DE TRAICIÓN Y SUBLEVACIONES

30 junio, 2015 at 8:30 am

En este mes de junio que ahora expira muchas cosas se han acelerado, en España y en el resto del mundo. Hace unos días en una iglesia de Charleston, la bella ciudad sureña de Estados Unidos, un descerebrado ha liquidado a balazo limpio a nueve conciudadanos por ser de otro color. La salvajada ha levantado ampollas.

Bandera ConfederadaNumerosos han sido los comentaristas que se han servido de ella para denunciar, una vez más, las tensiones raciales en Estados Unidos. La hoy superpotencia se creó en la esclavitud. La mantuvo vivita y coleando durante casi sus primeros cien años. Lo que terminó denominándose «la peculiar institución» estuvo en el origen de su guerra civil (1861-1865) aunque esta, al principio, se dirimió para evitar la secesión de los Estados esclavistas. Una inmensa literatura se aplicó después en argumentar que la guerra había tenido por motivo fundamental la preservación de la Unión. Esta orientación, lógicamente, no ha prevalecido.

Los debates historiográficos norteamericanos recuerdan los que todavía suscita en nuestro país la inevitabilidad o no inevitabilidad de la guerra civil. Así que los historiadores y la sociedad españoles en general no tenemos demasiadas razones para mostrarnos sordos a las discusiones que el tema racial y sus orígenes despiertan allende el Atlántico.

A mi, que he vivido unos siete años en Estados Unidos por razones profesionales, siempre me ha interesado la cuestión, «el dilema americano» como lo caracterizó un sociólogo sueco, Gunnar Myrdal, en una obra que era de lectura obligada en mis años de estudiante. Como historiador también me ha fascinado la querella historiográfica subsiguiente.

Viajando por el Sur siempre tuve la sensación de estar en otro planeta, ya fuese en Texas o en Alabama, en Georgia o en las Carolinas. En su «Requiem por una monja» Faulkner dijo algo perfectamente aplicable a tal mundo: The past is never past. It´s not even past. Un juego de palabras que viene a significar que el pasado nunca pasa y que incluso ni siquiera es pasado. Uno, sin embargo, se acostumbra a todo. También a la reverencia que en el Sur se presta a sus héroes, en particular a los militares y, sobre todo, a Robert E. Lee.

Lee fue el general más exitoso de la guerra civil y, según dicen sus admiradores, el prototipo del perfecto caballero del Sur. Batalló sin descanso para que el resultado que esperaba de la guerra pudiese garantizar la supervivencia de la confederación de estados secesionistas y, con ella, el sistema esclavista. Es un dato que no suelen subrayar muchos sureños en las abundantes hagiografías que de Lee se han escrito.

Por ello me ha llamado poderosamente la atención que en un reciente artículo en The New York Times (26 de junio) un conocido comentarista, David Brooks, publicase un notable artículo de opinión. En él, lisa y llanamente, se preguntaba si no habría que revisar también, aparte de la utilización más o menos oficial de la bandera confederada, la figura histórica de Lee.

Con un argumento de peso. Al anteponer su lealtad a su Estado natal, Virginia, a la que como militar había jurado a la Constitución de los Estados Unidos, Lee se convirtió automáticamente en un traidor. Y mantuvo su traición en la medida en que sostuvo la bandera de la rebelión y guerreó contra el gobierno constitucional y legítimo que, como soldado, había prometido defender.

Obviamente no tengo ni idea de si esa reevaluación del honor de Lee que preconiza Brooks se llevará a cabo o no, pero me suscita una cuestión relacionada con España. ¿No existe un extraño paralelismo entre la actuación de Lee en 1861 y la de Franco en 1936? Porque este último también había jurado defender la Constitución de 1931 y el Gobierno contra el cual se levantó en armas era tan legítimo como el que había en Washington en 1860 o 1861.

Son obvias las diferencias. La más importante es que Lee perdió. Franco ganó y permitió, deleitado, que los pelotas de turno construyeran en torno suyo un mito duradero. En ambos casos, sin embargo, ciertos historiadores ofuscan las cuestiones de índole política y moral que suscitan ambos comportamientos. En el americano, disminuyendo la importancia de la esclavitud. En el español acentuando hasta límites insospechados la presunta situación de anarquía y desorden que el Gobierno republicano toleró, si no impulsó, en la primavera de 1936. De aquí que Franco, ya en Tenerife, preparara la justificación oportuna: los sublevados no eran quienes se sublevaban sino quienes permanecían fieles al Gobierno legítimo.

El enfoque que subyacía a esta «justicia al revés», como la caracterizó muchos años después aquel prohombre fascista que fue Ramón Serrano Suñer, permitió todo tipo de asesinatos y ejecuciones sumarias contra los no sublevados al amparo de la proliferación de bandos de guerra no menos ilegales y de la ulterior declaración del «estado de guerra» por la Junta de Defensa Nacional, un grupito de generales y jefes autoseleccionados que se arrogaron la calidad de dictar normas en nombre de la Nación y del Estado.

Los lectores quizá piensen que exagero. Pues no. Un hispanista de gran talla, y de la categoría de Stanley G. Payne, ha reiterado muy recientemente sus conocidas cantinelas sobre la inevitabilidad de la justificable rebelión. No solo en su biografía (con Jesús Palacios) de Franco. Aprovechando que el Guadiana pasa por Guadalajara también lo ha hecho en una reseña aparecida en el Times Literary Supplement (19 de junio) de un libro de Julián Casanova y Carlos Gil Andrés acerca de la historia de España en el siglo XX publicado en inglés por Cambridge University Press.

Es decir, lo que algunos caracterizan de traición allende el océano, aquí es virtud. Ya sé que las analogías son peligrosas. También que las condiciones en los Estados Unidos antes de 1861 no eran como las de la España republicana. Pero, ¿no exaltan algunos de nuestros historiadores aquella democracia y denigran la española, aplicando ahistóricamente un concepto polisémico?

Ni siquiera la transición española fue particularmente pacífica. En 1977 la policía cargó contra 788 manifestaciones. Cerca de 600 personas perdieron la vida entre 1975 y 1983. Son datos públicos. ¿A cuántos se cargó ETA?

En la «pacífica» democracia norteamericana un siglo antes, solo en 1855, otras 600 personas perdieron la vida en California por causas violentas. ¿Y cuántos mueren al año hoy, sesgados por las balas, incluso de la policía?

Para el caso español más valdría estudiar y, si es posible, corregir las estadísticas que ha compilado con gran esfuerzo Eduardo González Calleja. Pero no tema el lector. Todos esos datos, debidamente categorizados por origen, clase, forma, tipo, circunstancias etc. no cuentan para algunos autores.

SOBRE LA RECONSTITUCIÓN DE UNA GRAN BATALLA

23 junio, 2015 at 8:30 am

 

El viernes y el sábado pasados, 19 y 20 de junio, tuvo lugar la reconstitución de la batalla de Waterloo. Fue una primicia en Europa tanto por el tiempo invertido en su preparación como por los inmensos medios desplegados. Las reconstrucciones de acontecimientos históricos son un fenómeno que, importado de los países de habla inglesa, en particular de Estados Unidos, se han generalizado en casi todos los países europeos. Las más frecuentes se refieren a episodios de la Edad Media pero también se llevan la palma las referidas a la epopeya napoleónica. Las que recrean episodios de la antigüedad suelen ir en tercer lugar.

P1020580La batalla de Waterloo fue un acontecimiento decisivo. Liquidó la pugna franco-británica por la supremacía en Europa, fortaleció -aunque no duraderamente- el orden europeo negociado en el Congreso de Viena, abrió las puertas a la expansión ultramarina británica y fortaleció el comercio entre los dos lados del Atlántico. Más de dos siglos de guerras intra-europeas casi incesantes desembocaron en una paz precaria pero en la que las llamaradas bélicas fueron contenidas hasta la guerra de Crimea. Localizadas, como las carlistas, o tendentes de garantizar la posición de preeminencia de Prusia en el mundo germánico, no desembocaron en un conflicto general. El capitalismo se desarrolló a marchas forzadas, la pugna contra los regímenes absolutistas continuó y la burguesía irrumpió en el espacio político. Le siguió, ya avanzado el siglo, el movimiento obrero. En los cien años que siguieron a Waterloo se sentaron las bases del mundo moderno.

En este cuadro general no es de extrañar que lo que suele denominarse epopeya napoleónica ocupe un lugar singular. Al fin y al cabo fue una de las consecuencias de la revolución que trastocó el Antiguo Régimen y con ello Europa y el mundo.

En el caso concreto de Bélgica, Waterloo alumbró una primera manifestación de lo que, en el siglo XX, terminaría siendo el Benelux. A las tierras holandesas se les agregaron las arrebatadas a Francia. La idea estribó en crear un Estado tampón que rodease en parte a los franceses y sirviera de escudo protector de las islas británicas. Cuando los belgas se sacudieron la dominación holandesa en 1830 la función pasó a desempeñarla el nuevo Estado bajo la protección de una garantía británica. En 1914 fue uno de los resortes que llevaron a la primera guerra mundial.

No extrañará por ello que en Valonia, la parte sureña y francófona de Bélgica, se pusiera en movimiento ya en 2010 una detallada planificación para festejar adecuadamente el bicentenario. Se creó una organización ad hoc, se conjuntaron los esfuerzos de las cuatro comunas en cuyos territorios se desarrolló la batalla y se movilizaron recursos públicos y privados para preparar las conmemoraciones.

Ha habido críticas acerca de si el asunto merecía la pena pero la proximidad de 2015 ha inducido mejoras sustanciales en los lugares de memoria relacionados con la guerra de hace doscientos años antes que potenciarán el turismo en la región. Un turismo, no hay que olvidarlo, que figura entre los más antiguos de la Europa nórdica pues los primeros «tour operadores» fueron británicos y organizaron, ya a los pocos años, expediciones de turistas para visitar los lugares relacionados con Waterloo. En todo caso, la idea ha estribado en que las conmemoraciones tengan el mínimo impacto sobre las finanzas públicas. A juzgar por los datos de asistencia y por los esfuerzos de mercadotecnia para vender todo tipo de recuerdos la operación no ha despegado con mal pié. Las autoridades se han comprometido a dar a conocer los datos financieros a finales del actual ejercicio.

Las primeras estimaciones hablan de la presencia en el lugar de la reconstitución de entre 60.000 y 70.000 espectadores. Los billetes no eran baratos. Los recreadores, en torno a los 6.500, procedentes de 52 países, han recibido solo unos pequeños emolumentos. Los uniformes y armas ligeras los han aportado ellos mismos.

Esto lleva a otra consideración. ¿Qué es lo que mueve a que tanta gente se muestre dispuesta a participar en este tipo de recreaciones? Ya se han escrito varias tesis doctorales al respecto en, por lo menos, Francia y Alemania. La prensa de ambos países ha publicado entrevistas. Los académicos han efectuado (no podía ser menos) sesudas reflexiones. ¿Deseo de escapar a la monotonía de la vida cotidiana? ¿Interés por el pasado? ¿Curiosidad por experimentar, siquiera aproximativamente, una forma de vida muy alejada de la moderna? ¿Deseo de hacer un tipo de vacaciones diferente?

Lo cierto es que las recreaciones se hacen en la Europa occidental, central y oriental. En el caso de la epopeya napoleónica pueden servir de ejemplos, para las dos últimas, las batallas de Borodino (7 de septiembre de 1812) y de Austerlitz (2 de diciembre de 1805). La primera una rotunda victoria rusa. La segunda, la batalla perfecta ganada por Napoleón.

En el caso que ahora nos ocupa, la reconstrucción se hizo en dos fases y de una forma que no había visto nunca. El escenario era muy grande (unos cuatro kilómetros cuadrados). Lo constituían los campos de la comuna de Braine l´Alleud, próximos al monumento erigido por el rey de Holanda en honor de la victoria: es un león de fiero semblante que mira hacia el sur, hacia Francia. Los agricultores habían sembrado los campos con cereales del tipo que dominaba hace doscientos años, en particular una variedad muy resistente de centeno.

En tal escenario no es fácil que los espectadores puedan seguir los detalles de la reconstitución. De aquí que la coreografía de masas tuviese un papel especial. Se reflejaron algunas acciones sobresalientes. En una primera noche el ataque francés contra las posiciones aliadas (inglesas, alemanas, belgo-holandesas), para lo cual se construyeron a escala dos remedos de las granjas en torno a las cuales se desarrollaron dos grandes maniobras de diversión. En una segunda noche se coreografió la respuesta aliada. Quien esto escribe estuvo sentado en la tribuna de detrás de la línea defensiva anglo-holandesa, así que pudo contemplar mejor la respuesta que el ataque francés.

Atender a los gustos de los 60 o 70.000 mil espectadores no podía ser cosa fácil. Los comentarios en francés, holandés e inglés fueron superficiales y se repitieron en las dos noches con escasas variaciones. Para quienes hubieran leído algo de la batalla serían insuficientes. Quienes no supieran nada, no se enterarían demasiado. Afortunadamente la prensa belga, francesa, holandesa y alemana, pero sobre todo la primera, había hecho un gran despliegue de informaciones en los días precedentes.

P1020567¿Qué me impresionó más? Una banda militar del Ejército francés, en uniformes de época perfectos, y dirigida por un oficial cargado de condecoraciones, interpretó, de manera que no dudo en calificar de magistral, el himno escocés por excelencia: Amazing Grace. Una manifestación modesta, pero emocionante, de que una cosa es la historia y otra, muy diferente, su recreación como espectáculo.

18 de junio 1815: Waterloo

16 junio, 2015 at 8:30 am

Estamos en un año que es aniversario en números redondos de grandes acontecimientos: el final de la guerra civil norteamericana o de secesión, el de la segunda guerra mundial, el de la de Vietnam (incluso, para España, el del fallecimiento de Franco). Pero, para alguien que vive en Bélgica, Waterloo es esencial. La batalla se libró a veinte kilómetros de Bruselas y muchos de los turistas que visitan la capital no desdeñan una excursión a un pueblo que es ya casi una prolongación del extrarradio.

NapoleonyWellingtonDesde hace más de año y pico ha venido organizándose una celebración por todo lo alto del bicentenario. Hay, por ejemplo, previsto un simulacro de algunas de las escenas cruciales de la batalla en el que participarán millares de aficionados (ni que decir tiene que servidor compró tickets desde el primer momento). Los libros y los números especiales de las revistas de divulgación históricas son incontables (como también ocurre en Francia y en el Reino Unido).

El Instituto Cervantes de Bruselas participa en las conmemoraciones con una mesa redonda en torno a uno de los protagonistas de la batalla: un militar y diplomático español, el general Miguel Álava Esquivel. Un descendiente suyo, que se ha pasado años husmeando en los papeles de la familia, presentará una biografía (que todavía no he leído) de su antecesor. Fue embajador del Reino de España ante la corte holandesa y, bajo cuerda, ante el rey francés en el exilio, Luis XVIII, en lo que hoy es Bélgica. Pero, y sobre todo, fue amigo íntimo de Wellington (si es que el duque de Ciudad de Rodrigo, como se le conocía en España) tuvo amigos de tal categoría.

Hubo, pues, un vector español en Waterloo. A decir verdad, adoptó tres manifestaciones esenciales. La primera vino dada de manera implícita: el desgaste sufrido por los ejércitos napoleónicos en la guerra de la independencia (del francés, en Cataluña). Años de hostigamientos y de incesante batallar con los guerrilleros y fuerzas españoles. Esto conllevó la necesidad de atender a un teatro de operaciones que se resistía al vasallaje francés. Con ello se minó la capacidad ofensiva y defensiva francesa de cara a otros escenarios europeos. Las ventajas que Napoleón se prometía de la ocupación de España y Portugal se tornaron en costes no solo tácticos y operacionales sino, y sobre todo, estratégicas.

La segunda manifestación se reflejó en las enseñanzas que Wellington extrajo de sus campañas en España. Ya se había forjado un nombre en la India pero su camino hacia la gloria discurrió por los campos portugueses y, sobre todo, españoles. En este aprendizaje de la batalla del débil contra el fuerte (el ejército británico siempre fue pequeño), uno de sus interlocutores privilegiados fue Álava como representante ante su cuartel general de las armas españolas. En las batallas de la península entre Wellington y Ávila se forjó una amistad inquebrantable.

La tercera manifestación derivó del hecho que Álava, como embajador ante la corte holandesa, no tardó un minuto en echar su cuarto a espadas tan pronto como Wellington apareció en Bruselas. Durante la batalla de Waterloo el general español le sirvió prácticamente como una especie de jefe de estado mayor.

Desde el punto de vista español, y aunque parezca mentira, esta última manifestación tuvo consecuencias muy afortunadas. Ávila pasó a ser embajador en París ante la restaurada monarquía. Su talento natural y sus conexiones británicas compensaron en cierto grado el desastre diplomático sin paliativos que para España supuso enviar un inútil como representante en el congreso de Viena que debía organizar la Europa postnapoleónica.

Por razones largas de explicar aquí, uno de los países que más habían contribuído al desgaste de Napoleón se quedó prácticamente en mantillas a la hora de obtener frutos de la victoria. Pasemos en silencio uno de los episodios más vergonzosos de la historia de la diplomacia española.

Álava salvó el honor. Recuperó parte de los tesoros artísticos españoles robados por los franceses y jugó hábilmente su relación con Wellington, con lo que se aseguró que una parte de las indemnizaciones pactadas por Francia con sus vencedores se destinara a España. De no haber sido por él, y si el peor rey español que fue Fernando VII hubiese tenido como representante en París a alguno parecido al que tuvo en Viena, la debacle hubiera sido total.

A Álava le aguardaban horas sombrías. Tras el hundimiento del trienio liberal hubo de huir, vía Gibraltar, a Inglaterra. Wellington le acogió prácticamente como a alguien de la familia. Fue embajador en Londres y, andando el tiempo, de nuevo en París. Sus aportaciones fueron notables aunque no logró evitar una cierta deriva francesa a favor de los carlistas en la primera guerra contra estos. Los británicos siempre fueron generosos con él. Álava es probablemente el único español que ha sido condecorado con una de las más ansiadas distinciones inglesas: la gran cruz de la Orden del Baño, casi al nivel de la Orden de la Jarretera.

Para los españoles actuales Ávila no es un nombre conocido, salvo en Vitoria, su ciudad natal. Un autor muy empapado en las mores de la Europa de aquellos años, Ildefonso Arenas, ha escrito una novela con el sugestivo título «Álava en Waterloo» que presenta un cuadro magnífico del trasfondo del Congreso de Viena y de las intrigas que desató en París el regreso de Napoleón desde Elba, la fracasada campaña de Bélgica y las consecuencias inmediatas de la batalla de Waterloo.

Terminaré esta ligera evocación recordando que en la clásica obra de sir William Napier (History of the Peninsular War and in the South of France), aparecida entre 1828 y 1840, se hacen elogiosas referencias a la habilidad política, militar y diplomática de Ávila. No ocurre lo mismo con la de sir Charles Osman quien solo le cita dos veces. Una cuando fue herido y otra en el famoso brindis que Wellington dedicó a Luis XVIII en Toulouse tras conocerse la (primera) abdicación de Napoleón. Ávila respondió con otro brindis por Wellington, «liberador de España, de Francia, de Europa».

Por cierto, Álava fue el único hombre en Waterloo que había combatido contra los británicos en Trafalgar y con ellos en muchas otras batallas, por ejemplo en Busaco (Portugal) y Vitoria. Si en la España de aquella época hubo un soldado internacionalizado y que además combinó experiencia de primera mano en la guerra naval, la guerra terrestre y la diplomacia ese soldado se llamó Miguel Ricardo Ávila y Esquivel.

CORROMPER A TODO UN PUEBLO

9 junio, 2015 at 8:30 am

La actividad corruptora de Hitler no se extendió solo a sus militares y a los gerifaltes del partido y de la Administración. La política nazi se orientó a generar un alto grado de fidelidad a los postulados racistas del Tercer Reich y, con ellos, sostener una guerra de conquista, expolio y rapiña contra los países conquistados y por conquistar. Los frutos de su explotación contribuyeron grandemente a mantener el nivel de vida y de consumo de los «arios» en la Alemania imperial y, por ende, a soldar una relación íntima entre el donante y los donados. Dicho en términos menos conversacionales: las ventajas económicas de las conquistas se socializaron. Hitler se atuvo a la combinación de los dos términos del engendro que puso en marcha: nacionalista y «socialista». Una mezcla letal para los conquistados.

P1020531En el incesante proceso de reinterpretación del pasado, que es la ocupación genuina de todo historiador que se precie, ha ido creciendo en significación una dirección analítica. Sir Richard Evans, uno de los historiadores británicos mejor conocedores del Tercer Reich, ha apuntado que, en los últimos tiempos, el marchamo «totalitario» ha caído en favor de la creciente utilización del vector racial como basamento de numerosas políticas de aquella aberración que fue la Alemania nazi.

Uno de los historiadores alemanes que más ha batallado en esa dirección se llama Götz Aly. De sus diversos libros solo uno, que yo sepa, se ha traducido al castellano. Su título original fue «El hitleriano Estado del pueblo. Expolio, guerra racial y socialismo nacional«. Aquí se ha vertido como «La utopía nazi» con un subtítulo que da en el clavo: «Cómo Hitler compró a los alemanes«.

Lo hizo de diversas formas y la tesis fundamental de Aly es que los nazis diseñaron un conjunto de políticas que convirtieron el régimen en algo atractivo para la mayoría de los alemanes: la aplicación de principios tales como la igualdad de oportunidades (en oposición a la sociedad jerárquica precedente), la implementación de un «Estado social», la difuminación de las barreras sociales, la renovación de las clases dirigentes, la exaltación de la juventud en oposición a los carcamales de Weimar o de la Alemania guillermina… En definitiva: una auténtica alborada.

La apropiación de valores de la izquierda alemana (en la que los movimientos socialista y comunista eran dominantes), la aplicación de prácticas keynesianas avant la lettre, el saqueo y «arianización» de las propiedades judías y la explotación sistemática de las economías de los países conquistados, en particular Polonia y, sobre todo, Francia, o puestos al servicio de la economía alemana constituyeron otros tantos hitos. Las inmensas transferencias reales y financieras cuya extracción posibilitó la presencia de la Wehrmacht en ambos países (pero también en Austria, Bélgica, Holanda, exChecoslovaquia, Dinamarca, Noruega, una parte de la URSS) o en Rumania, Hungría, Yugoslavia e Italia permitieron simultanear cañones y mantequilla, la guerra y un alto consumo interno. Al menos durante los primeros años.

Es característico que una economía en principio dirigida por las autoridades estatales y en la que el mercado libre prácticamente había desparecido no llegara hasta bien entrada la guerra, aproximadamente 1943, al grado de disciplina, planificación y subordinación de todos los recursos de la nación que el Reino Unido puso en práctica desde casi el primer momento.

A pesar de que la economía de guerra alemana funcionó con muchos sobresaltos y no precisamente de forma demasiado racional, la explotación sin límites de la mano de obra extranjera procedente de los territorios ocupados y la introducción de reformas internas que no habían podido superar los conflictos de intereses del precedente sistema democrático y parlamentario acolcharon el impacto que supuso la desviación de recursos del sector civil al militar.

Aly ha llamado la atención sobre el hecho notable que Hitler se ocupó de que ni los campesinos, ni los obreros, ni los empleados, ni los funcionarios pequeños o medianos se vieran afectados duramente por los impuestos de guerra. Las cargas tributarias se distribuyeron en función de la clase social y en beneficio de los más débiles. ¿Cómo, pues, se financió la guerra si la tributación de los más pudiente no colmaba el déficit de ingresos? Esencialmente a costa de las condiciones de vida de los pueblos conquistados, manipulando los tipos de cambio fijos de las monedas nacionales y gravando hasta límites insospechados su capacidad productiva. Los historiadores franceses han examinado pormenorizamente cómo los nazis trataron a la economía tanto de la Francia ocupada como de la «libre». No recuerdo que ninguna de las obras estándard en este tema se haya traducido.

La máxima, tal y como la explicita Aly, fue la siguiente: «si en esta guerra alguien tiene que pasar hambre, que sean los demás; si no se puede evitar la inflación de guerra, entonces debe ocurrir en cualquier otro lugar, pero no en Alemania». Sin olvidar nunca, en ningún momento, el expolio sistemático, hasta la raiz, del enemigo por antonomasia en que la dictadura convirtió a los judíos propios y extraños. Su aniquilación fue siempre el alfa y el omega de la dictadura.

Como la máxima de «la pela es la pela» no constituye, en su aplicación a la práctica, algo amable, tampoco extrañará que en la Alemania Federal se destruyeran masivamente inmensas cantidades de fondos documentales en los que se reflejó el producto de la explotación, en términos reales y financieros, de los países ocupados. Aly señala un posible motivo: evitar en lo posible la presentación fundamentada de reclamaciones. Con éxito aunque no hasta el extremo de apagar las quejas griegas.

La última gran operación de destrucción de documentos en gran escala de que se tiene noticia data de los años 1976/78, es decir, anteayer. Fue autorizada expresamente por un ministro de Hacienda, socialdemócrata por más señas, llamado Hans Apel.

Convendría señalar que la España de Franco no quedó al margen de las políticas de expoliación aplicadas a países extranjeros. Este es un tema que ya hace muchos años empecé a estudiar y que luego completó y amplió el profesor Rafael García Pérez en un libro que, quizá porque fue publicado en una editorial oficial, el Centro de Estudios Constitucionales, no ha tenido la difusión que merece.

En el caso español la cosa se hizo de manera más sibilina. Los nazis «compraron» voluntades en la desbaratada Administración de la época y se dedicaron a adquirir y a exportar por medios legales y no legales todos aquellos productos a que pudieron echar mano. En una España exangüe, desabastecida y desmoralizada por oleadas de represión multiforme, las deudas de guerra con el Tercer Reich se saldaron indirectamente con el regulador que fue el hambre de la gran parte de la población. Pero como posiblemente eran «rojos» tampoco había que preocuparse demasiado. Curiosamente, también en España todavía hay nazis.

CORROMPIDO Y CORRUPTOR: EL CASO DE ADOLF HITLER

2 junio, 2015 at 8:30 am

Quien corrompe suele, a su vez, estar corrompido. Más aun si quien se dedica a tales afanes dispone de poder absoluto. Nuestros estimados historiadores, el profesor Stanley G. Payne y su coautor, niegan este principio general en el caso de Franco. Ya se verá. Se confirma ciertamente en el de Hitler. No es que tenga demasiada importancia para enjuiciar a uno de los mayores criminales de la historia pero sí llama la atención que los historiadores no hayan penetrado profundamente en el tema, apasionante, de las finanzas personales del Führer del autoproclamado imperio que debía durar mil años.

P1020528Los británicos, que siempre siguieron con atención el rearme alemán en los años treinta, exploraron las finanzas personales de los líderes de la Alemania nazi. En el caso de Hitler sin demasiado éxito. Al menos a juzgar por los documentos, otrora muy secretos, que hoy son consultables en los Archivos Nacionales de Kew. Andaban totalmente desenfocados, lo cual no es de extrañar porque el tema fue uno de los mejor guardados en el Tercer Reich y porque supongo que, cuando estalló la guerra, el MI6 y los servicios de inteligencia adicionales tenían otras cosas más importantes de las que preocuparse.

Poco a poco, después del hundimiento nazi, las investigaciones de los servicios norteamericanos, británicos, franceses y quizá soviéticos fueron extrayendo datos que tardaron en salir a la luz pública. Muchos biógrafos de Hitler pasaron sobre el tema muy superficialmente o hicieron afirmaciones contradictorias sin base documental directa. Überschär y Vogel ofrecieron datos muy concretos basados en evidencia primaria relevante de época pero su preocupación no fueron las finanzas personales de Hitler sino su papel como corruptor.

Subrayaron, eso sí, algunos rasgos del comportamiento de Hitler que no tienen desperdicio. Por ejemplo: desde fecha temprana el Führer fue un avezado evasor de impuestos. Al español de nuestros días, acostumbrado a los horrores que han venido destapándose en este ámbito en los últimos años, la noticia no le impresionará. Sin embargo pensar en la (remotísima) posibilidad que la canciller o el presidente de la República Federal pudieran no pagar los impuestos que les correspondan es, si se me permite, un oxímoron impensable. Equivaldría por lo menos al derrumbamiento de su carrera política. España, claro, es diferente.

Hoy está absolutamente documentado que la Agencia Tributaria bávara reclamó una y otra vez el pago de los impuestos a un político que decía subsistir con lo que cobraba por su libro, sus discursos y sus artículos pero que llevaba un envidiable tren de vida. Hacia 1932 sus deudas a Hacienda ascendían, se ha estimado, a unos 400.000 marcos, que no eran una fruslería. En su última declaración indicó unos ingresos en 1933 de 1,2 millones de marcos de los cuales 861.146 fueron por derechos de autor. Una vez que se convirtió en canciller e implantó la dictadura, sus subordinados, «trabajando en el sentido que quería el Führer», como ya advirtió su biógrafo sir Ian Kershaw, se esforzaron en conseguir que las autoridades fiscales bávaras cesaran en sus esfuerzos. El Ministerio de Finanzas del Reich, cuyo subsecretario era un exprofesor en una escuela de Comercio y nazi redomado, eximió al Führer de toda tributación. ¡Faltería más!.

La fortuna personal de Hitler subió como la espuma. Aunque en contra de lo que se ha dicho la gran patronal no le había dado un apoyo financiero desmedido antes de llegar a la Cancillería, las cosas cambiaron cuando se hizo con el poder. Los industriales, nazis convencidos o no, se apresuraron a crear un fondo de apoyo financiero (la Adolf-Hitler-Spende) que se convirtió en una de sus mayores fuentes de ingresos.

La propaganda goebbelsiana inmediatamente trompeteó a los cuatro vientos que se destinaría a obras sociales. Por cierto, también anunció que, en un rasgo de generosidad muy loable, el sueldo como canciller se destinaría a otras actividades del mismo tenor. Naranjas de la China. En cuanto la novedad dejó de ser novedad, Hitler se embolsó los ingresos tranquilamente. Ni que decir tiene que los funcionarios que supieron del tema hicieron carreras brillantes en el Tercer Reich. Uno de ellos, por ejemplo, se convirtió en el presidente del Tribunal de Cuentas. Había que pagar a los leales y el Estado alemán se convirtió en un Estado de gángsters.

Es más, los secuaces de Hitler encontraron formas innovadoras para acrecentar la fortuna de su jefe. El ministro de Correos y Comunicaciones tuvo la feliz idea de destinar un porcentaje de las ventas de sellos a su amado Führer en concepto de derechos de autor por la utilización en los mismos de su retrato (desde 1941 la mayoría de los sellos). Una perita en dulce que se transformó en cheque anual, también «para obras sociales».

Todo lo que antecede es conocido a grandes rasgos. Menos conocido es que ya antes de llegar a la Cancillería Hitler se había hecho con las acciones de la editorial del partido nazi, la Eher Verlag, que después se convirtió en una de las más potentes y más modernas de Europa. Sus variopintos productos se vendieron como rosquillas y el Führer, en toda legalidad, se embolsó los dividendos.

Por si las moscas, los derechos de autor comprendieron también las ventas de Mein Kampf. El regalo de este ilegible tocho constituyó una muestra del favor del Führer a todas las parejas que contraían matrimonio y como Alemania era un país bastante poblado ya puede imaginar el lector la suculenta fuente de ingresos que ello representó porque, claro, las autoridades civiles corrían con los desembolsos que suponía su adquisición. El año en que Hitler llegó a la Cancillería las ventas del mamotreto habían llegado a ser de 854.000 ejemplares. Más tarde se dispararon.

Cris Whetton pasó muchos años indagando en las fuentes de la fortuna personal de Hitler. Su libro ha pasado un tanto desapercibido pero no es desdeñable. Tras penosas estimaciones llegó a la conclusión de que los ingresos entre 1933 y 1945 oscilarían entre un mínimo de 600 millones de marcos y un máximo de 1.749 con una cifra probable intermedia de 919 millones. Su traducción a términos actuales es problemática. El historiador alemán Götz Aly utilizó a una tasa de conversión fácil de aplicar. Un marco = 10 euros. El lector comprenderá que unos ingresos probables de más de nueve mil millones de marcos solo en los escasos doce años de duración del Tercer Reich no pueden considerarse una niñería.

Y ¿adónde fueron a parar? En grandísima medida a propiedades inmobiliarias y obras de arte. Dinero en cuentas bancarias no se depositó mucho y una parte lo fue a nombre de testaferros en Suiza y Holanda. Varias se han localizado. Quizá sigan existiendo, otras, dormidas.

En resumen, además de gran criminal de guerra Hitler fue un supermillonario gracias al desvergonzado aprovechameinto de la «ley» y a la aplicación de truquitos propios de un trilero. ¿Podría ocurrir que algún otro dictador contemporáneo más próximo a nosotros hubiese imitado, mutatis mutandis, sus pasos? La respuesta dependerá de alguna investigación fiable.