SOBRE LA DECISIÓN DEL EXCMO. AYTO. DE MADRID A INICIATIVA DE LOS PARTIDOS VOX, CIUDADANOS Y POPULAR EN TORNO A LARGO CABALLERO Y PRIETO, DE ULTRAJADA MEMORIA

19 octubre, 2020 at 1:37 pm

Ángel Viñas

Los amables lectores de este blog estarán, quizá, un poco hartos del hincapié que he hecho en la reciente decisión de los señores y señoras ediles del Ayuntamiento de la capital de España de quitar los nombres de dos calles de la ciudad a Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. Posteriormente, unos cuantos albañiles han eliminado la placa que recordaba, en la Plaza de Chamberí, el lugar de nacimiento del primero. Algunos desalmados han descendido al nivel de las letrinas y han pintarrajeado en rojo (color muy apropiado para los vándalos) las estatuas de ambos políticos socialistas en los Nuevos Ministerios madrileños. El Excmo. Consistorio ha expresado, siempre amable, el deseo de que se las retire. Las estatuas. No las pintadas. Por desgracia el área en que están levantadas no es propiedad del Excmo. Ayuntamiento sino del Gobierno de la Nación.

Como es sabido, la decisión de los ediles miembros de VOX, Ciudadanos y el PP suscitó numerosos revuelos en los medios de comunicación y en las redes sociales. Inmediatamente se preparó un informe técnico sobre la actuación de Largo Caballero y Prieto en la historia que circuló por ambos conductos. A este informe técnico la respuesta de la grey de docentes e historiadores fue inmediata. Al viernes pasado lo habían suscrito más de trescientos hombres y mujeres conocedores del pasado español y, en especial, de los años de la denostada República y del exilio. La lista la publico separadamente. Espero que también aparecerá en otros blogs. Merece la pena.

¿Cuántos son quienes, con autoridad, han intentado contestar al informe-técnico? Que yo sepa, ninguno. Claro que entre los preclaros miembros del PP, Ciudadanos y VOX, el elenco parece limitado.  Es cierto que alguien, que no mencionaré, ha hecho algunos comentarios negativos sobre Largo Caballero. Pero, ¿puede reprochársele que azuzara al PSOE, vía supuestamente revolucionaria, a que se levantase en armas contra los Gobiernos de 1936? No. Es cierto que una facción socialista predicaba la revolución. Otra siempre se opuso. ¿Qué pasos dieron una u otra para poner en práctica su verbalismo? Que lo cuenten..

El PSOE siguió apoyando a los dos gobiernos que hubo tras las elecciones de febrero. Con desgarros, ciertamente, pero desgarros internos. ¿Movió Azaña un dedo para manipular al PSOE? Azaña prefirió, probablemente, que Prieto hubiese sido su sucesor y se ha dicho que Prieto hubiese impedido el golpe. Esto es mera especulación. Quizá sí, quizá no.

En mayo de 1936 el golpe, en mi opinión, era difícilmente parable. Ya lo había advertido a Mussolini en octubre de 1935 el exaltado Don Antonio Goicoechea, con toda su autoridad de celoso conspirador y pedigüeño de las dádivas fascistas,  en nombre de los monárquicos y de un sector del Ejército. ¿ES QUE LA DEMOSTRACIÓN DOCUMENTAL DE TAL FECHORIA NO HA CIRCULADO?

Ahora bien, yo nunca he especulado ni sobre Largo Caballero ni sobre Prieto y espero demostrar que el no especular conduce a otros resultados. Lo que es necesario es, con EPRE, modificar la perspectiva tradicional.

En todo caso, la responsabilidad de la guerra civil NO RECAE EN EL GOBIERNO AZAÑA O CASARES QUIROGA. RECAE EN LOS CONSPIRADORES Y EN SUS SOPORTES MEDIÁTICOS Y FASCISTAS. PORQUE PARECE EVIDENTE QUE LA DIRECCIÓN DEL ABC Y DE LA NACIÓN, POR CITAR DOS EJEMPLOS SEÑEROS,  ESTABAN AL TANTO Y LA FALANGE PRIMORRIVERISTA, QUE ALGUNOS QUIEREN TODAVÍA RESCATAR DE LA IGNOMINIA, TAMBIÉN. Y QUE EL SEÑOR GIL ROBLES SE DEJÓ ARRASTRAR, ESTUVIESE ENTERADO O NO DE LA CONEXIÓN FASCISTA.

En lo que sigue haré unos comentarios estrictamente personales a la acogida del informe técnico.  No busquen los amables lectores tres pies al gato. Solo quien esto escribe es responsable de tales comentarios.

  1. Llama en primer lugar la atención que en cuestión de un par de semanas un tan elevado número de firmantes se haya declarado dispuesto a apoyar dicho informe. A una gran parte de ellos los conozco personalmente o, con frecuencia, por sus obras. A otros, no. Están representadas varias generaciones de los historiadores que han trabajado o trabajan sobre la España contemporánea. Proceden de una gran variedad de tradiciones culturales y dominan, al lado de la española, la francesa, la británica y la latinoamericana.
  2. Sin duda se trata de mujeres y hombres con experiencias muy diversas y de edad muy varia. Unos son jubilados, otros estarán a punto de llegar a esta fase de sus carreras profesionales, muchos se encuentran en plena producción, otros ya han empezado la gran aventura de la docencia y de la investigación, hay quienes se hallan en períodos de formación, etc. La disparidad es muy amplia. Unos trabajan o han trabajado en Universidades, otros en los tramos de la segunda enseñanza. No faltan quienes están en centros de investigación. ¿Qué los ha unido?
  3. No es exagerado afirmar (pero estoy dispuesto a que se me corrija) que probablemente ha sido la desazón ante una decisión de unos, tal vez eminentes políticos municipales, pero que carecen de formación histórica o, lo que es más grave, de curiosidad histórica. Dado que la iniciativa ha procedido de un nuevo partido que solo cabe caracterizar de ultraderechista, es verosímil que algunos lectores se hayan hecho cruces ante la reacción de otros partidos que presumen de ser centristas o de centro derecha. Pero el que calla, otorga y el que vota a favor, debe cargar con la responsabilidad por sus actos. Bye-bye al “centrismo” que predican.
  4. Tal vez algunos, como quien esto escribe, se hayan preguntado qué tiene España de diferente, al no practicar una política de “cordón sanitario”, como se ha hecho y se hace en países de gran influencia sobre, o admirados en, nuestra sociedad (Francia y Alemania en primer lugar) y cuyos representantes en el Ayuntamiento de Madrid se han dejado llevar por las muy peculiares concepciones históricas proferidas por un partido como VOX.
  5.  Personalmente me pregunto, en tanto que mero firmante del informe técnico, ¿será capaz tan novedoso partido de suscitar una respuesta parecida de historiadores que le sean afines y que desmientan los argumentos que en él figuran? ¿Lo hará Ciudadanos? ¿Y qué decir del PP? No conozco a nadie que exhiba su pertenencia a VOX  y haya salido al ruedo (intelectual, por supuesto) y demolido con argumentos históricamente fundados las razones por las cuales la decisión del Excmo. Ayuntamiento de Madrid no es absurda y sí motivada por razones de política presentista y llena de resquemor. En todo caso, poco confesables, porque las que ha aducido VOX no son de recibo en términos de historiografía. Y, si no, que alguno de sus escuderos en la Universidad, en los Institutos o en los centros de investigación las defienda

 ¡Ah!, pero si se trata de política baja y rastrera (por parafrasear a W. H. Auden), entonces habrá que esperar y desear que otro consistorio, de signo diferente, revierta tal decisión y muestre que, al menos un sector de la población madrileña, es capaz de recordar algo de su historia auténtica en las antípodas de las mentiras que unos cuantos ediles, eso sí, en mayoría, se empeñan en hacer tragar, por las buenas o por las malas, a sus conciudadanos.

La batalla por los nombres de las calles de Madrid -o de otras ciudades españolas- no es sino la manifestación de que algo no se ha hecho bien en nuestro país. No conozco en Alemania ninguna Göringstrasse o ninguna Goebbelsplatz. No hay que referirse al innombrable caudillo austríaco de la época.  Tampoco en Francia conozco una Allée Maréchal Pétain o una rue Pierre Laval. Por no hablar de Bélgica con las impensables Avenues Léon Degrelle. Y cito estos casos por poner unos ejemplos mínimos.

Claro es que algunas sociedades aprenden y saben historia. Me temo que los políticos del PP, Ciudadanos y VOX, no. Porque, claro, no me atrevo a pensar que se trate de personajes ignorantes, de corto aliento, barriobajeros. No, eso no. ¡Por Dios! ¿Quién podría pensarlo?  

Nuevo curso, nuevos libros (V)

13 octubre, 2020 at 8:30 am

UN LIBRO ACADÉMICO SOBRE EL PCE TRAS LA GUERRA CIVIL

Ángel Viñas

Los libros académicos productos de tesis doctorales no suelen conseguir que los corazones de los eventuales lectores latan más deprisa. Sin embargo, son tales obras, que por supuesto muchos de los comentaristas que nos ahogan con su supuesta sapiencia jamás estarían en condiciones de escribir, las que suelen abrir camino. Incluso una parte de los señores y señoras concejales del Ayuntamiento de la capital de España hace poco que han autodeclarado erigirse en historiadores. Han creído las estupideces de uno de sus colegas de VOX y han desbarrado. Este nuevo partido está tratando de reconvertir la experiencia republicana de antes de y en la guerra civil en una pugna entre buenos (los vencedores) y malos (los vencidos). No parece que hayan leído ningún libro serio, aunque probablemente se han intoxicado, como si fuera una droga sicodélica, con la propaganda que esparcieron quienes sí quisieron -y ganaron- la guerra civil.  

En esta propaganda y en la de después Franco y sus secuaces presentaron siempre al PCE como el diablo encarnado. En las semanas de este siniestro verano ha habido un infame ejemplo de alguien, para mi innombrable, que ha lanzado improperios fulminantes contra las denominadas “Trece Rosas”, un grupo de chavalas vilmente asesinadas en 1939 bajo la acusación de que preparaban poco menos que una insurrección comunista. Pensar que el autor de tamaño disparate, o los ilustres concejales de Vox, PP y Ciudadanos, hubiesen echado un vistazo a lo escrito sobre el tema sería como pedir peras al olmo. Por mucho que lo pidan e imploren este tipo de árboles no las dejará caer.

Por eso me ha interesado mucho la obra que, objeto de una tesis doctoral dirigida por un excelente historiador -y buen amigo mío-, el profesor Luis Enrique Otero Carvajal, exdecano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, ha escrito Carlos Fernández Rodríguez.

Carlos Fernández Rodríguez: LOS OTROS CAMARADAS, Prensas de la Universidad de Zaragoza

Este muchacho se ha encerrado en una veintena de archivos durante años, ha mirado críticamente la prensa de la época, ha entrevistado a una treintena de personas en busca de testimonios orales directos e indirectos y, secundariamente, ha echado mano a una bibliografía impresionante. El resultado es un libro con el sugestivo título de LOS OTROS CAMARADAS pero que se acota inmediatamente en el subtítulo: El PCE en los orígenes del franquismo, es decir, en el período de la más cruenta represión contra la izquierda después de terminado el período bélico de la guerra civil: 1939-1945. Digo esto porque siempre tengo in mente la afirmación de un comandante de puesto de la Guardia Civil en 1939 y que inmortalizó Francisco Espinosa: “la guerra ha terminado; la campaña continúa”.

Carlos Fernández Rodríguez se propuso investigar los orígenes de la oposición antifranquista a través de la actuación del PCE en el interior entre 1939 y finales de 1944/ principios de 1945. En contra de lo gritado, vociferado y desbarrado por los meapilas de la nueva dictadura (“no se es nunca suficientemente anticomunista”) como los eminentes autores Mauricio Karl (seudónimo de Mauricio Carlavilla del Barrio) o Eduardo Comín Colomer, ambos policías y ya famosos antes de la guerra. Carlos parte de la tesis, que Fernando Hernández Sánchez y servidor ya habíamos apuntalado, que la reconstrucción del PCE se caracterizó por una falta de preparación para la clandestinidad. Un rasgo común de comunistas, libertarios, socialistas y demás organizaciones leales a la República. Fue un proceso en el que en todos los casos se repitieron constantemente reorganizaciones y delegaciones internas en una pugna llena de sobresaltos ante las fuerzas del orden, con multitud de caídas, detenciones, encarcelamientos, condenas, torturas y fusilamientos.

         En el caso del PCE (los del PSOE y de los anarquistas no se estudian en este libro) las reestructuraciones y las labores clandestinas las protagonizaron miles de militantes. Muchos fueron encarcelados y ejecutados. La resistencia estuvo, desde luego, marcada por la desunión entre las distintas organizaciones republicanas, la desorganización entre los militantes y la falta de medios. Todo ello se entremezcló con estrategias impuestas desde el exterior, subordinadas a las variaciones de la política internacional mientras el régimen no dejaba de esgrimir la “amenaza” que los vencidos, y singularmente los comunistas, representaban para la PAZ de Franco (es decir, la de los paredones).

            Se ha estudiado bastante bien la propaganda de la dictadura para hacer ver a los aliados occidentales el peligro comunista que acechaba a todos. Personalmente no puedo olvidar que, en el diario privado de uno de los ministros de Asuntos Exteriores de la época, el teniente general conde de Jordana, su prologuista (un afamado historiador ya fallecido, qepd) se las apañó para silenciar uno de esos encuentros que tuvo con el embajador norteamericano Carlton J. H. Hayes, historiador, catedrático de la Universidad de Columbia, católico devoto, y cuya gestión ha dado origen a una interesante literatura.  El eminente ministro (que ya había sido responsable del derrame de alguna sangre en la guerra civil) se preocupó de llevar al ánimo de su interlocutor que el conflicto mundial en curso era una arruguilla pasajera en el gran libro de la Historia. Un conflicto de chicha y nabo, en términos coloquiales que, naturalmente, él no se rebajó a utilizar. En su ilustrada opinión, el conflicto fetén, permanente, estructural, era el que contraponía a los regímenes católicos (el español, por ejemplo) contra los sin Dios, contra los que se atrevían a poner patas arriba el orden social, es decir, los comunistas. Lo mismo que se había dicho en los años veinte.

         Los protagonistas del libro de Carlos Fernández Rodríguez son los militantes de base que formaron parte de sectores y radios en los diferentes comités locales, provinciales y regionales. Con sus centenares de pequeñas historias entrelazadas de quienes no fueron la “dirección”. Una multitud de esfuerzos individuales y colectivos realizados por combatientes políticos y sociales de base, anónimos en su mayoría. El autor ha hecho todo lo posible para extraer de las sombras del pasado estas historias con el propósito de que sus lectores puedan comprender el papel de los comunistas en la lucha contra la dictadura; preparados y formados para un combate sacrificado a pesar de las detenciones, las torturas, los encarcelamientos y los fusilamientos.

         Personas comprometidas, luchadoras y combatientes contra la imposición totalitaria y dictatorial del Ejército, de la policía y, ¡cómo no!, de la Falange. Historias de personas sin historia, cuyas vidas clandestinas ven la luz en este libro. Un capital humano y un colectivo social importante que asumió una parte de la lucha clandestina en los años más duros del franquismo. El autor se esfuerza en dar a conocer al lector toda una serie de relatos humanizados de la cultura militante con los cierres de filas y los comportamientos ante las disputas internas y en las políticas del PCE.

         Destaca en ello una de las principales misiones de los comités directivos subterráneos para reclutar al mayor número de posibles combatientes en la sombra y abanderar la lucha clandestina. La captación y la movilización de afiliados y simpatizantes fue una de las labores más sacrificadas debido a la represión y por la elevada lealtad que se exigía a quienes participaban en tales tareas.

         Dentro de las reorganizaciones subterráneas se tuvo en cuenta cómo tenían que ser las rígidas normas y pautas de comportamiento y las instrucciones de seguridad para evitar las detenciones y sobrevivir en las sombras, una labor que, como Fernando Hernández Sánchez ha mostrado en varios libros, siempre tuvo que tener en cuenta las infiltraciones de la policía política. Carlos Fernández muestra en este libro que muchos de los miembros de los comités incumplieron esas normas de seguridad. El miedo y la desconfianza fueron factores permanentes al lado del acoso policial y la posibilidad de que alguno de los supuestos camaradas fuera un delator o confidente.

Como varias de las novelas de Almudena Grandes han puesto de manifiesto a un público mucho más amplio, el temor de no pasar la prueba de la supervivencia estuvo muy presente entre los contrarios al régimen. Aquellos comités fueron desarticulándose rápidamente por la presión policial y la represión. A pesar de todo, las reestructuraciones fueron continuas para seguir con la lucha y la resistencia.  Los casos de las caídas con Heriberto Quiñones, Jesús Bayón, Jesús Carrera, Jesús Monzón, Agustín Zoroa,  etc no impidieron que la lucha antifranquista siguiera adelante con el continuo envío de cuadros procedentes de Francia y de América Latina.

         Los deseos y las aspiraciones de muchos militantes quedaron en el olvido. Carlos Hernández justifica la necesidad de reivindicar su pasado y su memoria. No en vano se trató de personas que estuvieron represaliadas y reprimidas social, política e ideológicamente, que supieron superar aquellas dificultades y contar las experiencias vividas con su propia conciencia política y con la idea de que no querían vivir bajo una opresión dictatorial. Narrar sus vivencias y los años de combate son elementos que no pueden faltar en la construcción de una mejor historia y, por ende, de una sociedad mejor.

Al fin y al cabo, ¿para qué sirve la Historia? Los concejales del Ayuntamiento de Madrid de VOX, PP y Ciudadanos han dado, vergonzosamente hay que decirlo, una respuesta. A los historiadores nos corresponde, en primera línea de fuego, la responsabilidad de desahuciarla y de dar otra. Será misión de las autoridades políticas actuales encauzar su desarrollo. La futura Ley de la Memoria Democrática podría sentar las bases para ayudarnos a mejorar lo que hasta ahora hemos construido en, desde luego, peores condiciones.

Carlos Fernández Rodríguez: LOS OTROS CAMARADAS, Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2020, 1082 páginas

Nuevo curso, nuevos libros (IV)

6 octubre, 2020 at 8:30 am

Con un mensaje para el Excmo Ayto de Madrid

Ángel Viñas

Vuelvo a la serie con la que inicié este curso. Intercalaré en ella algunos sobre otros aspectos para no aburrir a los amables lectores. Desde que escribí, hace tiempo, los tres posts sobre la temática a la que ahora vuelvo han pasado varias cosas: en primer lugar, el alboroto generado en los medios, sobre todo de derechas, a causa de la  aprobación por el Gobierno del anteproyecto de ley de Memoria Democrática; en segundo lugar, los disparatados anuncios de VOX sobre el asalto al Banco de España y, por inferencia, el robo del “oro de Moscú” así como sobre el propio anteproyecto; la tercera, las decisiones del Ayuntamiento madrileño a propuesta de VOX y con la aprobación del PP y de C´s.  Las tres  se relacionan de forma directa o indirecta con el recuerdo (mejor dicho, la imagen) grabado a fuego en un sector de la sociedad española sobre los años de la Segunda República. ¡Fallo garrafal de información y de lecturas! Quienes han abrevado en las fuentes franquistas o para-franquistas tienen respecto a tales años una imagen fija: tiempos de desórdenes, violencia, asesinatos y amenazas comunistas o (ahora, para los más “entendidos”, socialisas). En todo caso, la antesala de la guerra civil. Siempre han ignorado a quienes la quisieron y por qué la iniciaron.

Para un historiador emperrado en construir un relato fundamentado empíricamente la continuada existencia de la anterior imagen es de lo más anormal, por no decir anómala. Sobre los cinco primeros años de la República se han escrito, según estimaciones de González Calleja, más de cinco mil libros, sin contar innumerables artículos. No parece que, en la historia de España, pueda fácilmente encontrarse un período tan corto que haya generado tantísima literatura. Leerla implica una inversión en tiempo y en paciencia que muy pocos tienen y, me atrevo a señalar, casi nadie que no sea historiador profesional. En el plano macrohistórico, que es más o menos en el que servidor se mueve, el número desciendo algo pero la literatura es, insisto, inabarcable.

Pues, bien, en el libro que hasta ahora he comentado en estos posts se han dedicado cuatro capítulos a los años republicanos y dos introductorios a visiones generales de la historia de la Rública, la guerra civil y ciertos ámbitos del franquismo, en la medida en que abordan visiones deformantes y deformadas de los períodos en cuestión.

De la mano de las reflexiones al cumplirse los cincuenta años de la aparición del libro de Edward Malefakis sobre los orígenes agrarios de la guerra civil se ha incorporado la interpretación que sobre las polémicas a que dio origen despierta hoy a uno de los grandes conocedores de la historia agraria española, el profesor Ricardo Robledo. Lo recomiendo de manera muy encarecida a los lectores. En primer lugar, porque fui amigo de Malefakis, un personaje fuera de lo común. Lo conocí en Madrid y me vi frecuentemente con él y con su esposa en mis años de Nueva York. El era asesor del Spanish Council, una institución norteamericana y financiada esencialmente por norteamericanos. Coincidimos con el rector o exrector de la New York University que había escrito sobre el anarquismo en España. Edward, por su parte, había montado un restaurante griego en el Upper West Side  y gracias a él mi mujer y servidor nos aficionamos a la gastronomía del país de origen de sus padres. Robledo ha pasado revista a las tesis de Malefakis teniendo en cuenta los avances en el conocimiento que sobre la reforma agraria republicana se han ido adquiriendo tras su aparición. El mejor elogio que puede hacerse, creo, a un historiador es diseccionar sus argumentos y ver cómo subsisten, o han de modificarse, con el paso del tiempo y la mejor disponibilidad de fuentes que él no pudo tener en cuenta. Muchas de las tesis de Malefakis han resistido. Otras, no. Pero el tema sigue siendo importante porque en los últimos años me da la impresión de que se ha desdibujado una de las características de la guerra civil. Desde el punto de vista de la lucha por la propiedad y cultivo de la tierra personalmente sigo creyendo que se trató de una guerra de clases. Este concepto hoy, para algunos, suena mal. Ha sido desdibujado en favor de interpretaciones «culturales”. Robledo argumenta que, en todo caso, sería paradójico responsabilizar del estallido de la guerra civil a una reforma que defraudó las expectativas del campesinado y se inclina por no sobreponderar la importancia de la desigualdad en la propiedad de la tierra si ello implica olvidar las variables ligadas a la conspiración, la provocación y el caos inducido por quienes deseaban derribar a la República.

De aquí se pasa al profesor Eduardo González Calleja, uno de los autores que más han contribuido a despejar lo que hay detrás de las interpretaciones catastrofistas que siguen teniendo curso (léanse las recientes declaraciones, por ejemplo, en EL PAÍS, del eminente especialista de la historia española de nuestro siglo que es el presidente de la Fundación Nacional Francisco Franco y exgeneral de brigada de Infantería de Marina). González Calleja, con una serie de obras a sus espaldas que hacen autoridad sobre el orden público en la Monarquía alfonsina declinante, en los años republicanos y en la guerra civil, ha indagado como pocos en lo que hoy sigue presentándose como el “mal” ínsito republicano: su incapacidad de prevenir, cuando no de controlar, una situación de desorden, vulgo de anarquía, que hizo millares de víctimas y cuya responsabilidad esencialmente se hace recaer sobre las izquierdas. Y, claro, para cortar a rajatabla tal situación solo hubo una solución: que la parte más patriótica, más “española”, de las fuerzas armadas se levantara como un solo hombre para cortar de raiz los desmanes que llevaban a la destrucción de la PATRIA. (Añadamos que también para cortar las derivas moscovitas, como se decía en los “tranquilos tiempos” del franquismo. Hoy los culpables esenciales eran, ¡cómo no!, los socialistas. Ahí están los genios de la investigación histórica agrupados en torno a VOX). Su texto cobra relevancia inusitada en estos tiempos en que los ediles madrileños se han convertido en historiadores de la mano del partido de la más rancia ultraderecha franquista.

El profesor Francisco Alía Miranda hace un resumen sobre lo que los historiadores hemos aprendido y escrito  a lo largo de los últimos años sobre los éxitos y fracasos de la conspiración que llevó al 18 de julio, sobre la que ha escrito un libro notable. No hay que olvidar que el golpe de Estado fue, esencialmente, obra de los militares, como no podía ser de otra manera, aunque nadie discute que tuvo una componente civil, que se acentúa más o menos según los autores. Alía pasa revista a lo que han escrito en tiempos recientes – entre 2006 y 2019- catorce nombres, incluido servidor, y aporta dos cuadros (págs. 148 y 149) en los que los autores que comenta se clasifican por las referencias efectuadas a otros. Es un enfoque necesario. La historiografía de la preparación del golpe ha sufrido en los últimos años una cierta crispación. A medida que las patrañas explicativas de los sublevados han ido deshaciéndose, tengo la impresión de que autores consagrados (Stanley G. Payne) o advenedizos (Miguel Platón) han ido tirado por los aires su pretensión “de contar las cosas como fueron” y  recurrido a dos trucos habituales. En ocasiones sin el menor esfuerzo de buscar nueva documentación sino simplemente haciendo libros de libros que es siempre, más o menos, el mismo libro (caso del primero). En otras (caso del segundo) forzando hasta límites inverosímiles, una documentación magra y trucada, sin el menor análisis crítico pero con el intento de subrayar las perspectivas que más convienen al supuesto protagonismo de Franco. En cualquier caso, orillando o desconociendo el significado de las investigaciones que no concuerdan con sus preconcepciones.

En ese apartado servidor ha resumido la tesis que he venido defendiendo y demostrando documentalmente hasta lo posible en el momento en que escribí: es un error mayúsculo despreciar o minusvalorar el papel de la conspiración monárquico/carlista, pero en especial la de los monárquicos alfonsinos (de los carlistas ya se ha ocupado una extensa bibliografía de carácter hagiográfico). Ha sido otro error fundamental no seguir el curso de la conspiración dirigida por José Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea y Pedro Sáinz Rodríguez. Si no se da credibilidad a mis argumentos (Payne, Salas Larrazábal, Muñoz Bolaños) la respuesta consistiría en demostrar que me he basado en falsos documentos o que los he distorsionado. Ninguno lo ha hecho. Lo han tenido difícil y me atrevo a asegurar que lo tendrán aún más el año que viene.

He dejado para el final las dos contribuciones que abren el libro que comento.  Hemos elegido como primer capítulo la contribución de la profesora Matilde Eiroa que viene dedicándose desde hace años al estudio de las distorsiones historiográficas en el espacio cibernético. Evidentemente, la capacidad de propagar los resultados de investigaciones que antaño debía hacerse por medio de libros y artículos científicos o divulgatorios ha pasado a un segundo, si no décimo octavo, lugar ante los avances en materia de comunicación vía las redes sociales. Los historiadores ya no somos los protagonistas del estudio del pasado con arreglo a una metodología exigente. Hoy cualquier hijo de vecino puede verter sus estupideces en Twitter, Facebook, Instagram o similares y hacerlas pasar como “historia”. Esto plantea problemas a los historiadores y demuestra que el “combate por la Historia” no ha perdido nada de su importancia. Por último la contribución del profesor Alberto Reig Tapia se centra en la “guerra de palabras” que subsiste en algunos temas que siguen siendo repulsivos para los sectores de la sociedad española, y sus soportes mediáticos, que continúan desgañitándose sobre los horrores de la represión republicana (no querida, sino sobrevenida tras el medio fracaso y medio triunfo del golpe de Estado y la desarticulación de la autoridad gubernamental sustituída por una proliferación de autoridades locales). En contrapartida, no dejan de aguar en lo posible  las características de la represión calculada y premeditada de los conspiradores y que, como tantos autores han puesto de manifiesto, inauguró un tiempo de genocidios.

Si este libro contribuye a echar luz sobre un pasado que muchos no cesan en presentar de mala manera todos los que en él hemos colaborado nos daremos con un canto en los dientes y, sobre todo, ahora. Si hago propaganda de él puedo asegurar a los lectores que no es por interés crematístico. No creo que ninguno de los más de veinte coautores cobremos un euro. Lo hacemos por amor a la HISTORIA, que la semana pasada ha pisoteado el Ayuntamiento de la capital de España.

Respondiendo a Vox sobre el mito del «Oro de Moscú»

29 septiembre, 2020 at 10:33 am

ÁNGEL VIÑAS

Este post interrumpe la serie que había comenzado a principios de este mes con la reanudación del curso académico y escolar, pero ya anuncié en el anterior que lo haría.

El 14 de septiembre de 1936 dio comienzo la evacuación de las reservas de oro y plata así como de billetes de curso legal de las cámaras acorazadas del Banco de España para su traslado a los polvorines de La Algameca en el puerto de Cartagena. De aquí la mayor parte del metal amarillo se transportó un mes más tarde en cuatro mercantes soviéticos a Odesa. Es la base del mítico “oro de Moscú”, una de las excusas, si no la más importante, que blandió la dictadura franquista para “explicar” la desastrosa situación de la que no salió la economía española durante los años cuarenta (añadió la segunda guerra mundial y, para colmo, el no menos mitificado “cerco internacional”).También sirvió para arrojar al más tenebroso pozo de la historia al régimen republicano y a sus dirigentes, primero y ante todo, a los comunistas y  socialistas. De los primeros ya no se habla mucho. De los segundos no se cesa.

En este año de desgracia pandémica VOX ha encontrado, por consiguiente, al principal “culpable”. Véase el twit que ha enviado a este blog un amable lector:

Si en el lapso de un día o dos ese twit se reprodujo 153.000 veces servidor no aspira a que unos cuantos posts que se ríe a carcajadas tengan tamaña difusión. Diré, en principio, que aducir que  milicianos socialistas, en plan de gánsteres armados de ametralladoras Thomson, hicieran un atraco al venerable establecimiento de la plaza de la Cibeles madrileña es un poco exagerado. Que se llevaran “más de 500 toneladas” no lo es menos.

También diré que, salvo por VOX y su aparato mediático, pocas son las voces que se han levantado para recordar y maldecir tal supuesta efemérides del 14 de septiembre. A mí ni se me había ocurrido pensar en la fecha, pero no puedo permanecer en silencio (“quien calla otorga”) ante la desfachatez de ese partido y de cierta prensa que se ha hecho eco de sus estupideces.

La realidad es muy diferente del supuesto “latrocinio”. La evacuación del oro respondió a una necesidad perentoria. Después de la caída de Irún y de Talavera de la Reina las tropas sublevadas habían conseguido dos cosas: la primera, cerrar la frontera con Francia; la segunda, acercarse peligrosamente a Madrid. Esto había ocurrido en poco más de mes y medio desde que estalló la planeada revuelta contra la República con, ¿debemos subrayarlo una vez más?, la ayuda de dos reconocidos  supergánsteres internacionales como fueron Mussolini (que ya venía ayudando a los conspiradores desde 1932) y de Hitler (que se decidió a la semana de producido el golpe).

La idea de poner a salvo las reservas había aflorado en el mes de agosto con los anarcosindicalistas como principales proponentes. Sus proyectos los rechazó el Gobierno Giral y la CNT/FAI no se atrevió, lógicamente, a hacerlo por su cuenta y riesgo.

Los historiadores de VOX no han dicho nada, que se sepa, acerca del “oro de París”. Tampoco lo dijo la dictadura que probablemente desean blanquear. Pero el hecho, que descubrió servidor en 1974/75 y publicó al año siguiente (el libro fue inmediatamente secuestrado), es que a los pocos días del golpe, el 21 de julio, el Gobierno Giral empezó a preparar la expedición y venta al Banco de Francia de pequeñas cantidades de oro para obtener divisas papel (francos, libras esterlinas, dólares norteamericanos). Se necesitaban para adquirir armamento en el extranjero. (Los sublevados no tuvieron problemas: fascistas y nazis, cogiditos de la mano, suministraron a crédito y los primeros aviones italianos contratados el 1º de julio de 1936 los pagó Juan March, siempre generoso).

Tampoco se les ha ocurrido a los propagandistas de VOX decir una palabra que los sublevados se enteraron inmediatamente de lo que pasaba con el mítico ORO. Hasta el despreciable general Cabanellas, jefecillo de la autodeclarada Junta de Defensa Nacional, puso el grito primero en el cielo escribiendo al gobernador del Banco central del país vecino el 3 de agosto oponiéndose de manera insolente a todas las operaciones que ordenara el Gobierno español (la JDN se consideraba ya como tal, aupada en hombros por el fervor popular, pero también por las bayonetas y un terror ciego). El 8 escribió también al ministro de Asuntos Exteriores francés (Yvan Delbos, antirepublicano de pro) y más tarde a través de la prensa francesa y por último ante el Banco de Pagos Internacionales de Basilea.

Para encontrar las cartas hay que leer, al menos, algún libro, pero si van al portal del BOE (que seguro conocen) y buscan en la serie histórica los boletines de la JDN el decreto de la misma de 14 de agosto comprobarán que los sublevados estaban bien enterados de lo que pasaba. Se declaró como “delito de traición el cometido con las exportaciones de oro del Banco de España”. Luego hubo otro del 25 que, prepotentemente, declaraba nulas las operaciones resultantes. A finales de setiembre, conocida ya la salida de Madrid, Cabanellas tuvo el tupé de apelar nada menos que a la Sociedad de Naciones. Al gobierno republicano (regalo esta perla a VOX para su futura propaganda) lo calificaba el general de la blanca barca como “el Soviet de Madrid” y cabeza de una “banda internacional”. ¿No es bonito? El lector ve que no es necesario acudir, de entrada, a Franco.

Naturalmente, ni en agosto ni en septiembre de 1936 ningún país civilizado, ayudara a la República o no, iba a considerar “legítima” a una banda de salteadores de uniforme que se arrogaban hablar en nombre del pueblo español, además de representantes de la Nación. Fascistas, nazis y salazaristas terminarían haciéndolo, pero todavía habría de pasar algún tiempo. No se les adelantaron ni siguieron muchos: solo un par de pequeñas repúblicas centroamericanas dirigidas, ¡cómo no!, por militares.

Pregunta a VOX: si los milicianos socialistas arramplaron con el 72 por ciento de las reservas metálicas del Banco de España, ¿adónde fue el 28 por ciento restante? ¿Lo rescató acaso el “Caudillo” a lo largo de sus cuarenta años de “magistratura”? ¿Se volatilizó en una atmósfera corrosiva que deshacía el metal amarillo como si fuera un disolvente venusiano? Misterio.

Pues no. No ocurrió nada de eso. Fue siempre una moda de los historiadores franquistas confundir al personal (quiero decir a sus lectores) la no recuperación del oro vendido al Banco de Francia con el oro remanente que quedó en el país vecino, a consecuencia de la devaluación del franco, del depósito que en sucursal del Banco emisor francés en Mont-de-Marsan la República hizo en 1931. Ese remanente pertenecía a España pero los tribunales franceses, siempre respetuosos con el honor de Marianne, hicieron todo lo posible por no retornarlo a los republicanos hasta que, ¡oh, milagro!, se reconoció a Franco en febrero de 1939 y poco más tarde se devolvió a este. Confundir churras con merinas es un artilugio muy querido de ciertos historiadores pero el oro de Mont-de-Marsan nunca fue el “oro de París”.

La salida del oro de Madrid fue una medida de prudencia. También salió de la capital el Gobierno republicano a principios de noviembre (algunos hablaron en la época de huida). Sin oro, no era posible mantener la resistencia. España apenas tenía divisas. Había acumulado oro amonedado (no como algunos autores norteamericanos o franceses dicen del tiempo de los aztecas) y sobre todo en lingotes y es cierto que, en términos de reservas metálicas, las españolas eran las cuartas del mundo (después de USA, Francia y Reino Unido, aunque excluyendo de la comparación las soviéticas). Así que el dilema era evidente (aunque tal vez no haya calado en los dirigentes de VOX): si caían en poder de los sublevados, adiós, bye-bye, a toda posibilidad de resistencia; si no caían, pero Madrid quedaba aislada o con comunicaciones cortadas, ¿cómo iban a utilizarse desde la Plaza de la Cibeles? Es muy verosímil que, de haber permanecido en la capital, Franco hubiese mostrado algo más de interés por tomarla a sangre fuego y no se hubiese demorado.

¿No saben los historiadores de dentro de VOX, si es que hay alguno, lo que hicieron varios países de cara al posterior conflicto europeo? Recordémoslo a ellos y también a los lectores. Por ejemplo, los franceses, que se suponía disponían del mejor ejército de la época (no era el caso del español),  empezaron en noviembre de 1939 (a los dos meses de estallar el conflicto) a enviar oro a Nueva York, Fort-de-France (capital de La Martinique) y Kayes (en la colonia que hoy es Mali). Los belgas enviaron las suyas a Francia (y cayeron en poder de los alemanes, ¡quelle douleur!, por lo cual les fueron restituidas después de la guerra gracias al oro depositado en Nueva York). Los expertos mencionarán otros ejemplos. Hay para toda una panoplia de gustos.

En definitiva, el Gobierno republicano fue prudente. Tuvo la autorización del presidente de la República merced a un decreto reservado (de la víspera) del presidente Azaña. En esto también se seguían precedentes. Las ventas de oro se legalizaron a posteriori, pero con la vista puesta en otras siguientes, por otro decreto de igual característica del 30 de agosto, es decir, bajo el Gobierno Giral. “En evitación de posibles alarmas en el interior y recelos en el exterior, interesa quede en suspenso su publicación hasta que el Gobierno lo considere oportuno”. Normal.

¿Piensan los propagandistas a sueldo de VOX que tales operaciones deberían haberse voceado por los mercadillos y pasado por las Cortes? Si es así serían un tanto ignorantes. Incluso el tan amado Caudillo se parapetó detrás de un artilugio fenomenal, su voluntad fue ley, trasunto aprovechado del Führerprinzip nazi para, entre otros resplandecientes actos, hacer legal sus apropiaciones de dineros que no le pertenecían ¿Han dicho algo al respecto? No me consta. Lo cual es sorprendente porque tal principio duró tanto como él en vida.

A mitad de septiembre las milicias socialistas (más comunistas, anarquistas, republicanas, etc) se dedicaban preferentemente a luchar como podían para contener a los sublevados. ¿Iban a hacerse cargo del traslado? En realidad todo apunta a que los del PSOE estuvieron en lugar secundario. El acondicionamiento de las cajas necesarias para el traslado se hizo por cuenta del Gobierno y con la vigilancia de números de los Carabineros (que dependían del Ministerio de Hacienda y se habían mostrado leales) mientras se entregaban a la labor los empleados correspondientes y, en particular, los miembros del sindicato de Banca y Bolsa. Hay varios testimonios al respecto. ¿No los conocen los expertos de VOX?

Finalmente, ¿qué tiene que ver esto con la “memoria histórica”? Nada. Lo que hay es historia. Documentada. Analizada. Expuesta al público (con toda modestia por un servidor en repetidas ocasiones pero ya desde 1976). Y sobre los 140 años de historia, en lo que se refiere a latrocinios, encomiendo encarecidamente a los panfletarios voxistas que empiecen a refutar, documentalmente, la extensa experiencia de depredación de las élites españolas durante la Restauración y la dictadura primorriverista, como ha efectuado hace pocos meses Paul Preston en su último libro.

Mientras  los trileros de VOX recargan pilas invito a los lectores que tengan la amabilidad de echar un vistazo a una antología de los ilustrados comentarios de quienes se han dejado embaucar por tan significado partido.

Aquí va una muestra:

https://twitter.com/hashtag/OroDeMosc%C3%BA?src=hashtag_click

(continuará)

Nuevo curso, nuevos libros (III)

22 septiembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Desearía en este post señalar algunos rasgos de otras de las contribuciones que figuran en el libro que estoy comentando sobre ciertos aspectos de la guerra civil. Los estrictamente militares están bien estudiados, aunque siempre quedarán retazos y NADIE sabe lo que habrá en los miles de legajos sobre operaciones y similares que en los archivos no se han desclasificado todavía o que, si se han desclasificado el año pasado gracias a la actual ministra de Defensa, que ha prometido continuar, todavía no se han cribado y analizado para incorporar sus contenidos a lo que vamos escribiendo los historiadores. Por lo demás, cabe esperar mucho de la futura Ley de Memoria Democrática cuando entre en vigor.

En el libro que comento optamos por un doble enfoque, con la vista puesta en el interés del lector potencial. En primer lugar, pedimos a uno de los grandes historiadores militares, discípulo, amigo y coautor con el tan añorado Gabriel Cardona, que nos planteara una visión de conjunto sobre las estrategias seguidas en la guerra. En segundo lugar, dado el interés que en la actualidad suscitan las milicias republicanas y, en general, las variantes culturales, los dos coeditores del libro adicionales, se brindaron a poner en conocimiento del lector los avances alcanzados en dos temas que están un tanto interrelacionados. En tercer lugar, solo los más enrabietados historiadores franquistas, que los hay, minusvalorarán la vertiente internacional de la guerra. Dos jóvenes autores explican los efectos de la no intervención, tanto por el lado político y diplomático como en materia de dificultades de suministro para la República, que fue la más afectada y otro pasa revista al papel de la Iglesia. El lector observará que no hemos invitado a nadie que diga algo sobre los suministros al bando franquista. Es un tema mejor conocido, aunque por supuesto todavía quedan cosas por decir.

Juan Carlos Losada parte de la constatación de la que fue gran y permanente diferencia entre los dos contendientes. Por un lado, el sublevado consiguió en tiempo récord la unidad de mando y la amalgama, más o menos forzada, de todas las fuerzas políticas e ideológicas. Manu militari, como estaba predeterminado. En la República, que no aspiraba ni a crear ni mucho menos a mantener un sistema dictatorial, la dispersión de la autoridad fue generalizada. De entrada, y en los primeros meses, cabría hablar incluso de una cierta atomización. Hans Magnus Enzensberger se refirió al período como el “corto verano de la anarquía”. Sin embargo, todavía hoy hay gente que va por el mundo hablando de las tendencias dictatoriales (bajo la égida comunista, para algunos) de los gobiernos de Largo Caballero y, como horror insuperable, más aún de Negrín. Naturalmente todo esto es una pamema, una construcción ideológica ad hoc, en consonancia con lo que se había repetido hasta la saciedad mientras se forjaba la conspiración.

Losada de gran importancia a las consecuencias de la división del Ejército. Lo hace desde un punto de vista cualitativo más que cuantitativo, tan querido de algunos autores porque no abordar a fondo la primera dimensión tranquiliza las conciencias y lleva a la conclusión, para algunos, de que, en el fondo, las fuerzas estaban más o menos igualadas. Las primeras semanas pusieron de manifiesto que tal no fue el caso. Se conoce el desgarro que se produjo en la oficialidad. Losada da ejemplos patéticos. El que a pesar de una cierta lentitud de las operaciones en cuestión de mes y medio ya cayeran Irún y Talavera en manos de los sublevados ilustró la posibilidad de que el Gobierno perdiese la guerra. La gran cuestión es si las columnas de Franco no hubieran podido ir más de prisa. Como es notorio, en sus supuestas memorias Queipo de Llano se quejó de la lentitud de Franco. Digo supuestas porque, como tendré ocasión de mostrar en un próximo libro hay un par de hechos documentables que son un tanto inconvenientes para la leyenda que el yacente en La Macarena se autocreó y que ha sido aceptada como autoridad por todo el mundo.

Tras el fracaso de Madrid (sugiero a los lectores que echen un vistazo a las memorias de Francisco Serrat Bonastre para tener una idea de las altas esperanzas y la desazón que la resistencia de la capital produjo entre los sublevados), la suerte de la guerra se inclinó en una sola dirección tras la desviación y el avance en el Norte. A partir de ahí Losada pone el énfasis, como servidor, sobre la oportunidad que Franco quiso voluntariamente perder para acabar con un rápido avance sobre Barcelona tras la caída de Lleida (es muy  divertido leer las mil y una tergiversaciones de los grandes historiadores militares franquistas) y subraya, aparte del cainismo intra-republicano, cómo los factores políticos ligados a la “necesidad” de una guerra lenta para Franco no permitieron una conclusión mucho más rápida.

Reconozco haber leído con cierta trepidación las aportaciones de mis dos coeditores. No sé mucho de los azares de la formación de milicias, ni en el lado republicano ni en el franquista, y los diversos vectores que sobre ellas incidieron. Sin embargo, para los interesados en historia social y cultural son dos contribuciones de importancia. En un lado se observa el impacto que el enfrentamiento no solo militar sino social tuvo sobre los contendientes (no es de extrañar: la guerra civil fue también una guerra de clases, concepto del que hoy numerosos historiadores abominan). Por otro, a pesar de todos los huecos de que la investigación todavía adolece, quedan claras las insuficiencias del mencionado impulso, insuficiencias que en el lado republicano se vieron afectadas por factores materiales tan pedrestres como la disparidad de armamento, carencias de elementos fundamentales (software para fusiles o ametralladoras o piezas de artillería) y, no en último término, problemas de disciplina que en el bando franquista se liquidaron sumariamente.

La propaganda cumplió su papel, pero en el lado republicano no fue suficiente. Es importante destacar la aseveración del profesor Jesús Martínez de que en 1936 no había dos bloques (algo que chocará a los creyentes en la teoría de las dos o tres Españas) sino que había que configurarlos y en esto la propaganda fue no solo eficaz sino absolutamente fundamental.

Tengo especial interés en destacar las aportaciones de dos jóvenes historiadores en cuyas respectivas tesis doctorales tuve algo que ver. Una de ellas ya está publicada (Inseguridad colectiva, Tirant lo Blanc, 2016, de David Jorge). La segunda, muy revisada, aparecerá en 2022 (uno de los impactos colaterales de la pandemia actual que no deja títere con cabeza) y es de Miguel I. Campos. El primero ha renovado en gran medida la visión de los efectos del vector internacional para explicar la derrota republicana, tras explorar minuciosamente las consecuencias del apartamiento de la Sociedad de Naciones para tratar de la “cuestión española”. Fue una política querida, mantenida y sostenida desde el principio hasta el final por las dos potencias occidentales con mayor peso en las decisiones de la única organización internacional cualificada para hacer frente a los casos de agresión contra uno de sus estados miembros. Ni el Reino Unido ni Francia salen bien parados. Tampoco fue España el primer caso en que ello acaecía. Le precedieron China y Abisinia, pero a la República española le cupo el triste honor de ser el primero de los países europeos en ser entregados a las fauces de los tigres fascistas (el símil no es mío, es de F. D. Roosevelt), algo que naturalmente la historiografía franquista ha tratado de velar en todo lo posible (¿hemos de recordar a Ricardo de la Cierva?).

Remedando a lo que ya dijo Howson hace muchos años, si no hubiera habido una política de no intervención, ¿cuánto tiempo hubiera necesitado la República para abastecerse en los arsenales nacionales de las democracias o en el mercado internacional?. La atención de los historiadores pro-franquistas se ha centrado (y elevado a la enésima potencia) en los suministros (aparentemente apabullantes) que los franceses hicieron a la República a pesar de haber proclamado la no intervención (en puridad fueron quienes la sugirieron). Pero una cosa es la propaganda y otra la dura realidad que se encuentra reflejada en donde debe ser: en los archivos franceses y en los republicanos. La aportación de Campos es solo un aperitivo de lo que nos contará en su obra.

Sobre el final del conflicto, Paul Preston, en una intervención por medio de videoconferencia, reflexionó acerca del ambiente de los últimos días marcados por la debacle militar, el agotamiento físico, político y sicológico de amplias capas de la población, pero como no podría ser de otra manera también por las acciones de los hombres. Se centra en el triángulo Negrín, Casado, Besteiro y sus condicionantes. Los dos últimos, todo hay que decirlo, no salen bien parados. ¿Hubo alguna otra posibilidad? La respuesta es no, pero la cuestión siempre fue cómo gestionar la marcha imparable hacia la derrota. Casado, Besteiro, las fuerzas militares anarquistas comandadas por Cipriano Mera y, para colmo, la bochornosa huída de la Armada bajo el mando del almirante Miguel Buiza, llevaron a la peor situación posible e imaginable. La guerra empezó con una traición y terminó con otra de signo opuesto. Todavía hay algunos que tratan de rescatar a los protagonistas que hicieron posible esta última.

El profesor Rodríguez Lago cambia de tercio. Su contribución es un estado de la cuestión de lo que los historiadores han ido diciendo, y desdiciendo, sobre el papel de la SMIC y la “Cruzada”. Es uno de los grandes expertos en el estudio del vector religioso en la guerra civil y no me atrevo a resumir su aportación. La apertura de los archivos de la Iglesia (muy reducida en lo que se refiere a los de las diócesis españolas: ¡por algo será!) ha permitido realizar avances considerables en los últimos años. El desafío estriba no solo en encontrar nuevos documentos (aunque por fortuna ya se dispone de sólidas colecciones) sino en cruzar unos con otros y reinterpretarlos una vez despejada la hojarasca que recubre las interpretaciones dominantes y que bajo el pontificado de San Juan Pablo II (canonizado por vía ultra-rápida a los nueve años de su fallecimiento) se convirtieron en una apisonadora. ¡No en vano hubo tantos mártires en la supuesta Cruzada!

(continuará alternativamente con lo que señalo en el AVISO)

AVISO: Interrumpiré esta serie en los próximos posts porque un amable lector me ha sugerido que escriba algo sobre el “oro de Moscú” Como encima ha tenido la amabilidad de subir un twit que identifica como emisario a VOX, lo haré con el mayor gusto. Yo no suelo criticar a partidos políticos que, al fin y al cabo, son votados por un sector de la población, pero en este caso lo haré. No creo que tenga mucho éxito pero si sirve para que a los responsables de los temas de historia en VOX se les caiga la cara de vergüenza (si es que tienen alguna) el esfuerzo no habrá sido en vano. No espero que contesten, pero si lo hacen, podremos reirnos todavía más. Añadiré también algunas de las reflexiones que me inspiran las recientes declaraciones del señor presidente de la FNFF en el diario EL PAIS (16 de septiembre de 2020) y que ya he subido a Twitter y a mi página de FB.

Nuevo curso, nuevos libros (II)

15 septiembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Muchos libros resultantes de coloquios o congresos suelen ser bastante heterogéneos. Esto no es una crítica. Salvo que el acto esté conceptualmente muy circunscrito -lo que ocurre con frecuencia- y se trate de un tema muy acotable y acotado, los intervenientes que se decidan a participar en él lo hacen desde sus especialidades, sus preocupaciones o las investigaciones que más les han interesado. El libro que comento ahora en estos posts en modo alguno se ha escapado a esas contradicciones. La guerra civil española, hoy, no es susceptible de ser categorizada bajo un lema unitario. Quizá pudo hacerse en los años franquistas. Hoy es imposible. La variedad de enfoques, temas, perspectivas analíticas y campos del conocimiento que engloba ha derrumbado aquellas viejas ilusiones. Sin embargo, en el libro publicado por Marcial Pons se ha hecho un esfuerzo por situar los criterios elegidos para sus capítulos bajo un mismo, aunque ancho, paraguas.

La solución ha estribado en dividirlo en cinco partes. Los dos primeros capítulos (de Matilde Eiroa, Alberto Reig) contienen reflexiones generales, pero complementarias, sobre el conflicto. La segunda parte engloba el resultado de análisis recientes sobre sus antecedentes (Ricardo Robledo, Eduardo González Calleja, servidor, Francisco Alía Miranda). La tercera se refiere a aspectos militares o con ellos relacionados (Juan Carlos Losada, Juan Andrés Blanco, Jesús M. Martínez, Paul Preston). La cuarta evoca aspectos internacionales (David Jorge, Miguel I. Campos, José Ramón Rodríguez Lago, Daniela Aronica) y la quinta aspectos múltiples de la represión en la guerra y la posguerra (Gutmaro Gómez Bravo, Francisco Espinosa, Enrique Berzal de la Rosa, Cándido Ruiz González y Eduardo Martín González, Julio Prada Rodríguez). Quedan descolgados un pelín tres capítulos que representan aportaciones sobre temas o muy nuevos (Carlos Píriz, Miriam Saqqa Carazo) o tan importantes que no pueden dejarse de lado bajo ningún concepto (José Luis Martín Ramos).

Desearía empezar por estos tres últimos. Sobre la Quinta Columna se ha escrito mucho. Raras veces con precisión y acopio documentales. Carlos Píriz se ha dedicado durante cuatro años a la tarea de descifrarla. Puedo afirmarlo con cierto énfasis porque en julio del año pasado me tocó presidir el tribunal de tesis doctoral en la Universidad de Salamanca que le dio sobresaliente por unanimidad (y que luego ganó el premio extraordinario del doctorado). El segundo examinador externo fue el profesor Morten Heiberg, catedrático de la Universidad de Copenhague y miembro de la Real Academia de Dinamarca, que había tocado el tema en un libro sobre los servicios secretos de Franco en la guerra civil, escrito a dos bandas con otro historiador español, Manuel Ros Agudo (a quien se deben importantes aportaciones sobre Franco en la segunda guerra mundial, no en vano fue el primer investigador en entrar en los entonces algo más que sacrosantos archivos del Alto Estado Mayor en los que a mí no se me permitió el acceso cuando lo necesitaba).

He de confesar que, para servidor, la tesis de Carlos Píriz fue toda una revelación. Lo que yo sabía de la quinta columna no pasaba de lo que recordaba tras haber leído los cuatro o cinco libros fundamentales sobre el tema, dos de los cuales datan de los años inmediatos de la posguerra, y las aportaciones de un “espiólogo” catalán ya fallecido.  La tesis abrió de par en par una ventana que, historiográficamente hablando, estaba casi cerrada (salvo por el libro de Heiberg/Ros). Espero que muy pronto se publique aunque sea en versión abreviada porque un tocho de casi 800 páginas con centenares de notas al pie y referencias documentales muy nutridas (como debe ser) no es una obra que se lleve para leer en la cama. Piríz ha dejado con doscientos palmos de narices a los aficionados que tanto y tan mal han escrito sobre el tema y no hablemos, por supuesto, de los historiadores franquistas. Como corresponde.

Miriam Saqqa ha hollado, para mí, terreno nuevo (pero con esto solo pongo al descubierto mi ignorancia). Su trabajo versa sobre las exhumaciones de los “caídos por Dios y por España” realizadas después de la guerra. Un tema un tanto fuerte, pero muy revelador sobre las concepciones que dominaban en la mente de los vencedores. Se ha basado en un material inédito pero tomado de ese universo que es la Causa General, no el adelanto publicado en los años cuarenta por el entonces esperpéntico ministro de “Justicia” (entre comillas) y reproducido hace unos años con uno o dos prólogos historiográficamente penosos por una editorial de color que no deseo comentar. De todo tiene que haber en la Viña del Señor. El “management of bodies” (la gestión de los cuerpos) entra así por la puerta grande en la  historia de la guerra civil.

En cuanto al tercer capítulo, del profesor José Luis Martín Ramos, no puedo sino exaltar su enfoque. Abordar (tras haber escrito dos gruesos tomos en catalán y un resumen actualizado en castellano en editorial CRÍTICA y que me hizo el honor de querer que prologase)  las fracturas políticas y sociales en Cataluña durante la guerra y, después de esta, la aparición del franquismo catalán en su variedad y destino diferenciados, así como la “descatalinzación” propulsada por el régimen es un auténtico desafío para recoger el cual hay pocos historiadores más cualificados. No deseo en modo alguno desvelar aquí los resultados.

Otros capítulos cumplen muy bien su cometido a la hora de dar a conocer al público en general aspectos territoriales de la represión que, bien por la abundantísima literatura que sobre ellos existe o porque la que ha ido generándose en los últimos veinte años ha tenido una proyección territorial limitada, no han alcanzado la difusión que merecen a escala global. En el primer aspecto, rompiendo el principio de que los árboles no dejan ver el bosque, Francisco Espinosa, uno de los más relevantes y más conocidos especialistas, aborda las peculiares características españolas a la hora de enfrentarse con el, sin duda, más turbio, más duro, más sangriento y más debatido tema de la represión sobre dos de las regiones más castigadas en la guerra civil. Lo manifiesta de nuevo sobre su reflexión  en torno a una multitud de monografías que han ido desmontando sistemáticamente las leyendas ocultadoras y tergiversadoras de los vencedores y, todo hay que decirlo, del silencio en que rodearon durante la transición y después. El caso andaluz (la región más ensangrentada) está, sin embargo, bien estudiado y las responsabilidades de Queipo de Llano, todavía enterrado en La Macarena debido a su abombada condición de antiguo cofrade).  La investigación en Extremadura tiene otra historia.  Leer sus resúmenes es desesperar, aunque quizá para menos en el futuro si llega a materializarse el volantazo que se anuncia con la futura ley de Memoria Democrática, a punto de aprobarla el Gobierno.

En el segundo aspecto nunca será suficiente dar a conocer los progresos hechos en la materia en regiones como Castilla la Vieja y León en donde, en puridad, NO HUBO GUERRA. Es decir, no se produjeros avances y retrocesos, ocupación del territorio frente a un enemigo armado, muy poco estructurado ciertamente, pero en la que los militares y civiles sublevados, borrachos de ideología y de venganza, sometieron amplias zonas geográficas en las que nunca tuvieron que enfrentarse ni a milicias improvisadas y desorganizadas ni a contingentes militares regulares. Elegir Castilla la Vieja y León era obligado, dado que el congreso se celebró en Zamora y los desparramados artículos y libros que de ella se han ocupado no han tenido la repercusión que merecen.

La represión no fue solo de muerte, asesinatos, juicios sumarísimos y desapariciones. También tuvo un importantísimo componente económico. A algunos fueron a parar los millones y millones de pesetas obtenidos por medio de una presión multimodal que expolió vilmente a quienes no se sumaron a la sublevación y se opusieron a ella o que fueron simplemente de izquierdas, masones, no católicos, republicanos, liberales, socialistas, comunistas, librepensadores, es decir, por definición la “Anti-España”. Un terreno difícil por carencias documentales, mala sistematización de datos, ocultaciones sin cuento. El profesor Julio Prada, a quien personalmente debo preciosas informaciones sobre el mundillo del gran conspirador que fue José Calvo Sotelo, lleva años avanzando en ese terreno que no cuenta con el reconocimiento que merece, aunque obviamente hay ya una literatura que ha emergido durante los últimos años que no es modo alguno desdeñable. De aquí el título de su trabajo sobre lo que ya se sabe de esta dimensión tan importante para los vencedores (empezando, todo hay que decirlo, por su Dux máximo).

Finalmente, pero no en último lugar porque en realidad es quien abre la parte relativa a la represión, el libro cuenta con la aportación del profesor Gutmaro Gómez Bravo, que se ha distinguido por la visión que puede arrojar sobre este tema alguien que no ha vivido los años del franquismo y que, como representante de esa generación que está llamada a tomar las riendas, si es que no lo ha hecho ya, de las nuevas formas de ver la guerra civil, se ha hecho un nombre por esfuerzo y derecho propios.

Insisto en que en esta obra hemos querido reunir a representantes de varias generacions porque, por el paso ineluctable del tiempo, es a las más jóvenes a las que corresponde ya tomar la antorcha. No de otra manera se portó Julio Aróstegui al acoger en su cátedra de la Universidad Complutense a varios de los nombres que aparecen en este libro.  En lo que a mi respecta jamás le agradeceré bastante su apoyo (con el del profesor Antonio Niño) para que volviera a la UCM y precisamente a la Facultad de Geografía e Historia.

(continuará)

A desinformar, que es lo bueno

14 septiembre, 2020 at 5:17 pm

VUELVE EL SEMPITERNO TEMA DEL “ORO DE MOSCÚ”

Pongo en conocimiento de los amables lectores la siguiente noticia, de la que no quito y a la que no pongo ni una coma:

“Hoy se cumplen 84 años del mayor atraco de la historia de la humanidad. ¡Como suena!. Sucedió en Madrid y aún así es desconocido en sus verdaderas dimensiones por lamayor parte de los españoles. Imagínate la de estudios, novelas históricas, películas, obras de teatro,  nada porque lo perpetraron gentes que tienen patente de corso aquí, allí y allá.

Veamos. En la madrugada del 14 de septiembre de 1936 un grupo de cerrajeros, sindicalistas y pistoleros de la motorizada (la guardia personal del líder del PSOE que menos de dos meses antes habían asesinado a Calvo Sotelo) asaltaron el Banco de España que estaba donde ahora, en la plaza de Cibeles. Los enviaba el ministro de Hacienda del PSOE, Juan Negrín. El gobierno lo presidía Francisco Largo Caballero, también del PSOE.

Arramplaron con la que era la cuarta reserva de oro del planeta. El cajero mayor se suicidó de un disparo en su despacho, abrumado por semejante expolio. El presidente Azaña no fue informado y tampoco las Cortes, lo que despeja cualquier duda: no fue, en absoluto, una operación digamos económico-política sino un atraco monstruoso.

El 25 de octubre los buques soviéticos Kine, Kursk, Neva y Volgoles zarparon de Cartagena con el oro, cientos y cientos de tenoleadas, una de las 3 mayores reservas mundiales de oro, rumbo a Odesa y donde Stalin se quedó con todo.

Posteriormente le siguió el asalto a las cajas de seguridad de los bancos de Madrid.

Los mandarines de la memoria histórica callan.

Pero es evidene que todo lo malo que hace la izquierda en este país no tiene importancia o carece de difusión necesaria. COMPARTE Y DIFUNDE!!. Esto también es MEMORIA HISTÓRICA”. 

[Se añaden tres banderas españolas y tres dedos pulgares en alto].

Pásalo todo lo que puedas ahora se puede de 5 en 5.

Este panfleto me ha llegado al móvil el sábado 12 el mensaje que, como se verá, no tiene ni padre, ni madre, ni perrito que les ladre. No es necesario ser un analista aventajado para comprender que los ignorantes que lo han circulado están encamados, como no podría ser de otra manera, en la derecha más asilvestrada.

Lo único que es cierto, en cuanto a hechos, de tamaño bodrio son cuatro:

  • El oro salió efectivamente de Cartagena
  • El presidente del Consejo era Largo Caballero y el ministro de Hacienda Negrín y ambos eran del PSOE. No es un descubrimiento.
  • Se forzaron las cajas de los establecimientos bancarios por razones que más adelante se expusieron, de forma un tanto sibilina, en la Gaceta de Madrid.

Dicen los expertos que la mejor mentira es la que contiene un grano de verdad. Esta contiene cuatro, con lo cual se potencia el mensaje. En todo lo demás, aparte de la interpretación, los supuestos hechos contienen errores de bulto. Incluso hasta en el nombre de dos de los barcos, ¡que ya es! Naturalmente falta cualquier tipo de contextualización. No se trata de atacar sino de atacar de la manera más burda posible y al alcance de gente que no tiene ni la más remota idea del tema.

Los autores de este grotesco mensaje ligan el suicidio del cajero del Banco de España con la salida del oro. SON UNOS IGNORANTES CENTUPLICADOS. Dicho señor se llamaba Tomás Sanz quien se suicidó en noviembre, dos meses después. Dejó escrito las razones. No se encontraba ya con resistencia física ni salud para continuar la intensa y penosa labor que llevaba realizando desde hacía cuatro meses. No podía abandonar su puesto. No tenía sustituto. Faltaba personal. Los servicios funcionaban con dificultad. Y entonces decidió cortar por lo sano.

Y, después de dar a conocer excepcionalmente en mi blog la anterior sarta de estupideces, pregunto a los imbéciles que la han circulado: Si fue así, como dicen, un expolio gigantesco, único en la HISTORIA,

  • ¿qué hizo el glorioso, el inmarcesible, el inmortal general Franco en cuarenta años de poder omnímodo para deshacer tal supuesto entuerto porque la OID (Oficina de Información Diplomática) en diciembre de 1956 anunció ciertas medidas que, naturalmente, se quedaron en el más denso de los olvidos?. Quizá algún partido o grupo de ciudadanos que estén detrás del bodrio que comento podrían hacer luz, tan indignados como se muestran.

Es más,

  • ¿qué hicieron los Gobiernos del PP que, sin duda, habrán conocido los hechos como fueron y no como cuenta la mente enfebrecida de los autores de dicho bodrio que se autoenvuelven, villanamente, en los colores de la bandera nacional?

¡Ah! Misterio. Quizá quienes estén detrás del bodrio en cuestión podrán explicarlo a través de las redes sociales aunque fuese refugiados en el más oscuro anonimato. También podrían aprovechar la ocasión para explicar el profundo misterio que envuelve el origen de la fortunita que se apañó el general Franco mientras sus soldados morían en los frentes de batalla o se desangraban en los hospitales de campaña. Tengo la sospecha de que muchos españoles se lo agradeceríamos. Ciertamente servidor.

ANGEL VIÑAS

14 DE SEPTIEMBRE DE 2020

Nuevo curso, nuevos libros (I)

14 septiembre, 2020 at 5:10 pm

Empieza este curso con presagios sombríos. Al menos, así me parece. Quizá porque vivo en un país que lleva más de un año sin gobierno efectivo y en el cual la pandemia puede desbordarse.  Como también en España. En ambos, la vida económica, laboral, social, cultural y política ha sido afectada de forma contundente. Se ha abonado el terreno para los más negros análisis y/o los más abyectos  negacionismos. Pero la vida sigue. En el terreno en el que en estos años siempre me he movido, que es el de la historia y de la literatura que trata de desentrañar el pasado más o menos parcialmente haré referencia en este y en los próximos posts a algunas de las obras que me han llegado en el verano y citaré  las que me parecen más dignas de mención. Las he ojeado el mes pasado, a la vez que me he dedicado a leer novelas o a escucharlas en versión audiolibro mientras hacía mis ejercicios regulares en bicicleta estática. No ha sido un mes para deambular por las calles, sentarse en una terraza, ir a nuevos restaurantes o estar de charleta con los amigos. Sí para ir por senderos solitarios en los bosques y campos del sur de Bruselas. Empezaré por la obra que conozco mejor.

Acaba de ponerse a la venta el libro (530 páginas) en el que la primavera pasada sus tres coeditores trabajamos afanosamente para conseguir que estuviera impreso antes del comienzo del verano. Gracias a los desvelos de la editorial y, sobre todo, de la persona que se encargó de todos los preparativos técnicos, Mariana Salvador, quedó listo a mitad de junio. Mal momento para darlo a conocer al público. Mejor esperar a la rentrée.

En este blog me he hecho eco en varias ocasiones del simposio que, para recordar el LXXX aniversario del final de la guerra civil (al menos en su parte bélica), tuvo lugar en Zamora en mayo de 2019. Nos reunimos más de una veintena de historiadores de tres o cuatro generaciones. Se presentaron ponencias sobre los más variados temas. De reflexión, de anuncio de nuevas investigaciones, de síntesis y reinterpretación de otras.

En ese año del aniversario no hubo muchos congresos con vocación de dar a conocer las ponencias que en ellos se presentasen. La Universidad Rovira i Virgili se había adelantado en 2018 con una selección de las discutidas el año anterior por una amplia serie de historiadores españoles y extranjeros de tal suerte que la recopilación, coordinada por los profesores Alberto Reig Tapia y José Sánchez Cervelló, coincidió, exactamente con el aniversario mismo.

En este último, y que recuerde, solo hubo otro que se celebró en la Universidad Francisco de Vitoria, en noviembre gracias a los denodados esfuerzos del profesor Javier Cervera. Los resultados están aún por publicar. En ambos casos, sin embargo, las ponencias orales se colgaron en la red y allí pueden consultarse.

Creo que las tres obras muestran varias cosas. La primera, que la investigación sobre la guerra civil, sus antecedentes y sus consecuencias, sigue viva. La segunda, que el interés de los historiadores y de una parte del público no ha decaído. La tercera, que entre dichos historiadores el abanico de edades se ha ampliado desde los por desgracia más que jubilados (como quien estas líneas escribe) hasta los salidos de las aulas pocos años antes. Unos y otros, con ropajes diferentes, con trayectorias y ambiciones distintas, con metodologías y enfoques plurales, aportan sus granitos de arena a la historiografía y en la que no falta tampoco la aportación extranjera.

A la vista de tal número de ponencias, en ocasiones dispares, cabría afirmar que la historiografía en progreso va por un lado y que los debates políticos o periodísticos que nos azotan se encuentran en un universo que prácticamente poco tiene que ver con él. Releer hoy algunas de las intervenciones en los debates de la sesión de investidura de comienzos de este año es un ejercicio que recomiendo vivamente (están colgados en la red, como es lógico). Hay políticos en ejercicio que no saben nada, no han aprendido nada y no quieren separarse de los dogmas de un pasado que muchos creíamos superado.  

El libro al que hoy aludo recoge todas las ponencias presentadas al congreso de Zamora, salvo dos. En un caso, por deseo del autor. En otro, por un despiste lamentable. Si hubiera una segunda edición, algo que en mi modesta opinión sería deseable, trataríamos de incorporar el que se nos olvidó. Sé que es un fallo imperdonable, pero ya  se han presentado las más sinceras disculpas a la autora. Nadie es infalible.

Lo hemos coeditado, cogiditos de la mano, los profesores Juan Andrés Blanco, Jesús M. Martinez y servidor. Los tres, amigos del siempre añorado Julio Aróstegui que nos dejó al poco de salir su espectacular biografía de Largo Caballero (que periodistas, escritores y políticos de medio pelo insisten en ignorar).

En el libro que año y medio después se ha puesto a la venta los capítulos tienen un enfoque distintivo. A nadie se le oculta que a lo largo de los últimos años ciertos medios de comunicación han devuelto a la palestra pública temas que, bien o menos bien, los historiadores habíamos encauzado. Ahora se los quiere desencauzar. La pugna política hace extraños compañeros de cama.

Luces sobre un pasado deformado (Marcial Pons)

Por ello el título del libro, LUCES SOBRE UN PASADO DEFORMADO, conjuga dos ideas: por un lado la vocación del historiador de alumbrar cada vez mejor lo ocurrido y, por otro, la deformación de que esto es objeto. El pasado, en efecto, no puede cambiarse pero sí pueden cambiarse las interpretaciones que del mismo se hagan. Los historiadores, con su bagaje de conocimientos, habilidad y sentimientos se esfuerzan, al menos, en descubrir o reinterpretar las facetas  de un pasado insondable y someter a contrastación y crítica intersubjetivas la forma y manera en que esas facetas se insertan, o no, en las ortodoxias dominantes. Es un tejer y destejer continuos. Una historia de nunca acabar.

El libro en cuestión se ha colocado bajo una larga referencia no a un historiador sino a un novelista, Javier Marías. Reproduzco una parte:

“Si yo fuera historiador, viviría desesperado, porque la labor de estos jamás había caído tanto en saco roto. El historiador investiga y se documenta, dedica años al estudio, cuenta honradamente lo que averigua (bueno, los que son honrados, porque también proliferan los deshonestos a sueldo de políticos sin escrúpulos, los que mienten a conciencia), matiza y sitúa los hechos en su contexto. Nada de esto sirve para la mayoría. Tienen mucha más difusión y eficacia unos cuantos tuits falaces y simplistas, y lo más grave es que casi todo el mundo se achanta ante los aluviones de falsedades…”

(Lo  hemos tomado de un artículo suyo, “Nos complace esta ficción”, El País semanal, 2 de diciembre de 2018, que nos pasó un amigo mío).

A veces, claro, no se trata de tuits, sino de artículos e incluso de libros, en los que se cita mal, se manipula el pasado, se insertan unos cuantos insultos y se lanzan despropósitos a vuela pluma. En este blog ya me he hecho eco de algunos de los temas favoritos de la desinformación: una República “sovietizada”, una guerra civil entre las luces vencedoras y las tinieblas de los vencidos, (el Ángel y la Bestia pemanescos en versión algo edulcorada), el renacer de una España gloriosa bajo la clarividente dirección del “Caudillo” por antonomasia y blablá.

Los coeditores de este libro somos conscientes, claro, de que la sociedad española no es la única en las que se dan cita bulos, estereotipos y fake news, un inefable concepto que tan famosa hizo a una rubia colaboradora del presidente Trump (hace pocos días  ha dejado de la Casa Blanca para dedicarse al cuidado de sus hijos, una tarea mucha más digna). La sociedad española es una de las pocas en Europa occidental que utiliza tales instrumentos como arma política arrojadiza para deformar el pasado y que los ha elevado al rango de una fake history desde instancias mediáticas y políticas.  

Contra esa fake history que a veces se crea ante nuestros atónitos ojos (el episodio de la reciente Convención republicana en Estados Unidos es verosímil que quede como un ejemplo difícil de superar), no hay más remedio que volver al pasado con una perspectiva crítica. Trump será un producto de la sociedad norteamericana, pero nosotros hemos sufrido ejemplos, teñidos de sangre, de la creación de historias “alternativas” de tipo orwelliano: “quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado”. (Sería deseable que tan famosa cita pudiera desgranarse en el futuro en términos de pretéritos perfectos)

En el próximo post haré comentarios más precisos sobre el libro en cuestión, publicado por Marcial Pons, Madrid, en su colección Historia.

(continuará)

Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (y VII)

28 julio, 2020 at 8:30 am

Frente al chorro de ayudas a los sublevados a que he aludido en el post anterior y que se materializaron inmediatamente en el transporte masivo de hombres y material de guerra a la península  y la participación de pilotos y avianos extranjeros en operaciones de combate, ¿qué pudo oponer la República? Poco. ¿Cuál fue, pues, la orientación tomada desde el primer momento por los historiadores franquistas? En aplicación de la estrategia de proyección que había ido formulándose a lo largo de los años anteriores, se trató de invertir las tornas y de atribuir al enemigo los comportamientos propios.

De forma drástica este mecanismo se puso en marcha en dos direcciones fundamentales: la primera consistió en disminuir la importancia del apoyo material, político, material y propagandístico de los amigos nazis y fascistas. En paralelo, se cargaron las tintas en el tema opuesto: inflar la ayuda a la República. Esto se hizo desde el primer momento. Propaganda de guerra. Ya se sabe que, según la fórmula clásica, en una guerra la primera víctima es la verdad. Así que, para el historiador, esta propaganda es significativa como representativa de los tiempos de contienda, sangre y venganzas. Lo que es curioso, aunque tampoco demasiado sorprendente, es que ambas direcciones de los mitos caros a la dictadura se mantuvieran hasta los momentos actuales.

Sería interesante que algún joven historiador escribiera una tesis sobre la plasmación de estas dos direcciones de la propaganda de los vencedores, pero en este modesto post me permitiré subir a la cúspide: es decir, de aquel de quien emanaban todos los poderes del Estado y vencedor en las mil y una batallitas de la guerra civil. Me refiero al sumo sacerdote: Francisco Franco, es decir, con la debida pleitesía con que se le trataba, Su Excelencia el Jefe del Estado, para abreviar, SEJE. Ya me he referido a ello hace años en alguno otro post de este blog.

Con la experiencia que le dieron veinte o treinta años de estar sentado en el machito, no cabe olvidar que cuando  Franco se decidió a pergeñar unas cuantas notas sobre el pasado no olvidó incidir en las dos direcciones que hemos indicado. La ocasión la encontró a la hora de escribir sus recuerdos (sus fantasías o sus ilusiones) sobre los funestos años republicanos. Hay dudas razonables sobre cuál fue el momento en que lo hizo. Personalmente, por algunas referencias que en sus notas se encuentran, creo que debió de ser a principios o mitad de los años sesenta (hay en ellas una alusión al papel de los economistas del cual se congratuló recordando que había creado la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas en los años cuarenta). Esto me lleva a situar la redacción de sus notas una vez constatado ampliamente el éxito del plan de liberalización y estabilización de 1959.

Tras aludir a los años republicanos -que aquí no interesan- también rozó, mucho más brevemente, los momentos iniciales de la guerra.  Al hacerlo, no se le ocurrió otra cosa que evocar el apoyo del “ángel de la guarda” (sic) hacia  él y hacia sus mesnadas (cabe utilizar esta expresión arcaica, dada una situación en la que, gracias al cielo, se hicieron “milagros en el armamento”, porque “carecíamos de municiones”). [Todo lo que entrecomillo es copia del texto de SEJE]. Incluso el Señor, al parecer, intervino ya que de lo contrario no se comprende su afirmación sobre la “ayuda escandalosa de Dios”. [En mi opinión, casi blasfema].Ya se sabe, no obstante, que cuando escribió estas notas la Santa Madrie Iglesia Católica española poco menos que lo había acogido bajo su amplio manto y, sin duda, perdonado todos sus pecados.

Tampoco podría decirse que Franco elogió demasiado la benevolencia nazi (¿quién era aquel insensato de Hitler que había perdido la guerra?)  y al referirse al período preciso de julio/agosto de 1936 comprimió experiencias ulteriores: “exigencias alemanas: 50% divisas y 50% mercancías a pagar (poca capacidad de pago). Italia más generosa” (Apuntes, p. 41)

Si esta fue la primera dirección de la propaganda que tras referirse a tan elevadas autoridades plasmó Franco, su referencia a la segunda muestra la selección cognitiva que ya embargaba al ilustre dictador. No fue muy preciso en cuanto la ayuda francesa a la República (las exageraciones al respecto se las había dejado a sus turiferarios). A SEJE lo que siempre le “moló” fueron los malvados bolcheviques.  “2.000 comunistas voluntarios por la frontera catalana. Los tanques rusos (…) Ante [la] avalancha admisión de voluntarios más simbólicos (sic)” ¡Caramba! Unos 18.000 alemanes y casi 80.000 italianos, ¿simbólicos? Claro que, escribió contra toda evidencia, que “evitábamos a Italia y Alemania”, pero “demostrábamos al mundo que no estábamos solos” (Apuntes, p. 43). (En este año de gracia -o de desgracia- de 2020, periodistas avezados han escrito loores a la supuesta “necesidad” del 18 de Julio sin ocurrírseles mencionar la ayuda fascista contratada semanas antes).

Leyendo, tal vez, lo que sus  sumisos historiadores escribieron sobre las ayudas a los “rojos separatistas” probablemente a SEJE no se le habría  ocurrido pensar que, por ejemplo, los británicos interceptaban los telegramas de la Komintern y también los de los militares italianos y que los servicios de inteligencia de la rubia Albión, más los franceses, seguían muy de cerca la evolución de los acontecimientos españoles. El “mundo”, es decir, las potencias que se interesaban por lo que pasaba en España, tenía una idea bastante clara de lo que ocurría, aunque la defensa de los propios intereses y/o de la posición se recubriera con toneladas de argumentos marcados tanto por una interpretación sesgada de la Realpolitik. Ciertamente el Reino Unido y sobre todo Francia lo pagaron muy caro después.

Franco hizo lo que pudo. No mucho, salvo entregarse de pies y manos a sus protectores. Esto parecerá un horror a sus turiferarios, pero como ya señaló en un diario privado su primer “ministro” de Asuntos Exteriores, Francisco Serrat, la política hacia el mundo circundante del “jefe” consistió en “pegarse” a las potencias fascistas y en poner a caldo a las democráticas. Ni que decir tiene que militares ilotas y “parvenus” falangistas, que tenían en sus manos la propaganda en la época, se dedicaron a ello con fruición. Sus ecos retumban todavía.

En consonancia con las direcciones que afloran brevemente en los Apuntes del Generalísimo  lo que los historiadores afines habían hecho hasta los años sesenta, y continuaron después, fue abultar todo lo posible la ayuda francesa y, como ya he indicado en un post anterior, presentar la italiana y la alemana como reacciones a la misma. ¿Por qué ninguno de los periodistas que ha escrito sobre el 18 de julio echa un vistazo a las publicaciones sobre los antecedentes publicados en 1945 y a finales de los años sesenta del Servicio Histórico Militar?

Obsérvese, con todo, la “trampa saducea” implícita. En julio y agosto de 1936 los sublevados eran una panda de fueras de la ley en términos del Derecho Internacional de la época. No representaban nada. Se trataba de rebeldes por antonomasia. El Gobierno republicano estaba reconocido por todos los Estados (incluso existían relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, aunque todavía no se habían intercambiado embajadas). Y, sin embargo, a iniciativa francesa -con el rechinado entre dientes de diversos sectores de la política y sociedad galas- se puso en marcha la propuesta que conduciría rápidamente a la adopción de una política de no intervención en los “asuntos de España”.

Es decir, Francia puso a rebeldes y gubernamentales a la misma altura. París ante todo y Londres después ni se molestaron en guardar las formas. La prohibición de exportación de armas a España entró en vigor casi desde el primer momento. El Gobierno de Frente Popular que encabezaba Léon Blum (y que, al decir de testigos fiables, había derramado abundantes lágrimas de cocodrilo) se había preocupado, eso sí,  de salvar antes la posibilidad de enviar  aviones (de destino aciago, sin armas, sin sincronización de armamento, sin combustible adecuado). En paralelo,  los portugueses, los italianos y los alemanes se pasaron la sugerencia de no intervención por el arco de triunfo desde antes del momento de su aceptación generalizada.

Esta divergencia esencial de actitud con la aplicación a España de un tipo de comportamiento agravado (muy agravado) en comparación con el que los países democráticos habían mostrado ya en los casos de China (¡cielos!, ¿dónde estaba China?) y Abisinia (“negros despreciables”), se utilizó con mayor contundencia hasta 1939.  Los análisis contables comparativos (de los se ha escrito mucho) pasan por alto la dinámica política, diplomática y de suministros que fue la fuente de tantas frustraciones para la República durante toda la guerra. Con relevantes excepciones en la literatura, como hace tiempo Gerald Howson. La revalidará con documentación española y extranjera, añadiendo una masa de información absolutamente desconocida hasta el momento (la EPRE de turno), Miguel I. Campos.  Cuando se reanude la próxima temporada, estos posts, picotazos sobre temas de historia, la iniciaré con la referencia a un libro, que se habrá puesto a la venta a finales de agosto. En él figuran, además de otros artículos muy interesantes, un anticipo de investigaciones en curso.  

Con este post concluyo “mi” curso 2019-2020. Ha sido muy especial para todos. La pandemia no ha dejado indemne ningún aspecto de nuestras vidas, en los planos personal, familiar y colectivo. Ha alterado nuestra existencia. Se ha llevado por delante (lo más doloroso) a millares de personas. Bélgica, donde vivo, ha sido uno de los que, en términos relativos y comparativos, más ha sufrido. De España no necesito hablar.

Por el momento me mantengo en un encierro escasamente aligerado. Desde hace un mes paseamos los fines de semana por los campos de cereales y los bosques de la periferia sur bruselense. Todas las noches, andamos media hora por calles prácticamente desiertas. Y no dejo de “dar” a la bicicleta estática.  He trabajado sin descanso. El año que viene se verán los resultados (espero verlos también). Quizá entonces los lectores comprendan por qué los posts de esta última parte han tenido ciertas fijaciones: Franco, la República, los inicios de la guerra civil. He procurado no revelar nada de lo que se avecina. El curso que viene trataré de ser menos monotemático, aunque no puedo prometer maravillas.

Para todas y todos los amables lectores mis mejores deseos de cara a las vacaciones. Volveré a estas páginas el 8 de septiembre. Laus Deo.  

FIN

Referencias

Francisco Franco: “Apuntes” personales del Generalísimo sobre la República y la guerra civil, Fundación Nacional Francisco Franco, Madrid, 1987.

Francisco Serrat Bonastre: Salamanca. 1936, Barcelona, Crítica, 2016.

Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (VI)

21 julio, 2020 at 9:20 am

A la República la salvó in extremis la intervención soviética a partir de octubre. Lo hizo con el guante que lanzó a la no intervención, con armas (viejas en un primer envío, modernas después), con asesores militares y de inteligencia, con petróleo y otros carburantes, con apoyo diplomático y, no en último término, con la posibilidad de utilizar la Banque Commerciale pour l´Europe du Nord para zafarla del sabotaje de la banca internacional. Nada fue inmediato. Tampoco gratuito. Se combinaron dos necesidades, la soviética y la española. Stalin no quería una revolución comunista en España.  Quería, en el marco de su política de disuasión, demostrar al fascismo que sus agresiones no quedarían sin oposición por la fuerza. No por amor a la República, sino por sentido de preservación. Un factor nada desdeñable. La necesidad española era más urgente y la describió, de manera insuperable, Julián Zugazagoitia.

La necesidad soviética exigía fortalecer a un Gobierno republicano que fuese aceptable para las democracias occidentales y a las cuales Stalin siguió cortejando a su manera. Estamos a mil leguas de la historia que cuenta la inmensa mayoría de los autores antirrepublicanos, sobre todo españoles, o que justifican la no intervención. Fue una apuesta a favor del fortalecimiento de la propia seguridad frente al zarpazo amenazador del fascismo. Sin embargo, transcurrieron casi tres meses para que la variopinta ayuda soviética se pusiera en marcha. Stalin siempre fue muchísimo más cauteloso que los dictadores fascistas. Ya lo subrayó, hace muchos años, Adam Ulam.


Homenaje a la URSS en la Puerta de Alcalá durante la Guerra Civil
| Cordon Press

Claro que, en España, el tiempo también había pasado y en modo alguno pudo recuperarse. Los aviones italianos y alemanes se dedicaron inmediatamente a trasladar tropas a la península. Actuación aderezada de algunos mitos. El primero, que Göring no tardó en aceptar la idea porque sería la primera vez que se estableciera un puento aéreo entre dos continentes. La afirmación del orondo general no está documentada y si la hizo fue, probablemente, a posteriori. Lo que sí está documentado es que ya se les ocurrió a otros. Desde individuos sin nombre conocido que dejaron huella en algunos papeles italianos hasta el propio Franco que pidió aviones de transporte a Berlín y Roma a los pocos días de llegar a Tetuán. Incluso el cantamañanas de Bolín no encontró mejor argucia que autopresentarse en sus memorias como el generador de la idea ya el mismo 19 de julio. Se han escrito, y siguen escribiéndose, muchas estupideces al respecto pero hoy sabemos que a todos ellos se les habían adelantado los monárquicos alfonsinos. Lo que todavía sigue contándose sobre Franco y Mola pasa por alto tan “pequeño” detalle. Tampoco se destaca la importancia de los transportes de material de guerra al teatro de operaciones del sur de la península.

Cuando se examina cierta literatura ennoblecedora de la marcha victoriosa de las tropas de Regulares o, ¡cielos!, del glorioso e inmarcesible Tercio de Extranjeros parece como si su combate en dicho teatro hubiera sido contra hordas de trabajadores y campesinos armados hasta los dientes, enfervorizados por anarquistas y, sobre todo, comunistas para oponerse con miles de ametralladoras a la fuerza de las ideas que impulsaban tamaños defensores de la civilización “cristiana”.

Pero, lejos de la mitología, ¿eran suficientes los tiros a mauser limpio o el crepitar de las ametralladoras que los “africanos” llevaban a cuestas?  ¿O los que tenían quienes se sublevaron guarnición tras guarnición, debidamente “trabajadas” a lo largo de los meses precedentes? Si bien se reconoce, negarlo sería una estupidez, que el de África era el más fogueado del Ejército español de la época, suele quedar en segundo plano que también era en Marruecos donde se almacenaban armas pesadas, repuestos, municiones y otro material de combate que hacían de él un poderoso ariete integrado en comparación con lo que existía en la península. Si se echa un vistazo a los informes de los agregados militares alemanes, franceses, italianos, británicos o a los del Deuxième Bureau en el Marruecos francés tal es la imagen que se desprende.

El 19 de julio, si no ya en la noche anterior, comenzó el traslado por barquichuelos de las primeras unidades de Regulares a las costas gaditanas; no tardaron en unirse al paso, en esta ocasión por aire, los transportados por los pocos aviones militares y civiles allegados por los sublevado; a la par comenzó la recluta de “moros”, aunque no faltaran quienes años antes habían hecho desangrarse a las tropas españolas en la interminable guerra colonial; finalmente, la propaganda por radio y prensa empezó a distorsionar la realidad de cara al extranjero. ¡Había que salvar a España de la inminente amenaza roja!

Se trató de actuaciones imprescindibles a la espera de los aviones italianos apalabrados y los resultados de las gestiones de Franco a través del agregado militar nazi en París o los de la misión que, ¿heroicamente?, había enviado a Berlín.

Cuando fue arribando el refuerzo aéreo nazi-fascista en tres etapas (el Junker de la misión berlinesa, los Savoia Marchetti iniciales y los aviones que Hitler prometió) la situación empezó a sonreir a los sublevados.  En la primera semana de agosto (una eternidad para algunos, en realidad ocho o nueve días después del golpe) empezó a funcionar una división del trabajo: los italianos atendieron al transporte, inmediatamente a las primeras actuaciones bélicas necesarias y los Junkers se concentraron en el traslado de tropas, pero especialmente de material de guerra. Solo hacia mitad de agosto recibieron autorización de operar contra los republicanos.

La propaganda pro-franquista magnificó los ditirambos sobre la aportación (supuestamente más que vital) del denominado “convoy de la victoria”. Que fue una aportación, es innegable. Que palidece ante la que transportó la aviación extranjera, también. El tan, en aquella época, enaltecido Mussolini fue fiel a los contratos firmados con los monárquicos el 1º de julio. Tal y como había decidido, envió las expediciones para cumplimentar los tres que quedaban y, al igual que pasó con la de los alemanes, su ayuda creció casi automáticamente. ¿Por qué? Sobre esto siempre ha habido tesis y contratesis basadas en algunos mitos bien instalados en la literatura pro-franquista.

Es sabido que ya el 4 de agosto, dos viejos conocidos, los jefes de los servicios de inteligencia militar nazi y fascista, el almirante Canaris y el general Roatta, se reunieron en Bolzano, en el norte de Italia,  para intercambiar opiniones. Quizá convenga destacar que la solicitud procedió de la parte alemana unos días antes, es decir, después de que ya hubiera llegado a Tetuán la respuesta de Hitler a la petición de Franco.

A raiz de dicha entrevista las dos potencias revisionistas, que ya se hallaban en proa a una aproximación estratégica y táctica con un futuro más que ominoso, se comprometieron a mantener intensos contactos al nivel de los dos jefes de inteligencia. Su resultado debió de reflejarse en incontables telegramas, hasta ahora no localicados que yo sepa. Por cierto que tal reunión tiene algunos antecedentes que, lo que son las cosas, ha pasado por alto  la historiografía pro-franquista que no ha salido de su letanía habitual, ya consagrada en plena guerra civil, sobre los contactos que antecedieron a la intervención nazi-fascista (léanse las memorias del superembustero marqués de Valdeigleisas), pero reconozco que se trata de  un terreno algo incómodo. Lo que  “mola” es la supuesta conspiración comunista y la “inevitable” intervención estalinista.

En el Centro Documental sobre el Bombardeo de Gernika se han recopilado datos sobre las operaciones de la aviación alemana durante los primeros meses de la guerra. Que yo sepa, pero puedo equivocarme, los guerreros de Franco no conservaron demasiadas estadísticas precisas sobre los envíos iniciales de hombres y material. De aquí que no convenga hacer abstracción de la documentación nazi (tampoco en otras dimensiones). Por ella se sabe que en los primeros veinte días los Junkers pasaron unos 2.850 hombres (no muchos, en realidad) con su material, municiones, repuestos y demás impedimenta (8.000 kilos) y que luego dieron prioridad a esta segunda parte (o se lo pidieron pero que, quizá por la manía de reducir tal “ayudita”, se subestima). En la semana del 17 al 23 de agosto se trasladaron 700 hombres con ya 11.650 kilos de material y en la siguiente 1.275 soldados con 35.300 kilos. Hubieran podido trasladar muchos más de no haber sido por la momentánea carencia de combustible, a pesar de que nazis y fascistas habían enviado desde el primer momento lo necesario para que sus aviones fuesen plenamente operativos desde el primer momento. En Bolzano se acordó que los italianos harían envíos por cuenta de Berlín, no en vano estaban más próximos a Marruecos. El combustible tenía que enviarse por vía marítima. Desde los puertos del norte de Alemania, llevaba más tiempo.  

Sustituir el análisis político por comparaciones contables no siempre es la mejor perspectiva, pero a veces estan resultan útiles. Por ejemplo, a finales de agosto de 1936 nazis y fascistas se intercambiaron resúmenes de los suministros efectuados. Los primeros habían enviado 26 Junkers de bombardeo con sus correspondientes tripulaciones; 15 Heinkel de caza sin ellas (suponemos que irían en barco o que los valientes pilotos sublevados estuvieron en condiciones de volarlos), 20 cañones y ametralladoras antiaéreos, 50 ametralladoras, 8.000 fusiles, 5.000 máscaras antigás más las correspondientes bombas y municiones. Por parte italiana se habían suministrado 12 cañones antiaéreos de 20mm con 96.000 proyectiles, 20.000 máscaras, 5 carros veloces con tripulación y armamento, 100.000 cartuchos para ametralladoras del 35, 50.000 bombas de mano, 12 bombarderos (tres más que a finales de julio), 27 cazas con radio, armamento y tripulaciones (todos llegados en agosto), 40 ametralladoras S. Etienne con 100.000 cartuchos, 2.000 bombas de dos kilos, 2.000 bombas de 50-100 y 250 kilos; 400 toneladas de gasolina y carburante; otras 300 por cuenta de Alemania y 11 toneladas de lubricantes. Naturalmente, pensar que unos y otros se confesaran tales datos a corazón abierto al comienzo de su amistad es debatible, pero no se trata de buscar la perfección.

No se trata porque, en todo caso, fueron inyecciones, todavía limitadas, a los stocks con que contaban los sublevados, si bien los elementos más importantes (aviones modernos o superiores a los existentes en España) no eran nada desdeñables. Y aquí es donde los traslados de material de guerra por los aviones alemanes debieron de quitar algunos dolores de cabeza a Franco, teniendo en cuenta que los nazis no eran como los fascistas que ya habían tanteado el terreno mucho antes del 18 de julio.

Por ejemplo, en la primera semana de septiembre los Junkers transportaron 1.200 hombres a la península con 36.850 kilos de material; en la segunda 1.400 y 46.800 respectivamente; en la tercera 1.120 y 39.0000 y en la cuarta 1.550 y 68.450. Sobre la importancia de estas cantidades puede discutirse, pero la presencia en suelo peninsular, en apenas dos meses y pico, de más de 5.000 fieros combatientes a los que gustaban el saqueo, la matanza  y las violaciones y su equipamiento adicional a los trasladados por vía marítima, tuvo que tener resultados óptimos frente a las depauperadas fuerzas gubernamentales en Andalucía y Extremadura y a los campesinos que dejaban sus hoces para empezar a manejar, como pudieran, armas algo más sofisticadas que las escopetas a las que, en el mejor de los casos, estarían acostumbrados.

Por lo demás, en octubre continuó la ayudita nazi sin la menor solución de continuidad. La prioridad siguió dándose al material (25.550 kilos y 1.600 hombres). Aunque las estadísticas alemanas no son necesariamente fiables, y el resumen final no es el que se obtiene de la suma de los suministros semanales, el total que los contables militares del Tercer Reich reseñaron fue de 13.520 hombres trasladados desde el 26 de julio hasta el 11 de octubre y 270 toneladas de material de guerra. La combinación entre unos y otros fue imbatible.  

La participación italiana, y luego nazi, en operaciones de bombardeo terrestre y marítimo es difícil que se hiciera en contra los deseos de Franco, a no ser que se encuentre documentación en la que este, virilmente, se pronunciara en contra. A servidor no se le ocurre pensar que obrasen sin contar con él. Es más, prontamente se reveló como un protegido muy exigente y, por ende, muy costoso. Satisfacerle planteó problemas operativos, en particular a los nazis. Italia tenía experiencia reciente en el envío a distancia de pertrechos bélicos y unidades de combate gracias a las campañas de Abisinia. El Tercer Reich, por el contario, se encontraba en proceso de expansión y de modernización de la Luftwaffe. Ni siquiera en la Gran Guerra la aviación del Kaiser se había visto inmersa en una actividad de tal volumen actual y potencial. Tampoco la Marina.

(continuará)

Referencias

  • Un análisis de la ayuda nazi-fascista inicial se encuentra en mi trabajo “Negociaciones sobre el apoyo nazi-fascista a Franco”, en Bombardeos en Euskadi (1936-1937), Centro de Documentación del Bombardeo de Gernika, 2017, pp. 21-64,  y en La soledad de la República.  
  • Los lectores que tengan la bondad de leer algo de lo que escribo observarán que siempre que me refiero a Bolín utilizo un calificativo  (“cantamañanas” o similar). Es lo más suave que se me ocurre. Koestler lo inmortalizó en sus memorias con otro y Southworth  hizo algo similar en su obra sobre Gernika. No lo sospecharían quienes se contenten con leer las banalidades que de él escribe un colega suyo en una revista de divulgación en este mismo mes, aniversario del 18 de julio.