Recursos agrícolas y población: Una de las claves de la guerra civil

21 Marzo, 2017 at 11:48 am

Ángel Viñas

El balance recursos agrícolas-población es un concepto elemental. En la guerra civil jugó en favor de los sublevados. Desde este punto de vista el conflicto se caracterizó por el acompasamiento, desde una posición ventajosa para los insurrectos al crecimiento de la expansión geográfica del territorio bajo su control. En él no se pasó hambre. En la parte gubernamental las carencias no dejaron de intensificarse.

La sublevación del 18 de julio de 1936 triunfó sin grandes dificultades en las zonas productoras de alimentos y relativamente escasas de población. Así ocurrió, por ejemplo, en Canarias, Baleares (salvo Menorca), Navarra, La Rioja, Castilla la Vieja, Galicia, Guinea y amplias zonas de Andalucía. Todos ellos territorios que generaban grandes excedentes de cereales, aceite, vino, hortalizas y pesca. Tales excedentes se destinaron al consumo propio y, crecientemente, a la exportación. Por el contrario, en manos del Gobierno quedaron las zonas más densamente pobladas e industrializadas (Bilbao, Barcelona, Madrid) y otras con recursos agrícolas relativamente más limitados, salvo Levante.
Si la guerra civil hubiera sido corta, el desequilibrio no hubiera tenido grandes efectos pero no fue así. Desde el punto de vista adoptado en este post la guerra puede caracterizarse por una ampliación del espacio geográfico y de la población bajo control de los sublevados, la correspondiente contracción del territorio gubernamental y los movimientos migratorios tendentes a huir del primero, ya fuesen directos -probablemente no muy grandes- o indirectos -a través de la frontera francesa. Las zonas receptoras fueron Barcelona, Madrid y Valencia en 1936. En 1937 se añadieron  Vizcaya y Málaga. en 1937. En 1938 la concentración continuó en Madrid, Barcelona y Valencia, apareciendo Valencia y Córdoba. A  finales de 1936 un 50,6 por ciento de la población estaba ubicado en territorio republicano. Un año más tarde, ya era el 42,2 y a finales de 1938 un 39,4 por ciento.  Todo ello según los cálculos de José Antonio Ortega y Javier Silvestre, ya mencionados en una ocasión anterior en este blog.

En el espacio geográfico republicano la presión poblacional sobre los recursos fue aumentando y, en ocasiones, generó movimientos de rechazo (muy perceptibles, por ejemplo, en Cataluña). En Madrid, en gran medida aislada durante la mayor parte del conflicto, el problema de las subsistencias fue intensificándose durante la misma con efectos que ha analizado recientemente Ainhoa Campos Posada en un libro colectivo sobre la capital en la guerra civil.  Tales presiones no se dieron en el creciente territorio bajo control franquista.

Esto no quiere decir que en ella se mantuvieran los niveles de producción de preguerra, pero en general, como ya señaló Carlos Barciela hace muchos años, el volumen producido fue siempre superior al republicano. En el cereal que más se consumía por excelencia y una de las bases de la alimentación popular, el trigo, la diferencia inicial fue creciendo rápidamente. En otros cereales (centeno, avena, maíz) las discrepancias no fueron tan amplias, pero sí suficientes. Solo en cebada hubo una relativa aproximación de las producciones. Numerosos son los autores que han documentado que entre 1936 y 1937 se produjo un declive de la producción y de los rendimientos, como ha resumido Elena Martínez.

Así, pues, la carencia relativa de cereales afectó a las disponibilidades de pan. Cierto es que, disponiendo del contravalor en divisas de las existencias de oro y plata que fueron vendiéndose a diversos compradores (Francia, URSS, Estados Unidos), la República pudo adquirir, a lo largo de 1937, grandes suministros de alimentos en el extranjero. No se olvidarán fácilmente los garbanzos mexicanos. Sin embargo el flujo se vio dificultado por el bloqueo que la Armada franquista impuso sobre las costas de Levante o del Norte. No muy efectivo en todo momento pero la libertad de comercio se vio siempre cortocircuitada.

En 1938 el problema de la alimentación comenzó a adquirir caracteres de gravedad en zona republicana. Con las carencias aumentaron los síntomas de resquebrajamiento de la moral de la retaguardia. Se expandieron el derrotismo y el pasotismo y la moral de resistencia se vio minada. Todo ello fue creando el caldo de cultivo en el que prosperaron querellas internas, la actividad de las quintas columnas y la propaganda franquista. La combinación resultó absolutamente letal en el Madrid aislado, tras el hundimiento de Cataluña.

Aunque los métodos para racionar los abastecimientos no están demasiado bien estudiados, sí sabemos que los puestos en práctica por los gubernamentales no fueron muy eficientes. Las memorias de Antonio Cordón, subsecretario del Ejército, dejaron testimonio de que en la última fase de la guerra, la Intendencia republicana había conservado grandes stocks de alimentos en Barcelona con el fin de atender a las necesidades prioritarias del Ejército Popular. No supieron, o no quisieron, distribuirlas y su destino fue el fuego o caer en manos del enemigo.

Por el contrario, en la zona franquista pudieron regularse fácilmente los suministros a la población y aun así dejar un amplio excedente para la exportación. Sabemos que los nazis echaron sus ojos codiciosos sobre él, aunque no lo suficiente para que Franco se viera constreñido a reducir las ventas al mercado británico. Era en este donde las exportaciones agrícolas (y minerales) podían generar divisas libres en tanto que el comercio hispano-alemán estaba encajonado por una serie de mecanismos que no las desgajaba en cuantía suficiente. Los excedentes alimentarios se aplicaron a la compensación de las importaciones de productos industriales (en particular armamentos nazis) con la idea de reducir en lo posible el volumen de endeudamiento que iba creciendo exponencialmente.

El resultado de estos movimientos asimétricos fue que en la zona franquista la gente, en general, no sufrió privaciones a la hora de comer en tanto que en la gubernamental se extendió el hambre ¿Quiénes, de mi generación, no recuerdan a sus padres mencionar las “píldoras del Dr. Negrín”? Es decir, las lentejas que se convirtieron en un rasgo permanente del menú republicano.

En definitiva, desde la perspectiva del balance de recursos agrícolas-población los sublevados tuvieron una buena guerra. También supieron llevar a cabo una eficaz propaganda. En ocasiones, la Aviación se utilizó como medio para arrojar pan blanco, en vez de bombas, a las poblaciones de la zona resistente. El mensaje siempre fue muy claro y muy burdo: rendíos o venid a nuestra zona. En ella siempre tendreís que comer.

Este tipo de incentivos -amén del reconocimiento creciente de que la guerra iba mal para la República- explica que el volumen de deserciones del Ejército Popular fuera in crescendo a lo largo de 1938. Tras la ruputura de la zona gubernamental en Vinaroz los feraces territorios agrícolas del Levante dejaron de aportar su contribución a la subzona al norte del Ebro: Cataluña.

Siempre me ha llamado la atención que en cuanto empezó la campaña de Cataluña los franquistas, muy al loro, solicitaran a los italianos que, además de seguir suministrando material de guerra,  enviaran también alimentos. Los primeros navíos que llevaron víveres  a la España franquista fueron el Sivigliano y el Paganini. Los desembarcaron el 2 y el 4 de enero de 1939. En febrero hubo tres expediciones más a bordo del Barletta. Todas ellas dejaron su preciosa carga en Cádiz.

La alegría que produjeron las distribuciones de panecillos blancos (que la población republicana llevaba tiempo sin ver) y los suspiros de alivio (cuando se exhalaron) no fueron de larga duración. Era evidente que el hasta entonces favorable balance de recursos alimenticios-población terminaría desapareciendo.

La España de la VICTORIA tendría, así, que  alimentar a la población total (disminuida en las víctimas, directas e indirectas, de la guerra), pero desde una situación de partida muy diferente de la que había existido hasta julio de 1936.

La agricultura había sufrido. También la red de transportes. Los sistemas de distribución habían quedado muy quebrantados. El hambre acumulado en las zonas últimamente ocupadas era considerable. A Franco y los vencedores podría preocuparles poco lo que pasara a los vencidos pero no podían dejarlos perecer de inanición. ¿Qué hacer? Se necesitaba de todo: alimentos, sí, pero también abonos y pesticidas en volumen considerable.

¿Echarían una mano quienes habían sido valedores y protectores de Franco en la guerra civil? ¿Cómo funcionarían, en la paz, aquellos mecanismos económicos que, al decir de algunos historiadores más o menos pro-franquistas, habían permitido la VICTORIA?

Sobre los años del hambre: una presentación

14 Marzo, 2017 at 11:30 am

Ángel Viñas

Varios amables lectores de este blog me han pedido que diga algo sobre el extendido fenómeno del hambre en los años cuarenta. No es un tema desconocido, aunque tampoco muy tratado. La evidencia empírica de que se dispone es la obtenida por medio de estadísticas demográficas, médicas, sanitarias y de otros tipos. O por reconstrucciones hechas en obras de ficción. O por recuerdos transmitidos a lo largo de las cadenas familiares. Es un ámbito con respecto al cual no cabe fiarse de la prensa de la época. No había libertad alguna de publicación. La censura era omnicomprensiva y de guerra. En tales condiciones, suponer que los periódicos dijeran algo remotamente parecido a la realidad es mero wishful thinking.

Se trata, pues, de un tema en el que, con  todo el respeto debido a los autores de ficción, no vale fiarse demasiado de sus reconstrucciones. Tampoco de las memorias individuales transmitidas de generación en generación. Menos aún de “representaciones” colectivas. Muchos de los pertenecientes a mi generación, nacidos después de la guerra civil, tendrán recuerdos de lo que les contaran sus padres o familiares, pero aun en el supuesto de que se aglomeraran sería difícil hacer un análisis fiable. De una cosa podemos estar seguros: mucha gente pasó hambre. Otros, no. Es impensable que en El Pardo o en la mesa de los prohombres y paniaguados de la dictadura se sufriera por falta de alimentos.

A partir de esta premisa en los próximos posts voy a tratar de decir algo menos elemental, aunque sin pretender acercarme demasiado a la Verdad, esa que es solo patrimonio del Señor.

Me apresuro a señalar que el tema puede ser de alguna actualidad. En estos años de crisis la prensa, las estadísticas, los informes, los comentaristas, la evidencia visual, etc. nos dicen que la desigualdad ha aumentado en España, que el paro de larga duración subsiste, que las ayudas sociales se recortan, que vuelve a recurrirse a los apoyos familiares, que las ONGs están desempeñando un papel insustituible para que mucha gente no sufra demasiado y que el Gobierno, en general, no sabe, no contesta. Ciertamente España no es el único caso. Desde que se inició la crisis hace ya casi diez años en las calles de Bruselas, por ejemplo, vuelven a verse mendigos. Incluso en los barrios de altos ingresos per cápita.

Pero, aparte de que este blog suele concentrarse en temas españoles, hay una consideración de tipo histórico que me hace volver la mirada a los años del hambre en la primera mitad de la década de los cuarenta. Es esa idea, tan cara por ejemplo al profesor Stanley G. Payne, de que Franco fue el artífice del “milagro económico español” en los años sesenta. O de que sentó las bases de la España moderna. O de que, con su legado, contribuyó a que se tejiera la tela social sobre la cual se construyó la Transición. No es del todo cierto, aunque si lo fuera también podría argumentarse que Franco se resistió como gato panza arriba a modificar de modelo económico y mantener el que empobreció a España durante la primera mitad de su dictadura. Pero es que, además, lo que sí es posible demostrar es que a Franco no puede eximírsele de responsabilidad por las hambrunas de los años cuarenta. Ciertamente no las produjo él (hubiera debido ser un supermán, pero nunca dio con los mecanismos que hubiese debido evitarlas).

Así, pues, en los posts de esta serie aparecerá un Franco diferente. No es de extrañar que sus más excelsos corifeos (Ricardo de la Cierva, Luis Suárez Fernández y el propio Payne) hayan rehuído profundizar en la economía de la primera mitad de los años cuarenta. Unas cuantas pinceladas en el plano que convencionalmente se denomina de high politics (política exterior, desarrollo de las instituciones, pugnas entre los distintos segmentos de la dictadura, etc.) no son un sustituto de la necesidad de buscar evidencias más primarias, más próximas a los movimientos del cuerpo social (lo que también se advierte en el, digamos, recato de tal tipo de autores por abordar otras facetas sombrías como las que concurrieron en la represión, amedrentación y liquidación de toda disidencia “subversiva”). La economía, el comercio, el racionamiento, etc, son por el contrario ámbitos que tipifican lo que suele denominarse low politics, en lo que los historiadores de su altura no se dignan ensuciarse las manos.

No quiero pensar, naturalmente, que los posts venideros sirvan para algo. Ahora bien, si al menos constituyeran un modesto recuerdo de que cuántos de nuestros antepasados se vieron en condiciones similares a las que hoy sufren numerosos inmigrantes me daría con un canto en los dientes. Tan depauperados como están hoy estos, lo estuvieron muchos de nuestros padres y abuelos.

No hay que remontarse a la Edad Media o a los albores de la moderna para encontrar ejemplos de hambrunas. Tampoco hay que volver la mirada a los tan denostados siglos XVIII y XIX e iluminar las denominadas crisis de subsistencias. Pueden verse más próximas en los años de la postguerra civil.

Finalmente, los posts que seguirán ofrecerán un contrapunto a las tesis expuestas por algunos historiadores (no deseo citar nombres) de que Franco ganó la guerra porque supo manejar la economía infinitamente mejor que sus adversarios (por tantos motivos dignos de ser condenados al fuego eterno que alimenta -nunca mejor dicho- las calderas de Pedro Botero).

Veremos que en cuanto Franco ganó la guerra se encontró con los problemas que habían ocasionado tantos quebraderos de cabeza al Gobierno republicano. Y veremos también que la respuesta que dio el “invicto Generalísimo” estuvo en consonancia con sus ideas sobre la economía cuartelera que tan bien dominaba, esas en la que la “tríada” de apologetas del Generalísimo antes mencionada no suele detener sus avizores ojos analíticos.

En resumen, echaremos un pequeño vistazo a uno de los lados más negros de la España de la VICTORIA. No es correcto que los historiadores pro-franquistas tiendan a fijarse en las “luces” de la dictadura (Franco, anticomunista de pro; Franco, vencedor en cien combates; Franco, genio de la estrategia patria; Franco, presunto “reconciliador”) y eviten en lo posible sus aspectos más sombríos. Lo que no haré es introducirme en el mundo carcelario. Historiadores como Francisco Moreno Gómez, Gutmaro Gómez Bravo, Jorge Marco y Javier Rodrigo, entre otros, lo han hecho ya y mucho mejor de lo que podría hacer. Baste con recordar el análisis del primero sobre las condiciones auschwitzianas que reinaron en la cárcel de Córdoba tras la VICTORIA y del que ya me hice eco en su tiempo en este mismo blog.

Los posts ulteriores no se marcarán numéricamente. Cada uno tendrá un título distinto con el fin de diferenciarlos con facilidad.

Inseguridad colectiva. La república y la sociedad de naciones (y II)

7 Marzo, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Uno de los grandes méritos del libro de David Jorge es que también hace honor a su subtítulo. No es la SdN “contra” la República. Es igualmente la República en la SdN. Para ello ha tenido que bucear, naturalmente, en archivos republicanos. Algo que pocos historiadores de los que han escrito en el contexto de la SdN han hecho. A decir verdad, David Jorge ha sido, si no me equivoco demasiado, el primer historiador en arramplar documentación de una amplia gama de archivos de tal procedencia. 

Generalmente hasta ahora se había escrito sobre la República en la SdN en base a la glosa de los discursos pronunciados por parte de representantes cualificados del Gobierno republicano. O acudiendo a obras de credibilidad dudosa, como las memorias del cuñado de Azaña, Cipriano Rivas-Cherif. O a las de Álvarez del Vayo, en sucesivas y no siempre armoniosas versiones.

En realidad, aunque instrumentos necesarios, tales fuentes no solo no agotan el tema. A veces ni siquiera identifican problemas fundamentales. Algunos fueron internos. Otros externos. David Jorge, como excelente historiador, no se ha movido en la superficie del oleaje del pasado. Ha buceado en busca de fuentes primarias. El abanico de archivos, españoles y extranjeros, en media docena de países, así lo testimonia.

Para mí, que nunca he mostrado demasiada simpatía por Rivas-Cherif en tanto que memorialista y diplomático aficionado, lo que David Jorge ha aflorado a la superficie sobre él es, simplemente, dramático. Director de teatro, y representante improvisado del Gobierno republicano en Ginebra en su calidad de cónsul general, su comportamiento fue un auténtico desastre. Cometió estropicio tras estropicio, indujo a error a su cuñado el presidente de la República en numerosas ocasiones sobre las perspectivas desde las cuales podría “remediarse” la situación según él la veía y mantuvo una relación algo más que tensa con el Ministerio de Estado. Es como si un embajador jugara a la contra con respecto a sus jefes. Naturalmente pudo permitírselo por ser pariente de quien era. Que Azaña obstaculizase los intentos para quitarle de aquel puesto es humanamente comprensible. Pero muestra un lado oscuro poco congruente del presidente con su tan alabada (aunque no siempre por mi) comprensión operativa de la escena internacional y de las necesidades que se planteaban a la República. Brillante analista, el mundo exterior no era el fuerte de Azaña. Al final, Negrín, cuando llegó a la Presidencia del Gobierno, se deshizo de Rivas-Cherif.

¡Ay! A la lenidad de Azaña se añadieron las deficiencias del Ministerio de Estado y aquí los responsables fueron los ministros correspondientes: Álvarez del Vayo (en dos turnos) y José Giral, expresidente del Consejo de Ministros e íntimo amigo de Azaña. Por lo demás, un hombre cumplidor e injustamente ignorado hasta fecha muy reciente. Siendo Ginebra un puesto del máximo interés político y diplomático para la República, sorprende que no se enviara allí a un peso pesado (como ocurrió con Londres, Moscú y, después de algunos endebles representantes aunque uno de ellos vociferante (Araquistaín), con París).

Es curioso, y no está suficientemente explicado, que la República enviara a amateurs sin especiales cualificaciones a Ginebra y a Washington (Fernando de los Ríos) para ambos puestos. En modo alguno estuvo ninguno a la altura de sus responsabilidades. Cuando Negrín decidió enviar un peso pesado a Ginebra (la elección recayó en Jiménez de Asúa) fue ya demasiado tarde. Que en situaciones desesperadas se podía trabajar bien, y a veces superbien, en lo bilateral lo demuestran los casos de Praga, Estocolmo y México, entre otros, cuyo entorno por lo demás era muy diferente en cada uno.

También es sorprendente que la República atendiera a los asuntos de la SdN con una representación parca y limitada. David Jorge ha sacado a la luz, sin embargo, el brillante papel del jefe de Sección correspondiente en el Ministerio de Estado, un profesor titular de Derecho Internacional, que por razón de su empuje y consistencia política e intelectual abogó por una línea razonable que presentar en Ginebra pero no fue suficientemente aprovechado. Se llamaba  Miguel Ángel Marín Luna. Ha buceado en su archivo. Marín Luna se exilió a México y uno de sus hijos terminó siendo un distinguido diplomático mexicano.

Cabría señalar que las circunstancias internacionales en que se desarrolló la guerra de España fueron tales que incluso los mejores embajadores de que dispuso la República no pudieron hacer mucho. El ejemplo paradigmático es, naturalmente, Pablo de Azcárate en Londres. Pero dejar la delegación en Ginebra tanto tiempo en manos de un advenedizo como Rivas Cherif y luego descabezada es, literalmente, incomprensible.

Con todo, el papel de la República en Ginebra no fue desairado. Si aceptó el papel del Comité de No Intervención, si no luchó ferozmente contra la imposición de un sistema de control que impidiese la llegada de extranjeros y de material foráneo a España y si no logró focalizar su atención en la SdN hasta que Negrín cogió las riendas por su cuenta, queda con todo el hecho de que se batió por la defensa del derecho internacional de la época y que siempre presentó la guerra en España como lo que era: el primer zarpazo nazi-fascista en tierras europeas.

La República tampoco estuvo totalmente sola. La URSS, México y Nueva Zelanda fueron aliados constantes. Los dos primeros casos se han estudiado exhaustivamente. No así el tercero que es, por lo demás, muy significativo. Nueva Zelanda no siguió como los restantes Dominios británicos el carro del que tiraba Londres. El equipo que formaron su primer ministro Michael J. Savage (laborista) y su embajador (alto representante en Londres) William J. (Bill) Jordan, delegado ante la SdN, constituyó un apoyo permanente que debería haber sacado los colores de las viejas élites del Foreign Office y, en particular, también de Chamberlain. Por lo demás, no hay que recurrir a David Jorge para hundir en las catacumbas al ministro de Asuntos Exteriores británico de la época, Anthony Eden, que curiosamente apenas si dice algo veraz sobre España en unas memorias tituladas, de forma abusiva, Facing the Dictators.

En resumen, si los lectores que siguen amablemente este blog quieren sumergirse en un período que no ha perdido un ápice de relevancia en materia de enseñanzas que pueden extraerse de la historia, les recomiendo muy encarecidamente que echen mano de la obra de David Jorge. Bienvenida es. Hacía falta. Mucha falta.

Inseguridad colectiva. La república y la sociedad de naciones. (I)

28 Febrero, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Desde que tuvo lugar en Madrid el primero, y hasta ahora único, congreso internacional sobre la guerra civil bajo la dirección de Santos Juliá, la literatura sobre la misma ha subido exponencialmente. Rara es la semana que en España no aparece un título, cuando no dos o tres, sobre alguna temática con ella relacionada. ¿Se sabe ya todo? Solo un iluso, o algún despistado, lo afirmaría.

¿Por qué escribo esto? Simplemente porque el avance en historia contemporánea (por no decir en otros períodos) es función del descubrimiento de nuevas fuentes primarias, de su adecuada contextualización, de la incorporación de nuevas perspectivas (bien de la propia historia o de otros ramos del saber relacionados), pero no en último tiempo de la sagacidad los propios historiadores.

En los últimos años está llegando en España a la edad de producción intelectual una nueva generación. En general quienes a ella pertenecen no han vivido, o no conscientemente, bajo el franquismo; han estudiado fuera, con becas o con erasmos y se han empapado de otras corrientes historiográficas. No es sorprendente que aporten una visión alejada de las simplificaciones del mantenimiento (en todo lo posible) del canon franquista. Escriben historia, en definitiva, mucho más elaborada y abiertamente de los que nos hicimos mayorcitos en la dictadura.

De entre todos los factores y vectores que impactaron sobre la guerra de España el  internacional es uno de los más importantes y, desde luego, uno de los más estudiados en la literatura. Los primeros ensayos que lo abordaron datan de comienzo de los años cincuenta del pasado siglo. Ha pasado ya la friolera de casi tres decenios.

El vector internacional es tan significativo no solo porque tiene tras de sí una larga trayectoria historiográfica. Lo es también porque está en la base de los improperios, maldiciones y ajustes de cuentas que asolaron al exilio republicano desde 1939. Muchos dirán que incluso está en una parte de las desavenencias entre las fuerzas políticas más o menos leales a la República durante la guerra civil misma.

La historiografía, en general, ha respondido a tales batallitas memoriales o coetáneas de los acontecimientos con el estudio de la política de las potencias intervinientes y no intervinientes hacia la guerra civil. Así, se han abordado los casos de Alemania, Bélgica, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, México, países nórdicos, Unión Soviética, etc. amén de complejos temáticos entre los que siempre han destacado por su atractivo -y las controversias suscitadas- las Brigadas Internacionales y la Komintern.

El marco colectivo también se ha abordado, centrado por lo general en torno al Comité de No Intervención, londinense. Todavía recuerdo el impacto que produjo el libro de Fernando Schwartz al respecto. Posteriormente, no se han estudiado mucho, o al menos no como se debieran, las conexiones entre el CNI y el aparato político, administrativo y burocrático que le dio sustento. Era básicamente británico y cuando se han abordado ha sido como reflejo de la política del Reino Unido. Es, en mi opinión, insuficiente y la interrelación entre el CNI, su secretariado y los matices en que se manifestó la actitud del genio malo contra la República merecería ser revisitada.

En la anterior síntesis quedaba un hueco por cubrir adecuadamente. El de la Sociedad de las Naciones (SdN). Se contaba con estudios sumarios (tres hurras, por ejemplo, a Jean-François Berdah por haberlo intentado) o con trabajos un tanto espúrios, demasiado próximos a la contienda y sin la base documental adecuada (nada de felicitaciones, por ejemplo, a la canónica historia de la SdN de Frank Walters, funcionario de su secretaría, y que apareció a principio de los años cincuenta), amén de algunos artículos sobre aspectos parciales.

Siempre me sorprendió que la SdN, tan denostada por las dictaduras (incluída obviamente la de Franco) pero también por los adalides del apaciguamiento de los dictadores (británicos y franceses esencialmente con los norteamericanos -que no eran miembros- en alejada retaguardia), no hubiese tenido una monografía que examinara su papel en la guerra de España.

Al fin y al cabo, la escena ginebrina fue la única en la cual la República pudo presentar públicamente su causa ante el mundo. Una de las mayores ignominias de la no intervención es que en ella se diera cancha a quienes no dejaban intervenir pero nunca a los que se vieron intervenidos. En Ginebra los ministros de Estado republicanos y el presidente del Consejo, Juan Negrín, hicieron una defensa encendida de las razones que amparaban al Gobierno legítimo, reconocido diplomática y políticamente por todos los Estados miembros de la SdN que formaban parte de ella en 1936. En Ginebra se inundó el Palacio de las Naciones con pruebas que mostraban hasta la saciedad cómo las potencias del Eje, incluso antes de reconocer unilateralmente a Franco sin que este hubiera sido capaz de tomar Madrid, no solo se reían sino cómo se carcajeaban homéricamente de la no intervención. En Ginebra quedó de forma meridiana absolutamente en claro que su sistema de seguridad colectiva (que ya había malamente atravesado la prueba de fuego de los imperialismos japonés y fascista) carecía no solo de músculo sino, y sobre todo, de voluntad. En Ginebra pudo intuirse (y lo dijeron en voz alta y clara mexicanos, neozelandeses y soviéticos) que la guerra de España sería el preludio de acontecimientos más graves si no se contenía a los agresores nazi-fascistas.

Todo para nada. Su secretaría y, en particular, su secretario general, el francés Joseph Avenol, se preocuparon más de conseguir que Italia regresara a la SdN que del futuro de la República española. Que en 1940 Avenol ofreciera sus valiosos servicios a Vichy es indicativo de sus simpatías. Fue, sin duda, uno de los sepultureros de la República. Sin embargo, ha pasado como de rositas por la historia.  Jamás se dio cuenta, o no quiso darse, que a tigres enfurecidos como las potencias del Eje, ansiosos de botín, no se les calmaba  echándoles más carne en dosis homeopáticas, fuese abisinia, española, austríaca o checoslovaca. Tuvo una actuación digna de la época baja y rastrera en la que fue secretario general. No hubiera nunca podido oponerse al peso de Londres y París, pero tampoco lo intentó.

Todo esto y muchísimo más aparece en uno de los pocos libros que, en los últimos diez años, más ha contribuido a esclarecer el haz de fuerzas, políticas y conductas personales, dentro de sus determinantes estructurales, que acompañó -y derrotó- todos los esfuerzos republicanos.

Su autor, David Jorge, es uno de esos jóvenes historiadores a los que me refería anteriormente. Con este libro se sitúa en primera fila de la investigación. Me hizo el honor de solicitarme que prologara su obra. Tengo la seguridad de que con historiadores de su talla la antorcha que alumbra la búsqueda de la verdad documentable está en buenas manos.

(Continuará)

Humor de combate

21 Febrero, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

De un amigo mío, catedrático emérito de la Universidad de Aix-en-Provence, Eutimio Martín, el Departamento de Publicaciones de la Diputación de Badajoz acaba de sacar a la luz un edición facsimilar de dos manifestaciones, para mí desconocidas, del exilio español en Francia en contra de la dictadura franquista.

 
La primera apareció en el contexto de las que fueron controvertidas gestiones del gobierno Giral y de la expulsión del PSOE, bajo la férula prietista, del Dr. Juan Negrín junto con varias decenas de sus seguidores. No se les readmitió a la militancia sino a título póstumo a principios del presente siglo. Se trató de un modesto periódico, casi hoja volandera, titulada DON QUIJOTE. PUBLICACIÓN DE HUMOR Y DE COMBATE. El número uno data de junio de 1946 y solo llegó a siete, el último fechado en marzo de 1947. Cada ejemplar tenía cuatro páginas.

La segunda manifestación fue, esta vez sí,  una mera hoja volandera, titulada AQUELARRE. Data de 1954 y consta de dos romances antifranquistas. Un sarcástico remedo, titulado “Espantosa grandeza”, del conocido soneto de Cervantes “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”, con la famosísima frase “voto a Dios que me espanta esta grandeza”. Y otro, “Romance del Peñón”,  que se refiere a la eterna obsesión francofalangista por Gibraltar y su recuperación por la fuerza. No hay que olvidar que el inmarcesible Caudillo fue el único dirigente español desde el siglo XVIII que se propuso tomar el Peñón manu militari. Con los gloriosos resultados de todos conocidos.

Eutimio Martín ha buceado en los fondos de la Biblioteca Nacional de Francia donde ha encontrado DON QUIJOTE y en los del Pabellón de la República en Barcelona para la hoja volandera. Ambos se han reproducido pulquérrimamente en una edición al cuidado de Antonieta Benítez Martín, directora de publicaciones de la Diputación de Badajoz.

No tengo idea de cómo se distribuirá esta obra, aunque me permitiré hacer una sugerencia al final de este post. Sería una pena que autores más conocedores que servidor del exilio español en Francia no la comentaran. La publicación aparece en la rutilante época de los “hechos alternativos”, tan caros a un sector de esos políticos y aficionados ante los que se descubren encantandos algunos de nuestros medios sociales. También viene a dar un pequeño aldabonazo a nuestras conciencias cuando muchos quieren olvidar la epopeya republicana ya que nuestro eficientísimo (es un decir) sistema de enseñanza mantiene un pudoroso velo no solo sobre la guerra civil y la dictadura subsiguiente, sino en particular sobre el exilio. En tales circunstancias el recuperar las muestras del ácido humor que surgió, un tanto sorprendentemente, en las filas del mismo no es una tarea intrascendente.

La mezcolanza de humor negro y combate político tiene una larga tradición. Cuando estudiaba en Alemania recuerdo que uno de los libros que más me impresionó se titulaba “Los chistes susurrados en el Tercer Reich” (Der Flüsterwitz im Dritten Reich). En nuestro país el siempre añorado militar y profesor Gabriel Cardona escribió una obra sobre los chistes contra Francoque a veces fueron desternillantes. También ha habido largas y sesudas disquisiciones sobre La Codorniz y otras publicaciones humorísticas.

He de confesar que no conocía muestras de ese humor negro en el exilio español. Nunca me pareció que fuese un entorno en el que pudiera florecer la vena satírica. Con ello revelo mi ignorancia y me ha hecho mucha ilusión poder limitarla ahora gracias a la edición que ha efectuado el profesor Eutimio Martin.

Su trabajo va precedido de una larga introducción histórica sobre dicho exilio en la que aborda su evolución (con el trato dado a casi el medio millón de personas que emigraron a Francia y de las que no tardaron en regresar tres cuartas partes), su aportación a la resistencia francesa contra el invasor y ocupante nazi, sus frustraciones ante la política chovinista de De Gaulle empeñado en  crear y mantener el mito de la “Francia resistente” de la que excluyó a los no franceses, la revisión a que le ha sido sometida con la recuperación de la “Nueve”, es decir, la compañía de la Segunda División Blindada del general Leclerc cuyos vehículos fueron los primeros en entrar en París en agosto de 1944. Sin olvidar el reconocimiento oficial de la República Francesa del sufrimiento y del heroismo derrochados por los exiliados españoles. Más vale tarde que nunca, porque también ellos pagaron el precio de la sangre y de las lágrimas y no solo los nazis, como reza la inmortal canción de los partisanos.

Lo más interesante de la larga introducción es, naturalmente, la contextualización de DON QUIJOTE. Se trata de un hueso duro de roer porque en los siete números no se identifica ni al editor ni a ninguno de los colaboradores. Todos utilizan nombre extraídos de la obra de Cervantes. Imagino que por exigencia de la legislación francesa se indicó una dirección y un responsable de los números (gerente o administrador) pero, aparte de que fuese un apellido español, que no dice nada, una tal “Mme. Saez”, la oscuridad más absoluta rodea el origen de la publicación.

Como siempre, es en la contextualización en donde mejor se percibe la maestría del historiador. Eutimio Martín no es un principiante. Ha escrito largo y tendido sobre vetas oscurecidas de García Lorca o de Miguel Hernández, sobre la represión franquista, sobre el exilio. Ha entrevistado a lo largo de su extensa carrera universitaria, siempre en Francia, a relevantes personajes de la resistencia española a los nazis e incluso a uno de los ejecutores de las decisiones del PCE de acometer el mitificado intento de invasión transpirenaica en 1944 por el Valle de Arán.

Martín considera que los colaboradores de DON QUIJOTE bien pudieran haber sido anarquistas descontentos con la expulsión política de Negrín del Gobierno en el exilio y que a la vez fuesen fervientes defensores de la unidad de todas las fuerzas republicanas fuera de España para levantar y mantener un frente común contra la dictadura de Franco. De ser así, fueron una excepción dentro de la tendencia política que representaban. Un dato que no conviene olvidar.

La edición de DON QUIJOTE está dedicada a la memoria de Eduardo Pons Prades, uno de los primeros autores en reivindicar la memoria y los hechos del exilio, y en particular de la resistencia anarquista a la ocupación nazi. En los años terminales del franquismo y durante la transición, Pons -a quien conocí personalmente- dio una batalla incansable, persistente, más allá de todo descorazonamiento por lo que más tarde se llamaría “recuperación de la memoria histórica”. Sus libros, basados en fuentes orales y escritas, y hasta entonces prácticamente desconocidas, son obras de referencia. Dice mucho a favor de la República francesa que Pons terminase condecorado con la Medalla Militar (una distinción nada pequeña) por su papel en la resistencia. Sería obvio señalar que,  mientras tanto, en España jamás se le hizo oficialmente, que yo sepa, objeto del menor homenaje. No en vano se califica a España de “madre amarga”.

Confío en que la Diputación de Badajoz envíe a la red de bibliotecas públicas de Extremadura, y también de fuera de esa comunidad autonóma, ejemplares de DON QUIJOTE. PUBLICACIÓN DE HUMOR Y DE COMBATE. Algo que le asegurará un más amplio reconocimiento. Quisiera reflejar aquí, en este modesto blog, mis felicitaciones a la institución y a su directora de publicaciones. El combate continúa en el tiempo, quizá floreciente, de los “hechos alternativos” y no conviene perder el humor. Desde luego no en 2017. Tampoco se perdió setenta años antes.

¿Franco solo fusiló a 23.000 personas? (y IV)

14 Febrero, 2017 at 10:17 am

Ángel Viñas

Cualquier estudioso del tema sabe que los fusilamientos de la posguerra, como los de la guerra misma, fueron solo una de las manifestaciones de la represión. Esta adoptó múltiples formas, de tal suerte que algunos autores han acuñado los términos de multi-represión o de represión multi-modal. Naturalmente los fusilamientos, por consejos de guerra espurios o no, fueron la manifestación más drástica pero no la única. A ella también habría que añadir los muertos por desnutrición (a veces con la hambruna auschwitziana a que fueron sometidos numerosos presos), los fallecimientos por falta de medicación adecuada o por enfermedades que nadie atendió o que no pudieron atenderse. Todos ellos deben computarse en cualquier balance del horror.

En este post, sin embargo, argumentaré basándome en un estudio demográfico relativamente reciente
pero que no ha despertado la atención que merece. Es uno que ha puesto de manifiesto que lo que cabría denominar  “bache demográfico” de la guerra civil es muchísimo más elevado de lo que habitualmente se había estimado. Muchos lectores de cierta edad recordarán el título del último volumen de la trilogía de José María Gironella sobre la guerra civil y que se hizo instantáneamente famoso: “Un millón de muertos”. Como eslogan, puede pasar. Como estimación,  francamente no. Pero es una cifra que no carece de cierto fundamento. Veamos cuál.

Hace algunos años dos demógrafos de la Universidad de Zaragoza, José Antonio Ortega y Javier Silvestre, abordaron el estudio de las consecuencias demográficas de la guerra. Si tenemos en cuenta que esta se produjo a consecuencia de una sublevación militar por parte de un sector del Ejército en connivencia con los medios de extrema derecha (monárquicos calvosotelistas, carlistas y luego falangistas) que más conspiró, desde 1932, contra la República, podríamos pensar que a tales elementos les corresponde un tanto muy elevado de responsabilidad por sus consecuencias, también demográficas. Y como los líderes militares fueron los generales Mola y, singularmente, Franco tan pronto fue exaltado al pedestal de la gloria del cual nunca se apeó podríamos poner en el debe de su recuerdo una gran parte de ese “bache demográfico”. [No voy a entrar aquí a abordar el tema de la violencia política anterior a la sublevación. Sobre esta en los últimos años han aparecido, como ya he señalado en repetidas ocasiones, notables estudios sociológicos, antropológicos, culturales y cuantitativos. A ella los pistoleros para los que el inolvidable, y en ocasiones todavía alabado, don Antonio Goiecoechea pidió dinero a los fascistas italianos, porque los financiadores indígenas decían que ya no querían poner más fondos, contribuyeron de lo lindo].

Pues bien, examinando con nuevas fórmulas el movimiento natural de la población de antes y de después de la guerra Ortega y Silvestre sometieron a un análisis crítico la evolución de la fecundidad, la nupcialidad, la mortalidad no infantil, los movimientos migratorios exteriores e interiores y llegaron a conclusiones, digamos, estremecedoras que la FNFF no se ha preocupado en difundir.

Por ejemplo, se produjo una sobremortalidad de 540.000 personas, es decir, muertes que no habrían ocurrido de no haber mediado la guerra, con en paralelo una caída de la natalidad de 576.000 nacimientos, es decir, niños/as que no llegaron a ser. ¿Resultado? Un bache demográfico de casi 1,2 millones de personas. El título de Gironella (supongo que antes que él se utilizaría con cierta frecuencia) fue muy exagerado en lo que a muertes se refiere, pero no tanto si se incluye el desplome de la natalidad, alg que evidentemente no fue en el sentido de los movimientos pro-vida endógenos y exógenos.

Los mencionados autores observan que en España no se produjo un baby boom tras la guerra civil. Esto no ocurrió en la mayor parte de los países combatientes después de la segunda guerra mundial. En España hubo solamente en 1940 un pequeño repunte de los nacimientos. ¿Por qué la inexistencia del baby boom? Pues principalmente porque la sobremortalidad se había cebado en los hombres. Así se explica que mientras la nupcialidad masculina fue muy intensa, la femenina lo fuera en mucha menor medida. Es decir, hubo un celibato femenino de enormes proporciones. Obligado. Inescapable. Generador de frustraciones profundas y duraderas que marcaron la sociedad española durante decenios. Eso sí, como el nacionalcatolicismo no se recató en afirmar, todo ello a la mayor gloria de Dios.

Desde el punto de vista de la comparación internacional (esa a que es tan aficionado se mostró  el señor vicepresidente de la FNFF en su entrevista en EL MUNDO) la sobremortalidad masculina también fue muy destacada en la posguerra. Lo fue en particular entre los jóvenes adultos hasta por lo menos el año 1950. Se trata de una evolución que no tiene paralelo en otros países afectados por la segunda guerra mundial y a los que dicho señor se refirió a efectos comparativos como fueron Italia y Francia.

Pueden aducirse varias causas que expliquen el fenómeno. Una, por ejemplo, fue el registro tardío de defunciones. Otra, las secuelas físicas de la guerra. Una tercera, el inmenso volumen de población en situación carcelaria. O los que murieron por enfermedad, etc.

De la misma manera cabe distinguir, en el curso de la guerra, entre los muertos en el frente, los fallecimientos ocurridos entre la población civil, los incrementos de la mortalidad “habitual” debidos a la canalización de recursos médicos y sanitarios hacia la confrontación bélica, la dificultad -con frecuencia, imposibilidad- de obtener medicinas, la saturación a que se vieron sometidos los hospitales, la aparición de epidemias (la hubo, por ejemplo, de tifus en Madrid en los años de la segunda guerra mundial). En cualquier caso, Ortega y Silvestre nos dicen que el patrón de sobremortalidad masculina fue mucho más intenso en la guerra civil española que en la segunda guerra mundial en Francia o en Italia. Solo lo ocurrido en el año 1941 en Francia fue de una magnitud comparable.

Veamos ahora un poco lo que afirman tales autores sobre la disminución de nacimientos en la dura posguerra. Aunque ya se detectó en 1936 (añadamos que es lógico) fue particularmente grave en 1939 (inolvidable año de la VICTORIA), con 200.000 nacimientos menos de lo que podría esperarse. ¿Es que los españoles no estuvieron encantados con el fin de la guerra, sobre todo los vencedores? Parece que no lo suficiente como para desquitarse de los padecimientos sufridos, aunque también hay que decir que el ritmo de desmovilizaciones en el Ejército no fue demasiado intenso (cortesía de la guerra exterior). El rebote de 1940 fue, en todo caso, inferior a lo esperado. La natalidad fue muy reducida en 1941 y 1942.
Púdicamente Ortega y Silvestre lo explican así: “Un hecho que sugiere que las difíciles condiciones de la posguerra y los efectos de las uniones rotas por la guerra no se vieron suficientemente compensados por el mayor número de matrimonios de 1939”.  Y añaden: “De este modo el número de nacimientos se redujo en casi 400.000 durante los años de la guerra, a los que habría que añadir otros 180.000 “perdidos” entre 1940 y 1942”.
Es decir, hay que considerar:

  • Muertos por fusilamientos, a lo bestia y tras “consejos de guerra”
  • Muertos por hambre
  • Muertos por enfermedades que no pudieron atenderse adecuadamente
  • Muertos en las prisiones
  • Muertos en los campos de concentración
  • Muertos en los campos de trabajos forzados.

En una palabra, a los desaparecidos y fusilados en la guerra debemos añadir la sobremortalidad y la subnatalidad de la posguerra.

Una sugerencia y una pregunta:

Sugerencia: ¿Por qué no destina fondos la FNFF para financiar investigaciones que traten de mejorar las estimaciones del “bache demográfico” de la guerra y de la posguerra? Naturalmente, mediante concurso competitivo. Es de esperar que acudiría algún interesado y serían muchos quienes se lo agradecerían. Vale más ocuparse de desentrañar la verdad de lo que pasó, en la medida de nuestras pobres y limitadas fuerzas, pues bien sabido es que la VERDAD solo la conoce el Señor, que no dar fondos a Ayuntamientos para que se opongan a leyes en vigor como es la 52/2007.

Pregunta: ¿En qué medida son comparables las 2629 víctimas de la violencia política en los años republicanos (de entre las cuales un alto porcentaje correspondió a las izquierdas) con la sobremortalidad que representan 540.000 personas derivada directamente de la guerra?

Todo lo que antecede, claro, sin entrar en ningún tipo de pseudoargumentos históricos, políticos, nacionalcatólicos, etc. Llegará un momento (salvo holocausto nuclear por medio) en que la guerra civil se contemple con el distanciamiento que hoy se mira la guerra de la independencia. ¿No convendría legar a las generaciones posteriores ideas o conocimientos de quienes todavía tienen algún recuerdo de los años del miedo, la desnutrición y el hambre? Porque, por desgracia, todavía no se ha inventado ningún instrumento que permita medir y comparar los pesos del dolor, de las lágrimas y de la sangre vertida.

En el interín, si el señor vicepresidente de la FNFF deseara responder con otros cálculos más o menos contrastables al estudio demográfico al que me he referido lo encontrará en el libro coeditado por los profesores Pablo Martín Aceña y Elena Martínez Ruiz, La economía de la guerra civil, Madrid, Marcial Pons Historia, 2006, pp. 53-105, en el que por cierto se mencionan los trabajos de ilustres precedentes desde el Dr. Villar Salinas al de quien fue buen amigo mío el general Ramón Salas Larrazábal.

 

 

 

 

 

 

¿Franco solo fusiló a 23.000 personas? (III)

7 Febrero, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

El señor vicepresidente de la FNFF, en las declaraciones al periódico EL MUNDO que comento mínimamente en estos modestos posts, demuestra haber sido un cuidadoso entrevistado. No fue más allá de dónde quiso llegar. Quizá un buen abogado podría defender que la afirmación de que “desde el 1 de octubre del 36 hasta el 75, [el que gana] no fusila a nadie que no sea en un consejo de guerra” debiera entenderse en sus propios términos y que, por consiguiente, de ella habría que excluir lo ocurrido antes de dicha fecha, que es cuando Franco fue “exaltado” a la Jefatura del Estado.

Sin embargo, históricamente hablando, la afirmación del señor vicepresidente de la FNFF no tiene sentido. En primer lugar, lo cierto es que siguió habiendo fusilamientos que no fueron autorizados por consejos de guerra. En segundo lugar, en el estado actual del conocimiento es difícil, cuando no imposible, pautar por períodos las muertes ocasionadas en consejos de guerra (de medio pelo y sin las menores garantías jurídicas) de aquéllas que no se decidieron en tales farsas. En tercer lugar, cabría dar la vuelta a dicha afirmación: ¿puede mostrar algún tipo de documentación que la apoye? Tal vez en los archivos que custodia celosamente exista abundante material primario a tal efecto, pero el hecho es que nadie lo ha utilizado. Al menos que servidor sepa.

Teniendo en cuenta el masivo estudio que sobre la represión en la guerra hizo ya años Paul Preston, para conocimiento del señor vicepresidente, y eventual información de sus ilustres colaboradores y expertos, quisiera traer a colación un reciente trabajado basado como es lógico en la coordinación de fuentes primarias, testimonios orales y una amplia bibliografía secundaria.

El estudio se refiere esencialmente al caso de Navarra. Es decir, la provincia sobre la cual se extendió casi inmediatamente el dominio del general Emilio Mola, “director” del “Glorioso Movimiento Nacional”. Sus restos se han exhumado hace unos cuantos meses de un mausoleo construido a su imperecedera memoria y a la de otros “mártires” de dicho “Movimiento”. Es un trabajo muy interesante porque en Navarra cabe analizar el impacto letal de la rebelión militar combinada también con la carlista, menor en otras provincias en la que tampoco hubo guerra. Los sublevados apenas si toparon con resistencia, aunque la que se produjo no pudo resistir a las flamígeras cohortes que se levantaron “por Dios y por España”.

Ya en 2003 un colectivo de memoria histórica (esa contra la cual el señor vicepresidente de la FNFF ha sugerido conceder auxilio jurídico a los ayuntamientos que se nieguen a poner en práctica la Ley 52/2007 de 26 de diciembre y que no quieren retirar de sus nombres el apelativo “del Caudillo”) llegó a la conclusión de que habían sido asesinados en total, entre 1936 y 1939, unas 2857 personas[1]. Confieso no haber leído dicho trabajo.

Ahora un investigador académico navarro, profesor titular de la Universidad de Zaragoza[2], ha aumentado la cifra a 3280. Esta incluye explícitamente los muertos de la posguerra durante el año 1939. Mikelarena no se ha limitado a establecer una cifra fría sino que ha penetrado profundamente en lo que hubo detrás. Aquí nos interesan unos cuantos datos comparativos. Así, por ejemplo, ha calculado la tasa de asesinados por cada mil habitantes, un indicador que sirve para señalar algo más que una mera constatación estadística. Ha determinado otro indicador que introduce “una ponderación relativa a la población en riesgo de ser asesinada”. Es decir, la tasa de asesinados por cada mil votos obtenidos en las elecciones de febrero de 1936 por la coalición del Frente Popular. Esto significa, por ejemplo, que cuando en Barcelona se mencionan 1716 muertos probablemente se incluyen en mayor o menor medida fusilamientos acaecidos tras la ocupación al final de las hostilidades.

El historiador navarro discrepa de una de las conclusiones del conocido y exhaustivo estudio de Stathis N. Kalyvas sobre la violencia en guerras civiles. A tenor de este supercitado autor “cuanto mayor sea el nivel de control de un actor, menos probable será que este actor recurra a la violencia, sea selectiva o indiscriminada”. Eso será tal vez cierto en muchas guerras civiles, pero no en el caso español. Ciertamente no es aplicable a Navarra (ni probablemente a otras regiones en las que también triunfó la sublevación, aunque este es un tema en el que no me atrevo a escribir con seguridad). En román paladino lo que significa es que Mola y los carlistas masacraron todo lo que pudieron, y quisieron, con independencia de que el nivel de oposición armada fuese reducido y limitado geográficamente a ciertas zonas y no por mucho tiempo.

Esto nos indica, después de los exhaustivos estudios realizados para la España del Sur (y aquí hay que traer a colación a autores como Francisco Espinosa y Francisco Cobo Romero, entre otros), que el “Glorioso Movimiento Nacional” se lanzó, siguiendo las instrucciones del propio Mola y secundado por inolvidables generales de la talla de Queipo de Llano o de Franco, con el fin de dar un sajo en el cuerpo social que destrozara los cuadros de organizaciones y partidos que no constituían “la verdadera España” y que profundizara en las masas de población. Podríamos afirmar que con el fin de amedrentarlas y de tomar venganza por las ofensas inferidas, en la calenturienta imaginación de los sublevados, a la PATRIA eterna e inmortal (más bien a un orden socioeconómico inaguantable en un país en el que una gran parte de la población había preferido aplicar reglas elementales de modernización política, económica, social y cultural).

¿Y cuál son los resultados a los que llega Mikelarena? Limitándose a las 36 provincias, más Ceuta y Melilla, para las cuales se dispone de cifras comprobadas -no figuran por ejemplo Galicia, País Vasco, Madrid, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Murcia, etc.-, su conclusión es que Navarra se lleva la palma. Es decir, allí donde tronaron Mola y los carlistas, la tasa de mortalidad fue de las más elevadas, a decir verdad la más elevada, de España. Es como si el caballo de Atila hubiera pasado por las verdes campañas y montes navarros. El número de víctimas superó a las de Paracuellos, sin necesidad de recurrir a principios ideológicos y experimentos soviéticos.

En el anexo 3 de su obra Mikelarena identifica con nombre, apellidos y lugares a 637 personas, fusilados o asesinados vilmente sin ser sometidos a procedimiento judicial alguno. La lectura de algunos de los detalles es estremecedora. También reproduce como anexo 4 una lista, establecida en París en 1946, en la cual figuran casi 2000 personas asesinadas. No me he molestado en cruzar ambos anexos.

La pregunta a la que el señor vicepresidente de la FNFF podría tener a bien responder es la siguiente: ¿cuántos de los 3280 casos de muerte navarros pasaron por consejos de guerra? Es una pregunta inocente, pues las comparaciones interprovinciales nos dicen que en numerosos casos, sobre todo en la segunda mitad del año 1936, el “terror blanco” se manifestó masivamente en forma de ejecuciones sumarias y que muchos de sus resultados (los famosos “desaparecidos”) no llegaron a identificarse con nombres y apellidos.

Sugerencia: ¿Por qué no lanza la FNFF un programa de investigación bien dotado de fondos que determine, sobre la base de evidencia primaria, cuántos ejecutados por consejos de guerra pueden determinarse? Así podría, o no, rebatir conclusiones ampliamente generalizadas en la historiografía. Seguro que si las destroza muchos de los abonados a su Boletín de noticias darán un respiro de alivio.

(Continuará)  

 

[1] Colectivo Altaffaylla, Navarra 1936. De la esperanza al terror, Altaffaylla, Tafalla.

[2] Fernando Mikelarena, Sin piedad. Limpieza política en Navarra, 1936. Responsables, colaboradores y ejecutores, Pamiela, Arre.

¿Franco solo fusiló a 23.000 personas? (II)

31 Enero, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

En este blog ya me hecho eco de los cálculos del profesor Eduardo González Calleja sobre los muertos por violencia política en el período que media desde la instauración de la República (14 de abril de 1931) hasta la sublevación militar de julio de 1936. Ascendieron por lo menos a 2629, más o menos identificadas[1].  No todas las muertes fueron iguales: unas fueron de derechas y otras (la mayoría) de izquierdas; unas sucedieron en actos individuales y otras en situaciones colectivas; unas víctimas iban armadas y otras no; unas fueron objeto de atentados y otras de reyertas. No puede decirse que las fuerzas del orden público se vieron desbordadas, salvo en casos muy particulares. 

Sin duda, 2629 fueron muchos muertos. Pero ¿se trató de un número exagerado en términos comparativos? Acudiré para el caso de Italia a un historiador de esta procedencia. Hay otros, pero Gentile tiene la ventaja de que su obra está traducida al castellano y que puede consultarse con toda facilidad. En su trabajo en torno a los antecedentes de la toma del poder por Mussolini en 1922[2], ha popularizado las estadísticas oficiales italianas de criminalidad en los años, infinitamente más tumultuosos que mediaron entre 1918 y 1921, un lapso de tiempo más corto y bastante más letal que el español. Los muertos por homicidio, nos dice, ascendieron a 8027[3]. La población italiana era muy superior a la española pero en Italia se montó una dictadura sin que le precediera una guerra civil abierta como en el caso de España (e internacionalizada, no hay que olvidarlo, desde antes de su estallido).

En el caso español siempre ha habido un baile de cifras sobre los asesinatos en la zona franquista y en territorio republicano durante la guerra civil. El señor vicepresidente de la FNFF no entra en esa contabilidad macabra. Hace bien, porque Francisco Franco, jefe del Gobierno y del Estado, Generalísimo de los Ejércitos, presidente de la Junta Política de FET y de las JONS, no sale bien parado. Prefiere centrarse en los “consejos de guerra”. No obstante se olvida, quizá por casualidad, de tres circunstancias perfectamente documentadas en la historiografía. La primera es que la mayor parte de las víctimas del “terror blanco” durante la segunda mitad de 1936 no pasaron por “consejos de guerra”[4]. La segunda es que los que se convocaron representaban una conculcación tal de la legalidad vigente que los rebeldes echaron mano de la vetusta, obsoleta y sobrepasada Ley Constitutiva del Ejército de 1878 que, por supuesto, tergiversaron arbitrariamente. Lo mismo hicieron con los Códigos Penal y de Justicia Militar, que que sobrevivieron a la guerra misma. Para matar acudieron a  los bandos que proclamaron los jefes de las fuerzas que se sublevaban y poco después al Bando de Guerra que proclamó a finales de julio de 1936 la cooptada Junta de Defensa Nacional de Burgos. Su única “legitimidad” y/o “legalidad” se sustentó, no hay que subrayarlo demasiado, en las bayonetas. La tercera circunstancia es que los consejos de guerra volvieron a brillar por su ausencia cuando en 1939 los vencedores ocuparon los territorios que hasta entonces se les habían resistido[5].

Moreno Gómez ha hecho un estudio exhaustivo de la sobremortalidad de la posguerra debida a una represión inmisericorde. Entre ella cifra el número de fusilamientos efectuados bajo Franco no en los 23000 del señor vicepresidente de la FNFF sino en torno a los 40000 (sin contar los realizados durante la guerra misma). Hay autores que aumentan esta cifra, pues como es fácil colegir los vencedores no siempre llevaron una contabilidad muy exacta y/o la base documental hoy disponible es endeble. Suele mencionarse la cifra de 50000.

Personalmente no olvidaré que uno de los comisarios europeos con quien trabajé y exministro de Asuntos Exteriores de Francia, Claude Cheysson, estuvo internado en un campo del norte como joven oficial huido tras la débâcle de 1940. Nunca visitó la España de Franco en silente homenaje a los ejecutados tras las sacas que casi diariamente se practicaban en el campo. Las hubo en muchos, probablemente después de pasar por Consejos de Guerra que, no hay que recordarlo, eran una farsa. Lo fueron desde el comienzo de la guerra civil, siguieron siéndolo en los años cuarenta (las memorias del profesor Nicolás Sánchez Albornoz, que se enfrentó a uno de ellos, describen el clima) y continuaron incluso en los años sesenta y setenta, como reflejan los abiertos a Julián Grimau y a Puig Antich, estudiados por Juan José de la Iglesia y Gutmaro Gómez Bravo respectivamente.

Una mera muestra para ilustrar el repunte de los paseos y de la ley de fugas tras el final de la guerra la da el ya mencionado Moreno Gómez. En Casas de Don Pedro hubo 70 paseados; en Orellana la Vieja, 63; en Don Benito, 61 (todos en Badajoz); en Pozoblanco constan 101. El responsable, a las órdenes de Franco y siguiendo instrucciones firmadas por él, fue el SIPM, encargado de llevar a cabo “el cumplimiento de misiones que no admiten demora”. En algún caso los papeles que aun se conservan establecen que 17 muertos fallecieron “después de la liberación de este pueblo (…) de hemorragia aguda por acción de agente traumático lanzado por las fuerzas de la Policía Militar”. Es decir, fueron asesinados por causas que solían enmascararse bajo las fórmulas de que se trataba de “destacadísimos elementos desafectos de la santa causa” o por supuestos “crímenes” cometidos durante “el Glorioso Movimiento Nacional”.

Afortunadamente, en otro de sus libros el mismo Moreno Gómez ha aportado toda una serie de datos cuantitativos, referidos a Córdoba, que permiten apreciar la magnitud de los fusilamientos en una sola provincia que no era precisamaente de las más pobladas. En Córdoba capital se registraron entre el 2 de junio de 1939 y el 21 de febrero de 1945 nada menos que 584. Si se sale de la capital, se alcanza un total de 1102 entre 1939 y 1941. Así, pues, en la totalidad de una sola provincia se han identificado casi 1700 fusilamientos después de la guerra[6]. Todos con nombres y apellidos. ¿Cuáles serán las magnitudes de las provincias ricas en población? Es obvio que quedaban muchas por “limpiar”.

Hoy es una banalidad señalar que la represión tras la guerra civil no se limitó a fusilamientos salvajes u ordenados por consejos de guerra sino que adoptó múltiples características entre las cuales las más letales fueron quienes murieron en campos de trabajo y en las cárceles. A ellos no se refiere el señor vicepresidente de la FNFF. ¿No ha leído, por ejemplo, los trabajos de Javier Rodrigo?

Desgraciadamente  los historiadores españoles y extranjeros no disponen de un asidero documental tan sólido como en otros países. Hace ya tiempo que unos y otros han denunciado que en los años del tardofranquismo empezó a producirse una destrucción masiva de la documentación relacionada con estos temas. Toneladas de papeles desaparecieron en las fauces de las trituradoras o, más carpetovetónicamente, en el fuego de las calderas o como montañas de basura[7]. Nunca fue por casualidad. De lo que se trataba era de eliminar pruebas. No obstante, a lo mejor quedan documentos que guarda como oro en paño la FNFF y que han permitido a su señor vicepresidente airear una cifra un tanto absurda. Todos le quedaríamos muy agradecidos si la sustanciara.

(Continuará)

 

[1]Cifras cruentas. Las víctimas mortales de la violencia sociopolítica en la segunda República Española, Granada, Comares, 2015, p. 75.

[2] El fascismo y la marcha sobre Roma. El nacimiento de un régimen, Barcelona, Edhasa, 2015, p. 23.

[3] Según R. J. B. Bosworth,  Mussolini´s Italy. Life Under the Dictatorship, Londres, Penguin, 2006, indica que en el camino hacia la implantación de la dictadura italiana el Duce liquidó entre 2.000 y 3.000 oponentes. En tiempos de paz, es decir, hasta 1939 incluido, el relevante tribunal especial solo impuso veintinueve sentencias de muerte según Mazower.

[4] El modus operandi de dichos consejos ha sido estudiado, entre otros, por Peter Anderson y Glicerio Gómez Recio recientemente. ¿No se han leído sus obras en la FNFF?.

[5] Es instructiva la lectura del artículo de Francisco Moreno Gómez, “La gran acción represiva de Franco que se quiere ocultar”, Hispania Nova, nº 1, Extraordinario (2015), pp. 183-210, en http:e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/issue/archive.

[6]  La victoria sangrienta, 1939-1945. Un estudio de la gran represión franqista para el Memorial Democrático de España, Madrid, Alpuerto, apéndices I y II.

[7] Una excelente visión de la temática española que tan ligeramente despacha el señor vicepresidente de la FNFF se encuentra en la obra de Michael Richards, After the Civil War. Making memory and re-making Spain since 1936, Cambridge, CUP, 2013, traducida al castellano  bajo el título Historias para después de una guerra. Memoria, política y cambio social en España desde 1936,  Barcelona, Pasado&Presente, 2015.

¿Franco solo fusiló a 23.000 personas? (I)

24 Enero, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Desde 1936 hasta, digamos, el comienzo de los años cincuenta se registra el período más sombrío de la historia de España. Como ya señaló el inolvidable Fernando Fernán Gómez (“Las bicicletas son para el verano”) no llegó la paz, sino la VICTORIA. Sin paliativos. Guerra y  victoria se vieron acompañadas por una áspera, duradera e implacable represión. El señor vicepresidente de la FNFF minimiza, sin embargo, los resultados de la larga y persistente investigación sobre el terror en la guerra y la posgguerra que constituye, precisamente, el capítulo más vibrante de la actual historiografía española y uno de los mejor estudiados por innumerables historiadores españoles y extranjeros.

Tal minimización se vislumbra en las siguientes palabras, inmortalizadas en Internet:

“El Régimen no fusilaba por capricho. A diferencia del otro régimen que se dice democrático, tenía unos consejos de guerra. Fusiló infinitamente menos que fusilaron en Italia, Francia o Alemania. España vivió el genocidio de la izquierda en esos tres años. No sólo en Paracuellos. El que gana, desde el 1 de octubre del 36 hasta el 75, no fusila a nadie que no sea en un consejo de guerra, un tribunal excepcional, igual que es ahora la Audiencia Nacional (…) De las 36.000 condenas a muerte sólo se fusila a 23.000, y es una cifra, entre comillas y salvando las distancias, ridícula comparando con lo que pasó en Italia, Francia o cualquier país afín al Eje”

Es del todo comprensible que en una entrevista de periódico se mezclen churras con merinas. Pero en el párrafo precedente se yuxtapone toda una serie de temas muy amplios y sin el menor orden ni concierto. Analíticamente hay que: a) distinguir los fusilamientos en la guerra civil y en la posguerra; b) identificar, al menos, algún criterio para comparar con otras realidades y c) no decir inexactitudes clamorosas (por ejemplo, en territorio gubernamental durante la guerra civil subsistió, bien que mal, una justicia reglada que fue poco a poco ampliándose y, desde luego, hubo consejos de guerra).

En este post abordaré exclusivamente el aspecto comparativo. Es decir, el aludido en la última línea y media de la entrevista. En otros sucesivos, trataré algunos temas de los varios que suscitan las anteriores declaraciones que, en mi modestísima opinión, habría que esculpir al láser.

El señor vicepresidente parece pasar por alto (o ignorar) que el caso español presenta diferencias cuantitativas y cualitativas importantes con los dos únicos, el francés y el italiano, a que alude. Como son evidentes, el que lo haga tan tranquilamente puede deberse a motivos varios sobre los que no me entretendré en especular. Sus lectores lo habrán hecho. Servidor se limitará a recoger algunas de tales diferencias. Hay que señalar que otros países aliados del Eje fueron Bulgaria, Hungría y Rumania, cada uno también con sus características especiales, y los dos “Estados” reconocidos únicamente por la coalición nazi-fascista, la Eslovaquia del clérigo católico (con la Iglesia hemos topado) monseñor Tiso y el croata, al frente del cual tronó un asesino patológico, el poglavnik Ante Pavelic que -lo que son las cosas- falleció en Madrid en 1959.

Entre Francia, Italia y Yugoslavia hay, ciertamente, similitudes. En los tres casos coincidieron una guerra externa e interna, ambas abiertas aunque en momentos diferentes del tiempo y consideradas como tales por la comunidad internacional, combatiente y no combatiente.  En el primer caso en 1939, en el segundo en 1943 y en el tercero en 1941. La guerra externa fue impuesta por el nazifascismo. La interna se dirimió entre colaboradores y tropas y sicarios fieles a los regímenes de Hitler, Mussolini, Pétain y Pavelic contra los movimientos de resistencia internos, apoyados en mayor o menor medida desde el exterior. En el italiano desde que el mariscal Badoglio operó el giro estratégico a favor de los aliados. En el yugoslavo los fascistas croatas tuvieron que enfrentarse a los movimientos titista y al monárquico, a su vez peleados a muerte entre sí. En todos ellos la situación fue infinitamente más compleja que en el español. Dejo de lado, naturalmente, los países ocupados en los que la resistencia interior no tuvo caracteres como en los anteriores, es decir, Luxemburgo, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega, Albania, Checoslovaquia y Polonia. [No se me olvidan los casos, contrapuestos, de Finlandia y Grecia pero no los tomo en consideración aquí].

Ni que decir tiene que en los tres países que comparo (la razón por la que introduzco Yugoslavia aparecerá más adelante) los debates sobre las cifras de mortalidad y, en general, de la violencia política en conexión con unas guerras al lado de las cuales la española se queda chiquita han sido muy intensos. Existen, afortunadamente, obras comparativas entre las cuales la de Mark Mazower es referencia obligada. Las poblaciones de los tres países ascendían a finales de 1939 a 41,7 millones para Francia, 44,4 para Italia y 15,7 para Yugoslavia. En España podríamos hablar de unos 24 millones antes del estallido de la guerra civil.

Si, para el caso francés, se acude al grueso estudio-síntesis de Bourdrel, que tengo a mano, la depuración a las bravas (ejecuciones sumarias) parece haber oscilado entre 10.000 y 15.000 (colaboradores, gente de Vichy, ajustes de cuentas, etc.).  A ellas habría que añadir las condenas a muerte por tribunales debidamente constituidos. Ascendieron a 7037 y tan solo 791 se llevaron a cabo[1]. Observamos que están muy por debajo de los 23.000 fusilamientos derivados de consejos de guerra a que alude el señor vicepresidente de la FNFF.

Para el caso de Italia, que confieso tener peor estudiado, he de recurrir a la síntesis de Woller. No encuentro en mi desbaratada biblioteca otra más reciente. Con mayor imprecisión este autor cifra el número de víctimas por arreglos de cuentas en la guerra civil italiana contra el fascismo (1943-1945) entre 10.000 y 15.000. Añade que en los años 1945-1946 se pronunciaron entre 500 y 1.000 condenas a muerte, pero en los procesos de revisión se rebajaron drásticamente. A finales de 1945, por ejemplo, solo se habían ejecutado entre 40 y 50. De aquí el concepto de epurazione mancata[2]. También cabe aplicar la misma reflexión que en el caso anterior. Tengo la impresión que el señor vicepresidente de la FNFF no anda muy acertado al caracterizar la cifra de 23000 fusilamientos españoles de ridícula.

El caso yugoslavo fue, por el contrario, de una violencia extraordinaria, tanto en el número de víctimas de la violencia durante la segunda guerra mundial como en la posguerra, con el ajuste de cuentas que impuso el régimen de Tito. Mazower, por ejemplo, señala que pudo llegar a 60000 pero otros autores indican cifras mayores. A lo mejor, pues, con quien hay que comparar a Franco es con el dictador yugoslavo, algo que no he visto demasiado enfatizado. Ciertamente no cabe hacerlo con el caso húngaro en el que en los primeros tiempos de venganza, hasta agosto de 1945, de un total de 3893 condenas judiciales solo hubo 64 a la pena capital. Las cifras aumentaron posteriormente. Según datos oficiales al 1º de marzo de 1948 las condenas a muerte habían ascendido a 322, de las cuales se habían cumplido 146[3].

Es, naturalmente, muy probable que los especialistas discutan sobre las cifras mencionadas aquí a título de meros ejemplos. No creo que sea preciso profundizar en el tema. Los casos francés, italiano y húngaro  ponen de manifiesto que, a pesar de que sus regímenes hundieron a sus ciudadanos en el abismo de dos guerras, externa e interna, y en un abismo muchísimo más letal que el español, la represión en muertes fue muy por detrás de la minimizada que tuvo lugar bajo la batuta de Franco. ¿Por qué será?

(Continuará)

 

[1] Philippe Bourdrel, L´épuration sauvage, París, Perrin, 2008, pp. 649 y 655. Tiene importancia destacar la pequeña suma de ejecuciones. Es obvio que los vencedores, empezando por De Gaulle, fueron mucho más magnánimos que el inmarcesible Caudillo.

[2] Hans Woller, “Ausgebliebene Säuberung”? Die Abrechnung mit dem Faschismus in Italien, en Klaus-Dietmar Henke y Hans Woller (eds.), Politische Säuberung in Europa, Munich, DTV, 1991, pp. 183s y 188.

[3] Laszlo Karsai, The People´s Courts and Revolutionary Justice in Hungary, 1945-46, en Istvan Deak, Jan T. Gross y Tony Judt (eds.), The Politics of Retribution in Europe. World War II and Its Aftermath, Princeton, Princeton University Press, 2000, pp. 237 y 246. Para las cifras hasta 1948 me he basado en Margit Szöllösi-Janze, “Pfeilkreuzler”, Landesverräter und andere Volksfeinde. Generalabrechnung in Ungarn, en Henke/Woller.

Cuatro sugerencias para la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF)

17 Enero, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Terminada la larga serie de posts sobre Serrano Suñer y los inicios de la construcción de su leyenda es el momento de introducir una pausa. Temas, por desgracia, no faltan. Un amable lector de Cantabria me ha enviado una relación de tópicos de historia contemporánea de España que le enseñan en el colegio a su hija de 14 años de edad. Le he prometido abordar algunos de ellos. También he visto, gracias a otro lector, algunos de los “piropos” que me han dedicado en el boletín de la FNFF, pero quien esto escribe es de los que se atienen al viejo adagio castellano del no hacer aprecio.

Como el tema objeto de este post no se refiere a servidor quisiera traer a colación en estos comienzos de un año que amenaza ser movidito un tema que el señor vicepresidente de la FNFF desgranó en una entrevista concedida al periódico El Mundo y que, en su día, levantó ampollas en las redes. Para comodidad de los amables lectores la referencia es http://www.elmundo.es/sociedad/2016/11/19/.

fusilar-lluis-companys-franco-trato-cambiar-curso-historia-catalunya-fracaso_6_2297822Se observará que dicho señor cifra el número de fusilamientos en la posguerra en 23.000 personas, apostillando que se trataba de “criminales” o de gente “que había cometido infinidad de crímenes”. Sin duda atento a las realidades del presente pone como ejemplo a Lluis Companys. (Dejo a algún colega catalán el oportuno comentario). También lanza un desafío a la profesión en relación con ese número de fusilamientos: “cualquier historiador puede ver las razones”, porque “está en los legajos”.

[No es extraño que El País del 4 de enero se haya hecho eco de la solicitud de En Marea para abrir un debate parlamentario sobre modificaciones a la Ley de Fundaciones que permita ilegalizar a la FNFF (http://politica.elpais.com/politica/2017/01/03/). Para la respuesta inmediata de la FNFF, que merecería alguna que otra cualificación, véase http://www.fnff.es/COMUNICADO_DE_LA_FNFFl]

En este post me limito a preguntarme si las razones que justificarían la minúscula cifra de 23000 fusilamientos podrían encontrarse en esos legajos que con tanto cuidado y mimo preserva la FNFF para la mayor gloria de quien lleva su nombre. No me suena que su señor vicepresidente haya publicado nada utilizando otras fuentes en relación con tan debatido aspecto. Con ello revelo mi propia ignorancia pero una primera toma de postura  debe ser constructiva y plena de sugerencias. Haré cuatro.

Hace muchos años que la FNFF dio comienzo a la ardua tarea de publicar una selección de los documentos inéditos (“para la historia del Generalísimo”) que conserva y que posiblemente consideró como los más importantes para mantener viva la admiración de los españoles por el antiguo Caudillo. Desgraciadamente, se detuvo al llegar a finales del año 1943 tras cuatro volúmenes en cinco tomos. Según malas lenguas no resultaba rentable, pero no puedo confirmar si fue cierto o no. Servidor los adquirió a medida que fueron saliendo.

Hoy, por supuesto, gracias a las tecnologías que no se conocían en los años de aquella aventura editorial, existen otras posibilidades que brindo graciosamente al mejor juicio de la dirección de la FNFF, ahora que ha caído bajo el fuego de algunos sectores de la política española.

¿Por qué no hacer, por ejemplo, dos cosas?

1ª ¿Poner en red esos documentos de tal forma que los lectores puedan comprobar si efectivamente apoyan las afirmaciones del señor vicepresidente?

2ª Es más, con objeto de facilitar la investigación sobre la inmarcesible figura del Caudillo, ¿por qué no poner también en red el catálogo de documentos que la FNFF guarda tan admirablemente?

Puedo asegurar al lector que no se trata de tareas inabordables. En el Centro Documental de la Memoria Histórica (CDMH) de Salamanca se dispone de una copia electrónica de todos los documentos de la FNFF que se digitalizaron. En él, por ejemplo, hace tres meses pude consultar algunos que creí podrían interesarme en el futuro y, en particular, para un libro que estoy terminando con unos colegas y que, ¡ay!, tal vez no haga las delicias de la Fundación. Aparecerá probablemente en octubre.

En cuanto a mis sugerencias debo señalar lo evidente. Una vez digitalizados los documentos y sus títulos es una tarea sencilla poner en línea estos últimos. Es lo que hacen, por ejemplo, los Archivos Nacionales del Reino Unido. Si la FNFF no puede competir en cuanto a la mejora de la consultabilidad de su archivo, tal vez encontraría un ejemplo en el Churchill Archives Centre de Cambridge y reforzar en consecuencia su actividad en materia de recaudación de fondos.

La FNFF también depararía, como muestran estos dos ejemplos, a sus seguidores y demás interesados urbi et orbe la posibilidad de identificar a distancia documentos que puedan llamar la atención de los historiadores, por mucho que se encuentren en Estocolmo, Honolulú, Stornoway o Kansas City. Todo ello contribuiría, probablemente, a incrementar el número de consultas y de peticiones de fotocopias. No es necesario hacer un análisis coste-beneficio demasiado preciso, pero subir el precio de las copias permitiría recaudar más ingresos. Si prefiere optar por mantenerlo en el nivel actual siempre acentuaría un rayonnement más amplio y lo garantizaría mejor. Al fin y al cabo, ¿tiene por ventura cosas que ocultar? ¿No convendría combatir con las mismas armas, es decir el recurso a la evidencia primaria de época, a los historiadores que ponen interrogantes a la excelsa figura de quien la FNFF toma su nombre?

También, ya puesto a sugerir, ¿por qué no logra la Fundación (aunque a lo mejor lo ha intentado) que se le traspase, y a través de ella al dominio público, la documentación del Caudillo que todavía se mantiene en la más absoluta oscuridad? No deja de ser lamentable que los papeles de sus protectores (Hitler, Mussolini) y de su adversario máximo (Stalin) puedan consultarse libremente y no los del inmortal Caudillo. [Claro que lo normal sería que tales documentos fuesen directamente a los archivos estatales].

En este sentido una de las cosas que más me han llamado la atención, cuando me he puesto a escribir sobre algunos aspectos pocos conocidos del comportamiento de Franco y que desgraciadamente no gustan a la FNFF, es que tampoco se haya difundido, como sería deseable, la hoja de servicios completa de Su Excelencia el Jefe del Estado. Indudablemente se compuso, aunque es de suponer que a partir de cierto momento bajo la supervisión más estricta.

Viene esto a cuento porque en 1967, en la resaca de aquella inolvidable campaña de los “Veinticinco años de paz”, un coronel de Caballería, Don Esteban Carvallo de Cora, publicó una parte de dicha hoja. No es fácil consultarla en la actualidad pero está catalogada en algunas bibliotecas, entre ellas la Nacional. Lamentablemente (son cosas que ocurren) tan distinguido jefe militar solo llegó en su  reproducción hasta final de los años veinte, precisamente cuando su titular comenzaba a esprintar en su ya veloz carrera hacia la Gloria.

Aun así, la parte publicada fue suficiente para que un historiador militar como el coronel Carlos Blanco Escolá, leyendo entre líneas,  generara un montón de interrogantes sobre las circunstancias por las cuales el joven teniente Francisco Franco, que jamás se había distinguido en la Academia Militar de Toledo, enlazara una serie de rápidos ascensos (supuestamente por méritos de guerra, pero en realidad por mecanismos bastante menos gloriosos) que lo llevaron al generalato. El primero que lo consiguió de su promoción. Incidentalmente, la obra de Blanco Escolá está agotada y quizá no fuese un error actualizarla y republicarla. Se titula La incompetencia militar de Franco.

De aquí una cuarta y última sugerencia para la FNFF, ¿por qué no poner también en red la hoja de servicios, completa, del Generalísimo? Y, por supuesto, mantener una copia del original certificada notarialmente a disposición de los investigadores.

Tal vez me equivoque pero pienso que, de aceptar cualquiera de estas sugerencias, o las cuatro a la vez, la FNFF rendiría un gran servicio a la memoria de la sinigual persona que es objeto de su devoción, el Caudillo de España por la gracia de Dios y solo responsable ante Él y la Historia (según inscribió para la eternidad FET y de las JONS en sus hoy  ya poco recordados estatutos).

Con todo, los comentarios del señor vicepresidente de la FNFF en El Mundo en relación con los 23.000 fusilamientos merecen un comentario más específico, algo que osaré abordar en los próximos posts a riesgo de que me fulmine la intensidad de sus rayos jupiterinos.