Sobre Stalin y un nuevo libro pero no mío

7 febrero, 2023 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace unas pocas semanas, al anunciar en las redes la futura presentación de mi último libro, ORO, GUERRA, DIPLOMACIA, un amable lector me escribió preguntándome si conocía una obra del profesor Geoffrey Roberts en la que había un capítulo sobre la guerra civil española. Respondí que no. Me dio los datos exactos y me faltó tiempo para encargarla. Me la entregaron en mano, cortesía de la librería Marcial Pons, en el mismo acto de la presentación de mi obra en el Ateneo el pasado 1º de febrero.

Se trata de un volumen de más de 600 páginas titulado LAS GUERRAS DE STALIN. DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL A LA GUERRA FRÍA, 1939-1953. En la contraportada se afirma que “contiene prólogo exclusivo del autor a la edición española”. Al parecer, según me dijo mi amable comunicante, se puso a la venta en noviembre del pasado año. Está publicado por Historia Rei Militaris SL, de Zaragoza (abreviadamente HRM). No es de extrañar que no me hubiese enterado, a pesar de que tengo cierto cuidado en mantenerme al día de lo que se publica en los asuntos que me interesan.

No conozco personalmente al profesor Roberts, aunque sí tengo en mi casa varias de sus obras. No la última, por cierto, dedicada a una aproximación a Stalin a través de los libros, muchos anotados y comentados, de su biblioteca. Este enfoque se ha puesto en práctica en otros casos (que recuerde ahora, en el de Hitler).  

Me interesa resaltar aquí que la obra del profesor Roberts contiene una impresionante relación de documentación soviética, procedente de los archivos soviéticos, publicada y no publicada, y también algo de archivos norteamericanos y británicos. Lógico. En la literatura secundaria, muy extensa, el predominio absoluto es de obras escritas en ruso y en inglés. Como excepciones figuran un par de artículos en francés más un libro (muy conocido) y un artículo sobre el mismo tema en alemán.

Yo no trataría con tal distanciamiento la producción de dos escuelas historiográficas tan importantes como la francesa y la alemana. Siquiera porque proceden de países que algo tuvieron que ver en las guerras de Stalin y porque en inglés ya se dispone de la masiva obra de origen alemán sobre el Tercer Reich y la segunda guerra mundial, cuyo episodio central es precisamente la ofensiva nazi contra la URSS y su derrota.

En el caso del capítulo introductorio a la edición española, páginas 23 a 40, el enfoque es similar: predominio de las publicaciones en ruso y en inglés y de autores de origen ruso (soviético) o angloamericanos. Solo se menciona la traducción de un libro ruso al castellano y a dos autores españoles (traducidos al inglés, uno de ellos servidor en el caso del oro y de hace más de cuarenta años). Por el contrario, el profesor Roberts sí conoce la colección documental soviética que me ha servido de base para mi último libro y también la que sobre España y el GRU está en vías de publicación y a la que me referí en el prólogo de mi propio libro. Roberts anuncia, por lo demás, la publicación de una futura obra de Michael Carley sobre la fallida gran alianza de Stalin en su pugna en favor de la seguridad colectiva y que contiene un capítulo sobre España.  Habrá que estar atentos. Yo lo estaré.

Por lo demás, queda muy lejos de mi ánimo hacer la menor crítica al profesor Roberts. Es un autor sumamente respetable y digno de todo encomio. Naturalmente hay otros historiadores que discrepan de él en puntos sustanciales. Esto es normal y lógico y constituye el pan y la sal de la historiografía académica.

Sí deseo subrayar que, en su corto capítulo introductorio y con énfasis en la vertiente diplomática, no he encontrado nada que me haya obligado a revisar mis afirmaciones. Ni las que hice en 1976 y1979 en torno a la cuestión del oro ni las que fui desgranando a partir de 2006 en mi trilogía sobre la República en guerra, ni en las que he desarrollado en Oro, guerra, diplomacia. Tampoco sobre lo que yo interpreté como un “deslizamiento” de Stalin en el proceso de decisión que le llevó a la ayuda activa a la República.

Es cierto que, al no hablar ruso, no estoy tan familiarizado como él con la literatura y las fuentes en este idioma (sí en las que se han vertido a otros idiomas más abordables para mí como francés, inglés, alemán o italiano), pero de lo que Roberts ha escrito en el capítulo introductorio no veo nada importante que merezca la pena reseñar aquí.

A tal autor, evidentemente, le pasa con España lo que a mí con Rusia. Monográficamente hablando servidor ha sido más incisivo en dos afirmaciones fundamentales que compartimos: uno de los factores de la intervención soviética en la guerra civil fueron “las limitaciones de la capacidad de defensa nacional” (Roberts) y que Stalin siguió muy de cerca la evolución de la contienda en España (“el catalizador más importante para la creciente atención de Stalin a los asuntos militares fue la guerra civil”). También destaca Roberts, como lo hizo servidor incluso con documentación diplomática republicana de antes de la guerra, la importancia de una amenaza creciente del Japón como factor inhibitorio en la ulterior ayuda soviética a la República.

Dicho esto, me parecería pueril destacar algunos puntos menores en los que mi tratamiento, mucho más pormenorizado, muestra algunas diferencias con Roberts. Por ejemplo, cuando se refiere a la fusión entre los partidos socialista y comunista españoles. La idea no fue originariamente de Stalin sino de Prieto (que no tardó en distanciarse de ella) y Roberts no examina, como es lógico, la reacción puesta en marcha por Negrín para aguarla, sin que sus resultados por cierto tuvieran efectos negativos.

Para las lecciones que la guerra de España extrajo Stalin, y a su rastra la Comintern, creo que Fernando Hernández y servidor podríamos ofrecer matizaciones al debatido tema de en qué medida la experiencia española sirvió de catalizador a la concepción del concepto político de una democracia popular de nuevo tipo. La gran diferencia estriba, naturalmente, en que Stalin en 1936-1938 se dio por satisfecho con ayudar a una República que pudiera ser aceptada por las democracias occidentales en tanto que después de 1945 la ocupación de vastas extensiones geográficas por el Ejército Rojo en la Europa Central y Oriental invitaba nuevas perspectivas. Esto es algo que ni Fernando ni yo elaboramos.

De todas maneras, la lectura de las casi veinte páginas del capítulo introductorio de Roberts de su nueva obra no me hace retroceder un ápice en mi propia interpretación de la conexión URSS-República española antes y en la guerra civil. Ya sé que algunas referencias de medios han despertado en lectores innominados burlas masivas contra mi (no me parece desproporcionado aprovechar este blog para ponerlos al descubierto).

Al contrario. Si un especialista de gran calado en historia soviética ha llegado a tal tipo de conclusiones me parece evidente que constituyen un nuevo clavo en el ataúd de las versiones franquistas, filofranquistas y simplemente conservadoras que todavía pululan por los escritos de autores españoles y extranjeros. Bolloten y sus seguidores no estaban, ni están, amparados por la documentación relevante de época tanto de origen español como soviético y la superestructura ideológica que montaron -y que en parte sobrevive, aunque mal- no es más que una lectura de base estrictamente ideológica y fundamentada en algo tan importante como el relato que esparcieron los enemigos (que no adversarios) de Negrín para explicar la derrota evacuando responsabilidades hacia él y sus soportes políticos, institucionales y militares.

Es como si el gobierno actual fuese juzgado en los años venideros por la basura que sobre él ha ido vertiéndose en una parte de las redes y en las publicaciones de derechas (a veces emparejada con VOX) como si toda ella fuese historia. ¡Ja, ja, ja!

ANTE ORO, GUERRA, DIPLOMACIA

31 enero, 2023 at 8:30 am

Ángel Viñas

Dado que mi nuevo libro está ya en la calle y que mañana, 1º de febrero, lo presento personalmente en Madrid me gustaría hacer unos comentarios sobre su génesis. No es mi intención darme coba. Simplemente quisiera ubicarlo dentro del contexto en y para el cual lo he escrito. Todo libro tiene una prehistoria y todo libro se justifica por una serie de razones.

El contexto inicial lo enuncio en el prólogo. El año pasado se cumplió el tercer centenario del establecimiento de relaciones bilaterales, digamos modernas, entre los reinos de España y Rusia. En Moscú se celebró previamente con la coedición, en castellano y en ruso, de un mamotreto que abordaba muchas de las vetas que han acompañado tal relación: culturales, políticas, diplomáticas, de influencia artística, etc. Lo normal. Continuó, ya en la pandemia, con un congreso on line en el participamos autores de ambos países. Muchas de las ponencias presentadas se publicaron después, en castellano y/o en ruso.

Servidor tenía la idea de escribir algo para conmemorar la ocasión, a mi manera, tan pronto como deshice algunos de las leyendas que todavía hoy, en España y en parte de la literatura que producen algunos historiadores extranjeros, lastran la explicación de los motivos o de las razones por las cuales en 1936 estalló una sublevación militar.

No había entrado demasiado en las relaciones bilaterales hispano-soviéticas durante aquel período porque no se conocían bien y porque mi intención estribaba en destruir el infundio de que la sublevación de julio se hizo para prevenir una toma del poder por los comunistas españoles (versión castizamente franquista) o por los socialistas bolchevizados (algo sobre lo que ya he escrito en este blog identificando a más o menos notables historiadores que siguen afirmándolo tan panchos).

Se interpuso la pandemia. Un desastre sin paliativos para todo el mundo. Las pérdidas humanas, económicas, culturales, etc. que ha ocasionado son enormes. Cada uno ha lidiado con ella como ha podido y/o como le han dejado.

En mi caso, una de las ventajas de estar jubilado es no tener que salir a trabajar y ya estaba acostumbrado. Me encerré en casa, salí poco, bicicleteé (es un decir, ha sido estáticamente) varios centenares de kilómetros y me concentré en escribir. Como en los viejos tiempos, en dos y a veces tres libros a la vez. Cuando me cansaba de un tema pasaba a otro. Ya tengo dos en buenas vías para este año y el siguiente.

Dejando de lado la conexión con el tercer centenario, aproveché la ocasión para echar  luz sobre algunos de los capítulos de las relaciones hispano-soviéticas con los que me había topado a lo largo de mi carrera. Para ello había ido recopilando, cual hormiguita hacendosa, bastantes papeles de archivos y literatura secundaria antes y a la par de que me planteara abordar hacia 2011 algunas dimensiones de la conspiración militar (y también no militar) que llevó al estallido de julio de 1936.

Llovía sobre mojado porque algunos aspectos (por ejemplo, la cuestión del oro de Moscú) ya había empezado a tratarlos en 1974 y 1979. Fue también la que constituyó el núcleo en torno al cual giró una parte de las relaciones bilaterales en la guerra civil (abordado en una trilogía a partir de 2006 y, si se quiere, tetralogía con la inestimable coautoría en el cuarto tomo de uno de los más brillantes historiadores del comunismo español, Fernando Hernández Sánchez). Aprovecho para recordar que los cuatro volúmenes (varios miles de páginas están de nuevo disponibles en el mercado tras el agotamiento de anteriores ediciones). No parece, por cierto, que los políticos, funcionarios, periodistas (es un decir), historiadores e influencers del PP y de Vox les hayan hecho demasiado caso.

Previamente a este libro que ahora ha salido publiqué otros dos (¿Quién quiso la guerra civil? y El gran error de la República) en los que creo haber demolido las versiones ¡oh, cuán castizas!, de que la responsabilidad del estallido de julio de 1936 corresponde exclusivamente a las izquierdas. No fue así. Diferenciando entre condiciones necesarias y condiciones suficientes, creo haber puesto de relieve que los tan hiperbolizados factores estructurales (hay quienes lo remontan a principios de siglo) no llevaban por sí a la guerra. Fueron los hombres (ciertos hombres) quienes la quisieron y la provocaron. Algo que todavía hoy no parece haber calado en la mente de muchos españoles, para quienes tales leyendas (propagadas antes, en la guerra y después de la guerra durante cuarenta años) parece que todavía tienen validez.

Así que este nuevo libro es una consecuencia lógica de mucho de lo que he escrito anteriormente. ¿Cómo lo he hecho? No acudiendo a una glosa de la literatura existente (enfoque que suele recomendarse a los doctorandos para que antepongan en sus tesis un “estado de la cuestión”) sino yendo directamente a las fuentes documentales. Es decir, lo que llamo EPRE (evidencia primaria relevante de época) y que tantas carcajadas ha suscitado en ciertos autores que se abstienen cuidadosamente de buscarla, contextualizarla, analizarla e interpretarla. En tal ámbito siempre cito a un muy distinguido historiador norteamericano, darling de la derecha española y que ahora no mencionaré. 

Solo a partir de la EPRE (española, soviética, francesa, británica, alemana, italiana, etc) fui construyendo el relato en el que tras pergeñar un borrador bastante elaborado inserté la literatura secundaria. Porque es evidente que esta no ha faltado tampoco en la presente ocasión. El procedimiento a que me atengo lo he descrito en al menos dos ocasiones en este blog y no es el caso de retornar a ello.

Debo enfatizar y subrayar que lo que ha escrito servidor -y otros historiadores españoles y extranjeros que han trabajado sobre el mismo período- no hubiera sido posible sin la apertura de archivos: de los soviéticos en primer lugar (en los que investigaron, entre otros, Gerald Howson, Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, Daniel Kowalsky, Frank Schauff, Josep Puigsech Farràs y otros) y de los archivos españoles (en los que también han husmeado muchos autores pero sin hacer la conexión con los primeros, salvo en el caso de Ricardo Miralles).

Es evidente, literalmente de cajón, que para describir y analizar relaciones bilaterales se necesitan, en primer lugar y ante todo, papeles de ambos lados. Cuantos más, mejor.

He tenido mucho cuidado en no reproducir demasiado aspectos presentados previamente a los lectores en otras obras mías. Subrayo lo de demasiado porque a veces ha sido imprescindible, pero no se trató nunca de condensar los capítulos soviéticos de la tetralogía para “engordar” el libro que acaba de salir.

No puedo olvidar que fue en un período en el que todavía estaba en vida un general llamado Francisco Franco cuando, tembloroso, me adentré en los arcanos de los archivos departamentales del Banco de España, en los del Servicio Histórico Militar y en los de la Delegación de Hacienda de Burgos, entre otros, para husmear las huellas que pudiera encontrar en ellos sobre el supermitificado “oro de Moscú”.

Por cierto que, en vano porque la obsesión antirrepublicana, y para ello anticomunista, todavía subsiste en numerosos autores, militares y civiles, historiadores y periodistas, políticos y copiones. Todos los cuales la han esparcido a la población y a los lectores.

En lo que a mí respecta, no puedo dejar de dedicar unas palabras de recuerdo a los profesores Enrique Fuentes Quintana y Rafael Martínez Cortiña quienes, sin quererlo, me desviaron de mi profesión de economista para enriquecerla con lo que pudiera arañar de un pasado histórico entonces tan discutido y controvertido como sigue siendo en la actualidad.  

Ciertamente ya no es tan incomprensible. Los historiadores españoles y extranjeros hemos hecho nuestro trabajo y hoy se conoce infinitamente mejor que entonces. Lo cual no impide que ciertas editoriales hagan su agosto vendiendo obras de calidad ínfima pero que confortan la versión que los vencedores de la guerra civil presentaron como la única posible. Consiguieron y siguen consiguiendo que varias generaciones de españoles la deglutieran, de buen o mal grado, como si no pudiera haber otra.

Pues no.

La “historia” que diseminaron los vencedores es una historia basada en la proyección.  Es decir, atribuyeron sistemáticamente los comportamientos propios a los adversarios (perdón, enemigos ontológicos) y se los endilgaron como si los suyos hubieran sido los que correspondían a ángeles de la luz.

Pues tampoco.  

¡Que se abran radicalmente los archivos! ¡Que los doten de más medios y de más personal! ¿Quién teme a la historia? ¡Viva la EPRE!

En capilla con un nuevo libro, lanzo un desafío

24 enero, 2023 at 8:30 am

Angel Viñas

Mañana, 25 de enero, sale a la venta mi nuevo libro. Trata de las relaciones entre la República española y la URSS en el tiempo de Stalin, es decir, entre 1931 y 1939. No es la primera vez que me acerco al tema. Debuté en 1976/77 con El oro español y la guerra civil; seguí en 1979 con El oro de Moscú; continué con el “vil metal” en el punto central en mi trilogía, La soledad, El escudo y El honor de la República. También escribí algo en Las armas y el oro. Todos en el mercado. Nadie podría decir de mí que, en este tema, sea un novato.

Ahora hago algo diferente y desde el principio enseña bandera. El libro comienza y termina con dos afirmaciones rotundas. No hay historia definitiva. No hay historiadores definitivos. Creo que las casi 500 páginas que median entre el principio y el final demuestran sobradamente lo bien fundado de tan rotundas declaraciones. Avanzar en historia depende, en gran medida, de las evidencias que se manejen y de su interpretación. Claro es que cualquier historiador puede equivocarse en el análisis de un documento. Es más difícil cuando 400 o 600 apuntan en una sola dirección.

Pero es que, además, a la provecta edad que ya es la mía también he llegado a otra conclusión. Aunque las interpretaciones de qué es la historia son abundantes, disimilares, contradictorias etc., en general en casi todas ellas termina abordándose la acción de los hombres (y en los últimos decenios crecientemente también de las mujeres) en el pasado.

Este es un pasado en el que, como ya afirmó un reputado pensador del siglo XIX (abominado para la derecha), los seres humanos actúan en condiciones dadas, es decir que no son las que quieren sino aquéllas en que nacen, viven y mueren. Condiciones, pues, objetivas y sobre las que influyen, independientemente de la voluntad de quienes las soportan, fuerzas de muy diversa índole: económicas, políticas, sociales, culturales. Ha habido, hay y probablemente seguirá habiendo grandes debates en cuanto a su génesis e importancia relativas, pero esto es otra cuestión.

En este libro he explotado documentación soviética que apenas si se ha rozado en Occidente. Que yo sepa (aunque puedo equivocarme), tan solo dos autores lo han hecho, pero muy superficialmente (uno es inglés, el segundo norteamericano). Es posible que en otros idiomas (francés, alemán, ittaliano y por supuesto rusos otros lo hayan hecho también, pero no en castellano ni en inglés). Todos los voceros e historiadores españoles más o menos enfeudados al PP y a VOX han ignorado a uno y al otro olímpicamente. Uno se pregunta por qué será.

Quizá (esta una suposición mía susceptible de refutación con facilidad) sea porque, como sus respectivos partidos con cuyos principios y políticas comulgan en mayor o menor medida, están en posesión de la verdad suprema, a ella se atienen. No existe, ni puede existir, debelación posible.

Un vistazo a las estanterías de las librerías o un pequeño recorrido por algunas de las cabeceras de la prensa española, escrita y digital, basta para salir corriendo si de lo que se trata es de echar luz sobre un pasado turbio.

Servidor siempre ha tratado de acercarse al caso español con la mente muy abierta. A veces me he equivocado (nunca adrede). Pero si he caído en el hoyo con cierta frecuencia, porque no he dispuesto de toda la información relevante, cuando ha llegado a mis manos he ampliado o rectificado.

Ahora estoy trabajando, casi como siempre, en dos libros futuros a la vez. Cuando me canso de uno, paso al otro. El no salir con frecuencia de casa ayuda. Espero poder terminar ambos.

En uno de ellos abordo un temita que fue el cogollo de mi primer libro, publicado en 1974. Muchos lo citan, aunque mucho menos alguna de sus dos rectificaciones. Ahora acometo una tercera. ¿Por qué? Porque nueva EPRE ha llegado a mi conocimiento. Y también porque ha aparecido un nuevo motivo para emprender tal tarea.

Subrayo que esto no lo considero ningún mérito. Es una obligación ética y profesional. Lo que no hago, cuando aparecen nuevos papeles que a ello incitan, es no rectificar. Tampoco dejo de lado otros trabajos publicados si llegan a mi conocimiento y son importantes para el trabajo entre manos. Hacer lo contrario me parece poco profesional y servidor siempre (o casi siempre) ha aspirado a comportarse con profesionalidad. En el trabajo corriente, y nunca sometido a decisiones del ser o no ser, he aplicado la máxima norteamericana: I stand where I sit.

En el libro que aparece mañana no critico a muchos autores, pero sí a varios. Son de diversas categorías. En una propia aparece, ¡cómo no!, el profesor Stanley G. Payne. Nadie podría decir que lo esquivo. Cada vez que se cruza en mi camino (no le busco) le dedico algunas palabritas. En otra, surge un colega y amigo. Le tengo mucho aprecio, pero como dijo alguien lo tengo mayor a la verdad (en el sentido nunca finalista de la documentable). Finalmente, menciono a otra colega que se ha dejado llevar a afirmaciones para las cuales la evidencia primaria relevante de época (que siempre hay que analizar y contextualizar) no ampara varias. He tratado de evitar que pueda aplicárseme a mí la misma fórmula que aplico a otros.

¿Significa esto que he llegado a determinar la verdad de lo ocurrido? En absoluto, pero sí he intentado poner el listón lo suficientemente alto para que quienes vengan detrás (que vendrán) se vean obligados a esforzarse un pelín. Como probablemente no lo veré, tampoco podré discutir con ellos.

En el ínterin, no levanto la guardia en lo que se refiere a la historiografía franquista, pro-franquista y, si se me apura un poco, de derechas. En mi modesta opinión pontifica sobre la República y la guerra civil, con sus causas, su desarrollo y sus consecuencias, desde un punto de vista viciado de origen por su falta de utilización de las nuevas evidencias ya disponibles.

Tal historiografía está, en mi opinión y como he dicho tantas veces, de afectada en origen por un permanente síndrome de proyección. Es decir, evacua hacia el adversario un tipo de comportamientos que fueron, en realidad, los propios. Como si los militares, policías, juristas, funcionarios y leguleyos del franquismo hubieran recibido del Altísimo la única comprensión posible, y deseable, del pasado.

Sugiero a mis amables lectores un nuevo jueguecito: ¿por qué no echan un vistazo al libro y me hacen las preguntas que deseen o me planteen las razones de su eventual desacuerdo?

Nadie, que yo sepa, lo ha hecho hasta ahora con los dos libros anteriores (¿Quién quiso la guerra civil? y El gran error de la República) en que más intensamente me he preocupado por ilustrar aquel síndrome, no solo sicológico, sino también político, ideológico y cultural.

Este libro es, en cierta medida, y en al menos en lo que se refiere a dos capítulos (el primero y el último) una continuación de mis dos trabajos anteriores.  

Dicho lo que antecede, me agradaría mucho si el nuevo libro agradase a los lectores. Lo he escrito en condiciones materiales poco habituales, casi sin salir de casa salvo cuando era imprescindible, con limitaciones totales de acceso a bibliotecas y a archivos y solo con el único recurso a la mía, a los papeles que tenía (en ocasiones desde hace muchos años) y a los documentos que ha ido suministrándome desde Madrid una excelente colaboradora, la Dra Pilar Sánchez Millas.

Por lo demás, los lectores verán que la lista de mis agradecimientos es larga y, en particular, a muchos de los mentores, colegas y amigos que por desgracia ya no están entre nosotros.

Un tuit sobre la manipulación del pasado español

17 enero, 2023 at 8:30 am

Angel Viñas

El 29 de diciembre un amigo mío, Julián Casanova, circuló un tuit con el siguiente contenido que abrevio: “Las frases sobre el siglo XX español más difundidas con ignorancia en redes sociales: -La República provocó la guerra -Franco nos libró del comunismo -El franquismo fue un antecedente necesario de la democracia. Y citó como fuente de autoridad a …” tres nombres que servidor se resiste a reproducir. Hay muchos otros.

Las tres afirmaciones anteriores no contienen un grano de verdad. No responden a los hechos. Forman parte del argumentario político de la derecha más extrema. Las dos primeras aparecieron, en el adecuado formato propagandístico, pero con casi idéntico sentido ya de cara a la sublevación de julio de 1936 o en los primeros meses de la guerra. La tercera tiene un origen algo más deslavazado que cabe situar en los años posteriores a 1959, tras confirmarse el éxito -aunque no el coste social- del plan de liberalización y estabilización. Los españoles que recordamos el período anterior somos, por desgracia, cada día menos y de nosotros solo una ínfima minoría ha estudiado el proceso político, económico y social que llevó a aquel cambio de estrategia. El carácter de tal aseveración puede hasta cierto punto refutarse recurriendo a la comparación con casos próximos: digamos Italia, Portugal, Grecia, Irlanda. Y, por supuesto, yendo a los archivos españoles correspondientes.

Respecto a las dos primeras la pregunta que se suscita es la siguiente: ¿cuáles son las evidencias documentales en que se basan tales propagandistas mencionados por Casanova y potenciados ahora por partidos tan significados como VOX o algunos sectores ligados a las “verdades” eternas del franquismo?

Ya sé que hay autores (en este blog he citado a algún nombre que sigue escribiendo como si tal cosa cuando la cara debería habérsele caído de vergüenza torera) que limitan la responsabilidad por la guerra: ya no es la República in totto sino fracciones determinadas de los partidos políticos que la apoyaron. Para los sublevados no hubo la menor duda: ¡los comunistas! Hoy esta acusación unilateral ha decaído un poco. Nadie ha encontrado un papel que lo sustente. La desviación (también bendecida por ciertos sectores del PP que no necesitan identificación) se ha producido a “favor” de otro conglomerado: los socialistas. Y, como este era demasiado heterogéneo, se ha constreñido: los largocaballeristas. Lo ha afirmado, por ejemplo, reiteradamente Andrés Trapiello en las sucesivas ediciones de su libro Las armas y las letras.

El Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid también tomó hace unos años, por mayoría del PP, Vox y C´s, la decisión -innoble, en mi opinión- de derribar la placa en la plaza de Chamberí en donde había nacido Largo Caballero. Aquello suscitó una protesta de centenares de historiadores, españoles y extranjeros, que firmamos el oportuno comunicado. El papel pudo utilizarlo el Sr. Alcalde, abogado del Estado, para otras actividades que no hay que mencionar. Hace unas semanas el Tribunal Supremo le quitó la razón, a los que votaron a favor de los tres partidos mencionados.

El razonamiento del TS y el desarrollo reglamentario de la LMH (que personalmente desearía se hiciese con la mayor rapidez posible) abrirán la puerta a la eliminación de otros nombres ligados a los sublevados, con pretextos espurios, de 1936.

Antes de que terminara el año 2022 me entretuve en deshacer algunas de las argumentaciones de un ilustre catedrático de una universidad confesional que ligaba la sublevación a la necesidad imperiosa, esencial, vital, de contener la supuesta deriva española hacia el comunismo. Tal peligro lo evocaron las derechas antes de 1931, después de 1931, en 1936 y desde entonces. Quienes hoy siguen argumentando en aquella dirección no son muchos en los libros de historia que pretenden ser serios. Por lo general, son o eran militares.

Atribuyo a tal calidad una significación especial. No en vano, la UME estuvo desde 1933 jaleando en los cuarteles el peligro comunista. En ello comulgaron personajes a los cuales hoy cabe añadirle un cierto hálito de infamia.

Como en las entregas anteriores me he basado en la fuente un tanto escondida del ilustre catedrático madrileño de Historia a que se referían, acudiré de nuevo a los señores vicealmirantes los hermanos Moreno de Alborán y de Reyna quienes, en su obra imperecedera, reflejaron aspectos como los siguientes:

  1. “A partir de mediados de agosto de 1936, la Unión Soviética decidió intervenir en la guerra de España en favor del gobierno marxista” (p. 890). 
  2.  “Del 15 de agosto al 15 de septiembre llegaron a puertos rojos cuatro mercantes soviéticos que, entre otros efectos, descargaron 30.000 toneladas de petróleo” (p. 891)
  • Es, sin embargo, la presentación contenida en el capítulo XVIII de su magna obra (vol. III, pp. 1685-1696) lo que supone toda una serie de disparates  sobre las implicaciones internacionales de la guerra de España. Para tales autores, “Adolfo Hitler y el nacionalsocialismo irrumpieron en la escena política tras haber ganado limpiamente las elecciones democráticas de 1933 con el apoyo masivo del pueblo alemán”. Él y Mussolini “contuvieron las expansión comunista en zona tan vital para Europa” (p.  1.686). A Largo Caballero  (p. 1687) lo presentaron como “socialista filocomunista”.

Será una casualidad, pero leo en la prensa que la comisión permanente del Consejo General del Poder Judicial ha validado, como expresión de la opinión personal y no institucional, la afirmación del señor presidente del TS del TSJ de Castilla-León según el cual “también el Partido Nacional Socialista llegó al poder por las urnas en Alemania en 1933”. Sin querer, en la menor medida, hacer comparaciones odiosas, cabe recordar que lo sucedido no fue exactamente así.  El tema ha salido ocasionalmente en este blog. Véanse, por ejemplo, las entradas del 21 de octubre de 2014 y 5 de julio de 2016.

De notar es que el centro católico no sobrevivió. Los interesados pueden incluso leerlo en Wikipedia, al alcance de cualquier ratón:   

https://es.wikipedia.org/wiki/Rep%C3%BAblica_de_Weimar#:~:text=La%20Rep%C3%BAblica%20de%20Weimar%20(en,en%20la%20Primera%20Guerra%20Mundial.

No cabe olvidar que las más estúpidas fantasías franquistas las recogieron los ilustres marinos de forma algo más que detonante: “De continuar el gobierno del Frente Popular, la situación degeneraría hasta llegar a caer, indefectiblemente, en la órbita de Moscú, es decir convertir a España en un país satélite -anticipándose a lo que sucedería con la Europa del Este a partir de 1945- con un férreo régimen comunista y las consecuencias que ello implicaría” (p. 1688). Están en la misma línea en que estaba Franco en 1936, según relata en sus memorias -no destinadas a la publicación- el embajador Francisco Serrat.

Tales autores tampoco tienen demasiada simpatía por el Reino Unido. Para cuando escribieron la política británica hacia la guerra civil española había sido diseccionada en numerosos trabajos de investigación. Incluso por un vicealmirante de tal nacionalidad (Sir Peter Gretton) y un joven historiador español, Enrique Moradiellos, pero ello no les impidió ser tajantes: “El gobierno de Su Majestad no se dio cuenta de ese riesgo para Europa. Tras una España comunista, y siguiendo la política de fichas del dominó -de la que se tiene suficiente experiencia- habría seguido Portugal y a continuación Francia, que ya estaba al borde de ello” (p. 1.688).

Claro: cree el ciego que todos los demás son de su condición. Como si el gobierno británico solo tuviera las fuentes de “información” que se inventaron los conspiradores de 1936 y la España “nacional” durante la guerra.

Observarán los amables lectores, cito fuentes caras a los autores que mencionó Julián Casanova en su tuit, pero sigo planteándome la misma pregunta: ¿cuáles son las bases documentales para sus afirmaciones?

No existen.

Naturalmente, nadie tiene por qué creerme.

Lo que cabe hacer es obvio: reclamar a los autores, periodistas, influencers y aficionados que hagan el favor de exhibir sus bases documentales y no las cretinadas que siguen sirviéndonos algunos partidos políticos que, no por casualidad, son de derechas. El no añorado Ricardo de la Cierva fue, en general, más inteligente.

Postdata 1:

Un lector ha tenido la amabilidad de escribirme diciendo que mi post precedente no le ha gustado y que es promocional de mi nuevo libro. No lo oculté, pero mi idea fue hacerlo de pasada. El libro todavía no ha salido. Seré más preciso. También me informa que todos mis supuestos esfuerzos contra el profesor Stanley G. Payne (a quien suelo mencionar con alguna frecuencia) están destinados al fracaso. En general, solo acudo a él como paradigma de una cierta interpretación sobre los orígenes inmediatos de la guerra civil y varios de sus capítulos más sobresalientes (Gernika, por ejemplo), siempre sin haberse contaminado por los miasmas de los archivos públicos y privados (salvo en unas cuantas ocasiones en los de la FNFF, a tenor de lo que él mismo ha escrito).  Espero que tampoco le agradará el libro que se avecina, en el que soy el primero en reconocer su influencia. No para bien de la historia documentable.

Postdata 2:

Otros amables lectores, a quienes no se lo agradeceré bastante, me han informado que el periódico EL DEBATE ya está digitalizado. Hay dos direcciones en las que puede consultarse:

La primera,  https://repositorioinstitucional.ceu.es/handle/10637/11973

Y la segunda, https://prensahistorica.mcu.es/es/consulta/registro.do?id=3126.

Con respecto a esta segunda me informan que se incorporó, procedente de la Hemeroteca Municipal de Madrid y de la Biblioteca Pública del Estado en Vitoria, al repositorio digital del Ministerio de Cultura en 2022.

Me es particularmente grato difundir esta información porque, para quienes no vivimos en Madrid, que somos la mayoría, la digitalización de la prensa es esencial. Sobre todo, en el caso de la segunda República, porque cualquier historiador puede así mostrar la distancia entre lo que se publicaba, lo que ocurría y lo que discurría entre bastidores. En tiempos como los presentes, una necesidad ineludible para restregar la diferencia entre “desinformación” y la realidad de los cuarteles.

ANTE UN NUEVO AÑO Y UN NUEVO LIBRO: REFLEXIONES DE ANDAR POR CASA

10 enero, 2023 at 8:30 am

Ángel Viñas

Ya han acabado las fiestas. Volver al curro es difícil. Reconozco que también para mí, porque solo trabajo en casa. Me pregunto en estos días si el año que ha acabado de empezar será mejor que el que ha terminado. La respuesta depende, esencialmente, de la perspectiva que se adopte. En este blog, que no está dedicado a temas del presente, la que utilizo se refiere, entre otras, a aspectos a los que cabe aplicar su lema inicial: la historia no se escribe con mitos. Suelo centrarme en la República, la guerra civil y el franquismo y la interminable controversia en torno a los años treinta y cuarenta del pasado siglo. Últimamente, y a medida que me he sentido más seguro de los perfiles históricos, también lo hago en los debates sobre memoria histórica y democrática. En este sentido, preveo avances y progresos.

De todas maneras, no hay que ser un avezado zahorí para pensar que proseguirán, o incluso que se recrudecerán, las controversias del año que acaba de terminar. En un tuit que ha tenido una gran resonancia, mi buen amigo el profesor Julián Casanova, desde su observatorio de la Universidad de Michigan en Ann Arbor, ha señalado los puntos esenciales en debate y, en particular, las fuentes nutricias de los camelistas, que se ponen en plan de historiadores y alimentan la discusión de las redes. Confieso que son para llorar.

Otra cosa son los intentos de “recuperación” de interpretaciones más cercanas a las fuentes historiográficas anteriores a la desaparición de la censura. Soy de quienes creen que muchos de los autores de aquel período, españoles en su mayoría, son acercables a una situación de desguace tan pronto se salen de temas estrictamente militares (y no en un sentido lato del adjetivo en su acepción contemporánea sino en la que dominaba hasta poco después de la primera mitad del siglo pasado). Querer reverdecer los laureles de numerosos protagonistas de aquella literatura me parece un error de planteamiento.

Con casi la práctica totalidad de los archivos extranjeros abiertos a los períodos comprendidos entre 1931 y, digamos, 1975 así como con la silenciosa, pero por el momento imparable, apertura de los españoles, los historiadores pro-franquistas y sus sucesores post-franquistas o neo-franquistas lo han tenido, tienen y tendrán algo más difícil. Mi impresión en términos generales es que peor será su futuro.

Las cuestiones claves no han variado: ¿por qué hubo una guerra civil en España?, ¿quién la quiso?, ¿para qué se quiso? Son temas esenciales. Quién más, quién menos ha tratado de defender sus respuestas. Oscilan desde el arco de las extremas derechas al opuesto de las extremas izquierdas pasando por el medio. Con la notable reaparición de una supuesta “tercera España”, que sigue siendo defendida contra viento y marea. Quizá copia de una clásica “tercera Francia”.

Servidor también ha pretendido dar algunas respuestas. Tal vez con una singularidad: no me he basado en una muestra, más o menos amplia, más o menos restringida, de la inmensa literatura existente. Lo he hecho dejándola de lado para concentrarme desde el principio en la evidencia primaria relevante de época (EPRE). Reconozco que ello ha sido posible gracias a la apertura de archivos (que también he buscado. Como Enrique Barón recordará, fuimos el profesor Marichal y un servidor quienes en una cena con él y con Fernando Claudín, a la sazón director de la Fundación Pablo Iglesias, sugerimos la posibilidad de incorporar a la entonces en negociación Constitución Española un artículo que previera el derecho de acceso a los archivos, cosa que se logró merced a Gregorio Peces Barba (art. 105b).

A partir de tal EPRE pude avanzar en la construcción de un relato fundamentado, y siempre provisional, que he contrastado y contrasto con las aportaciones de autores, españoles y extranjeros, que me han parecido o parecen significativos. Algunos todavía en vida. Otros, la mayoría, desaparecidos. Siempre, todo hay que decirlo, una selección representativa. Las derechas no podrán quejarse.  

He comprobado no tener muchos seguidores. Aunque vivo en Bruselas, y me encerré hasta septiembre del pasado año a causa de la pandemia, tampoco crean los amables lectores que dejo de estar al día. Padezco del mismo síndrome que aquejó a Herbert R. Southworth. Él se deshizo de gran parte de su biblioteca que vendió a la Universidad de California en San Diego. Servidor regaló casi la mitad de la mía (excluidos los libros sobre España) a la UCM. A Southworth le sobró tiempo para reponer una buen porción de la que se desprendió (que su heredera pasó al Centro Documental del Bombardeo de Gernika, contra una suma que ya no recuerdo). Servidor tiene dispuesto que la otra mitad de la mía, y los libros que he continuado adquiriendo, sigan el mismo destino que los anteriores.

Esto significa que he continuado comprando. Por ello me sorprende constatar cómo algunos autores solo de manera mínima han acompasado sus análisis (a veces entroncados con historiadores pro o parafranquistas) a los nuevos descubrimientos. Son los generados por, al menos, dos o tres generaciones de investigadores para quienes el franquismo es historia remota. Como para mi generación lo fueron, en gran medida, las guerras carlistas o la de Cuba.

Pertenezco al grupo de quien creen que profesionalidad implica mantenerse al día cuando aparecen nuevos libros. No es algo evidente por sí mismo. Por ejemplo, el mes pasado se ha publicado uno que aspira (lo dice su autor, no servidor) a ser una historia total de la guerra civil española. Todavía no lo he leído entero, pero ya puedo decir que no ha tenido en cuenta las aportaciones no ya de quien suscribe, que es lo de menos, sino de una gran parte de los historiadores de mi generación y siguientes que más han contribuido a renovar los estudios sobre tal período. Hayan utilizado nueva EPRE o aplicado nuevos puntos de vista y perspectivas.

Limitándome a los años de paz republicanos ignorar las aportaciones de Eduardo González Calleja y su equipo o de Rafael Cruz me parece lamentable (adjetivo que también podría aplicarse a la un tanto sesgada selección que aquel autor utiliza). Presentar al coronel Martínez Bande, del SHM, como epítome de la historiografía militar de la guerra civil, es desconocer todo lo que evadió de episodios que hoy cabe perfilar perfectamente en el AGMAV o en el AGA y que cualquier hijo de vecino puede consultar. Este mismo enfoque puede aplicarse a otros autores.

Servidor se precia de no seguirlo. Daré dos ejemplos.

Hace poco he leído que acaba de salir la traducción castellana del libro de un historiador norteamericano, Sean McMeekin, La guerra de Stalin. Es un deber moral felicitar a la editorial. La versión original apareció en 2021. La adquirí de inmediato y está incorporada al libro que CRITICA publicará dentro de quince días. En él figuran mis desavenencias con tal autor en la medida, y solo en la estricta medida, en que se refiere, de pasada, a la guerra civil española. No va a los documentos disponibles. Se basa en las afirmaciones de otro historiador también norteamericano, a quien yo tengo por costumbre mencionar con acusada condescendencia.

Creer como realidades pasadas las evocaciones de protagonistas es un pecado mortal.  Sobre todo, si se refieren a aspectos que el propio autor considera importantes. Nadie, por definición, debe estar exento de confrontación con las fuentes. En un tema que, por ejemplo, se considera muy significativo para la victoria de Franco las leyendas se perpetúan sin que nadie se haya molestado en indagar qué es lo que hay detrás de ellas. En estos últimos meses he estado trabajando con un colega, Guillem Martínez Molinos, para enviar a la basura en este mismo año algunas de las que más se han repetido hasta la actualidad. ¿Por ciencia infusa? No. Por el trabajo en archivos.

Nada de lo que antecede hace que un historiador sea mejor que otro. Lo que sí los diferencia es un conjunto de cualidades. En primer lugar, la predilección por ir a las fuentes primarias. Esto no es sino la derivación de la curiosidad innata a cualquier investigador que quiera decir algo nuevo o, por lo menos, fundamentarlo. (Fuera de la historia contemporánea en España se trata de un truismo que no merecería la menor mención).  En segundo lugar, que acepte la conveniencia de no dejar de lado a cualquier historiador relevante que se encuentre en vida. Es decir, que esté en condiciones de responder (por eso suelo citar la última obra que haya escrito el connotado “investigador” norteamericano al que suele alabar desmesuradamente la derecha española). En tercer lugar, la capacidad de enfrentarse con las construcciones ideológicas del pasado y que sigan retumbando en la actualidad (de aquí las referencias que he hecho a un general de División en el Ejército del Aire y a otro que lo es de Tierra y cuyos nombres ya han aparecido en este blog).

¿Resultado preliminar, parcial y sujeto a críticas al que he llegado por el momento? Mi convicción de que la historiografía de derechas está en general constreñida por un vicio de origen: su interpretación teleológica de la de la sociedad española hacia el “benemérito” régimen del general Francisco Franco. Gracias a los cuales en su España se exorcizaron los supuestos demonios familiares de las izquierdas antipatrióticas, más o menos vendidas al “oro de Moscú”.

Termino con una indicación: tal vez muchos eventuales lectores puedan llevarse una pequeña sorpresa cuando acudan, si es que lo hacen, a mi libro de inminente publicación. Y atrévanse a discrepar, pero con pruebas documentales en la mano, ya sean propias o leídas.

Los camelos políticos e históricos de hoy no son cosa nueva: tienen antecedentes directos en la publicística española (y VII)

27 diciembre, 2022 at 8:31 am

ESTA SERIE ESTÁ DEDICADA A LA MEMORIA DEL PROFESOR RICARDO MIRALLES, CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA UPV, EN EL RECUERDO Y CON MI ADMIRACIÓN

Ángel Viñas

El anticomunismo militante de la guerra fría permitió a la dictadura superar las dificultades tras el conflicto mundial. El abrazo del “amigo americano” hizo el resto. Se silenció el costo. Lo que se ofreció a los españoles fue alguna que otra secuela del “desarrollismo” que el agotamiento de las divisas impuso al Generalísimo. Cuando se “desmandaban” se añadieron muchos palos y ejecuciones meditadas.

La transición echó abajo las instituciones y numerosas plasmaciones políticas del franquismo. No planteó la necesidad de enfrentarse con la historia ya acuñada. El tema se dejó, menos mal, en manos de los historiadores, liberados por fin de la censura. Eso sí, reparaciones materiales e inmateriales (pensiones, reconocimiento de grados del Ejército Popular, devolución de activos a las organizaciones y sindicatos prohibidos durante el franquismo), aspectos nada despreciables, ocuparon la atención.  La memoria de los masacrados pasó a segundo término.

Abordemos ahora esta memoria.

Historia y memoria no son términos antitéticos. En primer lugar, porque ningún historiador puede afirmar que todo el pasado esté contenido exclusivamente en evidencias. En segundo lugar, porque la memoria o el recuerdo de hechos pueden aportar testimonios fundamentales para responder a ciertas preguntas -cambiantes- que se plantea la sociedad. En tercer lugar, porque para determinados sucesos, como las ejecuciones no regladas, los recuerdos grabados a fuego pueden ser esenciales. Finalmente, porque las modernas técnicas ligadas a las exhumaciones de fosas y a su interpretación arrojan conocimientos de los que no queda constancia escrita o memorial.

Tres puntualizaciones sobre las ejecuciones no regladas. La primera es que son incontrovertibles. Francisco Espinosa abordó los mecanismos burocráticos ideados para encubrir las que salpicaron la “justicia” de uno de los grandes asesinos de la contienda: el general Queipo de Llano en Sevilla.  La segunda es que los propios verdugos dejaron huellas. La tercera son los testimonios de los descendientes, la muestra más intensa que cabe imaginar.

Daré un ejemplo de las segundas. Lo tomo de una circular de instrucción titulada “Evoluciones de la guerra en España vistas desde el Ejército del Sur”. Su autor fue un sanguinario teniente coronel, ligado muy de cerca al asesinato del general Amado Balmes y protegido desde entonces por el “Glorioso Caudillo” de quien fue distinguido botafumeiro. Hoy olvidado. Se refirió, en particular, a la campaña inicial en Extremadura en la cual (cito literalmente)

“pequeños grupos en audaz marcha caían sobre un pueblo, vencían la resistencia localizada en las torres de la iglesia, y al son de las campanas al repicar se izaba el Pabellón Nacional y se nombraba la nueva Gestora Municipal. Ya no era preciso más. Unos muros de tapial y unos centinelas aseguraban la tranquilidad pública”

¿No es suficiente? Sí, para los destinatarios, que participaban en los asesinatos unos tras otros. También para el historiador. Se hacía una limpieza mediante fusilamientos más o menos masivos. ¡Al diablo las normas! Es muy notable que a tamaño carnicero la ciudad de Badajoz lo nombrase, junto a otros asesinos de mayor porte, Queipo de Llano y Yagüe, hijo adoptivo. Fue el jefe de la única división (la 21) que retrocedió en el campo de batalla. Una ignominia. La sentencia del consejo de guerra subsiguiente no la aceptó Franco. Desde el Cuartel General emergieron órdenes para que se rebajara de tal forma que pudiese seguir en el Glorioso Ejército Nacional.  Había que pagar una deuda y Franco hizo honor a ello. No solo entonces. También después.

Las preguntas que se hace un historiador desprejuzgado pueden, en mi opinión, articularse en torno a la argumentación siguiente:

El pasado no existe. Ha desaparecido. No podemos reconstruirlo en su totalidad. Tenemos que acercarnos a él a través de evidencias. Estas no son solo documentales. También son las arqueológicas clásicas (se han utilizado desde tiempo inmemorial). Hoy, sin embargo, han entrado en acción las que se derivan de la aplicación de ciencias y técnicas afortunadamente mucho más duras que la historia. La medicina y sus numerosas subdisciplinas; la física; la química; la biología; la genética; la ciencia de los suelos, la arqueología de los campos de batalla, etc. Sin olvidar, otras menos duras, pero esenciales como la sociología, la sicología social y la antropología, en un abanico que cada día que pasa se amplía más y más.

Es decir, el conocimiento del pasado se ha hecho más complejo y también más contingente. En contra de lo que suele afirmarse no depende esencialmente de la ideología de quienes lo investigan, ni siquiera de la versión dominante en un momento determinado, ni de las modas que cambian a lo largo del tiempo. Tampoco depende de cómo se resuelva el eterno problema entre la objetividad y la subjetividad -ya sea a nivel individual o, si se me apura, social. Los hechos determinados por procedimientos propios de las ciencias naturales son hechos duros. Exigen una explicación que, con el tiempo, cambia porque el progreso de las ciencias duras se ha acelerado en el curso de los últimos cincuenta años.

Muchos lectores de mi generación recordarán el caso de la supuesta hija de los zares que, según afirmaba, pudo sobrevivir a la matanza de la familia imperial. Fue por el mundo bajo el nombre de Anna Anderson. La interpretó, en una emocionante película dirigida por Livak (Anastasia, 1956), nada menos que Ingrid Bergman. Muchos siguieron creyendo en ella hasta su fallecimiento. Sin embargo, la comparación años después de muestras del ADN de la familia de los zares con el de uno de los familiares de Anna muestra que esta fue, al fin y al cabo, una impostora. Esto es algo que se había dicho desde el primer momento.  Eso sí, conoció detalles de la vida en familia de los zares que algunos consideraron como exactos. Otros no.  Engañó a medio mundo durante un montón de años.

A mí me impresionó, cuando daba mis primeros pasos en historia, uno de los libros del conocido historiador francés Emmanuel Le Roi Ladurie: Montaillou. Siguió esencialmente un procedimiento tradicional, en su caso, los documentos de uno de los procesos de la “Santa” Inquisición, en este caso francesa, contra los herejes cátaros. Le Roi Ladurie se sirvió de ellos, y de otras evidencias, para reconstruir la vida, acciones, odios y amores que caracterizaron la vida de los habitantes del pueblecito occitano. Un tour de force que lo hizo mundialmente famoso.

En la actualidad, los análisis por medio de ADN han servido para identificar a muchas víctimas de la represión franquista, olvidadas en fosas, y restaurar su recuerdo y su dignidad.  Con ello han aparecido, en la historia, hombres y mujeres, mujeres y hombres, cuyo rastro se había perdido. Los enfoques teóricos y metodológicos subyacentes algunos historiadores no lo aceptan.

Hoy, las ciencias duras, aplicadas al conocimiento de facetas ocultas hasta hace veinte o veinticinco años en el estudio de la represión franquista (también, ¿por qué no?, de la republicana), han abierto el capítulo más avanzado en el estudio de la guerra civil y de sus consecuencias.

En medio de la marejada de datos y conocimientos proporcionados por tales ciencias duras quien al final los interpreta es el historiador: hijo de su época y que en ella actúa. Si la Historia (con mayúscula) aspira en nuestros días a ser algo más que literatura o relato (algo que suelen defender quienes no son historiadores) tiene que recurrir a los resultados que proporcionan nuevas técnicas muchísimo más sofisticadas que las que existían cuando empezó a asentarse sobre modos de pensar científicos, es decir, en el siglo XIX.

En términos muy generales podría afirmarse que la “representación” o las “representaciones” dominantes en los individuos que forman una colectividad en un momento del tiempo son su memoria del pasado. No tiene necesariamente aspiraciones científicas, no se vale de los instrumentos y mecanismos que escudriñan un tiempo inexistente, pero sí se ve influida por los factores culturales, políticos, técnicos e ideológicos de quienes las albergan y, naturalmente, de su entorno.

Tales “representaciones” dejan huellas. Serán objeto de estudio, como parte de la Historia (con mayúscula), por las generaciones futuras. Sus contornos son fluidos y terminan esfumándose con los individuos que las mantuvieron. No así sus resultados.

¿Un ejemplo? En la sociedad española de nuestros días no hay “memoria” de la guerra de la independencia o de la guerra de Cuba. Hay, simplemente, Historia, es decir, representaciones elaboradas, confrontadas con los “hechos”, comprobadas y discutidas por los historiadores de todas las manifestaciones del espectro intelectual e ideológico a lo largo del tiempo. Cuando entre ellos se llega a un amplio consenso tales “representaciones” dejan de serlo para convertirse en HISTORIA.

La memoria, por su parte, resultado de aquel proceso individual, cuando se exterioriza, lo que hace es complementar o iluminar realidades que no han quedado fijadas adecuadamente por otras evidencias. También esta traslación encierra trampas. Como para el caso del Tercer Reich han mostrado Harald Welzer y su equipo la memoria individual, exteriorizada o transmitida, puede pasar a integrar una memoria familiar e incluso intergeneracional y chocar con la historia aceptada y enseñada.

Así, pues, no tengo ni idea (nadie puede tenerla) de lo que pensarán de la guerra civil y de la dictadura franquista las generaciones futuras. Tampoco del uso que en tales momentos se dará a los conocimientos acumulados o debatidos por la nuestra. Ahora bien, el historiador genuino tiene el deber profesional de fijarlos en su tiempo.

No existe, en consecuencia, eso que algunos llamaban (pienso en Ricardo de la Cierva) o incluso siguen denominando hoy “historia definitiva”. Lo que existe es un proceso social cuyos resultados podemos y debemos ir estableciendo en cada momento. Es inútil, desde este punto de vista, hacer mucho caso de los “relatos” motivados por finalidades ideológicas, políticas, de lucha por “imponer” una determinada interpretación en oposición a otras alternativas. Son ocupaciones efímeras. Como las interpretaciones de Isabel II que dominaron el relato histórico hasta que llegó Isabel Burdiel para asentar una reinterpretación basada en un acopio de evidencias que muy pocos habían logrado acumular hasta que escribió su biografía -y la de su tiempo- la historiadora valenciana.

Los esfuerzos de la publicística franquista, profranquista o neofranquista, ya sean realizados por políticos, periodistas de medio pelo, se escriban en libros o se comuniquen por la red, están -en mi modesta opinión- destinados al fracaso.

En la medida en que uno puede estar seguro de algo, las interpretaciones sobre la República, la guerra civil y el franquismo que hoy se enfrentan en el presente continuarán teniendo respuesta por parte de los historiadores del futuro. Como las “representaciones” profranquistas son ya en gran parte invalidables por el recurso a evidencias (documentos, fosas y técnicas de interpretación disponibles), mi impresión es que no prevalecerán. La Historia, en contra de lo que se afirma sin mucha reflexión, no la escriben los vencedores. La escribirán los historiadores del período en el futuro.

En esta perspectiva, la reciente Ley de Memoria Democrática debería contribuir de forma muy sustancial. Simplemente porque facilitará la mejora de las “representaciones“ del pasado de las que podamos disponer de cara a ese futuro. No extraña el temor que suscita en ciertos sectores, en particular ligados a las derechas españolas, incapaces hasta hoy de asumir lo que choca con sus interpretaciones extraídas, en ocasiones, de bazofias supuestamente documentales. No en vano, como se ha dicho y repetido hasta la saciedad, el pasado es un país extraño. 

También ayudará la LMD porque facilitará la divulgación, en la enseñanza reglada, de los sueños, ilusiones y actos de generaciones de españoles olvidados por la historia oficial que fue creándose antes de la guerra, en la guerra y después de la guerra. 

En todo caso, cualquier historiador español o extranjero que quiera decir algo nuevo, o contravenir la versión oficial franquista o neofranquista, no puede dejar de trabajar en los archivos y fosas adecuados. Los archivos foráneos están hoy abiertos, con algunas excepciones perfectamente identificadas. Los españoles empezaron a abrirse en 1976. Su apertura continúa. Se ha acelerado en los últimos años. También la LMD vigorizará la identificación y apertura de fosas.

¡Ójala se la dote de los mayores medios y recursos posibles, personales, técnicos y materiales! Simplemente porque los archivos y las fosas, las fosas y los archivos, son, en último término, parte esencial de la memoria de un pueblo, de una nación, y también en el caso español, de la de todos. Como ocurre en otros países europeos, latinoamericanos, asiáticos o africanos.

FIN de la serie

¡FELICES FIESTAS DE NAVIDAD Y DE AÑO NUEVO A TODOS LOS AMABLES LECTORES! VOLVERÉ CON USTEDES DESPUÉS DE REYES.

Los camelos políticos e históricos de hoy no son cosa nueva: tienen antecedentes directos en la publicística española (VI)

20 diciembre, 2022 at 8:31 am

ESTA SERIE ESTÁ DEDICADA A LA MEMORIA DEL PROFESOR RICARDO MIRALLES, CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA UPV, EN EL RECUERDO Y CON MI ADMIRACIÓN

Ángel Viñas

Tras los anteriores posts una de las preguntas que se plantean es: ¿de dónde habrá extraído el autor en cuestión sus “pruebas” sobre los siniestros designios del Politburó y con ellos sobre el futuro de la desgraciada España, víctima de las izquierdas y, en particular, de los comunistas que pretendían “sovietizarla”? Aunque se cuida mucho de dar referencias concretas sí ofrece un comentario general. Entre sus “fuentes”, al final de la obra y adicionados de vibrantes comentarios, figuran varios libros. No hay una sola mención a archivos. Para ciertos historiadores, como por ejemplo algún distinguido profesor norteamericano, más jubilado en la Universidad que servidor, no existen. O teme acercarse a ellos, porque -como es sabido-  encierran serpientes venenosas que pueden dar al investigador algún susto, incluso letal.

Uno de los libros que en su “ensayito” bibliográfico sí menciona el distinguido catedrático de la universidad católica en cuestión es la obra en varios volúmenes de dos vicealmirantes, los hermanos Fernando y Salvador Moreno de Alborán y de Reyna. La publicaron fuera de toda editorial en 1998 (por razones que cabe deducir de lo que cuentan en el último tomo) sobre las operaciones navales en la guerra civil.  En el primero, pp. 76-77, se encuentra ya diez años antes de la “historia” que comentamos, una relación de los innobles y peligrosos designios del Politburó. ¡Oh, casualidad de las casualidades! Es muy parecida a la que ofreció a un público lector, en ocasiones estupefacto, nuestro estimable historiador de la universidad confesional que no deseo identificar, para no sacar los colores públicamente a sus rectores.

El autor en cuestión quizá la mencione para que no se le acuse de copión. Así, la ha ampliado un pelín y ennegrecido un poco más. Donde los ilustres marinos mencionaron el “derrocamiento” de Alcalá-Zamora él utilizó el término “eliminación”, algo potencialmente mucho más sugestivo. También varió el punto dos y “mejorado” lo que dichos autores (muy curtidos en los peligros de la mar) designaron como “empleo de medios de presión contra los oficiales del Ejército y la Armada”. El señor catedrático no dejó de recargar el punto tres que en la versión de los vicealmirantes simplemente decía: “Expropiación de propiedades rústicas” y también hizo lo mismo con el punto cuatro: “nacionalización de todos los bancos y empresas industriales”. Cuestión de dejar las cosas claras. Más claras.

Eso sí, aminoró otros, cuando los almirantes fueron más tajantes. Estos hablaron de “destrucción de las iglesias y conventos”; de “exterminación de la burguesía y eliminación de la prensa burguesa”; del “establecimiento de un régimen de terror”; de la “toma del poder por medios revolucionarios e instauración de un gobierno de Dictadura del Proletariado”. Es decir, un tenebroso panorama, que nuestro autor “dulcifica”. ¡Quizá porque es de todos sabido que quienes iban a sublevarse contaban con la ayuda del Señor!

Entre Pinto y Valdemoro quedan otras formulaciones: los marinos fueron un poco más prudentes al afirmar que los planes contenían el “reclutamiento de milicias armadas como medida previa a la constitución de los primeros núcleos del futuro Ejército Rojo” (también fueron más precisos que un general de división que en 2021 -es decir, el año pasado- lo dio ya por creado en la revuelta de Asturias). Claro, con la ayuda del Maligno, todo es posible. Incluso un anti-milagro.

Para el insigne catedrático, de la no mencionada universidad confesional, parece más importante lo que afirmó sobre Portugal. Los vicealmirantes lo dejaron simplemente en “guerra contra Portugal que sería absorbido en la “República Ibérica Soviética” “. El “desliz” del historiador no militar con respecto a Marruecos tampoco figura en la relación que estos hicieron. Ahí se nota, claro, la profundidad estratégica del pensamiento que, él personaje civil, atribuyó a los demonios, generalmente civiles, del Politburó aunque con la experiencia que habían extraído en su propia guerra civil y el desmantelamiento de la autocracia zarista.  No se pierdan Vds., amables lectores, los anexos I a VI del primer capítulo, y entonen sus gracias al Altísimo por haber salvado a la PATRIA de lo que los soviéticos y comunistas españoles intentaban.

Ahora bien, demostrada la copia (perdón, transferencia de conocimientos de unos a otro), ¿cuáles fueron las fuentes de los ilustres hombres del mar y por ende del admirable copiador? Dieron una que, sin duda, para la dictadura franquista era absolutamente irreprochable. Nada menos que “La paz española”, del general José Díaz de Villegas, Ed. Gráficas Uguina, Editora Nacional, Paseo de la Castellana, 40, Madrid, 1964.  (En AbeBooks puede encontrarse, a un precio módico en dólares, bajo el título La paz española, su conquista y su defensa. De la guerra en la paz a la paz en la guerra). No la he adquirido pero me sorprendería mucho que en las andanzas de tal autor por los campos nevados de la URSS durante la campaña con la Wehrmacht en la División Azul hubiera podido conseguir una copia de tan preciado documento. Como es notorio, el Ejército nazi se quedó traspuesto antes de llegar a Moscú, que es donde se reunía el Politburó.

Servidor quedó sobrecogido por la emoción. No archivos moscovitas. No informaciones de los servicios de inteligencia nazi-fascistas o, en el peor de los casos, de algún espía del Vaticano en el Kremlin. (Por cierto, la fecha de la supuesta reunión del Politburó que ofrece tan notable general, geógrafo e historiador, difiere en un día de la que da el copista: habría sido el 27 de febrero de 1936 y no el 28. Un desliz lo tiene cualquiera, también quien esto escribe). Pero ¿cuál es la consecuencia que cabe extraer de tales transferencias? Simplemente que la supuesta decisión se la inventaron todos.

No con referencia a dudosas fuentes patrias, sino al inevitable Krivitsky (y, para más inri, en la bastardeada edición española de 1945), todavía hoy, hace un mes, un historiador español ha publicado un articulito según el cual el propio Stalin, lógicamente, habría dado las orden de “introducir en la zona republicana una red de policía secreta soviética”. Que el autor en cuestión cite, en el mismo artículo, el trabajo de base de Volodarsky (que tuve el honor de prologar) y que cifra tales efectivos en poco más de una quincena no le parece la menor incongruencia.

En la dura realidad, y no en etéreas elucubraciones sin base, lo que cabe documentar con evidencias de archivos españoles e italianos que he precisado siempre en mis libros (para que cualquier hijo de vecino pueda contrastarlas, también el general de división que nos ha dejado patidifusos con su obra de 2021, ya comentada algo en este blog) es que:

-El golpe de Estado lo quisieron varios sectores de las derechas más encarnizadamente antirrepublicanas: en primer lugar y ante todo los monárquicos y los carlistas. Y lo anhelaron desde antes de agosto de 1932.

-Fracasados y escarmentados, persistieron y persistieron. Lo hicieron para restablecer la monarquía, si bien con un tinte particular adaptado a la ayuda que buscaron en Mussolini y que reiteraron desde 1932 hasta junio de 1936. Con éxito total. ¡Fíjense los amables lectores! No decisiones moscovitas, sino decisiones que se buscaron en la Roma inmortal, cabeza del Impero fascista.

-Para justificar la sublevación se excitó a las masas populares y se organizaron atentados que obraron en el mismo sentido. Al tiempo acentuaron la propaganda antirrepublicana. Fue pública (por ejemplo, en las inmortales páginas de ABC, de La Nación y de Acción Española, aunque también en El Debate y periódicos provinciales subsidiarios). Hubo otra no pública pero más pedestre aún y más antibolchevique, si cabe, en el seno del Ejército.

-Ya antes, uno de los conspiradores, Don Antonio Goicoechea, confirmó a Mussolini en octubre de 1935 que, si las izquierdas volvían al poder, aunque fuese por medio de elecciones, ellos y un sector de los uniformados (manipulados por la Unión Militar Española) se sublevarían. Y se sublevaron. Los caballeros españoles de derechas siempre mantenían su palabra.

-Sin embargo, la guerra civil como tal fue el resultado de la incapacidad de los golpistas por hacerse de inmediato con el poder (posibilidad que ya previeron algunos); por el apoyo inmediato que recibieron de las potencias del futuro Eje (la nueva incorporación fue la Alemania nazi) y el factualmente objetivo, que significó la política de no intervención establecida a instancias de las democracias occidentales. A ello añadiré la masiva incorporación de los cuerpos de oficiales, jefes y generales, que en buena medida dejaron en cuadro la capacidad de resistencia gubernamental. Sobre este tema ya existía además una abundante literatura que, por eso de lo que son las cosas, no suele mencionarse. Descuellan los cálculos y apreciaciones de Carlos Engel.

En consecuencia,

-La guerra pudo continuar gracias a la movilización popular, al no hundimiento total del gobierno y, singularmente, al apoyo soviético desde principios de octubre de 1936.

-El tan decantado estallido revolucionario en la zona republicana fue resultado, en gran medida, de la pérdida de autoridad del gobierno y del surgimiento de poderes paralelos o, a veces, alternativos. Muchos de ellos soliviantados, entre otros factores, por las noticias de los tajos sangrientos que los sublevados aplicaron desde el primer momento en el cuerpo social en las zonas en donde triunfó la rebelión; por la exasperación ante el peligro que corrían las reformas de la primavera de 1936; por la rápida marcha de los sublevados y por los ajustes de cuentas contra los traidores a la legalidad republicana.  Añádanse ilusiones sobre la creación de un nuevo orden revolucionario (no estalinista, quizá anarcosindicalista) y el efecto de odios si no ancestrales sí nutridos durante años y años de luchas proletarias.

-Costó más de medio año que las endebles estructuras gubernamentales puestas en pie tras la sublevación pudieran dominar la sangría acaecida en la zona leal a la República y reencauzar la represión por cauces reglados. No en copia de los que para entonces habían proliferado en la zona sublevada en donde el teniente coronel Felipe Acedo Colunga iba recogiendo experiencias para la imprescindible represión del futuro, tras la VICTORIA.

En contraposición, la historiografía franquista o pro-franquista ha difuminado en todo lo posible la preferencia de Franco por una guerra larga. Esta le sirvió para “limpiar” la retaguardia, a veces en contra de los consejos de sus asesores nazi-fascistas. También para promover la adhesión a su persona como líder invencible e impávido entre las cohortes más jóvenes de sus oficiales y jefes. Desde el primer momento conceptualizó la guerra como de “liberación” (¿de qué?: del liberalismo, socialismo, comunismo, anarquismo, de la masonería, de los librepensadores y de todo lo que oliera a moderno y no a la Santa Inquisición o al, como nutriente, nazifascismo arrollador). Aceptó con gusto y regusto el de “Cruzada”, de rancio sabor y olor cristianos y medievales. Y la Iglesia (todavía trentina y por todavía muchos años) le abrió sus brazos y sus palios y lo cubrió de incienso en sus templos y de alabanzas a través de su amplia red de publicaciones.  

Las características señaladas, entre otras posibles, de la contienda (en la que, como ha documentado Ferran Gallego, se desarrolló la vertiente específicamente española del fascismo) discurrieron en paralelo a su correlato ineludible: una represión organizada por medio de todos los poderes del Estado. A la mayor Gloria del Señor, como murmurarían los altos prelados.  ¡Había que salvar España!

Y de los malvados bolcheviques, ¿qué? Aparte de Volodarsky, Rybalkin, Schauff y Kowalsky (ya traducidos al español) y un servidor, mi próximo libro aportará nuevos datos, como siempre basados en EPRE pura y dura. Opuesta a lo que todavía siguen perorando ilustres historiadores de lengua inglesa. No hay historia definitiva.

(continuará)

Los camelos políticos e históricos de hoy no son cosa nueva: tienen antecedentes directos en la publicística española (V)

13 diciembre, 2022 at 8:30 am

ESTA SERIE ESTÁ DEDICADA A LA MEMORIA DEL PROFESOR RICARDO MIRALLES, CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA UPV, EN EL RECUERDO Y CON MI ADMIRACIÓN

Ángel Viñas

La impresión que surge tras la lectura de las informaciones que he reproducido en entregas anteriores es que la supuesta decisión del Politburó del PCUS (no había otro: no se trataba de una decisión de la Comintern) se “construyó” a posteriori. Esta noción se acentúa porque tampoco encaja con el ulterior desarrollo de los hechos (materia prima de cualquier historiador que se precie). El programa de la coalición de Frente Popular no recogía muchos de los puntos que aparecían en el “documento” milagrosamente exhumado por el diligente autor ya identificado.

De todas maneras, es igualmente obvio que tampoco en febrero de 1936, a los pocos días de las elecciones y en espera de una segunda vuelta, se habría planteado en Moscú la “eliminación” de Alcalá-Zamora. No estaba en las manos de los dirigentes moscovitas otear el futuro español a la manera de un conjunto de Nostradamuses de los tiempos soviéticos.  En el momento del triunfo de la coalición de Frente Popular eran otros los problemas que en España se suscitaban de inmediato, aunque naturalmente muchos de sus integrantes estaban descontentos (con razón) con la actitud previa de Don Niceto que había metido la pata hasta el corvejón adelantando las elecciones y destruido las esperanzas y proyectos de un Gil Robles, más inteligente y sinuoso.

En todo caso los amables lectores comprenderán que el vocablo “eliminación” tiene siniestras connotaciones. Lo que surgió fue la deseabilidad de sustituir a Don Niceto por otra persona más acorde con las sensibilidades de la coalición que había ganado las elecciones. Esto ha dado origen a numerosas discusiones. El gobierno, de entrada, lo asumió Azaña (en el cual no se lució demasiado) y después de muchos conciliábulos se planteó la posibilidad de que pasara a la presidencia de la República. Azaña pensó que Prieto podría colocarse al frente del Ejecutivo. Que los soviéticos (que no pintaban nada en la alta política republicana) dibujasen en su gélido invierno moscovita tal escenario a los diez días de las elecciones de febrero es de auténtica carcajada.

Las medidas del Gobierno que surgió, un tanto inesperadamente tras la deserción inmediata del hasta entonces presidente del Consejo, Portela Valladares, se orientaron en otra dirección: proceder al cambio de destino de dos de los jefes militares de quienes las izquierdas no podían fiarse lo más mínimo. Los generales Franco y Goded. No fueron oprimidos. Simplemente se les trasladó a lugares donde siguieron conspirando (sin que las autoridades movieran un dedo). Al general Cabanellas, que había declarado el estado de guerra en la V Región Militar (cabeza en Zaragoza), no le pasó nada. Quizá lo protegieron los tan cacareados masones, pero allí se quedó y siguió conspirando.

Naturalmente hubo después otros movimientos, pero ¿qué jefes y oficiales fueron coaccionados y reprimidos? Son palabras mayores. El diligente autor de la preciada Universidad privada y católica parece ignorar que incluso Ricardo de la Cierva, mucho antes de 2011, había alumbrado a varios de los más importantes: se estaba desarrollando una conspiración en ciertos sectores del Ejército que -afirmó mendazmente- se había relanzado poco antes de las elecciones.

¿Y qué decir de las expropiaciones y nacionalizaciones de la propiedad, incluido el propio Banco de España? En primer lugar, el programa del Frente Popular se había constituido formalmente el 15 de enero de 1936. Se hizo público (es fácil encontrarlo en Internet en el ABC del día siguiente).  Lo han comentado numerosos historiadores. Muchos de los planteamientos más extremistas no se le habían incorporado. Que después de las elecciones el Politburó incidiera en, por ejemplo, la nacionalización de la banca hubiera sido incomprensible. Ni siquiera se hizo durante la guerra, cuando supuestamente la mano de Moscú se abatía sobre la desgraciada España. ¿Se cerraron por lo demás iglesias y casas religiosas en la primavera de 1936? Cuando hubo asaltos fue por motivos y exasperaciones bien documentados.

No hablemos de la independencia de Marruecos, la declaración de guerra a Portugal, la creación de la República Soviética Ibérica, etc, etc ¿Cómo fue posible publicar tan egregias estupideces en 2011? Por una razón muy sencilla: el tan distinguido catedrático de la Universidad privada madrileña absorbió glotonamente una leche nutricia pero que estaba envenenada de raiz. Es la misma leche que alimentó, en su momento, las fobias de la derecha más carpetovetónica y que acudió a las banderas golpistas en el verano de 1936.

Nuestro autor quiso probablemente reivindicar, contra centenares de títulos escritos y millares de documentos, la probidad, supuestamente impoluta, de quienes se situaron tras la sublevación. Es decir, salvar el honor -es un decir- de las partes del Ejército rebeldes, de Falange, de los carlistas, de los monárquicos, de la Iglesia (sobre todo, de la Iglesia), unidos contra una banda de “facinerosos” al frente del gobierno del Estado. Que eso tenga que ver algo con los hechos y con las pulsiones que aletearon detrás es algo que no le preocupa.

Es decir, se aplica la técnica del despropósito justificativo después de la sublevación desvirtuando esta de manera tal que la lista pudiera servir de “explicación” ex ante de la imperiosa necesidad de prevenir una “revolución prosoviética” ex post. Es la misma lógica que estuvo en la base del famoso Dictamen de 1938 de la comisión montada por el inefable abogado del Estado y ministro de la Gobernación, también cuñado de Franco, Ramón Serrano Suñer (otro embustero de armas tomar) sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes en 18 de julio de 1936. No en vano figuraron en ella destacados conspiradores de los que prepararon el golpe de Estado. Algunos desde casi el comienzo de los años republicanos.

Como bazofia “histórica” los amables lectores admitirán que la supuesta decisión del Politburó de febrero de 1936 es difícil de superar. No es de extrañar, pues, que desde hace años numerosos historiadores y servidor vengamos sosteniendo que las pretensiones de la sedicente “historiografía” neofranquista con respecto al origen de la guerra civil no están respaldadas por evidencia documental solvente.

Tampoco crean, en ningún caso, que el tan ilustre catedrático (de una Universidad confesional) objeto de este sucinto comentario es un caso aislado. En este mismo blog he tenido ocasión de abordar las últimas producciones (de 2019 y 2021: no me acusarán de no estar al día) de dos incluso más ilustres generales -de Brigada y de División- que abordan la cuestión bajo las mismas, o parecidas, perspectivas: constitución -¡en Asturias!- del Ejército Rojo, sovietización de España, peligro existencial para la PATRIA.

Es como si no se hubiera escrito nada al respecto desde que los historiadores dejamos de pasar por una censura destinada a guardar las doctrinas intangibles de la dictadura. Quizá cuando salga mi próximo libro, tengan algún sobresalto adicional.

 ¡Ah! ¿Y Negrín? El tan denostado Negrín, a la derecha y a la izquierda, demonizado por los franquistas, los anarquistas, los conservadores, los “liberales” y los poumistas. No seré el único en 2023 en recuperar su memoria. Otros (entre ellos, por añadidura, algún extranjero) lo harán también. Con papeles. No con inventos en los que tan consumados son algunos políticos, comentaristas y periodistas del montón en las tierras de Dios que son ESPAÑAAAAA.

(continuará)

Los camelos políticos e históricos de hoy no son cosa nueva: tienen antecedentes directos en la publicística española (IV)

7 diciembre, 2022 at 10:09 am

ESTA SERIE ESTÁ DEDICADA A LA MEMORIA DEL PROFESOR RICARDO MIRALLES, CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA UPV, EN EL RECUERDO Y CON MI ADMIRACIÓN

Ángel Viñas

Una de las características de la historiografía profranquista, derechista, falangista, profascista, o como quieran denominarla los amables lectores, es que no acude a fuentes primarias y profundiza en ellas como suelen hacer hasta los historiadores normalitos. No me refiero, naturalmente, a los investigadores de pro. Pero la primera, cuando toma referencias, suele distorsionarlas à gogo. Abundan las obras que se basan en otras y, en particular, abundan la prensa o las revistas. También relatos de quienes sufrieron bajo las izquierdas republicanas. No suelen faltar Asturias y, sobre todo, Paracuellos, aunque en los últimos veinte años el abanico se ha ampliado. En este blog he citado a autores militares (aparte de los del SHM, a algunos generales, ya sean de brigada, de división e incluso tenientes generales) y a autores civiles, pero he sido más comedido con estos últimos, salvo la excepción norteamericana todavía en activo a la que he dedicado los correspondientes posts en diversos momentos del tiempo.    

En cuanto a sus orígenes, hay que pensar sobre todo en lo que se ha escrito acerca del período entre 1933 y 1935. Desde el punto de vista de aquella publicística barata no fueron tiempos de preparación para parar el golpe definitivo que afirman iban a propinar las izquierdas. Es lógico, dado que desde otoño de 1933 se sucedieron varios gobiernos de signo diferente. Ya a principios de los años sesenta del pasado siglo Herbert R. Southworth propinó un duro golpe a dicha subliteratura que proliferó durante el primer franquismo y sentó, literalmente, cátedra y cátedras. Ni que decir tiene que son escasos los cantamañanas que hoy citan a tal autor. Con frecuencia, incluso lo hunden en el ludibrio. Pero Southworth tenía razón y ha sobrevivido.

En la presente ocasión me centraré en un ejemplo señero, de principios del segundo decenio del presente siglo (dejo de lado el libro de un general de división aparecido en 2021, pero volveré a él si interesa a los lectores). Al primero le otorgo importancia y, desde luego, más que a cualesquiera periodistas o gacetilleros porque su autor es relativamente joven (no pertenece a las generaciones “heroicas” de quienes hicieron frente al desconocimiento extranjero sobre la “verdad de España”). Es también catedrático en una universidad (confesional). Dado que, como señaló Ricardo de la Cierva, la KGB introdujo numerosos agentes solapadamente en la estatal, quizá pudo haber pensado que fuera de ella estaría más seguro.  Ha escrito varios libros, en general biografías de militares sublevados. Incluso ha trabajado de guionista o coguionista en una serie, en mi opinión ramplona, sobre la guerra civil. Viene aquí a cuento porque también ha escrito una historia sobre ella. La publicó en una connotada editorial madrileña. En puridad, no puede pedírsele más. Es, lo reconozco humildemente, una autoridad para los propósitos de estos posts. Su nombre es Luis E. Togores.

En esa “historia” (las comillas son ahora intencionadas y las añade servidor) tal autor hace un diagnóstico “preciso” de los orígenes de la guerra civil. Acude, sin que al parecer se le haya rebelado el ordenador, a una FUENTE DOCUMENTAL para demostrarlo.

Descúbranse e inclínense los lectores. Nada menos que una decisión del Politburó moscovita del 28 de febrero de 1936. Afirma con toda seriedad que los gerifaltes soviéticos aprobaron entonces nada menos que un programa político para España.  Tiemblen los lectores. Contenía los siguientes puntos (cito literalmente para lo cual pongo las correspondientes comillas):

  • “La eliminación del presidente de la República Alcalá-Zamora
  • El empleo de medidas especiales, de coacción y opresión, contra los jefes y oficiales del Ejército.
  • La expropiación y nacionalización de toda clase de propiedad privada, tanto en fincas rústicas como en consejos (sic) industriales y económicos.
  • La nacionalización de la banca.
  • El cierre de iglesias y casas religiosas.
  • La independencia de Marruecos y su transformación en un estado soviético independiente.
  • El terror dirigido para el exterminio de la burguesía.
  • La creación del Ejército Rojo.
  • El asalto del proletariado al poder y, no en último término,
  • La creación de la República Soviética Ibérica y la declaración de guerra a Portugal”.

La Internacional Comunista (Comintern) contaba, además, hacer la revolución en España con el apoyo de los socialistas de Largo Caballero, Prieto y Negrín.

Ruego a los amables lectores que no se rían y que se tomen la cosa en serio. Me he limitado a transcribir. No crean, por favor, que me he inventado algo. Ahora bien, ¿qué habría hecho ante tales paparruchadas un historiador normal y corriente, incluso si me apuran medianillo?

En primer lugar, se preguntaría en dónde el autor en cuestión ha encontrado tal catálogo de decisiones que, sin duda alguna, auguraban no un negro sino negrísimo porvenir para la católica e inmortal España. En realidad, no solo para ella sino también para Portugal y para Marruecos (supongo que en su versión del Protectorado español porque el francés era otra cosa). Se trataría de una pregunta razonable, habida cuenta de la enormidad de los indeseables escenarios que encerraba tan malvado y peligrosísimo programa. (Los lectores pueden añadir los adjetivos que estimen más oportunos o sustituir los anteriores).

El historiador en cuestión no da explicación alguna. Lo toma como si fuera una revelación del libro negro del Maligno (perdón por la analogía). A mí, francamente, me sorprendió. Para cuando publicó su magna obra en 2011, el conocimiento de los pormenores del proceso que condujo a la intervención soviética en España había dado pasos de gigante gracias a varios historiadores españoles y extranjeros. Entre ellos figuraban ingleses (E. H Carr, J. Haslam), norteamericanos (D. Kowalsky) y alemanes (F. Schauff). Entre los españoles A. Elorza, M. Bizcarrondo y un servidor. (No citaré a los que ya abordaron el tema antes, como D. Cattell, en los años cincuenta). Todos los mencionados fuimos a Moscú en busca de evidencias primarias o, en los casos de Cattell, Carr y Haslam, consultaron las ya disponibles (también en ruso) en el mundo occidental. Podría haber acudido a la colección documental que editó un norteamericano, R. Radosh, que terminó viendo la luz hoy diríamos trumpiana, pero tampoco figura en sus fuentes.

Los demás investigadores hemos buceamos en los archivos de la Comintern, del Politburó y de otros repositorios moscovitas. ¡Cielos! Ninguno encontró el menor rastro de aquella decisión del 28 de febrero de 1936. Así que no es exagerado afirmar que tan distinguido autor simplemente se la inventó. (Tampoco ofrece la menor referencia, pero en esto no destaca ya que no da ninguna, absolutamente ninguna). 

Inventarse cosas es, por lo demás, algo muy habitual en la tradición en que hunde sus raíces tan sugerente catedrático (en ella sobresalen autores muy renombrados como Joaquín Arrarás, Manuel Aznar, Burnett Bolloten, Ricardo de la Cierva, Juan Manuel Martínez Bande, Luis Suárez, etc, entre otros menos conocidos, pero no menos sesgados y siempre ayunos de fuentes soviéticas).  Si bien, en general, proporcionan referencias e incluso notas a pie de página, a tan estimable investigador le basta una discusión de unas cuantas páginas sobre literatura “relevante” para encontrar la savia necesaria y producir, en tipos generosos, un libro de 370 páginas de texto de gran interlineado. Quizá para facilitar la lectura a los no acostumbrados.

No oculto que también cita a servidor, a quien bautiza de una manera muy incorrecta: ”el nuevo Arrarás del siglo XXI, pero abiertamente escorado a favor de una de las facciones existentes en el Frente Popular”. Hay formas menos crípticas de expresión. Arrarás fue un autor vomitivo y turiferario de Franco. No ignoro que menciona a Jackson y a Thomas. Es un alivio, aunque solo relativo. Escribieron en tiempos en que el acceso a archivos, españoles y extranjeros, no era posible. No hay referencia a ningún otro. Ni siquiera a Sir Paul Preston. 

Al examinar el invento del Politburó cualquier licenciado en Historia normalito pensaría que tan distinguido catedrático es algo descuidado. Ignoró lo que suele aprenderse en el primer curso de prácticas (al menos en muchas facultades extranjeras; en la que él estudió lo veo algo más difícil en su tiempo, pero no imposible). Cuando uno se basa en un solo documento hay que examinarlo cuidadosamente desde el punto de vista externo e interno. Ubicarlo, por así decir, con precisión: orígenes y contexto. También la utilización que de él se ha hecho, porque él, evidentemente, no fue a Moscú a ver papeles..

Al proceder de tal manera se observa que hay ciertas cosas que no cuadran. En el plano externo, ¿qué autor ha alumbrado que el Politburó siguiera tan de cerca la evolución política española como para tomar una decisión de tanta trascendencia a los pocos días de las elecciones de febrero de 1936? Nuestro autor ni se plantea la cuestión. Cuando él escribió ya se habían identificado las reacciones moscovitas a la evolución política española. Un servidor había incluso acudido a los mensajes enviados desde Moscú a la antena del PCE en Madrid. Eran descifrados sistemáticamente. Están en Kew, al alcance de un corto vuelo y, en aquellos años, a un precio módico. Luego fueron gratuitos si se hacían en los propios archivos. Además, existían compendios documentales (en ruso) y una parte del fondo cominterniano podía ya, creo, consultarse hacia el año 2010 desde el AHN en la calle de Serrano madrileña, (Innecesario es decir que el autor en cuestión no menciona ningún archivo). Servidor aportó incluso los informes del GRU (el servicio de inteligencia militar soviético) que llegaron a la mesa de Stalin y describí pormenorizadamente el proceso de deslizamiento en el cual se produjo su decisión. Lo hice ya en 2006 en La soledad de la República, pocos años antes. Nadie me echó a los perros.

Ahora pasemos al lado interno de tan amenazadora decisión. En febrero de 1936 no había socialistas de Largo Caballero, Prieto y Negrín. El PSOE estaba más o menos dividido entre seguidores del primero, del segundo y de un tercero que no era Negrín sino Julián Besteiro. Negrín no se había perfilado lo suficiente y se situaba inequívocamente dentro de la corriente del segundo. Que la derecha lo haya maldecido en la guerra y después de la guerra es comprensible. Negrín siempre fue el hombre a abatir. Tampoco tenía, al filo de las elecciones de febrero, la estatura política que después llegó a alcanzar. Que su nombre fuera conocido antes de ellas de los grandes prebostes del Politburó requiere, pues, aportar evidencia específica. Y aun así habría que demostrar que se utilizó en o de cara a la supuesta reunión. En definitiva, me temo que tan curioso y trascendente investigador, al menos en lo que se refiere al conocimiento de la dinámica política republicana al filo de las elecciones de 1936, cometió un pifio mayúsculo.

(continuará)

Los camelos políticos e históricos de hoy no son cosa nueva: tienen antecedentes directos en la publicística española (III)

29 noviembre, 2022 at 8:30 am

       ESTA SERIE ESTÁ DEDICADA A LA MEMORIA DEL PROFESOR RICARDO MIRALLES, CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA UPV, EN EL RECUERDO Y CON MI ADMIRACIÓN

Ángel Viñas

Confío en que los amables lectores no se hayan desanimado porque me haya permitido recordar en los dos posts anteriores aspectos que a muchos historiadores les sonarán como trivialidades. Pero me parecieron necesarios a fin de preparar el terreno en el que se mueve esta pequeña serie de posts. En el presente centro la cuestión.

A lo largo de la guerra civil y la posterior dictadura franquista (casi cuarenta años) hubo una reacción única a los, en mi modesta opinión, cuatro grandes interrogantes de la evolución histórica española en la primera mitad del siglo XX:

  • ¿Por qué hubo una guerra civil?
  • ¿Quién la quiso y preparó?
  • ¿Por qué?
  • ¿Quién empezó antes a matar?

Las respuestas fueron inequívocas y excluyentes. Se expresaron, eso sí, con mayor o menor contundencia a lo largo del período. Espero no ser demasiado conciso si señalo que los camelos, históricos y políticos, difundidos fueron del siguiente tenor:

  • La guerra civil fue inevitable
  • La quisieron y provocaron las izquierdas.
  • Una gran parte de ellas deseaba establecer en España un régimen soviético o para-soviético.

(Tras el colapso de la URSS pasó a afirmarse que lo que en realidad querían era un régimen revolucionario de características que no se han precisado demasiado).

  • También fueron las izquierdas las que empezaron a matar porque en la primavera de 1936 crearon una situación intolerable e invivible, con destrucciones, saqueos, asesinatos, incendios, asaltos, etc. Un contexto, pues, absolutamente apocalíptico.

Los amables lectores observarán que no menciono el caso de la insurrección obrera de Asturias, aunque un sobresaliente general de división, descendiente de uno de los generales rebeldes, continúa impertérrito afirmándolo hasta en fecha reciente acudiendo a “autoridades” de risa. Sí cabe afirmar que tuvo dos efectos fundamentales. A los militares que más tarde se sublevaron les enseñó que contra un amplio sector del Ejército, debidamente preparado y condicionado, el Gobierno tendría poca fuerza que oponer. Los Gobiernos de la primavera de 1936, en cambio, ni interiorizaron ni, sobre todo, operacionalizaron las lecciones que cabría extraer de aquellos acontecimientos.

Todo esto he tratado de explicarlo en mi libro El gran error de la República y no lo repetiré aquí. Junto con el precedente (¿Quién quiso la guerra civil?) he documentado, en lo posible, cómo se combinó el haz de factores que determinaron las condiciones suficientes para el posterior estallido. Ni que decir tiene que la explicación de la dictadura fue, desde el comienzo del golpe, muy diferente.

En esta explicación, y supuestas las circunstancias de desbarajuste total, no pudo extrañar que la parte más sana de las fuerzas armadas y de un amplio sector de la propia sociedad española se vieran obligadas a recurrir a la legítima defensa. Únicamente gracias a tal reacción se evitó que España se convirtiera en un bastión del comunismo y, por ende, en una amenaza para Europa e incluso para toda la civilización occidental. En realidad, se les debía todo el reconocimiento que recibieron en la dictadura y que todavía reivindica un amplio sector de la derecha española más o menos manipulado.

Aun en nuestros días se publican libros o artículos que, de una u otra manera, defienden y argumentan lo bien fundado de las anteriores afirmaciones y, por ende, sus resultados.  Puedo citar como ejemplo el de un distinguido general ya mencionado en este blog en un libro aparecido a bombo y platillo en el año 2021. Otros retroceden incluso a los tiempos del glorioso Imperio en el que no se ponía el sol y a la envidia torera que su existencia y sus éxitos despertaron en otros países, cualidades negativas que suponen siguen teniendo efectos hasta nuestros días.

La situación me parece un tanto sorprendente. A principios de los años cincuenta aparecieron en la República Federal de Alemania algunas memorias o biografías que trataron de explicar, de manera no demasiado condenatoria, el proceso que llevó al Tercer Reich y a la segunda guerra europea y mundial. Con prudencia, eso sí, porque la derrota y la ocupación estaban todavía muy presentes en el recuerdo de todos.  Constituyó un golpe de efecto el que, en 1985, a los cuarenta años del final de la guerra en Europa, el presidente Richard von Weizsäcker se pronunciara oficialmente, desde su alta magistratura, en el sentido de que tal desastre, colapso o hecatombe (Zusammenbruch en alemán) había sido, en realidad, el momento de la liberación (Befreiung) de la tiranía nacionalsocialista.    

Cada país lucha con sus demonios pasados como quiere y como puede. En España hubo que esperar a 2007 para que las Cortes aprobaran la Ley de Memoria Histórica y hasta el reciente mes de octubre para que lo hicieran con la Ley de Memoria Democrática. Eso sí, tras un duro forcejeo mantenido por las derechas sin excepción y con subterfugios que no afectaban a lo esencial. No recuerdo a ningún prohombre o minifigura de las derechas que no haya disimulado una parte de la propia historia. Ricardo de la Cierva modernizó, como pudo, el canon acuñado durante el franquismo y sus resultados le han sobrevivido, aunque sean hoy los menos quienes lo citen. 

Pero como la historia siempre se escribe desde el futuro analizando los hechos, datos, decisiones y circunstancias de los que para quienes la hicieron eran su presente, hoy, cuando ya se han abierto bastante los archivos (no todos) podemos afirmar sin temor a equivocarnos demasiado que algunos (y no en las izquierdas) desencadenaron la guerra civil y mantuvieron en pie la dictadura.

Sin embargo, no es la evolución de la derecha española lo que aquí me interesa. Me interesa más lo que se afirma en algunos libros de historia, con sus combates de frente y de retaguardia. En el próximo post me referiré a uno de sus más denodados defensores en un libro que se autodenomina de historia. Dejo de lado las estupideces que circulan por internet y las que distribuyen aficionados, periodistas y militares connotados, siempre como si fueran verdades inapelables y eternas.

Para servidor la desvirtuación frontal de la historia de los orígenes de la guerra civil (es decir, la cuestión clave de la que se derivan todas las demás) se encuentra en dos libros inequívocamente de la derecha más acrisolada, es decir la de cuño franquista. Casi todo está en ellos. Hay otros, por ejemplo, la Historia de la Cruzada española de Joaquín Arrarás, pero el autor era un periodista de medio pelo, cuyos grandes méritos consistieron en ser miembro de Acción Española, es decir del núcleo más inequívocamente monárquico alfonsino de la conspiración, y haber escrito la primerísima biografía del omnisciente, del elegido por la gracia de Dios y de su santa Iglesia, vencedor del comunismo y salvador de España, el general Francisco Franco.

Los dos libros en cuestión son

Servicio Histórico Militar: Historia de la Guerra de Liberación, tomo 1 (no tuvo seguimiento), Madrid, 1945, y

Ricardo de la Cierva: Historia de la guerra civil española.  Antecedentes. Monarquía y República, 1898-1936, Librería Editorial San Martín, Madrid, 1969.

(Aprovecho la ocasión para sugerir al Ministerio de Defensa la publicación del primero, con o sin edición comentada: sería un gran servicio a la historia y a la democracia)

(continuará)

                                                                                                                                                          r