Deshaciendo mitos sobre Franco: otro capítulo

16 enero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

En los posts anteriores me he concentrado en la relación de Negrín con Cataluña. He dejado de lado algo que en los últimos años me ha tenido muchísimo más ocupado que este blog. Cómo seguir penetrando en el comportamiento genuino de Franco en momentos claves de su carrera. Escribir sobre él es, tras la monumental biografía de Paul Preston, buscar lo que hubo por debajo de algunos de los mitos que el Caudillo amamantó y que una prensa dócil e infantilizada, unos gacetilleros a sus pies, una pléyade autores variopintos de militares a clérigos, de “pelotas” a policías, de diplomáticos a catedráticos de Universidad y un conjunto de excelsas instituciones potenciaron hasta extremos inimaginables. Casi como los alemanes con Hitler o los italianos con Mussolini o los rusos con Stalin. Para ver lo que hay por debajo de ciertos mitos es imprescindible trabajar en los archivos y explorar la documentación crítica y contextualizadamente.

La divergencia entre alabanzas sin fisuras y demonización radical es algo que diferencia a Franco de Negrín. Entre los defensores de este nadie, que yo sepa, ha dejado de analizar su comportamiento tal y como se desprende de innumerables documentos de archivo. Los turiferarios de Franco no suelen deglutir críticamente lo que es el pan y la sal del genuino trabajo del historiador.

En los últimos años he ido poniendo de relieve algunos aspectos poco conocidos, o incluso desconocidos, del comportamiento de Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE). Sus canciones sobre “el oro de Moscú”; su deseo de alargar la guerra civil; su querencia por Hitler y el nazismo como polos de atracción en aspectos esenciales para su dictadura; su aspiración a ser reconocido como “centinela de Occidente”, con su peloteo a Estados Unidos; su actitud eminentemente pasiva ante la necesidad de dar un giro copernicano a la política económica española a finales de los años cincuenta, etc.

Cuando, a principios de este siglo, reanudé mi actividad como historiador también retorné a viejas preocupaciones. La primera, indagar sobre los antecedentes inmediatos de la sublevación de julio de 1936. Lo hice en dos direcciones: la forma y manera en que se produjo la inserción de los vectores internacionales y el comportamiento de Franco. En ocasiones, de forma combinada.

Fruto de esta actividad fue la demostración documental del papel desempeñado por los monárquicos calvosotelistas en inducir una toma de posición activa por parte de Mussolini para echarles una mano (de oro en forma de aviación) de cara al 18 de julio. O el análisis de la actitud británica durante los años republicanos, aprovechando la desclasificación de documentos procedentes de los servicios de inteligencia (pero en ningún caso del MI6 no fuese que hubiera tigres y serpientes ocultos).

También me adentré en una veta desconocida de la actividad de Franco. Su aprovechamiento de la guerra civil para “forrarse el riñón”, algo que no terminó de reconocer la recientemente fallecida duquesa de Franco, aunque sus curiosas declaraciones al respecto eludieron cualquier alusión a las evidencias primarias. No todas las incógnitas están resueltas, pero al menos se sabe que Franco no tardó mucho, apenas tres semanas desde su “exaltación” a la Jefatura del naciente Estado, para empezar a desviar fondos procedentes de suscripciones populares a sus cuentas corrientes. Unido esto a la venta, al final de la guerra, de 800 toneladas de café a la CAT (Comisaría de Abastecimientos y Transportes) y a otras actividades no documentadas con la plenitud deseable. En definitiva, no fue su sueldo como jefe del Estado y capitán general, y su preferencia por la cocina espartana como militar curtido en la guerra de África, lo que le permitió hacerse con los fondos necesarios para comprar los terrenos que integraron la finca agropecuaria administrada por Valdefuentes S.A. Es más, Franco tampoco dudó en servirse de todas las posibilidades que le permitía la ingeniería jurídico-financiera de la época.

El resultado de estas pesquisas ha permitido a los historiadores, gacetilleros y “pelotas” pro-franquistas ponerme a caldo. No me quejo porque con evidencias en la mano he sacado los colores a eminentes autores que manipulan, tergiversan y mienten. En mi último trabajo, SOBORNOS, lo demostré suficientemente con el profesor Luis Suárez Fernández, miembro de la RAH y gran hagiógrafo de SEJE. Tampoco he eludido destripar los procedimientos “científicos” utilizados por el no menos eximio profesor Stanley G. Payne. Que haya historiadores en alguna Universidad española todavía obnubilados por su metodología es algo que supera mis pobres entendederas.

Con todo, hay un tema que me ha obsesionado al leer algunos de los libros sobre los preparativos, en general bien estudiados, de la sublevación de 1936. Me llamó la atención el escaso interés que en ellos se presta a un Franco “desterrado” a Canarias. También me sorprendió constatar la pervivencia de mitos sobre su supuesto comportamiento, caracterizado hasta hoy de pasivo. Son mitos que tienen su raíz en los ditirambos y burdos camelos de su primer biógrafo, Joaquín Arrarás. O en el vergonzoso peloteo de que le hizo objeto otro periodista de pro, Luis Antonio Bolín.

Así que he vuelto a Franco. A lo largo de los últimos años he trabajado con dos colegas. Uno es comandante de Iberia jubilado y primo hermano mío, Cecilio Yusta Viñas. En los primeros años de su carrera años voló casi diariamente desde y hacia Tenerife-Norte. Hace unos meses tomó los mandos para volar el único Dragon Rapide operativo que existe en España. El segundo es un patólogo, el Dr. Miguel Ull Laita, con más de cuarenta años de intensa práctica profesional y docente en una actividad sumamente interesante, aunque un tanto desagradable e imprescindible. Los lectores recordarán el caso de la infortunada Diana Quer.

Los tres hemos querido abordar críticamente algunos de los mitos esenciales todavía no aclarados que rodean la figura de Franco en Canarias. Ante todo, su supuesta postura escasamente proclive hacia la rebelión, a la que terminó viéndose impelido para “salvar España”. O cómo se las arregló para salir puntualmente de las islas con el fin de ponerse al frente del Ejército de África (que no fue como se ha escrito, y sigue escribiéndose, en la literatura).

En el plano historiográfico son temas a los que hace años presté alguna atención. El primero no lo profundicé lo suficiente en un libro, LA CONSPIRACIÓN DEL GENERAL FRANCO. Me interesó más examinar hasta qué punto las autoridades británicas estuvieron implicadas en el vuelo del Dragon Rapide. En cuanto al segundo planteé una tesis que me ha valido improperios sin cuento: la vinculación entre dicho vuelo y la muerte del general Amado Balmes.

Si los amables lectores buscan con la ayuda del siempre generoso Mr Google la conexión entre mi nombre y la del mencionado general podrán apreciar algo de lo que se ha dicho de mí por haber caracterizado a Franco de asesino antes del 18 de julio. No dejen, por favor, de echar también un vistazo a youtube y a las elocuentes alocuciones de algunos preclaros autores pro-franquistas.

Ahora bien, en historia -es decir, en una reconstrucción siempre insuficiente del pasado- hay temas que pueden resolverse y otros a cuya “solución” hay que acercarse lentamente. Los primeros son pocos. Los segundos por desgracia demasiado abundantes.

De entre los primeros me es muy grato adelantar que la semana que viene se pondrá a la venta el libro (unas 650 páginas con un muy detallado índice analítico que, espero, facilite su consulta y me ha llevado un mes de trabajo) en el que los tres investigadores hemos aclarado con un cien por cien de certidumbre que Balmes no se mató. Lo mataron. Su trágico fin fue condición necesaria, y con el Dragon Rapide en Las Palmas no por casualidad, suficiente para que el comandante militar del archipiélago despegara hacia su gloria. El libro lleva por título EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO.

Es más, como se trata de un relato negro, aunque no una novela de tal color, lo hemos redactado en flash-back. Hemos empezado por el final, ese que ha sido objeto de tantas distorsiones, y hemos retrocedido desde él hacia los comienzos. Esto nos ha permitido examinar la dinámica a la que se atuvo el comportamiento del general de división Francisco Franco Bahamonde tras su fracasado intento de inducir un golpe de Estado “blando” desde las alturas del poder, coincidiendo con los previsibles malos resultados para las derechas en las elecciones de febrero de 1936. Con ello hemos reubicado otros mitos que, empezando por Arrarás, sus sucesores han ido colgando hasta ahora de la inmarcesible figura de SEJE, a quien ponemos donde debe ser puesto, gracias a la evidencia primaria relevante de época debidamente analizada y contextualizada.

Laus Deo.

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