Hay que machacar a Largo Caballero (I)

9 octubre, 2018 at 8:30 am

Los recientes dos libros del Sr. Platón, a quien he dedicado los posts anteriores relacionados con el asesinato del general Balmes, son representativos de una tendencia que poco a poco ha ido abriéndose en la publicística de derechas en los últimos años. Dando un salto en el vacío, resulta ahora que el golpe del 18 de julio se dirigió no ya contra los malvados comunistas -rompiendo así una tradición en la historiografía de tal carácter acuñada desde casi el momento mismo de la sublevación- sino contra los socialistas que preparaban una revolución o, en palabras de dicho autor, “un baño de sangre”. Ergo, la sublevación estaba más que justificada.

 

En un librito anterior al que me he referido en los posts precedentes y titulado SEGUNDA REPÚBLICA: DE LA ESPERANZA AL FRACASO, el Sr. Platón afirma, en un apartado titulado “Hacia la catástrofe”, que Largo Caballero, en visita en Londres, manifestó que un “baño de sangre” resolvería la lucha política en España. Un poco fuerte. Cita como fuente a Augusto Assía, seudónimo de un famoso periodista gallego llamado Felipe Fernández Armesto, que publicaba en La Vanguardia como corresponsal en Londres. Al parecer, así se expresó ante los representantes de la prensa española acreditados en la capital británica y nada menos que en la propia embajada española. El episodio parece poco verosímil y el Sr. Platón se cuida mucho de identificar de dónde ha tomado tan significativa afirmación. En un reciente viaje a Madrid, me preocupé de ver en la biblioteca de Historia de la UCM las memorias de Assía, pero el ejemplar que consulté se refiere a un período ulterior.

Claro que, bien informado como está, el Sr. Platón reitera de inmediato su tremenda acusación contra Largo Caballero. Cito literalmente:

En declaraciones al News Chronicle manifestó: “La solución para España, un baño de sangre”.

Ingenuo de mí, pensé que tan distinguido autor habría consultado el News Chronicle, aunque por lo que dijo de Pollard, Dorothy Watson y el Dragon Rapide tuve mis dudas. Como voy con frecuencia a Londres, pensé en consultar el periódico yo mismo. Seguía extrañándome. Un punto en el que coinciden varios testimonios es que dirigentes y miembros del PSOE habían anunciado, incluso públicamente, que un sector del Ejército preparaba una sublevación. Por las vías adecuadas habían hecho llegar sus temores al presidente del Consejo y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga. Pensar que los socialistas fueran a ser tan locos como para desencadenarla no encaja ni con lo que los historiadores sabemos ni con la situación reinante en la época.

En fin, como este verano he estado muy ocupado con mi próximo libro rogué a un amigo, el profesor Josep Puigsech, que se ha pasado un par de meses en Londres trabajando en archivos y en la British Library, que me fotocopiara la página del News Chronicle en que Largo Caballero, según Don Miguel Platón, habría hecho tan sanguinolenta declaración. Claro que tal periodista no pretende haber leído el News Chronicle (en el supuesto de que sus conocimientos de inglés se lo permitieran). Él cita como fuente la última edición (2010) de un libro de Andrés Trapiello, Las armas y las letras, p. 80.  Así que también la miré en la biblioteca de la Complutense. Y, ciertamente, es lo que escribe el Sr. Trapiello. Estamos, pues, en presencia de una cita basada en otra cita.

Este procedimiento no es de por sí criticable. Yo acudo a otros autores para apoyar mis afirmaciones, pero cuando estas afectan a asuntos graves prefiero ir a las fuentes. Así que he acudido a las fuentes gracias a la benevolencia del profesor Puigsech. ¿Y qué me he encontrado? Pues que es falso, falso de toda falsedad. Ni Trapiello ha leído el News Chronicle ni tampoco lo ha hecho Platón quien, por cierto, en la magra bibliografía en que basa su obra no menciona absolutamente títulos esenciales para la comprensión del proceso de radicalización de un sector del PSOE en la primavera de 1936 y sus antecedentes. Estoy pensando, de memoria, en los trabajos específicos de Marta Bizcarrondo y de Santos Juliá, pero hay más.

Así que, para mostrar cómo trabaja un historiador serio y no un trapisondista, me permitiré traducir los párrafos más relevantes del artículo de J. Langdon-Davies, “Caballero is Here”, publicado en aquel periódico el 9 de julio de 1936. Por cierto, no figura en las obras completas del líder socialista. Los lectores recordarán que el entrevistador fue un notable periodista que no tardó en acudir a España tan pronto como pudo tras el golpe y que dedicó numerosos artículos, recogidos luego en un libro, que ha reeditado con un primoroso prólogo el profesor Paul Preston. El original, Behind the Spanish Barricades, data de 1937, y se encuentra fácilmente en castellano y catalán en sendas ediciones de 2009.

Langdon-Davies presentó Largo Caballero a sus lectores (algo que omito aquí) y señaló que “España, al igual que Francia, se encuentra en la extraña situación de contar con un Gobierno democrático basado en las clases medias y amenazado por una revolución de las derechas y que para su vida misma depende de las izquierdas que no creen realmente en su capacidad de solucionar los problemas económicos y sociales”. Creo que la sucinta descripción es bastante exacta. Ahora traduzco el primer diálogo del artículo:

“Recordé a Largo Caballero el destino que ha tenido la socialdemocracia en Alemania y Austria. ¿No temía que los socialdemócratas españoles siguieran el mismo camino? No -respondió- porque son demasiado fuertes para los fascistas. ¿Por qué lo son? Porque estamos nosotros?, respondió”.

Aquí podemos observar un ejemplo de la hubris que acechó al PSOE y que no era muy diferente de la que acechaba a los militares que iban a sublevarse. Langdon-Davies señaló a sus lectores que el líder socialista era un gran admirador del primer ministro Casares Quiroga y que creía que era la persona adecuada para lidiar con la amenaza fascista. Puede ser una transcripción correcta o no. En general, los líderes socialistas ya no se fiaban demasiado de él, pero el hecho es que según el entrevistador Largo Caballero le alabó por la forma en que se había comportado.

Ahora llega un párrafo más interesante. Según el periodista Largo Caballero resumió su actitud hacia el Gobierno de la forma siguiente: “Estamos dispuestos a ayudarle en la realización de su programa. Lo hemos puesto donde está con nuestro sacrificio en sangre y libertades. No creemos que tendrá éxito. Cuando fracasen, será nuestro turno y será nuestro programa y no el suyo el que pondremos en práctica. Pero mientras ello no se produzca, seremos leales con el Frente Popular y con los republicanos de clase media”. Nada que reprochar a esta aseveración.

Langdon-Davies preguntó entonces cuál era la relación entre la UGT y otros sindicatos [léase CNT]. La respuesta fue que había un claro entendimiento en materia de huelgas. “Cuando se produce una vamos unidos. Tratamos de resolver las diferencias atrayendo a nosotros al común de los sindicalistas”. El lector recordará que la competencia intersindical, sobre la que se ha escrito mucho y bien, fue un factor que estaba detrás de las oleadas huelguísticas de la época y que, a principios de julio de 1936, parecían ir amainando. El periodista, sin embargo, inquirió si no era cierto que había habido una epidemia de huelgas. La respuesta fue que otras tantas habían tenido lugar en 1931 cuando él era ministro de Trabajo. El advenimiento del Frente Popular no cambiaba demasiado los términos de la lucha por obtener mejores condiciones de empleo en pugna con los patronos. Las huelgas eran económicas, no políticas. El éxito de la UGT había erosionado grandemente la capacidad de atracción de la CNT.

Largo Caballero añadió: “Existe, desde luego, un cierto nivel de confusión y de violencia, pero los socialistas nos oponemos a ello, ya sea en lo que se refiere a la quema de iglesias o al asesinato de contrarios. No podemos ser responsables de lo que hagan elementos criminales, ya sean de derechas o de izquierdas”. No hay que olvidar que la primavera de 1936 fue un período de acción-reacción ya que los conspiradores militares aspiraban a crear la sensación de que existía un estado de necesidad que había que cortar por lo sano.

“¿Cree Vd., preguntó el periodista, que el cambio de un gobierno republicano por uno socialista podrá hacerse mediante el voto en las urnas? Realmente no lo sé, -fue la respuesta- pero lo que sí sé es que sin nosotros no habría republicanos. Somos quienes les apoyan y sin nuestro apoyo se esfumarían”.  ¿Cuál es su actitud en temas exteriores? ¿Seguirá siendo España un neutral en las batallas futuras? Ya no hay, en realidad, neutrales. A un lado están los frentes populares de las democracias y Rusia y, del otro, las dictaduras de derechas”. Respecto a la Sociedad de Naciones, que el Gobierno conservador británico había ya debilitado, Largo Caballero afirmó que España continuaría siendo fiel a los principios de la misma. Si la SdN fracasaba, España no sería neutral. Los socialistas eran aliados de los enemigos del fascismo.

Una de las conclusiones del entrevistador fue que era muy de agradecer que hubiera grandes líderes populares y que, incluso en aquellos tiempos turbulentos, evitaran apelar a una emocionalidad desbordante.

Y ahora, mi pregunta a los Sres. Platón y Trapiello: ¿dónde encuentran en esta entrevista menciones a un “baño de sangre” o a la necesidad de la violencia?  Pues así, algunos escriben -dicen- historia. Se inventan fuentes, se inventan hechos y sobre ellos edifican invectivas y descalificaciones.

Y otra pregunta al Sr. Platón. Servidor ha confesado haberse equivocado en el empleo del general Romerales y haberle puesto al nivel de división cuando solo era de brigada. Para él, sin duda, el equivalente poco menos a un pecado nefando. Lo mismo hice con el general Gómez Morato que no fue ejecutado. Errores lamentables, producto del descuido y de no consultar el Anuario Militar o, en último término, Wikipedia. ¿Qué hará el Sr. Platón? No es el único renuncio.  El del próximo post es más sangrante.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (y V)

2 octubre, 2018 at 9:09 am

Ángel Viñas

Los posts anteriores pueden considerarse como un mero aperitivo, justificado no por ganas de comer sino porque la obra del Sr. Platón es de naturaleza a abrir el apetito. Evidentemente la escribió cuando todavía no se había publicado EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Sus ganas de, a última hora, insertar media página de bobadas son, por así decirlo, patéticas. Cualquiera que compare las dos obras observará que lo que la nuestra hace, anticipadamente, es arrojar muchas dudas sobre la versión mirífica hacia Franco que Don Miguel Platón ha lanzado al mercado. Según él, Franco estuvo por encima de todos a la hora de planear la conspiración. Por encima de Sanjurjo y de Mola. Un problema: se basa en un montón de supercherías inventadas por el propio Franco, cuando sus potenciales rivales estaban criando malvas desde hacía varios años. Y, encima, se apoderó de los papeles del segundo. De creer a Maíz, a quien el Sr. Platón cita mucho (pero en este caso no), en la misma mañana de su accidente ya desapareció el cuaderno de guerra de Mola. Un pillín, aquel Franco.

 

En la conexión británica es lamentable que nuestro estimado crítico no haya ni siquiera situado al capitán Pollard.  A él hace referencia en la página 122. Afirma que su información procede de “los archivos oficiales británicos” (los lectores observarán el grado de precisión que encierra tal referencia) y que Pollard había trabajado para el Servicio de Inteligencia Exterior, el afamado Secret Intelligence Service o SIS. No dice cómo obtuvo tal información, pero es cierto que tampoco pretende haber ido a los archivos oficiales británicos. Para eso hay que aspirar a nota, al reconocimiento de la grey de historiadores o a querer abrir algún caminito nuevo.

No extraña así que lo que afirma está plagado de errores. No está demostrado que antes de 1936 Pollard hubiese trabajado para el SIS. De aquí que la referencia a los archivos pretenda proporcionar un mero ropaje de “verdad” a sus afirmaciones. Servidor demostró que Pollard sí trabajó para el Intelligence Corps en la primera guerra mundial. Después se dedicó, lo que ya era conocido, a labores de inteligencia durante el conflicto irlandés. En el primer caso, servidor añadió que en una situación que plantea, cuando menos, interrogantes. Del segundo caso se sabe poco y, por si el Sr. Platón lo ignora, tampoco figura en ninguna de las historias estándard de la inteligencia británica en el mismo, escritas bien por historiadores británicos o irlandeses. Si no me cree, está invitado a rectificarme con mención de sus fuentes.

Es cierto que en Kew (que naturalmente no figura ni por asomo en la historia escrita por el Sr. Platón) hay un expediente sobre Pollard y también que se ha publicado un artículo del que se sirve mínimamente pero que tan estimable autor por supuesto no menciona, quizá porque en realidad le cueste algo de trabajo leer inglés. Servidor ha hecho en sus obras la debida referencia a los mismos. Señalaré a los lectores que tal expediente se refiere a su ingreso en el SOE en 1939, en una sección especial que más tarde se incorporó al SIS. Para el período anterior la única EPRE disponible es su hoja de servicios del War Office que me costó mucho trabajo conseguir porque tuve que presentar una copia del certificado de defunción con su fecha y no fue nada fácil averiguar qué oficina del registro civil inglés, muy descentralizado, lo había expedido. Por dicha hoja de servicios pude determinar que el grado al que había llegado en el Ejército no era, en realidad, el de comandante sino el de capitán. El Sr. Platón, que tanto me ha reprochado que me equivocara con el general Romerales y el coronel Saenz de Buruaga, debería haber estado atento a tales detalles. No es lo mismo ser jefe que mero oficial. Sin detenerme, como han hecho otros autores, en algunas de las sugerencias que Pollard hizo a la Superioridad y que le costaron el cese inmediato por lo que podríamos describir como incompetencia, si no imbecilidad, no he dejado nunca lugar a dudas de que Pollard está sobrevalorado en esa literatura que no maneja las fuentes adecuadas.

Al menos, el Sr. Platón debería haber leído a Day. Informó de algunas cosas a las que yo no había prestado atención pero que demostraron la temprana afición de Pollard por el trabajo clandestino. Ahora bien, fuera del SIS y de la Inteligencia Naval, lo que había entonces en el Reino Unido era la Inteligencia Militar (IM) y la Special Branch de Scotland Yard, que en este tema no contaría nada. Es muy verosímil que trabajara para la IM, pero no es seguro. Menos aún está demostrado que lo hiciera para el SIS en los años veinte. Mi creencia es que siguió con la IM. Es improbable que participara como agente en la operación del Dragon Rapide, pero no lo es que fuera como explorador por cuenta de la IM a ver qué diablos pasaba en Canarias, un punto sensible para ciertas inversiones británicas y para la Royal Navy. Todo esto lo expliqué en 2012 pero al Sr. Platón le da igual.

Es más, como las fuentes de información que no estén en el idioma patrio no son su fuerte es posible que haya recurrido solapadamente a la entrada de MI6 en la edición en castellano de Wikipedia con el fin de dorar blasones ante sus lectores.  Solo así puede entenderse que al servicio de inteligencia exterior lo llame Military Intelligence, Sexto Departamento. Error. El SIS no fue nunca un departamento de la IM. Debería haber leído no Wikipedia, si tal fue su fuente, sino la historia, aunque sea oficial, de MI6 debida al profesor Keith Jeffery. La dependencia fue exclusivamente nominal. Yo cito tal obra -y pongo de relieve sus lagunas en relación con España- en mi libro de 2012. Por cierto, los británicos no utilizaban el término Departamento sino el de Sección, como se hacía en España. Departamento se aplicaba al GRU (el servicio de inteligencia del Ejército rojo y su sucesor). No comprendo por qué lo utiliza para el SIS.

Lo he dicho muchas veces, pero lo repito de nuevo. LOS ARCHIVOS DEL SIS ESTÁN CERRADOS A CAL Y CANTO. SALVO LO QUE HA ESCRITO JEFFERY Y ALGUNOS DOCUMENTOS DESPERDIGADOS QUE SE ENCUENTREN N EN OTROS ARCHIVOS, NADA DE LO QUE CONTENGAN ES CONOCIDO. NO SE HA DESCLASIFICADO NINGUN PAPEL EN RELACIÓN CON LA MONARQUÍA, LA REPUBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL FRANQUISMO. SÍ ALGO, CON LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y ESPAÑA, PERO POCO.

El Sr. Platón juega con sus fuentes (que, ciertamente, no son muy amplias) según le da la gana. Como tampoco parece que sepa mucho de aviación, no repara en que el camelo que divulgó Bolín acerca de un radiotelegrafista a bordo del aparato ofrece demasiados agujeros. El Dragon Rapide no tenía espacio para una estación de radiotelegrafía. Incluso, probablemente, ni siquiera un asiento adicional que pudiera acomodar a quien lo manejase y que no necesitaba.

Esto viene a cuento de que las escasas fuentes utilizadas por nuestro crítico no añaden ni una miserable molécula de conocimiento a lo que ya se había escrito. Fiarse de Víctor Zurita, de Arrarás el hagiógrafo sin límites o del embustero Bolín es limitarse a hacer historia-ficción. Los tres fueron unos mitógrafos compulsivos y, probablemente, bien remunerados. A Bolín, no lo oculto, lo tengo entre ceja y ceja y demostraré en otro caso -en mi próximo libro- cómo no hay que tomarle muy en serio.

Nosotros hemos utilizado críticamente un amplio abanico de fuentes disponibles (hay una a la que no hemos tenido acceso y lo hemos indicado). También hemos señalado que, probablemente, existirán otras. Hemos dado varios nombres como posibles autores del asesinato, pero de entre ellos solo uno tuvo una carrera ulterior protegido por la benevolencia sin límites de Franco. Nadie ha explicado por qué. Y como el asesinato tuvo lugar echamos marcha atrás y subrayamos que Franco ya pensaba en la eventual necesidad de eliminar a Balmes en el mes de mayo de 1936, si no antes. Que, de no haber sido así, al comandante general de Canarias un militar de medio pelo osara decirle que estaba dispuesto a prescindir de sus superiores y que el futuro Caudillo, supuesto ejemplo de las más excelsas virtudes militares, no reaccionara como hubiera hecho cualquier otro en su lugar es desconocer que el deber de Franco (ojo, hablamos de deber) hubiera sido mandarlo callar inmediatamente y arrestarlo en el acto. Pero no, Franco se regocijó como un “padrone” cualquiera y se lo contó a su primo hermano y ayudante que, un poco obtuso como era, lo dejó grabado en sus memorias.

Los historiadores, en general, no cuentan cuentos. Aplican técnicas de análisis riguroso a las fuentes. El Sr. Platón las ignora. Cree ingenuamente que los episodios que difundió la propaganda franquista solo tienen una explicación, la que los sublevados y sus acólitos dieron y mantuvieron durante la dictadura.

Mientras tanto, tal vez podría explicar a sus lectores una curiosa circunstancia. Hubiera sido pedir peras al olmo que la identificase su fuente: entre los efectos entregados a la jurisdicción militar que llevaba el general Balmes en el momento de su “accidente” figuraron unos shorts y una camisa de seda rayada. Estoy seguro de que, con su simpar conocimiento de los asuntos militares, el Sr. Platón conservará en su poder documentación que demuestre que el general Balmes tenía la curiosa costumbre de visitar los cuarteles de su guarnición y pasar revista a las guardias que se formaban en su honor vistiendo un uniforme un tanto imaginativo. Nosotros lo hemos resaltado en varias ocasiones. Suponemos (lo he escrito en este blog) que poco de lo que se cuenta del comportamiento del general en la mañana del 16 de julio de 1936 realmente ocurrió, pero el historiador no puede inventar. Debe atenerse a los documentos.  Pero, por favor, que no insista en que el general Balmes era monárquico para explicar que por ello iba a seguir a Franco ciegamente. También lo habían sido muchos de los militares que los sublevados ejecutaron y metieron en la “trena” tras el 18 de julio. Todos habían ganado sus estrellas en la Monarquía. Lo que en una fecha límite contó fue otro aspecto: quienes estaban dispuestos a demostrar que se tomaban en serio su juramento de fidelidad y quienes estuvieron encantados en romperlo y encima se refocilaron en su supuesto honor durante varias décadas de dictadura.

(No ignoro, en este comienzo de otoño, que un historiador canario, Ramiro Rivas García, publicó el pasado mes de mayo un libro titulado …Y Franco salió de Tenerife, editorial Laertes. Su capítulo XXI, pp. 248-281, “La muerte del general Balmes, ¿accidente, suicidio o asesinato?”, se decanta por la primera tesis. No tuvo, lógicamente, tiempo de conocer EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO, pero no se le ocurrió hacer lo que hizo el Sr. Platón. El libro no nos induce a modificar nuestra argumentación, aunque sí podríamos hacer unos retoques marginales en relación con un asunto estrictamente colateral).

FIN

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (IV)

25 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Me quedé a media argumentación en el post anterior. Lo hice para mantener viva la atención del lector, quizá aburrido por estas disquisiciones. Son, sin embargo, importantes. La historia no es lo que ocurrió sino lo que, al cabo de un largo, complejo y tortuoso proceso de debates, los historiadores consensuan qué es lo que ocurrió y cómo cabe interpretarlo. Y la experiencia muestra, no hay ningún debate histórico de altura que pueda considerarse definitivamente cerrado. Hoy no tenemos las certezas de nuestros antepasados de los siglos de las Luces, pero eso no quiere decir que todo valga. El Sr. Platón pertenece a la “escuela” de que toda la República fue un desastre: violencia, exclusión, podredumbre política entre las izquierdas. No busque el lector otra cosa. Su obra encaja en un pasado historiográfico perfectamente determinado, en el que el “caso Balmes” aparece en coordenadas muy precisas.  

 

Por ello, en 2018 el Sr. Platón no tiene inconveniente en afirmar:

“Su tesis quedó invalidada por Moisés Domínguez Núñez, que publicó en 2015 En busca del general Balmes, basado en los documentos que Viñas fue incapaz de encontrar. Tres años después, Viñas intentó reivindicar su acusación con un nuevo libro que volvía a basarse en la especulación, sin aportar más argumento que una crítica de la autopsia efectuada al general, una autopsia que en su libro anterior negaba que se hubiera producido, para enmascarar el supuesto asesinato, pero que Moisés Domínguez pudo localizar y reproducir”.

Las negritas son mías. Me obligan a interponer un ¡alto! EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO no fue una obra exclusiva. Repito que conmigo colaboraron, en varios capítulos esenciales, un expiloto y un patólogo. Incluso en la extraña hipótesis de que el Sr. Platón tenga experiencia de pilotar aviones y simultáneamente se haya licenciado y/o doctorado en Medicina y Cirugía, me parece que su pasión le enturbia el entendimiento. Me propongo, en este y en el post final de esta pequeña serie dedicada al caso Balmes (para otros habrá una segunda), hacerle una rectificación en toda regla.

En primer lugar, quizá la apresurada lectura que el Sr. Platón ha hecho de nuestro grueso volumen no le ha permitido constatar que la obra del Sr. Domínguez sí figura en nuestra bibliografía. A él nos referimos en las páginas 13 y 14 del prólogo. Está inmortalizado con su nombre y apellidos en las páginas 80, 193 y 296 en notas al pie. En la página 17 del indicado prólogo explicamos que nos referimos a una crítica del libro de Domínguez Núñez efectuada por el profesor Roberto Muñoz Bolaños (y que el Sr. Platón prefiere ignorar) para adoptar, con el debido reconocimiento a dicho autor, la caracterización de “aficionado a la historia”. Con este apelativo, que reitero aquí y ahora, lo denominamos a lo largo de todo el libro. No se trata de un apelativo injurioso ni, creo, despectivo. No es un desdoro ser aficionado. Yo lo soy, por ejemplo, a las novelas de espionaje. He leído muchas. Nunca me he atrevido a escribir una. Si hubiéramos hecho caso a ese señor, por considerarlo historiador, habríamos utilizado otro calificativo. A nosotros, por un afán de economía que no de despiste, solo nos interesó su absurda obrita sobre la leyenda franquista de Balmes.

Los lectores que hayan ojeado nuestro libro me permitirán que reproduzca aquí lo que escribimos en la página 13 del prólogo de EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Habrá otros amables lectores de este blog que no lo hayan ojeado. En general, en todas mis obras, o aquellas en las que he sido coautor, he tratado de que las intenciones queden claras bien sea en el prólogo o en las conclusiones. También de que cuenten con un índice onomástico por lo menos y, cuando por razones de tiempo ha sido posible, incluso con un índice analítico, siempre para favorecer al lector. En el prólogo de mi libro SOBORNOS anuncié en lo que estaba trabajando, aunque hubimos de retrasarnos al esperar, estúpidamente todo hay que decirlo, que se nos diera acceso a una documentación a la que al final no nos dejaron acceder. Era, claro está, en la España del Sr. Rajoy. A lo mejor ahora, cuando el PP no está en el gobierno, a otros sí los dejarán. Invito desde aquí al Sr. Platón a que colme, si puede, tal laguna. ¿Qué es lo que escribimos en el prólogo?

“La tesis que ligó el asesinato de Balmes al vuelo del Dragon Rapide suscitó cierta controversia. En 2015 un aficionado a la historia publicó una réplica. Con prudencia dejó de lado absolutamente todo lo que se refería a la aeronave -según él, un hidroavión- y sus circunstancias. Defendió, con nuevos argumentos, la versión tradicional del accidente en un tono ácido y despectivo que ha hecho las delicias, no sorprendentemente, de la Fundación Nacional Francisco Franco y de algunos de los autores que con ello colaboran.

Tales documentos fueron las declaraciones del único testigo que presenció el suceso, un “informe de autopsia”, que se elevó a la categoría de prueba irrebatible, y un conjunto de declaraciones de jefes y oficiales de la guarnición grancanaria donde se enfatizó que Balmes apoyaba activamente el “Glorioso Movimiento Nacional” y que había fallecido “en acto de servicio”.

Desde la primavera de 2015 varios medios de comunicación, y sobre todo numerosas cabeceras digitales, han expandido este tipo de afirmaciones. Con ocasión del 80º aniversario del estallido de la sublevación, historiadores, y en especial publicistas de la derecha pro-franquista más extrema, alcanzaron el paroxismo al ensalzar las virtudes de tal investigación y la “ínfima” calidad profesional de quien había osado oponerse a la versión acuñada durante decenios por la dictadura. No sin insultos personales, como parece ser la tónica en tan denodados defensores de su “verdad” histórica”.

En tales condiciones, tampoco es sorprendente que el Sr. Platón no haya tenido inconveniente, él que se autodeclara experto en temas militares, en convalidar implícitamente la referencia al hidroavión de su apadrinado. Tampoco dice mucho en su propio favor que solo se ciña al caso de la autopsia. En primer lugar, no fue una autopsia. Si la reconoce como tal, ¿dónde están las credenciales como patólogos de los Sres. Domínguez Núñez y la suya?  Servidor no las tiene y por eso acudí a un experto de bien probada y documentada experiencia a fin de que diseccionara en dos capítulos los elementales -para un médico- errores anatómicos de lo que fue una mera cobertura, impuesta por los militares a dos forenses civiles. En lenguaje poco académico, una “charranadita”. Un camelo, que sigue siéndolo por mucho que haya acudido a algún experto foráneo sin proporcionarle la debida documentación de contexto, antes y después.

Dicho aficionado descubrió dos documentos más que no menciona el Sr. Platón. La declaración del único testigo y la de diversos oficiales y jefes de la guarnición varios años después de los hechos. Hemos tenido particular placer en desmontar la credibilidad de la primera en el capítulo 7 (“Un testigo único que miente”, en aplicación del principio clásico del testis unum, testis nullus, que ya he aclarado en este blog) y las afirmaciones de aquella serie de distinguidos patriotas que se prestaron, la Superioridad manda, en el capítulo 8 (“Lo que da de sí un expediente de pensión”) a encubrir el asesinato en el que verosímilmente todos ellos fueron cómplices por activa o por pasiva. Quizá con las prisas para introducir su media página en el texto, al Sr. Platón no le dio tiempo de leerlos.

Lo cual no le impide afirmar:

“La nueva obra de Viñas es tan poco rigurosa como la anterior. Se basa en negar validez a cualquier prueba, testimonio o argumento que niegue su tesis de partida. Esta última -un asesinato ordenado por Franco- carece de seriedad”.

Quien, me temo, carece de todo rigor y credibilidad es el Sr. Platón que termina su media página afirmando:

“A pesar de basarse en la investigación de Domínguez, no cita su libro y le tacha de “aficionado”, lo que constituye una descalificación gratuita y esencialmente falsa”.

Otro error (en una próxima serie de posts que me permitiré escribir para regocijo de mis amables lectores aludiré a algunos más graves). Hemos utilizado los documentos que yo no conocía y que sí halló el Sr. Domínguez. No se negó nunca. Es más, en la página 13 del prólogo declaramos:

“Desde esta introducción subrayamos nuestra felicitación más cordial al descubridor de aquellos nuevos documentos”.

Es una declaración absolutamente sincera, que reitero. Pero no nos basamos en su investigación. Al contrario, la repudiamos desde la primera a la última página. Alguien que descarta de entrada la pieza clave de la conspiración de Franco, el Dragon Rapide, y no sabe contextualizar una chapuza de autopsia cuya absurdez puede entreverse mirando en Wikipedia la posición relativa de los órganos afectados por un supuesto autodisparo de pistola no merece demasiadas menciones. Aun así, para tranquilizar a los lectores de este blog, las páginas en las que lo citamos, bajo el apodo de “aficionado”, son las siguientes: 31n, 32, 176, 198n, 206, 267n, 271n, 273n, 294n, 295n, 304n, 321n, 337, 514n, 547, 566. Ni él ni el Sr Platón podrán quejarse de que lo hayamos ignorado.

Uno hubiera pensado que después de tan encendida defensa de quien hemos denominado “aficionado de la historia”, unidos ambos en defender el supuesto honor sin mancilla ni mácula de Franco, el Sr. Platón se habría servido de sus “descubrimientos” para aportar nuevos documentos que clarifiquen el desgraciado final del general Amado Balmes. No lo ha hecho.  También carece su opus de índice onomástico, lo que dificulta identificar nombres, pero en sus notas a pie de página Domínguez Núñez aparece solo una vez y solo para afirmar que el general Balmes era monárquico. Esto me da pie para hacer algunas consideraciones sobre contextualización.

El papel del historiador es complejo. Debe analizar e interpretar el pasado. Es, como dice un amigo mío, Santiago Gómez Reino, “el forense de la historia”. Se basa en hechos, sucesos, actuaciones, decisiones, etc. que comparten ciertas características en común: deben ser documentables, pero ninguno puede comprenderse aisladamente. Es preciso situarlos en contexto de manera crítica, analizando su consistencia interna y externa, si se trata de documentos, y en su relación con otros, generalmente muchos otros. Y en esta doble operación es en la que se muestra la pericia, o la impericia, del investigador. Que de todo hay en la Viña del Señor.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (III)

18 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Confieso que la referencia implícita al artículo de Farman me intrigó. Es un artículo un tanto delirante, no por el autor, periodista profesional que merece todo mi respeto. Lo es por algunas de las declaraciones que en él se recogen. Farman se entrevistó con dos protagonistas. Con Pollard, poco antes de que falleciera, y con Bebb, el piloto del Dragon Rapide. Ciertas declaraciones de este último son tan absurdas que, quizá por estúpido respeto a su memoria, nos abstuvimos de utilizarlas en EL ÚLTIMO TESTAMENTO DE FRANCO, ya conocido de los amables lectores de este blog.  Tampoco empleamos las de Pollard. No las consideramos significativas. No lo eran para nosotros, pero ahora resulta que sí lo son, en virtud del uso que de ellas hace el distinguido autor al que no hemos hasta ahora identificado. Se trata de Don Miguel Platón. Es un ejemplo de cómo un hecho puede tener distintos valores según su contexto y las intenciones del historiador.

 

Las alusiones a mi libro (pp. 171 y 172) que hace el Sr. Platón lo son a la edición ampliada de 2012, no a la de 2011. Conoce la más moderna, pero en general prefiere utilizar la más antigua. Se me escapan sus razones. Cada maestrillo tiene su librillo y en el mío lo normal es ir a la edición más reciente. El tema es significativo porque la ampliada contiene datos adicionales (entre ellos un informe de la policía científica, obtenido gracias a la amabilidad de uno de sus jefes que conocí en uno de los cursos de verano de El Escorial). Aunque también en aquel momento me declaré incapaz de probar documentalmente la causa del “accidente” de Balmes.  

Las referencias a la conversación que Farman tuvo con Pollard y que publicó el 25 de junio de 1966 en The Guardian, las puso en un tono directo, como si hablara el ya comandante (ascendió finalmente a este empleo mucho después de los hechos):

“¿Quiere Vd. saber algo de lo de Franco, no es eso? Luis Bolín, el corresponsal de ABC en Londres, arregló la cuestión del avión y Douglas Jerrold, un viejo amigo mío y director de la English Review, me contaron lo que se proponían (“the plot”). Lo de las chicas fue idea de Bolín así que escogimos a mi hija y a Dorothy Watson, the poultry girl”. Punto.

Es difícil, por no decir imposible, que incluso un catedrático de Filología inglesa pudiera explicar convincentemente si, en este contexto, la expresión the poultry girl destacada por el Sr. Platón como evidencia de la forma en que a ella se refirió Pollard treinta años después del viaje del Dragon Rapide, cabe traducirlo por una chica inocente, una polluela. Muy por el contrario, la única traducción compatible con los hechos, las circunstancias, Jerrold, la grabación de Diana Pollard y Farman, es “la chica de los pollos”. Los que la familia Pollard criaba y que Dorothy cuidaba. En el supuesto de que Pollard hubiese querido decir algo amable de ella, normalmente se hubiera servido de una fórmula como, por ejemplo, a nice poultry girl.

Y ahora mi pregunta: ¿quién es el cómico en este tema?  Por haberse regodeado de la traducción de un servidor, el Sr. Platón tendrá que aguantar dos comentarios mínimos: en su desprecio por la gramática inglesa, me parece que tal vez su dominio del inglés sea equiparable al del receptor de las lecciones del “me Jane, you Tarzan”; el segundo es que, en su proyección de comicidad hacia otro, no hace sino seguir las inclinaciones propias de una escuela de historiadores como la que dominó a partir de 1936 hasta comienzos de los años setenta. Dicho esto, por supuesto, como meras sugerencias. Incidentalmente, las “paridas” que poco antes de fallecer parece que pronunció Pollard (un personaje sobrevalorado) y que nuestro distinguido autor toma de Farman, son solo eso, “paridas”.  El argumento utilizado por el Sr. Platón puede caracterizarse de dos formas en inglés:  the shit o a shit. Espero que, si lee estas líneas, advierta la diferencia que es sustancial. Hasta ahora solo estoy en el aperitivo.

Es obvio que todo historiador comete errores. Servidor, también. Su causa es, con frecuencia, el descuido. Don Miguel Platón también me acusa de haber cometido varios. Para él, terribles. De tres de ellos, cualquiera que sea el calificativo que merezcan, me reconozco culpable. Hice general de división a Romerales (lo era de brigada). Hice teniente coronel a Eduardo Saenz de Buruaga (era coronel) y afirmé que al general Gómez Morato lo habían ejecutado (no fue así). Me doy golpes de pecho y entono el mea culpa. En mi descargo tal vez pueda señalar que, probablemente, en los dos primeros casos no consulté el escalafón. Ahora bien, en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO Romerales ya aparece como general de brigada, Saenz de Buruaga como coronel y a Gómez Morato no se le cita. ¿Por qué? Porque lo que habían sido referencias estrictamente marginales en 2011 y 2012, en esta última obra (2018) han ganado algo más de peso y significación y no me fié a mi memoria.

Tras este mea culpa debo congratularme de que el Sr. Platón haya tenido tiempo de incluir en su recientísima obra algunas líneas sobre EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Los lectores conocerán el famoso dicho de que siempre es bueno que lo citen a uno, aunque sea bien. Inexplicablemente, sin embargo, me atribuye su autoría exclusiva. Quizá se trate de una extraña fijación en mi modesta persona. Los tres autores estamos citados en la portada. Nuestras biografías figuran al final. En la obra solo se emplea el plural, no el mayestático sino el que corresponde a una autoría conjunta.

Las líneas que ha introducido en el texto de su libro Don Miguel Platón tienen una referencia en la nota 229. Se refiere a que en la página 645 de su texto me dedica, injustamente repito, nada menos que media página. Quizá exagere, pero por experiencia propia pienso que probablemente trastornó un pelín la compaginación prevista por la editorial que, naturalmente, se plegó a sus deseos.

En relación a la edición de 2011 el Sr. Platón empieza afirmando que, según escribí entonces, “el general Amado Balmes fue asesinado por un oficial del Ejército, siguiendo instrucciones de Franco con el fin de que tuviera excusa para trasladarse a Gran Canaria y poder embarcarse en el Dragon Rapide”. Está correctamente rendido. Añade que servidor no aporta prueba alguna, tampoco en la edición “revisada y actualizada que publicó al año siguiente”.

Hasta aquí más o menos OK, salvo que en ambas ediciones creo que escribí que sería difícil encontrar un papelín que dijera algo así como “al recibo de la presente orden ejecutará Vs a su comandante, el general Balmes”. Lo que hice fue acumular toda una serie de indicios, pero que apuntaban eso sí en una sola y única dirección.

Continúa el Sr. Platón:

“Se trataba de una mera especulación, basada en una ponderación arbitraria de las fuentes, cierto número de inexactitudes, cuestiones ajenas al caso y, sobre todo, una insuficiente investigación”.

En puridad, no era totalmente especulativo. Me asesoré debidamente y algunas de las tesis que entonces expresé han podido comprobarse documentalmente, de forma directa o indirecta. Lo de la arbitrariedad me parece discutible (y no como la que ha salido del lingüista de la poultry girl); el aspecto de las cuestiones ajenas al caso es incluso más discutible porque en un avión para Franco empezó a pensarse allá por el mes de abril de 1936. En mis conclusiones en aquel momento, pp. 380-383, mencioné algunas de las lagunas que había detectado, teniendo en cuenta que la orientación del libro no abordaba solamente el asesinato del general Balmes. Abordaba algo más amplio que el Sr. Platón sigue sin oler, quizá porque no lo considere significativo: la cuestión de si hubo o no algún vector oficial británico tras el golpe de 1936. Era lo que me había llevado en primer lugar a estudiar el caso Balmes. Incluso hubo un tercer capítulo en el que resumí mis reflexiones sobre la “batalla por la verdad”, es decir, la destinada a recuperar una vena del pasado colectivo conscientemente desfigurado por la propaganda franquista y de la que di como ejemplo una de las producciones del augusto SHM de la época.  Tal vez el Sr. Platón se identifique con ella.

Digo esto, porque desde el punto de vista académico y profesional, la aportación que hace dicho libro es, ¿cómo decirlo?, parva. Se sitúa en la línea periodística del “revisionismo” de derecha o extrema derecha, con contextualizaciones y análisis historiográficos pobres y con la mala suerte de que todo lo que dice acerca de la conspiración de Franco se basa en documentos o testimonios harto sospechosos y que, en gran medida, aunque no en toda, habían sido ya derribados, hasta donde pueden derribarse, en nuestro libro.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (II)

11 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Espero que a los amables lectores se hayan olvidado de las sonrisas que pudiera haberles suscitado el primer post de esta temporada. En el de hoy voy a hacer una demostración de cómo no conviene menospreciar la tan menospreciada EPRE. Todo historiador tiene que reconocer que no escribe historia definitiva y que incluso aunque se limite, modestamente, a presentar un estado de la cuestión, este también es cuestionable si choca con EPRE que el historiador, por las razones que sean, ha desconocido o ignorado.  En el post anterior, me había asombrado que un autor, al que todavía no he citado por su nombre, acudiera a la suprema autoridad del capitán Pollard para caracterizar a la Srta. Dorothy Watson como una “chica inocente”, una “polluela”, pero sin mencionar ni identificar la referencia de donde la extrajo. También admití que, si bien gramaticalmente tal acepción es imposible en inglés, podría haberse tratado de un uso personal.

 

La interpretación de nuestro distinguido autor choca no con una cita de Pollard treinta años después (1966) sino, estrictamente, con la de 1936. Servidor se basó en esta última para caracterizar a Dorothy Watson, es decir de la época. Me pareció un aspecto tan nimio que no se me ocurrió dar la referencia concreta, aunque sí en términos generales.

Antes de pasar a la contextualización (tarea inexcusable para toda EPRE) debo constatar un hecho esencial: la bibliografía utilizada por tan eminente crítico (que me parece algo parca para un tema como es el de los antecedentes y desarrollo del golpe de julio de 1936) está casi exclusivamente en castellano. Solo cuenta con una excepción. El libro de una amiga mía, Angela Jackson, sobre las mujeres británicas y la guerra civil. Es cierto que incluye a historiadores extranjeros (una media docena en ediciones siempre en castellano), pero no lo hace por ejemplo con otros reconocidos como Preston, Graham, Gabriel Jackson, Thomas, Beevor, Heiberg y me quedo corto. Todos ellos también han escrito sobre el período. Esto podría inducir al lector a pensar que dominar literatura en idiomas foráneos no es uno de los fuertes de tan distinguido autor. Por otro lado, ni siquiera citar, aunque sea para criticarlos, a extranjeros traducidos -salvo la relevante excepción de Payne, con nada menos que tres obras- podría permitir atisbar que adolece de un cierto sesgo, que no caracterizaré. También indicar la propensión a un tipo determinado de literatura que tampoco calificaré.

Son disquisiciones que solo marginalmente vienen al cuento. Lo que sí viene al cuento es la omisión, quizá querida, de la EPRE de 1936. Sin embargo, tan estimable autor podría haberla encontrado no en una sino en tres fuentes. La primera, y quizá más importante, es la que durante muchísimos años y sobre todo en el mundo de habla inglesa ha hecho autoridad. Se trata de la autobiografía de Douglas Jerrold, Georgian Adventure. La edición que tengo en casa data de 1938. Es la publicada por The “Right” Book Club. A lo mejor hubo otras, pero para mí esta es significativa porque forma parte de una colección de libros de tendencia inequívocamente derechista en la época. No cabe desconocer la obra que, ¡ay!, nuestro autor ignora.

Jerrold era un periodista y publicista inglés de hoy diríamos extrema derecha a quien cité extensamente. En su autobiografía describió cómo su amigo Luis A. Bolín (entre paréntesis: un embustero quintaesenciado) fue a buscarlo para ver quiénes podrían viajar con él en el Dragon Rapide. Jerrold, tras descartar varios nombres (también de extrema derecha), pensó en Pollard. Ambos se desplazaron con Juan de la Cierva a su casa, le convencieron y entre los cuatro decidieron que también irían dos chicas en el avión. Una fue Diana Pollard y la otra una amiga suya, Dorothy, a la que no encontraron fácilmente porque estaba “repartiendo pollos” (“delivering chickens”). Al final la pescaron. Servidor pensó, quizá ingenuamente, que si repartía pollos es porque tenía que ver algo con pollos. Todo esto hubiera podido leerlo nuestro estimado autor en la página 373 de mi libro de hace siete años, no de ayer.

La segunda EPRE la ofrece Angela Jackson, ya mencionada, que utilizó una grabación hecha por Diana Pollard en 1992 y que, naturalmente, citaba. Me facilitó sus notas, pero como a mi me interesaban otros aspectos acudí a la grabación misma que se guarda en los archivos del Imperial War Museum de Londres. Todo esto también lo expliqué en mi libro de 2011 (p. 11). Escuchamos atentamente la grabación, hicimos (mi mujer es británica) una transcripción y en ella apareció que Dorothy ayudaba a los Pollard con sus gallinas, imagino que en algún corral de su casa, pues vivían en un pueblecito del campo. (Incidentalmente, el único libro en lengua inglesa que menciona nuestro distinguido autor es el de Angela, pero solo para aludir a un tema tan importante históricamente como que Diana temía que si no viajaba en el Dragon Rapide su padre la considerase apocada o cobarde). La sorpresa ante esta única referencia no es una necesariamente una crítica. Es una demostración de cierto pasmo. Cada historiador elige lo que considera significativo. Ángela escribió sobre las mujeres británicas en la guerra civil y Diana Pollard y Dorothy Watson fueron las primeras de que hay constancia que presenciaron uno de los primeros, si no el primer, capítulo.  Servidor se pregunta si, en el contexto del golpe, es lo suficiente para mencionar el libro de Angela como el único que nuestro autor ha utilizado en inglés.

Poco después de mi trabajo en 2011 apareció otro título en el mercado británico de un periodista inglés, Peter Day. Lo compré por si se me había escapado algo y ya hice referencia a él en la segunda edición, en 2012, ampliado después de hablar con la familia Balmes. El libro de Day se ha publicado años más tarde en castellano. No lo adquirí, pero en cualquier caso nuestro distinguido autor tampoco lo cita, algo de por sí más que llamativo. Pues bien, Day transcribió una parte de la grabación que a mí no me interesaba. En ella, página 25, cita a Diana hablando de Dorothy. “También querían [es decir, Bolín, de la Cierva, Jerrold y su padre] otra chica, porque una no sería suficiente”. La frase que sigue a esta es: “We had some battery chickens and Dorothy Watson … [looked after them]. Este segundo paréntesis es de Day. ¿Mi traducción sobre la marcha de esta pequeña referencia? “Criábamos unos cuantos pollos [y D. W. los cuidaba]”. Es decir, los Pollard, en su casa, tendrían un corral, una huerta o lo que fuera y lo utilizaban no solo para plantar frutales y hortalizas sino también para tener pollos. No sé cómo el traductor de Day lo habrá reproducido, pero es difícil que no mencione a estos simpáticos animalitos.

¿Cómo se denomina en castellano a una chica que haga las funciones que se atribuían a Dorothy? No puede ser una pollera porque, según el DRAE, pollero o pollera son personas que tienen por oficio criar y vender pollos. “Polluela”, término afectivo y que es como nuestro imaginativo autor lo traduce, no existe en el DRAE. Sí existe polluelo con la acepción de cría de ave. Servidor cortó por lo sano y amalgamó las ocupaciones de Dorothy: trabajaba con pollos y ayudaba a la familia con ellos. Me atuve a lo dicho por Jerrold y por Diana Pollard, por así decir a la EPRE. ¿Dónde está mi comicidad?

También di otra referencia. Esta vez al artículo de un periodista inglés, Christopher Farman, publicado en The Guardian el 25 de junio de 1966. (Lo cita nuestro autor en su bibliografía, y de manera indirecta en la p. 621, quizá porque supo de él por conocimiento innato).  Recogió unas declaraciones de Pollard hechas poco antes de su fallecimiento. Pues bien: esta es la prístina fuente de la que se sirve, aun cuando hay que esforzarse un poco en establecer el enlace.

Espero que los amables lectores, si no se han aburrido con este post, se rían con el próximo.

(Continuará)

Hay que salvar la leyenda del accidente del general Balmes y también el honor de Franco (I)

4 septiembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

¡Feliz nuevo curso! ¡Feliz rentrée! ¡Feliz otoño! Después de una pausa veraniega algo más larga de lo que tenía previsto y en la que me he limitado a subir a Facebook algunos artículos que me han parecido interesantes, vuelvo con nuevas intenciones. A pesar del susto de junio he podido descansar, leer y escribir. Mi próximo libro -espero que salga el año que viene- ha hecho progresos y ahora está pendiente de un par de viajes a archivos extranjeros en busca de EPRE. No sé lo que encontraré. Mientras tanto he pensado mucho en cómo y con qué reanudar el blog. Los temas no faltan.

 

El curso pasado dediqué varios posts al caso del general Balmes. No puedo pedir a los amables lectores que lean el mamotreto que a finales de enero publiqué con dos colegas, mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas y un eminente patólogo, el Dr. Miguel Ull. Desgrané, eso sí, en varios posts y en lenguaje sencillo sus conclusiones. Balmes no se mató. Lo mataron. Hicimos, incluso, consideraciones varias sobre quién habría podido ser el autor.

En las pasadas vacaciones he visto que a un autor nuestra argumentación no solo no le convenció. La rechaza sin ofrecer ningún argumento. Debió de ojear el libro -no digo leerlo- cuando estaba a punto de terminar una obra suya. Montó en cólera contra nosotros o, para ser más exactos, contra servidor. Su opus salió a la calle, si no recuerdo mal, a principios de mayo. Se me ocurre pensar que para aprovechar la Feria del Libro madrileña. Tres meses después del nuestro. En consecuencia, tuvo que hacer un esfuerzo para introducir una reacción inmediata y un tanto visceral. Hay que pensar que su texto estaría ya en primeras o segundas pruebas y que entrar a debatir en profundidad nuestras tesis hubiese descolocado la paginación y retrasado la publicación. Es comprensible.

Aun así, lo intentó. Hay dos formas de hacerlo: con cambios mínimos en el texto o pasarlos a las notas a pie de página si, como ocurre con frecuencia, estas figuran al final. Es lo que prefieren muchas editoriales porque disminuye el trabajo de repaginación. Si no recuerdo mal es el enfoque que prefirió Espasa antes de publicar la biografía de Franco del profesor Stanley G. Payne y del periodista Jesús Palacios. Por razones que se me escapan ambos debieron de considerar que era muy importante introducir una referencia al “destape” de Jordi Pujol y lo pasaron a las notas de al final. Su libro salió, creo, en septiembre y la “confesión” del expresident de la Generalitat se produjo a finales de julio.  Supongo que con ello quisieron contraponer la figura de Franco, austero, sencillo, desprendido, con la más que dudosa ejecutoria financiera del Sr. Pujol. (Si fue así no tuvieron mucha suerte porque al año siguiente me permití demostrar en La otra cara del Caudillo que el general Francisco Franco dejó literalmente en pañales al político catalán en lo que se refiere a hacer jugadas financieras, sobre todo para allegar una fortunita durante la guerra civil mientras sus soldados morían y se desangraban como chinches en las trincheras y en los hospitales en un conflicto que intentó prolongar todo lo posible).

En el opus de ese autor no convencido, escrito a la mayor, a la inmarcesible, a la inmortal gloria de Franco y aparecido bajo el atractivo título de Así comenzó la guerra civil: del 17 al 20 de julio de 1936: un golpe frustrado hay una introducción en la que arremete por los más diversos motivos contra los errores de numerosos historiadores. Uno por mencionar la sublevación de capitanes generales cuando estos ya no existían (correcto), otro que afirmó que el piloto del Dragon Rapide no era inglés sino galés (también correcto, con la salvedad de que en muchos casos a los británicos se les denomina en el continente con el genérico de “ingleses”, aunque se trate de ingleses, escoceses, galeses o norirlandeses y que el concepto de “británicos” es de un uso relativamente moderno). Otro historiador es objeto de sus iras por utilizar el término de “Legión Extranjera” cuando lo correcto es el “Tercio” (OK, pero eso no quita el hecho de que fuese sustancialmente una copia de la Legion Étrangère cuyos orígenes se remontan al siglo XIX).

Pero, en fin, todo lo que contribuya a esclarecer los hechos y a dar a cada uno el título, grado, empleo, etc. que le corresponda es bienvenido. Vivimos en la época del “copia y pega”, como él dice, una “técnica que hace estragos incluso en el ámbito profesional académico”. Yo diría que no solo en este ámbito (véase el ejemplo del Sr. Casado, hoy flamante presidente del PP) aunque como es sabido las Universidades que están más al día (también las españolas) han ido adoptando sofisticadas técnicas de identificación del plagio, mucho más fácil de detectar que antes.

Por otro lado, el “copia y pega” que denuncia nuestro distinguido autor parece incluir, en mi opinión erróneamente, a un premio nacional de historia que no identifica (es un amigo mío: Enrique Moradiellos) por una obra en la que cometió el inmenso, imperdonable, error de afirmar que “la guerra comenzó en Melilla el 17 a las 17”. (En su bibliografía tan exigente caballero menciona, sin embargo, el libro de un militar titulado Marruecos, ¡17 a las 17! y otro, sin fecha, ¡17 de julio! La guarnición de Melilla inicia la salvación de España). Es decir, y sin entrar en detalles, a primera vista parece que Moradiellos no se equivocó tanto. El “copia y pega” no lo veo.

He reproducido algunos ejemplos de la introducción (que abarca muchos otros, denunciados en un tono de indignación y desprecio un tanto chocante) porque en la misma también arremete contra “un conocido hispanista británico” (quizá se refiera a Paul Preston) que, en relación con Balmes, había escrito algo que a tan exigente caballero no le gusta. Su respuesta, ante la que parece que hay que inclinarse, es una afirmación tajante: “Balmes era monárquico y ningún documento ni testimonio avala otra tesis que la del accidente”.

Debemos sorprendernos de que no se incluyan nombres en la introducción, pero, lógicamente, sí lo hace en su texto. Menos mal.

A servidor lo cita por primera vez en la nota 133 de la página 123. La explica en la página 641 de una manera un tanto chusca. Me reprocha no saber inglés. Lo pongo en negritas para resaltarlo. Reconozco ser nativo de Madrid. Uno no elige dónde nace.  Por su nombre él tampoco parece británico, pero a lo mejor tuvo la suerte de formarse en Eton, Westminster, Harrow, Rugby, Winchester o en alguna grammar school británica y hablar inglés como cualquier británico educado. Mis padres no pudieron financiarme una educación en el extranjero. Los idiomas que aprendí fueron, generalmente, con becas. Pero en lo que se refiere a inglés tengo en mi haber casi 17 años de trabajo profesional en este idioma, lo hablo diariamente en casa y algo quizá haya aprendido.

Y ¿cómo me acusa nuestro distinguido autor de no saber inglés? Pues, simplemente, porque en el primer libro que escribí sobre la conspiración del general Franco (2011) me referí a una de las pasajeras del Dragon Rapide, Dorothy Watson, como alguien que “trabajaba con pollos y que “ayudaba a la familia [Pollard] en la cría de gallinas”. Nuestro eminente autor afirma con suprema autoridad que “se trata de un error de traducción, involuntariamente cómico”. Haré de este caso un ejemplo de cómo trabaja tan ilustre caballero.

Sus razones las expone en la antedicha página 123. El capitán (no, como él afirma, comandante) Pollard “recordaría [a Dorothy] treinta años después [1966] como poultry girl, es decir, una polluela, una chica inocente”. Una afirmación que no admite, al parecer, recurso.

Pero sí lo admite. La suya es, pura y simplemente, una afirmación grotesca. Ni más ni menos. No es este un blog de gramática inglesa, pero tan ilustre autor parece ignorar que poultry es un término genérico referido a las aves de corral (criadas para obtener carne, huevos o plumas). También al lugar en donde se encuentran, en una acepción obsoleta. O su carne en libros de cocina. Son definiciones del New Shorter Oxford English Dictionary, que me parece tener alguna autoridad. No es un adjetivo. Determina la significación, eso sí, de los sustantivos a los que habitualmente se aplica. Así, por ejemplo, farm es granja, y poultry farm es una granja avícola.

La edición que tengo en casa de dicho diccionario es de 1993. No sé si en los años treinta o cuarenta del pasado siglo la expresión habría podido tener otra acepción (aunque gramaticalmente no es posible). Recurro, sin embargo, al diccionario histórico, el masivo Oxford English Dictionary de veinte volúmenes, en la reproducción en micrografía de 1994 que es la que tengo en casa. Contiene acepciones que se remontan a Chaucer, en el siglo XIV. No a anteayer. Da otros muchos ejemplos de utilización de poultry con, valgan los casos, basket, farmer, feather, feeder, flutter, house, keeper, man, market, meat, run, shop, show, stall, yard, raising, rearing, woman. Sinónimo de poultry girl es también poultry maid, aunque me parece un poco anticuado.  Por lo demás, si se acude al siempre bien dispuesto Mr. Google, cabe encontrar otras aplicaciones, pero nunca en el sentido que nuestro distinguido autor le da de “chica inocente”.

Él no se basa en diccionarios, quizá porque lo tendría difícil. Se refiere a la suprema autoridad del capitán Pollard. Pero, ¿de dónde la extrae? ¿Hay algún ejemplo en el que Pollard la utilizó en tal sentido? Podría, ciertamente, tratarse de una acepción personal. Por ejemplo, yo llamo cariñosamente a mi hija “piru” o “pirula”.  No sé por qué. Ella lo entiende. También los demás miembros de la familia. Chocaría que Pollard, inglés, forzase la gramática inglesa, pero cosas peores se han visto.

Los lectores estarán aburridos de estas disquisiciones. Lo siento. Son imprescindibles para empezar a demostrar que quien se salta la evidencia como un caballo desbocado es mi eminente crítico. Y quien se la salta una vez quizá es porque está acostumbrado a hacerlo con alguna frecuencia. No solamente en una cosa tan trivial, sino en tema más importantes. La historia no se escribe con mitos. Tampoco se escribe con camelos.

(Continuará)

La guerra lenta de Franco (y X)

3 julio, 2018 at 11:48 am

Ángel Viñas

Por fin nos acercamos al final de esta pequeña saga, tras la interrupción de la semana pasada.  Es el momento de recurrir a Sir Arthur Conan Doyle y a su inmortal Sherlock Holmes. Si no recuerdo mal, uno de sus adagios más citados es aquel a tenor del cual cuando ya se ha eliminado lo imposible, sea lo que sea lo que quede debe ser la verdad por muy improbable que resulte. Para explicar la decisión de Franco de llevar a cabo una proeza tan absurda como la de no aprovechar la toma de Lérida ni la ventaja subsiguiente de tener despejado o desguarnecido la carretera para continuar la marcha hacia Barcelona hemos examinado los argumentos posibles que se han aducido. Han fenecido los basados en la gran estrategia de política económica de guerra de SEJE. También los basados en el temor a una invasión francesa de Cataluña.

 

Entre los argumentos imposibles figuran otros: que Franco fuera idiota (nunca lo fue); que no supiera lo que tenía entre manos (no era un genio, pero tampoco un subnormal); que no se diera cuenta de la coyuntura (Yagüe y sus generales le incitaron a avanzar hacia Cataluña); que estuviera distraído pensando en la luna (ya que, lógicamente, no en la huerta) de Valencia (inverosímil).

Así, pues, si eliminamos lo posible y lo imposible, ¿cuál podría ser la verdad? Mi argumento prolonga un patrón de conducta ya consolidado en la dirección de la guerra por parte de Franco y que combina elementos mencionados repetidamente:

  • Deseo de “limpiar” el territorio que sus tropas iban ocupando. Esto suponía avanzar la línea de contacto con el adversario haciéndole retroceder y enviar después a falangistas primero y a unidades del SIPM después (aspecto muy destacado por mi buen amigo Francisco Moreno Gómez) a aprehender y a apiolar (o a apiolar y aprehender) a los malhechores que se oponían a la victoria ineludible, bendecida por Dios, de la sedicente España nacional.
  • No conceder la menor victoria táctica al adversario, encarnación de todos los males de la PATRIA (siempre con mayúsculas). Como afirmó en alguna ocasión a los pocos años de terminada la guerra (aunque no la campaña, Francisco Espinosa dixit) ante el Consejo Nacional del Movimiento, los “rojos” eran la escoria de la Nación y como tales debían ser tratados.
  • El deseo de no dar la oportunidad al adversario de conseguir victorias tácticas implicaba renunciar a tomar en buena medida la ofensiva estratégica. Se avanzó en el Norte, pero en cuanto se planteó un reto en Brunete, se aflojó la acometida y se acudió al frente central. Se perdió Teruel, pero no era posible dejarlo en manos “rojas”, así que se perdió un tiempo precioso en recuperarlo, cualquiera que fuese el precio. Los “rojos” cruzaron el Ebro con motivaciones tácticas, pero se rechazó reconocerles esa pequeña ventaja y se planteó una batalla larga y dura que hizo las delicias de Franco.

Todo ello, ¿por qué? Porque le daba la oportunidad de batir en campo abierto al ejército enemigo. Uno de sus objetivos que había que buscar sin prisas, pero tampoco sin pausas. Por muy improbable que pueda parecer en el sentido de Holmes, alargar la guerra proporcionó a Franco la posibilidad de destruir el corazón de la resistencia republicana. Un Ejército Popular rápidamente vencido hubiese dejado una pequeña situación de riesgo. Un riesgo mínimo que, ciertamente, Franco no quería correr, a pesar de contar con una maquinaria represiva que era ya la segunda en Europa y solo por detrás de la estalinista (Hitler y Mussolini todavía no habían comenzado sus propias barridas).

Hay otro elemento, eliminados posibles e imposibles. Franco se había aupado a la Jefatura del Estado gracias al fallecimiento de Sanjurjo. No era lo que esperaba el 16 de julio de 1936 cuando su potencial rival en Canarias, el general Balmes, cayó asesinado. Lo que él esperaba, de creer a Sainz Rodríguez que lo conoció bien y que conoció mejor una parte de la conspiración en la que no participó Franco directamente, era que se le nombrara Alto Comisario de España en Marruecos, el puesto más codiciado y mejor retribuido (no hay que olvidar que para Franco la pela era la pela) del Ejército español.

Ya en la cúspide sabía perfectamente que por debajo de él se revolvían ambiciosos generales con planteamientos políticos e ideológicos muy diversos. Abundaban los monárquicos, pero también los meramente profesionales, algún que otro proclive a las nuevas ideas del momento (fascismo, nazismo). Otros eran carlistas. Franco era muy consciente de que su nombramiento había sido el resultado de una transacción impulsada por los monárquicos, pero poco a poco había ido distanciándose de ellos. En tales condiciones una orden militarmente incomprensible podía servir, si la obedecían, de mecanismo para dejar en claro quién era el que mandaba. Con Augusto Roa Bastos, podríamos decir que lo convertía en EL SUPREMO. Continuar la guerra, cuando la República la tenía ya prácticamente perdida, era una ocasión única para hacer ver quién mandaba, aunque diese órdenes estratégicamente muy discutibles. De hecho, todos sus críticos se callaron y obedecieron. No sin reticencias. Las memorias desgraciadamente todavía no publicadas de Solchaga (pero que al parecer vio Javier Tusell) son muy representativas de las mismas, aplicadas al caso de Aranda (uno de los generales monárquicos por excelencia).

Finalmente, no hay que excluir los motivos ideológicos. Una guerra duradera le permitía llevar a la práctica uno de sus objetivos básicos: destruir físicamente a la izquierda española. Es algo que tenía en mente desde tiempo atrás. Era más fácil y “productivo”, además de no prestarse a crítica, triturar al adversario en el campo de batalla. Ello disminuiría la necesidad de tener que hacerlo vía ejecuciones masivas después de la victoria (sin que esta no las excluyera del todo, aunque quizá sí en número). En mi opinión, los tres intentos de explicar lo imposible constituyen uno de los motivos por los cuales la historiografía pro-franquista continúa velando cuidadosamente el episodio de las no consecuencias de acelerar de inmediato la marcha hacia Barcelona.

Esta lentitud de la guerra tuvo una cara oscura por dos motivos.

El primero es que elevó considerablemente la cifra de muertos y heridos en sus propias filas, algo que a Franco le tenía absolutamente sin cuidado. Ya se preocupó él de avivar las tendencias narcisistas de su gente haciendo que se derramaran toneladas de lágrimas colectivas por los “mártires”, de la fé (con el imprescindible y vital apoyo de la jerarquía católica), por los “caídos” en la Santa Cruzada. Es curioso que ello no lo hayan reconocido los historiadores neo-franquistas, pero como es sabido de todo hay en la Viña del Señor.

El segundo es que al obrar así Franco corrió riesgos. ¿Qué hubiera pasado si, contra todo lo esperado, las potencias democráticas occidentales hubiesen promovido un acercamiento a la URSS para contener los avances nazi-fascistas? Como tantas veces, los dioses sonrieron a Franco y el riesgo teórico jamás se materializó.

Así, pues, la jugada se hizo en beneficio único y exclusivo de Franco y de su clique más ideologizada. En el bando que iba de victoria en victoria no había muertos ni inválidos, sino “caídos por Dios y por España”. También “caballeros mutilados” por la Patria. La consecuencia de la guerra no era el dolor, sino la gloria. Son palabras que tomo de Gabriel Cardona y de Juan Carlos Losada. Dan en el clavo.

Esta tesis es, por lo demás, congruente con sus acciones tanto en marzo/abril de 1938 y parece más razonables que las explicaciones basadas en el “estilo” de Franco. No le preocupó en demasía la urgencia de cortar los flujos de suministros que afluían a la República por la abierta frontera catalana. De creer lo que decían sus propios servicios de espionaje, eran enormes. Un soldado que pensara en términos puramente militares no hubiese dudado en prepararse para cercenarlos. Un militar que pensara en términos político-ideológicos podía permitirse el lujo de dejar que continuaran pasando y no avanzar decisivamente en Cataluña, poniendo toda la carne en el asador. Eso sí, el 5 de abril de 1938 se revocó el Estatuto de Autonomía y, anticipo de lo que se venía encima a los “rojo-separatistas” no se dudó en fusilar a Carrasco i Formiguera.

Alea iacta est!

Nota final:

He estado a punto de no poder terminar esta serie. El 28 de junio pasado me caí intentando cambiar una bombilla fundida que iluminaba el primer rellano de la escalera de mi casa. Quedé inconsciente durante un tiempo. Gracias a la presencia de ánimo de nuestra empleada del hogar, el SAMUR acudió inmediatamente y me trasladaron a urgencias. Podía haberme roto fácilmente la espina dorsal o la cabeza de haber caído en el pozo de la escalera. Por fortuna no me ocurrió nada y dos días después ya estoy casi recuperado. Prefiero terminar aquí mis posts. Me voy de vacaciones la semana que viene. Trabajaré en un nuevo libro en agosto y no volveré hasta la primera semana de septiembre. A todos mis amables lectores les deseo muy feliz verano.

Desde ahora, en el Reino Unido, hay un Sir Paul Preston

26 junio, 2018 at 2:20 pm

Ángel Viñas

Las últimas semanas han sido muy atareadas para mí. Solo gracias a un esfuerzo no se ha retrasado la cadencia de este blog. Ahora entro en la recta final hacia las vacaciones, que en este año tomaré adelantadas. Me espera un verano pleno de trabajo.  Interrumpo, no obstante, mi serie sobre la lenta guerra de Franco porque desde hace unos días el conocido historiador Paul Preston ha cambiado de nombre. A todos los efectos civiles en el Reino Unido se le llama ya Sir Paul Preston. Es la consecuencia de haber sido distinguido con el título de caballero por su majestad la reina Isabel II.

Reino Unido es el único país europeo en el que se da esta circunstancia. En cualquier otro uno puede acumular condecoraciones y honores, pero su nombre no se modifica. En el Reino Unido, sí. Los británicos también han racionalizado el sistema de concesión de honores y la lista en que aparecen los nuevos caballeros se emite dos veces al año. Una de ellas es en función del cumpleaños de la reina, no del auténtico sino el que se celebra en mayo. La otra se publica con ocasión del año nuevo. Cuando un primer ministro cesa en el cargo, tiene la potestad de dar a conocer la suya propia. Aunque el sistema es difícilmente exportable, al menos podríamos aprender de cómo no herir a la economía con tantas y tantas festividades nacionales y locales. En el Reino Unido se han desplazado sistemáticamente a los lunes. Así se prolonga el finde y se evitan tanto los puentes como las autopistas tan típicas españolas. No hay que inventar la rueda.

The Gazette (una especie de BOE) del 9 de junio pasado ha publicado la lista de honores y condecoraciones de esta mitad de año. También aparecen en la misma categoría que el nuevo caballeroalgo más de veinte personas, de las cuales dos son muy conocidas: el historiador Simon Schama y el novelista Kazio Ishiguro, uno de los valores más sólidos de la novelística actual. ¿Quién no recuerda la película The remains of the day, basada en una de sus obras?  Hay ocho o nueve catedráticos. Una muestra de que la Universidad no se queda atrás a la hora de alcanzar tal suerte de honores. Compárese la situación con el abandono en el que, en este respecto, se halla el gremio de “cátedros” y otros profesores en la española.

Es muy interesante destacar el motivo por el cual se otorga el honor. Así, por ejemplo, en el caso de Ishiguro lo es por “servicios prestados a la literatura”. En el de Schama, con obras importantísimas en su haber pero que aparece con frecuencia en series de televisión sobre temas históricos, lo es “por servicios a la historia” aunque se le caracteriza, además de profesor, como “broadcaster”.

En el caso de Sir Paul Preston podría haberse escogido este último aderezo. Sin embargo, la sutileza británica ha optado por otro derrotero. Será armado caballero “por servicios a las relaciones hispano-británicas” y, como tal, aparece en el apartado “Servicio Diplomático y Lista de Ultramar”.  Un mensaje claro y rotundo y, si se me apura, tan bien merecido como si hubieran puesto el de “servicios a la historia”.

Esto es así porque una de sus actividades más prestigiosas y efectivas estriba en haber logrado introducir en la prestigiosa London School of Economics and Political Science (LSE) un centro dedicado a temas españoles, históricos y políticos. Con una gran aportación económica de la Anglo-Spanish Cultural Foundation y otros donantes británicos, amén de la de la Fundación Cañada Blanch valenciana, el nuevo caballero ha realizado una gran labor en el acercamiento cultural y político entre estudiosos y políticos de uno y otro país. Recientemente, el hoy presidente del Gobierno Pedro Sánchez dictó una conferencia en la LSE sobre el momento político español. Preston presidió el acto.

Son incontables los estudiantes y graduados españoles que han visitado su centro en la LSE. También son incontables las tesis doctorales que ha dirigido sobre temas españoles, tanto a estudiosos de lengua inglesa como españoles. Varias de entre ellas las ha prologado y se han publicado en la colección que patrocina en la Sussex University Press.

Sir Paul Preston y servidor somos amigos desde antes de la muerte de Franco. Me pregunto qué dirán ahora los numerosos autores al servicio de la dictadura y sus epígonos acerca de este honor, uno de los más celebrados en el mundo británico, y que se une a la Gran Cruz de Isabel la Católica que ya le concedió el Gobierno español hace varios años (a tal efecto no olvido que también se le otorgó al profesor Stanley G. Payne, en sus antípodas, con la diferencia de que no hizo, que yo sepa, ascos a la misma a pesar de haber caracterizado al Gobierno Rodríguez Zapatero en el venerable ABC como debido al “terrorismo internacional”, algo que sin duda escapó al avispado diplomático que, desde Estados Unidos, lo recomendó).

A la hora de escribir este post recuerdo las soflamas, improperios, insultos y demás tropelías que a Preston le dedicó aquel genio de la tergiversación y manipulación que respondió al nombre de Ricardo de la Cierva. Sólo porque no compartía (¿cómo iba a hacerlo?) las técnicas propias de la seudo-historia, las mismas que siguen teniendo curso en ciertos sectores de autores de chicha y nabo o de periodistas que presumen de historiadores en la España de nuestros días. El ínclito de la Cierva, que pasará probablemente a la historia de la infamia española, se explayó a sus anchas cuando Preston publicó una biografía de Franco que calificó de lamentable, como sus demás libros, y mendaz, adecuada a los criterios de la “secta masónica” y de la “línea internacional socialista”. Lo llamó “Beatle de la historia” y lo caracterizó de “hortera”.

Todo este aluvión de insultos, y muchos otros, pueden encontrarlo los amables lectores en un libro que guardo como oro en paño y que lleva por título No nos robarán la historia. Nuevas mentiras, falsificaciones y revelaciones. No es necesario detenerse en que tal panfleto, que sí es una horterada grosera, lo publicó en su propia editorial de grato recuerdo para los amantes del carandelliano “Celtiberia Show”. La única que creo se haya establecido en Madridejos y que llevaba por nombre el muy simbólico de Fénix, quizá con la idea de a ver si con sus esfuerzos resucitaba el fulgor de la dictadura de Franco. Mi ejemplar data de 1995 y me extrañaría que la Fundación que tanto sigue honrando al dictador no se hubiera hecho eco de tal panfleto.

Es muy de agradecer que Paul Preston haya entrado en la línea de otros historiadores británicos tan conocidos y admirados en España como Hugh Thomas (elevado por razones políticas a la categoría de lord), Sir Raymond Carr, Sir John H. Elliot, Sir Ian Kershaw o Sir Richard Evans. Más vale tarde que nunca.

Espero que algún periódico español se haga eco de la noticia y entreviste al nuevo caballero ahora que parece que el gobierno español está decidido a poner a nuestro país en línea con los demás europeos occidentales en temas relacionados con la historia y la memoria histórica. Ya era hora, porque entre las basuras que han dejado acumuladas tras de sí los gobiernos del registrador de la propiedad Sr. Rajoy la incapacidad de hacer frente al pasado colectivo las relacionadas con aquel régimen de extraordinaria placidez (Jaime Mayor Oreja dixit) y sus secuelas no figuran en último término.

Prometo seguir y terminar con Franco, por ahora, en el próximo post.

La guerra lenta de Franco (IX)

19 junio, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En el post anterior he pasado por la criba de la crítica documental el argumento “económico” (la búsqueda ansiosa de las riquezas de la huerta valenciana) y el internacional (el temor a la intervención francesa) para explicar presuntamente el parón de Franco a las operaciones tras la toma de Lérida el 4 de abril de 1938. Ahora hay que pasar a la ofensiva contra la curiosa argumentación que a este respecto parece revivir en la imaginación de algún autor. Tampoco hay que buscar largo y tendido. Basta con tener tres cosas: un ordenador, un ratón y conexión a internet. Algo que no es pedir demasiado.

Si el lector curioso busca en los Documenti Diplomatici Italiani (o en el CD que acompaña a mi libro El honor de la República (nº 17) verá que el 6 de abril de 1938 el embajador Viola di Campalto telegrafió al Ministerio de Relaciones Exteriores que acababa de hablar con Franco acerca de la postura francesa. SEJE le había informado que se había quedado bastante tranquilizado, no solo por lo que atañía a la frontera pirenaica sino también acerca de una eventual acción armada francesa contra el Protectorado. Las noticias provenían del propio EM francés en contacto con el de Franco. A Viola se le informó acerca de la división en el Gobierno francés y que Gamelin no se había opuesto de manera decisiva. Esto, evidentemente, se refería a lo ocurrido en la reunión tan conocida del CPDN a que he aludido en un post anterior. Gamelin, sin embargo, había sido obligado a retirar su apoyo. Como sabemos esto no es cierto, pero es lo que se dijo a los italianos. Que sepamos Franco no dijo quién habría logrado convencer o anular a Gamelin. Tampoco le reveló la fuente que le había informado, y que no era otro que el mariscal Pétain.

¿Qué transmitió, además, Franco al embajador? En primer lugar que, sin contar el peligro de complicaciones más amplias, el EM francés habría demostrado claramente que unas pocas divisiones hubieran sido insuficientes para obtener un resultado rápido y decisivo a favor de los republicanos españoles. Y, al parecer, dijo la perogrullada más perogrullesca de toda la guerra civil: dado que Francia no había intervenido cuando tal medida hubiera podido ser decisiva, no tenía sentido que interviniera entonces, en el peor momento. ¿Quién dijo que Franco era idiota?

Rematado, pues, el temor a la intervención de la propia boca de SEJE (habría que demostrar que tergiversó frente a Viola di Campalto), hemos de explicar el comportamiento de Franco acudiendo a otras explicaciones que los lectores encontrarán en la literatura.

La más popular se debe a un amigo mío, Robert Whealey, catedrático ya jubilado de la Universidad del Estado de Ohio. Es muy frecuente encontrarla en libros en lengua inglesa. Hitler habría intervenido sugiriendo a Franco que se tornara hacia Valencia. El argumento reza como sigue: el Führer habría explicado sus motivos al coronel Erwin Jaenecke, jefe de la plana mayor que organizaba y supervisaba la intervención militar nazi en España. Quería que Cataluña siguiera siendo “roja”, porque así las primeras materias que se extraían en la zona franquista no irían a reabastecer las fábricas catalanas y tendrían que seguir exportándose a Alemania. Además, una Cataluña “roja” dependería de la política francesa, lo cual impediría un acercamiento entre el Caudillo y el gobierno de París.

Tales elucubraciones nos parecen traídas por los pelos. En sus memorias no publicadas Jaenecke puso, por ejemplo, como chupa de dómine a los militares franquistas y ya mucho antes que servidor Manfred Merkes calificó en 1969 tales argumentos de ensoñaciones (Wunschträume) que desconocían las realidades del terreno. Por lo demás, Jaenecke se guardó cuidadosamente de afirmar que se hubieran comunicado a Franco. Pero, ¡oh cielos!, no hay que dejar que un buen argumento estropee una bonita fantasía.

Este es el punto al que terminó agarrándose el enaltecido profesor Payne quien no cayó en cuenta de ello hasta 2008. Claro que se pasó por las columnas de Hércules que ya el 30 de marzo el mando militar en Berlín había ordenado al jefe de la Legión Cóndor, el general Helmut Volkmann, que comunicase a Franco el deseo alemán de que continuasen las operaciones militares hasta la completa conquista de Cataluña y que no se detuvieran para realizar ofensivas en otros frentes. Como esto está escrito con toda claridad en el documento nº 554 de los relativos a la guerra civil española publicados a principios de los años cincuenta nos sorprende un pelín la credulidad del distinguido historiador norteamericano.

No es que fuese imposible que Hitler tuviera ideas diferentes a la de sus militares, pero Payne no se molestó en averiguar si esto ocurrió en el caso que nos ocupa o no. En términos generales no hubiera sido la primera vez que las elucubraciones de Hitler respecto a España quedaron sin consecuencias operativas. Hitler (“el mayor estratega de todos los tiempos”, según la propaganda nazi) no seguía la guerra en la lejana España con el mismo grado de atención al detalle que Stalin o, al menos, que Mussolini.

Nosotros sospechamos que Payne fue víctima de alguna de las típicas baladronadas de Burnett Bolloten. Este afirmó, sin la menor evidencia que manejara, que en el punto que nos ocupa Hitler quiso prolongar la guerra.

Ciertamente hubo posibilidad de comunicar tales deseos del Führer a Franco, pues el 4 de abril Canaris se entrevistó con él, algo en lo que Payne tampoco repara. Fue, además, el día de la toma de Lérida, así que supongo que los teletipos del Cuartel General echarían humo.

Hay dos preguntas que todo historiador debe hacerse. La primera es la que plantearía la total incoherencia intra-germana en cómo convencer a Franco de los supuestos deseos de Hitler, frente a las recomendaciones del EM. La segunda cómo este pudo dejarse convencer, con la velocidad de un relámpago. Porque, como muy tarde al día siguiente decidió no avanzar hacia Barcelona por una carretera estupenda y cuando, a mayor abundamiento, el gobierno republicano estaba sumido en una crisis profunda. Quizá la más importante de toda la guerra y para saldar la cual Negrín asumió personalmente la cartera de Defensa Nacional dejando la de Economía y Hacienda y a Prieto fuera del Gobierno (aparte de otros reajustes bien conocidos).

Siendo más papistas que el Papa el resultado habría sido que Franco, puesto como un recluta en el primer tiempo del saludo ante Canaris, se dejó convencer por este en la decisión político-militar más importante de toda la guerra. A cambio, ¿de qué? De nada. En muchas otras ocasiones no él, sino a través de sus generales y de sus ministros, opuso resistencia a deseos alemanes mucho mejor articulados y mejor reflejados documentalmente. Pero, ¿qué le ofrecieron los alemanes el 4 de abril de 1938? Porque Canaris no era de los que ponían pistolas al pecho. Hubiera argumentado para convencer a Franco. ¿Ha encontrado el profesor Payne, o en su día Bolloten, alguna documentación que soporte sus teorías? ¿O es que creen que Franco, a la altura de 1938 y bastante seguro ya de su victoria, se hubiera dejado manejar como si fuera un muñeco?

Habitualmente se afirma que cuando se descartan todas las explicaciones normales para entender un fenómeno, porque no dan resultados, conviene echar mano de otras que no lo son. No hemos explorado, sin embargo, todas las explicaciones normales y el resultado de todas nuestras elucubraciones lo expondremos en el próximo post, que será el broche final de esta serie.

La guerra lenta de Franco (VIII)

12 junio, 2018 at 1:23 pm

Ángel Viñas

Como alguna vez dijo Herbert R. Southworth, bestia negra para Ricardo de la Cierva, el Ejército de Franco no era el de una tribu africana (en la época en que escribió el historiador norteamericano no existía lo “políticamente correcto” en la acepción que hoy se le da). Las informaciones se recogían por escrito y las órdenes se cursaban según el mismo procedimiento. Lo mismo podría afirmarse de la Administración civil del naciente Estado. No todo quedó reflejado en papel, pero sí muchas cosas. Afortunadamente este el caso en lo que se refiere a los supuestos planes franceses de invadir España por Cataluña y la reacción del Gobierno de SEJE, nombrado poco antes. Para explicar el tema conviene retroceder un mes. Agradecería a los amables lectores que no se impacientaran. Todo quedará explicado a lo largo de esta serie.

 

El 13 de marzo de 1938 se formó el segundo gobierno Blum en Francia. Édouard Daladier fue su vicepresidente y ministro de la Defensa Nacional y de la Guerra. Joseph Paul-Boncour se hizo cargo del Quai d´Orsay.  La víspera las tropas nazis habían entrado en Austria y ocupado el país, en medio de la alegría desbordante de las multitudes y la desesperación de la minoría judía. De un golpe cambió la situación político-estratégica en Europa Central. Era de prever que la compresora nazi se dirigiera hacia Checoslovaquia, cabeza de puente francés hacia el Este y pilar de la estrategia defensiva francesa. En paralelo, Juan Negrín se desplazó a París para ver qué tipo de ayuda podrían prestarle los franceses. Sus gestiones no nos interesan aquí.

Lo que sí nos interesa, y mucho, es que el 15 de marzo tuvo lugar una reunión urgente del Comité permanente de la defensa nacional (CPDN). Es muy famosa. Duró menos de dos horas. No hay libro alguno que aborde con cierta extensión el contexto internacional de la guerra civil que no la mencione. También los de los historiadores franquistas y no franquistas, aunque de ello no terminan de extraer las conclusiones que aquí desarrollaré. El acta de la reunión se conoce desde 1946. La publicó el general Maurice Gamelin en el segundo tomo de sus memorias, Servir. Hay igualmente recuerdos, a veces muy sesgados, de algunos de los participantes.  Se discutieron dos temas: ¿cómo prevenir una acción alemana contra Checoslovaquia y cómo intervenir en España? En lo primero las grandes cabezas militares pensantes de Francia constataron que, sin apoyo exterior, no era mucho lo que podría hacerse. El único que podían concebir era el británico. Mala cosa.

Con respecto a la segunda cuestión, la pregunta de Blum fue cómo apoyar un ultimátum a Franco. Si en un lapso de 24 horas no renunciaba al apoyo de las fuerzas extranjeras, Francia se reservaría el derecho de adoptar por sí misma todas las medidas de intervención que considerase necesarias. La discusión subsiguiente es algo que mencionan casi todos los historiadores franquistas, ateniéndose al acta, como si en el acta estuviera recogida toda la verdad. Los militares, encabezados por el superprestigioso mariscal Pétain, vicepresidente del comité, rechazaron la idea. Daladier afirmó que una intervención conduciría a un conflicto europeo.

En consecuencia, Blum planteó el tema que le interesaba y que interesaba a los republicanos: la posibilidad de intensificar el apoyo material. ¡Vade retro! Los militares se opusieron. Equivalía a desguarnecer la defensa nacional. Pétain calcó literalmente el discurso británico: al final de la guerra Franco necesitaría de apoyos exteriores. La conclusión fue, naturalmente, no intervenir. Solo Paul-Boncour mostró buena disposición a ir adelante.  Si, realmente, Blum había contemplado seriamente la posibilidad de intervención tuvo que echar marcha atrás. Pero fue solo una finta,

Dos días más tarde el embajador británico sir Eric Phipps fue a ver a Blum a su domicilio particular. Blum fue muy explícito. No rompería abiertamente con la no-intervención, pero no podía asegurar que no enviase alguna ayuda. Así disfrazó una pequeña mentirijilla.

Blum había tendido, en efecto, una trampa a los generales al plantearles dos cuestiones a las que sabía que dirían que no. El día anterior a la visita de Phipps y siguiente de la reunión del CPDN el Ministerio de Finanzas emitió secretamente una disposición que llevaba tras de sí el apoyo político y operativo de los ministros del Interior, Defensa, Aire, Marina, Asuntos Exteriores, Comercio y Colonias.  Entre ellos, como se ve, Daladier. La disposición no se hizo pública, pero en realidad era el comienzo de desmontaje de la no intervención. La ayuda a la República, propia y dejada pasar por la frontera franco-catalana, se intensificó.

Reduciendo a los límites más estrictos una historia que daría para varios posts afirmaremos lo siguiente:

1.Los franquistas estaban “al loro”. Malos tenían que ser, profesionalmente hablando, si no lo hubieran estado. Al día siguiente de la reunión del comité el ministro de Asuntos Exteriores, general Gómez-Jordana telegrafió al duque de Alba para que se enterara de las intenciones de los Gobiernos de Londres y París. El ministro, que no era idiota, afirmó que lo que se reflejaba en la prensa no era suficiente. [Aviso para los autores que todo lo fían a ella]. También cursó instrucciones urgentísimas a Quiñones de León en la capital francesa. Era el representante oficioso de Franco desde el estallido de la guerra. Las resumo: debía ponerse a toda velocidad en contacto con Pétain. Se esperaba de su “alto patriotismo y profundo sentido político” el que ejerciese su influencia “respecto a la gravedad del momento actual”. Uno se pregunta qué lazos habría trabajo el ministro con el anciano mariscal. Quizá se conociesen de la época de Alhucemas.

2.El 16 de marzo, es decir, al día siguiente de la reunión del CPDN, Franco supo que su petición había sido atendida. Gómez-Jordana lo telegrafió a Alba en Londres. Sin embargo se refería a la ayuda material al Gobierno republicano (la decisión se tomó el 17), pero obsérvese que en modo alguno hay la menor alusión a la eventualidad de una intervención francesa.

3.La noticia de que Francia se atendría a los compromisos de la no intervención la confirmó Pétain. No era cierto ya, probablemente porque Pétain ignoraba la orden del Ministerio de Finanzas, pero de lo que no cabe duda alguna es de que la idea de una “intervención francesa” en Cataluña no estaba sobre la mesa.

  1. El 18 de marzo Gómez-Jordana, que tenía la costumbre de dictar sus intervenciones en el Consejo de Ministros, informó a este y, por consiguiente, a Franco. Si no lo había hecho ya anteriormente, cosa muy probable.

En consecuencia, ¿en qué se basa, pues, el presunto temor de Franco a una intervención francesa o a complicaciones internacionales UN MES MAS TARDE?

Pero, como Franco no se fiaba ni de su padre (en sentido literal y figurado) imaginemos que el 18 todavía no hubiera estado convencido. Para tal eventualidad puede servir de contraste un despacho del marqués de Magaz, embajador en Berlín, del 24 de marzo y que Gómez-Jordana recibió el 31. Si hubo alguna conversación telefónica o algún telegrama previo (lo cual es muy probable), no lo hemos localizado. Magaz había hablado con unos y con otros, también con el consejero italiano en la capital alemana, y las informaciones que había podido recoger las pasó también (hombre precavido vale por dos) al Cuartel General. Le respondió el jefe de la sección de Operaciones, Antonio Barroso: en los despachos pegados al de Franco se disponía ya de informes genuinos que descartaban la tan cacareada intervención francesa.

Fue una semana después del informe de Berlín cuando Yagüe capturó Lérida. Como suponemos que Franco no seguiría tomando lecciones de golf, hemos de suponer que en varios momentos entre el 15 (fecha de reunión del CPDN) y el 31 de marzo debió de haber leído los informes y telegramas que procedían de Berlín y París. Es más después de esta última fecha tuvo también tiempo de recopilar, o de que le recopilasen, otras informaciones de interés relacionadas con el inexistente ánimo de intervención en Cataluña por parte francesa.

Insisto, finalmente, que para llegar a esta conclusión no había que ir a los archivos de París, Londres o Berlín, viajes siempre costosos, aunque sea en plan estudiante o de turista de medio pelo. Cuando me ocupé de buscar EPRE sobre el tema solo había que andar unos cinco minutos desde el metro de la Puerta del Sol al archivo del MAEC. Al alcance de cualquier hijo de vecino. Hoy está disponible en el AGA. Pero, además, para ahorrar las molestias los documentos correspondientes están reproducidos en el CD anejo a uno de mis libros: El honor de la República que, por desgracia para mis finanzas, todavía no está agotado.