En recuerdo del profesor Manuel Tuñón de Lara y en la brega por recuperar el pasado

17 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Voy haciendo un pequeño recorrido por libros que se me han ido acumulando encima de mi mesa en los últimos meses. En un post pasado me referí a uno, en el que he participado, sobre las relaciones internacionales y la Segunda República, sobre todo en la época de paz. Ahora toca el turno a otro libro, muy calentito pues acaba de salir al mercado, en el que también aparezco. Es mucho más grueso y aborda toda una serie de temas que pueden y, en mi modesta opinión, deben llamar la atención de todos los interesados por la historia contemporánea de España.

Se trata de una serie de trabajos coordinados por el profesor José Luis de la Granja, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco. Todos ellos giran en torno a la figura de Manuel Tuñón de Lara (a quien solíamos llamar cariñosamente pero siempre con respeto Manolo), uno de los maestros de referencia para los historiadores de mi generación.

No es el primer libro que se dedica a su memoria, pero ahora se cumplen veinte años desde su fallecimiento. José Luis, junto con Alberto Reig ambos discípulos directos en la Universidad de Pau, ha convocado a una quincena de historiadores, españoles y franceses, para que diserten sobre el estado actual de la historiografía propia acerca de la España del siglo XX (título de una de las obras más conocidas de Tuñón). La idea estribaba en alentar reflexiones sobre la obra tuñoniana o en invitar a que plasmen sus recuerdos de él como persona e historiador. Inevitablemente, también se solicitaron semblanzas autobiográficas en las que nuestro desaparecido amigo y maestro desempeñó un papel de primer orden. Es bonito leer a Joseph Perez, Paul Aubert y Jean-Michel Desvois, alumnos y/o amigos de Tuñón. El volumen, cuidadosamente editado y con un índice onomástico que permite satisfacer la curiosidad del lector, se lee con facilidad. Nadie ha querido cocer un ladrillo académico. Al contrario.

Fuera del mundillo de los especialistas, para quienes debiera de ser lectura obligada, ¿por qué es interesante este libro? En mi opinión, por cuatro razones.

La primera es porque permite acercar a las jóvenes generaciones una imagen vívida de la obra y carácter de uno de los historiadores malditos durante el franquismo. Puedo afirmarlo con cierta autoridad. En el breve lapso de tiempo en que, por azares del destino, me tocó abordar las responsabilidades de director general de Ordenación Universitaria y Profesorado (sobre lo que siempre me he negado a escribir) sondeé el terreno para ver si alguna Universidad estaba dispuesta a aceptar a Tuñón de Lara como catedrático extraordinario, sin que tuviera que financiar ella la cátedra con sus propios fondos. No sorprenderá a los amables lectores que me encontrase con una negativa cerrada. Ningún rector quiso dar la más mínima batalla por él. Si Manolo Tuñón finalmente recaló en la UPV fue gracias a los esfuerzos de otros amigos.

Uno de los más entrañables recuerdos que de él guardo es el de un viaje en autocar en Alemania, en junio de 1987, en el que íbamos los asistentes a un coloquio en Göttingen sobre la guerra civil con motivo del L aniversario (las actas las editaron Manfred Engelbert y Javier García de María en la editorial Vervuert).  Íbamos alegres y nos desgañitábamos con canciones de tiempos pasados. Tuñón, a quien yo no había oído nunca cantar, se despachaba a su gusto. Mi mujer tampoco lo ha olvidado hoy.

A Tuñón siempre lo pusieron como chupa de dómine los turiferarios del régimen. No faltaron los periodistas, de cuyo nombre nadie quiere hoy acordarse pero que empapelaban la corte de los milagros del simpar “Caudillo”. Todavía subsiste alguna que otra repercusión en una parte de la infraliteratura histórica que pulula por las librerías españolas. En parte porque Tuñón siguió una metodología marxista y porque fue uno de los introductores más comprometidos en la “gran batalla” por la historia social en España, episodio estudiado por Ángeles Barrio.

La segunda razón es porque varios de los capítulos de la obra presentan una visión razonada y crítica del estado actual de la historiografía española en temas relacionados con la Restauración (de Manuel Suárez Cortina), la República, la guerra civil, el franquismo (sumamente interesante el capítulo sobre este último debido a Glicerio Sánchez Recio, que nunca defrauda) y la transición. Son algo heterogéneos en extensión, ambiciones y tratamiento. Van precedidos por un encuadramiento de los nacionalismos, debido a la pluma del profesor Juan Sisinio Pérez Garzón. En general, los capítulos sobre historiografía son relativamente similares en longitud, salvo el relativo a la segunda República. Su autor, Eduardo González Calleja, ya catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, piensa que en la actualidad podría haber más de cinco mil títulos sobre el período. Descontada la guerra civil, de bibliografía inabarcable, se trata del régimen político que mayor atención ha suscitado.

La tercera razón es porque las diferencias entre la visión de unos y otros autores de los temas objeto de estudio ofrecen al lector la posibilidad de contrastar hasta qué punto difieren las aportaciones historiográficas. No existe una historia, con pretensiones científicas, que pueda caracterizarse como cerrada. No hay nada que cambie tanto como el pasado, ha dicho algún autor. No es ningún chusquero. Nuevos enfoques, nuevos descubrimientos y la creciente distancia cambian la percepción y la reconstrucción del pasado. Sucede no solo en historia contemporánea sino incluso en la comprensión de los albores de la humanidad. En consecuencia, hay que ser humilde y, con frecuencia, más que humilde.

La cuarta razón es porque la panoplia de la historiografía es auténticamente nacional, es decir, se concentra esencialmente en la hecha por autores españoles. Algo que, como ya he dicho tantas veces, jamás se lo propuso el franquismo. Bajo él lo que se escribió fue una historia oficial, desde presupuestos e intereses oficiales, y siempre a la mayor gloria del régimen. Los jóvenes historiadores españoles, para enterarse de por dónde iban los tiros, tenían que beber de las fuentes que abrían autores extranjeros, sobre todo británicos, franceses y norteamericanos.

Finalmente, porque el libro contiene recuerdos e historia sobre los famosos Coloquios de Pau. Unos encuentros en los que los historiadores del interior intercambiaban en libertad en el exterior, fuera del alcance de la thought police franquista, opiniones e información sobre sus temas de investigación y aprendían del contacto mutuo y con historiadores extranjeros, bajo la batuta de Manuel Tuñón. En este sentido, me parece una excelente idea el haber incorporado a este volumen un trabajo ya publicado, pero no demasiado conocido, del profesor Eloy Fernández Clemente sobre los coloquios y su propia experiencia en ellos, y los recuerdos de Carmelo Garitaonandía de la llegada de Tuñón al UPV.

La obra tiene una particularidad adicional. Es viva, tan viva como la vida misma. Contiene, de la pluma de autores como Santos Juliá o José Álvarez Junco, visiones que iluminan el camino que todavía queda por recorrer. Y ello es porque, como afirma el primero, hay partes de nuestro pasado inmediato, por ejemplo, la Transición, de los que todavía no puede hacerse historia propiamente dicha. A pesar de los cuarenta años transcurridos, los enfoques siguen estando todavía demasiado teñidos de política. Su capítulo, “De modelo a régimen”, es un ensayo brillante que levantará polémica. De lectura obligada.

Personalmente tengo que dar las gracias a Alberto Reig. En su brillante capítulo sobre el Tuñón de Lara que él conoció ha dejado espacio para uno de los episodios en que coincidimos los tres durante largo tiempo: la gestación de la serie documental titulada ESPAÑA EN GUERRA que proyectó TVE por el segundo canal coincidiendo con el L aniversario del estallido. A mí se me había olvidado ya que, en la etapa final, estaba tan agotado de viajar por Europa y Estados Unidos que, de vez en cuando, me quedaba frito durante las discusiones, antes de relanzarme en ellas. Los historiadores que participamos en el programa (algunos de los cuales por desgracia ya no están entre nosotros) supimos acercar posturas, conocimientos y desiderata para presentar un relato equilibrado con el que todos estuvimos contentos. No sé si hoy, treinta años más tarde, cuando se conocen muchas más cosas y se han aplicado nuevos métodos y enfoques ello sería posible.

¿Curiosidades? Destacaré dos: el análisis, debido a José Luis de la Granja, de la correspondencia cruzada entre Tuñón y Max Aub, muy reveladora del talante en un momento crucial de la evolución del pensamiento político entre exiliados, y la reproducción por parte de Francisco Rojas Claros de tres programas de radio de Tuñón emitidos por Radio París en los años 1961 y 1964.

Así, pues, si alguien quiere rememorar un pasado (que a muchos puede parecer lejano) pero que todavía pesa sobre nuestras cabezas, adentrarse en algunas de las querellas que lo entrecruzaron y aprender sobre cómo se escribe hoy la historia del mismo, no conozco mejor introducción que la que ha conseguido reunir el profesor de la Granja, antiguo becario del Gobierno francés en Pau. De verdad, no se la pierdan. Probablemente aprenderán y, algo de lo que estoy casi seguro, también disfrutarán.

 

José Luis de la Granja (coord.), LA ESPAÑA DEL SIGLO XX A DEBATE. HOMENAJE A MANUEL TUÑÓN DE LARA

Editorial Tecnos, Madrid, 2017, 438 pp.

¿De la tragedia a la farsa? No necesariamente

12 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

He tratado de seguir la máxima de este blog (“La historia no se escribe con mitos”) bien consciente de que mitos y un tipo de historia van, con frecuencia, íntimamente ligados. En el post precedente anuncié que en el siguiente acudiría a algunos enlaces en red que me han parecido importantes para explicarme lo que ha ido ocurriendo en Cataluña. Mi selección es personal y no me la ha dictado nadie. Los historiadores del futuro distinguirán entre mito y realidad, pero los hombres que sufren la historia también tienen derecho a exponer sus opiniones en el momento de sufrirla. ¿No se acude con frecuencia a Chaves Nogales, a Orwell, a Zugazagoitia, a Arrarás o Aznar (Manuel)? Obraron como testigos, como hombres de su tiempo, comprometidos y trataron de dejar su interpretación de lo que habían vividoEl historiador viene después con su afilado cuchillo y los despedaza y pasa por el cendal. Lo mismo ocurrirá con lo que hemos presenciado en Cataluña. En cualquier caso, rompo con el ritmo de posts y publico este tan pronto como me ha sido posible. No sé lo que deparará el futuro inmediato.

En la actualidad, con la superabundancia de información, la interpretación del pasado va indisolublemente ligada a la conquista de la “hegemonía” del relato. Pero, mientras esa “conquista” se materializa o no, tenemos que apañarnos con lo que hay.

En lo que sigue van los enlaces que me han parecido más útiles. Distingo entre historiadores españoles con su visión del largo plazo y comentaristas extranjeros españoles que me han impresionado. Termino con una comparación que a muchos parecerá odiosa. No presentaré excusas por ella y, a diferencia de lo que he hecho siempre en otros posts, no me enzarzaré en discusión alguna.

Historiadores españoles

19 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/voy-proceso-independencia-Catalunya-imparable_0_688031278.html

21 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/Cataluna-referendum-Elvira-Roca_0_688031314.html

24 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/batalla-buenos-malos-posiblemente-perdamos_0_689431120.html

25 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/sustituido-democracia-parlamentaria-callejera-populista_0_690481573.html

Ensayistas españoles

27 de septiembre. http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/cataluna-lo-posible-anterior-i

4 de octubre. http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/cataluna-lo-posible-anterior-ii

29 de septiembre. http://www.revistadelibros.com/articulo_imprimible.php?art=1620&t=blogs

Ensayistas en el extranjero

24 de septiembre. http://www.liberation.fr/debats/2017/09/21/l-avenir-de-l-europe-se-joue-a-nouveau-en-catalogne_1597969

25 de septiembre. http://www.lefigaro.fr/vox/politique/2017/09/25/31001-20170925ARTFIG00131-referundum-catalan-l-independance-n-est-qu-un-slogan.php

4 de octubre. http://www.cer.eu/insights/crunch-time-catalonia-why-spain-needs-constitutional-overhaul

Los lectores advertirán que no he acudido a historiadores extranjeros. Salvo Paul Preston, no conozco a ninguno que pueda pronunciarse con autoridad sobre el trasfondo histórico de la presente crisis.

He leído diariamente, durante más de un mes, fuentes muy varias (El PaísLa VanguardiaEl ConfidencialPúblico entre las españolas y The GuardianThe Financial TimesPoliticoEuroActiv, entre las extranjeras). Ocasionalmente he echado vistazos a Le Monde, LibérationLe Figaro y Die Frankfurter Allgemeine Zeitung. He dejado de lado mi trabajo habitual, he escrito algunos posts en chats extranjeros y he guardado numerosos recortes.

¿Qué conclusión he sacado? Pues, ni más ni menos, que a lo que hemos asistido ha sido algo que ya planteó el profesor Javier García Fernández (El País, 31 de agosto, “El autogolpe independentista” y en otros anteriores y posteriores). Un golpe de Estado con un largo proceso de gestación. La continua alimentación de un movimiento de masas, el control de los medios de comunicación públicos y de la policía, la exaltación del “pueblo” y sus virtudes, el aprovechamiento de la crisis económica como preludio a un descabezamiento de la legalidad y de la institucionalidad no solo españolas sino, más sangrantemente, catalanas. Cuando me di cuenta escribí un artículo titulado “Berlín 1933-Barcelona 2017”. No se publicó.

La actitud del Gobierno español me recordó, salvando las distancias, a la del Gobierno republicano en 1936. Se enteró de por dónde iba la conspiración, pero no supo atajarla.

Esta tarde he visto en el canal del Parlament catalán su sesión. Desde el principio hasta el final. La propuesta del presidente Puigdemont no me sorprendió. Se había especulado con ella y dos informaciones aparecidas en la prensa me habían predispuesto a pensar que así ocurriría. ¿Cuáles fueron?

La primera una noticia aparecida en el Financial Times que reproduzco a continuación:

ADVERTENCIA DE MAS. EL EXLIDER CATALÁN EXPRESA PRUDENCIA SOBRE UNA “INDEPENDENCIA REAL”

Cataluña todavía tiene que mucho trabajo por delante antes de alcanzar una “real independencia”, según el expresidente de la región, y ello a pesar de “haberse ganado el derecho” de separarse de España.

Artur Mas -en la fotografía votando en el referéndum del pasado domingo- dijo ayer al FINANCIAL TIMES que la región también tenía que tener en cuenta la previsible reacción de Madrid. En afirmaciones que pueden entenderse como una llamada a la prudencia dijo que hay “algunas cosas que todavía no tenemos” y señaló temas tales como el control territorial, la recaudación de impuestos y el sistema judicial.

EL EX-LIDER DE CATALUÑA ACONSEJA PRUDENCIA

Mas afirma que la región se ha ganado el derecho a la independencia, pero advierte de la reacción de Madrid

Tobias Buck – Barcelona y Michael Stothard – Madrid

El ex líder catalán ha advertido de que la región todavía no está preparada para una “independencia real” cuando las empresas incrementan la presión contra el gobierno separatista para que retroceda de una ruptura total la semana próxima.

Las llamadas a los separatistas para que moderen o retrasen sus planes se produjeron en paralelo a la aprobación por el Gobierno español de un decreto-ley que facilita a las empresas trasladar sus sedes oficiales fuera de Cataluña (…)

En observaciones que cabe entender como una llamada a la prudencia Artur Mas, expresidente y exdirigente del PDeCat, proindependentista y que gobierna la Generalitat, afirmó que la región todavía tiene que sentar las bases de “una independencia real”.

El Sr. Mas dijo al FT que la región “se había ganado el derecho de convertirse en un Estado independiente” pero reconoció que hay un debate entre los dirigentes catalanes sobre si ahora es el momento de proclamar una DUI o no. Subrayó también que era preciso ser pragmáticos y tener en cuenta la posible reacción de Madrid.

“Lo importante es que la declaración produzca un país que sea realmente independiente y para ser independiente hay que tener algunas cosas que todavía no tenemos”, tales como el control del territorio, la recaudación de impuestos y el sistema judicial. Seguidamente añadió: “Nos hemos ganado el derecho de ser un país independiente. La cuestión ahora es cómo ejercemos tal derecho y en esto evidentemente hay que tomar algunas decisiones. Tales decisiones deben tener un único objetivo: no se trata tan solo de proclamar la independencia sino de cómo podemos convertirnos en un país auténticamente independiente”.

Los elementos duros de las CUP piden una rápida ruptura con España, pero Carles Puigdemont (…) se ha visto sometido a una creciente presión por parte de sus aliados más moderados para que retrase la declaración.

Santi Vila, otro miembro del PDeCat, también ha solicitado más tiempo para el diálogo afirmando que una DUI conduciría a la “suspensión de la autonomía” y a conflictos callejeros…”

Apareció en la edición del fin de semana, 7 y 8 de octubre de 2017, 1ª y 2ª página.

La segunda es más enjundiosa. Se debe al profesor Andreu Mas-Colell, excatedrático de economía en la Universidad de Harvard y exconsejero de Universidades primero y de Economía después con el expresidente Mas.

EL PRIMER DÍA DE LO QUE VENDRÁ DESPUÉS

¡Qué día! ¡Orgullo! Es el sentimiento después del 1-O. Un pueblo que se comporta como ayer lo ha hecho el catalán no podrá ser vencido. Hoy hemos alzado muy altas la cabeza y la moral. Hoy somos más fuertes y hemos de sentirnos más seguros que hace un mes. El camino hacia el 1-O y el 1-O mismo han generado un impacto tal en la opinión pública internacional que no favorece nada al gobierno central. La actuación del gobierno español (la brutalidad, las acusaciones de sedición…) ante una movilización ejemplar de la gente ha servido de acicate. Cataluña ya figura en la lista de problemas en los cuales Europa sabe que tarde o temprano tendrá que implicarse.

Un referéndum punto por punto no hemos conseguido hacerlo. Siempre hemos sabido que el gobierno del PP podría desnaturalizarlo, dispuesto como estaba a aceptar el coste de ponerse en evidencia internacionalmente. Lo estaba y lo ha estado. Ellos sabrán lo que se hacen.

Y nosotros, ¿qué haremos ahora? Más allá de las reacciones de protesta que puedan tener lugar esta semana, una opción es mantener un posicionamiento ofensivo y encaminarse directamente a la DUI. Al fin y al cabo, la independencia tiene mayoría en el Parlament y si se nos impide sistemáticamente hacer el referéndum que correspondería no podemos paralizar todo dando la clave de nuestro futuro a quienes no nos toman en consideración. No discutiré, por lo tanto, la legitimidad de la DUI. Sin embargo, creo que la pregunta que hemos de plantearnos es otra, y es la de la oportunidad. ¿Qué nos aporta una DUI inmediata? Quizá decepcione a alguno si digo lo que para mí es evidente: de aquí a un mes Cataluña no será independiente. Si no hemos tenido fuerza suficiente para hacer el referéndum que queríamos difícilmente la tendremos para proclamar y consolidar un Estado independiente. En sí misma esta observación no descalifica la opción de la DUI. Se puede argumentar que un final de etapa épico merece la pena. Tampoco lo discuto. Si el gobierno central continúa cometiendo errores lo tenemos garantizado. Sin embargo, puede ser un final patético si no comete tantos, con un govern de la Generalitat a merced del viento (“twisting in the wind”, dicen los ingleses), expuesto a la penosa evidencia de no poder contar con la plena obediencia de jueces, policías o empresas (a la hora, por ejemplo, de recaudar impuestos) y perdiendo, día tras día, el apoyo internacional que ha ido ganando. La DUI a corto plazo es, pues, un riesgo que cabe evaluar con la cabeza fría y sin confiar en exceso en los errores del adversario.

Peor que la DUI misma sería que la hiciéramos a falta de otra cosa. Se ha impuesto en demasía la idea de que el govern de la Generalitat solo tiene dos alternativas: la DUI o convocar unas elecciones autonómicas que, inevitablemente, llevarían acarreada una derrota y el retorno a la política autonómica tradicional. Sin embargo, en las circunstancias actuales de después del 1-O existen otras opciones.

Un solo ejemplo. Imaginemos que se anuncia, con cierta solemnidad, que no se renuncia a nada pero que, durante algún tiempo, entre uno y dos años, no se recurrirá a la unilateralidad (podría decirse una “suspensión activa y temporal de la unilateralidad”). Se trataría de un mensaje que se enviaría bien alto a los ciudadanos de Cataluña, como de España, y sobre todo del mundo. Por descontado continuaríamos luchando contra todas las agresiones, pasadas y futuras, a la Generalitat, y persistiríamos en hacer oir nuestra voz por todas partes (esta es la parte “activa”).  ¿Por qué proceder así?: pues porque siempre hemos sabido que la lucha sería larga, porque conviene mantener las estructuras de resistencia, para ir sumando sectores catalanes que todavía no han dado un paso adelante o que están dándolo en este momento y, sobre todo, porque eso será aplaudido en un mundo que fijará su mirada en el gobierno español con la esperanza de que aprovechará lo que se interpretará como una mano extendida. A los ojos europeos, y del mundo, la posición catalana del conflicto se cargaría de razón. Hago constar que no es lo mismo un encadenamiento de movimientos tácticos en el día a día que implique, de facto, la ausencia de unilateralidad durante un cierto período, que una situación en la que se hace un anuncio previo de no unilateralidad para el mismo período.  Lo segundo tiene mucha más fuerza y alcance estratégico. Indica que seguimos tomando la iniciativa y que no vamos a remolque. También creo que no se debería ir más allá de los compromisos previos. Al final del período todo queda abierto.

Si no se sigue el camino de la DUI el horizonte máximo de unas elecciones autonómicas sería de dos años. Cabría, claro es, sopesar la posibilidad de ir a elecciones a corto plazo. Sé que es peligroso y yo mismo he escrito que si el president acaba disolviendo el Parlament y convoca elecciones autonómicas sería una señal de derrota. Por tanto, habría que ser muy cuidadoso. Después de un 1-O que nos enorgullece y nos fortalece, unas autonómicas no serían un paso atrás si, y solo si, se cumple una condición: que Junts pel Sí vuelva a presentarse con un programa similar al que acabo de describir, y que, como el 27-S, volviéramos a darles un carácter plebiscitario. Como ya dijimos el 27-S, si no pueden contarnos en un referéndum nos contarán aprovechando procesos electorales imposibles de prohibir. Añado un matiz importante: si el gobierno de Madrid pretende destituir al president o al vicepresident, entonces el camino de las elecciones ya no tendríamos que abordarlo. Les facilitaríamos la tarea.

Tampoco hemos de olvidar que en el 2019 hay elecciones europeas, otra magnífica oportunidad para contarnos y enviar un mensaje potente de la vocación europea de Cataluña. Tengámoslo bien presente: habiendo llegado adonde hemos llegado, Europa es un factor determinante de nuestro futuro.

Este artículo se publicó en el periódico ARA el 2 de octubre, al día siguiente del referéndum. Obsérvese la combinación: orgullo, tono épico, afirmación de la legitimidad del resultado, creencia en la necesidad de una DUI, pero prudencia, exquisita prudencia. Cataluña, como afirmaría el Señor Mas pocos días después, todavía no está lista para convertirse en un estado. Tiene que desarrollar las imprescindibles estructuras y eso lleva tiempo. LO NECESITA.

Al tiempo han ocurrido algunos fenómenos no demasiado bien previstos. El discurso del rey; las duras advertencias de la UE y de algunos Estados Miembros, en particular Alemania y Francia; el goteo de los cambios de residencia social de grandes empresas catalanas, incluido el grupo Planeta, con el que publico mis libros; la preocupación suscitada por la huelga general; el ascendente que parecían conseguir las CUP para crear una República que se saldría del molde europeo occidental; los cada vez más alarmados editoriales de La Vanguardia; el poder del Estado y una determinación creciente del Gobierno de Madrid para tomar medidas y restablecer el orden constitucional.

Pero, claro, hay que salvar la cara. De aquí la alambicada formulación del president del Govern, suscrita por 72 parlamentarios catalanes. No será atendida. En mi modesta opinión, el golpe de Estado parlamentario del 6/7 de septiembre, aprobado por los mismos firmantes de la declaración de independencia con efectos suspensivos, fue un gravísimo error de la Generalitat que la ha manchado irremediable y trágicamente. No pueden coexistir dos legalidades contrapuestas en un territorio, sobre todo si una de ellas carece de títulos suficientes de legitimidad.

Es temprano para saber si hemos asistido a una farsa o no. Escribo estas líneas a las 10.30 de la noche del 10 de septiembre. Pero no cabe olvidar que las repeticiones pueden terminar mal. El intento de golpe de Estado “legal” de Franco en febrero de 1936 desembocó en otro sangriento (la farsa precedió a la tragedia). El del 23-F fue una farsa del principio al fin. La concatenación de conductas individuales y colectivas en condiciones dadas como las que existen hoy en España no ha terminado de producir efectos. ¿Pasaremos de la tragedia a la farsa? El futuro está abierto. Lo hacen los hombres y mujeres, pero en condiciones dadas. Su libertad no es omnímoda. Lo dijo un señor barbudo a mitad del siglo XIX.

¿Ante un punto de inflexión histórico?

10 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Escribo este post el domingo 8 de octubre. Cuando se publique el martes el panorama político de nuestro país puede apuntar, o no, a un cambio trascendental. La forma es controvertida, aunque la dirección está identificada. Quienes me han hecho el honor de leer mis posts hasta el momento habrán, confío, comprobado que no he utilizado este blog que es una cortesía de CRÍTICA, la editorial en donde suelo publicar mis libros, con fines de endoctrinamiento o con propósitos crematísticos. He tratado de atenerme a su máxima de que la historia no se escribe con mitos. Sin duda me habré equivocado en alguna ocasión, pero de haber ocurrido así no lo he hecho con mala intención. Siempre he creído en los valores de la Ilustración, si bien ahora es habitual despreciarlos. Pero, ¿qué otra cosa puede hacer un profesor universitario que ha vivido durante muchos años en realidades diferentes a la española?

Los historiadores, cuando escriben sobre el pasado, siempre juegan con ventaja. Conocen lo que haocurrido. Su tarea estriba en comprender el cómo y, sobre todo, el porqué. Desde que la historia dejó de sermera narrativa o la acumulación de biografías de los grandes hombres (las mujeres tardarán mucho en aparecer) y aspiró a generar conocimiento siguiendo pautas como otras ciencias sociales una gran parte de la labor del historiador se ha visto aderezada de querellas epistemológicas y metodológicas. Con razón. Repugna a la conciencia humana creer que la historia es una amalgama, dispersa y sin orden, de acontecimientos sin sentido. Cómo encuadrarlos, comprenderlos y categorizarlos es del todo punto necesario.

La tendencia, hoy, es pedir prestados instrumentos a otro tipo de saberes: los de la sociología, la politología (prefiero este término al más pretencioso de “Ciencia Política”), la antropología, la sicología, entre algunos más. A la barahúnda a veces resultante se une un problema fundamental que explicó con gran perspicacia Carlos Marx en una frase constantemente repetida:

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa (…) Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias [a veces se dice condiciones utilizando la expresión francesa] con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje, prestado, representar la nueva escena de la historia universal.”

La cita no siempre se desarrolla en el trabajo de los historiadores, en parte porque es difícil hacerlo en todas circunstancias; en parte porque el autor está hoy fuera de moda salvo en círculos que lo veneran con fervor cuasi-religioso; en parte porque lleva a preguntas incómodas, para quienes las hacen y para aquellos a quienes se dirigen. En cualquier caso, lo que subyace es la compleja relación entre acción humana y las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales en que tal acción se desarrolla.

Así, pues, ante un punto de inflexión histórico como el que podría avecinarse en España, no creo exagerar si escribo que el acontecimiento que ha venido esperándose en los últimos días, la declaración unilateral de independencia de Cataluña por parte del demediado Parlament y en sesión suspendida por el Tribunal Constitucional, desencadenaría una serie de decisiones que configurarán el porvenir de los catalanes y, por ende, del resto de los españoles. No sabemos cómo. El proceso de traslado de las sedes sociales por parte de numerosas empresas ya ha dado comienzo. Es posible establecer diversos escenarios, tanto en lo político como en lo económico, pero servidor se abstendrá de hacerlo aquí y ahora porque, como alguna vez dijo Mark Twain (otros afirman que fue Einstein), “never forecast, if you can help it, especially the future” (no hagas predicciones si puedes evitarlo, en particular del futuro). Ya no me gano la vida escudriñando el inmediato futuro.

Constataré simplemente que, si la proclamación de una República catalana en 1931 y 1934 ha generado ríos de tinta, cabe pensar que la de 2017, abortada o no, dará bastante que hacer a varias generaciones de historiadores, españoles y extranjeros.

Las circunstancias son, desde luego, radicalmente diferentes. En aquellas fechas España no estaba tan imbricada en las redes económicas, políticas, sociales y culturales que la rodean como ahora. Lo que ocurrió en 1931, en 1934 y, a fortiori, durante la guerra civil tuvo escasas repercusiones en comparación con las que hoy desataría: una catástrofe de inmensa magnitud en el interior de la Península y un golpe brutal al esquema de cooperación e integración intra-europeo. Cualesquiera que fuesen los resultados, nada volvería a ser igual. La UE no puede animar el nacionalismo excluyente. Todavía no se sabe cuándo acogerá, amante, en su seno a la mayoría de los Estados que surgieron de la destrucción de la antigua Yugoslavia.

La tarea de los historiadores consiste en explicar los cómo y los porqués se ha llegado a tal punto de inflexión y a su inmediato corolario. Para ello dispondrán de mucha información circunstancial: incontables páginas de prensa escrita y digital, innumerables imágenes, discursos de toda laya, comentarios por millares tanto en España como en el extranjero, memorias -siempre sesgadas- de algunos de los protagonistas, construcciones o elaboraciones culturales, históricas y antropológicas de todo tipo, etc. Cabe prever una abrumadora repetición de la lucha por la hegemonía entre las diversas interpretaciones. Y, claro está, para determinar responsabilidades.

¿Cuándo se perdió Cataluña, si es que llega a perderse?, preguntarían algunos. ¿Por qué un sector de la sociedad catalana decidió “liberarse” de un Estado presentado como opresor y depredador?, sería la pregunta-respuesta de otros. Aclarar la forma más congruente de explicar los hechos ocurridos generará una literatura de inmensas dimensiones.

Esto será así porque si algunos han creído o siguen creyendo que la ruptura del Estado español se haría sin dolor en mi modesta opinión se equivocan profundamente. Habría dolor, como lo hubo en los años republicanos en los que se debatió la dirección que tomase la España del futuro. Esperemos que no haya dolores semejantes a los que salpicaron la guerra civil porque una guerra civil es impensable hoy, aunque voces extranjeras como todo un comisario europeo se haya visto obligado a advertir de tal supuesto peligro. La Unión Europea no lo permitiría y, me atrevo a pensar, la OTAN tampoco. Pero sí podría haber víctimas. Las hubo ya, en número reducido, en 1934. ¿Sabe el lector de algún divorcio a lo bestia en el que no se hayan roto, figurativamente, los platos?

Hoy se conoce bastante bien la dinámica que condujo a julio de 1936. Grandes sectores de la población no lo creyeron posible. Los historiadores hemos ido determinando los factores que concurrieron para desmentirlos. Entre ellos la miopía del Gobierno, desde el presidente de la República a unos ministros que nunca quisieron poner contra las cuerdas al presidente del Consejo y titular de la cartera de guerra. Existen lagunas en nuestro conocimiento, pero van cerrándose. En los últimos años me he dedicado, con algunos amigos, a colmar alguna más en relación con el desfigurado papel del general Franco.

Los historiadores, en particular los del futuro, lo tendrán más difícil a la hora de establecer y demostrar las sutiles pero complejas relaciones entre la acción humana y las envolventes estructuras a las que aludió Karl Marx. Tampoco el posible papel del “sostenella y no enmendalla” (el miedo a perder cara y la presión de egos desbordados). Veo difícil que olviden el entremezclamiento de exultación y lágrimas porque, acudiendo al lamento y al clamor de un gran poeta, comunista,“si la madre España cae, digo, es un decir”, ¿quién la levantará?

El próximo post contendrá una lista de artículos aparecidos en diversos medios de comunicación, españoles y extranjeros, que me parecen acertados para otear la profundidad del tema. Algunos serán sobradamente conocidos. Otros, no. Servidor no los comentará. Que cada uno haga lo que puede o lo que quiera.

De vueltas con la República

3 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Para haber sido un régimen que duró solo ocho años y de ellos casi tres totalmente sumergido en una cruenta guerra civil que dejó chiquitas a todas las anteriores en la historia de España la República ha generado una masa de publicaciones que no tiene equivalente aplicable a cualquier otro período de la historia contemporánea de nuestro país. Raro es el aspecto de la vida colectiva en aquellos años que haya escapado a la atención de los historiadores. Hoy sabemos que la República no estaba condenada irremisiblemente a la guerra civil, pero incluso esta proposición es discutida. Está bien que sea así porque en historia, a pesar de lo que digan profetas e iluminados, no hay verdades absolutas.

Viene esto a cuenta de la aparición de un libro, en el que he participado, que aborda uno de los aspectos que no suelen excitar la emoción del público en general: las dimensiones internacionales de la experiencia republicana durante los años de paz, entre 1931 y l936. Es el resultado de un simposio que tuvo lugar el año pasado en el Ateneo madrileño. No es una transcripción del mismo, sino una reelaboración de algunas de las ponencias que en él se presentaron. Es también el producto de la inexhaustible tenacidad de la profesora Ángeles Egido, catedrática de historia contemporánea de la UNED, organizadora del simposio, y del Centro de Investigación y Estudios Republicanos (CIERE) que lo patrocinó.

En aquel momento de lo que se trató fue de ver, esencialmente, cómo el entorno internacional recibió la proclamación de la República el 14 de abril de 1931. En el libro ulterior se ha ampliado el punto de vista. Quizá se pensó que el escudriñamiento de las posturas de un elenco seleccionado de países (Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Portugal, URSS y Estados Unidos) de cara al advenimiento del nuevo régimen no daba para un tomito que despertara la curiosidad del público.

En cualquier caso, hoy tenemos a la disposición de los lectores LA SEGUNDA REPÚBLICA Y SU PROYECCIÓN INTERNACIONAL bajo el sello de Los libros de la Catarata. Acaba de salir y se presentará en Madrid el jueves 19 de octubre. Cuando se acerque la fecha reproduciré en este blog un tarjetón para recordarlo ya que me han hecho el honor de solicitarme que participe.  Tiene 220 páginas y puede leerse de un tirón.

Quizá los amables lectores puedan pensar que con este post trato de hacer publicidad de mi capítulo. Si es así, se equivocarían. No pienso decir de él una sola palabra. Como he introducido algunos elementos que hasta ahora no figuraban en la literatura, prefiero que quienes se interesen por ellos los descubran.

Me interesa mucho más reflexionar, brevemente, sobre algunas de las características del libro que ha editado la profesora Ángeles Egido (por cuyo trabajo siempre he sentido una gran debilidad). Me parece que puede ser de mayor utilidad para quienes siguen este blog. Son cuatro.

La primera es que, como ocurre con frecuencia en los libros en los que participan diversos autores, la calidad y el desarrollo de las diferentes aportaciones son muy dispares. Es lógico que así sea. No todos los historiadores parten de los mismos presupuestos ni tienen las mismas inclinaciones. Los resultados de sus trabajos son, necesariamente, variopintos. Queda para los expertos y los lectores la imprescindible tarea de valorar su calidad. En el mejor de los casos ofrecen para ello los elementos necesarios. En otros la organización, la argumentación, las referencias y las conclusiones se encargarán de ponerlos en su sitio.

La segunda característica es que el libro revela cómo la interpretación del pasado no es, ni puede ser, unívoca. El lector atento observará diferencias importantes entre los distintos capítulos. También es lógico que así sea. Solo en las dictaduras (el ejemplo de la franquista viene inmediatamente al recuerdo) se impone una determinada interpretación. La disparidad interpretativa es una manifestación de que la profesión sigue estando viva.

La tercera es que los autores nos diferenciamos sobre los límites de nuestra argumentación. Del análisis de las circunstancias del reconocimiento del nuevo régimen varios son los que se han adentrado, en consonancia con el título, en los avatares de la República en la escena internacional desde su nacimiento hasta el estallido de la guerra civil. Y hay, incluso, quien se ha metido de lleno en la contienda misma.

La cuarta es que de entre todos los capítulos los más destacables para mí son, por un lado, la introducción y el referido a las relaciones con Francia, a cargo de Ángeles Egido, y por otro el que atañe a las relaciones con Portugal, escrito por uno de nuestros más eminentes lusófilos, el profesor Hipólito de la Torre.  La comparación entre ambos muestra cómo se pueden conjuntar una valoración en general positiva de las ambiciones de política exterior del presidente del Gobierno republicano Don Manuel Azaña (Ángeles es una experta reconocida en el estudio de su trayectoria) y otra francamente negativa en lo que se refiere a sus percepciones sobre la posibilidad de influir, desde el ejemplo español, en la vecina República.

Quizá por mi experiencia profesional durante muchos años soy de aquellos autores que no pueden negar sus tendencias lusófilas. Y, para mí, Hipólito de la Torre ha sido un guía esclarecedor en lo que se refiere a los escollos que, en el pasado y hasta hace relativamente pocos años, ha habido que superar para llegar a una intelección franca, abierta y muy positiva entre los Gobiernos de ambos países. Infinitamente mejor que durante la República y el franquismo.

El relato de la proyección internacional de la República, tal y como aparece dibujada en este libro, sirve también de contrapunto hacia ciertas percepciones de algunos de los protagonistas del período. En general los autores que lo mencionan suelen ensalzar, por ejemplo, la figura de Luis de Zulueta como uno de los mejores ministros de Estado del período. Sin embargo, no aparece así en las memorias de uno de los conocedores de las interioridades del Palacio de Santa Cruz como fue Francisco Serrat.

Quizá esta diferencia sea el resultado de dos factores: las impresiones de los coetáneos no son siempre un buen rasero para medir el perfil con el que los protagonistas quedan en la historia y, por otro lado, el que quienes escriben esta, que no son los protagonistas sino los historiadores, aplican criterios que superan la inevitable subjetividad de aquéllos.

Sin embargo, casi todos los autores que aluden a la gestión de una de las figuras más descollantes del período, el exministro y exembajador Salvador de Madariaga, han tendido a reducir el protagonismo desmedido que él se atribuyó en sus memorias. No destinadas a la familia, como fue el caso de Serrat, sino a levantarse un monumento a sí mismo.

No quisiera que estas líneas, forzosamente limitadas, se entendieran como desconocedoras de las distintas aportaciones. La de un experto reconocido y amigo, Ismael Saz, sobre Italia es siempre sugerente (aunque yo no comparta todas sus afirmaciones). Y ha sido para mi muy grato encontrar que David Jorge, una de las jóvenes promesas de entre los historiadores de las relaciones internacionales de la época y que no han vivido el franquismo, ha abordado el no menos interesante capítulo sobre las relaciones hispano-británicas.

En definitiva, si la política exterior de la República no es un terreno que haya levantado las pasiones que suscita la política interior, el meritorio trabajo de la profesora Ángeles Egido y del CIERE permite llevar a conocimiento del lector apresurado algunos elementos esenciales para enjuiciarla sine ira studio. Este es el objetivo fundamental de la labor del historiador hoy. ¿O es que los historiadores habríamos de escribir solo para los profesionales en libros mamotréticos cuyo destino son los anaqueles de las bibliotecas universitarias?

Contra la distorsión en historia

26 septiembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

En este verano he leído, aparte de varias novelas, algunos libros de historia. Uno de ellos ha sido objeto de un comentario muy atractivo en EL PAÍS (29 de julio de 2017) por parte de un crítico, a quien no conozco, pero de cuyos juicios me fío: Manuel Rodríguez Rivero. Es un comentario que me ha agradado sobremanera porque el autor de dicho libro es un colega, compañero y amigo. Nos conocemos desde hace casi cuarenta años, cuando empezó a hacerse un nombre entre los jóvenes historiadores y politólogos españoles. Hemos coincidido en muchas aventuras. Desde, en particular, aquella inolvidable serie de TVE España en guerra para conmemorar el cincuenta aniversario del estallido de la guerra civil hasta una revisión colectiva de la curiosa biografía de Franco efectuada por el ahora nuevamente laureado profesor Stanley G. Payne con la inapreciable colaboración de alguien que estuvo ligado al CEDADE.  Todos elegimos a nuestros amigos y colaboradores.

Desde hace muchos años Alberto Reig, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, ha dedicado especial atención al fenómeno de la regresividad en el relato sobre la República, la guerra civil y el franquismo. Entiendo por regresividad la vuelta hacia atrás, desdeñando los progresos realizados en la recuperación documentada y contrastable de todo ese pasado agónico y controvertido.

Cualquier obra de historia es, por supuesto, una construcción. En general se basa en la combinación de factores hermenéuticos y heurísticos perfectamente determinados. Cuentan, en particular, la personalidad del investigador, su trayectoria, su formación técnica, su experiencia y, no en último término, su ideología; la naturaleza de los temas sobre los que proyecte su atención; el mayor o menor cuidado en la identificación, selección y tratamiento de las fuentes; la comparación de su relato con el de sus pares y, no en último término, su curiosidad por enriquecer en la mayor medida posible el acervo de conocimientos contrastables. No todo lo que se escribe sobre el pasado es historia ni tampoco coincide con la aplicación de protocolos o cánones reconocidos en la profesión. El vínculo con las fuentes es, en ellos, fundamental.

Alberto Reig ha publicado hace unos meses, en la prestigiosa editorial Siglo XXI de España, un nuevo libro contra las distorsiones en los relatos de varios autores (algunos son incluso historiadores profesionales) que más que historia escriben “historietografía”, un neologismo por él acuñado y que servidor a veces se lo ha tomado prestado. Con él denota la pervivencia de los miasmas que se esparcieron en los relatos acuñados en la mitología aceptada por el franquismo y mantenida hasta la fecha con artilugios conceptuales y de estilo para salvar de ella lo que en la actualidad puede parecer mínimamente salvable. Esto significa la negación del progreso en materia de conocimiento histórico, ya sea por capas, estratos o etapas sucesivas, y la subsistencia de una supuesta “verdad” supra-temporal, tal y como la definió la necesidad de Franco y sus adláteres de explicar los orígenes de la guerra civil, los determinantes esenciales de su evolución y su imbricación con una dictadura de casi cuarenta años.

Tal regresividad es algo que no constata solo Alberto Reig. Santos Juliá, por ejemplo, ha escrito abundantes páginas al respecto, reconociendo que los acuerdos centrales a los que parecíamos haber llegado los historiadores hace quince o veinte años han saltado por los aires. Si algún lector acude a los DVDs de “España en guerra” y escucha los comentarios que acompañan las imágenes podrá tener una idea de cuáles eran. No en vano el equipo de redacción insistió en que la imagen debía ajustarse al texto y tal texto fue consensuado entre los catorce o quince historiadores que participamos. Nunca se ha publicado -una lástima- y quizá no estaría de más que alguien lo pusiera al día porque es un hecho que la investigación histórica no ha dejado de progresar en los últimos treinta años.

Se han enhebrado numerosas explicaciones de por qué ha sucedido lo que ha sucedido y se ha explicado desde múltiples ángulos: sociología, ciencia política, sicología social, sicoanálisis y, por supuesto, la historia misma. En el bien entendido de que España no es un país extraño en el que ocurran esas cosas extrañas. Ejemplos hasta cierto punto similares han figurado de forma prominente en los últimos tiempos en Italia o Estados Unidos, que también atravesaron por guerras civiles desgarradoras y que tienen la ventaja de no ser casos demasiado exóticos. El hilo común son los cambios políticos y parapolíticos acaecidos en las respectivas sociedades: los triunfos de Berlusconi o de Trump han reabierto grietas que parecían cerradas. El del PP en las elecciones de 1996 favoreció la regresividad autóctona e incluso foránea, entre algún que otro historiador extranjero. Pero lo que en España desató una contraofensiva fue el incesante goteo de informaciones, que han calado en un amplio sector de la sociedad, sobre los horrores, hasta entonces silenciados, de la represión franquista en la guerra y en la postguerra. El fenómeno de las tumbas olvidadas, los relatos sobre ejecuciones sumarias y la farsa de los consejos de guerra (incluido el TOP de años posteriores) han lastrado para siempre las versiones unilaterales franquistas sobre los “desmadres” de la represión republicana, reducida a la mitad o a un tercio del volumen propagado por los cuentistas de la dictadura.

El objeto de la ira para Alberto Reig es, pues, el mal llamado “revisionismo” patrio. Digo mal llamado porque la investigación histórica genuina es siempre revisionista. No puede ser de otra manera. Los progresos en historia dependen del descubrimiento de nuevas fuentes y de la aplicación de construcciones conceptuales y metodológicas que se encuentran en proceso de cambio. Entre ambas variables existe una interacción constante. Hace años surgió la preocupación por el factor género en los estudios históricos. Su aplicación abrió toda una serie de fuentes nuevas o permitió “revisitar” las ya conocidas. Hoy las construcciones culturales están de moda. Han permitido generar nuevos conocimientos y nuevas interpretaciones. La historia se mueve y del pasado puede decirse que hoy ya no es lo que era ayer. Es la demostración del auténtico revisionismo en la investigación.

Lo que en el discurso vulgar  suele pasar por “revisionismo” es el intento de volver, en la medida posible, a los orígenes: la República fue un desastre; la guerra civil fue inevitable; se ganó gracias al genio de Franco; el régimen subsiguiente fue una dictadura rápidamente atemperada; el franquismo favoreció la evolución económica y social de España; creó una amplia clase media y, en definitiva, sentó las bases de una última “regeneración” (a veces se dice que sin proponérselo conscientemente) que acomodó una transición más o menos inevitable, ya que “no podía haber franquismo sin Franco”. En una aplicación del método más tautológico posible se afirma que sin Franco no es concebible la España de nuestros días. Algo como decir que sin Hitler no se comprende la Alemania de hoy.  ¿Conclusión? Habría que elevar a ambos todas las estatuas posibles, aunque en el segundo caso con extremo cuidado y solo metafóricamente porque en Alemania sería un delito previsto en el código penal. Por su parte, en España han ido desapareciendo las razones que hubo en su momento (aunque, algunos pensarán, siempre quedan los corazones y la necesidad de oponer una “contramemoria” o un contra-relato que sirva de baluarte para los convencidos, aquéllos a quien se refería Ricardo de la Cierva como los que no deseaban que les robaran “nuestra historia”). Todo para ganar puntos en la pugna político-ideológica de nuestros días.

Alberto Reig, estudioso preciso e inmisericorde del historiador de cámara de Franco, ha leído la extensa obra de numerosos “revisionistas” y camelistas. Aplica un método de análisis y contextualización implacable para poner al descubierto sus miserias, sus contradicciones y su desprecio por los hallazgos según los protocolos metodológicos generalmente aceptados. No deja títeres con cabeza y sigue a rajatabla la máxima de “al pan, pan y al vino, vino”. ¿Por qué andarse con elucubraciones y palabras de buen tono para quienes falsean ese pasado que en su totalidad es incognoscible, pero del que conocemos un retazo cada vez más amplio, incluido su lado más sombrío?

Los afectados (siempre con menos títulos) se quejarán, tal vez, del sarcasmo y de la ironía del profesor Reig. Pero, ¿por qué deberían extrañarse? Han elaborado con denuedo su aportación a la regresividad en las condiciones creada por unas autoridades que no han sido capaces de proseguir la desclasificación de fuentes todavía cerradas a la investigación. Con excusas grotescas o, ahora, simplemente sin excusas. ¿Conocen los lectores alguna manifestación de, valga el caso, la señora ministra de Defensa explicando razonablemente porqué no continúa con la política de apertura de archivos que se detuvo con su nunca olvidado predecesor? ¿Y qué decir de los archivos del Ministerio de la Gobernación?

Si los lectores quieren pasar un buen rato, reírse (o llorar, según se mire) de la regresividad de autores que suelen mostrarse muy activos en las redes sociales y en ciertos medios de comunicación, perfectamente identificados con sus escasas grandezas y abundantes miserias tendrán pocas posibilidades más entretenidas de hacerlo que si repasan las suculentas páginas que Alberto Reig nos ha entregado. En ellas verán reproducidas muchas de sus afirmaciones en una amplia gama que va de la idiotez pura y dura a una incomprensible autosuficiente metodológica. Sin el menor recato declaro ser un admirador de la inmensa paciencia de que el catedrático de Tarragona ha hecho gala para no estallar y sí para escribir una obra sardónica y divertida. No se la pierdan.

Alberto Reig Tapia: La crítica de la crítica. Inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes, Madrid, Siglo XXI de España, 2017.

Un patriota republicano olvidado

19 septiembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Muchos patriotas yacen en las cunetas. Ni siquiera se conocen sus nombres. Otros han ido saliendo a la luz. Un alto porcentaje combatió la sublevación militar con las armas en la mano. En los últimos años se han identificado otros: políticos, sindicalistas, educadores, intelectuales. En este primer post de la rentrée, después de dos series temáticas, quisiera romper una lanza por otra categoría. La de los sufridos funcionarios. No es que se la haya ignorado. Funcionarios fueron los maestros y maestras fusilados o represaliados (servidor tuvo la suerte de beneficiarse de las enseñanzas de uno de estos últimos). También lo fueron los jueces o fiscales. Sin embargo, pocos investigadores se han ocupado de una categoría minúscula pero influyente. Los diplomáticos. La atención se ha concentrado en los embajadores en grandes puestos (París, Londres, Moscú, Washington, México, etc.)

Ha correspondido a un profesor e historiador marroquí, el Dr. Mourad Zarrouk, rescatar a uno de estos patriotas que ha permanecido injustamente olvidado. Su nombre no dirá nada, o casi nada, incluso a los iniciados. Se llamaba Clemente Cerdeira. Formó parte del pequeño grupo de funcionarios diplomáticos que no se pasó a los sublevados. Esto ya sería notable. El profesor Zarrouk ha escrito, sin embargo, una biografía muy completa y ha puesto a Cerdeira en el centro de una trama que demuestra (como hará Íñiguez Campos en un libro en el que está trabajando) el desbarajuste, desconcierto, improvisación y fallos garrafales que caracterizaron la respuesta gubernamental a la rebelión militar. Como para pensar que los ministros, subsecretarios y directores generales habrían estado dormitando a la bartola, esperando pacientemente (cuando no alentando) el estallido de esa revolución socialista, anarquista o comunista que pinta la historiografía pro-franquista y que tanto reverdece hoy el profesor Payne.

Cerdeira no fue un diplomático cualquiera. Procedía de la carrera de intérpretes, desde la cual podía darse el salto -aunque no frecuencia- a la consular y diplomática. Siempre lo adornaron cualidades especiales. Nacido en 1889 en Port Bou pero, trasladado a edad temprana a Tánger por su padre que era guardia civil, fue desde niño a una escuela coránica (aparte de a la cristiana, que era obligada). Creció hablando el árabe dialectal tan bien como el castellano; estudió en profundidad el derecho musulmán, de una cuyas instituciones más importantes era el mejor especialista español, y escribía el árabe estándar como si fuese un nativo.

Inquieto y deseoso de prosperar, cursó estudios superiores en instituciones del Protectorado francés, en el Líbano y en Egipto. Desde muy joven prestó relevantes servicios a las autoridades civiles y militares de la zona española. Participó en negociaciones extremadamente confidenciales, en particular con El Raisuni, y aportó a la tarea su conocimiento íntimo de la mentalidad marroquí y de sus múltiples facetas.  Ello le despertó lógicos deseos de prosperar como funcionario en un páramo como el Protectorado español en el que diplomáticos, militares, funcionarios civiles e intérpretes no siempre estaban bien avenidos. Discrepaban en el sentido de la colonización, en la forma de tratar a los indígenas y en cómo hacer frente a las asechanzas francesas.

La Administración española siempre fue a remolque. Careció de una política consistente e inteligente hacia los marroquíes, maniatada por una inmensa falta de medios culturales, humanos, intelectuales y económicos. Civil hasta la médula, Cerdeira casi siempre tropezó con militares de alto rango y con diplomáticos que creían conocer Marruecos mejor que él, pero que iban a lo suyo (entre lo que figuraba hacerse ricos, como ya ilustró en sus “memorias” Arturo Barea). Eso sí, a patriotismo decían que no les ganaba nadie.

Los franceses pronto identificaron a Cerdeira como un contendiente temible. Sus andanzas fueron notadas escrupulosamente por los servicios de información. Metido hasta el cuello en las discusiones sobre cómo pacificar el territorio, Cerdeira se vio acorralado in situ. A los militares se les llamaba “africanistas” pero de África sabían en general bastante poco. Tampoco gozó, en ocasiones, de grandes apoyos en Madrid. Era aquí, y en particular en la Dirección General de Marruecos y Colonias, dependiente de la Presidencia del Gobierno, donde se diseñaba, con frecuencia a salto de mata, la política hacia el Protectorado.  Un diplomático cuyas memorias el profesor Bernabé López García y servidor hemos editado en relación con dos diferentes etapas de su carrera, Francisco Serrat, (que no tenía buena impresión de Cerdeira), lo expuso sobradamente.

Cerdeira no careció de ayudas. Fueron numerosas las personas que, conociendo su valía, trataron de echarle una mano tras beneficiarse de sus servicios. Zarrouk detalla parsimoniosamente los obstáculos burocráticos con que tropezó en sus aspiraciones funcionariales y las zancadillas que se le pusieron. Nada de ello le arredró. Era consciente de la importancia de sus conocimientos y, cuando hubo que empezar a pensar en cómo hacer frente a los primeros brotes del nacionalismo marroquí, su papel se acrecentó. A su labor de intérprete añadió sus servicios como agente de información. El suyo era el patriotismo que no se voceaba. Se ejercía.

Oficialmente Cerdeira accedió a la carrera diplomática como primer secretario de embajada en marzo de 1933 pero esta nueva condición no le acompañó en uno de sus desafíos más acentuados: cómo contribuir a defender los intereses españoles en el nido de espías y de intrigas que era entonces la ciudad internacional de Tánger. Los franceses, por supuesto, estaban al acecho. Fue un agente “quemado” antes de llegar.

Cuando estalló la sublevación de julio de 1936 Cerdeira, que tenía su familia en Ceuta, no dudó en permanecer fiel al Gobierno. Inmediatamente se dio cuenta de que la retaguardia de los sublevados podría, tal vez, convertirse en un punto débil. También se movió en las aguas movedizas tangerinas con el fin de obstaculizar las maniobras de Franco para situarse en una posición cómoda en la plaza. Cerdeira fue la mano derecha del cónsul Prieto del Río a quien, por cierto, daba mil vueltas.

Su labor puso a Cerdeira en el punto de mira de Franco y, por ende, en el de la plana mayor de la sublevación. El desbarajuste republicano no permitió elaborar una línea de conducta coherente para aprovechar el incipiente nacionalismo marroquí, que pasó a alinearse con los rebeldes. Los agentes de Cerdeira en el Protectorado fueron pasados por las armas y el extraordinario arabista y novel diplomático se convirtió también en un objetivo al que había que liquidar.

El Ministerio de Estado, en pleno caos, no acertó nunca a identificar cómo aprovechar de la mejor manera posible los conocimientos de Cerdeira. Servidor ya fue hace muchos años extremadamente crítico de la gestión administrativa del Departamento. Su titular, Julio Álvarez del Vayo, se ganó bien la vida como periodista. Fue un buen embajador en México. De ministro estuvo muy por debajo de la naturaleza de los desafíos de la cartera. El hecho es que, después de varias fintas de traslado de Cerdeira a Turquía (muy poco en el centro de los acontecimientos que afectaban a España), la Superioridad (con mayúscula) optó por enviarlo de cónsul a Liverpool. Quizá porque estuvo unas semanas en el consulado de Casablanca, donde pronto se enfrentó con el vice-cónsul, un médico sumamente ideologizado que no tenía la menor idea de por dónde iban los tiros.

En enero de 1937 Cerdeira abandonó definitivamente el norte de África, a su familia en manos de los sublevados y sin un céntimo y puso rumbo al Reino Unido. Desde el punto de vista de gestión de los recursos humanos, diríamos hoy, era como echar perlas a los cerdos. Profesional hasta el tuétano, Cerdeira cumplió sus tareas a la satisfacción de todos. Incluso desenmascaró a un sujeto que servía a Franco bajo la cobertura de cónsul republicano en Newcastle.

En la derrota se portó con absoluta dignidad. Ansiaba volver a Marruecos para, al menos, estar cerca de su familia. Nadie le echó una mano. Ni sus colegas arabistas ni los diplomáticos franquistas. Era un apestado. Murió de un ataque al corazón en Niza en mayo de 1941. Tenía 52 años. Se conservan los papeles que se llevó consigo. A su familia no le pegaron cuatro tiros.

Este libro del profesor Mourad Zarrouk tiene para mí dos incentivos. El primero es personal: completa y amplía el conocimiento de los miembros de la carrera diplomática republicana a la que hace años dediqué un libro. El segundo es profesional: el autor, en passant, ha identificado dos claves que arrojan nueva luz sobre la conspiración en Canarias del general Franco. Se afirma que ya se conoce de ella todo lo que hay que conocer. Un brindis al sol.

Me permito invitar a todos aquellos que crean en tal enfoque a que lean esta biografía de Cerdeira y traten de determinar cuáles son dichas claves. Una es relativamente sencilla. La segunda es algo más complicada. Si lo hacen me rendiré ante su sabiduría y lo reconoceré públicamente. No tengo que señalar que aparecerán dentro de unos meses con todos los detalles en un libro que ya hemos terminado de escribir tres colegas y un servidor. Con nuestro agradecimiento al profesor Zarrouk y al profesor López García, uno de nuestros más eminentes arabistas, que lo ha prologado.

Mourad Zarrouk: Clemente Cerdeira. Intérprete, diplomático y espía al servicio de la Segunda República, Madrid, REUS editorial, 2017, 224 páginas.

Las duraderas privaciones españolas

12 septiembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Fuentes informativas sobre las condiciones reales de vida en la España de la postguerra y, adicionalmente, de los desvaríos imperiales franco-falangistas las constituyen el control postal ejercido por las autoridades británicas y los informes analíticos derivados que preparaba el Ministerio de Guerra Económica. En el crucial año 1941, cuando el pivote de la guerra europea se enriqueció con la invasión nazi de la Unión Soviética que, a la postre, contribuyó decisivamente a la destrucción del Tercer Reich, ambas fuentes arrojan fogonazos de gran interés. En este último post de la presente serie pasaré revista a algunos datos que conviene no olvidar, siquiera por eso de la atribución a Franco de la inmarcesible cualidad de espíritu elevado preocupado por el bienestar de los españoles.  

El 28 de febrero un informe de los servicios competentes británicos recogió, por ejemplo, que en España la obsesión por la comida había eclipsado cualquier otro tipo de preocupación política. En una carta se afirmaba que la situación no solo era trágica sino que causaba una vergüenza profunda porque era evidente que los ricos nadaban en la abundancia mientras que los pobres se morían de hambre.

Un escritor portugués, de la misma clase social a la que criticaba, plasmó sus impresiones de la siguiente manera:

“Madrid es un lugar de miseria y desesperación. Los pobres padecen de inanición y los ricos ni siquiera quieren enterarse de ello. No han aprendido nada de la última guerra civil. Lo único que les preocupa son ellos mismos y sus comodidades”.

Una percepción que, cuando menos, hay que comparar con el omnipresente lema falangista del “por la Patria, el pan y la justicia” o las sempiternas invocaciones a la “revolución nacionalsindicalista” pero a los que habría que contraponer la dura realidad: ¡para algo se había hecho la guerra!

Un sacerdote que se desplazó a Portugal escribió:

“A pesar de todas las carencias y el hambre quien tiene dinero puede conseguir cualquier cosa que haya disponible (…) En cuanto a los pobres trabajadores ya puedes imaginarte cómo les va y esto es lo que resulta verdaderamente terrible y la injusta distribución que sigue funcionando…”

Naturalmente estas condiciones creaban resentimiento y odio. Para controlar toda posibilidad de revueltas se intensificaban las delaciones, la actividad policial, las torturas y una represión generalizada. Pero el malestar salía en cuanto era posible. Véase la siguiente referencia:

“Pasé unos días en casa de un franquista en Madrid y me dijo que temía que más pronto que tarde se produjese una revolución, esta vez no de carácter político, y de todo el país contra el Gobierno.

La gente tenía una pinta horrible, con rostros que traslucían el hambre, los desharrapados se esforzaban en tirar de un baul en la estación y la policía les pegaba con las porras que llevan.”

Entre los comentarios que este control postal suscitó a los británicos destaca que la Administración, falangistizada, era un fracaso total. Carecía totalmente de ideas y estaba en la más absoluta y completa desorganización. El país se encontraba en una situación peor que la que la gente recordaba de cualquier régimen precedente.

El ministerio de Guerra Económica recibió igualmente informes analíticos sobre las causas de la tristísima situación alimentaria. Uno de los más interesantes la retrotrajo a la interconexión de cuatro factores: falta de alimentos; carencias de otros suministros; dificultades de transporte y distribución y fracaso de los controles de precios.

La falta de trigo no solo se debía a las malas cosechas (a su vez fruto de los caprichos climáticos y la ausencia de instrumentos, maquinaria y abonos) sino a la incapacidad de las autoridades por conseguir captar todo lo que se producía. Los incentivos monetarios no funcionaban porque los campesinos no sabían qué hacer con ellos. En muchas regiones se había recurrido de nuevo al trueque. Los jornaleros se negaban a trabajar por dinero y querían pagos en especies. Las pésimas comunicaciones acentuaban las carencias. Los ferrocarriles no tenían material rodante y combustible suficientes. A la industria del acero le faltaban la chatarra, el níquel y las ferroaleaciones. Quienes en la zona centro quisieran adquirir aceite por trigo no podían hacerlo. Los mineros asturianos que deberían estar trabajando con la máxima eficiencia desfallecían por docenas en el tajo. El control de precios era, en tales condiciones, un chiste. Los precios se habían disparado a nivel tal que el hombre de la calle solo podía soñar con comprar ciertos productos.

No extrañará que empezaran a producirse epidemias de tifus, incluso en Madrid, en donde las autoridades sanitarias carecían de medios para combatirlas. No había desinfectantes ni jabón. La tasa de mortalidad era muy elevada. Como ha señalado Moreno Gómez, la dictadura se empeñó siempre en minimizar el problema. En Córdoba, por ejemplo, no se reconoció su existencia hasta el 25 de mayo de 1941. Las zonas más afectadas, fuera de las mencionadas, se ubicaron en Sevilla, Málaga, casi toda Andalucía y la España al sur de la capital. La embajada norteamericana obtuvo medicamentos para su personal. El embajador británico pidió el envío inmediato por avión con el fin de poder tratar al menos 200 casos graves. Desde el War Office se instó la posibilidad de estudiar si la Cruz Roja británica estaría en condiciones de enviar ayuda. En Murcia se habían producido numerosos fallecimientos. Un funcionario del Foreign Office se sintió impelido a anotar sus impresiones:

“No puedo por menos de pensar que, bien mirado todo, el pueblo español podría estar mejor bajo una administración alemana eficaz que como se encuentra en la actualidad.”

¡El colmo! pero no podría haber habido un juicio más certero ya que la dictadura quería precisamente crear en España un remedo de la política terrorista del Tercer Reich. Esto es algo que han observado autores tan distintos como Harmut Heine, Eutimio Martín y el propio Moreno Gómez.

No deseo cansar al lector con repeticiones innecesarias. Por el momento merece la pena reseñar que el 7 de junio de 1941, por orden del gabinete de Guerra británico, se envió un telegrama supersecreto a Washington, en el que pongo en itálicas un punto de vista suficientemente expresivo.  Decía así:

El ministro español de Asuntos Exteriores [Serrano Suñer] está esforzándose todo lo que puede en poner obstáculos a la política británica y norteamericana de ayudar económicamente a España y crear así una situación en la que pueda inducirse una mayor y más activa colaboración con el Eje. A pesar de la fuerte oposición interna a la política de [Serrano] Suñer, podemos vernos confrontados con una situación crítica en las próximas semanas. Es por tanto muy importante que se llegue a un acuerdo para que se nos dé mayor publicidad…”

Se comprende esta percepción, fuese correcta o no. En aquellos momentos Serrano Suñer luchaba por su supervivencia política y bien podría entenderse que lo menos que quería era que la ayuda anglosajona interferiese con sus intenciones de entrar en guerra al lado del Eje. Que los “rojos” –y otros que no lo eran- pasasen hambre (mejor dicho, que corrieran el riesgo de morir de inanición) no entraría en sus preocupaciones primordiales. No se trata de atacarlo gratuitamente porque ¿reflejó siquiera mínimamente en sus memorias aquella situación espeluznante? Para eso hubiese necesitado tener alguna fibra moral.

En aplicación de la estrategia seguida los británicos continuaron mostrándose más generosos que los alemanes. En abril de 1941, por ejemplo, se firmó un nuevo acuerdo de préstamo suplementario, a pesar de las reticencias del titular del Palacio de Santa Cruz, que sí bloqueó otras iniciativas norteamericanas con un comportamiento que, profesionalmente hablando, solo cabe caracterizar de penoso cuando no de traidor.

¿Y qué decir de los nazis? Un telegrama de von Stohrer del 6 de febrero de 1941 arroja luz sobre cómo los alemanes juzgaban la situación.

En las semanas precedentes se había agravado considerablemente. En muchas partes no había pan en absoluto. Se temían revueltas. Aumentaban los delitos contra la propiedad. Incluso el Ejército no recibía lo suficiente ni en comida ni en vestimenta. Reinaba mal ambiente. La amargura de la población estaba tanto más motivada cuanto que todavía había detenidos entre uno y dos millones de rojos (sic). Mal alimentados. Sus familias pasaban hambre. Los casos de corrupción y la falta de sentido social de los acomodados incrementaban la desazón.

Permítanme los amables lectores que me detenga un momento en esta última afirmación. La hacía un alemán acomodado, miembro del partido nazi y al servicio de la dictadura nacionalsocialista. Una dictadura que había declarado el fin de la lucha de clases y su sustitución por la Volksgemeinschaft (comunidad racial) al servicio de un afán imperialista marcado por la biología. Sin embargo, le chocaba que en la “España imperial” que cantaban los falangistas y que llenaba los discursos de Franco y de sus adláteres no existiera el menor sentido social.

Es una formulación que permite intuir que si eso ocurría con la élite dirigente, los vencidos ya podían morirse de hambre tranquilamente con tal de que no molestaran. El Caudillo no hubiese variado un ápice sus planteamientos imperiales de haber tenido la menor oportunidad de materializarlos. Como no fue así, el hambre fue refuncionalizado en pretexto inexcusable para diferir la entrada en la guerra y luego para levantar un monumento a la genialidad del Caudillo gracias al cual habríamos llegado a la España de hoy.

FIN

REFERENCIAS

En general me he basado en documentación conservada en los legajos FO371/24513, 24509, 26890 y 26946, en los Archivos Nacionales británicos de Kew (Surrey), pero esto no quiere decir que no haya disponibles otras fuentes. Quizá la más importante sea el artículo de Miguel Ángel del Arco Blanco,“´Morir de hambre´”. Autarquía, escasez y enfermedad en la España del primer franquismo”, en Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, vol. 5, 2006.

Datos relevantes se encuentran en:

Manuel González Portilla y José María Garmendia Urdangarín: “Corrupción y mercado negro: nuevas formas de acumulación capitalista”, en Sánchez Recio, Glicerio y Julio Tascón Fernández, (eds.), Los empresarios de Franco. Política y economía en España, 1936-1957, Barcelona, Crítica, 2003.

Jordi Maluquer de Motes, Jordi: La economía española en perspectiva histórica, Barcelona, Pasado&Presente, 2014.

Francisco Moreno Gómez: La victoria sangrienta, 1939-1945. Un estudio de la gran represión franquista, para el Memorial Democrático de España, Madrid, Alpuerto, 2014

Así como en numerosos trabajos de Carlos Barciela y Ricardo Robledo que, ¡vaya por Dios!, no parece que sean conocidos del profesor Payne.

El trabajo de Ángeles Arranz Bullido no está publicado.

A todos ellos, mi agradecimiento.

De vueltas con el hambre en la postguerra

5 septiembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

El 9 de mayo pasado publiqué un post más en una una serie que pretendía alumbrar la situación concreta de hambre que reinó en España después de la guerra civil y el comienzo de la europea. Utilicé documentación española y británica como instrumentos fiables para enmarcarla. Cuando ya me acercaba al final de la serie surgió la necesidad de realizar unas cuantas aclaraciones y puntualizaciones sobre las responsabilidades compartidas entre franquistas y nazis en la dinámica de guerra y de colaboración que condujo a la destrucción de Gernika. Un tema en el que siguen subsistiendo tesis opuestas a las mías. Dicha interrupción me tuvo ocupado hasta finales de julio, algo más de lo que preveía. Después llegó la temporada de vacaciones en la que siempre he interrumpido este blog. ¿Cuántos se preocuparán por temas del pasado en medio de los atractivos y alicientes del verano? Nadie podía pensar en el shock de los atentados yihadistas en Cataluña. Ahora, al plantearme la reanudación del blog, me cuesta un poco de trabajo dejar sin terminar la serie sobre el hambre. De aquí que en este post y en el próximo la concluya. En las vacaciones, que por cierto continúo en Grecia, he tenido tiempo de pensar en temas adicionales que espero poder ir desgranando progresivamente. En cualquier caso trataré de mantenerme en el pasado sin caer en la tentación de referirme a tiempos actuales. Este es, esencialmente, un blog de historia.

Volviendo a la posguerra lo primero que hay que señalar que no solo los británicos o los norteamericanossino también los nazis sabían perfectamente que bajo Franco reinaba el hambre. Era una realidad inocultable. Así, por ejemplo, el embajador alemán Eberhard von Stohrer, que llevaba años representando al Tercer Reich en España, envió el 15 de noviembre de 1940  a Berlín un desgarrador despacho sobre la situación alimenticia. No la describió como próxima a la hambruna sino prácticamente como tal. Había empeorado desde la famosa visita de Serrano para escuchar los cantos de sirena de los jerifaltes nazis.

El déficit de trigo, para la alimentación y la siembra, superaba el millón de toneladas, según el embajador. En estas condiciones era evidente que el descontento popular no podía sino aumentar. Tal descontento se manifestaba no solo en una creciente crítica al régimen sino también en el deseo, cada vez más ferviente, de evitar la entrada en guerra. Se echaba la culpa a Alemania por las carencias alimenticias dado el chorro de exportaciones que se enviaba a tal país. No necesitó señalar que era la más dura y pura realidad porque en Berlín el tema no despertaba la menor preocupación. Los nazis siempre tan simpáticos…

Habría que añadir, para ser exactos, que los británicos seguían sin fiarse un pelo de Franco. Temían que si, por ejemplo, levantaban la mano en la concesión de navicerts para que el cereal argentino pudiera llegar en grandes cantidades a España correrían dos riesgos: dar un respiro al dictador y permitirle acumular stocks. No era posible ser demasiado generosos. Lo que estaba en juego era la supervivencia del Reino Unido y la necesidad de evitar por todos los medios que España basculara del lado del Eje. El control de los ritmos de tolerancia para los suministros de ultramar se había convertido en un arma de guerra. Tampoco, claro, había que mantener a los españoles en la hambruna. Mientras tanto, era tolerable que los falangistas gritaran a porfía su desprecio por la hipócrita Albión. El coste real era mínimo.

Franco se sentía incómodo. O hacía como sí. Tuvo ocasión de exponer su berrinche, más o menos fingido, al embajador portugués a finales de enero de 1941.  En una de sus entrevistas se lanzó a un feroz ataque contra los británicos. Los acusó de tratar de doblegar a España (susurremos, por lo bajines, al “Imperio en formación”) gracias al hambre que fomentaban (sic). No le faltó el toque de paranoia. Habían ocupado España con millares de espías (sic) que excitaban a los “rojos” a la revolución.

El portugués, muy sorprendido, replicó que le extrañaría mucho pero Franco insistió tanto que su interlocutor, consciente del dicho de que “cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar”, llegó a pensar si los británicos no harían algo parecido en Portugal. El embajador inglés le explicó que tales inculpaciones servían de mero pretexto a Franco para explicar la negrura de la situación alimenticia  y achacarla no a la propia incompetencia sino a la mala fé británica. No le faltaba razón. La naciente dictadura no se prodigaba demasiado en hacer de vez en cuando algún ejercicio de introspección (y cuando lo hacía se guardaba en el más cerrado de los secretos). Prefería vehicular las ideas de la propaganda pro-nazi que, naturalmente, esquivaba cualquier mención de la desviación española de comercio hacia el Tercer Reich. Por si fuera poco, en los primeros meses de 1941 la maquinaria de guerra nazi parecía imbatible.

La política de cuentagotas británica en el suministro de alimentos es inseparable de la valoración de los numerosos informes de que en Londres se disponía sobre el hambre reinante en aquella España que, como los falangistas no se cansaban de gritar, tenía voluntad de Imperio (aunque Payne diga ahora que era un tema del tiempo y que esencialmente era espiritual). ¡Ja, ja!

Los informes que se manejaban en Londres abarcaban todas las dimensiones. Eran de tipo local, regional y general.  Al escarbar entre los primeros lo realmente notable es que destacaran que solo en Vigo la situación había mejorado un pelín. Se había distribuído aceite y pan (tras la llegada de una carga de maiz argentino) pero apenas si había carbón. Además, las diferencias siderales entre España y Portugal habían inducido a las autoridades a permitir que la población gallega se desplazase al país vecino a hacer compras. Este contrabando esparcía sus bendiciones por toda la región. No extrañará que el consulado británico señalara que probablemente la situación en Galicia era mejor que en otras partes debido a sus circunstancias particulares.

Fuera de Galicia,  las condiciones seguían siendo horribles. Un ejemplo. En la zona de Cartagena no había aceite ni café. Los suministros eran muy irregulares. Las cantidades, mínimas: 150 gramos de pan cada semana o diez días; en los casos del arroz, garbanzos, azúcar, judías y lentejas se repartían entre 100 y 200 gramos en intervalos infrecuentes. Los precios de otros productos eran muy elevados. Lo único que había en cantidad suficiente eran las frutas. El jabón se conocía solo de memoria. La última distribución, de 250 gramos por cabeza, databa de principios de diciembre. Apenas si se disponía de carbón vegetal.

Este tipo de informaciones permitía apreciar la situación realmente existente. No bastaba con acudir a los datos oficiales. Así, valga el caso, en lo que se refería al azúcar oficialmente se distinguía entre población civil, economatos mineros, hospitales, barcos y otras colectividades. Teóricamente,  las asignaciones (en 1943) eran de 250, 300, 450 y 250 gramos ¡al mes! Son datos que en su momento recogió en su trabajo sobre la CAT María Angeles Arranz Bullido. La realidad era muy diferente. En cuanto al jabón, que naturalmente servía para no ir de pordioseros por la vida, se preveían 200 gramos mensuales, pero los informes del consulado muestran que en la práctica ni se veían.

En Cataluña la situación agrícola no mejoraba. Faltaban ganado, tractores y utensilios de labranza. La ayuda prometida por el Ejército no se había materializado. Se había pasado a practicar un cultivo extensivo, pero la carencia de fertilizantes imposibilitaba el aumento de las cosechas. En Sevilla la desnutrición afectaba negativamente a la producción, en particular la minera. Muchos de los fallecimientos en los hospitales se debían a la falta de comida. Se habían observado casos de muerte en la calle por inanición. Algo que ya se conocía en otras partes desde tiempo atrás.

Ante los barcos británicos se apiñaba la gente mendigando alimentos. La policía tenía que intervenir y dispersar las multitudes a porrazo limpio. Cariños de los vencedores. La Junta de Abastos era un ejemplo de ineptitud total. ¿Conclusión? Nada de ello contribuía a minorar el odio que la clase obrera experimentaba hacia la dictadura. Pero, en el interín, los panegiristas del régimen justificaban, con gran éxito de lectores y premios oficiales, las eternas e inmarcesibles “reivindicaciones de España”.

(Continuará)

Para concluir: Manos misteriosas ofuscaron las responsabilidades por la destrucción de Gernika

25 julio, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Como ahora ya se acercan las vacaciones y, en lo posible, quien más y quien menos ya estará pensando en ellas (servidor lo está) creo que hay que cerrar la presente serie de posts sobre las responsabilidades en torno a la destrucción de Gernika. En este último post quiero felicitar a los militares y/o historiadores franquistas por su éxito en haber logrado emborronar en todo lo posible las huellas de la connivencia con los nazis tanto en los antecedentes como en el hecho mismo. Desgraciadamente, para todos ellos, fracasado. Dado que he tenido el placer de prologar el libro del profesor Xabier Irujo, no me extenderé en otro tema. Tal vez, al regreso de vacaciones, si algún lector estuviese interesado podría volver, pero once posts sobre un aspecto central como es el de las responsabilidades me parece que son ampliamente suficientes. Lamento, eso sí, que ni Ricardo de la Cierva ni el general Jesús Salas (qepd) hayan podido leerlos. Quizá sus sucesores hayan aprendido algo.

En el Archivo Histórico del Ejército del Aire (AHEA), que supongo Salas conocería como la palma de su mano, existe abundante documentación sobre las relaciones entre la Legión Cóndor y el mando franquista. Que yo sepa, pocos son los gacetilleros que los han explorado. Vicente Talón entrevió algo, pero se echó rápidamente para atrás. Lo que hay machacaba su redentora tesis.

En tal documentación figuran numerosos resúmenes sobre las actuaciones de los pilotos nazis que, naturalmente, se comunicaban a la Jefatura del Aire y a la Misión italiana. No las hay en lo que se refiere al bombardeo de Gernika, salvo a  posteriori y debidamente desfiguradas. Este último es un tema conocido, aunque subsisten los emborronadores de papel (no daré nombres) que siguen interpretándolo con escasa luz. Paciencia.

Así, por ejemplo, restringiéndonos a algunas muestras aleatorias de los bombardeos efectuados antes de la ofensiva en el Norte podríamos destacar los informes del

  • 15 de marzo. Ataque la noche anterior de 14 Junkers 52 con 14.480 kilos de bombas sobre Alcalá de Henares y Guadalajara. Sin incendiarias.
  • 23 de marzo. Vuelo desde Zaragoza. Bombas de 50 kilos (que eran las normalitas, salvo mención en contrario) La tercera escuadrilla y dos Henschel 123 atacaron al norte de Titulcia, en vuelo muy bajo. Una escuadrilla del grupo VB/88, con Heinkel 111, lanzó 16 bombas sobre el aeródromo de Alcalá. Sin incendiarias.
  • Noche del 24 al 25 de marzo. Ataque a Brihuega, Alcalá de Henares y vías de comunicación. Brihuega, Torija y Trijueque bombardeados por dos aparatos. Los restantes, por falta de visibilidad, se dirigieron contra Guadalajara y las carreteras hacia Torija y Alcalá. Los primeros aviones salieron a las 22.10 con intervalos de 20 minutos. La última salida se produjo a las 00.33 y la última llegada tuvo lugar a las 2.33. Volaron ocho aviones de la primera escuadrilla. Se lanzaron 16 bombas de 250 kilos además de 128 de 50. Sin incendiarias.

En la misma noche la segunda escuadrilla bombardeó Alcázar de San Juan. El ataque se preparó saliendo dos aparatos uno tras otro seguidos por los demás con intervalos de 1.15 horas. Esto permitía intensificar el efecto sorpresa.  La distancia entre las pasadas se calculó para inducir a las autoridades de la ciudad a que encendieran de nuevo las luces. Ello facilitó la orientación de los cuatro aviones de la segunda escuadrilla con lo que se potenciarían los resultados. La primera salida tuvo lugar a las 21.00. Los dos aviones que la hicieron debían informar sobre las condiciones meteorológicas y la defensa antiaérea. Última salida a las 23.10. Última llegada a las 02.50. Sin incendiarias. [Me he detenido en esta operación porque en ella se utilizarían añagazas más o menos similares a las que después se aplicaron en Gernika, con la sustancial diferencia de que aquí la acción fue durante el día].

  • 25 de marzo. Ataque de dos Heinkel 111 al puerto de Santander con 32 bombas. Otro, con el mismo objetivo, con un segundo avión del mismo tipo y 16 bombas. Ataque de un Dornier 17 en Ocaña y un Junkers 86 contra la estación de Aranjuez, con 10 y 16 bombas respectivamente. Nuevo ataque con tres Dornier 17 sobre puentes al lado de Aranjuez con 30 bombas. 10 bombas más dieron en la estación. 20 bombas arrojadas sobre la línea de ferrocarril con Madrid. Un Heinkel 111 destruyó tres aparatos en el aeródromo de Madrid. El grupo A/88 operó desde Zaragoza: dos aviones contra la presa de Tremps con 12 bombas. Buenos resultados. Un nuevo ataque posterior la destruyó totalmente. Sin incendiarias.

Y así una larga, a decir verdad larguísima ristra. Siempre que era posible se informaba a la Jefatura del Aire (Kindelán) de que se aportarían más detalles sobre los efectos de las operaciones una vez que regresaran los aparatos de reconocimiento. Con frecuencia los partes eran muy breves. De lo que se trataba era, probablemente, de dar una primera impresión. Aparte de ello la Cóndor remitía numerosísimas informaciones sobre el adversario que se obtenían por los más diversos medios.

En la campaña de Vizcaya este tipo de comunicaciones se intensificaron así como las actividades de coordinación, pero ¡oh, cielos!, una mano misteriosa las ha hecho desaparecer en el entorno de Gernika. En la documentación de la 3ª Sección de la Jefatura Regional Aérea del Norte hay que denunciar la friolera de un hueco de mes y medio entre el 1º de abril y el 17 de mayo. Por lo que queda sabemos que las escuadrillas españolas del teniente coronel Rubio figuraban entre los destinatarios. Las órdenes de operaciones de la Cóndor se remitían escrupulosamente. A veces eran de un detalle considerable.

La Jefatura del Aire emitía, por su parte, Boletines de Información. No hemos encontrado la colección completa pero sí algún número significativo. Es el que corresponde al 22 de abril de 1936, es decir cuatro días antes de la acción sobre la villa foral. Lleva el número 33. En el apartado referido a la información propia, al abordar los efectos de “nuestras actuaciones”, puede leerse lo siguiente:

“Se han llevado a cabo con pleno éxito todos los servicios ordenados por el Alto Mando de esta Jefatura. Hoy han sido derribados e incendiados en el frente de Vizcaya dos aviones de caza nuevo tipo muy rápidos por nuestros Messerschmitt”.

¿Qué significa esto? Los Messerschmitt eran aparatos muy avanzados para la época. Formaban parte de la dotación, ¡cómo no!, de la Cóndor. No pertenecían, que yo sepa, a las fuerzas aéreas franquistas. Era, sin embargo, el Alto Mando español quien marcaba sus servicios. Los alemanes ejecutaban. Es decir, tal y como se había previsto antes de la ofensiva.

Al día siguiente, 23 de abril, el boletín nº 34 indicó:

“En el frente de Vizcaya nuestra Aviación ha cooperado con grandísima brillantez y eficacia al avance victorioso de las fuerzas de tierra”.

Es decir, la cooperación funcionaba. Se trata de una información escueta pero no menos significativa. ¿Qué pasó después? El 26 de abril no hubo boletín. Una casualidad. El siguiente, nº 35, del 27 afirmó contundentemente:

“Se ha continuado prestando eficacísimamente la colaboración a las tropas de tierra en su arrollador empuje en el frente vasco”.

Es decir, en el contexto más inmediato a Gernika no hay nada que haga sospechar que la cooperación tierra-aire sufriera el menor sobresalto. Dos preguntas se imponen: ¿por qué los boletines fueron parquísimos en el caso de la villa foral? ¿No sería por el temor a dejar cualquier tipo de constancia por escrito?

Naturalmente, todo el pasado previo al bombardeo de Gernika se borró de los documentos tipo. Si se abrió un expediente sobre la destrucción de la villa foral, y es bastante inverosímil que no se hiciera, también ha desaparecido. Una mano misteriosa se encargó de “procesar” la documentación relevante.

El problema es cuándo. Tal vez no fuese en aquel período mismo. Hasta los mandos, militares y civiles, más tontos necesitaban conocer algo de lo realmente ocurrido. Además, ¿quién iba a pensar que el franquismo naciente no iba a ser eterno? Es significativo que el Archivo Histórico del Ejército del Aire no fue de los que más rápidamente se abrieron en la Transición. Cuando servidor era un joven investigador y entró por primera vez en el Servicio Histórico Militar allá por el año 1974, gracias a una recomendación del profesor Fuentes Quintana, ya tenía una cierta experiencia del trabajo en archivo. En aquella época la primera regla consistía en hacerse amigo del equipo que servía a los investigadores desde el mando intermedio hasta los mozos de almacén. Siempre me dio buenos resultados.

Pues bien, uno de los soldaditos que allí trabajaban, y a quien solía dar buenas propinas para que me preparase rápidamente la documentación, se alegró mucho de que me comportara así porque era el único y no como “esos jefes y oficiales” que no daban ni las gracias y encima se llevaban papeles a su casa. Me dio los nombres, que silencio por una cuestión de mero pudor, algo de lo que andan sobrados sus correligionarios.

Otros investigadores (conozco al menos dos, íntimos amigos míos, y de los que tampoco daré el nombre porque si quieren pueden hacerlo ellos) tuvieron experiencias similares, no en el SHM pero sí en el “santo de los santos” de aquellos años: el archivo de la guerra civil en Salamanca.

No debería, pues, extrañar que hubiese sido tal vez en aquellos años febriles de la Transición cuando la mano misteriosa arramplase con todo lo que pudo encontrar en relación con el bombardeo de Gernika. Lo que queda es suficiente, sin embargo, para apuntalar firmemente la tesis de la corresponsabilidad hispano-alemana en la destrucción de la villa foral.

Esta es una tesis que he argumentado por activa y por pasiva desde los años setenta. La documentación posterior que ha salido a la luz no ha hecho sino reforzarla. Así, pues, con un pequeño ¡que se enteren! a los gacetilleros de pro, que siguen poniendo el peso de la responsabilidad en los hombros nazis para exculpar a los gloriosos “cruzados”,  cierro esta serie. No sin antes recordar a los lectores que lo deseen que consulten el ABC de Sevilla del 29 de abril de 1937 en el que se recoge el parte oficial que emitió el inefable Boletín de Información del Cuartel General del Generalísimo. Solo hay que ir a la página de la hemeroteca de ABC con unos cuantos clicks del ratón del ordenador.

A todos mis lectores les deseo un feliz verano, dentro de lo posible dadas las actuales circunstancias. Prometo volver al blog pasadas las vacaciones. Hacia el 5 o 12 de septiembre.

REFERENCIAS

Las obras no identificadas que he utilizado en esta serie de once posts han sido las siguientes:

Corum, James S., Wolfram von Richthofen: Master of the German Air War, Lawrence, University of Kansas, 2008.

*Irujo, Xabier: 26 de abril de 1937. Gernika, Barcelona, Crítica, 2017.

Kindelán, Alfredo, La verdad de mis relaciones con Franco, Barcelona, Planeta, 1981.

*Maier, Klaus A., Guernica. La intervención alemana en España y el “caso Guernica”, Madrid, Sedmay, 1976.

Raymond L. Proctor, Hitler´s Luftwaffe in the Spanish Civil War, Westport, Connecticut, Green Wood Press, 1983.

Ries, Karl y Ring, Hans, Legion Condor, 1936-1937. Eine illustrierte Dokumentation, Mainz, Verlag Dieter Hoffmann, 1980.

*Schüler-Springorum, Stefanie, Krieg und Fliegen. Die Legion Condor im Spanischen Bürgerkrieg, Paderborn, Ferdinand Schöning Verlag, 2010 (hay una edición abreviada en castellano en Alianza).

*Herbert R. Southworth, La destrucción de Guernica. Periodismo, diplomacia, propaganda e historia, Granada, Comares, 2013 (edición de Ángel Viñas)

(Las señaladas con * tienen una abundantísima bibliografía y están basadas en fuentes primarias relevantes de época).

Lo que hubo tras la queja de Kindelán a Franco

18 julio, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el anterior post vimos que Kindelán, como general jefe del Aire, tenía la vara alta sobre la aviación franquista y la aliada. La fecha que no llegó a determinar el coronel de Montoto sobre cuándo esto ocurrió puede determinarse en el contexto de los preparativos para la ofensiva contra Vizcaya. Pero lo importante es señalar que la queja de Kindelán a Franco no estuvo relacionada con las operaciones en el Norte. Estuvo relacionada con la postura de Sperrle de negarse a desviar aviones hacia el frente central. Punto. En ello se vio respaldado directamente desde Berlín. Ni que decir tiene que esta circunstancia no aparece ni en sus memorias ni ha sido abordada por ninguno de los numerosos historiadores pro-franquistas.

Esta omisión se explica fácilmente. Combinada con la ignorancia o distorsión de los arreglos operativos y tácticos para la utilización de la aviación en estrecha coordinación con la artillería y la infantería a fin de hacer progresar el frente en dirección a Bilbao, el bombardeo de Gernika -como el de Durango el 31- conlleva directa e irremisiblemente la responsabilidad española. Esto es, afecta al núcleo central de las mentiras vertidas sobre la destrucción de la villa foral y que explotaron cual carga de trilita tan pronto como en el extranjero estalló la controversia sobre su autoría. Gracias afortunadamente a los esfuerzos de George Steer y de sus compañeros periodistas y la impagable contribución del propio general Franco y de su propaganda al echar la culpa a los “rojos separatistas”, incluidos mineros asturianos. Bajo la batuta, no hay que olvidarlo, de Luis Bolín, de inmarcesible fama por el turbio asunto del Dragon Rapide sobre el cual no tardará en aparecer un nuevo libro que -de esto no tengo la menor duda- no hará las delicias de los gacetilleros, periodistas de medio pelo e incluso cultos historiadores neo-franquistas.

Sin embargo, está fuera de toda duda que el coronel Juan Vigón, jefe de EM de las Brigadas de Navarra y el hombre de brega de Franco, Mola y Solchaga en la coordinación con los alemanes, no se llamó a engaño sobre la capacidad de Kindelán de mover la aviación extranjera.

Mucho antes de la queja de Kindelán a Franco, tan distinguido coronel, siempre gran admirador de los militares nazis, había escrito al jefe del Aire una carta que Muñoz Bolaños ya citó. Por razones que se me escapan lo hizo solo parcialmente. El lector debe tener en cuenta que está fechada el 29 de marzo, un día importante y significativo, como ya hemos indicado en el post anterior.

En tal carta Vigón también escribió lo siguiente:

“No sabíamos aún vuestra idea. Yo desearía que de no tener tú el mando, lo conservasen v. Sanders (sic, Sperrle) y v. Richthoffen (sic) con quien espero ir muy bien”.

Cualquier lector podrá advertir que Vigón se expresó en el pasado (“no sabíamos”). Esto significa que el 29 de marzo ya lo supieron. Es decir, para ese día Franco ya había confirmado el mando a Kindelán. A no ser que servidor juegue una mala pasada a la gramática castellana. Lo que implica que el retraso en decidir no correspondía a Sperrle sino al Generalísimo teniendo en cuenta las condiciones de utilización de la Cóndor tal y como se expresaron en el documento 113.

Ahora bien, lo que nos extraña sobremanera es que, al argumentar lo contrario, Muñoz Bolaños dejase de lado que, en la misma carta, Vigón explicó a Kindelán algunas propuestas, como si fuera a este a quien correspondiera decidir. Nada mejor que citarlas extensamente para que los lectores juzguen si mi apreciación es correcta o no:

“Quería decirte: 1º Que me parecía indispensable [subrayado en el original] que contribuyésemos a rehabilitar el crédito de las armas italianas, por razones buena política externa; 2º Que para ello deberíamos facilitarles las cosas, asignándoles misiones sin riesgo; utilizarlos solo en apariencia; 3º Asociarlos a nuestros éxitos -si Dios nos los otorga- con la máxima generosidad. Todo ello, sin exponerlos, ni exponernos, a un paso atrás poco elegante”.

Es decir, lo que Vigón proponía no era, ni más ni menos, que hacer uso de la Aviazione Legionaria de cierta manera, comprensible tras el desastre de Guadalajara. Los fascistas podían gritar y autoalabarse en su prensa todo lo que quisieran, pero no podían evitar que los gloriosos guerreros (perdón, “cruzados”) de Franco les consideraran de poco peso en comparación con los brillantes aviadores germanos.

Es obvio, con todo,  que Vigón no se hubiera dirigido así a su superior y amigo de no haber tenido Kindelán capacidad de disposición. Otra cosa es que, por razones fácilmente comprensibles, el general jefe del Aire optase por poner a los italianos bajo el mando operativo alemán.

No creemos que sea necesario profundizar más en este tema. Lo que nos interesa ahora es ver cuál era la posición de Kindelán después de Gernika. Como es sabido, tras el escándalo internacional, que no hizo sino acrecentarse en las semanas siguientes a la destrucción de la villa foral, Franco prohibió el bombardeo de ciudades sin autorización previa. El general Salas, que fiel a sus principios heurísticos y metodológicos, ya había tergiversado una orden anterior ya comentada, exultó y reprodujo la nueva (anexo 61, p. 337, de la última edición de su magno opus). La dirigió Kindelán, como general jefe del Aire, a Sperrle el 10 de mayo de 1937, quince días después de lo ocurrido. El telegrama decía así:

“Por indicación del Generalísimo participo a V.E. que no deberá ser bombardeada ninguna población abierta y sin tropas o industrias militares sin orden expresa del Generalísimo o del General Jefe del Aire. Quedan exceptuados naturalmente los objetivos tácticos inmediatos del campo de batalla”.

¿Quién se reservaba la posibilidad de emitir tal autorización? Pues, según los términos de tan “bondadosa” orden, fueron Franco o Kindelán. Tan tajante instrucción, que no puede hacer salivar demasiado a los historiadores neo-franquistas ya que se produjo después de los hechos, serviría al menos para evitar tal tipo de bombardeos. Podría argumentarse, claro está, que Bilbao no caía dentro de las categorías indicadas (no era ciudad abierta, tenía tropas y también objetivos militares). El terrorista sin fisuras que era Mola desde el primer momento de la campaña había deseado arrasar la capital vizcaína, a lo que se habían opuesto duramente los alemanes que ganaron la partida. Es un tema conocido. Por lo demás, no hay que insistir en que tras Gernika los bombardeos de Bilbao continuaron como si tal.

La cuestión que se suscita es cómo reaccionaron no ya los alemanes sino los propios franquistas. Los historiadores “cruzados” (es decir, de la “cruzada”) son extrañamente silentes en este tema. Conviene ilustrarles, siguiendo la práctica evangélica de enseñar al que no sabe.

El 25 de junio, poco después de caído Bilbao y a los dos meses del bombardeo de Gernika, Sperrle planteó a Kindelán

“¿Existen objeciones al traslado a Palma de la escuadrilla de hidros de reconocimiento que se reforzará hasta llegar a seis aparatos?”

Parece clara la relación de subordinación establecida. Kindelán, muy amablemente, dijo que no y afirmó:

“Me interesa en efecto mucho concentrar en la Isla de Mallorca sus hidros de reconocimiento, que serán aumentados de seis”.

Vamos, que ambos generales estaban, como se dice, a partir un piñón. Sin embargo, en aquel mismo día, Sperrle telegrafió a Kindelán:

“La Aviación Legionaria se interesa por el aeródromo de Calahorra al S. de Herrera. Este campo está previsto para la Legión Cóndor. Rogamos informe y pase órdenes por escrito a los legionarios ya que en caso contrario no podría cooperar la Legión Cóndor con las fuerzas nacionales en su ataque”.

Es verosímil (no lo sabemos) que los italianos plantearan objeciones. El hecho es que el 6 de julio Sperrle escribió al Cuartel General por mediación de Kindelán:

“Una división de fuerzas de la Legión Cóndor es imposible. Si la situación lo requiere se encuentran dispuestas todas las fuerzas aéreas de la misma en los aeródromos para el ataque en parte E. de Ávila”

Es decir, que la subordinación prevista en el documento 113 no implicaba que Sperrle, empeñado en la campaña del Norte, estuviera dispuesto a dividir sus fuerzas. ¿Y qué hizo el mando franquista? Suponemos que se aguantó.

El lector podría pensar que las relaciones entre españoles y alemanes se habían deteriorado. No. No en el plano operativo. Esto se demuestra en la aplicación de la orden del 10 de mayo de Franco.

Hemos encontrado un telegrama de Sperrle a Kindelán, sin indicación de fecha, que decía así:

“Sobre bombardeo del puerto de Santander y del vapor Montemar. En su tiempo ordenó el Generalísimo al Jefe de la Legión Cóndor no bombardear los barcos ni el puerto de Santander. Ruego por tanto orden escrita del Generalísimo al Jefe de la Legión Cóndor autorizando dicho bombardeo. Un servicio de la Legión Cóndor para bombardear un solo barco no puede ser efectuado”.

¿Qué significa este telegrama? Evidentemente que había habido una orden de Franco prohibiendo un determinado bombardeo. Sin embargo, también parece obvio que Kindelán quería que se llevase a cabo y que el alemán dio a conocer sus objeciones. Las razones (un solo barco) no nos interesan. Lo que nos interesa es la respuesta. Dado que Sperrle quería una orden por escrito debió de recibirla porque hemos localizado también una comunicación suya del 5 de julio a Kindelán:

“Bombardeo de represalia no se efectuó hoy por causa del mal tiempo. Para mañana espero nueva orden por telegrama. Confirmación por escrito”.

Nos parece bastante claro que a Sperrle no le gustaban las instrucciones de Franco/Kindelán y que quería moverse con pies de plomo. Por ello insistió hasta que recibió una nueva confirmación:

Ratifico orden bombardeo represalia Santander en la misma forma que estaba acordada. Contesto su comunicación hoy”.

Queda, pues, demostrado que la cadena de mando Franco-Kindelán-Sperrle, establecida antes de Gernika, subsistió después. ¿Cómo, en estas condiciones, puede disociarse la responsabilidad alemana por la ejecución del bombardeo y destrucción de la villa foral de la responsabilidad franquista en el planteamiento estratégico, operativo y táctico de la campaña del Norte?

Aportemos ahora el propio testimonio de Kindelán, tal y como figura en sus -por lo demás, poco fiables- memorias:

“Debo declarar que no tuve serias quejas de los mandos extranjeros…Con los jefes profesionales… no tuve el menor roce. Con los jefes de la Legión Cóndor, Sander y von Richthofen, estuve identificado y compartí, a menudo, los observatorios avanzados”.

¿Hemos de concluir que Kindelán, posteriormente feroz opositor a Franco, receptor de cuantiosos sobornos británicos durante la segunda guerra mundial y a quien SEJE, en una muestra de inigualable soberbia, hizo marqués, fue un mentiroso?

Es hora de ir concluyendo…