El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (III)

12 noviembre, 2019 at 12:01 pm

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

En lo que se supone (solo se supone) fue una transcripción real y fidedigna de la hoja de servicios de Franco hasta principios de 1926 hay dos notas que me llaman la atención: la primera es que el segundo apellido aparece, en el único documento oficial de archivo que he consultado, como Baamonde. Sin embargo, el coronel y genealogista Carvallo de Cora utiliza siempre la grafía que prefirió su héroe, con una hache intercalada entre las dos vocales repetidas. Esto plantea la cuestión de si Franco no gestionaría -y cuándo- la modificación correspondiente de su certificado de nacimiento. O la alternativa: si los escribas del Ministerio de la Guerra no cometerían un error, imperdonable en aquellos años en que el nombre del titular era el que correspondía a un modesto capitán. En el documento de la época (en fotocopia) que tengo en casa la grafía no es esa. Es Baamonde.  Por lo demás, no hay que olvidar que uno de sus primos hermanos, el comandante de la Puente Baamonde, siempre la utilizó  hasta su amargo final, fusilado en agosto de 1936 por permanecer leal a su juramento de fidelidad a la República. El capricho de SEJE no tiene demasiada importancia y, a buen seguro, lo habrá explicado alguno de los historiadores y sicólogos que se han ocupado del personaje. La segunda nota es que en ese documento figuran unas líneas que, en su reproducción, omite el coronel Carvallo de Cora. El porqué es para mí un misterio.

 

El papelín en el que se produce esta omisión es muy significativo. Se trata del resumen del expediente instruido al entonces capitán Franco con motivo de la petición cursada por el general en jefe del Ejército de España en África, a instancias del superior inmediato del heroico capitán, para que Franco fuera sometido a juicio contradictorio. Era algo indispensable para determinar si se había hecho acreedor o no a la máxima distinción al valor, a saber, la Cruz Laureada de San Fernando. Como es público y notorio, no se le concedió.

Hay que pensar que ello tal vez pudo representar un permanente resquemor en quien llegó a ser la gloria suprema de las Fuerzas Armadas españolas y que vio cómo compañeros suyos -que ciertamente no llegaron a su altura y magnificencia posteriores- la habían obtenido y en al menos un caso, el de Enrique Varela, por partida doble. Un personaje que, por cierto, había ido ascendiendo desde las filas. Hay otras posibilidades a las que aludiré más adelante y en esta serie de posts añadiré un caso casi olvidado en la Historia.

El episodio que dio lugar a la instancia para abrir a Franco un expediente de San Fernando ha sido magnificado en la literatura de naturaleza hagiográfica. Se halla en prácticamente todas las biografías que de él se han escrito. Hoy muchas no se consultan habitualmente. Están superadas y se encuentran, cuando se encuentran, en librerías de lance o en bibliotecas. Tal vez, también, en Internet. Sin embargo un recorrido aleatorio por algunas da una idea clara de la intensidad de los vapores de incienso con que se le rodeó. Me refiero, claro está, al indomable, al único, al extremo valor del que el capitán Francisco Franco Baamonde hizo gala al subir cuesta arriba a la cima de una loma para arrebatársela a los moros el 26 de junio 1916. Es la GESTA del Biutz. Recomiendo a los lectores que deseen profundizar en ella (un combate algo insignificante) que lo busquen en Internet. Servidor lo ha hecho gracias a la amable cooperación de Mr. Google.

Dejo de lado que operaciones u operacioncitas de este tenor no escasearon en la denominada “guerra de Marruecos”, territorio de una extensión similar a la de la provincia de Badajoz y que al Ejército español costó someter casi veinte años de mucho sacrificio, mucha sangre, muchas condecoraciones y abundantes ascensos con su lubricante esencial: la corrupción. Esto último ya lo dejó señalado Arturo Barea entre otros.

Nuestra relación debe empezar, naturalmente, por el primer biógrafo y, quizá, el máximo de los “pelotas” máximos de Franco, Joaquín Arrarás, que ya es decir. Abrió camino y por él no tardaron en adentrarse audazmente multitud de seguidores. Nosotros solo necesitamos mencionar a unos cuantos muy seleccionados. No se trata de abrumar con citas al amable lector.

Parece claro que Franco, en su época de dicharachero, contó a Arrarás un montón de anécdotas y de cosas. Su fiel biógrafo señaló, por ejemplo, que en lo que se refiere a la gesta del Biutz al frente de sus soldados Franco subió hacia un parapeto (sic) detrás del cual se resguardaban los moros; que recogió en la subida un fusil abandonado; que lo cargó; que continuó hacia arriba impertérrito y que poco después que se desplomó herido en el vientre (sic) a consecuencia de un balazo; que [¿superhombre?] continuó dirigiendo el ataque; que conservó su lucidez hasta el extremo de llamar a un teniente para entregarle las 20.000 pesetas que llevaba consigo de la caja de la compañía. Ruego al lector se fije en tales detalles y no los olvide. Como la biografía de Arrarás la tengo en casa, en al menos dos versiones, puedo reproducir lo que él escribió de tal hecho de armas que, sin duda, Franco le relataría con todo detalle. ¿Quién, si no?

La escena de la gesta del Biutz que he abreviado en este post es, desde luego, un tanto inverosímil y hay aspectos que no encajan bien. La gesta misma ha sido estudiada por muchos expertos e incluso puede encontrarse una entrada en Wikipedia que dice así:

CITA

La toma de El Biutz fue un enfrentamiento bélico de la guerra del Rif que tuvo lugar los días 28 y 29 de junio de 1916, en las proximidades de la ciudad de Ceuta, entre las tropas españolas y fuerzas rebeldes rifeñas. El ejército español realizó una operación para asegurar las comunicaciones entre Tetuán y Tánger, que se encontraban dificultadas por diferentes posiciones de la guerrilla rifeña, principalmente la situada en el pueblo de El Biutz, ubicada en una cima que dominaba la carretera entre Ceuta y Tetuán y bien defendida por trincheras y combatientes que disponían de ametralladoras y fusiles. El ataque resultaba dificultoso para las fuerzas españolas que debían avanzar por estrechos y espinados senderos muy expuestos al fuego enemigo. La estrategia general de la operación fue diseñada por el general Francisco Gómez Jordana, y consistió en avanzar simultáneamente desde cuatro puntos: Ceuta, Larache, Tetuán y Fondak. En el transcurso del asalto resultó herido en el abdomen el entonces capitán de 23 años Francisco Franco.

FIN DE LA CITA

No me parece mal. Pero esquiva todo lo que, en mi opinión, es importante desde el punto de vista del comportamiento del joven capitán objeto de este post. Añadiré, pues, unas consideraciones mínimas.

  • De niño, y como muchos de mi generación, solía ir a ver películas bélicas. Tres lanceros bengalíes (que se estrenó en España en 1935) y Beau Geste (lo fue en 1947) fueron dos de mis favoritas. Hubo, claro, muchas más que narraban las gestas de los bravos soldados británicos en lucha contra los rebeldes en la India del raj o los no menos bravos legionarios franceses en pugna contra las tribus marroquíes. En ellas y en otras se veía cómo los oficiales se lanzaban al ataque empuñando sus pistolas, atadas a unas correas para que no se les cayeran de la mano en medio de la lucha. A mi me sorprende que Franco no lo hiciera y que prefiriese ir cuesta arriba con un mosquetón de soldadito de Regulares. También me deja algo frío el que ni siquiera utilizase, al menos, un sable de oficial, pero tal vez ya no fuera costumbre entonces al atacar al frente de las tropas (se me ocurre que quizá desprendiera un cierto tufillo decimonónico). A lo mejor ambas carencias eran habituales, pero me cuesta trabajo creerlo. Pueden implicar dos cosas: a) que Franco inició la escalada desarmado (inverosímil); b) que, ya en acción, prefirió dejar de lado la pistola (quizá enfundándola cuidadosamente) y/o el sable y servirse de un arma que podría ser muy útil para hacer fuego en posición estacionaria pero no para disparar subiendo la loma. En la inescrutable mente del futuro héroe tal vez estas consideraciones no penetraron, envuelto como estaba en el fragor de la acción. Pero el lector debe planteárselas, so pena de pensar que Franco no pensaba.
  • La segunda consideración es más importante. Franco se adentró, desde luego impetuoso, en los azares del combate con una mochilita (supongo) que contenía la paga de sus soldados. 20.000 pesetas eran una auténtica fortuna en la época. No creo que las llevara en una cartera de mano. Ahora bien, recordando las películas de época (incluidas las de la primera guerra mundial) no me suena, ignorante que soy en temas de comportamiento bélico, que los oficiales llevaran mochila a cuesta y, mucho menos, que fuesen cargados con una fortuna. Si acaso llevarían granadas de mano u otros adminículos aptos para el ataque, pero de ser así probablemente sería en bolsas. ¿Ha descrito alguien que Franco la llevara?

Son consideraciones que, naturalmente, los expertos en las campañas marroquíes podrán cuestionar apelando, como solemos hacer los historiadores, a casos análogos documentados fehacientemente.

Ahora, demos un salto de tigre malayo hasta llegar a los años sesenta. Lo hacemos porque es cuando arriba a la literatura hagiográfica otro de los “pelotas” máximos del Caudillo. Esta vez, nada menos que un inglés: George Hills. De él cabría suponer que tuviese mayor experiencia o, al menos, una mayor exposición que servidor (historiador incrédulo) respecto a los usos y costumbres de los oficiales de su país cuando entraban en fuego. En un artículo sobre él en Wikipedia se afirma que sirvió en el ejército británico, en Artillería. Luego, en la segunda guerra mundial, que fue oficial de inteligencia en Europa y en el Lejano Oriente. No puedo ni siquiera pensar que ignorase que, al menos en campañas históricas británicas como en Francia, los oficiales iban al frente de sus hombres pistola en ristre y silbato al cuello.  Sin embargo, aparte de ciertos retoques que corrigen a Arrarás (el parapeto se convierte en trincheras moras y, hombre quizá más cultivado, utilizó el término técnico de abdomen), le sigue como corresponde a otro pelota máximo pero, eso sí, sin mencionarlo. Podríamos suponer que habló con Franco sobre el tema y que el dictador lo aleccionó debidamente (ocurrió en otras ocasiones)

El ataque de risa que causa el copión de Hills es pequeño si se compara con lo que eminentes historiadores, incluso militares y otros profesionales, escribieron después. Dejo algunos ejemplos para el próximo post. No desearía que los amables lectores continuasen riéndose a carcajada limpia.

(Continuará)

Gabriel Jackson en mi recuerdo

8 noviembre, 2019 at 4:01 pm

Ángel Viñas

La noticia del fallecimiento del profesor Gabriel Jackson me la dio por whatsap Carmen Esteban que lo conoció perfectamente en los largos años en que vivio en Barcelona. Fue hacia las diez de la noche del miércoles 6 de noviembre. No me sorprendió porque hace meses me  había escrito su hija de que no existía esperanza alguna de recuperación. En aquel momento ya había anunciado el óbito el corresponsal de EL PAIS en Washington, aprovechando la diferencia de horario. Por lo que he visto, la prensa española se ha hecho eco del luctuoso suceso y el mismo periódico publicó el jueves una sentida necrológica de Julián Casanova, felizmente de regreso entre nosotros. También lo ha hecho José Antonio Martínez Soler, un periodista gran amigo de ambos que lo conoció bien. Con él ha desaparecido el tercero de los mejores hispanistas que en los años sesenta del pasado siglo dieron a conocer a los españoles su propia historia frente a los mitos, camelos, medias verdades y distorsiones propagadas por los publicistas a sueldo de la dictadura. No este el lugar, creo, de hacer un repaso a la bibliografía jacksoniana. Sí lo es, en consonancia con la orientación de este blog, de plasmar un mero recuerdo personal.  

 

En este sentido no olvidaré nunca el momento en que por primera vez lei la obra de Jackson que lo hizo instantáneamente famoso: La República española y la guerra civil. La publicó Princeton University Press en 1965. La compré en Glasgow en la primavera del año siguiente. La leí de un tirón mientras convalecía de una hepatitis que me dejó postrado y que me hizo abandonar el curso que allí seguía. Me encantó. Era algo diferente a lo que conocía hasta entonces.

Desde 1958, aproximadamente, había ido reuniendo una pequeña colección de libros sobre la guerra, casi todos prohibidos en España. Eran, en general, de autores alemanes, franceses y de europeos orientales que habían estado en las Brigadas. En mi mochilita había  también ensayos historiográficos. Entre ellos el primero fue, en 1961, el que surgió de la tesis doctoral de Manfred Merkes. El segundo el de Hugh Thomas en el mismo año y el tercero, dos años después, el mítico Mito de la Cruzada de Franco de Southworth. No era mucho, pero tampoco era nada. Yo era un jovenzuelo que quería especializarse en la historia y el funcionamiento de las economías de planificación central, algo que como el futuro se encargaría de demostrar no tenía demasido porvenir.

En aquella convalecencia el libro de Jackson fue una revelación. En él aparecía con mayor claridad que en el de Thomas el esfuerzo reformador de la Segunda República y el autor, comprometido con él, no disimulaba sus simpatías.

De nuevo en el extranjero, esta vez en Estados Unidos, fui posiblemente uno de los primeros lectores españoles en sumergirse en las páginas de otro libro de Jackson, aparecido en 1969, en el que narraba sus peripecias en España para conseguir documentación primaria con la cual  desentrañar el pasado. Este libro, Historian´s Quest, dibujó unas dificultades con las que no me topé años más tarde gracias al apoyo y los contactos del profesor Enrique Fuentes Quintana.

Lo que no recuerdo es cuándo me encontré con Jackson personalmente. Quizá fuese por mediación de Southworth. Tal vez en alguna de las reuniones de una sociedad de hispanistas norteamericanos. Cuando este presentó su Mito en Barcelona fueron Jackson y servidor quienes lo escoltamos y presentamos. Ambos eran muy amigos y cuando Jackson se trasladó a Barcelona no dejó de visitar a Southworth, que vivía en el pleno centro geogáfico de Francia. Al fallecer, en 2001, Jackson no faltó a su entierro. Yo no pude ir pero sí acudió mi mujer.

En España nos vimos con frecuencia. Venía a Madrid. A veces se quedó en mi casa. Otras se fue a la de alguna conocida. Siempre me “achuchó” (como también lo hizo Manuel Tuñón de Lara) para que no dejase de escribir sobre los años oscuros.

Aunque cambiamos cartas (no muchas, siempre he sido reacio a mantener larga correspondencia excepto con Southworth) la relación no se estableció sobre una base muy fluída hasta que dejé la Comisión Europea. Invitamos a Jackson a pasar con nosotros las fiestas de Navidad. Era un excelente flautista y solía indicar a mi hija los errores que cometia cuando aprendía a tocarla. En los fines de semana solíamos llevarlo a visitar algunas de las bellas ciudades próximas a Bruselas.

Cuando se planteó la posibilidad de hacer un curso sobre la guerra civil en torno al Centro Pablo Iglesias naturalmente eché mano de él (y de Gabriel Cardona, Paul Preston y algún otro) para que vinieran a enriquecerlo con sus experiencias y comentarios. Fue entonces cuando me contó que estaba pensando en solicitar la nacionalidad española. Le había animado el que ya se hubiese concedido a Ian Gibson. Él llevaba muchos años en Barcelona, se sentía muy a gusto en España pero no se decidía, pero me parece que incluso había consultado con algún abogado.

Acudí a un colega en la REPER, Luis Luengo, consejero para Asuntos de Interior y que espero se acuerde de este episodio mejor que servidor. Almorzamos con Gabriel y le animamos. Luis sorteó, si mi memoria no me es infiel, algunos escollos y el Consejo de Ministros terminó aprobando su solicitud. Creo que me dijo que el entonces ministro de Justicia, el profesor Juan Fernando López-Aguilar, aceleró el procedimiento. Con lo que ninguno contaba es con que el juez ante el cual Gabriel debía jurar o prometer la Constitución se eternizó en convocarlo. Al final, no tuvo más remedio que hacerlo. Siempre supuse, pero puedo equivocarme, que no le hacía mucha gracia que un ciudadano norteamericano, de izquierdas, pro-republicano y con claras simpatías por Azaña, pudiera contaminar más aún a los ciudadanos de pro al ponerse en igualdad de condiciones cívicas con ellos.

No escribiré mucho acerca de la obra de Gabriel. No es este el lugar. Sí un pequeño apunte. Jubilado en Barcelona, donde se sentía como el pez en el agua, no se durmió en los laureles, pero tampoco se sometió al ritmo trepidante del “publica o perece” tan en boga en las Universidades norteamericanas y, a lo que parece, hoy también en las nuestras. CRITICA, y en particular el duo Gonzalo Pontón/Carmen Esteban, lo acogieron siempre con inmenso cariño y le atendieron espléndidamente.  Pasó años escribiendo una obra de síntesis, Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX; se adentró por la novela; hizo obras de resumen sobre historia de España (no hay que olvidar el librito que escribió sobre la España medieval, ricamente ilustrado)  y sobre la propia República y la guerra civil;  escribió numerosas recensiones; colaboró con artículos en EL PAIS durante largos años. Siempre acudió adonde se le llamara.

Sospecho que esta actividad múltiple debió de dejarle algo insatisfecho porque, ya entrado en años, empezó a pensar en escribir una biografía, aunque no al uso, de Juan Negrín, por quien sentía (como servidor) una gran admiración. Quizá recordando su experiencia de joven doctorando, ni corto ni perezoso entró en contacto con Carmen Negrín y consiguió permiso para bucear en los fondos negrinistas que ella conservaba. El resultado fue una biografía diferente de las demás al uso (como, por ejemplo, las excelentes de Ricardo Miralles y Enrique Moradiellos). Cuando se publicó en 2008, si no recuerdo mal, Gabriel había alcanzado la provecta edad de 87 añitos. Me pidió que la presentase en Barcelona. Había escrito una obra de extrema madurez. Había penetrado en la mente y en el corazón de un personaje nada fácil de comprender y lo había hecho con solo esa agudez que da -aunque a veces no- el paso de los años.

Han tenido que pasar otros diez y empezar yo mismo a acercarme peligrosamente a la edad en que Gabriel nadaba de nuevo en los remolinos de la República y de la guerra civil para comprender el inmenso esfuerzo que invirtió en su última obra. Y ahora, cuando vuelvo a pensar en la República que no pudo ser, de quien más me he acordado en estos dos últimos años ha sido de Gabriel Jackson y de Herbert Southworth.

Descansa, Gabriel, en paz en tu propio país. En España muchos amigos y dos generaciones de historiadores, jóvenes y menos jóvenes, te echaremos siempre de menos.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (II)

5 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Al caso del original de la hoja de servicios de Franco y de sus documentos colaterales, quizá “extraviados”,  no les es aplicable estrictamente el dicho aquel del “todo se ha perdido, menos el honor y la vida”. Y no lo es porque, en puridad, existe desde hace muchos años una publicación que dice contener la dichosa hojita. A ella nos referimos en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO pero solo de forma somera, en otro contexto y con diferentes pretensiones. Me expreso, no obstante, con estudiada propiedad: quien la publicó no solo no lo hizo en su totalidad sino que, además, la “apañó” borrando unas líneas importantes como demostraré en un post ulterior. Pensar que esto pudiera hacerse en la España de Franco sin que SEJE lo supiera y/o diese su consentimiento me parece un desvarío. Es más, la dichosa hojita se detiene, ¡oh, cielos!, cuando todavía quedaba mucho por hacer al general Franco en términos de gloriosas e imperecederas victorias.

 

El autor de la extraordinaria hazaña de publicar en tiempos de dictadura una hoja de servicios de su venerado superior hizo una advertencia preliminar. Creo, para lo que vendrá en ulteriores posts, que lo más conveniente es dejarle la palabra. Los amables lectores verán que merece la pena. De antemano, me excuso por la molestia que pueda causarles el ojear un texto que no es mío. Considérenlo como EPRE, es decir, evidencia primaria relevante de época.

COMIENZO DEL TEXTO

“No es este un libro más sobre el Caudillo de España. No intentamos presentar aquí una obra literaria cuajada de opiniones más o menos acertadas sobre su destacada actuación. Nuestro propósito, guiado por una mano castrense, es más concreto y limitado. Y así empezamos por advertir que no somos nosotros los que vamos a hablar (sic), sino los hechos, narrados con estilo sencillo pero verídico, en la “Hoja de Servicios” del Caudillo. Vamos a tratar de una realidad ajena a toda complicación, pues el concepto “Hoja de Servicios” es familiar a todo militar que sabe se van anotando en ella –no por el propio interesado, sino por sus jefes respectivos- las peripecias de cada vida dedicada al ejercicio de las armas. Ahora bien: naturalmente no todas las “Hojas de Servicio” son iguales, sino por el contrario y precisamente muy distintas. Tanto como son también diversos los individuos de que proceden. Por ello es posible que haya muchas “Hojas” anodinas, vulgares; algunas, más o menos interesantes, destacadas; y otras, pocas, extraordinarias. La hoja de servicios que vamos a transcribir es extraordinaria por encima de toda ponderación. Puede decirse -sin temor a exagerar- que es única en la historia del Ejército español. Y como tal es capaz por sí sola de plantear cuestiones de gran envergadura, pues al leerla en su totalidad no podemos por menos de preguntarnos:

¿Cómo es posible que la biografía de un ser humano presente tal unidad de propósitos y realizaciones, que le lleven desde el simple empleo de Alférez de Infantería a alcanzar la máxima magistratura del Estado?

¿Cuál pudo ser la causa originaria y eficiente de ese continuado y rectilíneo proceso ascendente?

¿Es posible que haya sido la voluntad individual -por muy clara y enérgica que ésta haya sido- la que dirigió a priori el desarrollo de ese hecho histórico tan extraordinario? Debemos descartar esta última posibilidad, pues la voluntad de un ser humano por sí sola -aunque la suerte le acompañe- no parece pueda considerarse causa suficiente de tan singular acontecimiento. Por ello nos vemos obligados a pensar, a partir de la lectura de la “Hoja de Servicios” del Generalísimo, en el carácter trascendente de su vida, considerándola como un caso manifiesto de predestinación histórica. La lectura de este documento nos lleva como de la mano a pensar en ese tema abstruso y elevado, en ese problema de la máxima complicación teológica y filosófica. Pero son obvias las razones porque no vamos a ocuparnos de él aquí. Nos conformamos con presentar a la atención y estudio de los doctos, ese trampolín de la “Hoja de Servicios” para que, apoyándose en ella, puedan dedicarse a dilucidar las cuestiones de fondo que su lectura pueda sugerirles. Solo esclareciendo éstas y no reduciéndose a lo anecdótico, como hasta ahora se ha hecho, podrá llegarse a comprender el esencial significado de ese hecho histórico del Caudillaje que se produjo como algo absolutamente necesario en un momento de crisis de la Unidad de España.

A parte (sic) de nuestro intento de poner de relieve -como hemos dicho- el carácter trascendente que pueda resultar de un profundo estudio e interpretación de los documentos que presentamos, nuestro propósito y esperanza al hacerlo, estriba en que esa recopilación documental pueda servir de ejemplo, no solo a los militares jóvenes y futuros, sino también a todos los españoles, de cualquier clase que sean, al ver el éxito de una vida absolutamente dedicada, con fe y entusiasmo, a la profesión elegida, una conducta a imitar en el ejercicio de cualquier actividad estatal”.

FIN DE LA CITA

No haré exégesis del tono ampuloso del lenguaje. Tampoco me sumergiré en el análisis del texto echando mano de las técnicas correspondientes. Lo dejo para otros. He puesto en itálicas aquellas expresiones que me parecen más significativas para la mejor comprensión de lo que escribiré en los próximos posts. Me limitaré a señalar dos características: a) el realce, hasta alcanzar una altura inmarcesible, de la figura de Franco como ejemplo para los españoles todos, militares y no militares, es decir, queridos lectores, para ustedes y para mí; b) el aleteo no solo del destino, descendido desde las mencionadas alturas sobre el personaje, sino la “demostración” de la eficacia de una voluntad Superior que hizo de Franco una de las figuras más trascendentes de la historia de España. [Preguntas: ¿de quién sería tal voluntad superior?. ¿Osaremos pensar que se trataría del Altísimo?].

El autor de los largos párrafos transcritos anteriormente y de los comentarios y añadidos a la supuesta “Hoja de Servicios” del general Francisco Franco fue el coronel de Artillería Esteban Carvallo de Cora, marqués de San Juan de Carvallo. Gracias a Mr Google, puede saberse que falleció en Madrid el 18 de febrero de 1982. De no haber estado impedido, habría visto la evolución de la historia de España a lo largo de los cinco o seis años posteriores al óbito de su admiradísimo superior. No llegó a ver el 23-F.

El trabajo en cuestión se encuentra a la venta en diversas páginas de Internet a precios relativamente módicos. Desde 40 euros a cerca de 100 dólares. A mi me pareció un despilfarro adquirirlo y me contenté con una fotocopia que me hicieron unos buenos amigos. Se publicó en Madrid en 1967 y, al menos en mi fotocopia, no figura editorial o imprenta algunas. Lo adornan y expanden varios documentos al apoyo (el único que aquí me interesa fue cercenado un pelín, consciente o inconscientemente) y una extensa genealogía destinada a probar la nobleza y alta alcurnia de la familia Franco.

Como he indicado en la introducción a este post me parece absolutamente imposible que SEJE no conociera tal publicación. El autor afirma, en la relación de fuentes consultadas, que la hoja de servicios se encontraba en el archivo del Consejo Supremo de Justicia Militar. Ignoro si todavía continúa allí. Me han llegado rumores de que había sido trasladada a otro archivo en el que, por esas cosas que ocurren, dicen que ha desaparecido. InfoLibre, por su parte, ha afirmado que se desclasificó en 2001, pero ¿imagina el lector que una joya documental del Ejército y de un valor incalculable se encuentre en paradero no fácilmente identificable? En mi modesta opinión debería haber sido digitalizada y puesta en la red por el archivo correspondiente. Si la información del conocido diario digital no correspondiera a los hechos se explicaría mejor mi ignorancia -pero reconozco humildemente no ser un especialista- porque tampoco he visto muchos trabajos que hayan profundizado en las entrañas de los archivos de dicho Consejo.

De aquí una sugerencia, muy modestita, a la intención del Gobierno que se forme tras las próximas elecciones: después de la exhumación de SEJE, quizá deberían tomarse medidas para que tan preciado documento pueda divulgarse en la red. Así los historiadores y aficionados podrían contrastar, gracias una fuente absolutamente primaria, las hipótesis que contiene esta serie de posts. Por el momento, no son más que eso. Y añadir las que consideren pertinentes. No hay historia definitiva.

Reconozco con toda sinceridad que me cuesta trabajo pensar que tal joya documental haya podido sufrir algún percance y/o que alguien (siempre hay que tener en cuenta que en este mundo  existe la maldad e incluso la maldad absoluta) se la haya podido llevar a algún lugar ignoto. Sería lamentable que  se hubiera podido sustraer al conocimiento de los españoles y extranjeros interesados un papelín de una, al parecer, importancia absolutamente capital.

Ha sido preciso superar una larga batalla judicial para exhumar los restos mortales del general Francisco Franco, pero me aterra que el reflejo preciso y oficial de su excepcional carrera, sobre todo hasta junio de 1936, pudiera haberse extraviado.

En el interín, debemos contentarnos con la “hoja de servicios” reproducida por el marqués y coronel de Artillería Carvallo de Cora como una transcripción más o menos fidedigna, en el bien entendido que se detiene -por razones no explicadas- en el momento en que Franco, general de brigada nombrado por Real Decreto de 3 de febrero de 1926, se trasladó a Madrid. Todo lo que tan distinguido genealogista escribió después sobre la trayectoria de su admirado superior no es sino una mezcolanza de elogios y de comentarios respecto a la actitud de Franco en los años republicanos. La fuente podría ser cualquier periódico de la época, sobre todo si era de derechas. De “hoja de servicios” en sentido estricto, rien de rien.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (I)

29 octubre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Al general Franco, cuyo nombre en las últimas semanas no ha dejado de aparecer en los periódicos a consecuencia de la exhumación y traslado de sus restos mortales desde Cuelgamuros, se le ha endosado una gran variedad de calificativos. En este y en los próximos posts voy a tratar de poner en relieve unos aspectos que, por lo que sé, no suelen resaltarse. Ruego a los amables lectores tener paciencia, porque la demostración de su utilidad se hará de forma pausada. Me serviré, con una sola excepción, de material y libros publicados y al alcance de cualquiera. Con ello quiero demostrar, no sin una puntita de ironía, que una de las cualidades más características del historiador es saber contextualizar.

 

Como es notorio los alquimistas eran hombres y mujeres a quienes se atribuía en el pasado, bien sea remoto bien algo menos, cualidades específicas muy particulares. Se creía que tenían la capacidad de transmutar en oro materiales viles de las más diversas procedencias. Por desgracia, no se ha conservado -que servidor sepa- ninguna muestra del oro obtenido mediante la alquimia. Es más, los avances en química inorgánica empezaron a poner en duda que aquella aspiración de los alquimistas pudiera convertirse algún día en realidad. Las modernas ciencias físicas han revelado que, pura y simplemente, se trataba de supercherías.

En algunos de mis libros he abordado el análisis de ciertos aspectos, siempre encubiertos, poco documentados o a veces ignorados, del comportamiento de SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado). Así terminó denominánsole habitualmente una vez que sus conmilitones -pretendiendo hablar por la totalidad de las fuerzas armadas y, nada menos, que por la de España- lo exaltaron a la jerarquía suprema y él se adosó exclusivamente lo del Estado.

Si adoptamos un punto de vista estrictamente temporal creo haber podido demostrar documentalmente que, entre tales aspectos de comportamiento, figuran cuando menos, y en oposición a lo que se ha dicho por lo general:

  • No fue el líder de la sublevación que desembocó en guerra civil, aunque posteriormente se autopresentó como tal e hizo que pasara de esta forma a los antecedentes de la “guerra de liberación” que publicó en 1945 el Servicio Histórico Militar, siempre a la vanguardia en la defensa de los altos intereses del Estado y, naturalmente, de su líder.
  • Sí inició su propia sublevación tras desembarazarse, por persona interpuesta, de alguien que podría quizá haber trastornado sus planes, el general comandante de la guarnición de Las Palmas, Amado Balmes, en torno al cual se montó una leyenda que no se la cree ni un imbécil pero que ha costado desmontar documental y empíricamente.
  • Haciéndome eco de alguno de los comentarios del conspirador monárquico Pedro Sainz Rodríguez, consideré muy probable que el objetivo inmediato de Franco no hubiera sido la Jefatura del Estado, algo que en aquellos momentos y por definición estaba muy alejado de él ya que hubiese correspondido al bilaureado teniente general José Sanjurjo.
  • No solo se aprovechó de la esperable, o temida, prolongación del conflicto para conseguir que sus conmilitones monárquicos le auparan a la Jefatura del Estado el 1º de octubre de 1936 (“Día del Caudillo”, remedo del Führertag nazi, aunque este se refería al día del nacimiento de Hitler).  A las pocas semanas (no más de tres) empezó a desviar fondos recaudados en algunas de las numerosas suscripciones nacionales que surgieron como las setas tras las lluvias de otoño en los territorios sometidos al mando militar. La desviación se hizo hacia cuentas bancarias abiertas a su nombre.
  • A medida que se alargaba la guerra, y mientras sus soldados morían en las trincheras, se desangraban en los hospitales o quedaban tullidos para el resto de su vida, SEJE aprovechó para forrarse el riñón, con cuentas abiertas en general en España pero, al menos en una ocasión, en Lisboa. Por si las moscas.
  • A esta cuenta SEJE le dedicó una atención especial porque, si bien estaba abierta a nombre de su hermano (embajador en Lisboa) y de su primo hermano (compinche en sus jueguecitos financieros), tan pronto como los norteamericanos bloquearon en el verano de 1940 la libre disposición de cuentas en dólares a nombre de titulares extranjeros, Franco hizo todo lo posible e imposible para que le eximieran de tales restricciones. La diplomacia española obedeció sus órdenes, pero fue en vano. Hubo que esperar al final de la guerra mundial para que se le desbloquearan los fondos.
  • Avispado como siempre, Franco se las apañó para que la contrapartida en pesetas y al precio de tasa de un regalo al Estado español y pre-imperial hecho por el dictador brasileiro Getúlio Vargas consistente en 800 toneladas del mejor café en grano se convirtiera en pesetas contantes y sonantes que se abonaron a sus cuentas particulares en el Banco de España.
  • Con estas minucias, y otras, SEJE se hizo con un patrimonio en metálico y por consiguiente de rápida disposición. Fue utilizándolo para adquirir propiedades inmobiliarias (terrenos). Todas ellas se ensamblaron (en un ejemplo poco conocido de la concentración parcelaria) para dar lugar a la finca Valdefuentes, cuyo propietario fue una sociedad anónima que la arrendó a su santa esposa.

Es decir, Franco transmutó alguna de las prerrogativas de su excelso cargo en dinero contante y sonante y luego, como un noble de antaño, en “terrenitos”.  Un alquimista consumado, en suma, que ya había dado muestras de su buen hacer en épocas lejanas y un tanto mitificadas.

Hay una hazaña bautismal que permitió a Franco “apuntar maneras”. Para mí es algo más que sintomática. Está convenientemente mitificada y pocos son quienes se hayan atrevido a relatarla en sus justos términos. Documentables. Que yo sepa, fue el coronel Carlos Blanco Escolá el primero en desmitificar un “apañito”  inicial que pone de relieve la auténtica maestría de Franco a la hora de convertir un molesto percance en una gloriosa, admirable y ejemplarísima muestra de gallardía, valor y camelística consumada.

Para ello hay que acudir a uno de esos documentos casi sagrados para los generales, jefes y oficiales del Ejército de su época: la hoja de servicios. Pero, antes de hacerlo, he de lanzar una llamada de atención, sin excluir a los encargados de velar por la memoria, el nombre y la herencia política del general Francisco Franco. Aunque, con motivo de su exhumación, un diario digital InfoLibre publicó que en 2001 se desclasificó su hoja de servicios, lo cierto es que no he visto ningún libro que la haya examinado o, menos aún, reproducido.

Reconozco, eso sí, que quizá haya surgido en alguna de las numerosas biografías que en los últimos tiempos se han publicado sobre Franco. Yo me he detenido en la del profesor Stanley G. Payne y la revisada del profesor Paul Preston. Sin embargo, al escribir mi último libro indagué en alguno de los archivos en que tal hoja debería haberse guardado cual preciada joya y la respuesta es que no lo sabían. Tampoco lo sabe mi primo hermano, Cecilio Yusta Viñas, que la ha buscado infructuosamente.

Sentadas estas informaciones me alegraría mucho si alguno de los especialistas en el tema me informen e informen también a los amables lectores. En el bien entendido que, como se verá a lo largo de esta serie de posts no se trata solamente del único documento que debe despertar la curiosidad de los investigadores, ya estén dispuestos a cantar las loas del SUPERHOMBRE o, por el contrario, reducirlo a dimensiones más humanas.

Quienes hayan tenido la paciencia de ojear EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO (obra escrita en colaboración y gracias a la ayuda absolutamente esencial del patólogo Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano y expiloto sabrán que los antecedentes de la muerte, no en accidente como solía afirmarse, del general Balmes presentan una característica común. Se refiere a las hojas de servicios de los diferentes personajes y personajillos que participaron en la trama que condujo a su eliminación. Casi todas ellas fueron manipuladas -en ocasiones con constancia de tal intervención; se introdujeron  formulaciones ad hoc; no revelaron claramente la participación de los interesados en los pormenores que condujeron a su actuación de cara al “Glorioso Movimiento Nacional” y, desde el punto de vista histórico e incluso profesional, a veces dejan bastante que desear. Todo ello puede comprenderse fácilmente, dado que era necesario borrar pistas, pero ¿en el caso de Franco?

Lamentando profundamente no haber podido leer la hoja de servicios a que aludió InfoLibre, mostraré que sin embargo no todo está perdido. Desde casi sus primeros momentos, y a tenor de la documentación consultable, el futuro Jefe del Estado se comportó como lo que algunos podrían caracterizar de perillán. O quizá de alguien consciente de su ambición desde sus más tiernos años de militar.

(Continuará)

La Fundación Nacional Francisco Franco escribe al papa. Un comentario.

22 octubre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

El 2 de octubre pasado la FNFF dio a conocer en su página web (www.fnff.es) una carta abierta titulada “Santidad, no abandonen (sic) a los católicos españoles”. Confieso que la vi por casualidad. No suelo frecuentar dicho lugar donde tienen por costumbre incluir graciosos comentarios a mi nombre y mis trabajos. Me pareció tan interesante y sugestiva que inmediatamente, aunque estaba en el extranjero hurgando en archivos, la subí a Facebook gracias al móvil. Anuncié que, si tenía tiempo, haría un comentario sobre ella. El tiempo, por fortuna, no me sobra, pero una circunstancia me obliga a emprender la tarea. El objetivo de la carta era impedir (vía la intercesión del Sumo Pontífice) el “desafuero” que representaría la exhumación de los restos mortales del inmortal Generalísimo. Sin embargo, tan piadoso deseo no parece que vaya a cumplirse (escribo estas líneas antes de que el evento haya tenido lugar).

 

A diferencia del Excmo. Sr. Don Francisco Vázquez, exalcalde de A Coruña y exembajador ante la Santa Sede, que ha regalado a los historiadores vía las páginas del venerable diario ABC con su particular sapiencia de temas del pasado sobre los que diserta con una por escasos colegas míos reconocida autoridad, servidor no ha entrado en el Vaticano sino como mero turista a las zonas abiertas. Supongo, no obstante, que quienes proyectaron la carta sabrán mucho más del mismo y, si no, siempre habrían podido consultar al prior (“heroico”, según ellos) de la “Abadía Benedictina del Valle de los Caídos”. Yo no cuento con tal autoridad. Sin embargo, aparte de leer masivamente cartas y despachos diplomáticos desde 1971 para escribir alguna que otra cosilla sobre el pasado, también los he redactado. Recuerdo que en algún momento me encomendaron que pergeñase un proyecto de misiva del presidente Jacques Delors al presidente George H. W. Bush sobre un tema entonces políticamente muy sensible como era la situación en El Salvador en plena guerra civil. Lo pasé por toda la jerarquía de la Comisión Europea (era obligado) y nadie cambió ni una sola coma.

Hay que suponer que en un tema no menos sensible como es el de recabar abiertamente una intervención directa de la Santa Sede en los asuntos políticos de un Estado soberano con el que existen plenas relaciones diplomáticas, los redactores de la carta abierta se habrían atado los machos en concordancia con la importancia del asunto y, en consecuencia, medido al milímetro sus palabras. Cuestión de mera profesionalidad. Por desgracia me asalta la sospecha de que no ha sido tal el caso. La carta, por no tener, no tiene ni encabezamiento (el título no vale: podría aplicarse a un artículo de prensa). Claro que esto es una mera objeción formal y, si se me apura, de mera educación. Lo más significativo es el contenido. Daré unos pocos ejemplos.

Para argumentar la necesidad de la intervención de Su Santidad en un asunto político español como es el de la exhumación de los restos mortales (“res sacra”, según la reconocida autoridad del “heroico” prior) a los redactores no se les ocurrió otra cosa que presentar la guerra civil exclusivamente como dirigida contra la religión. Para ello no dudaron en apoyarse en la frase tópica de Don Manuel Azaña (a quien le hacen presidente de la República) de que “España ha dejado de ser católica”. Olvidan que la pronunció el 13 de octubre de 1931 en uno de los debates sobre los artículos de la Constitución referidos a la Iglesia y en su calidad de ministro de la Guerra del Gobierno Provisional. La Presidencia no la ocupó hasta mayo de 1936. Es cuestión de echar un vistazo a Wikipedia. Él mismo Azaña explicó lo que quería decir con tan manoseada formulación y que, supongo, cualquier monseñor en la Curia podrá haber comprobado en el propio discurso (sugiero a los amables lectores que echen un vistazo al siguiente enlace: http://www.filosofia.org/hem/dep/sol/9311014.htm). Hay muchos otros.

La referencia en la misiva a la Carta colectiva del Episcopado Español (1º de julio de 1937) podría considerarse como una impertinencia, en lenguaje suave.  No da la impresión de que los redactores de la misiva se hayan molestado en leerla. Tampoco parece que estén demasiado familiarizados con su significado. En realidad, ha generado una copiosísima bibliografía. Contiene afirmaciones rotundamente falsas, como ya observó uno de los historiadores pro-franquistas, católico a machamartillo y jurídico militar de reconocido prestigio en la dictadura y postdictadura (fue general auditor del Ejército del Aire y juez especial para la instrucción del sumario relativo al 23-F, amén de historiador y director general de Cinematografía y Teatro). La FNFF, dirigida por un general, puede leer su conclusión al respecto en https://asambleadigital.es/wp-content/uploads/2019/06/CARTA-COLECTIVA-EPISCOPADO-ESPA%C3%91OL.pdf, por no remitir a alguno de mis propios trabajos o de los títulos más descollantes de la abundante literatura, en la que brillan los nombres de clérigos especializados. No parece verosímil que en el Vaticano se preste en 2019 demasiada atención a aquel escrito de intención meramente propagandística y con escasos impactos políticamente efectivos fuera del mundo católico y en Estados Unidos y Bélgica.

Tampoco veo que los ejemplos anteriores tengan demasiado que ver con el asunto en cuestión, que es -repito- rogar la intervención del Sumo Pontífice en los asuntos soberanos de otro Estado, pero parece sintomático que la FNFF haya aireado algunos de los (numerosos) “logros” tras la guerra “contra la Iglesia” de su largo dirigente impuesto por las armas y la cooptación de otros generales (ejecuciones, sí, pero solo para delitos de sangre; numerosos indultos; labor descomunal de generosidad y clemencia; seguimiento de las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo -aunque no afirman que lo hiciese al pie de la letra-, etc.) para robustecer la “necesidad” de dicha intervención. Todos aspectos y otros han sido convenientemente matizados, cuando no rebatidos, por una amplia literatura que ha esclarecido el debe y el haber del difunto y que, como es lógico, la FNFF jamás ha aireado en sus páginas. En lo que se refiere a los aspectos económicos de la fase de “desarrollismo”, y que no tienen nada que ver con el asunto, dado que he escrito algo al respecto prefiero abstenerme de todo comentario, pero estoy a la disposición de la FNFF en seguimiento del mandato del enseñar a quien no sabe, una de las más importantes obras de misericordia.

A cualquier historiador que se precie puede parecerle muy sesgado que la FNFF haya introducido en su escrito que “el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) -el mismo que entre 1934 y 1936 había permitido, si no impulsado, la revolución que llevó a la guerra civil”. Esto es falso de toda falsedad y deja en mantillas incluso las tesis del profesor Stanley G. Payne, que ya es decir. Es más, me atrevo a asegurar que hubiese encendido de ira a su Generalísimo. Que en una misiva de alto contenido político a su Santidad de sus fieles seguidores no aparezca ni una sola vez el término “comunismo” o “comunistas”, los auténticamente malvados que según SEJE iban a despeñar a la Patria en los abismos de la revolución, le hubiese probablemente enervado. No sin razón. Después de más de cuarenta años enfatizando el peligro comunista que había hecho “imprescindible” un “alzamiento” liberador, después de centenares si no millares de libros, artículos y columnas pintándolo con los trazos más negros (por así decir, la vanguardia de la “escoria de la Nación” en frase inmortal ante el Consejo Nacional del Movimiento) que a la Fundación que ostenta su nombre y se dice guardiana de su inmortal memoria se le ocurra olvidarse del maligno por antonomasia le llevaria a preguntarse “pero, ¿adónde han ido mis fieles?”. No sabemos si lo hará desde la eternidad.

También cabe especular en qué mundo habita la FNFF al informar al Su Santidad de que “en España no se hablaba de la guerra”. ¿Cuándo, por ventura, ha dejado de hablarse de ella? La dictadura no dejó jamás de referirse a la misma. A los españoles se nos restregó el “muertos por Dios y por España” hasta en la sopa. Se habló siempre y también con connotaciones y explicaciones que, eso sí, jamás se permitieron desde 1939 (o desde julio de 1936 en las zonas en que triunfó la sublevación). ¿Hemos de recordar en qué años se abolió la censura, primero de guerra y luego en su versión fragairibarnesca?

La carta induce dudas existenciales. ¿Podría decirse, con un mínimo conocimiento de hermeneútica, que la Ley de Memoria Histórica tiene por objeto reescribir la historia de España entre 1931 y 1978? Que servidor sepa, la historia la escriben en primer lugar los historiadores y luego los pueblos. No los Gobiernos, salvo si son dictaduras, de derechas o de izquierdas. La de Franco, por ejemplo, generó un canon en el que todavía cree un sector de la sociedad española, ayuno de lecturas y de conocimientos. Además, no la escriben únicamente los historiadores españoles. También quienes no viven en el país en el que, según se recuerda al Sumo Pontífice, “se han profanado templos, se ha insultado, acosado o incluso agredido a sacerdotes, se han retirado Cruces, se ha prohibido la enseñanza de la religión católica en los colegios y se han eliminado todos los crucifijos”. Es decir, lo mismito que en una dictadura comunista cualquiera o en la nacionalsocialista  de pro (con la que, en su momento, bien pactó el correspondiente concordato el secretario de Estado y entonces cardenal Eugenio Pacelli el 20 de julio de 1933). Es cierto que, a lo que parece, tal magna obra sigue teniendo validez (https://de.wikipedia.org/wiki/Reichskonkordat), pero este es un tema de los alemanes, no de los españoles.

Después de tres páginas repletas de lo que a un lector no particularmente prejuzgado podría parecerle un dechado de errores históricos (de nuevo el suave lenguaje se impone) los autores de tan impresionante escrito entran en materia: hay en marcha, informan a Su Santidad, una estrategia “de demolición de la esencia y el fundamento cristiano de nuestra Patria” (me pregunto cuándo se abrirán los despachos de la Nunciatura Apostólica que se refieran a esta singular misiva y cuáles son las evidencias documentales que encierra la FNFF en las que, sin duda, se apoyan). Tengo, sin embargo, la impresión de que entre los autores que han osado dirigirse al Papa Francisco no han abundado los juristas porque en una envolée retórica, que ya quisiera servidor ser capaz de emular aunque fuese en otro contexto, la reciente sentencia del Tribunal Supremo se califica de “incomprensible”. Por el contrario, muchos legos pueden incluso comprenderla.

Al final destaca una información: la FNFF acudirá al TC y, de ser necesario, al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.  [Mi interpretación: una advertencia -quizá exagerada- al  Estado español que ya podría echarse a temblar. Franco tiene la mano larga, pues previsiblemente estará en contacto con un ejército de ángeles custodios]. En una nueva muestra de savoir faire, los autores concluyen su misiva con otra advertencia: si la Santa Sede cede “a las pérfidas pretensiones del Gobierno español se convertirá(n) en colaboradores necesarios de un hecho de imprevisibles consecuencias, todas malas”. En claro:  “el Santo Padre se la juega”. Una forma extraña de implorar su intervención.

No me consta que públicamente se haya dado reacción alguna de la Curia o de la Nunciatura. Es lo más lógico y natural. Me parece -pero puedo equivocarme- que para los redactores de la misiva no se trata de influir en la postura del Sumo Pontífice. Si esta hubiese sido realmente su intención su falta de éxito es algo que cabe calificar de sobresaliente siquiera porque la sentencia del Supremo es inconmovible.

Lo que puede haber inducido tal esfuerzo “diplomático” y mediático es la esperanza de ganar un micropunto en la batalla no por la historia sino por el relato sobre el pasado, hecho con fines presentistas y futuristas.  Ya en el mismo día de la publicación de la carta la habían firmado, nos cuenta el periódico LA RAZÓN, más de 2.000 personas. Después habrá habido muchas otras. Es conocida la máxima atribuída al maestro Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Con los modernos medios digitales puede multiplicarse por un favor inimaginable.

Como según saben los tramposillos del Brexit el relato se riega a base de libras esterlinas e incluso dólares, tampoco cabe descartar que con la carta se pretenda dar más vida a una acción de propaganda que contribuya a rellenar caja. Los lectores aficionados a consultar a Mr Google no tendrán dificultades en identificar la procedencia de un proverbio no español: “con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver”. Y así, cuanto más numerosas sean las mentiras, más multiplicarán tal posibilidad.

A propósito de la película de Amenábar

15 octubre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el último mes, por una serie de circunstancias profesionales y personales, me he visto obligado a estar de viaje casi en permanencia. Me he movido entre tres países, sin ordenador y, en alguna ocasión, sin acceso a internet. He intercalado tres supercortas estancias en Madrid. En una de ellas aproveché para ver la película de Amenábar. Me la habían recomendado cálidamente dos amigas mías. Un colega me dijo que le había emocionado. Por lo demás, no hay que indicar la masa de comentarios de muy diversa índole que ha suscitado. Pensé que no podía sustraerme a la necesidad de verla, porque quizá no la proyectarían en Bruselas. Si lo hacen, volveré a verla. En lo que sigue trataré de aportar algo a las reacciones que ha provocado.

 

Parto de los siguientes supuestos:

  1. Aunque me gusta el cine y tengo una apreciable colección de películas en mi casa en formato DVD (que ya casi nunca veo) y en mis años mozos leí bastante sobre el arte cinematográfico, mis comentarios no versarán sobre la calidad de la película. No me siento cualificado para ello.
  2. Tampoco acudiré a la fácil escapada de identificar las numerosas escenas que, muy probablemente, han sido insertadas en la película para dotarla de elementos dramáticos. Un film no es la transcripción en imágenes de un libro. Para eso están, cuando lo están, los reportajes.
  3. No soy especialista de Unamuno y no he vuelto a leerlo desde mis años jóvenes, cuando era poco menos que obligado. No entro ni en su vida ni en la presentación que de ella, en el año 1936, se hace en la película. La vi en segunda fila de butacas, en un cine abarrotado.

Dicho lo que antecede, tengo que presentar objeciones al film en tres categorías.

En primer lugar, respecto a su título. “Mientras dure la guerra” me deja perplejo. Por mucho que me he esforzado en desentrañar su significado no he dado con uno que se desprenda del mismo. Quizá es una observación trivial. La película cubre el lapso de tiempo que media entre la lectura del bando de guerra en la Plaza Mayor de Salamanca hasta que Unamuno queda recluído en su domicilio tras el superfamoso y supercomentado incidente del 12 de octubre de 1936. Las líneas que aparecen después en pantalla son triviales. Ni quitan ni añaden nada.

En segundo lugar, respecto a la caracterización de los dos personajes históricos de los que sé algo y que se mueven en torno a Unamuno: a saber Millán Astray y Franco. Los pongo en este orden porque la contraparte del primero en el 12 de octubre fue el general cojo, tuerto y manco pero es obvio que sobre él tronaba el segundo.

Con independencia de que el actor que da vida en pantalla a Millán Astray hace un papel muy meritorio, en función de la caracterización que de él han hecho el director y el guionista, tengo la impresión de que no corresponde a la realidad del personaje y que, al falsearla, desvirtúa la ceremonia del 12 de octubre y, con ella, el mensaje de la película.

Admito que la escena enque Millán Astray aparece por primera vez, vestido de paisano, en un coche desde el cual arenga a las tropas (supongo legionarias) que avanzan por un lugar no determinado (¿Extremadura?) puede ser necesaria. Es también inverosímil. Lo importante es que a Millán Astray lo convierte Amenábar en el “genio malo” de Franco, en el motor que espolea las ambiciones de este, el que lo defiende ante los demás generales (incluso en las escenas -forzosamente inventadas en cuanto a su transcurso- en que se decidió el nombramiento) y en la persona a quien se le ocurren algunas de las sugerencias más impactantes de la película.  Es fácil defender tal caracterización. Lo primero puede hacerse con referencias al pasado del general y anticipando su posterior papel de propagandista del “Alzamiento” (que ya se realza en la película).  No sé si Amenábar habrá recurrido a historiadores para apuntalar el guión. Lo que sé es que su imagen de Millán Astray no se corresponde en absoluto con el testimonio de un testigo que lo conoció en aquel período. Subrayemos que no fue nombrado jefe de prensa y propaganda hasta semanas más tarde. Quien se ocupaba de tal menester en octubre de 1936 es, si mi memoria no es incorrecta, el periodista Juan Pujol -anteriormente a sueldo de Juan March durante los años republicanos. Un pinta de cuidado del que no conozco, por desgracia, ninguna biografía, auunque es posible que la haya. Sobre Millán Astray escribió Francisco Serrat, a la sazón secretario general de Relaciones Exteriores de Franco, lo siguiente:

“Ha tenido la desgracia de no morir a tiempo. Prácticamente aquel Millán Astray, gloria del ejército y de la nación, el iluminado fundador del “Tercio” y su domador, el militar heroico, la personificación de la valentía temeraria y de la oratoria galvanizante, aquel pasó a la historia. Hoy solo queda una sombra maltrecha, una reliquia que sería venerable si la rodearan la calma y la serenidad de las grandezas extinguidas. En este concepto hay que quitarse el sombrero ante él, sin mermarle un ápice de su gloria. Pero la providencia, que a veces es cruel en sus fantasías, parece complacerse ahora en mostrarnos a ese gran hombre a través de sus debilidades”.

(Los lectores que lo deseen pueden acudir a las memorias de Serrat, Salamanca, 1936, Crítica, 2014, que servidor editó, o al futuro libro de Luis Castro Berrojo que examina su trayectoria al frente de la prensa y propaganda)

El papel que Amenábar atribuye a Millán Astray en el ascenso de Franco lo desempeñaron en realidad su hermano Nicolás (muy desdibujado en la película) y el diplomático monárquico José Antonio Sangróniz Castro (futuro contrabandista de brillantes tras la guerra civil) y jefe de un gabinete diplomático y de protocolo, que se fabricó a su medida, pegado desde el principio al general Franco (su hoja de servicios lo presenta como “jefe del Gabinete civil del Ejército Expedicionario”). Por otro lado, se disminuye hasta casi la insignificancia el papel del general Alfredo Kindelán que puso el peso de los monárquicos tras el nombramiento, que no no fue como jefe del Estado.

Podría aducirse que nada de lo que antecede tiene importancia. El director de la película es muy libre de elegir a sus personajes y de caracterizarlos como quiera. Este argumento se hace, no obstante, algo más complicado en el caso de Franco.

Los rasgos con que Amenábar dibuja al dictador en ciernes no son en absoluto creíbles. Lo hace aparecer como temeroso, preocupado por no dar un paso en falso, empujado por Millán-Astray, algo apocado. NADA DE ELLO SE CORRESPONDE CON LA REALIDAD.

Hay incluso un punto grotesco en la escena en que se presenta la bandera tricolor en el Cuartel General de Franco en Cáceres (!!!) y en la que Millán Astray le sugiere cambiarla por la bicolor de la Monarquía. Es absolutamente absurda. Franco, disparadas sus ambiciones personales tras las desapariciones de Sanjurjo y Calvo Sotelo, hizo el trueque en un episodio muy conocido y muy sonado -que le valió el favor monárquico- en Sevilla el 15 de agosto de 1936.

La tercera categoría es incluso más fácil de desmontar. Amenábar introduce al principio de la sublevación en Marruecos a dos alemanes (nazis, por supuesto), vestidos de civil. Uno de ellos solo se expresa en su idioma (aparece la versión castellana en subtítulos) ante Franco. El segundo traduce. Le comunican algo así como que el “Führer” solo apoyará un general (no tuve la prestancia de escribir los términos exactos). Es, de nuevo, totalmente absurda. Los dos nazis que llevaron la noticia de que Hitler había aceptado la petición de Franco de echarle una mano eran alemanes asentados de larga data en Tetuán y hablaban castellano perfectamente. No le dijeron nada de tal tenor, porque Hitler no había dicho nada al respecto. Por cierto, me suena que los aviones Junker que empezaron rápidamente con el traslado de tropas hacia la península no volaban de noche, como aparece en la “peli” cruzando el Estrecho de Gibraltar.

Finalmente, la noción de que fue el obispo de Salamanca, el siniestro Enrique Pla y Deniel, quien inspiró a Franco la noción de que España necesitaba héroes como el Cid y defensores de la fé católica es también inventada. Se pasa por la piedra que ya Mola había tendido sus ensangrentadas manos a la Iglesia Católica española y que Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona y más próximo a él, parece que ya había utilizado el término “cruzada”. Claro que podría afirmarse que cuando Franco se une de pronto a rezar el rosario inesperadamente con su esposa (hipertrofiada en su papel) y su hija puede servir como ejemplo de “conversión”.

Para terminar este ya largo post (no habrá un segundo sobre el tema) ¿cómo describió para su familia el embajador Serrat la famosa escena del 12 de octubre?

“Franco tuvo la desgraciada idea de confiar a Unamuno su representación, sin tener en cuenta, aparte de los peligros naturales de la afición de Unamuno a la paradoja, la naturaleza del público que había de asistir a la reunión, incapaz casi en totalidad de entender el lenguaje del superhombre. Habló Unamuno sobre el pie forzado del objeto de aquel acto. Llevado por su afán de originalidad y de rectificar errores vulgares, tuvo la mala idea de abordar la cuestión del separatismo vasco (…) Por desgracia estaba entre los presentes el general Millán Astray, encarnación suprema del patriotismo irreflexivo, que, excitado sin duda por tanta palabrería para él hueca de sentido, cedió a su impetuosidad y, sin respeto a la solemnidad del acto ni a la representación del orador, le interrumpió bruscamente para largar una arenga de las suyas, estilo Tercio, con todo el chinchín del patrioterismo y los lugares comunes de “condenación a los traidores a la patria” y demás mojigangas tan gratas a un público simplista. Recibió una magna ovación. Y así terminó aquella reunión, modelo acabado del espíritu de la raza que se trataba de encomiar”.

Ni más, ni menos. Amenábar, en su reconstrucción, prefigura lo que iba a ser la España del futuro bajo Franco: el dominio de la espada y de la cruz, aderezada con dosis homeopáticas y cuidadosamente graduadas de las “grandes” aportaciones fascistas. ¿El caso de Unamuno? Un conflicto elevado al nivel de categoría. También, fuera del franquismo, los héroes son necesarios.

Archivos españoles: la dura lucha por el derecho a conocer el pasado (y III)

8 octubre, 2019 at 12:10 pm

Ángel Viñas

No quisiera que se malinterpretasen las afirmaciones con las que cerré el post anterior. En los regímenes dictatoriales europeos ha sido muy frecuente que al iniciarse los correspondientes procesos de transición hacia otras formas de organización política y social se eliminaran documentos “molestos” generados en las épocas anteriores. Estoy algo familiarizado con varios casos, en parte por haber indagado en los archivos correspondientes o por conocer algo de la literatura al respecto. Cada caso tiene sus peculiaridades. No todos los que ordenaron la destrucción de los papeles de los años del franquismo tenían proclividades nazis (a partir de los primeros años cincuenta hay que buscar con lupa para encontrar a quienes las hubieran profesado, aunque no faltaron -véase el ejemplo del famoso CEDADE). Pero sí siguieron una tónica relativamente similar: lo que puede incomodar del pasado, mejor es que no aparezca.

 

Corresponde a Luis Castro Berrojo haber logrado, en una acertada síntesis, resumir las líneas esenciales de lo que conocemos acerca de la política (sí, política) de destrucción de documentación de la época franquista. Creo que la exposición de dicho autor permite dístinguir tres períodos. El primero lo denominaré “de dejadez relativa” y se extiende desde finales de la guerra civil hasta principios de los años sesenta. Estuvo presidido por la escasez: es decir, la falta de papel -una de las muchas carencias de la desaforada autarquía que impuso el régimen. Esta escasez llevó a la reutilización de masas inmensas de documentos para ser transformados en pasta. Afectó a la documentación propia y también a la de antes y de la guerra civil, salvo la que pudiera utilizarse con fines procesales y punitivos.

El segundo período podríamos situarlo en los años sesenta, cuando empezó a plantearse la cuestión del después de Franco, ¿qué?. Es un período oscuro en el que en algunos de los archivos en que he trabajado figuran listas muy someras de categorías de documentos destinados a su destrucción. Las motivaciones podían no ser exclusivamente las relacionadas con la conveniencia de hacer desaparecer fondos comprometedores. Hay otras que también están documentadas o que se han conocido por transmisión oral: la muy prosaica, por ejemplo, de hacer espacio.

Esto, que puede parecer una bobada, no lo fue en ciertos casos. Mencionaré uno de mi propia experiencia. A mitad de los años setenta empecé a trabajar, como ya he indicado,  en la reconstrucción de la política económica exterior del franquismo (incluída guerra civil). El Ministerio de Comercio y el Instituto Español de Moneda Extranjera (que dependía del primero y que era, por así decir, la autoridad monetaria exterior) tenían en la madrileña calle de Bravo Murillo un almacén en el que se habían depositado, sin orden ni concierto, documentos relacionados con la actividad comercial y monetaria del régimen durante la guerra y la larga postguerra. Hacia 1973 uno de mis compañeros -cuyo nombre me reservo- concluyó que en aquel almacén ya no cabían más papeles y dio órdenes para que se procediera a una limpia del material más antiguo.  En consecuencia fueron a parar a la trituradora o a las calderas (no lo sé exactamente) masas ingentes de papel. Junto con expedientes sin importancia histórica pudieron destruirse otros que sí la hubiesen tenido. Puedo hacer tal afirmación porque en el almacén encontré libros de la contabilidad del IEME y los balances de la posición de divisas del “glorioso régimen” durante los años cuarenta y cincuenta. No es exagerado pensar que probablemente habría habido muchos otros más.

Sin excluir tal tipo de necesidades bastante pedestres, también las hubo que lo fueron menos. Y es en estas en las que Luis Castro pone el énfasis: los papeles de la represión violenta, organizada, tuvieron otra motivación para explicar su desaparición.  Las autoridades franquistas no se comportaron como parece que lo hicieron las soviéticas -conservando papeles para la eternidad- sino que procedieron más a la manera nazi. ¿La idea? De lo que quede, podemos arrepentirnos. Si desaparece, no habrá ni dios que nos achaque nada. Sobre lo que se haya desvanecido en humo o convertido en basura o en pasta de papel es imposible hacer la menor afirmación.

Es el tercer período en el que el artículo de Luis Castro -basado en una impresionante bibliografía- resulta más apasionante. Sobre la Transición se ha escrito mucho y, naturalmente, se escribirá todavía más. No es preciso tener una concepción optimista de la historia para pensar que el paso de una situación de coacción (vulgo dictadura) a otra de libertad despierta un interés para unos y otros por motivos muy variados. Para algunos por la “necesidad” de eliminar pruebas de la variada gama de instrumentos puestos en práctica para aniquilar, reducir y amedrentar a los “súbditos” discrepantes. Para otros, para estudiarlos y detallar todas las maldades que se derivaron de su aplicación. En cualquier caso, para difuminar responsabilidades.

En las páginas del artículo de Luis Castro aparecen así ordenantes (actores, sujetos con capacidad de decisión) que decidieron que la máxima inglesa del let sleeping dogs lie sería muy adecuada para “encarar” el futuro: destruyamos todo lo que podamos de los documentos del pasado y así nos evitaremos tener que ocuparnos de él y que nos echen en cara lo ocurrido. Ilustres políticos de la Transición como el ministro Rodolfo Martín Villa o el gobernador civil de Barcelona y luego también ministro Salvador Sánchez-Terán dejaron su nombre inscrito en las instrucciones cursadas para eliminar documentación. Hay otros ejemplos.

¿Resultado? Entre 1965 y, digamos, 1980 se destruyeron enormes masas de papel. Podemos tener la absoluta certidumbre de que entre ellas abundaron no solo las de mera gestión -que también- sino las de reflexión y concepción de las políticas de machacamiento sistemático de cualquier síntoma de disidencia. A ello se añadirían, como colofón, las dificultades legales, administrativas, técnicas que ulteriormente se pusieron en práctica para reducir la funesta manía de los historiadores, periodistas, ciudadanos de a pié y grupos sociales inquietos por el “embellecimiento” de un pasado de “extraordinaria placidez”, como lo caracterizó un político del PP hoy muy callado.

Luis Castro hace un repaso exhaustivo de los casos y ejemplos conocidos en que documentación relevante para alumbrar los recovecos más sombríos de la dictadura se ha imposibilitado o entorpecido. Su lectura es instructiva. Es precisamente esta actitud de las autoridades, civiles y militares, lo que en cierta medida une la experiencia española con las de las autoridades nazi-fascistas, en el bien entendido que estas últimas la ejemplificaron ocupándose de la destrucción masiva de documentos comprometedores antes de pasar a la historia. Con todo, la destrucción continuó, en ciertos casos, bajo la responsabilidad de las autoridades de la República Federal. Incluso en ámbitos tan poco atractivos como la documentación del Ministerio de Finanzas del Tercer Reich, aspecto denunciado por varios investigadores.

Ahora bien, cuarenta años de dictadura son muchos. La Administración o el Ejército o la policía del régimen de Franco nunca fueron equivalentes a las de una tribu africana, como bien señaló Herbert R. Southworth, uno de sus más eminentes críticos. Dejaron tras de sí toneladas y toneladas de documentación. Mucha ya abierta. Otra parte, todavía cerrada. Mucha en repositorios públicos. Otra en manos privadas. Lo que está al alcance de todos dará trabajo a un par de generaciones de historiadores. Lo que aún no está al alcance, y es -en mi modesta opinión- una pequeña lacra que aún no lo esté, podría aumentar el número.

De aquí que una de las grandes aportaciones del libro en cuestión estribe en la descripción pormenorizada del tipo de documentación cuya índole ya es susceptible de investigación y en las hipótesis establecidas por más de una decena de expertos e investigadores en relación con los archivos en los que han desarrollado hasta ahora su trabajo de hormiga en busca de vetas oscurecidas del pasado y para hacer frente a la grotesca campaña de diseminación, en papel y digital, de las “bondades” del pasado régimen y las “maldades” de sus enemigos. Campaña que reverdece periódicamente como algunas malas flores de nuestros jardines.  Ahora atravesamos por una de ellas.

Los lectores harán bien en consultar los capítulos dedicados a cada uno de los archivos contemplados en este libro por dos razones: en primer lugar, les darán una idea de la índole de la documentación en ellos conservada; en segundo, por las reflexiones que los esmaltan, propias de investigadores que han pasado tiempo trabajando en ellos.

Que no se diga que los historiadores españoles genuinos no aportan su granito de arena al esclarecimiento del pasado en base a evidencias primarias relevantes de época. Las más amplias posibles. Y que no se quejan y lamentan de que no todas sean todavía accesible. ¿Conocen los lectores algunas tomas de posición de eminentes historiadores de derechas, españoles y extranjeros, que hayan clamado al cielo en favor de mayores aperturas? ¿O que hayan ilustrado sus esfuerzos, si es que han existido, por promoverlas? Como algunos de entre ellos son de habla inglesa terminaré esta referencia a los archivos españoles con una expresión que les es familiar: Mum´s the word.

FIN

Archivos españoles: la dura lucha por el derecho a conocer el pasado (II)

1 octubre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Quisiera, ante todo, pedir disculpas a aquellos amables lectores que hayan podido haberse sentido molestos por mi empleo de la máxima turística del nunca olvidado ministro de (Des)Información y Turismo de la España franquista en sus años de gloria. En un plano rigurosamente político e institucional no es aplicable, pero ¿cómo expresar en una sola y rotunda afirmación que, en materia de acceso a archivos, España no es como la mayor parte de los países europeos de nuestro entorno? Y si no es como ellos, algo la diferenciará. Lo cual sirve para introducir la cuestión del porqué. Tiene múltiples respuestas (lo que no significa que todas sean iguales). Depende del nivel de profundidad al que se busquen. En el plano estricto de la actividad archivística me parece que hay que distinguir tres: a) la legislativa, b) la de dispersión de repositorios, c) la falta de recursos materiales y humanos. Por encima de ellas, existen otras.

 

En el volumen que aquí nos ocupa el primer nivel se analiza en las aportaciones de Antonio González Quintana y de Eva Moraga. Hubo un comienzo relativamente prometedor (la aparición en la CE del artículo 105b), en cuya incorporación creo que tuvimos algo que ver cuatro personas. A pie de obra el profesor Juan Marichal y servidor. Como correa transmisora el diputado por el PSOE Enrique Barón. Finalmente, como impulsor decidido el también diputado socialista Gregorio Peces-Barba, miembro de la ponencia constitucional. González Quintana recoge que el principio de la Constitución de que “la ley regulará el acceso de los ciudadanos a los archivos y registros administrativos, salvo en lo que afecte a la seguridad y defensa del Estado, la averiguación de los delitos y la intimidad de las personas” se interpretó como un derecho plenamente reconocido y que con él España se sumaba a los países que lo plasmaban en su texto legal del mayor nivel jerárquico posible. No puede por menos de aplaudirse tal coincidencia.

Marichal y servidor habíamos espoleado el tema a raiz de una serie de conferencias en la Fundación Pablo Iglesias en la que participamos. Si no recuerdo mal, le había confesado mi frustración por los vacíos en la documentación del Ministerio de Asuntos Exteriores en el que estaba iniciando una investigación sobre la política comercial exterior durante la República, la guerra civil y el franquismo (el libro, obra que dirigí al frente de un equipo de entusiastas economistas -Senén Florensa, Julio Viñuela, Fernando Eguidazu y Carlos Fernández Pulgar-, se publicó en 1979). Ya ha llovido desde entonces. La idea que pasamos a Enrique Barón era que nos parecía intolerable que los ministros y altos cargos se llevaran a sus casas los papeles tras sus respectivos ceses. Después, la negociación en la ponencia constitucional fue por sus propios caminos y de ellos no supe nunca una palabra.

Pero si el resultado fue relativamente aceptable, su regulación por disposiciones inferiores al nivel constitucional fue una desilusión, para mí y para Marichal. González Quintana ha esquematizado el trayecto desde sus inicios hasta prácticamente la actualidad. El derecho de acceso fue cortocircuitado. Papeles fundamentales que incluso ví personalmente en aquellos años han desaparecido (el ejemplo que siempre cito es un discurso todavía desconocido de Franco en una de las primeras reuniones de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos en marzo/abril de 1957 y en el que expuso sus ideas sobre la política económica española – resumible en tres palabras:  autarquía pura y dura). Así se salva la reputación, totalmente inmerecida, del “genio de la modernización económica de España”.

¿Resultado? España se ha ido alejando, y se mantiene alejada, de varias de las recomendaciones internacionales en materia de acceso a archivos e incluso de la legislación internacional al respecto, en la medida en que  ha chocado con el derecho interno o preocupaciones políticas más o menos inconfesables. Desde la ley de secretos oficiales franquista de 1968 a la ley de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno Eva Moraga hace un relato muy  completo de esta descorazonante travesía.

Parece indiferente, a decir verdad irrealista desde el punto de vista del Gobierno/Administración, que a lo largo de tal travesía las quejas de los historiadores, de las asociaciones memorialistas, de sectores de algunos partidos políticos y, no en último término, de los funcionarios y archiveros que han de lidiar con la realidad diaria, hayan seguido un curso exponencial. El desprecio del que han hecho gala algunos ministros, como el siempre mal recordado Excmo. Sr. Don Pedro Morenés, titular de Defensa, se ha saltado a la torera toda argumentación lógica y técnica fundamentada. No hablemos de su sucesora, la no menos Excma. Sra. Dolores de Cospedal, alma del PP durante largo tiempo.  En este Departamento y en el del Interior, en particular, la aplicación exhaustiva del equivalente al clásico njet soviético ha triunfado clamorosamente. La situación recuerda la que describían fuera de la URSS disidentes en relación con dosieres, papeles y documentos “cerrados para siempre” en los archivos (chranitj vetschno), por utilizar la terminología popularizada por Lev Kópelev. En el Ministerio de Interior debemos incluso reconocer que uno de sus titulares, estudioso de las apariciones y milagros de la Virgen, no debió de tener la fortuna de que esta última le aconsejara que “la verdad hace libres”, según el precepto evangélico.

¿Exagero? Solo hay que echar un vistazo a los testimonios de historiadores que se han enfrentado con las dificultades (a veces suavizadas por funcionarios que han cerrado un ojo) a la hora de entrar en cierto sarchivos. Sobre todo en aquellos en los que ha recalado -en la medida en que lo ha hecho- la documentación relacionada con las tareas de represión en caliente e incluso en menos caliente por los sublevados del 18 de julio. Francisco Espinosa, en su contribución al libro de que me ocupo (pp. 298-333), ha recogido datos y experiencias absolutamente abracadabrantes.  Expone, claro está, que se ha progresado mucho desde los años setenta y ochenta del pasado siglo (¡faltaría más!), pero que aun queda mucho por hacer en lo que se han denominado los “archivos del terror”, fondos todavía hoy no accesibles del Ejército, de la Guardia Civil y de la Policía, de los que muchos todavía se ignora dónde están y/o qué ha sido de ellos.

Para aquéllos amables lectores que crean que no tengo razón al utilizar la máxima fragairibarnesca les sugiero que echen un vistazo a las peripecias de Espinosa para acceder a los “fondos especiales” del Tribunal de Cuentas o a los “10.000 documentos” del Ministerio de Defensa, mediante los oportunos recursos administrativos y demás fórmulas previstas en la legislación de la democracia española.

En fecha reciente se ha publicado un libro sobre los más o menos trescientos campos de concentración franquistas. Su autor es un investigador y periodista: Carlos Hernández de Miguel.  Cuenta con un preámbulo muy personal en el que narra cómo la EGB, el BUP y el COU le fallaron miserablemente a la hora de proporcionarle un conocimiento mínimo sobre la República, la guerra civil y la dictadura. No fue un caso único.  Si esto ocurrió en su generación, ¡imagine el lector lo que podemos decir quienes somos ya, por desgracia, algo más talluditos!. El relato de Hernández de Miguel es, aparte de su interés intrínseco, una buena muestra de las dificultades de todo tipo que hay que sobrepasar para poder escribir, aunque no sea exhaustivamente, sobre los hechos negros de nuestra historia. Una historia que es negra para una gran parte de la población que desde julio de 1936 empezó a sufrir las consecuencias de un GMN (“Glorioso Movimiento Nacional”) en tanto que respuesta “ineludible” a las violencias de la democracia republicana (como si la derecha no hubiese contribuído a ellas). Eso sí, el franquismo tejió al respecto una densa red de mentiras y mitos que, alimentados por una publicística poco proclive a la investigación en los “archivos del terror”, continúa esparciéndola hasta nuestros días.

¿Resultado? A la afirmación, un tanto grotesca, de Ricardo de la Cierva del “no nos robarán la Historia” (por supuesto, por los historiadores no pro-franquistas) hay que oponer la otra, tan querida de aquel autor, de que aquí, y ahora, se sigue “legitimando la dictadura e incluso justificando sus crímenes” (Hernández de Miguel dixit). En esto los responsables de tal desastre, o sus sucesores, siguieron el ejemplo nazi: el despliegue de grandes esfuerzos para destruir todos los documentos que pudieran ser “inconvenientes”, ya fuese por el agua, el fuego, los traperos o la trituradora. Lo importante era que las huellas desaparecieran. Los franquistas de buena ley, y los eclesiásticos que los cubrieron, jamás quisieron que sus papeles se conservaran para siempre.

(La casualidad ha querido que este post aparezca el día en que, antes, se conmemoraba la “exaltación del Caudillo”. Como no sigo el calendario de efemérides, aseguro que con su publicación no persigo malévolas intenciones)

(Continuará)

Archivos españoles: la dura lucha por el derecho a conocer el pasado (I)

24 septiembre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

A finales del pasado curso la prensa, escrita y en el ciberespacio, se hizo eco, aunque no con muchos detalles, de la publicación de un libro en edición digital titulado EL ACCESO A LOS ARCHIVOS EN ESPAÑA. A pesar de que cualquier ciudadano, español o extranjero, puede descargarlo, imprimirlo y leerlo a su antojo (tiene 360 páginas) me temo que hasta el momento  no se ha comentado demasiado. El título, absolutamente correcto, quizá hubiera debido tener algo más de pimienta para llamar la atención. Es un reproche marginal, porque lo importante es su contenido, que no dudo de caracterizar de imprescindible. Me parece que es esencial para constatar que el derecho a conocer el pasado, establecido por las leyes y, de manera más o menos directa, por la propia Constitución Española, alabada por tantas fuerzas políticas y mediáticas amén de hacedores de opinión, está muy lejos todavía de incardinarse razonablemente en la actuación de las autoridades. Con ello constituye una llamada de atención para el futuro. Mi propósito, en estos comienzos del nuevo curso académico, es llamar la atención de los amables lectores de este blog sobre la importancia de dicho libro que puede descargarse fácilmente en las páginas de las dos Fundaciones que lo han elevado a la red: la Largo Caballero y la 1º de Mayo. Incluso hay algunas otras. Doy a continuación los vínculos correspondientes. Existen más.

 

http://fflc.ugt.org/Documentos%20de%20apoyo/El%20acceso%20a%20los%20Archivos%20en%20Espa%C3%B1a%20(avance).pdf

http://www.1mayo.ccoo.es/f9d833e22a0c7b5f4fc5f2dfdb44c9e9000001.pdf

https://www.bibliopos.es/el-acceso-a-los-archivos-en-espana/

https://universoabierto.org/2019/07/05/el-acceso-a-los-archivos-en-espana/

 

Se trata de un proyecto que ha estado en elaboración durante varios años. Hemos participado en él más de veinte historiadores y archiveros de diversas trayectorias y escuelas. Todos españoles, salvo un extranjero. Ha sido dirigido por un técnico bien conocido (Antonio González Quintana) y dos historiadores: uno relativamente joven (Sergio Gálvez Biesca) y otro  más talludito (Luis Castro Berrojo). Todos se han hecho un nombre por sus propios esfuerzos y dedicación y por su largo quehacer en los abstrusos vericuetos que en este país dan la razón al título de una popular obra del gran historiador francés Lucien Febvre: Combates por la historia.  En el libro se amplía este tipo de combates a los suscitados no solo por los de la guerra civil y el franquismo sino también por los de la recuperación de su memoria.

La combinación no gustará a numerosos periodistas de derechas; a seudohistoriadores; a historiadores profranquistas, metafranquistas y neofranquistas. Tampoco, me temo, a los responsables de varios Gobiernos y, en particular, a los que ocuparon carteras relevantes en los del Señor Rajoy. Me refiero a carteras tales como Defensa, Interior, Justicia y Presidencia. Hoy callados, afortunadamente, aunque algunos ya han aparecido en este blog por su desidia, cuentismo y galopadas escapistas.

Como muy bien señalan los presidentes de las fundaciones que han corrido con los gastos y la responsabilidad de dar a conocer al público de todo el mundo la situación en que se encuentra hoy el acceso a los archivos españoles, el libro se estructura en tres grandes partes. La primera se centra en el análisis crítico del marco normativo y regulatorio, a cargo de González Quintana y Eva Moraga; la segunda es la radiografía de una selección significativa de archivos; finalmente, una tercera cuenta las experiencias que en ellos han tenido cinco historiadores (entre ellos un servidor, acompañado de colegas y amigos como Matilde Eiroa, Juan José del Águila, Francisco Espinosa y Julián Vadillo). Cierran la obra tres anexos sobre bibliografía en torno a la conexión entre memoria histórica y acceso a archivos, un manifiesto del grupo de Archivos de la fenecida Cátedra de la Memoria Histórica del siglo XX de la Universidad Complutense, que creó y dirigió en primer lugar el añorado Julio Aróstegui, y breves semblanzas biográficas.

Los archivos examinados son los más importantes al respecto: el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, los archivos militares, los de las Fuerzas del Orden Público, los penitenciarios, los fondos de los Gobiernos Civiles, el archivo del MAEC, los fondos referidos a las colonias africanas, los de las organizaciones políticas y sindicales y los cinematográficos. Dos historiadores, en primer lugar el francés François Godicheau, se pregunta acerca de la misteriosa volatilización de los archivos de la policía española y seguidamente Luis Castro se interroga en general acerca de los fondos públicos desaparecidos, destruídos o privatizados.

El libro en cuestión es el resultado de un proyecto que se ideó en los tiempos de Aróstegui. Como recuerda Matilde Eiroa, él consiguió que en el año 2010 el Ministerio de la Presidencia se mostrara favorable a la realización de un proyecto que tenía como título Judicatura, Investigación y Penitencia (el orden político y los instrumentos de la represión en el período 1939-1962). La fecha de autorización del proyecto indica que tuvo lugar durante el segundo gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, quien pocos años antes había logrado la aprobación de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, en contra de los alaridos combinados del PP y de la mayor parte de los medios de expresión de derecha y de extrema derecha. En aquellos años servidor daba clases en la Facultad de Geografía e Historia los martes y miércoles, compartía un exiguo despacho con Aróstegui y me hablaba muy ilusionado de su proyecto.

La profesora Eiroa, miembro de aquel equipo, cuenta con cierto detalle (pp. 281s) cómo los objetivos exigían consultar, lógicamente, fondos del Ministerio del Interior, del Archivo Central de la Policía, del AGA, del AHN y del Archivo General e Histórico de la Defensa. Todos ellos los visitaron participantes en el proyecto (entre los que figuraban, lo escribo claro y terminantemente, varios amigos y colegas míos de credenciales técnicas más que probadas). Se determinó que los fondos claves se encontraban, no es de extrañar, en el Archivo General del Ministerio del Interior. Pero, ¡ay!, pronto se puso de relieve la imposibilidad de acceder a los mismos por diversos motivos: cautelas legales, carencias de inventario, disposiciones políticas, normativas restrictivas, etc. En conclusión, el proyecto no llegó a realizarse. Me gustaría saber si algún proyecto de este tipo habrá sido saboteado recientemente por las autoridades respectivas en países tales como Portugal, Francia, Bélgica, Holanda o Italia. Si algún lector tiene noticias, me alegraría mucho que me contactara.

Hago esta sugerencia porque puedo equivocarme. Cuando se combina la experiencia que relata Matilde Eiroa con la comparativa general con otros países y las aventuras personales de François Godichot (pp. 173-184) en busca de documentación sobre el pasado de la política de orden público en España, para mí no es difícil llegar a la conclusión (más bien perogrullada) de que el lema favorito del gran ministro de (Des)información y Turismo, y eminentísimo darling de la derecha española, Manuel Fraga Iribarne puede aplicarse en buena medida a la situación actual: España, por desgracia, sigue siendo diferente.

Un ejemplo reciente. Hace poco la prensa se hizo eco de la reclamación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) para que el Gobierno desclasifique toda una serie de documentos en los que se reflejan ciertas relaciones entre el franquismo y el nazismo. Personalmente me apresuré a subirla a mi página de Facebook. Puede encontrarse con facilidad en el siguiente enlace: https://diario16.com/piden-que-el-gobierno-desclasifique-documentos-que-relacionan-el-franquismo-y-el-nazismo/?fbclid=IwAR1JCXg6OBuvjx0GuLYDWL5ZLyTkxQdV03x5RfFSik35FpfdxU73P4Nv87k.

Es un tema que me ha interesado desde la mitad de los años setenta del pasado siglo. Las concomitancias entre ambas dictaduras se han examinado en el plano ideológico, cultural, de relaciones bilaterales, de ayuda franquista a los huídos del Tercer Reich tras el hundimiento de la dictadura hitleriana, etc. Pero subsisten numerosas lagunas.  En mi libro SOBORNOS clamé porque se diera a conocer la documentación relativa a la gestión del tan alabado ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, entre 1941 y 1943. Todavía hoy alabadísimo en ciertos medios. Pues bien, ya en los años lejanos de la Transición el profesor Antonio Marquina, de la Universidad Complutense, llamó repetidamente la atención sobre su insólita desaparición. Como se lee. Mis investigaciones en los fondos del Palacio de Santa Cruz la confirmaron tiempo después. Aunque los lectores puedan pensar que “me paso”, lo que está fuera de toda duda es que “alguien” SAQUEÓ la documentación del Ministerio y que hasta ahora la Administración -bajo el signo de los gobiernos de UCD, PSOE y PP de turno- se ha mostrado incapaz de recuperarla. Marquina y servidor hemos dado pistas. Con cierta claridad servidor lo hizo en SOBORNOS.  No se nos ha hecho el menor caso.

Se trata, sin embargo,  de un expolio, latrocinio -o como los amables lectores quieran denominarlo- que no tiene precedentes en la historia de la política exterior española. Tampoco conozco otro caso similar en ningún país en el que he trabajado y son más de media docena. Ciertamente nada hace pensar que un hueco de tamaña magnitud y de tan larga duración (dos años en medio de una guerra mundial) se haya producido en las antiguas dictaduras de derechas europeas ni, por lo que he leído, en el caso de la extinta Unión Soviética. La aplicabilidad a nuestro país de la máxima fragairibarnesca no es un producto de mi imaginación. Si algún historiador de derechas, franquista o neofranquista tiene detalles, me alegraría conocer su interpretación.

 

(Continuará)

Una placa en Capodistria

17 septiembre, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el anterior post me he referido a uno de los lugares de historia que no conocía y que visitamos en Trieste. Desde esta ciudad descendimos por una autopista,  que no tiene nada que envidiar a las que discurren cerca del litoral español, hacia el sur a lo largo de la costa adriática. En Eslovenia el litoral no llega a los cincuenta kilómetros pero cuenta con lugares turísticos muy conocidos como Prian, Porto Rosso, Isola y Kuper. Bajo un calor de infierno visitamos el primero y el último. Capodistria, hoy rebautizado como Kuper,  fue, en tiempos lejanos, capital de la península de Istria. De aquí su nombre en italiano, que utilizo para titular este post.

 

Se trata de una pequeña ciudad muy pintoresca, con catedral y todo. El núcleo urbano es antiguo. Lo rodean barrios modernos y, en parte, con industria ligera. La passeggiata al borde del mar estaba muy concurrida: una mezcla de nativos y de turistas de varios países europeos y, por supuesto, norteamericanos. La mezcla lingúística no tenía nada que envidiar a la torre de Babel. El centro del núcleo urbano es una plaza de tono italianizado. A un lado se encuentra una loggia reconvertida en café. Enfrente se halla una parte del ayuntamiento en un edificio medieval. A la derecha están las oficinas de una Universidad de la que no había oído hablar jamás. En esta esquina nos topamos con varias placas en las que se recuerdan los nombres de aquellos ciudadanos de Kuper y de pueblos adyacentes caídos en la segunda guerra mundial luchando por la liberación del yugo nazi-fascista. Pero, ¡sorpresa, sorpresa!, también en las filas de las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española. Esta última placa la colocaron en diciembre de 1970, año del jubileo (nótese la implicación católica) de Tito y de la Liga comunista de Eslovenia y de Yugoslavia, las organizaciones sociopolíticas de Kuper, Isola y Piran. Casi cincuenta años más tarde, allí siguen. Esto me parece que podría considerarse memoria histórica consensuada.

Los caídos de las Brigadas Internacionales, con nombre y apellidos, fechas y lugares de nacimiento y de muerte, fueron siete: Anton Babic, Ivan Debernardi, Nicola Depagner, Ivan Tremuli, Emilio Prioli, Salvatore Menis y Giordano Viezzoli. Sus nombres denotan la variedad de orígenes étnicos.

En España no abundan, que yo sepa, trabajos sobre la participación yugoslava en la guerra civil. Puede explicarse por la dificultad de acceso a los idiomas de la literatura que trata principalmente del tema: esloveno, croata y serbio. No he visto nada en macedonio. Las fuentes primarias no se encuentran, de nuevo que yo sepa, en francés, inglés, alemán o italiano sino en sus idiomas de origen. Hay, no obstante, traducidas memorias de políticos yugoslavos de las orientaciones más diversas. En lo que se refiere estrictamente a la participación yugoslava en las Brigadas y en la guerra civil, el libro más reciente -que se concentra en el impacto en Croacia- tiene una larga bibliografía en la que su contexto se explica por obras aparecidas, o traducidas, en inglés. La intrínsicamente yugoslava está disponible en los idiomas locales y un pelín en el último.

El autor es un historiador croata que en 2005 presentó una tesis doctoral en la Universidad de Washington sobre los comunistas y fascistas croatas y la guerra civil española. Hoy es profesor de la Universidad de Zagreb y ha colaborado con el profesor Juan Andrés Blanco y servidor en un libro colectivo en el que hemos pasado revista a la bibliografía reciente sobre la guerra civil tanto en España como en el extranjero.

En 2014 el Dr. Vjeran Pavlakovic, que tal es su nombre, publicó en Zagreb un libro basado en su tesis y en sus posteriores descubrimientos en archivos otrora yugoslavos. Lo tituló de manera muy sintomática: The Battle for Spain is Ours. Croatia and the Spanish Civil War. Aunque se concentra, obviamente, en el nuevo Estado croata surgido en 1991 de la desmembración de la antigua Yugoslavia, varios capítulos se refieren al Estado multiétnico creado tras la primera guerra mundial y que, tras la segunda, desembocó en la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY). No lo he visto citado en la literatura en castellano, pero quizá sea una omisión por mi parte.

La guerra civil española tuvo un impacto inmenso en la antigua Yugoslavia, no solo en su política exterior sino, y sobre todo, también interna. En esta última azuzó las tendencias anticomunistas de los partidos del establishment, con el comunista en primer lugar ya que había sido declarado ilegal. En la primera, acentuó la tendencia al acercamiento a las potencias fascistas que se había iniciado anteriormente.

Los antiguos combatientes yugoslavos en España gozaron de gran prominencia en la RFSY, en parte porque muchos participaron en puestos de organización y liderazgo en la guerra desencadenada por los partisanos contra los ocupantes nazi-fascistas, los yugoslavos partidarios de la Monarquía (chetniks) y las marionetas locales del Eje, en particular en Croacia con una brutal dictadura dirigida por un casi sicópata, Ante Pavelic, que murió en el exilio en Barcelona. El conflicto, iniciado tras la invasión italiana y alemana en 1941, tuvo pues una doble vertiente de guerra contra los extranjeros, pero también de guerra civil en la que los comunistas, dirigidos por Tito, lograron imponerse. Fue sumamente sangriento.

El impacto de los veteranos de España fue esencialmente cualitativo. Se ha estimado que cerca de unos 350 regresaron a Yugoslavia y que de ellos más de 250 se unieron a los partisanos. La diferencia se explica, en parte, porque había muchos gravemente heridos o discapacitados.  Otros, sin embargo, no aceptaron la visión ideológica de que en Yugoslavia se continuaba el combate iniciado en España.

Después de la segunda guerra mundial tales veteranos (generalmente caracterizados como “nuestros españoles”) ocuparon puestos de gran responsabilidad. En el Comité Central del PCY hubo no menos de veinte; varios fueron vicepresidentes de la RSFY  y/o ministros de Defensa y del Interior. Otros sirvieron como embajadores y altos cargos de los servicios de inteligencia. También hubo quienes se pusieron del otro lado tras el cisma entre Tito y Stalin y fueron encarcelados.

Cuando por edad dejaron de participar activamente en política muchos constituyeron la Asociación de Voluntarios del Ejército Popular de la República y redoblaron sus esfuerzos para promover la memoria de la guerra civil española y su propio papel. En el cuarto congreso que celebraron en 1971 en Ljubljana, uno de los participantes leyó una proclama ante Tito en la que afirmó que “en la guerra en las trincheras de España, con un fusil entre las manos, mostramos cómo ya luchábamos por la libertad e independencia de Yugoslavia. Nuestra guerra de liberación fue una continuación de la guerra española (…) En ambas y en la reconstrucción subsiguiente en Yugoslavia las diferencias entre sus naciones componentes nunca nos molestaron. Como hijos de ellas siempre luchamos en tierras extranjeras y en nuestro país tanto por nuestros derechos como por los de los demás. En la batalla siempre nos sentimos imbuidos, querido camarada Tito, del espíritu del yugoslavismo y del internacionalismo”.

No extrañará que en las pugnas internas intra-yugoslavas tales veteranos siempre sostuvieran sin vacilación la política del mariscal. Cuando Tito falleció en 1980 eran ya, sin embargo, muy pocos los que todavía estaban en activo, aunque algunos participaron en las controversias posteriores y se mostraron críticos con la deriva política. Todavía en 1986, al conmemorarse el cincuenta aniversario del estallido de la guerra civil, los veteranos tuvieron un último momento de exaltación, vinculándolo a las glorias de la tradición revolucionaria yugoslava. El último combatiente en España falleció en California en 2009.

Algo de lo que antecede es en lo que reflexioné al pasear por las calles de Kuper en una calurosa noche de agosto. El mismo día habíamos estado en Prian, abarrotado de turistas eslovenos y extranjeros bajo un sol abrasador. Eslovenia declaró su independencia en 1991, tras un breve conflicto con el Ejército Yugoslavo, pero todavía en las callejuelas del pueblito turístico cabe encontrar nombres de la tradición comunista, entre ellos a los fundadores, Karl Marx y Friedrich Engels.

Otro país. Otra memoria.