Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (IV)

7 julio, 2020 at 8:35 am

Ángel Viñas 

Si alguien preguntara que identificase un rasgo, y solo uno, de la copiosa literatura que desde el mismo comienzo de la guerra civil empezaron a generar los periodistas, lacayos, pelotas y más tarde los autores proclives a los sublevados de julio de 1936 supongo que la respuesta de muchos historiadores hoy tendría una característica común: es bastante insostenible con lo que hemos ido aprendiendo a lo largo de estos últimos casi cincuenta años tras la desaparición de la censura. Esta formulación incluye una amplia gama de posibilidades y permite aceptar la existencia de una pluralidad de opiniones, al menos en los círculos académicos, con divergencias -a veces sustanciales- de modalidades interpretativas. Es lo normal y lo lógico. No hay historia única. Tampoco hay historia definitiva.

Las interpretaciones dominantes en los medios anti-republicanos suelen basarse en tres afirmaciones categóricas:

1ª La República consiguió desde el primer momento un gran apoyo material.

2ª Los sublevados contra la inminencia de la sublevación comunista (luego socialista, en la actualidad la necesidad de atajar la situación de caos, anarquía, asesinatos y destrozos que había tolerado, cuando no fomentado, el Frente Popular) se vieron  obligados a reaccionar.

3ª La manifestación más flagrante del refuerzo a la República se plasmó en el envío de una fuerza comunista, las Brigadas Internacionales.

Empezaré por este último. Tiene un largo recorrido en el que han intervenido historiadores de pro, militares de alta alcurnia, propagandistas de medio pelo y hasta distinguidos académicos. Entre ellos figuran, de forma imperecedera, Ricardo de la Cierva y el gurú de la historia militar de la guerra, el coronel de EM José Manuel Martínez Bande. De los periodistas y panfletarios de la misma cuerda, la relación es innumerable.

En 1974 la versión franquista y castiza recibió un refuerzo inesperado. Un excombatiente de las Brigadas (es sabido que poco a poco estas fueron reforzándose con elementos del Ejército Popular, en parte para compensar los desplomes en el reclutamiento de voluntarios extranjeros, aunque no solo por este motivo) llamado Andreu Castells publicó una obra convertida en clásica.

Ricardo de la Cierva, a la sazón responsable de la censura franquista, autorizó su publicación. Se enorguelleció de ello. No puedo decir que el libro de Castells fuese un caso único. También autorizó la publicación de mi primer libro, con la diferencia que este no ponía en cuestión ningún fundamental dogma franquista. Por el contrario, rebatía un dogma comunista. Lo cual a un servidor no le preocupó lo más mínimo, porque lo que los autores comunistas o pro-comunistas habían escrito sobre los antecedentes de la ayuda nazi a Franco en julio de 1936 solía estar teñido de pura ideología, no se apoyaba en documentos y exigía una modernización considerable.

Castells (pp. 56-57), a quien de la Cierva otorgó implícitamente la máxima autoridad en la materia (¿cómo iba a dudarse de lo que había escrito como exbrigadista?), afirmó que la decisión de crear las Brigadas empezó a gestarse en Moscú el 21 de julio y que se había adoptado formalmente en una reunión de la Profintern en Praga el 26 de julio de 1936. Hoy, a los lectores, esto les sonará a chino. La Profintern había sido establecida por la Komintern en 1921 como la respuesta a la Federación Sindical Internacional (FSI) de tendencia socialista/socialdemócrata y contrapartida de la Segunda Internacional. En la Profintern, el equivalente para la Tercera, trabajaron, entre muchos otros, Andreu Nin y Joaquín Maurín.

Hacia 1936 la Profintern tenía un perfil ya muy reducido (se disolvió al año siguiente, tras la adopción de una nueva estrategia materializada en el apoyo a Frentes Populares). Pensar que una decisión de calado tan profundo como crear una fuerza armada en julio de 1936 que acudiese a ayudar a la República a los pocos días de estallado el golpe daba muestras de una ignorancia profunda de las realidades internacionales del momento. Pero eso no ha sido óbice para que, autor profranquista tras autor profranquista, lo hayan repetido como papagallos. La última manifestación que conozco de su profunda ignorancia (o de la voluntad de tergiversación) data de 2006 por parte de un tal Fernando Ballesteros Castillo, con prólogo del general de Brigada y connotado historiador militar Miguel Alonso Baquer (me pongo en primer tiempo del saludo).

Pensando que Ricardo de la Cierva no podría ser tan ignorante como para desconocer lo que la dictadura a la que servía había escrito al respecto desde fechas lejanas me pregunto (y no sé de nadie que haya planteado esta cuestión) si no “sugirió” a Castells, que fechó el prólogo de su obra en Sabadell-Toss en 1972, que indicase en el libro esta doble vinculación. No tengo en mi biblioteca la Historia de la Cruzada de Arrarás (siempre me he negado a comprarla) y no puedo asegurar si algo al respecto se dijo en ella.

Cabe señalar que en su gestión de la censura en lo que serían sus últimas etapas Ricardo de la Cierva alternó medidas “liberales” con otras constrictivas. Tuñón de Lara, por ejemplo, vio recortadas algunas de sus afirmaciones en uno de sus libros. En lo que a mi respecta la editorial que publicó mi primer libro encargó a uno de sus lectores (un posterior catedrático muy digno de Historia Contemporánea) que revisara mi manuscrito y eliminara todo aquello que pudiera plantear problemas con el censor mayor del reino.

Pues bien, cuando comparo el libro finalizado por Castells en 1972 con el panfleto titulado Las Brigadas Internacionales. La ayuda extranjera a los rojos españoles que publicó la OID en 1948me echo a reir. Lo escrito por Castells coincide prácticamente con lo que aparece en las pp. 23 y 24 de tan estimable folletito.

Este panfleto, que debería reimprimirse para avergonzar a los historiadores que en él continán basándose, representó un avance propagandístico considerable, dejando de lado a Arrarás, con respecto a la basura publicada por un tal Adolfo Lizon Gadea de 1940. Está titulada Brigadas Internacionales en España y ya en su página inicial aseveró que “las primeras fuerzas extranjeras que, organizadas militarmente y agrupadas en unidades, tomaron parte en la guerra de España, lo hicieron en el frente que rodeaba a Madrid en noviembre de 1936”. Obviamente, tal estupidez era ya insuficiente en los años del supuesto “cerco internacional” a la inmortal España rescatada del Averno por el no menos inmortal Caudillo.  (En la breve biografía del Sr. Lizon Gadea que se encuentra en http://dbe.rah.es/biografias/73898/adolfo-lizon-gadea figura entre sus obras esta basurilla de 94 páginas).

Demos un salto hasta llegar a un escritor moderno: César Vidal. Es un genio de la naturaleza que deja chiquitos a los más prolíficos autores de todos los tiempos. De producción y productividad incontables. De ritmo trepidante con, a veces, tres o cuatro títulos en algún año (he dado detalles sobre él en mi libro El escudo de la República, que no repetiré aquí). En la segunda versión de su obra (2006) sobre las brigadas (los expertos que tengan tiempo establecerán las comparaciones que procedan con la de Castells), puso en duda el mito (que remontó a Arrarás). Eso sí, este “impecable” historiador, se inclinó a favor de que la “decisión de formar las BI” se tomó “a finales de 1936” y se apresuró a formalizar esta versión con referencia a dos obras de autores rusos. Hélàs!  Los supuestos, e innominados, ayudantes que pudieran haberle echado una mano en su más que magna obra hicieron figurar en la literatura consultada a un autor francés, Rémi Skoutelsky, con una obra publicada en París en 1998. Skoutelsky, tras la consulta de los archivos soviéticos a los que  a Vidal ni por asomo se le ocurrió ir, ya había dado con pelos y señales la fecha y las circunstancias de la decisión de formación de las Brigadas. Era diferente. Se adoptó en conexión con unos planes elaborados por el Estado Mayor del Ejército Rojo que se examinaron en el Kremlin en reuniones ad hoc alreedor del 18 de septiembre.

En mi libro La soledad de la República analicé el proceso de deslizamiento hacia la intervención por el que atravesó Stalin desde el momento del golpe. La decisión atravesó dos fases: la formación de las Brigadas y, una semana más tarde, el envío de material de guerra a España, sin que los republicanos fueran informados de ello. Dos meses después de que, ¡oh, cielos!, Hitler decidiera ayudar a Franco y una vez que los aviadores nazis y fascistas se ocupran en echar una manita en los frentes de batalla (más los segundos que los primeros, concentrados en el transporte a la península de batallón tras batallón del Ejército de Àfrica con, ¿cómo olvidarse?, tonelada tras tonelada de impedimenta).

Pero, y esta es la cuestión fundamental, ¿cuál fue la fuente de que se alimentaron los propagandistas franquistas? Que yo sepa pocos la han identificado con precisión aunque es notorio que,  en general, la prensa derechista francesa y opuesta por todos los medios al Frente Popular de su país hizo de la ayuda a los “rojos” una de sus más apasionadas denuncias que fueron repercutidas entonces y después por los genios de la propaganda franquista.


 I accuse France hace referencia obviamente al famoso articulo de Zola sobre el caso Dreyfus.

Buscar en la prensa francesa de aquellos días es una tarea que llevaría tiempo. Afortunadamente en los archivos británicos se encuentra un panfleto de tal tenor. Es muy conocido, pero poco utilizado. Yo lo fotografié y en su página 8 se encuentra la referencia a un periodista francés, que existió verdaderamente. Se llamaba Pierre Jacquier. De la creatividad de tal caballero se tradujo una información al inglés que, retraducida de este idioma, decía así:

“El 26 de julio, Le Bureau du Profintern (una organización que realmente dependía de la Komintern, pero bajo el paraguas de Internacional de los sindicatos rojos) decidió la concesión inmediata de un millón de francos a Madrid y también la creación de una Brigada Internacional de Voluntarios Trabajadores. El primer batallón lo compondrían 5.000 hombres y los lugares para reunirlos estuvieron, por una coincidencia singular, todas en Francia: Toulouse, Burdeos y Perpiñán. Podemos añadir y certificar que el primer grupo de voluntarios ya está camino de Francia y el PCF ha encontrado ya alojamiento para estos soldados de la Internacional en el cinturón rojo de París”.

Ahí se encuentra la madre del cordero. Desde entonces quedó inscrita la leyenda en letras de oro. ¿De qué se trataba? De anteponer el golpe “rojo” al “blanco”, de anticipar la ayuda soviética a la de los camaradas fascistas. Desde 1936, atravesando recovecos y divagaciones sin cuento, hasta la más rabiosa actualidad. Como diría Freud, pura proyección. Volveré al tema.

Referencias:

La soledad, notas al pie en las pp. 69-70.

El escudo, cap. 5: ¿Una esperanza por Oriente? y cap. 6: Cambios en Madrid, movimiento en Sochi.

 I accuse France hace referencia obviamente al famoso articulo de Zola sobre el caso Dreyfus. Es muy conocido y alguien debería traducirlo, porque no tiene mucho desperdicio. No tiene nombre de autor que aparece simplemente como A Barrister. Es decir un abogado capacitado para defender a sus clientes ante un tribunal. Fue una reimpresión de THE CATHOLIC HERALD, al asequible precio de seis peniques.

Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (III)

30 junio, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Tras la interrupción de esta serie la semana pasasa, por la que me excuso de nuevo, creo conveniente explicar por qué las opiniones de Azaña y del teniente coronel Morel, que expuse en los dos primeros posts de la misma, estuvieron fundadas en percepciones representativas. Se trata, no hay que subrayarlo, de un ejercicio teórico (la guerra continuó) pero no  irrelevante. Los hechos mismos se produjeron y fueron conocidos de sus contemporáneos. Para el historiador lo que cuenta es explicar la génesis y  lógica de los mismos. En la medida de lo posible, esto se hace indagando por debajo del relato o narrativa que los acompañaron cuando tuvieron lugar en el pasado. Su mera descripción es asunto de periodistas, de alevines de historiador o de aficionados. Su análisis y contextualización requieren un esfuerzo intelectual y técnico un poco más elaborado.

 

Existen diversas formas de abordar la cuestión. Una, muy extendida, estriba en recurrir a la prensa de la época. Es simple. Lo que publicó en su momento se encuentra en hemerotecas. Incluso, en la actualidad, con frecuencia en línea. La Biblioteca Nacional de Francia tiene por ejemplo una sección en la que es factible hacerlo sin moverse de casa. Lo mismo ocurre con la BNE. Son las que, últimamente, más he consultado. Hay decenas de websites especializadas. Los periódicos mismos, por ejemplo en castellano, ABC, La Vanguardia, El Socialista, son  consultables en internet. Pero, como ya demostró Herbert R. Southworth al abordar el reflejo de la destrucción de Gernika en la prensa de la época, es preciso saber algo que no es directamente captable acerca del tratamiento interno de la información, del proceso de selección y valoración de la misma y de los intereses operativos tras los medios que la publicaban. La prensa NUNCA es una fuente inocente y menos aún en tiempos de guerra.

Se me dirá, con razón, que tampoco están exentas de sesgos las fuentes archivísticas, relacionadas con las actividades de los órganos encargados de recoger informaciones para los respectivos Gobiernos. Pero esto es una cuestión para abordar la cual los historiadores disponen de una formación adecuada que les permite discernir y juzgar su grado y contenido de veracidad como guías para la aceptación crítica o el rechazo.

Objetivamente, la República estaba en mala situación en septiembre de 1936. Los sublevados no habían sido contenidos. Su avance territorial progresaba. Cuando hubo cambio de Gobierno el 4 de dicho mes, la guerra se acercaba a Madrid y el terreno no estaba bien defendido. La frontera con Francia había sido cortada, lo cual representó una catástrofe mayúscula. En España existía una guerra y el Gobierno llevaba la peor parte. ¿Cómo se vio la situación desde fuera? De nuevo, no cabe limitarse a la prensa que, naturalmente, acumuló noticias tras noticias. También difundió una serie de “explicaciones”, basadas con frecuencia en información incompleta y sesgada para generar un efecto determinado. Muchos de sus cuentos y falacias, por ejemplo, siguen siendo difundidos hoy como “verdadera historia” en ciertos círculos y por a veces conocidos autores.

En mi modesta opinión, es más productivo concentrarse en la información filtrada hacia los Gobiernos de la época por sus aparatos diplomáticos y de inteligencia.  Los que cuentan en este sentido fueron, aparte de Francia, los pertenecientes a los dos países que más podían influir en la balanza de fuerzas con todo su peso: Reino Unido y la URSS.  Algo que, desde tiempo inmemorial, han sabido y analizado los historiadores. Tradicionalmente se han concentrado sobre todo en los de carácter diplomático. Menos en los segundos.  El tema no es trivial porque, como ya he señalado en el post anterior, el acceso a ciertos servicios (MI 6 o NKVD-KGB, respectivamente) sigue estando muy restringido.

Existen, sin embargo, otros cuyos productos son consultables en mayor o menor medida. En el caso británico figuran, por ejemplo, los interceptos de comunicaciones extranjeras que realizó  la Government Code and Cypher School (GC&CS) así como los informes del Air Intelligence Service (AIS). En el segundo, los del GRU (Servicio de Inteligencia Militar, el 4ª Departamento del Ejército Rojo), al menos para el período considerado. Se trata de documentación que fue saliendo a la superficie a lo largo del proceso de desclasificación archivística operado en ambos países, ante todo en Reino Unido y más tarde en Rusia tras la implosión de la URSS.

Personalmente me cabe el honor de haber sido, quizá, el primer historiador español en consultar ambos para el período en cuestión en combinación con los más conocidos documentos diplomáticos. No pretendo haber escrito la última palabra al respecto (en historia, nunca me cansaré de repetirlo, no existe jamás versión definitiva) pero sí de haber abierto un camino por el cual se han adentrado posteriormente otros historiadores.

Pues bien, cuando se ponen en comparación los documentos emanados de esas cuatro fuentes (diplomáticas y de inteligencia) de ambos países la conclusión es la misma. La República llevaba las de perder. ¿Por qué?

Por dos juegos de razones: internas y externas. Entre las primeras destacan: el mejor desempeño de las fuerzas sublevadas (adicionadas de las transvasadas a la Península con los Regulares y nuevos reclutas marroquíes del Protectorado más el Tercio allí instalado) y  la desorganización de las fuerzas republicanas, con una explosión miliciana de por medio sin la menor formación militar y una profunda desconfianza hacia los mandos. Entre las segundas la intervención a favor de los sublevados de las potencias nazi-fascistas, sobre todo con material aéreo y el personal que lo manejaba.

En los documentos de los servicios de inteligencia de la época no hay obviamente crítica alguna hacia los Gobiernos respectivos por seguir una línea de conducta que discurrió hasta entonces en paralelo: su retracción a prestar ayuda a una República reconocida internacionalmente. Sin embargo, en los informes de la Komintern y en las manifestaciones en Francia impulsadas por la SFIO (socialistas) y el PCF se sugería ya de forma clara la necesidad de acudir en apoyo urgente de los antifascistas españoles, bajo la invocación -reproducida mil veces con una conocida imagen de Miró´- de “¡Armas para España!” (el título por cierto de un libro fundamental de Gerald Howson).

La importancia y significación de la evolución subyacente han sido siempre desvirtuadas por los historiadores franquistas o pro-franquistas. No en vano se predicó (incluso desde los púlpitos, aunque hace tiempo que la Iglesia católica española empezó a dejarlo de lado) que el golpe militar del 18 de Julio fue una necesidad absoluta y apremiante. ¿Por qué? Para evitar que la PATRIA cayera en manos comunistas y que, con ello, se asestara un golpe demoledor a la civilización cristiana y occidental (los lectores podrán fácilmente recuperar ecos de la primera parte de tal invocación de la boca, en los momentos actuales, de una serie de voceros políticos y mediáticos de gran prestigio).

En paralelo se argumentó, y se argumenta, que tanto el Tercer Reich como la Italia fascista se comportaron de forma “defensiva”, una vez que en Berlín y en Roma se constató el suministro de AVIONES de guerra franceses al Gobierno republicano.  Por consiguiente, se deduce incorrectamente, corresponde a este la responsabilidad por haber introducido el factor foráneo en lo que debería haber sido un “ajuste de cuentas” puramente español.

A ello se añade un segundo elemento que ha caído un poco en desuso en estos tiempos: la argumentación paralela de que el golpe de Estado se adelantó a una inminente sublevación comunista  (manifestación infernal de las aviesas intenciones de la URSS sobre la pobre España), como ya he explicado hace años en este blog.  Así que, tal para cual.

¿Resultado? Al Gobierno republicano se le condena por partida doble: por haber tolerado la expansión de la amenaza comunista y por haber solicitado ayuda a Francia, “obligando” a nazis y fascistas (perdón, alemanes e italianos) a reaccionar.

Esto en cuanto al relato.

En cuanto a los hechos:

Los servicios de inteligencia por un lado y los informes diplomáticos por otro constataron a lo largo de agosto que las operaciones iban de mal en peor para los republicanos. En tales circunstancias, ¿qué hicieron los aparatos gubernamentales franceses y británicos? Pues desde fecha temprana preconizar la necesidad de “hacerse los locos”, es decir, practicar una política de no intervención. Empezó a hacerse operativa a principios de septiembre bajo los auspicios de la potencia diplomática e imperial de la época, es decir, el Reino Unido. ¿La idea? Dejar que los españoles, unos y otros, se masacraran entre sí y tuvieran la amabilidad de evitar que la pacífica Europa -que ya tenía bastante con digerir la crisis económica y la amenaza soviética, no tanto la nazi- se viera involucrada en asuntos que atañían a unos señores morenos y bajitos a los que tradicionalmente les gustaba verter sangre en contiendas civiles y en corridas de toros.

(continuará)

Sobre la carta de Franco a Casares Quiroga de junio de 1936

23 junio, 2020 at 12:11 pm

Ángel Viñas

Interrumpo mis posts sobre cuándo perdió la República la guerra porque un amable lector hizo referencia en uno de sus comentarios al primero de ellos a tan famosa carta. Se apoyó en un despacho enviado al Foreign Office por el embajador británico en España Sir Henry Chilton (él lo presentó como encargado de Negocios, así que podría tratarse de este y no del embajador mismo, refugiado en Francia). La alusión despertó de inmediato mi vocación didáctica y metodológica. De aquí estos comentarios. Señalo que no he visto el despacho o, si lo vi alguna vez, no le di la menor importancia. La explicación la ofrezco en este post.

 

Que la embajada enviara la carta de Franco no tiene nada de extraño. Las representaciones diplomáticas sirven para informar sobre la situación de los países ante los cuales están acreditadas y dar análisis  -los suyos- sobre lo que haya detrás de la evolución que en los mismos se registra en sus diversas facetas: políticas, económicas, sociales, militares, culturales, etc. Todo ello con la esperanza de ofrecer un plus a lo publicado en la prensa o vehiculado de una u otra forma por los medios de comunicación. En ciertos puestos incluso lo que se trata es adelantar acontecimientos que vayan a producirse.

En 1936 no existían muchos canales alternativos para explorar los acontecimientos que ocurrían en otros países: se contaba, evidentemente, con la prensa, por supuesto, pero muchas embajadas recurrían a sus contactos con políticos, intelectuales, analistas, etc. para profundizar algo más. En el caso británico  la embajada, por ejemplo, rebatió con argumentos, sobre todo en el período anterior a Chilton, las en ocasiones sesgadas informaciones que transmitía el corresponsal en España del famoso The Times, Ernest De Caux. Como es sabido, en dicho medio los artículos de los corresponsales no llevaban firma.

Para el caso que aquí nos ocupa el valor probatorio del despacho en cuestión depende de dos variables fundamentales: el momento de su envío y la explicación al mismo dada por la embajada. Ambos están relacionados.

  1. Supongamos que el despacho se envió antes del 18 de julio de 1936. Esto implicaría que la embajada se habría hecho con el texto de la carta por medios confidenciales. Normalmente haber estado en contacto con círculos próximos a Franco o a Casares Quiroga. Deberíamos, pues, otorgarle un valor anticipatorio.
  2. La situación cambia drásticamente si el despacho se remitió una vez que la carta se hizo pública. En ese caso, los comentarios habrían tenido un valor meramente histórico. La diferencia es muy notable y debería tenerla en cuenta cualquier alevín de historiador.

Respecto a 1): la embajada sabía que el golpe de Estado llevaba preparándose desde hacía tiempo. No por méritos propios esencialmente. Un sector de los conspiradores le “soplaba” informaciones porque lo que se pretendía era que el Reino Unido se inhibiera de dar cualquier apoyo a la República cuando llegara el momento. Por consiguiente, la carta abonaría cuando menos la interpretación de que incluso uno de los generales más prestigiosos del Ejército español alertaba al Gobierno de lo que podría ocurrir en España.

Las informaciones sobre España ya desclasificadas que llegaban al Foreign Office en la primavera de 1936 de todas las procedencias (embajada, consulados, servicios de inteligencia e interceptaciones de las comunicaciones de la Komintern con el PCE) las analicé, en sus rasgos generales, en mi libro La conspiración del general Franco, capítulo II. Nunca pude obtener (ni, a lo que yo sé, ningún otro autor lo ha conseguido, excepto un historiador oficial del organismo) sumergirme en los archivos del Secret Service (servicio de inteligencia exterior o MI 6). Siguen cerrados a cal y canto con excepción de algunos relacionados con España en la segunda guerra mundial que se encuentran en los Archivos Nacionales. Hube de contentarme con los del Servicio de Inteligencia Naval.

También cabe preguntarse cómo hubiera podido obtener la embajada la carta en cuestión. Hay dos posibilidades: a) que alguien se la diera en Madrid o b) que la consiguiera el cónsul británico en Santa Cruz de Tenerife. Si bien los fondos de la primera están ya abiertos, los del segundo han desaparecido casi en su totalidad. Es un misterio profundo. Faltan en puntos esenciales y los huecos se notan por los saltos en la numeración. Por consiguiente no veo muy claro cómo mi amable lector o algún otro historiador hubiera podido ver el despacho si fue anterior al 18 de Julio.

Respecto a 2): en este caso la situación se aclararía enormemente. La embajada no hubiera hecho sino cumplir con su deber. No le corresponde ningún mérito salvo el de la mayor o menor profundidad del análisis histórico. He de señalar a mis amables lectores que la carta se difundió enormemente por la zona sublevada. Se publicó, detalle importante, en las propias islas Canarias, en La Gaceta de Tenerife, el 26 de agosto de 1936. Este periódico la presentó como un “documento histórico del que toda la Prensa mundial habla”. El cónsul hubiera faltado a su deber de no haberla enviado.

Desde entonces hasta la más rabiosa actualidad raro es el autor que haya escrito sobre Franco y la guerra civil que no haya mencionado la carta (pinchar aquí y leer comentarios: https://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2016/06/23/576c0098468aeb05268b467a.html). En general los de querencias profranquistas como muestra de hasta qué punto Franco se habría preocupado de evitar la guerra con su invocación para que el Gobierno cambiase su curso de actuación. Los que no tienen tales querencias se hacen luces sobre lo alambicado de su estilo y llegan a plantearse si Franco no hubiera querido convertirse en el espadón del régimen republicano. Hay más y cualquier trabajo de fin de curso en un postgrado de historia podría pasar revista a las diversas categorías de explicación esgrimidas.

De los millares de comentarios que ha suscitado subrayo el del ayudante, primo hermano, íntimo colaborador y confidente del futuro Caudillo, junto con él en aquellos tiempos, el posterior teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo. Según esta impecable fuente, obró “impulsado por su patriotismo y buena fé”, al expresar “la inquietud de la oficialidad por las arbitrariedades que se estaban cometiendo”. De aquí a derivar la conclusión de que quiso evitar la catástrofe solo hay un paso.

Quisiera, no obstante, señalar que su principal y más importante hagiógrafo que fue el periodista Joaquín Arrarás dio una explicación que ya no suele tener curso, pero que es también muy verosímil:

“Inquieta y preocupa especialmente a Franco la poda que el ministro de la Guerra viene haciendo en la oficialidad del Ejército y de la Guardia Civil; desmoche que va reduciendo las posibilidades de resistencia, pues la mayoría de los excluídos y postergados son partidarios del movimiento que cada vez se ve más ineludible e inmediato. Entonces el general Franco se decide a escribirle (…) una carta con la secreta intención de contener aquella carrera de destituciones y de remociones, que ponían en evidente riesgo el éxito del movimiento en alunas capitales y regiones”.

La carta suscita, además, tres cuestiones fundamentales: a) ¿la envió o no la envió?; b) si la envió, ¿cómo?; c) ¿con qué texto?.

Salvo error u omisión no conozco a ningún autor (con lo cual revelo mi propia ignorancia) que las haya abordado sistemáticamente, por ejemplo como hicimos en el libro escrito con mi primo hermano (qepd) Cecilio Yusta y el Dr. Miguel Ull bajo el título El primer asesinato de Franco. Basándonos, entre otras indicaciones, en las memorias de Franco Salgado-Araujo ya lanzamos la idea de que Franco estaba pensando en su sublevación desde, certificadamente, el 27 de mayo anterior al menos.

Las tres cuestiones anteriores coinciden en una. A tenor de lo que Franco escribió a Mola (en carta reproducida por Tusell) había enviado una misiva a Casares Quiroga y le incluyó una copia de aquélla. Decía así:

Nada te digo de asuntos de política. Estoy conforme con tus apreciaciones y precisamente comulgando con ellas y en evitación de los estragos que en la moral y virtudes del Ejército están produciendo las disposiciones oficiales, consecuencia de la labor de una docena de militares tendenciosos y sectarios que engañan al ministro, le he escrito esta carta cuya copia te adjunto con la que estoy convencido estarás conforme.

He puesto en itálicas lo más importante. Mola estaba metido de pies a cabeza en la conspiración y Franco pensaba como él. Desde Canarias echaba la culpa de lo que pasaba a la supuesta “camarilla” que rodeaba a Casares, monigote de la misma. Pregunta: ¿envió Franco a Pamplona la carta que dio a conocer dos meses después?

Posteriormente, conocedor de la carta ya divulgada por toda España y parte del extranjero,  uno de los factótums de Azaña, el coronel Juan Hernández Saravia, confesó a Antonio Cordón, incorporado tras el golpe al Ministerio de la Guerra, que Franco “había enviado recientemente una carta muy respetuosa, en la cual hacía protesta de fidelidad a la República y aseguraba que eran falsas las noticias que circulaban sobre un supuesto complot del Ejército”.

El amable lector comprenderá que tal texto, desconocido, difícilmente sería el mismo que se publicó en agosto y que Franco, tal vez, envió a Casares. Salvo que comentara posteriormente a Mola algunas de sus razones para hacerlo, algo francamente difícil de tragar. De lo contrario es de suponer que este no se hubiera apeado de su berrinche. ¡Caramba con “Franquito”, intentando jugar a dos barajas! Es lo menos que hubiese podido pensar en la línea que luego escribió Franco Salgado-Araujo.

Arrarás se anticipó: “Franco consiguió en buena parte lo que se proponía pues al recibo de la carta amainó la furia demoledora del ministro”. Ni fue así ni se modificó a causa de Franco la política, insuficiente, de remoción de peligros.

Por lo demás, no entramos en investigar cómo envió Franco la carta a Casares Quiroga. Nadie lo ha hecho. Exceptuando el uso de palomas mensajeras o un telegrama oficial y cifrado, no había muchas posibilidades a una carta personal que solo podría remitirse por: a) mensajero o b) conducto oficial en sobre cerrado y lacrado. En este caso únicamente por dos medios: correo aéreo o la vía mucho más lenta de la Compañía Mediterránea que aseguraba el enlace marítimo con la península. El lector puede elegir, porque nadie ha documentado la cuestión hasta el momento de manera satisfactoria.

Ahora ya pueden los amables lectores situar adecuadamente el abanico de interpretaciones posibles sobre la importancia, grande, chica o rutinaria, del despacho de la embajada británica al Foreign Office.

¡Ah! Por falta de tiempo no me he molestado en buscar en mis papeles dicho despacho. Si le atribuí alguna significación estará entre ellos. Si no, es que no le atribuí importancia y me doy los imprescindibles golpes de pecho. Guardo todos los despachos y telegramas políticos de la embajada británica al Foreign Office desde poco antes del 14 de abril de 1931 hasta finales de 1936. A ver si algún día me decido a buscar ellos. No tengo tiempo.

Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (II)

16 junio, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es posible que, para algunos lectores, la afirmación de que para el presidente de la República en septiembre de 1936 la República ya no tenía posibilidades de victoria les parezca inaudita. No era el único que así pensaba. Si sus Apuntes son dignos de crédito, otros políticos republicanos no diferían mucho de su diagnóstico. Debo destacar entre ellos el nombre del destacado dirigente socialista Julián Besteiro. Uno podría argüir (quien esto escribe no lo hace) que quien entraba en la guerra con tales ánimos difícilmente saldría de ella con los opuestos. En este post demostraré, con EPRE que creo desconocida, que un testigo importante de la guerra de España también auguraba una derrota de la República y que lo hacía poco más o menos al mismo tiempo que Azaña.

 

El 26 de septiembre de 1936 el nuevo agregado militar francés, el teniente coronel Henri Morel, llegado a España el 18 de julio, envió una nota importante a su superior, Edouard Daladier, a la sazón  ministro de Defensa Nacional y de la Guerra en el Gobierno Blum del Frente Popular francés. Morel suele aparecer en los informes políticos y militares relacionados con la contienda y, desde luego, en lugar destacado en el caso de las relaciones bilaterales. Como agregado militar no solo estaba a cargo de las tareas de información político-militar habituales que pudieran interesar al Gobierno de París. También coordinaba en España la actividad de los agentes del Deuxième Bureau sobre el terreno y de sus colaboradores. Es decir, tenía una visión más en profundidad como la que procedía de los servicios secretos militares, con frecuencia erróneos. En muchas otras ocasiones, no.

Morel había experimentado la guerra en vivo y una guerra más encarnizada que la española: la  mundial. En ella había logrado la codiciada Legión de Honor y sobrevivido, que ya es, a los combates en torno a Verdún. Después, había caído prisionero de los alemanes que lo habían deportado a Alemania. No regresó a Francia hasta 1919. De orientación monárquica nada menos que en la muy poco monárquica República Francesa, ingresó en la Escuela Superior de Guerra y, tras brillantes estudios, entró después, ya capitán, en el Deuxième Bureau, donde se le consideró como un oficial altamente prometedor. Pasó por la sección inglesa y en 1933 se hizo cargo de la Sección del Mediterráneo. En este puesto muy delicado no dudó en criticar la política mussoliniana y tampoco tardó en romper con la Action Française.

A lo largo de su estancia en España, prácticamente hasta casi el final de la guerra, fue desarrollando primero una comprensión y luego una clara simpatía hacia la causa republicana que no siempre encontró buena acogida en el EM parisino. Mantuvo en lugar primordial una concepción constante de los intereses franceses. A pesar de algunos roces, no se le llamó al orden. Cuando llegó el conflicto mundial, del que sus interlocutores republicanos tanto le habían prevenido, estaba destinado en Africa del norte. Amigo de larga fecha del posteriormente famoso general de Lattre de Tassigny, fue detenido por la Gestapo en junio de 1944 y deportado a Alemania. Murió tres meses después en el campo de concentración de Neuengamme.

Existe una excelente biografía sobre él y yo mismo me hecho eco de algunos de sus despachos en varias de mis obras.  Es necesario que el lector tenga en mente lo que antecede, porque  desde el primer momento de su llegada a España dio muestras de un espíritu crítico que no siempre fue del gusto de la colonia francesa, de su embajador (que veía los acontecimientos desde la barrera, instalado en Francia) y a veces de sus superiores.

En su informe del 26 de septiembre de 1936 Morel expuso cómo veía el futuro de la guerra desde el punto de vista militar, teniendo en cuenta la evolución de las operaciones hasta aquel momento. Consideraba como posible, si no probable, la victoria de los rebeldes. En esto su valoración no fue muy diferente de la del presidente de la República. No tenemos, sin embargo, constancia de que se hubiesen encontrado y mucho menos de que Azaña le hubiera hecho objeto de ninguna confidencia. La distancia jerárquica era tal que a pesar de sus conocidas proclividades hacia Francia no creo que Azaña en aquella época lo hubiera pensado.

Morel dejó sentado de entrada que no era un ignorante del marco general de las relaciones hispano-francesas. “Dejando de lado las naturales simpatías de orden político y social que Francia pueda tener en favor de un Gobierno análogo al suyo y por una organización social que tiende a aproximarse a la organización propia mediante el desarrollo progresivo de una clase media urbana y campesina era evidente que, desde el comienzo de la crisis, la actitud de las potencias en Europa trataría de afirmarse y que las simpatías de origen no servirían sino para encubrir las pugnas de interés en el plano internacional”. Así empezó su despacho.

Esto no significaba sino afirmar que en el momento mismo del estallido de la sublevación la fundamental variable internacional iba a hacer acto de presencia. Morel, por supuesto, ignoraba que un sector de  los futuros rebeldes ya llevaba conspirando desde hacía años con Mussolini precisamente para orientar en su favor el resultado de su futuro recurso a las armas. Queda por ver si hubieran sido menos diligentes de haber creído que, con sus propias fuerzas, hubieran podido derrotar fácilmente al Gobierno republicano. Lo cierto es que casi toda la literatura ulterior, salvo la de origen izquierdista o ultraizquierdista, así lo presentó. Con fuerzas italianas y alemanas sobre el terreno Morel tenía ya la impresión de que el hundimiento del régimen republicano constituiría para las potencias fascistas un éxito de amor propio y de prestigio que, naturalmente, tratarían de explotar al máximo. Como así fue.

Lo que Morel trató de hacer llegar a sus superiores fue que, en su opinión, tal éxito permitiría que el Ejército sublevado albergase inicialmente sentimientos muy favorables hacia italianos y alemanes. Por el contrario, a la desconfianza tradicional de los sectores conservadores españoles para con Francia se uniría la procedente de los partidos de derechas, falangistas y tradicionalistas que los republicanos solían denominar genéricamente como “fascistas”. Morel no creía que este movimiento de simpatía fuese duradero. En aquellos momentos (recordemos que Morel no podía saber que Franco estaba ya inmerso en una pugna por convertirse en Generalísimo y Jefe del Estado, haciendo todo tipo de promesas a los italianos en el sentido de seguir, ¡cómo no!, sus orientaciones) tampoco suponía que fuese un sentimiento muy profundo. Los militares, “superada la primera represión ciega y sin límites”, reservarían su ferocidad contra sus adversarios tachados de marxistas, de socialistas comunistizados y de comunistas puros y duros. Sin embargo, los anarquistas, una vez que se deshicieran de los elementos criminales que se habían introducido entre sus filas, podrían encontrar algo en común con los militares. (Precisemos que si no entre los militares, más bien entre los falangistas).

Italia no tenía, en la opinión de Morel, grandes posibilidades de ejercer una influencia duradera en España y sería probablemente la primera víctima del nacionalismo español. Los vencedores se negarían a reconocer la superioridad italiana porque en España existía un menosprecio profundo hacia Italia. Una vieja nación guerrera no podía sentir otra cosa hacia un parvenu como el fascismo. La idea italiana de dominar, gracias a España, el Mediterráneo occidental [recordemos: una de las ideas maestras del dúo Mussolini-Ciano] podría ser un sueño de la política, pero chocaría frontalmente contra el sentimiento casi unánime del Ejército y del pueblo españoles. Morel veía perfectamente lo que iba a producirse: Franco se arrastraría un poco en demanda de ayuda, pero no estaría dispuesto a enajenar la soberanía española (y su propia soberanía) por deferencia hacia Mussolini. Le fortalecería en ello el comportamiento italiano en Baleares.

Otra cosa era la influencia alemana. Los nazis no se esforzarían demasiado por influir en España.  Se concentrarían en obtener ventajas en campos menos susceptibles de despertar el orgullo y el nacionalismo españoles. A los alemanes se les respetaba mucho en los campos intelectual, económico, militar. Por eso, en todos ellos su influencia se dejaría sentir en mayor medida.

Hasta entonces la guerra civil había puesto de manifiesto la pobre calidad estratégica y táctica del Mando español, tal y como la juzgaba Morel. Una de las lecciones que cabría esperar sería que Francia no tenía demasiadas razones de temer o desarrollar un sentimiento de grave amenaza sobre su frontera sur en el caso de una victoria rebelde. Porque, y esta fue la conclusión del flamante agregado militar, lo que había que esperar era que los sublevados se alzaran con la victoria. Tras ella las buenas relaciones con Francia que habían caracterizado los años republicanos se disiparían. El Ejército español no era germanófilo en sí salvo porque tradicionalmente había sido antifrancés.

Hacer pronósticos a largo plazo, cuando el fenómeno observado solo tenía dos meses de antigüedad, siempre es peliagudo. Morel no podía anticipar hasta qué punto la ayuda material y técnica alemana penetraría en un ejército que solo tenía como experiencia bélica las campañas un tanto pedestres de Marruecos. También creyó que la contienda no tardaría mucho tiempo en dirimirse.

Mucho de lo que atisbó al poco tiempo de llegar a España fue cumpliéndose. Minusvaloró el deslumbramiento que algunos generales, incluído Franco, sintieron por el Tercer Reich, pero lo que es significativo de este informe fue que, en contra de lo que se afirmaba en la propaganda de los contendientes y en la prensa de la época, de uno y otro signo, el nuevo agregado militar tenía claro que la República difícilmente iba a ganar la guerra y que los condicionantes internacionales tendrían un impacto decisorio sobre la evolución de las hostilidadesEn este sentido, Morel -aunque llegando a sus conclusiones por una vía diferente a la de Azaña- alcanzaba un resultado similar.

He querido acercar, en lo posible, las posturas de ambos, un jefe del Estado sin la menor experiencia militar y un observador extranjero que había hecho sus armas en las batallas de la primera guerra mundial y en el mundo de los servicios de espionaje, porque los dos apuntaban a un denominador común: la influencia del vector exterior sobre los acontecimientos que se producían en España. Lo hicieron prácticamente en el mismo período de tiempo.  A tales análisis, que prefiguraban la derrota republicana, les faltaba otro vector: la posibilidad de una intervención soviética. La pregunta que ha de hacerse todo historiador a la altura del mes de septiembre es doble: ¿cómo se llegó a tal situación? ¿cómo se salió de ella?

(continuará, pero atención a la siguiente advertencia:

En mi próximo post voy a plantear un jueguecito. Daré a conocer unas reflexiones metodológicas elementales sobre cómo enmarcar la famosa carta de Franco a Casares Quiroga de junio de 1936. Me incita a ello la afirmación un tanto rotunda hecha por un amable lector de que su texto fue conocido por los ingleses. Espero no tener que tragarme mi interpretación. Pero si hay que hacerlo, hay que hacerlo.)

 

Referencias:

La única biografía de Morel que conozco (pero que no menciona el anterior despacho) es la de Anne-Aurore Inquimbert, Un officier français dans la guerre d´Espagne. Carrière et écrits d´Henri Morel (1919-1944), Presses Universitaires de Rennes/Service Historique de la Défense, 2009.

El informe de Morel se encuentra en los archivos del Service Historique de la Défense, Vincennes, París, pero afortunadamente no hay que ir allí (aunque servidor lo ha hecho por otras razones). El Centro de Documentación del Bombardeo de Gernika dispone de un ejemplar.

Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (I)

9 junio, 2020 at 10:45 am

Ángel Viñas

En este blog he escrito en ocasiones sobre las escasas posibilidades de la República de salir con bien de la guerra civil. En los comentarios de los amables lectores en la página equivalente de Facebook se han reflejado recientemente ideas que me parecen un tanto desenfocadas. Voy, pues, en vez de dar respuestas directas a elegir un camino indirecto en este y en los próximos posts. Combinaré temas conocidos con EPRE desconocida. No pretendo, por supuesto, escribir algo final. Solo los incautos, los prepotentes o los estúpidos creen en la historia definitiva. Personalmente, después de haber cambiado tantas veces de opinión sobre ciertos temas en función de nuevas evidencias, estoy a prueba de sorpresas y por ello procuro mantener la mente abierta a lo que pueda descubrir u otros descubran. Únicamente hay dos cosas superseguras en la vida: hay qe pagar impuestos y hay que viajar, en tren rápido o lento, según los casos,  al más allá (remedando a B. Franklin).

 

Para prevenir que algunos lectores me tiren a degüello por el título de este post tengo que empezar diciendo que la afirmación de que la República había perdido la guerra en septiembre de 1936 no es mía. Es una forma impactante de traducir en lenguaje de nuestros días lo que pensaba el presidente Don Manuel Azaña en aquellos momentos. Él lo escribió, por supuesto, con mayor donosura: “LA VICTORIA ES UNA ILUSIÓN”.

No lo dijo, por supuesto, en uno de sus escasos discursos de la época. El primero que había dado, tras la sublevación, contenía tonos heroicos. Fue una alocución por radio, en la noche del 23 de julio. Dirigió sus palabras, de aliento y gratitud, a todos los defensores de la causa de la ley, que era la de la República, y de admonición grave y severa a los culpables del “horrendo delito que tiene destrozado el corazón de los españoles”. El pabellón nacional, aseguró, ni se había arriado ni se arriaría. Del esfuerzo y sacrificio colectivo saldrían la República y España más “fuerte e indisolublemente unidas con sus libertades”.

Expresó su gratitud a quienes combatían por la libertad y la República y mencionó específicamente a los cuerpos y unidades del Ejército que se habían mantenido fieles al régimen, a la Guardia Civil, a otros institutos gubernativos, a la aviación republicana y a las muchedumbres populares.

En lo que se refería a los sublevados, a quienes habían desgarrado el corazón de la Patria, a los culpables de que se vertiera tanta sangre, ¿no veían que su empresa había fracasado? Responderían ante la conciencia nacional, “como un día han de responder ante la historia”.

Pero mes y medio más tarde las cosas habían cambiado. La rebelión no se había extinguido. Al contrario: avanzaba impetuosa hacia Madrid.  El Gobierno del 19 de julio se había tambaleado. No era representativo de la nueva correlación de fuerzas ni de la situación tal y como había ido desarrollándose. El partido principal de la oposición, el PSOE, estaba fuera del gobierno; las masas anarcosindicalistas no estaban representadas en él; el hundimiento de la autoridad del Estado era un hecho. Y, naturalmente, se había desatado la violencia, en los frentes y en la retaguardia. ¿Qué había pasado?

Una primera respuesta la dio Azaña tres semanas después a un escritor francés, judío, de orientación socialista y ya en un camino que le acercaba al PCF, Jean-Richard Bloch. Fue presciente. El 15 de agosto le explicó que una derrota del Frente Popular en España no solo representaría la derrota del francés sino también la de la propia democracia francesa. Como Azaña ni era un mago ni un alquimista y tampoco podía ver en una bola de cristal lo que sería el futuro, cabe conjeturar que divisaba en el horizonte graves peligros para ambos regímenes. ¿De dónde podrían proceder? Solo de ciertos países que no identificó: Alemania e Italia. Eran los que ya habían empezado a intervenir en España.

El mes siguiente empezó con un cambio de Gobierno, acercándose a la idea de formación de un auténtico Frente Popular. Como es sabido, para este período Azaña no mantuvo un diario. Lo que pensó hay que inferirlo de unas notas apresuradas, tomadas quizá como recordatorio, sobre la marcha y espontáneas.  Normalmente, el lector normal acudirá, como ha hecho servidor, al volumen VI de las Obras Completas de Azaña, en la edición más reciente que es la que hizo el añorado profesor Santos Juliá. En ellas se encontrará con que tan destacado azañista incurrió en el mismo error que Enrique de Rivas, hijo del cuñado de Azaña, en sus comentarios y notas a los “Apuntes de memoria”. Una parte de ellos, que ambos autores sitúan en 1937, no corresponde a este año sino, precisamente, al verano del año anterior, es decir, los tan poco conocidos, en la perspectiva de Azaña, meses de agosto y septiembre. La única explicación que encuentro es que Rivas los pusiera -si es que no los había encontrado juntos- con los apuntes del año siguiente. Pero he de confesar que me sorprende que ninguno de ambos se hubiera dado cuenta de ello. Ruego a los amables lectores que no tomen esta afirmación como sentada ex cathedra. Servidor no las hace nunca. Puedo equivocarme. Y si me equivoco, estoy siempre encantado de reconocerlo.

Sin embargo hay alusiones en esos “Apuntes” que no permiten otra interpretación que la mía. La más clara y evidente dice así: “En septiembre nuevo gobierno”. Como es obvio, no hubo gobierno nuevo en septiembre de 1937, luego tuvo que ser en el año anterior. Añádase una referencia a Ossorio y Gallardo que habría dicho “se ganará la batalla de Talavera”. Esta no se ganó ni fue propiamente una batalla. Talavera cayó en poder de los sublevados el 3 de septiembre de 1936, la víspera de la entrada en acción del nuevo Gobierno. En el mismo mes se inició una remodelación de embajadores y Azaña citó los casos de Ossorio y de Fernando (de los Ríos).

Con todo, hay un tercer ejemplo que es para nosotros más interesante para nuestros propósitos. El nuevo Gobierno, presidido por Largo Caballero que también asumió la cartera de Guerra, había preparado de inmediato una serie de notas diplomáticas de extrema dureza a remitir a las embajadas de las potencias fascistas. En ellas se detallaban las pruebas en poder de los gubernamentales acerca de sus intervenciones respectivas en favor de los sublevados. Azaña pidió que le mostraran los borradores. Así se hizo. Su impresión fue que se trataba de auténticos ultimátums.

Así lo explicó, pues, en sus Apuntes, sin que ni Rivas ni Juliá se dieran cuenta de la ucronía:

“Los proyectos de notas a Alemania e Italia aprobadas en Consejo. No me dan cuenta. Viene Vayo. Me explica su tenor, pero no literal.  Viene Álvarez Buylla en audiencia. Me habla del tenor durísimo de las notas. Le pregunto a Vayo si las ha transmitido. “Aun no; esta tarde”, “Quiero conocer el texto. No las envíe”. Las recibo a las 2.30. Eran dos ultimátums. Reflexiones. Al Presidente [Largo Caballero]. Se reúne el Consejo. “Ustedes quieren declarar la guerra”. ¿Y si no nos hacen caso?”. Las modifican”.

Azaña, con cierta mala uva, añadiría para sí: “Una cosa es periodismo, y otra democracia”.  Los amables lectores podrán pensar que lo antecede no es importante. Lo es y mucho. No solo determinan el momento temporal a que se refiere esta parte de los “Apuntes de memoria”, sino que explican con toda claridad lo que Azaña anotaría, apresuradamente, acto seguido.

Pensando todavía que Ossorio y Gallardo iba a ir de embajador a Ginebra, a la Sociedad de Naciones, aprovechó la ocasión de una conversación con él para atemperar su optimismo sobre la marcha de la guerra. Es cuando el presidente de la República afirmó LA VICTORIA ES UNA ILUSIÓN.

No sabemos si la reacción siguiente que Azaña consignó fue de Ossorio o una reflexión propia. Si la victoria era una ilusión, “entonces hay que tratar con Franco”. Obsérvese la referencia a Franco. Todavía no había sido nombrado cabecilla de los sublevados, pero ya en las alturas republicanas se le identificaba como tal. ¿Problema? ¿Quién iba a decírselo a la gente?

Azaña, antes de que Ossorio fuera a Ginebra (se le destinó a Bruselas y la delegación ante la Sociedad de Naciones quedó sin embajador, un error gravísimo que debe ponerse con letras más que superrojas en el debe de Largo Caballero y de Álvarez del Vayo, ministro de Estado,  como responsables inmediatos), le habló de su “proyecto de mediación y plebiscito. Dificilísimo, creo yo, pero el único camino”.

¿Conclusión? A mitad de septiembre, más o menos, Azaña no creía en la victoria republicana. Habló de ello a Besteiro y a Sánchez Román. Ambos estuvieron de acuerdo. También habló con Prieto, nuevo ministro de Marina y Aire, que lo estimó “irrealizable e inútil”. Seguidamente con Álvarez del Vayo, “que no lo toma en consideración”. Finalmente habló con Araquistáin, consejero áulico de Largo Caballero y próximo embajador en París: “a las primeras palabras, hace una mueca de extrañeza”.  Azaña volvió a hablar con Ossorio que, entonces, rechazó el proyecto y añadió “si no hay victoria no queda más recurso que morir”. Muy dramático pero, para muchos, tremendamente acertado.

Todo lo que antecede demuestra dos cosas: en septiembre de 1936 Azaña no veía posibilidades de victoria. Evidentemente, no exteriorizó en público sus sentimientos. Se plantean dos cuestiones. La primera es la siguiente: ¿Estaba solo Azaña en sus dudas? ¿No las tendrían otros también? La segunda es el por qué. ¿Qué había pasado para que en menos de dos meses se hubieran desplomado sus primeras esperanzas?

A estas dos preguntas tratarán de responder los posts siguientes. Dejo sin responder una pregunta que no hago: ¿Qué hubiera ocurrido de haber exteriorizado Azaña sus temores?

 

Referencias (por orden de fecha de publicación: 1990, 2006, 2008).

Enrique de Rivas: Apuntes de Memoria (inéditos), pp. 208-211.

Angel Viñas, La soledad de la República, pp. 258s.

Santos Juliá: Obras completas de Azaña, vol. VI, pp. 4-7, 282.

(seguirá)

Frente Popular, ¿hoy, 2020, en España?

2 junio, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Vaya por delante que servidor no forma parte de aquellos autores que por lo general se niegan a aceptar las analogías como instrumentos conceptuales para caracterizar importantes fenómenos históricos. Hace algunos meses la muy intelectual (y algunos dirán un tanto elitista) New York Review of Books publicó un intercambio de opiniones en favor y en contra. La ocasión la deparó la utilización del término HOLOCAUSTO. En España tuvimos ya un remedo (algo aguado, todo hay que decirlo) cuando Sir Paul Preston lo usó para referirse al caso español y más particularmente a la represión efectuada, en la guerra y la postguerra, por el régimen franquista contra los vencidos y heteróclitos republicanos (amén de masones, librepensadores, socialistas, comunistas, liberales, ateos, es decir, de poco menos de todos los que no comulgaran con los valores españoles desde los tiempos de Viriato y, con certidumbre total, de la época de los Reyes Católicos y de Trento).

 

Las analogías pueden ser un recurso útil en historia porque en la vida de las sociedades el futuro, hasta cierto punto previsible, a grandes o grandísimos rasgos, en particular ligados a la evolución científico-técnica, es, en realidad, incognoscible (vid. el caso de la pandemia actual y sus debatidas posibles consecuencias que nadie ha visto todavía). La forma tradicional de aprender de la experiencia vivida la da, hasta cierto punto, la historia. Esto es, al menos, algo reconocido desde los clásicos (Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis), pasando por Cervantes (émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de los presente, advertencia de lo por venir). Ahora bien, que la Historia enseñe algo no significa que el aprendizaje sea automático y que las situaciones pasadas se repitan (una imposibilidad) o sean suficientemente comparables con las de nuestra actualidad o, menos aún, de las que puedan suscitarse  en el futuro. Cada situación traduce el palpitar de una época y el juego de las fuerzas económicas, sociales, políticas e ideológicas que en ella se dan cita. (Advierto que esta prelación es intencionada, aunque ciertamente discutible).

Viene a cuento lo anterior porque entre las sorpresas que nos deparan todos los días las noticias y comentarios que esmaltan la prensa (en España y fuera de España) hay una que me ha causado particular sorpresa, quizá porque como ya escribí en el post anterior llevo tiempo dando vueltas al manido tema de la segunda República española. El comentario objeto del presente post es la afirmación rotunda contenida en un artículo publicado por el venerable diario ABC (pinchar aquí: https://www.abc.es/opinion/abci-jaime-mayor-oreja-frente-popular-obviedad-202005232302_noticia.html) Su autor afirma con rotundidad que en la maltrecha España de nuestros días está instalado un Frente Popular. ¡Guau!

Servidor se inclina rendidamente, desde luego, ante la experiencia política de tal autor. Ni por asomo se me ocurriría competir con él en terreno tan resbaladizo. Recuerdo, eso sí, que en el preciso momento en que volví a empezar a dar clases en la Complutense con, entre otros, un curso sobre la guerra civil levantaron polémica unas declaraciones suyas en las que apostilló que, para muchos, el franquismo había sido un período de extraordinaria placidez (pinchar aquí: https://elpais.com/diario/2007/10/16/espana/1192485613_850215.html). Ciertamente lo fue, por ejemplo, para la familia y la “Corte” de Franco y, desde luego, para los que se deleitaron con las mieles que la VICTORIA y la corrupción les proporcionaron. Pero, ¿realmente para los españoles en general?

Hoy me asombra más, en realidad, que tan eminente y, sin duda, cultivado político  pueda creer que es posible transferir (no digo comparar: digo transferir) el concepto de Frente Popular a la situación española del corriente año. Que servidor sepa, el concepto se creó en el decenio de los treinta del pasado siglo y tuvo, también que yo sepa, muy escasas plasmaciones históricas: una en España, la segunda en Francia y la última en Chile. Cada una con sus características, sus antecedentes, sus consecuencias y su historiografía.

La que versa sobre cada caso es extensa. Recuerdo que con motivo del cincuentenario referido a los dos primeros países se publicó un libro de ensayos que tuvo mucho éxito entre la grey de historiadores. Lo  dirigieron los profesores Helen Graham y Paul Preston y contenía capítulos referidos a los ejemplos logrados y a los no logrados (Alemania y Austria). Los Frentes Populares fueron un fenómeno producto (o subproducto) de una época muy convulsa. Representaron un intento por parte de las variopintas izquierdas de la época de parar lo que parecía incontenible ascenso del fascismo (un término que el distinguido político o expolítico español no menciona ni por asomo en el artículo que comento).

Pero no solo fueron eso. En mayor o en menor medida hubo otra cosa detrás de la idea de establecer una alianza entre las fuerzas burguesas de izquierdas y los partidos proletarios. A saber, el giro copernicano en la estrategia de la Komintern tras su VII congreso en el verano de 1935. Como deberían saber hasta los chicos del Bachillerato (aunque ignoro si en el actual lo aprenderán) este giro obedeció a su vez a un cambio estratégico en la postura de la Unión Soviética (es decir, esencialmente de Stalin). Consistió en abandonar el funesto tercer período de “clase contra clase”. En esta etapa “tercerista” el más importante partido comunista de Europa (el alemán) estuvo siempre a la greña contra su equivalente socialista (el alemán), caracterizado de “socialfascismo” en un ejemplo paradigmático de innovación terminológica. Gracias a ello fue posible en gran medida la expansión del nuevo enemigo de ambos y también de la democracia: el nacionalsocialismo. Para algunos pocos todavía un movimiento muy simpático.

¿Subsisten hoy las fuerzas políticas concretas y sus soportes sociales tal y como se manifestaron en los años treinta? Aunque cabe acudir a un debate muy rico respecto a la resurgencia o no del fascismo adaptado a las condiciones de la actual época, nuestro eminente político o expolítico no va por ahí. Su categorización es firme y rotunda: el Frente Popular ha vuelto a España, con las connotaciones que, en general, las derechas siguen atribuyendo a la previa experiencia española. Algunas de ellas las he expuesto en mi último libro.

En el caso español, desde las malhadadas elecciones de noviembre de 1933, las “bondades” de los gobiernos del denominado “bienio negro”, los sucesos de Asturias de 1934 y la represión  tous azimuts subsiguiente, incluyendo la supuesta “sublevación” de Azaña en Barcelona, era obvio que la única forma de parar la amenaza de un nuevo período de hegemonía de las derechas (incluídos sus sectores más reaccionarios como los carlistas, alfonsinos y falangistas) estribaba en bregar por el rassemblement de las izquierdas al menos con propósitos electorales. El denominado Frente Popular español no fue otra cosa. Casi como en Francia, que manifestó  sus particularidades locales.

El pacto electoral subsiguiente, como ya escribió hace “siglos” Santos Juliá (Orígenes del Frente Popular en España, 1934-1936, Madrid, Siglo xxi, 1979), apoyó un programa en el que las demandas más “a la izquierda” del PSOE no tuvieron cabida y en el que no participó la poderosa corriente anarcosindicalista, aunque sí lo hizo todo un grupo de organizaciones y partidos, entre medios y pequeños, incluído el PCE (pinchar aquí: http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1936/01/16/pagina-23/33126503/pdf.html). Si se aspira a nota, hay que mencionar su, más o menos, equivalente catalán del Front d´Esquerres (pinchar aquí: http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1936/02/05/pagina-7/33129073/pdf.html?search=Front%20d%C2%B4Esquerres).

Ahora bien, tras las elecciones de febrero de 1936 ambas coaliciones electorales no ejercieron el poder. El poder lo blandieron tres partidos: Izquierda Republicana, Unión Republicana y ERC. Los comunistas (con un puñado de diputados) no participaron. Tampoco los socialistas (grave error, muy denunciado y poco defendido, aunque Julio Aróstegui dio una explicación bastante convincente).

La dirección de la política gubernamental desde febrero de 1936 hasta finales de agosto del mismo año (ya estallada la sublevación) corrió a cargo de tales partidos en el Gobierno central. Solo en septiembre, en condiciones un tanto desesperadas, se avino Largo Caballero a incorporar el PSOE como el partido mayoritario, junto con representantes de los anteriores, más el PNV y el PCE, este último sin el menor apoyo por parte de Stalin.

De señalar es que, a diferencia del caso español, el “coco” comunista no participó en el Gobierno francés porque en este caso Stalin sí impuso su criterio y eso que la idea, que se anticipó un pelín al congreso de la Komintern, la había adelantado Maurice Thorez, el líder del PCF.

En la España republicana, en lucha por su supervivencia frente a los ataques de la coalición Franco-Hitler-Mussolini, quedó descolgada la CNT en los dos meses siguientes. Así, pues, si para España puede hablarse, con propiedad, de un Gobierno de Frente Popular hay que precisar que duró solo desde noviembre de 1936 a mayo de 1937 (con cuatro carteras para la CNT/FAI). En esta última fecha los anarcosindicalistas dejaron de participar. Juan Negrín los dejó de lado tras su negativa a seguir en el Gobierno, pero con menos carteras. El abanico se repitió a partir de mayo de 1938 (con una sola para la CNT y otra para Acción Nacionalista Vasca) hasta el final de la guerra. Duró, pues, en total unos dos años y pocos meses. En Francia, la coalición “frentepopulista” (socialistas y radicales) duró menos: de junio de 1936 a abril de 1938. En este último momento, bajo Daladier, los socialistas abandonaron el Ejecutivo y, en general, la historiografía francesa ya no habla de Frente Popular.

Es decir, si el señor Mayor Oreja desea aplicar tal concepto al primer gobierno central de coalición español desde 1939 está, naturalmente, en su buen derecho, aun cuando históricamente se columpie de forma alarmante. Pero sus lectores, entre los que me cuento, también tenemos derecho a reivindicar un mínimo de respeto a los hechos y a expresar nuestro desagrado ante interpretaciones históricas insolventes.

Utilizar la expresión “Frente Popular”, con una connotación que no es el caso elucidar aquí, trastoca la comprensión del pasado y del presente. Quizá lo haga con fines de propaganda barata, a lo Bannon, contra fuerzas políticas e ideológicas que difieren de las que él representa. Quizá por deformación profesional también me parece advertir en su articulo un cierto regustillo schmittiano, muy típico de “aquellos tiempos” tan placenteros para algunos. Si me equivoco, presento por anticipado a él, a ABC y a los amables lectores mis más sinceras disculpas. Con todo, tengo la impresión de que tan celebrado político o expolítico no sigue los preceptos ciceronianos o cervantinos que deben darse por sentados en la educación de personas

El ABC, la República, don Niceto Alcalá-Zamora y un ruego

26 mayo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace unos días subí a mi página de Facebook un artículo de esos que no se sabe a qué vienen a cuento, porque no celebran nada, no conmemoran nada, no coinciden con ninguna efemérides y pueden parecer (no afirmo que lo sea) el resultado de una noche de jarana. Como no tengo ganas de entrar en discusiones sobre algunos de los temas que en dicho artículo se abordaron (y volveré al tema de la República, desde una perspectiva muy concreta, en el libro en el que ahora estoy trabajando, en medio del confinamiento bruselense que mantengo con un rigor superespartano) me limito a hacer unas pequeñas consideraciones. Reflejan mi sorpresa y apuntan hacia una metodología. No creo que sirvan para nada, pero como es bien sabido un precepto evangélico recomienda enseñar al que no sabe. Coincide con mi veta profesoral.

 

En la primavera del año 1936 el venerable diario ABC publicó toda una serie de artículos sincronizados con la marcha de la conspiración militar. Su propietario, el señor marqués de Luca de Tena, estaba muy al corriente de ella. En parte, la habían inspirado correligionarios suyos, civiles y militares. Monárquicos alfonsinos. De entre ellos algunos  formaban parte del comité de dirección de la sedicente Unión Militar Española (UME). Con el fin de caldear el ambiente y excitar a los militares rehacios, necesitaban estimular los ánimos cuarteleros. Para ello, siguieron dos líneas de conducta:

  • La primera estribó en allegar fondos para pagar a pistoleros falangistas (y de otros colores) a fin de que, con sus asesinatos y provocaciones, generaran las reacciones correspondientes. No tardaron en materializarse. Se logró detener a varios que habían cometido, o querido cometer, delitos de sangre, no en personas de poca monta, sino en representantes del establishment político, judicial y militar. No fueron tantos como los que cayeron víctimas del GRAPO o de la ETA en la Transición, pero la situación política era infinitamente más lábil en la primavera de 1936.
  • La segunda línea estribó en aprovechar a tope la posibilidad de que la prensa podía publicar, en longitud variable, las intervenciones de los diputados en Cortes. El ABC fue uno de los que las desgranaron y comentaron profusamente. A los eminentes políticos José Calvo Sotelo (al frente de la conspiración monárquica por la parte civil) y José María Gil Robles (que llegó a enterarse de lo que se tramaba), que andaban un poco a la greña por cuestiones de liderazgo de las masas antirrepublicanas, la prensa de derechas les hizo todos los honores. Los ecos todavía retumban hasta nuestros días.

El venerable ABC tiene, afortunadamente, una excelente hemeroteca digital que durante muchos años ha estado abierta a todo el mundo sin ningún problema. Siempre le he felicitado por ello sin reparo alguno. Ahora tampoco suscita problemas insuperables, pero su uso se ha hecho algo más complicado. En comparación el periódico de siempre de la burguesía catalana LA VANGUARDIA mantiene igualmente una hemeroteca digital no menos excelente pero sin las dificultades de la de su homólogo madrileño. Es la simplicidad misma.

Hace ya muchos años que una catedrática de la Universidad del País Vasco, Mari Cruz Mina, escribió un ensayo en un libro dirigido por el profesor Manuel Tuñón de Lara. En él abordó, a tenor de diversas categorías analíticas, los contenidos ideológicos de los artículos de opinión publicados por el diario ABC en aquella primavera. Desgraciadamente el libro está agotado pero recuerdo que, cuando servidor daba clases en la Complutense, era uno de los más utilizados en la biblioteca por alumnos y profesores.

Con ello simplemente quiero señalar una verdad de Perogrullo. La beligerancia antirrepublicana de tan venerable cabecera periodística está bien establecida y es susceptible de fácil contrastación por cualquier interesado. En todo caso, en mi último libro ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL? he reproducido algunas de las muestras más representativas de sus comentarios y noticias en la medida en que estuvieron sincronizadas con los momentos culminantes de la conspiración monárquica y militar que se desarrolló en la primavera de 1936. Naturalmente siempre podría conjeturarse que fue una casualidad, pero no sería demasiado verosímil.

Es sorprendente que algunos de los rasgos de tal propaganda, que no información,  los haya recuperado un reportero de dicho periódico que se ocupa, al parecer, de la sección de Historia. Y que haya seleccionado, sin ton ni son, algunas afirmaciones de quien fue primer presidente de la República Don Niceto Alcalá-Zamora.

A un periodista, sobre todo si es desconocido, no hay que pedirle que dé ninguna muestra de erudición. Dicho esto, no deja de asombrar que la única referencia que se hace a un libro académico (se han escrito sobre la República algo más de 5.000 títulos, según el profesor Eduardo González Calleja) sea a un best-seller que ha recuperado, como el artículo, muchas de las afirmaciones que se hicieron en 1936, que formaron la espina dorsal de la “historiografía” franquista sobre la República y que,  en el período en que dirige los destinos de la nación un gobierno que no es del PP, han vuelto a reverdecer. ¿Casualidad? Porque el artículo en cuestión, además de afirmaciones un tanto curiosas, no hace sino repetir las más incombustibles de entre las mismas.

Como es lógico, tratándose de un vulgar artículo de periódico que no pone ui una sola pica en Flandes, el autor no da otra referencia. Sin embargo, el Sr. Alcalá-Zamora no es un desconocido. Tiene dos libros de memorias, muy diferentes entre sí (solo cita uno). El primero se publicó en los años iniciales de la Transición (y, ¡horror!, es bastante grueso). El segundo salió hace pocos años, bajo la responsabilidad de un editor (en el sentido anglosajón del término) de quien es mejor no decir mucho. Alcalá-Zamora ha sido también objeto de varias biografías. Como el resto de los grandes personajes republicanos, de derechas o izquierdas, según ya he indicado en alguno de los posts precedentes.

Una de las bifurcaciones históricas, de las varias que se dieron en los tiempos de la Segunda República, la constituyó el cambio de gobierno que tuvo lugar en diciembre de 1936. De no haberse producido, o de haber aceptado Alcalá-Zamora al posible candidato a la presidencia del Consejo en la persona de  Don José María Gil Robles, no habría habido necesidad de convocar nuevas elecciones. El presidente de la República no llamó al jefe de la mayoría parlamentaria. El aprendiz de historiador, pero astuto periodista, lo explica así:

“Heredero de una cultura política elitista y oligárquica, el cordobés, sentía una profunda antipatía hacia la CEDA y, particularmente, hacia su líder José María Gil-Robles. No creía que fuera sinceramente demócrata y, además, le identificaba como un obtáculo para la creación de un centro político más próximo a sus ideas”.

Es como para inclinarse rendidamente ante tal casi inimaginable intuición y soberbia aprehensión históricas. De haber querido hacer un artículo que que razonablemente pudiera sostenerse debería haber acudido también, aunque fuera de pasada, a tres textos fundamentales: las memorias de Gil Robles, las memorias de Chapaprieta y las memorias de Portela Valladares. Habría observado disonancias, diferencias, puntos de vista distintos. Lo normal. Es más, de haber aspirado a nota podría haber recurrido también a las de un Lerroux hiper-rencoroso para acabar de liarla. Y entonces consultar alguna de las numerosas obras que han explicado la lógica de la situación y escribir un par de folios bien articulados e incluso,  si no hubiera sido mucho pedir, con algún que otro destello analítico.

No me cabe duda de que los buenos periodistas saben distinguir el trigo de la paja, que saben consultar a los expertos y que no van por el mundo aireando de haber pasado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación y estar en posesión de un título de máster de ABC. Dicho esto, claro está, con todo mi respeto hacia dicha Facultad, en la que han enseñado y enseñan varios amigos míos (también en la parte de Historia), y hacia los másteres de ese períodico que no conozco pero que estimo decentes.

En el supuesto que el señor director de ABC desee que su periódico siga publicando artículos sobre los avatares de la Segunda República con una calidad semejante a la que tiene la prensa conservadora francesa, británica o alemana -que son las que sigo en la medida de mis posibilidades- para los tiempos turbios de sus respectivos países sugiero respetuosamente la adquisición de uno o dos volúmenes de referencia. Por ejemplo el de Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez (Pasado&Presente) o el de Angel-Luis López Villaverde (Sílex). Son de lectura fácil y accesible. Su redactor podría haber acudido, en cualquier caso, a la crítica académica de la única obra que ha mencionado y que se encuentra en la referencia siguiente, al alcance de todo ordenador:

https://www.ehu.eus/ojs/index.php/HC/article/view/19831.

Tal vez se dé cuenta entonces que no todo el monte es orégano. Personalmente, oso esperar que los lectores del diario, cuyas noticias flash recibo diariamiente en mi ordenador, se lo agradecerán.

Exploraciones en archivos (y X)

19 mayo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Por lo señalado en el post anterior (al que por despiste puse un VIII, en vez del IX de esta serie) no es de extrañar que un catedrático de Historia Económica como fue Alberto Ullastres tuviera alguna dificultad en “tragarse” ese tipo de tan “sesudos” estudios procedentes del santo de los santos que era entonces la Presidencia del Gobierno. Además, como es notorio, el hombre propone y los dioses disponen. SEJE, Carrero Blanco y los equipos que ayudaron a este último a redactar las gansadas contenidas en sus discursos y su introducción al estudio sobre lineamientos de la deseable política económica a seguir en el futuro no tuvieron en cuenta algunas cosas. No porque carecieran de información, que no era el caso, sino porque la ideología que emanaba de aquella rutilante lumbrera que fue el general Francisco Franco las excluía.

 

El primer dato que hubo que tomar en consideración fue que la economía española, a pesar de todo el orgullo oficial que sobre ella recaía, se dirigía inevitablemente hacia el precipicio. Los militares -y Franco lo era en grado sumo, como también Suanzes- no acababan de darse cuenta de que el aparato económico se vería estrangulado rápidamente.  A ello coadyuvaban numerosos factores. Por ejemplo, la falta de importaciones de productos de primordial necesidad para la industria, la agricultura y el consumo. La exportación iba cuesta abajo. La posición de divisas descendía no ya a números rojos sino rojísimos (dicho esto sin la menor acepción ideológica). ¿Consecuencias previsibles? La reintroducción de las cartillas de racionamiento a los veinte años casi de terminada la guerra civil.

En tales condiciones no era preciso ser un Keynes redivivo ni un mago de la economía. Bastaba con tener una pizquita de sentido común y pensar en cambiar de estrategia. Una estrategia que, entre otros aspectos, pasaba por contener la inflación; abrir la economía al exterior y, ¡oh, cielos!, también a la inversión extranjera. Como todo eso produciría paro porque, por ejemplo, las empresas no podrían sostener en un principio la competencia extranjera, a lo mejor convenía exportar mano de obra a los países que la necesitaban, como Bélgica (minas de carbón), Francia (de todo tipo, incluído el servicio doméstico) y Alemania (lo que fuese: al fin y al cabo eran los “viejos camaradas”).

Dado que los ministros del Opus ocupaban carteras claves, que sus equipos técnicos eran infinitamente mejores que los de la vieja guardia falangista, fascista, militar y carpetovetónica, que a lo largo de 1957 se había ido poniendo en marcha un mecanismo de política exterior para salvar al régimen, aun en contra de la voluntad y querencias de muchas  de sus elites, las ideas de Carrero Blanco fueron a parar a la basura y el cambio  de rumbo empezó a despuntar, a pesar de Franco y, a veces, sin apoyo de Franco.

Luego, como es frecuente en la historiografía franquista, se dio la vuelta a la tortilla y ¿quién apareció como el gran genio del despegue económico?. No hace falta recorrer mucho trecho: el Generalísmo. Lo reconoció hasta el propio Ullastres.  Es una historia bien estudiada y a la que dediqué mucho tiempo y muchas páginas.

No extrañará que durante años me haya reconcomido sobre cuál habrá sido el destino de aquel discurso de Franco anejo a la reunión de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos de marzo de 1957. Como he señalado, no lo ví antes de que termináramos el libro para el Banco Exterior de España. Lo vi después. Más tarde todo hace pensar que Tusell vio las actas de algunas reuniones, pero no el discurso mismo. De lo contrario lo hubiese mencionado.

En mi opinión, existen dos posibilidades. La primera es que en el período de tiempo que medió entre mis investigaciones y las de Tusell, alguien pudo ver el acta que llevaba anexo el discurso y, aterrado, informó y se eliminó. La segunda es que cuando la profesora Paloma Villota preguntó por él en el Archivo de la Presidencia del Gobierno algún avispado funcionario o contratado lo buscara y dio, en efecto, con él. En este caso alguien no tardaría en darse cuenta de que se trataba de pura dinamita. ¿Qué hacer con un documento que podría utilizarse para sacar los colores a SEJE? Pues, simplemente, destruirlo o llevárselo a casa.

Siempre he creído que la segunda posibilidad es la que más visos de verosimilitud tiene, habida cuenta del color del Gobierno de la época cuando tuve la maldita idea de rogar a Paloma que fuese a Presidencia. Aunque reconozco la alternativa de una desaparición anterior, me cuesta trabajo pensar que alguien hubiese husmeado en aquellas actas. Por otro lado, también es perfectamente posible que Tusell no viera todas.

Mi creencia se ha robustecido con el paso del tiempo y no me extraña ya tanto pensando, por ejemplo, en la actitud del PP ante lo que fue la novela negra de la exhumación de los restos mortales de SEJE. Así, con golpes en el pecho de todas las intensidades, me fastidia la posibilidad de haber podido ser el instrumento de la pérdida de una pieza fundamental para la historia económica de la dictadura en su primera etapa (más larga que la segunda).

Por otro lado, mi conciencia debería estar objetivamente tranquila. Entre los documentos que me apañé para incrustar en el libro del Banco Exterior de España figuró uno (que espero no haya desaparecido) en el que el ministro subsecretario de la Presidencia y posterior presidente del Gobierno dejó clara su visión del acontecer internacional. Lo hizo en una carta a Fernando María Castiella el 21 de febrero de 1961. Lo reproduzco parcialmente. Los comentarios que me suscita podrían dar lugar para otro post pero no creo que sea necesario.

Afirmó aquel distinguido marino y eminente aprendiz de brujo:

“En el mundo existen tres internacionales poderosas, con enormes medios de captación y de propaganda, que tienen repartido su dominio por la casi totalidad de los órganos de información, prensa, radio, televisión, editoriales, etc, que cada una por su cuenta y con sus fines propios, pretenden dominar al mundo y ejercer un totalitarismo universal: la internacional comunista, cuya dirección lleva Moscú aunque la (sic) ha salido un peligroso competidor en China; la internacional socialista y la internacional masónica. Para las tres, la situación más favorable para ejercer su influencia y su dominio sobre los distintos estados, es que estos tengan regímenes democráticos a base de partidos políticos y de una serie de libertinajes en los órganos de expresión que consientan las más escandalosas propagandas en contra de los particulares intereses de la nación en cuestión, pero al servicio, claro está, de la internacional de turno. Con partidos políticos, entre los que tiene que existir el socialista y el comunista, y entre cuyos miembros pueden infiltrarse gran cantidad de masones, los gobiernos acaban estando formados por hombres que, por unas razones u otras, están al servicio de cualquiera de estas tres internacionales y la nación acaba perdiendo de hecho su libertad, en lo económico y en lo político. La realidad de la inmensa farsa en que vivimos es que no interesa la democracia por lo que ella afecta a la libertad del individuo y de las naciones, sino por cuanto esta, bajo el sistema de los partidos políticos, favorece a la dominación de las naciones

Por eso, cuando un régimen democrático no encaja exactamente en esta fórmula tan querida, y tan conveniente, de los grandes totalitarismos internacionales, se da el enorme sarcasmo de que se le califica de régimen totalitario y se le ataca a fondo por todos los medios, con mentiras, calumnias, con falsedades para tratar de derrocarlo. ¿Que los individuos tienen bajo ese régimen todo género de libertades, que viven en paz, que la nación prospera, que en ella hay orden y positivas realizaciones sociales? Poco importa: cuanto mejor sea el régimen para los administrados, más interés hay en derrrocarlo, porque cuanto más fuerte sea más difícil será dominar a la nación de que se trate. Con la bandera de la libertad lo que se pretende es todo lo contrario a la libertad; esgrimiendo el estigma del totalitarismo, lo que se intenta es conseguir el más bárbaro de los totalitarismos. Es cierto que los tres totalitarismos (Comunismo, Socialismo y Masonería) tienen objetivos finales distintos, pero los tres, que son en lo espiritual ateos y en lo político pretenden dominar el mundo, tienen el objetivo común de hacer desaparecer los regímenes que, como el nuestro (católico, antisocialista, anticomunista, anticapitalista y rabiosamente independiente), son impermeables a su acción de dominio”.

Confieso que al llegar a las últimas líneas casi me ahogué del susto. Pensar que uno de los mandamases de la España de Franco caracterizara al régimen nada menos que de “anticapitalista” casi me cortó la respiración. Por no hablar de la “independencia rabiosa”.

Los amables lectores extraerán sus propias conclusiones, pero no quisiera terminar esta serie sobre exploraciones en archivos sin dejar de advertir que argumentos muy similares a los carreroblanquistas pueden leerse, o escucharse, en nuestros días en esta España, según algunos manipulada por fuerzas oscuras a las que solo una vibrante FORMACIÓN DEL ESPÍRITU NACIONAL puede oponerse. Franco, Carrero Blanco, epígonos, ¿sucesores?…. ¿quién pide más?

 

FIN

Exploraciones en archivos (VIII)

12 mayo, 2020 at 7:44 am

Ángel Viñas

Voy a seguir dando un poco la tabarra con Franco y los orígenes del “milagro económico español”. Fue, en parte, español y desde luego fue económico, no político. Lo del “milagro” se tergiversa habitualmente. El “milagro” consistió en doblegar la testuz del general Francisco Franco. No suele comentarse ni mucho menos documentarse. Aquí me permitiré hacer un par de consideraciones, ligadas a la exploración de archivos, que es en la perspectiva desde la cual escribo esta serie de posts.

 

En primer lugar quisiera dar a los amables lectores mi palabra de honor (personalmente me la tomo muy en serio) que comienzo este post con, exactamente, lo que me contó el profesor Manuel Varela, secretario general técnico del Ministerio de Comercio y a las órdenes directas del profesor Alberto Ullastres en el período que antecedió y siguió al plan de estabilización y liberalización de la economía española de julio de 1959.

Este plan cambió de forma bastante radical la estrategia preconizada por Franco tan solo dos años antes tal y como la había expuesto en su desaparecido discurso ante la Comisión Delegada del Gobierno de Asuntos Económicos. Como si hubieran transcurrido veinte, pero telescopados en, como máximo, veinticinco meses cruciales. Lo que me dijo Varela  lo presento aquí en plan de aperitivo.

En el Ministerio de Comercio de aquella época, como en muchos otros antes y después, se reunían todas las semanas, o casi todas, los altos cargos del Departamento. Pues bien, en tales encuentros un tanto formales desde el primer momento o inmediatamente después, esto ya no lo recuerdo, el ministro Ullastres cogió la costumbre de no llamar a Franco por su nombre, su título o su cargo. Se sirvió de una fórmula elíptica: “ese señor”. Varela nunca supo por qué. Hay que imaginar escenas del tipo “he ido al Pardo y ¨ese señor” me ha dicho que…”. O “esta mañana en Consejo, “ese señor” ha indicado que… “.

Así, dale que te pego, semana tras semana. Al año y pico o dos años tras la puesta en marcha del plan, que tuvo un éxito inimaginado, de la noche a la mañana Ullastres sin la menor explicación cambió de tono: “he ido al Pardo y me ha dicho el Generalísimo…” Por razones nunca explicadas, o que al menos Varela no conoció, el señor ministro había visto la luz.

Debió de ser que el Ángel del Señor descendió sobre su la augusta cabeza de SEJE, porque lo que el historiador puede documentar es otra cosa.  El discursito a que me he referido en el post anterior tuvo consecuencias. El señor subsecretario de la Presidencia, almirante Carrero Blanco, dio órdenes a sus servicios, entre los que destacaba la primera promoción del entonces diminuto cuerpo de Economistas del Estado recién creado, para, en posición de firmes ante las taumatúrgicas ideas de Franco, que las mismas se desarrollaran adecuadamente. Los funcionarios (supongo que también hubo de otros Cuerpos) lo hicieron a conciencia, aunque para mí tengo que también el señor almirante debió de poner algo de su propia cosecha.

El resultado se plasmó en tocho (destinado poco después a la papelera, ¿quién lo hubiera pensado al confeccionarlo?) que llevaba el rimbombante título de INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE UN PLAN COORDINADO DE AUMENTO DE LA PRODUCCIÓN NACIONAL. La longitud era casi germánica.

En el Archivo de la Presidencia del Gobierno, donde lo encontré, no me pusieron objeciones a que lo fotocopiara. Encajaba perfectamente con el tema económico que me había llevado hasta aquel santo de los santos. Por ello no me sorprendió un año o año y pico después leer el discursito de Franco. Comprendí que aquella introducción probablemente fue un intento de poner en práctica las alucinantes ideas primigenias de SEJE o de sus lejanos mentores nazis. Más o menos así lo insinué cuando un extracto de aquel esfuerzo titánico de Carrero y de sus muchachos vio la luz del día (por primera que yo sepa) en el libro conmemorativo de las bodas de oro del Banco Exterior de España. He de decir que la mala uva que en el libro afloró  (y de la cual servidor se hizo únicamente responsable) no parece que topase con demasiado entusiasmo entre historiadores y economistas. Quizá pocos llegaron, exhaustos, a la página mil del libro donde lo desarrollamos. El hecho, ¡ay!, es que no se cita con frecuencia.

Por desgracia, en el archivo no encontré documentación sobre las circunstancias en que se produjo dicho engendro, pero sí hallé un oficio en el que el profesor López Rodó se lo transmitió a su homónimo, el profesor Varela Parache, el 10 de diciembre de 1957. Afirmó claramente que la autoría correspondía a su jefe, el señor subsecretario. Como el oficio lo había visto antes de que saliera el libro del Banco y a él lo incorporé no tuve ningún reparo en dar la signatura de ambos. No sé si habrá seguido en el mismo archivo o si fueron también víctimas del hambre de alguna serpiente venenosa. Servidor los había localizado en la serie SG, caja 4, Expediente 115/7, tel tan mencionado archivo.

La introducción al estudio del que se sintió dueño y responsable el ilustre almirante  se inició con una proclama de una densidad conceptual y científica tal que uno casi se caía rendido ante la sapiencia del señor subsecretario de la Presidencia del Gobierno. Por ejemplo,

La política social que el Régimen persigue tenazmente, tiene, en el orden material, un objetivo perfectamente claro, asegurar el bienestar de todos los españoles, lo que, en un orden práctico, estará logrado cuando, existiendo trabajo para todos, el jornal del obrero tenga poder adquisitivo para satisfacer las necesidades de vida de su familia. El problema que esta política entraña está, pues, en lograr un equilibrio entre la capacidad adquisitiva de la masa de la población española y las disponibilidades de artículos de consumo y la solución de este problema hay que buscarla aumentando la producción y no reduciendo la capacidad de compra de la masa trabajadora”.

Casi se me paraliza el corazón al reelerlo cuarenta años después. Desde que Marx y Engels denunciaron la miseria de los trabajadores del sector textil en el Manchester del capitalismo británico decimonónico varias organizaciones sindicales (algunas de infausta memoria para el régimen como la UGT y la CNT -CCOO todavía no había aparecido-, sabia y sangrientamente desmanteladas) habían procurado mejorar la más que deplorable situación obrera en el primer tercio del siglo XX en España. Sin duda, en la autocomprensión que de sí tenía el Régimen (con mayúscula) no habían logrado nada, pero ahí estaban quienes ganaron la guerra, redentores, para aliviar la situación en 1957, casi veinte años después de la VICTORIA. Como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena.

La cuestión estribaba en cómo llevar a la práctica aquellos sanos propósitos. Arrinconada por decreto, y con la preciosa ayuda de la Brigada Política-Social, la lucha de clases, era obvio que para lograrlo no eran precisos grandes conocimientos técnicos. Siguiendo los preceptos de economía cuartelera tan apreciados por SEJE, lo que era preciso era forzar a todo trapo la producción agrícola nacional una vez que, gracias a la generosidad del camarada Girón de Velasco (debidamente decapitado en el Gobierno precedente como ministro de Trabajo), se había acelerado más de la cuenta el proceso inflacionista. ¿Qué para ello se necesitaban insumos que la economía española no generaba? No problem: se importaban. ¡Ah! pero había que pagarlos. Los países extranjeros no regalaban mucho y la US Aid no satisfacía todas las necesidades alimenticias españolas. ¿Con qué se pagarían, pues, aquellas importaciones tan necesarias? No problem tampoco: con las exportaciones. ¡Ah!, pero estas eran raquíticas. No generaban las divisas suficientes para financiar las necesidades de importación. ¡Ah!, ¡en qué cosas pensabann los economistas!  El camino estaba claro y era evidente. El señor subsecretario había descubierto la lámpara de Aladino y cuadrado el círculo:

“Cuando se hayan agotado todos los recursos, de la técnica y del trabajo, en poner al máximo de producción el total de la superficie explotable del pueblo español, podremos hablar de si España es rica o pobre, pero para llegar a esto queda aún  mucho camino que recorrer y nuestro deber está en recorrerlo lo antes posible y con el máximo rendimiento”.

Se transparenta a la luz de tan rotunda afirmación la sombra ominosa y alargada del guayule. Exportaciones, sí, pero solo las indispensables. Lo ideal: la economía cerrada, solita en el amplio mundo. Es decir, Carrero Blanco seguía al pie de la letra las prescripciones del sumo sacerdote, perdón, de Su Excelencia el Jefe del Estado. Claro, la economía no podía cerrarse totalmente:  “habrá que importar todo cuanto haga falta para satisfacer sus necesidades, aunque esto sea una pesada servidumbre para el comercio exterior”. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!

 

(continuará)

Exploraciones en archivos (VII)

5 mayo, 2020 at 11:37 am

Ángel Viñas

Me da un poco de apuro hacer la confesión que plasmo en este y en el próximo post. Tiene que ver también con el Archivo de la Presidencia del Gobierno. Por muchos que sean los reproches que se me hagan, no llegarán a la altura e intensidad de los que me hecho yo mismo. Procederé por orden cronológico, aunque advierto que mis recuerdos son en ocasiones un tanto difusos o confusos. Procuraré señalarlo en vista de las inevitables críticas que algún amable lector me dirigirá. He de señalar que con toda razón.

 

El Archivo fue, para mí, muy enriquecedor. Para otros, quizá menos. Yo no sobrepasé en mis investigaciones el año 1959. Después, la política comercial exterior española entró por otros derroteros y debía tratarse de forma diferente. Este es un aspecto que en el libro del Banco Exterior de España asumieron los técnicos comerciales y economistas del Estado Julio Viñuela y Fernando Eguidazu esencialmente, quienes a lo mejor leen incluso estas líneas. No obstante, después de se cerrara el tiempo para entregar el manuscrito de cara a su publicación, creo que lo hice antes del verano de 1979, seguí todavía husmeando en el archivo de Presidencia durante algún tiempo. Encontré varias cosas, pero cuando descubrí algo interesante (debió de ser en el otoño) ya era imposible incorporarlas al libro, que tenía que salir imperativamente en diciembre, cuando el BEE celebraría con toda solemnidad su L aniversario Como así fue.

Ahora bien, ya sin premuras de tiempo, extendí mis exploraciones y llegué, más que nada por azar, a las actas de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos. Esta fue una de las aportaciones del entonces secretario general de la Presidencia, el catedrático de Derecho Administrativo Laureano López Rodó, hombre muy significado del Opus Dei.

No se trataba, en puridad, de un nuevo invento. Había habido antes comisiones de tal tipo. Que yo recuerde una, en cuyos papeles también husmeé, fue la creada para el seguimiento de la ejecución de los convenios con Estados Unidos (por cierto los papeles correspondientes, masivos, se habían arrinconado en unos despachos del Ministerio de Comercio en Goya 3, sede en la cual había empezado diez años antes mi carrera de funcionario). Otra comisión parecida se estableció después para el estudio de las sedicentes Leyes Fundamentales. La propuesta de López Rodó tendía a descargar las reuniones formales semanales del Consejo de Ministros de temas económicos en los cuales muchos de sus componentes no tenían grandes cosas que aportar.

Se consideró, eso sí, una propuesta muy significativa. Creo recordar que la primera reunión del nuevo órgano tuvo lugar en marzo de 1957, a las pocas semanas de haberse constituido el octavo Gobierno de la dictadura. En algún momento, pero ya no recuerdo si fue en la primera reunión, en la segunda o en la tercera (desde luego no más tarde) Franco dirigió la palabra a sus ministros reunidos en ella y les aleccionó sobre las orientaciones estratégicas para que las siguiera la política económica española. A mí me pareció tan importante su discurso, que se había anexado al acta de la reunión, que me apresuré a fotocopiarlo sin ningún problema. Lo guardé, por cierto, como oro en paño porque pensé que podría serme útil en algún momento determinado, después de la publicación del libro del Banco Exterior de España.

Los hombres proponen y los dioses disponen. Después de aquel libro me apresuré a escribir los Pactos secretos de Franco con Estados Unidos (que tienen una historia aparte). Después vinieron otros desafíos y otras ocupaciones. A finales de 1982 me llamó Fernando Morán para que fuese con él a Exteriores. Luego me marché a Bruselas. Me llevé una parte de mis libros y papeles. Otras la dejé en Madrid, en casa de unos amigos. Una tercera fue a parar a la Biblioteca de la Escuela Diplomática donde se conserva. De Bruselas me fui a Nueva York, pero obviamente no me llevé papeles sobre España.

Mientras estaba en Nueva York un conocido, Christian Leitz, catedrático de Historia en Nueva Zelanda, se puso en contacto conmigo porque quería reunir a varios historiadores que escribieran artículos para un libro que pensaba coordinar con otro colega (cuyo nombre no me sonaba, David J. Dunthorn, pero que no contribuyó a la obra). Leitz había escrito sobre las relaciones económicas entre la España franquista y el Tercer Reich durante la guerra civil, algo que había sido la idea de Fuentes Quintana que hizo que me sumergiera en archivos y que luego solo continué en parte, singularmente en el libro del Banco Exterior.

La idea de Leitz era examinar varios capítulos de la inserción de España en el contexto internacional  entre los años 1936 y 1959. Ya había contactado con varios autores, españoles y extranjeros, y acudía a mí para que aportara mi granito de arena. Inmediatamente pensé en hacer algo basándome en la lenta marcha de la dictadura hacia la apertura económica, que no política, de 1959. Lo que no recuerdo es cuándo le envié mi trabajo. Pudo ser al final de mi estancia en Nueva York o algo después, tras mi regreso a Bruselas. Por cierto que de nuevo aquí me pasé casi un año reorganizando mi biblioteca, diseminada entre Madrid, Bruselas y Nueva York, amén de una masa inmensa de artilugios que habíamos ido adquiriendo a lo largo de los años. Lo que sí recuerdo es que consulté una biografía de Carrero Blanco que había publicado Javier Tusell en 1993 y que probablemente me habían enviado a Nueva York.

En mi contribución al libro colectivo de Leitz hice mención a ella. Tusell había también consultado para entonces los papeles de Carrero que había en el Archivo de la Presidencia del Gobierno amén de otros a los que le dio acceso la familia. Quizá por ello a su biografía le faltaba algo de la mordaz crítica que el difunto presidente del Gobierno se había ganado por méritos propios. Tusell no prestó ninguna atención al discursito de Franco, lo que me dejó un poco perplejo. Aunque nunca se interesó demasiado por los temas económicos, Tusell ya había dado a conocer en Historia 16, noviembre de 1985, cuando yo estaba todavía en España, un papelín de Franco de 1939 o 1940 que le había dado un ministro del segundo Gobierno de la dictadura, y que había titulado, con toda razón, como “La autarquía cuartelera. Las ideas económicas de Franco a partir de un documento inédito”. Era una sarta de pamplinas, propia de alguien que no tenía la menor idea del tema (lo cual era rigurosamente cierto, por mucho que Franco se pavoneara de haber leído intensa y extensamente sobre la materia cuando regresó de Marruecos a la península, una mentirilla que hay que perdonarle, en comparación con muchos otros camelos que escribió sobre su trayectoria).

Pero, desde Nueva York o recién llegado a Bruselas, no estaba yo en condiciones de buscar el discursito de 1959. Así que, como es lógico, mencioné tal carencia en mi contribución al libro de Leitz diciendo que “unfortunately, at the moment of writing, I do not have Franco´s presentation before me. I photocopied it some years ago from the of the Comision Delegada in the AGP”. Nadie hubiese podido objetar a esta formulación y, que yo sepa, nadie objetó. También es verdad que ni el artículo ni el libro han sido muy citados, a pesar de la calidad de los participantes en el mismo.

Igualmente hice algunas consideraciones complementarias en las que, por razones que expondré en el post siguiente, no deseo entrar aquí. Como se trata de una de mis “meteduras de pata” de las que más me he arrepentido a lo largo de mi carrera como investigador y husmeador de archivos prefiero dejarlas para después.

Las referencias del libro son Spain in an International Context, 1936-1959, Berghahn Books, Nueva York, Oxford. El panel que reunió Leitz era impresionante: Paul Preston, David W. Pike, Enrique Moradiellos, Peter Jackson, Geoffrey Roberts, Martin S. Alexander, Norman J. W. Goda, Martin Thomas, Glyn Stone, Qasim Ahman, Geoffrey Swain, Boris N. Liedtke y José Luis Neila. Cada uno experto en su tema y algunos reconocidos internacionalmente.

(Continuará)