LA REFLEXION DE UN FILÓSOFO SOBRE FRANCO (I)

27 septiembre, 2022 at 9:42 am

ÁNGEL VIÑAS

Soy el primero en señalar que los historiadores de archivo (o equivalentes) nos pasamos la vida buscando evidencias que nos permitan esclarecer facetas del pasado y de las acciones de los hombres y mujeres en él.  La noble aspiración de muchos es poder llegar a demostrar algo que otros no hayan escrito. Reconozco haber caído en tal pecado, que algunos calificarán de soberbia, y entono el oportuno acto de contrición.

Sé, quizá demasiado bien, que no todo está en los papeles u otras evidencias. Ni siquiera en lo que se refiere a Franco, objeto en los últimos años de mi atención antes, en e inmediatamente después de la guerra civil.

Que todos sus papeles no se conocen, es la evidencia misma. Al igual que se destruyeron (gracias a los buenos oficios de ciertos ministros de la epoca y otros gerifaltes falangistas o franco-falangistas) millares y millares de documentos sobre la represión, los de SEJE no abundan, fuera de los archivos habituales. (Ahora, han aparecido muchos nuevos en el Pazo de Meiras, sobre los que sus honorables descendientes no habían dicho ni pio). Un historiador empírico se mesa, naturalmente, los cabellos y soy de quien se pone en primera línea de los entristecidos y de los que tanto lo lamentan.  

Hay, obviamente, otra manera de escribir sobre el pasado que es más simple, más directa y, sobre todo, muchísimo más cómoda. Basarse, por ejemplo, en una mas o menos cuidada selección de lo escrito sobre Franco y aplicar otra forma de ver, de mirar, de comprender (parte de) lo publicado. Los resultados son más rápidos, tan pronto como se identifique esa nueva perspectiva. Escribo esto con todo respeto.

El pasado curso academico se publicó una reflexión sobre Franco y el franquismo. El autor es el profesor José Luis Villacañas, catedrático de Filosofía en la UCM. La publicidad con que se rodeo la obra hizo hincapié en que habría que considerarla como novedosa y el autor, es de imaginar, esencial. El título es ciertamente prometedor y a servidor le llamó la atención por lo que me pareció ser una cierta contradicción en su título: LA REVOLUCIÓN PASIVA DE FRANCO.  

Normalmente, el término revolución no se asocia con pasividad. Si acudimos al DRAE veremos que entre sus acepciones figuran las siguientes: 2. Cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional; 3. Levantamiento o sublevación popular; 4. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

Común a tales acepciones son las notas de rapidez, profundidad y acción. La pasividad brilla en todas ellas por su ausencia. Reconozco, evidentemente, que el DRAE, al que acudo siempre que puedo, no es autoridad suprema en materia histórica, salvo del lenguaje, pero tampoco es en modo alguno desdeñable.

Curioso, compré el libro y el pasado verano me he entretenido en leerlo. No puedo decir que de una tirada y que no descansara hasta haberlo terminado. Tampoco que me fascinase. Es, en parte, una reflexión biográfica del personaje; un intento de penetrar en los entresijos de su pensamiento y un análisis de la evolución del sistema político que engendró y que perduró hasta su muerte.

Dificulta la lectura el que, quizá por exigencias de tiempo, carezca de un índice bibliográfico e incluso de nombres. Esto me parece el colmo. Pensar en que hubiera debido considerarse un índice analítico o de conceptos es, en tales condiciones, utópico.

Ciertamente admito que, a veces, por exigencias del calendario de publicaciones de la editorial no dé tiempo a introducir este último, que es el más útil, creo, para el eventual lector. Que tampoco se hayan incorporado los dos primeros es muy de lamentar. Sobre todo, el bibliográfico. No cuesta más de un par de horas y no tiene por qué dedicárselas el autor. Cualquier lector/revisor de la editorial puede hacerlo. HarperCollins es un sello respetable y el libro no se publicó en un período en el que tenía que competir con una multiplicidad de títulos. Salió a mitad de febrero del corriente año.

Los lectores espero que no me consideren tiquismiquis si traigo a colación la banalidad que sobre el “Caudillo” y su obra se han escrito algunos centenares de libros. Del más diverso tipo y con los más encontrados resultados. A favor (en España de forma casi exclusiva hasta, digamos, 1975). En contra, hasta entonces sobre todo en el extranjero (aunque también hubo obras a favor, en general de periodistas -muchos de ellos tramposos). Luego las tornas cambiaron: los autores españoles tomamos la iniciativa y, en mi modesta opinión, creo que no la hemos dejado. Los últimos ejemplos que conozco son los de Matilde Eiroa (ya comentado en este blog) y el recientisimo de Javier Rodrigo (que en pocos días estará en las librerías)

La obra que ahora abordo no pretende ser una biografía en sentido estricto. Sí pretende aportar una “nueva” concepción de la personalidad y obra del   inolvidable “Caudillo”. Aquí está su interés y, para mí, una profunda decepción.

El profesor Villacañas (a quien no tengo el gusto de conocer) aspira a decir algo que no se ha dicho o escrito sobre la figura de Franco. Lo hace de una forma, digamos, un tanto peculiar: conjuga las tesis y escritos de dos autores completamente dispares. e italianos. Está en su derecho, pero no aporta ningún documento ni de la pluma de Franco ni de su paso por la historia que no sea conocido. Se basa en una selección de autores que lo trataron de cerca (en particular su primo hermano) y en un cuidado repertorio de ministros o políticos que han escrito sobre él en memorias y relatos muy heterogéneos, pero en general laudatorios.

Con estos más que limitados, si no limitadísimos, materiales acude para comprender mejor la figura más señera de la historia de España en el siglo XX a nada menos que a Nicolás Maquiavelo en algunas de sus obras. Una es, naturalmente, El príncipe. Otra, de la que confieso no había jamás oído hablar, es la biografía de un condotiero del siglo XIV llamado   Castruccio Castracani. Para explicar al lector de nuestros días la carrera y virtudes del Franco militar parece ser que es la más importante. Utiliza, además, no traducciones. Acude, como es debido, a los textos originales.

Los lectores que no los tengan en casa pueden descargarlos en https://www.academia.edu/25630010/El_Principe_Maquiavelo_Ensayo_     y en  https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/2/609/11.pdf, respectivamente.

El procedimiento puede parecer muy interesante, pero es absolutamente erróneo. De haber pensado como historiador y no como filósofo político tendría que haber demostrado que Franco, un militar con resultados mediocres en la Academia de Infantería de Toledo, habría estado leyendo al menos la primera obra  (la más conocida) a lo largo de sus años de aprendizaje militar en África (de la segunda no hablemos porque no hay  -o el profesor Villacañas no la ha aportado- la mas minima referencia de que Franco hubiese conocido de su existencia).

 Es un lugar común afirmar que Napoleón Bonaparte leía El Príncipe. Es posible que de ello sacara altísimo provecho. Al autor del nuevo libro habría que pedirle que lo hubiese demostrado en el caso de Franco. De ello, sin embargo, rien de rien.

No olvido, al contrario, que algunos de los biógrafos, y mas aun los hagiógrafos, de Franco  han afirmado que el futuro “Caudillo”, a medida que se hacía mayorcito y aprendía a manejar las armas en las casi decimonónicas campañas de Marruecos, y luego mientras meditaba sobre la agitación social de la época en Oviedo, y después, ya general, como director de la Academia de Zaragoza, y, sobre todo, en los años de paz de la República leyó mucho: por ejemplo, obras de historia, de filosofía, de derecho, de economia; incluso alguna que otra de gramática para perfeccionar su estilo. O tal vez que  discutió con el genio hacendístico por excelencia que es como solia presentarse a Don José Calvo Sotelo.

¡Ay!, por desgracia nadie ha aportado la menor prueba de lo que antecede. Tampoco el autor del extraño libro que comento. No podría afirmarse lo mismo de sus congéneres entre los dictadores europeos del siglo XX: la biblioteca de Stalin se conserva y con muchas de las obras anotadas o con marcas de lectura; también se ha escrito sobre lo que queda de la biblioteca de Hitler (de educación incluso más limitada que la de Franco). De Mussolini se conoce su gusto por el pensamiento político y la filosofía y desde luego escribió la tira (aunque también le escribieron, como es lógico). De Salazar, catedrático de Universidad, no hablemos.

Es decir, me parece que el autor de este nuevo libro sigue un procedimiento profundamente ahistórico. Impone, para comprender el comportamiento de Franco, una metodología basada en el análisis de dos obras para “demostrar” una tesis absurda. La que, tácitamente, el glorioso “Caudillo” obró como si las hubiese leído cuando una de ellas era probablemente desconocida para los militares españoles de principios del siglo XX (ya que no de los siempre admirables eruditos). Lo que no hace es ir A LOS DOCUMENTOS (públicos y no públicos).

Esto que antecede se aplica, esencialmente a la primera parte intitulada “Príncipe Nuevo”.  Uno puede verse tentado a afirmar la influencia de la lectura de Maquiavelo sobre el inefable caudillo si asocia  su famosa baraka con la idea de fortuna, que utiliza el prepolitologo italiano y que circulaba en el ambiente humanista del renacimiento en Italia. El hombre tiene que habérselas con la fortuna para hacer su vida, y para ello ha de poseer la virtù, una noción que Maquiavelo seculariza más que sus precedentes. Empero, para tener algún valor histórico, cualquier hipótesis que se lance ha de ser contrastada con evidencia empírica de la que en este caso estamos huérfanos.

Pero, más allá de la supuesta influencia de tales obras sobre el pensamiento del inmarcesible Caudillo, en esta primera parte llaman la atención algunas referencias de menor enjundia, pero que dejan con la mosca tras la oreja al historiador menos atento.

A título de ejemplo, se nos dice que, en 1934, los hombres de Acción Católica estaban en contacto con Mussolini para preparar la rebelión en España, cuando ya sabemos que ésta llevaba años preparándose. desde el mismo día en que se proclamó la República; que tanto Calvo Sotelo como Sainz Rodríguez y los monárquicos estuvieron en la operación para conseguir la ayuda militar italiana (pp. 36 y 62). Asimismo, señalemos la mención a la “Legión africana” cuando su nombre no es otro que el original de “Tercio de Extranjeros”, y posteriormente transformado en “Legión Española” (p. 46). No hay nada nuevo y si bastante texto para rellenar pagina tras pagina.

La segunda parte del título “La revolución pasiva” se basa en una interpretación del concepto que de esta acuñó Gramsci. Yo me descubro humildemente. No me considero discípulo del pensador y político italiano, pero para asociarlo con Franco habría que mostrar que, al menos, alguno de los compañeros de milicia y luego ministros de Franco a partir de 1937 hubieran estado influidos por su lectura. Por ejemplo, el cuñado y supuesto mentor, el por tantas razones odiado Ramón Serrano Suñer, alejado oportunamente del poder en 1942.

(continuará)

¡ALBRICIAS, ALBRICIAS!: UN LIBRO, ESPLÉNDIDO, DE UN NUEVO AUTOR, CARLOS PÍRIZ:

20 septiembre, 2022 at 8:30 am

EN ZONA ROJA. LA QUINTA COLUMNA EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (y II)

ÁNGEL VIÑAS

Con las imprescindibles adaptaciones a las condiciones de lugar y tiempo los residuos de la conspiración que lograron salvar el pellejo en las capitales en que no logró triunfar el golpe de Estado se amoldaron a las nuevas circunstancias, pero con el mismo objetivo: derribar la República entonces resistente. Tal fenómeno es muy importante porque, en contra de los alaridos que siguen propagando muchos de los portavoces de la tradición “historiográfica” franquista, la solución de continuidad entre conspiración y guerra brilló por su ausencia.

Píriz examina esta situación prácticamente en numerosos casos en que se presentó. Allí donde se dio el triunfo de los sublevados, empezaron las funciones de los matarifes de uniforme, caqui, azul u otros. Ya habían preparado las “justificaciones” que sirvieron para alimentar y lanzar el golpe (amenaza comunista, peligro de caer en el abismo soviético, imposibilidad de vivir dignamente en medio de los horrores de la primavera de 1936, etc). Se trata de uno de los grandes milagros de la historia de España, tan abundante en ellos, que continúen propalándose todavía hoy. Pero así es. Los voceros que se pronuncian en tal sentido no leen o lo que leen en contrario se lo pasan por cierto sitio.

Naturalmente, no en todos los lugares se obró de la misma manera. En algunos, que no eran cabeza de Divisiones Orgánicas, como por ejemplo Almería, Murcia y Cartagena, y en los que la sublevación tampoco triunfó, se siguieron otros parámetros en la organización del quintacolumnismo. Es curioso, no obstante, de que en ellos la conspiración no hubiese logrado avances fundamentales antes del golpe.

Píriz acude a centenares y centenares de expedientes personales, de militares y civiles, que fueron recopilados por las organizaciones que desde la España sublevada trataron de poner orden en la quinta columna. Primero fue el Servicio de Información Militar (SIM) y más tarde, ya bajo el mando del coronel José Ungría, el no menos famoso SIPM. Ambos se sirvieron de los fugados de la zona republicana por muy diversos canales. Uno de los más importantes fueron las misiones diplomáticas extranjeras en ella. Este es un tema explorado por muchos autores. El libro que comento lo aborda con multitud de ejemplos concretos que muestran que, en manos de los diplomáticos de carrera o aficionados que en ellas estaban, se trató de uno de los canales más importante para obtener información del adversario y para filtrar agentes en uno y otro sentido.

En el juego participaron prácticamente todas las misiones y consulados extranjeros (salvo los de la URSS). Incluso Francia e Inglaterra lo hicieron en ocasiones. Destacaron las misiones de Argentina, Chile y Noruega, que lograron exfiltrar a numerosos protagonistas ulteriores de la política y del Ejército de la España de Franco.

En paralelo, Píriz arroja también nuevas luces sobre los esfuerzos republicanos para contener las actividades quintacolumnistas, en medio de una auténtica histeria contra las mismas. Poco a poco se lograron éxitos, pero no paralizarlas totalmente.

Por las páginas de este libro, y basados en sus expedientes personales, discurren numerosos protagonistas de las mismas. Algunos de personas conocidas ulteriormente. La mayoría de auténticos desconocidos, militares y civiles, que filtraron al enemigo franquista informaciones absolutamente sensibles contra los republicanos.

Los sublevados fueron siempre conscientes de la importancia vital de la obtención de información (incluso desde mucho antes del golpe). Todos los conspiradores participaron en tal creencia, desde la Comunión Tradicionalista (muy estudiada particularmente) al SIFNE, que también goza de merecida fama.

Con todo, los militares rebeldes se fiaron más de sus compañeros. Ya el 14 de septiembre de 1936 la Junta de Defensa Nacional creó el SIM y puso a su cabeza a un veterano jefe de Infantería, el teniente coronel Salvador Múgica Buhigas, uno de los mandos más experimentados en materias de inteligencia. Otros agentes de los servicios republicanos en tiempos de paz no tardaron en sumarse. Italianos y alemanes, más avanzados que los españoles, ofrecieron sus consejos. Los avatares organizativos y operativos los sigue Píriz con suma atención, en particular desde que llegó el coronel Ungría.

A mediados de 1937 lo que había sido una organización hasta cierto punto primitiva se modificó sustancialmente. De lo que se trató fue de explotar de manera efectiva y sistemática las ayudas que pudieran hacer llegar las personas afectas y residentes en la zona republicana. Aquí Píriz brilla por su combinación del detalle y de la visión global que poco a poco fue desarrollando el SIPM. Su archivo, aunque parcialmente explotado por Heiberg y Ros Agudo, lo ha llevado el joven doctor a unas conclusiones absolutamente sorprendentes. No es exagerado afirmar que sin el SIPM los franquistas hubieran tenido muchas más dificultades en ganar la guerra.

Es más, desplegado en el frente, se ocupó también de la propia retaguardia. Se encargó de todos los servicios de investigación militar, seguridad, orden público y contraespionaje. Controló con mano de hierro los territorios propios y los ocupados. Sus agentes se infiltraron en todos los servicios y oficinas del Estado naciente, en los centros de comunicación en las industrias militares, en los hoteles, en los bares, en los cafés.

Con todo ello, las redes quintacolumnistas que operaban en la zona republicana recibieron un apoyo sistemático mucho más estructurado del que hasta entonces no habían gozado tanto en el sector nordeste (Cataluña), como en el centro y en el sureste.

El dominio de la inmensa documentación de archivo de que hace gala Píriz es absoluto. Sus resultados son importantes no solo en el plano general. También contribuirán a alumbrar el perfeccionamiento de los estudios locales. El material acumulado para la represión, tanto sobre la marcha como tras la victoria, fue muy importante y este libro habrá de convertirse en una obra de referencia para futuros estudios en este campo.

Tal dominio de EPRE se observa a lo largo de toda la obra, pero más singularmente en los capítulos finales. Aquí el autor inserta sabiamente los documentos de archivo en la larga lista de testimonios conocidos y no conocidos, monografías y estudios generales sobre el final de la guerra. Demuestra que, como afirma, “la Quinta Columna” era versátil. “Espiaba, saboteaba, evacuaba, asesinaba, delataba, corrompía e inventaba. Todo le servía para azotar a la República”.

En el último año de guerra, sobre el que se ha escrito abundantemente, y bajo la puntillosa dirección inmediata de Ungría, el SIPM puso en marcha dos tácticas que Píriz caracteriza como de “implosión” y de “ofensivas personales”. Se trataba de azuzar, exasperar, incentivar y fomentar las discordias que la marcha de la guerra exacerbaba en el campo republicano. En muchos casos obedecían a factores endógenos, pero estos fueron potenciados y exacerbados por el lado franquista,

Tales tácticas requerían múltiples labores. Desde la continuada infiltración cerca de los hombres y puestos sensibles para el esfuerzo de guerra y no solo para pinchar decisiones, preparativos, informaciones sino también para abrir los ojos de los mandos republicanos hacia las consecuencias de la derrota inminente.  Ello no hubiera sido posible sin el trabajo previo de las redes quintacolumnistas a lo largo del período anterior. Las ofensivas personales, una cristalización de lo anterior en torno a políticos y militares, fue la guinda sobre el pastel. Se trataba de influir sobre todos aquéllos que, por sus puestos y capacidad de tomar decisiones fundamentales, podrían inclinar el fiel de la balanza en un momento determinado.

La aceleración se constata a partir de la primavera de 1938. Es decir, las semillas de la deshonrosa claudicación del esfuerzo de guerra republicano, ya muy maltrecho tras el corte geográfico de su territorio al alcanzar las fuerzas franquistas el Mediterráneo por Vinaroz, se plantaron en aquellas semanas.

Quienes lo traicionaron meses más tarde aparecieron por aquella época: entre los militares, como por ejemplo Matallana y Casado. Entre los políticos, destacan Besteiro y Mera. Se “tocó” también a los propios Rojo y Miaja. Muchos acercamientos, a este nivel tan elevado, no tuvieron demasiado éxito, pero a niveles inferiores sí.

El cuadro general es, naturalmente, conocido desde hace años. Los que se sumaron al trabajo en pos del desplome de la resistencia republicana dejaron memorias. Algunos de quienes lo propulsaron, también. Los historiadores hemos hecho nuestra labor. Lo que Píriz aporta es la documentación operativa del SIPM que en muchos casos no era conocida.

Destaca el caso de José María Taboada, conspirador desde antes del 18 de julio, cuando hizo gestiones difíciles de identificar ante políticos destacados de la época como Juan de la Cierva (hoy más famoso si cabe por el emperramiento del gobierno de la Región de Murcia en dar su nombre al aeropuerto), José Calvo Sotelo, Antonio Goiecoechea, Manuel Fal Conde y José Antonio Primo de Rivera para acercar posiciones comunes de cara a las elecciones de febrero. Por “tocar”, incluso “tocó” después al propio Casares Quiroga. En 1938 creó dos nuevos servicios al amparo de las tácticas desplegadas por el SIPM que se revelaron extraordinariamente útiles.

A pesar de las prisas por terminar la guerra, el SIPM supo esperar a que tuviesen algún efecto las gestiones efectuadas ante Besteiro y Casado, pero las actividades “normales” de sabotaje, desmoralización y espionaje no se detuvieron en la práctica diaria. Para entonces el coronel Ungría ya había sido nombrado jefe del Servicio Nacional de Seguridad, antecedente de la tenebrosa Dirección General de Seguridad de los tiempos de Franco.

La declaración, el 23 de enero de 1939, del estado de guerra en el territorio republicano hizo que los militares -en su mayoría muy desalentados- se hicieran con el poder efectivo en sus respectivas zonas. A Casado se lo pusieron fácil. Había habido una pugna en el interior del gobierno republicano sobre cómo hubiera debido hacerse tal declaración del estado de guerra, pero al final no extrañará que se llevara a cabo de la peor forma posible.

Los papeles del SIPM no dejan en buena luz a los artífices del golpe casadista. Ni siquiera Miaja sale bien librado, a pesar de los heroicos esfuerzos de su sobrino. Tampoco quedan bendecidos los casadistas, mal que les sepa a algunos modernos autores.

No hay que revelar aquí los últimos descubrimientos de Carlos Píriz. Su libro creo que será de lectura obligada para comprender una parte de la socavada política de resistencia negrinista y comunista. También para entender mejor las fuentes de que se nutrió la propaganda derrotista que afectó a importantes sectores políticos y militares republicanos. Lo que el SIPM no logró jamás demostrar fue que la República española estuviera en las garras estalinistas. Es lo que se dijo desde antes del golpe, en el golpe, después del golpe y que un sector de la derecha española, el más agreste, continúa afirmando hoy con la fe del carbonero y el desprecio hacia las evidencias documentales.  

¡ALBRICIAS, ALBRICIAS!: UN LIBRO, ESPLÉNDIDO, DE UN NUEVO AUTOR, CARLOS PÍRIZ:

13 septiembre, 2022 at 8:10 am

EN ZONA ROJA. LA QUINTA COLUMNA EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1)

ÁNGEL VIÑAS

He publicado, a propósito, el primer blog de la temporada sobre un tema diferente a este porque no me parecía sensato dar alaridos de alegría por la publicación de un nuevo libro a principios de curso. ¿Quién sabe lo que nos traerá entre los gritos de Casandra de tantos profetas que tratan de anticipar el futuro? Ahora, cuando ya todo el mundo ha vuelto al tajo y se inicia un nuevo año político y académico, deseo anunciar la aparición de un nuevo libro sobre la guerra civil que va a trastocar mucho de lo que sabíamos sobre la misma.

A decir verdad, por razones que desconozco el libro en cuestión se distribuyó sin alharaca alguna a principios del pasado mes de julio. Es de esperar que en estos momentos esté ya en disponible en todos los circuitos comerciales. Servidor se permitió llamar la atención sobre él en las redes sociales hace ya un par de semanas y anuncié comentarios más extensos. Tengo un interés particular en que su temática y su desarrollo lleguen a conocimiento de todos los lectores de este blog y de mis cuentas en Facebook y Twitter. Que lo adquieran o no, es algo sobre lo que no puedo influir, pero lo recomiendo muy vivamente.

Me inducen a ello dos factores. El primero es de índole, por así decir, personal. El segundo, profesional. Ambos actúan en el mismo sentido.

Al primer factor ya me he referido en este blog en algún momento. En el mes de julio de 2019 fui presidente de un tribunal de tesis de doctorado en la Universidad de Salamanca. Conmigo estuvieron el profesor Morten Heiberg de la Universidad de Copenhague (que participó por vía telemática) y la profesora Josefina Cuesta Bustillo, desgraciadamente fallecida el año pasado.

Teníamos que juzgar la tesis de un alumno del profesor Juan Andrés Blanco, amigo y compañero de varias aventuras editoriales y otras. Se la dirigieron él y el profesor Gutmaro Gómez Bravo. Ambos aseguraban una calidad excepcional. Yo conocía al doctorando. Nos habíamos visto en numerosas ocasiones y había seguido, a distancia, sus apuros, problemas, incógnitas y esperanzas que suelen ser acompañantes de todo proceso de investigación basado en evidencias primarias relevantes de época (EPRE). Hablar con él me retrotraía a mis años jóvenes, cuando también trataba de explicar un proceso que, en mi opinión, no se había alumbrado satisfactoriamente (debo indicar que volveré a él: no hay investigación que resista el paso del tiempo, sobre todo cuando este tiempo se mide en varios decenios).

Leyendo la tesis antes del examen me quedé en muchas ocasiones con la boca abierta: ante mí se descubría toda una problemática de la que no tenía mucha idea, a pesar de ser amigo de varios autores que habían escrito sobre la misma. Naturalmente, el doctorando los cita reconociéndoles su carácter innovador, que lo tuvieron, pero en historia no hay nada inamovible. Solo los cuentos de hadas lo son (como también los mitos franquistas).

A la experiencia de lectura de una tesis que recibió inmediatamente un sobresaliente por unanimidad y la recomendación de que se la considerase para la calificación máxima de premio extraordinario (que consiguió), me he referido en el prólogo de mi libro EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. No se me hubiera ocurrido escribirlo de no haber visto en ella algunas referencias documentales a EPRE conservada en el Archivo General Militar de Ávila. Me obligaban a ampliar mi libro anterior (¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL?) pero, por recomendación de mi editora, Carmen Esteban, que nunca agradeceré bastante, lo que hice fue escribir otro. Recordé este episodio para información de todos los eventuales lectores. No soy autor que desee pavonearse con plumas ajenas.

Por consiguiente, he estado pendiente de que el nuevo y flamante doctor, CARLOS PÍRIZ, reorganizase su tesis y la descombrara de todo el aparato técnico, metodológico y del inevitable estado previo de la cuestión. Abordar tales temáticas es lo normal y lo que casi todo nuevo doctor en Historia debe hacer.   

Los lectores de este blog sabrán lo mucho que he repetido -y sigo repitiendo- una afirmación continuada: para abrir nuevos caminos en historiografía en materia de guerra civil el acudir a la documentación de archivos es prácticamente insoslayable. Quien no lo hace es difícil que innove, por muchos aires que se dé o que le den en estos tiempos de agitación en las redes sociales. De aquella necesidad fui consciente desde mis primeras aventuras en archivos extranjeros y españoles y no estará de más recordar que en estos últimos empecé a entrar, muy suavemente y con las debidas autorizaciones, en 1974, antes del fallecimiento del inmorible. Y ya a saco, en 1977, en condiciones infinitamente mejores.

El punto de partida de Píriz es muy razonable. La Quinta Columna no surgió como consecuencia demorada de un golpe de Estado convertido en guerra civil inesperadamente. Es que ya estaba latente en potencia como prolongación de las redes de la conspiración en base a la cual se había preparado dicho golpe. Lo que servidor hizo fue ligar tal conspiración llegando hasta los momentos preliminares de la República y postulando que en ella no hubo ninguna solución de continuidad. Y añadí dos temas exóticos: los SOS lanzados por sus directores civiles y militares (monárquicos todos ellos) a la Italia fascista y la vigencia irrestricta del acuerdo de marzo de 1934, desestimado por la mayor parte de los historiadores.

La clave estaba en dos factores que Píriz mencionó en su tesis: la aparición de la UME (aunque yo la ligué a la conspiración y dirección monárquicas) y una lista de miembros de la misma que compilaron en 1937 los servicios republicanos, quizá como consecuencia de una operación de infiltración que se prolongó durante 1935.

Así que ello me dio pie para un nuevo libro, en tanto que para Carlos Píriz se trató de un mero aperitivo para abrir el apetito. Ahora con su tesis ya reescrita publica lo más granado de sus descubrimientos y, como es lógico y natural, avanza un paso más en relación con sus antecesores. Es así como procede la investigación histórica, que no es un cuento de hadas sino una ocupación científica y sin pretensiones sobrenaturales. No refleja la forma en que se despliega la voluntad de Dios en el mundo terrenal ni tampoco el juego impersonal de fuerzas superiores a los seres humanos obligando a estos a obrar de una determinada manera y no de otra.

Allí donde triunfó el golpe la quinta columna evidentemente no apareció. Donde se formó fue en aquellos territorios (sobre todo núcleos urbanos) en donde fracasó y quienes la configuraron fueron aquellos conspiradores que lograron escapar a las garras de las autoridades o de los comités de vigilancia que florecieron como las setas tras las lluvias de otoño. Pudieron hacerlo porque sus elementos directivos, improvisados, no divisaron solución de continuidad entre las actividades que ya iban preparando contra las autoridades republicanas y de los partidos del Frente Popular y las que en muchos casos tuvieron que lanzar al fracasar el golpe.

Me ha llamado, por ejemplo, la atención el caso de Valencia. Desde el mes de marzo de 1936 estaban ya agitándose no solo en la guarnición sino también en los partidos políticos autorizados (singularmente entre los carlistas y los miembros de la Derecha Regional Valenciana). La fecha es importante. No le dieron al nuevo Gobierno ni siquiera un mes de respiro. Ponían al pie de la letra las consignas que Don Antonio Goicoechea (que en el infierno esté) transmitió al Duce en octubre del año precedente.

Como el golpe fracasó, algunos de sus líderes pasaron a la clandestinidad, se apalancaron tras nuevas identidades y se dispusieron a hacer el mayor daño posible a las autoridades constituidas o reconstituidas.

De notar es que pocos han sido los historiadores militares franquistas, o en los años de la dictadura, que trataron de reconstruir esta génesis. Uno clama por los Martínez Bande, Salas Larrazábal, Gárate Córdoba y demás componentes del Servicio Histórico Militar. ¿Dónde estaban? ¿En la luna de Valencia?

Carlos Píriz basa su relato en los documentos ya desclasificados que procedieron del SIM o de su sucesor, el SIPM y de otras organizaciones paralelas (SIFNE) que ya habían manejado parcialmente mis buenos amigos Morten Heiberg y Manuel Ros Agudo. En su caso, y gracias a las sucesivas rondas de desclasificación documental en el Archivo General Militar de Ávila, el abanico lo ha ampliado considerablemente. ¿Su procedencia? Los archivos de la dictadura y del SHM. Cerrados a cal y canto mientras duraron y todavía algunos años más.

(continuará)

AVANZAR EN HISTORIA: ¡CUANTO CUESTA!

6 septiembre, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Antes de nada, quisiera expresar públicamente el profundo sentimiento, la pena y la rabia con que me he enterado, el 30 de agosto, del fallecimiento -tras un accidente- de mi compañero de Universidad y de la Comisión Europea, durante muchos años, el profesor Francesc Granell, catedrático de la Universidad de Barcelona. Un gran colega y un excelente universitario. Su recuerdo perdurará en mí mientras viva.

En este primer post del nuevo curso académico he de reconocer que poco de lo que me prometía hacer en el verano he podido cumplirlo. Había querido sumergirme en varios libros de historia de entre la pila que he ido acumulando a lo largo de los últimos meses del pasado curso. Procuro estar al día de las novedades, no solo sobre historia contemporánea de España sino también de otros países y temas por los que me intereso. Al final, todo el mes de agosto lo he dedicado a pulir y repulir lo que ya había escrito, y creído terminado, en el curso pasado.

He ido haciéndolo tanto con un sentimiento de futilidad como de cierto berrinche. Gracias a los modernos medios digitales, de los que me he vuelto un tanto adicto, surfeo por internet -o me llega automáticamente al ordenador- y estoy al corriente de lo que se escribe sobre la República, la guerra civil o el franquismo. En general, me doy cuenta de dos cosas: la primera que lo que escribimos los historiadores españoles comprometidos no con los mitos sino con los datos “no pasa”; la segunda, que los mitos franquistas gozan de buena salud, tanto en España como en algunos otros países.
Corresponderá a los “comunicólogos” abordar las razones de este estado de cosas. La técnica que hay detrás es sencilla. Se reúnen unos cuantos centenares de ejemplos en una dirección y a partir de ellos se deducen varias líneas de argumentación. Luego, se “inflan”. Si se quiere, por necesidades del guion, se “combaten”. En ambos casos hay argumentos, según los libros o artículos que se elijan para reforzar las “informaciones” respectivas.
Común a tal tipo de enfoques es que no es necesario, prácticamente, moverse de casa (o, como mucho, ir a la biblioteca más próxima). Si, por azar, el “comunicólogo” tiene relación con alguna universidad puede, incluso, descargar sus apoyaturas a través de sus conexiones respectivas. Sobre todo, si se trata de artículos, que suelen ponerse en la red y, por consiguiente, son objetivos fáciles (mucho más si aparecen en revistas profesionales).
Los “comunicólogos” suelen ser (aunque no siempre son) periodistas. Los de mayor impacto publican incluso en periódicos “respetables”. Si estos son extranjeros, mejor. Pero también es verdad que sus outlets son, en España, los medios digitales (preferentemente) de extrema derecha. Hay la tira y yo suelo poner mis ojos (pecadores) en varios.
El mes pasado un ejemplo lo ofreció el diario parisino Le Figaro. Publicó un artículo despreciable en el que retomó una buena parte de los mitos que tanto gustan a las derechas españolas pero también a alguna que otra extranjera. Es irrelevante, al efecto, que los periodistas no supieran de qué escribían. Se basaron en unos cuantos autores (a uno de ellos no lo nombro nunca, simplemente por un prurito de vergüenza). A otro, sin embargo, no tengo inconveniente en citarlo una y otra vez: es el profesor Stanley G. Payne.
Yo admiro la persistencia y constancia de este último. Hace años publicó dos remedos de biografías de Franco, en colaboración con un periodista español, exmiembro y exresponsable de asuntos internacionales del CEDADE (ruego a los lectores a quienes este grupo sonará posiblemente a arameo que lo miren en Google). Las dos biografías solo se salvan mínimamente de integrarse en un producto de calidad ínfima gracias al buen hacer profesional del otrora respetado profesor. Pero su contenido es tramposo. Personalmente me enfadé hasta tal punto que me molesté en coordinar un número especial de la revista digital HISPANIANOVA para denunciar en particular una de tales biografías. La más seria, aparentemente. La he mencionado con frecuencia en este blog, pero vuelvo a dar la referencia. Mi idea fue que de un lado al otro del planeta pudiera descargarse sin más molestias que apretar un ratón de ordenador: https://e-revistas.uc3m.es/index.php/hispnov/issue/view/448.
El caso de Le Figaro es diferente. En el otoño de 1936 fue uno de los periódicos que más se distinguieron en lanzar bulos sobre la República española, la incipiente guerra civil y las atrocidades republicanas (silenciando o disminuyendo en lo posible las de los sublevados). Sus tesis e “informaciones” calaron profundamente en un sector de la población francesa y, más tarde, por vías perfectamente definibles se introdujeron en la literatura supuestamente histórica proclive a los sublevados. Incluso en España. Todavía hoy algún que otro pardillo (incluidos profesores de Universidad) que las utilizan.
Una parte de las alegaciones publicadas por Le Figaro choca con las investigaciones que hemos llevado a cabo en los últimos años numerosos autores acudiendo a fuentes primarias sobre la República y los orígenes de la guerra civil. Cabe citar, entre muchos otros, a nombres con los que he trabajado tales como Julio Aróstegui, Encarnación Barranquero, Walther L. Bernecker, Juan Andrés Blanco, Carlos Barciela, Miguel I. Campos, Gabriel Cardona, sir Raymond Carr, Julián Casanova, Javier Cervera Gil, Lucio Ceva, Francisco Cobo Romero, Carlos Collado Seidel, Rafael Cruz, Jean-Marc Delaunay, Ángeles Egido León, Matilde Eiroa, Manuel Espadas Burgos, Francisco Espinosa Maestre, Sergio Gálvez, Josep Fontana, Soledad Fox, Ferran Gallego, Fernando García de Cortázar, Gutmaro Gómez Bravo, Eduardo González Calleja, Helen Graham, Ekaterina Grantseva, Morten Heiberg, Fernando Hernández Sánchez, Xabier Irujo, Gabriel Jackson, David Jorge, Santos Juliá, ,José Luis Ledesma, Juan Carlos Losada, Jorge Marco, Antonio Marquina, Jesús A. Martínez, Ana Martínez Rus, José Luis Martín, Abdón Mateos, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Víctor Morales Lezcano, Francisco Moreno Gómez, Antonio Niño, Xosé M. Núñez Seixas, Juan Carlos Pereira, Carlos Píriz, Julio Prada, sir Paul Preston, Fernando Puell de la Villa, Josep Puigsech, Hilari Raguer, Alberto Reig, Sergio Riesco, Ricardo Robledo, Francisco Javier Rodríguez Jiménez, José Ramón Rodríguez Lago, Javier Rodrigo, Yuri Rybalkin, Pilar Sánchez Millas, Francisco Sánchez Pérez, Thomas de Swynnerton, Manuel Tuñón de Lara, Javier Tusell, Juan B. Villar, Boris Volodarsky, Olga Volosyuk, William B. Watson. Hay muchos más. Ruego no se incomoden si no los menciono expresamente. Unos y otros son de, al menos, cuatro generaciones. Desde antes de la mía a la más reciente en doctorarse.
Los mitos que resucita ahora Le Figaro tienen sus raíces en los años republicanos y de la guerra civil y en la “historietografía” subsiguiente (Alberto Reig dixit). Esta fue promovida por los vencedores desde el principio para “justificar” su sublevación, el inmenso derramamiento de sangre, la pobreza y la miseria de una gran parte del pueblo español y, no en último término, la larga dictadura. Hoy solo los más obtusos de entre sus seguidores apelan a un anticomunismo primario (sustituido por la deriva supuestamente procomunista de Largo Caballero y sus muchachos) y a la manipulación de las elecciones de febrero de 1936 (sobre este tema y la última obra que la defiende remito, por ejemplo, al artículo de González Calleja/Sánchez Pérez “Revisando el revisionismo” (https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6565899). A lo que servidor sabe, no ha tenido respuesta y eso que se ha escrito la tira en la senda del Dictamen de la comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936.
Si Vdes. leen lo que publican ciertos medios de la derecha española y que ha proliferado este verano como las setas tras las lluvias de otoño (naturalmente cuando las había), se encontrarán con la combinación de tres “informaciones” esenciales, que no han variado casi nada desde 1936: había que salvar a España de caer en las manos del comunismo (luego del socialismo prosoviético); el ejército y las fuerzas vivas de la Nación no podían esperar más, vistos los atentados, asesinatos y el sinnúmero de tropelías cometidos por socialistas, anarquistas y comunistas con la tolerancia de las autoridades; se multiplicaron después, aprovechando los acontecimientos y solo la providencial actuación del glorioso Ejército y las fuerzas vivas de la Nación, que se negaban a morir, abrió un nuevo capítulo en la historia de ESPAÑAAA.
Pensar lo impensable como que la conspiración hubiera surgido y desarrollado a partir de 1932 con la creciente ayuda fascista en apoyo a una restauración monárquica y que ya en octubre de 1935 sus dirigentes anticiparan una sublevación militar en el caso de que las izquierdas ganaran unas futuras elecciones no se le habría ocurrido a ningún historiador de derechas, incluso a los más serios. Pues, fíjense, eso es exactamente lo que ocurrió y para aprovechar la ocasión (calva) nada mejor que excitar a las izquierdas que cayeron como pardillos en las tretas de los conspiradores.
Me cabe el honor (o el deshonor, según el punto de vista) de haber documentado (no inventado sino utilizando EPRE, evidencia primaria relevante de época, esa por la cual el profesor Payne no se ha adentrado jamás) que las cosas no fueron como todavía se dice. Y lo he hecho en la tradición de autores como Ismael Saz, Eduardo González Calleja, Morten Heiberg y algunos otros.
No había podido, hasta ahora, asestar un golpe mortal a otra leyenda, de la que siguen haciéndose eco numerosos autores españoles y anglosajones de vaya usted a saber de qué partido, ahora que la sociedad norteamericana parece volver al segundo tercio del siglo XX: la victoria del Frente Popular hubiera conducido a la SOVIETIZACIÓN de España. En tiempos de la guerra de Ucrania, este viejo camelo ha recobrado nuevas resonancias. Servidor ha estado trabajando en el tema, cual hormiguita hacendosa, a lo largo de los últimos años, sobre todo de pandemia, pero después de acumular pacientemente documento tras documento.
En este verano he terminado totalmente mi trabajito. Un tocho de 600 páginas, que espero salga a la luz en este mismo curso. Los amables lectores me permitirán, espero, que cuando ya esté en la calle dedique numerosos posts a poner al descubierto las miserias de la “historiografía” profranquista o, cuando menos, de derechas.
Ya puedo asegurarles que ni ha sido fácil ni, sobre todo, barato, pero confío que el resultado dé para pensar a los historiadores españoles y extranjeros e incluso a los periodistas de los medios digitales y los “comunicólogos” de pro que tanto nos han inundado con sus ocurrencias históricas en este ya casi pasado verano. Nos reiremos. Mucho más que con el profesor Ricardo de la Cierva, que al fin y al cabo decía que había visto documentos.
Mientras tanto, a todas y a todos les deseo un feliz curso 2022-2023. En los dos próximos posts me referiré a un nuevo libro que, en mi modesta opinión, no deberían perderse.

MIRANDO HACIA ATRÁS Y HACIA ADELANTE EN EL FINAL DE CURSO 2021-2022

19 julio, 2022 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

El curso académico ha terminado. También va a hacerlo el político. Las vacaciones -sean como sean- están a la vuelta de la esquina. Es hora de hacer balance y de pensar un poco en el próximo curso. Servidor lo hará refugiado en casa. Sin salir mucho de ella. Escribiendo mañana y tarde. Este es el resumen de lo que ha sido un triste curso académico.  El próximo espero que sea algo diferente para este blog.

En septiembre viajaré a España. En octubre me operarán de cataratas y, si todo va bien, espero poder abordar la continuación de este blog desde otra perspectiva. Por varias razones.

La semana pasada pensé que había puesto fin a un libro para el que, a trancas y a barrancas, he ido recopilando EPRE durante al menos los últimos siete años. A veces con suerte. Otras veces sin ella. Por fortuna me ha tocado leer las pruebas finales de la obra magna de un amigo y colega (Ricardo Robledo) que me obliga a ampliar un par de cuestiones. El texto final lo remitiré a la editorial a principios de septiembre.  Aparecerá, si nada se entrecruza, en algún momento el año que viene.

Advierto que se trata de un “tocho” de casi 600 páginas. Aunque lo he escrito con toda la soltura posible, abordo temas muy discutidos sobre la guerra civil. La EPRE que he ido recopilando me ha obligado a discrepar de muchos autores que antes que servidor han escrito sobre el mismo tema. Me apresuro a señalar que, aparte de quienes no han sabido, querido o podido refutar los incrustados mitos franquistas o para-franquistas, entre ellos figura un cierto número de historiadores muy reputados, en general norteamericanos o de lengua inglesa. Algunos no tienen la menor idea de la historia de España. Otros sí, pero parece ser que no pueden vencer sus preconcepciones ideológicas o, al menos, disciplinarlas. Confío en que en algún momento pueda comentar algo sobre él en este blog. Será una de sus orientaciones,

De forma inmediata habrá otra. El pasado mes de junio llovió mucho en Bruselas y con fuerza. En el tejado se abrió una gotera. El agua se desparramó sobre la buhardilla, el último refugio en donde guardo desde hace muchos años libros y papeles.  Los primeros estaban en estanterías y no les ha pasado nada. Sobre los papeles sí cayó el agua. No se han estropeado muchos porque -mosqueado- subí y los aparté de debajo de la maldita gotera. Los he ido poniendo después en otras estanterías, viejas y nuevas.

Me llevé una sorpresa.  

Creía haber enviado, hace ya muchos años, a la biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense no solo un montón de libros. También un montón de papeles relacionados con mi tesis doctoral (data de 1973). Creí que ya no los necesitaría. Igualmente trasladé los que se referían a mi tercer libro. Versó sobre la política comercial exterior de España entre 1931 y 1975. Lo elaboré con cuatro colegas y amigos. Apareció en 1979 y me sirvió para desmontar unos cuantos mitos franquistas (uno de los más importantes lo ha reverdecido hace unos meses un estimado colega que, naturalmente, parece ignorar el tocho en cuestión. Está en muchas bibliotecas españolas y extranjeras (me preocupé de que eso ocurriera, porque las ventas de tres volúmenes con un total de 1.500 páginas fueron mínimas). Cuando los envié pensé que ya no tendría que volver a ellos. Me equivoqué. También quedaron unos cuantos papeles.  

Al reorganizar los documentos que se mojaron o que corrieron peligro de mojarse me encontré con numerosas fotocopias que databan de mis primeras investigaciones en los años setenta del pasado siglo. Evidentemente, se me había olvidado enviarlos a la Facultad, porque ni me acordaba de ellos. Como ya han pasado casi cuarenta años es muy verosímil que muchos los hayan localizado otros historiadores. O a lo mejor no. Me llevará tiempo distinguir los unos de los otros.

Así que el próximo curso lo que pretendo hacer es acudir a los papeles no conocidos o insuficientemente estudiados y, de vez en cuando, traer este blog los resultados de mis reflexiones.

Ya he identificado algunos temas que he rozado en libros posteriores a aquellos, pero cuya EPRE subyacente no llegué a utilizar simplemente porque me había olvidado de ella.  Tales temas me servirán para demostrar hasta qué punto son pertinentes dos de las máximas que vengo exponiendo en los últimos tiempos: No hay historia definitiva. Tampoco hay historiadores definitivos. Uno cree haber agotado prácticamente alguna cuestión y de pronto aparecen nuevos o desconocidos papeles y hay que rellenar huecos, realizar cambios o apuntar hacia nuevas preguntas y nuevos interrogantes.

Se me ha acusado de exagerar la importancia de la EPRE. Quizá con razón. Pero resulta que son los hombres -y las mujeres- los sujetos activos de la historia. Que obran en condiciones dadas, con perspectivas acuñadas por el peso de sus experiencias y de sus pasados, y que a veces tratan de modificar su presente siquiera mínimamente. Son argumentos banales.

También lo es, o debería serlo, que los historiadores que tratamos de reconstruir parcelas del pasado no actuamos como si fuéramos mejillones (o langostas, que son más apreciadas). Después de darle muchas vueltas resulta una verdad de Perogrullo. Todos tenemos nuestro corazoncito, nuestras ideas, nuestra ideología y, como solía decir José Luis Sampedro, uno de mis maestros, todos vemos el mundo en torno nuestro y su pasado a través de una retícula axiológica. Quien lo niega, quiere engañar a sus lectores si no es que se engaña a sí mismo.

¿Es, pues, imposible decir algo verdadero o, al menos, cierto sobre el pasado? En el caso más habitual de describir acciones humanas, la respuesta es negativa. De ellas quedan reflejos en documentos, en papeles, en objetos, en construcciones, en fosas, en cadáveres … Son evidencias susceptibles de contrastación y de análisis. Y esto sí se acerca a un procedimiento que no es solo literario. También es científico. Aunque sea blando.

Nunca he creído que el positivismo decimonónico de von Ranke et al sea la única respuesta metodológica más apropiada para comprender el pasado. De hecho, la historiografía hace ya mucho tiempo que utiliza otros instrumentos, simplemente porque han surgido otras áreas temáticas de interés. Tampoco la escuela de los Annales es la única alternativa posible. En los últimos cincuenta o sesenta años se ha experimentado con otros enfoques y los historiadores somos parte de lo que suele denominarse una comunidad científica.

Personalmente juzgo por los resultados. Y, para mí, estos estriban en demostrar si nuestras afirmaciones y nuestras hipótesis contienen algo de verdad sobre el pasado, un pasado que ya no existe y sobre el cual solo tenemos “representaciones” (en la terminología más adecuada, “Vorstellungen”). Esa porción de verdad es la que puede comprobarse aplicando un procedimiento no intuitivo ni tampoco meramente literario. Debe de apoyarse en “pruebas”.

Expandir ese “algo de verdad” (comprobable) es, pues, para un servidor la tarea del historiador. Tengo la seguridad de que si la futura Ley de Memoria Democrática aprobada la semana pasada en el Congreso de los Diputados, lo es también por el Senado y entra en vigor RÁPIDAMENTE, abrirá las puertas para avanzar en una profundización radical en el conocimiento de ese pasado. Es lo que ha ocurrido en otros países de nuestro entorno, también sometidos a dictaduras represivas, sangrientas, y no creo que los españoles seamos genéticamente incapaces de hacer menos.

Lo que se abre ante nosotros será también, no puede ser de otra manera, una tarea interdisciplinaria, segmentada y colectiva. El tiempo de las religiones absolutas y de las verdades incontrovertibles ha pasado. Porque sabemos hoy mucho más sobre el pasado, entramos en una etapa en la que poco a poco nos iremos dando cuenta de que, a pesar de lo mucho conocido, es más lo que todavía queda por conocer.

Desde esta perspectiva, me dedicaré a preparar el próximo curso y a abordar también el siguiente libro. No es el que acabo de terminar. Es otro nuevo. Veremos si consigo llevarlo a buen puerto.

Felices vacaciones. Deseo a todos un excelente verano. Hasta el 6 o 13 de septiembre.

MARÍA ROSA DE MADARIAGA ÁLVAREZ-PRIDA IN MEMORIAM

12 julio, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

En el lapso de unas cuantas semanas se nos han ido dos historiadores. La primera, María Rosa. El segundo, Fernando García de Cortázar. Conocí a ambos. La primera me sirvió de fuente para informarme de cuestiones sobre Marruecos, de las que yo tenía -y tengo- poca idea. El segundo participó conmigo, amén de dos supervivientes más y otros historiadores ya fallecidos, en el programa ESPAÑA EN GUERRA que TVE emitió en los años 1986 y 1987 con motivo del cincuentenario de la guerra civil.

Del fallecimiento de Fernando ha dado cuenta la prensa. Lógico también si se piensa en su actividad publicística y en sus quehaceres ciudadanos en los años oscuros del terrorismo etarra. Del de María Rosa, no he visto demasiado en internet. Entre los publicados destacan el de EFE, al día siguiente de su fallecimiento (https://www.efe.com/efe/espana/cultura/fallece-maria-rosa-de-madariaga-historiadora-especialista-en-el-rif/10005-4841935), la sentida necrológica bajo la pluma de un eminente arabista, Bernabé López García, que la conocía bien (María Rosa de Madariaga, la gran historiadora del Rif | Opinión | EL PAÍS (elpais.com), publicado el pasado 4 de julio, y de una referencia en Desperta Ferro (https://www.despertaferro-ediciones.com/2022/fallecimiento-de-maria-rosa-de-madariaga/).

No escribiré aquí acerca de Fernando. Sí lo haré, con cariño, de la primera. No por razón de género sino por admiración. A María Rosa la conocí, hace ya muchos años, por intermedio de Carmen Negrín. Eran los tiempos en que me afanaba por escribir sobre el entorno internacional que maniató a la República durante la guerra civil en varios aspectos esenciales y que tanto coadyuvó a su derrota.

María Rosa y Carmen eran colegas y ambas habían trabajado en la UNESCO en su cuartel general de París. A mi alegró mucho conocer personalmente a la primera porque había sido -y sigo siéndolo- un admirador de su obra. Cuando me disponía a recopilar literatura secundaria que pudiera servirme -o no servirme- para abordar lo que terminó siendo, entre 2006 y 2010, una tetralogía, entre ella figuraba su gran obra. Los moros que trajo Franco…. La intervención de tropas coloniales en la guerra civil. La publicó, en marzo de 2002, la editorial Martínez Roca. Un tocho de casi 450 páginas con base en EPRE extraída del Archivo General de la Administración (AGA), del Foreign Office, del Quai d´Orsay y del Servicio Histórico del Ejército de Tierra, de Vincennes. En aquel momento no podía pedirse más.

A mi me encantó, cuando en puridad no debía haber ocurrido. En aquella edición del libro, que es la única que he conservado, no figuran notas a pie de página ni largas disquisiciones más o menos académicas o más o menos quisquillosas sobre otros autores, sus errores y sus aciertos. Pero al leerla me di cuenta de que estaba ante una obra seria, muy seria. Luego se publicaron otras ediciones. En 2015 apareció una corregida y aumentada en Alianza, pero ya no las compré.

El título era toda una declaración de intenciones. Fue la primera línea de una de las cancioncillas republicanas que se hicieron famosas al principio de la guerra:

         Los moros que trajo Franco

          En Madrid quieren entrar.

          Mientras haya milicianos,

          Los moros no pasarán….

Por lo demás, no fue su primer libro. Este honor correspondió a su tesis doctoral, en francés, que dirigió el profesor Pierre Vilar en la Sorbona y que publicó la UNED de Melilla, unos años antes, bajo el título España y el Rif. Crónica de una historia casi olvidada. Yo no lo adquirí, a pesar de la admiración que siempre sentí por el director, íntimo amigo de Herbert R. Southworth, quien en puridad fue uno de mis maestros en metodología de la investigación histórica.

María Rosa tiene una entrada en Wikipedia. Es bastante sucinta y no he advertido en ella ningún error. Alguien la ha puesto recientemente al día ya que figura la fecha de su fallecimiento, a finales del pasado mes de junio.

Era licenciada en Filosofía y Letras, rama de filología románica, y había llegado a la Universidad procedente del Liceo Francés de Madrid. No extrañará que, disgustada con el ambiente de la España de Franco, ansiara salir, como tantos otros, en busca de nuevos horizontes. Tras un pequeño paso por la DGS, los encontró en Inglaterra, pero sobre todo en París. Por informaciones personales he sabido que a su madre no le gustaba que se marchara e incluso, en algún momento, le escondió el pasaporte.

En qué momento ingresó en el PCE no he podido determinarlo, pero es posible que fuera antes de viajar a París ya que perteneció al grupo fundador de la editorial Ciencia Nueva. El caso es que en la capital del Sena se bandeó, como tantos otros de varias formas durante algún tiempo. Un nieto del gran escritor ruso Leon Tolstoy le abrió la puerta para entrar en la UNESCO. En aquel entonces era el jefe de la división de traducción La conexión probablemente pudo establecerse gracias a Isabel de Madariaga, especialista en la Rusia del XVIII. Fue la muy respetada hija de Don Salvador, hiperpolíglota y perfectamente incrustada en la sociedad británica, particularmente en la administración y círculos universitarios londinenses. Sus estudios sobre Catalina la Grande la hicieron acreedora a una fama universal. Servidor llegó a conocerla brevemente.

El recorrido de María Rosa en la UNESCO no es interesante en este caso. Baste con señalar que después de varios años en labores de traducción y revisión (en los cuales coincidió con Julio Cortázar) pudo dar un salto al sector de Cultura. Fue en el seno de la división encargada del seguimiento del encuentro de dos mundos. Esto, evidentemente, encajaba más con uno de sus intereses más antiguos relacionados con el norte de África, a su vez consecuencia de su temprano compromiso e interés desbordante por los avatares de la lucha anticolonial.

Su primera idea fue escribir una tesis sobre dicho tema, pero en París decidió optar por algo más manejable. En la familia se recuerda el impacto que le produjo una noticia que daba cuenta del fallecimiento de Abd el Krim. Al preguntar a su madre quién era la respuesta fue que se había tratado de un moro que, de haber ganado en la lucha contra los españoles, no habría habido franquismo. Esta anécdota la recordó el propio Pierre Vilar en la sesión de defensa de su tesis en la Universidad de la Sorbona, hacia 1988, cuando, medio en broma medio en serio, señaló que la madre había hecho un “raccourci historique” muy acertado.

Para entonces, en París, María Rosa había estudiado intensamente árabe y se empapó de las glorias y fracasos de la historia colonial francesa, como tantos otros que, por aquella época e incluso antes, veíamos en el país vecino una inspiración en comparación con la mediocridad que reinaba en la España de Franco. En su nuevo puesto pudo contribuir con su enorme conocimiento sobre la cultura musulmana. Publicó para la UNESCO sobre El Andalus y sobre la influencia y convivencia de la cultura musulmana en el mundo latino

En algún momento, que no he podido determinar, María Rosa dejó, como tantos, el PCE. Sé, por la familia, que no quiso decírselo a su tío dado el anticomunismo de Don Salvador. Este terminó enterándose por terceras personas y, curioso, le preguntó a su sobrina por qué no se lo había dicho. María Rosa respondió que por no disgustarlo y él, muy tranquilo, inquirió si era de los prochinos o de los prosoviéticos.

En Dialnet hay una lista de sus publicaciones más importantes. No es una lista despreciable para alguien que no trabajó en el mundo universitario: 21 artículos en revistas especializadas y de divulgación; 13 colaboraciones en obras colectivas y 4 libros, además de los dos mencionados: Breve historia de Marruecos; Marruecos, ese gran desconocido; Abd-el Krim El Jatabi; La lucha por la independencia; En el barranco del Lobo: las guerras de Marruecos y España y el Rif. Crónica de una historia casi olvidada.

Aparte de ello María Rosa estuvo presente en periódicos digitales y participó en las controversias históricas del presente. Nos enviábamos algunos de los artículos que pudieran interesar al otro. No puedo ocultar cuanto le agradó mi serie de 17 artículos sobre los manejos, maniobras, mentiras y subterfugios utilizados por Franco para ver si le daban la Cruz Laureada de San Fernando por su tan proclamado “heroísmo”.

De convicciones reciamente republicanas no tuvo grandes dificultades en convencerme de firmar un manifiesto en favor de una tercera República.

El mes pasado pensé en ella y en la sorpresa que, como gran conocedora del Ejército sublevado que se forjó, en gran parte, en las campañas de Marruecos, podrían quizá producirle los tres artículos que pienso publicar en los próximos días sobre una figura tan mitificada como el general Francisco Franco VC, con nueva evidencia primaria relevante de época.  

Por desgracia, una rápida enfermedad, que no tenía por qué ser mortal, se adelantó. Permanecerá en mi recuerdo. Solo le deseo que la tierra le sea leve y que su esfuerzo como historiadora no caiga en el olvido.

Descanse en paz.

NB. Deseo agradecer a Carmen Negrín y a Elena Sánchez de Madariaga su amabilidad en compartir conmigo algunos de sus recuerdos de María Rosa.

CASTIGAR A LOS ROJOS: OTRO ESLABÓN EN UNA CADENA (Y IV)

5 julio, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Para culminar esta pequeña serie de posts el profesor Guillermo Portilla ha redactado la siguiente contribución que sitúa perfectamente al teniente coronel Acedo Colunga en el ominoso lugar que le corresponde. Lo ubica como un eslabón fundamental en coexistencia con penalistas españoles no militares de la época. Todos contribuyeron, con sus escritos y opiniones, a crear el caldo de cultivo en el que floreció, en todo su mortal esplendor, la mefítica atmósfera que nutrió el pensamiento jurídico dominante durante la dictadura. Avalaron, con su supuesta autoridad, las ideas que “justificaron” el asesinato legal, la persecución, la depuración o la muerte civil de los defensores de un derecho penal en consonancia con las mejores tradiciones de las Luces, el liberalismo y la democracia tanto en España como en el extranjero.

‘Castigar a los rojos. Acedo Colunga, el gran arquitecto de la represión franquista’, Ángel Viñas | Francisco Espinosa | Guillermo Portilla (Crítica, 2022)

GUILLERMO PORTILLA

Tras el golpe militar los penalistas republicanos fueron perseguidos y condenados. Traicionados por sus “colegas” de profesión, fueron depurados en la Universidad y sancionados por todos los tribunales de excepción. Suerte muy distinta corrieron los que apoyaron al régimen. El Derecho penal español quedó en manos de mediocres y serviles procedentes del tradicionalismo católico y del nacional-falangismo. La interrelación entre unos y otros fue perfecta: los tomistas asumieron sin rechistar el nacionalismo y el Caudillaje en tanto que los fascistas aceptaron de buen grado la intervención eclesiástica en todos los sectores del Estado.  Unos y otros, sin excepción, avalaron, legitimaron y, a veces, incluso participaron directamente en la configuración legal del régimen militar integrando los tribunales “especiales”.

Con la intención de dotar al derecho penal autoritario de la legitimidad que le faltaba, aparecieron ante todo los penalistas: Federico Castejón, falangista ultraconservador, fue uno de los diseñadores del Derecho penal de la dictadura y componente básico de la Comisión serranosuñerista sobre ilegitimidad de una República que habría funcionado como una verdadera organización criminal. Además, fue el redactor del Anteproyecto de Código penal falangista de 1938 que prohibía el matrimonio entre españoles y personas de raza inferior.

Isaías Sánchez Tejerina, artífice de la ley sobre represión de la masonería y el comunismo, vocal del Tribunal correspondiente, fue uno de los depuradores más estrictos en la Universidad. Justificó el golpe de Estado como un ejemplo de legítima defensa colectiva y avaló la creación de una dictadura tradicionalista católica. La mejor manera de prevenir la delincuencia era, pensaba, la creación de un Estado fuerte, autoritario y no neutral en la defensa de la fe.   

Jaime Masaveu, haciendo uso del mismo informe de la Comisión serranosuñerista, elaboró una teoría sobre el estado de necesidad del soldado republicano contra la República. Su ideología ultraderechista quedó patente en el trabajo “La defensa nacional militar frente a un Estado anárquicamente revolucionario. (Enfoque jurídico)”.  En él planteó una cuestión trascendente: si la verdadera obligación del Ejército era la Defensa Nacional frente a cualquier otra finalidad y el significado de asumir tal opción. En tal disyuntiva, Masaveu lo tuvo claro: el soldado republicano debía defender a la Nación española frente al Estado delincuente. Desde la Fiscalía franquista se dijo que su comportamiento durante la “cruzada” fue de intachable patriotismo, estando siempre dispuesto para toda clase de misiones que pudieran encomendársele. Militarizado desde los primeros momentos, se le concedió la medalla de la campaña.

Entre los penalistas hubo otro, Juan del Rosal, que sobresalió por encima de todos. No solo por su apoyo al Caudillo o admiración por el nacionalsocialismo, sino porque intentó elaborar las bases de un Derecho penal totalitario, autoritario y tradicionalista católico conforme a una dictadura fascista. De un catolicismo vehemente, característica, por lo demás, habitual entre aquellos penalistas que tras la guerra se quedaron en España, Del Rosal fue por convicción, quien mejor representó al falangismo nacionalsindicalista y al nacionalsocialismo en la dogmática penal. Renegó de su maestro Jiménez de Asúa una vez consumado el levantamiento militar y apoyó sin fisuras las dictaduras totalitarias de Alemania y España.  Es cierto también que a finales de los años cuarenta, coincidiendo con el fracaso de las dictaduras fascistas, abdicó aparentemente de esa ideología y se pasó al bando del Derecho penal liberal

Eugenio Cuello Calón, ya mencionado en el post anterior, fue el autor intelectual del Proyecto de Código penal de 1939. Franquista y católico, llegó a tener un control absoluto de la Academia. Cooperó activamente con la dictadura de Primo de Rivera hasta el punto de ser uno de los juristas que participó en la Comisión redactora del Código Penal de 1928. En 1929 ya era Catedrático de Derecho penal de la Universidad de Barcelona y Vocal de la Comisión General de Codificación. Su posición iusnaturalista la mantuvo hasta el fin de su vida: principio de legalidad sí, pero siempre que no colisionara contra “los principios de eterna razón y preceptos inmutables de un orden moral obligatorio”. El ideal de Derecho penal que defendió aparece recogido en el discurso de ingreso que pronunció en la Academia de Jurisprudencia y Legislación, el 24 de abril de 1951.  En ella perfiló lo que debería ser su modelo. Un Derecho penal subjetivo en el que no se castigara el hecho sino al autor. Siguiendo muy de cerca el movimiento de la Nueva Defensa Social, salvaguardó una doctrina para los delincuentes corregibles y fundada en el aislamiento o segregación de seguridad, para los ineducables o incorregibles.

En la Academia, una vez fallecido Castejón, el poder se concentró en manos de Cuello Calón y Sánchez Tejerina, a los que se premió con las cátedras de Jiménez de Asúa y Quintiliano Saldaña. Más tarde, sus discípulos: Octavio Pérez Vitoria, Valentín Silva Melero, José Ortego Costales, Antonio Ferrer Sama, José Guallart López y Manuel Serrano mantuvieron una línea continuista, legitimadora de la dictadura. Fueron tan conservadores y tradicionalistas católicos o más que sus maestros. A ninguno se les leyó ni oyó jamás una censura al régimen franquista y a su maquinaria represiva.

Por contraposición, el penalista más perseguido y odiado por los “intelectuales” y el aparato represivo de la dictadura fue sin duda Luis Jiménez de Asúa. Contaba para su orgullo con los antecedentes de una lucha pertinaz contra la Monarquía, la Iglesia católica y la dictadura primorriverista. Similar senda de persecución y exilio sufrieron la mayoría de sus discípulos y amigos: Mariano Ruiz Funes, Emilio González López, Antón Oneca y Manuel López Rey.

Al profesor Jiménez de Asúa, socialista y masón, le persiguieron las dos dictaduras españolas. ¿Qué otro fin podía esperar a un demócrata antimonárquico que altivamente proclamaba que“en España la norma de cultura política es hoy marcadamente antidinástica, afirmativamente republicana, y en pro de la auténtica forma democrática está hoy mayoritariamente pronunciada la opinión pública española. (..) nadie defiende al rey y a la dinastía que representa, a lo sumo los capitalistas e industriales que con algunos políticos conservadores tratan en esta hora de crear un partido “centrista”, soslayan tamaña cuestión diciendo que la política consiste en abordar y resolver problemas concretos, pero no se deciden a la defensa abierta y desinteresada del caduco trono”?          

El desencuentro entre Jiménez de Asúa y la dictadura de Primo de Rivera se produjo prácticamente desde la llegada al poder de los militares. El sátrapa no vio con buenos ojos su crítica a los reiterados ataques a la libertad de expresión ejecutados por la dictadura y la denuncia del confinamiento de Miguel de Unamuno en Fuerteventura, con motivo de la intervención no autorizada de su correspondencia y desvelarse el contenido de una carta que el escritor había enviado a un amigo residente en Argentina. Al tiempo, Asúa reprochó a la dictadura el encarcelamiento de Ángel Ossorio, ex ministro, por una razón similar: desvelarse el contenido de una carta privada dirigida a Antonio Maura, en la que se reprobaba la adjudicación del servicio telefónico a la compañía donde trabajaba el hijo del dictador.  No hay que identificarlo.  

Pero realmente el acontecimiento que marcó el destino de Asúa y su colisión con Primo de Rivera fue el concurso a la cátedra de griego que durante treinta años había ocupado Unamuno. Pese a la presencia policial, Jiménez de Asúa junto a otros docentes y seis alumnos burlaron el control y accedieron al lugar de la votación. En ese escenario se produjeron insultos a los miembros del Tribunal y varias cargas policiales. Al tener conocimiento Asúa de la detención de los estudiantes en los alrededores del Ministerio, se presentó el 29 de abril de 1926 en la Dirección General de Seguridad. Tras dar su nombre fue inmediatamente detenido, al tiempo que se le comunicó la decisión del Gobierno de proceder al inmediato confinamiento.

Durante el franquismo, fue depurado en la Universidad y condenado por el Tribunal de Responsabilidades Políticas a la pérdida de todos sus bienes y a la nacionalidad. Igualmente lo condenó el Tribunal Especial por un delito complejo de masonería y comunismo a la pena de treinta años de cárcel.  Su lucha política y su inmensa contribución al desarrollo del Derecho penal continuaron en el destierro hasta su fallecimiento en Buenos Aires en 1970 cuando era presidente de la República española en el exilio.

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Ex post de servidor

Para terminar esta serie, una pequeña orientación bibliográfica. Los lectores que deseen profundizar en un tema que puede parecerles un tanto abstruso harían ver en consultar el trabajo del profesor Gutmaro Gómez Bravo sobre las no siempre divertidas oposiciones en la postguerra a las codiciadas cátedras de Derecho Procesal y Derecho Penal en los años siguientes a la guerra civil. Se darán una idea del ambiente que en ellas se respiró, con aspirantes que solían vestir el uniforme del “Glorioso Ejército Nacional” e imbuidos en las doctrinas, entre otras, del nacionalsocialismo imperante en los años treinta y principio de los cuarenta. Es de fácil consulta en https://www.academia.edu/28307279/LA_UNIVERSIDAD_NACIONALCAT%C3%93LICA_La_reacci%C3%B3n_antimoderna

Se trata de un estudio masivo dirigido por el profesor Luis Enrique Otero Carvajal, de consulta obligada. Las páginas correspondientes a los dos tipos de “Derecho” de la época que aquí interesan se encuentran en las páginas 969 a 986. Se reirán.

FIN

CASTIGAR A LOS ROJOS: OTRO ESLABÓN EN UNA CADENA (III)

28 junio, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Las sorpresas no terminan en lo recogido en el libro objeto de estos comentarios. En este post voy a atreverme a establecer una comparación que a muchos lectores puede parecer entre curiosa o inquietante. En el siguiente y último Guillermo Portilla abundará en algunas referencias que aquí solo dejo apuntadas a medias. 

‘Castigar a los rojos. Acedo Colunga, el gran arquitecto de la represión franquista’, Ángel Viñas | Francisco Espinosa | Guillermo Portilla (Crítica, 2022)

Los sublevados de 1936 copiaron en sus medidas punitivas más importantes no solo de los antecedentes hispanos (Santa Inquisición incluida) y nacionalsocialistas.  En la búsqueda de un mecanismo simple que pudiera arrojar al averno a todos los españoles que no comulgaban con los principios que inspiraron la sublevación del 18 de julio, también remedaron, consciente o inconscientemente, a los malvados bolcheviques. ¡Los extremos se tocan!

Sorprendente, pero no tanto. En lo que sí puede haber controversia, faltos como estamos de otras obras o escritos de Acedo Colunga, es si los remedó consciente o inconscientemente. En todo caso, se trata de una cuestión hasta cierto punto objetivable.

No conozco a ningún autor que haya establecido esta posibilidad de comparación que, sin la menor duda, no es nada inocente. Si lo hay, presento mis disculpas de antemano. No he podido leer más sobre el tema ya que durante la pandemia he estado también ocupado en escribir un tocho de casi 600 páginas, ya en manos de CRITICA. Supongo que cuando salga el año que viene levantará también alguna que otra ampolla.

Se ha dicho y repetido hasta la saciedad que uno de los componentes que entraron en la ideología del denominado “Glorioso Movimiento Nacional” fue la imitación más o menos encubierta de los regímenes fascistas (primero el italiano y poco después el alemán, deslumbrado Franco por el ejemplo que habían dado los duros guerreros de la Legión Cóndor).

Lo que no se ha elaborado en el terreno que nos ocupa es que, en la asunción de ciertas modalidades del derecho penal de autor, la anticomunista España de Franco también estuvo muy abierta a modalidades parecidas a las que practicaban los odiados bolcheviques. Por supuesto, esto no significa que Franco fuese un émulo de Lenin o de Stalin. Simplemente que sus asesores discurrían por vías en cierto modo paralelas.

Tal enfoque, poco trabajado en lo que sé y que no abordamos en nuestro libro porque nos concentramos en lo más sustancial, lleva a considerar lo que hizo el enemigo ideológico y de clase de los militares sublevados en España que fue el comunismo. Los bravísimos oficiales y jefes del Ejército de Franco, muy cristianos, muy tradicionalistas, muy españoles, en el fondo no hicieron demasiados ascos en el plano jurídico al abordar de forma parecida el elenco de “males” (o “pecados” para los defensores de la SMICAR)  

Tan “cristianos” fueron que uno de los más feroces de entre ellos, el teniente general Don Gonzalo Queipo de Llano, se cobijó bajo el manto de Nuestra Señora de la Macarena para ser enterrado con todos los honores debidos a su acendrada muestra de religiosidad en la basílica correspondiente. Allí sigue, por cierto. Al igual que el jefe de su Asesoría jurídica, otro destacado asesino de uniforme.  

Sin embargo, todos emularon a los odiados bolcheviques a pesar de que la lucha contra el comunismo se elevó al sintagma que reunía en sí todos los males, pensables e impensables.  

Un librito que tenía olvidado en mi biblioteca (y que para mi propio horror reconozco haber desestimado hasta el momento) se titula, en efecto,

¡¡ESPAÑA!! Alzamiento de la Patria contra Moscú

Lo escribió un tal J. Mata. Se publicó en Zaragoza, en noviembre de 1936, en la Imprenta Editorial Gambón. Estaba dedicado “especialmente a los patriotas de las regiones “leales” “. Tenía como subtítulo “Apuntes histórico-críticos sobre el Alzamiento de la Patria contra la invasión masónica-bolchevique”.

Me parece más acertada que la denominación habitual de “judeo-masónica”. Como han estudiado tantos historiadores y politólogos, el adjetivo “judaico” terminó desapareciendo del lenguaje viperino habitual de los grandes teorizantes del franquismo, pero el bolchevique no lo hizo jamás.

El para mí desconocido señor Mata debió escribir su panfleto (en un tamaño algo inferior al de bolsillo y con la friolera de 176 páginas) en los meses del verano y principio de otoño, tras refugiarse en Francia. Cabe suponerlo porque el Imprimátur eclesiástico dató del 7 de noviembre de 1936 bajo la firma de Rigobertus, “archiepiscopus caesaraugustanus” En román paladino: Rigoberto Doménech Valls, nacido en Alcoi en 1870 y fallecido en Zaragoza en 1954.

El diccionario biográfico español de la RAH (edición on line) afirma que fue catedrático (¡otro!), teólogo, obispo de Mallorca y finalmente arzobispo en la ciudad en la que había tronado el general Cabanellas, temprano conspirador contra la República. Fue uno de los varios que secundaron el intento de golpe de Estado “legal” de un tal Francisco Franco (no podía ser otro) desde el EMC del Ejército de Tierra en febrero de 1936 (esto no lo dice dicha monumental obra; lo afirma servidor). Lo que de tan “piadoso” eclesiástico se recoge en él puede encontrarse en https://dbe.rah.es/biografias/39805/rigoberto-domenech-valls.

Es lógico, pues, que el señor Mata no tuviese dificultad alguna en ver visado su panfletillo por la “autoridad militar”. Es decir, recibió todos los parabienes de las autoridades que iban a formar el dúo permanente que constituyó el basamento ideológico esencial de la dictadura de Franco (con perdón a los resabios falangistas que cumplieron, tras 1945, una función muy diferente).

De la basura intelectual e histórica que escribió tal autor dos cosas me han llamado la atención. La primera es que se adelantó en buena medida en varias décadas al Bolloten de la teoría de la “revolución camuflada”.

Al describir la acción del Gobierno republicano -que, según él, pregonaba a todo trapo mentiras por la radio- al Sr. Mata se le ocurrió mencionar a los comunistas. Lo hizo con estas palabras:

“Asombrados ante el peligro de tener que afrontar ellos la situación, se batieron en retirada, negando que fuesen a implantar su sistema, antes asegurando que solo intentaban, en unión de los demás, defender la República” (p. 27).

Lo cierto es que los comunistas no pretendían establecer una República soviética (no lo querían entonces ni lo quisieron después) pero…. ¿y los malvados bolcheviques? ¡Ah!, eso es otra cosa.

Ya el 25 de julio, precisó el Sr. Mata, “convocados por el Komintern de París aquellos jefes comunistas con los recién llegados de España, convenían en que Toulouse fuera el centro de la movilización de numerosas expediciones, en las que cada comunista español se mezclaría con los enviados de Francia, para establecer la república soviética de Barcelona” (p. 89). Con pocas variantes, esta burrada histórica llegó hasta finales del siglo XX o principios del presente.

Se comprenderá que, en estas supuestas condiciones, y luchando contra tan criminales elementos, el patriótico teniente coronel Acedo Colunga tampoco viese el menor inconveniente en importar de la URSS, a su vez, la concepción fundamental del enemigo ontológico. Es decir, del que lo es por el hecho de ser judío o comunista, etc. Había que aprovechar del adversario todo lo que pudiera servir para fortalecer el bando propio.

Ignoramos, en ausencia de papeles privados de Acedo Colunga que pudieran, tal vez, arrojar alguna luz, en qué medida el principio fundamental común a los derechos penales soviético y nacionalsocialista llegó a su conocimiento. Me extrañaría que no hubiese ocurrido porque un vistazo a la literatura de los años treinta en España muestra que entre los eminentes juristas patrios había alguno que se atrevió en profundizar, ignoro con qué alto grado de sabiduría, en los fundamentos del código penal de la URSS.

Me parece improbable que Acedo Colunga no hubiese oído hablar del catedrático Eugenio Cuello Calón, que ya había publicado algún trabajo sobre el mismo y una comparativa entre los correspondientes a tres dictaduras de la época: la nacionalsocialista, la fascista y la soviética. Aparecieron en 1931 y 1934.

Sobre dicho caballero, que no dudó en adherirse al GMN con gran entusiasmo, el lector curioso puede encontrar una reseña en https://humanidadesdigitales.uc3m.es/s/catedraticos/item/14535. No sé si el Señor lo tendrá en su gloria, pero su juicio como experto lo dejo al profesor Guillermo Portilla, al que debemos la glosa de la Memoria de Acedo Colunga.

También es impensable que un fiscal tan acreditado en Asturias como nuestro personaje no hubiese leído nada acerca de la persecución estalinista de destacados exdirigentes soviéticos caídos en desgracia. Además, se acentuó desde el otoño de 1936 hasta alcanzar su paroxismo en la segunda mitad de 1937 y la primera de 1938. En la medida en que el fiscal general Andrey Vishinsky fue ganando fama parecería extraño que el teniente coronel que redactaba entonces su inmortal Memoria no supiera nada de él.

Es decir, quedan cabos por atar. Para la aportación de servidor al libro que acabamos de publicar no son demasiado importantes. Las dictaduras tienen unas lógicas comunes que determinan su acción. Lo que hacen los juristas en ellas es recubrirla con el caparazón más adecuado. Y justificar los asesinatos “legales”, siempre por la Patria, española, nazi o soviética.

En el próximo y último post de esta pequeña glosa participará como protagonista el profesor Guillermo Portilla.

(continuará)

CASTIGAR A LOS ROJOS: OTRO ESLABÓN EN UNA CADENA (II)

21 junio, 2022 at 8:35 am

ANGEL VIÑAS

La reflexión contenida en el post precedente se aplica también a los dos coautores restantes del libro en que los tres participamos. Es, a todas luces, innecesario presentar a Francisco Espinosa. Lleva más de treinta años escribiendo sobre la mortífera represión franquista tras el 18 de julio de 1936, Es un auténtico referente. A él se debe, en este caso, el haber podido consultar la memoria del protagonista, el general de División en el Ejército del Aire y miembro de su cuerpo jurídico así como, previamente, del jurídico militar, Felipe Acedo Colunga.

En lo que respecta al profesor Guillermo Portilla, lo conocí tras haber adquirido su libro La consagración del derecho penal de autor durante el franquismo (Comares, Sevilla, 2010). Es un estudio detallado de las actuaciones del Tribunal especial para la represión de la masonería y el comunismo. Fue una de las aberraciones típicas de la postguerra, pero lo que más me impactó fue el apéndice documental. En particular las transcripciones de las declaraciones de abjuración de la masonería que debían firmar quienes deseaban abandonar lo que entonces se denominaba “secta”.

Baste con decir que se comprometían a creer firmemente en todos los dogmas de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana (SMICAR) que remontaban hasta el Concilio de Trento, del siglo XVI. Una prescripción muy adecuada porque el clero español (ciertamente masacrado en la contienda) tomaba así su revancha. Además de la humillación a los “nuevamente” convertidos a la fe católica, una y verdadera por los siglos de los siglos amén, los prelados los amenazaban con el fuego eterno si volvían a la apostasía (que no les eximía, por cierto, de los rigores que les aguardaban vía el brazo secular, es decir, los sayones y verdugos de la dictadura).

Como ya me ha llegado, merced a Amazon.fr, el catecismo del obispo González Menéndez-Reigada, aprovecho la ocasión para reproducir lo que a dicho excelso príncipe de la SMICAR le parecía tan odiosa “secta”:

Es una sociedad secreta, aliada del judaísmo, para realizar en la sombra sus intentos criminales, y tiene por divisa su odio contra Cristo y aun contra Dios (sic), ensalzando todas las fuerzas de la naturaleza, hasta las pasiones más bajas y abominable, como procedentes de lo que llaman el gran Arquitecto del Universo, adoptando como medio el disimulo y la hipocresía más solapada.

Para Francisco Espinosa y Guillermo Portilla, al igual que para mí, el libro que hemos publicado la semana pasada es una continuación de trabajos previos.

‘Castigar a los rojos. Acedo Colunga, el gran arquitecto de la represión franquista’, Ángel Viñas | Francisco Espinosa | Guillermo Portilla (Crítica, 2022)

Quien esto escribe no conocía la totalidad de la Memoria del general Alcedo Colunga (a quien cabe, quizá, augurar una larga estancia en el infierno en el que permanecerán todos los no perdonados por la gracia infinita de Dios). Me dejó helado, si bien la literatura sobre aspectos parciales de la represión jurídica de los vencidos en y tras la guerra era ya abundante. Siempre se aprende algo y la Memoria en cuestión me enseñó muchas cosas nuevas. Quizá la más impactante fue no tanto la consideración de los vencidos como “sublevados”. Esto es un tema que se conoce desde 1936. Fue lo que había detrás.

En particular, las justificaciones de la mala baba de quienes, efectivamente, empezaron a matar a diestro y siniestro, allí donde encontraron oposición, pero también donde no hubo mucha o incluso ninguna (Marruecos, Navarra, Rioja, Galicia, Baleares, Canarias, grandes partes de Castilla la Vieja y León o de Andalucía). En todos ellos su mala baba se reflejó no solo en los chorros de sangre vertida desde el primer momento.

También aparece, de forma cristalina, en las infames reflexiones del entonces teniente coronel Acedo Colunga de que a  los soldados, oficiales y jefes que se opusieron a una sublevación largamente preparada con pretextos espurios no se les debía reconocer ni siquiera su condición de militares. Según él, no podía haber igualdad moral, ni profesional, porque quienes no se rindieron ipso facto no eran equivalentes a los “patriotas”, los que se sublevaron, porque estos representaban el Bien en dura pugna para hacerlo triunfar sobre el satanismo y la barbarie.

Esta aberración conceptual no solo tenía un fundamente religioso (¡oh, Santa Inquisición!) sino también supuestamente “jurídico”. El teniente coronel Acedo Colunga se agarró a la tesis del pirata vs la guerra justa que tomó del ilustre tratadista pro-nazi Carl Schmitt. Nuestro protagonista, al hacerlo, fue muy pillín. Mezcló alusiones a la teoría medieval cristiana sobre dicho tipo de guerra y estableció la distinción fundamental, ontológica, entre el enemigo legítimo (extranjero) y el enemigo ilegítimo (interior).

O sea, el bandido, el rebelde o el pirata que era necesario perseguir con denuedo, hasta eliminarlo, por el bien y por el orden del Estado.  Las páginas 64 y siguientes de CASTIGAR A LOS ROJOS son muy representativas de las consecuencias de esta absurda analogía. Por desgracia, tuvo consecuencias devastadoras y muchos pagaron con su vida o con largos años de prisión estas que a muchos podrían sonar elucubraciones teóricas.

El libro que ahora hemos publicado debe insertarse, pues, no solo como un mero eslabón en nuestras propias carreras de investigadores. Esperamos que lo sea también en un marco más amplio. Es decir, para bien del conocimiento histórico de años cruciales en la evolución de la sociedad española. Desde este punto de vista hacemos causa común con muchos otros, entre historiadores y juristas, que han emprendido la tarea de mirar, desde la atalaya del presente siglo, las aberraciones del pasado. En este aspecto, los investigadores españoles estamos en línea con los extranjeros que han abordado las aberraciones acaecidas en sus propios países, por ejemplo, Francia, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Alemania, Austria, Polonia, Italia, Croacia, etc.

Ya después de terminada la corrección del último juego de galeradas me han llegado dos libros que, tanto para el caso español como para el extranjero, arrojan luz sobre las conexiones entre Derecho y Política en la historia relativamente reciente.

El primero es la tesis doctoral, convertida en libro, de Gonzalo J. Martínez Cánovas: Luis Jiménez de Asúa (1880-1970). Utopía socialista y revolución jurídica al servicio de la Segunda República (Comares, Granada, 2022). Un contrapunto a las miserables teorías de Acedo Colunga. El segundo es de otro carácter, pero no demasiado alejado en cuanto también es de un tema histórico-jurídico. Un mamotreto de la profesora Francine Hirsch, Soviet Judgment at Nuremberg. A New History of the International Military Tribunal after World War II (Oxford University Press, Nueva York, 2020). Una investigación en profundidad basada en nueva documentación procedente de los archivos soviéticos. Pone de relieve cómo varias aportaciones esenciales de sus juristas sirvieron, paradójicamente, para asegurar una nueva interpretación que criminalizó las consecuencias de las guerras de agresión y conquista.

Confieso que no he podido abordar ninguno de ambos libros. Muestran que la combinación entre archivos, documentación, sentencias de los tribunales y análisis de las doctrinas jurídicas a que se atuvieron constituye un ámbito vivito y coleando.

Sería muy conveniente continuar profundizando en la vía abierta por tal combinación. En este sentido no puedo sino lamentar la cerrazón (no hay otra manera de calificarlo) que demostraron las instancias correspondientes de los archivos del TS cuando varios colegas y un servidor acudimos a ver el expediente de un caso -delicado, por supuesto- pero que nos hubiera permitido aclarar mejor los posibles desmanes de un asesino al servicio de Franco.

No hay historia definitiva. No hay historiadores definitivos. Una afirmación que choca con los postulados de quien fue el cortesano más asiduo en el entorno de Franco, Ricardo de la Cierva y Hoces, y que, al parecer, siguen cultivando con fruición algunos meritorios, en la Universidad pero, sobre todo,  fuera de ella.

(continuará)

CASTIGAR A LOS ROJOS: OTRO ESLABÓN EN UNA CADENA (I)

14 junio, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Mañana, 15 de junio, sale a la venta el libro que hemos escrito a seis manos Francisco Espinosa, Guillermo Portilla y servidor. Espero -y deseo- que tenga mucho éxito. No, por supuesto, para comprar con los derechos de autor un pisito en la playa o algo similar en la montaña. Para ello deberían venderse muchos miles de ejemplares. Por otra parte, dudo que tales derechos, repartidos entre los tres, compensaran mínimamente las horas de trabajo, las adquisiciones de libros y de documentos y los desvelos por los que hemos pasado a lo largo de la pandemia.

‘Castigar a los rojos. Acedo Colunga, el gran arquitecto de la represión franquista’, Ángel Viñas | Francisco Espinosa | Guillermo Portilla (Crítica, 2022)

Si deseo que se venda mucho es por otras razones, profesionales y personales. Nótese el orden. Implica una cierta escala en términos de importancia. En primer lugar, creo que con nuestro enfoque hemos cubierto un frente en el que todavía no se había escrito lo suficiente para poner patas arriba principios fundamentales de la “historietografía” (Alberto Reig) franquista, pro-franquista y metafranquista. Lo hemos hecho como se debe. No partiendo de aprioris, sino por inducción desde la búsqueda y el descubrimiento de una nueva base documental. Es decir, EPRE en estado químicamente puro.

El tono personal es porque de manera tanteante, con altos y bajos, a lo largo de los últimos diez o doce años, es decir, desde que me jubilé en la Complutense y me dediqué a la investigación en archivos como ocupación principal, he identificado un objetivo preciso: explicar de una manera algo diferente de la habitual los orígenes inmediatos de la guerra civil. Pero, siempre con EPRE, es decir, evidencia primaria relevante de época.

Por lo demás he citado a muchos de los historiadores más importantes, españoles y extranjeros, que me han precedido. Ningún historiador navega solo. Las aguas por las que se aventura han sido, muchas veces, surcadas por otros.  Si no he mencionado a muchos más ha sido por un motivo muy simple. No hay historia definitiva (tampoco de la República, la guerra civil y el franquismo) ni, por supuesto, historiadores definitivos, mal que le pesen, por ejemplo, al profesor Stanley G. Payne y a sus acólitos.

Por consiguiente, me he abstenido de criticar -o incluso de citar – a autores que trabajaron de buena fé, con sus papeles y con su bagaje cultural, intelectual e ideológico. En cambio, sí he acudido a otras dos categorías: quienes han rellenado huecos que no hubiera podido abordar sin mencionarlos porque mi EPRE no bastaba y, en segundo término, a algunos de los que se han erigido, quizá tras implorar la gracia de Dios, en custodios o defensores de la tradición franquista o, por lo menos, antirrepublicana.

De manera sistemática, aunque con desviaciones previas, empecé a otear que la historia no había sido como nos la habían contado desde mi primer libro en 1974 (La Alemania nazi y el 18 de julio). Se cita todavía cuando, en aspectos fundamentales, ya he avanzado mucho más. Lo mismo ocurre con el segundo (El oro español en la guerra civil). A este respecto algún que otro historiador se ha empeñado (sin documentación al apoyo) en sostener que el envío de una parte del mismo fue “un error, un inmenso error” (por utilizar la terminología de Ricardo de la Cierva al caracterizar el primer gobierno Suárez en los albores de la transición).

Sin embargo, fueron dos obras (La conspiración del general Franco) y la colectiva (Los mitos del 18 de julio) en donde empecé a otear que en otros aspectos fundamentales las cosas tampoco fueron como nos las habían contado ni los historiadores franquistas o neofranquistas ni muchos extranjeros que no solían visitar archivos españoles.

Por razón de la documentación acumulada empecé a mirar hacia atrás y aclarar (con las ayudas imprescindibles de un primo hermano piloto, Cecilio Yusta, y de un amigo patólogo, el Dr. Miguel Ull) la singular aportación del general Franco a la conspiración de 1936 (también con el asesinato de su compañero el general Balmes) y su superinflado papel en mantener a España fuera del segundo conflicto europeo.

Quedaron sin abordar dos flecos principales, un tanto marginados en mi investigación.

El primero, los preparativos jurídicos para amparar el sangriento tajo que en el cuerpo social español los conspiradores querían dar tan pronto se sublevaran. No lo hicieron los militarotes de pro (Mola, Goded, Sanjurjo, Franco, Queipo….). Muchos autores lo habían inducido (en particular Francisco Espinosa) partiendo de los hechos (y generado una larga controversia respecto a cómo caracterizarlos: ¿genocidio?, ¿no genocidio?).

El segundo fleco, desde la perspectiva -tan cara a los sublevados y a sus apoyos ideológicos -católicos y fascistas, extranjeros y propios- cómo se configuró el ritmo del apoyo soviético a la República, al principio y al final de la guerra. En este caso no he olvidado las “aportaciones” de un ya fallecido (y que el Señor tenga en su gloria) general de división en el Ejército del Aire, posteriores a una trilogía que lo examinó de pasada. [CRITICA ya tiene un largo manuscrito en que he abordado tales temitas. Espero que aparezca el año que viene].        

Pues bien, CASTIGAR A LOS ROJOS es un libro de tres autores que identifican los variados hilos ideológicos que confluyeron en la praxis y en la teoría de la represión franquista. Mostramos las raíces de las que surgió la tesis -en la que todavía creen o dicen que creen- numerosos políticos, periodistas, medios impresos y digitales y ciudadanos. No han logrado, o querido, destetarse de la versión según la cual la sublevación obedeció a “un estado de necesidad” para salvar a la PATRIA de caer en las garras del comunismo.

Nuestro libro pone el acento en que la mayor parte de los pensadores jurídico-militares del momento, y los generales a quienes aconsejaban (ya fuesen Sanjurjo, Goded, Franco, Queipo de Llano o Mola) no podían ignorar que desde el Gobierno se les consideraría como jefes de “bandas armadas”, sublevadas contra el régimen legítimo y reconocido internacionalmente. No en vano los conspiradores estaban dispuestos a emprender acciones terroristas que caían dentro los supuestos penados por la legislación y el Código de Justicia Militar entonces vigentes.

Por ello, y en su propia defensa, los terroristas sublevados acusaron a los leales de que, al defenderse contra ellos, cometieron actos de terror. Con ello pusieron de relieve una de las características más notables que subsistió durante toda la dictadura de Franco y que ha encontrado su prolongación en la “historia” que le es proclive: proyectar hacia los adversarios rasgos esenciales del propio comportamiento.

Su mejor plasmación se encuentra en el Dictamen de la Comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936 que encargó el entonces ministro de la Gobernación Ramón Serrano Suñer y siniestro personaje. Para colmo, entre los autores figuraban nombres egregios de los conspiradores monárquicos que, con la ayuda previa fascista, habían venido maniobrando para derribar la República y sustituirla por una Monarquía fascistizada desde 1932.

Esto todavía se oculta hoy cuidadosamente y hay gente que utiliza dicho Dictamen como si tuviera la misma validez y significación históricas que las tablas mosaicas. Pues no.

Nota

Un amigo y colega ha leído mi post de la semana anterior en el que citaba a la Dra. Olga Glondys y me ha comunicado que había fallecido, inesperadamente, hace casi dos años. Ha sido un choque profundo.

Descanse en paz. (continuará)