Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (y V)

1 diciembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

VOY A INTERRUMPIR DURANTE VARIOS MESES ESTE BLOG. El presente post aparece el 1º de diciembre, mes de festejos y celebraciones. Lo pasaremos, me temo, autoconfinados y con escasas alegrías, salvo la de sobrevivir a la pandemia.

Este blog me ha quitado demasiado tiempo en unos meses en que he estado muy afectado sicológicamente por lo que nos ha caído encima. Ahora tengo que repasar la revisión final y preparar el índice onomástico y analítico de mi próximo libro, EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. Aparecerá en marzo.

Ya llevo muy adelantado el previsto para 2022 en el que abordo algunos capítulos sumamente oscuros de la guerra civil. Hoy me encuentro perplejo ante unos vericuetos todavía vírgenes y, por tanto, de difícil comprensión. No me consta que por ellos hayan transitado con la EPRE adecuada, esa maldita EPRE que a tantos disgusta, historiadores españoles o extranjeros.

Para elegir el correcto camino tendré que realizar un esfuerzo que amenaza con ser superior a mis fuerzas. Los próximos meses, todavía de autoconfinamiento, son el momento adecuado para intentarlo. Así las cosas, en este post me limitaré a cerrar,  deprisa y corriendo,  el capitulito del “oro de Moscú” no sin recordar que con la debida EPRE ya lo he documentado a trancas y barrancas en seis libros, de los cuales al menos tres están todavía en el mercado. Sin embargo, como no estoy encerrado en una cápsula en la que no penetran las noticias y sigo leyendo prensa española y extranjera en formato digital no dejaré de elevar a FB y a Twitter algunos de los artículos que considero interesantes desde el punto de vista de este blog.

Cierro, pues, la serie de posts pero con una pequeña reflexión previa. La lectura de muchas de las obras aparecidas últimamente sobre el general Franco, que espera la resurrección en un cementerio que no es el que la incipiente democracia le había asignado y luego la democracia entera le mantuvo hasta el año pasado, no me ha llevado a cambiar mi opinión sobre él en su para algunos genial conducción de la PATRIA. Sobre todo en los planos de la  represión, la política económica y la política exterior. Debo de ser algo lerdo.

Ahora bien, si la PATRIA se vio cortocircuitada, herida, maltrecha, despojada por el  “fabuloso saqueo” que, como recogió el venerable ABC el 10 de abril de 1957, le infligieron los malvados dirigentes de la zona roja, ¿qué decir de las fórmulas que ideó Franco tras la denuncia de Pravda para recuperar el tesoro expoliado y que todavía no ha regresado en 2019? ¿No sería que no fuesen las adecuadas o que no estuvieran basadas sino en mera propaganda de cara al interior para engañar alevosamente a una opinión pública maniatada y aherrojada? Y algo, claro, aunque en menor medida a la opinión  exterior.

Las reflexiones que siguen las encomiendo ante todo a los lectores con una formación jurídica de la que yo carezco. Y, por supuesto, a los eminentes letrados que figuran en las filas de VOX  o pagan óbolos para mantener en su gloria a la FNFF.  Entre tales letrados hay algunos que dejan siempre oir una voz tonante (aunque probablemente no con los resultado que quizá ellos esperen) en los debates de la Cámara desde, sobre todo, el comienzo del año que ahora termina.¿Por qué será?

Para dar una lección imperecedera e inmortal a los “rojos”, a los republicanos, a los “malvados comunistas”, a los liberales, a los masones, a la anti-España en una palabra, Franco siguió, si no indujo, los consejos del exministro de Asuntos Exteriores Don Alberto Martín Artajo. Así empezó, con paso firme, recio y marcial, a explorar las posibilidades de acudir al Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) de La Haya. Pero, estratega genial, también quiso explorar las posibilidades de éxito, no en vano fue un glorioso general vencedor en mil combates. (O bien alguien le aconsejó que lo hiciera). Este alguien fue, con toda probabilidad, Don Mariano Navarro Rubio, capitán de un Tabor de Regulares en la guerra civil, letrado del Consejo de Estado, general del Cuerpo Jurídico Militar, letrado del Consejo de Estado y, solo secundariamente aunque en años trascendentes para la GRAN historia, ministro de Hacienda desde 1957. Una eminencia.

Dejo de lado, no porque sea irrelevante sino porque no viene a cuento, la afiliación opusdeística de tan destacado militar y político. Según sus memorias, fue la persona que convenció a Franco de la imperiosa necesidad de aceptar el plan de estabilización y liberalización (julio de 1959) que cambió el rumbo de la economía y de la sociedad españolas. Su argumento, en unos años en que ya volaba hacia risueños horizontes azules la Comunidad Económica Europea, fue al parecer que si no daba su visto bueno habría que volver a introducir el racionamiento. El orgulloso régimen se había quedado sin divisas, aunque siempre con su abroquelado honor,  si bien estaba endeudado hasta por encima de las cejas de sus más empecinados conductores.

Para recuperar el oro Navarro Rubio creyó en la necesidad de ir de la mano con los norteamericanos. Ya había hecho algunas exploraciones por los aledaños de Washington, aunque nada oficialmente. Incluso, hombre de Estado, pensó en la posibilidad de endosar el acta de recepción del oro en Moscú en 1937, al gobierno norteamericano. (Dislates peores ambundan en la historia que no se cuenta del franquismo). Así, los EEUU echarían una mano por la cuenta que les habría tenido.

No contaba Navarro con que la persona que tendría que hacerse cargo de tan disparatada operación era el nuevo ministro ocupante del Palacio de Santa Cruz, Fernando María Castiella, catedrático de Derecho Internacional. Es de suponer que para entonces ya habría olvidado las reivindicaciones de su España y no se colgaría en los actos formales en el extranjero a que acudiera su preciada cruz de hierro, tan bien ganada en tiempos pasados.

Con la connivencia de Martín Artajo, a la sazón ya secretario del Consejo de Estado (CdE), Navarro Rubio se apañó para que se solicitara un dictamen del mismo sobre el tema del oro. El expediente se conserva en el archivo de este organismo y veo muy probable que doctos juristas lo examinarán con lupa para comprobar si servidor se equivó cuando di a conocer tal primicia y por si sigo persistiendo en el error como un protestante cualquiera del siglo XVI.

Sin embargo, para un no jurista lo que importa destacar es que después de una peripecia burocrática por los pasillos y covachuelas del CdE se preparó por fin un proyecto de dictamen. En él se reconoció hasta cierto punto, ¡cómo no!, la argumentación de Hacienda (ni el Ministerio de Asuntos Exteriores ni la Asesoría Jurídica Internacional participaron en el procedimiento según se desprende de la documentación, pero a lo mejor yo no la ví entera o ha desaparecido). El dictamen preliminar recomendó, desde luego, una trayectoria que sin duda tuvo que tener en cuenta los planes del glorioso ocupante de El Pardo. El ponente sugirió que convenía acudir en primer lugar a los tribunales soviéticos (¡), hacer gestiones diplomáticas en paralelo y solo en último término ir con las mejillas enrojecidas por el rubor, o el esfuerzo previamente desplegado,  al TIJ. (Explicaré lo del rubor algo después).

Este proyecto suscitó la ira jupiterina del director general de lo Contencioso, representante del Ministerio de Hacienda. ¡Total y absolutamente inaceptable! No en vano el derecho español primaba sobre el internacional. No para nada estaba fundamentado en el decreto nº 1 de 24 de julio de 1936 de la Junta de Defensa Nacional que asumió todos los poderes del Estado y  en la Ley subsiguiente de 1º de noviembre del mismo año. Es decir, que el “derecho” que había creado un puñado de militares rebeldes tenía que dejar en la cuneta cualquier otro que se le opusiera.

(Incidentalmente sería muy interesante conocer los entresijos en la preparación de aquella famosa ley. Hubo de hacerse a lo largo del mes de octubre de 1936 que, como es sabido, fue un tiempo de gloriosa plenitud para Franco. Había llegado al pináculo del poder; nazis y fascistas le habían confirmado su apoyo; a la chita callando habia  empezado a desviar saldos procedentes de suscripciones “nacionales” a sus cuentas privadas y, para colmo,  alguien le había preparado una disposición que suponía una ruptura total con el pasado.  A no ser, claro está, que hubiera sido una ocurrencia de su privilegiada y polivalente mente militar. Como en alguna ocasión afirmó Franco que había mantenido largas conversaciones con el abogado del Estado Don José Calvo Sotelo sobre temas jurídicos y económicos  podríamos preguntarnos si no se habría apañado para tener acceso a los papeles en que el vilmente asesinado tribuno había pergeñado los contornos del Estado futuro. O, alternativamente, podríamos también preguntarnos si alguno de los co-conspiradores monárquicos no se habría aprovechado de cierto papelín que puso a disposición de Franco. Quizá en la creencia en que con ello rendía tributo al hombre encargado de preparar la restauración de la Monarquía).

Volvamos al oro. El pleno del CdE, dicho sea en su honor, no siguió del todo el proyecto de dictamen. Tampoco se alejó demasiado. Al fin y al cabo no hubiera sido muy inteligente discrepar de la versión maximalista. La final se aprobó, pues, con la discrepancia rotunda y solitaria director general de lo contencioso. Esta, ni que dicer tiene, la asumió el polivalente Ministro de Hacienda, es decir, el eminente jurista y político Don Mariano Navarro Rubio. Y, como es lógico, del dictamen y de la discrepancia se dio traslado a la Superioridad.

Es sabido de los dictámenes del CdE no  eran ni son vinculantes para el Gobierno. El que aquí nos interesa se discutió en la reunión del Consejo de Ministros el 5 de febrero de 1960 (tras el  macroeconómico éxito rotundo del plan de estabilización). Así que, ¡ojo al canto!, el Gobierno se situó detrás de la postura del Ministerio de Hacienda y del voto discrepante del señor director general de la Contencioso. Sin, naturalmente, conocer las discusiones internas entre los ministros, el resultado fue una victoria por goleada en favor de Navarro Rubio y una derrota sin paliativos de Castiella. El 12 de marzo el ministro secretario de la Presidencia,  el polifacético almirante Luis Carrero Blanco, se lo comunicó formalmente.

Con buenas palabras el almirante sugirió a Castiella que se las apañara como pudiera y que pusiese en marcha la decisión. ¡A convencer, pues, a los soviéticos que tendrían que aceptar las consecuencias del decreto de 24 de julio de 1936 y las disposiciones subsiguientes!.

Por desgracia, los papeles no dicen si por la mente de alguno de tan renombrados paladines del régimen pasó la noción de que en 1936 la República española era la única representante reconocida internacionalmente del Estado español y que la URSS mantenía relaciones diplomáticas plenas con la misma, también aceptadas formalmente por la misma comunidad internacional.  Así que un alma inocente y estudiante de licenciatura de Derecho podría pensar que sería más que razonable que Moscú no jugara el papel que desde El Pardo se le había atribuido generosamente. Sobre todo cuando Pravda ya se había preocupado de afirmar que la República había quedado a deber a la URSS.

Hélas! Juzgando por los papelines que han sobrevivido a lo que sin duda fue un expurgo malintencionado, nada hace pensar que Castiella cumpliera las instrucciones del Consejo de Ministros. Tampoco es difícil adivinar la causa, aparte de la “pequeña” consideración anterior.

Llegamos ahora a la demostración del genio inmarcesible de Franco y de sus inmediatos asesores. Uno se descumbre, adecuadamente impresionado, ante el de uno y otros. El plan de Hacienda, y por ende del Gobierno en pleno, no parece que se llevara a la práctica. ¿Por qué?

Esta es la cuestión del millón de dólares de la época. Salvo demostración en contrario, tengo la impresión de que ni Franco, ni Martín Artajo, ni Navarro Rubio, ni el director general de lo contencioso,  ni el augusto Consejo de Ministros parecen haber tenido la menor idea de dos “pequeños” temas. El primero era que el Estado Español NO estaba legitimado para pleitear ante el TIJ contra otro Estado miembro de Naciones Unidas. El segundo, que la URSS se había negado tercamente a aceptar la posibilidad de ser demandada ante el TIJ. Ambas circunstancias las conocería, sin la menor duda, la Asesoría Jurídica Internacional y por ende también Castiella. ¿Qué hacer? Pues callarse y a otra cosa mariposa.

Ahora bien, los amables lectores podrían preguntarse  por qué no estaba legitimado el orgulloso Estado Español bajo la incomparable férula de su insigne y avezado Caudillo.  Simplemente porque el 1º de julio de 1939, día de la VICTORIA, el triunfante gobierno del mismo Caudillo, por la vía de su ministro de Asuntos Exteriores, el teniente general Francisco Gómez-Jordana, conde de Jordana, sin duda una eminencia jurídica, se había apresurado a telegrafiar al Secretariado de la Sociedad de Naciones (un producto execrable de la palabrería y de las grotescas aspiraciones de los países democráticos de la época). En tal telegrama, ¡qué conducto tan diplomático y tan cortés!, anunció tersamente la denuncia de la España victoriosa, por supuesto con efectos inmediatos, del Acta general del arreglo pacífico para las controversias internacionales concluida en Ginebra el 26 de septiembre de 1926 (para más inri en tiempos de la dictadura primorriverista)  a la que la España monárquica se había adherido y que, naturalmente, la República ni tocó.

Incidentalmente, con gran verosimilitud los lectores ignorarán que el Estado español, bajo el franquismo, solía introducir la reserva correspondiente en los acuerdos y tratados que firmaba. Así creó una tradición robusta aunque no necesariamente ejemplar. Digo esto porque duró nada menos que hasta octubre de 1990. Entonces, bajo el ministro de Asuntos Exteriores Francisco Fernández Ordóñez, con el segundo Gobierno de Felipe González se superó la animadversión a La Haya y se declaró formalmente la aceptación española de la cláusula correspondiente.

Por si alguien lo hubiese olvidado, en su discurso de fin de año de tan gloriosos, pero ocultados hechos, y para conocimiento y solaz de los millones de seguidores que le escucharían embelesados, SEJE proclamó orgullosamente refiriéndose a su creación política:

“No es un Estado de hecho que tiene condicionada su licitud y legitimidad limitada por el tiempo necesario para recuperar la “normalidad” alterada, sino que él es el régimen históricamente normal y legítimo. Desde el primer instante es plenamente “Estado de derecho”, y como tal se asento sobre la aclamación, el plebiscito, la adhesión el asentimiento y el consenso del pueblo español”

O sea, ya ven los amables lectores con qué armas el gran conductor de la PATRIA se había provisto para echar un pulso contra el expolio del “oro de Moscú” y conseguir su restitución.

¿Resultados? ¡Ah!, en el tema que nos ha ocupado en los anteriores posts y en el presente cabe afirmar que fue absolutamente ninguno (tampoco demasiados en otros). Solo en un aspecto tuvo éxito: todavía hay gente que cree en las leyendas franquistas. Y, a lo que parece, también VOX, la FNFF y quienes diseñan campañas mediáticas en loor de Franco por las redes sociales. La moraleja la dejo al mejor juicio de quienes esto leyeren.

Notas

  1. La argumentación jurídica, aquí muy resumida, la he tomado de un excelente diplomático, gran conocedor del tema y cuyo nombre no viene a cuento.
  2. El artículo 1º de la Ley de 1º de octubre de 1936 estableció: “Se declaran sin ningún valor o efecto todas las disposiciones que, dictadas con posterioridad al 18 de julio último, no hayan emanado de las autoridades militares dependientes de mi mando, de la Junta de Defensa Nacional de España o de los organismos constiuidos por Ley de 1º de octubre próximo pasado”

Con mil perdones por la anómala longitud de este post, queda de los amables lectores hasta marzo de 2021 cuando ya esté en la calle El gran error de la República, su muy agradecido

Angel Viñas

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (IV)

24 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Algunos lectores podrían pensar que soy muy malintencionado en mis críticas a Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE) y que su trayectoria en política exterior fue tan  gloriosa que solo los antifranquistas acérrimos no la reivindican plenamente. A los que así lo crean les recomiendo ir (cuando puedan) a alguna biblioteca y lean la biografía que de él escribieron su primo hermano y el entonces director de LA VANGUARDIA ESPAÑOLA, Luis de Galinsoga, exdirector de ABC en la primavera de 1936. Se titula CENTINELA DE OCCIDENTE. Podrán entonces entrever la sagacidad y el genio que se imputaba a SEJE, incluso en unos momentos en que la economía española iba de capa caída.

Servidor ha escrito algo sobre la política exterior de la España de Franco. Creo que el mejor enfoque analítico para enjuiciarla consiste en contraponer la imagen y la realidad que siempre alcanzó en puntos culminantes. Por ejemplo en los pactos de Madrid con USA pero, más difícilmente superable, también en el tratamiento de “el oro de Moscú”. Así que los papanatas que se deshacen en loores sobre el genio inmarcesible e inagualable de SEJE bien podrían tratar de reconstruir, si se atreven, lo que pasó después de la entrega de documentos que hizo Ansó.

En ningún momento la aherrojada prensa española dejó entrever, que yo sepa, que el regalo lo componían muchos papeles. La atención se centró sobre el acta de recepción final del oro, fechada en Moscú el 5 de febrero de 1937. No hay, desde luego, que buscar en archivos. Si se va a la biblioteca y se busca en otro libro, ESPAÑA: LOS AÑOS VITALES (Espasa Calpe, Madrid, 1967) del nunca suficientemente alabado periodista (aunque sin escrúpulos y predecesor de los muchos de hoy) que se llamó Luis A. Bolín (sí, el del Dragon Rapide y corresponsal de ABC en Londres) [advierto solemnemente que mis referencias a este periódico no representan ningún juicio de valor: son meras constataciones], comprobará dos cosas: la primera es que fue prologado nada más y nada menos que por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, y la segunda, que en el anexo se reprodujo, como si viniera a cuento, una parte del acta de recepción del oro, en el francés original y en traducción castellana. Los comentarios se los dejo al curioso lector. Sobre todo porque Castiella, y la censura, permitieron que Bolín reprodujera igualmente la traducción de dos cartas del 23 de enero y del 1º de agosto del entonces comisario del Pueblo para las Finanzas, A. Zverev, en inglés y castellano, sobre acuses de recibo de operaciones sobre el oro. Esta referencia nos permitirá reir a pierna suelta en un próximo post.

Volvamos a 1957. Como los genios que rodeaban a Franco, o él mismo, no dijeron ni pío sobre el contenido de los demás documentos de Negrín, tampoco es de extrañar que entre la oposición republicana en el exilio se desataran los más duros calificativos contra quien los conservó. La prensa española se regodeó destacando algunos de los que, en su momento, publicaron Indalecio Prieto (que en el tema del oro no vivió ninguna de sus horas de gloria) y otros exiliados. Hoy cualquier lector puede consultar los del primero acudiendo a la colección de EL SOCIALISTA que se encuentra en línea gracias a los desvelos de la Fundación Pablo Iglesias. 

Nadie entendió entonces lo que había pasado. ¿Qué había querido Negrín? Como murió poco antes, los historiadores hemos recurrido a lo que escribió Mariano Ansó. Servidor nunca se lo creyó del todo. Simplemente porque  el distinguido exministro mezcló probablemente mucha realidad con las adecuadas gotas de fantasía para desvirtuar las intenciones del fallecido. No extrañará, pues, que su regreso a España se realizara sin que sufriera ninguna molestia y que fuese bien acogido, siempre y cuando guardara silencio. Lo que hizo hasta después de la muerte de Franco.

Regresemos a ABC. Si los curiosos lectores acuden a la hemeroteca del venerable periódico monárquico y van a la fecha señera del 10 de abril de 1957, verán una importante noticia en primera página, a las tres columnas de rigor (excepto para dar cabida a la referida a unión “reunión del grupo de trabajo de la FAO”, en la que participó España y que, como todavía estaba bastante aisladita internacionalmente convenía destacar).

ABC reprodujo una comunicación de la Agencia EFE (entonces controlada rígidamente por el desaparecido Ministerio de (Des)Información y Turismo). Se trataba de una noticia aparecida pocos días antes en el diario soviético Pravda. Los comentarios no los hizo ABC de forma directa sino indirecta, a través de la prensa de Londres y París. Puso titulares explosivos. En negritas y mayúsculas: “Pravda dice que ha desaparecido el oro español transportado a Rusia en 1937” [fue el año anterior]. “La prensa de Londres rechaza la explicación dada por el órgano del partido comunista soviético”. En letra más pequeña añadió: “El tesoro, unos 300.000 millones de francos, sigue en manos de los soviets”, dice “L´Aurore” “.

En mayúsculas, pero menores, ABC añadió: “Moscú pagó con ese oro las compras que el Gobierno rojo de Madrid hizo en el extranjero”, y en letra pequeña, pero también en negritas, “Los dirigentes republicanos tienen una deuda de cincuenta millones de dólares con Rusia”.

Los titulares eran correctos aunque no he calculado la cifra del diario francés. Claro que uno podría preguntarse qué diablos sabrían la prensa de Londres y L´Aurore parisina del tema y por qué medios. No me he molestado en verificar la prensa inglesa del momento, pero sí me ha preocupado saber quién era el experto del periódico francés en la temática del oro. Se trataba de un abogado, metido a periodista y distinguido maurrasiano, llamado Henri Bénazet. ¡Ah! Esto es una cosa muy relevante. Charles Maurras tuvo una gran influencia en la extrema derecha española en los años republicanos (todavía una calle en Madrid lleva su nombre con el de pila castellanizado a Carlos, que suena más español a los ignorantes).

Lo que Bénazet supiera del oro es probable que lo hubiese obtenido de la lectura de Le Figaro de la época, que dio una gran batalla periodística a favor de los sublevados y de sus reclamaciones relativas al metal amarillo. Por cierto que el señor embajador de España le impuso una condecoración por los servicios prestados a la Patria en horas difíciles.

Quizá fuera de ABC la valoración de tales informaciones: “El problema que plantea “Pravda” denuncia a los dirigentes de la zona roja española como autores de uno de los más fabulosos saqueos del tesoro de una nación”. Lo pongo en itálicas y en negritas en una transcripción literal para brindársela a los historiadores, periodistas y demás propagandistas de VOX y de la FNFF.

Naturalmente el artículo de Pravda no se reprodujo en la prensa española, aunque sí lo fue en el proscrito y perseguido Mundo Obrero, órgano del Comité Central del PCE. En favor de EFE, sin embargo, debemos subrayar que recogió los para el régimen incómodos mensajes centrales del periódico soviético: “Sostiene que el oro español fue utilizado totalmente” y que “el Gobierno español dejó al soviético una deuda de 50 millones de dólares”.

¡Cielos! ¿qué hacer?. Me ha costado cierto trabajo reconstruir las carambolas del  gobierno de Franco. Actuó por vías diplomáticas y por las de hecho. En las primeras pueden alumbrarse por lo que escribió el señor embajador de España en París en ABC, José Rojas y Moreno, conde de Casa Rojas, en sus encuentros con su colega soviético Sergei Vinogradov (no lo busquen los lectores: ha desaparecido de la hemeroteca del diario monárquico en algún momento de los últimos años. Servidor llegó a leerlo cuando todavía estaba en línea). No condujeron a nada.

Las vías de hecho fueron mucho más expeditivas. El dossier Negrin (es decir la colección de documentos entregados por Ansó) se cerró y lacró a cal y canto. Se depositó en el Banco de España con la prohibición absoluta de abrir el sobre. Si se hicieron fotografías para algunos de los hombres de confianza del señor ministro de Asuntos Exteriores (Don Alberto Martín Artajo) no han quedado huellas. Casi toda la documentación que se originara después de la entrega ha desaparecido (salvo que haya aflorado en los últimos años, pero ni VOX ni la FNFF han dicho ni pío). El silencio selló los labios de los que sabían algo. Eso sí, se produjeron movimientos entre las bambalinas. Si los soviéticos se habían quedado con el oro, y el ESTADO ESPAÑOL tenía el original del acta de recepción, ¿no debería hacerse algo?

Intervino Franco. En una conversación con su primo hermano, ayudante eterno y encubridor de algunas de sus aventuras financieras ocultas, dejó constancia de lo que en mayo de 1957, al mes de aparecida la noticia de Pravda, le dijo el inmarcesible Caudillo:

No le supone nada a Rusia; en España la opinión (sic) se interesa mucho por este asunto y en cambio no aprecia lo que significa la pérdida de una cosecha, como ocurrió el pasado año con la naranja a consecuencia de las heladas, con una pérdida que supone la mitad del oro enviado a Rusia. El documento (sic) está en nuestro poder y estoy seguro de que no habrá necesidad de recurrir al Tribunal Internacional de La Haya, pues, repito, los rusos lo han de entregar sin que tengamos que hacer para ello grandes esfuerzos[1].

Es decir, salvo que el teniente general que recogió la confidencia mintiera como un cadete SEJE creía que Moscú, dispuesto a todo quizá por establecer relaciones diplomáticas con su régimen, le entregaría sin problemas una supermillonada. Por su cara bonita.

Uno se pregunta, sin mala intención por supuesto, qué concepcios sobre política internacional tenía el glorioso Caudillo a una edad que ya no era de meritorio general en las batallas de la guerra civil y en el arte de bandearse en los remolinos exteriores de la segunda guerra mundial. Quizá los exégetas de la FNFF y de VOX podrían alumbrarnos, dando a conocer los secretos que sin duda reservan para los admiradores de tan egregia figura. La primera ya lo intentó hace muchos años con una colección de documentos que, ¡ay!, no prosiguió, quizá porque no tuvo el menor éxito.

(Continuará)


[1] Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco, p. 210. El apunte corresponde al 6 de mayo de 1957.

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (III)

17 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Una de las características de la dictadura de Franco que no suele ponerse de manifiesto, con todo lo que de ella hemos aprendido a medida que han ido abriéndose los archivos, es que se cuentan con los dedos de la mano los secretos secretos que fue incapaz de guardar. Los británicos, por ejemplo, se enteraron del contenido de la conferencia de Hendaya en octubre de 1940 a las veinte y cuatro horas. Cortesía del agente T, incrustado en el séquito de Serrano Súñer. En enero de 1957 (la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa) el fundamento del plan secreto secreto que Franco y su fiel escudero, el ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo, habían pergeñado para aprovechar la bendición del cielo que representaron los papeles de Negrín, lo expuso a todos los vientos en  The New York Times.

Su corresponsal en Madrid, Benjamin Welles, no dijo cómo se había enterado. Las fuentes no podían ser muchas. Los iniciados al gran secreto de El Pardo no abundaban. Mariano Ansó, por ejemplo, no pudo enterarse en París. Había sido un peón fundamental en el juego que probablemente había apalabrado con el abogado del Estado Antonio Melchor de las Heras, pero no le veo contactando con Welles. El ilustre intermediario, ¿lo supo? Lo más probable es que sí, pero sus papeles no aparecen por ninguna parte. ¿Se fue de la lengua el ministro? Es verosímil. Pero si hubo una fuente interna no acudió a la estación de la CIA, sólidamente implantada en Madrid. Acudió a un periodista reputado. ¿Para qué? Probablemente para sabotear el plan que, ya adelanto, era algo más que absurdo. Quizá porque se diseñó  rápidamente, a no ser que ya antes del fallecimiento de Negrín el abogado del Estado hubiera discutido sus líneas generales con Martín Artajo o incluso quizá, ¡oh, honor de los honores!, en El Pardo. También pudo ocurrir, claro, que fuese una operación maquiavélica con fines que soy incapaz de identificar.

Pienso en la primera alternativa  porque cuando llegaron los papeles a mitad de diciembre de 1956 a Madrid es verosímil que su impacto inmediato fuera una profunda decepción, a no ser que Melchor de las Heras ya hubiera estado sobre aviso. Como ya he indicado el dossier Negrín no solo contenía el acta definitiva de recepción del oro en Moscú fechada el 5 de febrero de 1937, sino también un montón de órdenes de disposición y otros papeles colaterales. Es decir, el metal amarillo, a pesar de su considerable peso, había “volado”. ¿Se readaptó un posible plan previo? Si existía, la respuesta es negativa. Si no existía, Franco decidió que había que echar un órdago a los malvados comunistas. ¿Acaso le gustaba el mus? Lo ignoro. Y, así, tras el anuncio bomba de la OID, el embajador en París, conde de Casa Rojas, se entrevistó el 4 de enero de 1957 con su colega soviético para tratar de sondear por dónde pudieran ir los tiros. En términos de regalo de Reyes, los resultados fueron descorazonadores.

Fue poco después cuando Welles dejó caer, como quien no quiere la cosa, su bombita. La presentó de la forma adecuada:

“El fallecimiento del Señor Negrín antes de que se completara la entrega había provocado una seria preocupación en los medios del Gobierno madrileño. Se temía que los importantes documentos que constituyen la base jurídica de que dispone la nación española para conseguir recuperar el oro por medio de renovados esfuerzos internacionales pudieran destruirse o entregarse a los soviéticos, con lo cual desaparecerían”.

Obsérvese la astucia del informador, si “vendió” a Welles esta inverosímil alternativa. Sabemos que Melchor de las Heras llevaba tiempo tratando de convencer a Ansó para que a su vez convenciera a Negrín de la necesidad de entregar los papeles. Después del fallecimiento, “alguien” quizá había dicho al periodista que, a lo mejor, los papeles pudieran destruirse en París o, maldición de las maldiciones, llegar a manos soviéticas. Afortunadamente no fue así. La sutil sombra que “alguien” arrojó sobre el hijo del expresidente del Consejo se disipó. Ningún historiador (tampoco de entre los devotos de VOX) ha parado mientes en este capitulito.

Para Welles lo importante tuvo que ser la revelación del plan que “alguien” había ido preparando en las covachuelas ministeriales madrileñas, incluídas o no las del Pardo. Lo dijo sin pelos en la lengua:

“Los documentos le ofrecen [al Gobierno español] lo que considera una base jurídica a prueba de bomba para demostrar que el Gobierno soviético recibió las reservas de oro. Hasta ahora, la pretensión española se fundamentaba únicamente en la palabra del Gobierno español. Con la nueva evidencia documental se espera que Madrid someta su demanda para la restitución del oro al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya y a las Naciones Unidas así como por canales diplomáticos”.

La noticia fue publicada el 10 de enero de 1957, bajo un título aún más espectacular: “2 Spanish Envoys arrive in Soviet Russia”. No hay la menor dificultad en descolgarla de internet. De todas maneras, lo pondré fácil:

https://timesmachine.nytimes.com/timesmachine/1957/01/10/93204768.html?pageNumber=1

En un libro publicado en 2013 recorrí con cierto detenimiento, pero con escaso regodeo, las peripecias del plan. Lo que subyacía al mismo era la creencia fundamental del inmarcesible, pero proteico, Caudillo de España. Ahora sí acudo a la ironía pesada.

Franco (fuente y manantial de autoridad suprema) no tuvo empacho en insinuar unos cuantos meses después los datos esenciales de tan singular creencia a su fiel ayudante, primo hermano y confidente de larga fecha, conocedor de sus fechorías financieras y otras. Lo hizo el 6 de mayo de 1957, a pesar de que los soviéticos le habían aplicado, vía Pravda, un pequeño zurriagazo dialéctico que examinaremos en el próximo post. Habló así SEJE:

“No le supone nada a Rusia (sic); en España la opinión se interesa mucho por este asunto y en cambio no aprecia lo que significa la pérdida de una cosecha, como ocurrió el pasado año con la naranja a consecuencia de las heladas, con una pérdida que supone la mitad del oro enviado a Rusia. El documento (sic) está en nuestro poder y estoy seguro de que no habrá necesidad de recurrir al Tribunal Internacional de La Haya, pues, repito, los rusos lo han de entregar sin que tengamos que hacer para ello grandes esfuerzos”.

No sé cómo Franco había llegado a tales conclusiones. La más significativa era su aparente fé  en las virtudes taumatúrgicas del acta de recepción del depósito (el documento); en segundo lugar, habría que pensar en su creencia implícita en que todos los demás papeles de Negrín -más de un centenar- no servían para nada; había una tercera, la esperanza (sin duda imbuída por la ayuda de los ángeles que siempre le habían protegido desde el paso del Estrecho veinte años antes) de que los soviéticos fuesen a hacerle graciosamente un favorcillo, a pesar de Pravda, regalándole lo que todavía en 1957 era un fortunón. Por último, que no iba a ser necesario acudir al TIJ porque la cosa se arreglaría antes, poco menos que entre amiguetes. Pensar que Franco era un titán intelectual que penetraba, gracias a su privilegiada mente, en los más recónditos vericuetos de la escena internacional en uno de los períodos más lábiles de la guerra fría es una suposición que no llegamos a hacernos, con disculpas a VOX. 

Naturalmente esta confesión ante el general Francisco Franco Salgado-Araujo no trascendió a la prensa. El Ministerio de (Des)información y Turismo no daba abasto. Aquello de  controlar rígidamente las noticias que se diseminaban por la prensa internacional y que se filtraban,  debidamente adaptadas y con cuentagotas, en los regimentados medios del régimen, absorbía todos sus quehaceres.

Si todavía estuviese activo en la Universidad haría una sugerencia a alguno de mis alumnos. Que en cuanto amainase la pandemia que corroe nuestra vida social, académica y política, se precipitara a la hemeroteca. Podría en primer lugar localizar en aquellos periódicos que no pueden consultarse en línea las noticias que aparecieron en la primavera de 1957 sobre el “oro de Moscú”; después podría encuadrar sus resultados en el contexto económico y político de la España de aquellos años y, en particular, en la naciente pugna entre “tecnócratas” y “falangistas” por determinar el rumbo que debía seguir la estrategia económica de un país que no tardaría muchos años en acercarse peligrosamente a la suspensión de pagos internacionales. Y luego, que mirase por detrás de los hechos y tratase de aquilatar la distancia sideral que, en la dictadura, siempre existió entre imagen y realidad, entre lo que se decía y lo que se hacía, entre el pasto ideológico que se suministraba a las masas y lo que se discurría en las olímpicas alturas de la Administración.

El “oro de Moscú”, tras la recepción de los papeles de Negrín, es una de las vías que conviene transitar para comprender la importancia de los relatos, entonces y hoy. Que tuvieran que ver algo con la realidad o no es lo menos significativo. Gracias al Sr. Trump, a sus asesores y a sus émulos españoles, el tipo de enseñanzas que se extraigan de tales análisis no dejaría de ser útil para el ciudadano normal y corriente. Siempre será bueno indagar, con permiso de la exconsejera del ya en sus últimas presidente norteamericano, la inmortal Kellyanne Conway, en los “hechos alternativos”.

(continuará)

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (II)

10 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los amables lectores me permitirán unas líneas para dar rienda suelta a mi imaginación. Pienso en los telegramas que la Embajada española en París enviase al MAE a principios de diciembre de 1956 (o quizá fuera alguna llamada telefónica bien del cónsul general o del embajador). A no ser que se tratara de algún mensaje apresurado del eminente abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras al ministro Alberto Martín Artajo. En cualquier caso el tenor podría haber sido el mismo: ¡Ya está! ¡Ya tenemos los papeles de Negrín! (No creo que estas primeras comunicaciones se hicieran directamente a El Pardo, aunque tampoco es descartable).

Pregunta a los trumpianos investigadores de VOX: ¿Qué hace el historiador empírico? Buscar rastro de estas comunicaciones. Servidor lo hizo durante meses y ha de confesar una derrota sin paliativos. No encontré absolutamente nada. (Me apresuro a señalar que esta es una de las características del tema: los pormenores acerca de la recepción de los papeles de Negrín en Madrid y sus antecedentes están envueltos en el más obscuro de los misterios). Peor aún es lo que pasó después: hay algunos destellos, pero poco más. A mí me gusta imaginar las amables e interesantes conversaciones que  Martín Artajo, letrado del Consejo de Estado y es de esperar que entendido en leyes, tuviese con el funcionario a sus órdenes Melchor de las Heras, en el supuesto de que, a lo mejor, habría echado una ojeada en los días anteriores en los papeles. A no ser, claro, que las desmedidas demandas de su tiempo derivadas de la gloria de su cargo lo hubiesen impedido.

Sin embargo, para un águila jurídica como el abogado del Estado Melchos de las Heras llegar a un resultado preliminar no hubiera sido nada difícil. Una gran parte del dossier contenía órdenes de venta de oro, su contrapartida en divisas, balances de situación intermedios, cartas de Negrín y Largo Caballero a los soviéticos (conjuntamente al principio, luego firmadas solo por Negrín). En general en francés, salvo un par de ocasiones en inglés, pero imaginamos que el ilustre abogado del Estado, después de tantos años de trotar por Europa en busca de contactos que le permitieran recuperar activos españoles para su repatriación, ya hablaría el idioma o los idiomas. O, a lo mejor, si era hijo de buena familia los había aprendido desde su niñez. O, si no, cualquier diplomático de entre quienes se codeaba en el Palacio de Santa Cruz le habría echado una mano. El francés contable, en todo caso, es como el español: frío y desprovisto de giros literarios.

En fin, también se plantea la alternativa posibilidad de que, empapado del papel histórico que le tocaba desempeñar, se hubiera abstenido de echar un vistazo a los papeles y se los llevara, sin leer, al ministro. Este, por supuesto, no tendría problemas. Un colega y amigo, el profesor Pablo Martín Aceña, ha escrito que Martín Artajo y sus colaboradores se percataron inmediatamente de que las cuentas de Negrín estaban claras. Esta afirmación no la apoya en ningún documento o testimonio identificados. Yo no iría tan lejos. La parte final parecería clara, pero el camino hasta llegar a ella requeriría algunos cálculos. Desde luego, no demasiado complicados. Hay que pensar que “alguien” los haría pero, ¡cuidado! Estamos hablando del “oro de Moscú” del que VOX parece haber oído noticias poco fidedignas.

Al mes del fallecimiento de Negrín (11 de noviembre), su “amigo” (entre comillas) Mariano Ansó fechó el 14 de diciembre un escrito que le había ocupado bastantes días de grandes cogitaciones. Lo reprodujo en sus memorias. También contó en ellas los pormenores de numerosas conversaciones que había tenido con Negrín. Todas le habían llevado a recomendar al hijo de Negrín que su  padre ya había decidido entregar la documentación a las autoridades españoles. No tenemos nada que objetar a tal posibilidad. Si tenemos que objetar, y mucho, al contenido del escrito, que Ansó guardó como oro en paño (nunca mejor dicho) hasta el momento de su publicación y que había redactado de su puño y letra.

‘Yo fui ministro de Negrín’, de Mariano Ansó. Planeta, 1976.

Mientras la familia del Sr. Ansó no se decida a dar a conocer los papeles que, al parecer, guarda y sean examinados por algún historiador enterado más o menos de la cuestión (mis propias sugerencias no han dado para mucho) hay que hacer, como haría cualquier investigador empírico, un análisis del contenido del documento y su contextualización correspondiente.

De antemano afirmo, para conocimiento de mis lectores, que servidor solo se cree una parte de dicho documento, pero que soy incapaz de tragarme la totalidad. Quizá fuese redactado a petición de una tercera persona. Las posibilidades no son muchas: el cónsul general, el embajador o, más probablemente, el propio Melchor de las Heras, que al parecer estaba llegando a Biarritz el mismo día del fallecimiento de Negrín con la intención de poner en marcha los preparativos de la entrega de la documentación.

En sus memorias Ansó consignó que se trataba de la expresión “fiel, y casi pudiera decirse literal, de la voluntad postrera” de Negrín. El hijo, Rómulo, añadió a mano  “conociendo el sentimiento de mi padre, ratifico lo anterior”.

Esta es, pues, la EPRE que hay que examinar con lupa. No tengo el menor inconveniente en aceptar las dos primeras afirmaciones: la operación del envío del oro a la URSS fue impuesta por las necesidades de la guerra y fue decidida por el Gobierno de Largo Caballero.

Los amables lectores deben saber que la segunda, si bien respondía a la realidad, se oponía a una larga y densa tradición que había subrayado lo contrario. Que Negrín (y a lo sumo, convenciendo a Largo Caballero) lo habían decidido por las buenas. A esta interpretación habían contribuído “testimonios” de todos los sectores antinegrinistas posibles e imposibles. No en último término del propio Indalecio Prieto. Me costó no voy a decir trabajo pero sí perseverancia encontrar la copia del acuerdo de la reunión del Consejo de Ministros de octubre de 1936 en que se había plasmado. La conservaba Negrín como oro en paño en una caja fuerte de un banco parisino. De que en ella había papeles se acordó su nieta  Carmen que con amabilidad desbordante me dejó consultarlos. Entre tales papeles figuraba el totalmente desconocido acuerdo. Un compañero y amigo mío, Alfredo Tovías, catedrático de la Universidad de Jerusalén, se acordará, supongo, del salto de tigre que no pude contener al ojearlos cuando él y Carmen tomaban tranquilamente el té.

¿Qué escribió después el exministro Ansó y que cualquier lector puede comprobar ojeando sus memorias?

Para mí [Ansó] no tiene duda de que don Juan Negrín sentía con gran fuerza la honda preocupación de los intereses de España frente a los de la URSS, depositaria desde hace veinte años de cuantiosas sumas pertenecientes al Tesoro Español. En este sentido, sintió un verdadero sobresalto el día en que llegó a sus oídos la especie, acaso infundada, de que España se disponía a reanudar sus relaciones económicas con Rusia. Pensó en la indefensión a que reducía a España el hecho de verse privada de toda documentación justificativa de sus derechos […] Y a tal extremo llegó su preocupación sobre este punto que incluso escribió una nota a máquina de la que transmití una copia al abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras, en la que hacía la indicación del peligro que pudiera tener cualquier trato que ignorase un pasado difícil…

Se trata de una nota escrita con cuidado y muy inteligentemente. No extraña que varios autores (amigos míos, por lo demás) se la hayan tragado enterita. Por desgracia, no responde del todo a la realidad. Ansó presentó a Negrín como a un hombre de Estado que, sabiéndose gravemente enfermó, puso estos intereses por encima de cualquier otra consideración con el fin de evitar que la España eterna e inmortal (él no utilizaría esta caracterización) se viera impedida de ejercitar sus derechos.

La nota que escribiera Negrín no se ha encontrado. Quizá se quedara con ella Melchor de las Heras (cuyos papeles, que yo sepa, nadie ha explorado). Tal vez se la diera a Martín Artajo, pero tampoco sé si se hallará entre los suyos. No figura en los archivos del MAE. En cualquier caso, no tengo la menor duda en reafirmar que la descripción de Ansó es tan inteligente como correspondía a un abogado digno de su futura trayectoria.

Así, pues, Ansó optó por acudir al Consulado General (al frente del cual se encontraba Pedro Cortina Mauri, embajador en París diez años después y último ministro de Asuntos Exteriores del régimen de Franco y catedrático de Derecho Internacional) en vez de ir a la embajada (cuyo titular, a punto de cesar, era un notable diplomático bregado en múltiples operaciones económicas y comerciales en la guerra civil,  José Rojas y Moreno, conde de Casa Rojas. De la entrega se hizo cargo el cónsul adjunto, “en funciones notariales por delegación” de Cortina, Enrique Pérez-Hernandez, el 18 de diciembre 1956.

Diez o doce días más tarde dio comienzo una curiosa operación de desinformación en la que brilló con gloria eterna el inmarcesible genio diplomático de Franco y de su ministro Martín Artajo.

(continuará)

Franco, ejemplo de diplomacia y ‘savoir-faire’ internacional: ¿émulo para Vox? (I)

3 noviembre, 2020 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

El grotesco aprovechamiento del “oro de Moscú” por parte de la dictadura daría para muchos posts. Me temo que el glosarlo acabaría con la paciencia de muchos de los amables lectores. Este post aparece el mismo día de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y, por supuesto, sin saber los resultados. Así que voy a dar un salto mortal en el trapecio sin red de protección y citaré un ejemplo del comportamiento de Franco con el famoso oro que anticipa el de Trump en algunos temas de política internacional para lidiar con los cuales bien se necesita un conocimiento mínimo. El que pongo ahora como ilustración se inspira en las profundas reflexiones de VOX sobre el posicionamiento de la España a la que aspira en el marco europeo y extraeuropeo. Me inclino, desde luego, ante el neologismo “iberoesfera” una invención que deja en mantillas a la Hispanidad e Hispanoamérica. Siempre hay imaginación para crear de la nada nuevos conceptos, aunque lo que representen estén más vacíos que una caja de bombones a la puerta de un colegio tras la salida de los alumnos.

En noviembre de 1956 el hijo del Dr. Juan Negrín entregó al cónsul general de España en París unos papeles que había conservado celosamente su padre relacionados con el “oro de Moscú”. Lo hizo, según todos los indicios, queriendo interpretar el deseo de este tal y como se lo había comunicado un gran amigo del fallecido. Se trataba de un exministro de Justicia en uno de los Gobiernos Negrin llamado Mariano Ansó. Muchos años después publicó una especie de autobiografía (“Yo fui ministro de Negrín”) cuyo título ha despertado la hilaridad de algunos de los avezados aguiluchos de las versiones de extrema derecha sobrela República y la guerra civil. Pocos han sido quienes las han impugnado. Servidor sí lo ha hecho y precisamente con el oro.

Para comprender la inmensa y sobrecogedora genialidad de Franco hay que tener en cuenta que partidarios de los sublevados agazapados en Madrid los mantuvieron bastante informados, casi desde el primer momento, de lo que pasaba con el oro. También conocieron los envíos a Francia y a la URSS. No se ignoró que la operación en Moscú estuvo centrada en la venta del metal amarillo. Incluso copias de algunas de las órdenes al efecto cayeron en manos del espionaje franquista. Los informantes fueron muchos, pero entre ellos destacan uno de los miembros del Consejo General del Banco de España, que se pasó con armas y bagajes, y otro que fue el director del Centro Oficial de Contratación de Moneda del mismo banco. Se llamaba Manuel Arburúa de la Miyar y posteriormente llegó a ser subsecretario y ministro de Comercio de Franco. Un hombre absolutamente clave en la política económica y comercial exterior del franquismo y, por cierto, muy inteligente.

Todo lo que Franco dijo del oro, y fue mucho, hasta 1956 hay que pasarlo por este tamiz de informaciones previas. Consciente del valor de la propaganda y de la desinformación que sus paladines habian aprendido de, entre otros, el maestro Goebbels, Franco se las apañó para desparramar la especie de que muchas de las exportaciones de oro de la URSS, sobre todo en la guerra fría, se habían hecho gracias al “oro español”. Como de esto no tenía ni la más mínima información fiable, hay que suponer que la dictadura se lo inventó, como se inventó tantas otras cosas a su mayor gloria y para el escarnio de sus adversarios.

Las cosas cambiaron en diciembre de 1956. A finales de año la muy gubernamental Oficina de Información Diplomática del MAE hizo público el inmortal mensaje que

“tras laboriosas gestiones realizadas en el extranjero a lo largo del año (…) ha sido recuperada la documentación original que resguarda el depósito de las reservas de oro del Banco de España, constituído en febrero de 1937. La familia del doctor Negrín y algunos españoles de su intimidad han colaborado eficazmente a esta recuperación. La documentación de referencia da al Gobierno español la base jurídica para pedir la devolución de ese depósito que alcanza, como es sabido, una cantidad muy elevada”

Como los pseudohistoriadores de VOX saben muy bien, para que una mentira tenga el efecto deseable tiene que contener algún grano de verdad. El problema para el historiador es siempre identificar lo verdadero y, seguidamente, lo falso. En este caso de toda falsedad.

¿Qué había de verdadero en el cuento de la lechera anterior? Lo único fueron los puntos siguientes:  las gestiones (no se indicó de qué naturaleza); la recuperación de la documentación original (no se indicó en qué consistía) y la referencia a la familia. Para despistar se insinuó que el número de españoles de la intimidad de Negrín fueron varios (es decir, al menos, dos). Y nada más. Todo lo demás consistió en disparar con fuego de artificio. Precisemos.

Sobre las gestiones: fueron la ocupación del eminente abogado del Estado Antonio Melchor de las Heras, que llevaba asesorando al MAE en las tareas de recuperación de activos españoles en el exterior. A veces se le identifica como “asesor jurídico” del MAE, pero solo lo fue, que sepamos, en el sentido indicado. En ningún momento, Melchor de las Heras (que debía estar al tanto de un montón de trapos sucios) fue el Asesor Jurídico o, para ser más exactos, jefe o miembro de la Asesoría Jurídica Internacional del Ministerio.

Sobre la naturaleza de las gestiones: consistieron en camelar por todos los medios posibles e imposibles a una (solo una) persona amiga de Negrín. Con sus altos y con sus bajos. Aprovechando que Negrín había empezado a escribir unas memorias de las que se han conservado dos capítulos (uno referido al envío del oro a Moscú y otro al asesinato de Andreu Nin por la NKVD soviética en junio de 1937).  El español “de la intimidad de Negrín” fue, como lo consignó en sus propias memorias, Mariano Ansó.

La fecha de constitución del depósito: no hubo error. Fue a principios de febrero de 1937. Exactamente el día 5. Servidor la dio a conocer, con el correspondiente análisis técnico-económico y financiero así como su evolución ulterior, en un libro publicado en 1976, pero ya antes había aparecido en alguna obra a la mayor gloria de Franco y, naturalmente, desfigurada por completo.

De esta noticia de la OID, aparentemente nada ambigua, hizo un gran alboroto la sumisa prensa española del momento, sometida a una censura estrictamente de guerra y manipulada desde el Ministerio de (Des)información y Turismo. Este alboroto lo recogió la prensa internacional que se apresuró a hacer sesudos  – y totalmente inexactos- comentarios. Los diplomáticos en puesto en España echaron su cuarto a espadas de cara a sus respectivas capitales y, como es su oficio, añadieron sus correspondientes observaciones que, por lo que sabemos, no dieron en el clavo.

Todo ello echó leña, rociada con gasolina, al fuego de las desavenencias entre los líderes del exilio republicano, probablemente uno de los objetivos que Franco, “el pillín”, tenía en mente desde el principio. Sobre Negrín recayeron los más negros y duros dicterios, que los embajadores españoles en el exterior repercutieron en sus despachos y telegramas al MAE. Habría que escribir algo con cierta extensión (servidor solo lo hizo para algunos casos) sobre el aluvión informativo que descendió sobre el Palacio de Santa Cruz.

Hay que reconocer que de los agravios contra el Negrín muerto se hizo también eco su antigo amigo y luego adversario que fue Indalecio Prieto que, entre paréntesis, estaba perfectamente enterado de lo que había ocurrido con el oro durante la guerra. Para Franco y su máquina de bien engrasada maquinaria de propaganda contra una opinión pública ayuna de conocimientos  miel sobre hojuelas. Una de las noticias más significativas la dio el, como siempre, bien dispuesto ABC. Este diario publicó el 13 de enero de 1937 un artículo de Manuel Martínez Feduchy, embajador del Gobierno republicano en el exilio, aparecido en El Universal de la capital azteca. Representativo, pero no suficiente.

Con otras ínfulas, el panfletario policía, y supuesto historiador, Eduardo Comín Colomer (todavía hay algunos despistados que lo citan como fuente) aprovechó para no dejar la mínima huella del menor rasgo que pudiera considerarse como algo tendencial a lo ligeramente positivo de la figura de Negrín. No puedo resistirme, teniendo a VOX en la mente, a reproducir algunas de sus lindezas:

“Fueron tan grandes sus errores y de tal magnitud sus desaciertos que, cuando en el transcurso de los años la Historia dé su veredicto, juzgando ponderadamente la actuación, los resultados le serán contrarios reconociendo, en cuanto a carácter, una egolatría personal que llevada a sus últimas consecuencias nada apreciable arrojó en los que por él fueron gobernados en la zona roja, y por lo que se refiere a su obra política, el fiel servicio al comunismo constituyó toda su orientación”.

Aprovecho la ocasión, que suele pintarse calva, para expresar aquí a la editorial que ha republicado la inmarcesible obra del policía en cuestión  -ya lo he hecho en otro lugar- mi personal agradecimiento por su admirable gesto de poner al alcance de todos los interesados esta maloliente basura que respondió al título de La República en el exilio, 1937-1957 y que había aparecido en la no menos connotada editorial AHR barcelonesa, tan famosa en aquellos inolvidables años cincuenta.

(continuará)

Lo que ya decía Franco sobre «El oro de Moscú» (III) – Una información para Vox y sus terminales mediáticas

27 octubre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es axiomático que una copia no vale, por lo común, tanto como el original. Este principio encuentra plena validez en las pálidas estulticias que ha desparramado por las redes el nuevo partido que quiere ir el primero en la cabalgata de la SUPER derecha española, dejando detrás y arrinconado al inolvidable notario Blas Piñar. Hoy he dedicado mi tiempo en ver en el ordenador la segunda parte del debate de investidura. Ciertamente, lo ha dejado atrás. Lo que no sé es  por qué VOX se fijó el mes pasado en el traslado a Cartagena del famoso oro del Banco de España, como si se hubiera tratado de un latrocinio ya no del Gobierno de la para él execrable República sino del PSOE.  Es posible que aprendieran del general Franco. Aquí me limitaré a exponer unas cuantas de las muy numerosas declaraciones del invicto Caudillo a lo largo de la guerra civil y de la postguerra.

SEJE hizo del “oro de Moscú” un arma muy poderosa en términos de propaganda y de lavado de cerebros para explicar unas cuantas ideas primarias: la más importante fue que los republicanos fueron unos ladrones; la segunda, que el “robo” del oro había privado a su España  de los recursos que necesitaba para promover el desarrollo económico de “su” país; la tercera, que, a pesar de todos los obstáculos que los malvados socialistas y comunistas habían interpuesto, él había derrotado tan ignominiosos propósitos con la fuerza de su acrisolada voluntad. Ergo, los españoles todos, pero en particular la derecha, deberían estarle eternamente agradecidos. (En este breve resumen confío no traicionar su pensamiento). Para ello dejó por el camino algunas perlas que brindo a los amables lectores, pero también a los genios publicísticos que idearon la campaña de VOX para que, si pueden, la completen y continúen repercutiéndola. Aniversarios no faltarán.

Franco empezó su matraca ya durante la guerra. Así, por ejemplo, en junio de 1937 proclamó:

“Al ver que aquí, en el solar de origen, se destruía todo lo que fundaron con esfuerzo nuestros mayores y con la material destrucción de las ciudades la ley civil quedaba hollada por los suelos, y todo era desorden y anarquía, el ejército español, sacando heroicos arrestos, desnudó su espada, y ya antes de que concluya esta guerra, al apurar las últimas etapas del triunfo, hemos plantado el árbol de la justicia para el pueblo; para un pueblo que, pese a las costosas necesidades bélicas, sin el oro robado y dilapidado por el enemigo, tiene abundancia de pan y exactitud de justicia, porque el Estado en armas vela por él”

No cabe duda de que la tortuosa dicción es del propio general. Que el pan abundara en la zona franquista no era de extrañar, dado que desde el primer momento las grandes extensiones cerealícolas habian caído bajo el yugo de los sublevados, que inmediatamente hicieron sentir su mortal abrazo sobre una población cautiva. Obsérvese la referencia al pan y a la justicia, uno de los lemas de la inolvidable Falange prostrada ante Franco. Era muy oportuna ya que el discursito que la contiene estuvo dirigido a las huestes falangistas en Argentina.

En unas declaraciones del mes siguiente al enviado especial de United Press, Franco le contó su versión favorita de la fábula de la lechera:

“ Lo mismo desde el punto de vista económico que desde el militar, España se basta a sí misma para continuar la guerra con sus recursos (…) Los billetes nuevos se hallan garantizados por el oro recogido por suscripción, que cada día se amontona en las cajas de los bancos (….) y por el oro rojo que, a no dudarlo, será repatriado en breve”.

¿Ayuda nazi? ¿Ayuda fascista? ¿Ayuda de bancos y empresas anglo-norteamericanos? Rien de rien. He subrayado lo de la repatriación, dado que se convertiría en una de las fábulas de la dictadura.  Franco estaba perfectamente enterado de que el oro se había exportado al extranjero pero ya, en 1937, daba entender que los receptores, amablemente, se lo devolverían. Así fue pero se refería a otro oro: al remanente de un depósito hecho en 1931 por Indalecio Prieto en la sucursal del Banco de Francia en Mont-de-Marsan. Y ahora ha llegado VOX y ultrajado su recuerdo.

Eso sí, de puertas adentro, el mismo mes de julio, el invicto Caudillo declaró al siempre servicial ABC sevillano:

“Contamos con la propaganda de los representantes diplomáticos que han sido en Madrid testigos de los crímenes y atrocidades realizados por los que muchos llaman todavía gubernamentales. Lo malo es que nos conocen los gobiernos, pero no los países, porque los rojos han derramado a manos llenas el oro robado al Estado y a los particulares para hacer por toda Europa una intensa propaganda de infamias y calumnias contra nosotros”.

Claro, ¡cómo no! Mientras tanto la pobre España eterna, la suya, lampaba en la opinión pública extranjera. Ahora bien, si el oro se había derramado en propaganda a raudales, ¿de quién iba a recuperarse la calderilla?

Veamos ahora unas declaraciones de SEJE al corresponsal del incomensurable The Times londinense (en la época de su comprensión de las dictaduras fascistas) en junio de 1938:

“Los asaltos a los bancos, la violación oficial de las cajas fuertes, la incautación y el envío al extranjero del oro que encontraron en toda la nación, realizado todo ello contra la Constitución, las leyes del Estado y el Derecho natural, caracterizan la personalidad de los (…) rojos”

Aquí Franco se erigía en exigente defensor de la Constitución (¿de 1931?) -la anterior estaba ya un poco trasnochada) y de las leyes del Estado que él mismo y sus mesnadas estaban arrasando. Además de un derecho natural del que se constituyó en intrépido exégeta. Ahora bien, si el oro se había enviado al extranjero ¿cómo se recuperaría? Con una pequeña sonrisa en los labios, hemos de reconocer que alguno de tales desvaríos figura en el tipo de “información” cara a VOX.

Podría pensarse que lo que antecede era propaganda de guerra. Demos, pues, un salto de tigre hasta 1944. Ante el Consejo Nacional del Movimiento exclamó, entre amiguetes,

“La verdad española (sic) tiene que abrirse paso a duras penas entre la serie de calumnias e insidias desencadenadas por los rojos expatriados con el propio oro español robado de los depósitos del Estado y de los tesoros de la Iglesia y de los particulares. No en vano constituían la escoria de la nación y como tal tenían que comportarse”.

Encarezco a los amables lectores la expresión en negritas y en itálicas. Es la mejor definición que he encontrado hecha por Franco de sus vencidos enemigos, los malos, los malvados republicanos que merecían su desprecio más absoluto y la sangrienta represión que había emprendido contra los que no habían escapar a sus amantes garras.

¿Qué dijo SEJE en el discurso inaugural de la segunda etapa de sus sumisas Cortes, el 14 de mayo de 1946? Perlas inmortales de las que VOX podría extraer mucho provecho:

“Y el desgobierno de tantos años nos presentaba los problemas con caracteres de catástrofe. El despojo del oro y de las riquezas españolas por aquellos malvados que, tras saquear nuestras arcas, traicionaron a sus huestes, agravó la situación, disminuyendo las posibilidades adquisitivas de nuestra nación”.

Obsérvese el dardo mortal. Se habían escapado del alcance de su vengadora espada pero hay que suponer que Casado y Besteiro merecerían su elogio, aunque el primero se había dado el piro, por si las moscas. (El segundo había fallecido en la cárcel de Carmona).

El 19 de marzo de 1957 hizo unas declaraciones al corresponsal de The New York Times. Fueron palabras mayores.

“La situación que heredamos de una balanza de comercio exterior desfavorable, unida al despojo de nuestras reservas de oro transportadas a Rusia y a México, privó a España de los medios naturales de respaldar su moneda en el exterior, teniendo desde entonces que realizar sus compras en los mercados exteriores con divisas extranjeras”.

Estas declaraciones son muy importantes porque se produjeron en el año 1957. Veremos en el próximo post que se contradecían con la propaganda que, simultáneamente, declaraba que España estaba en condiciones de solicitar de Rusia la devolución del oro del Banco de España.  Quizá porque gracias a la divina providencia, el corazoncito de Don Juan Negrín se había ablandado de tal suerte que su hijo -debidamente engatusado-  había creído cumplir con una de sus últimas voluntades. Por ello había devuelto al Estado español el original del acta de constitución del depósito de oro en Moscú veinte años antes.

Por lo demás, después de otro tanto tiempo de estar en el machito, el victorioso e invencible general todavía no se había enterado de cómo había ido sorteando el comercio exterior español las consecuencias de la depresión económica internacional en los años republicanos (lo que no es de extrañar, ya que una parte de su tiempo se había dedicado a otras cosas) y después continuó haciéndolo en los años de la guerra mundial y posteriores. El había discutido mucho, según dijo, “con el glorioso Calvo Sotelo”, muy “influído por el mito del oro”, pero Franco creía que “la nación más rica [no es] la que más oro posea. La riqueza y la independencia de una nación dependen de las materias primas con que cuenta” (en declaraciones al “pelota” máximo de la época, Manuel Aznar, el 31 de diciembre de 1938). Por eso había permanecido impasible ante una política económica agresiva del Tercer Reich que desviaba materias primas  y alimentos desde una España hambrienta hacia una Alemania que armada hasta los dientes y dispuesta a salvar la civilización occidental (los judíos no formaban parte de ella) de la amenaza existencial que representaban los lobos de la estepa allá por tierras del Este europeo.

De tener en cuenta alguna de estas declaraciones (hay muchas más) los seudohistoriadores de VOX podrían esgrimir “argumentos” algo más sofisticados, y respaldados con mayor autoridad, que las lindezas que propagaron en el aniversario del comienzo del traslado del oro del Banco de España hacia los depósitos en los polvorines de La Algameca en el puerto de Cartagena.

En el próximo post veremos algo de lo que Franco no decía al público y de lo que VOX podría, quizá, aprender mucho más.

(continuará)  

El Oro de Moscú: respondiendo a Vox (II)

20 octubre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace unas semanas escribí, reteniéndome la risa, un post sobre la interpretación de VOX  sobre la evacuación el famoso “oro de Moscú”. Luego fui al hashtag #orodemoscú donde se encuentran auténticas maravillas de mala uva, mala milk y mala interpretación. Reproducidas por muchas personas. Alguna miles de veces. Es evidente que servidor no puede ni quiere oponer sino una pequeña puntualización histórica a una horterada que mezcla burradas y hechos innegables. No es negable, por ejemplo, que el Gobierno de Largo Caballero en octubre de 1936 enviase casi tres cuartas partes de las reservas de oro del Banco de España a Moscú. Es un hecho tan cierto como que los mendaces autores voxistas terminarán donde todos lo hacemos: en el cementerio. Pero mientras llega ese momento pueden hacer mucho daño a la conciencia histórica y política de los españoles con sus camelos trumpianos o, si prefieren que no los ligue con tal adalid del universo universal, me contentaré con dejarlos en abyectos.  

Sin embargo, nadie podría decir que los camelistas de VOX son equívocos en su mensaje. Ruego a los lectores que hagan una pequeña operación aritmética para calibrar la significación de la cifra de 141 años que figura en su tuit. Es el resultado que se obtiene tras restarla al año actual, 2020: 1.879. Sin duda los autores estiman en alto grado el coeficiente intelectual de sus lectores (aunque tal vez con reservas, como veremos seguidamente).

Si apelamos a Mr. Google en busca de socorro y ponemos en el “busca” 1879 + PSOE nos lleva a la página correspondiente de Wikipedia. Como es sabido no es siempre una fuente fiable sobre todo en temas históricos y políticos pero en este caso no falla: nos informa que fue en tal año cuando se fundó dicho partido en una pequeña taberna llamada Casa Labra que estaba (no sé si con la pandemia sigue en la misma dirección o ha cerrado sus puertas) en una calle pegada a la Puerta del Sol madrileña.

Es decir, para los lectores lo que el tuit transmite es la idea que, desde su misma fundación, el PSOE se dedicó con fruición a robar. ¿A quién?:  ¿Al Estado?, ¿Al Gobierno?, ¿Al Ayuntamiento?, ¿a las empresas municipales?, ¿a las cajas de ahorro?, ¿a las tiendas de empeño?. ¿En el Rastro? No se especifica: simplemente afirma con envidiable rotundidad pero paradójicamente con escasa concreción:  “a lo público”.

Personalmente desafío a los grandes “historiadores” (entre comillas) que sin duda han  cavilado durante largas horas para lanzar este tipo de campañas (el hashtag da para mucho recorrido) a que den ejemplos, referencias, autores serios que la avalen. En primer lugar hay que tener en cuenta que las concomitancias del PSOE con lo “público” empiezan realmente en 1931, el año fundacional de una República a la que rápidamente empezaron a combatir los monárquicos, muchos conservadores, los beatos, los carlistas, los prefalangistas y falangistas con sus habituales armas, es decir, con la subversión, el engaño, la mentira, una propaganda anticipo de la actual y una conspiración apoyada ¡oh, cielos!, por la Italia fascista. En segundo lugar no conviene olvidar que durante ese período el PSOE estuvo en el gobierno únicamente desde la etapa del provisional (abril de 1931) hasta las elecciones de septiembre de 1933. ¿Podrían demostrar con evidencia primaria relevante de época los “gentlemen” de VOX que Largo Caballero, Prieto y De los Ríos metieron la mano en los caudales públicos? De lograrlo harían un gran favor a la historiografía. ¿Lo hicieron tal vez en lo que algunos dieron en llamar la “primavera trágica”, de febrero a julio de 1936? El PSOE no estuvo en el Gobierno. No llegó a él hasta septiembre del mismo año y, esto sí es cierto, no lo abandonó hasta el final de la guerra civil. ¿Podrían los historiadores de VOX demostrar cuándo los ministros socialistas se enriquecieron durante el conflicto?

Claro que entonces cabría pedir a tan ilustres tejedores de leyendas que tuvieran la amabilidad de explicar a los españoles que no vivimos aquellas circunstancias tan dramáticas cuál fue el comportamiento financiero, y cómo lo calificarían, que NO exhibió públicamente el héroe inmarcesible, la figura estelar, el superhombre que salvó a la PATRIA de los demonios del comunismo, del socialismo, del anarquismo, del liberalismo, de la masonería, de los rosacruces, de los ateos, de los librepensadores y otros productos del averno. Me refiero, claro está, a Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE), generalísimo de los Ejércitos, jefe del gobierno y, por añadidura, del partido único de longitud kilométrica que duró hasta poco después de la muerte de tan excelso y exaltado lider. Al fin y al cabo es posible demostrar con papeles que guarda celosamente la Fundación Nacional que lleva su nombre que mientras sus soldados morían en los frentes y se desangraban en los hospitales de la retaguardia él se había ocupado de conseguir una meta tan histórica como la de ganar la guerra: la de forrrse el riñón. Es más,  continuó después como demuestran papelines conservados en el Archivo de Palacio en plan de importador (no inscrito en el registro de comerciantes) de un producto como el café, casi inencontrable para el ¿99 por ciento? de los españoles de la época.

También tendrían que demostrar tales agitadores no de medio pelo sino de abundante tupé que que antes de la denostada Segunda República los gobiernos de la Monarquía (incluída su fase dictatorial primorriverista) habrían sido un dechado de virtudes y que no existió corrupción económica y financiera entre las filas de los esclarecidos gobernantes que España padeció durante tanto tiempo. Dado que la historiografía más solvente lo presenta como un tiempo en que tal fenómeno hizo estragos supongo que lo tendrán difícil.  

Volvamos al hashtag. Desde que el profesor Enrique Fuentes Quintana (qepd), a la sazón director del Instituto Fiscales del Ministerio de Hacienda y posterior vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía, me pidió en 1974 que explorase el temita del “oro de Moscú” me puse a la tarea. No creo que ninguno de los historiadores voxistas (si los hay, que den un paso al frente) se hayan dejado muchas pestañas consultando la documentación del archivo (hoy) del Banco de España, pero entonces también del Centro Oficial de Contratación de Moneda, del Instituto Español de Moneda Extranjera, del Ministerio de Hacienda y de algunos otros repositorios, públicos y privados, incluso en el extranjero para desentrañar lo que pasó con el dichoso oro.

Es muy simple. Se utilizó para pagar armas soviéticas con las cuales defenderse de una rebelión apoyada por personajes tan recomendables como Hitler y Mussolini e, indirectamente, por las democracias occidentales (Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Suecia, Suiza, Bélgica, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, etc.) que le negaron en coro el derecho a su legítima defensa a través de dos mecanismos:

  • Con el cortocircuito de la Sociedad de Naciones, única organización con capacidad para sancionar a los agresores contra uno de sus miembros
  • El Comité de No Intervención, sin carta ni tratado fundacional alguno y establecido para más inri en Londres, cerca de unos cuantos esforzados enterradores bien entrenados en China o Etiopía.

Ahora bien, con armas solo no era posible resistir. No sirven para comer ni para producir (excepto muertes, heridos y destrucciones). Hubo que financiar todo el esfuerzo de la economía no bélica. Es decir, pagar las importaciones de bienes de todo tipo (desde materias primas, productos semi y manufacturados, energéticos, alimenticios) y también el sector bélico del aparato productivo. Tales importaciones también  había que pagarlas. ¿Con qué? Con las divisas obtenidas por la venta del oro a la URSS. Este arreglo de concepción tan simple lo he ido desmenuzando en media docena de libros, concretando más cada vez, aunque todavía no he terminado. 

¿Y qué hizo Franco? Algo mucho más simple: endeudarse. Es decir, endeudarse hasta las cejas con Juan March, las potencias fascistas y otros suministradores occidentales. Los más importantes de entre estos últimos incluso pensaron que tras ganar la guerra, el Caudillo acudiría a ellos y a la sacrosanta City. ¡Error! ¡Error gravísimo! Franco, lógicamente, prefirió tornarse hacia sus aliados, hacia quienes le habían ayudado a ganar su guerra: es decir, a las potencias fascistas. Y no pagó su deuda del todo a quien más le apoyó: la Alemania hitleriana,. Lamentablemente, gracias al mayor genio militar de todos los tiempos (Hitler: Gröfaz, para los entendidos) el Tercer Reich fue perdiendo poco a poco su guerra mientras sus conciudadanos desparramaban su sangre a chorros (¡por das Vaterland!) y los más listos se dedicaban a masacrar judíos, resistentes y a todo el que se ponía por delante. Así que, a partir de cierto momento, el inefable y supervictorioso Caudillo, gran estratega, envió a su camarada de lucha anticomunista un sentido ¡auf Widersehen! Supongo que el Señor, en su infinita sabiduría, sabrá qué hacer con la memoria de ambos. El pueblo alemán ha ajustado cuentas con su exFührer. El español, todavía no con el suyo.

¿Quedan cosas por descubrir sobre “El oro de Moscú”? La respuesta es afirmativa pero son relativamente menores. ¿Han hecho, por ventura, algo al respecto los sin duda reputados, pero ampliamente desconocidos, historiadores de tan excelsos y patrióticos partidos como los que se han compinchado recientemente en el Excmo. Ayto de Madrid? La respuesta es no.  

Otros historiadores no han estado de acuerdo siempre con todas mis afirmaciones. Lo normal. Escribir historia es un tejer y destejer continuos. Pero algunos contribuimos a alumbrar el pasado y otros, en este caso el PP, C´s y VOX, lo dificultan todo lo que pueden. En lo que a mí respecta no me parece aceptable dejar pasar afirmaciones “trumpianas” ya que, al menos todavía, no “gozamos” de las bendiciones de un esclarido Trump español.

Pero es que, además, VOX o sus consejeros en materia de historia ignoran hasta lo que les favorece. ¿Por qué no publican, por ejemplo, un extracto con comentarios de algunos de los pronunciamientos magistrales, más o menos solemnes, de SEJE sobre “el oro de Moscú”? Enseñarían algo a sus votantes de la actualidad. Claro que hay un peligro: que pudiesen comprobar cómo el nuevo partido realmente no tiene demasiada imaginación en comparación con el invicto e inolvidable Caudillo.  Daré algún ejemplo en el próximo post y así todos tendremos oportunidad de seguir riendo. Es lo mejor que cabe hacer en tiempos de pandemia.

SOBRE LA DECISIÓN DEL EXCMO. AYTO. DE MADRID A INICIATIVA DE LOS PARTIDOS VOX, CIUDADANOS Y POPULAR EN TORNO A LARGO CABALLERO Y PRIETO, DE ULTRAJADA MEMORIA

19 octubre, 2020 at 1:37 pm

Ángel Viñas

Los amables lectores de este blog estarán, quizá, un poco hartos del hincapié que he hecho en la reciente decisión de los señores y señoras ediles del Ayuntamiento de la capital de España de quitar los nombres de dos calles de la ciudad a Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. Posteriormente, unos cuantos albañiles han eliminado la placa que recordaba, en la Plaza de Chamberí, el lugar de nacimiento del primero. Algunos desalmados han descendido al nivel de las letrinas y han pintarrajeado en rojo (color muy apropiado para los vándalos) las estatuas de ambos políticos socialistas en los Nuevos Ministerios madrileños. El Excmo. Consistorio ha expresado, siempre amable, el deseo de que se las retire. Las estatuas. No las pintadas. Por desgracia el área en que están levantadas no es propiedad del Excmo. Ayuntamiento sino del Gobierno de la Nación.

Como es sabido, la decisión de los ediles miembros de VOX, Ciudadanos y el PP suscitó numerosos revuelos en los medios de comunicación y en las redes sociales. Inmediatamente se preparó un informe técnico sobre la actuación de Largo Caballero y Prieto en la historia que circuló por ambos conductos. A este informe técnico la respuesta de la grey de docentes e historiadores fue inmediata. Al viernes pasado lo habían suscrito más de trescientos hombres y mujeres conocedores del pasado español y, en especial, de los años de la denostada República y del exilio. La lista la publico separadamente. Espero que también aparecerá en otros blogs. Merece la pena.

¿Cuántos son quienes, con autoridad, han intentado contestar al informe-técnico? Que yo sepa, ninguno. Claro que entre los preclaros miembros del PP, Ciudadanos y VOX, el elenco parece limitado.  Es cierto que alguien, que no mencionaré, ha hecho algunos comentarios negativos sobre Largo Caballero. Pero, ¿puede reprochársele que azuzara al PSOE, vía supuestamente revolucionaria, a que se levantase en armas contra los Gobiernos de 1936? No. Es cierto que una facción socialista predicaba la revolución. Otra siempre se opuso. ¿Qué pasos dieron una u otra para poner en práctica su verbalismo? Que lo cuenten..

El PSOE siguió apoyando a los dos gobiernos que hubo tras las elecciones de febrero. Con desgarros, ciertamente, pero desgarros internos. ¿Movió Azaña un dedo para manipular al PSOE? Azaña prefirió, probablemente, que Prieto hubiese sido su sucesor y se ha dicho que Prieto hubiese impedido el golpe. Esto es mera especulación. Quizá sí, quizá no.

En mayo de 1936 el golpe, en mi opinión, era difícilmente parable. Ya lo había advertido a Mussolini en octubre de 1935 el exaltado Don Antonio Goicoechea, con toda su autoridad de celoso conspirador y pedigüeño de las dádivas fascistas,  en nombre de los monárquicos y de un sector del Ejército. ¿ES QUE LA DEMOSTRACIÓN DOCUMENTAL DE TAL FECHORIA NO HA CIRCULADO?

Ahora bien, yo nunca he especulado ni sobre Largo Caballero ni sobre Prieto y espero demostrar que el no especular conduce a otros resultados. Lo que es necesario es, con EPRE, modificar la perspectiva tradicional.

En todo caso, la responsabilidad de la guerra civil NO RECAE EN EL GOBIERNO AZAÑA O CASARES QUIROGA. RECAE EN LOS CONSPIRADORES Y EN SUS SOPORTES MEDIÁTICOS Y FASCISTAS. PORQUE PARECE EVIDENTE QUE LA DIRECCIÓN DEL ABC Y DE LA NACIÓN, POR CITAR DOS EJEMPLOS SEÑEROS,  ESTABAN AL TANTO Y LA FALANGE PRIMORRIVERISTA, QUE ALGUNOS QUIEREN TODAVÍA RESCATAR DE LA IGNOMINIA, TAMBIÉN. Y QUE EL SEÑOR GIL ROBLES SE DEJÓ ARRASTRAR, ESTUVIESE ENTERADO O NO DE LA CONEXIÓN FASCISTA.

En lo que sigue haré unos comentarios estrictamente personales a la acogida del informe técnico.  No busquen los amables lectores tres pies al gato. Solo quien esto escribe es responsable de tales comentarios.

  1. Llama en primer lugar la atención que en cuestión de un par de semanas un tan elevado número de firmantes se haya declarado dispuesto a apoyar dicho informe. A una gran parte de ellos los conozco personalmente o, con frecuencia, por sus obras. A otros, no. Están representadas varias generaciones de los historiadores que han trabajado o trabajan sobre la España contemporánea. Proceden de una gran variedad de tradiciones culturales y dominan, al lado de la española, la francesa, la británica y la latinoamericana.
  2. Sin duda se trata de mujeres y hombres con experiencias muy diversas y de edad muy varia. Unos son jubilados, otros estarán a punto de llegar a esta fase de sus carreras profesionales, muchos se encuentran en plena producción, otros ya han empezado la gran aventura de la docencia y de la investigación, hay quienes se hallan en períodos de formación, etc. La disparidad es muy amplia. Unos trabajan o han trabajado en Universidades, otros en los tramos de la segunda enseñanza. No faltan quienes están en centros de investigación. ¿Qué los ha unido?
  3. No es exagerado afirmar (pero estoy dispuesto a que se me corrija) que probablemente ha sido la desazón ante una decisión de unos, tal vez eminentes políticos municipales, pero que carecen de formación histórica o, lo que es más grave, de curiosidad histórica. Dado que la iniciativa ha procedido de un nuevo partido que solo cabe caracterizar de ultraderechista, es verosímil que algunos lectores se hayan hecho cruces ante la reacción de otros partidos que presumen de ser centristas o de centro derecha. Pero el que calla, otorga y el que vota a favor, debe cargar con la responsabilidad por sus actos. Bye-bye al “centrismo” que predican.
  4. Tal vez algunos, como quien esto escribe, se hayan preguntado qué tiene España de diferente, al no practicar una política de “cordón sanitario”, como se ha hecho y se hace en países de gran influencia sobre, o admirados en, nuestra sociedad (Francia y Alemania en primer lugar) y cuyos representantes en el Ayuntamiento de Madrid se han dejado llevar por las muy peculiares concepciones históricas proferidas por un partido como VOX.
  5.  Personalmente me pregunto, en tanto que mero firmante del informe técnico, ¿será capaz tan novedoso partido de suscitar una respuesta parecida de historiadores que le sean afines y que desmientan los argumentos que en él figuran? ¿Lo hará Ciudadanos? ¿Y qué decir del PP? No conozco a nadie que exhiba su pertenencia a VOX  y haya salido al ruedo (intelectual, por supuesto) y demolido con argumentos históricamente fundados las razones por las cuales la decisión del Excmo. Ayuntamiento de Madrid no es absurda y sí motivada por razones de política presentista y llena de resquemor. En todo caso, poco confesables, porque las que ha aducido VOX no son de recibo en términos de historiografía. Y, si no, que alguno de sus escuderos en la Universidad, en los Institutos o en los centros de investigación las defienda

 ¡Ah!, pero si se trata de política baja y rastrera (por parafrasear a W. H. Auden), entonces habrá que esperar y desear que otro consistorio, de signo diferente, revierta tal decisión y muestre que, al menos un sector de la población madrileña, es capaz de recordar algo de su historia auténtica en las antípodas de las mentiras que unos cuantos ediles, eso sí, en mayoría, se empeñan en hacer tragar, por las buenas o por las malas, a sus conciudadanos.

La batalla por los nombres de las calles de Madrid -o de otras ciudades españolas- no es sino la manifestación de que algo no se ha hecho bien en nuestro país. No conozco en Alemania ninguna Göringstrasse o ninguna Goebbelsplatz. No hay que referirse al innombrable caudillo austríaco de la época.  Tampoco en Francia conozco una Allée Maréchal Pétain o una rue Pierre Laval. Por no hablar de Bélgica con las impensables Avenues Léon Degrelle. Y cito estos casos por poner unos ejemplos mínimos.

Claro es que algunas sociedades aprenden y saben historia. Me temo que los políticos del PP, Ciudadanos y VOX, no. Porque, claro, no me atrevo a pensar que se trate de personajes ignorantes, de corto aliento, barriobajeros. No, eso no. ¡Por Dios! ¿Quién podría pensarlo?  

Nuevo curso, nuevos libros (V)

13 octubre, 2020 at 8:30 am

UN LIBRO ACADÉMICO SOBRE EL PCE TRAS LA GUERRA CIVIL

Ángel Viñas

Los libros académicos productos de tesis doctorales no suelen conseguir que los corazones de los eventuales lectores latan más deprisa. Sin embargo, son tales obras, que por supuesto muchos de los comentaristas que nos ahogan con su supuesta sapiencia jamás estarían en condiciones de escribir, las que suelen abrir camino. Incluso una parte de los señores y señoras concejales del Ayuntamiento de la capital de España hace poco que han autodeclarado erigirse en historiadores. Han creído las estupideces de uno de sus colegas de VOX y han desbarrado. Este nuevo partido está tratando de reconvertir la experiencia republicana de antes de y en la guerra civil en una pugna entre buenos (los vencedores) y malos (los vencidos). No parece que hayan leído ningún libro serio, aunque probablemente se han intoxicado, como si fuera una droga sicodélica, con la propaganda que esparcieron quienes sí quisieron -y ganaron- la guerra civil.  

En esta propaganda y en la de después Franco y sus secuaces presentaron siempre al PCE como el diablo encarnado. En las semanas de este siniestro verano ha habido un infame ejemplo de alguien, para mi innombrable, que ha lanzado improperios fulminantes contra las denominadas “Trece Rosas”, un grupo de chavalas vilmente asesinadas en 1939 bajo la acusación de que preparaban poco menos que una insurrección comunista. Pensar que el autor de tamaño disparate, o los ilustres concejales de Vox, PP y Ciudadanos, hubiesen echado un vistazo a lo escrito sobre el tema sería como pedir peras al olmo. Por mucho que lo pidan e imploren este tipo de árboles no las dejará caer.

Por eso me ha interesado mucho la obra que, objeto de una tesis doctoral dirigida por un excelente historiador -y buen amigo mío-, el profesor Luis Enrique Otero Carvajal, exdecano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, ha escrito Carlos Fernández Rodríguez.

Carlos Fernández Rodríguez: LOS OTROS CAMARADAS, Prensas de la Universidad de Zaragoza

Este muchacho se ha encerrado en una veintena de archivos durante años, ha mirado críticamente la prensa de la época, ha entrevistado a una treintena de personas en busca de testimonios orales directos e indirectos y, secundariamente, ha echado mano a una bibliografía impresionante. El resultado es un libro con el sugestivo título de LOS OTROS CAMARADAS pero que se acota inmediatamente en el subtítulo: El PCE en los orígenes del franquismo, es decir, en el período de la más cruenta represión contra la izquierda después de terminado el período bélico de la guerra civil: 1939-1945. Digo esto porque siempre tengo in mente la afirmación de un comandante de puesto de la Guardia Civil en 1939 y que inmortalizó Francisco Espinosa: “la guerra ha terminado; la campaña continúa”.

Carlos Fernández Rodríguez se propuso investigar los orígenes de la oposición antifranquista a través de la actuación del PCE en el interior entre 1939 y finales de 1944/ principios de 1945. En contra de lo gritado, vociferado y desbarrado por los meapilas de la nueva dictadura (“no se es nunca suficientemente anticomunista”) como los eminentes autores Mauricio Karl (seudónimo de Mauricio Carlavilla del Barrio) o Eduardo Comín Colomer, ambos policías y ya famosos antes de la guerra. Carlos parte de la tesis, que Fernando Hernández Sánchez y servidor ya habíamos apuntalado, que la reconstrucción del PCE se caracterizó por una falta de preparación para la clandestinidad. Un rasgo común de comunistas, libertarios, socialistas y demás organizaciones leales a la República. Fue un proceso en el que en todos los casos se repitieron constantemente reorganizaciones y delegaciones internas en una pugna llena de sobresaltos ante las fuerzas del orden, con multitud de caídas, detenciones, encarcelamientos, condenas, torturas y fusilamientos.

         En el caso del PCE (los del PSOE y de los anarquistas no se estudian en este libro) las reestructuraciones y las labores clandestinas las protagonizaron miles de militantes. Muchos fueron encarcelados y ejecutados. La resistencia estuvo, desde luego, marcada por la desunión entre las distintas organizaciones republicanas, la desorganización entre los militantes y la falta de medios. Todo ello se entremezcló con estrategias impuestas desde el exterior, subordinadas a las variaciones de la política internacional mientras el régimen no dejaba de esgrimir la “amenaza” que los vencidos, y singularmente los comunistas, representaban para la PAZ de Franco (es decir, la de los paredones).

            Se ha estudiado bastante bien la propaganda de la dictadura para hacer ver a los aliados occidentales el peligro comunista que acechaba a todos. Personalmente no puedo olvidar que, en el diario privado de uno de los ministros de Asuntos Exteriores de la época, el teniente general conde de Jordana, su prologuista (un afamado historiador ya fallecido, qepd) se las apañó para silenciar uno de esos encuentros que tuvo con el embajador norteamericano Carlton J. H. Hayes, historiador, catedrático de la Universidad de Columbia, católico devoto, y cuya gestión ha dado origen a una interesante literatura.  El eminente ministro (que ya había sido responsable del derrame de alguna sangre en la guerra civil) se preocupó de llevar al ánimo de su interlocutor que el conflicto mundial en curso era una arruguilla pasajera en el gran libro de la Historia. Un conflicto de chicha y nabo, en términos coloquiales que, naturalmente, él no se rebajó a utilizar. En su ilustrada opinión, el conflicto fetén, permanente, estructural, era el que contraponía a los regímenes católicos (el español, por ejemplo) contra los sin Dios, contra los que se atrevían a poner patas arriba el orden social, es decir, los comunistas. Lo mismo que se había dicho en los años veinte.

         Los protagonistas del libro de Carlos Fernández Rodríguez son los militantes de base que formaron parte de sectores y radios en los diferentes comités locales, provinciales y regionales. Con sus centenares de pequeñas historias entrelazadas de quienes no fueron la “dirección”. Una multitud de esfuerzos individuales y colectivos realizados por combatientes políticos y sociales de base, anónimos en su mayoría. El autor ha hecho todo lo posible para extraer de las sombras del pasado estas historias con el propósito de que sus lectores puedan comprender el papel de los comunistas en la lucha contra la dictadura; preparados y formados para un combate sacrificado a pesar de las detenciones, las torturas, los encarcelamientos y los fusilamientos.

         Personas comprometidas, luchadoras y combatientes contra la imposición totalitaria y dictatorial del Ejército, de la policía y, ¡cómo no!, de la Falange. Historias de personas sin historia, cuyas vidas clandestinas ven la luz en este libro. Un capital humano y un colectivo social importante que asumió una parte de la lucha clandestina en los años más duros del franquismo. El autor se esfuerza en dar a conocer al lector toda una serie de relatos humanizados de la cultura militante con los cierres de filas y los comportamientos ante las disputas internas y en las políticas del PCE.

         Destaca en ello una de las principales misiones de los comités directivos subterráneos para reclutar al mayor número de posibles combatientes en la sombra y abanderar la lucha clandestina. La captación y la movilización de afiliados y simpatizantes fue una de las labores más sacrificadas debido a la represión y por la elevada lealtad que se exigía a quienes participaban en tales tareas.

         Dentro de las reorganizaciones subterráneas se tuvo en cuenta cómo tenían que ser las rígidas normas y pautas de comportamiento y las instrucciones de seguridad para evitar las detenciones y sobrevivir en las sombras, una labor que, como Fernando Hernández Sánchez ha mostrado en varios libros, siempre tuvo que tener en cuenta las infiltraciones de la policía política. Carlos Fernández muestra en este libro que muchos de los miembros de los comités incumplieron esas normas de seguridad. El miedo y la desconfianza fueron factores permanentes al lado del acoso policial y la posibilidad de que alguno de los supuestos camaradas fuera un delator o confidente.

Como varias de las novelas de Almudena Grandes han puesto de manifiesto a un público mucho más amplio, el temor de no pasar la prueba de la supervivencia estuvo muy presente entre los contrarios al régimen. Aquellos comités fueron desarticulándose rápidamente por la presión policial y la represión. A pesar de todo, las reestructuraciones fueron continuas para seguir con la lucha y la resistencia.  Los casos de las caídas con Heriberto Quiñones, Jesús Bayón, Jesús Carrera, Jesús Monzón, Agustín Zoroa,  etc no impidieron que la lucha antifranquista siguiera adelante con el continuo envío de cuadros procedentes de Francia y de América Latina.

         Los deseos y las aspiraciones de muchos militantes quedaron en el olvido. Carlos Hernández justifica la necesidad de reivindicar su pasado y su memoria. No en vano se trató de personas que estuvieron represaliadas y reprimidas social, política e ideológicamente, que supieron superar aquellas dificultades y contar las experiencias vividas con su propia conciencia política y con la idea de que no querían vivir bajo una opresión dictatorial. Narrar sus vivencias y los años de combate son elementos que no pueden faltar en la construcción de una mejor historia y, por ende, de una sociedad mejor.

Al fin y al cabo, ¿para qué sirve la Historia? Los concejales del Ayuntamiento de Madrid de VOX, PP y Ciudadanos han dado, vergonzosamente hay que decirlo, una respuesta. A los historiadores nos corresponde, en primera línea de fuego, la responsabilidad de desahuciarla y de dar otra. Será misión de las autoridades políticas actuales encauzar su desarrollo. La futura Ley de la Memoria Democrática podría sentar las bases para ayudarnos a mejorar lo que hasta ahora hemos construido en, desde luego, peores condiciones.

Carlos Fernández Rodríguez: LOS OTROS CAMARADAS, Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2020, 1082 páginas

Nuevo curso, nuevos libros (IV)

6 octubre, 2020 at 8:30 am

Con un mensaje para el Excmo Ayto de Madrid

Ángel Viñas

Vuelvo a la serie con la que inicié este curso. Intercalaré en ella algunos sobre otros aspectos para no aburrir a los amables lectores. Desde que escribí, hace tiempo, los tres posts sobre la temática a la que ahora vuelvo han pasado varias cosas: en primer lugar, el alboroto generado en los medios, sobre todo de derechas, a causa de la  aprobación por el Gobierno del anteproyecto de ley de Memoria Democrática; en segundo lugar, los disparatados anuncios de VOX sobre el asalto al Banco de España y, por inferencia, el robo del “oro de Moscú” así como sobre el propio anteproyecto; la tercera, las decisiones del Ayuntamiento madrileño a propuesta de VOX y con la aprobación del PP y de C´s.  Las tres  se relacionan de forma directa o indirecta con el recuerdo (mejor dicho, la imagen) grabado a fuego en un sector de la sociedad española sobre los años de la Segunda República. ¡Fallo garrafal de información y de lecturas! Quienes han abrevado en las fuentes franquistas o para-franquistas tienen respecto a tales años una imagen fija: tiempos de desórdenes, violencia, asesinatos y amenazas comunistas o (ahora, para los más “entendidos”, socialisas). En todo caso, la antesala de la guerra civil. Siempre han ignorado a quienes la quisieron y por qué la iniciaron.

Para un historiador emperrado en construir un relato fundamentado empíricamente la continuada existencia de la anterior imagen es de lo más anormal, por no decir anómala. Sobre los cinco primeros años de la República se han escrito, según estimaciones de González Calleja, más de cinco mil libros, sin contar innumerables artículos. No parece que, en la historia de España, pueda fácilmente encontrarse un período tan corto que haya generado tantísima literatura. Leerla implica una inversión en tiempo y en paciencia que muy pocos tienen y, me atrevo a señalar, casi nadie que no sea historiador profesional. En el plano macrohistórico, que es más o menos en el que servidor se mueve, el número desciendo algo pero la literatura es, insisto, inabarcable.

Pues, bien, en el libro que hasta ahora he comentado en estos posts se han dedicado cuatro capítulos a los años republicanos y dos introductorios a visiones generales de la historia de la Rública, la guerra civil y ciertos ámbitos del franquismo, en la medida en que abordan visiones deformantes y deformadas de los períodos en cuestión.

De la mano de las reflexiones al cumplirse los cincuenta años de la aparición del libro de Edward Malefakis sobre los orígenes agrarios de la guerra civil se ha incorporado la interpretación que sobre las polémicas a que dio origen despierta hoy a uno de los grandes conocedores de la historia agraria española, el profesor Ricardo Robledo. Lo recomiendo de manera muy encarecida a los lectores. En primer lugar, porque fui amigo de Malefakis, un personaje fuera de lo común. Lo conocí en Madrid y me vi frecuentemente con él y con su esposa en mis años de Nueva York. El era asesor del Spanish Council, una institución norteamericana y financiada esencialmente por norteamericanos. Coincidimos con el rector o exrector de la New York University que había escrito sobre el anarquismo en España. Edward, por su parte, había montado un restaurante griego en el Upper West Side  y gracias a él mi mujer y servidor nos aficionamos a la gastronomía del país de origen de sus padres. Robledo ha pasado revista a las tesis de Malefakis teniendo en cuenta los avances en el conocimiento que sobre la reforma agraria republicana se han ido adquiriendo tras su aparición. El mejor elogio que puede hacerse, creo, a un historiador es diseccionar sus argumentos y ver cómo subsisten, o han de modificarse, con el paso del tiempo y la mejor disponibilidad de fuentes que él no pudo tener en cuenta. Muchas de las tesis de Malefakis han resistido. Otras, no. Pero el tema sigue siendo importante porque en los últimos años me da la impresión de que se ha desdibujado una de las características de la guerra civil. Desde el punto de vista de la lucha por la propiedad y cultivo de la tierra personalmente sigo creyendo que se trató de una guerra de clases. Este concepto hoy, para algunos, suena mal. Ha sido desdibujado en favor de interpretaciones «culturales”. Robledo argumenta que, en todo caso, sería paradójico responsabilizar del estallido de la guerra civil a una reforma que defraudó las expectativas del campesinado y se inclina por no sobreponderar la importancia de la desigualdad en la propiedad de la tierra si ello implica olvidar las variables ligadas a la conspiración, la provocación y el caos inducido por quienes deseaban derribar a la República.

De aquí se pasa al profesor Eduardo González Calleja, uno de los autores que más han contribuido a despejar lo que hay detrás de las interpretaciones catastrofistas que siguen teniendo curso (léanse las recientes declaraciones, por ejemplo, en EL PAÍS, del eminente especialista de la historia española de nuestro siglo que es el presidente de la Fundación Nacional Francisco Franco y exgeneral de brigada de Infantería de Marina). González Calleja, con una serie de obras a sus espaldas que hacen autoridad sobre el orden público en la Monarquía alfonsina declinante, en los años republicanos y en la guerra civil, ha indagado como pocos en lo que hoy sigue presentándose como el “mal” ínsito republicano: su incapacidad de prevenir, cuando no de controlar, una situación de desorden, vulgo de anarquía, que hizo millares de víctimas y cuya responsabilidad esencialmente se hace recaer sobre las izquierdas. Y, claro, para cortar a rajatabla tal situación solo hubo una solución: que la parte más patriótica, más “española”, de las fuerzas armadas se levantara como un solo hombre para cortar de raiz los desmanes que llevaban a la destrucción de la PATRIA. (Añadamos que también para cortar las derivas moscovitas, como se decía en los “tranquilos tiempos” del franquismo. Hoy los culpables esenciales eran, ¡cómo no!, los socialistas. Ahí están los genios de la investigación histórica agrupados en torno a VOX). Su texto cobra relevancia inusitada en estos tiempos en que los ediles madrileños se han convertido en historiadores de la mano del partido de la más rancia ultraderecha franquista.

El profesor Francisco Alía Miranda hace un resumen sobre lo que los historiadores hemos aprendido y escrito  a lo largo de los últimos años sobre los éxitos y fracasos de la conspiración que llevó al 18 de julio, sobre la que ha escrito un libro notable. No hay que olvidar que el golpe de Estado fue, esencialmente, obra de los militares, como no podía ser de otra manera, aunque nadie discute que tuvo una componente civil, que se acentúa más o menos según los autores. Alía pasa revista a lo que han escrito en tiempos recientes – entre 2006 y 2019- catorce nombres, incluido servidor, y aporta dos cuadros (págs. 148 y 149) en los que los autores que comenta se clasifican por las referencias efectuadas a otros. Es un enfoque necesario. La historiografía de la preparación del golpe ha sufrido en los últimos años una cierta crispación. A medida que las patrañas explicativas de los sublevados han ido deshaciéndose, tengo la impresión de que autores consagrados (Stanley G. Payne) o advenedizos (Miguel Platón) han ido tirado por los aires su pretensión “de contar las cosas como fueron” y  recurrido a dos trucos habituales. En ocasiones sin el menor esfuerzo de buscar nueva documentación sino simplemente haciendo libros de libros que es siempre, más o menos, el mismo libro (caso del primero). En otras (caso del segundo) forzando hasta límites inverosímiles, una documentación magra y trucada, sin el menor análisis crítico pero con el intento de subrayar las perspectivas que más convienen al supuesto protagonismo de Franco. En cualquier caso, orillando o desconociendo el significado de las investigaciones que no concuerdan con sus preconcepciones.

En ese apartado servidor ha resumido la tesis que he venido defendiendo y demostrando documentalmente hasta lo posible en el momento en que escribí: es un error mayúsculo despreciar o minusvalorar el papel de la conspiración monárquico/carlista, pero en especial la de los monárquicos alfonsinos (de los carlistas ya se ha ocupado una extensa bibliografía de carácter hagiográfico). Ha sido otro error fundamental no seguir el curso de la conspiración dirigida por José Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea y Pedro Sáinz Rodríguez. Si no se da credibilidad a mis argumentos (Payne, Salas Larrazábal, Muñoz Bolaños) la respuesta consistiría en demostrar que me he basado en falsos documentos o que los he distorsionado. Ninguno lo ha hecho. Lo han tenido difícil y me atrevo a asegurar que lo tendrán aún más el año que viene.

He dejado para el final las dos contribuciones que abren el libro que comento.  Hemos elegido como primer capítulo la contribución de la profesora Matilde Eiroa que viene dedicándose desde hace años al estudio de las distorsiones historiográficas en el espacio cibernético. Evidentemente, la capacidad de propagar los resultados de investigaciones que antaño debía hacerse por medio de libros y artículos científicos o divulgatorios ha pasado a un segundo, si no décimo octavo, lugar ante los avances en materia de comunicación vía las redes sociales. Los historiadores ya no somos los protagonistas del estudio del pasado con arreglo a una metodología exigente. Hoy cualquier hijo de vecino puede verter sus estupideces en Twitter, Facebook, Instagram o similares y hacerlas pasar como “historia”. Esto plantea problemas a los historiadores y demuestra que el “combate por la Historia” no ha perdido nada de su importancia. Por último la contribución del profesor Alberto Reig Tapia se centra en la “guerra de palabras” que subsiste en algunos temas que siguen siendo repulsivos para los sectores de la sociedad española, y sus soportes mediáticos, que continúan desgañitándose sobre los horrores de la represión republicana (no querida, sino sobrevenida tras el medio fracaso y medio triunfo del golpe de Estado y la desarticulación de la autoridad gubernamental sustituída por una proliferación de autoridades locales). En contrapartida, no dejan de aguar en lo posible  las características de la represión calculada y premeditada de los conspiradores y que, como tantos autores han puesto de manifiesto, inauguró un tiempo de genocidios.

Si este libro contribuye a echar luz sobre un pasado que muchos no cesan en presentar de mala manera todos los que en él hemos colaborado nos daremos con un canto en los dientes y, sobre todo, ahora. Si hago propaganda de él puedo asegurar a los lectores que no es por interés crematístico. No creo que ninguno de los más de veinte coautores cobremos un euro. Lo hacemos por amor a la HISTORIA, que la semana pasada ha pisoteado el Ayuntamiento de la capital de España.