Franco y los poderes sobrenaturales (y II)

16 julio, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Como es obvio, la apelación a Dios y al Ángel de la Guarda, que hemos visto en el post anterior, podría explicarse como producto de la exaltación del momento, aunque esta debió de ser duradera porque sus Apuntes personales no los escribió SEJE sobre la marcha. El hecho es que entre las controversias que la guerra civil sigue suscitando hay un debate abierto  entre los autores que bien apelan a los documentos (quizá porque no tienen demasiada fé ni imaginación) y quienes siguen remitiéndose a la intervención divina. No estoy en condiciones de hacer un recorrido por las afirmaciones hechas en este último sentido a lo largo del tiempo. Darían para un artículo quizá un tanto sarcástico. Prefiero remitirme a las más recientes, hechas en junio de 2019, por un destacado político español y distinguido miembro del último Gobierno del PP. Me refiero al exministro del Interior Don Jorge Fernández Díaz. Al parecer, también miembro del Opus Dei.

 

La prensa escrita, pero sobre todo digital, se hizo eco inmediatamente de unas declaraciones del Excmo. Señor Fernández Díaz a un períodico on line, El correo de Madrid, que las publicó el 24 de junio. El autor del artículo en cuestión, Javier Valenzuela, las introdujo de la siguiente forma:

La Divina Providencia designó a España para llevar a cabo una misión trascendental en la historia, llamándola a ser uno de los principales bastiones de la cristiandad y la evangelizadora del nuevo mundo. Pero no fue fácil al apóstol Santiago predicar en España a sus gentes testarudas, especialmente a orillas del Ebro, donde el apóstol encontró almas nobles, pero duras como el roquedal. Tuvo que venir la Santísima Virgen, trasladada por ángeles en volandas, a depositar su pilar, símbolo de que la fe nunca desaparecerá en nuestra patria, hecho insólito en la historia”.

Lectores más duchos en Historia de España “sacra” extraerán, sin duda, sus conclusiones al leer estas líneas introductorias. A mi me parece que desafían tanto el sentido común como la historia basada en fuentes, pero cada uno es dueño de creer en lo que quiera. En el Reino Unido, por ejemplo, uno de los grandes bastiones del imperialismo y colonialismo enfrentados a los de cuña española, vienen proliferando renovados cultos ancestrales, tanto de origen propio como de importaciones foráneas. Hay druidas, brujos, brujas y hechiceros que celebran o concelebran con la mayor naturalidad del mundo ritos antiguos. Hay ciudades, como Glastonbury, que constituyen una delicia óptica para el turista curioso (indígena o extranjero) que puede contemplar atavíos, escaparates, librerías y tiendas en donde se venden toda suerte de encantos y sortilegios, en general a precios módicos. Lo que de ello piensen los herederos de los empire builders de antaño no me ha interesado jamás. Así que, en contra de lo que pudiera creerse, el enfoque sobrenatural tan caro al Sr. Valenzuela no constituye, necesariamente, algo excepcional. Como tampoco España lo es.

En tal artículo el Excmo. Sr. Don Jorge Fernández Díaz, presentado como un estudioso de las apariciones de la Virgen, especialización muy oportuna y adecuada para un exministro de Interior, afirma en lo que se refiere a la guerra civil:

El hecho histórico de la Guerra Civil española es conocido desde el punto de vista político, económico, militar… Todo abundaba en que la República no corría serio peligro y el bando nacional no podía triunfar. En la gran mayoría de las zonas de España ese alzamiento no triunfó el 17 o el 18 de julio. Donde triunfó fue en el ejército de África, en el protectorado de España en Marruecos, pero en la península fueron contadísimas las localidades donde triunfó. Militarmente no tenía apenas posibilidades. Desde el punto de vista económico los grandes centros industriales, la propia industria de armas, quedaron bajo el gobierno de la República. Y políticamente en aquel momento, año 1936, el gobierno de la República tenía una intensa relación con el gobierno de la Unión Soviética y no era por tanto previsible en esas circunstancias que triunfaran los sublevados. Pero es evidente que hay que buscarle otras razones para que finalmente la Guerra Civil terminara con el fin que todos conocemos. Unos creeremos en la influencia extraordinaria y sobrenatural y otro no creerán, pero lo cierto es que humanamente era una empresa condenada al fracaso y así lo reconocieron significativos dirigentes de la República”.

Esta larga cita se inicia con una afirmación con la que estoy de acuerdo. La guerra civil es un hecho histórico conocido. Yo diría incluso que, desde la muerte del general Franco y la eliminación de la censura, el conocimiento de la misma ha aumentado de forma exponencial. Pero las conclusiones que extrae tan distinguido experto no son necesariamente correctas. En primer lugar, porque la idea de que la República no corría serio peligro es hoy ilusoria. Podrían haberla albergado algunos personajes republicanos, como el presidente Azaña y el del consejo de ministros y titular de la cartera de Guerra Casares Quiroga, pero otros políticos del arco de la izquierda republicana, catalanista y socialista no las tenían todas consigo y habían tratado de influir en aquellos próceres para que se lo tomaran en serio. Es más, la tesis que defiende la semana próxima en la Universidad de Salamanca el doctorando Carlos Piriz muestra que los servicios de inteligencia militar habían seguido las maniobras de los conspiradores en las Fuerzas Armadas. Una masiva documentación al respecto la ha encontrado en el Archivo General Militar de Ávila.

En segundo lugar, porque la sublevación sí triunfó en escasos días en amplias porciones del territorio peninsular y extrapeninsular (Galicia, Castilla la Vieja, León, Navarra, Rioja, Canarias, Marruecos, una parte de Baleares y partes de Andalucía -Sevilla, Cádiz, Huelva, Córdoba, Granada). Las Fuerzas Armadas y de orden público se dividieron con bastante rapidez. Pasaré por alto que el autor de tales declaraciones no parece haber estado al tanto de los compromisos asumidos por Italia ni de los malogrados contactos con Alemania ni de la rápida reacción de Hitler.  Un exministro del Interior, con responsabilidad sobre operaciones de seguridad que no siempre salen a la luz, no puede presumir, incluso sin haber llegado con experiencia profesional a su cargo, que una sublevación en toda regla pueda dirimirse en 24 o 48 horas. Así, pues, decir que la rebelión apenas si tenía posibilidades es desconocer brutalmente el pasado. El 25 de julio las potencias nazi-fascistas tomaron decisiones que dieron la vuelta a la situación radicalmente.

El Excmo. Sr Don Jorge Fernández Díaz demuestra lo que parece inquebrantable adhesión a uno de los primeros grandes mitos de los sublevados, y luego de la dictadura, al afirmar que el Gobierno de la República tenía “una intensa relación con el Gobierno de la Unión Soviética”. Es una afirmación total y absolutamente gratuita. No es verosímil que la haga por inspiración de más alto. Como es notorio, en 1934 se habían establecido relaciones diplomáticas bilaterales, pero no embajadas. Era una de las cuestiones pendientes que los gobiernos radical-cedistas habían ido dejando para largo, en parte porque la derecha -siempre ocurrente- veía en ello el comienzo de la supuesta “revolución comunista”.  Siempre tan enterados.

Por otro lado, parece increíble que hoy todo un señor ministro, de quien se supone debe tener algún conocimiento de política, pueda pensar que el potencial industrial sea convertible en capacidad militar casi por arte de la magia glastonburiana ¿No ha oído hablar, por ejemplo, de las reconversiones industriales?

Nuestro distinguido experto tiene otra explicación. Por supuesto no se le ocurre pensar en factores muy estudiados por los historiadores españoles y extranjeros tales como la retracción inicial de las democracias en correr en auxilio del Gobierno de Madrid, la casi inmediata política de no intervención, la ayuda casi simultánea a los sublevados por parte de las potencias nazi-fascistas, el retraso en la decisión de Stalin de enviar suministros de armas… Son temas que han hecho correr ríos de tinta pero que no despiertan el menor interés en el Excmo. Sr Don Jorge Fernández Días. Como estudioso de las apariciones de la Virgen él atribuye la derrota de los “malos” y la victoria de los “buenos” a la intervención, supuestamente decisiva, de la Virgen del Pilar. A la cual ofrendó la recién creada Gran Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil en el año 2012.

Ahora bien, ¿cuáles son las pruebas de esta intervención de la Virgen del Pilar en el desenlace de la guerra civil? El Excmo. Sr. Don Jorge Fernández Díaz alude a que un bombardeo republicano, que no pudo ser sino minúsculo, no causó daños en la basílica zaragozana porque las bombas no llegaron a explotar. ¡MILAGRO! No se le ocurre pensar que en la guerra civil muchas bombas no explotaron por deficiencias de producción o por sabotajes. Tampoco identifica los bombarderos que realizaron tan vil acto. Imagino que no serían los equivalentes a las superfortalezas que destruyeron Dresde pocos años más tarde.

Así pues, me parece que el exministro del Interior sigue en la línea de la propaganda eclesio-militar de los vencedores de la guerra civil, de la generada y amamantada por el propio Caudillo y de la creencia de que los españoles y europeos, que más hemos escrito sobre la contienda, somos unos ignorantes o unos estúpidos.

Su devoción puede explicar su cariño por la Virgen del Pilar, pero ¿no hay en la teología católica centenares, incluso tal vez millares, de Vírgenes? ¿Qué le ha inducido a dar la preferencia a la primera? No puede ser a causa de las bombas o bombitas no explotadas, porque para ello tendría que haberse cumplido al protocolo que, afortunadamente, ya ha establecido la SMICAR para autentificar “milagros”. A no ser, claro, que en el Vaticano se haya llevado a cabo un examen pormenorizado del caso y que sus resultados se hayan mantenido en secreto. De no haberse realizado, o efectuado con resultados negativos, no se trataría de un “milagro”. Tengo la sospecha de que a veces la devoción a lo sobrenatural, a la manera de SEJE, supera la devoción a la EPRE en la que, eso sí, creen los expertos.

Mientras tanto, dejo para otros autores rastrear el continuismo entre la insólita credulidad de Franco, tan bien expuesta en los años sesenta del pasado siglo, y la del tan devoto exministro del Interior que, por cierto, la ha expuesto hace pocas semanas en un medio digital cuya declaración de principios dejo al mejor entendimiento de los amables lectores: La pueden fácilmente rastrear en su página web que recomiendo vivamente.

Franco y los poderes sobrenaturales (I)

9 julio, 2019 at 9:25 am

Ángel Viñas

El post anterior sobre Don Ricardo de la Cierva (qepd) lo escribí con toda seriedad. Sin embargo, desde que lo envié a la gentil administradora de este blog han ocurrido algunos hechos que me han hecho pensar, de nuevo, en la recomendación que en mis años mozos me hizo el siempre añorado profesor José Luis Sampedro, uno de mis maestros en la Universidad. “Ángel -solía repetirme a la vista de mis primeros trabajitos- hay que escribir con rigor, pero no con rigor mortis”. Suelo atenerme a su consejo y si algunas veces lo olvido es porque me he “embalado” al poner mis reflexiones en la pantalla del ordenador. En este post haré, sin embargo, con la seriedad que conviene al caso, una mini-parodia sobre el tema a que se refiere el título. No sin una sonrisa en los labios.

 

Que Franco se sentía protegido por la Divinidad es una perogrullada. Que la SMICAR estuvo convencida ella misma, también. Al menos durante la mayor parte de su régimen. De lo contrario no se comprende aquella identificación que figuraba en las monedas que circularon durante la larga dictadura: “Caudillo de España, por la gracia de Dios”. De haber disentido la Santa Madre Iglesia, es verosímil que se hubiera producido algún pequeño zafarrancho interno a los que tan proclive fue el franquismo. Si ocurrió, debo confesar que no me he enterado, aunque como ya he escrito en este blog no soy experto en las relaciones entre la Iglesia española (lo de católica, apostólica y romana huelga) y el poder político.

Con todo, el historiador no puede limitarse a la mera constatación de una perogrullada. Ha de indagar en la EPRE disponible, no sea que la perogrullada haya de ponerse a los piés de los innumerables “pelotas” que sirvieron en la corte de Franco y que él hubiese aceptado humildemente.

Se me ocurren dos posibles fuentes. La primera procede de su propia mano. Gracias al historiador hiperfranquista, miembro del Opus Dei y de la Real Academia de la Historia así como eminente biógrafo del Caudillo, profesor Luis Suárez Fernández, se conocen unos Apuntes personales que escribió el propio Franco. No está muy clara, en mi modesto entender, la fecha en que emborronó el papel. Después de darle muchas vueltas he establecido la tesis de que pudo ser al filo del comienzo de los años sesenta o a su mitad. En todo caso, después de la aprobación del plan de liberalización y estabilización de julio de 1959. Me baso para ello en la satisfacción a que aludió Franco (p. 43) por haber creado la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas en 1943, cuyas clases dieron comienzo al año siguiente. De ella salieron las cohortes de economistas profesionales que tuvieron  que ver en la preparación de dicho plan, que fue la única operación auténticamente estratégica que salvó a su amada España de la bancarrota en los pagos internacionales. Dejó de lado, y también lo hacen sus todavía numerosos panegiristas,  que hubo que extraérsele su aprobación con fórceps de titanio. Franco señaló en los Apuntes que su satisfacción la había ganado “al correr de estos veinticinco años de gobierno”. Para él podrían comenzar en 1936, lo que nos llevaría a 1961, o en 1939, lo que nos plantaría en medio del decenio del “desarrollismo”.

Tampoco se sabe si los Apuntes fueron un primer intento de empezar a redactar algún tipo de autobiografía o si lo hizo para autodeleitarse en sus recuerdos. Han sido utilizados, en todo caso, por numerosos autores para aclarar algunos puntos relacionados con su papel durante los años republicanos y para glosar algo de lo poco que dijo sobre la guerra civil. Aunque próximo a los setenta años de edad, cuando los escribió, es de suponer que se acordaría. No se ha demostrado que estuviera aquejado de la enfermedad de Alzheimer.

Como es sabido, uno de los puntos cardinales en la biografía de Franco fue su decisión, el 23 de julio de 1936, de enviar una misión a Alemania para que se entrevistase, nada menos, que con Hitler. En los Apuntes (p.  39) insinuó que fue debida a la aparición de un espontáneo al que designó como “el súbito”. Obedecía al nombre de Johannes E. F. Bernhardt y fue uno de los protagonistas de mi tesis doctoral y de mi primer libro. A mí me engañó como a un “chino” (con perdón por la expresión) porque lo que me contó respecto a su protagonismo no siempre concuerda con los hechos posteriormente documentados. También se conoce que Hitler decidió atender a la petición en la noche del 25 de julio. El primer avión alemán, en el que había viajado la misión, aterrizó de vuelta en Tetuán tres días más tarde. Un telegrama previo, enviado por Bernhardt a su esposa, había anunciado el éxito. Pocos son los que disputan que dicho avión empezó rápidamente a transportar soldados del Ejército de Àfrica a la península y que continuó haciéndolo incluso cuando llegó por mar la primera expedición enviada de Alemania con cazas y aviones de transporte.

Ahora bien, quizá a causa del cansancio que producía la tarea de gobernar, a pesar de los numerosos días que dedicó al asueto (caza, pesca, pintura, etc.) y que tanto disgustaron a su primo hermano y ayudante, el ulterior teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, Franco se “olvidó” de los aviones alemanes (e italianos) que formaron el puente aéreo sobre el Estrecho. En sus Apuntes  prefirió recurrir a la intervención sobrenatural. Reproduzco sus afirmaciones:

“El ángel de la guarda con nosotros. Ayuda escandalosa de Dios. El “Silvia”, el “Mar Negro”, etc. etc.” (p. 41). En la p. 43 repite: “La ayuda de Dios”.

Meter a Dios en el tema me parece casi blasfemo. El “Silvia” fue un mercante fletado con carga destinada para los republicanos pero que cayó en manos de los sublevados. Supongo que el  “Mar Negro” fue otro. En el caso del primero podemos asegurar que no intervino la mano de Dios. Miguel Íñiguez Campos lo ha estudiado pormenorizadamente en un próximo libro que ahora me toca prologar.

Sobre el “ángel de la guarda” también son permisibles las dudas (aunque la sonrisa en los labios se acentúa en este supuesto) por dos razones. La primera porque se conoce el volumen de la ayuda que las dos potencias fascistas hicieron llegar a Franco. La segunda, porque el paso de las tropas y, sobre todo, de la impedimenta del Ejército de África a la península  se hizo mayoritariamente en aviones nazis. No cabe suponer que con un Estado como el del Tercer Reich dicho ángel, en el supuesto que exista, tuviera comunicación alguna. Al menos no ha quedado constancia escrita.

Por el contrario, sí ha quedado reflejado el esfuerzo logístico de las dos potencias fascistas. A finales de agosto de 1936 el Tercer Reich había suministrado 26 Junkers de bombardeo con sus correspondientes tripulaciones, 15 Heinkel de caza sin ellas, 20 piezas y ametralladoras antiaéreas, 50 ametralladoras, 8.000 fusiles, 5.000 máscaras antigás más bombas y municiones. Los italianos, por su parte, no se habían quedado cortos y para hacer honor a sus compromisos anteriores al golpe habían remitido más de lo previsto: 12 cañones antiaéreos de 20 mm con 96.000 proyectiles, 20.000 máscaras antigás, 5 carros veloces con tripulación y armamento, 100.000 cartuchos para ametralladoras del modelo 35, 50.000 bombas de mano, 12 bombarderos y 27 cazas con radio, armamento y tripulaciones, 40 ametralladoras St Etienne con 100.000 cartuchos, 20.000 bombas de dos kilos, 2.000 de entre 50-100 y 250, 400 toneladas de gasolina y carburante, otras 300 por cuenta de Alemania y 11 toneladas de lubricantes. Como ocurre con toda contabilidad, siempre podrán discutirse algunos datos. Los aquí reproducidos están tomados del estudio nazi Unternehmen Feuerzauber, de obligada consulta, y de los Documenti Diplomatici Italiani (disponibles en red: no hay que ir a Roma ni buscar en la amplia literatura existente). El número del documento que identifica los suministros es el 819. Innecesario es decir que los autores profranquistas en general disminuyen los hechos a Franco y exageran los recibidos por los republicanos a la par que eliminan de su contabilidad las facilidades que encontró en las potencias nazi-fascistas el rebelde general y “olvidan” o “reducen”, según los gustos, las inmensas dificultades que, por razones ajenas y propias, encontrarían los agentes de la República.

En lo que se refiere al “angelical” apoyo logístico nazi, los aviones transportaron con prioridad fuerzas de regulares, legionarios e indígenas. En los primeros veinte días de actividad del “puente aéreo” pasaron unos 2.850 con su impedimenta y material (casi 8.000 kilos). Luego los alemanes centraron su atención (o se les pidió que lo hicieran) en este último, algo que no suele subrayarse en la literatura. Así, por ejemplo, en la semana del 17 al 23 de agosto pasaron 700 hombres solamente y 11.650 kilos. En la siguiente, 1.275 y 35.300 kilos respectivamente. Hubieran podido transportarse más de no haber sido por la falta de combustible, a pesar de los envíos hechos por las dos potencias fascistas.

El puente continuó, por parte alemana, durante todo el mes de septiembre, aunque los aviones nazis ya habían empezado quince o veinte días antes a participar en acciones bélicas directas (los italianos lo habían hecho desde el primer día). Dicho puente duró hasta la mitad de octubre. El total trasladado por aire ascendió a unos 13.500 hombres y a algo más de 270 toneladas de material de guerra, aunque Franco siempre pidió más y más a sus complacientes “ángeles de la guarda”. La comparación con el tan heroizado “convoy de la victoria” hará levantar las cejas a más de un lector.  Remito al futuro libro de Íñiguez Campos para comprobar los ínfimos suministros logrados por los republicanos en el exterior durante este período para compensar la pérdida de todo el armamento acumulado en el Protectorado y la nueva oleada de ayuda nazi-fascista a Franco.

Digamos, simplemente, que en sus tan elogiados Apuntes personales Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE, en términos coloquiales) pura y simplemente mintió. Como acostumbraba. Desde luego nada hace pensar que la ayuda fuese sobrenatural, ni de Dios ni del ángel de la guarda. Sin embargo, quizá el Señor Nuncio que ahora va a regresar al Vaticano y que ha hecho algunas declaraciones que me parecen indecorosas pueda confirmar que, en efecto, los poderes sobrenaturales volaron en ayuda de Franco.

(Continuará)

Un peán de victoria de Ricardo de la Cierva

2 julio, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Para servidor es axiomático que no existe historia definitiva. Lo he escrito y repetido en innumerables ocasiones. También en este blog. Nuevos documentos, nuevas contextualizaciones, nuevos enfoques, nuevas preguntas al pasado, etc. arrojan, necesariamente, nuevos resultados, a veces sustancialmente diferentes. En otras ocasiones, no tanto. Todo avance que pueda registrarse en cuanto al conocimiento de un tiempo transcurrido e insondable se hace bajo la premisa de que otros historiadores, más afortunados o más inteligentes, pueden ponerlo en duda o superarlo en un cierto lapso del tiempo. De la misma forma que los hombres somos mortales, también lo son muchos de nuestros productos.  Naturalmente esto no debe desanimar a ningún historiador. Lo que se nos pide es que aportemos nuestro granito de arena. Con humildad.

 

He vuelto a pensar en estos temas, recurrentes en mis libros, porque hace unas semanas un colega y amigo mío, el profesor Francisco Rodríguez Jiménez, ha tenido la amabilidad de enviarme una fotocopia de dos artículos aparecidos en el diario HOY, de Extremadura, y que posiblemente fueron tomados del conocido, y ya extinto, diario católico YA. Como es sabido, fue uno de los referentes en la dictadura. Su fecha de aparición en HOY fue el miércoles 1º de abril de 1970, que coincide exactamente con el XXXI aniversario de la VICTORIA, así con mayúsculas, en la guerra civil.

Son dos artículos muy interesantes. Uno, titulado “Nuestra guerra civil aguarda la investigación histórica”, lo escribió un autor llamado A. J. González Muñiz. Una rápida consulta a Mr. Google indica que, cinco años más tarde, publicó en Ediciones Españolas un libro titulado FRANCO, DOLOR DE ESPAÑA. En el internet cabe encontrarlo por un precio irrisorio que, sin embargo, no estoy dispuesto a pagar. Se trataba de un periodista y colaborador habitual del YA, junto con lumbreras de la época tales como Jaime Campmany, Manuel Gómez Ortiz y José María García Escudero. Lo cual, para la gente de mi generación, lo sitúa en coordenadas sumamente precisas.

El segundo artículo lo firmó Ricardo de la Cierva, técnico de Información y Turismo y en plan de funcionario. Su primera publicación fue dedicada, con palabras delirantes a SEJE, y versó sobre la política turística. En el momento de aparición del artículo era jefe de la Sección de Estudios sobre la guerra civil en el Ministerio de (Des)Información. Lo tituló “Hechos incuestionables de la contienda: Balance histórico”. Obsérvese el primer adjetivo. Refleja una actitud contumaz en la obra de este autor sobre el pasado, de super-recias e inestimables actitudes pro-franquistas y que poseía la virtud esencial de comprender parcelas que no podían ponerse en duda porque, según él, reflejaban hechos “incuestionables”.  El problema, que nunca se planteó, es determinar qué es un “hecho” para el historiador. ¿Lo que sale a la superficie? Por ejemplo, Franco ganó la guerra civil. ¿También lo que explica el hecho? ¿Lo que está detrás de la superficie?

Ambos autores subrayaron, con énfasis vario, que lo que se había escrito sobre la guerra civil hasta aquel momento (recordemos, 1970) estaba distorsionado por la propaganda (izquierdista, naturalmente, y por la consabida enemistad hacia el régimen felizmente existente). Pero, eso sí, ya habían aparecido ínclitos autores españoles como el profesor Vicente Palacio Atard (dep) que habían empezado a poner la historia en su sitio. Afortunadamente existían archivos como los del Servicio Histórico Militar en Madrid y los de la Delegación de Servicios Documentales (DSD) en Salamanca en los que se encontraría la respuesta a muchos de los interrogantes que ya habían empezado a despejar historiadores españoles (mejor dicho, superespañoles). [De la Cierva no dijo que para entrar en ellos había casi que llevar una profesión de fé de fidelidad al régimen]. No me consta (pero estoy dispuesto a admitir mi ignorancia) que González Muñiz figurase entre ellos. El funcionario del M(D)IT mencionó a los hermanos Salas Larrazábal y al coronel Martínez Bande. Entre los civiles ensalzó solo a dos, ambos extranjeros: Burnett Bolloten y a Stanley G. Payne. Ojo a dichos nombres.

Había una pequeña historia detrás. El libro de Bolloten, publicado por primera vez en castellano  en 1962 en México bajo el control del autor con el título La revolución española: las izquierdas y la lucha por el poder, se había anticipado en una versión deformada para el gusto franquista. Sucedió en Barcelona el año precedente bajo el título El gran camuflaje. Que yo sepa la edición mexicana no se vendió, al menos legalmente, en España. La aderezada al gusto de los rectores de la propaganda de la dictadura fue uno de los habituales truquitos de Manuel Fraga Iribarne, entonces director del Instituto de Estudios Políticos, en connivencia probable con el Ministerio de (Des)Información y Turismo. Pocos años después, Herbert R. Southworth denunció la operación y las distorsiones subsiguientes en su El mito de la cruzada de Franco. A Bolloten se le hicieron decir cosas que no había escrito. Lo normal. Luego, las que sí dijo, sin distorsiones, formaron la base de las curiosas interpretaciones de Payne. Hasta el momento actual.

Ricardo de la Cierva había publicado en 1969 una obra masiva sobre los antecedentes de la guerra civil (la única de entre las decenas que escribió que puede aspirar a un cierto empaque académico). Así, pues, se pronunciaba con autoridad. Alcanzaría cotas altísimas en los años posteriores en una actividad propagandística pluriforme que, en lo que se refiere a la guerra civil, ha sido desollada por el profesor Alberto Reig Tapia. A tan en la época conocido autor la crítica le importó siempre un comino. Nunca respondió a ellas y siguió impertérrito su camino, sembrado de honores.

En su calidad de jefecillo en el M(D)IT se ocupó con tesón de vigilar y, en sus mejores momentos, controlar el acceso de investigadores españoles y extranjeros a los fondos de la DSD, no fuera que fuesen a descubrir cosas “inconvenientes”. Cuando ya era director de la Editora Nacional escribió el 7 de abril de 1972  al responsable de la custodia de los mismos, el almirante Jesús Fontán Lobé, recomendando a Payne. Dijo, entre otras alabanzas: “Conoce Vd., sin duda, la evolución de este gran hispanista, que en este momento acaba de publicar su libro (…) que coincide con nuestra tesis básica sobre la desintegración de la República y la necesidad de acabar con todo aquello…”  (La carta, y otras más que ilustran las manipulaciones selectivas del posterior director general de Cultura Popular, pueden leerse en mi libro La conspiración del general Franco). No sé si, quizá por primera vez en su vida, tan gran hispanista llegó a trabajar en los fondos de la DSD (hoy CDMH). Que yo sepa (pero puedo equivocarme) jamás ha hecho referencia a ninguno de ellos en su vasta producción sobre España.

No extrañará, pues, que ambos autores formaran parte del elenco de grandes figuras que, en la opinión de tan excelso velador de la inmarcesible figura de Franco, habían contribuido a desentrañar para un público extranjero la innata maldad de la República.

En su artículo de YA (y de HOY), de la Cierva señaló cómo toda una serie de historiadores habían reforzado las interpretaciones franquistas de la guerra civil. En lo que aquí más me interesa indicó lo siguiente:

“La gran conspiración contra el Frente Popular no fue un proceso homogéneo, ni puramente militar” -en lo cual no iba desacertado porque ya lo había escrito en su libro de 1969, pero cuidándose de no ahondar en lo no castrense. “Se ha restablecido -continuó- la preeminencia del general Emilio Mola como coordinador de múltiples esfuerzos generalmente mal enfocados y planeados”. Es decir, implicaba que en algún momento tal preeminencia había estado en duda. No subvertía los hechos con dicha afirmación ya que no afectaba a la megalomanía de Franco al afirmar que era él quien había estado al frente de la futura sublevación. Pongo, sin embargo, en mayúsculas lo escrito por el gran propagandista de los mitos franquistas:

“SE HA RECONOCIDO UNIVERSALMENTE LA ABSOLUTA DESCONEXIÓN DE LOS SUBLEVADOS CON LOS REGÍMENES FASCISTAS ANTES DEL 18 DE JULIO” y añadió: “Esta última tesis ha resultado ser una de las sorpresas del análisis de los documentos capturados tras la segunda guerra mundial”.

En pleno ensueño, y supongo que con alivio, de la Cierva arrimó el agua a su molinillo. Que yo sepa, ningún historiador franquista había buceado en tales documentos. Se había publicado una selección mínima en inglés y alemán veinte años antes (que ya es decir) y otra en francés, recortada, poco tiempo después. Era la que solían utilizar los historiadores pro-franquistas, cuando se dignaban recurrir a ellos, pero el peán de la victoria que entonaba y quizá danzase de la Cierva era muy prematuro. Parecía ignorar que los fondos de los archivos, alemanes, italianos, portugueses, no se reducían a los documentos publicados.

También ignoraba tan destacado funcionario que la historia de los intentos de los inspiradores del golpe del 18 de julio de 1936 con Alemania tenía una larga tradición que se remontaba a los contactos anudados en los años veinte y reverdecidos un pelín durante la etapa republicana antes del mismo. Al final, para casi nada. Pero en todo caso silenció y desestimó una notable tradición en cierta literatura de la izquierda española (en particular la que le parecía más desdeñable, que era la anarquista) porque lo que no se podía reconocer era la pertinencia de la propaganda republicana en la guerra civil sobre el acuerdo de 1934 con los italianos.

De la Cierva, imagino, hubo de sentirse muy reconfortado cuando el historiador norteamericano John C. Coverdale negó toda virtualidad a dicho acuerdo. No he explorado lo que de él dijo en sus escritos ulteriores a la mayor gloria de Franco. Pero como la historia no se detiene y es, por naturaleza, movediza, lo que negó tajantemente de la Cierva es lo que ocurrió. Claro que todavía hoy hay quien sigue negándolo. La tozudez es, a veces, una virtud pero en un enfoque científico y empírico puede resultar un estorbo. Lo que sí parece claro es que el peán de la victoria se ha quedado sin muchos de sus danzarines.

El caso del alférez secretario del consejo de guerra que condenó a Miguel Hernández

25 junio, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Poco antes de irme de vacaciones este caso llegó a las páginas de EL PAÍS y de aquí se difundió viralmente por las redes sociales. Es sencillo: el hijo del alférez en cuestión, que no identificaré,  solicitó a la Universidad de Alicante que el nombre de su padre se retirara de los metadatos que permiten llegar a él en internet. En su opinión, por mor de la protección del derecho al honor. Numerosos historiadores se han pronunciado, alarmados, por las posibles repercusiones que la aceptación de tal petición por parte del gerente de la Universidad,  pueda tener sobre la libertad de cátedra y de investigación e incluso sobre la de expresión. Todas ellas bienes superiores amparados constitucionalmente.

 

Según he leído el hijo del citado alférez ha alegado que su padre no fue un personaje público. Su petición ha pasado a ser del dominio público. Ahora parece que en dicha Universidad (que hace años me concedió el honor de nombrarme doctor honoris causa) han aflorado disensiones y que muchos profesores (ciertamente los historiadores) no están de acuerdo con la decisión del gerente. Sin entrar en los pormenores del caso, que conozco solo por lo leído, en este post trataré de argumentar en favor de mis colegas ateniéndome a un razonamiento puramente epistemológico.

En primer lugar, la característica de haber sido, o no sido, “personaje público” en el pasado se me antoja estrictamente irrelevante. Basta con haber vivido y aparecer en documentos accesibles al investigador para tener la potencialidad de convertirse en objeto de investigación. Negar esta proposición es negar la historia, en la acepción en que hoy se la entiende en general. La historia es una reconstrucción del pasado y, en particular, de la acción humana en la inmensidad de este, que es por definición absolutamente incognoscible y aprehendible en su totalidad. El investigador lo que hace es proceder por cortes basándose en evidencias que le permitan iluminar alguna parcela, parcelilla o microparcela de ese pasado.

En este aspecto me limitaré a recordar un ejemplo que, en mis tiempos, me influyó poderosamente. En 1976 un historiador italiano llamado Carlo Ginzburg publicó un libro que lo hizo famoso en todo el mundo. Lo tituló de una manera llamativa: Il formaggio e i vermi, es decir, El queso y los gusanos. Pocos años después, en 1981, se tradujo al castellano. Ya le había precedido una edición en inglés. Desde entonces las reediciones han sido constantes y ha aparecido en muchos otros idiomas. Su protagonista fue un molinero italiano llamado Domenico Scandella y nacido en 1532. Ha afluído desde entonces mucha agua al Mediterráneo. Que más de cuatrocientos años después lo resucitara Ginzburg debe constituir, en mi modesta opinión, una llamada de alerta para la Universidad de Alicante. No puede haber personaje menos público y más desconocido hasta entonces que Scandella en una obra de alcance universal.

¿Por qué? Simplemente porque el autor, al estudiar los dos procesos a que la Santa Inquisición (algunos todavía la bendicen o la echan de menos en una forma más o menos adaptada a los usos y costumbres de nuestro tiempo) gracias a los documentos en que se reflejaron pudo identificar los rasgos fundamentales de la cosmogonía que sustentaba el molinero. Hoy nos parece absurda, grotesca, pero también habrá gente a la que la visión cosmológica de la Santa Madre Iglesia Católica asentada en el Concilio de Trento pocos años más tarde le parezca hoy no menos curiosa. Ginzburg puso en relación  la cosmogonía de Scanella con la aceptada comúnmente en la alta cultura del siglo XVI, muy dominada obviamente por la de origen greco-latino (mitología) y las creencias de la jerarquía eclesiástica, católica o protestante.  El libro se ha convertido en una obra de referencia metodológica para el estudio de la cultura popular particularmente en oposición a la de las clases dominantes, de la microhistoria, del peso de las tradiciones, etc y Scandella, que fue ajusticiado, es hoy una figura popular a pesar de su anonimato de más de cuatrocientos años. (Por lo demás, no hay que recordar aquí el caso de Galileo y los problemas que tuvo con la Santa Inquisición un puñado de años entrado el nuevo siglo).

Una consulta a Mr Google, siempre amable, permite a cualquier curioso que no haya leído el libro de Ginzburg que el gran problema de Scanella fue haber dicho a quien quisiera oirle que el mundo no había sido creado por Dios sino que parió de un caos primigenio. Se sirvió de una metáfora, la del queso y los gusanos. “Todo era un caos, es decir, tierra, aire, agua y fuego juntos; y aquel volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche y en él se forman gusanos, y estos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello fuese Dios y los ángeles y entre aquel número de ángeles también estaba Dios creado también él de aquella masa y al mismo tiempo, y fue hecho señor con cuatro capitanes Luzbel, Miguel, Gabriel y Rafael. Aquel Luzbel quiso hacerse señor comparándose al rey, que era la majestad de Dios, y por su soberbia Dios mandó que fuera echado del cielo con todos sus órdenes y compañía; y así Dios hizo después a Adán y Eva, y al pueblo, en gran multitud, para llenar los sitios de los ángeles echados. Y como dicha multitud no cumplía los mandamientos de Dios, mandó a su hijo …” Si Galileo, abjurando de sus “herejías” copernicanas pudo salvarse, es obvio que Sacanella no tuvo salvación posible. Lo cual no obsta para que la “teoría del caos” fuera resucitada en el siglo XX. (Los lectores interesados en saber más pueden acudir a la entrada Menocchio, apodo del molinero, en Wikipedia).

 

El caso anterior es una forma de decir que la caracterización como sujeto histórico depende, cuando menos, de dos factores: del descubrimiento de nuevas evidencias y, en segundo lugar, del uso que de ellas haga el historiador. Lo que para uno puede ser una figura marginal llega a ser, para otro, un protagonista de primera fila.

Servidor no llegaría a afirmar que el secretario del consejo de guerra que condenó a muerte a Miguel Hernández pueda ser, en el futuro, un personaje recubierto de significación histórica. Eso dependería de su papel en otros procesos, de las actividades que se desprendan de su hoja de servicios, de las menciones que de él puedan encontrarse en la amplia documentación relacionada con los consejos de guerra o de la represión y, no en último término, de los objetivos que persiga el investigador.

Lo que sí cabe afirmar es que recortar a priori la libertad de investigación sobre un pasado tenebroso, aunque no lo fue para todos por igual, es una actitud incompatible con los valores en los que se sustenta una sociedad democrática avanzada.

A tenor de lo difundido por los medios de comunicación, el investigador en cuestión, el profesor Juan Antonio Rios Carratalá, es un catedrático universitario, con una amplia obra a sus espaldas (dos de cuyos libros me he llevado para leerlos en vacaciones) y que en modo alguno ha pretendido insultar o vejar al señor alférez en cuestión.

Consideremos la alternativa: la represión franquista arrojó víctimas y para realizarse necesitó  protagonistas que la llevaron a cabo. En la Causa General, disponible en internet, no se han borrado -que yo sepa- los nombres de los victimarios republicanos. ¿Por qué, y en virtud de qué disposición legal, habrían de borrarse los de los victimarios franquistas? ¿No sería aplicar dos pesos y dos medidas?

No conozco la documentación de los consejos de guerra a que fue sometido Miguel Hernández (una gloria de las letras españolas y que ha dado su nombre a una universidad en la Comunidad Valenciana). Tampoco puedo saber si en ella se identifican acciones debidas a la actuación del señor secretario. Supongo que todos los miembros estarán protegidos convenientemente. Pero lo irritante es que se pretenda borrar de internet el nombre de uno de sus componentes.

¿Qué razones aduce el celoso descendiente del señor secretario? Porque imagino que, en los años de la guerra y de la posguerra, formar parte de un consejo que pronunciara penas capitales no podía figurar como desdoro y sí como un honor. Si imponían penas capitales la autoridad superior debía aceptarlas e incluso elevarlas a Su Excelencia el Jefe del Estado para que, en su sublime capacidad de jefe del Gobierno y fuente de ley por derecho seudonacionalsocialista, diese el “enterado”. O se pronunciara por una conmutación.

Con todo el respeto, y salvo mejor opinión, a mí me parece que la iniciativa hoy en discusión en la Universidad de Alicante puede abrir un avispero. En el caso más benévolo, quizá por precipitación. Pero si de él debiera derivarse un precedente es muy lógico que la grey de historiadores se pronuncie radicalmente en contra y que, llegado el momento, alguien considere la necesidad de que los tribunales decidan. Porque, de lo contrario, se obstaculizaría considerablemente la identificación futura de victimarios y esto, por un elemental sentido de justicia conmutativa, no debiera aceptarse. No estamos, que yo sepa, en tiempos de Inquisición.

Finalmente, ¿alguien podría decirme si, en un caso literalmente más sangriento, han aparecido susceptibilidades análogas? Siempre pienso, como paradigma, en el del capitán de la Guardia Civil Manuel Díaz Criado, el victimario preferido de aquel héroe de la guerra que fue el general Gonzalo Queipo de Llano, marqués de Queipo de Llano. Para los lectores que no conozcan el caso podrán familiarizarse en su entrada en Wikipedia con sus “ejemplares” hazañas. No se indica que nadie haya pedido que su nombre desaparezca de los metadatos.

Sobre la sentencia del Tribunal Supremo y la jefatura del Estado de Francisco Franco

18 junio, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

El tema objeto de este post ha generado una intensa polémica dirimida en los medios de comunicación a lo largo de las últimas semanas. La artillería de numerosos historiadores, individual y colectivamente, ha lanzado salvas de críticas contra los magistrados de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del TS. Se han unido diversos juristas y varias asociaciones. La polémica ha saltado al extranjero. Incluso servidor ha participado en ella, sorprendido, aunque quizá menos.  En este post me atrevo a aventurar una hipótesis, que no tesis, ya que no tengo forma de contrastarla dado que, como es habitual, ninguno de los magistrados que se pronunciaron sobre la consideración de Franco como jefe del Estado desde el 1º de octubre de 1936 ha efectuado la menor declaración sobre lo que les impulsó a introducir tan innecesaria precisión.

Mi hipótesis es que encaja, en primer lugar, con la doctrina contencioso-administrativa sentada en algún precedente a instancias del escalón competente de la Administración franquista, en un tiempo en que hablar de la separación de poderes fue totalmente ilusorio. En segundo lugar, que también encaja también, aunque no se explicite, con una conocida sentencia del TC de hace ya muchos años. A ambas les una cierta inclinación ante la fuerza normativa de los hechos y la nula consideración de la historia o del contexto histórico. Pero reconozco no ser jurista.

Recordemos lo obvio. Los militares sublevados del 18 de julio de 1936 se levantaron en armas contra el régimen constitucional y democrático al que habían jurado obediencia. Desvirtuaron torticeramente la Ley Constitutiva del Ejército de 1878, ya sin efecto y legalmente superada. En términos estrictos se situaron fuera de la ley. Las formulaciones a que acudieron -bandos de guerra parciales y el general dictado por la Junta de Defensa Nacional el 28 de julio- solo se basaron en la fuerza de las armas. Sus acciones fueron “legitimadas” a posteriori por el mero imperio de la violencia. Son numerosas las hoy expresa y explícitamente derogadas.

Dentro de aquellas disposiciones ha de ubicarse el Decreto 138 de la Junta de Defensa Nacional de 28 de septiembre (Boletín de la misma del 30) que nombró a Franco “jefe del Gobierno del Estado”. No hubo referencia explícita a otra norma. ¿Cómo explicarlo? Simplemente por el deseo de crear un orden jurídico propio, alternativo y en oposición al vigente en aquellos momentos. Por otro lado, es obvio que el 1º de octubre de 1936 no existía un Estado franquista.  Este se creó a lo largo de la guerra. Su existencia como sujeto de derecho internacional apareció de forma paulatina, a medida que fueron reconociéndolo la mayoría de las potencias extranjeras.

La cuestión de la licitud en 1936 (postura de la mayor parte de los historiadores) o de la ilicitud del Estado republicano (defendida por parte franquista) se dirimió en la guerra y en la postguerra.  Naturalmente el triunfo de las armas fue decisivo. Las declaraciones en 1936 del propio Franco en su alocución de final de año así lo hacían prever:

No es un Estado de hecho que tiene condicionada su licitud y legitimidad limitada por el tiempo necesario para recuperar la “normalidad” alterada, sino que él es el régimen históricamente normal y legítimo. Desde el primer instante “Estado de derecho”, y como tal se asentó sobre la aclamación, el plebiscito, la adhesión, el asentimiento y el consenso del pueblo español.

Para entonces la Junta Técnica del Estado ya había dado algunos pasos en tal sentido. La intención fue siempre borrar a la República y su marco jurídico sustituyéndolo por uno alternativo. El Dictamen sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes en 18 de julio de 1936 discurrió en el mismo sentido.  Los juristas de la dictadura actuaron dentro de un marco estricto, limitado y excluyente.

En el caso de las controversias en materia contencioso-administrativa existe un ejemplo de gran importancia. Ignoro si en las recopilaciones doctrinales habrá salido a la luz  o no. Quizá pueda servir, en mi escasamente jurídica opinión, para explicar la postura de la Sala del TS. Se dilucidó en 1959 en el seno del Consejo de Estado, órgano asesor del Gobierno e integrado por la guardia pretoriana del régimen, militar y civil. Sus dictámenes no eran, ni son, vinculantes. Tuvo que ver con la petición cursada por el ministro de Hacienda, Mariano Navarro Rubio, para que el Consejo examinara si la evacuación del oro depositado en el Banco de España a la entonces Unión Soviética en 1936 se ajustaba a derecho o no. La peregrina idea que habían tenido Franco y su fiel ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo (a mayor abundamiento secretario del Consejo en 1959) era la de reclamar su devolución, incluso mediante un recurso ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya.

Con independencia de las curiosas ausencias procedimentales (no se escuchó a la Abogacía del Estado ni a la Asesoría Jurídica Internacional del Ministerio de Asuntos Exteriores) la petición se abordó a los tres niveles habituales: el de la formación de un proyecto de dictamen, el de la discusión del mismo en el seno de la comisión competente y, por último, en su elevación al pleno del Consejo. En las sucesivas etapas interesa subrayar la postura del representante del Ministerio de Hacienda y director general de lo Contencioso José María Zabía Pérez.

Este distinguido caballero solicitó desde el primer momento que al dictamen final debía incorporarse nada menos que una afirmación tajante relacionada con la “ilicitud radical que […] tuvieron los actos del llamado Gobierno de la República”.  Es decir exhibió la postura franquista más dura. Mentes más preclaras que la mía podrán elucidar si el aserto de la sentencia de la Sala de lo contencioso-administrativo del TS no será quizá, mutatis mutandis, un trasunto. En la preparación del dictamen final Zabía lanzó con fuerza sus torpedos: los actos del Gobierno republicano era nulos, con ilicitud absoluta y plena. Se basó para ello en el decreto número 1 de la Junta de Defensa Nacional del 24 de julio que simplemente afirmó su constitución y su capacidad de representar al Estado español ante naciones extranjeras.

Sin embargo el pleno del Consejo de Estado aprobó, a pesar de las objeciones de Zabía, el proyecto de dictamen -que no las hizo suyas- y lo elevó al Gobierno con el voto contrario del director general.  ¿Y qué hizo el Gobierno? Desestimó totalmente el dictamen -lo cual era su buen derecho- y asumió por el contrario la postura de Zabía. Es decir, asentó la total primacía de las nuevas autoridades de 1936. No recurrió al hecho, bien conocido, que tras estas tronaba el general Franco con su capacidad, de tono nazi, de ser fuente del Derecho: su voluntad era ley, como reconoció la Orgánica del Estado de 1967 en su maravillosa disposición transitoria primera. Dado que tal norma superior fue derogada en los albores de la Transición el recurso a la misma y a sus antecedentes se me hace un poco cuesta arriba.

Es cierto que la Sala de lo contencioso-administrativo del TS podría acudir, aunque no lo hizo de manera explícita, a la de la Sala segunda del TC de 26 de mayo de 1982. A su tenor, “al término de la guerra civil, cuya proyección jurídica es precisamente la ruptura del ordenamiento, se integraron en este como únicas normas válidas las que efectivamente habían tenido vigencia en el territorio sustraído a la acción del poder republicano, a cuyas disposiciones no se les otorgó otra consideración que de puros facta, no solo carentes de fuerza de obligar, sino susceptibles incluso de ser considerados como hechos delictivos”.

No sé si esta bien conocida sentencia habrá dado origen a disputas entre expertos. No me parece que el haber reconocido, en dicho año, fuerza normativa a  hechos acaecidos entre 1936 y 1975 fuese una gran aportación pero Dios me libre de nadar en aguas ajenas. En qué medida pesó esta sentencia en la mente de los magistrados en junio de 2019 tampoco se ha explicitado. Por lo que se refiere a la argumentación de Zabía sesenta años antes, y a la adhesión del Gobierno a su postura (probablemente inducida desde el Ministerio de Hacienda), hay que constatar que no tuvo absolutamente el menor efecto.

El régimen de Franco jamás acudió al TIJ, pero es que ya el 1º de abril de 1939, en el momento dulce del día de la VICTORIA, el ministro de Asuntos Exteriores, teniente general Francisco Gómez-Jordana, dirigió una carta al Secretariado de la Sociedad de Naciones para denunciar  la adhesión de España al Acta general para el arreglo pacífico de las controversias internacionales. En 1959 carecía, pues, de la capacidad de pleitear contra la URSS, con independencia de que el oro hubiese sido vendido en su totalidad, tanto a ella como a Francia, durante la guerra civil.

La ley 52/2007 de 26 de diciembre, en su preámbulo, se remitió a la condena del franquismo contenida en el informe de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa de 17 de marzo de 2006. En él se denunciaron las graves violaciones de derechos humanos cometidas en España entre los años 1939 y 1975. Añadiré que al amparo de la normativa franquista  y con el beneplácito de las autoridades judiciales, incluido el venerable TS de la época. Sería, pues, de desear que la puesta al día y la adecuación de dicha ley -en mi modesta opinión deseables- a las condiciones creadas desde su entrada en vigor se utilizaran para actualizar la repulsa a los mismos y su reiterada condena. La idea estribaría en hacerla congruente con lo que a lo largo de estos últimos doce años los historiadores, sociólogos, politólogos, juristas y otros expertos hemos aprendido sobre el funcionamiento de la dictadura franquista, sus mecanismos y sus engaños, esos que siguen teniendo curso en ciertos sectores de una sociedad como la española que no termina de ajustar cuentas con el pasado común.

Dicho lo que antecede salvo mejor opinión.

Represalias: el caso francés tras la Liberación (II)

11 junio, 2019 at 8:07 am

Ángel Viñas

La obra de Novick a que me he referido en el post anterior representó una corriente de aire fresco. En paralelo a la que también representó el trabajo de Robert Paxton sobre la Francia de Vichy. A pesar de mi predilección por los autores autóctonos (sean franceses o españoles) jamás cabe dejar de lado las aportaciones genuinas de quienes no lo son (en particular en el caso español). Simplemente señalo que los primeros tienen ventajas comparativas: están próximos a los archivos, comprenden mejor la mentalidad de sus conciudadanos (lo cual no les exime de caer en riesgos) y pueden dedicar más tiempo a la investigación que quienes, por muchas ayudas financieras y académicas de que dispongan, no se detienen tantos años en los países en cuestión.

 

Dando un salto en el tiempo (y obviando a muchos otros autores como, por ejemplo, Henry Rousso o Henri Noguères) creo interesante referirme a la obra de Philippe Bourdrel sobre la depuración “salvaje” (adjetivo frecuentemente empleado y que dicho autor acepta sin más)  acaecida en Francia al borde de la Liberación, es decir, la que tuvo lugar entre junio y septiembre de 1944. Tal depuración fue multiforme y, aparte de las ejecuciones legales y los procedimientos judiciales que se incoaron en la época y después, ha despertado atención por las ejecuciones sumarias y los millares de detenciones más o menos arbitrarias que tuvieron lugar. Todo ello en circunstancias extra-legales.

La concreción temporal es importante. Antes de que se atisbara la Liberación, es decir, antes de la invasión aliada en Normandía y Provenza, es posible argumentar, y yo lo hago, que las acciones emprendidas por la Résistance contra las fuerzas nazi-fascistas pueden considerarse como ejemplos de guerra irregular en condiciones extraordinarias. Que un resistente atentase contra oficiales alemanes o italianos, o contra soldados en patrulla, puede considerarse deplorable (y con frecuencia los autores fueron fusilados sin el menor proceso o, en ciertos casos, sometidos a consejos de guerra por los ocupantes). Sin embargo, fueron muestra de la lucha del débil contra el fuerte. Lo que está en discusión es la naturaleza, motivos y extensión de la depuración extralegal por parte de los recién liberados.

No me detenderé demasiado en los dos primeros términos de la expresión anterior ya que ello me llevaría a entrar en un dominio que no es el mío. Hay quienes divisan en ellos, por ejemplo,  una manifestación esencialmente de carácter político e ideológico, relacionada con las aspiraciones y deseos de grupos heterogéneos de resistentes respecto a la naturaleza que debía tener una Francia liberada del yugo de los ocupantes. No veo forma de actuación más humana y, si se me apura, más obvia que el dar rienda más o menos suelta al furor, a la rabia, a los deseos de venganza por las humillaciones, exacciones y violaciones ocasionados por los invasores. De aquí que uno de los campos más trillados por la literatura sea la comparación entre las situaciones creadas por la ocupación pardi-negra en Austria, Croacia, Hungría, Italia, Francia, Noruega y  Países Bajos, amén de la acaecida en la Unión Soviética, entre otros.

En sus memorias, el general De Gaulle, que supongo tuvo acceso a información relevante, publicada y no publicada, señaló que los muertos sin proceso regular, es decir, extrajudicialmente, habían ascendido a 10.842, de los cuales 6.675 habían acaecido durante los combates de los maquis con los ocupantes antes de la Liberación y el resto después. Cifró en 779 el número de ejecuciones a consecuencia de las sentencias dictadas por los tribunales. Obsérvese la disparidad de estas cifras con otras.

La obra posterior de Bourdrel examinó detenidamente las manifestaciones de lo que él llamó una guerra civil dentro de la guerra civil que asoló Francia desde la ocupación hasta la Liberación. Mostró la variedad de situaciones a lo largo y a lo ancho del territorio. En algunas partes la Resistance era fuerte. En otras regiones partió de una situación de extrema debilidad. Comparó las cifras estimadas por el Comité de Historia de la Segunda Guerra Mundial y las del Instituto del Tiempo Presente. Las diferencias fueron considerables según los  departamentos (equivalentes a las provincias españolas). Destacó los más notables: 83 contra 174 en Puy-de-Dôme, 117 contra 475 en el Finisterre, 170 contra 294 en el Ródano, etc. También subrayó que en varios casos las cifras, depuradas por investigaciones sucesivas, variaron en el tiempo. Así, por ejemplo, en el departamento de Corrèze cayeron de 124 en 1971 a 85 en 1986. En el de Vaucluse hubo un movimiento inverso: de 97 a 120. Sus propias estimaciones lo acreditan en otros casos.

Bourdrel concluyó que los medios de investigación aplicados en el tema de las ejecuciones sumarias están afectados por un hándicap importante. Las encuestas y los estudios basados en los registros civiles no siempre permiten apreciar en su justo término una realidad que se disimula y que tampoco las familias de las víctimas suelen aclarar: ¿cómo distinguir entre un crimen mondo y lirondo y una ejecución que se presenta como motivada políticamente? ¿Cómo admitir que un pariente o un deudo cayó fulminado a consecuencia de uno u otro factor?

Este autor termina reconociendo algo que ya señaló Novick. Los esfuerzos de cuantificación de la depuración caracterizada de “salvaje” no permiten llegar a una cifra concluyente. Bourdrel estima que pudo encontrarse a la mitad del camino entre los 10.000 y 15.000. En tales circunstancias es mejor centrarse en los aspectos cualitativos por razones de clase social (aunque las víctimas no se dejan aherrojar en una clase determinada), situación geográfica, desbordamientos concretos, etc. Que no todas las víctimas respondieron a motivaciones políticas o ideológicas o de actos contra la Resistencia o de connivencia con el ocupante parece lógico pero no puede demostrarse mucho más.

La situación en Francia fue muy diferente de la que se creó en España con la sublevación de 1936, la supuesta necesidad de ajustar cuentas con los militares que no se sumaron al golpe, la “necesidad” sentida por los rebeldes de matar con la mayor velocidad posible todo conato de resistencia y la de estatuir un ejemplo que sirviera de desestímulo para quienes no aceptaran sumisamente el nuevo yugo castrense, hubieran destacado por sus ideas “revolucionarias “ en los tiempos de paz o sirvieran de carne de venganza o de “corderitos” llevados al sacrificio.

Termino con una referencia a una obra reciente que ha puesto patas arriba todo un edificio historiográfico penosamente construído. Es un producto de los avances registrados en Francia en los últimos veinte años a medida que han ido abriéndose los archivos. Debo recordar aquí que la desaparición de las últimas trabas legales que dificultaban el acceso se debe a las decisiones adoptadas por Manuel Valls en su época de primer ministro, aunque ya antes la concesión de autorizaciones para entrar en ellos se concedía más o menos liberalmente, aunque de forma no exenta de una cierta arbitrariedad.

François Rouquet et Fabrice Virgili han superado viejos traumas : los relacionados con la noción de que entrar en el tema de la depuración podía despertar viejas fracturas y afectar a circunstancias personales. Este es, incidentalmente, el grito de guerra de las derechas españolas cuando los historiadores queremos saber más y más acerca de las actividades terroristas de los sublevados de 1936 y vencedores de 1939. No en vano ya en 1994 Sonia Combe había publicado un libro sintomático: Les peurs françaises face à l´histoire contemporaine. Mucha de su argumentación podría aplicarse, mutatis mutandis, a España.

El dúo Rouquet/Virgili ha arrasado con antiguas concepciones y preconcepciones. Ha puesto de manifiesto que la depuración fue, esencialmente, un fenómeno local, en gran medida porque los grandes responsables de la colaboración y todos aquellos colaboradores que pudieron hacerlo se habían largado a lugar seguro. A ello se añadió que la ayuda del “pueblo” la solicitaron las “autoridades” que habían “liberado” de ocupantes los lugares, con frecuencia de la retaguardia, en que triunfaron las mil y una, pequeñas y grandes, insurecciones. Fue, a su manera, la manifestación de una violencia liberadora. Un autor como Pierre Laborie ha conjugado tres factores para explicarla: la violencia previa de los ocupantes y de los colaboradores, la incapacidad de las nuevas autoridades por mantener el orden en un período de cierto aislamiento y de desmigajamiento del poder público y, no en último término, los arraigados sentimientos de venganza en unas y otras localidades.

Estamos, pues, muy lejos de la represión organizada, brutalizada, bestializada de un ejército de ocupación, africanista y dirigido por jefes y oficiales con la misma crueldad que la que habían aprendido en las campañas de Marruecos.

Volveré, probablemente, al caso francés. Quedan unas comparaciones que me gustaría efectuar. Por el momento solo quiero advertir que un sector de las derechas francesas ni ha terminado de aceptarlo. Tampoco lo han hecho, en su caso, las españolas.

 

Referencias

Philippe Bourdrel, L´épuration sauvage, París, Perrin, 2002.

Peter Novick, L´épuration française, 1944-1949, prefacio de Jean-Pierre Roux, París, Balland, 1985.

François Rouquet y Fabrice Virgili, Les Françaises, les Français et l´Épuration (1940 à nos jours), París, Gallimard, 2018.

Represalias: el caso francés tras la Liberación (I)

4 junio, 2019 at 8:13 am

Ángel Viñas

Fui amigo del coronel, luego general, Ramón Salas Larrazábal. Su Historia del Ejército Popular constituyó un hito en las postrimerías del franquismo. Su intención había sido escribir una historia del Ejército sublevado, pero los mandos no se lo permitieron. Así que tornó su atención al adversario. Después, se diversificó y, entre otras, abordó la represión franquista tras la guerra civil poniéndola en paralelo con la infligida en Francia a los colaboracionistas y sostenedores del régimen de Pétain. Como si fueran similares. La comparación tuvo cierto éxito en España, en la que el conocimiento de las obras francesas no ha calado demasiado. En ambos casos se encuentran, en efecto, similaridades. Sobre todo, en la sobreactuación de las derechas. En respuesta a un comentario de un amable lector trataré de sintetizar los resultados de las investigaciones más recientes en el vecino país, no sin advertir que se trata de un resumen muy rápido y que no pretende en modo alguno abordar toda la complejidad del tema.

 

Primera diferencia: en España las conocidas instrucciones del general Mola, jefe del Estado Mayor de la futura insurrección, ya ordenaban no tener piedad alguna con los compañeros que no se sublevaran. Debía tratárselos como lo que serían, enemigos.

Segunda diferencia: los sublevados subvirtieron torticeramente la legislación vigente y crearon una nueva figura “jurídica”. A saber, quienes permanecieron fieles al Gobierno republicano eran los “sublevados”, en tanto que los insurrectos eran los “leales”. La aberración no puede ir más lejos. El mundo, literalmente, al revés.

Tercera diferencia: antes del 18 de julio no había peligro de insurrección comunista. La única que existía era la que se preparaba, con ayuda italiana, desde 1932.

En Francia, por el contrario, coincidieron una guerra exterior y otra interior, esta como consecuencia de la primera, a partir del llamamiento (l´appel) del general De Gaulle, en el exilio, el 18 de junio de 1940. La segunda con un decalaje con respecto a la que llevó al derrumbamiento de la República tras la acometida de los Panzer nazis.

La guerra interior no se manifestó duramente hasta después de la invasión de la Unión Soviética por el Tercer Reich. Se dirigió contra el régimen colaboracionista de Vichy y lo que, en diversos círculos, se percibió como traición de su líder, el mariscal Philippe Pétain, héroe de la primera guerra mundial.

Los esfuerzos por unificar la resistencia interior contra el ocupante, liderados en gran medida por Jean Moulin, tardaron en cuajar, pero se desarrollaron rápidamente tras la implantación de un Consejo Nacional de la Resistencia. Se completó con las Forces Françaises de l´Intérieur (FFI), también en 1943. La presencia comunista fue notable en ambas formaciones.

Después de la invasión aliada de la Francia ocupada por Normandía y Provenza en junio de 1944, la resistencia interior -que había sido fuertemente apoyada por los británicos- cobró nuevos bríos y coordinó, hasta cierto punto, los ataques a las fuerzas alemanas y a sus colaboradores, en cuyo seno se había creado en 1943 una formación paramilitar (“la Milice Française”). Actuó vilmente al servicio de un régimen marioneta como había llegado a ser el de Vichy y en estrecho contacto con la Gestapo, las Waffen-SS y la Wehrmacht.

Si la guerra exterior, hasta el empuje territorial aliado de 1944, no presentó dificultades políticas y organizativas que siempre superó el genio militar y político de De Gaulle, la interior estuvo marcada por las rencilas entre las diversas fuerzas en pugna entre sí y con el ocupante, la aspiración a marcar puntos en la búsqueda de una cierta supremacía tras la liberación del territorio, las disparidades respecto al futuro de una República, cuya tercera versión había quedado deshecha por el régimen de Vichy, y la influencia de factores exteriores, ya preexistentes antes de la derrota de Francia.

Ninguna de las anteriores circunstancias se parece lo más mínimo a lo sucedido en España entre 1935 y 1939. Si algún lector la detecta le agradecería que me lo comunicase. Lo que tienen en común son dos rasgos. En primer lugar, la duración, aunque fue más larga en el caso francés (cuatro años y medio pero, en la práctica, algo más de tres). En segundo lugar, el ansia acumulada de venganza por parte de los vencedores, aunque sus raíces fueron muy diferentes en los dos casos.

Mi amable lector, dispuesto a darme una lección, ha subido a este blog en la página de FB varios artículos (no demasiado científicos) y una entrevista con Herbert Lottman, periodista y biógrafo norteamericano. En ellos se entremezclan diversas categorías de asesinatos, ejecuciones, emprisonamientos, en algún caso con llorosas lamentaciones por lo mal que trataron las autoridades francesas después de la Liberación a sus propios compatriotas.

No soy un experto en la depuración, pero tengo en mi biblioteca algunas obras de referencia. En Francia, como en España, ocurre que autores anglosajones dictan sentencias como si alcanzaran el “final de la historia”. No todos, desde luego, pero como si los historiadores franceses fuesen incapaces de arrojar luz sobre uno de los períodos más oscuros de su pasado. Aunque, todo hay que decirlo, como en la viña del Señor algunos de sus crudos son mejores que otros.

Durante muchos años Robert Aron fue el papa de tales estudios (en primer lugar con su masiva Histoire de Vichy, aparecida en 1954, y luego con sus Histoire de la Libération y, sobre todo, con su Histoire de l´Épuration, incluso más masiva). Afirmó que el número de muertos oscilaría entre 30 y 40.000.  En todo caso, lejos del “baño de sangre” ocasionado por los maquis o los furibundos “vengadores” y que llegaron a la formidable cifra de 100.000, propagada por ciertos periodistas norteamericanos y los círculos de extrema derecha franceses, emulados por los copistas franquistas en la senda de Ricardo de la Cierva.

Pocos años después, un joven historiador norteamericano, Peter Novick, desembarcó en Francia. Hizo su trabajo de campo, estudió archivos, se entrevistó con Aron, detectó sus fallos y en 1968 publicó The Resistance versus Vichy. The Purge of Collaborators in Liberated France. Introdujo una nueva contabilidad: el número de presos tras la liberación ascendió a unos 126.000 y hubo unas 87.000 condenados a penas que oscilaron entre la degradación nacional y la capital (esta, afirmó, en poco más de 8.000 casos). El general De Gaulle conmutó esta última, según Rioux, en un 63 por ciento, que cabe comparar con el 16 por ciento en Noruega y 50 por ciento en Dinamarca. Es más, el porcentaje de personas detenidas u objeto de investigación fue, en Francia, del 0,94 por mil habitantes en comparación con el 3,74 en Dinamarca, 4, 19 en los Países Bajos, 5,96 en Bélgica y 6,33 en Noruega. Posteriormente Bourdrel precisó que de las 7.037 condenas a muerte que contabilizó solo 791 fueron ejecutadas. Muchas menos que las calculadas por Novick. En cualquier caso, y sin entrar en detalles, no parece que, a diferencia de su contrapartida hispánica (SEJE), al triunfante general se le fuera la mano. Lo que ha escrito sobre el ansia de sangre de De Gaulle un amable lector al respecto, y las referencias por él utilizadas, son pura filfa.

Hablamos de la depuración legal. Hubo, obviamente, otra de carácter extra-legal, del tipo más o menos de tomarse la justicia por su mano. Algo difícil de impedir, por cuanto o no había autoridades o estas podían incluso estar bajo sospecha.  Aquí, simplemente, indicaré que el apéndice C de la obra de Novick contiene una detallada comparación de las exageradísimas cifras “pro-vichistas”. Sus cálculos oscilan entre un máximo de 5.234 de víctimas antes de la Liberación y de 4.439 y 3.724 después de ella. Con ejecuciones para las cuales no ha podido establecerse un móvil que se elevan a 1.532 y 423 respectivamente. En total, y en los máximos, 10.822. No obstante, podría llegarse hasta casi 15.000, según las cifras recopiladas por las fuerzas de la Gendarmería. En realidad, Novick terminó afirmando que no podría afirmarse nada seguro respecto a la cifra de las ejecuciones sumarísimas y extra-legales.  Algo que la investigación subsiguiente ha precisado dentro de los límites por él señalados.

No hay que fiarse, en todo caso, de una aparente exactitud y Novick lo enfatizó a lo largo de su libro. No me parece presiso detenerse en la rabia, el encono, la furia (y los ajustes personales de cuentas y los resultados de viejas y nuevas rencillas) con que los maquis de toda índole (comunistas y otros) procedieron contra quienes habían traicionado a Francia, colaborando con los nazis y la milice. Tampoco a las discordias entre fuerzas heteróclitas dentro de los movimientos de resistencia  He preferido, en este post, subrayar la depuración “legal” ya que, desde el momento inicial, los sublevados en España procedieron a sus sangrientas hazañas bajo el control de la autoridad militar y con conocimiento de esta. Las del entonces comandante de la Guardia Civil Manuel Díaz Criado en Sevilla son bien conocidas. Hubo otros militares y guardias civiles que no se quedaron atrás. Muchos de ellos han sido identificados y merecen ser puestos en el catálogo de la infamia en España.

En mi reciente libro he exhumado el testimonio de uno de los fascistas menos tolerantes, amigo personal del conde Ciano y a quién este envió a Marruecos y Andalucía, con la primera expedición de aviadores, como sus “ojos y oídos” para que le informase fuera de los canales diplomáticos y militares regulares. El entonces capitán de complemento de Aviación y luego coronel de la Milicia Fascista, Ettore Muti, cumplió su encargo y pronto se hizo eco de que en Sevilla se fusilaban diariamente al menos a 30 personas y que cuando llegó se estimaba que ya se habían liquidado al menos a unas 1.300. Evidentemente, se quedó corto, como muestran los detallados estudios de, entre otros, Francisco Espinosa. Fusilamiento implica participación de soldados. Los asesinatos a sangre fría, en los campos, en los pueblos “bajo la tiranía roja” (como se decía), no se cuentan en tal cifra. Recordemos algún testimonio directo como el de Antonio Bahamonde.

(Continuará)

Un encuentro en Ciudad de México sobre la guerra civil

28 mayo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Si hay un país en América Latina donde, todavía hoy, la guerra civil española es materia de recuerdo algo más que para escribir artículos en los medios sociales es, sin duda, México. La República azteca fue, después de Francia, el país que acogió el mayor número de refugiados españoles. En este año se cumple el 80 aniversario de la llegada del barco más famoso de los varios que transportaron las primeras tandas de autoexiliados tras la derrota. Se trató del Sinaia que llegó a Veracruz en junio de 1939 y que fue iniciada por el Flandre en abril.

 

El presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, ha nombrado a uno de los más reputados políticos mexicanos, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, presidente de la comisión encargada de preparar la conmemoración de los ochenta años del exilio español. En las próximas semanas se celebrará la llegada del Sinaia cuyo periplo ya recuperó hace muchos años José Antonio Matesanz.  De notar es la asistencia del ingeniero Cárdenas durante el primer día de los dos que duró el encuentro organizado sobre la dimensión internacional de la guerra civil que tuvo lugar la semana pasada en el Colegio de México. Como hijo del general y presidente y Lázaro Cárdenas que abrió las puertas del país a los refugiados españoles, su presencia me pareció altamente significativa.

El exilio español en México es un tema muy bien estudiado, tanto por historiadores mexicanos como españoles, en nuestro caso desde los tiempos del ocaso de la dictadura. La literatura existente es abundante. Los testimonios orales recogidos por expertos a lo largo de los años alcanzan hoy un volumen considerable. El profesor Jorge de Hoyos es uno de los últimos que con mayor vigor ha actualizado el corpus existente.

El apoyo mexicano a la República española en guerra, desde sus comienzos en 1936, también ha sido muy trabajado. Uno de los coordinadores del encuentro, el profesor David Jorge, ha abordado no hace muchos años, en su libro sobre la Sociedad de Naciones y la guerra civil, los efectos de las mil y una maniobras realizadas por las potencias democráticas. El objetivo, logrado, fue impedir que de la épica lucha de la República contra Franco y sus aliados nazi-fascistas se ocupara operativamente el único organismo internacional que entendía en materias de paz y seguridad. La República contó, ciertamente, con la actuación de Nueva Zelanda y de la Unión Soviética pero, sobre todo, del régimen cardenista. El complemento material de los esfuerzos del presidente Cárdenas lo ha acometido Miguel Íñiguez Campos, también con documentación inédita republicana y mexicana. Quizá el próximo año sea ya posible leer su libro. Falta hace, frente a los camelos franquistas y neofranquistas que todavía pululan en la literatura. Entre ambos quedarán de manifiesto los errores y omisiones (¿involuntarios?) en que han incurrido e incurren numerosos autores, en general de origen anglosajón.

En el encuentro de la semana pasada lo que quería ponerse de relieve era la contraposición entre el comportamiento de las potencias del Eje en ayuda de Franco y la movilización de las izquierdas en apoyo de la República, vehiculada esencialmente a través de la Internacional Comunista y las Brigadas Internacionales. Como es sabido, el estudio de la vertiente exterior de la guerra civil es uno de los de mayor antigüedad en la historiografía. No en vano los primeros intentos se basaron en el conocimiento y exégesis de los documentos nazis publicados a principios de los años cincuenta del pasado siglo. A ello se dedicó el primer día, muy cargado.Todos los ponentes procedimos de España. El segundo día, no menos interesante, se centró en el éxito de la propaganda profranquista en América Latina, en comparación con la republicana, y en sus efectos en dos estudios de caso, México y Argentina. La conferencia de clausura recorrió la política agresiva de la Alemania nazi en las coordenadas de los años treinta. Las ponencias, debidamente actualizadas, serán objeto de publicación.

Es de rigor agradecer -y servidor lo hace de todo corazón- el esfuerzo y los medios desplegados por el Colegio de México, por su personal directivo (su presidenta, la directora del Centro de Estudios Históricos y la profesora Clara E. Lida, alma del encuentro) y de apoyo de cara a la feliz realización de esta nueva muestra de la hermandad académica felizmente existente entre España y el país azteca. No extrañará que el embajador de España también estuviera presente en el acto inaugural junto a los representantes de la entidad alemana  DAAD y la Fundación del Banco de Santander que con su ayuda financiera sostiene la Cátedra México-España.  Para mí fue particularmente interesante la presencia de la responsable del DAAD en México, ya que al fin y al cabo soy deudor a este servicio de intercambio académico de la beca que, hace ya muchos años, me permitió estudiar en Berlín y así, sin intuirlo ellos ni yo, poner en marcha un proceso en el que los hados determinaron mi carrera profesional y académica futura.

En todos los encuentros académicos se aprende. Personalmente no conocía mucho de la propaganda y actividades pro-franquistas en México, que abordó el gran experto en el régimen cardenista, biógrafo de su principal actor y trabajador incansable en el, al parecer, inmenso archivo que legó. Tampoco tenía idea del impacto en la comunidad española en Buenos Aires. Confieso que la exploración de la evidencia primaria relevante de época en los últimos años en relación con otros temas me ha dejado poco tiempo para leer trabajos que no se han relacionado con ellos. Nunca es tarde.

El Colegio de México es una de las instituciones de docencia e investigación más importante del país. Su acogida fue soberbia y creo no exagerar si todos los participantes no mexicanos quedamos abrumados por la eficacia con que se desarrolló el encuentro. Ciudad de México no es un entorno fácil y las distancias son kilométricas. Todo funcionó a la perfección. Claro que, de haberse celebrado una semana antes, quizá los extranjeros que llegamos hubiéramos corrido el riesgo de tener que lidiar con problemas respiratorios bastante serios. La contaminación había alcanzado límites alarmantes en una época en las que todos suspirábamos porque llegaran las lluvias.

Asistieron descendientes de varios de los ilustres refugiados que encontraron una nueva patria en el país azteca. Es una colectividad con la que ya había tenido algunos contactos en visitas precedentes. Siempre es emocionante escuchar de sus labios las experiencias que recuerdan de sus años de juventud y de aprendizaje en un nuevo país y de las actividades de sus padres. Con todos mis respetos hacia los colegas que los han recopilado, nada sustituye el contacto directo. Debo constatar mi agradecimiento en este ámbito a Carmen Tagüeña, expresidenta del Ateneo Español, en representación del que también debo a otros muchos. Tampoco puedo olvidar la presencia de uno de los últimos testigos, si no el último, de los días finales de la guerra, Don Fernando Rodríguez Miaja, pariente y ayudante del general Miaja, que también ha dejado constancia de sus recuerdos y que, ya centenario, se molestó en acudir al Colegio de México.

Como me quedé algunos días más en Ciudad de México no pude destinar mucho tiempo a la lectura de la prensa digital española en los días que precedieron a las elecciones del domingo. Sin embargo, no han faltado almas bondadosas que me han enviado referencias a algunas de las estupideces que han aparecido en las últimas semanas sobre las “tropelías”, “desaguisados”, “broncas” y “asesinatos” efectuadas por las “malvadas izquierdas” hace ahora 83 años. Lo que son las cosas. No he visto que también acogieran en sus páginas o en sus imágenes en youtube las informaciones hoy disponibles sobre los esfuerzos de las “sufridas derechas” por denunciarlos y exagerarlos en sus medios de comunicación de la época como consecuencia lógica de su necesidad de crispar el entorno social y político mientras avanzaba con pasos de gigante la conspiración civil y  militar apoyada operativamente por uno de los adelantados de la época. Hoy apenas lo citan. Se llamaba Benito Mussolini. Las “fake news” no son un invento del presidente Trump ni de los nacionalpopulistas de nuestros días. ¿Quién dijo aquéllo que cuando la historia se repite por segunda vez suele hacerlo como farsa?

Que los dioses perdonen a los que no saben de qué hablan

21 mayo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Cuando se publique este post estaré (con permiso de los controladores aéreos franceses) en México donde se celebra una conferencia sobre la internacionalización de la guerra civil. La han organizado el Colegio de México, una de las más prestigiosas instituciones de investigación y enseñanza en toda América Latina, con la Cátedra México-España y la Cátedra Humboldt . Asistimos historiadores procedentes de Alemania, Argentina, España y, obviamente, del país anfitrión. Será una ocasión de presentar los resultados de nuevos trabajos, intercambiar opiniones y recalcar el carácter casi universal del conflicto español, cuando la hora española coincidió con la hora del mundo. En la semana de esta conferencia la campaña para las elecciones habrá sobrepasado la velocidad de crucero. Es mucho lo que está en juego para el futuro. También, paradógicamente, para el pasado.

 

Los amables lectores se quedarán, sin duda, un tanto sorprendidos ante esta afirmación, pero es fácilmente explicable. Entre los futuros ocupantes de un escaño en el Parlamento durante la próxima legislatura hay alguno que ha exhibido con tal desparpajo sus conocimientos de historia de España que cabe echarse a temblar. Elevo mis preces al Olimpo para que no ocupe ningún puesto en la comisión de Cultura, Enseñanza o similar.

Entre las afirmaciones que recogió la prensa en su momento se encuentran ciertas perlas que conviene destacar, porque cuesta creer que el periódico que las publicó las haya tergiversado. A veces esto ocurre sin mala intención. En otras ocasiones, con muy abundantes dosis de la misma. Pero servidor se inclina por la primera tesis.

Un curioso periodista le preguntó por Franco (no se trata aquí de sacar los colores a nadie ni mucho menos al que hizo los comentarios que el medio reprodujo). Sin embargo, la respuesta merece esculpirse en letras de oro:

Me parece arriesgado hablar de Franco ahora. Quien lo pregunta o lo intenta sacar como bandera de algún partido actual (…) apunta al enfrentamiento. Si debatimos de Historia, Franco era republicano y se alzó contra un régimen comunista que también se instauró con un golpe de Estado, no era nada pacífica la II República

En poco más de tres líneas, tres burradas de varias toneladas de peso. La primera que el partido que mencione a Franco (¿en la propaganda electoral?, ¿de manera sistemática?, ¿de vez en cuándo?) busque el enfrentamiento (¿con quién?, ¿cómo?, ¿a lo bestia?, ¿con suavidad?, ¿insidiosamente?). Si fuera con un propósito dialéctico, lo normal en una campaña electoral, lo hace o hacen ¿con males artes?, ¿engañando al pueblo soberano?. La respuesta muestra que quien la expuso no está muy al día: solo hubiera tenido que ojear la prensa internacional y podría haber leído numerosas referencias a Alternative für Deutschland o a los neofascistas italianos. Detrás de ellos se agitan las sombras de dos de los mejores amiguetes del dictador español: Hitler y Mussolini.

Aprovechando que es gerundio, el turno de respuestas pasó seguidamente a la Historia (con mayúscula). En este terreno, y expresado con toda rotundidad,  Franco se nos aparece como republicano. La prensa española en su gran mayoría debería haber recogido dicho descubrimiento bajo enormes titulares. ¡No es para menos! Tampoco me suena que los historiadores se hayan reconciliado, después de ochenta años, con tan absurda tesis, pero (chí lo sà?), sin duda alguien dispuesto a ocupar un escaño en el Congreso puede estar más enterado. Reconoce, menos mal, que Franco “se alzó”, pero ¿contra quién? Es un tema del que no puede decirse que no haya capturado la atención de los historiadores. Pero siempre existe la posibilidad de que alguien tal vez disponga de información confidencial que ninguno hemos utilizado (los lectores ya saben que siguen sin conocerse muchos de los papeles de Franco y Mola).

Pero esto equivaldría a hilar fino. La “verdad” que encierra la respuesta no demuestra que quien la dio haya descubierto algo que tampoco creo que suscite la admiración general: Franco lo hizo CONTRA UN REGIMEN COMUNISTA. Descubrimiento que, de poder probarlo, debería llevar a quien lo afirma a las más elevadas cotas de prestigio entre la grey de historiadores. Ya no es algo que se oiga (o lea) todos los días, aunque varios políticos incluso de más elevado lustre lo han suscitado en la reciente campaña electoral. Pero es de recordar que no se trata de algo que haya sido demostrado en los últimos 83 años.

Me deja perplejísimo la tercera burrada. ¿Se refiere a la República en 1931? ¿o en 1936? En ambas fechas tuvieron lugar elecciones. En el primer año se autoapartó una Monarquía desgastada y desprestigiada al máximo. En el segundo, ¿fueron las elecciones de febrero de 1936 un golpe de Estado? Me temo que, de ser así, el futuro astro del Congreso no pasó de leer la propaganda de los auténticos golpistas que esparcieron a diestro y siniestro antes de y tras tales elecciones y que todavía rememoran algunos autores.

Afortunadamente el preguntón periodista reaccionó, quizá un tanto sorprendido, con una objeción de sentido común:  “nadie ha dicho que la II República no tuviese episodios violentos. Pero era un régimen democrático”. No conozco a un ningún historiador que haya afirmado que durante los años republicanos no hubo violencia. El debate se centra en torno a sus causas, sus causantes, sus manifestaciones, su intensidad, etc. ¿Y cuál fue la respuesta? Simplemente que

“no debemos detenernos a juzgar la historia cuando tenemos temas importantes de lo que ocuparnos”.

Es decir, la historia para el gato. ¡LO QUE IMPORTA ES QUE HAY QUE CONQUISTAR EL PORVENIR!. Imagínen los lectores dicha expresión en boca de políticos franceses, belgas, holandeses, alemanes, italianos, luxemburgueses, daneses, noruegos, etc. enfrentados con las inmensas tareas de la reconstrucción de sus economías y sociedades en 1946. Pero esto se  explica acto seguido:

“Hace 80 años existieron otros motivos, mejores y peores. El franquismo tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas”.

¡Caramba! Hace ahora 80 años que terminó una guerra civil, su bueb no la campaña, pero ¿qué es una guerra civil? ¿Algo que ocurre todos los días?  Al menos la respuesta permite conocer que quien la dio conoce que hubo algo llamado franquismo, pero eso sí, con cosas buenas. ¿Cuáles? El periodista se queda atónito y lo pregunta. La respuesta es de antología:

“Frenó un régimen comunista

Imagine de nuevo el lector: parecida insinuación estuvo en la boca y en la propaganda de los todavía por algunos venerados líderes fascistas. Quienes, por supuesto, hicieron además otras cosas como construir autopistas, drenar arrozales, dar empleo a los desocupados, incluso arrebatar por la fuerza las riquezas de los países que invadieron, precipitar al mundo a una catástrofe total y hundir en la más absoluta miseria a sus países y amados súbditos. Sin olvidar otras fechorías muchas peores, que ya se conmemoran -dolorosamente- todos los años en el mes de enero.

Pero, en el caso español,  ¿dónde estaba ese régimen comunista? Había uno, ciertamente, en la URSS pero que existiese o amenazara con existir en la piel de toro es una construcción puramente ideológica, y bastante grotesca, que se remonta a los mitos de la derecha más arriscada. Surgió a principios de los años veinte del pasado siglo y la mantuvo el franquismo a troche y moche. No en vano tenía que autolegitimarse. ¿Será franquista quien ofrece tan absurda respuesta? Alguno hay, con ganas de llegar a un Parlamente y de quien se dice que es un gran admirador de José Primo de Rivera y Ernesto Giménez-Caballero, para él posiblemente adalides de la cultura política española.

Una persona como la que va a representar la soberanía popular ignora que el tipo de estupideces que enunció tiene un trasfondo complejo e interesante. La SMIC, por la pluma de los señores obispos en su Carta Colectiva, las elevó a las más altas cimas del pensamiento histórico. Dieron carta de naturaleza teológica a lo que algunos clérigos descerebrados habían escrito en las páginas de Acción Española que, por fortuna y gracias a los desvelos de la Biblioteca Nacional,  es hoy consultable en línea en su hemeroteca digital. Sirvieron de trino seductor al “centinela de Occidente” tras batir al “comunismo” con las armas. Al menos es lo que se dijo, a la mayor gloria de la civilización cristiana y occidental. De tal suerte que, por la portezuela abierta por norteamericanos y nazis reconvertidos en demócratas, lo acogieron -hasta cierto punto- en su seno.

Obsérvese la cualidad especial de alguien que va a entrar en las Cortes. Otros hubieran dicho -también con supuesta autoridad- que Franco puso a España entre las primeras potencias del mundo, que alumbró con su preclara inteligencia el “milagro económico” de los años sesenta, que contribuyó a sentar las bases para la ulterior transformación del sistema político y más blablá. Todas son afirmaciones discutibles (cuando no falsas) pero las respuestas reproducidas anteriores posiblemente repitan la recepción de las enseñanzas recibidas de alguna escuela, sin duda muy cara pero también muy eficaz en cuanto a  técnicas de endoctrinamiento.

Es difícil que quien ha dado muestras de poseer tal bagaje histórico esté en condiciones de pronunciarse con autoridad sobre temas conexos infinitamente más controvertidos. Pero, ¡oh, dioses del Olimpo!, perdonadle de antemano porque no esté a la altura de lo que demandan  tiempos que ni son simples ni sencillos.

Lo que, como historiador, desearía del futuro Gobierno para todos los españoles

14 mayo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Escribo este post el 9 de mayo (día de Europa) tras leer en EL PAIS unos excelentes artículos sobre la situación y perspectivas de la Unión Europea. También sobre los deseos del actual Gobierno en funciones de desempeñar un papel más activo en la misma. Esto me trae a la memoria la sempiterna cuestión de la imbricación de los vectores foráneos, principalmente europeos, en la configuración de la guerra civil. Precisamente sobre esta temática va a tener lugar la semana próxima, allende el Atlántico, un importante coloquio en el Distrito Federal que está organizado por el Colegio de México. Varios historiadores españoles participaremos en él y es más que probable que las exposiciones y discusiones me den materia con la que enriquecer este blog en sucesivos posts.

 

Dicha imbricación, intensa, profunda, permanente y consistente, ha sido siempre tratada de una  forma extremadamente sesgada por la historiografía franquista. Dejando la literatura de combate generada durante la dictadura, la orientación general no ha variado mucho: a) los malvados bolcheviques conspiraron para incorporar a la España frentepopulista a sus pavorosos planes de revolución mundial; b) las fuerzas vivas de la España nacional no tuvieron más remedio que oponerse enfrentándose a una superioridad inmensa de medios y hombres movilizados por la Internacional Comunista; c) hubo ayuda de potencias tales como Alemania e Italia, pero apenas si para compensar la ayuda que recibían los “rojos” y que actuaron por su lógico temor al comunismo.

En mi reciente libro ¿Quién quiso la guerra civil? he disfrutado poniendo en su sitio la realidad de los hechos en cuanto a la primera afirmación. He reproducido, aviso a navegantes, el ukase de SEJE al coronel director del excelso Servicio Histórico Militar: era absolutamente preciso “aclarar que el movimiento nacional (sic) no tenía ninguna clase de concomitancias con el extranjero”.

Añadí de mi cosecha una expresión castiza: “¡vaya tupé!”. Franco sentó la norma a que debía atenerse el SHM a partir de 1944, cuando pronunció su ukase. No es necesario subrayar que en su dictadura fascistizada Franco se dirigió a un jefe que ya se había apresurado a señalar que el SHM estaba dispuesto a ofrecer la interpretación más conveniente

“a los altos intereses de la Nación y del Nuevo Estado, a cuya exaltación y apología se esfuerza en servir con la mayor lealtad y devoción”.

Palabras no mías, sino del coronel Nicolás Benavides Moro y que subsistían en las últimas entregas -patéticas- del mismo SHM cuando ofreció su versión final, abreviada para su consumo masivo, de la “guerra de liberación” en los años sesenta. Después,  aquel gigante de la seudohistoria que fue Ricardo de la Cierva (qepd) tomó la batuta para que aprendieran los historiadores “antiespañoles” y reforzar a los que ya veían la luz, como un conocido hispanista norteamericano.

Sentado lo que antecede, me permito traer ahora a colación algo que he leído recientemente en una hoja de servicios que mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas ha tenido la amabilidad de enviarme. Se trata de la que corresponde a un distinguido, pero un tanto olvidado, jefe de Aviación que prestó un inmenso servicio a Franco en un momento, digamos, delicado. Estuvo al frente, con otro compañero, de la exploración realizada por un grupo de juzgados (sic) en la base aérea de San Javier de la documentación caída en manos de los vencedores.

Entre los meses de junio a octubre de 1939 tales hércules de la devoción habían examinado la friolera de unos dos millones y medio (sic) de documentos “rojos”, expedido unos cinco mil informes sacados de los archivos de unas cuarenta mil fichas y de cerca de un millar de los consejos de guerra celebrados. Es decir, literalmente los vencedores apenas si habían podido descansar tras los hercúleos esfuerzos desarrollados en la contienda. Había que poner orden  en las masas de documentación conquistadas y en la correspondiente represión tras el fin de las hostilidades.

Cabe suponer que mucha de esta documentación habrá desaparecido. En parte porque no tuviese demasiado interés histórico y sí meramente operativo y, por tanto, circunscrito. Luego, porque con el paso del tiempo tal vez se hicieran talas para ganaar espacio (sin olvidar las que pudieron producirse, por otros motivos, ante y en la Transición). El historiador, sin embargo, puede establecer la hipótesis de que mucha de esa documentación quizá se haya conservado.

Y aquí viene mi deseo respecto al futuro Gobierno, no por cuenta propia sino por la de los ciudadanos españoles (e interesados extranjeros). Al cerrar la revisión de mi libro, ya citado, en los primeros días de febrero del corriente año informé a los lectores que había llegado a mi conocimiento poco antes una nota firmada por la Señora Ministra de Defensa, hoy en funciones. En ella ordenaba la apertura de gran parte de la documentación acumulada en el sistema archivístico de la Defensa hasta 1968. Esta fecha no es, obviamente, debida al azar. Es cuando se aprobó y promulgó la Ley de Secretos Oficiales, que con algunas modificaciones introducidas diez años sigue estando vigente.

Pues bien, con independencia de los cambios que se efectúen en la composición del actual Gobierno en funciones -y que afectarán a algunas o muchas carteras- lo que a mí me gustaría, en tanto que historiador, pero no para mí sino para todos, son algunas medidas con las que probablemente no sería necesario recargar la desbordada atención del futuro Consejo de Ministros. A saber,

  1. Dar a la publicidad el anejo a la nota citada. Es decir, posibilitar que el público soberano, que ha ejercido con responsabilidad su derecho de elegir al futuro abanico de partidos políticos representados en las futuras Cortes, sepa a qué atenerse en cuanto a las nuevas posibilidades abiertas por la Señora Ministra, todavía en funciones.
  2. Explicitar las limitaciones que contenga el anejo y las razones que hubieran inducido a excluirlas del acceso, en el bien entendido que la mayoría de los países occidentales que tuvieron algo que ver con la guerra civil, por acción u omisión, tienen ya abiertos sus propios archivos hasta más allá de 1968.
  3. Informar de los propósitos oficiales cómo llevar a buen puerto las largas e infructuosas negociaciones desarrolladas en los últimos años para superar las limitaciones impuestas por la actual Ley de Secretos Oficiales y presentar al Parlamento un nuevo proyecto que nos ponga a tono con la mayor parte de los países El próximo contexto político invita a ello.

Es, ciertamente, una utopía pensar que en una futura oferta pública de empleo pueda hacerse un hueco para aumentar los efectivos de archiveros y demás personal técnico y auxiliar. Son necesarios para asumir la tarea de afrontar la previsible mayor demanda de información del pueblo soberano. La experiencia en la materia no es como para despertar grandes ambiciones. Pero no conviene dejarla de lado. Los historiadores reconocemos el trabajo abnegado de ese personal que cuida del patrimonio documental y somos conscientes de que, en último término, dependemos de él.

Una forma de facilitar la tarea podría consistir en autorizar que los usuarios puedan fotografiar o escanear la documentación por sí mismos. Esto es ya una realidad en la mayor parte de los archivos públicos de la UE en los que he trabajado.

En este sentido, los procedimientos de trabajo que en algunos se utilizan, como por ejemplo los Archivos Nacionales británicos, son tales que, sin grandes esfuerzos, es posible hacer en un día no menos de ochocientas a mil fotografías. Quizá no sea dable llegar a tan idílica situación de una tacada, pero sí es un objetivo por el que merece la pena bregar.

No olvidemos que un país que se respeta a sí mismo es un país que cuida su patrimonio documental, es decir, el reflejo de su historia, y que ese respeto se muestra con actos y no con ululantes alaridos como los que con tanta fuerza y vigor se han emitido en algunos sectores durante la  contienda electoral. ¡Ah! y si los servicios de investigación del Estado pudieran avanzar un pelín en la determinación de dónde se encuentran los papeles de Franco y de Mola, miel sobre hojuelas. El Señor Presidente del Gobierno tendría la seguridad de que las próximas generaciones se lo agradecerían enormemente.

(Sobre los temas de memoria histórica la argumentación tendría que ser otra. Por el momento, me doy con un canto en los dientes si se lleva a cabo la exhumación de los restos mortales de SEJE. Algo, en mi opinión, necesario aunque no suficiente).