra reseñada, pero de ello no quiero escribir. No es el momento ni el lugar.

He tenido ocasión de cruzar espadas con Payne. Por ejemplo, en mi libro LA OTRA CARA DEL CAUDILLO mostré su indigencia investigadora. Lo he hecho también, en este blog, en relación con su tratamiento del bombardeo de Guernica. Indignado por su biografía de Franco (escrita con un periodista de pasado dudoso) dirigí un número extraordinario de la revista académica digital HISPANIA NOVA en el que un grupo de historiadores españoles pusimos al descubierto algunas de las características metodológicas del tan alabado autor norteamericano (los lectores que quieran ojear el número pueden encontrarlo en la red).

Así, pues, no me sorprende mucho la obra de Payne. Sin embargo, al ojearla me he encontrado con un caso de desfachatez tal que me veo obligado a ponerlo en la picota públicamente. No espero que responda porque, en realidad, no tiene respuesta posible. Pero sí lo aireo como aviso a navegantes.

Para ahorrar a los lectores los 19,90 euros que cuesta el libro según su precio de tapa reproduzco lo que escribe el autor en las páginas 290 y 291. En itálicas transcribo lo que resulta totalmente inadmisible.

“Mola no emprendió ninguna iniciativa seria para ganar un apoyo extranjero, aunque, como hemos dicho, Sanjurjo había viajado a Berlín en marzo en busca de armas, sin éxito, y en junio los monárquicos trataron, igualmente sin éxito, de reabrir las relaciones que habían establecido con el Gobierno italiano tres años antes”.

Esta frase lleva una nota al pie que dice así:

Al comienzo de 1933, una iniciativa conjunta de monárquicos alfonsinos y carlistas habían (sic) firmado un acuerdo con Roma que prometió una ayuda italiana limitada por (sic) una rebelión armada contra el régimen republicano, que después pasó a ser letra muerta. En junio de 1936, los monárquicos del grupo Renovación Española, que mantenían una conspiración paralela con elementos de la UME, trataron de ganar apoyo financiero de Roma, mientras reanudaban la petición de armas”.

Se añaden dos referencias: una a Ismael Saz y su clásica obra y otra a la  contribución de servidor al libro dirigido por el profesor Francisco Sánchez Pérez, LOS MITOS DEL 18 DE JULIO.

El lector no advertido no se dará cuenta de lo que va en itálicas constituye una superchería. No ha tenido inconveniente en tergivesar todo lo posible en relación con un tema que ha hecho correr ríos de tinta. Las siguientes observaciones son las mínimas:

1ª Los contactos entre conspiradores españoles y fascistas italianos se remontan, por lo menos, a 1932 (incluso hay indicios de que a Roma se comunicó algo acerca de la preparación de la “Sanjurjada”) pero políticos muy significativos empezaron su peregrinaje hacia la capital del fascismo ya en el otoño. No para tomar el té. Con galletas o sin ellas.

200px-Antonio_goicoechea22ª Como resultado de estos contactos, que fueron intensificándose y densificándose en los meses siguientes, se llegó al acuerdo con Mussolini de 31 de marzo de 1934 (no de 1933). Documentación al respecto, que guardó para sí Antonio Goicoechea, número dos de José Calvo-Sotelo, la encontraron las milicias en su casa madrileña en plena guerra civil. Esta vergonzante faceta de la conspiración quedó expuesta a la luz del sol. Ha generado numerosos artículos y comentarios.

3ª Obsérvese que el acuerdo se concluyó no cuando gobernaba una coalición de izquierdas sino un gobierno radical, dependiente de la buena voluntad de la CEDA (aunque no sin contraprestaciones).

4ª El acuerdo, muy amplio, no se llevó a la práctica totalmente pero oficiales requetés se entrenaron en Italia. Hubo sus más y sus menos en cuanto al suministro de cierto material (bombas de mano, fusiles y ametralladoras, todos viejos salvo las primeras) y una sustancial ayuda económica. Los detalles pueden seguirse en Morten Heiberg (EMPERADORES DEL MEDITERRANEO) y en José Ángel Sánchez Asiaín (LA FINANCIACIÓN DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA). Ninguno de tales autores figura en la bibliografía de Payne. Los contactos con Italia se examinan incrustados en la estrategia y táctica de los monárquicos en aquellos años en el libro de Eduardo González Calleja CONTRARREVOLUCIONARIOS, que Payne cita en su bibliografía, pero a quien se le olvida mencionar en este aspecto.

5ª Todo lo que antecede podría atribuirse a una redacción apresurada. El autor siempre argumentará que no es posible citar toda la literatura disponible y que, en todo caso, es muy libre de elegir la que le parezca más conveniente. En principio, no hay mucho que objetar aunque omitir literatura directamente relevante es, por definición, un tanto sospechoso.

6ª Otra cosa es tergiversar descaradamente. El tema que Payne oculta cuidadosa y meditadamente es que los monárquicos TUVIERON UN ÉXITO ROTUNDO. El 1º de julio de 1936 Pedro Sainz Rodríguez, número tres de Calvo Sotelo, firmó cuatro contratos para el suministro de material de Aviación muy moderno. Los italianos se comprometieron a entregar una primera tacada en el curso del mes (como hicieron) y el resto en agosto. Payne lo elude al afirmar simplemente, ¡qué pillín!, que los monárquicos reanudaron “la petición de armas”. No eran las mismas. Ametralladoras no equivalen a aviones de guerra modernos.

Bundesarchiv_Bild_102-09844,_Mussolini_in_Mailand7ª Los monárquicos tampoco reabrieron las negociaciones porque los contactos nunca se cortaron. Fue Mussolini quien, en el terremoto político-diplomático que causó su invasión de Abisinia, se concentró en otro tema para él más importante. En cuanto amainaron las aguas, Goicoechea se puso en contacto con Roma, en representación también de Falange, para informar de la  situación española y, a la par, solicitar apoyo financiero con que pagar los sueldecillos de los “grupos de acción directa”, léase pistoleros falangistas. Tan distinguido prócer lo planteó el 12 de junio poco antes de que su líder, José Calvo Sotelo, tronaba en Cortes contra la desintegración de la PATRIA y se proclamaba fascista gallardamente. La carta de Goicoechea, reproducida también por Sánchez Asiain, a la que el nuevo ministro de Asuntos Exteriores y yerno de Mussolini nombrado días antes, conde Galeazzo Ciano, no parece que prestara mucha atención, la comentó extensamente el profesor Ismael Saz. Payne los ningunea con exquisito celo. No cabría negar que se trata de un historiador inclinado a la sutileza en casos delicados.

Todo lo que antece le sirve a nuestro ejemplar autor,  con esa luz cegadora tan suya que deslumbra a algunos colegas españoles, para eliminar de un plumazo lo que debería ser un estigma permanente de la levantisca derecha de la época. Antes del golpe no fueron los comunistas los que pidieron auxilio a la Komintern; no fueron los soviéticos los que suministraron armas a los “revolucionarios” (a pesar de los camelos acumulados de Félix Maiz, o de Botín, o del Servicio Histórico Militar, etc., ya indicados en este blog); tampoco mendigaron armas los socialistas o los anarquistas; ni siquiera las solicitó el gobierno republicano, reconocido internacionalmente, a ninguna autoridad extranjera, aunque hubiese estado en su perfecto derecho a tenor de la legalidad vigente en la época. Quienes sí complotaron con éxito completo fueron los monárquicos, con algún que otro militar a rastras, y lo hicieron, fascistizados como estaban, a la potencia en la que muchos de ellos se miraban embelesados.

Este tipo de conclusiones es lo que el profesor Payne no quiere que extraigan sus lectores. No pongo calificativos pero he acudido al DRAE en busca de definiciones. Que quien lea este post leerá en él, a título de ejemplo, dos vocablos que justifican el recurso a la cancioncilla infantil:

MENTIROSO: que miente

MENTIRA: expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente; cosa que no es verdad; acción de mentir

Moraleja: es difícil pescar liebres y cazar sardinas y antes se coje a un mentiroso que a un cojo.

Laus Deo.