LOS ARCHIVOS DE LA CORONA: UNA INCÓGNITA

14 diciembre, 2021 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Me mueve a escribir este post, ya casi pre-navideño, una cuestión que ha venido asaltándome regularmente en los últimos meses. Los amables lectores saben que escribo sobre evidencias primarias relevantes de época, Luego, después de haberlas contextualizado y analizado debidamente, acudo a la literatura secundaria. Esto me permite establecer una narrativa más amplia, o al menos diferente, que puede retocar o ampliar, confirmar o desautorizar interpretaciones previas elaboradas por otros autores.

Se trata de una metodología que ayuda a aclarar, completar o iluminar mejor algunas vetas del pasado con mayor autoridad que la que se deriva del comentario, crítico o elogioso, de las aportaciones previas de otros historiadores. No entiendo otra forma de investigar. Ya sé que este énfasis en la EPRE puede molestar a mucha gente, pero vengo aplicando dicho método desde mi tesis doctoral en 1973 y que, debidamente recortada, se publicó en 1974.

Entonces desmonté una de las falacias de la historiografía comunista en general y de otras izquierdas sobre la supuesta colusión entre los conspiradores contra la República y el Tercer Reich. He seguido manteniendo dicha tesis, a pesar de que me ha sido posible documentar algunos otros contactos entre los enemigos del orden constitucional y elementos nazis (que entonces no había logrado identificar). Como debería ser obvio, la EPRE no es estática: hay que buscarla, En el mejor de los casos se encuentra. En otros no. Lo que es imperdonable es inventarla, como hacen muchos desaprensivos.

Años después, de la mano de otra EPRE, me he visto obligado a desmontar las falacias, más abundantes y persistentes, de la historiografía pro-franquista y he negado cualquier complicidad entre la izquierda española y la URSS de cara a una superimaginada  revolución comunista a punto de estallar y para prevenir la cual fue imprescindible levantarse en armas contra la República.  

Afortunadamente, desde que murió Franco los archivos españoles han ido abriéndose. Las últimas piezas de EPRE que me han ayudado a destruir tal leyenda las he encontrado, por ejemplo, en el de Ávila.  Es cierto que el proceso ha ido produciéndose con lentitud desgarradora, pero los archivos se han abierto. De no haber sido por ellos tampoco me hubiera sido posible ir poniendo sobre la cuerda las estupideces que, empezando por Joaquín Arrarás, se han dicho y han venido repitiéndose hasta la actualidad sobre el tema de la no concesión a Franco de la Laureada en 1917 en las páginas del libro de un general de brigada que no es del caso volver a mencionar en este blog.

En los archivos españoles que han ido abriéndose hasta el momento hay materiales que tendrán ocupados a los historiadores durante quizá dos generaciones. Quedan algunos reductos por abrir. Es de esperar que en la futura ley de secretos oficiales no se incluyan “elasticidades” que permitan a las autoridades mantener en la sombra partes de la documentación de hasta 1975. Por propia experiencia pertenezco a ese grupo de investigadores que están convencidos de que la actual democracia española no tiene absolutamente nada que temer del conocimiento documentado en fuentes primarias sobre cualquier episodio anterior a dicho año. Me alegraría mucho que alguien me convenciera de que estoy equivocado. Los argumentos esgrimidos públicamente por varios de los últimos ministros de Defensa de los gobiernos de Don Mariano Rajoy no valen ni siquiera el papel en que se airearon. Fueron mera basura.

Para bien o para mal han transcurrido ya 46 años de la muerte del conducator español. Tradicionalmente en los países europeos occidentales el período de entre 45 y 50 años se ha considerado casi siempre como el mojón a partir del cual se desclasificaba la documentación, por lo menos en su mayoría. Las excepciones, muy motivadas, suelen desclasificarse hacia los 75, pero no son muy abundantes en los países de nuestro entorno. Siempre pongo como ejemplo a emular el caso de Portugal.

Desde luego no soy de quienes afirman que la experiencia española en materia de apertura de archivos ha sido gloriosa. Con todo, tampoco es desdeñable. A pesar de las quemas masivas que en la Transición algunos políticos, a la sazón imbuidos de incontrolables e incontrolados resabios franquistas, ordenaron practicar con respecto a la documentación de ciertos Ministerios, el palmarès de la dictadura fue tan negro que blanquearlo me parece prácticamente imposible.

En todo este proceso hay, sin embargo, algunos archivos que por motivos que solo cabe sospechar se han mantenido cerrados a cal y canto. Me refiero a los archivos de la Corona. No de la instaurada o restaurada a partir de la muerte del dictador, sobre cuya pertinencia podría discutirse, pero siempre con escaso conocimiento de causa. Me refiero a la de los años anteriores. A la Corona por así decir en el exilio.

Mi interés por ellos data desde que los papeles de Don Pedro Sainz Rodríguez se abrieron al público. Con ellos también los de algunos de los destacados políticos, monárquicos o no, que tuvieron relaciones con el pretendiente. Se sabe que Don Pedro, tras refugiarse en Portugal, actuó de asesor áulico del hijo de Alfonso XIII. Incluso escribió un libro. Un joven historiador se basó en tales papeles y otros para escribir una tesis doctoral allá por los años ochenta. Después cayó una cortina de silencio.

Mi curiosidad se ha encendido a lo largo de los últimos años, es decir, cuando he ido acercándome a las intrigas monárquicas contra la República en la primera mitad de los años treinta. El perfil de las mismas está suficientemente asentado con la documentación que ido logrando localizar en algunos archivos españoles, franceses e italianos, pero por desgracia quedan muchos recovecos por alumbrar.

Mi tesis es que el entonces exrey Don Alfonso XIII estuvo bastante al corriente de los planes de los conspiradores. Aparte de lo que en su momento escribió el teniente coronel, y acendrado monárquico, Juan Antonio Ansaldo en su libro de memorias Para qué…, aparecido en Buenos Aires a principios de los años cincuenta, no conocemos muchos de los detalles operativos del apoyo del exrey a los militares, políticos y financieros implicados en la conspiración contra la República. Algo se encuentra, no obstante, en los archivos de la Universidad de Navarra, abiertos a los investigadores.

Menos aún se conocen los inputs que incidieron en la actitud que el pretendiente a la Corona fue recibiendo en su  autoimpuesto exilio en el extranjero (facilitado sin duda por la impertinencia del mayor traidor a la misma, un tal Francisco Franco). Primero durante la guerra civil y luego durante la mundial. La selección de documentos de Sainz Rodríguez en el segundo tomo de sus memorias fue muy incompleta y se refiere demasiado a su propia actividad cuando se refugió en Portugal para huir él, exministro, de la malquerencia de su viejo amigo el prepotente caudillo. Los fondos que se conservan están demasiado relacionados con sus propios consejos y sugerencias. No tanto con los que sin duda llegarían a Don Juan por otros conductos.

Estos últimos es muy posible que sean significativos. Hacia Don Juan afluyó toda una serie de personajes que eran conscientes de dos aspectos. El primero, que Franco se había “colado” como Jefe del Gobierno y del Estado al amparo de una situación de emergencia creada por la desaparición de Calvo Sotelo y del teniente general Sanjurjo, almas política y militar de la conspiración. El segundo, que Franco no tuvo jamás la menor intención de restaurar la Monarquía aprovechando la feliz circunstancia de que en la guerra había creado un Ejército que mayoritariamente le era fiel y no tanto al hijo de Alfonso XIII.

Hoy esto es suficientemente conocido en líneas generales. A lo escrito al respecto podrían añadirse los resultados que arroje un análisis pormenorizado de los documentos más relevantes de procedencia portuguesa, británica, norteamericana o francesa. Los alemanes llevaban abiertos desde los años cincuenta. Los de la posguerra han ido desclasificándose a un ritmo natural.

Me pregunto, pues, si en el esfuerzo realizado por la Corona por distanciarse del anterior titular de la misma (hoy acosado ante los tribunales británicos y cuya credibilidad personal está, irrevocablemente me parece, hecha trizas) no cabría introducir una apertura de archivos. Es verosímil que en ellos se conserven las informaciones que fueron afluyendo a Suiza y Portugal sobre la “cocina” interna de la dictadura y las esperanzas que fue depositando el abuelito del actual monarca. Mantenerlas en secreto equivaldría a no romper la relación histórica de la institución con la propia dictadura.

Que el denominado “pretendiente” no tuvo éxito es de todos sabido. Franco le hizo una pirueta como también la hizo a millones de española para autopresentarse como el hombre providencial, salvador de la Patria, constructor de la España moderna y demás pamemas que tanto agradan a sus aduladores, historiadores o ciudadanos de a pie.

Lo que no se conoce con seguridad documental, valga decir con EPRE, es el chorro de informaciones noticias, proyectos y situaciones que fueron desarrollándose a lo largo del tiempo desde los círculos monárquicos. Solo una parte estará en archivos extranjeros, pero la “chicha” más significativa es de suponer que Don Juan de Borbón no la tiraría a la basura.

Si en los Estados Unidos se abren, con mayores o menores dificultades, documentos relativos a la presidencia Trump, no veo la razón por la cual en una democracia moderna, alineada con la Unión Europea y crecientemente internacionalizada cabría justificar la subsistencia de la ignorancia sobre las relaciones entre la Corona en el “autoexilio” y la dictadura franquista.   

Con esta reflexión, que otros historiadores quizá puedan prolongar, aprovecho la ocasión para desear a todos los amables lectores unas felices fiestas de Navidad y Año Nuevo. Dentro siempre de lo posible y de las limitaciones que imponga la evolución de la pandemia.

Sir Paul Preston y los embustes tras el golpe de 1936

7 diciembre, 2021 at 8:30 am

Ángel Viñas

Ha salido hace unas semanas, justo para los regalos de Navidad y Reyes, el hoy por hoy último libro de Sir Paul Preston. En esta ocasión ha acudido a una fórmula que ya habia utilizado con éxito en otras obras previas: un conjunto de pequeñas biografías enmarcadas en un análisis inicial y unas conclusiones sobre el tema general al que los biografiados se refieren. Son dos: Fake news y guerra civil y Una guerra civil interminable. Tiene la gran ventaja de poder saltar de una figura a otra o leerlas por delante o por detrás. Los biografiados no aparecen  con sus nombres en el índice sino en el texto mismo. Así, el policia resulta ser Julián Mauricio Carlavilla del Barrio. El sacerdote el reverendo padre Juan Tusquets (que difícilmente llegará ya a los altares). El poeta facilón, pero Toisón de oro, José María Pemán. El mensajero, y asesino guillado, Gonzalo de Aguilera. El genocida del Norte Emilio Mola y el sicópata del Sur Gonzalo Queipo de Llano

Todos ellos han aparecido, de una u otra manera, en la extensísima obra de Preston. Ahora lo hacen en función de dos variables: sus comportamientos antes de la guerra de 1936 y su influencia asesina después (salvo en el caso de Mola que murió en accidente de aviación en junio de 1937). Son representativos de su tiempo y del país que querían crear. Todos lo consiguieron, con gran “éxito” en el primero y último casos, y como manipuladores también de las circunstancias que contribuyeron a configurar el segundo. Todavía vivimos bajo sus efectos mefíticos. Son, en su totalidad, viejos conocidos del autor, presentados ya en portada como “artífices del odio” o “arquitectos del terror”. Sin excepción, deberían figurar por derecho propio en una historia española de la infamia en el siglo XX, aunque todavía hay gente en este país que se resiste. No hay que perder la esperanza.  

A servidor nunca le ha llamado la biografía. Si el año que viene publico un libro con dos colegas en el que me hago cargo de la parte biográfica de otro de los desalmados de la época ha sido porque alguien debía hacerla y mis dos compañeros tenían ya otros temas de que ocuparse. Así que he leído con interés las sucintas biografías de los personajes elegidor por Sir Paul, en algunos casos con mayor curiosidad que otros.

Me ha llamado la atención la combinaciónn de fuentes primarias cuando ha sido necesario con las secundarias. En este particular libro las secundarias son extremadamente importantes. Se publicaron en los años de la preguerra, en la guerra y a lo largo de la dictadura. Constituyen una serie de gran continuidad y consistencia argumentales. Versan sobre un tema central, el más importante para la historia del siglo XX español: ¿Quiénes fueron los responsables de la guerra civil?.

La respuesta que da la bibliografía secundaria escrita por los vencedores y sus asociados es unívoca: fueron los comunistas, los judíos y los masones. No es nueva. Lo que Preston muestra es la continuidad en un relato, penoso de leer, que abarca desde los albores de la República al principio de los años treinta hasta el final de la dictadura franquista. Con el añadido en esta, bien conocido, de las plumas de prohombres de la misma fuera de toda sospecha: un tal Francisco Franco y un tal Luis Carrero Blanco.

Ahora bien, aquella argumentación, bendecida y “milagreada” con frecuencia por ciertos príncipes de la Iglesia Católica española, siempre fue falsa de toda falsedad. La mantengan (adaptada) instituciones tan señeras como la FNFF, elementos ligados a movimientos tan “progresistas” como los falangistas residuales o militantes de VOX y parte del PP, destacados o no, desde sus muchachos pero también sus viejitos y militantes o votantes de edad intermedia.

El libro de Preston puede leerse en paralelo con mis dos últimos trabajos (¿Quién quiso la guerra civil? y ¿El gran error de la República?). Los tres representan análisis de la gran estafa, de proporciones épicas, que sigue sobreviviendo a pesar de todos los pesares, sobre las responsabilidades involucradas en el estallido de la mayor y más duradera catástrofe española del siglo XX. No fueron los comunistas, judíos apenas si había y, naturalmente, no tenían nada que decir al respecto, y de los masones ya se cuidaron las derechas católicas en el período 1933-1935, con la complacencia de los autodenominados radicales, de apartarlos en todo lo posible de las posiciones de mando en el Ejército.

Preston es muy generoso al afirmar que incluso algunos de entre ellos se lo creyeron. Como si eso les eximiera de responsabilidad. ¿Acaso no tenían informaciones al respecto? ¿De dónde podrían proceder estas? Naturalmente de los órganos de seguridad. Sobre todo los de naturaleza interior. Es decir, la policía, la guardia civil y los elementos responsables en el Ministerio de la Gobernación. En este sentido, hace muy bien el autor en poner en primer lugar de entre sus personajes a un policía corrupto, asesino y mentiroso como fue Carlavilla, más conocido con el seudónimo que manejaba de “Mauricio Karl”.

Personalmente recuerdo, cuando era un chaval de 17 o 18 años, el éxito que tuvo uno de sus libros (en este caso sobre Malenkov) que incluso llegué a comprar. Debió de ser allá por los tiempos tras la revolución húngara y, si mi memoria no me es infiel, lo tiré a la papelera. Innecesario es decir que yo no sabía de “historia” de España mucho más de lo que me habían enseñado en el colegio pero ya había salido al extranjero y entrevisto otros horizontes. Preston es muy duro con Carlavilla. Servidor lo habría sido infinitamente más.

El capítulo dedicado a Pemán es todo un “poema”, como corresponde a un político, asesino por inducción y embustero impenitente que también se dedicó a la poesía y ocultó sus discursos de la guerra civil. En mi juventud era un personaje importante. Recuerdo que fui a ver su obra El divino impaciente (si mi memoria no me es infiel al Teatro Lara). No sé si figuraba en él o no un versito que no he podido olvidar: “Veremos si es igual hacer la guerra a Jesús cuando está junto a su cruz la espada de Portugal”. A lo mejor fue de otro, pero yo siempre lo entendí como una llamada, antes de la guerra, a la posterior Cruzada. Que a los japoneses no les interesaba el cristianismo, peor para ellos. Había que imponérselo por la fuerza. Y si no querían, a espadazo y tente tieso. Como a los descreídos republicanos, masones, comunistas, liberales, etc. y gentes de similar ralea. La religión verdadera se imponía así, fueran las víctimas indios sin cultura o portadores de una cultura mucho más antigua que la española. Años después lei a Southworth y sus análisis sobre el Poema de la bestia y el ángel. Literalmente vomitivo. Este capítulo debería ser objeto de comentario en las escuelas públicas del Ayuntamiento de Cádiz.

Por el contrario no sabía mucho más del reverendo padre Joan Tusquets que lo que Sir Paul había escrito en algunos de sus libros anteriores. ¡Vaya personaje! Fiel exponente del pensamiento más repelente de la Iglesia española de la época. Hay que tener un estómago a prueba de bombas para leer sus escritos. ¿Por qué habrá desaparecido su nombre de entre las glorias de la Iglesia católica?

En cuanto a Mola y Queipo ¿qué más podría decirse? Para la preparación de uno de mis libros releí la magna obra del primero “El pasado, Azaña y el porvenir” (se adquiere fácilmente en Internet, porque ya no figura -sin que se hubierda dado explicación alguna- en sus denominadas Obras Completas) . Siempre me he preguntado acerca de las razones por las cuales cuando tras febrero de 1936, cuando Azaña tuvo que asumir rápidamente la presidencia del Gobierno, se le ocurrió enviarlo al frente de la guarnición de Pamplona. ¿Pensó que convendría mostrarse generoso para que no le acusaran de buscar una venganza torticera?

Ahora la pregunta del millón: ¿por qué los autores de derechas y de extrema derecha no acometen la tarea, ingente desde luego, de rebatir a todos aquellos que como Sir Paul Preston vienen desgranando desde hace más de cuarenta años una visión de la República que está en las antípodas de tales personajes, infumables, arteros, embusteros, mentirosos, con frecuencia criminales de hecho o de inducción, y siempre engrandecidos, y de los cuales se  desparramó durante tantos años su ponzoña para “educar” a las sucesivas generaciones de españoles en las “verdades” eternas de la dictadura de Franco?

Es una pregunta sin respuesta, ya lo sé, porque de lo que se trata es de contrarrestar los motivos que indujeron a un sector, minoritario, de la sociedad española de la época. El autor los indica ya en la primera página del texto:

“Tras esta idea fraudulenta de amenaza mortal a la nación, el alzamiento militar ocultaba el objetivo menos apocalíptico, y materialmente más rentable, de revertir las numerosas reformas con las que la Segunda República había planeado modernizar España”. No en vano “había desafiado a la Iglesia católica, los militares, la élite terrateniente, los banqueros y los industriales con un ambicioso programa de reformas sociales, económicas y educativas”.

La contrarreforma había, pues, de correr a cargo de los militares, los policías, los eclesiásticos y los últimos llegados, los falangistas y, como en los mejores tiempos de las guerras de religión, ahogarlas en la sangre y en el fuego. Todo por la España inmortal que ya inspiró a Viriato.

Un pensamiento final: ¿hasta cuándo yacerán los restos del general Queipo de Llano en su tumba de La Macarena en virtud de su condición de antiguo cofrade? ¿Es que los partidos políticos andaluces siguen sin tener la menor pizca de vergüenza después de transcurridos cuarenta años?

Recomendación en este puente de la Constitución: para quienes no hayan leído antes a Preston, un excelente compendio de una parte de su obra. Para quienes la conozcan, un recordatorio. En ambos casos, pongan un ejemplar en el belén o bajo el árbol de Navidad, según gustos, para alguno de sus seres queridos.