Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (IV)

24 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Algunos lectores podrían pensar que soy muy malintencionado en mis críticas a Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE) y que su trayectoria en política exterior fue tan  gloriosa que solo los antifranquistas acérrimos no la reivindican plenamente. A los que así lo crean les recomiendo ir (cuando puedan) a alguna biblioteca y lean la biografía que de él escribieron su primo hermano y el entonces director de LA VANGUARDIA ESPAÑOLA, Luis de Galinsoga, exdirector de ABC en la primavera de 1936. Se titula CENTINELA DE OCCIDENTE. Podrán entonces entrever la sagacidad y el genio que se imputaba a SEJE, incluso en unos momentos en que la economía española iba de capa caída.

Servidor ha escrito algo sobre la política exterior de la España de Franco. Creo que el mejor enfoque analítico para enjuiciarla consiste en contraponer la imagen y la realidad que siempre alcanzó en puntos culminantes. Por ejemplo en los pactos de Madrid con USA pero, más difícilmente superable, también en el tratamiento de “el oro de Moscú”. Así que los papanatas que se deshacen en loores sobre el genio inmarcesible e inagualable de SEJE bien podrían tratar de reconstruir, si se atreven, lo que pasó después de la entrega de documentos que hizo Ansó.

En ningún momento la aherrojada prensa española dejó entrever, que yo sepa, que el regalo lo componían muchos papeles. La atención se centró sobre el acta de recepción final del oro, fechada en Moscú el 5 de febrero de 1937. No hay, desde luego, que buscar en archivos. Si se va a la biblioteca y se busca en otro libro, ESPAÑA: LOS AÑOS VITALES (Espasa Calpe, Madrid, 1967) del nunca suficientemente alabado periodista (aunque sin escrúpulos y predecesor de los muchos de hoy) que se llamó Luis A. Bolín (sí, el del Dragon Rapide y corresponsal de ABC en Londres) [advierto solemnemente que mis referencias a este periódico no representan ningún juicio de valor: son meras constataciones], comprobará dos cosas: la primera es que fue prologado nada más y nada menos que por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, y la segunda, que en el anexo se reprodujo, como si viniera a cuento, una parte del acta de recepción del oro, en el francés original y en traducción castellana. Los comentarios se los dejo al curioso lector. Sobre todo porque Castiella, y la censura, permitieron que Bolín reprodujera igualmente la traducción de dos cartas del 23 de enero y del 1º de agosto del entonces comisario del Pueblo para las Finanzas, A. Zverev, en inglés y castellano, sobre acuses de recibo de operaciones sobre el oro. Esta referencia nos permitirá reir a pierna suelta en un próximo post.

Volvamos a 1957. Como los genios que rodeaban a Franco, o él mismo, no dijeron ni pío sobre el contenido de los demás documentos de Negrín, tampoco es de extrañar que entre la oposición republicana en el exilio se desataran los más duros calificativos contra quien los conservó. La prensa española se regodeó destacando algunos de los que, en su momento, publicaron Indalecio Prieto (que en el tema del oro no vivió ninguna de sus horas de gloria) y otros exiliados. Hoy cualquier lector puede consultar los del primero acudiendo a la colección de EL SOCIALISTA que se encuentra en línea gracias a los desvelos de la Fundación Pablo Iglesias. 

Nadie entendió entonces lo que había pasado. ¿Qué había querido Negrín? Como murió poco antes, los historiadores hemos recurrido a lo que escribió Mariano Ansó. Servidor nunca se lo creyó del todo. Simplemente porque  el distinguido exministro mezcló probablemente mucha realidad con las adecuadas gotas de fantasía para desvirtuar las intenciones del fallecido. No extrañará, pues, que su regreso a España se realizara sin que sufriera ninguna molestia y que fuese bien acogido, siempre y cuando guardara silencio. Lo que hizo hasta después de la muerte de Franco.

Regresemos a ABC. Si los curiosos lectores acuden a la hemeroteca del venerable periódico monárquico y van a la fecha señera del 10 de abril de 1957, verán una importante noticia en primera página, a las tres columnas de rigor (excepto para dar cabida a la referida a unión “reunión del grupo de trabajo de la FAO”, en la que participó España y que, como todavía estaba bastante aisladita internacionalmente convenía destacar).

ABC reprodujo una comunicación de la Agencia EFE (entonces controlada rígidamente por el desaparecido Ministerio de (Des)Información y Turismo). Se trataba de una noticia aparecida pocos días antes en el diario soviético Pravda. Los comentarios no los hizo ABC de forma directa sino indirecta, a través de la prensa de Londres y París. Puso titulares explosivos. En negritas y mayúsculas: “Pravda dice que ha desaparecido el oro español transportado a Rusia en 1937” [fue el año anterior]. “La prensa de Londres rechaza la explicación dada por el órgano del partido comunista soviético”. En letra más pequeña añadió: “El tesoro, unos 300.000 millones de francos, sigue en manos de los soviets”, dice “L´Aurore” “.

En mayúsculas, pero menores, ABC añadió: “Moscú pagó con ese oro las compras que el Gobierno rojo de Madrid hizo en el extranjero”, y en letra pequeña, pero también en negritas, “Los dirigentes republicanos tienen una deuda de cincuenta millones de dólares con Rusia”.

Los titulares eran correctos aunque no he calculado la cifra del diario francés. Claro que uno podría preguntarse qué diablos sabrían la prensa de Londres y L´Aurore parisina del tema y por qué medios. No me he molestado en verificar la prensa inglesa del momento, pero sí me ha preocupado saber quién era el experto del periódico francés en la temática del oro. Se trataba de un abogado, metido a periodista y distinguido maurrasiano, llamado Henri Bénazet. ¡Ah! Esto es una cosa muy relevante. Charles Maurras tuvo una gran influencia en la extrema derecha española en los años republicanos (todavía una calle en Madrid lleva su nombre con el de pila castellanizado a Carlos, que suena más español a los ignorantes).

Lo que Bénazet supiera del oro es probable que lo hubiese obtenido de la lectura de Le Figaro de la época, que dio una gran batalla periodística a favor de los sublevados y de sus reclamaciones relativas al metal amarillo. Por cierto que el señor embajador de España le impuso una condecoración por los servicios prestados a la Patria en horas difíciles.

Quizá fuera de ABC la valoración de tales informaciones: “El problema que plantea “Pravda” denuncia a los dirigentes de la zona roja española como autores de uno de los más fabulosos saqueos del tesoro de una nación”. Lo pongo en itálicas y en negritas en una transcripción literal para brindársela a los historiadores, periodistas y demás propagandistas de VOX y de la FNFF.

Naturalmente el artículo de Pravda no se reprodujo en la prensa española, aunque sí lo fue en el proscrito y perseguido Mundo Obrero, órgano del Comité Central del PCE. En favor de EFE, sin embargo, debemos subrayar que recogió los para el régimen incómodos mensajes centrales del periódico soviético: “Sostiene que el oro español fue utilizado totalmente” y que “el Gobierno español dejó al soviético una deuda de 50 millones de dólares”.

¡Cielos! ¿qué hacer?. Me ha costado cierto trabajo reconstruir las carambolas del  gobierno de Franco. Actuó por vías diplomáticas y por las de hecho. En las primeras pueden alumbrarse por lo que escribió el señor embajador de España en París en ABC, José Rojas y Moreno, conde de Casa Rojas, en sus encuentros con su colega soviético Sergei Vinogradov (no lo busquen los lectores: ha desaparecido de la hemeroteca del diario monárquico en algún momento de los últimos años. Servidor llegó a leerlo cuando todavía estaba en línea). No condujeron a nada.

Las vías de hecho fueron mucho más expeditivas. El dossier Negrin (es decir la colección de documentos entregados por Ansó) se cerró y lacró a cal y canto. Se depositó en el Banco de España con la prohibición absoluta de abrir el sobre. Si se hicieron fotografías para algunos de los hombres de confianza del señor ministro de Asuntos Exteriores (Don Alberto Martín Artajo) no han quedado huellas. Casi toda la documentación que se originara después de la entrega ha desaparecido (salvo que haya aflorado en los últimos años, pero ni VOX ni la FNFF han dicho ni pío). El silencio selló los labios de los que sabían algo. Eso sí, se produjeron movimientos entre las bambalinas. Si los soviéticos se habían quedado con el oro, y el ESTADO ESPAÑOL tenía el original del acta de recepción, ¿no debería hacerse algo?

Intervino Franco. En una conversación con su primo hermano, ayudante eterno y encubridor de algunas de sus aventuras financieras ocultas, dejó constancia de lo que en mayo de 1957, al mes de aparecida la noticia de Pravda, le dijo el inmarcesible Caudillo:

No le supone nada a Rusia; en España la opinión (sic) se interesa mucho por este asunto y en cambio no aprecia lo que significa la pérdida de una cosecha, como ocurrió el pasado año con la naranja a consecuencia de las heladas, con una pérdida que supone la mitad del oro enviado a Rusia. El documento (sic) está en nuestro poder y estoy seguro de que no habrá necesidad de recurrir al Tribunal Internacional de La Haya, pues, repito, los rusos lo han de entregar sin que tengamos que hacer para ello grandes esfuerzos[1].

Es decir, salvo que el teniente general que recogió la confidencia mintiera como un cadete SEJE creía que Moscú, dispuesto a todo quizá por establecer relaciones diplomáticas con su régimen, le entregaría sin problemas una supermillonada. Por su cara bonita.

Uno se pregunta, sin mala intención por supuesto, qué concepcios sobre política internacional tenía el glorioso Caudillo a una edad que ya no era de meritorio general en las batallas de la guerra civil y en el arte de bandearse en los remolinos exteriores de la segunda guerra mundial. Quizá los exégetas de la FNFF y de VOX podrían alumbrarnos, dando a conocer los secretos que sin duda reservan para los admiradores de tan egregia figura. La primera ya lo intentó hace muchos años con una colección de documentos que, ¡ay!, no prosiguió, quizá porque no tuvo el menor éxito.

(Continuará)


[1] Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco, p. 210. El apunte corresponde al 6 de mayo de 1957.

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (III)

17 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Una de las características de la dictadura de Franco que no suele ponerse de manifiesto, con todo lo que de ella hemos aprendido a medida que han ido abriéndose los archivos, es que se cuentan con los dedos de la mano los secretos secretos que fue incapaz de guardar. Los británicos, por ejemplo, se enteraron del contenido de la conferencia de Hendaya en octubre de 1940 a las veinte y cuatro horas. Cortesía del agente T, incrustado en el séquito de Serrano Súñer. En enero de 1957 (la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa) el fundamento del plan secreto secreto que Franco y su fiel escudero, el ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo, habían pergeñado para aprovechar la bendición del cielo que representaron los papeles de Negrín, lo expuso a todos los vientos en  The New York Times.

Su corresponsal en Madrid, Benjamin Welles, no dijo cómo se había enterado. Las fuentes no podían ser muchas. Los iniciados al gran secreto de El Pardo no abundaban. Mariano Ansó, por ejemplo, no pudo enterarse en París. Había sido un peón fundamental en el juego que probablemente había apalabrado con el abogado del Estado Antonio Melchor de las Heras, pero no le veo contactando con Welles. El ilustre intermediario, ¿lo supo? Lo más probable es que sí, pero sus papeles no aparecen por ninguna parte. ¿Se fue de la lengua el ministro? Es verosímil. Pero si hubo una fuente interna no acudió a la estación de la CIA, sólidamente implantada en Madrid. Acudió a un periodista reputado. ¿Para qué? Probablemente para sabotear el plan que, ya adelanto, era algo más que absurdo. Quizá porque se diseñó  rápidamente, a no ser que ya antes del fallecimiento de Negrín el abogado del Estado hubiera discutido sus líneas generales con Martín Artajo o incluso quizá, ¡oh, honor de los honores!, en El Pardo. También pudo ocurrir, claro, que fuese una operación maquiavélica con fines que soy incapaz de identificar.

Pienso en la primera alternativa  porque cuando llegaron los papeles a mitad de diciembre de 1956 a Madrid es verosímil que su impacto inmediato fuera una profunda decepción, a no ser que Melchor de las Heras ya hubiera estado sobre aviso. Como ya he indicado el dossier Negrín no solo contenía el acta definitiva de recepción del oro en Moscú fechada el 5 de febrero de 1937, sino también un montón de órdenes de disposición y otros papeles colaterales. Es decir, el metal amarillo, a pesar de su considerable peso, había “volado”. ¿Se readaptó un posible plan previo? Si existía, la respuesta es negativa. Si no existía, Franco decidió que había que echar un órdago a los malvados comunistas. ¿Acaso le gustaba el mus? Lo ignoro. Y, así, tras el anuncio bomba de la OID, el embajador en París, conde de Casa Rojas, se entrevistó el 4 de enero de 1957 con su colega soviético para tratar de sondear por dónde pudieran ir los tiros. En términos de regalo de Reyes, los resultados fueron descorazonadores.

Fue poco después cuando Welles dejó caer, como quien no quiere la cosa, su bombita. La presentó de la forma adecuada:

“El fallecimiento del Señor Negrín antes de que se completara la entrega había provocado una seria preocupación en los medios del Gobierno madrileño. Se temía que los importantes documentos que constituyen la base jurídica de que dispone la nación española para conseguir recuperar el oro por medio de renovados esfuerzos internacionales pudieran destruirse o entregarse a los soviéticos, con lo cual desaparecerían”.

Obsérvese la astucia del informador, si “vendió” a Welles esta inverosímil alternativa. Sabemos que Melchor de las Heras llevaba tiempo tratando de convencer a Ansó para que a su vez convenciera a Negrín de la necesidad de entregar los papeles. Después del fallecimiento, “alguien” quizá había dicho al periodista que, a lo mejor, los papeles pudieran destruirse en París o, maldición de las maldiciones, llegar a manos soviéticas. Afortunadamente no fue así. La sutil sombra que “alguien” arrojó sobre el hijo del expresidente del Consejo se disipó. Ningún historiador (tampoco de entre los devotos de VOX) ha parado mientes en este capitulito.

Para Welles lo importante tuvo que ser la revelación del plan que “alguien” había ido preparando en las covachuelas ministeriales madrileñas, incluídas o no las del Pardo. Lo dijo sin pelos en la lengua:

“Los documentos le ofrecen [al Gobierno español] lo que considera una base jurídica a prueba de bomba para demostrar que el Gobierno soviético recibió las reservas de oro. Hasta ahora, la pretensión española se fundamentaba únicamente en la palabra del Gobierno español. Con la nueva evidencia documental se espera que Madrid someta su demanda para la restitución del oro al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya y a las Naciones Unidas así como por canales diplomáticos”.

La noticia fue publicada el 10 de enero de 1957, bajo un título aún más espectacular: “2 Spanish Envoys arrive in Soviet Russia”. No hay la menor dificultad en descolgarla de internet. De todas maneras, lo pondré fácil:

https://timesmachine.nytimes.com/timesmachine/1957/01/10/93204768.html?pageNumber=1

En un libro publicado en 2013 recorrí con cierto detenimiento, pero con escaso regodeo, las peripecias del plan. Lo que subyacía al mismo era la creencia fundamental del inmarcesible, pero proteico, Caudillo de España. Ahora sí acudo a la ironía pesada.

Franco (fuente y manantial de autoridad suprema) no tuvo empacho en insinuar unos cuantos meses después los datos esenciales de tan singular creencia a su fiel ayudante, primo hermano y confidente de larga fecha, conocedor de sus fechorías financieras y otras. Lo hizo el 6 de mayo de 1957, a pesar de que los soviéticos le habían aplicado, vía Pravda, un pequeño zurriagazo dialéctico que examinaremos en el próximo post. Habló así SEJE:

“No le supone nada a Rusia (sic); en España la opinión se interesa mucho por este asunto y en cambio no aprecia lo que significa la pérdida de una cosecha, como ocurrió el pasado año con la naranja a consecuencia de las heladas, con una pérdida que supone la mitad del oro enviado a Rusia. El documento (sic) está en nuestro poder y estoy seguro de que no habrá necesidad de recurrir al Tribunal Internacional de La Haya, pues, repito, los rusos lo han de entregar sin que tengamos que hacer para ello grandes esfuerzos”.

No sé cómo Franco había llegado a tales conclusiones. La más significativa era su aparente fé  en las virtudes taumatúrgicas del acta de recepción del depósito (el documento); en segundo lugar, habría que pensar en su creencia implícita en que todos los demás papeles de Negrín -más de un centenar- no servían para nada; había una tercera, la esperanza (sin duda imbuída por la ayuda de los ángeles que siempre le habían protegido desde el paso del Estrecho veinte años antes) de que los soviéticos fuesen a hacerle graciosamente un favorcillo, a pesar de Pravda, regalándole lo que todavía en 1957 era un fortunón. Por último, que no iba a ser necesario acudir al TIJ porque la cosa se arreglaría antes, poco menos que entre amiguetes. Pensar que Franco era un titán intelectual que penetraba, gracias a su privilegiada mente, en los más recónditos vericuetos de la escena internacional en uno de los períodos más lábiles de la guerra fría es una suposición que no llegamos a hacernos, con disculpas a VOX. 

Naturalmente esta confesión ante el general Francisco Franco Salgado-Araujo no trascendió a la prensa. El Ministerio de (Des)información y Turismo no daba abasto. Aquello de  controlar rígidamente las noticias que se diseminaban por la prensa internacional y que se filtraban,  debidamente adaptadas y con cuentagotas, en los regimentados medios del régimen, absorbía todos sus quehaceres.

Si todavía estuviese activo en la Universidad haría una sugerencia a alguno de mis alumnos. Que en cuanto amainase la pandemia que corroe nuestra vida social, académica y política, se precipitara a la hemeroteca. Podría en primer lugar localizar en aquellos periódicos que no pueden consultarse en línea las noticias que aparecieron en la primavera de 1957 sobre el “oro de Moscú”; después podría encuadrar sus resultados en el contexto económico y político de la España de aquellos años y, en particular, en la naciente pugna entre “tecnócratas” y “falangistas” por determinar el rumbo que debía seguir la estrategia económica de un país que no tardaría muchos años en acercarse peligrosamente a la suspensión de pagos internacionales. Y luego, que mirase por detrás de los hechos y tratase de aquilatar la distancia sideral que, en la dictadura, siempre existió entre imagen y realidad, entre lo que se decía y lo que se hacía, entre el pasto ideológico que se suministraba a las masas y lo que se discurría en las olímpicas alturas de la Administración.

El “oro de Moscú”, tras la recepción de los papeles de Negrín, es una de las vías que conviene transitar para comprender la importancia de los relatos, entonces y hoy. Que tuvieran que ver algo con la realidad o no es lo menos significativo. Gracias al Sr. Trump, a sus asesores y a sus émulos españoles, el tipo de enseñanzas que se extraigan de tales análisis no dejaría de ser útil para el ciudadano normal y corriente. Siempre será bueno indagar, con permiso de la exconsejera del ya en sus últimas presidente norteamericano, la inmortal Kellyanne Conway, en los “hechos alternativos”.

(continuará)

Franco, ejemplo de diplomacia y de ‘savoir-faire’ internacional ¿émulo para Vox? (II)

10 noviembre, 2020 at 8:30 am

Ángel Viñas

Los amables lectores me permitirán unas líneas para dar rienda suelta a mi imaginación. Pienso en los telegramas que la Embajada española en París enviase al MAE a principios de diciembre de 1956 (o quizá fuera alguna llamada telefónica bien del cónsul general o del embajador). A no ser que se tratara de algún mensaje apresurado del eminente abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras al ministro Alberto Martín Artajo. En cualquier caso el tenor podría haber sido el mismo: ¡Ya está! ¡Ya tenemos los papeles de Negrín! (No creo que estas primeras comunicaciones se hicieran directamente a El Pardo, aunque tampoco es descartable).

Pregunta a los trumpianos investigadores de VOX: ¿Qué hace el historiador empírico? Buscar rastro de estas comunicaciones. Servidor lo hizo durante meses y ha de confesar una derrota sin paliativos. No encontré absolutamente nada. (Me apresuro a señalar que esta es una de las características del tema: los pormenores acerca de la recepción de los papeles de Negrín en Madrid y sus antecedentes están envueltos en el más obscuro de los misterios). Peor aún es lo que pasó después: hay algunos destellos, pero poco más. A mí me gusta imaginar las amables e interesantes conversaciones que  Martín Artajo, letrado del Consejo de Estado y es de esperar que entendido en leyes, tuviese con el funcionario a sus órdenes Melchor de las Heras, en el supuesto de que, a lo mejor, habría echado una ojeada en los días anteriores en los papeles. A no ser, claro, que las desmedidas demandas de su tiempo derivadas de la gloria de su cargo lo hubiesen impedido.

Sin embargo, para un águila jurídica como el abogado del Estado Melchos de las Heras llegar a un resultado preliminar no hubiera sido nada difícil. Una gran parte del dossier contenía órdenes de venta de oro, su contrapartida en divisas, balances de situación intermedios, cartas de Negrín y Largo Caballero a los soviéticos (conjuntamente al principio, luego firmadas solo por Negrín). En general en francés, salvo un par de ocasiones en inglés, pero imaginamos que el ilustre abogado del Estado, después de tantos años de trotar por Europa en busca de contactos que le permitieran recuperar activos españoles para su repatriación, ya hablaría el idioma o los idiomas. O, a lo mejor, si era hijo de buena familia los había aprendido desde su niñez. O, si no, cualquier diplomático de entre quienes se codeaba en el Palacio de Santa Cruz le habría echado una mano. El francés contable, en todo caso, es como el español: frío y desprovisto de giros literarios.

En fin, también se plantea la alternativa posibilidad de que, empapado del papel histórico que le tocaba desempeñar, se hubiera abstenido de echar un vistazo a los papeles y se los llevara, sin leer, al ministro. Este, por supuesto, no tendría problemas. Un colega y amigo, el profesor Pablo Martín Aceña, ha escrito que Martín Artajo y sus colaboradores se percataron inmediatamente de que las cuentas de Negrín estaban claras. Esta afirmación no la apoya en ningún documento o testimonio identificados. Yo no iría tan lejos. La parte final parecería clara, pero el camino hasta llegar a ella requeriría algunos cálculos. Desde luego, no demasiado complicados. Hay que pensar que “alguien” los haría pero, ¡cuidado! Estamos hablando del “oro de Moscú” del que VOX parece haber oído noticias poco fidedignas.

Al mes del fallecimiento de Negrín (11 de noviembre), su “amigo” (entre comillas) Mariano Ansó fechó el 14 de diciembre un escrito que le había ocupado bastantes días de grandes cogitaciones. Lo reprodujo en sus memorias. También contó en ellas los pormenores de numerosas conversaciones que había tenido con Negrín. Todas le habían llevado a recomendar al hijo de Negrín que su  padre ya había decidido entregar la documentación a las autoridades españoles. No tenemos nada que objetar a tal posibilidad. Si tenemos que objetar, y mucho, al contenido del escrito, que Ansó guardó como oro en paño (nunca mejor dicho) hasta el momento de su publicación y que había redactado de su puño y letra.

‘Yo fui ministro de Negrín’, de Mariano Ansó. Planeta, 1976.

Mientras la familia del Sr. Ansó no se decida a dar a conocer los papeles que, al parecer, guarda y sean examinados por algún historiador enterado más o menos de la cuestión (mis propias sugerencias no han dado para mucho) hay que hacer, como haría cualquier investigador empírico, un análisis del contenido del documento y su contextualización correspondiente.

De antemano afirmo, para conocimiento de mis lectores, que servidor solo se cree una parte de dicho documento, pero que soy incapaz de tragarme la totalidad. Quizá fuese redactado a petición de una tercera persona. Las posibilidades no son muchas: el cónsul general, el embajador o, más probablemente, el propio Melchor de las Heras, que al parecer estaba llegando a Biarritz el mismo día del fallecimiento de Negrín con la intención de poner en marcha los preparativos de la entrega de la documentación.

En sus memorias Ansó consignó que se trataba de la expresión “fiel, y casi pudiera decirse literal, de la voluntad postrera” de Negrín. El hijo, Rómulo, añadió a mano  “conociendo el sentimiento de mi padre, ratifico lo anterior”.

Esta es, pues, la EPRE que hay que examinar con lupa. No tengo el menor inconveniente en aceptar las dos primeras afirmaciones: la operación del envío del oro a la URSS fue impuesta por las necesidades de la guerra y fue decidida por el Gobierno de Largo Caballero.

Los amables lectores deben saber que la segunda, si bien respondía a la realidad, se oponía a una larga y densa tradición que había subrayado lo contrario. Que Negrín (y a lo sumo, convenciendo a Largo Caballero) lo habían decidido por las buenas. A esta interpretación habían contribuído “testimonios” de todos los sectores antinegrinistas posibles e imposibles. No en último término del propio Indalecio Prieto. Me costó no voy a decir trabajo pero sí perseverancia encontrar la copia del acuerdo de la reunión del Consejo de Ministros de octubre de 1936 en que se había plasmado. La conservaba Negrín como oro en paño en una caja fuerte de un banco parisino. De que en ella había papeles se acordó su nieta  Carmen que con amabilidad desbordante me dejó consultarlos. Entre tales papeles figuraba el totalmente desconocido acuerdo. Un compañero y amigo mío, Alfredo Tovías, catedrático de la Universidad de Jerusalén, se acordará, supongo, del salto de tigre que no pude contener al ojearlos cuando él y Carmen tomaban tranquilamente el té.

¿Qué escribió después el exministro Ansó y que cualquier lector puede comprobar ojeando sus memorias?

Para mí [Ansó] no tiene duda de que don Juan Negrín sentía con gran fuerza la honda preocupación de los intereses de España frente a los de la URSS, depositaria desde hace veinte años de cuantiosas sumas pertenecientes al Tesoro Español. En este sentido, sintió un verdadero sobresalto el día en que llegó a sus oídos la especie, acaso infundada, de que España se disponía a reanudar sus relaciones económicas con Rusia. Pensó en la indefensión a que reducía a España el hecho de verse privada de toda documentación justificativa de sus derechos […] Y a tal extremo llegó su preocupación sobre este punto que incluso escribió una nota a máquina de la que transmití una copia al abogado del Estado don Antonio Melchor de las Heras, en la que hacía la indicación del peligro que pudiera tener cualquier trato que ignorase un pasado difícil…

Se trata de una nota escrita con cuidado y muy inteligentemente. No extraña que varios autores (amigos míos, por lo demás) se la hayan tragado enterita. Por desgracia, no responde del todo a la realidad. Ansó presentó a Negrín como a un hombre de Estado que, sabiéndose gravemente enfermó, puso estos intereses por encima de cualquier otra consideración con el fin de evitar que la España eterna e inmortal (él no utilizaría esta caracterización) se viera impedida de ejercitar sus derechos.

La nota que escribiera Negrín no se ha encontrado. Quizá se quedara con ella Melchor de las Heras (cuyos papeles, que yo sepa, nadie ha explorado). Tal vez se la diera a Martín Artajo, pero tampoco sé si se hallará entre los suyos. No figura en los archivos del MAE. En cualquier caso, no tengo la menor duda en reafirmar que la descripción de Ansó es tan inteligente como correspondía a un abogado digno de su futura trayectoria.

Así, pues, Ansó optó por acudir al Consulado General (al frente del cual se encontraba Pedro Cortina Mauri, embajador en París diez años después y último ministro de Asuntos Exteriores del régimen de Franco y catedrático de Derecho Internacional) en vez de ir a la embajada (cuyo titular, a punto de cesar, era un notable diplomático bregado en múltiples operaciones económicas y comerciales en la guerra civil,  José Rojas y Moreno, conde de Casa Rojas. De la entrega se hizo cargo el cónsul adjunto, “en funciones notariales por delegación” de Cortina, Enrique Pérez-Hernandez, el 18 de diciembre 1956.

Diez o doce días más tarde dio comienzo una curiosa operación de desinformación en la que brilló con gloria eterna el inmarcesible genio diplomático de Franco y de su ministro Martín Artajo.

(continuará)

Franco, ejemplo de diplomacia y ‘savoir-faire’ internacional: ¿émulo para Vox? (I)

3 noviembre, 2020 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

El grotesco aprovechamiento del “oro de Moscú” por parte de la dictadura daría para muchos posts. Me temo que el glosarlo acabaría con la paciencia de muchos de los amables lectores. Este post aparece el mismo día de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y, por supuesto, sin saber los resultados. Así que voy a dar un salto mortal en el trapecio sin red de protección y citaré un ejemplo del comportamiento de Franco con el famoso oro que anticipa el de Trump en algunos temas de política internacional para lidiar con los cuales bien se necesita un conocimiento mínimo. El que pongo ahora como ilustración se inspira en las profundas reflexiones de VOX sobre el posicionamiento de la España a la que aspira en el marco europeo y extraeuropeo. Me inclino, desde luego, ante el neologismo “iberoesfera” una invención que deja en mantillas a la Hispanidad e Hispanoamérica. Siempre hay imaginación para crear de la nada nuevos conceptos, aunque lo que representen estén más vacíos que una caja de bombones a la puerta de un colegio tras la salida de los alumnos.

En noviembre de 1956 el hijo del Dr. Juan Negrín entregó al cónsul general de España en París unos papeles que había conservado celosamente su padre relacionados con el “oro de Moscú”. Lo hizo, según todos los indicios, queriendo interpretar el deseo de este tal y como se lo había comunicado un gran amigo del fallecido. Se trataba de un exministro de Justicia en uno de los Gobiernos Negrin llamado Mariano Ansó. Muchos años después publicó una especie de autobiografía (“Yo fui ministro de Negrín”) cuyo título ha despertado la hilaridad de algunos de los avezados aguiluchos de las versiones de extrema derecha sobrela República y la guerra civil. Pocos han sido quienes las han impugnado. Servidor sí lo ha hecho y precisamente con el oro.

Para comprender la inmensa y sobrecogedora genialidad de Franco hay que tener en cuenta que partidarios de los sublevados agazapados en Madrid los mantuvieron bastante informados, casi desde el primer momento, de lo que pasaba con el oro. También conocieron los envíos a Francia y a la URSS. No se ignoró que la operación en Moscú estuvo centrada en la venta del metal amarillo. Incluso copias de algunas de las órdenes al efecto cayeron en manos del espionaje franquista. Los informantes fueron muchos, pero entre ellos destacan uno de los miembros del Consejo General del Banco de España, que se pasó con armas y bagajes, y otro que fue el director del Centro Oficial de Contratación de Moneda del mismo banco. Se llamaba Manuel Arburúa de la Miyar y posteriormente llegó a ser subsecretario y ministro de Comercio de Franco. Un hombre absolutamente clave en la política económica y comercial exterior del franquismo y, por cierto, muy inteligente.

Todo lo que Franco dijo del oro, y fue mucho, hasta 1956 hay que pasarlo por este tamiz de informaciones previas. Consciente del valor de la propaganda y de la desinformación que sus paladines habian aprendido de, entre otros, el maestro Goebbels, Franco se las apañó para desparramar la especie de que muchas de las exportaciones de oro de la URSS, sobre todo en la guerra fría, se habían hecho gracias al “oro español”. Como de esto no tenía ni la más mínima información fiable, hay que suponer que la dictadura se lo inventó, como se inventó tantas otras cosas a su mayor gloria y para el escarnio de sus adversarios.

Las cosas cambiaron en diciembre de 1956. A finales de año la muy gubernamental Oficina de Información Diplomática del MAE hizo público el inmortal mensaje que

“tras laboriosas gestiones realizadas en el extranjero a lo largo del año (…) ha sido recuperada la documentación original que resguarda el depósito de las reservas de oro del Banco de España, constituído en febrero de 1937. La familia del doctor Negrín y algunos españoles de su intimidad han colaborado eficazmente a esta recuperación. La documentación de referencia da al Gobierno español la base jurídica para pedir la devolución de ese depósito que alcanza, como es sabido, una cantidad muy elevada”

Como los pseudohistoriadores de VOX saben muy bien, para que una mentira tenga el efecto deseable tiene que contener algún grano de verdad. El problema para el historiador es siempre identificar lo verdadero y, seguidamente, lo falso. En este caso de toda falsedad.

¿Qué había de verdadero en el cuento de la lechera anterior? Lo único fueron los puntos siguientes:  las gestiones (no se indicó de qué naturaleza); la recuperación de la documentación original (no se indicó en qué consistía) y la referencia a la familia. Para despistar se insinuó que el número de españoles de la intimidad de Negrín fueron varios (es decir, al menos, dos). Y nada más. Todo lo demás consistió en disparar con fuego de artificio. Precisemos.

Sobre las gestiones: fueron la ocupación del eminente abogado del Estado Antonio Melchor de las Heras, que llevaba asesorando al MAE en las tareas de recuperación de activos españoles en el exterior. A veces se le identifica como “asesor jurídico” del MAE, pero solo lo fue, que sepamos, en el sentido indicado. En ningún momento, Melchor de las Heras (que debía estar al tanto de un montón de trapos sucios) fue el Asesor Jurídico o, para ser más exactos, jefe o miembro de la Asesoría Jurídica Internacional del Ministerio.

Sobre la naturaleza de las gestiones: consistieron en camelar por todos los medios posibles e imposibles a una (solo una) persona amiga de Negrín. Con sus altos y con sus bajos. Aprovechando que Negrín había empezado a escribir unas memorias de las que se han conservado dos capítulos (uno referido al envío del oro a Moscú y otro al asesinato de Andreu Nin por la NKVD soviética en junio de 1937).  El español “de la intimidad de Negrín” fue, como lo consignó en sus propias memorias, Mariano Ansó.

La fecha de constitución del depósito: no hubo error. Fue a principios de febrero de 1937. Exactamente el día 5. Servidor la dio a conocer, con el correspondiente análisis técnico-económico y financiero así como su evolución ulterior, en un libro publicado en 1976, pero ya antes había aparecido en alguna obra a la mayor gloria de Franco y, naturalmente, desfigurada por completo.

De esta noticia de la OID, aparentemente nada ambigua, hizo un gran alboroto la sumisa prensa española del momento, sometida a una censura estrictamente de guerra y manipulada desde el Ministerio de (Des)información y Turismo. Este alboroto lo recogió la prensa internacional que se apresuró a hacer sesudos  – y totalmente inexactos- comentarios. Los diplomáticos en puesto en España echaron su cuarto a espadas de cara a sus respectivas capitales y, como es su oficio, añadieron sus correspondientes observaciones que, por lo que sabemos, no dieron en el clavo.

Todo ello echó leña, rociada con gasolina, al fuego de las desavenencias entre los líderes del exilio republicano, probablemente uno de los objetivos que Franco, “el pillín”, tenía en mente desde el principio. Sobre Negrín recayeron los más negros y duros dicterios, que los embajadores españoles en el exterior repercutieron en sus despachos y telegramas al MAE. Habría que escribir algo con cierta extensión (servidor solo lo hizo para algunos casos) sobre el aluvión informativo que descendió sobre el Palacio de Santa Cruz.

Hay que reconocer que de los agravios contra el Negrín muerto se hizo también eco su antigo amigo y luego adversario que fue Indalecio Prieto que, entre paréntesis, estaba perfectamente enterado de lo que había ocurrido con el oro durante la guerra. Para Franco y su máquina de bien engrasada maquinaria de propaganda contra una opinión pública ayuna de conocimientos  miel sobre hojuelas. Una de las noticias más significativas la dio el, como siempre, bien dispuesto ABC. Este diario publicó el 13 de enero de 1937 un artículo de Manuel Martínez Feduchy, embajador del Gobierno republicano en el exilio, aparecido en El Universal de la capital azteca. Representativo, pero no suficiente.

Con otras ínfulas, el panfletario policía, y supuesto historiador, Eduardo Comín Colomer (todavía hay algunos despistados que lo citan como fuente) aprovechó para no dejar la mínima huella del menor rasgo que pudiera considerarse como algo tendencial a lo ligeramente positivo de la figura de Negrín. No puedo resistirme, teniendo a VOX en la mente, a reproducir algunas de sus lindezas:

“Fueron tan grandes sus errores y de tal magnitud sus desaciertos que, cuando en el transcurso de los años la Historia dé su veredicto, juzgando ponderadamente la actuación, los resultados le serán contrarios reconociendo, en cuanto a carácter, una egolatría personal que llevada a sus últimas consecuencias nada apreciable arrojó en los que por él fueron gobernados en la zona roja, y por lo que se refiere a su obra política, el fiel servicio al comunismo constituyó toda su orientación”.

Aprovecho la ocasión, que suele pintarse calva, para expresar aquí a la editorial que ha republicado la inmarcesible obra del policía en cuestión  -ya lo he hecho en otro lugar- mi personal agradecimiento por su admirable gesto de poner al alcance de todos los interesados esta maloliente basura que respondió al título de La República en el exilio, 1937-1957 y que había aparecido en la no menos connotada editorial AHR barcelonesa, tan famosa en aquellos inolvidables años cincuenta.

(continuará)