Los camelos políticos e históricos de hoy no son cosa nueva: tienen antecedentes directos en la publicística española (V)

13 diciembre, 2022 at 8:30 am

ESTA SERIE ESTÁ DEDICADA A LA MEMORIA DEL PROFESOR RICARDO MIRALLES, CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA UPV, EN EL RECUERDO Y CON MI ADMIRACIÓN

Ángel Viñas

La impresión que surge tras la lectura de las informaciones que he reproducido en entregas anteriores es que la supuesta decisión del Politburó del PCUS (no había otro: no se trataba de una decisión de la Comintern) se “construyó” a posteriori. Esta noción se acentúa porque tampoco encaja con el ulterior desarrollo de los hechos (materia prima de cualquier historiador que se precie). El programa de la coalición de Frente Popular no recogía muchos de los puntos que aparecían en el “documento” milagrosamente exhumado por el diligente autor ya identificado.

De todas maneras, es igualmente obvio que tampoco en febrero de 1936, a los pocos días de las elecciones y en espera de una segunda vuelta, se habría planteado en Moscú la “eliminación” de Alcalá-Zamora. No estaba en las manos de los dirigentes moscovitas otear el futuro español a la manera de un conjunto de Nostradamuses de los tiempos soviéticos.  En el momento del triunfo de la coalición de Frente Popular eran otros los problemas que en España se suscitaban de inmediato, aunque naturalmente muchos de sus integrantes estaban descontentos (con razón) con la actitud previa de Don Niceto que había metido la pata hasta el corvejón adelantando las elecciones y destruido las esperanzas y proyectos de un Gil Robles, más inteligente y sinuoso.

En todo caso los amables lectores comprenderán que el vocablo “eliminación” tiene siniestras connotaciones. Lo que surgió fue la deseabilidad de sustituir a Don Niceto por otra persona más acorde con las sensibilidades de la coalición que había ganado las elecciones. Esto ha dado origen a numerosas discusiones. El gobierno, de entrada, lo asumió Azaña (en el cual no se lució demasiado) y después de muchos conciliábulos se planteó la posibilidad de que pasara a la presidencia de la República. Azaña pensó que Prieto podría colocarse al frente del Ejecutivo. Que los soviéticos (que no pintaban nada en la alta política republicana) dibujasen en su gélido invierno moscovita tal escenario a los diez días de las elecciones de febrero es de auténtica carcajada.

Las medidas del Gobierno que surgió, un tanto inesperadamente tras la deserción inmediata del hasta entonces presidente del Consejo, Portela Valladares, se orientaron en otra dirección: proceder al cambio de destino de dos de los jefes militares de quienes las izquierdas no podían fiarse lo más mínimo. Los generales Franco y Goded. No fueron oprimidos. Simplemente se les trasladó a lugares donde siguieron conspirando (sin que las autoridades movieran un dedo). Al general Cabanellas, que había declarado el estado de guerra en la V Región Militar (cabeza en Zaragoza), no le pasó nada. Quizá lo protegieron los tan cacareados masones, pero allí se quedó y siguió conspirando.

Naturalmente hubo después otros movimientos, pero ¿qué jefes y oficiales fueron coaccionados y reprimidos? Son palabras mayores. El diligente autor de la preciada Universidad privada y católica parece ignorar que incluso Ricardo de la Cierva, mucho antes de 2011, había alumbrado a varios de los más importantes: se estaba desarrollando una conspiración en ciertos sectores del Ejército que -afirmó mendazmente- se había relanzado poco antes de las elecciones.

¿Y qué decir de las expropiaciones y nacionalizaciones de la propiedad, incluido el propio Banco de España? En primer lugar, el programa del Frente Popular se había constituido formalmente el 15 de enero de 1936. Se hizo público (es fácil encontrarlo en Internet en el ABC del día siguiente).  Lo han comentado numerosos historiadores. Muchos de los planteamientos más extremistas no se le habían incorporado. Que después de las elecciones el Politburó incidiera en, por ejemplo, la nacionalización de la banca hubiera sido incomprensible. Ni siquiera se hizo durante la guerra, cuando supuestamente la mano de Moscú se abatía sobre la desgraciada España. ¿Se cerraron por lo demás iglesias y casas religiosas en la primavera de 1936? Cuando hubo asaltos fue por motivos y exasperaciones bien documentados.

No hablemos de la independencia de Marruecos, la declaración de guerra a Portugal, la creación de la República Soviética Ibérica, etc, etc ¿Cómo fue posible publicar tan egregias estupideces en 2011? Por una razón muy sencilla: el tan distinguido catedrático de la Universidad privada madrileña absorbió glotonamente una leche nutricia pero que estaba envenenada de raiz. Es la misma leche que alimentó, en su momento, las fobias de la derecha más carpetovetónica y que acudió a las banderas golpistas en el verano de 1936.

Nuestro autor quiso probablemente reivindicar, contra centenares de títulos escritos y millares de documentos, la probidad, supuestamente impoluta, de quienes se situaron tras la sublevación. Es decir, salvar el honor -es un decir- de las partes del Ejército rebeldes, de Falange, de los carlistas, de los monárquicos, de la Iglesia (sobre todo, de la Iglesia), unidos contra una banda de “facinerosos” al frente del gobierno del Estado. Que eso tenga que ver algo con los hechos y con las pulsiones que aletearon detrás es algo que no le preocupa.

Es decir, se aplica la técnica del despropósito justificativo después de la sublevación desvirtuando esta de manera tal que la lista pudiera servir de “explicación” ex ante de la imperiosa necesidad de prevenir una “revolución prosoviética” ex post. Es la misma lógica que estuvo en la base del famoso Dictamen de 1938 de la comisión montada por el inefable abogado del Estado y ministro de la Gobernación, también cuñado de Franco, Ramón Serrano Suñer (otro embustero de armas tomar) sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes en 18 de julio de 1936. No en vano figuraron en ella destacados conspiradores de los que prepararon el golpe de Estado. Algunos desde casi el comienzo de los años republicanos.

Como bazofia “histórica” los amables lectores admitirán que la supuesta decisión del Politburó de febrero de 1936 es difícil de superar. No es de extrañar, pues, que desde hace años numerosos historiadores y servidor vengamos sosteniendo que las pretensiones de la sedicente “historiografía” neofranquista con respecto al origen de la guerra civil no están respaldadas por evidencia documental solvente.

Tampoco crean, en ningún caso, que el tan ilustre catedrático (de una Universidad confesional) objeto de este sucinto comentario es un caso aislado. En este mismo blog he tenido ocasión de abordar las últimas producciones (de 2019 y 2021: no me acusarán de no estar al día) de dos incluso más ilustres generales -de Brigada y de División- que abordan la cuestión bajo las mismas, o parecidas, perspectivas: constitución -¡en Asturias!- del Ejército Rojo, sovietización de España, peligro existencial para la PATRIA.

Es como si no se hubiera escrito nada al respecto desde que los historiadores dejamos de pasar por una censura destinada a guardar las doctrinas intangibles de la dictadura. Quizá cuando salga mi próximo libro, tengan algún sobresalto adicional.

 ¡Ah! ¿Y Negrín? El tan denostado Negrín, a la derecha y a la izquierda, demonizado por los franquistas, los anarquistas, los conservadores, los “liberales” y los poumistas. No seré el único en 2023 en recuperar su memoria. Otros (entre ellos, por añadidura, algún extranjero) lo harán también. Con papeles. No con inventos en los que tan consumados son algunos políticos, comentaristas y periodistas del montón en las tierras de Dios que son ESPAÑAAAAA.

(continuará)

Los camelos políticos e históricos de hoy no son cosa nueva: tienen antecedentes directos en la publicística española (III)

29 noviembre, 2022 at 8:30 am

       ESTA SERIE ESTÁ DEDICADA A LA MEMORIA DEL PROFESOR RICARDO MIRALLES, CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA UPV, EN EL RECUERDO Y CON MI ADMIRACIÓN

Ángel Viñas

Confío en que los amables lectores no se hayan desanimado porque me haya permitido recordar en los dos posts anteriores aspectos que a muchos historiadores les sonarán como trivialidades. Pero me parecieron necesarios a fin de preparar el terreno en el que se mueve esta pequeña serie de posts. En el presente centro la cuestión.

A lo largo de la guerra civil y la posterior dictadura franquista (casi cuarenta años) hubo una reacción única a los, en mi modesta opinión, cuatro grandes interrogantes de la evolución histórica española en la primera mitad del siglo XX:

  • ¿Por qué hubo una guerra civil?
  • ¿Quién la quiso y preparó?
  • ¿Por qué?
  • ¿Quién empezó antes a matar?

Las respuestas fueron inequívocas y excluyentes. Se expresaron, eso sí, con mayor o menor contundencia a lo largo del período. Espero no ser demasiado conciso si señalo que los camelos, históricos y políticos, difundidos fueron del siguiente tenor:

  • La guerra civil fue inevitable
  • La quisieron y provocaron las izquierdas.
  • Una gran parte de ellas deseaba establecer en España un régimen soviético o para-soviético.

(Tras el colapso de la URSS pasó a afirmarse que lo que en realidad querían era un régimen revolucionario de características que no se han precisado demasiado).

  • También fueron las izquierdas las que empezaron a matar porque en la primavera de 1936 crearon una situación intolerable e invivible, con destrucciones, saqueos, asesinatos, incendios, asaltos, etc. Un contexto, pues, absolutamente apocalíptico.

Los amables lectores observarán que no menciono el caso de la insurrección obrera de Asturias, aunque un sobresaliente general de división, descendiente de uno de los generales rebeldes, continúa impertérrito afirmándolo hasta en fecha reciente acudiendo a “autoridades” de risa. Sí cabe afirmar que tuvo dos efectos fundamentales. A los militares que más tarde se sublevaron les enseñó que contra un amplio sector del Ejército, debidamente preparado y condicionado, el Gobierno tendría poca fuerza que oponer. Los Gobiernos de la primavera de 1936, en cambio, ni interiorizaron ni, sobre todo, operacionalizaron las lecciones que cabría extraer de aquellos acontecimientos.

Todo esto he tratado de explicarlo en mi libro El gran error de la República y no lo repetiré aquí. Junto con el precedente (¿Quién quiso la guerra civil?) he documentado, en lo posible, cómo se combinó el haz de factores que determinaron las condiciones suficientes para el posterior estallido. Ni que decir tiene que la explicación de la dictadura fue, desde el comienzo del golpe, muy diferente.

En esta explicación, y supuestas las circunstancias de desbarajuste total, no pudo extrañar que la parte más sana de las fuerzas armadas y de un amplio sector de la propia sociedad española se vieran obligadas a recurrir a la legítima defensa. Únicamente gracias a tal reacción se evitó que España se convirtiera en un bastión del comunismo y, por ende, en una amenaza para Europa e incluso para toda la civilización occidental. En realidad, se les debía todo el reconocimiento que recibieron en la dictadura y que todavía reivindica un amplio sector de la derecha española más o menos manipulado.

Aun en nuestros días se publican libros o artículos que, de una u otra manera, defienden y argumentan lo bien fundado de las anteriores afirmaciones y, por ende, sus resultados.  Puedo citar como ejemplo el de un distinguido general ya mencionado en este blog en un libro aparecido a bombo y platillo en el año 2021. Otros retroceden incluso a los tiempos del glorioso Imperio en el que no se ponía el sol y a la envidia torera que su existencia y sus éxitos despertaron en otros países, cualidades negativas que suponen siguen teniendo efectos hasta nuestros días.

La situación me parece un tanto sorprendente. A principios de los años cincuenta aparecieron en la República Federal de Alemania algunas memorias o biografías que trataron de explicar, de manera no demasiado condenatoria, el proceso que llevó al Tercer Reich y a la segunda guerra europea y mundial. Con prudencia, eso sí, porque la derrota y la ocupación estaban todavía muy presentes en el recuerdo de todos.  Constituyó un golpe de efecto el que, en 1985, a los cuarenta años del final de la guerra en Europa, el presidente Richard von Weizsäcker se pronunciara oficialmente, desde su alta magistratura, en el sentido de que tal desastre, colapso o hecatombe (Zusammenbruch en alemán) había sido, en realidad, el momento de la liberación (Befreiung) de la tiranía nacionalsocialista.    

Cada país lucha con sus demonios pasados como quiere y como puede. En España hubo que esperar a 2007 para que las Cortes aprobaran la Ley de Memoria Histórica y hasta el reciente mes de octubre para que lo hicieran con la Ley de Memoria Democrática. Eso sí, tras un duro forcejeo mantenido por las derechas sin excepción y con subterfugios que no afectaban a lo esencial. No recuerdo a ningún prohombre o minifigura de las derechas que no haya disimulado una parte de la propia historia. Ricardo de la Cierva modernizó, como pudo, el canon acuñado durante el franquismo y sus resultados le han sobrevivido, aunque sean hoy los menos quienes lo citen. 

Pero como la historia siempre se escribe desde el futuro analizando los hechos, datos, decisiones y circunstancias de los que para quienes la hicieron eran su presente, hoy, cuando ya se han abierto bastante los archivos (no todos) podemos afirmar sin temor a equivocarnos demasiado que algunos (y no en las izquierdas) desencadenaron la guerra civil y mantuvieron en pie la dictadura.

Sin embargo, no es la evolución de la derecha española lo que aquí me interesa. Me interesa más lo que se afirma en algunos libros de historia, con sus combates de frente y de retaguardia. En el próximo post me referiré a uno de sus más denodados defensores en un libro que se autodenomina de historia. Dejo de lado las estupideces que circulan por internet y las que distribuyen aficionados, periodistas y militares connotados, siempre como si fueran verdades inapelables y eternas.

Para servidor la desvirtuación frontal de la historia de los orígenes de la guerra civil (es decir, la cuestión clave de la que se derivan todas las demás) se encuentra en dos libros inequívocamente de la derecha más acrisolada, es decir la de cuño franquista. Casi todo está en ellos. Hay otros, por ejemplo, la Historia de la Cruzada española de Joaquín Arrarás, pero el autor era un periodista de medio pelo, cuyos grandes méritos consistieron en ser miembro de Acción Española, es decir del núcleo más inequívocamente monárquico alfonsino de la conspiración, y haber escrito la primerísima biografía del omnisciente, del elegido por la gracia de Dios y de su santa Iglesia, vencedor del comunismo y salvador de España, el general Francisco Franco.

Los dos libros en cuestión son

Servicio Histórico Militar: Historia de la Guerra de Liberación, tomo 1 (no tuvo seguimiento), Madrid, 1945, y

Ricardo de la Cierva: Historia de la guerra civil española.  Antecedentes. Monarquía y República, 1898-1936, Librería Editorial San Martín, Madrid, 1969.

(Aprovecho la ocasión para sugerir al Ministerio de Defensa la publicación del primero, con o sin edición comentada: sería un gran servicio a la historia y a la democracia)

(continuará)

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…. Y en la nuestra, calderadas (II)

18 octubre, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

Por fortuna, o por desgracia, no soy de los patriotas que se dan continuamente golpes de pecho, deplorando que no se consideren suficientemente en la enseñanza de la HISTORIA las glorias del Imperio. Tampoco comulgo con el menéndezpelayismo que se revive continuamente en ciertos medios y, en particular, en las redes sociales. Todo país tiene su pasado y lidia con él como puede y/o como le dejan. Me irrita, sin embargo, que en ellos se agite una versión de los tiempos extinguidos que, no por casualidad, coincide en sus esencias con la que, más o menos, se enseñaba a los niños de mi generación en la posguerra española.

Las críticas de los medios y portavoces de la derecha (PP, Vox y lo que queda de C´s) a las Leyes de Memoria Histórica y de Memoria Democrática han sido constantes en su afirmación de que ambas pretenden “imponer” una versión “única” (la “roja”, la “izquierdista”, la de los “derrotados en una santa guerra civil”). Yo me congratulo de haber aprendido, en España y fuera de España, otra versión que difiere de tales patochadas. También de haber contribuido, muy modestamente, a deshacer algunos de los entuertos de la primera, en la senda de historiadores mucho más importantes que mi humilde persona.

Sigo preguntándome, no obstante, cuál es el objetivo de aquellos “patriotas”: ¿quieren hacer bueno el dictum, tan repetido, de George Orwell del que quien controla el presente controla el pasado y quien controla este último controla el futuro? ¿Quieren reimplantar la hegemonía de una concepción, de un partido y de una clase y que todos los demás se inclinen ante ella como si fuéramos adoradores del dios Baal, sacrificios incluidos? La lucha por el poder no me parece suficiente. Algo falla en mecanismos más profundos.

Si, como deseo, España no llega a seguir masivamente el camino de Hungría, los EEUU de Mr Trump, la Rusia de Putin y el de las amenazas que penden sobre Francia e Italia, cabría suponer que la reciente LMD será asumida más pronto que tarde, como corresponde, por el grueso de  la sociedad española.

No trata de abrir heridas, porque las supuestas “heridas” nunca fueron cerradas; no trata de adoctrinar a los jóvenes con enseñanzas peligrosas para la democracia, porque para la democracia lo peligroso es la evocación de un pasado un tanto vergonzoso; sí acentúa el deseo de no favorecer la marcha hacia la aceptación de un Estado como el que padecimos hasta 1975 (con el aplauso de tantos militares, jueces, “educadores”, funcionarios y eclesiásticos). Se trata, simplemente, de hacer más o menos normal lo que es más o menos normal en los países de nuestro entorno. Cada uno con sus especificidades.  

¿O acaso piensan los cerebros dirigentes del PP, Vox y lo que queda de C´s que la España anterior a 1977 debería ser el modelo a seguir, actualizado para cumplir “imposiciones” extranjeras, pero que económicamente les (nos) benefician? Se basó, ciertamente, en mentiras colosales (de las que a la derecha española cuesta tanto trabajo deshacerse) y a las que, al menos, tres generaciones de historiadores nacidos después de la guerra, en las postrimerías de la dictadura y después de la subida a los cielos del general Francisco Franco hemos tratado de poner los adecuados correctivos.

Lo hemos hecho siguiendo las pautas normales y corrientes en los países occidentales de nuestro entorno cultural: relecturas críticas de los trabajos de los historiadores del “anterior régimen”; búsquedas de evidencias documentales en archivos españoles y extranjeros; importación de los nuevos planteamientos en la historiografía contemporánea; celebración de congresos, simposios y seminarios en los que exhibir las divergencias naturales entre unos y otros. ¿Qué más puede pedirse a los historiadores españoles?

Simplemente contribuimos a deshacer los mitos que abundan en nuestra historia. Como han hecho nuestros compañeros en las historias de sus respectivos países. No pretendemos haber llegado a la cúspide del conocimiento del pasado, pero sí empezar a recuperar el tiempo perdido.

Y aquí incluso hemos innovado, porque la historia no se encierra solo en documentos (que son mi ámbito de preferencia). También se halla en las “tumbas del olvido”, en las cunetas de las carreteras, en las rastrojeras y bosques de Galicia, Castilla la Vieja, León, Navarra, La Rioja, Castilla la Nueva, Extremadura, Andalucía, Levante, Baleares, Canarias, Marruecos y otras más.

Historiadores, arqueólogos, técnicos, especialistas, forenses, etc. han desarrollado -o importado- nuevas técnicas, nuevos instrumentos, nuevos métodos para sacar a la luz la barbarie de los vencedores (y también repasar la achacada a los vencidos, que de todo hubo en la viña del Señor, a pesar que la de estos ya fue puesta en relieve, exageradamente, en la Causa General, que la dictadura nunca llegó a exhibir al público).

¿Por qué, pues, el griterío, un tanto histérico, que ha acompañado al debate de las leyes de memoria?

Servidor tiene una respuesta incompleta, quizá demasiado simple, pero que no he tomado de nadie, que me ha sobrevenido tras años de análisis detenido de las evidencias primarias documentales de época. Como las que fueron dando a la luz desde fechas tempranas Ian Gibson en el caso de Lorca; Paco Espinosa, en el ámbito de la División Orgánica nº 2 en Sevilla y Extremadura; Francisco Moreno Gómez en Córdoba y tantos y tantos otros que después han ido incrementando el volumen y la calidad del conocimiento.

Mi respuesta, provisional como tantas afirmaciones en historia (que nunca es completa, nunca definitiva), es que una de las características fundamentales de la historiografía acuñada en el franquismo sobre la República y la guerra civil estriba en que practicó sistemáticamente, constantemente, una táctica de camuflaje que responde al concepto de proyección.

Me di cuenta de ello demasiado tarde (aunque nunca es tarde si la dicha es buena) y la expuse y argumenté en La otra cara del Caudillo en 2015. Desde entonces me ha sido un instrumento útil para aclarar algunos puntos esenciales en las actividades y propaganda generada por Franco. Consiste, simplemente, en atribuir al adversario (perdón, al “enemigo” en la jerga de Carl Schmitt) un tipo de comportamientos que es el reflejo de los propios.

Así, como han puesto de relieve entre otros Herbert R. Southworth, Paul Preston, Rafael Cruz y Eduardo González Calleja y su equipo, se justificó el asalto a la República; se explicó la creación de una caótica situación de quiebra de la ley y el orden en 1936; se lavó los cerebros con la imprescindible reacción ante el enemigo schmittiano; la tan celebrada “sovietización” de España, cuando lo que se dilucidaba era hasta qué punto debía llegar la “fascistización” de la propia; el tan traído y llevado “cerco internacional”  o la amenaza de la injerencia extranjera tras 1945; el “odio” a la PATRIA de las tres Internacionales carreroblanquistas (la comunista, la socialista y la masónica), amén de un largo etcétera.

Un etcétera a cuya defensa y explicación contribuyeron muchos:  periodistas, militares, curas (incluso en el Vaticano) e historiadores y que encontró su más depurada (y, con frecuencia, también absurda) plasmación en la ingente obra del único autor con dos dedos de frente (no en vano había sido jesuita) que fue Ricardo de la Cierva, hoy ya olvidado incluso por las derechas más o menos histéricas en temas que nos quieren inducir a aceptar sus interpretaciones como leyes de evolución de la historia.

Bienvenida sea, pues, la nueva Ley de Memoria Democrática. No será un fin, pero si es un nuevo comienzo. Quizá ya dejemos de echarnos autoculpas cuando los alemanes (con una historia más horrorosa tras de sí) todavía se las ven y se las desean con la mejor forma de superar el recuerdo de sus dos dictaduras.

Tengan en cuenta los amables lectores que no hay historia definitiva. Con estas palabras da comienzo el prólogo de mi próximo libro que estará ya en las librerías antes de finales del mes de enero. Ahora bien, ya desde aquí planteo una siempre cordial invitación a los historiadores, periodistas, juglares, miembros de la FNFF y lectores que creen a pies juntillas en alguno de esos profesores foráneos que no ha trabajado en su vida en un archivo.

No son quienes han descubierto, por la suprema e incognoscible gracia del Altísimo, las claves de la evolución de la historia española desde la caída de la Monarquía alfonsina. No sé si llegaré a ver a lo mejor a unos y otros exhibir nuevas evidencias primarias relevantes de época, en España y en el extranjero, que puedan oponer con contundencia y exactitud a las que otros historiadores, entre quienes tengo el honor de contarme, han empleado medio siglo años en ir reuniendo a trancas y barrancas.

FIN

Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (V)

14 julio, 2020 at 11:05 am

Ángel Viñas

En los posts anteriores he planteado la cuestión de si la República no tendría ya perdida la guerra en septiembre de 1936. Muchos lo pensaban. ¿Por qué? Las respuestas pueden clasificarse en dos grandes categorías: la primera tiene que ver con los avances de los sublevados sobre el terreno; la segunda, con el impacto de las decisiones adoptadas en el ámbito exterior, deletéreo para los republicanos y altamente positivo para sus adversarios. Añádase a ello el peso relativo que se atribuye (o que pueda atribuirse) a ambos elementos y se comprenderá que el debate quedó servido desde que los historiadores (en los años de la dictadura fueron principalmente extranjeros) empezaron a estudiar lo ocurrido con evidencias documentales. Dicho debate continúa hoy. ¿Es posible racionalizarlo? Si los historiadores no lo conseguimos, los periodistas y aficionados (dicho esto con todo respeto) no lo lograrán. ¿Cuántos de entre ellos van en busca de papeles? El marco general se conoce pero detrás de él y por debajo de él moran los diablillos.

Quien esto escribe es muy consciente de que, por un lado, la característica fundamental de la historia es que nunca es definitiva y , por otro, que la que se escribe se hace siempre desde las percepciones del presente. No puede ser de otra manera. Sobre lo segundo poco cabe hacer. Todo historiador vive en su época. No en la pasada y tampoco en la futura. Pero sí puede hacerse, y mucho, en relación con la primera característica.

Hubo una época en que los historiadores de derechas escribieron que el golpe del 18 de julio surgió como la respuesta, desesperada, de grandes sectores del Ejército y de la sociedad ante la inminencia de una revuelta comunista. En este blog ya he pasado por una pequeñita trituradora lo que denominé sus justificaciones primarias. Tal interpretación ha disminuído, aunque no desaparecido, porque no cuadraba con los hechos. Ahora se buscan otras: por ejemplo, el supuesto caos, la terrible carnicería que se abatio sobre la sociedad española, incluso la proliferación de insultos al Ejército, columna vertebral de la PATRIA. Desde parámetros opuestos otros historiadores escribieron que los conspiradores que preparaban el golpe contaban con el previo apoyo de las potencias fascistas. Tesis negada enfáticamente por los primeros.

Esta controversia ha tomado un nuevo cariz. Ahora los malos no son los comunistas, que no pintan nada (salvo quizá para los que divisan un nuevo “Frente Popular” en la España actual de nuestros pecados) sino los socialistas “comunistizados”. No hay, por ejemplo, sino seguir la trayectoria de un eminente historiador de la literatura que ha escrito un éxito editorial, grueso, asequible y actualizado con las adecuadas adaptaciones. Desde las primeras páginas el énfasis se pone en un par de afirmaciones, descontextualizadas, de Largo Caballero. Defiende, además,  un concepto vago y difuso, pero con mucho appeal, quizá porque responde a las sensibilidades del momento: las supuestas tres Españas. Como concepto analítico no vale demasiado. Ni siquiera lo es, en mi opinión, el que le precedió y que tanto acentuaron los historiadores franquistas: dos Españas. Notemos que, con menos énfasis, también se encuentra en la historiografía comparada,  por ejemplo, en Francia (desde las consecuencias de 1789) o en Italia (desde la unificación y el retraso secular del Mezzogiorno). Y no quiero entrar en la formación histórica del Reino Unido, que ahora ha vuelto a renacer en Escocia.

Como este tipo de cuestiones son difícilmente solubles porque tienen que ver con los mitos dominantes en una época u otra, lo que sí cabe hacer, en términos puramente operativos, es enfocarlas de forma sistemática desde las raíces de los comportamientos económicos, políticos y sociales en la medida en que se manifestaron en actuaciones que dejaron huellas reconstruibles.

Por lo menos, con los documentos de época puede avanzarse en el conocimiento de ciertas parcelas del pasado. En el caso español el apoyo exterior a los contendientes es uno de ellos.  ¿Quién de entre los que querían descuartizarse entre sí,  lo tenía más y mejor asegurado, y cómo, o también en mayor o menor medida? Dicho de otra manera: ¿cuáles eran los recursos foráneos a que podían echar mano las variopintas izquierdas (anarcosindicalistas, socialistas, comunistas y otras)?, ¿cuáles las no menos variopintas derechas (CEDA, monárquicos, carlistas, falangistas y otras)?, ¿hasta qué punto estaban involucrados los elementos de fuerza (Ejército, Marina, Guardia Civil, Guardias de Asalto)?. No en último término, ¿cómo se percibía desde el exterior al Gobierno?, ¿cómo a sus  opositores?, ¿quienes eran susceptibles de conectar mejor con las tendencias ideológicas de la época?

Todo esto ha dejado huellas documentales. En archivos extranjeros y también en archivos españoles.  Y, claro, los historiadores se basan, entre otros, en papeles. ¿Cuáles son los aportados por los proclives a los vencedores hasta 1975, merced a las bondades de una censura de guerra y luego de Fraga? En el post anterior me he servido del ejemplo del origen de las Brigadas Internacionales. Toda una construcción pro-franquista desde la guerra misma hasta principios del presente siglo había dejado sin responder documentadamente a tal pregunta.

¿Cuáles son los documentos aportados por el mismo tipo de historiadores respecto a los suministros materiales que recibieron los “nacionales” (término que todavía algunos usan), según dicen tras el primer momento y como respuesta a los enviados a los defensores del Gobierno?

Hace años, todavía bajo la dictadura, pero casi a su final, algún que otro historiador de recias convicciones proclives a los vencedores, se satisfizo con los documentos diplomáticos franceses publicados, los alemanes también aparecidos aunque en versión francesa (una selección sobre los ya disponibles en inglés y alemán) y echó cuentas. La República se precipitó a solicitar la ayuda extranjera. ¡Qué falta de patriotismo!

Que el 19 de julio el nuevo presidente del Consejo José Giral apeló a su homónimo francés está fuera de toda duda. Se supo en el pasado. Se aireó en la prensa, sobre todo la extranjera. Los diplomáticos españoles pasados a los sublevados lo gritaron por todas las esquinas. Un eminente agregado militar, Antonio Barroso, posterior ministro del Ejército, destacó en sus gestiones para impedir los suministros.

Pero…. se pasó por alto que el Gobierno de Madrid estaba reconocido en el ámbito internacional y sostenía relaciones con casi todos los Estados existentes, que nada en el derecho internacional público de la época impedía a un Gobierno con tales características adquirir armas en el extranjero para su propia defensa. Se disminuyó la importancia -cuando salió a la superficie- de que los dos Gobiernos, el español y el francés, habían contraído compromisos en materia de tal orden de suministros mediante un intercambio de notas confidenciales anejas al acuerdo comercial de 1935 (concluido, por cierto, bajo una coalición gubernamental de derechas). Minucias, pero que no han evitado que la controversia prosiga (volveré al tema en el futuro al aludir a un libro reciente)

Por mi parte, en 1974 di a conocer el caso alemán basándome en fuentes primarias. Me opuse a una rancia tradición que alegaba que el funcionamiento del sistema de capitalismo monopolista de Estado imperante en la Alemania hitleriana había puesto sus codiciosos ojos en las materias primas españolas que servirían para empujar aún más y mejor el rearme nazi y que el Tercer Reich había prometido su apoyo a quienes iban a sublevarse. (Nadie ha encontrado hasta ahora la menor prueba de ello).

Al año siguiente, un investigador norteamericano, John C. Coverdale, publicó un libro sobre la intervención italiana en la guerra civil. Se pronunció taxativamente sobre la ineficacia de los compromisos plasmados en un acuerdo de 1934 entre los monárquicos alfonsinos, los carlistas y los máximos dirigentes del Estado fascista (se habían hecho públicos ya en 1937). En la derecha todos se pusieron muy contentos. Nadie revisó en profundidad la tesis de Coverdale, aceptada incluso por Renzo de Felice. En la izquierda el silencio o la aceptación fue lo normal.

Siempre quedó el comodín: los malvados bolcheviques (la expresión no es mía, es de un diplomático español del que aprendí mucho en temas de política de seguridad y que tenía un conocimiento enciclopédico de la internacional). En esto, los historiadores de derechas campaban por sus anchas porque tenían, desde 1936, consolidada una tradición, un montón de publicaciones, una doctrina. ¿No había escrito Bolín a mitad de los años sesenta que río arriba, por el Guadalquivir, en 1936 navegaban barcazas con armas rusas para preparar a las masas comunistas a la sublevación? ¿No había conseguido tan distinguido cantamañanas que el ministro de Asuntos Exteriores de la época, Fernando María Castiella, exdivisionario azul, Cruz de Hierro, le escribiera un encomiástico prólogo?

Y digo que campaban por sus anchas porque los archivos soviéticos estaban cerrados a cal y canto y porque apenas si circularon por España unos libros en castellano que publicaron las Ediciones del Progreso en Moscú con otra versión. El que no circularan fue algo que los historiadores defensores de la sacrosanta tradición franquista debieron de agradecer a los servicios de Aduanas y de seguridad de “su” Estado.

En aquellos momentos, con la historia de la guerra civil de Hugh Thomas prohibida, con la de Gabriel Jackson ignorada y con la carta blanca dada a un técnico de Información y Turismo el régimen se dispuso a capear el temporal que, a buen seguro, cocían fuera los “enemigos de España”.  Dicho técnico sabía mucho de teología, no tanto de historia, pero no en vano había dedicado un libro al generalísimo Franco en términos superbabosos. Incluso se apañaba en idiomas. Así, pues, le correspondió dar la respuesta mientras trepaba hacia las atalayas de la Editora Nacional. Donde, por lo demás, un viejo diplomático (que había servido lealmente a la República) y que por ello tenía que purgar tal pecado de juventud empezó con paso firme a poner al día, para beneficio de todos los españoles,  lo mucho que había aprendido sobre la política internacional en torno a la guerra civil y que, lo que son las cosas, coincidía con la versión dominante.

Es decir, de la dictadura se pasó a la Transición con conocimientos supuestamente a prueba de bomba sobre la carencia de compromisos exteriores previos por parte de los “nacionales” y con la imagen, grabada a fuego, de las aviesas garras de Moscú arrastrando a las hordas comunistas españolas. No en vano se llamó a lo que ocurrió despues “Guerra de Liberación”. Con mayúsculas.  

(continuará)

ERRATA

En el post anterior se deslizó una errata en las referencias.

Las notas del pié pags. 69-70 corresponden a «El escudo…»; y los capítulos 5 y 6 son de «La soledad…».

Presento mis excusas a los amables lectores.

Polémica sobre Juan de la Cierva (II)

5 febrero, 2019 at 8:30 am

En relación con el aspecto fundamental de si el inventor del autogiro sabía o no sabía la finalidad para la cual se le pidió que procurase un avión inglés el autor o autores de la entrada de Wikipedia fueron unos merluzos, por decirlo suavemente. No solo ignoraron los resultados de la historiografía sino también los dos libros de memorias que han alumbrado, aunque no del todo, el episodio. Se citan una y otra vez, pero ya se sabe que no vale iluminar a quien no quiere ver. Así, por ejemplo, Douglas Jerrold contó lo que sabía de cómo se embarcó a de la Cierva y para qué en sus memorias aparecidas en 1937. También Bolín aportó su granito de arena en las suyas, aparecidas treinta años más tarde. Para quienes aspiren a nota podrían acudir igualmente a las del marqués de Luca de Tena, propietario de ABC, que siguieron un poco después. Es más, si “fuentes” lejanas en el tiempo hubiesen resultado difíciles para tan audaces autores, podrían haber utilizado el librito de un periodista, Peter Day, publicado en España hace pocos años. Resume, acríticamente por cierto, lo escrito por los dos primeros y muestra que sabrá mucho de Inglaterra, pero poco o nada de España.  

Entre los tres primeros autores mencionados puede reconstruirse la operación (aunque con lagunas, porque Jerrold no conocía el trasfondo español y los dos patriotas no quisieron contar todo lo que sabían). Aparte de lo que escribió Jerrold, las versiones de Bolín y Luca de Tena difieren algo (afán de protagonismo del periodista, deformación y cuidadoso silencio en el segundo), pero lo que está absolutamente claro es que Juan de la Cierva supo desde el primer momento para qué iba a servir el Dragon Rapide. Y, enemigo de la República como era, no le pareció nada mal. No pretendo en estas líneas darme autobombo, pero al tema le he dedicado parte de tres libros y para el avión he contado con la inapreciable ayuda de mi primo hermano y expiloto Cecilio Yusta. Sobre el trasfondo monárquico de la operación (de lo que algunos creen que ya se sabe todo) todavía queda bastante por decir. Dentro de unos meses daré a conocer un grueso libro en el que expondré los manejos de la trama civil de cara al 18 de julio.

Por el momento baste con decir que a Juan de la Cierva le llamó días más tarde Alfonso XIII para que se desplazara desde Londres a Roma. La misión, que no explicó pormenorizadamente en carta a Mussolini, estribaría en convencer a los italianos de que el golpe que esperaban desde hacía varias semanas era el preparado por los monárquicos. El 20 de julio anunció el viaje al Duce brevemente: “Le supongo enterado de la enorme importancia del movimiento español. Faltan elementos modernos de aviación y con objeto de adquirirlos van a Roma Juan La Cierva [sic] (inventor del autogiro) y Luis Bolín, personas de mi entera confianza. El marqués de Viana [ayudante] portador de la presente le explicará todos los detalles y la ayuda que espero nos prestará”.

Es una misiva que se conoce desde hace más de cuarenta años, pero no se ha encuadrado suficientemente. Implica una triangulación telefónica entre el exmonarca, de vacaciones en Austria, y sus dos mensajeros. Bolín le habría anunciado el viaje bien desde Lisboa o desde Biarritz mientras que de la Cierva probablemente seguía en Londres. Sus implicaciones no se han explicitado. Para hacerlo hay que recordar que Bolín silenció cuidadosamente la presencia del ingeniero, que tuvo que llegar a Roma después de él. A decir verdad, también puso en segundo plano a Viana, que según el intrépido periodista no pintó absolutamente nada. Solo él, Bolín, arrancó a los italianos el compromiso de enviar aviones a Franco. Una estupidez como un pino que ha teñido gran parte de la historiografía. Las ventajas de ser un embustero consumado y un cínico de gran calibre. Cuando publicó sus memorias (España: los años vitales) en español y en inglés (aunque, por motivos no explicados, las dos versiones no siempre coinciden) de la Cierva llevaba casi treinta años criando malvas. Quien pudo desmentir a Bolín no lo hizo por razones que ignoramos. Se limitó a escribir una gélida referencia solapada que experiodista no llegó a leer porque murió a los pocos años de publicar su panfleto. Es indudable que, como ya había hecho con el para él glorioso vuelo del Dragon Rapide, quiso llevarse para sí el triunfo histórico de desencadenar la ayuda italiana a Franco.

No sabemos si de la Cierva llegó a ver a las autoridades romanas. Es probable que no. Hasta ahora no se ha encontrado ningún papel que lo documente.  Así que no tuvo más remedio que regresar a Londres. Si informó al exrey del resultado de su viaje tampoco es conocido. En aquel momento era difícil que pudiera pensar que, treinta años más tarde, Bolín iba a tener el tupé de alzarse con todo el mérito.

En Londres, ya metido de lleno en las labores de ayuda a los sublevados, hizo lo que sabía hacer. Gracias a sus contactos con el mundillo del transporte aéreo procuró adquirir aviones civiles para pasárselos a Mola. La sublevación había estallado sobre una Europa bastante desprevenida (no en los casos de Italia e Inglaterrra), pero ya el 25 de julio Hitler había decidido enviar ayuda a Franco. Pocos días después dos aviones italianos tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso en la zona francesa de Marruecos. La noticia apareció en grandes titulares en la prensa internacional. En el ínterin el consejo de ministros francés dudaba en si ayudar o no a la República y cómo. A principios de agosto, lanzó la idea de la no intervención, una forma de cordón sanitario para evitar que los países europeos apoyasen activamente a los contendientes. Con ello escondía la incapacidad francesa de ayudar al Gobierno legítimo de la República.

Alemania e Italia hicieron caso omiso y durante agosto procuraron retrasar la puesta en práctica de la no intervención mientras enviaban armas, municiones y militares a Franco y Portugal prestaba una preciosa ayuda diplomática, sobre todo en Londres. Aquí el gobierno tory incluso se adelantó y el 19 de agosto la proclamó unilateralmente. El ingeniero pudo apañarse, en un plazo sumamente corto de unas tres semanas, para según Gerald Howson adquirir unos diez aviones civiles (a Barcelona llegaron 14).  No le faltó dinero. Se ignora de dónde lo obtuvo. Pudo ser de March (que había pagado a toca teja los italianos). Tal vez del propio exrey. No en último término de monárquicos agradecidos.

Le ayudaron dos circunstancias: el nuevo embajador en Londres, Julio López Oliván, siguió una conducta sinuosa de doble juego. Demoró en todo lo posible los encargos que le hacía el Gobierno de Madrid (una forma de sabotaje) y pintó en negros colores al británico lo que pasaba en España. Mientras tanto, casi todo el cuerpo diplomático español asentado en Londres, incluidos los agregados militares, se pasó a los sublevados salvo contadas excepciones. A principios de agosto hubo que enviar a un jefe, el comandante Carlos Pascual Krauel. Sus comunicaciones fueron rápidamente descifradas por las autoridades británicas.

Sin duda a Juan de la Cierva la exploración del mercado inglés no le llevó todo su tiempo. Así que miró hacia el continente. Por fortuna, he encontrado un documento -conocido, pero mal interpretado- que permite echar luz sobre sus andanzas en la Alemania nazi. Lo expondré en el próximo y último post.

En el ínterin más detalles sobre lo tratado hasta ahora pueden encontrarse en tres de mis libros La soledad de la República, La conspiración del general Franco y El primer asesinato de Franco (escrito al alimón con Cecilio Yusta Viñas y Miguel Ull Laíta). Todos en CRÍTICA. Daré infinitamente mucha más información en el previsto para esta primavera.

(continuará)

Ahora que llega el 18 de julio vamos a contar mentiras, tralará (bis)

18 julio, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Quisiera empezar este post disculpándome ante mis lectores. Con él no termino la serie sobre Hitler, que dejo para la semana próxima. Lo pospongo por dos razones. En primer lugar porque se publica, excepcionalmente, un lunes coincidiendo con el 18 de julio, fecha convencional del estallido de la guerra civil hace hoy ochenta años. En segundo lugar porque acabo de darme cuenta de un episodio que me parece representativo de cómo algunos escriben “historia” o, al menos, sobre el pasado. En este caso, el profesor Stanley G. Payne. El titulo del post recuerda, vagamente, a la primera línea de una canción infantil en la que las liebres corren por el mar y las sardinas por el monte.

Estoy ojeando EL CAMINO AL 18 DE JULIO cuyo subtítulo reza, nada menos, LA EROSION DE LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA (DICIEMBRE DE 1935-JULIO DE 1936). Una conferencia con el mismo título, la primavera pasada, en el CESEDEN generó cierta controversia en la prensa y las redes sociales. Se reflejó incluso en este modesto blog.

No voy a hacer aquí ni una crítica ni una reseña del libro. Recientemente ha aparecido una muy elogiosa escrita en la REVISTA DE LIBROS. No estoy de acuerdo ni con ella ni con la orientación de la obra reseñada, pero de ello no quiero escribir. No es el momento ni el lugar.

He tenido ocasión de cruzar espadas con Payne. Por ejemplo, en mi libro LA OTRA CARA DEL CAUDILLO mostré su indigencia investigadora. Lo he hecho también, en este blog, en relación con su tratamiento del bombardeo de Guernica. Indignado por su biografía de Franco (escrita con un periodista de pasado dudoso) dirigí un número extraordinario de la revista académica digital HISPANIA NOVA en el que un grupo de historiadores españoles pusimos al descubierto algunas de las características metodológicas del tan alabado autor norteamericano (los lectores que quieran ojear el número pueden encontrarlo en la red).

Así, pues, no me sorprende mucho la obra de Payne. Sin embargo, al ojearla me he encontrado con un caso de desfachatez tal que me veo obligado a ponerlo en la picota públicamente. No espero que responda porque, en realidad, no tiene respuesta posible. Pero sí lo aireo como aviso a navegantes.

Para ahorrar a los lectores los 19,90 euros que cuesta el libro según su precio de tapa reproduzco lo que escribe el autor en las páginas 290 y 291. En itálicas transcribo lo que resulta totalmente inadmisible.

“Mola no emprendió ninguna iniciativa seria para ganar un apoyo extranjero, aunque, como hemos dicho, Sanjurjo había viajado a Berlín en marzo en busca de armas, sin éxito, y en junio los monárquicos trataron, igualmente sin éxito, de reabrir las relaciones que habían establecido con el Gobierno italiano tres años antes”.

Esta frase lleva una nota al pie que dice así:

Al comienzo de 1933, una iniciativa conjunta de monárquicos alfonsinos y carlistas habían (sic) firmado un acuerdo con Roma que prometió una ayuda italiana limitada por (sic) una rebelión armada contra el régimen republicano, que después pasó a ser letra muerta. En junio de 1936, los monárquicos del grupo Renovación Española, que mantenían una conspiración paralela con elementos de la UME, trataron de ganar apoyo financiero de Roma, mientras reanudaban la petición de armas”.

Se añaden dos referencias: una a Ismael Saz y su clásica obra y otra a la  contribución de servidor al libro dirigido por el profesor Francisco Sánchez Pérez, LOS MITOS DEL 18 DE JULIO.

El lector no advertido no se dará cuenta de lo que va en itálicas constituye una superchería. No ha tenido inconveniente en tergivesar todo lo posible en relación con un tema que ha hecho correr ríos de tinta. Las siguientes observaciones son las mínimas:

1ª Los contactos entre conspiradores españoles y fascistas italianos se remontan, por lo menos, a 1932 (incluso hay indicios de que a Roma se comunicó algo acerca de la preparación de la “Sanjurjada”) pero políticos muy significativos empezaron su peregrinaje hacia la capital del fascismo ya en el otoño. No para tomar el té. Con galletas o sin ellas.

200px-Antonio_goicoechea22ª Como resultado de estos contactos, que fueron intensificándose y densificándose en los meses siguientes, se llegó al acuerdo con Mussolini de 31 de marzo de 1934 (no de 1933). Documentación al respecto, que guardó para sí Antonio Goicoechea, número dos de José Calvo-Sotelo, la encontraron las milicias en su casa madrileña en plena guerra civil. Esta vergonzante faceta de la conspiración quedó expuesta a la luz del sol. Ha generado numerosos artículos y comentarios.

3ª Obsérvese que el acuerdo se concluyó no cuando gobernaba una coalición de izquierdas sino un gobierno radical, dependiente de la buena voluntad de la CEDA (aunque no sin contraprestaciones).

4ª El acuerdo, muy amplio, no se llevó a la práctica totalmente pero oficiales requetés se entrenaron en Italia. Hubo sus más y sus menos en cuanto al suministro de cierto material (bombas de mano, fusiles y ametralladoras, todos viejos salvo las primeras) y una sustancial ayuda económica. Los detalles pueden seguirse en Morten Heiberg (EMPERADORES DEL MEDITERRANEO) y en José Ángel Sánchez Asiaín (LA FINANCIACIÓN DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA). Ninguno de tales autores figura en la bibliografía de Payne. Los contactos con Italia se examinan incrustados en la estrategia y táctica de los monárquicos en aquellos años en el libro de Eduardo González Calleja CONTRARREVOLUCIONARIOS, que Payne cita en su bibliografía, pero a quien se le olvida mencionar en este aspecto.

5ª Todo lo que antecede podría atribuirse a una redacción apresurada. El autor siempre argumentará que no es posible citar toda la literatura disponible y que, en todo caso, es muy libre de elegir la que le parezca más conveniente. En principio, no hay mucho que objetar aunque omitir literatura directamente relevante es, por definición, un tanto sospechoso.

6ª Otra cosa es tergiversar descaradamente. El tema que Payne oculta cuidadosa y meditadamente es que los monárquicos TUVIERON UN ÉXITO ROTUNDO. El 1º de julio de 1936 Pedro Sainz Rodríguez, número tres de Calvo Sotelo, firmó cuatro contratos para el suministro de material de Aviación muy moderno. Los italianos se comprometieron a entregar una primera tacada en el curso del mes (como hicieron) y el resto en agosto. Payne lo elude al afirmar simplemente, ¡qué pillín!, que los monárquicos reanudaron “la petición de armas”. No eran las mismas. Ametralladoras no equivalen a aviones de guerra modernos.

Bundesarchiv_Bild_102-09844,_Mussolini_in_Mailand7ª Los monárquicos tampoco reabrieron las negociaciones porque los contactos nunca se cortaron. Fue Mussolini quien, en el terremoto político-diplomático que causó su invasión de Abisinia, se concentró en otro tema para él más importante. En cuanto amainaron las aguas, Goicoechea se puso en contacto con Roma, en representación también de Falange, para informar de la  situación española y, a la par, solicitar apoyo financiero con que pagar los sueldecillos de los “grupos de acción directa”, léase pistoleros falangistas. Tan distinguido prócer lo planteó el 12 de junio poco antes de que su líder, José Calvo Sotelo, tronaba en Cortes contra la desintegración de la PATRIA y se proclamaba fascista gallardamente. La carta de Goicoechea, reproducida también por Sánchez Asiain, a la que el nuevo ministro de Asuntos Exteriores y yerno de Mussolini nombrado días antes, conde Galeazzo Ciano, no parece que prestara mucha atención, la comentó extensamente el profesor Ismael Saz. Payne los ningunea con exquisito celo. No cabría negar que se trata de un historiador inclinado a la sutileza en casos delicados.

Todo lo que antece le sirve a nuestro ejemplar autor,  con esa luz cegadora tan suya que deslumbra a algunos colegas españoles, para eliminar de un plumazo lo que debería ser un estigma permanente de la levantisca derecha de la época. Antes del golpe no fueron los comunistas los que pidieron auxilio a la Komintern; no fueron los soviéticos los que suministraron armas a los “revolucionarios” (a pesar de los camelos acumulados de Félix Maiz, o de Botín, o del Servicio Histórico Militar, etc., ya indicados en este blog); tampoco mendigaron armas los socialistas o los anarquistas; ni siquiera las solicitó el gobierno republicano, reconocido internacionalmente, a ninguna autoridad extranjera, aunque hubiese estado en su perfecto derecho a tenor de la legalidad vigente en la época. Quienes sí complotaron con éxito completo fueron los monárquicos, con algún que otro militar a rastras, y lo hicieron, fascistizados como estaban, a la potencia en la que muchos de ellos se miraban embelesados.

Este tipo de conclusiones es lo que el profesor Payne no quiere que extraigan sus lectores. No pongo calificativos pero he acudido al DRAE en busca de definiciones. Que quien lea este post leerá en él, a título de ejemplo, dos vocablos que justifican el recurso a la cancioncilla infantil:

MENTIROSO: que miente

MENTIRA: expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente; cosa que no es verdad; acción de mentir

Moraleja: es difícil pescar liebres y cazar sardinas y antes se coje a un mentiroso que a un cojo.

Laus Deo.

Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (y X) Conclusión: ¿sandeces? No. ¡Proyección y lagunas!

16 mayo, 2016 at 8:27 am

Ángel Viñas

A lo largo de los últimos dos meses los posts anteriores a este han reflejado, todo lo fielmente que es posible en escritos breves de tales características, el núcleo de las justificaciones que eminentes representantes del bando vencedor utilizaron para, ante Dios y ante la Historia, convencer de la imperiosa necesidad de la sublevación a las generaciones que la organizaron o padecieron y a las que vinieron después.  Tales representantes empezaron con la traca correspondiente (cortesía en general de la trama civil) antes de dicha felonía. La reelaboraron en los primeros años de la dictadura gracias a la ayuda de propagandistas de medio pelo y de los especialistas del Servicio Histórico Militar. La ampliaron por la vía de testigos tan ensalzados como Félix Maiz y Bolín. Basaron en ella la «legitimidad» de origen de la dictadura. Todavía hoy la defienden, en parte o en casi todo, algunos historiadores insensibles al desaliento.

800px-Berliner_Illustrirte_Zeitung_01La tentación de caracterizar tal traca de mera sarta de sandeces es grande. Pero constituiría un error garrafal e históricamente inadmisible. Desempeñó un papel absolutamente esencial: el de justificar lo injustificable y el de constituir la base de un corpus de doctrina que duró tanto como la dictadura. La traca de entonces sigue arrojando sombras sobre la España democrática y, en especial, sobre la enseñanza de la historia contemporánea. Es necesario profundizar algo más en lo que representa.

En primer lugar, es la traducción operativa de un mero ejercicio de proyección. Es decir, la imputación al otro de la conducta propia. Como esta fue execrable se la endilgaron a los adversarios. Sin embargo, no fueron los «rojos» (republicanos burgueses, socialistas, anarquistas, comunistas) quienes complotaron con una potencia extranjera (la URSS) para hacer la revolución y asentar una dictadura. Fueron los monárquicos quienes lo hicieron para facilitar la contrarrevolución y restaurar la Monarquía merced a la intensificación de sus lazos con la Italia fascista  que desembocaron en los «contratos romanos» para el suministro de material de guerra moderno el 1º de julio de 1936.

Fueron los carlistas quienes, temporalmente, se aliaron con los anteriores aunque luego tuvieran un pequeño zipizape por cuestión de enseñas, símbolos y, más importante,  por la determinación de quien se llevaría el gato al agua en la ansiada restauración monárquica.

Fueron los falangistas quienes, financiados por el dinero fascista, se prestaron a servir de pistoleros en remedo de los grupos de acción directa que tan útiles fueron a Mussolini en su camino hacia el poder.

Fueron los representantes más acrisolados de la oligarquía financiera, encabezados por Juan March, quienes aparte de poner a salvo una gran parte de sus dineritos en bancos franceses, ingleses, alemanes y suizos, no dudaron en añadir su ayudita financiera para la creación de un «estado de necesidad» que en último término justificase la sublevación.

Fueron distinguidos militares como el general Sanjurjo y el teniente coronel Beigbeder quienes, sin demasiado éxito, aspiraron a ampliar su red de contactos internacionales en la Alemania nazi.
En segundo lugar, abultar gracias a los diaristas o testigos la importancia del general Mola como cerebro de la conspiración ha permitido que otros conspiradores pasaran a un segundo o tercer plano. Ante todo Franco. Ciertamente iluminar sus maniobras en Canarias es difícil, aunque no imposible. Ya se preocupó él, con el vital apoyo de su ayudante, el entonces teniente coronel Francisco Franco Salgado-Araujo, de dejar el menor rastro posible. Pero como su primo hermano fue un embustero consumado (no hay mejor mentira que la que se basa lo más posible en la verdad pero la modifica en puntos estratégicos) no podemos tomar como palabra de Evangelio las muchas páginas que escribió para ocultar o distorsionar aspectos críticos. (Tampoco, incidentalmente, las memorias de Pedro Sainz Rodríguez o del señor marqués de Luca de Tena o de su hijo).

Franco Salgado-Araujo se vio apoyado por el silencio de otros. ¿Conoce algún lector memorias del general Orgaz? ¿O de un diplomático escurridizo y venal como el futuro embajador José Antonio Sangróniz, para más inri miembro distinguido de la Real Academia de la Historia? ¿Y qué decir de los papeles de Mola, desaparecidos misteriosamente? ¿O los de Yagüe, que eluden todo lo relativo a la conspiración?

¿Dio Mola, por ejemplo, instrucciones para aplicar en los consejos de guerra («quien no esté con nosotros, está contra nosotros») la espuria interpretación de la Ley Constitutiva del Ejército? ¿O descendió el arcángel San Gabriel sobre los jurídicos militares y se la insufló? ¿Acaso flotaba la idea en el ambiente cual libélula mágica? ¿Escribieron algo personajes importantes en la época como Felipe Acedo Colunga, Lorenzo Martínez Fuset o Blas Pérez González? ¿Dónde están sus papeles si conservaron algunos? Lagunas. Lagunas. ¿Cabe, por ventura, fiarse de las del posterior preceptor del príncipe Juan Carlos, el también jurídico militar Eugenio Vegas Latapié?

En tercer lugar, dado que los nazis justificaron el incendio del Reichstag inducido por los comunistas con la localización de inmensas cantidades de documentación que «probaba» que  estaban a punto de propiciar una revolución, ¿quién o quiénes sirvieron de canal para transmitir tal idea a los conspiradores españoles, algo menos sofisticados? ¿Periodistas imaginativos que visitaron Berlín? ¿El nazificado corresponsal de ABC en la capital del Tercer Reich, tal vez a sueldo del Ministerio de Cultura Popular y Propaganda?  Más lagunas…

En una conspiración, se conspira. Sobre todo si es fácil y no hay que movilizar grandes recursos financieros (salvo para adquirir armas extranjeras).  Al escribir su historia, los autores franquistas o neofranquistas mienten. Es una constante que ya empezó con Arrarás y que continúa impoluta, aunque adaptada, hasta los momentos actuales. ¿Sabe alguien de los descubrimientos genuinos que sobre la conspiración haya hecho, por ejemplo, el profesor Payne? ¿O el profesor Suárez Fernández? ¿O el difunto profesor de la Cierva y Hoces?

¿Conoce algún lector si, por casualidad, la familia Franco sigue teniendo papeles de su tan enaltecido ascendiente que arrojen luz nueva sobre su ascenso al poder? Porque, ciertamente, no es un tema baladí. Lo dejó sembrado de cadáveres cuya sombra sigue planeando sobre la sociedad española, escindida entre la que prefiere no recordar y la que desea saber. Mientras tanto, la mitología subsiste. La verdad rankiana se oculta y los historiadores neo-franquistas proclaman, implícitamente, que ya se conoce toda la historia y, ¡ay de quien se atreva a desenterrar entuertos y, sobre todo, muertos!

Confío en que la pequeña serie de posts que con este termina haya sido de interés para los lectores. Y también confío en que algún historiador neo o parafranquista se digne seguir «descubriendo» cosas todavía ocultas que den la razón a Félix Maiz o a Bolín o a Arrarás o a Aznar o a Lojendio. O al SHM.

 

Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (IX). Condenas «con arreglo a Derecho»

10 mayo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

Para nuestros propósitos no es la violencia salvaje de los sublevados la más interesante, aun cuando fuese la más terrorífica y letal. Desde el punto de vista de las «justificaciones » hemos de dar la primacía a aquéllas que se fundaron sobre un bastardeado basamento «jurídico». Algunos ejemplos permiten identificar los puntos esenciales de la argumentación esgrimida por los juristas militares.

frente popularEmpezaré con las enrevesadas cogitaciones del fiscal militar en uno de los consejos de guerra que he estudiado. Fue del tenor siguiente:

«A partir de la fecha en que por consecuencia de las elecciones celebradas en España en febrero del pasado año de 1936 triunfó y se erigió en conductor de los destinos de nuestra Patria el funesto Frente Popular, fue desarrollándose un estado de indisciplina y subversión tal que, luego, con el franco dominio en las calles del terrorismo y tendencia anarquizante de determinados elementos obreristas, dio lugar en 18 de julio a la declaración del estado de guerra (…) para oponer un dique a la labor demoledora de los que por su actuación estaban ya declarados por la conciencia nacional como enemigos de la Patria; y ello, en uso de las atribuciones que al Ejército concede su Ley Constitutiva que le impone la obligación en todo momento de defender a la Patria contra enemigos interiores y exteriores…»

Como se observa el «refugio jurídico» es evidente. También se encuentra en otra de las sentencias analizadas por el profesor Glicerio Sánchez Recio (recomiendo a tal efecto a los lectores el libro que ha coeditado con el profesor Roque Moreno Fonseret Aniquilación de la República y castigo a la lealtad, en las publicaciones de la Universidad de Alicante).

«Considerando que, al asumir las autoridades representativas del Ejército Español el día 17 de julio de 1936 los legítimos poderes de la Nación para, por imperativo mandato de la Ley Constitutiva, defenderla de sus enemigos exteriores e interiores, personificados entonces por los componentes del llamado Frente Popular que detentaban el gobierno de España, y nacido así el nuevo Estado Nacional, la oposición armada al mismo integra un delito de rebelión militar…»

Lo dicho: quienes se rebelaron no lo hicieron. Los rebeldes fueron los que no se rebelaron. Uno se pregunta por qué ochenta años más tarde no ha habido todavía ningún Gobierno o ningún Parlamento en la democracia que se hayan atrevido a plantear la corrección de estas burradas jurídicas, que llevaron a la muerte a miles de españoles.

También tiene gracia la siguiente modélica argumentación que figura en una sentencia pronunciada en Medina del Campo (Valladolid):

«… Desde el momento en que el Ejército se alzó en armas el 17 de julio último, adquirió de hecho y de derecho el poder legítimo, lo mismo en su origen que en su ejercicio y, por consiguiente, convierte en rebeldes a todos los que a dicho movimiento se oponen…»

O esta justificación tan bonita:

«Ante la conculcación de las esencias institucionales del Estado Español por parte de las organizaciones y elementos que formaron el Frente Popular para, desde el poder, subvertir los principios jurídicos en que se cimenta la Sociedad Española; ante los atentados de integridad y fundamentos de la Patria; la alta y encubierta delincuencia y la disolución de las normas indispensables de conveniencia nacional, en los días 17 y 18 de julio de 1936, mediante las elevadas jerarquías que, conscientes de su responsabilidad y sagrados deberes para con la Patria, obraron a impulsos del imperativo Nacional, recogió y asumió todos los poderes que integran la soberanía para defender aquellas esencias de la Patria y oponerse a la actuación que, llamada gubernamental, utilizaban los órganos del Estado para procurar su propia destrucción».

En tales condiciones no extraña nada que

«al asumir la institución Ejército, siquiera circunstancialmente (sic), los poderes que integran la soberanía del Estado, lo hacía en ejecución del deber que le impone su Ley Constitutiva de 29 de noviembre de 1878, de sostener la independencia de la Patria y defenderla de enemigos exteriores e interiores, por lo que, dada la legitimidad que pudiera llamada (sic) sagrada de aquella arrogación de poderes, el alzamiento en armas contra estos, ya ostentados por el Ejército, constituye el delito de rebelión definido en el artículo 237 del Código de Justicia Militar…»

Y así, con la conciencia tranquila, los militares, bien parapetados tras «su» Derecho mandaron a decenas, centenares y millares de «rebeldes» al pelotón de ejecución. Todo, naturalmente, para salvar a la PATRIA.

Pero esto fue en la guerra civil. Ya próxima la VICTORIA había que justificar ante Dios y ante el mundo lo bien fundado de la sublevación. ¿Quién leía, por ejemplo, en el extranjero los considerandos de las sentencias de los consejos de guerra? Tampoco es que los publicara, para ejemplo, la prensa yugulada por la censura militar.

Por ello la importancia sobresaliente del Dictamen de la comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936. Fue producto de los quebraderos de cabeza y sesudas discusiones de una comisión establecida por Orden del Ministerio del Interior de 21 de diciembre de 1938 (el abnegado ministro que de ello se preocupó fue Ramón Serrano Suñer, eminente abogado del Estado y cuñado del Generalísimo Francisco Franco). La comisión lo emitió el 15 de febrero de 1939. Sus conclusiones eran las esperadas. ¡No iban a cargarse la justicia y el derecho que tanto habían sobresalido entre las filas de los vencedores!.

Dos de las conclusiones son las que nos interesan destacar aquí. Una señalaba que, desde el 19 de febrero de 1936, el Estado español se transformó «de Estado normal y civilizado en instrumento sectario puesto al servicio de la violencia y el crimen». ¡Casi nada! En consecuencia, a tenor de la segunda conclusión, «el Glorioso Alzamiento Nacional no puede ser calificado, en ningún caso, de rebeldía, en el sentido jurídico penal de esta palabra, representando por el contrario una suprema apelación a resortes legales de fuerza que encerraban el medio único de restablecer la moral y el derecho, desconocidos y con reiteración violados».

Así que todos contentos. Los vencedores habían actuado, realmente, como mandaban la Moral y el Derecho. Sin separarse un milímetro de sus estrictos condicionantes.

¡Ah! se me olvidaba. En las páginas 67 y 68 del Dictamen los dilectos varones que lo escribieron introdujeron, quizá de motu propio, una información tomada de un documento que había presentado el Gobierno portugués al Comité de No Intervención de Londres. De este documento se desprendía con toda claridad una serie de datos reproducidos a continuación:

«1.º Que el 27 de febrero de 1936, es decir a los ocho días de subir al Poder el «Frente Popular», el Komintern de Moscú decretaba la inmediata ejecución de un plan revolucionario español y su financiamiento, mediante la inversión de sumas fabulosas.

2.º Que el 16 de mayo siguiente, representantes autorizados de la URSS se reunían en Valencia en la Casa del Pueblo con representantes también autorizados de la III Internacional y adoptaban el acuerdo siguiente: «Encargar a uno de los sectores de Madrid, designado con el número 25, de eliminar a las personalidades políticas y militares destinadas a jugar un papel interesante en la contrarrevolución».

3.º Que a los mismos efectos, Rusia, en donde desde largo tiempo existía, en un museo de Moscú, una sala especial dedicada a la futura revolución comunista española y que tenía creada en España una vasta organización abundamentemente provista de medios de propaganda y de acción, había enviado a España dos técnicos que son, al mismo tiempo, revolucionarios conocidos: Bela Kun y Zosowiski, con el encargo de realizar inmediatamente los objetivos sigientes que coinciden en sus finalidades y carácter con lo hecho en Asturias en 1934 (sic):

a) Obligar al Presidente de la República a renunciar a su cargo.

b) Establecer un Gobierno dictatorial obrero y campesino.

c) Proceder a la confiscación de tierras y nacionalización de bancos, minas, fábricas y ferrocarriles.

d) Exterminar a los pequeños burgueses.

e) Establecer un régimen general de terror.

f) Crear milicias obreras.

g) Destruir las Iglesias y conventos.

h) Suprimir la prensa burguesa.

i) Crear el Ejército rojo español.

j) Provocar una guerra con Portugal a título de experiencia revolucionaria.

4.º Que grandes cantidades de armas rusas comenzaron a entrar en España desembarcadas, en marzo en Sevilla, por el barco soviético Neva, y en Algeciras, en la misma época, por el barco, también soviético, Jerek, siendo este material distribuído por los elementos comunistas en Cádiz, Sevilla, Badajoz, Córdoba, Cáceres y Jaca».

Es decir, se cerraba el círculo. Hemos de suponer que el dictador luso, Oliveira Salazar, recibió la correspondiente documentación de sus amiguetes los sublevados españoles y la trasladó a Londres, aderezada de los necesarios embellecimientos.

Los amables lectores comprenderán ahora mejor las estupideces de la Historia de la Guerra de Liberación del SHM, las bobadas de Félix Maíz, las exageraciones de Bolín, los discursos «científicos» y «objetivos» de algunos historiadores y se harán cruces, supongo, acerca de las discrepancias que pueden fácilmente detectar en las tareas supuestamente encargadas al radio 25 de Madrid con las que tramitó Oliveira Salazar para información de quienes ahogaban a la República. Es también un tema importante porque fue misión de tal radio, se afirmaría después, liquidar al Sr. Calvo Sotelo.

Como se habrá comprobado en estos posts he limitado los comentarios a un mínimo. Incluso a algunos esto puede parecerles exagerado. Es obvio que la argumentación podría haberse basado en un collage de evidencia primaria suficientemente indicativo. Ahora bien, en gran medida aquellas innobles exageraciones, aparte de justificar la sublevación, de execrar a los republicanos en su totalidad y de poner de relieve los rasgos fundamentales del asalto soviético a la vieja e inmortal España (contra el cual un sector del Ejército no tuvo más remedio que resistir con las armas en la mano), sirvieron de hoja de parra. O, si se prefiere un término más elegante y académico, de mecanismo de proyección para ocultar el comportamiento que exhibieron los realmente sublevados. Algo que, en efecto, obviaron cuidadosamente el Dictamen, la «historia» del SHM, Félix Maíz, Luis Antonio Bolín, los historiadores profranquistas y los neofranquistas. Todos unidos en sagrada comunión. Continuará.


Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (VIII). Hay que dar a los «rebeldes» lo que se merecen

3 mayo, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

En lógica consecuencia de los principios y orientaciones apuntados en posts anteriores un sector amplio de los uniformados se levantó en armas contra un régimen que decían corrupto y al borde mismo de la revolución. Naturalmente para salvar a España. No crea el lector que lo hicieron a lo bestia. Eso sería desconocer el funcionamiento del mecanismo de proyección que tanto cuidaron Mola, Franco, Queipo et al. Lo hicieron con «su» legalidad en la mano. Es decir, dictaron bandos de guerra que establecían la supremacía de la «ley» militar sobre la civil y no tardaron en declarar el estado de guerra en todo el territorio nacional. Se cubrieron las espaldas.

franco-mola-y-cavalcantiLa junta de generales que allá en marzo de 1936 había sentado la dirección hacia la cual debía tender la sublevación se transmutó por designio de aquella misma providencia a la que Hitler siempre se refería en sus discursos en Junta de Defensa Nacional y empezó a dictar disposiciones como si fuera la única autoridad «legítima».

Obsérvese lo que esto significa. Un grupo de generales y jefes, autodesignados o designados por cooptación, se erigieron en portavoces de un colectivo militar profundamente dividido y que se escindió, se autoconstituyeron en autoridad suprema, decidieron autodeclararse como representativos de los sentimientos de toda España (nada menos) y se arrogaron la potestad de dictar disposiciones de carácter general. Lo reflejaron en su denominación de Junta de Defensa Nacional (JDN). El término Junta tenía connotaciones históricas, por ejemplo, con la guerra de Independencia o contra el francés. La Defensa lo era, evidentemente, frente al enemigo «rojo» y «bolchevizado». Y el adjetivo nacional no requiere de mayores comentarios. Es el que caló. Los sublevados se autodenominaron «nacionales». ¡Faltaría más! En su percepción los otros jamás lo serían. Sus sentimientos no eran españoles sino soviéticos y revolucionarios. Incluso tintados por las logias y los «hijos de Sión».

Una de las primeras medidas de aquella JDN fue declarar el estado de guerra en todo el territorio. Tardó unos días en publicarse. Cuando lo fue, convalidó los bandos que habían proclamado los cabecillas de las divisiones y regimientos rebeldes. La usurpación de la legitimidad se veló con una fórmula que estaba llamada a iluminar, directa o indirectamente, aquellas medidas de represión «juridificadas» que se dirigieron contra los españoles que no se habían sublevado.

Esta «juridificación» se basó en la remisión (no se caiga de espaldas el lector ni le dé un soponcio) a la Ley Constitutiva del Ejército de 29 de noviembre de 1878. Sobre su validez jurídica en 1936 cabría establecer discusiones bizantinas como las que al parecer hubo referidas al sexo de los ángeles. En los casi sesenta años transcurridos habían ocurrido muchas cosas, entre ellas, la desaparición de la Monarquía alfonsina y la Constitución de 1876. El nuevo régimen se había dotado de un aparato legislativo nuevo o renovado. Por ejemplo, con la Ley de Defensa de la República.

Lo cierto es que los sublevados de verdad se saltaron también a la torera y groseramente las disposiciones de aquella Ley Constitutiva de 1878. Se agarraron desesperados al artículo 2. Este preveía que la primera y más importante misión del Ejército estribaba en sostener la independencia de la Patria y defenderla de enemigos exteriores e interiores. Lo cual podía entenderse ante todo como una constatación obvia respecto a la defensa frente ataques foráneos (imagine, por ejemplo, el lector que Francia o Portugal o el Reino Unido o Andorra hubieran arremetido contra España). Pero también como reflejo del recuerdo y actualidad que entonces tenían las guerras carlistas. ¿Debo traer aquí a colación que la tercera carlistada ocurrió entre 1872 y 1876?

Ahora bien, los uniformados que sí se sublevaron se «olvidaron» (pillines ellos) de que aquellas sacrosantas misiones estaban cuidadosamente reglamentadas. El rey podía emitir disposiciones respecto al empleo del Ejército, sí, pero debía tener en cuenta el artículo 49 de la Constitución de la Monarquía. Era el ministro del ramo, y por extensión el Gobierno, quien debía autorizar tal empleo. Si, a tenor del artículo 5 de la mencionada Ley Constitutiva, el rey usaba de la potestad que le confería el artículo 52 de la Constitución y tomaba personalmente el mando del Ejército para salir en campaña, las órdenes que dictase deberían ir refrendadas por sus ministros. Es decir, el rey no podía hacer lo que le viniera en su real gana.

En 1936 no había rey pero, en el supuesto de que la Ley Constitutiva del Ejército tuviera algún átomo de vigencia, lo que estaba meridianamente claro es que los militares, por sí mismos, no podían salir en campaña. Necesitaban el refrendo gubernamental. Por consiguiente, acudir a la Ley Constitutiva del Ejército era un procedimiento bastardo e ilegal desde todo punto de vista.

La consecuencia es que el Ejército se rebeló y con ello, automáticamente, se salió de la dudosa legalidad que invocaba. Su única «legalidad» fue la impuesta por las bayonetas, la fuerza y los asesinatos.

Pero, argumentando como leguleyos de tres centavos, la referencia a la Ley Constitutiva del Ejército les permitió considerar como «rebeldes» a quienes no se sometían a los bandos de guerra. ¿Consecuencia? O bien fueron ejecutados sumariamente sin la menor apariencia de «juridicidad» o bien fueron llevados a consejos de guerra. En contra de lo que, a veces, ha solido afirmarse estos consejos de guerra se formaron inmediatamente, al menos en las numerosas plazas que cayeron en poder de las unidades sublevadas. Ante ellos aparecieron, sobre todo, ciertas autoridades civiles, políticas o sindicales.

Los consejos condenaron y con frecuencia condenaron a muerte. Sin embargo, muchos de los leales al Gobierno legítimo o pertenecientes a cualesquiera organizaciones de izquierda (esas de las que los militares afirmaban que iban a sublevarse) desaparecieron misteriosamente en las cunetas, ante innumerables paredones o ante las vallas de los cementerios. Fueron la inmensa mayoría.

Siempre he explicado a mis interlocutores extranjeros, y seguiré haciéndolo, que todavía hoy, en 2016, una familia española puede irse de camping y tras liquidar la tortilla el papi puede sugerir que se pongan a cavar en alguna cuneta para pasar el rato. ¿Y qué puede ocurrir? pues que a lo mejor se encuentran con una fosa olvidada. Este fenómeno, indigno de un país medianamente civilizado, es algo que no se encuentra en ningún Estado de esa Europa occidental. Evidentemente, Spain is different. En muchos aspectos y no para bien.

La violencia «no reglada», pero tampoco espontánea, es algo que numerosos historiadores españoles llevan analizando desde hace más de treinta años. ¿Creerá el lector que algunos colegas extranjeros, generalmente norteamericanos, se han enterado de los descubrimientos hechos? Si leen español no tienen perdón. Si no lo leen pueden con todo remitirse, como prueba a contrario, a Paul Preston y Helen Graham, entre otros, y leer buenas reconstrucciones en inglés. Por lo demás, dicha violencia siempre estuvo sometida a un rígido control militar. ¡Buenos eran los salvapatrias como para permitir que los paisanos, por muy de derechas que fuesen, hicieran lo que quisiesen?

El lector puede pensar que exagero. Nada mejor, pues, que dar unos cuantos ejemplos del alto sentido «jurídico» de los militares felones, en el bien entendido que todos los muertos y todas las miserias de la guerra civil fueron «para salvar a España». Imagine el lector lo que hubiera podido pasar si hubiesen ocurrido con intenciones bastardas.

Sobre las justificaciones primarias del 18 de Julio (VII). La salvaje violencia frentepopulista

26 abril, 2016 at 8:30 am

Ángel Viñas

La primera de las instrucciones reservadas de Mola destinadas a organizar la sublevación comenzó afirmando tajantemente: «Las circunstancias gravísimas por las que atraviesa la Nación, debido a un pacto electoral que ha tenido como consecuencia inmediata que el Gobierno sea hecho prisionero de las Organizaciones revolucionarias, llevan fatalmente a España a una situación caótica, que no existe otro medio de evitar que mediante la acción violenta». El diagnóstico era falso. Ochenta años más tarde, sigue siendo el alfa y el omega de numerosas interpretaciones conservadoras y neofranquistas que justifican la sublevación. Fernando Puell lo ha explicado como reflejo de una mentalidad militar intervencionista, un victimismo paranoide, el impacto de la cuestión catalana y, naturalmente, el «peligro bolchevique» al que ya hemos aludido.

general molaSegún este mismo autor, aquella primera instrucción debió de redactarse a finales de abril, cuando Mola tenía ya las riendas de la organización de la sublevación. Había habido conatos previos, que en algunos casos pueden remontarse hasta los días siguientes al triunfo de la coalición electoral del Frente Popular en febrero. De manera algo más sistemática, hubo conciliábulos a más alto nivel a principios de marzo. Es decir, un sector de los militares más asilvestrados no perdieron el tiempo y tampoco esperaron demasiado. Francisco Alía ha documentado las trayectorias de la conspiración.

Que yo sepa, pero a lo mejor puedo equivocarme y el profesor Payne lo habrá hecho en el libro que tanto se ha anunciado, no se ha comentado una proclama que Mola dirigió a sus compañeros y que nuestro estimado Félix Maíz dio a conocer en la tercera versión de sus interesantes recuerdos como testigo (p. 163). Según afirma, Mola la difundió también a finales de abril. De haber sido así, hubiera coincidido con la primera instrucción reservada lo que me sorprende un pelín comparando los textos. Sin excluirlo (carezco de pruebas documentales) parecería más lógico que la hubiera circulado algunos días antes. Quizá después de los disturbios del 14/16 de abril, suscitados por grupos de extrema derecha con ocasión de la muerte y sepelio del alférez de la Guardia Civil, Anastasio de los Reyes. (De recordar es, por lo demás, el asesinato por pistoleros falangistas del magistrado Manuel Predegal, unos días antes). Todo ello estaba relacionado con el golpe de Estado que hubiera debido perpetrarse el 20 de abril (sobre el cual cabría decir bastante más y que a lo mejor el tan ensalzado historiador norteamericano habrá dicho).

Desgraciadamente Félix Maíz solo reprodujo el primero y el último párrafos de dicha proclama. Como era del todo esperable presentaba ya un cuadro apocalíptico. Juzgue el lector:

«La situación de España ha llegado a ser tal, y tan patente aparece su gravedad, que resulta imposible el empeño de disimularla e inútil el esfuerzo que se intentase para describirla. España, sepultada bajo una ola cada día más poderosa de desgobierno, de injusticia, de inmoralidad y de anarquía, no solo está próxima a su disgregación, a su ruina económica, a su desprestigio internacional, al sonrojo de ver borrado su nombre del cuadro de las naciones civilizadas, sino lo que es peor aún, a la situación de miseria moral en que caen los pueblos cuando, conscientes de la gravedad de sus males, se confiesan por egoísmo o cobardía impotentes para remediarlos».

Este catálogo de rasgos catastrofistas era un inventario de exageraciones, por no utilizar un término más rotundo. ¿Desgobierno?; ¿Era más ingobernable e injusta la situación en abril de 1936 que, digamos, la que preludió a la dictadura de Primo de Rivera? ¿Cómo medía la inmoralidad el tan alabado general?. ¿La comparaba con los escándalos que habían afectado en 1935 al Partido Radical? ¿Disgregación?, ¿a causa de Cataluña?, ¿o se trataba del País Vasco?, ¿o de Galicia?, pero ¿qué decían en realidad los estatutos que se habían negociado o estaban negociándose? ¿Ruina económica?, ¿acaso no sabía el tan sabihondo Mola que había una pequeña depresión en la economía mundial y que España se había arreglado algo mejor que otros países porque estaba menos abierta a la división internacional del trabajo? Por último, ¿con qué criterios valoraba tan esclarecido general el desprestigio internacional? ¿No había jugado España, y bien, su papel de miembro responsable de la Sociedad de Naciones? ¿Pensaba quizá que un golpe digno de una República bananera lo acrecentaría?

No se pidan peras al olmo. Todas y cada una de las afirmaciones de Mola eran exageraciones. Lo que no es refutable es que ya se había pensado muy seriamente en dar un golpe el 20 de abril. Nos tememos, pues, que la proclama podría haber servido de exculpatoria. Quizá esta posibilidad se desarrollara en los párrafos que Félix Maiz no se atrevió a reproducir.

El último párrafo, que sí reprodujo, sustenta tal hipótesis. Era meramente retórico pero de una retórica barata. No busque el lector en Mola a un enamorado de la pluma:

«El puñado de soldados que suscribe este documento, que es a la vez grito de angustia ante el presente desolador y toque de clarín por nuestra inquebrantable confianza en un futuro venturoso, creería traicionar sus sentimientos y olvidar su historia si no se apresurara, con plena confianza de su responsabilidad y orgulloso del papel que la Providencia les ha reservado, en esta iniciación del vigoroso despertar de la voluntad y el sentimiento nacional, a luchar y a invitar a todos a que luchen por salvar la vida de España. Por el Honor, la Unidad y la Integridad de la Nación en que nacimos y por la que fervorosamente anhelamos que no fuera morir (sic). Españoles. Viva España. La Junta Suprema Militar».

Como se ve, vana palabrería. La firma también nos hace sospechar. No había una «Junta Suprema Militar». Sí había una junta de generales (que quizá hubiese adoptado de puertas adentro tan rimbombante apelativo). Se había reunido en torno al 8 de marzo precedente, tres semanas después de las elecciones. La integraban generales residentes en Madrid. Es muy conocida. Franco estuvo presente, un poco antes de irse trasladado a Canarias. Mola, si no lo estaba, lo respaldó después. En el plano operativo fue poco fructífera pero marcó la dirección a seguir. Ahora bien, una «Junta Suprema Militar» sí hubiera podido solidarizarse con el golpe de haberse llevado a cabo en aquel momento.

Alternativamente, podríamos suponer que Mola hubiese redactado sus patrióticas parrafadas en algún momento entre el 8 de marzo y el 20 de abril (si es que nos fiamos de Félix Maíz). Esta última fecha es sumamente importante y significativa porque coincide con los grandes ataques de los ínclitos prohombres de la derecha al Gobierno republicano. El 16 Calvo Sotelo y al día siguiente Gil Robles. Ambos presentaron un balance catastrofista, mezclando churras con merinas, sin distinguir violencias sociales, políticas, conflictos sociolaborales, delitos comunes, etc. Este totum revolutum es uno de los dos faros que ilumina con luz radiante las tinieblas del período. Remito al lector al libro de Eduardo González Calleja, Cifras cruentas, (pp. 262 y ss), ya mencionado en este blog.

Ahora bien, lo que estaba en marcha era una estrategia de deslegitimación del Gobierno salido de las elecciones de febrero que captó perfectamente el embajador norteamericano Claude G. Bowers. Las abultadísimas cifras de Calvo Sotelo se consideraron poco menos que palabra de Evangelio. Los voceros de la derecha más radical, afirma González Calleja, «continuaron denunciando el deterioro constante del principio de autoridad, que achacaban a la ausencia de un Gobierno fuerte que controlase los excesos de las masas, ya que las autoridades locales y provinciales campaban por sus respetos sin acatar las órdenes superiores, gracias al apoyo de las «milicias socialistas» » (p. 267). Este «diagnóstico» sigue haciendo autoridad hoy en día entre los autores comprensivos con el golpe militar. Calvo Sotelo, no hay que olvidarlo, ya contraponía «comunismo» y un «Estado nacional», de corte fascista y sumamente autoritario. ¡La solución al alcance de la mano!

Sin embargo, los Gobiernos no fueron tan débiles en el control del orden público. Las fuerzas de Seguridad y el Ejército provocaron casi el 30 por ciento de las víctimas mortales y representaron casi el 74 por ciento de los autores de muertes identificadas. La estrategia gubernamental, por muy confusa que fuera, se orientó más bien a practicar un tipo de coacción selectiva y a conceder rápidamente ciertas reivindicaciones sociales con el fin de estabilizar la situación. Otra cosa es que lo lograran.

Pero no podían lograrlo en la medida necesaria para aplacar a un sector del Ejército (apoyado por la correspondiente trama civil). Unos y otros estaban decididos a sublevarse fuera como fuese. Para lo cual necesitaban, por lo menos, una cosa: el que se difundiera la sensación de que, en último término, los uniformados, patrióticos ellos, tan respetables, responderían con sus espadones a aliviar a los españoles de los padecimientos que sufrían. Ya lo dijo Bolín, con otras palabras. La sublevación tuvo consecuencias terribles que los militares facciosos, y los civiles que rápidamente se aglutinaron en torno suyo, siguieron encubriendo bajo su esquema favorito de proyección. Había que imputar a los otros (los bolcheviques, los rojos, los frentepopulistas) un tipo de comportamiento que era el que ellos seguían. Lo veremos al final de esta serie.