Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (III)

18 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Confieso que la referencia implícita al artículo de Farman me intrigó. Es un artículo un tanto delirante, no por el autor, periodista profesional que merece todo mi respeto. Lo es por algunas de las declaraciones que en él se recogen. Farman se entrevistó con dos protagonistas. Con Pollard, poco antes de que falleciera, y con Bebb, el piloto del Dragon Rapide. Ciertas declaraciones de este último son tan absurdas que, quizá por estúpido respeto a su memoria, nos abstuvimos de utilizarlas en EL ÚLTIMO TESTAMENTO DE FRANCO, ya conocido de los amables lectores de este blog.  Tampoco empleamos las de Pollard. No las consideramos significativas. No lo eran para nosotros, pero ahora resulta que sí lo son, en virtud del uso que de ellas hace el distinguido autor al que no hemos hasta ahora identificado. Se trata de Don Miguel Platón. Es un ejemplo de cómo un hecho puede tener distintos valores según su contexto y las intenciones del historiador.

 

Las alusiones a mi libro (pp. 171 y 172) que hace el Sr. Platón lo son a la edición ampliada de 2012, no a la de 2011. Conoce la más moderna, pero en general prefiere utilizar la más antigua. Se me escapan sus razones. Cada maestrillo tiene su librillo y en el mío lo normal es ir a la edición más reciente. El tema es significativo porque la ampliada contiene datos adicionales (entre ellos un informe de la policía científica, obtenido gracias a la amabilidad de uno de sus jefes que conocí en uno de los cursos de verano de El Escorial). Aunque también en aquel momento me declaré incapaz de probar documentalmente la causa del “accidente” de Balmes.  

Las referencias a la conversación que Farman tuvo con Pollard y que publicó el 25 de junio de 1966 en The Guardian, las puso en un tono directo, como si hablara el ya comandante (ascendió finalmente a este empleo mucho después de los hechos):

“¿Quiere Vd. saber algo de lo de Franco, no es eso? Luis Bolín, el corresponsal de ABC en Londres, arregló la cuestión del avión y Douglas Jerrold, un viejo amigo mío y director de la English Review, me contaron lo que se proponían (“the plot”). Lo de las chicas fue idea de Bolín así que escogimos a mi hija y a Dorothy Watson, the poultry girl”. Punto.

Es difícil, por no decir imposible, que incluso un catedrático de Filología inglesa pudiera explicar convincentemente si, en este contexto, la expresión the poultry girl destacada por el Sr. Platón como evidencia de la forma en que a ella se refirió Pollard treinta años después del viaje del Dragon Rapide, cabe traducirlo por una chica inocente, una polluela. Muy por el contrario, la única traducción compatible con los hechos, las circunstancias, Jerrold, la grabación de Diana Pollard y Farman, es “la chica de los pollos”. Los que la familia Pollard criaba y que Dorothy cuidaba. En el supuesto de que Pollard hubiese querido decir algo amable de ella, normalmente se hubiera servido de una fórmula como, por ejemplo, a nice poultry girl.

Y ahora mi pregunta: ¿quién es el cómico en este tema?  Por haberse regodeado de la traducción de un servidor, el Sr. Platón tendrá que aguantar dos comentarios mínimos: en su desprecio por la gramática inglesa, me parece que tal vez su dominio del inglés sea equiparable al del receptor de las lecciones del “me Jane, you Tarzan”; el segundo es que, en su proyección de comicidad hacia otro, no hace sino seguir las inclinaciones propias de una escuela de historiadores como la que dominó a partir de 1936 hasta comienzos de los años setenta. Dicho esto, por supuesto, como meras sugerencias. Incidentalmente, las “paridas” que poco antes de fallecer parece que pronunció Pollard (un personaje sobrevalorado) y que nuestro distinguido autor toma de Farman, son solo eso, “paridas”.  El argumento utilizado por el Sr. Platón puede caracterizarse de dos formas en inglés:  the shit o a shit. Espero que, si lee estas líneas, advierta la diferencia que es sustancial. Hasta ahora solo estoy en el aperitivo.

Es obvio que todo historiador comete errores. Servidor, también. Su causa es, con frecuencia, el descuido. Don Miguel Platón también me acusa de haber cometido varios. Para él, terribles. De tres de ellos, cualquiera que sea el calificativo que merezcan, me reconozco culpable. Hice general de división a Romerales (lo era de brigada). Hice teniente coronel a Eduardo Saenz de Buruaga (era coronel) y afirmé que al general Gómez Morato lo habían ejecutado (no fue así). Me doy golpes de pecho y entono el mea culpa. En mi descargo tal vez pueda señalar que, probablemente, en los dos primeros casos no consulté el escalafón. Ahora bien, en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO Romerales ya aparece como general de brigada, Saenz de Buruaga como coronel y a Gómez Morato no se le cita. ¿Por qué? Porque lo que habían sido referencias estrictamente marginales en 2011 y 2012, en esta última obra (2018) han ganado algo más de peso y significación y no me fié a mi memoria.

Tras este mea culpa debo congratularme de que el Sr. Platón haya tenido tiempo de incluir en su recientísima obra algunas líneas sobre EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Los lectores conocerán el famoso dicho de que siempre es bueno que lo citen a uno, aunque sea bien. Inexplicablemente, sin embargo, me atribuye su autoría exclusiva. Quizá se trate de una extraña fijación en mi modesta persona. Los tres autores estamos citados en la portada. Nuestras biografías figuran al final. En la obra solo se emplea el plural, no el mayestático sino el que corresponde a una autoría conjunta.

Las líneas que ha introducido en el texto de su libro Don Miguel Platón tienen una referencia en la nota 229. Se refiere a que en la página 645 de su texto me dedica, injustamente repito, nada menos que media página. Quizá exagere, pero por experiencia propia pienso que probablemente trastornó un pelín la compaginación prevista por la editorial que, naturalmente, se plegó a sus deseos.

En relación a la edición de 2011 el Sr. Platón empieza afirmando que, según escribí entonces, “el general Amado Balmes fue asesinado por un oficial del Ejército, siguiendo instrucciones de Franco con el fin de que tuviera excusa para trasladarse a Gran Canaria y poder embarcarse en el Dragon Rapide”. Está correctamente rendido. Añade que servidor no aporta prueba alguna, tampoco en la edición “revisada y actualizada que publicó al año siguiente”.

Hasta aquí más o menos OK, salvo que en ambas ediciones creo que escribí que sería difícil encontrar un papelín que dijera algo así como “al recibo de la presente orden ejecutará Vs a su comandante, el general Balmes”. Lo que hice fue acumular toda una serie de indicios, pero que apuntaban eso sí en una sola y única dirección.

Continúa el Sr. Platón:

“Se trataba de una mera especulación, basada en una ponderación arbitraria de las fuentes, cierto número de inexactitudes, cuestiones ajenas al caso y, sobre todo, una insuficiente investigación”.

En puridad, no era totalmente especulativo. Me asesoré debidamente y algunas de las tesis que entonces expresé han podido comprobarse documentalmente, de forma directa o indirecta. Lo de la arbitrariedad me parece discutible (y no como la que ha salido del lingüista de la poultry girl); el aspecto de las cuestiones ajenas al caso es incluso más discutible porque en un avión para Franco empezó a pensarse allá por el mes de abril de 1936. En mis conclusiones en aquel momento, pp. 380-383, mencioné algunas de las lagunas que había detectado, teniendo en cuenta que la orientación del libro no abordaba solamente el asesinato del general Balmes. Abordaba algo más amplio que el Sr. Platón sigue sin oler, quizá porque no lo considere significativo: la cuestión de si hubo o no algún vector oficial británico tras el golpe de 1936. Era lo que me había llevado en primer lugar a estudiar el caso Balmes. Incluso hubo un tercer capítulo en el que resumí mis reflexiones sobre la “batalla por la verdad”, es decir, la destinada a recuperar una vena del pasado colectivo conscientemente desfigurado por la propaganda franquista y de la que di como ejemplo una de las producciones del augusto SHM de la época.  Tal vez el Sr. Platón se identifique con ella.

Digo esto, porque desde el punto de vista académico y profesional, la aportación que hace dicho libro es, ¿cómo decirlo?, parva. Se sitúa en la línea periodística del “revisionismo” de derecha o extrema derecha, con contextualizaciones y análisis historiográficos pobres y con la mala suerte de que todo lo que dice acerca de la conspiración de Franco se basa en documentos o testimonios harto sospechosos y que, en gran medida, aunque no en toda, habían sido ya derribados, hasta donde pueden derribarse, en nuestro libro.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (II)

11 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Espero que a los amables lectores se hayan olvidado de las sonrisas que pudiera haberles suscitado el primer post de esta temporada. En el de hoy voy a hacer una demostración de cómo no conviene menospreciar la tan menospreciada EPRE. Todo historiador tiene que reconocer que no escribe historia definitiva y que incluso aunque se limite, modestamente, a presentar un estado de la cuestión, este también es cuestionable si choca con EPRE que el historiador, por las razones que sean, ha desconocido o ignorado.  En el post anterior, me había asombrado que un autor, al que todavía no he citado por su nombre, acudiera a la suprema autoridad del capitán Pollard para caracterizar a la Srta. Dorothy Watson como una “chica inocente”, una “polluela”, pero sin mencionar ni identificar la referencia de donde la extrajo. También admití que, si bien gramaticalmente tal acepción es imposible en inglés, podría haberse tratado de un uso personal.

 

La interpretación de nuestro distinguido autor choca no con una cita de Pollard treinta años después (1966) sino, estrictamente, con la de 1936. Servidor se basó en esta última para caracterizar a Dorothy Watson, es decir de la época. Me pareció un aspecto tan nimio que no se me ocurrió dar la referencia concreta, aunque sí en términos generales.

Antes de pasar a la contextualización (tarea inexcusable para toda EPRE) debo constatar un hecho esencial: la bibliografía utilizada por tan eminente crítico (que me parece algo parca para un tema como es el de los antecedentes y desarrollo del golpe de julio de 1936) está casi exclusivamente en castellano. Solo cuenta con una excepción. El libro de una amiga mía, Angela Jackson, sobre las mujeres británicas y la guerra civil. Es cierto que incluye a historiadores extranjeros (una media docena en ediciones siempre en castellano), pero no lo hace por ejemplo con otros reconocidos como Preston, Graham, Gabriel Jackson, Thomas, Beevor, Heiberg y me quedo corto. Todos ellos también han escrito sobre el período. Esto podría inducir al lector a pensar que dominar literatura en idiomas foráneos no es uno de los fuertes de tan distinguido autor. Por otro lado, ni siquiera citar, aunque sea para criticarlos, a extranjeros traducidos -salvo la relevante excepción de Payne, con nada menos que tres obras- podría permitir atisbar que adolece de un cierto sesgo, que no caracterizaré. También indicar la propensión a un tipo determinado de literatura que tampoco calificaré.

Son disquisiciones que solo marginalmente vienen al cuento. Lo que sí viene al cuento es la omisión, quizá querida, de la EPRE de 1936. Sin embargo, tan estimable autor podría haberla encontrado no en una sino en tres fuentes. La primera, y quizá más importante, es la que durante muchísimos años y sobre todo en el mundo de habla inglesa ha hecho autoridad. Se trata de la autobiografía de Douglas Jerrold, Georgian Adventure. La edición que tengo en casa data de 1938. Es la publicada por The “Right” Book Club. A lo mejor hubo otras, pero para mí esta es significativa porque forma parte de una colección de libros de tendencia inequívocamente derechista en la época. No cabe desconocer la obra que, ¡ay!, nuestro autor ignora.

Jerrold era un periodista y publicista inglés de hoy diríamos extrema derecha a quien cité extensamente. En su autobiografía describió cómo su amigo Luis A. Bolín (entre paréntesis: un embustero quintaesenciado) fue a buscarlo para ver quiénes podrían viajar con él en el Dragon Rapide. Jerrold, tras descartar varios nombres (también de extrema derecha), pensó en Pollard. Ambos se desplazaron con Juan de la Cierva a su casa, le convencieron y entre los cuatro decidieron que también irían dos chicas en el avión. Una fue Diana Pollard y la otra una amiga suya, Dorothy, a la que no encontraron fácilmente porque estaba “repartiendo pollos” (“delivering chickens”). Al final la pescaron. Servidor pensó, quizá ingenuamente, que si repartía pollos es porque tenía que ver algo con pollos. Todo esto hubiera podido leerlo nuestro estimado autor en la página 373 de mi libro de hace siete años, no de ayer.

La segunda EPRE la ofrece Angela Jackson, ya mencionada, que utilizó una grabación hecha por Diana Pollard en 1992 y que, naturalmente, citaba. Me facilitó sus notas, pero como a mi me interesaban otros aspectos acudí a la grabación misma que se guarda en los archivos del Imperial War Museum de Londres. Todo esto también lo expliqué en mi libro de 2011 (p. 11). Escuchamos atentamente la grabación, hicimos (mi mujer es británica) una transcripción y en ella apareció que Dorothy ayudaba a los Pollard con sus gallinas, imagino que en algún corral de su casa, pues vivían en un pueblecito del campo. (Incidentalmente, el único libro en lengua inglesa que menciona nuestro distinguido autor es el de Angela, pero solo para aludir a un tema tan importante históricamente como que Diana temía que si no viajaba en el Dragon Rapide su padre la considerase apocada o cobarde). La sorpresa ante esta única referencia no es una necesariamente una crítica. Es una demostración de cierto pasmo. Cada historiador elige lo que considera significativo. Ángela escribió sobre las mujeres británicas en la guerra civil y Diana Pollard y Dorothy Watson fueron las primeras de que hay constancia que presenciaron uno de los primeros, si no el primer, capítulo.  Servidor se pregunta si, en el contexto del golpe, es lo suficiente para mencionar el libro de Angela como el único que nuestro autor ha utilizado en inglés.

Poco después de mi trabajo en 2011 apareció otro título en el mercado británico de un periodista inglés, Peter Day. Lo compré por si se me había escapado algo y ya hice referencia a él en la segunda edición, en 2012, ampliado después de hablar con la familia Balmes. El libro de Day se ha publicado años más tarde en castellano. No lo adquirí, pero en cualquier caso nuestro distinguido autor tampoco lo cita, algo de por sí más que llamativo. Pues bien, Day transcribió una parte de la grabación que a mí no me interesaba. En ella, página 25, cita a Diana hablando de Dorothy. “También querían [es decir, Bolín, de la Cierva, Jerrold y su padre] otra chica, porque una no sería suficiente”. La frase que sigue a esta es: “We had some battery chickens and Dorothy Watson … [looked after them]. Este segundo paréntesis es de Day. ¿Mi traducción sobre la marcha de esta pequeña referencia? “Criábamos unos cuantos pollos [y D. W. los cuidaba]”. Es decir, los Pollard, en su casa, tendrían un corral, una huerta o lo que fuera y lo utilizaban no solo para plantar frutales y hortalizas sino también para tener pollos. No sé cómo el traductor de Day lo habrá reproducido, pero es difícil que no mencione a estos simpáticos animalitos.

¿Cómo se denomina en castellano a una chica que haga las funciones que se atribuían a Dorothy? No puede ser una pollera porque, según el DRAE, pollero o pollera son personas que tienen por oficio criar y vender pollos. “Polluela”, término afectivo y que es como nuestro imaginativo autor lo traduce, no existe en el DRAE. Sí existe polluelo con la acepción de cría de ave. Servidor cortó por lo sano y amalgamó las ocupaciones de Dorothy: trabajaba con pollos y ayudaba a la familia con ellos. Me atuve a lo dicho por Jerrold y por Diana Pollard, por así decir a la EPRE. ¿Dónde está mi comicidad?

También di otra referencia. Esta vez al artículo de un periodista inglés, Christopher Farman, publicado en The Guardian el 25 de junio de 1966. (Lo cita nuestro autor en su bibliografía, y de manera indirecta en la p. 621, quizá porque supo de él por conocimiento innato).  Recogió unas declaraciones de Pollard hechas poco antes de su fallecimiento. Pues bien: esta es la prístina fuente de la que se sirve, aun cuando hay que esforzarse un poco en establecer el enlace.

Espero que los amables lectores, si no se han aburrido con este post, se rían con el próximo.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (I)

4 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

¡Feliz nuevo curso! ¡Feliz rentrée! ¡Feliz otoño! Después de una pausa veraniega algo más larga de lo que tenía previsto y en la que me he limitado a subir a Facebook algunos artículos que me han parecido interesantes, vuelvo con nuevas intenciones. A pesar del susto de junio he podido descansar, leer y escribir. Mi próximo libro -espero que salga el año que viene- ha hecho progresos y ahora está pendiente de un par de viajes a archivos extranjeros en busca de EPRE. No sé lo que encontraré. Mientras tanto he pensado mucho en cómo y con qué reanudar el blog. Los temas no faltan.

 

El curso pasado dediqué varios posts al caso del general Balmes. No puedo pedir a los amables lectores que lean el mamotreto que a finales de enero publiqué con dos colegas, mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas y un eminente patólogo, el Dr. Miguel Ull. Desgrané, eso sí, en varios posts y en lenguaje sencillo sus conclusiones. Balmes no se mató. Lo mataron. Hicimos, incluso, consideraciones varias sobre quién habría podido ser el autor.

En las pasadas vacaciones he visto que a un autor nuestra argumentación no solo no le convenció. La rechaza sin ofrecer ningún argumento. Debió de ojear el libro -no digo leerlo- cuando estaba a punto de terminar una obra suya. Montó en cólera contra nosotros o, para ser más exactos, contra servidor. Su opus salió a la calle, si no recuerdo mal, a principios de mayo. Se me ocurre pensar que para aprovechar la Feria del Libro madrileña. Tres meses después del nuestro. En consecuencia, tuvo que hacer un esfuerzo para introducir una reacción inmediata y un tanto visceral. Hay que pensar que su texto estaría ya en primeras o segundas pruebas y que entrar a debatir en profundidad nuestras tesis hubiese descolocado la paginación y retrasado la publicación. Es comprensible.

Aun así, lo intentó. Hay dos formas de hacerlo: con cambios mínimos en el texto o pasarlos a las notas a pie de página si, como ocurre con frecuencia, estas figuran al final. Es lo que prefieren muchas editoriales porque disminuye el trabajo de repaginación. Si no recuerdo mal es el enfoque que prefirió Espasa antes de publicar la biografía de Franco del profesor Stanley G. Payne y del periodista Jesús Palacios. Por razones que se me escapan ambos debieron de considerar que era muy importante introducir una referencia al “destape” de Jordi Pujol y lo pasaron a las notas de al final. Su libro salió, creo, en septiembre y la “confesión” del expresident de la Generalitat se produjo a finales de julio.  Supongo que con ello quisieron contraponer la figura de Franco, austero, sencillo, desprendido, con la más que dudosa ejecutoria financiera del Sr. Pujol. (Si fue así no tuvieron mucha suerte porque al año siguiente me permití demostrar en La otra cara del Caudillo que el general Francisco Franco dejó literalmente en pañales al político catalán en lo que se refiere a hacer jugadas financieras, sobre todo para allegar una fortunita durante la guerra civil mientras sus soldados morían y se desangraban como chinches en las trincheras y en los hospitales en un conflicto que intentó prolongar todo lo posible).

En el opus de ese autor no convencido, escrito a la mayor, a la inmarcesible, a la inmortal gloria de Franco y aparecido bajo el atractivo título de Así comenzó la guerra civil: del 17 al 20 de julio de 1936: un golpe frustrado hay una introducción en la que arremete por los más diversos motivos contra los errores de numerosos historiadores. Uno por mencionar la sublevación de capitanes generales cuando estos ya no existían (correcto), otro que afirmó que el piloto del Dragon Rapide no era inglés sino galés (también correcto, con la salvedad de que en muchos casos a los británicos se les denomina en el continente con el genérico de “ingleses”, aunque se trate de ingleses, escoceses, galeses o norirlandeses y que el concepto de “británicos” es de un uso relativamente moderno). Otro historiador es objeto de sus iras por utilizar el término de “Legión Extranjera” cuando lo correcto es el “Tercio” (OK, pero eso no quita el hecho de que fuese sustancialmente una copia de la Legion Étrangère cuyos orígenes se remontan al siglo XIX).

Pero, en fin, todo lo que contribuya a esclarecer los hechos y a dar a cada uno el título, grado, empleo, etc. que le corresponda es bienvenido. Vivimos en la época del “copia y pega”, como él dice, una “técnica que hace estragos incluso en el ámbito profesional académico”. Yo diría que no solo en este ámbito (véase el ejemplo del Sr. Casado, hoy flamante presidente del PP) aunque como es sabido las Universidades que están más al día (también las españolas) han ido adoptando sofisticadas técnicas de identificación del plagio, mucho más fácil de detectar que antes.

Por otro lado, el “copia y pega” que denuncia nuestro distinguido autor parece incluir, en mi opinión erróneamente, a un premio nacional de historia que no identifica (es un amigo mío: Enrique Moradiellos) por una obra en la que cometió el inmenso, imperdonable, error de afirmar que “la guerra comenzó en Melilla el 17 a las 17”. (En su bibliografía tan exigente caballero menciona, sin embargo, el libro de un militar titulado Marruecos, ¡17 a las 17! y otro, sin fecha, ¡17 de julio! La guarnición de Melilla inicia la salvación de España). Es decir, y sin entrar en detalles, a primera vista parece que Moradiellos no se equivocó tanto. El “copia y pega” no lo veo.

He reproducido algunos ejemplos de la introducción (que abarca muchos otros, denunciados en un tono de indignación y desprecio un tanto chocante) porque en la misma también arremete contra “un conocido hispanista británico” (quizá se refiera a Paul Preston) que, en relación con Balmes, había escrito algo que a tan exigente caballero no le gusta. Su respuesta, ante la que parece que hay que inclinarse, es una afirmación tajante: “Balmes era monárquico y ningún documento ni testimonio avala otra tesis que la del accidente”.

Debemos sorprendernos de que no se incluyan nombres en la introducción, pero, lógicamente, sí lo hace en su texto. Menos mal.

A servidor lo cita por primera vez en la nota 133 de la página 123. La explica en la página 641 de una manera un tanto chusca. Me reprocha no saber inglés. Lo pongo en negritas para resaltarlo. Reconozco ser nativo de Madrid. Uno no elige dónde nace.  Por su nombre él tampoco parece británico, pero a lo mejor tuvo la suerte de formarse en Eton, Westminster, Harrow, Rugby, Winchester o en alguna grammar school británica y hablar inglés como cualquier británico educado. Mis padres no pudieron financiarme una educación en el extranjero. Los idiomas que aprendí fueron, generalmente, con becas. Pero en lo que se refiere a inglés tengo en mi haber casi 17 años de trabajo profesional en este idioma, lo hablo diariamente en casa y algo quizá haya aprendido.

Y ¿cómo me acusa nuestro distinguido autor de no saber inglés? Pues, simplemente, porque en el primer libro que escribí sobre la conspiración del general Franco (2011) me referí a una de las pasajeras del Dragon Rapide, Dorothy Watson, como alguien que “trabajaba con pollos y que “ayudaba a la familia [Pollard] en la cría de gallinas”. Nuestro eminente autor afirma con suprema autoridad que “se trata de un error de traducción, involuntariamente cómico”. Haré de este caso un ejemplo de cómo trabaja tan ilustre caballero.

Sus razones las expone en la antedicha página 123. El capitán (no, como él afirma, comandante) Pollard “recordaría [a Dorothy] treinta años después [1966] como poultry girl, es decir, una polluela, una chica inocente”. Una afirmación que no admite, al parecer, recurso.

Pero sí lo admite. La suya es, pura y simplemente, una afirmación grotesca. Ni más ni menos. No es este un blog de gramática inglesa, pero tan ilustre autor parece ignorar que poultry es un término genérico referido a las aves de corral (criadas para obtener carne, huevos o plumas). También al lugar en donde se encuentran, en una acepción obsoleta. O su carne en libros de cocina. Son definiciones del New Shorter Oxford English Dictionary, que me parece tener alguna autoridad. No es un adjetivo. Determina la significación, eso sí, de los sustantivos a los que habitualmente se aplica. Así, por ejemplo, farm es granja, y poultry farm es una granja avícola.

La edición que tengo en casa de dicho diccionario es de 1993. No sé si en los años treinta o cuarenta del pasado siglo la expresión habría podido tener otra acepción (aunque gramaticalmente no es posible). Recurro, sin embargo, al diccionario histórico, el masivo Oxford English Dictionary de veinte volúmenes, en la reproducción en micrografía de 1994 que es la que tengo en casa. Contiene acepciones que se remontan a Chaucer, en el siglo XIV. No a anteayer. Da otros muchos ejemplos de utilización de poultry con, valgan los casos, basket, farmer, feather, feeder, flutter, house, keeper, man, market, meat, run, shop, show, stall, yard, raising, rearing, woman. Sinónimo de poultry girl es también poultry maid, aunque me parece un poco anticuado.  Por lo demás, si se acude al siempre bien dispuesto Mr. Google, cabe encontrar otras aplicaciones, pero nunca en el sentido que nuestro distinguido autor le da de “chica inocente”.

Él no se basa en diccionarios, quizá porque lo tendría difícil. Se refiere a la suprema autoridad del capitán Pollard. Pero, ¿de dónde la extrae? ¿Hay algún ejemplo en el que Pollard la utilizó en tal sentido? Podría, ciertamente, tratarse de una acepción personal. Por ejemplo, yo llamo cariñosamente a mi hija “piru” o “pirula”.  No sé por qué. Ella lo entiende. También los demás miembros de la familia. Chocaría que Pollard, inglés, forzase la gramática inglesa, pero cosas peores se han visto.

Los lectores estarán aburridos de estas disquisiciones. Lo siento. Son imprescindibles para empezar a demostrar que quien se salta la evidencia como un caballo desbocado es mi eminente crítico. Y quien se la salta una vez quizá es porque está acostumbrado a hacerlo con alguna frecuencia. No solamente en una cosa tan trivial, sino en tema más importantes. La historia no se escribe con mitos. Tampoco se escribe con camelos.

(Continuará)

La guerra lenta de Franco (y X)

3 julio, 2018 at 11:48 am

Ángel Viñas

Por fin nos acercamos al final de esta pequeña saga, tras la interrupción de la semana pasada.  Es el momento de recurrir a Sir Arthur Conan Doyle y a su inmortal Sherlock Holmes. Si no recuerdo mal, uno de sus adagios más citados es aquel a tenor del cual cuando ya se ha eliminado lo imposible, sea lo que sea lo que quede debe ser la verdad por muy improbable que resulte. Para explicar la decisión de Franco de llevar a cabo una proeza tan absurda como la de no aprovechar la toma de Lérida ni la ventaja subsiguiente de tener despejado o desguarnecido la carretera para continuar la marcha hacia Barcelona hemos examinado los argumentos posibles que se han aducido. Han fenecido los basados en la gran estrategia de política económica de guerra de SEJE. También los basados en el temor a una invasión francesa de Cataluña.

 

Entre los argumentos imposibles figuran otros: que Franco fuera idiota (nunca lo fue); que no supiera lo que tenía entre manos (no era un genio, pero tampoco un subnormal); que no se diera cuenta de la coyuntura (Yagüe y sus generales le incitaron a avanzar hacia Cataluña); que estuviera distraído pensando en la luna (ya que, lógicamente, no en la huerta) de Valencia (inverosímil).

Así, pues, si eliminamos lo posible y lo imposible, ¿cuál podría ser la verdad? Mi argumento prolonga un patrón de conducta ya consolidado en la dirección de la guerra por parte de Franco y que combina elementos mencionados repetidamente:

  • Deseo de “limpiar” el territorio que sus tropas iban ocupando. Esto suponía avanzar la línea de contacto con el adversario haciéndole retroceder y enviar después a falangistas primero y a unidades del SIPM después (aspecto muy destacado por mi buen amigo Francisco Moreno Gómez) a aprehender y a apiolar (o a apiolar y aprehender) a los malhechores que se oponían a la victoria ineludible, bendecida por Dios, de la sedicente España nacional.
  • No conceder la menor victoria táctica al adversario, encarnación de todos los males de la PATRIA (siempre con mayúsculas). Como afirmó en alguna ocasión a los pocos años de terminada la guerra (aunque no la campaña, Francisco Espinosa dixit) ante el Consejo Nacional del Movimiento, los “rojos” eran la escoria de la Nación y como tales debían ser tratados.
  • El deseo de no dar la oportunidad al adversario de conseguir victorias tácticas implicaba renunciar a tomar en buena medida la ofensiva estratégica. Se avanzó en el Norte, pero en cuanto se planteó un reto en Brunete, se aflojó la acometida y se acudió al frente central. Se perdió Teruel, pero no era posible dejarlo en manos “rojas”, así que se perdió un tiempo precioso en recuperarlo, cualquiera que fuese el precio. Los “rojos” cruzaron el Ebro con motivaciones tácticas, pero se rechazó reconocerles esa pequeña ventaja y se planteó una batalla larga y dura que hizo las delicias de Franco.

Todo ello, ¿por qué? Porque le daba la oportunidad de batir en campo abierto al ejército enemigo. Uno de sus objetivos que había que buscar sin prisas, pero tampoco sin pausas. Por muy improbable que pueda parecer en el sentido de Holmes, alargar la guerra proporcionó a Franco la posibilidad de destruir el corazón de la resistencia republicana. Un Ejército Popular rápidamente vencido hubiese dejado una pequeña situación de riesgo. Un riesgo mínimo que, ciertamente, Franco no quería correr, a pesar de contar con una maquinaria represiva que era ya la segunda en Europa y solo por detrás de la estalinista (Hitler y Mussolini todavía no habían comenzado sus propias barridas).

Hay otro elemento, eliminados posibles e imposibles. Franco se había aupado a la Jefatura del Estado gracias al fallecimiento de Sanjurjo. No era lo que esperaba el 16 de julio de 1936 cuando su potencial rival en Canarias, el general Balmes, cayó asesinado. Lo que él esperaba, de creer a Sainz Rodríguez que lo conoció bien y que conoció mejor una parte de la conspiración en la que no participó Franco directamente, era que se le nombrara Alto Comisario de España en Marruecos, el puesto más codiciado y mejor retribuido (no hay que olvidar que para Franco la pela era la pela) del Ejército español.

Ya en la cúspide sabía perfectamente que por debajo de él se revolvían ambiciosos generales con planteamientos políticos e ideológicos muy diversos. Abundaban los monárquicos, pero también los meramente profesionales, algún que otro proclive a las nuevas ideas del momento (fascismo, nazismo). Otros eran carlistas. Franco era muy consciente de que su nombramiento había sido el resultado de una transacción impulsada por los monárquicos, pero poco a poco había ido distanciándose de ellos. En tales condiciones una orden militarmente incomprensible podía servir, si la obedecían, de mecanismo para dejar en claro quién era el que mandaba. Con Augusto Roa Bastos, podríamos decir que lo convertía en EL SUPREMO. Continuar la guerra, cuando la República la tenía ya prácticamente perdida, era una ocasión única para hacer ver quién mandaba, aunque diese órdenes estratégicamente muy discutibles. De hecho, todos sus críticos se callaron y obedecieron. No sin reticencias. Las memorias desgraciadamente todavía no publicadas de Solchaga (pero que al parecer vio Javier Tusell) son muy representativas de las mismas, aplicadas al caso de Aranda (uno de los generales monárquicos por excelencia).

Finalmente, no hay que excluir los motivos ideológicos. Una guerra duradera le permitía llevar a la práctica uno de sus objetivos básicos: destruir físicamente a la izquierda española. Es algo que tenía en mente desde tiempo atrás. Era más fácil y “productivo”, además de no prestarse a crítica, triturar al adversario en el campo de batalla. Ello disminuiría la necesidad de tener que hacerlo vía ejecuciones masivas después de la victoria (sin que esta no las excluyera del todo, aunque quizá sí en número). En mi opinión, los tres intentos de explicar lo imposible constituyen uno de los motivos por los cuales la historiografía pro-franquista continúa velando cuidadosamente el episodio de las no consecuencias de acelerar de inmediato la marcha hacia Barcelona.

Esta lentitud de la guerra tuvo una cara oscura por dos motivos.

El primero es que elevó considerablemente la cifra de muertos y heridos en sus propias filas, algo que a Franco le tenía absolutamente sin cuidado. Ya se preocupó él de avivar las tendencias narcisistas de su gente haciendo que se derramaran toneladas de lágrimas colectivas por los “mártires”, de la fé (con el imprescindible y vital apoyo de la jerarquía católica), por los “caídos” en la Santa Cruzada. Es curioso que ello no lo hayan reconocido los historiadores neo-franquistas, pero como es sabido de todo hay en la Viña del Señor.

El segundo es que al obrar así Franco corrió riesgos. ¿Qué hubiera pasado si, contra todo lo esperado, las potencias democráticas occidentales hubiesen promovido un acercamiento a la URSS para contener los avances nazi-fascistas? Como tantas veces, los dioses sonrieron a Franco y el riesgo teórico jamás se materializó.

Así, pues, la jugada se hizo en beneficio único y exclusivo de Franco y de su clique más ideologizada. En el bando que iba de victoria en victoria no había muertos ni inválidos, sino “caídos por Dios y por España”. También “caballeros mutilados” por la Patria. La consecuencia de la guerra no era el dolor, sino la gloria. Son palabras que tomo de Gabriel Cardona y de Juan Carlos Losada. Dan en el clavo.

Esta tesis es, por lo demás, congruente con sus acciones tanto en marzo/abril de 1938 y parece más razonables que las explicaciones basadas en el “estilo” de Franco. No le preocupó en demasía la urgencia de cortar los flujos de suministros que afluían a la República por la abierta frontera catalana. De creer lo que decían sus propios servicios de espionaje, eran enormes. Un soldado que pensara en términos puramente militares no hubiese dudado en prepararse para cercenarlos. Un militar que pensara en términos político-ideológicos podía permitirse el lujo de dejar que continuaran pasando y no avanzar decisivamente en Cataluña, poniendo toda la carne en el asador. Eso sí, el 5 de abril de 1938 se revocó el Estatuto de Autonomía y, anticipo de lo que se venía encima a los “rojo-separatistas” no se dudó en fusilar a Carrasco i Formiguera.

Alea iacta est!

Nota final:

He estado a punto de no poder terminar esta serie. El 28 de junio pasado me caí intentando cambiar una bombilla fundida que iluminaba el primer rellano de la escalera de mi casa. Quedé inconsciente durante un tiempo. Gracias a la presencia de ánimo de nuestra empleada del hogar, el SAMUR acudió inmediatamente y me trasladaron a urgencias. Podía haberme roto fácilmente la espina dorsal o la cabeza de haber caído en el pozo de la escalera. Por fortuna no me ocurrió nada y dos días después ya estoy casi recuperado. Prefiero terminar aquí mis posts. Me voy de vacaciones la semana que viene. Trabajaré en un nuevo libro en agosto y no volveré hasta la primera semana de septiembre. A todos mis amables lectores les deseo muy feliz verano.

Desde ahora, en el Reino Unido, hay un Sir Paul Preston

26 junio, 2018 at 2:20 pm

Ángel Viñas

Las últimas semanas han sido muy atareadas para mí. Solo gracias a un esfuerzo no se ha retrasado la cadencia de este blog. Ahora entro en la recta final hacia las vacaciones, que en este año tomaré adelantadas. Me espera un verano pleno de trabajo.  Interrumpo, no obstante, mi serie sobre la lenta guerra de Franco porque desde hace unos días el conocido historiador Paul Preston ha cambiado de nombre. A todos los efectos civiles en el Reino Unido se le llama ya Sir Paul Preston. Es la consecuencia de haber sido distinguido con el título de caballero por su majestad la reina Isabel II.

Reino Unido es el único país europeo en el que se da esta circunstancia. En cualquier otro uno puede acumular condecoraciones y honores, pero su nombre no se modifica. En el Reino Unido, sí. Los británicos también han racionalizado el sistema de concesión de honores y la lista en que aparecen los nuevos caballeros se emite dos veces al año. Una de ellas es en función del cumpleaños de la reina, no del auténtico sino el que se celebra en mayo. La otra se publica con ocasión del año nuevo. Cuando un primer ministro cesa en el cargo, tiene la potestad de dar a conocer la suya propia. Aunque el sistema es difícilmente exportable, al menos podríamos aprender de cómo no herir a la economía con tantas y tantas festividades nacionales y locales. En el Reino Unido se han desplazado sistemáticamente a los lunes. Así se prolonga el finde y se evitan tanto los puentes como las autopistas tan típicas españolas. No hay que inventar la rueda.

The Gazette (una especie de BOE) del 9 de junio pasado ha publicado la lista de honores y condecoraciones de esta mitad de año. También aparecen en la misma categoría que el nuevo caballeroalgo más de veinte personas, de las cuales dos son muy conocidas: el historiador Simon Schama y el novelista Kazio Ishiguro, uno de los valores más sólidos de la novelística actual. ¿Quién no recuerda la película The remains of the day, basada en una de sus obras?  Hay ocho o nueve catedráticos. Una muestra de que la Universidad no se queda atrás a la hora de alcanzar tal suerte de honores. Compárese la situación con el abandono en el que, en este respecto, se halla el gremio de “cátedros” y otros profesores en la española.

Es muy interesante destacar el motivo por el cual se otorga el honor. Así, por ejemplo, en el caso de Ishiguro lo es por “servicios prestados a la literatura”. En el de Schama, con obras importantísimas en su haber pero que aparece con frecuencia en series de televisión sobre temas históricos, lo es “por servicios a la historia” aunque se le caracteriza, además de profesor, como “broadcaster”.

En el caso de Sir Paul Preston podría haberse escogido este último aderezo. Sin embargo, la sutileza británica ha optado por otro derrotero. Será armado caballero “por servicios a las relaciones hispano-británicas” y, como tal, aparece en el apartado “Servicio Diplomático y Lista de Ultramar”.  Un mensaje claro y rotundo y, si se me apura, tan bien merecido como si hubieran puesto el de “servicios a la historia”.

Esto es así porque una de sus actividades más prestigiosas y efectivas estriba en haber logrado introducir en la prestigiosa London School of Economics and Political Science (LSE) un centro dedicado a temas españoles, históricos y políticos. Con una gran aportación económica de la Anglo-Spanish Cultural Foundation y otros donantes británicos, amén de la de la Fundación Cañada Blanch valenciana, el nuevo caballero ha realizado una gran labor en el acercamiento cultural y político entre estudiosos y políticos de uno y otro país. Recientemente, el hoy presidente del Gobierno Pedro Sánchez dictó una conferencia en la LSE sobre el momento político español. Preston presidió el acto.

Son incontables los estudiantes y graduados españoles que han visitado su centro en la LSE. También son incontables las tesis doctorales que ha dirigido sobre temas españoles, tanto a estudiosos de lengua inglesa como españoles. Varias de entre ellas las ha prologado y se han publicado en la colección que patrocina en la Sussex University Press.

Sir Paul Preston y servidor somos amigos desde antes de la muerte de Franco. Me pregunto qué dirán ahora los numerosos autores al servicio de la dictadura y sus epígonos acerca de este honor, uno de los más celebrados en el mundo británico, y que se une a la Gran Cruz de Isabel la Católica que ya le concedió el Gobierno español hace varios años (a tal efecto no olvido que también se le otorgó al profesor Stanley G. Payne, en sus antípodas, con la diferencia de que no hizo, que yo sepa, ascos a la misma a pesar de haber caracterizado al Gobierno Rodríguez Zapatero en el venerable ABC como debido al “terrorismo internacional”, algo que sin duda escapó al avispado diplomático que, desde Estados Unidos, lo recomendó).

A la hora de escribir este post recuerdo las soflamas, improperios, insultos y demás tropelías que a Preston le dedicó aquel genio de la tergiversación y manipulación que respondió al nombre de Ricardo de la Cierva. Sólo porque no compartía (¿cómo iba a hacerlo?) las técnicas propias de la seudo-historia, las mismas que siguen teniendo curso en ciertos sectores de autores de chicha y nabo o de periodistas que presumen de historiadores en la España de nuestros días. El ínclito de la Cierva, que pasará probablemente a la historia de la infamia española, se explayó a sus anchas cuando Preston publicó una biografía de Franco que calificó de lamentable, como sus demás libros, y mendaz, adecuada a los criterios de la “secta masónica” y de la “línea internacional socialista”. Lo llamó “Beatle de la historia” y lo caracterizó de “hortera”.

Todo este aluvión de insultos, y muchos otros, pueden encontrarlo los amables lectores en un libro que guardo como oro en paño y que lleva por título No nos robarán la historia. Nuevas mentiras, falsificaciones y revelaciones. No es necesario detenerse en que tal panfleto, que sí es una horterada grosera, lo publicó en su propia editorial de grato recuerdo para los amantes del carandelliano “Celtiberia Show”. La única que creo se haya establecido en Madridejos y que llevaba por nombre el muy simbólico de Fénix, quizá con la idea de a ver si con sus esfuerzos resucitaba el fulgor de la dictadura de Franco. Mi ejemplar data de 1995 y me extrañaría que la Fundación que tanto sigue honrando al dictador no se hubiera hecho eco de tal panfleto.

Es muy de agradecer que Paul Preston haya entrado en la línea de otros historiadores británicos tan conocidos y admirados en España como Hugh Thomas (elevado por razones políticas a la categoría de lord), Sir Raymond Carr, Sir John H. Elliot, Sir Ian Kershaw o Sir Richard Evans. Más vale tarde que nunca.

Espero que algún periódico español se haga eco de la noticia y entreviste al nuevo caballero ahora que parece que el gobierno español está decidido a poner a nuestro país en línea con los demás europeos occidentales en temas relacionados con la historia y la memoria histórica. Ya era hora, porque entre las basuras que han dejado acumuladas tras de sí los gobiernos del registrador de la propiedad Sr. Rajoy la incapacidad de hacer frente al pasado colectivo las relacionadas con aquel régimen de extraordinaria placidez (Jaime Mayor Oreja dixit) y sus secuelas no figuran en último término.

Prometo seguir y terminar con Franco, por ahora, en el próximo post.

La guerra lenta de Franco (IX)

19 junio, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el post anterior he pasado por la criba de la crítica documental el argumento “económico” (la búsqueda ansiosa de las riquezas de la huerta valenciana) y el internacional (el temor a la intervención francesa) para explicar presuntamente el parón de Franco a las operaciones tras la toma de Lérida el 4 de abril de 1938. Ahora hay que pasar a la ofensiva contra la curiosa argumentación que a este respecto parece revivir en la imaginación de algún autor. Tampoco hay que buscar largo y tendido. Basta con tener tres cosas: un ordenador, un ratón y conexión a internet. Algo que no es pedir demasiado.

Si el lector curioso busca en los Documenti Diplomatici Italiani (o en el CD que acompaña a mi libro El honor de la República (nº 17) verá que el 6 de abril de 1938 el embajador Viola di Campalto telegrafió al Ministerio de Relaciones Exteriores que acababa de hablar con Franco acerca de la postura francesa. SEJE le había informado que se había quedado bastante tranquilizado, no solo por lo que atañía a la frontera pirenaica sino también acerca de una eventual acción armada francesa contra el Protectorado. Las noticias provenían del propio EM francés en contacto con el de Franco. A Viola se le informó acerca de la división en el Gobierno francés y que Gamelin no se había opuesto de manera decisiva. Esto, evidentemente, se refería a lo ocurrido en la reunión tan conocida del CPDN a que he aludido en un post anterior. Gamelin, sin embargo, había sido obligado a retirar su apoyo. Como sabemos esto no es cierto, pero es lo que se dijo a los italianos. Que sepamos Franco no dijo quién habría logrado convencer o anular a Gamelin. Tampoco le reveló la fuente que le había informado, y que no era otro que el mariscal Pétain.

¿Qué transmitió, además, Franco al embajador? En primer lugar que, sin contar el peligro de complicaciones más amplias, el EM francés habría demostrado claramente que unas pocas divisiones hubieran sido insuficientes para obtener un resultado rápido y decisivo a favor de los republicanos españoles. Y, al parecer, dijo la perogrullada más perogrullesca de toda la guerra civil: dado que Francia no había intervenido cuando tal medida hubiera podido ser decisiva, no tenía sentido que interviniera entonces, en el peor momento. ¿Quién dijo que Franco era idiota?

Rematado, pues, el temor a la intervención de la propia boca de SEJE (habría que demostrar que tergiversó frente a Viola di Campalto), hemos de explicar el comportamiento de Franco acudiendo a otras explicaciones que los lectores encontrarán en la literatura.

La más popular se debe a un amigo mío, Robert Whealey, catedrático ya jubilado de la Universidad del Estado de Ohio. Es muy frecuente encontrarla en libros en lengua inglesa. Hitler habría intervenido sugiriendo a Franco que se tornara hacia Valencia. El argumento reza como sigue: el Führer habría explicado sus motivos al coronel Erwin Jaenecke, jefe de la plana mayor que organizaba y supervisaba la intervención militar nazi en España. Quería que Cataluña siguiera siendo “roja”, porque así las primeras materias que se extraían en la zona franquista no irían a reabastecer las fábricas catalanas y tendrían que seguir exportándose a Alemania. Además, una Cataluña “roja” dependería de la política francesa, lo cual impediría un acercamiento entre el Caudillo y el gobierno de París.

Tales elucubraciones nos parecen traídas por los pelos. En sus memorias no publicadas Jaenecke puso, por ejemplo, como chupa de dómine a los militares franquistas y ya mucho antes que servidor Manfred Merkes calificó en 1969 tales argumentos de ensoñaciones (Wunschträume) que desconocían las realidades del terreno. Por lo demás, Jaenecke se guardó cuidadosamente de afirmar que se hubieran comunicado a Franco. Pero, ¡oh cielos!, no hay que dejar que un buen argumento estropee una bonita fantasía.

Este es el punto al que terminó agarrándose el enaltecido profesor Payne quien no cayó en cuenta de ello hasta 2008. Claro que se pasó por las columnas de Hércules que ya el 30 de marzo el mando militar en Berlín había ordenado al jefe de la Legión Cóndor, el general Helmut Volkmann, que comunicase a Franco el deseo alemán de que continuasen las operaciones militares hasta la completa conquista de Cataluña y que no se detuvieran para realizar ofensivas en otros frentes. Como esto está escrito con toda claridad en el documento nº 554 de los relativos a la guerra civil española publicados a principios de los años cincuenta nos sorprende un pelín la credulidad del distinguido historiador norteamericano.

No es que fuese imposible que Hitler tuviera ideas diferentes a la de sus militares, pero Payne no se molestó en averiguar si esto ocurrió en el caso que nos ocupa o no. En términos generales no hubiera sido la primera vez que las elucubraciones de Hitler respecto a España quedaron sin consecuencias operativas. Hitler (“el mayor estratega de todos los tiempos”, según la propaganda nazi) no seguía la guerra en la lejana España con el mismo grado de atención al detalle que Stalin o, al menos, que Mussolini.

Nosotros sospechamos que Payne fue víctima de alguna de las típicas baladronadas de Burnett Bolloten. Este afirmó, sin la menor evidencia que manejara, que en el punto que nos ocupa Hitler quiso prolongar la guerra.

Ciertamente hubo posibilidad de comunicar tales deseos del Führer a Franco, pues el 4 de abril Canaris se entrevistó con él, algo en lo que Payne tampoco repara. Fue, además, el día de la toma de Lérida, así que supongo que los teletipos del Cuartel General echarían humo.

Hay dos preguntas que todo historiador debe hacerse. La primera es la que plantearía la total incoherencia intra-germana en cómo convencer a Franco de los supuestos deseos de Hitler, frente a las recomendaciones del EM. La segunda cómo este pudo dejarse convencer, con la velocidad de un relámpago. Porque, como muy tarde al día siguiente decidió no avanzar hacia Barcelona por una carretera estupenda y cuando, a mayor abundamiento, el gobierno republicano estaba sumido en una crisis profunda. Quizá la más importante de toda la guerra y para saldar la cual Negrín asumió personalmente la cartera de Defensa Nacional dejando la de Economía y Hacienda y a Prieto fuera del Gobierno (aparte de otros reajustes bien conocidos).

Siendo más papistas que el Papa el resultado habría sido que Franco, puesto como un recluta en el primer tiempo del saludo ante Canaris, se dejó convencer por este en la decisión político-militar más importante de toda la guerra. A cambio, ¿de qué? De nada. En muchas otras ocasiones no él, sino a través de sus generales y de sus ministros, opuso resistencia a deseos alemanes mucho mejor articulados y mejor reflejados documentalmente. Pero, ¿qué le ofrecieron los alemanes el 4 de abril de 1938? Porque Canaris no era de los que ponían pistolas al pecho. Hubiera argumentado para convencer a Franco. ¿Ha encontrado el profesor Payne, o en su día Bolloten, alguna documentación que soporte sus teorías? ¿O es que creen que Franco, a la altura de 1938 y bastante seguro ya de su victoria, se hubiera dejado manejar como si fuera un muñeco?

Habitualmente se afirma que cuando se descartan todas las explicaciones normales para entender un fenómeno, porque no dan resultados, conviene echar mano de otras que no lo son. No hemos explorado, sin embargo, todas las explicaciones normales y el resultado de todas nuestras elucubraciones lo expondremos en el próximo post, que será el broche final de esta serie.

La guerra lenta de Franco (VIII)

12 junio, 2018 at 1:23 pm

Ángel Viñas

Como alguna vez dijo Herbert R. Southworth, bestia negra para Ricardo de la Cierva, el Ejército de Franco no era el de una tribu africana (en la época en que escribió el historiador norteamericano no existía lo “políticamente correcto” en la acepción que hoy se le da). Las informaciones se recogían por escrito y las órdenes se cursaban según el mismo procedimiento. Lo mismo podría afirmarse de la Administración civil del naciente Estado. No todo quedó reflejado en papel, pero sí muchas cosas. Afortunadamente este el caso en lo que se refiere a los supuestos planes franceses de invadir España por Cataluña y la reacción del Gobierno de SEJE, nombrado poco antes. Para explicar el tema conviene retroceder un mes. Agradecería a los amables lectores que no se impacientaran. Todo quedará explicado a lo largo de esta serie.

 

El 13 de marzo de 1938 se formó el segundo gobierno Blum en Francia. Édouard Daladier fue su vicepresidente y ministro de la Defensa Nacional y de la Guerra. Joseph Paul-Boncour se hizo cargo del Quai d´Orsay.  La víspera las tropas nazis habían entrado en Austria y ocupado el país, en medio de la alegría desbordante de las multitudes y la desesperación de la minoría judía. De un golpe cambió la situación político-estratégica en Europa Central. Era de prever que la compresora nazi se dirigiera hacia Checoslovaquia, cabeza de puente francés hacia el Este y pilar de la estrategia defensiva francesa. En paralelo, Juan Negrín se desplazó a París para ver qué tipo de ayuda podrían prestarle los franceses. Sus gestiones no nos interesan aquí.

Lo que sí nos interesa, y mucho, es que el 15 de marzo tuvo lugar una reunión urgente del Comité permanente de la defensa nacional (CPDN). Es muy famosa. Duró menos de dos horas. No hay libro alguno que aborde con cierta extensión el contexto internacional de la guerra civil que no la mencione. También los de los historiadores franquistas y no franquistas, aunque de ello no terminan de extraer las conclusiones que aquí desarrollaré. El acta de la reunión se conoce desde 1946. La publicó el general Maurice Gamelin en el segundo tomo de sus memorias, Servir. Hay igualmente recuerdos, a veces muy sesgados, de algunos de los participantes.  Se discutieron dos temas: ¿cómo prevenir una acción alemana contra Checoslovaquia y cómo intervenir en España? En lo primero las grandes cabezas militares pensantes de Francia constataron que, sin apoyo exterior, no era mucho lo que podría hacerse. El único que podían concebir era el británico. Mala cosa.

Con respecto a la segunda cuestión, la pregunta de Blum fue cómo apoyar un ultimátum a Franco. Si en un lapso de 24 horas no renunciaba al apoyo de las fuerzas extranjeras, Francia se reservaría el derecho de adoptar por sí misma todas las medidas de intervención que considerase necesarias. La discusión subsiguiente es algo que mencionan casi todos los historiadores franquistas, ateniéndose al acta, como si en el acta estuviera recogida toda la verdad. Los militares, encabezados por el superprestigioso mariscal Pétain, vicepresidente del comité, rechazaron la idea. Daladier afirmó que una intervención conduciría a un conflicto europeo.

En consecuencia, Blum planteó el tema que le interesaba y que interesaba a los republicanos: la posibilidad de intensificar el apoyo material. ¡Vade retro! Los militares se opusieron. Equivalía a desguarnecer la defensa nacional. Pétain calcó literalmente el discurso británico: al final de la guerra Franco necesitaría de apoyos exteriores. La conclusión fue, naturalmente, no intervenir. Solo Paul-Boncour mostró buena disposición a ir adelante.  Si, realmente, Blum había contemplado seriamente la posibilidad de intervención tuvo que echar marcha atrás. Pero fue solo una finta,

Dos días más tarde el embajador británico sir Eric Phipps fue a ver a Blum a su domicilio particular. Blum fue muy explícito. No rompería abiertamente con la no-intervención, pero no podía asegurar que no enviase alguna ayuda. Así disfrazó una pequeña mentirijilla.

Blum había tendido, en efecto, una trampa a los generales al plantearles dos cuestiones a las que sabía que dirían que no. El día anterior a la visita de Phipps y siguiente de la reunión del CPDN el Ministerio de Finanzas emitió secretamente una disposición que llevaba tras de sí el apoyo político y operativo de los ministros del Interior, Defensa, Aire, Marina, Asuntos Exteriores, Comercio y Colonias.  Entre ellos, como se ve, Daladier. La disposición no se hizo pública, pero en realidad era el comienzo de desmontaje de la no intervención. La ayuda a la República, propia y dejada pasar por la frontera franco-catalana, se intensificó.

Reduciendo a los límites más estrictos una historia que daría para varios posts afirmaremos lo siguiente:

1.Los franquistas estaban “al loro”. Malos tenían que ser, profesionalmente hablando, si no lo hubieran estado. Al día siguiente de la reunión del comité el ministro de Asuntos Exteriores, general Gómez-Jordana telegrafió al duque de Alba para que se enterara de las intenciones de los Gobiernos de Londres y París. El ministro, que no era idiota, afirmó que lo que se reflejaba en la prensa no era suficiente. [Aviso para los autores que todo lo fían a ella]. También cursó instrucciones urgentísimas a Quiñones de León en la capital francesa. Era el representante oficioso de Franco desde el estallido de la guerra. Las resumo: debía ponerse a toda velocidad en contacto con Pétain. Se esperaba de su “alto patriotismo y profundo sentido político” el que ejerciese su influencia “respecto a la gravedad del momento actual”. Uno se pregunta qué lazos habría trabajo el ministro con el anciano mariscal. Quizá se conociesen de la época de Alhucemas.

2.El 16 de marzo, es decir, al día siguiente de la reunión del CPDN, Franco supo que su petición había sido atendida. Gómez-Jordana lo telegrafió a Alba en Londres. Sin embargo se refería a la ayuda material al Gobierno republicano (la decisión se tomó el 17), pero obsérvese que en modo alguno hay la menor alusión a la eventualidad de una intervención francesa.

3.La noticia de que Francia se atendría a los compromisos de la no intervención la confirmó Pétain. No era cierto ya, probablemente porque Pétain ignoraba la orden del Ministerio de Finanzas, pero de lo que no cabe duda alguna es de que la idea de una “intervención francesa” en Cataluña no estaba sobre la mesa.

  1. El 18 de marzo Gómez-Jordana, que tenía la costumbre de dictar sus intervenciones en el Consejo de Ministros, informó a este y, por consiguiente, a Franco. Si no lo había hecho ya anteriormente, cosa muy probable.

En consecuencia, ¿en qué se basa, pues, el presunto temor de Franco a una intervención francesa o a complicaciones internacionales UN MES MAS TARDE?

Pero, como Franco no se fiaba ni de su padre (en sentido literal y figurado) imaginemos que el 18 todavía no hubiera estado convencido. Para tal eventualidad puede servir de contraste un despacho del marqués de Magaz, embajador en Berlín, del 24 de marzo y que Gómez-Jordana recibió el 31. Si hubo alguna conversación telefónica o algún telegrama previo (lo cual es muy probable), no lo hemos localizado. Magaz había hablado con unos y con otros, también con el consejero italiano en la capital alemana, y las informaciones que había podido recoger las pasó también (hombre precavido vale por dos) al Cuartel General. Le respondió el jefe de la sección de Operaciones, Antonio Barroso: en los despachos pegados al de Franco se disponía ya de informes genuinos que descartaban la tan cacareada intervención francesa.

Fue una semana después del informe de Berlín cuando Yagüe capturó Lérida. Como suponemos que Franco no seguiría tomando lecciones de golf, hemos de suponer que en varios momentos entre el 15 (fecha de reunión del CPDN) y el 31 de marzo debió de haber leído los informes y telegramas que procedían de Berlín y París. Es más después de esta última fecha tuvo también tiempo de recopilar, o de que le recopilasen, otras informaciones de interés relacionadas con el inexistente ánimo de intervención en Cataluña por parte francesa.

Insisto, finalmente, que para llegar a esta conclusión no había que ir a los archivos de París, Londres o Berlín, viajes siempre costosos, aunque sea en plan estudiante o de turista de medio pelo. Cuando me ocupé de buscar EPRE sobre el tema solo había que andar unos cinco minutos desde el metro de la Puerta del Sol al archivo del MAEC. Al alcance de cualquier hijo de vecino. Hoy está disponible en el AGA. Pero, además, para ahorrar las molestias los documentos correspondientes están reproducidos en el CD anejo a uno de mis libros: El honor de la República que, por desgracia para mis finanzas, todavía no está agotado.

La guerra lenta de Franco (VII)

5 junio, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el post anterior me permití dejar a los amables lectores con la miel en los labios. Aspiré a que se preguntaran ¿qué habría dicho el César de la guerra de liberación al gran historiador del régimen sobre su decisión de no atacar Barcelona? ¿Podría haber sido, acaso, una estratagema destinada a confundir al odioso enemigo? El Jefe del Estado (SEJE, como suelo denominarlo para ver si consigo incorporar al léxico tal acrónimo) se dignó conceder una entrevista a Ricardo de la Cierva en 1972 y se lo desveló. Don Ricardo utilizó la casi sagrada versión de SEJE en numerosos escritos para oponerse a la “mareada roja” que, según él, anegaba las universidades españolas. Lo hizo en diversas variantes. Así que no sabemos con cuál quedarnos.

 

Lo que movió a Franco según de la Cierva fue, ni más ni menos, “el temor de suministrar un pretexto para la ya premeditada invasión francesa de Cataluña”. Lo leemos, en palabras que debían de haberse impreso en gruesa tipografía y en rojo, en su biografía Franco, publicada por Planeta en 1986, p. 240. Esta precisión es imprescindible porque para entonces hacía ya diez años que SEJE estaba criando malvas y su biógrafo habría tenido tiempo de reflexionar, documentarse, consultar otras obras y, quizá incluso, haber visitado algún que otro archivo, por eso de que tales ejercicios siempre revitalizan al historiador. De todas maneras, ruego a los amables lectores que recuerden tales palabras atribuidas a Franco. Naturalmente nadie sino su entrevistador pudo saber con precisión lo que SEJE dijo o no dijo, insinuó o no insinuó.

Algo más tarde, sin embargo (ya se sabe que la historia no es una ciencia exacta), de la Cierva modificó su argumento sutilmente. En un nuevo libro (era muy prolífico) con el atractivo título de Historia esencial de la guerra civil española. Todos los problemas resueltos, sesenta años después, (¡menos mal!), publicado en 1996 en su propia editorial, Fénix, en el pueblo, ciudad o villa de Madridejos, y ya transcurridos diez años de lo escrito anteriormente, afirmaría (p. 714) que de lo que se trató en 1938 fue de “no avivar el intervencionismo francés”. ¡Caramba! No es lo mismo. Esto significa que Franco sospechaba que los franceses, siempre enemigos de la PATRIA, estarían esperando el momento para, ¡zas!, hacer de las suyas, como en los años veinte… del siglo anterior.

Pero sigamos. Ricardo de la Cierva siempre fue un historiador “creativo”.  En 1999 (La victoria o el caos. A los sesenta años del 1 de abril de 1939), también aparecida en la misma editorial, p. 102, la versión volvió a modificarse. Solo habían transcurrido esta vez tres años. En tal ocasión la versión fue de naturaleza muy diferente y subrayó una actitud de prudencia y preventiva. Franco no avanzó hacia Barcelona para “evitar las complicaciones internacionales por el comprensible recelo de Francia ante la presencia de alemanes e italianos en el Pirineo” ¡Caramba otra vez! Dejemos de lado que la argumentación evidentemente tampoco era la misma que tres y trece años antes y que, de ser cierta, el futuro no pintaba brillante porque, alcanzada la VICTORIA, los franceses, que no eran tontos, podrían suponer que alemanes e italianos tal vez se vieran tentados a darse un paseo por las comarcas pirenaicas.

Sin embargo, no tema el lector, no es esta la última explicación de tan dilectísimo e ingeniosísimo historiador de la corte de los milagros franquistas. En 2003 (Historia actualizada de la segunda República y la guerra de España, 1931-1939. Con la denuncia de las últimas patrañas), p. 1.014 (un tocho), también publicada en Editorial Fénix, volvió a 1996, por eso de que hay que ser consistentes: Franco desistió “para no avivar el intervencionismo francés”.

Es decir, que no sabemos realmente lo que Franco contó a su estimado hagiógrafo en 1972.  Es posible, no obstante, que cualesquiera que fuesen los camelos que oyó de la boca de SEJE nuestro pundonoroso historiador se quedara, tal vez, algo confuso.

Así, pues, hay que acudir a lo que dijo Franco no a de la Cierva, porque ya se ve que de este no podemos fiarnos un pelo, sino a otra persona infinitamente más allegada a SEJE que el tan mencionado historiador de Corte. Lo que dijo Franco al respecto es mucho anterior. Nada menos que en 1957. Lo recogió, suponemos que con el respeto reverencial que exigía la ocasión, su primo hermano, exayudante, exjefe de la Casa Militar, exfactótum para todo y siempre confidente. Nos referimos al teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, en Mis conversaciones privadas con Franco. Las publicó Planeta con gran éxito en 1976 y las conoce hasta el apuntador. Pero, en este caso, de la Cierva se las pasó por encima limpiamente.

¿Qué confesó, pues, Franco a su primo? En lo que a nosotros nos importa le hizo tres afirmaciones. Todas mentiras, puras y duras:

  • “Nuestra guerra se ganó por un verdadero milagro, gracias a nuestra fe en la victoria, a los altos ideales que defendíamos y a la ayuda grande de la Providencia”.
  • “Tuvimos que importarlo todo y empezar a fabricar municiones buenamente como pudimos, pues todas las fábricas militares y la mayor parte de la industria nacional estaban en poder de los rojos”
  • “Por ello mi prisa (…) en conquistar el Norte, para apoderarme de la industria bilbaína y del carbón de Asturias; no quise apresurar la ocupación de Barcelona por no tener divisas para facilitar algodón a las fábricas catalanas. En cambio, antes ocupé Valencia para poder exportar las naranjas y demás fruta de su espléndida huerta” (p. 202).

Voilà! La esfinge habló, en confianza, con su pariente y le reveló el secreto de su estrategia. Dejemos de lado dos ucronías. No se apresuró a dirigirse contra el Norte y, desde luego, no ocupó Valencia. Con todo es fácil colegir que, si prestamos atención al eminente turiferario que fue Ricardo de la Cierva, este no supo, no quiso o no pudo, tal vez porque le diera el telele, integrar los razonamientos de Franco que no podía ignorar y se parapetó en no sabemos qué le dijo SEJE en 1972.

Nosotros nos tomamos muy en serio a Franco. Siempre lo hemos hecho. Destacamos, pues, que 19 años tras los acontecimientos -que no es un lapso de tiempo demasiado largo- y cuando SEJE, que sepamos, estaba en buena salud, confió a si primo un auténtico disparate. Sobre todo en términos militares, como no dejó de señalar con cierta mala uva, quizá, Ramón Salas.

Los motivos que en estos posts nos interesan y que hemos transcrito en itálicas son, con todo el respeto que merece tan excelsa figura como SEJE, razonamientos estúpidos, absurdos, grotescos. Ocupa Barcelona y no tiene divisas para dar algodón a las fábricas catalanas, ¿y qué? Tras la victoria habría podido importar, sin divisas, a crédito, algunos miles de balas de tan preciado producto. ¿No se había enterado todavía de que hacía su guerra a crédito?

Comprendemos que un jefe militar curtido en las campañas de Marruecos no tenía que tener mucha idea de los problemas económicos, pero ¿no se le ocurrió consultar a algún experto? Los tenía. Además, no conquistó la huerta valenciana. La campaña de Levante se saldó con un fracaso. Diecinueve años más tarde se le había olvidado.

Hoy diríamos que Franco aplicó argumentos “trumpianos” para esclarecer sus decisiones.

Naturalmente, no son muchos los historiadores que hagan uso de ese tipo de razonamientos, pero sí los hay que se refugian en el mensaje de 1972 y que, por desgracia, de la Cierva no transmitió íntegramente a sus ávidos lectores: el temor a una invasión francesa de Cataluña. Hay incluso gente que, nuevos Núñez de Balboa de la historiografía, lo redescubrieron no hace muchos años.

Claro que al explicar por tal motivo la decisión de SEJE se abre la puerta a todo tipo de posibilidades de contrastación empírica. Habría que ir, por ejemplo, a los papeles franceses y ver si los malvados vecinos tenían preparados planes muy avanzados para entrar en Cataluña. A priori, sería un poco raro, a no ser que tratara de un juego típico de Estado Mayor. Ya se sabe, conviene prepararse para el peor escenario posible, porque puede ocurrir. Y digo que es raro porque si los franceses no quisieron ayudar a la República en julio/agosto de 1936, cuando su intervención hubiera podido permitir salvar algunos muebles, no se ve por qué razón habrían de hacerlo casi dos años después cuando la guerra había ido consistentemente tan mal para ella mes tras mes.

O, ¡descubrimiento de otro Pacífico de la historiografía!, también podría acudirse a los papeles españoles. Claro, en el supuesto de que no se hubieran destruido porque como es sabido los vencedores, y sus sucesores, no siempre se portaron bien en materia de preservación de documentos para la historia.

Es, pues, hacia la combinación de papeles foráneos y los nativos a la que debemos prestar alguna atención y tratar de ver cómo puede torearse este toro que la historiografía franquista dejó sin torear.

La guerra lenta de Franco (VI)

29 mayo, 2018 at 10:57 am

Ángel Viñas

En el anterior post me quedé en el, hoy por hoy, último autor que conozco que se ha pronunciado sobre el “genio militar de Franco” acogiéndose a una categoría intermedia entre la segunda y la tercera que he distinguido en esta serie. Es decir, la de aquéllos que mezclan, pero no diseccionan analíticamente ni mucho menos someten a contrastación empírica, las posibles razones que impulsaron al excelso Caudillo, en el surco del coronel José Manuel Martínez Bande, a tomar la decisión suprema de no proseguir la avanzada desde Lérida hacia Cataluña.  En este abordo lo que escribió tan reputado historiador militar de recias credenciales franquistas.

 

Lo que, en sustancia, vino a afirmar (La ofensiva sobre Valencia, Monografías de la guerra de España, vol. XII, Editorial San Martin, Madrid, 1977, pp. 18-24) Martínez Bande en un párrafo titulado “La posible razón de la aparente sinrazón”,  que como comprenderán los amables lectores es extremadamente literario y sugestivo, fue entremezclar sin orden ni concierto unos cuantos documentos extranjeros bien conocidos para concluir que Franco se echó atrás por el peligro “de que la guerra de España se internacionalizara. Y ello tenía que ser evitado a toda costa, aun a riesgo de prolongar la guerra civil”. ¡BRAVO! ¡BRAVÍSIMO!

Dejemos por el momento de lado la afirmación de que, en abril de 1938, hubiese un grave riesgo de guerra internacional. No creo que la red de diplomáticos profesionales que casi en su totalidad se había pasado a los sublevados fueran, por definición, idiotas. También hay que suponer que los representantes de Franco en, por ejemplo, París y Londres eran de lo mejorcito de que podía disponer en la red exterior. El primero había sido embajador en Francia de la Monarquía durante muchos años y conocía la política francesa como la palma de su mano. El segundo era un noble escocés por su casa y se paseaba por los clubs, cenáculos y medios políticos conservadores sin el menor problema. Pero aún olvidándose de todo esto, ya que Martínez Bande no tuvo nunca, que sepamos, el menor interés por la escena internacional, su afirmación significa desconocer lo que ya en 1975-1977 se sabía sobre la evolución de las relaciones internacionales del período. No hay, sin embargo, que pedir peras al olmo. El recio y empírico historiador militar español se basó casi siempre, si no siempre, en fuentes españolas o extranjeras nada sospechosas y traducidas.

Sin embargo, desde que el general Alfredo Kindelán, jefe de la Aviación franquista, publicó en 1945 sus censurados Cuadernos de guerra habían salido a la luz las discrepancias que existieron entre Franco y algunos mandos (entre los que se incluía él mismo) con respecto “al teatro y objetivo de la próxima batalla”. Con extrema prudencia, alusiones al derecho de opinar y al deber de subordinarse al MANDO (¡faltaría más!) ya esta inmarcesible instancia “disponía de mayores elementos de juicio” y tenía “la responsabilidad única e indivisible”, cuyo correlato era “el pleno derecho y el deber de decidir”, Kindelán criticó la decisión de Franco. Tenía informaciones de que los republicanos apenas si contaban con aviación (era absolutamente cierto) y argumentó que “el cerebro y la voluntad del enemigo están en Barcelona”). Su toma “podía significar el fin virtual de la guerra”. El lector puede acudir a las páginas 128 a 130 de los cuadernos.

Kindelán escribió con suma prudencia. El documento del que hemos entresacado las sugerencias anteriores tiene como fecha el 22 de 1938. Es decir, lo redactó cuando la ofensiva hacia Valencia estaba en pleno apogeo. No se lo ocurrió dar a conocer los que dirigió a Franco un mes y poco antes. Tampoco figuran en la versión, no censurada, aparecida en 1981. Misterios.

De lo que antecede se deduce que, para explicar lo inexplicable, tengan mayor interés y hay que traer a colación aquí, los autores que militan en la que he denominado la segunda categoría. Empecemos con el general Rafael Casas de la Vega (recordaré que su biografía como Franco militar tiene bastantes dislates). Tan eximio historiador divisó una razón esencial para que Franco no diera la orden de avanzar tras la toma de Lérida en la resistencia que las tropas “nacionales” encontraron en la misma. Esto, afirmó, “nos autoriza a pensar que la ocupación de Cataluña hubiera podido ser difícil”. Ahora lanzaremos tres bravos. Probablemente el general Casas de la Vega creía que las mejores guerras son las que no causan daños o cuantos menos, mejor.  La explicación no solo es tosca, sino también falsa. Un colega suyo, bastante más leído y experimentado, el entonces coronel Ramón Salas Larrazábal recalcó en su Historia del Ejército Popular de la República, recientemente reeditada, que la resistencia se produjo antes de la captura de Lérida no después.

La argumentación de Casas de la Vega prolonga la “explicación” dada por los autores de la inefable Historia de la Cruzada española, dirigida por aquel prodigio de la distorsión que respondía al nombre de Joaquín Arrarás. Para ellos los efectivos disponibles “no permitían continuar el avance hacia el interior de Cataluña”. Todos, desde la gloriosa época de la paz en la posguerra hasta los años posteriores a la muerte de Franco, pasaron por alto el clima de caos, huida, deserciones, cansancio, baja mora y agotamiento que reinaba en la región (Vid. Salas, pp. 1965s). Por ello, añadió, “resulta doblemente inexplicable cómo y por qué se detuvo la guerra en abril en tan favorable teatro de operaciones”.

Salas, que estuvo en la toma de Lérida, recordó que Yagüe piafaba porque no recibía la autorización de proseguir la ofensiva (pp. 1817s). También reconoció lo evidente: Rojo recompuso, mal que bien, el frente catalán, “pero esta maniobra pudieron realizarla con relativa facilidad al encontrarse detenidas las fuerzas” opuestas. Su conclusión fue demoledora:

“Muy distinto pudo y debió haber sido todo si a la presión del CTV y Aranda se hubiera sumado la de las tropas situadas al norte del río que pudieron haber sido reforzadas con la agrupación Valiño y con parte de las tropas del ejército de Varela. De haberse hecho así, las cosas hubieran sido completamente diferentes”.

¿Por qué, pues, ocurrió lo que ocurrió?  Salas no dio una explicación en términos militares. Señaló, simplemente, que Franco habría decidido no destruir el ejército republicano “por temor a una extensión del conflicto”. Añadió crípticamente que obraba “bajo la presión de sus aliados alemanes e italianos”. Veremos en próximos posts lo que fue tal presión.

Sí indicó una cosa que, en la época, pasaba como razonable.

“En la guerra el objetivo primordial del ejército es el ejército contrario; secundariamente (….) pueden proponerse como fines inmediatos su industria, sus centros económicos y políticos (…) En la ocasión ambos objetivos se encontraban en Cataluña (…) Paradójicamente se decidió volver la espalda a esa región y luchar con la facción más importante del ejército contrario (…) todo ello para lograr un objetivo geográfico secundario (…) Para un historiador, que además es militar, resulta difícil encontrar una justificación razonable” (p. 1898).

Lo subrayado es mío. En efecto, machacar rápidamente la capacidad militar y política de la República estaba al alcance de la mano. ¿Dónde, pues, encontrar la explicación?

Martínez Bande (XII, pp. 16s) admitió que la opinión común estaba de acuerdo con la idea de avanzar sobre Barcelona y alude (XI, p. 15) a una instrucción del 12 de abril en la que se indicaba como objetivo llegar a Seo de Urgel e incluso a Puigcerdá. Sin más precisiones se limitó a declarar que se trataba de un “proyecto más bien”, de un “sondeo de posibilidades”. Hubiera sido interesante, creo, que hubiese profundizado en tal tal percepción porque tras ella se advierte la idea de “alguien” en el Cuartel General de que cabía avanzar por tierras catalanas. Aunque tampoco resuelve el problema, porque el avance por ambas habría representado un gran desvío respecto a la línea recta que era, y es, la carretera de Lérida a Barcelona. Con todo, de un testimonio del entonces coronel Carlos Martínez de Campo se desprende que había un proyecto ambicioso y era el de entrar paulatinamente en toda Cataluña.

Así que continuamos perplejos a la vista de tanta sapiencia y sabiduría militares concentradas pero que no siguen las mismas pautas de razonamientos lógicos.

Sin duda, el Alejandro Magno de la historia militar de España tuvo que perseguir otros designios. Para averiguarlos acudimos, como tantas veces hacemos cuando nos sentimos perplejos, al historiador de la corte de Franco, el ínclito profesor Ricardo de la Cierva. Con el corazón latiendo de emoción porque tan distinguido académico, político, periodista, ensayista, un hombre del Renacimiento, en suma, escuchó la verdad desnuda -afirma- de los labios del propio Generalísimo.

Lo dejamos para el próximo post. ¡Atentos a la voz descendida de las cumbres del MANDO, inaccesibles para los simples mortales!

La guerra lenta de Franco (V)

22 mayo, 2018 at 9:08 am

Ángel Viñas

Para demostrar cómo Franco regaló a la República casi un año más de vida, lo que le permitió continuar destruyendo sistemáticamente al Ejército Popular y seguir masacrando a los desgraciados que iban cayendo en sus manos a medida que se rumiaban kilómetros cuadrados de territorio hay que explorar su comportamiento. No tanto las explicaciones dadas por sus guerreros y sus hagiógrafos. También por algunos historiadores poco atentos. Claro es que no siempre resulta fácil escudriñar comportamientos conscientemente desfigurados y ocultos. Como me autodeclaro persona interesada en hacerlo (véanse su asesinato por persona interpuesta de Balmes o su enriquecimiento personal a la mayor gloria de sí mismo durante la Cruzada), verteré alguna dosis de sarcasmo en este y en los posts venideros. Confío en que los amables lectores me lo perdonarán. Me atengo a una máxima de todo un Papa, León XIII. Aunque muy discutido, dijo algo con lo que servidor no discute: “La primera ley de la historia es no osar mentir. La segunda, no tener miedo a decir la verdad”.

 

La situación que nos interesa se describe brevemente. El 15 de abril de 1938 las tropas franquistas (cruzados de la fé y de la “nueva España”) cortaron por Vinaroz (Castellón) el territorio republicano. A partir de entonces desapareció la continuidad geográfica de las partes de la península en que persistía la resistencia a los sublevados de 1936. Al norte de la divisoria quedaron los restos desgastados de las mejores unidades del Ejército Popular. En esto me apoyo en historiadores militares pro-franquistas de reconocido prestigio, para que no se me acuse de prejuzgado, y tomo como testigos a Ramón Salas y a José Manuel Martínez Bande. Al sur de la divisoria permanecieron la mayor parte del Ejército de Maniobra y todo el Ejército de Levante, que se encontraban en mejor estado.

Franco tenía tres opciones ante sí. La primera consistía en atacar hacia el norte por la línea de la costa hacia Tarragona y Barcelona. La segunda en avanzar desde Lérida, después de haber tomado algunas de las principales centrales hidroeléctricas que suministraban energía a la capital catalana y sus núcleos industriales. La tercera era lanzar las dos operaciones al mismo tiempo. Gabriel Cardona sintetizó estas tres posibilidades. Sus generales, victoriosos hasta el momento, esperaban que Franco se decidiera por una o por otra. Lo mismo esperaban sus aliados alemanes e italianos.

¿Qué hizo Franco? Jugar a lo Houdini, es decir, aplicar un juego malabar para pasmo de unos y otros, a tenor de lo que cabía esperar de una eminencia estratégica como la suya. Ordenó que el avance se realizara hacia el sur, hacia Valencia. Es un tema conocido.

¿Qué implicaba? Disminuir la presión sobre Cataluña. Sin embargo, no hay que olvidar que, tras la toma de Lérida días antes, había habido grandes posibilidades de penetración hacia la capital catalana por lo que los republicanos habían tratado de obstaculizar tal eventualidad. Dado que no se había producido avance alguno desde Lérida por parte de las gloriosas tropas “nacionales” habían tenido algún tiempo para reorganizar el EP, disciplinar la retaguardia y, aspecto no menos importante, continuar obteniendo a través de la frontera franco-catalana los materiales bélicos y no bélicos que tanto necesitaban.

Innecesario es decir, aunque a veces se olvida, que durante unos meses sobre la frontera, y a ambos lados de la misma, se habían enfocado los ojos atentos de varios servicios de espionaje: franceses, ingleses, italianos, alemanes, soviéticos y, por supuesto, franquistas. Todos ellos concentrados en la tarea de estimar lo que pasaba y en qué cantidades. Franco no lo desconocía. Tampoco su Estado Mayor y alguno de sus invictos generales.

No extrañará por ello que la insólita, y suponemos bien madurada decisión de Franco haya suscitado una cierta discusión historiográfica. Los detalles de la que se planteó en el seno del EM y de los generales y altos mandos franquistas está, por desgracia, menos documentada. En los archivos españoles existe una tendencia a no guardar documentos que de alguna u otra forma puedan ser directamente deletéreos para la inmortal imagen del simpar Caudillo.

Pero la discusión historiográfica es más abierta. Por un lado, había que dar coba a SEJE. Por otro había que protegerle de las insidias de sus enemigos, todos marxistas, rojos y adversarios de su “Santa Causa” (no en vano estaba siendo apoyada por la SMIC con millones de preces, hisopos y litros de agua bendita).

Así que, con los libros de historia en la mano, podemos distinguir tres categorías. En la primera encontramos a los autores que no se plantean cuestión alguna o no identifican el episodio. Son el equivalente de los ns/nc de los estudios demoscópicos de hoy en día). A la segunda quienes encuentran la decisión del inmarcesible Caudillo un tanto inexplicable en puros términos militares y no se aventuran a hacerlo desde esta perspectiva. Lo hacen desde otras, no militares. Estos historiadores abren la puerta a los de la tercera categoría que para mí es la más significativa y que ha demostrado una gran vocación de longevidad.

Los autores de la primera categoría empezaron a escribir nada más terminada la “Cruzada”. Son los casos paradigmáticos de Luis María de Lojendio y de Manuel Aznar (abuelo de quien todos conocemos de nuestros días). Se distinguen por sus abundantes loas al genio militar, incomparable, inconmensurable, de Franco. El plan de las operaciones que diseñó el nuevo Alejandro Magno pareció a Lojendio “luminoso”. Aznar no le fue a la zaga. Incluso le superó (no en vano estaba llamado a más altos destinos): pura “operación matemática”. Franco, nuevo Einstein de la guerra. Señaló, eso sí, que “anunciaba el golpe contra la organización militar de Cataluña” (Aznar era listo, pero no idiota). Lojendio tampoco pudo negar lo innegable. Era en Cataluña donde radicaba la base fabril de la “España marxista”.

Lo que es interesante es que ninguno de los dos entró en el tema. Ignoramos las razones. Quizá ellos, católicos y tal vez de misa y comunión diarias, no estaban muy familiarizados con la máxima de S.S. León XIII.  Sabemos desde luego que Lojendio era un católico muy fervoroso (Aznar quizá menos) y que cuando se convenció de que su vida no era de este mundo ingresó en la Orden Benedictina en la que, suponemos, encontró mucho mayor consuelo que en su papel de propagandista de Franco.

Esta primera categoría admite una variante. La ofrece el teniente general Rafael García Valiño, imaginamos poco sospechoso de veleidades “marxistas”. Estuvo, además, implicado en las operaciones militares al sur del Ebro, así que no se nos ocurre dudar ni de sus capacidades técnicas ni de su memoria. Enunció la decisión de forma somera y le dio una explicación que no lo era menos: implicaba, reconoció, un reajuste completo del despliegue (menos mal, esto es algo que ni los más lerdos, los más propagandistas o lo más obtusos podían negar) pero, y este pero muestra que el distinguido teniente general tan condecorado no era idiota, hubo razones de tipo político “que solamente el Mando Supremo podía valorar”.

En la misma línea se manifestó en un principio el coronel Martínez Bande, autor de una monografía de la que han bebido numerosos autores posteriores. Tan insigne historiador militar se limitó a indicar (obsérvese el cuidado en la elección de los términos) que “quizá influyeron (…) otros factores, cuyo estudio excede los límites de esta monografía”. Actitud quizá un poco obtusa, pero prudente. Por desgracia no persistió en ella, aunque -eso sí- continuó cubriéndose. Por si las moscas. Lo veremos en otro post.

En esta primera categoría cabe también incluir a un autor, el periodista José Semprún, quien se limitó a constatar el hecho y la divergencia de opiniones entre los mandos, actitud un tanto sorprendente en alguien que páginas antes había enunciado una verdad de Perogrullo: en este mundo, en verdad, hay pocas cosas “inexplicables”.

Finalmente llegamos a nuestros días. En una obra publicada en 2016 (la adquirí hace dos años en la Feria del Libro) dedicada a la historia militar de España desde la prehistoria y la antigüedad (lo que da idea de sus ambiciones) hay un tomo sobre la edad contemporánea (subdividido en dos gruesos volúmenes). El segundo abarca el período entre 1898 y 1975. Está coordinado por el fallecido profesor Gonzalo Anes (a la sazón director de la Real Academia de la Historia) y Hugo O´Donnell, duque de Tetuán, numerario de la misma y especialista reputado en temas militares, no en vano es vicepresidente de la Comisión Española de Historia Militar.

Es una obra muy interesante que recomiendo vivamente, aunque este no es el lugar para explicar mis razones. En ella un coronel de Artillería y Diplomado de Estado Mayor (cualidades profesionales por las que, cela va sans dire, siento el máximo respeto) aborda las operaciones terrestres en la guerra civil. Al llegar al punto que aquí nos interesa, reconoce que Franco hubiera podido “conquistar fácilmente Barcelona y toda Cataluña. No obstante, tomará una decisión sorprendente incluso para su propio cuartel general: continuar el avance hacia la costa y atacar Valencia”. No podemos sino estar de acuerdo con él.

Ahora bien, dicho autor acude a un truco muy conocido en los círculos académicos. Establece un hecho innegable. Sin embargo, no entra en él y se refugia en la opinión de otro autor, en este caso la del coronel Martínez Bande. No en la que hemos expuesto anteriormente sino en otra posterior. La abordaremos en un próximo post.