UN EJEMPLO ILUSTRATIVO DE LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA: EL CASO DEL AGENTE DE MOLA Y FRANCO QUE FUE JUAN DE LA CIERVA (y II)

25 enero, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

De entrada cabe señalar que, a pesar de que la parte transcrita en el post anterior de la hoja de servicios del teniente general Barroso es genuina, al situarse en el punto de vista del reflejo fiel de lo que hizo a partir del 18 de julio de 1936 no nos vale ni puede valernos. En ella lo que se afirma es que estalla el “glorioso Movimiento Nacional” (GMN), como solía llamárselo, y ¡zas! Barroso se precipita a unirse a él a través de Quiñones de León.

¿Qué implica esto? Un lector ingenuo podría pensar que Barroso ignoraba la conspiración en marcha pero que, al estallar la sublevación contra la malvada República, supo donde el deber lo llamaba. ¿Es creíble tal deducción? No. No lo es en absoluto. Entre otras por las siguientes razones:

  1. Quiñones de León había estado en la génesis de la conspiración monárquica contra la República prácticamente desde 1932, si no antes. Los servicios franceses le espiaban. La embajada republicana, también. Los diplomáticos republicanos contaba con un agente de policía en ella y, además, habían contratado los servicios de una agencia de detectives francesa. En mi libro ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL? he relatado algunos de los resultados de tal vigilancia. Tenía como principales objetivos al exrey Alfonso XIII, al propio Quiñones (exembajador en París de la Monarquía), al exteniente general Emilio Barrera (monárquico a machamartillo y personaje más audaz o animoso que lo prudente en un conspirador) y al futuro proto-mártir, el exdiputado José Calvo Sotelo. A medida que la fecha de la sublevación se acercase parece razonable pensar que la actividad de Quiñones habría ido in crescendo.
  2. En la embajada todos se conocían. Es más Barroso había hecho una gran parte de su carrera militar en conexión con los franceses. Mero comandante, había asistido durante dos años a los cursos de la Escuela Superior de Guerra francesa. No puedo imaginar que, ya como agregado, no estuviese en contacto oficial con el Deuxième Bureau (el servicio de información del Ejército de Tierra francés, cuyo agente principal en España formaba parte de su personal). Aunque Quiñones no apareciera por la representación diplomática republicana, me parece imposible que ni el embajador Juan Francisco de Cárdenas (monárquico de corazón) ni Barroso no tuvieran ningún contacto con él.
  3. En enero de 1936 Barroso fue a Londres con el general Franco. Este era entonces el jefe del Estado Mayor Central del Ejército de Tierra y, como tal, responsable último de la Sección Servicio Especial (SSE), el modesto equivalente hispano del Deuxième Bureau. Las informaciones de inteligencia procedentes del exterior pasaban por la mesa de Franco. Es decir, en temas que interesasen a la SSE la información que Barroso enviaba a Madrid llegaría a sus manos. Franco no ignoraba la conspiración. Otra cosa es que después lo disimulase o minimizase. Lo he descrito en mi libro EL GRAN ERROR DE LA REPÚBLICA. Cabría también especular si existía la necesidad imperiosa de que a Franco lo acompañase Barroso. En la embajada en la capital británica trabajaban también un agregado militar y un adjunto. ¿Seríamos tan ingenuos como para pensar que ni Franco ni Barroso cruzaron una palabra sobre la situación política española en víspera de las elecciones de febrero? ¿Para qué quería Franco llevar consigo a uno de los grandes expertos militares españoles en temas franceses?
  4. En 1937 los servicios de inteligencia republicanos compilaron un listado de nombres (desde generales a sargentos) que, con independencia de su situación en activo, retirados o jubilados, formaban parte de la Unión Militar Española (UME), la gran baza de los conspiradores monárquicos para impulsar la futura sedición de las Fuerzas Armadas. Franco la seguía también, a pesar de que luego se hizo el loco al respecto. Y, casualidad de las casualidades, Barroso estaba en ella, aunque con pocos datos (como comandante de E M disponible y solo como Barroso Sánchez). Esto podría significar que solo tenían datos de antes de ir a estudiar a la Escuela de Guerra francesa y supone que se le detraía el óbolo para financiar a la UME en el período anterior al estallido de la guerra civil.  Es decir, no se trataba de un agregado militar au-dessus de la mêlée y atento tan solo a sus labores profesionales. De lo que antecede se desprende lógicamente (aunque falte EPRE) que Barroso seguiría la conspiración y que cuando estalló el “Glorioso Movimiento Nacional” se apresuró a darse el bote. En París.
  5. Barroso contribuyó, junto con otros diplomáticos desafectos -empezando por Cárdenas y seguido por el ministro consejero, Cristóbal del Castillo- a agitar la prensa de derechas parisina (con la cual se habrían mantenido, imagino, los necesarios contactos previos) para echar a pique los esfuerzos del recién instaurado gobierno Giral por adquirir, en toda legalidad, las armas necesarias para combatir la sublevación. El barullo se ha descrito muchas veces. Para mí es de gran agrado anunciar que dentro de un mes saldrá a la calle el libro de un exalumno mío, Miguel I. Campos, ARMAS PARA LA REPÚBLICA, en el que se pasa en revista, con nueva documentación, el jaleo que se armó en París para evitar que el gobierno francés las vendiese al español.
  6. Por la hoja de servicios podemos intuir que los franceses no pusieron inmediatamente a Barroso de patitas en la frontera. De aquí que tuviera tiempo de recibir a un oscuro personaje que ya ha salido repetidas veces en mi blog, un rico norteamericano casado con una francesa supercarlista y supermonárquica (incluso para Francia). Se llamaba William H. Middleton. Este quiso convencer a Barroso de que se desplazara a Berlin a hablar con el consejero áulico de Hitler para asuntos británicos Joachim von Ribbentrop (no tardaría en nombrarlo embajador en Londres), Debía informarle de  que el golpe en España era lo que ya se  le había anticipado. Barroso no le hizo caso o, al menos, no hasta el punto de ir a Berlín en donde tenía entrada. Eso sí, se puso (¿de nuevo?) en contacto con Mola.
  7. En este trasfondo encaja perfectamente que el ya exagregado se desplazara al cabo de unos días a Amberes. ¿Por qué? Pues, simplemente, porque Barroso también tenía contactos en Bélgica, donde también se le conocía y él conocía a mucha gente porque también, en régimen de acreditación múltiple, era agregado militar de la embajada. En su hoja de servicios se relata que estuvo presente en años anteriores en varias maniobras del Ejército belga. Ahora bien, fue a Amberes con JUAN DE LA CIERVA. La hoja no dice cuándo tuvo lugar este viaje. No pudo ser cuando estalló el “pitote” en Francia, porque el ingeniero había ido, a instigación de Alfonso XIII, de Londres a Roma, donde coincidió con la conocida, y muy tergiversada, misión de Goicoechea y Sainz Rodríguez. Luego volvió a Londres. Fue entonces, en algún momento, cuando, siguiendo instrucciones de Quiñones de León (que a su vez ya había estado en contacto con Alfonso XIII), Barroso acompañó a de la Cierva después de haber estado algún tiempo en Francia cogiditos de la mano para, imagino, conseguir armas con destino a los sublevados. Se trata de un tema que, naturalmente, podría aclararse si se conservaran todos los papeles relevantes de los servicios de seguridad franceses. Resulta bastante difícil pensar que hubiesen dejado a Barroso que campara por sus anchas.
  8. El tiempo que de la Cierva y Barroso pasaron juntos en tales y otros menesteres no se deduce de la hoja de servicios, pero cabe pensar que debió de ser cuando menos un par de semanas. Las autoridades dieron 48 horas a Barroso para que saliera de Francia por una frontera que no fuese la española y él se trasladó de nuevo a Amberes a fin de tomar un barco con destino a Lisboa. Desde aquí fue a incorporarse al Cuartel General de Franco en Cáceres a principios de septiembre. En consecuencia, suponemos que la amable -o entrañable- camaradería entre ambos pudiera haber durado entre dos y tres semanas. Barroso estableció con Franco contacto telefónico o telegráfico, por paloma mensajera, por medio de algún propio o de alguna otra forma. No es, pues, de extrañar que de la Cierva contase más tarde a Mola que había obrado por cuenta de él y de Franco.

En lo que antecede he establecido algunas hipótesis. Son razonables y no chocan con la evidencia empírica. Se desprenden más bien, por deducción, de los datos para los cuales se dispone de algún asidero en forma de papel. Aunque su hoja de servicios hasta principios de los años cuarenta está escrita con el mismo tipo de letra, la razón es que hubo de rehacerse porque el original había desaparecido en el barullo del archivo del EM durante los años de la guerra civil. La explicación la ha encontrado Loreto Urraca en el AGMAV.

¿Qué cabría hacer ahora? Doy estas sugerencias a los responsables del Gobierno de la Región de Murcia. No pretendo cobrar nada. Actúo libre y, espero, generosamente.

  1. Tras haber malgastado dinero y otros recursos en financiar dos informe a sendos historiadores (uno de los cuales tuvo la amabilidad de enviarme el suyo, como ya he señalado en este mismo blog) quizá fuera interesante que aflojaran algo más las cuerdas del talego de denarios. A no ser que la retribución para conseguir que bien el segundo u otro especialista buscara y rebuscara las pistas que abre la hoja de servicios del teniente general Barroso. Es una vía que servidor no conocía y que a lo mejor él tampoco. Con ello quizá mejorase las posibilidades en su navegar en pos de su vellocino de oro: la prueba documental que muestre que el ingeniero Juan de la Cierva solo colaboró con los generales rebeldes en un rapto de temporal enajenación y que todo lo que servidor, y otros, hemos escrito son meras pamplinas.
  2. Item más, que ya subido Franco a la cima de su Everest particular el 1º de octubre de 1936, el ingeniero murciano se negara a seguir colaborando con él, por eso de haber dado un golpe de mano para hacerse cargo de las funciones de Jefe del Estado que correspondían al exrey.
  3. Y después, si logran demostrarlo, tienen mi bendición para maldecirme adecuadamente. Mientras tanto me permitirán que siga riéndome.

FIN

UN EJEMPLO ILUSTRATIVO DE LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA: EL CASO DEL AGENTE DE MOLA Y FRANCO QUE FUE JUAN DE LA CIERVA (I)

18 enero, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

NO HAY HISTORIA DEFINITIVA. Con esta tajante afirmación empieza un libro en el que estoy trabajando y que no saldrá hasta el año que viene, es decir, en 2023. Espero terminarlo dentro de unos meses, en cuanto me lleguen documentos que he tenido que encargar un poco a ciegas, porque en estos tiempos de pandemia viajar me parece un tanto arriesgado.

La misma afirmación se aplica a un tema que ha salido ya repetidas veces en este blog, que ha aparecido en una serie de artículos que publiqué en InfoLibre el año pasado y que me ha granjeado las iras de algunos lectores. Puede que sepan más del mismo que servidor, aunque nunca han justificado sus razonamientos ni, por desgracia, conozco sus publicaciones. Es más, he “desafiado”, modestamente, a los responsables del Gobierno de la Comunidad de Murcia para que hagan público el informe que encargaron a un historiador (con quien comparto pocas ideas) y que, al parecer, se pronunció en contra de mis tesis. Sus argumentos han quedado en la oscuridad de la alta burocracia de aquella comunidad. Tampoco el notabilísimo historiador en cuestión se ha dado por aludido.

Una de las razones por las cuales NO HAY HISTORIA DEFINITIVA es porque los historiadores somos tributarios de las evidencias que van descubriéndose. A veces de golpe, con frecuencia poco a poco. Servidor basó su afirmación de que el inventor del autogiro y distinguido retoño de una ilustre familia murciana había laborado no solo en favor de la conspiración que llevó al 18 de julio de 1936 sino que, y sobre todo, continuó después. Y, naturalmente, apoyó por lo menos las gestiones del general Mola para obtener armamento de aquellos grandes adalides, no precisamente de la cristiandad, que fueron los gobernantes nazis. Al parecer, la carta que Juan de la Cierva escribió al sanguinario general Emilio Mola y cuyo original se reprodujo en uno de mis artículos en InfoLibre no fue suficiente. Tampoco era una pieza desconocida, aunque nunca había aparecido la copia fotográfica de tan revelador documento.

Ahora, meses después, una amable lectora, Doña Loreto Urraca, con un desprendimiento digno de todo elogio, me ha enviado un documento pensando que me interesaría. Le he pedido permiso para, naturalmente, dejar constancia de mi agradecimiento y, generosamente, me lo ha concedido. Está, tengo entendido, buscando papeles para hacer una biografía de corte documental sobre uno de sus antecesores, Pedro Urraca Rendueles (de no muy buena fama, pues fue el inspector de policía encargado de acompañar a la frontera franco-española al expresidente de la Generalitat Lluis Companys (véase, por ejemplo, https://www.sapiens.cat/temes/personatges/pedro-urraca-l-espia-que-va-detenir-companys_202466_102.html)  y de localizar a varios distinguidos políticos republicanos a los que en el Madrid de todas las desdichas también aguardaba el paredón  en 1940 (https://elpais.com/diario/2008/09/28/domingo/1222573955_850215.html)

Tras este imprescindible agradecimiento he de entonar, ante todo, la palinodia. Debería haber conocido el documento en cuestión, pero confieso que lo ignoraba. Una ignorancia culpable. Se trata, en efecto, de la hoja de servicios de un militar muy distinguido. Se sabe que desempeñó un papel importante al lado de Franco durante la guerra civil, que tuvo un destino diplomático envidiable en Francia, que llegó a ser teniente general y ministro del Ejército durante la dictadura. Lo he citado en numerosas ocasiones en varios de mis libros, incluso en el más reciente (El gran error de la República). No se me ocurrió solicitar la dichosa hojita, como hice con otros militares, a la hora de preparar con varios colegas un volumen sobre diplomáticos y guerra civil (Al servicio de la República).

Pero, y aquí viene lo de la palinodia, no me había preocupado de abordar la hoja de servicios de tan ilustre militar. ¡Error! ¡Craso error! ¿Su nombre? Antonio Barroso Sánchez-Guerra.  Era muy conocido. Votó contra la Ley de Reforma Politica que abrió la puerta a la transición y falleció en 1982 (dato que tomo de su entrada de Wikipedia que, por cierto, contiene varias afirmaciones no demasiado exactas y numerosas omisiones importantes).

Pues bien, la hoja de servicios del teniente general Barroso, al referirse al año 1936, contiene los siguientes párrafos que, en primer lugar, transcribo literalmente, en itálicas y en negritas.  Dejo para un segundo post su análisis y contextualización, en el bien entendido que servidor no es sino un aprendiz de biógrafo y que muchas de las hojas de servicio de militares que sirvieron en la dictadura hay que tomarlas con varias toneladas de sal. Es algo que ya aprendí, con mis añorados Dr. Miguel Ull y mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas, en El primer asesinato de Franco, y que corroboraré en un libro que se publicará dentro de algunos meses y al que ya me he referido en el post anterior. Transcribo, pues:

1936. Continúa prestando servicio como Agregado Militar. En el mes de enero acompañó a la comisión presidida por el Excmo. Sr. General Don Francisco Franco Bahamonde a los funerales de S.M. el Rey Jorge V de Inglaterra. El 19 de julio de dicho año, enterado del levantamiento nacional presentó inmediatamente la dimisión de su cargo de Agregado Militar, poniéndose a las órdenes primero del general Mola, con el que pudo comunicar directamente y después a las del General Franco. Por orden expresa del General Mola se encargó de unas gestiones de compra de material de aviación en Francia y Bélgica, gestiones que realizó en compañía del ingeniero Don Juan de la Cierva, bajo la alta dirección del Excmo. Sr Don José Quiñones de León. Regresado a París se le ordenó por el Ministerio del Interior que saliera en un plazo de 48 horas del territorio francés, indicándole que no podía hacerlo por las fronteras de Irún o de Vera, por lo que marchó a Amberes donde embarcó para Lisboa, incorporándose al Ejército Nacional en los primeros días de septiembre de 1936, cuando el Cuartel General del General Franco se ocupaba de instalarse en Cáceres. Se hizo cargo a su llegada a dicho Cuartel General del mando de la 2ª Sección del EM, y el 1º de octubre del mismo año, cuando se organizó el Cuartel General de S. E. el Generalísimo, pasó a desempeñar el cargo de Jefe de la Sección de Operaciones (3ª Sección) de su E. M….”

El resto no es interesante para nuestros propósitos. Queda por decir que la letra manuscrita con que está escrito lo que antecede es extraordinariamente pulcra y legible, algo que no siempre ocurre en tales hojas de servicio.

A Doña Loreto Urraca le llamó la atención, naturalmente, la referencia a Juan de la Cierva y repito que tuvo la amabilidad de enviarme una copia de la página en la que figura la anterior transcripción.

Tenemos, pues, una pieza de EPRE que, como toda EPRE, hay que explorar, analizar y contextualizar. De por sí, esta parte del documento dice poco para lo que nos interesa. Es espartana en su sencillez. Hay que interrogar al papelín en cuestión. Esta es, precisamente, la labor del historiador.

Ante todo, nadie podrá negar que es EPRE genuina. Todo lo transcrito está tal cual en una hoja de servicios y, a diferencia de lo que ocurre con otros documentos de tal porte, a primera vista no nos suscita dudas en cuanto a su carácter. Esto, que puede parecer una afirmación de rutina, no lo es. Hay hojas de servicio que contienen, claro está, las vicisitudes profesionales de los oficiales, jefes y generales a que se refieren, pero de cuyo contenido que cabe dudar. Conozco un caso en el que las vicisitudes de su titular, expuestas someramente a lo largo de los antecedentes y el curso de la guerra civil, están escritas en el mismo tipo de letra. Es decir, por la misma persona, probablemente un soldado destinado en Mayoría, pero que teóricamente a lo largo de tres años no se movió de su puesto tampoco del jefe sobre quien escribía. Algo más que sospechoso y que permite pensar que el texto -anodino- de la dichosa hojita se redactó a posteriori, probablemente con fines de ocultación. Hay cosas de las que es mejor no dejar constancia.

(continuará)

SOBRE UNA NUEVA INVESTIGACIÓN QUE APARECERÁ EN 2022 EN RELACIÓN CON LA REPRESIÓN FRANQUISTA EN LA GUERRA CIVIL

11 enero, 2022 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

Las vacaciones de finales de año suelen estar repletas de alegría. Llegan las Navidades, el “Gordo”, las uvas, las reuniones familiares, Noche vieja y, para el postre, Reyes. Esta vez han estado tintadas de intensa preocupación  casi en todas partes. No es la primera vez. Ocurrió en la temporada anterior. En la presente la alegría por la vacunación masiva contra la Covid se ha visto matizada por la propagación de su última variante. En Bélgica, donde vivo, un gobierno ha tenido que dar marcha atrás ante la cólera ciudadana por haber cerrado los espacios de manifestaciones culturales, pero se ha impuesto la semana de cuatro días de teletrabajo y el uso de las mascarillas es ya algo habitual. En Francia, el presidente Macron ha descalificado duramente a quienes se obstinan en no vacunarse. Gran alboroto mediático y en la clase política, pero pocos han ofrecido otras soluciones alternativas.

Para servidor estas pasadas vacaciones han sido también el momento de llamar a rebato. Poco antes de que empezaran escribí dos artículos en InfoLibre sobre las falacias y mentiras con las que VOX presentó en septiembre de 2021 en el Congreso de los Diputados una moción contra la Ley de Memoria Democrática y pidió la devolución al Gobierno. Curiosamente, no la ha aireado, que yo sepa, en su página web. Quizá porque el Congreso no tardó en rechazarla con una clara mayoría. ¿O es que se avergüenza de ella? ¿O tiene temor a que la lea el gran público y, sobre todo, los expertos e historiadores? No especulé en mis artículos sobre qué fines perseguía con ello si luego no iba sacar alguna astilla propagandística de su acción. Porque pensar que tendría éxito era como sin jugar a la lotería de Navidad esperar ganar el primer premio.

Servidor suele seguir a VOX en sus arrebatos supuestamente de historia y por ello deseo empezar este nuevo año con una información que quizá interese a los amables lectores.

 Con dos queridos colegas, expertos máximos en el tema, he pasado buena parte de 2021 tratando de revisar y de poner al día una indagación en las aguas, siempre turbias, del franquismo, en la guerra y en la postguerra. Para tales colegas y amigos ha sido la continuación de una bien esmaltada carrera de estudios sobre la represión franquista. Para quien esto escribe, una consecuencia natural tras haber publicado EL GRAN FALLO DE LA REPÚBLICA y ¿QUIÉN QUISO LA GUERRA CIVIL?

La gran tragedia española del siglo XX no fue una cuestión del azar ni el resultado de maquinaciones izquierdistas o, como se dijo en la época, comunistas. Alguien la quiso y alguien no supo evitarla en la primavera de 1936. Estas dos afirmaciones, apoyadas por una amplia base documental, tuvo consecuencias que han sido muy desvirtuadas.  

Los tres compañeros de ordenador creemos, naturalmente, en la necesidad imperiosa de que todo relato histórico se base en la evidencia primaria relevante de época. Los tres nos hemos descornado en la pugna intelectual que suele reforzarse con el descubrimiento y la interpretación o explicación de los hechos que en tal evidencia se reflejan. Sabiendo, por supuesto, que interpretaciones hay muchas, que muchas son con frecuencia sesgadas y que políticos, periodistas y mercenarios de variado pelaje atienden más a las “necesidades” del presente que a la reconstrucción fundamentada de lo que hubo detrás de los procesos y decisiones que marcan el pasado. 

En esta ocasión hemos trabajado con el corazón amargado por el peso de una evidencia documental que alumbra una época trágica. Hemos examinado lo que da de sí un documento no del todo desconocido, pero si incompleto hasta el momento. Ahora hemos explorado en su totalidad las setenta páginas de que consta, lo que dan de sí, su origen, su autor y su carrera salpicada de sangre inocente.

¿Y qué cabe descubrir? Algo bastante simple, pero en torno a lo cual no ha cesado la polémica. Simplemente porque a muchos políticos e “influencers” eso de poner patas arriba las miserias de los vencedores en la guerra civil no les encaja con la basurilla ideológica que siguen propugnando. No es nada nuevo. Lo hicieron durante cuarenta años de dictadura.

El hecho es que, indagando en lo que dan de sí esas setenta páginas, nos hemos concentrado en alumbrar las bases filosóficas, ideológicas, jurídicas y, en último término, político-operativas que, en buena medida, “justificaron” los asesinatos que inmediatamente lanzaron los sublevados en julio de 1936 y que continuaron durante toda la contienda. A lo largo de la cual tuvieron tiempo, dada la lentitud de Franco en conducir las operaciones militares, de ir ganando y acumulando experiencia.

Aquella “filosofía”, la perversión del derecho y las necesidades de amedrentar, acoquinar y, en último término, liquidar al adversario se aplicaron, en primer lugar, contra sus compañeros de uniforme; en segundo lugar, contra quienes “mal dirigidos” por doctrinas perniciosas (comunismo, socialismo, anarquismo, liberalismo y masonería, entre otros pecados nefandos) se habían enseñoreado de España para hacer de ella poco menos que un sucedáneo de república soviética.

No ignoramos, por supuesto, que sobre el tema se ha escrito mucho y bien. Sin embargo, un amplio sector de la sociedad española, manipulado, teledirigido y ofuscado, sigue creyendo en las numerosas patrañas que los conspiradores de 1936 propagaron desde antes de su sublevación y que “justificaron” pasar a miles de conciudadanos por los pelotones de ejecución y dejar a una parte sustancial de los mismos en las fosas del olvido.  No es una casualidad que todavía hoy continúen machacando sus patrañas como la única “verdad” en redes, en periódicos muy connotados, en la prensa digital y en libros que dicen que se venden como rosquillas.  

Con CASTIGAR ROJOS, tal es el título que hemos puesto a nuestro trabajo, intentamos descifrar una de las guías para inquisidores, versión siglo XX, que tanto influyó en los militares franquistas a la vez que bebió de ellos, de sus consejos de guerra y de su implacable persecución de los vencidos.

La guía no provino de la nada. Provino de toda una serie de teorías filosóficas, políticas y penales que se remitieron a la actividad, nada dulce, de la Santa Inquisición; que renegaron de la Reforma (no en vano la monarquía española fue uno de los brazos armados de la Ecclesia militans e incluso de la Ecclesia triumphans en las guerras de religión de los siglos XVI y XVII), de la Ilustración y de los combates contra los avances políticos, económicos y sociales de una gran parte del siglo XIX. Teorías que apelaban a los instintos grupales, narcisistas, excluyentes, de una buena porción de españoles. Eso sí, teorías que se actualizaron con las concepciones schmittianas del derecho penal nacionalsocialista y con la regresión que, en un sector de la autodenominada justicia militar, había provocado la práctica seguida en el bienio radical-cedista.

Aquella guía tuvo un autor de excepción, figura citada -aunque no demasiado estudiada- en numerosas monografías sobre la represión franquista en la guerra y en la posguerra. Llegó a ser general de División y pasó por toda una serie de puestos, algunos ya alumbrados, otros no, que hicieron de él un personaje esencial para comprender la inspiración a que se atuvo la represión franquista desde 1936.

Lo hemos caracterizado como “el último inquisidor de España”, en la esperanza de que su caso no vuelva a repetirse. Si bien, de juzgar por lo que suele leerse en ciertos medios, sus tesis no parece que hayan perdido demasiada validez para un sector, afortunadamente reducido, aunque en lamentable expansión, de la sociedad española de nuestros días.

Dado que en círculos próximos a dicho sector los mitos franquistas sobre la vesania “roja” siguen despertando interés, a pesar de los cuarenta años de infamia historiográfica “nacional” (lo atestiguan, entre otros, el éxito editorial del Avance de la Causa General y la obsesión con Paracuellos) nos embarga una esperanza: seguimos, en efecto, con impaciencia los esfuerzos para dar a la luz los equivalentes de esa guía “para inquisidores” que hubiera pergeñado algún jurista o militar republicanos. O mejor todavía, algún jurídico-militar.  Por desgracia, en la única historia de este Cuerpo que conocemos no se dice nada al respecto. ¿Por qué será?

Ahora bien, que en 85 años nadie haya descubierto ningún nombre quizá no sea razón para que no se intente durante otros tantos en el futuro. Como la localización de EPRE es impredecible, a lo mejor incluso algún historiador filofranquista del que todavía no conocemos el nombre da con un documento parecido al que nos hemos decidido a examinar. Hasta el momento, todo lo sabido hace pensar que lo tendrá difícil. Pero no hay que desesperar. Siempre habrá autores anglosajones, o franceses, o alemanes, o incluso (¡oh, dicha!) españoles que intenten dar con él. ¿Para qué?  Para coronar con el éxito la desesperada búsqueda del particular vellocino de oro que se colgarían los todavía defensores del 18 de Julio.

Mientras tanto, seguiremos esperando a conocer las hazañas intelectuales de su Jasón. Ya cuentan con algunos pre-argonautas.