La Iglesia contra Juan March (y II)

30 Septiembre, 2014 at 7:23 am

La semana pasada comenté brevemente la nota elevada a Franco sobre los riesgos que algunos de los sectores más ultramontanos de la dictadura percibían en el proyecto del banquero Juan March de crear la fundación que lleva su nombre. Me abstuve de cargar las tintas, evidentemente negras, que la nota suscita. Dejo que otros lo hagan. Dado que la nota es fácilmente reproducible, se ha incorporado a este post. Se agradecen comentarios, no sea que me haya dejado llevar por prejuicios inconfesables.

 De la nota elevada a Franco se desprendía que el Estado no podía desentenderse de la futura Fundación. Había que asegurarse de que estuviese inspirada por la Iglesia, “única sociedad perfecta” ya que “por misión divina” atendía al bien común. Había que estudiar cuidadosamente los estatutos y, llegado el caso, intervenir. Los autores, haciendo gala de una orientación preocupada por el futuro de la PATRIA, terminaron  encareciendo la necesidad de encargar “misas y oraciones para mejor acertar” y con el trascendente objeto de “obtener la ayuda de Dios, Nuestro Señor, en su ulterior desarrollo”.

No sabemos lo que el inmarcesible Jefe del Estado pensara de la nota. Pero sí podemos decir algo acerca de la reacción de Juan March (es impensable que no se enterase de tal tipo de prevenciones). Fue doble. La primera estrictamente legal. Las disposiciones de la escritura de constitución de su Fundación determinaron que no podrían alterarse o modificarse en modo alguno. Evidentemente ello traducía la percepción clara de algún tipo de riesgo. Si el Estado u otro organismo o autoridad pretendieran modificar o no cumplir la voluntad del fundador, el Patronato de la Fundación se opondría. Uno se pregunta, ¿por qué se opondría? Caso de no tener éxito, la Fundación quedaría extinguida automáticamente. Nada de tirar por la calle de en medio.  La segunda reacción fue táctica y en consonancia con las mores de la dictadura. Al Patronato pasaron, entre otros, el tan alabado cardenal Eijo y Garay, clérigo duro entre los duros; el almirante Salvador Moreno y el exministro de Gobernación, y no de los blandos precisamente, Blas Pérez González. Suponemos que para tranquilizar.

No conocemos las relaciones que March tuviera con aquel prelado de infausta memoria pero sí sabemos algo de las que mantuvo con los dos últimos. Se remontaban a los años de la guerra civil y se habían fortalecido durante el período de neutralidad/no beligerancia/neutralidad en la segunda guerra mundial. Están documentados, gracias a Manuel Ros Agudo y a Richard Wigg, significativos contactos que March tuvo con el Ministerio de Marina en 1939/40 en conexión con operaciones muy secretas tanto con nazis como con los británicos. Quien juega doble, puede ganar por los dos lados.

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Después March había dado pruebas de lealtad al régimen, si bien protegiendo cuidadosamente un margen de actuación autónoma. Como ha escrito Mercedes Cabrera, había financiado el traslado de Don Juan de Borbón desde Suiza a Portugal. Menos conocido es que March mantenía excelentes relaciones con la embajada británica (no por casualidad ya que había sido uno de sus más importantes agentes, si no el más importante, durante el conflicto mundial). En consecuencia, no tuvo inconveniente en informar a Franco de las impresiones que en reinaban en dicha embajada con respecto a la dictadura en los primeros años del tan abombado “cerco internacional”.

Sin olvidar que March había sido el gran financiador de la sublevación del 18 de Julio y que gracias a él los monárquicos alfonsinos (al frente de los cuales se encontraba el “proto-mártir” José Calvo Sotelo) habían podido pagar a tocateja los aviones que Pedro Sainz Rodríguez contrató con la Italia fascista el 1º de julio. No precisamente para que apoyasen el golpe sino para que ayudaran a los militares insurrectos a encarar una guerra presumiblemente corta.

En comparación con quienes querían acudir a las preces y misas para evitar que la futura Fundación pudiera descarriarse, Juan March era un hombre no moderno sino supermoderno. La Iglesia, no. Lo había demostrado en los albores del 18 de julio y lo consagró definitivamente en la Carta colectiva del episcopado español de 1937. Pero se llevó el gato al agua y el Concordato de 1953 plasmó definitivamente sus privilegios en materia económica y educativa. Todavía conserva una parte.

¿Y la Fundación?  Pues cumplió con creces las esperanzas y deseos que su fundador expuso en la escritura de constitución, consultable fácilmente en el portal de la misma en Internet.

Laus Deo.

La Iglesia contra Juan March (I)

23 Septiembre, 2014 at 7:19 am

En los archivos del franquismo se encuentran auténticas joyas. Muchos de ellos, no todos, forman el núcleo de los de la benemérita Fundación Nacional Francisco Franco (benemérita porque es una máquina de producción de historiadores anti-franquistas). Se trata de fondos que, en lo que se me alcanza, no siempre han sido demasiado explorados con ojo suficientemente crítico. Hoy, por fortuna, se encuentran digitalizados –aunque no sé si en su totalidad o solo en parte- en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca.

Buscando otras cosas, que daré a conocer el año que viene en un libro (ya terminado a reserva de lo que escriban Stanley G. Payne y Jesús Palacios en su biografía de Franco), me topé con una nota reservada sobre la Fundación Juan March. Se elevó, por lo que cabe pensar, a conocimiento del Jefe del Estado/Caudillo/Generalísimo/presidente del Gobierno/ Jefe Nacional del Movimiento, etc. etc. No tiene firma ni fecha, pero dado que la Fundación se creó a finales de 1955 tuvo que ser de antes y datar del período que convencionalmente se denomina de “nacional-catolicismo”.

El autor o autores (integristas o ultramontanos católicos) vieron en el proyecto de la Fundación todo un peligro. No era para menos. Constituía una novedad en el siniestro panorama educativo y cultural de la época. No extrañará que se apresuraran a alertar a su amado JEFE. Entre los factores que les mosquearon figuró el que la proyectada Fundación iniciaría su andadura con una dotación de recursos significativa en aquellos años oscuros de pobreza y de introversión generalizadas.

La idea de financiar la formación de una élite cultural, científica o artística era más que sospechosa. ¡No había hecho algo similar, con menos fondos, la malhadada Institución Libre de Enseñanza!  ¡Y qué decir de la Junta de Ampliación de Estudios! Por inspiración divina, sin duda, las había sustituido una institución, el CSIC, absolutamente controlado por el Opus Dei. Pero ¿quién controlaría la Fundación? Obsérvese el planteamiento que se elevó al inmarcesible Jefe del Estado. ¿No habría peligro de que cayera en manos de la “secta”? (entiéndase la MASONERÍA). Con quince millones de pesetas anuales, argumentaron los meapilas, que era lo inicialmente previsto, sería posible cambiar la faz de España en quince o veinte años. ¿Qué país tendríamos entonces si la élite expuesta a la posible influencia maléfica se apartaba de los cánones y postulados establecidos por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana?. ¿Quién elegiría a los agraciados? Puntos muy sensibles.

Lo interesante es la justificación de las contramedidas. Según los autores de la nota, el Ministerio de Educación Nacional tenía que guiarse por normas objetivas sobre la importancia de los expedientes académicos. Eso sí, existían otros criterios no desdeñables: las propuestas de las autoridades y de los mandos de Falange. No debió  de considerarse necesario poner negro sobre blanco que tales “incitaciones” eran órdenes para los funcionarios del Ministerio. ¡Para qué detenerse en explicarlo a Franco! No en vano las autoridades y Falange velaban por la salud y salvación de la PATRIA. (Así siguieron haciéndolo, de cara a los funcionarios de Educación, hasta mucho después de la muerte de Franco).

En resumen. En el horizonte los redactores de la nota oteaban riesgos, peligros, la influencia masónica.

Una circunstancia agravaba la situación que podría crearse:  el Ejército, el Partido, el Ministerio de la Gobernación y las Universidades tenían que fijarse en el corto plazo pero ¿quién se ocupaba del “mañana”? ¿Quién y cómo configuraría el futuro? El futuro pertenecería a quienes se preocupasen de él. De esta vacuidad se desprendía que había que tener en cuenta que los soportes económicos y sociales del régimen se comportaban de manera incierta, cubriéndose las espaldas por lo que pudiera ocurrir. ¿Cómo, pues, se perpetuarían las esencias de la España inmortal, de la España nacional-católica?

Continuará la semana próxima. No se lo pierdan.

Franco y la rentrée (y II)

16 Septiembre, 2014 at 7:24 am

Este post ofrece unos cuantos ejemplos de las opiniones que Franco despertó en su época a algunos de sus más íntimos colaboradores. Forman parte de las que daré a conocer, con sus referencias documentales, en dos próximos libros. Las más lejanas en el tiempo se basan en las memorias inéditas de un personaje hoy olvidado pero que siguió de cerca la actuación de Franco, y de su hermano Nicolás, en los  primeros meses de la guerra civil. Saldrá a finales del mes próximo. Las menos lejanas las reproduzco en el libro previsto para el XL aniversario del fallecimiento. Se basan en documentos conservados en archivos plenamente accesibles. Me llevaré una grata sorpresa, y felicitaré públicamente a sus autores, si pudiera leerlas en la nueva biografía que sobre Franco anunció Manuel Rodríguez Rivero en Babelia hace unas cuantas semanas.

 

Una de las características que destacan en los innumerables elogios que políticos de derechas, tertulianos, periodistas, plumillas de diversa índole y hasta historiadores siguen, de manera más o menos directa, vertiendo sobre Franco se refiere a su sagacidad galaica, a su “hábil prudencia”, a su capacidad por guiar con mano segura la nave del Estado en tiempos turbulentos, sobre todo en la segunda guerra mundial y en la postguerra. Las alabanzas, a veces babosas, abarcan una amplia gama, desde las menos matizadas a las que lo son en grado extremo. Hoy ya es extravagante, por ejemplo, considerarlo como un “enviado de Dios” o “el salvador de España” (a pesar de que ilustres prelados comulgaron con tales ideas), pero sigue aludiéndose a sus grandes logros: evitar que España cayera de cabeza en la trituradora de la segunda guerra mundial, “pacificar” a los españoles y abrir la puerta al crecimiento económico de los años sesenta. Sin este, se afirma, no hubiera sido posible la transición española. En definitiva, Franco fue un titán.

Los historiadores hemos hecho todo lo posible por identificar lo que hay detrás de esos logros, muchos de los cuales tienen que ver no tanto con él como con factores ajenos a su voluntad.  La comprensión del personaje puede y debe completarse desde otro ángulo. ¿Cómo vieron al Caudillo/Generalísimo/presidente del Gobierno/Jefe del Estado/líder del partido único (entre otras cosas más) algunos de sus más íntimos colaboradores?

El malogrado Javier Tusell fue uno de los primeros en abordar el tema desde la óptica de memorias, varias de entre ellas desconocidas hasta que él las consultó. Le siguieron más autores. Los escritos de, entre otros, Beigbeder, Gómez-Jordana, Kindelán, López Rodó, Navarro Rubio, Queipo de Llano, Serrano Suñer y una impresionante serie adicional para los años del tardofranquismo han arrojado luz, con frecuencia contradictoria. Cuando se ha tratado, como en varios casos, de ediciones preparadas por autores que de ellas se han responsabilizado no tenemos la seguridad de que no fuesen manipuladas. Hoy, por ejemplo, está muy de moda ensalzar a Gómez-Jordana. Yo no he trabajado en sus papeles pero me sorprenden, por ejemplo, las omisiones que figuran en su diario. Y eso que un diario, por definición, no equivale a memorias. De las de Queipo, mejor no hablar. Personalmente he seguido un enfoque distinto, gracias a la amabilidad de numerosas personas a quienes he consignado, donde corresponde, mi más profundo agradecimiento.

El resultado, a veces, cubre un vacío. Otras no. ¿Cuáles son, por ejemplo, los escritos que iluminen la atmósfera, el ambiente y las relaciones humanas en el Cuartel General durante la guerra civil? Quizá se conserven los de Antonio Barroso, Lorenzo Martínez Fuset, Blas Pérez González, Fidel Dávila, etc., pero si se conservan, no han salido a la luz.

Lo que se haya escrito en la biografía de Franco próxima a aparecer habrá que contrastarlo con lo que arrojan las memorias que escribió para su familia, y no para publicación, quien fue el primer secretario de Relaciones Exteriores de Franco. Por así decir el “proto-ministro” del ramo. Se llamaba Francisco Serrat y Bonastre y estaba a la cabeza del escalafón de la carrera diplomática antes del 18 de julio de 1936. El lector que eche un vistazo a su nombre en Wikipedia no encontrará muchos datos sobre él y los más importantes son erróneos. En lo que escribió para conocimiento exclusivo de su familia dejó constancia de algo de lo que había visto en Burgos y en Salamanca hasta que se eclipsó en circunstancias nunca esclarecidas.  Ningún historiador franquista o antifranquista ha sentido la menor curiosidad por hacerlo y un aficionado que a ello se atrevió se echó prudentemente atrás. La solución no dejaba en buen lugar al inmarcesible Jefe del Estado.

Franco aparece, en las memorias de Serrat, como un hombre vacilante, carente de toda formación para hacer frente a las complejidades del entorno internacional, manejado por su hermano Nicolás (un bribón corrupto de tomo y lomo), proclive a relajarse en discusiones interminables con sus amigotes (entre ellos Barroso), dependiente de los favores de alemanes e italianos, etc. ¿Y en el plano personal? Teniendo en cuenta lo que sucedió a Serrat, y que no se desvelaré aquí, Franco se revela como un tipo rencoroso, vengativo y mezquino. Documentable.

Otro próximo colaborador de Franco, en este caso militar, se refirió a él caracterizándolo de vanidoso, proclive a rodearse de aduladores, gustoso de que se le quemase incienso en cantidades tales que daba náuseas. Había llegado a creer que era un ser superior a los demás y que sus caprichos eran leyes. [Algo no del todo exacto: Franco copió a Hitler en ciertas aspectos importantes para él y su dictadura]. El colaborador, que no identificaré aquí, subrayó que Franco era por naturaleza desconfiado y rencoroso y que hacía caso de todas las insidias venenosas que le pusieran por delante. Bajo su mando la inmoralidad y la injusticia lo invadían todo y habían llegado a profesiones en donde nunca antes habían aflorado. No le agradaba en absoluto que le contasen la verdad y solía postergar a quienes se atrevían a hacerlo. ¿Resultado? El desastre, el imperio de la desvergüenza y la corrupción. En una palabra, la España de Franco.

Añadiré que tales observaciones respondían a una realidad documentable. El inmarcesible Caudillo, desde los años de la guerra civil, actuó como un corruptor nato. Sus palancas fueron las habituales: honores, favores y dádivas. No tanto en metálico como en especies que valían su peso en oro. Tal vez haya algo de eso en la próxima biografía.

Pronto lo veremos.

 

Franco en la rentrée I

9 Septiembre, 2014 at 7:18 am

¡Vuelta al tajo!

En los casi últimos,  ¡ay!, días de las vacaciones un escritor cuyos artículos siempre son lúcidos e interesantes, Manuel Rodríguez Rivero, publicó en BABELIA una referencia sobre algunas de las novedades editoriales que nos esperan en este próximo otoño relacionadas con Franco. El comentario era un tanto ácido, como se merece el tema.

Reanudo hoy  este blog con una apostilla informativa. Al tiempo recuerdo a mis amables lectores que si tienen cuestiones que desean que aclare o sugerencias para enriquecer este diálogo que es, en lo posible, un blog que aspira a ser desmitificador, les agradecería mucho que me comunicasen sus ideas.

Son cuatro las obras que destaca Rodríguez Rivero. Entre ellas figura una nueva biografía del dictador que han escrito al alimón el profesor Stanley G. Payne y el conocido periodista Jesús Palacios. No es su primera aventura conjunta. Hace algunos años tuvieron la brillante idea de escribir una obra preliminar sobre el mismo tema. En su primera parte se basaron en las memorias la actual duquesa de Franco. No fue, en mi opinión, una obra rompedora. Tampoco, en ausencia de documentación contrastable de época, creo que son siempre aceptables las opiniones sobre “papá” de la hija. Me sorprendió,   eso sí,  que tampoco dichos autores, cuyas simpatías y antipatías profundas son suficientemente conocidas, tuvieran acceso a los papeles “privados” del dictador.

Espero que, con su excelente entrada en la familia Franco, hayan colmado tal laguna en la obra que ahora se anuncia. Seré uno de los lectores que la estudiarán con detenimiento. Siempre me ha parecido no ya chocante sino inaudito que los papeles “privados” de una persona que se situó al frente de los destinos de España durante casi cuarenta años no fueran públicamente accesibles.

Supongo que han existido obstáculos infranqueables. La situación nos ha puesto, ¿hasta ahora?, por detrás de Rusia en un imaginario ranking de accesibilidad a fuentes. Al menos en Moscú hace ya muchos años que se abrió la mayor parte de los papeles de Stalin. No sé, sin embargo, si ahora su consulta se ha restringido o no.

En cualquier caso, España está decididamente a la cola de países (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Portugal) cuyas figuras determinantes para su historia contemporánea pueden estudiarse desde hace años en base a su documentación privada. Aquí lo único que podemos oponer (aunque no sea nada desdeñable) son los papeles conservados en la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF). Se me dice que accesibles con ciertas dificultades (no he estado nunca en ella, a diferencia de Payne que no ha citado en su extensísima obra más de media docena de legajos procedentes de la misma, único archivo que parece haber visitado). De todas formas es sabido que, al haber contado con una ayuda estatal para su catalogación y digitalización, tales papeles están hoy disponibles, al alcance de cualquiera, en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca. Un gran progreso por el que hay que dar las gracias al extinto ministerio de Cultura y a su Dirección General de Archivos.

En los últimos años he invertido bastante tiempo tratando de documentar algunos rasgos personales y de comportamiento del general Franco. Lo he hecho en base a documentos que están en el dominio público y que, por consiguiente, son fácilmente consultables sin cortapisa alguna (salvo, en la actualidad, las derivadas de la genial idea de nuestro ilustre ministro de Asuntos Exteriores de trasladar al AGA los archivos de su Ministerio desde 1931). Imagino, no obstante, que Payne y Palacios habrán hecho lo que cualquier historiador hace y es servirse de una importante base documental para sustentar su investigación, si es que aportan conocimientos o tesis novedosos.

Mi libro está  ya terminado. Mi idea es lanzarlo el año próximo, cuando se cumple el XL aniversario de la muerte del dictador. Ahora lo he dejado encima de la mesa. Es evidente que resulta preciso comprobar si, y cómo, los dos autores mencionados tratan los temas que en mi trabajo he abordado específicamente. Entre ellos figuran los preceptos canónicos de la tergiversación del pasado que siempre promovió la dictadura, el carácter de esta, lo que hay detrás de algunos de los supuestos grandes éxitos del general en política exterior y, no en último término, las líneas esenciales del aparato de disuasión interna y externa que logró montar tras su victoria en la guerra civil y que se mantuvo hasta el final.

Franco no es una figura escasamente tratada. Aunque toda obra de historia es susceptible de mejora, los dos ensayos biográficos que le dedicó Paul Preston me parece que hasta el momento no han sido superados. Uno está basado en la evidencia disponible en el momento en que se redactó y el segundo es de carácter más interpretativo. Ni Preston ni quien esto escribe pretendemos escribir historia definitiva pero eso tampoco significa que cualquier obra ulterior supere necesariamente a otra anterior.

Los avances historiográficos se valoran según ciertos criterios: la relevancia o no de nuevas fuentes documentales, la habilidad por penetrar en dimensiones ya conocidas pero en las que cabe encontrar nuevas facetas, la capacidad por despejar las incógnitas que existan en la bibliografía y, no en último término, los resultados del diálogo que los historiadores establecen de forma directa o indirecta con sus pares.

Este último criterio es importante. En España chocan una tradición franquista/neo-franquista y una masiva literatura poco franquista o antifranquista. Mi percepción, a tenor de los asuntos que la primera ha tratado y en la medida que coinciden con los que he abordado,  es que en general resulta de escasa calidad.

El amable lector observará que el párrafo que antecede contiene una antinomia: a favor y en contra. Responde a un hecho evidente en la España de nuestros días. La mayor parte de los trabajos de autores que se autoproclaman objetivos, neutrales o científicos (que de todo hay en la Viña del Señor) no responden a tales pretensiones. Es más, la tergiversación, la manipulación, la distorsión y el “olvido” de fuentes esenciales o de bibliografía “no conforme” son bastante habituales.  En estas condiciones, ¿qué hacer?