El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (XI)

21 enero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Tras haber dado su iracundo rapapolvo a los profesores Sir Paul Preston, Manuel Tuñón de Lara y Santos Juliá, a este de forma más matizada pero con una cortedad indescriptible y teniendo muy en cuenta que los dos últimos no pueden responderle, servidor tiene el honor de haber sido objeto de las amables atenciones del general Don Salvador Fontenla. Reconozco con suma satisfacción que me concede más espacio que a Tuñón y Juliá (algo en mi modesto entender disparatado y que desde luego no merezco). Su pluma, donosa, se refiere a mi persona con brío, como corresponde a un antiguo legionario y paracaidista de pro. No me resisto a reproducir su caracterización. Por supuesto, ni me río ni pretendo que los amables lectores lo hagan. Estamos delante del juicio implacable e inapelable de un investigador que no se ha visto contaminado por gota alguna de la producción de quienes denomina “seudohistoriadores”.

 

Dice así:

“Angel Viñas Martín, escorado hacia la izquierda, emplea la historia como arma política y tiene una guerra personal declarada contra Franco. Él mismo ha reconocido ser “un historiador apasionado y totalmente antifranquista” (sic). Actualmente lidera el grupo que podríamos denominar “historiadores antifranquistas” (sic). Aunque la mayor descalificación (sic), proviene de la Fundación de Veteranos de la Brigada Abraham Lincoln, que lo ha definido como “historiador guerrero” “.

Voy a hacer de esta caracterización un pequeño test para demostrar algunas de las cualidades que adornan al general Fontenla como historiador y que tienen un denominador común: no ir a las fuentes.

  1. He buscado en Google “Franco +Viñas+guerra”. Salen algo más de 4.00.000 hits en las más variadas combinaciones. Haciendo un pequeño recorrido por las primeras páginas no he encontrado ninguna en la que se recoja la frase que tan eminente autor me atribuye. No niego, desde luego, mi vocación antifranquista. La considero algo normal, incluso muy positivo, y la reitero aquí. No la he ocultado nunca, así que no puedo afirmar que haya hecho ningún descubrimiento.  Sobre si mi carácter es apasionado no puedo juzgar. Cuando escribo suelo pensar antes pero, que yo sepa, no nos conocemos personalmente.
  2. Más importancia tiene el que confiese mi ignorancia respecto a que tampoco sé en qué se basa tan leído general para atribuirme un liderazgo que en modo alguno ostento. Puede ser que se refiera sibilinamente (forma adverbial que él atribuye al profesor Santos Juliá) al hecho de haber dirigido la obra En el combate por la Historia. No fui yo quien se autopropuso. Me incitaron a ello el editor Gonzalo Pontón y el profesor Josep Fontana (qepd). Sobre la misma diré algo más abajo.
  3. Pero es la supuesta “descalificación” que me atribuye la que responde a un rasgo congénito en el general Fontenla. NO VA A LAS FUENTES. De haberlo hecho habría observado, en primer lugar, que tal supuesta Fundación solo existe en su imaginación. Sí existe una publicación en inglés, The Volunteer, creada bajo el auspicio de aquellos veteranos y que hoy dirige el profesor Sebastiaan Faber, catedrático del Oberlin College, en Estados Unidos. Buen colega y amigo. Las fuentes que nuestro estimado general podría haber consultado, pero que no ha hecho, son las siguientes:
  4. En una entrevista en castellano, Faber introdujo aquella caracterización en un sentido Fue su traducción de “historiador de combate” que, de verterse literalmente al inglés,  puede inducir a error. Quizá el general Fontenla lo ignore. Por cierto que al citar del inglés es muy recomendable entender lo que se cita y verterlo en castellano, que no es necesariamente lo que puede decir el traductor de Google. Al general Fontenla me parece que le ha pasado lo que ya le ocurrió a Don Miguel Platón, ilustre periodista en papel de historiador, con la poultry girl del capitán Pollard, a que ya aludí en este blog. Me sirvió en algunos de mi posts para destapar su ignorancia profunda del idioma de Shakespeare. Con evidencias. Eso no quiere decir que el general Fontenla no lo chapurree e incluso que lo hable de forma más que aceptable. Lo ignoro.
  5. Para solaz y comprobación de los lectores, doy los vínculos: http://www.albavolunteer.org/2013/01/the-spanish-bloodlands-angel-vinas-warrior-historian/). Por si prefieren una versión en recio castellano cabe acudir a http://www.sinpermiso.info/textos/tierras-de-sangre-espaolas-ngel-vias-historiador-de-combate), página a la que se llega fácilmente desde la primera. No será posible decir que no sirvo en bandeja de plata la posibilidad de contrastar mi aseveración. La demostraré adicionalmente con unos cuantos ejemplos.
  6. Ahora hay que especular. ¿De dónde se habrá inventado nuestro estimado general tales infundios? No hay que buscar mucho. Del repetido trabajito de un profesor titular que, a su vez, interpreta mal lo que escribo. Pero, por desgracia, tal caracterización tampoco se encuentra en la fuente que aduce tal émulo malogrado de Ranke. Algo similar sí. Pero, siempre hay un pero, no se refiere a mí sino a la caracterización que yo hice del doctor Herbert R. Southworth, uno de mis mentores. La escribí en función de las alabanzas que le prodigó el profesor Pierre Vilar al comentar su obra sobre la destrucción de Guernica, tesis que defendió en la Sorbona. Un clásico. Una obra, por cierto, que he actualizado para destrozar sistemáticamente la reputación de un compañero del general Fontenla, solo que en el empleo superior, al que él no ha llegado, de general de división.
  7. No voy a citar a dicho profesor titular (de quien el profesor Alberto Reig hizo un personaje central en un libro titulado La crítica de la crítica. Inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes). La cita que a mí se refiere la ha inventado. La original, relativa a Southworth, pueden encontrarla los lectores en http://www.sinpermiso.info/textos/la-destruccin-de-guernica-a-los-muertos-les-debemos-solo-la-verdad.

En este texto resumí mi consideración del historiador norteamericano, bête noire de Ricardo de la Cierva y, por ende, de casi todos los escribidores profranquistas. Bien o mal, siguiendo a Southworth, he tratado de avanzar las fronteras del conocimiento con base empírica. Como hizo él. Para lograrlo es preciso que concurran, como mínimo, tres factores: curiosidad insaciable, trabajo duro  y analítico (no del tipo del general Fontenla que se autoaplica) y fondos adecuados. Como en el caso de Southworth. Respecto al último punto, y que recuerde, en los últimos veinte años no he recibido ninguna ayuda financiera. Es más, cuando me la ofrecieron la rechacé (en la dirección y contribución a un libro sobre diplomáticos al servicio de la República y en el comisariado, el año pasado, de la exposición subsiguiente).  Así, pues, en ese sentido sí podría afirmarse que soy un historiador libre de toda consideración crematística, pero apasionado por mi labor (encima me divierte) y que lo he reflejado, mal o bien, en una serie de libros, siempre con referencias abundantes y observaciones críticas, de esas que fastidian a los criticados.

  1. Sospecho que nuestro autor tampoco habrá leído el volumen ya citado En el combate por la Historia. Fue un contrapeso a varias entradas en el Diccionario Biográfico Español, publicado por la RAH, y en particular a la de Francisco Franco, debida a la pluma del profesor Luis Suárez Fernández. Suscitaron un gran escándalo y tuvo como modesto resultado que, al menos, dicha entrada se revisara de la pluma de otro historiador. Por cierto, nuestro estimado general tampoco debe haber ojeado la sucinta bibliografía de la magna obra de Suárez, ya que se ha quedado detenido en la primera edición de su hagiografía de Franco publicada por la FNFF en 1984 y que, para el período de que trato en estos posts no la ha actualizado, aunque sí lo ha hecho en el volumen que versa sobre Franco y el III Reich.
  2. Faber me citó extensamente y una de mis afirmaciones la reproduzco tal cual: “No hay uno solo de los historiadores neoconservadores o neofranquistas que no manipule o distorsione la evidencia histórica. Lo que venden son mentiras descaradas (…) En España, los mitos propagados por el franquismo han sobrevivido, convenientemente actualizados, y se movilizan en los conflictos políticos de hoy”.  Este fue el guion de En el combate por la Historia (título tomado de Lucien Febvre y que no estoy seguro que sea de los autores leídos por el general Fontenla). Pues bien: No retiro ni una sola coma seis años más tarde. Al contrario, me reitero en tales afirmaciones tras haber escudriñado algunos mitos adicionales que rodean a SEJE. El que más debería llamar la atención de un militar es que durante la guerra civil Franco se aprovechó para forrarse el riñón, mientras sus soldados morían y sufrían en las trincheras y/o se desangraban en los hospitales. Quizá el general Fontenla considere que tal tipo de conducta es perfectamente compatible con el HONOR militar que tanto recuerda en su obra.

Desde luego, él no comete la incorrección de autoadscribirse a ninguna corriente historiográfica. No. Eso no.  Él, informa -orgulloso- a sus lectores, ha pergeñado “un estudio analítico (sic), que pretende ser independiente y objetivo (sic)”. Tal vez, pero el resultado no es el que dice. No lo es porque, en contra de lo que se pavonea, no emplea materiales de primera mano,  ni evidencias primarias, ni ha trabajado en archivos, ni ha buscado documentación o  fuentes poco conocidas o desconocidas, como solemos hacer los historiadores que no queremos repetir la cantilena que otros hayan tarareado a lo largo de la literatura precedente. Ni siquiera plantea un “estado de la cuestión”. Y no es objetivo, aunque no creo que el Ministerio de Defensa haya financiado su obra. Por eso no he puesto un (sic) a su afirmación. Tampoco creo que al basarse solo en literatura publicada la redacción le haya costado demasiado.

Él, en efecto, solo utiliza obras de algo más de 40 autores (incluidos el propio Franco y su primo hermano). Los títulos del autor que más cita (cinco) provienen de un exterrorista reconvertido, al que yo tengo el gusto de no mencionar jamás. Me deja asombrado que solo acuda al profesor Payne con una obra de 1968 tan conocida como Los militares y la política en la España contemporánea, un tanto dépassée, pero no a los coroneles Cardona o a  Puell de la Villa, que han escrito extensa e intensamente sobre el Ejército, la guerra civil y el franquismo. Quizá como historiador de temas numismáticos, no hay que pedirle que añada títulos de ciencia política, sociología, sicología social, etc. El Franco militar antes de, en y después de la guerra ha dado origen a una abundante literatura multidisciplinar pero en la que, de una u otra manera, casi siempre está presente la dimensión del uniforme.

El curare de sus dardos los reserva el general Fontenla para el coronel Carlos Blanco Escolá, a quien califica de autor incompetente -dice- de “una obra esperpéntica”, que no se molesta en rebatir bajo el científico argumento de que  “se suma de forma zafia a la corriente historicista de moda contraria a Franco, con todos los tópicos típicos, sin un mínimo análisis crítico”.  Produce cierta hilaridad que ese enfoque no se lo aplique tan distinguido general y que se lo atribuya, en cambio, a un periodista autor de otro libro sobre el genio militar de Franco de cuyo nombre no quiero acordarme.

(continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (X)

14 enero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

En el post anterior me detuve en la referencia a uno de los libros consultados por el general Fontenla. Es muy significativo. La idea a la que quiero llegar es que, sorprendentemente para el lector de buena fé que se haya visto interesado por la introducción hecha en las primeras páginas de su obra, no hay en ella, en contra de lo que afirma, la menor o más nimia identificación de archivos, papeles públicos o privados, colecciones documentales, etc. Solo utiliza literatura secundaria. Tal vez aparezca alguna fuente primaria en el resto del texto (que no he leído en su totalidad). Extraña, pues, considerablemente que sea este criterio de la no utilización de fuentes primarias uno de los que aduce para descalificar a quienes denomina “seudohistoriadores”. Al contrario, son los seudohistoriadores, en el sentido normal de la palabra (DRAE: seudo: falso), los que rehuyen las fuentes primarias tanto como el diablo  rehuye el agua bendita, según decían mis abuelitos.

 

A este tenor, y en contra de lo que afirma el general Fontenla, la paleografía no es demasiado útil para los contemporaneistas. El DRAE la define como “la ciencia de la escritura y de los signos y documentos antiguos”. Para una biografía de Franco o una historia de la Restauración, la República, la guerra civil y el franquismo la paleografía huelga. Los documentos relevantes suelen estar escritos a mano en buena caligrafía (alabemos a los pendolistas de la época y a los amanuenses militares).  Predominan, por cierto, los escritos a máquina tanto más cuanto más avanzamos en el tiempo. El caso español no es único. Se observa también en archivos extranjeros y lo he comprobado hace dos o tres semanas en unos que, sorprendentemente, no había visitado hasta la fecha.  Para hacer un favor a un amigo, poco antes de las pasadas vacaciones he estado estudiando en los del Ministerio belga de Relaciones Exteriores los despachos de la legación y consulados en China durante 1900, el año de la rebelión de los boxers. Hay alguna que otra nota a máquina, pero el grueso son notas manuscritas perfectamente legibles.

Es cierto que, a veces, por ejemplo en los legajos relativos a operaciones en la guerra civil, abundan notas escritas apresuradamente y de difícil lectura. He consultado  a quienes entienden de caligrafías enrevesadas, pero jamás se me ha ocurrido hundirme en los misterios profundos de la paleografía. En cualquier caso, en las páginas que he leído de la obra del general Fontenla vuelvo a resaltar que tampoco hay la menor referencia a ningún documento de archivo, ni escrito a mano ni a máquina. Quizá ha atribuido a los comienzos del siglo XX la experiencia que haya conseguido en el tipo de trabajos que aparece en su página de Dialnet sobre períodos mucho más alejados en el tiempo.  No me atrevo a juzgar al respecto.

Entremos ahora en materia. En términos generales toda introducción de un libro aspira a ser sabrosa y a ofrecer unos cuantos mensajes rotundos. Por la que escribe el autor de lo que (utilizando sus propias categorías) no dudo en caracterizar de “refrito”, nos enteramos de varias noticias que merecerían atención si fueran ciertas y las probara documentalmente un historiador reconocido (no me refiero a las afirmaciones que se han oído en las últimas semanas en relación con la reciente investidura del presidente del Gobierno por parte de eminentes políticos y periodistas de la derecha).  Por ejemplo, que el Frente Popular estuvo “capitalizado por el comunismo” (p. 14). O que “el temor al triunfo de una revolución de modelo soviético pregonada abiertamente e intentada una y otra vez por los dirigentes socialistas” fue lo que movió a los militares hacia el 18 de julio (p. 191). O que el asesinato de Calvo Sotelo demostró que “existía el riesgo de que los comunistas se adelantaran y ganaran la mano” (p. 206).  No se priva nuestro estimado autor de añadir que Franco desterró al comunismo “de la política española durante más de cuarenta años” (p. 14), aunque no queda claro si se refiere al Frente Popular o al comunismo. Lo primero sería absurdo porque no sobrevivió a la guerra.  Lo segundo es totalmente inexacto, a no ser que desee obliterar al PCE y a las formaciones marxista-leninistas que proliferaron en la agonía del régimen de su forma y manera de escribir historia. En cualquier caso, no se alarme el lector. La bibliografía (que no las fuentes) de que se sirve explícitamente tan imaginativo general es de pena y, en los casos de referencia, está ampliamente desautorizada.

Con estas y otras no muy exactas afirmaciones el general Fontenla se plantea una hipótesis que no es posible contrastar: si Franco hubiese sido fiel al Gobierno de la época (no era de Frente Popular), y “se hubiera afiliado o mantenido leal al Partido Comunista”, habría sido ensalzado (como lo han sido Miaja o Rojo y aunque hubiese perdido la guerra) (p. 14). No me consta, desde luego, que ninguno de estos dos generales se hubiera hecho comunista (si bien el por algunos tan alabado periodista y acaudalado agente de la propiedad inmobiliaria en California Burnett Bolloten lo insinuó del primero y servidor ha demostrado documentalmente que el segundo estuvo tentado de hacerse, pero que lo disuadió Negrín). En pluma de un autor que alardea de “estudios e investigación propios” tales conjeturas iniciales no parecen demasiado apropiadas. La “historia conjetural” es delicada y, más aún, cuanda a ella se apela en una introducción sin otra autoridad que la autoconcedida.

El amable lector pensará que lo que antecede son pelillos a la mar. Por ello es más importante reproducir en mayúsculas su rotunda denuncia de que en la España de nuestros días, “EL DISLATE HA LLEGADO AL EXTREMO DE IMPEDIR, MEDIANTE LEYES, LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DE CÁTEDRA (…) Y CASTIGAR, DE MODO MÁS O MENOS ENCUBIERTO, A QUIEN OSEN ESCRIBIR O HABLAR BIEN DE FRANCO”.

Su referencia a la libertad de cátedra es algo exagerada porque no consta en su biografía que el general Fontenla ejerza, tras pasar a la reserva, funciones docentes de ningún tipo. Además, la publicación de su propia obra, glorificadora del inmortal Caudillo, desmiente la supuesta falta de libertad de expresión. Innecesario es precisar que tampoco aporta la menor evidencia, ni siquiera “paleográfica”. Finalmente, es evidente que su libro no ha pasado por ningún tipo de censura como la que con tanto encono y éxito algo más que rotundo mantuvo su biografiado desde 1936 a 1975.

Puede ser, no obstante, que el autor se refiera a que, en una ocasión, el Ministerio de Defensa le denegó el permiso para publicar un articulito sobre el proceso de pacificación en Marruecos durante los años 1912 a 1927. La ocasión la deparó el centenario del Protectorado español. Él mismo reconoció la causa. Aprovechando el símil de que, como de todos es sabido, el Jarama pasa por Fuenterrabía insertó en dicho articulito la siguiente frase: …en Afganistán, todas las capacidades de la OTAN contra un enemigo muy similar, después de más de 10 años sobre el terreno, ha conseguido menos avances y ya ha anunciado su retirada, dejando Afganistán en la misma situación que cuando entró, o peor”- sic. Este exabrupto se pensó que no venía a cuento y que implicaba una crítica a la actuación de la OTAN. El general Fontenla se autoconsideró censurado y retiró su escasamente notable contribución.

Tenemos, pues, un hecho puntual y parcial elevado por alguien que, sospecho, todavía podría estar sometido de alguna manera a la disciplina militar, al nivel de categoría urbi et orbe. Afortunadamente tan lamentable percance lo subió a Internet donde puede encontrarlo cualquier lector (https://www.diarioya.es/content/el-ministerio-de-defensa-censura-este-trabajo-del-general-fontenla). Quizá ese eventual curioso comparta mi opinión o juzgará de forma diferente. No lo sé. Pero a mi, funcionario durante más de treinta años y habiendo tratado de asuntos algo más que muy delicados, me sorprende que un militar, ya en la reserva, se creyese autorizado a despotricar a su antojo en asuntos que no serían de su competencia. Claro que tenemos, hoy, el ejemplo de un exJEME que clama por la necesidad de que el presidente del Gobierno sea objeto de destitución por “traición”.

Más interesantes es que, hombre que se autopresenta culto, muy leído, gran conocedor del pasado español y del de Franco en particular, nuestro general pierda un pelín de retención al proyectar sobre algunos escritores la cegadora luz de su magistral (en la primera y tercera acepción del DRAE) opinión. Son historiadores que, ¡oh, ignominia!, han procurado aclarar la vida y milagros de su hagiografiado y que no se han dejado deslumbrar  por la brillante trayectoria de SEJE. Para que sus lectores no se llamen a engaño el general Fontenla evoca a varios de entre ellos desde la introducción misma. Luego, por lo que he visto, en el texto ya no señala los errores, omisiones, malísimas interpretaciones, etc. gracias a los cuales podría haberlos fulminado a placer contraponiendo los resultados de sus propias investigaciones, lecturas y reflexiones apoyadas en documentación preferiblemente todavía no conocida.

Así, ya en la página 16 despotrica contra una hiperselección muy restrictiva de autores.  La palma de oro, con brillantes y espadas de platino, de los abismos de la superchería en que  hunde a tales historiadores se la otorga, en primer lugar, al profesor Paul Preston, caracterizado de “descartable”, “por muchos reconocimientos que le hayan hecho sus correligionarios”. (Las itálicas son mías). Es, lamento pensarlo, una muestra de hiperetnocentrismo,  a no ser que entre esos tan  flagelables “correligionarios” se encuentren los equipos rectores  de la London School of Economics and Political Science de la que ha sido catedrático durante muchísimos años (para su información, una de las más universidades más renombradas del mundo occidental), la British Academy (equivalente a algunas de nuestras Reales Academias), el Gobierno dirigido por la Sra. Theresa May (más  otros previos por razón de condecoraciones adicionales que le han sido otorgadas) y, no en último término, S. M. la Reina Isabel II,  una vez que tan “descartable” individuo fuese armado caballero del Reino.

Claro que, afirma nuestro eminente general, “su obra tiene más de reportaje periodístico que de estudio histórico”. ¡Ah! Tengo la seguridad absoluta de que Sir Paul Preston no presume de general, pero sí parece obvio que el doctor Salvador Fontenla se autopresenta como historiador. Un historiador que es también capaz de echar un pulso al profesor Manuel Tuñón de Lara. Su pluma (afirma sin pestañear) la puso al servicio incondicional del comunismo (en esto sigue a otro de los autores en que se basa como fue el tan admirado -por algunos- Ricardo de la Cierva). Los historiadores que de tal forma apostilla aparecen como representativos de una supuesta “corriente historiográfica marxista”. Esto, en el caso de Sir Paul, exige urgentemente una demostración hermeneútica y heurística en buena y debida forma. Confiamos en que el profundo conocimiento de Marx y del marxismo occidental (por contraposición al originado en la extinta URSS y en sus antiguos países satélites) que, sin duda, poseerá el general Fontenla nos ofrezca en algún momento  la demostración de su aplicabilidad.

Tampoco olvida, por cierto,  al profesor Santos Juliá a quien achaca un trato hemipléjico (!) “con las fuentes y los datos, aunque de forma más sibilina que los anteriores”.  En línea y media queda despachada tan hilarantemente, con un pellizquito de monja, la monumental obra de uno de los más importantes historiadores españoles desde que se produjo el óbito del general objeto de la biografía que aquí comentamos. Claro que no debe sorprender en un autor que aborda la Segunda República en plan tebeo y en el cual la amenaza bolchevique impulsó a los “malos” a querer declarar la guerra a los “buenos”, que fueron quienes la iniciaron. Quizá hubiera podido haberse inspirado en el profesor Stanley G. Payne para mejorar sus formulaciones, pero ni a eso llega.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IX)

7 enero, 2020 at 8:30 am

EL JOVEN TENIENTE/CAPITÁN EN UNA OBRA RECIENTE

Ángel Viñas

En los anteriores ocho posts he tratado de identificar algunos rasgos tempranos en el comportamiento de Franco. No he sicologizado. Me he basado esencialmente en un enfoque crítico, de historiador, de su hoja de servicios en la versión publicada, en vida de SEJE, por el coronel Carvallo de Cora. He recordado que, como toda hoja de servicios, hay que leerla entre líneas. Ya lo hice, con otros colegas, al acusar a Franco de haber inducido el asesinato del general Balmes el 16 de julio de 1936 en Las Palmas de Gran Canaria, una acusación horrenda que me (nos) ha valido numerosas descalificaciones, sin EPRE en contra que valga y con la adición de más cuentos y camelos.

 

Ahora he de confesar, ante todo, que los ocho  posts dedicados al jovencísimo teniente y todavía joven capitán los preparé en septiembre pasado, tras el impacto de un terrible accidente que se llevó por delante a mi perro Oscar, fiel compañero de alegrías y paseos por mi barriada bruselense. Después, no pude hacer otra cosa salvo lanzarme a viajes para dar conferencias o trabajar en varios archivos. No excluí Madrid en donde suelo enterarme de las novedades.

En este y en los próximos posts, continuación de los anteriores, haré unos pequeños comentarios sobre una de esas novedades simplemente porque versa sobre la carrera de SEJE. Se titula FRANCO, CAUDILLO MILITAR, y toca varios de los temas abordados en los posts precedentes. Me servirán de punto de contraste y confío en que puedan ser demostración de mis reiteradas afirmaciones de que ni existe historia definitiva ni que los historiadores debemos tomar demasiado en serio a los apologistas de Franco. No hay ninguno que no haya distorsionado hechos, datos y documentos.  Está en el ADN de la mitografía profranquista.

El autor de la mencionada novedad, Don Salvador Fontenla Ballesta, es un eminente general de brigada, con paso por la Legión y la Bandera Paracaidista. La solapa de su obra también enuncia que estuvo en los Balcanes, particularmente en Bosnia Herzegovina. Como en aquella región se dieron cita militares de varios países supongo que con ellos se entendería en inglés -a no ser que se sirviera de intérpretes. ¡Ah! Es también doctor por la UCM y ha publicado varios libros, uno de ellos sobre la guerra de Marruecos, amén de numerosos artículos sobre historia numismática e incluso, con otros autores, un manual escolar de cultura de la defensa para estudiantes de la ESO. Vistos los nombres que lo acompañan en tan patriótico esfuerzo me gustaría saber en qué colegios se utiliza, si es que se utiliza en alguno. Recibiré encantado información al respecto.

El lector que desee más detalles sobre el general Fontenla puede acudir a su página de Dialnet (https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=209792). Señalo que su reciente obra fue recensionada muy favorablemente en ABC.

Lleva un subtítulo engañoso: “Su historia en los campos de batalla 1907-1975”. Que se sepa, desde marzo de 1939 Franco no pisó ningún campo de batalla más,  a no ser que se entienda que el período posterior, de unos 35 años, fue más o menos equivalente al de la contienda fratricida, simplemente “porque la campaña continuó”, como dijo uno de sus oficiales. Ciertamente, no sin razón, aunque no creo que el autor de la mencionada obra comparta tal explicación. Si se refiere a los “campos de batalla” diplomáticos, Franco no se movió demasiado en ellos. Su conocimiento del mundo exterior siguió siendo extremedamente limitado, incluso tras un par de viajes a Portugal, a la lejanísima Hendaya, un paseo en tren por Francia (con parada en Montoire) y una rápida bajada al norte de Italia.

Desde el punto de vista de este blog me centraré en las páginas 13 a 24 de la introducción, y de las 44  a 60 del texto de la obra en cuestión porque coinciden a grandes rasgos con el recorrido que he hecho de Franco en la  serie de posts anterior. Añadiré que es, afortunadamente, bastante breve, con 330 páginas en tamaño de letra muy legible y que no lleva notas al pié, que suelen comer espacio. Se trata de un texto de carácter lineal y tono afirmativo por lo que podría comprenderse, à la limite, la ausencia de notas.

En las páginas que me interesan he contado tan solo cuatro referencias a otros autores  insertadas en el texto. De ellas dos lo son al general Casas de la Vega, ya mencionado en esta serie de posts, una al general Jorge Vigón correspondiente a su biografía de Mola (que no diría es una obra con pretensión historiográfica aunque puede utilizarse como representativa o sustitutiva de cierto tipo de EPRE) y la última a una obra general sobre la Legión que desconozco. No soy experto en este grandioso tema.

De destacar, subrayar y analizar es, por el contrario, que el autor iza rápidamente bandera en la página 13 al afirmar que el régimen franquista “evolucionó rápido a una democracia partitocrática”. Como es notorio, la evolución se hizo entre 1975 y 1978 con la aprobación de la Constitución y no tengo reparos en aceptar que fuese un proceso rápido, aunque a los que lo vivimos no nos lo pareciera necesariamente.  Por el contrario el calificativo con que el general Fontenla agracia (es un decir) al naciente sistema democrático no es el que se encuentra habitualmente en la literatura histórica, politológica o sociológica. Sí se halla en ciertos escritos que no deseo calificar. En España, por ejemplo, lo utilizó el eminente diplomático y exministro  franquista Gonzalo Fernández de la Mora, tan recordado por sus alabanzas al “Estado de obras” y su silencio sobre los numerosos aspectos oscuros del mismo.

Los lectores podrían pensar que hago demasiado hincapié en una sutileza, propia de un académico pejiguero. No es así. No lo es porque el general Fontenla continúa su introducción aludiendo a lo que denomina la visión histórica “propia de las naciones” que, señala, suele ser “hemipléjica”. Algo que me ha dejado un tanto perplejo. En la hoja de publicaciones de dicho autor no he visto ningún título que aborde la historia de Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Estados Unidos,  países latinoamericanos o, dada su experiencia en Bosnia-Herzegovina, balcánicos. Tampoco ha mostrado (pero a lo mejor me equivoco) ser historiador comparativista.

Dada mi extrañeza he consultado rápidamente el DRAE por si el calificativo a tan interesante historia tuviera alguna connotación que, tras treinta y tantos años de estancia en el extranjero, se me hubiera escapado. No sigo las sutilezas o los matices y cambios del lenguaje en la península. Pero, advierto con satisfacción, no parece que sea  el caso. La definición de “hemipléjico” implica la parálisis de una parte del cuerpo, es decir, la significación habitual que, claro está, no me es desconocida. Quizá, en lenguaje simbólico, sea frecuente su uso entre los tratadistas militares y en este caso hubiera sido de agradecer alguna referencia. Me temo, sin embargo, que tampoco sea muy frecuente porque, de manera un tanto críptica, para el caso español el autor aduce que esa “historia hemipléjica” es un producto de “nuestros seudohistoriadores”.

Su identificación la reproduzco entre comillas, que él no utiliza, porque evidentemente se trata de ciudadanos españoles.  Así, pues, ¿cómo los define o, al menos, caracteriza el por antinomia no seudohistoriador que es como se autoproyecta el autor?  Se trata, según él,  de aquéllos que carecen “de estudios y de investigación propios”. Con tales características pienso que no habrá muchos. Que no hayan cursado una carrera universitaria o equivalente me parece, a ojo de buen cubero, que no son demasiado abundantes. Es cierto que sí lo hacen los, llamésmoles, aficionados, pero también muchos de ellos han investigado, por ejemplo las fosas comunes en las que el régimen naciente en 1936 enterró a las víctimas de su represión.  Y lo han hecho sobreponiéndose a dificultades de todo tipo. Entiendo, pues, que la utilización de tal término no es acertada.

El general Fontenla evidentemente no se incluye en dicha categoría. Con razón. Podría aducirse que no en vano ha seguido el cursus honorum de la educación militar y, además, ha hecho la licenciatura en Historia y un doctorado en historia numismática. Pero eso no es lo que tiene in mente. Él identifica a los auténticos historiadores, por contraposición a los seudohistoriadores, de otra manera. Señala que los primeros “requieren, para no hacer refritos, una capacidad de análisis y un trabajo de investigación en fuentes primarias, labores que necesitan constancia y conocimientos archivísticos y de paleografía”.

Al introducir este criterio nuestro estimado general invita rápidamente a sus lectores a dar un vistazo a las fuentes que ha utilizado para escribir su magna obra. Puedo afirmar que lo he echado con grandes esperanzas. Por lo común, cuando compro un libro (y lo hago muy frecuentemente hasta el punto que tengo mi casa abarrotada de volúmenes en todas las habitaciones, incluidos los descansillos de las escaleras, el sótano y la buhardilla) lo primero que hago es ir a ver las fuentes y bibliografía. Supongo no ser en ello un bicho raro.

Al proceder de tal suerte con la obra del general Fontenla sólo me he encontrado con una lista de autores y de libros que merecerían un comentario algo extenso. No es este el lugar. Pero sí quiero destacar, entre ellos, un bodrio (según el DRAE,  mal hecho, desordenado, de mal gusto). Un bodrio absoluto, para precisar, debido a la pluma de nada menos que todo un teniente general, Manuel Chamorro Martínez, licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM hace muchos años. Le dediqué algunas páginas en uno de mis trabajos. Conviene recordar que el libro de tan insigne teniente general fue recomendado oficialmente, por Orden Circular del 2 de noviembre de 1973,  como de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército. Ergo para el  militar que lo cita.  Soy muy mal pensado y no me cuesta trabajo especular si tal recomendación no habría producido al teniente general un buen chorro de pesetillas de la época. Sin embargo, su valor historiográfico no tengo inconveniente en afirmar que es igual a cero.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VIII)

17 diciembre, 2019 at 10:41 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Franco no fue el héroe por antonomasia del combate del Biutz. Espero que esto haya quedado claro en los posts anteriores. Ya hice referencia a lo que el fiscal del Consejo Superior de Guerra y Marina elevó al conocimiento de este último órgano. A saber: se habían examinado otros casos del combate, cuya importancia y significación pueden debatirse y se han debatido. Lo que ha quedado algo olvidado, comparativamente hablando, es que se habían presentado otros candidatos a la Laureada. Aun así, quedan algunas incógnitas que es preciso identificar, que no resolver.  Veamos las más importantes.

 

La primera se refiere a la herida de Franco. La EPRE, en la medida en que se ha conservado, afirma que fue en el pecho. Así está consignado en el informe a mano del fiscal. Pudo, naturalmente, haberse tratado de un error que recogió  Carvallo de Cora. De este sí sabemos que se equivocó, ya lo hemos dicho, en el nombre del médico al transcribir el informe. A este error, salvo que fuera para despistar, no le otorgamos más importancia. Lo de la herida es mucho más significativo. Es claro que se trató de una muy grave y que Franco se recuperó. Lo que ocurre es que no sabemos cómo. ¿Fue debido a una intervención sobrenatural? ¿A la naturaleza robusta de un oficial algo enclenque? El informe del médico Sr. Blasco ha desaparecido. De los cuidados que se le prodigaron en el campamento no ha quedado rastro documental. Finalmente fue trasladado al hospital. Según cuenta, quizá con excesiva galanura, un periodista de ABC, Manuel Pérez Villatoro, en su artículo actualizado en red al 7 de marzo de 2017 (https://www.abc.es/historia/abci-batalla-olvidada-pudo-cambiar-historia-espana-cuando-franco-casi-muere-combatiendo-contra-cientos-rifenos-201703070158_noticia.html), él consultó a dos médicos que conocieron bien a Franco y Marruecos. Ambos le dijeron que en el hospital de Ceuta en aquellos tiempos no había aparatos de radiografía.

Es decir, casi todo lo relacionado con la herida debe ser puesto bajo interrogantes. Las lagunas pudieron producirse porque en 1916 o incluso 1918 Franco no era todavía un personaje importante y, naturalmente, tales detalles no se conservaron. Pero también puede establecerse otra hipótesis: la posibilidad de que posteriormente Franco tuviera algo que ver con su desaparición. Cosas más difíciles han ocurrido.

Ahora tenemos que comparar lo que la hoja de servicios (versión Carvallo de Cora) y el juicio contradictorio dice de Franco con el caso de otro oficial, muy conocido de los expertos pero no del público en general: el entonces teniente Juan Salafranca Barrio. Los lectores pueden acudir a su entrada en Wikipedia y a un resumen de su biografía  en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. Ambos fueron compañeros de la misma promoción, la XIV, de la Academia de Infantería de Toledo.

Franco ascendió, por antigüedad, un año antes que Salafranca y también llegó tres años antes a Regulares. En estas fuerzas coincidieron. Claro, Franco se distanció rápidadamente, pues su ascenso a capitán le hizo subir muchos puestos en el escalafón. No he encontrado nada que haga pensar que Salafranca mendigara el suyo. Ascendió, eso sí, como consecuencia de su comportamiento en la misma acción de El Buitz. No he tenido la curiosidad de examinar su hoja de servicios pero me fío de un párrafo parcial de la misma que se reproduce en Wikipedia.

En él se afirma que “sostuvo duro combate con el enemigo (…) resultando dos veces herido, una en la pierna y otra en el cuello, continuando al mando de sus fuerzas a pesar de sus heridas, ordenándole el capitán jefe accidental del tabor Fernando Lías Pequeño, saliese a llevar un parte al jefe de la columna, coronel Génova, lo que cumplimentó, siendo muerto el caballo que monataba al regresar de transmitir dicho parte, permaneciendo al frente de sus fuerzas hasta que ordenó el repliegue”.  Su nombre figuró en el parte de la operación que Lías Pequeño entregó a dicho coronel con la mención de “muy distinguido” por su insuperable valor, dotes de mando y la energía que desplegó en altísimo grado en dicho combate.

Pregunta: ¿cuál de los dos oficiales, el capitán Franco o el teniente Salafranca, se portó mejor en el asalto a la loma de las trincheras? Los dos fueron a parar al hospital, aunque Franco algo más tardíamente dada la gravedad de sus heridas. El de Biutz fue un combate en el que hubo otros héroes. Uno fue el cabo Mariano Fernández Cendejas. También se le transportó al hospital porque seguía vivo aunque estaba acribillado a balazos. El hermano del comandante de la columna fue a verlo para que firmase la instancia que él había promovido para que se le concediera la Laureada. No pudo hacerlo porque tenía las manos vendadas. Dos días más tarde falleció. La Laureada se le otorgó a título póstumo.

Cuando Salafranca pudo salir, por fin, del hospital coincidió con la publicación en la orden general del Ejército de España en África la disposición del general en jefe por la que se abría juicio contradictorio en atención a sus méritos contraídos en El Biutz para que se le concediera la Cruz Laureada de San Fernando. También se propusieron al teniente Diego Pacheco Barona y al oficial médico ricardo Bertoloty. Poco después siguieron el fallecido comandante del tabor, Enrique Muñoz Gui, el capitán Francisco Palacios y el propio Franco. Como se ve, una plétora de héroes. FRANCO NO FUE EL ÚNICO. FUE EL MÁS PEDANTE.

Según Wikipedia, de la que me fio en este caso, Franco elevó una instancia al rey Alfonso XIII en la que puso de manifiesto el agravio comparativo con sus compañeros ascendidos y, hoy sabemos que con extremado tupé, aludió “a la injusticia de atribuir todos los méritos del asalto a la loma de las trincheras al teniente Salafranca”. Franco, acusica y rencoroso, aseguró que “como oficial de mayor graduación de aquella acción siempre estuvo al mando de ella y que fue él y no Salafranca quien había seguido dirigiendo el combate, incluso después  de resultar herido”. Hoy podemos decir que, si Franco escribió en estos términos, mintió como un bellaco, porque en la segunda etapa de su juicio quedó de manifiesto que no había estado en condiciones de hacer nada después de recibir un balazo.

El que no se le concediera la Laureada debió producir a Franco, pues, un gran malestar. En su carrera militar ulterior tampoco la ganó. Probablemente se había hecho prudente y eso de ir a pecho descubierto hacia la muerte ya no le agradaría (si es que alguna vez la buscó en pos de la fama y de la gloria). Salafranca sí lo hizo y se topó con la parca. Murió como el valiente que era.

Franco, siempre muy al loro, encontró otro método para subir al cielo de los héroes. Lo hizo en tres etapas. La primera fue a finales de septiembre de 1936 y a ella dedicaremos un par de posts ulteriormente. La segunda etapa coincidió con el también segundo aniversario del “Glorioso Movimiento Nacional”:  el Consejo de Ministros, que él presidía, tomó una resolución que encontró plasmación en las páginas del BOE.

Para mí es la babosidad que rezuma la segunda la que más me impresiona. Imagine el lector la escena. El Consejo de Ministros se encuentra sobre la mesa con la solicitud hecha por la Armada para que el Jefe del Estado vista su uniforme. No sabemos si en ese día el Consejo lo presidió Franco o, por un ataque de extraña humildad, se ausentó para que deliberaran al respecto los señores ministros.

Lo cierto es que el Consejo aprobó la petición y se lanzó a una envolée tan cursi como inigualable. La de por sí sobria prosa del BOE apenas da abasto para contener la emoción que rezuma el párrafo final de su resolución, supongo de nuevo que adoptada en ausencia de Franco:

“También cree el Gobierno rendir tributo de justicia a quien por designio Divino y asumiendo la máxima responsabilidad ante su pueblo y ante la Historia, tuvo la inspiración, el acierto y el valor de alzar la España auténtica contra la anti-Patria y, después, como artífice inimitable de todo nuestro Movimiento, dirige personalmente y en forma insuperable una de las más difíciles campañas que registra la Historia, conduciendo a nuestros bravos soldados de victoria en victoria y a pasos agigantados al triunfo final y, como Jefe del Estado y Presidente del Gobierno, rige los destinos de la Nación con desvelo y acierto universalmente admirados”.

El narcisismo de Franco no pudo recibir mejor espaldarazo. Le faltaba una cosita que le llegó en la tercera etapa, cuando tópicamente va la vencida o, como se dice en inglés, third time lucky. En aquel momento de ascenso a la suprema gloria militar se dejó prender en su pecho, henchido sin duda por la VICTORIA, la Laureada que no había logrado conseguir ni en los años diez ni en los veinte del pasado siglo.

He puesto en itálicas lo del “designio Divino” porque los hechos fueron muy, pero que muy diferentes. Lo dijeran los señores ministros de la época o lo machacara con singular constancia una propaganda sumamente rendida y permanente (en realidad hasta hoy),  con incrustaciones religiosas de por medio.

En los próximos posts veremos la, hoy por hoy, presentación de la carrera de Franco de teniente a comandante en la última versión que ha llegado a mis manos.

NOTA

En condiciones normales sería en los próximos martes, pero en dos ocasiones recaerían en Nochebuena y Nochevieja. No son momentos para leer mis posts. Continuaré la serie el 7 de enero, después de Reyes, con la esperanza de que los amables lectores sigan riéndose.

A todos y a todas, MIS MÁS SINCEROS DESEOS DE FELICIDAD EN LAS PRÓXIMAS NAVIDADES Y DE BIENESTAR Y ÉXITO DE CARA AL NUEVO AÑO.

Presentación de «¿Quién quiso la Guerra Civil?»

10 diciembre, 2019 at 4:11 pm

Presentación, en la Fundación Sindical Ateneo 1º de Mayo, del libro ¿Quién quiso la Guerra Civil? de Ángel Viñas.

Intervenciones de Jaime Cedrún (Secretario general de CCOO y presidente de la Fundación Sindical 1º de Mayo) y de Ángel Viñas. Moderadora del acto Paula Guisande (Directora de la Fundación Sindical 1º de Mayo).

Madrid, 20-11-2019.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VII)

10 diciembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

La historia del juicio contradictorio a que Franco fue sometido muestra algunas características del protagonista. La primera es que la no concesión sino el rechazo de la laureada pudo, muy probablemente, dejarle un sentimiento de frustración, cuando no de rencor. La segunda que las oscuras maniobras que puso en movimiento no le dieron el resultado apetecido. Estas maniobras han permanecido envueltas en tinieblas, pero no fue la primera vez que las había practicado. Vamos a dar ahora una marcha atrás con el fin de aclarar las circunstancias precisas en que se produjo su primer ascenso por sedicentes “méritos de guerra”. En este post reproduciré algunos de los párrafos relativos a las hazañas militares de Franco en su primerísima época. Mi intención es divulgarlas y plantear la pregunta fundamental: ¿podría afirmarse que, tal y como están transcritas, son susceptibles de haber justificado su  ascenso de primer teniente a capitán? O, por el contrario, ¿dan soporte a la tesis del coronel Blanco Escolá de que el ascenso respondió a otros factores, entre ellos la intriga y el servilismo de Franco hacia sus superiores?.

 

Se sabe que el paso a primer teniente, su ascenso inicial, lo fue por rigurosa antigüedad. Luego se ha dicho que los sucesivos lo fueron por méritos de guerra. En los posts anteriores no nos hemos detenido en la tesis del coronel Blanco Escolá de que el ascenso de capitán a comandante fue debido, sobre todo, al jaleo que montó tras su grave herida y que fue una concesión graciosa de S. M. el rey Alfonso XIII. Lo que hubo detrás ha quedado esclarecido en base a la versión  que se conoce desde hace más de cuarenta años de su publicada hoja de servicios.

A primer teniente Franco ascendió por Real Orden de 13 de junio de 1912 (DO, nº 158) cuando estaba destinado en el Regimiento de Infantería de África nº 68, acampado entonces en Ras Medua. De aquí continuó, según la hojita del coronel Carvallo de Cora,

“en servicios de reconocimientos y seguridad hasta el día 25 de agosto de 1912, que marchó destacado a la posición de Uixams, donde quedó prestando servicio de seguridad. Por R.O. de 16 de noviembre de 1912 (DO, nº 160) se le concede la Cruz de primera clase del Mérito Militar con distintivo rojo, por haber estado sin recompensa durante tres meses en operaciones activas en la campaña de Melilla”. (Nota: siempre se ha dicho que en el Ejército de África llovían las medallas, siempre un aliciente para los militares de la época. Este parece ser un caso típico).

Después el joven primer teniente siguió en servicios de campaña sin que se mencione en su hoja de servicios el menor hecho relevante. Por R.O. de 15 de abril de 1913 se le destinó a las Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla y luego se incorporó a las unidades de operaciones de campaña de Tetuán. Tomó parte en los combates de Wad-Ras, Bini-Sidi y Benkarri. ¿Resultado? RAS, un RAS rotundo (como dicen los franceses, rien à signaler). Ciertamente disparó algunos tiros. Por ejemplo, en operaciones de reconocimiento, en la protección de un convoy, en la toma de una loma y cuando se trató de establecer un reducto. ¿Conducta distinguida o distinguídisima? RAS. Eso sí, de la nueva lluvia correspondiente le cayeron más condecoraciones [nota: un historiador escrupuloso indagaría en la distribución de “chapitas” entre la oficialidad para comprobar si Franco tuvo más o menos]

En una ocasión (¡oh, cielos!) apresó a una guardia enemiga y siguió participando en algunos combates. Con la columna del general de brigada Dámaso Berenguer “protegió los trabajos para la construcción de un blockhaus”.  Después tuvo lugar un hecho que, con la perspectiva que da el tiempo, quizá quepa caracterizar de trascendental, aunque no he visto que muchos biógrafos lo comenten como se merece.

El 13 de mayo de 1914 Franco fue nombrado ayudante segundo del primer grupo de compañías, mandadas por el comandante Julián Serrano Orive. Escoltó a los jefes de varios poblados (lo que no dio lugar a luchas fieras). En septiembre tomó parte con la columna Berenguer en combate. Quizá fuera en esta ocasión cuando Arrarás se inventó la admiración que el general empezó a profesarle. De esta leyenda se han hecho eco numerosos autores, pero la triste hojita de servicios en la versión del coronel Carvallo de Cora vuelve al RAS. Sorprendente, porque  menciona hasta los más leves detalles como que, de nuevo,  en la protección de la construcción de otro blockhaus Franco “sostuvo ligero tiroteo con el enemigo”. ¡Caramba! Franco y sus hombres dispararon contra los peleones moros. Una información que no podía faltar en el recuento de sus hazañas militares.

El 16 de enero de 1915, a las órdenes inmediatas de Serrano Orive, Franco “tomó parte en el combate que tuvo lugar para la ocupación de la Peña de Beni-Hosmar, siendo citado en el parte de este día como distinguido”.  ES LA PRIMERA VEZ QUE APARECE ESTA MENCIÓN en su hoja de servicios (más repitió, por ejemplo, el 3 de noviembre de 1915 y sobre todo el 24 de mayo de 1916, ya capitán, en las órdenes del Cuerpo y General, en este último caso en compañía de muchos otros). Suponemos que algo parecido ocurriría también con otros heroicos soldados en numerosas ocasiones y que igualmente se incorporaría a su respectiva documentación.

Nos deja, pues, un pelín “sorprendidos” que con tales “hechos de armas”, y no otros, según la versión del coronel Carvallo de Cora, hubiera ascendido a capitán con antigüedad de 1º de febrero de 1914 (!!!!). El historiador que lea entre líneas debería preguntarse ¿qué diablos habría hecho Franco desde su ascenso a primer teniente cuando nunca se le mencionó en ningún despacho, parte o notita elevada a la Superioridad?. Al menos no en una que debiese figurar en su hoja de servicios.

Así, pues, lamentando nuestra ignorancia de los criterios de distribución de chapitas y su número en las campañas en la época en tierras marroquíes, no podemos sino concluir que hasta 1º de febrero de 1914 Franco no parece que hubiese hecho absolutamente nada espectacular y, por lo que he podido ver en otros casos,  lo que sí había hecho era cumplir con su deber como tantos más. Claro que, en la mejor tradición burocrático-militar, había que justificar el ascenso y la hojita lo hace: “en recompensa por los méritos contraídos en los hechos de armas, operaciones efectuadas y servicios prestados desde el el 1º de enero a fin de abril del año de 1914”. Es decir, en cuatro meses absolutamente anodinos. ¿O se me escapa algún detalle? Si es así agradecería de todo corazón a los amables lectores que me informen. Mientras tanto, y en mi desconocimiento de la auténtica hoja oficial, si no se ha alterado, he de seguir el documento disponible que es el de Carvallo de Cora, elevando preces al cielo para que sea una copia exacta del original.

No hemos todavía hablado de Ricardo de la Cierva en este contexto. Lo que en la hoja de servicios no merece sino una breve mención (el 1º de febrero hubo un combate en Beni Salen, nada más y nada menos), tan destacado hagiógrafo lo identifica como el momento en que el general Berenguer “se fija insistentemente en el teniente Franco”. ¿EPRE? Absolutamente ninguna. Pero es que, además, en la hojita de servicios (siguiendo a Carvallo de Cora) al hecho de armas de Beni Salen  no lo adorna absolutamente NINGUNA característica. Se menciona como tantos otros y como en tantas otras hojas de servicios de las decenas de militares que hemos consultado.

El coronel Blanco Escolá adelanta una tesis muy verosímil: los méritos de Franco no fueron adquiridos en el campo de batalla. ¿Cómo pudo ocurrir esto? De forma muy simple. A falta de otra documentación fidedigna, Blanco plantea la hipótesis de que pudo ser una consecuencia de su cargo de ayudante del comandante Julián Serrano Orive. El joven primer teniente no había tenido demasiadas ocasiones de ejercer mando de tropas, pero sí muchas de camelar a su jefe más directo que era quien tenía que proponer su ascenso. “Franco, gracias a su proverbial astucia y su afán arribista, pero también a su imagen de hombre disciplinado, cumplidor, aparentemente dócil y servicial…, supo ganarse [su] confianza (…) hasta conseguir que le propusiera para el ascenso a capitán”. Es una posibilidad que, sin duda, los todavía hagiógrafos del gran soldado, que los hay, podrán desmontar con la adecuada documentación de la época.

Nada de lo que antecede significa minusvalorar el abanico de envidiables dotes, pero nos induce a pensar que, ya capitán, Franco se propondría tal vez conseguir un ascenso rápido a comandante. Añadió a sus indudables dotes de duplicidad y servilismo una conciencia aguda del valor de la publicidad orientada hacia su propia persona.

Lo que hemos expuesto hasta ahora son hechos. Hechos documentados. Sin embargo, hay que mirar algo en lo que pudo haber detrás, siguiendo la metodología de mi admirado Herbert R. Southworth. En mi modesta opinión, Franco quiso ir a por todas. Es decir, a por el ascenso y a por la Laureada. No le bastaba la primera opción. Más importante que esta hipótesis es una segunda. Cuando Franco consiguió que el ya comandante Lías Pequeño solicitase la reapertura en 1918 de su expediente de San Fernando, ¿qué le pasaría por la cabeza? ¿Ignoraba lo que habían dicho dos años antes sus propios compañeros? ¿Es verosímil creerlo? Si él depuso ante el instructor en el expediente de 1916/17, ¿nadie le sopló lo que se había logrado saber? Dentro del pequeño círculo de oficiales y jefes en el que sustanció el caso, ¿no hubo la menor filtración?. Misterio.

Después vinieron tiempos peninsulares, desde marzo de 1917 hasta septiembre de 1919 cuando se incorporó a la Legión. No hay felicitación alguna en su hoja de servicios hasta el 10 de septiembre de 1921. Realmente curioso.

Lo expuesto hasta ahora refuerza nuestra modesta opinión de que, cuando ya Franco duerme el sueño eterno fuera del mausoleo que ordenó construir a la eterna gloria de su Cruzada, sería conveniente avanzar un poquito más. Por ejemplo, dar a conocer el resto de su hoja de servicios, con los papeles y documentos anexos que procedan, más allá del año 1926 y hasta donde sea posible. Y TAMBIÉN, EN UN DESEABLE ESFUERZO DE CLARIDAD Y DESMITIFICACIÓN, LOS PAPELES QUE SUBYACEN AL JUICIO CONTRADICTORIO PARA LA LAUREADA Y EL EXPEDIENTE COMPLETO DEL MISMO.

Espero que ningún historiador o periodista se me eche encima si  reafirmo mi creencia de que se trata de una necesidad  absoluta. ¿Quién puede temer a los documentos del, para algunos, excelso Caudillo? Por no hablar, claro está, de sus papeles, que no son los que custodia con envidiable mimo la Fundación Nacional Francisco Franco.  ¿No dijo uno de esos apóstoles cuya escultura masiva, del cincel de Juan de Ávalos, figura en el mausoleo de Cuelgamuros que la “verdad os hará libres”?

La exhumación de Franco ha supuesto, en mi entender, traspasar una frontera. Con independencia de lo que se haga en el futuro con el mausoleo -y que dicha exhumación facilitará- queda todavía por abordar, en la mayor medida posible, los documentos de la actuación en la guerra y en la posguerra, como Generalísimo y como Jefe del Estado, como líder del único partido, fascista primero y fascistizado después en su recorrido histórico, y como garante  y motor de una represión sin paralelo en la historia de España.

No es venganza. Es favorecer, en la mayor medida posible, el avance en el conocimiento histórico. El pasado es algo que no pasa o que tarda mucho en pasar. Si los ciudadanos de los antiguos Estados confederados en USA no han olvidado “su” guerra civil a los más de ciento cincuenta años de terminada no puede pedirse a los españoles que ya olviden una guerra que, fuera de las operaciones militares, ocupó su vida diaria durante cuarenta años de dictadura. En cierto sentido, hay motivos para pensar que la guerra no terminó en 1939. Lo que terminó fue, como suele decir Francisco Espinosa, la campaña. La guerra empezó a terminar con el desmontaje del sistema institucional y político que se construyó en torno a un general felón que supo crear, amamantar y proteger hasta el final un canon basado en falsedades y/o distorsiones desde el principio al fin.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (VI)

3 diciembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Lamentamos profundamente que todavía no se hayan hechos públicos los pormenores del juicio contradictorio al que dio lugar la petición del capitán Lías Pequeño a los pocos días del combate del Biutz, con Franco agarrándose desesperadamente a la vida. Por fortuna, recuperado ya y ascendido a comandante, insistió en que merecía la Laureada. Por ello se examinó de nuevo el expediente incoado dos años antes y se completó. Así podemos enterarnos afortunadamente de su mitificada participación en la gesta del Biutz. En esta ocasión el Ejército no se anduvo con chiquitas. El fiscal del Consejo de Guerra y Marina revolvió los antecedentes del expediente abierto dos años antes, añadió más datos e hizo su exposición, denegatoria, a tal órgano superior. ¡Albricias! No todo está perdido y dejado al capricho o inventiva de sus múltiples panegiristas. En ellos comprendo también los que se han pronunciado con toda autoridad en estos años de democracia y libertad de expresión y publicación.

No olvido, en ningún momento, que en un rasgo de insólita honestidad el eminente genealogista del Caudillo y editor de su gloriosa hoja de servicios dio a la luz todo el documento del fiscal que hizo suyo el mencionado Consejo. Para mayor gloria de Dios (y menos de Franco) lo hizo en vida del Generalísimo. El por qué se nos escapa. Es posible que la publicación tuviese escaso recorrido. En ausencia de otros documentos vamos a servirnos de la forma en que dicho coronel republicó tales conclusiones elevadas al Consejo de Guerra y Marina, pero las complementaremos en un aspecto con lo que figura en el original firmado por dicho fiscal y que se encuentra, en letra manuscrita, en el AGMS.

Obviamente, ya en mayo de 1918 Franco se había hecho un nombrecito. En ese mes, el general en jefe del Ejército de África dio seguimiento a lo dispuesto en el artículo 23 de la Ley de 1862 que ya hemos indicado en el post anterior. Trasladó al Consejo el expediente de juicio contradictorio abierto años antes para determinar si Franco era merecedor o no de la altísima distinción. La Ley preveía que para concedérsela era preceptivo el informe de tal órgano, lo cual exigía que el fiscal del mismo hiciese la correspondiente propuesta. No he localizado el nombre de este militar, pero sí que echó mano de los antecedentes que tomó del primer instructor del expediente. En su exposición final al Consejo reprodujo, literalmente, lo siguiente en relación con la valerosa acción, tan distorsionada con nuevos aditamentos en el ordenador del profesor Stanley G. Payne. Transcribo de la tan poco citada hojita:

“El capitán Franco (…) recibió orden de ocupar con su compañía la loma inmediata a la de las trincheras [nota: obsérvese que las trincheras famosas no estaban encima de la loma] y al cumplimentarla se encontró con numerosísimo (sic) enemigo contra el que con su gente tuvo (sic) que llegar al cuerpo a cuerpo, siendo heridos sus dos oficiales y contuso el otro [nota: ¿a quién entregó Franco, pues, la fortunita que supuestamente llevaba encima?], perdiendo en bajas 56 individuos, casi la mitad de su compañía, compuesta de 113 hombres; fue también gravemente herido el capitán Franco, por lo que se le retiró del lugar de la lucha”.

Esta escueta relación que se limitaba a hechos esenciales era conocida desde 1916/17 por el Ejército. El fiscal añadió que “no se ha de repetir aquí cuanto ya se ha expuesto en los otros expedientes de esta índole incoados por el mismo hecho de armas, pues ese combate de vanguardia ya es de sobra conocido por el Consejo”. Esto implica una nota de alerta. El combate había generado varias propuestas de Laureadas (no solo para Franco y, suponemos, todas ellas habrían sido sometidas a juicios contradictorios, una con resultado más que halagüeño para el agraciado). El porqué se incluyó al entonces capitán Franco puede dárnosla la constatación de que “mandaba la tercera compañía de asalto, que también fue rechazada con grandes pérdidas, y aseguró la posición conquistada el batallón de Barbastro”. Es decir, la tercera compañía habría quedado tan exhausta que no pudo coronar la acción.

En este expediente de 1916/17 se señaló que, entre los méritos aducidos en el parte de la acción, se había dicho que “por haberse quedado sin oficiales [Franco] hizo las veces de estos, hasta caer gravemente herido en el pecho, siendo merecedor con otros de que se le forme juicio de votación” [nota: nos asaltan dudas reforzadas de que Franco pudiera haber entregado las “pelas” a otro oficial si se había quedado sin ellos, así que el tema lo dejamos resuelto por la negativa, con perdón a todos los comentaristas y camelistas que lo han tratado en los términos ya reproducidos en estos posts]. Por lo demás, obsérvese que en la versión de Carvallo de Cora, pero también en la del original manuscrito del fiscal, la herida no fue en el vientre, en el abdomen o en el bajovientre, sino en el pecho. [Nota: ¿eran los servicios médicos y administrativos del Ejército de África equivalentes a los que tuvieran, si los tenían, los insurgentes marroquíes?, porque incluso el más ignaro no puede desconocer que pecho y abdomen están separados]

La respuesta a la pregunta anterior es negativa. Debemos recordar al lector que en aquella época los juicios contradictorios no eran una bagatela. Implicaban el examen de los hechos y el testimonio de numerosos testigos, que debían dar cuenta formal, ante un panel de jueces, de lo que habían presenciado o visto. Y así nos encontramos con la primera sorpresa, que destacó el coronel Blanco Escolá, tan ninguneado por muchos de sus compañeros aprendices de historiador. El capitán (ya comandante en la segunda tacada) Lías Pequeño se escurrió como una lagartija (es un decir) al declarar que “Franco fue muy gravemente herido y que coronó la loma, sin precisar el tiempo que medió desde la herida hasta ser recogido, ni las bajas que hasta ese momento había sufrido”. Un héroe administrativo el tal Lías Pequeño porque, como recordarán los amables lectores, de los requisitos exigidos por la Ley de 1862 ambos aspectos eran prioritarios. Tan entusiasta superior accidental de Franco se zapó de toda posible indicación precisa. Sin embargo, dice la hoja de servicios, “en el parte de la operación, dado por [Lías Pequeño] figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en dicho combate”. Es más, se añade que “en telegrama recibido por el general en jefe de fecha 30 de junio del ministro de la Guerra, y publicado en la Orden General del día 2 de julio en Tetuán, es felicitado por el Gobierno de S.M. y ambas Cámaras”.

Sin duda, cuando se enteró Franco de esto último, es decir, cuando recobrara su lucidez,  se pondría muy contento pero lo que nos preguntamos es ¿POR QUÉ ENTONCES DIJO LÍAS PEQUEÑO LO QUE DIJO EN EL EXPEDIENTE Y REINCIDIÓ AL SOLICITAR, A PETICIÓN DE FRANCO, LA REAPERTURA DEL MISMO UNO O DOS AÑOS DESPUÉS? Misterio. ¿Faltan papeles?

Pensamos que en algún momento en 1916 o después Franco se había personado en el expediente, que por eso hemos caracterizado como de los años 1916/17. No sabemos si conocía los términos del testimonio de quien había sido su jefe accidental. El, Franco, dijo que con su compañía, de 113 hombres, sufrió “la baja de sus cuatro (sic) oficiales y 56 más [suponemos que simples regulares], casi todas antes de ser herido gravemente, cuando estaba a media ladera, y pasado un cuarto de hora fue retirado después de coronar la loma, siendo curado en la ambulancia”. Esto, repito, es lo que consta en el expediente incoado en 1916, según reprodujo el fiscal dos años más tarde. Cualquier lector observará que hay alguna contradicción entre Franco y Lías Pequeño. ¿Se quedó tendido a media ladera? ¿Subió trabajosamente [nota: ¿cómo? y ¿cuándo?] hasta la cresta de la loma a pesar de una herida gravísima? ¿Cómo se le curó en plena campaña?.

En el expediente de 1916/17 uno de los valedores de Franco, un general llamado Milans, había incluido el caso del supuesto valor de aquel capitán llamado a más altos destinos en el supuesto sexto del artículo 25 de la Ley de 1862, que vimos en el post anterior. Añadió otro, el caso cuarto del 27 (“en momentos dudosos, o decisivos, cargar el primero y con buen éxito al enemigo, causándole la pérdida de un tercio de su fuerza”). Es evidente que exageró en ambos. Un coronel llamado Génova no había precisado las bajas causas pero añadió otra afirmación: Franco caía dentro del supuesto sexto del 27 (“rehacer instantáneamente una tropa desordenada por las pérdidas sufridas, y dispersar con ella al enemigo cuyas fuerzas no sean inferiores o tomar o recuperar en el acto una batería o posición”). Nos parece evidente que tan distinguido coronel se pasó de rosca.

En favor de Franco se habían pronunciado también el capitán Palacios y los tenientes Muñiz y Valcárcel, que dijeron haberlo visto y añadieron otro nuevo caso de concesión de la laureada, el segundo del artículo 27 (“defender el puesto que se le confía hasta perder entre muertos y heridos la mitad de su gente”). No obstante los dos primeros no habían precisado el número de bajas del enemigo y el tercero solo que “Franco fue uno de los primeros que retiraron, en el momento en que las bajas todavía eran menos de la mitad”. Las incongruencias y exageraciones saltan a la vista.

La palma se la llevaron otros dos oficiales cuyos nombres debemos inmortalizar en Internet. Uno, el capitán López de Haro, ignoraba muchos de los particulares que se le preguntaron. Otro, el teniente Martínez, sabía que Franco asistió al combate y que fue herido, “ignorando que realizase acto alguno digno de estar comprendido en la Orden de San Fernando”. Nos sorprende poderosamente el por qué y por quién fueron convocados. No conocemos el acta ni el papeleo que sin duda figuraron en el expediente de 1916/17.

Pero las cosas fueron de mal en peor para Franco. El comandante González Tablas, los capitanes Carreas y Monís y los tenientes Romero y Loma habían afirmado que el valeroso capitán no había hecho más “que auxiliar el avance de la caballería, sin ninguna cosa de particular en su actuación, pues todo lo ignoran, como que pueda estar dentro de la Ley del 18 de marzo de 1862, como asimismo el número de bajas que sufriera cuando fue retirado, las del enemigo y cuando fuera curado”. ¡Bravo! ¡Por fin un poco de luz!

En consecuencia, no podemos por menos de sospechar -siendo bondadosos-  que Lías Pequeño y sus compañeros habían abultado el heroismo del entonces capitán.

Citemos ahora al médico, Señor Blasco [nota: Carvallo de Cora señala el nombre incorrecto de Blanco] que le curó. No había reproducido el pronóstico de la herida [nota: ¿se había enterado de que ya se había corrido la voz de que fue en el bajovientresalvo que fue gravísima?] pero añadió: “fue el primer oficial que curó en el puesto y de los diez primeros entre todos, añadiendo que fue imposible en absoluto, después de herido, que quedase en condiciones de mandar” [nota: ¿qué decir ahora de las “pelas”, del fusil de Regulares con el que habría hecho fuego, con la amenaza a los camilleros, etc?. Respuesta: camelos, invenciones, mitos].

Todo lo que antecede es lo que en 1916/17 había recogido el instructor del expediente. No fue un don nadie. Se trató del jefe de Estado Mayor de la columna. “Por ende,  fue testigo presencial de los hechos”, dice el informe del fiscal. Evidente. Pues bien, dicho jefe del Estado Mayor se sumó a la mayoría de los testigos. Luego añadió que “el capitán Franco fue ya recompensado por este hecho de armas con la Cruz de María Cristina y mejorado después con el empleo de comandante y no lo encuentra comprendido en el Reglamento de San Fernando”.

Pero (siempre hay un pero), como hemos visto, en 1918 se amplió el expediente. La idea fue que depusieran los “testigos si  inmediatamente al ser herido lo recogieron con conocimiento o sin él, para que declarase el médito sobre este extremo y para que se precisen las bajas propias habidas”.

En esta fase las deposiciones fueron letales para Franco. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!

Transcribo literalmente:

“El brigada Farriols dice que cree recogió al capitán Franco inmediatamente que fue herido, que con ademanes, falto de fuerza, le indicó que aceptaba el que le llevaran a la ambulancia, que nada ha sabido de que realizara hecho alguno heroico o distinguido, que fue herido cuando estaba a media ladera y entonces habría unas treinta bajas, ocasionándose las restantes, hasta 58, una vez ocupada la posición”. [nota: esto podría indicar que el cuerpo a cuerpo tuvo lugar en las trincheras].

La puntilla la dio un soldado de Regulares, llamado Mohame Ducali (sic). Según sus declaraciones “el capitán Franco fue precisamente el primero de la compañía que cayó y que lo recogió en seguida, no habiendo perdido el conocimiento, pero no quedó en condiciones de mandar, pues no tenía energías para ello, transcurriendo un cuarto de hora desde el principio hasta que cayó herida, no teniendo por ello tiempo de realizar acto alguno distinguido o heroico, y que las 58 bajas fueron hechas después de herido el capitán”. Evidentemente, un indígena, soldado raso, no tenía por qué conocer de las intrigas, amistades, enemistades, odios y favores que podrían existir en las relaciones entre los oficiales y jefes españoles.

El insigne genealogista y coronel Carvallo de Cora, que puede haber sido un copista mediano (equivocarse dos veces en el nombre del médico no es asunto baladí),  obvió también una de las conclusiones del fiscal que, lo que son las cosas, figura perfectamente expuesta en el original que elevó al Consejo Supremo de Guerra y Marina. Dice así:

La ignorancia en que ha quedado para muchos de los testigos la verdadera actuación de Franco [nota: el rango ya no se indica] le ha restado esa pública notoriedad que deben revestir los hechos de San Fernando”.

Y después, fue rebatiendo uno tras otro los argumentos aducidos por un sector de los testigos para concluir que no se daban en modo alguno ninguno de los supuestos previstos en los artículos, ya mencionados, de la Ley de mayo de 1862.

En definitiva, si Franco contó las cosas a su manera a su “primer pelota máximo”, tal y como este las reprodujo, resulta evidente que contribuyó decisivamente a ayudar al ya Caudillo a desfigurar los hechos a su gusto y manera. Después, otros “pelotas” copiaron e incluso fueron más allá que Arrarás, el insigne. De su amada hijita mejor no hablar. Lo que queda como hipótesis mínima es que Franco utilizó a sus amiguetes para que le apoyaran en su petición. Lo hicieron en un primer momento, pero al llegar a la fase de instrucción empezaron a batirse en retirada aceleradamente. La puntilla vino después, cuando un sargento y un soldado raso pusieron las cosas en su exacto punto.

Desgraciadamente lo que pasó, que se sepa documentalmente, quedó oculto a la Historia. Solo el valor sobresaliente y los cuentos del Caudillo pasaron a ella. El primero hay que reducirlo drásticamente (en términos de la Ley de 1862) y los segundos tirarlos a la papelera, escriban lo que escriban los pelotas en el período democrático.

Espero que los amables lectores se hayan reído un poquito y empiecen a preguntarse acerca de los rasgos y perfil sicológicos del capitán/comandante Franco, ya general superinsigne cuando narró sus cuentos a Arrarás.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (V)

26 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Espero que los lectores que sean militares juzguen con benevolencia las gotas de sarcasmo que puedan contener este post y los siguientes. No soy militar y, si aprendí algo en la IPS (Instrucción Premilitar Superior), hace ya decenas de años que lo olvidé. Nunca se me ocurrió reengancharme, como solían hacer en aquellos tiempos licenciados y doctores que después dieron el salto a la política. Servidor se puso a hacer oposiciones y mi carrera discurrió por otros andurriales. Una observación: los posts anteriores de esta pequeña serie se han basado, hasta ahora, en literatura secundaria fundamentalmente. En este abordamos por vez primera evidencias primarias, aunque publicadas. Para contextualizarlas hay que recordar algo muy conocido, porque de lo contrario no se comprendería el hilo de mi análisis.

 

Franco sobrevivió a su herida. También le ocurrió a Hitler en su intento de sublevación en Munich en 1923. En este caso la bala que podría haberlo alcanzado derribó al compañero que tenía al lado. En ambas ocasiones el futuro de España y de Alemania (y en este último por ende el de Europa) dependió de dos casualidades. Ese azar que tan poco papel desempeña en las construcciones lógicas de algunos historiadores marcadas por el signo de la inevitabilidad. Naturalmente, para otros, no se trató de casualidades sino de la intervención de “fuerzas superiores” o, en el caso de nazis descreídos, de la providencia (die Vorsehung).

En el caso de Franco fue su jefe accidental en la acción del Biutz, el también capitán Fernando Lías Pequeño, quien promovió la instancia para que se instruyera un expediente de cara a la concesión de la Laureada. Al parecer, le correspondía hacerlo como superior inmediato, en los términos del artículo 21 de la Ley que en aquellos momentos regulaba los estatutos de la Orden (Gaceta de Madrid, núm 142, 22 de mayo de 1862).  Daba un plazo perentorio. Era de tres días improrrogables. Es un misterio para mí, como para también lo ha sido para otros historiadores, cuáles habrían sido los méritos contraídos por Franco para merecerla.

No ignoro que en la hoja de servicios publicada por el coronel Carvallo de Cora se encuentra la referencia que de Franco hizo Lías Pequeño al coronel jefe de la columna: “figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada”. Como veremos, el capitán Lías Pequeño no dudó en mentir a su superior, quizá porque no esperaba que Franco se recuperase de la herida [nota: soy prudente porque no me cuadra que Franco pudiera sobornarlo o ponerle bajo presión de alguna otra forma]. En los tres días siguientes a la acción el futuro del herido capitán no parece que estuviese asegurado. Más tarde, Lías Pequeño reincidió por motivos que siguen siendo oscuros.

Quien más y mejor, en mi modesta opinión, ha estudiado el tema, el coronel Carlos Blanco Escolá (ya le he dedicado un post en este blog con ocasión de su fallecimiento), tampoco encontró ninguna explicación documentada. ¿Eran los dos capitanes íntimos amigos? ¿Quiso dejar constancia de una solicitud más allá de la habitual entre compañeros del mismo empleo? Misterios.

El hecho es que, con su herida a cuestas y una campaña de publicidad, Franco acudió al rey Alfonso XIII y fue ascendido a comandante por méritos de guerra, ya que el Ministerio no había hecho caso de la petición iniciada por Lías Pequeño. Como afirma Blanco Escolá, logró el ascenso “tras un largo y complicado proceso que demostró que sus habilidades en el campo de batalla eran muy inferiores a las que exhibía en otros campos, en los que contaban, sobre todo, la capacidad para la intriga, la tenacidad para hacer reclamaciones y la falta de escrúpulos”.

Franco había dejado intuir algo de ello en su ascenso de primer teniente a capitán, sin que de la hoja de servicios se desprenda conclusivamente cuáles fueron, como veremos en un próximo post. El hecho es que en un año -que ha recorrido Blanco Escolá- pasó de primer teniente a comandante [nota: no cabe descartar que los ángeles custodios hubiesen velado ya desde entonces sobre quien estaba predestinado a alcanzar los más altos destinos, pero de su intervención no parece que haya quedado EPRE].

El doble ascenso representó un salto inmenso en el escalafón de la época, pero sin que en su tan mentada Hoja de Servicios (versión del coronel Carvallo de Cora) se identificasen cuáles hubieran sido los hechos de armas que justificaron tal promoción, excepto la acción del Biutz. Que yo sepa, tampoco ningún historiador, militar o no, ha comparado las idas y venidas de Franco por los campos de batalla con las de cualesquiera compañeros de aquella época y empleos.

Habitualmente se afirma, sin EPRE, que el Ministerio de la Guerra desechó la petición de Lías Pequeño. Franco insistió con ¿su amigo del alma?. Había que reabrir el expediente. Es decir, a toda costa quería que le concedieran la Laureada. No se contentaba con otra condecoración, la Cruz de María Cristina que ya le habían otorgado, ni con el ascenso. Una muestra de ambición no diremos desmedida pero sí ligeramente exagerada.

Hay que tener en cuenta que el estatuto de la Orden preveía dos tipos de actuaciones que podrían considerarse como meritorias para obtener la Laureada. Son muy detalladas. Para las acciones distinguidas, y en el caso de la Infantería, se enumeraban hasta once supuestos. El que podría aplicarse a Franco era el sexto: “El tomar una posición con fuerzas, a lo más iguales, perdiendo la tercera parte de las suyas, y acreditando valor e inteligencia”. Para las acciones heroicas el artículo 27 preveía, en el apartado séptimo, “en el ataque de una posición o en una carga al enemigo, marchar al frente de su tropa animándola con el ejemplo, después de haber sido de gravedad”.

No hace falta demasiada exégesis para comprender que el muy posterior relato de Arrarás, así como los de sus seguidores, mencionados aquí o no, trataron de ajustarse a lo preceptuado en la Ley de 1862.

Entre las lagunas documentales públicas que cabe lamentar figura también el papeleo que llevó a que se reabriera el expediente para la concesión a Franco de la Laureada.  Apoyo la interpretación de Preston de que el futuro Caudillo “se había creado, incluso en Palacio, fama de ser el oficial que con mayor desparpajo pedía ayuda o hacía reclamaciones sobre su carrera”. Lo cierto es que el documento nº 2 de la Hoja de Servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora) indica que la reapertura se inició formalmente el 29 de marzo de 1918, casi dos años después de los hechos. Es entonces cuando pudo verse lo que había pasado realmente en el combate del Biutz.

Como es un tema que requiere un tratamiento pormenorizado, lo dejamos para el próximo post. Aclarará, espero, varias de las dudas que tengan los amables lectores acerca de los motivos por los que al valeroso, heróico, suertudo comandante Franco no se le concedió la Laureada, a pesar de sus intentos que, por cierto, tampoco están demasiado documentados.

Se observa cómo en esta historia tan lejana (hablamos de hechos que sucedieron hace más de cien años) existen numerosas lagunas. ¿Por qué será?

 

 (Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IV)

19 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Me toca volver a pedir un pelín de comprensión a los profesionales porque ahora he de abordar tres grandes historiadores que se han distinguido en las letras hispanas por su devoción a rescatar la memoria de SEJE, a veces exponiéndola en tonos algo más que amables. En primer lugar, abordaré el caso del general de Caballería Rafael Casas de la Vega, ya en los años noventa del pasado siglo. Su biografía de Franco, la primera estrictamente militar del primer soldado de España (nada menos), se publicó en la editorial Fénix, propiedad -si mis informaciones no son falsas- de Ricardo de la Cierva. Los historiadores segundo y tercero no necesitan presentación en este blog ya que por diversas razones me he visto obligado a mencionarlos en ocasiones. Hasta ahora nunca en conexión con el episodio del Biutz.

 

Como es lógico la presentación del combate fue, en el caso del general Casas de la Vega, mucho más técnica. Dejemos de lado que el autor fue un militar que hoy podríamos situar en la extrema derecha. Nos pegamos a lo que escribió en el tema que aquí nos interesa.  El ataque, escribió, se hizo a una loma en cuya cima había trincheras enemigas. El capitán Franco Bahamonde (obsérvese el cambio de grafía con respecto a la que entonces se utilizaba al mencionarlo, al menos en el único documento oficial de archivo que me sirve de guía) “se lanza con más éxito sobre el enemigo y ´a fuerza de valor se apodera de la primera línea de trincheras y en ella se mantiene´”.  Ruego a los amables lectores que retengan esta frase. No dice mucho más, pero la cosa está superclara. Franco ocupa, valeroso, terreno ocupado por el enemigo, que suponemos contraataca porque de lo contrario el mantener el ganado a pulso no tendría mérito alguno, y de él no se mueve.

Curiosamente para un militar profesional que actúa como historiador prefiere basarse para apuntalar la acción en la descripción de un embajador y novelista, Salvador García de Pruneda [nota: apunte que demuestra mi ignorancia: no he leído ni había oído nada de él]. Normalmente un historiador que trabaje sobre fuentes primarias utiliza estas y no descripciones noveladas. Novela no es igual a historia. Tampoco creo que tan distinguido embajador estuviera  presente en la acción.  Por su hoja de servicios en su carrera civil sé que ingresó en la escuela diplomática  en 1942. Nacido treinta años antes participó en lo que se denominó “Cruzada”. En ella fue herido (“caballero mutilado de guerra por la Patria”). En Wikipedia aparece como capitán de Ingenieros. Le dieron las condecoraciones cuasi automáticas. Salvo que estuviera en el Protectorado antes de 1936  (no hubiese sido imposible pues Wikipedia informa que regresó a España desde Inglaterra al estallar la sublevación; sin embargo debió ser antes si hubiera sido cierto que participó en la defensa del Cuartel de la Montaña) tan eminente autor es posible que no se estuviera en puesto en Marruecos hasta 1960. Su hojita de servicios afirma que lo hizo entonces como cónsul general en Tetuán. A lo mejor aprovechó para recoger datos, cuentos y leyendas. O tal vez se paseara antes por el Protectorado de vacaciones. Chi lo sà?

Pues bien, según la tan indirecta y no demasiado autoritativa fuente del embajador García de Pruneda, el fusil que recogió Franco pertenecía a un soldado indígena  que había muerto disparando medio arrodillado. Afirma que Franco llegó a hacer fuego; que una bala le alcanzó en el vientre y que lo tiró al suelo. Como observará el lector, Arrarás redivivo con la noción adicional de que, teniendo en cuenta que el embajador García de Pruneda no precisa demasiado, podríamos pensar que Franco disparó sobre la marcha. [ Nota: difícil sería que lo hiciera con mucha puntería y más aún que causara el menor daño al enemigo corriendo, valiente, hacia él].

Por supuesto, el general Casas de la Vega nos informa de que las 20.000 pesetas que Franco llevaba en la acción las había extraído de la caja del Cuerpo porque aquel día debía pagar a sus hombres. Esto explicaría que entrase en combate con aquella fortuna a cuestas. Ricardo de la Cierva, citado por tan puntilloso general, especula que Franco incluso habría pedido al oficial que se hizo cargo de ella tras su lamentable herida que le entregase un recibo firmado. Servidor, que jamás ha entrado en acción de guerra alguna, queda sobrecogido ante tal presencia de ánimo y, sobre todo, ante la fortaleza física del futuro Caudillo. Más sobrecogido aún, si cabe, al leer que, como afirma Casas de la Vega, eso fue “un buen ejemplo a seguir por los funcionarios, civiles o militares, que manejan fondos del Estado”.

Dado que su hagiografía data de 1995 cabría suponer que, para tal fecha, la Administración militar ya se serviría de cuentas bancarias para pagar a los soldados, pero a lo mejor seguía manteniendo el viejo sistema. Puedo asegurar al menos, a riesgo de contradecir a tan ilustre general, que en la Administración civil ya se utilizaban. En cualquier caso, su invocación al ejemplo que deberían seguir sus funcionarios es totalmente extemporánea. ¿Cuántos de ellos habrían estado en las trincheras con una fortunita encima?. [Nota: me cuesta trabajo manejar el ordenador, riendo como estoy a carcajada limpia].

Ahora nos toca otro de los grandes hagiógrafos del Caudillo: el profesor Luis Suárez Fernández. Según tan eminente historiador, Franco tomó el fusil de un herido que acababa de caer (reprimenda implícita al embajador-novelista); caló la bayoneta [nota: nuevo detalle:  a lo mejor lo hizo como un soldadito cualquiera, pero ¿con qué había estado armado hasta entonces?]; arrastró tras de sí a los suyos [nota: sin duda movidos por su espectacular heroismo]; coronó la loma; recibió en el vientre su primera herida de guerra; llamó al teniente que le seguía y le entregó las 20.000 “pelas”. Como se ve, el inmortal Arrarás sigue haciendo de las suyas de una u otra manera.

Finalmente nos detendremos en el profesor Payne, no sin señalar que en esta ocasión con el corazón palpitante de emoción.  ¿Con qué nos ha iluminado en fecha recientita?  En principio, con nada nuevo: los elementos del tenaz periodista y primer biógrafo de Franco siguen intactos, pero este autor (¡albricias le sean dadas!) nos aporta, para información de los ignaros, un nuevo e inédito testimonio, único, inapreciable. El de la excelentísima señora doña Carmen Franco Polo, duquesa de Franco.

A tenor de este testimonio, que no había visto en otras biografías (pero reconozco que no he recorrido todas las existentes), su querido y admirado papá habría dicho a un soldado moro que tomase un fusil y que encañonase a los sanitarios para que lo metieran en el camión con que se evacuaba a los heridos. Esto es, insisto, rigurosamente nuevo. Franco, quizá consciente de la gravedad de su herida y en posesión de todas sus facultades, hizo valer su grado. Al fin y al cabo era capitán y jefe de la compañía del tabor que había escalado la loma para domar a los aguerridos resistentes y no podía correr el riesgo de morir a la intemperie y sin cuidados.

La señora duquesa -no sabemos si se lo dijo su padre o si fue de su propia cosecha- añaduñi además una explicación “técnica”: “la bala la había recibido en inspiración, y si tú estabas aspirando la bala te entra y no te roza el intestino. A mi padre le rozó un poco el hígado, pero no le rozó el intestino…”

El  profesor Payne no comenta ni con una sola palabra, o en su lugar, una simple admiración tan vital episodio. Debo descubrirme ante su sagacidad y capacidad de rastreo ya que servidor no lo había visto escrito en letra impresa hasta que él, y su colaborador Jesús Palacios, un periodista exneonazi, escribieron su magna biografía de Franco (para analizar la cual reuní a un grupo de historiadores que publicamos nuestros resultados en la revista académica digital Hispania nova: https://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/issue/view/448 ).

A mi me pareció una explicación, ¿cómo decirlo?, un poco rarita. Que la trayectoria de una bala dependa, siquiera en parte, si el que la recibe en contra de su voluntad estuviese aspirando o espirando y que no se mencione para nada la energía cinética  que la propulsa resulta extraño hasta para alguien que, como servidor, no sabe de anatomía.  En esta ocasión, al tratarse de un tema médico, he recurrido a mi amigo, compañero y coautor en EL PRIMER ASESINATO DE BALMES, el Dr. Miguel Ull, eminente patólogo. No ha dudado en escribirme que el comentario de la hija de SEJE es una solemne estupidez (sic). La velocidad del proyectil predomina ante cualquier situación de la respiración. Da lo mismo a efectos lesionales que esté en aspiración o espiración. Lo de la lesión del hígado es igualmente de risa (sic).

En consecuencia, cualquier lector debe preguntarse de dónde se sacó la excelentísima señora duquesa que la bala rozó el hígado de su querido papá. Evidentemente a este no le hicieron la autopsia, pero ¿le hicieron al menos una radiografía? Y si se la hicieron, ¿dónde? Porque es evidente que no pudieron hacérsela ni en plena campaña, ni en una ambulancia de 1916, ni siquiera en el campamento hacia el cual fue evacuado. Sí hubieran podido hacérsela en un hospital debidamente equipado, pero si se la hicieron, por esas cosas que tiene la Providencia, ha desaparecido. En resumen: un proyectil que penetra por el abdomen (dirección antero-posterior o lateral) lesiona, sí o sí, el intestino delgado y/o grueso, amén de la posibilidad de que lesione otros órganos, pero todavía no sabemos cuáles hubieran sido estos últimos en el caso del capitán Franco.

No juego con ventaja. El profesor Payne vive en Estados Unidos y podría haber consultado a algún médico amigo. Si no allí, por lo menos en España. De su coautor no hablemos. NINGUNO LO HIZO. Y esto me lleva a la conclusión de que la manía de no analizar ni de contextualizar incluso las cosas más raritas no es buena fórmula para un historiador.  Por consiguiente, creo que el testimonio de la excelentísima señora duquesa debe ir, como tantos otros relacionados con su sin duda por ella idolatrado papá, al cesto de los papeles. Eso sí, con el debido respeto y, en esta ocasión, sin demasiadas risas.

 

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (III)

12 noviembre, 2019 at 12:01 pm

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

En lo que se supone (solo se supone) fue una transcripción real y fidedigna de la hoja de servicios de Franco hasta principios de 1926 hay dos notas que me llaman la atención: la primera es que el segundo apellido aparece, en el único documento oficial de archivo que he consultado, como Baamonde. Sin embargo, el coronel y genealogista Carvallo de Cora utiliza siempre la grafía que prefirió su héroe, con una hache intercalada entre las dos vocales repetidas. Esto plantea la cuestión de si Franco no gestionaría -y cuándo- la modificación correspondiente de su certificado de nacimiento. O la alternativa: si los escribas del Ministerio de la Guerra no cometerían un error, imperdonable en aquellos años en que el nombre del titular era el que correspondía a un modesto capitán. En el documento de la época (en fotocopia) que tengo en casa la grafía no es esa. Es Baamonde.  Por lo demás, no hay que olvidar que uno de sus primos hermanos, el comandante de la Puente Baamonde, siempre la utilizó  hasta su amargo final, fusilado en agosto de 1936 por permanecer leal a su juramento de fidelidad a la República. El capricho de SEJE no tiene demasiada importancia y, a buen seguro, lo habrá explicado alguno de los historiadores y sicólogos que se han ocupado del personaje. La segunda nota es que en ese documento figuran unas líneas que, en su reproducción, omite el coronel Carvallo de Cora. El porqué es para mí un misterio.

 

El papelín en el que se produce esta omisión es muy significativo. Se trata del resumen del expediente instruido al entonces capitán Franco con motivo de la petición cursada por el general en jefe del Ejército de España en África, a instancias del superior inmediato del heroico capitán, para que Franco fuera sometido a juicio contradictorio. Era algo indispensable para determinar si se había hecho acreedor o no a la máxima distinción al valor, a saber, la Cruz Laureada de San Fernando. Como es público y notorio, no se le concedió.

Hay que pensar que ello tal vez pudo representar un permanente resquemor en quien llegó a ser la gloria suprema de las Fuerzas Armadas españolas y que vio cómo compañeros suyos -que ciertamente no llegaron a su altura y magnificencia posteriores- la habían obtenido y en al menos un caso, el de Enrique Varela, por partida doble. Un personaje que, por cierto, había ido ascendiendo desde las filas. Hay otras posibilidades a las que aludiré más adelante y en esta serie de posts añadiré un caso casi olvidado en la Historia.

El episodio que dio lugar a la instancia para abrir a Franco un expediente de San Fernando ha sido magnificado en la literatura de naturaleza hagiográfica. Se halla en prácticamente todas las biografías que de él se han escrito. Hoy muchas no se consultan habitualmente. Están superadas y se encuentran, cuando se encuentran, en librerías de lance o en bibliotecas. Tal vez, también, en Internet. Sin embargo un recorrido aleatorio por algunas da una idea clara de la intensidad de los vapores de incienso con que se le rodeó. Me refiero, claro está, al indomable, al único, al extremo valor del que el capitán Francisco Franco Baamonde hizo gala al subir cuesta arriba a la cima de una loma para arrebatársela a los moros el 26 de junio 1916. Es la GESTA del Biutz. Recomiendo a los lectores que deseen profundizar en ella (un combate algo insignificante) que lo busquen en Internet. Servidor lo ha hecho gracias a la amable cooperación de Mr. Google.

Dejo de lado que operaciones u operacioncitas de este tenor no escasearon en la denominada “guerra de Marruecos”, territorio de una extensión similar a la de la provincia de Badajoz y que al Ejército español costó someter casi veinte años de mucho sacrificio, mucha sangre, muchas condecoraciones y abundantes ascensos con su lubricante esencial: la corrupción. Esto último ya lo dejó señalado Arturo Barea entre otros.

Nuestra relación debe empezar, naturalmente, por el primer biógrafo y, quizá, el máximo de los “pelotas” máximos de Franco, Joaquín Arrarás, que ya es decir. Abrió camino y por él no tardaron en adentrarse audazmente multitud de seguidores. Nosotros solo necesitamos mencionar a unos cuantos muy seleccionados. No se trata de abrumar con citas al amable lector.

Parece claro que Franco, en su época de dicharachero, contó a Arrarás un montón de anécdotas y de cosas. Su fiel biógrafo señaló, por ejemplo, que en lo que se refiere a la gesta del Biutz al frente de sus soldados Franco subió hacia un parapeto (sic) detrás del cual se resguardaban los moros; que recogió en la subida un fusil abandonado; que lo cargó; que continuó hacia arriba impertérrito y que poco después que se desplomó herido en el vientre (sic) a consecuencia de un balazo; que [¿superhombre?] continuó dirigiendo el ataque; que conservó su lucidez hasta el extremo de llamar a un teniente para entregarle las 20.000 pesetas que llevaba consigo de la caja de la compañía. Ruego al lector se fije en tales detalles y no los olvide. Como la biografía de Arrarás la tengo en casa, en al menos dos versiones, puedo reproducir lo que él escribió de tal hecho de armas que, sin duda, Franco le relataría con todo detalle. ¿Quién, si no?

La escena de la gesta del Biutz que he abreviado en este post es, desde luego, un tanto inverosímil y hay aspectos que no encajan bien. La gesta misma ha sido estudiada por muchos expertos e incluso puede encontrarse una entrada en Wikipedia que dice así:

CITA

La toma de El Biutz fue un enfrentamiento bélico de la guerra del Rif que tuvo lugar los días 28 y 29 de junio de 1916, en las proximidades de la ciudad de Ceuta, entre las tropas españolas y fuerzas rebeldes rifeñas. El ejército español realizó una operación para asegurar las comunicaciones entre Tetuán y Tánger, que se encontraban dificultadas por diferentes posiciones de la guerrilla rifeña, principalmente la situada en el pueblo de El Biutz, ubicada en una cima que dominaba la carretera entre Ceuta y Tetuán y bien defendida por trincheras y combatientes que disponían de ametralladoras y fusiles. El ataque resultaba dificultoso para las fuerzas españolas que debían avanzar por estrechos y espinados senderos muy expuestos al fuego enemigo. La estrategia general de la operación fue diseñada por el general Francisco Gómez Jordana, y consistió en avanzar simultáneamente desde cuatro puntos: Ceuta, Larache, Tetuán y Fondak. En el transcurso del asalto resultó herido en el abdomen el entonces capitán de 23 años Francisco Franco.

FIN DE LA CITA

No me parece mal. Pero esquiva todo lo que, en mi opinión, es importante desde el punto de vista del comportamiento del joven capitán objeto de este post. Añadiré, pues, unas consideraciones mínimas.

  • De niño, y como muchos de mi generación, solía ir a ver películas bélicas. Tres lanceros bengalíes (que se estrenó en España en 1935) y Beau Geste (lo fue en 1947) fueron dos de mis favoritas. Hubo, claro, muchas más que narraban las gestas de los bravos soldados británicos en lucha contra los rebeldes en la India del raj o los no menos bravos legionarios franceses en pugna contra las tribus marroquíes. En ellas y en otras se veía cómo los oficiales se lanzaban al ataque empuñando sus pistolas, atadas a unas correas para que no se les cayeran de la mano en medio de la lucha. A mi me sorprende que Franco no lo hiciera y que prefiriese ir cuesta arriba con un mosquetón de soldadito de Regulares. También me deja algo frío el que ni siquiera utilizase, al menos, un sable de oficial, pero tal vez ya no fuera costumbre entonces al atacar al frente de las tropas (se me ocurre que quizá desprendiera un cierto tufillo decimonónico). A lo mejor ambas carencias eran habituales, pero me cuesta trabajo creerlo. Pueden implicar dos cosas: a) que Franco inició la escalada desarmado (inverosímil); b) que, ya en acción, prefirió dejar de lado la pistola (quizá enfundándola cuidadosamente) y/o el sable y servirse de un arma que podría ser muy útil para hacer fuego en posición estacionaria pero no para disparar subiendo la loma. En la inescrutable mente del futuro héroe tal vez estas consideraciones no penetraron, envuelto como estaba en el fragor de la acción. Pero el lector debe planteárselas, so pena de pensar que Franco no pensaba.
  • La segunda consideración es más importante. Franco se adentró, desde luego impetuoso, en los azares del combate con una mochilita (supongo) que contenía la paga de sus soldados. 20.000 pesetas eran una auténtica fortuna en la época. No creo que las llevara en una cartera de mano. Ahora bien, recordando las películas de época (incluidas las de la primera guerra mundial) no me suena, ignorante que soy en temas de comportamiento bélico, que los oficiales llevaran mochila a cuesta y, mucho menos, que fuesen cargados con una fortuna. Si acaso llevarían granadas de mano u otros adminículos aptos para el ataque, pero de ser así probablemente sería en bolsas. ¿Ha descrito alguien que Franco la llevara?

Son consideraciones que, naturalmente, los expertos en las campañas marroquíes podrán cuestionar apelando, como solemos hacer los historiadores, a casos análogos documentados fehacientemente.

Ahora, demos un salto de tigre malayo hasta llegar a los años sesenta. Lo hacemos porque es cuando arriba a la literatura hagiográfica otro de los “pelotas” máximos del Caudillo. Esta vez, nada menos que un inglés: George Hills. De él cabría suponer que tuviese mayor experiencia o, al menos, una mayor exposición que servidor (historiador incrédulo) respecto a los usos y costumbres de los oficiales de su país cuando entraban en fuego. En un artículo sobre él en Wikipedia se afirma que sirvió en el ejército británico, en Artillería. Luego, en la segunda guerra mundial, que fue oficial de inteligencia en Europa y en el Lejano Oriente. No puedo ni siquiera pensar que ignorase que, al menos en campañas históricas británicas como en Francia, los oficiales iban al frente de sus hombres pistola en ristre y silbato al cuello.  Sin embargo, aparte de ciertos retoques que corrigen a Arrarás (el parapeto se convierte en trincheras moras y, hombre quizá más cultivado, utilizó el término técnico de abdomen), le sigue como corresponde a otro pelota máximo pero, eso sí, sin mencionarlo. Podríamos suponer que habló con Franco sobre el tema y que el dictador lo aleccionó debidamente (ocurrió en otras ocasiones)

El ataque de risa que causa el copión de Hills es pequeño si se compara con lo que eminentes historiadores, incluso militares y otros profesionales, escribieron después. Dejo algunos ejemplos para el próximo post. No desearía que los amables lectores continuasen riéndose a carcajada limpia.

(Continuará)