El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (X)

14 enero, 2020 at 8:30 am

El joven teniente/capitán en una obra reciente

Ángel Viñas

En el post anterior me detuve en la referencia a uno de los libros consultados por el general Fontenla. Es muy significativo. La idea a la que quiero llegar es que, sorprendentemente para el lector de buena fé que se haya visto interesado por la introducción hecha en las primeras páginas de su obra, no hay en ella, en contra de lo que afirma, la menor o más nimia identificación de archivos, papeles públicos o privados, colecciones documentales, etc. Solo utiliza literatura secundaria. Tal vez aparezca alguna fuente primaria en el resto del texto (que no he leído en su totalidad). Extraña, pues, considerablemente que sea este criterio de la no utilización de fuentes primarias uno de los que aduce para descalificar a quienes denomina “seudohistoriadores”. Al contrario, son los seudohistoriadores, en el sentido normal de la palabra (DRAE: seudo: falso), los que rehuyen las fuentes primarias tanto como el diablo rehuye el agua bendita, según decían mis abuelitos.

 

A este tenor, y en contra de lo que afirma el general Fontenla, la paleografía no es demasiado útil para los contemporaneistas. El DRAE la define como “la ciencia de la escritura y de los signos y documentos antiguos”. Para una biografía de Franco o una historia de la Restauración, la República, la guerra civil y el franquismo la paleografía huelga. Los documentos relevantes suelen estar escritos a mano en buena caligrafía (alabemos a los pendolistas de la época y a los amanuenses militares). Predominan, por cierto, los escritos a máquina tanto más cuanto más avanzamos en el tiempo. El caso español no es único. Se observa también en archivos extranjeros y lo he comprobado hace dos o tres semanas en unos que, sorprendentemente, no había visitado hasta la fecha. Para hacer un favor a un amigo, poco antes de las pasadas vacaciones he estado estudiando en los del Ministerio belga de Relaciones Exteriores los despachos de la legación y consulados en China durante 1900, el año de la rebelión de los boxers. Hay alguna que otra nota a máquina, pero el grueso son notas manuscritas perfectamente legibles.

Es cierto que, a veces, por ejemplo en los legajos relativos a operaciones en la guerra civil, abundan notas escritas apresuradamente y de difícil lectura. He consultado a quienes entienden de caligrafías enrevesadas, pero jamás se me ha ocurrido hundirme en los misterios profundos de la paleografía. En cualquier caso, en las páginas que he leído de la obra del general Fontenla vuelvo a resaltar que tampoco hay la menor referencia a ningún documento de archivo, ni escrito a mano ni a máquina. Quizá ha atribuido a los comienzos del siglo XX la experiencia que haya conseguido en el tipo de trabajos que aparece en su página de Dialnet sobre períodos mucho más alejados en el tiempo. No me atrevo a juzgar al respecto.

Entremos ahora en materia. En términos generales toda introducción de un libro aspira a ser sabrosa y a ofrecer unos cuantos mensajes rotundos. Por la que escribe el autor de lo que (utilizando sus propias categorías) no dudo en caracterizar de “refrito”, nos enteramos de varias noticias que merecerían atención si fueran ciertas y las probara documentalmente un historiador reconocido (no me refiero a las afirmaciones que se han oído en las últimas semanas en relación con la reciente investidura del presidente del Gobierno por parte de eminentes políticos y periodistas de la derecha). Por ejemplo, que el Frente Popular estuvo “capitalizado por el comunismo” (p. 14). O que “el temor al triunfo de una revolución de modelo soviético pregonada abiertamente e intentada una y otra vez por los dirigentes socialistas” fue lo que movió a los militares hacia el 18 de julio (p. 191). O que el asesinato de Calvo Sotelo demostró que “existía el riesgo de que los comunistas se adelantaran y ganaran la mano” (p. 206). No se priva nuestro estimado autor de añadir que Franco desterró al comunismo “de la política española durante más de cuarenta años” (p. 14), aunque no queda claro si se refiere al Frente Popular o al comunismo. Lo primero sería absurdo porque no sobrevivió a la guerra. Lo segundo es totalmente inexacto, a no ser que desee obliterar al PCE y a las formaciones marxista-leninistas que proliferaron en la agonía del régimen de su forma y manera de escribir historia. En cualquier caso, no se alarme el lector. La bibliografía (que no las fuentes) de que se sirve explícitamente tan imaginativo general es de pena y, en los casos de referencia, está ampliamente desautorizada.

Con estas y otras no muy exactas afirmaciones el general Fontenla se plantea una hipótesis que no es posible contrastar: si Franco hubiese sido fiel al Gobierno de la época (no era de Frente Popular), y “se hubiera afiliado o mantenido leal al Partido Comunista”, habría sido ensalzado (como lo han sido Miaja o Rojo y aunque hubiese perdido la guerra) (p. 14). No me consta, desde luego, que ninguno de estos dos generales se hubiera hecho comunista (si bien el por algunos tan alabado periodista y acaudalado agente de la propiedad inmobiliaria en California Burnett Bolloten lo insinuó del primero y servidor ha demostrado documentalmente que el segundo estuvo tentado de hacerse, pero que lo disuadió Negrín). En pluma de un autor que alardea de “estudios e investigación propios” tales conjeturas iniciales no parecen demasiado apropiadas. La “historia conjetural” es delicada y, más aún, cuanda a ella se apela en una introducción sin otra autoridad que la autoconcedida.

El amable lector pensará que lo que antecede son pelillos a la mar. Por ello es más importante reproducir en mayúsculas su rotunda denuncia de que en la España de nuestros días, “EL DISLATE HA LLEGADO AL EXTREMO DE IMPEDIR, MEDIANTE LEYES, LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DE CÁTEDRA (…) Y CASTIGAR, DE MODO MÁS O MENOS ENCUBIERTO, A QUIEN OSEN ESCRIBIR O HABLAR BIEN DE FRANCO”.

Su referencia a la libertad de cátedra es algo exagerada porque no consta en su biografía que el general Fontenla ejerza, tras pasar a la reserva, funciones docentes de ningún tipo. Además, la publicación de su propia obra, glorificadora del inmortal Caudillo, desmiente la supuesta falta de libertad de expresión. Innecesario es precisar que tampoco aporta la menor evidencia, ni siquiera “paleográfica”. Finalmente, es evidente que su libro no ha pasado por ningún tipo de censura como la que con tanto encono y éxito algo más que rotundo mantuvo su biografiado desde 1936 a 1975.

Puede ser, no obstante, que el autor se refiera a que, en una ocasión, el Ministerio de Defensa le denegó el permiso para publicar un articulito sobre el proceso de pacificación en Marruecos durante los años 1912 a 1927. La ocasión la deparó el centenario del Protectorado español. Él mismo reconoció la causa. Aprovechando el símil de que, como de todos es sabido, el Jarama pasa por Fuenterrabía insertó en dicho articulito la siguiente frase: …en Afganistán, todas las capacidades de la OTAN contra un enemigo muy similar, después de más de 10 años sobre el terreno, ha conseguido menos avances y ya ha anunciado su retirada, dejando Afganistán en la misma situación que cuando entró, o peor”- sic. Este exabrupto se pensó que no venía a cuento y que implicaba una crítica a la actuación de la OTAN. El general Fontenla se autoconsideró censurado y retiró su escasamente notable contribución.

Tenemos, pues, un hecho puntual y parcial elevado por alguien que, sospecho, todavía podría estar sometido de alguna manera a la disciplina militar, al nivel de categoría urbi et orbe. Afortunadamente tan lamentable percance lo subió a Internet donde puede encontrarlo cualquier lector (https://www.diarioya.es/content/el-ministerio-de-defensa-censura-este-trabajo-del-general-fontenla). Quizá ese eventual curioso comparta mi opinión o juzgará de forma diferente. No lo sé. Pero a mi, funcionario durante más de treinta años y habiendo tratado de asuntos algo más que muy delicados, me sorprende que un militar, ya en la reserva, se creyese autorizado a despotricar a su antojo en asuntos que no serían de su competencia. Claro que tenemos, hoy, el ejemplo de un exJEME que clama por la necesidad de que el presidente del Gobierno sea objeto de destitución por “traición”.

Más interesantes es que, hombre que se autopresenta culto, muy leído, gran conocedor del pasado español y del de Franco en particular, nuestro general pierda un pelín de retención al proyectar sobre algunos escritores la cegadora luz de su magistral (en la primera y tercera acepción del DRAE) opinión. Son historiadores que, ¡oh, ignominia!, han procurado aclarar la vida y milagros de su hagiografiado y que no se han dejado deslumbrar por la brillante trayectoria de SEJE. Para que sus lectores no se llamen a engaño el general Fontenla evoca a varios de entre ellos desde la introducción misma. Luego, por lo que he visto, en el texto ya no señala los errores, omisiones, malísimas interpretaciones, etc. gracias a los cuales podría haberlos fulminado a placer contraponiendo los resultados de sus propias investigaciones, lecturas y reflexiones apoyadas en documentación preferiblemente todavía no conocida.

Así, ya en la página 16 despotrica contra una hiperselección muy restrictiva de autores. La palma de oro, con brillantes y espadas de platino, de los abismos de la superchería en que hunde a tales historiadores se la otorga, en primer lugar, al profesor Paul Preston, caracterizado de “descartable”, “por muchos reconocimientos que le hayan hecho sus correligionarios”. (Las itálicas son mías). Es, lamento pensarlo, una muestra de hiperetnocentrismo, a no ser que entre esos tan flagelables “correligionarios” se encuentren los equipos rectores de la London School of Economics and Political Science de la que ha sido catedrático durante muchísimos años (para su información, una de las más universidades más renombradas del mundo occidental), la British Academy (equivalente a algunas de nuestras Reales Academias), el Gobierno dirigido por la Sra. Theresa May (más otros previos por razón de condecoraciones adicionales que le han sido otorgadas) y, no en último término, S. M. la Reina Isabel II, una vez que tan “descartable” individuo fuese armado caballero del Reino.

Claro que, afirma nuestro eminente general, “su obra tiene más de reportaje periodístico que de estudio histórico”. ¡Ah! Tengo la seguridad absoluta de que Sir Paul Preston no presume de general, pero sí parece obvio que el doctor Salvador Fontenla se autopresenta como historiador. Un historiador que es también capaz de echar un pulso al profesor Manuel Tuñón de Lara. Su pluma (afirma sin pestañear) la puso al servicio incondicional del comunismo (en esto sigue a otro de los autores en que se basa como fue el tan admirado -por algunos- Ricardo de la Cierva). Los historiadores que de tal forma apostilla aparecen como representativos de una supuesta “corriente historiográfica marxista”. Esto, en el caso de Sir Paul, exige urgentemente una demostración hermeneútica y heurística en buena y debida forma. Confiamos en que el profundo conocimiento de Marx y del marxismo occidental (por contraposición al originado en la extinta URSS y en sus antiguos países satélites) que, sin duda, poseerá el general Fontenla nos ofrezca en algún momento la demostración de su aplicabilidad.

Tampoco olvida, por cierto, al profesor Santos Juliá a quien achaca un trato hemipléjico (!) “con las fuentes y los datos, aunque de forma más sibilina que los anteriores”. En línea y media queda despachada tan hilarantemente, con un pellizquito de monja, la monumental obra de uno de los más importantes historiadores españoles desde que se produjo el óbito del general objeto de la biografía que aquí comentamos. Claro que no debe sorprender en un autor que aborda la Segunda República en plan tebeo y en el cual la amenaza bolchevique impulsó a los “malos” a querer declarar la guerra a los “buenos”, que fueron quienes la iniciaron. Quizá hubiera podido haberse inspirado en el profesor Stanley G. Payne para mejorar sus formulaciones, pero ni a eso llega.

(Continuará)

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (IX)

7 enero, 2020 at 8:30 am

EL JOVEN TENIENTE/CAPITÁN EN UNA OBRA RECIENTE

Ángel Viñas

En los anteriores ocho posts he tratado de identificar algunos rasgos tempranos en el comportamiento de Franco. No he sicologizado. Me he basado esencialmente en un enfoque crítico, de historiador, de su hoja de servicios en la versión publicada, en vida de SEJE, por el coronel Carvallo de Cora. He recordado que, como toda hoja de servicios, hay que leerla entre líneas. Ya lo hice, con otros colegas, al acusar a Franco de haber inducido el asesinato del general Balmes el 16 de julio de 1936 en Las Palmas de Gran Canaria, una acusación horrenda que me (nos) ha valido numerosas descalificaciones, sin EPRE en contra que valga y con la adición de más cuentos y camelos.

 

Ahora he de confesar, ante todo, que los ocho posts dedicados al jovencísimo teniente y todavía joven capitán los preparé en septiembre pasado, tras el impacto de un terrible accidente que se llevó por delante a mi perro Oscar, fiel compañero de alegrías y paseos por mi barriada bruselense. Después, no pude hacer otra cosa salvo lanzarme a viajes para dar conferencias o trabajar en varios archivos. No excluí Madrid en donde suelo enterarme de las novedades.

En este y en los próximos posts, continuación de los anteriores, haré unos pequeños comentarios sobre una de esas novedades simplemente porque versa sobre la carrera de SEJE. Se titula FRANCO, CAUDILLO MILITAR, y toca varios de los temas abordados en los posts precedentes. Me servirán de punto de contraste y confío en que puedan ser demostración de mis reiteradas afirmaciones de que ni existe historia definitiva ni que los historiadores debemos tomar demasiado en serio a los apologistas de Franco. No hay ninguno que no haya distorsionado hechos, datos y documentos. Está en el ADN de la mitografía profranquista.

El autor de la mencionada novedad, Don Salvador Fontenla Ballesta, es un eminente general de brigada, con paso por la Legión y la Bandera Paracaidista. La solapa de su obra también enuncia que estuvo en los Balcanes, particularmente en Bosnia Herzegovina. Como en aquella región se dieron cita militares de varios países supongo que con ellos se entendería en inglés -a no ser que se sirviera de intérpretes. ¡Ah! Es también doctor por la UCM y ha publicado varios libros, uno de ellos sobre la guerra de Marruecos, amén de numerosos artículos sobre historia numismática e incluso, con otros autores, un manual escolar de cultura de la defensa para estudiantes de la ESO. Vistos los nombres que lo acompañan en tan patriótico esfuerzo me gustaría saber en qué colegios se utiliza, si es que se utiliza en alguno. Recibiré encantado información al respecto.

El lector que desee más detalles sobre el general Fontenla puede acudir a su página de Dialnet (https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=209792). Señalo que su reciente obra fue recensionada muy favorablemente en ABC.

Lleva un subtítulo engañoso: “Su historia en los campos de batalla 1907-1975”. Que se sepa, desde marzo de 1939 Franco no pisó ningún campo de batalla más, a no ser que se entienda que el período posterior, de unos 35 años, fue más o menos equivalente al de la contienda fratricida, simplemente “porque la campaña continuó”, como dijo uno de sus oficiales. Ciertamente, no sin razón, aunque no creo que el autor de la mencionada obra comparta tal explicación. Si se refiere a los “campos de batalla” diplomáticos, Franco no se movió demasiado en ellos. Su conocimiento del mundo exterior siguió siendo extremedamente limitado, incluso tras un par de viajes a Portugal, a la lejanísima Hendaya, un paseo en tren por Francia (con parada en Montoire) y una rápida bajada al norte de Italia.

Desde el punto de vista de este blog me centraré en las páginas 13 a 24 de la introducción, y de las 44 a 60 del texto de la obra en cuestión porque coinciden a grandes rasgos con el recorrido que he hecho de Franco en la serie de posts anterior. Añadiré que es, afortunadamente, bastante breve, con 330 páginas en tamaño de letra muy legible y que no lleva notas al pié, que suelen comer espacio. Se trata de un texto de carácter lineal y tono afirmativo por lo que podría comprenderse, à la limite, la ausencia de notas.

En las páginas que me interesan he contado tan solo cuatro referencias a otros autores insertadas en el texto. De ellas dos lo son al general Casas de la Vega, ya mencionado en esta serie de posts, una al general Jorge Vigón correspondiente a su biografía de Mola (que no diría es una obra con pretensión historiográfica aunque puede utilizarse como representativa o sustitutiva de cierto tipo de EPRE) y la última a una obra general sobre la Legión que desconozco. No soy experto en este grandioso tema.

De destacar, subrayar y analizar es, por el contrario, que el autor iza rápidamente bandera en la página 13 al afirmar que el régimen franquista “evolucionó rápido a una democracia partitocrática”. Como es notorio, la evolución se hizo entre 1975 y 1978 con la aprobación de la Constitución y no tengo reparos en aceptar que fuese un proceso rápido, aunque a los que lo vivimos no nos lo pareciera necesariamente. Por el contrario el calificativo con que el general Fontenla agracia (es un decir) al naciente sistema democrático no es el que se encuentra habitualmente en la literatura histórica, politológica o sociológica. Sí se halla en ciertos escritos que no deseo calificar. En España, por ejemplo, lo utilizó el eminente diplomático y exministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora, tan recordado por sus alabanzas al “Estado de obras” y su silencio sobre los numerosos aspectos oscuros del mismo.

Los lectores podrían pensar que hago demasiado hincapié en una sutileza, propia de un académico pejiguero. No es así. No lo es porque el general Fontenla continúa su introducción aludiendo a lo que denomina la visión histórica “propia de las naciones” que, señala, suele ser “hemipléjica”. Algo que me ha dejado un tanto perplejo. En la hoja de publicaciones de dicho autor no he visto ningún título que aborde la historia de Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Estados Unidos, países latinoamericanos o, dada su experiencia en Bosnia-Herzegovina, balcánicos. Tampoco ha mostrado (pero a lo mejor me equivoco) ser historiador comparativista.

Dada mi extrañeza he consultado rápidamente el DRAE por si el calificativo a tan interesante historia tuviera alguna connotación que, tras treinta y tantos años de estancia en el extranjero, se me hubiera escapado. No sigo las sutilezas o los matices y cambios del lenguaje en la península. Pero, advierto con satisfacción, no parece que sea el caso. La definición de “hemipléjico” implica la parálisis de una parte del cuerpo, es decir, la significación habitual que, claro está, no me es desconocida. Quizá, en lenguaje simbólico, sea frecuente su uso entre los tratadistas militares y en este caso hubiera sido de agradecer alguna referencia. Me temo, sin embargo, que tampoco sea muy frecuente porque, de manera un tanto críptica, para el caso español el autor aduce que esa “historia hemipléjica” es un producto de “nuestros seudohistoriadores”.

Su identificación la reproduzco entre comillas, que él no utiliza, porque evidentemente se trata de ciudadanos españoles. Así, pues, ¿cómo los define o, al menos, caracteriza el por antinomia no seudohistoriador que es como se autoproyecta el autor? Se trata, según él, de aquéllos que carecen “de estudios y de investigación propios”. Con tales características pienso que no habrá muchos. Que no hayan cursado una carrera universitaria o equivalente me parece, a ojo de buen cubero, que no son demasiado abundantes. Es cierto que sí lo hacen los, llamésmoles, aficionados, pero también muchos de ellos han investigado, por ejemplo las fosas comunes en las que el régimen naciente en 1936 enterró a las víctimas de su represión. Y lo han hecho sobreponiéndose a dificultades de todo tipo. Entiendo, pues, que la utilización de tal término no es acertada.

El general Fontenla evidentemente no se incluye en dicha categoría. Con razón. Podría aducirse que no en vano ha seguido el cursus honorum de la educación militar y, además, ha hecho la licenciatura en Historia y un doctorado en historia numismática. Pero eso no es lo que tiene in mente. Él identifica a los auténticos historiadores, por contraposición a los seudohistoriadores, de otra manera. Señala que los primeros “requieren, para no hacer refritos, una capacidad de análisis y un trabajo de investigación en fuentes primarias, labores que necesitan constancia y conocimientos archivísticos y de paleografía”.

Al introducir este criterio nuestro estimado general invita rápidamente a sus lectores a dar un vistazo a las fuentes que ha utilizado para escribir su magna obra. Puedo afirmar que lo he echado con grandes esperanzas. Por lo común, cuando compro un libro (y lo hago muy frecuentemente hasta el punto que tengo mi casa abarrotada de volúmenes en todas las habitaciones, incluidos los descansillos de las escaleras, el sótano y la buhardilla) lo primero que hago es ir a ver las fuentes y bibliografía. Supongo no ser en ello un bicho raro.

Al proceder de tal suerte con la obra del general Fontenla sólo me he encontrado con una lista de autores y de libros que merecerían un comentario algo extenso. No es este el lugar. Pero sí quiero destacar, entre ellos, un bodrio (según el DRAE, mal hecho, desordenado, de mal gusto). Un bodrio absoluto, para precisar, debido a la pluma de nada menos que todo un teniente general, Manuel Chamorro Martínez, licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM hace muchos años. Le dediqué algunas páginas en uno de mis trabajos. Conviene recordar que el libro de tan insigne teniente general fue recomendado oficialmente, por Orden Circular del 2 de noviembre de 1973, como de utilidad y de obligatoria adquisición para el Ejército. Ergo para el militar que lo cita. Soy muy mal pensado y no me cuesta trabajo especular si tal recomendación no habría producido al teniente general un buen chorro de pesetillas de la época. Sin embargo, su valor historiográfico no tengo inconveniente en afirmar que es igual a cero.

(Continuará)