Sobre la sentencia del Tribunal Supremo y la jefatura del Estado de Francisco Franco

18 junio, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

El tema objeto de este post ha generado una intensa polémica dirimida en los medios de comunicación a lo largo de las últimas semanas. La artillería de numerosos historiadores, individual y colectivamente, ha lanzado salvas de críticas contra los magistrados de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del TS. Se han unido diversos juristas y varias asociaciones. La polémica ha saltado al extranjero. Incluso servidor ha participado en ella, sorprendido, aunque quizá menos.  En este post me atrevo a aventurar una hipótesis, que no tesis, ya que no tengo forma de contrastarla dado que, como es habitual, ninguno de los magistrados que se pronunciaron sobre la consideración de Franco como jefe del Estado desde el 1º de octubre de 1936 ha efectuado la menor declaración sobre lo que les impulsó a introducir tan innecesaria precisión.

Mi hipótesis es que encaja, en primer lugar, con la doctrina contencioso-administrativa sentada en algún precedente a instancias del escalón competente de la Administración franquista, en un tiempo en que hablar de la separación de poderes fue totalmente ilusorio. En segundo lugar, que también encaja también, aunque no se explicite, con una conocida sentencia del TC de hace ya muchos años. A ambas les una cierta inclinación ante la fuerza normativa de los hechos y la nula consideración de la historia o del contexto histórico. Pero reconozco no ser jurista.

Recordemos lo obvio. Los militares sublevados del 18 de julio de 1936 se levantaron en armas contra el régimen constitucional y democrático al que habían jurado obediencia. Desvirtuaron torticeramente la Ley Constitutiva del Ejército de 1878, ya sin efecto y legalmente superada. En términos estrictos se situaron fuera de la ley. Las formulaciones a que acudieron -bandos de guerra parciales y el general dictado por la Junta de Defensa Nacional el 28 de julio- solo se basaron en la fuerza de las armas. Sus acciones fueron “legitimadas” a posteriori por el mero imperio de la violencia. Son numerosas las hoy expresa y explícitamente derogadas.

Dentro de aquellas disposiciones ha de ubicarse el Decreto 138 de la Junta de Defensa Nacional de 28 de septiembre (Boletín de la misma del 30) que nombró a Franco “jefe del Gobierno del Estado”. No hubo referencia explícita a otra norma. ¿Cómo explicarlo? Simplemente por el deseo de crear un orden jurídico propio, alternativo y en oposición al vigente en aquellos momentos. Por otro lado, es obvio que el 1º de octubre de 1936 no existía un Estado franquista.  Este se creó a lo largo de la guerra. Su existencia como sujeto de derecho internacional apareció de forma paulatina, a medida que fueron reconociéndolo la mayoría de las potencias extranjeras.

La cuestión de la licitud en 1936 (postura de la mayor parte de los historiadores) o de la ilicitud del Estado republicano (defendida por parte franquista) se dirimió en la guerra y en la postguerra.  Naturalmente el triunfo de las armas fue decisivo. Las declaraciones en 1936 del propio Franco en su alocución de final de año así lo hacían prever:

No es un Estado de hecho que tiene condicionada su licitud y legitimidad limitada por el tiempo necesario para recuperar la “normalidad” alterada, sino que él es el régimen históricamente normal y legítimo. Desde el primer instante “Estado de derecho”, y como tal se asentó sobre la aclamación, el plebiscito, la adhesión, el asentimiento y el consenso del pueblo español.

Para entonces la Junta Técnica del Estado ya había dado algunos pasos en tal sentido. La intención fue siempre borrar a la República y su marco jurídico sustituyéndolo por uno alternativo. El Dictamen sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes en 18 de julio de 1936 discurrió en el mismo sentido.  Los juristas de la dictadura actuaron dentro de un marco estricto, limitado y excluyente.

En el caso de las controversias en materia contencioso-administrativa existe un ejemplo de gran importancia. Ignoro si en las recopilaciones doctrinales habrá salido a la luz  o no. Quizá pueda servir, en mi escasamente jurídica opinión, para explicar la postura de la Sala del TS. Se dilucidó en 1959 en el seno del Consejo de Estado, órgano asesor del Gobierno e integrado por la guardia pretoriana del régimen, militar y civil. Sus dictámenes no eran, ni son, vinculantes. Tuvo que ver con la petición cursada por el ministro de Hacienda, Mariano Navarro Rubio, para que el Consejo examinara si la evacuación del oro depositado en el Banco de España a la entonces Unión Soviética en 1936 se ajustaba a derecho o no. La peregrina idea que habían tenido Franco y su fiel ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo (a mayor abundamiento secretario del Consejo en 1959) era la de reclamar su devolución, incluso mediante un recurso ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya.

Con independencia de las curiosas ausencias procedimentales (no se escuchó a la Abogacía del Estado ni a la Asesoría Jurídica Internacional del Ministerio de Asuntos Exteriores) la petición se abordó a los tres niveles habituales: el de la formación de un proyecto de dictamen, el de la discusión del mismo en el seno de la comisión competente y, por último, en su elevación al pleno del Consejo. En las sucesivas etapas interesa subrayar la postura del representante del Ministerio de Hacienda y director general de lo Contencioso José María Zabía Pérez.

Este distinguido caballero solicitó desde el primer momento que al dictamen final debía incorporarse nada menos que una afirmación tajante relacionada con la “ilicitud radical que […] tuvieron los actos del llamado Gobierno de la República”.  Es decir exhibió la postura franquista más dura. Mentes más preclaras que la mía podrán elucidar si el aserto de la sentencia de la Sala de lo contencioso-administrativo del TS no será quizá, mutatis mutandis, un trasunto. En la preparación del dictamen final Zabía lanzó con fuerza sus torpedos: los actos del Gobierno republicano era nulos, con ilicitud absoluta y plena. Se basó para ello en el decreto número 1 de la Junta de Defensa Nacional del 24 de julio que simplemente afirmó su constitución y su capacidad de representar al Estado español ante naciones extranjeras.

Sin embargo el pleno del Consejo de Estado aprobó, a pesar de las objeciones de Zabía, el proyecto de dictamen -que no las hizo suyas- y lo elevó al Gobierno con el voto contrario del director general.  ¿Y qué hizo el Gobierno? Desestimó totalmente el dictamen -lo cual era su buen derecho- y asumió por el contrario la postura de Zabía. Es decir, asentó la total primacía de las nuevas autoridades de 1936. No recurrió al hecho, bien conocido, que tras estas tronaba el general Franco con su capacidad, de tono nazi, de ser fuente del Derecho: su voluntad era ley, como reconoció la Orgánica del Estado de 1967 en su maravillosa disposición transitoria primera. Dado que tal norma superior fue derogada en los albores de la Transición el recurso a la misma y a sus antecedentes se me hace un poco cuesta arriba.

Es cierto que la Sala de lo contencioso-administrativo del TS podría acudir, aunque no lo hizo de manera explícita, a la de la Sala segunda del TC de 26 de mayo de 1982. A su tenor, “al término de la guerra civil, cuya proyección jurídica es precisamente la ruptura del ordenamiento, se integraron en este como únicas normas válidas las que efectivamente habían tenido vigencia en el territorio sustraído a la acción del poder republicano, a cuyas disposiciones no se les otorgó otra consideración que de puros facta, no solo carentes de fuerza de obligar, sino susceptibles incluso de ser considerados como hechos delictivos”.

No sé si esta bien conocida sentencia habrá dado origen a disputas entre expertos. No me parece que el haber reconocido, en dicho año, fuerza normativa a  hechos acaecidos entre 1936 y 1975 fuese una gran aportación pero Dios me libre de nadar en aguas ajenas. En qué medida pesó esta sentencia en la mente de los magistrados en junio de 2019 tampoco se ha explicitado. Por lo que se refiere a la argumentación de Zabía sesenta años antes, y a la adhesión del Gobierno a su postura (probablemente inducida desde el Ministerio de Hacienda), hay que constatar que no tuvo absolutamente el menor efecto.

El régimen de Franco jamás acudió al TIJ, pero es que ya el 1º de abril de 1939, en el momento dulce del día de la VICTORIA, el ministro de Asuntos Exteriores, teniente general Francisco Gómez-Jordana, dirigió una carta al Secretariado de la Sociedad de Naciones para denunciar  la adhesión de España al Acta general para el arreglo pacífico de las controversias internacionales. En 1959 carecía, pues, de la capacidad de pleitear contra la URSS, con independencia de que el oro hubiese sido vendido en su totalidad, tanto a ella como a Francia, durante la guerra civil.

La ley 52/2007 de 26 de diciembre, en su preámbulo, se remitió a la condena del franquismo contenida en el informe de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa de 17 de marzo de 2006. En él se denunciaron las graves violaciones de derechos humanos cometidas en España entre los años 1939 y 1975. Añadiré que al amparo de la normativa franquista  y con el beneplácito de las autoridades judiciales, incluido el venerable TS de la época. Sería, pues, de desear que la puesta al día y la adecuación de dicha ley -en mi modesta opinión deseables- a las condiciones creadas desde su entrada en vigor se utilizaran para actualizar la repulsa a los mismos y su reiterada condena. La idea estribaría en hacerla congruente con lo que a lo largo de estos últimos doce años los historiadores, sociólogos, politólogos, juristas y otros expertos hemos aprendido sobre el funcionamiento de la dictadura franquista, sus mecanismos y sus engaños, esos que siguen teniendo curso en ciertos sectores de una sociedad como la española que no termina de ajustar cuentas con el pasado común.

Dicho lo que antecede salvo mejor opinión.

Represalias: el caso francés tras la Liberación (II)

11 junio, 2019 at 8:07 am

Ángel Viñas

La obra de Novick a que me he referido en el post anterior representó una corriente de aire fresco. En paralelo a la que también representó el trabajo de Robert Paxton sobre la Francia de Vichy. A pesar de mi predilección por los autores autóctonos (sean franceses o españoles) jamás cabe dejar de lado las aportaciones genuinas de quienes no lo son (en particular en el caso español). Simplemente señalo que los primeros tienen ventajas comparativas: están próximos a los archivos, comprenden mejor la mentalidad de sus conciudadanos (lo cual no les exime de caer en riesgos) y pueden dedicar más tiempo a la investigación que quienes, por muchas ayudas financieras y académicas de que dispongan, no se detienen tantos años en los países en cuestión.

 

Dando un salto en el tiempo (y obviando a muchos otros autores como, por ejemplo, Henry Rousso o Henri Noguères) creo interesante referirme a la obra de Philippe Bourdrel sobre la depuración “salvaje” (adjetivo frecuentemente empleado y que dicho autor acepta sin más)  acaecida en Francia al borde de la Liberación, es decir, la que tuvo lugar entre junio y septiembre de 1944. Tal depuración fue multiforme y, aparte de las ejecuciones legales y los procedimientos judiciales que se incoaron en la época y después, ha despertado atención por las ejecuciones sumarias y los millares de detenciones más o menos arbitrarias que tuvieron lugar. Todo ello en circunstancias extra-legales.

La concreción temporal es importante. Antes de que se atisbara la Liberación, es decir, antes de la invasión aliada en Normandía y Provenza, es posible argumentar, y yo lo hago, que las acciones emprendidas por la Résistance contra las fuerzas nazi-fascistas pueden considerarse como ejemplos de guerra irregular en condiciones extraordinarias. Que un resistente atentase contra oficiales alemanes o italianos, o contra soldados en patrulla, puede considerarse deplorable (y con frecuencia los autores fueron fusilados sin el menor proceso o, en ciertos casos, sometidos a consejos de guerra por los ocupantes). Sin embargo, fueron muestra de la lucha del débil contra el fuerte. Lo que está en discusión es la naturaleza, motivos y extensión de la depuración extralegal por parte de los recién liberados.

No me detenderé demasiado en los dos primeros términos de la expresión anterior ya que ello me llevaría a entrar en un dominio que no es el mío. Hay quienes divisan en ellos, por ejemplo,  una manifestación esencialmente de carácter político e ideológico, relacionada con las aspiraciones y deseos de grupos heterogéneos de resistentes respecto a la naturaleza que debía tener una Francia liberada del yugo de los ocupantes. No veo forma de actuación más humana y, si se me apura, más obvia que el dar rienda más o menos suelta al furor, a la rabia, a los deseos de venganza por las humillaciones, exacciones y violaciones ocasionados por los invasores. De aquí que uno de los campos más trillados por la literatura sea la comparación entre las situaciones creadas por la ocupación pardi-negra en Austria, Croacia, Hungría, Italia, Francia, Noruega y  Países Bajos, amén de la acaecida en la Unión Soviética, entre otros.

En sus memorias, el general De Gaulle, que supongo tuvo acceso a información relevante, publicada y no publicada, señaló que los muertos sin proceso regular, es decir, extrajudicialmente, habían ascendido a 10.842, de los cuales 6.675 habían acaecido durante los combates de los maquis con los ocupantes antes de la Liberación y el resto después. Cifró en 779 el número de ejecuciones a consecuencia de las sentencias dictadas por los tribunales. Obsérvese la disparidad de estas cifras con otras.

La obra posterior de Bourdrel examinó detenidamente las manifestaciones de lo que él llamó una guerra civil dentro de la guerra civil que asoló Francia desde la ocupación hasta la Liberación. Mostró la variedad de situaciones a lo largo y a lo ancho del territorio. En algunas partes la Resistance era fuerte. En otras regiones partió de una situación de extrema debilidad. Comparó las cifras estimadas por el Comité de Historia de la Segunda Guerra Mundial y las del Instituto del Tiempo Presente. Las diferencias fueron considerables según los  departamentos (equivalentes a las provincias españolas). Destacó los más notables: 83 contra 174 en Puy-de-Dôme, 117 contra 475 en el Finisterre, 170 contra 294 en el Ródano, etc. También subrayó que en varios casos las cifras, depuradas por investigaciones sucesivas, variaron en el tiempo. Así, por ejemplo, en el departamento de Corrèze cayeron de 124 en 1971 a 85 en 1986. En el de Vaucluse hubo un movimiento inverso: de 97 a 120. Sus propias estimaciones lo acreditan en otros casos.

Bourdrel concluyó que los medios de investigación aplicados en el tema de las ejecuciones sumarias están afectados por un hándicap importante. Las encuestas y los estudios basados en los registros civiles no siempre permiten apreciar en su justo término una realidad que se disimula y que tampoco las familias de las víctimas suelen aclarar: ¿cómo distinguir entre un crimen mondo y lirondo y una ejecución que se presenta como motivada políticamente? ¿Cómo admitir que un pariente o un deudo cayó fulminado a consecuencia de uno u otro factor?

Este autor termina reconociendo algo que ya señaló Novick. Los esfuerzos de cuantificación de la depuración caracterizada de “salvaje” no permiten llegar a una cifra concluyente. Bourdrel estima que pudo encontrarse a la mitad del camino entre los 10.000 y 15.000. En tales circunstancias es mejor centrarse en los aspectos cualitativos por razones de clase social (aunque las víctimas no se dejan aherrojar en una clase determinada), situación geográfica, desbordamientos concretos, etc. Que no todas las víctimas respondieron a motivaciones políticas o ideológicas o de actos contra la Resistencia o de connivencia con el ocupante parece lógico pero no puede demostrarse mucho más.

La situación en Francia fue muy diferente de la que se creó en España con la sublevación de 1936, la supuesta necesidad de ajustar cuentas con los militares que no se sumaron al golpe, la “necesidad” sentida por los rebeldes de matar con la mayor velocidad posible todo conato de resistencia y la de estatuir un ejemplo que sirviera de desestímulo para quienes no aceptaran sumisamente el nuevo yugo castrense, hubieran destacado por sus ideas “revolucionarias “ en los tiempos de paz o sirvieran de carne de venganza o de “corderitos” llevados al sacrificio.

Termino con una referencia a una obra reciente que ha puesto patas arriba todo un edificio historiográfico penosamente construído. Es un producto de los avances registrados en Francia en los últimos veinte años a medida que han ido abriéndose los archivos. Debo recordar aquí que la desaparición de las últimas trabas legales que dificultaban el acceso se debe a las decisiones adoptadas por Manuel Valls en su época de primer ministro, aunque ya antes la concesión de autorizaciones para entrar en ellos se concedía más o menos liberalmente, aunque de forma no exenta de una cierta arbitrariedad.

François Rouquet et Fabrice Virgili han superado viejos traumas : los relacionados con la noción de que entrar en el tema de la depuración podía despertar viejas fracturas y afectar a circunstancias personales. Este es, incidentalmente, el grito de guerra de las derechas españolas cuando los historiadores queremos saber más y más acerca de las actividades terroristas de los sublevados de 1936 y vencedores de 1939. No en vano ya en 1994 Sonia Combe había publicado un libro sintomático: Les peurs françaises face à l´histoire contemporaine. Mucha de su argumentación podría aplicarse, mutatis mutandis, a España.

El dúo Rouquet/Virgili ha arrasado con antiguas concepciones y preconcepciones. Ha puesto de manifiesto que la depuración fue, esencialmente, un fenómeno local, en gran medida porque los grandes responsables de la colaboración y todos aquellos colaboradores que pudieron hacerlo se habían largado a lugar seguro. A ello se añadió que la ayuda del “pueblo” la solicitaron las “autoridades” que habían “liberado” de ocupantes los lugares, con frecuencia de la retaguardia, en que triunfaron las mil y una, pequeñas y grandes, insurecciones. Fue, a su manera, la manifestación de una violencia liberadora. Un autor como Pierre Laborie ha conjugado tres factores para explicarla: la violencia previa de los ocupantes y de los colaboradores, la incapacidad de las nuevas autoridades por mantener el orden en un período de cierto aislamiento y de desmigajamiento del poder público y, no en último término, los arraigados sentimientos de venganza en unas y otras localidades.

Estamos, pues, muy lejos de la represión organizada, brutalizada, bestializada de un ejército de ocupación, africanista y dirigido por jefes y oficiales con la misma crueldad que la que habían aprendido en las campañas de Marruecos.

Volveré, probablemente, al caso francés. Quedan unas comparaciones que me gustaría efectuar. Por el momento solo quiero advertir que un sector de las derechas francesas ni ha terminado de aceptarlo. Tampoco lo han hecho, en su caso, las españolas.

 

Referencias

Philippe Bourdrel, L´épuration sauvage, París, Perrin, 2002.

Peter Novick, L´épuration française, 1944-1949, prefacio de Jean-Pierre Roux, París, Balland, 1985.

François Rouquet y Fabrice Virgili, Les Françaises, les Français et l´Épuration (1940 à nos jours), París, Gallimard, 2018.

Represalias: el caso francés tras la Liberación (I)

4 junio, 2019 at 8:13 am

Ángel Viñas

Fui amigo del coronel, luego general, Ramón Salas Larrazábal. Su Historia del Ejército Popular constituyó un hito en las postrimerías del franquismo. Su intención había sido escribir una historia del Ejército sublevado, pero los mandos no se lo permitieron. Así que tornó su atención al adversario. Después, se diversificó y, entre otras, abordó la represión franquista tras la guerra civil poniéndola en paralelo con la infligida en Francia a los colaboracionistas y sostenedores del régimen de Pétain. Como si fueran similares. La comparación tuvo cierto éxito en España, en la que el conocimiento de las obras francesas no ha calado demasiado. En ambos casos se encuentran, en efecto, similaridades. Sobre todo, en la sobreactuación de las derechas. En respuesta a un comentario de un amable lector trataré de sintetizar los resultados de las investigaciones más recientes en el vecino país, no sin advertir que se trata de un resumen muy rápido y que no pretende en modo alguno abordar toda la complejidad del tema.

 

Primera diferencia: en España las conocidas instrucciones del general Mola, jefe del Estado Mayor de la futura insurrección, ya ordenaban no tener piedad alguna con los compañeros que no se sublevaran. Debía tratárselos como lo que serían, enemigos.

Segunda diferencia: los sublevados subvirtieron torticeramente la legislación vigente y crearon una nueva figura “jurídica”. A saber, quienes permanecieron fieles al Gobierno republicano eran los “sublevados”, en tanto que los insurrectos eran los “leales”. La aberración no puede ir más lejos. El mundo, literalmente, al revés.

Tercera diferencia: antes del 18 de julio no había peligro de insurrección comunista. La única que existía era la que se preparaba, con ayuda italiana, desde 1932.

En Francia, por el contrario, coincidieron una guerra exterior y otra interior, esta como consecuencia de la primera, a partir del llamamiento (l´appel) del general De Gaulle, en el exilio, el 18 de junio de 1940. La segunda con un decalaje con respecto a la que llevó al derrumbamiento de la República tras la acometida de los Panzer nazis.

La guerra interior no se manifestó duramente hasta después de la invasión de la Unión Soviética por el Tercer Reich. Se dirigió contra el régimen colaboracionista de Vichy y lo que, en diversos círculos, se percibió como traición de su líder, el mariscal Philippe Pétain, héroe de la primera guerra mundial.

Los esfuerzos por unificar la resistencia interior contra el ocupante, liderados en gran medida por Jean Moulin, tardaron en cuajar, pero se desarrollaron rápidamente tras la implantación de un Consejo Nacional de la Resistencia. Se completó con las Forces Françaises de l´Intérieur (FFI), también en 1943. La presencia comunista fue notable en ambas formaciones.

Después de la invasión aliada de la Francia ocupada por Normandía y Provenza en junio de 1944, la resistencia interior -que había sido fuertemente apoyada por los británicos- cobró nuevos bríos y coordinó, hasta cierto punto, los ataques a las fuerzas alemanas y a sus colaboradores, en cuyo seno se había creado en 1943 una formación paramilitar (“la Milice Française”). Actuó vilmente al servicio de un régimen marioneta como había llegado a ser el de Vichy y en estrecho contacto con la Gestapo, las Waffen-SS y la Wehrmacht.

Si la guerra exterior, hasta el empuje territorial aliado de 1944, no presentó dificultades políticas y organizativas que siempre superó el genio militar y político de De Gaulle, la interior estuvo marcada por las rencilas entre las diversas fuerzas en pugna entre sí y con el ocupante, la aspiración a marcar puntos en la búsqueda de una cierta supremacía tras la liberación del territorio, las disparidades respecto al futuro de una República, cuya tercera versión había quedado deshecha por el régimen de Vichy, y la influencia de factores exteriores, ya preexistentes antes de la derrota de Francia.

Ninguna de las anteriores circunstancias se parece lo más mínimo a lo sucedido en España entre 1935 y 1939. Si algún lector la detecta le agradecería que me lo comunicase. Lo que tienen en común son dos rasgos. En primer lugar, la duración, aunque fue más larga en el caso francés (cuatro años y medio pero, en la práctica, algo más de tres). En segundo lugar, el ansia acumulada de venganza por parte de los vencedores, aunque sus raíces fueron muy diferentes en los dos casos.

Mi amable lector, dispuesto a darme una lección, ha subido a este blog en la página de FB varios artículos (no demasiado científicos) y una entrevista con Herbert Lottman, periodista y biógrafo norteamericano. En ellos se entremezclan diversas categorías de asesinatos, ejecuciones, emprisonamientos, en algún caso con llorosas lamentaciones por lo mal que trataron las autoridades francesas después de la Liberación a sus propios compatriotas.

No soy un experto en la depuración, pero tengo en mi biblioteca algunas obras de referencia. En Francia, como en España, ocurre que autores anglosajones dictan sentencias como si alcanzaran el “final de la historia”. No todos, desde luego, pero como si los historiadores franceses fuesen incapaces de arrojar luz sobre uno de los períodos más oscuros de su pasado. Aunque, todo hay que decirlo, como en la viña del Señor algunos de sus crudos son mejores que otros.

Durante muchos años Robert Aron fue el papa de tales estudios (en primer lugar con su masiva Histoire de Vichy, aparecida en 1954, y luego con sus Histoire de la Libération y, sobre todo, con su Histoire de l´Épuration, incluso más masiva). Afirmó que el número de muertos oscilaría entre 30 y 40.000.  En todo caso, lejos del “baño de sangre” ocasionado por los maquis o los furibundos “vengadores” y que llegaron a la formidable cifra de 100.000, propagada por ciertos periodistas norteamericanos y los círculos de extrema derecha franceses, emulados por los copistas franquistas en la senda de Ricardo de la Cierva.

Pocos años después, un joven historiador norteamericano, Peter Novick, desembarcó en Francia. Hizo su trabajo de campo, estudió archivos, se entrevistó con Aron, detectó sus fallos y en 1968 publicó The Resistance versus Vichy. The Purge of Collaborators in Liberated France. Introdujo una nueva contabilidad: el número de presos tras la liberación ascendió a unos 126.000 y hubo unas 87.000 condenados a penas que oscilaron entre la degradación nacional y la capital (esta, afirmó, en poco más de 8.000 casos). El general De Gaulle conmutó esta última, según Rioux, en un 63 por ciento, que cabe comparar con el 16 por ciento en Noruega y 50 por ciento en Dinamarca. Es más, el porcentaje de personas detenidas u objeto de investigación fue, en Francia, del 0,94 por mil habitantes en comparación con el 3,74 en Dinamarca, 4, 19 en los Países Bajos, 5,96 en Bélgica y 6,33 en Noruega. Posteriormente Bourdrel precisó que de las 7.037 condenas a muerte que contabilizó solo 791 fueron ejecutadas. Muchas menos que las calculadas por Novick. En cualquier caso, y sin entrar en detalles, no parece que, a diferencia de su contrapartida hispánica (SEJE), al triunfante general se le fuera la mano. Lo que ha escrito sobre el ansia de sangre de De Gaulle un amable lector al respecto, y las referencias por él utilizadas, son pura filfa.

Hablamos de la depuración legal. Hubo, obviamente, otra de carácter extra-legal, del tipo más o menos de tomarse la justicia por su mano. Algo difícil de impedir, por cuanto o no había autoridades o estas podían incluso estar bajo sospecha.  Aquí, simplemente, indicaré que el apéndice C de la obra de Novick contiene una detallada comparación de las exageradísimas cifras “pro-vichistas”. Sus cálculos oscilan entre un máximo de 5.234 de víctimas antes de la Liberación y de 4.439 y 3.724 después de ella. Con ejecuciones para las cuales no ha podido establecerse un móvil que se elevan a 1.532 y 423 respectivamente. En total, y en los máximos, 10.822. No obstante, podría llegarse hasta casi 15.000, según las cifras recopiladas por las fuerzas de la Gendarmería. En realidad, Novick terminó afirmando que no podría afirmarse nada seguro respecto a la cifra de las ejecuciones sumarísimas y extra-legales.  Algo que la investigación subsiguiente ha precisado dentro de los límites por él señalados.

No hay que fiarse, en todo caso, de una aparente exactitud y Novick lo enfatizó a lo largo de su libro. No me parece presiso detenerse en la rabia, el encono, la furia (y los ajustes personales de cuentas y los resultados de viejas y nuevas rencillas) con que los maquis de toda índole (comunistas y otros) procedieron contra quienes habían traicionado a Francia, colaborando con los nazis y la milice. Tampoco a las discordias entre fuerzas heteróclitas dentro de los movimientos de resistencia  He preferido, en este post, subrayar la depuración “legal” ya que, desde el momento inicial, los sublevados en España procedieron a sus sangrientas hazañas bajo el control de la autoridad militar y con conocimiento de esta. Las del entonces comandante de la Guardia Civil Manuel Díaz Criado en Sevilla son bien conocidas. Hubo otros militares y guardias civiles que no se quedaron atrás. Muchos de ellos han sido identificados y merecen ser puestos en el catálogo de la infamia en España.

En mi reciente libro he exhumado el testimonio de uno de los fascistas menos tolerantes, amigo personal del conde Ciano y a quién este envió a Marruecos y Andalucía, con la primera expedición de aviadores, como sus “ojos y oídos” para que le informase fuera de los canales diplomáticos y militares regulares. El entonces capitán de complemento de Aviación y luego coronel de la Milicia Fascista, Ettore Muti, cumplió su encargo y pronto se hizo eco de que en Sevilla se fusilaban diariamente al menos a 30 personas y que cuando llegó se estimaba que ya se habían liquidado al menos a unas 1.300. Evidentemente, se quedó corto, como muestran los detallados estudios de, entre otros, Francisco Espinosa. Fusilamiento implica participación de soldados. Los asesinatos a sangre fría, en los campos, en los pueblos “bajo la tiranía roja” (como se decía), no se cuentan en tal cifra. Recordemos algún testimonio directo como el de Antonio Bahamonde.

(Continuará)

Un encuentro en Ciudad de México sobre la guerra civil

28 mayo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Si hay un país en América Latina donde, todavía hoy, la guerra civil española es materia de recuerdo algo más que para escribir artículos en los medios sociales es, sin duda, México. La República azteca fue, después de Francia, el país que acogió el mayor número de refugiados españoles. En este año se cumple el 80 aniversario de la llegada del barco más famoso de los varios que transportaron las primeras tandas de autoexiliados tras la derrota. Se trató del Sinaia que llegó a Veracruz en junio de 1939 y que fue iniciada por el Flandre en abril.

 

El presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, ha nombrado a uno de los más reputados políticos mexicanos, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, presidente de la comisión encargada de preparar la conmemoración de los ochenta años del exilio español. En las próximas semanas se celebrará la llegada del Sinaia cuyo periplo ya recuperó hace muchos años José Antonio Matesanz.  De notar es la asistencia del ingeniero Cárdenas durante el primer día de los dos que duró el encuentro organizado sobre la dimensión internacional de la guerra civil que tuvo lugar la semana pasada en el Colegio de México. Como hijo del general y presidente y Lázaro Cárdenas que abrió las puertas del país a los refugiados españoles, su presencia me pareció altamente significativa.

El exilio español en México es un tema muy bien estudiado, tanto por historiadores mexicanos como españoles, en nuestro caso desde los tiempos del ocaso de la dictadura. La literatura existente es abundante. Los testimonios orales recogidos por expertos a lo largo de los años alcanzan hoy un volumen considerable. El profesor Jorge de Hoyos es uno de los últimos que con mayor vigor ha actualizado el corpus existente.

El apoyo mexicano a la República española en guerra, desde sus comienzos en 1936, también ha sido muy trabajado. Uno de los coordinadores del encuentro, el profesor David Jorge, ha abordado no hace muchos años, en su libro sobre la Sociedad de Naciones y la guerra civil, los efectos de las mil y una maniobras realizadas por las potencias democráticas. El objetivo, logrado, fue impedir que de la épica lucha de la República contra Franco y sus aliados nazi-fascistas se ocupara operativamente el único organismo internacional que entendía en materias de paz y seguridad. La República contó, ciertamente, con la actuación de Nueva Zelanda y de la Unión Soviética pero, sobre todo, del régimen cardenista. El complemento material de los esfuerzos del presidente Cárdenas lo ha acometido Miguel Íñiguez Campos, también con documentación inédita republicana y mexicana. Quizá el próximo año sea ya posible leer su libro. Falta hace, frente a los camelos franquistas y neofranquistas que todavía pululan en la literatura. Entre ambos quedarán de manifiesto los errores y omisiones (¿involuntarios?) en que han incurrido e incurren numerosos autores, en general de origen anglosajón.

En el encuentro de la semana pasada lo que quería ponerse de relieve era la contraposición entre el comportamiento de las potencias del Eje en ayuda de Franco y la movilización de las izquierdas en apoyo de la República, vehiculada esencialmente a través de la Internacional Comunista y las Brigadas Internacionales. Como es sabido, el estudio de la vertiente exterior de la guerra civil es uno de los de mayor antigüedad en la historiografía. No en vano los primeros intentos se basaron en el conocimiento y exégesis de los documentos nazis publicados a principios de los años cincuenta del pasado siglo. A ello se dedicó el primer día, muy cargado.Todos los ponentes procedimos de España. El segundo día, no menos interesante, se centró en el éxito de la propaganda profranquista en América Latina, en comparación con la republicana, y en sus efectos en dos estudios de caso, México y Argentina. La conferencia de clausura recorrió la política agresiva de la Alemania nazi en las coordenadas de los años treinta. Las ponencias, debidamente actualizadas, serán objeto de publicación.

Es de rigor agradecer -y servidor lo hace de todo corazón- el esfuerzo y los medios desplegados por el Colegio de México, por su personal directivo (su presidenta, la directora del Centro de Estudios Históricos y la profesora Clara E. Lida, alma del encuentro) y de apoyo de cara a la feliz realización de esta nueva muestra de la hermandad académica felizmente existente entre España y el país azteca. No extrañará que el embajador de España también estuviera presente en el acto inaugural junto a los representantes de la entidad alemana  DAAD y la Fundación del Banco de Santander que con su ayuda financiera sostiene la Cátedra México-España.  Para mí fue particularmente interesante la presencia de la responsable del DAAD en México, ya que al fin y al cabo soy deudor a este servicio de intercambio académico de la beca que, hace ya muchos años, me permitió estudiar en Berlín y así, sin intuirlo ellos ni yo, poner en marcha un proceso en el que los hados determinaron mi carrera profesional y académica futura.

En todos los encuentros académicos se aprende. Personalmente no conocía mucho de la propaganda y actividades pro-franquistas en México, que abordó el gran experto en el régimen cardenista, biógrafo de su principal actor y trabajador incansable en el, al parecer, inmenso archivo que legó. Tampoco tenía idea del impacto en la comunidad española en Buenos Aires. Confieso que la exploración de la evidencia primaria relevante de época en los últimos años en relación con otros temas me ha dejado poco tiempo para leer trabajos que no se han relacionado con ellos. Nunca es tarde.

El Colegio de México es una de las instituciones de docencia e investigación más importante del país. Su acogida fue soberbia y creo no exagerar si todos los participantes no mexicanos quedamos abrumados por la eficacia con que se desarrolló el encuentro. Ciudad de México no es un entorno fácil y las distancias son kilométricas. Todo funcionó a la perfección. Claro que, de haberse celebrado una semana antes, quizá los extranjeros que llegamos hubiéramos corrido el riesgo de tener que lidiar con problemas respiratorios bastante serios. La contaminación había alcanzado límites alarmantes en una época en las que todos suspirábamos porque llegaran las lluvias.

Asistieron descendientes de varios de los ilustres refugiados que encontraron una nueva patria en el país azteca. Es una colectividad con la que ya había tenido algunos contactos en visitas precedentes. Siempre es emocionante escuchar de sus labios las experiencias que recuerdan de sus años de juventud y de aprendizaje en un nuevo país y de las actividades de sus padres. Con todos mis respetos hacia los colegas que los han recopilado, nada sustituye el contacto directo. Debo constatar mi agradecimiento en este ámbito a Carmen Tagüeña, expresidenta del Ateneo Español, en representación del que también debo a otros muchos. Tampoco puedo olvidar la presencia de uno de los últimos testigos, si no el último, de los días finales de la guerra, Don Fernando Rodríguez Miaja, pariente y ayudante del general Miaja, que también ha dejado constancia de sus recuerdos y que, ya centenario, se molestó en acudir al Colegio de México.

Como me quedé algunos días más en Ciudad de México no pude destinar mucho tiempo a la lectura de la prensa digital española en los días que precedieron a las elecciones del domingo. Sin embargo, no han faltado almas bondadosas que me han enviado referencias a algunas de las estupideces que han aparecido en las últimas semanas sobre las “tropelías”, “desaguisados”, “broncas” y “asesinatos” efectuadas por las “malvadas izquierdas” hace ahora 83 años. Lo que son las cosas. No he visto que también acogieran en sus páginas o en sus imágenes en youtube las informaciones hoy disponibles sobre los esfuerzos de las “sufridas derechas” por denunciarlos y exagerarlos en sus medios de comunicación de la época como consecuencia lógica de su necesidad de crispar el entorno social y político mientras avanzaba con pasos de gigante la conspiración civil y  militar apoyada operativamente por uno de los adelantados de la época. Hoy apenas lo citan. Se llamaba Benito Mussolini. Las “fake news” no son un invento del presidente Trump ni de los nacionalpopulistas de nuestros días. ¿Quién dijo aquéllo que cuando la historia se repite por segunda vez suele hacerlo como farsa?

Que los dioses perdonen a los que no saben de qué hablan

21 mayo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Cuando se publique este post estaré (con permiso de los controladores aéreos franceses) en México donde se celebra una conferencia sobre la internacionalización de la guerra civil. La han organizado el Colegio de México, una de las más prestigiosas instituciones de investigación y enseñanza en toda América Latina, con la Cátedra México-España y la Cátedra Humboldt . Asistimos historiadores procedentes de Alemania, Argentina, España y, obviamente, del país anfitrión. Será una ocasión de presentar los resultados de nuevos trabajos, intercambiar opiniones y recalcar el carácter casi universal del conflicto español, cuando la hora española coincidió con la hora del mundo. En la semana de esta conferencia la campaña para las elecciones habrá sobrepasado la velocidad de crucero. Es mucho lo que está en juego para el futuro. También, paradógicamente, para el pasado.

 

Los amables lectores se quedarán, sin duda, un tanto sorprendidos ante esta afirmación, pero es fácilmente explicable. Entre los futuros ocupantes de un escaño en el Parlamento durante la próxima legislatura hay alguno que ha exhibido con tal desparpajo sus conocimientos de historia de España que cabe echarse a temblar. Elevo mis preces al Olimpo para que no ocupe ningún puesto en la comisión de Cultura, Enseñanza o similar.

Entre las afirmaciones que recogió la prensa en su momento se encuentran ciertas perlas que conviene destacar, porque cuesta creer que el periódico que las publicó las haya tergiversado. A veces esto ocurre sin mala intención. En otras ocasiones, con muy abundantes dosis de la misma. Pero servidor se inclina por la primera tesis.

Un curioso periodista le preguntó por Franco (no se trata aquí de sacar los colores a nadie ni mucho menos al que hizo los comentarios que el medio reprodujo). Sin embargo, la respuesta merece esculpirse en letras de oro:

Me parece arriesgado hablar de Franco ahora. Quien lo pregunta o lo intenta sacar como bandera de algún partido actual (…) apunta al enfrentamiento. Si debatimos de Historia, Franco era republicano y se alzó contra un régimen comunista que también se instauró con un golpe de Estado, no era nada pacífica la II República

En poco más de tres líneas, tres burradas de varias toneladas de peso. La primera que el partido que mencione a Franco (¿en la propaganda electoral?, ¿de manera sistemática?, ¿de vez en cuándo?) busque el enfrentamiento (¿con quién?, ¿cómo?, ¿a lo bestia?, ¿con suavidad?, ¿insidiosamente?). Si fuera con un propósito dialéctico, lo normal en una campaña electoral, lo hace o hacen ¿con males artes?, ¿engañando al pueblo soberano?. La respuesta muestra que quien la expuso no está muy al día: solo hubiera tenido que ojear la prensa internacional y podría haber leído numerosas referencias a Alternative für Deutschland o a los neofascistas italianos. Detrás de ellos se agitan las sombras de dos de los mejores amiguetes del dictador español: Hitler y Mussolini.

Aprovechando que es gerundio, el turno de respuestas pasó seguidamente a la Historia (con mayúscula). En este terreno, y expresado con toda rotundidad,  Franco se nos aparece como republicano. La prensa española en su gran mayoría debería haber recogido dicho descubrimiento bajo enormes titulares. ¡No es para menos! Tampoco me suena que los historiadores se hayan reconciliado, después de ochenta años, con tan absurda tesis, pero (chí lo sà?), sin duda alguien dispuesto a ocupar un escaño en el Congreso puede estar más enterado. Reconoce, menos mal, que Franco “se alzó”, pero ¿contra quién? Es un tema del que no puede decirse que no haya capturado la atención de los historiadores. Pero siempre existe la posibilidad de que alguien tal vez disponga de información confidencial que ninguno hemos utilizado (los lectores ya saben que siguen sin conocerse muchos de los papeles de Franco y Mola).

Pero esto equivaldría a hilar fino. La “verdad” que encierra la respuesta no demuestra que quien la dio haya descubierto algo que tampoco creo que suscite la admiración general: Franco lo hizo CONTRA UN REGIMEN COMUNISTA. Descubrimiento que, de poder probarlo, debería llevar a quien lo afirma a las más elevadas cotas de prestigio entre la grey de historiadores. Ya no es algo que se oiga (o lea) todos los días, aunque varios políticos incluso de más elevado lustre lo han suscitado en la reciente campaña electoral. Pero es de recordar que no se trata de algo que haya sido demostrado en los últimos 83 años.

Me deja perplejísimo la tercera burrada. ¿Se refiere a la República en 1931? ¿o en 1936? En ambas fechas tuvieron lugar elecciones. En el primer año se autoapartó una Monarquía desgastada y desprestigiada al máximo. En el segundo, ¿fueron las elecciones de febrero de 1936 un golpe de Estado? Me temo que, de ser así, el futuro astro del Congreso no pasó de leer la propaganda de los auténticos golpistas que esparcieron a diestro y siniestro antes de y tras tales elecciones y que todavía rememoran algunos autores.

Afortunadamente el preguntón periodista reaccionó, quizá un tanto sorprendido, con una objeción de sentido común:  “nadie ha dicho que la II República no tuviese episodios violentos. Pero era un régimen democrático”. No conozco a un ningún historiador que haya afirmado que durante los años republicanos no hubo violencia. El debate se centra en torno a sus causas, sus causantes, sus manifestaciones, su intensidad, etc. ¿Y cuál fue la respuesta? Simplemente que

“no debemos detenernos a juzgar la historia cuando tenemos temas importantes de lo que ocuparnos”.

Es decir, la historia para el gato. ¡LO QUE IMPORTA ES QUE HAY QUE CONQUISTAR EL PORVENIR!. Imagínen los lectores dicha expresión en boca de políticos franceses, belgas, holandeses, alemanes, italianos, luxemburgueses, daneses, noruegos, etc. enfrentados con las inmensas tareas de la reconstrucción de sus economías y sociedades en 1946. Pero esto se  explica acto seguido:

“Hace 80 años existieron otros motivos, mejores y peores. El franquismo tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas”.

¡Caramba! Hace ahora 80 años que terminó una guerra civil, su bueb no la campaña, pero ¿qué es una guerra civil? ¿Algo que ocurre todos los días?  Al menos la respuesta permite conocer que quien la dio conoce que hubo algo llamado franquismo, pero eso sí, con cosas buenas. ¿Cuáles? El periodista se queda atónito y lo pregunta. La respuesta es de antología:

“Frenó un régimen comunista

Imagine de nuevo el lector: parecida insinuación estuvo en la boca y en la propaganda de los todavía por algunos venerados líderes fascistas. Quienes, por supuesto, hicieron además otras cosas como construir autopistas, drenar arrozales, dar empleo a los desocupados, incluso arrebatar por la fuerza las riquezas de los países que invadieron, precipitar al mundo a una catástrofe total y hundir en la más absoluta miseria a sus países y amados súbditos. Sin olvidar otras fechorías muchas peores, que ya se conmemoran -dolorosamente- todos los años en el mes de enero.

Pero, en el caso español,  ¿dónde estaba ese régimen comunista? Había uno, ciertamente, en la URSS pero que existiese o amenazara con existir en la piel de toro es una construcción puramente ideológica, y bastante grotesca, que se remonta a los mitos de la derecha más arriscada. Surgió a principios de los años veinte del pasado siglo y la mantuvo el franquismo a troche y moche. No en vano tenía que autolegitimarse. ¿Será franquista quien ofrece tan absurda respuesta? Alguno hay, con ganas de llegar a un Parlamente y de quien se dice que es un gran admirador de José Primo de Rivera y Ernesto Giménez-Caballero, para él posiblemente adalides de la cultura política española.

Una persona como la que va a representar la soberanía popular ignora que el tipo de estupideces que enunció tiene un trasfondo complejo e interesante. La SMIC, por la pluma de los señores obispos en su Carta Colectiva, las elevó a las más altas cimas del pensamiento histórico. Dieron carta de naturaleza teológica a lo que algunos clérigos descerebrados habían escrito en las páginas de Acción Española que, por fortuna y gracias a los desvelos de la Biblioteca Nacional,  es hoy consultable en línea en su hemeroteca digital. Sirvieron de trino seductor al “centinela de Occidente” tras batir al “comunismo” con las armas. Al menos es lo que se dijo, a la mayor gloria de la civilización cristiana y occidental. De tal suerte que, por la portezuela abierta por norteamericanos y nazis reconvertidos en demócratas, lo acogieron -hasta cierto punto- en su seno.

Obsérvese la cualidad especial de alguien que va a entrar en las Cortes. Otros hubieran dicho -también con supuesta autoridad- que Franco puso a España entre las primeras potencias del mundo, que alumbró con su preclara inteligencia el “milagro económico” de los años sesenta, que contribuyó a sentar las bases para la ulterior transformación del sistema político y más blablá. Todas son afirmaciones discutibles (cuando no falsas) pero las respuestas reproducidas anteriores posiblemente repitan la recepción de las enseñanzas recibidas de alguna escuela, sin duda muy cara pero también muy eficaz en cuanto a  técnicas de endoctrinamiento.

Es difícil que quien ha dado muestras de poseer tal bagaje histórico esté en condiciones de pronunciarse con autoridad sobre temas conexos infinitamente más controvertidos. Pero, ¡oh, dioses del Olimpo!, perdonadle de antemano porque no esté a la altura de lo que demandan  tiempos que ni son simples ni sencillos.

Lo que, como historiador, desearía del futuro Gobierno para todos los españoles

14 mayo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Escribo este post el 9 de mayo (día de Europa) tras leer en EL PAIS unos excelentes artículos sobre la situación y perspectivas de la Unión Europea. También sobre los deseos del actual Gobierno en funciones de desempeñar un papel más activo en la misma. Esto me trae a la memoria la sempiterna cuestión de la imbricación de los vectores foráneos, principalmente europeos, en la configuración de la guerra civil. Precisamente sobre esta temática va a tener lugar la semana próxima, allende el Atlántico, un importante coloquio en el Distrito Federal que está organizado por el Colegio de México. Varios historiadores españoles participaremos en él y es más que probable que las exposiciones y discusiones me den materia con la que enriquecer este blog en sucesivos posts.

 

Dicha imbricación, intensa, profunda, permanente y consistente, ha sido siempre tratada de una  forma extremadamente sesgada por la historiografía franquista. Dejando la literatura de combate generada durante la dictadura, la orientación general no ha variado mucho: a) los malvados bolcheviques conspiraron para incorporar a la España frentepopulista a sus pavorosos planes de revolución mundial; b) las fuerzas vivas de la España nacional no tuvieron más remedio que oponerse enfrentándose a una superioridad inmensa de medios y hombres movilizados por la Internacional Comunista; c) hubo ayuda de potencias tales como Alemania e Italia, pero apenas si para compensar la ayuda que recibían los “rojos” y que actuaron por su lógico temor al comunismo.

En mi reciente libro ¿Quién quiso la guerra civil? he disfrutado poniendo en su sitio la realidad de los hechos en cuanto a la primera afirmación. He reproducido, aviso a navegantes, el ukase de SEJE al coronel director del excelso Servicio Histórico Militar: era absolutamente preciso “aclarar que el movimiento nacional (sic) no tenía ninguna clase de concomitancias con el extranjero”.

Añadí de mi cosecha una expresión castiza: “¡vaya tupé!”. Franco sentó la norma a que debía atenerse el SHM a partir de 1944, cuando pronunció su ukase. No es necesario subrayar que en su dictadura fascistizada Franco se dirigió a un jefe que ya se había apresurado a señalar que el SHM estaba dispuesto a ofrecer la interpretación más conveniente

“a los altos intereses de la Nación y del Nuevo Estado, a cuya exaltación y apología se esfuerza en servir con la mayor lealtad y devoción”.

Palabras no mías, sino del coronel Nicolás Benavides Moro y que subsistían en las últimas entregas -patéticas- del mismo SHM cuando ofreció su versión final, abreviada para su consumo masivo, de la “guerra de liberación” en los años sesenta. Después,  aquel gigante de la seudohistoria que fue Ricardo de la Cierva (qepd) tomó la batuta para que aprendieran los historiadores “antiespañoles” y reforzar a los que ya veían la luz, como un conocido hispanista norteamericano.

Sentado lo que antecede, me permito traer ahora a colación algo que he leído recientemente en una hoja de servicios que mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas ha tenido la amabilidad de enviarme. Se trata de la que corresponde a un distinguido, pero un tanto olvidado, jefe de Aviación que prestó un inmenso servicio a Franco en un momento, digamos, delicado. Estuvo al frente, con otro compañero, de la exploración realizada por un grupo de juzgados (sic) en la base aérea de San Javier de la documentación caída en manos de los vencedores.

Entre los meses de junio a octubre de 1939 tales hércules de la devoción habían examinado la friolera de unos dos millones y medio (sic) de documentos “rojos”, expedido unos cinco mil informes sacados de los archivos de unas cuarenta mil fichas y de cerca de un millar de los consejos de guerra celebrados. Es decir, literalmente los vencedores apenas si habían podido descansar tras los hercúleos esfuerzos desarrollados en la contienda. Había que poner orden  en las masas de documentación conquistadas y en la correspondiente represión tras el fin de las hostilidades.

Cabe suponer que mucha de esta documentación habrá desaparecido. En parte porque no tuviese demasiado interés histórico y sí meramente operativo y, por tanto, circunscrito. Luego, porque con el paso del tiempo tal vez se hicieran talas para ganaar espacio (sin olvidar las que pudieron producirse, por otros motivos, ante y en la Transición). El historiador, sin embargo, puede establecer la hipótesis de que mucha de esa documentación quizá se haya conservado.

Y aquí viene mi deseo respecto al futuro Gobierno, no por cuenta propia sino por la de los ciudadanos españoles (e interesados extranjeros). Al cerrar la revisión de mi libro, ya citado, en los primeros días de febrero del corriente año informé a los lectores que había llegado a mi conocimiento poco antes una nota firmada por la Señora Ministra de Defensa, hoy en funciones. En ella ordenaba la apertura de gran parte de la documentación acumulada en el sistema archivístico de la Defensa hasta 1968. Esta fecha no es, obviamente, debida al azar. Es cuando se aprobó y promulgó la Ley de Secretos Oficiales, que con algunas modificaciones introducidas diez años sigue estando vigente.

Pues bien, con independencia de los cambios que se efectúen en la composición del actual Gobierno en funciones -y que afectarán a algunas o muchas carteras- lo que a mí me gustaría, en tanto que historiador, pero no para mí sino para todos, son algunas medidas con las que probablemente no sería necesario recargar la desbordada atención del futuro Consejo de Ministros. A saber,

  1. Dar a la publicidad el anejo a la nota citada. Es decir, posibilitar que el público soberano, que ha ejercido con responsabilidad su derecho de elegir al futuro abanico de partidos políticos representados en las futuras Cortes, sepa a qué atenerse en cuanto a las nuevas posibilidades abiertas por la Señora Ministra, todavía en funciones.
  2. Explicitar las limitaciones que contenga el anejo y las razones que hubieran inducido a excluirlas del acceso, en el bien entendido que la mayoría de los países occidentales que tuvieron algo que ver con la guerra civil, por acción u omisión, tienen ya abiertos sus propios archivos hasta más allá de 1968.
  3. Informar de los propósitos oficiales cómo llevar a buen puerto las largas e infructuosas negociaciones desarrolladas en los últimos años para superar las limitaciones impuestas por la actual Ley de Secretos Oficiales y presentar al Parlamento un nuevo proyecto que nos ponga a tono con la mayor parte de los países El próximo contexto político invita a ello.

Es, ciertamente, una utopía pensar que en una futura oferta pública de empleo pueda hacerse un hueco para aumentar los efectivos de archiveros y demás personal técnico y auxiliar. Son necesarios para asumir la tarea de afrontar la previsible mayor demanda de información del pueblo soberano. La experiencia en la materia no es como para despertar grandes ambiciones. Pero no conviene dejarla de lado. Los historiadores reconocemos el trabajo abnegado de ese personal que cuida del patrimonio documental y somos conscientes de que, en último término, dependemos de él.

Una forma de facilitar la tarea podría consistir en autorizar que los usuarios puedan fotografiar o escanear la documentación por sí mismos. Esto es ya una realidad en la mayor parte de los archivos públicos de la UE en los que he trabajado.

En este sentido, los procedimientos de trabajo que en algunos se utilizan, como por ejemplo los Archivos Nacionales británicos, son tales que, sin grandes esfuerzos, es posible hacer en un día no menos de ochocientas a mil fotografías. Quizá no sea dable llegar a tan idílica situación de una tacada, pero sí es un objetivo por el que merece la pena bregar.

No olvidemos que un país que se respeta a sí mismo es un país que cuida su patrimonio documental, es decir, el reflejo de su historia, y que ese respeto se muestra con actos y no con ululantes alaridos como los que con tanta fuerza y vigor se han emitido en algunos sectores durante la  contienda electoral. ¡Ah! y si los servicios de investigación del Estado pudieran avanzar un pelín en la determinación de dónde se encuentran los papeles de Franco y de Mola, miel sobre hojuelas. El Señor Presidente del Gobierno tendría la seguridad de que las próximas generaciones se lo agradecerían enormemente.

(Sobre los temas de memoria histórica la argumentación tendría que ser otra. Por el momento, me doy con un canto en los dientes si se lleva a cabo la exhumación de los restos mortales de SEJE. Algo, en mi opinión, necesario aunque no suficiente).

Se nos ha ido un gran historiador militar

7 mayo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

El pasado 30 de abril, recién llegado de Gernika, recibí un correo. El coronel Carlos Blanco Escolá había fallecido plácidamente a los 86 años de edad. Nos conocimos primero por correspondencia. Había sido lector suyo desde hacía tiempo, incluso cuando estaba trabajando en la Comisión Europea. Nos vimos por fin personalmente en Zaragoza, donde vivía, en diciembre de 2016. Puedo precisarlo porque me dedicó un libro y lo fechó el día 13 de tal mes. Era un hombre recio, marcial, muy directo, muy simpático, lleno de ilusiones y volcado en escribir. Deja tras de sí una obra que perdurará. En aquellos momentos proyectaba una serie de ensayos más o menos entrelazados. Ignoro qué habrá sido de ellos y hasta dónde habría llegado. Me chocó que afirmara, con rotundidad, que el general Mola había sido víctima de un sabotaje. El coronel Blanco era piloto civil, según me dijo. Así que supongo que sabía de lo que hablaba, pero lo cierto es que me mostré muy reservado.

En el tema de Mola soy muy suspicaz porque mi primo hermano, Cecilio Yusta, quien tanto me ha ayudado en el desentrañamiento del famoso, y oscurecido cuando no vilmente manipulado, asunto del Dragon Rapide, siempre me ha contado que él mismo había hablado con personas que habían visto salir el avión de Mola, con un piloto al mando de esos “lanzados” y de quienes más vale ver con algo de precaución. El despegue fue tal que entre los que lo presenciaron se comentó algo así del tenor “menuda h… se va a pegar”. Yo me fío de mi primo que también ha esclarecido a mi satisfacción otro de los “enigmas” de la guerra civil: el trastazo que se dio el avión en el que el piloto Juan Antonio Ansaldo transportaba al teniente general José Sanjurjo y cómo tan heroico aviador lo encubrió más o menos arteramente en sus no siempre fiables memorias.

Carlos Balnco Escolá. La incompetencia militar de Franco, Alianza, Madrid, 216 págs.

Pelillos a la mar. Para mí, el coronel Blanco está indeleblemente ligado a uno de sus libros que alcanzó un éxito nada desdeñable: La incompetencia militar de Franco. Apareció en Alianza en 2000 e inmediatamente desató una gran polémica. Prefiero no dar nombres. Que todo un coronel sacara trapitos sucios del Generalísimo, máximo responsable de las actuaciones de los ejércitos en operaciones durante la guerra civil, no era cosa que se leyera todos los días hace una veintena de años. Pensé en él cuando no hace tanto tiempo se hizo pública una soflama suscrita por varios centenares de jefes y generales ya jubilados en la que se proclamaron las altas virtudes castrenses del general Franco. Luego, algunos de los candidatos de Vox a las recientes elecciones generales, también militares, también las han ensalzado. Me pregunté si tan esforzados soldados habrían sentido alguna vez la tentación de leer a su compañero. O a algunos otros militares como Cardona que también habían escrito algo al respecto (en términos de guasa recomiendo su deliciosa obrita Franco no estudió en West Point).

Carlos Blanco demostró que la incompetencia que dio título a su obra estaba inscrita en la personalidad y ejecutoria del flamante joven oficial que desembarcó en Marruecos. Muchos han sido los autores que han observado que en el Protectorado (un territorio de aproximadamente una extensión parecida a la provincia de Badajoz) no era fácil aprender y poner en práctica las estrategias y tácticas de una guerra moderna. Blanco fue algo más allá.

Si no recuerdo mal me dijo que, en su calidad de profesor de Historia Militar en la Academia de Zaragoza, había podido consultar la hoja de servicios de Franco incluído el capítulo dedicado a la guerra civil. Ciertamente en su libro no identificó este extremo, quizá por prudencia. Cualquier lector puede observar que la bibliografía solo menciona obras publicadas pero, si se fija un pelín, verá que el texto contiene alusiones al citado documento.

Como ya señalé en la obra que escribí con mi primo hermano y el Dr. Miguel Ull, El primer asesinato de Franco, de la hoja de servicios de Franco existe una publicación que hoy, por desgracia, solo se encuentra en bibliotecas y no en todas. Un fallo primoroso. Privar a los lectores españoles y extranjeros del acceso a tan recomendable fuente primaria. El Ministerio del Ejército franquista cometió, en mi opinión, un gravísimo error.

Afortunadamente, una parte fue editada por un coronel de Caballería (como Blanco Escolá) llamado Esteban Carvallo de Cora, en Madrid, en 1967, bajo el título Hoja de servicios del Caudillo de España Excmo. Sr. Don Francisco Franco Bahamonde y su genealogía, sin la menor indicación de editorial. Por desgracia se detiene en el año 1926. Lo que sigue es una sarta de alabanzas, más o menos desaforadas, pero no una transcripción. Y, para colmo de parabienes, el original de la Hoja (o la Hoja original) se encuentra en paradero desconocido. Al menos no he logrado averiguar en qué archivo se halla. A lo mejor la conserva la familia como oro en paño y, aunque lucha porque no exhumen los restos mortales de su antecesor, no se atreve a darla a conocer.

Se trata de una situación absolutamente anormal, porque es obvio que la Hoja debió  mantenerse al día muchos años más después de 1926. Por lo menos hasta 1935. Lo que pasó con ella después solo Dios lo sabe. No resulta inverosímil que circulara una versión, debidamente redactada, para oficiales superiores que tuvieran que saber algo de ella por razón de su cargo. Un historiador curioso podría derivar conclusiones que no encajan necesariamente en el canon consagrado por la historiografía franquista.

En todo caso, a cualquier lector de La incompetencia que se detenga en las páginas 81 a 103 le sorprenderán un pelín, frente a la leyenda, los análisis  que hizo Blanco sobre las circunstancias de los ascensos de Franco a primer teniente y luego a capitán y más tarde a comandante. No se produjeron por actos heroicos ni por hechos de armas sobresalientes. Más bien por la movilización de rasgos de carácter a los que el futuro Caudillo se atuvo durante toda su vida: astucia, argumentaciones tras bambalinas, autopropaganda y, en sus momentos, un pelín de  audacia burocrática. Y, ciertamente, fue la llamada de la PATRIA a exponerse al supremo sacrificio, de otros por supuesto, la que le impidió adquirir algo de formación militar avanzada en la Escuela Superior de Guerra (ESG). Pero, eso sí, ascendió y dejó detrás de sí a un montón de oficiales y jefes mucho más antiguos que él. Las ventajas de tener hilo directo con Palacio.

Antes de La incompetencia Blanco había publicado una excelente monografía sobre la Academia General Militar de Zaragoza entre 1928 y 1931, que apareció bajo el sello de Labor en 1989. La prologó Gabriel Cardona que, desde las primeras líneas, resaltó que el autor no solo era militar sino también licenciado en Historia. Y, como tal, se basó no solo en un conocimiento exhaustivo de la historia militar española sino también en un bosquejo de normas pedagógicas que había escrito el coronel Miguel Campins (número uno de su promoción en la ESG), subdirector y jefe de estudios de la Academia, y que -al menos que yo sepa- todavía no se ha hecho público. Se trata de un texto de doscientos folios, fechados en Gerona en 1932, y que Blanco encontró en el museo-archivo de la AGM. Según afirma, tales normas solo se siguieron en la medida en que Franco le permitió desarrollar algunas actividades en las areas en que se sentía más disminuido, pero que no pesaron en la orientación general de la  enseñanza y el espíritu (¡oh!, el espíritu) impartidos en la Academia e imbuidos de “africanismo”.

Aparte de otros libros (por ejemplo, Franco y Rojo. Dos generales para dos Españas o Vicente Rojo, el general que humilló a Franco), me causó una gran impresión su última obra, General Mola. El ególatra que provocó la guerra civil. En él Blanco hizo un uso punzante del poco conocido libelo  El pasado, Azaña y el porvenir, que -no es una casualidad- no aparece en las supuestas Obras Completas del sanguinario general. Algo incomprensible dado que no es excesivamente difícil encontrarlo en bibliotecas e incluso, por un módico precio, en librerías de segunda mano.

En definitiva, con el coronel Carlos Blanco Escolá ha desaparecido desgraciadamente un historiador militar, demócrata, antifascista, antifranquista, enamorado de su profesión y a mil leguas de quienes siguen tendiendo mitos sobre una de las figuras y una de las etapas más sombrías del pasado de España.

Descanse en paz.

De un historiador y científico infatigable

6 mayo, 2019 at 5:45 pm

Reseña El primer asesinato de Franco. La muerte del general Balmes y el inicio de la sublevación, de Ángel Viñas, Miguel Ull Laita y Cecilio Yusta Viñas. Crítica, Barcelona, 2018.

La España republicana, la España democrática, la España que ama la verdad, el compromiso humanista y la deconstrucción de mitos, falsedades e insultos, está y debe seguir estando agradecida (eternamente) al trabajo incansable, minucioso, riguroso, de este científico social inigualable, de esta ciudadano ejemplar llamado Ángel Viñas. Seguro que conocen su trilogía republicana y sus textos complementarios.

Lo esencial de este comentario: como ocurre con todos los trabajos del autor vale la pena, y vale en ganancia, el esfuerzo realizado en la lectura de este ensayo que enseña, además, cómo debe trabajarse en temas de historia si queremos hacer realmente historia, buena historia, y no otra cosa. Metodológicamente es impecable y muestra caminos por los que cabe transitar si queremos hacer bien las cosas.

Así define el autor el oficio, su oficio: “Lo único que le está vedado al historiador digno de ese nombre es el mentir a sabiendas, el faltar cínicamente a la verdad de los hechos tal como sus elementos de información le permiten apreciarla. Pero esto debe llamarse probidad científica y no imparcialidad; pues, todos, querámoslo o no y sepámoslo o no, somos necesaria y fatalmente parciales”. Seguro que el machadiano Juan de Mairena firmaría esa declaración. Muchos historiadores también sabiendo que “a diferencia de lo que ocurre con los novelistas y los creadores y mantenedores de mitos, los historiadores genuinos no imaginan ni desfiguran”.Los historiadores, añaden los autores en el capitulo de conclusiones, “estamos obligados a basarnos en las evidencias, escritas, orales o visuales entre otras, del pasado, debidamente examinadas para comprobar su veracidad” (p. 537), asunto este último no siempre elemental.

Ángel Viñas se ha acompañado en esta ocasión de otros dos autores (las razones se entienden bien al leer el libro): Miguel Ull Laita (Zaragoza, 1941) “ha desarrollado las diferentes facetas de su actividad profesional y laboral siempre en relación con la sanidad pública”, y Cecilio Yusta Viñas (Guadalajara, 1937): “cumplió el servicio militar en el Ejército del Aire, en las bases de Matacán y Torrejón de Ardoz. Tras ingresar por oposición como controlador de tráfico aéreo, se hizo piloto y colaboró como profesor de vuelo elemental en el Aeroclub de Madrid (Cuatro Vientos). Obtuvo el título de piloto de transporte en la Escuela Superior de Vuelos de Salamanca”. Una aproximación completa a los tres en las páginas 607-610. En síntesis: un piloto, un patólogo y un historiador han combinado sus esfuerzos. Ciencias sociales y naturales, y conocimientos prácticos, unidos en una misma investigación. A muchos filósofos de la ciencia clásicos y no tan clásicos les hubiera encantado.

El primer asesinato del título remite al primer asesinato del general(ísimo) en los preliminares de su golpe de Estado, transformado por la resistencia popular y los militares leales a la República, en un guerra antifascista de resistencia de casi tres años. Madrid, su ciudadanía, como grandes protagonistas.

El asunto, la historia explicada:

1. El 16 de julio de 1936: al general Amado Balmes, comandante militar anda menos de Las Palmas de Gran Canaria, se le dispara una pistola cargada que se la había encasquillado. 2. Balmes está haciendo ejercicios de tiro al blanco. 3. En estrecho contacto con el general Franco, comandante general del archipiélago con sede en Santa Cruz de Tenerife (donde había sido apartado por las autoridades de la II República), Balmes se prepara para desencadenar lo que han llamado “Glorioso Movimiento Nacional” (a veces Alzamiento). 4. Se trata de poner fin a los meses de violencia, caos y anarquía generados por el “régimen republicano”, situación que había dado pie al ”alevoso asesinato del gran patriota don José Calvo Sotelo”. 5. Tras el accidente, a pesar de los intentos por salvarlo, el general muere poco después en el Hospital Militar. 6. El sepelio se celebra al día siguiente, 17 de julio. 7. Lo preside el general FF. 8. Había acudido desde su isla previa autorización del gobierno. 9. A pesar de que la muerte de Balmes es, dicen, un accidente, un lamentable accidente, es también, al mismo tiempo, providencial: permitió a Franco tomar un avión inglés, el De Havilland 89, modelo Dragon Rapide, que había llegado a Las Palmas días antes. 10. Con el Dragon Rapide, se traslada a Marruecos (en manos de España en aquellos años) y se pone al frente del Ejército de Africa. 11. La rebelión ilegal, la rebelión del protectorado, tiene ya su jefe. 12. Su historia: “la España nacional que luchaba por evitar que la Patria cayera víctima de las asechanzas moscovitas”.

Hasta aquí el resumen, lo contado hasta hace poco.

Tal versión, “declinada en diversas variantes desde 1936 y mantenida contra viento y mareo hasta 2016, cuando se cumplió el 80º aniversario del estallido de la guerra civil, e incluso hoy”, es, señala con mucho énfasis Ángel Viñas, “rotunda y absolutamente falsa”. ¿Por qué? Porque no responde a los hechos, porque se trata de “una mera construcción ideológica justificativa”. Exactamente del mismo tenor, añade nuestro historiador, que la que subyace a la pena de muerte a que fue condenado el general Romerales.

Para conocer una sucinta reconstrucción de lo realmente sucedido puede verse lo señalado en la página 533. Las palabras iniciales: “El 16 de julio de 1936 el general Amadeo Balmes no fue, como se ha dicho, la primera víctima sufrida por el autodenominado “Alzamiento Nacional”. Fue, muy por el contrario, la primera víctima que produjo la todavía no declarada insurrección militar…”. La inversión de lo explicado hasta ahora.

No se pierdan la deconstrucción, la refutación de la falsa historia, de uno de los grandes mitos del fascismo. Les toca en lo más hondo: desde el primer momento actuaron sin piedad y sin honor, y asesinando a un general con implicación directa del “generalísimo”, del amigo de Hitler y Mussolini.

No se salten páginas si pueden, vale la pena seguir el desarrollo de la argumentación. Pero si quieren conocer la resolución del enigma, ¿quién lo hizo?, ¿quién asesinó materialmente a Balmes?, les remito a las páginas 551-556. La clave del asesinato: el Dragon Rapide.Para la más que interesante reflexión final, páginas 562-567.

El índice onomástico y analítico es magnífico. Pueden hacer uso de él, garantía asegurada. Lo mismo que el índice de acrónimos o siglas.

Para las fuentes primeras y bibliografía (apabullante), las páginas 595-606. Desde un punto de vista metodológico e historiográfico son excelentes las páginas 535-539.

Se incluyen, además, tres anexos: “Los comunistas preparan la revolución armados por la URSS”, “Franco visto por un carlista de la inmediata postguerra”, “Los periodistas Zurita Soler y Arrarás y el origen de la leyenda del vuelo del Dragon Rapide”. Tampoco conviene saltárselos.

La dedicatoria del libro: “En recuerdo y memoria del general Amado Balmes y de todos aquellos militares y civiles que fueron asesinados, encerrados en prisión o exiliados por no haberse sumado a la rebelión en Canarias”. Varios familiares entre ellos. Suscribo estas palabras y me sumo al recuerdo desde la memoria de tres familiares asesinados por el fascismo.

Autor: Salvador López Arnal

Aquí el enlace a la reseña:

Un premio en tiempos políticamente interesantes

30 abril, 2019 at 8:40 am

Ángel Viñas

El domingo por la tarde regresé del País Vasco, a tiempo suficiente para seguir por el canal internacional de TVE la noche electoral. Los días precedentes estuve en la villa foral para recibir, ex aequeo con los profesores Sir Paul Preston y Xabier Irujo y el comisario europeo para la Ayuda Humanitaria, Christos Stylianides, el premio Gernika por la paz y la reconciliación correspondiente a este año en su décimoquinta edición.  En la anterior lo recibieron Daniel Baremboin y Helena Maleno, activista española por los derechos humanos.  Escribo estas líneas apresuradamente para no faltar a la cita de este martes en el blog. Los amables lectores disculparán que no lo haya pulido tanto como es mi costumbre.

El 26 de abril, día en el que se conmemora, recuerda y llora el dolor causado en tal fecha del año 1937 por el bombardeo de la aviación nazi-fascista, regresa siempre, año tras año. En este se iniciaron el lunes 1 de abril, pero el núcleo fundamental se centra, como es lógico, en torno al día aniversario. Tiene un protocolo perfectamente milimetrado y orquestado. Sus elementos fundamentales son el ulular de las sirenas y el minuto de silencio en el preciso momento en que sonaron el día del bombardeo; el responso y la ofrenda floral en memoria de las víctimas, que se hacen en el cementerio municipal con presencia de delegaciones de ciudades mártires, organizaciones ciudadanas y autoridades (un acto de solemnidad sobrecogedora); la que tiene lugar ante el busto de George Steer, el periodista de The Times que anunció en Londres y Nueva York la destrucción (al igual que hicieron otros colegas que representaban otros medios de la época). Por la mañana se hace la entrega de los premios. Por la tarde suele haber una marcha ciudadana con candelas encendidas.

Suelen añadirse elementos adicionales. En este año han destacado cinco.  La víspera tuvo lugar  en el Museo de la Paz, la proyección inaugural de dos documentales. Uno de ellos cuenta cómo vieron los testigos el bombardeo. Sus manifestaciones proceden de la colección de recuerdos que recogió William Smallwood en los años de la dictadura y que se han publicado hace pocos años (no es un libro que utilicen los cantamañanas que siguen escribiendo a tontas y locas sobre el 26 de abril de 1937). El segundo reproduce los testimonios de niños y niñas, hoy ya ancianos, con sus recuerdos de aquel trágico momento. Cada documental, que vierte en una segunda pantalla acciones e imágines brillantamente digitalizadas,  tiene una duración de doce minutos. El resultado es espectacular. A partir del sábado pasado la proyección se reproducirá continuamente en una sala habilitada al respecto en el piso superior del Museo, que tan pronto llega esta temporada visitan numerosos grupos de escolares y turistas españoles y extranjeros.

El segundo nuevo elemento ha sido la inauguración formal de un refugio (un búnker) construido para que en él se refugiaran los obreros de los Talleres de Gernika, uno de los dos establecimientos fabriles con que en 1937 contaba la localidad. Se ha abierto y renovado para señalar como estaba en aquella fecha gracias a la generosidad de los propietarios del establecimiento. Podemos imaginar cómo estaría la gente en él apretujada bajo el sonido estridente de las sirenas de alarma y el polvo que se desprendiera del techo, sin apenas luz.

El tercer elemento es una exposición de cuadros sobre la vieja Gernika debidas al pintor gernikés Julen Munitis. En ella destaca un tríptico infernal en el que aparecen los dos dictadores fascistas, cuyas fuerzas llevaron a cabo la destrucción, y Franco, responsable último de la misma. Gracias a su amable autorización la figura que acompaña este post es una de las fotografías que con el móvil pude tomar. No me siento orgulloso de ella (no soy buen fotográfo) pero espero que dará una idea.

El cuarto elemento ha sido la concesión de un nuevo premio que recibe el nombre de George Steer y materializado en un pesado busto del mismo. Se otorgará a periodistas o corresponsales de guerra que se hayan distinguido por sus reportajes sobre conflictos contemporáneos. El receptor ha sido Mikel Ayestarán por su multifacética actividad informadora sobre el conflicto del Oriente Medio. A mi me ha faltado siempre, en mi educación diplomática e internacional, la comprensión profunda del mismo. Leeré con atención los tres libros que sobre él ha escrito Mikel.

El quinto y último elemento fue otra ofrenda floral ante el nuevo monumento a los gudaris en una plaza renovada. Tuvo lugar el 27 por la mañana, después de otra ofrenda ante el busto del alcalde de Gernika en el año del bombardeo, José María Labauria.  El monumento representa a dos gudaris bajo una ikurriña desplegada al viento y se encuentra muy próximo al Museo de la Paz. Los dos últimos elementos, junto con el restaurado búnker, se incorporarán  al repertorio habitual.

La conmemoración suele tener una vertiente historiográfica. Hace dos años los profesores Preston, Irujo (el mejor historiador sobre el tema de Gernika) y servidor disertamos sobre varios aspectos del bombardeo. Nuestras disquisiciones aparecieron posteriormente, junto con otras, en la colección de obras que edita el Museo. No suelen consultarla los mariosabihondillos de toda la vida, pero en ella figuran aclarados muchos de los temas controvertidos que han esmaltado la literatura. No en vano el bombardeo de Gernika es el hecho bélico que más títulos y controversias ha despertado desde el mismo momento de su realización dentro del conflicto español e internacional por interposición que fue la guerra civil.

Este año se había previsto que quienes hemos sido distinguidos con el preciado galardón (por el cual los tres estamos profundamente a quienes propusieron nuestros nombres y al jurado que decidió en nuestro favor) retornáramos al tema central de la verdad histórica y de la mentira historiográfica que ha rodeado, desde 1937, el bombardeo.   Nos habíamos distribuído los papeles. Servidor había pensado romper, de nuevo, una lanza en favor de Herbert R. Southworth, aunque su biografía y su seminal libro, El mito de la Cruzada de Franco,  ya los ha reeditado hace años Sir Paul Preston en la versión hoy disponible en formato de bolsillo y a un precio sumamente módico.

En mi opinión, este primer libro de Southworth contiene todos los elementos esenciales en torno a los cuales han girado las mentiras sobre el bombardeo. Hace algunos años, cuando se planteó la posibilidad de dar a conocer algún clásico sobre la guerra civil, no dudé en recomendar a la Editorial Comares, la reedición de la monografía de Southworth sobre la destrucción de Guernica que apareció  en 1975 y amplió a un volumen de más de quinientas páginas lo escrito en el anterior. Me reservé la posibilidad de hacer una pequeña puesta al día siguiendo su metodología y el resultado fue un epílogo de más de cien páginas. Quise aprovechar la ocasión con dos finalidades:

  • La primera fue el deseo de unir mi modesto nombre al suyo. Siempre he sido un admirador de Southworth. Ambos estuvimos en Gernika ya en abril de 1977, ante un mar de ikurriñas recién legalizadas, para explicar, junto con otros colegas y testigos, nuestros descubrimientos sobre el bombardeo.
  • La segunda estribó -lo escribo sin el menor pudor- en pulverizar las mentiras que han esmaltado las sucesivas versiones sobre el mismo que fue publicando el general de división en el Ejército del Aire Don Jesús Salas Larrazábal y que aún pululan por la literatura y en las versiones que circulan por internet.

Desgraciadamente los mejores planteamientos se los lleva el diablo. El día en que debía viajar desde Londres el profesor Preston tuvo una indisposición, nada grave pero sí muy aparatosa. Hubo que improvisar. El resultado fue un diálogo entre Xabier Irujo y servidor en el auditorio de la Casa de la Cultura bajo el mando y la batuta del moderador Fernando Garate (ex”huésped” del “Hotel Carabanchel” en tiempos franquistas y una figura muy conocida en la villa). Ambos seguimos su batuta y explicamos nuestras tesis a una audiencia de en torno a un centenar de personas. Alargamos la sesión hasta una hora avanzada y dimos respuesta a las preguntas, muy variadas, que sobre Gernika, la memoria histórica y la exhumación de Franco (para servidor una ruptura sicológica, si se produce, en el seno de la sociedad española) nos dirigió el público.

En el margen, me harté de hacer preguntas sobre cómo veían mis interlocutores la situación política actual tanto en el País Vasco como en el resto de España  en la víspera de las elecciones generales. Sus resultados de anteayer no me sorprendieron demasiado. En un intervalo me permití el lujo de ver en el móvil el mítin de Las Rozas que dio VOX en Las Rozas, cerca de Madrid. Como este es un blog de historia, prefiero no detenerme en él. Sí me recordó la retórica y los argumentos de un tiempo que quizá muchos ya habrán olvidado pero que para un historiador de la guerra civil y de la dictadura siguen estando muy presentes.

Personalmente me siento muy honrado por el galardón. Cuando en la Comisión Europea estuve de director de derechos humanos y ayuda a la democratización me dejé la piel durante varios años pronuncié muchos discursos y tuve numerosas intervenciones públicas. Por diversas razones que he expuesto en un libro nada de lo que hice -e intenté hacer- fueron suficientes para una recompensa de tal categoría. Me siento muy feliz y muy agradecido al Ayuntamiento (es decir, al alcalde Don José María Gorroño y a todos los concejales del mismo, con muchos de los cuales coincidí en el repetido disfrute de la gastronomía vasca ) y al Museo de la Paz de Gernika (representado por Iratxe Momoito y Ana Teresa Núñez). Me prometí continuar en mi tarea de desmontaje de los mitos franquistas que todavía contaminan la historiografía española, aunque en el futuro sea probablemente con instrumentos complementarios de la EPRE.

Algo de lo que me ha intrigado al escribir ¿Quién quiso la guerra civil?

23 abril, 2019 at 8:29 am

Ángel Viñas

 Al terminar un libro queda una sensación de gozo mezclada, al menos en mi caso, con otra de infinito cansancio. No exagero si confieso abiertamente que tal sensación tiene todos los visos de ser algo duradera. Me ha dejado agotado, pero el blog sigue. En este post voy a hacer un breve comentario sobre un aspecto de los muchos que me han intrigado. Otro se me ha ocurrido cuando un amigo y colega me ha hecho llegar un libro que acaba de publicar a su vez y a él me referiré en un próximo post.

El citado aspecto se refiere a las implicaciones de una de las conversaciones que Franco sostuvo, tras llegar al Protectorado de Marruecos, con el agregado militar a la misión italiana en Tánger, entonces ciudad internacional. Por los descubrimientos efectuados en su momento por mi buen amigo el profesor Morten Heiberg sabemos, aunque yo no hice mención de ello, que el jefe de la misión era un diplomático, Pier Filippo de Rossi del Lion Nero, con un pasado que da algo que pensar. Había estado a cargo de un departamento muy confidencial en la DG para los italianos en el extranjero, intimamente relacionado con los servicios de inteligencia y la red de confidentes fascistas en el exterior. Luego pasó al Ministerio de Exteriores, pero su ficha personal está en blanco en lo que se refiere a sus funciones en el mismo, algo de por sí sospechoso. Sus contactos con la policía eran, en todo caso, muy estrechos. Que en 1935 se le destinase a Tánger, un punto sensible en el Norte de África, es verosímil que no fuera casual y que obedeciese a un mero cambio rutinario de destino.

Su agregado militar, el comandante Giuseppe  Luccardi, era miembro del SIM (Servicio de Información Militar), un aparato creado por Mussolini para potenciar las actividades de inteligencia en el extranjero y que recibía informes de todos los agregados militares. Con el conflicto de Abisinia y bajo el mando del coronel Mario Roatta el SIM estaba llamado a tener un desarrollo fulgurante. En la guerra civil española se transformó definitivamente en un instrumento político de la dictadura. No es de extrañar que la segunda guerra mundial se le disolviera. Por lo pronto, y siempre según Heiberg, Luccardi recibió instrucciones de poner en marcha una red de informadores y agentes en la zona. Evidentemente, no se limitaría a los estrechos confines de la bella ciudad tangerina.

Luccardi anudó contactos con  jefes y oficiales del Ejército de África. Ya en mayo de 1936 había informado a Roma de la agitación de cara a un futuro levantamiento. Por desgracia, la documentación del SIM que he estudiado en lo que queda de los legajos relevantes para tal período es demasiado parca en cuanto se refiere al trasfondo de tales relaciones. Lo que sí parece fuera de duda es que los militares prestos a sublevarse mantuvieron a Luccardi al corriente de  sus planes. No profundicé en esto en mi libro, por falta de EPRE.

En todo caso, lo anterior sugiere preguntas para las cuales no he encontrado respuesta documentada. La primera es si tales contactos eran conocidos o no del teniente coronel Juan Yagüe, que preparaba el levantamiento. Sorprendería que no estuviera al tanto. La segunda es si Yagüe informaría o no a Franco. No hay que olvidar que entre ambos hubo comunicaciones que hasta ahora no se han localizado en su totalidad. Se conoce simplemente alguna que otra pieza. No cabe, pues, descartar la posibilidad que durante el mes de junio Franco hubiese tenido in mente la conexión con Italia.

Añadamos otro elemento sobre el que tampoco he hallado EPRE. Por las memorias de Pedro Sainz Rodríguez se sabe que estaba en contacto con el general Luis Orgaz. Ahora bien, este llegó a Las Palmas de Gran Canaria a finales de mayo como “residenciado” en dicha capital por orden del Gobierno republicano. Ya había purgado una pena similar años antes en el mismo lugar. Es decir, conocería a los elementos locales. Orgaz participó en la recepción que se ofreció a Franco en su primera visita oficial a Las Palmas en la que se le rodeó de todos los honores debidos a su cargo. Fue una visita importante porque en ella, tal y como se desprende de las memorias de su primo hermano y ayudante, el entonces teniente coronel Franco Salgado-Araujo, al comandante del archipiélago no le extrañó lo más mínimo que uno de los subordinados del general Balmes le hiciese llegar la noción de que estaba dispuesto a todo (“si fuera preciso prescindiría de sus jefes superiores”). Franco, encima, en vez de arrestarlo de inmediato se lo contó a su primo. Posiblemente encantado.

Orgaz, además, estuvo en el mes de junio en la península y sería extraño que no hubiese tomado contacto con Sainz Rodríguez y sus compañeros de la UME. Aunque es posible que también aprovechara el tiempo para irse de juerga… Y Orgaz, no lo olvidemos, estuvo con Franco en Santa Cruz de Tenerife hablando a solas pocos días antes de la sublevación.

Mi tesis es que no cabe descartar que Franco tuviese alguna idea, por muy imperfecta que fuera, de los contactos con los italianos. De aquí que sus conversaciones con Luccardi y De Rossi tengan una relevancia superior a la que se les ha atribuido. ¿Sería demasiado especular si en ellas afloró la idea de reforzar las gestiones de los monárquicos alfonsinos? Solo los papeles privados, si existen, de Franco, Orgaz y Yagüe podrían arrojar luz sobre tales conexiones. O las de algunos de sus subordinados. No cabe olvidar que SEJE, instalado cómodamente en su omnímodo poder, dio una orden perentoria al coronel director del Servicio Histórico Militar en 1944: de contactos con extranjeros de cara al “Alzamiento Nacional” a la hora de escribir su historia, rien de rien.

En todo caso, lo que más me ha impresionado de los contactos probados con los italianos en Marruecos es que el 2 de agosto Franco confiara a Luccardi sus planes de que, una vez pasado a la península, tenía la intención de iniciar la marcha hacia Madrid no por la vía más directa, la del paso de Despeñaperros, sino por la más larga, es decir desde Sevilla hacia Badajoz. Lo que Franco dijo en aquella fecha puede significar varias cosas. La primera que no quería exponerse a ningún riesgo, como el que podría derivarse de la llegada a Despeñaperos de tropas fieles al Gobierno republicano. La segunda, que el que corrieran las suyas propias disminuiría al penetrar por una región no demasiada poblada y desde la cual era posible conectar fácilmente con Portugal en caso de peligro para las columnas. Esto, a su vez, lleva a sospechar (que no a demostrar) que Franco podría haber estado al tanto de los esfuerzos realizados por Sanjurjo por conseguir una actitud favorable de los portugueses a los planes de la sublevación española. No cabe olvidar que, entre los papeles de Sanjurjo hasta ahora localizados, y que ha dado a conocer el profesor Fernando del Rey, los planes estrictamente militares brillan por su ausencia.

En definitiva, la versión tradicional que presenta a Franco más o menos aislado en Canarias, que se decide a participar en la sublevación algo tarde (lo de que fue una consecuencia del asesinato de Calvo Sotelo cabe tirarlo a la papelera) y que fueron su genio e ingenio los que le llevaron a conectar con Luccardi, podemos descartarla. Por mucho que aquel embustero redomado que se llamó Luis A. Bolín se arrogara -con todas las cautelas necesarias- el haberle sugerido que le autorizase su viaje a Roma.

Las cosas cambian cuando se introducen en la ecuación las variables ligadas a la conexión previa con Italia. Es verosímil que Franco pudo ponderar su significado mientras continuaba aprendiendo a jugar al golf en los meses de mayo y junio en su relativa “soledad” en Santa Cruz de Tenerife. No es de extrañar que de la maleta o maletas cargadas de documentos a que Franco Salgado-Araujo se refirió en sus memorias nunca más se supo. Salvo que, lógicamente, estén olvidados en algún remanso de los archivos militares.

Por cierto, con esta alusión me permito corregir una afirmación que figura en la página 19 de mi libro. Lamenté que no se hubiera localizado la memoria pormenorizada del fiscal general del Ejército de Ocupación, el entonces coronel Felipe Acedo Colunga y que, ya general de división del Cuerpo Jurídico del Aire y “killer” burocrático uniformado,  publicó su “biografía” de Calvo Sotelo. Hace poco, Francisco Espinosa me ha regalado una fotocopia. El original estaba mal indexado en el archivo militar en el que, por fin, la ha encontrado. Cuando la dé a conocer a más de uno se le caerán las escamas de esos ojos que se niegan a leer el tipo de reflexiones que albergaron los militares insurrectos en materia de represión. Redentora, eso sí.