La Iglesia de Trento contra la Masonería

8 enero, 2019 at 10:08 am

Ángel Viñas

En ese enciclopédico estudio, bendecido por las espadas vengadoras del Estado Mayor Central y escrita por el Servicio Histórico Militar a la que he hecho tantas veces referencias en este blog, queda inmortalizada para la posterioridad la visión de los vencedores. La guerra fue absolutamente necesaria para derrotar a la Anti-España. Estaba en juego la supervivencia de la PATRIA y con la PATRIA no se juega. Entre la Anti-España, aparte de los consabidos comunistas, socialistas, liberales, librepensadores, ateos etc. figuró siempre en lugar destacado la Masonería. De aquí que el nuevo poder militar instaurado por la fuerza no tuviera la menor compulsión en, haciendo una finta dialéctica que ya hubiesen querido para sí los redactores de los evangelios -con las consabidas disculpas por la ucronía-, no tardara en sacar la Ley para la represión de la Masonería y el Comunismo (LRMC). De todos es sabido que los uniformados y sus asesores jurídicos consideraron ambos términos como hermanos o equivalentes. Aberraciones peores se han visto. Sin embargo, las penas previstas no eran moco de pavo y fueron aplicadas a muchos de los oficiales y jefes del Ejército de la VICTORIA. Fuera de ellos o con ellos algunos miembros de lo que también se denominaba la “secta diabólica” se distanciaran lo más posible. Por supuesto, a muchos -quizá la mayoría- de los masones no les sirvió de nada. Aquí expondré una de las humillaciones que les aguardaba.

 

La Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana (SMICAR) preparó, como los hechiceros de las tribus lejanas en el siglo de la expansión imperialista, rituales de recuperación. Debían aceptarlos quienes se mostrasen dispuestos a abjurar de sus creencias masónicas. Una pieza fundamental fue el documento de abjuración.

Dice una expresión común que la mejor venganza es la que se sirve en frío. La SMICAR, que había salido de la guerra (perdón: de la “Cruzada”) con apetitos exterminadores (no en vano la represión republicana se había cebado en el clero secular y regular durante la misma), debió de reflexionar largamente sobre los requisitos que habrían de cumplir quienes desearan acogerse a su seno materno. ¡Ojo! Eso no les eximía de cumplir las penas que les impusiera la justicia de los hombres. La Iglesia, ya se sabe, no es de este mundo sino eterna y siempre ha predicado que hay que dar a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Al menos en teoría.

Pero, ¿qué pasa cuando el César, que sí es de este mundo, se pone en la práctica al servicio de la Iglesia? En tales casos toda la fuerza del César se aplica a los contraventores de los dogmas, principios o intereses de la Iglesia. Esto es lo que ocurrió tras la guerra civil. La legislación positiva del César subsumió en categorías comparables la pertenencia al comunismo y a la masonería.

Hace algunos años un investigador en la historia del Derecho, Guillermo Portilla, publicó su tesis doctoral en la Editorial Comares, de Granada, que viene distinguiéndose por dar a la luz una serie de obras fundamentales sobre la represión. En este caso el libro tenía un título un tanto desalentador para quienes no hemos estudiado Derecho: La consagración del Derecho penal de autor durante el franquismo: El Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Apareció en 2010.  A mí me llamó la atención la referencia al tribunal. Al ojearlo me di cuenta de que “el derecho penal de autor” es un concepto perfectamente definido: es el que se impone a los delincuentes no por el hecho de haber cometido delitos, sino porque pertenecen a una determinada categoría. En resumen, se aplica no por lo que hacen, sino por lo que son. El concepto es familiar a todos los que hemos leído algo sobre la “Justicia” en el Tercer Reich. Los tribunales nazis aplicaron leyes dictadas en función de amplias categorías, en su caso la más llamativa fue la racial. Así, a un judío se le podía condenar por el hecho de ser judío, aunque hubiese sido un héroe condecorado con la cruz de hierro de primera clase por méritos militares al servicio de su patria y contraídos en la primera guerra mundial.

De todas maneras, como por desgracia no soy jurista, lo que más me impactó del libro de Portilla, que recomiendo encarecidamente a todos los lectores, es la impresionante colección de documentos de su anexo. Entre ellos figura, ¡cómo no!, un ejemplar del documento de retractación que debían firmar todos aquellos que estuviesen dispuestos a abjurar de su pertenencia a la Masonería. Su lectura nos devuelve a los más negros capítulos de la Iglesia triunfante, a la tradición nacionalcatólica menendezpelayista, a las tinieblas de las guerras de religión, en una demostración de que la SMICAR en su versión española ni había olvidado nada ni tampoco aprendido nada. Me da un poco de reparo reconocer que, por motivos de edad, pertenezco a aquellas generaciones nacidas después de la guerra que tuvieron que pasar en la escuela por las doctrinas que se describen en el documento que ahora retomo de Portilla para información de los amables lectores. Espero y confío que sin haber sufrido un daño irreparable.

Sería interesante saber, por medio de encuestas bien dirigidas, el porcentaje de españoles y españolas que en la actualidad haría profesión de fé y estarían dispuest@s a defender hasta las últimas consecuencias planteamientos como los que figuraban en aquel documento:

“La Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana, es la única y verdadera Iglesia fundada por Jesucristo en la Tierra, a la cual de todo corazón me someto. Creo todos los Artículos que me propone creer; repruebo y condeno cuanto Ella reprueba y condena y esto pronto a observar cuanto me manda, y especialmente prometo creer: la doctrina católica sobre la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y la unión hipostática de las dos naturalezas, divina y humana; la divina maternidad de María Santísima, así como su integérrima virginidad e Inmaculada Concepción; la presencia verdadera, real y sustancial del Cuerpo, juntamente con la Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía; los siete Sacramentos instituidos por Jesucristo para salvación del género humano, a saber: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Extremaunción, Orden y Matrimonio; el Purgatorio, la resurrección de los muertos, la vida eterna; el Primado, no tan solo de honor, sino también de jurisdicción, del Romano Pontífice, sucesor de San Pedro, Príncipe de loa Apóstoles y Vicario infalible de Cristo; el culto de los Santos y de sus imágenes; la autoridad de las apostólicas y eclesiásticas tradiciones y de las Sagradas Escrituras, que no deben interpretarse y entenderse sino en el sentido que ha tenido y tiene la Santa Madre Iglesia Católica; y todo lo demás que por los Sagrados Cánones y por los Concilios Ecuménicos, especialmente por el Sagrado Concilio Tridentino  y por el del Vaticano ha sido definido y declarado…”

¿Qué decir? Ningún buen cristiano no católico (evangelistas, metodistas, luteranos, anglicanos, presbiterianos, etc.) se adheriría a lo que antecede. El documento proclamaba la absoluta soberanía del catolicismo más intransigente. Retrocedía a un período anterior a las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Chocaba con las Luces del XVIII. Con los progresos científicos ulteriores del XIX y XX. Orgullosamente, al proclamar la referencia al concilio de Trento, justificaba la apelación de tal iglesia como “trentina”. Por lo demás, obsérvese la importancia otorgada a las interpretaciones de la jerarquía. Con ello la SMICAR pronunciaba su papel supremo para entender en asuntos de la fe y de las buenas costumbres.

No hizo falta esperar al Concordato de 1953 (un texto jurídico y un tratado internacional entre el Estado Español y el Vaticano absolutamente aberrante, apenas si corregido por los acuerdos parciales anteriores a la transición política). El Estado naciente reconoció poderes omnímodos a la Iglesia en el curso de la guerra civil, siempre y cuando no chocara con actuaciones del Caudillo que, como nuevo Führer reencarnado a la manera española y en aplicación de su suprema voluntad como última fuente de ley, podía hacer teóricamente lo que le viniera en gana. Constreñida entre dos autoridades absolutas, la política y la eclesiástica, a la sociedad española le aguardaban años como ni siquiera se habían conocido en los tiempos de la supuesta grandeza del Imperio, aquél en el que nunca se ponía el sol.

Eso sí: en plena mitad del siglo XX.

En Navidad y Reyes, un libro es el mejor regalo, pero ¿cúal?

18 diciembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

Con este post me despido de Vdes, amables lectores, hasta el 8 de enero, pasadas las fiestas navideñas y de reyes. También un servidor tiene derecho a descansar. En esta ocasión, lo necesito con urgencia. Acabo de terminar un libro y, simplemente, no estaré en condiciones durante bastante tiempo de encarar otro. Sí puedo, de cara a las fiestas, recomendarles un libro colectivo que acaba de salir, justo en este mes de diciembre. Aborda un problema histórico-estructural de España: la corrupción política. Es el resultado de un congreso internacional que tuvo lugar hace ahora exactamente un año en Barcelona, bajo la dirección del profesor Borja de Riquer. Las ponencias se han retocado un poco, se han actualizado en lo posible y los resultados se han compactado en un libro no ligero precisamente (casi 670 páginas de texto) pero con la ventaja de que puede leerse a saltos. Las ponencias son de una longitud nada desmesurada (entre 15 y 20 páginas en promedio) y su lectura es, en mi opinión, tanto ilustrativa como recomendable.

 

La presentación del volumen resume muy bien las características de la obra. Es, en primer lugar, el resultado de investigaciones académicas llevadas a cabo en los últimos veinte o treinta años. De manera, ciertamente, inconexa y sin coordinación orgánica o institucional como existe en otros países europeos, pero desde luego con resultados nada despreciables. Muy alejados, en todo caso, de los relumbrones de los supuestos scoops periodísticos y con la debida atención al marco histórico, económico, social e institucional en que el fenómeno analizado se desarrolló.

El texto del libro se descompone en dos partes. A ellas se añade una serie de comunicaciones seleccionadas por los directores de la obra. La primera parte son visiones generales, entre las que figuran el clásico estado de la cuestión sobre la investigación de la corrupción en Europa y el equivalente en España. Ambos introducen tres capítulos de alcance histórico español: desde el punto de vista del manejo del Presupuesto como fuente esencial de la corrupción, los enfoques de la Ciencia Política del fenómeno y la corrupción como fenómeno inserto en el ADN de la dictadura franquista, sobre todo en sus primeros -y oscurecidos- veinte años, de los que parece que hoy todo el mundo se ha olvidado.

La segunda parte presenta la corrupción en conexión con los grupos económicos y de presión y sus metamorfosis, así como un estudio de caso relacionado con la pugna en torno a las minas del Rif. Tras ello se aborda el fenómeno por épocas históricas, en particular durante los reinados de Fernando VII, Isabel II y Alfonso XIII. De aquí se pasa al estudio de la corrupción en el ámbito de las administraciones locales, sobre todo en el siglo XIX. Este enfoque se prolonga con una muy interesante discusión sobre la persecución penal de la corrupción, incluidos los períodos de la Segunda República y del primer franquismo. Una sección final aborda el concepto y la actualidad de la corrupción política, con el trasfondo del Antiguo Régimen.

La parte dedicada a las comunicaciones es, por supuesto, más variopinta. Hay comparaciones entre España y los Países Bajos; el análisis de la corrupción en la Cataluña napoleónica; el caso del Trienio Constitucional; las redes de poder en la corte isabelina; la influencia de los Rothschild en las élites políticas españolas en el último tercio del XIX; las denuncias de Gumersindo de Azcárate; la crítica al caciquismo; los delitos de los funcionarios públicos en la España decimonónica, etc. A mí me han interesado, por eso de su proximidad a los períodos que menos desconozco, las que versan sobre las denuncias a la corrupción en la etapa primorriverista y una sobre el sedicente “nuevo hombre fascista”, con su crítica a la corrupción liberal-parlamentaria incluida. El problema del acceso a archivos es omnipresente en los períodos ulteriores al primer franquismo, pero al fin y al cabo el trecho histórico cubierto en este libro es lo suficientemente rico en enseñanzas como para haberse quedado ahí.

Es obvio que la corrupción en el segundo franquismo, la transición y la etapa democrática da para otro volumen. Para estar a la altura de este se necesitaría una apertura documental que, hoy por hoy, no es esperable. No olvidemos que se trata de ensayos de académicos experimentados pero que, en último término, reposan bien sobre el análisis de literatura de época bien sobre la documentación no pública generada en la misma.

En esta somera invitación a la lectura no voy a detenerme en mi propia aportación. Algunas de mis tesis ya las he desgranado en este blog o en alguno de mis libros, en especial LA OTRA CARA DEL CAUDILLO y SOBORNOS. He hecho un esfuerzo, eso sí, por recuperar  cierto material archivístico hasta entonces desconocido, pero confieso que no da para mucho. No es fácil entrar en los archivos de las personas o grupos empresariales que se hicieron ricos, o vieron cómo sus competidores políticos y económicos se hacían, durante la dictadura.

Lo que sí puedo afirmar es que los lectores interesados encontrarán en esta obra colectiva una mina de informaciones, un catálogo de cuestiones suscitadas y susceptibles de profundización, una visión global sobre el fenómeno como hasta entonces no se había encontrado en ninguna obra española. Ya estas características bastarían para recomendarla.

El otro día, 5 de diciembre, se celebró un acto en Bruselas en honor del 40º aniversario de la Constitución. Fui con un amigo, exdirector general de la Comisión, Vicente Parajón, y abordamos el tema de la corrupción. Me dijo que él conocía en Italia el funcionamiento de la ANAC (Autorità Nazionale Anticorruzione). Yo no había oído hablar de ella, pero parece que es bastante conocida en los medios profesionales. Tras el acto hubo una pequeña recepción y entre los presentes estaba un funcionario de la OLAF, amigo de otro amigo mío. La OLAF va a montar “sucursales” en todos los países miembros y el reglamento que regulará sus competencias está a punto de ser aprobado, si es que no se aprobado ya.

La idea me chocó como un rayo. Que yo sepa, ningún partido político en España ha sugerido la creación de instituciones especializadas en la lucha contra la corrupción. Se deja a las ruedas de la Justicia ordinaria y así los españoles podemos deleitarnos leyendo todos los días o casi todos los días detalles más o menos sabrosos de los abracadabrantes casos de corrupción que han salpicado la vida pública española durante los últimos quince años, si no más. Y yo me pregunto: como en realidad no hay que inventar la rueda, ¿no sería útil explorar la organización, competencias y experiencias de la ANAC y de la OLAF y ver si algo similar no convendría introducir en España?

A lo mejor, si hay una continuación del congreso de Barcelona del último año, criminalistas y administrativas de pro podrían exponer el estado de la cuestión en lo que se refiere al funcionamiento de ambos organismos foráneos. No sería la primera vez que España, sobre todo después del ingreso en la UE, ha importado mecanismos, instituciones y procedimientos que el genio nativo no había sido capaz de diseñar.

En fin, a la luz de las guirlandas con bombillas led que adornen los clásicos árboles de estas fiestas, los lectores que se animen a abordar el libro sobre la corrupción política en la España contemporánea encontrarán material para reír, y para llorar, en las largas noches de invierno que se nos avecinan.

Mientras tanto, ¡FELICES FIESTAS Y, DENTRO DE LO QUE CABE, ¡FELIZ AÑO NUEVO!

 

Borja de Riquer, Joan Lluís Pérez Francesch, Gemma Rubí, Lluís Ferran Toledano y Oriol Luján (dirs), LA CORRUPCIÓN POLÍTICA EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA, Marcial Pons Historia, Madrid, ISBN 978-84-16662-60-9

Reflexiones sobre la guerra civil, antecedentes y consecuencias

11 diciembre, 2018 at 8:48 am

Ángel Viñas

El año próximo se cumple el LXXX aniversario del final de la guerra civil, que no de la campaña, como recordó en su momento un jefe de puesto de la Guardia Civil, según recogió Francisco Espinosa. Tendrán lugar actos que lo recuerden. Un grupo de universitarios de tres generaciones nos hemos reunido para celebrar a finales de marzo un encuentro con el fin de intercambiar impresiones sobre lo que hemos aprendido, lo que estamos aprendiendo y lo que queda por aprender sobre una contienda que definió el resto del siglo XX español y que tuvo una proyección internacional como ningún otro suceso español en la historia contemporánea convencional. O, por lo menos, cuando la hora de España coincidió con la hora del mundo. Tras algunos meses de reflexión, emails, y llamadas telefónicas, el programa ha quedado perfilado. Es un encuentro modesto, pero creemos que de alto nivel.  Las actas se publicarán en línea.

 

QUEDA MUCHO POR DECIR SOBRE LA GUERRA CIVIL

APORTACIONES RECIENTES Y REFLEXIONES OCHENTA AÑOS DESPUÉS

Salamanca-Zamora, 27-29 de marzo de 2019.

 

PROGRAMA

 

Día 27. Mañana

Inauguración

Primera Sesión: La segunda República, ¿antesala de la guerra civil?

Eduardo González Calleja: “La República, ¿víctima o responsable de la guerra civil?

Ricardo Robledo: La reforma agraria, ¿causa de la guerra civil?

Día 27. Tarde

Segunda Sesión: La conspiración civil y militar

Francisco Alía: Lo que hemos aprendido sobre el éxito y el fracaso de la conspiración militar

Ángel Viñas: ¿Quién quiso la guerra civil? Una reescritura

Ángel Bahamonde: Los militares leales a la República.

Día 28. Mañana

Tercera sesión: La dinámica militar: el frente y la retaguardia.

Juan Carlos Losada: Los momentos decisivos de la guerra. Valoración de las estrategias militares.

Carlos Píriz y Juan Andrés Blanco: El papel de la retaguardia: movilización, espionaje y quinta columna

Jesús A. Martínez: Los periódicos de la guerra y la propaganda de papel

Daniela Aronica: La ofensiva de Cataluña en las imágenes del CTV: análisis del documental, rescatado en Berlín, I legionari italiani in Catalogna (Stato Maggiore dell’Esercito-Istituto Luce, 1939, 43’,

Este documental, realizado por la sección cinematográfica del Corpo Truppe Volontarie, es el único en cubrir la campaña al norte de Barcelona, la última protagonizada por el CTV. Lo hace con imágenes de sólida factura y con un planteamiento original, quizá porque incluso los dos cámaras civiles que integraban la sección trabajaron codo a codo con los militares. La cámara, además, estuvo ubicada en la línea de fuego. Todo ello nos brinda un catálogo más amplio que nunca de la maquinaria empleada en el conflicto. El filme, localizado en el Bundesarchiv-Filmarchiv de Berlín por Daniela Aronica, es uno de los más logrados de entre los producidos desde la Italia fascista sobre la guerra civil española y se proyecta en versión original subtitulada al español -como estreno mundial- en el marco del proyecto “Imágenes para la Memoria. Iconografía fascista y guerra civil española (2016-2019)”. En los últimos 20 minutos se recoge el desfile de la victoria en Barcelona, con imágenes también inéditas.

 

Día 28. Tarde

Cuarta Sesión: Dimensiones políticas y sociales

Encarnación Barranquero:  Lo que hemos aprendido sobre el papel de las mujeres en la guerra civil y la posguerra. Datos y reflexiones de un balance

José Ramón Rodríguez Lago: El papel de la Iglesia católica en la guerra civil. ¿Qué sabemos? ¿Qué nos queda todavía por saber?

Gutmaro Gómez Bravo: La guerra civil y la violencia fundacional de la dictadura

Julio Prada: Lo que sabemos de la represión económica. Un balance

Alberto Reig: La inconclusa guerra de palabras en torno a la represión y el terror en la guerra civil.  

Día 29. Mañana

Quinta Sesión: La internacionalización y territorialización de la guerra civil

David Jorge: El abandono de la República por las democracias. Nuevos hallazgos y enfoques.

Enrique Berzal: Una zona no tan azul. Guerra civil y represión en Castilla y León.

Francisco Espinosa: Andalucía y Extremadura: La represión franquista en perspectiva

Matilde Eiroa:  Del estudio del pasado a la transmisión para el futuro: ¿qué papel desempeñan los historiadores a los 80 años de la Guerra Civil?

Día 29. Tarde

Sexta sesión: El franquismo, ¿consecuencia de la guerra civil o continuación de la guerra?

José Luis Martín Ramos: Cataluña: fracturas para después de una guerra

Miguel Íñiguez Campos: El abandono de la República en materia de suministros de armamentos. Nuevas investigaciones.

Paul Preston: Juan Negrín en los días finales de la República

 

CLAUSURA

En la Unión Europea con la Constitución

4 diciembre, 2018 at 9:18 am

Ángel Viñas

La Asociación de Funcionarios Españoles en la Unión Europea me invitó a intervenir en un acto que debía celebrar en Bruselas los cuarenta años desde la entrada en vigor de la Constitución y nuestra participación en la Unión Europea. Sin la primera, no hubiera sido posible la segunda. Inmediatamente escribí unas palabras -más o menos las que siguen- pero tan pronto las comenté con una de los organizadores me di cuenta de que lo ya escrito no valía para el acto. He pensado que pueden ser, sin embargo, de interés para los lectores de este blog y por ello las reproduzco aquí, con solo algunos cambios marginales. No sin recordar que tras el 23F un diario tituló a grandes caracteres su primera página con un juego de palabras: EL PAIS, con la constitución.

 

Los cambios en la sociedad española en los cuarenta años desde que se aprobó la Constitución son inconmensurables. Algunos de ellos se hubieran producido de todas formas. Incluso en el escenario contrafactual de que el ingreso en las entonces Comunidades Europeas no hubiera tenido lugar ocho años después.

En 1978 la sociedad española ansiaba dejar atrás los años de la dictadura. Pero… si el 23F hubiese tenido éxito nuestra incorporación se hubiera retrasado. Un vistazo a los despachos y telegramas, ya desclasificados, que salían de y se recibían en algunas de las embajadas en Madrid muestran un aspecto muy claro: casi todos los observadores extranjeros estaban convencidos de que las negociaciones se habrían paralizado.  Afortunadamente, aquellos planteamientos se quedaron en meras especulaciones. Los efectos colaterales del 23 F reforzaron la percepción europea de que era preciso contribuir a la estabilización de la situación española. Un giro copernicano con respecto a, por ejemplo, 1931 o 1936.

Después del ingreso en el Consejo de Europa, y antes de la aprobación de la Constitución, en el plano político y estratégico el camino había quedado expedito para negociar la adhesión a las Comunidades. Su conclusión en junio de 1985 constituyó una fecha señera en la historia de España del siglo XX. Para bien. No como lo habían sido el 18 de julio de 1936 o el 1º de abril de 1939.

La adhesión fortaleció, diversificó y amplió los cambios subsiguientes a la ruptura del relativo aislamiento en que hacia entonces había discurrido la evolución económica y social española. Sólo hay que recordar la situación de partida en 1978: en lo político una transición hacia una democracia plena. La previó la Constitución, pero bajo la sombra, que algunos consideramos alargada, de las bayonetas. En el plano económico partíamos de unos niveles todavía muy alejados de los estándares europeos. La distancia era mayor en el plano social en el que afloraba alguna que otra veleidad casticista. A la par, nuestro entorno estaba caracterizado por una estabilidad armada, tras los frentes cristalizados en la guerra fría; por una economía que, si ya no era la de los “treinta años gloriosos”, no tardaría en mejorar, en parte gracias a los avances que se registraron en el ámbito comunitario. También por progresos en lo social cuya distancia llenaba de envidia a muchos españoles

A diferencia de lo ocurrido con la OTAN, cuando la pelea política e ideológica duró hasta prácticamente el referéndum de 1987, la adhesión a las Comunidades concitó el consenso de casi todas las fuerzas económicas, políticas y sociales españolas. Tuvimos incluso suerte. Nos incorporamos en un momento de superación de lo que entonces se denominaba “euroesclerosis”.  No sin sufrir algunas decepciones, como dejó puesto de relieve en sus memorias el presidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo. Pero lo importante es que nos incorporamos. Lo hicimos, creo, con tres objetivos estratégicos.

El primero lo determinó la voluntad de participar plenamente, con todas nuestras energías, en el desarrollo de la construcción europea. No fue posible caracterizar a España como un Estado miembro renuente o rezagado. El segundo objetivo fue consecuencia de la voluntad de querer avanzar tan rápidamente en la empresa común como lo hiciera el más rápido y más entregado de los miembros.  Y el tercero consistió en querer prestar una contribución lo más robusta posible al reforzamiento de las instituciones comunitarias y, en particular, al papel del entonces todavía un tanto endeble Parlamento Europeo.

Subsiste la discusión sobre lo que subyacía a tales objetivos estratégicos. Para el Gobierno que negoció el tramo final nunca hubo duda alguna de que la adhesión representaba la posibilidad de arrinconar tendencias seculares. Representaba la ocasión de llevar a la práctica el tan manoseado dicho de Ortega y Gasset de que, si España era el problema, Europa era la solución. Hubo otra consideración. El pasado había mostrado que España era un país de soberanía recortada. Su eje estratégico fundamental había gravitado hacia Estados Unidos en condiciones que he aclarado en un par de libros.

La Comunidad Europea ofreció la posibilidad de jugar con un contrapeso: un nuevo eje cristalizado en la Europa en proceso de integración. Algunos lo intuyeron en ciertos comentarios de la prensa británica de aquella época. España se mostraba tan europeísta por su necesidad de superar el recuerdo y las trabas de la dictadura a la que había estado sometida durante cuarenta años.

En el plano general me parece evidente que la participación española en la común aventura europea ha sido un éxito. Un país que no había sido socializado en los mecanismos de la comunitarización pudo, en muy poco tiempo, importar el acervo acumulado en la construcción europea.  También pudo exportar hacia ella nuestros intereses estratégicos más genuinos. Lograr una buena simbiosis fue una tarea en la que han participado los sucesivos gobiernos, con fuerte apoyo en la sociedad toda. También con algún que otro decalaje.

Que hubo roces y malentendidos fue inevitable. Con la ventaja que da el conocer algo de lo que hubo detrás de los hechos es explicable que, sin embargo, la experiencia fuese turbadora para algunos. Otros la abrazaron abiertamente. Dos frases, una de ellas muy conocida se debe a Paco Fernández Ordóñez, “fuera de la Comunidad hace mucho frío” (hace unos días la he leído en un periódico británico aplicada al propio Reino Unido al salir de la Unión). La segunda fue de un alto cargo cuyo nombre me reservo: “Estar en la Comunidad es como estar en guerra solo que con otras armas”. Dos formas muy diferentes, pues, de enfocar la participación en esta empresa común. Sin embargo, cuando en la ya Unión Europea se fortaleció el método intergubernamental en lugar del comunitario, España lo apoyó. Cuando se reforzó el segundo, España también lo apoyó.

Pertenezco al primer pelotón de altos funcionarios españoles que llegó a Bruselas. Aun así creo que, al hablar de los cuarenta años de éxito compartido, que lo fueron, predominan los éxitos sobre las sombras. Un parteaguas puede situarse hacia 2008, con el comienzo de la crisis económica. Hasta entonces los españoles aportamos ideas excelentes: en la memoria de todos están la creación y expansión del programa Erasmus a lo que tanto contribuyó Manuel Marín, de quien ahora se cumple el primer aniversario de su fallecimiento. O el establecimiento de los Fondos de Cohesión. O la aportación a la ciudadanía europea. Por no hablar del apoyo sin fisuras a un fenómeno extracomunitario, pero con importantes consecuencias para la futura Unión Europea: el apoyo sin mácula a la unificación alemana. Todos fueron de gran importancia para España y también para los demás Estados miembros. El hacer coincidir los más genuinos intereses nacionales con el interés común europeo fue una tarea que se nos dio bien.

La forma y manera en que la Unión abordó la crisis económica señaló que el stock de creatividad tanto en los grandes Estados miembros como en España había topado con límites. Es cierto que los progresos institucionales y operativos conseguidos desde aquellos años han sido considerables. No es menos cierto que una brecha ha ido abriéndose entre los Estados miembros que todavía no se ha colmado. Sus efectos siguen dejándose sentir.

A ello se añaden discrepancias fundamentales sobre otros fenómenos: en primer lugar, la incapacidad de generar respuestas comunes y eficaces en la gestión de los flujos migratorios. En segundo lugar, la tendencia hacia la desviación de ciertos principios fundamentales de la construcción europea, como muestran los ejemplos de Hungría y Polonia, que han dado alas a movimientos nacional-populistas.

Hoy no podría decirse que la Unión pasa por sus mejores momentos.  ¿Cómo se explica la aparición y expansión de tales movimientos en tantos Estados miembros? En Reino Unido han conducido al desgajamiento de la Unión. Por primera vez, un Estado miembro la ha abandonado.  ¿Cómo es que la Unión ha tenido que amenazar con la utilización de procedimientos sumamente coercitivos en Polonia, sin traer aquí a colación el caso de Italia, uno de los países fundadores?

En la búsqueda de un chivo expiatorio se ha echado la culpa a la Comisión. Pero, con todos sus poderes, la Comisión no actúa en el vacío. Está obligada a vigilar el cumplimiento de los tratados y no es una institución tecnocrática al margen de consideraciones políticas. Si los Estados miembros no cumplen sus obligaciones contractuales, ¿quién puede llamarles la atención?  Y si los Estados miembros deciden, en la más absoluta oscuridad dentro del Eurogrupo, promover una política procíclica y no anticíclica, ¿quién puede llamarles al orden?

Es obvio que para hacer frente a los grandes desafíos que Europa tiene por delante el refugiarse en soluciones unilaterales, nacionales, es el peor enfoque. ¿Qué va a hacer, por ejemplo, Reino Unido frente al cambio climático? ¿Y cómo va a negociar de tú a tú con los grandes bloques comerciales? Y, me pregunto, ¿qué harían solitos, por ejemplo, Hungría, Eslovaquia, Austria, Rumania? ¿Crear nuevas fronteras nacionales? ¿Abandonar la Unión?

En este sentido, la salida de Reino Unido no es buena pero tampoco tan mala. Ha enseñado la dificultad en desandar el camino ya andado. Deja fuera a un Estado reticente a ciertos avances, particularmente en política de seguridad y defensa.  Abre pues el camino a la posibilidad. No, a la necesidad, de continuar con la tarea  de coordinación y estrechamiento de lazos y vínculos y aprender de los fallos en que todos hemos incurrido. No quisiera terminar esta breve intervención bajo un signo de duda o negativo. Ni sería apropiado ni tampoco haría justicia a los hechos.  Veamos, por ejemplo, los últimos datos del Eurobarómetro, una de las biblias que manejan los analistas.

A lo largo de los últimos diez años el grado de satisfacción que a los españoles les inspira la pertenencia a la Unión ha ido por encima del nivel medio de la totalidad de los Estados miembros. Solo ha sufrido un único desplome, en junio de 2013. Hoy está al mismo nivel que cuando irrumpió la crisis en 2007. La situación no cambia si se la enfoca desde los puntos de vista del género y de la edad. En este último caso, la satisfacción es mayor incluso entre los más jóvenes, es decir los que se encuentran entre los 15 y 24 años.

Ni España ni la Unión pueden desaprovechar esta tendencia. Es más sólida entre las generaciones llamadas a reemplazar a líderes de mayor edad, sin duda más experimentados, pero probablemente también más cansados. No tenemos el derecho de hipotecar su futuro. Si la desafección entre las nuevas generaciones aumentara, el futuro de la Unión se vería puesta en entredicho. No hay que olvidar que es una rara avis. Surgió como respuesta a una guerra causada por nacionalismos exacerbados. Hoy es una nave navegando por aguas turbulentas, en el interior y en el exterior. Y, como historiador, no puedo olvidar que la historia es un registro del cambio y que ninguna obra humana es eterna.

En este final de 2018, tras treinta años de experiencia comunitaria, España dispone de una base sólida para continuar avanzando en el terreno de la integración. Es, por lo demás, una necesidad. España está particularmente expuesta a uno de los desafíos globales de la Unión, los flujos migratorios, y comparte con los demás miembros la necesidad de protegerse de la amenaza terrorista y de un entorno exterior en el que se producen turbulencias continuamente, algunas previsibles. Otras, menos. El rechazo a Europa se focaliza hoy en países en los que movimientos y partidos de extrema derecha arrojan diariamente bombitas sobre el proceso de integración. Por razones diversas. Casi todas tienen como correlato la negativa a ampliar el pool desde el cual la soberanía nacional se ejerce conjuntamente.

Hace muchos años un gran historiador británico, Alan Milward, escribió que, tras el horror de la segunda guerra mundial y el rechazo al hipernacionalismo, la Comunidad Europea había sido el mecanismo de rescate Estado Nación. La relación entre el proceso de integración, impelido por el juego dialéctico entre el método comunitario y el intergubernamental ha tenido efectos benéficos y mutuamente positivos para la Unión y para sus Estados miembros respetando su integridad y la complejidad de sus estructuras. Si la Unión fracasara se habría malogrado el mejor y más ambicioso experimento europeo en dos mil años de historia. Y para nosotros los resultados serían, simplemente, catastróficos.

Análisis de la carta a Franco de un alférez provisional

27 noviembre, 2018 at 8:59 am

Ángel Viñas

Desde el punto de vista de su análisis un documento, aislado, como el reproducido en este blog la semana pasada plantea interrogantes. El más importante es también el más obvio: ¿es creíble? Normalmente los historiadores trabajamos sobre temas para los cuales existe una multiplicidad de fuentes. A veces convergentes, lo que es la situación ideal. A veces contradictorias, lo que obliga a un análisis pormenorizado y separar el trigo de la paja. En general es en ello cuando se demuestra la destreza del analista. Los hay buenos y los hay menos buenos. Otros ni se atreven o eliminan lo que no les gusta. Pero, en general, no suele trabajarse sobre un documento aislado. ¿Por qué, pues, lo he reproducido?

La respuesta inmediata es porque creo que dice algo interesante y por el origen del mismo. La procedencia es en este caso, en mi opinión, determinante. Si la carta se hubiera encontrado, valga el ejemplo, en un archivo personal o, si se quiere, en el de un periódico habría que concederle mucha menor significatividad que la adquiere cuando se advierte que procede de los archivos de la Casa Civil de Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE). Es decir, este origen la dota de un mayor interés. Observaré que se trata de una perspectiva basada en un elemento externo.

Sin embargo, el historiador procede metódicamente, con arreglo a unos procedimientos generalmente aceptados. La consistencia interna y la contextualización adecuada son los más importantes.

Desde el primer punto de vista el contenido de la carta es congruente con el desasosiego sentido por un antiguo alférez provisional, que luchó, posiblemente derramó alguna sangre, propia y ajena, y fue parte de las fuerzas que proclamaron la victoria sobre quienes consideraron enemigos de la Patria (dejo fuera de órbita el que fuese solamente “su” Patria y no la de todos). Una guerra civil es dicotómica o en blanco y negro. La española lo fue en grado sumo.

Por lo que él escribió, el exalférez no aceptó las medallitas subsiguientes a la victoria. ¿Es creíble? Sí. Lo era si no seguía dentro de las fuerzas armadas. Nadie iba a obligarle a solicitarlas y a nadie le sorprendería que sobre el uniforme no llevara los pasadores de la campaña. Probablemente se trató de algún estudiante de derecho, tal vez licenciado después. En su carta se encuentran argumentos de cierta naturaleza jurídica, no demasiado desarrollados, pero para lo que él quería suficientes.

También es probable que fuese algún católico, cosa nada extraña en las filas de los vencedores, que al fin y al cabo combatieron con el fervor que despertaba una Iglesia que siempre he caracterizado como trentina, es decir, emanada casi directamente de los dogmas establecidos y apuntalados en el Concilio de Trento en el siglo XVI. (Para quien dude de mi caracterización sugiero que lea los documentos que la Iglesia triunfante obligó a firmar a quienes se retractaron, después de la guerra, de “demoníacas” creencias como las masónicas: la aceptación de los dogmas desde Trento, amén de los posteriores, fue una condición sine qua non).

No hay forma de comprobar si el firmante asistió al proceso contra Grimau. Él afirmó que estuvo presente en el mismo. Habría que comprobar quiénes fueron admitidos al mismo, pero eso no nos llevaría demasiado lejos porque probablemente hubo varios y el firmante bien pudo decir la verdad o haber mentido.

Que se sintió profundamente disgustado por lo que viese u oyera, y por el mantenimiento de una legislación que le pareció desajustada a los tiempos que corrían en 1963, es algo que se desprende de su escrito, redactado en tonos respetuosos para con su destinatario. Obsérvese la reiteración del “mi General”, que habría sido de uso obligado en la contienda.

El remitente se sintió herido por la existencia, en tal año, de una legislación que era absolutamente de guerra. Es lógico que así fuera en el contexto en que lo escribió. Ya habían surgido algunos brotes de oposición y habían tomado fuerza desde los primeros, producidos en torno a la mitad de los años cincuenta. El PCE, “los marxistas”, habían empezado a levantar cabeza.

En 1963, además, todavía no se habían hecho sentir con intensidad el “opio” que el régimen desparramó sobre los españoles como consecuencia de los frutos que arrojara si no la mística del “desarrollismo”, sí al menos la recepción de un volumen creciente de remesas de emigrantes, de la repatriación de capitales, de la incipiente inversión exterior y de los ingresos por turismo. Todos ellos contribuyeron, a lo largo de los años sesenta, a impulsar el crecimiento, ya que no el desarrollo, de la economía. Al expandirse la tarta, quedó algo más para las amplias mayorías, pero en 1963 el proceso estaba en sus comienzos y las migajas de tarta no se habían desparramado por lo que solían denominarse “las clases menesterosas”.

Estoy escribiendo en términos de una contextualización general. Es insuficiente. Hay que ir más cerca del motivo de la carta, es decir, estrechar o circunscribir la contextualización.  En cuanto se llega a estos niveles, lo primero que hay que decir es que el exalférez provisional llegó tarde. Fechó su carta el 20 de abril de 1963, es decir, el mismo día en el que, en la madrugada, Grimau había sido fusilado, a las pocas horas de terminada la reunión del Consejo de Ministros que se dio por enterado de la sentencia. No hubo la menor demora. Si la reunión de los señores ministros acabó el 19 hacia las 9 de la noche, el fusilamiento se produjo hacia las 6.30 de la siguiente madrugada.

En esta perspectiva de contextualización próxima debo recordar que sobre el proceso a Grimau se ha escrito mucho, pero que una de las obras de referencia que mejor lo ha tratado, en mi opinión, ha sido un libro que suele citarse poco pero que me parece fundamental para comprender los antecedentes y la renovación del aparato represor judicial en el franquismo, que venía derechito de la guerra civil. Me refiero a la obra del magistrado Juan José del Águila, El TOP. La represión de la libertad (Planeta, 2001).

En él se hace mucho hincapié en una conducta del general Franco, que hoy sigue siendo tan alabada en ciertos sectores de la sociedad española, que fue bastante poco habitual. Como se sabido, el ejercicio del derecho de gracia para indultar a condenados a muerte era de su exclusiva competencia. Lo había ejercido durante la guerra civil y la posguerra, pero con muchísima mayor frecuencia se había limitado a darse por enterado de las sentencias de los órganos e instancias competentes inferiores. En el caso de Grimau, el taimado general decidió, por razones que no he visto explicadas suficientemente, compartir la responsabilidad de la decisión con sus propios ministros. Es más, se sometió a votación formal y explícita. Como dice del Águila, siguiendo al constitucionalista Diego López Garrido, “una circunstancia que era absolutamente inhabitual, puesto que nunca ningún asunto fue sometido a votación en los Consejos de Ministros presididos por Franco”. Sí ocurrió en otros casos que Franco llamara a sus ministros, en consejo, a que participaran en determinadas decisiones para las cuales, en realidad, él únicamente era responsable pero aquí todo dios se mojó y votó. Ninguna abstención. Unanimidad. Estaban en juego, ya que no la dignidad que no abundaba, los garbanzos.

En el caso de Grimau es obvio que Franco buscó cobertura para amparar una decisión que supuso un importante costo político para su régimen. De lo que se trató en este caso fue, simplemente, de proceder con toda la fuerza de la vigente legislación, una legislación de guerra. Con tal fin se aparcó la aprobación de la decisión de remitir a las inefables Cortes franquistas el anteproyecto de Ley de creación del Juzgado y Tribunal de Orden Público. De haberlo hecho, el fusilamiento hubiera sido postergado automáticamente.

Juan José del Águila ha observado, además, cómo la dictadura ni siquiera quiso atenerse a sus propias normas. Cito literalmente: “no existe constancia en la causa ni de la hora exacta en que se produjo la notificación de la sentencia a Grimau, ni del momento del traslado del reo a la capilla (….) [ni] sobre la posible identidad de la persona que debió cursar la instrucción por la que el gobierno “se daba por enterado” (…) ni en qué momento aquel trámite se realizó, si es que realmente se produjo así (…) En realidad el origen de aquel “enterado” gubernamental sigue envuelto en el misterio”.

En tan insondable misterio participaron varios generales, “héroes de la Cruzada”, como Rafael García Valiño o Pablo Martín Alonso, sobre los cuales un próximo libro, que me ha cabido el honor de prologar, revelará algunas características personales por la pluma (o máquina de escribir, más bien) de uno de sus eminentes compañeros. Es decir, que algunas de las impresiones del exalférez provisional (“se conculcaron todas las normas del Derecho, desde el principio al fin”) resultaron ser rigurosamente exactas. Para más detalles, remito a la obra de Juan José del Águila de quien me consta que está trabajando afanosamente para ponerla al día. Espero que pronto lo haga y pueda salir de nuevo a la luz.

Una apostilla personal. A servidor la noticia del fusilamiento de Grimau me pilló “empollando” con el fin de no dejar colgada alguna asignatura porque tenía una beca para la Universidad Libre de Berlín. Un amigo mío, de quien he perdido la pista, José Manuel Serrano Parrondo, y yo nos quedamos helados. Más cuando empezamos a escuchar por las radios extranjeras otra versión de lo ocurrido en Madrid. Si no recuerdo mal, Le Monde dejó de aparecer en los kioscos unos cuantos días. A los pocos meses, cuando empecé a visitar la entonces República Democrática alemana (RDA) comprobé que, en Berlín oriental, Leipzig y Dresde. por lo menos, había Julian Grimau Strassen, calles en su honor. A mi vuelta uno de mis amigos comunistas ya fallecido, José Ramón Herreros de las Cuevas, que quería que ingresara en el partido, me llevó a ver alguna de las sesiones públicas del TOP. Me resultaron vomitivas, pero no ingresé. Había visto el régimen del SED en la RDA y, la verdad, me eché para atrás. Lo que sí me quedó fue una sensación de profunda repugnancia hacia el régimen de Franco. La tuve entonces. La mantengo hoy.

 

Carta de un antiguo alférez provisional al general Franco en abril de 1963

20 noviembre, 2018 at 8:30 am

Ángel Viñas

La semana pasada di pública expresión a mi sorpresa de que antiguos altos mandos del Ejército, ya jubilados, hubiesen considerado oportuno loar al general Franco, de cuyo fallecimiento se cumple hoy un nuevo aniversario, utilizando como uno de sus argumentos, aunque no el único, el carácter supuestamente instructivo para las nuevas generaciones de su desconocida hoja de servicios salvo en la parte que antecedió a su odiada República y que ya fue objeto de análisis (no necesariamente en plan de alabanza) por un jefe del Ejército, también jubilado e historiador conocido, el coronel Carlos. …..

He dejado expresamente para este 20 de noviembre el dar a conocer una carta que un conocido amigo mío encontró años ha en el archivo de la Casa Civil de Su Excelencia el Jefe del Estado y que me envió por si pudiera interesarme. En aquellos momentos estaba escribiendo LA OTRA CARA DEL CAUDILLO y no vi la forma de incluirla. Me contenté con poner de relieve la forma y manera en cómo, a las tres semanas más o menos de ser cooptado por sus pares a la máxima magistratura, empezó a mover uno de los instrumentos que le permitió, en los tres años de guerra, hacerse con una fortunita considerable. Algo en lo que tan ilustres soldados no parecen haber reparado todavía. Hay que comparar, claro está, el tono moral que rezuma de tales manipulaciones con el espíritu de abnegación y sacrificio que tantos y tantos mostraron mientras morían en las trincheras o se desangraban esperando a que les enviaran a los hospitales de retaguardia. Pelillos a la mar.

Hoy creo que es imprescindible que tal carta salga de la oscuridad. Se trata de una misiva, con firma garabateada, escrita a máquina en 1963. Por razones no explicadas en el expediente, alguien decidió guardarla. En muchas otras ocasiones tal tipo de comunicaciones va directamente a la papelera. No fue este el caso. En el próximo post haré algunos comentarios al respecto, pero antes desearía que mis amables lectores leyeran el texto de la carta. Ni que decir tiene que el tono fue extremadamente respetuoso. La puntuación, que no era el fuerte del autor, es mía.

 

“Mi General: el español que le dirige esta carta fue oficial a sus órdenes durante la guerra civil española. En la misma perdió a su padre y derramó su sangre por la Patria en diferentes operaciones estando en posesión de varias condecoraciones a las que renuncié voluntariamente por los mismos motivos que informan ésta.

Como tantísimos españoles luché por Dios y por la Patria, por lo menos luché con este convencimiento y verdadera fe. No saqué en consecuencia ningún provecho personal de esta privilegiada situación, creyendo siempre que, aun cometiendo errores, íbamos a crear una nueva España mejor y auténtica madre de todos los españoles.

Siempre, y en cuantas ocasiones se me han presentado, lo he defendido a Vd. y a sus políticas; inclusive en momentos en que la pura razón me parecía estar de nuestra parte.

Después de más de 25 años observo con verdadero horror que lo que en principio creí era un mal inevitable, conocedor de las pasiones desatadas y de los sufrimientos de la guerra, y que el paso del tiempo y la inteligencia de Vd. borraría para siempre de la faz de nuestra Patria, se ha convertido en norma.

Escribo, pues, ésta bajo el dictado de mi conciencia y para que nunca se diga que un español calló cuando debía haber hablado. Todavía después de tanto sufrimiento y tanta sangre vertida hay que escribir HABER en vez de PODER.

Mi General: los últimos juicios militares contra personas civiles son a todas luces monstruosos. No hay ley humana o divina que en este año de 1963 pueda justificarlos, ni tampoco los métodos empleados para montar los mismos, mucho menos teniente presente la hora actual del mundo.

Las largas condenas impuestas, inclusive la pena de muerte, y las torturas son impropias de un país que se dice civilizado y por demás católico. Por ello la opinión mundial nos mira con repulsión y seguirá la leyenda negra. Todo este horror caerá sobre nuestras conciencias este día y sobre las de nuestros hijos en la eternidad.

No podremos, como no podemos ya, acusar al mundo y proclamar con lágrimas de fariseo que no se esfuerza nadie en comprendernos cuando nosotros, después de más de 25 años de terminada nuestra guerra civil, seguimos aplicando normas de represión y odio contra hermanos nuestros, que podemos considerar como equivocados, obcecados y sin salvación pero hijos de Dios y a quienes tenemos la sagrada obligación de comprender y convencer, y no se puede convencer a nadie aplicando medidas de odio, aparte de que pecamos gravemente a los ojos de Dios y de los hombres.

Hay que tener presente, mi General, que la inmensa mayoría de esos hombres se mueven a impulsos de verdaderas injusticias y que, si no hubiese en nuestra Patria necesidades, hambre y tantas injusticias irritantes, en perpetuo contraste con un lujo y ostentación de riqueza desmedidos, no serían captados por las ideas marxistas. Al fin y al cabo, estas son una nueva mística que, aunque en teoría, ofrecen una esperanza de redención.

¿Qué esperanzas tiene el que en España sigue pasando hambre de pan y de justicia, después de más de 25 años de promesas?

Cúlpese, pues, a los que lo han tenido todo en sus manos y solo han pensado en enriquecerse desmedidamente, restregando diariamente su orgullo y despotismo por las narices de los oprimidos.

No podemos engañar a nadie presentando sus delitos de rebelión militar

(sigue al dorso)

lo que solo es un sagrado derecho del explotado. La protesta contra dicha explotación, contra la injusticia que con él se comete.

Que pedir justicia, en la forma que fuere, no es delito, cuando uno no es escuchado por quien debiere. Y, en último término, tengamos también presente que al juzgar a un ser humano juzgamos su actuación ante la sociedad de acuerdo a la ley considerando solo los hechos probados y de ninguna forma sus ideas, pues aun condicionando unas a otros es lo cierto que orden de los hechos pertenece a los hombres y el de las ideas a Dios.

Son muchos más, mi General, los argumentos que en pleno Derecho podría invocar, pero no lo hago, en orden a la brevedad y también convencido de que su preclara inteligencia ya los intuye, y convencido de que para argumentaciones de esta carta ya son suficientes.

Solo me resta, mi General, pedirle clemencia y caridad para ese comunista condenado a muerte el día 18 de abril del corriente llamado Julián Grimau, juzgado por un tribunal militar donde se conculcaron todas las normas del Derecho, desde el principio al fin, y que de cumplirse será baldón y vergüenza para varias generaciones de españoles (fui testigo presencial).

También, mi General, clemencia y caridad para todos los que el momento actual son reos y cumplen penas larguísimas por sus opiniones políticas o sus protestas laborales.

En sus manos está, mi General, el corregir tanto desafuero y odio, en beneficio de España, de nuestros hijos y de nosotros mismos; que la Historia está ahí para que nos juzguen y, por encima de todo y de todos, Dios, que también nos ha de juzgar.

Si así lo hace, mi General, Dios se lo premie; si no, Dios y los hombres se lo demandan.

Escrito en Valencia, a 20 de abril de 1963

Un alférez provisional

 

(un garabato como firma, en el que se distingue una inicial)”

 

Fuente: Archivo General de Palacio, Casa Civil de Su Excelencia el Jefe del Estado, legajo 3410.

El misterio de la hoja de servicios de Franco: cuatro sugerencias a la Sra. Ministra de Defensa

13 noviembre, 2018 at 11:30 am

Ángel Viñas

Como mis amables lectores saben, los posts de este blog de historia, bajo el lema de que esta no se escribe con mitos, suelen hacer referencia a cuestiones relacionadas con la República, la guerra civil, el franquismo. No deseo meterme en polémicas de actualidad en las cuales hacen su agosto otros blogs y, desde luego, muchos periodistas, unos buenos y otros menos buenos. En los últimos meses, además, he estado muy ocupado con mi próximo libro que avanza a ritmo rápido.

Ahora, sin el menor ánimo de entrar en polémicas (que, caso necesario, no rehúyo), he encontrado tiempo para leer un manifiesto que hace un par de meses suscitó algún revuelo. Me refiero a una DECLARACIÓN DE RESPETO Y DESAGRAVIO AL GENERAL D. FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE, “SOLDADO DE ESPAÑA”, que firmó un cierto número de oficiales, jefes y oficiales generales ya retirados en su inmensa mayoría.

Aparte de que tal declaración contiene afirmaciones que, dicho con todo respeto, me parecen sencillamente grotescas (“ataques a la persona de Franco”, voluntad de “borrar todo vestigio de su quehacer” o “medio siglo de historia”, “intento final (sic) de hacer desaparecer definitivamente al principal artífice de que esa historia no desapareciera”, etc) los firmantes hacen una afirmación propositiva que cito a continuación:

“A los empeñados en descalificar de forma absoluta y sin paliativos la conducta de un militar ejemplar para todos los soldados: retirados, en activo o por venir, les recomendamos la lectura sosegada y objetiva de la Hoja de servicios del General Franco”.

Muchos de los firmantes de esa declaración supongo, es un decir, la habrán leído y meditado profundamente sobre sus enseñanzas. Si es así, habrán sido unos afortunados porque los historiadores molientes y corrientes hemos sido incapaces de leerla y mucho menos de meditarla. La hoja de servicios del Excmo. Sr. General Don Francisco Franco Bahamonde no está en el dominio público. Punto. Estará, quizá, en el dominio reservado a sus panegiristas militares.

Como historiador que ha leído muchas hojas de servicio relacionadas con la guerra, la anteguerra y la postguerra sé muy bien que, en general, hay que cogerlas con varios kilos de sal gorda. Omiten datos importantísimos, juegan con las hazañas de sus protagonistas, exageran con frecuencia, etc. Lo más significativo es la primera característica. Así, por ejemplo, en muchos de los que complotaron contra el Gobierno republicano, sus hojas de servicio no dicen nada. Listan destinos, cargos, desplazamientos, maniobras, conferencias, etc, hasta llegar al 18 de julio cuando, con harta frecuencia, utilizan la fórmula estándar de que se adhirieron al “Movimiento Nacional” o, a veces, al Glorioso MN. Por supuesto de su participación en el complot o la represión, rien de rien. Circunloquios y expresiones banales son de rigor.

Los ilustres soldados que todavía hacen entusiásticas alabanzas a la figura del general Franco se habrán leído una hoja de servicios que solo ellos conocen y que tal vez no varíe mucho con respecto a las demás. Desde luego han pasado por alto las biografías que, desde 1975, han dibujado una imagen de su alabado líder sin haber estado aherrojadas o constreñidas por la simpática institución de la censura de guerra (hasta la ley Fraga de 1966) y la no menos agradable institución de la “consulta previa” hasta que se abolió tras el fallecimiento del interesado. Quizá agradables a sus corazones. Porque afirmar que después se ha querido borrar de la HISTORIA a Don Francisco Franco Bahamonde es lo que, en la terminología anglosajona que sin duda tales caballeros habrán aprendido al verse expuestos a la interacción con los militares de la OTAN, se denomina una “misrepresentation of facts”.

La Declaración muestra que si bien los firmantes pueden haber leído (obsérvese que digo “pueden”) la hoja de servicios de su idolatrado superior, lo que no han leído es ninguno de los centenares de libros que han aclarado puntos que ellos dan por incontrovertibles: por ejemplo, “la sublevación (sic) de Asturias, provocada por la oposición de la izquierda y preludio del Frente Popular y posterior Guerra civil” o la España “agredida y asediada por el comunismo internacional aceptado y adoptado por el Frente Popular”.  Vulgares estupideces (DRAE: torpeza notable en comprender las cosas) proclamadas como dogmas desde 1936 hasta 1975 y sobre las que se ha escrito después largo y tendido para demostrar que no son, ni más ni menos, que vulgares patrañas, bulos, camelos trumpianos avant la lettre.

Los declarantes nunca se alejan del tema de este post. “Pocos documentos definen con tanta objetividad la personalidad del interesado como lo hace la Hoja de servicios de un militar, que relata las circunstancias vividas día a día por el soldado, sin más contenido que los hechos y actitudes mostradas a lo largo de cada año”.

Bien. Aparte de las reservas enunciadas, lo que los firmantes de la Declaración no dicen es en dónde habrán tenido la dicha de leer la hoja de servicios de Franco, porque lo cierto y demostrable es que no se encuentra en el dominio público. O, mejor dicho, en él está solo una parte de la misma, en un librito que la reprodujo, como si fuera palabra de Evangelio, hasta más o menos el final de los años veinte del pasado siglo. Sí, los lectores leen bien. La tan encomiada “hojita” no contiene nada sobre los años de la República, de la guerra civil, de la guerra mundial y después. Absolutamente nada.

Y, de atenernos, al fragmento de “hojita” publicada nos tememos que la valoración de que de él pueda hacerse no es necesariamente del tenor que han dado los firmantes de la Declaración con tanto entusiasmo. Hace ya años que, para colmo, un coronel, Carlos Blanco Escolá, la analizó. Se intuyen las triquiñuelas seguidas por Franco para obtener su primer ascenso, nada glorioso. O las manipulaciones para conseguir la Laureada, que no logró. Entre otras marrullerías muy propias de la época.  Entonemos, pues, un “Mambrú se fue a la guerra” Y dejémoslo ahí.

Solo que, en el supuesto de que tales declarantes, hayan visto, leído y meditado una hoja de servicios destinada no al público en general sino a los leales entre los leales, convendría darla a conocer.

Cuatro sugerencias que elevo respetuosamente a la Excma. Sra. Ministra de Defensa:

1ª En el supuesto de que exista una hoja de servicios del general Don Francisco Franco que se distribuya entre los alumnos de las escuelas militares, ¿no sería conveniente hacerla pública? No debería ser nada difícil.

2ª Si tal no es el caso, ¿dónde está la hoja de servicios del antiguo dictador?

Tal vez alguno de los firmantes de la declaración lo sepa. Si no,

3 ª ¿Algún predecesor de la Sra. Ministra se ha preocupado de localizar la dichosa hojita?

Una vez encontrada, lo que no debería ser muy difícil, contando con todos los recursos del Ministerio de Defensa o por lo menos preguntando a los altos mandos hoy jubilados,

4ª ¿No sería conveniente publicarla?

De llevar a cabo lo que no sería una hercúlea tarea, los historiadores podríamos realizar análisis pormenorizados sobre lo que en ella figure, que debería ser mucho y arrojar luz imperecedera sobre la obra de  Franco en ella plasmada. No es exagerado afirmar que lo que se hubiera escrito arrojaría claridad sobre las intenciones de Franco. Es impensable que los amanuenses del Ejército plasmaran por escrito cosas, para la posteridad, que a SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire pudieran no haberle agradado.

El contenido de la hoja podría entonces compararse con lo que historiadores de, al menos, tres generaciones hemos venido escribiendo sobre tan histórica figura. El resultado permitiría, quizá, abrir senderos para la mejor comprensión de, al menos, la historia militar de ese a quien llaman “soldado de España”. (Ciertamente no puede ser de Francia). Esa cuyo conocimiento los firmantes de la declaración implican que debería redundar en beneficio de los españoles.

Quien esto escribe no puede por menos de pensar en que la Fundación Nacional Francisco Franco tendría una oportunidad que solo se presenta una vez caso de que se pusiera al frente de una petición popular para reclamar la difusión de la famosa Hoja de servicios (que sin duda contendrá centenares de páginas, quizá más destacados, por no decir, excelsos que lo que los firmantes de la Declaración afirman que fueron). O que, en su defecto, la familia Franco, que sí podría poseer una copia que guarde como oro en paño, la haga pública para asombro de las generaciones actuales y por venir. E, incidentalmente, también para el análisis concienzudo que de ella puedan hacer los historiadores, de ahora y de mañana.

Mientras tanto, mis amables lectores podrían comparar la tan mentada declaración con lo que sobre tan inmarcesible figuran afirman algunos historiadores

 

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Segunda República: mitos e historia. Una reflexión. (y III)

6 noviembre, 2018 at 12:43 pm

Ángel Viñas

Para los historiadores de mi generación la confrontación con la versión franquista de la Segunda República va ligada indisolublemente a las obras de tres autores: Hugh Thomas, Gabriel Jackson y Herbert R. Southworth. Se publicaron en los años sesenta del pasado siglo. Representan, en variados grados, un despertar de la conciencia histórica sobre la República y la guerra civil desde diversos ángulos. Se basaron en las fuentes disponibles en aquella época que no eran muchas: testimonios (generalmente de exiliados), literatura (generalmente franquista) y documentos de época (generalmente alemanes y publicados por los aliados).

No era suficiente y un autor franquista por el que tengo pocas simpatías, pero que casi siempre cito, Ricardo de la Cierva, tuvo bastante razón al afirmar que las claves de la comprensión del pasado español se encontraban en los archivos españoles. Se le olvidó señalar que solo unos pocos turiferarios del régimen tenían acceso a ellos y con ellos escribieron obras que nunca pusieron, ¡oh cielos!, en cuestión el canon franquista. De la Cierva se dedicó a hacer negocios y escribió, con variantes, el mismo libro en múltiples formatos. Incluso en cómodos fascículos coleccionables. Como ha señalado Gregorio Morán, en alguna ocasión cobró derechos por una de sus obras más famosas, pero no por los ejemplares vendidos sino por la tirada que hizo la editorial. Esta fórmula anómala, que cualquier autor suscribiría, fue posible porque también Ricardo de la Cierva era curiosamente el director de la misma.

Mientras llegaba el fin de la dictadura (que como obra humana tuvo principio y tuvo fin) muchos de los alevines de historiadores (en los que tenía entonces que incluirme) nos destetamos con las tres obras mencionadas anteriormente. Sin quitar ningún mérito a Thomas o a Jackson (de quienes terminé siendo amigo) a mí la obra que más me despertó fue la de Southworth. No era una obra basada en fuentes de archivo (algo entonces impensable para un historiador extranjero) sino un análisis crítico (extremadamente crítico) de la literatura, española y sobre todo extranjera, que había tendido un manto protector sobre el canon del régimen, desde sus orígenes nada míticos hasta más o menos el giro de entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Fue un período que coincidió con la apertura de las fronteras, el comienzo de la emigración de masas en búsqueda de oportunidades de trabajo que no se encontraban en España, la irrupción del turismo y de la inversión extranjera y el auge del “desarrollismo” autoritario de la mano de los “tecnócratas” ligados al Opus Dei.

Southworth abordó el golpe a la Segunda República desde la óptica de lo que la teología franquista había escrito sobre la guerra. Lo hizo en un libro titulado El mito de la cruzada de Franco. Se publicó en Ruedo Ibérico, en París, en 1964 en castellano y francés. Curiosamente, siendo un historiador norteamericano, no se publicó jamás en inglés, a pesar de que su acerada crítica se cebó en muchos autores de esta lengua proclives a la dictadura o defensores de Franco y de su “épica”.  Ni que decir tiene que en España solo entraba de contrabando. Hubo que esperar a la muerte de Franco para que apareciera en este país. Mucho más tarde, tras el fallecimiento de Southworth se publicó una versión enriquecida con un estudio preliminar y un análisis de la obra del autor debidos a la pluma de Paul Preston, que como servidor era y es un admirador ferviente suyo. Añadió dos apéndices que también escribió Southworth: un ensayo sobre el “bibliófobo” Ricardo de la Cierva y otro sobre Burnett Bolloten, un historiador autodidacta galés muy admirado por Stanley G. Payne. Esta edición, que es la que yo recomiendo, fue publicada en 2008 por Debolsillo y es la que hoy, reimpresa, se encuentra en el mercado a un precio más que módico para estos tiempos en que los libros de historia seria no salen en grandes tiradas.

El mito tiene interés en el contexto de estos tres posts porque desmontó algunas de las leyendas a tenor de las cuales la guerra civil fue inevitable. En primer lugar, que se lanzara para evitar que España desbarrara en el infierno de la inminente “revolución comunista”. En segundo lugar, porque el “Alzamiento” hubiese tenido mucho que ver con el asesinato del líder monárquico y pre-fascista José Calvo Sotelo. En tercer lugar, porque arremetió contra los que denominó “escritores clericales” que defendieron la naturaleza de “cruzada” de la guerra civil. La Iglesia, que tanto sufrió durante la guerra, también infligió innumerables sufrimientos a quienes se sospechaba de no comulgar con sus reaccionarios planteamientos, que duraron casi tanto como la dictadura y que, tras un intervalo, han vuelto a resurgir.

Estos temas, y otros, han sido objeto de detenido tratamiento en la literatura posterior. El propio Southworth dedicó, en sus últimos años, un libro para desmontar el mito comunista (El lavado de cerebro de Francisco Franco), que ya había abordado previamente. No dejó títere con cabeza. Otros autores han ido examinando la conspiración militar (Gabriel Cardona, Fernando Puell, José García Rodríguez) y el estallido del golpe (Francisco Alía). Hoy se conoce con bastante detalle en sus rasgos esenciales. Fue producto de una minoría que manipuló y, a su vez, se vio manipulada. Sobre la Iglesia los trabajos de Maria Thomas y, en particular, de José Ramón Lago, han supuesto un antes y un después (aunque en puridad no puedo dejar de mencionar a Hilari Raguer, de mi propia generación). Sobre la historia desde una perspectiva provincial y local, los estudios de Julio Prada (a quien debo importantes datos para mi próximo libro) son un ejemplo de lo que puede hacerse a tales niveles y que cuenta ya con numerosos autores. Para más detalles, Encarnación Barranquero tiene un artículo brillante en el número de STUDIA HISTORICA. HISTORIA CONTEMPORANEA colgado en mi blog.

En la actualidad, tras los trabajos de muchos de los integrantes de la misma (Julio Aróstegui, Marta Bizcarrondo, Paul Preston, Santos Juliá, Ricardo Robledo ) y los de autores algo más jóvenes como Julián Casanova, Rafael Cruz, Helen Graham, Ángeles Egido, Julio Gil Pecharromán y José Luis Martín Santos, por citar a unos cuantos, ningún estudio serio de la Segunda República puede dejar de lado la monumental obra de Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez (La Segunda República Española, en Pasado&Presente). Se trata de un tomo masivo de más de 1.200 páginas, con una bibliografía abrumadora y en el que prácticamente están recogidos todos los temas que, de una manera u otra, desempeñaron un papel en la España que vivió una nueva experiencia durante los años republicanos. Claro que digerir más de 1.200 páginas no es cosa que se haga todos los días. Sin embargo, como tiene un índice onomástico bastante preciso, buscando por nombres no es demasiado difícil llegar a los temas tratados. Aun así, puede leerse selectivamente. No todo el mundo tiene tiempo para dedicarle quince días al menos de lectura constante.

Una alternativa consiste en acudir a una obra más reducida, pero no por eso menos interesante. No puedo por menos de declarar que el autor me pidió que la prologase, y tras leerla, no pude sustraerme a su invitación. Se trata del trabajo de Ángel Luis López Villaverde, La Segunda República. Las claves para la primera democracia española del siglo XX (Sílex, 2017), bastante reciente y que utiliza un enfoque algo distinto. Lo mismo puedo decir para el período del Frente Popular, el más controvertido, que es el que más controversia despierta. Hay dos libros esenciales: uno de Martín Santos y otro sobre las ocupaciones de fincas en Extremadura de Francisco Espinosa.

Quien aborde la tarea de leer estas últimas cuatro obras (dejo de lado otras muy importantes, pero debo ser selectivo) podrá obtener una visión completa de aquel período histórico. Período que continúa siendo controvertido y para el cual los argumentos aducidos desde las atalayas pro-franquistas, neoconservadoras o simplemente anti-republicanas siguen haciendo su agosto. Existe un público que necesita sustento sicológico para reafirmar su incapacidad de mirar el pasado sin anteojeras. En general, son regurgitaciones y adaptaciones, con escaso trabajo en fuentes primarias.

Ahora los amables lectores podrían plantearse la cuestión de si, por fortuna, hay todavía fuentes primarias no explotadas. Después de tantos años y de la apertura de tantos archivos… La respuesta es positiva y en dos fases. La primera es que nadie sabe lo que ocultan los documentos militares en proceso de desclasificación, que espero sea rápido. También confío en que a la Señora Ministra de Defensa no le tiendan una burda trampa con las dificultades de la desclasificación o los problemas que puedan presentarse en la defensa del honor de personas ya fallecidas, etc. etc. Para resolver este último tema ya están los tribunales ordinarios.

La segunda fase es que quedan los archivos privados. Algunos no han sido explotados suficientemente. Otros siguen cerrados a cal y canto.  Es posible que en ellos se encuentren claves para la comprensión de ciertas vetas del pasado republicano en la época de paz. El problema más importante, y sobre el que he llamado la atención repetidas veces, es que nadie sabe lo que ocurrió con los papeles de Mola y que tampoco se han puesto a disposición del público los papeles de Franco (que no son los que custodia la Fundación del mismo nombre). En esto, España sigue siendo un país curioso. Los papeles de Hitler, Mussolini, ¡de Stalin!, están a la disposición del público, pero los de Franco/Mola no.

No sé, nadie sabe, si en ellos podrán encontrarse revelaciones estremecedoras.  El período está muy trabajado, pero sí es verosímil que puedan arrojar luz sobre vetas importantes del mismo. En cualquier caso, quien esto escribe solo está seguro (si es que hay cosas seguras en la vida excepto el pago de impuestos y la muerte) de una: es altamente improbable que la estructura del Estado se conmueva. El pasado solo es peligroso cuando se le oculta. Cuando los mitos se derrumban, en realidad no ocurre nada. Solo ciertas reputaciones van al infierno.

Segunda República: mitos e historia. Una reflexión. (II)

30 octubre, 2018 at 9:27 am

Ángel Viñas

En general los historiadores somos curiosos aunque también hay quienes no lo son y se dedican a regurgitar versiones y/o  mitos conocidos. Con frecuencia a sabiendas de ello. En este post voy a hacer una sugerencia que no conozco que se le haya ocurrido a ninguno. A pesar de que puedo identificar por lo menos un ejemplo parecido, no tengo esperanzas de que salga adelante, pero al menos quisiera dejar plantada la semilla. Existe un libro compendio de casi todos los mitos sobre la Segunda República del franquismo triunfante. Es curioso que sean muy pocos quienes a él acudan. Me ha servido de guía y lo he citado en todas las ocasiones en que ha venido a cuento  en función de mis propias investigaciones.

 

En efecto, si hubiera un solo texto en que todos ellos se dan cita, con autoridad y flema pero sin bibliografía, es el que aquí se cita. Hoy ya no suele consultarse. Se trata de una publicación oficial por los cuatro costados. Un producto del Servicio Histórico Militar (SHM), a su vez una dependencia entonces del Estado Mayor Central del Ejército. Más oficial, imposible. En alguno de los posts de mi blog he hecho referencia a tal obra. Se suponía que iba a ser el primer tomo de una historia oficial de la guerra. Obviamente se consideró que precedentes como los de Aznar, Arrarás o Lojendio, por mencionar unos solos cuantos ejemplos, no lo eran. Esta se basaría en la documentación acumulada por la dictadura, tanto propia como de los vencidos. Se guardaba, para colmo, en el mismo SHM. No había que recurrir a grandes desplazamientos ni a buscar papeles. Estaban en casa y en ella se encontraba un equipo de historiadores que, como militares, estarían en condiciones de enjuiciar los episodios bélicos.

El primer volumen de tan magna obra se publicó en 1945 bajo el título HISTORIA DE LA GUERRA DE LIBERACIÓN 1936-1939. Por desgracia inmensa para los historiadores del futuro, los siguientes volúmenes ya no salieron. Se preparó un borrador del segundo, que consulté en EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO para aclarar la interpretación oficial de ciertos temas en relación con la supermitificada conspiración que llevó a cabo Franco en la primavera de 1936. El volumen publicado versó sobre los antecedentes de la guerra y es muy interesante porque, lógicamente, no se refiere a episodios militares. Es una interpretación del proceso, esencialmente político, que condujo al 18 de julio.

Los episodios militares, despojados de connotaciones políticas, se dejaron para una serie, muy conocida, en la que bajo la dirección del coronel José Manuel Martínez Bande, un grupo de historiadores de uniforme utilizó a su manera la inmensa documentación  propia y del adversario para describir campañas y batallas, con arreglo a una concepción de la historia militar que era la predominante en su época. No es difícil encontrar ejemplares de aquella serie de monografías que siempre publicó una conocida editoria, la Librería San Martín. En mi juventud podían adquirirse fácilmente en una tienda asentada en la mismísima Puerta del Sol madrileña.

Pero volviendo al primer volumen publicado su tono general quedó ya reflejado en su segunda cubierta en la que en colores sobrios (kaki fundamentalmente) se reprodujo, resguardada por una página de papel cebolla, la ESPADA DE LA VICTORIA REGALADA POR ESPAÑA A SU CAUDILLO.

Ni que decir tiene que este primer volumen es algo más que interesante. Es absolutamente vital para comprender la concepción que de la Segunda República tuvo el régimen triunfante. Innecesario es decir que muy probablemente si no Franco al menos sí algunos miembros de su guardia pretoriana debieron de leer el manuscrito. En todo caso, a Franco se le consultaron diversas cuestiones. No sabemos cuántas aunque sí varias de ellos se referían a los últimos detalles del proceso. Su análisis y contextualización formarán parte de mi próximo libro.

Una exposición preliminar tomó como punto de partida una cita de Ortega y Gasset de su ensayo “Historia como sistema” y se plantea la cuestión que desde siempre ha sido un motivo de inquietud para muchos historiadores. ¿Para qué sirve la Historia? Con mayúscula. Le siguió otra que reflejaba la magnitud del tema: a saber, el porqué de la inquietud de los hombres y mujeres desde casi los albores de la humanidad en esforzarse por “reconstituir pacientemente los sucesos del pasado. Los historiadores militares dieron su respuesta: “porque en él esperamos descubrir la clave de nuestro futuro”. Precisaban que no porque la historia se repitiera, no,  “sino porque pasado, presente y porvenir no son más que secciones circunstanciales de una corriente universal de acontecimientos cuyo sentido interesa al hombre descubrir, ya que el enigma de su propio destino se halla incluido en ella”.

Esta formulación daría pie a numerosas reflexiones. Es tan buena o tan deficiente como otras parecidas. Añadían los militares, con buen tino, que la “Historia no debe limitarse a la narración escueta de los hechos; además de reconstituirlos con la mayor exactitud posible, ha de interpretarlos y comprenderlos, desentrañando su significado”. En principio, no tengo objeciones mayores a esta formulación, teniendo en cuenta el momento en que se escribió. Para entender ese significado convenía y conviene conocer y estudiar los antecedentes. A tal objetivo sirvió el primer volumen de la nunca concluida HISTORIA DE LA GUERRA DE LIBERACIÓN.

El porqué no siguió quizá se encuentre en los voluminosos legajos del SHM. Ahora que la Ministra de Defensa ha iniciado, con mano segura, la desclasificación de los archivos militares más allá de lo que  había concebido su antecesora Carme Chacón, es posible que algún investigador esté en condiciones de dar respuesta a tal cuestión. No podía ser una pretensión sin límites y los miembros del SHM declararon que su intención estribaba en llegar a alcanzar no exclusivamente “al público erudito, ni siquiera a los cultos o los semi-cultos, sino que aspira a obtener la mayor difusión posible, aun entre aquellos no conocen o conocen imperfectamente nuestro pasado; precisamente para inculcarles este conocimiento que les falta, tan necesario a todos los españoles”.

Un esfuerzo, pues, sumamente loable. Se trataba de construir un relato, un frame, algo que permitiera interpretar el cómo llegó a producirse un acontecimiento determinado –la “guerra de Liberación”. Una tarea gigantesca y a la cual han dedicado sus esfuerzos muchos de los historiadores de mi generación y que continúan en la actualidad muchos otros, más jóvenes.

En consecuencia, el SHM no se arredró ante la idea de examinar los antecedentes de aquella GdL y, empezó, por los remotos (génesis, apogeo y decadencia de la Hispanidad), lo cual plantea problemas muy serios que no pretendo abordar en este blog porque ¿qué era la Hispanidad?. En todo caso, de un total de 457 páginas se dedicaron unas veinte, muy poco en verdad, teniendo en cuenta que las dos últimas cuestiones fueron las “luchas civiles” de siglo XIX.

Podría discutirse acerca de la elección como “antecedentes próximos”: abarcaron la Restauración y el reinado de Alfonso XIII. Se les dedicaron ya doscientas páginas. En puridad, y aunque  personalmente no esté de acuerdo, es un enfoque que tiene defensores. Sin ir más lejos, es el que aceptó Ricardo de la Cierva que también al escribir un supuesto primer tomo sobre los antecedentes de la guerra civil lo comenzó en el cambio de siglo. Por no hablar de otras obras menores, en mi opinión, pero que deberían no faltar en toda biblioteca que se precie de recoger los mitos franquistas y en general de la derecha española. Estoy pensando en la Historia política de las dos Españas, de José María García Escudero, en cuatro volúmenes, y que consiguió mucha difusión en los años del tardofranquismo.

Pero, a pesar de que ambos autores, aunque de origen y trayectoria diferentes, divulgaron los grandes mitos franquistas sobre la Segunda República, sus trabajos no tienen el carácter que la obra del SHM. Esta fue un producto oficial y basado sobre, en principio, un acervo documental al que aquellos superdotados autores (vistos los honores que se les concedieron) no podían  aspirar. Así que yo me quedo con el SHM y no en vano porque a los años de la Segunda República le dedicaron casi la mitad de la obra: desde la página 245 a la 457. No está nada mal.

En mi modesta opinión, a tal ejemplo de la sabiduría histórica de los guardianes de las esencias del régimen vencedor en la recién terminada contienda habría que elevarle un monumento y sugiero encarecidamente a los responsables de la apertura de los archivos militares que contemplen una posibilidad: esta es, ni más ni menos, que la reimpresión de la obra con el aparato crítico necesario que podrían abordar unos cuantos historiadores especializados, tanto en la Edad Moderna, como en el siglo XIX, en el reinado de Alfonso XIII y la Segunda República. Tal esfuerzo contribuiría a situar el origen genuinamente franquista de los mitos que sobre esta última aún pululan en ciertos sectores de la sociedad española.

¿Hay ejemplos de los que podría tomarse nota? El que más rápidamente me viene a la mente es el de la edición crítica de Mein Kampf por el Instituto de Historia Contemporánea de Munich. Pocos fueron los que leyeron el tocho original (yo solo leí de él en una biblioteca universitaria lo que me interesaba para mi trabajo), pero no cabe duda de que, deglutidas sus conclusiones para la comprensión de los más tiernos infantes en la Alemania nazi, probablemente ejerció una influencia muy considerable.

Cabría objetar que eso costaría mucho dinero y que en estos tiempos de grandes necesidades sociales los recursos monetarios deben dirigirse hacia otros fines más apremiantes. Por eso que no quede: alguien podría comprometerse a reunir a un grupo de historiadores (conjugando generaciones, tendencias y géneros) para demostrar cómo, a pesar de todas sus declaradas buenas intenciones, el franquismo optó por guardarse las espaldas y no dejó nada al azar. Tal edición crítica serviría para desenmascarar a los cantamañanas y regurge-mitos que han invadido el espacio público en términos de frame en los últimos veinte años. En cualquier  caso, en mi próximo libro haré una contribución individual a su desmontaje pero que, por definición, siempre se quedará corta.

El próximo post hará una referencia a bibliografía recomendable.

Segunda República: mitos e historia. Una reflexión. (I)

23 octubre, 2018 at 8:35 am

Ángel Viñas

Los posts anteriores, con los que he reanudado este blog tras la pausa veraniega, los escribí en julio/agosto, bajo el impacto de un accidente doméstico. Empezaron a publicarse en un período en que arreció la discusión pública sobre la exhumación de los restos mortales de Franco, la memoria histórica, los ataques al Gobierno, el tema catalán y el consiguiente enfurecimiento de las discusiones en las redes sociales. En el ínterin, liberado de tener que escribir un post cada semana, me dediqué a lo mío, a buscar EPRE sobre temas controvertidos de nuestra historia contemporánea (que para mí empieza en 1931)  en busca de nueva luz sobre alguno de ellos. Inevitablemente, tras la publicación de EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO, me he concentrado en ciertos aspectos de la conspiración anti-republicana.  

La  preocupación  que ahora tengo no data del verano.  En realidad, ya me daba la lata cuando  escribía dicha obra con mi primo hermano Cecilio Yusta y el  patólogo Dr. Miguel Ull. No sé todavía cuándo llegaré a su fin, aunque mi deseo sería que fuese el año próximo cuando se cumplirá el LXXX aniversario del final de la guerra civil. No de la campaña, como le gusta decir a Francisco Espinosa. Ya tengo el argumento perfilado y en el último mes me he pasado largo tiempo recogiendo EPRE de varios archivos. Ahora he recopilado demasiada.

A lo largo de este tiempo he ido reflexionado sobre las agrias discusiones que todavía levantan en el cuerpo social hispano la historia y la memoria (conceptos no  sinónimos) de la Segunda República. Tratar de dar una explicación razonada a las causas y motivos de tales discusiones requeriría un tratamiento pormenorizado que aquí no puedo hacer. De todas maneras, se ha escrito largo y tendido al respecto. Quien quiera saber algo tiene una abundante literatura a la que acudir. Recuerdo simplemente que en la red pueden encontrarse dos compilaciones bibliográficas en las que he participado. En ambas, expertos más avisados que servidor han desgranado sus ideas. Una de ellas, un número dedicado a la guerra civil de STUDIA HISTORICA. EDAD CONTEMPORÁNEA, de la Universidad de Salamanca, se elevó incluso a la página de mi blog.

Partiré en estos posts, que no serán demasiado numerosos ni tampoco demasiado largos, de una premisa fundamental que descompondré en cuatro afirmaciones. Cada una podría dar lugar a disquisiciones más prolijas, pero eso lo dejo para otro momento.  Mi tesis es que la larga dictadura franquista creó un canon histórico muy bien trabado y trabajado para justificar su advenimiento y explicar, a su manera, el proceso por el cual se llegó a la guerra civil. Este canon

  1. Estableció como hecho irrefutable que su 18 de julio, fecha fundacional, fue absolutamente imprescindible para evitar que la PATRIA (siempre con mayúsculas) se despeñara por el precipicio de la revolución.
  2. En consecuencia, el 18 de julio fue el fin de una etapa desgraciada y el comienzo de una nueva en la ESPAÑA (también con mayúsculas) que fue capaz de exorcizar los demonios que la venían acechando.
  3. La guerra civil –“Cruzada” o “Guerra de Liberación”-, terminó siendo  absolutamente necesaria y estuvo ampliamente justificada, a pesar de todas las calamidades –innegables- que llevó consigo.

Sentadas estas tres premisas, las consecuencias son inevitables:

  • La República, desbordada, incapaz, turbulenta y en definitiva un desastre para España, no podía ni debía ser la fórmula del futuro.
  • Franco apareció como la figura capaz de emprender una nueva etapa al término de la cual se habrían superado los antagonismos de antaño.
  • El Caudillo por la Gracia de Dios, bendecido de la Iglesia y promotor del desarrollo de la PATRIA, resultó ser el hombre providencial para superar un riesgo absolutamente existencial.

Ninguna de estas premisas y ninguna de estas consecuencias responde a los hechos. Son mitos. Mitos, en su momento, movilizadores. Mitos que subsisten en determinados sectores de la sociedad española. ¿Y qué fue la República? En un documento de la época que glosaré en el próximo libro apareció como una anomalía en la historia de España. Como la primera República, solo que mucho más desgraciada.

El papel del mito (sobre lo cual se han escrito millares de volúmenes en las ciencias sociales) consiste para mí en este contexto:

  • Presentar deseos, anhelos o figuraciones como si se tratara de hechos reales.
  • Proyectar una determinada interpretación de tales hechos como si hubiera tenido existencia real.
  • Desvirtuar las acciones concretas de los hombres, en un tiempo concreto, que llevaron a la guerra civil y a la dictadura.

Todos ellos pueden reducirse a uno: la República fue un régimen de perdición. Este mito fundamental se declina hoy de otra manera: fue excluyente, no permitió el juego político democrático, no quiso dar cancha a la oposición, estranguló las conciencias, permitió el auge de los extremismos, amenazó con la descomposición de España. Mitos que surgen de una falaz interpretación del pasado, pero que tienen efectos movilizadores y que pretenden configurar una cierta vía hacia el futuro.

En este camino han dejado de ser efectivas, y no se recurre a ellas, algunas proposiciones en su tiempo absolutamente fundamentales. La más importante es la siguiente: la aviesa garra de Moscú se extendió, golosa, sobre la piel de toro para convertirla en un satélite comunista desde el cual fuera posible dar el salto a la Europa occidental (y por tanto a la civilización cristiana). Con su guerra civil la España católica prestó un servicio vital al mundo libre que, desgraciadamente, tardó demasiado en reconocérselo.

Ha sido sustituida por dos. La primera es que los socialistas, bolchevizados, desgarrados en querellas internas, se rindieron con armas y bagajes a los comunistas y consintieron en hacer el papel que desde Moscú se les asignó. La segunda que la izquierda continuó desempeñando en la guerra civil, muy aumentado, el papel terrorista y destructivo que ya había tenido en los años precedentes de supuesta paz. Y aquí se citan, siempre, el octubre de 1934, la violencia callejera, los asesinatos y, por supuesto, “Paracuellos”. Siempre en línea directa. Los eclesiásticos añaden su propia coda: la República empezó a perseguir a la Iglesia desde 1931, así que tras el 18 de julio lo único que hizo fue continuar su obra destructora.

Acepto que esta exposición, necesariamente limitada, no hace justicia a todas las posiciones anti-republicanas. Incluso en las mencionadas hay muchos más matices, pero los indicados están presentes, de una u otra manera, en la mayor parte de las discusiones, sobre todo en las redes sociales, en la actualidad.

Ignoran que sobre la República y la guerra civil el número de libros escritos es, literalmente, abrumador. Según Eduardo González Calleja sobre la primera podría cifrarse en torno a los 6.000 (sin contar los artículos). Según Sir Paul Preston, el número de libros referido a la guerra civil supera ya los 25.000 (es posible, claro, que entre las dos categorías se dé una cierta superposición).

En mi modesta opinión, para el historiador la situación se presenta como sigue:

  • Es imposible leer más o menos 30.000 volúmenes en una vida útil (digamos de 50 o 60 años) de investigador.
  • Es posible señalar que, en términos generales, todo lo que pueda decirse sobre la República y la guerra civil ya se haya dicho, por alguien, en algún momento, en algún lugar (dejando de lado las vertientes individuales no descollantes y las circunstancias locales).
  • Por consiguiente, uno de los desafíos que tiene el investigador es separar el trigo de la paja, comprobar si algún aspecto de lo dicho o escrito es contrastable, documentable, o no.
  • En este caso el progreso historiográfico depende críticamente de:
  • La disponibilidad de fuentes. Cuantas más, mejor.
  • La aplicabilidad de paradigmas (artilugios conceptuales a través de los cuales se analizan tales fuentes, muy diversas y de categorías múltiples)
  • Los paradigmas no son estáticos. Dependen de los avances en ciencias conexas con la historia y del momento concreto en que se aplican.
  • El resultado es, pues, que el conocimiento histórico, tributario de EPRE y

paradigmas, no puede estar desconectado de las realidades presentes. Una

forma de decir que los hombres (y mujeres) escriben la historia desde las coordenadas de su tiempo.

En resumen, ni hay historia definitiva ni puede haberla. No es solo que cada generación escribe su interpretación del pasado, es que por definición esta es siempre PROVISIONAL en mayor o en menor medida.

En el próximo post hablaré de la historia de la Segunda República.