El misterio de la hoja de servicios de Franco: cuatro sugerencias a la Sra. Ministra de Defensa

13 noviembre, 2018 at 11:30 am

Ángel Viñas

Como mis amables lectores saben, los posts de este blog de historia, bajo el lema de que esta no se escribe con mitos, suelen hacer referencia a cuestiones relacionadas con la República, la guerra civil, el franquismo. No deseo meterme en polémicas de actualidad en las cuales hacen su agosto otros blogs y, desde luego, muchos periodistas, unos buenos y otros menos buenos. En los últimos meses, además, he estado muy ocupado con mi próximo libro que avanza a ritmo rápido.

Ahora, sin el menor ánimo de entrar en polémicas (que, caso necesario, no rehúyo), he encontrado tiempo para leer un manifiesto que hace un par de meses suscitó algún revuelo. Me refiero a una DECLARACIÓN DE RESPETO Y DESAGRAVIO AL GENERAL D. FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE, “SOLDADO DE ESPAÑA”, que firmó un cierto número de oficiales, jefes y oficiales generales ya retirados en su inmensa mayoría.

Aparte de que tal declaración contiene afirmaciones que, dicho con todo respeto, me parecen sencillamente grotescas (“ataques a la persona de Franco”, voluntad de “borrar todo vestigio de su quehacer” o “medio siglo de historia”, “intento final (sic) de hacer desaparecer definitivamente al principal artífice de que esa historia no desapareciera”, etc) los firmantes hacen una afirmación propositiva que cito a continuación:

“A los empeñados en descalificar de forma absoluta y sin paliativos la conducta de un militar ejemplar para todos los soldados: retirados, en activo o por venir, les recomendamos la lectura sosegada y objetiva de la Hoja de servicios del General Franco”.

Muchos de los firmantes de esa declaración supongo, es un decir, la habrán leído y meditado profundamente sobre sus enseñanzas. Si es así, habrán sido unos afortunados porque los historiadores molientes y corrientes hemos sido incapaces de leerla y mucho menos de meditarla. La hoja de servicios del Excmo. Sr. General Don Francisco Franco Bahamonde no está en el dominio público. Punto. Estará, quizá, en el dominio reservado a sus panegiristas militares.

Como historiador que ha leído muchas hojas de servicio relacionadas con la guerra, la anteguerra y la postguerra sé muy bien que, en general, hay que cogerlas con varios kilos de sal gorda. Omiten datos importantísimos, juegan con las hazañas de sus protagonistas, exageran con frecuencia, etc. Lo más significativo es la primera característica. Así, por ejemplo, en muchos de los que complotaron contra el Gobierno republicano, sus hojas de servicio no dicen nada. Listan destinos, cargos, desplazamientos, maniobras, conferencias, etc, hasta llegar al 18 de julio cuando, con harta frecuencia, utilizan la fórmula estándar de que se adhirieron al “Movimiento Nacional” o, a veces, al Glorioso MN. Por supuesto de su participación en el complot o la represión, rien de rien. Circunloquios y expresiones banales son de rigor.

Los ilustres soldados que todavía hacen entusiásticas alabanzas a la figura del general Franco se habrán leído una hoja de servicios que solo ellos conocen y que tal vez no varíe mucho con respecto a las demás. Desde luego han pasado por alto las biografías que, desde 1975, han dibujado una imagen de su alabado líder sin haber estado aherrojadas o constreñidas por la simpática institución de la censura de guerra (hasta la ley Fraga de 1966) y la no menos agradable institución de la “consulta previa” hasta que se abolió tras el fallecimiento del interesado. Quizá agradables a sus corazones. Porque afirmar que después se ha querido borrar de la HISTORIA a Don Francisco Franco Bahamonde es lo que, en la terminología anglosajona que sin duda tales caballeros habrán aprendido al verse expuestos a la interacción con los militares de la OTAN, se denomina una “misrepresentation of facts”.

La Declaración muestra que si bien los firmantes pueden haber leído (obsérvese que digo “pueden”) la hoja de servicios de su idolatrado superior, lo que no han leído es ninguno de los centenares de libros que han aclarado puntos que ellos dan por incontrovertibles: por ejemplo, “la sublevación (sic) de Asturias, provocada por la oposición de la izquierda y preludio del Frente Popular y posterior Guerra civil” o la España “agredida y asediada por el comunismo internacional aceptado y adoptado por el Frente Popular”.  Vulgares estupideces (DRAE: torpeza notable en comprender las cosas) proclamadas como dogmas desde 1936 hasta 1975 y sobre las que se ha escrito después largo y tendido para demostrar que no son, ni más ni menos, que vulgares patrañas, bulos, camelos trumpianos avant la lettre.

Los declarantes nunca se alejan del tema de este post. “Pocos documentos definen con tanta objetividad la personalidad del interesado como lo hace la Hoja de servicios de un militar, que relata las circunstancias vividas día a día por el soldado, sin más contenido que los hechos y actitudes mostradas a lo largo de cada año”.

Bien. Aparte de las reservas enunciadas, lo que los firmantes de la Declaración no dicen es en dónde habrán tenido la dicha de leer la hoja de servicios de Franco, porque lo cierto y demostrable es que no se encuentra en el dominio público. O, mejor dicho, en él está solo una parte de la misma, en un librito que la reprodujo, como si fuera palabra de Evangelio, hasta más o menos el final de los años veinte del pasado siglo. Sí, los lectores leen bien. La tan encomiada “hojita” no contiene nada sobre los años de la República, de la guerra civil, de la guerra mundial y después. Absolutamente nada.

Y, de atenernos, al fragmento de “hojita” publicada nos tememos que la valoración de que de él pueda hacerse no es necesariamente del tenor que han dado los firmantes de la Declaración con tanto entusiasmo. Hace ya años que, para colmo, un coronel, Carlos Blanco Escolá, la analizó. Se intuyen las triquiñuelas seguidas por Franco para obtener su primer ascenso, nada glorioso. O las manipulaciones para conseguir la Laureada, que no logró. Entre otras marrullerías muy propias de la época.  Entonemos, pues, un “Mambrú se fue a la guerra” Y dejémoslo ahí.

Solo que, en el supuesto de que tales declarantes, hayan visto, leído y meditado una hoja de servicios destinada no al público en general sino a los leales entre los leales, convendría darla a conocer.

Cuatro sugerencias que elevo respetuosamente a la Excma. Sra. Ministra de Defensa:

1ª En el supuesto de que exista una hoja de servicios del general Don Francisco Franco que se distribuya entre los alumnos de las escuelas militares, ¿no sería conveniente hacerla pública? No debería ser nada difícil.

2ª Si tal no es el caso, ¿dónde está la hoja de servicios del antiguo dictador?

Tal vez alguno de los firmantes de la declaración lo sepa. Si no,

3 ª ¿Algún predecesor de la Sra. Ministra se ha preocupado de localizar la dichosa hojita?

Una vez encontrada, lo que no debería ser muy difícil, contando con todos los recursos del Ministerio de Defensa o por lo menos preguntando a los altos mandos hoy jubilados,

4ª ¿No sería conveniente publicarla?

De llevar a cabo lo que no sería una hercúlea tarea, los historiadores podríamos realizar análisis pormenorizados sobre lo que en ella figure, que debería ser mucho y arrojar luz imperecedera sobre la obra de  Franco en ella plasmada. No es exagerado afirmar que lo que se hubiera escrito arrojaría claridad sobre las intenciones de Franco. Es impensable que los amanuenses del Ejército plasmaran por escrito cosas, para la posteridad, que a SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire pudieran no haberle agradado.

El contenido de la hoja podría entonces compararse con lo que historiadores de, al menos, tres generaciones hemos venido escribiendo sobre tan histórica figura. El resultado permitiría, quizá, abrir senderos para la mejor comprensión de, al menos, la historia militar de ese a quien llaman “soldado de España”. (Ciertamente no puede ser de Francia). Esa cuyo conocimiento los firmantes de la declaración implican que debería redundar en beneficio de los españoles.

Quien esto escribe no puede por menos de pensar en que la Fundación Nacional Francisco Franco tendría una oportunidad que solo se presenta una vez caso de que se pusiera al frente de una petición popular para reclamar la difusión de la famosa Hoja de servicios (que sin duda contendrá centenares de páginas, quizá más destacados, por no decir, excelsos que lo que los firmantes de la Declaración afirman que fueron). O que, en su defecto, la familia Franco, que sí podría poseer una copia que guarde como oro en paño, la haga pública para asombro de las generaciones actuales y por venir. E, incidentalmente, también para el análisis concienzudo que de ella puedan hacer los historiadores, de ahora y de mañana.

Mientras tanto, mis amables lectores podrían comparar la tan mentada declaración con lo que sobre tan inmarcesible figuran afirman algunos historiadores

 

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Segunda República: mitos e historia. Una reflexión. (y III)

6 noviembre, 2018 at 12:43 pm

Ángel Viñas

Para los historiadores de mi generación la confrontación con la versión franquista de la Segunda República va ligada indisolublemente a las obras de tres autores: Hugh Thomas, Gabriel Jackson y Herbert R. Southworth. Se publicaron en los años sesenta del pasado siglo. Representan, en variados grados, un despertar de la conciencia histórica sobre la República y la guerra civil desde diversos ángulos. Se basaron en las fuentes disponibles en aquella época que no eran muchas: testimonios (generalmente de exiliados), literatura (generalmente franquista) y documentos de época (generalmente alemanes y publicados por los aliados).

No era suficiente y un autor franquista por el que tengo pocas simpatías, pero que casi siempre cito, Ricardo de la Cierva, tuvo bastante razón al afirmar que las claves de la comprensión del pasado español se encontraban en los archivos españoles. Se le olvidó señalar que solo unos pocos turiferarios del régimen tenían acceso a ellos y con ellos escribieron obras que nunca pusieron, ¡oh cielos!, en cuestión el canon franquista. De la Cierva se dedicó a hacer negocios y escribió, con variantes, el mismo libro en múltiples formatos. Incluso en cómodos fascículos coleccionables. Como ha señalado Gregorio Morán, en alguna ocasión cobró derechos por una de sus obras más famosas, pero no por los ejemplares vendidos sino por la tirada que hizo la editorial. Esta fórmula anómala, que cualquier autor suscribiría, fue posible porque también Ricardo de la Cierva era curiosamente el director de la misma.

Mientras llegaba el fin de la dictadura (que como obra humana tuvo principio y tuvo fin) muchos de los alevines de historiadores (en los que tenía entonces que incluirme) nos destetamos con las tres obras mencionadas anteriormente. Sin quitar ningún mérito a Thomas o a Jackson (de quienes terminé siendo amigo) a mí la obra que más me despertó fue la de Southworth. No era una obra basada en fuentes de archivo (algo entonces impensable para un historiador extranjero) sino un análisis crítico (extremadamente crítico) de la literatura, española y sobre todo extranjera, que había tendido un manto protector sobre el canon del régimen, desde sus orígenes nada míticos hasta más o menos el giro de entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Fue un período que coincidió con la apertura de las fronteras, el comienzo de la emigración de masas en búsqueda de oportunidades de trabajo que no se encontraban en España, la irrupción del turismo y de la inversión extranjera y el auge del “desarrollismo” autoritario de la mano de los “tecnócratas” ligados al Opus Dei.

Southworth abordó el golpe a la Segunda República desde la óptica de lo que la teología franquista había escrito sobre la guerra. Lo hizo en un libro titulado El mito de la cruzada de Franco. Se publicó en Ruedo Ibérico, en París, en 1964 en castellano y francés. Curiosamente, siendo un historiador norteamericano, no se publicó jamás en inglés, a pesar de que su acerada crítica se cebó en muchos autores de esta lengua proclives a la dictadura o defensores de Franco y de su “épica”.  Ni que decir tiene que en España solo entraba de contrabando. Hubo que esperar a la muerte de Franco para que apareciera en este país. Mucho más tarde, tras el fallecimiento de Southworth se publicó una versión enriquecida con un estudio preliminar y un análisis de la obra del autor debidos a la pluma de Paul Preston, que como servidor era y es un admirador ferviente suyo. Añadió dos apéndices que también escribió Southworth: un ensayo sobre el “bibliófobo” Ricardo de la Cierva y otro sobre Burnett Bolloten, un historiador autodidacta galés muy admirado por Stanley G. Payne. Esta edición, que es la que yo recomiendo, fue publicada en 2008 por Debolsillo y es la que hoy, reimpresa, se encuentra en el mercado a un precio más que módico para estos tiempos en que los libros de historia seria no salen en grandes tiradas.

El mito tiene interés en el contexto de estos tres posts porque desmontó algunas de las leyendas a tenor de las cuales la guerra civil fue inevitable. En primer lugar, que se lanzara para evitar que España desbarrara en el infierno de la inminente “revolución comunista”. En segundo lugar, porque el “Alzamiento” hubiese tenido mucho que ver con el asesinato del líder monárquico y pre-fascista José Calvo Sotelo. En tercer lugar, porque arremetió contra los que denominó “escritores clericales” que defendieron la naturaleza de “cruzada” de la guerra civil. La Iglesia, que tanto sufrió durante la guerra, también infligió innumerables sufrimientos a quienes se sospechaba de no comulgar con sus reaccionarios planteamientos, que duraron casi tanto como la dictadura y que, tras un intervalo, han vuelto a resurgir.

Estos temas, y otros, han sido objeto de detenido tratamiento en la literatura posterior. El propio Southworth dedicó, en sus últimos años, un libro para desmontar el mito comunista (El lavado de cerebro de Francisco Franco), que ya había abordado previamente. No dejó títere con cabeza. Otros autores han ido examinando la conspiración militar (Gabriel Cardona, Fernando Puell, José García Rodríguez) y el estallido del golpe (Francisco Alía). Hoy se conoce con bastante detalle en sus rasgos esenciales. Fue producto de una minoría que manipuló y, a su vez, se vio manipulada. Sobre la Iglesia los trabajos de Maria Thomas y, en particular, de José Ramón Lago, han supuesto un antes y un después (aunque en puridad no puedo dejar de mencionar a Hilari Raguer, de mi propia generación). Sobre la historia desde una perspectiva provincial y local, los estudios de Julio Prada (a quien debo importantes datos para mi próximo libro) son un ejemplo de lo que puede hacerse a tales niveles y que cuenta ya con numerosos autores. Para más detalles, Encarnación Barranquero tiene un artículo brillante en el número de STUDIA HISTORICA. HISTORIA CONTEMPORANEA colgado en mi blog.

En la actualidad, tras los trabajos de muchos de los integrantes de la misma (Julio Aróstegui, Marta Bizcarrondo, Paul Preston, Santos Juliá, Ricardo Robledo ) y los de autores algo más jóvenes como Julián Casanova, Rafael Cruz, Helen Graham, Ángeles Egido, Julio Gil Pecharromán y José Luis Martín Santos, por citar a unos cuantos, ningún estudio serio de la Segunda República puede dejar de lado la monumental obra de Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez (La Segunda República Española, en Pasado&Presente). Se trata de un tomo masivo de más de 1.200 páginas, con una bibliografía abrumadora y en el que prácticamente están recogidos todos los temas que, de una manera u otra, desempeñaron un papel en la España que vivió una nueva experiencia durante los años republicanos. Claro que digerir más de 1.200 páginas no es cosa que se haga todos los días. Sin embargo, como tiene un índice onomástico bastante preciso, buscando por nombres no es demasiado difícil llegar a los temas tratados. Aun así, puede leerse selectivamente. No todo el mundo tiene tiempo para dedicarle quince días al menos de lectura constante.

Una alternativa consiste en acudir a una obra más reducida, pero no por eso menos interesante. No puedo por menos de declarar que el autor me pidió que la prologase, y tras leerla, no pude sustraerme a su invitación. Se trata del trabajo de Ángel Luis López Villaverde, La Segunda República. Las claves para la primera democracia española del siglo XX (Sílex, 2017), bastante reciente y que utiliza un enfoque algo distinto. Lo mismo puedo decir para el período del Frente Popular, el más controvertido, que es el que más controversia despierta. Hay dos libros esenciales: uno de Martín Santos y otro sobre las ocupaciones de fincas en Extremadura de Francisco Espinosa.

Quien aborde la tarea de leer estas últimas cuatro obras (dejo de lado otras muy importantes, pero debo ser selectivo) podrá obtener una visión completa de aquel período histórico. Período que continúa siendo controvertido y para el cual los argumentos aducidos desde las atalayas pro-franquistas, neoconservadoras o simplemente anti-republicanas siguen haciendo su agosto. Existe un público que necesita sustento sicológico para reafirmar su incapacidad de mirar el pasado sin anteojeras. En general, son regurgitaciones y adaptaciones, con escaso trabajo en fuentes primarias.

Ahora los amables lectores podrían plantearse la cuestión de si, por fortuna, hay todavía fuentes primarias no explotadas. Después de tantos años y de la apertura de tantos archivos… La respuesta es positiva y en dos fases. La primera es que nadie sabe lo que ocultan los documentos militares en proceso de desclasificación, que espero sea rápido. También confío en que a la Señora Ministra de Defensa no le tiendan una burda trampa con las dificultades de la desclasificación o los problemas que puedan presentarse en la defensa del honor de personas ya fallecidas, etc. etc. Para resolver este último tema ya están los tribunales ordinarios.

La segunda fase es que quedan los archivos privados. Algunos no han sido explotados suficientemente. Otros siguen cerrados a cal y canto.  Es posible que en ellos se encuentren claves para la comprensión de ciertas vetas del pasado republicano en la época de paz. El problema más importante, y sobre el que he llamado la atención repetidas veces, es que nadie sabe lo que ocurrió con los papeles de Mola y que tampoco se han puesto a disposición del público los papeles de Franco (que no son los que custodia la Fundación del mismo nombre). En esto, España sigue siendo un país curioso. Los papeles de Hitler, Mussolini, ¡de Stalin!, están a la disposición del público, pero los de Franco/Mola no.

No sé, nadie sabe, si en ellos podrán encontrarse revelaciones estremecedoras.  El período está muy trabajado, pero sí es verosímil que puedan arrojar luz sobre vetas importantes del mismo. En cualquier caso, quien esto escribe solo está seguro (si es que hay cosas seguras en la vida excepto el pago de impuestos y la muerte) de una: es altamente improbable que la estructura del Estado se conmueva. El pasado solo es peligroso cuando se le oculta. Cuando los mitos se derrumban, en realidad no ocurre nada. Solo ciertas reputaciones van al infierno.

Segunda República: mitos e historia. Una reflexión. (II)

30 octubre, 2018 at 9:27 am

Ángel Viñas

En general los historiadores somos curiosos aunque también hay quienes no lo son y se dedican a regurgitar versiones y/o  mitos conocidos. Con frecuencia a sabiendas de ello. En este post voy a hacer una sugerencia que no conozco que se le haya ocurrido a ninguno. A pesar de que puedo identificar por lo menos un ejemplo parecido, no tengo esperanzas de que salga adelante, pero al menos quisiera dejar plantada la semilla. Existe un libro compendio de casi todos los mitos sobre la Segunda República del franquismo triunfante. Es curioso que sean muy pocos quienes a él acudan. Me ha servido de guía y lo he citado en todas las ocasiones en que ha venido a cuento  en función de mis propias investigaciones.

 

En efecto, si hubiera un solo texto en que todos ellos se dan cita, con autoridad y flema pero sin bibliografía, es el que aquí se cita. Hoy ya no suele consultarse. Se trata de una publicación oficial por los cuatro costados. Un producto del Servicio Histórico Militar (SHM), a su vez una dependencia entonces del Estado Mayor Central del Ejército. Más oficial, imposible. En alguno de los posts de mi blog he hecho referencia a tal obra. Se suponía que iba a ser el primer tomo de una historia oficial de la guerra. Obviamente se consideró que precedentes como los de Aznar, Arrarás o Lojendio, por mencionar unos solos cuantos ejemplos, no lo eran. Esta se basaría en la documentación acumulada por la dictadura, tanto propia como de los vencidos. Se guardaba, para colmo, en el mismo SHM. No había que recurrir a grandes desplazamientos ni a buscar papeles. Estaban en casa y en ella se encontraba un equipo de historiadores que, como militares, estarían en condiciones de enjuiciar los episodios bélicos.

El primer volumen de tan magna obra se publicó en 1945 bajo el título HISTORIA DE LA GUERRA DE LIBERACIÓN 1936-1939. Por desgracia inmensa para los historiadores del futuro, los siguientes volúmenes ya no salieron. Se preparó un borrador del segundo, que consulté en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO para aclarar la interpretación oficial de ciertos temas en relación con la supermitificada conspiración que llevó a cabo Franco en la primavera de 1936. El volumen publicado versó sobre los antecedentes de la guerra y es muy interesante porque, lógicamente, no se refiere a episodios militares. Es una interpretación del proceso, esencialmente político, que condujo al 18 de julio.

Los episodios militares, despojados de connotaciones políticas, se dejaron para una serie, muy conocida, en la que bajo la dirección del coronel José Manuel Martínez Bande, un grupo de historiadores de uniforme utilizó a su manera la inmensa documentación  propia y del adversario para describir campañas y batallas, con arreglo a una concepción de la historia militar que era la predominante en su época. No es difícil encontrar ejemplares de aquella serie de monografías que siempre publicó una conocida editoria, la Librería San Martín. En mi juventud podían adquirirse fácilmente en una tienda asentada en la mismísima Puerta del Sol madrileña.

Pero volviendo al primer volumen publicado su tono general quedó ya reflejado en su segunda cubierta en la que en colores sobrios (kaki fundamentalmente) se reprodujo, resguardada por una página de papel cebolla, la ESPADA DE LA VICTORIA REGALADA POR ESPAÑA A SU CAUDILLO.

Ni que decir tiene que este primer volumen es algo más que interesante. Es absolutamente vital para comprender la concepción que de la Segunda República tuvo el régimen triunfante. Innecesario es decir que muy probablemente si no Franco al menos sí algunos miembros de su guardia pretoriana debieron de leer el manuscrito. En todo caso, a Franco se le consultaron diversas cuestiones. No sabemos cuántas aunque sí varias de ellos se referían a los últimos detalles del proceso. Su análisis y contextualización formarán parte de mi próximo libro.

Una exposición preliminar tomó como punto de partida una cita de Ortega y Gasset de su ensayo “Historia como sistema” y se plantea la cuestión que desde siempre ha sido un motivo de inquietud para muchos historiadores. ¿Para qué sirve la Historia? Con mayúscula. Le siguió otra que reflejaba la magnitud del tema: a saber, el porqué de la inquietud de los hombres y mujeres desde casi los albores de la humanidad en esforzarse por “reconstituir pacientemente los sucesos del pasado. Los historiadores militares dieron su respuesta: “porque en él esperamos descubrir la clave de nuestro futuro”. Precisaban que no porque la historia se repitiera, no,  “sino porque pasado, presente y porvenir no son más que secciones circunstanciales de una corriente universal de acontecimientos cuyo sentido interesa al hombre descubrir, ya que el enigma de su propio destino se halla incluido en ella”.

Esta formulación daría pie a numerosas reflexiones. Es tan buena o tan deficiente como otras parecidas. Añadían los militares, con buen tino, que la “Historia no debe limitarse a la narración escueta de los hechos; además de reconstituirlos con la mayor exactitud posible, ha de interpretarlos y comprenderlos, desentrañando su significado”. En principio, no tengo objeciones mayores a esta formulación, teniendo en cuenta el momento en que se escribió. Para entender ese significado convenía y conviene conocer y estudiar los antecedentes. A tal objetivo sirvió el primer volumen de la nunca concluida HISTORIA DE LA GUERRA DE LIBERACIÓN.

El porqué no siguió quizá se encuentre en los voluminosos legajos del SHM. Ahora que la Ministra de Defensa ha iniciado, con mano segura, la desclasificación de los archivos militares más allá de lo que  había concebido su antecesora Carme Chacón, es posible que algún investigador esté en condiciones de dar respuesta a tal cuestión. No podía ser una pretensión sin límites y los miembros del SHM declararon que su intención estribaba en llegar a alcanzar no exclusivamente “al público erudito, ni siquiera a los cultos o los semi-cultos, sino que aspira a obtener la mayor difusión posible, aun entre aquellos no conocen o conocen imperfectamente nuestro pasado; precisamente para inculcarles este conocimiento que les falta, tan necesario a todos los españoles”.

Un esfuerzo, pues, sumamente loable. Se trataba de construir un relato, un frame, algo que permitiera interpretar el cómo llegó a producirse un acontecimiento determinado –la “guerra de Liberación”. Una tarea gigantesca y a la cual han dedicado sus esfuerzos muchos de los historiadores de mi generación y que continúan en la actualidad muchos otros, más jóvenes.

En consecuencia, el SHM no se arredró ante la idea de examinar los antecedentes de aquella GdL y, empezó, por los remotos (génesis, apogeo y decadencia de la Hispanidad), lo cual plantea problemas muy serios que no pretendo abordar en este blog porque ¿qué era la Hispanidad?. En todo caso, de un total de 457 páginas se dedicaron unas veinte, muy poco en verdad, teniendo en cuenta que las dos últimas cuestiones fueron las “luchas civiles” de siglo XIX.

Podría discutirse acerca de la elección como “antecedentes próximos”: abarcaron la Restauración y el reinado de Alfonso XIII. Se les dedicaron ya doscientas páginas. En puridad, y aunque  personalmente no esté de acuerdo, es un enfoque que tiene defensores. Sin ir más lejos, es el que aceptó Ricardo de la Cierva que también al escribir un supuesto primer tomo sobre los antecedentes de la guerra civil lo comenzó en el cambio de siglo. Por no hablar de otras obras menores, en mi opinión, pero que deberían no faltar en toda biblioteca que se precie de recoger los mitos franquistas y en general de la derecha española. Estoy pensando en la Historia política de las dos Españas, de José María García Escudero, en cuatro volúmenes, y que consiguió mucha difusión en los años del tardofranquismo.

Pero, a pesar de que ambos autores, aunque de origen y trayectoria diferentes, divulgaron los grandes mitos franquistas sobre la Segunda República, sus trabajos no tienen el carácter que la obra del SHM. Esta fue un producto oficial y basado sobre, en principio, un acervo documental al que aquellos superdotados autores (vistos los honores que se les concedieron) no podían  aspirar. Así que yo me quedo con el SHM y no en vano porque a los años de la Segunda República le dedicaron casi la mitad de la obra: desde la página 245 a la 457. No está nada mal.

En mi modesta opinión, a tal ejemplo de la sabiduría histórica de los guardianes de las esencias del régimen vencedor en la recién terminada contienda habría que elevarle un monumento y sugiero encarecidamente a los responsables de la apertura de los archivos militares que contemplen una posibilidad: esta es, ni más ni menos, que la reimpresión de la obra con el aparato crítico necesario que podrían abordar unos cuantos historiadores especializados, tanto en la Edad Moderna, como en el siglo XIX, en el reinado de Alfonso XIII y la Segunda República. Tal esfuerzo contribuiría a situar el origen genuinamente franquista de los mitos que sobre esta última aún pululan en ciertos sectores de la sociedad española.

¿Hay ejemplos de los que podría tomarse nota? El que más rápidamente me viene a la mente es el de la edición crítica de Mein Kampf por el Instituto de Historia Contemporánea de Munich. Pocos fueron los que leyeron el tocho original (yo solo leí de él en una biblioteca universitaria lo que me interesaba para mi trabajo), pero no cabe duda de que, deglutidas sus conclusiones para la comprensión de los más tiernos infantes en la Alemania nazi, probablemente ejerció una influencia muy considerable.

Cabría objetar que eso costaría mucho dinero y que en estos tiempos de grandes necesidades sociales los recursos monetarios deben dirigirse hacia otros fines más apremiantes. Por eso que no quede: alguien podría comprometerse a reunir a un grupo de historiadores (conjugando generaciones, tendencias y géneros) para demostrar cómo, a pesar de todas sus declaradas buenas intenciones, el franquismo optó por guardarse las espaldas y no dejó nada al azar. Tal edición crítica serviría para desenmascarar a los cantamañanas y regurge-mitos que han invadido el espacio público en términos de frame en los últimos veinte años. En cualquier  caso, en mi próximo libro haré una contribución individual a su desmontaje pero que, por definición, siempre se quedará corta.

El próximo post hará una referencia a bibliografía recomendable.

Segunda República: mitos e historia. Una reflexión. (I)

23 octubre, 2018 at 8:35 am

Ángel Viñas

Los posts anteriores, con los que he reanudado este blog tras la pausa veraniega, los escribí en julio/agosto, bajo el impacto de un accidente doméstico. Empezaron a publicarse en un período en que arreció la discusión pública sobre la exhumación de los restos mortales de Franco, la memoria histórica, los ataques al Gobierno, el tema catalán y el consiguiente enfurecimiento de las discusiones en las redes sociales. En el ínterin, liberado de tener que escribir un post cada semana, me dediqué a lo mío, a buscar EPRE sobre temas controvertidos de nuestra historia contemporánea (que para mí empieza en 1931)  en busca de nueva luz sobre alguno de ellos. Inevitablemente, tras la publicación de EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO, me he concentrado en ciertos aspectos de la conspiración anti-republicana.  

La  preocupación  que ahora tengo no data del verano.  En realidad, ya me daba la lata cuando  escribía dicha obra con mi primo hermano Cecilio Yusta y el  patólogo Dr. Miguel Ull. No sé todavía cuándo llegaré a su fin, aunque mi deseo sería que fuese el año próximo cuando se cumplirá el LXXX aniversario del final de la guerra civil. No de la campaña, como le gusta decir a Francisco Espinosa. Ya tengo el argumento perfilado y en el último mes me he pasado largo tiempo recogiendo EPRE de varios archivos. Ahora he recopilado demasiada.

A lo largo de este tiempo he ido reflexionado sobre las agrias discusiones que todavía levantan en el cuerpo social hispano la historia y la memoria (conceptos no  sinónimos) de la Segunda República. Tratar de dar una explicación razonada a las causas y motivos de tales discusiones requeriría un tratamiento pormenorizado que aquí no puedo hacer. De todas maneras, se ha escrito largo y tendido al respecto. Quien quiera saber algo tiene una abundante literatura a la que acudir. Recuerdo simplemente que en la red pueden encontrarse dos compilaciones bibliográficas en las que he participado. En ambas, expertos más avisados que servidor han desgranado sus ideas. Una de ellas, un número dedicado a la guerra civil de STUDIA HISTORICA. EDAD CONTEMPORÁNEA, de la Universidad de Salamanca, se elevó incluso a la página de mi blog.

Partiré en estos posts, que no serán demasiado numerosos ni tampoco demasiado largos, de una premisa fundamental que descompondré en cuatro afirmaciones. Cada una podría dar lugar a disquisiciones más prolijas, pero eso lo dejo para otro momento.  Mi tesis es que la larga dictadura franquista creó un canon histórico muy bien trabado y trabajado para justificar su advenimiento y explicar, a su manera, el proceso por el cual se llegó a la guerra civil. Este canon

  1. Estableció como hecho irrefutable que su 18 de julio, fecha fundacional, fue absolutamente imprescindible para evitar que la PATRIA (siempre con mayúsculas) se despeñara por el precipicio de la revolución.
  2. En consecuencia, el 18 de julio fue el fin de una etapa desgraciada y el comienzo de una nueva en la ESPAÑA (también con mayúsculas) que fue capaz de exorcizar los demonios que la venían acechando.
  3. La guerra civil –“Cruzada” o “Guerra de Liberación”-, terminó siendo  absolutamente necesaria y estuvo ampliamente justificada, a pesar de todas las calamidades –innegables- que llevó consigo.

Sentadas estas tres premisas, las consecuencias son inevitables:

  • La República, desbordada, incapaz, turbulenta y en definitiva un desastre para España, no podía ni debía ser la fórmula del futuro.
  • Franco apareció como la figura capaz de emprender una nueva etapa al término de la cual se habrían superado los antagonismos de antaño.
  • El Caudillo por la Gracia de Dios, bendecido de la Iglesia y promotor del desarrollo de la PATRIA, resultó ser el hombre providencial para superar un riesgo absolutamente existencial.

Ninguna de estas premisas y ninguna de estas consecuencias responde a los hechos. Son mitos. Mitos, en su momento, movilizadores. Mitos que subsisten en determinados sectores de la sociedad española. ¿Y qué fue la República? En un documento de la época que glosaré en el próximo libro apareció como una anomalía en la historia de España. Como la primera República, solo que mucho más desgraciada.

El papel del mito (sobre lo cual se han escrito millares de volúmenes en las ciencias sociales) consiste para mí en este contexto:

  • Presentar deseos, anhelos o figuraciones como si se tratara de hechos reales.
  • Proyectar una determinada interpretación de tales hechos como si hubiera tenido existencia real.
  • Desvirtuar las acciones concretas de los hombres, en un tiempo concreto, que llevaron a la guerra civil y a la dictadura.

Todos ellos pueden reducirse a uno: la República fue un régimen de perdición. Este mito fundamental se declina hoy de otra manera: fue excluyente, no permitió el juego político democrático, no quiso dar cancha a la oposición, estranguló las conciencias, permitió el auge de los extremismos, amenazó con la descomposición de España. Mitos que surgen de una falaz interpretación del pasado, pero que tienen efectos movilizadores y que pretenden configurar una cierta vía hacia el futuro.

En este camino han dejado de ser efectivas, y no se recurre a ellas, algunas proposiciones en su tiempo absolutamente fundamentales. La más importante es la siguiente: la aviesa garra de Moscú se extendió, golosa, sobre la piel de toro para convertirla en un satélite comunista desde el cual fuera posible dar el salto a la Europa occidental (y por tanto a la civilización cristiana). Con su guerra civil la España católica prestó un servicio vital al mundo libre que, desgraciadamente, tardó demasiado en reconocérselo.

Ha sido sustituida por dos. La primera es que los socialistas, bolchevizados, desgarrados en querellas internas, se rindieron con armas y bagajes a los comunistas y consintieron en hacer el papel que desde Moscú se les asignó. La segunda que la izquierda continuó desempeñando en la guerra civil, muy aumentado, el papel terrorista y destructivo que ya había tenido en los años precedentes de supuesta paz. Y aquí se citan, siempre, el octubre de 1934, la violencia callejera, los asesinatos y, por supuesto, “Paracuellos”. Siempre en línea directa. Los eclesiásticos añaden su propia coda: la República empezó a perseguir a la Iglesia desde 1931, así que tras el 18 de julio lo único que hizo fue continuar su obra destructora.

Acepto que esta exposición, necesariamente limitada, no hace justicia a todas las posiciones anti-republicanas. Incluso en las mencionadas hay muchos más matices, pero los indicados están presentes, de una u otra manera, en la mayor parte de las discusiones, sobre todo en las redes sociales, en la actualidad.

Ignoran que sobre la República y la guerra civil el número de libros escritos es, literalmente, abrumador. Según Eduardo González Calleja sobre la primera podría cifrarse en torno a los 6.000 (sin contar los artículos). Según Sir Paul Preston, el número de libros referido a la guerra civil supera ya los 25.000 (es posible, claro, que entre las dos categorías se dé una cierta superposición).

En mi modesta opinión, para el historiador la situación se presenta como sigue:

  • Es imposible leer más o menos 30.000 volúmenes en una vida útil (digamos de 50 o 60 años) de investigador.
  • Es posible señalar que, en términos generales, todo lo que pueda decirse sobre la República y la guerra civil ya se haya dicho, por alguien, en algún momento, en algún lugar (dejando de lado las vertientes individuales no descollantes y las circunstancias locales).
  • Por consiguiente, uno de los desafíos que tiene el investigador es separar el trigo de la paja, comprobar si algún aspecto de lo dicho o escrito es contrastable, documentable, o no.
  • En este caso el progreso historiográfico depende críticamente de:
  • La disponibilidad de fuentes. Cuantas más, mejor.
  • La aplicabilidad de paradigmas (artilugios conceptuales a través de los cuales se analizan tales fuentes, muy diversas y de categorías múltiples)
  • Los paradigmas no son estáticos. Dependen de los avances en ciencias conexas con la historia y del momento concreto en que se aplican.
  • El resultado es, pues, que el conocimiento histórico, tributario de EPRE y

paradigmas, no puede estar desconectado de las realidades presentes. Una

forma de decir que los hombres (y mujeres) escriben la historia desde las coordenadas de su tiempo.

En resumen, ni hay historia definitiva ni puede haberla. No es solo que cada generación escribe su interpretación del pasado, es que por definición esta es siempre PROVISIONAL en mayor o en menor medida.

En el próximo post hablaré de la historia de la Segunda República.

Hay que machacar a Largo Caballero (y II)

16 octubre, 2018 at 9:26 am

Ángel Viñas

En el post anterior me he quejado de que el último periodista, por ahora, que se ha lanzado a la tarea de dar a conocer los “desmanes” socialistas en la Segunda República basara absurdamente en una fuente que no había consultado. En este pondré en evidencia que también distorsiona fuentes que dice haber leído y que es muy inventivo a la hora de aporrear a Largo Caballero. Con este post, advierto, dejo de ocuparme del Sr. Platón. Si como espero lee mi próximo libro se dará cuenta de que sus supuestas reflexiones, sin pizca de originalidad, pueden echarse abajo simplemente mirando desde otra perspectiva. A diferencia de lo que él hace, con EPRE.

 

En la página 165 de su libro SEGUNDA REPÚBLICA DE LA ESPERANZA AL FRACASO, el Sr. Platón se refiere a un famoso episodio que describe así: “el líder monárquico Antonio Goicoechea visitaba al embajador de Italia, Orazio Pedrazzi, y le informaba de los planes de sublevación”.  En poco más de una línea, cuatro errores: primero, Goicoechea no visitó al embajador; segundo, por consiguiente, tampoco pudo informarle de nada; tercero, lee mal su fuente, que indica correctamente en las notas (es un superconocido libro de mi buen amigo el profesor Ismael Saz); cuarto, lo que Goicoechea hizo fue enviar una carta a Mussolini a través de un mensajero italiano.

Todo ello puede leerse en la obra de este autor y cuyo sentido general el Sr. Platón se lo pasa por el arco de triunfo. Añade después: “Pedrazzi reaccionó ante esta confidencia con la misma incredulidad que el Gobierno de Casares Quiroga”. Bueno, es una explicación un tanto capciosa. Malamente pudo reaccionar si Goicoechea no lo visitó. Sí es cierto, ya lo escribió Saz y lo repite Platón, que Pedrazzi no se creyó los rumores y que el 30 de junio los desmintió en uno de sus despachos.  ¿Qué cabe extraer de ello? Pues que el nuevo historiador presenta de manera torticera el sentido de la carta, a pesar de que Saz lo explicara por activa y por pasiva. El porqué lo dejo al buen sentido de los lectores. Yo tengo una interpretación que no gustará al Sr. Platón.

Mi interpretación no coincide con las tesis del Sr. Platón que, quizá por casualidad, deja fuera de foco muchos datos de interés (“chicha”, en el viejo argot madrileño). Goicoechea no escribió solo en su nombre. Lo hizo también en nombre de Don José Calvo Sotelo y de José Antonio Primo de Rivera, personajes todavía un tanto intocables para la derecha. También, y esto es mi modesta opinión lo más importante, silenció el objetivo de la carta y que Saz detalló cuidadosamente. Estribaba en mendigar a Mussolini una limosna nada despreciable para financiar a los generales comprometidos en el golpe, por si este fallaba y tenían que huir al extranjero. Los dineros que Goicoechea, Calvo Sotelo y Primo de Rivera habían acumulado los habían gastado en financiar “grupos de acción”. Es decir, a sus pistoleros. Claro que podrían pensar que lo hacían por la “buena causa”.  Es decir, además de presentar erróneamente el episodio, el Sr. Platón se abstiene con sumo cuidado de contextualizarlo como cualquier “profe” exigiría a un estudiante de 4º del Grado de Historia.

Dejo aquí el tema, sin detenerme en más interioridades, porque lo que me interesa en este post es la curiosa referencia que hace el Sr. Platón al líder socialista. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valencia, donde fui catedrático un par de años, tan distinguido periodista, que da correctamente la fecha en que se produjo la supuesta visita, el 14 de junio de 1936, afirma que en ese mismo día “Largo Caballero propugnaba la formación de un Ejército Rojo -denominación oficial del Ejército de la URSS hasta 1947”. Lo reproduzco en negritas y lo que voy a argumentar es que, en otro renglón, otra barbaridad. Prudentemente el Sr. Platón no ofrece fuente. ¡Qué cosas! ¿De dónde habrá sacado tan importantísima información que, naturalmente, puede cambiar la interpretación de aquel período de la historia de España?

¿Qué haría un estudiante de 4º de Grado de Historia?  Imagino que, aprovechando -si es de una Universidad pública madrileña, aunque no necesariamente de la URJC, iría a la hemeroteca a husmear lo que dirían los periódicos de la época. Si fuera por nota sabría ya que los periódicos solían presentar, y todavía lo hacen hoy, un mismo episodio con diferentes colores y distintas perspectivas. Si las analizara convenientemente le daría para escribir un trabajo de curso (no de fin de curso, simplemente intermedio). Lanzo la idea por si las moscas.

En lo que a mí respecta no me molesté en ir a la hemeroteca municipal madrileña porque lo único que me interesaba era saber lo que había dicho Largo Caballero y compararlo con la versión del Sr. Platón. Así que en esta ocasión me he limitado a consultar las Obras Completas del político socialista en una primorosa y cuidada edición publicada por la fundación del mismo nombre y que tengo en casa. El volumen 6 contiene los escritos y discursos desde febrero de 1934 hasta el estallido de la sublevación.

A primera vista un recorrido muy superficial llevaría a subrayar que el mismo día 14 de junio de 1936 Largo Caballero habló ante el público. Lo hizo pronunciando no uno sino dos discursos en Oviedo. Ahora bien, para desgracia del Sr. Platón, en ninguno de ellos aparece mención alguna al Ejército rojo. ¡Una pena! para tan exigente pero no demasiado preciso autor.

Ilustrémosle. Fueron discursos con fines distintos. En el primero habló a un público general, en el sentido de que no estaba restringido. En el segundo lo hizo a militantes socialistas (unos trescientos). Por consiguiente, sus palabras se adaptaron a las circunstancias. Con un contenido más amplio en el primer caso. Más concretas y más dirigidas a la militancia en el segundo.

En este segundo discurso hay, sí, un párrafo referido al “ejército proletario del mañana”. Que yo sepa eso no es aludir al “Ejército rojo” soviético.  También hay que ver el contexto.  Una característica de la “historiografía” de derechas escrita por periodistas es que sacan, y a veces mal, una expresión fuera de su contexto y levantan el pollo correspondiente. Aquella mañana del 14 de junio había tenido lugar una manifestación de trabajadores. Largo Caballero los caracterizó como un ejército pacífico. Sí señaló que en un futuro ese ejército podría no ser tan pacífico. Al Ejército realmente existente lo caracterizó de burgués, pero añadió que sus componentes no tenían que temer que los socialistas fuesen contra el ejército. Iban contra un ejército que no estaba “al servicio de las clases trabajadoras y de sus ideas emancipadoras”. Esto era una fórmula estándar en la época. No hay que olvidar jamás que las clases dominantes españolas habían llevado a la sangría de Marruecos a trabajadores y campesinos durante casi veinte años, pero que hasta 1912 se habían servido de un sistema que permitía la sustitución de un llamado a filas por medio de la redención en metálico. Es decir, que cualquier hijo de papá tenía la posibilidad de escabullirse de la “mili” (http://www.belt.es/expertos/HOME2_experto.asp?id=2615).

El PSOE, la CNT y los sectores más disconformes de las clases medias continuaron pronunciándose en contra de una guerra colonial que, aparte de atender a las ambiciones carreristas de los “africanistas”, fue un pozo de corrupción insondable. Únase a ello que, por debajo de las encendidas proclamas de la gloria, de la dignidad, del papel en el mundo de España, a pocos se les ocultaban que la guerra encubría las ambiciones mucho más materiales de una oligarquía que olfateaba buenos negocios en el pedazo de tierra menos económicamente importante del Marruecos español, una vez que de la parte más rica se había apropiado el colonialismo francés. Es decir, que pedir a Largo Caballero que entonara una loa a un Ejército que entonces solo tenía, en la práctica, una misión cual era la de mantener el orden social interno, era como pedir una pera al clásico olmo.

En realidad, Largo Caballero -que conocía los rumores que mencionaban las tendencias sediciosas en el Ejército- lo que indicó es que “en el mundo no todos los países se harán solidarios de las revoluciones socialistas, y nosotros tenemos la obligación no por patriotería, como la clase burguesa, sino para defender nuestros principios con la fuerza material suficiente para defender nuestras ideas dentro y fuera, si es necesario”. La revolución socialista, tan cantada por unos y por otros, se dejaba para el futuro. También, incidentalmente, en el caso soviético. En este, en función de necesidades más apremiantes como era poner un valladar a la amenaza que suponía la expansión del fascismo.

Desde luego, si el Sr. Platón consulta el tomo VI de las Obras completas de Largo Caballero leerá que, desde el público, alguien vociferó algo así como “¡Viva el Ejército Rojo!”. Entusiastas del mismo siempre los hubo, en España y fuera de España, pero esa reacción no puede encasquetársele al conferenciante

Nada de lo que antecede significa que Largo Caballero pretendiese copiar el modelo militar de la Unión Soviética. Hay que deformar sustancialmente sus intenciones y en ninguno de los discursos que sostuvo en el mes y medio que precedió al estallido de la sublevación (en preparación) hizo  referencia al Ejército.

Otra cosa es, naturalmente, lo que pasó después del golpe. Como no triunfó, pero tampoco fracasó, la estructura del Estado se colapsó. Lo habían previsto los conspiradores golpistas. Lo que no previeron es que no se colapsaría del todo y que las masas, armadas e indignadas por la traición de una parte del Ejército, desataron entonces la temida revolución.

¿Y qué hicieron los socialistas, los republicanos burgueses y los comunistas? Pues tratar de crear un nuevo ejército, el Ejército Popular, que pudiera resistir a la fuerza bruta del fascismo, y eso porque en la segunda mitad de julio de 1936 intervinieron en el conflicto español las potencias fascistas. Una, la Alemania nazi, de forma sorpresiva. A pesar de lo que se dice y se escribe y se sigue repitiendo, los nazis no habían participado en los preparativos del golpe. Otra cosa fueron los italianos, pero el Sr. Platón no está demasiado interesado en decir algo acerca del contexto internacional en el que se movió la República y en el que terminó pereciendo.

En fin, al final de estos posts no puedo por menos de preguntar: ¿quién diablos es el Sr. Platón? En años pretéritos la respuesta hubiese exigido largas horas de búsqueda en las hemerotecas, las bibliotecas y las bibliografías al uso. Hoy, con internet y el nunca suficientemente agradecido Mr Google, es mucho más fácil. No cuesta nada encontrar muchas citas. Por ejemplo:

http://www.elmundo.es/elmundo/2004/03/15/comunicacion/1079377834.html

http://cadenaser.com/emisora/2015/12/07/radio_madrid/1449491035_453705.html

https://www.elplural.com/comunicacion/prensa/el-periodista-que-desde-efe-vinculo-eta-con-el-11-m-en-la-jornada-de-reflexion-saca-pecho_41358102

http://memoriahistorica.org.es/tag/miguel-platon/

Pues que bien.

(FIN)

Hay que machacar a Largo Caballero (I)

9 octubre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los recientes dos libros del Sr. Platón, a quien he dedicado los posts anteriores relacionados con el asesinato del general Balmes, son representativos de una tendencia que poco a poco ha ido abriéndose en la publicística de derechas en los últimos años. Dando un salto en el vacío, resulta ahora que el golpe del 18 de julio se dirigió no ya contra los malvados comunistas -rompiendo así una tradición en la historiografía de tal carácter acuñada desde casi el momento mismo de la sublevación- sino contra los socialistas que preparaban una revolución o, en palabras de dicho autor, “un baño de sangre”. Ergo, la sublevación estaba más que justificada.

 

En un librito anterior al que me he referido en los posts precedentes y titulado SEGUNDA REPÚBLICA: DE LA ESPERANZA AL FRACASO, el Sr. Platón afirma, en un apartado titulado “Hacia la catástrofe”, que Largo Caballero, en visita en Londres, manifestó que un “baño de sangre” resolvería la lucha política en España. Un poco fuerte. Cita como fuente a Augusto Assía, seudónimo de un famoso periodista gallego llamado Felipe Fernández Armesto, que publicaba en La Vanguardia como corresponsal en Londres. Al parecer, así se expresó ante los representantes de la prensa española acreditados en la capital británica y nada menos que en la propia embajada española. El episodio parece poco verosímil y el Sr. Platón se cuida mucho de identificar de dónde ha tomado tan significativa afirmación. En un reciente viaje a Madrid, me preocupé de ver en la biblioteca de Historia de la UCM las memorias de Assía, pero el ejemplar que consulté se refiere a un período ulterior.

Claro que, bien informado como está, el Sr. Platón reitera de inmediato su tremenda acusación contra Largo Caballero. Cito literalmente:

En declaraciones al News Chronicle manifestó: “La solución para España, un baño de sangre”.

Ingenuo de mí, pensé que tan distinguido autor habría consultado el News Chronicle, aunque por lo que dijo de Pollard, Dorothy Watson y el Dragon Rapide tuve mis dudas. Como voy con frecuencia a Londres, pensé en consultar el periódico yo mismo. Seguía extrañándome. Un punto en el que coinciden varios testimonios es que dirigentes y miembros del PSOE habían anunciado, incluso públicamente, que un sector del Ejército preparaba una sublevación. Por las vías adecuadas habían hecho llegar sus temores al presidente del Consejo y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga. Pensar que los socialistas fueran a ser tan locos como para desencadenarla no encaja ni con lo que los historiadores sabemos ni con la situación reinante en la época.

En fin, como este verano he estado muy ocupado con mi próximo libro rogué a un amigo, el profesor Josep Puigsech, que se ha pasado un par de meses en Londres trabajando en archivos y en la British Library, que me fotocopiara la página del News Chronicle en que Largo Caballero, según Don Miguel Platón, habría hecho tan sanguinolenta declaración. Claro que tal periodista no pretende haber leído el News Chronicle (en el supuesto de que sus conocimientos de inglés se lo permitieran). Él cita como fuente la última edición (2010) de un libro de Andrés Trapiello, Las armas y las letras, p. 80.  Así que también la miré en la biblioteca de la Complutense. Y, ciertamente, es lo que escribe el Sr. Trapiello. Estamos, pues, en presencia de una cita basada en otra cita.

Este procedimiento no es de por sí criticable. Yo acudo a otros autores para apoyar mis afirmaciones, pero cuando estas afectan a asuntos graves prefiero ir a las fuentes. Así que he acudido a las fuentes gracias a la benevolencia del profesor Puigsech. ¿Y qué me he encontrado? Pues que es falso, falso de toda falsedad. Ni Trapiello ha leído el News Chronicle ni tampoco lo ha hecho Platón quien, por cierto, en la magra bibliografía en que basa su obra no menciona absolutamente títulos esenciales para la comprensión del proceso de radicalización de un sector del PSOE en la primavera de 1936 y sus antecedentes. Estoy pensando, de memoria, en los trabajos específicos de Marta Bizcarrondo y de Santos Juliá, pero hay más.

Así que, para mostrar cómo trabaja un historiador serio y no un trapisondista, me permitiré traducir los párrafos más relevantes del artículo de J. Langdon-Davies, “Caballero is Here”, publicado en aquel periódico el 9 de julio de 1936. Por cierto, no figura en las obras completas del líder socialista. Los lectores recordarán que el entrevistador fue un notable periodista que no tardó en acudir a España tan pronto como pudo tras el golpe y que dedicó numerosos artículos, recogidos luego en un libro, que ha reeditado con un primoroso prólogo el profesor Paul Preston. El original, Behind the Spanish Barricades, data de 1937, y se encuentra fácilmente en castellano y catalán en sendas ediciones de 2009.

Langdon-Davies presentó Largo Caballero a sus lectores (algo que omito aquí) y señaló que “España, al igual que Francia, se encuentra en la extraña situación de contar con un Gobierno democrático basado en las clases medias y amenazado por una revolución de las derechas y que para su vida misma depende de las izquierdas que no creen realmente en su capacidad de solucionar los problemas económicos y sociales”. Creo que la sucinta descripción es bastante exacta. Ahora traduzco el primer diálogo del artículo:

“Recordé a Largo Caballero el destino que ha tenido la socialdemocracia en Alemania y Austria. ¿No temía que los socialdemócratas españoles siguieran el mismo camino? No -respondió- porque son demasiado fuertes para los fascistas. ¿Por qué lo son? Porque estamos nosotros?, respondió”.

Aquí podemos observar un ejemplo de la hubris que acechó al PSOE y que no era muy diferente de la que acechaba a los militares que iban a sublevarse. Langdon-Davies señaló a sus lectores que el líder socialista era un gran admirador del primer ministro Casares Quiroga y que creía que era la persona adecuada para lidiar con la amenaza fascista. Puede ser una transcripción correcta o no. En general, los líderes socialistas ya no se fiaban demasiado de él, pero el hecho es que según el entrevistador Largo Caballero le alabó por la forma en que se había comportado.

Ahora llega un párrafo más interesante. Según el periodista Largo Caballero resumió su actitud hacia el Gobierno de la forma siguiente: “Estamos dispuestos a ayudarle en la realización de su programa. Lo hemos puesto donde está con nuestro sacrificio en sangre y libertades. No creemos que tendrá éxito. Cuando fracasen, será nuestro turno y será nuestro programa y no el suyo el que pondremos en práctica. Pero mientras ello no se produzca, seremos leales con el Frente Popular y con los republicanos de clase media”. Nada que reprochar a esta aseveración.

Langdon-Davies preguntó entonces cuál era la relación entre la UGT y otros sindicatos [léase CNT]. La respuesta fue que había un claro entendimiento en materia de huelgas. “Cuando se produce una vamos unidos. Tratamos de resolver las diferencias atrayendo a nosotros al común de los sindicalistas”. El lector recordará que la competencia intersindical, sobre la que se ha escrito mucho y bien, fue un factor que estaba detrás de las oleadas huelguísticas de la época y que, a principios de julio de 1936, parecían ir amainando. El periodista, sin embargo, inquirió si no era cierto que había habido una epidemia de huelgas. La respuesta fue que otras tantas habían tenido lugar en 1931 cuando él era ministro de Trabajo. El advenimiento del Frente Popular no cambiaba demasiado los términos de la lucha por obtener mejores condiciones de empleo en pugna con los patronos. Las huelgas eran económicas, no políticas. El éxito de la UGT había erosionado grandemente la capacidad de atracción de la CNT.

Largo Caballero añadió: “Existe, desde luego, un cierto nivel de confusión y de violencia, pero los socialistas nos oponemos a ello, ya sea en lo que se refiere a la quema de iglesias o al asesinato de contrarios. No podemos ser responsables de lo que hagan elementos criminales, ya sean de derechas o de izquierdas”. No hay que olvidar que la primavera de 1936 fue un período de acción-reacción ya que los conspiradores militares aspiraban a crear la sensación de que existía un estado de necesidad que había que cortar por lo sano.

“¿Cree Vd., preguntó el periodista, que el cambio de un gobierno republicano por uno socialista podrá hacerse mediante el voto en las urnas? Realmente no lo sé, -fue la respuesta- pero lo que sí sé es que sin nosotros no habría republicanos. Somos quienes les apoyan y sin nuestro apoyo se esfumarían”.  ¿Cuál es su actitud en temas exteriores? ¿Seguirá siendo España un neutral en las batallas futuras? Ya no hay, en realidad, neutrales. A un lado están los frentes populares de las democracias y Rusia y, del otro, las dictaduras de derechas”. Respecto a la Sociedad de Naciones, que el Gobierno conservador británico había ya debilitado, Largo Caballero afirmó que España continuaría siendo fiel a los principios de la misma. Si la SdN fracasaba, España no sería neutral. Los socialistas eran aliados de los enemigos del fascismo.

Una de las conclusiones del entrevistador fue que era muy de agradecer que hubiera grandes líderes populares y que, incluso en aquellos tiempos turbulentos, evitaran apelar a una emocionalidad desbordante.

Y ahora, mi pregunta a los Sres. Platón y Trapiello: ¿dónde encuentran en esta entrevista menciones a un “baño de sangre” o a la necesidad de la violencia?  Pues así, algunos escriben -dicen- historia. Se inventan fuentes, se inventan hechos y sobre ellos edifican invectivas y descalificaciones.

Y otra pregunta al Sr. Platón. Servidor ha confesado haberse equivocado en el empleo del general Romerales y haberle puesto al nivel de división cuando solo era de brigada. Para él, sin duda, el equivalente poco menos a un pecado nefando. Lo mismo hice con el general Gómez Morato que no fue ejecutado. Errores lamentables, producto del descuido y de no consultar el Anuario Militar o, en último término, Wikipedia. ¿Qué hará el Sr. Platón? No es el único renuncio.  El del próximo post es más sangrante.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (y V)

2 octubre, 2018 at 9:09 am

Ángel Viñas

Los posts anteriores pueden considerarse como un mero aperitivo, justificado no por ganas de comer sino porque la obra del Sr. Platón es de naturaleza a abrir el apetito. Evidentemente la escribió cuando todavía no se había publicado EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Sus ganas de, a última hora, insertar media página de bobadas son, por así decirlo, patéticas. Cualquiera que compare las dos obras observará que lo que la nuestra hace, anticipadamente, es arrojar muchas dudas sobre la versión mirífica hacia Franco que Don Miguel Platón ha lanzado al mercado. Según él, Franco estuvo por encima de todos a la hora de planear la conspiración. Por encima de Sanjurjo y de Mola. Un problema: se basa en un montón de supercherías inventadas por el propio Franco, cuando sus potenciales rivales estaban criando malvas desde hacía varios años. Y, encima, se apoderó de los papeles del segundo. De creer a Maíz, a quien el Sr. Platón cita mucho (pero en este caso no), en la misma mañana de su accidente ya desapareció el cuaderno de guerra de Mola. Un pillín, aquel Franco.

 

En la conexión británica es lamentable que nuestro estimado crítico no haya ni siquiera situado al capitán Pollard.  A él hace referencia en la página 122. Afirma que su información procede de “los archivos oficiales británicos” (los lectores observarán el grado de precisión que encierra tal referencia) y que Pollard había trabajado para el Servicio de Inteligencia Exterior, el afamado Secret Intelligence Service o SIS. No dice cómo obtuvo tal información, pero es cierto que tampoco pretende haber ido a los archivos oficiales británicos. Para eso hay que aspirar a nota, al reconocimiento de la grey de historiadores o a querer abrir algún caminito nuevo.

No extraña así que lo que afirma está plagado de errores. No está demostrado que antes de 1936 Pollard hubiese trabajado para el SIS. De aquí que la referencia a los archivos pretenda proporcionar un mero ropaje de “verdad” a sus afirmaciones. Servidor demostró que Pollard sí trabajó para el Intelligence Corps en la primera guerra mundial. Después se dedicó, lo que ya era conocido, a labores de inteligencia durante el conflicto irlandés. En el primer caso, servidor añadió que en una situación que plantea, cuando menos, interrogantes. Del segundo caso se sabe poco y, por si el Sr. Platón lo ignora, tampoco figura en ninguna de las historias estándard de la inteligencia británica en el mismo, escritas bien por historiadores británicos o irlandeses. Si no me cree, está invitado a rectificarme con mención de sus fuentes.

Es cierto que en Kew (que naturalmente no figura ni por asomo en la historia escrita por el Sr. Platón) hay un expediente sobre Pollard y también que se ha publicado un artículo del que se sirve mínimamente pero que tan estimable autor por supuesto no menciona, quizá porque en realidad le cueste algo de trabajo leer inglés. Servidor ha hecho en sus obras la debida referencia a los mismos. Señalaré a los lectores que tal expediente se refiere a su ingreso en el SOE en 1939, en una sección especial que más tarde se incorporó al SIS. Para el período anterior la única EPRE disponible es su hoja de servicios del War Office que me costó mucho trabajo conseguir porque tuve que presentar una copia del certificado de defunción con su fecha y no fue nada fácil averiguar qué oficina del registro civil inglés, muy descentralizado, lo había expedido. Por dicha hoja de servicios pude determinar que el grado al que había llegado en el Ejército no era, en realidad, el de comandante sino el de capitán. El Sr. Platón, que tanto me ha reprochado que me equivocara con el general Romerales y el coronel Saenz de Buruaga, debería haber estado atento a tales detalles. No es lo mismo ser jefe que mero oficial. Sin detenerme, como han hecho otros autores, en algunas de las sugerencias que Pollard hizo a la Superioridad y que le costaron el cese inmediato por lo que podríamos describir como incompetencia, si no imbecilidad, no he dejado nunca lugar a dudas de que Pollard está sobrevalorado en esa literatura que no maneja las fuentes adecuadas.

Al menos, el Sr. Platón debería haber leído a Day. Informó de algunas cosas a las que yo no había prestado atención pero que demostraron la temprana afición de Pollard por el trabajo clandestino. Ahora bien, fuera del SIS y de la Inteligencia Naval, lo que había entonces en el Reino Unido era la Inteligencia Militar (IM) y la Special Branch de Scotland Yard, que en este tema no contaría nada. Es muy verosímil que trabajara para la IM, pero no es seguro. Menos aún está demostrado que lo hiciera para el SIS en los años veinte. Mi creencia es que siguió con la IM. Es improbable que participara como agente en la operación del Dragon Rapide, pero no lo es que fuera como explorador por cuenta de la IM a ver qué diablos pasaba en Canarias, un punto sensible para ciertas inversiones británicas y para la Royal Navy. Todo esto lo expliqué en 2012 pero al Sr. Platón le da igual.

Es más, como las fuentes de información que no estén en el idioma patrio no son su fuerte es posible que haya recurrido solapadamente a la entrada de MI6 en la edición en castellano de Wikipedia con el fin de dorar blasones ante sus lectores.  Solo así puede entenderse que al servicio de inteligencia exterior lo llame Military Intelligence, Sexto Departamento. Error. El SIS no fue nunca un departamento de la IM. Debería haber leído no Wikipedia, si tal fue su fuente, sino la historia, aunque sea oficial, de MI6 debida al profesor Keith Jeffery. La dependencia fue exclusivamente nominal. Yo cito tal obra -y pongo de relieve sus lagunas en relación con España- en mi libro de 2012. Por cierto, los británicos no utilizaban el término Departamento sino el de Sección, como se hacía en España. Departamento se aplicaba al GRU (el servicio de inteligencia del Ejército rojo y su sucesor). No comprendo por qué lo utiliza para el SIS.

Lo he dicho muchas veces, pero lo repito de nuevo. LOS ARCHIVOS DEL SIS ESTÁN CERRADOS A CAL Y CANTO. SALVO LO QUE HA ESCRITO JEFFERY Y ALGUNOS DOCUMENTOS DESPERDIGADOS QUE SE ENCUENTREN N EN OTROS ARCHIVOS, NADA DE LO QUE CONTENGAN ES CONOCIDO. NO SE HA DESCLASIFICADO NINGUN PAPEL EN RELACIÓN CON LA MONARQUÍA, LA REPUBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL FRANQUISMO. SÍ ALGO, CON LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y ESPAÑA, PERO POCO.

El Sr. Platón juega con sus fuentes (que, ciertamente, no son muy amplias) según le da la gana. Como tampoco parece que sepa mucho de aviación, no repara en que el camelo que divulgó Bolín acerca de un radiotelegrafista a bordo del aparato ofrece demasiados agujeros. El Dragon Rapide no tenía espacio para una estación de radiotelegrafía. Incluso, probablemente, ni siquiera un asiento adicional que pudiera acomodar a quien lo manejase y que no necesitaba.

Esto viene a cuento de que las escasas fuentes utilizadas por nuestro crítico no añaden ni una miserable molécula de conocimiento a lo que ya se había escrito. Fiarse de Víctor Zurita, de Arrarás el hagiógrafo sin límites o del embustero Bolín es limitarse a hacer historia-ficción. Los tres fueron unos mitógrafos compulsivos y, probablemente, bien remunerados. A Bolín, no lo oculto, lo tengo entre ceja y ceja y demostraré en otro caso -en mi próximo libro- cómo no hay que tomarle muy en serio.

Nosotros hemos utilizado críticamente un amplio abanico de fuentes disponibles (hay una a la que no hemos tenido acceso y lo hemos indicado). También hemos señalado que, probablemente, existirán otras. Hemos dado varios nombres como posibles autores del asesinato, pero de entre ellos solo uno tuvo una carrera ulterior protegido por la benevolencia sin límites de Franco. Nadie ha explicado por qué. Y como el asesinato tuvo lugar echamos marcha atrás y subrayamos que Franco ya pensaba en la eventual necesidad de eliminar a Balmes en el mes de mayo de 1936, si no antes. Que, de no haber sido así, al comandante general de Canarias un militar de medio pelo osara decirle que estaba dispuesto a prescindir de sus superiores y que el futuro Caudillo, supuesto ejemplo de las más excelsas virtudes militares, no reaccionara como hubiera hecho cualquier otro en su lugar es desconocer que el deber de Franco (ojo, hablamos de deber) hubiera sido mandarlo callar inmediatamente y arrestarlo en el acto. Pero no, Franco se regocijó como un “padrone” cualquiera y se lo contó a su primo hermano y ayudante que, un poco obtuso como era, lo dejó grabado en sus memorias.

Los historiadores, en general, no cuentan cuentos. Aplican técnicas de análisis riguroso a las fuentes. El Sr. Platón las ignora. Cree ingenuamente que los episodios que difundió la propaganda franquista solo tienen una explicación, la que los sublevados y sus acólitos dieron y mantuvieron durante la dictadura.

Mientras tanto, tal vez podría explicar a sus lectores una curiosa circunstancia. Hubiera sido pedir peras al olmo que la identificase su fuente: entre los efectos entregados a la jurisdicción militar que llevaba el general Balmes en el momento de su “accidente” figuraron unos shorts y una camisa de seda rayada. Estoy seguro de que, con su simpar conocimiento de los asuntos militares, el Sr. Platón conservará en su poder documentación que demuestre que el general Balmes tenía la curiosa costumbre de visitar los cuarteles de su guarnición y pasar revista a las guardias que se formaban en su honor vistiendo un uniforme un tanto imaginativo. Nosotros lo hemos resaltado en varias ocasiones. Suponemos (lo he escrito en este blog) que poco de lo que se cuenta del comportamiento del general en la mañana del 16 de julio de 1936 realmente ocurrió, pero el historiador no puede inventar. Debe atenerse a los documentos.  Pero, por favor, que no insista en que el general Balmes era monárquico para explicar que por ello iba a seguir a Franco ciegamente. También lo habían sido muchos de los militares que los sublevados ejecutaron y metieron en la “trena” tras el 18 de julio. Todos habían ganado sus estrellas en la Monarquía. Lo que en una fecha límite contó fue otro aspecto: quienes estaban dispuestos a demostrar que se tomaban en serio su juramento de fidelidad y quienes estuvieron encantados en romperlo y encima se refocilaron en su supuesto honor durante varias décadas de dictadura.

(No ignoro, en este comienzo de otoño, que un historiador canario, Ramiro Rivas García, publicó el pasado mes de mayo un libro titulado …Y Franco salió de Tenerife, editorial Laertes. Su capítulo XXI, pp. 248-281, “La muerte del general Balmes, ¿accidente, suicidio o asesinato?”, se decanta por la primera tesis. No tuvo, lógicamente, tiempo de conocer EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO, pero no se le ocurrió hacer lo que hizo el Sr. Platón. El libro no nos induce a modificar nuestra argumentación, aunque sí podríamos hacer unos retoques marginales en relación con un asunto estrictamente colateral).

FIN

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (IV)

25 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Me quedé a media argumentación en el post anterior. Lo hice para mantener viva la atención del lector, quizá aburrido por estas disquisiciones. Son, sin embargo, importantes. La historia no es lo que ocurrió sino lo que, al cabo de un largo, complejo y tortuoso proceso de debates, los historiadores consensuan qué es lo que ocurrió y cómo cabe interpretarlo. Y la experiencia muestra, no hay ningún debate histórico de altura que pueda considerarse definitivamente cerrado. Hoy no tenemos las certezas de nuestros antepasados de los siglos de las Luces, pero eso no quiere decir que todo valga. El Sr. Platón pertenece a la “escuela” de que toda la República fue un desastre: violencia, exclusión, podredumbre política entre las izquierdas. No busque el lector otra cosa. Su obra encaja en un pasado historiográfico perfectamente determinado, en el que el “caso Balmes” aparece en coordenadas muy precisas.  

 

Por ello, en 2018 el Sr. Platón no tiene inconveniente en afirmar:

“Su tesis quedó invalidada por Moisés Domínguez Núñez, que publicó en 2015 En busca del general Balmes, basado en los documentos que Viñas fue incapaz de encontrar. Tres años después, Viñas intentó reivindicar su acusación con un nuevo libro que volvía a basarse en la especulación, sin aportar más argumento que una crítica de la autopsia efectuada al general, una autopsia que en su libro anterior negaba que se hubiera producido, para enmascarar el supuesto asesinato, pero que Moisés Domínguez pudo localizar y reproducir”.

Las negritas son mías. Me obligan a interponer un ¡alto! EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO no fue una obra exclusiva. Repito que conmigo colaboraron, en varios capítulos esenciales, un expiloto y un patólogo. Incluso en la extraña hipótesis de que el Sr. Platón tenga experiencia de pilotar aviones y simultáneamente se haya licenciado y/o doctorado en Medicina y Cirugía, me parece que su pasión le enturbia el entendimiento. Me propongo, en este y en el post final de esta pequeña serie dedicada al caso Balmes (para otros habrá una segunda), hacerle una rectificación en toda regla.

En primer lugar, quizá la apresurada lectura que el Sr. Platón ha hecho de nuestro grueso volumen no le ha permitido constatar que la obra del Sr. Domínguez sí figura en nuestra bibliografía. A él nos referimos en las páginas 13 y 14 del prólogo. Está inmortalizado con su nombre y apellidos en las páginas 80, 193 y 296 en notas al pie. En la página 17 del indicado prólogo explicamos que nos referimos a una crítica del libro de Domínguez Núñez efectuada por el profesor Roberto Muñoz Bolaños (y que el Sr. Platón prefiere ignorar) para adoptar, con el debido reconocimiento a dicho autor, la caracterización de “aficionado a la historia”. Con este apelativo, que reitero aquí y ahora, lo denominamos a lo largo de todo el libro. No se trata de un apelativo injurioso ni, creo, despectivo. No es un desdoro ser aficionado. Yo lo soy, por ejemplo, a las novelas de espionaje. He leído muchas. Nunca me he atrevido a escribir una. Si hubiéramos hecho caso a ese señor, por considerarlo historiador, habríamos utilizado otro calificativo. A nosotros, por un afán de economía que no de despiste, solo nos interesó su absurda obrita sobre la leyenda franquista de Balmes.

Los lectores que hayan ojeado nuestro libro me permitirán que reproduzca aquí lo que escribimos en la página 13 del prólogo de EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Habrá otros amables lectores de este blog que no lo hayan ojeado. En general, en todas mis obras, o aquellas en las que he sido coautor, he tratado de que las intenciones queden claras bien sea en el prólogo o en las conclusiones. También de que cuenten con un índice onomástico por lo menos y, cuando por razones de tiempo ha sido posible, incluso con un índice analítico, siempre para favorecer al lector. En el prólogo de mi libro SOBORNOS anuncié en lo que estaba trabajando, aunque hubimos de retrasarnos al esperar, estúpidamente todo hay que decirlo, que se nos diera acceso a una documentación a la que al final no nos dejaron acceder. Era, claro está, en la España del Sr. Rajoy. A lo mejor ahora, cuando el PP no está en el gobierno, a otros sí los dejarán. Invito desde aquí al Sr. Platón a que colme, si puede, tal laguna. ¿Qué es lo que escribimos en el prólogo?

“La tesis que ligó el asesinato de Balmes al vuelo del Dragon Rapide suscitó cierta controversia. En 2015 un aficionado a la historia publicó una réplica. Con prudencia dejó de lado absolutamente todo lo que se refería a la aeronave -según él, un hidroavión- y sus circunstancias. Defendió, con nuevos argumentos, la versión tradicional del accidente en un tono ácido y despectivo que ha hecho las delicias, no sorprendentemente, de la Fundación Nacional Francisco Franco y de algunos de los autores que con ello colaboran.

Tales documentos fueron las declaraciones del único testigo que presenció el suceso, un “informe de autopsia”, que se elevó a la categoría de prueba irrebatible, y un conjunto de declaraciones de jefes y oficiales de la guarnición grancanaria donde se enfatizó que Balmes apoyaba activamente el “Glorioso Movimiento Nacional” y que había fallecido “en acto de servicio”.

Desde la primavera de 2015 varios medios de comunicación, y sobre todo numerosas cabeceras digitales, han expandido este tipo de afirmaciones. Con ocasión del 80º aniversario del estallido de la sublevación, historiadores, y en especial publicistas de la derecha pro-franquista más extrema, alcanzaron el paroxismo al ensalzar las virtudes de tal investigación y la “ínfima” calidad profesional de quien había osado oponerse a la versión acuñada durante decenios por la dictadura. No sin insultos personales, como parece ser la tónica en tan denodados defensores de su “verdad” histórica”.

En tales condiciones, tampoco es sorprendente que el Sr. Platón no haya tenido inconveniente, él que se autodeclara experto en temas militares, en convalidar implícitamente la referencia al hidroavión de su apadrinado. Tampoco dice mucho en su propio favor que solo se ciña al caso de la autopsia. En primer lugar, no fue una autopsia. Si la reconoce como tal, ¿dónde están las credenciales como patólogos de los Sres. Domínguez Núñez y la suya?  Servidor no las tiene y por eso acudí a un experto de bien probada y documentada experiencia a fin de que diseccionara en dos capítulos los elementales -para un médico- errores anatómicos de lo que fue una mera cobertura, impuesta por los militares a dos forenses civiles. En lenguaje poco académico, una “charranadita”. Un camelo, que sigue siéndolo por mucho que haya acudido a algún experto foráneo sin proporcionarle la debida documentación de contexto, antes y después.

Dicho aficionado descubrió dos documentos más que no menciona el Sr. Platón. La declaración del único testigo y la de diversos oficiales y jefes de la guarnición varios años después de los hechos. Hemos tenido particular placer en desmontar la credibilidad de la primera en el capítulo 7 (“Un testigo único que miente”, en aplicación del principio clásico del testis unum, testis nullus, que ya he aclarado en este blog) y las afirmaciones de aquella serie de distinguidos patriotas que se prestaron, la Superioridad manda, en el capítulo 8 (“Lo que da de sí un expediente de pensión”) a encubrir el asesinato en el que verosímilmente todos ellos fueron cómplices por activa o por pasiva. Quizá con las prisas para introducir su media página en el texto, al Sr. Platón no le dio tiempo de leerlos.

Lo cual no le impide afirmar:

“La nueva obra de Viñas es tan poco rigurosa como la anterior. Se basa en negar validez a cualquier prueba, testimonio o argumento que niegue su tesis de partida. Esta última -un asesinato ordenado por Franco- carece de seriedad”.

Quien, me temo, carece de todo rigor y credibilidad es el Sr. Platón que termina su media página afirmando:

“A pesar de basarse en la investigación de Domínguez, no cita su libro y le tacha de “aficionado”, lo que constituye una descalificación gratuita y esencialmente falsa”.

Otro error (en una próxima serie de posts que me permitiré escribir para regocijo de mis amables lectores aludiré a algunos más graves). Hemos utilizado los documentos que yo no conocía y que sí halló el Sr. Domínguez. No se negó nunca. Es más, en la página 13 del prólogo declaramos:

“Desde esta introducción subrayamos nuestra felicitación más cordial al descubridor de aquellos nuevos documentos”.

Es una declaración absolutamente sincera, que reitero. Pero no nos basamos en su investigación. Al contrario, la repudiamos desde la primera a la última página. Alguien que descarta de entrada la pieza clave de la conspiración de Franco, el Dragon Rapide, y no sabe contextualizar una chapuza de autopsia cuya absurdez puede entreverse mirando en Wikipedia la posición relativa de los órganos afectados por un supuesto autodisparo de pistola no merece demasiadas menciones. Aun así, para tranquilizar a los lectores de este blog, las páginas en las que lo citamos, bajo el apodo de “aficionado”, son las siguientes: 31n, 32, 176, 198n, 206, 267n, 271n, 273n, 294n, 295n, 304n, 321n, 337, 514n, 547, 566. Ni él ni el Sr Platón podrán quejarse de que lo hayamos ignorado.

Uno hubiera pensado que después de tan encendida defensa de quien hemos denominado “aficionado de la historia”, unidos ambos en defender el supuesto honor sin mancilla ni mácula de Franco, el Sr. Platón se habría servido de sus “descubrimientos” para aportar nuevos documentos que clarifiquen el desgraciado final del general Amado Balmes. No lo ha hecho.  También carece su opus de índice onomástico, lo que dificulta identificar nombres, pero en sus notas a pie de página Domínguez Núñez aparece solo una vez y solo para afirmar que el general Balmes era monárquico. Esto me da pie para hacer algunas consideraciones sobre contextualización.

El papel del historiador es complejo. Debe analizar e interpretar el pasado. Es, como dice un amigo mío, Santiago Gómez Reino, “el forense de la historia”. Se basa en hechos, sucesos, actuaciones, decisiones, etc. que comparten ciertas características en común: deben ser documentables, pero ninguno puede comprenderse aisladamente. Es preciso situarlos en contexto de manera crítica, analizando su consistencia interna y externa, si se trata de documentos, y en su relación con otros, generalmente muchos otros. Y en esta doble operación es en la que se muestra la pericia, o la impericia, del investigador. Que de todo hay en la Viña del Señor.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (III)

18 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Confieso que la referencia implícita al artículo de Farman me intrigó. Es un artículo un tanto delirante, no por el autor, periodista profesional que merece todo mi respeto. Lo es por algunas de las declaraciones que en él se recogen. Farman se entrevistó con dos protagonistas. Con Pollard, poco antes de que falleciera, y con Bebb, el piloto del Dragon Rapide. Ciertas declaraciones de este último son tan absurdas que, quizá por estúpido respeto a su memoria, nos abstuvimos de utilizarlas en EL ÚLTIMO TESTAMENTO DE FRANCO, ya conocido de los amables lectores de este blog.  Tampoco empleamos las de Pollard. No las consideramos significativas. No lo eran para nosotros, pero ahora resulta que sí lo son, en virtud del uso que de ellas hace el distinguido autor al que no hemos hasta ahora identificado. Se trata de Don Miguel Platón. Es un ejemplo de cómo un hecho puede tener distintos valores según su contexto y las intenciones del historiador.

 

Las alusiones a mi libro (pp. 171 y 172) que hace el Sr. Platón lo son a la edición ampliada de 2012, no a la de 2011. Conoce la más moderna, pero en general prefiere utilizar la más antigua. Se me escapan sus razones. Cada maestrillo tiene su librillo y en el mío lo normal es ir a la edición más reciente. El tema es significativo porque la ampliada contiene datos adicionales (entre ellos un informe de la policía científica, obtenido gracias a la amabilidad de uno de sus jefes que conocí en uno de los cursos de verano de El Escorial). Aunque también en aquel momento me declaré incapaz de probar documentalmente la causa del “accidente” de Balmes.  

Las referencias a la conversación que Farman tuvo con Pollard y que publicó el 25 de junio de 1966 en The Guardian, las puso en un tono directo, como si hablara el ya comandante (ascendió finalmente a este empleo mucho después de los hechos):

“¿Quiere Vd. saber algo de lo de Franco, no es eso? Luis Bolín, el corresponsal de ABC en Londres, arregló la cuestión del avión y Douglas Jerrold, un viejo amigo mío y director de la English Review, me contaron lo que se proponían (“the plot”). Lo de las chicas fue idea de Bolín así que escogimos a mi hija y a Dorothy Watson, the poultry girl”. Punto.

Es difícil, por no decir imposible, que incluso un catedrático de Filología inglesa pudiera explicar convincentemente si, en este contexto, la expresión the poultry girl destacada por el Sr. Platón como evidencia de la forma en que a ella se refirió Pollard treinta años después del viaje del Dragon Rapide, cabe traducirlo por una chica inocente, una polluela. Muy por el contrario, la única traducción compatible con los hechos, las circunstancias, Jerrold, la grabación de Diana Pollard y Farman, es “la chica de los pollos”. Los que la familia Pollard criaba y que Dorothy cuidaba. En el supuesto de que Pollard hubiese querido decir algo amable de ella, normalmente se hubiera servido de una fórmula como, por ejemplo, a nice poultry girl.

Y ahora mi pregunta: ¿quién es el cómico en este tema?  Por haberse regodeado de la traducción de un servidor, el Sr. Platón tendrá que aguantar dos comentarios mínimos: en su desprecio por la gramática inglesa, me parece que tal vez su dominio del inglés sea equiparable al del receptor de las lecciones del “me Jane, you Tarzan”; el segundo es que, en su proyección de comicidad hacia otro, no hace sino seguir las inclinaciones propias de una escuela de historiadores como la que dominó a partir de 1936 hasta comienzos de los años setenta. Dicho esto, por supuesto, como meras sugerencias. Incidentalmente, las “paridas” que poco antes de fallecer parece que pronunció Pollard (un personaje sobrevalorado) y que nuestro distinguido autor toma de Farman, son solo eso, “paridas”.  El argumento utilizado por el Sr. Platón puede caracterizarse de dos formas en inglés:  the shit o a shit. Espero que, si lee estas líneas, advierta la diferencia que es sustancial. Hasta ahora solo estoy en el aperitivo.

Es obvio que todo historiador comete errores. Servidor, también. Su causa es, con frecuencia, el descuido. Don Miguel Platón también me acusa de haber cometido varios. Para él, terribles. De tres de ellos, cualquiera que sea el calificativo que merezcan, me reconozco culpable. Hice general de división a Romerales (lo era de brigada). Hice teniente coronel a Eduardo Saenz de Buruaga (era coronel) y afirmé que al general Gómez Morato lo habían ejecutado (no fue así). Me doy golpes de pecho y entono el mea culpa. En mi descargo tal vez pueda señalar que, probablemente, en los dos primeros casos no consulté el escalafón. Ahora bien, en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO Romerales ya aparece como general de brigada, Saenz de Buruaga como coronel y a Gómez Morato no se le cita. ¿Por qué? Porque lo que habían sido referencias estrictamente marginales en 2011 y 2012, en esta última obra (2018) han ganado algo más de peso y significación y no me fié a mi memoria.

Tras este mea culpa debo congratularme de que el Sr. Platón haya tenido tiempo de incluir en su recientísima obra algunas líneas sobre EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Los lectores conocerán el famoso dicho de que siempre es bueno que lo citen a uno, aunque sea bien. Inexplicablemente, sin embargo, me atribuye su autoría exclusiva. Quizá se trate de una extraña fijación en mi modesta persona. Los tres autores estamos citados en la portada. Nuestras biografías figuran al final. En la obra solo se emplea el plural, no el mayestático sino el que corresponde a una autoría conjunta.

Las líneas que ha introducido en el texto de su libro Don Miguel Platón tienen una referencia en la nota 229. Se refiere a que en la página 645 de su texto me dedica, injustamente repito, nada menos que media página. Quizá exagere, pero por experiencia propia pienso que probablemente trastornó un pelín la compaginación prevista por la editorial que, naturalmente, se plegó a sus deseos.

En relación a la edición de 2011 el Sr. Platón empieza afirmando que, según escribí entonces, “el general Amado Balmes fue asesinado por un oficial del Ejército, siguiendo instrucciones de Franco con el fin de que tuviera excusa para trasladarse a Gran Canaria y poder embarcarse en el Dragon Rapide”. Está correctamente rendido. Añade que servidor no aporta prueba alguna, tampoco en la edición “revisada y actualizada que publicó al año siguiente”.

Hasta aquí más o menos OK, salvo que en ambas ediciones creo que escribí que sería difícil encontrar un papelín que dijera algo así como “al recibo de la presente orden ejecutará Vs a su comandante, el general Balmes”. Lo que hice fue acumular toda una serie de indicios, pero que apuntaban eso sí en una sola y única dirección.

Continúa el Sr. Platón:

“Se trataba de una mera especulación, basada en una ponderación arbitraria de las fuentes, cierto número de inexactitudes, cuestiones ajenas al caso y, sobre todo, una insuficiente investigación”.

En puridad, no era totalmente especulativo. Me asesoré debidamente y algunas de las tesis que entonces expresé han podido comprobarse documentalmente, de forma directa o indirecta. Lo de la arbitrariedad me parece discutible (y no como la que ha salido del lingüista de la poultry girl); el aspecto de las cuestiones ajenas al caso es incluso más discutible porque en un avión para Franco empezó a pensarse allá por el mes de abril de 1936. En mis conclusiones en aquel momento, pp. 380-383, mencioné algunas de las lagunas que había detectado, teniendo en cuenta que la orientación del libro no abordaba solamente el asesinato del general Balmes. Abordaba algo más amplio que el Sr. Platón sigue sin oler, quizá porque no lo considere significativo: la cuestión de si hubo o no algún vector oficial británico tras el golpe de 1936. Era lo que me había llevado en primer lugar a estudiar el caso Balmes. Incluso hubo un tercer capítulo en el que resumí mis reflexiones sobre la “batalla por la verdad”, es decir, la destinada a recuperar una vena del pasado colectivo conscientemente desfigurado por la propaganda franquista y de la que di como ejemplo una de las producciones del augusto SHM de la época.  Tal vez el Sr. Platón se identifique con ella.

Digo esto, porque desde el punto de vista académico y profesional, la aportación que hace dicho libro es, ¿cómo decirlo?, parva. Se sitúa en la línea periodística del “revisionismo” de derecha o extrema derecha, con contextualizaciones y análisis historiográficos pobres y con la mala suerte de que todo lo que dice acerca de la conspiración de Franco se basa en documentos o testimonios harto sospechosos y que, en gran medida, aunque no en toda, habían sido ya derribados, hasta donde pueden derribarse, en nuestro libro.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (II)

11 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Espero que a los amables lectores se hayan olvidado de las sonrisas que pudiera haberles suscitado el primer post de esta temporada. En el de hoy voy a hacer una demostración de cómo no conviene menospreciar la tan menospreciada EPRE. Todo historiador tiene que reconocer que no escribe historia definitiva y que incluso aunque se limite, modestamente, a presentar un estado de la cuestión, este también es cuestionable si choca con EPRE que el historiador, por las razones que sean, ha desconocido o ignorado.  En el post anterior, me había asombrado que un autor, al que todavía no he citado por su nombre, acudiera a la suprema autoridad del capitán Pollard para caracterizar a la Srta. Dorothy Watson como una “chica inocente”, una “polluela”, pero sin mencionar ni identificar la referencia de donde la extrajo. También admití que, si bien gramaticalmente tal acepción es imposible en inglés, podría haberse tratado de un uso personal.

 

La interpretación de nuestro distinguido autor choca no con una cita de Pollard treinta años después (1966) sino, estrictamente, con la de 1936. Servidor se basó en esta última para caracterizar a Dorothy Watson, es decir de la época. Me pareció un aspecto tan nimio que no se me ocurrió dar la referencia concreta, aunque sí en términos generales.

Antes de pasar a la contextualización (tarea inexcusable para toda EPRE) debo constatar un hecho esencial: la bibliografía utilizada por tan eminente crítico (que me parece algo parca para un tema como es el de los antecedentes y desarrollo del golpe de julio de 1936) está casi exclusivamente en castellano. Solo cuenta con una excepción. El libro de una amiga mía, Angela Jackson, sobre las mujeres británicas y la guerra civil. Es cierto que incluye a historiadores extranjeros (una media docena en ediciones siempre en castellano), pero no lo hace por ejemplo con otros reconocidos como Preston, Graham, Gabriel Jackson, Thomas, Beevor, Heiberg y me quedo corto. Todos ellos también han escrito sobre el período. Esto podría inducir al lector a pensar que dominar literatura en idiomas foráneos no es uno de los fuertes de tan distinguido autor. Por otro lado, ni siquiera citar, aunque sea para criticarlos, a extranjeros traducidos -salvo la relevante excepción de Payne, con nada menos que tres obras- podría permitir atisbar que adolece de un cierto sesgo, que no caracterizaré. También indicar la propensión a un tipo determinado de literatura que tampoco calificaré.

Son disquisiciones que solo marginalmente vienen al cuento. Lo que sí viene al cuento es la omisión, quizá querida, de la EPRE de 1936. Sin embargo, tan estimable autor podría haberla encontrado no en una sino en tres fuentes. La primera, y quizá más importante, es la que durante muchísimos años y sobre todo en el mundo de habla inglesa ha hecho autoridad. Se trata de la autobiografía de Douglas Jerrold, Georgian Adventure. La edición que tengo en casa data de 1938. Es la publicada por The “Right” Book Club. A lo mejor hubo otras, pero para mí esta es significativa porque forma parte de una colección de libros de tendencia inequívocamente derechista en la época. No cabe desconocer la obra que, ¡ay!, nuestro autor ignora.

Jerrold era un periodista y publicista inglés de hoy diríamos extrema derecha a quien cité extensamente. En su autobiografía describió cómo su amigo Luis A. Bolín (entre paréntesis: un embustero quintaesenciado) fue a buscarlo para ver quiénes podrían viajar con él en el Dragon Rapide. Jerrold, tras descartar varios nombres (también de extrema derecha), pensó en Pollard. Ambos se desplazaron con Juan de la Cierva a su casa, le convencieron y entre los cuatro decidieron que también irían dos chicas en el avión. Una fue Diana Pollard y la otra una amiga suya, Dorothy, a la que no encontraron fácilmente porque estaba “repartiendo pollos” (“delivering chickens”). Al final la pescaron. Servidor pensó, quizá ingenuamente, que si repartía pollos es porque tenía que ver algo con pollos. Todo esto hubiera podido leerlo nuestro estimado autor en la página 373 de mi libro de hace siete años, no de ayer.

La segunda EPRE la ofrece Angela Jackson, ya mencionada, que utilizó una grabación hecha por Diana Pollard en 1992 y que, naturalmente, citaba. Me facilitó sus notas, pero como a mi me interesaban otros aspectos acudí a la grabación misma que se guarda en los archivos del Imperial War Museum de Londres. Todo esto también lo expliqué en mi libro de 2011 (p. 11). Escuchamos atentamente la grabación, hicimos (mi mujer es británica) una transcripción y en ella apareció que Dorothy ayudaba a los Pollard con sus gallinas, imagino que en algún corral de su casa, pues vivían en un pueblecito del campo. (Incidentalmente, el único libro en lengua inglesa que menciona nuestro distinguido autor es el de Angela, pero solo para aludir a un tema tan importante históricamente como que Diana temía que si no viajaba en el Dragon Rapide su padre la considerase apocada o cobarde). La sorpresa ante esta única referencia no es una necesariamente una crítica. Es una demostración de cierto pasmo. Cada historiador elige lo que considera significativo. Ángela escribió sobre las mujeres británicas en la guerra civil y Diana Pollard y Dorothy Watson fueron las primeras de que hay constancia que presenciaron uno de los primeros, si no el primer, capítulo.  Servidor se pregunta si, en el contexto del golpe, es lo suficiente para mencionar el libro de Angela como el único que nuestro autor ha utilizado en inglés.

Poco después de mi trabajo en 2011 apareció otro título en el mercado británico de un periodista inglés, Peter Day. Lo compré por si se me había escapado algo y ya hice referencia a él en la segunda edición, en 2012, ampliado después de hablar con la familia Balmes. El libro de Day se ha publicado años más tarde en castellano. No lo adquirí, pero en cualquier caso nuestro distinguido autor tampoco lo cita, algo de por sí más que llamativo. Pues bien, Day transcribió una parte de la grabación que a mí no me interesaba. En ella, página 25, cita a Diana hablando de Dorothy. “También querían [es decir, Bolín, de la Cierva, Jerrold y su padre] otra chica, porque una no sería suficiente”. La frase que sigue a esta es: “We had some battery chickens and Dorothy Watson … [looked after them]. Este segundo paréntesis es de Day. ¿Mi traducción sobre la marcha de esta pequeña referencia? “Criábamos unos cuantos pollos [y D. W. los cuidaba]”. Es decir, los Pollard, en su casa, tendrían un corral, una huerta o lo que fuera y lo utilizaban no solo para plantar frutales y hortalizas sino también para tener pollos. No sé cómo el traductor de Day lo habrá reproducido, pero es difícil que no mencione a estos simpáticos animalitos.

¿Cómo se denomina en castellano a una chica que haga las funciones que se atribuían a Dorothy? No puede ser una pollera porque, según el DRAE, pollero o pollera son personas que tienen por oficio criar y vender pollos. “Polluela”, término afectivo y que es como nuestro imaginativo autor lo traduce, no existe en el DRAE. Sí existe polluelo con la acepción de cría de ave. Servidor cortó por lo sano y amalgamó las ocupaciones de Dorothy: trabajaba con pollos y ayudaba a la familia con ellos. Me atuve a lo dicho por Jerrold y por Diana Pollard, por así decir a la EPRE. ¿Dónde está mi comicidad?

También di otra referencia. Esta vez al artículo de un periodista inglés, Christopher Farman, publicado en The Guardian el 25 de junio de 1966. (Lo cita nuestro autor en su bibliografía, y de manera indirecta en la p. 621, quizá porque supo de él por conocimiento innato).  Recogió unas declaraciones de Pollard hechas poco antes de su fallecimiento. Pues bien: esta es la prístina fuente de la que se sirve, aun cuando hay que esforzarse un poco en establecer el enlace.

Espero que los amables lectores, si no se han aburrido con este post, se rían con el próximo.

(Continuará)