El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (III)

12 noviembre, 2019 at 12:01 pm

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

En lo que se supone (solo se supone) fue una transcripción real y fidedigna de la hoja de servicios de Franco hasta principios de 1926 hay dos notas que me llaman la atención: la primera es que el segundo apellido aparece, en el único documento oficial de archivo que he consultado, como Baamonde. Sin embargo, el coronel y genealogista Carvallo de Cora utiliza siempre la grafía que prefirió su héroe, con una hache intercalada entre las dos vocales repetidas. Esto plantea la cuestión de si Franco no gestionaría -y cuándo- la modificación correspondiente de su certificado de nacimiento. O la alternativa: si los escribas del Ministerio de la Guerra no cometerían un error, imperdonable en aquellos años en que el nombre del titular era el que correspondía a un modesto capitán. En el documento de la época (en fotocopia) que tengo en casa la grafía no es esa. Es Baamonde.  Por lo demás, no hay que olvidar que uno de sus primos hermanos, el comandante de la Puente Baamonde, siempre la utilizó  hasta su amargo final, fusilado en agosto de 1936 por permanecer leal a su juramento de fidelidad a la República. El capricho de SEJE no tiene demasiada importancia y, a buen seguro, lo habrá explicado alguno de los historiadores y sicólogos que se han ocupado del personaje. La segunda nota es que en ese documento figuran unas líneas que, en su reproducción, omite el coronel Carvallo de Cora. El porqué es para mí un misterio.

 

El papelín en el que se produce esta omisión es muy significativo. Se trata del resumen del expediente instruido al entonces capitán Franco con motivo de la petición cursada por el general en jefe del Ejército de España en África, a instancias del superior inmediato del heroico capitán, para que Franco fuera sometido a juicio contradictorio. Era algo indispensable para determinar si se había hecho acreedor o no a la máxima distinción al valor, a saber, la Cruz Laureada de San Fernando. Como es público y notorio, no se le concedió.

Hay que pensar que ello tal vez pudo representar un permanente resquemor en quien llegó a ser la gloria suprema de las Fuerzas Armadas españolas y que vio cómo compañeros suyos -que ciertamente no llegaron a su altura y magnificencia posteriores- la habían obtenido y en al menos un caso, el de Enrique Varela, por partida doble. Un personaje que, por cierto, había ido ascendiendo desde las filas. Hay otras posibilidades a las que aludiré más adelante y en esta serie de posts añadiré un caso casi olvidado en la Historia.

El episodio que dio lugar a la instancia para abrir a Franco un expediente de San Fernando ha sido magnificado en la literatura de naturaleza hagiográfica. Se halla en prácticamente todas las biografías que de él se han escrito. Hoy muchas no se consultan habitualmente. Están superadas y se encuentran, cuando se encuentran, en librerías de lance o en bibliotecas. Tal vez, también, en Internet. Sin embargo un recorrido aleatorio por algunas da una idea clara de la intensidad de los vapores de incienso con que se le rodeó. Me refiero, claro está, al indomable, al único, al extremo valor del que el capitán Francisco Franco Baamonde hizo gala al subir cuesta arriba a la cima de una loma para arrebatársela a los moros el 26 de junio 1916. Es la GESTA del Biutz. Recomiendo a los lectores que deseen profundizar en ella (un combate algo insignificante) que lo busquen en Internet. Servidor lo ha hecho gracias a la amable cooperación de Mr. Google.

Dejo de lado que operaciones u operacioncitas de este tenor no escasearon en la denominada “guerra de Marruecos”, territorio de una extensión similar a la de la provincia de Badajoz y que al Ejército español costó someter casi veinte años de mucho sacrificio, mucha sangre, muchas condecoraciones y abundantes ascensos con su lubricante esencial: la corrupción. Esto último ya lo dejó señalado Arturo Barea entre otros.

Nuestra relación debe empezar, naturalmente, por el primer biógrafo y, quizá, el máximo de los “pelotas” máximos de Franco, Joaquín Arrarás, que ya es decir. Abrió camino y por él no tardaron en adentrarse audazmente multitud de seguidores. Nosotros solo necesitamos mencionar a unos cuantos muy seleccionados. No se trata de abrumar con citas al amable lector.

Parece claro que Franco, en su época de dicharachero, contó a Arrarás un montón de anécdotas y de cosas. Su fiel biógrafo señaló, por ejemplo, que en lo que se refiere a la gesta del Biutz al frente de sus soldados Franco subió hacia un parapeto (sic) detrás del cual se resguardaban los moros; que recogió en la subida un fusil abandonado; que lo cargó; que continuó hacia arriba impertérrito y que poco después que se desplomó herido en el vientre (sic) a consecuencia de un balazo; que [¿superhombre?] continuó dirigiendo el ataque; que conservó su lucidez hasta el extremo de llamar a un teniente para entregarle las 20.000 pesetas que llevaba consigo de la caja de la compañía. Ruego al lector se fije en tales detalles y no los olvide. Como la biografía de Arrarás la tengo en casa, en al menos dos versiones, puedo reproducir lo que él escribió de tal hecho de armas que, sin duda, Franco le relataría con todo detalle. ¿Quién, si no?

La escena de la gesta del Biutz que he abreviado en este post es, desde luego, un tanto inverosímil y hay aspectos que no encajan bien. La gesta misma ha sido estudiada por muchos expertos e incluso puede encontrarse una entrada en Wikipedia que dice así:

CITA

La toma de El Biutz fue un enfrentamiento bélico de la guerra del Rif que tuvo lugar los días 28 y 29 de junio de 1916, en las proximidades de la ciudad de Ceuta, entre las tropas españolas y fuerzas rebeldes rifeñas. El ejército español realizó una operación para asegurar las comunicaciones entre Tetuán y Tánger, que se encontraban dificultadas por diferentes posiciones de la guerrilla rifeña, principalmente la situada en el pueblo de El Biutz, ubicada en una cima que dominaba la carretera entre Ceuta y Tetuán y bien defendida por trincheras y combatientes que disponían de ametralladoras y fusiles. El ataque resultaba dificultoso para las fuerzas españolas que debían avanzar por estrechos y espinados senderos muy expuestos al fuego enemigo. La estrategia general de la operación fue diseñada por el general Francisco Gómez Jordana, y consistió en avanzar simultáneamente desde cuatro puntos: Ceuta, Larache, Tetuán y Fondak. En el transcurso del asalto resultó herido en el abdomen el entonces capitán de 23 años Francisco Franco.

FIN DE LA CITA

No me parece mal. Pero esquiva todo lo que, en mi opinión, es importante desde el punto de vista del comportamiento del joven capitán objeto de este post. Añadiré, pues, unas consideraciones mínimas.

  • De niño, y como muchos de mi generación, solía ir a ver películas bélicas. Tres lanceros bengalíes (que se estrenó en España en 1935) y Beau Geste (lo fue en 1947) fueron dos de mis favoritas. Hubo, claro, muchas más que narraban las gestas de los bravos soldados británicos en lucha contra los rebeldes en la India del raj o los no menos bravos legionarios franceses en pugna contra las tribus marroquíes. En ellas y en otras se veía cómo los oficiales se lanzaban al ataque empuñando sus pistolas, atadas a unas correas para que no se les cayeran de la mano en medio de la lucha. A mi me sorprende que Franco no lo hiciera y que prefiriese ir cuesta arriba con un mosquetón de soldadito de Regulares. También me deja algo frío el que ni siquiera utilizase, al menos, un sable de oficial, pero tal vez ya no fuera costumbre entonces al atacar al frente de las tropas (se me ocurre que quizá desprendiera un cierto tufillo decimonónico). A lo mejor ambas carencias eran habituales, pero me cuesta trabajo creerlo. Pueden implicar dos cosas: a) que Franco inició la escalada desarmado (inverosímil); b) que, ya en acción, prefirió dejar de lado la pistola (quizá enfundándola cuidadosamente) y/o el sable y servirse de un arma que podría ser muy útil para hacer fuego en posición estacionaria pero no para disparar subiendo la loma. En la inescrutable mente del futuro héroe tal vez estas consideraciones no penetraron, envuelto como estaba en el fragor de la acción. Pero el lector debe planteárselas, so pena de pensar que Franco no pensaba.
  • La segunda consideración es más importante. Franco se adentró, desde luego impetuoso, en los azares del combate con una mochilita (supongo) que contenía la paga de sus soldados. 20.000 pesetas eran una auténtica fortuna en la época. No creo que las llevara en una cartera de mano. Ahora bien, recordando las películas de época (incluidas las de la primera guerra mundial) no me suena, ignorante que soy en temas de comportamiento bélico, que los oficiales llevaran mochila a cuesta y, mucho menos, que fuesen cargados con una fortuna. Si acaso llevarían granadas de mano u otros adminículos aptos para el ataque, pero de ser así probablemente sería en bolsas. ¿Ha descrito alguien que Franco la llevara?

Son consideraciones que, naturalmente, los expertos en las campañas marroquíes podrán cuestionar apelando, como solemos hacer los historiadores, a casos análogos documentados fehacientemente.

Ahora, demos un salto de tigre malayo hasta llegar a los años sesenta. Lo hacemos porque es cuando arriba a la literatura hagiográfica otro de los “pelotas” máximos del Caudillo. Esta vez, nada menos que un inglés: George Hills. De él cabría suponer que tuviese mayor experiencia o, al menos, una mayor exposición que servidor (historiador incrédulo) respecto a los usos y costumbres de los oficiales de su país cuando entraban en fuego. En un artículo sobre él en Wikipedia se afirma que sirvió en el ejército británico, en Artillería. Luego, en la segunda guerra mundial, que fue oficial de inteligencia en Europa y en el Lejano Oriente. No puedo ni siquiera pensar que ignorase que, al menos en campañas históricas británicas como en Francia, los oficiales iban al frente de sus hombres pistola en ristre y silbato al cuello.  Sin embargo, aparte de ciertos retoques que corrigen a Arrarás (el parapeto se convierte en trincheras moras y, hombre quizá más cultivado, utilizó el término técnico de abdomen), le sigue como corresponde a otro pelota máximo pero, eso sí, sin mencionarlo. Podríamos suponer que habló con Franco sobre el tema y que el dictador lo aleccionó debidamente (ocurrió en otras ocasiones)

El ataque de risa que causa el copión de Hills es pequeño si se compara con lo que eminentes historiadores, incluso militares y otros profesionales, escribieron después. Dejo algunos ejemplos para el próximo post. No desearía que los amables lectores continuasen riéndose a carcajada limpia.

(Continuará)

Gabriel Jackson en mi recuerdo

8 noviembre, 2019 at 4:01 pm

Ángel Viñas

La noticia del fallecimiento del profesor Gabriel Jackson me la dio por whatsap Carmen Esteban que lo conoció perfectamente en los largos años en que vivio en Barcelona. Fue hacia las diez de la noche del miércoles 6 de noviembre. No me sorprendió porque hace meses me  había escrito su hija de que no existía esperanza alguna de recuperación. En aquel momento ya había anunciado el óbito el corresponsal de EL PAIS en Washington, aprovechando la diferencia de horario. Por lo que he visto, la prensa española se ha hecho eco del luctuoso suceso y el mismo periódico publicó el jueves una sentida necrológica de Julián Casanova, felizmente de regreso entre nosotros. También lo ha hecho José Antonio Martínez Soler, un periodista gran amigo de ambos que lo conoció bien. Con él ha desaparecido el tercero de los mejores hispanistas que en los años sesenta del pasado siglo dieron a conocer a los españoles su propia historia frente a los mitos, camelos, medias verdades y distorsiones propagadas por los publicistas a sueldo de la dictadura. No este el lugar, creo, de hacer un repaso a la bibliografía jacksoniana. Sí lo es, en consonancia con la orientación de este blog, de plasmar un mero recuerdo personal.  

 

En este sentido no olvidaré nunca el momento en que por primera vez lei la obra de Jackson que lo hizo instantáneamente famoso: La República española y la guerra civil. La publicó Princeton University Press en 1965. La compré en Glasgow en la primavera del año siguiente. La leí de un tirón mientras convalecía de una hepatitis que me dejó postrado y que me hizo abandonar el curso que allí seguía. Me encantó. Era algo diferente a lo que conocía hasta entonces.

Desde 1958, aproximadamente, había ido reuniendo una pequeña colección de libros sobre la guerra, casi todos prohibidos en España. Eran, en general, de autores alemanes, franceses y de europeos orientales que habían estado en las Brigadas. En mi mochilita había  también ensayos historiográficos. Entre ellos el primero fue, en 1961, el que surgió de la tesis doctoral de Manfred Merkes. El segundo el de Hugh Thomas en el mismo año y el tercero, dos años después, el mítico Mito de la Cruzada de Franco de Southworth. No era mucho, pero tampoco era nada. Yo era un jovenzuelo que quería especializarse en la historia y el funcionamiento de las economías de planificación central, algo que como el futuro se encargaría de demostrar no tenía demasido porvenir.

En aquella convalecencia el libro de Jackson fue una revelación. En él aparecía con mayor claridad que en el de Thomas el esfuerzo reformador de la Segunda República y el autor, comprometido con él, no disimulaba sus simpatías.

De nuevo en el extranjero, esta vez en Estados Unidos, fui posiblemente uno de los primeros lectores españoles en sumergirse en las páginas de otro libro de Jackson, aparecido en 1969, en el que narraba sus peripecias en España para conseguir documentación primaria con la cual  desentrañar el pasado. Este libro, Historian´s Quest, dibujó unas dificultades con las que no me topé años más tarde gracias al apoyo y los contactos del profesor Enrique Fuentes Quintana.

Lo que no recuerdo es cuándo me encontré con Jackson personalmente. Quizá fuese por mediación de Southworth. Tal vez en alguna de las reuniones de una sociedad de hispanistas norteamericanos. Cuando este presentó su Mito en Barcelona fueron Jackson y servidor quienes lo escoltamos y presentamos. Ambos eran muy amigos y cuando Jackson se trasladó a Barcelona no dejó de visitar a Southworth, que vivía en el pleno centro geogáfico de Francia. Al fallecer, en 2001, Jackson no faltó a su entierro. Yo no pude ir pero sí acudió mi mujer.

En España nos vimos con frecuencia. Venía a Madrid. A veces se quedó en mi casa. Otras se fue a la de alguna conocida. Siempre me “achuchó” (como también lo hizo Manuel Tuñón de Lara) para que no dejase de escribir sobre los años oscuros.

Aunque cambiamos cartas (no muchas, siempre he sido reacio a mantener larga correspondencia excepto con Southworth) la relación no se estableció sobre una base muy fluída hasta que dejé la Comisión Europea. Invitamos a Jackson a pasar con nosotros las fiestas de Navidad. Era un excelente flautista y solía indicar a mi hija los errores que cometia cuando aprendía a tocarla. En los fines de semana solíamos llevarlo a visitar algunas de las bellas ciudades próximas a Bruselas.

Cuando se planteó la posibilidad de hacer un curso sobre la guerra civil en torno al Centro Pablo Iglesias naturalmente eché mano de él (y de Gabriel Cardona, Paul Preston y algún otro) para que vinieran a enriquecerlo con sus experiencias y comentarios. Fue entonces cuando me contó que estaba pensando en solicitar la nacionalidad española. Le había animado el que ya se hubiese concedido a Ian Gibson. Él llevaba muchos años en Barcelona, se sentía muy a gusto en España pero no se decidía, pero me parece que incluso había consultado con algún abogado.

Acudí a un colega en la REPER, Luis Luengo, consejero para Asuntos de Interior y que espero se acuerde de este episodio mejor que servidor. Almorzamos con Gabriel y le animamos. Luis sorteó, si mi memoria no me es infiel, algunos escollos y el Consejo de Ministros terminó aprobando su solicitud. Creo que me dijo que el entonces ministro de Justicia, el profesor Juan Fernando López-Aguilar, aceleró el procedimiento. Con lo que ninguno contaba es con que el juez ante el cual Gabriel debía jurar o prometer la Constitución se eternizó en convocarlo. Al final, no tuvo más remedio que hacerlo. Siempre supuse, pero puedo equivocarme, que no le hacía mucha gracia que un ciudadano norteamericano, de izquierdas, pro-republicano y con claras simpatías por Azaña, pudiera contaminar más aún a los ciudadanos de pro al ponerse en igualdad de condiciones cívicas con ellos.

No escribiré mucho acerca de la obra de Gabriel. No es este el lugar. Sí un pequeño apunte. Jubilado en Barcelona, donde se sentía como el pez en el agua, no se durmió en los laureles, pero tampoco se sometió al ritmo trepidante del “publica o perece” tan en boga en las Universidades norteamericanas y, a lo que parece, hoy también en las nuestras. CRITICA, y en particular el duo Gonzalo Pontón/Carmen Esteban, lo acogieron siempre con inmenso cariño y le atendieron espléndidamente.  Pasó años escribiendo una obra de síntesis, Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX; se adentró por la novela; hizo obras de resumen sobre historia de España (no hay que olvidar el librito que escribió sobre la España medieval, ricamente ilustrado)  y sobre la propia República y la guerra civil;  escribió numerosas recensiones; colaboró con artículos en EL PAIS durante largos años. Siempre acudió adonde se le llamara.

Sospecho que esta actividad múltiple debió de dejarle algo insatisfecho porque, ya entrado en años, empezó a pensar en escribir una biografía, aunque no al uso, de Juan Negrín, por quien sentía (como servidor) una gran admiración. Quizá recordando su experiencia de joven doctorando, ni corto ni perezoso entró en contacto con Carmen Negrín y consiguió permiso para bucear en los fondos negrinistas que ella conservaba. El resultado fue una biografía diferente de las demás al uso (como, por ejemplo, las excelentes de Ricardo Miralles y Enrique Moradiellos). Cuando se publicó en 2008, si no recuerdo mal, Gabriel había alcanzado la provecta edad de 87 añitos. Me pidió que la presentase en Barcelona. Había escrito una obra de extrema madurez. Había penetrado en la mente y en el corazón de un personaje nada fácil de comprender y lo había hecho con solo esa agudez que da -aunque a veces no- el paso de los años.

Han tenido que pasar otros diez y empezar yo mismo a acercarme peligrosamente a la edad en que Gabriel nadaba de nuevo en los remolinos de la República y de la guerra civil para comprender el inmenso esfuerzo que invirtió en su última obra. Y ahora, cuando vuelvo a pensar en la República que no pudo ser, de quien más me he acordado en estos dos últimos años ha sido de Gabriel Jackson y de Herbert Southworth.

Descansa, Gabriel, en paz en tu propio país. En España muchos amigos y dos generaciones de historiadores, jóvenes y menos jóvenes, te echaremos siempre de menos.

El general Francisco Franco y su curiosa hoja de servicios (II)

5 noviembre, 2019 at 8:30 am

Su primer y mitificado momento estelar

Ángel Viñas

Al caso del original de la hoja de servicios de Franco y de sus documentos colaterales, quizá “extraviados”,  no les es aplicable estrictamente el dicho aquel del “todo se ha perdido, menos el honor y la vida”. Y no lo es porque, en puridad, existe desde hace muchos años una publicación que dice contener la dichosa hojita. A ella nos referimos en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO pero solo de forma somera, en otro contexto y con diferentes pretensiones. Me expreso, no obstante, con estudiada propiedad: quien la publicó no solo no lo hizo en su totalidad sino que, además, la “apañó” borrando unas líneas importantes como demostraré en un post ulterior. Pensar que esto pudiera hacerse en la España de Franco sin que SEJE lo supiera y/o diese su consentimiento me parece un desvarío. Es más, la dichosa hojita se detiene, ¡oh, cielos!, cuando todavía quedaba mucho por hacer al general Franco en términos de gloriosas e imperecederas victorias.

 

El autor de la extraordinaria hazaña de publicar en tiempos de dictadura una hoja de servicios de su venerado superior hizo una advertencia preliminar. Creo, para lo que vendrá en ulteriores posts, que lo más conveniente es dejarle la palabra. Los amables lectores verán que merece la pena. De antemano, me excuso por la molestia que pueda causarles el ojear un texto que no es mío. Considérenlo como EPRE, es decir, evidencia primaria relevante de época.

COMIENZO DEL TEXTO

“No es este un libro más sobre el Caudillo de España. No intentamos presentar aquí una obra literaria cuajada de opiniones más o menos acertadas sobre su destacada actuación. Nuestro propósito, guiado por una mano castrense, es más concreto y limitado. Y así empezamos por advertir que no somos nosotros los que vamos a hablar (sic), sino los hechos, narrados con estilo sencillo pero verídico, en la “Hoja de Servicios” del Caudillo. Vamos a tratar de una realidad ajena a toda complicación, pues el concepto “Hoja de Servicios” es familiar a todo militar que sabe se van anotando en ella –no por el propio interesado, sino por sus jefes respectivos- las peripecias de cada vida dedicada al ejercicio de las armas. Ahora bien: naturalmente no todas las “Hojas de Servicio” son iguales, sino por el contrario y precisamente muy distintas. Tanto como son también diversos los individuos de que proceden. Por ello es posible que haya muchas “Hojas” anodinas, vulgares; algunas, más o menos interesantes, destacadas; y otras, pocas, extraordinarias. La hoja de servicios que vamos a transcribir es extraordinaria por encima de toda ponderación. Puede decirse -sin temor a exagerar- que es única en la historia del Ejército español. Y como tal es capaz por sí sola de plantear cuestiones de gran envergadura, pues al leerla en su totalidad no podemos por menos de preguntarnos:

¿Cómo es posible que la biografía de un ser humano presente tal unidad de propósitos y realizaciones, que le lleven desde el simple empleo de Alférez de Infantería a alcanzar la máxima magistratura del Estado?

¿Cuál pudo ser la causa originaria y eficiente de ese continuado y rectilíneo proceso ascendente?

¿Es posible que haya sido la voluntad individual -por muy clara y enérgica que ésta haya sido- la que dirigió a priori el desarrollo de ese hecho histórico tan extraordinario? Debemos descartar esta última posibilidad, pues la voluntad de un ser humano por sí sola -aunque la suerte le acompañe- no parece pueda considerarse causa suficiente de tan singular acontecimiento. Por ello nos vemos obligados a pensar, a partir de la lectura de la “Hoja de Servicios” del Generalísimo, en el carácter trascendente de su vida, considerándola como un caso manifiesto de predestinación histórica. La lectura de este documento nos lleva como de la mano a pensar en ese tema abstruso y elevado, en ese problema de la máxima complicación teológica y filosófica. Pero son obvias las razones porque no vamos a ocuparnos de él aquí. Nos conformamos con presentar a la atención y estudio de los doctos, ese trampolín de la “Hoja de Servicios” para que, apoyándose en ella, puedan dedicarse a dilucidar las cuestiones de fondo que su lectura pueda sugerirles. Solo esclareciendo éstas y no reduciéndose a lo anecdótico, como hasta ahora se ha hecho, podrá llegarse a comprender el esencial significado de ese hecho histórico del Caudillaje que se produjo como algo absolutamente necesario en un momento de crisis de la Unidad de España.

A parte (sic) de nuestro intento de poner de relieve -como hemos dicho- el carácter trascendente que pueda resultar de un profundo estudio e interpretación de los documentos que presentamos, nuestro propósito y esperanza al hacerlo, estriba en que esa recopilación documental pueda servir de ejemplo, no solo a los militares jóvenes y futuros, sino también a todos los españoles, de cualquier clase que sean, al ver el éxito de una vida absolutamente dedicada, con fe y entusiasmo, a la profesión elegida, una conducta a imitar en el ejercicio de cualquier actividad estatal”.

FIN DE LA CITA

No haré exégesis del tono ampuloso del lenguaje. Tampoco me sumergiré en el análisis del texto echando mano de las técnicas correspondientes. Lo dejo para otros. He puesto en itálicas aquellas expresiones que me parecen más significativas para la mejor comprensión de lo que escribiré en los próximos posts. Me limitaré a señalar dos características: a) el realce, hasta alcanzar una altura inmarcesible, de la figura de Franco como ejemplo para los españoles todos, militares y no militares, es decir, queridos lectores, para ustedes y para mí; b) el aleteo no solo del destino, descendido desde las mencionadas alturas sobre el personaje, sino la “demostración” de la eficacia de una voluntad Superior que hizo de Franco una de las figuras más trascendentes de la historia de España. [Preguntas: ¿de quién sería tal voluntad superior?. ¿Osaremos pensar que se trataría del Altísimo?].

El autor de los largos párrafos transcritos anteriormente y de los comentarios y añadidos a la supuesta “Hoja de Servicios” del general Francisco Franco fue el coronel de Artillería Esteban Carvallo de Cora, marqués de San Juan de Carvallo. Gracias a Mr Google, puede saberse que falleció en Madrid el 18 de febrero de 1982. De no haber estado impedido, habría visto la evolución de la historia de España a lo largo de los cinco o seis años posteriores al óbito de su admiradísimo superior. No llegó a ver el 23-F.

El trabajo en cuestión se encuentra a la venta en diversas páginas de Internet a precios relativamente módicos. Desde 40 euros a cerca de 100 dólares. A mi me pareció un despilfarro adquirirlo y me contenté con una fotocopia que me hicieron unos buenos amigos. Se publicó en Madrid en 1967 y, al menos en mi fotocopia, no figura editorial o imprenta algunas. Lo adornan y expanden varios documentos al apoyo (el único que aquí me interesa fue cercenado un pelín, consciente o inconscientemente) y una extensa genealogía destinada a probar la nobleza y alta alcurnia de la familia Franco.

Como he indicado en la introducción a este post me parece absolutamente imposible que SEJE no conociera tal publicación. El autor afirma, en la relación de fuentes consultadas, que la hoja de servicios se encontraba en el archivo del Consejo Supremo de Justicia Militar. Ignoro si todavía continúa allí. Me han llegado rumores de que había sido trasladada a otro archivo en el que, por esas cosas que ocurren, dicen que ha desaparecido. InfoLibre, por su parte, ha afirmado que se desclasificó en 2001, pero ¿imagina el lector que una joya documental del Ejército y de un valor incalculable se encuentre en paradero no fácilmente identificable? En mi modesta opinión debería haber sido digitalizada y puesta en la red por el archivo correspondiente. Si la información del conocido diario digital no correspondiera a los hechos se explicaría mejor mi ignorancia -pero reconozco humildemente no ser un especialista- porque tampoco he visto muchos trabajos que hayan profundizado en las entrañas de los archivos de dicho Consejo.

De aquí una sugerencia, muy modestita, a la intención del Gobierno que se forme tras las próximas elecciones: después de la exhumación de SEJE, quizá deberían tomarse medidas para que tan preciado documento pueda divulgarse en la red. Así los historiadores y aficionados podrían contrastar, gracias una fuente absolutamente primaria, las hipótesis que contiene esta serie de posts. Por el momento, no son más que eso. Y añadir las que consideren pertinentes. No hay historia definitiva.

Reconozco con toda sinceridad que me cuesta trabajo pensar que tal joya documental haya podido sufrir algún percance y/o que alguien (siempre hay que tener en cuenta que en este mundo  existe la maldad e incluso la maldad absoluta) se la haya podido llevar a algún lugar ignoto. Sería lamentable que  se hubiera podido sustraer al conocimiento de los españoles y extranjeros interesados un papelín de una, al parecer, importancia absolutamente capital.

Ha sido preciso superar una larga batalla judicial para exhumar los restos mortales del general Francisco Franco, pero me aterra que el reflejo preciso y oficial de su excepcional carrera, sobre todo hasta junio de 1936, pudiera haberse extraviado.

En el interín, debemos contentarnos con la “hoja de servicios” reproducida por el marqués y coronel de Artillería Carvallo de Cora como una transcripción más o menos fidedigna, en el bien entendido que se detiene -por razones no explicadas- en el momento en que Franco, general de brigada nombrado por Real Decreto de 3 de febrero de 1926, se trasladó a Madrid. Todo lo que tan distinguido genealogista escribió después sobre la trayectoria de su admirado superior no es sino una mezcolanza de elogios y de comentarios respecto a la actitud de Franco en los años republicanos. La fuente podría ser cualquier periódico de la época, sobre todo si era de derechas. De “hoja de servicios” en sentido estricto, rien de rien.

(Continuará)