UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (XI)

22 junio, 2021 at 8:30 am

OTRA REPRESENTACIÓN, PERO DESFIGURADA

Ángel Viñas

Empiezo ahora la segunda parte de la serie que me ha tenido ocupado en las últimas semanas. Confío en que el conjunto sea  útil a la hora de revelar cómo he enfocado y cabe enfocar el trabajo de historiador. Hay otras posibilidades, pero “cada maestrillo tiene su librillo”. Los amables lectores observarán que estos últimos posts tienen otro subtítulo. Se me ha ocurrido porque el 25 de mayo pasado me llegó un libro (aparecido tres semanas antes) que ha sido objeto desde su publicación de mucha alharaca y de notas en la prensa con frecuencia ditirámbicas. Al autor alguien (que no mencionaré) le ha atribuído tener alma de Heródoto o de Tucídides, afirmaciones realmente extraordinarias, como veremos. Si bien hay que felicitar a la editorial y a tan insigne historiador por la extensión e intensidad de tal campaña propagandística, me veo obligado a diferir radicalmente. Los temas que aborda el autor en cuestión  me son algo conocidos (aunque también entra en otros por los que no me he interesado particularmente). En lo que a mí se refiere el libro incorpora una “representación” un tanto, digamos, desfigurada (aunque otro calificativo más duro quizá sería más apropiado) de los antecedentes y comienzos de la guerra civil.

Se trata de la obra de un general de División retirado, exayudante de campo del rey Juan Carlos I, exgeneral jefe de una de las brigadas de la Legión, exjefe de tropas de Canarias y muchas otras cosas más. Probablemente camine algo inclinado cuando se vista de gala por tener que soportar el peso de las numerosas condecoraciones a las que se habrá hecho acreedor a lo largo de su dilatada y venturosa carrera. Es también nieto del general Fidel Dávila Arrondo, marqués de Dávila, que fue presidente de la Junta Técnica del Estado y general en jefe del Ejército del Norte en la guerra civil, entre muchas otras responsabilidades. Ha podido hacer uso en su libro de la documentación por él conservada. Debemos, pues, felicitarnos. En principio, si no recuerdo mal, no se había explorado.  El autor en cuestión se llama Rafael Dávila Álvarez.  

Así, vaya de entrada la expresión de mi agradecimiento  por haber dado a conocer a sus lectores y a los historiadores la existencia de esos papeles (aunque tengo la impresión de que quizá sean algo limitados, ¡ójala me equivoque!). Siempre he lamentado que todavía hoy tantos archivos privados permanezcan cerrados. ¡Cuánto mejor sería que se aireasen y pudieran consultarse en archivos públicos! En este caso permitirían una apreciación quizá algo diferente de la que hace el nieto.  

En el presente y en los próximos posts me limitaré a unas cuantas consideraciones esencialmente sobre los temas que han sido objeto de la presente serie, pero añadiré otro que ya ha surgido en el blog hace años. Se refiere a la destrucción de Gernika. Todos ellos reflejan la “representación” que el autor se hace de un pasado convulso. Adelanto ya que no escribe Historia. Simplemente, confunde “su” representación particular y lo que se desprende de lo investigado y sacado a la luz por multitud de historiadores, aunque no tengamos almas emulables con las de Heródoto o Tucídides.  

Ante todo,  un tirón de orejas a la editorial y al autor. Publicar hoy un libro sin índice de nombres (ya no hablo de índice analítico) es una muestra de falta de profesionalidad y de respeto a los lectores. Es también una trampa (saducea o no) porque dificulta considerablemente la lectura y un rápido abarcar del contenido del relato. Me siento en condiciones de dar tal tirón porque, que recuerde, ya desde mi primer libro, en 1974, todos los siguientes han contado con índices onomásticos y, hace ya muchos años, por lo general también analíticos.  Los hago yo mismo, con la vista puesta en los lectores.

El libro se descompone en cinco partes. Las tres primeras se titulan Rumbo a la tragedia, Verano épico y sangriento y Franco toma el mando. He leído hasta la página 145, de la 179 a la 194, de la 219 a la 225, de la 240 a la 246 y de la 253 a la 258. Me han bastado. Lo leído me suscita objeciones formales y de contenido. Entre las primeras, la idea (que quizá hayan insinuado al autor, pero que este habrá aceptado) de inventarse diálogos y conversaciones. Automáticamente devalúan la obra. No se necesitan.  Pueden reflejar (chi lo sà?) aspectos complejos. También pueden aligerar la lectura (para los menos aficionados a esta labor), pero no son sino un gimmick muy barato en un libro que pretende ser de historia. Huelen a periodismo de perra gorda.

Entre las objeciones de contenido es penoso (y explica el subtítulo) tener que leer en 2021 lo que el general Dávila Álvarez repite como un papagayo, sirviéndose de fuentes algo más que dudosas o totalmente desahuciadas, que tampoco contextualiza ni analiza en lo más mínimo:  un sinnúmero de mitos (o burradas, de ser algo inconvencional) sobre la República y la evolución que condujo a la guerra civil. Sin salirse de una tradición que remonta a los años oscuros del comienzo de la conspiración, de la propia guerra y de la dictadura de Franco.

Veamos algunos ejemplos de la “representación” en que se basa el autor. Ante todo, la reforma militar de Azaña. La literatura en pro o en contra, analítica o valorativa, es muy amplia. No llevó necesariamente a la guerra civil, pero sí incomodó a muchos generales, jefes y oficiales de un Ejército más que sobredimensionado (el autor ni se plantea la cuestión). Ha sido muy estudiada, pero él escribe al aire de una fácil tonadilla y alude, como principio explicativo, a “la mentalidad infantil de Azaña, su afición a las formaciones de soldaditos”. ¿Es esto serio? ¿Ha estudiado la trayectoria de un político complejo y revelado nuevas facetas? No me sonaba, al efecto, ninguna publicación histórica suya. Acudo a la ayuda de Mr. Google con ”Dávila Àlvarez + Azaña” por delante y lo que  salen son posts de su blog: he leído un par de ellos y lo he cerrado sin más.

Con todo, es de justicia reconocer que el autor tampoco exagera demasiado las consecuencias.  Lo hace de una forma muy particular al afirmar, tajantemente, que el “ataque a la Iglesia” hizo que más militares pasaran a la reserva que su propia reforma (p. 36). ¿En qué fuentes, estadísticas, testimonios fiables y contrastados se basa?  Que él indique específicamente, en ninguno.

En este contexto, que no es intrascendente, encontramos frases no fácilmente comprensibles. Una de ellas: “Para más inri jugó también [Azaña] a ser más papista que el Papa y pasó a ser monaguillo de la España católica, aunque fuese por costumbre, tradiciones ancestrales”. Me pregunto si el autor estaba pensando en el famoso discurso, tantas veces distorsionado, en el que el entonces presidente del Gobierno y ministro de la Guerra pronunció la frase (que siempre citan los ignorantes) de que España habría dejado de ser católica. Me limito, pues, a no ensalzar a los lectores de tan magna obra sus profundas reflexiones sobre la fé católica y la historia española (pp. 36s).

Para un militar que escribe sobre los militares y los primeros años de la República sorprende que no haya acudido a algunos de sus compañeros, historiadores de raza, al hablar del Ejército. Por ejemplo, al coronel Fernando Puell de la Villa que identificó hace años la mentalidad en la época de la mayor parte de los oficiales y jefes (también de algún que otro general): “intervencionista, acomplejada, victimista, escandalizada ante la República, hipnotizada por el supuesto peligro bolchevique”. ¿Amor a la religión católica? No solo lo tenían los militares. También los republicanos, pero no era la religión como tal lo que estaba en juego.

Otras citas importantes,  p. 46, carecen igualmente de fuente: “se hizo una constitución que invita a la guerra civil” (afirma que fue de Alcalá-Zamora: ¿en qué contexto?, porque está demostrado que fiarse en algunos aspectos básicos de las memorias del expresidente es asomarse al vacío). Esta debió de ser post 36. Claro que escribir sobre el pasado es más fácil que anticiparlo, por ejemplo, en 1931. ¿La valoró así Don Niceto entonces?. ¿Dónde? ¿Cuándo?

De toda esta parte dedicada a la República destaco simplemente una nota que servidor ignoraba: la decisión de su abuelo (p. 42) de no aceptar la Subsecretaría del Ministerio de la Guerra que le ofreció Azaña y preferir pasar a la reserva. Es una noción que le honra. Mejor estar fuera que ser “cómplice” desde dentro. ¿Significación histórica? Limitada.

Tampoco sabía, aunque no me extraña lo más mínimo, que algunas reuniones de la UME contaron con la presencia de su ilustre antepasado (p. 57). ¿Consecuencias que de ello extrae el nieto? Ninguna. Lo explicaré a los amable lectores: implican que el general Dávila Arrondo estuvo al corriente de lo que se tramaba y que fue otro conspirador más. No lo afirma servidor por mera aplicación de la lógica. Lo recoge el apunte biográfico hecho por otro príncipe de la milicia -para mí un historiador tampoco muy fiable- como fue el general José María Gárate Córdoba, en el DBE de la RHA.

Lo que el nieto no aclara, y esto sí habría sido potencialmente interesante en el plano histórico, es en qué consistió la participación del abuelo de cara al golpe. En un libro basado en sus papeles no sería un tema de escasa entidad.   ¿Carece de ellos? ¿Hay motivos, quizá,  para  sonrojarse? ¿O escribió como Mola, Franco, Cabanellas etc para defender sus actuaciones? En tal caso, ¿cómo?.

En esta serie de posts, no extrañará a los lectores que lo que más me haya interesado sean las referencias que el general Dávila Álvarez hace a la ayuda fascista antes del golpe (él utiliza un término con recias evocaciones: Alzamiento). Ya en 2013 empecé a documentarla y descubrí que su plasmación definitiva data del 1º de julio de 1936. ¿Se ha enterado siete u ocho años más tarde tan distinguido autor? NO (pp. 50s y 57). ¿Dice algo nuevo? NO. ¿Intenta refutarlo? NO. Lo históricamente interesante es si un general monárquico, su abuelo, en contacto con otros conspiradores militares también monárquicos, la ignoró o si participó del conocimiento.

El general Dávila Álvarez dedica, ¡cómo no!, un capítulo, el 8, a las reuniones en Italia de los futuros salvadores de la PATRIA. ¿Fuentes? Las clásicas, y hoy totalmente devaluadas, pero que toma como palabra de Evangelio. No sin acudir al apoyo de un compañero suyo que ya ha aparecido en esta serie: el también general Don Manuel Chamorro. ¿Resultado? Nuestro estimado autor no escribe historia. Revive cuentos o, mejor dicho, camelos que no pasan la prueba de fuego de la confrontación con las evidencias. Eso sí: Es tajante al afirmar “en la preparación del Alzamiento no se había contado con ninguna ayuda extranjera” (p. 127). (Las negritas son mías sustitutivas de una pequeña carcajada). Es decir, fue obra única y exclusiva de soldados españoles curtidos en mil batallas contra los enemigos de la PATRIA, sobre todo en el interior. También en el exterior, pero en las interminables campañas para dominar a unas cabilas en un territorio de más o menos la extensión de la provincia de Badajoz. La patraña, que he subrayado en negritas, se lanzó en 1936 y, como los amables lectores comprobarán, todavía subsiste.

El capítulo 9 se dedica a la revolución de octubre. Algo que se ha estudiado exhaustivamente, por activa y por pasiva, por perfecto, por imperfecto y por pluscuamperfecto. Para el autor fue una guerra preventiva acometida por el EJERCITO ROJO. Y se queda tan tranquilo.  Claro que entre sus fuentes figura uno de los grandes nombres del periodismo en la época franquista, entonces muy conocido y hoy con razón olvidado: Emilio Romero (p. 66).

¿Y la conspiración? Asunto de generales. ¿Los civiles? No aparecen. Eso sí, da un pequeño zarpazo, típico: el general Miaja y el comandante Vicente Rojo pertenecieron a la UME. Lo ocultaron después y destruyeron sus fichas. ¿De dónde se lo habrá sacado?, porque lo cierto es que los republicanos lo sabían, antes del golpe, y lo siguieron sabiendo después del mismo (p.  69).Al autor no se le ocurre pensar por qué razones permanecieron fieles a su honor militar y no como otros que lo pisotearon. [Mi crítica es limitada, porque el señor general no se ha molestado en consultar la relación parcial que de la UME figura en los archivos de Ávila y en donde se encuentran los nombres de ambos].

Tampoco parece que los haya visitado. Al parecer, como evidencias primarias solo ha visto los papeles del abuelo porque gran parte de la bibliografía que cita, muy selectiva, sirve simplemente de cobertura. Tampoco crea el lector que la ha absorbido. Además, los trabajos fundamentales de Eduardo González Calleja y colaboradores y Angel Luis López-Villaverde, por poner ejemplos recientes, brillan por su ausencia. Eso sí, no faltan las de una docena de propagandistas de la fé franquista.

En una palabra: la “representación” del pasado que tiene el general Dávila Álvarez es algo más que objetable porque no refleja mínimamente las  ancladas en evidencias primarias de época, dicho esto con perdón a los manes de Heródoto y Tucídides.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (IV)

4 mayo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los lectores de este blog ya se habrán acostumbrado a una de mis afirmaciones: la historiografía franquista estuvo (está) basada en la aplicación sistemática del principio de  proyección. Es decir, un mecanismo por el cual se achacan al adversario (enemigo, en la terminología de Carl Schmitt) rasgos del propio comportamiento. Es una percepción que no he visto en la abundante bibliografía sobre la guerra civil, sus antecedentes y sus consecuencias. Sin embargo, cuanto más profundizo en el conocimiento del período, más me doy cuenta de que respondió a tal realidad en casos de importancia para la mitografía franquista. El más sobresaliente se refiere a los orígenes de la guerra.

Cuando se echa un vistazo al Dictamen sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936 que redactó una comisión de notables (varios de entre ellos conspiradores contra la República antes de la guerra) se observa un dato esencial. Muchos de los principios que  inspiraron dicho engendro estuvieron presentes en la propaganda de quienes iban a hacer causa común con las sublevados (y en la de las derechas en general) para generar la sensación de “estado de necesidad”. Era una característica imprescindible para justificar la intervención “salvadora” del Ejército y de los hombres de bien.

Aquella comisión acusó directamente a la URSS de haber promovido la “ejecución de un plan revolucionario español y su funcionamiento, mediante la inversión de sumas fabulosas”. No aportó documentación propia sino que se basó en un informe presentado, estallada la guerra, por el Gobierno portugués ante el Comité de No Intervención. Recordemos que este fue un artilugio franco-británico designado con el fin de sustraer a la Sociedad de Naciones la competencia efectiva para pronunciarse sobre la agresión fascista y nazi. Se trataba de dotar de un contenido político, que no jurídico, a la politíca de no intervención decidida por los gobiernos de París y Londres.

Los resultados de la febril imaginación de los funcionarios de la dictadura salazarista (posiblemente estimulada por los sublevados a través de sus agentes en Lisboa, entre quienes figuraba Don José María Gil Robles) los he reproducido en EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. En el abanico figuraba el supuesto envío de armamento soviético previo al 18 de julio a Cádiz, Sevilla, Badajoz, Córdoba, Cáceres y Jaca. Constituyó el punto 4 (p. 68) de la reproducción hecha por el Dictamen.   

Siempre me he preguntado cómo se arreglarían los malvados comunistas para suministrar armamento hasta Jaca tras desembarcarlo en Algeciras el buque soviético Jerek (sic). No he encontrado ningún papel y no conozco si los eminentes miembros de la comisión montada por un Serrano Suñer siempre ocurrente indagaron en ello. Lo señalo a la atención de cualquier novelista que quiera escribir alguna obra de ficción sobre el episodio. En el bien entendido que el no menos inmarcesible Bolín (a quien todavía se remiten distinguidos historiadores) repitió la patraña en 1967 y, a la atención de sus lectores de lengua inglesa,  recalcó que armamentos más formidables que pistolas, máuseres, escopetas, etc. habían sido trasladados por barcos soviéticos a Sevilla y Algeciras (p. 151 de la versión inglesa de su camelo, Spain: the vital years). Obsérvese que redujo el abanico de puertos.

Todavía en 1973 (sí, 1973) todo un teniente general del Ejército, diplomado de EM, doctor en Ciencias Políticas y Sociología y licenciado en Derecho, se hizo eco de tal desvarío en un panfleto declarado de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército, según OC de 2 de noviembre de 1973 (DO nº 249) y de utilidad para la Marina por Orden 518/73, de 25 de julio del mismo año. ¡Alabado sea el alto mando!

El nombre de tan imperecedero mílite era Don Manuel Chamorro Martínez. Remito a su inmortal, pero poco conocida, obra (que probablemente vendió a espuertas a militares ingenuos o amedrentados). El título hacía pensar en otro ejercicio de proyección: 1808-1936. Dos situaciones históricas concordantes. No lo publicó en una editorial (quizá para no tener que contentarse con el cobro de un porcentaje, mayor o menos, en concepto de derechos, sino embolsarse una mayor parte del precio de tapa). Apareció en diciembre de 1973 en Madrid y es la única obra suya que tengo en mi biblioteca. La referencia al inolvidable Jerek figura en la p. 316. Hubo hasta cinco ediciones (la última, publicada por Doncel en 1975, que no poseo pero que se dijo ampliada). La cuarta se encuentra en Amazon al módico precio de 5 euros. Animo a su adquisición.

La idea de que el Kremlin ordenase el envío de armamento a los futuros “sublevados”, es decir, a los comunistas que hicieron causa común con el Gobierno republicano, no dejó de estar presente en la literatura más oficial posible que se produjo durante la dictadura.  Claro que el Estado Mayor Central del Ejército, a través de su Servicio Histórico Militar, fue algo más prudente que el ilustre teniente general y príncipe de la milicia. En su Sintesis Histórica de la Guerra de Liberación, aparecida en 1968, adoptó otra maniobra. Como corresponde a militares avezados en evitar enfrentamientos frontales la referencia a la aportación soviética aparece en forma de movimientos laterales y solo a partir de la p. 52. Lo hizo en una referencia a los comienzos de la batalla por Madrid pero, de manera solapada y en plan de operación comando, se indica que “ya desde el principio de la guerra actuaba (…) una copiosa aviación, dotada de modernos aparatos llegados del extranjero…” Y los grandes historiadores al servicio del régimen despacharon el tema (p. 66) diciendo simplemente que la “ayuda extranjera recibida por los nacionales no alcanzó el volumen de la que obtuvieron sus adversarios, y no fue pagada, como lo hicieron estos, con una total sumisión a las consignas de fuera”. ¡¡¡¡Bravo!!!

Mera divagación obviamente, pero quién más y “mejor” abundó en el tema fue el teniente general Chamorro. A tenor de este autor (perteneciente al grupo de los “azules” y más ultramontanos de las FAS, según Roberto Muñoz Bolaños, durante la posterior transición hacia pagos alejados del franquismo), “el Alzamiento Nacional se preparó y ejecutó por el Ejército español sin ninguna ayuda personal ni material del exterior, actuando exclusivamente las guarniciones sublevadas -reforzadas en algunos casos por voluntarios civiles, españoles todos ellos- y sin utilizar más aramento y material que el reglamentario en nuestro Ejército, extraído de los almacenes de los Cuerpos y Parques” (p. 326). ¡Bravísimo! Que yo sepa nadie, ni los historiadores prorrepublicanos más enardecidos, ha imaginado que lo hubiesen adquirido previamente en el extranjero.

Las anteriores itálicas son del original. Pero yo pongo en negritas una afirmación descendida de las alturas del olimpo franquista: “al enterarse los dirigentes del bando nacional de las gestiones y peticiones del Gobierno frentepopulista español en París, y del decidido apoyo que tanto el Gobierno de la nación vecina como las organizaciones revolucionarias internacionales habían comenzado ya a prestar a su enemigos, determinaron acogerse -para contrarrestar tal acción- al ofrecimiento hecho en Roma, el 31 de marzo de 1934, por el entonces jefe del Gobierno italiano…. “ (las itálicas son también de servidor). Aquí salta el gato del saco en que estaba encerrado. Había que evitar por todos los medios posibles e imposibles que las tiernas mentes de los lectores españoles pudieran verse contaminadas por el veneno que solían verter los enemigos de España.

En nota a pie de página tan ilustre mílite e historiador se preocupó de ocupar el terreno ante un posible contraataque del adversario: “De este ofrecimiento de Mussolini a dos partidos españoles [Renovación Española y Comunión Tradicionalista] que no se adhirieron al Alzamiento Nacional hasta mediados de julio de 1936, nada supieron los organizadores del mismo antes de su iniciación, y no ejerció, por tanto, ninguna influencia en sus planes. Solo en vista del resultado indeciso del Alzamiento, y ante el manifiesto apoyo extranjero a los rojos, fue recordada dicha oferta -mal llamada por algunos “Pacto de Roma”- y se comenzaron las gestiones para hacerla efectiva”.  Las itálicas son del original.

Nada de lo que antecede en la narrativa declarada de utilidad para las FAS en las postrimerías de la dictadura respondía en lo más mínimo a la realidad. Si la traigo a colación aquí es para mostrar los dos extremos del arco de proyección incrustado en el corazón de la mitografía franquista más carpetovetónica.

Por un lado: la sublevación como asunto puramente militar para hacer frente a una revolución inminente inducida por el comunismo destructor o, en el mejor de los casos, por los “rojos”.  Por otro: la disminución de las ayudas extranjeras y, en todo caso, una guerra  presentada como asunto específicamente hispano. La España eterna contra la Anti-España. Y, sobre todo, la mera reacción de los “buenos” ante la previa injerencia extranjera a favor de los “malos”.

Se trató de un condimento muy potente que daría todo su sabor a la sopa boba que se distribuyó durante cuarenta años por todos los medios y por todas las formas. Con, en el caso italiano, los cuentos, bulos y “trumpismos” de Bolín para echar humo, en 1967, ante el avance de la historiografía extranjera y, en particular, de Hugh Thomas y de Herbert R. Southworth. En una España en que imperaba la censura continuó el lavado de cerebros. Dependió de dos factores: la censura y el cierre a rajatabla de los archivos.

El primero maniató a los historiadores. El segundo les obligó a depender de fuentes extranjeras, pero sin poder publicarlas en España, salvo en los casos de Fernando Schwartz y un servidor. En lo que a mi se refiere no me quedó más remedio que remachar la realidad documentable: no hubo acuerdos previos con los nazis. Fue así. No iba a inventarme lo contrario. En el mismo año que apareció mi libro lo hizo también el de otro historiador militar, el entonces teniente coronel Jesús Salas Larrazábal. Se tituló Intervención extranjera en la guerra de España. No se paseó por archivos foráneos. Hubiese sido algo más que sorprendente. Se limitó -en un avance considerable- a basarse en los documentos diplomáticos franceses publicados y en la versión francesa (y recortada) de los alemanes (conocidos desde 1949 en inglés), pero en la España de Franco no fácilmente accesibles al común de los mortales. Naturalmente se atuvo a la inefable versión de Bolín de pocos años antes que había sido prologada, nada menos, por el señor ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella. Toda la complejidad internacional del período que antecedió a la sublevación militar española Salas la despachó en las tres primeras páginas. Comme il faut!

Al año siguiente, 1975, apareció en la University of Princeton Press la investigación de John F. Coverdale,  Italian Intervention in the Spanish Civil War. Estaba basada en un intenso análisis de los archivos italianos abiertos en la época. Fue, sin duda, la primera obra académica sobre el tema. Coverdale, que ya trabajaba de profesor en Princeton, dedicó los tres primeros capítulos a los antecedentes. El libro, emanado de su tesis de doctorado, expandió una tesina de licenciatura que había realizado en la Universidad de Navarra bajo la dirección de Vicente Cacho Viu y que continuóampliando en Wisconsin bajo la batuta de Stanley G. Payne. En Madrid consultó fondos del Servicio Histórico Militar. Para su época fue una obra rompedora. De señalar es que su reconstrucción de los antecedentes está hoy superada, pero el mensaje final quedó claro. Con toda buena fé, y en función de las fuentes consultadas, Coverdale remarcó que después del acuerdo de 1934, la Italia de Mussolini perdió interés por España. Tout est bien qui finit bien

Conviene tener esto en cuenta para comprender las alusiones a la República que el Sr. Abascal inmortalizó, para el futuro, en su intervención ante el Congreso de los Diputados el 14 de abril del corriente año. Es de esperar que no se borren del texto que aparezca en el Diario de Sesiones.

(continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IX)

7 enero, 2020 at 8:30 am

EL JOVEN TENIENTE/CAPITÁN EN UNA OBRA RECIENTE

Ángel Viñas

En los anteriores ocho posts he tratado de identificar algunos rasgos tempranos en el comportamiento de Franco. No he sicologizado. Me he basado esencialmente en un enfoque crítico, de historiador, de su hoja de servicios en la versión publicada, en vida de SEJE, por el coronel Carvallo de Cora. He recordado que, como toda hoja de servicios, hay que leerla entre líneas. Ya lo hice, con otros colegas, al acusar a Franco de haber inducido el asesinato del general Balmes el 16 de julio de 1936 en Las Palmas de Gran Canaria, una acusación horrenda que me (nos) ha valido numerosas descalificaciones, sin EPRE en contra que valga y con la adición de más cuentos y camelos.

 

Ahora he de confesar, ante todo, que los ocho posts dedicados al jovencísimo teniente y todavía joven capitán los preparé en septiembre pasado, tras el impacto de un terrible accidente que se llevó por delante a mi perro Oscar, fiel compañero de alegrías y paseos por mi barriada bruselense. Después, no pude hacer otra cosa salvo lanzarme a viajes para dar conferencias o trabajar en varios archivos. No excluí Madrid en donde suelo enterarme de las novedades.

En este y en los próximos posts, continuación de los anteriores, haré unos pequeños comentarios sobre una de esas novedades simplemente porque versa sobre la carrera de SEJE. Se titula FRANCO, CAUDILLO MILITAR, y toca varios de los temas abordados en los posts precedentes. Me servirán de punto de contraste y confío en que puedan ser demostración de mis reiteradas afirmaciones de que ni existe historia definitiva ni que los historiadores debemos tomar demasiado en serio a los apologistas de Franco. No hay ninguno que no haya distorsionado hechos, datos y documentos. Está en el ADN de la mitografía profranquista.

El autor de la mencionada novedad, Don Salvador Fontenla Ballesta, es un eminente general de brigada, con paso por la Legión y la Bandera Paracaidista. La solapa de su obra también enuncia que estuvo en los Balcanes, particularmente en Bosnia Herzegovina. Como en aquella región se dieron cita militares de varios países supongo que con ellos se entendería en inglés -a no ser que se sirviera de intérpretes. ¡Ah! Es también doctor por la UCM y ha publicado varios libros, uno de ellos sobre la guerra de Marruecos, amén de numerosos artículos sobre historia numismática e incluso, con otros autores, un manual escolar de cultura de la defensa para estudiantes de la ESO. Vistos los nombres que lo acompañan en tan patriótico esfuerzo me gustaría saber en qué colegios se utiliza, si es que se utiliza en alguno. Recibiré encantado información al respecto.

El lector que desee más detalles sobre el general Fontenla puede acudir a su página de Dialnet (https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=209792). Señalo que su reciente obra fue recensionada muy favorablemente en ABC.

Lleva un subtítulo engañoso: “Su historia en los campos de batalla 1907-1975”. Que se sepa, desde marzo de 1939 Franco no pisó ningún campo de batalla más, a no ser que se entienda que el período posterior, de unos 35 años, fue más o menos equivalente al de la contienda fratricida, simplemente “porque la campaña continuó”, como dijo uno de sus oficiales. Ciertamente, no sin razón, aunque no creo que el autor de la mencionada obra comparta tal explicación. Si se refiere a los “campos de batalla” diplomáticos, Franco no se movió demasiado en ellos. Su conocimiento del mundo exterior siguió siendo extremedamente limitado, incluso tras un par de viajes a Portugal, a la lejanísima Hendaya, un paseo en tren por Francia (con parada en Montoire) y una rápida bajada al norte de Italia.

Desde el punto de vista de este blog me centraré en las páginas 13 a 24 de la introducción, y de las 44 a 60 del texto de la obra en cuestión porque coinciden a grandes rasgos con el recorrido que he hecho de Franco en la serie de posts anterior. Añadiré que es, afortunadamente, bastante breve, con 330 páginas en tamaño de letra muy legible y que no lleva notas al pié, que suelen comer espacio. Se trata de un texto de carácter lineal y tono afirmativo por lo que podría comprenderse, à la limite, la ausencia de notas.

En las páginas que me interesan he contado tan solo cuatro referencias a otros autores insertadas en el texto. De ellas dos lo son al general Casas de la Vega, ya mencionado en esta serie de posts, una al general Jorge Vigón correspondiente a su biografía de Mola (que no diría es una obra con pretensión historiográfica aunque puede utilizarse como representativa o sustitutiva de cierto tipo de EPRE) y la última a una obra general sobre la Legión que desconozco. No soy experto en este grandioso tema.

De destacar, subrayar y analizar es, por el contrario, que el autor iza rápidamente bandera en la página 13 al afirmar que el régimen franquista “evolucionó rápido a una democracia partitocrática”. Como es notorio, la evolución se hizo entre 1975 y 1978 con la aprobación de la Constitución y no tengo reparos en aceptar que fuese un proceso rápido, aunque a los que lo vivimos no nos lo pareciera necesariamente. Por el contrario el calificativo con que el general Fontenla agracia (es un decir) al naciente sistema democrático no es el que se encuentra habitualmente en la literatura histórica, politológica o sociológica. Sí se halla en ciertos escritos que no deseo calificar. En España, por ejemplo, lo utilizó el eminente diplomático y exministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora, tan recordado por sus alabanzas al “Estado de obras” y su silencio sobre los numerosos aspectos oscuros del mismo.

Los lectores podrían pensar que hago demasiado hincapié en una sutileza, propia de un académico pejiguero. No es así. No lo es porque el general Fontenla continúa su introducción aludiendo a lo que denomina la visión histórica “propia de las naciones” que, señala, suele ser “hemipléjica”. Algo que me ha dejado un tanto perplejo. En la hoja de publicaciones de dicho autor no he visto ningún título que aborde la historia de Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Estados Unidos, países latinoamericanos o, dada su experiencia en Bosnia-Herzegovina, balcánicos. Tampoco ha mostrado (pero a lo mejor me equivoco) ser historiador comparativista.

Dada mi extrañeza he consultado rápidamente el DRAE por si el calificativo a tan interesante historia tuviera alguna connotación que, tras treinta y tantos años de estancia en el extranjero, se me hubiera escapado. No sigo las sutilezas o los matices y cambios del lenguaje en la península. Pero, advierto con satisfacción, no parece que sea el caso. La definición de “hemipléjico” implica la parálisis de una parte del cuerpo, es decir, la significación habitual que, claro está, no me es desconocida. Quizá, en lenguaje simbólico, sea frecuente su uso entre los tratadistas militares y en este caso hubiera sido de agradecer alguna referencia. Me temo, sin embargo, que tampoco sea muy frecuente porque, de manera un tanto críptica, para el caso español el autor aduce que esa “historia hemipléjica” es un producto de “nuestros seudohistoriadores”.

Su identificación la reproduzco entre comillas, que él no utiliza, porque evidentemente se trata de ciudadanos españoles. Así, pues, ¿cómo los define o, al menos, caracteriza el por antinomia no seudohistoriador que es como se autoproyecta el autor? Se trata, según él, de aquéllos que carecen “de estudios y de investigación propios”. Con tales características pienso que no habrá muchos. Que no hayan cursado una carrera universitaria o equivalente me parece, a ojo de buen cubero, que no son demasiado abundantes. Es cierto que sí lo hacen los, llamésmoles, aficionados, pero también muchos de ellos han investigado, por ejemplo las fosas comunes en las que el régimen naciente en 1936 enterró a las víctimas de su represión. Y lo han hecho sobreponiéndose a dificultades de todo tipo. Entiendo, pues, que la utilización de tal término no es acertada.

El general Fontenla evidentemente no se incluye en dicha categoría. Con razón. Podría aducirse que no en vano ha seguido el cursus honorum de la educación militar y, además, ha hecho la licenciatura en Historia y un doctorado en historia numismática. Pero eso no es lo que tiene in mente. Él identifica a los auténticos historiadores, por contraposición a los seudohistoriadores, de otra manera. Señala que los primeros “requieren, para no hacer refritos, una capacidad de análisis y un trabajo de investigación en fuentes primarias, labores que necesitan constancia y conocimientos archivísticos y de paleografía”.

Al introducir este criterio nuestro estimado general invita rápidamente a sus lectores a dar un vistazo a las fuentes que ha utilizado para escribir su magna obra. Puedo afirmar que lo he echado con grandes esperanzas. Por lo común, cuando compro un libro (y lo hago muy frecuentemente hasta el punto que tengo mi casa abarrotada de volúmenes en todas las habitaciones, incluidos los descansillos de las escaleras, el sótano y la buhardilla) lo primero que hago es ir a ver las fuentes y bibliografía. Supongo no ser en ello un bicho raro.

Al proceder de tal suerte con la obra del general Fontenla sólo me he encontrado con una lista de autores y de libros que merecerían un comentario algo extenso. No es este el lugar. Pero sí quiero destacar, entre ellos, un bodrio (según el DRAE, mal hecho, desordenado, de mal gusto). Un bodrio absoluto, para precisar, debido a la pluma de nada menos que todo un teniente general, Manuel Chamorro Martínez, licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM hace muchos años. Le dediqué algunas páginas en uno de mis trabajos. Conviene recordar que el libro de tan insigne teniente general fue recomendado oficialmente, por Orden Circular del 2 de noviembre de 1973, como de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército. Ergo para el militar que lo cita. Soy muy mal pensado y no me cuesta trabajo especular si tal recomendación no habría producido al teniente general un buen chorro de pesetillas de la época. Sin embargo, su valor historiográfico no tengo inconveniente en afirmar que es igual a cero.

(Continuará)