Una sugerencia para trabajos de fin de grado o de máster en Historia

16 abril, 2019 at 9:52 am

Ángel Viñas

En las últimas tres semanas he hecho cuatro viajes al extranjero (visto desde Bruselas), he pronunciado tres conferencias previamente preparadas, he hablado con decenas de colegas y he presentado a la prensa mi último libro. Para una persona acostumbrada al trabajo en casa, demasiado. Claro que, como es notorio, los viajes ilustran. He aprendido muchas cosas y se me han ocurrido algunas ideas. No para ponerlas en práctica,  pero sí al menos para hacer una sugerencia. Tal libro, al que habré de dedicar algún que otro post desde puntos de vista que no he tratado en él, creo que puede sugerir la posibilidad de rellenar  lagunas. Aquí planteo la que me parece más importante.

Durante años, es decir, desde los comienzos mismo del golpe militar que se convirtió en guerra civil, la forma estándar de explicar su “necesidad” ha combinado algunas características fundamentales, de los que en ocasiones me he hecho eco en este blog. La primera y más extendida es que la República iba de cabeza a una revolución (incluso se señaló la fecha del 1º de agosto de 1936). No una revolución cualquiera, sino una consentida por el Gobierno radicalizado de la época. Una revolución que, para colmo, era de naturaleza comunista. Esta segunda característica, voceada para conocimiento general o utilizada para allegar auxilios exteriores, es la que explicaría que las potencias fascistas (no denominadas así) acudieran presurosas a salvar a España de caer en las garras moscovitas.

A partir de los últimos años del siglo XX, con los comunistas fuera del combate ideológico propio de la guerra fría y las mieles con que se rodeaban las relaciones entre “Occidente” y “los países del Este”, los historiadores “presentistas” cambiaron la formulación: en realidad, quienes empujaban la supuesta revolución eran los socialistas hiperradicalizados, es decir, los caballeristas. Así nos hemos quedado según algunos autores que gozan del beneplácito de la derecha española, europea y norteamericana.

En este cuadro general mi primer libro, La Alemania nazi y el 18 de Julio, publicado por Alianza en 1974 y con una cubierta impactante debida al genio de Daniel Gil (qepd), tuvo una acogida para mi imprevista. Lo había escrito en Bonn con escasas conexiones con la realidad española de la época y menos aún con los planteamientos historiográficos entonces vigentes en España. En los sectores universitarios impresionó, por lo que me han dicho, el dominio de fuentes de archivo extranjeras. Ningún español había entrado a saco en la documentación alemana hasta entonces para aclarar este punto. En los sectores más inteligentes y “al loro” de la dictadura (Ricardo de la Cierva et al) me convertí en el autor que había desautorizado la leyenda comunista que afirmaba la participación nazi en la preparación del “18 de julio”. Mi libro confirmó lo contrario. Miel sobre hojuelas.

Poco más tarde un autor norteamericano, John C. Coverdale, se decía que miembro del Opus Dei, abundó en otra tesis. Tampoco habría habido complicidad italiana en la preparación de aquella fatídica fecha. No extrañará que los historiadores pro-franquistas exultaran. Lo que quedaba por hacer era, pues, acercar lo más posible la fecha de creación de las Brigadas Internacionales al 18 de julio y poder argumentar que Hitler y Mussolini lo único que habían hecho era responder a la amenaza armada del comunismo contra la amada PATRIA. Se silenció cuidadosamente que tal afirmación se tomó de alguno de los disparates que la prensa derechista francesa propaló en las primeras semanas de agosto para influir en la sugerencia del Gobierno de Léon Blum de no intervenir en los asuntos de España. No hay historiador pro-franquista que se precie que se haya desviado mucho de lo que, de pronto, los sublevados convirtieron en verdad revelada. Es más, revelada incluso a los reverendísimos señores obispos que en 1937 dieron a la luz un documento, su carta colectiva, a tenor de la cual parecía que tenían, poco menos, espías en el Kremlin y que tan egregios varones estaban más que al tanto de los evidentes deseos diabólicos del dictador soviético.

En los primeros años tras la muerte de Franco un libro de memorias escrito por un notable aristócrata español, el marqués de las Marismas de Guadalquivir en 1936 y que posteriormente asumiría el título de marqués de Valdeiglesias, impactó a muchos lectores. Entre ellos a servidor, alevín de historiador en aquellos momentos. Tan eminente autor, uno de los conspiradores y miembro destacado de lo que se solía llamar “trama civil” del golpe -denominación que también he utilizado pero que ya he abandonado- afirmó rotundamente algo así como que nadie había pensado en que el golpe fuera a producir las importantísimas reacciones que despertó en el exterior. En lenguaje un tanto coloquial: que lo que pasara en España sería un asuntillo de los españoles.

Luis Bolín, ‘España: Los años vitales’,Espasa-Calpe, 1967, Madrid.

En consecuencia, la reacción de las futuras potencias del Eje se explicaba casi exclusivamente por la intromisión del comunismo revolucionario en la lejana España. Esta fue la tesis a la que, tras los XXV años de paz, el entonces ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella dio su visto bueno al prologar la obra del periodista José A. Bolín, España: los años vitales (Espasa Calpe). En ella dicho memorialista -uno de los más desvergonzados del franquismo- detalló con pelos y señales cómo barcos cargados de armas soviéticas las distribuían entre los comunistas andaluces para ayudarles a preparar la revolución de que, afortunadamente, Franco salvó a España. El juego de las tesis enunciadas tiene todavía hoy curso en una población ignorante de lo que los historiadores hemos ido descubriendo.

Mi último libro ha atacado de raiz la supuesta ausencia de vínculos entre el 18 de Julio y la ayuda fascista. No fueron los comunistas ni la URSS los que pusieron sus pecadores ojos sobre el destino de la PATRIA inmortal que salvarían, a duras penas, los esforzados mílites que se sublevaron en aquella fecha. Tampoco fueron los nazis, por cierto. Los que estuvieron conchabados con una trama única de conspiradores civiles y militares fueron los italianos. Y lo estuvieron casi desde el comienzo mismo de la República.

En los dos congresos a los que he asistido en las últimas semanas alguien ha lanzado el término de “pre-internacionalización” de la guerra civil. Es decir, la internacionalización estaba prevista mucho antes de que el golpe se produjera. Y no por el lado republicano (del Gobierno, de los partidos comunista o socialista) sino por el lado de los conspiradores monárquicos soldados en una sola trama.

De aquí una sugerencia para mis colegas profesores universitarios: que examinen la posibilidad de encargar trabajos (de fin de grado o de fin de máster, no quiero pensar en tesis doctorales) en los que puedan perseguirse en la prensa y  en la literatura de los sublevados de antes de la guerra, de la guerra y de la postguerra, las informaciones acerca de los supuestos preparativos comunistas y socialistas para la revolución del 1º de agosto de 1936; que las descuarticen con arreglo a las categorías analíticas que de ellas se desprendan (como hizo, por ejemplo, María Cruz Mina con el ABC anterior al 18 de julio) y que pongan al descubierto la naturaleza de los mecanismos de endoctrinamiento que siguió el bando vencedor tanto en la guerra como en la paz de las bayonetas. En una segunda etapa, también podría abordarse la forma y manera en que las mentirosas tesis acuñadas en el franquismo siguen apareciendo, y cómo, en la publicística española o traducida al castellano del presente periodo democrático.

Estoy seguro de que los resultados serán muy interesantes. Quizá incluso, con un poco de buena voluntad, se logre que los mismos lleguen un día a desterrar las leyendas que todavía pululan en los libros escolares y en los medios.

(Este post debe leerse en conexión con el escrito por Fernando Hernández Sánchez que también subo al blog). Los amables lectores podrán reirse o, con mayor razón, llorar.

Aquí puedes leer: ‘Por una reforma radical del currículum en la Enseñanza Secundaria’ de Fernando Hernández Sánchez.

La sublevación militar y el congreso de Zamora

9 abril, 2019 at 9:19 am

Ángel Viñas

Tengo que reconocer un error. En el post precedente aludí al libro de Alfonso Camín porque recordaba vagamente de cuando lo leí el verano pasado que había muchas referencias a Castilla-León y pensé que en ellas aludió a la represión en la provincia de Zamora. Me equivoqué. Aludió a lo que pasó, según él, en Palencia, Valladolid y León con escenas que me dejaron estremecido. No mencionó la capital zamorana. Presentadas mis excusas, quisiera entrar en est post en algunas consideraciones que me sorprendieron gratamente en el congreso en su apartado referido a los aspectos militares.

 Estas consideraciones se desarrollaron esencialmente en tres planos. El más general corrió a cargo de Juan Carlos Losada. El más concreto, sobre el 18 de julio y su evolución, correspondió a Francisco Alía. Y el más específico, sobre la rebelión precisamente en Madrid, que presentó Ángel Bahamonde. Los tres han escrito ampliamente sobre la vertiente militar de la contienda, que nunca pudo disociarse de la política. A pesar de sus diferentes alcances todos ellos coincidieron en un punto crucial, que difiere de la historiografía pro-franquista que inunda las librerías de las grandes superficies.

La sublevación se concibió con un planteamiento destinado a asegurar rápidamente su triunfo, pero sin echarse atrás ante la posibilidad de que la contienda que de ella pudiera surgir fuese  más larga. En ambos supuestos, la intención fue la de exterminar por todos los medios la capacidad de resistencia republicana. Es decir, se planteó como la posibilidad única de arrojar a las tinieblas a la denominada anti-España. Las reiteradas instrucciones de Mola ya lo hacían ver. Son sobradamente conocidas, aunque no siempre bien interpretadas.

En todo caso, su puesta en práctica ilustra que lo que rápidamente se aplicó fue una estrategia que más adelante se caracterizaría de genocidio.  Este aspecto particular fue desarrollado ampliamente tanto por Alberto Reig como por Francisco Espinosa, que han escrito largamente al respecto. También Antonio Elorza, en las páginas de EL PAIS, se ha hecho eco de tal interpretación en los últimos tiempos.

De aquí se desprende que cuando la campaña no discurrió como se había previsto en el mejor de los casos de triunfo ultrarrápido las ideas generadas a lo largo de la conspiración encontraron un terreno fértil. Todo ello con independencia de que fuese Franco quien se aupara a las excelsas cumbres de la dirección político-estratégica. Tanto los generales como los altos mandos sublevados compartieron las mismas ideas. En el post anterior me he referido al caso específico del general Cabanellas, un asesino vulgar y corriente.

Francisco Alía publicó hace pocos años una monografía sobre el desarrollo militar del 18 de julio. Para ello hizo lo que un historiador normal suele hacer: sumergirse en los legajos en los que se remansa la documentación del período. Sus conclusiones se las han pasado por la entrepierna dos autores a quienes citó por su nombre: un periodista que hizo sus armas en los tiempos de la nada añorada Esperanza Aguirre que ya ha aparecido en este blog y, ¡cómo no!, un conocido profesor norteamericano. Ambos, ni que decir tiene, con escaso bagaje de EPRE y, en el segundo, absolutamente sin él. Tampoco destacan por haber basado su discurso en los descubrimientos de otros que sí se han esforzado por utilizarlo.

Ambas características son notables, cuando desde hace años y años numerosos historiadores españoles han venido clamando -siempre en el desierto- para que se abran de una maldita vez todos los legajos “secretos” que se encuentran en los archivos generales militares, tanto de Segovia como sobre todo de Ávila. Los que hay disponibles desde hace años son necesarios, pero insuficientes en cuanto se quiere profundizar un poco por debajo de la superficie.

No se conoce, o al menos servidor lo ignora, que tan esforzados autores se hayan distinguido en sus peticiones públicas para que la apertura sea, por fin, una realidad.  Claro que ello a lo mejor hubiese disgustado a los ministros Pedro Morenés y María Dolores de Cospedal, siempre atentos a seguir guardando los profundos secretos de la PATRIA, ya sea en la guerra civil como en la dictadura bajo el espurio pretexto de que lo que se calificó como “secreto” en 1936-1939 y 1939-1950 debe permanecer en la oscuridad.

Ciertamente, hay indicaciones de que la ministra Margarita Robles se ha dado cuenta que la aplicación de la ley de secretos oficiales de 1968 no debería hacerse con efectos retroactivos. Ahora queda que a los archivos se les dote del suficiente personal, porque la queja de los archiveros, pública y conocida, es unánime. En las condiciones en que se encuentran no es posible trabajar y manejar los legajos hasta ahora cerrados con las proverbiales siete llaves.

Como a quien esto escribe tan insonsables misterios le parece que pertenecen a otra época, he tratado de sacar a la superficie algunos incluso más tenebrosos en el libro que hoy se publica. A ver si, de una vez, los grandes exégetas del franquismo se ponen las pilas.

Alía observó en su intervención que la EPRE militar disponible muestra muchas lagunas y suscita abundantes dudas, no en vano los fondos -aunque voluminosos- son limitados. En consecuencia, destacó la importancia fundamental de la trama civil, sobre la cual hasta ahora se ha conocido bastante poco. Historiador puntilloso pasó revista a todos los aspectos que ya no se ignoran. El plan para el 18 de julio fue sistemático y está bastante estudiado, aunque con lagunas. El Gobierno estaba sobre aviso. Mencionó un caso que a servidor se le había escapado. No hay historiador infalible. Según la documentación del Juzgado Militar de Málaga el 27 de junio de 1936 el mando recibió noticias de que se preparaba un movimiento castrense. Como es notorio, no fue el único aviso.

Sobre esta perspectiva Ángel Bahamonde soltó su carga de TNT. Tras su detenida exploración de los fondos relativos a los consejos de guerra de los jefes y oficiales de la Primera y Tercera Divisiones Orgánicas tras la guerra civil planteó la cuestión de por qué Mola (jefe del Estado Mayor que preparaba la sublevación) no había pensado en un plan específico para Madrid. La versión tradicional debe mucho a los estudios de los historiadores militares franquistas que eludieron la cuestión de las razones que llevaron a desestimar la posibilidad de que pudiera pasar a la acción el 25 por ciento aproximadamente de los efectivos del Ejército peninsular que eran los que tenía la Primera División.

Cabe argumentar, y se ha argumentado, que Mola prefirió su estrategia centrípeta por oposición a la contraria, pero el resultado fue que casi todas las unidades en la capital y sus alrededores dispuestas a sublevarse (algunas incluso casi llegaron a hacerlo), se encontraron sin órdenes precisas. De haber existido un plan, habrían podido intentar un despliegue coordinado. Lo que ocurrió es que cada una fue por su lado. El episodio del Cuartel de la Montaña, con los efectivos en él autoencerrados, ha llamado mucho la atención pero no fue representativo. También llamó la atención sobre el hecho que durante el período precedente no hubiese habido cambios relevantes en los mandos. Suscitó otras cuestiones: ¿por qué no se utilizó el clima subversivo que alentaba, entre otros medios, el periódico ABC? Mola no era un general ineficaz. No podía tener en cuenta los ejemplos del siglo XIX. Su sublevación no fue un pronunciamiento de corte tradicional.  Si fracasaba en Madrid, ¿qué impediría llegar a una guerra?

Bahamonde planteó la cuestión de si Mola, conscientemente, se inclinaba hacia un conflicto. Es posible. Como espero haber demostrado en mi libro, que hoy se publica, los conspiradores de la trama civil contaban con él y habían tomado al respecto las disposiciones oportunas. Para entonces, además, ambas tramas llevaban tiempo estrechamente coordinadas y disponían desde hacía años de un órgano específico en el que estaba presente el teniente coronel Valentín Galarza, uno de los jefes que mejor conocía las interioridades del Ministerio de la Guerra.

El próximo libro de Ángel Bahamonde penetrará más profundamente que en su charla en este tipo de cuestiones. Podrá también basarse en mis propios hallazgos. Escribir historia es una tarea colectiva, cuando de lo que se trata es de abrir brecha o de echar por la borda interpretaciones malintencionadas u odiosas. No daré ejemplos aquí. Basta con señalar que alguno de los libros que ha salido al mercado en las últimas semanas me ha hecho ver, de nuevo, que una cosa es emborronar papel (que, como es notorio, aguanta todo lo que le echen) y otra investigar.

Un congreso en Zamora en torno a la guerra civil

2 abril, 2019 at 8:40 am

Ángel Viñas

Tal y como estaba previsto, el congreso anunciado repetidamente en este blog sobre la guerra civil se ha celebrado la semana pasada a, creo, plena satisfacción de todos. Ciertamente de los organizadores y, por lo que sé, de los historiadores que en él hemos expuesto nuestras respectivas ponencias. El resumen de estas se había publicado en la red, gracias al concurso de varios colegas a quienes, arrogándome una representación que no me corresponde, deseo expresar aquí mi reconocimiento interpretando el colectivo de los organizadores. Se trata de los profesores Juan Andrés Blanco, director del Centro de la UNED en donde se celebró, y del profesor Jesús M. Martínez, de la UCM amén de servidor. La idea se le ocurrió al primero tras el trágico e imprevisto  fallecimiento del profesor Julio Aróstegui hace algo más de seis año. Ha llevado en torno a los dos últimos desde su concepción a su realización.

Este congreso no es el primero que tiene lugar este año que coincide con el octogésimo aniversario del final de la guerra civil. Le ha precedido otro, que yo sepa, organizado por la UCLM. Pero sí ha tenido lugar coincidiendo con el recuerdo de los últimos días de marzo de hace ahora ochenta años. La fecha no se escogió al azar. La preparación ha sido, en lo posible, concienzuda. Se quiso que los oradores representaran, por lo menos, cuatro generaciones de historiadores, todos españoles salvo Sir Paul Preston, en reconocimiento a sus aportaciones a la historiografía de la guerra civil desde años antes al cumplimiento de las previsiones sucesorias, como se decía alambicadamente para referirse al paso a mejor vida (o peor, según se mire) del otrora tan ensalzado Caudillo.

Por Zamora hemos desfilado historiadores académicos ya jubilados, otros que están en la plenitud de sus tareas docentes e investigadoras, varios que ya van haciéndose un nombre en las mismas e incluso alguno que está preparando su tesis doctoral (que despertó una atención inusitada al versar sobre la actuación de la quinta columna en el conflicto). En resumen, representantes de cuatro generaciones y de ambos sexos. ¿Por qué? Para demostrar que la llama de la investigación en la maltrecha Universidad española no se está apagando y que, previsiblemente, no se apagará.

¿Qué decir de los oyentes? Fueron más de un centenar. Las ponencias se emitieron también por streaming fuera del salón de actos que, en general, siempre estuvo lleno. Los presentes abarcaron todo el arco de edades posibles. Algunos, me consta, acudieron desde Madrid. Muchos de otras partes de Castilla-León.

La organización no falló en ningún momento y las tres jornadas fueron, me atrevo a decir, agotadoras. Ciertamente para los ponentes que estuvimos hablando de la guerra civil y sus secuelas desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche cuando menos. Pasamos en revista no solo la contienda, sino sus antecedentes y sus consecuencias e incluso su impacto memorial en la España de nuestros días.

¿Hubo sorpresas? La respuesta es afirmativa. Las ponencias estaban diseñadas para reflejar tanto el estado de la cuestión como la aparición de nuevas investigaciones. Quedó claro que si bien los contornos del fenómeno histórico que fueron la guerra, sus antecedentes y sus consecuencias, son ya conocidos y suficientemente contrastados, todavía quedan grandes huecos a la hora de aplicar nuevas preguntas, utilizar nuevos conceptos y suscitar nuevas cuestiones. Todo ello a medida que, como fue un deseo unánime, sigan abriéndose más archivos, en especial los militares y de Gobernación pero también los eclesiásticos. Las calas que en unos y en otros se han efectuado (en los últimos por el rodeo de los vaticanos) hacen prever que todavía queda mucho por descubrir y por analizar.

Quizá haya sido, imagino, la noción de que esto puede ser así lo que ha llevado en el tiempo estéril de los últimos gobiernos del PP a paralizar la apertura de archivos, a infradotar aun más los planteles de personal y, en general, a hacer más difícil la labor de los investigadores.

El capítulo mejor representado en las ponencias fue, naturalmente, el que ha sido el más vibrante de la historiografía española desde principios de siglo. El que ha puesto más nerviosos a las instituciones y a ciertos grupos sociales: la represión. Se abordó desde diversos ángulos: su historia, por sexos, por regiones (Andalucía, Extremadura, Castilla la Vieja, Galicia), por modalidades, en su dialéctica y, no en último término, en su cobertura conceptual y terminológica tanto en la dictadura como en la democracia. Se prestó particular atención a ciertos campos específicos: la violencia fundacional congénita en la concepción del golpe de Estado, la reacción de la SMICAR española, la modalidad económica que llevó a la desesperación y a la miseria a incontables familias en la guerra y tras la VICTORIA.

¿Descubrimientos? Para mi lo más impactante fueron los resultados que arroja la investigación en la provincia en que tuvo lugar el congreso: Zamora. En la época, una de las más subdesarrolladas pero en el que la mortalidad por clases, sexo y edades fue extraordinariamente elevada. (Escribo este apresurado post donde no tengo el texto de Camín al que he hecho referencia en otro anterior. Creo recordar que en él se describen horrendas escenas de la represión en Zamora. Si es así, no dejaré de dar cuenta de ellos en alguno próximo).

No menos impactante fue, para servidor, la ponencia del profesor Ángel Bahamonde sobre, básicamente, el 18 de julio en Madrid. Se ha pasado años investigando en los archivos militares del Paseo de Moret madrileño y analizado críticamente los expedientes de los consejos de guerra tras la VICTORIA. Sus resultados apuntan a que la versión tradicional (vehiculada por los historiadores militares franquistas desde los primeros tiempos de la dictadura) debe someterse a una profunda revisión.

Lo que antecede es solo una breve referencia a algunos puntos destacados. Ahora bien, como ya me imaginaba el año pasado, cuando se aceleró la preparación del congreso, que los resultados no podían por menos de ser abrumadores para muchos oyentes, al coincidir en Roma con la presentación de uno de los libros de la profesora Daniela Aronica sobre la intervención fascista en la guerra civil se me ocurrió invitarla. En los archivos de Berlín había hallado un magnífico documental italiano inédito sobre la campaña de Cataluña. Aceptó cordialmente y dicho documental, que ya había sido exhibido en Barcelona y algunas otras ciudades, se proyectó también en el congreso, precedido de un extenso comentario crítico sobre su gestación, sentido y significado.

Desgraciadamente, en las actas del congreso -que se ha pedido sean entregadas en versión revisada antes del 1º de septiembre del corriente año- no podrá incluirse un vínculo a dicho documental por razones de copyright pero sí se incluirá algún otro que sea libre. Lo más impactante desde el punto de vista no fílmico o técnico sino histórico es que en él el Duce, periodista al fin y al cabo y buen conocedor de los impactos generables por los medios de comunicación de la época, se autoproyectó como el único artífice, por así decir, de la “liberación” de Cataluña del yugo rojo y blabá. Me quedarán en el recuerdo las imágenes de los bersaglieri motorizados y perfectamente alineados en su desfile por las avenidas de la Ciudad Condal.

Termino este breve recuerdo agradeciendo a todos los oyentes que acudieron a Zamora el honor que hicieron a los organizadores al asistir con tanta atención -lo que demostraron con sus preguntas a diestro y siniestro- y con la esperanza de que hayan regresado a sus hogares con un grato recuerdo de su asistencia. No olviden: en contra de lo que dicen algunos historiadores de significación que no identificaré la historia nunca es definitiva. Es un proyecto siempre inconcluso. Nuevas fuentes, nuevos cuestionamientos, el imparable paso del tiempo y el relevo generacional hacen de ella un combate permanente. Quizá allá en el siglo XXII historiadores aun por nacer lleguen a una mejor comprensión de lo que significaron guerra civil y dictadura. Lo que las generaciones que hoy laboran pueden hacer es suministrarles materiales y reflexiones. Como hizo el conde de Toreno al abordar su historia del levantamiento, guerra y revolución en España en los albores del siglo XIX.