Los mitos nunca mueren: Gernika y Stanley G. Payne (y VI)

5 mayo, 2015 at 8:30 am

La exoneración de Franco alcanza su punto culminante con la curiosa noción de que «se equivocó al negarse a admitir la verdad» (p. 229). Que en 2014 esto lo afirmen Payne y Palacios es como para echarse a llorar. Revelan una superable ignorancia de cómo el Caudillo hizo la guerra civil. Franco, en efecto, no podía, con casi imposibilidad metafísica, reconocer lo que había pasado.

Lo que había pasado es que la Legión Cóndor destruyó Gernika. Y que al día siguiente, 27 de abril, el lendakari Aguirre lo denunció urbi et orbi. Y que la prensa británica y norteamericana recogieron la noticia de que aviones alemanes al servicio de los facciosos españoles eran los que habían bombardeado la villa foral. Pero Payne y Palacio eluden que ni Franco ni Hitler no reconocieron, en la guerra civil, que unidades alemanas regulares de tierra y aire intervenían en ella. Era el secreto de Polichinela. Todo el mundo lo sabía. Pero los países democráticos occidentales, en el marco de la no intervención, se hacían gustosamente ciegos y sordos. No «veían» soldados y aviadores alemanes sino algún que otro voluntario y sobre todo «técnicos». De aquí la famosa respuesta del Cuartel General, que Payne y Palacios se abstienen de mencionar:

«¡Miente Aguirre! Miente vilmente (…) No hay aviación alemana ni extranjera en la España nacional. Hay aviación española. Noble, heroica aviación española que lucha constantemente con aviones rojos que son rusos, franceses y conducen aviadores extranjeros (…) Guernica no ha sido incendiada por nosotros. La España de Franco no incendia. La tea incendiaria es monopolio de los incendiarios de Irún, de los que han incendiado Eibar, de los que trataron de quemar vicos a los defensores del Alcázar de Toledo».

Con ello Franco, porque fue Franco mismo quien reaccionó como un toro herido (Irujo ha recogido el telegrama que la embajada italiana en Salamanca envió inmediatamente a Roma), sentó las bases del mito de Gernika. Duró tanto como su dictadura.

Hubo un problema, que también eluden cuidadosamente Payne y Palacios y es que desde Berlín se preguntó a la Cóndor. Y von Richthofen contestó, sin faltar de todo a la verdad, en un sentido que «salvaba» el honor nazi (si es que lo había) y el honor de Franco. Habían sido unidades de primera línea, la infantería, las que habían pedido el bombardeo de Gernika.

Esto fue una pequeña distorsión de lo ocurrido pero satisfizo momentáneamente a Berlín que, obvio es decirlo, conocía al dedillo los mecanismos de coordinación hispano-alemana en el plano estratégico, táctico y operativo.

El problema es que la discusión internacional en torno a Gernika no solo no disminuyó sino que fue aumentando progresivamente. Era lógico. La rotunda declaración de Salamanca negaba lo que parecía evidente. Encima pronto dio paso a la patraña de que los propios vascos, ayudados amablemente por dinamiteros asturianos, habían pegado fuego a la villa con el fin de crear un ambiente desfavorable a los autodenominados «nacionales». Southworth, en la parte más sustancial de su obra, recreó el proceso fuera y dentro de España y que culminó, en un primer momento, en la constitución por Franco de una comisión de expertos encargada de preparar un informe que pudiera airearse ante el exterior

Esta fue la denominada Comisión Herrán que preparó, en efecto, un informe oficial publicado en Londres al año siguiente. Hizo maravillas, saltos malabares, prodigios de prestigitación y concluyó en favor, lógicamente, de la tesis de la autodestrucción. Southworth lo redujo a trizas pero, no tema el lector, el general Salas lo ha resucitado.

El 9 de agosto de 1937 se reunió en Gernika la comisión. En ese mismo día, ¡o milagro milagroso!, von Richthofen escribió una carta supercortés a Kindelán. Acompañaba un informe, también en alemán, sobre lo que había ocurrido en Gernika. Como los miembros de la comisión probablemente no entendían tal idioma, alguien la tradujo al español. Pero fue una traducción amañada.

ál informe han aludido el propio Salas, Morten Heiberg, Manuel Ros Agudo y Stefanie Schüler-Springorum. Se encuentra en Villaviciosa de Odón. Servidor lo ha estudiado a fondo y destacado las «charranaditas» de Salas y de los desconocidos traductores. Von Richthofen reconoció lo evidente y lo que era imposible ignorar, por muy amable que quisiera mostrarse con los deseos de Franco. El comienzo del informe fue rotundo: «La situación en tierra en el frente de Vizcaya el 26 de abril de 1937 que llevó a ordenar al mando del Ejército del Norte el bombardeo aéreo del puente pegado a Guernica por el este era…» Obsérvese, ahora ya no fueron las «unidades de primera línea». Como este comienzo es altamente inconveniente para Salas, ¿qué hace el «objetivo» general? Pues eliminarlo de un plumazo, seguro de que sus numerosísimos seguidores no irían a dudar de su palabra y consultarían el texto original en el AHEA.

El lector debe saber que para entonces lo que se afirmaba ya, y repetirían los autores pro-franquistas hasta poco menos que hoy en día, es el presunto objetivo de la operación Gernika. Cortar un puentecillo de piedra sobre la ría de Rentería que comunicaba el núcleo de la villa con este barrio. Siempre se ha omitido que el puente estaba, prácticamente, dentro de ella. Y ¿por qué diablos se utilizarían toneladas de bombas incendiarias para destruir un diminuto puente de piedra?

Innecesario es decir que en el informe de von Richthofen desapareció toda referencia a bombas incendiarias. Había que apoyar, en lo posible, la tesis de la auto-destrucción. Ya se sabe. Los «malos» vascos. Los horribles dinamiteros superrojos … No sabemos si, en su versión amañada, el informe se elevó a conocimiento de los componentes de la Comisión Herrán pero si, como suponemos, lo fue reforzaría la noción de que los republicanos, en retirada hacia Bilbao, habían quemado Gernika. Vilmente. Como solían hacer.

¿Por qué es hoy importante el atroz bombardeo de la villa foral? Por varios motivos:

a) La dictadura franquista mantuvo el mito creado en 1937. Al final, el Ministerio de (Des)Información fue permitiendo algunos cambios con cuentagotas. Incluso se llegó a no negarse del todo la autoría alemana, pero se cualificó. Lo hicieron sin que lo supiera Franco. El genio de la historiografía pro-franquista, de la Cierva, fue más allá. Una escuadrilla voló de Alemania a Gernika, la bombardeó y se marchó de nuevo a Alemania. Sin repostar.

b) Se silenció cuidadosamente el origen del mito. El propio Franco, no el Gobierno suyo como afirman Payne y Palacios. También que el invicto Caudillo lo mantuvo contra viento y marea no solo en la guerra civil sino también en la larga postguerra.

c) Se echó, en lo posible, la culpa a los otros. Un caso claro y evidente de proyección, característica típica de la historiografía franquista. Antes y hoy.

d) Nunca los autores de esta cuerda, empezando por los militares (a la cabeza de ellos el general Jesús Salas Larrazábal) y terminando por el más humilde de los historiadores «objetivos», han querido ir al fondo de la cuestión.

Por algo será. Yo, simplemente, me limito a rogar al profesor Stanley G. Payne y al periodista Jesús Palacios que, por lo menos, lean. Que lean sobre Gernika y sobre otros muchos puntos en los que su tan alabada biografía, «objetiva», no resiste la contrastación documental. Mis amables lectores podrán juzgar sobre lo que afirmo a partir del próximo mes de octubre. A ver si es posible darles unos cuantos elementos para que, aunque no derrumben del todo los mitos, puedan permitirles reducir su amplitud considerablemente.

FIN

Los mitos nunca mueren: Gernika y Stanley G. Payne (V)

28 abril, 2015 at 8:30 am

Dado que la documentación directa franquista en torno a Gernika ha desaparecido, conviene señalar qué tipo de contactos existían entre el Alto Mando y la Legión Cóndor una vez que fueron perfeccionándose los mecanismos de coordinación desde que la aviación alemana empezó a actuar en España. Es decir, el tipo y carácter de la información institucionalizada que españoles y alemanes montaron de cara a la campaña de Vizcaya y que profundizaron en esta.

Obviamente, Salas no pierde en ello una sola palabra. Tampoco Payne y Palacios. No obstante en Villaviciosa de Odón existen unos cuantos legajos que permiten identificar el perfil de las grandes líneas de los mecanismos de información mutua. Se referían, entre otras, al envío de resúmenes de las operaciones de la Aviación; noticias sobre el adversario y procedimiento de coordinación. Entre las operaciones destacan, por ejemplo, las realizadas en el mes de marzo en otros teatros: Alcalá de Henares, Guadalajara, Aranjuez, presa de Tremps, Brihuega, Guadalajara, Alcázar de San Juan. Se detallaban los aviones que participaron, las cargas arrojadas, los efectos y cualesquiera incidencias de importancia. En el Norte se mencionó Santander, cuyo puerto bombardearon el 25 de marzo dos Heinkel 111 con 16 bombas de 50 kilos. Alcanzaron un barco. Seis días más tarde comenzó el ataque en el frente de Vizcaya. El primer parte decía: «Flanco izquierdo roto merced a los ataques en masa de todas las formaciones de la Legión Cóndor. Línea alcanzada: muy pegada a la cota 716 por el Este (2 kms al norte de Apozaga) - id. cota 686 al suoreste de Apozaga - Jarinto norte - Villarreal de Álava norte». Las informaciones se completaban posteriormente.

La coordinación implicaba siempre a la Jefatura del Aire. Era una tarea casi diaria. Digo «casi» porque a veces en el archivo faltan jornadas. Ignoro si los partes se han destruído. Se remitían bajo la autoridad del general Sperrle. Los conservados van acompañados de la traducción al castellano. Si en la Cóndor había dudas se resolvían preguntando a Kindelán. Por ejemplo: «¿existen objeciones al traslado a Palma de la escuadrilla de hidros de reconocimiento, que se reforzará hasta llegar a seis aparatos?». A veces surgían roces potenciales. Volvió el tema de la disgregación. El 6 de julio de 1937 Sperrle informó a Kindelán: «Una división de fuerzas de la Legión Cóndor es imposible». Es decir, los españoles seguían erre con erre. También en lo que se refería a bombardear ciudades. Sperrle dijo a Kindelán que no podía atacar el puerto de Santander. Se atenía a las instrucciones del Generalísimo. Pero Franco hizo caso a Kindelán. El 5 de julio de 1937 Sperle le comunicó: «bombardeo de represalia no se efectuó hoy por causa del mal tiempo. Para mañana espero nueva orden por telegrama. Confirmación por escrito». Kindelán contestó: «Ratifico orden de bombardeo represalia Santander en la misma forma que estaba acordada».

Es decir, han sobrevivido documentos que muestran la índole de la intelección nazi-franquista. ¿Falló en Gernika? La respuesta es no. Cuatro días antes de la destrucción de la villa foral, el Boletín de Información de la Jefatura del Aire constató: «se han llevado a cabo con pleno éxito todos los servicios ordenados por el Alto Mando de esta Jefatura. Hoy han sido derribados e incendiados en el frente de Vizcaya dos aviones de caza nuevo tipo muy rápido por nuestros Messerschmitt». Franco no disponía de estos aviones. La Cóndor sí. Quienes los derribaron fueron el teniente Günther Radusch y el sargento Franz Heilmayer. Los nombres no suenan muy españoles. Salvo que no sepa leer parece raro que la frase anterior tenga otra significación que la que aparece: era el Alto Mando español quien marcaba los servicios. Los alemanes ejecutaban. ¿Pueden demostrar Payne y Palacios que estos boletines no se enviaban al Cuartel General?

Tres días antes del bombardeo otro Boletín recogió: «En el frente de Vizcaya nuestra Aviación ha cooperado con grandísima brillantez y eficacia al avance victorioso de las fuerzas de tierra». Lógico. Pero ¿qué pasó después? El 26, el infausto día de Gernika, no hubo boletín. El del 27 se limitó a afirmar, cierto que rotundamente: «Se ha continuado prestando eficacísimamente la colaboración a las tropas de tierra en su arrollador empuje en el frente vasco«. Claro, la Legión Cóndor había arrasado la villa foral. El 29, día de la entrada de Mola en ella, la Jefatura del Aire proclamó: «Ha continuado la eficaz ayuda prestada a las fuerzas de tierra en su glorioso avance por el frente de Vizcaya».

Es decir, en el contexto más inmediato al bombardeo no hay nada que haga sospechar que la cooperación nazi-franquista aire-tierra sufriera el menor colapso. Lo que no hay es referencia a la destrucción efectuada. ¿Una casualidad? En el Boletín del 27 de abril apareció la noticia, fechada el 24 y proporcionada por un agente en la capital vizcaína, de que «en el último bombardeo nuestra Aviación sobre Bilbao quedó destruída la Factoria Naval y cayendo bombas en los Altos Hornos».

No hay que sorprenderse. Cuando comenzó la campaña del Norte las restricciones a los bombardeos de centros urbanos ya no estaban en vigor, digan lo que digan Salas, Payne y Palacios.

Ahora pregunto ingenuamente. ¿Dónde se encontraba la Jefatura del Aire, ausente en todas las reconstrucciones franquistas y neo-franquistas? Pues, evidentemente, en estrecho contacto con el Cuartel General. ¿O hemos de suponer que entre una y otro, y Kindelán y Franco, no había comunicaciones? ¿Que Franco solo se interesaba por las operaciones del Ejército de Tierra porque su corazoncito le latiera más del lado de la infantería? ¿Qué Franco no estaba al corriente de la coordinación tierra-aire en el frente Norte? ¿Qué dejaba a Mola que hiciera la guerra por su cuenta? ¿Que el jefe del Estado Mayor de Mola, coronel Juan Vigón, no tenía a su vez comunicación con el Cuartel General?. Estas son preguntas pertinentes que Payne y Palacios ni se plantean. Tampoco Salas.

Servidor es de los bobos que creen que la carga de la prueba no radica en demostrar que los mecanismos de coordinación establecidos entre nazis y franquistas se interrumpieron el 25 y el 26 de abril de 1937. Es a quienes afirman que Franco no se enteraba de nada, porque quizá estuviera en Babia, a quienes les corresponde probar que hubo ese fallo de comunicación. ¿Y cómo se demostraría? Se ha intentado. Lo hizo Vicente Talón con el famoso telegrama de la Legión Cóndor a Berlín. Como ya lo destrozó Southworth en su momento (y también un historiador alemán de quien Salas chupa rueda y tergiversa en todo lo posible, Klaus Maier), Payne y Palacios eluden el tema y se limitan a decir que Hitler se irritó ante el escándalo producido por el bombardeo «e insistió a Franco en que la Legión Cóndor debía ser exculpada de toda responsabilidad». Y añaden que este (probablemente indignado aunque no llegan a afirmarlo) ordenó que se comunicara a von Richthofen que no debería bombardearse ninguna población abierta… Ja, ja, ja. Ya sabemos lo que pasó después con Santander.

(seguirá)

Los mitos nunca mueren: Gernika y Stanley G. Payne (IV)

21 abril, 2015 at 8:30 am

Otra de las evidencias que los historiadores franquistas no han solido estudiar es la naturaleza y contenido de las comunicaciones entre la Legión Cóndor y la Jefatura del Aire al mando de Kindelán. Eran constantes. Debieron de generarse masas enormes. En los archivos españoles se encuentran muchas pero han sido objeto depredaciones a lo bestia. Hace muchos años un periodista, Vicente Talón, publicó una referida, ex post factum, al bombardeo de Gernika. Con ella apuntaló la tesis de que lo efectuó la Cóndor faltando a sus compromisos y a la palabra dada.

El telegrama de Talón ya lo contextualizamos Southworth y un servidor. Payne y Palacios no lo mencionan. Prefieren presentar el bombardeo como algo rutinario, similar a lo que había ocurrido en Durango sin que se levantara tanta polvareda. Se sorprenden de que se difundiera por todo el mundo «a modo de bombardeo de terror sobre una población sin objetivo militar alguno». Reduccionistas, la culpa del escándalo la colocan encima de los anchos hombros de un periodista británico que trabajaba para The Times. Afirman que «quiso dramatizar de forma exagerada para que el pueblo británico sintiera los pavorosos efectos de los bombardeos sobre las ciudades». Limpiamente, como historiadores «objetivos» que dicen que son, excluyen todo lo que hubo detrás y para explicar lo cual Southworth utilizó más de quinientas páginas.

En 2014 Payne y Palacios todavía no se habían enterado de que cuatro años antes la profesora Schüler-Springorum había identificado un informe de la Legión Cóndor fechado el 28 de mayo de 1937 con el interesante titulo «Efectos de los bombardeos sobre las ciudades españolas. Frente de Vizcaya«. ¿Cuántas fueron bombardeadas, se preguntaría el lector? Siguiendo el orden en el informe de las «visitas» de la aviación al servicio de Franco el autor señaló tres: Durango, Eibar y… ¡Gernika!. Es un informe que, vaya por Dios, no estudió Corum. Esto no es una crítica. Incluso un eminente historiador de la Luftwaffe probablemente no ha podido ver todos los documentos generados por ésta. Pero en el caso de la guerra civil en que hubo menos (no fueron muchos los que se salvaron del incendio en Berlín de los archivos de la Legión Cóndor) la prudencia no debería estar reñida con la ciencia.

Dicho informe lo firmó von Richthofen. Aclara lo que pasó, cómo pasó y porqué pasó. ¿Y cual es el resultado? Pues el normal. Al denunciar Steer la destrucción de Gernika como un bombardeo de terror dio absolutamente en el clavo. Lamento tener que corregir las fantasías pro-franquistas de Payne y Palacios. Tampoco las tergiversaciones de Salas o las estupideces de tantos historiadores «objetivos» al servicio de la memoria de Franco.

La idea que estuvo detrás de los bombardeos de las ciudades vizcaínas fue muy simple. La de «estudiar» los efectos que se produjeran sobre las casas e instalaciones porque su naturaleza guardaba una cierta similitud con las de las ciudades de países vecinos de Alemania. En claro y rotundo castellano: experimentemos en Vizcaya lo que podríamos hacer en Bélgica, Francia, Holanda o… Polonia. Y a tal efecto probemos con diferentes cargas de bombas, por peso y kilogramos, espoletas y demás adminículos.

Así ocurrió. En Durango los italianos experimentaron con proyectiles rompedores de 50 kilos que también utilizaban los nazis. La técnica de lanzamiento a mil metros de altura consiguió comparativamente muchos más blancos. ¡Era mejor que la alemana! El porcentaje de daños fue del 55 por ciento de los edificios. En Eibar las bombas italianas fueron ya de 100 kilos y se lanzaron entre 600 y 800 metros. Obviamente los daños fueron mayores, del orden del 60 por ciento. ¡Bravo! Pero no era suficiente.

La Legión Cóndor dio un paso al frente e innovó. Los proyectiles rompedores fueron ya de 250 kilos. La técnica fue de lanzamientos individuales y sucesivos. ¿Y qué pasó? Pues lo predecible. El coeficiente de destrucción fue muchísimo mayor: del 75 por ciento. Además se utilizaron incendiarias. Convenía, por cierto, emplear espoletas de retardo, como las italianas. Sin embargo, las bombas de 250 kilos eran demasiado destructoras. Lo mejor, recomendó von Richthofen, sería desarrollar bombas intermedias, de entre 100 y 150 kilos y adoptar la técnica de lanzamientos acoplados con tres bombas simultáneas.

¿Cómo se destruyó Gernika? El informe también lo dice: en el primer ataque se utilizaron ante todo bombas incendiarias que provocaron numerosos incendios en las cubiertas de los edificios. Esto resquebrajó su estructura. En los siguientes ataques se emplearon las bombas de 250 kilos que machacaron las conducciones de agua. Esto impidió las labores de extinción. ¡Qué alegría! Por ello el fuego pudo desparramarse libremente. Fenómeno. Si Payne y Palacios no quieren llamar a esto una operación rutinaria son muy libres de hacerlo pero me da en el magín de que se equivocan.

También obvian algunas cosillas. En la campaña de Vizcaya la compenetración entre la Aviación (alemana, italiana y franquista) fue muy estrecha y las tres se relacionaban íntimamente con la Jefatura del Aire que dirigía Kindelán. A su vez la Jefatura del Aire y la aviación del Norte estaban en contacto permanente con las tropas del Ejército de Tierra que mandaba Mola. Este, hombre retrógrado ya en la época, pretendía reruralizar el País Vasco porque entendía que la industrialización era un veneno que había corrompido a los vascos incitándoles a ponerse del lado de la República y, ¡cielos!, del separatismo. La Cóndor lanzó octavillas (se han conservado algunas) advirtiendo a los vascos de la inutilidad y perversidad de la resistencia. En lo que Sperrle y von Richthofen no estuvieron de acuerdo fue en lo de la reruralización. Sería una estupidez destruir la industria bilbaina. Hasta Franco se dio cuenta de ello.

¡Ah!, pero nos enseñan Payne y Palacios, «Franco había cancelado los ataques indiscriminados contra las ciudades, convencido de que los llamados (sic) «bombardeos del terror» podían ser contraproducentes» (p. 227). ¿Qué prueba aducen para ello? Ninguna. Se basan en una afirmación de Salas que reproduce una orden de Franco. Pero ¿qué decía esa orden? Algo que demuestra que ninguno de los tres historiadores «objetivos» quiere leer.

La orden de Franco, que Kindelán comunicó a Sperrle en enero de 1937, afirmó taxativamente según el profesor Payne y su coautor que «sin orden expresa no se bombardeará ninguna ciudad ni centro urbano. Cuando se bombardeen objetivos militares en las poblaciones o próximos a ellas, se cuidará de la precisión del tiro con objeto de evitar víctimas en la población no combatiente». Nos descubrimos ante la extremada solicitud del Generalísimo. Pero ni Salas, ni Payne ni Palacios han reparado que el segundo punto de las instrucciones preveía que sufriría «modificaciones parciales según las circunstancias y su vigencia terminará el 31 de enero». Es decir, dos meses y pico antes de los bombardeos de Durango, Eibar y Gernika. ¡Bravo por el análisis «científico»!

Otra cosa muy diferente es que el 10 de mayo, en plena escandalera por lo de Gernika, Franco comunicara a Sperrle que «no deberá ser bombardeada ninguna población abierta y sin tropas o industrias similares sin orden expresa».

(Seguirá)

 

 

Los mitos nunca mueren: Gernika y Stanley G. Payne (III)

14 abril, 2015 at 8:30 am

Las investigaciones realizadas en el Archivo Histórico del Aire (AHEA) en Villaviciosa de Odón y el General Militar de Ávila (AGMAV) ponen de relieve dos cosas. La primera es que el expediente sobre el bombardeo y destrucción de Gernika ha desaparecido. Solo un cretino podría pensar que se habrá tratado de una casualidad, o que, ¡milagro!, no se compilase uno. Aun así, varios historiadores, al frente Don Ricardo de la Cierva, han hecho mucho hincapié en que el documento más buscado por los historiadores «anti-españoles» no se ha encontrado. (Tampoco, por cierto, la orden de Hitler que puso en marcha la Shoah).

P1020180La desaparición en el caso español se explica por razones menos sofisticadas que en el alemán. En los archivos de la dictadura siempre han actuado sin compunción alguna bichitos fibrófagos que roen o destruyen papeles comprometedores, desde los años de la guerra civil hasta la Transición y, en mi opinión, incluso después.

Ahora bien, no siempre esos bichitos están bien dirigidos o teledirigidos. Con cierta frecuencia dejan restos. En el caso de Gernika muchos. De aquí que cualquier historiador que se precie trate de localizarlos. Un militar hiperfranquista, el general de Caballería ya fallecido Rafael Casas de la Vega (coautor de la infame reseña biográfica de Mola en el DBE, de la Real Academia de la Historia), escribió en un mamotreto sobre Franco publicado en 1995, para mayor dicha por la editorial que se decía propiedad de Ricardo de la Cierva, que había obtenido quinientas fotocopias de documentos conservados en Ávila y en los archivos militares alemanes. Quería ofrecer a los ávidos lectores interesados una amplia versión de lo ocurrido.

No lo hizo. Ignoro las razones. A mí me sorprendió leer tal propósito porque lo que hay en Ávila no da para comerse muchas roscas. Sí las suficientes para empezar a echar por la borda las interpretaciones franquistas. Quizá tan ilustre militar retrocediese espantado. En realidad cruzar documentos de varios archivos es lo normal y lo que se enseña a los estudiantes de historia. Supongo que el profesor Payne también lo habrá hecho cuando daba clases en la Universidad norteamericana. No puedo suponer nada de Palacios al respecto.

Pues bien, los documentos de Ávila y de Villaviciosa de Odón permiten reconstruir el contexto en el que tuvo lugar el bombardeo de Gernika y arrojar luz sobre el tipo de cooperación que se había establecido entre la Legión Cóndor alemana (coautora principal del bombardeo), la Aviación italiana, la franquista y las fuerzas del Ejército de Tierra de Franco. Es un aperitivo que despierta el apetito.

También existen documentos adicionales hasta entonces desconocidos exhumados en Alemania por la profesora Schüler-Springorum y de gran relevancia para aclarar el bombardeo. Finalmente, combinando unos con otros es posible explicar el jueguecito al que se entregaron Franco y Kindelán. Este último era el Jefe de la Aviación franquista. Se ha escapado de rositas en los centenares de trabajos sobre el bombardeo concentrados en la autoría de la Legión Cóndor. Sin embargo el inmarcesible Caudillo y el general monárquico que más contribuyó a su «exaltación» a la Jefatura del Estado se conchabaron para encubrir lo ocurrido de cara a un Hitler indignado y a quien el bombardeo y el escándalo universal que despertó cogieron absolutamente desprevenido.

No tenga cuidado el lector. Ni Payne ni Palacios dicen una palabra al respecto. Tampoco Salas ni Corum. Para eso hay que tener una cierta curiosidad y, sobre todo, apelar a la base documental que se ha conservado.

Una parte de esta última es conocida desde hace muchos años. Se refiere a las condiciones exigidas por los alemanes a Franco para el envío, en octubre de 1936, de la Legión Cóndor. El recién nombrado Generalísimo las aceptó encantado. La más importante es que la Legión actuaría a las órdenes de su propio comandante en jefe, obviamente alemán. Este, el general Hugo Sperrle, solo respondería ante Franco y actuaría como su asesor inmediato para temas relacionados con el empleo de la misma.

Lo que no se conocía (ningún historiador pro-franquista ha mostrado interés en ello) fueron las condiciones estratégicas, tácticas y operativas en que desde el principio se plasmó la inetracción entre la Cóndor y las fuerzas franquistas. Estas no eran, técnicamente hablando, una maravilla. Tampoco una panda de aficionados, como ocurrió al principio en el Ejército Popular de la República. Así pues se hizo lo que era inevitable hacer: establecer los oportunos protocolos de cooperación. Los españoles fueron puntillosos. Había que evitar roces, malos entendidos, despistes, etc. Tales protocolos se establecieron de inmediato. Ya se los utilizaba en diciembre de 1936. Las operaciones de los aviones alemanes se discutían con la Jefatura del Aire (Kindelán). Se definían las modalidades de actuación. Los tipos y número de aparatos. La relación con otras fuerzas aéreas, a saber, la franquista y la italiana. Los objetivos tácticos. La carga de bombas. Se redactaban informes inmediatamente después de las operaciones. Se analizaban los efectos. Lo normal. (Pero lo normal no siempre es la norma en la historiografía pro-franquista de la guerra civil).

Cabe suponer que este modo de proceder, que implicaba una coordinación continua y que insistimos ya empezó a rodarse en diciembre de 1936, seguiría efectuándose en los meses ulteriores. Y, en particular, en la campaña del Norte en la que a la Aviación le correspondió un papel estratégico, táctico y operativo fundamental. Sin embargo, ahí aparecen de nuevo los bichitos fibrófagos. Los protocolos han desaparecido salvo para los primeros tiempos. Una casualidad.

También se sabe (pero no ha penetrado aún en numerosos historiadores pro-franquistas) que dado que a Sperrle se le había conferido la responsabilidad directa por el empleo de la aviación alemana, la ejerció en todo momento. Cuando a Franco, que de operaciones aéreas no tenía demasiada idea, se le ocurrió pedir a Sperrle que utilizara sus aviones en apoyos tácticos a la infantaría, el general alemán se negó a ello. La Legión era más efectiva cuando se la empleaba en bloque. Tenía toda la razón. Pero Franco no se conformó. Sperrle recurrió a Berlín. Y hete aquí que desde Berlín le dieron la razón. Una carta cortés, pero firme, del ministro de la guerra mariscal von Blomberg a Franco puso las cosas en su sitio. Sperrle estaba autorizado a actuar como lo hacía, si bien podía determinar cuándo y cómo, bajo su responsabilidad, optase por otro modo de proceder.

Este intercambio, del mes de abril de 1937, tiene importancia porque muestra inequívocamente que Sperrle no dudó en acudir a sus superiores cuando las peticiones españolas no le agradaban. Se salió con la suya. Es difícil que Sperrle o Franco o Kindelán no estuvieran bajo el efecto de este intercambio epistolar unas cuantas semanas después. Que le gustase a Franco o a Kindelán es otra cosa. Probablemente ello alimentó la malquerencia del primero hacia Sperrle, porque lo cierto es que después de Gernika Franco continuó insistiendo en la ocasional disgregación de la Legión y el alemán continuó negándose.

¿No saben Payne y Palacios nada de esto?

(seguirá)

Los mitos nunca mueren: Gernika y Stanley G. Payne (II)

7 abril, 2015 at 8:30 am

En este post continúo con el tratamiento que tan ilustres historiadores han dado a la destrucción de Gernika el 26 de abril de 1937 y abordo lo que parece ser su objetivo fundamental. La minusvaloración del bombardeo y, en consonancia con ello, la exoneración del Caudillo de toda responsabilidad. Los lectores me permitirán que adopte un tono menos solemne que el habitual porque un cierto grado de indignación debe dejar paso al sarcasmo.

c) Una característica esencial del tipo de literatura palaciega a que aludí en el post precedente consiste en disminuir el número de muertos en el bombardeo. De la Cierva incluso afirmó que no pereció ni siquiera una docena (Arriba, 30 de enero de 1970, artículo de Pedro Pascual, citado por Southworth, p. 522). Que se sepa no se le cayó la cara de vergüenza. ¡Incluso llegó a ser (efímero) ministro de ¡Cultura!. Fueron 126 afirman Payne y Palacios. Su fuente (no podría ser otra) es el ya mencionado general Salas. Lo que ocurre es que tienen una relación un tanto ambigua con la precisión numérica. Dos años antes de su biografía, Payne publicó su enésima versión (en general en plan de copy and paste) sobre la guerra civil. Lo hizo en una editorial muy distinguida. Cambridge University Press. En ella la cifra no fue 126 sino «en torno a 150». No explica el cambio. Imagino que en esta ocasión habrá leído mejor a Salas. Sin embargo tanto para Cambridge como para Espasa el ilustre profesor norteamericano no parece ser consciente de que el denodado historiador militar en quien se apoya ignora cosas elementales. Por ejemplo, que el mismo día de la ocupación de la villa, el 29 de abril, tres días después del bombardeo (Payne/Palacios afirman que fue el 27, una errata) Mola se personó en ella. No tardó un minuto. No se entretuvo, que sepamos, con otras distracciones propias de un guerrero sanguinario.

Algunas órdenes debió de dar aquel glorioso general en jefe del Ejército del Norte. No pudo ser por milagro ni por la intervención de potencias celestiales por lo que en el libro del cementerio se eliminara un asiento referido a los enterrados la víspera; tampoco que en el de Lumo se arrancaran, pura y simplemente, las páginas relevantes; que lo mismo ocurriese en el hospital de Basurto tras la ocupación de Bilbao y en el que las páginas 779 a 798 se arrancaron de cuajo del libro de entradas y salidas de hombres. Más tarde se retardaron las inscripciones de difuntos en el registro civil gernikés. La mecánica se inició a los seis meses del bombardeo y continuó nada menos que hasta el 29 de julio de 1948. En ciertos archivos eclesiásticos se registraron cadáveres en septiembre en vez de abril, etc. Algún lector podría pensar que tal vez todo ello ocurriese por azar pero es altamente improbable.

Además, minuciosos cálculos y comprobaciones sobre el terreno realizados por historiadores guernikeses han elevado la cifra de Salas a 336. De ellos se han identificado 276. Podemos, pues, afirmar que ni Salas, ni Payne, ni Palacios están al día. Ninguno, por cierto, reconoce la importancia del descombramiento, hecho tardíamente y sin el menor cuidado, ni que la reconstrucción de Gernika se efectuó sobre las casas destruídas, quemadas por el fuego (los cadáveres solo dejan huesos como mucho si es que no los calcina) o derribadas posteriormente. El lector que quiera saber más sobre la cuestión de las víctimas, insisto en que siempre ninguneada en lo posible por los historiadores «objetivos» de talante franquista, encontrará un amplio tratamiento en la obra de Irujo.

d) La minimización del bombardeo, que ya condenó Southworth hasta la extenuación, va en la pluma de Payne y de Palacios de par con la exoneración de la responsabilidad de Franco. ESTA ES EL MITO FUNDAMENTAL que defendieron en la dictadura primero y en la transición y post-transición después innumerables autores «objetivos». Desde un académico de la Historia hasta el penúltimo periodista de turno, pasando por algún que otro historiador académico. En este tema, y en ese surco que se remonta hasta los años más oscuros del régimen dictatorial, nuestros tan enaltecidos autores afirman que «el propio Franco no tuvo conocimiento previo del ataque, dado que los detalles de las operaciones diarias de la campaña del Norte no llegaban necesariamente a su Cuartel General» (p. 229).

Esta es, no se le ocultará al lector, una declaración rotunda. No permite errores de interpretación. Cierto es que no señalan de dónde la extraen en tales términos si es que la han tomado de algún sitio. Hay que entender por ello que es una conclusión a la que habrán llegado después de leer la literatura que citan. ¿Y cuál es esta? Reconocen que es muy numerosa. Tienen razón. Ningún acontecimiento singular de la guerra civil ha generado tanta literatura como Gernika. Pero ellos, aparte del libro de Salas, se contentan con una biografía del general von Richthofen (a la sazón jefe de Estado Mayor de la Legión Cóndor) debida a un experto norteamericano en historia de la Luftwaffe, James S. Corum. No está traducida pero, naturalmente, la compré de inmediato tan pronto como me puse a redactar mi destrucción sistemática, y sin concesión alguna, de las tesis y argumentaciones del general Salas. Si se escribe sobre algo conviene, en la medida de lo posible, conocer la literatura.

Ni Salas ni Corum destacan por haber buceado en la evidencia primaria relevante de época. El primero no ha hecho grandes esfuerzos por ponerse al día en la alemana y la que cita de lecturas la tergiversa a placer. El segundo no ha entrado jamás en un archivo español y padece de una especie de lo que parece ser cierto hero worship por von Richthofen. Ni Salas, ni Corum, ni Palacios, ni Payne han combinado la EPRE alemana relevante y la EPRE española.

Dado que ya avancé en fecha tan alejada como 1977 que el general Franco no podía ser exonerado de responsabilidad, lo primero que hice en aquel tiempo fue achuchar, junto con otros colegas, a las autoridades gernikesas para que solicitaran la creación de una comisión de historiadores hispano-alemanes que pusiera en claro lo ocurrido y lo que hubiera detrás. Personalmente también me puse en contacto con la embajada de la República Federal en Madrid (y mire el lector por dónde un joven historiador, Antonio Muñoz, me proporcionó algunos de los despachos que entonces envió la embajada a Bonn). Igualmente achuché al ministro de Información y Turismo de la época, Pio Cabanillas, para que se abrieran los archivos militares. Sin éxito. Escribí varios artículos en plano académico y divulgativo. Se difundieron ampliamente. También a veces algún que otro editorial de periódico. Me siento, pues, con alguna autoridad para criticar el comportamiento de Salas y, por ende, de Payne y Palacios.

(Seguirá)

Los mitos nunca mueren: Gernika y Stanley G. Payne (I)

31 marzo, 2015 at 8:30 am

P1020178

El tratamiento de los mencionados autores es destacable por, al menos, cuatro razones esenciales: a) la ignorancia (no sé si querida, por simple desconocimiento o por falta de interés) de la reciente historiografía más relevante; b) la ausencia de cualquier átomo de investigación propia; c) la disminución de la amplitud de la catástrofe; d) y, la quizá más significativa historiográficamente, el mantenimiento del mito de la falta de responsabilidad de Franco. También incurren en errores fácticos que solo cabe calificar de groseros. Mi intención en estos seis posts es poner de relieve la índole de su quehacer científico y, por ende, su credibilidad como historiadores objetivos. No trato de agotar el tema.

En las notas 22 a 26 (pp. 685s) de su biografía los autores dan las referencias en que se basan. La primordial, que caracterizan como «el informe más completo y más fiable» , es una obra del general de división en el Ejército del Aire, ya superjubilado, Jesús Salas Larrazábal. La citan por su versión de 2012. No puedo por menos de congratularme porque con ello parecen denotar al crédulo lector que están al día.

a) Desgraciadamente no es así. La versión de Salas 2012 es muy parecida a otra que ya publicó en 1987. Empleé bastante tiempo en poner de manifiesto las divergencias entre ambas en un largo trabajo que publiqué en 2013. Dado que en otros puntos de la biografía, aparecida en el mercado en septiembre de 2014, Payne y Palacios se han esforzado por meter con calzador noticias que saltaron a la prensa a finales del mes de julio precedente, quiero suponer que han estado al quite para aderezar su magna obra con otras referencias puestas al día. También lo hace un servidor y así lo hacen ellos mismos en otros aspectos. En su bibliografía no es difícil encontrar títulos aparecidos en 2011, 2012 y 2013. Los primeros figuran en su segunda página (773) con apellidos que empiezan por A. Hay más. Los felicito de todo corazón.

Sin embargo tan eminentes autores omiten toda referencia, crítica o no, a obras más que relevantes para el caso de Gernika. Por ejemplo, la de la profesora Stefanie Schüler-Springorum, Krieg und Fliegen. Die Legion Condor, aparecida en 2010 (hoy disponible en traducción parcial castellana); el número monográfico de la revista vasca Sutrai Erreak 2, de 2012; el libro de ensayos coordinado por Teresa Núñez y titulado El bombardeo de Guernica y su repercusión internacional, 1937-2012, aparecido en ese último año; el hiperfundamental y exhaustivo trabajo de investigación de Xabier Irujo, La Gernika de Richthofen, también 2012 (hay ediciones posteriores) o mi propio trabajito «El fallido intento de exonerar al Alto Mando franquista. La agónica metodología de un General de División en el Ejército del Aire«. Se publicó como epílogo a mi edición del libro básico sobre la mitología creada y amparada por la dictadura que sigue siendo el de Herbert R. Southworth, La destrucción de Guernica, de 2013. Deseo subrayar que, a diferencia de los ilustres biógrafos en cuestión, aproveché para utilizar la primera edición de la absolutamente básica investigación de Irujo y también mencioné todos los demás.

Naturalmente, todo historiador es libre de seleccionar la bibliografía que utiliza pero no tan libre como para dejar de lado obras fundamentales. Southworth escribió una que sigue siendo referencia obligada. Apareció en 1975 en París y en 1977 en Barcelona. Ha llovido un pelín desde entonces.

Tampoco citan los tan alabados autores otra obra fundamental de Southworth sobre el inmarcesible Caudillo. Caso de escribir una biografía es difícilmente excusable no mencionar El lavado de cerebro de Francisco Franco, publicado en 2001. Uno puede no estar de acuerdo con otros autores pero si estos escriben obras básicas es imperdonable no aludir a ellas siquiera sea con la clásica apostilla de «una versión diferente [y aquí el lector puede poner el adjetivo que mejor le parezca] se encuentra en….».

Southworth fue en su vida un historiador comprometido y antifranquista pero también doctor en historia por la Sorbona. ¿Cuál es, by the way, la cualificación académica de Palacios?: según la reseña de la editorial Espasa, se trata de un graduado de la tercera promoción de periodistas de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM. Algo de periodismo sabrá. Southworth precisamente escribió sobre periodistas y el caso de Gernika. No afirmó nada que no pudiera demostrar o deducir razonablemente. La inhibición de Payne y de su coautor es comprensible solo si se les ubica entre las categorías de los muy numerosos camelistas, hagiógrafos y cantamañanas que no salieron bien parados de la acerba crítica del doctor de la Sorbona. En numerosos momentos otro preclaro autor, Ricardo de la Cierva arremetió en términos inaceptables contra él que me niego a reproducir por respeto a los lectores. Sin embargo, sí he reproducido algunas de las observaciones que hizo sobre Southworth aquel historiador cortesano de Franco, incluyendo las más recientes antes de la aparición de mi último trabajo sobre Gernika. No todos somos iguales.

b) Ni Payne ni Palacios son conocidos por haber desarrollado un átomo de investigación propia sobre Gernika. Puede, naturalmente, que desprecien la obra de Southworth. Cometerían un error. En la edición que revisé alcanza casi 580 páginas. Es decir, da para mucho. Por lo demás, a diferencia de tan estimados autores servidor empezó a publicar sobre Gernika en 1977 (también ha llovido desde entonces). Algo sé del tema, aunque no todo. Aporté documentación hasta entonces desconocida. Introduje en la discusión algunas tesis o hipótesis que incluso hoy no he visto rebatidas empíricamente. Para poner de relieve la contribución de Southworth y la indigencia de sus críticos he continuado buscando. Es decir, me he molestado en acudir a la documentación alemana y a la franquista, ignorada o distorsionada en la literatura escrita por historiadores «objetivos» à la Payne pero pro-Franco.

(Seguirá)

AVANZAR EN HISTORIA: ¡CUANTO CUESTA!

6 septiembre, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Antes de nada, quisiera expresar públicamente el profundo sentimiento, la pena y la rabia con que me he enterado, el 30 de agosto, del fallecimiento -tras un accidente- de mi compañero de Universidad y de la Comisión Europea, durante muchos años, el profesor Francesc Granell, catedrático de la Universidad de Barcelona. Un gran colega y un excelente universitario. Su recuerdo perdurará en mí mientras viva.

En este primer post del nuevo curso académico he de reconocer que poco de lo que me prometía hacer en el verano he podido cumplirlo. Había querido sumergirme en varios libros de historia de entre la pila que he ido acumulando a lo largo de los últimos meses del pasado curso. Procuro estar al día de las novedades, no solo sobre historia contemporánea de España sino también de otros países y temas por los que me intereso. Al final, todo el mes de agosto lo he dedicado a pulir y repulir lo que ya había escrito, y creído terminado, en el curso pasado.

He ido haciéndolo tanto con un sentimiento de futilidad como de cierto berrinche. Gracias a los modernos medios digitales, de los que me he vuelto un tanto adicto, surfeo por internet -o me llega automáticamente al ordenador- y estoy al corriente de lo que se escribe sobre la República, la guerra civil o el franquismo. En general, me doy cuenta de dos cosas: la primera que lo que escribimos los historiadores españoles comprometidos no con los mitos sino con los datos “no pasa”; la segunda, que los mitos franquistas gozan de buena salud, tanto en España como en algunos otros países.
Corresponderá a los “comunicólogos” abordar las razones de este estado de cosas. La técnica que hay detrás es sencilla. Se reúnen unos cuantos centenares de ejemplos en una dirección y a partir de ellos se deducen varias líneas de argumentación. Luego, se “inflan”. Si se quiere, por necesidades del guion, se “combaten”. En ambos casos hay argumentos, según los libros o artículos que se elijan para reforzar las “informaciones” respectivas.
Común a tal tipo de enfoques es que no es necesario, prácticamente, moverse de casa (o, como mucho, ir a la biblioteca más próxima). Si, por azar, el “comunicólogo” tiene relación con alguna universidad puede, incluso, descargar sus apoyaturas a través de sus conexiones respectivas. Sobre todo, si se trata de artículos, que suelen ponerse en la red y, por consiguiente, son objetivos fáciles (mucho más si aparecen en revistas profesionales).
Los “comunicólogos” suelen ser (aunque no siempre son) periodistas. Los de mayor impacto publican incluso en periódicos “respetables”. Si estos son extranjeros, mejor. Pero también es verdad que sus outlets son, en España, los medios digitales (preferentemente) de extrema derecha. Hay la tira y yo suelo poner mis ojos (pecadores) en varios.
El mes pasado un ejemplo lo ofreció el diario parisino Le Figaro. Publicó un artículo despreciable en el que retomó una buena parte de los mitos que tanto gustan a las derechas españolas pero también a alguna que otra extranjera. Es irrelevante, al efecto, que los periodistas no supieran de qué escribían. Se basaron en unos cuantos autores (a uno de ellos no lo nombro nunca, simplemente por un prurito de vergüenza). A otro, sin embargo, no tengo inconveniente en citarlo una y otra vez: es el profesor Stanley G. Payne.
Yo admiro la persistencia y constancia de este último. Hace años publicó dos remedos de biografías de Franco, en colaboración con un periodista español, exmiembro y exresponsable de asuntos internacionales del CEDADE (ruego a los lectores a quienes este grupo sonará posiblemente a arameo que lo miren en Google). Las dos biografías solo se salvan mínimamente de integrarse en un producto de calidad ínfima gracias al buen hacer profesional del otrora respetado profesor. Pero su contenido es tramposo. Personalmente me enfadé hasta tal punto que me molesté en coordinar un número especial de la revista digital HISPANIANOVA para denunciar en particular una de tales biografías. La más seria, aparentemente. La he mencionado con frecuencia en este blog, pero vuelvo a dar la referencia. Mi idea fue que de un lado al otro del planeta pudiera descargarse sin más molestias que apretar un ratón de ordenador: https://e-revistas.uc3m.es/index.php/hispnov/issue/view/448.
El caso de Le Figaro es diferente. En el otoño de 1936 fue uno de los periódicos que más se distinguieron en lanzar bulos sobre la República española, la incipiente guerra civil y las atrocidades republicanas (silenciando o disminuyendo en lo posible las de los sublevados). Sus tesis e “informaciones” calaron profundamente en un sector de la población francesa y, más tarde, por vías perfectamente definibles se introdujeron en la literatura supuestamente histórica proclive a los sublevados. Incluso en España. Todavía hoy algún que otro pardillo (incluidos profesores de Universidad) que las utilizan.
Una parte de las alegaciones publicadas por Le Figaro choca con las investigaciones que hemos llevado a cabo en los últimos años numerosos autores acudiendo a fuentes primarias sobre la República y los orígenes de la guerra civil. Cabe citar, entre muchos otros, a nombres con los que he trabajado tales como Julio Aróstegui, Encarnación Barranquero, Walther L. Bernecker, Juan Andrés Blanco, Carlos Barciela, Miguel I. Campos, Gabriel Cardona, sir Raymond Carr, Julián Casanova, Javier Cervera Gil, Lucio Ceva, Francisco Cobo Romero, Carlos Collado Seidel, Rafael Cruz, Jean-Marc Delaunay, Ángeles Egido León, Matilde Eiroa, Manuel Espadas Burgos, Francisco Espinosa Maestre, Sergio Gálvez, Josep Fontana, Soledad Fox, Ferran Gallego, Fernando García de Cortázar, Gutmaro Gómez Bravo, Eduardo González Calleja, Helen Graham, Ekaterina Grantseva, Morten Heiberg, Fernando Hernández Sánchez, Xabier Irujo, Gabriel Jackson, David Jorge, Santos Juliá, ,José Luis Ledesma, Juan Carlos Losada, Jorge Marco, Antonio Marquina, Jesús A. Martínez, Ana Martínez Rus, José Luis Martín, Abdón Mateos, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Víctor Morales Lezcano, Francisco Moreno Gómez, Antonio Niño, Xosé M. Núñez Seixas, Juan Carlos Pereira, Carlos Píriz, Julio Prada, sir Paul Preston, Fernando Puell de la Villa, Josep Puigsech, Hilari Raguer, Alberto Reig, Sergio Riesco, Ricardo Robledo, Francisco Javier Rodríguez Jiménez, José Ramón Rodríguez Lago, Javier Rodrigo, Yuri Rybalkin, Pilar Sánchez Millas, Francisco Sánchez Pérez, Thomas de Swynnerton, Manuel Tuñón de Lara, Javier Tusell, Juan B. Villar, Boris Volodarsky, Olga Volosyuk, William B. Watson. Hay muchos más. Ruego no se incomoden si no los menciono expresamente. Unos y otros son de, al menos, cuatro generaciones. Desde antes de la mía a la más reciente en doctorarse.
Los mitos que resucita ahora Le Figaro tienen sus raíces en los años republicanos y de la guerra civil y en la “historietografía” subsiguiente (Alberto Reig dixit). Esta fue promovida por los vencedores desde el principio para “justificar” su sublevación, el inmenso derramamiento de sangre, la pobreza y la miseria de una gran parte del pueblo español y, no en último término, la larga dictadura. Hoy solo los más obtusos de entre sus seguidores apelan a un anticomunismo primario (sustituido por la deriva supuestamente procomunista de Largo Caballero y sus muchachos) y a la manipulación de las elecciones de febrero de 1936 (sobre este tema y la última obra que la defiende remito, por ejemplo, al artículo de González Calleja/Sánchez Pérez “Revisando el revisionismo” (https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6565899). A lo que servidor sabe, no ha tenido respuesta y eso que se ha escrito la tira en la senda del Dictamen de la comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936.
Si Vdes. leen lo que publican ciertos medios de la derecha española y que ha proliferado este verano como las setas tras las lluvias de otoño (naturalmente cuando las había), se encontrarán con la combinación de tres “informaciones” esenciales, que no han variado casi nada desde 1936: había que salvar a España de caer en las manos del comunismo (luego del socialismo prosoviético); el ejército y las fuerzas vivas de la Nación no podían esperar más, vistos los atentados, asesinatos y el sinnúmero de tropelías cometidos por socialistas, anarquistas y comunistas con la tolerancia de las autoridades; se multiplicaron después, aprovechando los acontecimientos y solo la providencial actuación del glorioso Ejército y las fuerzas vivas de la Nación, que se negaban a morir, abrió un nuevo capítulo en la historia de ESPAÑAAA.
Pensar lo impensable como que la conspiración hubiera surgido y desarrollado a partir de 1932 con la creciente ayuda fascista en apoyo a una restauración monárquica y que ya en octubre de 1935 sus dirigentes anticiparan una sublevación militar en el caso de que las izquierdas ganaran unas futuras elecciones no se le habría ocurrido a ningún historiador de derechas, incluso a los más serios. Pues, fíjense, eso es exactamente lo que ocurrió y para aprovechar la ocasión (calva) nada mejor que excitar a las izquierdas que cayeron como pardillos en las tretas de los conspiradores.
Me cabe el honor (o el deshonor, según el punto de vista) de haber documentado (no inventado sino utilizando EPRE, evidencia primaria relevante de época, esa por la cual el profesor Payne no se ha adentrado jamás) que las cosas no fueron como todavía se dice. Y lo he hecho en la tradición de autores como Ismael Saz, Eduardo González Calleja, Morten Heiberg y algunos otros.
No había podido, hasta ahora, asestar un golpe mortal a otra leyenda, de la que siguen haciéndose eco numerosos autores españoles y anglosajones de vaya usted a saber de qué partido, ahora que la sociedad norteamericana parece volver al segundo tercio del siglo XX: la victoria del Frente Popular hubiera conducido a la SOVIETIZACIÓN de España. En tiempos de la guerra de Ucrania, este viejo camelo ha recobrado nuevas resonancias. Servidor ha estado trabajando en el tema, cual hormiguita hacendosa, a lo largo de los últimos años, sobre todo de pandemia, pero después de acumular pacientemente documento tras documento.
En este verano he terminado totalmente mi trabajito. Un tocho de 600 páginas, que espero salga a la luz en este mismo curso. Los amables lectores me permitirán, espero, que cuando ya esté en la calle dedique numerosos posts a poner al descubierto las miserias de la “historiografía” profranquista o, cuando menos, de derechas.
Ya puedo asegurarles que ni ha sido fácil ni, sobre todo, barato, pero confío que el resultado dé para pensar a los historiadores españoles y extranjeros e incluso a los periodistas de los medios digitales y los “comunicólogos” de pro que tanto nos han inundado con sus ocurrencias históricas en este ya casi pasado verano. Nos reiremos. Mucho más que con el profesor Ricardo de la Cierva, que al fin y al cabo decía que había visto documentos.
Mientras tanto, a todas y a todos les deseo un feliz curso 2022-2023. En los dos próximos posts me referiré a un nuevo libro que, en mi modesta opinión, no deberían perderse.

CASTIGAR A LOS ROJOS: OTRO ESLABÓN EN UNA CADENA (I)

14 junio, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Mañana, 15 de junio, sale a la venta el libro que hemos escrito a seis manos Francisco Espinosa, Guillermo Portilla y servidor. Espero -y deseo- que tenga mucho éxito. No, por supuesto, para comprar con los derechos de autor un pisito en la playa o algo similar en la montaña. Para ello deberían venderse muchos miles de ejemplares. Por otra parte, dudo que tales derechos, repartidos entre los tres, compensaran mínimamente las horas de trabajo, las adquisiciones de libros y de documentos y los desvelos por los que hemos pasado a lo largo de la pandemia.

‘Castigar a los rojos. Acedo Colunga, el gran arquitecto de la represión franquista’, Ángel Viñas | Francisco Espinosa | Guillermo Portilla (Crítica, 2022)

Si deseo que se venda mucho es por otras razones, profesionales y personales. Nótese el orden. Implica una cierta escala en términos de importancia. En primer lugar, creo que con nuestro enfoque hemos cubierto un frente en el que todavía no se había escrito lo suficiente para poner patas arriba principios fundamentales de la “historietografía” (Alberto Reig) franquista, pro-franquista y metafranquista. Lo hemos hecho como se debe. No partiendo de aprioris, sino por inducción desde la búsqueda y el descubrimiento de una nueva base documental. Es decir, EPRE en estado químicamente puro.

El tono personal es porque de manera tanteante, con altos y bajos, a lo largo de los últimos diez o doce años, es decir, desde que me jubilé en la Complutense y me dediqué a la investigación en archivos como ocupación principal, he identificado un objetivo preciso: explicar de una manera algo diferente de la habitual los orígenes inmediatos de la guerra civil. Pero, siempre con EPRE, es decir, evidencia primaria relevante de época.

Por lo demás he citado a muchos de los historiadores más importantes, españoles y extranjeros, que me han precedido. Ningún historiador navega solo. Las aguas por las que se aventura han sido, muchas veces, surcadas por otros.  Si no he mencionado a muchos más ha sido por un motivo muy simple. No hay historia definitiva (tampoco de la República, la guerra civil y el franquismo) ni, por supuesto, historiadores definitivos, mal que le pesen, por ejemplo, al profesor Stanley G. Payne y a sus acólitos.

Por consiguiente, me he abstenido de criticar -o incluso de citar - a autores que trabajaron de buena fé, con sus papeles y con su bagaje cultural, intelectual e ideológico. En cambio, sí he acudido a otras dos categorías: quienes han rellenado huecos que no hubiera podido abordar sin mencionarlos porque mi EPRE no bastaba y, en segundo término, a algunos de los que se han erigido, quizá tras implorar la gracia de Dios, en custodios o defensores de la tradición franquista o, por lo menos, antirrepublicana.

De manera sistemática, aunque con desviaciones previas, empecé a otear que la historia no había sido como nos la habían contado desde mi primer libro en 1974 (La Alemania nazi y el 18 de julio). Se cita todavía cuando, en aspectos fundamentales, ya he avanzado mucho más. Lo mismo ocurre con el segundo (El oro español en la guerra civil). A este respecto algún que otro historiador se ha empeñado (sin documentación al apoyo) en sostener que el envío de una parte del mismo fue “un error, un inmenso error” (por utilizar la terminología de Ricardo de la Cierva al caracterizar el primer gobierno Suárez en los albores de la transición).

Sin embargo, fueron dos obras (La conspiración del general Franco) y la colectiva (Los mitos del 18 de julio) en donde empecé a otear que en otros aspectos fundamentales las cosas tampoco fueron como nos las habían contado ni los historiadores franquistas o neofranquistas ni muchos extranjeros que no solían visitar archivos españoles.

Por razón de la documentación acumulada empecé a mirar hacia atrás y aclarar (con las ayudas imprescindibles de un primo hermano piloto, Cecilio Yusta, y de un amigo patólogo, el Dr. Miguel Ull) la singular aportación del general Franco a la conspiración de 1936 (también con el asesinato de su compañero el general Balmes) y su superinflado papel en mantener a España fuera del segundo conflicto europeo.

Quedaron sin abordar dos flecos principales, un tanto marginados en mi investigación.

El primero, los preparativos jurídicos para amparar el sangriento tajo que en el cuerpo social español los conspiradores querían dar tan pronto se sublevaran. No lo hicieron los militarotes de pro (Mola, Goded, Sanjurjo, Franco, Queipo….). Muchos autores lo habían inducido (en particular Francisco Espinosa) partiendo de los hechos (y generado una larga controversia respecto a cómo caracterizarlos: ¿genocidio?, ¿no genocidio?).

El segundo fleco, desde la perspectiva -tan cara a los sublevados y a sus apoyos ideológicos -católicos y fascistas, extranjeros y propios- cómo se configuró el ritmo del apoyo soviético a la República, al principio y al final de la guerra. En este caso no he olvidado las “aportaciones” de un ya fallecido (y que el Señor tenga en su gloria) general de división en el Ejército del Aire, posteriores a una trilogía que lo examinó de pasada. [CRITICA ya tiene un largo manuscrito en que he abordado tales temitas. Espero que aparezca el año que viene].        

Pues bien, CASTIGAR A LOS ROJOS es un libro de tres autores que identifican los variados hilos ideológicos que confluyeron en la praxis y en la teoría de la represión franquista. Mostramos las raíces de las que surgió la tesis -en la que todavía creen o dicen que creen- numerosos políticos, periodistas, medios impresos y digitales y ciudadanos. No han logrado, o querido, destetarse de la versión según la cual la sublevación obedeció a “un estado de necesidad” para salvar a la PATRIA de caer en las garras del comunismo.

Nuestro libro pone el acento en que la mayor parte de los pensadores jurídico-militares del momento, y los generales a quienes aconsejaban (ya fuesen Sanjurjo, Goded, Franco, Queipo de Llano o Mola) no podían ignorar que desde el Gobierno se les consideraría como jefes de “bandas armadas”, sublevadas contra el régimen legítimo y reconocido internacionalmente. No en vano los conspiradores estaban dispuestos a emprender acciones terroristas que caían dentro los supuestos penados por la legislación y el Código de Justicia Militar entonces vigentes.

Por ello, y en su propia defensa, los terroristas sublevados acusaron a los leales de que, al defenderse contra ellos, cometieron actos de terror. Con ello pusieron de relieve una de las características más notables que subsistió durante toda la dictadura de Franco y que ha encontrado su prolongación en la “historia” que le es proclive: proyectar hacia los adversarios rasgos esenciales del propio comportamiento.

Su mejor plasmación se encuentra en el Dictamen de la Comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936 que encargó el entonces ministro de la Gobernación Ramón Serrano Suñer y siniestro personaje. Para colmo, entre los autores figuraban nombres egregios de los conspiradores monárquicos que, con la ayuda previa fascista, habían venido maniobrando para derribar la República y sustituirla por una Monarquía fascistizada desde 1932.

Esto todavía se oculta hoy cuidadosamente y hay gente que utiliza dicho Dictamen como si tuviera la misma validez y significación históricas que las tablas mosaicas. Pues no.

Nota

Un amigo y colega ha leído mi post de la semana anterior en el que citaba a la Dra. Olga Glondys y me ha comunicado que había fallecido, inesperadamente, hace casi dos años. Ha sido un choque profundo.

Descanse en paz. (continuará)

PERO, ¿QUÉ DIABLOS OCURRE CON LA HISTORIA EN ESPAÑA?

17 mayo, 2022 at 8:30 am

Angel Viñas

Este título simplemente refleja mi creciente perplejidad. Por los círculos universitarios madrileños -y quizá incluso fuera de ellos- circula en busca de adhesiones un texto de queja al Defensor del Universitario de la UCM. Me llegó la semana pasada. Precisamente cuando, después de dos años y tres meses de encierro riguroso en Bruselas a causa de la pandemia, me disponía a tomar unas cortas vacaciones para ver a mi hija en su nuevo domicilio en Reino Unido. Cuando este post se publique estaré allí y alejado de mis papeles y libros. Por vez primera en tal lapso de tiempo.

No sorprenderá que apenas si tardase treinta segundos en adherirme después de leer el texto en cuestión. No sabía nada al respecto y no tengo conocimiento directo o indirecto si los hechos narrados sucedieron como en él se describen o no. Tampoco me parece que se trate de una broma pesada. En cualquier caso, si lo fuera no se tardaría en descubrir la superchería.

Para mí llueve sobre mojado. Hace algunos meses denuncié la orientación del contenido de la petición de VOX, elevada a la mesa del Congreso de los Diputados el pasado mes de septiembre por la portavoz adjunta de este partido, la Excma. Señora Doña Macarena Olona. Solicitaba la retirada del proyecto de ley de Memoria Democrática. Que yo sepa, nadie se hizo eco del caso. El “sabroso” texto de la petición tampoco se hizo público. No lo ha exhibido, que yo sepa, VOX ni tampoco ningún órgano de prensa de los que suelen aparecer digitalmente en mi bien baqueteado ordenador. Sí leí  la noticia de que tal petición había sido desestimada. Escribí un par de artículos sobre el caso en InfoLibre, para darles mayor publicidad que la modesta de que goza este blog, y me he permitido hacer una referencia en un próximo libro, CASTIGAR A LOS ROJOS, en el que colaboro. Se publica el 15 de junio y haré alusión a él en varias ocasiones en el futuro.

Se trata de una puesta a punto de las bases conceptuales, filosóficas, históricas y jurídicas que sirvieron de pauta a los sublevados del 18 de julio para realizar un sinfín de actos de puro terrorismo que duró a lo largo de la guerra e incluso después. Y, como es lógico, nos basamos en evidencias primarias relevantes de época. Las que, por cierto, jamás ha utilizado el profesor Stanley G. Payne a quien un medio digital ha sacado recientemente de la oscuridad.

Innecesario es decir que personalmente me relamo de gusto anticipando las reacciones, si las hubiera, de VOX y del PP y de los historiadores detrás de ellos. Ya han dado muestras de lo que valen, en mi opinión, en el curso del debate sobre si el ingeniero e inventor Juan de la Cierva estaba o no compinchado con la sublevación.

Pues bien, si las concepciones de la historia de España que tienen puerta abierta en los medios de la derecha sobre la República, la guerra civil y el franquismo me son familiares, no había prestado suficiente atención al debate sobre los orígenes de España. Lo que había leído al respecto había sido obra de, con todo respeto, aficionados o periodistas. Unos los sitúan en tiempos de los romanos, otros lo hacen en la época de los visigodos y no faltan quienes los ponen en los comienzos de la “cruzada” contra los moros invasores. La fecha mítica es el año 711.

No soy tan lerdo como para ignorar que fuera de España (aunque menos aquí en Bélgica) existen debates similares. Quizá porque en este país en que vivo la fecha de fundación del Estado belga está fuera de toda duda. Pero en el caso español la fecha 711 suscita connotaciones muy parecidas a las que vienen arbolando en Francia Mme Le Pen y el distinguido “historietógrafo” (tomo la expresión prestada al profesor Albert Reig) Mr Zemmour. ¿Será que, como en el pasado, todo lo bueno -para unos- y lo malo -para otros- sigue viniendo de Francia? Había leído que el trumpismo tiene grandes adherentes en la España democrática, pero quizá la patología norteamericana en temas de historia esté demasiado alejada de nuestras latitudes.

En cualquier caso, el escrito que he firmado denuncia el intento de ocupación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM el 1º de abril (sin duda la fecha no es una casualidad:  es cuando el invicto general Francisco Franco firmó su famoso parte final de guerra en 1939). Según dicho escrito para tan solemne fecha se había solicitado una reserva de sala para que una -para mi desconocida- “Plataforma 711 para la Reconquista Cultural” pudiera celebrar un acto. A la vez, en las redes sociales se anunciaba, al parecer, la “toma” de la Facultad.

Obvio es señalar que la fecha de 711 tiene unas connotaciones zemmourianas y lepenistas. El término “Reconquista” no solo se refiere a una división, más o menos arbitraria, en la historia española sino también a movimientos perfectamente definibles y definidos en el país vecino. Incluso copia el nombre del partido de Mr Zemmour. Una casualidad.

El escrito al Defensor del Universitario cita un programa de una hora de duración (https://www.youtube.com/watch?v=iku5eDrV8no) en el que un chaval actúa como locutor que explica el acto no autorizado y sus vicisitudes en una mezcla de estupideces y de ejemplos de proyección. Esta es una de las características más acusadas de la “teología” e “historietografía” franquistas: acusar al adversario del tipo de comportamientos propios y que no se reconocen como tales.

Leyendo algo de lo que se publica hoy en España sobre la República, la guerra civil y la dictadura no veo una gran solución de continuidad. Y me pregunto: ¿qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado?

Para mí está resultando obvio que la labor callada, silenciosa, de los historiadores que vamos a archivos, que buscamos evidencias que permitan sustentar -o rechazar- unas u otras interpretaciones, es una condición necesaria para acercarnos a un pasado tumultuoso. Pero no es una condición suficiente.

Personalmente no tengo tiempo de seguir la política actual y dos años largos de ausencia total de España no me permiten tomar el pulso de la calle ni de los colegas. Volcado en la dura tarea de interpretar el pasado, no tengo tiempo de pensar demasiado en el presente. Por eso, quizá me sea permitido diseñar un futuro que, para mí, no es deseable en absoluto.

Si las controversias que más o menos he seguido de cerca continúan sin dar frutos, dicho futuro no me parece nada halagüeño. En tanto que historiador lo que me ha preocupado y me preocupa son los siguientes temas:

  • ¿Cómo dotar de recursos materiales a los archivos de titularidad pública? Su situación es con frecuencia lamentable. Para terminar el libro que he enviado a la editorial hace un mes tuve que esperar más de ocho meses a que pudieran reunirse los materiales necesarios al efecto, Todavía no pueden hacerse fotografías de los documentos. Hay que atravesar por un largo y lento proceso de petición a los funcionarios -pocos y sobrecargados de trabajo- para que se pongan en pdf. El proceso de pago dilata aun más el tiempo que transcurre hasta recibirlos.  Menos mal que por ordenador. Me pregunto: ¿por qué en una multitud de archivos extranjeros hace años que pueden fotografiarse sin limitación alguna los documentos consultables? La última vez que estuve en los Archivos Nacionales británicos pude hacer una media de 800 fotografías diarias.
  • La apertura, silenciosa y en general silenciada, de ciertos archivos no se ha visto acompañada de un incremento en las dotaciones de personal. ¿Acaso el Estado sigue en situación de amenaza de quiebra financiera? Porque el tema dura ya muchos años. En 1983 mi añorado amigo y compañero Julio Aróstegui y servidor fuimos a ver a un elevado personaje para rogarle que dotara de medios al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca, ya abierto a la curiosidad de cualquier investigador (no como en la época de la dictadura). No olvidaré su respuesta: “pedidme que se construya otro edificio. No que se aumenten los gastos de personal”. En mi próximo libro en un largo prólogo alabo la profesionalidad y el espíritu de servicio de los funcionarios y empleados públicos que sirven en los archivos. ¿Hasta cuándo el orgulloso Estado español continuará dejando de lado el abordaje de los problemas estructurales de sus archivos?
  • ¿Y qué pasará en el Congreso de los Diputados con la Ley de Memoria Democrática, si no se aprueba y se blinda en esta legislatura? Porque si, como avisan observadores del acontecer político español, un futuro Gobierno que fuese de signo contrario, es de suponer que PP, Vox y tal vez de los residuos que quedan de Ciudadanos, no se apresurará a hacerla avanzar. La experiencia muestra que, por desgracia, en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia.

No es de extrañar que haya dado comienzo a mis vacaciones lleno, muy a mi pesar, de preocupaciones.

FRANCO, DE HÉROE A FIGURA DE CÓMIC: UN NUEVO LIBRO (I)

5 abril, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

No es exagerado afirmar que Franco, un militar mediocre y bastante inculto, ha sido elevado a lo largo de los últimos ochenta años a figura cumbre de la historia de España. En comparación, a veces, con los de los tiempos de los Reyes Católicos, de Carlos I y de la conquista de medio mundo. Los “pelotas” de turno, hoy un poco de capa caída, llegaron a compararlo a egregias figuras de la historia universal. En ello no hicieron ninguna cosa hispanamente  estrafalaria: copiaron alabanzas del tipo que se dirigieron a Hitler: “el líder militar más glorioso de todos los tiempos” (para los chistosos “Gröfaz” – “Grösster Feldherr aller Zeiten”)  fue una de las más socorridas.

Ya en 1976, es decir, desde que en la práctica se suspendió la censura (“consulta previa”, de los tiempos no menos gloriosos del profesor Manuel Fraga Iribarne, uno de los fundadores de AP, hoy PP) llegó el Tío Paco con las rebajas. Los archivos extranjeros fueron abriéndose. Después los españoles. Los biógrafos continuaron su labor desmitificadora. Uno de los primeros fue el profesor Paul Preston, que recibió por sus desvelos los improperios más desvergonzados de los residuos franquistas españoles. Siguieron otros. Para mí, uno de los más interesantes fue el dúo que formaron el profesor Stanley G. Payne y el exCEDADE Jesús Palacios. Lograron penetrar en los inmarcesibles círculos de los descendientes del excelso líder y consiguieron que la Señora Duquesa de Franco les hablara bien, muy bien, de su papá. Lamentablemente no parece que obtuvieran acceso a los fondos documentales que, insinuaron, guardaba la familia y que no parece que sean los que conserva celosamente la FNFF.

Así que los historiadores molientes y corrientes hemos seguido haciendo lo que solemos hacer, faltos como estamos de imaginación: buscar papeles en los archivos consultables. No sé si debo decir que me cabe el honor (otros hablarán de “deshonor”) de haber contribuido a bajar un pelín de su pedestal al “Alejandro Magno” español. En los últimos años me he entretenido en echar un vistazo al expediente de su juicio contradictorio para que se le concediera la Cruz Laureada de San Fernando. ¿El motivo? Su “heroica” participación en un semiolvidado combate en tierras próximas a Ceuta en 1916. Hizo todo lo que pudo. Mintió todo lo que pudo, pero no la consiguió.

A mí no me extrañó. Ya habíamos demostrado (un primo hermano expiloto y un patólogo eminente, ambos fallecidos) y servidor lo que estuvo dispuesto a hacer para no correr el menor riesgo en su sublevación en Canarias. Cargarse, por persona interpuesta eso sí, a su compañero y supuesto amigo, el jefe de la guarnición de Las Palmas. O desfigurar todo lo posible, para autoenaltecerse, su papel auténtico en la “conspi” de 1936. O hacerse con una fortunita durante la guerra y la posguerra. O importar, para consumo interno, las ventajas inherentes a la aplicación del Führerprinzip (que servidor denominó, con cierta guasa, Francoprinzip).  O mostrar, con documentación, que el genio de Franco se aplicó con intensidad a demorar el plan de estabilización y liberalización de 1959, que eminentes autores siguen calificando, dale que te pego, como uno de los grandes triunfos de la rutilante estrella en el cielo de España que fue el “Caudillo”.

Todo esto, no lo oculto, son migajillas históricas. Hay que recogerlas, encuadrarlas, desmenuzarlas es un relato consistente. En él deberán presentarse los gloriosos triunfos que atribuyen a Franco sus corifeos y seguidores y su reducción a niveles mucho más modestos, que al fin y al cabo es la función de los historiadores.

Este tipo de reflexiones fue lo que me atrajo del manuscrito de una amiga y colega que trataba de poner en blanco y negro el alfa y el omega, la cruz y la media luna, los ditirambos y los exabruptos reciclados en favor o en contra de la persona sin duda más importante de una buena mitad del siglo XX español.

La profesora de la Universidad Carlos III de Madrid Matilde Eiroa San Francisco, en un libro reciente, que me ha cabido el honor de prologar, ha pasado revista a los elogios y a los dicterios o, si se quiere, a la imagen cambiante de Francisco Franco en la historia, la literatura, el cine, etc, incluidos los memes que ahora tanto abundan.

‘Franco, de héroe a figura cómica de la cultura contemporánea’,
Matilde Eiroa San Francisco. Tirant Humanidades, 2022

La idea me pareció magnífica. Más que hacer una disección, generalmente aburrida, de los tergiversados “hechos” y “glorias”, en los que participó (siempre descolladamente) Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE, para abreviar), la autora se ha concentrado en sus “representaciones”. Este es un término que ha entrado en la historiografía que se hace en nuestros días. Los “hechos” importan, desde luego y mucho. Pero una cultura de la imagen, de las redes, de los conductos por los que transitan imágenes o afirmaciones hipersimplificadas de los hombres y mujeres que hacen o sufren la historia necesita también de una aproximación histórica.

Esta tarea no se había hecho tan profundamente como ahora y es lógico que la haya acometido una de las mayores y mejores especialistas españolas en el estudio de contenidos históricos en materia de generación y propagación de “Vorstellungen” (representaciones). Las propias de la cultura de la imagen y de lo abreviado en que comulgan las presentes generaciones.

Reconozco que servidor no ha logrado desprenderse de la atracción de los archivos ni de los resultados de las técnicas de identificación de residuos arqueológicos. Son los que abundan en esas fosas del olvido que algunos prominentes políticos de la derecha y de la extrema derecha quieren, a su vez, que vuelvan a olvidarse.  No puedo afirmar, pues, que sea un especialista de la imagen, cultural o no.

Pues bien, en la turbamulta de libros que siguen publicándose sobre los años oscuros, o distorsionados, de la historia patria, obras como las de Matilde Eiroa son más que bienvenidas. Cumplen, en mi opinión, cuatro funciones:

  • Destilar los contenidos de los continentes que transitan por las redes
  • Aproximar dichos contenidos a la contundencia de las afirmaciones o tesis históricas constatadas por las evidencias primarias de época
  • Fundamentar un relato fácilmente absorbible por las jóvenes generaciones
  • Contribuir al acercamiento de los resultados de la historia que escribimos los historiadores a su exposición gráfica y breve, pero no por ello menos rotunda

No es un enfoque fácil ni sencillo. Implica tener un conocimiento exhaustivo de la literatura existente sobre Franco y su época. También el haber contribuido a deshacer los mitos que aún la tiñen. Finalmente, es preciso atenerse a los principios básicos de todo relato histórico: examinar la consistencia interna de las piezas de información examinadas y relacionarlas con su contexto.

Matilde Eiroa no es solo una buena historiadora. Es también una historiadora amable que no convierte en vituperios muchas de las afirmaciones o ditirambos “históricos”, que se han dirigido a quien algunos denominan “el regeneracionista” más notable que ha tenido España en un par de siglos. Normal: al fin y al cabo se le calificó también de “predestinado por Dios”, se le rodeó de incienso y, no hay que olvidarlo, se le acostumbró a moverse bajo palios.

(continuará)

Por razones de calendario y del intenso trabajo a que estoy sometido este blog no se reanudará hasta el 26 de abril. Lamento la interrupción.