El “honor” de los compañeros de Balmes

20 febrero, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Un militar conocido mío, cuyo nombre no viene a cuento, llamó hace meses mi atención sobre un librito de ética que, al parecer, estaba muy difundido entre los medios castrenses del primer tercio del siglo XX. Su autor fue (según he visto en internet) el laureado teniente coronel José Crespo Soto. Confieso no haber sabido nada de él, pero me impresionó lo suficiente como para incrustar en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO una de sus citas: «El militar debe tener honra y honor, no consiente este se favorezca a uno a costa de otro, ni consiente la mentira ni el faltar a la palabra empeñada […] Presta juramento el oficial dando su palabra de honor, y como indigno de pertenecer al Ejército se considera al que no dice la verdad». Imagino que muchos lectores -y también los gacetilleros, militares e historiadores, aunque sean pro-franquistas, no se atreverán a menospreciar abiertamente tal aserto. 

 

Sin embargo, tal vez el Ejército de la VICTORIA hubiera quedado muy capitidisminuído de haber excluido a todos quienes atentaron contra la verdad. En la sentencia del consejo de guerra sumarísimo que se montó contra el general Manuel Romerales en agosto de 1936 -y que nosotros contraponemos en el comienzo del libro a las brillantes y acertadas advertencias para historiadores contenidas en un borrador sobre la guerra civil en el Servicio Histórico Militar que no llegó a publicarse- se hizo una afirmación rotunda. El Ejército se había visto obligado a acometer su empresa salvadora contra la anarquía reinante, fruto de la intensa propaganda marxista y comunista (sic) que conducía a la “Nación fatalmente a la ruina”.

Esta nunca fue entonces, ni es hoy, la verdad histórica. Digamos que se trata de un camelo fundamental y que representa un “estado de espíritu” que por desgracia todavía no desaparecido entre quienes acuden al pasado para excusar lo ocurrido. En efecto, basta con ojear la literatura que divulgan quienes siguen exaltando el imperecedero nombre de Franco.

De tal espíritu participaron intensamente aquellos compañeros del general Balmes que se pasaron por el forro de sus guerreras algunos de los preceptos de las Reales Ordenanzas de Carlos III (teóricamente guía de los uniformados hasta su renovación bajo el presente régimen democrático). No es exagerado afirmar que un conjunto de ilustres jefes y oficiales faltó gravemente a la verdad al testimoniar que su superior jerárquico había muerto en acto de servicio el 16 de julio de 1936.

Probablemente todos ellos, o al menos la mayoría, supo lo que había ocurrido en aquella fecha. Varios habían participado activamente en la conspiración que acabó con la vida de su general. En 1940 sin excepción, aunque en grado diferente, apoyaron la versión oficial popularizada por un periodista indigno y primer hagiógrafo de Franco: Joaquín Arrarás. La Superioridad quiso contar con el testimonio de todos ellos para dar la impresión de que la no concesión de la pensión extraordinaria solicitada por la viuda del general -denegada años antes- debía revisarse a la luz de nuevas informaciones. Nada mejor, pues, que apañar un montaje interno del que se derivara necesariamente que el “accidente” ocurrió justo cuando Balmes se disponía a sublevarse junto con su inmediato jefe, el general Francisco Franco, y a sus órdenes. A este tenor, habría sido el primer caído del “Glorioso Alzamiento Nacional”. Así, por lo demás, se le ha presentado hasta fecha reciente, en una muestra más de ese continuo ejercicio de proyección para “explicar” el pasado y del que no logran desprenderse autores pro y neofranquistas.

Un comandante y exalcalde -aunque efímero- de Las Palmas, obviamente nombrado a dedo, Domingo Padrón Guarello, dio la pauta. A pesar de que antes de julio estaba en la reserva, se autopresentó como amigo casi íntimo de Balmes, Orgaz y Franco y declaró que el primero se dedicaba a probar pistolas de cara al “Movimiento” con el fin de repartirlas a personas de confianza. Imagine el lector lo que esto implica: las “hordas marxistas” eran tan poderosas y estaban tan bien armadas de cara a la inminente revolución bolchevique que los soldaditos no serían capaces de oponerse a ellas. No queda claro porqué Balmes no se atrevería a utilizar fusiles ametralladores ni medios pesados (de los que la guarnición disponía), y sí únicamente pistolas. Con todo, no podemos dudar de que, empuñadas por valientes patriotas, quizá sirvieran de contrapeso a los contagiados por el espíritu revolucionario. En cualquier caso, todo hace pensar que tan ilustre comandante se quedó tan pancho.

Su testimonio fue apoyado por el comandante José Fiol, el de la supuesta costumbre mora de Balmes de desencasquillar pistolas. Fue algo más restrictivo. Las pistolas eran de las destinadas a la sección de tropa del Gobierno militar. ¿Implica esto que Balmes no se vería capaz de ordenar con éxito la utilización de las armas ligeras y menos ligeras de la guarnición a sus órdenes, pero que sí quería que al menos un pequeño grupo en torno suyo tuviera armas cortas que él había probado personalmente? ¿Tal vez para oponer una resistencia a lo Viriato cuando las hordas hubiesen desfondado todas las defensas? ¿O quizá, más bien, para hacer frente a un atentado? Misterio profundo.

El también comandante José Pinto de la Rosa declaró que en los primeros meses de 1936 Balmes ya había participado activamente en la preparación del “GMN”. Es decir, que la trayectoria conspiratoria del muerto general venía de larga data. Es más, pocos días antes del “accidente” habían estado juntos en una azotea desde la cual se divisaba uno de los cuarteles y sus aledaños. Balmes quería estudiar “la manera de defender el edificio de un ataque de las turbas” y lo había visitado más de una vez. Imagine el lector a un curtido militar en la guerra de África revisando minuciosamente sobre el terreno las posibilidades de defensa contra multitudes de civiles ansiosos de sangre y de botín. Francamente, ni a un autor de tebeos se le hubiera podido ocurrir.

Para mí las declaraciones más divertidas fueron las de ya un coronel -que no tardó en llegar a general- llamado José María del Campo Tabernilla. Hasta aquel momento era muy conocido en su casa a la hora de comer. Incidió premiosamente en una de las “misiones importantísimas” de las que se habría encargado Balmes. Reclutar pistolas “que tenía a su disposición para armar a elementos afines en el momento oportuno”. Al parecer no hubiese bastado con darles pistolas y mosquetones de los que se guardaban en las armerías de la guarnición (que, ¿se sorprenderá el lector? es lo que hicieron los militares tan pronto se sublevaron y distribuyeron entre sus partidarios de derechas).  Y ello, claro, porque el general era muy concienzudo: “las probaba personalmente y para no infundir sospechas a los que le vigilaban constantemente (…) hacía creer que [tirar al blanco] era un deporte que siempre había practicado…” O sea, no solo Franco estaba en el visor de los agentes de la subversión promovida por el aparato gubernamental (como siguen argumentado algunos autores, extranjeros y no extranjeros, muy conocedores al parecer de los intríngulis de la época en Canarias) sino también Balmes.

¿Qué deducen de ello los lectores? Supongo que si bien el “accidentado” general era un tirador experimentado, el insigne coronel del Campo reforzó el único pretexto que entonces ya “colaba” sin problemas. Espero que no se destornillen de risa al constatar que la única “misión importantísima” que se le ocurrió a tan distinguido jefe fue la de ensayar pistolas. Claro que hay que preguntarse: ¿quién vigilaba a Balmes? Mis inferencias: ¿furiosos soldados izquierdistas sovietizados?, ¿oficiales que iban a hacer causa común con la revolución roja?, ¿agentes del gobierno disfrazados de lagarteranos? Más misterios. El tema de “espías en la Comandancia”, sobre el cual se explayó tan eminente coronel, daría para mucho más jolgorio, pero no es necesario abundar en ello. Puede dar dolores de estómago.

Lo más curioso es que la Superioridad, que tanto hincapié puso en que militares de tercer, cuarto y hasta quinto nivel hicieran el indio (con perdón: utilizo una locución habitual) no siguiera la única sugerencia sensata del comandante Padrón Guarello. No hubiera sido demasiado difícil. ¿Por qué no se acudió al testimonio del general Orgaz que tanto había ayudado a Franco en Canarias a prepararse para el inmortal momento en que no quedó más remedio que salvar a la PATRIA? ¿Quién hubiera osado poner en duda sus decires? Tampoco había que citarlo personalmente y hacerle perder su precioso tiempo. Quizá con una notita (perdón, un oficio) se hubiera resuelto el tema en unos cuantos días.  Sin embargo, este proceder tan obvio no fue lo que quería Franco.

Afortunadamente, el expediente de tramitación de la concesión de pensión extraordinaria por muerte en acto de servicio se convierte en un bumerán que pone al descubierto la forma en que SEJE abordaba, sin mancharse para nada sus blancas manos, ciertos asuntos que le concernían. Es un proceder que aplicó no solo en la esfera militar sino también en sus negocios. Desde la utilización en secreto de su omnímoda capacidad para ordenar lo que le viniera en gana (el Führerprinzip en acción) hasta para llenarse los bolsillos; pasando el montaje de un entramado jurídico ad hoc para arrendar la finca Valdefuentes a su propia esposa hasta desviar recursos hacia sí mismo y sus conmilitones a quienes convenía tener contentos y tranquilos; hasta saltarse a la torera la legislación existente cuando no le agradaba (casos todos que he tenido el placer de documentar en LA OTRA CARA DEL CAUDILLO).

Pero no teman los lectores. Después de muerto SEJE, un sacerdote muy entregado a su figura se hizo eco de voces que se levantaron defendiendo la “santidad” del desaparecido. Su conclusión personal fue que “Franco había unido su voluntad a la voluntad divina, hasta el punto de no querer más que lo que Dios quería o permitía. Esto solo saben hacerlo las almas santas…”

¿No es para pasmarse? Algunos podrían pensar que si Franco hizo lo que el Señor deseaba…. se verían obligados a perder la fe.

Los lectores pueden comprobar esto, y mucho más, en un librito que no ha despertado entre los historiadores la atención que sin duda merece. Fue escrito por el padre Manuel Garrido Bonaño, OSB, bajo el título Francisco Franco, cristiano ejemplar. A mí me lo recomendó vivamente el profesor Julio Aróstegui y el ejemplar que tengo, de 2003, es ya de la quinta edición. Salvo que las tiradas fueran micrométricas hay que calificarlo de todo un éxito, aunque en lo que se me alcanza pocos sean los autores que lo citan. Lo publicó la Fundación Nacional Francisco Franco.

Ahora compruebo, gracias al siempre voluntarioso Mr Google, que tan eminente autor falleció en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos en septiembre de 2013. Entre las obras que se mencionan en su necrológica no figura la anterior (¿por qué será?) pero sí se lee que el Diccionario Biográfico Español le ha dedicado una entrada. Así, pues, el recuerdo de su paso por este triste valle de lágrimas ha quedado inmortalizado, pero los descreídos podrían pensar que todo, o casi todo, empezó con el asesinato de Balmes…

Quien esto escribe está acostumbrado a hacer y a hacerse preguntas. Una de las más importantes que se ha planteado en relación con la leyenda sostenida durante ochenta años por una nutrida pléyade de historiadores, gacetilleros, comentaristas y tertulianos es la siguiente: si Balmes sublevaba a la guarnición de Las Palmas de Gran Canaria y Franco a la de Santa Cruz de Tenerife ¿quién hubiera tenido la capacidad, los medios o los reaños de oponerse a ambas con eficacia? Porque la realidad mostró a partir del 18 de julio que en Canarias los leales a la República no tenían medios para oponerse.

Esta constatación, bien documentada, debería haber llevado a tales autores a examinar detenidamente cómo los “perros de la guerra” desatados por Franco procedieron para salvar las islas de las amenazadoras garras de unas autoridades nombradas tras la victoria al Frente Popular y que en su férvida imaginación estaban manipuladas por la hidra de siete cabezas moscovita. Pero no. Los relatos sobre las “inmensas” dificultades con que toparon en la “pacificación” del archipiélago apenas si dan para unas páginas. Eso sí, siempre repletas de heroísmo.

 

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