Una forma de contextualizar el “Documento Companys”

14 noviembre, 2017 at 11:14 am

Ángel Viñas

El peso histórico de un solo documento, como el expuesto en los tres posts precedentes, no puede limitarse a un análisis crítico interno. Es preciso contextualizarlo. Esta es una labor tediosa que requiere ciertas habilidades por parte de quien lo haga. Puede tenerlas en el grado requerido o no. Cuando di clases en un master de Historia Contemporánea (guerra civil, franquismo) en la UCM hace varios años, una de las posibilidades que ofrecí a la hora de preparar el trabajo de fin de curso estribaba en hacer una crítica de ciertos documentos. Todavía recuerdo uno que me impresionó poderosamente hace casi cuarenta años cuando lo descubrí: una carta del ministro subsecretario de la Presidencia almirante Luis Carrero Blanco a su compañero el ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella sobre la relación con Estados Unidos. Databa, creo, de 1961 y me pareció absolutamente fundamental para abordar la comprensión que la dictadura tenía de sí misma y de su relación con la escena internacional. Los resultados de la contextualización que realizaron algunos asistentes difirieron entre sí. Lo normal. Con ello mostraron su capacidad relativa de quizá llegar a ser historiadores excelentes, buenos o simplemente normalitos.

 

Utilizaré el “documento Companys” para señalar cómo yo procedería si tuviese que escribir un artículo académico sobre el Consejo de Guerra y el fusilamiento del expresidente de la Generalitat. Advierto que no soy un experto en el tema y que no he leído demasiado sobre el caso. También que, obviamente, no tengo la menor intención de escribirlo.

Lo primero que haría sería tratar de encontrar la evidencia primaria de época conexa. Es decir, la documentación relacionada con el consejo de guerra que pueda encontrarse en los archivos relevantes. Estos no son numerosos. Lo normal es que se encuentren en Barcelona y en Madrid (o tal vez solo en Madrid, dada la significación de Companys).

Simultáneamente, porque el buscarla y encontrarla -si existe- puede llegar algún tiempo, examinaría la evidencia externa, es decir, la utilizada de cara al exterior de los círculos militares, a saber, noticias de prensa y eventuales declaraciones. Lo haría para fijar hechos en primer lugar y para no olvidar, en segundo término, las interpretaciones dadas en la época.

Una vez acumulado un cierto volumen de información que considerase suficiente lo ordenaría cronológica y temáticamente y ME PONDRÍA A ESCRIBIR. Es decir, haría un primer borrador basado en las fuentes localizadas hasta ese momento. No me preocuparía de las lagunas que subsistieran. Trataría de identificar el hilo conductor de los hechos y, por ende, del relato que tuviera en cuenta todos ellos.

En él las lagunas serían perceptibles. Probablemente existirían incongruencias, inconsistencias y saltos no explicados. Entonces, Y SOLO ENTONCES, sería el momento de comparar mi pre-relato con el existente en la bibliografía. Se presentarían discordancias, positivas y negativas. Positivas porque, si el documento no era conocido, nadie que hubiese escrito sobre el caso lo habría tenido en cuenta. Algo de cajón. Negativas porque en la literatura se habrían explorado datos conexos. La bibliografía existente colmaría verosímilmente muchas lagunas, pero no siempre en el sentido que se desprendiera del pre-relato.

Acomodar este pre-relato con los conocimientos disponibles en la literatura es una labor a la que no cabe renunciar. Forma parte integrante del proceso de contextualización de un determinado documento. Permite corroborar, o no, lo escrito por otros autores y al investigador apoyarlos o no.

Todo lo que antecede es fácilmente comprensible pero no agota las posibilidades que se abren al historiador. Es preciso definir los límites de la contextualización. Pueden ser más amplios o más estrechos. Los objetivos y criterios del investigador se revelan en tal delimitación. Conviene que los haga explícitos. En el caso que nos ocupa se me ocurren varios: ¿aclarar el “caso Companys” por sí mismo?, ¿hacer de él una ilustración, un ejemplo, de los procedimientos judiciales de la dictadura en 1940?, ¿o se quiere más bien demostrar la aplicación torticera de las bases “legales” de que se sirvieron los vencedores durante la guerra civil y después? Cabe abrir las puertas a comparaciones. ¿Hubo otros casos más o menos similares al de Companys?. ¿Qué similitudes y diferencias pueden apreciarse?

Tampoco cabe dejar de lado el “aprovechamiento” que la dictadura hizo del juicio y condena a muerte del expresidente de la Generalitat. ¿Qué fines se persiguieron? ¿Cuáles fueron las reacciones que suscitó? ¿Qué lecciones extrajo la historiografía subsiguiente? ¿Por qué se mitifió el caso Companys y no otros similares?

En este sentido, una comparación ineludible es el fusilamiento de varios destacados socialistas que comparten con Companys la condición de haber sido entregados por los nazis a las autoridades franquistas con la connivencia, en mayor o menor medida, de las autoridades de la Francia de Vichy. Siempre con la presencia de uno de los policías más siniestros de la ya por sí siniestra dictadura como fue el inspector Pedro Urraca Rendueles.

Algunos de los viejos empleados de la embajada de España en Bélgica todavía se acuerdan de él y de cuando estaba incrustado en ella para, se decía, vigilar al exilio español en este país. Hay una biografía sobre dicho personaje, pero que no he tenido la menor curiosidad por leer. Quizá contenga más datos sobre el consejo de guerra y no sería correcto por mi parte no darla a conocer por si alguien de quienes me hacen el honor de leer estos posts quisiera consultarla.

Es imposible no aludir, en cualquier caso, al consejo de guerra paralelo al que fueron sometidos, entre otros, Julián Zugazagoitia, director del periódico El Socialista, ministro de Gobernación en el primer Gobierno Negrín y secretario general de Defensa Nacional en el segundo y tercero. O su compañero periodista, y también socialista, Francisco Cruz Salido. Como es archisabido, ambos fueron fusilados, en tanto que otras personas que los acompañaron en el respectivo consejo de guerra fueron posteriormente indultadas. Aparte de que los tres fueron acusados de haberse rebelado en 1936 y de que los ejecutaron vilmente con un mes de diferencia, ¿cabría determinar algún elemento en común o discrepante entre los inicuos procesos que llevaron a la muerte a Zugazagoitia, Cruz Salido y Companys?

Todavía cabría hacer una contextualización más amplia a dos niveles.

El primero sería comparar la causa contra Companys con la seguida en otros casos de los que conocemos los pormenores y la atmósfera en que tuvo lugar el consejo de guerra correspondiente. Sin entrar en honduras, en las que el historiador puntilloso debería profundizar, me vienen a la memoria los recuerdos del profesor Nicolás Sánchez- Albornoz (Cárceles y exilios, Barcelona, Anagrama, 2012) sobre el consejo de guerra que lo juzgó junto con otros trece encartados el 12 de diciembre de 1945. Este distinguido historiador hace un recuento completo de sus proclamadas actividades delictivas, sus experiencias en la cárcel, sus recuerdos de otros prisioneros que fueron ejecutados y su propio consejo de guerra en el que los juzgadores no sintieron la necesidad de tomar nota. En su caso la petición del fiscal de tres años se dobló a seis. También compara Sánchez-Albornoz la actitud de su defensor (que hizo un alegato probablemente tan corto como el que se dio en el caso de Companys) con el amplio escrito presentado por otro en la causa seguida contra el cineasta Ricardo Muñoz Suay y otros miembros del PCE. Este defensor desmontó punto por punto la acusación del fiscal. Fue el teniente Emilio Andrés Méndez Vigo y me pregunto si no sería familia del actual Ministro de Educación y Cultura.

El segundo nivel estribaría en encajar el consejo de guerra seguido contra Companys en la dinámica y procedimientos en boga al final de la guerra. Sobre estos temas la bibliografía es ya muy abundante. Son numerosos los investigadores que han trabajado en tales ámbitos. Aquí no sería procedente enumerar ni siquiera los más importantes. Me permitiré mencionar dos trabajos de síntesis, disponibles en internet, a los cuales pueden acudir los lectores que así lo deseen. Se trata de los artículos de Francisco Moreno Gómez “La gran acción represiva de Franco que se quiere ocultar” y de Juan José del Àguila Torres “La represión política a través de la jurisdicción de guerra y sucesivas jurisdicciones especiales del franquismo” en el número 1 extraordinario de la revista Hispania Nova (http://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/index). Los amables lectores me perdonarán que haga honesta publicidad de dicho número, escrito con la intención que se describe en mi prólogo.

El caso Companys es uno de los más sobresalientes de la inmediata posguerra, pero no cabe olvidar que fue solo una de las puntas de un iceberg de dimensiones inconmensurables y que solo en los últimos años ha empezado a emerger. Son pocos los que salen con honor entre los acusadores y jueces. Son infinitamente más abundantes los que perecieron delante de pelotones de ejecución al amparo de una legislación (que databa en ocasiones como el Código de Justicia Militar de finales del siglo XIX) utilizada torticera e ilegítimamente en contra de quienes no quisieron someterse a la dictadura militar que empezó a erigirse en la España sublevada en julio 1936.

Innecesario es señalar que no se ha escrito todavía sobre aquellos polvos todo lo que puede y debe escribirse para situar historiográficamente todos los sucesivos lodos. En nuestra modestia, tres colegas de aventuras archivísticas y servidor nos hemos conjurado para aportar nuestro granito de arena a resituar alguno. El resultado de nuestras pesquisas aparecerá, según nos dice CRITICA, en la segunda mitad del mes de enero. En estas semanas estoy abrumado trabajando sobre el índice onomástico y analítico que espero facilite la lectura. Confiamos en que el público nos haga el honor de adquirir el mamotreto de casi 650 páginas. Algunos se sentirán defraudados. Es posible que la mayoría no albergue tal sentimiento.

Un testimonio directo sobre el consejo de guerra hecho a Companys (y II)

7 noviembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Aparte la relevancia histórica de una figura como la de Companys el testimonio de una persona presente en el consejo de guerra al que fue sometido no es desdeñable. Afirmo esto porque no hay muchos casos en que los condenados por alguna de las múltiples parodias que los militares sublevados iniciaron tan pronto como estalló la rebelión de 1936 dejaran constancia de sus recuerdos de aquel encuentro, fatídico para tantos. Es verdad que un testigo avezado podría haber escrito muchas más cosas al cónsul general alemán en Barcelona, pero no hay que pedir peras al olmo. Probablemente al representante del Tercer Reich le interesaba más la atmósfera del consejo que los detalles jurídicos o técnicos que lo esmaltaron. El lector debe ser consciente de que las evidencias empíricas no son siempre de tal naturaleza como la que, muchos años después, desearían los historiadores. Con este caveat imprescindible, continúo la reproducción del testimonio.

“A las diez en punto se constituye el Consejo y pocos momentos después, conducido por la Guardia Civil y acompañado del teniente coronel gobernador de la fortaleza, es conducido. Companys anta aquel, atravesando la plaza de armas, procedente de su alojamiento.

La sala está atestada. Asisten unas trescientas personas, en su mayoría jefes y oficiales del Ejército. Hay algunos jefes y elementos de Falange, así como paisanos, perfectamente controlados. También concurren hasta una docena de señoritas.

Companys aparece sentado en el banquillo, siendo su aspecto normal si bien demacrado, ofreciendo su semblante un color terroso. Viste traje claro y calza alpargatas.

Previa la venia del presidente, comienza el instructor a leer el apuntamiento, que, aunque algo extenso, es concreto, determinándose en forma clara los antecedentes y actuación del encartado. Se leen también los informes de la Policía y Guardia Civil; también se citan declaraciones de algunos testigos, entre ellos Armenteros, capitán Bravo (sic), señor Sánchez Cañete y un funcionario del Ayuntamiento. Cuando tiene lugar la lectura del informe de la policía se hacen en él alusiones a la vida privada del encartado y este, entonces, se levanta de su asiento y pide permiso al presidente para decir que lo se ha leído es “canallesco y falso”. Pretende continuar, mas es invitado por aquel a sentarse, debiendo exponer lo que desee cuando le llegue su vez. Dice entonces Companys que nada manifestará entonces y se sienta.

Se lee también la declaración de Companys, en la cual resalta la conversación sostenida con el general Goded y cuando este fue trasladado a su presencia en el Palacio de la Generalidad. Dice Companys que, estando fracasado el Movimiento en Barcelona, el día 19, fue detenido el general Goded y conducido a su despacho, en donde aquel le manifestó que “la fatalidad le había vencido”; siendo entonces invitado por Companys a hablar por la radio para evitar todo derramamiento de sangre inútil a lo cual accedió voluntariamente el general, ya que ante le dijo aquel a este que no le coaccionaba para tal fin, contestando el mismo entonces que ya lo sabía, pues si esa hubiera sido intención no se lo hubiera tolerado.

Terminada la lectura por el juez, comienza el fiscal su acusación, en la cual se limita a citar los hechos que se deducen más o menos del apuntamiento, sin proceder a análisis profundos. Estima ha rozado el procesado el delito de traición, penado en el Código de Justicia Militar, al pretender desmembrar la Patria, e incluso inducir a determinada nación extranjera a declarar la guerra a España, pero más bien, dice, cae de lleno en el delito de rebelión militar, por todo lo cual solicita se le imponga al encartado pena de muerte.

La actuación del fiscal ha sido muy discreta, ya que esta se ha limitado simplemente a enumerar las actividades de Companys, mas en forma escueta y sin mayores complicaciones. Aparece el fiscal algo emocionado, careciendo de brillantez su informe.

El defensor, en forma muy breve y concisa, estima que su patrocinado es autor en todo caso del delito de auxilio a la rebelión con atenuantes, por lo que considera debe imponérsele la pena de veinte años y un día. Basa su informe en el hecho de que aquél ningún mal hizo directamente y siempre que pudo evitar sufrimientos a los perseguidos los realizó (sic).

Al terminar el defensor su informe, se dirige al procesado el presidente por si desea hacer alguna manifestación, levantándose este y dice: “La historia nos juzgará a todos; si se me condena a muerte, moriré por mis ideales, pero sin rencor”.

A continuación es despejada la sala, para deliberar en sesión secreta el Consejo. Pasa algún tiempo y no se reanuda la vista, por lo que los asistentes, que aun esperaban una nueva llamada, abandonan el castillo.

En el día de ayer vuelve a recibir la visita de sus hermanas Companys y habiendo entrado en capilla en las últimas horas de dicho día se despiden del mismo aquéllas en forma serena”.

 


COMENTARIO

Aquí termina la parte del informe relativa al juicio. Lo que sigue ya lo he reproducido hace dos semanas en el post que describe el fusilamiento.

¿Cómo enjuiciar el informe desde el punto de vista del historiador que busca evidencia primaria relevante de época (EPRE)? En lo que sigue haré unas breves consideraciones. No se trata aquí de dar ninguna lección de teórica. Esto es algo que me propongo hacer en un post ulterior. En primer lugar es preciso examinar la consistencia interna del informe.

1º En lo que se refiere al juicio por el Consejo de Guerra resulta evidente que el autor dejó de lado aspectos importantes. Por ejemplo, no dice nada acerca de cuándo sus miembros volvieron a reunirse para pronunciar sentencia. Esto puede deberse a varias circunstancias. Quizá no lo presenció y no se atrevió a poner por escrito algo que no había visto. Tal vez entendió que así correspondía mejor a la confianza que en él hubiera depositado el cónsul general alemán. O a lo mejor no tuvo curiosidad por enterarse vía algún otro asistente que hubiese presenciado el fallo. En todo caso, el informe no dice nada acerca de la forma en que Companys la recibió.

2º Paradójicamente estas carencias me llevan a pensar que el informe, tal y como se escribió, resulta creíble. El testigo da su testimonio de lo que ha visto y oído. Ahí se para. No va más allá. No inventa nada. La introducción solo sirve para poner de manifiesto los antecedentes de lo que él ha presenciado. Como es obvio que no estuvo en la Dirección General de Seguridad ni en la Comisaría de Policía ni sabía nada de cómo se llevó a cabo el apresamiento de Companys no hace la menor referencia a ello. El grueso de lo que escribió es, esencialmente, lo que vio.

3º ¿Contiene el informe contradicciones? La respuesta es negativa. La exposición discurre linealmente, en forma cronológica. Los aspectos atmosféricos, fáciles de captar pero que no se transcriben en la prosa judicial del consejo de guerra, reciben toda su importancia. Más, quizá, que la referencia a esta, que es minúscula, aunque no por ello intrascendente. Así, por ejemplo, el testigo describe la sala (pobretona). La alusión al carburo, por si se producía algún corte de luz, es sintomática. También alude a la concurrencia. Fue elevada. Trescientas personas suponen un conjunto numeroso. Su composición es la esperada, pero hay alguna sorpresa. La mayoría la constituyeron jefes y oficiales. Que hubiese falangistas no llama la atención. Cabe preguntarse quiénes habrían sido los civiles (paisanos). El testigo afirma que estaban perfectamente controlados. Esto significada que pudieron ser elegidos con sumo cuidado. Para mí algo muy revelador es que hubiera habido también “señoritas”. No por prejuicios misóginos, claro, sino porque el historiador debe preguntarse acerca de los motivos por los cuales se permitió su asistencia. ¿Estaban relacionadas con los miembros del Consejo de Guerra o militares asistentes? ¿Eran familiares de víctimas de la represión republicana? ¿Cómo se seleccionaron?

4º Muy significativos son los juicios de valor que hace el informante sobre la calidad de las exposiciones del fiscal y del defensor. El primero no le impresionó por su calidad. El segundo le resultó mejor. De la descripción se trasluce que los papeles fueron estereotipados. Que el fiscal acusara a Companys de traición por “querer desmembrar España” induciendo la intervención de una potencia extranjera está dentro de lo esperado. La dictadura siempre lanzó dardos y venablos contra la intervención soviética y proclamó a cuatro vientos la francesa (faltando gravemente a la verdad histórica), pero como desgraciadamente no he leído las actas del Consejo de Guerra, no puedo pronunciarme al respecto. Estaba dentro de lo “normal” que la acusación más potente fuese la de “rebelión militar”. Es un argumento que se encuentra ya en los primeros consejos de guerra desde agosto de 1936. Era dar la vuelta a la tortilla. Quienes se habían rebelado eran los leales a la legalidad. El mundo al revés. El Derecho retorcido como si fuera un calcetín que tirar a la basura. Incidentalmente, este es el argumento más sólido para defender la anulación de las sentencias emitidas por tales consejos, aunque todavía hoy sesudos juristas proclamen a los cuatro vientos que dicha anulación no procede.

5ª La defensa utilizó el único razonamiento posible en aquellas circunstancias. Reducir la acusación de rebelión a la de auxilio a la rebelión. Se hizo en numerosos otros Consejos de Guerra. La diferencia estribaba en que en este caso la pena prevista no era de muerte sino de prisión. Una diferencia sustancial para los encartados.

Podrían aducirse algunos puntos adicionales propios de la crítica interna, pero no son sustantivos. El informe puede considerarse como un documento de cierta importancia en cuanto se refiere a atmósfera y, sobre todo, al desmontaje del mito sobre la muerte de Companys con los pies desnudos pegados al suelo catalán. Sin embargo, de utilizarse como documento histórico habría que hacer otra cosa adicional que es la que da valor al trabajo del historiador. Me refiero a su contextualización. No cabe extraer grandes conclusiones de uno o dos o tres documentos considerados aisladamente. Incluso cuando resisten las pruebas relacionadas con la crítica interna.  Es preciso situarlos en contexto. Es lo que me propongo hacer en el próximo post desde un punto de vista más general.

Un testimonio directo sobre el consejo de guerra hecho a Companys (I)

31 octubre, 2017 at 8:23 am

Ángel Viñas

Me sugiere un amable lector que traiga a este blog la parte del informe del testigo que presenció el fusilamiento de Companys y que se refiere al Consejo de Guerra a que se le sometió. Lo hago para complacer esta petición con la esperanza de que pueda interesar a otros lectores. Cuando di a conocer el informe en diciembre de 1976 apenas si habíamos salido del dogal de la dictadura franquista. La ley Fraga de 1966 de prensa e imprenta estaba todavía en vigor y sus preceptos se cumplían, aunque ya no a rajatabla. Sin embargo, mi libro titulado EL ORO ESPAÑOL EN LA GUERRA CIVIL había sido secuestrado. Con ello quiero indicar que la publicación de aquel informe había de hacerse con cuidado, tanto por HISTORIA 16 como por quien esto escribe. Ruego, pues, tener en cuenta tal circunstancia. Precisamente para evitar posibles dificultades, el informe fue precedido de una larga introducción. Con ella comienzo este post. Lo continuaré en el próximo. 

 

“Terminada la Guerra civil española los servicios alemanes radicados en España desplegaron una actividad incesante de información acerca de las dificultades, las luchas y la situación del nuevo régimen. Con fáciles contactos en la Administración, en el partido único, en las fuerzas armadas y de seguridad, amparados en la germanofilia de ciertas capas de la población, los diplomáticos y agentes consulares alemanes, los servicios secretos y la Gestapo filtraron hacia Berlín una corriente continua de noticias en torno a la situación de España y los jalones más relevantes que la definieron.

Uno de los documentos más patéticos que, a través de la Embajada alemana en Madrid, encontró vía libre hacia Berlín y la Wilhelmstrasse es el que se refiere al juicio y ejecución de Luis Companys i Jover, el expresidente de la Generalitat de Cataluña, hace ahora treinta y seis años.

No hace mucho tiempo que Luis Romero, Josep M. Poblet y Josep Benet han rememorado los últimos momentos de Companys (1). Sus afirmaciones encuentran complemento en la nota entregada al cónsul general alemán en Barcelona por un testigo presencial -no identificado en los documentos consultados- del juicio y posterior fusilamiento.

Desde entonces, el Consulado germano en la Ciudad Condal se mantendría atento a las respercusiones que despertó la ejecución de Companys, remitiendo noticias a la Embajada en Madrid.

El juicio y ejecución del antiguo president la Generalitat quedó documentado ante el gran público en el denominado Libro blanco de Cataluña (2), gracias al acta del Consejo de Guerra que lo condenó a muerte. Mucho más tarde, el acta fue reproducida en otra obra de amplia difusión (3). Para complementar el seco documento jurídico, bien conocido, hemos exhumado la patética nota entregada al cónsul general alemán en Barcelona por la persona –“merecedora de toda su confianza”-, testigo presencial del juicio y de la ejecución.

El cónsul alemán atribuyó gran importancia al relato, lo calificó inmediatamente de secreto y lo remitió por vía segura a la Embajada en Madrid. Los servicios de inteligencia de Canaris fueron informados del caso.

El desarrollo del juicio y de la ejecución quedan ilustrados en el relato. El Consulado buscaría más noticias: las circunstancias detalladas en que tuvo lugar el Consejo de Guerra contra Companys se dieron a conocer subrepticiamente en un panfleto de la oposición, distribuído poco más tarde en Barcelona (…) Tanto la nota informativa como la traducción alemana del panfleto de referencia se encuentran entre el material procedente de los archivos de la Wilhelmstrasse, microfilmado por los aliados tras la segunda Guerra mundial. El documento en torno al juicio y a la ejecución de Lluis Companys  i Jover figura en su versión castellana original”.

Tal fue la introducción. Se observará el cuidado puesto en su redacción. Ningún adjetivo comprometedor. Referencia a obras previas, una de ellas ya publicada en España. Humildad. Simple deseo de aportar un nuevo dato hasta entonces desconocido. Lo que me había encontrado por casualidad. El número de HISTORIA 16 no tuvo problemas. Servidor, aparte del que me ocasionó el tema del oro, tampoco. La información sobre el consejo de guerra fue la siguiente que reproduzco en este y en el próximo post.

 

“D.C.I/3316

Barcelona, 15 de octubre de 1940.

NOTA INFORMATIVA

Informe: Sobre Luis Companys Jover

Procedente de la Dirección General de Seguridad, llegó hace unos quince días el que durante el período rojo fue Presidente de la Generalidad de Cataluña.

En esta ciudad debía incoarse el procedimiento correspondiente y verse el Consejo de Guerra que lo juzgase.

Durante la pasada semana se llevan a efecto las diligencias correspondientes, formulando sus conclusions provisionales tanto el fiscal como el defensor. Se señaló el día de ayer para la celebración del Consejo de Guerra.

Durante los breves días en que se procedió a recoger los datos necesarios y se han practicado las oportunas diligencias, Companys ha permanecido alojado en un departamento situado en el Castillo de Monjuich, próximo a la verja del rastrillo de la Plaza de Armas de dicha fortaleza. Como únicas visitas ha recibido las de sus dos hermanas residentes en esta ciudad, siendo atendido debidamente por los servicios de la prisión. En sus conversaciones se ha mostrado tranquilo y resignado ante su próximo fin. Se ha quejado del trato recibido en los calabozos de la Dirección General de Seguridad así como en la Prefectura de Policía de París. Decía que se le había exhibido como a una fiera o ejemplar raro.

Durante la corta estancia de Companys en Montjuich no ha tenido comunicación alguna con los demás detenidos, habiéndose observado en éstos determinada actitud, produciéndose un hecho -el de recibir aquél un escrito en el pan que le servían- y el cual no ha tenido trascendencia alguna.

En el día de ayer y a las diez horas se constituye el Consejo de Guerra que ha de juzgarle y el cual estaba formado por Generales y presidido por el de esta categoría Excmo. Sr. D. Manuel González y González. Las funciones de juez las desempeñó el general Puig, las de fiscal el teniente coronel del Cuerpo Jurídico Sr. Querol y las de defensor el capitán de Artillería, nombrado de oficio Sr. Colubí. Respecto a este ultimo, hay que hacer notar que durante los primeros días del Movimiento perdió a su hermano, capitán de la misma Arma, el cual defendiendo Atarazanas contra la horda roja murió en su puesto; las fuerzas que mandaba este capitán ocasionaron la muerte, el día 19 de julio, al tristemente célebre Ascaso, en cuyo lugar de caída, mortalmente herido, permanecieron depositados ramos de flores en los días siguientes a aquélla. El defensor, Sr. Colubí, le hizo presente esta circunstancia a Companys, si bien y a pesar de ello, le defendería como era su deber.

La vista tuvo lugar en el departamento situado en el frente sur del patio de armas del Castillo y muy próximo al ángulo oeste del mismo; exactamente en el mismo local en que estaba alojada la Sección de Transmisiones del Batallón de Montaña número 1 en el año 1930.

La sala es pequeña. Al fondo se sitúan las mesas para la presidencia, el juez, etc. etc. y en el resto del local hay colocadas sillas para los asistentes. El departamento ha sido recién blanqueado y pintadas sus puertas, así como instaladas luces eléctricas; ya que no tiene prevision de cualquier avería se observan unos “petromax” para sustituir al fluído eléctrico, si fuera necesario.

Prestan servicio extraordinario de vigilancia fuerzas del Ejército, distribuídas por el interior y proximidades de la fortaleza. En el patio de armas se halla formada una sección de la Guardia Civil, al mando de un official. La entrada en el Castillo está restringida a los que directamente intervienen en el proceso o servicio relacionados con él. No obstante, a media mañana, se permite el acceso de varios jefes y oficiales que acuden a presenciar el acto.

Poco antes de comenzar la vista se recibe la visita del gobernador militar de la plaza, el cual inspecciona los servicios establecidos y da algunas instrucciones relacionadas con los mismos. A continuación abandona el Castillo”.

(Continuará)

 

  1. En Historia y Vida, núm 100, julio de 1976, p. 26, en Vida I mort de Lluis Companys, Editorial Portic, Barcelona, octubre de 1976, y en Arreu, número cero, respectivamente.
  2. Ediciones de la Revista de Cataluña, Buenos Aires, 1956.
  3. Catalunya sota el régim franquista, Volum I, Éditions Catalanes de París, 1973, pp. 388-390.

El fusilamiento de Companys visto por un testigo

24 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Se ha conmemorado este año, en circunstancias de todos conocidas, el LXXVII aniversario del fusilamiento del antiguo president de la Generalitat de Catalunya. Estoy seguro de que los historiadores catalanes habrán escrito largo y tendido sobre su figura y su legado. Quien redacta estas líneas también ha escrito algo. No es el momento de entrar en ello. Lamento no haber podido concurrir antes a la conmemoración del aniversario. Al fin y al cabo, creo haber sido el primer historiador no catalán que publicó, en los albores mismos de la Transición, el testimonio sobre su fusilamiento elaborado al momento por un testigo ocular. Ignoro si la historiografía catalana especializada se ha hecho eco de él o no. Me he preguntado si no sería oportuno reproducirlo y, mis lectores me perdonarán, he llegado a una conclusión afirmativa. Ellos juzgarán.

El testimonio es parte de un documento que el testigo, no identificado, entregó al cónsul general alemán en una fecha anterior al 31 de octubre. El diplomático nazi afirmó que se trataba de un hombre de toda confianza. Aun así, debió de recabar más datos por otros conductos. En su escrito de transmisión, clasificado como secreto, a la embajada del Tercer Reich en Madrid afirmó literalmente que “en el informe no se incluye que Companys, con perfecta calma, fue fumando a la ejecución y murió con el grito “¡Viva Cataluña!”.

La parte del informe del testigo, escrito en castellano, que se refiere a la ejecución reza como sigue:

“Desde las últimas horas de la tarde se establece por las fuerzas de Asalto (sic) servicios de vigilancia en los alrededores del castillo y carretera que va al cementerio de Casa Antúnez. Llegan los forenses y el piquete de ejecución. Las personas que se mueven en las inmediaciones del sentenciado no duermen en toda la noche. Este sigue tranquilo y es asistido por dos capellanes militares, con los cuales conversa sobre materia de religión, admitiendo ha sido, en su vida, dominado por un confusionismo absoluto sobre tales extremos, mas conoce que es un gran pecador. Admite la preparación que le ofrecen los sacerdotes para recibir las sagradas formas. En la madrugada se dice misa, que es oída por el condenado a muerte; este confiesa y comulga. Terminada esta ceremonia, conversa con los que le acompañan, principalmente con los sacerdotes, que no se separan de él ni un momento; el defensor también le asiste en estos sus últimos momentos.

Dan las seis, hora señalada para la ejecución, pero aun es de noche. Se espera un poco más y veinte minutos después, según el reloj de la Plaza de Armas, se organiza la fúnebre comitiva. Companys sale de su alojamiento fumando un pitillo y sereno. Se inicia la marcha desde el rastrillo de entrada en el patio del castillo; rompe aquélla un soldado, llevando un crucifijo en alto; siguen otros dos, alumbrando el camino con dos potentes faroles de gasolina; a continuación, marcha el condenado con los dos sacerdotes y el defensor, seguidos por el juez, jefe de la fortaleza y diversos oficiales; cierra la marcha un piquete de la Guardia Civil al mando de un oficial.

Domina el silencio más absoluto y así se llega al pasadizo subterráneo que, descendiendo desde la explanada norte del castillo, comunica esta con el foso que da a la Exposición.

El descenso se efectúa lentamente y de uno en uno. Al llegar abajo solo se oye hablar animadamente al reo con los sacerdotes; incluso sonríe. En sus últimos pasos es invitado por sus confesores a que se desprenda de todo sentimiento material y eleve su alma a Dios.

Por fin se hace alto, se despide de sus acompañantes inmediatos y es conducido cerca del muro; su marcha es decidida; empieza a romper las primeras claridades del nuevo día; los zapatos blancos que lleva el condenado, así como el pañuelo de bolsillo, destacan claramente en la oscuridad.

Mira de frente al pelotón, sin titubeos, y al dar el oficial que manda el piquete la voz de firmes a sus fuerzas, levanta, se oye la voz de apunten y fuego (sic). La sentencia ha sido cumplida. Se acerca el oficial y dispara un tiro de gracia, que repite. Los forenses proceden a reconocer el cadáver, el cual es colocado en una camilla y cubierto por una manta colorada. Se la transporta a la ambulancia que le ha de conducir al cementerio.

Y así terminó su existencia el que en vida fue Luis Companys Jover”.

He reproducido el informe tal y como lo encontré, con la referencia a los Asaltos y la mala redacción de una frase.  Se halla en los Archivos Nacionales norteamericanos, Documentos secretos de la embajada alemana en Madrid, Legajo Innere Lage in Spanien: 7. 3. 39-9.41, Serial 492, fotogramas 232826 a 232831. Es verosímil, pero no lo he comprobado, que también se halle en los Archivos Nacionales británicos en Kew, cerca de Londres. La nota del Consulado General está en el fotograma 232825.

He señalado que el cónsul general indicó que el informe no contuvo el grito de “¡Visca Catalunya!”. Las razones son hoy difíciles de explicar. Quizá el informante, tan detalloso en ocasiones, no lo consideró importante.

Ahora bien, el Consulado General fue algo más allá. En el mismo serial, y en los fotogramas 232834 a 232836, aparece la traducción al alemán de una octavilla que no tardó en circular por Barcelona y que estaba fechada el 28 de noviembre. Llevaba por título “La verdad sobre el fusilamiento de Companys”. En lo que aquí nos interesa contenía los siguientes párrafos que he retraducido al castellano (tal vez el original estuviese escrito en catalán):

“El 15 de octubre, a las 6.30 de la madrugada, se le fusiló en los fosos del castillo, poco después de darle conocimiento de la sentencia (…) Poco antes de su muerte pidió permiso para descalzarse, con el fin de tocar con sus propios pies la tierra catalana al morir, afirmando: “Muero por Cataluña y por la República. Me alegro de poder morir en Cataluña y si algo me apena es el no haber podido hacer más por mis ideales. Valor a todos los que se quedan, esperanza y fortaleza. ¡Visca Catalunya!”

Evidentemente los dos textos no casan, salvo en la hora del fusilamiento. Algo, pues, no funciona. Los alemanes no dijeron nada sobre el origen y procedencia de la octavilla. Quien la escribió hubo de saber algo, pero no cabe descartar que distorsionara el amargo final. La imagen del reo que proclama sus convicciones al frente del pelotón de ejecución y que solicita permiso para pisar con sus pies desnudos la tierra catalana es una imagen potente. Quizá mítica. En todo caso, poderosa. ¿Responde a la realidad de los hechos?

Es la que ha sobrevivido. El exgobernador del Banco de España republicano durante la guerra civil, Lluis Nicolau d´Olwer, la reprodujo en sus Records de mestres i amics como sigue:

“… De tota la trajectòria de Lluis Companys una sola imatge, punyent, inesborrable, resterà a la memoria del nostre poble: la d´un home que a frec de la seixantena, grisos els cabells, brillants el ulls, que no s´ha deixat embenar, descalç per tal d´aferrar els peus a la terra pairal, cau afusellat a Montjuïc cridant -com un darrer clam d´amor, d´esperança y de fe – Visca Catalunya”.  

Todo colectivo humano tiene derecho a sus héroes. También a sus mitos. Una parte de la tarea del historiador estriba en ver lo que hay detrás de unos y otros. Del lado franquista, dos figuras fueron elevadas a cimas absolutamente inmarcesibles: José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco Bahamonde. Al primero ya se le ha hecho descender algunos peldaños de aquella inmensa altura. También se reconoce que, de cara al 18 de julio, los dos no se llevaron precisamente demasiado bien. Con respecto, ¡ay!, al segundo un grupo de colegas y servidor nos hemos entretenido en destripar varios de los mitos que aún le rodean. Quizá, con ello contribuyamos a bajarle todavía más del pedestal en que algunos siguen manteniéndolo. Es una tarea que sigue siendo tan necesaria hoy como ayer, pero esperemos que menos que mañana. Los lectores podrán ver el resultado de nuestros esfuerzos en una de las próximas publicaciones de CRITICA.

 

Nota: el documento anterior es parte de un artículo que publiqué, con una introducción ad hoc, en el número 8 de la entonces nueva y combativa revista Historia 16 en diciembre de 1976, un año después de la muerte de Franco, bajo el título “Juicio y ejecución de Companys”. También contenía un informe más amplio, fechado el 15 de octubre de 1940, sobre la detención y el consejo de guerra al que fue sometido. Ambos temas son conocidos hoy mucho mejor que entonces. Ignoro si alguien lo habrá integrado al acervo biográfico o historiográfico sobre la figura del político catalán. En la duda, me he abstenido de reproducirlo. Podría hacerlo, si los amables lectores están interesados, en un futuro post.

En recuerdo del profesor Manuel Tuñón de Lara y en la brega por recuperar el pasado

17 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Voy haciendo un pequeño recorrido por libros que se me han ido acumulando encima de mi mesa en los últimos meses. En un post pasado me referí a uno, en el que he participado, sobre las relaciones internacionales y la Segunda República, sobre todo en la época de paz. Ahora toca el turno a otro libro, muy calentito pues acaba de salir al mercado, en el que también aparezco. Es mucho más grueso y aborda toda una serie de temas que pueden y, en mi modesta opinión, deben llamar la atención de todos los interesados por la historia contemporánea de España.

Se trata de una serie de trabajos coordinados por el profesor José Luis de la Granja, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco. Todos ellos giran en torno a la figura de Manuel Tuñón de Lara (a quien solíamos llamar cariñosamente pero siempre con respeto Manolo), uno de los maestros de referencia para los historiadores de mi generación.

No es el primer libro que se dedica a su memoria, pero ahora se cumplen veinte años desde su fallecimiento. José Luis, junto con Alberto Reig ambos discípulos directos en la Universidad de Pau, ha convocado a una quincena de historiadores, españoles y franceses, para que diserten sobre el estado actual de la historiografía propia acerca de la España del siglo XX (título de una de las obras más conocidas de Tuñón). La idea estribaba en alentar reflexiones sobre la obra tuñoniana o en invitar a que plasmen sus recuerdos de él como persona e historiador. Inevitablemente, también se solicitaron semblanzas autobiográficas en las que nuestro desaparecido amigo y maestro desempeñó un papel de primer orden. Es bonito leer a Joseph Perez, Paul Aubert y Jean-Michel Desvois, alumnos y/o amigos de Tuñón. El volumen, cuidadosamente editado y con un índice onomástico que permite satisfacer la curiosidad del lector, se lee con facilidad. Nadie ha querido cocer un ladrillo académico. Al contrario.

Fuera del mundillo de los especialistas, para quienes debiera de ser lectura obligada, ¿por qué es interesante este libro? En mi opinión, por cuatro razones.

La primera es porque permite acercar a las jóvenes generaciones una imagen vívida de la obra y carácter de uno de los historiadores malditos durante el franquismo. Puedo afirmarlo con cierta autoridad. En el breve lapso de tiempo en que, por azares del destino, me tocó abordar las responsabilidades de director general de Ordenación Universitaria y Profesorado (sobre lo que siempre me he negado a escribir) sondeé el terreno para ver si alguna Universidad estaba dispuesta a aceptar a Tuñón de Lara como catedrático extraordinario, sin que tuviera que financiar ella la cátedra con sus propios fondos. No sorprenderá a los amables lectores que me encontrase con una negativa cerrada. Ningún rector quiso dar la más mínima batalla por él. Si Manolo Tuñón finalmente recaló en la UPV fue gracias a los esfuerzos de otros amigos.

Uno de los más entrañables recuerdos que de él guardo es el de un viaje en autocar en Alemania, en junio de 1987, en el que íbamos los asistentes a un coloquio en Göttingen sobre la guerra civil con motivo del L aniversario (las actas las editaron Manfred Engelbert y Javier García de María en la editorial Vervuert).  Íbamos alegres y nos desgañitábamos con canciones de tiempos pasados. Tuñón, a quien yo no había oído nunca cantar, se despachaba a su gusto. Mi mujer tampoco lo ha olvidado hoy.

A Tuñón siempre lo pusieron como chupa de dómine los turiferarios del régimen. No faltaron los periodistas, de cuyo nombre nadie quiere hoy acordarse pero que empapelaban la corte de los milagros del simpar “Caudillo”. Todavía subsiste alguna que otra repercusión en una parte de la infraliteratura histórica que pulula por las librerías españolas. En parte porque Tuñón siguió una metodología marxista y porque fue uno de los introductores más comprometidos en la “gran batalla” por la historia social en España, episodio estudiado por Ángeles Barrio.

La segunda razón es porque varios de los capítulos de la obra presentan una visión razonada y crítica del estado actual de la historiografía española en temas relacionados con la Restauración (de Manuel Suárez Cortina), la República, la guerra civil, el franquismo (sumamente interesante el capítulo sobre este último debido a Glicerio Sánchez Recio, que nunca defrauda) y la transición. Son algo heterogéneos en extensión, ambiciones y tratamiento. Van precedidos por un encuadramiento de los nacionalismos, debido a la pluma del profesor Juan Sisinio Pérez Garzón. En general, los capítulos sobre historiografía son relativamente similares en longitud, salvo el relativo a la segunda República. Su autor, Eduardo González Calleja, ya catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, piensa que en la actualidad podría haber más de cinco mil títulos sobre el período. Descontada la guerra civil, de bibliografía inabarcable, se trata del régimen político que mayor atención ha suscitado.

La tercera razón es porque las diferencias entre la visión de unos y otros autores de los temas objeto de estudio ofrecen al lector la posibilidad de contrastar hasta qué punto difieren las aportaciones historiográficas. No existe una historia, con pretensiones científicas, que pueda caracterizarse como cerrada. No hay nada que cambie tanto como el pasado, ha dicho algún autor. No es ningún chusquero. Nuevos enfoques, nuevos descubrimientos y la creciente distancia cambian la percepción y la reconstrucción del pasado. Sucede no solo en historia contemporánea sino incluso en la comprensión de los albores de la humanidad. En consecuencia, hay que ser humilde y, con frecuencia, más que humilde.

La cuarta razón es porque la panoplia de la historiografía es auténticamente nacional, es decir, se concentra esencialmente en la hecha por autores españoles. Algo que, como ya he dicho tantas veces, jamás se lo propuso el franquismo. Bajo él lo que se escribió fue una historia oficial, desde presupuestos e intereses oficiales, y siempre a la mayor gloria del régimen. Los jóvenes historiadores españoles, para enterarse de por dónde iban los tiros, tenían que beber de las fuentes que abrían autores extranjeros, sobre todo británicos, franceses y norteamericanos.

Finalmente, porque el libro contiene recuerdos e historia sobre los famosos Coloquios de Pau. Unos encuentros en los que los historiadores del interior intercambiaban en libertad en el exterior, fuera del alcance de la thought police franquista, opiniones e información sobre sus temas de investigación y aprendían del contacto mutuo y con historiadores extranjeros, bajo la batuta de Manuel Tuñón. En este sentido, me parece una excelente idea el haber incorporado a este volumen un trabajo ya publicado, pero no demasiado conocido, del profesor Eloy Fernández Clemente sobre los coloquios y su propia experiencia en ellos, y los recuerdos de Carmelo Garitaonandía de la llegada de Tuñón al UPV.

La obra tiene una particularidad adicional. Es viva, tan viva como la vida misma. Contiene, de la pluma de autores como Santos Juliá o José Álvarez Junco, visiones que iluminan el camino que todavía queda por recorrer. Y ello es porque, como afirma el primero, hay partes de nuestro pasado inmediato, por ejemplo, la Transición, de los que todavía no puede hacerse historia propiamente dicha. A pesar de los cuarenta años transcurridos, los enfoques siguen estando todavía demasiado teñidos de política. Su capítulo, “De modelo a régimen”, es un ensayo brillante que levantará polémica. De lectura obligada.

Personalmente tengo que dar las gracias a Alberto Reig. En su brillante capítulo sobre el Tuñón de Lara que él conoció ha dejado espacio para uno de los episodios en que coincidimos los tres durante largo tiempo: la gestación de la serie documental titulada ESPAÑA EN GUERRA que proyectó TVE por el segundo canal coincidiendo con el L aniversario del estallido. A mí se me había olvidado ya que, en la etapa final, estaba tan agotado de viajar por Europa y Estados Unidos que, de vez en cuando, me quedaba frito durante las discusiones, antes de relanzarme en ellas. Los historiadores que participamos en el programa (algunos de los cuales por desgracia ya no están entre nosotros) supimos acercar posturas, conocimientos y desiderata para presentar un relato equilibrado con el que todos estuvimos contentos. No sé si hoy, treinta años más tarde, cuando se conocen muchas más cosas y se han aplicado nuevos métodos y enfoques ello sería posible.

¿Curiosidades? Destacaré dos: el análisis, debido a José Luis de la Granja, de la correspondencia cruzada entre Tuñón y Max Aub, muy reveladora del talante en un momento crucial de la evolución del pensamiento político entre exiliados, y la reproducción por parte de Francisco Rojas Claros de tres programas de radio de Tuñón emitidos por Radio París en los años 1961 y 1964.

Así, pues, si alguien quiere rememorar un pasado (que a muchos puede parecer lejano) pero que todavía pesa sobre nuestras cabezas, adentrarse en algunas de las querellas que lo entrecruzaron y aprender sobre cómo se escribe hoy la historia del mismo, no conozco mejor introducción que la que ha conseguido reunir el profesor de la Granja, antiguo becario del Gobierno francés en Pau. De verdad, no se la pierdan. Probablemente aprenderán y, algo de lo que estoy casi seguro, también disfrutarán.

 

José Luis de la Granja (coord.), LA ESPAÑA DEL SIGLO XX A DEBATE. HOMENAJE A MANUEL TUÑÓN DE LARA

Editorial Tecnos, Madrid, 2017, 438 pp.

¿De la tragedia a la farsa? No necesariamente

12 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

He tratado de seguir la máxima de este blog (“La historia no se escribe con mitos”) bien consciente de que mitos y un tipo de historia van, con frecuencia, íntimamente ligados. En el post precedente anuncié que en el siguiente acudiría a algunos enlaces en red que me han parecido importantes para explicarme lo que ha ido ocurriendo en Cataluña. Mi selección es personal y no me la ha dictado nadie. Los historiadores del futuro distinguirán entre mito y realidad, pero los hombres que sufren la historia también tienen derecho a exponer sus opiniones en el momento de sufrirla. ¿No se acude con frecuencia a Chaves Nogales, a Orwell, a Zugazagoitia, a Arrarás o Aznar (Manuel)? Obraron como testigos, como hombres de su tiempo, comprometidos y trataron de dejar su interpretación de lo que habían vividoEl historiador viene después con su afilado cuchillo y los despedaza y pasa por el cendal. Lo mismo ocurrirá con lo que hemos presenciado en Cataluña. En cualquier caso, rompo con el ritmo de posts y publico este tan pronto como me ha sido posible. No sé lo que deparará el futuro inmediato.

En la actualidad, con la superabundancia de información, la interpretación del pasado va indisolublemente ligada a la conquista de la “hegemonía” del relato. Pero, mientras esa “conquista” se materializa o no, tenemos que apañarnos con lo que hay.

En lo que sigue van los enlaces que me han parecido más útiles. Distingo entre historiadores españoles con su visión del largo plazo y comentaristas extranjeros españoles que me han impresionado. Termino con una comparación que a muchos parecerá odiosa. No presentaré excusas por ella y, a diferencia de lo que he hecho siempre en otros posts, no me enzarzaré en discusión alguna.

Historiadores españoles

19 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/voy-proceso-independencia-Catalunya-imparable_0_688031278.html

21 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/Cataluna-referendum-Elvira-Roca_0_688031314.html

24 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/batalla-buenos-malos-posiblemente-perdamos_0_689431120.html

25 de septiembre. http://www.eldiario.es/politica/sustituido-democracia-parlamentaria-callejera-populista_0_690481573.html

Ensayistas españoles

27 de septiembre. http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/cataluna-lo-posible-anterior-i

4 de octubre. http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/cataluna-lo-posible-anterior-ii

29 de septiembre. http://www.revistadelibros.com/articulo_imprimible.php?art=1620&t=blogs

Ensayistas en el extranjero

24 de septiembre. http://www.liberation.fr/debats/2017/09/21/l-avenir-de-l-europe-se-joue-a-nouveau-en-catalogne_1597969

25 de septiembre. http://www.lefigaro.fr/vox/politique/2017/09/25/31001-20170925ARTFIG00131-referundum-catalan-l-independance-n-est-qu-un-slogan.php

4 de octubre. http://www.cer.eu/insights/crunch-time-catalonia-why-spain-needs-constitutional-overhaul

Los lectores advertirán que no he acudido a historiadores extranjeros. Salvo Paul Preston, no conozco a ninguno que pueda pronunciarse con autoridad sobre el trasfondo histórico de la presente crisis.

He leído diariamente, durante más de un mes, fuentes muy varias (El PaísLa VanguardiaEl ConfidencialPúblico entre las españolas y The GuardianThe Financial TimesPoliticoEuroActiv, entre las extranjeras). Ocasionalmente he echado vistazos a Le Monde, LibérationLe Figaro y Die Frankfurter Allgemeine Zeitung. He dejado de lado mi trabajo habitual, he escrito algunos posts en chats extranjeros y he guardado numerosos recortes.

¿Qué conclusión he sacado? Pues, ni más ni menos, que a lo que hemos asistido ha sido algo que ya planteó el profesor Javier García Fernández (El País, 31 de agosto, “El autogolpe independentista” y en otros anteriores y posteriores). Un golpe de Estado con un largo proceso de gestación. La continua alimentación de un movimiento de masas, el control de los medios de comunicación públicos y de la policía, la exaltación del “pueblo” y sus virtudes, el aprovechamiento de la crisis económica como preludio a un descabezamiento de la legalidad y de la institucionalidad no solo españolas sino, más sangrantemente, catalanas. Cuando me di cuenta escribí un artículo titulado “Berlín 1933-Barcelona 2017”. No se publicó.

La actitud del Gobierno español me recordó, salvando las distancias, a la del Gobierno republicano en 1936. Se enteró de por dónde iba la conspiración, pero no supo atajarla.

Esta tarde he visto en el canal del Parlament catalán su sesión. Desde el principio hasta el final. La propuesta del presidente Puigdemont no me sorprendió. Se había especulado con ella y dos informaciones aparecidas en la prensa me habían predispuesto a pensar que así ocurriría. ¿Cuáles fueron?

La primera una noticia aparecida en el Financial Times que reproduzco a continuación:

ADVERTENCIA DE MAS. EL EXLIDER CATALÁN EXPRESA PRUDENCIA SOBRE UNA “INDEPENDENCIA REAL”

Cataluña todavía tiene que mucho trabajo por delante antes de alcanzar una “real independencia”, según el expresidente de la región, y ello a pesar de “haberse ganado el derecho” de separarse de España.

Artur Mas -en la fotografía votando en el referéndum del pasado domingo- dijo ayer al FINANCIAL TIMES que la región también tenía que tener en cuenta la previsible reacción de Madrid. En afirmaciones que pueden entenderse como una llamada a la prudencia dijo que hay “algunas cosas que todavía no tenemos” y señaló temas tales como el control territorial, la recaudación de impuestos y el sistema judicial.

EL EX-LIDER DE CATALUÑA ACONSEJA PRUDENCIA

Mas afirma que la región se ha ganado el derecho a la independencia, pero advierte de la reacción de Madrid

Tobias Buck – Barcelona y Michael Stothard – Madrid

El ex líder catalán ha advertido de que la región todavía no está preparada para una “independencia real” cuando las empresas incrementan la presión contra el gobierno separatista para que retroceda de una ruptura total la semana próxima.

Las llamadas a los separatistas para que moderen o retrasen sus planes se produjeron en paralelo a la aprobación por el Gobierno español de un decreto-ley que facilita a las empresas trasladar sus sedes oficiales fuera de Cataluña (…)

En observaciones que cabe entender como una llamada a la prudencia Artur Mas, expresidente y exdirigente del PDeCat, proindependentista y que gobierna la Generalitat, afirmó que la región todavía tiene que sentar las bases de “una independencia real”.

El Sr. Mas dijo al FT que la región “se había ganado el derecho de convertirse en un Estado independiente” pero reconoció que hay un debate entre los dirigentes catalanes sobre si ahora es el momento de proclamar una DUI o no. Subrayó también que era preciso ser pragmáticos y tener en cuenta la posible reacción de Madrid.

“Lo importante es que la declaración produzca un país que sea realmente independiente y para ser independiente hay que tener algunas cosas que todavía no tenemos”, tales como el control del territorio, la recaudación de impuestos y el sistema judicial. Seguidamente añadió: “Nos hemos ganado el derecho de ser un país independiente. La cuestión ahora es cómo ejercemos tal derecho y en esto evidentemente hay que tomar algunas decisiones. Tales decisiones deben tener un único objetivo: no se trata tan solo de proclamar la independencia sino de cómo podemos convertirnos en un país auténticamente independiente”.

Los elementos duros de las CUP piden una rápida ruptura con España, pero Carles Puigdemont (…) se ha visto sometido a una creciente presión por parte de sus aliados más moderados para que retrase la declaración.

Santi Vila, otro miembro del PDeCat, también ha solicitado más tiempo para el diálogo afirmando que una DUI conduciría a la “suspensión de la autonomía” y a conflictos callejeros…”

Apareció en la edición del fin de semana, 7 y 8 de octubre de 2017, 1ª y 2ª página.

La segunda es más enjundiosa. Se debe al profesor Andreu Mas-Colell, excatedrático de economía en la Universidad de Harvard y exconsejero de Universidades primero y de Economía después con el expresidente Mas.

EL PRIMER DÍA DE LO QUE VENDRÁ DESPUÉS

¡Qué día! ¡Orgullo! Es el sentimiento después del 1-O. Un pueblo que se comporta como ayer lo ha hecho el catalán no podrá ser vencido. Hoy hemos alzado muy altas la cabeza y la moral. Hoy somos más fuertes y hemos de sentirnos más seguros que hace un mes. El camino hacia el 1-O y el 1-O mismo han generado un impacto tal en la opinión pública internacional que no favorece nada al gobierno central. La actuación del gobierno español (la brutalidad, las acusaciones de sedición…) ante una movilización ejemplar de la gente ha servido de acicate. Cataluña ya figura en la lista de problemas en los cuales Europa sabe que tarde o temprano tendrá que implicarse.

Un referéndum punto por punto no hemos conseguido hacerlo. Siempre hemos sabido que el gobierno del PP podría desnaturalizarlo, dispuesto como estaba a aceptar el coste de ponerse en evidencia internacionalmente. Lo estaba y lo ha estado. Ellos sabrán lo que se hacen.

Y nosotros, ¿qué haremos ahora? Más allá de las reacciones de protesta que puedan tener lugar esta semana, una opción es mantener un posicionamiento ofensivo y encaminarse directamente a la DUI. Al fin y al cabo, la independencia tiene mayoría en el Parlament y si se nos impide sistemáticamente hacer el referéndum que correspondería no podemos paralizar todo dando la clave de nuestro futuro a quienes no nos toman en consideración. No discutiré, por lo tanto, la legitimidad de la DUI. Sin embargo, creo que la pregunta que hemos de plantearnos es otra, y es la de la oportunidad. ¿Qué nos aporta una DUI inmediata? Quizá decepcione a alguno si digo lo que para mí es evidente: de aquí a un mes Cataluña no será independiente. Si no hemos tenido fuerza suficiente para hacer el referéndum que queríamos difícilmente la tendremos para proclamar y consolidar un Estado independiente. En sí misma esta observación no descalifica la opción de la DUI. Se puede argumentar que un final de etapa épico merece la pena. Tampoco lo discuto. Si el gobierno central continúa cometiendo errores lo tenemos garantizado. Sin embargo, puede ser un final patético si no comete tantos, con un govern de la Generalitat a merced del viento (“twisting in the wind”, dicen los ingleses), expuesto a la penosa evidencia de no poder contar con la plena obediencia de jueces, policías o empresas (a la hora, por ejemplo, de recaudar impuestos) y perdiendo, día tras día, el apoyo internacional que ha ido ganando. La DUI a corto plazo es, pues, un riesgo que cabe evaluar con la cabeza fría y sin confiar en exceso en los errores del adversario.

Peor que la DUI misma sería que la hiciéramos a falta de otra cosa. Se ha impuesto en demasía la idea de que el govern de la Generalitat solo tiene dos alternativas: la DUI o convocar unas elecciones autonómicas que, inevitablemente, llevarían acarreada una derrota y el retorno a la política autonómica tradicional. Sin embargo, en las circunstancias actuales de después del 1-O existen otras opciones.

Un solo ejemplo. Imaginemos que se anuncia, con cierta solemnidad, que no se renuncia a nada pero que, durante algún tiempo, entre uno y dos años, no se recurrirá a la unilateralidad (podría decirse una “suspensión activa y temporal de la unilateralidad”). Se trataría de un mensaje que se enviaría bien alto a los ciudadanos de Cataluña, como de España, y sobre todo del mundo. Por descontado continuaríamos luchando contra todas las agresiones, pasadas y futuras, a la Generalitat, y persistiríamos en hacer oir nuestra voz por todas partes (esta es la parte “activa”).  ¿Por qué proceder así?: pues porque siempre hemos sabido que la lucha sería larga, porque conviene mantener las estructuras de resistencia, para ir sumando sectores catalanes que todavía no han dado un paso adelante o que están dándolo en este momento y, sobre todo, porque eso será aplaudido en un mundo que fijará su mirada en el gobierno español con la esperanza de que aprovechará lo que se interpretará como una mano extendida. A los ojos europeos, y del mundo, la posición catalana del conflicto se cargaría de razón. Hago constar que no es lo mismo un encadenamiento de movimientos tácticos en el día a día que implique, de facto, la ausencia de unilateralidad durante un cierto período, que una situación en la que se hace un anuncio previo de no unilateralidad para el mismo período.  Lo segundo tiene mucha más fuerza y alcance estratégico. Indica que seguimos tomando la iniciativa y que no vamos a remolque. También creo que no se debería ir más allá de los compromisos previos. Al final del período todo queda abierto.

Si no se sigue el camino de la DUI el horizonte máximo de unas elecciones autonómicas sería de dos años. Cabría, claro es, sopesar la posibilidad de ir a elecciones a corto plazo. Sé que es peligroso y yo mismo he escrito que si el president acaba disolviendo el Parlament y convoca elecciones autonómicas sería una señal de derrota. Por tanto, habría que ser muy cuidadoso. Después de un 1-O que nos enorgullece y nos fortalece, unas autonómicas no serían un paso atrás si, y solo si, se cumple una condición: que Junts pel Sí vuelva a presentarse con un programa similar al que acabo de describir, y que, como el 27-S, volviéramos a darles un carácter plebiscitario. Como ya dijimos el 27-S, si no pueden contarnos en un referéndum nos contarán aprovechando procesos electorales imposibles de prohibir. Añado un matiz importante: si el gobierno de Madrid pretende destituir al president o al vicepresident, entonces el camino de las elecciones ya no tendríamos que abordarlo. Les facilitaríamos la tarea.

Tampoco hemos de olvidar que en el 2019 hay elecciones europeas, otra magnífica oportunidad para contarnos y enviar un mensaje potente de la vocación europea de Cataluña. Tengámoslo bien presente: habiendo llegado adonde hemos llegado, Europa es un factor determinante de nuestro futuro.

Este artículo se publicó en el periódico ARA el 2 de octubre, al día siguiente del referéndum. Obsérvese la combinación: orgullo, tono épico, afirmación de la legitimidad del resultado, creencia en la necesidad de una DUI, pero prudencia, exquisita prudencia. Cataluña, como afirmaría el Señor Mas pocos días después, todavía no está lista para convertirse en un estado. Tiene que desarrollar las imprescindibles estructuras y eso lleva tiempo. LO NECESITA.

Al tiempo han ocurrido algunos fenómenos no demasiado bien previstos. El discurso del rey; las duras advertencias de la UE y de algunos Estados Miembros, en particular Alemania y Francia; el goteo de los cambios de residencia social de grandes empresas catalanas, incluido el grupo Planeta, con el que publico mis libros; la preocupación suscitada por la huelga general; el ascendente que parecían conseguir las CUP para crear una República que se saldría del molde europeo occidental; los cada vez más alarmados editoriales de La Vanguardia; el poder del Estado y una determinación creciente del Gobierno de Madrid para tomar medidas y restablecer el orden constitucional.

Pero, claro, hay que salvar la cara. De aquí la alambicada formulación del president del Govern, suscrita por 72 parlamentarios catalanes. No será atendida. En mi modesta opinión, el golpe de Estado parlamentario del 6/7 de septiembre, aprobado por los mismos firmantes de la declaración de independencia con efectos suspensivos, fue un gravísimo error de la Generalitat que la ha manchado irremediable y trágicamente. No pueden coexistir dos legalidades contrapuestas en un territorio, sobre todo si una de ellas carece de títulos suficientes de legitimidad.

Es temprano para saber si hemos asistido a una farsa o no. Escribo estas líneas a las 10.30 de la noche del 10 de septiembre. Pero no cabe olvidar que las repeticiones pueden terminar mal. El intento de golpe de Estado “legal” de Franco en febrero de 1936 desembocó en otro sangriento (la farsa precedió a la tragedia). El del 23-F fue una farsa del principio al fin. La concatenación de conductas individuales y colectivas en condiciones dadas como las que existen hoy en España no ha terminado de producir efectos. ¿Pasaremos de la tragedia a la farsa? El futuro está abierto. Lo hacen los hombres y mujeres, pero en condiciones dadas. Su libertad no es omnímoda. Lo dijo un señor barbudo a mitad del siglo XIX.

¿Ante un punto de inflexión histórico?

10 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Escribo este post el domingo 8 de octubre. Cuando se publique el martes el panorama político de nuestro país puede apuntar, o no, a un cambio trascendental. La forma es controvertida, aunque la dirección está identificada. Quienes me han hecho el honor de leer mis posts hasta el momento habrán, confío, comprobado que no he utilizado este blog que es una cortesía de CRÍTICA, la editorial en donde suelo publicar mis libros, con fines de endoctrinamiento o con propósitos crematísticos. He tratado de atenerme a su máxima de que la historia no se escribe con mitos. Sin duda me habré equivocado en alguna ocasión, pero de haber ocurrido así no lo he hecho con mala intención. Siempre he creído en los valores de la Ilustración, si bien ahora es habitual despreciarlos. Pero, ¿qué otra cosa puede hacer un profesor universitario que ha vivido durante muchos años en realidades diferentes a la española?

Los historiadores, cuando escriben sobre el pasado, siempre juegan con ventaja. Conocen lo que haocurrido. Su tarea estriba en comprender el cómo y, sobre todo, el porqué. Desde que la historia dejó de sermera narrativa o la acumulación de biografías de los grandes hombres (las mujeres tardarán mucho en aparecer) y aspiró a generar conocimiento siguiendo pautas como otras ciencias sociales una gran parte de la labor del historiador se ha visto aderezada de querellas epistemológicas y metodológicas. Con razón. Repugna a la conciencia humana creer que la historia es una amalgama, dispersa y sin orden, de acontecimientos sin sentido. Cómo encuadrarlos, comprenderlos y categorizarlos es del todo punto necesario.

La tendencia, hoy, es pedir prestados instrumentos a otro tipo de saberes: los de la sociología, la politología (prefiero este término al más pretencioso de “Ciencia Política”), la antropología, la sicología, entre algunos más. A la barahúnda a veces resultante se une un problema fundamental que explicó con gran perspicacia Carlos Marx en una frase constantemente repetida:

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa (…) Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias [a veces se dice condiciones utilizando la expresión francesa] con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje, prestado, representar la nueva escena de la historia universal.”

La cita no siempre se desarrolla en el trabajo de los historiadores, en parte porque es difícil hacerlo en todas circunstancias; en parte porque el autor está hoy fuera de moda salvo en círculos que lo veneran con fervor cuasi-religioso; en parte porque lleva a preguntas incómodas, para quienes las hacen y para aquellos a quienes se dirigen. En cualquier caso, lo que subyace es la compleja relación entre acción humana y las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales en que tal acción se desarrolla.

Así, pues, ante un punto de inflexión histórico como el que podría avecinarse en España, no creo exagerar si escribo que el acontecimiento que ha venido esperándose en los últimos días, la declaración unilateral de independencia de Cataluña por parte del demediado Parlament y en sesión suspendida por el Tribunal Constitucional, desencadenaría una serie de decisiones que configurarán el porvenir de los catalanes y, por ende, del resto de los españoles. No sabemos cómo. El proceso de traslado de las sedes sociales por parte de numerosas empresas ya ha dado comienzo. Es posible establecer diversos escenarios, tanto en lo político como en lo económico, pero servidor se abstendrá de hacerlo aquí y ahora porque, como alguna vez dijo Mark Twain (otros afirman que fue Einstein), “never forecast, if you can help it, especially the future” (no hagas predicciones si puedes evitarlo, en particular del futuro). Ya no me gano la vida escudriñando el inmediato futuro.

Constataré simplemente que, si la proclamación de una República catalana en 1931 y 1934 ha generado ríos de tinta, cabe pensar que la de 2017, abortada o no, dará bastante que hacer a varias generaciones de historiadores, españoles y extranjeros.

Las circunstancias son, desde luego, radicalmente diferentes. En aquellas fechas España no estaba tan imbricada en las redes económicas, políticas, sociales y culturales que la rodean como ahora. Lo que ocurrió en 1931, en 1934 y, a fortiori, durante la guerra civil tuvo escasas repercusiones en comparación con las que hoy desataría: una catástrofe de inmensa magnitud en el interior de la Península y un golpe brutal al esquema de cooperación e integración intra-europeo. Cualesquiera que fuesen los resultados, nada volvería a ser igual. La UE no puede animar el nacionalismo excluyente. Todavía no se sabe cuándo acogerá, amante, en su seno a la mayoría de los Estados que surgieron de la destrucción de la antigua Yugoslavia.

La tarea de los historiadores consiste en explicar los cómo y los porqués se ha llegado a tal punto de inflexión y a su inmediato corolario. Para ello dispondrán de mucha información circunstancial: incontables páginas de prensa escrita y digital, innumerables imágenes, discursos de toda laya, comentarios por millares tanto en España como en el extranjero, memorias -siempre sesgadas- de algunos de los protagonistas, construcciones o elaboraciones culturales, históricas y antropológicas de todo tipo, etc. Cabe prever una abrumadora repetición de la lucha por la hegemonía entre las diversas interpretaciones. Y, claro está, para determinar responsabilidades.

¿Cuándo se perdió Cataluña, si es que llega a perderse?, preguntarían algunos. ¿Por qué un sector de la sociedad catalana decidió “liberarse” de un Estado presentado como opresor y depredador?, sería la pregunta-respuesta de otros. Aclarar la forma más congruente de explicar los hechos ocurridos generará una literatura de inmensas dimensiones.

Esto será así porque si algunos han creído o siguen creyendo que la ruptura del Estado español se haría sin dolor en mi modesta opinión se equivocan profundamente. Habría dolor, como lo hubo en los años republicanos en los que se debatió la dirección que tomase la España del futuro. Esperemos que no haya dolores semejantes a los que salpicaron la guerra civil porque una guerra civil es impensable hoy, aunque voces extranjeras como todo un comisario europeo se haya visto obligado a advertir de tal supuesto peligro. La Unión Europea no lo permitiría y, me atrevo a pensar, la OTAN tampoco. Pero sí podría haber víctimas. Las hubo ya, en número reducido, en 1934. ¿Sabe el lector de algún divorcio a lo bestia en el que no se hayan roto, figurativamente, los platos?

Hoy se conoce bastante bien la dinámica que condujo a julio de 1936. Grandes sectores de la población no lo creyeron posible. Los historiadores hemos ido determinando los factores que concurrieron para desmentirlos. Entre ellos la miopía del Gobierno, desde el presidente de la República a unos ministros que nunca quisieron poner contra las cuerdas al presidente del Consejo y titular de la cartera de guerra. Existen lagunas en nuestro conocimiento, pero van cerrándose. En los últimos años me he dedicado, con algunos amigos, a colmar alguna más en relación con el desfigurado papel del general Franco.

Los historiadores, en particular los del futuro, lo tendrán más difícil a la hora de establecer y demostrar las sutiles pero complejas relaciones entre la acción humana y las envolventes estructuras a las que aludió Karl Marx. Tampoco el posible papel del “sostenella y no enmendalla” (el miedo a perder cara y la presión de egos desbordados). Veo difícil que olviden el entremezclamiento de exultación y lágrimas porque, acudiendo al lamento y al clamor de un gran poeta, comunista,“si la madre España cae, digo, es un decir”, ¿quién la levantará?

El próximo post contendrá una lista de artículos aparecidos en diversos medios de comunicación, españoles y extranjeros, que me parecen acertados para otear la profundidad del tema. Algunos serán sobradamente conocidos. Otros, no. Servidor no los comentará. Que cada uno haga lo que puede o lo que quiera.

De vueltas con la República

3 octubre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Para haber sido un régimen que duró solo ocho años y de ellos casi tres totalmente sumergido en una cruenta guerra civil que dejó chiquitas a todas las anteriores en la historia de España la República ha generado una masa de publicaciones que no tiene equivalente aplicable a cualquier otro período de la historia contemporánea de nuestro país. Raro es el aspecto de la vida colectiva en aquellos años que haya escapado a la atención de los historiadores. Hoy sabemos que la República no estaba condenada irremisiblemente a la guerra civil, pero incluso esta proposición es discutida. Está bien que sea así porque en historia, a pesar de lo que digan profetas e iluminados, no hay verdades absolutas.

Viene esto a cuenta de la aparición de un libro, en el que he participado, que aborda uno de los aspectos que no suelen excitar la emoción del público en general: las dimensiones internacionales de la experiencia republicana durante los años de paz, entre 1931 y l936. Es el resultado de un simposio que tuvo lugar el año pasado en el Ateneo madrileño. No es una transcripción del mismo, sino una reelaboración de algunas de las ponencias que en él se presentaron. Es también el producto de la inexhaustible tenacidad de la profesora Ángeles Egido, catedrática de historia contemporánea de la UNED, organizadora del simposio, y del Centro de Investigación y Estudios Republicanos (CIERE) que lo patrocinó.

En aquel momento de lo que se trató fue de ver, esencialmente, cómo el entorno internacional recibió la proclamación de la República el 14 de abril de 1931. En el libro ulterior se ha ampliado el punto de vista. Quizá se pensó que el escudriñamiento de las posturas de un elenco seleccionado de países (Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Portugal, URSS y Estados Unidos) de cara al advenimiento del nuevo régimen no daba para un tomito que despertara la curiosidad del público.

En cualquier caso, hoy tenemos a la disposición de los lectores LA SEGUNDA REPÚBLICA Y SU PROYECCIÓN INTERNACIONAL bajo el sello de Los libros de la Catarata. Acaba de salir y se presentará en Madrid el jueves 19 de octubre. Cuando se acerque la fecha reproduciré en este blog un tarjetón para recordarlo ya que me han hecho el honor de solicitarme que participe.  Tiene 220 páginas y puede leerse de un tirón.

Quizá los amables lectores puedan pensar que con este post trato de hacer publicidad de mi capítulo. Si es así, se equivocarían. No pienso decir de él una sola palabra. Como he introducido algunos elementos que hasta ahora no figuraban en la literatura, prefiero que quienes se interesen por ellos los descubran.

Me interesa mucho más reflexionar, brevemente, sobre algunas de las características del libro que ha editado la profesora Ángeles Egido (por cuyo trabajo siempre he sentido una gran debilidad). Me parece que puede ser de mayor utilidad para quienes siguen este blog. Son cuatro.

La primera es que, como ocurre con frecuencia en los libros en los que participan diversos autores, la calidad y el desarrollo de las diferentes aportaciones son muy dispares. Es lógico que así sea. No todos los historiadores parten de los mismos presupuestos ni tienen las mismas inclinaciones. Los resultados de sus trabajos son, necesariamente, variopintos. Queda para los expertos y los lectores la imprescindible tarea de valorar su calidad. En el mejor de los casos ofrecen para ello los elementos necesarios. En otros la organización, la argumentación, las referencias y las conclusiones se encargarán de ponerlos en su sitio.

La segunda característica es que el libro revela cómo la interpretación del pasado no es, ni puede ser, unívoca. El lector atento observará diferencias importantes entre los distintos capítulos. También es lógico que así sea. Solo en las dictaduras (el ejemplo de la franquista viene inmediatamente al recuerdo) se impone una determinada interpretación. La disparidad interpretativa es una manifestación de que la profesión sigue estando viva.

La tercera es que los autores nos diferenciamos sobre los límites de nuestra argumentación. Del análisis de las circunstancias del reconocimiento del nuevo régimen varios son los que se han adentrado, en consonancia con el título, en los avatares de la República en la escena internacional desde su nacimiento hasta el estallido de la guerra civil. Y hay, incluso, quien se ha metido de lleno en la contienda misma.

La cuarta es que de entre todos los capítulos los más destacables para mí son, por un lado, la introducción y el referido a las relaciones con Francia, a cargo de Ángeles Egido, y por otro el que atañe a las relaciones con Portugal, escrito por uno de nuestros más eminentes lusófilos, el profesor Hipólito de la Torre.  La comparación entre ambos muestra cómo se pueden conjuntar una valoración en general positiva de las ambiciones de política exterior del presidente del Gobierno republicano Don Manuel Azaña (Ángeles es una experta reconocida en el estudio de su trayectoria) y otra francamente negativa en lo que se refiere a sus percepciones sobre la posibilidad de influir, desde el ejemplo español, en la vecina República.

Quizá por mi experiencia profesional durante muchos años soy de aquellos autores que no pueden negar sus tendencias lusófilas. Y, para mí, Hipólito de la Torre ha sido un guía esclarecedor en lo que se refiere a los escollos que, en el pasado y hasta hace relativamente pocos años, ha habido que superar para llegar a una intelección franca, abierta y muy positiva entre los Gobiernos de ambos países. Infinitamente mejor que durante la República y el franquismo.

El relato de la proyección internacional de la República, tal y como aparece dibujada en este libro, sirve también de contrapunto hacia ciertas percepciones de algunos de los protagonistas del período. En general los autores que lo mencionan suelen ensalzar, por ejemplo, la figura de Luis de Zulueta como uno de los mejores ministros de Estado del período. Sin embargo, no aparece así en las memorias de uno de los conocedores de las interioridades del Palacio de Santa Cruz como fue Francisco Serrat.

Quizá esta diferencia sea el resultado de dos factores: las impresiones de los coetáneos no son siempre un buen rasero para medir el perfil con el que los protagonistas quedan en la historia y, por otro lado, el que quienes escriben esta, que no son los protagonistas sino los historiadores, aplican criterios que superan la inevitable subjetividad de aquéllos.

Sin embargo, casi todos los autores que aluden a la gestión de una de las figuras más descollantes del período, el exministro y exembajador Salvador de Madariaga, han tendido a reducir el protagonismo desmedido que él se atribuyó en sus memorias. No destinadas a la familia, como fue el caso de Serrat, sino a levantarse un monumento a sí mismo.

No quisiera que estas líneas, forzosamente limitadas, se entendieran como desconocedoras de las distintas aportaciones. La de un experto reconocido y amigo, Ismael Saz, sobre Italia es siempre sugerente (aunque yo no comparta todas sus afirmaciones). Y ha sido para mi muy grato encontrar que David Jorge, una de las jóvenes promesas de entre los historiadores de las relaciones internacionales de la época y que no han vivido el franquismo, ha abordado el no menos interesante capítulo sobre las relaciones hispano-británicas.

En definitiva, si la política exterior de la República no es un terreno que haya levantado las pasiones que suscita la política interior, el meritorio trabajo de la profesora Ángeles Egido y del CIERE permite llevar a conocimiento del lector apresurado algunos elementos esenciales para enjuiciarla sine ira studio. Este es el objetivo fundamental de la labor del historiador hoy. ¿O es que los historiadores habríamos de escribir solo para los profesionales en libros mamotréticos cuyo destino son los anaqueles de las bibliotecas universitarias?

Contra la distorsión en historia

26 septiembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

En este verano he leído, aparte de varias novelas, algunos libros de historia. Uno de ellos ha sido objeto de un comentario muy atractivo en EL PAÍS (29 de julio de 2017) por parte de un crítico, a quien no conozco, pero de cuyos juicios me fío: Manuel Rodríguez Rivero. Es un comentario que me ha agradado sobremanera porque el autor de dicho libro es un colega, compañero y amigo. Nos conocemos desde hace casi cuarenta años, cuando empezó a hacerse un nombre entre los jóvenes historiadores y politólogos españoles. Hemos coincidido en muchas aventuras. Desde, en particular, aquella inolvidable serie de TVE España en guerra para conmemorar el cincuenta aniversario del estallido de la guerra civil hasta una revisión colectiva de la curiosa biografía de Franco efectuada por el ahora nuevamente laureado profesor Stanley G. Payne con la inapreciable colaboración de alguien que estuvo ligado al CEDADE.  Todos elegimos a nuestros amigos y colaboradores.

Desde hace muchos años Alberto Reig, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, ha dedicado especial atención al fenómeno de la regresividad en el relato sobre la República, la guerra civil y el franquismo. Entiendo por regresividad la vuelta hacia atrás, desdeñando los progresos realizados en la recuperación documentada y contrastable de todo ese pasado agónico y controvertido.

Cualquier obra de historia es, por supuesto, una construcción. En general se basa en la combinación de factores hermenéuticos y heurísticos perfectamente determinados. Cuentan, en particular, la personalidad del investigador, su trayectoria, su formación técnica, su experiencia y, no en último término, su ideología; la naturaleza de los temas sobre los que proyecte su atención; el mayor o menor cuidado en la identificación, selección y tratamiento de las fuentes; la comparación de su relato con el de sus pares y, no en último término, su curiosidad por enriquecer en la mayor medida posible el acervo de conocimientos contrastables. No todo lo que se escribe sobre el pasado es historia ni tampoco coincide con la aplicación de protocolos o cánones reconocidos en la profesión. El vínculo con las fuentes es, en ellos, fundamental.

Alberto Reig ha publicado hace unos meses, en la prestigiosa editorial Siglo XXI de España, un nuevo libro contra las distorsiones en los relatos de varios autores (algunos son incluso historiadores profesionales) que más que historia escriben “historietografía”, un neologismo por él acuñado y que servidor a veces se lo ha tomado prestado. Con él denota la pervivencia de los miasmas que se esparcieron en los relatos acuñados en la mitología aceptada por el franquismo y mantenida hasta la fecha con artilugios conceptuales y de estilo para salvar de ella lo que en la actualidad puede parecer mínimamente salvable. Esto significa la negación del progreso en materia de conocimiento histórico, ya sea por capas, estratos o etapas sucesivas, y la subsistencia de una supuesta “verdad” supra-temporal, tal y como la definió la necesidad de Franco y sus adláteres de explicar los orígenes de la guerra civil, los determinantes esenciales de su evolución y su imbricación con una dictadura de casi cuarenta años.

Tal regresividad es algo que no constata solo Alberto Reig. Santos Juliá, por ejemplo, ha escrito abundantes páginas al respecto, reconociendo que los acuerdos centrales a los que parecíamos haber llegado los historiadores hace quince o veinte años han saltado por los aires. Si algún lector acude a los DVDs de “España en guerra” y escucha los comentarios que acompañan las imágenes podrá tener una idea de cuáles eran. No en vano el equipo de redacción insistió en que la imagen debía ajustarse al texto y tal texto fue consensuado entre los catorce o quince historiadores que participamos. Nunca se ha publicado -una lástima- y quizá no estaría de más que alguien lo pusiera al día porque es un hecho que la investigación histórica no ha dejado de progresar en los últimos treinta años.

Se han enhebrado numerosas explicaciones de por qué ha sucedido lo que ha sucedido y se ha explicado desde múltiples ángulos: sociología, ciencia política, sicología social, sicoanálisis y, por supuesto, la historia misma. En el bien entendido de que España no es un país extraño en el que ocurran esas cosas extrañas. Ejemplos hasta cierto punto similares han figurado de forma prominente en los últimos tiempos en Italia o Estados Unidos, que también atravesaron por guerras civiles desgarradoras y que tienen la ventaja de no ser casos demasiado exóticos. El hilo común son los cambios políticos y parapolíticos acaecidos en las respectivas sociedades: los triunfos de Berlusconi o de Trump han reabierto grietas que parecían cerradas. El del PP en las elecciones de 1996 favoreció la regresividad autóctona e incluso foránea, entre algún que otro historiador extranjero. Pero lo que en España desató una contraofensiva fue el incesante goteo de informaciones, que han calado en un amplio sector de la sociedad, sobre los horrores, hasta entonces silenciados, de la represión franquista en la guerra y en la postguerra. El fenómeno de las tumbas olvidadas, los relatos sobre ejecuciones sumarias y la farsa de los consejos de guerra (incluido el TOP de años posteriores) han lastrado para siempre las versiones unilaterales franquistas sobre los “desmadres” de la represión republicana, reducida a la mitad o a un tercio del volumen propagado por los cuentistas de la dictadura.

El objeto de la ira para Alberto Reig es, pues, el mal llamado “revisionismo” patrio. Digo mal llamado porque la investigación histórica genuina es siempre revisionista. No puede ser de otra manera. Los progresos en historia dependen del descubrimiento de nuevas fuentes y de la aplicación de construcciones conceptuales y metodológicas que se encuentran en proceso de cambio. Entre ambas variables existe una interacción constante. Hace años surgió la preocupación por el factor género en los estudios históricos. Su aplicación abrió toda una serie de fuentes nuevas o permitió “revisitar” las ya conocidas. Hoy las construcciones culturales están de moda. Han permitido generar nuevos conocimientos y nuevas interpretaciones. La historia se mueve y del pasado puede decirse que hoy ya no es lo que era ayer. Es la demostración del auténtico revisionismo en la investigación.

Lo que en el discurso vulgar  suele pasar por “revisionismo” es el intento de volver, en la medida posible, a los orígenes: la República fue un desastre; la guerra civil fue inevitable; se ganó gracias al genio de Franco; el régimen subsiguiente fue una dictadura rápidamente atemperada; el franquismo favoreció la evolución económica y social de España; creó una amplia clase media y, en definitiva, sentó las bases de una última “regeneración” (a veces se dice que sin proponérselo conscientemente) que acomodó una transición más o menos inevitable, ya que “no podía haber franquismo sin Franco”. En una aplicación del método más tautológico posible se afirma que sin Franco no es concebible la España de nuestros días. Algo como decir que sin Hitler no se comprende la Alemania de hoy.  ¿Conclusión? Habría que elevar a ambos todas las estatuas posibles, aunque en el segundo caso con extremo cuidado y solo metafóricamente porque en Alemania sería un delito previsto en el código penal. Por su parte, en España han ido desapareciendo las razones que hubo en su momento (aunque, algunos pensarán, siempre quedan los corazones y la necesidad de oponer una “contramemoria” o un contra-relato que sirva de baluarte para los convencidos, aquéllos a quien se refería Ricardo de la Cierva como los que no deseaban que les robaran “nuestra historia”). Todo para ganar puntos en la pugna político-ideológica de nuestros días.

Alberto Reig, estudioso preciso e inmisericorde del historiador de cámara de Franco, ha leído la extensa obra de numerosos “revisionistas” y camelistas. Aplica un método de análisis y contextualización implacable para poner al descubierto sus miserias, sus contradicciones y su desprecio por los hallazgos según los protocolos metodológicos generalmente aceptados. No deja títeres con cabeza y sigue a rajatabla la máxima de “al pan, pan y al vino, vino”. ¿Por qué andarse con elucubraciones y palabras de buen tono para quienes falsean ese pasado que en su totalidad es incognoscible, pero del que conocemos un retazo cada vez más amplio, incluido su lado más sombrío?

Los afectados (siempre con menos títulos) se quejarán, tal vez, del sarcasmo y de la ironía del profesor Reig. Pero, ¿por qué deberían extrañarse? Han elaborado con denuedo su aportación a la regresividad en las condiciones creada por unas autoridades que no han sido capaces de proseguir la desclasificación de fuentes todavía cerradas a la investigación. Con excusas grotescas o, ahora, simplemente sin excusas. ¿Conocen los lectores alguna manifestación de, valga el caso, la señora ministra de Defensa explicando razonablemente porqué no continúa con la política de apertura de archivos que se detuvo con su nunca olvidado predecesor? ¿Y qué decir de los archivos del Ministerio de la Gobernación?

Si los lectores quieren pasar un buen rato, reírse (o llorar, según se mire) de la regresividad de autores que suelen mostrarse muy activos en las redes sociales y en ciertos medios de comunicación, perfectamente identificados con sus escasas grandezas y abundantes miserias tendrán pocas posibilidades más entretenidas de hacerlo que si repasan las suculentas páginas que Alberto Reig nos ha entregado. En ellas verán reproducidas muchas de sus afirmaciones en una amplia gama que va de la idiotez pura y dura a una incomprensible autosuficiente metodológica. Sin el menor recato declaro ser un admirador de la inmensa paciencia de que el catedrático de Tarragona ha hecho gala para no estallar y sí para escribir una obra sardónica y divertida. No se la pierdan.

Alberto Reig Tapia: La crítica de la crítica. Inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes, Madrid, Siglo XXI de España, 2017.

Un patriota republicano olvidado

19 septiembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Muchos patriotas yacen en las cunetas. Ni siquiera se conocen sus nombres. Otros han ido saliendo a la luz. Un alto porcentaje combatió la sublevación militar con las armas en la mano. En los últimos años se han identificado otros: políticos, sindicalistas, educadores, intelectuales. En este primer post de la rentrée, después de dos series temáticas, quisiera romper una lanza por otra categoría. La de los sufridos funcionarios. No es que se la haya ignorado. Funcionarios fueron los maestros y maestras fusilados o represaliados (servidor tuvo la suerte de beneficiarse de las enseñanzas de uno de estos últimos). También lo fueron los jueces o fiscales. Sin embargo, pocos investigadores se han ocupado de una categoría minúscula pero influyente. Los diplomáticos. La atención se ha concentrado en los embajadores en grandes puestos (París, Londres, Moscú, Washington, México, etc.)

Ha correspondido a un profesor e historiador marroquí, el Dr. Mourad Zarrouk, rescatar a uno de estos patriotas que ha permanecido injustamente olvidado. Su nombre no dirá nada, o casi nada, incluso a los iniciados. Se llamaba Clemente Cerdeira. Formó parte del pequeño grupo de funcionarios diplomáticos que no se pasó a los sublevados. Esto ya sería notable. El profesor Zarrouk ha escrito, sin embargo, una biografía muy completa y ha puesto a Cerdeira en el centro de una trama que demuestra (como hará Íñiguez Campos en un libro en el que está trabajando) el desbarajuste, desconcierto, improvisación y fallos garrafales que caracterizaron la respuesta gubernamental a la rebelión militar. Como para pensar que los ministros, subsecretarios y directores generales habrían estado dormitando a la bartola, esperando pacientemente (cuando no alentando) el estallido de esa revolución socialista, anarquista o comunista que pinta la historiografía pro-franquista y que tanto reverdece hoy el profesor Payne.

Cerdeira no fue un diplomático cualquiera. Procedía de la carrera de intérpretes, desde la cual podía darse el salto -aunque no frecuencia- a la consular y diplomática. Siempre lo adornaron cualidades especiales. Nacido en 1889 en Port Bou pero, trasladado a edad temprana a Tánger por su padre que era guardia civil, fue desde niño a una escuela coránica (aparte de a la cristiana, que era obligada). Creció hablando el árabe dialectal tan bien como el castellano; estudió en profundidad el derecho musulmán, de una cuyas instituciones más importantes era el mejor especialista español, y escribía el árabe estándar como si fuese un nativo.

Inquieto y deseoso de prosperar, cursó estudios superiores en instituciones del Protectorado francés, en el Líbano y en Egipto. Desde muy joven prestó relevantes servicios a las autoridades civiles y militares de la zona española. Participó en negociaciones extremadamente confidenciales, en particular con El Raisuni, y aportó a la tarea su conocimiento íntimo de la mentalidad marroquí y de sus múltiples facetas.  Ello le despertó lógicos deseos de prosperar como funcionario en un páramo como el Protectorado español en el que diplomáticos, militares, funcionarios civiles e intérpretes no siempre estaban bien avenidos. Discrepaban en el sentido de la colonización, en la forma de tratar a los indígenas y en cómo hacer frente a las asechanzas francesas.

La Administración española siempre fue a remolque. Careció de una política consistente e inteligente hacia los marroquíes, maniatada por una inmensa falta de medios culturales, humanos, intelectuales y económicos. Civil hasta la médula, Cerdeira casi siempre tropezó con militares de alto rango y con diplomáticos que creían conocer Marruecos mejor que él, pero que iban a lo suyo (entre lo que figuraba hacerse ricos, como ya ilustró en sus “memorias” Arturo Barea). Eso sí, a patriotismo decían que no les ganaba nadie.

Los franceses pronto identificaron a Cerdeira como un contendiente temible. Sus andanzas fueron notadas escrupulosamente por los servicios de información. Metido hasta el cuello en las discusiones sobre cómo pacificar el territorio, Cerdeira se vio acorralado in situ. A los militares se les llamaba “africanistas” pero de África sabían en general bastante poco. Tampoco gozó, en ocasiones, de grandes apoyos en Madrid. Era aquí, y en particular en la Dirección General de Marruecos y Colonias, dependiente de la Presidencia del Gobierno, donde se diseñaba, con frecuencia a salto de mata, la política hacia el Protectorado.  Un diplomático cuyas memorias el profesor Bernabé López García y servidor hemos editado en relación con dos diferentes etapas de su carrera, Francisco Serrat, (que no tenía buena impresión de Cerdeira), lo expuso sobradamente.

Cerdeira no careció de ayudas. Fueron numerosas las personas que, conociendo su valía, trataron de echarle una mano tras beneficiarse de sus servicios. Zarrouk detalla parsimoniosamente los obstáculos burocráticos con que tropezó en sus aspiraciones funcionariales y las zancadillas que se le pusieron. Nada de ello le arredró. Era consciente de la importancia de sus conocimientos y, cuando hubo que empezar a pensar en cómo hacer frente a los primeros brotes del nacionalismo marroquí, su papel se acrecentó. A su labor de intérprete añadió sus servicios como agente de información. El suyo era el patriotismo que no se voceaba. Se ejercía.

Oficialmente Cerdeira accedió a la carrera diplomática como primer secretario de embajada en marzo de 1933 pero esta nueva condición no le acompañó en uno de sus desafíos más acentuados: cómo contribuir a defender los intereses españoles en el nido de espías y de intrigas que era entonces la ciudad internacional de Tánger. Los franceses, por supuesto, estaban al acecho. Fue un agente “quemado” antes de llegar.

Cuando estalló la sublevación de julio de 1936 Cerdeira, que tenía su familia en Ceuta, no dudó en permanecer fiel al Gobierno. Inmediatamente se dio cuenta de que la retaguardia de los sublevados podría, tal vez, convertirse en un punto débil. También se movió en las aguas movedizas tangerinas con el fin de obstaculizar las maniobras de Franco para situarse en una posición cómoda en la plaza. Cerdeira fue la mano derecha del cónsul Prieto del Río a quien, por cierto, daba mil vueltas.

Su labor puso a Cerdeira en el punto de mira de Franco y, por ende, en el de la plana mayor de la sublevación. El desbarajuste republicano no permitió elaborar una línea de conducta coherente para aprovechar el incipiente nacionalismo marroquí, que pasó a alinearse con los rebeldes. Los agentes de Cerdeira en el Protectorado fueron pasados por las armas y el extraordinario arabista y novel diplomático se convirtió también en un objetivo al que había que liquidar.

El Ministerio de Estado, en pleno caos, no acertó nunca a identificar cómo aprovechar de la mejor manera posible los conocimientos de Cerdeira. Servidor ya fue hace muchos años extremadamente crítico de la gestión administrativa del Departamento. Su titular, Julio Álvarez del Vayo, se ganó bien la vida como periodista. Fue un buen embajador en México. De ministro estuvo muy por debajo de la naturaleza de los desafíos de la cartera. El hecho es que, después de varias fintas de traslado de Cerdeira a Turquía (muy poco en el centro de los acontecimientos que afectaban a España), la Superioridad (con mayúscula) optó por enviarlo de cónsul a Liverpool. Quizá porque estuvo unas semanas en el consulado de Casablanca, donde pronto se enfrentó con el vice-cónsul, un médico sumamente ideologizado que no tenía la menor idea de por dónde iban los tiros.

En enero de 1937 Cerdeira abandonó definitivamente el norte de África, a su familia en manos de los sublevados y sin un céntimo y puso rumbo al Reino Unido. Desde el punto de vista de gestión de los recursos humanos, diríamos hoy, era como echar perlas a los cerdos. Profesional hasta el tuétano, Cerdeira cumplió sus tareas a la satisfacción de todos. Incluso desenmascaró a un sujeto que servía a Franco bajo la cobertura de cónsul republicano en Newcastle.

En la derrota se portó con absoluta dignidad. Ansiaba volver a Marruecos para, al menos, estar cerca de su familia. Nadie le echó una mano. Ni sus colegas arabistas ni los diplomáticos franquistas. Era un apestado. Murió de un ataque al corazón en Niza en mayo de 1941. Tenía 52 años. Se conservan los papeles que se llevó consigo. A su familia no le pegaron cuatro tiros.

Este libro del profesor Mourad Zarrouk tiene para mí dos incentivos. El primero es personal: completa y amplía el conocimiento de los miembros de la carrera diplomática republicana a la que hace años dediqué un libro. El segundo es profesional: el autor, en passant, ha identificado dos claves que arrojan nueva luz sobre la conspiración en Canarias del general Franco. Se afirma que ya se conoce de ella todo lo que hay que conocer. Un brindis al sol.

Me permito invitar a todos aquellos que crean en tal enfoque a que lean esta biografía de Cerdeira y traten de determinar cuáles son dichas claves. Una es relativamente sencilla. La segunda es algo más complicada. Si lo hacen me rendiré ante su sabiduría y lo reconoceré públicamente. No tengo que señalar que aparecerán dentro de unos meses con todos los detalles en un libro que ya hemos terminado de escribir tres colegas y un servidor. Con nuestro agradecimiento al profesor Zarrouk y al profesor López García, uno de nuestros más eminentes arabistas, que lo ha prologado.

Mourad Zarrouk: Clemente Cerdeira. Intérprete, diplomático y espía al servicio de la Segunda República, Madrid, REUS editorial, 2017, 224 páginas.