UN ANÁLISIS ACERBO, EN LAS LIBRERÍAS BRÍTÁNICAS, DE QUIENES LOGRARON SACAR AL REINO UNIDO DE LA UE (II)

31 mayo, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Tras mi primera semana de vacaciones en casi tres años he regresado a Bruselas cargado de libros. No sé si llegaré a leerlos por completo, aunque todos son -creo- muy interesantes. En el caso del Brexit, objeto de este post, hay ya naturalmente una abundante literatura. No es sorprendente. Para algunos autores tiene la potencialidad de convertirse en un paralelo en el siglo XXI de las políticas de Enrique VIII que llevaron a la ruptura con Roma e iniciaron un giro copernicano en la relación de Inglaterra con el resto de Europa. Como todavía dichas políticas son objeto de agrias controversias historiográficas, y eso que ocurrieron en el siglo XVI, es de suponer que el Brexit también lo será durante, al menos, algunos centenios.

Por el momento, casi ninguno de los ángulos desde los cuales se ha examinado el Brexit hasta ahora ha sido objeto de una historia basada en fuentes internas, es decir, restringidas a los círculos del Gobierno y de la Administración. Las que hay se han basado en documentos públicos y en declaraciones más o menos interesadas, a veces para ajustar cuentas. En el mercado coexisten, pues, obras tortuosas, con frecuencia de difícil lectura, escritas por especialistas en la UE, junto con relatos más ligeros, adaptados a las necesidades de conocimiento del público general. Estas suelen ser obras de periodistas. Algunos muy bien informados. Otros, menos.

Uno de los libros más recientes y que ha recibido elogiosos comentarios es el escrito por Simon Kuper, uno de los redactores del Financial Times, y cuyos artículos siempre he encontrado estimulantes. Su título ya advierte de lo que se trata: Chums. How a Tiny Caste of Oxford Tories Took Over the UK.  En traducción libre: Amiguetes. De cómo un pequeño grupito de conservadores que estudiaron en Oxford se hizo con el poder en el Reino Unido.

‘Chums. How a Tiny Caste of Oxford Tories Took Over the Uk’, Simon Kupper (Profile Books, 2022)

Es un libro de un periodista británico, exestudiante de Oxford, y escrito esencialmente para el público británico. Una eventual versión al castellano debería llevar numerosas notas a pie de página del traductor. Modismos, giros, personajes y episodios ligados a la famosa Universidad no tienen réplica en otras del continente. Tampoco su función secular de protección de los mecanismos de selección -o de cooptación- de estudiantes procedentes de una clase social determinada. Son mecanismos encaminados a mantener un cierto monopolio de acceso a las alturas dominantes de la sociedad. Kuper se refiere al Oxford que todavía existía en los años ochenta del pasado siglo, cuando su papel estribaba en dar un barniz peculiar a los hijos (entonces pocas hijas) de la nobleza de la sangre, de la tierra, de la toga, de la política o de las finanzas -y a los de las clases adineradas y pudientes- que procedían de colegios privados carísimos e hiperselectivos y destinados a reproducir, ya adultos, los modos de ejercicio del poder político, económico, jurídico, militar y diplomático. Un caso único en relación con otras sociedades avanzadas y que echa raíces en la peculiar historia británica.

Para un lector poco familiarizado con los sistemas de la época la enseñanza que se impartía le parecerá absurda. Los canales esenciales ponían el énfasis en los autores clásicos griegos y romanos o en una mezcolanza de rudimentos en tres materias: philosophy, politics, economics. Se embalaban en tres años en el llamado PEP (lo que no permitía conocer sino cuatro cosas de cada). También se enfatiza la Historia, pero esencialmente la inglesa (británica, después) con énfasis en la forja y control del IMPERIO y en los hombres (no mujeres, por favor) que lo hicieron posible.

Por supuesto no se trataba de aprender nada en profundidad. Lo que se aspiraba a lograr era otra cosa: en primer lugar, desarrollar, sobre los basamentos de las restrictivas escuelas secundarias privadas, una cierta forma de hablar y de exponer lo que con seguridad y aplomo, se conociera bien o mal de lo que se discurseaba; (en román paladino, desarrollar hasta límites insospechados la capacidad de abordar cualquier tema con la suficiente labia); hacer contactos que serían útiles en la vida profesional ulterior y salir con fortuna de aprietos difíciles como si no costara trabajo. Es decir: aprender la forma y manera de dar el pego en cualquier situación. Todo ello en medio de una “guerra” larvada entre  los retoños de las “aristocracias” y los de las ambicionas “clases medias altas”. Se dirimía en un contexto en el que participar -o ascender- en el club de debates que era, y es, la Unión de Oxford iba afilando los colmillos, los puñales, los trucos saduceos de la Cámara de los Comunes, cuyo remedo era. Solo que sin el menor poder. Una escuela sinigual para futuros políticos y que en los años ochenta ya no habían pasado por la experiencia de exposición a otras clases sociales, como había ocurrido en las dos guerras mundiales.

Kuper conoce otros sistemas educativos (estudió en Países Bajos y Berlín) y señala con acierto que el inglés no podía ser más diferente. En España, en cierta medida, se copió (perdón, se importó) lo más fácil y sencillo de su antítesis: el francés. En primer lugar, la acumulación de conocimientos; en segundo la memorización como mecanismo de selección (oposiciones); en tercer lugar, la diferenciación por carreras administrativas (no son lo mismo las oposiciones a los grandes cuerpos jurídicos, económicos y diplomáticos del Estado -escalafonados por grados de dificultad- que las que permiten el acceso a los cuerpos subalternos).

Pues bien, en el Oxford que existía en los años ochenta en los que Kuper fue también estudiante el autor de este libro coincidió con un grupito de estudiantes de características similares. Todos eran miembros del partido conservador o próximos a él; todos tenían una seguridad en sí mismos a prueba de bomba; todos se interesaban por la política; todos aspiraban a ocupar las cúpulas del Estado; todos carecían del sentido del ridículo y todos consideraban que su Inglaterra (Reino Unido para los demás) era el mejor país del mundo. Irrepetible, pero desgraciadamente contaminado por otros sistemas, en particular los continentales.

Numerosos especímenes de su misma cuerda alcanzaron tales cúpulas antes que ellos. Más pragmáticos o más avispados, hicieron causa común en torno a quien llegaría a ser su jefe y portavoz, David Cameron. Quienes terminaron abogando por el Brexit quisieron diferenciarse de los europeos en todo lo posible. En el Reino Unido su casta había mandado siempre. No los de allende el canal. Si la entrada en la CEE se había celebrado como un éxito, solo posible porque De Gaulle (que se había batido los cuartos con Churchill y los tories de su generación y los conocía bien) había dejado el poder Ni Cameron ni sus boys querían salir de la ya Unión Europea. Querían permanecer en ella en una situación sui generis y oponerse a su profundización. El camino ya lo había mostrado, al final, Margaret Thatcher. Había que despejarlo y hacerlo avanzar. Con seguridad, desparpajo, de nuevo mucha labia y argumentos algo más que falibles. Arrastraron, por diversas razones, a una mayoría de la población que acudió al referéndum, engañada por distorsiones que eran grotescas entonces y que siguen siéndolo hoy en día.

Lo que ha hecho Kuper, con gracia y las necesarias dosis de sutileza, es examinar la interacción entre el peculiar ecosistema de la Universidad de Oxford con un pequeño grupo, forjado en los escarceos estudiantiles de loa años ochenta, para llegar al poder. ¿Para qué? Para dar un giro copernicano, con argumentos espurios, e implantar visiones si no de un nuevo Imperio británico sí de un Estado con el cual campear en la escena internacional sin trabas ni cortapisas, aunque sin poder superar el papel de segundones del primo hermano norteamericano.

Una reseña del libro, hecha por una autora francesa, se encuentra en https://www.ft.com/content/ce9c0387-89d3-407e-b50e-bcf127f7a292

TRAS UNA VUELTA POR LIBRERÍAS BRITÁNICAS (I)

24 mayo, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Hacía casi dos años y medio que no me movía de Bruselas. Pandemia obligaba. Estar casi encerrado en casa (salvo los fines de semanas y para acometer tareas perentorias como ir al super, a la farmacia o. en raras ocasiones, a la peluquería) ha sido simultáneamente muy productivo, por un lado, y desolador por otro. He participado en un libro que saldrá el 15 de junio, terminado otro bastante grueso, medio terminado un tercero y abordado un cuarto. Ahíto, harto y con un irreprimible sentimiento de liberación durante diez días hemos estado dando vueltas por Escocia y, naturalmente, visitado varias librerías.

Durante la pandemia me he mantenido, en lo posible, al día de las novedades editoriales en España, Francia, Alemania y Reino Unido en los temas que más me interesaban. He adquirido muchos nuevos libros, bien por curiosidad, bien porque creí que los necesitaría de cara a los que he estado escribiendo. Me he equivocado en muchas ocasiones. Al recibirlos me he dado cuenta de que o no me aportaban nada que pudiera interesarme o que tenían planteamientos que no encajaban en mis necesidades. Ansiaba ir a librerías. Ahora he regresado a Bruselas como solía. Con la maleta repleta de novedades en materia de Historia. No me referiré a todas en este blog, pero sí a algunas de las que me han parecido más destacables. He dejado de lado, y no he adquirido, muchas otras que no tienen relación ni directa ni indirecta con mis preocupaciones actuales.

El libro que hoy comento ha tenido excelentes reseñas bibliográficas en, al menos, The Financial Times, The New York Times y The New Yorker, publicaciones que sigo  habitualmente, Se trata de un estudio de un economista afincado en París, Serguei Guriev, y un catedrático de Ciencia Política en la Universidad de California en Los Angeles, Daniel Treisman.  Los lectores observarán que ninguno se autotitula historiador, cosa que les honra porque servidor tampoco lo es por formación, aunque sí por vocación y enfoque. No es el caso de los mencionados autores.

El título del libro es Spin Dictators. The Changing Face of Tyranny in the 21st Century. Su propósito estriba en establecer un esquema diferenciador entre los dictadores del presente siglo y los del anterior. La caracterización de los actuales con el adjetivo “spin”, en general sustantivo y que significa camelo, imagen, propaganda distorsionadora, etc, no la había visto hasta ahora. Al menos no en el título de un libro, pero naturalmente esto es solo una confesión de que quizá no me he mantenido al día. Los autores lo utilizan como criterio necesario y suficiente por contraposición a los dictadores del pasado siglo XX, a los que no se caracteriza con un adjetivo uniforme. Como todo criterio es posible diferir de él.

‘Spin Dictators: The Changing Face of Tyranny in the 21st Century’, de Sergei Guriev y Daniel Treisman (Princeton University Press, 2022).

A mí, por razón de edad y formación, siempre me han interesado más los del pasado siglo (Stalin, Hitler, Mussolini, Oliveira Salazar, Franco, Mao) y no revelo ningún secreto si me he centrado en el penúltimo, que es el nuestro e inolvidable. No pasa un día sin que su nombre aparezca, enaltecido o maldecido, subido a los cielos o condenado a los infiernos, en la prensa, la tele, las redes, las revistas y los libros. Si he comprado el libro mencionado ha sido para ver que decían de ellos y, en particular, del propio. En los últimos años, además, ha estado muy presente en mis libros más recientes y en numerosos artículos sobre aspectos poco conocidos de su personalidad o hasta ahora no demostrados documentalmente. Tampoco faltará en los que he estado trabajando en estos tiempos de pandemia.

Más que hacer una exégesis o una crítica del libro de Guriev/Treisman, me concentraré en comentar algunas de sus peculiaridades desde el punto de vista de su tratamiento del inolvidable, inmarcesible e inmortal general Francisco Franco. Soy consciente de que para los dos autores se trata de uno más, y no el peor, de los dictadores del siglo XX. Las referencias que se hacen a estos se enfocan, en primer lugar, desde el punto de vista de la confrontación entre las religiones seculares (término acuñado por Raymond Aron) que fueron el comunismo y el fascismo. En consecuencia, destacan Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini y Mao principalmente. Con pesos variados y siempre animados por el afán comparativo. Yo no lo discuto. Me parece interesante. Como historiador no demasiado entusiasmado por generalidades a veces hueras, he hojeado el libro con circunspección.

El libro se caracteriza por un uso abusivo de la literatura en inglés. A veces, hay alguna referencia en castellano, sobre todo para abordar los dictadores latinoamericanos (Castro, Chávez y Pinochet se llevan casi todos los honores con referencias muy limitadas. Perón, Trujillo y Videla solo se mencionan de pasada en dos ocasiones y ninguno de los numerosos dictadorzuelos centroamericanos aparecen en el mapa, a pesar de que la región ha sido siempre el patio trasero de Estados Unidos, que nunca hizo nada en serio para proyectar ayudas a la democratización que pudieran incomodarles). Los dictadores del África negra y de gran parte de Asia (salvo China, Congo, Irán, Egipto, Zimbabue) tampoco tienen mucho encaje.  Etiopía solo lo hace en una ocasión y Tanzania en el momento en el que el presidente empezó a recibir dinero chino y, entonces, achuchó a los periodistas. Un lector mal avisado (espero que no sea mi caso) podría llegar a la conclusión de que los autores se fijan más bien en aquellos casos que incomodan hoy a la política exterior de Estados Unidos. Por ello, quizá, ni Iraq ni Afganistán se mencionan.

Si nos acercamos al caso de Franco (no de España), en una referencia cuantitativa podríamos considerarnos afortunados. Se menciona nada menos que nueve veces. En comparación Oliveira Salazar solo lo hace dos, al igual que Lenin. La palma se la llevan, como parecería lógico, Stalin, Hitler y Mussolini en orden decreciente.

Los autores mencionan alguna literatura en castellano (en general de procedencia latinoamericana).  Subrayo esto porque parecería que leen tal idioma. Por eso me llama la atención que de los cuatro autores españoles que mencionan (dos para mí totalmente desconocidos) solo citen títulos (tres artículos) disponibles en inglés. Eso sí, por razones que solo ellos podrían explicar, mencionan en una ocasión un mensaje de Franco de fin de año, extraído de una superconocida fuente de internet.

¿Qué nos dicen de Franco? Como no han leído absolutamente nada de historia española (salvo de la mano de dos obras de Sir Paul Preston) señalan (p. 8) que Franco y Oliveira Salazar optaron por un tercer modelo, que no era ni comunista ni fascista sino “corporativista”, y ello con el fin de “restaurar la deferencia social y la jerarquía católica”. En la p. 40 se afirma que con el fin de demostrar su carácter duro ciertos dictadores adoptaron títulos militares, como el de Generalísimo (al igual que Stalin y Trujillo) y se quedan tan panchos. Menos mal que en la página siguiente señalan que “los fascistas de Franco tuvieron como objetivo la eliminación de la izquierda“ (se supone que con el consentimiento del generalísimo). En materia de spin (que es su tema) solo se menciona, en la página 68, a utilización de cine cruzada (sic). Y eso es todo.

Me quedo sobrecogido de emoción.

Puedo imaginar que, a la vista de las entusiásticas referencias que he mencionado al principio, alguna editorial española ya haya incluso adquirido los derechos de traducción y publicación. Nos deslumbramos ante los autores extranjeros para que nos explique nuestra propia historia. Es un tic que tenía validez cuando la historia de España se escribía en el extranjero gracias a los “amables” cuidados de la censura y de la BPS. Cuarenta años más tarde la situación creo que debe invertirse. Los historiadores españoles consultamos archivos españoles y extranjeros. Luchamos porque se abran más y se mejore el servicio, hoy dependiente de la amabilidad y espíritu de servicio de los archiveros y demás personal. No habremos alumbrado todo, pero bastante más que lo que estos dos autores (cuya valía científica en otros temas no se me ocurre poner en duda) nos ofrecen como referencias gastadas a nuestro inimitable dictador y a su dictadura, que sigue echando sombras sobre la España actual, según se dice una democracia socialmente avanzada.  

PERO, ¿QUÉ DIABLOS OCURRE CON LA HISTORIA EN ESPAÑA?

17 mayo, 2022 at 8:30 am

Angel Viñas

Este título simplemente refleja mi creciente perplejidad. Por los círculos universitarios madrileños -y quizá incluso fuera de ellos- circula en busca de adhesiones un texto de queja al Defensor del Universitario de la UCM. Me llegó la semana pasada. Precisamente cuando, después de dos años y tres meses de encierro riguroso en Bruselas a causa de la pandemia, me disponía a tomar unas cortas vacaciones para ver a mi hija en su nuevo domicilio en Reino Unido. Cuando este post se publique estaré allí y alejado de mis papeles y libros. Por vez primera en tal lapso de tiempo.

No sorprenderá que apenas si tardase treinta segundos en adherirme después de leer el texto en cuestión. No sabía nada al respecto y no tengo conocimiento directo o indirecto si los hechos narrados sucedieron como en él se describen o no. Tampoco me parece que se trate de una broma pesada. En cualquier caso, si lo fuera no se tardaría en descubrir la superchería.

Para mí llueve sobre mojado. Hace algunos meses denuncié la orientación del contenido de la petición de VOX, elevada a la mesa del Congreso de los Diputados el pasado mes de septiembre por la portavoz adjunta de este partido, la Excma. Señora Doña Macarena Olona. Solicitaba la retirada del proyecto de ley de Memoria Democrática. Que yo sepa, nadie se hizo eco del caso. El “sabroso” texto de la petición tampoco se hizo público. No lo ha exhibido, que yo sepa, VOX ni tampoco ningún órgano de prensa de los que suelen aparecer digitalmente en mi bien baqueteado ordenador. Sí leí  la noticia de que tal petición había sido desestimada. Escribí un par de artículos sobre el caso en InfoLibre, para darles mayor publicidad que la modesta de que goza este blog, y me he permitido hacer una referencia en un próximo libro, CASTIGAR A LOS ROJOS, en el que colaboro. Se publica el 15 de junio y haré alusión a él en varias ocasiones en el futuro.

Se trata de una puesta a punto de las bases conceptuales, filosóficas, históricas y jurídicas que sirvieron de pauta a los sublevados del 18 de julio para realizar un sinfín de actos de puro terrorismo que duró a lo largo de la guerra e incluso después. Y, como es lógico, nos basamos en evidencias primarias relevantes de época. Las que, por cierto, jamás ha utilizado el profesor Stanley G. Payne a quien un medio digital ha sacado recientemente de la oscuridad.

Innecesario es decir que personalmente me relamo de gusto anticipando las reacciones, si las hubiera, de VOX y del PP y de los historiadores detrás de ellos. Ya han dado muestras de lo que valen, en mi opinión, en el curso del debate sobre si el ingeniero e inventor Juan de la Cierva estaba o no compinchado con la sublevación.

Pues bien, si las concepciones de la historia de España que tienen puerta abierta en los medios de la derecha sobre la República, la guerra civil y el franquismo me son familiares, no había prestado suficiente atención al debate sobre los orígenes de España. Lo que había leído al respecto había sido obra de, con todo respeto, aficionados o periodistas. Unos los sitúan en tiempos de los romanos, otros lo hacen en la época de los visigodos y no faltan quienes los ponen en los comienzos de la “cruzada” contra los moros invasores. La fecha mítica es el año 711.

No soy tan lerdo como para ignorar que fuera de España (aunque menos aquí en Bélgica) existen debates similares. Quizá porque en este país en que vivo la fecha de fundación del Estado belga está fuera de toda duda. Pero en el caso español la fecha 711 suscita connotaciones muy parecidas a las que vienen arbolando en Francia Mme Le Pen y el distinguido “historietógrafo” (tomo la expresión prestada al profesor Albert Reig) Mr Zemmour. ¿Será que, como en el pasado, todo lo bueno -para unos- y lo malo -para otros- sigue viniendo de Francia? Había leído que el trumpismo tiene grandes adherentes en la España democrática, pero quizá la patología norteamericana en temas de historia esté demasiado alejada de nuestras latitudes.

En cualquier caso, el escrito que he firmado denuncia el intento de ocupación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM el 1º de abril (sin duda la fecha no es una casualidad:  es cuando el invicto general Francisco Franco firmó su famoso parte final de guerra en 1939). Según dicho escrito para tan solemne fecha se había solicitado una reserva de sala para que una -para mi desconocida- “Plataforma 711 para la Reconquista Cultural” pudiera celebrar un acto. A la vez, en las redes sociales se anunciaba, al parecer, la “toma” de la Facultad.

Obvio es señalar que la fecha de 711 tiene unas connotaciones zemmourianas y lepenistas. El término “Reconquista” no solo se refiere a una división, más o menos arbitraria, en la historia española sino también a movimientos perfectamente definibles y definidos en el país vecino. Incluso copia el nombre del partido de Mr Zemmour. Una casualidad.

El escrito al Defensor del Universitario cita un programa de una hora de duración (https://www.youtube.com/watch?v=iku5eDrV8no) en el que un chaval actúa como locutor que explica el acto no autorizado y sus vicisitudes en una mezcla de estupideces y de ejemplos de proyección. Esta es una de las características más acusadas de la “teología” e “historietografía” franquistas: acusar al adversario del tipo de comportamientos propios y que no se reconocen como tales.

Leyendo algo de lo que se publica hoy en España sobre la República, la guerra civil y la dictadura no veo una gran solución de continuidad. Y me pregunto: ¿qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado?

Para mí está resultando obvio que la labor callada, silenciosa, de los historiadores que vamos a archivos, que buscamos evidencias que permitan sustentar -o rechazar- unas u otras interpretaciones, es una condición necesaria para acercarnos a un pasado tumultuoso. Pero no es una condición suficiente.

Personalmente no tengo tiempo de seguir la política actual y dos años largos de ausencia total de España no me permiten tomar el pulso de la calle ni de los colegas. Volcado en la dura tarea de interpretar el pasado, no tengo tiempo de pensar demasiado en el presente. Por eso, quizá me sea permitido diseñar un futuro que, para mí, no es deseable en absoluto.

Si las controversias que más o menos he seguido de cerca continúan sin dar frutos, dicho futuro no me parece nada halagüeño. En tanto que historiador lo que me ha preocupado y me preocupa son los siguientes temas:

  • ¿Cómo dotar de recursos materiales a los archivos de titularidad pública? Su situación es con frecuencia lamentable. Para terminar el libro que he enviado a la editorial hace un mes tuve que esperar más de ocho meses a que pudieran reunirse los materiales necesarios al efecto, Todavía no pueden hacerse fotografías de los documentos. Hay que atravesar por un largo y lento proceso de petición a los funcionarios -pocos y sobrecargados de trabajo- para que se pongan en pdf. El proceso de pago dilata aun más el tiempo que transcurre hasta recibirlos.  Menos mal que por ordenador. Me pregunto: ¿por qué en una multitud de archivos extranjeros hace años que pueden fotografiarse sin limitación alguna los documentos consultables? La última vez que estuve en los Archivos Nacionales británicos pude hacer una media de 800 fotografías diarias.
  • La apertura, silenciosa y en general silenciada, de ciertos archivos no se ha visto acompañada de un incremento en las dotaciones de personal. ¿Acaso el Estado sigue en situación de amenaza de quiebra financiera? Porque el tema dura ya muchos años. En 1983 mi añorado amigo y compañero Julio Aróstegui y servidor fuimos a ver a un elevado personaje para rogarle que dotara de medios al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca, ya abierto a la curiosidad de cualquier investigador (no como en la época de la dictadura). No olvidaré su respuesta: “pedidme que se construya otro edificio. No que se aumenten los gastos de personal”. En mi próximo libro en un largo prólogo alabo la profesionalidad y el espíritu de servicio de los funcionarios y empleados públicos que sirven en los archivos. ¿Hasta cuándo el orgulloso Estado español continuará dejando de lado el abordaje de los problemas estructurales de sus archivos?
  • ¿Y qué pasará en el Congreso de los Diputados con la Ley de Memoria Democrática, si no se aprueba y se blinda en esta legislatura? Porque si, como avisan observadores del acontecer político español, un futuro Gobierno que fuese de signo contrario, es de suponer que PP, Vox y tal vez de los residuos que quedan de Ciudadanos, no se apresurará a hacerla avanzar. La experiencia muestra que, por desgracia, en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia.

No es de extrañar que haya dado comienzo a mis vacaciones lleno, muy a mi pesar, de preocupaciones.

PIRUETAS HISTÓRICAS: Ucrania, Rusia, años treinta, actualidad

10 mayo, 2022 at 8:30 am

Ángel Viñas

Un amigo me ha enviado hace poco copia de una biografía de E. H. Carr. Como muchos lectores quizá sepan, se trata del autor de un corto ensayo (¿Qué es la historia?) que hizo furor entre los estudiantes de mi generación. Lo escribió en 1961 y lo publicó Ariel en 2010 en traducción de Joaquín Romero Maura, otra figura para quienes habíamos leído La rosa de fuego. Este estudio sobre la Barcelona anarcosindicalista lo hizo instantáneamente famoso. El libro de Carr ha sido reeditado en inglés con un prólogo de Sir Richard Evans, pero no veo que se haya republicado en castellano.

La biografía a la que aludo la escribió hace más de veinte años uno de sus discípulos, Jonathan Haslam, a quien no conozco personalmente, aunque sí he leído algunos de sus libros. Es, como lo fue su mentor, un destacado sovietólogo.  La biografía es uno de los puntales en los que se basa la entrada sobre Carr en la versión en inglés de Wikipedia.

Lo que aquí deseo es llamar la atención sobre el hecho que Carr llegó tarde primero a la historia y después también a la sovietología. Diplomático durante veinte años (1916-1936) uno de sus primeros libros versó sobre las relaciones internacionales del período de entreguerras. En su versión inicial y en numerosos artículos de prensa y de revistas coetáneos se declaró abiertamente partidario de la línea de “apaciguamiento” de Hitler y del Tercer Reich. A ambos los consideró volcados en deshacer las trabas impuestas a Alemania en la Paz de Versalles a petición de los dirigentes franceses. Luego se pronunció en favor de un acercamiento entre el Reino Unido y la URSS. Desconfió un tanto de los norteamericanos.

Su inicial faceta proalemana a mí siempre me dio de patadas, pero reconozco que no me interesé en serio -es decir, en archivos- por el Tercer Reich hasta los 30 años cuando empecé a investigar en serio para lo que sería mi tesis doctoral. Entonces era más que obvio que la política hitleriana había sido descifrada en otra clave: la de la expansión territorial de la raza superior (la Herrenrasse) a costa de los eslavos, considerados como una raza inferior, casi de subhumanos (Untermenschen).

El Tercer Reich ayudó a Franco (teóricamente para impedir que el comunismo soviético sentara pie en la península ibérica, ¡qué generosidad!) y se engulló después, en passant, Austria y los Sudetes. Ya en Mein Kampf había declarado abiertamente que Alemania necesitaba buscar su expansión hacia el Este con el fin de hacerse con los ricos territorios agrícolas (ucranianos en primer lugar) y petrolíferos en manos soviéticas. Después, los nazis (doctores, médicos, politólogos, economistas, etc) siempre en  primer tiempo de saludo ante el Führer, ponían a punto los planes de esquilmación y genocidio correspondientes. Había que reducir a los Untermenschen eslavos a la condición de esclavos de la raza superior que colonizaría tan inmensas superficies una vez ejercitado su derecho de conquista, marcado por la exclusividad de la posesión de la única sangre buena y aristocrática.  Polonia, lógicamente, desaparecería.

Dadas tales circunstancias, la guerra europea empezó por dos errores de cálculo. En primer lugar, de Hitler. El Führer inmarcesible, todavía respetado por algunos descerebrados españoles, entre muchos otros, creyó que el Reino Unido y Francia contemplarían impasibles su ataque a Polonia en septiembre de 1939. Las garantías dadas a los polacos se las pasó por la entrepierna.  En segundo lugar, no cabe desconocer el egregio error de Stalin (también supuestamente infalible) que tampoco creyó que los arios atacarían a la Unión Soviética en junio de 1940. Incluso se equivocaron los japoneses lejanos que creyeron poder contener a los norteamericanos tras el ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941.

¿Moralejas? No hay que creerse demasiado lo que piensan o dicen los déspotas.  Se equivocan como todo el mundo. Eso sí, sus errores pueden tener, y han tenido, consecuencias devastadoras.

La URSS, antes de 1939, se había esmerado en dorar sus credenciales antifascistas, algo que terminaría llamando la atención de Carr. Su ayuda a la República española no fue un intento de sovietizar España (como siguen afirmando -impertérritos, el paso al frente, firme el ademán- variopintos historiadores, muchos periodistas y un número infinito de cantamañanas, pro-franquistas o, por lo menos, de las derechas contemporáneas más aristadas). Sí buscó, por el contrario, un acomodo con las potencias democráticas occidentales (Francia primero y el Reino Unido después).

¿La idea? Reforzar la seguridad colectiva a través de la Sociedad de Naciones. Sin el menor éxito. A pesar de todos los esfuerzos (hoy ampliamente documentados) del embajador soviético en Londres, Ivan Maisky, no logró deshacer las prevenciones de los Gobiernos británicos del período, con los franceses a rastras en su época de máxima decadencia en política exterior y de seguridad, como despiadadamente la caracterizó Duroselle.

Así, pues, todos se equivocaron: los alemanes, los soviéticos, los británicos y los franceses. No la República, que fue la primera en pagar los platos rotos porque en puridad perdió la guerra en sus mismos comienzos, dada la incipiente, pero duradera, no intervención. Los rojos del Este eran el peligro máximo.  

Las piruetas de la actualidad que presenciamos boquiabiertos, entre preocupados y preocupadísimos, son una inversión completa de las de los años treinta. El malo de la película no es Hitler sino Putin. Frente al Drang nach Osten del pasado nazi se suscita hoy el Drang nach Westen ruso, bendecido por el patriarca de la patria rusa. El papel de la República le toca desempeñarlo a Ucrania, tildada de “nazificada” por la propaganda del Kremlin. El de Austria y los Sudetes corresponde actualmente al Donbas, a la costa ucraniana del Mar Negro y, quizá, a Transnistria. Hay donde escoger. La historia se está haciendo y todavía no ha empezado ni a escribirse. Algunos están como el Carr de, por ejemplo, 1935.

¿Qué ha cambiado? En un plano puramente abstracto, los tres términos de la ecuación inserta en la crisis de los años treinta.

El primero, que las potencias democráticas occidentales (a la cabeza Estados Unidos) apoyan a Ucrania (cosa que no hicieron con la República, supuestamente en manos de políticos dedicados al pillaje, no como Franco y sus secuaces, patriotas impolutos por encima de todo).  El segundo que aquella crisis reflejó una pugna entre las ideologías dominantes en la época (nazi-fascismo, comunismo, liberalismo). Hoy los dos primeros han casi desaparecido (sustituidos por un nacionalpopulismo más o menos virulento, según los casos, pero profundamente reaccionario en todos ellos). El tercero que una eventual deriva hacia un conflicto armado entre Rusia y la OTAN puede llegar a convertirse en lo que púdicamente suele denominarse un “intercambio nuclear”, es decir, una confrontación dirimida con armamento que en nada se parece al utilizado en la segunda guerra mundial.

Los resultados de las equivocaciones de los treinta se conocen. Los que pueda legar a la posteridad la presente noventa años después se desconocen. Un estado de la cuestión podía leerse hace unos días en el Financial Times

https://www.ft.com/content/a1a242c3-9000-454d-bec7-c49077b2cc6c?desktop=true&segmentId=7c8f09b9-9b61-4fbb-9430-9208a9e233c8#myft:notification:daily-email:content

Mentes preclaras (en los Gobiernos, los Estados Mayores, los centros de reflexión sobre seguridad internacional, la prensa, los medios digitales) hacen cábalas. Comparan “activos”, diseñan escenarios, baten a rebato en algunos casos a la moderación y en otros (por ejemplo, la TV rusa) al pavor que deberían inspirar nuevas armas casi de ciencia ficción.  Pero ¿quién es capaz de determinar con un ciento por ciento de seguridad el panorama del futuro?

Los españolitos (quizá también los europeos o los norteamericanos de pie) podemos consolarnos con dos proposiciones. Una se debe a un antiguo primer ministro japonés: en política, adelantarse un paso es ya penetrar en terreno desconocido. La segunda está sólidamente establecida en la sabiduría popular de la España eterna e inmortal: los experimentos, con gaseosa.

Soy muy consciente de que aludir al relato típico de los “historiadores”, publicistas y políticos españoles en relación con la cantinela de la “sovietización” de España en los años treinta toca una cuerda sensible. Como he escrito varios libros en los que la he abordado, más o menos intensamente, y acabo de terminar otro sin repetirme demasiado, me interesaría recoger manifestaciones en contra de aquel aserto. Podrían servirme para incrustar una tonalidad colorista a la obra que saldrá, previsiblemente, el año próximo. Es deber de todo historiador enseñar sobre el pasado a quienes no lo conocen, incluidos quienes lo deforman o interpretan a su gusto y placer.

LA GUERRA DE ESPAÑA EN NUESTRAS RAICES. ANCESTROS, SUBJETIVIDAD Y EL OFICIO DEL HISTORIADOR.

3 mayo, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Con los largos título y subtítulo anteriores ha publicado un colega, afortunadamente para él mucho más joven que servidor, un libro muy interesante. Contiene reflexiones autobiográficas de diecisiete historiadores españoles de, al menos, tres generaciones. Versan sobre las experiencias que los llevaron a hacerse tales. El todo está precedido por una larguísima introducción del responsable de la obra, Jorge Marco, sobre el significado de la historia y cómo se la escribe.

‘La guerra de España en nuestras raíces’, Jorde Marco (ed.), Postmetropolis Editorial, 2022

El libro es poliédrico en su alcance. Por un lado, puede considerarse como una obra de historiadores y para historiadores. Por otro, tiene vocación de ser más generalista y apelar a un público más general. Lo que los historiadores han escrito, pensado y están pensando sobre un agónico período que ha determinado, más que ningún otro, la historia contemporánea española, no es solo algo que ataña a la profesión. No seré tan iluso como para pensar que lo que los historiadores digamos tiene necesariamente consecuencias en el plano de la acción política, pero si ejercemos algún tipo de magisterio moral cuando logramos reunir un consenso claro. Ocurrió con seudohistoriadores en el pasado con el PP. No debería extrañar que fuera de ellos, tesis contrapuestas tengan también alguna tracción. Al fin y al cabo, los problemas a los que nos dedicamos están, para bien o para mal, en la conciencia de muchos ciudadanos y ciudadanas y de los medios, tradicionales o digitales, De lo contrario no se explicarían muchas de las controversias sobre el sentido de la historia (remontándose hasta tiempos anteriores a la misma) que desde hace algunos años están presentes en el debate cultural. Por cierto, no solo en España. Solo hay que mirar hacia la cuna de varios de los historiadores actuales a los que remite la introducción: Estados Unidos.

Igualmente quisiera indicar que utilizo el término de generaciones en el sentido convencional como delimitador del trecho temporal en el que conviven personas de varias generaciones en un momento dado. Es, pues, una concepción que determina límites que se modifican con el paso del tiempo. Dentro de, digamos, diez años no quedará nadie que haya vivido o tenga recuerdos de lo que les contaran sus padres, familiares o amigos próximos sobre la guerra civil. Tal concepto elástico de contemporaneídad habrá dejado la contienda tras de sí, aunque no necesariamente sus consecuencias.

El libro es poliédrico también en su enfoque. Puede leerse por donde los interesados quieran. Los autores que desgranan sus concepciones sobre la guerra civil (ninguno la hemos vivido) son predominantemente hombres. Hay cuatro mujeres, de las cuales solo conozco personalmente a una. La variedad de edades es considerable. Confieso ser el más talludito, pero después de mi hay media docena que ya están jubilados. Las edades del resto los (las) hacen pertenecer a por lo menos dos o incluso tres generaciones. Alguno(a)s nacieron en el franquismo tardío e incluso después.

Jorge no dice cuando llegó a este valle de lágrimas, pero sí que empezó a estudiar Historia en 1997. Vino al mundo, pues, después de 1975. Fue alumno aplicado, ayudante del añorado Julio Aróstegui, me ayudó a buscar papeles cuando yo necesitaba a alguien que fuera a los archivos por mí. Los tres formamos una mini-piña, ya que personalmente debo a Julio (y a otro colega) haberme reincorporado a la UCM en 2007 (y, encima, a la Facultad de Geografía e Historia) donde compartí micro-mini-despacho con Julio durante varios años.

Los nombres de los participantes son los siguientes en el orden en que aparecen en la obra: Ángel Viñas, Juan José del Águila, Glicerio Sánchez Recio, Francisco Moreno Gómez, Alberto Reig Tapia, Francisco Espinosa Maestre, Lucía Prieto Borrego, Matilde Eiroa San Francisco, Pablo Sánchez León, Gutmaro Gómez Bravo, Ana Cabana Iglesia, Jorge Marco, Javier Rodrigo, David Alegre Lorenz, Alejandro Pérez-Olivares, Miguel Alonso Ibarra y Gloria Román. Jorge indica (pp. 100s) que se dirigió 34 pero que, por variadas razones, entre ellas el exceso de trabajo para la mayoría, varios declinaron participar. Esta negativa la entiendo muy bien. Servidor recurrió a algo que ya tenía escrito y que orientaba hacia otro ejercicio porque no quería desviarme de una investigación que acabo, en estos momentos, de concluir.

Ninguno de los 17 intervinientes se deleita en las trampas de lo que los franceses denominan ego-historia. Todos contamos, más o menos brevemente, nuestro desarrollo vital y sobre todo profesional. Muchos de entre nosotros gravitaron hacia la historia en la Universidad. Unos pocos, no. Hay dos bichos raros (servidor incluido) con carreras profesionales diferentes, pero ciertamente no de historiadores.

Las posturas ante la Historia son muy diversas. Las experiencias formativas lo son más aún. Juzgando por ellas somos una minoría los que nos hemos visto expuestos a influencias foráneas y ciertamente nadie me gana en este aspecto ya que, entre pitos y flautas, he pasado algo más de cuarenta años en el extranjero. Encima, no estudié Historia.

No extrañará, pues, que los resultados de nuestra labor escudriñando el pasado hayan discurrido sobre temáticas muy diferentes. Entre los más talluditos abundan quienes han pensado y escrito sobre la violencia y represión en la guerra civil y en la postguerra. A todos ellos los conozco y, es más, los considero muy amigos. Con varios de los intervinientes he colaborado en obras colectivas. Con otros menos y con varios de los más jóvenes casi nada. Lo lamento.

Partiendo del supuesto de que ninguno ha descubierto la luz imperecedera del conocimiento decisivo, para mí ha sido muy interesante leer la variedad de caminos que han llevado al colectivo a trabajar en Historia y, en general, desde la enseñanza.

Noto una disonancia entre la mayor parte de las experiencias efectuadas por los diecisiete y muchas de las variopintas perspectivas que Jorge Marco presenta en su introducción. No abundan quienes tengan una postura escéptica ante la importancia de la disciplina. En general creemos que la Historia sirve para algo, ya sea para formar a las nuevas generaciones, ya sea para conocer un pasado que sigue siendo oscuro y que necesita más desbrozamiento. No figuran entre nosotros eximios representantes de las modernísimas tendencias en la escritura sobre el pasado. Al menos tal y como se desprende de la larga síntesis introductoria y que está muy marcada por un sector de la práctica anglosajona, con alguna que otra referencia a autores franceses que oscilan entre la sociología, la ciencia política y la antropología. Personalmente he de confesar que para mí esa evolución intelectual es un tanto extraña. En términos ingleses, por ejemplo, yo me detuve en Carr, Evans y Hobsbawm y reconozco no estar demasiado familiarizado con muchos de los nombres que Jorge cita abundantemente. Quizá, pues, no sea tan buen historiador como desearía ser. Por lo demás, no me suenan tampoco demasiado muchos nombres que hayan revelado algo de interés para mí en los temas que me son más caros.

Probablemente soy víctima de una deformación positivista. Creo en los archivos, en los documentos, en la necesidad de analizarlos por dentro y desde fuera y prefiero el método inductivo al deductivo. Soy muy consciente de que no hay historia definitiva por la simple y sencilla razón de que cada generación escribe desde su cota temporal y desde el conocimiento acumulado en ella. Como el pasado, por definición, no existe me parece aventurado considerar que las ideas que de él nos hacemos en un momento determinado pueden ser estáticas o impermeables a ulteriores reflexiones sobre la base de otros instrumentos heurísticos. No hay historia definitiva.

Creo, sin embargo, que existen algunas líneas maestras comunes a los diecisiete historiadores que Jorge ha reunido para esta tan singular aventura. Cualesquiera que sean las epistemologías a las que suscribamos, el tipo de historia y de conocimiento del pasado que hemos heredado de quienes nos han precedido y trabajaron sujetos a las condiciones de la dictadura franquista está destinado a la papelera. O, para ser más explícito, al basurero de la historia. El régimen que ganó la guerra civil y marcó una larga postguerra de casi cuarenta años no aportó un ápice al conocimiento del hoy pasado español. Si, y mucho, a su distorsión con fines de autoengrandecimiento. Ya pueden gritar los políticos de VOX y los socios de la FNFF (meros ejemplos) lo que quieran.   Por mucho que los futuros historiadores devalúen el conocimiento documental, arqueológico -que hemos ido acumulando desde 1975- no tengo la impresión de que el futuro les pertenezca.

En tal sentido, y aunque solo sea por ello, leer los testimonios de los 17 historiadores (y, para los audaces, la introducción de Jorge Marco) dará una impresión de la riqueza de planteamientos de las generaciones que, todavía, hemos seguido escribiendo historia en  tiempos de pandemia.

(Libro publicado por Postmetropolis Editorial, Madrid, 2022, 439 páginas).

FRANCO,  DE HÉROE A FIGURA DE CÓMIC: UN NUEVO LIBRO (y II)

26 abril, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

Lamento la interrupción de este blog. Salvo un par de días en que mi mujer y servidor nos hemos dedicado a corretear por los bosques que rodean Bruselas, no he parado de trabajar. Tenía muchos cometidos que no admitían espera. Algunos de ellos han aparecido en otras publicaciones, un libro que saldrá en 2023 ya está enviado a la editorial y el que, con dos colegas, aparecerá a mediados de junio está casi listo para la imprenta. Este blog, que me lleva mucho tiempo, ha tenido que esperar. Lo siento.

Franco, de héroe a figura cómica de la cultura contemporánea’,
Matilde Eiroa San Francisco. Tirant Humanidades, 2022

En el post precedente inicié un canto laudatorio al último libro de la profesora Matilde Eiroa. No entré en su análisis. Es muy recomendable tanto para los lectores que crean saber mucho de Franco como para los que quieran empezar a saberlo. A ambos grupos les son aplicables las siguientes razones, creo que extremadamente adictivas en cada caso:

  1. El primer capítulo cubre un tercio del libro y es el que probablemente más interese a los lectores no especializados pero que, como servidor, ya son talluditos. Les hará recordar las oleadas de mezclas, en proporciones varias, de babas e incienso que durante la dictadura se vertieron sobre tan excelsa figura. Se encontrarán, de nuevo, con personajes como Arrarás, Millán Astray, Giménez Caballero, Beneyto, Bolín, Guerra Campos, Pemán, entre muchos otros aduladores con escaso sentimiento del pudor y de la vergüenza De todos ellos hay una lista en la p. 55.
  • También observarán la paulatina transformación de los mitos primigenios a medida que la dictadura se estabilizaba y daba paso a una pre-versión de las loas, hoy de nuevo frecuentes, de Franco como fundador (raras veces señalando que muy a pesar suyo) de la España moderna. En ocasiones con un tonillo de nostalgia: “le debemos tanto”, “vivíamos tan bien”, “fue una época de tal placidez” y con su “representación” ad hoc como “abuelito de la PATRIA”. Todo ello en un proceso de creciente “humanización” de su inmortal figura, porque las pasadas exacciones del “César” habían servido para algo muy positivo. Creó una España que ya contaba en el mundo (subtexto: no como ahora).
  • A los lectores menos talluditos podrá interesarles en particular, quizá, el segundo capítulo. Las argumentaciones se hacen más modernas. No en vano durante dicho período, hasta finales del siglo XX, convivieron o cohabitaron, pero no se tocaron, los ditirambos hagiográficos (que ya empezaban a pasar de moda) con las visiones de esos, para algunos, aguafiestas que somos los historiadores y que nos empeñamos en derribar símbolos, reputaciones, estatuas, etc. en vez de continuar babeando, como si la grandeza de SEJE no fuera algo incontestable y siempre inmarcesible. Así, por un lado, Matilde Eiroa contrapone egregias figuras del porte de Manuel Aznar (abuelito de Don José María), Ricardo de la Cierva, Fernando Vizcaíno Casas y otros que ya están en la Gloria, regocijándose junto con su alabado en la paz del Señor, y las instituciones que ya despuntaban además de los viejunos órganos de prensa y propaganda que no tardaron en reconvertirse (ABC) o perecieron (Pueblo, Ya, El Alcázar). Enfrente, la ristra de historiadores, españoles y extranjeros, que ya sin mordaza empezaron a olisquear dentro de la armadura propagandística con la que periódicos y revistas, el cine, la radio y, sobre todo,  la tele lo habían rodeado. En este capítulo ya vamos acercándonos a la actualidad.
  • ¡Ay! El paso del tiempo y la historia no perdonan. El tercer capítulo nos presenta una decididamente controvertida imagen de Franco en los comienzos del presente siglo. Surge de cara a una generación que no había vivido para nada en la, por tantos y tan sabios, algodonada dictadura. Con el CIS y las encuestas de opinión por delante, entró en acción el derrumbamiento de los símbolos materiales, intelectuales, literarios del “supermán” que fue. Siempre en pugna con quienes apelaban todavía a los admiradores, viejos y nuevos, de la grandeza pasada. Un Franco, por así decir “aculturizado” de acuerdo con las nuevas tendencias de la moda y un pelín en contra de los empeñados en derrumbar su imagen. Matilde espiga lo más granado de entre unos y otros. Hay varios amigos míos y algún personaje a quien a mi no se me ha ocurrido nunca mencionar ni en pintura. Las películas, las series de televisión, las novelas llevadas a la pantalla son ya fundamentales en la pugna dialéctica entre unos y otros durante este período.
  • Pero es, en mi opinión, el último y cuarto capítulo el que me ha proporcionada más delicias. Matilde Eiroa tiene una larga trayectoria como escudriñadora del mundo del internet. Ha escrito mucho y muy bien sobre esta nueva dimensión: la blogosfera, las redes sociales, los impactos, las controversias y las dificultades de aprehensión de la “realidad” virtual. Aquí brilla en todo su esplendor el entorno digital del mito y del antimito de Franco. Es así, porque las técnicas informativas y de manipulación que ese mundo alberga permiten los más variados despropósitos y, a la vez, constituyen armas nada desdeñables para su combate. ¿Quién, en el cscalón más elemental, no ha ido a buscar lo que no sabe o lo que no recuerda en, por ejemplo, Wikipedia? A quienes no podemos desplazarnos, y hemos sido millones y millones, a archivos, bibliotecas, Facultades o a hablar con amigos y colegas, Wikipedia -a pesar de todas sus limitaciones- se ha convertido en un instrumento insustituible. Matilde da ejemplos de controversias, reacciones, informaciones, memes y contramemes que harán, sin duda, las delicias de innumerables lectores. Ciertamente de quien esto escribe.
  • A la lectura de este libro, que recomiendo vivamente y que a partir de ahora lo tendré casi de cabecera (es un decir), uno se pregunta si quedará espacio en el futuro para historiadores que han aprendido el oficio con los instrumentos tradicionales. No porque hayan desaparecido los reflejos de las acciones o representaciones pasadas, no, si estas han quedado guardadas en archivos, en master drives que puedan leerse con las tecnologías más avanzadas del futuro que sin duda llegarán. Me pregunto si no diluirán las decisiones de quienes cuentan a la hora de tomar decisiones que cambian, o pueden cambiar, nuestras vidas porque si no se reflejan con consistencia e insistencia ¡es tan fácil no dejar huellas! Sobre todo para quienes pueden borrar su paso por los corredores del poder y el ejercicio de las palancas correspondientes.
  • Con buen criterio, Matilde Eiroa se adentra por terrenos más seguros. A la hora actual es difícil discrepar de su conclusión, a la que ha ido aproximándose tras casi 300 páginas de texto, de que Franco “ha pasado de estar representado como un ser extraordinario (…) a un comodín utilizado como herramienta del humor para simbolizar situaciones ridículas, anacrónicas, irrisorias y objeto de la crítica mordaz”. Sí, pero para quienes seguimos aferrados a la EPRE de los tiempos pasados, esa nueva “representación” debe ir de la mano de la que no lo es, como actor transparente, en virtud de sus actos, de una de las más sangrientas y sórdidas dictaduras de la historia de España. En cualquier caso, no se pierdan el libro de Matilde.

Se reirán, mucho. También, en ocasiones, llorarán. Quizá lleguen a la conclusión de eso que cualquier tiempo pasado fue mejor no es cierto. En realidad, nunca lo fue. Y, si no, que se lo pregunten a los habitantes de Gernika. Hoy no cabe olvidar de que se cumple el 85 aniversario de su bombardeo por la aviación nazi-fascista al servicio de aquel general que no hemos olvidado. He publicado en InfoLibre una miniserie de articulitos para que no decaiga el recuerdo en una fecha casi redonda. A ella me remito. 

FRANCO, DE HÉROE A FIGURA DE CÓMIC: UN NUEVO LIBRO (I)

5 abril, 2022 at 8:30 am

ANGEL VIÑAS

No es exagerado afirmar que Franco, un militar mediocre y bastante inculto, ha sido elevado a lo largo de los últimos ochenta años a figura cumbre de la historia de España. En comparación, a veces, con los de los tiempos de los Reyes Católicos, de Carlos I y de la conquista de medio mundo. Los “pelotas” de turno, hoy un poco de capa caída, llegaron a compararlo a egregias figuras de la historia universal. En ello no hicieron ninguna cosa hispanamente  estrafalaria: copiaron alabanzas del tipo que se dirigieron a Hitler: “el líder militar más glorioso de todos los tiempos” (para los chistosos “Gröfaz” – “Grösster Feldherr aller Zeiten”)  fue una de las más socorridas.

Ya en 1976, es decir, desde que en la práctica se suspendió la censura (“consulta previa”, de los tiempos no menos gloriosos del profesor Manuel Fraga Iribarne, uno de los fundadores de AP, hoy PP) llegó el Tío Paco con las rebajas. Los archivos extranjeros fueron abriéndose. Después los españoles. Los biógrafos continuaron su labor desmitificadora. Uno de los primeros fue el profesor Paul Preston, que recibió por sus desvelos los improperios más desvergonzados de los residuos franquistas españoles. Siguieron otros. Para mí, uno de los más interesantes fue el dúo que formaron el profesor Stanley G. Payne y el exCEDADE Jesús Palacios. Lograron penetrar en los inmarcesibles círculos de los descendientes del excelso líder y consiguieron que la Señora Duquesa de Franco les hablara bien, muy bien, de su papá. Lamentablemente no parece que obtuvieran acceso a los fondos documentales que, insinuaron, guardaba la familia y que no parece que sean los que conserva celosamente la FNFF.

Así que los historiadores molientes y corrientes hemos seguido haciendo lo que solemos hacer, faltos como estamos de imaginación: buscar papeles en los archivos consultables. No sé si debo decir que me cabe el honor (otros hablarán de “deshonor”) de haber contribuido a bajar un pelín de su pedestal al “Alejandro Magno” español. En los últimos años me he entretenido en echar un vistazo al expediente de su juicio contradictorio para que se le concediera la Cruz Laureada de San Fernando. ¿El motivo? Su “heroica” participación en un semiolvidado combate en tierras próximas a Ceuta en 1916. Hizo todo lo que pudo. Mintió todo lo que pudo, pero no la consiguió.

A mí no me extrañó. Ya habíamos demostrado (un primo hermano expiloto y un patólogo eminente, ambos fallecidos) y servidor lo que estuvo dispuesto a hacer para no correr el menor riesgo en su sublevación en Canarias. Cargarse, por persona interpuesta eso sí, a su compañero y supuesto amigo, el jefe de la guarnición de Las Palmas. O desfigurar todo lo posible, para autoenaltecerse, su papel auténtico en la “conspi” de 1936. O hacerse con una fortunita durante la guerra y la posguerra. O importar, para consumo interno, las ventajas inherentes a la aplicación del Führerprinzip (que servidor denominó, con cierta guasa, Francoprinzip).  O mostrar, con documentación, que el genio de Franco se aplicó con intensidad a demorar el plan de estabilización y liberalización de 1959, que eminentes autores siguen calificando, dale que te pego, como uno de los grandes triunfos de la rutilante estrella en el cielo de España que fue el “Caudillo”.

Todo esto, no lo oculto, son migajillas históricas. Hay que recogerlas, encuadrarlas, desmenuzarlas es un relato consistente. En él deberán presentarse los gloriosos triunfos que atribuyen a Franco sus corifeos y seguidores y su reducción a niveles mucho más modestos, que al fin y al cabo es la función de los historiadores.

Este tipo de reflexiones fue lo que me atrajo del manuscrito de una amiga y colega que trataba de poner en blanco y negro el alfa y el omega, la cruz y la media luna, los ditirambos y los exabruptos reciclados en favor o en contra de la persona sin duda más importante de una buena mitad del siglo XX español.

La profesora de la Universidad Carlos III de Madrid Matilde Eiroa San Francisco, en un libro reciente, que me ha cabido el honor de prologar, ha pasado revista a los elogios y a los dicterios o, si se quiere, a la imagen cambiante de Francisco Franco en la historia, la literatura, el cine, etc, incluidos los memes que ahora tanto abundan.

‘Franco, de héroe a figura cómica de la cultura contemporánea’,
Matilde Eiroa San Francisco. Tirant Humanidades, 2022

La idea me pareció magnífica. Más que hacer una disección, generalmente aburrida, de los tergiversados “hechos” y “glorias”, en los que participó (siempre descolladamente) Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE, para abreviar), la autora se ha concentrado en sus “representaciones”. Este es un término que ha entrado en la historiografía que se hace en nuestros días. Los “hechos” importan, desde luego y mucho. Pero una cultura de la imagen, de las redes, de los conductos por los que transitan imágenes o afirmaciones hipersimplificadas de los hombres y mujeres que hacen o sufren la historia necesita también de una aproximación histórica.

Esta tarea no se había hecho tan profundamente como ahora y es lógico que la haya acometido una de las mayores y mejores especialistas españolas en el estudio de contenidos históricos en materia de generación y propagación de “Vorstellungen” (representaciones). Las propias de la cultura de la imagen y de lo abreviado en que comulgan las presentes generaciones.

Reconozco que servidor no ha logrado desprenderse de la atracción de los archivos ni de los resultados de las técnicas de identificación de residuos arqueológicos. Son los que abundan en esas fosas del olvido que algunos prominentes políticos de la derecha y de la extrema derecha quieren, a su vez, que vuelvan a olvidarse.  No puedo afirmar, pues, que sea un especialista de la imagen, cultural o no.

Pues bien, en la turbamulta de libros que siguen publicándose sobre los años oscuros, o distorsionados, de la historia patria, obras como las de Matilde Eiroa son más que bienvenidas. Cumplen, en mi opinión, cuatro funciones:

  • Destilar los contenidos de los continentes que transitan por las redes
  • Aproximar dichos contenidos a la contundencia de las afirmaciones o tesis históricas constatadas por las evidencias primarias de época
  • Fundamentar un relato fácilmente absorbible por las jóvenes generaciones
  • Contribuir al acercamiento de los resultados de la historia que escribimos los historiadores a su exposición gráfica y breve, pero no por ello menos rotunda

No es un enfoque fácil ni sencillo. Implica tener un conocimiento exhaustivo de la literatura existente sobre Franco y su época. También el haber contribuido a deshacer los mitos que aún la tiñen. Finalmente, es preciso atenerse a los principios básicos de todo relato histórico: examinar la consistencia interna de las piezas de información examinadas y relacionarlas con su contexto.

Matilde Eiroa no es solo una buena historiadora. Es también una historiadora amable que no convierte en vituperios muchas de las afirmaciones o ditirambos “históricos”, que se han dirigido a quien algunos denominan “el regeneracionista” más notable que ha tenido España en un par de siglos. Normal: al fin y al cabo se le calificó también de “predestinado por Dios”, se le rodeó de incienso y, no hay que olvidarlo, se le acostumbró a moverse bajo palios.

(continuará)

Por razones de calendario y del intenso trabajo a que estoy sometido este blog no se reanudará hasta el 26 de abril. Lamento la interrupción.

VA DE ESPÍAS (y II)

29 marzo, 2022 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

Gracias a Sorge y a su frenética actividad Stalin pudo jugar al póker con los japoneses y retirar potentes fuerzas armadas de Siberia. Con ellas trató de contrarrestar la ofensiva nazi en su frente occidental. Así, sin colmar de bendiciones a su espía alemán pudo incidir decisivamente en la marcha del ya declarado segundo conflicto mundial. En el curso de este, y por una serie de canales, los soviéticos llegaron a enterarse de que los anglo-norteamericanos estaban trabajando en lo que terminaría siendo un artefacto de nuevo tipo en el arte de la guerra: la bomba atómica. Con su empleo sobre Hiroshima y Nagasaki en el verano de 1945 se abrió una nueva etapa en las relaciones internacionales de seguridad y, de hecho, en la historia política, económica, social y cultural de nuestro planeta.

Lo que antecede es una trivialidad que no ningún lector ignorará. Pero detrás de ella hubo muchos esfuerzos, no siempre bien conocidos, y como en el caso de este post muchos espías. La palma se la ha llevado el matrimonio Julius y Ethel Rosenberg, ciudadanos norteamericanos, que en plena oleada de macartismo pagaron con su vida, en la silla eléctrica, su condena como espías al servicio de la URSS. Fueron encontrados culpables de haber pasado secretos al antiguo aliado y entonces ya adversario claro y nítido. La literatura sobre el caso es inmensa.

Son menos conocidos dos episodios. El primero es que fueron los propios norteamericanos quienes desde principios de los años treinta cayeron, como incautos que eran, en las redes tendidas por el espionaje soviético. En Moscú se necesitaba información sobre los progresos yankis en materia industrial por lo general y de comunicaciones y armamento en términos específicos. No es mi tema en este momento. No tengo tiempo de leer alguna de las obras que no se han traducido al castellano, a pesar de mis recomendaciones. Con razón, probablemente. No es un tema que, imagino, despertará pasiones aunque a mí me ha sido útil conocer algo de ello.

En el segundo episodio que abordo ahora en este blog intervino decisivamente una antigua amante de Sorge, también alemana, también comunista y también coronel del GRU: aunque su nombre es conocido de los especialistas e incluso de muchos historiadores de las relaciones internacionales me atrevo a asegurar que no lo era del gran público. Cuando yo era joven e inocente y pasaba a Berlín Oriental casi todos los fines de semana lleno de curiosidad acerca del mundillo de la entonces llamada República Democrática Alemana, compraba libros -muy baratos- a mansalva. Tampoco me perdía ninguna obra de Bertolt Brecht.

Los primeros recuerdos de la vida de la espía de que trata este post no los captaron mis vigilantes antenas. Los había escrito bajo el seudónimo con el que ya había empezado a destacar como escritora y el nombre (alias) de Ruth Werne tampoco me dijo nada. En aquella época solía leer entonces a autores que habían publicado antes de la llegada del Tercer Reich en 1933 y que eran furibundamente antinazis.

Ahora, CRITICA ha publicado una muy leíble e interesante biografía de quien se llamó, de soltera, Ursula Kuczynski, Ursula Hamburger y Ursula Beurton, tomando como era costumbre en la época el nombre de sus dos maridos, el primero alemán y el segundo  británico. La entrada que le dedica Wikipedia.es bajo su primer apellido retraza su vida a grandes rasgos y está escrita por alguien que no es español. Si es traducida de otro idioma, la verdad es que es pésima.

Para quienes estén interesados en saber cómo funcionaban los agentes del GRU, la biografía de Úrsula que ha escrito el conocido periodista británico Ben MacIntyre se lee como una novela. Y es que Úrsula, comunista desde sus jóvenes años y persistente en la fé hasta su último suspiro, fue una espía sorprendente.

‘Agente Sonya. Amante, madre, soldado, espía’, Crítica, 2021

Fue la espía que contribuyó a que los supersecretos de la fisión nuclear en los que participaba destacadamente un compatriota suyo, el eminente físico alemán nacionalizado británico Klaus Fuchs llegaran rápidamente a Moscú.

La operación era tan secreta que Fuchs no se arriesgó nunca a pasarlos directamente a los soviéticos. Los pasaba a Úrsula que los entrega tan pronto llegaban a sus manos a un agente incrustado en la propia embajada soviética en Londres. Desde aquí volaban o se se transmitían a Moscú donde el propio Stalin los ojeaba. De su oficina pasaban a los científicos. No es de extrañar que la URSS forzara luego la fabricación de su propia bomba atómica. Como en los años treinta y antes de la segunda guerra mundial ya ocurría a marchas forzadas con las patentes norteamericanas en materias industriales y de armamento. ¿Quién dijo que la historia no se repite nunca?

Cuando servidor se interesaba por el funcionamiento de las economías de dirección centralizada, según el modelo soviético, tuve incluso la humorada de leer algunos artículos del hermano de Ursula, un economista muy conocido llamado Jürgen Kuczynski. Incluso saltó a la prensa alemana occidental porque participó como experto en el primer proceso de Auschwitz, cuyos pormenores seguí con gran atención.

Pues bien, sentados estos recuerdos que me ha traído a la memoria la biografía de Macintyre, debo decir que me ha impresionado gratamente. En primer lugar, se lee casi como una novela. En segundo lugar, está muy descargada de referencias y de notas a pié de página y las pocas que hay van al final. Y, en tercer lugar, el autor sabe sostener el ritmo narrativo. No me ha gustado, sin embargo, la introducción de diálogos entre los personajes y de los que no sabemos si se los ha inventado el autor resumiendo sus lecturas o si figuran en los libros consultados. Claro que esto puede ser, simplemente, el reflejo de la minuciosidad del historiador académico. Siempre es necesario dar fuentes. Los lectores tienen que tener la posibilidad de, sin realizar esfuerzos supremos, comprobar las referencias en cuestión. Si, por un azar, como hacen algunos “despreocupados”, son falsas o inventadas, la maldición del lector sagaz caerá sobre ellos.

Ursula se cruzó con Sorge en lo que solía denominarse “la puta de Oriente”, es decir, el inmenso burdel que era Shangai en la primera mitad de los años treinta. En tanto que Sorge se desplazó al cabo de un par de años a Japón, Úrsula siguió en China, viajó por el norte del país ya como espía soviética, emparejada con otro. Pasaron innumerables peripecias, pero tuvo la suerte de que el GRU la llamase a capítulo para destinarla a Suiza. Aquí pasó una parte de la guerra, sirviendo de enlace de otros espías comunistas, hasta que se presentó la oportunidad de trasladarse a Inglaterra.  Fue posible gracias a su matrimonio con un inglés que había combatido en las Brigadas Internacionales en la guerra civil española.

En un pueblito de la Inglaterra profunda y lo más rural posible Úrsula siguió laborando por la causa hasta que recibió órdenes de servir de conducto por el cual pasaría a un compañero disfrazado de diplomático los informes que le pasó puntualmente Klaus Fuchs.

Macintyre despliega todo su sarcasmo -que es mucho- para burlarse de los servicios de contraespionaje británicos (MI5) que, si bien llegaron a sospechar de Úrsula, no lograron ponerle la mano encima. De sus críticas solo se salva otra mujer (una de las pocas que entonces trabajaban en el MI5). Nos informa de que John le Carré la inmortalizó como “Connie” en su trilogía sobre la pugna entre Smiley y Karla, su oponente soviético. Quizá la serie más interesante de la guerra entre espías de verdad que se libró en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo.

Conscientemente me atengo de revelar los detalles de una vida aventurera, tras el disfraz de ama de casa, buena madre y refugiada que rápidamente se adaptó a las circunstancias de su entorno.

Muy diferente de la obra de Matthews, el relato sobre la vida y milagros de Úrsula, que siempre utilizó el apodo de SONIA en su actividad de espionaje y que nunca renunció a sus convicciones comunistas, nos muestra otra faceta de los historiadores de espionaje. Con un toque humano a lo largo de todas y cada una de sus páginas.

Para leer en momentos de ansiedad y de búsqueda de calma, la calma que suele anteceder  a la tempestad, hoy materializada en la guerra de Ucrania.  

FIN

VA DE ESPÍAS (I)

22 marzo, 2022 at 10:24 am

ÁNGEL VIÑAS

Las novelas de espionaje son un género acreditado que concitan la atención de numerosos lectores (entre los cuales se encuentra servidor, aunque solo por períodos). Las historias de espías son posiblemente más antiguas, pero no solían formar parte de la Gran Historia. Con las dos guerras mundiales la situación cambió radicalmente. Todavía recuerdo cómo, cuando me estrenaba de modesto aprendiz de historiador, tuve que lidiar con un tema que sigue dando vueltas, ahora más bien por los meandros de la subhistoria.

Entonces, hablo de principios de los años setenta del pasado siglo, un norteamericano de origen húngaro (cuyo nombre era Ladislas Farago) ganó un montón de dinero con un librote (The Game of the Foxes  que, en lo que sé, solo se publicó traducido al castellano en México). En él anunciaba que iba a relatar la historia jamás contada del espionaje nazi en Reino Unido y Estados Unidos durante la segunda guerra mundial. Consultó documentos de archivo (que entonces empezaban a desclasificarse, sobre todo en el segundo país) y se basó en numerosos libros, libritos y camelos previos a los que añadió los resultados del funcionamiento de su propia y desbordante  imaginación.

Me llamó la atención porque relanzó una afirmación que ya se había hecho en los años de la guerra civil española y continuó repitiéndose después: los nazis, y en especial el jefe de su servicio de inteligencia militar (Abwehr), el almirante Wilhelm Canaris, habían preparado la sublevación militar de Franco. Me pasé varios años investigando en archivos alemanes y a base de microfilms de difícil lectura en otra documentación conservada en los archivos norteamericanos y británicos. Llegué a la conclusión -que mantengo- de que no había la menor prueba de sus delirantes tesis en tal aspecto.

Después la desclasificación de archivos se acentuó. Sobre el tema en cuestión no salió nada porque nada se había conservado, pero ya metido en papeles que representaban la evidencia primaria de época continué interesado sobre muchos de los resultados de la desclasificación. Los libros que fui recopilando, y que ya no me hacen falta, los pasé a la biblioteca de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM.

En el tiempo transcurrido la literatura sobre el espionaje en la segunda guerra mundial es inabarcable. Existen numerosas síntesis de síntesis de síntesis. Se cuentan por centenares los historiadores que no han resistido al clamor popular que sobre el tema se ha desbordado, en particular en Reino Unido. La banda de los cinco de Cambridge, espías soviéticos que actuaron en las entrañas del establishment británico, ha dado para mucho. En Estados Unidos hay un antes y un después, en relación con el mismo tipo de espionaje, cuando se desclasificaron los telegramas interceptados por los servicios de seguridad a los comunistas, norteamericanos o no, en una operación denominada VENONA. En ambos países el archivo Mitrokhin, con papeles de la KGB, añadió leña al fuego.

Reconozco, cierto es, que a los espías y sus actividades los había dejado un poco de lado tras escribir SOBORNOS, es decir, la operación que estuvo en la base de las operaciones clandestinas y no clandestinas que Londres puso en marcha en España para evitar la basculación de Franco hacia el Eje.

Podría seguir, pero lo que me interesa ahora es señalar que la editorial bajo cuyos auspicios mantengo este blog, CRITICA, es la que con mayor asiduidad ha acercado al público de lengua española, aquí y en América Latina, los productos de la investigación británica (más que la norteamericana) en cuanto a la conexión entre la segunda guerra mundial y las labores de espionaje.

Para un libro que estoy terminando y que saldrá el año que viene me ha interesado conocer algunas de las aportaciones de la literatura más reciente. Conviene que los lectores sepan que, si bien servidor se basa esencialmente en EPRE, nunca en ningún momento he dejado de lado la literatura secundaria. De aquí que en los últimos meses me haya deleitado con dos de los libros sobre espías soviéticos publicados en castellano el año pasado.

El primero ha sido, para mí, el más interesante. Es obra de un periodista, pero formado como historiador en Oxford (siempre una buena dirección en este campo). Se trata de Owen Matthews con Un espía impecable. Me ha impresionado. Este autor cuenta la trayectoria de uno de los pocos espías de quienes puede decirse que contribuyó al desenlace de la segunda guerra mundial de manera muy directa.

‘Un espía impecable’, Owen Matthews. Crítica, 2021

Se trató de un caballero (mujeriego, gran bebedor, charlatán cuando le convenía y que daba el pego a unos y a otros) que fue alemán, pero espía soviético y que después de trabajar para la Comintern, se incorporó al Servicio de Inteligencia Militar (el llamado Cuarto Departamento del Estado Mayor del Ejército Rojo o, más frecuentemente, GRU). Como tal actuó en China y, sobre todo, en Japón.

Sobre él la literatura es muy abundante, algo más de cien títulos, en diversos idiomas (inglés, alemán, ruso y japonés principalmente), pero Matthews que escribe muy bien tiene el sentido del suspense. Se mueve a diversos niveles para presentar, estudiar y descifrar al personaje, hombre con ambiciones académicas que se tradujeron en un doctorado y en varias obras de tal corte. ¿Su nombre?, Richard Sorge.Póstumamente fue declarado héroe de la Unión Soviética (el equivalente, por así decir, de la Victoria Cross británica, la Cruz de Caballero nazi o la Laureada de San Fernando).

Matthews está casado con una rusa, ha pasado años de corresponsal en Rusia y -no deseo descubrirlo- arranca su libro con una rememoración que corta el aliento. Trata de penetrar, en lo posible, en la sicología de su biografiado, tarea difícil pero mucho más en el caso de un hombre como Sorge que penetró en la embajada nazi en Tokio haciéndose íntimo amigo del agregado militar alemán (a la par que seducía a su esposa) y luego consejero del mismo, que llegó a ser el embajador nazi.

Sorge gozaba de una reputación como experto en temas chinos y  japoneses y de una fama bien ganada como periodista y corresponsal de uno de los más reputados periódicos alemanes de la época. Ha pasado a la gran historia por dos razones.

La primera porque fue uno de los agentes en un puesto hipersensible que advirtió a Stalin de la próxima invasión nazi de la Unión Soviética. Sus fuentes no eran solo las de la embajada del Tercer Reich en Tokio sino de los contactos que había anudado entre gente próxima al jefe del gobierno, la alta administración y el establecimiento militar japoneses. Era en este, en particular, en donde cocinaban y discutían las decisiones. El estamento político raras veces estuvo en condiciones de oponerse.

Dado que las relaciones entre Moscú y Tokio se habían visto marcadas en los años treinta por confrontaciones militares en el lejano oriente chino y soviético Stalin mantenía en Siberia un poderoso dispositivo de disuasión por lo que pudiera volver a pasar. Mientras tanto en los círculos de Tokio se debatía la orientación de la marcha imparable del Japón. El dilema era si debía hacerse hacia el oeste asiático, contra la URSS, u orientarse hacia el sur y sureste contra británicos, franceses, holandeses y, en último término, norteamericanos.

Sorge mantuvo un chorro de advertencias a Moscú sobre la dirección de la estrategia hitleriana contra la URSS y las oscilaciones de la japonesa en una situación marcada por la pertenencia de ambas potencias al pacto antikomintern. No revelaré aquí detalles sobre el funcionamiento interno de la red de espías comunistas en Japón. El hecho es que sus advertencias no las tuvo en cuenta Stalin (que hizo fusilar a los sucesivos jefes del GRU hasta llegar a uno que jamás se atrevió a llevarle la contraria). Los resultados son conocidos.

Sorge era ya entonces coronel del GRU. Falló en tal ocasión, aunque no por falta suya, pero no lo hizo en su segunda aportación que, esta sí, cambió el curso de la guerra mundial. Sus informaciones, recibidas con, al principio, cierto incomodo en Moscú, terminaron convenciendo a los próximos a Stalin en el otoño de 1941. Los japoneses no atacarían a la Unión Soviética y se dirigirían contra los norteamericanos.

Al aceptar esto, Stalin rebajó el nivel de presencia militar soviética en el lejano Oriente y desplazó una amplia gama de unidades hacia el Oeste. Estaban en condiciones de entrar inmediatamente en combate en el supergélido invierno de 1941-42. Las primeras llegaron a tiempo de prestar una contribución esencial para parar los ataques nazis a Moscú, enlodados, embarrrados y en unas condiciones climatológicas para las que la Wehrmacht no estaba en modo alguno preparada.

Después, el contraespionaje japonés, por una serie de casualidades que Owen narra con todo detalle, logró penetrar la red de Sorge. Todos cantaron. El superagente antinazi y varios de sus colaboradores fueron ejecutados en 1944. Sorge pasó al panteón soviético y a la inmortalidad.

Raras veces un espía ha podido influir en una decisión estratégica que cambió el curso de la guerra mundial y, por ende, de la historia.

Si les gustan los relatos de espías no se lo pierdan. Owen ha hecho un buen trabajo como muestran las referencias, publicadas y no, a las que alude a lo largo de la obra. Encima, aun conociendo el resultado, mantiene viva la atención del lector. No es moco de pavo.  

(continuará)

DE NUEVO SOBRE LAS “CHECAS”

15 marzo, 2022 at 8:30 am

ÁNGEL VIÑAS

El post sobre las “checas” en torno al libro de Fernando Jiménez Herrera tuvo una acogida que no me esperaba. Ha alcanzado, sin duda, a un número de lectores muy superior al habitual de este blog porque lo han reproducido varios portales que llegan a mucha más gente. Me alegro por Fernando, ya que lo merece. Como ya señalé, servidor no es un experto en el tema en tanto que él se ha pasado varios años buceando en archivos para derivar una tesis documentada que ha llamado la atención por su novedad.

Entre las reacciones que me han llegado sobre tal post sobresale la de un historiador modernista que hizo su tesis doctoral en la Facultad de Geografía e Historia de la UCM pero que después, me dice, se ha dedicado a leer intensamente sobre la violencia política en Madrid en 1936. Me contó que estaba de acuerdo con Jiménez Herrera en cuanto a negar el origen soviético de los comités revolucionarios que surgieron en la capital tras la sublevación de julio porque respondían a un cierto hilo conductor de las algaradas populares españolas desde el siglo XIX.

A mí me pareció su argumentación muy convincente y le invité a que la pusiera por escrito. Si así lo hacía, le aseguré que la publicaría en mi blog. Es lo que hago ahora, en atención a la significación del tema. En los últimos años me he dedicado a desbaratar y contrastar las explicaciones y argumentos de los sublevados para justificar su infamia y veo en el tema de este post una continuación de tal tarea.

El mito de las checas. Historia y memoria de los comités revolucionarios (Madrid, 1936), de Fernando Jiménez Herrera. Comares Historia.

El fenómeno de las “checas” en el Madrid de 1936 tiene orígenes lejanos y escasamente soviéticos.

 Juan de Á. Gijón Granados.

Hace algo más de cien años surgieron en España unas juntas locales como reacción alternativa al gobierno de José I. Tuvieron unas milicias heterogéneas de nombres variopintos. Estas tropas (las partidas) con el tiempo fueron aglutinadas dentro del Ejército de los Patriotas apoyado por los británicos. (Algo parecido ocurrió con las milicias populares (también de nombres diversos) que fueron absorbidas por el Ejército Popular en la guerra civil). Aquellas juntas se encuadraron en Juntas Provinciales y a su vez en una Junta Suprema, gobierno paralelo al josefino. Tales organizaciones aparecieron ante la crisis de 1808. En 1936 se retomaron consignas de la Guerra de la Independencia.   

En 1854 se produjo un doble fenómeno: la Vicalvarada y el Manifiesto de Manzanares. Condujeron a una revolución que se llevaría por delante el gobierno. De nuevo surgieron “juntas” en aquel momento de crisis que acabó en un golpe de Estado.

Con la Revolución Gloriosa (1868) se crearon otras “juntas” que quedaron por debajo de un gobierno provisional a la espera de una monarquía parlamentaria bajo la Constitución de 1869.

La llegada de la actividad del movimiento obrero creó comités de huelga. A la altura de la crisis de 1917 las “juntas” quedaban para los militares desligándose de movimientos populares.

Esta tradición de crear “juntas” en momentos de crisis y la actividad huelguística de los comités obreros fueron antecedentes de los comités revolucionarios madrileños tan heterogéneos en 1936. Retomaron la vía de las juntas que aparecieron durante el siglo XIX en momentos de crisis con vacíos de poder o con la aparición de poderes alternativos.

En toda Europa la democracia empezó a caer bajo un manto de descrédito tras la primera guerra mundial. De manera alternativa a los cuerpos policiales públicos se crearon “comités de defensa” de partidos políticos de todos los colores. Se trataba de grupos para organizar mítines y otras actividades que pudieran actuar como seguridad privada. Por su juventud, de la defensa pasaron al ataque a otros partidos siendo protagonistas de atentados. Diferentes fórmulas del fascismo se adueñaron de países europeos que acabaron apoyando el mismo fenómeno en otros Estados. Sin la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler los militares africanistas y los civiles que les ayudaron en el baño de sangre de 1936 no habrían aguantado su posición tras su fracaso.

La España “triunfal” intentó justificar el golpe de Estado como una reacción a la violencia producida durante la Segunda República. El derrocamiento de la democracia debía justificarse como consecuencia de la violencia imperante en aquel sistema político, aunque no explicaron que ellos mismos formaban parte de esa violencia excepto para evitar una “revolución roja”.  De ahí que no hubiera mejor razonamiento que camuflar la reacción de la población convirtiendo a los comités de barrio madrileños, o los comités de los pueblos, en una mímesis de la policía política soviética y tras un supuesto complot comunista internacional resaltado en la propaganda.

Una de aquellas actividades de estos comités de barriada fue la “de investigación”. Se vigilaba el barrio y el orden público tanto de la supuesta llegada del enemigo como la actividad de los “pacos” y otros “fascistas” escondidos entre los vecinos. Fue frecuente la detención de un paisano de derechas con su consiguiente interrogatorio para localizar más “quintacolumnistas”. Las funciones no solamente consistían en abrir investigaciones sobre todos los vecinos sospechosos de apoyar al bando sublevado sino también juzgarlos y, en su caso, ejecutar las sentencias de muerte. Estas últimas se realizaban, según la fórmula habitual, en lugares apartados, de noche y sin testigos. Al día siguiente la DGS realizaba unas fotografías del cadáver para tratar de identificar al ejecutado por “la justicia del pueblo”.

La investigación de los vecinos se convirtió en una caza de brujas a la que se apuntaron muchos madrileños que tenían poco de valientes. En lugar de ir al frente se refugiaron en estas actividades. Aunque la mayoría iban a la sierra o a los Carabancheles para defender sus familias, sus casas y sus negocios, otros se escondían para no entrar en combate.  

¿Las “checas” se crearon por influencia soviética? Desde luego que no. Aunque en el Convento de Santa Úrsula de Valencia la presencia soviética fue sobresaliente. Pero las noticias que tenemos de los componentes de los comités de barriada es que fueron madrileños de sus barrios. El franquismo se inventó una historieta para justificar sus crímenes.

Fernando Jiménez Herrera señala la improvisación en el surgimiento de los comités revolucionarios ante el fracaso del golpe porque no había nada preparado. El caso es que surgieron como habían aparecido las tradicionales “juntas” en el pasado. De la nada, pero con la experiencia ya acumulada de las organizaciones sindicales y políticas del movimiento obrero. Nacieron por la voluntad de ser oposición al nuevo régimen rebelde surgido de la fracasada insurrección y de la implosión de la autoridad del Estado. 

Al hilo de la política y del mercado surgen “estudios” con una idea preconcebida. Buscan propaganda para denigrar a partidos existentes en 1936. Meten en el mismo saco a Largo Caballero y a Negrín por una clara falta de lecturas. ¿Los ministros de Gobernación Ángel Galarza y Julián Zugazagoitia se comportaron igual ante la violencia en la retaguardia? Evidentemente no. Sin embargo, formaban parte del mismo partido, aunque con dos tendencias diferentes en aquellos tiempos. Unos más radicales que otros.   Galarza vivió emigrado hasta 1966 cuando murió. Solo recientemente han empezado a aflorar rasgos suyos característicos no muy recomendables. El pobre Zugazagoitia fue fusilado por “la justicia” franquista.

En la selva de “libros” sobre la guerra hay “estudios” que no distinguen churras de merinas y confunden la velocidad con el tocino. Calumnian a la República parlamentaria española como si fuera un Estado criminal. Cada gobierno es responsable de su política. Mientras que al ministro Galarza (PSOE) no le pondría una estatua en ningún parque público al ministro Zugazagoitia (PSOE) no me importaría asistir a un homenaje para recordar sus servicios a la democracia. 

La profundidad de muchos de los “estudios” sobre las checas deja bastante que desear. Se repiten una y otra vez fantasmas del pasado. Y es que las llamadas “checas”, los fusilamientos de los presos en los alrededores de Madrid o la presencia soviética en la España de la guerra fueron elementos aprovechados torticeramente por la propaganda franquista para justificar un golpe de Estado contra la democracia española.

La ventaja de algunos periodistas con sus magníficos canales de información provoca que los estudios académicos tengan un eco limitado en el mercado y en el imaginario colectivo (solamente llega a selectas bibliotecas de aficionados a nuestra guerra). La consecuencia es que siguen leyéndose algunas afirmaciones del pasado franquista haciendo caso omiso de nuevos estudios. Se repiten errores ya superados por la historiografía y es complejo pelear contra este fenómeno

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La argumentación anterior me parece plausible. No veo, por ejemplo, a la CNT/FAI o al PSOE de la primera mitad de los años treinta discutiendo sobre la conveniencia o no de adoptar mecanismos de represión siguiendo las formas soviéticas. No había necesidad de ello por varias razones. En primer lugar, porque bien o mal los Gobiernos republicanos de cualesquiera signo mantuvieron la ley y el orden. La forma en que lo hicieron se atuvo a la legislación vigente, que sufrió diversas transformaciones. En segundo lugar, porque la idea de sustituir los mecanismos policiales y judiciales republicanos no estuvo nunca sobre el tapete en aquel período. El caso del octubre asturiano, sin duda el más grave, no impidió que siguieran funcionando y que se acentuara la militarización del aparato judicial que ya había comenzado. Lo demostraremos Francisco Espinosa, Guillermo Portilla y servidor en nuestro próximo libro CASTIGAR A LOS ROJOS.

Finalmente, porque con las nuevas funciones de los comités revolucionarios reaparecieron otras formas de demostrar la voluntad de querer derribar símbolos representativos del “viejo orden”. Ya tenían una tradición bien consolidada desde los años treinta del siglo XIX, como por ejemplo los incendios de iglesias y los repulsivos desenterramientos de momias, algo realmente macabro.