UN ANÁLISIS ACERBO, EN LAS LIBRERÍAS BRÍTÁNICAS, DE QUIENES LOGRARON SACAR AL REINO UNIDO DE LA UE (II)

31 mayo, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Tras mi primera semana de vacaciones en casi tres años he regresado a Bruselas cargado de libros. No sé si llegaré a leerlos por completo, aunque todos son -creo- muy interesantes. En el caso del Brexit, objeto de este post, hay ya naturalmente una abundante literatura. No es sorprendente. Para algunos autores tiene la potencialidad de convertirse en un paralelo en el siglo XXI de las políticas de Enrique VIII que llevaron a la ruptura con Roma e iniciaron un giro copernicano en la relación de Inglaterra con el resto de Europa. Como todavía dichas políticas son objeto de agrias controversias historiográficas, y eso que ocurrieron en el siglo XVI, es de suponer que el Brexit también lo será durante, al menos, algunos centenios.

Por el momento, casi ninguno de los ángulos desde los cuales se ha examinado el Brexit hasta ahora ha sido objeto de una historia basada en fuentes internas, es decir, restringidas a los círculos del Gobierno y de la Administración. Las que hay se han basado en documentos públicos y en declaraciones más o menos interesadas, a veces para ajustar cuentas. En el mercado coexisten, pues, obras tortuosas, con frecuencia de difícil lectura, escritas por especialistas en la UE, junto con relatos más ligeros, adaptados a las necesidades de conocimiento del público general. Estas suelen ser obras de periodistas. Algunos muy bien informados. Otros, menos.

Uno de los libros más recientes y que ha recibido elogiosos comentarios es el escrito por Simon Kuper, uno de los redactores del Financial Times, y cuyos artículos siempre he encontrado estimulantes. Su título ya advierte de lo que se trata: Chums. How a Tiny Caste of Oxford Tories Took Over the UK.  En traducción libre: Amiguetes. De cómo un pequeño grupito de conservadores que estudiaron en Oxford se hizo con el poder en el Reino Unido.

‘Chums. How a Tiny Caste of Oxford Tories Took Over the Uk’, Simon Kupper (Profile Books, 2022)

Es un libro de un periodista británico, exestudiante de Oxford, y escrito esencialmente para el público británico. Una eventual versión al castellano debería llevar numerosas notas a pie de página del traductor. Modismos, giros, personajes y episodios ligados a la famosa Universidad no tienen réplica en otras del continente. Tampoco su función secular de protección de los mecanismos de selección -o de cooptación- de estudiantes procedentes de una clase social determinada. Son mecanismos encaminados a mantener un cierto monopolio de acceso a las alturas dominantes de la sociedad. Kuper se refiere al Oxford que todavía existía en los años ochenta del pasado siglo, cuando su papel estribaba en dar un barniz peculiar a los hijos (entonces pocas hijas) de la nobleza de la sangre, de la tierra, de la toga, de la política o de las finanzas -y a los de las clases adineradas y pudientes- que procedían de colegios privados carísimos e hiperselectivos y destinados a reproducir, ya adultos, los modos de ejercicio del poder político, económico, jurídico, militar y diplomático. Un caso único en relación con otras sociedades avanzadas y que echa raíces en la peculiar historia británica.

Para un lector poco familiarizado con los sistemas de la época la enseñanza que se impartía le parecerá absurda. Los canales esenciales ponían el énfasis en los autores clásicos griegos y romanos o en una mezcolanza de rudimentos en tres materias: philosophy, politics, economics. Se embalaban en tres años en el llamado PEP (lo que no permitía conocer sino cuatro cosas de cada). También se enfatiza la Historia, pero esencialmente la inglesa (británica, después) con énfasis en la forja y control del IMPERIO y en los hombres (no mujeres, por favor) que lo hicieron posible.

Por supuesto no se trataba de aprender nada en profundidad. Lo que se aspiraba a lograr era otra cosa: en primer lugar, desarrollar, sobre los basamentos de las restrictivas escuelas secundarias privadas, una cierta forma de hablar y de exponer lo que con seguridad y aplomo, se conociera bien o mal de lo que se discurseaba; (en román paladino, desarrollar hasta límites insospechados la capacidad de abordar cualquier tema con la suficiente labia); hacer contactos que serían útiles en la vida profesional ulterior y salir con fortuna de aprietos difíciles como si no costara trabajo. Es decir: aprender la forma y manera de dar el pego en cualquier situación. Todo ello en medio de una “guerra” larvada entre  los retoños de las “aristocracias” y los de las ambicionas “clases medias altas”. Se dirimía en un contexto en el que participar -o ascender- en el club de debates que era, y es, la Unión de Oxford iba afilando los colmillos, los puñales, los trucos saduceos de la Cámara de los Comunes, cuyo remedo era. Solo que sin el menor poder. Una escuela sinigual para futuros políticos y que en los años ochenta ya no habían pasado por la experiencia de exposición a otras clases sociales, como había ocurrido en las dos guerras mundiales.

Kuper conoce otros sistemas educativos (estudió en Países Bajos y Berlín) y señala con acierto que el inglés no podía ser más diferente. En España, en cierta medida, se copió (perdón, se importó) lo más fácil y sencillo de su antítesis: el francés. En primer lugar, la acumulación de conocimientos; en segundo la memorización como mecanismo de selección (oposiciones); en tercer lugar, la diferenciación por carreras administrativas (no son lo mismo las oposiciones a los grandes cuerpos jurídicos, económicos y diplomáticos del Estado -escalafonados por grados de dificultad- que las que permiten el acceso a los cuerpos subalternos).

Pues bien, en el Oxford que existía en los años ochenta en los que Kuper fue también estudiante el autor de este libro coincidió con un grupito de estudiantes de características similares. Todos eran miembros del partido conservador o próximos a él; todos tenían una seguridad en sí mismos a prueba de bomba; todos se interesaban por la política; todos aspiraban a ocupar las cúpulas del Estado; todos carecían del sentido del ridículo y todos consideraban que su Inglaterra (Reino Unido para los demás) era el mejor país del mundo. Irrepetible, pero desgraciadamente contaminado por otros sistemas, en particular los continentales.

Numerosos especímenes de su misma cuerda alcanzaron tales cúpulas antes que ellos. Más pragmáticos o más avispados, hicieron causa común en torno a quien llegaría a ser su jefe y portavoz, David Cameron. Quienes terminaron abogando por el Brexit quisieron diferenciarse de los europeos en todo lo posible. En el Reino Unido su casta había mandado siempre. No los de allende el canal. Si la entrada en la CEE se había celebrado como un éxito, solo posible porque De Gaulle (que se había batido los cuartos con Churchill y los tories de su generación y los conocía bien) había dejado el poder Ni Cameron ni sus boys querían salir de la ya Unión Europea. Querían permanecer en ella en una situación sui generis y oponerse a su profundización. El camino ya lo había mostrado, al final, Margaret Thatcher. Había que despejarlo y hacerlo avanzar. Con seguridad, desparpajo, de nuevo mucha labia y argumentos algo más que falibles. Arrastraron, por diversas razones, a una mayoría de la población que acudió al referéndum, engañada por distorsiones que eran grotescas entonces y que siguen siéndolo hoy en día.

Lo que ha hecho Kuper, con gracia y las necesarias dosis de sutileza, es examinar la interacción entre el peculiar ecosistema de la Universidad de Oxford con un pequeño grupo, forjado en los escarceos estudiantiles de loa años ochenta, para llegar al poder. ¿Para qué? Para dar un giro copernicano, con argumentos espurios, e implantar visiones si no de un nuevo Imperio británico sí de un Estado con el cual campear en la escena internacional sin trabas ni cortapisas, aunque sin poder superar el papel de segundones del primo hermano norteamericano.

Una reseña del libro, hecha por una autora francesa, se encuentra en https://www.ft.com/content/ce9c0387-89d3-407e-b50e-bcf127f7a292

TRAS UNA VUELTA POR LIBRERÍAS BRITÁNICAS (I)

24 mayo, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Hacía casi dos años y medio que no me movía de Bruselas. Pandemia obligaba. Estar casi encerrado en casa (salvo los fines de semanas y para acometer tareas perentorias como ir al super, a la farmacia o. en raras ocasiones, a la peluquería) ha sido simultáneamente muy productivo, por un lado, y desolador por otro. He participado en un libro que saldrá el 15 de junio, terminado otro bastante grueso, medio terminado un tercero y abordado un cuarto. Ahíto, harto y con un irreprimible sentimiento de liberación durante diez días hemos estado dando vueltas por Escocia y, naturalmente, visitado varias librerías.

Durante la pandemia me he mantenido, en lo posible, al día de las novedades editoriales en España, Francia, Alemania y Reino Unido en los temas que más me interesaban. He adquirido muchos nuevos libros, bien por curiosidad, bien porque creí que los necesitaría de cara a los que he estado escribiendo. Me he equivocado en muchas ocasiones. Al recibirlos me he dado cuenta de que o no me aportaban nada que pudiera interesarme o que tenían planteamientos que no encajaban en mis necesidades. Ansiaba ir a librerías. Ahora he regresado a Bruselas como solía. Con la maleta repleta de novedades en materia de Historia. No me referiré a todas en este blog, pero sí a algunas de las que me han parecido más destacables. He dejado de lado, y no he adquirido, muchas otras que no tienen relación ni directa ni indirecta con mis preocupaciones actuales.

El libro que hoy comento ha tenido excelentes reseñas bibliográficas en, al menos, The Financial Times, The New York Times y The New Yorker, publicaciones que sigo  habitualmente, Se trata de un estudio de un economista afincado en París, Serguei Guriev, y un catedrático de Ciencia Política en la Universidad de California en Los Angeles, Daniel Treisman.  Los lectores observarán que ninguno se autotitula historiador, cosa que les honra porque servidor tampoco lo es por formación, aunque sí por vocación y enfoque. No es el caso de los mencionados autores.

El título del libro es Spin Dictators. The Changing Face of Tyranny in the 21st Century. Su propósito estriba en establecer un esquema diferenciador entre los dictadores del presente siglo y los del anterior. La caracterización de los actuales con el adjetivo “spin”, en general sustantivo y que significa camelo, imagen, propaganda distorsionadora, etc, no la había visto hasta ahora. Al menos no en el título de un libro, pero naturalmente esto es solo una confesión de que quizá no me he mantenido al día. Los autores lo utilizan como criterio necesario y suficiente por contraposición a los dictadores del pasado siglo XX, a los que no se caracteriza con un adjetivo uniforme. Como todo criterio es posible diferir de él.

‘Spin Dictators: The Changing Face of Tyranny in the 21st Century’, de Sergei Guriev y Daniel Treisman (Princeton University Press, 2022).

A mí, por razón de edad y formación, siempre me han interesado más los del pasado siglo (Stalin, Hitler, Mussolini, Oliveira Salazar, Franco, Mao) y no revelo ningún secreto si me he centrado en el penúltimo, que es el nuestro e inolvidable. No pasa un día sin que su nombre aparezca, enaltecido o maldecido, subido a los cielos o condenado a los infiernos, en la prensa, la tele, las redes, las revistas y los libros. Si he comprado el libro mencionado ha sido para ver que decían de ellos y, en particular, del propio. En los últimos años, además, ha estado muy presente en mis libros más recientes y en numerosos artículos sobre aspectos poco conocidos de su personalidad o hasta ahora no demostrados documentalmente. Tampoco faltará en los que he estado trabajando en estos tiempos de pandemia.

Más que hacer una exégesis o una crítica del libro de Guriev/Treisman, me concentraré en comentar algunas de sus peculiaridades desde el punto de vista de su tratamiento del inolvidable, inmarcesible e inmortal general Francisco Franco. Soy consciente de que para los dos autores se trata de uno más, y no el peor, de los dictadores del siglo XX. Las referencias que se hacen a estos se enfocan, en primer lugar, desde el punto de vista de la confrontación entre las religiones seculares (término acuñado por Raymond Aron) que fueron el comunismo y el fascismo. En consecuencia, destacan Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini y Mao principalmente. Con pesos variados y siempre animados por el afán comparativo. Yo no lo discuto. Me parece interesante. Como historiador no demasiado entusiasmado por generalidades a veces hueras, he hojeado el libro con circunspección.

El libro se caracteriza por un uso abusivo de la literatura en inglés. A veces, hay alguna referencia en castellano, sobre todo para abordar los dictadores latinoamericanos (Castro, Chávez y Pinochet se llevan casi todos los honores con referencias muy limitadas. Perón, Trujillo y Videla solo se mencionan de pasada en dos ocasiones y ninguno de los numerosos dictadorzuelos centroamericanos aparecen en el mapa, a pesar de que la región ha sido siempre el patio trasero de Estados Unidos, que nunca hizo nada en serio para proyectar ayudas a la democratización que pudieran incomodarles). Los dictadores del África negra y de gran parte de Asia (salvo China, Congo, Irán, Egipto, Zimbabue) tampoco tienen mucho encaje.  Etiopía solo lo hace en una ocasión y Tanzania en el momento en el que el presidente empezó a recibir dinero chino y, entonces, achuchó a los periodistas. Un lector mal avisado (espero que no sea mi caso) podría llegar a la conclusión de que los autores se fijan más bien en aquellos casos que incomodan hoy a la política exterior de Estados Unidos. Por ello, quizá, ni Iraq ni Afganistán se mencionan.

Si nos acercamos al caso de Franco (no de España), en una referencia cuantitativa podríamos considerarnos afortunados. Se menciona nada menos que nueve veces. En comparación Oliveira Salazar solo lo hace dos, al igual que Lenin. La palma se la llevan, como parecería lógico, Stalin, Hitler y Mussolini en orden decreciente.

Los autores mencionan alguna literatura en castellano (en general de procedencia latinoamericana).  Subrayo esto porque parecería que leen tal idioma. Por eso me llama la atención que de los cuatro autores españoles que mencionan (dos para mí totalmente desconocidos) solo citen títulos (tres artículos) disponibles en inglés. Eso sí, por razones que solo ellos podrían explicar, mencionan en una ocasión un mensaje de Franco de fin de año, extraído de una superconocida fuente de internet.

¿Qué nos dicen de Franco? Como no han leído absolutamente nada de historia española (salvo de la mano de dos obras de Sir Paul Preston) señalan (p. 8) que Franco y Oliveira Salazar optaron por un tercer modelo, que no era ni comunista ni fascista sino “corporativista”, y ello con el fin de “restaurar la deferencia social y la jerarquía católica”. En la p. 40 se afirma que con el fin de demostrar su carácter duro ciertos dictadores adoptaron títulos militares, como el de Generalísimo (al igual que Stalin y Trujillo) y se quedan tan panchos. Menos mal que en la página siguiente señalan que “los fascistas de Franco tuvieron como objetivo la eliminación de la izquierda“ (se supone que con el consentimiento del generalísimo). En materia de spin (que es su tema) solo se menciona, en la página 68, a utilización de cine cruzada (sic). Y eso es todo.

Me quedo sobrecogido de emoción.

Puedo imaginar que, a la vista de las entusiásticas referencias que he mencionado al principio, alguna editorial española ya haya incluso adquirido los derechos de traducción y publicación. Nos deslumbramos ante los autores extranjeros para que nos explique nuestra propia historia. Es un tic que tenía validez cuando la historia de España se escribía en el extranjero gracias a los “amables” cuidados de la censura y de la BPS. Cuarenta años más tarde la situación creo que debe invertirse. Los historiadores españoles consultamos archivos españoles y extranjeros. Luchamos porque se abran más y se mejore el servicio, hoy dependiente de la amabilidad y espíritu de servicio de los archiveros y demás personal. No habremos alumbrado todo, pero bastante más que lo que estos dos autores (cuya valía científica en otros temas no se me ocurre poner en duda) nos ofrecen como referencias gastadas a nuestro inimitable dictador y a su dictadura, que sigue echando sombras sobre la España actual, según se dice una democracia socialmente avanzada.  

PERO, ¿QUÉ DIABLOS OCURRE CON LA HISTORIA EN ESPAÑA?

17 mayo, 2022 at 8:30 am

Angel Viñas

Este título simplemente refleja mi creciente perplejidad. Por los círculos universitarios madrileños -y quizá incluso fuera de ellos- circula en busca de adhesiones un texto de queja al Defensor del Universitario de la UCM. Me llegó la semana pasada. Precisamente cuando, después de dos años y tres meses de encierro riguroso en Bruselas a causa de la pandemia, me disponía a tomar unas cortas vacaciones para ver a mi hija en su nuevo domicilio en Reino Unido. Cuando este post se publique estaré allí y alejado de mis papeles y libros. Por vez primera en tal lapso de tiempo.

No sorprenderá que apenas si tardase treinta segundos en adherirme después de leer el texto en cuestión. No sabía nada al respecto y no tengo conocimiento directo o indirecto si los hechos narrados sucedieron como en él se describen o no. Tampoco me parece que se trate de una broma pesada. En cualquier caso, si lo fuera no se tardaría en descubrir la superchería.

Para mí llueve sobre mojado. Hace algunos meses denuncié la orientación del contenido de la petición de VOX, elevada a la mesa del Congreso de los Diputados el pasado mes de septiembre por la portavoz adjunta de este partido, la Excma. Señora Doña Macarena Olona. Solicitaba la retirada del proyecto de ley de Memoria Democrática. Que yo sepa, nadie se hizo eco del caso. El “sabroso” texto de la petición tampoco se hizo público. No lo ha exhibido, que yo sepa, VOX ni tampoco ningún órgano de prensa de los que suelen aparecer digitalmente en mi bien baqueteado ordenador. Sí leí  la noticia de que tal petición había sido desestimada. Escribí un par de artículos sobre el caso en InfoLibre, para darles mayor publicidad que la modesta de que goza este blog, y me he permitido hacer una referencia en un próximo libro, CASTIGAR A LOS ROJOS, en el que colaboro. Se publica el 15 de junio y haré alusión a él en varias ocasiones en el futuro.

Se trata de una puesta a punto de las bases conceptuales, filosóficas, históricas y jurídicas que sirvieron de pauta a los sublevados del 18 de julio para realizar un sinfín de actos de puro terrorismo que duró a lo largo de la guerra e incluso después. Y, como es lógico, nos basamos en evidencias primarias relevantes de época. Las que, por cierto, jamás ha utilizado el profesor Stanley G. Payne a quien un medio digital ha sacado recientemente de la oscuridad.

Innecesario es decir que personalmente me relamo de gusto anticipando las reacciones, si las hubiera, de VOX y del PP y de los historiadores detrás de ellos. Ya han dado muestras de lo que valen, en mi opinión, en el curso del debate sobre si el ingeniero e inventor Juan de la Cierva estaba o no compinchado con la sublevación.

Pues bien, si las concepciones de la historia de España que tienen puerta abierta en los medios de la derecha sobre la República, la guerra civil y el franquismo me son familiares, no había prestado suficiente atención al debate sobre los orígenes de España. Lo que había leído al respecto había sido obra de, con todo respeto, aficionados o periodistas. Unos los sitúan en tiempos de los romanos, otros lo hacen en la época de los visigodos y no faltan quienes los ponen en los comienzos de la “cruzada” contra los moros invasores. La fecha mítica es el año 711.

No soy tan lerdo como para ignorar que fuera de España (aunque menos aquí en Bélgica) existen debates similares. Quizá porque en este país en que vivo la fecha de fundación del Estado belga está fuera de toda duda. Pero en el caso español la fecha 711 suscita connotaciones muy parecidas a las que vienen arbolando en Francia Mme Le Pen y el distinguido “historietógrafo” (tomo la expresión prestada al profesor Albert Reig) Mr Zemmour. ¿Será que, como en el pasado, todo lo bueno -para unos- y lo malo -para otros- sigue viniendo de Francia? Había leído que el trumpismo tiene grandes adherentes en la España democrática, pero quizá la patología norteamericana en temas de historia esté demasiado alejada de nuestras latitudes.

En cualquier caso, el escrito que he firmado denuncia el intento de ocupación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM el 1º de abril (sin duda la fecha no es una casualidad:  es cuando el invicto general Francisco Franco firmó su famoso parte final de guerra en 1939). Según dicho escrito para tan solemne fecha se había solicitado una reserva de sala para que una -para mi desconocida- “Plataforma 711 para la Reconquista Cultural” pudiera celebrar un acto. A la vez, en las redes sociales se anunciaba, al parecer, la “toma” de la Facultad.

Obvio es señalar que la fecha de 711 tiene unas connotaciones zemmourianas y lepenistas. El término “Reconquista” no solo se refiere a una división, más o menos arbitraria, en la historia española sino también a movimientos perfectamente definibles y definidos en el país vecino. Incluso copia el nombre del partido de Mr Zemmour. Una casualidad.

El escrito al Defensor del Universitario cita un programa de una hora de duración (https://www.youtube.com/watch?v=iku5eDrV8no) en el que un chaval actúa como locutor que explica el acto no autorizado y sus vicisitudes en una mezcla de estupideces y de ejemplos de proyección. Esta es una de las características más acusadas de la “teología” e “historietografía” franquistas: acusar al adversario del tipo de comportamientos propios y que no se reconocen como tales.

Leyendo algo de lo que se publica hoy en España sobre la República, la guerra civil y la dictadura no veo una gran solución de continuidad. Y me pregunto: ¿qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado?

Para mí está resultando obvio que la labor callada, silenciosa, de los historiadores que vamos a archivos, que buscamos evidencias que permitan sustentar -o rechazar- unas u otras interpretaciones, es una condición necesaria para acercarnos a un pasado tumultuoso. Pero no es una condición suficiente.

Personalmente no tengo tiempo de seguir la política actual y dos años largos de ausencia total de España no me permiten tomar el pulso de la calle ni de los colegas. Volcado en la dura tarea de interpretar el pasado, no tengo tiempo de pensar demasiado en el presente. Por eso, quizá me sea permitido diseñar un futuro que, para mí, no es deseable en absoluto.

Si las controversias que más o menos he seguido de cerca continúan sin dar frutos, dicho futuro no me parece nada halagüeño. En tanto que historiador lo que me ha preocupado y me preocupa son los siguientes temas:

  • ¿Cómo dotar de recursos materiales a los archivos de titularidad pública? Su situación es con frecuencia lamentable. Para terminar el libro que he enviado a la editorial hace un mes tuve que esperar más de ocho meses a que pudieran reunirse los materiales necesarios al efecto, Todavía no pueden hacerse fotografías de los documentos. Hay que atravesar por un largo y lento proceso de petición a los funcionarios -pocos y sobrecargados de trabajo- para que se pongan en pdf. El proceso de pago dilata aun más el tiempo que transcurre hasta recibirlos.  Menos mal que por ordenador. Me pregunto: ¿por qué en una multitud de archivos extranjeros hace años que pueden fotografiarse sin limitación alguna los documentos consultables? La última vez que estuve en los Archivos Nacionales británicos pude hacer una media de 800 fotografías diarias.
  • La apertura, silenciosa y en general silenciada, de ciertos archivos no se ha visto acompañada de un incremento en las dotaciones de personal. ¿Acaso el Estado sigue en situación de amenaza de quiebra financiera? Porque el tema dura ya muchos años. En 1983 mi añorado amigo y compañero Julio Aróstegui y servidor fuimos a ver a un elevado personaje para rogarle que dotara de medios al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca, ya abierto a la curiosidad de cualquier investigador (no como en la época de la dictadura). No olvidaré su respuesta: “pedidme que se construya otro edificio. No que se aumenten los gastos de personal”. En mi próximo libro en un largo prólogo alabo la profesionalidad y el espíritu de servicio de los funcionarios y empleados públicos que sirven en los archivos. ¿Hasta cuándo el orgulloso Estado español continuará dejando de lado el abordaje de los problemas estructurales de sus archivos?
  • ¿Y qué pasará en el Congreso de los Diputados con la Ley de Memoria Democrática, si no se aprueba y se blinda en esta legislatura? Porque si, como avisan observadores del acontecer político español, un futuro Gobierno que fuese de signo contrario, es de suponer que PP, Vox y tal vez de los residuos que quedan de Ciudadanos, no se apresurará a hacerla avanzar. La experiencia muestra que, por desgracia, en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia.

No es de extrañar que haya dado comienzo a mis vacaciones lleno, muy a mi pesar, de preocupaciones.

PIRUETAS HISTÓRICAS: Ucrania, Rusia, años treinta, actualidad

10 mayo, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

Un amigo me ha enviado hace poco copia de una biografía de E. H. Carr. Como muchos lectores quizá sepan, se trata del autor de un corto ensayo (¿Qué es la historia?) que hizo furor entre los estudiantes de mi generación. Lo escribió en 1961 y lo publicó Ariel en 2010 en traducción de Joaquín Romero Maura, otra figura para quienes habíamos leído La rosa de fuego. Este estudio sobre la Barcelona anarcosindicalista lo hizo instantáneamente famoso. El libro de Carr ha sido reeditado en inglés con un prólogo de Sir Richard Evans, pero no veo que se haya republicado en castellano.

La biografía a la que aludo la escribió hace más de veinte años uno de sus discípulos, Jonathan Haslam, a quien no conozco personalmente, aunque sí he leído algunos de sus libros. Es, como lo fue su mentor, un destacado sovietólogo.  La biografía es uno de los puntales en los que se basa la entrada sobre Carr en la versión en inglés de Wikipedia.

Lo que aquí deseo es llamar la atención sobre el hecho que Carr llegó tarde primero a la historia y después también a la sovietología. Diplomático durante veinte años (1916-1936) uno de sus primeros libros versó sobre las relaciones internacionales del período de entreguerras. En su versión inicial y en numerosos artículos de prensa y de revistas coetáneos se declaró abiertamente partidario de la línea de “apaciguamiento” de Hitler y del Tercer Reich. A ambos los consideró volcados en deshacer las trabas impuestas a Alemania en la Paz de Versalles a petición de los dirigentes franceses. Luego se pronunció en favor de un acercamiento entre el Reino Unido y la URSS. Desconfió un tanto de los norteamericanos.

Su inicial faceta proalemana a mí siempre me dio de patadas, pero reconozco que no me interesé en serio -es decir, en archivos- por el Tercer Reich hasta los 30 años cuando empecé a investigar en serio para lo que sería mi tesis doctoral. Entonces era más que obvio que la política hitleriana había sido descifrada en otra clave: la de la expansión territorial de la raza superior (la Herrenrasse) a costa de los eslavos, considerados como una raza inferior, casi de subhumanos (Untermenschen).

El Tercer Reich ayudó a Franco (teóricamente para impedir que el comunismo soviético sentara pie en la península ibérica, ¡qué generosidad!) y se engulló después, en passant, Austria y los Sudetes. Ya en Mein Kampf había declarado abiertamente que Alemania necesitaba buscar su expansión hacia el Este con el fin de hacerse con los ricos territorios agrícolas (ucranianos en primer lugar) y petrolíferos en manos soviéticas. Después, los nazis (doctores, médicos, politólogos, economistas, etc) siempre en  primer tiempo de saludo ante el Führer, ponían a punto los planes de esquilmación y genocidio correspondientes. Había que reducir a los Untermenschen eslavos a la condición de esclavos de la raza superior que colonizaría tan inmensas superficies una vez ejercitado su derecho de conquista, marcado por la exclusividad de la posesión de la única sangre buena y aristocrática.  Polonia, lógicamente, desaparecería.

Dadas tales circunstancias, la guerra europea empezó por dos errores de cálculo. En primer lugar, de Hitler. El Führer inmarcesible, todavía respetado por algunos descerebrados españoles, entre muchos otros, creyó que el Reino Unido y Francia contemplarían impasibles su ataque a Polonia en septiembre de 1939. Las garantías dadas a los polacos se las pasó por la entrepierna.  En segundo lugar, no cabe desconocer el egregio error de Stalin (también supuestamente infalible) que tampoco creyó que los arios atacarían a la Unión Soviética en junio de 1940. Incluso se equivocaron los japoneses lejanos que creyeron poder contener a los norteamericanos tras el ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941.

¿Moralejas? No hay que creerse demasiado lo que piensan o dicen los déspotas.  Se equivocan como todo el mundo. Eso sí, sus errores pueden tener, y han tenido, consecuencias devastadoras.

La URSS, antes de 1939, se había esmerado en dorar sus credenciales antifascistas, algo que terminaría llamando la atención de Carr. Su ayuda a la República española no fue un intento de sovietizar España (como siguen afirmando -impertérritos, el paso al frente, firme el ademán- variopintos historiadores, muchos periodistas y un número infinito de cantamañanas, pro-franquistas o, por lo menos, de las derechas contemporáneas más aristadas). Sí buscó, por el contrario, un acomodo con las potencias democráticas occidentales (Francia primero y el Reino Unido después).

¿La idea? Reforzar la seguridad colectiva a través de la Sociedad de Naciones. Sin el menor éxito. A pesar de todos los esfuerzos (hoy ampliamente documentados) del embajador soviético en Londres, Ivan Maisky, no logró deshacer las prevenciones de los Gobiernos británicos del período, con los franceses a rastras en su época de máxima decadencia en política exterior y de seguridad, como despiadadamente la caracterizó Duroselle.

Así, pues, todos se equivocaron: los alemanes, los soviéticos, los británicos y los franceses. No la República, que fue la primera en pagar los platos rotos porque en puridad perdió la guerra en sus mismos comienzos, dada la incipiente, pero duradera, no intervención. Los rojos del Este eran el peligro máximo.  

Las piruetas de la actualidad que presenciamos boquiabiertos, entre preocupados y preocupadísimos, son una inversión completa de las de los años treinta. El malo de la película no es Hitler sino Putin. Frente al Drang nach Osten del pasado nazi se suscita hoy el Drang nach Westen ruso, bendecido por el patriarca de la patria rusa. El papel de la República le toca desempeñarlo a Ucrania, tildada de “nazificada” por la propaganda del Kremlin. El de Austria y los Sudetes corresponde actualmente al Donbas, a la costa ucraniana del Mar Negro y, quizá, a Transnistria. Hay donde escoger. La historia se está haciendo y todavía no ha empezado ni a escribirse. Algunos están como el Carr de, por ejemplo, 1935.

¿Qué ha cambiado? En un plano puramente abstracto, los tres términos de la ecuación inserta en la crisis de los años treinta.

El primero, que las potencias democráticas occidentales (a la cabeza Estados Unidos) apoyan a Ucrania (cosa que no hicieron con la República, supuestamente en manos de políticos dedicados al pillaje, no como Franco y sus secuaces, patriotas impolutos por encima de todo).  El segundo que aquella crisis reflejó una pugna entre las ideologías dominantes en la época (nazi-fascismo, comunismo, liberalismo). Hoy los dos primeros han casi desaparecido (sustituidos por un nacionalpopulismo más o menos virulento, según los casos, pero profundamente reaccionario en todos ellos). El tercero que una eventual deriva hacia un conflicto armado entre Rusia y la OTAN puede llegar a convertirse en lo que púdicamente suele denominarse un “intercambio nuclear”, es decir, una confrontación dirimida con armamento que en nada se parece al utilizado en la segunda guerra mundial.

Los resultados de las equivocaciones de los treinta se conocen. Los que pueda legar a la posteridad la presente noventa años después se desconocen. Un estado de la cuestión podía leerse hace unos días en el Financial Times

https://www.ft.com/content/a1a242c3-9000-454d-bec7-c49077b2cc6c?desktop=true&segmentId=7c8f09b9-9b61-4fbb-9430-9208a9e233c8#myft:notification:daily-email:content

Mentes preclaras (en los Gobiernos, los Estados Mayores, los centros de reflexión sobre seguridad internacional, la prensa, los medios digitales) hacen cábalas. Comparan “activos”, diseñan escenarios, baten a rebato en algunos casos a la moderación y en otros (por ejemplo, la TV rusa) al pavor que deberían inspirar nuevas armas casi de ciencia ficción.  Pero ¿quién es capaz de determinar con un ciento por ciento de seguridad el panorama del futuro?

Los españolitos (quizá también los europeos o los norteamericanos de pie) podemos consolarnos con dos proposiciones. Una se debe a un antiguo primer ministro japonés: en política, adelantarse un paso es ya penetrar en terreno desconocido. La segunda está sólidamente establecida en la sabiduría popular de la España eterna e inmortal: los experimentos, con gaseosa.

Soy muy consciente de que aludir al relato típico de los “historiadores”, publicistas y políticos españoles en relación con la cantinela de la “sovietización” de España en los años treinta toca una cuerda sensible. Como he escrito varios libros en los que la he abordado, más o menos intensamente, y acabo de terminar otro sin repetirme demasiado, me interesaría recoger manifestaciones en contra de aquel aserto. Podrían servirme para incrustar una tonalidad colorista a la obra que saldrá, previsiblemente, el año próximo. Es deber de todo historiador enseñar sobre el pasado a quienes no lo conocen, incluidos quienes lo deforman o interpretan a su gusto y placer.

LA GUERRA DE ESPAÑA EN NUESTRAS RAICES. ANCESTROS, SUBJETIVIDAD Y EL OFICIO DEL HISTORIADOR.

3 mayo, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Con los largos título y subtítulo anteriores ha publicado un colega, afortunadamente para él mucho más joven que servidor, un libro muy interesante. Contiene reflexiones autobiográficas de diecisiete historiadores españoles de, al menos, tres generaciones. Versan sobre las experiencias que los llevaron a hacerse tales. El todo está precedido por una larguísima introducción del responsable de la obra, Jorge Marco, sobre el significado de la historia y cómo se la escribe.

‘La guerra de España en nuestras raíces’, Jorde Marco (ed.), Postmetropolis Editorial, 2022

El libro es poliédrico en su alcance. Por un lado, puede considerarse como una obra de historiadores y para historiadores. Por otro, tiene vocación de ser más generalista y apelar a un público más general. Lo que los historiadores han escrito, pensado y están pensando sobre un agónico período que ha determinado, más que ningún otro, la historia contemporánea española, no es solo algo que ataña a la profesión. No seré tan iluso como para pensar que lo que los historiadores digamos tiene necesariamente consecuencias en el plano de la acción política, pero si ejercemos algún tipo de magisterio moral cuando logramos reunir un consenso claro. Ocurrió con seudohistoriadores en el pasado con el PP. No debería extrañar que fuera de ellos, tesis contrapuestas tengan también alguna tracción. Al fin y al cabo, los problemas a los que nos dedicamos están, para bien o para mal, en la conciencia de muchos ciudadanos y ciudadanas y de los medios, tradicionales o digitales, De lo contrario no se explicarían muchas de las controversias sobre el sentido de la historia (remontándose hasta tiempos anteriores a la misma) que desde hace algunos años están presentes en el debate cultural. Por cierto, no solo en España. Solo hay que mirar hacia la cuna de varios de los historiadores actuales a los que remite la introducción: Estados Unidos.

Igualmente quisiera indicar que utilizo el término de generaciones en el sentido convencional como delimitador del trecho temporal en el que conviven personas de varias generaciones en un momento dado. Es, pues, una concepción que determina límites que se modifican con el paso del tiempo. Dentro de, digamos, diez años no quedará nadie que haya vivido o tenga recuerdos de lo que les contaran sus padres, familiares o amigos próximos sobre la guerra civil. Tal concepto elástico de contemporaneídad habrá dejado la contienda tras de sí, aunque no necesariamente sus consecuencias.

El libro es poliédrico también en su enfoque. Puede leerse por donde los interesados quieran. Los autores que desgranan sus concepciones sobre la guerra civil (ninguno la hemos vivido) son predominantemente hombres. Hay cuatro mujeres, de las cuales solo conozco personalmente a una. La variedad de edades es considerable. Confieso ser el más talludito, pero después de mi hay media docena que ya están jubilados. Las edades del resto los (las) hacen pertenecer a por lo menos dos o incluso tres generaciones. Alguno(a)s nacieron en el franquismo tardío e incluso después.

Jorge no dice cuando llegó a este valle de lágrimas, pero sí que empezó a estudiar Historia en 1997. Vino al mundo, pues, después de 1975. Fue alumno aplicado, ayudante del añorado Julio Aróstegui, me ayudó a buscar papeles cuando yo necesitaba a alguien que fuera a los archivos por mí. Los tres formamos una mini-piña, ya que personalmente debo a Julio (y a otro colega) haberme reincorporado a la UCM en 2007 (y, encima, a la Facultad de Geografía e Historia) donde compartí micro-mini-despacho con Julio durante varios años.

Los nombres de los participantes son los siguientes en el orden en que aparecen en la obra: Ángel Viñas, Juan José del Águila, Glicerio Sánchez Recio, Francisco Moreno Gómez, Alberto Reig Tapia, Francisco Espinosa Maestre, Lucía Prieto Borrego, Matilde Eiroa San Francisco, Pablo Sánchez León, Gutmaro Gómez Bravo, Ana Cabana Iglesia, Jorge Marco, Javier Rodrigo, David Alegre Lorenz, Alejandro Pérez-Olivares, Miguel Alonso Ibarra y Gloria Román. Jorge indica (pp. 100s) que se dirigió 34 pero que, por variadas razones, entre ellas el exceso de trabajo para la mayoría, varios declinaron participar. Esta negativa la entiendo muy bien. Servidor recurrió a algo que ya tenía escrito y que orientaba hacia otro ejercicio porque no quería desviarme de una investigación que acabo, en estos momentos, de concluir.

Ninguno de los 17 intervinientes se deleita en las trampas de lo que los franceses denominan ego-historia. Todos contamos, más o menos brevemente, nuestro desarrollo vital y sobre todo profesional. Muchos de entre nosotros gravitaron hacia la historia en la Universidad. Unos pocos, no. Hay dos bichos raros (servidor incluido) con carreras profesionales diferentes, pero ciertamente no de historiadores.

Las posturas ante la Historia son muy diversas. Las experiencias formativas lo son más aún. Juzgando por ellas somos una minoría los que nos hemos visto expuestos a influencias foráneas y ciertamente nadie me gana en este aspecto ya que, entre pitos y flautas, he pasado algo más de cuarenta años en el extranjero. Encima, no estudié Historia.

No extrañará, pues, que los resultados de nuestra labor escudriñando el pasado hayan discurrido sobre temáticas muy diferentes. Entre los más talluditos abundan quienes han pensado y escrito sobre la violencia y represión en la guerra civil y en la postguerra. A todos ellos los conozco y, es más, los considero muy amigos. Con varios de los intervinientes he colaborado en obras colectivas. Con otros menos y con varios de los más jóvenes casi nada. Lo lamento.

Partiendo del supuesto de que ninguno ha descubierto la luz imperecedera del conocimiento decisivo, para mí ha sido muy interesante leer la variedad de caminos que han llevado al colectivo a trabajar en Historia y, en general, desde la enseñanza.

Noto una disonancia entre la mayor parte de las experiencias efectuadas por los diecisiete y muchas de las variopintas perspectivas que Jorge Marco presenta en su introducción. No abundan quienes tengan una postura escéptica ante la importancia de la disciplina. En general creemos que la Historia sirve para algo, ya sea para formar a las nuevas generaciones, ya sea para conocer un pasado que sigue siendo oscuro y que necesita más desbrozamiento. No figuran entre nosotros eximios representantes de las modernísimas tendencias en la escritura sobre el pasado. Al menos tal y como se desprende de la larga síntesis introductoria y que está muy marcada por un sector de la práctica anglosajona, con alguna que otra referencia a autores franceses que oscilan entre la sociología, la ciencia política y la antropología. Personalmente he de confesar que para mí esa evolución intelectual es un tanto extraña. En términos ingleses, por ejemplo, yo me detuve en Carr, Evans y Hobsbawm y reconozco no estar demasiado familiarizado con muchos de los nombres que Jorge cita abundantemente. Quizá, pues, no sea tan buen historiador como desearía ser. Por lo demás, no me suenan tampoco demasiado muchos nombres que hayan revelado algo de interés para mí en los temas que me son más caros.

Probablemente soy víctima de una deformación positivista. Creo en los archivos, en los documentos, en la necesidad de analizarlos por dentro y desde fuera y prefiero el método inductivo al deductivo. Soy muy consciente de que no hay historia definitiva por la simple y sencilla razón de que cada generación escribe desde su cota temporal y desde el conocimiento acumulado en ella. Como el pasado, por definición, no existe me parece aventurado considerar que las ideas que de él nos hacemos en un momento determinado pueden ser estáticas o impermeables a ulteriores reflexiones sobre la base de otros instrumentos heurísticos. No hay historia definitiva.

Creo, sin embargo, que existen algunas líneas maestras comunes a los diecisiete historiadores que Jorge ha reunido para esta tan singular aventura. Cualesquiera que sean las epistemologías a las que suscribamos, el tipo de historia y de conocimiento del pasado que hemos heredado de quienes nos han precedido y trabajaron sujetos a las condiciones de la dictadura franquista está destinado a la papelera. O, para ser más explícito, al basurero de la historia. El régimen que ganó la guerra civil y marcó una larga postguerra de casi cuarenta años no aportó un ápice al conocimiento del hoy pasado español. Si, y mucho, a su distorsión con fines de autoengrandecimiento. Ya pueden gritar los políticos de VOX y los socios de la FNFF (meros ejemplos) lo que quieran.   Por mucho que los futuros historiadores devalúen el conocimiento documental, arqueológico -que hemos ido acumulando desde 1975- no tengo la impresión de que el futuro les pertenezca.

En tal sentido, y aunque solo sea por ello, leer los testimonios de los 17 historiadores (y, para los audaces, la introducción de Jorge Marco) dará una impresión de la riqueza de planteamientos de las generaciones que, todavía, hemos seguido escribiendo historia en  tiempos de pandemia.

(Libro publicado por Postmetropolis Editorial, Madrid, 2022, 439 páginas).