CALVO SOTELO Y EL ORIGEN DE LA GUERRA CIVIL. UNA DISTORSIÓN QUE CONTINÚA

20 julio, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hoy ya no está de tono conmemorar los aniversarios del 18 de julio. Fue una fecha infausta. Terrible. A mí ya no se me ocurre mencionarlo ni siquiera en un aniversario relativamente redondo: este año se cumple, en efecto, el 85 o, para ser más exactos, el octogésimo quinto. Sin embargo, aprovechando que el Jarama pasa por Sevilla, un diario madrileño se ha apañado para adelantarse a recordar el mismo aniversario aunque relacionado con el asesinato de Don José Calvo Sotelo. Ha sacado a relucir los recuerdos de su hija, que ha llegado felizmente a la provecta edad de 101 años. Mi más cordial felicitación, con la expresión de mi más ferviente deseo de que siga cumpliendo muchos más.

La autora del reportaje, cuyo nombre no merece ni mencionarse, ha endilgado a sus lectores una versión, enriquecida con los recuerdos de la hija, del luctuoso acontecimiento. Por lo demás es totalmente tradicional y no deja de lado ningún detalle básico en su tradicionalidad. Ha acudido a dos historiadores en busca de respaldo. No me molestaré en buscar en sus dilatadas obras las citas que de ellos hace la periodista. Existen, en efecto, dos posibilidades. La primera que constituyan una distorsión de lo que hubiesen escrito, y en ese caso la responsabilidad recaería sobre la autora. La segunda, que fueran exactas. Esto me plantea un problema porque, de ser así, habría que preguntarse qué clase de historiadores son. Ciertamente no de los han explorado archivos a la búsqueda de EPRE que, si resulta contraria a sus preconcepciones o concepciones, hacen todo lo posible por no identificarla. (Una tercera alternativa es que no hayan sido cuidadosos -o que no lo haya sido la periodista a la hora de transcribir sus afirmaciones)

En todo caso, el ejemplo me sirve de colofón, antes de que empiecen las vacaciones veraniegas, para cerrar la serie de posts que había creído terminar con la invocación a los desvaríos históricos de todo un general de División sobre la primera parte de la guerra civil y que culminé con sus referencias a la destrucción (naturalmente, por los “rojos”) de la villa foral de Gernika.

La autora del reportaje hace varias afirmaciones que son, digamos, un tanto inexactas.

La primera que el diputado señor Calvo Sotelo “siempre se las apañaba para restar importancia al clima de violencia que se respiraba en aquellos días previos a la Guerra Civil”. No sé si interpretarla como manifestación de pura ignorancia o, simplemente, de distorsión. Solo hay que comparar los discusos en el Parlamento de dicho diputado en abril y junio de 1936 para comprobar no ya que fueron in crescendo sino que crisparon notablemente los ánimos. Acepto que sobre las intenciones del Sr. Calvo Sotelo pueda discutirse. Esa es, precisamente, la labor del historiador porque, que se sepa, él no dejó ningún cuaderno de notas, diarios o las reflexiones que fuera haciéndose sobre la marcha. Una pena.  Servidor tiene una interpretación basada en una reconstrucción -dentro de lo posible- del trasfondo en que ambas intervenciones se produjeron y la he plasmado en, por lo menos, cuatro libros, también in crescendo.

La segunda afirmación es que su asesinato “fue determinante en el estallido de la guerra civil cinco días espués”. Esto es una mezcla de profunda ignorancia y, hoy, también de distorsión. De ignorancia porque la revuelta militar estaba en marcha y ya se había fijado hasta la fecha de su estallido. Los comienzos de la misma hasta los franquistas más acérrimos suelen ubicarlos hacia marzo de 1936 aunque lo cierto es que cabe remontarla mucho más hacia atrás. De distorsión porque hace pivotar un acontecimiento que cambió para siempre la historia de España del asesinato de un hombre. 

La tercera afirmación es el alegato de que la calificación de Calvo Sotelo como “protomártir” revela una cierta sorna. No es cierto. Así fue calificado dentro de una línea interpretativa que siempre ligó la sublevación a su muerte violenta. Fue, por el contrario, de sumo aprecio. Presentó al diputado (declarado por Franco el 18 de julio de 1948 Duque con Grandeza de España) como el prólogo de los asesinatos que los “rojos” iban a cometer a mansalva a lo largo de una “Cruzada” salvadora, bendecida por la Iglesia católica española.

Ahora llegamos a un “viva la Virgen” de la desinformación. Se dice en el artículo: “No hay documentación que pruebe que Calvo Sotelo estuviese en la conspiración para el golpe de Estado que estaba organizando el general Emilio Mola”. Bueno, sin querer en modo alguno ponerme plumas en un sombrero tirolés, recomendaría a la autora que examinara algunos libros y, en particular, la carta que su héroe, junto con Don Antonio Goicoechea y el nunca olvidado  mártir de la “Cruzada” José Antonio Primo de Rivera, escribió poco antes de su intervención parlamentaria del mes de junio a un personaje de no escasa influencia en lo que estaba urdiéndose: Benito Mussolini. En la carta tan significado trío anunció el golpe y la necesidad de “untar” a ciertos generales para que se sumaran a él. Como se conoce desde hace más de cuarenta años (la publicó Ismael Saz) sorprende que la autora siga en Babia.

¡Ah! en su lugar acude a un nombre de excepción: el profesor Bullón de Mendoza. Es autor de una gran hagiografía de Calvo Sotelo de la que, en la medida en que se refiere al caso en cuestión, me permití señalar la omisión de  algunos aspectos esenciales. Si lo ha citado bien -y me atrevo a dudarlo- he de señalar, con todos los respetos, que estaría en un profundo y craso error. Los monárquicos alfonsinos habían declarado al Duce en octubre de 1935 por boca de Don Antonio Goicoechea que si las izquierdas llegaban al poder, aunque fuera por medio de elecciones, ellos y una parte del Ejército se sublevarían. Calvo Sotelo estaba en aquel momento, al igual que Goicoechea, en Roma y pensar que este último obró sin que lo supiera el primero es algo que me declaro incapaz de concebir. Hoy lo que escribo está documentado.

Por cierto, si es verdad que dicho historiador afirmó a la periodista que Renovación Española no aportaba nada a la conspiración es de nuevo una interpretación errónea de esta o porque todavía ignora que después del pacto de marzo de 1934 con los italianos, los monárquicos alfonsinos (con, a su frente, Calvo Sotelo) se dedicaron a crear una organización subversiva dentro del Ejército (la famosa UME). Era evidente que los civiles monárquicos y los pistoleros falangistas no iban a derribar ellos solitos al régimen republicano.

Tampoco me atrevo a creer que otro historiador, Jordi Canal, excelente conocedor del movimiento carlista, pudiera haber dicho a tan estimable periodista que “Calvo Sotelo no estaba implicado”. De haberlo hecho, me temo que, con dolor, debo corregirle públicamente. También en el punto en que solo la muerte del diputado gallego unió a carlistas, falangistas y al Ejército, porque cada uno iba por su lado.  Pues no. Calvo Sotelo no era el líder de la oposición conservadora en el Parlamento. Era el lider de los diputados de Renovación Española y andaba cogidito de la mano con los carlistas. La oposición “conservadora” (hoy diríamos de derechas) estaba dirigida por el Señor Gil Robles (que también conocía los preparativos del golpe) pero que iba a lo suyo de mala manera.

Entre las lagunas de que adolece el artículo me deja helado en que su autora ni siquiera haya mencionado la única reconstrucción potable del asesinato, debida ya hace muchos años a Ian Gibson. El que no la cite me parece una falta glamorosa de profesionalidad.

Y queda Franco. Tampoco la periodista le hace un buen servicio. Como un papagayo repite la tesis de que terminó convirtiéndose en doctrina: El futuro golpe “ni siquiera contaba con la adhesión decidida de Franco, que precisamente decidió sumarse oficialmente a la conspiración a raiz del asesinato”. Esto no es cierto y por mucho que se haya repetido no ha dejado de serlo. Hay que remontarse a un Franco en el pináculo de su en aquel momento incierta gloria para leer lo que ordenó que se escribiera al respecto: fue él quién había manejado los hilos de la conspiración desde casi el primer momento. Es decir, tras haber sido cesado como jefe del Estado Mayor Central en febrero de 1936. ¿Y Sanjurjo? Una mera figurativa decorativa. ¿Y Mola?, a sus órdenes a pesar de estar en las lejanas Canarias.

Franco, siempre mendaz, escribió esto en 1944 y así quedó incorporado a un libro que debería ser reeditado por el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa. Eso sí, debidamente presentado y anotado de forma crítica, como han hecho los alemanes con el Mein Kampf de Hitler.  Se trata del primer volumen de la Historia de la guerra de Liberación, publicado por el Servicio Histórico Militar del Estado Mayor Central del Ejército de Tierra en 1945.

¿No lo conoce nuestra estimada periodista? Está a la venta en internet a un precio módico. De seguro que si lo lee, seguirá deleitándonos con los agudos  comentarios que le sugiera. Pero quizá convendría que, a la par,  aprendiese a leer críticamente. Al fin y al cabo los periodistas son los pre-historiadores del presente que será historia mañana. Tienen una gran responsabilidad por lo que es preciso que no suplanten a quienes se dedican a descifrar, entender o interpretar un pasado más o menos remoto porque las dos profesiones tienen un ethos, una orientación y una metodología diferentes.

Repito lo dicho en la anterior serie: conviene pasar por la piedra de toque de las evidencias primarias las “representaciones” que se tengan del pasado, porque como ya demostré con el general de División Don Rafael Dávila Álvarez, no todas valen.

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (XIII)

6 julio, 2021 at 8:30 am

OTRA REPRESENTACIÓN DE UN GENERAL DE DIVISIÓN, PERO

DESFIGURADA

Ángel Viñas

Con toda la razón el eminente general de División Don Rafael Dávila Álvarez ha rescatado de la oscuridad del pasado algunas cartas privadas que se cruzaron el general Luis Orgaz Yoldi y su señor abuelo. También ciertas notas que tomó  este último en torno al nombramiento del general Franco como Jefe del Estado naciente. La prensa, sin excepciones que servidor conozca, ha alabado tal descubrimiento como si no se hubiera sabido nada de lo ocurrido y la nueva aportación documental hubiese dejado todo meridianamente claro. ¿Hasta qué punto hay en tales cartas y notas aspectos que obliguen a una revisión sustancial de lo ya conocido? Es la pregunta del millón. ¿Cuán valiosa es una aportación historiográfica?

A riesgo de empezar a fatigar a los amables lectores, en este blog me siento obligado a hacer un comentario al respecto. El año pasado dediqué tres posts a la discusión correspondiente y en ellos pasé revista, con algunos datos adicionales, a las conocidas memorias del general Alfredo Kindelán, también monárquico de pro como lo fueron igualmente los generales Luis Orgaz y Fidel Dávila. Remito a los que se publicaron el 25 de febrero y el 3 de marzo. Pueden consultarse abriendo los enlaces correspondientes que figuran a la derecha de la página  (www.angelvinas.es).  

Desgraciada e incomprensiblemente el señor general Dávila Álvarez hace un recorrido imperfecto de las reuniones que se celebraron en Salamanca en aquel mes de septiembre de 1936. No se detiene en la primera, que tuvo lugar el día 21, y que fue sumamente importante. No por lo que dijese o hiciera su abuelo (sobre lo cual calla, quizá porque no se manifestara demasiado) sino por lo que tal reunión representó para Franco. El personaje central es, por supuesto, este último y no el abuelo. Como cualquier lector fácilmente coprenderá para abordar la cuestión conviene salir de los papeles que nuestro estimado autor ha conservado como oro en paño.

De entre tales papeles, y para ser justos y exactos, lo único que aporta es una carta de Orgaz a su compañero Dávila remitida desde Marruecos al día siguiente de la reunión. En ella Orgaz (que había estado conspirando con Franco desde el mes de abril, cuando lo trasladaron a Las Palmas de Gran Canaria, y gestionaba una común red de contactos en esta última isla en la que se preparaban el asesinato del general Balmes y la sublevación) se pronunció rotundamente a favor del mando único. Lo subrayó de cara a abordar el problema principal que tenían los sublevados que no era, ni más ni menos, que la toma de Madrid. Lo que el general Dávila Álvarez nos proporciona ahora respecto a las consecuencias de aquella reunión es la respuesta de su abuelo. En ella, sin desconocer las ventajas del mando único, recalcó que “la diversidad de objetivos” exigía “esfuerzos independientes y por ende aconsejan adecuadas autonomías” (pp. 183s). Lamentablemente el nieto, en su condición de historiador, no hace ningún comentario y nos quedamos sin saber qué idea le suscita, incluso como militar, tal intercambio epistolar. Yo prefiero silenciar lo que de ello pienso pero recuerdo que, como bien recogió Serrat en sus memorias, no destinadas a la publicación, eran muchos los que creían que, de caer Madrid, la guerra hubiese concluído rápidamente. La cuestión, que todo alevín de historiador se plantearía, es: ¿qué pensaba Franco?

Ignora nuestro estimado general, porque no parece haber leído la literatura que ha ido explorando bien que mal el tema en base a otras evidencias primarias, un aspecto fundamental: Franco ya se consideraba como futuro ganador de la partida. Algo nada desestimable porque cabe imaginar que sus razones tendría. El general, repito, no dice nada al respecto. Quizá no lo ha pensado. Servidor, que no es militar, se ha aventurado a hacerlo. Claro que para ello hay que buscar EPRE en el amplio mundo.

Franco lo había indicado, bien  la víspera o al día siguiente de la reunión, en Sevilla,  al cónsul general de Italia en Tánger. Este caballero, fascista de pro, se había desplazado para hablar con él siguiendo instrucciones muy explícitas del gobierno de Roma. Fueron, por lo demás, extremadamente interesantes y, en mi modesta opinión, históricamente muy relevantes.

La duda en cuanto a la fecha se debe a que los servicios de interceptación británicos calcularon que la entrevista tuvo lugar el día 20, habida cuenta de los movimientos del cazatorpederos que remontó el Guadalquivir y que habían rastreado. En la conversación misma con el cónsul general Franco se refirió a que sus “ministros” estaban de acuerdo con él. Esto podría sugerir que la reunión pudo haberse celebrado el 22. En cualquier caso, Queipo de Llano supo de ella o incluso estuvo presente (el texto en italiano no permite dilucidar con claridad la cuestión).

Como no se trata de ponerme plumas no me refiero a mis análisis, que al señor general evidentemente le importan un pepino, pero sí subrayaré la conveniencia de que tal vez no le habría venido mal echar un vistazo a los Documenti Diplomatici Italiani, octava serie, volumen V, documento nº 97. Está en la red y se puede descargar en cualquier ordenador.

En lo que no hay demasiadas dudas es que Franco consideraba que tenía todas las posibilidades de hacerse con el mando único y con la dirección política de lo que más tarde empezó a denominarse “Glorioso Movimiento Nacional” (GMN). La referencia a “sus” ministros no permite, en mi modesta opinión, una interpretación alternativa. ¿Dónde hay ministros? En un gobierno. ¿Quién tiene autoridad sobre ellos? Su presidente. Claro que no cabe eludir la posibilidad de que Franco fuera de farol (pero habría que documentarlo). El telegrama que recapituló la conversación lo envió el cónsul a Roma el 23 de septiembre.

Es decir ya antes o después de la primera reunión entre generales parece obvio que Franco salió superconvencido de que su “candidatura” triunfaría. En los dos supuestos que cabe considerar habló al cónsul como si ya fuera jefe del “gobierno” de los sublevados. Algo que no es nada desdeñable.

En las cuartillas del general Dávila Arrondo (escritas, por cierto, en una sintaxis penosa) y que ha publicado su nieto aparece subliminalmente el factor foráneo, al referirse a que la Junta de Defensa no estaba reconocida por ningún gobierno extranjero (aspecto que reflejaba nítidamente la realidad). Pero añadió: “por informaciones oficiosas que hasta nosotros habíanse deslizado, algunos de tales gobiernos deseaban desapareciese el cariz de pronunciamiento militar que significaba regir el país una junta de generales” (sic).

Si el general Fidel Dávila llegó a enterarse de que quienes “achuchaban” eran los italianos, no lo escribió (¿por pudor patriótico?). Lo cierto es que insistían y mucho. De aquí la misión del cónsul para con Franco. Me apresuro a señalar que no podía ser el gobierno nazi (ya que de ello no se ha encontrado, ¿todavía?, la menor indicación solvente). Sin embargo, en aquella época Mussolini y Ciano ya tenían un piano Spagna (otra cosa es que fuese narcisísticamente irrealista) y sus derivadas para la deseable era lo que tenía que comunicar al “pre-Duce”.

Años más tarde, según unas memorias desaparecidas en todo, o en esta parte, que escribió Queipo de Llano (al parecer sabía hacerlo sin rebuznar) el hermanito Nicolás y José Antonio Sangróniz (el diplomático que había entregado su pasaporte a Franco para que pudiera volar de Gran Canaria al Marruecos francés el 18 de julio) y que desde entonces le servía de factótum para cuestiones internacionales, se recogió que ambos caballeros empezaron a telefonear a los generales. Les hicieron saber que la ayuda de Alemania e Italia exigía como condición sine qua non el mando único. Así, pues, no tengo la impresión de que la resistencia que el verdugo de Sevilla pudiera oponer al correlato de la dirección política por parte de Franco fuese tremenda. Y no lo fue.

En qué medida el general Dávila Arrondo supo lo anterior no figura en las notas publicadas por su nieto, pero es improbable que no se diera cuenta de que cualquier oposición (él afirma que de Cabanellas y Queipo -¿jugando a dos barajas?- y otro general llamado Germán Gil Yuste) podría tener consecuencias desastrosas. De aquí se explica que pugnara por que se aceptara unir al mando militar el político. Como hicieron otros generales monárquicos, sin que servidor recuerde ahora muchas excepciones.

En definitiva, es muy de agradecer que el general Dávila Álvarez haya dado a conocer las notas de su abuelo (siempre serán EPRE) pero hay que analizarlas, como cualquier EPRE, y contextualizarlas. Por ello no hay que extraer la noción de que fue el general Dávila Arrondo quien arrumbó los obstáculos que se opusieron a la conjunción de la unidad de mando y la dirección política.

Que Franco no fue un mero espectador (algo que apareció en la película de Amenábar) podemos deducirlo de su comportamiento ante el cónsul general italiano. Todos los generales que pensaban que el GMN serviría para restaurar tarde o temprano la Monarquía sabían que no había alternativas. Mola no se opuso y ya se había puesto a las órdenes de Franco a finales de julio, como he demostrado en mi último libro y se enteraron de inmediato los republicanos. Nada hace pensar que aspirara al mando supremo. No lo había hecho durante la conspiración. Malamente podría querer encaramarse después. Incluso Sainz Rodríguez lo negó en sus memorias, aunque en ciertos temas hay que tomarlas con algún grano de sal.

El ilustre general Dávila Álvarez sugiere que la guerra comenzó realmente el 1º de octubre. Hay que someterse a una fuerte dosis de kif para aceptarlo. La contienda, tal y como estaba planteada en septiembre, tanto en sus aspectos internos como internacionales, ya la tenía perdida la República. Con un ejército en primerísima fase de formación,  cortada de los suministros que hubieran debido de haber emanado de los arsenales de las democracias (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y luego del resto de las europeas) y con el aparato del Estado descoyuntado en los territorios a los que se extendía su capacidad normativa (y escasamente la coactiva), con un mando único en el plano político o sin él entre los sublevados el futuro no se le presentaba nada halagüeño.

Personajes tan dispares como el presidente de la República, Manuel Azaña, o el nuevo agregado militar francés y jefe en España del Deuxième Bureau, el teniente coronel Henri Morel, así lo advirtieron. Ciertamente el primero lo consignó a la privacidad de sus apuntes tras intercambiar opiniones con algunos políticos republicanos y socialistas. Unos le dieron razón. Otros, no. Pero la impresión quedó escrita en su testimonio de aquellos días.

¿También lo desconoce el general Dávila Álvarez quien toma a Azaña por el pito del sereno? Por su parte Morel no dudó en absoluto de que, con la ayuda de las potencias fascistas, los sublevados se alzarían con la victoria.

Ninguno tuvo en cuenta el nuevo factor que cambiaría el panorama interno e internacional: la ayuda soviética. Es notable que el general Dávila Álvarez se limite a escribir cuatro banalidades (soy generoso) al respecto. La literatura existente es ya notable. Los primeros barcos con material soviético (aparte de un envío de fortuna en el buque-cisterna Campeche) empezaron a llegar a los puertos del Mediterráneo a mitad de octubre. Más o menos cuando también comenzó a hacer acto de presencia la que llegó a ser 11ª Brigada Internacional.

La prensa extranjera llevaba semanas haciéndose eco de la posibilidad de una intervención soviética. Los diplomáticos nazis y fascistas adelantaban su llegada en telegramas a veces delirantes (adjetivo utilizable hoy: en su momento hacían bien en enviar a Berlín y a Roma los rumores que oían). Es de imaginar que aunque la Junta de Defensa fuera un organismo embrionario extremadamente kaki también supiera de las noticias de prensa que pululaban por el exterior. Incluso Franco había dicho al cónsul general italiano que quería acelerar la ofensiva antes de que entrase en acción la ayuda soviética y también porque no quería alargar las hostilidades ya que sus tropas carecían de ropa de invierno. ¡Muy previsor!

En este contexto no sé si hay que felicitar efusivamente al general Dávila Álvarez por citar (p. 243) como fuente digna de todo crédito al Münchner Neueste Nachrichten del 12 de noviembre de 1936 (yo no lo he leído, de aquí mis parabienes, ya que supongo que habrá ido a la fuente y que no lo habrá copiado sin más de alguno de los libros que dice haber manejado o quizá tomado de la traducción de los recortes de prensa que llegaran a la Junta Técnica del Estado, de la que su abuelo acababa de ser nombrado presidente). El caso es importante porque demuestra la capacidad analítica, o de émulo de Herodóto/Tucídides, de nuestro distinguido autor, tal y como ha afirmado otro no menos distinguido comentarista.

Sin embargo, para cualquier historiador genuino habría generado algún tipo de comentario la noticia de tal periódico:  el 12 de noviembre combatían “al servicio del gobierno rojo de Madrid” la friolera de 9.000 rusos, con otros 4.000 belgas y franceses y 300 ingleses. O que en la aviación había 120 aviadores rusos (pregunta al señor general: puesto que cita a Howson, ¿sabe cuántos aviones soviéticos ya habían arribado a puertos españoles?).  

Claro que el general Dávila Álvarez no ha creído oportuno informar a sus lectores (un despiste lo tiene cualquiera, también servidor) de que tal periódico habia pasado en diciembre de 1935 a manos de la editorial del partido nazi, Franz Eher Nachf. GmbH, que naturalmente lo puso al servicio inmediato de la dictadura hitleriana. Así, pues, una fuente muy fidedigna, aunque solo para cumplimentar los designios del maestro Goebbels.

Por lo demás, caso de haber acudido a alguno de los numerosos libros que han estudiado la presencia soviética en España, nuestro distinguido general se habría, quizá, enterado de que los asesores militares no pasaron de 600 en ningún momento amén de los 1.300 que combatieron directamente, de un total de entre 2.000 y 2.150 de todos los niveles (los datos los tiene en Rybalkin, p. 96)

En realidad, tan poco preciso general tampoco ha leído la obra, que cita en la bibliografía, de Skoutelsky. De haberlo hecho se habría dado cuenta de que en Madrid (“rompeolas de todas las Españas”) en aquella fecha de noviembre solo estaba la 11ª BI (unos 2.100 hombres armados de fusiles Remington, sin bayonetas, sin granadas, sin fusiles ametralladores, sin cascos, sin máscaras de gas y sin víveres de reserva) y que acababa de formarse a toda velocidad la 12ª BI con 1.600 voluntarios.

Ya no me detendré en la exposición que el distinguido general, vestido de historiador, hace de la ayuda soviética y, en particular, de la operación de venta del oro a Francia y a la URSS (cap. 34, pp. 219-225). Es una amalgama de datos desfigurados, expuestos sin ton ni son, deshauciados y, si se me permite la comparación, no daría para el aprobado en un examen de grado en cualquiera de sus cuatro cursos de hoy en día.  Los lectores pueden enterarse leyendo algunas obras que hayan tratado del tema.  

Eso sí, el general Dávila Álvarez (sin duda políglota) tiene la brillante idea de referirse a la obra de Rybalkin en ruso (p. 219) aunque lo cita mal e ignora que fue publicada en recio castellano en 2007.

Desde el punto de vista de análisis del pasado y de deshacer entuertos mi valoración es, de nuevo, que la “representación” que de él propaga tan distinguido  general de División es algo más que objetable porque no refleja ni siquiera mínimamente las  ancladas en evidencias primarias de época ni las analizadas por otros autores, que sí las utilizan.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (XII)

29 junio, 2021 at 10:27 am

OTRA REPRESENTACIÓN, PERO DESFIGURADA

Ángel Viñas

Excepcionalmente, este post carece de introducción. Ha de verse como continuación del anterior que podría haber alcanzado unas dimensiones considerables. Sin embargo, no se trata de hacer aquí una valoración de la parte más sustantiva de la obra del señor general de División Don Rafael Dávila Álvarez referida a la campaña del Norte. Solo de señalar alguna de sus insuficiencias antes de ella. Dos son lamentables. 

En la tradición post-1937 Mola surge como “el verdadero y casi único impulsor del Alzamiento” (p. 72). Pero, ¿y Franco? ¿y Goded? ¿y los demás generales que participaron en la conspiración? ¿No ha leído nada al efecto? Lo más interesante de esta parte del libro es que el autor todavía no se ha enterado de cómo fue gestándose la del futuro Caudillo. Sorprende también que no se haya atrevido a basarse en los datos que ya figuraban en la primera “historia” de los antecedentes de la guerra del EMC del Ejército de Tierra que data de 1945. Él se limita al cubre-vergüenzas del SHM de 1968, mucho más discreto.  ¿Otras aportaciones? No.  Tampoco conecta los acuerdos con Mussolini el año anterior con la aparición de la UME. Al contrario, los banaliza hasta prácticamente negarles toda eficacia. No cabría afirmar que está al día en sus lecturas. 

Como supuesto alzatelón de la guerra no hay que perder de vista el capítulo 12: asesinato de Calvo Sotelo. En él no se dice absolutamente nada que no se haya escrito miles de veces, pero aporta una “fuente” reciente: un artículo delirante de un exalcalde de A Coruña (en ABC), con un documento absurdo, que califica de “importantísimo”. Hay que descubrirse, rendidos, ante tan ignorado historiador en un tema que  ha generado ríos de tinta y que, además, no fue el detonante de la sublevación.  

Obviamente no faltan en la obra las citas de un Largo Caballero con el cuchillo entre dientes. El general Dávila Álvarez sigue sin dar fuentes (a diferencia de lo que hace en alguna ocasión Andrés Trapiello aunque se las invente) y tampoco las contextualiza. Así que lo único que se me ocurre  pensar es que está plenamente al corriente en lo que se refiere a los refritos y distorsiones que vienen practicando en los últimos años los autores derechistas o parafranquistas más aguerridos. 

Lo realmente impactante de esta parte es la atención que dedica, salpicada de infundios, lecturas selectivas, contraverdades, errores y omisiones (en una mezcla propia de un alumno poco aventajado de segundo de grado) a los inicios de la intervención internacional. Es la retahila consabida de camelos que conviene mantener enhiestos en todo lo posible. También es un poco mi tema, así que me siento en la obligación de escribir, limpia y claramente, que no valen ni siquiera el papel en el que están escritos (página 113 y capítulo 22). 

Reconozco, con todo, UNA GRAN aportación. Yo no sabía (p. 122), y lo afirmo con toda humildad, que “con anterioridad al Alzamiento, Nicolás Franco Bahamonde (…) instaló una oficina comercial (sic) en Lisboa”. Según la costumbre el distinguido general tampoco da fuente, aunque aborda una cuestión de la máxima importancia. De aquí que reproduzca la cita en negritas. ¿Por qué lo haría Don Nicolás, oficial de Marina? ¿Con qué fines? ¿Con qué medios? ¿En qué contexto? Supongo que no fue para dedicarse a actividades de compra y venta de café brasileño como terminó haciendo su querido hermano al final de la guerra.

Entre las “perlas” que encuentro en esta parte no puedo resistirme al cosquilleo (o regocijo) que me produce leer a tan condecorado general afirmando, por ejemplo, con toda su autoridad que en Marsella el 24 de julio de 1936 “el vapor Ciudad de Cádiz fue cargado de armas y municiones para el gobierno de Madrid” (p. 129). Selecciono una sola barbaridad histórica de entre muchas otras simplemente porque es clásica. ¿La idea subyacente? Los malvados franceses (se sobreentiende que carcomidos hasta los tuétanos por su propio Frente Popular) suministraron inmediatamente armas al Gobierno de la República, que para él probablemente no era demasiado legítimo. Así, como “compensación”, nazis y fascistas (perdón, anticomunistas de pelo en pecho) lo hicieron a su vez con los futuros “nacionales” (los primeros envíos de tan solícitos camaradas no llegaron hasta después del 24: ergo, fueron la consecuencia de los anteriores).

El general Dávila Álvarez parece que hace, a veces, alguna que otra aportación sustantiva. Por ejemplo, en las pp. 141-145 reproduce un informe sobre elementos enviados a la Península en los casi tres años de guerra (las itálicas son mías). Figura al final del capítulo 23. Se titula NOTA DE LAS UNIDADES Y MATERIALES QUE HAN SIDO TRANSPORTADOS A ESPAÑA DURANTE LA CAMPAÑA. No quito ni pongo nada al título. Y, en efecto, se identifican las unidades de Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros con su impedimenta en equipamientos para la guerra, transmisiones, sanidad y vestuario. Se trata de una nota oficial “que la Junta de Defensa Nacional y que posteriormente el Ejército del Norte iba actualizando” (sic). Servidor entrecomilla lo que escribe el ilustre general sin detenerse en mucho análisis. Lo dice un documento y ya está. Cuestión zanjada.

¡Ay!. Se trata, sin embargo, de un documento no demasiado fiable.  Veamos por qué. La suma de hombres que en él figura asciende redondeando a 21.000. Se añaden 2.662 más para cubrir bajas. En total 23.662. En casi tres años. ¿Son muchos? ¿Son pocos?

El señor general no suele manejar mucho las relevantes monografías, extranjeras o españolas. Por eso desconoce que ya en 1989 (ha corrido mucha agua bajo los puentes del Manzanares) el historiador norteamericano Robert H. Whealey (incidentalmente, amigo mio)  publicó los resultados del “puente aéreo” que los nazis establecieron para trasladar a la Península a una parte sustancial del Ejército sublevado en Marruecos. Sus estimaciones ascendieron a unos 19.000 soldados. Que el general Dávila Álvarez (p. 134) se limite a decir que en 14 días Franco pudo, gracias a los “aviones de transporte puestos a su disposición por Alemania”, enviar tal número de soldados con todo el equipo, es una forma elegante de exagerar pour la bonne cause.  

Él prefiere concentrarse en el “convoy de la Victoria” que atravesó las turbulentas aguas del Estrecho con 2.500 hombres. Poca cosa, en verdad, en comparación con los que pasaron por el aire. Es decir, los nazi multiplicaron los del convoy por un factor de siete. Si el señor general hubiera ido a las fuentes que manejó Whealey se habría enterado de una cosa muy interesante: los nazis alternaron el transporte de los soldaditos con el de su impedimenta y municiones. No hubieran podido, a pesar de ser Übermenschen en acción, hacer mucho más. Me permitiré dar a conocimiento de los lectores algunos datos:

En los primeros veinte días los nazis transportaron 8 toneladas de equipamiento. En la semana del 17 al 23 de agosto 11 toneladas y media. En la siguiente, algo más de 35. Si pararon un pelín, fue por falta de combustible, pero en la primera semana de setiembre ya llevaron casi 37 toneladas; en la segunda alcanzaron un récord relativo de 46,8 y en la tercera  transportaron 39. En la cuarta y última el récord absoluto fue de 46,8. Servidor es un poco ingenuo, pero me parece que toda esta impedimenta trasladada por el aire, no en 14 días sino a lo largo de dos meses, tuvo que tener algún impacto en las operaciones de los generales Franco y Queipo de Llano. Cabe discutir acerca del grado de pericia y maestría con que  maniobraron. No tanto que las llevaron a cabo con un inmenso derramamiento de sangre frente a un ejército que andaba noqueado y contra grupos de campesinos que habían pasado de la azada y la guadaña al mosquetón (cuando lo tenían) sin solución de continuidad.

Si el señor general desea conocer algo más sobre los vuelos del puente aéreo hay buena información. Según los datos que me ha facilitado un amigo entre el 21 de julio y el 1º de octubre tuvo lugar un total de 1.359. De ellos 567 fueron españoles, 78 italianos y 714 alemanes. En los primeros se cuentan incluso los de personajes importantes (entre ellos Franco). ¿Y cómo se ha enterado mi amigo de esto? Muy sencillo: ha ido a los archivos en busca de EPRE. 

 ¿Y dónde se encuentran otros datos, los alemanes, también al alcance de cada hijo de vecino? En el Centro Documental sobre el Bombardeo de Gernika. Donde existe también documentación que en un próximo post me permitirá señalar como un todo señor general escribe,  según ha dicho algún pelota,  en plan de historiador superdotado, acerca de cómo ha abordado la destrucción de la villa foral. La fuente que menciono en este post está, desgraciadamente, en alemán pero no tengo la menor duda de que le será fácil que se la lean. O a lo mejor la lee él mismo.  ¿Su título? Unternehmen Feuerzauber. Más conocida que la “Tana”.

Pero, ¿qué significan los datos numéricos que anteceden? Con 19.000 hombres del puente aéreo más 2.500 del convoy de la victoria, el general Dávila Álvarez parece querer indicar que el grueso de las fuerzas disponibles del Ejército de Marruecos se transportó a la Península durante el período de vida de la autodenominada Junta de Defensa Nacional. Por consiguiente desde octubre de 1936 hasta el final de la guerra ¿del Protectorado solo habrían salido rumbo a la península exactamente 2.162 hombres (23.662-21.500).? Quizás unos pocos más, pero no muchos. ¿Es creíble? 

La respuesta es un rotundo NO. María Rosa de Madariaga escribió hace casi veinte años una monografía (Los moros que trajo Franco. La intervención de tropas coloniales en la guerra civil), que nuestro eminente general ignora. Recogió estimaciones que varían entre un mínimo de 62.271 hombres (Gárate Córdoba) y un máximo razonable de 80.000 (Francisco de Caveda, interventor de Asuntos Indígenas, y la propia Delegación de igual nombre). Con lo cual la intervención de fuerzas extranjeras al lado de Franco y de su “Ejército Nacional” ascendería, al menos, a la suma de esta cifra, más 19.000 alemanes más unos 49.000  italianos y más un máximo de 8.000 portugueses. Grosso modo, unos 150.000 como mínimo, de los cuales los marroquíes (de los tabores preexistentes más los reclutados) fueron sin duda tropas de choque, a lo largo de casi tres años de conflicto. ¿Qué cálculos hace el general Dávila Álvarez para el Ejército Popular de la República? Ruego al lector que lea más abajo. 

A mi me da la impresión que es imposible escribir algo sobre la guerra, en el Norte, en el Sur, en el Centro o en Levante, al Este o al Oeste,  desde el lado franquista, sin mencionar la ayuda extranjera que recibió. Nuestro eminente general lo hace, para los alemanes, en las págs. 135 a 137. Añade, con razón, que “hoy está fuera de toda duda que fue Hitler el que personalmente decidió la intervención, o ayuda, en España sin que hubiera una relación preliminar entre los conspiradores y el régimen alemán”. Es cierto. ¿Lo ha leído en alguno de los eminentes historiadores del SHM de antes de 1974? Porque fue en ese año cuando lo demostró un servidor. No lo hizo ningún historiador militar franquista. Luego he ido matizándolo, pero de eso el general Dávila Álvarez ya no habla. Menos aún lo hace de la ayuda italiana que los conspiradores contractualizaron con la dictadura fascista y respecto a la cual, por desgracia, nos ha dejado con la pregunta en los labios de si su señor abuelo llegó a enterarse. 

El general nos ofrece, en cambio,  un manjar de dioses. A saborear detenida y pausadamente. Retoma una noticia aparecida en un periódico francés de agosto de 1936 y en el año en que nos encontramos, 2021, la presenta como fruto de sus largos años de inmersión en los papeles de su antepasado: la génesis de las Brigadas Internacionales. Afirma: “tienen su origen en la reunión celebrada el 26 de julio en Praga por el Komintern y el Profintern” (p. 241). Lo leo y no me lo creo. Ha revitalizado hoy una añejísima trola anticomunista de la extrema derecha francesa del mes de agosto de 1936 y lo hace hoy para explicar la aparición de aviones nazi-fascistas en los cielos de España. ¡La reacción! ¡Nada más que una reacción!. Ya desde antes del “Alzamiento” la propaganda subversiva que alimentaba a quienes iban a sublevarse andaba diciendo que los comunistas preparaban una revolución a la que era menester adelantarse. Es, pues, del todo congruente que, raudos cual centellas en la noche, los malvados comunistas se apresuraran en poner en pie todo un ejército. Lo curioso es que en su bibliografía nuestro autor cita una de las obras que, con documentación primaria extraída de los archivos soviéticos, más ha contribuido a desmantelar ese clásico camelo. Me refiero al trabajo de Rémi Skoutelsky. En cambio, también menciona una charranadita de Martínez Bande de 1965. Son mundos aparte, pero el señor general de División ni lo advierte.

La trayectoria de las Brigadas no es asunto de su obra, pero no por ello se inhibe de esparcir dardos venenosos en las páginas 240-241. Con datos de un historiador militar de los años cincuenta, el coronel de EM Juan Priego López (del SHM), llega hasta la un tanto abultada cifra de 45.000 efectivos. [Hubo historiadores franquistas que hablaron hasta de cien mil]. Por lo común, en la actualidad las estimaciones se sitúan en torno a los 38.000 contando a los extranjeros que no estuvieron en las Brigadas. Los lectores tendrían que consultar otras obras y a otros autores y no al escasamente distinguido historiador José María Gironella, como fuente (p. 242). 

Así, pues, se demuestra de nuevo que la “representación” del pasado que tiene el general Dávila Álvarez es algo más que objetable porque no refleja mínimamente las ancladas en evidencias primarias de época, con perdón a los manes de Heródoto y Tucídides. 

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (XI)

22 junio, 2021 at 8:30 am

OTRA REPRESENTACIÓN, PERO DESFIGURADA

Ángel Viñas

Empiezo ahora la segunda parte de la serie que me ha tenido ocupado en las últimas semanas. Confío en que el conjunto sea  útil a la hora de revelar cómo he enfocado y cabe enfocar el trabajo de historiador. Hay otras posibilidades, pero “cada maestrillo tiene su librillo”. Los amables lectores observarán que estos últimos posts tienen otro subtítulo. Se me ha ocurrido porque el 25 de mayo pasado me llegó un libro (aparecido tres semanas antes) que ha sido objeto desde su publicación de mucha alharaca y de notas en la prensa con frecuencia ditirámbicas. Al autor alguien (que no mencionaré) le ha atribuído tener alma de Heródoto o de Tucídides, afirmaciones realmente extraordinarias, como veremos. Si bien hay que felicitar a la editorial y a tan insigne historiador por la extensión e intensidad de tal campaña propagandística, me veo obligado a diferir radicalmente. Los temas que aborda el autor en cuestión  me son algo conocidos (aunque también entra en otros por los que no me he interesado particularmente). En lo que a mí se refiere el libro incorpora una “representación” un tanto, digamos, desfigurada (aunque otro calificativo más duro quizá sería más apropiado) de los antecedentes y comienzos de la guerra civil.

Se trata de la obra de un general de División retirado, exayudante de campo del rey Juan Carlos I, exgeneral jefe de una de las brigadas de la Legión, exjefe de tropas de Canarias y muchas otras cosas más. Probablemente camine algo inclinado cuando se vista de gala por tener que soportar el peso de las numerosas condecoraciones a las que se habrá hecho acreedor a lo largo de su dilatada y venturosa carrera. Es también nieto del general Fidel Dávila Arrondo, marqués de Dávila, que fue presidente de la Junta Técnica del Estado y general en jefe del Ejército del Norte en la guerra civil, entre muchas otras responsabilidades. Ha podido hacer uso en su libro de la documentación por él conservada. Debemos, pues, felicitarnos. En principio, si no recuerdo mal, no se había explorado.  El autor en cuestión se llama Rafael Dávila Álvarez.  

Así, vaya de entrada la expresión de mi agradecimiento  por haber dado a conocer a sus lectores y a los historiadores la existencia de esos papeles (aunque tengo la impresión de que quizá sean algo limitados, ¡ójala me equivoque!). Siempre he lamentado que todavía hoy tantos archivos privados permanezcan cerrados. ¡Cuánto mejor sería que se aireasen y pudieran consultarse en archivos públicos! En este caso permitirían una apreciación quizá algo diferente de la que hace el nieto.  

En el presente y en los próximos posts me limitaré a unas cuantas consideraciones esencialmente sobre los temas que han sido objeto de la presente serie, pero añadiré otro que ya ha surgido en el blog hace años. Se refiere a la destrucción de Gernika. Todos ellos reflejan la “representación” que el autor se hace de un pasado convulso. Adelanto ya que no escribe Historia. Simplemente, confunde “su” representación particular y lo que se desprende de lo investigado y sacado a la luz por multitud de historiadores, aunque no tengamos almas emulables con las de Heródoto o Tucídides.  

Ante todo,  un tirón de orejas a la editorial y al autor. Publicar hoy un libro sin índice de nombres (ya no hablo de índice analítico) es una muestra de falta de profesionalidad y de respeto a los lectores. Es también una trampa (saducea o no) porque dificulta considerablemente la lectura y un rápido abarcar del contenido del relato. Me siento en condiciones de dar tal tirón porque, que recuerde, ya desde mi primer libro, en 1974, todos los siguientes han contado con índices onomásticos y, hace ya muchos años, por lo general también analíticos.  Los hago yo mismo, con la vista puesta en los lectores.

El libro se descompone en cinco partes. Las tres primeras se titulan Rumbo a la tragedia, Verano épico y sangriento y Franco toma el mando. He leído hasta la página 145, de la 179 a la 194, de la 219 a la 225, de la 240 a la 246 y de la 253 a la 258. Me han bastado. Lo leído me suscita objeciones formales y de contenido. Entre las primeras, la idea (que quizá hayan insinuado al autor, pero que este habrá aceptado) de inventarse diálogos y conversaciones. Automáticamente devalúan la obra. No se necesitan.  Pueden reflejar (chi lo sà?) aspectos complejos. También pueden aligerar la lectura (para los menos aficionados a esta labor), pero no son sino un gimmick muy barato en un libro que pretende ser de historia. Huelen a periodismo de perra gorda.

Entre las objeciones de contenido es penoso (y explica el subtítulo) tener que leer en 2021 lo que el general Dávila Álvarez repite como un papagayo, sirviéndose de fuentes algo más que dudosas o totalmente desahuciadas, que tampoco contextualiza ni analiza en lo más mínimo:  un sinnúmero de mitos (o burradas, de ser algo inconvencional) sobre la República y la evolución que condujo a la guerra civil. Sin salirse de una tradición que remonta a los años oscuros del comienzo de la conspiración, de la propia guerra y de la dictadura de Franco.

Veamos algunos ejemplos de la “representación” en que se basa el autor. Ante todo, la reforma militar de Azaña. La literatura en pro o en contra, analítica o valorativa, es muy amplia. No llevó necesariamente a la guerra civil, pero sí incomodó a muchos generales, jefes y oficiales de un Ejército más que sobredimensionado (el autor ni se plantea la cuestión). Ha sido muy estudiada, pero él escribe al aire de una fácil tonadilla y alude, como principio explicativo, a “la mentalidad infantil de Azaña, su afición a las formaciones de soldaditos”. ¿Es esto serio? ¿Ha estudiado la trayectoria de un político complejo y revelado nuevas facetas? No me sonaba, al efecto, ninguna publicación histórica suya. Acudo a la ayuda de Mr. Google con ”Dávila Àlvarez + Azaña” por delante y lo que  salen son posts de su blog: he leído un par de ellos y lo he cerrado sin más.

Con todo, es de justicia reconocer que el autor tampoco exagera demasiado las consecuencias.  Lo hace de una forma muy particular al afirmar, tajantemente, que el “ataque a la Iglesia” hizo que más militares pasaran a la reserva que su propia reforma (p. 36). ¿En qué fuentes, estadísticas, testimonios fiables y contrastados se basa?  Que él indique específicamente, en ninguno.

En este contexto, que no es intrascendente, encontramos frases no fácilmente comprensibles. Una de ellas: “Para más inri jugó también [Azaña] a ser más papista que el Papa y pasó a ser monaguillo de la España católica, aunque fuese por costumbre, tradiciones ancestrales”. Me pregunto si el autor estaba pensando en el famoso discurso, tantas veces distorsionado, en el que el entonces presidente del Gobierno y ministro de la Guerra pronunció la frase (que siempre citan los ignorantes) de que España habría dejado de ser católica. Me limito, pues, a no ensalzar a los lectores de tan magna obra sus profundas reflexiones sobre la fé católica y la historia española (pp. 36s).

Para un militar que escribe sobre los militares y los primeros años de la República sorprende que no haya acudido a algunos de sus compañeros, historiadores de raza, al hablar del Ejército. Por ejemplo, al coronel Fernando Puell de la Villa que identificó hace años la mentalidad en la época de la mayor parte de los oficiales y jefes (también de algún que otro general): “intervencionista, acomplejada, victimista, escandalizada ante la República, hipnotizada por el supuesto peligro bolchevique”. ¿Amor a la religión católica? No solo lo tenían los militares. También los republicanos, pero no era la religión como tal lo que estaba en juego.

Otras citas importantes,  p. 46, carecen igualmente de fuente: “se hizo una constitución que invita a la guerra civil” (afirma que fue de Alcalá-Zamora: ¿en qué contexto?, porque está demostrado que fiarse en algunos aspectos básicos de las memorias del expresidente es asomarse al vacío). Esta debió de ser post 36. Claro que escribir sobre el pasado es más fácil que anticiparlo, por ejemplo, en 1931. ¿La valoró así Don Niceto entonces?. ¿Dónde? ¿Cuándo?

De toda esta parte dedicada a la República destaco simplemente una nota que servidor ignoraba: la decisión de su abuelo (p. 42) de no aceptar la Subsecretaría del Ministerio de la Guerra que le ofreció Azaña y preferir pasar a la reserva. Es una noción que le honra. Mejor estar fuera que ser “cómplice” desde dentro. ¿Significación histórica? Limitada.

Tampoco sabía, aunque no me extraña lo más mínimo, que algunas reuniones de la UME contaron con la presencia de su ilustre antepasado (p. 57). ¿Consecuencias que de ello extrae el nieto? Ninguna. Lo explicaré a los amable lectores: implican que el general Dávila Arrondo estuvo al corriente de lo que se tramaba y que fue otro conspirador más. No lo afirma servidor por mera aplicación de la lógica. Lo recoge el apunte biográfico hecho por otro príncipe de la milicia -para mí un historiador tampoco muy fiable- como fue el general José María Gárate Córdoba, en el DBE de la RHA.

Lo que el nieto no aclara, y esto sí habría sido potencialmente interesante en el plano histórico, es en qué consistió la participación del abuelo de cara al golpe. En un libro basado en sus papeles no sería un tema de escasa entidad.   ¿Carece de ellos? ¿Hay motivos, quizá,  para  sonrojarse? ¿O escribió como Mola, Franco, Cabanellas etc para defender sus actuaciones? En tal caso, ¿cómo?.

En esta serie de posts, no extrañará a los lectores que lo que más me haya interesado sean las referencias que el general Dávila Álvarez hace a la ayuda fascista antes del golpe (él utiliza un término con recias evocaciones: Alzamiento). Ya en 2013 empecé a documentarla y descubrí que su plasmación definitiva data del 1º de julio de 1936. ¿Se ha enterado siete u ocho años más tarde tan distinguido autor? NO (pp. 50s y 57). ¿Dice algo nuevo? NO. ¿Intenta refutarlo? NO. Lo históricamente interesante es si un general monárquico, su abuelo, en contacto con otros conspiradores militares también monárquicos, la ignoró o si participó del conocimiento.

El general Dávila Álvarez dedica, ¡cómo no!, un capítulo, el 8, a las reuniones en Italia de los futuros salvadores de la PATRIA. ¿Fuentes? Las clásicas, y hoy totalmente devaluadas, pero que toma como palabra de Evangelio. No sin acudir al apoyo de un compañero suyo que ya ha aparecido en esta serie: el también general Don Manuel Chamorro. ¿Resultado? Nuestro estimado autor no escribe historia. Revive cuentos o, mejor dicho, camelos que no pasan la prueba de fuego de la confrontación con las evidencias. Eso sí: Es tajante al afirmar “en la preparación del Alzamiento no se había contado con ninguna ayuda extranjera” (p. 127). (Las negritas son mías sustitutivas de una pequeña carcajada). Es decir, fue obra única y exclusiva de soldados españoles curtidos en mil batallas contra los enemigos de la PATRIA, sobre todo en el interior. También en el exterior, pero en las interminables campañas para dominar a unas cabilas en un territorio de más o menos la extensión de la provincia de Badajoz. La patraña, que he subrayado en negritas, se lanzó en 1936 y, como los amables lectores comprobarán, todavía subsiste.

El capítulo 9 se dedica a la revolución de octubre. Algo que se ha estudiado exhaustivamente, por activa y por pasiva, por perfecto, por imperfecto y por pluscuamperfecto. Para el autor fue una guerra preventiva acometida por el EJERCITO ROJO. Y se queda tan tranquilo.  Claro que entre sus fuentes figura uno de los grandes nombres del periodismo en la época franquista, entonces muy conocido y hoy con razón olvidado: Emilio Romero (p. 66).

¿Y la conspiración? Asunto de generales. ¿Los civiles? No aparecen. Eso sí, da un pequeño zarpazo, típico: el general Miaja y el comandante Vicente Rojo pertenecieron a la UME. Lo ocultaron después y destruyeron sus fichas. ¿De dónde se lo habrá sacado?, porque lo cierto es que los republicanos lo sabían, antes del golpe, y lo siguieron sabiendo después del mismo (p.  69).Al autor no se le ocurre pensar por qué razones permanecieron fieles a su honor militar y no como otros que lo pisotearon. [Mi crítica es limitada, porque el señor general no se ha molestado en consultar la relación parcial que de la UME figura en los archivos de Ávila y en donde se encuentran los nombres de ambos].

Tampoco parece que los haya visitado. Al parecer, como evidencias primarias solo ha visto los papeles del abuelo porque gran parte de la bibliografía que cita, muy selectiva, sirve simplemente de cobertura. Tampoco crea el lector que la ha absorbido. Además, los trabajos fundamentales de Eduardo González Calleja y colaboradores y Angel Luis López-Villaverde, por poner ejemplos recientes, brillan por su ausencia. Eso sí, no faltan las de una docena de propagandistas de la fé franquista.

En una palabra: la “representación” del pasado que tiene el general Dávila Álvarez es algo más que objetable porque no refleja mínimamente las  ancladas en evidencias primarias de época, dicho esto con perdón a los manes de Heródoto y Tucídides.

(continuará)