UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (II)

6 abril, 2021 at 8:38 am

Ángel Viñas

Ya he indicado que cuando me enfrenté a la tarea de escribir mi tesis doctoral flotaba entre dos mundos. Lo que en la RFA se escribía sobre la intervención nazi en la guerra de España tenía poco que ver con lo que se publicaba en la RDA. El único camino a seguir era ir a los archivos. Cuando a ellos regresé a principios de este siglo, había aprendido muchas cosas. Un pensamiento de Pascal me acompañó: «  Vérité en deçà des Pyrénees, erreur au delà ».  No hay que entenderlo en sentido estrictamente geográfico, aunque muchos lo han hecho. Si los alemanes, los británicos, los franceses, los norteamericanos escribían y reescribían su historia acudiendo a evidencias primarias, ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros? Además, las viejas certidumbres que seguía prodigando una tras otra Ricardo de la Cierva (el hombre de la “historia definitiva”) chocaban con lo que ya afloraba en ciertos sectores de la historiografía extranjera. Nuevos enfoques, nuevas metodologías, nuevas áreas del pasado atraían la atención. Volver a los archivos fue, para mí, la cosa más natural del mundo.

En una ocasión, creo que hacia 2005, para leer algo ligero en el tren de regreso de París a Bruselas compré una novela de Michael Crichton, Timeline. A ella me he referido en las conclusiones de un libro colectivo, El primer asesinato de Franco. Es una novela de ciencia-ficción, traducida al castellano bajo el título de Rescate en el tiempo. De vez en cuando la releo en mi Kindle. En ella un grupo de arqueólogos que trabajan en una excavación en la Dordoña hacen un viaje hacia lo que era aquel lugar al principio de la guerra de los cien años. Se encuentran con que muchas de las tesis que mantuvieron durante la excavación no se correspondían a la realidad de aquel tiempo remoto. ¡Qué no daríamos los historiadores si pudiéramos sumergirnos en el pasado!

En aquel momento estaba inmerso en una recogida masiva de documentación en archivos  franceses, públicos y privados.  Había fotografiado masas de documentación en otros países. Con frecuencia incompleta. Comparar la EPRE que iba descubriendo con lo que se había escrito en la historiografía española y extranjera pronto me advirtió de las consecuencias de dos trampas.

La primera es, en puridad, del género idiota: el pasado no existe. Lo que existen son “representacionesE del mismo. Pero, ¿de qué dependen esas representaciones? De la cultura en sentido amplio y del tiempo en que escribe el historiador. Es obvio que nadie que escribe ahora sobre la República o la guerra civil se ha pasado por las amplias frondosidades del pasado y podido picar en ellas las flores que más bonitas le parecieron. Y aún así, es difícil que hubiese tenido acceso a todos los niveles de decisión e intelección que generaban documentación  y papeles hoy en  archivos. Olvidémonos, en passant, de lo que escribieron los periodistas del momento como fuente fundamental para la comprensión del pasado.

La segunda trampa es que “reconstruir” fielmente todo un lienzo del pasado (no el pasado entero que es de por sí inabarcable) es imposible: lo que se hace es un “acercamiento” al mismo manejando una especie de linterna intelectual para iluminar ciertos sectores o ciertas vetas con la esperanza de que sean más o menos importantes para no distorsionar el pedacito de pasado que se investiga.

A principios de este siglo la producción bibliográfica sobre la guerra ya era inmensa, pero pocos los autores que habían entrecruzado la documentación almacenada en una docena de archivos (y este número fue aumentando progresivamente) de varios países.  Me dí cuenta de que, en buena medida, la tarea del historiador empírico (aplicando la conocida máxima de Rosa Luxemburgo: zu sagen, was ist, bleibt die revolutionärste Tat, en castellano: “decir lo que es, sigue siendo la acción más revolucionaria”) consistía en separar el trigo de la paja pasando las afirmaciones de la historiografía por el cendal de la evidencia primaria relevante de época allí donde es posible.

Naturalmente hay dos consideraciones que no cabe dejar de lado: es raro que la EPRE que logre encontrar el historiador no adolezca de huecos y lagunas. Por consiguiente, la “representación” en ella basada siempre tendrá sombras; en segundo término, el historiador no debe inventar nada. Lo que le interesa es alumbrar el proceso por el cual ciertos hechos, y no otros de entre diversas posibilidades, fueron los que habían llegado a existir. En mi último libro, lo he ejemplificado de gracias a los versos de un bello poema, The Road not Taken, del gran poeta norteamericano Robert L. Frost. 

Siempre me pareció que para el período que amaneció con los años treinta del pasado siglo el desafío más importante estribaba en analizar las conexiones entre el régimen republicano, la guerra civil y el franquismo. Tarea repleta de “trampas saduceas”, porque los planteamientos que se encuentran en la historiografía (me refiero a la que tiene pretensiones de seriedad, no a las fantasías difundidas por una propaganda que recuerda con frecuencia a la que distribuyó a espuertas el maestro Goebbels) suelen situar en el mismo capítulo el antes de la contienda como el preludio inexcusable de la guerra civil misma. Que antecedió a esta en el tiempo es innegable, pero ¿qué causalidades existieron? Sobre la discusión entre historiadores (no entre aficionados) siempre se añadió el peso muerto de lo que he denominado el “canon franquista”:  una serie de afirmaciones cuasi dogmáticas que postulaban una estrecha causalidad entre los dos períodos y explicaban la guerra como el resultado inevitable del trecho anterior.  Tal canon sigue estando presente en la sociedad española de nuestros días, aunque menos en la historiografía profesional.

Tras escribir una pentalogía (el último tomo con Fernando Hernández Sánchez) y tres libros (uno de los cuales con mi primo hermano Cecilio Yusta y el Dr. Miguel Ull, fallecidos durante la pandemia) en los que puse bajo la lupa el comportamiento de Franco y su participación en la conspiración, mi perplejidad no había disminuído.  Aunque sin duda cometí errores (en realidad,  si empezara de nuevo con lo que sé hoy escribiría ciertos capítulos de forma y con pesos diferentes) las tesis fundamentales no las he visto refutadas con documentos nuevos que permitan rechazarlas. En el bien entendido de que no hay nadie en el planeta que escriba historia definitiva. Personalmente me ha cansado de clamar por la apertura completa de los archivos oficiales y el acceso a ciertos archivos personales.

Todo investigador sabe que encontrar EPRE no es una tarea sencilla. Depende de muchos factores: ante todo, y sobre todo, del azar. Por mucho que se hayan catalogado los archivos, el resultado no siempre es lo suficiententeme instructivo para todos los puntos de la paleta de interrogantes. Y los españoles, por desgracia, sufren de un mal congénito: carencia de recursos en materia de personal, organización y catalogación. No son dificultades insuperables aunque las conoazco de primera mano ya que, desde que por edad dejé la Universidad en 2012, no me he dedicado a otra cosa.

A lo largo de este periplo (sé muy bien que el de otros historiadores es más largo,  pero servidor ha tenido la suerte de haber seguido otra carrera  y atendido a las exigencias de otra profesión),  he ido identificando ciertos ámbitos cruciales.  En estos, la desinformación promovida por la dictadura, y alentada por ciertos medios periodísticos y en las redes sociales en la postdictadura, se ha empeñado en realizar frecuentes maniobras de distorsión. Incluso se han acentuado a lo largo de los últimos años, con desparpajo y desvergüenza crecientes.  Creo que uno de los ámbitos más significativos es el de los orígenes de la guerra civil y su inserción en las coordenadas internacionales de la época.  Porque de él se desprenden muchas de las representaciones del pasado que siguió.

(continuará)

UNA PUGNA CONTRA LA DISTORSIÓN: INVESTIGANDO EL PASADO (I)

23 marzo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Cuando era joven licenciado estaba muy de moda una obra de Thomas Kuhn titulada La estructura de las revoluciones científicas. Se convirtió en una referencia obligada y era imposible no mencionarla. Recuerdo que años después me la “trabajé” para ver si podía extraer algunas ideas a la hora de elaborar el preceptivo trabajo sobre concepto, método, fuentes y programa de las oposiciones a cátedra de Universidad, siempre con la vista puesta en las “trincas” que pudieran hacer los rivales en el equivalente académico de las sangrientas corridas de toros. De vez en cuando me he preguntado si aquella noción de Kuhn era aplicable a la Historia, en el supuesto de que esta sea no solo una narrativa sino también un intento de explicar con pretensiones científicas por qué suceden los fenómenos que marcan la evolución de las sociedades en el tiempo. En su momento, la aplicación de la metodología marxista indudablemente conmovió los cimientos de la disciplina. Dudo de si su contrapartida, el estructuralismo de Lévi-Strauss, llegó a lograrlo aunque intentos no faltaron.

En los últimos años me he dedicado a abordar el origen de la guerra civil sin “chupar rueda” de lo que ya habían escrito muchos otros. Al contrario, he querido abrir brecha y destruir mitos, porque con mitos no se construye la historia (lema de este blog). He dedicado a tal tarea tres libros desde perspectivas ligadas a la acción y actuación de quienes la buscaron. La sociedad española en su conjunto no la quería ni se la encontró por azar. Para ello me he servido de la documentación, española y extranjera, que alumbra la actuación de los hombres (no hay apenas mujeres en el relato) que plantearon un conflicto armado como respuesta a los problemas, más o menos desgarradores, que atenazaban a la sociedad española y/o amenazaban el estatu quo económico, social y cultural de las élites tal y como había cristalizado en el largo período de la Restauración.

La dinámica que condujo a la guerra civil forma parte integrante, en mayor o menor medida, de todo relato historiográfico a esta dedicado. El último que conozco, en inglés, del año pasado, la despacha en cuatro o cinco páginas. ¿Dice algo nuevo? No. ¿Es correcto? Limitadamente. Se basa en literatura que no ha abierto brecha.

Sin negar, en modo alguno, el peso de los factores estructurales, de modificación difícil y que en general lleva tiempo, siempre pensé que incluso en circunstancias de crisis son los seres humanos quienes hacen, bien o mal, su propia historia. No la hacen como la quieren y sí en condiciones dadas, con resultados que pueden variar de sus intenciones. Ocurre con suma frecuencia. La interacción de los factores estructurales, las coyunturas y el haz de comportamientos colectivos e individuales ha dado origen a grandes debates y controversias apasionadas. Algo consustancial con el ser humano, ser histórico por excelencia. Los mejillones, es un decir, no tienen historia ni tampoco la hacen.

Quizá por formación y experiencia he tendido a priorizar comportamientos, sin por ello caer en -espero- excesos conductistas. Al fin y al cabo me inicié como historiador con un estudio empírico sobre los antecedentes de la intervención nazi en la guerra civil. Lo hice en Alemania cuando estaba muy influído por la cultura y la historiografía de dicho país, dividido en dos Estados opuestos entre sí. Como de estudiante había estado en Berlín y me había paseado por la Alemania oriental y los países de su entorno, huelga decir que conocía lo que en aquella parte del mundo se había publicado en idiomas que dominaba (es decir, no tuve acceso a la literatura escrita en los idiomas locales). Con francés, inglés, alemán e italiano procuré apañarme.

No fue fácil lidiar con el peso de una literatura ya  abundante. Según ciertos autores funcionó el azar, la casualidad. Para otros fue el resultado casi inexorable del funcionamiento del capitalismo monopolista de Estado alemán. Unos acentuaron lo coyuntural. Otros se refugieron en argumentos económicos (que ha hecho revivir algún autor hace pocos años). Yo me apañé acudiendo a las fuentes primarias. Desde entonces no he sentido ninguna necesidad de cambiar de enfoque, aunque sí he ido adaptándolo a las circunstancias y temas concretos.

La guerra civil tuvo, es la evidencia misma, un componente exterior y se generó y desarrolló en circunstancias internacionales muy tensas. Hacia 1975 la literatura estaba muy consolidada y no creo que mis colegas me echen a los perros si afirmo que las aportaciones españolas a la misma eran absolutamente insignificantes, por no decir inexistentes.

Bajo la dictadura franquista la presencia española en la historia que se escribía en el exterior solo la defendieron los exiliados.  En España, cuando echo un vistazo hacia atrás, solo encuentro a un nombre que aportara resultados procedentes de la investigación en archivos foráneos. Un diplomático: Fernando Schwartz. Espero que los amables lectores no crean que me adorno con plumas que no me corresponden si afirmo que fui el segundo.

Tampoco extrañará que me haya mantenido al corriente de los avances que en la historiografía española y extranjera han tenido lugar en los últimos, digamos, cuarenta años en lo que se refiere a los orígenes de la intervención alemana. En general, he ido haciéndome eco de los mismos. Sin embargo, la tesis que presenté en 1974 en mi primer libro, La Alemania nazi y el 18 de julio, no ha variado sustancialmente. He mejorado el conocimiento de las tentativas de los conspiradores civiles y militares antirrepublicanos por alcanzar algún tipo de compromiso previo con el Tercer Reich para allegar armas o promesas previas de ayuda. No he conseguido encontrar nada definitivo. Ni la misión Sanjurjo/Beigbeder generó resultados tangibles, ni las conexiones establecidas probablemente con algunos elementos del partido nazi los suscitaron. Sé que mis afirmaciones las rechazan algunos. Sin EPRE y con tergiversaciones de la que no lo es.

Por el contrario, en este blog me he hecho eco en repetidas ocasiones de los conductos, todavía no conocidos, a los que se refirió el teniente coronel Barroso, agregado militar a la embajada en París, cuando fue a ver a un borroso y acaudalado norteamericano que vivía en la Île de la Cité, casado con una dama de proclividades ultraderechistas y carlistas, para que se desplazara  a Berlín a revivirlos. El interesado prefirió ir a ver las operaciones en la sierra madrileña. No explicó por qué de forma convincente.

El historiador es tributario de sus fuentes. Muchos se basan en la literatura ya conocida (aunque quizá poco circulada) y construyen sus aportaciones bien en forma de “estados de la cuestión”, siempre oportunos y necesarios, o acentúan sus propias valoraciones que pueden diferir de las tendencias consagradas. Son actividades respetables. Es frecuente que las generaciones que se suceden olviden parte, o mucho, de lo que las anteriores han aportado.

En general, no he seguido en esa línea. Trabajar sobre lo ya conocido no me interesa. El enfoque al que me atenido es el de acentuar la importancia fundamental de las fuentes primarias. He pasado meses y meses buscándolas en más de media docena de países. El énfasis en las mismas permite identificar nuevas vetas, aflorar nuevas percepciones. La actividad científica es, por definición, revisionista. Cada generación escribe una historia.

¿Por qué cuento esto? Por dos razones. La primera es que a lo largo de mi actividad investigadora pasé de los orígenes a la guerra civil y al franquismo. Abordé el “oro de Moscú” en varias etapas (me absorbieron mucho tiempo) y también hice alguna que otra incursión en la formación de la política económica exterior y la política de seguridad, interna y externa, de la dictadura. En 1974-75 ya empecé a brujulear por algunos archivos militares y civiles españoles y continué haciéndolo, más intensamente, en el período 1976-79. Todo ello me descubrió un mundo poco trabajado: el funcionamiento de ciertos rodajes esenciales en la inserción española en la economía y en la escena internacional. Después, avatares profesionales de diversa índole me mantuvieron alejado de los archivos. Hasta que volví a ellos hace unos veinte años con la sana intención de seguir abriendo brecha, fuera de los senderos trillados.

(continuará)

HISTORIA, NOVELA Y LA CONSPIRACIÓN DEL 36: el caso de Queipo de Llano

16 marzo, 2021 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

Retomando una de las ideas que expuse en el post anterior y, con todos mis respetos a los admirables y numerosos novelistas que se han acercado a la conspiración que llevó a la guerra civil o a los orígenes de ésta, me gustaría reiterar que una cosa es escribir una novela y otra un libro de historia. La primera, aun si se atiene grosso modo a los hechos históricos, no está forzada en virtud de ningún principio deontológico a aceptar lo que haya habido detrás de los mismos, es decir, al movimiento interno que los llevó a existir. Los hechos son conocidos. Es difícil negarlos. Hubo una conspiración. Tuvo éxito. Hubo una guerra con muchas batallas y sinnúmero de encontronazos. A partir de ahí, el entrelazamiento de los movimientos internos puede hacerse de muy diversas maneras. El libro de historia, sin embargo, no es libre de plasmar lo que plazca a su autor. Tiene que explicarlos de forma tal que no violente la EPRE, al menos la conocida.

Voy a ejemplificar estas afirmaciones echando mano de un caso que he expuesto en mi libro EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. Se refiere al general de división Gonzalo Queipo de Llano, a la sazón inspector general de Carabineros. Dejo de lado mucho de lo que tan connotado general había sido hasta entonces, enero de 1936, e iba a ser después: el carnicero de Sevilla y, en gran medida de Andalucía; virrey de la zona sur, sicópata empedernido y borracho de sangre. Sus restos mortales reposan desde hace tiempo en La Macarena bajo el signo de la Cruz. Algo absolutamente incomprensible y totalmente irracional.

 © Ministerio de Defensa de España

En el mes indicado hizo un viaje a París, contando con las bendiciones del presidente del Consejo y de los ministros que tenían que autorizarlo directamente. Fueron los titulares de Hacienda (el cuerpo de Carabineros dependía de este Ministerio) y de Estado. Fue acompañado de su ayudante. Quería preguntar en París, y así lo dijo al embajador de España, acerca de unas importaciones sospechosas de café procedentes de la Somalia francesa. ¿Quién iba a negar el permiso a un general tan republicano? Sin embargo, en cuanto llegó se me plantean  interrogantes. No puedo olvidar que en una vida previa me tocó trabajar en una ocasión como agregado comercial en la embajada de Bonn.  En la de París, por supuesto, una de las más importantes para España, había una bien dotada Oficina Comercial. Su jefe, Vicente Taberna, era un hombre eficiente, tan eficiente que tras pasarse a los sublevados unos meses después siguió una carrera fulgurante. Hoy su nombre solo es conocido de los hiperespecialistas.  

Las gestiones que llevó a cabo la misión llegada de Madrid no las efectuó Queipo de Llano. Sorprendente. Las delegó en su ayudante a quien acompañó Taberna, que conocía bien los rodajes de la administración francesa. Ambos se dirigieron raudos cual centellas a plantear la cuestión en el ministerio correspondiente. Lo hicieron ante quien correspondía en el escalafón burocrático. Fue el jefe de sección que se ocupaba de España en el Ministerio de Comercio e Industria. Un punto de referencia inexcusable. Naturalmente, fueron bien acogidos (no había razón alguna para lo contrario) y tan distinguido funcionario los remitió al adecuado que era el jefe del servicio correspondiente en el Ministerio de Colonias. Este caballero les dio, encantado, todo tipo de explicaciones.

¿Resultado? En la Somalia francesa no se producía café. Lo que se exportaba procedía de Abisinia. No creía que ninguna colonia francesa encaminara café a Somalia de su  propia producción, porque el consumo de café en Francia era considerable (así que exportarían directamente a la metrópolis). Añadió que los franceses no estaban interesados en que en el comercio bilateral hispano-francés se reservaran a Francia contingentes de café para las importaciones desde Somalia. Este fue el resumen que Taberna hizo al embajador (hombre de derechas y monárquico de corazón: en julio le faltó tiempo para pasarse a los sublevados).

A tan extraña misión le dediqué no cuatro líneas sino varias páginas porque lo que me intrigó es que, para aclarar un asunto tan trivial, hubiera debido desplazarse a París el mismísimo inspector general de Carabineros. Y luego ni se molestó en ir a ver a ninguna autoridad francesa. Lógicamente, me hizo sospechar teniendo en cuenta que en toda conspiración, por muy de andar por casa que sea, se conspira.

Las posibilidades de explicación que manejé fueron varias (aunque probablemente hubo otras). Por ejemplo, el general Queipo de Llano pudo querer ir a hacer una o varias visitas a algún burdel de lujo (entre los parisinos había varios muy reputados); o encontrarse con alguna amiguita suya (en las memorias de Hidalgo de Cisneros se cuenta que se había encaprichado de una monada durante su temporal destierro en París antes de la llegada de la República); o a hablar con alguien de lo que desde hacía algún tiempo se tramaba en España. Al final, me incliné marginalmente en favor de esta última posibilidad porque “encajaba” en la lógica de los contactos entre los conspiradores del interior y los apoyos del exterior. Recalqué, sin embargo,  que se trataba de una mera especulación. Si en algún momento se encuentra documentación al respecto será posible resolver la cuestión o, al menos, avanzar en su solución.

Me atreví a pensar que la pamema de pedir autorizaciones de alto nivel para hacer un viaje oficial a París bajo un pretexto espurio podría indicar que Queipo de Llano le atribuía  importancia. Una escapada galante no la hubiese necesitado a menos que fuese de varios días, o algunas semanas, de duración. Sabemos que Mola iba a visitar a March a Biarritz desde Pamplona y no se ha encontrado constancia de que solicitase autorización alguna para desplazarse a Francia.

¿Con quién podría encontrarse Queipo de Llano en París? En principio, con el exembajador de la Monarquía, José María Quiñones de León, a quien recordaría de los primeros meses de 1931. Años después se había convertido en la cabeza de la conspiración monárquica en Francia. [De notar es, para aviso a novelistas, que el expediente personal de tan distinguido diplomático ha sido depurado concienzudamente]  O, quizá, incluso porque Queipo quisiera entrevistarse con el propio exrey, el destronado Alfonso XIII, que estaba lampando por recuperar el trono con la ayuda de sus fieles incrustados en la conspiración. O tal vez  el taimado general se desplazó de la ville lumière a otro lugar en busca de una mayor discreción. No lo sabemos y tampoco he encontrado ninguna prueba de nada. Por consiguiente, no seguí indagando.

Un novelista, en su caso, probablemente hubiese seguido la trama desenredando el ovillo como mejor hubiera pensado que iba a tener efecto en el ánimo de sus lectores. Y habría tenido toda la razón del mundo.

Si servidor hubiese querido escribir una (sin duda mala o malísima) novela hubiera podido dejar rienda suelta a mi imaginación. Inventarme episodios más o menos verosímiles en los que Queipo de Llano habría podido aparecer con el encargo del exrey de sublevarse contra las izquierdas, si llegaban al poder, y de extinguir a sangre y fuego a todos los comunistas, socialistas, anarcosindicalistas, librepensadores, republicanos y demás gente de mal vivir. ¿Por qué? Porque todos ellos habían complotado llevar a cabo, por las buenas o por las malas, la reforma agraria que en el primer bienio se había aprobado. Una urgencia, ya que el horrible Frente Popular había anunciado o iba a anunciar que la continuaría, tras el parón sufrido (gracias a Dios) durante los gobiernos de derechas.

Y a partir de aquí habría podido inventarme varios planes sobre cómo hacerlo. Por ejemplo, anticipando los comportamientos de que hizo gala el general Queipo de Llano tras la sublevación, y jugando más o menos hábilmente, con su viaje y contactos en París también hubiera podido añadir  a estos los derivados de experiencias devastadoras o traumáticas para su hombría en alguna maison close. O, en plan más serio, hubiera podido afirmar  que  Alfonso XIII le habría prometido el oro y el morol Contando con la futura restauración monárquica, esto habría inflamado el corazón del corajudo general.

Ninguna de tales “posibilidades” hubiese tenido que ver con el relato que suele hacer un historiador, aunque la eventual novela podría anunciarse como contenedora de las claves para comprender y explicar el papel de Queipo de Llano de sumo sacerdote de la orgía de sangre y fuego que se abatió sobre la Andalucía occidental y parte de Extremadura a partir de la segunda mitad de julio de 1936. Y, a lo mejor, con visos de verosimilitud, porque hay que tener muchas agallas como “historiador” para exculpar al “libertador” del Sur y a sus hombres de mano. No debemos olvidar a quienes lo han intentado. Sin demasiado éxito. Pero, como los amables lectores comprenderán, tales y otras especulaciones no tienen que ver con la historia,

Cito el caso del viaje “oficial” de Queipo de Llano a París como uno de los muchos temas que pueden servir de patrón para escribir otras novelas sobre la conspiración, que no careció de momentos y personajes curiosos. Pero, para el historiador, en la medida en que tales aspectos no puedan documentarse, han de quedar como figmentos de la imaginación de los autores, con independencia de su mayor o peor calidad literaria. En realidad, se trata de dos oficios diferentes y cuyos estándares de enjuiciamiento han de ser diferentes ambién.

Y ahora tengo que entonar un “mea culpa, mea maxima culpa”.  Al releer el texto impreso he detectado casos de erratas, pleonasmos y hasta la milagrosa desaparición de varias palabras que cambian completamente de sentido una referencia a Casas Viejas. Ni que decir tiene que lo había revisado en ordenador varias veces. Pero se me pasaron. Se corregirán en otra tirada, si la hubiere. En el formato e-book ya se ha hecho. Mil perdones.

En respuesta a un amable comentarista

10 marzo, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Ayer se publicó en EL PAIS en red un artículo con una entrevista que me hizo uno de sus periodistas, Manuel  Morales, en relación con el libro que hoy sale a la venta. Reproduzco el vínculo:

https://elpais.com/cultura/2021-03-09/los-errores-de-azana-que-facilitaron-el-golpe-del-36.html

La editorial me avisa de que en los pocos comentarios que había suscitado ayer había uno que era el siguiente:

Angel Viñas tiene 80 tacos? Pero si parece un chavalín…

A mí eso de «en los archivos de Roma vi» me suena raro… si tiene pruebas, debería reproducirlas. Zanjaría muchos debates sobre las causas de la Guerra.

El lector lo firma con el seudónimo de “HigoChumbo de la Mata”, indudablemente muy gracioso, pero indescifrable.

Le agradezco ante todo sus buenas palabras hacia mi foto. Es verdad que no aparento los años que tengo. Será porque he llevado una vida relativamente virtuosa y, en lo posible, sana. Además, la pandemia no me ha dejado mucho margen para incrementar la magnitud de mis pecados. También le agradezco la pregunta que me hace en la segunda parte de su comentario.

Como no sé responder en la misma web de EL PAIS, y no me imagino ni por asomo, que dicho periódico, al que agradezco la entrevista muy encarecidamente, vaya a darme espacio para ilustrar a “HigoChumbo”, me permito hacerlo (un día señalado como es hoy para el autor del libro) por medio de este comentario.

Cualquier historiador que se precie, y más si es académico y se expone a las críticas -o elogios- de sus colegas, suele dar sus referencias. Además, si publica un libro con la esperanza, que es la mía, de que lo lea el mayor número posible de personas, se preocupa de ponerlas de relieve.

El resultado de mis pesquisas en los archivos de Roma (Ministerios de Asuntos Exteriores y de Defensa -Ejército de Tierra y Aeronáutica- y Archivo Central del Estado) lo expuse en mi libro de 2019 ¿Quién quiso la guerra civil? Historia de una conspiración. En este abordo el tema desde el ángulo complementario de por qué la República no la paró.

También indico en él las referencias (la evidencia primaria relevante de época) en que me baso. Cuando, en un momento, se me olvidó apuntarla, lo indico. En cualquier caso expongo el documento en que la encontré, a saber el expediente personal de un capitán de navío, agregado naval en la embajada en Roma, que figura en los archivos del Ministerio de Estado/Asuntos Exteriores que se hallan en el AGA. Cualquiera puede ir a ellos y verificar que no me inventé nada.

En ambos libros, en el 2019 y en este, he incorporado anexos (más gruesos en la presente ocasión) en los que he reproducido los documentos que me han parecido más importantes. En una segunda categoría, porque encajan con la narrativa, van en el texto mismo. En una tercera los comento, pero no los reproduzco por diversas razones (son largos, prefiero añadir mis observaciones al paso de la narrativa, intercalo cosas que no vienen en ellos, etc.).

De entre los centenares de documentos que he manejado dos son los más importantes: los contratos que Pedro Sainz Rodríguez firmó con los italianos el 1º de julio de 1936 sobre suministros de aviación y la minuta preparada por los funcionarios italianos de cara a la entrevista de Antonio Goicoechea con Mussolini en octubre de 1935. Los primeros los reproduje con todos sus anexos en un libro colectivo de 2013 y reimpreso el año pasado (Los mitos del 18 de julio) y sin los anexos en la historia de la conspiración. En el que hoy aparece no venía a cuento. Los republicanos no se enteraron de ellos.

En ambos casos he dado la referencia. Para los primeros cualquier hijo de vecino puede pasarse por la Fundación Universitaria Española, en la madrileña calle de Alcalá, casi enfrente de la estatua de Espartero a caballo. Allí encontrará la copia original. No hay que ir a Londres, París, Washington, Berlín, Roma o Moscú. Sin dichos contratos, la conspiración queda coja, pero la tesis la he reforzado en el último capítulo del libro que sale hoy. Pedir más a un humilde historiador es como pedírselo a la luna. Tal vez haya más evidencias, pero dejo a otros el honor de encontrarlas.

Para los segundos, hay que ir a Roma, a los archivos de La Farnesina, y consultar en la carpeta “Nominativi”, el expediente “Rivolta Spagnuola, Nominativi, Italiani e Spagnuoli”, en la busta 1109.  Naturalmente, puedo equivocarme. Ya lo cuenta la conocida locución latina  errare, humanum est (los lectores podrán aprender sobre la misma en  https://fr.wikipedia.org/wiki/Errare_humanum_est,_perseverare_diabolicum).

En la página 19 de mi nuevo libro no es difícil encontrar una explicación de mi norma de conducta: No existe historia definitiva. Porque si se trata de historia, no lo es por definición. Si es definitiva, no será historia. Es un principio heurístico al que siempre me he atenido. Y para quien se moleste, y probablemente habrá muchos a quienes el libro que hoy sale les moleste, les recuerdo la máxima de Oscar Wilde que lo preludia: Sarcasm is the lowest form of wit, but highest form of intelligence.

En el refranero castellano hay una expresión también muy apropiada: “quien se pica, ajos come”.

Hay que embaucar a jefes y oficiales

9 marzo, 2021 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Desde hace años vengo defendiendo una tesis muy precisa: la historiografía patria sobre la República y la guerra civil, tal y como se configuró durante la dictadura y cómo continúa perviviendo en algunos ámbitos castrenses y políticos de la actualidad, es esencialmente un caso de PROYECCIÓN: es decir, atribuye al adversario (o al enemigo, en la terminología de Carl Schmitt, siempre bienquisto de los intelectuales que hicieron pachas con los sublevados) comportamientos propios a la vez que los presenta como una aberración que era imprescindible estirpar. Llegué a tal conclusión hace varios años y me apresuré a indicarla en mi libro LA OTRA CARA DEL CAUDILLO, tras consultar con una médico siquietra de formación alemana y británica. Ciertamente, poco influenciada por las mores españolas.  Desde entonces, investigaciones posteriores no han hecho sino reforzarla. Claro que es posible que quizá ya no dé para más, pero lo cierto es que no he leído nada que me haya hecho cambiar de idea y eso que servidor, creyente firme en la inexistencia de las historias definitivas, está siempre dispuesto a modificar mi opinión, si se ofrece la EPRE adecuada.

Los lectores de este blog quizá recuerden una serie de posts que hace algunos años publiqué bajo el título general “Sobre las justificaciones primarias del 18 de julio”. Entonces me basé esencialmente en una crítica acerada de lo que se había publicado sobre la supuesta “necesidad” de la sublevación y en autores que todavía hoy no sé por qué continúan haciendo “autoridad”. B. Félix Maiz fue uno de ellos. Ciertas historias oficiales, como la primera no ya oficial sino oficialísima de los orígenes de la guerra civil publicada por el Servicio Histórico Militar en 1945, reforzaron tal idea: los marxistas -diabólicos- iban a levantarse en armas y lo más granado del Glorioso Ejército Españolhubo de prevenirlo para impedir que España poco menos que se convirtiera en una nueva República soviética. No de otro tenor lo argumentó el Dictamen que aquella luminaria jurídica del “nuevo Estado” que fue Serrano Suñer se esforzó en que escribiera una mezcla de intelectuales, políticos, funcionarios, conspiradores de 1936 y JURISTAS adictos. Hoy ya no suele citárselo abiertamente, pero la tesis continúa haciendo estragos. A pesar de que los historiadores más avispados de derechas hayan desviado la atención desde los malvados comunistas a otros no menos malvados, pero más acordes con las necesidades políticas e ideológicas del presente. En general, los socialistas de izquierda. Ya hemos visto cómo los gerifaltes del Excelentísimo Ayto de Madrid han procedido simultáneamente contra Francisco Largo Caballero y su “oponente”, Indalecio Prieto, mezclándolos en la misma salsa ideológica. Que no se diga que los ilustres concejales que apoyaron la moción de un desconocido militante de VOX se anduvieron con remilgos. ¡Al pozo, los dos!

En esta perspectiva, no me llevé una gran sorpresa al hojear los nada polvorientos legajos en que se conserva una probablemente pequeña porción de la propaganda sediciosa que se difundió dentro del Ejército durante el período 1934-1936. Fue captada por las vigilantes antenas de la Sección Servicio Especial (SSE), del Estado Mayor Central, que disponía de  redes muy tupidas en todas y cada una de las guarniciones ubicadas a lo largo y a lo ancho de la geografía patria. Resultó que lo que el Dictamen y el SHM habían escribieron después en páginas inmortalizadas ya para todos los tiempos respondía a la misma lógica que imperó en los años 1934 a 1936.  

A la oficialidad potencialmente levantisca, a sus jefes y a algunos de sus generales se les inundó con una lluvia completamente ridícula. Prevenía de todos los males posibles que se derivarían de una revolución roja inminente, impulsada desde Moscú. Algunas de estas estupideces refulgen todavía hoy en Internet. No es de extrañar. En 1965, lo he escrito muchas veces, el tan alabado canciller de la dictadura, Fernando María Castiella, no tuvo el menor inconveniente en prologar, con su pluma y con su autoridad, las memorias de uno de los periodistas y conspiradores de la época, Luis A. Bolín, corresponsal del venerable ABC en Londres y muñidor, por encargo del señor marqués de Luca de Tena, del famoso vuelo del Dragon Rapide.  Algunas de sus páginas, en las que Bolín se refirió a  las barcazas llenas de armas soviéticas que remontaban el Guadalquivir para distribuirlas a las hordas rojas de los pueblos vecinos, merecen el equivalente de un premio Nóbel de la sandez y una mención muy honorable en el libro de los disparates de Guinness. Que yo sepa, Bolín -que también había hecho de las suyas en torno a la leyenda divulgada por la dictadura sobre la destrucción de Gernika- nunca fue desautorizado. Antes al contrario.

Con todo, mentiría si ocultase que no me he llevado sorpresa tras sorpresa. Es lo que ocurre cuando se bucea sin respiración asistida en las profundidades de la EPRE. Siempre creí, por ejemplo, que la leyenda de un Béla Kun sanguinario (siempre con las atrocidades de la República roja en Hungría a sus espaldas) espoleando a las huestes comunistas en España había sido una invención del maestro Goebbels, sin duda uno de los agitadores, propagandistas y cuentistas más hábiles de todos los tiempos. La difundió aquel compendio de “trolas” y pre-trumpismos que distribuía la Wilhelmstrasse bajo el título de Deutsche diplomatisch-politische Korrespondenz a la prensa internacional.

¡Me equivoqué! Los supuestos viajes de Béla Kun a España hicieron tilín-tilín a varios periódicos, casi todos de derechas, por no decir de la derecha más cerril, y llevaron a algún servicio de inteligencia a preocuparse por sus devaneos. Gracias a Fernando Hernández Sánchez me enteré de que hasta el augusto MI5 (el servicio de contraespionaje británico) había creado un dossier sobre Béla Kun. Está disponible para el público como ejemplo de lo que puede dar una política durable de apertura de documentos sobre sus actividades durante los años treinta y cuarenta y que se dirigieron contra agentes soviéticos y nazis principalmente. (Siempre he dicho que los españoles deberíamos aprender algo de los rectores de la política archivística británica y poner a disposición de la Administración correspondiente los medios necesarios para sostenerla).

Pues bien, en dicho dossier se recogieron noticias no solo de la prensa británica y otras sino también alguna comunicación con los colegas franceses del correspondiente servicio. El resultado está un poco embarullado pero al final, ¿qué resulta? Pues que la idea nació en Cataluña y, probablemente, de alguno de los conspiradores más enfebrecidos del lugar. De allí se extendió a toda Europa y no valió que Béla Kun lo negase a través de la prensa francesa, afirmando que él no se había movido de Moscú. Todavía no hace tanto tiempo, distinguidos autores españoles de la derecha más rancia se hacían eco del subterfugio e incluso alguno le dio toda su bendición.

Sobre la utilización en tan preclara historiografía de fuentes tan sospechosas como Je suis partout o Action Française no me extenderé demasiado: los creadores de tales trumpismos avant la lettre pasaron en su  mayoría entusiasmados a la colaboración con el ocupante nazi en los años cuarenta, pero militares e historiadores españoles han seguido acudiendo a ellos. Que no se diga que los bulos no tienen larga vida. Banon y QAnon no han inventado nada. Simplemente han aplicado nuevas tecnologías y de la misma manera que hay idiotas que se las creen en USA también hay parecida gente que se las cree (o que hace que se las cree) en nuestro amable país.  No daré nombres.

Como no soy novelista tampoco he entrado a especular en lo que podría pasar por las cabezas de los inteligentes mandos de la SSE (en una época en que en el EMC tronaba el superglorificado general Francisco  Franco) al leer los opúsculos que se distribuían por los cuartos de banderas de las guarniciones de toda España. Cabe pensar en dos posibilidades: a) que se alegraran un montón; b) que no hicieran nada. No son incompatibles entre sí. En la primera alternativa, se sentirían llenos de alborozo. Al fin y al cabo Franco estaba abierto a todas las posibilidades. En la segunda, porque daría muestras de su proverbial sagacidad. Que se calentasen otros. Cuanto más, mejor.

También, si fuese novelista, especularía hasta qué punto habría estado enterado el entonces ministro de la Guerra y distinguido líder de la CEDA Don José María Gil Robles. ¿Sería posible que malvados militares izquierdistas evitaran que no se le tuviera al corriente de lo que circulaba por los cuarteles? Estaba rodeado de conspiradores de derechas, pero quizá la Masonería podría haberse infiltrado, insidiosa, entre sus fieles. La pluralidad de escenarios de novela barata que cabe diseñar es muy amplia.

Retengamos, pues, dos cosas: 1ª a los militares, temerosos del futuro de la PATRIA, se les suministraron dosis masivas de sopa boba y 2ª los jefes se callaron cuidadosamente dejando que el tiempo siguiera obrando su obra destructora. Malas cosas ambas pero, sobre todo, para la República. No, por supuesto, para quienes estaban decididos a ofrendar sus vidad (y las de los demás, preferentemente) para salvar a España.  

PS: Por cierto, mañana miércoles se pone a la venta mi último libro, EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. En el próximo post seguiré con la diferencia entre historia y novela.  

De nuevo, sobre la República

2 marzo, 2021 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

El pasado 1º de diciembre me despedí temporalmente de los lectores de este blog. Anuncié que no estaba en condiciones de mantenerlo cuando me caía encima un volumen de trabajo que no podía posponer. Tres meses más tarde lo reanudo. En este lapso de tiempo he hecho el índice onomástico y analítico del libro a punto de salir. Una tarea penosa y que no hay forma de delegar o subdelegar. Espero que sirva de orientación a los lectores. También he avanzado, hasta donde me ha sido posible hacerlo sin recurrir a material de archivo, con un futuro libro sobre capítulos oscuros de ciertas relaciones exteriores de la República en los años treinta. He tenido que pararlo porque para desentrañar algunos enigmas que aún subsisten necesito consultar nueva EPRE y, con las limitaciones que impone la pandemia, hoy por hoy es imposible hacerlo. Finalmente, he concluído de manera provisional otro trabajo que empecé hace algunos años, que dejé en reposo durante tiempo y que he llevado a una versión si no final, sí al menos para mí satisfactoria. Lo que queda es, según la editorial, darle la forma adecuada. Por vez primera en los últimos diez años, desde que me jubilé en la Universidad, me encuentro sin un proyecto definido. Tengo dos ideas, pero su realización no depende de mí. Depende de la EPRE necesaria y esa EPRE tampoco la tengo en mi poder.

Explico lo que antecede, hoy que es el día de mi cumple, con un fin determinado: que los amables lectores comprendan que no es por mero capricho por lo que en las próximas semanas me dedicaré a exponer los supuestos conceptuales que no explícita pero sí implícitamente han rodeado a lo largo del pasado año de pandemia la redacción del libro que ahora se publica. Como,  para mi desgracia, ya no soy un autor novel que no sabe cómo manejar la información, que se aturulla, que entra en senderos que luego abandona a medio camino, en EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA he sido consciente de que debía mantenerme dentro de los límites impuestos por la evidencia primaria de época que, antes de que golpease el maldito virus, había conseguido localizar. En un caso, casi un mes antes de que nos confinaran en Bélgica. Ya no pude regresar a los archivos en cuestión.

Mi preocupación ha sido, ante todo, no avanzar una pulgada que no esté cubierta por evidencia documental. Es decir, me he abstenido de, en lo posible, hacer elucubraciones vanas y de inventarme vínculos no corroborados. No hay un ápice inventado. A decir verdad, tampoco me he sentido tentado. Sobre la República se han escrito millares de libros. Es, probablemente, el período con mayor densidad bibliográfica de la historia de España, fuera de la guerra civil.

Además, todo el mundo (o casi todo el mundo) tiene una idea formada de ella. ¿Cómo contribuir, pues, a mejorar o a situar en coordenadas debidamente documentadas la respuesta a una pregunta fundamental? ¿Por qué los gobiernos de la primavera de 1936 no pararon el golpe que se avecinaba? En lo que yo he podido colegir, de pasada, unos y otros historiadores, desde posturas muy dispares, han dado una respuesta a tal cuestión pero, en general, con trazos bastante gruesos.

Inmodestia aparte, a mi me ha llevado casi seiscientas páginas (con anexos) dar una respuesta que sigo considerando provisional. Es verosímil que, si la documentación que he echado en falta, no ha desaparecido, algún día se encuentre. Y si tal es el caso, otra respuesta ulterior mostrará en qué medida mis conclusiones deben ser matizadas o, ¿por qué no?, descartadas. NO HAY HISTORIA DEFINITIVA.

Naturalmente podría argumentarse que, a la hora de intentar dar respuesta a cuestiones existenciales del ser o no ser, insistir en la carencia de documentación es un tanto absurda. Desearía discrepar de esta tesis.

La literatura apologética, proyectista, narcisista y blanquinegra, que el franquismo apoyó para explicar los orígenes de la guerra civil (y que no difiere en lo sustancial de las afirmaciones contenidas en el Dictamen sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes en 18 de julio de 1936), ha dejado huellas permanentes, ha condicionado los términos de la discusión hasta la más rabiosa actualidad y sigue teniendo una influencia nefasta sobre grandes sectores de la sociedad española.

Un ejemplo: a lo largo de los últimos años la oposición al Gobierno actual ha puesto de moda su caracterización como “social-comunista”. Es una adjetivación meramente política, que sirve exclusivamente a los intereses de quienes la promueven. Claro que cabría argumentar que también representa un epifenómeno. En el sentido de que, por vía interpuesta, representantes del PCE se sientan hoy en el Consejo de Ministros. ¿Y qué?

¿Significa esto que el Consejo de Ministros vaya a ser impulsado en una dirección acorde con los principios que dominaron los regímenes comunistas? ¿Se han visto por ventura en el programa de gobierno? La respuesta a ambas preguntas es, pura y simplemente, un no rotundo. Un país europeo, integrado en la Unión Europea y en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, no puede desarrollar las bases institucionales y materiales para derivar hacia un sistema comunista. Es literalmente imposible. Uno de los pilares fundamentales característicos de los regímenes comunistas fue el monopolio estatal del comercio exterior y su utilización como arma para la reestructuración interna y el impulso para su industrialización y  mantenimiento del nivel alcanzado. Que me expliquen, por favor, cómo esto sería compatible con la UE.

Los lectores de mi libro quizá vean que la antedicha caracterización, exclusivamente política e ideológica, no es si no la aplicación a la situación actual del tipo más fuerte y duradero de ataques lanzados contra los gobiernos de la primavera de 1936: su inventada disposición a abrir las compuertas a un régimen comunista. ¿Podríamos entender tal caracterización como la emanación de una estrategia destinada a:

  • Subvertir el orden político y constitucional (¿cómo?)
  • Activar un aparato de agit-prop en las vías utilizadas por el franquismo para explicar la necesidad de una guerra civil (seguro)
  • Despertar la conciencia de unas masas derechistas supuestamente sensibles a los cantos de sirena patrioteros?

Innecesario es decir que el libro explicita tales coordenadas en su propio contexto. Pero ya era difícil argumentar, con documentos al apoyo, que en 1936 la posibilidad de una revolución comunista estaba en el próximo horizonte; también que otras fuerzas de izquierda (socialistas, anarcosindicalistas) coadyuvaban a su preparación; que la Patria estaba en peligro de desintegración inminente; que a la Iglesia Católica la amenazaba el fuego sagrado heredado de la revolución a la francesa y, por último, que uno de los objetivos de los dirigentes republicanos estribaba en triturar al Ejército, guardián de las esencias fundamentales de ESPAÑA.  A pesar de eso, fueron argumentos esgrimidos, salvando el factor religioso, que no he encontrado que desempeñara ningún papel.

Casi todos incidieron en las actividades subversivas, tal y como llegaron a conocimiento de los mecanismos de seguridad interior y exterior republicanos como manifestación de lo que fue una manipulación consciente de las Fuerzas Armadas para encaminarlas hacia la sublevación.

Pregunta: ¿será un reflejo de este martilleo ancestral el que ha llevado a unos militares, jubilados, a volver hace unos meses a las estupideces de antaño? Precisamente por el riesgo de caer en la tentación de escribir historia desde las preocupaciones del presente he hecho un esfuerzo, no sé si exitoso o no, para atenerme estrictamente a un análisis lo más pegado posible a la documentación primaria relevante de época. No sin pena, porque la tentación al berrinche ha estado presente desde el principio al fin. Espero no haber caído en ella.

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (y V)

1 diciembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

VOY A INTERRUMPIR DURANTE VARIOS MESES ESTE BLOG. El presente post aparece el 1º de diciembre, mes de festejos y celebraciones. Lo pasaremos, me temo, autoconfinados y con escasas alegrías, salvo la de sobrevivir a la pandemia.

Este blog me ha quitado demasiado tiempo en unos meses en que he estado muy afectado sicológicamente por lo que nos ha caído encima. Ahora tengo que repasar la revisión final y preparar el índice onomástico y analítico de mi próximo libro, EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. Aparecerá en marzo.

Ya llevo muy adelantado el previsto para 2022 en el que abordo algunos capítulos sumamente oscuros de la guerra civil. Hoy me encuentro perplejo ante unos vericuetos todavía vírgenes y, por tanto, de difícil comprensión. No me consta que por ellos hayan transitado con la EPRE adecuada, esa maldita EPRE que a tantos disgusta, historiadores españoles o extranjeros.

Para elegir el correcto camino tendré que realizar un esfuerzo que amenaza con ser superior a mis fuerzas. Los próximos meses, todavía de autoconfinamiento, son el momento adecuado para intentarlo. Así las cosas, en este post me limitaré a cerrar,  deprisa y corriendo,  el capitulito del “oro de Moscú” no sin recordar que con la debida EPRE ya lo he documentado a trancas y barrancas en seis libros, de los cuales al menos tres están todavía en el mercado. Sin embargo, como no estoy encerrado en una cápsula en la que no penetran las noticias y sigo leyendo prensa española y extranjera en formato digital no dejaré de elevar a FB y a Twitter algunos de los artículos que considero interesantes desde el punto de vista de este blog.

Cierro, pues, la serie de posts pero con una pequeña reflexión previa. La lectura de muchas de las obras aparecidas últimamente sobre el general Franco, que espera la resurrección en un cementerio que no es el que la incipiente democracia le había asignado y luego la democracia entera le mantuvo hasta el año pasado, no me ha llevado a cambiar mi opinión sobre él en su para algunos genial conducción de la PATRIA. Sobre todo en los planos de la  represión, la política económica y la política exterior. Debo de ser algo lerdo.

Ahora bien, si la PATRIA se vio cortocircuitada, herida, maltrecha, despojada por el  “fabuloso saqueo” que, como recogió el venerable ABC el 10 de abril de 1957, le infligieron los malvados dirigentes de la zona roja, ¿qué decir de las fórmulas que ideó Franco tras la denuncia de Pravda para recuperar el tesoro expoliado y que todavía no ha regresado en 2019? ¿No sería que no fuesen las adecuadas o que no estuvieran basadas sino en mera propaganda de cara al interior para engañar alevosamente a una opinión pública maniatada y aherrojada? Y algo, claro, aunque en menor medida a la opinión  exterior.

Las reflexiones que siguen las encomiendo ante todo a los lectores con una formación jurídica de la que yo carezco. Y, por supuesto, a los eminentes letrados que figuran en las filas de VOX  o pagan óbolos para mantener en su gloria a la FNFF.  Entre tales letrados hay algunos que dejan siempre oir una voz tonante (aunque probablemente no con los resultado que quizá ellos esperen) en los debates de la Cámara desde, sobre todo, el comienzo del año que ahora termina.¿Por qué será?

Para dar una lección imperecedera e inmortal a los “rojos”, a los republicanos, a los “malvados comunistas”, a los liberales, a los masones, a la anti-España en una palabra, Franco siguió, si no indujo, los consejos del exministro de Asuntos Exteriores Don Alberto Martín Artajo. Así empezó, con paso firme, recio y marcial, a explorar las posibilidades de acudir al Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) de La Haya. Pero, estratega genial, también quiso explorar las posibilidades de éxito, no en vano fue un glorioso general vencedor en mil combates. (O bien alguien le aconsejó que lo hiciera). Este alguien fue, con toda probabilidad, Don Mariano Navarro Rubio, capitán de un Tabor de Regulares en la guerra civil, letrado del Consejo de Estado, general del Cuerpo Jurídico Militar, letrado del Consejo de Estado y, solo secundariamente aunque en años trascendentes para la GRAN historia, ministro de Hacienda desde 1957. Una eminencia.

Dejo de lado, no porque sea irrelevante sino porque no viene a cuento, la afiliación opusdeística de tan destacado militar y político. Según sus memorias, fue la persona que convenció a Franco de la imperiosa necesidad de aceptar el plan de estabilización y liberalización (julio de 1959) que cambió el rumbo de la economía y de la sociedad españolas. Su argumento, en unos años en que ya volaba hacia risueños horizontes azules la Comunidad Económica Europea, fue al parecer que si no daba su visto bueno habría que volver a introducir el racionamiento. El orgulloso régimen se había quedado sin divisas, aunque siempre con su abroquelado honor,  si bien estaba endeudado hasta por encima de las cejas de sus más empecinados conductores.

Para recuperar el oro Navarro Rubio creyó en la necesidad de ir de la mano con los norteamericanos. Ya había hecho algunas exploraciones por los aledaños de Washington, aunque nada oficialmente. Incluso, hombre de Estado, pensó en la posibilidad de endosar el acta de recepción del oro en Moscú en 1937, al gobierno norteamericano. (Dislates peores ambundan en la historia que no se cuenta del franquismo). Así, los EEUU echarían una mano por la cuenta que les habría tenido.

No contaba Navarro con que la persona que tendría que hacerse cargo de tan disparatada operación era el nuevo ministro ocupante del Palacio de Santa Cruz, Fernando María Castiella, catedrático de Derecho Internacional. Es de suponer que para entonces ya habría olvidado las reivindicaciones de su España y no se colgaría en los actos formales en el extranjero a que acudiera su preciada cruz de hierro, tan bien ganada en tiempos pasados.

Con la connivencia de Martín Artajo, a la sazón ya secretario del Consejo de Estado (CdE), Navarro Rubio se apañó para que se solicitara un dictamen del mismo sobre el tema del oro. El expediente se conserva en el archivo de este organismo y veo muy probable que doctos juristas lo examinarán con lupa para comprobar si servidor se equivó cuando di a conocer tal primicia y por si sigo persistiendo en el error como un protestante cualquiera del siglo XVI.

Sin embargo, para un no jurista lo que importa destacar es que después de una peripecia burocrática por los pasillos y covachuelas del CdE se preparó por fin un proyecto de dictamen. En él se reconoció hasta cierto punto, ¡cómo no!, la argumentación de Hacienda (ni el Ministerio de Asuntos Exteriores ni la Asesoría Jurídica Internacional participaron en el procedimiento según se desprende de la documentación, pero a lo mejor yo no la ví entera o ha desaparecido). El dictamen preliminar recomendó, desde luego, una trayectoria que sin duda tuvo que tener en cuenta los planes del glorioso ocupante de El Pardo. El ponente sugirió que convenía acudir en primer lugar a los tribunales soviéticos (¡), hacer gestiones diplomáticas en paralelo y solo en último término ir con las mejillas enrojecidas por el rubor, o el esfuerzo previamente desplegado,  al TIJ. (Explicaré lo del rubor algo después).

Este proyecto suscitó la ira jupiterina del director general de lo Contencioso, representante del Ministerio de Hacienda. ¡Total y absolutamente inaceptable! No en vano el derecho español primaba sobre el internacional. No para nada estaba fundamentado en el decreto nº 1 de 24 de julio de 1936 de la Junta de Defensa Nacional que asumió todos los poderes del Estado y  en la Ley subsiguiente de 1º de noviembre del mismo año. Es decir, que el “derecho” que había creado un puñado de militares rebeldes tenía que dejar en la cuneta cualquier otro que se le opusiera.

(Incidentalmente sería muy interesante conocer los entresijos en la preparación de aquella famosa ley. Hubo de hacerse a lo largo del mes de octubre de 1936 que, como es sabido, fue un tiempo de gloriosa plenitud para Franco. Había llegado al pináculo del poder; nazis y fascistas le habían confirmado su apoyo; a la chita callando habia  empezado a desviar saldos procedentes de suscripciones “nacionales” a sus cuentas privadas y, para colmo,  alguien le había preparado una disposición que suponía una ruptura total con el pasado.  A no ser, claro está, que hubiera sido una ocurrencia de su privilegiada y polivalente mente militar. Como en alguna ocasión afirmó Franco que había mantenido largas conversaciones con el abogado del Estado Don José Calvo Sotelo sobre temas jurídicos y económicos  podríamos preguntarnos si no se habría apañado para tener acceso a los papeles en que el vilmente asesinado tribuno había pergeñado los contornos del Estado futuro. O, alternativamente, podríamos también preguntarnos si alguno de los co-conspiradores monárquicos no se habría aprovechado de cierto papelín que puso a disposición de Franco. Quizá en la creencia en que con ello rendía tributo al hombre encargado de preparar la restauración de la Monarquía).

Volvamos al oro. El pleno del CdE, dicho sea en su honor, no siguió del todo el proyecto de dictamen. Tampoco se alejó demasiado. Al fin y al cabo no hubiera sido muy inteligente discrepar de la versión maximalista. La final se aprobó, pues, con la discrepancia rotunda y solitaria director general de lo contencioso. Esta, ni que dicer tiene, la asumió el polivalente Ministro de Hacienda, es decir, el eminente jurista y político Don Mariano Navarro Rubio. Y, como es lógico, del dictamen y de la discrepancia se dio traslado a la Superioridad.

Es sabido de los dictámenes del CdE no  eran ni son vinculantes para el Gobierno. El que aquí nos interesa se discutió en la reunión del Consejo de Ministros el 5 de febrero de 1960 (tras el  macroeconómico éxito rotundo del plan de estabilización). Así que, ¡ojo al canto!, el Gobierno se situó detrás de la postura del Ministerio de Hacienda y del voto discrepante del señor director general de la Contencioso. Sin, naturalmente, conocer las discusiones internas entre los ministros, el resultado fue una victoria por goleada en favor de Navarro Rubio y una derrota sin paliativos de Castiella. El 12 de marzo el ministro secretario de la Presidencia,  el polifacético almirante Luis Carrero Blanco, se lo comunicó formalmente.

Con buenas palabras el almirante sugirió a Castiella que se las apañara como pudiera y que pusiese en marcha la decisión. ¡A convencer, pues, a los soviéticos que tendrían que aceptar las consecuencias del decreto de 24 de julio de 1936 y las disposiciones subsiguientes!.

Por desgracia, los papeles no dicen si por la mente de alguno de tan renombrados paladines del régimen pasó la noción de que en 1936 la República española era la única representante reconocida internacionalmente del Estado español y que la URSS mantenía relaciones diplomáticas plenas con la misma, también aceptadas formalmente por la misma comunidad internacional.  Así que un alma inocente y estudiante de licenciatura de Derecho podría pensar que sería más que razonable que Moscú no jugara el papel que desde El Pardo se le había atribuido generosamente. Sobre todo cuando Pravda ya se había preocupado de afirmar que la República había quedado a deber a la URSS.

Hélas! Juzgando por los papelines que han sobrevivido a lo que sin duda fue un expurgo malintencionado, nada hace pensar que Castiella cumpliera las instrucciones del Consejo de Ministros. Tampoco es difícil adivinar la causa, aparte de la “pequeña” consideración anterior.

Llegamos ahora a la demostración del genio inmarcesible de Franco y de sus inmediatos asesores. Uno se descumbre, adecuadamente impresionado, ante el de uno y otros. El plan de Hacienda, y por ende del Gobierno en pleno, no parece que se llevara a la práctica. ¿Por qué?

Esta es la cuestión del millón de dólares de la época. Salvo demostración en contrario, tengo la impresión de que ni Franco, ni Martín Artajo, ni Navarro Rubio, ni el director general de lo contencioso,  ni el augusto Consejo de Ministros parecen haber tenido la menor idea de dos “pequeños” temas. El primero era que el Estado Español NO estaba legitimado para pleitear ante el TIJ contra otro Estado miembro de Naciones Unidas. El segundo, que la URSS se había negado tercamente a aceptar la posibilidad de ser demandada ante el TIJ. Ambas circunstancias las conocería, sin la menor duda, la Asesoría Jurídica Internacional y por ende también Castiella. ¿Qué hacer? Pues callarse y a otra cosa mariposa.

Ahora bien, los amables lectores podrían preguntarse  por qué no estaba legitimado el orgulloso Estado Español bajo la incomparable férula de su insigne y avezado Caudillo.  Simplemente porque el 1º de julio de 1939, día de la VICTORIA, el triunfante gobierno del mismo Caudillo, por la vía de su ministro de Asuntos Exteriores, el teniente general Francisco Gómez-Jordana, conde de Jordana, sin duda una eminencia jurídica, se había apresurado a telegrafiar al Secretariado de la Sociedad de Naciones (un producto execrable de la palabrería y de las grotescas aspiraciones de los países democráticos de la época). En tal telegrama, ¡qué conducto tan diplomático y tan cortés!, anunció tersamente la denuncia de la España victoriosa, por supuesto con efectos inmediatos, del Acta general del arreglo pacífico para las controversias internacionales concluida en Ginebra el 26 de septiembre de 1926 (para más inri en tiempos de la dictadura primorriverista)  a la que la España monárquica se había adherido y que, naturalmente, la República ni tocó.

Incidentalmente, con gran verosimilitud los lectores ignorarán que el Estado español, bajo el franquismo, solía introducir la reserva correspondiente en los acuerdos y tratados que firmaba. Así creó una tradición robusta aunque no necesariamente ejemplar. Digo esto porque duró nada menos que hasta octubre de 1990. Entonces, bajo el ministro de Asuntos Exteriores Francisco Fernández Ordóñez, con el segundo Gobierno de Felipe González se superó la animadversión a La Haya y se declaró formalmente la aceptación española de la cláusula correspondiente.

Por si alguien lo hubiese olvidado, en su discurso de fin de año de tan gloriosos, pero ocultados hechos, y para conocimiento y solaz de los millones de seguidores que le escucharían embelesados, SEJE proclamó orgullosamente refiriéndose a su creación política:

“No es un Estado de hecho que tiene condicionada su licitud y legitimidad limitada por el tiempo necesario para recuperar la “normalidad” alterada, sino que él es el régimen históricamente normal y legítimo. Desde el primer instante es plenamente “Estado de derecho”, y como tal se asento sobre la aclamación, el plebiscito, la adhesión el asentimiento y el consenso del pueblo español”

O sea, ya ven los amables lectores con qué armas el gran conductor de la PATRIA se había provisto para echar un pulso contra el expolio del “oro de Moscú” y conseguir su restitución.

¿Resultados? ¡Ah!, en el tema que nos ha ocupado en los anteriores posts y en el presente cabe afirmar que fue absolutamente ninguno (tampoco demasiados en otros). Solo en un aspecto tuvo éxito: todavía hay gente que cree en las leyendas franquistas. Y, a lo que parece, también VOX, la FNFF y quienes diseñan campañas mediáticas en loor de Franco por las redes sociales. La moraleja la dejo al mejor juicio de quienes esto leyeren.

Notas

  1. La argumentación jurídica, aquí muy resumida, la he tomado de un excelente diplomático, gran conocedor del tema y cuyo nombre no viene a cuento.
  2. El artículo 1º de la Ley de 1º de octubre de 1936 estableció: “Se declaran sin ningún valor o efecto todas las disposiciones que, dictadas con posterioridad al 18 de julio último, no hayan emanado de las autoridades militares dependientes de mi mando, de la Junta de Defensa Nacional de España o de los organismos constiuidos por Ley de 1º de octubre próximo pasado”

Con mil perdones por la anómala longitud de este post, queda de los amables lectores hasta marzo de 2021 cuando ya esté en la calle El gran error de la República, su muy agradecido

Angel Viñas

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (IV)

24 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Algunos lectores podrían pensar que soy muy malintencionado en mis críticas a Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE) y que su trayectoria en política exterior fue tan  gloriosa que solo los antifranquistas acérrimos no la reivindican plenamente. A los que así lo crean les recomiendo ir (cuando puedan) a alguna biblioteca y lean la biografía que de él escribieron su primo hermano y el entonces director de LA VANGUARDIA ESPAÑOLA, Luis de Galinsoga, exdirector de ABC en la primavera de 1936. Se titula CENTINELA DE OCCIDENTE. Podrán entonces entrever la sagacidad y el genio que se imputaba a SEJE, incluso en unos momentos en que la economía española iba de capa caída.

Servidor ha escrito algo sobre la política exterior de la España de Franco. Creo que el mejor enfoque analítico para enjuiciarla consiste en contraponer la imagen y la realidad que siempre alcanzó en puntos culminantes. Por ejemplo en los pactos de Madrid con USA pero, más difícilmente superable, también en el tratamiento de “el oro de Moscú”. Así que los papanatas que se deshacen en loores sobre el genio inmarcesible e inagualable de SEJE bien podrían tratar de reconstruir, si se atreven, lo que pasó después de la entrega de documentos que hizo Ansó.

En ningún momento la aherrojada prensa española dejó entrever, que yo sepa, que el regalo lo componían muchos papeles. La atención se centró sobre el acta de recepción final del oro, fechada en Moscú el 5 de febrero de 1937. No hay, desde luego, que buscar en archivos. Si se va a la biblioteca y se busca en otro libro, ESPAÑA: LOS AÑOS VITALES (Espasa Calpe, Madrid, 1967) del nunca suficientemente alabado periodista (aunque sin escrúpulos y predecesor de los muchos de hoy) que se llamó Luis A. Bolín (sí, el del Dragon Rapide y corresponsal de ABC en Londres) [advierto solemnemente que mis referencias a este periódico no representan ningún juicio de valor: son meras constataciones], comprobará dos cosas: la primera es que fue prologado nada más y nada menos que por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, y la segunda, que en el anexo se reprodujo, como si viniera a cuento, una parte del acta de recepción del oro, en el francés original y en traducción castellana. Los comentarios se los dejo al curioso lector. Sobre todo porque Castiella, y la censura, permitieron que Bolín reprodujera igualmente la traducción de dos cartas del 23 de enero y del 1º de agosto del entonces comisario del Pueblo para las Finanzas, A. Zverev, en inglés y castellano, sobre acuses de recibo de operaciones sobre el oro. Esta referencia nos permitirá reir a pierna suelta en un próximo post.

Volvamos a 1957. Como los genios que rodeaban a Franco, o él mismo, no dijeron ni pío sobre el contenido de los demás documentos de Negrín, tampoco es de extrañar que entre la oposición republicana en el exilio se desataran los más duros calificativos contra quien los conservó. La prensa española se regodeó destacando algunos de los que, en su momento, publicaron Indalecio Prieto (que en el tema del oro no vivió ninguna de sus horas de gloria) y otros exiliados. Hoy cualquier lector puede consultar los del primero acudiendo a la colección de EL SOCIALISTA que se encuentra en línea gracias a los desvelos de la Fundación Pablo Iglesias. 

Nadie entendió entonces lo que había pasado. ¿Qué había querido Negrín? Como murió poco antes, los historiadores hemos recurrido a lo que escribió Mariano Ansó. Servidor nunca se lo creyó del todo. Simplemente porque  el distinguido exministro mezcló probablemente mucha realidad con las adecuadas gotas de fantasía para desvirtuar las intenciones del fallecido. No extrañará, pues, que su regreso a España se realizara sin que sufriera ninguna molestia y que fuese bien acogido, siempre y cuando guardara silencio. Lo que hizo hasta después de la muerte de Franco.

Regresemos a ABC. Si los curiosos lectores acuden a la hemeroteca del venerable periódico monárquico y van a la fecha señera del 10 de abril de 1957, verán una importante noticia en primera página, a las tres columnas de rigor (excepto para dar cabida a la referida a unión “reunión del grupo de trabajo de la FAO”, en la que participó España y que, como todavía estaba bastante aisladita internacionalmente convenía destacar).

ABC reprodujo una comunicación de la Agencia EFE (entonces controlada rígidamente por el desaparecido Ministerio de (Des)Información y Turismo). Se trataba de una noticia aparecida pocos días antes en el diario soviético Pravda. Los comentarios no los hizo ABC de forma directa sino indirecta, a través de la prensa de Londres y París. Puso titulares explosivos. En negritas y mayúsculas: “Pravda dice que ha desaparecido el oro español transportado a Rusia en 1937” [fue el año anterior]. “La prensa de Londres rechaza la explicación dada por el órgano del partido comunista soviético”. En letra más pequeña añadió: “El tesoro, unos 300.000 millones de francos, sigue en manos de los soviets”, dice “L´Aurore” “.

En mayúsculas, pero menores, ABC añadió: “Moscú pagó con ese oro las compras que el Gobierno rojo de Madrid hizo en el extranjero”, y en letra pequeña, pero también en negritas, “Los dirigentes republicanos tienen una deuda de cincuenta millones de dólares con Rusia”.

Los titulares eran correctos aunque no he calculado la cifra del diario francés. Claro que uno podría preguntarse qué diablos sabrían la prensa de Londres y L´Aurore parisina del tema y por qué medios. No me he molestado en verificar la prensa inglesa del momento, pero sí me ha preocupado saber quién era el experto del periódico francés en la temática del oro. Se trataba de un abogado, metido a periodista y distinguido maurrasiano, llamado Henri Bénazet. ¡Ah! Esto es una cosa muy relevante. Charles Maurras tuvo una gran influencia en la extrema derecha española en los años republicanos (todavía una calle en Madrid lleva su nombre con el de pila castellanizado a Carlos, que suena más español a los ignorantes).

Lo que Bénazet supiera del oro es probable que lo hubiese obtenido de la lectura de Le Figaro de la época, que dio una gran batalla periodística a favor de los sublevados y de sus reclamaciones relativas al metal amarillo. Por cierto que el señor embajador de España le impuso una condecoración por los servicios prestados a la Patria en horas difíciles.

Quizá fuera de ABC la valoración de tales informaciones: “El problema que plantea “Pravda” denuncia a los dirigentes de la zona roja española como autores de uno de los más fabulosos saqueos del tesoro de una nación”. Lo pongo en itálicas y en negritas en una transcripción literal para brindársela a los historiadores, periodistas y demás propagandistas de VOX y de la FNFF.

Naturalmente el artículo de Pravda no se reprodujo en la prensa española, aunque sí lo fue en el proscrito y perseguido Mundo Obrero, órgano del Comité Central del PCE. En favor de EFE, sin embargo, debemos subrayar que recogió los para el régimen incómodos mensajes centrales del periódico soviético: “Sostiene que el oro español fue utilizado totalmente” y que “el Gobierno español dejó al soviético una deuda de 50 millones de dólares”.

¡Cielos! ¿qué hacer?. Me ha costado cierto trabajo reconstruir las carambolas del  gobierno de Franco. Actuó por vías diplomáticas y por las de hecho. En las primeras pueden alumbrarse por lo que escribió el señor embajador de España en París en ABC, José Rojas y Moreno, conde de Casa Rojas, en sus encuentros con su colega soviético Sergei Vinogradov (no lo busquen los lectores: ha desaparecido de la hemeroteca del diario monárquico en algún momento de los últimos años. Servidor llegó a leerlo cuando todavía estaba en línea). No condujeron a nada.

Las vías de hecho fueron mucho más expeditivas. El dossier Negrin (es decir la colección de documentos entregados por Ansó) se cerró y lacró a cal y canto. Se depositó en el Banco de España con la prohibición absoluta de abrir el sobre. Si se hicieron fotografías para algunos de los hombres de confianza del señor ministro de Asuntos Exteriores (Don Alberto Martín Artajo) no han quedado huellas. Casi toda la documentación que se originara después de la entrega ha desaparecido (salvo que haya aflorado en los últimos años, pero ni VOX ni la FNFF han dicho ni pío). El silencio selló los labios de los que sabían algo. Eso sí, se produjeron movimientos entre las bambalinas. Si los soviéticos se habían quedado con el oro, y el ESTADO ESPAÑOL tenía el original del acta de recepción, ¿no debería hacerse algo?

Intervino Franco. En una conversación con su primo hermano, ayudante eterno y encubridor de algunas de sus aventuras financieras ocultas, dejó constancia de lo que en mayo de 1957, al mes de aparecida la noticia de Pravda, le dijo el inmarcesible Caudillo:

No le supone nada a Rusia; en España la opinión (sic) se interesa mucho por este asunto y en cambio no aprecia lo que significa la pérdida de una cosecha, como ocurrió el pasado año con la naranja a consecuencia de las heladas, con una pérdida que supone la mitad del oro enviado a Rusia. El documento (sic) está en nuestro poder y estoy seguro de que no habrá necesidad de recurrir al Tribunal Internacional de La Haya, pues, repito, los rusos lo han de entregar sin que tengamos que hacer para ello grandes esfuerzos[1].

Es decir, salvo que el teniente general que recogió la confidencia mintiera como un cadete SEJE creía que Moscú, dispuesto a todo quizá por establecer relaciones diplomáticas con su régimen, le entregaría sin problemas una supermillonada. Por su cara bonita.

Uno se pregunta, sin mala intención por supuesto, qué concepcios sobre política internacional tenía el glorioso Caudillo a una edad que ya no era de meritorio general en las batallas de la guerra civil y en el arte de bandearse en los remolinos exteriores de la segunda guerra mundial. Quizá los exégetas de la FNFF y de VOX podrían alumbrarnos, dando a conocer los secretos que sin duda reservan para los admiradores de tan egregia figura. La primera ya lo intentó hace muchos años con una colección de documentos que, ¡ay!, no prosiguió, quizá porque no tuvo el menor éxito.

(Continuará)


[1] Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco, p. 210. El apunte corresponde al 6 de mayo de 1957.

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (III)

17 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Una de las características de la dictadura de Franco que no suele ponerse de manifiesto, con todo lo que de ella hemos aprendido a medida que han ido abriéndose los archivos, es que se cuentan con los dedos de la mano los secretos secretos que fue incapaz de guardar. Los británicos, por ejemplo, se enteraron del contenido de la conferencia de Hendaya en octubre de 1940 a las veinte y cuatro horas. Cortesía del agente T, incrustado en el séquito de Serrano Súñer. En enero de 1957 (la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa) el fundamento del plan secreto secreto que Franco y su fiel escudero, el ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo, habían pergeñado para aprovechar la bendición del cielo que representaron los papeles de Negrín, lo expuso a todos los vientos en  The New York Times.

Su corresponsal en Madrid, Benjamin Welles, no dijo cómo se había enterado. Las fuentes no podían ser muchas. Los iniciados al gran secreto de El Pardo no abundaban. Mariano Ansó, por ejemplo, no pudo enterarse en París. Había sido un peón fundamental en el juego que probablemente había apalabrado con el abogado del Estado Antonio Melchor de las Heras, pero no le veo contactando con Welles. El ilustre intermediario, ¿lo supo? Lo más probable es que sí, pero sus papeles no aparecen por ninguna parte. ¿Se fue de la lengua el ministro? Es verosímil. Pero si hubo una fuente interna no acudió a la estación de la CIA, sólidamente implantada en Madrid. Acudió a un periodista reputado. ¿Para qué? Probablemente para sabotear el plan que, ya adelanto, era algo más que absurdo. Quizá porque se diseñó  rápidamente, a no ser que ya antes del fallecimiento de Negrín el abogado del Estado hubiera discutido sus líneas generales con Martín Artajo o incluso quizá, ¡oh, honor de los honores!, en El Pardo. También pudo ocurrir, claro, que fuese una operación maquiavélica con fines que soy incapaz de identificar.

Pienso en la primera alternativa  porque cuando llegaron los papeles a mitad de diciembre de 1956 a Madrid es verosímil que su impacto inmediato fuera una profunda decepción, a no ser que Melchor de las Heras ya hubiera estado sobre aviso. Como ya he indicado el dossier Negrín no solo contenía el acta definitiva de recepción del oro en Moscú fechada el 5 de febrero de 1937, sino también un montón de órdenes de disposición y otros papeles colaterales. Es decir, el metal amarillo, a pesar de su considerable peso, había “volado”. ¿Se readaptó un posible plan previo? Si existía, la respuesta es negativa. Si no existía, Franco decidió que había que echar un órdago a los malvados comunistas. ¿Acaso le gustaba el mus? Lo ignoro. Y, así, tras el anuncio bomba de la OID, el embajador en París, conde de Casa Rojas, se entrevistó el 4 de enero de 1957 con su colega soviético para tratar de sondear por dónde pudieran ir los tiros. En términos de regalo de Reyes, los resultados fueron descorazonadores.

Fue poco después cuando Welles dejó caer, como quien no quiere la cosa, su bombita. La presentó de la forma adecuada:

“El fallecimiento del Señor Negrín antes de que se completara la entrega había provocado una seria preocupación en los medios del Gobierno madrileño. Se temía que los importantes documentos que constituyen la base jurídica de que dispone la nación española para conseguir recuperar el oro por medio de renovados esfuerzos internacionales pudieran destruirse o entregarse a los soviéticos, con lo cual desaparecerían”.

Obsérvese la astucia del informador, si “vendió” a Welles esta inverosímil alternativa. Sabemos que Melchor de las Heras llevaba tiempo tratando de convencer a Ansó para que a su vez convenciera a Negrín de la necesidad de entregar los papeles. Después del fallecimiento, “alguien” quizá había dicho al periodista que, a lo mejor, los papeles pudieran destruirse en París o, maldición de las maldiciones, llegar a manos soviéticas. Afortunadamente no fue así. La sutil sombra que “alguien” arrojó sobre el hijo del expresidente del Consejo se disipó. Ningún historiador (tampoco de entre los devotos de VOX) ha parado mientes en este capitulito.

Para Welles lo importante tuvo que ser la revelación del plan que “alguien” había ido preparando en las covachuelas ministeriales madrileñas, incluídas o no las del Pardo. Lo dijo sin pelos en la lengua:

“Los documentos le ofrecen [al Gobierno español] lo que considera una base jurídica a prueba de bomba para demostrar que el Gobierno soviético recibió las reservas de oro. Hasta ahora, la pretensión española se fundamentaba únicamente en la palabra del Gobierno español. Con la nueva evidencia documental se espera que Madrid someta su demanda para la restitución del oro al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya y a las Naciones Unidas así como por canales diplomáticos”.

La noticia fue publicada el 10 de enero de 1957, bajo un título aún más espectacular: “2 Spanish Envoys arrive in Soviet Russia”. No hay la menor dificultad en descolgarla de internet. De todas maneras, lo pondré fácil:

https://timesmachine.nytimes.com/timesmachine/1957/01/10/93204768.html?pageNumber=1

En un libro publicado en 2013 recorrí con cierto detenimiento, pero con escaso regodeo, las peripecias del plan. Lo que subyacía al mismo era la creencia fundamental del inmarcesible, pero proteico, Caudillo de España. Ahora sí acudo a la ironía pesada.

Franco (fuente y manantial de autoridad suprema) no tuvo empacho en insinuar unos cuantos meses después los datos esenciales de tan singular creencia a su fiel ayudante, primo hermano y confidente de larga fecha, conocedor de sus fechorías financieras y otras. Lo hizo el 6 de mayo de 1957, a pesar de que los soviéticos le habían aplicado, vía Pravda, un pequeño zurriagazo dialéctico que examinaremos en el próximo post. Habló así SEJE:

“No le supone nada a Rusia (sic); en España la opinión se interesa mucho por este asunto y en cambio no aprecia lo que significa la pérdida de una cosecha, como ocurrió el pasado año con la naranja a consecuencia de las heladas, con una pérdida que supone la mitad del oro enviado a Rusia. El documento (sic) está en nuestro poder y estoy seguro de que no habrá necesidad de recurrir al Tribunal Internacional de La Haya, pues, repito, los rusos lo han de entregar sin que tengamos que hacer para ello grandes esfuerzos”.

No sé cómo Franco había llegado a tales conclusiones. La más significativa era su aparente fé  en las virtudes taumatúrgicas del acta de recepción del depósito (el documento); en segundo lugar, habría que pensar en su creencia implícita en que todos los demás papeles de Negrín -más de un centenar- no servían para nada; había una tercera, la esperanza (sin duda imbuída por la ayuda de los ángeles que siempre le habían protegido desde el paso del Estrecho veinte años antes) de que los soviéticos fuesen a hacerle graciosamente un favorcillo, a pesar de Pravda, regalándole lo que todavía en 1957 era un fortunón. Por último, que no iba a ser necesario acudir al TIJ porque la cosa se arreglaría antes, poco menos que entre amiguetes. Pensar que Franco era un titán intelectual que penetraba, gracias a su privilegiada mente, en los más recónditos vericuetos de la escena internacional en uno de los períodos más lábiles de la guerra fría es una suposición que no llegamos a hacernos, con disculpas a VOX. 

Naturalmente esta confesión ante el general Francisco Franco Salgado-Araujo no trascendió a la prensa. El Ministerio de (Des)información y Turismo no daba abasto. Aquello de  controlar rígidamente las noticias que se diseminaban por la prensa internacional y que se filtraban,  debidamente adaptadas y con cuentagotas, en los regimentados medios del régimen, absorbía todos sus quehaceres.

Si todavía estuviese activo en la Universidad haría una sugerencia a alguno de mis alumnos. Que en cuanto amainase la pandemia que corroe nuestra vida social, académica y política, se precipitara a la hemeroteca. Podría en primer lugar localizar en aquellos periódicos que no pueden consultarse en línea las noticias que aparecieron en la primavera de 1957 sobre el “oro de Moscú”; después podría encuadrar sus resultados en el contexto económico y político de la España de aquellos años y, en particular, en la naciente pugna entre “tecnócratas” y “falangistas” por determinar el rumbo que debía seguir la estrategia económica de un país que no tardaría muchos años en acercarse peligrosamente a la suspensión de pagos internacionales. Y luego, que mirase por detrás de los hechos y tratase de aquilatar la distancia sideral que, en la dictadura, siempre existió entre imagen y realidad, entre lo que se decía y lo que se hacía, entre el pasto ideológico que se suministraba a las masas y lo que se discurría en las olímpicas alturas de la Administración.

El “oro de Moscú”, tras la recepción de los papeles de Negrín, es una de las vías que conviene transitar para comprender la importancia de los relatos, entonces y hoy. Que tuvieran que ver algo con la realidad o no es lo menos significativo. Gracias al Sr. Trump, a sus asesores y a sus émulos españoles, el tipo de enseñanzas que se extraigan de tales análisis no dejaría de ser útil para el ciudadano normal y corriente. Siempre será bueno indagar, con permiso de la exconsejera del ya en sus últimas presidente norteamericano, la inmortal Kellyanne Conway, en los “hechos alternativos”.

(continuará)

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (II)

10 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los amables lectores me permitirán unas líneas para dar rienda suelta a mi imaginación. Pienso en los telegramas que la Embajada española en París enviase al MAE a principios de diciembre de 1956 (o quizá fuera alguna llamada telefónica bien del cónsul general o del embajador). A no ser que se tratara de algún mensaje apresurado del eminente abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras al ministro Alberto Martín Artajo. En cualquier caso el tenor podría haber sido el mismo: ¡Ya está! ¡Ya tenemos los papeles de Negrín! (No creo que estas primeras comunicaciones se hicieran directamente a El Pardo, aunque tampoco es descartable).

Pregunta a los trumpianos investigadores de VOX: ¿Qué hace el historiador empírico? Buscar rastro de estas comunicaciones. Servidor lo hizo durante meses y ha de confesar una derrota sin paliativos. No encontré absolutamente nada. (Me apresuro a señalar que esta es una de las características del tema: los pormenores acerca de la recepción de los papeles de Negrín en Madrid y sus antecedentes están envueltos en el más obscuro de los misterios). Peor aún es lo que pasó después: hay algunos destellos, pero poco más. A mí me gusta imaginar las amables e interesantes conversaciones que  Martín Artajo, letrado del Consejo de Estado y es de esperar que entendido en leyes, tuviese con el funcionario a sus órdenes Melchor de las Heras, en el supuesto de que, a lo mejor, habría echado una ojeada en los días anteriores en los papeles. A no ser, claro, que las desmedidas demandas de su tiempo derivadas de la gloria de su cargo lo hubiesen impedido.

Sin embargo, para un águila jurídica como el abogado del Estado Melchos de las Heras llegar a un resultado preliminar no hubiera sido nada difícil. Una gran parte del dossier contenía órdenes de venta de oro, su contrapartida en divisas, balances de situación intermedios, cartas de Negrín y Largo Caballero a los soviéticos (conjuntamente al principio, luego firmadas solo por Negrín). En general en francés, salvo un par de ocasiones en inglés, pero imaginamos que el ilustre abogado del Estado, después de tantos años de trotar por Europa en busca de contactos que le permitieran recuperar activos españoles para su repatriación, ya hablaría el idioma o los idiomas. O, a lo mejor, si era hijo de buena familia los había aprendido desde su niñez. O, si no, cualquier diplomático de entre quienes se codeaba en el Palacio de Santa Cruz le habría echado una mano. El francés contable, en todo caso, es como el español: frío y desprovisto de giros literarios.

En fin, también se plantea la alternativa posibilidad de que, empapado del papel histórico que le tocaba desempeñar, se hubiera abstenido de echar un vistazo a los papeles y se los llevara, sin leer, al ministro. Este, por supuesto, no tendría problemas. Un colega y amigo, el profesor Pablo Martín Aceña, ha escrito que Martín Artajo y sus colaboradores se percataron inmediatamente de que las cuentas de Negrín estaban claras. Esta afirmación no la apoya en ningún documento o testimonio identificados. Yo no iría tan lejos. La parte final parecería clara, pero el camino hasta llegar a ella requeriría algunos cálculos. Desde luego, no demasiado complicados. Hay que pensar que “alguien” los haría pero, ¡cuidado! Estamos hablando del “oro de Moscú” del que VOX parece haber oído noticias poco fidedignas.

Al mes del fallecimiento de Negrín (11 de noviembre), su “amigo” (entre comillas) Mariano Ansó fechó el 14 de diciembre un escrito que le había ocupado bastantes días de grandes cogitaciones. Lo reprodujo en sus memorias. También contó en ellas los pormenores de numerosas conversaciones que había tenido con Negrín. Todas le habían llevado a recomendar al hijo de Negrín que su  padre ya había decidido entregar la documentación a las autoridades españoles. No tenemos nada que objetar a tal posibilidad. Si tenemos que objetar, y mucho, al contenido del escrito, que Ansó guardó como oro en paño (nunca mejor dicho) hasta el momento de su publicación y que había redactado de su puño y letra.

‘Yo fui ministro de Negrín’, de Mariano Ansó. Planeta, 1976.

Mientras la familia del Sr. Ansó no se decida a dar a conocer los papeles que, al parecer, guarda y sean examinados por algún historiador enterado más o menos de la cuestión (mis propias sugerencias no han dado para mucho) hay que hacer, como haría cualquier investigador empírico, un análisis del contenido del documento y su contextualización correspondiente.

De antemano afirmo, para conocimiento de mis lectores, que servidor solo se cree una parte de dicho documento, pero que soy incapaz de tragarme la totalidad. Quizá fuese redactado a petición de una tercera persona. Las posibilidades no son muchas: el cónsul general, el embajador o, más probablemente, el propio Melchor de las Heras, que al parecer estaba llegando a Biarritz el mismo día del fallecimiento de Negrín con la intención de poner en marcha los preparativos de la entrega de la documentación.

En sus memorias Ansó consignó que se trataba de la expresión “fiel, y casi pudiera decirse literal, de la voluntad postrera” de Negrín. El hijo, Rómulo, añadió a mano  “conociendo el sentimiento de mi padre, ratifico lo anterior”.

Esta es, pues, la EPRE que hay que examinar con lupa. No tengo el menor inconveniente en aceptar las dos primeras afirmaciones: la operación del envío del oro a la URSS fue impuesta por las necesidades de la guerra y fue decidida por el Gobierno de Largo Caballero.

Los amables lectores deben saber que la segunda, si bien respondía a la realidad, se oponía a una larga y densa tradición que había subrayado lo contrario. Que Negrín (y a lo sumo, convenciendo a Largo Caballero) lo habían decidido por las buenas. A esta interpretación habían contribuído “testimonios” de todos los sectores antinegrinistas posibles e imposibles. No en último término del propio Indalecio Prieto. Me costó no voy a decir trabajo pero sí perseverancia encontrar la copia del acuerdo de la reunión del Consejo de Ministros de octubre de 1936 en que se había plasmado. La conservaba Negrín como oro en paño en una caja fuerte de un banco parisino. De que en ella había papeles se acordó su nieta  Carmen que con amabilidad desbordante me dejó consultarlos. Entre tales papeles figuraba el totalmente desconocido acuerdo. Un compañero y amigo mío, Alfredo Tovías, catedrático de la Universidad de Jerusalén, se acordará, supongo, del salto de tigre que no pude contener al ojearlos cuando él y Carmen tomaban tranquilamente el té.

¿Qué escribió después el exministro Ansó y que cualquier lector puede comprobar ojeando sus memorias?

Para mí [Ansó] no tiene duda de que don Juan Negrín sentía con gran fuerza la honda preocupación de los intereses de España frente a los de la URSS, depositaria desde hace veinte años de cuantiosas sumas pertenecientes al Tesoro Español. En este sentido, sintió un verdadero sobresalto el día en que llegó a sus oídos la especie, acaso infundada, de que España se disponía a reanudar sus relaciones económicas con Rusia. Pensó en la indefensión a que reducía a España el hecho de verse privada de toda documentación justificativa de sus derechos […] Y a tal extremo llegó su preocupación sobre este punto que incluso escribió una nota a máquina de la que transmití una copia al abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras, en la que hacía la indicación del peligro que pudiera tener cualquier trato que ignorase un pasado difícil…

Se trata de una nota escrita con cuidado y muy inteligentemente. No extraña que varios autores (amigos míos, por lo demás) se la hayan tragado enterita. Por desgracia, no responde del todo a la realidad. Ansó presentó a Negrín como a un hombre de Estado que, sabiéndose gravemente enfermó, puso estos intereses por encima de cualquier otra consideración con el fin de evitar que la España eterna e inmortal (él no utilizaría esta caracterización) se viera impedida de ejercitar sus derechos.

La nota que escribiera Negrín no se ha encontrado. Quizá se quedara con ella Melchor de las Heras (cuyos papeles, que yo sepa, nadie ha explorado). Tal vez se la diera a Martín Artajo, pero tampoco sé si se hallará entre los suyos. No figura en los archivos del MAE. En cualquier caso, no tengo la menor duda en reafirmar que la descripción de Ansó es tan inteligente como correspondía a un abogado digno de su futura trayectoria.

Así, pues, Ansó optó por acudir al Consulado General (al frente del cual se encontraba Pedro Cortina Mauri, embajador en París diez años después y último ministro de Asuntos Exteriores del régimen de Franco y catedrático de Derecho Internacional) en vez de ir a la embajada (cuyo titular, a punto de cesar, era un notable diplomático bregado en múltiples operaciones económicas y comerciales en la guerra civil,  José Rojas y Moreno, conde de Casa Rojas. De la entrega se hizo cargo el cónsul adjunto, “en funciones notariales por delegación” de Cortina, Enrique Pérez-Hernandez, el 18 de diciembre 1956.

Diez o doce días más tarde dio comienzo una curiosa operación de desinformación en la que brilló con gloria eterna el inmarcesible genio diplomático de Franco y de su ministro Martín Artajo.

(continuará)