Polémica sobre Juan de la Cierva (y III)

12 febrero, 2019 at 8:27 am

Ángel Viñas

En la diversificación de actividades del ingeniero, que verosímilmente se acentuó en la segunda mitad de agosto de 1936, lo que ha podido documentarse (y que servidor reinterpreta) es que hizo caso, como era lógico, a una orden de Mola para viajar a la Alemania nazi con el fin de aclarar la situación en materia de suministros. Hitler había decidido apostar por Franco. Sus emisarios llegaron a Berlín mucho antes que los de Mola, que se había basado en viejos contactos monárquicos generalmente de tipo comercial e industrial. Franco, desde Tetuán, apostó por la línea del partido, tras una primera aproximación por la vía de un militar conocido suyo. Es un tema sobradamente conocido.

El resultado es que Franco recibió armamento desde el exterior por dos vías. La alemana y la italiana. Esta última esencialmente por razones logísticas pues era más fácil enviar a Marruecos por vía aérea y marítima. A Mola no le quedó más remedio que aguantarse, aunque tras hablar con algún militar italiano logró que una pequeña parte se le remitiera a Vigo. Más tarde optó por hacer sus propios pinitos en Alemania. Lo que podía esperar era utilizar otras vías. No necesariamente las de los arsenales, sino las de los traficantes o mercaderes de armas. Las primeras las controlaba Göring rígidamente tanto en el plano militar como en el económico. Las segundas daban margen. ¿Quién era la persona de que Mola podía fiarse? Juan de la Cierva.

El hecho es que en septiembre Juan de la Cierva estuvo en Berlín. El 19, al día siguiente de su regreso a Londres, escribió a mano una carta a Mola en la que rindió cuenta de los resultados de su misión. Había sido un viaje azaroso que emprendió desde París y en el que, mientras dormía en el coche-cama del tren que lo llevaba a la capital alemana, intentaron robarle papeles y dinero. Es imposible saber si se trató de un caco o de otra alternativa.

Nada más llegar, de la Cierva se puso en contacto con Canaris. Lo identificó como la persona “que se encarga de la ayuda al Movimiento”. No creo que ya lo hubiera visto antes porque esta descripción fue totalmente inexacta. La ayuda dependía del operativo militar montado por Göring. El servicio secreto militar de Canaris (Abwehr) se ocupaba de otras materias colaterales. Por ejemplo, de la coordinación con la ayuda italiana. A principios de agosto se había encontrado en Bolzano con el general Mario Roatta, director del SIM (Servizio Informazioni Militare) que conocía perfectamente las circunstancias en las cuales Mussolini había decidido ayudar a Franco.

La carta de Mola no se ha encontrado en ningún archivo. Al menos que servidor sepa. Tampoco es de extrañar porque después de su accidente mortal en junio de 1937 todos sus papeles, su diario de guerra y los materiales con los que al parecer estaba escribiendo una historia del “Alzamiento” se esfumaron por arte de magia -y de un pelotón de soldados- de su cuartel general.

Ahora bien, el informe de su enviado a Mola revela que estaba al tanto de los arreglos hechos tanto en Berlín como en la España controlada por Franco en relación con la ayuda alemana. Gracias a que Canaris lo puso en contacto con otras personas se enteró además de que el marqués de las Marismas del Guadalquivir (José Ignacio Escobar, posteriormente marqués de Valdeiglesias) había encargado cinco millones de cartuchos de 7 m/m. La entrega se había concertado para agosto, pero le dijeron que se trataba de un error y que la fecha prevista era realmente septiembre. Esto permite comprobar que, efectivamente, Escobar había contratado el suministro en uno de sus viajes cuando Mola intentaba, por su cuenta, allegar armamento. El señor marqués (un pronazi de cuidado) se expandió con multitud de detalles ya de difícil contrastación en sus propias memorias (pero sí indicó que el suministro previsto era de diez millones y que se fabricarían en Alemania).

La idea con que se topó de la Cierva fue que los nazis pensaban aprovechar el viaje de retorno a España de un barco a punto de llegar a Hamburgo, el Girgenti, cargado de cobre. Es un caso muy conocido ya que se trató del primer envío de Franco a cuenta de la deuda que representaban los primeros suministros de armas. De la Cierva insistió en que había que darse más prisa y convenció a sus interlocutores para utilizar otro barco en el que se cargaran inmediatamente cuantos cartuchos pudieran apañarse. De todas maneras, no era posible enviar las cinco toneladas. Con dos habría que aguantarse. Esto significa que el Estado alemán no estaba detrás de la operación.

La gestión del ingeniero resultó en que el 19 de septiembre salió para Vigo el Kamerun, con los dos millones de 7 m/m, dos mil fusiles del 7,92 con otros dos millones de cartuchos y 875.000 cartuchos de pistola.

Había otro pedido en tramitación que había hecho un exagregado naval, el capitán Génova, de 1750 fusiles alemanes y que de la Cierva aceptó a aumentar a 2.000. Abonó los gastos extra porque prácticamente todo lo demás ya se había pagado desde Londres. Los 3 millones de cartuchos de 7 m/m restantes saldrían para Vigo poco más tarde y el cargamento lo completarían 1500 toneladas de carbón.

La complejidad de estas operaciones clandestinas se manifiesta en que fue entonces cuando el ingeniero se enteró de que los cartuchos los suministraba una fábrica austríaca y no polaca como habían dicho los intermediarios. (Notó que la cosa no hacía gracia a los alemanes). Encargó, por si las moscas, otros cinco millones en Alemania a entregar en un plazo máximo de tres semanas. Hacia el 5-10 de octubre llegarían a Vigo. El pago también se efectuaría desde Londres.

Nada de lo que antecede tenía que ver con Franco. Canaris informó al ingeniero que a este se le enviarían semanalmente cinco millones de cartuchos, según había pedido, y que se tardaría de 10 a 15 días en hacer la primera expedición. De la Cierva insistió en la urgencia. La respuesta fue que si los españoles proporcionaban una muestra de cartuchería se ahorrarían dos o tres días pues pensaban enviar un aeroplano a España para recogerla. “Saqué del bolsillo lo que V. me dio y entonces me dijeron que estaban casi seguros de poder hacer el primer envío en una semana”, escribió de la Cierva. También se enteró de que alguno de los traficantes nazis de armamento había arreglado compras de armas en Finlandia para la República y que pensaba, tras cobrarlas, quitar algunas partes de su mecanismo para inutilizarlas. (Un ejemplo de sabotaje que se repitió innumerables veces)

Cumplida esta misión, el ingeniero se dispuso a cumplir otras que tanto Mola como Franco le habían encargado. Se puso a sus órdenes con un ¡Viva España! En diciembre Juan de la Cierva pereció en un accidente de aviación. Salvo que se demostrara que en aquellos cometidos no hubo hecho gala de su proverbial energía sería difícil argumentar que Juan de la Cierva no puso toda su lealtad al servicio del autodenominado “Movimiento Nacional”.

Por lo demás, hasta ahora se ignora que poco después de la entrevista Canaris se desplazó rápidamente a España, en donde habló con Queipo de Llano y Franco. Que sepamos fue su primera visita tras la sublevación. Un militar italiano lo escoltó a su partida. De lo que departieron no se ha encontrado constancia.

(La carta a Mola, escrita a mano, se encuentra en el Fondo Maiz, en el Archivo Real y General de Navarra donde la consulté. El Centro Documental del Bombardeo de Gernika guarda una copia. La reprodujo Maiz en sus memorias póstumas Mola frente a Franco, pp. 331-334, y le dio una interpretación delirante. La ligó a conexiones previas, nunca demostradas, de la Abwehr con los conspiradores antes de la sublevación, aunque nada de ello se desprende de la carta misma).

 

FIN

Polémica sobre Juan de la Cierva (II)

5 febrero, 2019 at 8:30 am

En relación con el aspecto fundamental de si el inventor del autogiro sabía o no sabía la finalidad para la cual se le pidió que procurase un avión inglés el autor o autores de la entrada de Wikipedia fueron unos merluzos, por decirlo suavemente. No solo ignoraron los resultados de la historiografía sino también los dos libros de memorias que han alumbrado, aunque no del todo, el episodio. Se citan una y otra vez, pero ya se sabe que no vale iluminar a quien no quiere ver. Así, por ejemplo, Douglas Jerrold contó lo que sabía de cómo se embarcó a de la Cierva y para qué en sus memorias aparecidas en 1937. También Bolín aportó su granito de arena en las suyas, aparecidas treinta años más tarde. Para quienes aspiren a nota podrían acudir igualmente a las del marqués de Luca de Tena, propietario de ABC, que siguieron un poco después. Es más, si “fuentes” lejanas en el tiempo hubiesen resultado difíciles para tan audaces autores, podrían haber utilizado el librito de un periodista, Peter Day, publicado en España hace pocos años. Resume, acríticamente por cierto, lo escrito por los dos primeros y muestra que sabrá mucho de Inglaterra, pero poco o nada de España.

Entre los tres primeros autores mencionados puede reconstruirse la operación (aunque con lagunas, porque Jerrold no conocía el trasfondo español y los dos patriotas no quisieron contar todo lo que sabían). Aparte de lo que escribió Jerrold, las versiones de Bolín y Luca de Tena difieren algo (afán de protagonismo del periodista, deformación y cuidadoso silencio en el segundo), pero lo que está absolutamente claro es que Juan de la Cierva supo desde el primer momento para qué iba a servir el Dragon Rapide. Y, enemigo de la República como era, no le pareció nada mal. No pretendo en estas líneas darme autobombo, pero al tema le he dedicado parte de tres libros y para el avión he contado con la inapreciable ayuda de mi primo hermano y expiloto Cecilio Yusta. Sobre el trasfondo monárquico de la operación (de lo que algunos creen que ya se sabe todo) todavía queda bastante por decir. Dentro de unos meses daré a conocer un grueso libro en el que expondré los manejos de la trama civil de cara al 18 de julio.

Por el momento baste con decir que a Juan de la Cierva le llamó días más tarde Alfonso XIII para que se desplazara desde Londres a Roma. La misión, que no explicó pormenorizadamente en carta a Mussolini, estribaría en convencer a los italianos de que el golpe que esperaban desde hacía varias semanas era el preparado por los monárquicos. El 20 de julio anunció el viaje al Duce brevemente: “Le supongo enterado de la enorme importancia del movimiento español. Faltan elementos modernos de aviación y con objeto de adquirirlos van a Roma Juan La Cierva [sic] (inventor del autogiro) y Luis Bolín, personas de mi entera confianza. El marqués de Viana [ayudante] portador de la presente le explicará todos los detalles y la ayuda que espero nos prestará”.

Es una misiva que se conoce desde hace más de cuarenta años, pero no se ha encuadrado suficientemente. Implica una triangulación telefónica entre el exmonarca, de vacaciones en Austria, y sus dos mensajeros. Bolín le habría anunciado el viaje bien desde Lisboa o desde Biarritz mientras que de la Cierva probablemente seguía en Londres. Sus implicaciones no se han explicitado. Para hacerlo hay que recordar que Bolín silenció cuidadosamente la presencia del ingeniero, que tuvo que llegar a Roma después de él. A decir verdad, también puso en segundo plano a Viana, que según el intrépido periodista no pintó absolutamente nada. Solo él, Bolín, arrancó a los italianos el compromiso de enviar aviones a Franco. Una estupidez como un pino que ha teñido gran parte de la historiografía. Las ventajas de ser un embustero consumado y un cínico de gran calibre. Cuando publicó sus memorias (España: los años vitales) en español y en inglés (aunque, por motivos no explicados, las dos versiones no siempre coinciden) de la Cierva llevaba casi treinta años criando malvas. Quien pudo desmentir a Bolín no lo hizo por razones que ignoramos. Se limitó a escribir una gélida referencia solapada que experiodista no llegó a leer porque murió a los pocos años de publicar su panfleto. Es indudable que, como ya había hecho con el para él glorioso vuelo del Dragon Rapide, quiso llevarse para sí el triunfo histórico de desencadenar la ayuda italiana a Franco.

No sabemos si de la Cierva llegó a ver a las autoridades romanas. Es probable que no. Hasta ahora no se ha encontrado ningún papel que lo documente. Así que no tuvo más remedio que regresar a Londres. Si informó al exrey del resultado de su viaje tampoco es conocido. En aquel momento era difícil que pudiera pensar que, treinta años más tarde, Bolín iba a tener el tupé de alzarse con todo el mérito.

En Londres, ya metido de lleno en las labores de ayuda a los sublevados, hizo lo que sabía hacer. Gracias a sus contactos con el mundillo del transporte aéreo procuró adquirir aviones civiles para pasárselos a Mola. La sublevación había estallado sobre una Europa bastante desprevenida (no en los casos de Italia e Inglaterrra), pero ya el 25 de julio Hitler había decidido enviar ayuda a Franco. Pocos días después dos aviones italianos tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso en la zona francesa de Marruecos. La noticia apareció en grandes titulares en la prensa internacional. En el ínterin el consejo de ministros francés dudaba en si ayudar o no a la República y cómo. A principios de agosto, lanzó la idea de la no intervención, una forma de cordón sanitario para evitar que los países europeos apoyasen activamente a los contendientes. Con ello escondía la incapacidad francesa de ayudar al Gobierno legítimo de la República.

Alemania e Italia hicieron caso omiso y durante agosto procuraron retrasar la puesta en práctica de la no intervención mientras enviaban armas, municiones y militares a Franco y Portugal prestaba una preciosa ayuda diplomática, sobre todo en Londres. Aquí el gobierno tory incluso se adelantó y el 19 de agosto la proclamó unilateralmente. El ingeniero pudo apañarse, en un plazo sumamente corto de unas tres semanas, para según Gerald Howson adquirir unos diez aviones civiles (a Barcelona llegaron 14). No le faltó dinero. Se ignora de dónde lo obtuvo. Pudo ser de March (que había pagado a toca teja los italianos). Tal vez del propio exrey. No en último término de monárquicos agradecidos.

Le ayudaron dos circunstancias: el nuevo embajador en Londres, Julio López Oliván, siguió una conducta sinuosa de doble juego. Demoró en todo lo posible los encargos que le hacía el Gobierno de Madrid (una forma de sabotaje) y pintó en negros colores al británico lo que pasaba en España. Mientras tanto, casi todo el cuerpo diplomático español asentado en Londres, incluidos los agregados militares, se pasó a los sublevados salvo contadas excepciones. A principios de agosto hubo que enviar a un jefe, el comandante Carlos Pascual Krauel. Sus comunicaciones fueron rápidamente descifradas por las autoridades británicas.

Sin duda a Juan de la Cierva la exploración del mercado inglés no le llevó todo su tiempo. Así que miró hacia el continente. Por fortuna, he encontrado un documento -conocido, pero mal interpretado- que permite echar luz sobre sus andanzas en la Alemania nazi. Lo expondré en el próximo y último post.

En el ínterin más detalles sobre lo tratado hasta ahora pueden encontrarse en tres de mis libros La soledad de la República, La conspiración del general Franco y El primer asesinato de Franco (escrito al alimón con Cecilio Yusta Viñas y Miguel Ull Laíta). Todos en CRÍTICA. Daré infinitamente mucha más información en el previsto para esta primavera.

(continuará)

Polémica sobre Juan de la Cierva (I)

29 enero, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

En Murcia ha estallado un debate público sobre si dar o no el nombre del inventor del autogiro al aeropuerto regional. Las proezas tecnológicas e ingenieriles que conllevó el desarrollo del aparato, precursor del helicóptero, serían motivos más que suficientes para justificar dicho galardón. Un ilustre hijo de la autonomía se vería así recompensado póstumamente. Pero, a veces hay un pero, tan ilustre personaje (que ya da sus nombres a conocidas becas de investigación postdoctoral y a un Premio Nacional) no está exento de sombras. Entre ellas figura en lugar destacado su papel en el alquiler del avión más famoso de la historia contemporánea de España, el Dragon Rapide. Hay más.

Hace algunas semanas me llamaron de Murcia para que dijera algo sobre la actividad del ilustre inventor en este sentido. Lo hice de forma, a lo que parece, insuficiente. Como he escrito en varias ocasiones sobre su actividad no ingenieril creo que conviene resumir lo que puede y debe ponerse en claro. Lo que sigue es una sucinta valoración en tres posts. Me apresuro a señalar que, para escribirlos, he hecho ante todo lo que probablemente han hecho también muchos participantes en la controversia de Murcia: ver lo que se dice en Wikipedia.

Esto no significa que crea que lo escrito en Wikipedia es palabra de Evangelio. En el presente caso, un dato común a la entrada española e inglesa es que Juan de la Cierva, después de varios intentos aeronáuticos en España, se marchó en 1925 a Inglaterra. Probablemente consideró que en un país mucho más avanzado tecnológicamente que el suyo podría tener más éxito. Al fin y al cabo, la aviación británica, civil y militar, se había desarrollado a toda velocidad en el curso de la primera guerra mundial. En Inglaterra permaneció hasta 1936. ¿Consecuencia? El ingeniero Juan de la Cierva no participó personalmente en los debates ideológicos y políticos españoles de la primera mitad de los años treinta. Su intervención se limitó a mediar en el alquiler del Dragon Rapide sin saber a ciencia cierta para qué serviría. No lo digo yo. Lo dice la Wikipedia en castellano. Cito: no se ha “confirmado nunca si Juan de la Cierva era conocedor del destino del avión, máxime cuando falleció en diciembre de 1936 y llevaba años viviendo en Londres y alejado de la política nacional”. Esto es, con perdón, una estupidez producto bien del deseo de embaucar o de la ignorancia más roma.

Cualquier historiador hubiera podido, y debido, analizar algo del trasfondo. En Wikipedia se dice simplemente que la mediación la hizo a petición de Luis Bolín, corresponsal de ABC en la capital británica. Es no haber leído ni siquiera las memorias del intrépido periodista, por muy falaces que sean.

Hagamos un sucinto recorrido. El período 1931-1936 fue tumultuoso en España. Hubiera resultado sorprendente que los españoles asentados en Londres no se hubiesen visto interesados o incluso afectados por lo que pasaba en la madre patria. De la Cierva, de familia de recia raigambre monárquica, no estuvo al margen. Formó parte activa del mundillo, más o menos cerrado, de los clubes londinenses en el que existía una pequeña tertulia que agitaba contra la República española. La mayoría eran ingleses y con capacidad de influir sobre la opinión pública. Todos ellos se movieron mucho desde el fracaso en 1932 de la “Sanjurjada” para “vender” a los lectores sus peculiares ideas sobre la “inquietante” dirección en que se movía España.

El fundador fue sir Charles Petrie, historiador y católico a machamartillo. Si el lector echa un vistazo a su entrada en Wikipedia en inglés verá que flirteó con el fascismo, que escribió un libro laudatorio sobre Mussolini, que era un ferviente admirador de sir Oswald Mosley (el líder fascista inglés), que defendió la política de apaciguamiento británica hacia los dictadores fascistas, que fue un encendido propagandista de la ulterior “España nacional” en la guerra civil, etc. etc. No extrañará que destacara en el mundillo intelectual londinense por sus estruendosos ataques al decadente liberalismo y porque solía saludar efusivamente a las viriles potencias del futuro Eje. Por sus amigos los conocerás es una máxima aplicable en este caso a Juan de la Cierva.

Otro de los tertulianos fue el marqués del Moral, angloespañol y también denodadísimo defensor de Franco cuando llegó el momento. Figuraba igualmente el duque de Alba, de rancia estirpe aristocrática española y escocesa, posterior “embajador” de la España de Franco. Hubo un diputado conservador, Victor Raikes, derechista furibundo, que cuando Hitler ocupó militarmente Renania en la primavera de 1936 destacó por oponerse a cualquier tipo de cooperación franco-británica porque podría llevar a la guerra. Un patriota de vía estrecha. Para nuestro tema el tertuliano fundamental fue Douglas Francis Jerrold, católico a machamartillo y que intervino en el asunto del Dragon Rapide. Participaron también Luis A. Bolín y Juan de la Cierva, únicos españoles de pura cepa. Tan insignes personajes contaban con acceso ilimitado a varios diarios de derechas como el Morning Post, el Daily Mail y el Daily Telegraph. Muy combativos todos ellos contra la experiencia republicana.

Como es lógico, este grupito filofascista ha sido objeto de estudio detallado en la historiografía. Sus resultados no nos interesan porque en ellos los tertulianos españoles no suelen destacarse. Sí nos interesa subrayar que Jerrold, el marqués del Moral y Bolín reelaboraron un opúsculo escrito por el político Don José Calvo Sotelo. El lector comprenderá que el opúsculo difícilmente era una obra científica. La reelaboración en forma de librito, The Spanish Republic, se publicó en 1933 y tuvo gran éxito en el mercado británico. Se trató de un ataque despiadado contra el nuevo régimen español. Ello animó a los tres autores a unirse a la tertulia de Petrie.

En algún momento se incorporó también Juan de la Cierva. Para entonces la empresa que había fundado en Londres desarrollaba un programa de pruebas en cooperación con el Ministerio del Aire. Esto lo ponía en contacto con militares británicos. No es exagerado afirmar que, con el apoyo intelectual y de contactos de Bolín y de la Cierva, los tertulianos se plantearon como objetivo fundamental contribuir a la salvación de España del inminente “peligro comunista”. Esto, como es sabido, constituyó el leit-motiv de los conspiradores españoles. La historiografía ha demostrado que se trató de una superchería, pero que sigue moviendo en España a almas cándidas.

A finales de mayo de 1936 el conde de los Andes, uno de los activistas más emperrados en derribar a la República y del que diré algo en un próximo libro, comunicó a Bolín en Londres que en España se estaba tramando una cosa seria. Era verdad. No sabemos si el corresponsal de ABC pasó tal noticia a de la Cierva, pero sería sorprendente que no lo hubiese hecho. Al fin y al cabo, pocos días más tarde Bolín dio, el 8 de junio, una interesante charla en un famoso hotel londinense. ¿Sería demasiado ilusorio suponer que de la Cierva no habría ido a escuchar a su amigo? La tesis que el eminente, pero falaz, periodista fue que en España existía un estado de guerra civil latente. Es decir, salvo que se demuestre que de la Cierva era más impermeable que el plexiglás al medio que lo rodeaba, hemos de suponer que el encargo del Dragon Rapide no le sorprendería demasiado. En cualquier caso, su fe monárquica se vería robustecida poco después cuando pudo charlar con el exrey Alfonso XIII en su visita a la capital británica. También estaba al corriente de lo que se preparaba y es difícil, por no decir imposible, que no charlaran de ello. El lector puede suponer cuál sería la respuesta del ingeniero de la Cierva.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (VII)

25 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Naturalmente, puedo equivocarme. Todo hombre es falible. Ergo, no me es posible evitar tal riesgo. Es más, con alguna frecuencia me he equivocado. No soy como Payne, quien jamás lo reconoce.  Desde que empecé la investigación sobre los antecedentes de la intervención fascista en España, todavía no en guerra, albergué muchas dudas sobre si la fortuna me sonreiría. O no. En 2018, en Roma, advertí numerosos huecos en la documentación italiana. Una conspiración promovida por el Capo dello Stato, por el Duce mismo, en contra de un país con el que se tenían relaciones diplomáticas y económicas normales no era moco de pavo. A la hoguera irían, sin la menor duda, papeles importantes. Estaba razonablemente seguro de que mi caracterización de la conspiración que llevó a la guerra civil como monárquica, fascista y militar, por este orden, era correcta pero….

En mi libro ¿Quién quiso la guerra civil? demostré lo bien fundado de tal formulación. Terminé afirmando que, para que hubiese una guerra, había sido preciso que los gobiernos de Madrid no pararan el golpe. Por las razones que he expuesto en el prólogo de El gran error de la República llegué a la noción de que el tema no estaba suficientemente explorado. Siempre se había indicado que los ministros republicanos de la primavera de 1936 estuvieron informados de algo que, se decía, incluso se rumoreaba por las calles y ciertamente por las redacciones de los periódicos de la época. En mi “representación” de aquellos años esta noción, repetida una y otra vez, ocupaba un lugar no determinante. Afloraba en obras de memorias, pero ¡ay! estas no siempre reflejan la realidad del momento. Por mucho que coincidan, siempre hay otras que discrepan. Todos pasaban lo que consideraban como “realidad” por los cendales de la propia subjetividad. ¿Qué hacer? ¿Un estado de la cuestión? Hay varios y muy buenos.

Para abordar el tema sin prejuicios insalvables mi receta siempre ha sido: ir a la EPRE. Así que fui en su búsqueda. Afortunadamente encontré bastante. Me movía sobre seguro. Sabía lo que necesitaba. Como sucede casi siempre, advertí lagunas. Teóricamente había tres alternativas: la República no quiso contener el golpe; no supo o no pudo.

Me parecía raro que, con todos sus defectos, los gobiernos de la época no desearan contenerlo. Aún así, no cabía excluirlo. Después de darle vueltas y más vueltas, tras descubrir el funcionamiento de los dispositivos de seguridad interior (Sección Servicio Especial en el EMC -de la que no había oído jamás hablar- y DGS -cuya documentación a lo que parece no ha sido explorada del todo-) y de seguridad exterior (diplomáticos y agentes de la DGS incrustados en ciertas embajadas y algunos consulados europeos), llegué a una conclusión. Los gobernantes estaban razonablemente bien informados. Descarté, en consecuencia, la posibilidad teórica de que no quisieran parar el golpe.

La segunda alternativa es que no supieran. Aquí, gracias a los trabajos previos de Rafael Cruz y Eduardo González-Calleja, el panorama estaba más despejado. Con nueva EPRE, lancé la tesis de que los gobiernos de la primavera de 1936 cometieron error tras error. Incluso uno de los responsables si no inmediatos sí al menos mediato se ha escapado de rositas en la literatura: el presidente Alcalá-Zamora. Sus memorias, muy prolijas y detalladas, se conocen desde hace la tira de años y otras, adicionales, desde que un aficionado se dedicó a presentar y “analizar” papeles que no habían figurado en aquéllas. Lo hizo bajo el título de ASALTO A LA REPÚBLICA. Hay que echarle un poco de tupé, pero son cosas que pasan.

La EPRE ya conocida y más importante fueron algunos episodios en los escritos de Azaña, en las memorias de Martínez Barrio y en un par de artículos de Prieto, todos ellos poco contextualizados desde mi particular punto de vista. No bastaban. La producción “literaria” de la UME (que ya había rozado en el libro anterior) se desplegó ante mis ojos en todo su grotesco esplendor. Resulta que lo que habían dicho los franquistas de toda la vida, desde que estalló el golpe, era verdad: se sublevaron porque creyeron -o les dijeron- que una revolución comunista era inminente (incluso algunos osados la fecharon para el mes de agosto). Que esto fuese una mera superchería de conveniencia había que dejarlo de lado, aunque todavía hacia el año 2010 un eminente historiador, particularmente connotado, lo reafirmase con toda su autoridad de biógrafo de los grandes héroes “nacionales” o en documentales de Telemadrid, en la gloriosa época de la Excma. Sra. Doña Esperanza Aguirre. Hoy ya solo lo hacen periodistas y políticos de extrema derecha totalmente indocumentados o de la derecha que no lee (el caso de las placas de Largo Caballero y Prieto en Madrid es un ejemplo de lo más reciente).

Servidor lo vio de otra manera. Lo que había detrás era, en mi modesto entender, un caso de proyección en estado químicamente puro. Como el de Hitler/Göring con la destrucción “comunista” del Reichstag en 1933. Los mílites dispuestos a salvar a la PATRIA, aun cuando ello supusiera sumir España en una orgía de sangre y destrucción, veían comunistas al acecho, tras las esquinas, dispuestos a convertir ESPAÑA en una nueva República soviética. (Por supuesto que esto se afirmó durante todo el franquismo, pero como la URSS ha desaparecido del mapa y el PCE no es ni sombra de lo que fue, el papel de los comunistas se ha traspasado a los socialistas radicalizados de Largo Caballero, en versión de Don Andrés Trapiello, refrendado por el profesor Payne. Da igual: todos “revolucionarios rojos”).

En tal perspectiva,  fue “normal” (había que salvar a la PATRIA) que la dirección monárquica, carlista y militar que manipulaba la UME (Sainz Rodríguez lo dejó caer en passant en sus memorias y de ello se informó a los británicos a posteriori) se apresurase, raudos cuales centellas en la noche que se avecinaba, a buscar ayuda y cobijo en los poderosos brazos del Duce, con Don José Calvo Sotelo aspirando a traducir su papel en una España que no se resignaba a morir ahogada en el piélago de la REVOLUCIÓN.

En este punto, un amigo me llamó la atención sobre el Archivo de la Ciudad de Barcelona. En él figuran las transcripciones de lo que en 1974 el cofirmante de los contratos del 1º de julio dijo al Duce español in nuce a su regreso de Roma, según declaró a Ronald Fraser, autor del superconocido libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Una historia oral de la guerra civil (los lectores pueden encontrar el correspondiente análisis en las pp. 147-151 de mi libro). Es obvio que lo que Sainz Rodríguez contó a Calvo Sotelo solo pudo hacerlo tras su viaje a Roma del 1º de julio porque, como es archisabido, al prócer monárquico le pegaron dos tiros en la noche del 12 a 13. Lamentable, sí, porque los autores probablemente (¿una aplicación poco estudiada del “efecto mariposa”?) cambiaron en aquel momento el rumbo que, quizás, pudiera haber tomado la historia de España.

Con los compromisos bajo el brazo el golpe resultaba algo más que inevitable. ¿O no? Entre los huecos y lagunas que los historiadores profranquistas, parafranquistas o meramente conservadores no han llenado hasta ahora (quizá lo hagan algún día) figuran los siguientes: a) ¿ha encontrado alguno los papeles de Mola?, porque parece obvio que el jefe de Estado Mayor del teniente general Sanjurjo (cabeza militar de la sublevación) probablemente sabía algo de lo que había entre manos. Gracias a Fernando del Rey cabe avanzar en lo que se refiere a las comunicaciones Sanjurjo-Calvo Sotelo, pero no tanto con Mola. Merced a los papeles de la POLPOL (Polizia Politica fascista) también parece que el bilaureado general participó en una misteriosa reunión en Montecarlo a principios de junio a la que asistió Alfonso XIII, siempre superpatriota.

Aquí cabe recordar que lo único que se sabe de la documentación de Mola es la copia de sus famosas instrucciones reservadas que guardó su ayudante, un tipo un tanto peculiar, el comandante Emiliano Fernández Cordón, al SHM y que en él encontró (¿por azar?) el inmarcesible Ricardo de la Cierva. Tales instrucciones y, en particular, sus reflexiones sobre el futuro político tras el golpe han orientado a los historiadores en una determinada dirección, muy lejos de la italiana. Una casualidad.

b) Es más, ¿ha encontrado alguien los papeles de Franco? (no los que hay en la Fundación Nacional que lleva su nombre). Es evidente que Franco conocía los manejos de la UME (los distorsionó en sus Apuntes), también que redujo su importancia a la nada y que finalmente se calló como un muerto en lo que hay que suponer le diría el general Luis Orgaz. Otra perla: monárquico a machamartillo y compañerito de conspiración en Canarias en los dos últimos meses antes del golpe. (Por cierto, en o después de la guerra Orgaz había recibido el calificativo de “chorizo” (crook) por parte británica). ¿Una maledicencia de los malvados ingleses enemigos de la PATRIA?

 Algo nuevo sabemos:  ¿qué hizo Franco el 17 de julio antes de presidir el entierro del general Amado Balmes, asesinado la víspera, aun cuando el profesor Payne no se lo crea? Pues ordenar a Orgaz que fuese a la oficina consular fascista en Las Palmas a solicitar tres pasaportes italianos: para él, para su ayudante y primo hermano y para el propio Orgaz. ¿Hay que suponer que la idea descendió sobre él cual blanca paloma? ¿O no sería porque Orgaz le habría contado de la conexión con la Italia fascista? Además, al exjefe del EMC es más que probable que le sonaran las andanzas del agregado militar italiano en Tánger, comandante Giuseppe Luccardi, miembro del SIM fascista. Así que el inolvidable relato de Bolín que presenta a Luccardi exclusivamente como un contacto de los militares en Marruecos puede que no refleje del todo la oscura y viscosa realidad de los hechos.

Es decir, por mucho que indaguemos en el pasado no podremos conocer todas sus vetas, grandes y pequeñas. Se quiera o no se quiera, es preciso comer la sopa boba y hacer prueba de humildad. Lo cual no quiere decir que no sea posible avanzar y mejorar nuestras “representaciones” porque estas obviamente no pueden ser figmentos de la imaginación. Necesitan cuanto más apoyaturas mejor, es decir, la EPRE.

En el caso italiano, los huecos o lagunas documentales son explicables. Un ejemplo gigantesco de gansterismo internacional como el que preparaba a perpetrar Mussolini hacia la República española no es algo por lo que se hicieran sonar las campanas. De la misma forma que se enmascaró la participación italiana al más alto nivel en los contactos con los conspiradores monárquicos, los fascistas “vendieron” luego la noción de que fue a consecuencia de la intervención francesa en apoyo del gobierno de Madrid.

Una pequeña “modificación” de lo ocurrido, cuando se sabe que los conspiradores monárquicos llevaban años pensando en la necesidad de aviones (de hecho hasta se había hecho eco el cónsul español en Bayona al principio del proceso y que más tarde se pasó con Franco). Incluso jugueteaban con la posibilidad de adquirir aparatos desfasados. Tuvo que intervenir el laureado piloto Juan Antonio Ansaldo.  Aprovechó la ocasión que le deparaba el haberse refugiado en Francia durante un par de meses para, probablemente en junio de 1936, darse un garbeito por Roma y negociar los contratos que firmó después Sainz Rodríguez con el director de la SIAI. Al menos es lo que se desprende de su abultadísima y rocambolesca hoja de servicios en el Archivo Histórico del Ejército del Aire.

¿Dijo algo sobre estos temas alguno de los historiadores franquistas, pro-franquistas, monárquicos, conservadores o, ¡válgame el Señor!, metafascistas que han escrito largo y tendido sobre la inminente revolución comunista, la socialista de izquierdas, la anarcosindicalista, etc. para impedir la cual se levantaron en armas los militares que pretendían salvar de un insondable abismo a la España eterna?

(continuará)   

Nuevo curso, nuevos libros (III)

22 septiembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Desearía en este post señalar algunos rasgos de otras de las contribuciones que figuran en el libro que estoy comentando sobre ciertos aspectos de la guerra civil. Los estrictamente militares están bien estudiados, aunque siempre quedarán retazos y NADIE sabe lo que habrá en los miles de legajos sobre operaciones y similares que en los archivos no se han desclasificado todavía o que, si se han desclasificado el año pasado gracias a la actual ministra de Defensa, que ha prometido continuar, todavía no se han cribado y analizado para incorporar sus contenidos a lo que vamos escribiendo los historiadores. Por lo demás, cabe esperar mucho de la futura Ley de Memoria Democrática cuando entre en vigor.

En el libro que comento optamos por un doble enfoque, con la vista puesta en el interés del lector potencial. En primer lugar, pedimos a uno de los grandes historiadores militares, discípulo, amigo y coautor con el tan añorado Gabriel Cardona, que nos planteara una visión de conjunto sobre las estrategias seguidas en la guerra. En segundo lugar, dado el interés que en la actualidad suscitan las milicias republicanas y, en general, las variantes culturales, los dos coeditores del libro adicionales, se brindaron a poner en conocimiento del lector los avances alcanzados en dos temas que están un tanto interrelacionados. En tercer lugar, solo los más enrabietados historiadores franquistas, que los hay, minusvalorarán la vertiente internacional de la guerra. Dos jóvenes autores explican los efectos de la no intervención, tanto por el lado político y diplomático como en materia de dificultades de suministro para la República, que fue la más afectada y otro pasa revista al papel de la Iglesia. El lector observará que no hemos invitado a nadie que diga algo sobre los suministros al bando franquista. Es un tema mejor conocido, aunque por supuesto todavía quedan cosas por decir.

Juan Carlos Losada parte de la constatación de la que fue gran y permanente diferencia entre los dos contendientes. Por un lado, el sublevado consiguió en tiempo récord la unidad de mando y la amalgama, más o menos forzada, de todas las fuerzas políticas e ideológicas. Manu militari, como estaba predeterminado. En la República, que no aspiraba ni a crear ni mucho menos a mantener un sistema dictatorial, la dispersión de la autoridad fue generalizada. De entrada, y en los primeros meses, cabría hablar incluso de una cierta atomización. Hans Magnus Enzensberger se refirió al período como el “corto verano de la anarquía”. Sin embargo, todavía hoy hay gente que va por el mundo hablando de las tendencias dictatoriales (bajo la égida comunista, para algunos) de los gobiernos de Largo Caballero y, como horror insuperable, más aún de Negrín. Naturalmente todo esto es una pamema, una construcción ideológica ad hoc, en consonancia con lo que se había repetido hasta la saciedad mientras se forjaba la conspiración.

Losada de gran importancia a las consecuencias de la división del Ejército. Lo hace desde un punto de vista cualitativo más que cuantitativo, tan querido de algunos autores porque no abordar a fondo la primera dimensión tranquiliza las conciencias y lleva a la conclusión, para algunos, de que, en el fondo, las fuerzas estaban más o menos igualadas. Las primeras semanas pusieron de manifiesto que tal no fue el caso. Se conoce el desgarro que se produjo en la oficialidad. Losada da ejemplos patéticos. El que a pesar de una cierta lentitud de las operaciones en cuestión de mes y medio ya cayeran Irún y Talavera en manos de los sublevados ilustró la posibilidad de que el Gobierno perdiese la guerra. La gran cuestión es si las columnas de Franco no hubieran podido ir más de prisa. Como es notorio, en sus supuestas memorias Queipo de Llano se quejó de la lentitud de Franco. Digo supuestas porque, como tendré ocasión de mostrar en un próximo libro hay un par de hechos documentables que son un tanto inconvenientes para la leyenda que el yacente en La Macarena se autocreó y que ha sido aceptada como autoridad por todo el mundo.

Tras el fracaso de Madrid (sugiero a los lectores que echen un vistazo a las memorias de Francisco Serrat Bonastre para tener una idea de las altas esperanzas y la desazón que la resistencia de la capital produjo entre los sublevados), la suerte de la guerra se inclinó en una sola dirección tras la desviación y el avance en el Norte. A partir de ahí Losada pone el énfasis, como servidor, sobre la oportunidad que Franco quiso voluntariamente perder para acabar con un rápido avance sobre Barcelona tras la caída de Lleida (es muy  divertido leer las mil y una tergiversaciones de los grandes historiadores militares franquistas) y subraya, aparte del cainismo intra-republicano, cómo los factores políticos ligados a la “necesidad” de una guerra lenta para Franco no permitieron una conclusión mucho más rápida.

Reconozco haber leído con cierta trepidación las aportaciones de mis dos coeditores. No sé mucho de los azares de la formación de milicias, ni en el lado republicano ni en el franquista, y los diversos vectores que sobre ellas incidieron. Sin embargo, para los interesados en historia social y cultural son dos contribuciones de importancia. En un lado se observa el impacto que el enfrentamiento no solo militar sino social tuvo sobre los contendientes (no es de extrañar: la guerra civil fue también una guerra de clases, concepto del que hoy numerosos historiadores abominan). Por otro, a pesar de todos los huecos de que la investigación todavía adolece, quedan claras las insuficiencias del mencionado impulso, insuficiencias que en el lado republicano se vieron afectadas por factores materiales tan pedrestres como la disparidad de armamento, carencias de elementos fundamentales (software para fusiles o ametralladoras o piezas de artillería) y, no en último término, problemas de disciplina que en el bando franquista se liquidaron sumariamente.

La propaganda cumplió su papel, pero en el lado republicano no fue suficiente. Es importante destacar la aseveración del profesor Jesús Martínez de que en 1936 no había dos bloques (algo que chocará a los creyentes en la teoría de las dos o tres Españas) sino que había que configurarlos y en esto la propaganda fue no solo eficaz sino absolutamente fundamental.

Tengo especial interés en destacar las aportaciones de dos jóvenes historiadores en cuyas respectivas tesis doctorales tuve algo que ver. Una de ellas ya está publicada (Inseguridad colectiva, Tirant lo Blanc, 2016, de David Jorge). La segunda, muy revisada, aparecerá en 2022 (uno de los impactos colaterales de la pandemia actual que no deja títere con cabeza) y es de Miguel I. Campos. El primero ha renovado en gran medida la visión de los efectos del vector internacional para explicar la derrota republicana, tras explorar minuciosamente las consecuencias del apartamiento de la Sociedad de Naciones para tratar de la “cuestión española”. Fue una política querida, mantenida y sostenida desde el principio hasta el final por las dos potencias occidentales con mayor peso en las decisiones de la única organización internacional cualificada para hacer frente a los casos de agresión contra uno de sus estados miembros. Ni el Reino Unido ni Francia salen bien parados. Tampoco fue España el primer caso en que ello acaecía. Le precedieron China y Abisinia, pero a la República española le cupo el triste honor de ser el primero de los países europeos en ser entregados a las fauces de los tigres fascistas (el símil no es mío, es de F. D. Roosevelt), algo que naturalmente la historiografía franquista ha tratado de velar en todo lo posible (¿hemos de recordar a Ricardo de la Cierva?).

Remedando a lo que ya dijo Howson hace muchos años, si no hubiera habido una política de no intervención, ¿cuánto tiempo hubiera necesitado la República para abastecerse en los arsenales nacionales de las democracias o en el mercado internacional?. La atención de los historiadores pro-franquistas se ha centrado (y elevado a la enésima potencia) en los suministros (aparentemente apabullantes) que los franceses hicieron a la República a pesar de haber proclamado la no intervención (en puridad fueron quienes la sugirieron). Pero una cosa es la propaganda y otra la dura realidad que se encuentra reflejada en donde debe ser: en los archivos franceses y en los republicanos. La aportación de Campos es solo un aperitivo de lo que nos contará en su obra.

Sobre el final del conflicto, Paul Preston, en una intervención por medio de videoconferencia, reflexionó acerca del ambiente de los últimos días marcados por la debacle militar, el agotamiento físico, político y sicológico de amplias capas de la población, pero como no podría ser de otra manera también por las acciones de los hombres. Se centra en el triángulo Negrín, Casado, Besteiro y sus condicionantes. Los dos últimos, todo hay que decirlo, no salen bien parados. ¿Hubo alguna otra posibilidad? La respuesta es no, pero la cuestión siempre fue cómo gestionar la marcha imparable hacia la derrota. Casado, Besteiro, las fuerzas militares anarquistas comandadas por Cipriano Mera y, para colmo, la bochornosa huída de la Armada bajo el mando del almirante Miguel Buiza, llevaron a la peor situación posible e imaginable. La guerra empezó con una traición y terminó con otra de signo opuesto. Todavía hay algunos que tratan de rescatar a los protagonistas que hicieron posible esta última.

El profesor Rodríguez Lago cambia de tercio. Su contribución es un estado de la cuestión de lo que los historiadores han ido diciendo, y desdiciendo, sobre el papel de la SMIC y la “Cruzada”. Es uno de los grandes expertos en el estudio del vector religioso en la guerra civil y no me atrevo a resumir su aportación. La apertura de los archivos de la Iglesia (muy reducida en lo que se refiere a los de las diócesis españolas: ¡por algo será!) ha permitido realizar avances considerables en los últimos años. El desafío estriba no solo en encontrar nuevos documentos (aunque por fortuna ya se dispone de sólidas colecciones) sino en cruzar unos con otros y reinterpretarlos una vez despejada la hojarasca que recubre las interpretaciones dominantes y que bajo el pontificado de San Juan Pablo II (canonizado por vía ultra-rápida a los nueve años de su fallecimiento) se convirtieron en una apisonadora. ¡No en vano hubo tantos mártires en la supuesta Cruzada!

(continuará alternativamente con lo que señalo en el AVISO)

AVISO: Interrumpiré esta serie en los próximos posts porque un amable lector me ha sugerido que escriba algo sobre el “oro de Moscú” Como encima ha tenido la amabilidad de subir un twit que identifica como emisario a VOX, lo haré con el mayor gusto. Yo no suelo criticar a partidos políticos que, al fin y al cabo, son votados por un sector de la población, pero en este caso lo haré. No creo que tenga mucho éxito pero si sirve para que a los responsables de los temas de historia en VOX se les caiga la cara de vergüenza (si es que tienen alguna) el esfuerzo no habrá sido en vano. No espero que contesten, pero si lo hacen, podremos reirnos todavía más. Añadiré también algunas de las reflexiones que me inspiran las recientes declaraciones del señor presidente de la FNFF en el diario EL PAIS (16 de septiembre de 2020) y que ya he subido a Twitter y a mi página de FB.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VII)

10 diciembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

La historia del juicio contradictorio a que Franco fue sometido muestra algunas características del protagonista. La primera es que la no concesión sino el rechazo de la laureada pudo, muy probablemente, dejarle un sentimiento de frustración, cuando no de rencor. La segunda que las oscuras maniobras que puso en movimiento no le dieron el resultado apetecido. Estas maniobras han permanecido envueltas en tinieblas, pero no fue la primera vez que las había practicado. Vamos a dar ahora una marcha atrás con el fin de aclarar las circunstancias precisas en que se produjo su primer ascenso por sedicentes “méritos de guerra”. En este post reproduciré algunos de los párrafos relativos a las hazañas militares de Franco en su primerísima época. Mi intención es divulgarlas y plantear la pregunta fundamental: ¿podría afirmarse que, tal y como están transcritas, son susceptibles de haber justificado su ascenso de primer teniente a capitán? O, por el contrario, ¿dan soporte a la tesis del coronel Blanco Escolá de que el ascenso respondió a otros factores, entre ellos la intriga y el servilismo de Franco hacia sus superiores?.

 

Se sabe que el paso a primer teniente, su ascenso inicial, lo fue por rigurosa antigüedad. Luego se ha dicho que los sucesivos lo fueron por méritos de guerra. En los posts anteriores no nos hemos detenido en la tesis del coronel Blanco Escolá de que el ascenso de capitán a comandante fue debido, sobre todo, al jaleo que montó tras su grave herida y que fue una concesión graciosa de S. M. el rey Alfonso XIII. Lo que hubo detrás ha quedado esclarecido en base a la versión que se conoce desde hace más de cuarenta años de su publicada hoja de servicios.

A primer teniente Franco ascendió por Real Orden de 13 de junio de 1912 (DO, nº 158) cuando estaba destinado en el Regimiento de Infantería de África nº 68, acampado entonces en Ras Medua. De aquí continuó, según la hojita del coronel Carvallo de Cora,

“en servicios de reconocimientos y seguridad hasta el día 25 de agosto de 1912, que marchó destacado a la posición de Uixams, donde quedó prestando servicio de seguridad. Por R.O. de 16 de noviembre de 1912 (DO, nº 160) se le concede la Cruz de primera clase del Mérito Militar con distintivo rojo, por haber estado sin recompensa durante tres meses en operaciones activas en la campaña de Melilla”. (Nota: siempre se ha dicho que en el Ejército de África llovían las medallas, siempre un aliciente para los militares de la época. Este parece ser un caso típico).

Después el joven primer teniente siguió en servicios de campaña sin que se mencione en su hoja de servicios el menor hecho relevante. Por R.O. de 15 de abril de 1913 se le destinó a las Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla y luego se incorporó a las unidades de operaciones de campaña de Tetuán. Tomó parte en los combates de Wad-Ras, Bini-Sidi y Benkarri. ¿Resultado? RAS, un RAS rotundo (como dicen los franceses, rien à signaler). Ciertamente disparó algunos tiros. Por ejemplo, en operaciones de reconocimiento, en la protección de un convoy, en la toma de una loma y cuando se trató de establecer un reducto. ¿Conducta distinguida o distinguídisima? RAS. Eso sí, de la nueva lluvia correspondiente le cayeron más condecoraciones [nota: un historiador escrupuloso indagaría en la distribución de “chapitas” entre la oficialidad para comprobar si Franco tuvo más o menos]

En una ocasión (¡oh, cielos!) apresó a una guardia enemiga y siguió participando en algunos combates. Con la columna del general de brigada Dámaso Berenguer “protegió los trabajos para la construcción de un blockhaus”. Después tuvo lugar un hecho que, con la perspectiva que da el tiempo, quizá quepa caracterizar de trascendental, aunque no he visto que muchos biógrafos lo comenten como se merece.

El 13 de mayo de 1914 Franco fue nombrado ayudante segundo del primer grupo de compañías, mandadas por el comandante Julián Serrano Orive. Escoltó a los jefes de varios poblados (lo que no dio lugar a luchas fieras). En septiembre tomó parte con la columna Berenguer en combate. Quizá fuera en esta ocasión cuando Arrarás se inventó la admiración que el general empezó a profesarle. De esta leyenda se han hecho eco numerosos autores, pero la triste hojita de servicios en la versión del coronel Carvallo de Cora vuelve al RAS. Sorprendente, porque menciona hasta los más leves detalles como que, de nuevo, en la protección de la construcción de otro blockhaus Franco “sostuvo ligero tiroteo con el enemigo”. ¡Caramba! Franco y sus hombres dispararon contra los peleones moros. Una información que no podía faltar en el recuento de sus hazañas militares.

El 16 de enero de 1915, a las órdenes inmediatas de Serrano Orive, Franco “tomó parte en el combate que tuvo lugar para la ocupación de la Peña de Beni-Hosmar, siendo citado en el parte de este día como distinguido”. ES LA PRIMERA VEZ QUE APARECE ESTA MENCIÓN en su hoja de servicios (más repitió, por ejemplo, el 3 de noviembre de 1915 y sobre todo el 24 de mayo de 1916, ya capitán, en las órdenes del Cuerpo y General, en este último caso en compañía de muchos otros). Suponemos que algo parecido ocurriría también con otros heroicos soldados en numerosas ocasiones y que igualmente se incorporaría a su respectiva documentación.

Nos deja, pues, un pelín “sorprendidos” que con tales “hechos de armas”, y no otros, según la versión del coronel Carvallo de Cora, hubiera ascendido a capitán con antigüedad de 1º de febrero de 1914 (!!!!). El historiador que lea entre líneas debería preguntarse ¿qué diablos habría hecho Franco desde su ascenso a primer teniente cuando nunca se le mencionó en ningún despacho, parte o notita elevada a la Superioridad?. Al menos no en una que debiese figurar en su hoja de servicios.

Así, pues, lamentando nuestra ignorancia de los criterios de distribución de chapitas y su número en las campañas en la época en tierras marroquíes, no podemos sino concluir que hasta 1º de febrero de 1914 Franco no parece que hubiese hecho absolutamente nada espectacular y, por lo que he podido ver en otros casos, lo que sí había hecho era cumplir con su deber como tantos más. Claro que, en la mejor tradición burocrático-militar, había que justificar el ascenso y la hojita lo hace: “en recompensa por los méritos contraídos en los hechos de armas, operaciones efectuadas y servicios prestados desde el el 1º de enero a fin de abril del año de 1914”. Es decir, en cuatro meses absolutamente anodinos. ¿O se me escapa algún detalle? Si es así agradecería de todo corazón a los amables lectores que me informen. Mientras tanto, y en mi desconocimiento de la auténtica hoja oficial, si no se ha alterado, he de seguir el documento disponible que es el de Carvallo de Cora, elevando preces al cielo para que sea una copia exacta del original.

No hemos todavía hablado de Ricardo de la Cierva en este contexto. Lo que en la hoja de servicios no merece sino una breve mención (el 1º de febrero hubo un combate en Beni Salen, nada más y nada menos), tan destacado hagiógrafo lo identifica como el momento en que el general Berenguer “se fija insistentemente en el teniente Franco”. ¿EPRE? Absolutamente ninguna. Pero es que, además, en la hojita de servicios (siguiendo a Carvallo de Cora) al hecho de armas de Beni Salen no lo adorna absolutamente NINGUNA característica. Se menciona como tantos otros y como en tantas otras hojas de servicios de las decenas de militares que hemos consultado.

El coronel Blanco Escolá adelanta una tesis muy verosímil: los méritos de Franco no fueron adquiridos en el campo de batalla. ¿Cómo pudo ocurrir esto? De forma muy simple. A falta de otra documentación fidedigna, Blanco plantea la hipótesis de que pudo ser una consecuencia de su cargo de ayudante del comandante Julián Serrano Orive. El joven primer teniente no había tenido demasiadas ocasiones de ejercer mando de tropas, pero sí muchas de camelar a su jefe más directo que era quien tenía que proponer su ascenso. “Franco, gracias a su proverbial astucia y su afán arribista, pero también a su imagen de hombre disciplinado, cumplidor, aparentemente dócil y servicial…, supo ganarse [su] confianza (…) hasta conseguir que le propusiera para el ascenso a capitán”. Es una posibilidad que, sin duda, los todavía hagiógrafos del gran soldado, que los hay, podrán desmontar con la adecuada documentación de la época.

Nada de lo que antecede significa minusvalorar el abanico de envidiables dotes, pero nos induce a pensar que, ya capitán, Franco se propondría tal vez conseguir un ascenso rápido a comandante. Añadió a sus indudables dotes de duplicidad y servilismo una conciencia aguda del valor de la publicidad orientada hacia su propia persona.

Lo que hemos expuesto hasta ahora son hechos. Hechos documentados. Sin embargo, hay que mirar algo en lo que pudo haber detrás, siguiendo la metodología de mi admirado Herbert R. Southworth. En mi modesta opinión, Franco quiso ir a por todas. Es decir, a por el ascenso y a por la Laureada. No le bastaba la primera opción. Más importante que esta hipótesis es una segunda. Cuando Franco consiguió que el ya comandante Lías Pequeño solicitase la reapertura en 1918 de su expediente de San Fernando, ¿qué le pasaría por la cabeza? ¿Ignoraba lo que habían dicho dos años antes sus propios compañeros? ¿Es verosímil creerlo? Si él depuso ante el instructor en el expediente de 1916/17, ¿nadie le sopló lo que se había logrado saber? Dentro del pequeño círculo de oficiales y jefes en el que sustanció el caso, ¿no hubo la menor filtración?. Misterio.

Después vinieron tiempos peninsulares, desde marzo de 1917 hasta septiembre de 1919 cuando se incorporó a la Legión. No hay felicitación alguna en su hoja de servicios hasta el 10 de septiembre de 1921. Realmente curioso.

Lo expuesto hasta ahora refuerza nuestra modesta opinión de que, cuando ya Franco duerme el sueño eterno fuera del mausoleo que ordenó construir a la eterna gloria de su Cruzada, sería conveniente avanzar un poquito más. Por ejemplo, dar a conocer el resto de su hoja de servicios, con los papeles y documentos anexos que procedan, más allá del año 1926 y hasta donde sea posible. Y TAMBIÉN, EN UN DESEABLE ESFUERZO DE CLARIDAD Y DESMITIFICACIÓN, LOS PAPELES QUE SUBYACEN AL JUICIO CONTRADICTORIO PARA LA LAUREADA Y EL EXPEDIENTE COMPLETO DEL MISMO.

Espero que ningún historiador o periodista se me eche encima si reafirmo mi creencia de que se trata de una necesidad absoluta. ¿Quién puede temer a los documentos del, para algunos, excelso Caudillo? Por no hablar, claro está, de sus papeles, que no son los que custodia con envidiable mimo la Fundación Nacional Francisco Franco. ¿No dijo uno de esos apóstoles cuya escultura masiva, del cincel de Juan de Ávalos, figura en el mausoleo de Cuelgamuros que la “verdad os hará libres”?

La exhumación de Franco ha supuesto, en mi entender, traspasar una frontera. Con independencia de lo que se haga en el futuro con el mausoleo -y que dicha exhumación facilitará- queda todavía por abordar, en la mayor medida posible, los documentos de la actuación en la guerra y en la posguerra, como Generalísimo y como Jefe del Estado, como líder del único partido, fascista primero y fascistizado después en su recorrido histórico, y como garante y motor de una represión sin paralelo en la historia de España.

No es venganza. Es favorecer, en la mayor medida posible, el avance en el conocimiento histórico. El pasado es algo que no pasa o que tarda mucho en pasar. Si los ciudadanos de los antiguos Estados confederados en USA no han olvidado “su” guerra civil a los más de ciento cincuenta años de terminada no puede pedirse a los españoles que ya olviden una guerra que, fuera de las operaciones militares, ocupó su vida diaria durante cuarenta años de dictadura. En cierto sentido, hay motivos para pensar que la guerra no terminó en 1939. Lo que terminó fue, como suele decir Francisco Espinosa, la campaña. La guerra empezó a terminar con el desmontaje del sistema institucional y político que se construyó en torno a un general felón que supo crear, amamantar y proteger hasta el final un canon basado en falsedades y/o distorsiones desde el principio al fin.

(Continuará)

Archivos españoles: la dura lucha por el derecho a conocer el pasado (II)

1 octubre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Quisiera, ante todo, pedir disculpas a aquellos amables lectores que hayan podido haberse sentido molestos por mi empleo de la máxima turística del nunca olvidado ministro de (Des)Información y Turismo de la España franquista en sus años de gloria. En un plano rigurosamente político e institucional no es aplicable, pero ¿cómo expresar en una sola y rotunda afirmación que, en materia de acceso a archivos, España no es como la mayor parte de los países europeos de nuestro entorno? Y si no es como ellos, algo la diferenciará. Lo cual sirve para introducir la cuestión del porqué. Tiene múltiples respuestas (lo que no significa que todas sean iguales). Depende del nivel de profundidad al que se busquen. En el plano estricto de la actividad archivística me parece que hay que distinguir tres: a) la legislativa, b) la de dispersión de repositorios, c) la falta de recursos materiales y humanos. Por encima de ellas, existen otras.

En el volumen que aquí nos ocupa el primer nivel se analiza en las aportaciones de Antonio González Quintana y de Eva Moraga. Hubo un comienzo relativamente prometedor (la aparición en la CE del artículo 105b), en cuya incorporación creo que tuvimos algo que ver cuatro personas. A pie de obra el profesor Juan Marichal y servidor. Como correa transmisora el diputado por el PSOE Enrique Barón. Finalmente, como impulsor decidido el también diputado socialista Gregorio Peces-Barba, miembro de la ponencia constitucional. González Quintana recoge que el principio de la Constitución de que “la ley regulará el acceso de los ciudadanos a los archivos y registros administrativos, salvo en lo que afecte a la seguridad y defensa del Estado, la averiguación de los delitos y la intimidad de las personas” se interpretó como un derecho plenamente reconocido y que con él España se sumaba a los países que lo plasmaban en su texto legal del mayor nivel jerárquico posible. No puede por menos de aplaudirse tal coincidencia.

Marichal y servidor habíamos espoleado el tema a raiz de una serie de conferencias en la Fundación Pablo Iglesias en la que participamos. Si no recuerdo mal, le había confesado mi frustración por los vacíos en la documentación del Ministerio de Asuntos Exteriores en el que estaba iniciando una investigación sobre la política comercial exterior durante la República, la guerra civil y el franquismo (el libro, obra que dirigí al frente de un equipo de entusiastas economistas -Senén Florensa, Julio Viñuela, Fernando Eguidazu y Carlos Fernández Pulgar-, se publicó en 1979). Ya ha llovido desde entonces. La idea que pasamos a Enrique Barón era que nos parecía intolerable que los ministros y altos cargos se llevaran a sus casas los papeles tras sus respectivos ceses. Después, la negociación en la ponencia constitucional fue por sus propios caminos y de ellos no supe nunca una palabra.

Pero si el resultado fue relativamente aceptable, su regulación por disposiciones inferiores al nivel constitucional fue una desilusión, para mí y para Marichal. González Quintana ha esquematizado el trayecto desde sus inicios hasta prácticamente la actualidad. El derecho de acceso fue cortocircuitado. Papeles fundamentales que incluso ví personalmente en aquellos años han desaparecido (el ejemplo que siempre cito es un discurso todavía desconocido de Franco en una de las primeras reuniones de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos en marzo/abril de 1957 y en el que expuso sus ideas sobre la política económica española – resumible en tres palabras: autarquía pura y dura). Así se salva la reputación, totalmente inmerecida, del “genio de la modernización económica de España”.

¿Resultado? España se ha ido alejando, y se mantiene alejada, de varias de las recomendaciones internacionales en materia de acceso a archivos e incluso de la legislación internacional al respecto, en la medida en que ha chocado con el derecho interno o preocupaciones políticas más o menos inconfesables. Desde la ley de secretos oficiales franquista de 1968 a la ley de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno Eva Moraga hace un relato muy completo de esta descorazonante travesía.

Parece indiferente, a decir verdad irrealista desde el punto de vista del Gobierno/Administración, que a lo largo de tal travesía las quejas de los historiadores, de las asociaciones memorialistas, de sectores de algunos partidos políticos y, no en último término, de los funcionarios y archiveros que han de lidiar con la realidad diaria, hayan seguido un curso exponencial. El desprecio del que han hecho gala algunos ministros, como el siempre mal recordado Excmo. Sr. Don Pedro Morenés, titular de Defensa, se ha saltado a la torera toda argumentación lógica y técnica fundamentada. No hablemos de su sucesora, la no menos Excma. Sra. Dolores de Cospedal, alma del PP durante largo tiempo. En este Departamento y en el del Interior, en particular, la aplicación exhaustiva del equivalente al clásico njet soviético ha triunfado clamorosamente. La situación recuerda la que describían fuera de la URSS disidentes en relación con dosieres, papeles y documentos “cerrados para siempre” en los archivos (chranitj vetschno), por utilizar la terminología popularizada por Lev Kópelev. En el Ministerio de Interior debemos incluso reconocer que uno de sus titulares, estudioso de las apariciones y milagros de la Virgen, no debió de tener la fortuna de que esta última le aconsejara que “la verdad hace libres”, según el precepto evangélico.

¿Exagero? Solo hay que echar un vistazo a los testimonios de historiadores que se han enfrentado con las dificultades (a veces suavizadas por funcionarios que han cerrado un ojo) a la hora de entrar en cierto sarchivos. Sobre todo en aquellos en los que ha recalado -en la medida en que lo ha hecho- la documentación relacionada con las tareas de represión en caliente e incluso en menos caliente por los sublevados del 18 de julio. Francisco Espinosa, en su contribución al libro de que me ocupo (pp. 298-333), ha recogido datos y experiencias absolutamente abracadabrantes. Expone, claro está, que se ha progresado mucho desde los años setenta y ochenta del pasado siglo (¡faltaría más!), pero que aun queda mucho por hacer en lo que se han denominado los “archivos del terror”, fondos todavía hoy no accesibles del Ejército, de la Guardia Civil y de la Policía, de los que muchos todavía se ignora dónde están y/o qué ha sido de ellos.

Para aquéllos amables lectores que crean que no tengo razón al utilizar la máxima fragairibarnesca les sugiero que echen un vistazo a las peripecias de Espinosa para acceder a los “fondos especiales” del Tribunal de Cuentas o a los “10.000 documentos” del Ministerio de Defensa, mediante los oportunos recursos administrativos y demás fórmulas previstas en la legislación de la democracia española.

En fecha reciente se ha publicado un libro sobre los más o menos trescientos campos de concentración franquistas. Su autor es un investigador y periodista: Carlos Hernández de Miguel. Cuenta con un preámbulo muy personal en el que narra cómo la EGB, el BUP y el COU le fallaron miserablemente a la hora de proporcionarle un conocimiento mínimo sobre la República, la guerra civil y la dictadura. No fue un caso único. Si esto ocurrió en su generación, ¡imagine el lector lo que podemos decir quienes somos ya, por desgracia, algo más talluditos!. El relato de Hernández de Miguel es, aparte de su interés intrínseco, una buena muestra de las dificultades de todo tipo que hay que sobrepasar para poder escribir, aunque no sea exhaustivamente, sobre los hechos negros de nuestra historia. Una historia que es negra para una gran parte de la población que desde julio de 1936 empezó a sufrir las consecuencias de un GMN (“Glorioso Movimiento Nacional”) en tanto que respuesta “ineludible” a las violencias de la democracia republicana (como si la derecha no hubiese contribuído a ellas). Eso sí, el franquismo tejió al respecto una densa red de mentiras y mitos que, alimentados por una publicística poco proclive a la investigación en los “archivos del terror”, continúa esparciéndola hasta nuestros días.

¿Resultado? A la afirmación, un tanto grotesca, de Ricardo de la Cierva del “no nos robarán la Historia” (por supuesto, por los historiadores no pro-franquistas) hay que oponer la otra, tan querida de aquel autor, de que aquí, y ahora, se sigue “legitimando la dictadura e incluso justificando sus crímenes” (Hernández de Miguel dixit). En esto los responsables de tal desastre, o sus sucesores, siguieron el ejemplo nazi: el despliegue de grandes esfuerzos para destruir todos los documentos que pudieran ser “inconvenientes”, ya fuese por el agua, el fuego, los traperos o la trituradora. Lo importante era que las huellas desaparecieran. Los franquistas de buena ley, y los eclesiásticos que los cubrieron, jamás quisieron que sus papeles se conservaran para siempre.

(La casualidad ha querido que este post aparezca el día en que, antes, se conmemoraba la “exaltación del Caudillo”. Como no sigo el calendario de efemérides, aseguro que con su publicación no persigo malévolas intenciones)

(Continuará)

La guerra civil española, 80 años después

26 marzo, 2019 at 10:03 am

Ángel Viñas

En el post anterior hice una especie de recorrido por algunos de los actos colectivos que se han acumulado en este octogésimo aniversario del final de la guerra civil, que no de la campaña. He dejado para estos primeros días de abril la referencia a una obra colectiva que, confío, hará época. Su gestación ha llevado años. Su puesta a punto también. Sigue una tradición consolidada. También aparecieron obras colectivas con ocasión de los 50, 60 y 70 aniversarios y, en general, de su comienzo. Recuerdo que en la primera nos reunimos varios historiadores bajo la batuta del añorado Manuel Tuñón de Lara. Resumimos lo que se sabía de la contienda en las dimensiones fundamentales que hasta entonces se habían explorado después de la muerte de Franco. Se tradujo inmediatamente al alemán. Una auténtica proeza, gracias a la labor del profesor Walther R. Bernecker.

En 2006 se celebró un magno congreso internacional en Madrid, preparado bajo la supervisión de Santos Juliá y cuyas actas solo se publicaron en internet. Incluso del lado de los historiadores conservadores (por no decir pro-franquistas) se hizo un congreso paralelo en el que brilló la luz deslumbrante de su decano en edad, gobierno y fidelidad a los insondables principios franquistas, el profesor Ricardo de la Cierva. Hay más obras que reflejan tales efemérides.

El libro que ahora nos ocupa es masivo, pero brillante y escasamente pro-franquista, porque ¿qué tienen que ofrecer los historiadores de esta cuerda en la actualidad en todo lo que se refiere a temas fundamentales relacionados con la guerra civil? Maryse Bertrand de Muñoz ha calculado que, hacia 2005, se habían publicado en torno a los 40.000 títulos. Hoy, en la presente obra, se estiman a finales de 2018 en unos 50.000.

Este monumental libro ha sido coordinado por los profesores Alberto Reig Tapia y Josep Sánchez Cervelló, que también han escrito sendos capítulos. Tiene su origen en un congreso celebrado en noviembre de 2016 en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. En él se expusieron, entre otros actos, numerosas ponencias que, en una cuidada selección, posteriormente fueron sometidas a un proceso de actualización. La idea fue que pudieran servir de orientación no solo a los no especialistas en cada tema sino, con carácter general, a quienes siguen estando interesados en conocer el estado de la cuestión en materia de un conflicto tan preñado de consecuencias para la historia y el presente españoles. El subtítulo refleja los dos enfoques que han predominado en su elaboración: una guerra internacional y una fractura cultural, desarrollados en siete partes y un epílogo.

La primera reúne, bajo el epígrafe de “Holocausto, genocidio y masacre”, contribuciones de Sir Paul Preston, José Luis Ledesma y Francisco Moreno. La segunda parte contrapone los mitos que rodean a las dos grandes figuras de la guerra civil, Negrín y Franco, de la mano de Enrique Moradiellos y de servidor. Aspectos adicionales de la vertiente internacional de la guerra los abordan, en la tercera parte, especialistas extranjeros y españoles (entre estos últimos Juan Carlos Pereira, Josep Puigsech Farràs y Xavier Moreno Juliá) con un excurso en el exilio mexicano a cargo de Carlos Imaz. La cuarta parte explora tres grandes batallas (Madrid, el Ebro y Cataluña) con Mirta Núñez Díaz-Balart, Josep Sánchez Cervelló y José Luis Martín Ramos. La quinta parte versa ya sobre el enfoque cultural: la literatura como fuente para la historia (Alberto Reig), los intelectuales y la guerra civil (Paul Aubert), la épica y la lírica de la misma (Maryse Bertrand de Muñoz) y cinco memorias (también Alberto Reig). Los nacionalismos periféricos los estudian José Luis de la Granja (el caso vasco), Josep Sánchez Cervelló (el catalán) y Justo Beramendi (el gallego). La séptima y última parte se dedica íntegramente a la mujer, algo novedoso en este tipo de obras, con sendos trabajos sobre milicianas y Mujeres Libres.

El libro, en su conjunto, representa un guante lanzado en desafío a muchas de las versiones alicortas y desaliñadas que en los últimos años han ocupado abundante espacio en los medios de comunicación escritos y, sobre todo, en el inabarcable del internet.

La conclusión final es desgarradora: la guerra civil no resolvió los problemas reales del país y supuso un retroceso inaudito en todos los órdenes. En primer lugar, por su inmenso coste en vidas y padecimientos. En segundo lugar, por el que se produjo en numerosas otras dimensiones, apenas si “compensados” por el crecimiento económico y la diversificación social de diez de los últimos años del franquismo, no tan tranquilos como suelen hoy presentarse.

No es exagerado afirmar que la España de nuestros días es hija de la guerra civil y de su secuela dictatorial. Ambas constituyen una unidad histórica. No la forman, en mi opinión, la República y la guerra civil, como señalan tantos manuales escolares, anclados en concepciones un tanto periclitadas. Pero no es de extrañar. En Estados Unidos hubo una época (a principios del pasado siglo y más tarde entre los años treinta y cuarenta) en que se puso de moda reverdecer las discusiones que acompañaron su propia guerra civil y sus motivaciones. La idea estribaba en negar el papel sustancial, genético, de la esclavitud. Todavía hoy existen discusiones enconadas acerca de su significado profundo. En una reciente obra, David Armitage (Las guerras civiles, Alianza) ha demostrado elocuentemente cómo tal tipo de querellas que remontan a la antigüedad griega, y más propiamente romana, han sido una constante en el pensamiento político y filosófico a lo largo del tiempo, con resultados entre sí muy diferentes.

En el caso español yo he sido ambivalente, y lo he expresado en este blog en alguna ocasión, respecto a la utilización de la fórmula habitual o de la más moderna, en la medida en que ha sido importada de la historiografía francesa o italiana, de guerra de España. Los editores de este libro, amigos y compañeros sin par, la han escogido. A mí, hace unos años, no me pareció mal. Hoy, después de haber investigado en el tema que es objeto de publicación en mi libro, ¿Quién quiso la guerra civil?, confieso que me inclino decididamente por esta acepción tradicional. No porque sobre mi gravite el peso de la historia y de la tradición intelectual que tan brillantemente ha resumido Armitage sino porque refleja, en mi opinión con exactitud, la lógica a que se atuvieron aquellos hechos sin los cuales es imposible comprender correctamente el pasado. Hasta hace unos años no tenía muy claro respecto a si la etapa republicana debía constituir una unidad singular, separada de la Monarquía y de la guerra civil. Hoy también lo dudo. He llegado a la conclusión de que el período republicano pertenece más bien a la época de la degeneración y delicuescencia monárquicas que a una unidad de tan solo cinco años de duración. No cambia el que la guerra fue en realidad la fuente bautismal de la dictadura y esta no es en modo alguno comprensible sin aquella.

Por supuesto, otros historiadores tendrán otra opinión. La respeto, pero el fenómeno -hoy evidente- de que los dictadores fascistas prestaron inmediatamente su ayuda a Franco y que con ello indujeron el proceso de internacionalización del conflicto, aunado a la no del todo imprevista retracción de las democracias en apoyar al Gobierno legítimo, no me parecen suficientes motivos para justificar tal denominación. Es preciso entrar en los propósitos y finalidades de quienes quisieron resolver una serie de problemas relacionados con el declive monárquico desatando un conflicto gracias a la ayuda prevista por quién podía apoyarles decisivamente en trasladarlo a hechos.

Nada de ello enturbia la importancia de la presente obra. Aparece ahora en el mes de abril, quizá antes de la Sant Jordi, y es de esperar que tenga una acogida muy favorable. Ójala se convierta en una auténtica referencia.

 

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (II)

11 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Espero que a los amables lectores se hayan olvidado de las sonrisas que pudiera haberles suscitado el primer post de esta temporada. En el de hoy voy a hacer una demostración de cómo no conviene menospreciar la tan menospreciada EPRE. Todo historiador tiene que reconocer que no escribe historia definitiva y que incluso aunque se limite, modestamente, a presentar un estado de la cuestión, este también es cuestionable si choca con EPRE que el historiador, por las razones que sean, ha desconocido o ignorado. En el post anterior, me había asombrado que un autor, al que todavía no he citado por su nombre, acudiera a la suprema autoridad del capitán Pollard para caracterizar a la Srta. Dorothy Watson como una “chica inocente”, una “polluela”, pero sin mencionar ni identificar la referencia de donde la extrajo. También admití que, si bien gramaticalmente tal acepción es imposible en inglés, podría haberse tratado de un uso personal.

La interpretación de nuestro distinguido autor choca no con una cita de Pollard treinta años después (1966) sino, estrictamente, con la de 1936. Servidor se basó en esta última para caracterizar a Dorothy Watson, es decir de la época. Me pareció un aspecto tan nimio que no se me ocurrió dar la referencia concreta, aunque sí en términos generales.

Antes de pasar a la contextualización (tarea inexcusable para toda EPRE) debo constatar un hecho esencial: la bibliografía utilizada por tan eminente crítico (que me parece algo parca para un tema como es el de los antecedentes y desarrollo del golpe de julio de 1936) está casi exclusivamente en castellano. Solo cuenta con una excepción. El libro de una amiga mía, Angela Jackson, sobre las mujeres británicas y la guerra civil. Es cierto que incluye a historiadores extranjeros (una media docena en ediciones siempre en castellano), pero no lo hace por ejemplo con otros reconocidos como Preston, Graham, Gabriel Jackson, Thomas, Beevor, Heiberg y me quedo corto. Todos ellos también han escrito sobre el período. Esto podría inducir al lector a pensar que dominar literatura en idiomas foráneos no es uno de los fuertes de tan distinguido autor. Por otro lado, ni siquiera citar, aunque sea para criticarlos, a extranjeros traducidos -salvo la relevante excepción de Payne, con nada menos que tres obras- podría permitir atisbar que adolece de un cierto sesgo, que no caracterizaré. También indicar la propensión a un tipo determinado de literatura que tampoco calificaré.

Son disquisiciones que solo marginalmente vienen al cuento. Lo que sí viene al cuento es la omisión, quizá querida, de la EPRE de 1936. Sin embargo, tan estimable autor podría haberla encontrado no en una sino en tres fuentes. La primera, y quizá más importante, es la que durante muchísimos años y sobre todo en el mundo de habla inglesa ha hecho autoridad. Se trata de la autobiografía de Douglas Jerrold, Georgian Adventure. La edición que tengo en casa data de 1938. Es la publicada por The “Right” Book Club. A lo mejor hubo otras, pero para mí esta es significativa porque forma parte de una colección de libros de tendencia inequívocamente derechista en la época. No cabe desconocer la obra que, ¡ay!, nuestro autor ignora.

Jerrold era un periodista y publicista inglés de hoy diríamos extrema derecha a quien cité extensamente. En su autobiografía describió cómo su amigo Luis A. Bolín (entre paréntesis: un embustero quintaesenciado) fue a buscarlo para ver quiénes podrían viajar con él en el Dragon Rapide. Jerrold, tras descartar varios nombres (también de extrema derecha), pensó en Pollard. Ambos se desplazaron con Juan de la Cierva a su casa, le convencieron y entre los cuatro decidieron que también irían dos chicas en el avión. Una fue Diana Pollard y la otra una amiga suya, Dorothy, a la que no encontraron fácilmente porque estaba “repartiendo pollos” (“delivering chickens”). Al final la pescaron. Servidor pensó, quizá ingenuamente, que si repartía pollos es porque tenía que ver algo con pollos. Todo esto hubiera podido leerlo nuestro estimado autor en la página 373 de mi libro de hace siete años, no de ayer.

La segunda EPRE la ofrece Angela Jackson, ya mencionada, que utilizó una grabación hecha por Diana Pollard en 1992 y que, naturalmente, citaba. Me facilitó sus notas, pero como a mi me interesaban otros aspectos acudí a la grabación misma que se guarda en los archivos del Imperial War Museum de Londres. Todo esto también lo expliqué en mi libro de 2011 (p. 11). Escuchamos atentamente la grabación, hicimos (mi mujer es británica) una transcripción y en ella apareció que Dorothy ayudaba a los Pollard con sus gallinas, imagino que en algún corral de su casa, pues vivían en un pueblecito del campo. (Incidentalmente, el único libro en lengua inglesa que menciona nuestro distinguido autor es el de Angela, pero solo para aludir a un tema tan importante históricamente como que Diana temía que si no viajaba en el Dragon Rapide su padre la considerase apocada o cobarde). La sorpresa ante esta única referencia no es una necesariamente una crítica. Es una demostración de cierto pasmo. Cada historiador elige lo que considera significativo. Ángela escribió sobre las mujeres británicas en la guerra civil y Diana Pollard y Dorothy Watson fueron las primeras de que hay constancia que presenciaron uno de los primeros, si no el primer, capítulo. Servidor se pregunta si, en el contexto del golpe, es lo suficiente para mencionar el libro de Angela como el único que nuestro autor ha utilizado en inglés.

Poco después de mi trabajo en 2011 apareció otro título en el mercado británico de un periodista inglés, Peter Day. Lo compré por si se me había escapado algo y ya hice referencia a él en la segunda edición, en 2012, ampliado después de hablar con la familia Balmes. El libro de Day se ha publicado años más tarde en castellano. No lo adquirí, pero en cualquier caso nuestro distinguido autor tampoco lo cita, algo de por sí más que llamativo. Pues bien, Day transcribió una parte de la grabación que a mí no me interesaba. En ella, página 25, cita a Diana hablando de Dorothy. “También querían [es decir, Bolín, de la Cierva, Jerrold y su padre] otra chica, porque una no sería suficiente”. La frase que sigue a esta es: “We had some battery chickens and Dorothy Watson … [looked after them]. Este segundo paréntesis es de Day. ¿Mi traducción sobre la marcha de esta pequeña referencia? “Criábamos unos cuantos pollos [y D. W. los cuidaba]”. Es decir, los Pollard, en su casa, tendrían un corral, una huerta o lo que fuera y lo utilizaban no solo para plantar frutales y hortalizas sino también para tener pollos. No sé cómo el traductor de Day lo habrá reproducido, pero es difícil que no mencione a estos simpáticos animalitos.

¿Cómo se denomina en castellano a una chica que haga las funciones que se atribuían a Dorothy? No puede ser una pollera porque, según el DRAE, pollero o pollera son personas que tienen por oficio criar y vender pollos. “Polluela”, término afectivo y que es como nuestro imaginativo autor lo traduce, no existe en el DRAE. Sí existe polluelo con la acepción de cría de ave. Servidor cortó por lo sano y amalgamó las ocupaciones de Dorothy: trabajaba con pollos y ayudaba a la familia con ellos. Me atuve a lo dicho por Jerrold y por Diana Pollard, por así decir a la EPRE. ¿Dónde está mi comicidad?

También di otra referencia. Esta vez al artículo de un periodista inglés, Christopher Farman, publicado en The Guardian el 25 de junio de 1966. (Lo cita nuestro autor en su bibliografía, y de manera indirecta en la p. 621, quizá porque supo de él por conocimiento innato). Recogió unas declaraciones de Pollard hechas poco antes de su fallecimiento. Pues bien: esta es la prístina fuente de la que se sirve, aun cuando hay que esforzarse un poco en establecer el enlace.

Espero que los amables lectores, si no se han aburrido con este post, se rían con el próximo.

(Continuará)

La guerra lenta de Franco (VIII)

12 junio, 2018 at 1:23 pm

Ángel Viñas

Como alguna vez dijo Herbert R. Southworth, bestia negra para Ricardo de la Cierva, el Ejército de Franco no era el de una tribu africana (en la época en que escribió el historiador norteamericano no existía lo “políticamente correcto” en la acepción que hoy se le da). Las informaciones se recogían por escrito y las órdenes se cursaban según el mismo procedimiento. Lo mismo podría afirmarse de la Administración civil del naciente Estado. No todo quedó reflejado en papel, pero sí muchas cosas. Afortunadamente este el caso en lo que se refiere a los supuestos planes franceses de invadir España por Cataluña y la reacción del Gobierno de SEJE, nombrado poco antes. Para explicar el tema conviene retroceder un mes. Agradecería a los amables lectores que no se impacientaran. Todo quedará explicado a lo largo de esta serie.

 

El 13 de marzo de 1938 se formó el segundo gobierno Blum en Francia. Édouard Daladier fue su vicepresidente y ministro de la Defensa Nacional y de la Guerra. Joseph Paul-Boncour se hizo cargo del Quai d´Orsay. La víspera las tropas nazis habían entrado en Austria y ocupado el país, en medio de la alegría desbordante de las multitudes y la desesperación de la minoría judía. De un golpe cambió la situación político-estratégica en Europa Central. Era de prever que la compresora nazi se dirigiera hacia Checoslovaquia, cabeza de puente francés hacia el Este y pilar de la estrategia defensiva francesa. En paralelo, Juan Negrín se desplazó a París para ver qué tipo de ayuda podrían prestarle los franceses. Sus gestiones no nos interesan aquí.

Lo que sí nos interesa, y mucho, es que el 15 de marzo tuvo lugar una reunión urgente del Comité permanente de la defensa nacional (CPDN). Es muy famosa. Duró menos de dos horas. No hay libro alguno que aborde con cierta extensión el contexto internacional de la guerra civil que no la mencione. También los de los historiadores franquistas y no franquistas, aunque de ello no terminan de extraer las conclusiones que aquí desarrollaré. El acta de la reunión se conoce desde 1946. La publicó el general Maurice Gamelin en el segundo tomo de sus memorias, Servir. Hay igualmente recuerdos, a veces muy sesgados, de algunos de los participantes. Se discutieron dos temas: ¿cómo prevenir una acción alemana contra Checoslovaquia y cómo intervenir en España? En lo primero las grandes cabezas militares pensantes de Francia constataron que, sin apoyo exterior, no era mucho lo que podría hacerse. El único que podían concebir era el británico. Mala cosa.

Con respecto a la segunda cuestión, la pregunta de Blum fue cómo apoyar un ultimátum a Franco. Si en un lapso de 24 horas no renunciaba al apoyo de las fuerzas extranjeras, Francia se reservaría el derecho de adoptar por sí misma todas las medidas de intervención que considerase necesarias. La discusión subsiguiente es algo que mencionan casi todos los historiadores franquistas, ateniéndose al acta, como si en el acta estuviera recogida toda la verdad. Los militares, encabezados por el superprestigioso mariscal Pétain, vicepresidente del comité, rechazaron la idea. Daladier afirmó que una intervención conduciría a un conflicto europeo.

En consecuencia, Blum planteó el tema que le interesaba y que interesaba a los republicanos: la posibilidad de intensificar el apoyo material. ¡Vade retro! Los militares se opusieron. Equivalía a desguarnecer la defensa nacional. Pétain calcó literalmente el discurso británico: al final de la guerra Franco necesitaría de apoyos exteriores. La conclusión fue, naturalmente, no intervenir. Solo Paul-Boncour mostró buena disposición a ir adelante. Si, realmente, Blum había contemplado seriamente la posibilidad de intervención tuvo que echar marcha atrás. Pero fue solo una finta,

Dos días más tarde el embajador británico sir Eric Phipps fue a ver a Blum a su domicilio particular. Blum fue muy explícito. No rompería abiertamente con la no-intervención, pero no podía asegurar que no enviase alguna ayuda. Así disfrazó una pequeña mentirijilla.

Blum había tendido, en efecto, una trampa a los generales al plantearles dos cuestiones a las que sabía que dirían que no. El día anterior a la visita de Phipps y siguiente de la reunión del CPDN el Ministerio de Finanzas emitió secretamente una disposición que llevaba tras de sí el apoyo político y operativo de los ministros del Interior, Defensa, Aire, Marina, Asuntos Exteriores, Comercio y Colonias. Entre ellos, como se ve, Daladier. La disposición no se hizo pública, pero en realidad era el comienzo de desmontaje de la no intervención. La ayuda a la República, propia y dejada pasar por la frontera franco-catalana, se intensificó.

Reduciendo a los límites más estrictos una historia que daría para varios posts afirmaremos lo siguiente:

1.Los franquistas estaban “al loro”. Malos tenían que ser, profesionalmente hablando, si no lo hubieran estado. Al día siguiente de la reunión del comité el ministro de Asuntos Exteriores, general Gómez-Jordana telegrafió al duque de Alba para que se enterara de las intenciones de los Gobiernos de Londres y París. El ministro, que no era idiota, afirmó que lo que se reflejaba en la prensa no era suficiente. [Aviso para los autores que todo lo fían a ella]. También cursó instrucciones urgentísimas a Quiñones de León en la capital francesa. Era el representante oficioso de Franco desde el estallido de la guerra. Las resumo: debía ponerse a toda velocidad en contacto con Pétain. Se esperaba de su “alto patriotismo y profundo sentido político” el que ejerciese su influencia “respecto a la gravedad del momento actual”. Uno se pregunta qué lazos habría trabajo el ministro con el anciano mariscal. Quizá se conociesen de la época de Alhucemas.

2.El 16 de marzo, es decir, al día siguiente de la reunión del CPDN, Franco supo que su petición había sido atendida. Gómez-Jordana lo telegrafió a Alba en Londres. Sin embargo se refería a la ayuda material al Gobierno republicano (la decisión se tomó el 17), pero obsérvese que en modo alguno hay la menor alusión a la eventualidad de una intervención francesa.

3.La noticia de que Francia se atendría a los compromisos de la no intervención la confirmó Pétain. No era cierto ya, probablemente porque Pétain ignoraba la orden del Ministerio de Finanzas, pero de lo que no cabe duda alguna es de que la idea de una “intervención francesa” en Cataluña no estaba sobre la mesa.

  1. El 18 de marzo Gómez-Jordana, que tenía la costumbre de dictar sus intervenciones en el Consejo de Ministros, informó a este y, por consiguiente, a Franco. Si no lo había hecho ya anteriormente, cosa muy probable.

En consecuencia, ¿en qué se basa, pues, el presunto temor de Franco a una intervención francesa o a complicaciones internacionales UN MES MAS TARDE?

Pero, como Franco no se fiaba ni de su padre (en sentido literal y figurado) imaginemos que el 18 todavía no hubiera estado convencido. Para tal eventualidad puede servir de contraste un despacho del marqués de Magaz, embajador en Berlín, del 24 de marzo y que Gómez-Jordana recibió el 31. Si hubo alguna conversación telefónica o algún telegrama previo (lo cual es muy probable), no lo hemos localizado. Magaz había hablado con unos y con otros, también con el consejero italiano en la capital alemana, y las informaciones que había podido recoger las pasó también (hombre precavido vale por dos) al Cuartel General. Le respondió el jefe de la sección de Operaciones, Antonio Barroso: en los despachos pegados al de Franco se disponía ya de informes genuinos que descartaban la tan cacareada intervención francesa.

Fue una semana después del informe de Berlín cuando Yagüe capturó Lérida. Como suponemos que Franco no seguiría tomando lecciones de golf, hemos de suponer que en varios momentos entre el 15 (fecha de reunión del CPDN) y el 31 de marzo debió de haber leído los informes y telegramas que procedían de Berlín y París. Es más después de esta última fecha tuvo también tiempo de recopilar, o de que le recopilasen, otras informaciones de interés relacionadas con el inexistente ánimo de intervención en Cataluña por parte francesa.

Insisto, finalmente, que para llegar a esta conclusión no había que ir a los archivos de París, Londres o Berlín, viajes siempre costosos, aunque sea en plan estudiante o de turista de medio pelo. Cuando me ocupé de buscar EPRE sobre el tema solo había que andar unos cinco minutos desde el metro de la Puerta del Sol al archivo del MAEC. Al alcance de cualquier hijo de vecino. Hoy está disponible en el AGA. Pero, además, para ahorrar las molestias los documentos correspondientes están reproducidos en el CD anejo a uno de mis libros: El honor de la República que, por desgracia para mis finanzas, todavía no está agotado.