Franco, viudas y pensiones

6 marzo, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Es muy probable que el título de este post sorprenda a más de algún lector. A Franco se le ha conectado con muchas categorías, situaciones, personajes, pero …. ¿con viudas? Reconozco haber sido el primero en haberme quedado turulato ante la necesidad, inducida por la evidencia primaria relevante de época, de establecer dicha conexión. No pretendo, desde luego, hacer un análisis general, para lo cual no dispongo de documentación (aunque esto no significa que no pueda encontrarse si alguna vez, por ejemplo en el siglo próximo, algún investigador penetra a fondo en los expedientes de concesión de pensiones de viudedad que sin duda conservará preciosamente la Administración). Aquí me limitaré a señalar varios casos que se nos han presentado al escribir EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO. Han ocurrido a raíz del estudio del expediente relacionado con la concesión de la pensión a la señora viuda del general Amado Balmes por haber fallecido su marido, supuestamente, en acto de servicio.

 

Como exponemos a lo largo de un denso capítulo, el VIII, dicho expediente nos ha permitido progresar en el destrozo de la leyenda sobre el pretendido accidente que habría sufrido el general. La documentación en él conservada -y que es solo una parte de la más amplia que hubo de generarse- es absolutamente taxativa, en cuanto se la examina con criterios profesionales, ya de patólogo, ya de historiador. Hemos detectado, en efecto, numerosas lagunas.  Pero lo que no podíamos sospechar es que Franco obrara de forma paralela a como lo hizo con la viuda de Balmes en el caso de la señora viuda del teniente general Don José Sanjurjo Sacanell, marqués del Rif. Este, no lo olvidemos, era el personaje en nombre del cual se preparó la sublevación, quien terminó conectando con carlistas, monárquicos alfonsinos, militares de variado pelaje y, por conducto de quien actuaba en puridad como su jefe de Estado Mayor, el general Mola, incluso con falangistas. Murió en un accidente de aviación, al despegar el avión que pilotaba Juan Antonio Ansaldo desde un campo de fortuna en las inmediaciones de Estoril. Fue el 20 de julio y su óbito, al decir de algunos conspiradores monárquicos, cambió el curso de la historia de España. En beneficio, todo hay que decirlo, de Franco.

Recordemos los puntos esenciales de lo que es tal paralelismo:

  • La viuda de Balmes reclama una pensión por muerte de su esposo en acto de servicio, de acuerdo con las informaciones que se difundieron tras el suceso.
  • La pensión es denegada por la Sección competente de la Secretaría General de Guerra, un esbozo de departamento ministerial que estaba a la sazón bajo la responsabilidad del general Germán Gil Yuste. La Sección se limitó a reconocer que le correspondía una pensión de mera viudedad, ya que nadie desencasquillaba pistolas apretándolas contra su vientre. Entiéndase: se habría tratado de un caso de imprudencia temeraria.
  • La viuda de Balmes hace gestiones a través de amigos de su difunto esposo que no dan ningún resultado. No están documentadas, pero se conocen por transmisión familiar.
  • Alguien la aconseja, pasado un tiempo, de que las cosas han ido arreglándose y que debe de nuevo solicitar la pensión “extraordinaria”.
  • Así lo hace y se le concede, previo el expediente informativo al que se ha aludido en el post precedente. Con efectos desde el 16 de julio de 1936.

En el caso de la señora viuda del teniente general Sanjurjo:

  • Cobra un mes la paga que correspondía a su marido. Suponemos que por inercia de la gestión económica.
  • Después deja de percibirla y se queda abandonada a su suerte en Estoril.
  • Se ve obligada a recurrir a la generosidad de algunos amigos que también estaban en Portugal.
  • En febrero de 1937 uno de ellos la incita a escribir al general Gil Yuste para que le exponga sus problemas financieros por no percibir pensión alguna.
  • En paralelo el líder carlista, igualmente “refugiado” en Portugal, Manuel Fal Conde escribe a su vez a dicho general.
  • En su carta, que se conserva en el Archivo General de la Universidad de Navarra, se hace eco de gestiones previas llevadas a cabo por la viuda con otro amigo no identificado para que hablara de su caso. Suponemos que en Burgos o Salamanca.
  • Tras tales gestiones se había dicho a la viuda que solicitara la pensión ya que, como es natural, se le concedería.
  • Pero Fal Conde, conocedor del territorio, prefirió apoyar dicha solicitud por si las moscas.
  • Aprovechó para recordar a Gil Yuste que ya él, antes de que Franco fuese “exaltado” a la Jefatura del Estado, se había apresurado a informar a la Junta de Defensa Nacional de que convendría conceder de inmediato la pensión y publicar un decreto laudatorio en memoria de Sanjurjo.
  • Habían pasado seis meses y nada se había hecho.

Desgraciadamente no sabemos cuándo se concedió la pensión. Sí sabemos cuándo se ascendió a título póstumo a Sanjurjo al empleo de capitán general. Fue en octubre de 1939 y con efectos desde el 20 de julio de tres años antes.  Más tarde se trasladó el cadáver y se le rindieron solemnes honras fúnebres. El profesor Francisco Sevillano Carvajal ha recuperado la solemne ceremonia con todo su boato. [Esto no ocurrió con Balmes, supuestamente el primer compañero de sublevación de Franco, pero olvidado en el cementerio en que se le enterró hasta que un familiar, tras la guerra, hizo exhumar el cadáver y trasladarlo a la tierra de su esposa. Debemos suponer que SEJE pensaría que con haber accedido a la pensión por muerte en acto de servicio ya había hecho demasiado].

Para explicar el retraso habido en el reconocimiento de la pensión a favor de la señora viuda de Sanjurjo podría afirmarse que Franco estaba tan ocupado durante los primeros meses de la guerra que le era imposible perder un minuto de su preciadísimo tiempo en detalles tan nimios. Sí. Podría decirse. Pero sería faltar a la verdad documentada. Por las memorias de Francisco Serrat, primer “proto-ministro” de Asuntos Exteriores de Franco, sabemos que, en lo más duro de los primeros meses del ejercicio de la Jefatura del Estado, Presidencia del Gobierno y Generalísimo de los Ejércitos en operaciones, Franco solía emplear parte de su tiempo en charlar con amigotes y turiferarios y disertar sobre todos los temas habidos y por haber, como si estuviera poco menos que en una tertulia de la anteguerra.

Nosotros, pues, sospechamos que hubo algo detrás de la demora en lo que se refería a la pensión y que probablemente tenía que ver con su conocida animadversión hacia Sanjurjo.

Somos los primeros en testimoniar que se nos ha dicho, y no tenemos empacho alguno en aceptarlo, que el Ejército siempre se ha enorgullecido de haberse mostrado diligente en la tramitación de las pensiones a las viudas de sus jefes y oficiales fallecidos. Sí, pero… Este no fue el caso, ciertamente, de los allegados a los “enemigos de la Patria”. El Ejército de la VICTORIA estuvo mareando durante años a la viuda del general republicano Miguel Núñez de Prado (asesinado en circunstancias no aclaradas en julio de 1936, probablemente en Pamplona), dándole respuestas incoherentes. En 1941 se le denegó la pensión, porque no constaba la muerte del marido, a quien se consideraba “desaparecido”. Una muestra, cuando menos, de cierto tupé. ¿Qué ocurrió? Pues que la viuda movió también algunos hilos y terminó consiguiendo la pensión, creemos que hacia 1944.

Hablamos de generales, pero la racanería o el espíritu de venganza parece que afloraron también en el caso de ciertos oficiales y suboficiales. No hemos entrado a examinar si esto respondía a una línea de actuación consolidada. Esto último sería una parte de una exploración mucho más amplia que no tenemos la intención de realizar. En nuestro libro hemos citado ejemplos como el del alférez Eulalio Escribano, de la Escuadrilla del Sáhara basada en Cabo Juby, y copiloto del vuelo tras el cual su capitán, Luis Burguete Reparaz, encontró la muerte en Sevilla. Escribano también fue pasado por las armas el 9 de septiembre de 1936. Su hija necesitó la correspondiente hoja de servicios para documentar la petición de revisión de su pensión de orfandad. En el expediente no consta si la obtuvo. El suboficial piloto Antonio Remartínez, ejecutado también en Sevilla, dejó una viuda, Dolores Martín. Esta solicitó vanamente que se le facilitaran copias del acta de ejecución con el fin de obtener la pensión correspondiente. Recibió respuestas ambiguas o negativas y no nos ha sido posible obtener información de si, al final, le dieron o no la pensión. El expediente no se desclasificó hasta 1991. Evidentemente, casi un secreto de Estado.

El propio Serrat, en las memorias que escribió para su familia y que no estaban destinadas a la publicación, cuenta su caso. Cayó en una trampa saducea que le tendió su exjefe y pretendido amigo, el diplomático y superpelota franquista José Antonio Sangróniz, que aportó un pasaporte a Franco para que pudiera emprender su vuelo hacia la gloria. Serrat apareció como si hubiera sido crítico del naciente régimen en unas declaraciones en Francia que se le atribuyeron en 1937 y que había hecho otro compañero. Franco y su hermano Nicolás, el secretario general de la flamante Jefatura del Estado, le reclamaron a Burgos, pero Serrat que conocía el percal prefirió quedarse en Suiza.

La ira de los hermanos se desató contra él y Serrat, enterado por sus compañeros, se mantuvo en sus trece. No volvió a España por si las moscas. Le costó dios y ayuda conseguir que el “Nuevo Estado” le reconociera su imprescriptible derecho a la pensión. Al cabo de unos cuantos años de duro bregar, y de mover hilos por todas las esferas a su alcance, tuvo que contentarse con que se le concediera la de ministro plenipotenciario, pero no la de embajador. Encima, solo lo logró cuando Serrano Suñer desapareció del Ministerio de Asuntos Exteriores. Serrat atribuyó su relativo éxito a que el nuevo ministro era el teniente general conde de Jordana. Con él y con su padre había trabado buena amistad en sus tiempos de ministro de España en Tánger, antes de la dictadura de Primo de Rivera.

Son ejemplos. Parecen ir en una sola dirección. Franco o sus sicarios manejaron la concesión de pensiones de viudedad o de jubilación como instrumentos para:

  • Mostrar su poder omnímodo.
  • Dar rienda suelta a las malquerencias contra los vencidos o los disidentes.
  • Dejar en claro que el nuevo régimen no se sentía obligado por ningún tipo de preceptos legales anteriores a su establecimiento.

Comprendo que no es fácil documentar este tipo de actuaciones que, por definición, se ahogan en el papeleo administrativo. Pero en algunas memorias, como las tan mencionadas de Serrat, sí revelan frialdad, desprecio y distanciamiento como atributos nada recomendables de la actuación de Franco, un Franco diferente del que aparece en la hagiografía. Se aproxima al que ha descrito brillantemente Paul Preston en las diversas versiones de su aproximación biográfica al supuesto “salvador de la Patria, por la gracia de Dios”. En las antípodas de la imagen transmitida por el padre Garrido Bonaño, OSB, en aquel librito al que me he referido en un post precedente.

 

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