Exploraciones en archivos (V)

7 abril, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

A pesar de lo que cuentan muchos historiadores, generalmente de derechas, sobre los resultados benéficos de la dictadura (perdón, “el régimen”) de Franco cualquiera que sea el ámbito de su historia en el que servidor se haya movido mis resultados, basados en EPRE pura y dura, son diferentes. No es una postura apriorística.  En un libro titulado SOBORNOS encontré evidencia en principio creíble para alabarle por su sangre fría cuando mucha gente en torno suyo perdía la cabeza ante el temor de una posible intervención aliada. No la suprimí. Incluso la realcé. Desde luego es la única nota positiva que he encontrado. Ahora, en estas exploraciones, deseo aludir al ejemplo paradigmático, repetido  con singular tenacidad, de que Su Excelencia el Jefe del Estado fue el gran muñidor del “milagro económico” español de los años sesenta. Esta es una falacia que solo creen los crédulos, los convencidos y los impermeables al razonamiento empírico. Y no es por falta de testimonios ni de papeles.

 

Siempre estaré agradecido al profesor Rafael Martínez Cortiña por haberme deparado la posibilidad de entrar en los archivos del franquismo en fecha tan temprana como 1976/77 para coordinar el libro Política comercial en España, 1931-1975. Ya he hecho referencia a él, cuando descubrí la cláusula secreta de activación de las bases norteamericanas en España y todo lo que había detrás. Sin embargo, desde el punto de vista de la desmitificación de SEJE el capítulo más importante me parece que fue el estudio de la larga gestación del giro copernicano que su dictadura dio en 1959 con el plan de liberalización y estabilización de la economía. Sin ella no se habría producido como se produjo el “milagro económico”. Que algo similar, pero quizá en peores condiciones, se hubiera hecho más tarde es algo para mi bastante incontrovertible. Podemos estar absolutamente seguros de una cosa: Franco nunca tuvo ganas de perecer con su régimen.

La idea de que a Franco le forzaron algunos de sus ministros, en particular los del Opus Dei, es algo que, con las debidas cautelas, ya se dijo en la época. El ministro de Hacienda Mariano Navarro Rubio lo explicó, como se debía, en algunos de sus escritos. Por supuesto, inclinándose ante el patriotismo, la sagacidad, la visión y la grandeza de miras del Caudillo. En realidad, no fue así. A Franco hubo que confrontarlo con la dura realidad y arrancarle el nihil obstat con el mismo tipo de grandes tenazas que probablemente se usen para extraer los dientes podridos de los hipopótamos. Mientras fuera de las fronteras españolas media docena de países vecinos empezaban a echar a andar por un sendero común de liberalización de los intercambios y de creación de un futuro mercado entre ellos, la dictadura seguía aferrada con uñas,dientes, alicates, harpones de titanio y demás instrumentos  a una estrategia radicalmente opuesta.  Y ello, a pesar de que todos los intentos por suavizar el estrechísimo corsé que atenazaba la economía española, y que se remontaban a los primeros años cincuenta, habían fracasado. Sin paliativos mientras, eso sí, muchos con los adecuados enchufes se ponían las botas.

Mi tarea, al abordar la investigación en fuentes primarias en los archivos de Exteriores, Banco de España, Hacienda, IEME y Comercio, estribó en documentar cómo fue gestándose el cambio de estrategia. Tuve la suerte de contar con la orientación de algunos protagonistas de aquella empresa. Por ejemplo, los profesores Enrique Fuentes Quintana, Manuel Varela Parache y Fabián Estapé. Hubo muchos más, pero quienes me proporcionaron informaciones más valiosas fueron los tres mencionados. A ellos recurrí cuándo ya tenía un borrador. Las memorias son frágiles (lo he dicho ya) y los papeles quedan. Uno puede equivocarse en la interpretación de uno, dos, cuatro o veinte. Es más difícil equivocarse cuando se manejan, digamos, quinientos u ochocientos y de lo que se trata es de reconstruir una línea de actuación política. Esto lo aprendí a la hora de escribir mi tesis doctoral y lo he vuelto a poner en práctica a la hora de escribir mi próximo libro.

Una de las razones que siempre se adujeron para el cambio de política en 1959 fue que la posición de divisas de España era insostenible. Mucha gente de mi edad recordará, quizá, que cuando por la prensa, la radio o la incipiente televisión se daba cuenta de los acuerdos del Consejo de Ministros de los viernes había casi siempre una referencia al ministro de Comercio, el profesor Alberto Ullastres, miembro eminente del Opus Dei, de que había informado sobre dicha posición. Las “noticias” se abstenían cuidadosamente de cualquier calificativo. Ullastres era, en aquel Gobierno, uno de los pocos ministros que daba una imagen diferente a todos los demás.  Hasta parecía moderno.

Para mí conocer cuál había sido la secretísima posición de divisas de verdad se convirtió en una obsesión. Evidentemente se habían hecho reconstrucciones estadísticas pero nadie había dado con la EPRE de la época. Al escribir cómo la encontré me temo que algunos de los lectores de estas “aventuras en archivos” no se lo creerán. Pero fue como lo cuento. Lo hice en dos etapas. La primera fue consultar los documentos del IEME que se encontraban en el Banco de España. Ningún historiador o economista de fuera de la casa, que yo sepa, los había visto hasta entonces. Dieron mucha luz porque el IEME redactaba una memoria anual supersecreta que conocían muy pocas personas fuera del círculo que la preparaba y, naturalmente, de la Superioridad. Pero carecían de “chicha”, es decir, esos vericuetos previos que encandilan a los historiadores que desean saber algo más sobre el policy-making previo.

El IEME dependía del Ministerio de Comercio en aquella época, así que pasé algún tiempo preguntando a unos y a otros si recordaban dónde se encontrarían papeles que no estuvieran en el Banco de España. Al final, quien era entonces  (o lo había sido) vicesecretario general técnico, un compañero técnico comercial del Estado llamado Ramón Boixareu (por cierto fallecido no hace muchos años, DEP), recordó que había dado órdenes de quemar papeles que había en un almacén sito en la calle de Bravo Murillo en Madrid. Con el fin de hacer espacio.

Naturalmente me apresuré a ir al almacén donde un inmenso volumen de documentación, sin orden ni concierto, se acumulaba en estanterías y se prolongaba en decenas de extensos montones en el suelo. Ver aquello era desolador.  Nunca me he sentido tan desamparado como en aquella ocasión. ¿Qué hacer? Algunos elevarían sus preces al Señor. Otros se darían la vuelta. Yo probé a intentar suerte. ¿No es cierto que a los que se atreven les sonríe la fortuna, según escribió Virgilio? Dediqué quince días a husmear por aquí y por allá y, al menos en lo que mi respecta, se cumplió lo predicho por el escritor latino. En un montoncito, separado de muchos otros, hallé una parte de los documentos que, evidentemente, habían servido para preparar las memorias anuales del IEME. También vi, en algunas estanterías, las órdenes de pagos en divisas por operaciones de diversos tipo de comercio durante la guerra civil. Ojeé unas cuantas y me retiré espantado. Entonces no había programas de ordenador para tratar de clasificar o categorizar aquella masa de papel.

Con lo que pude rescatar en el almacén y la documentación de alto nivel del IEME reconstruí, bien que mal, la evolución de la posición de divisas de la dictadura desde los años de después de la guerra civil hasta, prácticamente, la llegada del plan de estabilización y liberalización. Invertí en ello varios meses. Era obvio que en 1958 la situación de divisas era tal que resultaba absolutamente imposible mantener la vía de introversión económica. O se abría la economía o llegaría el colapso ante la imposibilidad de importar productos para la industria, el comercio e, incluso, para comer. Esto se había insinuado antes. Se afirmó después. Lo articularon economistas competentes pero una cosa era leer a autores prestigiados y otra muy diferente ver los datos brutos, que nadie del público había conocido y que se habían tratado, no era de extrañar, como un auténtico secreto de Estado.

En el próximo post daré algunos datos y contaré otras anécdotas. Seguro que algunos pensarán que exagero. En absoluto. Si mis informaciones no son incorrectas, el almacén de Bravo Murillo se vació y al menos una parte de sus montañas de papel emigró hacia el archivo histórico del Banco de España. No lo he verificado. Pero también es posible que su destino fuese la incineradora. Cosas más raras se han visto.

Exploraciones en archivos (IV)

31 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Recuerdo que un amigo y colega a quien respeto me dijo que le interesan mucho estos posts sobre archivos. Había pensado terminar en el de la semana pasada, pero como me fío de él, continúo. Acenturaré mi propósito didáctico. Toda experiencia personal es irrepetible, pero siempre tiene algo susceptible de ser transferido. Decía Ortega y Gasset (pertenezco a una generación en la que todo aquel que se preciara de intelectual o similar debía citarle) que uno es uno y su circunstancia. Lo cierto es que las circunstancias moldean con sus influjos la interacción entre el yo y ellos. Los profesores solemos tratar de transmitir a nuestros alumnos lo que sabemos y a veces también lo que pensamos. Así que sistematizaré lo que he ido extrayendo de mis exploraciones de archivos.

 

Creo firmemente que, aparte las dotes intelectuales que tenga el historiador, conviene que posea tres características para mi fundamentales: curiosidad (porque si no, no se planteará preguntas), tenacidad (porque la investigación en archivos es con frecuencia desalentadora) y suerte. Sin querer darme el menor autobombo (a mi edad ya no lo necesito) me parece que son características que he aprovechado bien. Daré algunos ejemplos.

El “oro de Moscú” ha sido uno de los temas que más me han interesado, quizá como respuesta a una Administración que viví en su transición de la dictadura a un régimen más abierto. Con mi primer libro secuestrado más de medio año y el trabajo ulterior en archivos siempre me planteé que la cuestión debía abordarse no en sus términos estrictos sino en el más amplio de la estrategia de la República para sobrevivir en una guerra que le había sido impuesta por un sector sublevado del Ejército y el apoyo que se creyó inmediato de las potencias fascistas. Mi primer libro demostró que no era el caso de la Alemania nazi. El último por ahora que si lo fue por la Italia fascista.

Tan pronto terminé de escribir AL SERVICIO DE EUROPA, mis recuerdos de lo que había visto y hecho en la Comisión Europea desde los tiempos de esplendor de Jacques Delors hasta la post-crisis derivada de la dimisión de Jacques Santer y su equipo, volví al “oro”. Las circunstancias habían cambiado. El colapso de la URSS (cuyas consecuencias viví desde Naciones Unidas) y la apertura de los archivos soviéticos habían abierto una multitud de oportunidades. Me es muy grato recordar a dos colegas (Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo) que fueron los primeros historiadores españoles en aprovecharlas y que reflejaron en su seminal obra QUERIDOS CAMARADAS.

Al seguir su camino partí de otras coordenadas. Desde antes de ir a Nueva York a finales de 1991 había estado en contacto con el Dr. Juan Negrín Jr, el hijo mayor de quien fue ministro de Hacienda y presidente del Gobierno y ministro de Defensa Nacional durante la guerra civil. Durante años estuve dándole la lata, sin éxito, para que me dejara ver los archivos de su padre. (En realidad, si pedí mi traslado a Naciones Unidas frente a otros puestos posibles fue por estar cerca de él, ya que vivía en el East End tres o cuatro calles más arriba de donde se encuentra la residencia del embajador de hoy la Unión Europea). Al final él se trasladó a Niza y yo no tuve más remedio que ir a Nueva York. En cuanto volvimos a Bruselas, regresé a las andadas. Fui a verle, pero tampoco logré convencerle. Así que no me quedó más remedio que hacia 2003 tentar mi suerte en Moscú.

Fue un viaje que preparé concienzudamente. En mi primera visita me encontré los archivos militares, los de Economía, los de la Historia Política y Social abiertos sin grandes problemas a los investigadores, pero difícilmente accesibles los del Ministerio de Asuntos Exteriores. Un día, hablando con colegas rusos sobre el tema, para mí fundamental, mencioné de pasada que conocía personalmente al ministro (sigue siéndolo en la actualidad). Era absolutamente cierto. Nos habíamos encontrado muchas veces en y fuera de Naciones Unidas. Un historiador ruso me animó a que le escribiera. Lo hice pidiéndole autorización para acceder a los archivos y, meses más tarde, graciosamente me la concedió. Así que regresé a Moscú.

En el interín había fallecido Juan Negrin Jr. Sus papeles los recogió (felizmente para todos los historiadores) su sobrina Carmen Negrín, quien vivía (y sigue viviendo) en París. Me presenté a ella (hora y media de AVE) y también graciosamente me autorizó a ver los papeles por los que había suspirado durante tantos años. Iba a verlos los sábados y regresaba a Bruselas por la noche. Así durante meses.

Yo estaba en la gloria porque, poco a poco, iba reuniendo papeles de diversas procedencias: republicanos públicos y privados, franquistas públicos y no tan públicos, soviéticos, franceses, británicos, alemanes, es decir, los de los países que de manera más o menos directa habían definido el marco internacional en el que se desarrolló la guerra civil. Fue el ambiente en el que me sumergí durante años y que revivía cada vez que me ponía a interpretar el entramado relacional dentro del cual la República movilizó el “oro de Moscú”. Naturalmente hablé con muchas otras personas, por ejemplo, algú que otro excomunista francés que conocía algo de la operación.

En este post, sin embargo, me concentraré solo en un episodio. Un sábado, faltando a mi regla habitual, había quedado con Carmen Negrín en verla por la tarde. Ese día me fui a dar un paseo por el Barrio Latino. (Mis viajes se justificaban por los papeles, no por turismo de ningún tipo). Me encontré con un viejo amigo, el profesor Alfredo Tovías, a la sazón catedrático de Economía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Nos fuimos a almorzar y, naturalmente, él, curioso, me preguntó qué diablos hacía en París. Le conté la historia y mis preocupaciones por encontrar claves que aclararan algo más de lo que había pasado con el oro. Aquella misma tarde, le dije, iba a ver a Carmen Negrín, que me había prometido ir a su banco en una de cuyas cajas fuertes guardaba cierta documentación que tal vez podría interesarme. ¿Por qué no se venía conmigo y la saludaba? Alfredo aceptó encantado.

Carmen nos recibió con su amabilidad habitual. Me dijo que había ido, en efecto, a buscar las carpetas prometidas y me las dejó. Mientras ella y Alfredo charlaban animadamente yo empecé a recorrer los papeles y, sensación ya conocida, empecé a sudar. Entre ellos había uno que nunca me había imaginado encontrar. Se trataba de una copia en carboncillo de la certificación expedida por el secretario del Consejo de Ministros del Gobierno de la República de un acuerdo tomado el 6 de octubre de 1936. Versaba sobre la autorización concedida al presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero, y al ministro de Hacienda, Juan Negrín, para que tomaran las medidas necesarias para poner en lugar seguro el depósito de oro que se encontraba en los polvorines de La Algameca (próximos a la base naval de Cartagena). Creo recordar, pero no estoy ya seguro, que también había el informe que el expresidente José Giral, íntimo de Azaña, redactó el 7 de octubre tras su visita de inspección a los polvorines.

El certificado daba un mentís a la vieja tradición franquista (hoy todavía vivita y coleando en internet y en los escritos de unos cuantos desaprensivos) de que Negrín poco menos que había arrebatado el oro con siniestros propósitos. También daba un mentís a otra vieja leyenda propalada por Indalecio Prieto en el exilio, cuando ya se había convertido en enemigo acérrimo de Negrín en uno de los capítulos más dolorosos de la historia del PSOE tras la guerra civil.

La autorización se hizo “en virtud de las amplias facultades que las Cortes han concedido al Gobierno” y daba cobertura a “cuantas medidas sean necesarias con el oro del Banco de España, sin limitación alguna, y aun cuando para ello hubiere que situarlo, total y parcialmente, fuera del territorio patrio para defender dicho oro de cualquiera contingencia que pudiera representar grave daño para los altos intereses de la Nación”. Más claro que el agua.

En condiciones de extrema anormalidad (una guerra civil provocada por la sublevación de una parte del Ejército, hoy sabemos que tras una larga conspiración lubrificada por el dinero monárquico y fascista y el compromiso previo de ayuda de Mussolini), los republicanos trataron de hacer de la necesidad virtud y procedieron, dentro de lo posible, por los cauces constitucionales. La operación de traslado del oro a la URSS desde Cartagena fue presenciada por representantes de los tres poderes públicos, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Aquel papelín cerraba el círculo de lo que, poco a poco, había ido descubriendo y sentó una sólida base para avanzar en lo que todavía no sabía ni había descubierto.

Lo dicho: curiosidad, tenacidad y suerte. ¿Qué hubiera pasado si Carmen Negrín no hubiera recordado que tenía unos papeles en la caja fuerte de su banco?  Como Carmen, generosamente, donó a la Fundación Juan Negrín toda la documentación de su abuelo es obvio que, tarde o temprano, alguien los hubiera descubierto, pero ese alguien fue servidor.

Por cierto, ¿cuándo decidirá la familia del general Francisco Franco hacer lo propio y donar los papeles de su inmarcesible antecesor al Estado español?

 

(Nota: los interesados en el tema podrán encontrar más detalles en mi libro LA SOLEDAD DE LA REPÚBLICA, felizmente reeditado en rústica hace un par de años)

Exploraciones en archivos (III)

24 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Sigo pensando que escribir de historia, en estos momentos en que la historia se hace ante nuestros atónicos ojos, es un mero pasatiempo intelectual. Sí, estos tiempos turbios pasarán. Pero las preocupaciones de millones de personas no están ligadas a la historia, ni al proceso histórico ni a nada parecido. Si continúo, por el momento, subiendo posts a este blog es porque, encerrado en casa y sin salir de ella desde hace más de una semana, para no aburrirme mortalmente estoy escribiendo sobre historia. Son jornadas agotadoras que, con los doce kilómetros que recorro diariamente en bicicleta estática, confío no me dejen caer en la desesperanza. Así que vuelvo a los archivos.

 

En mi caso puedo decir que la exploración en archivos decidió, de una vez por todas, no solo mi trayectoria como historiador sino mi propia actividad profesional desde, digamos, 1976. En este año el profesor Rafael Martínez Cortiña, catedrático de mi misma asignatura (lo que hoy se denomina Economía Aplicada), me hizo un encargo. El país hervía en la Transición. Yo iba a Valencia semanalmente (allí tenía la cátedra) y estaba acongojado por el destino que aguardaba a mi secuestrado trabajo sobre El oro español en la guerra civil. Se corrió el rumor (del que se hizo eco la prensa extranjera) de que lo iban a reducir a pulpa de papel. En aquel momento Rafael Martínez Cortiña era un altísimo cargo en el Banco Exterior de España (existían compatibilidades, que más tarde el primer Gobierno de Felipe González suprimió). Para festejar el cincuentenario de la entidad (creada en 1929) deseaba publicar un libro. No un libro lleno de arte sino un libro de historia sobre la política comercial exterior española de 1931 a 1975. Me quedé perplejo, pero reaccioné rápidamente. Lo aceptaría solo si se me concedía acceso a los archivos sin ninguna restricción y  se me permitía conjuntar a un grupo de especialistas. Embarcarse en solitario en un proyecto de tal envergadura me parecía imposible.

Estas y otras condiciones (también las económicas) se aceptaron sin rechistar y durante dos años y medio (mientras el país se embarcaba en la Transición) me sumergí en archivos: Presidencia del Gobierno, Exteriores, Banco de España, IEME (Instituto Español de Moneda Extranjera), Comercio y Hacienda. No exagero si afirmo, con orgullo nada reprimido, que fui el primer historiador español o extranjero que a ellos accedió. Eso sí, con un equipo auxiliar y varios coautores que se encargaron de aspectos en los que no me sentía seguro. Por ejemplo, Senén Florensa (hoy embajador) se ocupó de los años de la República en paz; Julio Viñuela, con un tratamiento analítico, del período tras 1959, los años de gloria de la dictadura; Fernando Eguidazu de la política de control del tipo de cambio a lo largo del tiempo  y Carlos Fernández Pulgar de una visión de conjunto de los años cincuenta. Todos, salvo el primero, técnicos comerciales y economistas del Estado. Abordaron todos aquellos aspectos en los que en general no se necesitaba EPRE. Cuando era necesaria se la proporcioné.  Me reservé el resto que no era poco porque tenía metida entre ceja y ceja la idea de que había que aprovechar la ocasión (siempre calva) para arramplar con todo tipo de documentación, escarmentado como estaba con mi experiencia previa y aplicando también dos de las lecciones que he expuesto en posts anteriores.  Como no podía fallar, el juego del azar hizo de las suyas.

Es un episodio que me marcó profundamente. Un día, manejando un grueso legajo lleno de papeles económicos y comerciales en el archivo de Exteriores, me topé con un microexpediente que no debía haber estado allí. Sin duda alguien lo había traspapelado. Lo que no puedo explicar es cómo pudo haber sido, porque los papeles eran lo que eran y el microexpediente solo decía algo así como convenio hispano-norteamericano. Ya no recuerdo si había una o dos páginas. Ciertamente, no más. Lo abrí y me quedé petrificado. Una copia en carbón reproducía la clausula secreta de activación de las bases norteamericanas en España. La leí y empecé a sudar copiosamente. Lo afirmo hoy, más de cuarenta años después, porque representó uno de los shocks más intensos que había recibido hasta entonces escarbando en archivos.

No dije ni pío, pero inmediatamente pasé a concentrar mi atención sobre no solo las relaciones económicas y comerciales con Estados Unidos, sino también las políticas y militares. Como tenía las manos libres para pedir lo que me pareciera oportuno, no consideré que estaba extralimitándome. Cuando, meses después, ya tenía redactado el relato correspondiente fui a ver a Rafael Martínez Cortiñas y se lo entregué. Le dije la verdad. Nadie, ni en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania o España había escrito, en base a EPRE, algo parecido. La literatura era abundante, pero con escasa documentación que no fuera la que estaba en el dominio público y los norteamericanos se habían guardado muy bien de exponer a sus conciudadanos lo que allí estaba encima de la mesa: el entramado de pactos secretos que subyacían a los públicos (firmados solemnemente en 1953). Si me había quedado de piedra, Rafael se quedó helado. No hubo la menor discusión sobre si convenía o no dar a luz todos aquellos entuertos del “Centinela de Occidente” por antonomasia. Todo lo que escribí se introdujo en el libro porque, al fin y al cabo, en una España de pena, con un nivel de vida que solo estaba a punto de superar el alcanzado en 1935 (que ya era bajo), la conexión con Estados Unidos fue absolutamente fundamental. No solo en el plano político y diplomático sino también en el militar (para lo que entonces ya se denominaba en ciertos círculos un “ejército de ocupación”), en el económico y comercial. Así se publicó en 1979.

También me di cuenta de que lo que había escrito, limitado en extensión, merecía un trabajo más detallado y profundo. Me sumergí en el tema y dos años después di a conocer Los pactos secretos de Franco con Estados Unidos. Bases, ayuda económica y recortes de soberanía. En esta ocasión la censura ya había desaparecido y mi interpretación, que no era demasiado complaciente con la dictadura, abrió un nuevo surco de investigación. Desde entonces he ido, a salto de mata, profundizando mis contactos con temas militares. En 1983 el ministro Fernando Morán, fallecido desgraciadamente hace pocos meses, me hizo el honor de llevarme consigo como asesor al Ministerio de Asuntos Exteriores, en cuyos archivos tanto tiempo había pasado. En el volumen que antes de su muerte se publicó en homenaje suyo he escrito sobre una parte de mi cometido que ni fue fácil ni tampoco agradable. Con dos diplomáticos amigos (Carlos Fernández Espeso y José Manuel Allendesalazar) tuve que lidiar con ciertos aspectos relaciondos con el tema OTAN. Los mayores del lugar recordarán, sin duda, como aquel tema escindió a la sociedad española. Aprendí una nueva lección a la que, desde entonces, me he atenido. Existen temas sobre los cuales es mejor no dejar papeles. No lo hice en aquel caso ni tampoco en algín otro a lo largo de la vida profesional que, como diplomático comunitario, después empecé. Que los dejen otros. Sé, muy bien, que como historiador escribo una herejía, pero antes que el deber para con la historia (que procuro cumplir como mejor puedo) está el deber con el propio sentido del honor. Sin él, no se es nada.

(continuará)

Exploraciones en archivos (II)

17 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Con la actual crisis del coronavirus y los efectos que está teniendo sobre la salud y la vida de nuestros conciudadanos y otros países europeos y no europeos (al fin y al cabo ha sido declarada una pandemia), me parece una banalidad escribir sobre archivo e incluso mantener este blog. El único impacto positivo para servidor es que me he encerrado en casa y apenas si salgo a dar dos paseos reglamentarios por la mañana y por la tarde. El resto del día lo paso trabajando y la verdad es que en la última semana he hecho muchos progresos. Ya voy por la mitad de mi próximo libro en una redacción todavía susceptible de numerosos cambios, aunque lo escrito está sólidamente afianzado en EPRE.

 

En este período he echado mano a mi experiencia del trabajo en archivos y las consecuencias procedimentales que de él he derivado. La primera es la importancia de acumular una base importante de EPRE. Para el futuro libro, ya la tengo aunque todavía me falta más, que no sé cuándo podré buscar dada la combinación de restricciones a los viajes y el cierre de archivos.

Tal fue la primera lección que aprendí en 1971, cuando me sumergí por primera vez en archivos en Bonn y otras ciudades alemanas. Conocía el estado de la cuestión existente en el tema que debía explorar (la financiación nazi de la guerra civil). Era muy endeble y con numerosas lagunas, fácilmente perceptibles para cualquier economista. El profesor Fuentes Quintana, entonces director del Instituto de Estudios Fiscales en Madrid, me allanó todas las dificultades administrativas y financieras. Aquí no interesan. Ello me permitió, un tanto a ciegas, hacerme con una base de varios miles de documentos.

La segunda lección que aprendí fue la importancia del azar. Cuando ya tenía prácticamente cerrado el borrador y mi secretaria lo estaba pasando en limpio a máquina (no había ordenadores y los cambios en él se hacían a mano por métodos tradicionales) me encontré un legajo, que no buscaba, sobre las actividades del entonces teniente de navío (si no recuerdo mal) Wilhelm Canaris en la España de los años veinte. Me quedé ojiplático, seguí la pista y tuve que rehacer prácticamente el enfoque hasta entonces aplicado. Me pregunto qué hubiera pasado de no haberme topado con el famoso legajo.

(Incidentalmente, dos o tres años después un periodista/historiador alemán muy reputado, Heinz Höhne, publicó una biografía de Canaris que incluía una parte del mismo material. Lógicamente lo hizo desde un punto de vista alemán, que no era el que yo había seguido, y dado que entonces la historia se escribía en departamentos estancos no se molestó en referirse a mi propio libro, aparecido antes, que probablemente no conoció).

Si bien este primer factor depende de la voluntad del investigador, el segundo no. Se encuentran cosas o no se encuentran. Si la red es grande y se extiende con amplitud hay más posibilidades de pescar más peces (EPRE) que si es pequeña y se lanza unos cuantos metros. El azar es algo que debe siempre tener en cuenta el investigador. Nunca cabe estar seguro de haber acotado toda la EPRE necesaria para abordar con éxito una cuestión. De aquí que afirmar que haya historia definitiva es una estupidez, particularmente en temas más o menos contemporáneos. Este obstáculo se salva, dicen, aplicando métodos propios de la historia cultural y de las mentalidades, en que suele hacerse uso de material primario que se encuentra en el dominio público: prensa, revistas, autobiografías e, incluso, novelística. Es una forma de querer aprehender el pasado. Hay otras.

¿Cuánta EPRE, pura y dura, no residirá en archivos todavía no abiertos o en material todavía no desclasificado?

La tercera lección que aprendí se refiere precisamente a la accesibilidad del material. En aquella época de principiante me codeaba, lógicamente, con otros investigadores. Por conversaciones y chismorreos me enteré de que las hojas de servicio de los miembros del partido nazi e incluso de las SS entonces accesibles no eran todas las que existían. Había en el Berlín de aquella época, todavía bajo la administración de las cuatro potencias, un archivo (Berlin Document Center) donde se guardaban las restantes. Estaba en el sector norteamericano en un recinto protegido por alambradas y debidamente protegido.  Era un archivo de acceso no prohibido, pero sí restringido. Los norteamericanos tenían que estar seguros de que los investigadores que solicitaran acceso perseguían fines legítimos, en general de naturaleza académica, aparte de las relacionadas con las pesquisas judiciales y otras.  Las autoridades alemanas no habían, se me dijo, solicitado su incorporación a los archivos federales que eran  de acceso totalmente libre. Al parecer, había ciertas reticencias a solicatorlo porque los fondos en cuestión ponían al descubierto el pasado nazi de muchas figuras públicas. Luego, naturalmente, esta objeción desapareció, pero en 1971-1972 tenía fuerza.

No recuerdo la situación legal exactamente y es posible que mi memoria me falle. Lo que sí recuerdo es que mis intentos de entrar en el BDC se toparon con la necesidad de aval por una autoridad superior, en mi caso el embajador. No había precedente de que un diplomático extranjero pidiese acceso a los fondos allí custodiados. Fuentes Quintana tuvo que movilizarse, en Madrid y de cara a Bonn, para que se solicitara oficialmente. Esto eliminó todos los problemas y me evitó recaer en muchos de los errores que circulaban en la historiografía. Quizá el más importante se refería a uno de los emisarios enviados por Franco en julio de 1936 a Berlín para ver cómo se podría llegar a Hitler. De lo que se trataba era de conseguir su apoyo a la petición hecha por vías más convencionales de recibir aviones de transporte para transportar sus tropas del Protectorado a la península.

Son tres lecciones, aprendidas por un principiante, que siempre he seguido cuando ha sido posible. Desde los años setenta del pasado siglo hasta la más rabiosa actualidad.

Tuve ocasión de empezar aplicarlas en la segunda investigación que me encargó Fuentes Quintana. Explorar el tema del “oro de Moscú”. Las seguí al pie de la letra. Lo primero que quise fue ver la documentación sobre el oro. Se encontraba en en un “expediente Negrín” que  había entregado uno de sus hijos tras el fallecimiento de este a las autoridades españolas a finales de 1956. La dictadura hizo del recibo de la documentación (solo citó una parte mínima que era, precisamente, el acta de apertura del depósito en Moscú en febrero de 1937) un timbre de gloria a su mayor engrandecimiento. En realidad, pocos habían visto el expediente completo fuera de un grupo muy restringido de altos funcionarios del Banco de España y de los Ministerios de Hacienda y Asuntos Exteriores.

Gracias a las gestiones de Fuentes Quintana, en el Banco me permitieron inmediatamente que explorase los archivos de las direcciones operativas, entonces todavía no incorporadas al Archivo Histórico. Del “expediente Negrín” nadie dijo una palabra. Así, pues, me limité a explorar todos aquellos en los que se me permitía hurgar. Y aquí intervino nuevamente el azar. Lo que exploré, en función de la primera lección de ampliar lo más posible la base de EPRE, fue algo de lo que no se tenía demasiada idea: la documentación que demostraba cómo el gobierno republicano había empezado a movilizar las reservas de oro en los días siguientes al golpe del 18 de julio para su venta al Banco de Francia a fin de obtener divisas. Divisas necesarias para adquirir armas y municiones allá dónde fuera. Pero ¡con el “oro de Francia” la dictadura no había levantado el pollo que con el “oro de Moscú”!. El primero se había confundido arteramente con el de la recuperación, después de la VICTORIA, de otro oro depositado en la sucursal del Banco de Francia en Mont-de-Marsan en 1931.

¿Consecuencia? Aclarado el tema del primer tramo de la venta de oro no me fue ya imposible, aunque sí difícil, convencer al Gobernador del Banco de España que me permitiera ver el “expediente Negrín”. Apliqué la primera lección que había aprendido en Bonn. Al terminar mis pesquisas a la satisfacción de Fuentes Quintana y de su sucesor en la dirección del Instituto de Estudios Fiscales, César Albiñana, ya había adquirido una modesta, pero dilatada, experiencia en casi una decena de archivos españoles y extranjeros. Me faltaba por aprender una cuarta lección: había gente a la que no gustaba que se escarbase en el pasado

(continuará)

Exploraciones en archivos (I)

10 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de más de tres meses subiendo posts a este blog relacionados de una manera u otra con Franco, pegándome a la EPRE para desfacer algunos entuertos, siento la necesidad de cambiar de registro. Desde que tuvimos la desgracia de que se nos muriera en un accidente dramático nuestro terrier galés, no he cesado de ausentarme de Bélgica tanto como ha sido posible. ¿En qué emplear los viajes? La respuesta se imponía por sí misma: en buscar nueva documentación primaria.. La idea la reforzó un congresito que se celebró en Madrid a finales del pasado mes de noviembre en el que el organizador, el profesor Javier Cervera Gil, me invitó a disertar sobre la aportación que pueden hacer los archivos extranjeros al conocimiento de la reciente historia de España.

 

Naturalmente, la respuesta es múltiple y su extensión e intensidad dependen de las épocas. España nunca ha estado aislada. Ni siquiera en la edad media. Tampoco en la época más lejana, aunque en estos casos la naturaleza de las evidencias que reposan en archivos (o en sitios arqueológicos) es muy diferente de la que puede encontrarse para tiempos más recientes. No hay que recordar la importancia del material, español y no español, conservado en los archivos de Indias o de Simancas. Uno de mis héroes favoritos, el embajador Pablo de Azcárate, que fue el representante republicano en Londres y después consejero aúlico de Negrín en la misma ciudad durante el exilio, invirtió mucho de su tiempo en rescatar documentos británicos sobre la “Peninsular War”, es decir, la guerra de la independencia contra Napoleón. Hoy forman parte del acervo primario que cualquier historiador puede utilizar.

Por azares y afición quien esto escribe se concentró desde el primer momento en un período histórico muy definido: los antecedentes de la guerra civil, la contienda misma y los años de retracción de la dictadura hasta el entorno del plan de liberalización y estabilización de 1959. Luego avancé algo más hasta cubrir la totalidad de la misma y alguna de sus derivaciones, como por ejemplo las relaciones hispano-norteamericanas hasta que se logró plasmar una relación que satisfacía los deseos de ambas partes en los años ochenta del pasado siglo.

Pasar por la criba de los archivos casi sesenta años de historia española, lo que para mi es en realidad nuestra historia contemporánea, constituye una tarea ímproba. Cualquier historiador más o menos decente puede escribir un relato que los cubra, pero a riesgo de no descubrir nada nuevo. Bien o mal, el período está muy trillado y escribir libros sobre la base de libros es una tentación a la que pocos se sustraen. Sin embargo, la única forma de penetrar en un pasado tumultuoso, rico en vetas y matices, complejo y controvertido, y sacar a la luz aspectos desconocidos o mal interpretados del mismo, estriba en entrar en la documentación primaria relevante de época.

Los lectores de este blog sabrán que no tengo particular aprecio por uno de esos autores norteamericanos que suelen seguir tratando de enseñar a los españoles nuestra propia historia desde lejos, pero sin haber puesto jamás los pies en ningún archivo, ni español ni extranjero. Me corrijo: leyendo su prolija obra aparecen cuatro o cinco citas a legajos, todos ellos radicados en el archivo de la benemérita FNFF. Naturalmente, su obra -muy encomiada por algunos en nuestros lares- contiene deficiencias masivas. Para mí, el tiempo es siempre escaso como para perderlo en diatribas con él y sus discípulos, así que suelo optar por ignorarlo a no ser que sus afirmaciones pasen de castaño oscuro.

Todo esto viene a cuento de mi trabajo en los últimos meses desde septiembre. Liberado, por desgracia, de la necesidad de cuidar de nuestro terrier me he dedicado con cierta asiduidad a visitar archivos, españoles y extranjeros.

Hacía tiempo que no abordaba tal labor, salvo por la necesidad imperiosa de hurgar en archivos italianos para escribir ¿Quién quiso la guerra civil?. Los españoles no podían, por sí solos, permitir dar una respuesta novedosa, empírica y documentalmente fundamentada, a tal pregunta. A lo largo, pues, de estos meses pasados me he dado una vuelta por archivos franceses, británicos y españoles para tratar de abordar algunos de los interrogantes que dejé sin resolver.

Resolver en un sentido lato, porque si el contemporaneísta ha aprendido algo es que  las incógnitas que enciera el pasado nunca se resuelven. La historia jamás es definitiva, como afirmaban -el pecho hinchado y firme el ademán-  algunos de los historiadores que bebieron su sabiduría en los insondables, pero numerosos, libros que forjaron el canon franquista. Cada avance arroja nuevas preguntas que requieren nuevas respuestas. A veces es posible darlas. Con frecuencia, no.

Estos últimos meses quedarán en mi memoria como extraordinarios. He vuelto a casa con, digamos, tres o cuatro mil documentos relacionados con los antecedentes y las consecuencias de la guerra civil. Soy muy consciente de que no podré utilizar todos. No importa. Los que no utilice irán, en su momento, a otros archivos y complementarán sus fondos.

¿Qué he descubierto? En primer lugar algo que puede parecer una perogrullada. Ningún país ha permanecido estático, clavado sobre el propio terreno, a la hora de abrir sus archivos. Hoy, sobre España, la desclasificación alcanza ya los años noventa del pasado siglo. Es decir, que las estupideces (con perdón) que pronunciaron en su momento los dos últimos ministros de Defensa del PP  (los excelentísimos D. Pedro Morenés y Dña. María Dolores de Cospedal) de que no podían abrirse los archivos militares españoles para no incomodar a “nuestros amigos” se revelan en toda su asinina magnitud. Que yo sepa, ni franceses, ingleses, norteamericanos, italianos, alemanes, etc. han solicitado permiso del Estado español para abrir documentación sobre España y su política, interior y exterior. Tampoco es previsible que lo hagan en el futuro.

En segundo lugar que los archivos, en su totalidad, han recibido de lleno el impacto de la revolución tecnológica e informática que también ha moldeado nuestras vidas. Yo recuerdo, ahora con espanto, lo que era trabajar en archivos alemanes, por ejemplo, en los años setenta del pasado siglo. Y digo alemanes porque en ellos me pasé casi tres años (en general por las tardes, cuando no se trabajaba en la embajada, o con permiso de los embajadores cuando tenía que ausentarme porque ciertos archivos no estaban en Bonn o porque abrían solo por las mañanas). Eran también ya de los más explorados, tras haber caído en manos de los aliados, occidentales y orientales, al final de la segunda guerra mundial. Naturalmente no había ordenadores, sino catálogos e inventarios  mejor o peor estructurados que daban una idea del tenor de la documentación conservada.

Claro que eso tenía su encanto. Requería entrar en la mentalidad de los antiguos archiveros  y en el conocimiento de los sistemas de organización del tiempo pasado de las Administraciones respectivas para intentar localizar documentación que no estaba inmediatamente reseñada. Fotografiar en los archivos también era impensable. Por lo general el personal especializado de los mismos se encargaba de tal tarea (a un costo para muchos prohibitivo) o se había delegado a empresas también especializadas (que con frecuencia eran más costosas). Los plazos de entrega no eran inmediatos. Unos y otras estaban sumergidos en un mar de solicitudes.

En definitiva, las búsquedas eran difíciles y los resultados imprecisos. Con frecuencia había que cambiar de rumbo a lo largo de la propia investigación. Era también el momento en que florecieron, en consecuencia, las colecciones documentales. En muchos casos de la mano de comisiones de investigación formadas por archiveros e historiadores que pasaban tiempo, ayudados por múltiples asistentes, hurgando en los archivos para seleccionar aquellos documentos que mejor pudieran ayudar a comprender parcelas del pasado que consideraban como más relevantes.

Era la época en que proliferó la publicación de documentos diplomáticos y militares en países de larga tradición en tales menesteres como Francia, Estados Unidos, Italia, Reino Unido, Canadá, Suiza, etc. Desgraciadamente España nunca estuvo entre ellos. Al régimen franquista el pasado le daba pavor (salvo en contadas ocasiones como por ejemplo el famoso Libro Rojo sobre Gibraltar propiciado, con fines reivindicativos, por el ministro Castiella).

En la Transición algunas personas en puestos relevantes se quejaron de la falta de tales instrumentos. Que yo sepa (conocí a varios) lo hicieron de puertas adentro y nunca tuvieron demasiado porvenir. Nadie podía pensar que estábamos a relativamente pocos años de la revolución informática que transformaría todo. Si el pasado es impredecible hasta cierto punto, el futuro lo es totalmente.  Y, si no, que se lo digan a las víctimas del Covid-19 y a las Administraciones públicas.

(continuará)

El segundo momento estelar de Francisco Franco (y III)

3 marzo, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

El post anterior puso de relieve que, desde el punto de vista del comportamiento de Franco hacia sus protectores italianos, tras el 21 de septiembre dio ya por sentado que su nombramiento para el mando supremo era cuestión de días. Con solo Cabanellas opuesto  al mismo, superar su resistencia no duraría mucho. Fuese audacia, cara dura o farol, la forma en que Franco explicó en Sevilla al cónsul general italiano en Tánger lo que había pasado en la primera reunión de generales no deja entrever ninguna otra posibilidad. Que quisiera cargar la mano contra Cabanellas es algo que no puede reprochársele en modo alguno. ¿Quién no lo hubiera hecho estando en su lugar? Volvamos al único testimonio disponible hasta fecha reciente.

 

En sus Cuadernos de Guerra Kindelán, escribiendo en 1945 no lo olvidemos, se deshizo en elogios a Franco. También introdujo una referencia a los enemigos del mismo que le habían recriminado, a él, Kindelán, haber contribuido tanto a nombrarlo. Afirmó que no le cabía responsabilidad alguna por el decreto publicado en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa el 30 de septiembre a tenor del cual Franco apareció en una nueva función: “Jefe del Gobierno del Estado español”.

Efectivamente, había una distancia sideral entre el proyecto de decreto que, con ayuda de Nicolás Franco, Kindelán pergeñó de cara a la segunda reunión de generales y el resultado final. Esta segunda reunión se celebró el 28 de septiembre. En su artículo tercero, establecía el nombramiento de Franco como jefe del Estado mientras durase la guerra. Tal acotación temporal desapareció en el decreto publicado. Todo esto es superconocido.

Ahora debemos dejar que entre en escena el hijo del general Cabanellas, Guillermo, ayudante suyo durante la guerra, abogado, exiliado a México, socialista y reivindicador de la figura de su padre en una historia de la guerra en dos versiones ligeramente diferentes. Una que publicó en México en 1973 y otra que apareció en España en 1977. En las dos ocasiones con títulos distintos. La guerra de los mil días. Nacimiento, vida y muerte de la II República española en el primer caso y Cuatro generales. La lucha por el poder en el segundo. A no ser que este título fuera impuesto por la editorial, con fines de estimular las ventas, podemos afirmar que fue erróneo, si bien el autor lo aceptó. No hubo nunca una lucha por el poder entre “cuatro” generales. Sanjurjo no participó porque había muerto. Mola no se opuso a Franco. Y a Cabanellas su hijo, como ya indicamos, lo que levantó fue un monumento de arcilla.

Este autor enmendó la plana a numerosos periodistas, propagandistas e historiadores previos y postuló la existencia de  una “conspiración para el caudillaje”, movida por Franco y en la que aparece en segundo plano el general Millán Astray, no mencionado por Kindelán, junto con otros militares como Yagüe. Aparte de afirmaciones no comprobadas como que su padre fue vetado por Mussolini (no identificó fuente alguna al respecto), Cabanellas hijo indicó que en la primera reunión de los generales (recordemos que el 21 de septiembre) se propuso que el futuro mando único llevara consigo la jefatura del Estado. Esto también lo afirma Kindelán pero en un formato distinto: él, Nicolás Franco, Yagüe y Millán Astray se vieron con Franco en fecha no determinada y le propusieron que los generales se reunieran otra vez  para discutir que el cargo de Generalísimo incluyera la jefatura. Puede ser cierto o no. Si se decidió continuar la primera reunión con una segunda, tal apaño a cuatro debió de hacerse en paralelo. No es imposible.

Sorprendentemente Cabanellas hijo, que reprodujo el texto dado a conocer por Kindelán, afirmó que “la propuesta referente a Franco fue como jefe de Gobierno”. Lo argumenta. No hubiera tenido sentido nombrarlo al frente del Estado mientras durase la guerra. Lo lógico era que lo fuera del Gobierno y que quedase libre “para proveer en su día el cargo de jefe del Estado”. Los amables lectores comprenderán que algo no cuadra.  O miente Kindelán o lo hace Cabanellas.

Es preciso en este momento traer a colación lo que dijeron al respecto los monárquicos en un informe secreto para el embajador británico en septiembre de 1941. Se basaron en unas memorias no publicadas (y luego quizás parcialmente desaparecidas) de Queipo de Llano. Según esta fuente Nicolás Franco y Sangróniz informaron por teléfono después de la primera reunión a cada uno de los generales en ella presentes que la ayuda de Alemania e Italia exigía como condición sine qua non que se constituyera un mando único. De ser así, llovió sobre mojado porque esto último ya se había suscitado. Lo nuevo era la referencia a que las potencias fascistas hubiesen transmitido el deseo del mando único. Era, en parte, cierto pero no demasiado relevante. Mola se había subordinado a Franco al aceptar en agosto que la ayuda nazi-fascista llegara a través de él o con su conocimiento. Es improbable que los demás generales lo ignoraran. A mayor abundamiento Queipo de Llano probablemente sabría de  la reunión con De Rossi si es que no estuvo presente en ella.

Guillermo Cabanellas tuvo verosímilmente informaciones de su padre y, de ser así, debieron de ser amargas. Entre las dos versiones de su obra, la mexicana y la española, hay diferencias. Por ejemplo, en la segunda recoge que como argumento decisivo para apoyar su candidatura Franco exhibió una carta que sobre la ayuda hitleriana le había proporcionado el almirante Canaris. La fuente en que se basa es Ramón Garriga, periodista falangista que supo muchos chismes y publicó una obra, en al menos dos versiones,  sobre las relaciones secretas entre Franco y Hitler. No es creíble en absoluto. El jefe del Estado Mayor W, Hellmuth Willberg, que se ocupaba en Berlín de la organización de la ayuda nazi, había viajado a España en agosto amén de uno de los emisarios de Franco a Hitler, Johannes E. F. Bernhardt, ya le habían comunicado que la ayuda se destinaba a él. A diferencia de Mussolini, Hitler, que no se había interesado por España lo más mínimo hasta aquel momento, no quería entrometerse en la política interna de los sublevados.

En mi último libro he señalado algo que no se conocía hasta el momento y es que Canaris estuvo, efectivamente, en Sevilla, procedente de Lisboa, el 24 de septiembre, es decir, después de la primera reunión; que se entrevistó al día siguiente con Queipo y que se desplazó a Cáceres para ver a Franco. Volvió inmediatamente a Sevilla, donde lo despidió el teniente coronel Emilio Faldella, que actuaba por cuenta de Mussolini. Me parece altamente inverosímil que Canaris diera a Franco un escrito del tenor expuesto por Garriga.  No era necesario en absoluto. Mientras no se demuestre lo contrario, el periodista se inventó un camelo, con independencia de que sean muchos los autores que le sigan ciegamente.

En las rondas telefónicas  que hicieron Nicolás Franco y Sangróniz se preguntó a cada uno de los generales si aprobaba el nombre de Franco que, dijeron en cada caso, ya había parecido conveniente a los demás tras consultarles individualmente. Por medio de tales llamadas por separado los generales dieron su acuerdo (salvo Cabanellas, por supuesto) a la designación de Franco como jefe del Gobierno del Estado, tal y como apareció en el Boletín Oficial. En realidad, el informe monárquico no dice cuándo tuvo lugar la ronda de llamadas. Podría haber sido antes de la primera reunión, porque no hubiese sido tan necesaria después de ella.

Cabanellas afirma que la redacción del decreto final corrió a cargo de otro monárquico, José de Yanguas Messía. Sabemos que se trataba de uno de los más importantes conspiradores contra la República desde el año 1931 y que estaba al tanto de los contactos previos a la sublevación con la Italia fascista. Evidentemente, no pondría muchas dificultades a Franco, pero el decreto aprobado contenía la precisión que su nombramiento era como jefe del Gobierno del Estado y no pura y simplemente del Estado. Es decir, suponía una reducción de nivel con respecto al proyecto de Kindelán, aunque de él ya se había eliminado la referencia temporal. No conocemos ningún pormenor de por qué el conspirador civil y monárquico aceptó la bajada de nivel, pero no es difícil pensar que: a) estaba un poco sobrecogido por tantos uniformes en torno suyo; b) no desconfiaba de Franco, general monárquico de pro.

La afirmación de Cabanellas hijo de que Franco expuso a su padre que no aceptaba la limitación del mandato al período de guerra puede ser cierta o no. Hay cierta resignación en sus líneas cuando señala que “palabra más, palabra menos, a Cabanellas le era indiferente; así puso su firma en el decreto por el cual Franco se convertía en jefe del Gobierno, sin figurar carácter provisional”. Es decir, el presidente de la Junta de Defensa Nacional tiró la toalla. No veo la lucha por ninguna parte.

En definitiva, de creer -con cautela- a Kindelán, fue él quien lanzó la idea de que la jefatura del Estado fuese en favor de Franco mientras durase la guerra. Queda por documentar cuándo se decidió la eliminación de la limitación temporal. Franco afirmó que se negó a aceptarla. Es verosímil y con ello puso a Cabanellas entre la espada y la pared, pero no hay que olvidar que no se conocen, si es que existen en alguna parte, los papeles de Franco, Queipo, Mola, Cabanellas y de algunos otros actores en aquellos días de septiembre. En cualquier caso, en la prensa controlada por los sublevados no tardó en aparecer el nombramiento de Franco como “Jefe del Estado” sin más.

Nada de ello limpia el borrón de que dicho nombramiento procedió de una clique de generales que se auto-otorgaron la capacidad y el derecho de hablar en nombre de la parte sublevada del Ejército español y, a mayor abundamiento, en nombre de toda la Nación. El sector más numeroso de dicha clique se auto-erigió, además, en fuente de “legitimidad” para a escoger como Jefe del Estado a uno de los suyos, tras el cual se agitaban las sombras alargadas de los dictadores fascistas.

Sin embargo, Francisco Franco auto-elevó su segundo momento estelar como si su destino se le hubiera garantizado desde lo más alto. La Iglesia católica española lo apoyó hasta las últimas consecuencias y los últimos tiempos. En cuanto al futuro Caudillo es improbable que no pensara en lo mucho que había recorrido hasta entonces, siempre protegido por la mano de Dios desde sus ya lejanos ascensos a capitán y a comandante, fuentes de su posterior carrera. Pero, como Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo, de los papeles que dejara Cabanellas, de los de la Junta de Defensa Nacional y de los de Mola nunca más se supo. Se han conservado muchos de Kindelán pero, ¡qué casualidad!, ninguno de esta época.

No es ninguna casualidad. De los de otro de los generales monárquicos que más apoyaron a Franco para luego distanciarse de él, cuando advirtió que de Monarquía rien de rien, familiares suyos me dijeron que los destruyó cuando sus relaciones con el omnipotente Caudillo se tensaron de tal manera que le aterrorizó la idea de que pudieran caer en manos de su policía. TODO POR LA PATRIA.

Fin

El segundo momento estelar de Francisco Franco (II)

25 febrero, 2020 at 7:50 am

Ángel Viñas

En el anterior post expresé mi sorpresa de que el coronel de Artillería Esteban Carvallo de Cora ni siquiera mencionase el texto que con mayor autoridad que ningún otro había ofrecido datos acerca del nombramiento de Franco como Jefe del Estado en 1936. Sin duda, la Providencia, los dioses greco-romanos o el Señor pudieron actuar en tal sentido, pero no se ha encontrado evidencia de su intervención. En tanto que los recuerdos, por muy personales que sean, no deben de entrada descartarse. Hoy sabemos que los de Kindelán tuvieron, cuando menos, un recorrido algo azaroso pero un militar que reemplazaba un libro titulado Hoja de Servicios del Caudillo de España por unos comentarios tan laudatorios debería haber integrado, al menos, una referencia a aquellas reminiscencias.

 

Estos recuerdos, como edición íntegra es decir incluyendo los pasajes suprimidos por la censura, los publicó Planeta en 1982, ya con Franco criando malvas, bajo el título Mis cuadernos de guerra. Es la edición que suele manejarse y que leí, en su momento, de cabo a rabo. En la medida en que los recuerdos de Kindelán se refieren a temas que me han interesado (esencialmente la actuación de la Legión Cóndor durante la guerra civil y algunos aspectos relativos a la conspiración que llevó al 18 de julio) puedo afirmar, con rotundidad, que los he encontrado despistantes, por no decir opuestos a la realidad de la EPRE. Quiero con ello señalar que, a pesar de su uso e incluso abuso por los historiadores, no los considero necesariamente como representativos de lo que su autor hizo, vivió y escribió. Kindelán, al igual que tantos otros militares sublevados, escribió del pasado lo que quiso y cómo quiso. Lo normal.

En la medida que interesa en esta serie de posts he comparado las dos versiones. En la segunda los añadidos suprimidos por la censura van marcados en itálicas. Sin embargo, por esas cuestiones que solo la sabiduría de los ángeles podría aclarar, en esta última ha desaparecido algo que sí figuraba en la primera. Se refiere a la primera actuación de Kindelán en Gibraltar, de carácter diplomático, como representante de Franco (¿por qué no de Mola o de la JDN?). En 1945 señaló que fue bien acogido por los británicos, “que accedieron en parte a nuestras propuestas”. Entonces, aprovechó “la oportunidad para dar cuenta oficial del Movimiento, por telégrafo, a varias naciones extranjeras y a D. Alfonso XIII”. Lo entrecomillado se distorsiona en la versión de 1982. El medio utilizado en esta fue el teléfono y se suprimió la mención a las naciones extranjeras. Pudo ser cierto lo primero. También lo segundo, pero la diferencia no es diminuta. En aquel año quizá se pensó (¿Franco?) que era dar demasiada cancha al protagonista. En cuanto a la sustitución del telégrafo (medio normal en la época) por el teléfono pertenece al nivel de lo incognoscible. Por lo demás, el lector debe saber que el exrey estaba perfectamente al día de lo que pasaba en España y, muy probablemente, de los altos y bajos en la etapa final de la conspiración.

Pero aquí nos referimos al nombramiento de Franco, uno de los núcleos centrales de la historiografía sobre la guerra civil y, sin la menor duda, su segundo momento estelar tras sus fulgurantes ascensos de primer teniente a comandante, que le permitió dar un salto de tigre alado en el escalafón militar. En este segundo momento, y casi sin excepción. los autores se refieren a Kindelán. En el olvido, relativo, queda Guillermo Cabanellas, hijo del presidente de la Junta de Defensa y que desarrolló toda una teoría sobre una supuesta conspiración de la que fue víctima su padre. Lo frecuente es que los historiadores suelan seguirles más o menos acríticamente. En este post no presentaré un elenco de opiniones.

Lo que parece fuera de toda duda es que el general Alfredo Kindelán se autoconsideró como el gran promotor del nombramiento de Franco (olvidemos  en este aspecto a Millán-Astray) y afirmó (aunque no he comprobado que lo hiciera en su libro de 1945) que en una primera reunión de los generales el 21 de septiembre de 1936 (y cita a Cabanellas, Queipo, Orgaz, Gil Yuste, Franco, Mola, Saliquet, Dávila y los coroneles Montaner y Moreno Calderón) se discutió el tema del mando único. Salvo el primero, es decir Cabanellas, todos los demás acordaron que el más indicado sería Franco. Faltando la unanimidad por la intervención del presidente, el divisionario Cabanellas, la decisión no se hizo pública. Todo esto es conocido y ha sido repetido insistente y machaconamente.

Ahora bien, a diferencia de lo lo que sigue ignorando la mayor parte, por no decir casi la totalidad, de la historiografía, es que el proceso estaba ya tan adelantado que Franco tomó su nombramiento prácticamente por dado. Cabe demostrar con EPRE que creía que dentro de poco obtendría la tan ansiada jefatura por la que llevaba haciendo méritos desde poco después de la muerte de Sanjurjo el 21 de julio precedente. El hecho que había abierto a Franco, de par en par, una prometedora ventana de oportunidad.

Los historiadores generalistas (incluso Payne/Palacios en su lamentable biografía de Franco) suelen ignorar que este se entrevistó en Sevilla, a bordo de un cazatorpedero italiano, con un emisario de Musolini, el cónsul general de Italia en Tánger, de Rossi, buen conocido suyo desde los albores de la sublevación y cuya relación he examinado en mi último libro.

En esta reunión supersecreta (su contenido lo captaron los británicos que interceptaban y descifraban los telegramas italianos y, en particular, los del consulado genetal italiano en la ciudad internacional) destacan dos notas. La primera que nadie del séquito de Franco estuvo al corriente ni supo de ella; la segunda, que Franco es posible que exceptuara a Queipo de Llano. Las razones podrían haber sido varias. Por ejemplo, mostrar un frente unido con el dictadorzuelo sevillano; contar con una referencia de autoridad; impresionar a su compañero, también general de División; mantener el apoyo del mismo para la próxima reunión de generales, etc.  Lo que no se sabe es si Queipo estuvo presente en la reunión o no. He de confesar que cuando en los archivos británicos descubrí el telegrama interceptado pensé que sí estaría. Hoy no estoy tan seguro, conociendo mejor los antecedentes y pormenores del encuentro. También porque algún italiano nativo me ha dicho que, en este último idioma, la redacción elegida por de Rossi no permite ni asegurarlo ni negarlo.

Las cosas no tienen por qué cambiar sustancialmente. Si Queipo no estuvo presente, sí supo de la entrevista y es de suponer que él y Franco hablarían de ella. Lo que narrara Franco no ha quedado, que se sepa, transcrito en ningún papelín conocido. No eran, en aquel momento, adversarios si Queipo también se había pronunciado por Franco en la reunión del 21 de septiembre.

De Rossi tenía por misión convencer a Franco de la necesidad de inyectar un contenido social y moderno al “Movimiento”. Ningún lector podría sorprenderse de que Franco se apresuró a mostrarse de acuerdo con tal idea y que lo expresó con sumo entusiasmo. ¡Faltaría más! En el último “consejo de Ministros” (sic), afirmó, ya había expuesto a sus compañeros el programa. Como dicho “programa” no se ha encontrado, al igual que un acta de tal reunión ni hay otras referencias sobre su contenido, me abstendré de comentarios. Excepto para decir que, muy probablemente Franco no se mostraría en ella reticente, dando pruebas de extrema modestia. Franco añadió que se volvería a hablar en la semana siguiente. Parece obvio que Franco, adornándolo, explicó a su manera (ya casi augusta) la reunión  del día 21 al diplomático italiano. Cualquier lector planteará las alternativas en juego. O bien Franco jugaba de farol o esperaba no tener ningún problema con su nombramiento que consideraba seguro.

Otro aspecto que ha escapado a la atención de los historiadores y que es MUCHO MÁS IMPORTANTE es que cuando de Rossi preguntó cómo iban las operaciones militares, Franco respondió que le parecía imprudente marchar sobre Madrid dada la escasez de fuerzas con que contaba. Algo absolutamente correcto. Lo dejaba para octubre, añadió, es decir cuando hubiese completado la preparación logística y estratégica necesaria. Es más, para entonces era pensable que hubiera continuado el proceso de descomposición del gobierno republicano con sus deletéreas consecuencias sobre la moral y la capacidad de resistencia.

Es obvio, añadió, que tal descomposición incrementaría la ineficacia de la defensa. Pero, por otra parte, no pensaba alargar las operaciones hasta después de octubre porque sus soldados carecían de uniformes contra el frío. Esto lo afirmón sabiendo -señaló- que la Unión Soviética preparaba el envío de grandes suministros de armas a los republicanos (lo cual era cierto y lo sugería la prensa internacional) [Nota: Franco tenía espías entre las filas gubernamentales pero podemos estar absolutamente seguros de que sus tentáculos no llegaban a penetrar en el Kremlin].

ASÍ, PUES, DE OTORGAR CREDIBILIDAD AL INFORME DEL CÓNSUL DE ROSSI, LAS TESIS HABITUALES DE QUE FRANCO PERDIÓ CONSCIENTEMENTE LA OCASIÓN DE TOMAR MADRID AL DESVIAR SUS TROPAS HACIA TOLEDO DESPUES DE LA REUNIÓN DEL 21 DE SEPTIEMBRE PIERDEN FUERZA. Salvo que mintiera al italiano -lo cual no cabe descartar- no pensaba empezar a preparar el dispositivo de ataque hasta el mes siguiente.  Ya sé que esta tesis choca con las expuestas en favor y en contra de Franco. Puedo equivocarme, por supuesto, pero habría que demostrarlo con EPRE.

Lo que aquí me importa subrayar es que Franco obviamente se sentía seguro. Nada de dudas ni de vacilaciones. Tampoco hay que prestar demasiada atención a las elucubraciones de Guillermo Cabanellas de que su padre fue víctima de una conspiración monárquica. Entre los sublevados el presidente de la Junta de Defensa Nacional carecía de prestigio. Los apuntes que fue tomando sobre su comportamiento José María Iribarren, el secretario de Mola, también lo atestiguan. Otra cosa es que su hijo quisiera levantarle un monumento con su libro.

(continuará)

El segundo momento estelar de Francisco Franco (I)

18 febrero, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Después de haber hurgado un pelín en el primer momento estelar del futuro Caudillo, y a la hora de abordar el segundo, tengo que presentar mis más sinceras disculpas a los amables lectores. Al escribir, hace varias semanas, sobre la película de Amenábar dejé constancia de  mi perplejidad por el título de la misma. Alguien respondió que se trata de una alusión a un proyecto de decreto que se menciona en el film. Es cierto. No me había dado cuenta. Figura en las memorias del general Alfredo Kindelán. Este post y los siguientes no aluden a la película pero completan la serie de los dedicados al primer momento estelar de Franco (hubo varios después) con otro que fue, en puridad, mucho más trascendente que el peloteo para que le ascendieran a capitán y sus distorsiones sobre su supuestamente inconmensurable valor en el combate a resultas del cual no ganó la ansiada Laureada.

 

Había indicado que la hoja de servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora) terminaba en 1926. Los comentarios para los años posteriores hechos por tan eminente genealogista no sirven para nada, pero como ya hemos señalado es materialmente imposible que SEJE ignorara su publicación. En este sentido me parece absolutamente imprescindible acudir a sus comentarios.

De entrada llamo la atención sobre mi impresión que, dentro de su modestia, Carvallo de Cora se mostró tan imaginativo discípulo de Arrarás  que, con algunas de sus ocurrencias, dejó chiquito al maestro. El coronel recordó, lógicamente, que Gil Robles nombró a Franco, en 1935, jefe del Estado Mayor Central. Hubo de abandonarlo tras las elecciones de febrero de 1936. Pues bien, según el mentado comentarista, “durante tan breve período se le vigiló constantemente y su vida estuvo en peligro en más de una vez”. ¡Caramba! Debían ser los malvados bolcheviques o, incluso, los no menos malvados socialistas. Aunque, a decir verdad, el estimado coronel no identifica quién le vigilara con tan aviesas intenciones en el período de la coyunda radical-cedista. Tampoco tenemos constancia de que, en un puesto de tan elevada responsabilidad, su vida corriera el menor riesgo en los meses en los que lo desempeñó. Llamamos la atención sobre esta laguna que, por lo que sabemos, nadie ha documentado con EPRE.

Carvallo de Cora sitúa después a Franco en Canarias, aspecto sobradamente conocido, y destaca que, además de estudiar “los problemas militares de las islas”, se ocupó de “la preparación del Glorioso Movimiento Nacional que debía adelantarse al movimiento comunista que se sabía planeado para finales de julio”.  Lo subrayo debidamente en itálicas. Se observa aquí el reflejo de los camelos y bulos que esparcieron los propagandistas de la dictadura y que, por esos misterios que pertenecen al mundo de lo sobrenatural, de lo numinoso e incluso de lo divino, ya ha (casi) desaparecido de lo que suelen escribir en la actualidad muchos de los historiadores de derechas (aunque no todos y tampoco, desde luego, los gacetilleros). Carvallo de Cora no se olvidó de consignar que, “decidido a todo, el general Franco, una vez más, pone en peligro su vida emprendiendo un arriesgado viaje desde Canarias a Tetuán”. Volvemos a poner en itálicas tal caracterización.  Tan ilustre coronel lo era de Artillería y quizá no estuviese demasiado familiarizado con las condiciones de la aviación civil de la época, sobre todo si se utilizaban aviones modernos construidos en el extranjero como eran los Dragones. Así que pensamos que estas advertencias cumplían un fin específico: aparte de adular al glorioso Caudillo, aparecer como más pelota que otros pelotas máximos.

Estamos de acuerdo, sin embargo, con él cuando afirma que, al sublevarse, daba comienzo “para Franco el verdadero problema. Empiezan las horas decisivas, pues ya no cabe retroceder. Es preciso vencer o morir”. Y ¿cómo vencer? Muy sencillo: con una “grandiosa operación estratégica el 5 de agosto de 1936, festividad de la Virgen de África”  y el paso a la península del “convoy de la Victoria”.

El ilustre genealogista se eleva a las cimas del más pedestre lirismo castrense e inmortalizó para la Historia que “en ese momento glorioso (…) se decide la suerte de la República, pues la operación se realizó tal como había sido planeada por Franco y se ejecutó con toda decisión y maestría por las fuerzas que tomaron parte en ella”. Después, “España entera empieza a reaccionar y con el apoyo de los regimientos movilizados en la Zona Nacional se van formando la Falange y los Requetés nuevas unidades de combate que acuden presurosas a combatir contra los rojos en los sitios de mayor peligro”.

¿No es bonito? Que esto lo escribiera y publicara, en 1967, un gallardo militar dice bastante acerca de las bochornosas estupideces que se enviaban a la imprenta con tal de complacer el narcisismo de Franco. Hubiera sido improcedente -y quizá arriesgado para la propia carrera- comparar el número de hombres y kilogramos de peso de su impedimenta transportados por mar con los del puente aéreo manejado por los jefes, oficiales y aviadores nazis. O, ¿por qué silenciar también la aportación fascista?

El hecho es que el coronel Carvallo de Cora no escribió una línea de cómo Franco llegó a la magistratura suprema. Sorprendente, porque ya había datos al respecto. Por ejemplo, los de uno de los testigos de la misma y que había logrado publicar sus recuerdos más de veinte años antes de que el distinguido genealogista y artillero hiciera la pelota al Caudillo. Conviene, pues, acudir a ellos, con toda prudencia.

Que servidor sepa (pero estoy dispuesto, de nuevo, a que me corrijan) no hay muchos otros testimonios directos y demasiado fiables sobre la forma y manera en que se desarrolló el proceso de nombramiento de Franco salvo el del general Alfredo Kindelán. Que servidor sepa,  ninguno de los restantes protagonistas dejó nada escrito. O, al menos, que haya salido a la luz. Franco, ciertamente, hizo varias declaraciones al respecto pero hasta qué punto representan hechos es  bastante debatible.

Kindelán escribió su relato en vida de Franco, lo cual imponía ciertas “limitaciones”.  Al parecer (lo cuenta su hijo en la edición que hoy es más accesible) su texto se envió a censura el 3 de julio de 1941, es decir, al poco de terminada la guerra. Cuatro días después un censor autorizó la publicación. Se trató de Darío Fernández Florez, un escritor falangista que ejerció tal ocupación durante algún tiempo. [Nota: de chaval, una de las novelas que más me impresionaron, y que no era recomendable en absoluto para los jóvenes, se tituló Lola, espejo oscuro. Ya ni me acuerdo de qué se trataba, salvo que la leí a escondidas, creo que en casa de un tío mío. Pues bien, su autor era el mencionado censor].

Cabe pensar que es difícil que Fernández Florez en solo cuatro días, como máximo, pudiera aprehender la significación de todos los recovecos del manuscrito de Kindelán, pero el hecho, según Kindelán hijo, es que dio luz verde. Este visto bueno no fue suficiente. Su superior jerárquico (el secretario general del Movimiento, a la sazón el superfalangista José Luis de Arrese) consideró, con toda razón, que también debía recibir el nihil obstat de su compañero y ministro del Ejército, el bilaureado general Enrique Varela. En vista del tema, finalmente se decidió consultar a Franco. Al parecer, su respuesta fue que “estaba bien, aunque algunas cosas era mejor no decirlas todavía”. En consecuencia, Varela no autorizó la publicación.

Todas las ulteriores gestiones de Kindelán e incluso de uno de los hermanos Vigón con Franco no sirvieron de nada. A ello podríamos añadir que Kindelán estaba empeñado entonces en un juego complicado para influir sobre Franco para que no entrara en guerra al lado del Eje y que no había ocultado sus inclinaciones monárquicas. Recibía suculentas “propinillas” de Juan March por cortesía de la Embajada británica. Era en un período en el que los monárquicos achuchaban a los ingleses y, como he demostrado en uno de mis libros, ponían a caldo a Franco y a su régimen filofascista ante ellos. A la publicación del texto dio luz verde el sucesor de Varela,  Carlos Asensio Cabanillas, a quien a pesar de sus querencias pronazis le había convencido Nicolás Franco para que desistiera de sus proclividades. Todo esto lo cuento y documento en SOBORNOS.

Asensio se pronunció a finales de 1944 (hay que suponer que con el conocimiento de Franco) y el manuscrito pasó de nuevo a la Vicesecretaría de Educación Popular (de la que entonces estaba encargado, si no recuerdo mal, Gabriel Arias Salgado, supercensor algo más que celoso de todo lo que se opusiera a la ortodoxia franquista). En mayo de 1945 no se opuso a la publicación. Por si las moscas, el texto lo visó en una última etapa un tal Joaquín Úbeda, quien se encontraba al frente de tales menesteres. A lo largo de este largo periplo se censuraron lo que el hijo de Kindelán afirma fueron solamente juicios “sobre operaciones de guerra y sobre los mandos que las realizaron”. La editorial que iba a publicar el libro había desaparecido y fue otra nueva, llamada imperialmente Plus Ultra, la que se encargó de ello. Poco después la vicesecretaría fue disuelta e integrada en la Subsecretaria de Educación Popular, dependiente del Ministerio de Educación Nacional.

Es lamentable, pues, que el ilustre coronel Carvallo de Cora ni siquiera se basara en los recuerdos de otro de los “héroes de la Cruzada”. .

(continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (y XIV)

11 febrero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Hemos llegado al final de esta serie sobre las iniciales aventuras de Franco en las ensangrentadas tierras de Marruecos. En un momento de ella un amable lector, Txema Prada, me llamó la atención sobre una obra, que yo conocía pero que, por desgracia, no tenía en mi biblioteca, ya un poco depauperada. A mi no se me ha ocurrido escribir nada sobre las guerras de Marruecos, de las que confieso no tener demasiada idea. He editado las memorias del general Antonio Cordón que sirvió en el Protectorado  y, como tantos otros de mi generación, he leído un par de veces el tomo II de La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Pero el Señor Prada me sugirió que echara un vistazo la biografía del Padre Hilari Raguer[1],  excelente amigo mío, sobre el general Batet. La he pedido. Suelo hacerlo cuando me meto en camisa de once varas y me falta bibliografía secundaria.

 

No sé si el general Fontenla la conoce. Está basada en el archivo de la familia (el general Domingo Batet fue fusilado por no sublevarse en 1936 y  al que, si bien Laureado con la Cruz de San Fernando, Franco se negó obstinadamente a graciar). En tal archivo figuran varios documentos sobre la guerra de Marruecos redactados a principios de los años veinte. Alguien que escriba sobre ella y que no sea un seudohistoriador -en el sentido habitual del término, no en la acepción extraña que utiliza nuestro estimado general- debe servirse de los mismos para identificar pistas, contrastar con otros testimonios, en definitiva hacer un análisis sistemático de un tipo de fuentes que no estaban destinadas a la publicación y que, por consiguiente, revelan los pensamientos íntimos de un protagonista que vivió una parte de aquella guerra colonial.

Señalo esto porque las notas que de la misma se deprenden de tales apuntes se refieren tanto a Franco como al conjunto de la oficialidad española y a las tropas “especiales” (Tercio y Regulares) así como a las expedicionarias peninsulares. Se recoge el ambiente. Se citan nombres y situaciones. Son como una reflexión que, todavía con el conflicto en marcha se hacía el entonces comandante Batet. Uno diría que es un tipo de EPRE interesante y como en ella aparece Franco me sorprende que el general Fontenla, historiador objetivo y analítico según su propia autodefinición, no la haya utilizado, siquiera con fines críticos. Pero, como es sabido, cada autor establece su tema y sus límites.

En lo que se refiere a Franco, el comandante Batet, abordó un tema relacionado con la gesta del Biutz y sus consecuencias que hemos visto en los posts anteriores. Se trata de unas notas sobre el Ejército de África escritas a mano en casi dos docenas de cuartillas y que datan, según señala Raguer, de 1923. En ellas  su autor se refirió a las demoras y chanchullos de la sedicente Justicia militar, con nombres y apellidos de jefes, es decir, de comandantes a coroneles. Con la Comandancia General y la Alta Comisaría prestándose de buena gana a encubrir o desvirtuar alguno que otro. Esto es verosímil que pasara en muchos Ejércitos de la época. No hay que pensar que el español fuese una excepción. Cabría, por ejemplo, señalar ejemplos como el italiano en Libia o, mucho más tarde, en Etiopía.

Pero, en sus recuerdos el comandante Batet fue a más. Cuando el general en Jefe, Burguete, se desplazó a Melilla tuvo que dictar dos órdenes generales, una sobre la forma de prestar el servicio de descubiertas, seguridad, convoyes, etc (en el que el teniente y luego capitán Franco se había hecho, al parecer, un nombrecito como hemos visto en posts anteriores) y otra sobre la obligación de permanecer en Melilla de los jefes y oficiales “de las tropas llamadas pomposamente de choque”. Poco después empezaron a incumplirse de manera un tanto tímida. En cuanto Burguete volvió a la Península, lo hicieron descaradamente. Es en este contexto digamos un tanto laxo en el que Batet hizo una referencia a Franco. La reproduzco literalmente:

“El comandante Franco del Tercio, tan traído y llevado por su valor, tiene poco de militar, no siente satisfacción de estar con sus soldados, pues se pasó cuatro meses en la plaza para curarse enfermedad voluntaria, que muy bien pudiera haberlo hecho en el campo, explotando vergonzosa y descaradamente una enfermedad que no le impedía estar todo el día en bares y círculos. Oficial como este, que pide la Laureada y no se la conceden, donde con tanta facilidad se han dado, porque solo realizó el cumplimiento de su deber, militarmente ya está calificado”.

Este parrafito se refiere, pues, al período en el que ya Franco había pasado al Tercio, se pavoneaba de su ascenso (no logrado tanto por méritos de guerra como por influencias de Palacio) y describe un comportamiento que quizá pudiera caracterizarse com poco edificante. Batet no achacó a Franco que fuese a casas de lenocinio, como algún otro héroe de la época, pero sí se refirió también a la Laureada. Si se daba con cierta “facilidad” por utilizar el término por él utilizado, ¿qué cabría decir de lo que en un post anterior he calificado de “lluvia de condecoraciones”?.

Sorprende, pues, que el general Fontenla, que sabe de las guerras de Marruecos mucho más que servidor, en su hagiografía de Franco como militar no se haya apresurado, documentos en ristre y la tizona desenvainada, a desmentir tales alegaciones sobre su héroe.

Batet destacó el heroismo y la abnegación de muchos jefes y oficiales, que cumplían con su deber pero no le tembló la pluma al comparar tales conductas “con la del teatral y payaso Millán, que tiembla cuando oye el silbido de las balas y rehuye su puesto (el coronel Serrano Oribe (sic) del 60 y el Gral Berenguer Dn. Federico pueden dar fe de ello, si quieren estar bien con su honor y su conciencia) y explota de la manera más inicua una herida que en cualquier otro hubiera sido leve y por condescendencias de médico lleva a ser grave…”

¡Caramba! Ahora resulta que Millán Astray, superior de Franco, se comportaba de manera indecorosa. No extrañará que terminaran siendo compinches.

¿Ah, y el valor ante el enemigo? Algo que hay cualificar. De dos formas. Una a tenor de la cual  “algunos oficiales de Regulares y del Tercio se sienten valientes a fuerza de morfina, cocaina o alcohol; se baten, sobre todos los primeros, en camelo: mucha teatralidad, mucho ponderar los hechos y mucho echarse para atrás y a la desbandada cuando encuentran verdadera resistencia. De la confianza que inspiran los Regulares y Fuerzas Indígenas lo demuestra que cuando hay una posición de verdadero compromiso la fían a batallones peninsulares, tan despiadadamente y con tanta injusticia tratados por Berenguer…” Esta segunda forma la repite en otro párrafo de la siguiente forma:

“Los militares verdad, los que sienten la profesión sin alharacas, sin teatralidad, cumpliendo sus deberes seriamente, amantes del soldº, posponiendo su propio bien al de los demás (…) hay que buscarlos en las tropas peninsulares. Entre los de Marruecos haríamos excepción del Coronel Serrano Orive, Tte. Coronel Carrasco y volverían a lo aque antes eran, muchos, todos los que ostentan empleos por méritos en África…”

Quizá en algún momento lea el libro sobre las guerras de Marruecos del general Fontenla. Si lo hago comprobaré si a él ha incorporado testimonios de esta índole y también en qué medida ha hurgado en los archivos. En mi último viaje he leído el capítulo que dedica al Ejército de aquella época el que fue ministro de Agricultura durante la guerra civil, el comunista Vicente Uribe, en sus memorias. Suenan más a Batet que a la hoja de servicios de Franco (versión del coronel Carvallo de Cora).

Ahora continúo mi periplo pero trataré de abordar el segundo momento estelar en la carrera de Franco: de rebelde general a Generalísimo. Serán menos posts, pero no por ello carentes de interés. Al amparo de las controversias que ha despertado la película de Amenábar no he visto que nadie lo haya abordado como lo hará servidor. Y, como siempre, utilizaré fuentes fácilmente identificables e identificadas. No como el general Fontenla.

 

FIN

 

[1] Hilari Raguer, El general Batet, Publicacions de l´Abadia de Monserrat, 1994, pp. 365-368.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (y XIV)

4 febrero, 2020 at 12:50 pm

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

Y así, poco a poco, vamos acercándonos a la gesta del Biutz. Ya centramos en ella varios posts anteriores de esta serie y suponemos que los amables lectores estarán familiarizados con los argumentos aducidos. Huelga decir que el general Fontenla sigue con fidelidad algunas de las narrativas mitografiadas de tal acontecimiento, si bien con sutiles modificaciones y gruesas omisiones. A varias de ellas se refiere este post.

 

Así, por ejemplo, recoge que la “compañía de Franco se lanzó, sin solución de continuidad, al asalto y se apoderó de la primera línea de trincheras enemigas”. No objetamos nada al efecto. Ya empieza a preocuparme la descripción que hace del valiente capitán: “Fue herido al agacharse para recoger el fusil de un soldado caído, pero a pesar de ello, con el impulso imprimido a su compañía, esta logró alcanzar el objetivo”. Una de las pregunta que nos hicimos sigue sin respuesta: ¿no iba Franco armado con una pistola reglamentaria? Observamos, no obstante, que en esta narración al menos no hizo fuego con el fusil.

Más importantes son los cambios con respecto a lo reseñado por la innumerable ristra de “pelotas” y embaucadores precedentes. Desaparece el ponerse al frente de sus hombres camino de la cumbre. Ahora tenemos algo más verosímil: cae herido y sus soldados continúan el ataque. Pero esto no es heroismo. Es lo que se esperaba de cualquier oficial y que millares y millares de oficiales que no tenían el honor de ser ESPAÑOLES hicieron en otras guerras coloniales y lo demostraron ampliamente en los combates de la primera guerra mundial, incluso cuando procedían de la reserva o, ¡válgame el cielo!, del mundo civil.

El general Fontenla se inventa que unos soldados moros “lo cubrieron para evitar que fuera herido nuevamente”. Sin duda no debió parecerle correcto reproducir lo que uno de ellos afirmó en el juicio contradictorio para la Laureada. Está documentado, pero nublaría los destellos que, para nuestro autor, ya proyectaba su héroe.

Escribe el general Fontenla: “la herida (…) se debió a una bala enemiga que le alcanzó en la región lateral del abdomen y lo derribó al suelo”. Se pasa por el arco de tiunfo la mención en la hoja de servicios, versión del coronel Carvallo de Cora, y del original del informe del fiscal sometido al Consejo Superior de Guerra y Marina. Pero a lo mejor se trató de un error en ambos documentos, que el autor ha advertido (si conoce la hoja de servicios, como suponemos). En esta vena, nada le impide pasar por alto las descripciones de la post-acción. Se limita a constatar que se le hizo una primera cura de urgencia sobre el terreno (no reseñada en tales documentos) y  que se le  llevó al puesto de socorro inmediato y luego a otro próximo a Ceuta, aunque no al Hospital Militar. Podría haber dado más información, tomándola de Casas de la Vega. Este, basándose en Ricardo de la Cierva, fuente superimpecable para algunos, recoge el nombre del médico que le atendió, Antonio Mallou (no es el que aparece en el juicio contradictorio, pero dejemos esta pequeña incongruencia). Tampoco se molesta en desentrañar otra -al igual que Casas de la Vega. La herida, ¿fue en el pecho o en el abdomen? Al menos este cita una fuente: el parte de bajas dado por el Servicio de Sanidad del EM en telegrama transmitido el 29 de junio de 1916. Claro que también la toma de Don Ricardo. Me hubiera gustado que el general Fontenla hubiese desentrañado, con su superior autoridad, tales incongruencias. Al fin y al cabo también escribe una biografía militar de Franco.

¡Ah! ¿Y qué pasó con las “pelas”? Nuestro estimado general afirma que al llegar al segundo puesto de socorro Franco “hizo ir al oficial más antiguo para hacerle entrega formal del dinero”. No es imposible. Pero ya se han evaporado 1º) la mochila,  si entró en acción con el dinero a cuestas y/o 2º) la posibilidad de que aquel día los Regulares no cobraran. Es decir, todos los detalles con los que se ha adornado desde Arrarás, vía Casas de la Vega, tal muestra del sentido de responsabilidad y de la preocupación por sus hombres. Nuestro autor sabe prescindir de detalles inverosímiles. Por eso no se le ocurre pensar en preguntas inesquivables:  ¿Dónde estaban las pesetas?, ¿En el puesto de socorro? ¿Las tenía algún otro oficial? ¿Avisó alguien al sustituto del pagador? Misterios. El sigue a un exfuncionario de la sección de Información anticomunista del Foreign Office, Brian Crozier, y se calla como un muerto.

En definitiva, repetimos que se trata de un autor que juega con las fuentes. La evolución de la acción del Biutz está descrita en la hoja de servicios, versión del coronel Carvallo de Cora, pero él prefiere refugiarse en los brazos (en mi opinión, poco seguros) de Casas de la Vega: el jefe accidental del tabor (no identificado) citó a Franco como “muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada en dicho combate”. Sabemos que el capitán Lias Pequeño jugó con la verdad pero el general Fontenla no lo detecta. No ha ido a la fuente.

Llegamos así al problemático juicio contradictorio, imprescindible para conseguir la ansiada Laureada. Nuestro estimado general llena el papel de ampulosas afirmaciones, sin particularizar el significado de las mismas. Por ejemplo, “Se le instruyó el proceso reglamentario (…) por disposición del general en jefe del Ejército de África”. Este general se atuvo al reglamento. ¿Estaba en su mano parar el procedimiento iniciado formalmente?. A partir de este momento todas las incidencias se esfuman y solo refulge lo que quiere el ilustre biógrafo. Se hizo “para determinar si reunía las condiciones precisas que marcaba el reglamento, pero no prosperó, como ocurría en multitud de ocasiones”. En esto se aparta, ¡alabado sea el Señor!, de Crozier que afirmó que se le denegó por motivos no explicados.

Ninguno de los dos tiene razón. La denegación ocurriría muchas veces, pero un “seudo-historiador”, de esos a los que dedica tantas florituras el general Fontenla, acudiría a las fuentes para ver por qué no prosperó. El, por el contrario, tima a sus lectores. O considera que nada de lo que antecede tiene importancia. Por ello desprecia la somera descripción que del suceso hizo el coronel Blanco Escolá, a quien ya había tachado de “incompetente historiador”, jugando con el título de su obra.

Ahora situamos la cuestión fundamental: ¿Merecía la pena haber perdido tiempo en destacar el tipo de procedimientos de que se sirve este último adulador del Caudillo? Para mí la respuesta es afirmativa. No cabe descartar que el combate del Biutz dejara un tanto traumatizado a Franco (¡su primera herida de guerra!). Obtuvo un ascenso, sí, pero no la Laureada de sus entretelas.

En realidad lo interesante es ver cómo presenta tan “objetivo” historiador la gesta del Biutz, que no la llama con este nombre un tanto prosaico sino con el más potente de “el bautismo de sangre del capitán Franco” (páginas 56 y siguientes). En lo que se refiere a su héroe, ha debido aprender de sus predecesores y ya no sigue a Arrarás, a quien ni siquiera cita en su bibliografía. ¡Qué horror! Ni se le ocurre pensar que, como Arrarás no estuvo en El Biutz, lo más probable es que recogiera lo que sobre el tema le dijo el propio Franco en plena guera civil.

Sobre el juicio contradictorio los amables lectores tampoco se sorprenderán al enterarse de que el general Fontenla pasa raudo como una centella. Su referencia a que en muchas ocasiones la Laureada no se concedía es correcta. En honor del Ejército hay que subrayar que no se regalaba entonces como si fuera un bomboncito o que las cruces caían como las lluvias de otoño, pero -nos enseña el general: “El simple hecho de haber sido propuesto, y más de que se abriese juicio contradictorio, era ya una recompensa y un honor para el propuesto, y no un descrédito, como intentan difundir sus difamadores”. Obsérvese la argucia del razonamiento. Todo lo que pudiera aducirse en detrimento del empeño de Franco por conseguir la ansiada condecoración, mintiendo e invitando a mentir a algunos de sus jefes y compañeros, desaparece como por arte de birlibirloque. Claro que el general Fontenla parece no tenerlas todas consigo. Obsérvese el párrafo siguiente (p. 60):

“El juicio contradictorio (…) se cerró en el año 1918. Aunque reconoció que la conducta observada por Franco fue brillante, se desestimó la concesión, considerando que no entraba en los casos previstos en la ley”.

Nadie podría objetar a tal afirmación, materialmente correcta, pero que obvia todo lo interesante del caso. A saber:

  • El empeño de Franco por conseguir a todo trance la Laureada, que también negó Crozier[1].
  • Los métodos de que se sirvió para que algunos compañeros testimoniaran en su favor.
  • El reconocimiento por el Fiscal Instructor (jefe de EM de la columna) de que su desempeño no llegaba a ser meritorio
  • La nueva porfía de Franco, ya ascendido, por reemprender el juicio.
  • Los testimonios, letales para él, de un suboficial español y de un soldadito moro, que también escamotea Casas de la Vega, pero que por lo menos dedica al tema casi dos páginas dejando de lado todo lo que pudiera resultar negativo para el héroe.

Y, leyendo entre líneas, el soplo de aire reprobador que inspira el informe del Fiscal al Consejo Superior de Guerra y Marina. Que el general Fontenla Ballesta llene páginas y páginas sobre el honor militar en abstracto y el de Franco en particular se convierte así en un mero ejercicio de readecuación de viejos mitos al ropaje que exigen nuevas leyendas, más adaptadas a esta época proclive a la hiperdiseminación de bulos.

Es significativo que haya lanzado dardos y venablos a los profesores Sir Paul Preston, Manuel Tuñón de Lara y Santos Juliá o al coronel y profesor de la Academia Militar Carlos Blanco Escolá cuando falla tan artera como lamentablemente. Su obra está ya incorporada a mi cuidada colección de mitógrafos de SEJE, si bien a considerable distancia de la del general Casas de la Vega. Este, por lo menos, cita fuentes aunque se las apañó para no indicar dónde encontró la famosa hoja de servicios del general Francisco Franco, si bien supongo que fue en la versión del coronel Carvallo de Cora.

(continuará)

 

[1] Nota. En mi biblioteca no tengo la versión original en inglés sino la alemana, publicada por  la editorial Bechtle en 1967. Crozier defendió hasta el final la tesis de que no fueron los alemanes quienes destruyeron Gernika y sostuvo un combate encarnizado con Herbert R. Southworth a tal efecto. Todo un cruzado.