Sobre la destrucción de Gernika: desmintiendo algunas falsedades

23 Mayo, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es axiomático que cuatro ojos ven más que dos. Por la misma razón, ocho ven, probablemente, más que cuatro. Es un axioma que estoy siguiendo con el texto de un futuro libro sobre Franco en el que he ido trabajando a lo largo de los últimos dos años con tres colegas. Ya terminado provisionalmente, están examinándolo en varios temas respetados expertos. Cuando se publique, en febrero/marzo del año próximo, confío en que no dé demasiadas alegrías a la FNFF ni a la galaxia de protectores y protegidos suyos que gira en torno a ella. Nos reiremos mucho.

Viene esto a cuento para dar a conocer mi alegría por haber circulado la semana pasada el documento de von Richthofen. Esto ha permitido a un historiador alemán, el doctor Ingo Nebel, asentado algún tiempo en Gernika y con quien coincidí en la villa foral hace un mes, llamarme la atención sobre la autoría del documento reproducido literalmente en el post precedente. Su autor no fue el jefe del Estado Mayor de la Cóndor sino alguien, si se me apura, más relevante para nuestros propósitos. Se trató de otro militar del mismo apellido, aunque no pariente, Joachim. Trabajaba en el Ministerio de Aviación, desde el cual se dirigía, supervisaba y analizaba la actuación de la Cóndor. Es decir, desde el centro del poder aéreo nazi. Por desgracia, y como es sabido, los archivos de la Cóndor los destruyó uno de los frecuentes bombardeos aliados de la capital del “Reich de los mil años” que tanto admiraron nuestros fascistas autóctonos. Lo que queda son documentos que figuraban en los archivos de otros departamentos.

El documento lo halló la profesora Stephanie Schüler-Springorum en un archivo intermedio militar alemán próximo a Berlín y lo mencionó específicamente en su libro sobre la Legión Cóndor (Krieg und Fliegen). Volvió a hacerlo en la traducción parcial de su libro en castellano, publicada por Alianza Editorial. A pesar del tiempo transcurrido no conozco a ningún historiador académico (salvo el profesor Xabier Irujo) que se haya servido de él. No hablemos de los periodistas pro-franquistas y aficionados que han disertado largo y tendido sobre el bombardeo en este año del ochenta aniversario.

Tras leer Krieg und Fliegen me puse inmediatamente en contacto con Stefanie quien, amablemente, me envió una copia. Siempre que he aludido a Gernika he aludido a la ella y a Xabier. Ahora aludo, con sumo agrado al doctor Nebel. Nunca hay que vestirse con galas ajenas.

Confieso que no me percaté en absoluto de que la autoría pudiera ser otro von Richthofen. El último renglón (“En la próxima oportunidad se enviarán a los servicios centrales proyectiles italianos de diferentes potencias”) me hizo parecer obvio que la procedencia era del jefe de EM, aunque ahora puede entenderse de otra forma. La firma, en efecto, era la de Joachim, a mayor abundamiento también teniente coronel. Avisaba, simplemente, que pronto se recibirían en Berlín muestras de las bombas italianas De todas las formas, lo traduje el documento tal cual y no se me ocurrió quitar el 2 tras el nombre del autor, que firmaba con este guarismo para diferenciarse el otro. Hoy, a la luz de esta circunstancia, me parece mucho más importante que antes el primer elemento que, en mi opinión es preciso subrayar. La fecha del documento: 28 de mayo.

Para entonces hacía más de un mes que se había producido el bombardeo y el escándalo internacional que generó estaba en plena efervescencia. Es comprensible que el autor, bien consciente de las repercusiones que había tenido en países un tanto sospechosos de lo que tramaba el Tercer Reich en general y en España en particular, tuviera cierto cuidado a la hora de redactarlo. Dicho esto, quisiera resaltar unos cuantos aspectos que llaman la atención.

  1. En la acción, como sabemos, participaron aviones italianos. Pero de esto von Richthofen 2 no hizo la menor mención. También señaló una estimación de daños que, aunque elevada, redujo sustancialmente. Cabría pensar que no era esencial para su argumentación.

En esta perspectiva dos temitas llaman la atención. El primero es que, según él, los alemanes no vieron a ningún habitante cuando visitaron la ciudad. ¿Por qué lo omitiría, cuando sabemos que, efectivamente, se habían presentado en ella poco después de su conquista? ¿Acaso se habrían escondido los gernikeses entre los escombros de sus destruidas viviendas mientras extranjeros rubios y de rutilante uniforme pudiera extasiarse ante su desolación? ¿Habrían sido evacuados para que no pudiera haber el menor contacto entre ellos?  Son preguntas retóricas. El segundo temita, más sobresaliente en mi humilde opinión, es que tampoco mencionó en ningún momento algún porcentaje o número aproximado de víctimas. Lo hizo en los casos de Durango y Eibar (disminuyéndolos) pero no en Gernika. ¿Por qué? La cuestión es para mosquear a cualquier lector.

  1. No mencionó von Richthofen 2 la participación, esencial, de cazas, alemanes e italianos, que ametrallaron a la población con gran entusiasmo. Como el cazador a la hora de pegar tiros a los conejos. [Inciso: recuerde el lector La caza, de Saura, y al enriquecido franquista que interpretó Alfredo Mayo].También cabría argumentar que la descripción de la acción no era objeto de su informe. Pero esto significa que, obviamente, no puede entenderse como un documento que refleje, siquiera a grandes rasgos, lo sucedido sino solo una parte. ¿Cuál? La que en mayo de 1937 más podría interesar en las instancias superiores de la Luftwaffe. ¿Y cuál era esta? Los resultados de lo que, entre otras finalidades, los alemanes perseguían en la campaña del Norte, que desde Berlín se monitoreaba con suma atención. Es decir, el examen comparativo de las técnicas de lanzamiento de bombas y la composición de su carga que MEJOR pudiera destruir las villas, pueblos y ciudades del Norte de España.
  2. Así llegamos al núcleo del documento. Con vistas a una guerra aérea del futuro, que previsiblemente se desencadenaría sobre países tales como Francia, Bélgica, Luxemburgo, Holanda y Polonia, todos ellos limítrofes del Tercer Reich y obstáculos a la política expansionista de Hitler, los alemanes quisieron hacer experimentos. No es una casualidad que von Richthofen 2 iniciase su informe señalando las semejanzas entre el tipo de casas del País Vasco con el que predominaba en las futuras víctimas de la agresión hitleriana. Centrándose en este aspecto, caminaba sobre seguro y podría tener la certidumbre de que su informe se acogería con interés porque de él podrían extraerse conclusiones operativas. De aquí que la carga de bombas que afirma se utilizó sobre Gernika recayera, esencialmente, en la combinación de las de mayor tamaño (250 kilos) con las incendiarias.
  3. En este sentido, von Richthofen 2 siguió un razonamiento lógico al colocar a Gernika como el punto culminante de una escalada de bombardeos sobre ciudades relativamente pequeñas y que habían acometido los italianos. Se encontró con que tanto las técnicas de lanzamiento de estos últimos como sus espoletas de acción retardada producían “excelentes” resultados. Había, pues, que abandonar las bombas de 50 kilos. Para abarcar todo el posible horizonte de destrucción convendría, además, cubrir los huecos existentes entre las de 100 y de 250 kilogramos. Estas últimas eran las de efecto más destructivo pero con pesos intermedios podría alcanzarse, tal vez, una mayor flexibilidad.
  4. En consecuencia, el informe debe entenderse como limitado a lo que su título indica. Efectos en el sentido más material y concreto posible: es decir, físicos. De lo que se trataba, insisto, era de destruir edificios de la forma más eficaz y rotunda imaginable. Sin, por supuesto, verse limitados por molestos constreñimientos relacionados con la suerte de los habitantes. Sin exagerar lo más mínimo, cabría afirmar que en el mando de la Luftwaffe se anticipaba ya, en Berlín, lo que iban a ser algunos de los bombardeos que puso en práctica en la campaña de Polonia dos años después. Pero no se anticiparon los que el Tercer Reich iba a recibir en sus ciudades en cuanto se puso de relieve la superioridad estratégica de la RAF, potenciada por la de la USAF.
  5. Es de notar la secuencia seguida por los alemanes. Lo primero que había que hacer era abrir las casas. Después una lluvia de incendiarias se abatiría sobre la ciudad. Cuando los servicios de bomberos se pusieran en marcha llegaría la hora de lo que cabría calificar de bombardeo en profundidad o bombardeo pesado. Estaba destinado a aniquilar todos los esfuerzos por extinguir los incendios y romper los conductos por los que discurría el agua. ¡Aleluya, aleluya!.
  6. Naturalmente, el informe no mencionó para nada la supuesta actuación de dinamiteros “rojos”, o de gudaris dispuestos a sacrificar su ciudad para poder echar después la culpa a los “nacionales”, o el supuesto objetivo del ataque que habría sido la destrucción de un puente de piedra sobre la ría (que no resultó dañado) y demás pamplinas que esmaltaron, y todavía esmaltan, la propaganda y las distorsiones pro-franquistas. Da, en particular, un mentís rotundo a las afirmaciones de algún que otro bondadoso testigo clerical que se prestó al jueguecito malabar que constituyó el “informe Herrán”. Una mentira piadosa siempre viene bien porque, ya sabemos, la jerarquía la perdonará tras la debida confesión. Incidentalmente, dicho informe ha sido presentado y se presenta en la historiografía afin a los “nacionales” como el documento más fidedigno de lo que ocurrió en la villa foral (aunque no lo mencionara el historiador de la corte de Franco hasta que no tuvo más remedio, ya que en inglés se conocía desde los años de la guerra civil).
  7. Obsérvese que tampoco mencionó von Richthofen 2 en ningún momento el tipo de colaboración que había existido entre los mandos alemanes, italianos y españoles. Tampoco era el propósito del informe pero, como veremos en un post ulterior, no lo necesitaba. En Berlín se conocía perfectamente.

Hubiera sido pedir mucho a los periodistas y sedicentes expertos pro-franquistas que hubiesen hecho algo parecido. A lo más que muchos de ellos llegan es a trasponer, cual palabras de evangelio, las curiosas tesis del general de división, ya fallecido, en el Ejército del Aire Jesús Salas Larrazábal. Como siguen vivitas y coleando tendré que volver sobre ellas. Pero antes es necesario profundizar en algunas otras dimensiones que, aunque conocidas, o se tratan someramente o se desfiguran. ¡Hay que salvar a Franco!. Lo veremos en los próximos posts. Y, como afirma el dicho, ¡que salga el sol por Antequera!

Gernika: un experimento, coronado con éxito, en la destrucción de ciudades en la guerra civil española

16 Mayo, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

El pasado mes de abril se conmemoró el LXXX aniversario del bombardeo y destrucción de Gernika. Los medios, en papel y digitales, se hicieron eco. Con posiciones muy varias. Las hubo factuales. No faltaron en los últimos, sobre todo de extrema derecha, opiniones pintorescas. Algunos autores me distinguieron con sus improperios. Un honor. Me horrorizaría que me hubiesen alabado, incluso mínimamente. Tampoco conozco a ninguno que se haya destacado por sus aportaciones en investigación de base.

Inmediatamente anuncié en Facebook que daría a conocer varios documentos seleccionados, pero que la extrema derecha prefiere ignorar y que, por supuesto, no se ha molestado en buscar. Tras su publicación haré en el post siguiente varios pequeños comentarios.

Interrumpo, pues, la serie dedicada al hambre en la postguerra. Volveré a ella, no quedan ya muchos posts, tras este intervalo dedicado al inagotable tema de Gernika.

Me permitiré, eso sí, no nombrar ni a los escribidores a sueldo ni a quienes se auto-presentan como “historiadores” o “periodistas”. Les dejo que se cuezan en sus certidumbres a prueba de bombas

La traducción del original alemán es de mi propia cosecha. Ha sido revisada por un amigo mío, antiguo coronel y hoy profesor de Universidad.

 

 

INFORME DEL TENIENTE CORONEL DE LA LUFTWAFFE (ACTUANDO EN ESPAÑA CON EL EMPLEO DE CORONEL) WOLFRAM VON RICHTHOFEN SOBRE BOMBARDEOS DE CIUDADES EN LA PRIMERA FASE DE LA CAMPAÑA DEL NORTE

 

Legión Cóndor                                                                          SECRETO

S/88, Sección Ia                                                                  28 de mayo de 1937

Distribución: Wilde, LA, LCh, LC II Ch, LC II 5, 2 L, S/88 Ia, S/88 Ic, borrador al archivo

 

EFECTO DE LOS BOMBARDEOS SOBRE CIUDADES ESPAÑOLAS

(FRENTE DE VIZCAYA)

(Informa v. Richthofen)

En el transcurso de las últimas cuatro semanas los españoles blancos han bombardeado varias ciudades en el frente de Vizcaya. Los ataques se repitieron varias veces al día y se lanzaron proyectiles de diversos tipos y potencia. Una corta visita al teatro de operaciones tras la captura de dichas ciudades ha dado los siguientes resultados:

 

  1. Tipo de construcción de las ciudades del norte de España

A diferencia de las edificaciones del sur, con una altura máxima de tres pisos, tejados planos y paredes de ladrillo relativamente blandas, lo que se encuentra en el norte son casas de tres y cuatro pisos y que en general cuentan con sótano. Sus muros exteriores tienen un espesor de entre un ladrillo y medio y dos ladrillos macizos o son de piedra natural (basalto o piedras de cantera) y del mismo espesor. La estructura de los tejados es de madera cubierta. La construcción es similar a la que predomina en las pequeñas ciudades de los países occidentales que nos son vecinos.

Su situación geográfica en los valles implica que las ciudades examinadas, y cuya población oscila entre 2.000 y 3.000 habitantes, tengan una alta densidad de edificación. Por lo general dos o tres calles en paralelo discurren por el fondo del valle y las casas están muy pegadas entre sí. En las laderas de los montes hay caseríos aislados algo más pequeños. No existen calles que se entrecrucen ni edificios en las partes traseras.

La riqueza mineral de la zona ha favorecido la aparición de una industria del metal bastante activa, lo que se traduce en la presencia de numerosas fábricas de armamento y que por lo general cuentan con plantillas de entre 50 y 200 hombres. Los talleres están ubicados en edificios de tres a cuatro pisos, como ocurría en la Alemania del norte entre 1910 y 1914.

 

  1. Efecto de los bombardeos

Los objetivos principales de los ataques aéreos en dicha zona fueron Durango, Eibar y Guernica. Dado que los ataques se repitieron hasta cuatro veces al día y que se lanzaron proyectiles rompedores alemanes, de 50 y 250 kilos, e italianos, de 50, 100 y 250 kilos asi como bombas incendiarias el análisis de los efectos de cada uno de estos tipos ha sido bastante difícil de evaluar. Los resultados que han podido comprobarse son los siguientes:

 

a) Durango

Bombardeado predominantemente con proyectiles rompedores italianos de 50 kilos. Cada avión lanzó tres proyectiles por procedimientos mecánicos en cada ataque. Los dispositivos pertinentes los llevan todos los aviones italianos aquí presentes. Desde una cota de 1000 metros aproximadamente los impactos de cada lanzamiento se distribuyeron en un área de entre 100 y 150 metros cuadrados.

Los daños comprobados se tradujeron en la destrucción de la estructura del tejado y del piso superior de las edificaciones. Una vez que se ha determinado y se ataca el objetivo, la técnica italiana de lanzamiento logra relativamente muchos blancos, sobre todo en el caso de impactar sobre bloques de casas. El porcentaje de daños oscila en torno al 55 por ciento de todas las edificaciones.

El número de personas muertas ronda, según las declaraciones de los habitantes, en torno a las 50 (sic) y corresponde en su mayor parte a la población civil. En cuanto se produjo el primer ataque esta no huyó hacia los bosques vecinos, como ocurrió con las tropas que había en la ciudad y otros habitantes que permanecieron en ellos en espera de que terminase el bombardeo. No había refugios. Cuando se visitó la ciudad no es de extrañar que los habitantes dieran la impresión de estar deprimidos pero no tardaron en ponerse a trabajar con vehemencia a fin de reparar en lo posible sus casas, destruídas por el bombardeo y por las sevicias de los dos bandos.

El efecto de los proyectiles rompedores alemanes de 50 kilos, que se lanzaron tanto aquí como sobre otras ciudades en pequeñas cantidades, fue similar al de los italianos.

 

b) Eibar

Se utilizaron principalmente proyectiles rompedores italianos de 100 kilos. En caso de hacer blanco dichos proyectiles atraviesan los cuatro pisos y alcanzan el sótano. No pudieron examinarse los embudos al quedar rellenados por los cascotes. Los muros no se desplomaron. Por lo demás la destrucción fue total. El efecto de la explosión se proyecta en particular hacia arriba. Las casas contiguas no resultaron demasiado afectadas.

Los repetidos ataques desde una cota de solo 600 a 800 metros, que facilitó la ausencia de cualquier tipo de defensa antiaérea o terrestre, también dieron buenos resultados aquí. Se vieron favorecidos por el procedimiento de lanzamiento italiano y el grado de destrucción alcanzado ascendió al 60 por ciento.

Cuando finalizaron todos los ataques y la presión de la infantería blanca se hizo cada vez mayor, los rojos abandonaron Eibar. Al retirarse arrojaron bidones de gasolina sobre las casas que bordeaban la calle mayor y los prendieron fuego.

Las bombas incendiarias italianas lanzadas poco antes del último ataque tuvieron como efecto más notable el incendio de unos talleres en los que se fabricaba armamento. La estructura de madera del tejado y del piso superior se quemó totalmente al igual que ocurrió con el mobiliario.

Los restantes edificios no se prestaron a la utilización de bombas incendiarias dado el elevado grado de destrucción a que ya habían sido sometidos.

La cifra de muertos se sitúa en torno a los 200 paisanos. La forma y el número de tropas rojas que perecieron no han podido determinarse. La población utilizó en gran medida los refugios construidos por los rojos – unos siete espacios en los sótanos de casas de cuatro pisos, con las ventanas y puertas protegidas con sacos de arena. Los proyectiles rompedores hicieron blanco en dos de esos refugios.

Los rojos evacuaron a la mayor parte de la población. Fue fácil observar la impresión causada por los acontecimientos precedentes en los pocos habitantes que permanecieron en la ciudad. Declararon que también tenían la intención de abandonarla para asentarse en otra comarca.

 

c) Guernica

Se utilizaron proyectiles rompedores alemanes de 250 kilos en la modalidad de lanzamiento individual y sucesivo (Reihenwurf). Tras atravesar toda la casa la detonación tiene lugar a ras del suelo produciendo embudos de unos 0,75 metros de profundidad. La casa se desploma por completo, incluídos sus muros exteriores. Los edificios vecinos muestran grietas considerables en ellos. También se utilizaron bombas incendiarias.

La destrucción de la ciudad se produjo de la manera siguiente: en el primer ataque se utilizaron ante todo bombas incendiarias que provocaron numerosos incendios en las cubiertas de los edificios. Esto resquebrajó su estructura. En los siguientes ataques se emplearon proyectiles rompedores de 250 kilos que destruyeron las conduccioness de agua, lo que impidió las labores de extinción.

Cuando estos proyectiles impactaron sobre un edificio el objetivo se desplomó totalmente. El número de blancos no fue tan elevado como en Eibar o en Durango. Aisladamente cayeron proyectiles en lugares no edificados y produjeron el embudo típico de los de 250 kilos.

Los cuatro factores ya mencionados

  • resquebrajamiento de las casas provocado por las bombas incendiarias
  • interrupción del suministro de agua y del tránsito
  • completa destrucción del edificio en el caso de un blanco perfecto (con proyectiles rompedores de 250 kilos)
  • quebranto sufrido por los muros cuando el proyectil impacta en sus inmediaciones (id.)

provocaron un grado de destrucción de la villa próximo al 75 por ciento, con un volumen de lanzamiento de 31.000 kilos de bombas desde una cota comprendida entre 600 y 800 metros.

Al visitar la ciudad no se vio a ningún habitante de los que no huyeron.

 

3) Conclusiones

En los repetidos ataques a Durango, Eibar y Guernica en abril de 1937 se lanzaron proyectiles rompedores de 50 kilos alemanes e italianos, del mismo tipo italianos de 100 kilos y alemanes de 250 kilos además de bombas incendiarias. El efecto constatado sobre las edificacioness que tanto se parecen a las de las pequeñas ciudades de Europa occidental de similar grado de edificación fue el siguiente:

  1. El proyectil rompedor de 50 kilos (alemán e italiano) destruye los tejados y el piso superior, sin que peligren los pisos inferiores o los edificios colindantes.
  2. El proyectil de 100 kilos (italiano) destruye completamente las edificaciones de cuatro alturas.
  3. El proyectil de 250 kilos (alemán) provoca el desplome total del inmueble, incluidos sus muros, y daña los colindantes.
  4. La técnica de lanzamiento italiana de tres proyectiles simultáneamente (Koppelwurf) permite alcanzar un número de blancos más elevado y un efecto superior sobre los bloques de casas que su lanzamiento individual y sucesivo. Ahora bien, solo es pertinente cuando la cobertura aérea del objetivo está garantizada, ya que si no se incrementa el número de blancos fallados.
  5. Las bombas incendiarias alemanas provocan el incendio de los tejados y debilitan por consiguiente la estructura de todo el edificio.
  6. El efecto moral de los ataques con proyectiles rompedores de 100 y 250 kilos es muy elevado. No existen posibilidades de protección en los refugios a no ser que éstos sean de construcción especialmente resistente.

Trasladado lo que antecede a las circunstancias existentes en Europa central y occidental cabe afirmar que el empleo de proyectiles rompedores de 50 kilos no provoca la total destrucción de las edificaciones. Parece oportuno utilizar espoletas de retardo como las que disponen, según hemos observado aquí, los italianos de 100 kilos.

El efecto del proyectil rompedor de 100 kilos es suficiente para destruir en amplia medida edificios muy consistentes (entre ellos, los de carácter industrial). En lo que se refiere a los bloques de viviendas, es mucho más efectiva la técnica de lanzamiento italiana.

El   alto grado de destrucción que provoca el proyectil rompedor de 250 kilos no lo hace idóneo para atacar objetivos relevantes.

Se sugiere desarrollar un proyectil rompedor de entre 100 y 150 kilos. También sería deseable probar las posibilidades de lanzamiento con diversos tipos de proyectiles.

En la próxima oportunidad se enviarán a los servicios centrales proyectiles italianos de diferentes potencias.

 

Borrador redactado por

von Richthofen

Teniente coronel

 

[Los comentarios mínimos pertinentes aparecerán en el próximo post]

 

80º aniversario del bombardeo de Gernika

15 Mayo, 2017 at 1:47 pm

Ángel Viñas en Gernika con el hijo de George Steer, Paul Preston, Xabier Irujo y Nicolas Rankin, biógrafo de Steer. (Fotografías de Vincent West)

El lado negro del “Imperio” franco-falangista

9 Mayo, 2017 at 8:35 am

Ángel Viñas

Mientras en Madrid Franco y Serrano se entregaban a los sueños de la lechera para ver si de la milagrosa botella de tan digna campesina salían las arenas y riquezas de los territorios norteafricanos que los malvados franceses se obstinaban en conservar, los británicos empezaron a pasar a la segunda fase de su identificación de las condiciones alimenticias reales que existían en la España franquista. No les bastaron los informes consulares o de personas relacionadas con el circuito diplomático. Una segunda oportunidad se la deparó el control de correspondencia que llegaba al Reino Unido. Esta durísima medida se había introducido tan pronto como estalló la guerra en 1939. Las cartas de los ciudadanos británicos y de otros países que, desde la Europa no ocupada por los nazis, escribieran a sus familiares y amigos podían dar pistas muy importantes sobre las condiciones reales que en ella existían. De pronto, la España de Franco subió rápidamente los peldaños en la escalera de atractividad. Las cartas, naturalmente, se abrían. Se copiaba lo que interesaba y luego se cerraban y enviaban a sus destinatarios. Se hacían informes periódicos. Por desgracia, no se conservan -o no he localizado- todos, pero algunos de los que fotocopié sirven para dar una idea.  

Los redactores de un informe fechado el 29 de octubre de 1940, fecha que he escogido como la más próxima a la reunión de Hendaya, se disculparon por reiterar hechos y comentarios en torno a las horribles condiciones económicas que prevalecían en España y que se acumulaban de forma monótona. No olvidaron destacar que, después de unas cosechas bastante pobres, en particular de trigo, el racionamiento del pan se había intensificado y que las penurias alimenticias no podían sino empeorar. El coste de la vida había aumentado en términos alarmantes; el mercado negro crecía exponencialmente; si bien la gente rica podía obtener todo lo que necesitaba las clases medias y trabajadoras se las veían y deseaban para sobrevivir. Añadiré que esta era la España social que uniría a todos los españoles, en los desvaríos falangistas, en la búsqueda del Imperio.

Una persona que había visitado España escribió desde Lisboa:

No es exagerado afirmar que la mitad de la población pasa hambre, que casi una tercera parte no come lo necesario y que el resto vive como reyes sin preocuparse un comino de los demás.

En dichas circunstancias muchos miembros de la colonia británica tenían que desplazarse a Portugal para adquirir productos de cara al invierno. Temían que, de no hacerlo, sus hijos también pasaran hambre.

En las zonas de Cádiz y Algeciras la situación era particularmente desastrosa. Un marinero que llegó a finales de septiembre escribió que cuando puso su ropa a secar se la robaron durante la noche. Añadió:

este viaje a España me ha abierto los ojos (…) En Cádiz tuvimos que regalar la mitad de nuestras provisiones. En Algeciras se nos da media cesta de pescado por una cucharada de azúcar o de té o un cigarrillo. La gente hace cualquier cosa con tal de que les demos un par de rebanadas de pan blanco (…) En lo que se refiere a vestimenta, todos van en harapos[1].

Esto era, sin duda, cierto. Entonces y después. Así, por ejemplo, el 27 de octubre de 1941 el gobernador civil y jefe provincial de Abastos escribió a la CAT y al ministro de Gobernación indicando que Cádiz era una de las provincias más desabastecidas de España. El número de defunciones se había elevado a límites insospechados. Se necesitaban víveres urgente y desesperadamente. El lector incrédulo podría desconfiar de la carta del marinero, pero ¿de una comunicación tan oficial?

Incluso en Canarias, las islas afortunadas, había carencias enormes de alimentos y otros productos. Apenas si se podía obtener azúcar. El pan era escaso y de muy mala calidad. La situación no había. De nuevo los lectores que no se fíen de la carta que contenía estos datos pueden acudir a las investigaciones del historiador canario Juan José Díaz Benítez y verán muchos más.

Otro informe de los censores, fechado el 26 de diciembre, constató sobriamente que no se había producido la menor mejora en las condiciones económicas, sobre todo en lo que se refería a la situación alimenticia. Continuaba causando enormes sufrimientos a los pobres y generaba preocupación en la Administración. Según un observador norteamericano las condiciones variaban:

Las mayores necesidades se ubican en la zona que se sitúa al sur de la línea que va desde Badajoz (…) y pasa por Madrid y el noroeste, entre Barcelona y Lérida (…) En Almería hay mucha mayor evidencia de hambre que en ningún otro lugar.

La siguiente referencia a los estragos del hambre provino de Bilbao y confirmaba las observaciones de Starkie en el post anterior:

Se ha estado reacondicionando la calle principal y la semana pasada dos hombres se desplomaron muertos mientras trabajaban por falta de alimentación.

De algo similar, pero referido a la capital, informó el embajador alemán en Madrid en un despacho del 11 de diciembre.

Un inglés escribió desde Huelva:

Pagamos a una asistenta para que nos limpie el gallinero todos los días pero la pobre apenas si puede andar, mucho menos trabajar, por falta de comida. Algunos hombres casi no pueden tenerse en pie pero deben ir al tajo porque de lo contrario no ganarán nada. No hay seguridad social ni ayuda de ningún tipo.

Este es uno de los ejemplos que también ha mencionado Miguel Ángel del Arco en un artículo en el que ha recopilado una selección de florilegios extraídos igualmente de los archivos británicos.

Desde Málaga se afirmó:

Es horrible ver una larga procesión de gente hambrienta que viene a mi casa todos los días para mendigar unos mendrugos de pan. Con mucha frecuencia acuden hasta treinta.

De una multitud de cartas interceptadas se dedujo en Londres, correctamente, que lo que más se necesitaba era pan. Cuando aparecía seguía siendo negruzco y estaba muy adulterado. Las autoridades acentuaban el racionamiento y dividían a la población en tres categorías. Los de la primera, que tenían ingresos por encima de cierto nivel, no recibían nada. El trabajo, si lo había, estaba muy mal organizado y los suministros de alimentos no se distribuían bien. No se practicaba ningún tipo de control para que los pobres recibieran vitaminas. Obvio: menos bocas que alimentar. Los sistemas eran extremadamente primitivos y carentes de higiene. Sin embargo, en Madrid la gente con dinero comía bien y muchos preferían irse habitualmente al restaurante.

Abundaban los rumores de que los alimentos se exportaban a Alemania en pago de la deuda de guerra. Era cierto. La gente reaccionaba mal. Algunos suministros procedían de Portugal, a pesar de la vigilancia de las autoridades del país vecino. El contrabando era generalizado. En el sur podía obtenerse algo de Gibraltar y también de Tánger.

Puede verse a montones de españoles pobres que cruzan la frontera todos los días a trabajar en Gibraltar y que regresan a sus casas por la noche. Todos llevan paquetes o cestas con comida. No es exagerado decir que son millares.

Desde Barcelona se insistió:

Todo está encareciéndose por días. Faltan muchas cosas. Otras se estropean. Apenas se puede ir en tranvía sin que se pare. Pasan semanas antes de que lo arreglen y como no hay piezas de repuesto no tarda en escacharrarse totalmente.

Son estas unas meras pinceladas de carácter impresionista. Si los observadores extranjeros veían los estragos del hambre en la población en libertad, ¿qué pasaría con las masas de reclusos? Aquí la obra de Moreno Gómez ha ensamblado datos escalofriantes. Los informes sobre la dieta hipocalórica que se practicó, por ejemplo, en la cárcel de Córdoba son literalmente espeluznantes. Los reclusos debían “subsistir” con una dieta oficial de 800 calorías diarias pero que con frecuencia se reducía a 400. Los directores de la prisión y muchos de los carceleros, los médicos y los guardias (a veces identificados, para su eterna infamia, con nombres y apellidos)  hacían su agosto con el estraperlo y las sisas a costa de los detenidos. Las condiciones sanitarias eran con frecuencia infrahumanas, comparables a las de los campos de concentración más duros del Tercer Reich y, en algunos casos, se acercaban peligrosamente a las de los campos de exterminio. La gente moría como moscas.

Los condenados a muerte que fallecían en la prisión rendían un último servicio a la PATRIA pues así se evitaba tener que malgastar balas para liquidarlos. Algo parecido a lo que hacían los Einsatzgruppen en la URSS matando de un solo tiro a la madre y al niño. En una docena de cárceles se han contabilizado, calculando hacia lo bajo, más de 6.000 muertes por enfermedad, básicamente derivadas del hambre. Como hacían los nazis en los campos de concentración más duros y, por supuesto, en los de exterminio.

¿Por qué iban a preocuparse los cancerberos y sus jefes franquistas, militares o civiles? De lo que se trataba era de romper la moral, la espina dorsal y la voluntad de resistencia de la anti-España antes de proceder, cuando fuese necesario, a su aniquilación física.  Habrá que suponer que “alguien” (¿de la ACNP tal vez? y desde luego de la CAT) tendría una migaja de responsabilidad por lo que acontecía. Que yo sepa, pocos son los autores que se la han exigido. Ya se sabe: “por el Imperio, hacia Dios”.

Dilemas internos y externos con el hambre como fondo

2 Mayo, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Se comprenderá fácilmente que la situación descrita por el ministro consejero británico en Madrid en el post precedente era negrísima sin exageración alguna. Tenía dos posibles consecuencias de la máxima importancia. La primera es que, a pesar de la potencia disuasiva del aparato represivo de la dictadura, se produjeran algaradas que pudieran incitar a los militares a intervenir. Naturalmente, no es algo que preocupara en las alturas del régimen, pero a ello se añadía que la situación internacional era lábil. Franco tenía que proyectar una imagen de fortaleza hacia el exterior. Hacia el interior era menos necesaria.  La represión -y el combate contra la resistencia armada, los maquis- podían tergiversarse convenientemente. Actuar con violencia contra una población hambrienta era algo más difícil. La alternativa era recortar prerrogativas a Falange. El resultado, señaló Yencken, podría ser una situación de caos interno en la cual los nazis nadarían a su gusto.

Para hacer ver en Londres lo potencialmente grave de la coyuntura el ministro consejero citó un episodio. En la guarnición de Madrid cuando un oficial dio la orden de formar después de la cena, los soldados permanecieron sentados y dijeron que no habían comido lo suficiente. Evidentemente el oficial no era aquel Franco juvenil que, se dice, pegó un tiro a un legionario porque le echó a la cara la bazofia que le habían servido. Imagino, por lo demás, que el episodio no trascendió a la superaherrojada prensa de la época, con los periodistas convertidos en títeres o actores de un teatro de guiñol. Con todo, había otra consecuencia potencial. El impacto sobre la política exterior del régimen a tenor de la línea, muy subrayada por la propaganda nazi, de que el Reino Unido, con su política de bloqueo, llevaba a los españoles a la hambruna. En el bien entendido que los alemanes les esperaban, con los brazos abiertos, para acogerlos en el territorio de leche y miel que había creado el “Nuevo Orden” en Europa. No en vano en España abundaba la equiparación entre los hermanos siameses, como parecían ser Hitler y Franco.

Lo cierto, sin embargo, es que había mucha gente que se aprovechaba a su gusto de la situación y que, en general, se situaban entre los vencedores. Historiadores y economistas españoles han calculado que más de la mitad de trigo se vendía en el mercado negro. ¡Tres hurras por la eficacia de la Administración! A veces se llegaba incluso a casi el 65 por ciento. En el caso del aceite las cantidades comercializadas “de extranjis” tenían un volumen muy próximo a las que llegaban al mercado oficial. Es obvio que, en comparación con los precios de tasa, en ese mercado inmortalizado en la peli de Pedro Olea Pim, pam, fuego, se obtenían plusvalías muy sabrosas (utilizado este adjetivo con la máxima propiedad). Como consecuencia, y en esto la historiografía pro o metafranquista se ha cuidado mucho de entrar, ¡faltaría más!, nació una “nueva” burguesía, vinculada al régimen y con las necesarias conexiones políticas con la CAT, con Falange y con el Ejército.

¿De quién se extrajo la plusvalía? Como quiera que los precios de las subsistencias fueron los que experimentaron mayores subidas en los dos mercados, el oficial y el negro, quienes fueron estrujadas hasta la médula fueron las clases populares o sea los vencidos. Si no hubiera habido complicidad desde los escalones de la dictadura “hubiese sido imposible movilizar y vender en torno a la mitad de la producción agrícola española y buena parte de la industrial de forma ilegal en el mercado”. Es lo que afirman dos estudiosos del tema como González Portilla y Garmendia Urdangarín, en un estudio que no ha tenido la difusión que merece.  Por supuesto que la depauperación, la subnutrición y las carencias de los “rojos” importaban un comino a los vencedores. ¿O acaso no era así?

La solución, en la medida en que estaba al alcance de los británicos, fue obvia: modular las medidas de guerra económica e intensificar la propaganda con el fin de responsabilizar de las carencias a los alemanes o, en ocasiones, a la mala gestión de las autoridades franquistas, según conviniera en función de la coyuntura. Al tiempo necesitaban hacer comprender a las huestes agrupadas férreamente en torno al Caudillo que no había mucho futuro en el estrechamiento de la alianza con el Tercer Reich. Era mejor, más conveniente y sobre todo más seguro para su porvenir mantener la no beligerancia. Se trataba de una tarea difícil pero no imposible en la medida en que Franco y Serrano actuasen con un mínimo de racionalidad y que los alemanes siguieran, erre que erre, por el camino del estrujamiento de la economía española. Nunca agradeció Franco, imaginamos, al tan admirado Führer lo mucho que contribuyó a salvarle.

En la información sobre las condiciones que reinaban en España terció una persona muy respetada, el profesor Walter Starkie, que asumía la función de director del Instituto Británico en Madrid y que había apoyado la autodenominada “causa nacional” durante la guerra civil. Starkie destacó la atmósfera de sufrimiento que dominaba en la capital, en gran medida ocasionada por el hambre. Una escena muy habitual era la de ver desplomarse en la calle a hombres, mujeres y niños, afirmó.  Era duro entrar en ciertos sitios donde abundaban pequeñines famélicos. Lo que había de “auxilio social” no se daba a quienes no habían sido depurados o exonerados de cualquier tipo de relación con los vencidos. Esto, no se le ocultará a los lectores, era venganza trapera en estado químicamente puro.

Las cartillas de racionamiento y sus cupones, aunque no suministraban lo suficiente para un adulto, tampoco eran garantía de conseguir algo. La picaresca entró en acción. Como señala Maluquer, a finales de 1950 (¡) el INE registró 29.480.935 cartillas individuales para una población censada de 28.086.052. ¡Había que sobrevivir! Y, naturalmente, los muertos ayudaban a los vivos.

Según Starkie las carencias se hacían sentir por doquier. Un día no se encontraba pan. En otro el aceite de oliva desaparecía. No se había visto cerveza desde julio (Starkie escribió esto en noviembre). Los garbanzos, parte integrante de la dieta española desde los fenicios, aparecían solo en pequeñísimas cantidades. La vida se movía en torno a la noria del estraperlo, como en los días del lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache o la pícara Justina. Recordemos que también fue en tiempos de Imperio. Franco podía pensar que los genes de la población no lo habían olvidado.

En las alturas del poder se conocía la situación. Había gente como, por ejemplo, Carrero Blanco que, en plan de economista genial, se descolgó en junio de 1941 con un largo estudio:  Consideraciones sobre el problema de los abastecimientos. Su tesis era que la intervención administrativa debía hacerse lo más absoluta posible, tasándose todos los productos. Aspiraba, nada menos, que a introducir un elemento de planificación tipo nazi (ya que no soviético) en un país cuya Administración era un auténtico desastre.

El amistoso tono de las relaciones políticas con el Tercer Reich coloreó las económicas y comerciales, si bien el estallido de la guerra europea perfiló el fin del estado de excepción que había reinado en las relaciones comerciales desde los primeros momentos de la sublevación. Varios acuerdos en diciembre de 1939 así lo preludiaron. En sus cartas a Serrano Suñer, Franco había llamado la atención sobre la necesidad de evitar que “España tenga que sufrir ninguna hipoteca en sus territorios ni en su economía” ni “enclaves dentro de nuestro territorio”. Es más, “si a un país se le despoja de la mayoría de sus centros de producción y de sus productos se convierte de hecho en una colonia del que los posee”.

¡Mi admiración más rendida ante tal muestra de sagacidad!  Los planes alemanes, transmitidos a Serrano, parecían a Franco “obra de administradores fríos y egoístas desprovistos de todo sentido político”. Sin duda, a él no le gustaría que “sus” funcionarios fuesen así pero, desgraciadamente, para los vencidos lo eran. ¡Qué importaba! El hambre purificaba los espíritus.

[He hecho todo lo posible para que precisamente este post aparezca en la presente fecha del 2 de mayo. Por ello de la heroicidad del pueblo. Se levantó contra los franceses. Sobrevivió al hambre, aunque muchos perecieron en uno y otro caso].

Organización y hambre en 1940

25 Abril, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Las hambrunas españolas de los primeros años cuarenta se han explicado de muy diversas formas. Algunas tienen que ver con las condiciones de producción de alimentos. Otras con la carencia de inputs para la agricultura. Un tercer grupo enfatiza las difíciles circunstancias creadas por la segunda guerra mundial, que agravaron las consecuencias de la previa guerra civil. Todas tienen un granito de verdad, pero todas también dejan de lado los problemas de la distribución, de la comercialización y de la administración del racionamiento. Estas variables son de orden interno. Son las que pueden ponerse en el debe de la gestión gubernamental inspirada por el inmarcesible Caudillo que fue el victorioso general Francisco Franco. No es de extrañar que la literatura que las pone de relieve en primer lugar no haya contentado demasiado a los historiadores que han alabado, y siguen alabando, la presciencia sobrenatural de SEJE.

Quien esto escribe no es ni economista agrario ni mucho menos experto en agricultura. Es, simplemente, un ratoncillo de archivo, en busca de evidencia primaria relevante de época y que trata, bien o mal, de interpretarla como puede. En este sentido el informe global que en noviembre de 1940 envió a Londres el ministro consejero de la embajada británica, el diplomático de origen australiano Arthur Yencken, me parece un ejemplo que no conviene en modo alguno pasar por alto. Yencken llevaba en Madrid cierto tiempo. El embajador Hoare lo apreciaba sobremanera. Estaba en el núcleo duro de la operación SOBORNOS y, en varias ocasiones, sirvió como encargado de negocios en ausencia de su jefe inmediato. No era un don nadie, aunque su nombre se haya esfumado en la oscuridad del pasado (murió en un accidente de aviación en 1944, que algunos achacan erróneamente a un acto de sabotaje alemán).

Para el ministro consejero, al trasladar a Londres las impresiones de sus colegas en la Ciudad Condal, y desde la atalaya de la embajada, en donde se recibían los informes consulares sobre la situación en las diversas partes de España, todas las señales hacían prever que el invierno de 1940/41 sería muy duro y que la situación alimenticia se aproximaría a la hambruna. Las condiciones habían empeorado visiblemente en los últimos meses y en muchas provincias eran muy, muy negras. Las carencias se habían convertido para las grandes masas en un problema diario casi insoluble. Sin saberlo, el diagnóstico británico coincidía con el que por aquellas fechas también envió a Berlín el embajador nazi. Los dos enemigos mortales suministraban a sus respectivas capitales informaciones parecidas.

Yencken ofreció una explicación en cuanto a los motivos. En primer lugar, el agotamiento económico y financiero producido por la guerra y la incapacidad subsiguiente de financiar las importaciones necesarias para complementar stocks. Esto es correcto. Se le olvidaron la vocación de autarquía fascista de la dictadura y la desaforada intervención en los mecanismos de producción, distribución y consumo. Añadió la decrepitud de los transportes y, eso sí, la incompetencia de la Administración. Sobre todo ello planeaba la corrupción de la maquinaria burocrática encargada de la gestión: los “Abastos”, quizá el sector más odiado por todo el mundo. Las consignas para la prensa eran, por el contrario, llamar la atención sobre la entrega a los rusos de las unidades de la Flota por los malvados republicanos y sobre el expolio del oro, amén de los preparativos para volar las poblaciones. Unos criminales, vaya. Es un tema que ha estudiado Francisco Sevillano.

El ministro consejero se permitió contar un chiste a sus superiores. Cuando Serrano Suñer fue a Berlín, Hitler le explicó la fórmula para reducir Inglaterra por hambre. ¿Cómo?, preguntó el español. El Führer replicó: “Muy sencillo. Exportaremos a Inglaterra toda su organización de Abastos y se rendirá en una semana”.

Goebbels, probablemente, no conocería tal chiste. Sin embargo, cuando uno de sus sicarios, el jefe para España del partido nazi, Hans Thomsen, le rindió visita a principios de noviembre de 1940, el ministro de Ilustración Popular (sic) y Propaganda recogió sus impresiones

Situación simplemente increíble. Franco y Suñer a la rastra de la Iglesia. Muy impopulares. No se abordan las cuestiones sociales. Un barullo tremendo. Falange sin mucha influencia (sic). La economía hace aguas por los cuatro costados. Mucha Grandezza pero nada detrás. Alemania considerada como un país de ensueño…

Naturalmente Thomsen arrimaba el ascua a su sardina e informaría en el sentido que mejor impacto para él tuviese en Berlín pero también el embajador nazi se referiría a la dramática situación económica y social de la España “pre-imperial”.

El tema de la CAT requeriría un tratamiento más pormenorizado. Baste con indicar aquí que el plantel directivo en aquella época estaba copado por militares. Los uniformados se habían infiltrado en casi todos los escalones inferiores, de acuerdo con su graduación. Entrar en la CAT comportaba un seguro de vida y la posibilidad de hacerse con un “paquete” más o menos considerable. De aquí que hasta para llegar al “sublime” puesto de ordenanza los gobernadores civiles debían presentar a los elegidos al comisario general, con expresa relación de los méritos que poseyeran.

Por lo demás, no se ocultaba a nadie los beneficios de que el personal de la CAT disfrutaba. Como señaló en su tesina María Ángeles Arranz Bullido no necesitaba salvaconductos para viajar, recibía becas para estudios, gozaba de ventajas en los suministros de artículos intervenidos y racionados, se le concedían gratificaciones especiales “por méritos excepcionales”. Y, lo más goloso, podía hacer todos los “chanchullos” que quisieran. En cierta medida -y salvando las distancias- los alimentos eran entonces algo similar a lo que el terreno rural recalificable en urbano representó en los años del “aznarato” y después, aunque en mucho más cutre.

Además de las carencias señaladas Yencken insistió en que una de las dificultades radicaba en las disposiciones que prohibían trasladar los excedentes de una provincia a  otras sin permiso de Abastos. Este tipo de segmentaciones, que se lanzaron a todo trapo en abril de 1939, las explotó la burocracia hasta límites insospechados. Las órdenes administrativas se veían entrabadas por multitud de trampas, una de las cuales era la venta de tales permisos a precios exorbitantes a los “enchufados”.

El resultado era que los campesinos no tenían incentivos para vender sus productos mientras que los consumidores, que veían imposible abastecerse por medios legales, recurrían al mercado negro y al estraperlo. Era posible adquirir huevos, carne, leche, pollos y otros productos en los pueblecitos próximos a Madrid. Ahora bien, a precios más bajos que la mitad de los que se pedían en la capital, en el supuesto de que los productos existieran en ella. Esto no siempre era el caso. Luego se vendían en la urbe. Tales actuaciones habían llegado a adquirir proporciones muy alarmantes. Las multas se habían incrementado notablemente pero sin grandes resultados.

El mercado negro era, inevitablemente, el imán que atraía a las clases medias y pudientes capaces de pagar sobreprecios. Tenían la posibilidad de hacerlo. Desde la más temprana fecha los sublevados de 1936 habían puesto en marcha una gran contrarreforma agraria. Como ha recordado Maluquer en la posguerra se desarrolló una segunda gran transformación en la que los propietarios pasaron a explotar la tierra directamente. Dados los elevados precios en el mercado negro, y la reducción drástica de los costes laborales, la tasa de ganancia se disparó. Entre los vencedores había gente que acumuló mucho dinero. Un cínico diría que para llegar a tal situación se había hecho, en parte, la guerra.

Por el contrario, las clases más humildes tenían que sobrevivir con sus cartillas cuyos cupones solo permitían adquirir cantidades en el límite más reducido posible, próximo al que se daría en circunstancias de hambruna. En ciertos sitios los cupones para la carne solo existían en el papel.  Un trabajo de campo realizado en Huelva demostró por ejemplo las discrepancias entre lo que diariamente se percibia per capita en un mes -las cantidades que van en primer lugar- y las raciones oficiales : pan (2,75-12), patatas (5,75-7,5), vegetales secos (0,25-6,25), arroz (nada-3), azúcar (0,5-1), aceite (0,75-1,5), café (nada-0,3), bacalao (nada-2,25), carne (1,25-3,75). Raciones expresadas en onzas. (Una onza=28,35 gramos). Son datos que recogieron los británicos.

Lo que la gente comía eran garbanzos y lentejas, dieta poco reconfortante. Sin grasas ni aceite. Aparte de algunas algaradas en Cataluña en el resto del país la población malvivía hambrienta, de pésimo humor y sin fuerzas apenas para rebelarse. La tarea de contener la miseria de los pobres, sin que se traspasaran los límites de peligro, correspondía a las organizaciones de caridad. Todas las controlaba Falange que, además de extremadamente incompetente, estaba minada por la corrupción y funcionaba con inmensos sesgos ideológicos. ¡Viva la revolución nacionalsindicalista!

Algunas informaciones sobre el hambre en Barcelona

18 Abril, 2017 at 12:26 pm

Ángel Viñas

En este post daré comienzo a la recopilación y al análisis de algunas muestras representativas, en mi opinión, de la forma en que se manifestó la carencia de alimentos, por muchos (no tantos) que fueran los esfuerzos de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes. Un amable lector me ha reprochado que escribo la historia a mi manera y se extraña de que pueda pensar que a Franco y a Serrano les importara un pimiento el hambre de los españoles. Es, pues, conveniente echar un vistazo a los meses finales de 1940, que fueron aquellos en los que se enmarcaron la mitificada conferencia de Hendaya y sus antecedentes.

Un informe del consulado del Consulado británico en Barcelona es el primer documento que me sirve de base. Confirmó lo que ya había señalado en otros precedentes que no me he molestado en fotocopiar.

La situación alimenticia en la Ciudad Condal y en la parte meridional de Cataluña era desesperada y si continuaba se alcanzarían condiciones próximas a la hambruna. Añadiré, para contextualizar, que simultáneamente la Jefatura Provincial del partido único y de titulación kilométrica señalaría que si la hostilidad al régimen no se exteriorizaba era por el peso de las armas y la vasta represión desarrollada. Esto nos da una muestra de que no todos los vencedores eran sordos y ciegos.

Los funcionarios consulares británicos reconocieron que la situación nunca había sido buena desde la terminación de la Guerra, pero hasta hacía un par de meses quienes tenían suficiente dinero podían encontrar la mayoría de alimentos en el mercado negro o entre los estraperlistas. Esto indica que, en los primeros meses de la postguerra, el mercado negro funcionaba para los que podían acceder. ¿Quiénes eran? Los británicos no necesitaban identificarlos, pero podemos lanzar la hipótesis de que los vencidos de solemnidad no se encontrarían entre ellos.

En la segunda mitad de 1940 tales conductos ilegales estaban, sin embargo, en vías de agotamiento debido a la escasez generalizada y a las multas. Era prácticamente imposible obtener alimentos ni siquiera (como ocurría con los empleados del consulado) utilizando casi la totalidad del sueldo diario. Esto ya denota el empeoramiento de la situación.

Los británicos acudieron a un síntoma alarmante. Hasta entonces y tradicionalmente el Ejército se había salvado de las restricciones pero había llegado el punto en que también se habían dado cortes drásticos. Esto es totalmente cierto. El biógrafo de Varela reproduce en su hagiografía del que entonces era ministro del Ejército una nota fechada el 28 de agosto de 1940 y que se le envió desde una instancia subalterna.

A su tenor la ración normal de pan para los soldados había sido de 620 gramos. En la guerra civil había descendido a 400. Desde el 1º de mayo era de 200. Esto no daba ni para agarrar con esmero y un pesado mosquetón con el que hacer pinitos. Reconociendo que se trataba de un nivel muy reducido la nota precisó que para fuerzas en maniobra y en trabajos de fortificación se había subido de nuevo a 400. Evidentemente todo un lujo. No eran, a lo que parece, días de gloria para los soldaditos.

Abundando en la situación de carencia en aquellos momentos de finales de 1940, los militares se habían visto desplomado hasta llegar al nivel de racionamiento de la población civil y esta a lo que pudiera apañar, que no era precisamente mucho. Un ejemplo. Las esposas de los dos vicecónsules británicos habían comprobado, junto con las de varios miembros de la colonia, la mayor parte de las quejas. Eran correctas y constantes.

La calidad del pan -recordemos que era un alimento de primera necesidad- lo hacía prácticamente incomestible. Con gran regularidad los barceloneses tenían que prescindir de él. Eran los “patrióticos” días sin él. No crean los amables lectores que esto ocurría a finales de 1940. Tres años más tarde solo 14 provincias disfrutaron de un abastecimiento normal, según los baremos establecidos. El 42 por ciento del cereal panificable era de importación (datos tomados de Arranz Bullido).

Siguiendo con Barcelona la situación no era demasiado entusiasmante en lo que se refiere a otros productos que no me atrevería a caracterizar de exóticos.

Los británicos dieron ejemplos muy concretos. En seis meses las familias habían recibido cinco raciones de azúcar de cien gramos. Es decir, medio kilo por mitad de año y, por supuesto, sin refinar. En realidad el azúcar era un un producto prácticamente inexistente incluso en el mercado negro.

En cuanto a la mantequilla y otras grasas comestibles habían desaparecido totalmente. Cuando las había de estraperlo, sus precios eran prohibitivos. Es decir, los vencidos y la clase obrera las pasaban canutas.  En cuanto a huevos las raciones durante el último medio año habían sido de tres al mes por persona.  En los quince días precedentes no había sido posible obtener ninguno, ni siquiera por canales ilegales. ¿Imagina esto el lector de nuestros días?

Los británicos conocían bien el terreno. La esposa de uno de los dos vicecónsules  había sido incapaz de hacerse con una sola pieza de carne después de haberse “registrado” seis meses antes con el carnicero que “le correspondía”. ¿Qué significaba esto? Simplemente que los consumidores debían inscribirse en un “padrón de clientes” que contenía la relación nominal de titulares de las cartillas de racionamiento para el suministro de artículos intervenidos, que eran casi todos.

En el país de los sueños en que Franco y sus ministros se mecían esto era una solución aparentemente racional. Pero en el mundo real, ¿qué pasaba? Pues que, evidentemente, el carnicero destinaba la mayor parte de lo que recibía de la Junta de Abastos a hoteles y restaurantes. En cuanto a los súbditos, que no ciudadanos, que se apañaran.

Con respecto a las humildísimas, pero esenciales, patatas, la situación no era mejor. La ración era muy escasa (un kilo per capita al mes) y en el mercado negro los precios eran muy elevados. Quedaban las leguminosas, entre ellas las tan denostadas “píldoras del Doctor Negrín”. En este caso la ración era de menos cinco kilos en seis meses. ¡Cómo para engordar!

Los ejemplos anteriores pueden dar una idea, siquiera aproximada, de que la situación alimenticia en Barcelona era bastante dramática. Tal carácter no se ocultaba a los encargados de mantener el orden público. Así, por ejemplo, según los informantes del consulado británico el propio jefe de policía de la Ciudad Condal temía la posibilidad de que se produjeran algaradas en cualquier momento. En ello coincidía con los jerifaltes de Falange. ¿Volvían las manifestaciones por las subsistencias de tiempos históricos? Es inverosímil que tales percepciones afloraran a las páginas de, por ejemplo, la rebautizada Vanguardia Española, durante veinte años bajo la férrea dirección del paniaguado de Franco, Luis de Galinsoga, coautor de una de las más reveladoras hagiografías de su patrón bajo el título de Centinela de Occidente.

Naturalmente las cantidades determinadas en las cartillas de racionamiento (primero personales, luego familiares) variaron con el tiempo desde 1939 hasta 1952. En Internet puede encontrarse un pps, “Museo del estraperlo”, que menciona, por ejemplo, cantidades tales como 250 ml de aceite, 100 grs de azúcar terciada, 100 grs de garbanzos, 200 grs de jabón por semana, entre otros. Esto era para cuando ya se había salido de la situación de hambruna.

El ministro consejero de la embajada británica en Madrid, Arthur Yencken, remitió el informe del consulado a Londres el 5 de noviembre de 1940 (como había hecho con otros anteriores y los de los demás consulados) acompañado de una visión general. Es muy interesante y la dejo para el próximo post.

Para saber algo más sobre el hambre de los españoles

11 Abril, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Cuando redactaba sucesivas versiones de mi último libro, SOBORNOS, me llevé de vez en cuando algún berrinche ante el silencio en que varios historiadores (en general pro-franquistas y norteamericanos) habían eludido entrar al toro en un punto crítico. La contraposición objetiva que existía entre, de una parte, los deseos imperiales del dúo Franco/Serrano Súñer por hacerse con un buen pedazo del África del Norte y, de otra parte, la debilidad de la economía. Cité al embajador portugués en Madrid, Pedro Teótonio Pereira, a tenor del cual al glorificado ministro de Asuntos Exteriores los temas económicos le importaban un rábano. Pensé que si Hitler hubiese enviado a Franco la “cartita”, por la que el dúo tanto suspiraba, lo más probable es que no hubiesen esperado a la apertura del frente del Este para enviar la División Azul. El “glorioso Ejército” de la VICTORIA hubiera hecho sus pinitos en tierras marroquíes o argelinas. A algunos, ganas ciertamente no les faltaban.

Me causó bastante sorpresa también que en los numerosos y sesudos análisis del trasfondo de la archifamosa reunión de Hendaya no suela aparecer en lugar predominante ninguna referencia sólida a la problemática económica. Recientemente, en una biografía (hagiografía más bien) del bilaureado teniente general Enrique Varela, a la sazón ministro del Ejército, puede leerse lo que sigue:

“Ante la escasez, como es sabido, el gobierno español optó por el control del comercio de algunos (sic) alimentos que necesariamente debían ser distribuidos por la CAT”.

Cualquier lector convendrá en que no es analizar demasiado. Y como las bobadas nunca van solas el ilustre biógrafo se limita a mencionar un par de disposiciones legales. Eso sí, recuerda que “el invierno 1940-1941 iba a ser el peor de toda la posguerra”. Menos mal.

Se sabe desde tiempo inmemorial, por ejemplo, que el embajador británico tuvo dudas acerca de que Franco fuese totalmente consciente de la debilidad económica española. (Soy también de quienes no se fían de las tajantes aseveraciones de su primo hermano y ayudante de siempre de que Franco tenía, como gran preocupación, “la alimentación del pueblo español”).

En una carta, que no creo haber visto publicada (pero a lo mejor me equivoco), Sir Samuel Hoare escribió a Churchill el 7 de marzo de 1941:

“España, en la actualidad, está en peores condiciones que nunca antes en su historia. El gobierno es miserable, no hay comida, medio millón de personas están en la cárcel y un ejército enemigo se halla en la frontera. Esta situación obliga a la gente a pasar el tiempo en mórbidas reflexiones sobre sus infortunios y les impide tomar decisiones y actuar”.

Sin embargo, en la Administración, por desordenada que estuviese (y lo estaba), se conocían las dificultades de aprovisionamiento en víveres y materias primas. Una de las lectoras de este blog, María de los Ángeles Arranz Bullido, exploró en su tesina de licenciatura en Historia los archivos de la CAT y encontró pruebas documentales sobre el nivel de información acerca de las perentorias necesidades de alimentos.

También la embajada del Tercer Reich en Madrid, que dominaba los medios de comunicación y contaba con simpatizantes bien pagados en casi todos los escalones del aparato administrativo, y en particular en el Ministerio de Industria y Comercio, se preocupó de recoger informaciones sobre las privaciones a que se veía expuesto aquel mítico “pueblo” español al que Serrano Suñer decía tanto respetar.

Los ratones de archivo, caracterización que exhibo con cierto orgullo, podrán explorar fuentes adicionales que no utilicé en mi libro SOBORNOS. La editorial me sugirió recortar unas 150 páginas. Espero que con ello haya mejorado su lectura.

Entre lo que dejé de lado figuraba un capítulo muy ilustrativo del hambre (perdón, de la situación de hambruna) que acosaba a un número nada desdeñable de españoles (y, desde luego, de entre los vencidos).

Desde el verano de 1939 los británicos habían empezado a recoger datos con el fin de analizar la situación alimenticia de manera sistemática y rigurosa. No se trata de una actividad demasiado estudiada, aunque he de recordar aquí el trabajo pionero que en este ámbito se debe a la insaciable curiosidad del profesor Miguel Ángel del Arco Blanco.

La información se recopiló a través de dos fuentes. Una, tradicional, como eran los informes consulares. También lo hacían los alemanes. El análisis comparado, en uno y otro caso, arrojaría sin duda similitudes y diferencias. Es un trabajo microhistórico que hubiese abordado en mis tiempos jóvenes, pero no lo hice y ahora no puedo sino apuntarlo por si se anima otro. De todas maneras, tampoco los nazis se chupaban los dedos. Tenían datos, habían penetrado profundamente en la vida española y remitían informes a Berlín en cantidades masivas. De aquí que el comportamiento de sanguijuela que caracterizó la política económica y comercial del Tercer Reich hacia España presenta rasgos que son los que la caracterizan realmente.

En tal sentido, los sentimientos pro-nazis de amplios sectores de Falange e incluso de altos mandos del Ejército quizá solo puedan explicarse con ayuda de mecanismos sicológicos o sicoanalíticos. El ejemplo más notable del que tengo noticia fue el general Juan Yagüe (que ilustré en LA OTRA CARA DEL CAUDILLO) pero tampoco le fueron a la zaga algunos otros.

Los británicos acudieron a una segunda fuente, mucho más imaginativa. Se la proporcionó el control de la correspondencia enviada al Reino Unido por ciudadanos británicos y puesta en Correos en el extranjero. Pocos echarían cartas en España donde la censura hacía estragos y hubiese sido incluso peligroso para los remitentes. A ella se añadirían las informaciones que recogían agentes de diverso pelaje, viajeros y “turistas”. Incluso se explotó las que estaban dispuestos a dar hombres de negocios o comerciantes españoles pero que residían en las islas británicas.

Todo esto daría, quizá, para una tesina de grado. Lamentablemente, en los posts sucesivos habré de limitarme a esbozar los rasgos esenciales de tal información. Los suficientes para inducir a algunos historiadores extranjeros, que se extasían ante las “delicias” del franquismo, a que combatan su arrebatada admiración por SEJE con el recurso no a la prensa (cautiva, desarmada y bien vigilada) sino a otras fuentes primarias menos evidentes.

El hambre, cuestión de “escasa” importancia

4 Abril, 2017 at 11:07 am

Ángel Viñas

En este post entro ya en la problemática esencial de esta serie con una tesis que no gustará lo más mínimo a los turiferarios del glorioso e inmarcesible Caudillo y/o de su régimen. La tesis es que no les preocupó demasiado que los españoles (sobre todo los vencidos) pasaran hambre. La política no declaratoria (“ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”) sino la que realmente se siguió implicó sacrificar las importaciones de alimentos a otras más altas miras como fue crear un sistema económico autárquico lo menos dependiente posible del exterior y a partir del cual pudiera lanzarse la campaña por el Imperio. En consecuencia, una gran parte de la sobremortalidad por enfermedades, desnutrición y hambruna que se produjo durante los años de la segunda guerra mundial ha de ponerse en el debe de Franco y de su régimen. Es algo por lo que suelen pasar de puntillas aquellos autores, como el profesor Payne, que presentan a Franco, nada menos, que como el “último regeneracionista”.

Hay diversas formas de argumentar la mencionada tesis. Lo haré en términos algo abstractos, generales, y en términos concretos. Esto último en próximos posts.

El primer enfoque se basa en el estudio y desciframiento del método de la cuenta de la vieja que el régimen seguía para racionar el empleo de las disponibilidades de divisas escasas. También podría considerarse como la cuenta del tendero: divisas que entran contra divisas que salen. Las primeras por exportaciones, las segundas por importaciones. Examinar las asignaciones de estas últimas da una pista, siempre oscurecida. Con frecuencia ni mencionada.

Advierto de antemano que es un método incompleto. Merced a un supercomplicadísimo mecanismo de acuerdos comerciales y de pagos con otros países era posible importar productos alimenticios en compensación, es decir “pagándolos” con exportaciones. Esto no implicaba movimiento alguno de divisas. Era una especie de trueque. Lo que ocurre es que los alimentos obtenidos por medio de él nunca fueron demasiados. Las fuentes estaban en el comercio ultramarino, es decir, el realizado con las Américas.

En el abanico de acuerdos que revitalizaron las viejas técnicas del trueque sin duda el más importante para explicar una de las principales razones del hambre es el que hubo  con la Alemania nazi, bien estudiado en la literatura. Al Tercer Reich se exportó de todo y en volumen creciente. Desde alimentos hasta materias primas, productos intermedios y manufacturados. El apetito nacionalsocialista fue insaciable. Tales exportaciones no generaban divisas. El superávit a favor de España que se produjo en los intercambios se aplicó a reducir las deudas de guerra. Al final, quedó un resto que se resolvió mucho después de la guerra mundial. ¿Qué significa tal superávit? Nada más ni nada menos que la raquítica y hambrienta España hizo, por así decir, un préstamo a los combatientes arios que luchaban y masacraban por igual, con parecido entusiasmo, a judíos y malvados bolcheviques. Se ha hablado mucho, quizá demasiado, de la División Azul. Menos de la contribución comercial que debería llevar a entonar tres hurras nazis al simpar “centinela de Occidente”, siempre tan listo y precavido.

Al sistema de la “cuenta del tendero” en el manejo de las divisas hay que añadir otro factor. Dado que los alimentos estaban incluidos en lo que entonces se llamaba “comercio de Estado”, es decir, que quienes importaban eran exclusivamente las organizaciones oficiales, la asignación de la moneda extranjera para pagar tales importaciones nos da una idea de las auténticas preferencias del “nuevo Estado” surgido de la VICTORIA.

Sabemos cómo las escasas divisas se distribuyeron para los años 1941 a 1945. A los productos alimenticios fueron a parar el 17,2; 14,4; 11,3; 12,8 y 17,1 por ciento. Un porcentaje relativamente estable.  A las materias primas fueron el 37,4; 43,2; 41; 34,5 y 56,8 por ciento. Claro que entre ellas figuraban productos destinados a la agricultura, en particular abonos. En la compra de bienes manufacturados los porcentajes fueron de 30,2; 23,4; 21,4; 22,1 y 17,8 respectivamente. Obsérvese que, en general, a la alimentación se asignaron los porcentajes más reducidos.

Conocemos también los importes de los productos alimenticios adquiridos. En el bienio 1941/43 lo que más se compró en el exterior fue trigo (con gran diferencia), seguido de alubias, bacalao y azúcar. Al café (que no era producto de primera necesidad) no se le asignó un miserable dólar (no pensamos que todavía durase el regalito de 600.000 kilos que los brasileños habían hecho a Franco en 1939 y cuyo importe en pesetas, al precio de tasa eso sí, el Caudillo ordenó que se abonara en sus cuentas particulares). En 1943/44, la primera partida fue el azúcar, seguida por el bacalo y las alubias (y ya volvió a aparecer el café). En 1945, de nuevo fue el trigo, con la máxima asignación de todo el período. ¿Conocen los amables lectores algún estudio de algún historiador pro-franquista que haya penetrado en la dinámica de estas compras al exterior?

Mientras tanto, los saldos excedentarios (exportaciones menos importaciones) de alimentos al Tercer Reich habían tenido una progresión constante desde 7,2 millones de pesetas-oro a 92,4 en el bienio 1940/41. Se acentuó en el siguiente: de 83,9 a un máximo absoluto de 118,8 millones. Menos mal que a mitad de 1944 los aliados desembarcaron en Francia porque de lo contrario las sanguijuelas nazis hubiesen sangrado hasta la extenuación al hambriento cortijo en que Su Excelencia el Jefe del Estado había convertido “su” amada España.

¿De dónde se compraron alimentos para paliar el hambre de una gran parte de los españoles? Esencialmente de Argentina. La relación de acuerdos para adquirir trigo y otros cereales es interminable. La necesidad de importar tal tipo de productos a toda costa y con la mayor celeridad posible estaba más que justificada. Según la documentación que hace años consulté, la cosecha oscilaba entre 2,2 y 2,8 millones de toneladas y de ella no se entregaban para consumo al Servicio Nacional del Trigo más que de 0,8 a 1 millones. El resto quedaba para la siembra (entre 0,4 y 0,5 millones) y, sobre todo, para el mercado negro que constituye el capítulo más negro de la por sí negra política seguida por la dictadura en materia de saciar el hambre de una parte de los españoles a lo largo de la dura posguerra.

Los papeles internos del régimen muestran que, aceptando el volumen de recepción máxima del SNT, el millón de toneladas equivalente a unas 83.000 mensuales, era preciso adquirir en promedio unas 52.000 toneladas de trigo argentino para alcanzar el mínimo imprescindible.

En qué medida estas importaciones desempeñaron un papel absolutamente crucial para paliar las consecuencias del déficit productivo español se advierte al considerar que el promedio de arribos desde que comenzaron las adquisiciones en 1939 fue de unas 44.000 toneladas, con un máximo en marzo de 1943 cuando llegaron a importarse 58.000 toneladas.

Quizá a muchos lectores no les gustarán tantas cifras. Son abstractas. No revelan la miseria ni el hambre subyacentes. Tienen la ventaja de que representan hechos, no representaciones, no propaganda anti-régimen, no elucubraciones izquierdistas. Son datos que conviene explicar e interpretar. Si algún historiador franquista lo ha hecho convincentemente lo ignoro y agradecería cualquier información al respecto. Nunca es demasiado tarde para aprender.

Añadiré, con todo,  una nota  muy representativa. El 18 de marzo de 1942 el comisario general de Abastecimientos y Transportes comunicó a Carrero Blanco (ya la eminencia en la sombra del ínclito Caudillo) que existía un déficit inmediato de trigo de unas 100.000 toneladas (tras tener en cuenta las importaciones previsibles). ¿Qué hacer? Tan distinguido funcionario se pronunció por reducir en un 20 por ciento el consumo del preciado cereal. Las raciones diarias para los sufridos españoles serían de 50, 100 y 150 gramos de pan para las cartillas de racionamiento de 1ª, 2ª y 3ª clase. No hay que olvidar que desde 1940/41 reinaban situaciones de auténtica hambruna, como veremos en un post ulterior.  Pruebe el lector a ingerir tan solo 50 gramos de pan al día como alimento principal y verá si adelgaza o no en unas cuantas semanas (los 150 gramos se reservaban a los obreros que ejercían duros trabajos físicos y hemos de suponer que también adelgazarían lo suyo).

Argentina fue uno de los pocos países que lanzaron, con el permiso de los aliados, un salvavidas a la dictadura. De ella se importaron en grandes cantidades semillas oleaginosas, carne y algodón. Ni que decir tiene que la dictadura solo correspondió en parte. Sus exportaciones a la república rioplatense fueron ridículamente bajas, por lo menos hasta 1943.

Sobre la base de una población hambrienta, de una economía desvencijada y de una dependencia absoluta de los permisos que concedían los aliados para poder recibir suministros de ultramar los nuevos dueños de la situación quisieron edificar el Imperio que teorizaron, entre otros, figuras tan eminentes como José María de Areilza y Fernando María Castiella, premios nacionales con sus gloriosas Reivindicaciones de España.  Que se sepa, no pasaron hambre.

Una sombra sobre la España de la victoria

28 Marzo, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Sobre el período inmediato tras la finalización de la guerra civil hay una inmensa literatura. Por lo general se ha concentrado en ámbitos como el de la sangrienta, permanente y duradera represión de los vencidos, la puesta en marcha del autoproclamado “nuevo Estado”, el enaltecimiento de la figura de Franco como supremo salvador de la PATRIA, etc. Menos en el ámbito económico en donde la atención se ha dirigido hacia los no demasiado impactantes esfuerzos de reconstrucción.

Esta atención no faltó del todo en la Administración del autoproclamado “nuevo Estado”. En el Ministerio de Agricultura, de corte falangista, preocupaba lo que podía avecinarse poco después del comenzo del militar en Cataluña. El 30 de enero de 1939 el delegado del Servicio Nacional del Trigo resaltó cómo la reducción de las siembras, una cosecha meramente regular y el aumento previsible del consumo iban a conducir a una situación deficitaria grave. Estimaba tan ilustre prohombre que el volumen de trigo que faltaba para el normal abastecimiento, sin restricciones, de la población se elevaba a casi 300.000 toneladas. Las necesidades iban a ser apremiantes y, para los siguientes meses hasta agosto, podían calcularse en unas 165.000.

Aunque la situación alimenticia de la autodenominada “zona nacional” no había estado nunca en peligro, los problemas se acumularían en el futuro inmediato. Las posibilidades de reducir la dependencia de las importaciones eran limitadas: el racionamiento, la mezcla del trigo con otros cereales y el aumento de los rendimientos harineros. El SNT se pronunció en contra de esta última alternativa, difícil, y elaboró una preciosa argumentación desechando la primera, porque presentaba “grandes inconvenientes económicos, sociales y políticos”.

Tal alternativa fue la que terminó adoptándose muy rápidamente. Estaba en consonancia con el espíritu falangista que reinaba en la dirección política de la agricultura española (había que buscar “Imperio” y repartirlo entre los nuevos conquistadores, un poco como en sus sueños Hitler hacía con las extensas superficies agrícolas soviéticas en busca de Lebensraum). Así, pues, se subrayó que la implantación del racionamiento era complicada; habría que introducir cartillas; fijar cupos de harina que entregar a los panaderos y ello produciría -suponemos que por aplicación de la “ley de hierro” inherente al derecho de conquista- un “reparto desigual en perjuicio de la parte más modesta de la población”. Las raciones, continuó el SNT, habrían de “establecerse en función de la situación económica de los individuos y la clase de trabajo que realicen”.

Los cálculos eran, en cualquier caso, estremecedores: la ración media necesaria para enjugar el déficit sería de menos de 300 grs por día, es decir  de dos tercios de la media que se aplicaba en aquellos momentos. Daría origen a una imputación de 330 calorías diarias, “imposible de sustituir por otros alimentos para la mayor parte de la población”. ¡Imagine el lector el caso de los obreros que realizaban trabajos físicos fuertes! Consumían hasta un kilo de pan al día. Además, el racionamiento fomentaría el comercio clandestino de harina y de pan a precios superiores a los de tasa “y produciría un retraimiento de las ofertas de trigo al SNT”. La ocultación aumentaría considerablemente.

Todo esto era cierto. Pero, ¿qué hacer? Como no había muchas divisas libres (el encorsetado comercio de la España de Franco no las generaba) el consejo de excelentísimos señores ministros, en su reunión del 10 de febrero de 1936, solo autorizó la adquisición de 200.000 toneladas de trigo en Argentina y de 50.000 en Rumania. Así, pues, se aceptaba de entrada un déficit equivalente a estas últimas.

¡Ah! Pero el hombre propone y la realidad dispone. La ocupación total del territorio incrementó las necesidades previstas. En base a las existencias de trigo al 1º de abril de 1939 [DÍA DE LA VICTORIA sobre los malvados que habían llevado a la PATRIA al desastre] las importaciones adicionales imprescindibles se cifraban en, por lo menos, otras 250.000 toneladas. El déficit triguero en la zona ocupada se estimaba en un mínimo de 200.000.

¿Qué significa esto? Que había mucho hambre comprimido y reprimido en el territorio que había quedado fiel a la República hasta el final y que algo más había que hacer. En la reunión del Consejo de Ministros del 20 de abril se adoptó la decisión de adquirir trigo en tal volumen y se anularon las importaciones previstas de Rumania.

Se firmaron, pues, los necesarios convenios hispano-argentinos y el pimpante ministro de Agricultura, el prócer falangista Raimundo Fernández-Cuesta, no se privó de ilustrar a sus no menos ilustres compañeros que las adquisiciones se veían sombreadas “por la posibilidad de un conflicto internacional”.

Hay que ver, pues, desde este ángulo la importancia y significación de los amables signos de Franco de creciente aproximación hacia las potencias del Eje, sobre todo el Tercer Reich, y su desprecio olímpico a recabar la ayuda de las democracias occidentales, en particular Inglaterra,cuyas peticiones de regularizar los intercambios comerciales se encontraron con el desprecio más absoluto. ¡Faltaría más!.

Esta demostración de orgullo miserable, típico de la política exterior para-fascista del “invicto Generalísimo”, siempre se topó de bruces con la realidad. El 14 de junio de 1939, en una de las sesiones habituales del Comité de Moneda (encargado de gestionar el volumen de divisas con criterios típicos de una vieja ama de llaves), se expuso la situación de divisas. Esta fue siempre uno de los secretos de Estado mejor guardados de la dictadura. En la guerra, en la posguerra (en realidad, hasta el plan de liberalización y estabilización de 1959) solo los iniciados -unos cuantos funcionarios del Instituto Español de Moneda Extranjera y del Ministerio de Comercio- pudieron correr los velos que recubrían este santo de los santos.  Más de veinte años de “absoluta discreción”, salvo cuando no hubo más remedio, a partir de 1956, que decir algo a una inquisitiva institución como fue  la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE).

Pues bien, en el primer mes auténticamente de “paz” (aunque la “campaña” contra los malos continuaba), el de mayo, las entradas y salidas de divisas (en torno a los 1,5 y 2 millones de libras respectivamente) habían incrementado el déficit. Solo había podido cubrirse tirando de créditos (45.000 libras) y reduciendo la posición (475.000 libras). Las tenencias en divisas libras de la orgullosa ESPAÑA DE LA VICTORIA apenas si pasaban de 700.000 libras. No comment. Con esta precaria base monetaria exterior Franco se preparaba a la conquista de un “Imperio”.  

¿Qué hacer? En primer lugar, reconocer la realidad. Uno de los periodistas más “pelotas” del régimen militar, el hoy prácticamente olvidado Francisco Casares, había celebrado alborozado la desaparición de las cartillas de racionamiento introducidas durante la guerra. Las había calificado tan preclaro turiferario de “señal infamante del período rojo, vestigio de socialización..” (Debo la cita a Rafael Abella, qepd). Pero la verdad es que la desaparición no duró mucho.

La Ley de 10 de marzo de 1939 creó la CAT (es decir, la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes), uno de los grandes órganos de intervención y de distribución de productos sometidos al racionamiento de la posguerra. Dependió del Ministerio de Industria y Comercio (a partir de 1951 solo de este último) y fue también uno de los organismos en que con mayor ferocidad anidó la corrupción sistémica de la dictadura. Dentro de la CAT hicieron metástasis los militares que se incorporaron a la Administración civil del orgulloso “nuevo Estado”. No pasaron hambre. Los vencidos, y muchos otros, sí. Lo veremos rápidamente.