Deshaciendo mitos sobre Franco: otro capítulo

16 enero, 2018 at 8:30 am

En los posts anteriores me he concentrado en la relación de Negrín con Cataluña. He dejado de lado algo que en los últimos años me ha tenido muchísimo más ocupado que este blog. Cómo seguir penetrando en el comportamiento genuino de Franco en momentos claves de su carrera. Escribir sobre él es, tras la monumental biografía de Paul Preston, buscar lo que hubo por debajo de algunos de los mitos que el Caudillo amamantó y que una prensa dócil e infantilizada, unos gacetilleros a sus pies, una pléyade autores variopintos de militares a clérigos, de “pelotas” a policías, de diplomáticos a catedráticos de Universidad y un conjunto de excelsas instituciones potenciaron hasta extremos inimaginables. Casi como los alemanes con Hitler o los italianos con Mussolini o los rusos con Stalin. Para ver lo que hay por debajo de ciertos mitos es imprescindible trabajar en los archivos y explorar la documentación crítica y contextualizadamente.

La divergencia entre alabanzas sin fisuras y demonización radical es algo que diferencia a Franco de Negrín. Entre los defensores de este nadie, que yo sepa, ha dejado de analizar su comportamiento tal y como se desprende de innumerables documentos de archivo. Los turiferarios de Franco no suelen deglutir críticamente lo que es el pan y la sal del genuino trabajo del historiador.

En los últimos años he ido poniendo de relieve algunos aspectos poco conocidos, o incluso desconocidos, del comportamiento de Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE). Sus canciones sobre “el oro de Moscú”; su deseo de alargar la guerra civil; su querencia por Hitler y el nazismo como polos de atracción en aspectos esenciales para su dictadura; su aspiración a ser reconocido como “centinela de Occidente”, con su peloteo a Estados Unidos; su actitud eminentemente pasiva ante la necesidad de dar un giro copernicano a la política económica española a finales de los años cincuenta, etc.

Cuando, a principios de este siglo, reanudé mi actividad como historiador también retorné a viejas preocupaciones. La primera, indagar sobre los antecedentes inmediatos de la sublevación de julio de 1936. Lo hice en dos direcciones: la forma y manera en que se produjo la inserción de los vectores internacionales y el comportamiento de Franco. En ocasiones, de forma combinada.

Fruto de esta actividad fue la demostración documental del papel desempeñado por los monárquicos calvosotelistas en inducir una toma de posición activa por parte de Mussolini para echarles una mano (de oro en forma de aviación) de cara al 18 de julio. O el análisis de la actitud británica durante los años republicanos, aprovechando la desclasificación de documentos procedentes de los servicios de inteligencia (pero en ningún caso del MI6 no fuese que hubiera tigres y serpientes ocultos).

También me adentré en una veta desconocida de la actividad de Franco. Su aprovechamiento de la guerra civil para “forrarse el riñón”, algo que no terminó de reconocer la recientemente fallecida duquesa de Franco, aunque sus curiosas declaraciones al respecto eludieron cualquier alusión a las evidencias primarias. No todas las incógnitas están resueltas, pero al menos se sabe que Franco no tardó mucho, apenas tres semanas desde su “exaltación” a la Jefatura del naciente Estado, para empezar a desviar fondos procedentes de suscripciones populares a sus cuentas corrientes. Unido esto a la venta, al final de la guerra, de 800 toneladas de café a la CAT (Comisaría de Abastecimientos y Transportes) y a otras actividades no documentadas con la plenitud deseable. En definitiva, no fue su sueldo como jefe del Estado y capitán general, y su preferencia por la cocina espartana como militar curtido en la guerra de África, lo que le permitió hacerse con los fondos necesarios para comprar los terrenos que integraron la finca agropecuaria administrada por Valdefuentes S.A. Es más, Franco tampoco dudó en servirse de todas las posibilidades que le permitía la ingeniería jurídico-financiera de la época.

El resultado de estas pesquisas ha permitido a los historiadores, gacetilleros y “pelotas” pro-franquistas ponerme a caldo. No me quejo porque con evidencias en la mano he sacado los colores a eminentes autores que manipulan, tergiversan y mienten. En mi último trabajo, SOBORNOS, lo demostré suficientemente con el profesor Luis Suárez Fernández, miembro de la RAH y gran hagiógrafo de SEJE. Tampoco he eludido destripar los procedimientos “científicos” utilizados por el no menos eximio profesor Stanley G. Payne. Que haya historiadores en alguna Universidad española todavía obnubilados por su metodología es algo que supera mis pobres entendederas.

Con todo, hay un tema que me ha obsesionado al leer algunos de los libros sobre los preparativos, en general bien estudiados, de la sublevación de 1936. Me llamó la atención el escaso interés que en ellos se presta a un Franco “desterrado” a Canarias. También me sorprendió constatar la pervivencia de mitos sobre su supuesto comportamiento, caracterizado hasta hoy de pasivo. Son mitos que tienen su raíz en los ditirambos y burdos camelos de su primer biógrafo, Joaquín Arrarás. O en el vergonzoso peloteo de que le hizo objeto otro periodista de pro, Luis Antonio Bolín.

Así que he vuelto a Franco. A lo largo de los últimos años he trabajado con dos colegas. Uno es comandante de Iberia jubilado y primo hermano mío, Cecilio Yusta Viñas. En los primeros años de su carrera años voló casi diariamente desde y hacia Tenerife-Norte. Hace unos meses tomó los mandos para volar el único Dragon Rapide operativo que existe en España. El segundo es un patólogo, el Dr. Miguel Ull Laita, con más de cuarenta años de intensa práctica profesional y docente en una actividad sumamente interesante, aunque un tanto desagradable e imprescindible. Los lectores recordarán el caso de la infortunada Diana Quer.

Los tres hemos querido abordar críticamente algunos de los mitos esenciales todavía no aclarados que rodean la figura de Franco en Canarias. Ante todo, su supuesta postura escasamente proclive hacia la rebelión, a la que terminó viéndose impelido para “salvar España”. O cómo se las arregló para salir puntualmente de las islas con el fin de ponerse al frente del Ejército de África (que no fue como se ha escrito, y sigue escribiéndose, en la literatura).

En el plano historiográfico son temas a los que hace años presté alguna atención. El primero no lo profundicé lo suficiente en un libro, LA CONSPIRACIÓN DEL GENERAL FRANCO. Me interesó más examinar hasta qué punto las autoridades británicas estuvieron implicadas en el vuelo del Dragon Rapide. En cuanto al segundo planteé una tesis que me ha valido improperios sin cuento: la vinculación entre dicho vuelo y la muerte del general Amado Balmes.

Si los amables lectores buscan con la ayuda del siempre generoso Mr Google la conexión entre mi nombre y la del mencionado general podrán apreciar algo de lo que se ha dicho de mí por haber caracterizado a Franco de asesino antes del 18 de julio. No dejen, por favor, de echar también un vistazo a youtube y a las elocuentes alocuciones de algunos preclaros autores pro-franquistas.

Ahora bien, en historia -es decir, en una reconstrucción siempre insuficiente del pasado- hay temas que pueden resolverse y otros a cuya “solución” hay que acercarse lentamente. Los primeros son pocos. Los segundos por desgracia demasiado abundantes.

De entre los primeros me es muy grato adelantar que la semana que viene se pondrá a la venta el libro (unas 650 páginas con un muy detallado índice analítico que, espero, facilite su consulta y me ha llevado un mes de trabajo) en el que los tres investigadores hemos aclarado con un cien por cien de certidumbre que Balmes no se mató. Lo mataron. Su trágico fin fue condición necesaria, y con el Dragon Rapide en Las Palmas no por casualidad, suficiente para que el comandante militar del archipiélago despegara hacia su gloria. El libro lleva por título EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO.

Es más, como se trata de un relato negro, aunque no una novela de tal color, lo hemos redactado en flash-back. Hemos empezado por el final, ese que ha sido objeto de tantas distorsiones, y hemos retrocedido desde él hacia los comienzos. Esto nos ha permitido examinar la dinámica a la que se atuvo el comportamiento del general de división Francisco Franco Bahamonde tras su fracasado intento de inducir un golpe de Estado “blando” desde las alturas del poder, coincidiendo con los previsibles malos resultados para las derechas en las elecciones de febrero de 1936. Con ello hemos reubicado otros mitos que, empezando por Arrarás, sus sucesores han ido colgando hasta ahora de la inmarcesible figura de SEJE, a quien ponemos donde debe ser puesto, gracias a la evidencia primaria relevante de época debidamente analizada y contextualizada.

Laus Deo.

Próximo post, “A la chita callando Franco desata los perros de la guerra”

Negrín y Cataluña (y VII)

9 enero, 2018 at 9:40 am

Ángel Viñas

En la demonización de Negrín han coincidido tradicionalmente anarquistas, trotskistas, poumistas, franquistas de pura cepa durante la dictadura y los neo-franquistas de hoy. En las entradas biográficas que se le dedican en la Wikipedia en castellano y catalán se obvia su relación con Cataluña. No faltan quienes le acusan de falta de empatía hacia las dos autonomías creadas bajo la República (aunque este no es, probablemente, el “pecado” más gordo que se le atribuye). En este post final, en vez de perderme en divagaciones, voy a recurrir al propio Negrín y a sus contactos epistolares con catalanes. El primero de los que traigo a colación es conocido. El segundo, no. En ambos Negrín puso de relieve que no era en modo alguno anti-catalán. Antes al contrario. Las acusaciones catalanas contra Negrín se deben a otras razones.  

 En una famosa carta a Pere Corominas, que fue presidente del Consejo de Estado, Negrín expuso francamente sus sentimientos. Merece la pena reproducirlos in extenso:

“Yo no tengo ninguna duda acerca del porvenir de Cataluña. Cataluña tiene, en sus excelsas cualidades y con sus defectos, que están en la superficie, pero que no salen más allá de la superficie, una personalidad tan individual que sería trabajo de Sísifo desvirtuarla. Y sólo el intentarlo es herir en lo vital a España. Porque España es eso. Una unión de pueblos de rasgos peculiares y vigorosos, diversos pero congruentes, con vicios y virtudes, intereses y afectos que se complementan. Y la unión sería más fuerte e indisoluble mientras más se respete la espontaneidad y el albedrío. Unidad, para mí, no significa troquelar con el mismo cuño ni estandarizar. La unidad ha de realizarse dentro de los límites, con los matices y modalidades que la voluntad del pueblo fija y el sentimiento tradicional añora. Lo “impuesto” es efímero, contraproducente y disgregante. Y como yo, científica y filosóficamente materialista, sirvo al pragmatismo a que me lleva la “razón práctica” y creo en los grandes resortes espirituales, tengo (…) una fe ciega en los destinos y el futuro de Cataluña”.

El párrafo anterior es importante no solo por sus referencias a la colectividad española sino también por la autodefinición que Negrín ofreció de su enfoque. En el plano de las ideas y de la acción se autodescribió como materialista, algo que naturalmente erizaría el pelo de los cruzados de la guerra y sus soportes atávicos.

Igualmente es interesante la afirmación de que sus concepciones filosóficas no le impedían ser pragmático. Por ello, abordó de cierta manera, y no de otra, la situación concreta, en una guerra concreta, en la que él y la República se movían. En la misma carta dejó constancia de lo que le animaba:

“Pero estamos en guerra y en la guerra lo esencial no es el modus vivendi sino el modus operandi. Y hay que ganar la guerra. Y la guerra no se gana sin concentración de mando. En manos del organismo que sea, pero concentración. La armazón jurídica de la guerra no puede ser más que una, la que logre el mando único y eficaz. La armazón jurídica de la paz puede ser varia, pero un espíritu democrático y liberal no admitiría más modalidades que las que permitan una convivencia en el culto y en el sacrificio por los sagrados destinos del país, porque país que no cree en sus destinos es país que sucumbe”.

Tres elementos se conjugan aquí: la necesidad de ganar implicaba unidad de mando en la contienda (no de otra forma habían triunfado los aliados en la primera guerra mundial) pero luego no sería posible olvidar el espíritu democrático y liberal. No faltaba, por último, un toque del mejor sentimiento patriótico (a pesar de que eran los franquistas quienes se autodenominaban -y todavía se les denomina, aunque no lo hace servidor, “nacionales”). Había que creer en España y en su futuro. De lo contrario, ¿para qué luchar?

En contraposición a esta postura, las gestiones vasco-catalanas de 1938 debilitaron la imagen del Gobierno central pero no le hicieron más daño que el que le habían infligido los acuerdos de Munich. El Gobierno británico jamás apoyó a la República, pero sí contribuyó a dar ánimos a Franco. El francés siempre anduvo a la zaga, con devaneos intermitentes que reforzaron en ocasiones la resistencia republicana, pero nunca quiso ir más allá.

Al final, y salvo por el intermitente apoyo soviético, la República se vio sola, luchó sola y murió sola. Negrín fue el hombre que necesitaba para resistir tratando de enlazar con el conflicto europeo que se veía venir. Sus cartas a la troika soviética tras Munich así lo demuestran.  Las puñaladitas no dieron con Negrín al traste, pero tampoco contribuyeron a reforzar la resistencia republicana. Lo que después se hizo fue alentar los mitos. Esos mitos cuya demolición es, en esencia, una de las tareas del historiador.

Como es sabido, Negrín se exilió primero a Francia y luego a Inglaterra, en donde pasó la guerra mundial desde julio de 1940 hasta su traslado a París, al poco de su finalización. En Londres, los nacionalistas catalanes y vascos siguieron manteniendo enhiestas sus aspiraciones a que las democracias, tras la victoria, les reconocieran su pretensión de crear Estados propios. Tropezaron con un muro. A pesar del apoyo que prestaron (más los vascos que los catalanes) a la causa aliada, ninguno de los vencedores prefirió indisponerse con la dictadura de Franco.

A través de las memorias de Pablo de Azcárate, consejero áulico de Negrín durante su estancia en Londres, sabemos algo de los sinsabores que las gestiones vasco-catalanas provocaron a ambos. No es cuestión de reproducirlos aquí del texto que organicé y presenté en un libro (cuyo autor obviamente se identificó como el embajador Azcárate) que apareció hace ya algunos años. Prefiero dejar constancia de una carta, fechada el 13 de septiembre y en mi opinión hasta ahora desconocida, en que Negrín reflejó sus sentimientos procatalanes. La ocasión se le ofreció al no poder asistir a la conmemoración del 11 de septiembre en el Llar Català de Londres en 1941. Debo su conocimiento al presidente de la Fundación Negrín, José A. Medina, a quien desde estas líneas agradezco su gentileza.

Negrín no pudo asistir. No había podido esquivar compromisos ineludibles. Había participado, eso sí, en tal conmemoración en 1938, en compañía de Lluis Companys (el “presidente mártir”) y las demás autoridades de la Generalitat. A la comisión organizadora del homenaje en 1941 le hubiera gustado escribir en catalán, pero no era un Ángel Guimerá que, nacido en Santa Cruz de Tenerife de madre canaria, había sido el inmortal autor de Terra Baixa.

Negrín subrayó ante todo los lazos entre Canarias y Cataluña, unidas siempre por “un cordial espíritu de inteligencia avivado por intensas corrientes de orden cultural. Quizá ninguna otra región de España -salvo Cataluña misma- ha dado a la Universidad de Barcelona un contingente proporcional de escolares tan nutrido como mi país”.

Él se sentía orgulloso de que Canarias hubiese sido el sujeto mitológico de La Atlántida, obra cumbre de Jacint Verdaguer y de las literaturas provenzal y catalana. Tenía o había tenido muchos entrañables amigos catalanes: Rusiñol, Bagaría, su gran maestro Ramón Turró, el malogrado biólogo Manuel Dalmau, los hermanos Trías, amén de colegas fraternales como Augusto Pi i Suñer y Jesús María Bellido. Extractos de sus primeros trabajos se habían publicado en el Arxiu del Institut d´Estudis Catalans y él y sus colaboradores habían contribuido con trabajos al Butlletí de la Societat de Biología.

Negrín hizo una referencia a la historia y a la relación entre el pasado y el presente. En lo primero destacó la proclama del conseller en cap Casanova invitando a los barceloneses a sucumbir en las ruinas de Barcelona antes que permitir la entrada de las tropas de Felipe V. Lo interpretó como un anticipo del “No Pasarán” que salvó a Madrid dos siglos más tarde. La bravura de Casanova al caer herido en Portal Nou recordaba a su vez la de los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado, decapitados dos siglos antes.

¿Su veredicto?

En uno y otro caso “la nación se levantaba contra influjos de extranjeros que querían cercenar sus libertades expresadas en fueros y privilegios antes de surgir las nuevas ideas democráticas posteriores a la Revolución Francesa. Y en el fondo de todo ello, como en nuestra guerra actual, latía el propósito de luchar por la independencia ante la amenaza del dominio extranjero, puesta en peligro por la desunión entre los que habitamos el mismo suelo. Y común a los tres episodios, la lucha contra los Austrias, contra los Borbones y contra el nazismo alemán, en un ansia progresiva que ha permitido a los pueblos de la tierra hispana sobrevivir a su accidentada historia. Que estos ejemplos consoliden una mancomunidad que las tormentas del presente y los avatares de un porvenir inmediato harán vitalmente indispensable para todos”.

Ante la disgregación, unidad y respeto. Por eso Negrín cerró su carta con un amistoso saludo y entonó un “VISCA CATALUNYA”.

¿Dónde se encuentra, por ventura, el supuesto anticatalanismo de Juan Negrín?

FIN

 

(En próximos posts cambiaré de tercio: el libro en el que con dos colegas he estado trabajando en los últimos años aparecerá el 23 de enero y creo que merecerá la pena hacer alguna reflexión al respecto)

Negrín y Cataluña (VI)

2 enero, 2018 at 12:42 pm

¡FELIZ AÑO NUEVO! Confiemos en que, a pesar de todos los pesares, el año que ahora se inicia sea algo mejor que el ya pasado. En el último post de 2017 me quedé exponiendo las reivindicaciones que los catalanes tomando la delantera y los vascos en su apoyo dirigieron a Francia y al Reino Unido. La idea matriz era llegar a algún tipo de acuerdo con Franco por mediación de París y Londres y al margen del asediado Gobierno de la República. Era obvio que en lo que pensaban era en salir del atolladero, aunque las posiciones de partida eran diferentes. El País Vasco ya había sido ocupado totalmente por las tropas franquistas. La franja Norte había dejado de existir. Incluso, desde abril, las tropas de Yagüe mantenían a Lleida bajo su bota. En Vinaroz, en mayo, se había roto la continuidad geográfica del espacio republicano. Negrín, en su doble calidad de presidente del Consejo y ministro de Defensa Nacional, había encajado mal que el nuevo Gobierno francés, presidido por Daladier, hubiese cerrado de nuevo, y esta vez herméticamente, la frontera franco-catalana a mitad de junio. Es decir, el momento escogido por vascos y catalanes no podía ser más lábil para la resistencia republicana. Una buena traición es la que sabe incidir en el momento neurálgico.

 

En cualquier caso, me parece difícil exagerar lo que implicaban las reivindicaciones expuestas en el post anterior. En mi modesta opinión traducían:

  • Un desprecio por los apoyos manifiestos de que se nutría la política de resistencia negrinista. Procedían del partido comunista plenamente movilizado, de los anarquistas y de un sector amplio de la opinión moderada que veía con buenos ojos la derogación parcial del Estatuto de autonomía. Sin contar con la fidelidad del Ejército Popular.
  • Por consiguiente, un desconocimiento profundo de las relaciones de fuerza en Cataluña, tras la aprobación y difusión de los “13 puntos” con los “war aims” de la República.
  • Una ignorancia masiva de los propósitos de las potencias fascistas que no habían jamás cejado de enviar suministros a Franco en armas y hombres.
  • Una ligereza absoluta ante las consecuencias que podría tener el crucial cierre de la frontera.

A las anteriores implicaciones se añadían dos consideraciones. La primera es que los buscadores de paz a espaldas del Gobierno se mecían en el limbo de los limbos. Parecían no intuir siquiera las intenciones de Franco. Estas, sin embargo, podían descifrarlas fácilmente. No tenían sino analizar la conducta del implacable Generalísimo en las zonas que había ido ocupando. En particular los vascos no tenían la menor excusa. Conocían lo que había ocurrido en Euzkadi.

No menos sorprendente era el hecho de que, por muy nacionalistas que fuesen, ignorasen la potencia de los designios hiperespañolistas e hipercentralistas que alentaban a la mayor parte de las fuerzas coligadas detrás de los militares franquistas. A fuer de listos menospreciaban incluso la propia propaganda republicana.

Julián Zugazagoitia, a la sazón secretario general del Ministerio de Defensa Nacional, registró la postura de Negrín ante lo que calificó como “un separatismo estúpido y pueblerino”. Por Rafael Méndez, exdirector general de Carabineros, también sabemos de la reacción del presidente del Consejo:

“Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que se desprendiese de italianos y alemanes. En punto a la integridad de España soy irreductible”.

En Barcelona tuvo lugar una reunión de Irujo y Companys con varios consellers de la Generalitat y el ministro Ayguadé. Después acudieron a otros ministros con el fin de alcanzar una mayoría en el Gobierno. Hubo un choque en medio de grandes fricciones que llevaron en agosto de 1938, en plena batalla del Ebro, a la dimisión de Irujo y Ayguadé. Este último argumentó que se debía a la decisión de Negrín de poner bajo el control del Gobierno las fábricas de material de guerra de Cataluña. Era un tema que había lastrado las relaciones con la Generalitat casi dos años. Es curiosa tal argumentación porque en su propio partido, el PSUC, había mucha gente que la abanderaba. Corramos un tupido velo.

No puede negarse una cierta reluctancia a ver la situación en términos realistas, tal y como era. A finales de septiembre Hitler consiguió un triunfo diplomático extraordinario eliminando el riesgo de estallido de un conflicto europeo en los acuerdos de Munich. No era difícil percibirlo y los políticos vascos y catalanes se pasaron de nuevo de ilusos.

Fue entonces en efecto cuando reanudaron sus esfuerzos en una nueva andanada para obtener algún tipo de implicación de los Gobiernos francés y británico en apoyo de sus reivindicaciones. La argumentación fue de antología. Si las potencias democráticas habían reconocido el derecho de autodeterminación de los alemanes en los Sudetes, ¿por qué no lo harían con respecto al de tan avispados nacionalistas?

Ni que decir tiene que tanto Franco como Negrín seguían de cerca estas aproximaciones, incluso más absurdas que las de junio. Para entonces el desenlace de la batalla del Ebro se inclinaba decididamente a favor de Franco y las posibilidades de que el endiosado Caudillo prestara a los esfuerzos nacionalistas la más mínima atención eran menos que cero. Por otro lado, creer que británicos y franceses fueran a interceder ante Franco, cuando se habían plegado en Munich ante su protector, el Führer, rayaba en el desvarío.

Fue en este clima cuando Companys se entrevistó con Marcelino Pascua, embajador en París. Le entregó un memorial de agravios contra el Gobierno. Empezaban con los privilegios que, sobre todo en alimentación, se concedían a elementos no catalanes, por ejemplo, a los funcionarios. Pasaban por la movilización de hombres de 37 y 38 años, en tanto que las carreteras catalanas abundaban en carabineros y guardias de Asalto que no iban al frente. El, Companys, había tenido que solicitar autorización para ir en coche a Francia, aunque los ministros no la necesitaban. Su tesis era que aminorar la autoridad de la Generalitat podría justificarse si el Gobierno central lograba que las cosas marcharan mejor pero tal no era el caso. Reprochó a Negrín que se aislara y que a él, Companys, lo aislase, que no discutiera ni debatiese sino que se limitase a mandar.

Habida cuenta de que las gestiones en Londres y Paris habían aumentado en intensidad y ambición, es verosímil que la gestión de Companys con Pascua fuese una mera cobertura. Por si las moscas. En cualquier caso, las gestiones ante las democracias no dieron, como era de prever, el menor resultado.

Finalizará en el próximo post.

Negrín y Cataluña (V)

26 diciembre, 2017 at 8:30 am

En el post anterior terminé indicando que el cambio de la sede del Gobierno republicano de Valencia a Barcelona tuvo algunos efectos positivos. No suelen subrayarse y muchos historiadores tienden a ponderar más los negativos. Claro que quienes se oponen, como servidor, a tal contraposición comparten con los primeros el conocimiento de lo que pasó después, pero dado que la reconstrucción del pasado no es un ejercicio que se atenga al efecto del funcionamiento de algoritmos predeterminados las valoraciones difieren. En este post, subrayaré los dos efectos positivos que me parecen más importantes.

El traslado a la Ciudad Condal, en el otoño de 1937

1º Indujo un mayor compromiso francés, aunque soterrado

2º Ralentizó las tendencias autonomistas (que resurgirían al año siguiente).

El primero se tradujo en la atenuación de los efectos operativos de la política de no intervención que funcionaba en negativo para la República. No se subrayará lo suficiente que esto no implicó la pública desavenencia entre los Gobiernos francés y británico. Londres se calló ante los nuevos bríos del primero, con tal de que el debilitamiento de la no intervención no saliera crudamente a la superficie. ¿Victoria pírrica republicana? No tanto. El comportamiento del Gobierno Chautemps no merecerá un óscar, pero fue, sin duda, más ajustado a la realidad del período que la atrofiada visión del primer Gobierno Blum que había condenado al Gobierno de Valencia. Es más, cabría considerar que la apertura de frontera, también secreta, que apoyó el segundo Gobierno Blum a partir de marzo de 1938 fue una profundización de la iniciada, más o menos tibiamente, por su antecesor.

A ello también contribuyó la despedida al embajador francés, Jean Herbette, que atrincherado en Biarritz despotricaba contra los republicanos. Cuando, a finales de noviembre de 1937, su sucesor Eirik Labonne se entrevistó con Negrín dejó del presidente del Consejo una imagen muy positiva: sonriente, afable, calmo, sencillo, bienhumorado. También encontró palabras amables para el ministro de Estado Giral: hábil, conciliador. Que fueran ambos quienes dirigiesen los destinos de la España republicana pareció a Labonne un síntoma inequívoco de la profunda evolución que ya se había registrado en la zona republicana. No para mal.

Tras año y medio de guerra, recordó, un ejército que saludaba con el puño en alto y unas masas igualadas tanto por la miseria como por la doctrina, es decir “la canalla” o las “hordas marxistas” de la propaganda franquista, estaban dirigidos por dos catedráticos de universidad, hombres de gran distinción y desprovistos de sectarismo, al frente de un Gobierno que comprendía bien la política francesa y que la seguía con atención. ¿Resultado? Francia no podría desear como líderes españoles a nadie mejor que a tales personas, que nunca aceptarían que España se alinease en contra de los intereses franceses. En aquella entrevista, Negrín le confió que las relaciones con Cataluña habían mejorado, aunque corriesen rumores muy abultados.

No hay que exagerar la influencia de los embajadores. La política se hacía en las capitales. No en las embajadas. Pero, en ocasiones, las visiones sobre el terreno ayudan. Esta fue una de ellas y funcionó en favor, limitadamente, del Gobierno republicano.

Sin embargo, la suerte de las armas no le acompañó. Después de la recaída de Teruel en manos franquistas y la batalla por Aragón los republicanos entraron en crisis.

A principios de abril de 1938 se dieron cita tres grandes acontecimientos simultáneamente. El menos conocido (adivinen los amables lectores porqué) fue el sabotaje de un banco londinense, el British Overseas Bank (BOB). Esta distinguida entidad de la City paralizó de golpe y porrazo absolutamente todos los pagos que el Gobierno de Barcelona hacía a la red de embajadas y consulados. Ya puede imaginarse lo que esto suponía. Sin apenas reservas (que normalmente las representaciones diplomáticas y consulares no acumulan), los diplomáticos y propagandistas republicanos se encontraron en dique seco. La segunda crisis es muy conocida, ya que afectó al propio Gobierno. Fue la más dura de las habidas hasta entonces y dejó chiquita a la de mayo del año anterior. Finalmente, la crisis militar, con la amenaza directa de Franco contra Cataluña cuando sus tropas ocuparon Lleida el día 6. El que no avanzaran rápidamente hacia Barcelona, pues tenían el camino abierto, prolongó la contienda. Fue el momento en el que con mayor claridad se percibe el interés de Franco por sostener una guerra larga. Creo que haré un servicio a los amables lectores que siguen este blog si en un próximo futuro me ocupo de ella algo más detenidamente.

Negrín resolvió las tres crisis. La bancaria acudiendo al banco soviético que, en Occidente, realizaba las transferencias financieras internacionales del Gobierno republicano. Si el sabotaje bancario tuvo, como cabe suponer, intencionalidad estratégica para triturar la resistencia republicana, sus objetivos se malograron. Lo que no sabemos es si la había alentado el propio BOB o actuó a sugerencia de algún tercero (léase alguna agencia británica).

La crisis gubernamental la abordó Negrín prescindiendo de Prieto y asumiendo él mismo la cartera de Defensa Nacional. Redujo la presencia comunista (y no la eliminó del todo como había querido Stalin) y dio de nuevo entrada a la CNT en Instrucción Pública y Sanidad. El ministro de Justicia, Manuel de Irujo, permaneció por el PNV, pero sin cartera y formando un dúo con el incombustible Giral. El PSOE continuó siendo la columna vertebral del esfuerzo de resistencia.

En este panorama enrarecido, en el que Negrín dio a conocer los objetivos de guerra (“war aims”) de la República en sus famosos “13 puntos”, cabe situar lo que cabe caracterizar como una traición de la Generalitat y del PNV. Por no hablar de una puñalada trapera que pudo tener efectos mortales.  Se desarrolló en dos etapas. La primera es la más conocida.

Catalanes y vascos presentaron a finales de junio de 1938 sendos memorándos en los ministerios de Negocios Extranjeros de París y Londres. En ellos reflejaron sus aspiraciones. Anunciaron que también se les unían los nacionalistas gallegos. Todos se comprometían, dijeron, a tratar de persuadir al Gobierno para que aceptara, entre otros, los siguientes aspectos:

  • Un proyecto británico de retirada de fuerzas extranjeras que había atravesado por diversas modalidades e incidencias y que estaba a punto de aprobarse en el Comité de No Intervención londinense.
  • Cualquier plan que condujera a un cese de las hostilidades.
  • Un acuerdo que impidiese los refuerzos de los frentes y que estableciera zonas de demarcación en las cuales pudiera concentrarse la población no combatiente.
  • El nombramiento de árbitros internacionales para supervisar y garantizar el canje de prisioneros y la prevención de represalias.

Se trataba de temas que habían aflorado de alguna u otra manera en las discusiones públicas en la escena internacional. Su alcance era diferente. Los puntos 1, 3 y 4 eran de naturaleza más bien operativa. El 2 era diferente porque atañía al meollo de la cuestión: ¿cómo terminar la guerra? Es algo que había obsesionado a numerosos políticos republicanos de puertas adentro y lo único que se divisaban eran tres posibilidades: la rendición pura y simple; la mediación internacional o continuar la resistencia. La primera era todavía inconcebible para muchos. La segunda es algo que se había intentado sin el menor resultado. La tercera era la preferida de Negrín, de los anarquistas, del PCE y de numerosos cuadros socialistas y del Ejército Popular.

La Generalitat y el Gobierno vasco (también asentado en Barcelona) aprovecharon, sin embargo, la presentación de sus memorándos para hacer valer cuatro reivindicaciones específicas:

  • Presencia propia en una conferencia de paz
  • Respeto por todas las partes que intervinieran en la misma a sus estatutos de autonomía.
  • Plebiscitos separados en cada territorio sobre la naturaleza de su futuro régimen político.
  • Desmilitarización del País Vasco y de Cataluña.

Los catalanes vocearon su preocupación por el establecimiento de la autonomía gallega, que eliminaría el riesgo de que sus rías y puertos “pudieran utilizarse como bases de operaciones navales que amenazasen las rutas marítimas atlánticas”.

Tales añadidos, todos de gran calado estratégico y político, merecen un análisis pormenorizado que dejo para el siguiente post. Este no sería el de fin de año si no aprovechara la ocasión para expresar mi esperanza de que todos los amables lectores hayan tenido unas felices fiestas de Nochebuena y Navidad. Con el deseo de que repitan la experiencia en el próximo fin de año y que, dentro de lo que cabe, el 2018 les sea todo lo próspero que ambicionen. Será, previsiblemente, un año duro y a todos nos hará falta algo más sustancial que el regocijo al uso en estas fiestas.

Negrin y Cataluña (IV)

19 diciembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas 

Los “hechos de mayo” han tenido más fortuna en la literatura que en la realidad de 1937. Son incontables los libros y artículos que sobre ellos se han escrito. No exagero si afirmo que, proporcionalmente, han tenido más eco en la historiografía foránea que en la propiamente escrita en castellano. Como siempre, se trata de una valoración del pasado y percibida desde las necesidades del presente. Cuando el grueso de aquella historiografía escrita en otros idiomas se formó, batía la guerra fría y por supuesto intelectuales e historiadores a ambos lados del telón de acero se disputaron dónde estaban los “buenos” y dónde los “malos”. Así, para la corriente liderada por Gorkín y Bolloten (con innumerables seguidores) los “hechos” se interpretaron como una “guerra” dentro de la guerra civil y en la que vencieron los comunistas (con el supuesto deseo de apoderarse de todos los resortes del poder en la España republicana).

Esta interpretación, de gran éxito en el mundo de habla inglesa (impulsada, además, por San George Orwell) y alemana, afectó a Negrín. Se ignoró limpiamente que, en parte a consecuencia de tales hechos, Azaña no tardó en comprender que era Negrín y no Largo Caballero quién debía hacerse cargo de las riendas de la guerra. Este cambio no fue ni una imposición de Moscú ni del PCE. Sin embargo, todavía hoy en la dulce Francia, que va un poco a la zaga de la literatura sobre la guerra de España, es ahora cuando se ha traducido la obra cumbre de Bolloten. Calentará, sin duda, el corazoncito de todos los trotskistas francófonos de pro.

Menos fortuna ha tenido el análisis de las disfuncionalidades de los gobiernos anteriores. Se reconoce, desde luego, la ligada a que había sido el propio Largo Caballero quien asumió directamente la cartera de Guerra. Se ha puesto mucho menor énfasis en que, en una situación de confrontación bélica y en una economía poco compleja como era la española de la época, la distribución de competencias entre Hacienda y Comercio no había sido la más conveniente. También en este campo, como en el militar, era imprescindible la unidad de mando. La distinción administrativa y política entre generación de divisas y su aplicación a las adquisiciones en el exterior fue una medida poco afortunada.

La historiografía también ha rozado sin demasiada profundidad las disfuncionalidades resultantes en materia de compras y pagos de armas en el extranjero. En la senda de Gerald Howson, a quien siempre recuerdo con gran nostalgia, uno de mis antiguos doctorandos, Miguel Íñiguez Campos, presentó con gran éxito hace año y pico una tesis doctoral. Ahora está convirtiéndola en libro. En él abordará con masas de evidencia primaria relevante de época, española y extranjera, hasta qué punto el funcionamiento del triángulo Largo Caballero-Prieto-Negrín resultó ineficaz. Me atrevo a asegurar que no por desidia del último.

Entre septiembre de 1936 y abril de 1937 Negrín había comprobado con amargura que el reparto de competencias ministeriales no funcionaba. De aquí que cuando asumió la presidencia del Consejo el 17 de mayo de 1937 amplió Hacienda con Economía e hizo desaparecer la inoperante cartera de Comercio. También refundió Guerra, Aire y Marina junto con la Comisaría de Armamento en un Ministerio de Defensa Nacional, dirigido por Prieto. Su antiguo mentor se convirtió, a efectos operativos, en el zar de la guerra. Las carteras claves quedaron, pues, sólidamente en manos socialistas ya que Julián Zugazagoitia pasó a Gobernación. La medida de poner a Giral en Estado fue inteligente, pues tendía un puente entre Negrín y Azaña (cuya relación, sin embargo, no tardó en sufrir algún embate y no por culpa del primero). El ministro Jaume Ayguadé pasó a desempeñar la cartera de Trabajo y Previsión Social.

Negrín, en particular, no anduvo con contemplaciones a la hora de determinar la significación política de su Gobierno. La CNT/FAI planteó peticiones exageradas, por lo que simplemente prescindió de ella. Ahora bien, los comunistas habían solicitado su pedazo de carne: la prohibición del POUM.

Tras ello fue imposible impedir que en una operación relámpago, cuidadosamente planificada, la NKVD eliminase a Nin, el gran teórico de la victoria de la revolución casi como condición necesaria y suficiente para ganar la guerra. La imagen del nuevo presidente del Consejo quedó manchada imborrablemente, muy en particular en ciertos medios catalanes. Todavía hoy alguna que otra voz le acusa por no haber roto las relaciones diplomáticas con la URSS…

Negrín se encontró con una situación militar extremadamente difícil. Al mes de su toma de posesión, cayó Bilbao. Para contrarrestarlo, desplegó una gran actividad personal en el único foro internacional en el que se permitía hablar a la República. David Jorge ha estudiado en un libro brillante la lucha republicana en la Sociedad de Naciones. Incluso pensó en hacer un viaje a Moscú, que no llegó a realizar. En cuanto al taifismo residual en la zona centro, se barrió del mapa el Consejo de Aragón y con él la preeminencia anarcosindicalista sobre una porción del territorio.

La tendencia al fortalecimiento en el Gobierno de Valencia del poder político y de las palancas de la guerra despertó recelos en Cataluña. Fueron constantes a lo largo de 1937. Los puntos de fricción que se hicieron valer desde el primero se referían a la falta de cooperación para investigar casos de ocultación de oro y valores extranjeros, a la laxitud en la prohibición de su exportación ilegal (en lo que corrían rumores, apoyados por informaciones que llegaban a Negrín, de que ciertos políticos catalanes tenían interés) y las sempiternas dificultades con las industrias de guerra. La Generalitat, a su vez, no fue remisa en apuntar agravios: desconsideración hacia Companys, actuaciones sentidas como violaciones del Estatuto, disposiciones sobre el comercio exterior, deudas no saldadas, quejas contra la censura, etc.

Quizá lo que fuese el meollo de la cuestión lo apuntó el conseller de Cultura, Carles Pi i Sunyer: la influencia de Cataluña en los años de paz había sido, en general, más o menos proporcional a su importancia en relación con el territorio. Al disminuir el republicano como consecuencia de las victorias franquistas aumentó en el resto que quedaba el peso del catalán. De aquí se pensaba que la influencia de las autoridades catalanas debería haberse incrementado. Lo que ocurría era, precisamente, lo contrario.

Esta argumentación traducía un claro localismo, aunque se reconociera que no era fácil romper la baraja. Lo que más preocupaba en los círculos catalanistas era lo que vendría después: ¿recobraría Cataluña su régimen propio aprobado por las Cortes republicanas? En esta y otras cuestiones el catalanismo estuvo dividido. Para muchos, pero no para todos, la República era mejor apuesta que la derrota o la rendición.

En el otoño el Gobierno se trasladó a Barcelona. Se ha discutido largo y tendido acerca de los motivos. Por documentación de origen comunista se sabe hoy que la situación en Cataluña tuvo un papel determinante. El traslado comenzó a finales de octubre de 1937 y concluyó un mes más tarde. El último en marcharse fue Prieto. La idea había ido cociéndose durante meses. Tenía ventajas e inconvenientes. Las primeras no eran obvias y las razones que las justificaban no se divulgaron. Los dos mayores inconvenientes fueron, sin embargo, muy visibles:

  • Reforzamiento del carácter peripatético del Gobierno
  • Impresión de que la República estaba contra las cuerdas.

Por lo que sabemos fueron dos los factores determinantes que más pesaron en el ánimo de Negrín. El primero la sospecha de que pudiera producirse una traición por parte catalanista. Fuera verdad (los soviéticos en tierras españolas enviaron numerosos informes a Moscú que así lo sugerían) o no, todo hace pensar que el presidente lo temía. Zugazagoitia, en sus memorias, destacó la necesidad de incorporar más plenamente a Cataluña a la guerra y de recortar las extralimitaciones de la Generalitat. El segundo factor fue el temor de que, tarde o temprano, pudiera producirse un corte entre Cataluña y el resto de la España republicana. Esto dejaría fuera del control gubernamental la esencial frontera con Francia.

No se subrayará lo suficiente este último aspecto. Era imprescindible prevenir tal posibilidad a la vez que tratar de forzar el envío de suministros militares desde Francia. A medida que el entorno internacional se degradaba, con las acometidas fascistas y los episodios de piratería en el Mediterráneo, en los círculos militares franceses empezó a cundir el temor a un próximo desplome de la resistencia republicana y al envalentonamiento que iba apoderándose de Mussolini. Para Negrín uno de sus objetivos fue siempre estimular este doble temor francés. El gobierno Chautemps se mostró crecientemente receptivo hacia finales de septiembre de 1937. Perder la frontera hubiese equivalido a perder la guerra de inmediato. El mismo Azaña era consciente de ello.

El PCE, sin embargo, estaba en contra. No entró a discutir las razones de Negrín, pero tampoco se pronunció públicamente por los cuatro motivos siguientes:

1º Debilitación del prestigio del Gobierno, tras la normalización y control ya conseguidos en la zona republicana

2º Impacto negativo al alejarse de los puntos vitales del país y de los frentes.

3º Baza a los adversarios internos (en un sector del PSOE, en la CNT/FAI, en el ilegalizado POUM) para que acentuasen sus críticas, dado que el Gobierno no podía explicar sus motivaciones verdaderas

4º Y, no en último término, posibilidad de exacerbación de los problemas con las autoridades catalanas.

No obstante, los comunistas se plegaron ante la amenaza de Negrín de plantear la cuestión de confianza. El traslado tuvo con todo, no conviene olvidarlo, algunos efectos positivos inmediatos. Son materia del próximo post, que por eso del calendario y del ritmo caerá en plenas vacaciones de Navidad. Confío en que ello no desaliente a los amables lectores.

(Continuará)

Negrín y Cataluña (III)

12 diciembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

En los dos posts anteriores he esquematizado brevemente la figura política de Negrín antes de la sublevación militar en julio de 1936 (sobre la que unos colegas y servidor diremos algo nuevo en un próximo libro ya en prensa) y su talante como ministro de Hacienda en el Gobierno de Largo Caballero. Ambos posts podrían haberse ampliado considerablemente (el tema, por ejemplo, del “oro de Moscú” que todavía agitan algunos en la más pura tradición franquista por el mundo cibernético da para mucho) pero no constituyen el meollo de esta pequeña serie. En el presente post abordaré muy esquemáticamente (con mis excusas a los expertos) los rasgos fundamentales que me parecen esenciales para entrar en materia y que delimitaron las pautas del comportamiento del profesor Juan Negrín.

El desplome del aparato estatal en la zona leal al Gobierno y los rápidos avances territoriales de los sublevados crearon una dificilísima situación para la conducción de la guerra. Es un tema bien conocido. No en vano operó como un toque de alarma el que toda la franja norte, de Vizcaya hasta las fronteras con Galicia, estuviera aislada del grueso de la zona republicana en el momento en que Largo Caballero asumió la presidencia del Consejo. Un mes más tarde, los rebeldes, alcanzada la unidad de mando el 1º de octubre (sobre la cual se ha escrito mucho, pero sin pesar sistemáticamente todos los factores en juego en la larga historiografía pro-franquista) estaban a las puertas de Madrid.

En tales circunstancias no sorprende lo más mínimo que la racionalidad económica que abanderaba Negrín chocase con frecuencia con la situación política. El lugar en donde, potencialmente, se jugaba a medio plazo el destino de la República era Cataluña. Lo avalaban tres factores: estaba, afortunadamente, en la retaguardia; tenía la condición de ser el único territorio fronterizo con pasos francos hacia el país vecino y disponía de una, para la época, importante capacidad industrial. Por el contrario, la aportación del Norte podía, prácticamente, descontarse. Los envíos habían de realizarse o bien por tierra a través de Francia o por vía marítima. Las circunstancias no eran demasiado propicias en ninguno de ambos casos.

Ahora bien, no extrañará lo más mínimo que la Generalitat se colapsara al igual que el aparato del Gobierno central, durante los cruciales meses iniciales. La autoridad se vio inerme en un contexto en el que el poder efectivo florecía de las bocas de los mosquetones. Apareció un fenómeno revolucionario que continúa inspirando a todo antisistema de pro, en España y fuera de España (¿hemos de recordar al Enzensberger del corto verano de la anarquía?). Como en la región Centro llevó cierto tiempo restablecer un semblante de autoridad capaz de asumir las responsabilidades no tanto para luchar en el frente (las milicias nunca consiguieron penetrar demasiado en Aragón) sino para abordar una tarea menos exaltante: la de proporcionar recursos y elementos que permitieran potenciar la capacidad de combate allí donde efectivamente se combatía.

Los principales desafíos se advirtieron pronto. Son sobradamente conocidos y han sido estudiados ad nauseam. Había que construir (y no solo reconvertir) una administración para la guerra. En segundo lugar, era preciso reestructurar radicalmente el aparato productivo, sobre todo el industrial, y reorientarlo hacia el esfuerzo bélico. En tercer lugar, era imprescindible disciplinar las corrientes comerciales con el exterior con el fin de canalizar sus aportaciones hacia el sector militar de la economía.

Este triple desafío se vio cortocircuitado. Las variopintas fuerzas políticas y sindicales divisaron en la nueva situación la posibilidad no solo de hacer la revolución que, según Orwell, tanto le impresionó sino de sobrepasar las competencias estatutarias. El Gobierno central no estaba en condiciones de imponerse (que no tardó demasiado en evacuar Madrid, por si las moscas). La situación en Cataluña, y en particular sus implicaciones “antisistémicas”, reforzaron los prejuicios de los diplomáticos británicos in situ, liderados por un exaltado cónsul general cuyos despachos causaron un daño a la República imposible de reparar. La exultante “revolución” se convirtió en susto y rabia hoy inimaginables para el Gobierno de Londres.

Al cabo de dos meses se suprimió el Comité Central de Milicias Antifascistas y apareció un remedo de gobierno con la constitución de un nuevo Consejo de la Generalitat y la creación de un Consejo de Economía. Con la industria desorganizada y atenazada por las incautaciones y las colectivizaciones, con los propietarios y cuadros técnicos amedrentados y, en ocasiones, en fuga o liquidados pura y simplemente era difícil que la mejora se tradujese rápidamente en contribuciones al combate.

Los historiadores y economistas catalanes, sin ocultar las dificultades, presentan por lo general un panorama relativamente positivo de estas contribuciones.  Yo confieso estar influido por los análisis e informaciones del consejero comercial y económico soviético Artur Stajewski, cuyos telegramas y despachos consulté hace muchos años en Moscú.

Se trata de un personaje injustamente olvidado. Cuando se le menciona, suele caracterizársele como el negro inspirador de Negrín. No fue así. Para los últimos meses de 1936 y principios de 1937 lo que aparece en sus despachos es una realidad caótica, a una distancia sideral con las disposiciones legales, una inagotable y extenuante confrontación política y sindical y, no en último término, débiles niveles de producción. El deseo de realizar operaciones económicas con países extranjeros, la apropiación de una buena parte de lo producido y una gran desconfianza -cuando no clara hostilidad- hacia el gobierno de Valencia fueron rasgos permanentes.

Un episodio revelado y mal interpretado por un par de guerreros de la guerra fría (Ronald Radosh y Mary Habeck) es ilustrativo. En diciembre de 1936 el conseller de Economía, el cenetista Joan P. Fábregas, quiso importar carbón desde el Reino Unido. Como no había divisas para pagarlo, pensó en obtener una garantía soviética. La compensaría, afirmó, con la fabricación de locomotoras y motores diésel. Los soviéticos replicaron que lo que tenía que hacer era solicitar al Ministerio de Hacienda la autorización para obtener las divisas. Sin necesidad de subrayar la estupidez de la propuesta lo cierto es que llovía sobre mojado.

Mencionaré otro episodio. A finales de octubre o principios de noviembre de 1936 la Generalitat quiso comprar a la URSS materias primas tales como cobre, manganeso, níquel, wolframio, cinc, antimonio, cianuro de potasio y sosa. No sé si había consultado con los ministros competentes (Negrín, de Gracia o López), pero sí que nada menos que el Politburó decidió rechazar la propuesta. Autorizó en cambio la exportación de los productos designados por el Gobierno de Valencia y cuya financiación correría a cargo de los rusos.

Un tercer ejemplo. Los ministros Joan García Oliver y Federica Montseny y el secretario general de la CNT Mariano R. Vázquez se entrevistaron con Stajewski. Este les preguntó sobre lo que pensaban hacer en cuanto a producción industrial para la guerra, ya que no existían planes coordinados. La respuesta fue que estaban a favor de ellos siempre y cuando un cierto porcentaje de la producción se quedara en Barcelona. Añadiré que lo que subyacía era la idea de que hiciera o no hiciese falta.

¿Resultados? No se aprovechaba suficientemente el potencial catalán ni para el combate ni para cubrir las necesidades de la población. Este fue un veredicto que Prieto y Negrín compartieron con Stajewski. Viajaron a Barcelona con el fin de organizar una comisión paritaria que analizase lo que había ocurrido desde julio. Poco a poco fueron acercándose posiciones. Es un tema interesante, pero en el que no es posible entrar aquí. También se lograron avances en coordinación de la política de divisas, siempre con grandes dificultades. Negrín accedió a suministrar ciertos montantes a la Generalitat o a reembolsar pagos por importaciones.

Los desencuentros más acusados se presentaron en el terreno de la coordinación de la producción de material de guerra. Fugazmente aparecieron tendencias en favor de la creación de un ejército catalán, quizá en remedo del autoproclamado “Ejército de Euzkadi”. Ahora bien, lo que pudo hacerse, más o menos figurativamente, en una región aislada de los teatros de operaciones como era el norte, hubiese debilitado considerablemente la capacidad política del Gobierno central de haberse llevado a cabo en Cataluña.

En la documentación sobre estas y otras querellas destaca la relativa a una reunión de consellers con Negrín y Prieto. Entre los primeros figuraban Tarradellas, Abad de Santillán y Comorera.  La actitud del cónsul soviético, Vladimir Antonov-Ovseenko, enfureció a Negrín quien le acusó de ser “más catalán que los catalanes”. La áspera réplica fue que él era “un revolucionario, no un burócrata”. Negrín amenazó entonces con dimitir y añadió, medio en broma, que el Gobierno podía luchar también contra los vascos y los catalanes, pero no contra la URSS.

Este episodio fue muy trascendente. El Politburó moscovita reprobó oficialmente y con toda dureza al cónsul, algo bastante notable y, por lo que sé, poco frecuente. En aquella época una censura a tan alto nivel podía preludiar las más serias consecuencias. Por su parte, Negrín logró asegurarse el control, gracias a los Carabineros, de la frontera franco-catalana.

Como si danzasen en la cubierta del Titanic, la demediada Generalitat y el angustiado Gobierno de Valencia se vieron afectados por los denominados hechos de mayo. Vista la impotencia de la primera en ahogar la mini-sublevación anarquista/poumista el segundo rescató las responsabilidades en materia de orden público y apagó sin la menor vacilación unos encontronazos mitificados hasta hoy en la literatura.

(Continuará)

Negrín y Cataluña (II)

5 diciembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

A Negrín la sublevación de los militares le sorprendió tanto como a la inmensa mayoría de los políticos republicanos. No se ha encontrado constancia alguna de que tuviese ninguna premonición especial. Es cierto que en las alturas del Gobierno algunos ministros no las tenían todas consigo y que, por ejemplo, en el PSOE Indalecio Prieto, entre otros, había dado un toque de alarma de vez en cuando. Incluso, con presciencia, había llamado la atención sobre la esfinge en que parecía haberse convertido el general Francisco Franco. En cualquier caso, la sublevación estalló. En mes y medio había ganado tanto terreno y atraído, de grado o por fuerza, a tantos españoles de a pie que el débil Gobierno Giral que había hecho frente a la misma no era sostenible.

En septiembre el presidente de la República, Manuel Azaña, se rindió a la evidencia de que era imprescindible incorporar al Gobierno el más amplio haz de fuerzas políticas.  El nuevo presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero, líder del PSOE, formó un gabinete en el que estaban representados casi todos los sectores leales a la República, incluyendo los comunistas. Los anarcosindicalistas declinaron participar. Los catalanes, por la vía de ERC, participaron a través de José Tomás Piera al que se le atribuyó la cartera de Trabajo, Sanidad y Previsión Social.  En esta dinámica, Largo Caballero -que mantuvo a Giral como ministro sin cartera- no pudo prescindir de su principal contrincante en el seno del PSOE, Indalecio Prieto, quien asumió las responsabilidades de Marina que se ampliaron también a Aire.

Con Prieto entró Negrín. Su competencia en temas económicos y hacendísticos y sus contactos exteriores fueron, sin duda, factores adicionales que indujeron su nombramiento como ministro de Hacienda. No fueron los únicos. Negrín había mostrado su lealtad al PSOE y a sus dirigentes tras la malhadada “revolución de octubre”. Es cierto que también había destacado como integrante de la corriente prietista, pero no había cortado lazos con los caballeristas.

La cartera de Hacienda no era, todo hay que decirlo, ninguna sinecura. Las hostilidades habían descoyuntado en mes y medio el aparato productivo y la dotación de recursos económicos españoles. Ambos quedaron divididos por nuevas fronteras impuestas por las armas. En estas condiciones de inmensa dislocación, pasar de una economía de paz a otra de guerra era un desafío sin precedentes en la historia española y para el cual los maltrechos cuadros administrativos estaban muy mal pertrechados.

Negrín contaba, eso sí, con armas poderosas. También las había tenido su predecesor, el profesor Enrique Ramos, de Izquierda Republicana. Las había utilizado tímidamente. En la panoplia figuraba en primer lugar el control del Banco de España, entonces una sociedad anónima privada, pero con una especial relación con el Estado que le había otorgado el derecho de emisión de billetes en exclusiva. No era una figura jurídica exclusiva. La misma se daba en otros países. En segundo término, el Gobierno a través del Ministerio de Hacienda tenía acceso a las reservas metálicas de la entidad. Por último, por mediación del Centro Oficial de Contratación de Moneda dicho Ministerio ejercía la supervisión y el control de las relaciones financieras con el exterior. Los mecanismos habían funcionado con corrección en los años anteriores y su manejo se hacía, afortunadamente, en Madrid. Tampoco en ello España difería en lo sustancial de otros países que practicaban igualmente tal tipo de políticas en las condiciones de depresión internacional de los años treinta.

El nuevo ministro se empleó a fondo en la utilización de las tres armas e imprimió en su manejo una dinámica acorde con la marcha de la guerra. No tenía, en cambio, competencias en materia de comercio exterior. La cartera de Industria y Comercio fue a parar a otro socialista, Anastasio de Gracia. Cuando Largo Caballero remodeló el gobierno, el 4 de noviembre, para dar entrada a los anarquistas, los temas comerciales pasaron a Juan López Sánchez.  Dos catalanes, Joan García Oliver y Federica Montseny, también cenetistas, asumieron Justicia y Sanidad.   De Gracia se hizo cargo de Trabajo y Previsión Social y ERC quedó representada por Jaume Ayguadé i Miró, sin cartera.

La estrategia que Negrín rápidamente puso en práctica puede resumirse con brevedad como sigue:

  1. Fortalecimiento del aparato funcionarial que de él dependía.
  2. Recuperación del control sobre la regulación de las actividades económicas y financieras.
  3. Atención a las necesidades que en ambos planos imponía la contienda.

Como científico metódico y sistemático, el lema de Negrín estribó siempre, desde el primer momento, en asignar a la guerra como prioridad absoluta los recursos escasos. Si la guerra se perdía, adiós a la República y a sus sueños. Esta fue una constante en el pensamiento de Negrín, desde el principio hasta el amargo final.

De este postulado (evidente para la nueva fuerza política de masas en que se convirtieron los comunistas, como ha analizado Fernando Hernández Sánchez) se derivaba automáticamente la imprescindibilidad del fortalecimiento de la autoridad del Estado. Esto era algo a lo que numerosos representantes de partidos y sindicatos rendían pleitesía retóricamente. La vida diaria de Negrín, sin embargo, estuvo confrontada con la necesidad de hacer frente a un inmenso caos, al taifismo y a la disgregación en la toma de decisiones.

Era intolerable, por ejemplo, que la gestión de la frontera franco-catalana permaneciese en manos anarquistas. Los vitales contactos por tierra con el exterior se veían sometidos a las veleidades de jefes e incluso jefecillos locales de la CNT/FAI. De aquí el fortalecimiento de los Carabineros como cuerpo de élite, que terminaron provistos de las mejores armas ligeras que Negrín pudo adquirir en Francia gracias a los buenos oficios de su colega francés de Hacienda Vincent Auriol.

También era injustificable que el Gobierno, ya fuese en Madrid o luego en Valencia, no pudiese reforzar los controles de exportación de divisas o que no centralizara los activos en moneda extranjera. Si en los años de paz la República había dispuesto de un aparato normativo sumamente restrictivo, ¿cómo permitir que se fuese al garete en una situación de guerra abierta? El raudal de decretos y órdenes ministeriales que vertió sobre la Gaceta ha de verse en esta perspectiva. Algunos consiguieron ser efectivos. Otros no.

¿Qué hacer con los recursos fungibles propiedad de quienes se habían levantado en armas? ¿Iban a mantenerse muertos, ocultos en los bancos, sin prestar su contribución a la defensa del régimen? De aquí la creación de la Caja de Reparaciones que estudió en su momento Glicerio Sánchez Recio.

En alguno de mis libros he abordado las nuevas medidas que adoptó el ministro de Hacienda. También he cuantificado varios de sus resultados. Las más importantes y discutidas estribaron en poner a salvo las reservas metálicas trasladándolas a los polvorines de La Algameca, radicados en Cartagena, intensificar los envíos a Francia que ya había iniciado Ramos y, sobre todo, enviar casi las tres cuartas partes del total a Moscú, previa discusión y autorización del Gobierno. Algo que la historiografía antinegrinista nunca reconoció. Y, si se me apura, sigue sin reconocer.

Lo que Negrín hizo fueron ejemplos de un tipo de racionalidad económica como la que demostraron los británicos al encarar la guerra europea cuatro años más tarde y que llevaron al límite en un ejercicio sin precedentes en el Reino Unido de subordinación de la economía a las necesidades de la contienda. En qué medida el nuevo ministro estuvo influido por sus experiencias en Alemania al comienzo del primer conflicto mundial no está documentado, pero hubo de tener algún impacto. Negrín y su familia no abandonaron dicho país hasta octubre de 1915, cuando el bloqueo aliado ya mordía duramente entre la población.

Ciertamente Negrín se vio apoyado en su tarea inicial por varios altos funcionarios con experiencia en lo que se refería a la regulación de las relaciones económicas y financieras con el exterior. Pero también había sido el caso de su antecesor y que se había mostrado mucho menos enérgico y orientado en su corta etapa de gestión.

Mientras tanto, y no se subrayará lo suficiente, el desplome del aparato estatal y los rápidos avances territoriales de los sublevados habían creado una dificilísima situación para la conducción de la guerra. Toda la franja norte, de Vizcaya hasta las fronteras con Galicia, había quedado aislada en el momento en que Largo Caballero asumió la presidencia del Consejo. Un mes más tarde, los rebeldes, alcanzada rápidamente la unidad de mando, estaban casi a las puertas de Madrid. Llegaba el momento de decisiones fundamentales, muy estudiadas en el plano militar. Hubo otros.

 

(Continuará).

Negrín y Cataluña (I)

28 noviembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

En la Biblioteca Central de la Universidad de Valencia se ha estado exhibiendo una exposición sobre la biblioteca particular que Juan Negrín conservó en París, ciudad en la que vivió de 1946 a 1956 tras su regreso de Londres. La selección de los libros que integran la exposición ha corrido a cargo del profesor Salvador Albiñana, que ha procurado representar en ella los múltiples intereses intelectuales del polifacético hombre de Estado. No es este el momento de abordar los significados de los libros representados, entre los que abundan varios de los publicados por la famosa Editorial España que Negrín fundó junto con Luis Araquistaín y Julio Álvarez del Vayo a finales de los años veinte. Sí quiero señalar que, para celebrar el cierre de la exposición, la Universidad de Valencia me  había invitado el pasado mes de mayo a dar una conferencia conmemorativa. Cumplí el encargo y elegí como tema de la misma la relación que Negrín tuvo con Cataluña durante la guerra civil. La conferencia se publicará, espero, en la red de la Universidad. Sin embargo, teniendo en cuenta que el contenido podría interesar tal vez a los amables lectores que me hacen el honor de seguir este blog, y el hecho de que el tema catalán haya ocupado un lugar central en la política y discusiones del presente, voy a tratar de ampliarla, siquiera sea un pelín, en este y en los próximos posts. Innecesario es señalar que tanto una como otros se aferran a la máxima que aspiro a poner en términos operativos de que la historia no se escribe con mitos. Ni para la derecha, ni para la izquierda. Todavía no he podido, ni querido, apearme del burro de que los valores de la Ilustración siguen teniendo vigencia, incluso en estos tiempos de mentiras, fake news y populismos baratos. En el presente post recordaré algunos rasgos de Juan Negrín que me parecen imprescindibles para comprender los siguientes.

El catedrático de Fisiología de la Universidad Central profesor Juan Negrín López empezó a entrar en la historia política de España con su afiliación al PSOE en abril de 1929. Confirmó su entrada, con letras algo mayores, cuando fue elegido diputado a las Cortes constituyentes por la circunscripción de Las Palmas en junio de 1931. Dio un salto cualitativo en 1936 al asumir en la guerra civil la cartera de Hacienda. Llegó a su cota más alta al convertirse en mayo de 1937 en presidente del Consejo de Ministros. Encarnó la legalidad republicana en el exilio hasta 1945, cuando una conspiración de corte palaciego le precipitó en el abismo. En 1946 fue expulsado del PSOE, con tres docenas de sus compañeros, en circunstancias poco claras. Murió en París, en el exilio, en 1956. En la casa en que habitó el Ayuntamiento parisino colocó una placa conmemorativa que refleja este hecho. El 4 de febrero de 2008 me correspondió el honor de presenciar el acto en compañía de su nieta Carmen Negrín, del embajador de España Francisco Villar, del presidente de la Fundación Juan Negrín de Las Palmas, José A. Medina y de Gabriel Jackson, entre muchos otros.

No ha habido político alguno en el siglo XX más denostado y vilipendiado que Negrín. Lo fue por compañeros de su propio partido. Lo fue por representantes de un amplio abanico de fuerzas políticas que abarcan desde franquistas y neofranquistas a anarcosindicalistas, desde ciertos sectores comunistas a los trotskistas o semitrotskistas. Desde liberales de pro a gentes e intelectuales sin partido. Es más, lo fue durante muchos, muchos años. Sin embargo, y tras un largo silencio, en julio de 2008, en el 37 Congreso Federal del PSOE, fue rehabilitado con todos los honores y readmitido a la militancia a título póstumo junto con los compañeros que con él fueron expulsados. Carmen Negrín recogió el carnet que así lo atestiguaba.

Los archivos que su nieta donó en parte, digitalizados, al Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca y en su totalidad, digitalizados y en papel a la Fundación que lleva el nombre del político canario a Las Palmas de Gran Canaria, constituyen una fuente inagotable de información. Está por ver si la familia de su gran contrincante, el general Francisco Franco, hace lo propio con los papeles que, al parecer, nunca llegaron a la FNFF. Por lo demás no deja de tener bemoles que los papeles de Stalin sean hoy consultables en Moscú, incluso en lo que se refiere a los aspectos más sórdidos de su dictadura y no los de su homólogo español. Paradojas…

Toda una pléyade de historiadores, españoles y extranjeros (empezando por Juan Marichal, Manuel Tuñón de Lara, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Josep Puigsech, Herbert R. Southworth, Paul Preston, Helen Graham, Gabriel Jackson y un largo etcétera entre quienes también figura servidor) han defendido a Negrín. Todos se han batido a lo largo del tiempo contra una tradición que encabezaron las grandes luminarias de la historiografía franquista desde sus comienzos y que en el extranjero abanderó Burnett Bolloten, tras abandonar sus veleidades procomunistas. En esta línea le han seguido con denuedo Stanley G. Payne y numerosos historiadores de lengua inglesa, francesa y alemana. No puedo dejar de mencionar al gran prohombre, mitógrafo y encendido valedor de SEJE que fue Ricardo de la Cierva, de quien algo diremos en un próximo libro que he escrito con varios colegas.

La historiografía basada en fuentes primarias ha dado un mentís a los detractores de Negrín. Como ya señaló el New York Times en un artículo necrológico, el catedrático de Fisiología y expresidente del Consejo de Ministros nunca tuvo nada que temer de la historia.

En esta serie de posts me centraré solo en un aspecto de su compleja personalidad: los rasgos esenciales de su relación con Cataluña durante la guerra civil. En ella manifestó un patriotismo sin mácula y una voluntad de resistencia que no tuvieron sus críticos.

Es más que verosímil que este patriotismo fuese debido a la conjunción de dos factores ambientales: el primero su condición de canario alejado de la Península en su niñez, juventud y adolescencia; el segundo, su larga estancia en el extranjero, en la Alemania guillermina, a la que llegó para estudiar medicina cuando era un chavalito de 14 años. Fue en Alemania donde se doctoró en Medicina, se casó con una joven de origen ruso y empezó su vida profesional, empezando como tantos otros -incluso servidor- a trabajar como ayudante en la Universidad.

En resumidas cuentas: la formación académica, profesional y humana de Negrín tuvo lugar en el extranjero. Polifacético, políglota y científico, es un caso absolutamente único, por lo que sé, entre los presidentes del Gobierno españoles. Tampoco, todo hay que decirlo, eran frecuentes tales características entre sus colegas extranjeros de la época. Para introducir el tema de esta serie me parece imprescindible hacer una breve presentación de los comienzos de su carrera política.

En la primera legislatura republicana, de 1931 a 1933, Negrín no tuvo ningún cargo parlamentario de relieve. Fue elegido como uno de los cinco miembros de la comisión directiva del grupo socialista. Representó al PSOE en las comisiones de Estado, Hacienda y Presupuestos.

Su adscripción a tales comisiones se explica fácilmente. Hablaba idiomas, varios y bien. Su fuerte eran el alemán y el francés, pero también se manejaba en inglés, en italiano y en ruso. Más tarde aprendió, mejor o peor, otros. Su curiosidad lingüística fue insaciable. Parece obvio que en las circunstancias de los años treinta en España, esto era algo más que notable. Que formara parte de la comisión de lo que en la actualidad se denomina de Asuntos Exteriores resultaba lógico. También había estudiado Economía, sin llegar a graduarse. Esto no era tan raro como pudo parecer durante muchos años en España. La universidad alemana de la época se guiaba por los principios que había enunciado Humboldt. Los estudiantes gozaban de plena libertad para configurar su plan de estudio aunque es verosímil que el de Medicina se atuviera a un patrón preciso. Dado el carácter de las enseñanzas de Economía en la Alemania de su época, Negrín tuvo que sumergirse por fuerza en la historia económica, la hacienda pública y la sociología. Siempre con un sesgo historicista, que era absolutamente dominante. Su incorporación a la comisión de Hacienda también era lógico. Y, naturalmente, en un partido como el socialista de aquella época en el cual sus exponentes más notorios eran juristas, un diputado como él podía desempeñar también un papel importante en la comisión de Presupuestos. En esta, aparte de los temas propios, se veían otros como los de la sanidad y educación para los cuales el flamante diputado canario estaba más que cualificado.  No participó en la limitada Comisión Mixta del Estatuto de Cataluña ni en la de Traspasos de competencias a la Generalitat, pero sí cabe suponer que un diputado disciplinado, trabajador, sistemático y con gran capacidad de análisis tomaría plena conciencia de los desiderata catalanes y, en general, de la problemática de la inserción de la Generalitat y sus futuras competencias en el marco jurídico y político general de España.

Negrín logró labrarse en las Cortes republicanas una buena reputación en los ámbitos de su competencia profesional. Viajó por diversos países, participó en reuniones internacionales y estableció contactos con políticos y correligionarios extranjeros. En particular, con los franceses. Su amistad con figuras relevantes de entre los socialistas del país vecino, sobre todo con Vincent Auriol y Jules Moch, data de aquellos años. Tuvo consecuencias para su gestión política ulterior e incluso para la evolución de la española en los años sucesivos.

 (Continuará)

La “realidad” política de la oposición en España durante el franquismo según algunas de sus fuentes más entrañables

21 noviembre, 2017 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace ya tiempo que debería haber escrito este post. Se lo debo a un amigo, compañero y colega de tribulaciones. Lo he ido dejando seducido por varias series que exigían tratamientos un tanto alargados. Ahora, que ya he terminado la serie sobre Companys, y antes de empezar otra, todavía no prefigurada, cumplo con aquella obligación. Aseguro a mis amables lectores que “disfrutarán”, caso de seguir mis recomendaciones. 

Juan José del Águila es un investigador dedicado a ir sacando evidencia que ponga de manifiesto la realidad policial de la España de Franco. Lo conocí gracias a un libro suyo sobre el famoso Tribunal de Orden Público que me produjo un gran impacto. Jurista de formación, defensor de acusados ante el mismo, magistrado jubilado, en vez de dedicarse a jugar al golf o pasear a los nietos hace, en su especialidad, lo que quien esto escribe hace en la suya: escribir y dar a la luz trabajos rígidamente basados en EPRE, es decir, en evidencia documental relevante de época. No puedo por menos de confesar que muchas de sus investigaciones han alumbrado mis trabajos. Siempre que ha sido necesario, me he basado en ellos aprovechando el principio de las ventajas comparativas. ¿Para qué hacer lo que otro ya hace bien?

En el estudio de la represión franquista, Juanjo del Águila me lleva una distancia sideral. Es jurista, yo no. Ha actuado como defensor de acusados y condenados políticos. A mi no se me hubiese podido ocurrir. Nos une, sin embargo, un compromiso común: no hay que olvidar el pasado, hay que trabajarlo, es preciso poner al descubierto sus aristas más bravas. Ambos coincidimos en un cierto perfeccionismo. Su libro sobre el TOP adolecía de una carencia que le pareció intolerable. No se había basado sobre todas las sentencias emitidas por dicho organismo. Ha seguido, pues, en la brecha hasta que ha colmado dicha laguna. Mi próximo libro, escrito con tres colegas y que ya voy anunciando, también responde al mismo propósito: si hay agujeros en la argumentación, es necesario cerrarlos tan pronto como sea posible.

En sus pesquisas Juanjo dio con la colección casi completa de Boletines de Información de la Brigada Político-Social franquista y los de su antecesora. ¿Qué creen los amables lectores que se le ocurrió? Pues ni más ni menos que ponerlos a disposición de todos los interesados en su blog. Ahí, al alcance de cualquier click de ratón, se encuentran algunos de los documentos más dramáticos y más secretos del mundo policial franquista.

Compárese esta forma de proceder con la de nuestro bienaventurado Ministerio del Interior al preparar una historia del mismo, encargada a dos funcionarios y de la que ya me he hecho eco en este mismo blog. En tal historia -ciertamente desde los orígenes de la institución- apenas si se menciona la BPS.

Si algún día los archivos de Interior fuesen accesibles en su totalidad, como suele ocurrir en los países de nuestro entorno, con las limitaciones fijadas por disposiciones en general claras, sería posible reconstruir las actividades de dicha brigada. Mientras ello ocurre, la mejor forma de acercarse a su mundo ideológico y su percepción de las “fuerzas oscuras” que pretendían subvertir un régimen supuestamente católico, social, regeneracionista (Stanley G. Payne dixit) y de derecho estriba en acudir a los boletines de información de la misma.

El lector puede encontrarlos en el blog Justicia y dictadura de Juan José del Águila:

https://justiciaydictadura.wordpress.com/2017/04/18/relacion-provisional-de-los-boletines-informativos-de-la-brigada-politico-social-bps-que-actualmente-estan-en-el-archivo-privado-de-juan-jose-del-aguila/

Son de fácil consulta. También verán los lectores que el eximio “historiador” de las izquierdas españolas, el comisario Eduardo Comín Colomer, algunas de cuyas obras son textos absolutamente impagables, fue responsable de los boletines previos, denominados algo más que candorosamente de “Información Antimarxista”. Curiosamente, los primeros datan de 1938. Dado que fue en este año cuando la flamante policía política del “nuevo Estado” empezó a recibir colaboración técnica de expertos tan destacados y entregados como los de la Gestapo y de las SS es verosímil -aunque no está del todo probado- que el input nacionalsocialista tuviera algo que ver con la introducción de tan moderna práctica.

Tampoco conviene olvidar que tras el fallecimiento del ministro responsable de inicial tal colaboración, el nunca olvidado general Severiano Martínez Anido, de amarga memoria, quien le sucedió en el cargo, amalgamado ya con el de ministro de Gobernación, fue el cuñado de SEJE, don Ramón Serrano Suñer. Que yo sepa, jamás dedicó un artículo, y ni siquiera una línea, a lo mucho que se aprovechó de tales responsabilidades. Caso único en la historia: un ministro al frente de un Ministerio encargado de la represión que no dice una palabrita de lo mucho que, sin duda, aprendería y que indudablemente no figuraba en el temario de las oposiciones que hizo al Cuerpo de Abogados del Estado.

Juan José del Águila se lo ha puesto fácil a los lectores. Los boletines, en torno a una cincuentena, están reproducidos íntegramente y en el blog puede consultarse tanto su título como su contenido. Hay auténticas joyas.

Por lo demás, el blog cuenta con una completa biografía de su autor, desde sus más tiernos pasos por este valle de lágrimas, sin descuidar los lagrimones vertidos en la lucha antifranquista (lo que le valió un expediente que le obligó a cambiar de Universidad). También tuvo que enfrentarse a las delicias de un Consejo de Guerra y no dejó de probar la bondad de las prisiones de Franco.

Se trata, pues, de alguien que escribe con conocimiento de causa, que mezcla “práctica” con teoría y que ha escrito sucintas biografías de algunos de los represores más odiosos de la dictadura, como el inmarcesible coronel Eymar, de supertrístisima fama y que aparece en uno de los relatos de Alberto Méndez en Los girasoles ciegos. Conviene comparar la imagen que en dicho relato aparece con la de Eymar que ha trabajado Juanjo del Àguila.

Mi consejo: no dejen de echar un vistazo al blog y si se interesan por la clandestinidad durante el franquismo, vista con los fríos ojos de la policía política, descarguen los boletines. Con su publicación on line Juanjo del Àguila ha prestado un gran servicio a los estudiosos, que merece ser ampliamente conocido y reconocido.

Una forma de contextualizar el “Documento Companys”

14 noviembre, 2017 at 11:14 am

Ángel Viñas

El peso histórico de un solo documento, como el expuesto en los tres posts precedentes, no puede limitarse a un análisis crítico interno. Es preciso contextualizarlo. Esta es una labor tediosa que requiere ciertas habilidades por parte de quien lo haga. Puede tenerlas en el grado requerido o no. Cuando di clases en un master de Historia Contemporánea (guerra civil, franquismo) en la UCM hace varios años, una de las posibilidades que ofrecí a la hora de preparar el trabajo de fin de curso estribaba en hacer una crítica de ciertos documentos. Todavía recuerdo uno que me impresionó poderosamente hace casi cuarenta años cuando lo descubrí: una carta del ministro subsecretario de la Presidencia almirante Luis Carrero Blanco a su compañero el ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella sobre la relación con Estados Unidos. Databa, creo, de 1961 y me pareció absolutamente fundamental para abordar la comprensión que la dictadura tenía de sí misma y de su relación con la escena internacional. Los resultados de la contextualización que realizaron algunos asistentes difirieron entre sí. Lo normal. Con ello mostraron su capacidad relativa de quizá llegar a ser historiadores excelentes, buenos o simplemente normalitos.

 

Utilizaré el “documento Companys” para señalar cómo yo procedería si tuviese que escribir un artículo académico sobre el Consejo de Guerra y el fusilamiento del expresidente de la Generalitat. Advierto que no soy un experto en el tema y que no he leído demasiado sobre el caso. También que, obviamente, no tengo la menor intención de escribirlo.

Lo primero que haría sería tratar de encontrar la evidencia primaria de época conexa. Es decir, la documentación relacionada con el consejo de guerra que pueda encontrarse en los archivos relevantes. Estos no son numerosos. Lo normal es que se encuentren en Barcelona y en Madrid (o tal vez solo en Madrid, dada la significación de Companys).

Simultáneamente, porque el buscarla y encontrarla -si existe- puede llegar algún tiempo, examinaría la evidencia externa, es decir, la utilizada de cara al exterior de los círculos militares, a saber, noticias de prensa y eventuales declaraciones. Lo haría para fijar hechos en primer lugar y para no olvidar, en segundo término, las interpretaciones dadas en la época.

Una vez acumulado un cierto volumen de información que considerase suficiente lo ordenaría cronológica y temáticamente y ME PONDRÍA A ESCRIBIR. Es decir, haría un primer borrador basado en las fuentes localizadas hasta ese momento. No me preocuparía de las lagunas que subsistieran. Trataría de identificar el hilo conductor de los hechos y, por ende, del relato que tuviera en cuenta todos ellos.

En él las lagunas serían perceptibles. Probablemente existirían incongruencias, inconsistencias y saltos no explicados. Entonces, Y SOLO ENTONCES, sería el momento de comparar mi pre-relato con el existente en la bibliografía. Se presentarían discordancias, positivas y negativas. Positivas porque, si el documento no era conocido, nadie que hubiese escrito sobre el caso lo habría tenido en cuenta. Algo de cajón. Negativas porque en la literatura se habrían explorado datos conexos. La bibliografía existente colmaría verosímilmente muchas lagunas, pero no siempre en el sentido que se desprendiera del pre-relato.

Acomodar este pre-relato con los conocimientos disponibles en la literatura es una labor a la que no cabe renunciar. Forma parte integrante del proceso de contextualización de un determinado documento. Permite corroborar, o no, lo escrito por otros autores y al investigador apoyarlos o no.

Todo lo que antecede es fácilmente comprensible pero no agota las posibilidades que se abren al historiador. Es preciso definir los límites de la contextualización. Pueden ser más amplios o más estrechos. Los objetivos y criterios del investigador se revelan en tal delimitación. Conviene que los haga explícitos. En el caso que nos ocupa se me ocurren varios: ¿aclarar el “caso Companys” por sí mismo?, ¿hacer de él una ilustración, un ejemplo, de los procedimientos judiciales de la dictadura en 1940?, ¿o se quiere más bien demostrar la aplicación torticera de las bases “legales” de que se sirvieron los vencedores durante la guerra civil y después? Cabe abrir las puertas a comparaciones. ¿Hubo otros casos más o menos similares al de Companys?. ¿Qué similitudes y diferencias pueden apreciarse?

Tampoco cabe dejar de lado el “aprovechamiento” que la dictadura hizo del juicio y condena a muerte del expresidente de la Generalitat. ¿Qué fines se persiguieron? ¿Cuáles fueron las reacciones que suscitó? ¿Qué lecciones extrajo la historiografía subsiguiente? ¿Por qué se mitifió el caso Companys y no otros similares?

En este sentido, una comparación ineludible es el fusilamiento de varios destacados socialistas que comparten con Companys la condición de haber sido entregados por los nazis a las autoridades franquistas con la connivencia, en mayor o menor medida, de las autoridades de la Francia de Vichy. Siempre con la presencia de uno de los policías más siniestros de la ya por sí siniestra dictadura como fue el inspector Pedro Urraca Rendueles.

Algunos de los viejos empleados de la embajada de España en Bélgica todavía se acuerdan de él y de cuando estaba incrustado en ella para, se decía, vigilar al exilio español en este país. Hay una biografía sobre dicho personaje, pero que no he tenido la menor curiosidad por leer. Quizá contenga más datos sobre el consejo de guerra y no sería correcto por mi parte no darla a conocer por si alguien de quienes me hacen el honor de leer estos posts quisiera consultarla.

Es imposible no aludir, en cualquier caso, al consejo de guerra paralelo al que fueron sometidos, entre otros, Julián Zugazagoitia, director del periódico El Socialista, ministro de Gobernación en el primer Gobierno Negrín y secretario general de Defensa Nacional en el segundo y tercero. O su compañero periodista, y también socialista, Francisco Cruz Salido. Como es archisabido, ambos fueron fusilados, en tanto que otras personas que los acompañaron en el respectivo consejo de guerra fueron posteriormente indultadas. Aparte de que los tres fueron acusados de haberse rebelado en 1936 y de que los ejecutaron vilmente con un mes de diferencia, ¿cabría determinar algún elemento en común o discrepante entre los inicuos procesos que llevaron a la muerte a Zugazagoitia, Cruz Salido y Companys?

Todavía cabría hacer una contextualización más amplia a dos niveles.

El primero sería comparar la causa contra Companys con la seguida en otros casos de los que conocemos los pormenores y la atmósfera en que tuvo lugar el consejo de guerra correspondiente. Sin entrar en honduras, en las que el historiador puntilloso debería profundizar, me vienen a la memoria los recuerdos del profesor Nicolás Sánchez- Albornoz (Cárceles y exilios, Barcelona, Anagrama, 2012) sobre el consejo de guerra que lo juzgó junto con otros trece encartados el 12 de diciembre de 1945. Este distinguido historiador hace un recuento completo de sus proclamadas actividades delictivas, sus experiencias en la cárcel, sus recuerdos de otros prisioneros que fueron ejecutados y su propio consejo de guerra en el que los juzgadores no sintieron la necesidad de tomar nota. En su caso la petición del fiscal de tres años se dobló a seis. También compara Sánchez-Albornoz la actitud de su defensor (que hizo un alegato probablemente tan corto como el que se dio en el caso de Companys) con el amplio escrito presentado por otro en la causa seguida contra el cineasta Ricardo Muñoz Suay y otros miembros del PCE. Este defensor desmontó punto por punto la acusación del fiscal. Fue el teniente Emilio Andrés Méndez Vigo y me pregunto si no sería familia del actual Ministro de Educación y Cultura.

El segundo nivel estribaría en encajar el consejo de guerra seguido contra Companys en la dinámica y procedimientos en boga al final de la guerra. Sobre estos temas la bibliografía es ya muy abundante. Son numerosos los investigadores que han trabajado en tales ámbitos. Aquí no sería procedente enumerar ni siquiera los más importantes. Me permitiré mencionar dos trabajos de síntesis, disponibles en internet, a los cuales pueden acudir los lectores que así lo deseen. Se trata de los artículos de Francisco Moreno Gómez “La gran acción represiva de Franco que se quiere ocultar” y de Juan José del Àguila Torres “La represión política a través de la jurisdicción de guerra y sucesivas jurisdicciones especiales del franquismo” en el número 1 extraordinario de la revista Hispania Nova (http://e-revistas.uc3m.es/index.php/HISPNOV/index). Los amables lectores me perdonarán que haga honesta publicidad de dicho número, escrito con la intención que se describe en mi prólogo.

El caso Companys es uno de los más sobresalientes de la inmediata posguerra, pero no cabe olvidar que fue solo una de las puntas de un iceberg de dimensiones inconmensurables y que solo en los últimos años ha empezado a emerger. Son pocos los que salen con honor entre los acusadores y jueces. Son infinitamente más abundantes los que perecieron delante de pelotones de ejecución al amparo de una legislación (que databa en ocasiones como el Código de Justicia Militar de finales del siglo XIX) utilizada torticera e ilegítimamente en contra de quienes no quisieron someterse a la dictadura militar que empezó a erigirse en la España sublevada en julio 1936.

Innecesario es señalar que no se ha escrito todavía sobre aquellos polvos todo lo que puede y debe escribirse para situar historiográficamente todos los sucesivos lodos. En nuestra modestia, tres colegas de aventuras archivísticas y servidor nos hemos conjurado para aportar nuestro granito de arena a resituar alguno. El resultado de nuestras pesquisas aparecerá, según nos dice CRITICA, en la segunda mitad del mes de enero. En estas semanas estoy abrumado trabajando sobre el índice onomástico y analítico que espero facilite la lectura. Confiamos en que el público nos haga el honor de adquirir el mamotreto de casi 650 páginas. Algunos se sentirán defraudados. Es posible que la mayoría no albergue tal sentimiento.